Actitud de San Josemaría ante Hitler y el nazismo

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Testimonios extraidos de diversos libros o documentos.

A) Testimonio de Domingo Díaz Ambrona, ingeniero de Caminos y abogado (9-I-1992):

“Yo no soy del Opus Dei (…). Conocí al futuro beato en el transcurso de la guerra civil. Durante ese tiempo me encontraba refugiado junto a mi mujer en la embajada de Cuba. Estando allí, tuvimos a nuestra hija Guadalupe el 3 de septiembre de 1937”. Mons. Escrivá acudió al sanatorio Riesgo, protegido bajo bandera inglesa, y le administró el bautismo a la niña, a petición de José Mª Albareda, miembro del Opus Dei y amigo de los padres de Guadalupe. “Fue todo tan rápido, que ni siquiera le preguntamos su nombre”.

“En agosto de 1941, en el tren que cubría la línea Madrid-Ávila, don Josemaría nos reconoció y nos pusimos a hablar. Nos encontrábamos en un momento decisivo de la historia de Europa (…). Le comenté que acababa de regresar de un viaje a Alemania y había podido captar el miedo de los católicos a manifestar sus convicciones religiosas. Esto me había llevado a recelar del nazismo, pero como muchos españoles, se me ocultaban los aspectos negativos del sistema y de la filosofía nazi, deslumbrado por una propaganda de una Alemania que se presentaba como la fuerza que iba a aniquilar por fin al comunismo. Y quise saber su opinión”

“Por todas esas razones que acabo de exponer, me sorprendió profundamente, en aquellos momentos la respuesta tajante de aquel sacerdote, que tenía una información muy certera de la situación de la Iglesia y de los católicos bajo el régimen de Hitler. Mons. Escrivá me habló con mucha fuerza en contra de ese régimen anticristiano, con un vigor que ponía de manifiesto su amor a la libertad. Hay que hacer notar que no era fácil encontrar en España por aquel entonces personas que condenasen con tanta contundencia el sistema nazi y que denunciasen con tanta claridad su raíz anticristiana. Aquella conversación se me quedó profundamente grabada”.

B) Testimonio de D. Álvaro del Portillo en ‘Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei’ (p. 37)

Entrevista a Don Alvaro del Portillo realizada por Cesare Cavalleri, publicada en el libro “Entrevista sobre el fundador del Opus Dei”. Madrid, 1993, pp. 34-37

–A propósito de los derechos del ciudadano, la enseñanza del Fundador es muy clara también en lo que se refiere al ejercicio de las actividades políticas. Los miembros del Opus Dei, en política como en otras actividades temporales, tienen la misma libertad, los mismos derechos y deberes que los demás ciudadanos católicos. Es un aspecto que no fue a veces bien entendido, especialmente a causa de la situación española. ¿Podría recordar algunos sucesos, comenzando por la postura del Fundador ante el comunismo y el nazismo?

–Por lo que se refiere al comunismo y al marxismo, el Padre fue siempre fiel a las clarísimas enseñanzas del Magisterio eclesiástico sobre estas ideologías. Y expresó en público su postura, cuando lo exigieron las circunstancias; su oposición no era fruto de las dificultades que sufrió personalmente bajo la dictadura comunista en España –había perdonado desde el primer momento–, sino que se fundamentaba en el ateísmo y en el carácter inhumano y antirreligioso de esta doctrina (…).

Al final de los años treinta, después de haber vivido la triste experiencia de la guerra civil, la mayor parte de los españoles alimentaba una fundada prevención contra el comunismo. No sucedía lo mismo con el nazismo: es más, la propaganda oficial, por un motivo o por otro, no sólo silenció los crímenes del nacionalsocialismo, sino que prohibió en España la publicación del documento pontificio que lo condenaba. Por esto, nuestro Fundador tuvo que pronunciarse más de una vez contra el nazismo en su ministerio sacerdotal. Precisamente porque en algunos ambientes oficiales españoles se miraba con simpatía al régimen alemán, se sintió en el deber de poner en guardia a los que se olvidaban de las aberraciones de aquella ideología: no sólo criticaba su totalitarismo, sino también la persecución y las discriminaciones a los católicos, a los hebreos, etc., y el tono de paganismo que caracterizaba el racismo nazi. Se prodigó en dar a conocer el contenido del documento pontificio de condena, y en difundirlo privadamente.

–Sin embargo, algunos periódicos, hace poco, aunque se desmintió inmediatamente, hablaron de una “simpatía” del Fundador hacia el nazismo.

–Es una aberración que se descalifica por sí sola, pero quiero dar a conocer un testimonio que me llegó precisamente a la vez que aquella campaña de calumnias. (Un inciso: cuando suceden cosas de este tipo, seguimos viviendo el criterio que nos dejó el Padre: perdonar desde el primer momento, rezar por los calumniadores, reafirmar la verdad, y, siempre, “ahogar el mal en abundancia de bien”, persuadidos además de que la verdad acaba siempre abriéndose paso.) Pues bien, con fecha 9 de enero de 1992, Domingo Díaz–Ambrona me escribía desde Madrid: “Conocí al futuro beato en el transcurso de la guerra civil española. Durante ese periodo, me encontraba que refugiado, junto con mi mujer, en la embajada de Cuba, y estando allí se cumplió el tiempo del parto de nuestra hija Guadalupe, que nació el 3 de septiembre de 1937 en el Sanatorio Riesgo, ahora inexistente, que estaba entonces bajo protección de la bandera inglesa. Por las circunstancias que atravesaba el país no la podíamos bautizar, y así se lo comuniqué a un buen amigo mío, José María Albareda.

“Pocos días más tarde, José María Albareda me dijo que un sacerdote amigo suyo vendría en una determinada fecha a administrarle el bautismo. Confiado en la protección que nos ofrecía la bandera inglesa del sanatorio, invité al acto a los padrinos y a varios amigos más. El sacerdote se presentó a las cinco de la tarde, dos horas antes de la hora prevista, y estuvo el tiempo justo para bautizarla. Fue todo tan rápido, que ni siquiera le preguntamos el nombre. Más tarde supe que se trataba de Mons. Escrivá. Su comportamiento fue una lección de prudencia para todos en aquellos momentos difíciles. Yo intenté que se quedara, pero me comentó: ‘Me necesitan muchas almas’.

“Durante ese periodo, por lo que he sabido después, aunque no contaba más que con una precaria documentación y el clima social y político era muy peligroso para un sacerdote, desarrollaba una intensa labor apostólica: confesaba a muchas personas –con peligro de su vida muchas veces–, daba cursos de retiros cambiando constantemente de sede y atendía a un grupo de religiosas que sufrían los efectos de la persecución.

“Pero en aquel entonces yo no sabía, por las circunstancias citadas, de quién se trataba. Lo supe más tarde, durante un encuentro casual en el tren, en la línea Madrid–Ávila, en el mes de agosto de 1941. Viajaba con mi mujer y mi hija de cuatro años cuando don Josemaría, al vernos, nos reconoció, entró en nuestro departamento y nos dijo: ‘A esa niña la he bautizado yo’. Nos saludamos, me dijo su nombre y estuvimos hablando de la situación histórica que atravesábamos. Nos encontrábamos en un momento decisivo de la historia de Europa: recuerdo que yo tenía un gran deseo de llegar cuanto antes a las Navas del Marqués, para saber por la radio como iba el avance de las tropas alemanas en territorio ruso.

“Yo le comenté que acababa de regresar de un viaje a Alemania y había podido captar el miedo de los católicos a manifestar sus convicciones religiosas. Esto me había llevado a recelar del nazismo; pero, como a muchos españoles, se me ocultaban los aspectos negativos del sistema y de la filosofía nazi, deslumbrados por la propaganda de una Alemania que se presentaba como la fuerza que iba a aniquilar por fin al comunismo. Y quise saber su opinión.

“Por todas esas razones que acabo de exponer me sorprendió profundamente, en aquellos momentos, la respuesta tajante de aquel sacerdote, que tenía una información muy certera de la situación de la Iglesia y de los católicos bajo el régimen de Hitler. Mons. Escrivá me habló, con mucha fuerza, en contra de ese régimen anticristiano, con un vigor que ponía de manifiesto su gran amor a la libertad. Hay que hacer notar que no era fácil encontrar en España, por aquel entonces, a personas que condenasen con tanta contundencia el sistema nazi y que denunciasen con tanta claridad su raíz anticristiana. Por eso, esa conversación, en aquel preciso momento histórico, en el que no se conocían aún todos los crímenes del nazismo, se me quedó profundamente grabada.

“Tiempo más tarde le comenté a mi amigo José María Albareda este encuentro y supe que había estado conversando con el Fundador del Opus Dei.

“Yo no soy del Opus Dei, pero mi experiencia personal me permite afirmar que quien sostenga una opinión contraria sobre el pensamiento en este sentido de Josemaría Escrivá de Balaguer no busca más que empañar inútilmente la vida santa de este futuro beato, que era un gran enamorado de la libertad”.

–Es un testimonio incontrovertible que confirma los dictados del sentido común…

–Lógicamente, el Padre distinguía entre el nazismo y el pueblo alemán. Precisamente porque sentía un particular cariño hacia aquella nación –era un sentimiento heredado de su padre–, le dolía muchísimo verla sometida a aquella dictadura aberrante. Su pena se acrecentaría al estallar la Segunda Guerra mundial.

C) Testimonio de monseñor Francesco Angelicchio, uno de los primeros italianos del Opus Dei, publicado en el libro de Pilar Urbano, “El hombre de Villa Tevere”, Planeta, 1995, pag. 118:

“Siempre le he oído expresar clarísimas y severas condenas contra los regímenes totalitarios, tiránicos y liberticidas, fuesen del color que fuesen”.

D) Testimonio de Mario Lantini, uno de los primeros italianos del Opus Dei, publicado en el libro de Pilar Urbano “El hombre de Villa Tevere”, Planeta, 1995, pag. 118:

“Per lui non era concepibile il partito único (…) era quindi contra ogni totalitarismo, razzismo, nazionalismo, etc.”

Traducción: Para él no era concebible el partido único (…) estaba, por tanto, contra cualquier totalitarismo, racismo, nacionalismo, etc.

E) Testimonio de Pedro Casciaro, uno de los primeros del Opus Dei, publicado en el libro de Pilar Urbano “El hombre de Villa Tevere”, Planeta, 1995, pag. 118:

“Respecto al fascismo y al nazismo, no hubo caso de enfrentamientos, ya que el Opus Dei comenzó su labor estable en Italia y Alemania cuando esos regímenes ya no gobernaban. En una ocasión le oí hablar [a Josemaría Escrivá] con admiración del cardenal Faulhaber, que había tenido la valentía de publicar unas conferencias de adviento en la catedral de Munich, durante el nazismo”.

F) Testimonio de José Orlandis, historiador, publicado en el libro de Pilar Urbano “El hombre de Villa Tevere”, Planeta, 1995, pag. 119:

José Orlandis recuerda que el 15 de septiembre de 1939, al día siguiente de pedir la admisión en el Opus Dei, durante un retiro espiritual en el Colegio Mayor de Burjasot (Valencia), “estando a solas con el Padre en su despacho, sin yo preguntarle nada, me confió:

—Esta mañana he ofrecido la santa misa por Polonia, este país católico que está sufriendo una prueba tremenda con la invasión nazi.

Pude ver que esa intención —la suerte de la Polonia invadida— la llevaba muy dentro del corazón y le afectaba mucho en aquellos momentos en que la resistencia polaca se derrumbaba ya por todas partes, ante la superioridad del ejército agresor”.

G) Testimonio de Amadeo de Fuenmayor, catedrático de Derecho Civil y Derecho Canónico, publicado en el libro de Pilar Urbano “El hombre de Villa Tevere”, Planeta, 1995, pag. 119:

Amadeo de Fuenmayor, después de afirmar que la actitud de Escrivá, “condenatoria del nazismo, fue terminante”, aporta una extensa relación de “expresiones referidas a Hitler y a su sistema racista, que le hemos escuchado en múltiples ocasiones”. Entre otras, las siguientes:

—Abomino de todos los totalitarismos

—El nazismo es una herejía, aparte de ser una aberración política.

—Me dio alegría cuando la Iglesia lo condenó: es lo que todos los católicos llevábamos en el alma.

—Todo lo que es racismo es algo opuesto a la ley de Dios, al derecho natural.

—Sé que han sido muchas las víctimas del nazismo, y lo lamento. Me bastaba que hubiera sido una sola —por motivo de fe y, además, de pueblo— para condenar ese sistema.

—Siempre me ha parecido Hitler un obseso, un desgraciado, un tirano.

H) Testimonio de François Gondrand, escritor, publicado en el libro de Pilar Urbano “El hombre de Villa Tevere”, Planeta, 1995, pag. 146:

A los primeros alemanes que van a estudiar a Roma, reciente todavía la guerra mundial, el Fundador del Opus Dei les hacía patente su solidaridad y su afecto, porque habéis padecido —señalaba—, bajo el mando de un tirano… un canalla genocida.

I) Testimonio de Francesco Cossiga, expresidente de Italia:

El 8 de enero de 1992 el entonces presidente de Italia, Francesco Cossiga, mantuvo una conversación telefónica con Mons. Alvaro del Portillo, entonces prelado del Opus Dei, para manifestarle su incondicional solidaridad frente a las acusaciones de antisemitismo vertidas contra la memoria de Josemaría Escrivá de Balaguer por V. Felztman y recogidas por algunos medios de comunicación.

Quiso que sus afirmaciones se hicieran públicas por el Ufficio Informazioni della Prelatura dell’Opus Dei in Roma, mediante nota de prensa con fecha 9-I-1992:

“Es ridículo e históricamente falso atribuir al fundador del Opus Dei sentimientos antisemitas. Mons. Escrivá tuvo particular aprecio al pueblo hebreo y era proverbial su amor y defensa de la libertad y su rechazo de cualquier forma de totalitarismo”.

El Papa: “La verdad es Alguien”

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Resumen de todas las intervenciones de Benedicto XVI en su viaje a Estados Unidos. El Papa ha animado a los católicos estadounidenses a demostrar con su alegría y su vida coherente que los cristianos tenemos una propuesta para el mundo, tenemos a Alguien.

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DISCURSO ANTE LA CASA BLANCA

Libertad y responsabilidad: “Vengo como amigo y anunciador del Evangelio, como uno que tiene gran respeto por esta vasta sociedad pluralista”.

“Confío en que los americanos encuentren en sus creencias religiosas una fuente preciosa de discernimiento y una inspiración para buscar un diálogo razonable, responsable y respetuoso en el esfuerzo de edificar una sociedad más humana y más libre.”

“La libertad es no sólo un don, sino también una llamada a la responsabilidad personal. La defensa de la libertad es una llamada a cultivar la virtud, la autodisciplina, el sacrificio por el bien común y un sentido de responsabilidad ante los menos afortunados. Además, exige el valor de empeñarse en la vida civil, llevando las propias creencias religiosas y los valores más profundos a un debate público razonable”.

ENCUENTRO CON LOS OBISPOS EN WASHINGTON

Cristo, el centro. “La gente necesita que se le recuerde cuál es el fin último de su vida. Sin Dios, nuestras vidas están realmente vacías. La meta de toda nuestra actividad pastoral y catequética, el objeto de nuestra predicación, el centro mismo de nuestro ministerio sacramental ha de ser ayudar a las personas a establecer y alimentar semejante relación vital con “Jesucristo nuestra esperanza”.

La vida matrimonial. “Un tema de profunda preocupación es la situación de la familia dentro de la sociedad. El divorcio y la infidelidad están aumentando, y muchos jóvenes hombres y mujeres deciden retrasar la boda o incluso evitarla completamente”.

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“Es vuestro deber proclamar con fuerza los argumentos de fe y de razón que hablan del instituto del matrimonio, entendido como compromiso para la vida entre un hombre y una mujer, abierto a la transmisión de la vida. Este mensaje debería resonar ante las personas de hoy, ya que es esencialmente un “sí” incondicional y sin reservas a la vida, un “sí” al amor y un “sí” a las aspiraciones del corazón de nuestra común humanidad, a la vez que nos esforzamos en realizar nuestro profundo deseo de intimidad con los demás y con el Señor”.

Acompañar a los sacerdotes. “Uno de los signos contrarios al Evangelio de la vida es el abuso sexual de los menores. Habéis recibido de Dios una responsabilidad como pastores de vendar las heridas causadas por cada violación de la confianza, favorecer la curación, promover la reconciliación y acercaros con afectuosa preocupación a cuantos han sido tan seriamente dañados”.

“La gente necesita que se le recuerde cuál es el fin último de su vida. Sin Dios, nuestras vidas están realmente vacías”.

“En este momento una parte vital de vuestra tarea es reforzar las relaciones con vuestros sacerdotes, especialmente en aquellos casos en que ha surgido tensión entre sacerdotes y obispos como consecuencia de la crisis. Es importante que sigáis demostrándoles vuestra preocupación, vuestro apoyo y vuestra guía con el ejemplo”.

Oración. “Tenemos que redescubrir la alegría de vivir una existencia centrada en Cristo, cultivando las virtudes y sumergiéndonos en la oración. El tiempo pasado en la oración nunca es desperdiciado, por muy importantes que sean los deberes que nos apremian por todas partes”.

Secularismo. “Lo que necesitamos es un mayor sentido de la relación intrínseca entre el Evangelio y la ley natural por una parte y, por otra, la consecución del auténtico bien humano, como se encarna en la ley civil y en las decisiones morales personales.

“El Evangelio debe ser predicado y enseñado como modo de vida integral, que ofrece una respuesta atrayente y veraz, intelectual y prácticamente, a los problemas humanos reales. Creo que la Iglesia en América tiene ante sí en este preciso momento de su historia el reto de encontrar una visión católica de la realidad y presentarla a una sociedad que ofrece todo tipo de recetas para la autorrealización humana de manera atrayente y con fantasía”.

El abandono de la práctica religiosa. “La salvación -la liberación de la realidad del mal y el don de una vida nueva y libre en Cristo- está en el corazón mismo del Evangelio. Hemos de redescubrir, como ya he dicho, modos nuevos y atractivos para proclamar este mensaje. En la liturgia de la Iglesia, y sobre todo en el sacramento de la Eucaristía, es donde se manifiestan estas realidades de manera más poderosa y se viven en la existencia de los creyentes; quizá tenemos todavía mucho que hacer para realizar la visión del Concilio sobre la liturgia como ejercicio del sacerdocio común y como impulso para un apostolado fructuoso en el mundo”.

Opus Dei - El Papa con  los obispos de EEUU en el Santuario Nacional de la Inmaculada  Concepción.

El Papa con los obispos de EEUU en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción.

Escasez de vocaciones. “La oración misma, nacida en las familias católicas, fomentada por programas de formación cristiana, reforzada por la gracia de los sacramentos, es el medio principal por el que llegamos a conocer la voluntad de Dios para nuestra vida”.

MISA EN EL NATIONALS PARK STADIUM

Cultura católica para cambiar la sociedad: “Percibimos signos evidentes de un quebrantamiento preocupante de los fundamentos mismos de la sociedad: aumento de la violencia, debilitamiento del sentido moral, vulgaridad en las relaciones sociales y creciente olvido de Dios”.

“La fidelidad y el valor con que la Iglesia en este país logrará afrontar los retos de una cultura cada vez más secularizada y materialista dependerá en gran parte de vuestra fidelidad personal al transmitir el tesoro de nuestra fe católica. Los desafíos que se nos presentan exigen una instrucción amplia y sana en la verdad de la fe”.

“Pero requieren cultivar también un modo de pensar, una “cultura” intelectual que sea auténticamente católica, que confía en la armonía profunda entre fe y razón, y dispuesta a llevar la riqueza de la visión de la fe en contacto con las cuestiones urgentes que conciernen el futuro de la sociedad americana”.

La Confesión: “Confiemos en el poder del Espíritu de inspirar conversión, curar cada herida, superar toda división y suscitar vida y libertades nuevas”. Estos dones se encuentran sobre todo en el sacramento de la Penitencia.

“El Evangelio debe ser predicado y enseñado como modo de vida integral, que ofrece una respuesta atrayente y veraz, intelectual y prácticamente, a los problemas humanos reales”.

“La fuerza libertadora de este Sacramento necesita ser redescubierta y hecha propia por cada católico. En gran parte la renovación de la Iglesia en América depende de la renovación de la regla de la penitencia y del crecimiento en la santidad”.

UNIVERSIDAD CATÓLICA DE WASHINGTON

En la Universidad, Fe tangigle: “La identidad de una universidad o de una escuela católica no es simplemente una cuestión de número de estudiantes católicos, sino que es una cuestión de convicción. ¿Creemos realmente que el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado? ¿Aceptamos la verdad que Cristo revela? En nuestras universidades y escuelas, ¿la fe es “tangible”?

Alumnos y amor a la verdad: “Los educadores cristianos pueden liberar con confianza a los jóvenes de los límites del positivismo y despertar en ellos la receptividad por la verdad, por Dios y por su bondad. De este modo, ayudaréis también a formar su conciencia, que enriquecida por la fe, abre un camino seguro hacia la paz interior y el respeto por los demás”.

“Cuando no se reconoce nada como definitivo por encima del individuo, el criterio último de juicio es el yo y la satisfacción de los deseos inmediatos del individuo”.

ENCUENTRO INTERRELIGIOSO EN CENTRO JUAN PABLO II

Convivencia interreligiosa. “Hoy, jóvenes de todas las religiones se sientan uno al lado del otro en todas las escuelas del país, aprendiendo unos con otros y unos de otros. Esta diversidad plantea nuevos retos que imponen una reflexión profunda sobre los principios fundamentales de una sociedad demócrata”.

Derecho a la libertad religiosa. “¡Ojalá otros asegunden con valor vuestra experiencia dándose cuenta de que una sociedad unida puede ser el resultado de una pluralidad de pueblos con la condición de que todos reconozcan la libertad religiosa como un derecho civil fundamental”.

“Los líderes espirituales tienen el deber y la competencia de poner en primer plano las preguntas más profundas de la conciencia, de despertar a la humanidad al misterio de la existencia humana, de dar cabida en un mundo frenético a la reflexión y la oración”.

Las huellas de Jesús. “De cara a estos profundos interrogantes que tocan el origen y el destino del género humano -señaló el Papa- los cristianos proponen a Jesús de Nazaret. El deseo ardiente de seguir sus huellas lleva a los cristianos a abrir sus mentes y sus corazones al diálogo”.

Opus Dei -

“Quizás en la tentativa de descubrir nuestros puntos comunes hemos olvidado la responsabilidad de discutir con calma y claridad de nuestras diferencias. Mientras unimos siempre mentes y corazones en búsqueda de la paz, debemos escuchar también con atención la voz de la verdad”.

DISCURSO A LA ONU

Reglas internacionales y libertad. “En el contexto de las relaciones internacionales, es necesario reconocer el papel superior que desempeñan las reglas y las estructuras intrínsecamente ordenadas a promover el bien común y, por tanto, a defender la libertad humana. Dichas reglas no limitan la libertad. Por el contrario, la promueven cuando prohíben comportamientos y actos que van contra el bien común, obstaculizan su realización efectiva y, por tanto, comprometen la dignidad de toda persona humana”.

Los derechos humanos, ¿legales o justos? “La experiencia nos enseña que a menudo la legalidad prevalece sobre la justicia cuando la insistencia sobre los derechos humanos los hace aparecer como resultado exclusivo de medidas legislativas o decisiones normativas tomadas por las diversas agencias de los que están en el poder”.

“Quizá hemos perdido de vista que en una sociedad en la que la Iglesia parece a muchos que es legalista e ‘institucional’, nuestro desafío más urgente es comunicar la alegría que nace de la fe y de la experiencia del amor de Dios”.

“Cuando se presentan simplemente en términos de legalidad, los derechos corren el riesgo de convertirse en proposiciones frágiles, separadas de la dimensión ética y racional, que es su fundamento y su fin. Por el contrario, la Declaración Universal ha reforzado la convicción de que el respeto de los derechos humanos está enraizado principalmente en la justicia que no cambia”.

Creyentes y ciudadanos. “Obviamente, los derechos humanos deben incluir el derecho a la libertad religiosa, entendido como expresión de una dimensión que es al mismo tiempo individual y comunitaria, una visión que manifiesta la unidad de la persona, aun distinguiendo claramente entre la dimensión de ciudadano y la de creyente”.

Es inconcebible, por tanto, que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos -su fe- para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos.

Constructores de la sociedad. Los derechos asociados con la religión necesitan protección sobre todo si se los considera en conflicto con la ideología secular predominante o con posiciones de una mayoría religiosa de naturaleza exclusiva. No se puede limitar la plena garantía de la libertad religiosa al libre ejercicio del culto, sino que se ha de tener en la debida consideración la dimensión pública de la religión y, por tanto, la posibilidad de que los creyentes contribuyan la construcción del orden social”.

CATEDRAL DE SAINT PATRICK

Comunicar la alegría de la fe: “Quizá hemos perdido de vista que en una sociedad en la que la Iglesia parece a muchos que es legalista e ‘institucional’, nuestro desafío más urgente es comunicar la alegría que nace de la fe y de la experiencia del amor de Dios”.

La metáfora de las vidrieras: “Los ventanales con vidrieras [de una iglesia], vistos desde fuera parecen oscuros, recargados y hasta lúgubres. Pero cuando se entra en el templo, de improviso toman vida; al reflejar la luz que las atraviesa revelan todo su esplendor. Igualmente [la Iglesia debe] atraer dentro de este misterio de luz a toda la gente”.

“No es un cometido fácil en un mundo que es propenso a mirar ‘desde fuera’ a la Iglesia, igual que a aquellos ventanales: un mundo que siente profundamente una necesidad espiritual, pero que encuentra difícil ‘entrar en el’ misterio de la Iglesia”.

Opus Dei -

“También para algunos de nosotros, desde dentro, la luz de la fe puede amortiguarse por la rutina y el esplendor de la Iglesia puede ofuscarse por los pecados y las debilidades de sus miembros. La ofuscación puede originarse por los obstáculos encontrados en una sociedad que, a veces, parece haber olvidado a Dios e irritarse ante las exigencias más elementales de la moral cristiana”

SEMINARIO DE SAN JOSÉ

[A enfermos]

Discapacitados: “A veces es un reto encontrar una razón a lo que parece solamente una dificultad que superar o un dolor que afrontar. No obstante, la fe nos ayuda a ampliar el horizonte más allá de nosotros mismos para ver la vida como Dios la ve. El amor incondicional de Dios, que alcanza a todo ser humano, otorga un significado y finalidad a cada vida humana”.

[A seminaristas]

Libertad bien entendida. “hay que salvaguardar rigurosamente la importancia fundamental de la libertad”, que “puede ser malentendida y usada mal, de manera que no lleva a la felicidad que todos esperamos, sino hacia un escenario oscuro de manipulación, en el que nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo se hace confusa o se ve incluso distorsionada por quienes ocultan sus propias intenciones”.

“Lo más importante es que ustedes desarrollen su relación personal con Dios. Esta relación se manifiesta en la oración. No temáis el silencio y el sosiego; escuchen a Dios, adórenlo en la Eucaristía”.

“A menudo se reivindica la libertad sin hacer jamás referencia a la verdad de la persona humana y en lugar de la verdad -o mejor, de su ausencia- se ha difundido la idea de que, dando un valor indiscriminado a todo, se asegura la libertad y se libera la conciencia. A esto llamamos relativismo.

La Verdad no es algo sino Alguien. “La verdad no es una imposición. Tampoco es un mero conjunto de reglas. Es el descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona; de Alguien del que siempre podemos fiarnos. En definitiva, la verdad es una persona: Jesucristo. Ésta es la razón por la que la auténtica libertad no es optar por “desentenderse de”. Es decidir “comprometerse con”.

Cuatro tesoros: “Hay cuatro aspectos esenciales del tesoro de nuestra fe: la oración personal y el silencio, la oración litúrgica, la práctica de la caridad y las vocaciones”.

“Lo más importante es que ustedes desarrollen su relación personal con Dios. Esta relación se manifiesta en la oración. No temáis el silencio y el sosiego; escuchen a Dios, adórenlo en la Eucaristía. Permitan que su palabra modele su camino como crecimiento de la santidad”.

GROUND ZERO

Paz y conversión. Dios de la paz,
concede tu paz a nuestro violento mundo:
paz en los corazones de todos los hombres y mujeres
y paz entre las naciones de la tierra.
Lleva por tu senda del amor
a aquellos cuyas mentes y corazones
están nublados por el odio.

