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	<title>Opus Dei Testimonios &#187; libertad personal</title>
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	<description>Testimonios sobre el Opus Dei y la vida cristiana</description>
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		<title>La enseñanza que tuve la suerte de recibir</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Oct 2010 15:06:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Covadonga O'Shea]]></category>
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		<description><![CDATA[Testimonio de Covadonga O&#8217;Shea, Periodista. Directora de la revista «Telva» Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei El día 14 de febrero se han cumplido sesenta años de la fecha en que Monseñor Escrivá comenzó el Opus Dei entre las mujeres. Al hilo de este aniversario, en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Testimonio de Covadonga O&#8217;Shea, Periodista. Directora de la revista «Telva»<br />
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei</h2>
<p>El día 14 de febrero se han cumplido sesenta años de la fecha en que Monseñor Escrivá comenzó el Opus Dei entre las mujeres. Al hilo de este aniversario, en esta época en la que la mujer ha irrum­pido de lleno en el acontecer del mundo, he querido recordar algu­nas anécdotas, sencillas en apariencia, pero con el valor de lo entra­ñable, y que encierran buena parte de la enseñanza que tuve la suerte de recibir, en directo, del fundador de la Obra.</p>
<p>Es conocido que a partir del 2 de octubre de 1928, fecha de la fundación del Opus Dei, Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó lo que Dios le había hecho ver: que se habían abierto los caminos divinos de la tierra; que todos los cristianos estarnos llamados por Dios a la santidad, que cada uno en su sitio, en medio del mundo, debe convertir su vocación humana en vocación divina. Esa fue la enseñanza que difundió a lo largo de su vida y que se escuchó en los cinco continentes. «Todas las profesiones honradas han de ser lugar de encuentro con Dios», era el «leitmotiv» de su predi­cación. Todas, incluso&#8230; la tan temible y denostada del periodismo, añado yo.</p>
<p>El fundador del Opus Dei, que además de tener una misión divi­na entre las manos, y quizá por eso poseía unas cualidades humanas muy por encima de la media, comprendió la trascendencia humana y cristiana del trabajo de los profesionales de la opinión pública.</p>
<p>No en vano fue durante un tiempo profesor de la vieja Escuela de Periodismo de Madrid. Es muy posible que comprendiera, con la fuerza de la experiencia, la necesidad de inculcar a quienes nos dedi­camos a estas tareas -fuesen o no del Opus Dei– un especial sentido de responsabilidad. Y siempre con un sentido positivo, radicalmen­te optimista, marcaba como pauta de actuación el ahogar el mal en abundancia de bien. Porque dejaba siempre claro que la violencia no es buena ni para vencer ni para convencer. Esta solicitud por nuestra profesión tiene mucho que ver con uno de mis primeros recuerdos de Monseñor Escrivá de Balaguer.</p>
<p>Era el mes de septiembre de 1963. Hice una escala de varias horas en Roma, en un vuelo de Atenas a Madrid, y pedí una audien­cia con el fundador de la Obra. Yo era entonces subdirectora de <em>Telva, </em>revista recién nacida. Tenía unos pocos años más que la revis­ta, no muchos más; por dejar las cosas claras, veintiséis menos que hoy.</p>
<p>Había ido a Grecia para asistir como enviada especial a la boda del Rey Constantino con la princesa Ana María de Dinamarca. Soy consciente de que no se trataba de un congreso de teología ni tan siquiera de metafísica. Era simplemente un acontecimiento social. Sin embargo, el fundador del Opus Dei me recibió en el acto, me preguntó por el viaje y enseguida trascendió al tema concreto para ir a la raíz: «¿Has trabajado mucho?», me preguntó. «Seguro que lo has hecho lo mejor que sabías». Lo importante para él no era el qué, sino el cómo. Había que realizar el trabajo, el que fuera, intelectual o manual, de más o menos categoría, con ilusión, con empeño, con sentido de responsabilidad, bien rematado&#8230; Y aprovechó la ocasión para animarme en mi terreno. Me dijo que los periodistas debíamos utilizar la pluma para iluminar el mundo con la verdad, para tratar de hacer el bien a la familia y a la sociedad. Con pena, lamentó que es triste comprobar tantas veces que ocurre lo contrario, que algunos se dedican a quitar la fama a personas y a instituciones.</p>
<p>Años después, en marzo de 1971, también en Roma, de paso hacia Milán, volví a saludar al Padre. Siempre se interesaba por mi quehacer. Le conté que iba a visitar unas editoriales italianas: Mondadori, Rizzoli&#8230; Siempre positivo, dedicó unos cuantos elo­gios a lo bien que trabajaban, a su calidad profesional, al bien que desde estos trabajos se puede hacer. En un momento de entusiasmo, al escucharle, le pregunté cómo pensaba él que podría hacer mejor la revista en que trabajaba. La respuesta fue inmediata y tajante; no me dejó lugar a dudas: «¡Con libertad!», y siguió: «Yo no puedo, ni quiero, meterme en tu trabajo ni en la forma de hacerlo. Además, no te daría un buen consejo porque no entiendo de estos temas&#8230;».</p>
<p>Eran dos rasgos muy destacados en él: el amor al trabajo bien hecho y una defensa apasionada de la libertad personal. Junto a ellos, y envolviéndolos, el buen humor, unido a un sentido común aplastante.</p>
<p>Esta vez volvía de Washington –era el mes de octubre de 1971–de un congreso de mujeres periodistas y escritoras. Tuve de nuevo la oportunidad de pasar por Roma y de saludar al Padre. Le conté las mil peripecias de unos días en los que se habían planteado temas conflictivos y difíciles de resolver. Los movimientos de la «Women&#8217;s lib» estaban en plena ebullición: control de natalidad, anticoncep­tivos, aborto. Le expliqué por encima la trastienda del congreso. Había un grupo de personas a favor de esa falsa «liberación de la mujer»; otras en pro de la vida, de la familia, de la mujer como Dios manda.</p>
<p>A lo largo de una semana hubo ponencias, coloquios, mesas redondas. El último día había que enviar a los medios de comu­nicación un informe con las conclusiones de lo que allí se había tratado. Al mismo tiempo una Embajada invitaba a un cóctel que a todo el mundo divertía y no había quien se sentara a redactar el escrito. En vista de lo cual me acerqué a la presidenta, mexicana, para decirle que no me importaba quedarme un rato en la sede del congreso y elaborar el artículo para la prensa.</p>
<p>Como me gusta jugar limpio, puse las cartas boca arriba: allí se había dicho de todo, cada cual podía sacar conclusiones diversas. Sin embargo, yo sabía muy bien lo que un buen grupo de mujeres proponíamos como solución. Si me quedaba yo, marcaría en ese artículo el acento en lo positivo. «Pues ándalo», me dijo con su mejor acento, «y hazlo como se te &#8220;ofresca&#8221;. Ya que te quedas estás en tu pleno derecho. Yo te lo firmo». Se rió el Padre con la historia.</p>
<p>En marzo de 1973 fue la última vez que vi en Roma al fundador del Opus Dei. Pocos meses antes había recorrido España en dos meses de catequesis. Si tuviese que entresacar los temas que trató en las distintas reuniones que tuvo con todo tipo de personas, más de cien mil, destacaría su amor a la Iglesia, al Papa y a los obispos. Y su gran preocupación por la mujer, por lo que supone para ese núcleo fundamental de la sociedad que es la familia. Aquella maña­na, en Roma, volvió a hablarme de las mismas cuestiones. Le dolían las consecuencias que preveía en una situación que empezaba a ser caótica. «Hija mía, de todo esto toma tú unas cuantas notas, dale vueltas a estas ideas y un día que estés de buen humor (en su tono de voz se traslucía que comprendía que podían aburrirme esos temas, por la pesadez con que se tratan tantas veces) escribe sobre ello». Como me insistía en que debía ser valiente y decir las cosas claras, pensó que podía necesitar una ayuda extraordinaria.</p>
<p>«¿Quieres una reliquia de Santa Catalina de Siena?» me pre­guntó. Yo sabía que a esa doctora de la Iglesia, Monseñor Escrivá de Balaguer la llamaba «la gran murmuradora», porque decía las verdades del barquero tanto al Papa como al emperador. Siempre con gran respeto, pero con la verdad por delante.</p>
<p>Rápidamente contesté que, por supuesto, la quería, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer yo con una reliquia. Ante mi asombro, el Padre llamó por teléfono de inmediato para hacer el encargo al Vicariato de Roma, y a quien se lo dijo, le explicó: «Compra después de tener la reliquia un relicario femenino, que es para una hija mía». Al dármela, dos días más tarde, me repitió: «Acude a esta santa para que te enseñe a tener la lengua bien suelta. como ella, en defensa de la verdad».</p>
<p>Podría seguir recordando otros muchos detalles de la vida del fundador del Opus Dei. He querido contar algunos que a mí me dejaron patentes rasgos fundamentales de su vida y sus enseñanzas: el amor a todo tipo de trabajo, su sentido del deber, su buen humor, su amor a la libertad. Y, como música de fondo, su empeño por enseñar a hombres y mujeres de cualquier edad, raza y condición social, a hacer de la vida, desde cualquier profesión, un verdadero servicio a la Iglesia y a la sociedad.</p>
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		<title>«Terriblemente exigente y terriblemente libre»«Terriblemente exigente y terriblemente libre»</title>
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		<pubDate>Wed, 22 Sep 2010 11:33:20 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco. –¿En qué se basa fundamentalmente el apostolado del Opus Dei? –Creo que en la amistad y en un auténtico cariño&#8230; –dice María Luisa, profesora universitaria–. Me ha pasado en muchas ocasiones empezar a hablar con algunas universitarias y te encuentras que lo que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.</h2>
<p>–¿En qué se basa fundamentalmente el apostolado del Opus Dei?</p>
<p>–Creo que en la amistad y en un auténtico cariño&#8230; –dice María Luisa, profesora universitaria–. Me ha pasado en muchas ocasiones empezar a hablar con algunas universitarias y te encuentras que lo que tienen es un problema de confusionismo terrible. A mí me indignan cuando se habla de las generaciones jóvenes. ¡Pero si no les ha dado tiempo a hacer muchas tonterías! ¡Las tonterías las hemos hecho los mayores! Pienso que tenemos que recordar cómo éramos nosotros cuando no teníamos nada que conservar y todo por hacer&#8230; Y la experiencia que tengo es que cuando te ven que vives con autenticidad y les explicas las razones de tu actitud, te aceptan siempre.</p>
<p>–¿No resulta difícil vivir en su posición la virtud de la pobreza?</p>
<p>–Pasa lo mismo que con otras virtudes. Hay que vivirla de cara a Dios y es muy personal. A mí nadie me ha dicho que tenga que aportar una cantidad determinada al mes, porque eso dependerá exclusivamente de mi generosidad. Por supuesto, la pobreza la tienes que vivir tú, no tu marido ni tus hijos. Para una persona será prescindir de un perfume o de una marca de cigarrillos, o de la merienda, o de los vestidos de modisto. Cada uno conoce sus puntos débiles y, como todo, creo que es un problema de no escurrir el bulto. La pobreza del Opus Dei está hecha de muchas cosas pequeñas y de muchas cosas que cuestan.</p>
<p>–¿Y no se puede desvirtuar la vocación en un momento dado?</p>
