Torreciudad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1956, don José María Hernández de Garnica, don José Orlandis y José Manuel Casas Torres viajan hasta la ermita de Torreciudad, a orillas del Cinca. Van a rezar ante la imagen bajo cuya advocación Josemaría Escrivá de Balaguer, en la infancia, curó de una enfermedad mortal. Tiempo después propondrán a las autoridades eclesiásticas y civiles la restauración del recinto y de la talla, que data del siglo XI. Capas de pintura y vicisitudes históricas han desfigurado la primitiva ingenuidad y elegancia de esta Virgen románica.

La gestión es positiva y, durante años, se prepara la organización de un Patronato promotor de las obras que habrán de acoger, en el futuro, un Santuario en honor de Nuestra Señora y un cuerpo de edificios destinados a diversas actividades sociales.

En 1966, el Obispo de Barcelona, don Gregorio Modrego, escribe al Presidente del Patronato:

«Con íntima satisfacción de aragonés y ferviente devoto de la Santísima Virgen he tenido noticia de la constitución del Patronato del Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad para restaurar completamente la ermita y devolver a su antiguo esplendor el culto a la venerada imagen, que tan celosamente y con filial afecto han guardado los vecinos de Bolturina.

La tradición y la historia nos recuerdan momentos heroicos y vicisitudes…, en los cuales los cristianos acudieron a la imagen de la Santísima Virgen, en devotas peregrinaciones implorando su maternal protección. Restaurar tales santuarios es ofrecer lecciones de vida cristiana… a las generaciones presentes.

Por eso alabamos el gesto de caballeros de los territorios que integraron la Corona de Aragón, los cuales han emprendido la restauración, a que nos referimos, y nos place que hayan sumado a su esfuerzo al Opus Dei que tanto estima ese lugar aragonés y la advocación mariana de Torreciudad por la relación que guarda con su venerable Fundador».

En el mismo sentido se reciben numerosas cartas de personalidades del ámbito religioso y civil: el Obispo de Barbastro, el Presidente de la Diputación de Valencia, el Alcalde de Barcelona. Además, hay testimonios de alegre colaboración por parte de los habitantes de este Somontano que reza y visita, desde hace siglos, a su Virgen de Torreciudad. Un campesino de los más entusiastas de la ermita comenta, mientras siembra trigo a voleo en las tierras de su afán:

«Están haciendo un Santuario nuevo allí (…). Está muy bien que haya quien lo haga, que la Virgen y el mundo estarán muy contentos»(15)

Ya en 1955 el. Fundador de la Obra habla en Roma de la ermita apoyada en la orilla del Cinca y de los proyectos de restauración. En estos años las dificultades económicas son inmensas. No hay dinero, pero la fe del Padre sueña planes de gran envergadura en honor de la Virgen. Les dice que será un lugar de peregrinación al que acudirán personas de todas partes del mundo, para honrar a nuestra Madre.

En 1966 hay ya un anteproyecto por parte de ingenieros y arquitectos. Y se empieza a trabajar con vistas a la futura edificación. El Padre seguirá los planos, dejando a la vez amplia libertad a quienes van a llevar las obras para convertir en realidad uno de sus grandes deseos. O mejor, según dirá él mismo, una de sus grandes locuras: hacer un despliegue de amor para María, la Madre de Cristo.

Ya en los primeros momentos llegarán hasta el Patronato aportaciones económicas de todo el mundo. Desde Japón a Kenia, Filipinas, Argentina, Estados Unidos y los países de Europa, colaborarán en esta universal devoción que no conoce otros intereses ni fronteras. Las regiones de España estarán unidas a este proyecto en el que van a volcarse tantos esfuerzos, tanta dedicación y esperanza.

Para dar constancia de ello, unos grandes carteles escritos en castellano, catalán, francés, italiano, portugués, inglés y alemán, jalonan la ruta montañera de Torreciudad con el siguiente texto:

«El Santuario y las obras sociales anejas se construyen con la generosa ayuda de muchas personas movidas por su amor a la Santísima Virgen. Agradeceríamos su donativo».

Durante una reunión con universitarias en Roma, en el año 1974, el Padre responde a una pregunta acerca del amor a la Madre de Dios:

«Sé muy devota de Nuestra Señora. A los del Opus Dei nos lo critican a veces. A mí me critican porque estamos levantando una iglesia muy grande, un santuario -el Santuario de Torreciudad-, con muchas obras sociales que están funcionando. Allí no se ha empleado más material que el de aquella tierra: ladrillo de por allí, piedra de por allí; piedras viejas de edificios antiguos que se han tirado y que nos han regalado (…). Se hace con limosnas de todo el mundo. Limosnas pequeñas, y menos pequeñas (…). Ha llegado ayuda hasta del Japón y de Nigeria, para poder hacer aquello» (16).

También en 1972, a un grupo numeroso de personas, les había explicado:

«En estos momentos, cuando se niegan en tantos sitios los privilegios de la Madre de Dios; cuando quienes deberían dar luz, están en la oscuridad y no dan más que sombra; cuando los que deberían ser fortaleza, son debilidad; cuando los que deberían derrochar gracia de Dios, derrochan tentaciones diabólicas y mala doctrina, y atacan sin piedad a la Madre de Dios diciendo también que ya no es tiempo de Santuarios a la Virgen… Pues, en estos momentos, estamos levantando entre todos ese Santuario maravilloso, donde habrá tanta piedad y tantas obras sociales, y donde esperamos que la Virgen Santísima derroche las gracias de su Hijo directamente en las almas, calladamente. Y, de paso, damos testimonio de que la devoción a la Virgen no se ha superado. Un cristiano tiene que amarla sobre todas las cosas de la tierra, después de Dios; porque más que Ella, sólo Dios»(17).

Una tarea ingente y difícil se abre ante los constructores de Torreciudad: hay que explanar terrenos de roca, abrir carreteras, llevar a cabo el tendido eléctrico y procurar conducciones de agua. Todo se proyecta en grandes dimensiones, porque la fe del Fundador apunta a centenares de miles de peregrinos que, un día no lejano, se acercarán a este Santuario. Comienzan las obras. Hace algunos años que se ha construido el embalse de El Grado. Lo que eran torrenteras y rápidos encrespados del Cinca se ha convertido en un remanso verdiazul que roba muchos metros a la roca. Tantos, que su nivel llega a besar, casi, los pies de la ermita.

El equipo de artesanos y arquitectos se encarga de adquirir, por los pueblos de la tierra, viejos materiales procedentes de casas en trance de desaparición. La emigración ha despoblado extensas zonas en el Somontano. En ellas quedan aún, abandonados, recios

edificios, ruinas de casas y de molinos. Todo ello condenado a la destrucción.

Los dueños, en muchos casos, cederán gratuitamente estos materiales en la esperanza de que sean útiles al Santuario. En los planos de cada edificio se van dibujando huecos para los arcos, sillares, rejas, puertas y ventanas. Unas 130.000 tejas integran todas las cubiertas, adquiridas de multitud de edificios en ruinas. Dentro se instalarán más de cien puertas rescatadas a derribo. Los equipos técnicos se preocupan por adaptar las construcciones al paisaje aragonés y hacerse con estos materiales del país. Tal esfuerzo supondrá, además, una importante economía en los presupuestos.

Trescientos obreros de la zona intervienen en las obras, que dan comienzo el 12 de octubre de 1968. La ermita es la que primero protagoniza los trabajos de consolidación y restauración. La capilla adquiere un nuevo retablo, y la hospedería adjunta se acondiciona para vivienda de los encargados del proyecto.

Hasta el 2 de febrero de 1970 no darán comienzo, propiamente, los cimientos del Santuario. Durante este tiempo se han abierto las carreteras de acceso; los aparcamientos ofrecen ya espacio a gran número de vehículos. Los cerros próximos, áridos y roqueños, empiezan a apaciguar el sol con una abundante repoblación forestal. Los muros de piedra ofrecen una sólida contención de tierras. Pocas veces, como en este lugar sereno, de adusta belleza, se podría concretar aquella frase de la Escritura esculpida en un corredor de Molinoviejo:

«A través de los montes, las aguas pasarán» (18).

No ha existido obstáculo que no se haya terraplanado hasta llegar, al fin, a esta gran explanada donde va a levantarse el Santuario que albergará a la Virgen y, con Ella, los edificios que ofrecerán la formación adecuada a tantos hombres y mujeres de éstas y otras tierras lejanas.

El quinto continente

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En realidad, la historia del Opus Dei en Australia comienza con un australiano, profesor de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Sydney, y que cuenta 37 años. Está casado y tiene una familia de siete hijos. 1960 es un año sabático y lo aprovecha desplazándose a Boston, en los Estados Unidos. Cuando conoce la existencia de una Residencia universitaria católica llega, con su maleta y su buena voluntad de estudioso, a Trimount House, dirigida por miembros del Opus Dei. A pesar de su calidad de profesor, comparte la vida de los estudiantes. Procura aprender todo cuanto los Estados Unidos pueden darle en este tiempo. Encuentra también algo inesperado: la voz de Dios, que le llama en su profesión, en su familia, en su ambiente habitual de trabajo. Y pide la admisión en la Obra.

Repetidamente, el Padre ha dejado muy clara la idea de que la vocación al Opus Dei es única. Santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario, elevando a Dios las realidades temporales, es algo que no exige condicionamientos de estado. Algunos miembros ofrecen a Dios su vida entera y permanecen solteros, por razón de disponibilidad y entrega a los demás miembros de la Obra y a las tareas de apostolado. Pero hay un gran número de miembros -hombres y mujeres- que llevan adelante su vocación en medio de las obligaciones profesionales y familiares propias de su estado y condición. Estos miembros -Supernumerarios- han sido y serán columnas firmes del Opus Dei.

Con este apoyo humano, empieza el Opus Dei en Australia. En el verano de 1961, aquel profesor, Lanold Woodhead, vuelve a su patria.

Oceanía es el único continente en el que no hay aún Centros del Opus Dei. Y porque no existen distancias para los que desean abrazar el mundo en el amor de Dios, en 1963 salen, camino de las antípodas, cuatro miembros de la Obra. Han pasado unos días junto al Padre y ahora, con su bendición, su abrazo y un tríptico de la Virgen que reza: Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva!, navegan los mares de Asia. El 16 de noviembre llegarán a Sydney.

Está cerca la Navidad, y las cartas con Roma menudean. Cuentan al Padre las incidencias de esta nueva tierra. Cuando llega una carta con la letra inconfundible del Fundador, se reúnen para saborear las palabras: « ¡Que Jesús me guarde a esos hijos!… El mar, el inmenso mar que rodea Australia, se vuelve corto y fácil porque esta comunión de sentimientos y motivos les une por encima de las distancias. No resulta extraño leer, en un párrafo que llega de cualquier parte del mundo: «Nunca pensé que Australia estuviera tan cerca: leyendo tu carta, me parecía que estabas aquí, entre nosotros, terminando una tertulia… » (29). Estas primeras Navidades pasarán muy deprisa, junto al belén sencillo que ponen en el Centro de Sidney.