Fátima, mayo de 1967

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Trece años después de su última peregrinación a Fátima, el Padre vuelve a postrarse a los pies de Nuestra Señora. A pesar de la lluvia, es grande la afluencia de peregrinos; dentro de unos días, el 13 de mayo, el Papa Pablo VI va a presidir las ceremonias conmemorativas del cincuentenario de las apariciones. El Fundador del Opus Dei se une por adelantado a las intenciones del Sumo Pontífice y pide por la Iglesia y por los frutos del Concilio. Luego, recibe a distintos grupos de sus hijos e hijas portugueses en un Centro de la Obra cercano a Oporto, Enxomil.

Transfigurar la vida ordinaria

El 7 de octubre de 1967 preside, en Pamplona, una ceremonia similar a la de 1964. Seis profesores universitarios de diferentes países reciben de sus manos el título de doctor honoris causa por la Universidad de Navarra: un portugués, profesor de la Universidad de Coimbra, Guilherme Braga da Cruz; un belga, Mons. Onclin, profesor de Derecho Canónico en la Universidad de Lovaina y Secretario de la Comisión Pontificia para la reforma del Código de Derecho Canónico; Ralph M. Hower, norteamericano, profesor en la Business School de la Universidad de Harvard; Otto B. Roegele, alemán, profesor y Director del Instituto de Ciencias de la Información de la Universidad de Münich; Jean Roche, profesor en el Colegio de Francia y Rector de la Sorbona; y, finalmente, el Dr. Jiménez Díaz, eminencia médica española, ya fallecido, a quien se otorga el nombramiento a título póstumo por lo mucho que había ayudado a la Universidad de Navarra desde sus comienzos.

Esta vez, son más de treinta y cinco mil las personas llegadas a Pamplona, incluso en trenes especiales, no sólo de distintos puntos de la geografía española, sino también de Portugal, Francia, Italia, Alemania y Bélgica.

Reuniones similares a la que había tenido lugar el año 1964 en el Teatro Gayarre se celebran allí y en otros lugares, incluso al aire libre, en el campus de la Universidad. El ambiente de diálogo, espontáneo y abierto, es también el mismo; estudiantes, empleados, obreros, padres y madres de familia, cooperadores y amigos de la Obra acuden en grupos diversos, y el 8 de octubre se reúnen todos para asistir a la Misa al aire libre que va a celebrar el Padre ante el edificio de la Biblioteca.

En la homilía, Mons. Escrivá de Balaguer hace referencia al marco de nuestra Eucaristía, de nuestra Acción de gracias: nos encontramos en un templo singular: podría decirse que la nave es el “campus” universitario; el retablo, la biblioteca de la Universidad; allá, la maquinaria que levanta nuevos edificios; y arriba, el cielo de Navarra… ¿No os confirma esta enumeración, de una forma plástica e inolvidable, que es la vida ordinaria el verdadero “lugar” de vuestra existencia cristiana? Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres.

Decenas de millares de hombres y mujeres escuchan en religioso silencio al Fundador mientras explica, de manera especialmente viva y directa, el mensaje central del Opus Dei: aprender a santificarse allí donde uno esté, en las circunstancias más vulgares, evitando la tentación de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida. Que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales (…) En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…

A finales de 1968, esta homilía aparecerá editada en un libro que, con el título de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, recoge algunas declaraciones del Fundador del Opus Dei a representantes de diversos medios informativos de diferentes países. Porque, desde 1966, el Padre, renunciando a la norma de conducta que siempre se había trazado, ha concedido -porque así lo exigía el bien de las almas- entrevistas a unos cuantos periodistas.

Ya en 1964, en Pamplona, había recibido a algunos. Entre ellos el corresponsal del diario “Le Fígaro” en España, el cual, dos años más tarde, solicitó del Fundador del Opus Dei unas declaraciones para su periódico. Lo mismo hicieron otros redactores del “New York Times”, del semanario “Time” y de varias revistas españolas.

En esas entrevistas -así como en otra aparecida en 1960 en la edición dominical de “L’Osservatore Romano” y recogida también en el libro de Conversaciones- Monseñor Escrivá de Balaguer respondía a diversas preguntas concernientes a la vida de la Iglesia, la situación de la Universidad, el papel de la mujer en el mundo, etc. También hablaba del Opus Dei, definiendo de la manera más clara posible la naturaleza de la Obra que había fundado en 1928: La finalidad a la que el Opus Dei aspira es favorecer la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado por parte de los cristianos que viven en medio del mundo, cualquiera que sea su estado o condición (…) Cristo está presente en cualquier tarea humana honesta (…) El Opus Dei tiene como misión única y exclusiva la difusión de este mensaje (…) Y a quienes entienden este ideal de santidad, la Obra facilita los medios espirituales y la formación doctrinal, ascética y apostólica, necesaria para realizarlo en la propia vida.

Haciendo referencia a quienes seguían empeñados en hablar del Opus Dei sólo en relación con España y con un terreno que no era ni será nunca el suyo, el de la política, repetía una vez más, con energía, que la Obra no está ligada a ningún país, a ningún régimen político, a ningún partido, a ninguna ideología, y que sus miembros abominan de todo intento de servirse de la religión en beneficio de posturas políticas y de intereses de partido.

Para él, está perfectamente claro -y sabe que la realidad da testimonio de ello- que los miembros de la Obra no actúan en grupo, sino individualmente, con libertad y responsabilidad personales.

A1 Fundador no se le oculta que será necesario que pase algún tiempo antes de que se desvanezcan unos prejuicios originados por auténticas campañas de calumnias contra la Obra, pero confía en que los periodistas que le entrevistan dirán la verdad. Es consciente, también, de que en la raíz de estas deformaciones calumniosas, que se remontan a los años cuarenta, hay una visión clerical de las cosas, característica de quienes suele llamar católicos oficiales. Algo que no le sorprende, pero que detesta, porque instrumentalizar al laico para fines que rebasan los propios del ministerio jerárquico es algo absolutamente ajeno al espíritu del Fundador. Por eso, responde así a los redactores de “L’Osservatore della Domenica” que le preguntan sobre este punto: Espero que llegue un momento en el que la frase los católicos penetran en los ambientes sociales se deje de decir… Los socios de la Obra no tienen necesidad de penetrar en las estructuras temporales, por el simple hecho de que son ciudadanos corrientes, iguales a los demás, y por tanto ya estaban allí.

A sus sesenta y cinco años, el Fundador del Opus Dei sigue siendo tan inconformista como lo era ya en los años treinta, cuando predicaba a hombres y mujeres corrientes, de todas las clases sociales, que podían santificarse y santificar su trabajo ordinario en medio del mundo, provocando la indignación, la condena y el escándalo de algunos eclesiásticos, para los cuales los laicos debían ser, como mucho, la longa manus de la jerarquía…

Un gesto simbólico

En 1968, Mons. Escrivá de Balaguer va a dar públicamente una prueba más de su independencia de espíritu al tomar una decisión que -lo sabe- será falsamente interpretada por algunos, aunque esté inspirada en su profundo sentido de la justicia.

En efecto: cuando evoca la manera en que el Opus Dei nació y se ha ido desarrollando, paso a paso, se persuade más y más de que el Señor le ha tratado como a un niño al que su padre le va diciendo cómo colocar las piezas de un rompecabezas una a una; el 2 de octubre de 1928; la fundación de la Sección femenina luego, el 14 de febrero de 1930, sin él haberlo querido; la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz finalmente, otro 14 de febrero, trece años más tarde…

Se da cuenta también, cada vez con más evidencia, de que las duras pruebas a que habían sido sometidos sus padres -y que tanto le habían hecho sufrir a él- eran un medio del que el Señor se había servido en su juventud para purificarle y dejarle más disponible para la inmensa tarea que pensaba confiarle. Calibra cada día con más profundidad el significado del sufrimiento de los suyos: la muerte de sus tres hermanitas, la brusca ruina de su padre, su desaparición prematura… A lo cual vinieron a juntarse luego las consecuencias de su propia entrega al Señor para su madre, su hermana y su hermano.

Más aún: habían aceptado sin protestar infinidad de sacrificios suplementarios que él les había pedido para facilitar el desarrollo de los apostolados de la Obra. Desde la utilización de gran parte de la herencia para financiar la primera residencia, en 1934, hasta el trabajo constante de su madre y de su hermana Carmen en la administración de otros centros, el último de ellos la casa de Salto di Fondi, en Italia, donde tanto había trabajado ésta.

Ahora, a sus sesenta y seis años, don Josemaría siente muy vivo el deseo -el deber filial- de recompensar de alguna manera a su familia, que tanto había sufrido y se había sacrificado, en cierto sentido, por culpa suya. Y como el único superviviente es su hermano Santiago, para hacer algo por él y por los hijos de éste, y para honrar la memoria de sus padres, tan injustamente tratados en sus últimos años en Barbastro, está dispuesto a realizar unas gestiones que, de tener éxito, supondrán un desagravio simbólico, aunque mínimo, por lo mucho que debe a su familia.

La iniciativa había sido de sus hijos, y especialmente de D. Álvaro del Portillo. Hacía años que, al darse cuenta del alcance histórico que cobraría con el tiempo la personalidad del Fundador, había ido investigando en la historia de su familia. Habían salido a la luz vínculos de parentesco -que el Padre conocía, pero que nunca había mencionado, por no darles la menor importancia- con la antigua nobleza aragonesa. Correspondía a la familia un título nobiliario, el del marquesado de Peralta, que Carlos de Habsburgo había otorgado en 1718 a un antepasado de su madre. Hechas las oportunas investigaciones, habían sido informados de que, en efecto, era posible pedir la rehabilitación del título en España. Después de un forcejeo filial, don Álvaro logró que el Padre tomara en consideración el proyecto de reclamar ese título: si lo obtenía, podría transmitírselo a su hermano Santiago al cabo de cierto tiempo… Se trataba de una manera concreta para compensar a los suyos.

Ni que decir tiene que no se le ocultaban los comentarios mordaces que algunos harían, ajenos por completo al hecho de que, a su edad, y con el rumbo que había tomado en su vida, no tenía la menor necesidad ni el menor deseo de reclamar para él un título honorífico. Sabe, sí, que sus hijos e hijas lo comprenderán, pero que otros aprovecharán la ocasión para decir de palabra o por escrito toda clase de perfidias y, de manera indirecta, arrojar puñados de lodo sobre la Obra.

Esto le ha llevado, naturalmente, a consultar el asunto, antes de dar su consentimiento a que se iniciaran las gestiones, con diversas personalidades y organismos de la Curia, incluida la Secretaría de Estado del Vaticano, pues piensa que, como Presidente General de una institución de la Iglesia, debe hacerlo. La respuesta es unánime: no hay ningún inconveniente en que reclame la rehabilitación de ese título. Es más, una alta personalidad de la Curia le dice que debe hacerlo, pues si él, que siempre ha enseñado a sus hijos a cumplir sus obligaciones cívicas y a ejercitar todos sus derechos, no lo hace, les daría mal ejemplo…

Así pues, a comienzos de 1968, escribe al Consiliario del Opus Dei en España para explicarle los motivos de esa decisión, que no son otros que sentimientos de piedad y justicia hacia su familia junto con el deseo de poner en práctica el dulcísimo precepto del Decálogo, el cuarto Mandamiento de la Ley de Dios: “Honrarás a tu padre y a tu madre.” Al mismo tiempo, le ruega, de antemano, que disuada a sus hijos de querer justificarlo ante la opinión pública: no me importan los comentarios -que no harían si se tratase de otra persona cualquiera, de otro ciudadano español-, y os ruego que, si dicen o escriben algo molesto, que sea lo que sea será injusto, “hagáis oídos sordos”.

Como el Padre esperaba, en cuanto le rehabilitaron legalmente el título, la prensa se hizo eco del hecho, a veces con escándalo farisaico y comentarios de mal gusto. No obstante, ninguna instancia del Opus Dei, en país alguno, salió al paso de los mismos. El Padre, por su parte, guarda también absoluto silencio, hasta que, al cabo de un año, transmite el título a su hermano, para que pueda, a su vez, transmitirlo a sus hijos.

En el deliberado silencio del Fundador ha habido, sin duda, una especie de sano desprecio del “qué dirán”, como si hubiese querido, con su ejemplo, animar una vez más a sus hijos a hacer uso de sus derechos, sin refugiarse en una modestia mal entendida, completamente ajena a la verdadera humildad cristiana. Humildad que él manifiesta, por su parte, en ese ofrecerse en bandeja a las malas lenguas, dándoles un pretexto para insultarle.

Los miembros de la Obra y las personas que lo conocen comprenden perfectamente este gesto del Padre y piensan que, en este asunto, con título o sin título nobiliario por medio, ha sabido comportarse como siempre: como un caballero.

Sufrimiento por la Iglesia

El dolor que le causa la incomprensión -por otra parte esperada- no es nada en comparación con el sufrimiento que experimenta en esta época de su vida.

Señor, si es tu Voluntad, haz de mi pobre carne un crucifijo, había escrito en Camino. Pues bien, parece como si Jesucristo hubiese querido conformar aún más a su servidor a su propia imagen en estos años de prueba para la Iglesia universal, que parece como si estuviese influida por las cosas malas del mundo, por ese deslizamiento que todo lo subvierte, que todo lo cuartea, sofocando el sentido sobrenatural de la vida cristiana. Porque se ha ido pasando de discutirlo todo a dudar de todo, de tal forma que es algo más que una crisis lo que sacude a la Iglesia; es un terremoto.

Estamos viviendo un momento de locura -confía el Padre a sus colaboradores más íntimos el 25 de noviembre de 1970-. Las almas, a millones, se sienten confundidas. Hay peligro grande de que en la práctica se vacíen de contenido los sacramentos -todos, hasta el Bautismo- y los mismos Mandamientos de la Ley de Dios pierdan su sentido en las conciencias.

El Fundador del Opus Dei sabe que la barca de Pedro no puede hundirse, pero también sabe que Dios permite tiempos de prueba muy duros. Por eso, las fisuras en la fe, las noticias que ponen de manifiesto que el amor a Dios en muchos cristianos se enfría, le llegan al corazón. Piensa en ello noche y día, reza, se mortifica, repara con más generosidad todavía…

Desde hace años, conoce esas largas vigilias nocturnas en las que las sombras parecen hacerse más densas. Son momentos en los que suplica a Dios, con redoblado fervor, que ponga fin a la prueba.

Como la crisis se prolonga, implora que, al menos, pueda ver, si no el fin, el comienzo del fin, y pide a sus hijos que hagan lo mismo, que insistan ante el Señor para que se vea obligado a intervenir, dulcemente constreñido. Él, por su parte, no puede hacer ya más que abandonarse por completo y ponerse en manos de la Providencia.

¡Me duele la Iglesia!, exclama con frecuencia.

La fe que Dios le ha dado desde su infancia y que no ha cesado de crecer en él -una fe tan gorda que se puede cortar-, le dice que al término de esta locura colectiva habrá un vasto resplandor de esperanza, porque el Señor, de los males saca bienes; y de los grandes males, grandes bienes.

Pero el dolor es la piedra de toque del Amor y, por eso, el Padre no puede evitar el sufrir con la Iglesia, no sólo como cristiano, sino también como sacerdote y como responsable de tantas almas que el Señor le ha confiado. Además, no le faltan razones para pensar que el Príncipe de las tinieblas tiene especial empeño en obstaculizar este nuevo camino divino en la tierra que es el Opus Dei.

La mano que sujeta el timón debe, a veces, cuando la tempestad arrecia, adquirir firmeza para mantener el rumbo… Por eso, el sufrimiento de Mons. Escrivá de Balaguer por la Iglesia no es meramente pasivo, sino que va acompañado de un empeño eficaz por evitar que la Obra se desvíe lo más mínimo de la línea señalada por Dios. Se sabe, en efecto, administrador del depósito recibido el 2 de octubre de 1928, y uno de sus elementos esenciales es el carácter secular del Opus Dei.

Sus hijos e hijas, unidos en torno al Fundador e identificados con su espíritu, no tienen la menor duda de que son cristianos corrientes, no religiosos que viven en el mundo o que se adaptan al mundo; saben, en suma, que son ciudadanos iguales a los demás, como lo saben sus parientes y sus amigos. La Iglesia, por su parte, ha reconocido esta característica secular del Opus Dei, pero el Padre, desde hace varios años, está cada vez más preocupado porque, como Fundador, desea que las cosas queden todavía más claras. Piensa que es imprescindible que la Obra tenga un estatuto jurídico más conforme con su naturaleza, cosa que no fue posible conseguir en 1950, pues las mentes no estaban todavía maduras para esto, y el Derecho Canónico no había evolucionado lo suficiente. Ahora, sin embargo, algunas disposiciones del Concilio Vaticano II permitirán, sin duda, obtener ese nuevo estatuto.

El 6 de enero de 1970, mientras contempla con un grupo de hijos suyos el misterio de la Navidad, plasmado en un Nacimiento, invita a sus hijos a la confianza: “Pedid y se os dará…” (Lucas XI, 9).

Buscando refugio en la trinidad de la tierra, Jesús, María y José, el Padre, con la imaginación, toma al Niño en sus brazos y pide perdón por todo el mal que se hace, por todo el bien que dejan de hacer los cristianos…

No lejos del pesebre, se encuentra Herodes: Pero no podrán nada, Señor, ni contra tu Iglesia ni contra tu Obra. Estoy seguro (…) También la Obra ha encontrado, más de una vez, a Herodes en su camino. Pero, ¡tranquilos, tranquilos! (…); no hemos dejado nuestros intereses personales por una nimiedad.

Los que le rodean están serios. Sufren con el sufrimiento del Padre, pero lo único que pueden hacer es asociarse a sus súplicas y trabajar con más intensidad que nunca, abriendo camino en la dirección que él indica

Dos peregrinaciones en la Península Ibérica

Como ha venido haciendo en los momentos más difíciles de su vida, recurre a la Madre de Dios, proclamada por Pablo VI, al finalizar el Concilio, Madre de la Iglesia. Es lo que le lleva a postrarse varias veces a los pies de Nuestra Señora en 1970.

Iré a visitar dos Santuarios de la Virgen -escribe a sus hijos-. Iré como un creyente del siglo XII: con el mismo amor, con aquella sencillez y con aquel gozo. Voy a pedirle por el mundo, por la Iglesia, por el Papa, por la Obra (…) Unios a mis oraciones y a mi Misa.

Esos dos Santuarios son Torreciudad, en España, y Fátima, en Portugal.

A comienzos de abril, el Fundador del Opus Dei se traslada en avión a España. En la antigua casa de la calle de Diego de León, contempla la imagen de la Virgen de Torreciudad, que está siendo restaurada. Es una representación tradicional de la Virgen con el Niño, similar a la que existe en bastantes Santuarios de Europa surgidos a partir del siglo XI. Se ve la talla de madera, pues se le han quitado varias capas de pintura posteriores para aplicarle el estofado de oro que le hará recobrar su aspecto originario.

Presintiendo la emoción del Padre, sus hijos se retiran. Besa filialmente los pies de la Virgen y los del Niño, expresa a la Señora su agradecimiento con palabras que le salen del alma y le cuenta la alegría que siente al volver a verla, como un hijo que se reúne con su madre tras una larga ausencia.

Unos días más tarde, después de visitar en Zaragoza a la Virgen del Pilar, llega a Torreciudad. Un kilómetro antes de alcanzar la ermita, en una curva de la carretera, todavía en construcción, sin asfalto, el Padre hace detener el automóvil, baja, se descalza y sigue caminando a pie, mientras empieza a rezar los misterios dolorosos del Rosario. El día es gris y cae una suave llovizna, pero él, por dos veces, se niega a ponerse de nuevo los zapatos.

-Hay muchos pastores que van descalzos, todos los días, por estos riscos. No hago nada extraordinario.

Terminados los misterios dolorosos y tras unos instantes de oración silenciosa, el Padre continúa rezando las otras dos partes del Rosario. Finalmente, al entrar en la ermita, avanza hacia el altar y entona la Salve; luego, de rodillas, reza una oración mariana que ha aprendido en su infancia. Sólo entonces pasa a una habitación próxima para quitarse las piedrecillas que se le han incrustado en las plantas de los pies y calzarse de nuevo…

Instantes más tarde, ya está otra vez bajo la lluvia, visitando los lugares donde se alzará el nuevo Santuario, a unos cientos de metros de la ermita. Al borde de una vasta excavación, donde irá la cripta de los confesionarios, traza el signo de la Cruz con la mano. Su deseo más ardiente es que muchas personas encuentren en Torreciudad, en el futuro, el don más precioso: la gracia divina.

El amor grande que Dios tiene a su Madre, hará que allí resplandezcan también su omnipotencia y su misericordia. Nosotros le pediremos y buscaremos milagros en las almas.

El 14 de abril ya se encuentra en Fátima. Descalzo también, se dirige a la “capelinha”, rodeado por algunos de sus hijos portugueses. Cerca de la estatua que conmemora la visita de Pablo VI en 1967 -que es asimismo el año de su última peregrinación a Fátima- reza por el Papa.

La piedad de los peregrinos que le rodean le conmueve. Ahora que la fe parece languidecer en bastantes lugares y algunos ponen en entredicho la devoción a la Virgen, ciertas manifestaciones de piedad le enternecen. Por eso suele decir que le gustaría poder expresar sus sentimientos con la misma sinceridad con que los expresa una viejecita que suspira en la penumbra de una iglesia; por eso, también, se alegra tanto cuando, poco después de su visita a Fátima, uno de sus hijos portugueses le dice en una carta que le había visto besar las medallas del Rosario, como hacía su propia abuela…

Estas peregrinaciones son una demostración evidente de la gran fe del Padre y, al mismo tiempo, afirman su convicción de que la Iglesia no tardará en recobrar la unidad y la paz. “Si Dios está con nosotros, ¿quién podrá estar contra nosotros?” (Rom. VIII, 31), repite con San Pablo.

En México, a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe

Pero su preocupación por la Iglesia sigue siendo muy viva. Por eso, poco después de regresar a Roma, el Padre, de repente, decide hacer una tercera peregrinación mariana.

Esta vez, el punto de destino está más lejos, en América, adonde nunca había hablado de ir hasta entonces. Verdad es que sus hijos mexicanos venían pidiéndole insistentemente que fuese desde hacía tiempo, pero de no haber mediado un motivo tan poderoso como éste, tal vez nunca se hubiese decidido a atravesar el Atlántico.

Así pues, el 14 de mayo de 1970, toma el avión que ha de conducirle a México.

Una de las primeras visitas que hace es a la Villa, adonde los mexicanos acuden a diario en gran número para rezar ante el célebre lienzo de la Virgen de Guadalupe, patrona de México y de toda Hispanoamérica, desde que en 1531 la Madre de Dios quiso aparecerse a un pobre indio llamado Juan Diego y dejar estampada milagrosamente su imagen en la manta o tilma que utilizaba para cubrirse.

Arrodillado en el presbiterio de la basílica, no quita los ojos de la imagen de la Señora, cuyo rostro tiene rasgos de la raza de la gente de esa tierra bendita. Por el interior del templo, a menudo de rodillas, avanzan muchas personas.

Hora y media más tarde, se incorpora y abandona la basílica. Numerosos miembros de la Obra que han empezado a afluir al enterarse de que está allí el Padre le acompañan desde la nave en cariñoso silencio. La escena se repetirá durante ocho días consecutivos, del 17 al 24, pero en lo sucesivo, para no llamar la atención, el Padre ocupa un balconcillo o tribuna situado a la derecha del presbiterio que le coloca, sin que se le pueda ver desde la nave del templo, a la misma altura de la célebre imagen. Nadie puede conocer hasta dónde llega la intensidad y profundidad de su oración. Sólo los que están muy cerca, junto a él, pueden oír sus palabras audaces y pueriles… que la pluma no puede, no debe estampar. Palabras en las que se vierten sus preocupaciones de siempre: la Iglesia, el Papa, sus hijos e hijas.

Todos los días expresaba su petición en voz alta. Los que están a su lado -entre ellos don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, uno de sus más íntimos colaboradores- quedan impresionados por la simplicidad de sus palabras, que son las que un hijo dirige a su Madre. Tal vez las mismas que el pequeño Josemaría dirigía a María, en Barbastro, cuando, durante el mes de mayo, llevaba una flor a la Virgen, como todos los niños, y le presentaba sus peticiones.

También los mexicanos y las mexicanas depositan rosas a los pies de “su” Virgen de Guadalupe durante todo el año, y el Padre no quiere ser menos… El quinto día de la novena se dirige con estas palabras a la Madre de Dios: Señora nuestra, ahora te traigo -no tengo otra cosa- espinas, las que llevo en mi corazón; pero estoy seguro de que por Ti se convertirán en rosas…

Haz que en nosotros, en nuestros corazones, cuajen a lo largo de todo el año rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas del perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en toda mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en la de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis.

Luego, el Padre formula su petición con la santa desvergüenza que siempre ha recomendado a las almas que quieren trabajar por Dios:

Aquí estoy, porque ¡Tú puedes!, porque ¡Tú amas! Madre mía, Madre nuestra (…), evítanos todo lo que nos impida ser tus hijos, todo lo que intente borrar nuestro camino o adulterar nuestra vocación. Yo no lo permitiré, porque no quiero condenarme; pero no toleres que actúen las fuerzas del mal. ¡Contra Ti no puede nada el diablo!, ¿cómo no voy a contar con esta seguridad? Dios te salve, María, Hija de Dios Padre; Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo; Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo; Dios te salve, María, templo de la Trinidad Beatísima, ¡más que Tú, sólo Dios!: ¡que se vea que eres nuestra Madre!, ¡lúcete!.

La oración en voz alta del Padre se prolonga. Hasta la tribuna desde donde se dirige a la Virgen, llegan las canciones de los fieles en honor de su patrona, y su alma vibra al unísono de aquellas voces. Sigue rezando con insistencia:

Te amo todo lo que sé y puedo. Me he equivocado tantas veces en mi vida, pero te quiero con todas las fuerzas de mi alma. Dinos qué hemos de hacer y, con tu gracia, lo haremos (…) Escúchanos: ¡yo sé que lo harás!.

Entre una criatura, por muy fiel que sea, y su Creador, parece difícil que pueda existir una transacción, a no ser que lo que se pone en juego sobrenaturalmente ya esté inscrito en los planes divinos, como supo Abraham que lo estaba, después de haber negociado con Yahvé, la salvación de un puñado de hombres de su pueblo…

Lo cierto es que, a partir de ese 20 de mayo de 1970, Josemaría Escrivá de Balaguer, sin dejar por eso de sufrir, reparar y rezar por la Iglesia, aumenta más en su alma la confianza y la paz que ya nada podrá quebrantar. Como si la Virgen María, en el Santuario donde ha ido a visitarla, hubiese querido mostrarle el final de la prueba; sin decirle cuándo ni cómo, está convencido de que todo se arreglará cuando llegue el momento oportuno. Poco importa que no llegue a verlo con los ojos de la carne: el gran río de la Iglesia volverá a su cauce…

Antes de abandonar la tribuna, el Padre hace una promesa a la Virgen de Guadalupe; una promesa sin condiciones, como la que había hecho hace ya muchos años en Madrid, al invocar a San Nicolás de Bari para pedirle que resolviera unas dificultades financieras aparentemente insuperables: para agradecer a la Señora la gracia que le acaba de conceder, mandará colocar, en una capilla de la cripta del Santuario de Torreciudad, un mosaico representando a la imagen de la Virgen de Guadalupe y una inscripción conmemorativa.

La raza de los hijos de Dios

Nada más llegar a México, el Padre había dicho a sus hijos que ellos sólo eran la segunda razón de su viaje, pero, al comprobar su gozo por tenerle entre ellos, se da cuenta de que esa segunda razón casi se confunde con la primera.

El Padre visita Montefalco, una antigua hacienda reconstruida por sus hijos en el estado de Morelos, donde han establecido, entre otras actividades educativas, un centro de formación rural para los campesinos de la zona. En medio de aquellos inditos, que le escuchan embelesados y atentos, el Padre se encuentra tan a gusto como con los habitantes de la capital o de otras grandes ciudades. En esas reuniones, hay un buen número de hijos suyos que han venido de otros países: Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Venezuela, Puerto Rico, Colombia, Argentina, e incluso Canadá y los Estados Unidos. A todos, les dice:

Nadie es más que otro. ¡Ninguno! ¡Todos somos iguales! Cada uno de nosotros valemos lo mismo, valemos la Sangre de Cristo. Fijaos qué maravilla. Porque no hay razas, no hay lenguas; no hay más que una raza: la raza de los hijos de Dios.

