Introducción

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De “El Fundador del Opus Dei y su actitud ante el poder establecido”

En las siguientes páginas analizaremos las relaciones que sostuvo san Josemaría Escrivá (1902-1975) con el poder establecido y estudiaremos las sucesivas respuestas que dio el Fundador del Opus Dei ante los sucesos históricos que le tocó vivir, desde esta doble perspectiva clarificadora:

Desde la perspectiva de un fundador de una realidad de la Iglesia compuesta en su gran mayoría por laicos católicos, cuyas libres elecciones personales siempre respetó. Escrivá deseaba que los laicos actuasen con libertad, con responsabilidad personal y siempre en conformidad con los principios evangélicos.

Desde la perspectiva de su concepción del sacerdocio y de la tarea y misión del sacerdote. Escrivá consideraba al sacerdote como un defensor de los derechos de Dios que debe buscar únicamente el bien de las almas.

Origen de una incomprensión

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Capítulo de “El Fundador del Opus Dei y su actitud ante el poder establecido”

François Gondrand

A pesar de todo, se puso en duda el grado de autonomía personal de estos hombres del Opus Dei, que ascendieron por méritos propios a esos cargos ministeriales, olvidando que hubo también otras personas del Opus Dei –algunas tan conocidas como Calvo Serer– que se opusieron frontalmente al Régimen durante esa misma época.

Al leer algunas historias de la España contemporánea no es raro encontrar junto a los nombres de esos ministros el latiguillo “del Opus Dei”, calificación que a veces se aplica arbitrariamente incluso a equipos ministeriales enteros. Hay autores que siguen hablando todavía del “gobierno monocolor de 1969” como indicando que estaba compuesto en su casi totalidad por personas del Opus Dei, cuando la realidad es que de los 19 ministros del gabinete sólo cuatro pertenecían a esta realidad de la Iglesia.

El ambiente político de los últimos años del franquismo favoreció, sin duda, este tipo de categorizaciones simplistas, porque en décadas sucesivas y en otras naciones la pertenencia de algunos políticos relevantes al Opus Dei no llamará tanto la atención: baste recordar lo sucedido en países como Alemania, con figuras como Kurt Malangré, alcalde de Aquisgrán; o el Reino Unido, con una ministra en el gobierno laborista de Blair; por no hablar de Italia, donde fue elegida en 2006 como senadora de El Olivo, una formación de centro-izquierda, una mujer del Opus Dei.

Ya nadie se extraña de que estos hombres y mujeres dedicados a la política encuentren en el Opus Dei un aliento para vivir intensamente su vida cristiana, y que actúen en nombre propio, asumiendo sus personales responsabilidades en la vida pública.

Muy posiblemente el hecho de que el Opus Dei naciera en España y diera sus primeros pasos durante los complejos años en los que ese país pasó de la Monarquía a la República, y una vez concluido el conflicto, al franquismo de la inmediata posguerra, ha coloreado los comienzos del Opus Dei, a los ojos de algunos, con un tinte peyorativo. El franquismo aparece ante la opinión pública como la supervivencia del autoritarismo fascista en el mundo occidental de la posguerra, un mundo en el que triunfaron los sistemas democráticos; y para muchos la guerra de España se sigue contemplando a través de la visión romántica de autores como Hemingway, Koestler, Orwell o Malraux. A esto se sumaron “escritores católicos” como Mauriac, Bernanos, Journet, Madaule, o Maritain. A estos últimos les sorprendió dolorosamente la persecución religiosa que se llevó a cabo durante la IIa República, y comprendían, por eso, algunos de los motivos que llevaron a un sector de españoles a la rebelión militar; pero por otra parte temían las consecuencias de un compromiso de la Iglesia con un determinado régimen político; en este caso, con el régimen que acabaron formando los llamados “nacionales”; sin hablar de los horrores, inherentes a toda guerra, de los que se hablaba en la prensa a propósito de los dos bandos.

Frente a ellos sólo se encuentran las visiones de escritores concretos –y muy posicionados ideológicamente– como un Maurras, un Brasillach o un Jacques Chevalier; y, en ocasiones, un Claudel, en su oda “Aux martyrs espagnols” .

Pero la visión del conflicto de estos últimos tuvo una influencia muy escasa en la opinión pública occidental, en contraste con el eco universal que alcanzaron las novelas, crónicas y ensayos de los primeros.

Todo esto facilitó que se aceptase acríticamente un análisis simplista de aquel complejo periodo histórico: aquello había sido, simplemente –se dijo– la “lucha de las democracias contra el fascismo”. Esa visión reductiva silenciaba el complejo entramado de concausas y el conjunto de factores contrapuestos que intervinieron en el conflicto, como la terrible persecución religiosa que padecieron los católicos españoles durante los años de República y la guerra civil.
Todo esto explica que muchos, ignorantes de esto, no alcancen a valorar de un modo global el conjunto de lo ocurrido en España durante ese periodo. Y sin esa valoración global no se entiende, por ejemplo, el drama personal de los hombres y mujeres que lucharon en defensa de unos derechos tan elementales como la libertad de conciencia y de culto.

Lo curioso del asunto es que esa asimilación, llamémosla “perezosa”, del Opus Dei con el franquismo, se vuelve realmente paradójica cuando se estudia de cerca la historia de la institución durante aquella época, como luego veremos.

Dicho esto, hay que precisar que todo esto que venimos diciendo –las peculiaridades de un conflicto bélico complejo, en el que intervinieron muchos factores contrapuestos– no acaba de explicar del todo la incomprensión que sufrió Escrivá a causa de las enseñanzas que proclamó y vivió personalmente; ni nos da una razón suficiente para entender el alto número de interpretaciones equivocadas que se hicieron sobre su modo de actuar frente al poder político.

Sucede que, junto con las anteriores, hay un conjunto de razones que explican la dificultad que tuvieron muchas personas de aquel periodo para entender el mensaje de san Josemaría. Entre ese conjunto de razones destacaremos las siguientes:

- Un sector de la opinión pública de aquel tiempo pensaba que el compromiso de los miembros del Opus Dei con la institución era exactamente igual al de los religiosos con respecto a sus respectivas congregaciones. Desde este presupuesto equivocado, concluían que los miembros de la Obra estaban obligados a obedecer a las personas que les acompañan espiritualmente en todo y no sólo en lo que se refiere estrictamente a su vida interior y a su apostolado personal, como de hecho sucede. Ignoraban que en el resto de los ámbitos (profesional, político, económico, social, etc.) las personas del Opus Dei gozan de plena libertad: la misma que sus conciudadanos.

