Un retiro en Valencia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En los meses siguientes al fin de la Guerra Civil, el Opus Dei reanudó sus incipientes actividades en Valencia. Escrivá predicó ejercicios espirituales a un grupo de universitarios del 5 al 11 de junio de 1939 en el Colegio del Beato Juan de Ribera, situado en Burjasot a pocos kilómetros de la ciudad. La invitación para predicar los ejercicios vino de su buen amigo don Antonio Rodilla, rector del colegio.

Mientras paseaba por los terrenos del colegio, antes de empezar, los estudiantes se fijaron en un cartelón pintado a mano, abandonado por el ejército republicano, que había ocupado el edificio durante la Guerra Civil. En el cartelón se leía el verso atribuido a Antonio Machado: “Cada caminante siga su camino”. Uno de los asistentes se disponía a romperlo, pero Escrivá le paró, diciéndole que ese lema era un buen consejo. Durante esos días, utilizó repetidamente aquella frase para subrayar la importancia de la libertad en el servicio de Dios.

Este énfasis en la libertad contrastaba radicalmente con la tendencia mayoritaria de la España de posguerra. Uno de los jóvenes, que pidió la admisión en el Opus Dei poco después de la guerra recordaba “aquellos tiempos, en los que no se hablaba especialmente sobre este tema. Se estimaban otros valores como el servicio y el sacrificio por la Patria, la abnegación en los sufrimientos, la heroicidad hasta poner en peligro la propia vida en defensa de ideales nobles”[1].

Lógicamente, Escrivá deseaba vocaciones para el Opus Dei, pero no habló de esto en las meditaciones que predicaba. Durante el retiro, sí charló en privado sobre este tema con varios jóvenes. Al final de esos días de retiro, Amadeo de Fuenmayor, estudiante de Derecho, vio claro que Dios le pedía que le entregara su vida en el Opus Dei. Pocas semanas después, otro de los asistentes, José Manuel Casas Torres, que simultaneaba los estudios de Derecho y Geografía, también pidió la admisión en el Opus Dei.

Escrivá deseaba encontrar gente que pudiera entender y vivir el espíritu del Opus Dei, pero, como director de almas, nunca coaccionaba a nadie, siempre llevaba a cada persona por el camino que Dios tenía previsto. Por ejemplo, a uno de los jóvenes que asistieron a aquellos ejercicios espirituales, aunque le explicó el Opus Dei, le insistió en que se dedicara al apostolado de la Acción Católica. Poco después aquel estudiante, tras consultar a un sacerdote, que era de su misma opinión, decidió renunciar a sus actividades en Acción Católica. Pero cuando consultó de nuevo a Escrivá, éste le aconsejó que siguiera sirviendo a la Iglesia en Acción Católica, según el plan de Dios.

El deseo de Escrivá de ayudar a cada uno a seguir la llamada personal de Dios le llevó a predicar numerosos ejercicios espirituales a sacerdotes diocesanos y religiosos. Nada más concluir el retiro de Burjasot para estudiantes universitarios, empezó otro para sacerdotes de la diócesis de Valencia, que había perdido la cuarta parte de su presbiterio durante la Guerra Civil. La mayoría de los supervivientes había pasado escondida durante los tres últimos años. El arzobispo de Valencia conoció a Escrivá en Burgos; ahora, para rejuvenecer las estructuras de la diócesis, destruidas por la guerra, le pedía que predicara unos ejercicios para párrocos recién nombrados. El retiro de Valencia fue el primero de los muchos que Escrivá predicó al clero diocesano de toda España y a numerosas comunidades religiosas.

[1] José María Casciaro. VALE LA PENA. TRES AÑOS CERCA DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI: 1939-1942. Ediciones Rialp. Madrid 1998. p. 98-99

Estudios de Derecho

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En junio de 1923, Escrivá terminó su cuarto año de Teología cumpliendo así los requisitos para lograr el grado de licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Zaragoza. Se propuso también hacer el doctorado ya que el quinto año tenía menos clases y era más fácil obtener permiso del cardenal Soldevilla para comenzar los estudios de Derecho al tiempo que continuaba con los eclesiásticos.

Los seminaristas y sacerdotes que estudiaban en universidades civiles eran muy pocos, pues las autoridades eclesiásticas no se fiaban del todo de aquellas universidades que no podían controlar. En 1918 el Vaticano alertó de que una “dilatada y triste experiencia” venía demostrando que dichas universidades representaban un serio peligro para los sacerdotes. El cardenal Soldevilla, sin embargo, concedió a Escrivá el permiso solicitado para asistir a la Facultad de Derecho.

En aquellos años, las universidades españolas ofrecían a los estudiantes dos formas de seguir sus estudios. Por una parte, estaban los “alumnos oficiales” que debían acudir a todas las clases y, por otra, existía la figura del llamado “alumno no oficial”, cuya asistencia no era obligatoria y podía, por tanto, hacer el examen sin haber tenido que acudir a un número determinado de clases. Escrivá se apuntó como alumno no oficial. Los cursos no se dividían en semestres, sino que las asignaturas comenzaban en octubre y acababan en junio, con los consabidos períodos de vacaciones en Navidad y Semana Santa. Había exámenes finales –orales– antes del verano y en otoño, justo antes de que comenzara el curso académico. Los alumnos podían elegir cuándo hacer los exámenes y no era infrecuente que muchos repartieran los exámenes entre el verano y septiembre.

En el verano de 1923, Escrivá hizo por libre dos cursos introductorios de Derecho, examinándose en otoño de ese año. El curso académico siguiente se apuntó a siete asignaturas en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza, además de las tres asignaturas del quinto curso de Teología. Aprobó algunos exámenes en junio y otros en septiembre.

Derecho Canónico era una materia que se estudiaba tanto en la Universidad Pontificia como en la Facultad de Derecho. Escrivá tuvo la suerte de haber contado con prestigiosos canonistas en sus años de universidad que le formaron muy bien, como el ya mencionado Elías Ger, de la Universidad Pontificia, y Juan Moneva, de la Facultad de Derecho. Escrivá se hizo gran amigo de éste último, brillante catedrático a la sazón, si bien un tanto excéntrico, con quien mantuvo una afectuosa relación hasta su muerte. También forjó una sólida amistad con el profesor de Derecho Romano, José Pou de Foxá, a quien acudiría en sus primeros años de estancia en Madrid para pedir consejo.