<p>–Bueno&#8230; depende de la exigencia, claro, porque desde luego la libertad es terrible. Éste es un examen que se tiene que hacer cada uno. Pero creo que resulta muy difícil aburguesarse dentro del Opus Dei, por los medios de formación, que te van recordando tu entrega y tu amor a Dios constantemente&#8230; Además existe una dirección espiritual muy personal, donde te van ayudando y exigiendo. Esto te hace estar al día. Además el OpusDei es una familia y sientes el cariño de la gente que te rodea&#8230; si pasas una temporada difícil, sabes que cuentas siempre con la oración y el cariño de todos. Y desde luego, la situación de una persona aburguesada es insostenible. Se marcharía sola, porque además la puerta está completamente abierta para salir. Cuando llevas unos cuantos años encuentras que tienes todo el cariño, la comprensión y la ayuda, pero que todo depende de ti. Yo diría que el espíritu del Opus Dei es terriblemente exigente y terriblemente libre. A mí lo que más me impresiona es que estoy aquí porque me da la gana y soy responsable de mis actos.</p>
<p>–¿Y evolucionará con los años ese espíritu del Opus Dei?</p>
<p>–Cambiarán las personas –concluye María Luisa–, pero el espíritu seguirá siendo el mismo, porque es la doctrina de la Iglesia, el querer de Dios y los medios tradicionales de piedad. Esto no puede cambiar. Yo me río, porque pienso que muchas cosas que vivo perteneciendo al Opus Dei las he aprendido de mi abuela. No defiendo la doctrina del Opus Dei, sino la doctrina de la Iglesia. Y hay una serie de temas que no cambiarán nunca, coma puede ser el tema del matrimonio. Yo di una serie de charlas a universitarias y lo entendían perfectamente. Comentaban que era muy duro, y estoy de acuerdo. El matrimonio es un camino de santidad y esto es exactamente igual para unos que para otros.<a><br />
</a></p>
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		<title>Libertad y responsabilidad personal</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Sep 2010 03:33:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.</h2>
<p>Observará el lector, como observo yo mientras escribo, que desde el comienzo de este capítulo, dedicado al gobierno del Opus Dei, estamos dando vueltas siempre en torno a la libertad y a la responsabilidad personal de los miembros de la Obra, que es esencial en la espiritualidad del Opus Dei y que explica la rápida difusión en el mundo entero de esta institución, eminentemente secular y comprensible sólo si se acepta su carácter sobrenatural como único denominador común. Porque, ¿qué otra cosa podría unir a gentes tan distintas, de origen tan diverso y de tantos países?&#8230; ¿Qué otra cosa podría atraer a su labor incluso a personas de otras religiones o de ninguna?&#8230;</p>
<p>Mons. Julián Herranz –en un artículo publicado en <em>Cristianos Corrientes– </em>ha estudiado a fondo este tema de la libertad y la responsabilidad personal de los cristianos, enlazando con rigor la más límpida tradición de la Iglesia con la encíclica <em>Mater et Magistra </em>de Juan XXIII y con la vida práctica de millones de personas.</p>
<p>Los miembros del Opus Dei –repetía Mons. Escrivá de Balaguer desde 1928– se unen «exclusivamente para recibir ayuda espiritual y formación cristiana, y para colaborar en las obras apostólicas de la Obra». No juntan sus esfuerzos, por tanto, para perseguir ningún fin de carácter temporal, ni el Opus Dei puede intervenir en esas actividades temporales de sus miembros, que son actividades de índole personal y privada. El Opus Dei se preocupa sólo de la formación religiosa y de la atención espiritual de los fieles de la Prelatura: en consecuencia, cada uno conserva la autonomía y la libertad para seguir –con plena responsabilidad personal– en sus actividades seculares la opinión que le parezca razonable, de acuerdo con la fe católica y con sus propios criterios particulares.</p>
<p>Porque –y aquí está la raíz jurídica del tema– la dependencia de los miembros a la Prelatura no se extiende al trabajo profesional o a las doctrinas políticas, económicas, etc., como sabe explícitamente toda persona desde el mismo momento de su incorporación al Opus Dei.</p>
<p>La <em>Declaratio </em>de la S. Congregación para los Obispos, publicada por orden de Juan Pablo 11 el 23–VIII82, despejaba todo género de dudas sobre el particular:</p>
<p>«Por lo que se refiere a sus opciones en materia profesional, social, política, etc., los fieles laicos que pertenecen a la Prelatura –dentro de los límites de la fe y de la moral católicas y de la disciplina de la Iglesia– gozan de la misma libertad que los demás católicos, conciudadanos suyos; por tanto, la Prelatura no hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas, económicas, etc., de ninguno de sus miembros</p>
<p>«Procede así el Opus Dei –explica Mons. Herranz– no por prudencia humana, táctica o comodidad, sino porque tiene plena conciencia de su participación en la única misión de la Iglesia, la salvación de las almas. Hay, sí, unos principios éticos generales de actuación temporal que, por ser propios del espíritu cristiano, han de ser también propios de todos los miembros del Opus Dei: respeto y defensa del Magisterio de la Iglesia; nobleza y lealtad de conducta, que favorece la caridad en el trato social; comprensión y respeto de las opciones ajenas; capacidad de sacrificarse en el servicio de los intereses de la comunidad civil, etc.</p>
<p>»Son principios éticos de conducta que tienen categoría de elemento básico, de cimiento; sobre él, luego, cada uno construye lo que puede, su propia opinión y actuación concreta, eligiendo libremente entre las diversas soluciones profesionales, sociales y políticas opinables, la que más le convenza. &#8220;Con esta bendita libertad nuestra –ha dicho Mons. Escrivá de Balaguer– el Opus Dei no puede ser nunca, en la vida política de un país, como una especie de partido político: en la Obra caben –y cabrán siempre– todas las tendencias que la conciencia cristiana pueda admitir, sin que sea posible ninguna coacción por parte de los directores internos&#8221;».</p>
<p>Las consecuencias prácticas de esta libertad, que está en la entraña del Opus Dei y que es condición esencial de su existencia, son tan variadas como el número de miembros y como las situaciones en que cada uno de ellos puede encontrarse a lo largo de su vida. «Si uno del Opus Dei –afirmaba, en marzo de 1962, la revista austríaca <em>Der Grosse Entschluss–, </em>que es zapatero, trabaja en una zapatería, no es el Opus Dei el que se dedica a hacer zapatos. Si uno que es economista y hombre de negocios, se asocia con otras personas para trabajar y poner en marcha una fábrica de automóviles, un banco o una empresa publicitaria, no es ciertamente el Opus Dei el que se dedica a fabricar automóviles, a realizar operaciones de banca o a anunciar frigoríficos. Todas esas son ocupaciones y actividades profesionales en las que trabaja el abogado, el zapatero, o el hombre de negocios, que es miembro del Opus Dei; como quizá también trabajarán en estas mismas actividades y empresas otros abogados, zapateros u hombres de negocios que serán, por ejemplo, miembros de la Acción Católica o de los Caballeros de Colón, o simplemente socios del Automóvil Club».<a><br />
</a></p>
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		<title>4. Amor a la libertad</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Aug 2010 08:40:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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		<category><![CDATA[eficacia apostólica]]></category>
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		<description><![CDATA[El pensamiento racionalista manifiesta paradojas constitutivas, como la paradoja de la libertad. De un lado, defiende justamente la libertad. Pero, de otro, la mayor parte de los pensadores herederos del racionalismo acaban negando que el hombre sea realmente libre. En esta difícil encrucijada cultural, se muestra la fuerza del perfil del Beato Josemaría. Porque –sin [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El pensamiento racionalista manifiesta paradojas constitutivas, como la <em>paradoja de la libertad</em>. De un lado, defiende justamente la libertad. Pero, de otro, la mayor parte de los pensadores herederos del racionalismo acaban negando que el hombre sea realmente libre. En esta difícil encrucijada cultural, se muestra la fuerza del perfil del Beato Josemaría. Porque –sin temor a las cautelas antitéticas de quienes desconfían de una abierta proclamación de libertad– cifra en la capacidad humana de libre decisión, la manifestación más clara de una dignidad que permite responder voluntariamente a los requerimientos divinos, y facilitar un diálogo confiado con Dios y con los hombres, sin discriminación de raza, de idiosincrasia, de cultura.</p>
<p>Sobre esta sólida base antropológica, reconoce la realidad de una <em>liberación</em> incomparablemente más radical que la soñada por utopías ideológicas, porque es la libertad para la que Cristo nos ha liberado[1]: liberación alcanzada por Cristo en la Cruz.</p>
<p>Como en los demás aspectos de su vida, el Fundador del Opus Dei trasladó con naturalidad esta profunda convicción a su estilo de convivencia y de gobierno. Confiaba plenamente en la libre responsabilidad de los fieles en la Obra, de modo que prefería correr el riesgo de que alguno se equivocara, a ejercitar un control sofocante sobre ellos. Le agradaba que los miembros del Opus Dei fueran muy distintos entre sí, aunque en todos se percibiera «el bullir limpio y sobrenatural de la Sangre de Cristo, de la sangre de familia». Siendo respetuoso con las formas, huía de las manifestaciones protocolarias. Su trabajo diario se desarrollaba con la sencillez de la vida ordinaria en una familia corriente, donde sobran los tratamientos honoríficos: sólo aceptaba que le llamáramos Padre, como muestra de cariño y confianza, y como manifestación de una paternidad espiritual que todos experimentábamos en su conducta. Concedía una autonomía grande a cuantos ocupaban cargos o funciones de gobierno y formación en el Opus Dei, que, precisamente por esa autonomía, procuraban en todo <em>sentire cum Patre</em>, que daba indicaciones prácticas y sencillas, alejadas de casuísticas interminables. No interfería para nada en la actuación profesional y social –en las legítimas opciones políticas o intelectuales– de sus hijos, que gozaban y gozan –como todos los fieles cristianos– de la más completa libertad en sus actividades públicas y privadas, siempre con fidelidad a la fe y a la moral de la Iglesia.</p>
<p>Se podría temer que esta afirmación de la libertad fuera incompatible con la entrega a Dios de los cristianos corrientes. Pero el Beato Josemaría no sólo evitó caer en esa dialéctica falaz, sino que formuló una audaz propuesta, según la cual la propia libertad posibilita la entrega: «Nada más falso –afirma– que oponer la libertad a la entrega, porque la entrega viene como consecuencia de la libertad»[2]. Aquí aparece una articulación clave de su pensamiento, con la que se sitúa más allá de las aporías modernas de la libertad, derivadas precisamente de la ceguera ante este decisivo engarce. Su postura nada tiene de timorata reserva ante la recta autonomía del comportamiento humano; coloca a la capacidad de autodeterminación en la raíz misma de esa máxima muestra de libertad por la que, liberándose de las ataduras del egoísmo, una persona se entrega confiadamente en manos de su Padre Dios. El regalo de la libertad que el Señor concede en la creación, y restaura y potencia en la Redención, se hace a su vez don que la criatura ofrece a su Creador y Redentor como ofrenda de un hijo a su Padre, aceptable justamente por su carácter libre. El Beato Josemaría proclamó una conclusión, atrevidamente paradójica, pero llena de densidad real: la razón sobrenatural de nuestra elección es servir <em>porque me da la gana</em>.</p>
<p>Cornelio Fabro ha destacado la innovación de esta postura tanto respecto del pensamiento moderno como de la reflexión tradicional: «Hombre nuevo para los tiempos nuevos de la Iglesia del futuro, Josemaría Escrivá de Balaguer ha aferrado por una especie de connaturalidad –y también, sin duda, por luz sobrenatural– la noción originaria de libertad cristiana. Inmerso en el anuncio evangélico de la libertad entendida como liberación de la esclavitud del pecado, confía en el creyente en Cristo y, después de siglos de espiritualidades cristianas basadas en la prioridad de la obediencia, invierte la situación y hace de la obediencia una actitud y consecuencia de la libertad, como un fruto de su flor o, más profundamente, de su raíz»[3].</p>