- Junto con esa razón, se puede apuntar cierto humus cultural –que aún pervive en ocasiones– heredado de años anteriores, fruto de un conjunto de novelas, ensayos y artículos que habían prestado una especial atención al fenómeno de las sociedades secretas en el seno de la Iglesia. En muchos casos –como en el del Opus Dei– el supuesto secretismo de esas instituciones era totalmente infundado; aunque se hubieran dado en el pasado algunos casos aislados de instituciones que trabajaron realmente en secreto. Fue el caso, por ejemplo, de la Congrégation, nacida a comienzos del siglo XIX; de la Compañía del Santísimo Sacramento o de La Sapinière.

- Existía además cierta tendencia a valorar cualquier fenómeno nuevo bajo el prisma del “dietrismo”: “Parece bueno –se pensaba–, pero… ¿qué habrá realmente detrás? Se aceptaba, casi por principio, que siempre hay algo que nos ocultan. Esta actitud era fruto, en gran medida, de las obras de una serie de autores del siglo XIX. Eugène Sue es uno de sus mejores representantes: a él se deben estereotipos maliciosos tan difundidos y populares como el “judío errante” o “el jesuita intrigante”. En las obras de Sue se estimula al lector a desarrollar una actitud mental que lleva a ver, por principio, “complots” por todas partes.

- Unido a esto, en el periodo en que nació el Opus Dei y dio sus primeros pasos, se había dado en algunos países –y se seguía dando en otros– el fenómeno de la unión política de los católicos en defensa de un objetivo determinado; un fenómeno que en ocasiones había sido alentado directamente por la Jerarquía eclesiástica. Y no faltaban obispos que pensaban que los fieles de su diócesis debían “actuar en el mundo” bajo su personal dirección; en la creencia de que esa unión compacta en cuestiones políticas, sociales, etc. les daría una mayor eficacia e influencia en el seno de la sociedad…

Todos estos presupuestos intelectuales –aceptados en su conjunto o por separado– afectaron, y siguen afectando, a una percepción justa del Opus Dei. No se entendía –y en algunos casos, algunos siguen sin entender– la realidad de una nueva realidad apostólica, que cuenta con laicos que trabajan en los sectores más diversos de la sociedad. No se entendía tampoco que hubiera una institución compuesta por mujeres y por hombres con grandes afanes de formación personal y el deseo de evangelizar su propio medio profesional.

Esto era algo nuevo para muchos: un conjunto de cristianos corrientes, difundiendo el mensaje de Cristo en sus propios ambientes familiares, profesionales y sociales, sin “mandato” alguno de la Jerarquía, movidos sólo por la fidelidad a su vocación bautismal.

No se entendía, además, que esos laicos usaran de su libertad, con naturalidad y sin complejos; y menos, que actuaran en nombre propio –no en nombre de la Iglesia o del Opus Dei–, respondiendo, cada cual a su modo, con iniciativas y planteamientos muy diversos entre sí, a los retos de la sociedad, al igual que sus conciudadanos.

No se entendía. Y la polémica hizo el resto, dejando en las mentes de muchos una serie de prejuicios difíciles de superar.

P. Claudel, Oda “Aux martyrs espagnols”, Oeuvres poétiques, Gallimard, La Pléiade, p. 1977
“La Congrégation de la Sainte-Vierge fue una congregación religiosa católica fundada en Roma en 1560 por Jean Leunis, profesor de un colegio jesuita, bajo el patronazgo de “María, socorro de los cristianos”. Congregaciones de ese tipo fueron multiplicándose en Europa y en los países de misión, tanto en los colegios como en diversos ámbitos de la sociedad: entre la nobleza, la burguesía, los artesanos, el clero y el ejército. El 2 de febrero de 1801 el Padre Jean-Baptiste Bourdier-Delpuits, canónigo de París, impulsó una de estas congregaciones, conocida tiempo después como “La Congrégation”. Era una organización de caridad, formada por laicos y eclesiásticos, que acabó jugando un papel político y religioso importante, especialmente en defensa de la religión, bajo el Directorio francés, el Primer Imperio y la Restauración. Formaban parte de “La Congregación” numerosas personalidades de signo tradicionalista y ultraconservador. La pertenencia a ella fue, sin duda, un punto de apoyo en la promoción de la carrera política de sus miembros. Fue vivamente criticada por sus lazos con el Vaticano y acusada de hacer espionaje en su propio beneficio y en el de sus estrategias políticas particulares. Fue disuelta en 1809 por decreto Imperial, y reconstituida en 1819 por los sacerdotes Legris-Duval y Pierre Ronsin.” Las polémicas del siglo XIX acerca de “La Congrégation” siguen presentes en el imaginario francés, junto con “el complot jesuítico” y la masonería.

Libertad, responsabilidad, participación y solidaridad

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Extracto del estudio “La formación de la conciencia en materia social y política según las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá”, publicado en Romana nº 24, enero-junio de 1997

Angel Rodríguez Luño

Podemos abordar esta temática con un texto que relaciona de modo sintético diversos aspectos del principio de libertad. En primer lugar, la afirmación clara del valor natural y cristiano de la libertad unida a la responsabilidad: «Y existe un bien que [el cristiano] deberá siempre buscar especialmente: el de la libertad personal. Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la correspondiente personal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya. Repito y repetiré sin cesar que el Señor nos ha dado gratuitamente un gran regalo sobrenatural, la gracia divina; y otra maravillosa dádiva humana, la libertad personal, que exige de nosotros —para que no se corrompa, convirtiéndose en libertinaje— integridad, empeño eficaz en desenvolver nuestra conducta dentro de la ley divina, porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad (2 Cor III, 17). El Reino de Cristo es de libertad [...] Sin libertad, no podemos corresponder a la gracia; sin libertad, no podemos entregarnos libremente al Señor, con la razón más sobrenatural: porque nos da la gana. Algunos de los que me escucháis me conocéis desde muchos años atrás. Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la libertad personal, con personal responsabilidad. La he buscado y la busco, por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante».

Inmediatamente después, la reivindicación del carácter ético, y no político en el sentido de política de partido, de cuanto ha afirmado anteriormente: «Cuando hablo de libertad personal, no me refiero con esta excusa a otros problemas quizá muy legítimos, que no corresponden a mi oficio de sacerdote. Sé que no me corresponde tratar de temas seculares y transitorios, que pertenecen a la esfera temporal y civil, materias que el Señor ha dejado a la libre y serena controversia de los hombres. Sé también que los labios del sacerdote, evitando del todo banderías humanas, han de abrirse sólo para conducir las almas a Dios, a su doctrina espiritual salvadora, a los sacramentos que Jesucristo instituyó, a la vida interior que nos acerca al Señor sabiéndonos sus hijos y, por tanto, hermanos de todos los hombres sin excepción». Y, por último, el despliegue del principio de libertad sobre el ámbito de la participación y de la convivencia: «Amemos de verdad a todos los hombres; amemos a Cristo, por encima de todo; y, entonces, no tendremos más remedio que amar la legítima libertad de los otros, en una pacífica y razonable convivencia». Veamos más detenidamente los diversos aspectos.