El seminario de Logroño

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Siguiendo esos barruntos de los que ya hemos hablado, Escrivá decidió entrar en el seminario de Logroño en la primavera de 1918. Esta decisión cogió a la familia completamente por sorpresa. Su padre tenía la lógica ilusión de ver a su único hijo varón perpetuar el apellido y, quizás, recomponer la fortuna familiar; así las cosas, don José no pudo reprimir las únicas lágrimas que Josemaría viera en ojos de su padre y le aconsejó que meditara el asunto con detenimiento. “Los sacerdotes –le dijo- tienen que ser santos. Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré”[1]. Al joven Escrivá le conmovieron las lágrimas de su padre, pero no se echó atrás en su decisión de entrar en el seminario; y, lleno de confianza en el Señor, tuvo incluso la audacia de pedir a Dios que enviara otro hijo a sus padres. Humanamente hablando, esas oraciones no parecían tener mucho futuro ya que el último vástago había nacido nueve años antes, y su madre tenía a la sazón 39 años y su padre 49. No obstante, a los nueve o diez meses, en febrero de 1919, nació su hermano Santiago.

Escrivá terminó sus estudios en el instituto en 1918 y pasó gran parte del verano estudiando Latín, Lógica, Metafísica y Ética para preparar el examen de ingreso en el seminario. En otoño entró como alumno externo.

La vida en el seminario le produjo una impresión muy fuerte. Aunque su familia estaba atravesando momentos harto difíciles, siempre estuvo acostumbrado a un ambiente amable y de alto nivel cultural, en el que el orden, el aseo, la buena educación, el tacto y el interés por los temas de actualidad, así como una arraigada vida de piedad, impregnaban la buena y grata convivencia. Por el contrario, el ambiente del seminario era algo muy distinto.

El edificio del Seminario de Logroño era un caserón construido en 1559 que en épocas pasadas había conocido tiempos mejores. También había servido de cuartel, hospital militar e incluso de prisión. En 1918, el piso de abajo lo seguía ocupando una brigada de artillería y uno de los pabellones servía de establo a las mulas y caballos empleados en tirar de las piezas de artillería. Los pisos superiores, donde el seminario tenía las dependencias, se encontraban en un estado deplorable.

Muy pocos compañeros de Josemaría provenían de familias en que se valoraran las buenas maneras, la educación y la cultura. No eran muchos los jóvenes pertenecientes a lo que en la España de entonces se llamaban “familias bien”, por su posición económica o social, los que llegaban a hacerse sacerdotes diocesanos. Los pocos muchachos de clase alta o media que decidían ordenarse lo hacían tras ingresar en alguna orden religiosa. Aproximadamente un tercio de los seminaristas diocesanos eran hijos de agricultores u obreros, los cuales, en la España de principios del siglo XX, apenas tenían acceso a la educación y la cultura. Raro era el seminarista cuya familia estuviera habituada a comprar libros o mantuviera suscripciones a periódicos o revistas. Tan solo el 10% de los alumnos de los seminarios españoles surgía de familias con profesiones liberales, y en Logroño puede que el porcentaje fuera incluso menor. Esto explica que los compañeros de instituto de Escrivá le miraran por encima del hombro en cuanto se enteraron de su intención de ingresar en el seminario.

No existen documentos fidedignos que indiquen con certeza el grado de instrucción y piedad que había en el Seminario de Logroño cuando Escrivá ingresó en 1918; o en el de Zaragoza, a donde el joven seminarista se trasladó en 1920. No obstante, el Nuncio de Su Santidad no pintaba por aquel entonces un panorama muy alentador cuando en 1930 describía los seminarios españoles como “cuarteles o reformatorios”. Seguía diciendo: “Y el clero, fruto de ese árbol, ha olvidado el espíritu sobrenatural y se ha preocupado del pan y de la carrera. Los seminaristas, procedentes en su mayoría de las clases más humildes y hasta miserables, no han recibido educación, ni formación, ha faltado estímulo y orientación acertada”[2].

Pero las dificultades externas eran para Josemaría lo de menos; la batalla principal se libraba en el interior. Escrivá se encontró “medio ciego, siempre esperando el porqué. ¿Por qué me hago sacerdote? El Señor quiere algo; ¿que es?”[3]. Dios quería algo de él, pero no sabía qué. Ante este dilema, Josemaría intensificó sus oraciones. En una nota de sus apuntes íntimos, redactados algunos años después, escribe: “Durante años, a partir del primero de mi vocación, tuve por jaculatoria siempre en mis labios: Domine, ut videam! Sin saber para qué, yo estaba persuadido de que Dios me quería para algo. Así estoy seguro de haberlo manifestado alguna o algunas veces a tía Cruz Sor Mª de Jesús Crucificado, en cartas que le envié a su convento de Huesca. La primera vez que medité el pasaje de san Marcos del ciego a quien dio vista Jesús, cuando aquel contestó, al ‘qué quieres que te haga’ de Cristo, ‘Rabboni, ut videam’, se me quedó esta frase muy grabada. Y, a pesar de que muchos como al ciego me decían que callara [...], decía y escribía, sin saber por qué: ut videam!, Domine, ut videam! Y otras veces: ut sit! Que vea Señor, que vea. Que sea”[4].

Durante toda su vida, Escrivá mostró una actitud de absoluta disponibilidad para cumplir la voluntad de Dios. Lo vemos reflejado en uno de sus apuntes personales de 1930: “Y de tu borrico, Niño‑Dios, haz cuanto quieras: como los niños traviesos de la tierra, tírame de las orejas, zurra fuerte a este borricote, hazle correr para tu gusto…”[5]. El teólogo español José Luis Illanes explica que Escrivá aprendió a vivir esta plena disponibilidad para con Dios en los once años que transcurrieron entre los primeros barruntos de su vocación y la fundación del Opus Dei en 1928, “pasados en expectativa, a la espera de una luz divina que desvelara el sentido de la inquietud sembrada en su corazón. Caminar así, ser fiel a una llamada que se entrevé, pero de la que no se conocen el porqué ni el para qué, perseverar jornada a jornada dispuesto para cualquier cosa, aun la más inesperada, vivir al día sin poder hacer planes ni proyectos, es una forja que purifica el alma hasta terminar situándola en una plena desnudez ante Dios. La incertidumbre en que el Señor mantuvo a Mons. Escrivá de Balaguer durante largos años le condujo a una actitud de disponibilidad tan honda que acabó siendo consubstancial con la propria persona”[6]. Tras la muerte de Josemaría Escrivá, el arzobispo de Toledo, cardenal Marcelo González, explicó que el secreto de la inmensa riqueza espiritual de su vida residía “en el dejarse llevar, en la posesión de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todo, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas”[7].