Este lenguaje directo es comprensible a todos. Le oyen los de la ciudad y los del campo, gentes de toda condición… y hasta las lenguas de los campesinos más taciturnos se abren en preguntas a aquel sacerdote de prontas respuestas, que elevan y dignifican su vida. Todos quieren acercarse al Padre, saludarle, recibir una palabra o una sonrisa suya, tocarle…

En México D.F., en un Centro de la Sección de mujeres de la Obra, una campesina anciana, de cara completamente arrugada, se ha quedado en una esquina del vestíbulo. Le dicen al Padre que tiene cuatro hijos en el Opus Dei. El Padre se le acerca y la anciana mujer, sin dar tiempo a pensar en lo que sucede, se arrodilla ante el hombre de Dios. Mientras su hija intenta en vano ponerla en pie, ve con profunda emoción que el Padre, a su vez, se arrodilla ante ella para ponerse a su altura y decirle al oído cosas que ella escucha entre lágrimas: Somos iguales, hija mía, somos hijos de Dios…

Hijos míos, yo no he venido a enseñar, sino a aprender. A aprender de los mexicanos, de su fe sin fisuras, de su amor sincero a la Madre de Dios…

El Padre les habla también del apostolado que pueden hacer en su país y en otros países de lengua española del Continente: ¡Cuánto bien podéis hacer! Si fuéramos más, y si yo fuera mejor… y tú, y tú, y todos fuerais mejores, haríamos una labor maravillosa.

Durante los cuarenta días de su estancia en México, recibe a más de veinte mil personas. En una serie de tertulias llenas de espontaneidad, semejantes a las de España y Portugal, habla una vez más de la santificación del trabajo ordinario, de la vida conyugal; de la amistad y del apostolado; de la oración, de la Iglesia, del Papa, de los Sacramentos y, en especial, de la Eucaristía y la Penitencia. En resumen: de todos esos medios que facilitan el intercambio personal entre el alma y Dios y constituyen el secreto de la fecundidad apostólica.

El Padre, a pesar de su edad, responde de manera sorprendente a tanto ajetreo. No obstante, un día, el 16 de junio, mientras habla a un grupo de sacerdotes cerca del lago de Chapala, al noroeste del país, tiene que retirarse a una habitación contigua para descansar unos momentos, pues el agobiante calor del mediodía le sofoca. Su mirada se detiene en un cuadro colgado en la pared de enfrente que representa a la Virgen de Guadalupe entregando una rosa al indio Juan Diego.

-Quisiera morir así -musita en su oración habitual-: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor…

MÉXICO. Trabajando con campesinos

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

A lo largo de kilómetros y kilómetros, viajando hacia el Sur de México City, en el Estado de Morelos, el sol castiga con fuerza tierras blanquecinas y polvorientas, cansadas de producir, durante siglos, alubias y maíz. Campesinos andrajosos con ropas de arrugado algodón pasan junto a nosotros, cargados con grandes haces de leña o balanceándose a lomos de un asno. El calor salvaje se desperdicia aquí; poca humedad puede extraer de la tierra. Pero a medida que nos acercamos a una antigua hacienda próxima a una pequeña ciudad, Chalcantzingo, los campos empiezan a verdear y el paisaje revive. La gran cúpula y las dos torres de una antigua iglesia dominan un pequeño conjunto de edificios con los muros enjabelgados y tejas y ladrillos rojos. Bajo un árbol corpulento, a la entrada de la hacienda, una mujer india y su hijito tratan de hacer caer un fruto con un palo muy largo. Estamos en Montefalco, un centro del Opus Dei cuyos miembros trabajan para promocionar a los campesinos de la zona.

Montefalco era una próspera plantación de azúcar que fue arrasada e incendiada por las tropas de Emiliano Zapata durante la revolución de 1910. Los miembros nativos del Opus Dei dicen, en broma, que Zapata fue el primer cooperador mexicano del Opus Dei, pues gracias a él los propietarios les cedieron las ruinas en 1949.

Al principio, la donación fue más bien un compromiso que un beneficio. Los edificios estaban derruidos y comidos por la jungla y los campesinos que vivían allí eran miserables. Sin embargo, tras años de duro trabajo de muchos voluntarios, Montefalco se ha convertido en un lugar hermoso, exhuberante, lleno de contrastes de colores y matices, viejo y nuevo. La Plaza Mayor, del tamaño de un campo de fútbol, está flanqueada por dos casas de retiros, la vieja iglesia, un albergue o posada y dos escuelas.

El segundo desafío de Montefalco, elevar el nivel de vida de los campesinos, era tan urgente como la reconstrucción de los edificios. Cuanto Montefalco era una plantación de azúcar, una serie de canales traían el agua desde las cumbres nevadas del volcán Popocatépelt. Pero una ciudad situada más arriba necesitaba agua, así que dejó de llegar al valle de Amilpas. ¿Por qué la gente de Amilpas no trató de evitarlo? “Lo intentamos -me explicó un campesino-. Nos quejamos, y entonces nos dijeron que nos darían agua, sí pero a balazos…” La ciudad era grande y tenía muchos hombres capaces de disparar, así que los campesinos de Montefalco se quedaron tan sólo con el agua que caía del cielo en la estación de las lluvias.

El valle de Amilpas se convirtió en una de las zonas de México con más cuatreros. Durante los ocho largos meses de la estación seca, los hombres pasaban el tiempo bebiendo y montando toros. Las riñas familiares eran frecuentes.

Pero las gentes del valle de Amilpas tenían también un lado bueno: la fe profunda que ayudaba a muchos a sobrevivir en medio de la pobreza. Uno de los sacerdotes de Montefalco, don José Adolfo Martínez, me contó un incidente ocurrido a raíz de su llegada, en 1960. Los aldeanos habían ido a pedirle que organizase una procesión para pedir que lloviera. Llevaban con ellos una enorme imagen de Cristo crucificado a la que llamaban “la cruz de la señora anciana”. Don José Adolfo aceptó de mala gana, pero advirtió a los aldeanos que si Dios había dispuesto que no lloviera, no llovería. “No, padre -replicaron los indios-. Si salimos en procesión, lloverá.”

El sacerdote me confesó que se había sentido un tanto confuso yendo en procesión por las calles resecas bajo un cielo sin nubes, delante de una banda de desharrapados, cubiertos con lienzos de plástico en previsión de la lluvia, y me contó que un escéptico que estaba sentado en la puerta de su casa se echó a reír al verlos y gritó: “¡Me beberé todo el agua que caiga!”.

“Ni que decir tiene que, en cuanto terminó la procesión, empezó a llover a cántaros. Fue algo que me estremeció,” En el camino de vuelta, al pasar ante la casa del escéptico los fieles empezaron a gritar: ” ¡Bébetela! ¡Bébetela!”.

Cuando llegaron a Montefalco los primeros miembros del Opus Dei, los campesinos se mostraron recelosos. Algunos, sin embargo, sintieron curiosidad al ver lo que estaban cultivando y unos pocos aceptaron la invitación a estudiar técnicas agrícolas. Así surgió El Peñón, con sólo cinco alumnos. Hoy es una escuela que pone un especial empeño en enseñar agricultura moderna. En ella se enseñan también cosas prácticas, como el uso adecuado de fertilizantes o el aprovechamiento de la lluvia, sin olvidar cosas tan elementales como el estampar la propia firma.

Antes, los campesinos sólo cultivaban maíz y judías (frijoles). Ahora cultivan tomates, cebollas, zanahorias, etcétera. En el Peñón les han enseñado a hacerlo, y también a criar cerdos y pollos. Incluso tienen una cooperativa para intercambiar sus productos.

Un campesino que vive cerca de Montefalco, Juan García, solía recoger una magra cosecha anual de frijoles y maíz. En 1969, después de que su hijo estudiara en El Peñón, inició una granja con 3.000 pollos al año. Ahora son 500.000. Juan, embutido en un mono nuevo y limpio, me enseña las instalaciones. “Gracias a esto -me dice- hemos podido comprar un tractor e instalar agua corriente y tener cuarto de baño.”

En cuatro años (1961-1965), cuarenta estudiantes pasaron por El Peñón. En 1965, se inició un ciclo de tres años, al final del cual se concede un diploma. En 1971 comenzó la escuela secundaria. Ese mismo año, el gobernador del Estado de Morelos visitó Montefalco y quedó tan gratamente impresionado que concedió ayuda oficial para iniciar un curso de cría de ganado. Actualmente, el Peñón es una de las escuelas punta de México, que combina la enseñanza práctica y viva con grandes programas educativos en la televisión.

En 1959 se inició también una escuela femenina con clases de economía doméstica, gracias a la cual las campesinas han aprendido corte y confección, cocina, plancha, higiene y dietética. Un grupo de antiguas alumnas ha establecido un taller de confección que suministra ropa al por menor a México City. Un campesino, Miguel Angel Senedo, casado y con tres hijos, terminó en 1974 sus estudios en El Peñón. Con su padre y un hermano, ha empezado a criar ganado -cerdos y pollos-, cultiva guisantes y tomates y ha sustituido su buey y su asno por un tractor. Charlamos a la sombra de un moderno barracón. Cerca de unas aventadoras colgadas de la pared y de un aparato de radio que transmite música pop, hay un cuadro del Sagrado Corazón. Miguel me dijo que ahora todo iba bien, pero que hacía unos años había tenido problemas con su familia. Su padre, que bebía muchísimo, había caído enfermo. La familia estaba dividida. No se hablaban. Pero las cosas empezaron a cambiar cuando Miguel empezó a poner en práctica lo que había aprendido en El Peñón sobre la cría de pollos y de cerdos y la mejora de los cultivos. Empezaron a trabajar juntos y su padre también empezó a beber menos, hasta dejar la bebida.

“En el Peñón aprendí también cosas espirituales -me dice Miguel-. Y trato de ponerlas en práctica. Cuando trabajo, le digo a Dios que lo hago por Él. Por ejemplo, cuando siembro. Ahora acabo de recibir un lote de pollitos para engordar y ofrezco a Dios el trabajo que me van a dar, y le pido que lo haga bien. A veces mi pensamiento se aleja de Él, me distraigo a lo largo del día, sobre todo cuando estoy muy absorbido o muy cansado. Otras veces tengo pereza, y me digo: “En adelante no pienso trabajar tanto. Me lo tomaré con calma”. Pero entonces surge un problema y uno reacciona y dice: “No me olvides”.

Hay días en que vuelvo a casa tan cansado que no tengo ganas de hablar con nadie. Pero al día siguiente le pido a Dios que me ayude y procuro empezar de nuevo. En Montefalco hablan de esforzarse para hacer la vida agradable a los demás, y eso es lo que trato de hacer.”

Marcos Torres, miembro del Opus Dei, es un campesino que cultiva sus tierras y cría pollos en Jonacatepec. Caía la tarde y tenía abierta la puerta de su casa. Mientras hablaba, los chiquillos jugaban fuera, en la calle, esquivando los tractores que volvían del campo. Me dijo que en el Opus Dei le han enseñado que hacer apostolado significa ser amigo de los amigos. Hay que empezar desde el principio, no con los que ya van a Misa los domingos, sino con los que cobran el sábado y se van a la cantina y se gastan el salario en tequila. “Algunos amigos míos hacían eso. Cuando se lo gastaban todo, perdían la vergüenza y pedían más a cualquiera. Incluso iban a una granja ajena, de noche, y lo cogían. Sabían que hacían mal, pero lo hacían a pesar de todo.”

Marcos me contó que había tenido un amigo con ese problema y también con un problema de mujeres. Era católico, pero no practicaba. Su padre le había aficionado a las peleas de gallos, a montar toros y a ir a la cantina. “Tenía dos hijos ilegítimos -me dijo Marcos-, pero seguía siendo un hombre bueno, responsable en su trabajo. Yo creo que gracias a eso empezó a enderezar su vida. Le gustaba hablar de sus problemas. Yo solía ir a los toros con él y luego a tomar unas copas, pero procuraba no pasarme. Sabía que yo llevaba una vida limpia y que no tenía ninguna amante. Al cabo de un rato solía decirme que no se explicaba cómo era capaz de beber sin emborracharme. Yo le contestaba que no era tan difícil, que lo intentase. Como quiere mucho a sus hijas y quiere que sean buenas, una vez le dije que, viviendo como vivía, no podría darles ejemplo de vida. No le sermoneé; se lo dije tranquilo, con calma y se lo repetí muchas veces. El caso es que ha dejado de beber y ha renunciado a las mujeres. Está más cerca de su mujer y algunas veces va a Misa.”

Margarita Barranco vive cerca de Montefalco, en Chalcantzingo. Su casa no tiene más que una sola pieza, dividida en dos por una cortina, un cuarto de aseo de bambú y un rincón para hacer tortillas. Se quedó viuda a los pocos años de casarse, cuando acribillaron a balazos a su marido, junto a una iglesia de piedra que hay enfrente de su casa, al confundirle con otro individuo. Margarita, sola, tuvo que enfrentarse a la tarea de sacar adelante a sus cuatro hijos -tres chicas y un chico-, todos menores de seis años. Para ello cría cerdos y pollos, confecciona ropa, vende tortillas y trabaja a tiempo parcial en Montefalco, donde, según dice, le enseñaron a cultivar legumbres, cuidar las vacas y educar a los hijos.’

“Procuré enseñar a los chicos las cosas importantes, como ir a Misa, viviéndolas yo misma. Y cómo organizarse, y cómo tratar a la gente. Les enseñé lo que me decían en Montefalco: a estar contentos aunque se tengan problemas, y a ayudar a vivir a los que no tienen dinero. Cuando me despierto, ofrezco el día a Dios, y a lo largo de la jornada le vuelvo a ofrecer lo que me cuesta, y lo que algunas personas creen que no tiene importancia, como colocar las cosas en su sitio.”

Tras la muerte de su marido, algunos parientes de éste reunieron una gran suma para contratar a un pistolero que matara a los asesinos, algo que es corriente en el valle de Amilpas. Cuando Margarita se enteró, fue a suplicarles que no se vengaran. Ellos le dijeron que ya habían entregado el dinero al pistolero. “Pues entonces -replicó ella- dadlo por perdido.”

Quien me lo contó, me dijo que Margarita es muy tímida, pero que en aquella ocasión se mantuvo firme.

Bernardo Heredia llevaba años yendo por Montefalco. En comparación con los demás campesinos de la zona era un granjero acomodado, pues tenía veinte peones, pero pensaba que no era lo suficientemente rico como para ser del Opus Dei, pues un amigo le había dicho que la Obra sólo era para gente muy rica y muy culta. “Pero mi mujer empezó a asistir a las charlas que daban los sacerdotes del Opus Dei, y yo también, y entonces comprendí que estaba equivocado, que era para gente corriente. Era un ambiente serio, organizado, que invitaba a reflexionar. Creo que Dios no se equivoca nunca y me convencí de que había escogido al Fundador, Monseñor Escrivá, para que abriese este camino de santificación de las vidas de la gente corriente. La gente es como la tierra, llena de piedras y de peñas, y es difícil plantar nada en ella. Pero cuando se la limpia y se la abona, se hace fértil. Para mí, el Opus Dei ha sido quien me ha limpiado de piedras.”

Bernardo me dijo que una de las cosas que ha aprendido en el Opus Dei ha sido a no ser “católico de días de fiesta. He aprendido lo que es la unidad de vida, .que no tienes que hacer cosas raras para ser santo, que tus obligaciones. religiosas no se limitan a ir a Misa los domingos”. Antes, aunque iba a Misa, despreciaba a sus peones. “El Opus Dei me ha ayudado a darme cuenta de lo equivocado que estaba y me ha enseñado a tratarles mejor, con espíritu de servicio. Ahora los comprendo. Son como de la familia. Nos sentimos a gusto juntos.”

Bernardo mencionó un incidente en el que uno de sus mejores toros -premiado- resultó muerto. La venta de su carne le hubiese reportado buenos beneficios, pero renunció a venderla tras considerar que sus peones necesitaban más aquella carne que él el dinero. Me lo contó sin vanidad ninguna. Dijo simplemente que estaba agradecido a Dios por ayudarle a ver claro lo que antes no era capaz de ver.

Los indios mexicanos han ocupado siempre un lugar especial en el corazón de la Iglesia. Muchos creen que ésa fue la razón de que la Virgen Santísima se apareciese al indio Juan Diego en Guadalupe, en el siglo XVI. Por entonces, los indios estaban recelosos y suspicaces con los traficantes que invadían sus tierras, por lo que los esfuerzos de los misioneros para convertirlos al cristianismo daban pocos resultados. Cuando la Virgen se apareció al pobre Juan Diego, dejó impresa su imagen en su tilma o delantal. La aparición se vio acompañada por una serie de símbolos que contenían un claro mensaje para los indios, de tal forma que en unos pocos meses se convirtieron millones de ellos. Entre las cuestiones inexplicables de la imagen de Guadalupe está la longevidad del tejido en que se halla impresa, que ha permanecido intacto a lo largo de los siglos, mucho más allá de su duración normal. La imagen, venerada por los católicos en el mundo entero, hace decir con orgullo a los indios: “Dios no ha hecho una cosa así por ningún otro pueblo”.

La Iglesia ha llevado a cabo una amplia labor social con los pobres de México a lo largo de los siglos. Durante años -especialmente mediante la labor de sacerdotes y religiosos- se ha esforzado en fomentar la causa de la justicia social entre ellos. Los miembros del Opus Dei consideran que lo que hacen forma parte de esa larga tradición de la Iglesia.

Una labor social de ese signo es la que están realizando en las montañas que hay al oeste de la ciudad de México, más allá de Toluca, en una hacienda llamada Toshi, donada a los miembros del. Opus Dei por una, antigua familia mexicana. Aunque no estaba en ruinas, como Montefalco, hubo que adaptarla a las nuevas necesidades. Entre los servicios que ofrece a los indios de los alrededores están las lecciones de cocina y de higiene para amas de casa y un club juvenil para chicas.

Cuando la visité era domingo y acudían mujeres indias de todas partes para comprar ropa y comida. La comida era gratis y la ropa muy barata; había además médicos y enfermeras para prestar servicio a quienes lo necesitasen. Algunas mujeres, endomingadas, iban sin embargo descalzas, llevando a un niño a sus espaldas.

María Garduño, Juana Flores y Margarita Pacheco habían caminado durante cuatro horas para proveerse de leche y queso para sus hijos. Julián Carmona, un anciano de rostro áspero y arrugado, casi ciego, era conducido, a lomos de un asno, por su nieta Alicia. Su mujer, Leonor, me dijo que acudían a Toshi regularmente para aprender a leer y rezar. Esta vez quería también comprar unos pantalones a su marido.

. Pascuala Martínez de Mejía tiene 69 años, diez hijos y es miembro del Opus Dei. Me dijo que al principio -1960- venía a Toshi por leche para su último hijo. Ahora, en su casa, aplasta maíz, hace tortillas, cuida de las vacas, los corderos y el asno. A mediodía lleva la comida al campo a su marido, que cultiva trigo y maíz. “El Opus Dei me ha enseñado a ofrecer a Dios todas esas cosas, a hacerlas bien y a rezar. Para mí, todo esto era nuevo al principio. Antes de venir aquí no sabía hacer más que la señal de la cruz.

También he aprendido a hacer apostolado. En estas colinas la gente toma demasiado pulpe, a veces cuatro botellas al día o más. Se emborrachan y pelean. Riñen con la mujer, con los hijos, con los amigos. Y no lo dejan. Yo trato de convencerles para que no beban tanto y cuando me encuentro con alguno que busca pelea, hablo con él y procuro calmarlo. A veces cambian, sobre todo los que rezan. Cambian, y nadie sabe por qué.”

En uno de los barrios más pobres de Ciudad de México hay una clínica oftalmológica para pobres fundada por un médico muy amable, el doctor José Pardo, en los años veinte. Las personas que allí acuden, sufren generalmente infecciones en los ojos causadas por la polución atmosférica de la ciudad. Actualmente se atiende a unos 400 pacientes diarios, lo cual ha hecho de ella la mayor en su género de toda Iberoamérica. La clínica, en la que trabajan bastantes miembros del Opus Dei, ha llegado a un acuerdo con la Universidad Panamericana (fundada en Mexico, D. F., por miembros y amigos del Opus Dei), para así poder ampliarla y ofrecer otros servicios.

El director, el doctor Carlos Vidal, miembro del Opus Dei, me explicó que “la razón por la que trabajamos junto con la universidad es que tenemos la misma meta: ofrecer a la gente más necesitada atención médica de calidad. El acuerdo permitirá ampliar nuestros servicios. Hasta ahora sólo teníamos fondos para mantenernos”.

El doctor Vidal me dijo también que la idea de convertirla en clínica universitaria la tuvo el Prelado del Opus Dei, Monseñor Alvaro del Portillo, que acudió a la clínica para recibir tratamiento durante una, visita a México. Monseñor Del Portillo animó a toda la plantilla a establecer lazos de unión entre la clínica y la universidad. Y recordó que el Opus Dei ha contado desde sus comienzos, con las oraciones de los enfermos.

Y el doctor Vidal añadió: “Así construiremos la nueva clínica, con las oraciones de esta gente. Por eso no nos preocupa el dinero; sabemos que vendrá”.

Coral Palmer estuvo trabajando en la clínica como contable hasta que, a finales de los años setenta, se hizo asistenta social. Aconseja a los pacientes, sobre todo a los que son ciegos. Cuando están a punto de perder la vista, los enseña a seguir trabajando, y a sus parientes les explica cómo pueden ayudarlos. Coral se entiende muy bien con los ciegos, porque ella misma perdió la vista hace ya varios años.

“Les digo a los pacientes que no se rindan, que sigan luchando por vivir, por encontrar trabajo o por aprender a hacer algo, pues así se sentirán útiles y no serán una carga para su familia. Les digo también que procuren estar alegres, tener vida interior y ofrecérselo todo a Dios.”

Un paciente de 28 años, de nombre Ricardo, cayó en una profunda depresión tras quedarse ciego. Su padre lo llevó a la clínica después de que intentara suicidarse varias veces. Coral me dijo que ella le había aconsejado que fuese a la iglesia de la Santa Vera Cruz y hablase con un. sacerdote. “Al principio se negó. Dijo que Dios no existía y que era una injusticia que él estuviera ciego. Pero yo le dije que Dios no es injusto, que es misericordioso y que su ceguera no era un castigo, que si estaba ciego era porque Dios quería que eso le sirviese para salvarse, no sólo él, sino también su familia. Ahora pertenece a la asociación de invidentes y está aprendiendo braille y toca la guitarra. Va con frecuencia a la Santa Vera Cruz y está mucho más contento.”

Coral dice que si Dios le diese la oportunidad de recobrar la vista, le diría que prefería continuar así. “La ceguera me ha proporcionado una nueva dimensión, ha dado un nuevo significado a mi vida. Así puedo ayudar a más gente. Hay muchas personas cuyas vidas son más duras que la mía. Hay una mujer que viene por aquí, tan pobre que apenas tiene que llevarse a la boca, ni dinero para pagar la visita. Se llama Clarita y tiene un glaucoma muy doloroso. Sufre mucho. Sólo ve un poco con un ojo, pero a pesar de todo dice que siente que Dios le favorece tanto que tiene que ir a Misa todos los días para darle gracias. Me dicen que va vestida con una falda muy gastada, y que siempre sonríe. Cada vez que viene a ver al médico me trae un regalo, caramelos o una rosa. Es feliz porque está muy cerca de Dios.”

Aunque en este capítulo sólo se habla de la labor que desarrolla el Opus Dei con gente humilde su actividad en México es mucho más amplia. Como en todos los países que he visitado, se relaciona con personas de toda clase y condición, pero al igual que sucede con la Iglesia en su conjunto, ejerce una opción preferencial por los pobres.

Cada uno a su manera

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

María, los ángeles y el resto de la doctrina católica de siempre: la misma que acaba de volver a confirmar el catecismo universal.

Eso es lo que el Opus Dei transmite fielmente a los suyos. Como señalan los estatutos de la Prelatura: «la formación que se imparte a los miembros está en plena conformidad con el Magisterio de la Iglesia».

En lo que de veras importa, por tratarse de fide, no cabe el empleo del «a mi juicio», tan frecuente en los que pretenden dogmatizar sus propias opiniones, sino del «a nuestro juicio» del Credo, garantizado por el Papa y por el colegio de los obispos, en continuidad con la Tradición. Y con palabras rotundas se precisa: «El Opus Dei no tiene una doctrina propia ni constituye escuelas propias de pensamiento en cuestiones filosóficas, teológicas o canónicas dejadas por la Iglesia a la libre discusión».

A lo largo de los siglos, muchas Ordenes religiosas dieron vida de modo legítimo, porque actuaron siempre dentro de la Iglesia- a puntos de vista y enfásis propios, a «escuelas» en la reflexión teológica: las «escuelas» dominica, franciscana, jesuítica, redentorista, carmelita, benedictina, barnabita y muchas otras.

No sucede lo mismo en el Opus Dei, cuya característica específica no es la originalidad sino la normalidad, también a la hora de formar a sus miembros. No buscan la novedad sino la fidelidad al Magisterio en lo que es definitivo, en lo que ha sido declarado explícitamente que hay que creer, si se quiere ser católico. Me refiero, naturalmente, a la Institución como tal; cada uno de los miembros en particular es totalmente libre para realizar cualquier tipo de investigación, incluida la teológica, pero sin atribuir a la Obra su actuación personal.

Se advierte aquí un claro designio de universalidad. No quieren agrupar a un montón de excéntricos, aunque fueran todos ellos geniales. No persiguen formar un grupo más, sino crear una «agencia católica» que ofrece formación a todos los bautizados, para que conozcan y vivan seriamente no una espiritualidad particular, sino nada más y nada menos que el catolicismo «normal». The main stream (la corriente principal, de centro) del catolicismo.

Nos topamos de nuevo con «lo raro de no ser raro»; el intento de no sacar a nadie de su sitio, sino de pedirle que viva el evangelio con radicalidad allí donde está, sin ponerse en la solapa el distintivo de esta o de aquella «escuela» teológico-espiritual: «simplemente católicos, sin adjetivos».

Junto a la fidelidad doctrinal, y en sintonía con esta universalidad, otro rasgo del Opus Dei es la plena libertad para todos sus miembros en todo lo opinable, en lo que la Iglesia ha dejado a la autónoma discusión de los fieles.

Libertad en las cuestiones teológicas, aunque siempre dentro de las coordenadas dogmáticas; pero quien las conoce de veras sabe que los márgenes no son estrechos. Lo que es «obligatorio» creer para llamarse católico y, por tanto, para estar en plena comunión con el Magisterio, es menos de lo que habitualmente se piensa.

Y libertad más plena aún en los asuntos sociales, políticos, económicos. Algo hemos anticipado en el capítulo dedicado a trazar el perfil del sacerdote según Escrivá. Con palabras suyas, que resumen su pensamiento: «No olvidéis que en los asuntos temporales no hay dogmas.

Nos hallamos en un punto neurálgico de nuestra investigación. Uno de esos puntos donde da toda la impresión de que la teoría y la praxis de la Obra desmienten rotundamente la «leyenda negra», que describe a la Obra como un ejército compacto que mueve a sus falanges de templarios -obedientes perinde ad cadavera- en defensa de intereses políticos («reaccionarios», naturalmente) y de tenebrosas «tramas financieras», que persiguen volver a meter a la humanidad bajo una capa religiosa, a mitad de camino entre la hipocresía y el fanatismo.

Lo sé, lo sé: no se me escapa que puedo aparecer como un ingenuo que ha sido engañado, o como un superficial que no ha sido capaz de ir más allá de las apariencias; o, peor aún, que me influye un prejuicio positivo, quizá debido a un empeño apologético.

Lo siento de veras, pero ¿qué puedo hacer? Lo que se desprende de las intenciones repetidas infinitas veces por el Fundador y por sus sucesores, de las disposiciones de sus estatutos y demás normas, y de la misma lógica interna que preside la institución, difiere sorprendentemente del mito consolidado.

Cierto que la Obra está muy unida; más aún, es compacta y homogénea. Pero sólo en lo que se refiere a sus fines religiosos y espirituales: la santificación del, en y a través del trabajo, y el apostolado en el propio ambiente, que son los únicos fines que se propone. En cambio, es intencionadamente pluralista al máximo, en todo lo demás. «Amando y respetando», dicen, «la variedad de todo lo humano, empezando por la Iglesia».