San Josemaría Escrivá, maestro de oración en la vida ordinaria

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Entre los maestros de espiritualidad de la historia de la Iglesia, San Josemaría Escrivá ocupa un lugar propio por varios motivos. Ante todo, por tratarse de un santo de nuestros días (fue canonizado por Juan Pablo II en el año 2002), que ha difundido la llamada universal a la santidad, de manera concreta, entre millares y millares de cristianos- dice el Prelado del Opus Dei al comienzo de este artículo

Opus Dei -

Para alcanzar la santidad resulta imprescindible mantener un trato habitual con Dios; o dicho de otro modo: rezar. Pero este medio no consiste sólo en desgranar plegarias vocales; es hablar con Dios, poniendo en ejercicio todas las capacidades humanas: el alma y el cuerpo, la cabeza y el corazón, la doctrina y los afectos. Ser santos significa parecerse a Jesucristo: cuanto más le imitemos, cuanto más nos asemejemos a Él, desarrollando con la gracia y nuestro esfuerzo la identificación sacramental recibida en el Bautismo, mayor santidad, mayor identificación con el Maestro alcanzaremos. De ahí la importancia de esa “conversación habitual” con Él. «¿Santo, sin oración?», se pregunta San Josemaría en uno de sus libros más difundidos. Y responde concisamente: «No creo en esa santidad» (Camino, 107).

Dios concedió al Fundador del Opus Dei, entre otros, el don de enseñar de modo práctico que los hombres y las mujeres que se desenvuelven en medio de las actividades terrenas —en el trabajo, en la familia, en los más variados y honrados ambientes profesionales y sociales—, pueden y deben aspirar a la santidad sin descuidar los quehaceres temporales; al contrario, han de servirse precisamente de esas incidencias para buscar a Dios, encontrarle y amarle. Ha merecido, por eso, que la Santa Sede le llamara «contemplativo itinerante», en el Decreto con el que se reconoce que practicó, en grado heroico, todas las virtudes cristianas, paso previo para la canonización.

“No hay ningún género de vida —si no se opone a la ley de Dios— que no pueda ser santificado”

Este resumen de lo que fue la vida de San Josemaría comporta consecuencias muy importantes. En primer lugar, que no hay ningún género de vida —si no se opone a la ley de Dios— que no pueda ser santificado; que a nadie se le niega la gracia para llegar a ser verdaderamente contemplativo; que resulta posible mantener la presencia de Dios en medio de las tareas más absorbentes, relacionarnos con Él en el fragor del mundo, sin abandonar el lugar que cada uno ocupa en la sociedad. En definitiva: conducirse como un hombre o una mujer de oración no está reservado sólo a quienes —acogiendo una llamada especial— siguen la vida sacerdotal o religiosa. La vida contemplativa, precisamente por tratarse de un requisito en el camino de la santidad, se nos presenta como camino al alcance de todos.

San Josemaría Escrivá fue llamado por Dios, no sólo para proclamar este mensaje, sino para enseñar a asumirlo, sin rebajar ninguna de sus exigencias. Su ejemplo, las enseñanzas que transmite en sus escritos y, sobre todo, la realidad de innumerables personas que se inspiran en su espíritu para santificarse en medio de los asuntos terrenos, constituyen una expresión clara de la validez de lo que afirmó después el Concilio Vaticano II sobre la llamada universal a la santidad. También reflejan un modo concreto de llevar a la práctica la propuesta de Juan Pablo II, de cara al nuevo milenio, cuando exhortó a los cristianos a profundizar en el “arte de la oración” para aspirar a una “medida alta” de la santidad en la situación de cada día.

Antes de mostrar algunos de los puntos fundamentales de las enseñanzas sobre la oración de este maestro de vida cristiana, recojo el comienzo de una homilía que lleva el significativo título de “Vida de oración”. Escribe San Josemaría: «Siempre que sentimos en nuestro corazón deseos de mejorar, de responder más generosamente al Señor, y buscamos una guía, un norte claro para nuestra existencia cristiana, el Espíritu Santo trae a nuestra memoria las palabras del Evangelio: conviene orar perseverantemente y no desfallecer (Lc 18, 1). La oración es el fundamento de toda labor sobrenatural; con la oración somos omnipotentes y, si prescindiésemos de este recurso, no lograríamos nada» (Amigos de Dios, 238).

Opus Dei -

Una de las “pasiones” de San Josemaría consistía en el amor a la libertad de las conciencias. Fue un defensor decidido de la libertad personal —con la consiguiente responsabilidad personal— en todos los órdenes de la vida. En el aspecto espiritual, su constante enseñanza se tradujo en que hay muchos caminos para llegar a la santidad, porque «cada alma es una obra maestra de Dios» (Amigos de Dios, 83), y el Señor traza su vía personalísima a la criatura para que se identifique con Cristo. Por eso, sin despreciar las enseñanzas de otros santos, no era partidario de métodos rígidos para enseñar a hacer oración.

Su propia experiencia, y la de tantas almas a las que ayudó en la vida interior, le reafirmaron en la opinión de que cada uno ha esforzarse —bajo la guía del Espíritu Santo y con los consejos recibidos en la dirección espiritual personal— por encontrar su propia senda: «Cada caminante siga su camino», solía repetir; un camino que, además, irá variando según las necesidades y las circunstancias de cada alma.

Buscar, encontrar, amar a Cristo

A la vez, dentro de esa gran variedad de situaciones personales, ya desde los años 30 solía señalar unos grandes tramos —válidos para todos— que se han de recorrer para llegar a ser almas de oración: «Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo. —Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?» (Camino, 382).

No se trata —como señala el mismo Fundador del Opus Dei— de etapas claramente diferenciadas, ni el hecho de haber superado una lleva consigo automáticamente la instalación en la siguiente. En otras ocasiones, por ejemplo, apuntaba a «cuatro escalones» para llegar a identificarse con Cristo: «buscarle, encontrarle, tratarle, amarle». Y añadía: «Quizá comprendéis que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre, buscadlo en vosotros mismos con todas vuestras fuerzas. Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos» (Amigos de Dios, 300).

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En definitiva, la senda de la oración no es algo que se adquiere de una vez por todas: siempre hay que estar comenzando, recomenzando, con la ilusión humana y sobrenatural de mejorar en el trato con Dios; se requiere considerarse siempre discípulo, y nunca maestro. Esta actitud, además de revelarse como un fuerte contrapeso a la posible tentación de soberbia espiritual, ayuda a no desanimarse, a no abandonar la práctica de la meditación porque nos parece que no avanzamos.