La ciudad tiene casi tres millones de habitantes. Es una población en la que los asiáticos, a pesar de las restricciones inmigratorias, forman una gran parte del censo estudiantil. Algunas personas están interesadas y dispuestas a financiar la construcción de un College en la Universidad de Nueva Gales del Sur, que ofrezca a los estudiantes un ambiente y formación cristianos. Han tomado contacto con el Opus Dei y desean confiarle esta actividad. En la Universidad de Nueva Gales del Sur, con un aforo de dieciséis mil alumnos de diversas Facultades, existen ya ocho Colleges. Algunos pertenecen al propio estamento de la Universidad. Hay uno judío y otro dirigido por profesores anglicanos. En 1971, se inaugura el último: Warrane College, dirigido por miembros de la Obra, con servicios para ochocientos estudiantes y residencia para doscientos. Warrane es el nombre que utilizaban los aborígenes para designar la zona de Sydney Cove, donde se estableció james Cook en 1770, durante sus expediciones colonizadoras. Desde la última planta de Warrane College se podrán distinguir los rascacielos y el famoso puente de Sydney, el aeropuerto Mascot, el Centenial Park y el Showground. Todo, unido a un espectáculo natural espléndido, evidencia la riqueza de una tierra inmensa.

Cuando Warrane College se inaugure oficialmente, estarán presentes el Gobernador de Nueva Gales del Sur, el Ministro de Obras Públicas, miembros del Parlamento, el Canciller, Vicecanciller y Claustro de la Universidad. Más de cuatrocientas personalidades civiles y académicas asistirán también al acto. En su discurso de apertura, el Presidente del Comité de Promoción destacará que el College se abre, desde el principio, a personas de todas las religiones, nacionalidades, razas y estratos sociales.

La mayoría de los estudiantes procederá de familias con escasos medios económicos y acudirán con becas del Gobierno. Muchos han de compartir el estudio con un empleo remunerado. La convivencia será muy internacional: de Afganistán a Ghana, de Malasia a Turquía, de Vietnam a México, llegarán a este Centro que ofrece mucho más que un sitio donde vivir. Es también un lugar donde se respetan creencias y convicciones; en el que existe colaboración para el estudio mediante sistema de dirección tutorial; y que se brinda a un trabajo compartido y sincero.

El espíritu del College responde al modo de ser del Opus Dei. Por eso, desde su creación, es fiel a un inconformismo que aprendió de su Fundador y practica en toda latitud: dar a todas las actividades humanas su más honda y trascendente dimensión; negarse a la degradación de ideales e instituciones, lo mismo en un ambiente propicio que hostil. Warrane College será una nueva demostración de este programa.

En noviembre de 1965 llega la primera expedición de mujeres de la Obra a Australia. Toman el avión en Roma. El día 6, y en un vuelo que hace la ruta de Oriente, aterrizan en Sydney. En el pequeño grupo llegan a este nuevo país tres Numerarias Auxiliares de la Obra. Dios quiso que nacieran en pueblos pequeñitos de Galicia y Aragón para llamar luego a la puerta grande de sus corazones. Estas mujeres, jovencísimas, que han entendido perfectamente el espíritu de la santificación del trabajo -en su caso, las tareas del hogar-, no dudan en cruzar el mundo para llegar hasta una tierra en la que raza, idioma, costumbres, son radicalmente distintos. Y ahora, sobrevuelan el Pacífico para seguir extendiendo allí ese mismo espíritu.

Allí, en la pista, les esperan Margareth Horsch y varias amigas suyas. Margareth ha conocido la Obra en los Estados Unidos, siendo profesora de un Colegio de Milwaukee. Pertenece ya a la Obra, y al saber que las primeras mujeres del Opus Dei tomaban el camino de Australia, solicita el regreso a su país de origen, busca un nuevo trabajo en Sydney y comienza los preparativos para recibirlas.

Por eso se adelanta, radiante, para dar un abrazo que tiene preparado desde hace varios meses. La primera casa que van a ocupar es un pequeño chalet rodeado de jardín. Más tarde, este Centro se llamará Eremeran. En lenguaje aborigen significa roca. En la mejor habitación -reservada para el oratorio- se encuentran instalados ya la tarima y el altar que ha de acoger la presencia de Jesucristo. Dos días más tarde, una iglesia cercana les presta un sagrario. Con el dinero sobrante del viaje, se comprará lo necesario para que el Señor se quede ya en el primer Centro que abre la Sección de mujeres en el quinto continente.

Una de las señoras que acudió al aeropuerto el día de la llegada, les envía a su hija mayor para que ayude en la instalación de la casa. Años más tarde, Rosemary Mullins será la primera mujer que solicitará la admisión en el Opus Dei en Australia.

Al empezar el nuevo año académico de 1966, habrán llegado otras mujeres de la Obra, procedentes de Perú, Chile y España. Algunas promueven la apertura de Creston, una Residencia Universitaria femenina. En esta casa pedirán la admisión al Opus Dei un buen grupo de australianas.

El Padre sigue, paso a paso, los caminos de sus hijos por este continente rodeado de mar y de esperanza. Cuando María Jesús Mancisidor, una Numeraria Auxiliar, se dispone a partir hacia Australia, el Padre le pregunta si se va contenta:

La respuesta es inmediata:

-«¡Padre: ¡Me voy contentísima! »(30).

Y Monseñor Escrivá de Balaguer lleva a su oración, a su conversación diaria con Dios, el agradecimiento de ver cómo sus hijos se van a las antípodas con esa alegría grande; con esa divina capacidad de realizar lo costoso con toda sencillez, sin darle mayor importancia.

Cada caminante siga su camino

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En los años inmediatos a la guerra civil, el Padre es el único sacerdote del Opus Dei; ejerce sus funciones de Rector del Patronato de Santa Isabel, se ocupa de las Residencias Universitarias de “Jenner y Diego de León” y de la extensión de la Obra. Dirige espiritualmente a centenares de personas: hombres y mujeres, casados y solteros, profesores y estudiantes, escritores, artistas y artesanos. Predica muchos cursos de retiro espiritual. En su fuego apostólico no hay pausas.

Además, desde 1940 es profesor de Etica y Deontología en la Escuela de Periodismo de Madrid y enseña a los futuros profesionales la trascendencia de su trabajo y las normas que lo convierten en un gran servicio humano y cristiano a toda la sociedad. El periodista Enrique del Corral, alumno suyo, afirma:

«Todos, en una u otra medida, arrastrábamos el trauma que había supuesto la guerra civil y esto tenía cierta influencia en la forma de vivir la fe (…). Por eso nos llamó particularmente la atención don Josemaría Escrivá de Balaguer (…). El nos hablaba -con un tono cordial y de compañero- de una religión más gozosa, de una religión esencialmente alegre»(13).

Lleva adelante este esfuerzo en medio de carestías e incomodidades. Además de practicar ayunos rigurosos, se somete gustosamente a la intensidad del trabajo, poniendo en juego su salud, como se demostrará unos años más tarde.

Del 5 al 11 de junio de 1939, el Padre se desplaza a Valencia para dar un curso de retiro a estudiantes universitarios en el colegio Beato Juan de Ribera de Burjasot. Es Rector del colegio un sacerdote de gran prestigio, don Antonio Rodilla, Vicario General de la Diócesis de Valencia. Su testimonio sobre el Fundador del Opus Dei es una luminosa carta de admiración y amistad:

«Conocí a Josemaría en los primeros años de la decena de 1930. Aunque no puedo precisar la fecha exacta, ya la primera conversación con él me puso en aviso de que estaba en presencia de una persona extraordinaria, que miraba y veía desde muy alto, y hasta muy lejos, aunque tenía los pies muy firmes sobre la tierra.

No era precisa mucha perspicacia para ver que Josemaría era un hombre extraordinario. Sin embargo, no era fácil, si no se le trataba íntima y prolongadamente, ver al santo, pues no sólo no exhibía su santidad, sino que la llevaba tan envuelta de humildad, naturalidad y alegría, que quedaba muchas veces más que disimulada para ocasionales observadores y poco perspicaces»(14).

En este brillante día de junio del año 39, el Padre llega a última hora de la tarde, cuando el calor abre paso al atardecer. Los participantes esperan, en pequeños grupos, esparcidos por el jardín.

Desde el principio les impresiona vivamente. Años más tarde, en una de sus cartas, el Fundador recordará un episodio de su llegada al colegio y las enseñanzas que, para la predicación, había sacado del mismo:

«En uno de los pasillos encontré un gran letrero, escrito por alguno “no conformista”, donde se leía: “cada caminante siga su camino”.

Quisieron quitarlo, pero yo les detuve: dejadlo -les dije-, “me gusta” (…). Desde entonces, esas palabras me han servido muchas veces de motivo de predicación. Libertad: cada caminante siga su camino. Es absurdo e injusto tratar de imponer a todos los hombres un único criterio, en materias en las que la doctrina de Jesucristo no señala límites»(15).

Y en otro momento insiste:

«Es cierto que llevamos un camino común, porque única es -os lo diré de nuevo- la vocación que todos hemos recibido al Opus Dei. Pero se puede andar por el camino de muchas maneras. Se puede andar por la derecha, por la izquierda, en zig-zag, caminando con los pies, a caballo. Hay cien mil maneras de ir por el camino divino » (16) .

El primer día, después de la Misa, pasea por entre los árboles que rodean el edificio y ve a un universitario pensativo, sentado en uno de los bancos. Es Amadeo de Fuenmayor. Se acerca y le pregunta:

-«¿Aburrido?

-No, Padre, le contesta. Y añade que tiene un problema personal» (17).

El Padre le dice que vaya a última hora de la tarde a su cuarto y que le recuerde que ofrezca por él la Misa del día siguiente.

Se queda impresionado, porque ha visto la piedad y la fe con que este sacerdote celebra el Sacrificio del altar. Y le parece muy serio saber que su nombre, su persona, van a estar presentes en el ofertorio de amor de la mañana siguiente.

Estos días, Amadeo, el que habrá de ser un día Catedrático de Derecho Civil, y después sacerdote del Opus Dei, charlará frecuentemente con el Padre y, al terminar los ejercicios, pedirá la admisión en la Obra. Aún parece escuchar las palabras con que el Fundador acepta su solicitud:

«El Señor obra “suaviter et fortiter”.. recuerda las circunstancias de tu vida y verás cómo ha ido preparándote el camino»(18).

En el momento en que todos están a punto de regresar a Valencia aparece José Manuel Casas Torres. ¡Se había informado mal de la fecha de comienzo!… Al menos, le gustaría saludar al sacerdote y disculparse por su falta de puntualidad. No conoce al Padre, pero va en su busca. Le encuentra en su despacho. La entrevista se prolonga aproximadamente media hora y, cuando salen de la habitación, don Josemaría llama al pequeño grupo que ha solicitado la admisión en el Opus Dei durante aquellas jornadas. Les dice, con toda sencillez:

-«José Manuel será vuestro director»(19).

El Fundador repetirá a sus hijos, con frecuencia, que a los primeros miembros del Opus Dei, el Señor les concedió ayudas especiales para sacar adelante la Obra, para ser muy responsables a pesar de su juventud y hacerse cargo de esta ardua tarea que se les encomienda.

El primer local que utilizarán en Valencia, desde agosto de 1939, es un piso en el entresuelo de un viejo edificio situado en el número 9 de la calle de Samaniego. Es tan pequeño y tan pobre que le han bautizado con el apodo de “El Cubil” Una de las haciones almacena ejemplares de «Camino», que acaba de publicarse. Este será el comienzo de una gran labor, de la que han de salir muchas y firmes vocaciones.