<p>Dios corre el riesgo y la aventura de nuestra libertad, proclamó siempre el Fundador del Opus Dei. No quiere que la existencia terrena sea una ficción compuesta de antemano, como si este mundo fuera un «gran teatro», en el que sombras sin autonomía jugaran a ser libres. Su sentido realista y positivo le conduce al convencimiento de que la historia de todos los días es una <em>historia verdadera</em>, tejida de oportunidades y coyunturas difíciles, de aciertos y fracasos, siempre bajo la protección amorosa de la Providencia divina, que no suprime la libertad, sino que la fundamenta, y ayuda a potenciarla para llegar a alcanzar una vida acabada. Esto implica un margen de encuentros imprevistos, de ensayo y de rectificación: la exigencia profundamente humana de moverse entre la seguridad de la omnipotencia del Señor y la incertidumbre de la debilidad del hombre. El cristiano es un aristócrata de la elección libérrima, un poseedor de la auténtica libertad.</p>
<p>Esta primacía del albedrío está en la base de la grandeza y relevancia de la existencia ordinaria, que describe uno de los rasgos más típicos del mensaje del Opus Dei. Las decisiones que cada uno toma a diario, en ocupaciones corrientes o extraordinarias, rebosan trascendencia humana y sobrenatural. A través de esa trama se juega la espléndida partida de la santidad personal y de la eficacia apostólica. En esas vicisitudes, que a veces consideramos irrelevantes, y no lo son, se alternan la alegría y el dolor, el éxito aparente y la no menos aparente derrota. Pero, si el hijo de Dios las resuelve con rectitud sobrenatural y perfección humana, está contribuyendo al bien de sus semejantes y a esa <em>nueva evangelización</em> a la que empuja sin tregua el Santo Padre Juan Pablo II. La fe no se queda en tema para hablar, ni siquiera sólo para proclamar y confesar: es virtud que el cristiano ha de ejercitar cotidianamente en el cumplimiento de sus deberes ordinarios. Los fieles corrientes serán así –repetía el Fundador del Opus Dei– «como una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad». Serán «el consuelo de Dios» y –en un mundo cansado– aportarán razones para la esperanza.</p>
<p>«Algunos de los que me escucháis –aseguraba en 1970– me conocéis desde muchos años atrás. Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la libertad personal, con personal responsabilidad. La he buscado y la busco, por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante»[4]. No es fácil, efectivamente, encontrar realizaciones de la verdadera libertad, en este mundo nuestro. Con no poca frecuencia, círculos cerrados de poder dictan la opinión. La cultura se mantiene en cenáculos para iniciados. Muchos –jóvenes y no tan jóvenes– se estragan en la fiebre consumista y en la disipación de diversiones sin sustancia. Por eso, el Beato Josemaría concede tanta importancia a una educación que facilite el despliegue armónico y completo de la persona en su dimensión humana y sobrenatural. Su pedagogía de la libertad se encamina a formar «cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad»[5]. Toda institución formativa debería ser una escuela de libertad responsable, que consolidase a sus alumnos en el amor a la libertad: para que cada uno de ellos aprenda a usarla dignamente, y la promueva en los más diversos ámbitos de la sociedad.</p>
<p>La verdadera libertad es resorte radical para el mejoramiento humano de todo el entramado civil, que se empobrece y agosta si aquélla falta. Sucede entonces –cuando se suprime la libertad– que la sociedad entera se anquilosa, y la autoridad –que debería facilitar su ejercicio y difusión– se ve tentada por el autoritarismo. Claras y fuertes son, al respecto, estas palabras de <em>Surco</em>: «Si la autoridad se convierte en autoritarismo dictatorial y esta situación se prolonga en el tiempo, se pierde la continuidad histórica, mueren o envejecen los hombres de gobierno, llegan a la edad madura personas sin experiencia para dirigir, y la juventud –inexperta y excitada– quiere tomar las riendas: ¡cuántos males!, ¡y cuántas ofensas a Dios –propias y ajenas– recaen sobre quien usa tan mal de la autoridad!»[6].</p>
<p>Se puede asegurar que las diversas formas de autoritarismo –desbordado hasta los terribles totalitarismos del siglo XX– proceden a veces en buena parte de la irresponsabilidad ciudadana. Si no se está dispuesto a pechar con las propias obligaciones cívicas, a participar activamente –según las posibilidades personales– en alguno de los niveles de la cosa pública, difícilmente se justifica la posterior queja de que no se han respetado los derechos o de que no se han tenido en cuenta las personales opiniones. El Beato Josemaría concedía gran importancia a la obligación que tienen los católicos de estar presentes –cada uno según sus convicciones– en los lugares donde la convivencia se condensa y se constituyen los focos de opinión pública. Con esto no se refería solamente –ni quizá principalmente– a la actividad política profesional, sino a la gran variedad de asociaciones y comunidades que estructuran el tejido social, desde una agrupación deportiva hasta los organismos internacionales. Con su participación activa y libre en estos foros, el cristiano defiende la dignidad del hombre, como persona e hijo de Dios; la vida humana desde su comienzo hasta su declinar natural, la justicia, los derechos de la persona y de las familias, las grandes causas de la humanidad&#8230;</p>
<p>Una de las consecuencias palpables de la libertad es el <em>pluralismo</em>. Si el individuo y los grupos sociales proponen el valor de sus convicciones, es natural que aparezcan opciones diversas, entre las que se establece un diálogo abierto, con respeto de las opiniones contrarias, pero sin ceder en aquellos puntos intangibles, derivados de la propia naturaleza humana, que pertenecen a los fundamentos primarios del ser o de la sociedad. Se evita así el error de confundir el pluralismo con el relativismo, la libertad con la espontaneidad irracional, la democracia con la falta de puntos firmes de referencia.</p>
<p>El auténtico pluralismo no se puede fundamentar en el relativismo, porque entonces las convicciones se tratarían como meras convenciones, con el peligro de acabar no respetando la diversidad: actitudes que se suponen minoritarias (aunque frecuentemente no lo sean) se ven avasalladas por quienes dominan los resortes de la opinión pública, el poder económico o la burocracia oficial. Y esto se aplica hoy especialmente a la investigación científica, con particular incidencia en las cuestiones biotecnológicas. Las decisivas connotaciones éticas que tienen algunas de las indagaciones en curso han de incitar a los científicos de buena voluntad, y en primer lugar a los cristianos, a tomar posturas netas en defensa de la vida humana. Porque –como afirmaba el Beato Josemaría en un discurso académico del año 1974– «la necesaria objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo conformismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esa rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión pública»[7].</p>
<p>Con estas precisiones, se reafirma el carácter positivo del pluralismo en una sociedad libre. El Beato Josemaría se ocupó de aclarar que los fieles del Opus Dei pueden defender, y de hecho defienden, posturas diversas, e incluso opuestas, en todo lo que es opinable en la vida social de cada país. Lo formulaba de un modo netamente positivo y con alcance universal: «Como consecuencia del fin exclusivamente divino de la Obra, su espíritu es un espíritu de libertad, de amor a la libertad personal de todos los hombres. Y como ese amor a la libertad es sincero y no un mero enunciado teórico, nosotros amamos la necesaria consecuencia de la libertad: es decir, el pluralismo. En el Opus Dei <em>el pluralismo es querido y amado</em>, no sencillamente tolerado y en modo alguno dificultado»[8]. Cualquier persona, con un mínimo conocimiento de la Prelatura del Opus Dei, ha podido comprobar esta realidad en todos los países donde desarrolla su labor.</p>
<p>De esta forma, se contribuye a difundir en la sociedad un talante positivo de diálogo y apertura, y a evitar que el juego de las presiones contrapuestas convierta en endémico el empecinamiento de los que siempre quieren tener razón y tratan abusivamente de imponer sus criterios a los demás. Por eso el Beato Josemaría impulsó sin descanso a «difundir por todas partes una verdadera <em>mentalidad laical</em> que ha de llevar a tres conclusiones:</p>
<p>– a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal;</p>
<p>– a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen –en materias opinables– soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene;</p>
<p>– y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas»[9].</p>
<p>La libertad resulta esencial para el hacer cristiano. Sólo así, disfrutando de ese albedrío inseparable de la dignidad de hombres y mujeres creados a imagen y semejanza de Dios, se puede entender a fondo el programa central del Beato Josemaría: vivir santamente la vida ordinaria.</p>
<p>[1] <em>Cfr. Gal 4, 31.</em></p>
<p>[2] <em>Amigos de Dios, n. 30.</em></p>
<p>[3] <em>FABRO, C., «El primado existencial de la libertad», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, EUNSA, 2ª edic., Pamplona 1985, p. 350.</em></p>
<p>[4] <em>Es Cristo que pasa, n. 184.</em></p>
<p>[5] <em>Ibid., n. 28.</em></p>
<p>[6] <em>Surco, n. 397.</em></p>
<p>[7] <em>Josemaría Escrivá de Balaguer y la Universidad, edic. cit., pp. 106-107.</em></p>
<p>[8] <em>Conversaciones&#8230;, n. 67.</em></p>
<p>[9] <em>Conversaciones&#8230;, n. 117.</em><a><br />
</a></p>
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		<title>La enseñanza que tuve la suerte de recibir</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Jul 2010 08:42:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Testimonio de Covadonga O&#8217;Shea, Periodista. Directora de la revista «Telva» Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei El día 14 de febrero se han cumplido sesenta años de la fecha en que Monseñor Escrivá comenzó el Opus Dei entre las mujeres. Al hilo de este aniversario, en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Testimonio de Covadonga O&#8217;Shea, Periodista. Directora de la revista «Telva»<br />
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei</h2>
<p>El día 14 de febrero se han cumplido sesenta años de la fecha en que Monseñor Escrivá comenzó el Opus Dei entre las mujeres. Al hilo de este aniversario, en esta época en la que la mujer ha irrum­pido de lleno en el acontecer del mundo, he querido recordar algu­nas anécdotas, sencillas en apariencia, pero con el valor de lo entra­ñable, y que encierran buena parte de la enseñanza que tuve la suerte de recibir, en directo, del fundador de la Obra.</p>
<p>Es conocido que a partir del 2 de octubre de 1928, fecha de la fundación del Opus Dei, Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó lo que Dios le había hecho ver: que se habían abierto los caminos divinos de la tierra; que todos los cristianos estamos llamados por Dios a la santidad, que cada uno en su sitio, en medio del mundo, debe convertir su vocación humana en vocación divina. Esa fue la enseñanza que difundió a lo largo de su vida y que se escuchó en los cinco continentes. «Todas las profesiones honradas han de ser lugar de encuentro con Dios», era el «leitmotiv» de su predi­cación. Todas, incluso&#8230; la tan temible y denostada del periodismo, añado yo.</p>
<p>El fundador del Opus Dei, que además de tener una misión divi­na entre las manos, y quizá por eso poseía unas cualidades humanas muy por encima de la media, comprendió la trascendencia humana y cristiana del trabajo de los profesionales de la opinión pública.</p>