Durante sus estudios en el Seminario de Logroño, Josemaría siguió viviendo en casa de sus padres. Como alumno externo disfrutaba de mayor libertad que el resto de los estudiantes que vivían en el seminario, pues no estaba obligado a participar en todas las actividades. Los domingos, por ejemplo, los alumnos que vivían en el seminario enseñaban catecismo a los niños, mientras que los alumnos externos podían estar todo el día con sus familias. Escrivá, sin embargo, echaba una mano en las clases de catecismo, actividad que continuaría ejerciendo con el paso de los años.

[1] José Luis Illanes. ob. cit. p. 70

[2] Vicente Cárcel Ortí. LA PERSECUCION RELIGIOSA EN ESPANA DURANTE LA SEGUNDA REPUBLICA (1931-1939). Ediciones Rialp. Madrid 1990. p. 48

[3] José Luis Illanes. ob. cit. p. 70

[4] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 100

[5] ibid. p. 347

[6] José Luis Illanes. ob. cit. p. 70

[7] ibd. p. 70

Convertir el trabajo en oración

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Mary es churrera en Alcázar de San Juan y tiene también un puesto de hilos en el mercado.

–¿Ha cambiado mucho su vida después de ser del Opus Dei?

–Hacía antes las mismas cosas que ahora; sólo que ahora procuro hacerlas mejor. Antes yo rezaba el rosario, iba a Misa, hacía oración, trabajaba…; bueno, pues sigo haciéndolo.

–¿Tienen en el Opus Dei algunas oraciones o actos en común?

–Si así fuera, yo difícilmente las podría rezar. No; somos gente corriente, no hacemos nada extraño, nada que no sea normal.

–Usted está soltera, pero ¿se puede casar?

–En el Opus Dei se puede todo. Si no me caso es porque no me da la gana. Porque Dios puede pedir a algunas personas que permanezcan más libres, con menos ataduras para servirle mejor. Y a mí me lo ha pedido.

–¿Su trabajo no le impide llevar una vida de piedad profunda?

–En la Obra aprendemos a convertir el trabajo en oración.

–¿Quiere decir que trabaja mientras reza?

–Más bien, al revés. Cuando hago oración, hago oración, y cuando trabajo, nada me impide hacer también oración. Cualquiera podría hacerlo… ¿ve? ¿Por qué no puedo ir diciendo jaculatorias cortitas mientras parto churros? Por dentro, claro, sin que nadie lo note.

Una conversación en Boston

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

20 de agosto. Estoy en Boston con el matrimonio Freemont–Smith, Maury y Harriet. Les pregunto:

–El Fundador del Opus Dei hablaba con frecuencia sobre la vocación de llevar adelante una familia. ¿Qué consejos suyos les han ayudado de forma especial en su vida de familia?

Bueno, yo diría–comienza él– que había muchas cosas del Fundador del Opus Dei que nos ayudaban, y siguen ayudándonos en la vida de familia. Probablemente lo más destacado es cuando decía que el mejor don que podemos dar a nuestros hijos es querernos mucho entre nosotros. Y ser muy leales y muy felices el uno conel otro. Y hay muchas cosas más. Cuando hay que corregir a los hijos, procurar hacerlo por amor, y no por impaciencia.

Otras cosas podrían parecer de poca importancia: por ejemplo, tertulias de familia y el estar apiñados en la familia, pero no lo son. Unen mucho a las personas, les dan un sentido de unidad y de lealtad.

Ahora es Harriet quien habla.

–También decía cosas muy bonitas sobre la libertad, y lo importante que es que los padres den a los hijos la libertad, aun la libertad de cometer un error. Pero de lo que más me acuerdo es que dijo: «Si el marido y la mujer discuten –y tiene que ocurrir porque somos humanos– no debe ser delante de los niños. Pero si lo hacen, entonces deben tener la delicadeza de hacer la paz también delante de los hijos».

–Harriet, ¿cómo encuentra tiempo para seguir con sus afanes profesionales, y también cuidar de sus responsabilidades familiares?

–Creo que ser madre de nueve niños es una empresa muy profesional. Es una aventura. Pero también creo que es importante que la mujer tenga otras ocupaciones fuera del hogar. Les ayuda a tener más interés en sus familias cuando están en casa. Pero estar en casa ha venido a ser para muchas mujeres una cosa que consideran poco deseable. En cuanto a mí, yo pienso que es formidable tener la influencia de educar a todas esas personas –los niños son personas–. En fin, organizarse y tener disciplina. Y el propósito de no limitarse a la casa, sino salir fuera y divertirse un poco también.

–Maury, voy a hacerle esta pregunta: ¿Cómo cree que el Opus Dei podría ayudar a los profesionales que piensan muchas veces que están demasiado ocupados, que no tienen tiempo para practicar su fe?

–En todo esto se trata de tener prioridades. Siempre conseguimos acabar lo que realmente nos interesa. Si queremos ver la televisión, encontraremos el tiempo. Si queremos estar con nuestros hijos, encontraremos el tiempo. Si queremos unas vacaciones, encontraremos el tiempo para estar en la montaña o donde sea. Ahora bien, si una persona quiere aprender a amar más a Dios, si alguien se interesa suficientemente en la vida eterna, para el que quiera aprender más, el Opus Dei le ofrece un programa de formación e información que le ayudará a realizarlo. Ajustando esta dedicación a la vida diaria, sin cambiar nada en esta vida, pero ayudándonos a dedicarnos más a ese fin, de amor a Dios, ayudando a otros, formando amistades, cosas que querernos hacer porque son importantes.

