Últimos meses en Burgos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A final de 1938, la victoria del ejército nacional se hacía cada vez más evidente. En abril, Franco había conseguido cortar la zona republicana: Cataluña quedó separada de Madrid y Valencia. Sólo una masiva participación de fuerzas extranjeras podía impedir la toma de Madrid por los nacionales, con su consiguiente victoria. Las democracias europeas estaban lejos de intervenir decisivamente en España y su aquiescencia a la ocupación de los Sudetes por Alemania dejó claro que no emprenderían acciones para salvar la República.

Durante los últimos meses de la guerra, Escrivá se ausentaba con frecuencia de la ciudad para visitar a los miembros de la Obra y otros jóvenes con los que había tenido contacto en Madrid. Cuando estaba en Burgos, con frecuencia caminaba hasta el Monasterio de Las Huelgas para trabajar allí en su tesis doctoral en Derecho, que había tenido que empezar de nuevo ya que todo el material reunido años antes se perdió al estallar al Guerra Civil. También se dedicó a ampliar el libro de puntos meditación que había publicado en 1934 con el título de “Consideraciones espirituales”. La nueva versión llevaría el título de “Camino” y se publicaría poco después de la guerra, en septiembre de 1939.

Escribía con frecuencia a los miembros de la Obra y sus amigos sobre el desarrollo de la labor apostólica que pronto llevarían a cabo, si eran fieles a lo que Dios quería de ellos. En una carta del 10 de diciembre de 1938 se lee: “(…) no hay más que motivos de optimismo, mirándolas con completa objetividad. Claro que esto es así, si todos procuramos cumplir con alegría nuestro deber”[1]. Y a los pocos días: “¡La oración! No dejarla por nada. Mira que no tenemos otra arma”[2]. El 23 de diciembre abría su corazón: “Hoy escribo a toda la familia, (…) pocas cartas porque somos pocos. Me acongoja pensar que por mi culpa. ¡Oh, qué buen ejemplo quiero –eficazmente- dar siempre! Ayúdame a pedir perdón al Señor, por todos los que di malos, hasta ahora”[3]. El día anterior había escrito a Fernández Vallespín: “(…) espero –para pronto- cambios notables, que faciliten la labor familiar.

Y los espero sólo de la bondad de Dios, porque yo cada día me veo más miserable.

Pasé hoy un mal rato.

Ya estoy optimista, contento, lleno de confianza. ¡Es tan bueno!

En estos días, ayúdame a pedirle: perseverancia, alegría, paz, espíritu ‘de sangre’, hambre de almas, unión…: para todos.

¡Ay, Ricardo, qué bien andaría la cosa si tú y yo –¡y yo!- le diéramos todo lo que nos pide!

Oración, oración y oración: es la mejor artillería.

Y amor al dolor. Entonces, ¿quién dijo miedo? Omnia vestra: todo será nuestro”[4].

[1] AGP P03 1986 p. 542

[2] Ibid. p. 542

[3] Ibid. p. 543-544

¡Todos llamados a la santidad!

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

En Brasil una persona le preguntó si alguna vez le habían llamado loco. ¿Te parece poca locura —le contestó don Josemaría— decir que en medio de la calle se puede y se debe ser santo? ¿Que puede y debe ser santo el que vende helados en un carrito y la empleada que pasa el día en la cocina, y el director de una empresa bancaria, y el profesor de universidad y el que trabaja en el campo, y el que carga sobre las espaldas las maletas…? ¡Todos llamados a la santidad! Ahora esto lo ha recogido el último Concilio, pero en aquella época —1928—, no le cabía en la cabeza a nadie. De modo que… era lógico que pensaran que estaba loco.

Muchas personas, incluso no creyentes, encuentran en las enseñanzas de Josemaría Escrivá un estímulo y un aliento para mejorar en su vida cotidiana. Con razón se le ha llamado, —además de “el santo del trabajo”—, “el santo de la vida cotidiana”. Su mensaje ha revitalizado la vida cristiana en muy diversos ambientes, y acuden a su intercesión todo tipo de personas, con los más diversos carismas. En la actualidad, por ejemplo, hay jóvenes religiosos que han elegido Josemaría como su nombre en religión

Josemaría Escrivá hizo en el mundo —y sigue haciendo— una gran siembra de santidad y paz. Se ofrecen a continuación los perfiles de varios hombres y mujeres, que lucharon por identificarse con Cristo siguiendo su carisma y sus enseñanzas. Algunas de estas personas se encuentran en camino de canonización.

Alvaro del Portillo, obispo. Prelado del Opus Dei (Madrid, 11.III.1914 — Roma, 23.III.1994). Fue el más estrecho y fiel colaborador de Josemaría Escrivá. Pertenecía al Opus Dei desde 1935, fue ordenado sacerdote el 25.VI.1944. El 15.IX.1975, el Congreso General electivo del Opus Dei lo escogió para llevar el gobierno de esta porción de la Iglesia, tras el fallecimiento de su Fundador. El 28.XI.1982 Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal y le nombró Prelado del Opus Dei. El 6.I.1991 fue ordenado obispo. Falleció santamente en Roma en 1994, a la vuelta de una peregrinación a Jerusalén. El Santo Padre acudió a rezar ante sus restos mortales en la Sede Central del Opus Dei.

Isidoro Zorzano, ingeniero de RENFE (Buenos Aires, 13.IX.1902 — Madrid, 15.VII.1943). Es uno de los primeros fieles del Opus Dei. Nacido en Argentina, en el seno de una familia de emigrantes, Isidoro Zorzano conoció a Josemaría Escrivá hacia 1915, cuando —tras el regreso a España— estudiaba el Bachillerato en Logroño. Durante la persecución religiosa en España dio pruebas de caridad y valentía heroica. Tuvo un gran afán por mejorar la situación laboral de los trabajadores de la empresa de Ferrocarriles en la que trabajaba. Sobrellevó cristianamente una enfermedad larga y dolorosa, y falleció santamente en la víspera de la fiesta de la Virgen del Carmen de 1943. Uno de los que le acompañaban escribió estas notas, que sintetizan su vida: “Pasó inadvertido. Cumplió con su deber. Amó mucho. Estuvo en los detalles. Y se sacrificó siempre”. Su Causa de Canonización se abrió en Madrid el 11 de octubre de 1948.