En el curso de la oración mental o meditación, lo más importante consiste en llegar al trato personal con Jesús. Todo lo demás —como leer algún párrafo del Evangelio o de un libro piadoso, reflexionar sobre lo que se ha leído, confrontarlo con la propia vida, etc.—, sabiendo que resulta muy conveniente e incluso necesario, se encamina a mover la voluntad, que debe prorrumpir en afectos: actos de amor o de dolor, acciones de gracias, peticiones, propósitos…, que constituyen el fruto en sazón de la oración verdadera. Se trata de decisiones de amar más a Dios y al prójimo, concretadas quizá en puntos muy pequeños, pero que dejan en el alma un regusto —no necesariamente de naturaleza sensible— que se manifiesta en paz interior y en serenidad para afrontar con nueva energía, y con el gozo de los hijos de Dios, los deberes y las ocupaciones inherentes a la propia situación.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que la práctica de la oración supone un verdadero “combate” espiritual (n. 2725). Lo enseñó con las mismas palabras el Fundador del Opus Dei; y añadía que esa lucha, aunque esforzada, no es triste ni antipática, sino que posee la alegría y la juventud del deporte. Un “combate” en el que siempre estamos a la expectativa del “premio” —el mismo Dios— que se entrega íntimamente a quien persevera en buscarle, tratarle y amarle.


«Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”» (Camino, 91).

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Estas palabras resumen bien el contenido de la oración de los hijos de Dios. Un buen hijo, sobre todo si es pequeño, conversa abiertamente con su padre o con su madre sobre cualquier asunto. Tiene una confianza inquebrantable en ellos, pues sabe que todo lo suyo les interesa grandemente. Y si, en el trato humano, cristiano, conviene tener en cuenta las circunstancias de cada uno, en el trato con Dios, este criterio ha de aplicarse con absoluta confianza. No importa tanto lo que le vamos a decir o cómo nos vamos a expresar, sino ante todo el deseo de dialogar con Quien nos ama inmensamente y sólo desea nuestro bien.

Unos consejos para hacer oración

«¿Que no sabes orar? —Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: “Señor, ¡que no sé hacer oración!…”, está seguro de que has empezado a hacerla» (Camino, 90).

Los que comienzan, suelen necesitar de ayudas especiales, de algunos apoyos. San Josemaría las llamaba “muletas”, porque sirven de puntos de referencia para comenzar el diálogo con el Señor: la consideración de un pasaje del Evangelio, de otros libros sagrados o de un texto litúrgico; la meditación atenta de las palabras de una oración vocal, como el padrenuestro o el avemaría; la lectura de un libro que proponga temas para la oración… Con el tiempo se podrán dejar esas “muletas”, aunque nunca conviene abandonarlas del todo. No es raro, en efecto, que se precisen de nuevo al cabo de los años, o de cuando en cuando. Entonces se utilizan como asidero para superar las dificultades que, antes o después, quizá se presenten: distracciones, aridez interior, preocupaciones que pugnan por salir a flote en esos momentos, cansancio físico o intelectual…

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Conviene recordar que la oración se desarrolla como un combate en el que nunca hay que darse por vencido. Porque, entre las excusas para abandonar los ratos diarios de oración, una de las más frecuentes es el desánimo. Al no advertir progresos claros, puede sobrevenir la tentación de limitarse a rezar oraciones vocales, o ni siquiera esto. ¡Qué gran error sería! Lo importante en este “negocio” no se mide por los resultados contabilizables (que por otra parte resulta imposible calcular en una actividad de tipo sobrenatural), sino la perseverancia para seguir hasta el fin en el tiempo dedicado a la meditación, sin ceder en el afán de superar los obstáculos.

Entre los consejos prácticos que sugería San Josemaría, unos versaban sobre el lugar y el tiempo de la meditación: buscar un sitio que facilite el recogimiento interior (delante del Sagrario, siempre que sea posible), y sujetarse a un horario, sabiendo que es mejor adelantarla que retrasarla, cuando se prevé algún inconveniente; pedir ayuda a nuestros aliados, los Ángeles Custodios; tratar de convertir incluso las distracciones en materia del diálogo con Dios. Esto tiene máxima importancia, porque rezar es mantener una conversación con el Señor, no con nosotros mismos.

En esta línea se inscribe la recomendación de “meterse” en las escenas del Evangelio. «Te aconsejo —decía— que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá El querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones» (Amigos de Dios, 253).

Se demuestra también muy eficaz el recurso a la Virgen, Maestra de oración, y a San José, al empezar y acabar los ratos de oración. «Ellos presentarán nuestra debilidad a Jesús, para que Él la convierta en fortaleza» (Amigos de Dios, 255).

“Si el alma cristiana es fiel y perseverante en el trato con Dios, su oración no quedará confinada sólo a los momentos especialmente dedicados a hablar con Él”

Si el alma cristiana es fiel y perseverante en el trato con Dios, su oración no quedará confinada sólo a los momentos especialmente dedicados a hablar con Él. Se prolongará durante la jornada entera, día y noche, haciendo posible que el trabajo y el descanso, la alegría y el dolor, la tranquilidad y las preocupaciones, la vida entera se convierta en oración. Así, casi sin darse cuenta, el cristiano coherente con su vocación de hijo de Dios se va convirtiendo en un contemplativo itinerante, en alma de oración.

Vida de oración

«Recomendar esa unión continua con Dios, ¿no es presentar un ideal, tan sublime, que se revela inasequible para la mayoría de los cristianos? Verdaderamente es alta la meta, pero no inasequible. El sendero, que conduce a la santidad, es sendero de oración; y la oración debe prender poco a poco en el alma, como la pequeña semilla que se convertirá más tarde en árbol frondoso» (Amigos de Dios, 295).

En la homilía “Hacia la santidad”, San Josemaría describe a grandes rasgos el itinerario de su propio camino espiritual, y ofrece como la falsilla para convertir toda la existencia en oración. «Empezamos con oraciones vocales, que muchos hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y a su Madre, que es Madre nuestra (…). ¿No es esto —de alguna manera— un principio de contemplación, demostración evidente de confiado abandono? (…).

»Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra…, hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres…: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto» (Amigos de Dios, 296).

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Un paso importante en esta senda es el “descubrimiento” de la Humanidad Santísima de Jesús, que es siempre el único camino para llegar a la Trinidad. «Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo» (Amigos de Dios, 299).

Distintivo del discípulo de Cristo es el encuentro con la Cruz. No hay que rehuirla, ni tampoco buscarla temerariamente en cosas grandes. El Espíritu Santo nos la presenta sirviéndose habitualmente del acontecer cotidiano, concediendo al mismo tiempo la gracia para amarla. La Cruz entonces no pesa: Jesús mismo, buen cirineo, la lleva sobre sus espaldas. El alma comienza a caminar por la senda de la contemplación y descubre al Señor en cada paso. Momentos de prueba se alternan con otros de calma, pero la alegría interior —compatible con el sufrimiento— no falta nunca: aquí descubriremos la señal más clara de que marchamos junto al Maestro.