Introducción

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Conferencia inaugural del Congreso La grandeza de la vida ordinaria, con ocasión del centenario del nacimiento de San Josemaría, Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma, 8-I-2002. Publicada en La grandezza Della vita quotidiana. Vocazione e missione del cristiano in mezzo al mondo, Edizioni Università della Santa Croce, Roma 2002, pp. 67-89.

La visión cristiana del mundo asegura que la Providencia divina rige los acontecimientos físicos y humanos, sin destruir la legítima autonomía de lo terreno. Esta certeza vale, de un modo especial y misterioso, para la persona: en la actuación de Dios –calificada tradicionalmente como «firme y suave»[1]- se hace compatible su Omnipotencia con el más delicado respeto a la libertad. En pocas palabras, no domina al ser humano un destino ciego, sino que –lo advirtamos o no– la solicitud amorosa de nuestro Padre Dios nos orienta hacia lo mejor, tanto para su gloria como para cada uno de nosotros.

Más en concreto, pertenece también a la visión cristiana de la vida la convicción de que la existencia personal responde a un designio amoroso de Dios, que «nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor»[2]. Esta invitación universal a la santidad adquiere en cada individuo la forma de un llamamiento peculiar e irrepetible, que se va descubriendo a lo largo de los años y llega a hacerse patente si la criatura busca de veras cumplir la Voluntad de Dios, lejos de todo egoísmo.

Lógicamente, esta condición vocacional de la vida humana implica que Dios, en su solicitud paterna, concede gratuitamente a cada uno los dones naturales y sobrenaturales que permiten la realización cabal de sus designios, es decir, el cumplimiento de una misión en el mundo. Por tanto, la vocación –con sus exigencias y con las gracias necesarias– no ha de atribuirse en exclusiva a unos pocos selectos o privilegiados, sino que se extiende de manera universal a todas las personas, creadas por Dios a su imagen y semejanza. A su vez, este proyecto divino no impide que la estructura vocacional de la existencia se haga más notoria en las personas que han recibido un encargo explícito de Dios, que las asocia de forma singular a la misión redentora de su Hijo, como instrumentos elegidos para propagar, de modo efectivo, el reino de Cristo entre las almas. Esos designios específicos se advierten con máxima claridad en la vida de los santos.

La personalidad señera del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer resulta particularmente significativa de esta doctrina evangélica sobre la llamada universal a la santidad y al apostolado, que –tras las enseñanzas del Concilio Vaticano II– es bien conocida por los fieles de la Iglesia Católica.

Por una parte, este santo sacerdote es uno de los portavoces contemporáneos más destacados de la difusión de esa llamada universal a la santidad, sobre todo en lo que se refiere a los laicos. Mons. Escrivá ha sido un pionero de este anuncio, al recordar lúcidamente –desde 1928, con la fundación del Opus Dei– que la voluntad de Dios para todas las almas es su santificación[3], esa plenitud de la vida cristiana que cada uno ha de buscar en las circunstancias ordinarias donde la Providencia divina le ha situado, y muy concretamente a través de su trabajo profesional, que se convierte así en medio e instrumento de santidad y apostolado.

Por otra parte, la propia biografía del Beato Josemaría constituye un ejemplo señalado de que Dios otorga las gracias necesarias para realizar la misión recibida. Y como la llamada, a la que este sacerdote respondió fielmente, encierra una extraordinaria significación en la historia del mundo y de la Iglesia, no cabe extrañarse de que en su existencia se trasluzcan unos dones humanos y sobrenaturales de envergadura, que procuraba ocultar en su deseo de desaparecer, tratando de pasar inadvertido, movido por su profunda humildad.

Así lo expresó el Prelado del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo, en la homilía de la Santa Misa celebrada en la Plaza de San Pedro, al día siguiente de la beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer, en acción de gracias a la Trinidad Beatísima: «La santidad alcanzada por el Beato Josemaría no representa un ideal imposible; es un ejemplo que no se propone sólo a algunas almas elegidas, sino a innumerables cristianos, llamados por Dios a santificarse en el mundo: en el ámbito del trabajo profesional, de la vida familiar y social. Es un ejemplo clarificador que muestra cómo las ocupaciones cotidianas no son un obstáculo para el desarrollo de la vida espiritual, sino que pueden y deben transformarse en oración; él mismo anota por escrito en sus apuntes personales, con cierta sorpresa, que vibraba de Amor a Dios precisamente por la calle, entre el ruido de los automóviles, de los medios públicos, de la gente; incluso leyendo el periódico (J. Escrivá de Balaguer, 26-I-1932, en Apuntes íntimos, n. 673). Se trata de un ejemplo particularmente cercano, porque el Beato Josemaría ha vivido entre nosotros: muchos de los aquí presentes le habéis conocido personalmente. Él participó con intensidad en las angustias de nuestra época, y precisamente en las actividades diarias, mediante el cumplimiento fiel de los deberes cotidianos en el Espíritu de Cristo, ha alcanzado la santidad»[4].

[1] Sb 8, 1.

[2] Ef 1, 4.

[3] Cfr. 1 Ts 4, 3.

[4] ÁLVARO DEL PORTILLO, Homilía de la Santa Misa en acción de gracias y en honor del Beato Josemaría, Roma, 18-V-1992. Cfr. Oración para la Misa en honor del Beato Josemaría Escrivá (Congr. De Cultu Divino et disciplina Sacramentorum, Prot. CD 537/92).

Maestro, Sacerdote, Padre

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Conferencia inaugural del Congreso La grandeza de la vida ordinaria, con ocasión del centenario del nacimiento de San Josemaría, Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma, 8-I-2002. Publicada en La grandezza Della vita quotidiana. Vocazione e missione del cristiano in mezzo al mondo, Edizioni Università della Santa Croce, Roma 2002, pp. 67-89.

Introducción

1. Virtudes humanas

2. Optimismo y esperanza

3. Unidad de vida

4. Amor a la libertad

5. La grandeza de la vida corriente

La oposición de la Falange

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La Falange dominaba la vida política española después de la Guerra Civil. Era el único partido y controlaba tanto el sindicato único como la única organización estudiantil permitida en el país. Al igual que muchos españoles, algunos miembros del Opus Dei pertenecían a la Falange o a su organización estudiantil. Y otros no quisieron hacerlo.