Luis Gordon Picardo, empresario cervecero (Cádiz, 20.VIII.1898 — Madrid, 5.XI.1932). Nació en Jerez de la Frontera, en el seno de una familia profundamente cristiana de dieciséis hijos, de los que muchos eligieron el camino del sacerdocio o de la vida religiosa. Estudió Ingeniería cervecera en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Nancy. Dirigió una empresa familiar —una pequeña fábrica de cerveza— en Ciempozuelos. Fue uno de los primeros del Opus Dei, al que se incorporó en 1932. Falleció santamente en Madrid el 5 de noviembre de aquel año, atendido por el Fundador, tras una vida de abnegación y sacrificio. Se preocupó hondamente por los obreros de su fábrica y los enfermos de los hospitales.

María Ignacia García Escobar. (Hornachuelos, Córdoba, 1896 — Madrid, 13.IX.1933). Fue una de las primeras mujeres del Opus Dei. Falleció con fama de santidad tras una larga y dolorosa enfermedad, en el Hospital del Rey de Madrid, atendida por el Fundador. Desarrolló un profundo apostolado, lleno de alegría y sentido de reparación y desagravio, con las personas que la rodeaban.

José María Somoano Berdasco, sacerdote diocesano (Arriondas, Asturias, 5.II.1902 — Madrid, 16.VI.1932). Fue el hijo mayor de una familia asturiana, muy cristiana, con doce hijos. Se ordenó sacerdote en Madrid en 1927. Fue capellán de la Enfermería del Hospital del Rey y estuvo junto a Josemaría Escrivá en los comienzos del Opus Dei, vinculándose estrechamente con los afanes del fundador. Dedicó sus mejores esfuerzos apostólicos a los niños abandonados de Madrid y a los enfermos de tuberculosis del Hospital del Rey. Falleció santamente, posiblemente envenenado por los enemigos de la Fe, en la fiesta de la Virgen del Carmen, a la que tenía gran devoción.

Montse Grases, estudiante de Escuela Profesional (Barcelona, 10.VII.1941 — 26.III.1959). Esta joven barcelonesa, nacida en el seno de una familia numerosa y profundamente cristiana, era alegre y emprendedora, muy deportista y con gran afán de almas. Estudió en la Escuela Profesional para la Mujer de la Diputación de Barcelona, y se incorporó al Opus Dei en plena juventud, el 24.XII.1957. Pocos meses después se le diagnosticó un cáncer de huesos, enfermedad que llevó con gran sentido sobrenatural, fortaleza, y abandono en Dios. Falleció en olor de santidad el 26 de Marzo de 1959, Jueves Santo. Está abierta su Causa de Canonización.

Eduardo Ortiz de Landázuri, médico (Segovia, 31.X.1910 — Pamplona, 20.V.1985).Nació en Segovia, en el seno de una familia cristiana, y estudió Medicina en Madrid. Tras el fusilamiento de su padre, el 8.IX.1936,durante la guerra, sufrió una crisis espiritual que le llevó del alejamiento práctico de la Iglesia a una vida intensamente cristiana. Casado, padre de siete hijos. El 1.VI.1952 pidió la admisión en el Opus Dei. Se incorporó en 1958 a la naciente Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, en cuya Facultad —y Clínica Universitaria— trabajó hasta su jubilación, desviviéndose por sus enfermos.Falleció santamente en la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra, en Pamplona, el 20.V.1985. Su Causa de Canonización se abrió en Pamplona el 11.XII.1998.

Ernesto Cofiño, pediatra (Ciudad de Guatemala, 5.VI.1899 — 17.X.1991). El “doctor Cofiño” —como le llamaban miles de indígenas guatemaltecos— nació en el seno de una familia numerosa de Guatemala. Casado, padre de cinco hijos. Pidió la admisión en el Opus Dei el 6.XII.1956. Es el pionero de la Pediatría en Guatemala y en Centroamérica, donde ejerció la docencia universitaria y promovió numerosas obras sociales en beneficio de la infancia. Se ocupó muy especialmente de las necesidades del mundo indígena. Impulsó la creación de escuelas para campesinos, para obreros, para universitarios, junto con numerosas iniciativas a favor de las personas más pobres de Centroamérica, siguiendo las enseñanzas sociales de la Iglesia. Falleció con fama de santidad el 17 de octubre de 1991 a causa de un cáncer, enfermedad que sobrellevó cristianamente. Su Causa de Canonización se abrió en la Ciudad de Guatemala en el año 2001.

Alexia González-Barros, estudiante de Bachillerato (Madrid 7.III.1971 — Pamplona, 5.XII.1985) Esta adolescente madrileña nació en el seno de una familia numerosa. Estudió los primeros cursos de Bachillerato en el Colegio Jesús Maestro, dirigido por las religiosas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús. Por deseo de sus padres, que tenían gran devoción al Fundador del Opus Dei, hizo la primera Comunión el 8 de mayo de 1979, en la Cripta del Oratorio de Santa María de la Paz, donde estaba enterrado Josemaría Escrivá. “¿Te das cuenta, Alexia —le preguntó Monseñor Álvaro del Portillo—, de que vas a ser la primera niña que haga la Primera Comunión a los pies de nuestro Padre?” Alexia contestó ilusionada: “Sí”.

