Desde la otra orilla

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Enero de 1935. En la Residencia de la calle de Ferraz 50, don Josemaría Escrivá de Balaguer recibe a un estudiante: se llama Pedro Casciaro. Al abrir la puerta, en la pequeña salita de la entrada, don Josemaría se para un momento, sonriente, en un gesto muy habitual. Tiene delante a un muchacho joven, espigado, de ojos azules, que trae un aire de curiosidad y una chispa alegre, casi irónica, en la mirada.

Don Josemaría sabe que Pedro es hijo de un Catedrático, que estudia Ciencias Exactas y Arquitectura, y que es un compañero que aprecian cuantos conocen.

En esta brevísima pausa, mientras median los saludos, Pedro repasa las circunstancias que le han llevado hasta la calle de Ferraz. Ha cursado sus estudios en instituciones laicas. En el círculo de amistades en que se mueve y en su ambiente familiar hay cierta prevención hacia los curas. Tiene fe, pero su formación religiosa no es profunda. Nunca ha hablado con un sacerdote cara a cara. Los profesores clérigos que tuvo en el Instituto han pasado por el filtro de su crítica intelectual y acerva. Por eso, cuando oye hablar de don Josemaría con admiración, contesta con sarcasmo y autosuficiencia.

Sin embargo, llevado de su insaciable curiosidad por todo, y empujado, también, por la insistencia de aquel amigo, accede a la presentación que está teniendo lugar en este momento. Pero acude con el firme propósito de no hablar de nada personal.

El vestíbulo de la Residencia le ha impresionado bien. Es, piensa, como el de una familia de la clase media, más bien modesta, pero de buen gusto. Y, sobre todo, muy limpio. No es la característica más frecuente en los alojamientos de estudiantes.

Ahora, ante la presencia de don Josemaría, se han debilitado sus prejuicios. Este sacerdote impone un respeto muy superior a su edad pero, al mismo tiempo, despierta una simpatía arrolladora y una alegría contagiosa. Con toda delicadeza, pide perdón al amigo que le acompaña para que les deje solos unos minutos. Y, durante esta conversación, Pedro pierde la noción del tiempo y ve derrumbarse sus reservas. Ganado por completo, va abriéndole su alma, hasta los pliegues más recónditos,. como no había hecho jamás con nadie. Hablarán más de una hora. Cuando se marcha, le pide insistentemente que sea su director espiritual, aunque no tiene ni la menor idea de lo que es la dirección espiritual. No puede medir hoy el alcance que va a tener en su vida esta petición.

A partir de este momento, Pedro acude regularmente a Ferraz para confesarse y hablar a don Josemaría de sus proyectos y de su alma. En los intercambios de su amistad, va descubriendo progresivamente la hondura espiritual de este sacerdote, su inteligencia y su cultura. Dentro de su familia ha sido educado en absoluta libertad, y no encontrará jamás, en este apoyo espiritual y humano de don Josemaría, estrechez de miras, coacción, rigidez o cuadrícula de ninguna clase: nunca cercena sus aspiraciones, despierta en él su generosidad con Dios, le recuerda la responsabilidad con sus padres, le habla de santidad en el mundo sin hacer nada raro, primero a través de sus estudios y, luego, en su profesión y trabajo.

Al llegar el verano, Pedro, asombrado, comprueba que ha conseguido cumplir un plan de vida que le acerca a Dios, que ha dado un nuevo rumbo a sus ideales, que ha forjado una buena amistad con aquellos que comparten la dirección y ayuda de don Josemaría, y que ha hecho apostolado con sus compañeros para conducirles a la alegría de un cristianismo vivo y verdadero.

Le parece que es el máximo. Nadie le ha planteado otra cosa y jamás se ha hecho la idea de que Dios pudiera necesitar su vida entera.

Y con esta renovada juventud se marcha a Torrevieja, en la provincia de Alicante, a pasar unas felices y largas vacaciones frente al mar.

Durante aquellas luminosas tardes de Levante, llegarán hasta Pedro las noticias de sus amigos de Madrid que le escriben. Siempre, don Josemaría añadirá unas líneas. Y estas cartas le dan la fuerza y el vigor para seguir poniendo a Dios delante de su vida.

Cuando regresa a la capital, un compañero de la Escuela de Arquitectura, con el que le une una antigua y profunda amistad, le dice que está a punto de pedir la admisión en la Obra. A través de él, Pedro entiende que en Ferraz hay un grupo de hombres, profesionales y estudiantes, que viven una entrega total a Dios y que han renunciado al matrimonio.

Se queda de una pieza y trata de calmar a su amigo. Pero nota que, según imparte tranquilidad, va perdiendo, paulatinamente, la suya. A él nunca le han hecho la menor insinuación.

En la primera oportunidad habla con don Josemaría. Pero, ante su asombro, no da importancia a las inquietudes que han ocupado su pensamiento durante aquellos días. Le recomienda, eso sí, que intensifique su vida de piedad, que estudie mucho, y que deje sus preocupaciones en manos del Señor de la paz. ¡Ah!, y que no falte al retiro mensual que harán los chicos de la Residencia.

Efectivamente, allí está. Y desde la primera meditación, Pedro sabe con certeza que no puede «irse triste» como el joven del Evangelio que no tuvo suficiente generosidad para ir tras Jesucristo. Busca impacientemente a don Josemaría y le pide ser admitido en la Obra. Aunque le vuelve a recomendar calma, forcejea para convencerle de la seriedad de sus palabras.

Don Josemaría le mira, con el cariño que le inspiró desde el primer día, y le envía a rezar al Espíritu Santo para que le ayude a decidir con libertad. La vocación, le dice, sólo puede afrontarse en absoluta libertad de alma.

Unos días más tarde, Pedro Casciaro, alegre, gozoso por el hallazgo de una nueva tierra, de un horizonte más ancho que el Mediterráneo de sus vacaciones, pone toda la fuerza de su corazón en manos de Dios (21). Esta aventura divina que comienza junto a don Josemaría en el año 1935 le llevará mucho más lejos y le hará edificar construcciones más altas de las que hubiera soñado nunca para sus ambiciones de arquitecto. Años después, en 1946, será ordenado sacerdote y, un tiempo más tarde, partirá hacia México para iniciar allí la singladura del Opus Dei.

Durante un viaje a España, en 1975, tras la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, tiene ya el pelo blanco. Pero conserva el brillo jovial de sus ojos, que han mirado tantas maravillas, como le pronosticara un día, en su juventud, el Fundador. Vuelve a México, el lugar donde ha desarrollado, durante más de veinte años, una enorme labor para dar solidez a los cimientos de la Obra; donde miles de almas conocen ya la misma luz con que el Espíritu Santo inundó su alma un día de invierno madrileño.

Coincidiendo en el tiempo con Pedro Casciaro, hay un estudiante que frecuenta la Residencia de Ferraz y que acabará viviendo en ella. Es alto, muy delgado, y habla con el inconfundible acento de la región levantina. Su familia está en Valencia. Pero él permanece en Madrid haciendo Ciencias Exactas y Arquitectura. Francisco Botella estudia a marchas forzadas. Tiene gran fuerza de voluntad y también la responsabilidad de ser el único hijo varón, en quien se cifran tantas esperanzas familiares. Sus dos hermanas viven en Valencia, con sus padres.

Por esta afinidad cronológica, los primeros pasos de Pedro Casciaro y Paco Botella, desde el invierno de 1935, van a estar tan unidos que, cuando años más tarde, doña Dolores Albás les conozca, formará con ellos un binomio indisoluble: cada vez que tenga que referirse a uno, le acompañará inevitablemente con el nombre del otro. Pregunta siempre por los dos a la vez, de modo que la «entente» Pedro y Paco comienza a cobrar carta de naturaleza.

Cuando estalle la guerra civil española, Pedro y Paco se encontrarán en Levante, y en octubre de 1937 acompañarán al Fundador en su salida de España a través de los Pirineos(22).

Don Francisco Botella recibirá la ordenación sacerdotal en 1946. Su dedicación plena a realizar la Obra se pondrá de manifiesto a lo largo de su vida, hasta su muerte en Madrid, el 29 de septiembre de 1987.

Durante más de cuarenta años atenderá a los alumnos de las Universidades de Barcelona primero y de Madrid después, desde su Cátedra de Geometría Analítica. También desarrollará amplias actividades académicas desde el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid. Pero esta dedicación no menguará nunca sus largas horas de servicio a multitud de personas que acudieron a su ayuda sacerdotal.