Escrivá dejo claro a los del Opus Dei que disfrutaban de total autonomía en materias políticas. Como leales hijos de la Iglesia, estarían obligados a seguir las indicaciones dictadas por la jerarquía para salir al paso de las situaciones políticas que amenazasen los valores espirituales. Pero el Opus Dei no les daría ninguna orientación política. Aunque era bien conocido el apoyo de algunos obispos a la Falange, la jerarquía no señaló a los católicos que debían apoyar esta organización. Los miembros de la Obra, por tanto, gozaban de completa libertad para pertenecer o no al partido.

El Opus Dei animó a sus miembros y a quienes participaban en sus actividades de formación a ejercer responsablemente su libertad de adscripción política, pero en ningún momento trató de dirigir la elección de nadie. Así, cuando uno de los estudiantes de la residencia de Jenner propuso al director organizar una campaña a favor de la organización estudiantil de la Falange, el director, cortésmente, rechazó la iniciativa y explicó con claridad que la residencia respetaba la libertad política de quienes en ella vivían.

Cada fiel del Opus Dei es libre de manifestar sus opiniones. Y no sólo eso: algunos participan activamente en la vida política. Por ejemplo, Juan Bautista Torelló, un joven barcelonés del Opus Dei, pertenecía a una asociación cultural catalanista, considerada en su momento como un grupo clandestino contrario al régimen. Se lo contó a Escrivá, quien le insistió en que los miembros del Opus Dei eran libres para tomar sus propias decisiones en materias políticas y culturales. Le explicó también que ningún director de la Obra podría ejercer su influencia en estas materias sobre ningún miembro del Opus Dei ni sobre las personas que se acerquen a sus apostolados. Escrivá le sugirió que procurara no ser arrestado, ya que para entonces en Barcelona sólo eran seis de la Obra y sería un golpe para su desarrollo el que uno de ellos estuviera en la cárcel. Pero, concluyó, “haz lo que mejor te parezca”.

Como cabeza del Opus Dei y como sacerdote, Escrivá fue muy cuidadoso de no dar sus opiniones en el campo político. En los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil, cuando el himno nacional sonaba en las ceremonias oficiales, casi todo el mundo –también muchos obispos y sacerdotes- saludaban con el brazo en alto, según el uso adoptado por la Falange y el régimen de Franco. Escrivá nunca lo hizo, y no tanto por mostrar oposición, sino para no identificarse con ningún grupo político. Así, consiguió no influir sobre los miembros de la Obra ni retraer de la dirección espiritual a nadie que no compartiera sus opiniones en estos campos.

Además, Escrivá no dudó en tratar a quienes mantenían posturas contrarias al régimen o eran juzgadas impopulares entonces. La viuda de una persona que estuvo en la cárcel porque se sospechaba que pertenecía a la masonería escribió al fundador del Opus Dei para agradecer la amistad y atención a su marido, en momentos en que nadie, ni siquiera sus más íntimos, se atrevieron a manifestarle su afecto.

Este respeto a la libertad sentó mal en ambientes falangistas, que veían una amenaza a sus aspiraciones en cualquier grupo que no estuviera bajo su control directo. Así, la revista “¿Qué pasa?” y otras publicaciones falangistas publicaron crudos ataques contra la Obra y su fundador, permitidos por los censores oficiales del régimen.

Cierto día, alguien que trabajaba en la Secretaría General de la Falange entregó a Fray José López Ortiz, agustino buen amigo de Escrivá, una investigación sobre “la organización secreta Opus Dei” llevada a cabo por el servicio de información de la Falange. Además de referirse al Opus Dei como una organización clandestina, se le atacaba por su internacionalismo, su oposición a la nación y al régimen y su supuesto antipatriotismo. También acusaba a la Obra de ser contraria a la Falange y de maquinar sectariamente para hacerse con el control de la universidad. Fray José, que describió el documento como una atroz calumnia, no pudo contener las lágrimas al leerlo al fundador. Para su asombro, Escrivá le miró, sonrió y dijo: “No te preocupes, Pepe, porque todo lo que dicen aquí, gracias a Dios, es falso: pero si me conociesen mejor, habrían podido afirmar con verdad cosas mucho peores, porque yo no soy más que un pobre pecador que ama con locura a Jesucristo”[1]. En lugar de romper el documento, Escrivá se lo entregó a Fray José para que se lo devolviera a su amigo y éste no tuviera problemas después.

La persecución fue más allá de las calumnias. Una mañana, dos hombres siguieron al padre Mariano Gayar Moquedano, que regresaba a su casa después de celebrar Misa en el centro de la calle Lagasca. Cuando les preguntó qué querían, le informaron de que eran policías encargados de vigilar la casa. Estaban allí para investigar las actividades que se desarrollaban porque existía la sospecha de que pertenecía a la masonería.

El Opus Dei fue denunciado ante el Tribunal Especial de Represión de la Masonería y el Comunismo, acusado de pertenecer a la rama judía de la masonería. Como los miembros de la Obra no llevaban ningún distintivo ni pregonaban su pertenencia, los acusadores concluyeron que se trataba de una sociedad secreta. Y como juzgaban que la masonería era el arquetipo de las sociedades secretas, concluyeron que el Opus Dei debía ser catalogado de tal. En broma, un profesor contaba que alguien quiso encontrar la conexión judía por la similitud de las siglas de SOCOIN –Sociedad de Colaboración Intelectual- con el nombre de un antiguo grupo judío de asesinos llamado Socoim… Aunque hoy cause risa la acusación de ser la rama judía de la masonería, se trataba de un asunto muy serio en la España de posguerra. Para el bando ganador entonces gobernante, la masonería y el comunismo eran el compendio de todo contra lo que habían luchado en la guerra, y estaban decididos a erradicar cualquier rastro de su influencia en el país.

El Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo había recibido amplios poderes y estaba sujeto a pocas restricciones. Las acusaciones no tenían que estar muy bien fundadas para ser tomadas en consideración. Escrivá confesó al dominico padre Silvestre Sancho Morales que el día en que tuvo noticia de las acusaciones fue uno de los peores de su vida. Nada más empezar el procedimiento, alguien informó de que los miembros del Opus Dei eran célibes. El presidente del Tribunal, general Saliquet, preguntó si vivían la castidad. Al recibir respuesta afirmativa, dio carpetazo y cerró el proceso, razonando que si eran castos, no eran masones, ya que no había necesidad de vivir esta virtud para alcanzar los fines que se proponía la masonería. A pesar del veredicto del Tribunal, la crítica de la Falange no sólo no paró, sino que continuó durante muchos años.

[1] José Orlandis. Ob. cit. p. 178

Monseñor Escrivá de Balaguer y la universidad

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Testimonio de Paul Ourliac, Miembro del Instituto de Francia
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Yo era el único francés durante un coloquio que reunía en 1952a unos 40 jóvenes profesores españoles. Tres de ellos me habían impresionado profundamente por su moderación, su amplitud de espíritu y su información. Lo comenté con un amigo español que con una media sonrisa me respondió: «Acaba usted de nombrar a los tres miembros del Opus Dei que están aquí». Aunque en aquel momento yo lo ignoraba todo acerca del Opus Dei no le hice más preguntas.

Algunos años después lo encontré de nuevo en la Universidad de Navarra, que se acababa de crear. Allí descubrí profesores y estu­diantes realmente felices. La Universidad carecía de campus uni­versitario, que por entonces se edificaban en todos los lugares. Los profesores se hospedaban con los estudiantes y entre ellos reinaban un afecto y una confianza que evocaban inevitablemente aquellos tiempos en que la universidad era una sociedad de maestros y discípulos, unidos por la misma afición a la cultura y al trabajo. Muchos profesores famosos tenían la sencillez que conviene a los verdaderos maestros. Los estudiantes, procedentes de diversos orígenes y confesiones, mostraban a la vez gentileza y seriedad.

Todas las instituciones tienen su espíritu y de aquélla reflejaba una paz y sencillez que sentí aún más cuando tuve el gran honor de ser recibido por Monseñor Escrivá de Balaguer.

La Universidad de Navarra era obra suya y él le había trans­mitido su espíritu. Tenia una sencillez y una bondad que impre­sionaban. Se llegaba a él con la inquietud que se tiene al tratar a un ser excepcional y, sin embargo, inspiraba confianza. Escuchaba, preguntaba. Sus palabras parecían simples, pero la intensidad de su mirada les confería un sentido sobrenatural. Pienso, por ejemplo, en las primeras frases de Camino: «Son cosas que te digo al oído, / en confidencia de amigo, de hermano, / de padre ./ Y esas confidencias las escucha Dios» (1).( Camino, Monseñor Escrivá de Balaguer)

Otros han dicho, y dirán, más de lo que yo podría expresar sobre el sentido «viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo», del mensaje de Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo quiero resaltar la atención particular que ponía en la juventud y en la universidad.

Vivió una época en la que todas la nociones que se tenían por sólidas, los valores de la vida, aquello que podía dar a hombres y naciones alguna confianza en el porvenir, se hallaban com­prometidos.

A la inquietud y la incertidumbre opuso el eterno principio de la libertad de las conciencias: el Opus Dei no «hace suyas las acti­vidades profesionales, sociales, políticas y económicas de sus miem­bros». Cada uno debe actuar según su conciencia, debe buscar la verdad, pero no puede ser obligado a profesar una fe que no ha recibido. Todos aquellos que son «capaces, deben tener acceso a los estudios superiores, cualquiera que sea su origen social, sus medios financieros, su raza o su religión».

Para la universidad, la libertad supone la autonomía, la función del Estado varía según los países. Éste controla, ayuda, pero debe permitir a cada universidad vivir su propia vida, escoger sus pro­fesores y fijar libremente sus programas y métodos.

La libertad no es posible sin la responsabilidad. La de la uni­versidad es responder a su función social; profesores y estudiantes no deben construir «su pequeño mundo para sí mismos». La ciencia no es un medio de poder ni un instrumento de dominación, no es un fin en sí misma, sino que debe ser puesta al servicio del bien común. La universidad debe ser la «casa común» y no el campo de batalla donde se enfrenten bandos rivales. Puede formar para comprender la política, pero perdería su ecuanimidad si debatiera los problemas concretos. Las asociaciones de estudiantes deben evi­tar «atribuirse poderes que no tienen»: que procuren el bien de la universidad y hagan de ella «un hogar irradiador de paz, un foco inagotable de sana inquietud, que permita el estudio y la formación de todos»

Estas frases datan de octubre de 1967 y parecen hoy proféticas. La crisis universitaria que siguió, señaló el peligro de una civiliza­ción que, desde hacía largo tiempo, Monseñor Escrivá de Balaguer había presentido. A profesores y estudiantes les proponía la misma regia de vida que a cualquier hombre: a los ojos de Dios todas las profesiones son válidas, pues son, para quienes las desempeñan lo mejor posible, su instrumento de santificación. Cada uno, en el lugar que le corresponde, debe cumplir su deber de estado y servir no al Estado, sino al bien común.

Si la tarea de la universidad es esencial, pues es ella quien debe formar a aquellos que mañana tendrán las más graves responsa­bilidades, debe inculcarles, ante todo, el respeto a la libertad per­sonal de cada uno y el pluralismo legítimo.

Diez años después de la muerte de Monseñor Escrivá de Bala­guer, es preciso evocar el profundo alcance que dio al mensaje cris­tiano: «Dios al crearnos aceptó el riesgo y la aventura de nuestra realidad».

Amigo de la libertad

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Testimonio de Manuel Aznar, periodista
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

¡Hace ya tantos años! Apenas alboreaba la Segunda República cuando conocí a don Josemaría Escrivá de Balaguer. Él iría a cum­plir entonces los treinta años de edad. El Opus Dei era algo así como una criatura en la cuna. Acababa de ser fundado. Mi amistad con el fundador vino a través de la familia del Portillo, emparentada con la de un amigo burgalés de mucha distinción Luis García Lozano, ¡larga vida le dé Dios! y con la del inolvidable doctor José María Pardo Urdapilleta. Los Portillo que yo conocí fueron tres: un médico, un capitán de la Legión y un ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Este último se llama Alvaro. Es, desde hace muchos años, sacerdote, doctor en Derecho Canónico, doctor en Filosofía y Letras, agudo y penetrante en sabidurías eclesiásticas, secretario general del Opus Dei, colaborador de Monseñor Escrivá de Balaguer, desde el primer día.