Creo que en esto pensaba Escrivá cuando definió a la Obra como «una organización desorganizada»: bien estructurada para sus objetivos religiosos; y carente de organización «para lo que no le corresponde». De ese modo, sus miembros «forman un mosaico variado y multicolor de todo tipo de actividades, infinitas como las posibilidades de la vida, de los caracteres, de los trabajos, de las trayectorias personales, de las culturas».

Si creen que pueden descubrir otras cosas, inténtenlo ustedes. Por mi parte, por lo que he podido entender, observar y experimentar personalmente, no me han parecido palabras huecas las que repiten continuamente: «una de las características del Opus Dei en la que el Fundador insistió más es el valor de la libertad y de la responsabilidad personales».

Por otro lado, semejante planteamiento es lógico y comprensible, ya que se desprende de la intención de crear y mantener esa «mentalidad laical» que no es compatible con imposiciones en materias dejadas a la autónoma y libre iniciativa de cada uno.

Es una perspectiva de libertad y de autonomía de elección que deriva también del hecho (que he recordado varias veces) de que la «vocación» que se requiere para pertenecer a la Obra se percibe como una iniciativa divina; y, por consiguiente, quien solicita entrar lo hace sólo con fines exclusivamente religiosos, espirituales. Si quien ingresara en el Opus Dei descubriera una realidad distinta -como si se pretendiera de él que fuera cómplice de oscuras maniobras político-financieras en beneficio de alguien-, ¿cómo se explicaría que sean tan pocos los que salen, los que abandonan? Es una pregunta que merece la pena meditar.

Hemos señalado más arriba que se puede desconfiar de una «cúpula», pero no de decenas de miles de hombres y mujeres de todo el mundo. Sería poco generoso, por no decir innoble, poner en tela de juicio, de entrada, de la buena voluntad y de la buena fe de todas esas personas.

¿O quizá se prefiere pensar que nos hallamos ante un complot masivo, en el que todos están implicados? ¿Es acaso posible que todos, cada uno a su nivel, se beneficien personalmente de esa especie de cordada para ayudarse unos a otros? Escrivá repitió siempre a quien quería entrar en la Obra: «El Opus Dei es una obra apostólica; le interesan sólo las almas. Nuestro espíritu no nos permite actuar como una sociedad de socorro mutuo».

Los seguidores de Escrivá explican que «es impensable querer aprovecharse de la pertenencia a la Prelatura para fines personales, para ventajas profesionales, para obtener apoyos y recomendaciones, para ascender en la escala social o para imponer a los demás las opiniones personales». Y como prueba de la verdad de sus afirmaciones, recuerdan que el fundador recomendó a los miembros que -por desempeñar funciones directivas en empresas privadas o en entes públicos- estaban en condiciones de «ayudar» a otros, que evitasen todo tipo de «favoritismo» con gente de la Obra. Por citar las palabras textuales de Escrivá: «Es evidente que el favoritismo es contrario no sólo a la búsqueda de la santidad cristiana -que es la única razón por la que estáis en el Opus Dei-, sino también a las más elementales exigencias de la moral evangélica».

En la misma línea se encuentran las decididas y repetidas exhortaciones a no practicar esa «doble moral» -de la que fueron teóricos y maestros insuperables los comunistassegún la cual todo es bueno si sirve a la «causa», al partido, comenzando por la práctica de favorecer siempre y en todo lugar a los «camaradas». Mis interlocutores de la Obra juran que si un miembro del Opus Dei se comportase de ese modo recibiría una severa reprimenda y sería exhortado a arrepentirse y a prometer que abandonaría tales costumbres.

¿Serán sólo palabras? Para dilucidarlo, será preciso no olvidar el carácter popular que la Obra tiene en muchos países, donde la inmensa mayoría de miembros son amas de casa, obreros, campesinos, empleados y otras personas de condición modesta. Es decir, sectores sociales que difícilmente buscarían una especie de «masonería católica» para «ascender» en la escala social, ayudándose unos a otros.

¿Qué objetivos de prestigio y de poder podrían ambicionar los muchos millares de amas de casa, de madres dé familia, que atienden con sacrificio a sus padres enfermos o ancianos, y que pertenecen a la Prelatura -con un compromiso total para toda la vida- como agregadas o supernumerarias? Me refiero deliberadamente a las mujeres porque, aunque también ellas tienen tentaciones (las consecuencias del pecado original no hacen distinción de sexo: no sólo Adán, sino también Eva…), para las mujeres la tentación del tener, del poder, de «hacer carrera» prestigiosa a cualquier precio es menos agresiva que en sus hermanos varones. En cambio, entre las mujeres es más pronunciado el rechazo de la hipocresía, de las mezclas de lo sagrado con lo profano, de las edificantes manifestaciones de virtud que esconden turbios asuntos de política y de negocios. Probablemente, por esto, la masonería ha rechazado siempre aceptar a mujeres en sus logias.

Hay unas cuarenta mil mujeres en el Opus Dei, de todo el mundo y de cualquier extracción social, desde las más humildes a las más elevadas: ¿una masa de cómplices o, al menos, de engañadas?

No es casual tampoco que la Obra «reclute» entre todo tipo de gentes: también entre los que ninguna masonería aceptaría, porque no está en condiciones de proporcionar apoyos socioeconómicos ni de beneficiarse de los beneficios «fraternos». Y recluta también entre los que no encontrarían puesto en ningún service club, donde se entra sólo si se pertenece a cierta clase social.

Citemos a este propósito unas palabras de Escrivá: «Es imposible que nadie piense en aprovecharse del hecho de pertenecer al Opus Dei para obtener ventajas personales, o para intentar imponer a los demás opciones políticas o culturales: porque los demás no lo tolerarían, y le llevarían a cambiar de actitud o a dejar la Obra. Es este un punto en el que nadie en el Opus Dei podría permitir jamás la menor desviación, porque debe defender no sólo su libertad personal, sino la naturaleza sobrenatural de la labor a la que se ha entregado». Y concluía el beato: «Pienso, por eso, que la libertad y la responsabilidad personales son la mejor garantía de la finalidad sobrenatural de la Obra de Dios».

Recuerden también que, cuando hablamos de los compromisos que se piden a esta militancia, señalamos una duda razonable: para quien sólo pretendiera hacer carrera o negocios, sería mucho más cómodo dirigirse a otras instituciones. Así se explican otras palabras de Escrivá: «Quien, movido por una vocación, llama a nuestra puerta, sepa que la Obra pide mucho (desprendimiento, sacrificio y trabajar sin descanso en beneficio de las almas) y no da nada en el plano de los intereses temporales».

Y entonces, ¿cómo se explican los curricula prestigiosos, los puestos influyentes ocupados por miembros de la Obra? Si se lo preguntan, los de la Obra -a pesar de su educación en un autocontrol riguroso- disimulan con dificultad el aburrimiento de tener que repetir cosas mil veces explicadas y que, para ellos, son evidentes. Aclaran que entre los miembros hay algún nombre conocido (aunque no tantos como se suele repetir), pero que esos pocos VIPS no deben hacer olvidar la muchedumbre de rostros anónimos, la «gente corriente» que compone la inmensa mayoría de los miembros.

También recordarán que el éxito en el trabajo no es sino consecuencia natural de tomarse en serio la parábola evangélica de los talentos: hacer fructificar todo lo que se pueda los dones recibidos por Dios y las ocasiones que presenta la Providencia, porque habrá que dar estrecha cuenta de ellas. Actuando así, no sólo se da gloria a Dios y se consigue hacer el bien con la remuneración de una actividad bien realizada: el «hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias», según la consigna del fundador, es el principal intrumento de apostolado a través del trabajo.

Camino, punto 372: «Si tienes un puesto oficial, tienes también unos derechos, que nacen del ejercicio de ese cargo, y unos deberes. -Te apartas de tu camino de apóstol, si, con ocasión -o con excusa- de una obra de celo, dejas incumplidos los deberes del cargo. Porque me perderás el prestigio profesional, que es precisamente tu “anzuelo de pescador de hombres”».

Y lean también este otro texto (Surco, 781): «Cuando tu voluntad flaquee ante el trabajo habitual, recuerda una vez más aquella consideración: “el estudio, el trabajo, es parte esencial de mi camino. El descrédito profesional -consecuencia de la pereza- anularía o haría imposible mi labor de cristiano. Necesito -así lo quiere Dios- el ascendiente del prestigio perofesional, para atraer y ayudar a los demás”. -No lo dudes: si abandonas tu tarea, ¡te apartas -y apartas a otros- de los planes divinos!».

Y sobre el trabajo, concluye Forja (punto 980): «Con tu doctrina de cristiano, con tu vida íntegra y con tu trabajo bien hecho, tienes que dar buen ejemplo, en el ejercicio de tu profesión, y en el cumplimiento de los deberes de tu cargo, a los que te rodean: tus parientes, tus amigos, tus compañeros, tus vecinos, tus alumnos… -No puedes ser un chapucero».

Está claro que, con este tipo de espuelas espirituales, los resultados no pueden faltar. De aquí surge la aureola de «primeros de la clase» que con frecuencia rodea a los miembros, que es el «anzuelo» que usan.

Aunque para algunos, su éxito profesional no es algo atractivo, sino que se transforma a veces en causa de rencores: «Si ese triunfa y yo no, no es porque trabaja más y mejor, sino porque está apoyado por un lobby, y sus “hermanos” de la Obra le ayudan». No olvidemos que cierta mentalidad actual intenta ennoblecer tras palabras solemnes como «justicia» e «igualdad» aquella envidia que tienta a todo hombre, que la tradición cristiana exhorta a combatir y que en cambio es azuzada por ciertas ideologías «sindicales», inspiradas en visiones del hombre y del mundo demasiado conocidas y que se resisten a desaparecer, a pesar de su derrumbamiento histórico. No se debe descartar, por tanto, que parte de la hostilidad hacia los del Opus Dei hunda sus raíces en estas zonas oscuras del espíritu humano, instrumentalizadas por los demagogos o, más modestamente, por envidiosos frustrados.

Quien confía a la Obra su formación espiritual -advierten inmediatamente y con insistencia- no debe olvidar nunca que, como recuerda Surco en el punto 125, «No todos pueden llegar a ser ricos, sabios, famosos… En cambio, todos -sí, “todos”- estamos llamados a ser santos». Y esto porque -en palabras de Escrivá- «todas las profesiones tienen el mismo valor, si se hacen lo mejor posible, ya que, en definitiva, su importancia depende del amor de Dios que ponga el que lo realice». Y suelen citar su réplica a un alto eclesiástico, que le felicitaba porque uno de la Obra había sido nombrado ministro: «¿Qué me importa a mí que sea ministro o barrendero? Lo que me importa es que se santifique en su trabajo».

Ese objetivo «religioso» no se podrá alcanzar si, como advierte uno de los primeros puntos de Camino (el 32), quien se ha alistado en la escuela de Escrivá viese en los demás «el escabel para alcanzar altura». En ese caso, «no serás caudillo», al menos en un planteamiento cristiano. Una vez más, el fin no justifica los medios, y una carrera ascendente hecha sobre las espaldas del prójimo es causa de perdición, no de salvación.

A este propósito, pienso que vale la pena citar las palabras de Giuseppe Romano, un ensayista miembro de la Obra: «el hecho de que el trabajo pueda y deba llevar a Dios no significa en modo alguno que se deba caer en una ética del éxito. Es el servicio, no el triunfo, lo que mueve la acción de los cristianos en medio del mundo: no la afirmación de uno mismo, sino la afirmación de Dios. El trabajo debe realizarse bien porque no se puede ofrecer a Dios una tarea mal hecha; Dios merece lo mejor. Ha de realizarse bien además porque así se mejora la vida de todos, se rinde un servicio a los demás y no se hace inútil la propia presencia en el mundo. Por último, ha de realizarse bien para que destaquen ante todos las cualidades del creyente, colaborador de Dios en la creación y en la re-creación de Dios».

Continúa Romano: «Todo esto lleva a conclusiones diametralmente opuestas a los principios de la ética “calvinista”. Y la más significativa es esta: no existen tareas importantes y tareas insignificantes; la dignidad de un trabajo no depende de su relevancia externa. Es más importante la ocupación que se realiza con más amor de Dios; el más humilde de los cometidos puede resultar más influyente, para el bien del mundo, que el cargo más insigne. Cada uno de los miembros del Opus Dei se esfuerza por trabajar lo mejor que puede, de acuerdo con sus dotes, porque ama a Dios y ama al mundo de Dios. Es lógico que con frecuencia tenga como consecuencia que “asciendan” en la profesión, como sucede a tantos otros buenos trabajadores. Este “ascender” traerá consigo que brillen virtudes humanamente atractivas y amables, de lo que Cristo se servirá para atraer a otros hombres».

Volvamos ahora al hilo de nuestra argumentación sobre la libertad de la que gozan los miembros de la Obra. Escribe Le Tourneau: «El amor a la libertad está íntimamente conectado con la mentalidad secular propia del Opus Dei, la cual hace que, en todas las cuestiones profesionales, sociales, políticas, etc., cada miembro actúe libremente en el mundo, con arreglo a lo que le dicte su conciencia, rectamente formada, y asumiendo plenamente las consecuencias de sus actos y de sus decisiones».

En 1982, el Opus Dei fue erigido como Prelatura. Pasó entonces a depender de la Congregación vaticana para los obispos al tiempo que dejaba -con alivio- la de los religiosos. En esas circunstancias, la Iglesia dictaminó (o mejor dicho, puso de manifiesto, después de haber examinado la teoría y la vida de la institución a lo largo de más de medio siglo): «Por lo que se refiere a sus opciones en materia profesional, social, política, etc., los fieles laicos que pertenecen a la Prelatura -dentro de los límites de la fe y de la moral católicas y de la disciplina de la Iglesia- gozan de la misma libertad que los demás católicos, conciudadanos suyos; por tanto, la Prelatura no hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas, económicas, etc., de ninguno de sus miembros».

Vuelve a la mente la imagen del «distribuidor de gasolina», de la «agencia de servicios espirituales». Aunque no todos queden convencidos, es obligado al menos esforzarse por entender. Y quizá ahora se entiendan mejor las continuas precisiones que salen de la Oficina de información de la Prelatura: «No podéis atribuir al Opus Dei lo que corresponde a la esfera de libertad y de autonomía de los miembros. Buscan y encuentran en nosotros los medios para alimentar su vida religiosa; para todo lo demás, hacen lo que les indica no la Obra, sino su conciencia y su profesionalidad».

A este respecto, dicen los textos oficiales: «La libertad de los miembros del Opus Dei se ejercita sobre todo en el trabajo profesional, comenzando por la elección de la profesión y de los medios necesarios para desempeñarlo del mejor modo. Después, darán cuenta de su actuación sólo a los dirigentes de su empresa, a los accionistas de su sociedad, a los organismos oficiales para los que trabajan, etc. Nunca -se dice nunca- darán cuenta a los directores de la Obra».

Y precisan los mismos documentos: «Si la Obra no tiene opinión al respecto, está claro por otra parte que tampoco puede servirse del trabajo profesional de sus miembros para lograr privilegios y ventajas: esto equivaldría a renegar del carácter exclusivamente espiritual de la Institución».

En materia económica, destacan siempre algunas preguntas, de las que interesa -a mí también, lo confiesoconocer la respuesta. ¿Qué hacen los miembros con su dinero? ¿Pueden gastarlo como les dé la gana? ¿O deben entregarlo todo a la organización? ¿Pueden quedarse con una parte? ¿Con cuánto?

Escuchemos qué dice la institución: «En primer lugar: no existen cuotas. El clima de libertad y de confianza en la conciencia personal debe regir también la solidaridad económica entre los miembros y la Institución. En segundo lugar: los miembros no se distinguen por lo que entregan. No existen miembros de honor. Las diferentes circunstancias en las que se vive una única vocación influyen también en lo que los miembros aportan económicamente a la Obra».

Haré un resumen de lo que disponen normas y costumbres según las «distintas circunstancias», como ellos dicen.

Comencemos por los numerarios. Por ser célibes, «tienen como auténtica familia la Obra». Por consiguiente, lo que ganan con su trabajo profesional -y todos, recordémoslo, son titulados superiores y tienen un trabajo remunerado- «lo emplean para su sostenimiento y para el de las actividades apostólicas».

Tengan presente que el Opus Dei, a diferencia de muchas órdenes religiosas, no vive de limosnas: cada uno se mantiene con su propio trabajo. De todos modos, se requiere un fondo común para las «obras corporativas» (todas deficitarias por principio) y para los gastos de organización, aunque estén reducidos al mínimo. Me da la impresión de que tienen un terror vivísimo a la burocratización, un peligro del que ni siquiera la Iglesia posconciliar ha conseguido escapar (la multiplicación de oficinas, secretariados, dicasterios, comisiones, ventanillas con su correspondiente funcionario, etc., pareció a muchos clericales «modernos» algo de lo más «progresista», quién sabe por qué…).

De los sueldos o rentas profesionales que entregan en el Centro en el que viven, numerarios y numerarias disponen de lo que necesitan para los gastos ordinarios. Para los extraordinarios -como la adquisición de una prenda de vestir o de otros objetos personales- solicitan la suma correspondiente al director, y su criterio es (según las palabras del Fundador) «el de un padre o madre de familia numerosa y pobre». Y añade nuestra fuente: «No corresponden a la Obra los bienes patrimoniales de los numerarios y agregados (y menos aún los de los supernumerarios, por razones obvias), que conservan la propiedad de su patrimonio y disponen de él como estiman conveniente».

En efecto, aseguran que la Institución «fue organizada por el fundador de tal modo que la Obra en cuanto tal, en el ordenamiento canónico y en el civil, dispusiera del menor número posible de bienes».

Más aún, en Roma la Prelatura es propietaria sólo del complejo de edificios «centrales» de viale Bruno Buozzi. Las demás propiedades inmobiliarias son mucho menos numerosas que las de órdenes y congregaciones religiosas. Y esto porque los frailes y las monjas viven por definición en comunidad, y necesitan edificios grandes, que con frecuencia están muy bien situados. En cambio, la inmensa mayoría de los miembros del Opus Dei sigue viviendo donde antes, en sus casas.

Tampoco las instalaciones de las «obras apostólicas» cuya dirección espiritual ha sido confiada a la Prelatura (por ejemplo, el Centro ELIS en Roma o el campus universitario de Pamplona) pertenecen a la Obra, sino a organizaciones civiles que se responsabilizan de su construcción y de su gestión.

No cabe duda de que un sistema como éste generó y genera muchas suspicacias. Se le puede dar, en efecto, dos lecturas antitéticas.

Una «en negativo» dirá que estamos ante el típico sistema de «sociedades fantasma» financieras, para ocultar al verdadero propietario a través de una red de testaferros: algo parecido a esas cajas chinas que, cuando se abren, muestran otra igual pero más pequeña.

Pero también cabe una lectura «en positivo»: la que, obviamente, da la Obra: una estructura de «agencia de formación espiritual» que fomenta en sus seguidores el sentido de autonomía y de responsabilidad civil. Estos, aunque impulsados por los fines religiosos que les han llevado al Opus Dei, y que la Institución no hace sino reforzar, actúan como comunes ciudadanos y «ejercitan sus derechos, como harían si no fuesen miembros de la Obra».

Por consiguiente, las «obras de la Obra» (incluido también el dinero para los gastos de gestión y, como es lógico, los necesarios bienes muebles e inmuebles) «son en realidad de iniciativa privada y no pueden considerarse en nungún caso, ni remotamente, actividades oficial u oficiosamente “católicas”. Estas obras corporativas se realizan y son dirigidas con métodos y mentalidad laicales: nacen y se desarrollan según las leyes civiles del país donde surgen, sin beneficiarse de ningún tipo de privilegios. Son sus dirigentes quienes responden directamente de ellas ante las autoridades civiles competentes».

Con toda razón, el Opus Dei da la vuelta a la acusación que les dirigen, según la cual el sistema de atribuir la propiedad a una red de grupos de «laicos» es un medio para evadir impuestos y eludir en general las leyes económicas y financieras. Sucede -dicen- justamente lo contrario: el rechazo a presentar las actividades como «religiosas», como «católicas», comporta la renuncia a muchos privilegios y a las considerables desgravaciones fiscales previstas en muchos países para realidades de este tipo. En cualquier caso, recuerdan que los estatutos obligan a los fieles de la Prelatura «al más grande respeto a las legítimas leyes de la sociedad civil». Si la formación que proporciona la Obra se propone crear personas totalmente disponibles a «dar a Dios lo que es de Dios», se asegura que en ningún modo se olvida la frase siguiente, «dar al César lo que es del César». Es preciso reconocer que -por encima de rumores, sospechas y acusaciones-, nunca, en ningún país, se han encontrado pruebas de que la Prelatura en cuanto tal estuviese mezclada en especulaciones económicas. Y juran que esto no sucederá nunca, por la simple razón de que no puede suceder, pues la Obra renuncia a tomar parte en cualquier cosa que no sea la formación religiosa y humana.

Sigamos trazando el marco de los asuntos económicos, y veamos ahora a los agregados. Estos, «por circunstancias de su vocación, viven en la familia en que nacieron, con algún pariente o solos, y participan en el sostenimiento de su casa. La cantidad restante de que pueden disponer la emplean para ayudar las obras apostólicas promovidas por la Obra».

No se debe pasar por alto que «con los fondos que proporcionan los numerarios y agregados se hace frente a las necesidades de los miembros incapacitados o enfermos, y también se ayuda a sus familias cuando los padres son ancianos o enfermos y no disponen de los suficientes ingresos para vivir. Con generosidad, se procura que no falte lo necesario a los que tuvieron la generosidad de aceptar la vocación de sus hijos».

Con una pizca de ironía, ese documento añade el siguiente comentario: «Cuando se habla del Opus Dei, esta ayuda no se cita casi nunca. Y nos alegra que sea así: estamos convencidos de que el bien pierde su valor cuando se divulga».

Quien sepa leer entre líneas podrá descubrir una especie de réplica a las acusaciones (ya mencionadas al hablar de las sectas y de los movimientos antisectas) de inducir a jóvenes a que abandonen sus familias y se hagan numerarios. Nada nuevo hay en esta polémica: es tan antigua como la historia de las vocaciones religiosas, en la tensión entre la libertad de los jóvenes para seguir una llamada considerada sobrenatural y el deseo (bien comprensible) de los padres de oponerse a esa libertad, incluso cuando los hijos e hijas son ya mayores de edad y tienen plena capacidad de discernimiento. Sucedió, por poner un ejemplo famoso, en la familia de Tomás de Aquino, que llegó a encerrar al futuro santo y doctor de la Iglesia durante todo un año en el castillo familiar de Frosinone. Ante casos semejantes, la Iglesia ha practicado y practica lo que ya enseñaba San Agustín: «Honorandus est pater sed oboediendum est Deo. Amandus est generator, sed praeponendus est Creator». Curiosamente, la aplicación de este principio tradicional e indiscutido entre los católicos sólo produce escándalo en el caso del Opus Dei.

Como hemos visto, la Obra interviene cuando la vocación del hijo pone en dificultades económicas a la familia; o cuando (también tras muchos años desde la entrada en la Institución) sea necesario echarle una mano por dificultades familiares sobrevenidas. Quede claro, de todos modos, que si el Opus Dei no es en modo alguno una «sociedad de mutuo socorro» para los miembros, tampoco pretende serlo para sus familias. Es el lema «que cada palo aguante su vela», severo pero realista y pedagógico, sobre todo hoy, en una sociedad que ha hecho del asistencialismo, tan indiscriminado como ruinoso para las finanzas públicas y para los caracteres humanos, un «derecho» que hay que defender con rabia y a gritos: pase lo que pase, tiene que haber un «otro» que lo resuelva.

Sigamos con los asuntos económicos, y ocupémonos ahora de los miembros más numerosos, los supernumerarios.

A este respecto, dice nuestra autorizada fuente: «Viven en su casa y de su trabajo. Entregan aportaciones voluntarias en la medida de sus posibilidades y de su generosidad, para sostener las actividades apostólicas de la Obra. No existe una cantidad mínima. La suma de las aportaciones económicas del supernumerario la fija el interesado, teniendo en cuenta las condiciones de su vida y sin causar perjuicio alguno a su familia, porque esta contribución debe proceder del sacrificio personal, no del de los demás, aunque sean sus parientes más cercanos».

Habría que resaltar un par de cosas. En primer lugar, no existen controles de la institución sobre la vida de los miembros: sobre ninguno de sus aspectos y, por tanto, tampoco sobre el económico. De este modo, subrayan, «el sistema funciona -y bien- sólo gracias a una voluntariedad continuamente renovada». En esto se diferencian de las órdenes y congregaciones religiosas, y también de los institutos seculares. Estas diferencias son lógicas, pues las estructuras y las vocaciones respectivas son distintas.

Podría suceder, por ejemplo, que un supernumerario, profesional liberal o empresario con altos ingresos, entregue menos de lo que en conciencia debería, a esa familia suya que es la Obra. A pesar de la ausencia de controles (salvo el autocontrol de la conciencia del interesado) parece que estos casos no se dan; o si se dan, no duran. No porque intervengan los directores de la Obra, sino porque desembocan necesariamente en la dimisión voluntaria. Cosa lógica y comprensible, visto que en la vocación todo se apoya sobre la voluntariedad, sobre un contrato libremente suscrito y siempre rescindible, sobre el sentido de compromiso, de responsabilidad, de dignidad personales. Quien quiera disponer con toda libertad de todo su salario, no tiene más que deducir las consecuencias: nada ni nadie le retiene en un estilo de vida que no es el suyo. No es obligatorio formar parte del Opus Dei para vivir como un buen cristiano y para salvarse e ir al Cielo…

Quizá vale la pena aventurar una observación de psicología menuda: dime de qué sospechas y acusas a los demás, y te diré de qué careces. De ordinario, el «vicio» o el «defecto» que se achaca al compañero es precisamente la obsesión que sufre uno mismo o la tentación ante la que suele ceder. Por eso, sólo en una cultura donde tantos colocan el dinero en el primer lugar de su escala de valores, puede explicarse la ininterrumpida acusación de «querer forrarse» lanzada a las personas y a las instituciones de la Iglesia, y al Opus Dei en particular. Quien no está obsesionado por el dinero no imputa a los demás -de manera tan obsesiva- que esconden sus objetivos bajo una tapadera religiosa. La fe puede explicar con creces algunos modos de vida. Pero parece que algunos no son capaces siquiera de sospecharlo.

La misma argumentación puede servir para explicar el compromiso de vivir la castidad. En el Opus Dei, al numerario o al agregado que quisiera, en edad madura, abandonar el celibato y casarse, se le invitará a pensarlo bien, a reflexionar sobre lo que pretende hacer; pero, al final, no se le pondrán dificultades para el matrimonio, que como sabemos, el Opus Dei estima y promueve para la inmensa mayoría de los miembros.

La estructura de la Institución no puede conducir a situaciones como la de tantas Ordenes religiosas, donde frailes y monjas, después de haber emitido sus votos definitivos y solemnes de «pobreza, castidad y obediencia», podrían en teoría (y no pocas veces también en la práctica, sobre todo en estos años) sentirse un poco «prisioneros». No se trata sólo del aspecto canónico (para casarse por la Iglesia, quien está ligado con un voto necesita la dispensa de Roma, que -después del «¡rompan filas!» de algunos años del pontificado de Pablo VI- ahora no se concede tan fácilmente). También influyen las consecuencias económicas y sociales: es decir, por la dificultad de encontrar un trabajo «civil» y de reinsertarse adecuadamente en la vida «normal». Entre las decenas de millares de ex-curas, ex-religiosos y ex-monjas del posconcilio, por desgracia, se produjeron -y se producen aún hoy- algunos dramas desconocidos, nacidos no sólo de problemas de conciencia, sino también de las cuestiones «materiales» que sólo un inhumano e irreal espiritualismo podría ignorar.

Este tipo de problemas no se da entre los que viven el celibato -una minoría, no lo olvidemos- en el Opus Dei.

Es posible incluso que de esta libertad, de esta elección libremente renovada cada día ante Dios y ante uno mismo (el ya citado «aquí está quien quiere», de Escrivá), de la concreta posibilidad de un modo de vida distinto gracias al propio trabajo, derive no sólo la eficacia de la Institución, sino también la ausencia de resignación que se aprecia al convivir con esta gente. Entre ellos, el entusiasmo -siempre moderadopor el compromiso de fe que han asumido, sea cual fuere el «coste» a los ojos de quien no comparte su planteamiento, parece ser la regla y no la excepción.

¿Y qué pasa con la política? ¿Qué sucede en el terreno político, donde la Obra -al decir de algunos- desempeña un papel oculto y siempre en favor de determinadas tendencias (el conocido «vínculo con los regímenes de derechas», que mencionaba el texto católico que ya comentamos…)?