<p>No en vano fue durante un tiempo profesor de la vieja Escuela de Periodismo de Madrid. Es muy posible que comprendiera, con la fuerza de la experiencia, la necesidad de inculcar a quienes nos dedi­camos a estas tareas -fuesen o no del Opus Dei– un especial sentido de responsabilidad. Y siempre con un sentido positivo, radicalmen­te optimista, marcaba como pauta de actuación el ahogar el mal en abundancia de bien. Porque dejaba siempre claro que la violencia no es buena ni para vencer ni para convencer. Esta solicitud por nuestra profesión tiene mucho que ver con uno de mis primeros recuerdos de Monseñor Escrivá de Balaguer.</p>
<p>Era el mes de septiembre de 1963. Hice una escala de varias horas en Roma, en un vuelo de Atenas a Madrid, y pedí una audien­cia con el fundador de la Obra. Yo era entonces subdirectora de <em>Telva, </em>revista recién nacida. Tenía unos pocos años más que la revis­ta, no muchos más; por dejar las cosas claras, veintiséis menos que hoy.</p>
<p>Había ido a Grecia para asistir como enviada especial a la boda del Rey Constantino con la princesa Ana María de Dinamarca. Soy consciente de que no se trataba de un congreso de teología ni tan siquiera de metafísica. Era simplemente un acontecimiento social. Sin embargo, el fundador del Opus Dei me recibió en el acto, me preguntó por el viaje y enseguida trascendió al tema concreto para ir a la raíz: «¿Has trabajado mucho?», me preguntó. «Seguro que lo has hecho lo mejor que sabías». Lo importante para él no era el qué, sino el cómo. Había que realizar el trabajo, el que fuera, intelectual o manual, de más o menos categoría, con ilusión, con empeño, con sentido de responsabilidad, bien rematado&#8230; Y aprovechó la ocasión para animarme en mi terreno. Me dijo que los periodistas debíamos utilizar la pluma para iluminar el mundo con la verdad, para tratar de hacer el bien a la familia y a la sociedad. Con pena, lamentó que es triste comprobar tantas veces que ocurre lo contrario, que algunos se dedican a quitar la fama a personas y a instituciones.</p>
<p>Años después, en marzo de 1971, también en Roma, de paso hacia Milán, volví a saludar al Padre. Siempre se interesaba por mi quehacer. Le conté que iba a visitar unas editoriales italianas: Mondadori, Rizzoli&#8230; Siempre positivo, dedicó unos cuantos elo­gios a lo bien que trabajaban, a su calidad profesional, al bien que desde estos trabajos se puede hacer. En un momento de entusiasmo, al escucharle, le pregunté cómo pensaba él que podría hacer mejor la revista en que trabajaba. La respuesta fue inmediata y tajante; no me dejó lugar a dudas: «¡Con libertad!», y siguió: «Yo no puedo, ni quiero, meterme en tu trabajo ni en la forma de hacerlo. Además, no te daría un buen consejo porque no entiendo de estos temas&#8230;».</p>
<p>Eran dos rasgos muy destacados en él: el amor al trabajo bien hecho y una defensa apasionada de la libertad personal. Junto a ellos, y envolviéndolos, el buen humor, unido a un sentido común aplastante.</p>
<p>Esta vez volvía de Washington –era el mes de octubre de 1971–de un congreso de mujeres periodistas y escritoras. Tuve de nuevo la oportunidad de pasar por Roma y de saludar al Padre. Le conté las mil peripecias de unos días en los que se habían planteado temas conflictivos y difíciles de resolver. Los movimientos de la «Women&#8217;s lib» estaban en plena ebullición: control de natalidad, anticoncep­tivos, aborto. Le expliqué por encima la trastienda del congreso. Había un grupo de personas a favor de esa falsa «liberación de la mujer»; otras en pro de la vida, de la familia, de la mujer como Dios manda.</p>
<p>A lo largo de una semana hubo ponencias, coloquios, mesas redondas. El último día había que enviar a los medios de comu­nicación un informe con las conclusiones de lo que allí se había tratado. Al mismo tiempo una Embajada invitaba a un cóctel que a todo el mundo divertía y no había quien se sentara a redactar el escrito. En vista de lo cual me acerqué a la presidenta, mexicana, para decirle que no me importaba quedarme un rato en la sede del congreso y elaborar el artículo para la prensa.</p>
<p>Como me gusta jugar limpio, puse las cartas boca arriba: allí se había dicho de todo, cada cual podía sacar conclusiones diversas. Sin embargo, yo sabía muy bien lo que un buen grupo de mujeres proponíamos como solución. Si me quedaba yo, marcaría en ese artículo el acento en lo positivo. «Pues ándalo», me dijo con su mejor acento, «y hazlo como se te &#8220;ofresca&#8221;. Ya que te quedas estás en tu pleno derecho. Yo te lo firmo». Se rió el Padre con la historia.</p>
<p>En marzo de 1973 fue la última vez que vi en Roma al fundador del Opus Dei. Pocos meses antes había recorrido España en dos meses de catequesis. Si tuviese que entresacar los temas que trató en las distintas reuniones que tuvo con todo tipo de personas, más de cien mil, destacaría su amor a la Iglesia, al Papa y a los obispos. Y su gran preocupación por la mujer, por lo que supone para ese núcleo fundamental de la sociedad que es la familia. Aquella maña­na, en Roma, volvió a hablarme de las mismas cuestiones. Le dolían las consecuencias que preveía en una situación que empezaba a ser caótica. «Hija mía, de todo esto toma tú unas cuantas notas, dale vueltas a estas ideas y un día que estés de buen humor (en su tono de voz se traslucía que comprendía que podían aburrirme esos temas, por la pesadez con que se tratan tantas veces) escribe sobre ello». Como me insistía en que debía ser valiente y decir las cosas claras, pensó que podía necesitar una ayuda extraordinaria.</p>
<p>«¿Quieres una reliquia de Santa Catalina de Siena?» me pre­guntó. Yo sabía que a esa doctora de la Iglesia, Monseñor Escrivá de Balaguer la llamaba «la gran murmuradora», porque decía las verdades del barquero tanto al Papa como al emperador. Siempre con gran respeto, pero con la verdad por delante.</p>
<p>Rápidamente contesté que, por supuesto, la quería, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer yo con una reliquia. Ante mi asombro, el Padre llamó por teléfono de inmediato para hacer el encargo al Vicariato de Roma, y a quien se lo dijo, le explicó: «Compra después de tener la reliquia un relicario femenino, que es para una hija mía». Al dármela, dos días más tarde, me repitió: «Acude a esta santa para que te enseñe a tener la lengua bien suelta. como ella, en defensa de la verdad».</p>
<p>Podría seguir recordando otros muchos detalles de la vida del fundador del Opus Dei. He querido contar algunos que a mí me dejaron patentes rasgos fundamentales de su vida y sus enseñanzas: el amor a todo tipo de trabajo, su sentido del deber, su buen humor, su amor a la libertad. Y, como música de fondo, su empeño por enseñar a hombres y mujeres de cualquier edad, raza y condición social, a hacer de la vida, desde cualquier profesión, un verdadero servicio a la Iglesia y a la sociedad.</p>
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		<title>Un maestro de la libertad cristiana</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Jul 2010 15:27:21 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Testimonio de Cornelio Fabro, Profesor Ordinario de Filosofia en la Pontificia Universidad Lateranense y en la Universidad de Perugia Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei En el ámbito existencial, que es el campo de la acción y, por tanto, de la formación del yo y de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Testimonio de Cornelio Fabro, Profesor Ordinario de Filosofia en la Pontificia Universidad Lateranense y en la Universidad de Perugia<br />
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei</p>
<p style="text-align: center">
</h2>
<p>En el ámbito existencial, que es el campo de la acción y, por tanto, de la formación del yo y de la persona, el primer principio es la voluntad, cuyo centro dinámico es la libertad. En la energía primaria de la voluntad está el mismo destino de los individuos de los pueblos, y el sentido último de la historia.</p>
<p>La voluntad mueve, ordena o desordena, exalta o deprime todas las fuerzas del hombre: no sólo los sentidos y las pasiones, sino también la inteligencia y las facultades superiores. Y esto por­que la voluntad se mueve a sí misma; quiere porque quiere querer y, por tanto, se resuelve en libertad.</p>
<p>El pensamiento moderno ha exaltado la libertad como funda­mento de sí misma y como constitutivo último del hombre. Por este camino, la libertad se ha identificado con la espontaneidad de la razón, o del sentimiento, o de la voluntad de poder. Y, con tensión alternante, ha sometido al mundo occidental a regímenes totalita­rios o al caos de movimientos anarcoides. Faltándole un fundamen­to trascendente, la libertad se ha constituido en objeto y fin de sí misma: una libertad vacía, una libertad de la libertad. Convertida en ley para sí misma, se desnaturaliza en libertad de los instintos o en tiranía de la razón absoluta, que se manifiesta después en el capricho del tirano.</p>
<p>Con audacia que trasciende la unilateralidad tanto del anarquismo como del totalitarismo, Tomás de Aquino pudo afirmar que el hombre es causa de sí mismo, porque en el orden moral llega a ser aquello que quiere ser, aquello que con su libertad elige ser. Sin detenerse en la bondad exterior –y ésta es la conclusión exis­tencial decisiva en la formación de la persona– ve en la bondad moral interior, que depende de la libertad, la perfección del hombre como sujeto.</p>
<p>La paradoja radica en que el hombre, creado libre para vivir en armonía con Dios por el amor y la obediencia, ha usado –abu­sado– de su libertad para desobedecer al Creador. Entonces la liber­tad separada de Dios es insidiada desde arriba por la soberbia, y desde abajo por las pasiones De este modo, el hombre, aunque permanece formalmente libre en el plazo existencial es «esclavo del pecado» y su esperanza de libertad se encuentra en el dominio de las pasiones y en la victoria sobre el orgullo. «La verdad os hará libres», promete Jesús Solo es verdadera y completamente libre el cristiano que es totalmente dócil a la acción de la gracia. Así, somos libres cuando nos hacemos «siervos de Cristo». Es una paradoja a: la más profunda de la existencia; pero en el cristianismo todo es paradójico. La verdadera libertad del hombre está en la verda­dera obediencia a Dios.</p>
<p>Este mensaje evangélico es percibido particularmente por los fundadores en la Iglesia de Dios, y brilla con luz especial en la ense­ñanza de Josemaría Escrivá de Balaguer, como enseguida veremos.</p>
<p>Antes de Cristo y fuera del Cristianismo, la libertad auténtica era desconocida, como reconoce el mismo Hegel. Pero el gran filó­sofo yerra profundamente cuando sitúa la libertad cristiana al nivel de la razón humana absoluta, y ve su realización en el cumplimiento de la historia universal suficiente a sí misma. Frente a él se alzó la voz de Kierkegaard, con su proyecto de recuperar la libertad cristiana, que tiene a Dios por fundamento. Ciertamente, Hegel no preveía el advenimiento, a un siglo de distancia, de Adolfo Hitler; pero no fue una casualidad que el nacional socialismo se remitiera al pensamiento hegeliano.</p>
<p>Hombre nuevo para los tiempos nuevos de la Iglesia del futuro Josemaría Escrivá de Balaguer ha aferrado por connaturalidad –y también por luz sobrenatural– la noción originaria de la libertad cristiana. Inmerso en el anuncio evangélico de la libertad entendida como liberación del pecado, confía en el creyente en Cristo y, des­pués de siglos de espiritualidades cristianas que se apoyaban en la prioridad de la obediencia, invierte la situación y hace de la obe­diencia una actitud y consecuencia de la libertad. Como un fruto de su flor, o más profundamente, de su raíz.</p>