Ya en aquel tiempo que ahora rememoro, el joven sacerdote aragonés no soñaba sino con el apasionado servicio de Dios y con el cuidado de las almas. Andando los años, esos dos anhelos supre­mos, Dios como última razón de nuestro ser, de nuestro existir, y la limpia dignidad del alma humana como ideal que todos debía­mos servir íntegramente a lo largo de nuestra vida, fueron, sin un minuto de interrupción, su porte, su fe, su esperanza y su caridad.

Un día le dije: «Aun en las fundaciones religiosas más egregias suelen correr los fundadores el peligro de caer en pecado de sober­bia. Y en las hagiografías leemos que tienen que librar luchas enco­nadas contra esa tentación. Tú pareces libre de tan airado sentimiento ».

Me contestó: « ¿Yo? ¿Cómo quieres que me tiente el orgullo? ¿Por qué? Soy un pobre cura; casi un cura de pueblo; un sacerdote de la Iglesia de Dios, siervo de todos los demás; y mi refugio de salvación, mi deber más inmediato, debe ser la humildad. No quiero sino ayudar por los caminos del espíritu a la libertad y a la dignidad del hombre. Ese es mi sueño».

Pasaron varios lustros. Fuimos un día Ramón Matoses y yo a verle y a escucharle en su residencia romana de la Vía Bruno Buozzi, 73 y 75. Ramón Matoses, nuestro gran agregado comercial en Roma, le trataba y le quena como a un hermano.

–Ha pasado mucho tiempo –le comenté yo– desde que comen­tábamos en mi casa de Madrid tu entonces reciente fundación del Opus Dei. ¿Te acuerdas de lo que dijimos apropósito del pecado de soberbia que acecha a los fundadores? Ahora que tu obra es una realidad poderosa, y hablas desde Roma a miles y miles de dis­cípulos, ¿sigues viéndote a ti mismo como un cura de pueblo, como un pobre sacerdote que no quiere sino trabajar fraternalmente por la libertad y la dignidad del hombre al servicio de Dios?

Me dijo: «Dios es tan generoso conmigo que me libra constan­temente de la terrible tentación de la soberbia. Mira todo lo que ves alrededor de nosotros: fotografías de mis padres, algún recuerdo familiar, ecos primarios de mi niñez y de mi juventud, intimidad sin ningún propósito de resplandor, memorias de algunos colabo­radores de las horas iniciales; ya ves, nada; infancia; imágenes de mi tierra natal. Nada más. Este es el mundo de mi pequeñez per­sonal. Y sobre este no ser nada, sino una fuerte voluntad, levanto cada día mis esfuerzos, mis esperanzadas empresas espirituales, mi lucha por un mundo de hombres libres en la libertad de Dios».

Ramón Matoses y yo le escuchábamos con atención sostenida. Una sentencia latina subrayó la explicación: «In superbia initium sumpsit omnis perditio». («En la soberbia tiene su comienzo toda perdición»).

Jamás, en nuestro largo trato de amigos, me pidió, ni siquiera me indicó, ni aun me sugirió con alguna alusión lejana, que me incorporase a la Obra. Hablábamos de todo, menos de eso y de política. En los años de la República, no recuerdo que sacase a cola­ción en nuestros diálogos el tema de las muchas conturbaciones que se abatían sobre el país, para aflicción incluso y para duelo de muchos republicanos. Si yo me refería en algún instante a los azares y sobresaltos de la vida nacional, él escuchaba; pero, tan pronto como le era posible, tornaba a sus preocupaciones, y recaíamos nue­vamente en esclarecimientos del orden espiritual.

Sólo una vez –lo recuerdo muy bien– quiso saber mi opinión acerca del interés que pudiese tener la creación de determinados órganos de expresión periodística. ¿Valía la pena lanzarse a ello? ¿Era aconsejable? ¿No serían mayores los dañosos inconvenientes que los posibles provechos?

No tuve más remedio que responderle: «Mi contestación y mi consejo –si consejo solicitares de mí– carecerían de sentido mien­tras no me expliques seriamente qué es lo que quieres decirle al pueblo español, cuál es el contenido real de tu mensaje…»

Me interrumpió sin tardanza: «No se trata del pueblo español, únicamente. No he fundado una Obra española y para españoles, sino una asociación internacional, o si prefieres, universal, que se difundirá mundo adelante y dará sus frutos en todos los Con­tinentes…».

Yo insistí: –Mi observación es válida para lo español y para lo universal. ¿Fundar revistas? ¿Diarios? Y ¿para qué? ¿Qué te pro pones hacer con éstos y con aquéllas? ¿Qué voz deseas hacer llegar, y qué doctrina, a los posibles lectores? Contar con órganos de infor­mación por el mero gusto de poseerlos, o por externas razones de vanidad, o por afán de conquistar pequeñas posiciones triviales e interesadas, según acontece con la generalidad de los politicantes profesionales, no tiene la menor importancia; no cumple ninguna finalidad seria, no es cosa de monta suficiente como para que te entregues a ello; no pasaría de ser una triste frivolidad. Esforzarse en las tareas de un periodismo muy acendrado, hondo, alto, limpio, sacrificado, para servir un pensamiento libertador, para apoyar una misión trascendente, según dices que es tu propósito esencial, puede equivaler a un designio interesante. Pero avanza con tiento. El periodismo puede ser, y de hecho es, algo así como un campo de minas.

–No quiero nada –comentó- que no ayude a proclamar como ideal primero la libertad de la persona humana en las tres virtudes teologales.

–Entonces –terminé– date a ti mismo la segundad de lo que deseas hacer; y cuando lo hayas definido sin vacilación posible, cuando tengas la certidumbre de lo que quieres decir, piensa en la aventura, siempre rodeada de peligros y de equívocos, del periodismo como instrumento de comunicación.

El apostilló: Sé lo que quiero decir y hacer. Y todos lo sabrán pronto igual que yo». (Era en los años iniciales de la fundación.)

