El fundador del Opus Dei y la educación

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San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación: se refieren al espíritu que debe inspirarla, al modo de tratar a la persona y de entenderla.

San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación. Se refieren al espíritu que debe inspirar la educación, al modo de tratar a la persona y de entenderla.

La historia de Tajamar comenzó hace cincuenta años. San Josemaría Escrivá quería que comenzara una labor apostólica de trascendencia social en algún barrio populoso de Madrid. Era algo con lo que había soñado desde sus primeros años de trabajo sacerdotal en los barrios más necesitados de esa ciudad. Enseguida la idea fue tomando cuerpo y el lugar elegido fue Vallecas, un barrio en el había por entonces unos 12.000 chicos sin escolarizar, y era evidente que aquello, además de reducir sus posibilidades profesionales futuras, les llevaba con facilidad a la delincuencia. Era necesario poner en marcha un centro de enseñanza y en 1958 nació Tajamar, la primera labor apostólica de enseñanza del Opus Dei en Madrid.

Opus Dei -

Desde entonces ha transcurrido ya medio siglo y Tajamar cuenta hoy con innumerables logros en su labor docente, en el deporte, en la lucha contra el fracaso escolar, en la formación para el empleo, en la relación entre empresa y escuela. Estos aniversarios invitan a hacer balance y a volver la mirada hacia la propia historia, a la deuda que tenemos con quienes han abierto el camino para poder ser lo que ahora somos. Y la primera deuda personal que tiene Tajamar, y la más importante, es con su principal impulsor, San Josemaría Escrivá. Y cabe ahora preguntarse cuál fue su aportación al estilo con que se trabaja en Tajamar.

Si alguien medianamente perspicaz visita con detenimiento Tajamar, o bien otros colegios semejantes a este, advierte enseguida los rasgos de un ambiente y una fisonomía característicos.

San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación. Y las ha hecho sin haberse propuesto escribir ningún tratado sobre el tema, sin crear una escuela pedagógica, sin marcar un estilo pedagógico propio del Opus Dei. No han sido aportaciones de orden técnico o metodológico, sino que se refieren al espíritu que debe inspirar la educación, al modo de tratar a la persona y de entenderla. De ahí que posean un valor permanente frente a los avances científicos o técnicos, y que se expresen en valores que no son propios de una época, ni de un lugar, y que por tanto también manifiestan una enorme diversidad según las personas y las instituciones educativas en las que se presenta.

Por eso, la influencia del espíritu del Opus Dei en una institución educativa es parecida a la influencia de ese mismo espíritu en una persona singular. Entre varias personas del Opus Dei habrá algunas cosas comunes, pero no puede decirse que haya un carácter, un estilo propio de las personas del Opus Dei, pues quien las conoce de cerca sabe que son bastante diferentes.

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Si alguien medianamente perspicaz visita con detenimiento Tajamar, o bien otros colegios semejantes a este, advierte enseguida los rasgos de un ambiente y una fisonomía característicos, que son como un sello que se capta en muchos detalles que, uno a uno, quizá son poco perceptibles. Es un modo de entender la vida, una consideración atenta y fraterna de las personas, una escala de valores orientadora, una impronta eminentemente espiritual. Son valores y rasgos sencillos, ninguno de ellos poseído en exclusividad, pero que en conjunto apuntan hacia un espíritu que alienta todo lo que allí se hace.

Un centro de enseñanza animado por el espíritu del Opus Dei tendrá sus aciertos y sus errores, pero tiene dentro del alma una vocación de servicio a Dios y a los demás.

Y dentro de esos rasgos característicos, el que quizá define mejor la influencia del espíritu del Opus Dei es y ha de ser la búsqueda de la unidad de vida. Es una expresión acuñada por San Josemaría, y que se refiere, por decirlo de una manera sencilla, a la adecuación entre lo que se piensa, se dice, se hace, y lo que se debe ser y hacer. Hay que tener en cuenta que el espíritu que anima a cada uno, el ejemplo de la propia conducta personal, el esmero que se pone en su trabajo, todo eso influye enormemente en la educación. Educar no debe entenderse como una cuestión unilateral ni exclusiva, sino que es una tarea de todos los que de alguna manera participan de la vida del centro educativo, pues todos contribuyen a educar y todos resultan beneficiados. Y muchas veces, lo sabemos bien, las grandes lecciones que recibimos nosotros, tanto los padres como los profesores, solemos aprenderlas de los chicos: de los hijos y de los alumnos.

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Un centro de enseñanza animado por el espíritu del Opus Dei tendrá sus aciertos y sus errores, porque siempre habrá una distancia entre lo que deberíamos ser y lo que realmente logramos llegar a ser, pero tiene dentro del alma una vocación de servicio a Dios y a los demás, que da a la vida un sentido de misión, una aspiración a la santidad en esa tarea diaria.

Las personas deben formarse en libertad, y eso no es nada sencillo, porque educar en libertad no es simplemente dar libertad, que eso lo hace cualquiera, sino enseñar en libertad a utilizar bien la libertad.

San Josemaría subrayó también diversos rasgos característicos que han de presidir cualquier labor educativa. Insistió en su aprecio por la sinceridad, la lealtad y la confianza. Puso el acento en la atención personalizada, en el trato de amistad con los alumnos y con los padres, y entre los profesores, de modo que hubiera una gran consideración hacia las personas y nadie pudiera sentirse sofocado en una masa. El amor al trabajo bien hecho, cuidando los detalles, fue otro aspecto central de su insistencia. Igual que el sentido de servicio y la preocupación social, cuestiones decisivas para que el espíritu cristiano cale verdaderamente en las personas.