<p>Sus enseñanzas se intensifican y se hacen cada vez más claras con el peso de los años: «Soy muy amigo de la libertad, y preci­samente por esto quiero tanto esa virtud cristiana (la obediencia). Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la vountad de nuestro Padre. Realizar las cosas según el querer de Dios, porque nos da la gana, que es la razón más sobrenatural». Y, como haciendo un balance de su vida, confiesa con ánimo franco:</p>
<p>«El espíritu del Opus Dei, que he procurado practicar y enseñar desde hace más de treinta y cinco años, me ha hecho comprender y amar la libertad personal». Vemos aquí una plena consonancia con aquella afirmación de Tomás de Aquino: «Cuanto mayor cari­dad se posee, de mayor libertad se dispone».</p>
<p>Desde el interior de esta experiencia vivida – la primacía exis­tencial de la libertad del cristiano como presupuesto para su participación en la salvación mediante la gracia de Cristo, Josemaría Escrivá de Balaguer, como divisa de un estilo nuevo pero antiguo como el primer presentarse del cristianismo al mundo, afirma «Dios no quiere esclavos, sino hijos y respeta nuestra libertad La salvación continúa y nosotros participamos en ella. Es voluntad de Cristo que –según las palabras fuertes de San Pablo &#8211; cumplamos en nuestra carne, en nuestra vi da, aquello que falta a su pasión, <em>pro corpore eius, quod est Ecclesia, </em>en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia».</p>
<p>En plena sintonía con el Concilio Vaticano II –es más, se podría decir que superándolo en audacia– Monseñor Escrivá de Balaguer propone como primer bien para respetar y estimular el empeño temporal del cristiano, precisamente la libertad personal. «Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la consiguiente per­sonal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya».</p>
<p>Esta actitud –nueva en la espiritualidad cristiana– de la prioridad fundante de la libertad, nace en Monseñor Escrivá de Bala­guer, no por pretensión de originalidad o de adaptarse al espíritu del tiempo, sino de una humilde y profunda aspiración a vivir el Evangelio. En una inspirada homilía del sugestivo título <em>La Liber</em>­<em>tad, don de Dios, </em>del 10 de abril de 1958, en la plenitud de su madurez espiritual, confiesa con osadía digna de los primeros Padres Apologistas, que su misión es la defensa de la libertad personal: «Du­rante mis años de sacerdocio, no diré que predico, sino que grito mi amor a la libertad personal»; y se sorprende de que algunos teman que esto sea un peligro para la fe.</p>
<p>Y anticipándose de nuevo con espíritu profético al mensaje del Vaticano II, pero evitando los recientes compromisos equívocos del indiferentismo religioso, proclama: «Yo defiendo con todas mis fuerzas la <em>libertad de las conciencias, </em>que denota que a nadie le es lícito impedir que la criatura tribute culto a Dios» y, más adelante, «Nuestra Santa Madre la Iglesia se ha pronunciado siempre por la libertad y ha rechazado todos los fatalismos, antiguos y menos antiguos. Ha señalado que cada alma es dueña de su destino, para bien o para mal».</p>
<p>La homilía de Monseñor Escrivá de Balaguer del 25 de marzo de 1967 tiene en este contexto una expresión entre las más valientes de la literatura cristiana de cualquier tiempo. «En esa tarea que va realizando en el mundo, Dios ha querido que seamos cooperadores suyos, ha querido <em>correr el riesgo de nuestra libertad. </em>Me llega a lo hondo del alma contemplar la figura de Jesús recién nacido en Belén. Un niño indefenso, inerme, incapaz de ofrecer resistencia. Dios se entrega en manos de los hombres, se acerca y se abaja hasta nosotros».</p>
<p>Intrepidez de presencia cristiana en los tiempos nuevos, para una fidelidad dinámica a la verdad divina: éste es el mensaje de Josemaría Escrivá de Balaguer. El segundo aniversario de su falle­cimiento constituye, por tanto, una ocasión de renovado encuentro con su enseñanza para el bien supremo del hombre, liberado del pecado y de la muerte.</p>
<p>Artículo publicado en L&#8217;OSSERVATORE ROMANO</p>
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		<title>Entrenando a atletas</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Jul 2010 22:22:45 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco. Lázaro es profesor de Educación Física y Entrenador Nacional de Atletismo en España. –¿Por qué se hizo del Opus Dei? –Me movió el ambiente y la alegría que encontré. Me atraía la seriedad que se ponía en la religión, en cumplir como buenos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis  Ignacio Seco.</h2>
<p>Lázaro es profesor de Educación Física y Entrenador Nacional de  Atletismo en España.</p>
<p>–¿Por qué se hizo del Opus Dei?</p>
<p>–Me movió el ambiente y la alegría que encontré. Me atraía la seriedad  que se ponía en la religión, en cumplir como buenos cristianos. Por  supuesto, me he hecho del Opus Dei porque Dios me ha llamado. Si no, no  estaría. Luego lo que más me contagió fue la alegría, el compañerismo,  los amigos de verdad.</p>
<p>–¿Qué significa para usted ser del Opus Dei?</p>
<p>–Vivir siempre alegre. Darle a la vida un sentido muy positivo, aun en  momentos muy difíciles en lo profesional, en lo económico, etcétera.  Pongo lo que puedo de mi parte y Dios se encarga de que salgan las  cosas. En el Opus Dei he encontrado mucha alegría, una gran comprensión,  y principalmente, una gran formación espiritual y humana. Y de esta  formación saco ayuda, dentro de lo que cabe, para salir adelante sin que  a uno le ayuden&#8230; Me han enseñado a no enquistarme, a no quedarme  paralizado, a estar al día, a no anticuarme&#8230; Si tienes atletas a tu  mando, a ésos los tienes que llevar al máximo de sus posibilidades: son  personas que confían en ti y eso te lleva a la obligación de estar al  día en todo&#8230;</p>
<p>–¿A qué figuras entrena usted?</p>
<p>–Entreno a mucha gente; no busco figuras, pero salen. Pero, a lo que  iba: el Opus Dei lo que hace es dar formación doctrinal y humana. Me ha  enseñado a distinguir entre lo bueno y lo malo y he elegido siempre lo  que en conciencia me ha parecido justo, lo mejor, lo que he querido.  Nunca me han impuesto nada. Lo único que me ha pedido el Opus Dei es lo  que me pide la Iglesia. No me lo pide el Opus Dei, me lo pide la  Iglesia. En mi forma de pensar y de hacer las cosas soy libre  completamente. Yo ahora soy más libre, porque me siento con más  formación para elegir lo que me conviene en conciencia, para elegir con  más seguridad. Por eso soy más libre.</p>
<p>–¿Se considera mejor que los demás?</p>
<p>–Ni superior, ni inferior: me considero quien soy. Lo que siento es una  seguridad grande al hacer las cosas, porque las procuro hacer con  rectitud: si salen torcidas, mala suerte, pero he puesto toda mi buena  voluntad. Lo que decía antes es que el Opus Dei sólo da espíritu, y en  el sentido espiritual he recibido mucho&#8230; todo. Material, no he sacado  nada, no me ha dado nada. El Opus Dei jamás me ha solucionado problemas  económicos ni profesionales. Esos los he sacado adelante con mi trabajo y  mi esfuerzo. Si me hubiera dado ventajas materiales me sentiría  obligado, y el Opus Dei no obliga a nada. Gracias a esto soy libre.<a><br />
</a></p>
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		<title>Un hombre que habló sólo de Dios</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Jun 2010 18:21:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[movimiento Opus Dei]]></category>
		<category><![CDATA[buen humor]]></category>
		<category><![CDATA[Camino]]></category>
		<category><![CDATA[Escrivá de Balaguer]]></category>
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		<description><![CDATA[“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco. Mons. Alvaro del Portillo, muy cercano siempre a Mons. Escrivá de Balaguer desde sus tiempos de estudiante en la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid, escribía en vida del Fundador del Opus Dei en la presentación de la primera edición de Es [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.</h2>
<p>Mons. Alvaro del Portillo, muy cercano siempre a Mons. Escrivá de Balaguer desde sus tiempos de estudiante en la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid, escribía en vida del Fundador del Opus Dei en la presentación de la primera edición de Es <em>Cristo que pasa:</em></p>
<p>«Desde 1925, Mons. Escrivá de Balaguer realiza una intensa labor pastoral: primero –por poco tiempo– en parroquias rurales; más tarde, en Madrid, especialmente en los barrios pobres y en los hospitales; durante los años treinta, en toda España; desde <strong>1946, cuando fija </strong>su residencia en Roma, con personas de todo el mundo.</p>
<p>»Hablar de Dios, acercar los hombres al Señor: así lo he visto desde que lo conocí, en 1934. Catequesis, días y cursos de retiro espiritual, dirección de almas, cartas breves e incisivas, que llevaban en los trazos –rápidos y definidos– la paz a muchas conciencias. En los primeros meses de 1936 llegó a enfermar; los médicos diagnosticaron sólo cansancio. Predicaba, a veces, hasta diez horas diarias. El clero de casi todas las diócesis españolas recibió su predicación; lo llamaban los Obispos y él recorría el país, a sus propias expensas –en aquellos trenes de entonces–, sin más pago que la amorosa obligación de hablar de Dios (&#8230;).</p>
<p>»Autor de libros de espiritualidad difundidos en todo el mundo –como <em>Camino y Santo Rosario– y de </em>finos estudios jurídicos y teológicos –como <em>La Abadesa de las Huelgas–, </em>ha escrito sobre todo numerosas y extensas cartas, Instrucciones, Glosas, etc., dirigidas a los miembros del Opus Dei, tratando exclusivamente de temas espirituales. Reacio a cualquier forma de propaganda, ha accedido sólo rara vez a las numerosas y constantes peticiones de entrevistas por parte de la prensa, radio y televisión de muchos países. Con las pocas entrevistas que han sido la excepción se publicó el libro <em>Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, </em>traducido también a las principales lenguas (&#8230;)</p>
<p>»&#8230;En un texto no es posible darse cuenta plenamente de algunas cualidades de la predicación del Fundador del Opus Dei. Su humanidad, su sinceridad inmediata, que cautiva. Su entrega a los que le escuchan, su insistente repetir que cada uno debe hacer –al oír esas palabras– una oración personal con Dios, &#8220;con gritos callados&#8221;. Y ese realismo cordial, nada ingenuo y, a la vez, nada pragmático. Un sentido común poco común. El buen humor que aflora siempre, una alegría contagiosa, la de un hijo de Dios.</p>
<p>»Pero son ya muchos miles las personas que han oído directamente la predicación de Mons. Escrivá de Balaguer: Porque, si no ama la propaganda y la publicidad, no tiene en cambio inconveniente en responder a cuantos le preguntan sobre cosas de Dios. En un viaje, en 1972, por España y Portugal, iniciado en Francia, pudieron oírle, en grupos pequeños o grandes, más de ciento cincuenta mil personas; en 1970, en México, estuvo con unas cuarenta mil personas de ese país, de los Estados Unidos y de otras muchas naciones americanas; y–en Roma son muchos miles los que, procedentes de Europa y de otras partes, tienen ocasión de oírle:..»(Posteriormente a la redacción de estas líneas el Fundador del Opus Dei realizó dos largos viajes más por diversos países de América Haciendo llegar su gran «catequesis –como él denominaba a estos viajes– a muchos miles de personas).</p>
<p>«&#8230;Otros rasgos entrañables de la labor pastoral de Mons. Escrivá de Balaguer: la viva conciencia de ser sólo un instrumentó en las manos del Señor; la convicción sobrenatural de que las flaquezas y miserias personales –que tendremos mientras vivamos, recuerda él siempre– no pueden ser un obstáculo para alejarnos de Cristo, sino un estímulo para estrecharnos más a Él. En una de las homilías aún inéditas dice: &#8220;Yo no le soporto nada al Señor; es Él quien me aguanta y me ayuda y me empuja y me espera&#8221;. Y, dirigiéndose a los que le escuchaban: &#8220;¡Cómo no voy a comprender vuestras miserias, si estoy lleno de ellas!&#8221;.</p>