En uno de estos viajes, el Vicario de la Diócesis le pide con insistencia que celebre la Santa Misa en la Catedral, en el Altar de la Santísima Trinidad, con un cáliz y ornamentos que le acaban de regalar. El Padre acepta encantado. Sin embargo, al llegar a la lectura del Evangelio, no tiene capacidad física para seguir celebrando la Misa. Se vuelve hacia los fieles que asisten, les pide perdón por no poder continuar y se retira a la sacristía.

Le llevan al pequeño piso de la calle Samaniego, y el Vicario aprecia las circunstancias de escasez y privación en que están viviendo como no hay mantas y tiene fiebre alta, cubren al Fundador con una cortina. Con inmenso cariño le hace ver que aquí no va a reponerse y quiere trasladarle a su casa. El Padre se lo agradece, pero no acepta el ofrecimiento. Prefiere la pobreza de “El Cubil “. Así lo relata el propio Vicario:

«Soy testigo personal también de la pobreza de medios con que empezó, y continuó durante muchos años, su labor de apostolado. He visto sus apuros en los comienzos de los Centros de la Obra en Valencia. Y esto cuando en España había abundantes larguezas oficiales para tantas obras apostólicas, para la reconstrucción de templos y de casas de religiosas. Aún recuerdo vivamente, por aquellos años, la escena de Josemaría -que había sido acometido por súbita fiebre- en una pobre cama de la primera Residencia del Opus Dei en Valencia, arropado… ¡con unas cortinas!, porque no disponían de mantas en la casa»(20).

Un día, el Padre presenta a los miembros de la Obra de Valencia a Justo Martí Gilabert, que ha sido estudiante de Derecho y residente de Ferraz. En ese momento es el alcalde de Oliva, su pueblo natal. Más tarde le invitarán a ir a Madrid, a conocer la nueva Residencia de Jenner, y también a compartir unos días de retiro que dirigirá el Padre.

Ya en Madrid, el Fundador le habla con detalle sobre la Obra, y después de esta entrevista, Justo pide la admisión. En la sencillez del coloquio sostenido con don Josemaría, descubre la llamada de Dios a una entrega total. Toma, con la naturalidad más absoluta, decisiones que van a exigir la donación de toda una vida. Hay detrás de todo esto mucho tiempo de oración y sacrificio del Padre.

En El Cubil, este pequeño entresuelo prácticamente sin amueblar, van a surgir varias de las primeras vocaciones a la Obra en Levante. En otros casos, pasarán aún muchos años hasta que soliciten su admisión en el Opus Dei. Entre ellos, Antonio Ivars Moreno recuerda bien su llegada:

«Debió ser octubre de 1939. Un amigo de la Universidad me habló del Padre, y tuve la curiosidad de conocerlo. Poco tiempo después fui a un modesto semisótano de la calle Samaniego: allí le conocí. Estaba enfermo, con fiebre alta, y me habló desde un lecho improvisado porque los muebles eran pocos y escasos. Su lenguaje llegaba directamente al corazón (…). Jamás conocí un corazón tan abierto, tan generoso para todas las gentes sin distinción» (21)

También Ismael Sánchez Bella describe emocionado su primer mes de abril de 1940. De nuevo don Josemaría se ha desplazado a Valencia. Ismael tiene dieciocho años y trabaja por las noches como linotipista en el periódico «Levante». Hoy, sábado, está a punto de concluir su tarea y presiente el descanso que se inicia con el amanecer. Cuando aún no ha abandonado el periódico, suena el teléfono: unos amigos de sus hermanos le invitan a un retiro que dará el autor de «Camino» el domingo. Está a punto de disculparse: no ha dormido en toda la noche. Pero, al fin, coge un tranvía camino de Alacuás. Allí hay una comunidad de religiosas que cede el local a don Josemaría. Asisten, con él, unos treinta estudiantes. Le golpean la fuerza y la exigencia sobrenatural de este sacerdote. Por la tarde, habla con el Padre. Esa misma semana, el correo Valencia-Madrid traerá una carta de Ismael, pidiendo al Padre su admisión en la Obra.

Durante el curso de 1940, el contacto entre Valencia y Madrid es intenso. En mayo hay un nuevo día de retiro en Alacuás, y ya asisten cincuenta universitarios.

Pedro Casciaro viene frecuentemente a la ciudad levantina, y lee, en una pequeña habitación de El Cubil, un extenso documento escrito por el Padre, en el que da cuenta de las circunstancias humanas y sobrenaturales que han dado lugar al nacimiento del Opus Dei sobre el mundo. Lo ha llamado «Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la Obra». Este grupo de vocaciones oye, con intensidad sobrecogedora, el mensaje de estas páginas en el que el Padre afirma que la empresa a que Dios les ha traído cumple las condiciones para que pueda llamarse, sin jactancia, la «Obra de Dios».

En agosto de 1940, los que están en Valencia viajan a Madrid para estar una semana en Jenner, con el Padre. Pasan unos días inolvidables. Antes de regresar a Valencia, les anima a buscar y abrir una Residencia de estudiantes para el próximo octubre.

Cuando ya decae el verano levantino y el nuevo curso amenaza, Antonio Ivars encuentra un inmueble que puede adaptarse para Residencia Universitaria. Está en el número 16 de la misma calle de Samaniego. Tiene techos altísimos y múltiples rincones y escaleras.

El Fundador viaja mucho de Madrid a Valencia. En la nueva casa no hay ningún sistema de calefacción y hace frío. Uno de los chicos le ofrece un capote de soldado que ha encontrado. El Padre se lo pone sobre la sotana y, desde ese momento, ya será proverbial el uso de la prenda para superar la humedad que deja caer este invierno dentro del inmueble.

Pedro Casciaro también se desplazará con frecuencia desde Madrid para trazar y ejecutar las reformas de la casa de acuerdo con las escasas posibilidades económicas de que disponen. Los hermanos Florencio e Ismael Sánchez Bella, ayudados por Salvador Moret, trasladan los escasos enseres de El Cubil. Desde Madrid les llega un mueble-librería enorme que el buen hacer de Pedro Casciaro transforma, con herrajes y fondos rojos, en un bargueño para el vestíbulo; también un farol de cristal, un brasero de bronce y un reloj de péndulo que les envía doña Dolores. En el vestíbulo de entrada queda una reproducción de la Inmaculada de Juan de Juanes, que han dejado los dueños de la casa.

Todavía, con listones dorados de las paredes, consiguen enmarcar algunos cuadros que definen, con su tonalidad, la ambientación y el nombre de dos salones: el azul y el rojo.

La Residencia comenzará a funcionar en octubre de 1940, y oficialmente recibirá el nombre de su enclavamiento: Samaniego. El altar del oratorio es de azulejos blancos y verdes recogidos en Burjasot, en los escombros de un derribo. Tiene unos sencillos candeleros de hierro forjado, con hachones de madera. El retablo -de madera contrachapada, pintado por Fernando Delapuenteadapta muy bien los colores de una copia de Van der Weyden.

Junto a este altar se darán cita momentos importantes en la vida del Padre y en la historia de la Obra. Tanto que, años más tarde y estando a solas con don Amadeo de Fuenmayor en Roma, el Fundador dice refiriéndose a aquella casa:

«Y vosotros sin enteraros» (22).

Alude, sin duda, a la ayuda patente de Dios en aquellas circunstancias, para traer a la Obra y formar un buen número de hombres, como Angel López Amo, Manuel Botas, Florencio e Ismael Sánchez Bella, Salvador Moret, Amadeo de Fuenmayor, José Manuel Casas Torres, Vicent Garín, José Montañés, Juan Castelló, José López-Navarro, José Orlandis, Federico Suárez… y tantos otros. Son los primeros que Dios va llamando para esta batalla de paz que tiene como fin poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Para hablar con ellos, el Padre les convoca en la calle, en una habitación, en la iglesia, junto al mar… Lo mismo en el espacio íntimo de un hogar que en los abiertos horizontes del Mediterráneo. Le sirve cualquier ámbito para transmitirles el espíritu de la Obra, esta llamada a la hondura del amor verdadero.

«En aquellos primeros años (…) iba yo mucho por Valencia (…) y hacíamos la oración donde podíamos, a veces en la playa.

Y una vez, al atardecer, en una de esas puestas de sol maravillosas, vivimos que se acercaba a la orilla. Salieron de ella unos hombres morenos uemados por los vientos del mar, mojados, queparecían de bronce, y comenzaron a tirar de una red que raían con la barca, dentro del agua. Tiraban haciendo hincapié, os pies hundidos en la arena, con una fuerza maravillosa. De ronto vino un niño, y se acercó a ellos, agarró la cuerda con sus anecitas y empezó a tirar de la cuerda también. Y aquellos hombres rudos, nada refinados, sintieron su corazón enternecer e, y dejaron al niño entre ellos, aunque más bien estorbaba. yo pensé en vosotros y en mí (…), en ese tirar de la cuerda odos los días, en tantas cosas. Si nos hacemos pequeños delante e Dios Nuestro Señor, es más fácil que nos hagamos santos, y raeremos la red a la orilla, llena de peces, que brillan como la plata rque donde no llegan nuestras fuerzas, llega la fortaleza de Dios»(23).

Esto sucedió al atardecer, en la playa de Malvarrosa de Valencia, cuando unos pescadores cobraban, desde la orilla, una red grande que iban cerrando.

En el año 1946 será nombrado Arzobispo de Valencia don Marcelino Olaechea, que mantiene, desde 1930, un gran cariño y una indestructible amistad hacia el Padre. El que fuera Secretario de este Arzobispo durante treinta años y después Prior de la Basílica de los Desamparados, don Joaquín Mestre Palacio, ha legado el siguiente testimonio a los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer, después de la muerte del Fundador:

«Yo le conocí en el mes de noviembre de 1940. Predicó a todos los alumnos del Seminario Mayor de Valencia un inolvidable Curso de Ejercicios Espirituales.

Han pasado los años, y mi vida no ha sido, por cierto, ajena ni al trato con los hombres de toda índole, ni al viajar con frecuencia de acá para allá por la mayor parte del Planeta, ni al estudio, a la reflexión y a la meditación serias y reposadas; pero aquellos Ejercicios que practiqué dirigidos por don Josemaría, marcaron en mi alma, no sólo tan profunda huella que ésta no sufre comparación ni pierde perfil, sino que sigue, creo yo, bien fija (…).

La doctrina que en aquellos Ejercicios nos dio don Josemaría, no era, claro está, cosa nueva. Lo nuevo para mí fue el modo de dárnosla, el modo con que nos hablaba de Cristo, de la Eucaristía, del Sacrificio de la Cruz y de la Misa, de la Virgen, de la virginidad, de la generosidad que debíamos tener para Aquel que es la manifestación del amor del Padre»(24).

Estos son sus primeros testigos en Valencia. Testigos de una vida que podría resumirse en la inscripción que hizo bordar en un gran repostero destinado a la Residencia de Samaniego. Sobre el color central, cinco cardos abajo y cinco estrellas arriba. Y un lema: Per aspera ad astra, por lo arduo, a las estrellas.

El altar de Samaniego será reconstruido en 1974 en el Santuario de Torreciudad. Los azulejos, perfectamente conservados, mantienen el brillo de sus primeros años. Como un símbolo alegre de aquellas vocaciones que acertaron a entender, a través del Fundador, el luminoso camino de la “obra”.