Al día siguiente, asistió vestida de Primera Comunión a la Audiencia General en la Plaza de San Pedro, y entregó una carta a Juan Pablo II. El Pontífice le hizo entonces el signo de la cruz sobre la frente. “La cruz sobre Alexia”, intuyó su madre. Esa intuición se hizo pronto realidad: en enero de 1985 comenzó a sentir fuertes dolores de cabeza y el 4.II.1985 se declaró su grave enfermedad. Comenzó a sufrir diversas intervenciones quirúrgicas, que llevó con gran fortaleza, afán de almas y sentido sobrenatural. Murió con la ilusión de poder entregarse en el Opus Dei, a cuyo fundador tenía gran devoción. Falleció santamente el 5.XII.1985. Pronto se expandió su fama de santidad en numerosos países. El 11.V.2000 el Postulador de su Causa, Flavio Capucci, entregó en Roma la Positiosobre la heroicidad de su vida y virtudes.

Toni Zweifel, directivo de una ONG de Ayuda al Desarrollo (Verona, Italia, 15.II.1938 — Zürich, Suiza, 24.XI.1989). Este suizo, nacido en Verona, estudió ingeniería industrial en Zürich. Trabajó como colaborador científico en un Instituto de Termodinámica. En 1962 pidió la admisión en el Opus Dei, y diez años después creó una Fundación para la Ayuda al Desarrollo, que llevó a cabo cientos de proyectos de promoción humana y solidaridad en más de treinta países de cuatro continentes. Miles de personas se beneficiaron de su amor de Dios y solicitud por todos, especialmente por los más necesitados. Vivió con heroísmo las virtudes cristianas en la normalidad de una vida corriente. Falleció con fama de santidad en Zürich el 24 de noviembre de 1989, donde se abrió su Causa de Canonización.

Guadalupe Ortiz de Landázuri, química (Madrid, 12.XII.1916 — 16.VII.1975). Nació en Madrid el día de la fiesta de la Virgen de Guadalupe. Estudió Ciencias Químicas en la Universidad Central y pidió la admisión en el Opus Dei en 1944. El 5 de marzo de 1950 se trasladó a México, donde comenzó la labor apostólica con mujeres del Opus Dei de diversos ambientes sociales. Permaneció en México hasta 1956. En los años siguientes, obtuvo el doctorado y se dedicó a la docencia, mientras realizaba un intenso apostolado. Tras una vida de intensa oración, mortificación y búsqueda de la identificación con Cristo mediante la santificación de su trabajo, falleció santamente el día de la Virgen del Carmen de 1975. Su Causa de Canonización se abrió en 2001 en Madrid

«He trabajado como un indio y…»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

A la gente del Opus Dei hay que encontrarla en la calle, es decir, en el lugar donde trabaja o donde vive, y no es fácil que se pongan a contar su vida –vidas corrientes de personas corrientes– al primero que se acerque, sobre todo en lo que se refiere a su aspecto más íntimo, que es el espiritual. No podía ser de otro modo. Como la absoluta mayoría de los habitantes de este planeta, ninguno de ellos se siente noticia. Llegarán a serlo algunos, como cualquiera, por sus actividades, pero nunca por el hecho de pertenecer al Opus Dei. Por eso tienen verdadero mérito periodístico las entrevistas rápidas y vivas que hicieron a algunos miembros de la Obra varios periodistas, y que nos pueden ofrecer un animado mosaico de la cercana realidad del Opus Dei.

Manuel, por ejemplo, es un industrial catalán que se hizo a pulso en la vida. Tiene setenta y dos años y cuatro hijos varones.

–¿Cuándo conoció el Opus Dei?

–En 1951. Entonces mi segundo hijo, Antoni, estudiaba para ingresar en Ingenieros Industriales, aquí en Barcelona. Yo observé que todas las tardes él se marchaba, aparecía a la hora de cenar, y luego se quedaba a estudiar por la noche. «¿Dónde vas?», le pregunté. «Al Colegio Mayor Monterols, del Opus Dei», me contestó. «¿Y eso qué es?», volví a preguntar. Me dijo que allí estudiaban y me dio una explicación somera, añadiendo: «Si quieres enterarte de más, en Monterols te lo explicarán». La primera gestión que hice al día siguiente fue ir a ver a un fraile dominico, al que conocía, y le dije: «Tengo un hijo que frecuenta una residencia del Opus Dei; ¿qué le parece?, ¿qué debo hacer» Y me dijo: «Te contestaré con cuatro palabras: vale mucho más que vaya allí que a cualquier otro sitio; no te preocupes».

–¿Y se quedó usted tranquilo?

–Se lo dije a mi mujer y fui a Monterols. «Soy padre de Antoni y quisiera saber de buena tinta qué es el Opus Dei». El Director me lo explicó y me enseñó todo. Me habló del Fundador de la Obra, de que quien recibe esta vocación se guía por unas normas de vida cristiana, de que es una manera de procurar que la gente se santifique en su trabajo, donde Dios le ha puesto… Y yo pensaba mientras le oía: «He trabajado como un indio, no sé lo que son sábados, fiestas, ni vacaciones, de día y de noche… y cuántas veces me he preguntado, ¿para qué te servirá todo esto?»… Al salir de allí me dije: «Hoy he descubierto la cosa mayor de mi vida; esto me cuadra; he trabajado como un indio, desordenadamente, sin más, y resulta que trabajando puedo además santificarme. ¡Esto es fantástico! ». Luego, mi hijo mayor me invitó a un curso de retiro espiritual, y fui conociendo más a fondo el Opus Dei. Y mi hijo Antoni, muy satisfecho. El ya era de la Obra. Siguió estudiando y acabó la carrera, se consiguió él mismo una beca del gobierno americano y se fue dos años a Boston, al MIT, para estudiar. Ahora hace tres años que se fue como profesor de matemáticas a la Universidad de Ibadan, en Nigeria, pagado por la Universidad de Londres.

–¿Qué le decidió a usted a hacerse del Opus Dei?

–Conocer esta elemental base de su espiritualidad: que sin ser un anacoreta, ni un fraile, ocupándome de mi trabajo y de mi familia, podía buscar la santidad. Primero fui Cooperador del Opus Dei, y al cabo de un tiempo pedí la admisión.

–¿Qué hacía como Cooperador del Opus Dei?

–¿Qué hacía?… Rezar cada día por la Obra, ayudar con dinero a una labor apostólica y tratar de acercar a Dios a mis familiares, amigos de la profesión y a otros amigos.