Así, correspondiendo a la gracia, se llega a descubrir, tratar y amar a la Santísima Trinidad. «Hemos corrido como el ciervo, que ansía las fuentes de las aguas (Sal 41, 2); con sed, rota la boca, con sequedad. Queremos beber en ese manantial de agua viva. Sin rarezas, a lo largo del día nos movemos en ese abundante y claro venero de frescas linfas que saltan hasta la vida eterna (cfr. Jn 4, 14). Sobran las palabras, porque la lengua no logra expresarse; ya el entendimiento se aquieta. No se discurre, ¡se mira! Y el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas.

»No me refiero a situaciones extraordinarias. Son, pueden muy bien ser, fenómenos ordinarios de nuestra alma: una locura de amor que, sin espectáculo, sin extravagancias, nos enseña a sufrir y a vivir, porque Dios nos concede la Sabiduría (…). Es merced de Dios. Si tú procuras meditar, el Señor no te negará su asistencia. Fe y hechos de fe: hechos, porque el Señor (…) es cada día más exigente. Eso es ya contemplación y es unión; ésta ha de ser la vida de muchos cristianos, cada uno yendo adelante por su propia vía espiritual —son infinitas—, en medio de los afanes del mundo, aunque ni siquiera hayan caído en la cuenta» (Amigos de Dios, 308).

La enseñanza que tuve la suerte de recibir

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Testimonio de Covadonga O’Shea, Periodista. Directora de la revista «Telva»

El día 14 de febrero se han cumplido sesenta años de la fecha en que Monseñor Escrivá comenzó el Opus Dei entre las mujeres. Al hilo de este aniversario, en esta época en la que la mujer ha irrum pido de lleno en el acontecer del mundo, he querido recordar algu nas anécdotas, sencillas en apariencia, pero con el valor de lo entra ñable, y que encierran buena parte de la enseñanza que tuve la suerte de recibir, en directo, del fundador de la Obra.

Es conocido que a partir del 2 de octubre de 1928, fecha de la fundación del Opus Dei, Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó lo que Dios le había hecho ver: que se habían abierto los caminos divinos de la tierra; que todos los cristianos estarnos llamados por Dios a la santidad, que cada uno en su sitio, en medio del mundo, debe convertir su vocación humana en vocación divina. Esa fue la enseñanza que difundió a lo largo de su vida y que se escuchó en los cinco continentes. «Todas las profesiones honradas han de ser lugar de encuentro con Dios», era el «leitmotiv» de su predi cación. Todas, incluso… la tan temible y denostada del periodismo, añado yo.

El fundador del Opus Dei, que además de tener una misión divi na entre las manos, y quizá por eso poseía unas cualidades humanas muy por encima de la media, comprendió la trascendencia humana y cristiana del trabajo de los profesionales de la opinión pública.

No en vano fue durante un tiempo profesor de la vieja Escuela de Periodismo de Madrid. Es muy posible que comprendiera, con la fuerza de la experiencia, la necesidad de inculcar a quienes nos dedi camos a estas tareas -fuesen o no del Opus Dei– un especial sentido de responsabilidad. Y siempre con un sentido positivo, radicalmen te optimista, marcaba como pauta de actuación el ahogar el mal en abundancia de bien. Porque dejaba siempre claro que la violencia no es buena ni para vencer ni para convencer. Esta solicitud por nuestra profesión tiene mucho que ver con uno de mis primeros recuerdos de Monseñor Escrivá de Balaguer.

Era el mes de septiembre de 1963. Hice una escala de varias horas en Roma, en un vuelo de Atenas a Madrid, y pedí una audien cia con el fundador de la Obra. Yo era entonces subdirectora de Telva, revista recién nacida. Tenía unos pocos años más que la revis ta, no muchos más; por dejar las cosas claras, veintiséis menos que hoy.

Había ido a Grecia para asistir como enviada especial a la boda del Rey Constantino con la princesa Ana María de Dinamarca. Soy consciente de que no se trataba de un congreso de teología ni tan siquiera de metafísica. Era simplemente un acontecimiento social. Sin embargo, el fundador del Opus Dei me recibió en el acto, me preguntó por el viaje y enseguida trascendió al tema concreto para ir a la raíz: «¿Has trabajado mucho?», me preguntó. «Seguro que lo has hecho lo mejor que sabías». Lo importante para él no era el qué, sino el cómo. Había que realizar el trabajo, el que fuera, intelectual o manual, de más o menos categoría, con ilusión, con empeño, con sentido de responsabilidad, bien rematado… Y aprovechó la ocasión para animarme en mi terreno. Me dijo que los periodistas debíamos utilizar la pluma para iluminar el mundo con la verdad, para tratar de hacer el bien a la familia y a la sociedad. Con pena, lamentó que es triste comprobar tantas veces que ocurre lo contrario, que algunos se dedican a quitar la fama a personas y a instituciones.

Años después, en marzo de 1971, también en Roma, de paso hacia Milán, volví a saludar al Padre. Siempre se interesaba por mi quehacer. Le conté que iba a visitar unas editoriales italianas: Mondadori, Rizzoli… Siempre positivo, dedicó unos cuantos elo gios a lo bien que trabajaban, a su calidad profesional, al bien que desde estos trabajos se puede hacer. En un momento de entusiasmo, al escucharle, le pregunté cómo pensaba él que podría hacer mejor la revista en que trabajaba. La respuesta fue inmediata y tajante; no me dejó lugar a dudas: «¡Con libertad!», y siguió: «Yo no puedo, ni quiero, meterme en tu trabajo ni en la forma de hacerlo. Además, no te daría un buen consejo porque no entiendo de estos temas…».

Eran dos rasgos muy destacados en él: el amor al trabajo bien hecho y una defensa apasionada de la libertad personal. Junto a ellos, y envolviéndolos, el buen humor, unido a un sentido común aplastante.

Esta vez volvía de Washington –era el mes de octubre de 1971–de un congreso de mujeres periodistas y escritoras. Tuve de nuevo la oportunidad de pasar por Roma y de saludar al Padre. Le conté las mil peripecias de unos días en los que se habían planteado temas conflictivos y difíciles de resolver. Los movimientos de la «Women’s lib» estaban en plena ebullición: control de natalidad, anticoncep tivos, aborto. Le expliqué por encima la trastienda del congreso. Había un grupo de personas a favor de esa falsa «liberación de la mujer»; otras en pro de la vida, de la familia, de la mujer como Dios manda.

A lo largo de una semana hubo ponencias, coloquios, mesas redondas. El último día había que enviar a los medios de comu nicación un informe con las conclusiones de lo que allí se había tratado. Al mismo tiempo una Embajada invitaba a un cóctel que a todo el mundo divertía y no había quien se sentara a redactar el escrito. En vista de lo cual me acerqué a la presidenta, mexicana, para decirle que no me importaba quedarme un rato en la sede del congreso y elaborar el artículo para la prensa.