Diego de León

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

A finales del verano de 1940 el Padre se traslada a una nueva casa que ha sido posible alquilar en la calle de Diego de León. Sigue funcionando Jenner como Residencia Universitaria, pero es necesario habilitar el nuevo inmueble como Sede Central de la Obra y como Centro para la formación de los miembros que acuden de muy diversos puntos de España. La familia de don Josemaría se traslada también para ayudar a poner en marcha este recién logrado instrumento de vida y apostolado. La casa es grande, de amplia escalera y techos altos; se trata de un edificio de tres plantas, semisótano y un pequeño jardín arbolado que la dota de cierta independencia. Ha permanecido sin alquilar durante mucho tiempo y, al entrar, acuden el frío y la humedad como dos anfitriones poco acogedores.

Durante los primeros meses del curso 40-41 el invierno dejará caer su intensidad. No hay casi muebles, y los suelos de mármol no contribuyen a caldear el ambiente. No se puede encender la calefacción por falta de presupuesto.

De 1940 a 1945, “Diego de León” va a ser testigo presencial de una sucesión de acontecimientos que ya son historia del Opus Dei, y que Monseñor Escrivá de Balaguer no dudará en llamar: historia de las misericordias de Dios. Podrían aplicarse a esta casa las palabras con que el Fundador se refiere al primer hogar de Nazaret, modelo de toda familia cristiana:

«Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad, que es la Redención»(9).

Poco a poco se irán llenando los espacios con muebles comprados de ocasión y restaurados, después, pacientemente. El Padre podrá ocupar en octubre de 1941 su despacho-dormitorio. Junto a esta habitación, el oratorio. Primitivamente lo preside un cuadro de Nuestra Señora de los Angeles, pero en 1942 será sustituido por el retablo definitivo: Santa María rodeada por tres apóstoles y arcángeles, patronos de la Obra. Se ha pintado en el taller de los hermanos Albareda de Zaragoza y recibirá un toque final por obra de los pinceles de Fernando Delapuente.

En 1967, un cuarto de siglo más tarde, el Padre recorre la casa, totalmente reestructurada, excepto la parte antigua, que sus hijos han querido conservar intacta. Disfruta al descubrir, en cada habitación, los muebles que adquirió personalmente, con tanto cariño y sacrificio.

Durante algún tiempo tuvo una mesa espaciosa, pero de ínfima calidad, de pino barnizado. Los chicos la cambiaron por un escritorio comprado en una casa de compra-venta de muebles usados que había en la calle de Leganitos. Por su línea y volumen, el Padre la «bautizó» inmediatamente con el nombre de “la pianola”. Y comentó que aquél armatoste habría costado probablemente mucho dinero. En realidad el dispendio había sido muy corto(10).

Siempre le parece excesivo lo que se destina a su uso personal. Algún tiempo después, sobre una chimenea próxima a este mueble, descansará una «Piedad» de porcelana regalo de don Félix Granda. Cerca de sus manos tendrá también un aislador de vidrio como pisapapeles. Bromeando dirá que le recuerda la obligación de no ser aislante, de transmitir el espíritu de la Obra.

El 3 de mayo de 1968, durante otro viaje a Madrid, evoca acontecimientos vividos en el oratorio de “Diego de León” en este período que tuvo su comienzo en 1940:

«Recuerdo que allí han velado mis hijos los restos de mi madre y de mi padre. Recuerdo que allí hemos recibido muchas gracias del Señor (…). Junto a ese sagrario pobre, yo reunía a vuestros hermanos que hoy son mayores y les contaba las cosas agradables y las desagradables (…). Las grandes noticias de la historia de la Obra las he dado siempre pegado al sagrario, y, durante unos años, en esta casa»(11).

Camino de Burgos

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En diciembre de 1937, nieva fuerte sobre Pamplona. Acaban de llegar Pedro y Paco, que han salido temprano, en tren, desde San Sebastián. El Padre viene en coche, unas horas más tarde. Le ha invitado el Obispo de la diócesis, don Marcelino Olaechea, y va a hospedarse en el palacio episcopal. Son amigos desde hace varios años.

Muy próxima a las habitaciones que ocupa el Padre hay una capilla. En la sacristía, se puede ver un gran armario-cajonera con ornamentos sagrados. Allí se prepara, diariamente, todo lo necesario para celebrar las Misas. De esta cercanía brotará la inspiración de aquel punto de «Camino»: «¡Loco! -Ya te vi -te creías solo en la capilla episcopal- poner en cada cáliz y en cada patena, recién consagrados, un beso: para que se lo encuentre El, cuando por primera vez “baje” a esos vasos eucarísticos»(1).

El Fundador está haciendo unos días de retiro. Su oración se eleva desde un rincón silencioso, en penumbra, dentro de la capilla. Entra el Vicario General, sin advertir la presencia de don Josemaría y, después de ponerse el roquete y la estola, consagra varias patenas y cálices. Sobre ellos, el pan se convertirá en Cuerpo de Cristo, el vino se transubstanciará en la Sangre del Dios Hombre. Apenas sale el Vicario General cuando el Padre se acerca a besar los vasos sagrados. Para que el Señor encuentre su gesto la primera vez que se utilicen en la Santa Misa. Es la locura de los enamorados que no vacilan ante cualquier encuentro.

Durante estos días de retiro espiritual don Josemaría llega a unas conclusiones, unos propósitos ascéticos. Entre ellos, el de dormir sólo cinco horas diarias, a excepción de la noche del jueves al viernes, que pasará en vela, rezando y trabajando. Decide este plan en un estado físico deplorable. Después del paso de los Pirineos, su salud se ha quebrantado notablemente. La delgadez es impresionante. Pero ninguna situación le impedirá adoptar un género de vida muy duro y sacrificado.

Don Marcelino Olaechea siente gran afecto por el Fundador del Opus Dei. Aunque tiene más edad que el Padre le trata con toda deferencia. En 1935, cuando fue consagrado Obispo de Pamplona, el Fundador le había enviado como regalo un cáliz muy sencillo. Sin embargo, es tanto el aprecio de don Marcelino hacia este sacerdote, que, en el futuro, decidirá celebrar habitualmente la Santa Misa con ese cáliz. Y cumplirá su propósito, aunque pueda disponer de otros vasos sagrados mucho más valiosos. Porque éste tiene la riqueza de la amistad de un hombre que considera santo.

El 24 de diciembre de 1937, Pedro y Paco están de guardia en su acuartelamiento. En este día de Navidad, y tras cumplir su servicio, pasarán unas horas formidables con el Padre y con José María Albareda, que ha venido de Zaragoza. Pasean, intercambian toda clase de proyectos y recuerdos. Hablan de otros miembros de la Obra y amigos repartidos por España. Comen en un pequeño restaurante de la Plaza del Castillo. El Padre les comunica que fijará temporalmente su residencia en Burgos. La ciudad es como la capital de la zona nacional y desde allí se puede atender mejor a todos los que se hallan dispersos por la geografía del país.

Mientras caminan, sin sentir apenas el frío de la nieve, por Pozoblanco, Zapatería, Mercaderes, Santa María la Real…, pesan la posibilidad de que Pedro y Paco puedan ser destinados también a la misma ciudad castellana. Así podrían convivir con el Padre en esta nueva etapa que se abre con el año.

En la fiesta de Reyes, el Padre se marcha de Pamplona. Poco tiempo más tarde, el 20 de enero, Paco recibe la noticia de su destino militar a Burgos. Pedro, de momento, se queda solo; pero el Padre viajará mucho y tiene ocasión de verle con cierta frecuencia. La patrona de la pensión situada en la calle de Pozoblanco adivina, con la intuición de las gentes sencillas, la categoría sacerdotal de don Josemaría. Y esta simpatía acaba redundando en beneficio de Pedro, que pasa a ser un soldado importante en la escala de valores de la dueña de la casa. Tiene el Fundador esta capacidad de acercamiento a gentes de toda condición.

Por ejemplo, nada más concluir la caminata de los Pirineos para cruzar la frontera francesa, hubieron de parar en Les Escaldes de Andorra. Allí entran un momento en el Bar Burgos. Junto al mostrador, una mujer sostiene en brazos a un niño de dos años. A pesar del agotamiento, el Padre sabe tener una palabra afectuosa, coge al niño un momento, le dice un piropo y le regala un azucarillo que le han servido con el café. Mucho tiempo después, un miembro del Opus Dei en una numerosa tertulia, celebrada en Castelldaura, llama la atención del Fundador:

-«Quiero contarle una anécdota. El próximo día 2 de diciembre hará treinta y cinco años que usted estuvo en Andorra con los primeros, en Les Escaldes y concretamente en el Bar Burgos, bar que fundaron mi padre y otro señor. La anécdota consiste en que usted dio un azucarillo a mi hermano (…). Mi hermano, es ahora de la Obra»(2).

El Padre se acuerda perfectamente. Y se alegra por ese hijo suyo al que, sin duda, dedicó una oración en aquel día, ya lejano, lleno de cansancio.

Mientras pasea y habla con el Padre durante las breves horas que pasa en Pamplona, Pedro Casciaro comprueba, una vez más, que Dios es el gran tema de la vida del Fundador. Jamás, ni en la zona dominada por los comunistas ni en la que le acoge ahora, se desliza al fácil comentario partidista sobre la contienda política. Siempre, el dique de su respeto por las personas. Este soldado es testigo de excepción para esa calidad humana y sobrenatural, puesto que en su familia existe el más abigarrado espectro político: radicales socialistas, republicanos moderados, monárquicos, voluntarios en las Brigadas Internacionales y hasta un pariente preso con José Antonio Primo de Rivera en la cárcel de Alicante. Don Josemaría Escrivá de Balaguer reza por la paz y la libertad, por la Iglesia y el retorno de los hombres a Dios. Y, para ello, actúa según la norma entera de su vida: reza, trabaja, calla.

Con razón podrá responder a un periodista, muchos años más tarde, al interrogarle acerca de un pretendido «integrismo» por parte del Opus Dei:

«El Opus Dei no está ni a la derecha ni a la izquierda, ni al centro. Yo, como sacerdote, procuro estar con Cristo, que sobre la Cruz abrió los dos brazos y no sólo uno de ellos: tomo con libertad, de cada grupo, aquello que me convence, y que me hace tener el corazón y los brazos acogedores, para toda la humanidad; y cada uno de los miembros es libérrimo para escoger la opción que quiera, dentro de los términos de la fe cristiana.

En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra es la primera organización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad»(3).

En busca de la libertad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 18 de julio de 1936, Pedro Casciaro está de vacaciones en Alicante. Vive con sus abuelos, que tienen nacionalidad británica, circunstancia que les pone a cubierto de toda persecución. El resto de la familia está adscrita, ideológicamente, al Gobierno de la República. Su seguridad, por tanto, está protegida, pues allí no ha triunfado el alzamiento. Después de ser movilizado por el ejército de Levante se le destina a Valencia, y en la ciudad va a encontrarse, una vez más, con Paco Botella. Este se ha trasladado con su familia desde Alcoy a Valencia, y vive en un piso de la Avenida del Marqués del Turia.

También José María Hernández de Garnica, que ha estado a punto de ser fusilado en Madrid, es conducido a la cárcel de Valencia y, por fin, puesto en libertad.