En la festividad de los arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael su cuerpo yacente, revestido con los ornamentos sacerdotales, será el mejor testimonio de fidelidad al Opus Dei.

Un incondicional

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

José María Hernández de Garnica fue otro ejemplo de cómo el espíritu de la Obra puede llenar de Dios un alma.

Un día del año 1935, aquel estudiante joven, conocido en las aulas de la Escuela de Ingeniería por su acusada personalidad y por la destacada inteligencia con que cursa la carrera de Minas, llega hasta la Residencia de Ferraz 50 acompañado de un amigo. Cuando aparece, la casa se encuentra en plena actividad: se instala el oratorio. Hay que colocar en el techo de la habitación una especie de baldaquino -que se ha confeccionado con madera forrada de tela-, porque la Iglesia ordena que se cubra, si hay vecinos en el piso superior, el lugar donde está el sagrario. Don Josemaría Escrivá de Balaguer dirige la operación con los chicos de la Residencia. Y, entonces, aparece este nuevo compañero a quien muy pocos han visto todavía. Hernández de Garnica es interpelado en el mundillo de sus amigos con el afectuoso diminutivo de «Chiqui». Y así es como suena su nombre en ese día y en la habitación, futuro oratorio, de Ferraz.

Don Josemaría no le conoce, pero ve el aspecto simpático, lleno de naturalidad, del recién llegado, y le saluda alegremente:

-«¡Hombre, Chiqui, muy bien! Ten, coge este martillo y unos clavos, y ¡hala!, a clavar allí arriba… »(20).

Así empieza su relación con el Opus Dei. Muy pronto, sus buenas cualidades humanas y el empeño sobrenatural del Fundador de la Obra van a aliarse para abrir el camino a su entrega definitiva a Jesucristo.

A partir de ese momento, José María pasa a ser el incondicional que sigue, con toda fidelidad, las menores indicaciones del Fundador. Su mente clara, dotada de gran sentido práctico, convertirá en realidades los proyectos más inabordables.

A punto de ser fusilado durante la guerra civil, escapará providencialmente. Es trasladado a un penal, en Valencia, y, al salir, se incorpora al ejército republicano. Los primeros años después de su ordenación, en 1944, dedicará su actividad, de modo especial, a atender sacerdotalmente a la Sección de mujeres del Opus Dei.

Aparte de una ingente labor en España, se cuenta con él para momentos de expansión a través de varios países europeos; vivirá largos años de trabajo en Francia, Inglaterra y Alemania. En todos los difíciles comienzos deja constancia de su tesón, su enorme confianza sobrenatural, su fidelidad incondicional al Fundador y la fortaleza de un hombre forjado en duros combates pero que tiene intacto el empeño del primer día.

Su capacidad para resolver grandes y pequeños problemas ha sido siempre proverbial. A fuerza de entusiasmo y amor sabrá ejercer todo género de oficios que ayuden a levantar, incluso, las paredes materiales que albergan los Centros de la Obra de Dios.

En 1972 este hombre, que ha dado una impagable lección de fidelidad, muere, en Barcelona, rodeado por la gratitud de todos. El Fundador le despide con el mismo cariño con que le envió por tantos caminos de la tierra y le da su último impulso para cruzar los umbrales del Cielo.

Hombre para el futuro

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el Patronato de Enfermos, hay algunas señoras de la alta sociedad madrileña que prestan su colaboración personal en muchas actividades benéficas. Una de ellas, Carmen del Portillo, es pariente y madrina de un muchacho llamado Alvaro del Portillo, que estudia en la Escuela de Ingenieros de Caminos. En más de una ocasión, esta señora habla con don Josemaría Escrivá de Balaguer de las grandes cualidades intelectuales de su ahijado. Tiene una buena formación religiosa, que debe a su familia, y una piedad sincera. Sin embargo, nunca ha seguido la dirección espiritual de sacerdote alguno.

Desde que conoce este nombre, en 1930, don Josemaría empieza a rezar por Alvaro. Pasan casi cuatro años y, un día del curso 1934-35, dos compañeros de la Escuela de Ingenieros le hablan de un cura muy simpático al que conocen. Desean presentárselo.

Hace unos meses que caminan en buena amistad por los barrios más pobres de Madrid, prestando servicios y repartiendo afecto entre la pobreza y el abandono. Han compartido muchas situaciones con Alvaro y saben que entenderá el espíritu que el Padre imparte entre los estudiantes que frecuentan la Residencia.

Y Alvaro acepta. Acuden a la calle de Ferraz, al Centro que la Obra acaba de abrir. Ahí, en una salita, le saluda, por primera vez, don Josemaría:

-«¿Cómo te llamas?, ¿tú eres sobrino de Carmen del Portillo? » (14)

Recuerda perfectamente los detalles familiares que le contó, hace ya varios años, su tía Carmen hablando de este ahijado suyo. Pasan un buen rato. La amistad es fácil con este sacerdote de treinta y tres años que parece conocer a cada persona desde toda la vida. Al estudiante de Caminos se le ha quedado grabada la entrevista y hace el firme propósito de volver. Pero ya no consigue reunirse con el Fundador del Opus Dei hasta que se avecina el mes de julio. La familia del Portillo está a punto de emprender el veraneo y, antes de abandonar Madrid, Alvaro decide despedirse de don Josemaría. Es el día 6. Sube hacia la Residencia de Ferraz y mantiene con él una conversación larga, íntima. Alvaro oye hablar, como si lo escuchara por primera vez, de vida espiritual, de oración, de presencia de Dios, de amar al que es Amor, al que es la Vida; y de la Obra de Dios que empieza a crecer sobre la tierra. Al final don Josemaría concluye:

-«Mañana tenemos un día de retiro espiritual -era sábado-, ¿por qué no te quedas a hacerlo, antes de ir de veraneo?»(15)

Alvaro no ha hecho nunca un día de retiro. Y, aunque no contaba con emplear el domingo en esta ocupación, se lo pide este sacerdote con tanto interés y cariño que no sabe negarse: acudirá al día siguiente.

El Fundador dirige la primera meditación de la mañana. Varios miembros de la Obra conocen a Alvaro, porque don Josemaría les ha hablado de él, de este hombre joven, que tiene una disposición generosa ante la vida y que puede ser llamado por Dios.

El Padre les aconseja que le hablen de su propia entrega, por la tarde, cuando haya terminado el retiro. Pero uno se adelanta, en la primera ocasión oportuna, por la mañana. Y Alvaro del Portillo dice que sí.

He aquí como lo describe él mismo, años más tarde:

-« Sí: fue un 7 de julio cuando conocí la Obra y cuando pedí la admisión. Statim -como dice el Evangelio de la llamada de los Apóstoles-, inmediatamente, relictis omnibus, dejé todo, para encontrar mucho más. Porque Dios es infinitamente más generoso que nosotros y, si le damos como uno, nos responde como mil» (16).

La decisión cambia sus planes en este caluroso verano de Madrid. Alvaro se quedará para oír y conocer, directamente del Fundador, el espíritu del Opus Dei. Y el Padre, al que habían programado unos días de descanso en la provincia de Salamanca, supera una vez más el agotamiento para abrir el horizonte de la Obra, y la profundidad del Amor de Dios, a este nuevo hijo suyo.

En marzo de 1936 ratificará para siempre su compromiso de fidelidad, cuando aún no ha pasado un año desde que pidió la admisión.

El Padre se ve urgido por Dios para desarrollar el Opus Dei y necesita apoyarse con fuerza en la lealtad de los que le siguen en esta primera hora. El día de San José, 19 de marzo, tiene lugar un gesto entrañable del Fundador, que Alvaro no olvidará.