Como me gusta jugar limpio, puse las cartas boca arriba: allí se había dicho de todo, cada cual podía sacar conclusiones diversas. Sin embargo, yo sabía muy bien lo que un buen grupo de mujeres proponíamos como solución. Si me quedaba yo, marcaría en ese artículo el acento en lo positivo. «Pues ándalo», me dijo con su mejor acento, «y hazlo como se te “ofresca”. Ya que te quedas estás en tu pleno derecho. Yo te lo firmo». Se rió el Padre con la historia.

En marzo de 1973 fue la última vez que vi en Roma al fundador del Opus Dei. Pocos meses antes había recorrido España en dos meses de catequesis. Si tuviese que entresacar los temas que trató en las distintas reuniones que tuvo con todo tipo de personas, más de cien mil, destacaría su amor a la Iglesia, al Papa y a los obispos. Y su gran preocupación por la mujer, por lo que supone para ese núcleo fundamental de la sociedad que es la familia. Aquella maña na, en Roma, volvió a hablarme de las mismas cuestiones. Le dolían las consecuencias que preveía en una situación que empezaba a ser caótica. «Hija mía, de todo esto toma tú unas cuantas notas, dale vueltas a estas ideas y un día que estés de buen humor (en su tono de voz se traslucía que comprendía que podían aburrirme esos temas, por la pesadez con que se tratan tantas veces) escribe sobre ello». Como me insistía en que debía ser valiente y decir las cosas claras, pensó que podía necesitar una ayuda extraordinaria.

«¿Quieres una reliquia de Santa Catalina de Siena?» me pre guntó. Yo sabía que a esa doctora de la Iglesia, Monseñor Escrivá de Balaguer la llamaba «la gran murmuradora», porque decía las verdades del barquero tanto al Papa como al emperador. Siempre con gran respeto, pero con la verdad por delante.

Rápidamente contesté que, por supuesto, la quería, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer yo con una reliquia. Ante mi asombro, el Padre llamó por teléfono de inmediato para hacer el encargo al Vicariato de Roma, y a quien se lo dijo, le explicó: «Compra después de tener la reliquia un relicario femenino, que es para una hija mía». Al dármela, dos días más tarde, me repitió: «Acude a esta santa para que te enseñe a tener la lengua bien suelta. como ella, en defensa de la verdad».

Podría seguir recordando otros muchos detalles de la vida del fundador del Opus Dei. He querido contar algunos que a mí me dejaron patentes rasgos fundamentales de su vida y sus enseñanzas: el amor a todo tipo de trabajo, su sentido del deber, su buen humor, su amor a la libertad. Y, como música de fondo, su empeño por enseñar a hombres y mujeres de cualquier edad, raza y condición social, a hacer de la vida, desde cualquier profesión, un verdadero servicio a la Iglesia y a la sociedad.

Recuerdos de una amistad

compromiso, fundador, iglesia, sacerdotes  Tagged , , No Comments »

Testimonio de Mons. Fray José López Ortiz, Arzobispo titular de Grado. Vicario General Castrense Emérito

Conocí a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer en la Universidad de Zaragoza, en junio de 1924. Yo era presbítero desde hacía poco tiempo, y mis superiores agustinos me habían indicado que estudiara la carrera de Derecho. Durante el curso había tra bajado con mis libros y apuntes, y en junio fue a rendir examen a Zaragoza: allí conocí y traté, durante los ocho o diez días que duró mi estancia, al futuro fundador del Opus Dei.

Se inició nuestra amistad de un modo muy corriente: cuestiones relacionadas con asignaturas de la carrera, características de los pro fesores, etcétera: lo normal en vísperas de exámenes. Don Josema ría estaba muy preparado y conocía el ambiente universitario, des conocido para mi; generosamente, como lo más natural, me daba valiosas orientaciones, mientras paseábamos por los claustros de la Universidad.

Nos hicimos francamente amigos, sabiendo que esa amistad iba a perdurar. A pesar de los años transcurridos, recuerdo al fundador del Opus Dei, ya entonces, con todas sus cualidades espirituales y humanas que tanto me han llamado la atención siem pre, y que le hacía ganar la simpatía y el respeto de todos. Era muy piadoso, lleno de vivacidad, muy comunicativo; sencillo, con un gran corazón y con una extraordinaria inteligencia. En la Facultad observé que todos le conocían, y que entre otras muchas cualidades– su carácter alegre hacia que fuera muy apre ciado por todos.

Pero había otro punto característico de toda su vida, quizá para mi el más importante: desde el momento que comencé a tratar a don Josemaría me di cuenta de que era responsable, piadoso, reza dor, con un ardiente deseo de ser buen sacerdote; deseo que ali mentaba con una vida espiritual intensa y con gran dedicación a su formación sacerdotal.

Pasó el tiempo, y en 1934 gané las oposiciones a la Cátedra de Historia del Derecho en la Universidad de Santiago de Com postela. Después –debía de ser la primavera de 1936– encontré a don Josemaría en la calle de San Bernardo, en Madrid, cuando yo salía de la Universidad Central.

Nuestra conversación, llena de alegría por el reencuentro, duró media hora o algo más. Aunque en esa ocasión no me habló explí citamente del Opus Dei, me pidió con insistencia que rezase mucho porque el Señor le pedía algo muy superior a sus fuerzas. Aludió genéricamente a un gran empeño espiritual que el Señor le soli citaba. Se sentía un pobre instrumento en las manos de Dios, pero dispuesto a hacer lo que Él quisiera, con una lucha amorosa para no poner resistencia, pues consideraba que el querer de Dios supe raba con mucho sus posibilidades. Esta actitud humilde, diametral mente opuesta a cualquier tipo de triunfalismo, fue una constante de toda la vida de Monseñor Escrivá de Balaguer, hasta su marcha al Cielo, y daba peso y fundamento a una permanente alegría y a un optimismo desbordante, que sólo la rendida aceptación de la Cruz hace posible.

No nos volvimos a ver hasta el curso 1939- 40. Yo estaba de nuevo en Madrid, al frente de la Cátedra de Historia del Derecho. Mi auxiliar de Cátedra, don Juan Manzano, me había comentado que don Josemaría estaba preparando la tesis doctoral de Derecho. Fui enseguida a verle, a Jenner, 6, donde vivía. La tesis estaba prác ticamente acabada. Ni las vicisitudes de la guerra civil ni el intenso trabajo apostólico de esos tres años habían sido óbice para que dedi­case tiempo a su trabajo de investigación.