Otra vez (también se hallaba presente el querido Ramón Matoses en esta conversación) como me invitara a decirle mi leal parecer sobre las actividades del Opus Dei, me permití exponerle:

-Creo que eres un personaje casi desconocido. Probablemente hay discípulos tuyos que no han llegado todavía a interpretar bien tu pensamiento y tu voluntad. Según declaras, no debe el hombre evadir ninguna de las honestas realidades diarias, porque en medio de las actividades vulgares de cada día y de cada hora se puede cumplir la voluntad de Dios. Algo de esto sostenía Santa Teresa de Jesús, y luego se quejaba de que no todas sus monjas la habían entendido bien. Se trataba de criaturas sujetas a soledad, cilicio y disciplina clausural… Imagina los problemas que a tu obrase le han de presentar tratándose de discípulos que viven en el Centro de las pasiones del mundo, y son como arboladuras sacudidas por la tor­menta. ¡La santidad, o el anhelo de santidad en el libre juego y rejue­go de las tempestuosas luchas humanas…! ¡Es extraordinario lo que propones a quienes te siguen!

–Pues así ha de ser; y no de otro modo.

–Por eso corres el riesgo de parecer ahora mismo, y continuar pareciendo durante mucho tiempo, una personalidad desconocida, un ignorado por deformación ajena, un enigma, un ser un poco misterioso.

–Eso no importa, mientras avancemos en la promoción de la libertad humana y en la buena concertación de lo natural y lo sobrenatural.

* * *

Así solía hablar don Josemaría Escrivá de Balaguer. Ese era su ámbito de vida, de amor y de esperanza. ¡Esperanza! Creo que he dado con una de las palabras clave para comprender al fundador del Opus Dei. No se sabe por qué, de las tres virtudes teologales

–Fe, Esperanza y Caridad o Amor– suele insistir se habitualmente en la Fe y en la Caridad. Olvidamos, en cierto modo, la Esperanza. Se toma muy al pie de la letra la inmortal admonición paulina a los Corintios acerca de la caridad: «Si hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles, mas no tuviese caridad, no soy sino un bronce resonante o un címbalo estruendoso. Y si poseyere el don de profecía y conociere todos los misterios y toda la ciencia; y si tuviere toda la fe y trasladare montañas, mas no tuviese caridad, nada soy». En la propia maravilla de las cartas de San Pablo consta que la salvación llega por los caminos de la esperanza. Este pen­samiento aparecía y sobresalía en casi todas las conversaciones con el padre Escrivá. No sé qué don carismático poseía que le permitía promover esperanza, ensanchar horizontes, vencer pesimismos, comunicar la seguridad de un futuro resplandeciente, calmar desa­sosiegos, iluminar dudas, sentirse, ante todo y sobre todo, sacerdote de Dios, y en calidad de tal, predicar y pedir una viva permanencia en la fe, una ardorosa caridad, pero también una luminosa espe­ranza. Supongo que era un gran meditativo de San Pablo. Sin duda por su condición de hombre esperanzador.

Acabó nuestra última conversación en Vía Bruno Buozzi decla­rándole Ramón Matoses, su amigo y mi amigo fraterno, y decla­rándole yo:

–Padre Escrivá: Aquí tienes a dos personas que, probablemen­te, no se sienten con la fuerza necesaria para seguirte, para obe­decerte, para rendirse a tu disciplina; pero los dos quisiéramos tenerte a nuestro lado a la hora de la muerte; porque tú nos enseñas que «no debemos sentir miedo de la muerte; que importa aceptarla generosamente; cuando Dios lo disponga; como Dios quiera, donde Dios desee. Vendrá –no lo dudéis– en la hora, en el lugar y en la circunstancia oportuna; como un envío de Dios, el Padre. ¡Sea bienvenida nuestra hermana la muerte!».

Entre bromas y veras nos despedimos. Ramón Matoses no pudo ver cumplidos sus sueños de tener a don Josemaría junto a su lecho en el último trance. Yo no lo tendré, tampoco, porque a él le ha llegado la «hermana» de pronto, sin anunciarse, igual que un rayo del cielo.

* * *

No recuerdo a nadie que, con tanta espontaneidad, con natu­ralidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobre­natural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empre­sa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cumplía en el fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá. Ignoro cuáles fueron los caminos que le llevaron a una tan perfecta unión de los dos mundos. Entien­do que para él no había tales «dos mundos», sino uno sólo. A mí me recordaba influencias teresianas en el servicio de Dios; con la particularidad de que al padre Escrivá le gustaba llevar su ensueño religioso a la «hermosa mitad de la calle», según palabras suyas. La empresa estaba y está erizada de obstáculos y corre los peligros que «la mitad de la calle» supone.

Unicamente a un hombre de excepción se le podría ocurrir, como la cosa más natural, que el fracaso de cualquiera de nuestros empeños no es sino espuela de la voluntad, y que, en resumen, hasta puede haber cierto gozo en el fracasar, porque así aprendemos a reiterar los bríos de la obra iniciada, y nos aleccionamos con la humildad necesaria para alzarnos hacia lo sobrenatural en pos de nuevas fuerzas.

Sigo pensando que don Josemaría Escrivá de Balaguer fue siem­pre, y aún es, un gran desconocido. Como descendió a la calle en busca de santidad, la calle ha sido, más de una vez, implacable con él y con su ardoroso desafío. Los suyos le conocieron; pero no todos. Hay discípulos que, sencillamente, le adivinaron. «Yo no quiero ser más que un buen sacerdote. ¿Sabéis lo que eso supone? ¡Un buen sacerdote de Dios! Lo demás me importa poco. Y en todo caso, se me dará por añadidura», nos decía, al despedirnos, en puerta de su despacho íntimo; de aquel despacho en que las nos­talgias infantiles de su Barbastro natal, su iniciación en la carrera del sacerdocio, la sonrisa de su madre, la emoción de las primeras oraciones. Las dudas y también las fortalezas de los días de su fun­dación, componían un ámbito de por sí muy especial, mitad evo­cación, mitad reflejo de una celda. Y siempre, celda u hogar, obser­vatorio de la lucha por la santidad en medio de los rumores y de las embestidas de la calle.

¡Et lux perpetua luceat ei!

Artículo publicado en LA VANGUARDIA


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