–¿Y qué le da el Opus Dei?

–Me da continua formación y dirección espiritual. No sé… no me da nada más… y nada menos; me ayuda en lo espiritual, que es lo verdaderamente interesante. Como padre de un chico del Opus Dei, que dedica todo su tiempo a Dios y al apostolado, no hay que negar que recibimos, de momento, un golpe: al marcharse de casa nos pareció que le perdíamos; pero al pasar los años, vemos que le ganamos; lo hemos perdido mucho menos que a otros hijos. Nos escribe muy frecuentemente. La familia entera le admira. Cuando alguien me ha hablado de intereses, le he preguntado: « ¿Os parece que se lo pasará cañón?». Un chico que se va voluntariamente a Nigeria a empezar la labor apostólica del Opus Dei –con lo que cuesta empezar de cero cualquier cosa–, con unas temperaturas de 35 grados todo el año, con esa cantidad de mosquitos, en un medio social tan distinto… para mí esto es fenomenal, y a ver quién puede criticarlo. Lo estoy viviendo día a día con él. Podéis multiplicarlo por lo que queráis. Como él son todos los que he conocido. Nuestro hijo, esté donde esté, aparte de la frecuencia con que nos escribe, no se olvida jamás –es de una puntualidad cronométrica– de felicitarnos en todas las ocasiones…, más que los que están cerca. La distancia es sólo física. A mí y a mi mujer nos parece que le tenemos al lado… Uno de mi familia no quiere ni oír hablar del Opus Dei, y sin embargo, dice: «Ah, pero Antoni es una excepción». «¿Crees –le contesté– que se ha hecho el Opus Dei sólo para él? ¿Crees que han fabricado sólo uno a su medida? No, hombre: Antoni no es un caso, no es una excepción…».


Hacia el futuro

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En abril de 1942 se alquila una casa de dos plantas en el número 19 de la calle Jorge Manrique, que sirva de apoyo para la labor apostólica de aquel grupo de mujeres que han recibido la vocación al Opus Dei. Nisa González y Encarnita Ortega se encargarán de dirigir la marcha de este Centro.

Al llegar, encuentran la grata sorpresa de Carmen Escrivá de Balaguer esperándolas. Se quedará durante algunos días para ayudar en la instalación y en las necesidades de la puesta en marcha. Sigue ocupándose de atender Díego de León, pero aún puede estar a disposición de estas mujeres, jóvenes y de poca experiencia, en las tareas con que habrán de enfrentarse.

La casa está prácticamente vacía. Y Carmen, con su habitual buen humor, organiza una lista de quehaceres. Cuando retorne a Díego de León, el nuevo inmueble caminará con buen ritmo: flores y macetas en la terraza; clasificados los proveedores más cercanos; comprobado el funcionamiento del servicio. Habrá dejado, sobre todo, el clima inconfundible de su dedicación, de su cariño inapreciable.

En este verano de 1942 el Padre acudirá, prácticamente a diario, a Jorge Manrique. Se ocupa de la instalación del oratorio; de que tengan lo indispensable para su bienestar material. Lo necesario para que el amor a Dios crezca en un clima adecuado.

También se ocupa de su formación humana, de las horas de estudio, de su preparación profesional en muy diversos campos.

Nunca ha relegado a la mujer a un papel secundario. Sabe que su presencia es insustituible, no sólo en la mayoría de los oficios y trabajos que desempeñan también los hombres, sino en los que por natales están en la órbita específica de su modo de ser.

«Las que estudian, que estudien de verdad. Las que escriben, que sean buenas literatas. Las que están en labores de la casa, poniendo cariño» (63).

Y más delante, se lo recuerda de nuevo:

«No podríamos hacer nada si en los detalles más pequeños, minúsculos, del hogar -que tanto influyen en todo lo demás, condicionando las cosas aparentemente más grandes-, no resplandeciera vuestro amor… »(64).

Un día el Padre reúne a las que viven en la casa de Jorge Manrique. Extiende ante ellas un panorama que recoge las tareas apostólicas que las mujeres del Opus Dei realizarán en el futuro. Oírle produce casi vértigo: dedicación a la docencia, granjas para campesinas, centros de capacitación profesional para la mujer, Colegios Mayores, actividades de la moda, casas de maternidad, bibliotecas, librerías, editoriales… Y, sobre todo, un amplio horizonte de apostolado personal que no se puede programar ni medir. Y deja caer sus palabras finales para borrar el gesto asombrado de aquellas que le escuchan:

«Ante esto se pueden tener dos reacciones: una, la de pensar que es algo muy bonito, pero quimérico, irrealizable; y otra, de confianza en el Señor que, si nos ha pedido todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante. Espero que tengáis la segunda» (65)

Calle de Martínez Campos

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei.

Opus Dei -

De esta Glorieta del Pintor Sorolla sale la calle de Martínez Campos, que recibió en el siglo XIX la romántica denominación de Paseo Novelesco; luego se llamó del Obelisco; y más tarde pasó a la denominación actual.

En el nº 4 principal de esta calle Martínez Campos residieron los Escrivá desde diciembre de 1932 hasta el verano de 1933.

En esta casa comenzó el Fundador el 19 de marzo de 1933 la labor apostólica con la juventud.

A partir de la fiesta de San José de 1933, hasta el verano de aquel mismo año, san Josemaría dio en aquella casa familiar numerosas clases de formación cristiana y círculos.

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Comenzaron a vivirse allí durante esos meses algunas costumbres cristianas, como hacer el comentario del Evangelio de cada día.

En esta casa conoció san Josemaría a algunos de los primeros miembros del Opus Dei, como Ricardo Fernández Vallespín, al que le escribió esta dedicatoria el 29 de mayo de 1933 en la primera página de un sobre la Pasión del Señor:

Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo, que ames a Cristo.

Esa dedicatoria resume el mensaje que san Josemaría enseñaba a los jóvenes.