Conmovido por la generosidad incondicional de estos hombres jóvenes que entregan todo sin titubear, les ha besado los pies, con aquellas palabras de la Sagrada Escritura: «¡qué espléndidos son los pasos de los que anuncian la paz, de los que evangelizan la buena nueva!»(17). En 1975, cuando el Padre haya cruzado los umbrales de la muerte, don Alvaro repetirá este gesto con el Fundador:

«Yo le devolví ese beso en cuanto pude: cuando su alma ya se había ido al Cielo. Si le besé los pies en aquel momento, fue porque me acordé de que el Padre me los había besado a mí, y le devolví el beso. ¡Cómo me iba a olvidar! No era sólo un gesto. No fue solamente una manifestación de fidelidad y de unión, sino(18) mucho más: era entregarme de nuevo»

Desde 1936, don Alvaro permanecerá junto al Padre, con un breve paréntesis durante la guerra civil de España. Y es a partir de 1937 cuando el Fundador comienza a llamarle con el afectuoso nombre de “Saxum”: roca. En una carta fechada durante este año pueden leerse las siguientes líneas de don Josemaría Escrivá de Balaguer:

-«”Saxum”!: ¡qué blanco veo el camino -largo- que te queda por recorrer! Blanco y lleno, como campo cuajado. ¡Bendita fecundidad de apóstol, más hermosa que todas las hermosuras de la tierra! “Saxum”! » (19)

Roca en la que apoyarse. Porque desde el primer día, Alvaro no tendrá una duda. Estará incondicionalmente al lado del Fundador y abrirá, con él, los caminos del mundo para que pueda transitarlos el espíritu de la Obra. Va a compartir con el Padre los trabajos, las contradicciones y alegrías de los años que se acercan. Será testigo de los matices más profundos del Opus Dei y los conservará como se custodia una herencia preciosa, intocable, de origen divino.

Don Alvaro del Portillo, después de ordenarse sacerdote en 1944, será el confesor de Monseñor Escrivá de Balaguer. Dos veces habrá de darle la absolución in articulo mortis; la última, el 26 de junio de 1975, cuando su alma remonta, definitivamente, el camino del Cielo. Tras este acontecimiento, será elegido, por decisión unánime, primer sucesor del Fundador al frente del Opus Dei, el 15 de septiembre de 1975.

Nuevo encuentro

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Don Ricardo Fernández Vallespín recuerda, de modo imborrable, el día en que conoció a don Josemaría Escrivá de Balaguer. Es el 14 de mayo de 1933, y tiene veintidós años. Conserva también, perfectamente anotadas, las circunstancias que rodean el encuentro.

Vive en la calle de Argensola y estudia el último curso en la Escuela Superior de Arquitectura. Ha de cruzar Madrid, cada día, para llegar hasta la calle de Estudios, muy cerca de la Puerta de Toledo, donde se imparten las asignaturas de su carrera.

Su ambiente familiar se ha visto alterado, recientemente, por la situación política de España. El hermano mayor, Arístides, también estudiante de Arquitectura, y el pequeño, Carlos, han ingresado en la cárcel por tomar parte en el levantamiento de agosto de 1932 contra el Gobierno de la República. Su padre, ingeniero militar, acaba de retirarse, y los ingresos económicos han disminuido.

A pesar de estos incidentes, Ricardo no se siente inclinado a militar en ninguna de las asociaciones políticas. Tiene el empeño de concluir cuanto antes sus estudios y, mientras, para ayudar a la familia, da clases de materias relativas a los dos últimos años de la carrera particularmente difíciles. Es uno de los más brillantes alumnos de la Escuela Superior.

El 14 de mayo de 1933, se encuentra junto a Pepe Romeo. Cuando está desarrollando la lección en un pequeño encerado, se abre la puerta y entra don Josemaría. Interrumpe momentáneamente su trabajo y le presentan a este sacerdote, que es amigo de la familia Romeo. Inmediatamente se siente atraído por su cordialidad y buen humor. En un pequeño diario, donde anota los acontecimientos más importantes de cada jornada, va a dejar escrito:

«Hoy he conocido a un sacerdote, joven y entusiasta, que no sé por qué pienso que va a tener una influencia grande en mi vida» (9).

Por eso, cuando le cita para una entrevista amistosa en su casa, acude a ella el 29 de mayo, quince días más tarde, como quien va a intercambiar impresiones con un antiguo conocido. Sin embargo, Ricardo saldrá cambiado de esta reunión.

Actualmente, la familia Escrivá de Balaguer vive en una casa de la calle Martínez Campos, número 4. Don Josemaría le recibe y le habla de vida interior. Le anima a ser mejor, a acercarse al amor de Cristo. Luego, coge un libro y escribe en la primera página:

+ Madrid 29-V-33
Que busques a Cristo
Que encuentres a Cristo
Que ames a Cristo(10).

Se trata de la «Historia de la Sagrada Pasión» del Padre Luis de la Palma.

Treinta años más tarde, don Ricardo Fernández Vallespín -sacerdote desde 1949- regresará de trabajar por el Opus Dei en América del Sur. Hace tiempo que ha dado por perdido aquel pequeño libro. Y cuando pasea su mirada por los ejemplares de una biblioteca en casa de sus hermanas, ve el título de la «Historia de la Sagrada Pasión». Lo coge y, al abrirlo, observa su nombre escrito en la contraportada; pasa la hoja y allí está, en la primera página, la dedicatoria de don Josemaría.

Lo recibe como un nuevo regalo y así se lo escribe al Fundador, que no tarda en contestarle, lleno de cariño:

«También a mí me conmovió aquella dedicatoria, que nos lleva a tiempos tan lejanos: ¡cuánto ha bendecido el Señor su Obra! (…). Reza por mí, y haz rezar por mí»(11)

A la primera entrevista en Martínez Campos seguirán algunas más; pero Ricardo, en esta época de su vida, es un muchacho de gran actividad, divertido, que saca el mayor jugo posible a las vacaciones de verano. Las excursiones, el deporte y la alegre camaradería de chicos y chicas, que comparten sus días libres, le hacen olvidar, temporalmente, aquellas reuniones.

En septiembre regresa a Madrid con una ambición: terminar su carrera, situarse lo antes posible, empezar a ganar dinero. Sin embargo, un contratiempo importante va a cruzarse en sus afanes. Cuando tiene encima los exámenes, contrae una enfermedad grave: reumatismo poliarticular agudo. Los médicos le aconsejan reposo absoluto y un tratamiento intensivo que prevenga las complicaciones. Tiene pendiente la última asignatura de sus estudios: el proyecto de un edificio. Y apenas le queda un mes para desarrollarlo.

Recuerda, de pronto, una excursión a la Virgen de Sonsoles que hizo en el verano, desde Avila. La impresión que le produjeron la ermita y los exvotos colgados en la pared. Y promete a la Señora que irá a pie desde Madrid para rezar de nuevo junto a Ella, si se cura a tiempo para recuperar la asignatura. Cede la enfermedad y, aunque le cuesta un gran esfuerzo, termina felizmente en el curso 1933-34. Es uno de los arquitectos más jóvenes de España.

En noviembre acude a visitar nuevamente a don Josemaría. Quiere hacerle partícipe de su alegría, del final de esta pequeña batalla ganada con buen pulso. En esta reunión, el sacerdote le habla de la Obra, de la cual no tiene aún noticia alguna.

Durante el caer de aquella tarde, Ricardo escucha y entiende que Dios quiere que se lleve a cabo una misión, no para solucionar un problema temporal de España, sino que tiene envergadura universal. Conoce la existencia de hombres que han elegido entregar su vida a fin de llevar el amor de Dios a las criaturas. Y todo, en el ejercicio de su profesión, en la calle, entre sus iguales. Como los primeros cristianos.

Oye la exposición cálida, personal, de don Josemaría, que abre ante su alma el horizonte espiritual de dar la vida por la Vida, el amor humano por el Amor.

Mientras escucha, sin haber tenido antes el menor pensamiento de darse enteramente a Dios, cae en la cuenta de que éste es su camino. Y con una alegría que escapa a toda explicación lógica, le dice:

«Yo quiero ser de eso»(12).

De «eso» que ve en su enorme trascendencia, pero a lo que aún no acierta a poner un nombre concreto.

Ricardo rezará pidiendo luz al artífice de toda inspiración: al Espíritu Santo. Y se siente tan gozoso, que no piensa en lo que tiene que dejar sino en lo que ha encontrado. Jamás había ido a comulgar tres días seguidos. Esta vez lo hace, y reafirma su petición sincera y tranquila. Acaba de cumplir veintitrés años y su formación religiosa es la corriente de un muchacho que procede de una familia cristiana. Pero no le faltará, desde el primer momento, la fe en el espíritu sobrenatural de la Obra ni en su vocación. Tiene la seguridad de que don Josemaría es un hombre elegido por Dios como instrumento de una gran siembra de amor y de paz.