Hasta aquí les llegan cartas y postales escritas frecuentemente por el Padre. Vienen firmadas con el nombre de Mariano, que consta en la fe de Bautismo de Barbastro, y que adopta ahora para no comprometerles si la censura llega a sospechar su procedencia. Otras veces es Isidoro Zorzano quien transmite las ideas del Padre traducidas a un lenguaje, en clave familiar, con el que se han llegado a entender perfectamente.

A pesar del riesgo que supone y de la zozobra constante que rodea la vida del Fundador en estos meses, no ha dejado de esforzarse para seguir ayudando y dirigiendo a sus hijos, que se encuentran esparcidos por el peligro de frentes, cárceles, embajadas y ciudades.

A primeros de octubre de 1937, llega a Valencia la gran noticia: un grupo de personas conocidas, entre las que se encuentra el Padre, llegará a la ciudad en breve plazo. No se precisa fecha. Pedro y Paco no aciertan a explicarse cómo han podido obtener los pasaportes o salvoconductos necesarios para salir de Madrid y viajar a otra provincia. Es un trámite difícil y arriesgado.

Una de las muchas tardes de este otoño, Pedro, concluido su servicio en la Dirección General de los Servicios de la Remonta, llega hasta la casa de la familia Botella. Abre la puerta la madre de Paco y le dice que unos señores de Madrid le están esperando en la salita. Al entrar en la habitación, iluminada a contraluz por el atardecer, distingue a un hombre delgado, vestido de gris oscuro y que, apenas le ve, se acerca con los brazos abiertos:

«Perico, ¡qué alegría de volver a verte!»(1).

Es la voz del Padre. Al sentir su abrazo, Pedro no puede contener la emoción y ha de pasar un buen rato hasta que logra tranquilizarse. Aprecia los cambios que se han operado desde que le vio por última vez, en Madrid. Parece tener más edad; está enormemente delgado; su mirada sigue siendo penetrante y afectuosa tras unas gafas de montura gruesa. No han cambiado su palabra y su acento.

El Padre explica que han tomado la resolución, después de haber rezado mucho, de cruzar la frontera catalana a través del Pirineo. Lo que no les dice, en ese momento, es cuánto le ha costado tomar esta decisión, y cuántos argumentos han tenido que emplear los que le acompañan para hacerle huir del peligro de Madrid. Mientras quede uno solo de sus hijos expuesto a la persecución, se niega a abandonar la ciudad ante la remota, casi imposible, oportunidad de ayudarle. Tienen que emplear toda clase de dialéctica para que abandone una situación cada vez más comprometida. Sólo la necesidad de seguir realizando el Opus Dei, la convicción de que es preciso hablar libremente de aquello que Dios ha puesto en su alma, le harán plegarse a las razones de quienes le rodean. También deja en la capital de España a su madre y a sus hermanos.

Se han trasladado en coche hasta Valencia. El viaje ha sido largo, con repetidas paradas en controles de milicianos y constantes situaciones de riesgo. Cae el sol, cuando llegan a la ciudad del Turia. Acompañan al Padre José María Albareda, Tomás Alvira y Manolo Sáinz de los Terreros. Es el 8 de octubre de 1937. Les ha precedido Juan Jiménez Vargas, que ha demostrado a lo largo de todo este tiempo una infatigable capacidad de resolver dificultades y hallar recursos que protejan la vida del Fundador.

Unos días antes, paseando por la Avenida del Marqués del Turia, Juan transmite a Pedro y a Paco las ideas que ha oído al Fundador a lo largo de estos meses: todo cuanto sucede es trascendental para la Obra; resulta necesario armarse de madurez humana y de gran valor sobrenatural. El llamamiento de Dios es lo primero, y exige superar todo temor, todo pretexto de juventud; es preciso tener la convicción de que el Opus Dei ha de salir adelante; para esto, hay que ceder planes y compromisos por muy acuciantes que parezcan.

Apenas un mes antes, José María Albareda, el que habría de ser durante largos años uno de los motores de la investigación científica en España, ha pedido su admisión en el Opus Dei. En el estallido de la guerra, ha pagado ya su trágico denario de sangre en las personas de su padre y un hermano fusilados en Caspe. Es la familia de Albareda la que ha encontrado los enlaces precisos, en Cataluña, para intentar el paso del Pirineo y la entrada en zona nacional.

Al día siguiente, el grupo que ha llegado de Madrid se reúne con Pedro y Paco en la mayor discreción posible; caminan hasta una modesta fonda, en la parte vieja de la ciudad. Pedro conoce bien el lugar y sabe que no suele presentar ningún peligro. Y, sin embargo, hay un momento difícil: cuando están comenzando el almuerzo, entra un grupo armado pidiendo documentación. Pedro, al darse cuenta, palidece. El Padre le dice en voz baja, al notar su preocupación:

«Quédate tranquilo; encomiéndalo a los Custodios»(2).

Al llegar a la mesa que ocupan, los milicianos sólo piden la documentación a Pedro Casciaro, que está rigurosamente en regla.

Ese mismo día, por la tarde, acuden a la estación para tomar el tren camino de Barcelona. Los andenes, bajo la estructura de hierro, acogen una multitud abigarrada: soldados, milicianos, gentes con indumentarias indescriptibles, actitudes vociferantes o gestos furtivos de recelo. Maletas de madera, cestos, fusiles, humo y suciedad en vagones repletos. Pedro y Paco, que han venido a despedirles, observan al Padre, en medio de aquella confusión. Querrían acompañarle. Sin embargo, antes de que el tren emprenda la marcha, es don Josemaría quien les infunde ánimo, enviándoles una sonrisa optimista desde la ventanilla. Al arrancar el convoy introduce su mano dentro de la chaqueta y hace allí la señal de la Cruz, bendiciéndoles.

La pitillera de plata, que continúa oculta en el bolsillo interior, lleva Formas Consagradas. Durante este tiempo, muy cerca del corazón del Padre, es el único sagrario de la Obra.

El viaje es lento, con paradas imprevistas e interminables. Todavía no ha roto el alba, cuando el Fundador decide consumir la Eucaristía, por reverencia. La mayor parte de los viajeros duermen en los asientos, en el suelo de los pasillos, apoyados en las paredes; pero algunos grupos hablan y blasfeman a grandes voces.

Nunca olvidará el Padre esta noche. Ni otras muchas que ha pasado en oración pidiendo y reparando por una multitud de almas enajenadas para las que Dios se ha ocultado, igual que la luz, en la tarde de este día.

Al llegar a Barcelona, se distribuyen por diversas casas. Y rápidamente se inician las gestiones para conectar con los guías que han de pasarles a través del Pirineo. Sin embargo, todo es lento y peligroso. Los periódicos publican el asesinato de un grupo numeroso de refugiados que intentaban huir y han sido descubiertos por la vigilancia armada cerca de la frontera. Esto supone un retraso, porque es necesario esperar a que la situación adquiera nueva calma.

Cuando apenas hace una semana que han llegado a Barcelona, Pedro Casciaro recibe un telegrama en su pensión de Valencia: dice que le esperan en la Ciudad Condal.

Ni por un momento duda en afrontar las consecuencias y los peligros de este viaje. Está militarizado; no es posible obtener un permiso de desplazamiento; tiene que desertar de su puesto. Tampoco pone en la balanza de intereses la opinión que su familia -que continúa viviendo en Albacete- pueda formar acerca de esta determinación.

Al día siguiente toma el tren. Cuando llega a la estación terminal de Barcelona, le esperan el Padre y Juan. Como es muy temprano, en la casa donde se alojan tienen todo preparado para celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Pedro se conmueve, después de tantos meses, viendo la piedad, la serenidad del Padre que recita las oraciones litúrgicas. No hay ornamentos. Todo es improvisado. Todo menos el amor de la Consagración, del retorno de Cristo vivo hasta los hombres. Hay un momento en que la memoria y el cariño le transportan al primer y querido oratorio de la Residencia de Ferraz.

En Barcelona se entera de que el Padre sufre constantes vacilaciones en su idea de cruzar el Pirineo. No quiere dejar atrás a los que, de algún modo, quedan expuestos al peligro, y al mismo tiempo ve la necesidad de extender la Obra. Le ha llamado para que conozca los trámites que han puesto en marcha para salir de España. El Fundador quiere que, en una próxima expedición, otro grupo pueda seguir sus pasos. Pero aunque la angustia de dejar atrás algunos hijos suyos hace presa en su ánimo repetidas veces, no se trasluce en su gesto ni en su porte. Está alegre con todos. Sigue sembrando buen humor.

Durante un día entero, Pedro disfruta de la compañía del Padre en Barcelona. Pero ha de tomar el tren de regreso a Valencia. En el andén, el Fundador y Juan Jiménez Vargas le despiden. Cuando llega a su acuartelamiento en la ciudad del Turia, el coronel que manda el regimiento ha sido informado de la desaparición del soldado Casciaro. Causa verdadero estupor verle aparecer, un día más tarde, alegando un viaje indispensable para el que no tuvo posibilidad de solicitar permiso.

Gracias a que su conducta siempre fue correcta, y a la suerte, Pedro sale bien parado de esta huida. Sólo van a castigarle con quince días de arresto.

Apenas olvidado el percance, llega JuanJiménez Vargas desde Barcelona. El Padre no desea irse de España si no les acompañan Pedro y Paco. Juan ha emprendido el arriesgado viaje para volver con ellos. También se va a incorporar al grupo Miguel Fisac. Una semana después, llegan por la ruta Valencia-Barcelona. Según consta en sus documentaciones, falsas, se trata de soldados de Servicios Auxiliares que gozan de permiso por asuntos de familia.

En efecto: el Padre y varios hermanos les esperan en Barcelona para resolver importantes asuntos de familia. Es, y esto ya no puede constar en ningún salvoconducto, una familia de vínculo sobrenatural que ha de luchar pacíficamente para seguir haciendo, sin bandos ni prejuicios, con la libertad de los hijos de Dios, el Opus Dei sobre la tierra entera.

En la Legacion de Honduras.