<p>» Y, por todas partes, como en contrapunto, aparece un motivo de fondo: el amor a la libertad personal. &#8220;Soy muy amigo de la libertad&#8230; El espíritu del Opus Dei que he procurado practicar y enseñar desde hace más de treinta y cinco años –decía en 1963–, me ha hecho comprender y amar la libertad personal. Cuando Dios Nuestro Señor concede a los hombres su gracia, cuando les llama con una vocación específica, es como si les tendiera una mano paternal llena de fortaleza, repleta sobre todo de amor, porque nos busca uno a uno, como a hijas e hijos suyos, y porque conoce nuestra debilidad. Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano, esa mano que Él nos acerca: Dios nos pide un esfuerzo, prueba de nuestra libertad&#8221;.</p>
<p>»Si Dios respeta nuestra libertad personal, ¿cómo no vamos a respetar la libertad de los demás?&#8230; &#8220;No hay dogmas en las cosas temporales. No va de acuerdo con la dignidad de los hombres el intentar fijar unas verdades absolutas, en cuestiones donde por fuerza cada uno ha de contemplar las cosas desde su punto de vista, según sus intereses particulares, sus preferencias culturales y su propia experiencia peculiar. Pretcnder imponer dogmas en lo temporal conduce, inevitablemente, a forzar las conciencias de los demás, a no respetar al prójimo&#8221;».</p>
<p>Este amplio testimonio, tan entrañable y tan cercano, escrito por Mons. Álvaro del Portillo, confirma en toda la línea lo que Mons. Escrivá de Balaguer había dicho en tantas ocasiones: «Yo soy un sacerdote que no habla nada más que de Dios ».</p>
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		<title>TEMA 7. La elevación sobrenatural y el pecado original</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Apr 2010 16:37:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[firmes en la fe]]></category>
		<category><![CDATA[Dios misericordia]]></category>
		<category><![CDATA[el pecado original]]></category>
		<category><![CDATA[elevación sobrenatural]]></category>
		<category><![CDATA[libertad personal]]></category>
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		<description><![CDATA[Al crear al hombre, Dios lo constituyó en un estado de santidad y justicia; pero nuestros primeros padres se rebelaron contra el Creador y perdieron gran parte de los dones recibidos, transmitiendo a las generaciones posteriores una naturaleza caída y alejada de Dios, que Cristo ha redimido. 1. La elevación sobrenatural Al crear al hombre, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Al crear al hombre, Dios lo constituyó en un estado de santidad y justicia; pero nuestros primeros padres se rebelaron contra el Creador y perdieron gran parte de los dones recibidos, transmitiendo a las generaciones posteriores una naturaleza caída y alejada de Dios, que Cristo ha redimido.</h2>
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<p><strong>1. La elevación sobrenatural</strong></p>
<p>Al crear al hombre, Dios lo constituyó en un estado de santidad y justicia, ofreciéndole la gracia de una auténtica participación en su vida divina (cfr. <em>Catecismo</em>, 374, 375). Así han interpretado la Tradición y el Magisterio a lo largo de los siglos la descripción del paraíso contenida en el Génesis. Este estado se denomina teológicamente <em>elevación sobrenatural</em>, pues indica un don gratuito, inalcanzable con las solas fuerzas naturales, no exigido aunque congruente con la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios. Para la recta comprensión de este punto hay que tener en cuenta algunos aspectos:</p>
<p>a) No conviene separar la creación de la elevación al orden sobrenatural. La creación no es “neutra” respecto a la comunión con Dios, sino que está orientada a ella. La Iglesia siempre ha enseñado que el fin del hombre es sobrenatural (cfr. DH 3005), pues hemos sido «elegidos en Cristo antes de la creación del mundo para ser santos» (<em>Ef</em> 1,4). Es decir, nunca ha existido un estado de “naturaleza pura”, pues Dios desde el principio ofrece al hombre su alianza de amor.</p>
<p>b) Aunque de hecho el fin del hombre es la amistad con Dios, la Revelación nos enseña que al comienzo de la historia el hombre se rebeló y rechazó la comunión con su Creador: es el <em>pecado original</em>, llamado también <em>caída</em>, precisamente porque antes había sido <em>elevado</em> a la cercanía divina. No obstante, al perder la amistad con Dios el hombre no queda reducido a la nada, sino que continúa siendo hombre, criatura.</p>
<p>c) Esto nos enseña que, aunque no conviene concebir el designio divino en compartimentos estancos (como si Dios primero creara un hombre “completo” y luego “además” lo elevara), se ha de distinguir, dentro del único proyecto divino, diversos órdenes<a name="_ftnref1" href="http://www.opusdei.es/art.php?p=31722#_ftn1" rel='nofollow'> </a>. Basada en el hecho de que con el pecado el hombre perdió algunos dones pero conservó otros, la tradición cristiana ha distinguido el orden sobrenatural (la llamada a la amistad divina, cuyos dones se pierden con el pecado) del orden natural (lo que Dios ha concedido al hombre al crearlo y que permanece también a pesar de su pecado). No son dos órdenes yuxtapuestos o independientes, pues de hecho lo natural está desde el principio insertado y orientado a lo sobrenatural; y lo sobrenatural perfecciona lo natural sin anularlo. Al mismo tiempo, se distinguen, pues la historia de la salvación muestra que la gratuidad del don divino de la gracia y de la redención es distinta de la gratuidad del don divino de la creación, siendo aquélla una manifestación inmensamente mayor de la misericordia y el amor de Dios<a name="_ftnref2" href="http://www.opusdei.es/art.php?p=31722#_ftn2" rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow'></a>.</p>
<p>d) Es difícil describir el estado de inocencia perdida de Adán y Eva <a name="_ftnref3" href="http://www.opusdei.es/art.php?p=31722#_ftn3" rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow'></a>, sobre el que hay pocas afirmaciones en el Génesis (cfr. <em>Gn</em> 1,26-31; 2,7-8.15-25). Por eso, la tradición suele caracterizar tal estado indirectamente, infiriendo, a partir de las consecuencias del pecado narrado en <em>Gn</em> 3, cuáles eran los dones de que gozaban nuestros primeros padres y que debían trasmitir a sus descendientes. Así, se afirma que recibieron los dones naturales, que corresponden a su condición normal de criaturas y forman su ser creatural. Recibieron asimismo los dones sobrenaturales, es decir, la gracia santificante, la divinización que esa gracia comporta, y la llamada última a la visión de Dios. Junto a éstos, la tradición cristiana reconoce la existencia en el Paraíso de los “dones preternaturales”, es decir, dones que no eran exigidos por la naturaleza pero congruentes con ella, la perfeccionaban en línea natural y constituían, en definitiva, una manifestación de la gracia. Tales dones eran la inmortalidad, la exención del dolor (impasibilidad) y el dominio de la concupiscencia (integridad) (cfr. <em>Catecismo</em>, 376)<a name="_ftnref4" href="http://www.opusdei.es/art.php?p=31722#_ftn4" rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow'></a>.</p>
<p><strong>2. El pecado original</strong></p>
<p>Con el relato de la transgresión humana del mandato divino de no comer del fruto del árbol prohibido, por instigación de la serpiente (<em>Gn</em> 3,1-13), la Sagrada Escritura enseña que en el comienzo de la historia nuestros primeros padres se rebelaron contra Dios, desobedeciéndole y sucumbiendo a la tentación de querer ser como dioses. Como consecuencia, recibieron el castigo divino, perdiendo gran parte de los dones que les habían sido concedidos (vv. 16-19), y fueron expulsados del paraíso (v. 23). Esto ha sido interpretado por la tradición cristiana como la pérdida de los dones sobrenaturales y preternaturales, así como un daño en la misma naturaleza humana, si bien no quede esencialmente corrompida. Fruto de la desobediencia, de preferirse a sí mismo en lugar de Dios, el hombre pierde la gracia (cfr. <em>Catecismo</em>, 398-399), y también la armonía con la creación y consigo mismo: el sufrimiento y la muerte hacen su entrada en la historia (cfr. <em>Catecismo</em>, 399-400).</p>
<p>El primer pecado tuvo el carácter de una tentación aceptada, pues tras la desobediencia humana está la voz de la serpiente, que representa a Satanás, el ángel caído. La Revelación habla de un pecado anterior suyo y de otros ángeles, los cuales –habiendo sido creados buenos– rechazaron irrevocablemente a Dios. Tras el pecado humano, la creación y la historia quedan bajo el influjo maléfico del «padre de la mentira y homicida desde el principio» (<em>Jn</em> 8,44). Aunque su poder no es infinito, sino muy inferior al divino, causa realmente muy graves daños en cada persona y en la sociedad, de modo que el hecho de la permisión divina de la actividad diabólica no deja de constituir un misterio (cfr. <em>Catecismo</em>, 391-395).</p>
<p>El relato contiene también la promesa divina de un redentor (<em>Gn</em> 3,15). La redención ilumina así el alcance y gravedad de la caída humana, mostrando la maravilla del amor de un Dios que no abandona a su criatura sino que viene a su encuentro con la obra salvadora de Jesús. «Es preciso conocer a Cristo como fuente de gracia para conocer a Adán como fuente de pecado» (<em>Catecismo</em>, 388). «“El misterio de la iniquidad” (2 <em>Ts</em> 2,7) sólo se esclarece a la luz del “Misterio de la piedad” (1<em> Tm</em> 3,16)» (<em>Catecismo</em>, 385).</p>
<p>La Iglesia ha entendido siempre este episodio como un hecho histórico –aun cuando se nos haya trasmitido con un lenguaje ciertamente simbólico (cfr. <em>Catecismo</em>, 390)– que ha sido denominado tradicionalmente (a partir de San Agustín) como “pecado original”, por haber ocurrido en los orígenes. Pero el pecado no es “originario” –aunque sí “originante” de los pecados personales realizados en la historia–, sino que ha entrado en el mundo como fruto del mal uso de la libertad por parte de las criaturas (primero los ángeles, después el hombre). El mal moral no pertenece, pues, a la estructura humana, no proviene ni de la naturaleza social del hombre ni de su materialidad, ni obviamente tampoco de Dios o de un destino inamovible. El realismo cristiano pone al hombre delante de su propia responsabilidad: puede hacer el mal como fruto de su libertad, y el responsable de ello no es otro que uno mismo (cfr. <em>Catecismo</em>, 387).</p>
<p>A lo largo de la historia, la Iglesia ha formulado el dogma del pecado original en contraste con el optimismo exagerado y el pesimismo existencial (cfr. <em>Catecismo</em>, 406). Frente a Pelagio, que afirmaba que el hombre puede realizar el bien sólo con sus fuerzas naturales, y que la gracia es una mera ayuda externa, minimizando así tanto el alcance del pecado de Adán como la redención de Cristo –reducidos a un mero mal o buen ejemplo, respectivamente– el Concilio de Cartago (418), siguiendo a San Agustín, enseñó la prioridad absoluta de la gracia, pues el hombre tras el pecado ha quedado dañado (cfr. DH 223.227; cfr. también el Concilio II de Orange, en el año 529: DH 371-372). Frente a Lutero, que sostenía que tras el pecado el hombre está esencialmente corrompido en su naturaleza, que su libertad queda anulada y que en todo lo que hace hay pecado, el Concilio de Trento (1546) afirmó la relevancia ontológica del bautismo, que borra el pecado original; aunque permanecen sus secuelas –entre ellas, la concupiscencia, que no se ha de identificar, como hacía Lutero, con el pecado mismo–, el hombre es libre en sus actos y puede merecer con obras buenas, sostenidas por la gracia (cfr. DH 1511-1515).</p>
<p>En el fondo de la posición luterana, y también de algunas interpretaciones recientes de <em>Gn</em> 3, está en juego una adecuada comprensión de la relación entre 1) naturaleza e historia, 2) el plano psicológico-existencial y el plano ontológico, 3) lo individual y lo colectivo.</p>