Unos días después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, don Ricardo escribirá: «No puedo menos, al escribir estas líneas, de dar gracias a Dios y pedir que llegue a todo el mundo este torrente de su Amor, que abra y llegue a todos los rincones de la tierra en un cauce hondo y ancho, luminoso y fecundo. Y que glorifique al fiel instrumento que fue el Padre, durante su vida en la tierra» (13).

Doce años después, el 30 de julio de 1988, don Ricardo Fernández Vallespín morirá en Madrid después de una entrega total a la Obra de Dios. Sin duda el Padre esculpió en su alma aquellas palabras escritas como dedicatoria, en la «Historia de la Sagrada Pasión»: buscar a Cristo, encontrar a Cristo, amar a Cristo.

Dios en medio del trabajo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Estamos en el curso académico de 1929. Cada mañana, desde la calle de Caracas, en Madrid, un estudiante de Ciencias Químicas emprende el camino de la Universidad, pero antes hace una parada en la capilla del Patronato de Enfermos, que le queda de camino, atravesando la calle de Santa Engracia. Es una cita diaria a la que no falta desde su juventud. Ha puesto las raíces de su esfuerzo en las manos de Dios.

Hace meses que advierte la presencia de un nuevo sacerdote en la capilla. Tiene su confesonario muy cerca de la entrada, a la derecha. En las contadas ocasiones en las que se han saludado por la calle, ha podido advertir que es muy joven y se cubre con una «teja» intentando dar a su talante un aire de gravedad. Algunas veces ha coincidido en un acto litúrgico que oficiaba en el Patronato y le han impresionado profundamente su devoción y naturalidad.

Lo que José María González Barredo desconoce es que, desde 1928, este sacerdote reza por él, y ha escrito en un pequeño diario que lleva habitualmente la petición de que llegue a ser del Opus Dei. Porque en su confesonario de la iglesia, don Josemaría Escrivá sigue llamando, a veces “in mente”, a todos los que Dios ha señalado para hacer su Obra en la tierra.

González Barredo tiene diecinueve años y se ha planteado una dedicación de servicio a los demás. Pero no acaba de ver la solución a sus dudas a pesar de repetidos intentos para encontrar el camino.

Entre 1931 y 1932, José María G.B. comienza su actividad profesional en el Instituto de Linares (Jaén) y pierde de vista temporalmente a este sacerdote que le ha saludado en varias ocasiones, pero sin llegar a tener ninguna conversación con él.

En las Navidades de 1932, regresa para trabajar en su Tesis Doctoral en el Instituto Rockefeller de Madrid. Se aloja en una residencia alemana para familiarizarse con este idioma que ahora resulta indispensable en el ámbito científico.

Una mañana, camino de su trabajo, se cruza con aquel sacerdote del Patronato, que le ha reconocido y viene a su encuentro. En un primer momento intenta eludirlo, pero no lo consigue. Y he aquí que le propone, insistentemente, una entrevista este mismo día.

No está muy animado José María G.B. porque imagina que le va a reclamar para cualquier actividad parroquial y no desea dedicar su tiempo a nada que le aparte del quehacer profesional. Con todo se plantea una pregunta: ¿y si tuviera la solución a sus dudas?, ¿y si le diera luz para el camino que está buscando?

Las horas pasan inexplicablemente lentas en el Instituto Rockefeller durante esta jornada. Pero, al fin, puede acudir a la cita concertada.

Don Josemaría le recibe cordialmente y le habla de muchos temas; también le explica en qué consiste la Obra. Años más tarde, este futuro científico, miembro de varias Academias, conferenciante asiduo en las reuniones de más alto nivel técnico, Catedrático de Física y Química, y profesor de dos Universidades americanas, escribirá:

«La impresión que me produjo fue muy intensa. Se veía su santidad, las virtudes sobrenaturales que tenía, y también sus virtudes humanas de cordialidad, fortaleza, fuerza de voluntad, alegría y, sobre todo, un extraordinario sentido del humor. Además, mostraba horror a toda clase de ostentación, a todo lo que pudiera parecer extraordinario (…). Me dijo solamente que la Obra no era una obra puramente humana, que no era un grupo de hombres buenos que se reúnen para hacer una cosa buena: eso es mucho, pero es poco. La Obra es una cosa sobrenatural, que Dios quiere.

(…) A pesar de que yo llevaba tantos años sin ver claro, fue tal la impresión que me produjo el Padre, y la tranquilidad y la paz al mismo tiempo, que me decidí a pedir la admisión en la Obra inmediatamente y sin ningún género de duda»(8).

Más tarde intentará comunicar esta certeza que le inunda a sus amigos. Y cuando expone su entusiasmo, alguno le responde: «Pero… ¿y los medios?».

Cuando traspasa al Padre este interrogante, don Josemaría Escrivá, sin pararse a pensarlo, responderá aquello que un día va a quedar escrito en el punto 470 de «Camino»:

«-Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio…-¿Acaso te parecen pequeños?».

En verdad no tienen ningún medio material. Pero José María G. B. aprenderá del Fundador a confiar plenamente en la Voluntad de Aquel que ha escrito ya la historia de la Obra sobre el mundo. Y con su trabajo incesante contribuirá a abrir los caminos de Dios.

En 1933 encontrará el piso bajo de la calle de Luchana donde va a instalarse la futura Academia DYA. Y aportará para sacar adelante este empeño todos los ahorros que tiene en una cartilla de Banco. Así se paga el primer alquiler. Como anécdota, José María G.B. recuerda que, a los dos días, el Banco anunció suspensión de pagos por quiebra. La Academia había iniciado su andadura con el tiempo justo.

En los primeros tiempos de la Obra en Madrid, José María G.B. será testigo de la dedicación, del espíritu y el esfuerzo del Padre. Recordará siempre la formación espiritual y humana que recibe del Fundador a lo largo de esta etapa. Además, impulsado por su estímulo, no descuida su dedicación profesional e interviene, a pesar de su juventud, en congresos y reuniones de la Sociedad Española de Física y Química.

Acompañará al Padre en múltiples avatares de la guerra civil, y, cuando concluya el conflicto, visitará con él los restos de la Residencia de Ferraz 16. Allí mismo, sobre un montón de escombros, don Josemaría Escrivá de Balaguer improvisará una meditación sobre la generosidad en la entrega total a Dios. Y les hará ver que está contento a pesar de que a la Obra no le queda ninguna cosa más que las ruinas sobre las que están rezando. Desde este punto de partida, todo volverá a empezar con mayor fuerza que antes.

Durante uno de los viajes a que le obliga su constante actividad científica, José María G. B. tiene la oportunidad de ser recibido en Roma por el Papa Pío XII. La audiencia se desarrolla alrededor del mediodía y puede hablar con Su Santidad hasta de amigos comunes: Pío XII ha sido Nuncio en Alemania y conoce al profesor Euken de Góttingen, con quien trabaja actualmente José María. Este punto de encuentro alemán es la Universidad más importante en estudios de Física y Matemáticas. Aquí escribirá este doctor, miembro del Opus Dei, una de sus obras fundamentales: «Distance space and time». Y además va a traducir «Camino» al alemán para enviárselo al capellán de la Universidad.

En 1946, enviado por el Fundador, llega a Nueva York como pionero de la Obra en Estados Unidos. Cargado con un gran arsenal de libros del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, sabe, sin embargo, que su mejor equipaje es la bendición con que el Padre le ha despedido camino de un nuevo continente. Sus primeros contactos son difíciles. Un día que sale de la Delegación Apostólica en Washington, ve al otro lado de la Massachusets Avenue el Observatorio Astronómico de la Marina Naval. Y se le inunda la memoria con el recuerdo de su querida Residencia de Ferraz. Porque allí, en un respostero se leía: “Per aspera ad astra” -por lo áspero a las estrellas-. Y el estímulo de esta frase -que también campea en el escudo de los Estados Unidos- vuelve a acelerar su ánimo.

Durante algún tiempo trabajará en la Harvard University y en la Columbia University. Pero no podrá desarrollar su verdadera especialidad en fenómenos de velocidades ultrarrápidas hasta que no consiga un contrato en el National Bureau of Standards. Al fin, por lo difícil -áspero- empieza a llegar a las estrellas. Sus relaciones con científicos de la talla de Enrico Fermi, o de Raman, el primer premio Nobel de la India, no impedirán su dedicación a instalar una Residencia para estudiantes en Chicago, ni la traducción de «Camino» al inglés con un preámbulo escrito por el Cardenal Stritch.