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En enero de 1937, Juan Jiménez Vargas sale de la cárcel y va al sanatorio. El Padre sigue allí, aunque nota un ambiente de recelo. Hay una enfermera que sospecha, desde hace algún tiempo, que este paciente no padece enfermedad alguna. Un día se presentan los milicianos. Hay, en el establecimiento del doctor Suils, otras personas refugiadas que se hacen pasar por locos. La situación es peligrosa. Hasta que un enfermo se acerca a uno de los que amenaza con un arma y pregunta, con toda seriedad, cogiendo la metralleta: -«¿Esto es un instrumento de aire o de cuerda?»(14) La intervención es providencial. Los que dirigen la redada deciden que allí no hay nadie en su sano juicio y abandonan el lugar. Sin embargo, en la clínica no hay sitio para que Juan y José María permanezcan más tiempo allí, y el Padre no quiere quedarse si no puede compartir este refugio con ellos. Es preciso encontrar otro lugar. José María González Barredo está relacionado con el Cónsul de Honduras en Madrid; a través de una cadena de amigos, trazan el plan para lograr cobijo en espera de futuros acontecimientos. A pesar del gran número de gentes que solicitan asilo político dentro de Legaciones y Embajadas, esta vez la gestión tiene resultados positivos. A primeros de marzo de 1937 pueden trasladarse al edificio situado en el Paseo de la Castellana número 51, muy cerca de la Plaza de Castelar. Es, en realidad, la propia casa del Cónsul de Honduras. Toda su familia se ha instalado en un par de habitaciones con los muebles y objetos de su propiedad. El resto de la vivienda, más bien destartalada y vacía, ha quedado a disposición de un grupo abigarrado de personas que huyen de la muerte. En los meses de mayor persecución llegará a pasar un número elevado de hombres y mujeres por la protección de esta casa del Paseo de la Castellana. Nada más entrar, y a la derecha del vestíbulo, hay una puerta grande que se abre a un largo corredor; a los dos lados, varias habitaciones, cada una ocupada por un grupo de personas vinculadas por algún nexo de amistad o parentesco. A uno de estos cuartos con suelo de loseta, provisto de una estrecha ventana que da a un patio interior, llegarán el Padre, su hermano Santiago, Alvaro del Portillo, José María González Barredo, Juan Jiménez Vargas y Eduardo Alastrué, un estudiante que frecuentaba la Residencia de Ferraz. Sobre estos diez metros cuadrados, iluminados por una bombilla que cuelga solitaria del techo, se pueden ver cuatro colchones enrollados, sin ropa alguna de cama. Durante el día servirán de asientos. Por la noche, se extienden sobre el suelo y dan cabida a seis personas. Los refugiados tienen edades, condiciones y oficios muy diversos, pero predominan los que, en tiempo de paz, dedicaban su actividad a profesiones liberales: médicos, ingenieros, profesores, artistas… Algunos han perdido a varios miembros de la familia; otros, han salido de la cárcel. Muchos, desconocen el paradero de sus gentes. En esta situación, aislados y reducidos a una interminable espera sin plazo presumible ni resultados finales fáciles de predecir, es lógico que el ambiente sea tenso; a veces crítico. Y que la convivencia resulte difícil porque los nervios, las privaciones e incertidumbres actúan, un minuto tras otro, sobre el ánimo de todos. En ese ambiente, contrasta y no pasa inadvertido el modo de enfocar y vivir la situación de este grupo de hombres que acaba de llegar a la Legación. Aun participando de la tragedia colectiva, a veces en una medida más colmada que los otros, mantienen la alegría y la paz, el interés por el estudio y el trabajo cotidiano, la atención por cada uno de sus compañeros, la objetividad y caridad en el trato y las conversaciones. El Padre organiza un horario. Desde el primer día, celebra la Santa Misa. Alguna vez puede hacerlo en el vestíbulo, sobre un mueble-consola de traza elegante; y utiliza, como cáliz, una taza de oro que la familia del Cónsul pone a su servicio. Pero el Cónsul y algunos de los refugiados tienen miedo a una denuncia y el Padre ha de celebrar, habitualmente, en la propia habitación en la que permanecen casi todo el tiempo. Colocan varias maletas superpuestas como un altar portátil, y con elementos improvisados, pero elegidos y tratados con el amor y la veneración del uso a que van a destinarse, tiene lugar la Misa cotidiana. El Padre recita despacio, intensamente, las oraciones del Santo Sacrificio. Con frecuencia les prepara charlas, meditaciones, comentarios a textos evangélicos. Y anima el ambiente con una esperanza y un calor inexpresables. Organizan una tarea para cada uno. Estudian; trabajan en la medida de sus posibilidades. Alvaro del Portillo, incluso, se brinda a llevar las cuentas y gastos de la Legación porque ve abrumada a la familia por la carestía y el número creciente de personas que viven allí. El Padre visita y anima con frecuencia al Cónsul y a su mujer, que se encuentra enferma. Les lleva su sentido sobrenatural, su buen humor, la esperanza en un final más feliz. Y el agradecimiento de cuantos han salvado la vida a costa de su hospitalidad. La apatía o el aburrimiento no hacen presa en ellos, a pesar de la lentitud con que las horas se deslizan dentro del encierro. José María González Barredo habla de sus experiencias e investigaciones científicas; a veces, salta el recuerdo de su tierra y canta «asturianadas». Juan relata sus andanzas por los frentes. Eduardo Alastrué escribe las charlas y meditaciones de don Josemaría, ayudado por una memoria de hierro que no le falla nunca. Alvaro hace observaciones sobre el ambiente, con una visión humorística que despierta la risa colectiva. Santiago disfruta con las ocurrencias de todos. A lo largo de toda la vida recordarán aquel encierro, arduo pero también entrañable. Incluso gozoso. Guardan una imagen inolvidable del calor humano y sobrenatural de este rincón de refugiados. Habitualmente informado de la situación del país, el Padre está atento a cuanto ocurre, aunque no se deja abatir por noticias adversas. Cuando los demás celebran victorias, él permanece callado. Este es un desastre entre hermanos y como tal le afecta. Los que comparten estas largas horas son testigos de que nunca se le oye un comentario peyorativo ni para las personas, ni para las dificultades de toda índole. No es prudente que Isidoro Zorzano visite con exceso la Legación. Por eso, hay otros emisarios que resultan insustituibles: son los hermanos pequeños de Alvaro del Portillo, María Teresa y Carlos. Debido a su corta edad, los vigilantes de la puerta son grandes amigos. Bromean con los chiquillos y les dejan pasar sin dificultad. María Teresa y Carlos van a ver a su hermano, aunque ése es un secreto que saben mantener. Y además, llevan ocultas en los calcetines noticias que Isidoro les traspasa. El Padre les da, alguna vez, pequeños papeles escritos de modo que no puedan comprometer, que salen de la Legación de Honduras por la misma inocente valija diplomática. Los llevan hasta la casa de Isidoro en la calle de Serrano. A los pequeños les gusta mucho ir a la Legación. Se sienten importantes y, además, lo pasan muy bien. Ven a Alvaro; juegan sobre los colchones y el Padre les hace reír de firme. Años más tarde, recordando estas anécdotas, el Padre habla con María Teresa y Carlos: -«¿A que siempre estábamos de muy buen humor?»(15) Preocupa a don Josemaría no tener noticia de los que han quedado en Levante. Por eso, decide escribir desde la Legación. Pero resulta peligroso porque existe una censura de correos muy estricta: ni las propias Embajadas están a cubierto de asaltos, saqueos y fusilamientos. Sin embargo, el Padre ve la necesidad de tener un mínimo contacto con sus hijos a lo largo de estos meses. Por este motivo, en sus cartas deberá utilizar una terminología comprensible para ellos pero oscura para la investigación de los censores. De este modo, los miembros de la Obra, dispersos por la geografía de España, tendrán noticias del Fundador y de quienes le acompañan. A pesar de su ánimo, la energía humana y sobrenatural del Padre se siente prisionera dentro de estos muros. Sigue sin documentación civil que le permita salir, pero, tras varias gestiones, consigue del Cónsul un documento que le acredita como Intendente General del Consulado de Honduras. Es muy poca protección pero, al menos, puede parar un primer golpe. Le regalan un traje que, por supuesto, no responde a sus medidas. Está delgadísimo: ha perdido más de treinta kilos durante su encierro. La falta de alimentos es muy grave; además, el Padre se somete a una penitencia continua que le lleva a ceder parte de la exigua comida a otros refugiados y a buscar la mortificación voluntaria que añade a las penalidades del entorno. La mayor parte de los días se mantiene con un poco de sopa de arroz y algarrobas. No hay otra cosa. Un día, doña Dolores Albás puede acudir a la Legación de Honduras para ver a su hijo sacerdote -después de muchos meses de persecución y angustia-, y no le reconoce. Tanta es su. delgadez. Sólo puede identificarle cuando la llama. El único rasgo que mantiene intacto es el tono de voz. Desde que don Josemaría tuvo que huir precipitadamente de la casa de su madre, en agosto de 1936, ella y Carmen no le han vuelto a ver. Los miembros de la Obra que aún pueden circular por Madrid, aprovechan la menor coyuntura para acercarse a la casa de la calle de Caracas, donde la Abuela y Carmen están refugiadas. En estas dificilísimas circunstancias siguen encontrando el cariño y la atención de un hogar. Algunos recordarán siempre el día de San José de 1937. La familia del Fundador invita a almorzar a todos los que tienen posibilidad de acudir. Nadie sabe a costa de qué privaciones doña Dolores y Carmen convierten la jornada en una gratísima fiesta. El día 31 de agosto de 1937, don Josemaría abandona este refugio definitivamente, para iniciar su actividad apostólica dentro de la ciudad en guerra. Vive en una pensión, en el ático del número 67 de la calle de Ayala, con Juan Jiménez Vargas. Lleva con frecuencia el Santísimo consigo dentro de una pitillera de plata, con el interior dorado, envuelto en uno de los pequeños corporales que hiciera su hermana’ Carmen. Una vez cerrada, la enfunda en una bolsa de tela que tiene dibujada la bandera de Honduras. El Padre la sujeta además, con unos imperdibles, al forro del bolsillo interior de la chaqueta. Dios hecho Hombre, entre los hombres que sufren, comienza a pasear las casas, las calles de Madrid, protegido por un pabellón extranjero. Así puede asistir de cerca a la enfermedad de don Ramón del Portillo, padre de Alvaro, que muere el 14 de octubre de 1937 en una casa situada bajo la protección de la Embajada de México, en la calle de Veláquez 98. Le han ocultado a su hijo la gravedad para impedir que salga de la Legación y exponga su vida. El Padre viene todos los días con una cartera en la mano. Ante los extraños, pasa por ser el médico. Don Ramón del Portillo muere a causa de una tuberculosis imparable. El entierro tiene lugar el día 15. En su incesante dedicación apostólica de estos meses, el Padre se pone en contacto con José María Albareda, que vive en un piso de la calle Menéndez y Pelayo. Allí conoce también a Tomás Alvira, que años más tarde será una de las primeras personas casadas que soliciten la admisión en el Opus Dei. Celebra el Santo Sacrificio en el fervor de pequeñas reuniones, y extrema su amor a la Eucaristía en esta época en la que revive la actuación y el modo de los primeros cristianos durante las persecuciones. Incluso llega a dar unos días de retiro espiritual, dirigiendo las meditaciones en distintas casas, para no llamar la atención; reúne a unos pocos que se encuentran y separan discretamente, y que rezan, por entre la angustia y la tristeza de los peatones, la luminosa plegaria del Rosario a María, Madre de Dios y de los hombres. En una tienda que se dedicaba, hasta que estalló la guerra, a vender objetos religiosos consigue una pequeña imagen de la Virgen. Años más tarde, el 14 de febrero de 1961, en Roma, contará cómo fue la aventura de esta adquisición: «Me acuerdo, como si fuera ahora, de cuando compré esa imagen de la Virgen, en plena guerra civil de España. Fue en la plaza del Angel, en una tienda donde venden marcos, estampas y, sobre todo, espejos. Se asustaron cuando les pedí una imagen de Nuestra Señora. Saqué mis documentos, y la trajeron desde la trastienda, muy a escondidas. Luego la tuvimos en el piso donde estuve refugiado con Juan: un piso que nos dejaron. Al día siguiente de irnos, cayó allí una bomba. A mí me gusta mucho esta imagen, porque me recuerda un poquico a mi madre. No es que se le parezca, pero tiene algo de ella»(16) El cuadro es una reproducción de L’Addolorata de G. B. Salvi, llamado el Sassoferrato, un pintor italiano del siglo XVII.

El primer sagrario

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 19 de marzo de 1975, recordando el Fundador los tiempos de Ferraz 50, decía a sus hijos:

«Nuestra mayor ilusión era poner el oratorio, cosa que ahora os parece tan fácil, ¿verdad, hijos míos? Y es fácil porque hemos logrado, desde hace muchos años, tener jurídicamente el derecho a poner oratorios semipúblicos con Nuestro Señor reservado. Pero entonces no teníamos derecho a nada»(18).