También aquí nos interesará escuchar las razones de la defensa, que en este caso comienza con una observación que yo mismo adelanté, puesto que me parece de sentido común. Así lo explica Le Tourneau: «Quienes no creen en la existencia de ideales religiosos y de valores morales capaces de unir a los hombres en una empresa común por encima de las divisiones políticas, pueden reflexionar sobre una realidad de orden sociológico: hay miembros del Opus Dei de 87 nacionalidades, de los cinco continentes, de toda condición social, de las más variadas razas y culturas, con distinta mentalidad y viviendo en su propio ambiente familiar, profesional y social».

Si no se puede dudar de que esta es la realidad, parece entonces lógica la pregunta que sigue: «¿Cómo, en esas circunstancias, podría imponer la institución una especie de dogma en materia tan discutible y mudable como la política a personas tan distintas y tan alejadas unas de otras? ¿Cómo pedir a un japonés o a un keniano que se comporte en política como un australiano, un filipino, un malayo o un luxemburgués?».

A continuación, este autor francés miembro de la Obra, explica cómo ha de entenderse la relación (o mejor aún, la «falta de relación») entre el Opus Dei y la política. La cita es algo extensa, pero es de justicia escuchar a la defensa, sobre todo cuando ilustra los mecanismos que deberían conducir -al menos ésa es la pretensión de quien la pronuncia- a una sentencia absolutoria.

Escribe Le Tourneau: «Mons. Escrivá recalcó una y otra vez que, por su misma naturaleza, ‘el Opus Dei no está ligado a ninguna persona, a ningún grupo, a ningún régimen, ni a ninguna idea política’. En una instrucción para uso de los directores del Opus Dei, el Fundador les exhorta a no hablar de política y a mostrar que, en el Opus Dei, “caben todas las opiniones, que respeten los derechos de la Santa Iglesia”. Y añade que la mejor garantía para que los directores no se inmiscuyan en temas opinables es infundir en los miembros la conciencia de su libertad, pues “si los directores quisieran imponer un criterio concreto en una cuestión temporal, los demás miembros del Opus Dei que piensan de otra manera se rebelarían inmediata y legítimamente; y yo me vería en el triste deber de bendecir y alabar a los que se negasen firmemente a obedecer, y a reprender con santa indignación a los directores que pretendisesen hacer uso de una autoridad que no pueden tener”».

Continúa el autor de la «apología» que estamos citando: «Hay que conocer lo que le costó a Mons. Escrivá fundar el Opus Dei para comprender, en toda su profundidad, el vigor de otra de sus declaraciones, que refuerza la precedente: “he escrito hace tiempo, que, si alguna vez el Opus Dei hubiera hecho política, aunque fuera durante un segundo, yo -en ese instante equivocado- me hubiera marchado de la Obra. Por tanto no debe ser creída ninguna noticia en la que puedan mezclar la Obra con cuestiones politicas, económicas ni temporales de ningún género. De una parte, nuestros medios son siempre limpios y nuestros fines son siempre y exclusivamente sobrenaturales. De otra, cada uno de los miembros tiene la más completa libertad personal, respetada por todos los demás, para sus opciones ciudadanas, con la consiguiente responsabiliad, lógicamente tambien personal. Por tanto, no es posible que el Opus Dei se ocupe jamás de labores que no sean directamente espirituales y apostólicas, que nada tienen que ver con la vida política de ningún país. Un Opus Dei metido en la política es un fantasma que no ha existido, que no existe, y que nunca podrá existir; la Obra, si sucediera ese caso imposible, inmediatamente se disolvería».

Continúa Le Tourneau: «El amplio pluralismo que se vive en el Opus Dei no plantea problemas. Ya en 1930 escribió el Fundador que es «una manifestación de buen espíritu, de vida corporativa limpia, de respeto a la legítima libertad de cada uno». Los miembros del Opus Dei responden individualmente de sus opiniones y de sus actos. Su compromiso espiritual con la Prelatura no condiciona en absoluto sus preferencias políticas, por lo que el pluralismo es una realidad auténtica. Definir a alguien como miembro del Opus Dei por sus ideas políticas, o por sus intervenciones en la vida pública, si se trata de un político, carece de sentido».

En resumen, concluye nuestro autor, «esta actitud de profundo respeto hace que haya en el Opus Dei personas de todas las tendencias políticas, intelectuales e ideológicas que son compatibles con una conciencia cristiana».

Es preciso reconocer que, aparte de rumores periodísticos y de sospechas genéricas, no se ha documentado, en ningún país del mundo, que el Opus Dei haya desempeñado un papel, por pequeño que sea, en la lucha política. Hombres y mujeres que pertenecen a la institución sí que intervienen en estas actividades, como en cualquier otra manifestación humana, ejercitando el mismo derecho-deber de ocuparse de la cosa pública que compete (al menos en los regímenes democráticos) a todo ciudadano. Pero paticipan a título personal, no como miembros del Opus Dei.

No parece que exagere el Opus Dei cuando acusa de «clericalismo» a los que ponen bajo la sombra de la sospecha la actividad personal de sus miembros o, peor aún, a los que quieren prohibirla. En efecto, quien así actúa confunde a los numerarios, agregados y supernumerarios con los religiosos, cosa que no son, ni mucho menos sacerdotes, «medio curas» ni frailes o monjas disfrazados. Como he repetido, la defensa a ultranza de la laicidad, de la «normalidad», del «seguir en su sitio» es un aspecto fundamental de la institución.

La actividad política «activa» (a excepción del sufragio) está en cambio prohibida a los sacerdotes que forman parte del clero de la Prelatura, sacerdotes «de veras». Más aún, se les exige que guarden para sí sus opiniones en estas materias, para no influir en los que de ellos reciben una asistencia exclusivamente espiritual. Se les pide que sean -en cuanto sacerdotes del Sumo Sacerdote Jesucristo- signo y testimonio de unidad y nunca de división. A ellos se dirige (como a todos los demás miembros, pero a cada uno según su función, que objetivamente es diversa para un sacerdote que para un laico) la advertencia de Surco: «No quieras hacer del mundo un convento, porque sería un desorden… Pero tampoco de la Iglesia una bandería terrena, porque equivaldría a una traición» (punto 312).

La experiencia ya milenaria demuestra que nada es más devastador para la causa del evangelio que el sacerdote o el religioso metido en política -o simplemente «politólogo»-, como algunos que aún circulan por ahí. Esta situación les aporta una indudable ventaja en el campo de la notoriedad, pero no ciertamente en beneficio de la fe.

No se ha documentado ninguna intervención «opusdeísta» en los asuntos públicos de un país, decíamos. El numerario Gómez Pérez lanza una especie de desafío que, por el momento, nadie ha recogido: «que citen un solo caso de pronunciamiento del Opus Dei en favor o en contra de determinada política, en más de sesenta años de historia».

En Italia, por poner un ejemplo de la situación más familiar para nosotros, se comprueba que no existen, nunca han existido y -aseguran- nunca existirán candidatos y elegidos del Opus Dei ni siguiera dentro de ese partido «de católicos» hacia el cual, quizá durante demasiados decenios, el episcopado ha sugerido votar, aunque cada vez en términos más discretos.

La situación es completamente distinta (porque distintas son las «vocaciones» legítimas dentro de la Iglesia) en Comunión y Liberación, otra institución eclesial de formación en la fe, pero que a través de su «brazo político», el «Movimento Popolare», proponía sus candidatos al parlamento y hacía confluir sobre ellos los sufragios de sus miembros y simpatizantes.

Por los datos que tengo, en el parlamento italiano actualmente en vigor mientras escribo, se sienta un solo diputado miembro supernumerario del Opus Dei. Pero también me consta -así me lo han confirmado muchos, y también oficialmente- que durante la campaña electoral, no se colocó ni un solo panfleto de propaganda de ese candidato en Centro alguno de la Prelatura, y que de ésta no salió orientación alguna de voto. Recientemente, se han desarrollado en varias ciudades importantes, incluida la capital, unas dramáticas elecciones municipales, que en su segunda vuelta enfrentaron a candidatos de la izquierda con candidatos de derechas, todos ellos fuera de la tradición italiana del catolicismo político. Difícil elección para un creyente; elección que, en el Opus Dei, se dejó a la libertad de conciencia de sus miembros. En efecto, en las dos frenéticas semanas previas a la votación, pude conversar con no pocos miembros de la Obra para completar mi reportaje. Descubrí que entre ellos se daban las tres posturas posibles: voto al candidato de izquierda, voto al candidato de derecha y abstención o voto en blanco. Pero ninguno de ellos consideraba su decisión como «más católica» o «más coherente para un creyente» que la de los demás miembros.

Como dicen los Estatutos, el Opus Dei -por humildad, pero también por respeto de la libertad de sus miembros- «se abstiene de actos colectivos». Tanto es así que prohíben la participación «de modo colectivo en manifestaciones públicas de culto, como las procesiones». Del mismo modo, los estatutos impiden «la publicación de periódicos y de cualquier clase de publicación con el nombre de la Obra». Lógico, puesto que un periódico no puede dejar de tomar postura sobre los problemas del momento, mientras que en cuestiones de fe y de moral, el Opus Dei no tiene otra opinión que la del Magisterio, y en todas las demás materias, no tiene opinión colectiva alguna. Con el nombre de la Prelatura sale sólo un boletín (titulado «Romana», como para remarcar la fidelidad a la Iglesia), que se limita a recoger noticias internas: sobre las actividades de apostolado, los nombramientos de directores, datos estadísticos y otras por el estilo.

Pues bien, precisamente la incomprensión de esta actitud provoca tantas acusaciones de secretismo, de ocultamiento. Si la Obra no aparece públicamente en cuanto tal y no adopta una postura coram populo, debe de ser porque es una sociedad secreta…

¿No será esta abstención de juicios sociopolíticos una superchería colectiva? ¿Un nuevo engaño, en el que ha caído el ingenuo periodista que esto escribe, al que se le han escamoteado directivas top secret transmitidas por caminos reservadísimos a los «hermanos»? Es cierto que no se debe desechar a la ligera la advertencia de aquel filósofo escéptico de la antigüedad, que recomendaba: ¡Acuérdate de desconfiar! Y menos aún quien realiza un trabajo como el mío.

Sin embargo, si examinamos las normas del Codex, es decir, de los estatutos de la Prelatura oficialmente aprobados por la Iglesia, en uno de sus últimos artículos (181/1) se lee: «Este código es el fundamento de la Prelatura del Opus Dei. Sus normas han de considerarse santas, inviolables y perpetuas, y sólo la Santa Sede puede modificarlas o introducir nuevos preceptos».

Entre esas normas declaradas con tanta solemnidad sanctae, inviolabiles, perpetuae, está la disposición del artículo 88: «Para todo lo que concierne a la actuación profesional y a las doctrinas sociales, políticas, etc., cada fiel de la Prelatura goza de la misma libertad que los demás ciudadanos católicos. Las autoridades de la Prelatura deben pues abstenerse de dar cualquier consejo en estas materias. Por tanto, esa plena libertad sólo podrá verse reducida por las normas que el obispo o la Conferencia episcopal pudieran dar para todos los católicos de una diócesis o de un país». A continuación, el Codex saca las consecuencias que ya mencionamos: la plena libertad de los miembros y esa abstención de todo lo que no es espiritual explican que «la Prelatura no hace suyas en modo alguno las actividades profesionales, sociales, políticas o económicas de ninguno de sus fieles».

¿Cabe la hipocresía frente a las disposiciones de un Código que ha sido escrito, aprobado y obedecido ante la mirada de Dios? No hace falta ser detective para preguntarse a qué o a quién beneficiarían esos perjurios. Quizá resulte mucho más razonable admitir que los miembros del Opus Dei sólo reciben consejos espirituales, y que en política no sólo no actúan en grupo, sino que consideran el respeto del pluralismo en las materias que no son de fe como un modo de obedecer a una indicación central del fundador.

Lo corrobora este pasaje de una homilía de Escrivá: «Un hombre sabedor de que el mundo -y no sólo el temploes el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y profesional, va formando -con plena libertad- sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desenvuelve». Y añade en seguida: «Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. ¡Esto no puede ser, hijos míos! Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas».

De este planteamiento, don Josemaría deducía algunas indicaciones concretas, que forman como el «manifiesto» del Opus Dei sobre la actividad política y social: «Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laical, que ha de llevar a tres conclusiones: a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal; a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen -en materias opinables soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene; y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas».

Es fácil advertir que semejante planteamiento da origen a una actitud de tolerancia que (una vez más…) contradice lo que muchos piensan sobre esta Institución, a la que se considera como la última reencarnación del fanatismo ibérico sobre la que aletea el fantasma del Gran Inquisidor.

Por eso, no es casual la réplica de Mons. Escrivá a los que no creían en la libertad de sus hijos espirituales: «Son personas que tienen mentalidad de partido único, en lo político o en lo espiritual. Los que tienen esta mentalidad y pretenden que todos opinen lo mismo que ellos encuentran difícil creer que otros sean capaces de respetar la libertad de los demás. Atribuyen así a la Obra el carácter monolítico que tienen sus propios grupos».

Los ataques al beato no sólo llegaron desde fuera de la Iglesia. También surgieron de ambientes tradicionalistas católicos, a los que hubiera gustado que el pueblo cristiano les siguiese incluso en sus decisiones temporales. A estos respondía Mons. Escrivá: «Cuando, durante mis años de sacerdocio, no diré que predico, sino que grito mi amor a la libertad personal, noto en algunos un gesto de desconfianza, como si sospechasen que la defensa de la libertad entrañara un peligro para la fe. Que se tranquilicen esos pusilánimes».

A los suyos recomendó la libertad, para sí y para los demás: «No comprendo la violencia. No me parece apta ni para convencer ni para vencer». Y recordó en Surco (punto 867) que «el violento pierde siempre, aunque gane la primera batalla…, porque acaba rodeado de la soledad de su incomprensión». Su receta era esta: «El error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con razonamientos desapasionados, estudiando y haciendo estudiar. Y con la caridad».

Da toda la impresión de que el «proyecto social y político» del Opus Dei es no tener proyecto alguno ni doctrina propia, al menos en el sentido de los ideólogos, utópicos y revolucionarios. No tienen un esquema teórico de un «mundo mejor», de una «sociedad distinta», sino la conciencia de que no hay modo alguno de mejorar la humanidad que haciendo mejores a los hombres: uno por uno, y en su interior. Las cosas no se arreglan a base de partidos, mítines, opúsculos de propaganda política ni disquisiciones teóricas de «expertos» o «politólogos» clericales; sino a través de un esfuerzo tenaz, día tras día, por contener y, si es posible, disminuir las huellas del pecado original en los corazones (del que todo procede, tanto el bien como el mal, enseña el evangelio), comenzando por uno mismo.

Amigo de la libertad

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Testimonio de Manuel Aznar, periodista
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

¡Hace ya tantos años! Apenas alboreaba la Segunda República cuando conocí a don Josemaría Escrivá de Balaguer. Él iría a cum­plir entonces los treinta años de edad. El Opus Dei era algo así como una criatura en la cuna. Acababa de ser fundado. Mi amistad con el fundador vino a través de la familia del Portillo, emparentada con la de un amigo burgalés de mucha distinción Luis García Lozano, ¡larga vida le dé Dios! y con la del inolvidable doctor José María Pardo Urdapilleta. Los Portillo que yo conocí fueron tres: un médico, un capitán de la Legión y un ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Este último se llama Alvaro. Es, desde hace muchos años, sacerdote, doctor en Derecho Canónico, doctor en Filosofía y Letras, agudo y penetrante en sabidurías eclesiásticas, secretario general del Opus Dei, colaborador de Monseñor Escrivá de Balaguer, desde el primer día.

Ya en aquel tiempo que ahora rememoro, el joven sacerdote aragonés no soñaba sino con el apasionado servicio de Dios y con el cuidado de las almas. Andando los años, esos dos anhelos supre­mos, Dios como última razón de nuestro ser, de nuestro existir, y la limpia dignidad del alma humana como ideal que todos debía­mos servir íntegramente a lo largo de nuestra vida, fueron, sin un minuto de interrupción, su porte, su fe, su esperanza y su caridad.

Un día le dije: «Aun en las fundaciones religiosas más egregias suelen correr los fundadores el peligro de caer en pecado de sober­bia. Y en las hagiografías leemos que tienen que librar luchas enco­nadas contra esa tentación. Tú pareces libre de tan airado sentimiento ».

Me contestó: « ¿Yo? ¿Cómo quieres que me tiente el orgullo? ¿Por qué? Soy un pobre cura; casi un cura de pueblo; un sacerdote de la Iglesia de Dios, siervo de todos los demás; y mi refugio de salvación, mi deber más inmediato, debe ser la humildad. No quiero sino ayudar por los caminos del espíritu a la libertad y a la dignidad del hombre. Ese es mi sueño».

Pasaron varios lustros. Fuimos un día Ramón Matoses y yo a verle y a escucharle en su residencia romana de la Vía Bruno Buozzi, 73 y 75. Ramón Matoses, nuestro gran agregado comercial en Roma, le trataba y le quena como a un hermano.

–Ha pasado mucho tiempo –le comenté yo– desde que comen­tábamos en mi casa de Madrid tu entonces reciente fundación del Opus Dei. ¿Te acuerdas de lo que dijimos apropósito del pecado de soberbia que acecha a los fundadores? Ahora que tu obra es una realidad poderosa, y hablas desde Roma a miles y miles de dis­cípulos, ¿sigues viéndote a ti mismo como un cura de pueblo, como un pobre sacerdote que no quiere sino trabajar fraternalmente por la libertad y la dignidad del hombre al servicio de Dios?

Me dijo: «Dios es tan generoso conmigo que me libra constan­temente de la terrible tentación de la soberbia. Mira todo lo que ves alrededor de nosotros: fotografías de mis padres, algún recuerdo familiar, ecos primarios de mi niñez y de mi juventud, intimidad sin ningún propósito de resplandor, memorias de algunos colabo­radores de las horas iniciales; ya ves, nada; infancia; imágenes de mi tierra natal. Nada más. Este es el mundo de mi pequeñez per­sonal. Y sobre este no ser nada, sino una fuerte voluntad, levanto cada día mis esfuerzos, mis esperanzadas empresas espirituales, mi lucha por un mundo de hombres libres en la libertad de Dios».

Ramón Matoses y yo le escuchábamos con atención sostenida. Una sentencia latina subrayó la explicación: «In superbia initium sumpsit omnis perditio». («En la soberbia tiene su comienzo toda perdición»).

Jamás, en nuestro largo trato de amigos, me pidió, ni siquiera me indicó, ni aun me sugirió con alguna alusión lejana, que me incorporase a la Obra. Hablábamos de todo, menos de eso y de política. En los años de la República, no recuerdo que sacase a cola­ción en nuestros diálogos el tema de las muchas conturbaciones que se abatían sobre el país, para aflicción incluso y para duelo de muchos republicanos. Si yo me refería en algún instante a los azares y sobresaltos de la vida nacional, él escuchaba; pero, tan pronto como le era posible, tornaba a sus preocupaciones, y recaíamos nue­vamente en esclarecimientos del orden espiritual.

Sólo una vez –lo recuerdo muy bien– quiso saber mi opinión acerca del interés que pudiese tener la creación de determinados órganos de expresión periodística. ¿Valía la pena lanzarse a ello? ¿Era aconsejable? ¿No serían mayores los dañosos inconvenientes que los posibles provechos?

No tuve más remedio que responderle: «Mi contestación y mi consejo –si consejo solicitares de mí– carecerían de sentido mien­tras no me expliques seriamente qué es lo que quieres decirle al pueblo español, cuál es el contenido real de tu mensaje…»

Me interrumpió sin tardanza: «No se trata del pueblo español, únicamente. No he fundado una Obra española y para españoles, sino una asociación internacional, o si prefieres, universal, que se difundirá mundo adelante y dará sus frutos en todos los Con­tinentes…».

Yo insistí: –Mi observación es válida para lo español y para lo universal. ¿Fundar revistas? ¿Diarios? Y ¿para qué? ¿Qué te pro pones hacer con éstos y con aquéllas? ¿Qué voz deseas hacer llegar, y qué doctrina, a los posibles lectores? Contar con órganos de infor­mación por el mero gusto de poseerlos, o por externas razones de vanidad, o por afán de conquistar pequeñas posiciones triviales e interesadas, según acontece con la generalidad de los politicantes profesionales, no tiene la menor importancia; no cumple ninguna finalidad seria, no es cosa de monta suficiente como para que te entregues a ello; no pasaría de ser una triste frivolidad. Esforzarse en las tareas de un periodismo muy acendrado, hondo, alto, limpio, sacrificado, para servir un pensamiento libertador, para apoyar una misión trascendente, según dices que es tu propósito esencial, puede equivaler a un designio interesante. Pero avanza con tiento. El periodismo puede ser, y de hecho es, algo así como un campo de minas.

–No quiero nada –comentó- que no ayude a proclamar como ideal primero la libertad de la persona humana en las tres virtudes teologales.

–Entonces –terminé– date a ti mismo la segundad de lo que deseas hacer; y cuando lo hayas definido sin vacilación posible, cuando tengas la certidumbre de lo que quieres decir, piensa en la aventura, siempre rodeada de peligros y de equívocos, del periodismo como instrumento de comunicación.

El apostilló: Sé lo que quiero decir y hacer. Y todos lo sabrán pronto igual que yo». (Era en los años iniciales de la fundación.)

Otra vez (también se hallaba presente el querido Ramón Matoses en esta conversación) como me invitara a decirle mi leal parecer sobre las actividades del Opus Dei, me permití exponerle:

-Creo que eres un personaje casi desconocido. Probablemente hay discípulos tuyos que no han llegado todavía a interpretar bien tu pensamiento y tu voluntad. Según declaras, no debe el hombre evadir ninguna de las honestas realidades diarias, porque en medio de las actividades vulgares de cada día y de cada hora se puede cumplir la voluntad de Dios. Algo de esto sostenía Santa Teresa de Jesús, y luego se quejaba de que no todas sus monjas la habían entendido bien. Se trataba de criaturas sujetas a soledad, cilicio y disciplina clausural… Imagina los problemas que a tu obrase le han de presentar tratándose de discípulos que viven en el Centro de las pasiones del mundo, y son como arboladuras sacudidas por la tor­menta. ¡La santidad, o el anhelo de santidad en el libre juego y rejue­go de las tempestuosas luchas humanas…! ¡Es extraordinario lo que propones a quienes te siguen!

–Pues así ha de ser; y no de otro modo.

–Por eso corres el riesgo de parecer ahora mismo, y continuar pareciendo durante mucho tiempo, una personalidad desconocida, un ignorado por deformación ajena, un enigma, un ser un poco misterioso.

–Eso no importa, mientras avancemos en la promoción de la libertad humana y en la buena concertación de lo natural y lo sobrenatural.

Así solía hablar don Josemaría Escrivá de Balaguer. Ese era su ámbito de vida, de amor y de esperanza. ¡Esperanza! Creo que he dado con una de las palabras clave para comprender al fundador del Opus Dei. No se sabe por qué, de las tres virtudes teologales

–Fe, Esperanza y Caridad o Amor– suele insistir se habitualmente en la Fe y en la Caridad. Olvidamos, en cierto modo, la Esperanza. Se toma muy al pie de la letra la inmortal admonición paulina a los Corintios acerca de la caridad: «Si hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles, mas no tuviese caridad, no soy sino un bronce resonante o un címbalo estruendoso. Y si poseyere el don de profecía y conociere todos los misterios y toda la ciencia; y si tuviere toda la fe y trasladare montañas, mas no tuviese caridad, nada soy». En la propia maravilla de las cartas de San Pablo consta que la salvación llega por los caminos de la esperanza. Este pen­samiento aparecía y sobresalía en casi todas las conversaciones con el padre Escrivá. No sé qué don carismático poseía que le permitía promover esperanza, ensanchar horizontes, vencer pesimismos, comunicar la seguridad de un futuro resplandeciente, calmar desa­sosiegos, iluminar dudas, sentirse, ante todo y sobre todo, sacerdote de Dios, y en calidad de tal, predicar y pedir una viva permanencia en la fe, una ardorosa caridad, pero también una luminosa espe­ranza. Supongo que era un gran meditativo de San Pablo. Sin duda por su condición de hombre esperanzador.

Acabó nuestra última conversación en Vía Bruno Buozzi decla­rándole Ramón Matoses, su amigo y mi amigo fraterno, y decla­rándole yo:

–Padre Escrivá: Aquí tienes a dos personas que, probablemen­te, no se sienten con la fuerza necesaria para seguirte, para obe­decerte, para rendirse a tu disciplina; pero los dos quisiéramos tenerte a nuestro lado a la hora de la muerte; porque tú nos enseñas que «no debemos sentir miedo de la muerte; que importa aceptarla generosamente; cuando Dios lo disponga; como Dios quiera, donde Dios desee. Vendrá –no lo dudéis– en la hora, en el lugar y en la circunstancia oportuna; como un envío de Dios, el Padre. ¡Sea bienvenida nuestra hermana la muerte!».

Entre bromas y veras nos despedimos. Ramón Matoses no pudo ver cumplidos sus sueños de tener a don Josemaría junto a su lecho en el último trance. Yo no lo tendré, tampoco, porque a él le ha llegado la «hermana» de pronto, sin anunciarse, igual que un rayo del cielo.

No recuerdo a nadie que, con tanta espontaneidad, con natu­ralidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobre­natural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empre­sa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cumplía en el fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá. Ignoro cuáles fueron los caminos que le llevaron a una tan perfecta unión de los dos mundos. Entien­do que para él no había tales «dos mundos», sino uno sólo. A mí me recordaba influencias teresianas en el servicio de Dios; con la particularidad de que al padre Escrivá le gustaba llevar su ensueño religioso a la «hermosa mitad de la calle», según palabras suyas. La empresa estaba y está erizada de obstáculos y corre los peligros que «la mitad de la calle» supone.

Unicamente a un hombre de excepción se le podría ocurrir, como la cosa más natural, que el fracaso de cualquiera de nuestros empeños no es sino espuela de la voluntad, y que, en resumen, hasta puede haber cierto gozo en el fracasar, porque así aprendemos a reiterar los bríos de la obra iniciada, y nos aleccionamos con la humildad necesaria para alzarnos hacia lo sobrenatural en pos de nuevas fuerzas.

Sigo pensando que don Josemaría Escrivá de Balaguer fue siem­pre, y aún es, un gran desconocido. Como descendió a la calle en busca de santidad, la calle ha sido, más de una vez, implacable con él y con su ardoroso desafío. Los suyos le conocieron; pero no todos. Hay discípulos que, sencillamente, le adivinaron. «Yo no quiero ser más que un buen sacerdote. ¿Sabéis lo que eso supone? ¡Un buen sacerdote de Dios! Lo demás me importa poco. Y en todo caso, se me dará por añadidura», nos decía, al despedirnos, en puerta de su despacho íntimo; de aquel despacho en que las nos­talgias infantiles de su Barbastro natal, su iniciación en la carrera del sacerdocio, la sonrisa de su madre, la emoción de las primeras oraciones. Las dudas y también las fortalezas de los días de su fun­dación, componían un ámbito de por sí muy especial, mitad evo­cación, mitad reflejo de una celda. Y siempre, celda u hogar, obser­vatorio de la lucha por la santidad en medio de los rumores y de las embestidas de la calle.

2. Ciudadanos de las dos ciudades

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

La secularidad, que según el Vaticano II constituye “la índole propia y peculiar de los laicos” (Lumen gentium, n.31), se expresa también a través del correcto ejercicio de los propios derechos de ciudadano, es decir, siendo católicos sin ser clericales o beatos, y, al mismo tiempo, siendo ciudadanos que no olvidan que son católicos en el momento de sus opciones decisivas. Ésta ha sido una enseñanza constante del Fundador del Opus Dei. Me alegraría oír algún ejemplo tomado directamente de su vida.

–La secularidad, que puede considerarse como la unión armónica del alma sacerdotal con la mentalidad laical, que el Padre ha querido para todos los miembros de la Obra, sacerdotes y laicos, mujeres y hombres, la tuvo siempre muy en primer plano y constituyó un elemento de su carácter, de su existencia. Por ejemplo, se manifestaba en su intenso sentido de la justicia, y en el ejercicio de los propios derechos de ciudadano que el Padre no dejó de vivir nunca y que le llevó a titular “Ciudadanía” un capítulo de Surco.