Antes de 1949 el Fundador enviará a los Estados Unidos a Pedro Casciaro. José María G.B. le acompañará a través del Canadá, buscando nuevos horizontes para el Opus Dei.

Cuando uno de los tres primeros sacerdotes de la Obra, don José Luis Múzquiz, llegue para dejar su vida en la inmensidad de esta América del Norte, José María G.B. le acompañará con mayor ilusión e intensidad de las que ha puesto en ningún otro encuentro humano o científico. Porque en la raíz de todo su quehacer permanece intacta aquella vocación por la que rezaba un sacerdote joven, en el año 1928 y en la iglesia del Patronato de Enfermos: ganar el mundo para Cristo santificándose en el trabajo, santificando el trabajo y santificando a los demás con el trabajo.

Los primeros del Opus Dei

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el verano de 1930, Isidoro Zorzano ha decidido dedicar su vida a hacer el Opus Dei en la tierra. Las circunstancias que rodean este hecho manifiestan una Providencia muy particular de Dios.

El 24 de agosto don Josemaría se encuentra en casa de Pepe Romeo, uno de los chicos que le acompañan en las visitas a los hospitales. Ha ido para hacerle un rato de compañía, porque está enfermo. De improviso, siente una inquietud especial y decide regresar a su residencia, en la calle de José Marañón. Se despide amablemente de Pepe y de su madre, que no aciertan a comprender por qué se va tan pronto(1).

Se encuentra extrañamente urgido y no sabe a qué atribuirlo.

Sale hacia su casa. Camina por la calle de Santa Engracia y avanza hasta la esquina con Nicasio Gallego. Allí se encuentra con Isidoro Zorzano.

Han sido condiscípulos durante los tres últimos años de Bachillerato en el Instituto de Logroño. Don Josemaría le recuerda como un muchacho serio, buen cristiano. Varias veces ha pensado en él desde que Dios le ha abierto el horizonte del Opus Dei, y hace meses que está pidiendo intensamente la vocación de Isidoro. Conoce su itinerario profesional: sabe que trabaja como ingeniero en los Ferrocarriles Andaluces y que está destinado en Málaga.

Han mantenido alguna relación por correspondencia en los últimos años y en este día de agosto, ¡aquí está Isidoro Zorzano!

Le explica que ha ido a verle aprovechando su paso por Madrid pero, al no dar con él, iba a coger un tranvía que le llevara hasta Sol. Pensaba comer en un restaurante y marcharse luego al tren, porque su familia está ya veraneando en Logroño.

Llegan hasta la calle de José Marañón y entran en la casa para charlar un rato. Antes de que don Josemaría pueda abordar el tema que quiere plantearle, Isidoro le dice directamente que quiere hablarle de su inquietud espiritual. Don Josemaría se queda sorprendido por la sencillez y claridad de los planteamientos de Isidoro.

Entonces le habla de la Obra, de la pasión que Dios ha puesto en su alma y de su actividad apostólica desde 1928. Isidoro se muestra inmediatamente decidido; sin embargo, don Josemaría quiere que lo piense bien. Que tenga tiempo para meditar una decisión de tanta trascendencia. Se reúnen de nuevo después de almorzar. Pero la tarde ya no es más que una confirmación generosa.

Diez días más tarde, el 5 de septiembre de 1930, Isidoro le escribirá desde Málaga:

«El tema de nuestra última conversación me satisfizo muchísimo ya que me sugirió nuevas ideas y me hizo concebir nuevas esperanzas (…). Siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos, y que era precisamente el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable (…): he pensado sobre ello y cada día me parece más hermoso; es mi única ilusión cooperar en dicho ideal para llevar a feliz término nuestra causa. Procura contestarme pronto, pues tus cartas me hacen ver que estoy acompañado en esta soledad de Málaga».

Y el 14 de septiembre contesta a una carta de don Josemaría:

«Me dices que tu carta era larga, a mí me pareció muy corta; la he leído varias veces (…). Me encuentro ahora completamente confortado, mi espíritu lo encuentro ahora invadido de un bienestar, de una paz, que no había sentido hasta ahora; todo lo debo a la Obra de Dios».

A partir de este momento, Isidoro, de la misma edad que el Fundador, se entregará sin límites(2). Es un hombre muy competente en su trabajo de ingeniero, con prestigio profesional y virtudes humanas, con deseos de ir al encuentro de Dios. Don Josemaría le expone un plan de vida espiritual que vaya ayudándole a ser, poco a poco, una persona del Opus Dei.

Con frecuencia se acercará a Madrid. Esto le cuesta pasar dos noches en el tren: una de llegada y otra de regreso. En Málaga habrá de trabajar fuerte. Pero en todos los terrenos responderá como un buen hijo de Dios. Su presencia será inestimable durante los acontecimientos de la guerra civil española. La nacionalidad argentina de Isidoro Zorzano le otorgará condiciones de inmunidad diplomática que serán de gran ayuda en aquellas difíciles circunstancias.

Con optimismo sobrenatural, pudo decir don Josemaría Escrivá de Balaguer aquella tarde calurosa del agosto madrileño de 1930: «Ya tenemos en el Opus Dei personas de los dos hemisferios » (3).

Entre los primeros miembros del Opus Dei que perseveraron junto al Fundador se cuenta también Juan Jiménez Vargas. En los comienzos de 1932, cuando todavía es un estudiante de Medicina, conoce a don Josemaría. Más tarde le oye hablar de la Obra: de cómo supo la misión que había de cumplir, y de cómo había pasado muchos años rezando para conocer la Voluntad de Dios que presentía, pero que no veía con claridad. Le transmite su preocupación por hacer realidad aquel deseo divino que ha constituido la coordenada de toda su existencia.

Juan le escucha y comprende rápidamente la Obra, con un conocimiento y una adhesión al espíritu sobrenatural que la inspira difíciles de explicar. Pedirá su admisión a principios de 1933 y, desde entonces, don Josemaría contará con él para siempre. Y tiene tal confianza en la fidelidad de estos primeros que van a seguirle que, un día de 1934, en la iglesia de Santa Isabel, al otro lado de la Facultad de Medicina, habla con Juan y le pregunta:

-«En caso de que yo faltara, tú ¿seguirías?… »(4).

Sabe el Fundador que la Obra es de Dios. Que está por encima y más allá de su persona. Por eso, no se cree indispensable. Ha oído en su oración, en la intimidad de su corazón, la promesa inconfundible de Jesucristo:

«A través de los montes, las aguas pasarán»(5).

Y quiere dar, a sus hijos, la seguridad sobrenatural de que la Obra ha nacido universal y permanente.

Abriendo surco

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Don Josemaría continúa el apostolado del Opus Dei desde todas las circunstancias que le brinda su ministerio sacerdotal. Reza intensamente; conoce y trata a personas de toda condición y edad, enfermos y sanos, estudiantes y obreros manuales, artistas y empleados, sacerdotes y matrimonios, y lleva a cabo una ingente tarea de dirección espiritual.

Reúne a pequeños grupos de muchachos; habla, a cada uno, de la llamada de Dios a los hombres; de este fuego que ha prendido en su alma y que es, para siempre, Opus Dei. Los chicos le acompañan por los hospitales, en sus correrías por Vallecas, Tetuán, La Ventilla… Los extremos de la gran ciudad. En ocasiones, allí donde presta su servicio a las almas, le facilitan un local para continuar la formación de los que le siguen, o un confesonario para dirigir espiritualmente a las primeras mujeres que se acercan al espíritu del Opus Dei.

Se sabe depositario de una misión divina que ha de llevar a cabo en el breve tiempo de su vida. Necesita completar la arboladura de esta nave que se empieza a llenar de respuestas generosas, de mujeres y hombres que se lanzan -cuando todo parece locura- a la divina aventura que don Josemaría Escrivá de Balaguer les propone en nombre de Dios.

Siempre que le hablan de una persona que puede comprenderle, anota su nombre, graba en la memoria y en el corazón los datos que le relata -generalmente- un miembro de la familia. Y cuando algunos vengan -traídos por la mano de Dios- hasta la Obra, don Josemaría les dirá que son fruto de su oración y de su mortificación, que ha ofrecido por ellos -durante años- los sacrificios de su vida sacerdotal entregada. Porque espera siempre la llegada de aquellos que Dios ha elegido desde el día en que puso el Opus Dei en manos de un joven sacerdote.