También en el curso 1939- 40 conocí a algunos universitarios que vivían en la residencia de Jenner; al ver que eran académica mente muy valiosos, que vivían una vida profundamente cristiana

y que tenían un notable cariño a don Josemaría, pensé que allí había un espíritu mucho más hondo que el habitual para una residencia de estudiantes. Y un buen día –quizá en otoño de 1941–, volviendo con el fundador del Opus Dei del estudio del pintor Fernando Dela puente, me fue explicando la Obra, con todo detalle. Me hizo ver que era de Dios, totalmente sobrenatural: el Opus Dei venia a recor dar la llamada universal a la santidad; el empeño de adquirir una vida contemplativa en medio del mundo, en medio de la calle, para poner a Cristo en la cima de todas las actividades humanas san tificar el trabajo profesional y las ocupaciones corrientes de cada día… Desde el principio entendí lo que me contaba don Josemaría: todo es obra de Dios, no es obra mía. No podía ser algo basado en el celo sacerdotal y las muchas dotes naturales del fundador, aunque fueran tantas y de categoría excepcional: era, ciertamente, una obra de Dios.

Don Josemaría me relataba todo lo referente a la Obra con una seguridad tal que, repito, me asombraba. Me explicó muchas cosas con una gran viveza, como si las estuviera viendo ya; cosas que después se han ido convirtiendo en fecundas realidades apostólicas, de servicio a la Iglesia y a todas las almas. Por ejemplo, me habló entonces de que, con el tiempo, habría en el Opus Dei hombres y mujeres casados que se santificarían en el matrimonio, en el hogar, en el trabajo.

El padre – como le llamaban millones de personas en todo el mundo – me habló también de la sección de mujeres de la Obra: centros de formación profesional femenina para elevar el nivel cul tural y social de las jóvenes y fomentar su vida cristiana en todos los ambientes; granjas para enseñar a campesinas esto me sor prendió especialmente–; labor apostólica con empleadas y obreras de fábricas y talleres; y–sobre todo, lo más importante– del apos tolado personal de las asociadas con sus compañeras de trabajo –obreras, profesoras de Universidad, empleadas, investigadoras, etcétera–, sus amigas, sus vecinas, etcétera.

Don Josemaría me hablaba de socios de la Obra en el mundo entero, en todos los ambientes sociales, profesiones y oficios, sol teros y casados, jóvenes y viejos, seglares, sacerdotes, de todas las razas… Y sólo había un puñado de chicos en Madrid, Valencia, Valladolid, Zaragoza y Barcelona, y poco más. El padre, movido por el querer divino de extender el Opus Dei por todo el mundo, les aconsejaba estudiar idiomas: ruso, japonés, inglés, francés, alemán, etcétera. El carácter universal de la Obra –hoy, realidad gozosa–lo vi ya entonces.

Dios quiso la Obra como una Asociación eminentemente laical y secular, y así fue desde el principio. Aquellos chicos que, al salir o entrar en la residencia Jenner, saludaban al Santísimo en el ora torio, con piedad y naturalidad, que dedicaban mucho tiempo a la oración y se mortificaban durísimamente, que eran abnegados, alegres, obedientes, entregados, con profunda vida interior, apos tólica… eran exactamente iguales que sus compañeros. Yo vivía, como profesor, en el ambiente universitario, y en esa gran expe riencia baso mi testimonio; otras muchas personas afirman lo mis mo respecto a su propio ambiente profesional y social.

Yo me sentía asombrado por la carencia de medios económicos con que e] Opus Dei iba creciendo. No contaba con centros para su labor. Poco a poco, con muy buen gusto y gran falta de medios, iba acomodando pequeños locales – recuerdo, por ejemplo, el que llamaban El Rincón, en Valladolid – ; y si aún no se podía contar ni con esos pobres instrumentos, hacían su apostolado personal reu niéndose con sus amigos en la calle, en un café, etcétera, como com probé en Zaragoza, donde muchas veces tenían sus medios de for mación junto al río. Les daba igual; no perdían la alegría ni dejaban de hacer apostolado por falta de medios.

Todo eso me llamaba más la atención, porque por aquellos tiem pos no era difícil conseguir subvenciones y ayudas de organismos estatales para fines apostólicos; o, al menos, muchas organizaciones apostólicas lo conseguían, sin que el hecho tuviera la consideración de privilegio ante la opinión pública, tales eran los tiempos y el talan te eclesial. Sin embargo, don Josemaría nunca actuó así. A los de la Obra, por el contrario, si les decía que se sostuvieran con su tra bajo, que exigieran sus derechos –becas, ayudas para el estudio, justa remuneración por su trabajo profesional, etcétera–, y que ayu daran, lo mismo que sus amigos, a sostener las labores apostólicas.

Precisamente en estos años, mientras el padre, con su gran sacri ficio personal y con tanta falta de medios económicos, impulsaba la Obra por las provincias españolas, se desencadenó una campaña injusta y terrible de falsedades y calumnias contra su persona y contra el Opus Dei. Eran ataques constantes, inhumanos, procedentes de varios sectores muy concretos. Entonces, la caridad, la fortaleza, la alegría y la prudencia sobrenatural de don Josemaría se me hicie ron patentes.

Hacia 1941 se hicieron especialmente crueles los ataques de fondo. Procedían de ambientes determinados –no quiero yo juzgar intenciones – que veían con malos ojos un apostolado con una espi ritualidad completamente nueva. También partían las insidias de un grupo de profesores universitarios, que tergiversaban el apos tolado entre intelectuales que realizaban algunos socios de la Obra, a la que atribuían, falsamente, el propósito de «conquistar» la uni versidad española, y de hacerlo, además, ayudándose unos socios a otros con medios ilícitos. Se añadió, ya en el año 1942, un grupo político, entonces dominante, que, considerando erróneamente al Opus Dei como otro grupo político, temía su supuesta competencia.

Como queda reseñado, la llamada universal a la santidad que el padre predicaba con palabras y con obras– no fue entendida por algunos. Faltaban muchos años para que el Vaticano lila pro clamase solemnemente como exigencia divina, y esto dio lugar a acusaciones de herejía contra el Opus Dei y contra el padre, que sufría mucho porque tenía un espíritu abierto, un corazón magná nimo, y la Obra no venía contra nada ni a hacer sombra a nadie: por el contrario, cualquiera que trabajase en servicio del Señor era muy querido, todos los brazos serían siempre pocos.

Estas dificultades fueron las que más me unieron a don Jose maría: su reacción ante los ataques –algunos, tremendos – era heroicamente sobrenatural y llena de caridad. Al desahogar con migo su corazón, me confiaba que, si el Señor lo permitía así, sería para bien, y que perdonaba de todo corazón a todos. Y a la vez, tenía una serena y justa indignación al ver injustamente maltratados a sus hijos y al comprobar el daño que se derivaba para la unidad de la Iglesia y para las almas. Que su persona fuera objeto de fal sedades y calumnias, por el contrario, no le importaba.