Entre los miles de episodios que podría citar me parece significativo uno de su vida de estudiante. A partir del curso académico 1922–1923, cuando ya había sido nombrado Inspector del Seminario de Zaragoza y había recibido la tonsura, se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza. En junio de 1924 se presentó al examen de Historia de España, una materia que conocía muy bien por sus estudios de Bachillerato y sus múltiples lecturas: tuvo siempre gran afición a la Historia, que dominaba profundamente. Durante aquel año no había asistido a clases, porque no era alumno oficial, y estaba muy ocupado con el estudio de la teología y el encargo de Inspector del Seminario. A través de algunos amigos comunes, el profesor le hizo saber que no se presentase al examen porque lo suspendería. El joven Josemaría se quedó atónito: no tenía obligación de asistir a clase; por esto, para reivindicar un derecho que le correspondía en virtud del régimen académico, y porque estaba muy bien preparado, decidió presentarse. El profesor le suspendió, sin hacerle ni una pregunta.

Josemaría reflexionó con calma sobre lo sucedido y decidió escribir una carta al profesor para manifestarle respetuosamente que había cometido una injusticia y que tenía obligación de reparar. Añadía que deseaba presentarse en la convocatoria de septiembre, y quería asegurarse de que sería tratado justamente.

En aquella época los profesores gozaban de plena autonomía y decidían con absoluta libertad sobre el desarrollo y las calificaciones de los exámenes. No era fácil para un alumno hacer valer sus derechos, aun extremando el respeto. En septiembre el profesor fue muy correcto: reconoció su error y el alumno fue aprobado.

Resultaba muy secular también la sencillez con que, en hábito talar, trataba a sus compañeros universitarios. De vez en cuando, a la salida de clase, sus amigos le invitaban a tomar un aperitivo en un local frecuentado por los estudiantes: era el bar Abdón, en el Paseo de la Independencia, junto a la Plaza de la Constitución. Josemaría aceptaba algunas veces, y así cultivaba la amistad de un modo muy natural. Su comportamiento era tan sacerdotal y al mismo tiempo tan humano que, cuando se ordenó sacerdote, algunos de sus compañeros lo escogieron como confesor habitual.

Abogado y sacerdote. ¿Hubo algún momento en que el Fundador del Opus Dei hizo valer esa doble condición?

–Los estudios civiles le sirvieron, entre otras cosas, para dar clases particulares, que contribuyeron a mantener a su familia, tanto en Zaragoza como en sus primeros años de Madrid. Pero no empleó nunca su título civil, porque quiso ser siempre un sacerdote al cien por cien.

Es significativo un hecho que sucedió durante la guerra civil española. Cuando en Madrid el Padre no pudo ejercitar el ministerio sacerdotal y el clima se hizo irrespirable, en constante peligro de muerte –arrestos y fusilamientos en masa, quema de iglesias y de conventos, auténtica persecución religiosa–, no tuvo otra opción que atravesar la frontera por la zona de los Pirineos para pasarse a la zona libre, a través de Andorra. El punto de partida era Barcelona. Leyendo el periódico se enteró de que un colega suyo de la Universidad de Zaragoza, Pascual Galbe, era magistrado en la Audiencia de Barcelona, en representación del Gobierno autónomo de Cataluña. Habían sido grandes amigos, pero en aquellas circunstancias no era fácil prever cómo reaccionaría. Por esto, el Padre le hizo saber, a través de Tomás Alvira –que había sido a su vez compañero de Instituto de Pascual–, que se encontraba en Barcelona y que deseaba verlo. “En el tribunal no –respondió–, mejor que venga a comer a mi casa”.

Apenas lo vio, Pascual Galbe lo abrazó emocionado: “No sabes cuánto he sufrido, pensaba que habías muerto…”. Para ayudarle a salir del peligro le propuso incorporarse a la magistratura de Barcelona: él era una persona muy influyente, y además, los tribunales tenían una necesidad real de licenciados en derecho. Pero el Padre no aceptó: Si, cuando no perseguían al clero y a la Iglesia no he ejercido esta profesión porque debía dedicarme completamente a mi sacerdocio, ahora, sin duda, no buscaré esta escapatoria, para sobrevivir sirviendo a una autoridad que persigue a mi Madre, la Santa Iglesia. Pascual Galbe trató de convencerle: “Si te detienen, y es muy probable, te matarán”. El Padre repuso: No me importa, yo me debo a mi sacerdocio, y no me importa que me maten.

Me parece que en esta línea se sitúa también la cuestión del título nobiliario…

–Es un punto en el que conviene detenerse, porque, además, pone de manifiesto la gran humildad del Padre.

Conscientes de lo que el Fundador del Opus Dei era para nosotros sus hijos, y de lo que significaba para la Iglesia, comenzamos a recoger, con prudencia y amor filial, todos los datos que pudimos sobre su familia. Aprovechábamos para esta finalidad los viajes que miembros de la Obra, por motivos apostólicos o profesionales, hacían a los lugares donde había residido la familia de nuestro Fundador, o de donde procedían sus antepasados.

En los años sesenta enviamos las noticias y datos de primera mano recogidos a un conocido genealogista de Aragón, quien comprobó que algunos títulos nobiliarios correspondían, en línea directa, a la familia de nuestro Fundador. En mi calidad de Secretario General del Opus Dei decidí encargar al genealogista un estudio detenido. Después, sugerí al Padre la posibilidad de solicitar la rehabilitación de esos títulos. Teníamos muy presente cuánto había trabajado y sufrido por la Obra la familia de nuestro Fundador. Al principio, el Padre eludió el problema. Después se dio cuenta de que no se trataba de una cuestión meramente personal, suya, sino que afectaba a su hermano y a los descendientes de sus padres. Lo meditó detenidamente en la presencia de Dios. En su vida privada el Padre distinguía siempre, por una parte, sus deberes y sus derechos de cristiano y de sacerdote, que trató de cumplir y ejercitó heroicamente en todo momento, y por otra, sus derechos y deberes de ciudadano, no incompatibles con los primeros: su sacerdocio abrazó toda su existencia, pero no por esto renunció a sus obligaciones y derechos en cuanto miembro de una familia, y en cuanto ciudadano, dando ejemplo también en esto a sus hijos y a la gente que trataba.

Además de querer compensar de algún modo los sacrificios y sufrimientos que la fundación y desarrollo del Opus Dei habían supuesto para su familia, comprendió que no podía hacerles pagar de nuevo las consecuencias de su desprendimiento personal de los honores humanos: de hecho, como primogénito, de acuerdo con la legislación española vigente, sólo él podía recuperar los derechos nobiliarios. Repito que los honores no le importaban nada. La solución fue reclamar aquellos derechos para transmitirlos después a su hermano. Consideró, insisto, que –por una falsa humildad, y aún menos por miedo a las críticas y difamaciones–, no podía privar a su hermano y a sus sobrinos de algo que les pertenecía.

Pero sabía muy bien que ese gesto podía ser mal interpretado, y por eso, antes de tomar una decisión definitiva, pidió consejo a diversas personas, también de fuera de la Obra. Entre otros se dirigió al Cardenal Dell’Acqua, al Cardenal Marella, al Cardenal Larraona, al Cardenal Antoniutti, al Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla y buen amigo suyo desde hacía muchos años, y a Mons. Casimiro Morcillo, Arzobispo de Madrid, también viejo amigo del Padre.

Todos le dieron su parecer favorable y le animaron a llevar adelante el proyecto. El cardenal Larraona, que era un insigne canonista, le precisó que no sólo tenía derecho a reclamar los títulos nobiliarios, sino que, como Fundador de la Obra, tenía obligación de hacerlo: “Usted ha enseñado a sus hijos a cumplir los propios deberes civiles y a ejercitar todos sus derechos de ciudadanos. Por tanto, si no lo hiciera, les daría mal ejemplo”. El Cardenal pensaba que, si el Fundador renunciaba a aquel derecho tan cierto, sus hijos del Opus Dei y muchos otros buenos católicos probablemente seguirían ese ejemplo de humildad, renunciando, quizá, a derechos irrenunciables.

Nuestro Fundador informó también a la Secretaría de Estado Vaticana. Todos estuvieron de acuerdo. También contaba con el parecer favorable de las autoridades civiles competentes. Pero nuestro Fundador preveía claramente lo que iba a suceder: sabía que sería criticado por personas poco informadas, por algunos quizá envidiosos y malévolos, y por otros de lengua suelta, azuzados por el demonio. Veía con toda claridad que era como presentarles en bandeja de plata un pretexto para insultarle.

Como el Padre había previsto, no faltaron las críticas y dicerías que pusieron en evidencia su heroica y profunda humildad. Del mismo modo que había ejercitado sus derechos, cumplió un deber de justicia, para dar ejemplo a sus hijos, y procuró explicar claramente que el asunto, en sí mismo, carecía de importancia.

El 24 de julio de 1968 fue rehabilitado oficialmente el título de marqués de Peralta. Desde ese día arreciaron las polémicas y duraron tiempo. Hubo también personas amigas que le pidieron aclaraciones o que le hicieron llegar sus muestras de solidaridad. Nuestro Padre afrontó siempre el asunto con claridad y, más de una vez, con sentido del humor.

Tiempo después, cuando se calmaron las murmuraciones y el problema podía considerarse más o menos cerrado, entonces, sin publicidad, hizo las gestiones oportunas –como había previsto desde el principio– para ceder el título a su hermano, de modo que pudiese transmitirse por sucesión a sus descendientes.

El Fundador del Opus Dei detestaba esa forma de clericalismo que consiste en recibir tratos de favor. Por esto, no le gustaba la costumbre, difundida en ambientes eclesiásticos, de pedir prestaciones gratuitas a algunos profesionales, en calidad de abogados, médicos, ingenieros o dentistas “católicos”. El Fundador se empeñaba en pagar siempre los honorarios.

–Llegaba al extremo de que también pagaba en la Clínica Universitaria de Navarra cuando le hacían los reconocimientos médicos, a pesar de ser el Gran Canciller de la Universidad.

Por otra parte, exigía siempre en los trabajos, de acuerdo con lo debido en justicia. Me viene a la cabeza un suceso muy significativo. Al proyectar el oratorio del Consejo General del Opus Dei, se decidió que el pavimento fuese de mármol, con dibujos geométricos, formado cada uno por una sola piedra. Se aprobó un presupuesto de acuerdo con esta condición; pero, cuando el marmolista acabó de acristalar y dio por terminado su trabajo, el Padre advirtió que se habían compuesto los dibujos con varias piezas de mármol y se advertían las junturas. Aquello le pareció una chapuza intolerable, sobre todo, porque se trataba de un lugar destinado al culto. Lo consultó conmigo y con otras personas, y decidió hacer levantar el suelo y cambiarlo. Los motivos estaban claros: el presupuesto se había aprobado con aquella condición y ya se había pagado la factura. Aceptar la chapuza sería una falta de pobreza; y, además, para quienes vinieran después, un ejemplo desedificante de poco esmero en las cosas destinadas al Señor.

A propósito de los derechos del ciudadano, la enseñanza del Fundador es muy clara también en lo que se refiere al ejercicio de las actividades políticas. Los miembros del Opus Dei, en política como en otras actividades temporales, tienen la misma libertad, los mismos derechos y deberes que los demás ciudadanos católicos. Es un aspecto que no fue a veces bien entendido, especialmente a causa de la situación española. ¿Podría recordar algunos sucesos, comenzando por la postura del Fundador ante el comunismo y el nazismo?

–Por lo que se refiere al comunismo y al marxismo, el Padre fue siempre fiel a las clarísimas enseñanzas del Magisterio eclesiástico sobre estas ideologías. Y expresó en público su postura, cuando lo exigieron las circunstancias; su oposición no era fruto de las dificultades que sufrió personalmente bajo la dictadura comunista en España –había perdonado desde el primer momento–, sino que se fundamentaba en el ateísmo y en el carácter inhumano y antirreligioso de esta doctrina.

Especialmente a comienzos de los años sesenta y en particular en sus catequesis por la Península Ibérica y América Latina, ante la difusión entre los fieles de corrientes que intentaban conciliar el cristianismo con el marxismo, nuestro Fundador se hizo eco de las enseñanzas reiteradas por Pablo VI y de las condenas contenidas en los documentos de los dicasterios romanos competentes.

Por lo demás, un fragmento de una homilía suya pronunciada en 1963 ilustra muy claramente su actitud frente al comunismo: Precisamente por eso, urge repetir –no me meto en política, afirmo la doctrina de la Iglesia– que el marxismo es incompatible con la fe de Cristo. ¿Existe algo más opuesto a la fe, que un sistema que todo lo basa en eliminar del alma la presencia amorosa de Dios? Gritadlo muy fuerte, de modo que se oiga claramente vuestra voz: para practicar la justicia, no precisamos del marxismo para nada. Al contrario, ese error gravísimo, por sus soluciones exclusivamente materialistas que ignoran al Dios de la paz, levanta obstáculos para alcanzar la felicidad y el entendimiento de los hombres. Dentro del cristianismo hallamos la buena luz que da siempre respuesta a todos los problemas: basta con que os empeñéis sinceramente en ser católicos, non verbo neque lingua, sed opere et veritate (1 Ioh 3,18), no con palabras ni con la lengua, sino con obras y de veras: decidlo, siempre que se os presente la ocasión –buscadla, si es preciso–, sin reticencias, sin miedo (Amigos de Dios, num.171).

Al final de los años treinta, después de haber vivido la triste experiencia de la guerra civil, la mayor parte de los españoles alimentaba una fundada prevención contra el comunismo. No sucedía lo mismo con el nazismo: es más, la propaganda oficial, por un motivo o por otro, no sólo silenció los crímenes del nacionalsocialismo, sino que prohibió en España la publicación del documento pontificio que lo condenaba. Por esto, nuestro Fundador tuvo que pronunciarse más de una vez contra el nazismo en su ministerio sacerdotal. Precisamente porque en algunos ambientes oficiales españoles se miraba con simpatía al régimen alemán, se sintió en el deber de poner en guardia a los que se olvidaban de las aberraciones de aquella ideología: no sólo criticaba su totalitarismo, sino también la persecución y las discriminaciones a los católicos, a los hebreos, etc., y el tono de paganismo que caracterizaba el racismo nazi. Se prodigó en dar a conocer el contenido del documento pontificio de condena, y en difundirlo privadamente.

Sin embargo, algunos periódicos, hace poco, aunque se desmintió inmediatamente, hablaron de una “simpatía” del Fundador hacia el nazismo.

–Es una aberración que se descalifica por sí sola, pero quiero dar a conocer un testimonio que me llegó precisamente a la vez que aquella campaña de calumnias. (Un inciso: cuando suceden cosas de este tipo, seguimos viviendo el criterio que nos dejó el Padre: perdonar desde el primer momento, rezar por los calumniadores, reafirmar la verdad, y, siempre, “ahogar el mal en abundancia de bien”, persuadidos además de que la verdad acaba siempre abriéndose paso.) Pues bien, con fecha 9 de enero de 1992, Domingo Díaz–Ambrona me escribía desde Madrid: “Conocí al futuro beato en el transcurso de la guerra civil española. Durante ese periodo, me encontraba que refugiado, junto con mi mujer, en la embajada de Cuba, y estando allí se cumplió el tiempo del parto de nuestra hija Guadalupe, que nació el 3 de septiembre de 1937 en el Sanatorio Riesgo, ahora inexistente, que estaba entonces bajo protección de la bandera inglesa. Por las circunstancias que atravesaba el país no la podíamos bautizar, y así se lo comuniqué a un buen amigo mío, José María Albareda.

“Pocos días más tarde, José María Albareda me dijo que un sacerdote amigo suyo vendría en una determinada fecha a administrarle el bautismo. Confiado en la protección que nos ofrecía la bandera inglesa del sanatorio, invité al acto a los padrinos y a varios amigos más. El sacerdote se presentó a las cinco de la tarde, dos horas antes de la hora prevista, y estuvo el tiempo justo para bautizarla. Fue todo tan rápido, que ni siquiera le preguntamos el nombre. Más tarde supe que se trataba de Mons. Escrivá. Su comportamiento fue una lección de prudencia para todos en aquellos momentos difíciles. Yo intenté que se quedara, pero me comentó: ‘Me necesitan muchas almas’.

“Durante ese periodo, por lo que he sabido después, aunque no contaba más que con una precaria documentación y el clima social y político era muy peligroso para un sacerdote, desarrollaba una intensa labor apostólica: confesaba a muchas personas –con peligro de su vida muchas veces–, daba cursos de retiros cambiando constantemente de sede y atendía a un grupo de religiosas que sufrían los efectos de la persecución.

“Pero en aquel entonces yo no sabía, por las circunstancias citadas, de quién se trataba. Lo supe más tarde, durante un encuentro casual en el tren, en la línea Madrid–Avila, en el mes de agosto de 1941. Viajaba con mi mujer y mi hija de cuatro años cuando don Josemaría, al vernos, nos reconoció, entró en nuestro departamento y nos dijo: ‘A esa niña la he bautizado yo’. Nos saludamos, me dijo su nombre y estuvimos hablando de la situación histórica que atravesábamos. Nos encontrábamos en un momento decisivo de la historia de Europa: recuerdo que yo tenía un gran deseo de llegar cuanto antes a las Navas del Marqués, para saber por la radio como iba el avance de las tropas alemanas en territorio ruso.

“Yo le comenté que acababa de regresar de un viaje a Alemania y había podido captar el miedo de los católicos a manifestar sus convicciones religiosas. Esto me había llevado a recelar del nazismo; pero, como a muchos españoles, se me ocultaban los aspectos negativos del sistema y de la filosofía nazi, deslumbrados por la propaganda de una Alemania que se presentaba como la fuerza que iba a aniquilar por fin al comunismo. Y quise saber su opinión.

“Por todas esas razones que acabo de exponer me sorprendió profundamente, en aquellos momentos, la respuesta tajante de aquel sacerdote, que tenía una información muy certera de la situación de la Iglesia y de los católicos bajo el régimen de Hitler. Mons. Escrivá me habló, con mucha fuerza, en contra de ese régimen anticristiano, con un vigor que ponía de manifiesto su gran amor a la libertad. Hay que hacer notar que no era fácil encontrar en España, por aquel entonces, a personas que condenasen con tanta contundencia el sistema nazi y que denunciasen con tanta claridad su raíz anticristiana. Por eso, esa conversación, en aquel preciso momento histórico, en el que no se conocían aún todos los crímenes del nazismo, se me quedó profundamente grabada.

“Tiempo más tarde le comenté a mi amigo José María Albareda este encuentro y supe que había estado conversando con el Fundador del Opus Dei.

“Yo no soy del Opus Dei, pero mi experiencia personal me permite afirmar que quien sostenga una opinión contraria sobre el pensamiento en este sentido de Josemaría Escrivá de Balaguer no busca más que empañar inútilmente la vida santa de este futuro beato, que era un gran enamorado de la libertad”.

Es un testimonio incontrovertible que confirma los dictados del sentido común…

–Lógicamente, el Padre distinguía entre el nazismo y el pueblo alemán. Precisamente porque sentía un particular cariño hacia aquella nación –era un sentimiento heredado de su padre–, le dolía muchísimo verla sometida a aquella dictadura aberrante. Su pena se acrecentaría al estallar la Segunda Guerra mundial.

¿Y las relaciones con el franquismo?

–Antes de responder, me parece indispensable repetir una consideración bien conocida: la actividad y la finalidad del Opus Dei son exclusivamente espirituales, como también fueron sólo espirituales la misión y el ministerio sacerdotal de su Fundador. El Gobierno de una nación –cualquiera que sea– y el Opus Dei son realidades que se mueven en planos totalmente diferentes. La Prelatura impulsa a sus miembros a ejercer sus derechos y a cumplir diligentemente sus propios deberes como cristianos coherentes, pero les deja la más completa libertad en las opciones temporales; más aún, fomenta esa libertad: el único criterio que les señala en este punto es el de seguir las eventuales orientaciones que en este campo emane la jerarquía eclesiástica.

En el caso del franquismo, es necesario recordar que el final de la guerra civil significó el resurgir de la vida de la Iglesia, de las asociaciones, de las escuelas católicas, con una clara toma de posición de la Jerarquía a favor del General Franco, que era considerado en muchos ambientes como “providencial”. Basta pensar que, al término de la guerra civil, en la fachada de las catedrales de todas las ciudades españolas que eran sede episcopal se puso el escudo de la Falange con la inscripción: “Caídos por Dios y por España. ¡Presentes!” El Fundador del Opus Dei protestó muchas veces por este abuso.

En esta situación, el Padre, aun reconociendo a Franco el mérito de la pacificación, debió oponer resistencia a dos peligros: por una parte, la instrumentalización de la fe, ante el intento de determinados grupos de monopolizar la representación de los católicos en la vida pública; y por otra, la tendencia de algunos ambientes católicos a servirse del poder público como un brazo secular. En suma, dos facetas del clericalismo.

El Padre reconoció siempre que era competencia exclusiva de la Jerarquía dar indicaciones a los católicos en materia política; por eso siempre se abstuvo en este campo. La Jerarquía animó abiertamente a los católicos a sostener a Franco, tanto, que en los diversos gobiernos figuraron representantes de Acción Católica y de otras organizaciones religiosas. Y el clericalismo llegó al extremo de que alguno pidió el permiso del propio obispo (y lo consiguió, naturalmente), antes de aceptar la cartera de ministro.

Cuando, en los años cincuenta, algunos miembros de la Obra llegaron a ser ministros de Franco, el Padre ni lo aprobó ni lo desaprobó: actuaron según su libertad de ciudadanos católicos, respetuosos con la Jerarquía, aunque hubo quien intentó atribuir a la Obra como tal presiones o injerencias en el campo político. No nos faltaron dificultades e incomprensiones por ese motivo.

Ya en los años cuarenta, por ejemplo, algunos miembros del Opus Dei se presentaron a oposiciones de cátedras universitarias, y por su preparación, las ganaron brillantemente sin recomendación alguna. Surgió entonces una violenta reacción de los enemigos de la Iglesia que, desde fines del siglo anterior, a través de la Institución Libre de Enseñanza, controlaban la Universidad. Se hizo circular el rumor, absolutamente calumnioso, de que los miembros del Opus Dei ganaban las oposiciones de modo irregular, cuando lo cierto es que no gozaron de facilidad alguna, y más bien eran discriminados respecto de los que pertenecían a otras instituciones católicas favorecidas por los ministros de Educación Nacional.

Y no eran sólo enemigos de la Iglesia los que se oponían o no entendían. Cuando el Fundador, en 1947, pasó una temporada en España para preparar el traslado del gobierno de la Obra a Roma, se entrevistó en una ocasión con el Ministro de Asuntos Exteriores, Martín Artajo, que antes de entrar en el Gobierno había sido Presidente de la Acción Católica española. El Padre contó luego que, con gran sorpresa, el ministro le había dicho que no entendía “cómo se podía estar consagrado a la Iglesia, incluso con un vínculo de obediencia, y servir al mismo tiempo al Estado”. El Padre le explicó que no había ninguna dificultad, porque la materia de la obediencia debida a la Iglesia era la misma para él, que para el resto de los católicos, consagrados o no a Dios: esa obligación era del mismo grado, aunque por diverso título. Pero el ministro no acertó a entender esta palmaria verdad, y dio la orden de no admitir en el Cuerpo Diplomático a miembros del Opus Dei o personas consideradas como tales, aunque hubieran ganado el correspondiente concurso. Contra toda justicia, esa orden se cumplió en varios casos.

Como otras organizaciones católicas sostenían directa y abiertamente al Régimen, algunos no podían imaginar que la Obra se comportase de modo diverso. Sin embargo, el Fundador defendió siempre con vigor la libertad de opinión de sus hijos, y es natural que entre los miembros de la Obra hubiera quienes sostenían el franquismo, y quienes estaban en la oposición.

Recuerdo la película de una de las catequesis del Fundador en la que cuenta que no dudó en presentarse delante de un personaje muy poderoso para defender la libertad de opinión de un hijo suyo. Me gustaría conocer ese suceso con mayor detalle.

Un miembro de la Obra había escrito un artículo en oposición al régimen franquista. La reacción de las autoridades fue muy dura, y se vio obligado a exiliarse. Sobre esto nuestro Padre no tenía nada que decir, porque se trataba de cuestiones en las que no intervenía: correspondían a sus hijos como ciudadanos libres y responsables. Pero, entre otras injurias lanzadas contra aquel miembro de la Obra, dijeron que era “una persona sin familia”. Nuestro Fundador reaccionó entonces como un padre que defiende a su hijo. Se fue a España inmediatamente, solicitó audiencia a Franco y fue recibido enseguida. Sin entrar en las causas de las divergencias políticas, afirmó con toda claridad que no podía tolerar que de un hijo suyo se dijera que era un hombre sin familia: tenía una familia sobrenatural, la Obra, y él se consideraba su padre. Franco le preguntó: “¿Y si le meten en la cárcel?” El Padre respondió que respetaría las decisiones de la autoridad judicial, pero que si lo llevaban a prisión nadie le podría impedir facilitar a aquel hijo la asistencia espiritual y material que necesitara. Repitió las mismas ideas al almirante Carrero Blanco, brazo derecho de Franco. Y debo precisar que ambos, demostrando ser unos caballeros y tener sentido cristiano, reconocieron que nuestro Fundador tenía razón.

Muchos ataques a la Obra y a la libertad de sus miembros provenían directamente de instituciones del Régimen, como la Falange.

–Es elocuente en este sentido la carta que nuestro Fundador escribió el 28 de octubre de 1966 al ministro José Solís, jefe de la Falange:

Muy estimado amigo:

Hasta aquí me llega el rumor de la campaña que, contra el Opus Dei, hace tan injustamente la prensa de la Falange, dependiente de V.E.

Una vez más repito que los socios de la Obra –cada uno de ellos– son personalmente libérrimos, como si no pertenecieran al Opus Dei, en todas las cosas temporales y en las teológicas que no son de fe, que la Iglesia deja a la libre disputa de los hombres. Por tanto, no tiene sentido sacar a relucir la pertenencia de una determinada persona a la Obra, cuando se trate de cuestiones políticas, profesionales, sociales, etc.; como no sería razonable, hablando de las actividades públicas de V. E., traer a cuento a su mujer o a sus hijos, a su familia.

Con ese modo de proceder equivocado se comportan las publicaciones que reciben inspiración de su Ministerio: y así no logran más que ofender a Dios, confundiendo lo espiritual con lo terreno, cuando es evidente que los Directores del Opus Dei nada pueden hacer para cohibir la legítima y completa libertad personal de los socios, que nunca ocultan –de otra parte– que cada uno de ellos se hace plenamente responsable de sus propios actos y, en consecuencia, que la pluralidad de opiniones entre los miembros de la Obra es y será siempre una manifestación más de su libertad y una prueba más de su buen espíritu, que les lleva a respetar los pareceres de los demás.

Al atacar o defender el pensamiento o la actuación pública de otro ciudadano, tengan la rectitud –que es de justicia– de no hacer referencia, desde ningún punto de vista, al Opus Dei: esta familia espiritual no interviene ni puede intervenir nunca en opciones políticas o terrenas en ningún campo, porque sus fines son exclusivamente espirituales.

Espero que habrá comprendido mi sorpresa, tanto ante el anuncio de esa campaña difamatoria como al verla realizándose: estoy seguro de que se dará cuenta del desatino que cometen y de las responsabilidades que en conciencia adquieren ante el juicio de Dios, por el desacierto que supone denigrar a una institución que no influye –ni puede influir– en el uso que, como ciudadanos, hacen de su libertad personal sin rehuir la personal responsabilidad, los miembros que la forman, repartidos en los cinco continentes.

Le ruego que ponga un final a esa campaña contra el Opus Dei, puesto que el Opus Dei no es responsable de nada. Si no, pensaré que no me ha entendido; y quedará claro que V.E. no es capaz de comprender ni de respetar la libertad, qua libertate Christus nos liberavit la libertad cristiana de los demás ciudadanos.

Peleen ustedes en buena hora, aunque yo no soy amigo de las peleas, pero no mezclen injustamente en esas luchas lo que está por encima de las pasiones humanas.

Aprovecho esta ocasión para abrazarle y bendecirle, con los suyos,

in Domino.

Si se me permite expresar una opinión del todo personal, me parece que aquellos miembros de la Obra que, bajo su exclusiva responsabilidad, colaboraron libremente con el gobierno de Franco, trabajaron por el bien de su país, obtuvieron éxitos, reconocidos hoy unánimemente, en el saneamiento de la economía y en la ruptura del aislamiento de España, proyectándola hacia Europa. Aun absteniéndose de intervenir y de exponer públicamente opiniones en materia política, ¿cuál era en este tema lo que más preocupaba al Fundador?