Su apostolado es tan amplio que no tarda en ser conocido, y a veces no bien interpretado, en distintos lugares de la geografía española. Cuando estalla la guerra civil, un grupo de hombres pertenecen ya a la Obra. Hay también algunos sacerdotes que dirigen su vida espiritual con don Josemaría Escrivá de Balaguer. Y un grupo -heterogéneo en cuanto a dedicación y condiciónde mujeres, que empiezan a conocer esta espiritualidad laical que entronca con la vida de los primeros cristianos en el mundo.

Algunas de estas vocaciones se perderán antes o durante la dispersión ocasionada por el conflicto bélico. Pero otros perseverarán en esta leal decisión de entrega a Dios en medio del mundo.

El Fundador del Opus Dei pedirá insistentemente al Señor vocaciones para extender la Obra, y animará a otros a rezar. En «Camino», número 804, escribe: «Ayúdame a clamar: ¿Jesús, almas!… ¡Almas de apóstol!: son para ti, para tu gloria. Verás como acaba por escucharnos».

Rector del Real Patronato

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La Orden de las Agustinas de la Visitación data de 1589. Tenían el primitivo convento muy próximo al Corral de la Pacheca, lugar poco adecuado para su retiro. Una Real Orden de Felipe III les cede la sede que aún hoy ocupan.

Esta Fundación de Patrimonio Real tiene, en 1931, una amplia iglesia barroca con crucero y cúpula octogonal. Sobre el altar descansa un valioso tabernáculo, decorado por cuadros de Palomino que representan al Divino Pastor, San Pedro y San Pablo, entre doradas tallas, figuras angélicas policromadas y una cúpula sobre la que camina un San Juan niño. El retablo está ocupado por un lienzo de la Inmaculada de Ribera. Hay, además, una capilla interior con esculturas, objetos piadosos y relicarios de gran valor material e histórico. En las salas de Comunidad existen lienzos de espléndida categoría artística. Allí están las firmas de Claudio Coello, Cerezo, Agüero y Ribera. La mayor parte desaparecerá en los incendios provocados por el Frente Popular en 1936. Algunas obras de arte, milagrosamente salvadas, serán custodiadas de nuevo por la propia Comunidad.

El Patronato de Santa Isabel -que durante la República pierde el apelativo «Real» que hacía referencia al patronazgo de Felipe III- está compartido por dos Comunidades de actividad y vocación diversas: las Religiosas Agustinas Recoletas, de clausura, y las de la Asunción, dedicadas a la enseñanza.

Don Josemaría irá a celebrar la Santa Misa en la iglesia del Patronato de Santa Isabel, a las ocho de la mañana. Antes y después del Sacrificio, ocupará el confesonario. Atenderá espiritualmente a las religiosas enfermas y volcará su piedad, su alegría natural y sobrenatural sobre todas aquellas almas entregadas al servicio de Dios en momentos difíciles para cualquier forma de confesionalidad religiosa.

Con mucha frecuencia, se le puede ver arrodillado en el reclinatorio del presbiterio, haciendo su oración delante del sagrario. Otras veces llega acompañado de muchachos jóvenes, y reza con ellos.

También vienen por esta iglesia grupos de chicas que van a confesarse y a poner su vida espiritual en manos de este sacerdote. La Obra, en sus comienzos, encontrará cobijo material en estos lugares de oración, donde su Fundador reza intensamente y donde vuelca su trabajo sacerdotal(3).

En la primavera de 1934 don Josemaría se traslada a la vivienda que existe a disposición del capellán del Convento de las Agustinas Recoletas de Santa Isabel, con doña Dolores, Carmen y Santiago. La casa pertenece, por derecho, al cargo que desempeña don Josemaría Escrivá de Balaguer.

El 11 de diciembre de 1934 es nombrado oficialmente Rector del Patronato de Santa Isabel por el Presidente de la República, don Niceto Alcalá Zamora. El nombramiento se ajusta a las normas del Decreto publicado en el Boletín Oficial del Estado del 19 de diciembre del mismo año. Hasta el advenimiento del nuevo régimen republicano, el cargo lo asignaba el Obispo de Sión y Patriarca de las Indias, que era quien se ocupaba de la provisión de los cargos eclesiásticos que dependían de los Patronatos reales. Antes de aceptar el nombramiento, don Josemaría pide el permiso oportuno tanto al Obispo de Madrid como al Arzobispo de Zaragoza, del que aún depende.

Todas las religiosas que le van a conocer durante estos años previos a la guerra civil, le definen como sacerdote ejemplar, con una intensa vida de fe a cuya luz resuelve los acontecimientos y las situaciones.

La Madre María del Buen Consejo le acompaña a llevar la Comunión a las enfermas a través del claustro y de las habitaciones del convento. Y advierte la delicadeza y el amor con que acoge y transporta al Señor Sacramentado.

-«Lo arropa en el paño de hombros y luego lo lleva apretado contra su corazón»(4).

Un día, cuando don Josemaría está dando la Comunión a las Religiosas, tras la reja del coro, se le ocurre decir al Señor un piropo de amor competitivo:

-«Te quiero más que éstas».

Y siente una locución interior que le contesta, con las palabras de un conocido refrán, como empujándole a trabajar más aún: -«Obras son amores y no buenas razones»(5). Nunca olvidará esta respuesta divina que le invita a la oración intensa y a la acción incansable en busca del reino de Dios. Y así se lo hará llegar, con fuerza, como programa apasionante, a sus hijas e hijos en el Opus Dei:

«Se ha puesto de relieve muchas veces el peligro de las obras sin vida interior que las anime, pero se debería también subrayar el peligro de una vida interior -si es que puede existir- sin obras.

Obras son ancores y no buenas razones”: no puedo recordar sin emoción este cariñoso reproche (…) que el Señor grabó con claridad y a fuego en el alma de un pobre sacerdote, mientras distribuía la Sagrada Comunión, hace años, a unas religiosas y decía sin ruido de palabras a Jesús, hablando con el corazón: “te amo más que éstas”» (6).

Por eso, mientras se esfuerza por vivir el espíritu que Dios le ha hecho ver, forma también en este apasionado amor que se le muestra, a todos cuantos empiezan a seguirle. Su alma es una mezcla de energía y serenidad, de fortaleza y afecto. De madura gravedad de adulto y de abandono infantil en manos de Dios.

Es capaz de aprovechar para la vida interior las circunstancias difíciles que, desde hace ya mucho tiempo, se le plantean a diario, pero también las pequeñas nimiedades del quehacer cotidiano. Durante varios días, y mientras ocupa el confesonario de Santa Isabel, oye la puerta de la iglesia que se abre con estrépito y un ruido como de cántaros metálicos.

Por fin, decide averiguar la causa. Se sitúa junto a la puerta, por dentro de la iglesia. Al oír el primer golpe sale y encuentra un lechero que viene con sus cántaros.

-«Pero, tú, ¿qué haces?»

-«Yo, Padre…, vengo cada mañana, abro -no entro con más delicadeza porque no sé; por eso meto este ruido-, y le saludo: Jesús, aquí está Juan el lechero».

Y le parece una oración tan formidable que pasa el día repitiéndola como una jaculatoria: «Señor, aquí está este desgraciado, que no te sabe amar como Juan el lechero»(7).

La Madre María del Buen Consejo, que le conoce desde el año 1932, tiene un gran afecto al Rector y a su familia. Sobre todo a doña Dolores, a quien ve diariamente asistir a la Santa Misa en la iglesia del convento. A través de toda vicisitud, mantiene su afabilidad, su distinción y delicadeza. Casi siempre le acompaña su hija Carmen.

Esta buena religiosa piensa, y con razón, que en las cualidades de don Josemaría ha debido influir notablemente su madre. Porque ella puso los cimientos más profundos. Por eso le tiene una simpatía y deferencia especiales. Años más tarde, cuando la Orden haya destinado a esta religiosa al Brasil, leerá «Camino» una y otra vez, con detenimiento. Luego, dirá a sus compañeras:

-«Este libro dice lo que el Fundador de la Obra vive: así es él»(8).

Mientras sigue como Rector, les pide oraciones constantes para que permanezca fiel a su vocación. Para que la Obra que Dios ha puesto en su corazón y en sus manos salga adelante. Para que las vocaciones que empiezan a frecuentar su casa y a entender su espíritu lleguen a una entrega total, absoluta, en medio del mundo, al servicio de las almas, de Dios y de la Iglesia.