La solicitud de los permisos necesarios para erigir el oratorio de Ferraz 50 va firmada por el Padre el 13 de marzo de 1935 y dirigida al Excelentísimo Señor Obispo de Madrid-Alcalá(19). Tanto la persona del Fundador como las actividades apostólicas y culturales de la Residencia han ganado la confianza de la más alta jerarquía de la Iglesia en la ciudad y, muy pocos días después, quedará consagrado en la casa un oratorio semipúblico, con licencia para celebrar la Santa Misa diariamente y para todas las funciones sagradas previstas por el Derecho Eclesiástico.

Durante muchos meses, y desde hace años, es el más ardiente deseo del Padre. Tanto que, ante las diversas dificultades, ha decidido invocar en su ayuda a un buen intercesor: San José. Recuerda cómo otro José, el hijo de Israel, en la historia del Antiguo Testamento, llega a ser primer ministro: aquel a quien envía el faraón cuando el pan escasea: «Id a José». Es la frase bíblica. En la nueva generación de cristianos, San José, elegido por Dios para cuidar a Jesús que se nos ofrece en el Pan Eucarístico como alimento permanente, será el mejor mediador. “Ite ad Ioseph” (20) se convertirá en oración para que Dios venga de nuevo a «plantar su tienda entre nosotros» (21). Y, en efecto: en el mes de marzo de 1935, Dios viene a habitar en el primer sagrario del Opus Dei.

A lo largo de este curso, con el entusiasmo y sacrificio de todos, se irá completando la instalación del oratorio. El Padre dirige la construcción del altar. El fondo de la habitación se decora con una tela, de color verde, de la misma anchura que el altar. Sobre el lugar que ocupará el sagrario, una especie de baldaquino de madera forrada sujeto al techo.

El párroco de la iglesia de San Marcos certifica que todo lo referente al local está en orden. Han trabajado de firme para lograr lo más indispensable. El escultor Jenaro Lázaro Gumiel ha prestado una bella imagen de la Virgen; pero, al fin, se pone como retablo un cuadro que representa a Cristo partiendo el pan en Emaús y dándose a conocer a los discípulos. En una de las paredes laterales irá una representación de la Virgen del Pilar. También el futuro sagrario saldrá del taller. de Jenaro Lázaro y, hasta entonces, consiguen que la Madre Muratori, una Religiosa que aprecia mucho al Padre, Priora de las RR. Reparadoras de Torija, les preste uno de madera dorada que no se utiliza en el convento(22). La llave que custodiará este sagrario lleva una cadena y una medalla acuñada con la imagen de San José: “Ite ad Ioseph”, se puede leer grabado en el envés. Es el agradecimiento de la Obra al Patrono de la Iglesia universal que les ha traído a Cristo Eucaristía.

Todavía faltan muchas cosas: candeleros, vinajeras, atril, bandeja… El cáliz y el copón los ha conseguido el Fundador, que quiere celebrar la primera Misa el 31 de marzo de 1935.

Unos días antes, el portero sube con un gran paquete. Lo ha dejado un señor en la portería, sin acompañarlo de tarjeta ni remitente. El Padre lo abre y allí, perfectamente colocado, está todo lo que faltaba para concluir la instalación del oratorio. En broma, y un poco en serio, los chicos dicen que han debido llevarlo, hasta Ferraz, San Nicolás o San José.

Alguien supuso que el generoso donante fue, esta vez, don Alejandro Guzmán, que tantas veces acompañó al Padre en sus correrías por los barrios de Madrid, visitando pobres y aliviando enfermos. Su barba cerrada y su capa española perfilan la estampa elegante de un hombre muy ligado a los primeros pasos de la Obra en Madrid.

Pedro Casciaro recuerda la alegría de don Josemaría Escrivá de Balaguer en estos últimos días de marzo de 1935:

«Los pensamientos del Padre en aquella tarde convergían muy especialmente hacia el nuevo Sagrario: el Señor, comentaba, jamás deberá sentirse aquí solo y olvidado; si en algunas iglesias a veces lo está, en esta casa donde viven tantos estudiantes y que frecuenta tanta gente joven, se sentirá contento rodeado por la piedad de todos, acompañado por todos. Tú, ayúdame a hacerle compañía, me dijo finalmente.

Me conmovió ver su amor a Jesucristo en el tabernáculo, y como yo iba diariamente a la Escuela de Arquitectura, que entonces estaba cerca de Ferraz, me “comprometí” gustoso a ir tantas veces como pudiera a la Residencia para “hacer un ratico de oración” delante del Sagrario (…). Fue seguramente entonces cuando el Padre me dictó el texto de la Comunión espiritual que, desde entonces, he recitado toda mi vida»(23).

El 31 de marzo el Padre celebra la primera Misa. Con casulla blanca, gótica. Los candeleros escalonados hacia el Crucifijo, el altar adornado con flores naturales, y el oratorio lleno de gente. Están todos los de la Obra, los residentes y muchos amigos que asisten al acontecimiento. Es un día imborrable: Jesucristo ha llegado al primer sagrario del Opus Dei en el mundo.

Francisco Botella escribe acerca de las veces que pudo presenciar una Misa oficiada por el Fundador:

«Las primeras veces que asistí a esas Misas fueron un auténtico descubrimiento. Se veía al Padre embebido en Dios, y se comprendía mejor el sentido del Santo Sacrificio del Altar (…).

Recuerdo especialmente un sucedido. Yo dormía en el piso de Ferraz, 48. Alguna vez me quedaba a estudiar después de cenar, antes de acostarme. Por la ventana de la habitación donde yo dormía echaba una mirada a la ventana del oratorio, a través de una especie de patio que separaba los dos edificios. Una noche (…) -el Sagrario se entreveía a través de la ventana- vi a nuestro Padre arrodillado junto al altar, con la cabeza pegada a él, recogido en oración»(24).

Atraídos por este espíritu, la afluencia de estudiantes a Ferraz 50 va en aumento. Y la Academia “DYA” está repleta. Muchos de los que acuden a la formación que da el Padre, en una incansable dirección espiritual, conocerán su vocación y dedicarán su vida a realizar la Obra de Dios.

El trabajo diario crece y apenas hay servicio. Por la mañana, los chicos salen hacia sus Facultades respectivas. El Padre, aprovechando ratos mínimos, hace las camas, limpia los suelos y arregla las habitaciones de los residentes, sin que ninguno se dé cuenta de ello. Organiza las compras, con economía exhaustiva y pobreza heroica, que vive en todo momento y enseña a vivir a los demás. Piensa en los detalles; maneja las cosas con el cuidado de quien ha de hacerlas durar en buen estado. Apunta con precisión sus escasos gastos personales. No es la primera vez que, a pesar de la desaprobación de su madre, saca unos zapatos desechados y arrojados a una papelera y, tras teñirlos de negro y limpiarlos cuidadosamente, los utiliza para sus largas caminatas, que cubren la ciudad de un extremo a otro.

Pero jamás esta pobreza hace perder a la casa su aspecto grato, su confortable y limpia presencia. Las comidas son sanas y suficientes; el ambiente es cuidado y digno. Nada más lejos de la tacañería o la estrechez. Cada uno de los que viven en Ferraz se siente orgulloso de invitar a un amigo a almorzar o a pasar un rato en la Residencia. Se ha convertido en su casa. Un hogar cálido’ en el que todos colaboran y disfrutan de lo feliz y lo arduo.

A la vez, el Padre forma a cuantos le siguen en la importante idea de que no hay trabajo, por humilde que parezca, que no sea santificable, propio de un hijo de Dios, y no le haga feliz.

«Hay gente que confunde la pobreza con la suciedad y con la fealdad»(25).

Desde el principio les anima a la magnanimidad en las obras de Dios. A que no calculen sus posibilidades apostólicas de acuerdo con los medios actuales, sino con los que Dios enviará. Todo cuanto se construye ha de ser sólido, espacioso, terminado. Para que dure muchos años; mejor: siglos. Tiene, en su alma, una divina ambición que en cristiano se llama esperanza:

«Cada una de nuestras casas será el hogar que yo quiero para mis hijos. Vuestros hermanos tendrán un hambre santa de llegar a casa, después de la jornada de trabajo; y tendrán también ganas de salir a la calle -descansados, serenos-, a la guerra de paz y de amor que el Señor nos pide»(26).

Poco a poco, el ambiente de Ferraz 50 empieza a ser conocido en los medios universitarios y acuden a visitar al Padre los directivos de algunas organizaciones estudiantiles de otras provincias. De Valencia llega un grupo que invita al Fundador a realizar la primera expansión de la Obra a esta ciudad levantina. Pero su horizonte es universal, y ya en 1935 se habla, con naturalidad, de llevar este espíritu fuera de España, probablemente a París, a donde quizá alguno pueda ir a estudiar; de comprar una casa suficientemente grande para montar la Residencia de Madrid y de abrir otra en Valencia.

Con razón escribe Angel Galíndez, otro residente de los años 1935-36:

«Si la ocasión lo requería, era “un vendaval”: se lo llevaba todo por delante. En él coincidían virtudes opuestas y encontradas, aunque armónicamente fundidas, que daban lugar a una personalidad que se imponía recia y suavemente al mismo tiempo»(27).

Un día, viene invitado a comer un prestigioso Catedrático de Mecánica Racional de la Universidad Central. Los chicos comparten con él la tertulia y el café. El Padre intenta explicarle la pobreza que se vive alrededor de aquel ambiente agradable. Parece que no comprende muy bien. Apoyándose en la amistad que les une, el Padre se levanta, le toma del brazo y se lo lleva a la cocina: allí están dos residentes de la Obra, alumnos de este profesor, lavando la vajilla que se ha utilizado.

-«¿Lo entiendes ahora, Paco?»(28).

Y ante las actividades prácticas que ahora realizan estos chicos, completamente ajenas al estudio de la Cinemática que les explica en la Facultad, empieza a comprender.

El pan que sobra en las comidas se recoge cuidadosamente, se parte y se tuesta. Por las tardes se reúnen a merendar con este improvisado complemento, que el Padre llama, con su buen humor de siempre, «pastas para el té». Muchas veces, no cenará otra cosa.

En el cuarto destinado a Dirección de la Residencia hay una imagen de la Virgen. Todos son testigos de cómo se despide el Padre, cada día, al salir a la calle. La besa con el calor de una fe que no repara en falsos pudores. Esta Virgen, a la que el Padre dedica tantas miradas de afecto y tantos besos de confianza, le protege siempre. Le ayuda en toda dificultad y contradicción. Custodia su juventud sacerdotal y le da valor para una tarea superior a sus fuerzas humanas.

Con el deseo de hallar imágenes que le recuerden a su Madre del Cielo, descubre las que adornan fachadas de casas e iglesias madrileñas. Aun después de la época de mayor persecución religiosa, entre 1936 y 1939, fue capaz de hallar algunas que habían escapado al odio destructor. Este empeño por mantener una presencia de Dios, una vida contemplativa sin rarezas, tomando ocasión de todas las cosas que le rodean en la calle, será herencia que intentará clavar en el alma de sus hijos. A ello conduce también la costumbre de «asaltar sagrarios»: les invita a un acto de amor cuando pasen junto a los lugares en que permanece, en la oscuridad y la espera, Jesús Sacramentado.