<p>1) Aunque hay algunos elementos de carácter mítico en el Génesis (entendiendo el concepto de “mito” en su mejor sentido, es decir, como palabra-narración que da origen y que por lo tanto está en el fundamento de la historia posterior), sería un error interpretar el relato de la caída como una explicación simbólica de la original condición pecadora humana. Esta interpretación convierte en naturaleza un hecho histórico, mitificándolo y haciéndolo inevitable: paradójicamente, el sentido de culpa que lleva a reconocerse “naturalmente” pecador, conduciría a mitigar o eliminar la responsabilidad personal en el pecado, pues el hombre no podría evitar aquello a lo que tiende espontáneamente. Lo correcto, más bien, es afirmar que la condición pecadora pertenece a la historicidad del hombre, y no a su naturaleza originaria.</p>
<p>2) Al haber quedado después del bautismo algunas secuelas del pecado, el cristiano puede experimentar con fuerza la tendencia hacia el mal, sintiéndose profundamente pecador, como ocurre en la vida de los santos. Sin embargo, esta perspectiva existencial no es la única, ni tampoco la más fundamental, pues el bautismo ha borrado realmente el pecado original y nos ha hecho hijos de Dios (cfr. <em>Catecismo,</em> 405). Ontológicamente, el cristiano en gracia es justo ante Dios. Lutero radicalizó la perspectiva existencial, entendiendo toda la realidad desde ella, que quedaba así marcada ontológicamente por el pecado.</p>
<p>3) El tercer punto lleva a la cuestión de la transmisión del pecado original, «un misterio que no podemos comprender plenamente» (<em>Catecismo</em>, 404). La Biblia enseña que nuestros primeros padres trasmitieron el pecado a toda la humanidad. Los siguientes capítulos del Génesis (cfr. <em>Gn</em> 4-11; cfr. <em>Catecismo</em>, 401) narran la progresiva corrupción del género humano; estableciendo un paralelismo entre Adán y Cristo, San Pablo afirma: «como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo [Cristo] todos quedarán constituidos justos» (<em>Rm</em> 5,19). Este paralelismo ayuda a entender correctamente la interpretación que suele darse del término <em>adamáh</em> como de un singular colectivo: como Cristo es uno solo y a la vez cabeza de la Iglesia, así Adán es uno solo y a la vez cabeza de la humanidad . «Por esta “unidad del género humano”, todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como todos están implicados en la justicia de Cristo» (<em>Catecismo</em>, 404).</p>
<p>La Iglesia entiende de modo analógico el pecado original de los primeros padres y el pecado heredado por la humanidad. «Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado [...] será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales. Por eso, el pecado original es llamado “pecado” de manera análoga: es un pecado “contraído”, “no cometido”, un estado y no un acto» (<em>Catecismo</em>, 404). Así, «aunque propio de cada uno, el pecado original no tiene, en ningún descendiente de Adán, un carácter de falta personal» (<em>Catecismo,</em> 405)<a name="_ftnref6" href="http://www.opusdei.es/art.php?p=31722#_ftn6" rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow'></a>.</p>
<p>Para algunas personas es difícil aceptar la idea de un pecado heredado<a name="_ftnref7" href="http://www.opusdei.es/art.php?p=31722#_ftn7" rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow'></a>, sobre todo si se tiene una visión individualista de la persona y de la libertad. ¿Qué tuve yo que ver con el pecado de Adán? ¿Por qué he de pagar las consecuencias del pecado de otros? Estas preguntas reflejan una ausencia del sentido de la solidaridad real que existe entre todos los hombres en cuanto creados por Dios. Paradójicamente, esta ausencia puede entenderse como una manifestación del pecado trasmitido a cada uno. Es decir, el pecado original ofusca la comprensión de aquella profunda fraternidad del género humano que hace posible su trasmisión.</p>
<p>Ante las lamentables consecuencias del pecado y su difusión universal cabe preguntarse: «Pero, ¿por qué Dios no impidió que el primer hombre pecara? S. León Magno responde: “La gracia inefable de Cristo nos ha dado bienes mejores que los que nos quitó la envidia del demonio” (<em>serm</em>. 73,4). Y S. Tomás de Aquino: “Nada se opone a que la naturaleza humana haya sido destinada a un fin más alto después del pecado. Dios, en efecto, permite que los males se hagan para sacar de ellos un mayor bien. De ahí las palabras de S. Pablo: ‘Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia’ (<em>Rm</em> 5,20). Y el canto del Exultet: ‘¡Oh feliz culpa que mereció tal y tan grande Redentor!’” (<em>Summa Theologiae</em>, III, 1, 3, ad 3)» (<em>Catecismo</em>, 412).</p>
<p><strong>3. Algunas consecuencias prácticas </strong></p>
<p>La principal consecuencia práctica de la doctrina de la elevación y del pecado original es el realismo que guía la vida del cristiano, consciente tanto de la grandeza de su ser hijo de Dios como de la miseria de su condición de pecador. Este realismo:</p>
<p>a) Previene tanto de un optimismo ingenuo como de un pesimismo desesperanzado y «proporciona una mirada de discernimiento lúcido sobre la situación del hombre y de su obrar en el mundo [...]. Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres» (<em>Catecismo</em>, 407).</p>
<p>b) Da una serena confianza en Dios, Creador y Padre misericordioso, que no abandona a su criatura, perdona siempre, y conduce todo hacia el bien, aun en medio de adversidades. «Repite: “omnia in bonum!”, todo lo que sucede, “todo lo que me sucede”, es para mi bien&#8230; Por tanto –ésta es la conclusión acertada–: acepta eso, que te parece tan costoso, como una dulce realidad»<a name="_ftnref8" href="http://www.opusdei.es/art.php?p=31722#_ftn8" rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow'></a>.</p>
<p>c) Suscita una actitud de profunda humildad, que lleva a reconocer sin extrañezas los propios pecados, y a dolerse de ellos por ser una ofensa a Dios y no tanto por lo que suponen de defecto personal.</p>
<p>d) Ayuda a distinguir lo que es propio de la naturaleza humana en cuanto tal de lo que es consecuencia de la herida del pecado en la naturaleza humana. Después del pecado, no todo lo que se experimenta como espontáneo es bueno. La vida humana tiene, pues, el carácter de un combate: es preciso combatir por comportarse de modo humano y cristiano (cfr. <em>Catecismo</em>, 409). «Toda la tradición de la Iglesia ha hablado de los cristianos como de <em>milites Christi</em>, soldados de Cristo. Soldados que llevan la serenidad a los demás, mientras combaten continuamente contra las personales malas inclinaciones» . El cristiano que se esfuerza por evitar el pecado no se pierde nada de lo que hace la vida buena y bella. Frente a la idea de que es necesario que el hombre haga el mal para experimentar su libertad autónoma, pues en el fondo una vida sin pecado sería aburrida, se alza la figura de María, concebida inmaculada, que muestra que una vida completamente entregada a Dios, lejos de producir hastío, se convierte en una aventura llena de luz y de infinitas sorpresas<a name="_ftnref10" href="http://www.opusdei.es/art.php?p=31722#_ftn10" rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow'></a>.</p>
<p><em>Santiago Sanz<br />
</em></p>
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		<title>TEMA 30. El pecado personal</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Mar 2010 21:38:02 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El pecado es una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna. Es una ofensa a Dios, que lesiona la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. 1. El pecado personal: ofensa a Dios, desobediencia a la ley divina El pecado personal es un «acto, palabra o deseo contrario a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">El pecado es una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna. Es una ofensa a Dios, que lesiona la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana.</h2>
<p><strong>1. El pecado personal: ofensa a Dios, desobediencia a la ley divina</strong></p>
<p>El pecado personal es un «acto, palabra o deseo contrario a la ley eterna». Esto significa que el pecado es un <em>acto humano</em>, puesto que requiere el concurso de la libertad<span>.</span> y se expresa en actos externos, palabras o actos internos. Además, este acto humano es <em>malo</em>, es decir, se opone a la ley eterna de Dios, que es la primera y suprema regla moral, fundamento de las demás. De modo más general, se puede decir que el pecado es cualquier acto humano opuesto a la norma moral, esto es, a la recta razón iluminada por al fe.</p>
<p>Se trata, por tanto, de una toma de posición negativa con respecto a Dios y, en contraste, un amor desordenado a nosotros mismos. Por eso, también se dice que el pecado es esencialmente <em>aversio a Deo et conversio ad creaturas</em>. La <em>aversio</em> no representa necesariamente un odio explícito o aversión, sino el alejamiento de Dios, consiguiente a la anteposición de un bien aparente o finito al bien supremo del hombre (<em>conversio</em>). San Agustín lo describe como «el amor de sí que llega hasta el desprecio de Dios»<span> </span>. «Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cfr. <em>Flp</em> 2, 6-9)» (<em>Catecismo</em>, 1850).</p>
<p>El pecado es el único mal en sentido pleno. Los demás males (p. e. una enfermedad) en sí mismos no apartan de Dios, aunque ciertamente son privación de algún bien.</p>
<p><strong>2. Pecado mortal y pecado venial</strong></p>
<p>Los pecados se pueden dividir en<em> mortales</em> o <em>graves</em> y <em>veniales</em> o <em>leves</em> (cfr. <em>Jn</em> 5, 16-17), según que el hombre pierda totalmente la gracia de Dios o no<span>.</span> El pecado mortal y el pecado venial se pueden comparar entre sí como la muerte y la enfermedad del alma.</p>
<p>«Es pecado <em>mortal</em> lo que tiene como objeto una <em>materia grave</em> y que, además, es cometido con <em>pleno conocimiento</em> y <em>deliberado consentimiento</em>».«Siguiendo la Tradición de la Iglesia, llamamos <em>pecado mortal</em> al acto, mediante el cual un hombre, con libertad y conocimiento, rechaza a Dios, su ley, la alianza de amor que Dios le propone [<em>aversio a Deo</em>], prefiriendo volverse a sí mismo, a alguna realidad creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina (<em>conversio ad creaturam</em>). Esto puede ocurrir de modo directo y formal, como en los pecados de idolatría, apostasía y ateísmo; o de modo equivalente, como en todos los actos de desobediencia a los mandamientos de Dios en materia grave»<span>.</span></p>
<p>-<em>Materia grave</em>: significa que el acto es por sí mismo incompatible con la caridad y por tanto también con exigencias ineludibles de las virtudes morales o teologales.</p>
<p>-<em>Pleno conocimiento</em> (o <em>advertencia</em>) del entendimiento: o sea, se conoce que la acción que se realiza es pecaminosa, es decir, contraria a la ley de Dios.</p>
<p>-<em>Deliberado </em>(o <em>perfecto</em>) <em>consentimiento</em> de la voluntad: indica que se quiere abiertamente esa acción, que se sabe contraria a la ley de Dios. Esto no significa que para que haya pecado mortal sea necesario querer ofender directamente a Dios: basta que se quiera realizar algo gravemente contrario a su divina voluntad<span>.</span></p>
<p>Las tres condiciones han de cumplirse simultáneamente. Si falta alguna de las tres el pecado puede ser <em>venial</em>. Esto se da, p. e., cuando la materia no es grave, aunque haya plena advertencia y perfecto consentimiento; o bien, cuando no hay plena advertencia o perfecto consentimiento, aunque se trate de materia grave. Lógicamente, si no hay advertencia ni consentimiento, faltan los requisitos para que se pueda hablar de que una acción es pecaminosa, pues no sería un acto propiamente humano.</p>