Es costumbre en el Patronato que, durante los días de Navidad, las Religiosas Agustinas Recoletas expongan a la adoración un Niño Jesús de talla policromada. Tiene la cabeza inclinada hacia un lado, los ojos semicerrados y los brazos sobre el pecho. Parece dormir con placidez. Después de la muerte del Fundador, las monjas empezarán a llamarle el «Niño de don Josemaría», porque le tiene un cariño especial. Se lo pide algunas veces, y lo lleva a su casa para hacer la oración junto a El. A lo largo de la guerra civil es una de las pocas imágenes del convento que se mantienen intactas. La Madre San José, que es la sacristana, acostumbra a pararse cerca de la iglesia para escuchar al Rector que, sin advertir su presencia, ora delante de esa imagen, en voz alta, le dice palabras de amor al Niño Jesús e incluso le canta.

No es de extrañar, conociendo la espontaneidad humana y la sobrenaturalidad de sus afectos, que don Josemaría Escrivá de Balaguer redacte de un tirón, durante la acción de gracias de su Misa en la iglesia de Santa Isabel, breves comentarios a cada uno de los quince misterios del Rosario, que más adelante publicará, en forma de libro, para ayudar a rezarlo con atención y amor.

«Se ha promulgado un edicto de César Augusto -escribe en el tercer misterio gozoso-, y manda empadronar a todo el mundo. Cada cual ha de ir, para esto, al pueblo de donde arranca su estirpe. -Como es José de la casa y familia de David, va con la Virgen María desde Nazaret a la ciudad llamada Belén, en Judea (Lc II, 1-5).

Y en Belén nace nuestro Dios: jesucristo! -No hay lugar en la posada: en un establo. -Y su Madre le envuelve en pañales y le recuesta en el pesebre (Lc II, 7).

Frío. -Pobreza. -Soy un esclavito de José. -¡Qué bueno es José! -Me trata como un padre a su hijo. -¡Hasta me perdona, si cojo en mis brazos al Niño y me quedo, horas y horas, diciéndole cosas dulces y encendidas!…

Y le beso -bésale tú-, y le bailo, y le canto, y le llamo Rey, Amor, mi Dios, mi Unico, mi Todo!… ¡Qué hermoso es el Niño… y qué corta la decena!»(9).

Para los que viven de fe, la presencia de Dios entre los hombres, la encarnación de la Omnipotencia en la forma inerme, indefensa, de un niño, pone todos los sentimientos del alma en una orilla de amor que no entiende de suficiencias ni de pudores intelectuales.

La otra comunidad, Religiosas de la Asunción, dedicada a las tareas docentes, también recuerda las atenciones que tuvo para con ellas el Rector de Santa Isabel. El Colegio de la Asunción fue introducido en España por Alfonso XII, que conoció la institución en París, ya que la Reina Mercedes se había educado en uno de estos Centros.

La Madre Superiora, Eugenia Montes Jovellar, que había cambiado su nombre familiar por el de Inés, contaba con don Josemaría para las Profesiones de las religiosas, para los actos eucarísticos y para cualquier incidencia en la que precisara un consejo certero y oportuno.

El 5 de mayo de 1936 las dos comunidades tendrán que abandonar el Patronato por orden del Presidente del Gobierno. Habrán de refugiarse en diversas casas de Madrid o salir, en un verdadero exilio, por las provincias de España. Algunas consiguen pasar la frontera y permanecer, durante los tres años que se mantiene la contienda, en el extranjero. Al estallar la guerra, estos edificios soportan muchas vicisitudes: el convento de las Agustinas Recoletas, con todo su patrimonio artístico, arde por determinación del Frente Popular; un tercio del Colegio de la Asunción también queda destruido. El resto permanece en pie y es utilizado como acuartelamiento y oficinas.

Cuando termine el conflicto bélico en España, en 1939, don Josemaría prestará su colaboración para que las dos comunidades de religiosas puedan instalarse de nuevo en los edificios de Santa Isabel y reemprendan las actividades que les son propias.

No es de extrañar que las Agustinas repitan, con frecuencia, que tienen una deuda de agradecimiento con don Josemaría, y que las oraciones de esta comunidad contemplativa acompañen las actividades de la Obra en su caminar por los senderos de la tierra.

Este cariño a las comunidades religiosas es connatural a todos los miembros del Opus Dei, porque su Fundador lo llevó en el alma, durante el quehacer apostólico de su vida.

En 1967 lo afirma en una entrevista concedida a Jacques Guillemé Brúlon, redactor de «Le Figaro» de París, recogida en la publicación «Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer»:

«Aunque ni somos religiosos, ni nos parecemos a los religiosos, ni hay autoridad en el mundo que pueda obligarnos a serlo, en el Opus Dei veneramos y amamos al estado religioso. Rezo cada día para que todos los venerables religiosos continúen ofreciendo a la Iglesia frutos de virtudes, de obras apostólicas y de santidad» (10).

Y a “Enrico Zuppi y Antonino Fugardi, de «L’Osservatore della Domenica»” (Ciudad del Vaticano):

«El camino de la vocación religiosa me parece bendito y necesario en la Iglesia, y no tendría el espíritu de la Obra el que no lo estimara. Pero ese camino no es el mío, ni el de los miembros del Opus Dei (…). La característica específica nuestra, es santificar el propio estado en el mundo, y santificarse cada uno de los miembros en el lugar de su encuentro con Cristo: éste es el compromiso que asume cada miembro, para realizar los fines del Opus Dei(11)»

Tiempo de trashumancia

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Don Josemaría permanece como capellán en las Damas Apostólicas hasta el año 1931. El 11 de mayo, Madrid vive una jornada de agitación política durante la que arden iglesias y conventos religiosos. Ante el temor de que la iglesia del convento sea asaltada por las turbas, pone a salvo las Hostias consagradas. Así lo relata el periodista Julián Cortés Cavanillas: «acompañado por mí, llevó en su pecho al Santísimo, desde la capilla en donde era capellán (…) hasta las casas militares, próximas a la glorieta de Cuatro Caminos, donde depositó el divino tesoro eucarístico en casa de unos amigos aragoneses»(1).

También la vivienda junto al Patronato de Enfermos se hace peligrosa. Abandona la calle José Marañón, y se traslada, con su familia, a un pequeño piso situado en la calle de Viriato; allí residirán hasta finales del año 1932.

Su familia ha aprendido a respetar los desplazamientos que impone la vida de Josemaría, su constante actividad apostólica y la fidelidad a una vocación divina de la que todavía no les ha dado explicaciones, pero que intuyen como una exigencia de Dios a la que él responde incondicionalmente. Una cosa es indudable: el gran cariño que les profesa desde siempre; la preocupación por su bienestar, por los estudios de Santiago, por las tareas de Carmen y de su madre. Pero ninguno de estos sentimientos es un obstáculo para su ministerio sacerdotal ni para sacar adelante la Obra que Dios le ha hecho ver el 2 de octubre de 1928.

Doña Dolores, con la serenidad y dedicación que la caracterizan, se ocupa de todo, trabaja constantemente, sigue a su hijo y le ayuda siempre, de lejos y de cerca, con la solicitud que solamente saben componer juntos la discreción y el amor. Cuando concluyan los avatares de la guerra civil, su domicilio se verá invadido por «los chicos de Josemaría», como dirá su hermano Santiago. La madre y los hermanos del Fundador apenas gozarán de espacio ni de propiedad exclusiva. Dios agrandará su corazón para que brinden a estos muchachos, que acuden a la amistad del sacerdote, la acogida, el afecto y la atención de un auténtico hogar.

Los sucesos políticos del momento español llevan un ritmo vertiginoso. Preside la República Niceto Alcalá Zamora, cuando se publica la nueva Constitución en la que se proclama el laicismo del Estado. Se determina la expulsión de la Compañía de Jesús. Al mismo tiempo, se suprime todo signo religioso público y se decide la exclusión de la Iglesia de los planes de enseñanza. Solamente algunas órdenes de clausura, por la escasa importancia que les concede el Gobierno, y algunas comunidades religiosas dedicadas a labores asistenciales, podrán continuar ejerciendo sus actividades en el país. Se suprimirá, también, el presupuesto para el clero.