Durante estos años muchos de los residentes y amigos se desplazarán de Madrid aprovechando las vacaciones. El Padre mantiene relación con ellos a través de múltiples cartas que les llevan el afecto y preocupación por cada uno. Desde el verano de 1934, en la casa de Luchana, se prepara una publicación corta, apenas una hoja informativa, escrita a máquina, y en la que se da cuenta a todos los que frecuentan la Academia, y luego la Residencia, de las noticias que puedan llevarles alegría e interés por los que han quedado en Madrid. No hay multicopista, pero se lograrán reproducciones con planchas de gelatina. Muy pronto, los correos de España son portadores de una corriente de amistad que pasa por encima de la inquietante situación política, que amenaza tormenta en todo el país.

Dios y audacia

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cae sobre Madrid el invierno de 1933. La casa de Martínez Campos se ha quedado pequeña para las reuniones del Padre, y urge buscar un local más amplio. Y en el mes de diciembre, cuando se acerca la Navidad, alquilan un departamento en el número 33 de la calle de Luchana. Es el entresuelo de un edificio situado en la confluencia de las calles Luchana y Juan de Austria. Aquí se va a instalar la Academia “DYA”, con clases programadas para estudiantes universitarios. El título sugiere la dedicación a Derecho y Arquitectura. Sin embargo, todos traducen el nombre, en privado, como «Dios y Audacia».

Falta hace esa confianza, porque los medios materiales con que cuentan para el montaje y sostenimiento del piso son prácticamente nulos. Pero la fe que comunica el Padre es absoluta. Se alquila el inmueble a nombre de Isidoro Zorzano, y unos días más tarde campea sobre la puerta una placa de bronce con el nombre de la Academia. Los chicos que acuden a ella aportarán, además de su entusiasmo y trabajo, todo objeto material que pueda resultar de utilidad. Don Josemaría se lleva algunos muebles de la casa de su madre y unas cuantas cosas más que le ha dado una buena amiga de la familia.

Cada día, cuando el Padre sale camino de Luchana, su hermano Santiago mete las manos en los bolsillos de la sotana y le pregunta: -«¿Qué te llevas a tu nido?»(4). Años más tarde, Monseñor Escrivá de Balaguer comentaría: «Eso mismo hemos hecho después todos: traer a nuestro “nido” lo que podíamos, para servicio de Dios, para construir nuestro pequeño hogar en cada sitio. ¡Tantos hogares que son uno solo!, como somos muchos corazones y tenemos un solo corazón, una sola mente, un solo querer, una sola voluntad».

Esos muebles y objetos que proceden de la generosidad de muchas familias, «contribuyen a dar reposo a nuestros ojos cansados y a hacer más entero el calor de nuestro hogar cristiano»(5).

A pesar de todo, las dificultades económicas son continuas. Y también los favores y oportunidades que Dios brinda a este puñado de gente joven, decidida a confiar plenamente en el apoyo sobrenatural que deshace los obstáculos.

Un día no hay dinero para el teléfono y otro, cualquiera, para el alquiler. En una de estas situaciones, es la factura de la luz la que llama, reiteradamente, a la puerta de la casa; pero no hay el menor recurso para solventarla. El Padre lo toma con la serenidad habitual. A la mañana siguiente está sentado en su despacho de Santa Isabel, revisando papeles. Hay, entre ellos, un sobre deteriorado y vacío, que rompe y tira a la papelera. Pero, en el momento de arrojarlo, parece ver que algo asoma en su interior. Recoge los dos trozos y se cerciora de que, efectivamente, hay un billete de veinticinco pesetas. Inútil explicar cómo ha podido ir a parar allí. La factura que abruma el pequeño piso de Luchana acaba solucionándose.

Esta confianza en lo sobrenatural y sus consecuencias permanentes, prende con fuerza en los que han entendido la honda raíz de fe que tiene el Padre. Y contagia el ambiente de un tesón difícil de quebrantar.

Ricardo Fernández Vallespín relata que el 5 de enero de 1934 el Fundador se reunió con dos sacerdotes y tres profesionales de la Academia “DYA”, que encontraba, una vez más, fuertes dificultades económicas. Presentó a los asistentes a la reunión posibles planes para el futuro. Los dos sacerdotes opinaron que lo mejor era cerrar el piso, ya que era una locura mantenerlo abierto sin recursos. Era como « tirarse de un aeroplano sin paracaídas». En cambio, el Padre concluyó que para el comienzo del curso 1934-35, además de la Academia, debía instalarse una Residencia de estudiantes, en una casa más grande. Por eso escribió luego en «Camino», aludiendo sin duda a ocasiones como ésta: «No hagas caso. -Siempre los “prudentes” han llamado locuras a las obras de Dios. ¡Adelante, audacia!»(6)

Para hacer frente a este desembolso cuenta con algunas personas capaces d

El Padre

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Estos fueron algunos de los primeros hombres de la Obra. Sobre esta fidelidad habrá de construirse el edificio espiritual que el Fundador viera, con toda claridad, el 2 de octubre de 1928. Cada uno viene marcado con la impronta de Dios: son la respuesta a los años de oración y sacrificio de este sacerdote que ha grabado en su ánimo, desde la adolescencia, la apasionante invitación evangélica:

«Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué he de querer sino que arda?»(23).

Además de haberles llamado a seguir de cerca a Jesucristo, de dar sentido a su existencia con el horizonte espiritual que pone ante sus vidas, don Josemaría Escrivá de Balaguer es el amigo, el maestro, el apoyo humano inasequible a la desesperanza. Tienen la seguridad de una misión recibida de Dios y el cariño absoluto para las grandes y pequeñas vicisitudes que ha de suponer llevarla a cabo. Todo ello va a llegar, directamente, de las manos del Fundador, al corazón de sus hijos.

Jamás le pasará inadvertido ningún acontecimiento, de orden material o moral, porque está siempre solícito a cuanto pueda afectar, en la alegría y el dolor, a los que le siguen. Por eso, la sucesión de vocaciones se va a multiplicar en la cálida fortaleza de esta familia, de vínculo sobrenatural y hondo cariño humano.

Desde los primeros tiempos, a don Josemaría empiezan a llamarle los chicos: «el Padre». Después, a lo largo y ancho de los años, este título se grabará de modo indeleble en el alma de todo el Opus Dei. Porque nadie como él ha sufrido, amado y luchado por cada uno de aquellos que Dios quiso confiar a su custodia. En todas las encrucijadas del mundo, los miembros del Opus Dei le conocen, le conocerán siempre, por el unívoco apelativo de «Padre».

Es, el único entorchado escrito sobre su tumba romana; el exclusivo título de honor que deseó tener ante sus hijos del presente y del futuro. Ellos y muchos otros que se beneficiaron de su labor sacerdotal se lo otorgaron como un testimonio irrevocable. Así lo afirman, públicamente, después de su muerte.

El profesor Edgardo Giovannini, Rector de la Universidad de Friburgo, que escribe en 1975:

«Dos veces tuve la gran fortuna de ver a Mons. Escrivá de Balaguer en audiencia privada. La primera vez, el 4 de noviembre de 1968 (…).

En la gratísima conversación me habló con gran amor de Jesús, de la Iglesia, del culto personal al Espíritu Santo; me recomendó con apasionada insistencia la fidelidad al plan de vida de los miembros del Opus Dei, la práctica de la humildad, un gran amor a mi esposa y mis hijos. Me dio una catequesis personal con la misma ternura con que Jesús cuida individualmente de cada una de las almas que ha salvado con su Sangre.

Llegado el momento en que se debía poner fin a la entrevista (…), me bendijo, bendijo a mi familia, a la Universidad de Friburgo, me entregó un recuerdo (…) y, después, con un gesto de ternura varonil, me dio dos besos en la frente. Ya en la puerta, me dijo: “Ruega por mí que soy un pobre pecador, pero un pecador enamorado de Jesucristo..

Al salir me encontré en una calle, en aquella hora, desierta, (…) y me encaminé hacia el Tíber y el Vaticano (…). Tal era mi estado de emoción, que las lágrimas me caían cálidas y abundantes… »(24).

Y Monseñor Francesco Angelicchio, desde Italia:

«La presencia del Fundador de la Obra, su proximidad física ha sido siempre, para mí, fuente de alegría indecible. Ver al Padre o tener la posibilidad de encontrarlo al cabo de poco tiempo era motivo de que se tranquilizara cualquier ansiedad o preocupación, como si su presencia, su palabra o un gesto suyo de afecto basta sen por sí solos para resolver cualquier problema… »(25).

Y en 1978, el entonces Arzobispo de Boston, Cardenal Humberto Medeiros:

«Era tan extraordinariamente directo, tan humilde y sencillo, tan cálido y cordial (…) que tuve la sensación de que lo había conocido siempre y de que yo también podía llamarlo “Padre”, como hacían ya entonces más de 60.000 hombres y mujeres del Opus Dei (…).

Tenía setenta años de edad en el momento de nuestro primer y, lamentablemente, único encuentro pero su juvenil vitalidad era pasmosa. Pude reconocer a una persona muy cercana a Dios, una verdadera roca de fe. “Eso es lo que necesitamos”, recuerdo que me dije después de dejarlo, “un hombre de oración, un hombre que confiesa regocijada y desvergonzadamente su gran devoción a Nuestra Señora y su amor por la Iglesia y el Santo Padre” »(26).

Y Michael Curtin, desde Chicago, que escribe su testimonio en 1978:

«En el curso de estos años, muchos hombres jóvenes me han preguntado cómo puedo estar seguro de la existencia de Dios. Yo siempre les contesto con los motivos de la fe de la Iglesia y los argumentos de la Apologética. Pero la certeza más profunda me llega de haber experimentado directamente el amor divino en un ser humano: el Padre» (27).

Y Joan Cassidy, de Irlanda, que escribe en 1979:

«Cuando conocí al Padre por primera vez, me sorprendieron la cordialidad, el afecto y la alegría que desbordaba (…). ¡Qué gozo, encontrar a alguien, evidentemente enamorado de Dios y con tan buen humor!… »(28).

Y Cesare Cavalleri, periodista, que afirma en 1976:

«Se estaba muy bien con él; se pasaba de la risa más cordial al pensamiento más espiritual. Pienso en aquella capacidad suya de recordar la fisonomía, el gesto, el pensamiento de la gente que tenía cerca (yo era uno de tantos: pero ya desde la segunda vez que le vi, y siempre con otras personas, me he sentido reconocido) »(29).

Por eso, en los últimos años de su vida, cuando el Cielo quiere regalarle una visión panorámica del fruto de sus afanes divinos en la tierra, puede bendecir, en Europa y en América, a multitudes de hijos que acuden a la sencillez de su palabra, a la claridad valiente de su doctrina, a la fidelidad intacta para las enseñanzas del Papa y de la Iglesia.

Por eso también, en una tarde brasileña, antes de salir camino de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1974, sus hijos americanos le entregarán una placa de plata. En ella va grabada su bendición impartida días antes, por la desbordante alegría de su corazón y el deseo de que se multiplique su afán de almas para Dios:

«Como las arenas de vuestras playas, como los árboles de vuestros bosques inmensos, como las flores de vuestros jardines, como los aromas que se perciben en el ambiente de este Brasil maravilloso, como los luceros que brillan en la noche…

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (30)


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