<p><strong>2.1. Efectos del pecado mortal</strong></p>
<p>El pecado mortal «entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del <em>estado de gracia</em>. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno» (<em>Catecismo</em>, 1861). Cuando se ha cometido un pecado mortal, y mientras se permanezca fuera del “estado de gracia” –sin recuperarla en la confesión sacramental- no se ha de recibir la Comunión, pues no se puede querer a la vez estar unido y alejado de Cristo: se cometería un sacrileg.</p>
<p>Al perder la unión vital con Cristo por el pecado mortal, se pierde también la unión con su Cuerpo místico, la Iglesia. No se deja de pertenecer a la Iglesia, pero se está como miembro enfermo, sin salud, que produce un mal a todo el cuerpo. También se ocasiona un daño a la sociedad humana, porque se deja de ser luz y fermento, aunque esto pueda pasar inadvertido.</p>
<p>Por el pecado mortal se pierden los méritos adquiridos –aunque podrán recuperarse al recibir el sacramento de la Penitencia- y se queda incapacitado para adquirir otros nuevos; el hombre queda sujeto a la esclavitud del demonio; disminuye el deseo natural de hacer el bien y se provoca un desorden en las potencias y afectos.</p>
<p><strong>2.2. Efectos del pecado venial</strong></p>
<p>«El pecado venial debilita la caridad; entraña un afecto desordenado a bienes creados; impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral; merece penas temporales. El pecado venial deliberado y que permanece sin arrepentimiento, nos dispone poco a poco a cometer el pecado mortal. No obstante, el pecado venial no nos hace contrarios a la voluntad y la amistad divinas; no rompe la Alianza con Dios. Es humanamente reparable con la gracia de Dios. “No priva de la gracia santificante, de la amistad con Dios, de la caridad, ni, por tanto, de la bienaventuranza eterna” (Juan Pablo II, Ex. ap. <em>Reconciliatio et paenitentia</em> (2-12-1984), 17)» (<em>Catecismo</em>, 1863).</p>
<p>Dios nos perdona los pecados veniales en la Confesión y también, fuera de este Sacramento, cuando realizamos un acto de contrición y hacemos penitencia, doliéndonos por no haber correspondido al infinito amor que nos tiene.</p>
<p>El pecado venial deliberado, aunque no aparte totalmente de Dios, es una tristísima falta que enfría la amistad con Él. Hay que tener “horror al pecado venial deliberado”. Para una persona que quiere amar de veras a Dios no tiene sentido consentir en pequeñas traiciones porque no son pecado mortal eso lleva a la <em>tibieza</em>.</p>
<p><strong>2.3. La opción fundamental</strong></p>
<p>La doctrina de la <em>opción fundamenta</em><span>l</span>, que rechaza la distinción tradicional entre los pecados mortales y los veniales, sostiene que la pérdida de la gracia santificante por el pecado mortal –con todo lo que supone– compromete en tal modo a la persona que solamente puede ser fruto de un acto de oposición radical y total a Dios, es decir, un acto de <em>opción fundamental</em> contra Él. Así entendido, según los defensores de esta opinión errónea, resultaría casi imposible incurrir en pecado mortal en el devenir de nuestras elecciones cotidianas; o en su caso recuperar el estado de gracia mediante una penitencia sincera: pues la libertad, dicen, no sería apta para determinar, en su capacidad ordinaria de elección, de un modo tan singular y decisivo, el signo de la vida moral de la persona. Así, dicen estos autores, al tratarse de <em>excepciones puntuales</em> a una vida globalmente recta, se podrían justificar faltas graves de unidad y coherencia de vida cristiana; desgraciadamente al mismo tiempo se restaría importancia a la capacidad de decisión y compromiso de la persona en el uso de su albedrío.</p>
<p>Muy relacionado con la anterior doctrina está la propuesta de una <em>tripartición del pecado</em>, en veniales, graves y mortales. Los últimos supondrían una resolución consciente e irrevocable de ofender a Dios, y serían los únicos que alejarían de Dios y cerrarían las puertas a la vida eterna. De esta forma, la mayoría de los pecados que, por su materia, tradicionalmente han sido considerados como mortales no serían más que graves, ya que no se cometerían con una intención positiva de rechazar a Dios.</p>
<p>La Iglesia ha señalado en numerosas ocasiones los errores que subyacen en estas corrientes de pensamiento. Nos encontramos ante una doctrina sobre la libertad en donde ésta resulta muy debilitada, pues olvida que en realidad quien decide es la persona, que puede elegir modificar sus intenciones más profundas y que de hecho puede cambiar sus propósitos, sus aspiraciones, sus objetivos y su entero proyecto vital, a través de determinados actos particulares y cotidianos. Por otro lado, «queda siempre firme el principio de que la distinción esencial y decisiva está entre el pecado que destruye la caridad y el pecado que no mata la vida sobrenatural; entre la vida y la muerte no existe una vía intermedia».</p>
<p><strong>2.4. Otras divisiones</strong></p>
<p>a) Se puede distinguir entre el pecado <em>actual</em>, que es el mismo acto de pecar, y el <em>habitual</em>, que es la mancha dejada en el alma por el pecado actual, reato de pena y de culpa y, en el pecado mortal, privación de la gracia.</p>
<p>b) El pecado <em>personal</em> se distingue a su vez del <em>original</em>, con el que todos nacemos y que hemos contraído por la desobediencia de Adán. El pecado original inhiere en cada uno, aunque no haya sido cometido personalmente. Se podría comparar a una enfermedad heredada, que se cura por el Bautismo –al menos, por su deseo implícito-, aunque permanece una cierta debilidad que inclina a cometer nuevos pecados personales. El pecado personal, por tanto, se <em>comete</em>, mientras que el pecado original se <em>contrae</em>.</p>
<p>c) Los pecados <em>externos</em> son los que se cometen con una acción que puede ser observada desde el exterior (homicidio, robo, difamación, etc.). Los pecados <em>internos</em>, en cambio, permanecen en el interior del hombre, esto es, en su voluntad, sin manifestarse en actos externos (ira, envidia, avaricia no exteriorizadas, etc.). Todo pecado, externo o interno, encuentra su origen en un acto interno de la voluntad: es éste el acto propiamente moral. Los actos puramente interiores pueden ser pecado e incluso grave.</p>
<p>d) Se habla de pecados <em>carnales</em> o <em>espirituales </em>según se tienda desordenadamente a un bien sensible (o a una realidad que se presenta bajo la apariencia de bien; por ejemplo, la lujuria) o espiritual (la soberbia). De por sí, los segundos son más graves; no obstante, los pecados carnales son por regla general más vehementes, precisamente porque el objeto que atrae (una realidad sensible) es más inmediata.</p>
<p>e) Pecados <em>de comisión</em> y <em>de omisión</em>: todo pecado comporta la realización de un acto voluntario desordenado. Si éste se traduce en una acción, se denomina pecado de <em>comisión</em>; si por el contrario, el acto voluntario se traduce en el omitir algo debido, se llama de <em>omisión</em>.</p>
<p><strong>3. La proliferación del pecado</strong></p>
<p>«El pecado crea una facilidad para el pecado, engendra el vicio por la repetición de actos. De ahí resultan inclinaciones desviadas que oscurecen la conciencia y corrompen la valoración concreta del bien y del mal. Así el pecado tiende a reproducirse y a reforzarse, pero no puede destruir el sentido moral hasta su raíz» (<em>Catecismo</em>, 1865).</p>
<p>Llamamos <em>capitales</em> a los pecados personales que especialmente inducen a otros, pues son la cabeza de los demás pecados. Son la soberbia –principio de todo pecado <em>ex parte aversionis</em> (cfr. <em>Sir</em> 10, 12-13)-, avaricia –principio <em>ex parte conversionis</em>-, lujuria, ira, gula, envidia y pereza (cfr. <em>Catecismo</em>, 1866).</p>
<p>La <em>pérdida del sentido del pecado</em> es fruto del voluntario oscurecimiento de la conciencia que lleva al hombre –por su soberbia- a negar que los pecados personales sean tales e incluso a negar que exista el pecado.</p>
<p>A veces no cometemos directamente el mal pero de alguna manera colaboramos, con mayor o menor responsabilidad y culpa moral, a la acción inicua de otras personas. «El pecado es un acto personal. Pero nosotros tenemos una responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando <em>cooperamos a ellos</em>: participando directa y voluntariamente; ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos; no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo; y protegiendo a los que hacen el mal» (<em>Catecismo</em>, 1868).</p>
<p>Los pecados personales dan lugar también a situaciones sociales contrarias a la bondad divina que se conocen como <em>estructuras de pecado</em>. Éstas no son más que expresión y efecto de los pecados de cada persona (cfr. <em>Catecismo</em>, 1869).</p>
<p><strong>4. Las tentaciones</strong></p>
<p>En el contexto de las causas del pecado, hemos de hablar de la tentación, que es la incitación al mal. «La causa del pecado está en el corazón del hombre» (<em>Catecismo</em>, 1873), pero éste puede estar atraído por la presencia de bienes aparentes. La atracción de la tentación nunca puede ser tan fuerte que <em>obligue</em> a pecar: «No os ha sobrevenido ninguna tentación que supere lo humano, y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados pro encima de vuestras fuerzas; antes bien, junto con la tentación os dará también la fuerza para poder soportarla» (1<em> Co</em> 10, 13). Si no se buscan, y se aprovechan como ocasión de esfuerzo moral, pueden tener un significado positivo para la vida cristiana.</p>
<p>Las causas de las tentaciones pueden reducirse a tres (cfr. 1 <em>Jn</em> 2, 16):</p>
<p>- El “<em>mundo</em>”: no como creación de Dios, porque en este sentido es bueno, sino en cuanto que por el desorden del pecado solicita a la <em>conversio ad creaturas</em>, con un ambiente materialista y pagan.</p>
<p>- El <em>demonio</em>: que instiga al pecado, pero no tiene poder para hacernos pecar. Las tentaciones del diablo se rechazan con oración.</p>
<p>- La “<em>carne</em>” o <em>concupiscencia</em>: desorden de las fuerzas del alma como resultado de los pecados (también llamada <em>fomes peccati</em>). Esta tentación se vence con la mortificación y la penitencia, y con la decisión de no dialogar y de ser sinceros en la dirección espiritual, sin encubrir la tentación con “razonadas sinrazones”.</p>
<p>Frente a la tentación, hay que luchar por evitar el <em>consentimiento</em>, puesto que supone la adhesión de la voluntad a la <em>complacencia</em>, todavía no deliberada, consiguiente a la representación involuntaria del mal que se da en la <em>sugestión</em>.</p>
<p>Para combatir las tentaciones es preciso ser muy sinceros con Dios, con uno mismo y en la dirección espiritual. De lo contrario se corre el riesgo de provocar la deformación de la conciencia. La sinceridad es un gran medio para evitar los pecados y alcanzar la verdadera humildad: Dios Padre sale al encuentro de quien se confiesa pecador, revelando aquello que la soberbia querría ocultar como pecado.</p>
<p>Además, se ha de huir de las <em>ocasiones de pecado</em>, esto es, de aquellas circunstancias que se presentan más o menos voluntariamente y suponen una tentación. Hay que evitar siempre las ocasiones <em>libres</em>, y cuando de trata de ocasiones <em>próximas</em> (es decir, si hay peligro serio de caer en la tentación) y <em>necesarias</em> (que no se pueden quitar), se debe hacer todo lo posible para alejar el peligro, o dicho de otro modo, poner los medios para que esas ocasiones pasen de <em>próximas</em> a <em>remotas</em>. También –en lo posible– hay que evitar las ocasiones <em>remotas</em>, <em>continuas</em> y <em>libres</em>, que corroen la vida espiritual y predisponen al pecado grave.</p>
<p><em>Pau Agulles Simó</em></p>
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