Anticipando estos acontecimientos -en mayo de 1931-, sobre los tejados de Madrid se han visto las columnas de humo que despiden los incendios del Colegio de Maravillas en Cuatro Caminos, del Instituto Católico en la calle de Alberto Aguilera, de los Carmelitas en la Plaza de España y de la Residencia de los jesuitas en la calle de la Flor. Muchas monjas se verán obligadas a desalojar los conventos y a salir a la calle para buscar refugio.

Pío XI, en su Encíclica «Dilectissima Nobis», proclama que la Iglesia Católica, no estando bajo ningún aspecto ligada a una forma de gobierno más que a otra, con tal que queden a salvo los derechos de Dios y de la conciencia cristiana, no encuentra dificultad en avenirse con las diversas instituciones civiles, sean monárquicas o republicanas.

Pero es la República de España la que evoluciona hacia posturas incompatibles con la Iglesia Católica. La Constitución, las leyes fundamentales y la actuación del gobierno están inspirados cada vez más en un anticatolicismo casi frenético.

En esta situación, las Agustinas Recoletas del convento de Santa Isabel, cerca de Atocha, monjas de clausura, se han quedado sin capellán porque se ha suprimido el presupuesto para su manutención. La Priora, Madre Sagrario, busca un sacerdote que acepte celebrarles diariamente la Santa Misa y ocuparse de la Comunidad. Y este sacerdote, capaz de seguir trabajando con serenidad, de aparecer vestido con su traje talar y pasar por entre los ánimos exacerbados, será don Josemaría Escrivá de  Balaguer(2).

La alegría de los santos

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Una constante que subrayan cuantos han conocido a Monseñor Escrivá de Balaguer, en cualquiera de las etapas de su vida, ha sido la alegría y la simpatía arrolladora de su modo de ser y de actuar.

«Jamás le he visto hosco, amargado, agrio, entristecido», afirma Pedro Rocamora, que conoció al Fundador del Opus Dei en los primeros años de su estancia en Madrid(26).

Y las Hermanas de los Hospitales, testigos de su desvelo por tanta enfermedad, pobreza y muerte, comentan:

«Era (…) muy espiritual y sabía entregarse a los demás con una enorme alegría. Yo le recuerdo siempre alegre. Si tuviera que destacar una cualidad de él, creo que me quedaría con ésta: la jovialidad, el gozo que emanaba su persona (…). Nos alegraba la vida con su modo de ser. Estábamos deseando que llegara, en aquella etapa de inseguridad y de probable y próxima persecución (…). No le vi nunca contagiarse de ningún espíritu de derrotismo. Don Josemaría no perdió jamás la serenidad. No hubo acontecimiento alguno que perturbase su alegría»(27).

El mismo escribe en los puntos 657 y 658 de «Camino»:

«La verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre».

«Si salen las cosas bien, alegrémonos, bendiciendo a Dios que pone el incremento. -¿Salen mal? -Alegrémonos, bendiciendo a Dios que nos hace participar de su dulce Cruz».

Su espíritu y su condición humana están unidos en aquella elevada y cordial afirmación que Pablo, Apóstol de las Gentes, dijera a los Filipenses: “ Iterum dico: Gaudete!”: Yo os digo otra vez: ¡alegraos!`.

«Estad siempre alegres, hijos míos -repetía en múltiples ocasiones- (…). “Servite Domino in laetitia” (Ps XVI, 2); servid al Señor con alegría. ¿Vosotros creéis que en la vida se agradece un servicio prestado de mala gana? No. Sería mejor que no se hiciera. ¿Y nosotros vamos a servir al Señor con mala cara? No. Le vamos a servir con alegría, a pesar de nuestras miserias, que ya las quitaremos con la gracia de Dios»(29).

Esta serenidad de ánimo ante toda situación y acontecimiento, esta alegría que «tiene sus raíces en forma de Cruz»(30), arranca precisamente de su apoyo en la filiación divina. De saber que es Dios quien vela, quien conduce todas las cosas hacia el bien. Por eso, aceptar la Voluntad de Dios, costosa o fácil, con sol o con lluvia, con esfuerzo o con facilidad, es lo que mantiene erguido el mástil luminoso de la alegría humana.

En la Navidad de 1956 comunicaba a sus hijos, en Roma, una receta infalible para estar contento:

«Primero, perdonar; si lo hacemos enseguida, ¡qué alegría! Es algo tan grande, que nos da una paz inmensa, porque el perdón nos hace participar del poder divino: es el Señor quien perdona.

Segundo propósito: aceptar con alegría la voluntad de Dios»(31)

Cuando, a lo largo de su actividad pastoral, alguien le interroga acerca de un problema que le preocupa, suele responder como en aquella tertulia romana con muchachas jóvenes estudiantes de diversos países:

«El espíritu de filiación divina está en la base del espíritu del Opus Dei, porque es lo que da fortaleza y alegría siempre. Quizá en algún momento de tu vida te parecerá que no tienes donde pisar: todo, todo desaparece; te encontrarás muy sola. Si en aquel momento piensas que eres hija de Dios, te sentirás fuerte y capaz de todo» (32).

Y también:

«Tienen más motivo para pasarlo mal las personas que piensan en sí mismas. Cuando se piensa en los demás, en ayudar a los demás, en hacer bien a los demás, en consolar a los demás; cuando se va a visitar a pobre gente, enferma y sin dinero, pobre gente abandonada en un hospital, pobres chiquillos que no saben quién es su padre ni su madre, entonces, no hay penas aquí en la tierra (…). La pena viene casi siempre del egoísmo.

Que prueben, que prueben a hacer esto y tendrán alegría; tienen que conocer la pena de los demás, sentir la pena de los demás, y verán que lo suyo es poco»(33).

No le aterran el dolor y las dificultades presentes, porque, a través de cada una, ha presentido la eternidad:

«Me gusta hablar de eternidad. Nos espera una eternidad de amor, de felicidad, de estar junto al Señor, unidos, siempre en Dios. Es difícil imaginar la maravilla de amor que nos aguarda»(34).

Pero no suele pensar en el Cielo como un simple recurso consolador frente al mundo. Es realista. Su alegría se alimenta de las cosas, de las situaciones, del trabajo, descubriendo la presencia de Dios en medio de las actividades de la tierra. Es más, dice que la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra. Porque se puede sufrir y llorar; se puede tener dolor y enfermedad. Pero también el gozo, la paz de poner todas las cosas en el silencioso amor de Dios.

Siempre repetirá a sus hijos que sean sembradores de paz y de alegría. «Alegría que no es el cascabeleo de la risa tonta, puramente animal. Tiene raíces muy hondas, es algo muy profundo. Pero es compatible con el cansancio físico, con el dolor -porque tenemos corazón-, con las dificultades en nuestra vida interior, en nuestra labor apostólica. Aunque alguna vez parezca que todo se viene abajo, no se viene abajo nada, porque Dios no pierde batallas. La alegría es consecuencia de la filiación divina, de sabernos queridos por nuestro Padre Dios, que nos acoge, nos ayuda, y nos perdona siempre»(35).

Alegría que Monseñor Escrivá de Balaguer sabe salpicar constantemente de humor rotundo, jovial y claro. En 1962 comenta, riendo, durante una tertulia en la Residencia Rosecroft, de Londres:

«Algunos por ahí dicen que hacemos voto de alegría. No me interesan los votos, pero sí la virtud santa de la alegría»(36). Y en otro momento:

«Basta que cada día nos acerquemos al Señor, para decirle que El es “qui laetificat iuventutem meam!”, eres Tú, Dios mío, el que alegras mi juventud. “In manibus tuis tempora mea”, mis años, toda mi vida, la tiene el Señor en sus manos. Esto me llena de dicha y de paz»(37).

Este mensaje que Dios le ha confiado encontrará respuesta en multitud de personas de los cuatro puntos cardinales dedicadas a las más diversas tareas civiles de la vida humana: desde el laboratorio, el quirófano del hospital, el cuartel, la cátedra universitaria, la fábrica, el taller, el campo, el hogar de familia y todo el inmenso panorama del trabajo. Por eso, decía un periodista, después de la muerte del Fundador del Opus Dei:

«Descendió a la calle en busca de santidad; la calle ha sido, más de una vez, implacable con él y con su ardoroso desafío»(38).

Nada podrá doblegar la firme decisión de abrir senderos, a golpe de andadura, por lugares cubiertos de dificultades. Su ánimo es una rotunda afirmación clavada entre la más leal tozudez humana y la más honda convicción sobrenatural: el horizonte sin fin de la esperanza.


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