–Le preocupaba el problema de la sucesión de Franco. No vaciló en hacérselo saber al interesado directamente, y procuró sensibilizar sobre este delicado asunto a los obispos españoles que venían a visitarle. Pero nuestro Fundador supo también resistir las insinuaciones que le llegaban del Vaticano para que tomase iniciativas en este campo: rechazó hacer de intermediario de algunos, porque no era misión suya inmiscuirse en política. Dejó clara su postura en esta materia, sin posibilidad de equívocos, en una carta de conciencia dirigida el 14 de junio de 1964 a Pablo VI.

Ahora comprendo mejor por qué tenía tanta devoción a Santa Catalina de Siena.


En el Corazón de Cristo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La Obra se hace extensa. Y empieza a sonar su eco en los trabajos profesionales. No todos van a comprender la dedicación de cada uno de los miembros del Opus Dei a las tareas de su tiempo. El Padre vuelve a sufrir la crítica de minorías que no aciertan a entender la libertad de actuación que tienen los miembros de la Obra, como todos los cristianos, en el orden temporal. En 1952 parecen confabularse las dificultades. De una parte las de orden material, ya que en Roma siguen construyéndose los edificios de la Sede Central, y los apuros económicos son constantes.

Pero, sobre todo, existen otros obstáculos. El Opus Dei se abre camino fatigosamente, y determinadas personas calumnian constantemente a la Obra y al Padre. Nadie pierde la serenidad, pero parte del esfuerzo que necesitan para la expansión que les urge ha de emplearse en aventar «cortinas de humo» que impiden la visión clara del espíritu que viven.

El Padre recomienda a todos que pidan a Dios, muchas veces al día, la paz. Primero la paz interior, la paz del alma, que es el don prometido aquí en la tierra a los hombres de buena voluntad. Luego, la paz exterior, para que la Obra, superadas todas las incomprensiones, marche con paso firme, largo y seguro, por los caminos de Dios. También la paz económica, porque es constante la preocupación por las necesidades de toda índole a que deben hacer frente. Y, finalmente, la paz del mundo.

Recurre nuevamente a la protección del Cielo. Es su única respuesta. La mejor dialéctica que conoce y que practica: rezar, para conseguir la luz a los que andan a oscuras y la seguridad confiada a los que han sido elegidos por Dios. Esta vez llama en su ayuda al Corazón de Cristo. A este Dios que en el mundo de los hombres paseó su amor y su mirada por los trigos y los mares, por los quehaceres y zozobras de la existencia cotidiana, por los oficios y afanes de cuantos se cruzaron con El por los caminos de la tierra. Jesús de Nazaret, que escuchó de Pedro los azares de la pesca; de Juan, los deseos de una adolescencia limpia; de Mateo, los problemas del cambio y del impuesto; de la fiesta de bodas, la desilusión de un vino escaso… Jesús de Nazaret, que convivió las nimias grandezas del trabajo y de la tierra, será el mejor escudo para cubrir los afanes de la Obra, su quehacer habitual por todo el mundo.

«Me acordé de que, cuando estaba de director en San Carlos, había un altar lateral con una imagen del Corazón de Jesús, mística pero humana, que invitaba a rezar. Escribí al obispo auxiliar -se hallaba la sede vacante-, pidiéndole unas fotografías, y me las enviaron enseguida. Se las enseñé a un hermano vuestro, y le comenté: mira, quiero una cosa de este estilo. Puedes hacer las variaciones que creas convenientes.

Me sentaba a su lado mientras él pintaba, ¡cuántas jaculatorias rezaba ya, invocando la protección omnipotente y la paz que Dios concede a sus hijos! Quedó una imagen muy agradable: un corazón envuelto en llamas, rodeado por la corona de espinas y rematado por la Cruz; y unos Angeles con los instrumentos de la Pasión en sus manos. Es una representación agradable y devota, que mueve a la piedad»(35).

No se ha terminado de construir Villa Tevere, cuyos muros aparecen aún cubiertos de andamios. Pero el cuadro se cuelga en un oratorio en la fiesta de Cristo Rey, 26 de octubre de 1952. De pie, porque no es fácil arrodillarse en aquel recinto en obras, suena la voz firme del Padre:

«Al consagrarte nuestra Obra, con todas sus labores apostólicas, te consagramos también nuestras almas con todas sus facultades; nuestros sentidos; nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones; nuestros trabajos y nuestras alegrías. Especialmente te consagramos nuestros pobres corazones, para que no tengamos otra libertad que la de amarte a Ti, Señor» (36).

Desde ese día repetirá, ante dificultades de todo tipo: Cor Iesu Sacratissimum, dona nobis pacem!; Corazón Sacratísimo de Jesús, danos la paz. La paz y el amor. «Para que nos dejen trabajar tranquilos», añadirá después con buen humor, «y para que sepamos dar esa paz a las personas que se nos acerquen en nuestra labor»(37).

No hay dogmas en las cuestiones temporales

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Raffaello Cortesini, Director de la Cátedra de Cirugía Expe­rimental de la Universidad de Roma, condensó su recuerdo de Mons. Escrivá de Balaguer en Il Popolo en un titular significa­tivo: Un uomo che amava la libertó.

El Fundador del Opus Dei amó la libertad en la lucha interior. No entendía que nadie pudiera entregarse y servir a Dios a la fuerza. Estaba dispuesto a dar cien vidas que tuviera para defender la libertad de las conciencias. Respetó ‑comprendió, perdonó, quiso‑ a los que no le comprendían o le calumnia­ban… ¿Cómo no iba a defender también la libertad en los asuntos estrictamente humanos: el trabajo, la acción social, la educación, la política?

Hemos visto en un epígrafe anterior la inconsistencia de los chismes que se difundieron en los años cuarenta. Igualmente falsos fueron los que comenzaron en los años cincuenta, relativos a una supuesta posición política de la Asociación. En 1957 se dio a la prensa la primera nota oficial de la Secretaría del Opus Dei, precisando que nada tenía que ver la Obra con la libre actuación de sus socios en la vida pública. Aunque los hechos hablaban por sí solos, más de uno se negó a aceptar su evidencia. Quizá no pudieron, por el clericalismo equivocado con que se habían acostumbrado a juzgar de lo divino y lo humano. No les cabía en la cabeza que era perfectamente compatible vivir por entero cara a Dios y, al mismo tiempo, vivir por entero cara a los hombres, asumiendo las responsabilidades ciudadanas; que la vida sobre­natural era aguijón, acicate, para la solidaridad con los hombres, pero sin confesionarios: pues no suele haber soluciones cató­licas unívocas en los problemas humanos. Sólo que, como titulaba otro periodista italiano, Cesare Cavalleri, en Il Corriere della Sera (Milán), Il clericalismo é duro a moriré.

En los años cincuenta y sesenta, el ambiente era relativa­mente propicio para una adecuada distinción entre religión y política. El espíritu del Opus Dei ‑si es lícito hablar así‑ iba a favor de la corriente. Lo asombroso ‑quiero subrayarlo‑ fue la fidelidad del Fundador a ese espíritu en los años treinta y cuarenta, cuando hablar de libertad y de pluralismo entre los católicos ordinariamente resultaba contra corriente.

Evidentemente se dan en la vida de los pueblos circunstancias excepcionales en las que la Jerarquía católica puede ‑debe­ hablar en términos muy concretos, y entonces cada católico ha de secundar responsablemente la voz de sus obispos. Pero es un derecho ‑una obligación‑ que compete a la Jerarquía episcopal, y a nadie más.

Al comienzo de los años treinta hubo en España una fuerte presión para unir a los católicos en la vida publica, y poder defender los derechos de la Iglesia. Muchos llegaron a creer que seguir aquella línea era una auténtica obligación de conciencia, aunque el episcopado no se pronunció colectivamente (sólo lo haría ya iniciada la contienda civil).

En aquel contexto, la actitud del Fundador del Opus Dei eta defensa de la legítima libertad de los cristianos, acentuando el necesario y único denominador común, no resultaba eficaz a corto plazo. El planteamiento ‑según sintetiza ahora José Antonio Palacios sus vivencias de 1932‑ no era “nada atractivo, en principio, para gente como nosotros, de pocos años, que considerábamos la situación de España como un gran problema religioso, y con una amenaza de persecución religiosa creciente, pero que no veíamos otra solución que la política, y por ese estábamos metidos de lleno en un activismo orientado a la solu­ción violenta de todo”.

Pero don Josemaria no tenía prisa, ni tampoco miedo al futuro. Le eran bien ajenas las tácticas para conseguir fine humanos, por elevadas que fueran las intenciones. Prefería confiar en la divina eficacia del mensaje de Cristo, que incluye el amor a la libertad personal de los cristianos: ¿por qué imponer dogmas en cosas opinables? Defendía el riesgo de la libertad. También por esto, y no sólo por celo sacerdotal, acudió a la cárcel, para visitar a algunos jóvenes amigos suyos, detenidos tras el fracaso de la sublevación del 10 de agosto de 1932. Es el propio José Antonio Palacios quien evoca sus visitas a la Cárcel Modelo, que estaba al final de la calle Princesa, donde más tarde se levantó el edificio del actual Ministerio del Aire: “Jamás tuvo la menor vacilación para atender a la gente, por mucho riesgo que hubiese; hacía visitas a la cárcel con bastante frecuencia, aunque hacer visitas a los detenidos fuera significarse y más tratándose de un sacerdote”.

En estas visitas, charlaba sacerdotalmente con cada uno de sus amigos; a veces, lo hacía en grupo. Ante las rejas del locutorio de presos políticos ‑una galería muy larga‑ llevaba la conversación a temas espirituales: devoción a la Virgen, filiación divina, amor a la Iglesia y al Papa, frecuencia de sacramentos. Les animaba a aprovechar el tiempo en la cárcel, a dar un enfoque sobrenatural a su estudio y a su trabajo.

De aquellos doce meses que pasó en la cárcel, José Antonio Palacios narra una anécdota simpática y expresiva. Fueron detenidos los anarcosindicalistas que participaron en la rebelión de Casas Viejas, y los ingresaron también en la Cárcel Modelo de Madrid. Cuando hacía buen tiempo. los presos eran conducidos a los diversos patios de la prisión para hacer un poco de ejercicio. Algunos jugaban al fútbol. Palacios se llevó una gran sorpresa al advertir que los anarcosindicalistas bajaban al mismo patio al que solían llevarlos a ellos. Aprovechó una visita de don Jose­maría a la cárcel, para pedirle consejo sobre cómo convivir con aquellos hombres, tan opuestos a la religión. El Fundador del Opus Dei le hizo ver que tenían una ocasión espléndida de tratarlos con cariño, y de intentar hacerles ver sus errores en materia religiosa. Tened en cuenta ‑venía a decirles‑ que ellos, probablemente, no tuvieron padres cristianos como vosotros, ni vivieron en un ambiente como el vuestro. ¿Qué hubiera sido de vosotros y de mí en sus mismas circunstancias?

Don Josemaría les alentó a que mostraran su fe, conviviendo y jugando con ellos como si fueran sus mejores amigos, y les hizo ahondar en la doctrina de Cristo: tenían que querer a esos hombres como a ellos mismos. Luego les dio un consejo práctico: jugar mezclados unos con otros, formando en el mismo equipo con los anarcosindicalistas.

Decidieron seguir el consejo, y a los pocos días se unían a ellos para el primer partido de fútbol. José Antonio Palacios se acuerda aún ‑él jugaba de portero‑ de sus dos defensas anarcosindicalistas: “Jamás jugué al fútbol con más elegancia y menos violencia. ;Tradicionalistas y anarcosindicalistas! ;Vaya mezcla!”.

Aunque no sé si formaba parte de este grupo, el 10 de agosto fue detenido José Manuel Doménech de Ibarra, que testimonia la solicitud de don Josemaria por la vida interior, al margen de toda preocupación política. El 11 ó 12 de agosto, un oficial del cuerpo de prisiones le entregó un sobre a través del pequeño postigo que tenía la puerta de su celda. En el sobre venía un “Oficio parvo de Nuestra Señora”, con la siguiente dedicatoria: Beata Mater et intacta Virgo, gloriosa Regina Mundi, intercede pro hispanis ad Dominum.

A José M. Domenech, con todo afecto.

Madrid, agosto, 932.

Al Fundador del Opus Dei le habría costado numerosas gestiones hacerle llegar ese sobre, porque no era fácil conseguir entregar nada a los presos incomunicados, y menos que fuera un oficial de prisiones el que lo llevara. “Me causó profunda impre­sión ‑escribe José Manuel Doménech‑ el cariño del Padre y su preocupación por mi vida interior; él sabía que yo conocía w rezaba el Oficio parvo y quería que en aquellos momentos de zozobras e inquietud no abandonase mis prácticas de piedad. Naturalmente, quedé muy agradecido y recé con devoción esa, oraciones en aquellos días”. La anécdota es más expresiva aún si se tiene en cuenta que, entre las devociones que recomendaba el Fundador del Opus Dei, no se incluía el rezo del Oficio parto.

También fue detenido en agosto de 1932 Vicente Hernando Bocos. En aquel tiempo de dura lucha política, él era partidario ‑según reconoce‑ de usar la violencia. No se dejó convencer por don Josemaría, que le animaba a defender sus sentimientos con tenacidad y constancia, pero sin herir a nadie. Él prefería más el “estacazo y tentetieso”. Los consejos del Padre eran sacerdotales, no políticos: “Nunca don Josemaría ‑afirma expresamente Vicente Hernando‑ discriminó a nadie por motivo de sus opiniones políticas, sociales, etc., respetaba la libertad personal en todas las cuestiones”.

Estas anécdotas muestran que, para el Fundador del Opus Dei, el respeto a la libertad política no era indiferencia, despreocupación. Sentía en su carne los problemas ‑como cualquier ciudadano consciente‑, pero pensaba que no era misión suya resolverlos. En esto, como en todo, exponía clara­mente la enseñanza de la Iglesia y señalaba con precisión las doctrinas erróneas. Ayudaba así a las almas de los que se enfren­taban ‑acertando o no‑ con cuestiones ante todo civiles, y formaba bien sus conciencias para que santificasen el trabajo ‑cada uno el suyo‑, tratando de hacer más humana y más justa la sociedad.

Estas palabras, pronunciadas en 1967 en el campus de la Universidad de Navarra, acertaban a resumir con brevedad su predicación desde 1928:

Un hombre sabedor de que el mundo ‑y no sólo el templo­ es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y profesional, va formando ‑con plena libertad‑ sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desenvuelve; y toma, en conse­cuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida.

En 1934 tuvo don José Luis Múzquiz la primera noticia del Opus Dei, a través de u» conocido suyo de Madrid, llamado Laureano, que ayudaba a don Josemaría en el Asilo de Porta Coeli. Laureano le preparó una entrevista, que tuvo lugar en la residencia de Ferraz, 50, a finales de 1934 o en enero de 1935. Múzquiz fue con “cierta curiosidad por saber qué era aquella fundación de que me había hablado Laureano, y qué pensaría aquel sacerdote de la situación, partidos y prohombres políticos que más se movían entonces en España”. Porque ‑anota‑ en aquella época turbulenta antes de la guerra era normal que los sacerdotes opinaran de política. Ante su sorpresa, don Josemaría le habló, desde el primer momento, en un tono sobrenatural, sacerdotal, apostólico. No obstante, José Luis Múzquiz le pre­guntó su opinión sobre un líder político conocido, al que él tenía en aquel momento simpatía. El Fundador del Opus Dei le contestó inmediatamente que allí nunca le preguntarían de política; que iban por la residencia personas de todas las tenden­cias. Ayer ‑añadió a modo de ejemplo‑ estuvieron el presidente y el secretario de la asociación de estudiantes nacionalistas vascos. A continuación, como para reforzar más su criterio, agregó sonriente: En cambio te harán otras preguntas “moles­tas”: te preguntarán si haces oración, si aprovechas el tiempo, si tienes contentos a tus padres, si estudias, pues para un estudian­te estudiar es obligación grave.

En todo es semejante el recuerdo que conserva don Ricardo Fernández Vallespín de su primera entrevista personal con don Josemaría, el 29 de mayo de 1933: “Me habló de las cosas del alma. no de los problemas políticos; me aconsejó, me animó a ser mejor”. Algún tiempo después, Fernández Vallespín pidió la admisión en la Obra: “Nos metía, con infinita paciencia, en los caminos de la vida espiritual, nunca nos hablaba de política, nos decía que teníamos que ser santos en medio del mundo (…)”.

La vida pública española se iba complicando por momentos. Como ha dicho un conocido historiador, durante la II República se socializó la política por vez primera en la historia de España. En todo el país se hablaba y se hacía política, casi más que cualquier otra cosa. Pero don Josemaría, a contracorriente, siguió fiel a su vocación sacerdotal: sólo hablaba de Dios. Esta actitud debía contrastar tanto, que se convertía en dato diferen­cial. Hasta el punto de que el Fundador del Opus Dei podía ser distinguido como un sacerdote que no era “trabucaire” (que no se mezclaba en política). Como vimos, así fue presentado al doctor Canales Maeso en el Hospital de la Princesa, a comienzos de 1933.

En junio de 1975, en el diario Las Provincias (Valencia) relató Aurelio Mota que, a mediados del curso lectivo 1935‑36 unos universitarios tomando los valencianos, preocupados por el giro que iban acontecimientos en España, decidieron viajar a Madrid para consultar con don Josemaría. Querían aconsejarse con él, dado su profundo conocimiento del ambiente estudiantil y la prudencia y discreción que le caracterizaban.

Aunque los problemas que le plantearon eran una mezcla de carácter político y religioso, supo ‑resalta Aurelio Mota­ “deslindar campos y aclarar que su misión era puramente
espiritual, y que como sacerdote, no entraba ni salía en asuntos políticos”. Desde luego, no dejó de señalar los puntos contrarios a la doctrina de la Iglesia que defendían algunos grupos, pero eso era justamente hablar de religión, no de política. Les repitió que “a él le interesaban las almas, y que para las otras instancias ya estaban los laicos”.

Aun a riesgo de ser reiterativo, vale la pena insistir: esta acti­tud no era indiferencia, sino deseo profundamente sentido de evitar a toda costa el clericalismo malo. Por esta razón, el Fundador del Opus Dei se limitaba a formar la conciencia de los cristianos, de modo que ahondasen en sus propias responsabilidades ‑ante Dios, ante los hombres‑ y actuasen en consecuen­cia, no como longa manus de la Jerarquía eclesiástica o de algún sacerdote.

Todo esto quedaría muy claro ‑una vez más‑ al responder a las preguntas que, tanto tiempo después, harían a Mons. Escrivá de Balaguer en Buenos Aires:

‑Qué puedo hacer para darles a entender a nuestros amigos que lo más importante es tratara Dios, conocer a Dios, y que no se preocupen tanto por otras cosas…, por política …?

‑Bueno; es que no les puedes decir que no se preocupen de política. Porque justamente, por amor de Dios, algunas personas se ocupan de política: ;yo no! Yo no trato de ese tema, pero comprendo que haya ahí gente llena de rectitud: unos van por la derecha, otros por la izquierda, otros por allá, y ninguno des­acierta, todos tienen buena voluntad. Yo no les indicaré que dejen la política. Eso sí: les puedo y les debo aconsejar que no actúen con ataques personales; que defiendan su programa, sin ofender a nadie en la persona: ni de las figuras actuales, ni de las inmediatamente pasadas; si no, en un país nunca habrá nadie decente que quiera sacrificarse por llevar la nación adelante; porque piensan: después, si esto se hunde, a mí me maltratan, y, conmigo, a mis hijos, a mi familia, a todos; y comienza una persecución detrás de otra. Es de locos.

De modo que sí: que los buenos se preocupen de política, si les da la gana. Ya sé que no voy por tu lado, porque tú has citado eso como ejemplo: pero me has proporcionado la ocasión de recordar que no haya odios. Nos hemos de ocupar de las cosas de la tierra. Tú y yo hemos de tocar todo lo que no sea intrínseca­mente malo, pero con todo lo que es bueno o indiferente, sin inconveniente alguno, hay que hacer lo del Rey Midas: conver­tirlo en oro. ¿Está claro?

Aquel mismo día, otra persona, que trabajaba en un canal de televisión, quiso disipar sus dudas sobre cómo utilizar con sentido apostólico los medios de difusión masiva.

‑Hijo mío, muchos de vosotros sois especialistas en eso. De modo que no me preguntes cosas profesionales. Sabéis mucho más que yo. Yo os puedo hablar de vuestro celo apostólico, de vuestro empeño en llevar a otras almas el Amor que tenéis a Cristo. Pero sobre el modo específico…, si vosotros sois maestros, por qué me voy a meter yo? No me gusta. Los curas no debemos hablar de cosas profesionales, de las que probablemente no entendemos nada, y, en todo caso, no estamos para eso.

Yo te puedo aconsejar que tengas más preocupación, más hambre de almas; y te insistiré para que alargues la oración, para que hagas muchos actos de Amor, de desagravio; para que profe­sionalmente seas muy bueno. ¿Pero de tu trabajo?: eso es cosa tuya. ¿Qué dirías si me pusiera ahora, aquí, a tratar de socio­logía o de política…? Me tendrías que mirar con pena. Pensarías: el Padre se ha vuelto loco, no nos habla de Dios.

Don Álvaro del Portillo se le acercó ‑eran casi las doce‑, y antes de rezar el Ángelus, Mons. Escrivá de Balaguer añadió:

‑Me pide don Álvaro que repita que eso es lo único que 3 0 puedo deciros, porque vosotros ‑cada uno‑ formaréis libre­mente vuestro pensamiento en las cosas temporales, que no tiene por qué ser igual al de los otros. Muchos pareceres diversos pueden ser soluciones buenas, y nobles, y sacrificadas, y merecen respeto todas. No hay dogmas en la vida terrena: sólo en la religión.

Ése fue el criterio claro, inequívoco, que proclamó siempre con independencia de los acontecimientos que le tocó vivir a h: largo de los años: enseñó al final de sus días, lo mismo que e‑r¡ 1930 ó en 1940.

Como es sabido, en la España de 1939 se consolidó un cambio de clima de la autoridad civil hacia la Iglesia católica, que se reflejó en numerosos discursos y manifestaciones públicas. Pero el Fundador del Opus Dei, que estuvo serenamente en su sitie años atrás, cuando corrían otros aires, permaneció también ahora en su sitio.

A uno de los asistentes a la meditación que dirigió en la residencia de la calle de Jenner el último domingo de octubre de 1939, Fiesta de Cristo Rey, se le grabó su modo sacerdotal de referirse a los afanes nobles, patrióticos, de la gente, para llevarles enseguida a la consideración de que hay un Reino mucho más grande: el Reino de Jesucristo, que no tiene fin… Se metía muy dentro la pregunta, dirigida a cada uno de los presentes: Para que Cristo reine en el mundo, primero ha de reinar en tu corazón: ¿reina de verdad? ¿Es tu corazón para Jesucristo?

Pero no era sólo la predicación. Todo en aquella residencia de estudiantes rebosaba libertad. Vicente Mortes llegó a Madrid, en los primeros días de septiembre de 1940, para buscar alojamien­to, pues iba a empezar la carrera de ingeniero de Caminos. En Valencia, don Eladio España, Rector del Colegio del Corpus Christi, que llevaba la dirección espiritual de mucha gente joven, le había hablado de la Residencia de Jenner. Allí se dirigió Vicente Mortes con su padre. Saludaron al sacerdote de aspecto fuerte y cordial que les recibió, se sentaron y tomó la palabra el padre de Vicente: era hijo único; por primera vez se separaba de sus padres; había sido un buen alumno en los Escolapios de Valencia; tenía miedo de que se “perdiera” en la gran ciudad; quería, por tanto, dejarle en un sitio donde no corriera peligro, donde se controlaran sus salidas y entradas, donde estuviera vigilado, en una palabra…

Don Josemaría le interrumpió, y le explicó que en la Resi­dencia no se vigilaba a nadie; se procuraba ayudar a todos para que fueran buenos cristianos y buenos ciudadanos, hombres libres que supieran formarse un criterio y cargar con la respon­sabilidad de sus propias acciones…

El padre de Vicente quedó al principio desolado. Siguieron charlando, y fue comprendiendo que aquel sacerdote tenía razón, que la vigilancia no servía para personal de la responsabilidad.

No obstante, el límpido mensaje del Fundador del Opus Dei no era entendido a veces, en un primer momento, por personas, incluso buenísimas, que no calibraban su novedad, su originali­dad, y trataban de encerrarla en esquemas viejos. Este fue el caso, por ejemplo, de don Manuel García Morente. Víctor García Hoz había ido a ver a don Josemaría a Diego de León, y le dijeron que debía esperar un poco, porque tenía otra visita. Era don Manuel García Morente, catedrático de Filosofía de la Universidad de Madrid, que había vivido apartado de la religión, pero se convirtió y llegó a ser sacerdote. Don Manuel García Morente quería enterarse de lo que era el Opus Dei y estuvo conversando con su Fundador. Morente le vino a decir: “Entonces el Opus Dei es como la Institución Libre de Enseñanza, pero con sentido católico”. Don Josemaria, al recibir a Víctor García Hoz, le comentó incidentalmente, con cierta pena, que a una persona tan buena y tan inteligente como don Manuel todo lo que se le ocurría acerca de la Obra era reducirla a una Institución pedagógico‑política…

García Morente llegó a entender, y a querer bien a la Obra, después de sucesivas conversaciones. En cambio, personas no tan buenas, ni tan inteligentes, y que quizá no se molestaron en hablar con nadie del Opus Dei, repetirían andando los años que la Obra era una especie de anti‑Institución Libre de Enseñanza. No se daban cuenta de que ese enfoque resultaba radicalmente opuesto al espíritu positivo del Opus Dei: la Obra no era anti‑nada, ni anti‑nadie. Además, omitían un dato fundamental: el delicado y eficaz respeto del Fundador a la libertad de actuación de los socios en las cuestiones políticas, sociales o culturales.

Ninguna persona sensible a los problemas universitarios desconoció la pujanza adquirida por la Institución en los años veinte y treinta. El Fundador del Opus Dei, que trataba con muchos estudiantes por aquellos años, conocía la realidad y habló del tema alguna vez hacia 1932 ó 1933, según aprecia el doctor Jiménez Vargas, para dar idea de los graves problemas que aquejaban a la Universidad española, pero dejando siempre muy claro que resolver esos problemas era responsabilidad de las personas que, con libertad, trabajasen en la enseñanza univer­sitaria. Quedaba tan diáfano su planteamiento, que “ninguna persona de buena fe que le hubiese oído algo de esto podría nunca haber pensado que la Obra había surgido contra la Institución Libre de Enseñanza”.

En muchos terrenos, en los años treinta y cuarenta, cuando los socios de la Obra eran jóvenes, el delicado respeto del Fundador del Opus Dei a su libertad profesional tenía por fuerza que resultar heroico, pues con frecuencia surgían temas en que su información era grande; por ejemplo, en cuestiones univer­sitarias, jurídicas, artísticas o históricas. Sin embargo, prefirió siempre el riesgo de la libertad.

Este espíritu alcanzaba, incluso, el modo de dirigir las obras apostólicas promovidas por el Opus Dei. Estas labores ‑como es sabido‑ responden a una finalidad sobrenatural. Pero se proyectan y gobiernan con mentalidad laical, es decir, por personas para quienes esta tarea es su propio trabajo profesional. Por eso no son confesionales, ni están cortadas por un mismo patrón: dependen de las necesidades sociales de una región, de las circunstancias propias de un territorio, o de las posibilidades que ofrezca en cada caso la correspondiente legislación civil.

De palabra y por escrito el Fundador del Opus Dei dio muchos criterios para estos apostolados. Se referían a sus líneas de fuerza ‑ideas centrales de carácter apostólico‑, y a aspectos de organización o de oportunidad práctica, pues sentía el afán de transmitir toda su experiencia, hasta en los menores detalles, para que la utilizaran con responsabilidad personal. Los grandes criterios de dirección del Opus Dei ‑descentralización, colegia­lidad, autonomía‑ hicieron que las decisiones se tomaran, caso por caso, lo más cerca posible de cada problema. Así nacieron esas obras apostólicas en el mundo, fruto de un mismo afán cristiano, pero realizadas en formas diversísimas y por personas muy distintas.