Monseñor Escrivá de Balaguer jamás habló mal de nadie, per donó siempre y prohibió terminantemente a sus hijos –aunque no era necesario, ya que vivían el espíritu que les había enseñado que comentaran aquellos ataques, exigiéndoles que no criticaran a nadie y que nunca apagaran ninguna luz que se encendiera en nombre de Cristo. Preveía, ya entonces, que cuando los enemigos de la Iglesia combatieran a la Obra, utilizarían – en triste paradoja – especies lanzadas por aquellos católicos a los que perdonaba y dis culpaba, diciendo que, posiblemente, lo hacían putantes se obse quium praestare Deo,considerando que así agradaban a Dios.

Tampoco faltaron los que, sin mala intención, presionaron fuer temente al padre para que los socios de la Obra militasen en movi mientos católicos de los que surgían iniciativas políticas cristianas.

Desde el primer momento, el fundador del Opus Dei insistió en la plena libertad personal que, en las cuestiones temporales, tienen los socios de la Obra. Lo decía terminantemente: Jamás he preguntado a alguno de los que a mí se han acercado lo que piensan en política: ¡no me interesa! Os manifiesto, con esta norma de mi con ducta, una realidad que está muy metida en la entraña del Opus Dei, al que con la gracia y la misericordia divinas me he dedicado com pletamente, para servir a la Iglesia Santa. No me interesa ese tema, porque los cristianos gozáis de la más plena libertad, con la conse­cuente personal responsabilidad, para intervenir como mejor os plazca en cuestiones de índole política, social, cultural, etcétera, sin más lími tes que los que marca el magisterio de la Iglesia (Amigos de Dios, núm. 11).

Tratar de modo particular de las virtudes sobrenaturales y de las virtudes humanas del fundador del Opus Dei es muy difícil, por que toda su vida fue una vida de santidad muy intensa, que fue in crescendo, hasta el ultimo instante de su vida en la tierra. Es difícil distinguir qué era fruto de sus excepcionales cualidades humanas y qué lo era de su lucha ascética y de su vida interior, porque todo estaba estrechamente unido. Se pueden distinguir teóricamente sus dotes humanas y sus dotes sobrenaturales, pero, de hecho, estaban totalmente fundidas en su gran amor a Dios. La unidad de su vida radicaba en su entrega plena al Señor, en cumplir amorosamente lo que Él le exigía – el Opus Dei -, en servicio de la Iglesia y de todas las almas.

Don Josemaría era un sacerdote santo que amaba su sacerdocio profundamente; en una ocasión me lo contaba con toda sencillez al cabo de los años – visitó el Palacio Arzobispal de Zaragoza y, cuando estuvo a solas en la capilla donde, hacía años, había recibido la tonsura, besó el suelo con verdadera unción y gozo sacerdotales, mientras saboreaba aquellas palabras de la ceremonia: Dominus pars hereditatis meae et calicis mei… Su amor al sacerdocio y a los sacerdotes resultan evidentes, al recordar el gran número de ejer cicios espirituales y retiros para sacerdotes y religiosos que predicó durante los años en que yo le trataba más de cerca; recorrió toda España - sin cobrar nunca nada– a petición de obispos de unas y otras diócesis. La abnegada atención espiritual que el Opus Dei ha prestado y presta a los sacerdotes de tantos países es una con tinuación del trabajo ejemplar e infatigable del padre.

Quiero agradecer aquí – de modo especial – esfuerzo de don Josemaría y de sus hijos sacerdotes para ayudar espiritualmente al clero secular de todas las diócesis de España. Sé que éste es también cl sentimiento de los prelados que han visto surgir, entre sacerdotes suyos, vocaciones al Opus Dei. Como obispo de Tuy–Vigo primero, y como Vicario General Castrense después, he comprobado cómo los sacerdotes diocesanos que se vinculan a la Obra están aún más estrechamente unidos a sus obispos y les obedecen con fidelidad ejemplar, y con heroísmo si es preciso.

El amor de Monseñor Escrivá de Balaguer a Dios y su fe filial y confiada se transparentaban en toda su vida: no tenía otra fina lidad que cumplir amorosamente la voluntad de Dios y ayudar a los demás a acercarse a El.

Su fe, su visión sobrenatural, su unión con Dios, se manifestaban en todos sus pensamientos, sus afanes, su vida toda. En cuanto la conversación con el padre se hacía íntima, aparecía patente la efu sión de una vida interior llena de Dios, una vida que no tenía más intereses que los de la gloria de Dios.

Tenía una especialmente intensa y filial devoción a la Santísima Virgen, llena de ternura y fortaleza, que se traslucía hasta en los detalles más pequeños. Amaba entrañablemente a San José, y reza ba mucho, con amistosa confianza, a los Angeles Custodios, encomendándoles asuntos concretos, con la seguridad de que siempre le escuchaban.

Mantenía siempre la serenidad en el juicio. En una ocasión me llegó un documento oficial en el que se le calumniaba de una manera atroz. Me pareció un deber llevarle el original, que me había dejado un amigo mío: los ataques eran tan fuertes que, mientras don Josemaría fue leyendo esas páginas delante de mí, con calma. no pude evitar que se me saltasen las lágrimas. Cuando don Josemaría ter minó la lectura, al ver mi pena, se echó a reír, y me dijo con heroica humildad: No te preocupes, Pepe, porque todo lo que dicen aquí, gra cias a Dios, es falso. pero si me conociesen mejor, habrían podido afirmar con verdad cosas mucho peores, porque yo no soy más que un pobre pecador, que ama con locura a Jesucristo. Y en lugar de romper esa sarta de insultos, me devolvió los papeles para que mi amigo los pudiese dejar en el Ministerio de donde los había tomado. Ten–medijo-, y dáselo a ese amigo tuyo, para que pueda dejarlo en su sitio, y así no le persigan a él.

El espíritu de mortificación y el amor a la pobreza del padre fueron muy grandes. Nunca tuvo nada como propio, estaba des prendido de todo. Hasta en lo más pequeño cuidaba no apegarse a las cosas; era un cuidado amoroso el suyo. Recuerdo que en una ocasión en Roma acababa de recibir un burrito dorado, de una hechura preciosa, que le hizo mucha gracia porque le gustaba la figura del borrico trabajador y fiel. Al verlo, le encantó. Entonces, reflexionó un momento y me dijo: Llévatelo, es para ti. Me di cuenta, en aquel mismo momento, que era un gesto de desprendimiento.

Podría seguir enumerando, una tras otra, las virtudes que adornaban el alma de mi inolvidable amigo, un fundador que no hubiera querido fundar nada. Pero no es este el lugar oportuno para recoger por extenso tantas virtudes, vividas heroicamente en un crescendo a lo largo de su vida. Me he limitado a espigar unas cuantas en el hondón de mi alma, recuerdos de una amistad que nunca agra deceré suficientemente a Dios Nuestro Señor


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