En el siguiente número de esta calle, en el nº 6, se encuentra la iglesia de las Esclavas del Sagrado Corazón, inaugurada el 20 de febrero de 1887.

En esta iglesia celebró el Fundador algunas bendiciones eucarísticas desde el año 1931. Por ejemplo, el 16 de febrero de 1932 dio la bendición con el Santísimo -como cuenta en sus Apuntes- después de haber recibido la locución “Obras son amores…” en el Real Patronato de Santa Isabel y haber atendido a un gitano moribundo en el Hospital General.

Y predicó en ella varios cursos de retiro espiritual; por ejemplo, desde el 27 de marzo al 2 de abril de 1943; y desde el 18 al 24 de febrero de 1945, para universitarias de Acción Católica.

Un centro del Opus Dei

En esta calle de Martínez Campos hubo un centro del Opus Dei, en cuya preparación participó directamente el Fundador en septiembre de 1940. Algunos de los primeros residentes, que habían residido hasta entonces en la calle Jenner, fueron Juan Jiménez Vargas, Ricardo Fernández Vallespín, Francisco Botella y Vicente Rodríguez Casado.

Una coincidencia histórica

En esa misma casa de a calle Martínez Campos estaba el domicilio familiar, durante aquellos años, de la familia Echevarría.

Uno de sus hijos, Javier Echevarría fue el segundo sucesor de Josemaría Escrivá al frente del Opus Dei. “viví siendo pequeño -comentaba el Prelado del Opus Dei en una entrevista-, en el mismo inmueble donde había un centro del Opus Dei. En Martínez Campos, 15.

Recuerdo muy bien el día que se mudaron con los muebles a otro sitio. Sería en 1940 ó 1941. El portero, por toda explicación, nos había dicho: “Son unas oficinas, donde también viven unos señores”. Sabría más el hombre, pero sólo dijo eso. Lo curioso es que yo lo registré mentalmente.

Pasado el tiempo, cuando supe que el fundador de la Obra había ido mucho a esa casa, y que solía subir y bajar por las escaleras, sin tomar el ascensor, pensé que quizá nos hubiésemos cruzado alguna vez. Y que me habría encomendado a mi Ángel Custodio, pidiendo mi vocación. Acostumbraba a hacerlo, cuando pasaba junto a alguien”.

Frente a la iglesia de las Esclavas, en la otra acera de la calle Martínez Campos, comienza otro tramo de la calle Fernández de la Hoz, por las que el paseante ha caminado unas manzanas más abajo.

El fundador del Opus Dei y la educación

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Alfonso Aguiló. Director de Tajamar

San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación. Se refieren al espíritu que debe inspirar la educación, al modo de tratar a la persona y de entenderla.

La historia de Tajamar comenzó hace ahora cincuenta años. San Josemaría Escrivá quería que comenzara una labor apostólica de trascendencia social en algún barrio populoso de Madrid. Era algo con lo que había soñado desde sus primeros años de trabajo sacerdotal en los barrios más necesitados de esa ciudad. Enseguida la idea fue tomando cuerpo y el lugar elegido fue Vallecas, un barrio en el había por entonces unos 12.000 chicos sin escolarizar, y era evidente que aquello, además de reducir sus posibilidades profesionales futuras, les llevaba con facilidad a la delincuencia. Era necesario poner en marcha un centro de enseñanza y en 1958 nació Tajamar, la primera labor apostólica de enseñanza del Opus Dei en Madrid.

Desde entonces ha transcurrido ya medio siglo y Tajamar cuenta hoy con innumerables logros en su labor docente, en el deporte, en la lucha contra el fracaso escolar, en la formación para el empleo, en la relación entre empresa y escuela. Estos aniversarios invitan a hacer balance y a volver la mirada hacia la propia historia, a la deuda que tenemos con quienes han abierto el camino para poder ser lo que ahora somos. Y la primera deuda personal que tiene Tajamar, y la más importante, es con su principal impulsor, San Josemaría Escrivá. Y cabe ahora preguntarse cuál fue su aportación al estilo con que se trabaja en Tajamar.

Si alguien medianamente perspicaz visita con detenimiento Tajamar, o bien otros colegios semejantes a este, advierte enseguida los rasgos de un ambiente y una fisonomía característicos.

San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación. Y las ha hecho sin haberse propuesto escribir ningún tratado sobre el tema, sin crear una escuela pedagógica, sin marcar un estilo pedagógico propio del Opus Dei. No han sido aportaciones de orden técnico o metodológico, sino que se refieren al espíritu que debe inspirar la educación, al modo de tratar a la persona y de entenderla. De ahí que posean un valor permanente frente a los avances científicos o técnicos, y que se expresen en valores que no son propios de una época, ni de un lugar, y que por tanto también manifiestan una enorme diversidad según las personas y las instituciones educativas en las que se presenta.

Por eso, la influencia del espíritu del Opus Dei en una institución educativa es parecida a la influencia de ese mismo espíritu en una persona singular. Entre varias personas del Opus Dei habrá algunas cosas comunes, pero no puede decirse que haya un carácter, un estilo propio de las personas del Opus Dei, pues quien las conoce de cerca sabe que son bastante diferentes.

Si alguien medianamente perspicaz visita con detenimiento Tajamar, o bien otros colegios semejantes a este, advierte enseguida los rasgos de un ambiente y una fisonomía característicos, que son como un sello que se capta en muchos detalles que, uno a uno, quizá son poco perceptibles. Es un modo de entender la vida, una consideración atenta y fraterna de las personas, una escala de valores orientadora, una impronta eminentemente espiritual. Son valores y rasgos sencillos, ninguno de ellos poseído en exclusividad, pero que en conjunto apuntan hacia un espíritu que alienta todo lo que allí se hace.

Un centro de enseñanza animado por el espíritu del Opus Dei tendrá sus aciertos y sus errores, pero tiene dentro del alma una vocación de servicio a Dios y a los demás.