En los inicios de la labor del Opus Dei en los Estados Unidos, poco después de 1950, se puso en marcha un proyecto en la ciudad de Boston, para impulsar el trabajo apostólico en los medios universitarios de aquella ciudad, tan importante en los Estados Unidos (son famosos el M.I.T. y la Universidad de Harvard). La iniciativa suscitó el interés de muchas personas que no eran del Opus Dei, pero que estaban dispuestas a colaborar. Se organizó un Patronato, un comité que organizase esas ayudas y promoviera otras. De él formaron parte personas de las tendencias políticas más diferentes, como Volpe, republicano, gobernador del Estado de Massachusetts; Fitzgerald, uno de los líderes del partido demócrata en Boston; o Richardson, republi­cano, vicegobernador del Estado, no católico.

Idéntica comprensión del verdadero alcance del Opus Dei se dio en Londres, cuando la residencia Netherhall House se disponía a duplicar sus instalaciones, para extender más aún su labor con estudiantes del Tercer Mundo. El Patronato formado para allegar fondos estaba presidido por un no católico, Bernard Audley, e incluía a gentes de varias tendencias, algunas encontradas. Un día, varios miembros del Patronato se reunieron en una de las salas privadas del Parlamento en Westminster. En pleno estudio sobre los modos de ayudar a Netherhall House, sonaron los timbres que llamaban a una votación de trámite. Entre los reunidos había cuatro diputados, dos laboristas y dos conservadores, que formaban parte del Patronato de Netherhall. Uno hizo ademán de levantarse, pero otro sugirió: “Sigamos con Netherhall House, pues estamos dos a dos, y nuestra ausencia no variará el resultado de la votación”. Y siguieron con la Resi­dencia.

Con mayor motivo, el Fundador del Opus Dei respetaba y alentaba la libertad cuando se trataba de iniciativas apostólicas personales de socios de la Obra. Joaquín Herreros Robles, presidente del comité de las Escuelas Familiares Agrarias en España, charlaba con Mons. Escrivá de Balaguer una mañana de noviembre de 1972 en Pozoalbero (Jerez), y en un momento dado de la conversación, le comentó, más o menos: ‑Hijo mío, haréis con vuestro trabajo personal, y con vuestra personal responsabi­lidad, una profunda labor de formación cristiana en el campo, que será a la vez una importante labor de carácter profesional, y social, y también político. ;Pero nunca de partido único!

Joaquín Herreros quiso explicarles que las E. F. A. no tendrían el menor asomo de afinidad o de adhesión a partidos políticos: eran otra cosa. Pero antes de empezar a hablar, el Fundador del Opus Dei, con resolución, le dijo:

‑No, hijo mío, si piensas de distinta manera, no me lo digas.

Joaquín Herreros se quedó tranquilo y conforme: “Adiviné que el Padre comprendía de sobra todo lo que yo hubiera querido decir, y que si no me dejó hacerlo fue, tan sólo, para mostrarme cómo respetaba mi libertad”.

El Fundador del Opus Dei vivió el amor a la libertad hasta extremos heroicos. Cuando era fácil y cuando era difícil. Especialmente arduo debió resultar ‑apenas queda aquí esbo­zado‑ en la época turbulenta que precedió a la guerra de España, y en los primeros años de la postguerra. En ambos períodos se difundió por muchos países un ambiente que vinculaba determinadas posiciones políticas a un mensaje religioso. Quien no compartía ciertas soluciones quedaba en la desaira­da actitud de parecer que no amaba el Evangelio, que no era fiel hijo de la Iglesia (esta tendencia ha rebrotado con fuerza ‑planteada a veces en términos ásperos, broncos‑ en la década de los setenta, y ha originado de nuevo incomprensiones hacia el espíritu del Opus Dei: algunos no acaban de entender que la defensa de la libertad no es ni indiferencia ante los problemas humanos, ni desunión entre los católicos, sino fidelidad al mismo tiempo a la autonomía del orden temporal y al mensaje de Cristo).

La afirmación del pluralismo entre los católicos fue en los primeros años del Opus Dei novedad ininteligible para muchos, porque habían sido formados en una línea justamente contraria. Luego el Concilio Vaticano II se pronunciaría inequívocamente sobre la doctrina tradicional de la Iglesia, que parecía olvidada ‑”a nadie le es lícito reclamar para sí en exclusiva a favor de su opinión la autoridad de la Iglesia”, ‘puede leerse en la Const. Gaudium et Spes‑, pero aún hoy lo que es ya patrimonio doctrinal común no acaba de impregnar del todo las conductas prácticas.

Era comprensible la sorpresa de Mons. Escrivá de Balaguer, su indignación, cuando alguien de la Curia Vaticana le felicitó en 1957 por el nombramiento de un socio del Opus Dei, Alberto Ullastres, como ministro del Gobierno español: Qué me importa a mí que sea ministro o barrendero? Lo que me importa es que se santifique con su trabajo.

En 1964, le preguntaron en el teatro Gayarre de Pamplona:

‑¿Qué posición tienen los socios del Opus Dei en la vida pública de los pueblos?

Mons. Escrivá de Balaguer explicó una vez más la libertad que se vive en la Obra, siempre dentro de la doctrina católica.

Pero inició su respuesta con un rápido y rotundo la que les dé la gana. En el abarrotado teatro resonó una ovación cerrada.

Sin libertad no se puede amar a Dios

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

“Una de las cosas que más me ha emocionado al conversar con Monseñor Escrivá de Balaguer, aparte de su calor humano, de su entusiasmo y su sentido sobrenatural, es su amor a la libertad”, afirmó en La Libre Belgique, Mons. Onclin, pocos días después del fallecimiento del Fundador del Opus Dei. El Decano de la Facultad de Derecho canónico de Lovaina glosaba su espíritu de libertad, “palabra que nunca pronunciaba sin añadir otra: responsabilidad”. Y añadía una idea central, tantas veces reiterada por Mons. Escrivá de Balaguer: sin libertad, no se puede amar a Dios.

En la historia de España, Aragón ha sido siempre tierra de libertades. Antes de la Carta Magna inglesa, ya conocía la tradición del habeas corpus. Su Justicia Mayor escribió páginas gloriosas y trágicas en la historia española. Pero no parece telúrico el sentido de la libertad que tuvo Mons. Escrivá de Balaguer ni el amor que le profesó y que comenzó a vivir en el hogar de sus padres. Sus raíces son más profundas, más cris­tianas. Proceden de su honda meditación sobre la Cruz, quizá de la mano de San Pablo: la criatura ha sido libertada “de :a servidumbre de la corrupción, para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rom., VIII, 21). Dios es nuestro Padre, que es Espíritu, y “donde está el Espíritu del Señor está la libertad” (2 Cor., III, 17). Sin libertad, no puede amarse a Dios. precisamente porque los cristianos han sido “llamados a la libertad” (Gal., V, 13).

Un periodista colombiano, Javier Abad Gómez, manifestó t_ I 30 de junio de 1975 en El Tiempo, de Bogotá: “Me impresionó, sobre todo, su amor a la libertad. No conoció jamás el fanatismo. Con un respeto enorme a la conciencia personal de cada uno, hallaron cabida en su corazón magnánimo no sólo los que pensaban como él, sino también los que opinaban y actuaban de: manera muy diferente a la suya. Lo recordarán ahora hombres de letras y obreros, intelectuales y campesinos, de las más diversa religiones y de las más contradictorias opciones ideológicas”

No era efímero el fundamento de su amor por la libertad Sentía dentro de sí, con toda su fuerza, el profundo y única; carácter liberador de la Cruz redentora. Lo sintetizaba en una frase muy clara, muy gráfica, y muy verdadera: cada alma vale toda la sangre de Cristo. El 22 de octubre de 1972, en el salón de actos de Tajamar (Madrid), una mujer le presentaba el problema de la angustia de algunos padres cuando tienen que enfrentarse con hijos que les reclaman de un modo violento e insolente libertad e independencia de la vida de familia. Mons. Escrivá de Balaguer le dio un criterio general, pero le recomendó consultar el caso concreto:

Para darte un consejo apropiado necesitaría más datos. Yo querría hacer un traje a la medida. Amo mucho a las almas. Cada alma vale toda la sangre de Cristo. Empti enim estis pretio magno, dice San Pablo (I Cor., VI, 20). Estáis comprados ‑cada uno de nosotros‑ a un gran precio, el precio de toda la sangre de Jesucristo. Por eso, yo no te puedo dar un específico: quiero hacer una receta especial, para cada uno de tus hijos; ni siquiera para todos juntos. Consulta el caso, y verás que, rezando, las madres podéis tanto en la presencia de Dios. Rezando, sacarás a los hilos adelante y pasará esta pequeña tormenta.

Como antes en España y en Portugal, desde que se trasladó a Roma en 1946 continuó haciendo un apostolado personal intensí­simo. Aunque su lema era ocultarse y desaparecer, empezó en­seguida a recibir en la Ciudad Eterna a gentes que acudían, desde todas las partes del mundo, a pedirle un consejo, a contarle sus penas o sus alegrías. Para todos tenía el bálsamo de su caridad, la luz de la doctrina y el empuje de su palabra sacerdotal.

En 1948 comenzaron sus correteos apostólicos por casi toda Europa y fueron surgiendo nuevos apostolados, que planeaba e impulsaba, a veces personalmente. Además, al mismo tiempo que el Opus Dei se desarrollaba por otros continentes bajo su mirada vigilante, desde el fin de los años cuarenta empezó a recibir en Roma a grupos, cada vez más nutridos, integrados por hombres o mujeres que llegaban de las más diversas naciones.

En los últimos años de su vida, Mons. Escrivá de Balaguer sintió la necesidad de hacer una catequesis con grupos más numerosos. Para llevarla a cabo, antes había cruzado Europa; ahora seguirá con esta labor, recorriendo, además, muchas naciones de América. Gentes de muy distintas profesiones, ambientes, razas y lenguas, le escucharon. Fue necesario habili­tar lugares amplios ‑gimnasios, explanadas, hasta teatros- acoger a todos. Cuando las reuniones eran más numerosas, no se perdía por eso el ambiente acogedor: había espontaneidad en preguntas y respuestas, tono de familia, casi de confidencia, un respeto extremado a la intimidad de cada persona. Lo resumió una conocida figura de la vida intelectual y universitaria española, Enrique Gutiérrez Ríos, en el ABC de Madrid: “Aunque hablara a una gran concurrencia, siempre la persona estaba en primer plano ‑cada persona, concreta, única, insusti­tuible‑. Decía que, en lo espiritual, cada criatura requiere una asistencia concreta, personal; que ¡no pueden tratarse las almas en masa!”.

Al Fundador del Opus Dei le dolía cualquier intento de masificar al ser humano. Saboreaba las palabras de la Escritura: Redemi te, et voeavi te nomine tuo; meus es tu. El Señor nos ha elegido a cada uno llamándonos por nuestro nombre. Nfeus es tu: eres mía. La respuesta tiene que ser también personal: Ecce ego quia vocasti me, aquí estoy respondiendo a tu llamada. Por eso rechazaba la tendencia al anonimato, especialmente en las relaciones del hombre con Dios. Como recogió en L’Osservatore Romano Giuseppe Molteni, todo su apostolado era un poner al cristiano cara a cara con Cristo: ¡Siempre, Cristo, que pasa! Cristo, que sigue pasando por las calles y por las plazas del mundo, a través de sus discípulos, los cristianos. La predicación de Mons. Escrivá de Balaguer podría resumirse en esa perma­nente invitación al encuentro personal con Dios: en los sacra­mentos, en la oración, en la vida ordinaria ‑que debía ser vida de fe, vida de oración‑, en la lectura amorosa del Evangelio, sintiéndose un personaje más, que participa por entero de cada escena, lejos de todo anonimato.

Más de una vez propuso el ejemplo del valiente que, metido entre la muchedumbre, es capaz de tirar una piedra contra l a vidriera maravillosa de una catedral ‑una joya espléndida, que pertenece a todos, solía añadir‑, y no reconoce: ‑¡He sido yo! Se refugia en el anonimato, es un cobarde… El ejemplo se aplica­ba a la cobardía del alma que no se atreve a ir sola a encontrar a Dios a lo largo de la jornada, sin hacer cosas raras, sin menear los labios, sin ruido de palabras, buscando a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en el centro de nuestra alma, en medio de nuestro corazón, porque allí está si no le echamos (Tajamar, 1 de octubre de 1967).

Múltiples consecuencias prácticas tuvo esta viva conciencia dL la dignidad y la libertad de la persona humana.

Para ayudar a una sola alma estaba dispuesto a los mayores sacrificios: a levantarse de la cama ‑con 39° de fiebre‑ para ir a confesar; a recorrer cientos de kilómetros, como al final de lo, años treinta, para ir desde Burgos a Andalucía, en los trenes de entonces, sin dinero para acabar el recorrido, ni para comer; predicar, aunque sólo hubiera una persona. (Así se ha hecho siempre en el Opus Dei. Pero el Fundador fue por delante. lo, ejemplo, en julio de 1935 empezó una clase semanal de formación para una sola persona: Álvaro del Portillo. Luego fueron dos, cuando, a finales de ese mes, se incorporó a la clase José María Hernández de Garnica. De este modo práctico quedaba patente el valor de cada alma).

Este afán apostólico iba unido inseparablemente al fomente: de la libertad. Precisamente porque abominaba del anonimato, promovía la lucha personal, los caminos personales de cada uno hacia Dios. No era amigo de encorsetamientos, ni de recetas generales. No cuadriculaba la vida interior. Dejaba que el Espíritu Santo hiciera su labor dentro de cada alma. Insistía, con ocasión y sin ella, en que el único modelo es Cristo, perfecto Dios, perfecto Hombre. Evitaba cuidadosamente cualquier otro mimetismo, sobre todo si era a él a quien querían imitar. Ni siquiera los socios del Opus Dei tenían que imitarle. Lo subrayaba una vez más el día de San José de 1975. El texto ha sido ya citado, pero vale la pena releerlo, con este prisma de libertad. El Fundador del Opus Dei recordaba las dificultades de los comienzos:

¿Qué buscaba yo? Cor Mariae Dulcissimum, ¡ter para tutum! Buscaba el poder de la Madre de Dios, como un hijo pequeño, yendo por caminos de infancia. Acudí a San José, mi Padre y mi Señor. Me interesaba verlo poderoso, poderosísimo, jefe de aquel gran clan divino, y a quien Dios mismo obedecía: erat subditus illis! Acudí a la intercesión de los santos con simplicidad, en un latín morrocotudo pero piadoso: Sanete Nicoláe, ¡curam domus age! ; y a la devoción a los Santos Ángeles Custodios, porque fue un 2 de octubre cuando sonaban aquellas campanas de Santa María de los Ángeles, una parroquia madrileña junto a Cuatro Caminos… Acudí a los Santos Ángeles con confianza, con puerilidad, sin darme cuenta de que Dios me metía ‑vosotros no tenéis por qué imitarme, ¡viva la libertad!‑ por caminos de infancia espiritual.

Difundió entre los hombres de nuestro tiempo virtudes y devociones cristianas de siempre: Cristo, María y José ‑la trinidad de la tierra llamaba a la Sagrada Familia, como medio para llegar antes a la Santísima Trinidad‑, el Papa… Santa Misa, oración, mortificación, trabajo… Confesión y Eucaristía… Le emocionaba rezar con las oraciones de los primeros cristianos, las mismas que utilizarán también los cristianos en los próximos siglos. Pero no imponía nunca nada: tenía una extremada delicadeza para distinguir entre lo establecido por la Iglesia, y lo recomendado o simplemente alabado por Ella. Cuando daba un consejo ‑siempre personal‑, ponía buen cuidado para que quedase claro que era eso, un consejo, que podía seguirse o no, pero de ningún modo obligaba en conciencia. La claridad jurídica y el rigor teológico se daban la mano en defensa de la libertad de las conciencias.

Le encantaba la naturalidad, la espontaneidad del alma en su trato con Dios. Quería que los hombres se dirigieran a Él con el mismo corazón, con las mismas palabras, con que se habla a las personas queridas de la tierra. Alguien le preguntó en mayo de 1974 cómo ofrecer las cosas a Dios cuando uno se siente cansado. Y le contestó:

‑Pues díselo al Señor, así, con naturalidad, como se lo dirías a tu madre, como me lo dices a mí personalmente…

Dentro de una familia nadie tiene por qué sentirse tímido:

‑Pues si no tendrías vergüenza de decírselo a tu madre de la tierra, díselo a la Madre del Cielo: ;Madre mía!, que me está costando mucho levantar el corazón a tu Hijo, para ofrecerle las obras del día… ;Eso es oración! Díselo como te dé la gana. Puedes rezar las oraciones vocales acostumbradas, que tenemos todos los cristianos, que son maravillosas. Pero además tú haces oración: eres alma contemplativa, como las del Opus Dei; y hablas sin ruido de palabras, mientras estás en la calle, en la comida, sonriendo a una persona, estudiando… Pues esto que me has preguntado a mí, cuéntaselo a la Madre de Dios; y ya estás haciendo el ofrecimiento.

Unas semanas después, volvería sobre la necesidad de dejar que el corazón se muestre con libertad en la vida interior de cada alma. Le preguntaron:

‑¿Qué podemos hacer, Padre, cuando ‑a veces‑ el cora­zón se pone un poco duro y no se enciende con las cosas de Dios`?

‑Es la situación normal de una persona; tanto que, muchas veces, no somos comprensivos con las gentes que son demasiado sensibles. Nos parecen histéricas, y muchos no lo son. Cuando yo era sacerdote joven, me fastidiaba ver esas viejas suspirando en un rincón de la iglesia, y ‑lo digo para vergüenza mía‑pensaba: estos devocionarios hay que quemarlos, están llenos de lágrimas… Ahora, de aquellos no quemaría ninguno; quemaría todas estas cosas que no tienen un suspiro, que no tienen un afecto. ¿Está claro Pues, hijo mío, yo estoy trabajando desde hace cuarenta y siete años en el Opus Dei; y bastantes años antes sentí los barruntos del amor de Dios. Él quería algo, y yo no sabía qué era. No voy a descender a detalles que muchos aquí conocen perfectamente. Pero habitualmente voy a contrapelo. Ahora estoy muy a gusto con vosotros. Agradezco al Señor que me da esta alegría, que no es sensiblera; es amor, es cariño. Hijo mío, el corazón lo tengo más duro que una piedra. Pero los corazones de los hombres, cuando son duros, son de bronce, y el bronce en el fuego se derrite en lágrimas. Algún día llorarás, no te preocupes; llorarás, y aquel día serás más hombre aún: no creas que los hombres no lloramos.

El espíritu de libertad es uno de los motivos, con la humildad, de la alegría que daba a Mons. Escrivá de Balaguer el sacrificio escondido y silencioso, hecho cara a Dios, no cara a los hombres. Los demás no tienen por qué advertir la mortificación personal, ni en cosas grandes ni en cosas aparentemente pequeñas.

Don Jesús Urteaga relata una anécdota mínima ‑pero significativa‑ de cómo el Fundador del Opus Dei quería que se sirviera a Dios con libertad. Debía ser el año 1957. Urteaga estaba en el Colegio Romano de la Santa Cruz. Por aquella época fumaba demasiado. Un día el Padre se lo advirtió: ‑¡Jesús!, fumas mucho. Pero, al mismo tiempo que se lo decía, le daba un paquete de tabaco, de la marca que Jesús Urteaga solía fumar…

También tiene que ver con el tabaco otra anécdota. La refirió don Álvaro del Portillo, recién elegido Presidente General del Opus Dei: “Cuando los tres primeros sacerdotes de la Obra recibimos la ordenación, ninguno de nosotros fumaba; tampoco el Padre, pues al entrar en el seminario regaló todas sus pipas y el tabaco al portero. Entonces el Padre me dijo: yo no fumo; vosotros tres, tampoco; Álvaro, tienes que fumar tú porque, si no, los demás podrían pensar que no está bien el tabaco; y deseo que no se sientan coaccionados en esto, y fumen si les da la gana”.

Este sentido de la libertad destaca notablemente cuando se trata de la vocación, de la entrega de los socios y asociadas del Opus Dei. Don José María Casciaro, actual Decano de la Facultad de Teología en la Universidad de Navarra, refleja con detalle y precisión el clima en que nació su decisión de dedicarse a Dios en el Opus Dei. Es paradigma de una conducta habitual en tantos casos semejantes.

José María Casciaro estudiaba sexto curso de Bachillerato en Barcelona. Volvió a casa (Torrevieja, Alicante), para pasar las Navidades de 1939. Allí apareció también su hermano Pedro, que ya era de la Obra, y le habló de su posible vocación, para que se lo fuera pensando con calma, en la presencia de Dios. Quedaron en charlar más adelante, cuando Pedro fuese a Barcelona. José María estaba decidido, y así se lo dijo en abril de 1940 a su hermano. Pero tuvo que seguir esperando, porque el Fundador del Opus Dei debía ir a Barcelona y “había indicado que, como mi hermano Pedro me llevaba bastante edad (ocho años y medio), era conveniente que yo obrara con toda libertad para dar aquel paso, evitando cualquier posible influencia del hermano mayor”.

El 12 de mayo, por la tarde, en el hotel Urbis, José María Casciaro fue a ver ‑por fin‑ al Fundador del Opus Dei. A lo largo de la entrevista, le repitió varias veces ‑en un tono que a José María pareció tajante, severo, serio‑ si no estaría influido por su hermano, en vez de obrar libremente y después de haber considerado su decisión en la presencia de Dios. Como sus respuestas eran siempre afirmativas, don Josemaría acabó dicién­dole que, desde aquel momento, podía considerarse de la Obra. “Posteriormente ‑sostiene al recordar esta conversación‑ cuando en varias ocasiones le he oído decir que en la Obra tenemos una puerta estrecha para entrar y otra ancha para salir, me he acordado de aquel episodio del 12 de mayo de 1940, comprendiendo la exacta y profunda verdad de aquella afir­mación”.

Este amor a la libertad es muy conforme con el carácter sobrenatural del Opus Dei, y también con las características externas de la entrega de los socios: ciudadanos normales, exactamente igual a los demás, que viven en su casa y con su familia, trabajan en medio del mundo, entran y salen y van de aquí para allá, moviéndose siempre de un modo natural y espontáneo: o viven su vocación en libertad, por amor de Dios, o no la viven. Cualquier tipo de control externo, la desnaturali­zaría. Como sucede en el amor humano, sólo cabe el libre condicionamiento del cariño.

Todos los que piden la admisión en el Opus Dei lo hacen libres de coacción. Además tienen que trabajar, para mantenerse económicamente y ayudar al sostenimiento de los apostolados. Esta realidad, que evita el señoritismo, es también garantía de libertad: si alguno quiere abandonar la Asociación, puede hacerlo con facilidad; si persevera, es por razones sobrenaturales, no humanas.

No obstante, sería un error confundir libertad con indiferencia. El Fundador del Opus Dei quería que todos perseverasen en su vocación, y ponía los medios: formarlos, rezar por ellos, tratarlos con más cariño si atravesaban momentos difíciles. Más de una vez, supo hacerse el encontradizo con el que flojeaba, como el Señor ante el desaliento de los discípulos de Emaús. Cuando fue necesario, abandonó todo, para salir en busca de la oveja perdida…

Antonio Ivars recapitula la doble faceta ‑comprensión y exigencia‑ que hunde sus raíces en idéntico espíritu de amor: “Pienso que, de algún modo, reflejaba como nadie la persona de Cristo: cariñoso y dulce con los niños, los pecadores públicos, y exigente y hasta aparentemente airado con los fariseos e incluso con sus propios apóstoles. La ternura maternal de don Josemaría se compaginaba armónicamente con su reciedumbre. Podía com­prender las mayores miserias, acoger con el mayor cariño al más grande pecador, y reprender seriamente a uno de sus hijos por la omisión del más pequeño detalle”.

Por último, para completar este rápido panorama, es preciso referirse a su actitud hacia los no católicos.

No hacía una frase cuando declaraba que estaba dispuesto a dar cien veces su vida para defender la libertad de una conciencia. De hecho, tuvo que luchar mucho, con un filial forcejeo, para que la Santa Sede aprobase algo inédito en la historia de las asociaciones de la Iglesia: que pudieran ser Cooperadores del Opus Dei personas sin fe católica.

En 1966 contó a un periodista, Jacques Guillémé‑Brúlon, de Le Figaro, lo que una vez había comentado al Santo Padre Juan XXIII, movido por el encanto afable y paterno de su trato: “Padre Santo, en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad”. El se rió emocionado, porque sabía que, ya desde 1950, la Santa Sede había autorizado al Opus Dei a recibir como asociados Cooperadores a los no católicos y aun a los no cristianos.

Poco antes, el periodista le había preguntado sobre la “posición de la Obra” ante la Declaración del Concilio Vatica­no II acerca de la libertad religiosa. La respuesta surgió bien clara:

En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra es la primera organización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las concien­cias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad. Comprenderá que siendo ése el espíritu que desde el primer momento hemos vivido, sólo alegría pueden producirme las enseñanzas que sobre este tema ha promulgado el Concilio.

Mons. Escrivá de Balaguer trató con lealtad a las almas. Defendió la libertad de sus conciencias, pero sin ocultarles la propia y plena adhesión a la fe católica (que incluye, claro, aquella defensa de la libertad). Vale la pena resumir el diálogo que mantuvo con él en 1974 un matrimonio brasileño, delante de muchas personas:

‑Somos una familia ecuménica: mi esposa es metodista…

‑¡Dios la bendiga! ¿Está aquí?

Estaba sentada en la última fila, delante de su marido.

Sin libertad no se puede amar a Dios l 297

‑Dile que la quiero mucho.

‑Estamos muy unidos en la educación religiosa de nuestros

¡Muy bien!

‑Dos ya hicieron la Primera Comunión…

‑ ¡Bien!

‑Comienzan a hacer un poquito de lectura espiritual antes de dormir, y el mayor va a Misa todos los días con su padre.

‑ ¡Bien!

‑Me gustaría que dijese algunas palabras a mi esposa.

¡Hija mía!, te digo lo siguiente: que tienes un marido estupendo, y que te quiero mucho en el Señor. Quiero a todas las almas. Pero a una madre que da libertad a los hi3os, que además se ocupa de que se eduquen en esta fe maravillosa, que ve con alegría que se acerquen al Santo Sacramento de la Eucaristía, a una madre así, yo ya la admiro. ;Te admiro! ;Te quiero mucho! Reza por mí. Y basta, de momento. Pero mañana, en la Misa, me voy a acordar mucho de ti. Allí no soy yo. Tú no tienes por qué creerlo, por ahora; pediré al Señor que te conceda mi fe, porque ‑no te enfades‑ la tuya no es la verdadera. Yo daría mi vida cien veces por defender la libertad de tu conciencia; de modo que seríamos muy amigos, si yo viviera aquí. Pero, claro, yo creo plenamente que tengo la verdadera fe; si no, no vestiría esta funda de paraguas (se refería a su sotana).

¡Reza por mi! Nadie como tu marido, para defender la fe tuya. Y nadie como tu marido y como yo, para pedirle al Señor que te envíe muchas luces y mucha claridad de ideas. Y gracias, porque eres muy generosa y muy buena.

A lo largo de los años, se han multiplicado anécdotas parecidas. En los comienzos del trabajo apostólico del Opus Dei en Ginebra, conocieron al hijo de un pastor calvinista, que se fue entusiasmando con la Obra, especialmente con Camino, que difundió entre sus amigos en diferentes idiomas: francés, inglés, alemán, italiano. Tiempo después, escribiría a un socio del Opus Dei que había tratado en Suiza, felicitándole por la Navidad. Le hablaba entusiasmado de su visita a Mons. Escrivá de Balaguer en Roma. Lo había recibido ‑como siempre, como a todos afecto, y no había dejado de decirle que son los católicos los que están en la verdad… No necesitaba disimular su fe ‑todo lo contrario‑ para conseguir que los no católicos respondieran con cariño y gratitud a su cariño y lealtad.

Cerca de Caracas, al aire libre, en la casa de retiros de Altoclaro, unas cinco mil personas seguían su enseñanza el 14 de febrero de 1975. Se levantó un hombre joven, de barba poblada y amplia, que realzaba su jovialidad.

‑Padre, yo soy hebreo…

El Fundador del Opus Dei le interrumpió:

Yo amo mucho a los hebreos porque amo mucho a Jesucristo ‑¡con locura!‑, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesus Christus, heri et hodie, ipse et in saecula. Jesucristo sigue vivien­do, y es hebreo como tú. El segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño. Sigue…

Aquel hombre de sonrisa abierta de par en par, se ganó una ovación cerrada cuando dijo:

‑Yo creo que la pregunta está respondida.


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