Y dentro de esos rasgos característicos, el que quizá define mejor la influencia del espíritu del Opus Dei es y ha de ser la búsqueda de la unidad de vida. Es una expresión acuñada por San Josemaría, y que se refiere, por decirlo de una manera sencilla, a la adecuación entre lo que se piensa, se dice, se hace, y lo que se debe ser y hacer. Hay que tener en cuenta que el espíritu que anima a cada uno, el ejemplo de la propia conducta personal, el esmero que se pone en su trabajo, todo eso influye enormemente en la educación. Educar no debe entenderse como una cuestión unilateral ni exclusiva, sino que es una tarea de todos los que de alguna manera participan de la vida del centro educativo, pues todos contribuyen a educar y todos resultan beneficiados. Y muchas veces, lo sabemos bien, las grandes lecciones que recibimos nosotros, tanto los padres como los profesores, solemos aprenderlas de los chicos: de los hijos y de los alumnos.

Un centro de enseñanza animado por el espíritu del Opus Dei tendrá sus aciertos y sus errores, porque siempre habrá una distancia entre lo que deberíamos ser y lo que realmente logramos llegar a ser, pero tiene dentro del alma una vocación de servicio a Dios y a los demás, que da a la vida un sentido de misión, una aspiración a la santidad en esa tarea diaria.

Las personas deben formarse en libertad, y eso no es nada sencillo, porque educar en libertad no es simplemente dar libertad, que eso lo hace cualquiera, sino enseñar en libertad a utilizar bien la libertad.

San Josemaría subrayó también diversos rasgos característicos que han de presidir cualquier labor educativa. Insistió en su aprecio por la sinceridad, la lealtad y la confianza. Puso el acento en la atención personalizada, en el trato de amistad con los alumnos y con los padres, y entre los profesores, de modo que hubiera una gran consideración hacia las personas y nadie pudiera sentirse sofocado en una masa. El amor al trabajo bien hecho, cuidando los detalles, fue otro aspecto central de su insistencia. Igual que el sentido de servicio y la preocupación social, cuestiones decisivas para que el espíritu cristiano cale verdaderamente en las personas.

El sentido positivo podría señalarse como otro elemento fundamental: es preciso poner “el signo más”, dar un sentido positivo a todo lo que hacemos, para así ver a la gente con buenos ojos, para valorar a cada uno como merece, para creer en ellos: todo eso tiene unos efectos sorprendentemente positivos en las personas.

El espíritu de libertad ha de ser también otro rasgo característico en una actividad educativa alentada por el espíritu del Opus Dei. Las personas deben formarse en libertad, y eso no es nada sencillo, porque educar en libertad no es simplemente dar libertad, que eso lo hace cualquiera, sino enseñar en libertad a utilizar bien la libertad. Y San Josemaría lo aplicaba también a la educación en la fe. Hablaba a los padres de rezar, de dar ejemplo a sus hijos, de transmitir con la propia vida una formación profunda, de educar en un clima de alegría y de libertad. Y añadía: “No les obligues a nada, pero que os vean rezar: es lo que yo he visto hacer a mis padres y se me ha quedado en el corazón. De modo que cuando tus hijos lleguen a mi edad, se acordarán con cariño de su madre y de su padre, que les obligaron sólo con el ejemplo, con la sonrisa, y dándoles la doctrina cuando era conveniente, sin darles la lata”.

Todo ha de proyectar una imagen y una concepción cristiana de la significación del hombre y de toda realidad: así se compone esa unidad de vida.

Hablaba también de que la identidad cristiana de un centro de enseñanza debía ser algo profundo, constitutivo. No es meter en la vida del colegio unos añadidos, unos suplementos de tipo espiritual o doctrinal, porque eso sería algo postizo. La unidad de vida exige que esa inspiración cristiana se manifieste en todo, y no solamente en las enseñanzas académicas, sino en todos los valores que inspiran la vida diaria del centro, en todas las personas que allí trabajan. Todo ha de proyectar una imagen y una concepción cristiana de la significación del hombre y de toda realidad: así se compone esa unidad de vida, sencilla y fuerte, que predicó incansablemente durante toda su vida.

Breves apuntes de las conferencias

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Con motivo del 70 aniversario del Opus Dei en Valladolid se celebró el pasado sábado una Jornada sobre “Fe y Mundo” en el Centro de Congresos de la Feriade Muestras de Valladolid. En el acto intervinieron Pablo Pérez, profesor titular de Historia Contemporánea de la Universidad de Valladolid; Paola Binetti, diputada del Parlamento italiano; y Juan Manuel Mora, Vicerrector de la Universidad de Navarra.

El 30 de noviembre de 1929 el Fundador del Opus Dei llegaba en tren a Valladolid una noche de espesa niebla. Al día siguiente se reunió con varios universitarios de la ciudad en la habitación de un hotel. Así comenzó la labor apostólica del Opus Dei en Valladolid. San Josemaría Escrivá planteaba a aquellos inquietos estudiantes un mensaje revolucionario para la época: la llamada universal a la santidad. Les explicaba que debían vivir su fe con una mentalidad católica universal, con amplitud de horizontes, con un afán recto y sano capaz de renovar las doctrinas tradicionales según las actuales circunstancias del pensamiento filosófico y de las nuevas estructuras sociales y modos de vida.

En su pormenorizada exposición, el historiador Pablo Pérez señaló que, aunque San Josemaría no residió establemente en Valladolid, visitó la ciudad en 61 ocasiones. Se refirió también a algunos testimonios de especial relieve histórico de los primeros vallisoletanos que se pusieron en contacto con el Fundador.

Opus Dei - Pablo Pérez

Pablo Pérez

Por su parte, la diputada del Parlamento Italiano, Paola Binetti, manifestó que lo que importa es «ser constructores de paz en todos los ambientes y en todos los tiempos», porque sin paz y sin desarrollo no se puede poner al hombre en el centro de toda actividad humana con sus exigencias y dignidad. Para Binetti, una mujer valiente, capaz de plantar cara y decir lo que es como es, «La vida, la familia y la instrucción» son los tres valores «no negociables» para los católicos en los que «no se pueden hacer cesiones». Animó a soportar la «infinita presión social» que sufren los católicos como «minoría», más aún en un una sociedad que, a nivel global, cada vez tiende más a la «secularización», especialmente «anticlerical». La parlamentaria italiana reclamó «coherencia» y reconoció que «siempre va a suponer problemas muy complejos» para un católico que se dedique a la política «porque no hay ningún partido que pueda realizar el ideal católico completo».

Opus Dei - Paola Binetti

Paola Binetti

Subrayó igualmente “que lo que hace falta ahora mismo es defender la vida con inteligencia técnica y científica, con solidaridad, creatividad y plena fidelidad a la Ética de la vida”. Para la política italiana no hay duda: “es necesario denunciar toda acción que atente contra la vida humana, cualquiera que sea su origen o motivación”.

Juan Manuel Mora, que fue máximo responsable de la dirección de Comunicación del Opus Dei en Roma y ahora Vicerrector de Comunicación de la Universidad de Navarra, afirmó que pocas instituciones tienen el prestigio de la Iglesia Católica. Los pontificados del siglo XX y el de Benedicto XVI son deslumbrantes. “Además del propio mensaje cristiano, en el Opus Dei no tenemos una visión pesimista de la sociedad, porque ese es nuestro terreno y carisma. Nos encontramos muy cómodos en la sociedad democrática y laica, en la que las propias convicciones pueden y deben exponerse con razonabilidad y no imponerse”, señaló.

“Muchos pensamos –señaló- que bastantes de las iniciativas que actualmente chirrían con el sentir cultural, religioso y social de los cristianos occidentales intentan ser respuestas a problemas verdaderos: la pobreza, las crisis laborales, la marginación de la mujer, la discriminación, los atentados contra la dignidad humana, las pandemias… son problemas reales, que nos preocupan y que compartimos”.

Opus Dei -

“Dentro de la Iglesia, el Opus Dei tiene una propuesta original de evangelización. Comprendemos perfectamente la autonomía de las actividades humanas, el respeto de la sociedad democrática y por eso insistió tanto san Josemaría en la mentalidad laical. Como cristianos laicos del siglo XXI nuestro papel es contribuir al bien social en el profundo respeto a la libertad y a la dignidad humana y con el trabajo profesional bien hecho y entendido como servicio. Además es necesario que sepamos exponer este mensaje con relevancia, con claridad, con coherencia, con pasión y, sobre todo, con caridad”, indicó.

Según Mora, “los cristianos no podemos dedicarnos a derrotar a supuestos o reales enemigos, sino a transmitir soluciones a los problemas del mundo. Como a san Josemaría, nos interesa encontrar puntos de acuerdo, compartir, escuchar, no sentirnos antinada ni antinadie. Debemos aprender a volver a mostrar el rostro amable del cristianismo, en el diálogo social y en el diálogo personal. El mundo de la cultura, de la moda, de la ciencia, de las leyes… todo eso no lo cambian los cardenales, sino sus propios protagonistas, si son buenos profesionales, mujeres y hombres a la medida también del corazón compasivo de Cristo”.

Presentación del documental sobre Guadalupe Ortiz de Landázuri

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El  20 de octubre de 2005 se presentó en el edificio del CSIC de la calle Serrano el documental “Guadalupe Ortiz de Landázuri”. Incluimos algunas declaraciones de los ponentes del acto, el trailer del DVD y 2 fragmentos de la biografía de Mercedes Eguíbar.

La sede del CSIC fue el escenario elegido para la presentación del DVD Guadalupe Ortiz de Landázuri, un reportaje sobre la vida de esta química madrileña, en proceso de canonización, que fue una de las primeras mujeres del Opus Dei.

Al acto acudieron numerosas personas que habían conocido a Guadalupe, entre otras, Piedad de la Cierva que, además de ser la primera mujer que trabajó en el CSIC, dirigió la tesis doctoral de Ortiz de Landázuri.

El profesor de Investigación del CSIC, Víctor Manuel Fernández, destacó la faceta investigadora de esta química, que decidió estudiar una carrera científica en unos momentos difíciles, especialmente para las mujeres “Era una persona –señaló Fernández- de una gran claridad de ideas que eligió unos estudios poco frecuentes para una mujer en aquel momento. Después, a lo largo de su vida, siempre se preocupó por actualizar sus conocimientos. De hecho, sorprende que su línea de investigación –relacionada con el ahorro energético y el uso de materiales reciclables- enlace directamente con los campos de interés de la investigación actual”.

Uno de los momentos más emotivos del acto tuvo lugar cuando Víctor Manuel Fernández leyó algunos párrafos de la introducción de la tesis doctoral de Guadalupe Ortiz de Landázuri, donde se percibían las dificultades que tuvo que afrontar para llevar a cabo su investigación científica.

Andrés Barbé, productor ejecutivo del documental

El productor del DVD, Andrés Barbé, señaló que fue al leer una biografía de Guadalupe cuando descubrió que “en su vida había materia suficiente para hacer, no una, sino varias películas. Es una existencia llena de aventura, dedicada a los demás, y había que reflejarla audiovisualmente. De ahí surgió la idea de proponer a la Oficina de las Causas de los Santos de la Prelatura, hacer un relato que, como su persona, tiene una gran fuerza.”

Cerró el acto la periodista y escritora Mercedes Eguíbar, que además de conocer personalmente a Guadalupe, es autora de su biografía. Eguíbar la definió como “una mujer pionera en la promoción social del mundo rural mejicano”. Al señalar algunas de sus cualidades humanas, afirmó que Guadalupe fue “una persona comprometida con su tiempo e incluso adelantada a él en muchos aspectos.

Tenía una moderna mentalidad, que le llevaba a soñar despierta con un futuro mejor, poniendo, al mismo tiempo todos los medios para conseguirlo, a través de su trabajo y su gran espíritu de servicio”.

La biógrafa también abordó algunos aspectos de la honda vida cristiana de esta investigadora: “La vida de Guadalupe transcurrió en una permanente relación con Dios, gracias a esto supo transformar las dificultades, el dolor, en alegría aunque fuera, a veces, una alegría que tenía raíces en forma de cruz. En verdad su vida fue sal y luz”.

Incluimos a continuación 2 textos extraídos de la biografía de Guadalupe escrita por Mercedes Eguíbar y editada en Palabra (capítulos 3 y 11 respectivamente).

Encuentro con San Josemaría

El 25 de enero de enero de 1944, Guadalupe acudió a su cita con el Fundador del Opus Dei, en un pequeño chalé de la Colonia del Viso, en la calle Jorge Manrique, número 19.

Seguramente no lo sabía pero aquel era el primer centro de mujeres que había sido inaugurado hacía un año y medio, en el día de la Porciúncula –Nuestra Señora de los Ángeles- de 1942.

Es lógico pensar que Guadalupe acudiera un poco nerviosa y subiera los escalones de la entrada con cierta timidez. La pasaron a una salita amplia con la sillería tapizada de color rosa y le llamó especialmente la atención un cuadro con la imagen de la Virgen de Guadalupe, de la que siempre había pensado que le gustaría tener una estampa o una buena fotografía. Hasta entonces se había tenido que contentar con una imagen recortada de un periódico.

Don Josemaría Escrivá de Balaguer era un sacerdote joven aún, de cuarenta y dos años, más bien grueso, con una sonrisa abierta que denotaba profunda alegría y una extraordinaria viveza de palabra y de movimiento que no ocultaba, sin embargo, su recogimiento interior.

Guadalupe se sintió impresionada y atraída de modo que enseguida se abrió en confidencia: ¿Qué tengo que hacer con mi vida?

Guadalupe siempre recordaría aquella conversación como esclarecedora, el encuentro con lo que andaba buscando. Supo que aquél iba a ser para ella el padre que había perdido unos pocos años antes porque –así lo repitió en muchas ocasiones-, en aquel momento, vio claramente su camino.

El sacerdote, sin embargo, le dejó abierto el horizonte de su libertad. Era ella la que debía tomar la decisión sin más motivo que el amor a Dios y sin más fuerza que su gracia. Al terminar, don Josemaría la invitó a asistir a un Curso de retiro que iba a comenzar unos días después.(…)

Guadalupe y México

La llegada a México no es para ser descrita. Parece que ha estado años fuera. Todas le preguntan y no paran. Y ella cuenta y tampoco para. Lo primero que ha hecho es buscar el lugar idóneo para la imagen de la Virgen que el Padre le ha dado.

Tiene la sensación de que ha crecido la labor apostólica y madurado las que han ido llegando en este año 1951, a punto de terminar. Se siente marcada por el fuerte deseo de poner en práctica todas las orientaciones que ha recibido durante su estancia en Madrid y en Roma. Tiene proyectos apostólicos nuevos.

Empieza el 1952, un año de rápida expansión para la Obra en México, que se extiende no sólo en el Distrito Federal, sino que señala el inicio en nuevas ciudades del país.

Hasta entonces el apostolado se había dirigido hacia las estudiantes universitarias principalmente. Llegaba la hora de tener en cuenta otros campos.

En primer lugar, se puso en marcha la atención a otras mujeres mayores que generalmente estaban casadas. Conocían y trataban ya a las que don Pedro les había presentado al llegar, normalmente esposas de conocidos suyos. Este grupo era numeroso y habían prestado ayuda generosa en la instalación de la residencia Copenhague. Ahora se trata de organizar los medios de formación necesarios para las futuras cooperadoras. La residencia se ensanchaba o encogía de acuerdo con las necesidades apostólicas.

El primer medio de formación que se les ofreció fueron los retiros mensuales. Así, además de la personal reflexión, se les facilitaba el apostolado, porque podían invitar a otras amigas. Hacia fines de marzo, tuvo lugar ya un primer curso de retiro. Pronto hubo muchas mujeres que comprendieron el impresionante panorama que se les abría, al comprobar que ellas podían también sentirse llamadas por Dios a la santidad con su fidelidad a las exigencias matrimoniales, como esposas y madres.

Ante ellas se iluminaba sobrenaturalmente su camino. Vieron, de forma práctica, que el seguimiento al Señor no era algo exclusivo de las que se habían comprometido a vivir en el celibato o la virginidad, sino que todas debían considerarse plenamente enroladas en la llamada que habían recibido en el bautismo. San Josemaría Escrivá de Balaguer había escrito hacía ya muchos años: Se creía que la perfección no fuese cosa asequible a las almas que se quedan en el mundo (…). Ahora ha vuelto a sonar la voz de Jesús que dice a todos: estote ergo vos perfecti, sicut et Pater vester caelestis perfectus est; sed pues vosotros perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto (Mat. V, 48) .

Estaban descubriendo, por lo tanto, lo que el Señor había mostrado al Fundador del Opus Dei: Yo veo esta gran selección actuante–así decía-: hombres y mujeres de empresa y obreros; mentes claras de la universidad, inteligencias cumbres de la investigación, mineros y campesinos; aristocracia –de la sangre, del ejército, de la banca, de las letras- y pueblo, con su mentalidad más rudimentaria: todos, cada uno sabiéndose escogido por Dios para lograr su santidad personal en medio del mundo, precisamente en el lugar que en el mundo ocupa, con una piedad sólida e ilustrada, de cara al cumplimiento gustoso –aunque cueste- del deber de cada momento .

Lo que había visto San Josemaría hacía tantos años, ahora lo contemplaban aquellas mexicanas como una gran novedad y se dispusieron a servir a toda la sociedad en sus diversos estratos y, sobre todo, a renovar con ilusión su vocación matrimonial y familiar.

Guadalupe pudo constatar muy pronto que la labor se multiplicaba y cómo podía ir contando con grupos de mujeres, supernumerarias o cooperadoras, en las que apoyarse. Eran personas que se responsabilizaban de abrir nuevos campos de apostolado y, con múltiples actividades, facilitar los medios económicos imprescindibles para el sostenimiento de las actividades.(…)


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