El sentido positivo podría señalarse como otro elemento fundamental: es preciso poner “el signo más”, dar un sentido positivo a todo lo que hacemos, para así ver a la gente con buenos ojos, para valorar a cada uno como merece, para creer en ellos: todo eso tiene unos efectos sorprendentemente positivos en las personas.

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El espíritu de libertad ha de ser también otro rasgo característico en una actividad educativa alentada por el espíritu del Opus Dei. Las personas deben formarse en libertad, y eso no es nada sencillo, porque educar en libertad no es simplemente dar libertad, que eso lo hace cualquiera, sino enseñar en libertad a utilizar bien la libertad. Y San Josemaría lo aplicaba también a la educación en la fe. Hablaba a los padres de rezar, de dar ejemplo a sus hijos, de transmitir con la propia vida una formación profunda, de educar en un clima de alegría y de libertad. Y añadía: “No les obligues a nada, pero que os vean rezar: es lo que yo he visto hacer a mis padres y se me ha quedado en el corazón. De modo que cuando tus hijos lleguen a mi edad, se acordarán con cariño de su madre y de su padre, que les obligaron sólo con el ejemplo, con la sonrisa, y dándoles la doctrina cuando era conveniente, sin darles la lata”.

Todo ha de proyectar una imagen y una concepción cristiana de la significación del hombre y de toda realidad: así se compone esa unidad de vida.

Hablaba también de que la identidad cristiana de un centro de enseñanza debía ser algo profundo, constitutivo. No es meter en la vida del colegio unos añadidos, unos suplementos de tipo espiritual o doctrinal, porque eso sería algo postizo. La unidad de vida exige que esa inspiración cristiana se manifieste en todo, y no solamente en las enseñanzas académicas, sino en todos los valores que inspiran la vida diaria del centro, en todas las personas que allí trabajan. Todo ha de proyectar una imagen y una concepción cristiana de la significación del hombre y de toda realidad: así se compone esa unidad de vida, sencilla y fuerte, que predicó incansablemente durante toda su vida.


Artículo escrito por Alfonso Aguiló, director del colegio Tajamar, con motivo del 50 aniversario (1958/2008)

Luces de Dios

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Tras aquella iluminación sobre toda la Obra del 2 de octubre de 1928, Dios le fue dando nuevas luces y mociones interiores: eran certezas inefables y sobrenaturales, que fueron perfilando en su alma la fisonomía espiritual de aquel querer divino. El 14 de febrero de 1930, mientras celebraba la Eucaristía en una casa particular de Madrid, comprendió que debía poner en marcha la labor del Opus Dei con las mujeres.

Meses después, el 7 de agosto de 1931, durante la Consagración, en la iglesia del Patronato de Enfermos, entendió que serán los hombres y las mujeres de Dios quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana.

Y un mes más tarde, el 16 de octubre de 1931, durante un viaje en tranvía por las calles de Madrid supo que Dios quería que el sentido de la filiación divina debía ser fundamento del espíritu del Opus Dei. Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater!

Junto con estas y otras mociones, fue viendo, a medida que crecía la labor apostólica, que necesitaba sacerdotes con su mismo carisma para llevar a cabo este fenómeno ascético y apostólico. No era sencillo encontrar una solución: el marco jurídico y canónico de la Iglesia de aquel tiempo no contemplaba todavía esta nueva realidad eclesial y pastoral, constituida por laicos y sacerdotes que trabajan en mutua cooperación, con unidad de espíritu y de régimen.

Estudió el asunto, se asesoró, solicitó consejo y rezó intensamente, pidiendo luces a Dios. Y cuando todos los caminos parecían cerrados, el 14 de febrero de 1943, de nuevo mientras celebraba la Eucaristía, comprendió la solución: la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Fue un nuevo don. Otra manifestación del querer de Dios, que tiene sus propios tiempos. Después de buscar y no encontrar la solución jurídica —escribía— el Señor quiso dármela, precisa y clara.

Trescientos, trescientos mil

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Había invitado a esa primera clase a numerosos universitarios, con gran ilusión apostólica; había hablado con unos y otros, y al final… se presentaron Juan Jiménez Vargas y otros dos más.

Me vinieron sólo tres. ¡Qué descalabro!: ¿verdad? ¡Pues no! Me puse muy optimista, muy contento, y me fui al oratorio de las monjas; expuse a Nuestro Señor en la Custodia y di la bendición a aquellos tres. Me pareció que el Señor Jesús, Nuestro Dios, bendecía a trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones…, blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer.

Entre tantas pruebas, que superaba con humildad, seguía recibiendo en su alma nuevas mociones de Dios. Eran los primeros días de octubre de 1932, cuando, haciendo un retiro espiritual en el Convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia (…), pasaba largos ratos de oración en la capilla donde se guardan los restos de San Juan de la Cruz: y allí, en esa capilla, tuve la moción interior de invocar por vez primera a los tres Arcángeles y a los tres Apóstoles (…), teniéndoles desde aquel momento como Patronos de las tres obras que componen el Opus Dei.

Hacía considerar a las personas que trataba la vida cotidiana de los Apóstoles que siguieron al Señor: Lo que a ti te maravilla —escribió en Camino a mí me parece razonable. -¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de la profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores.

El 11 de noviembre de 1934 fue nombrado Rector del Patronato de Santa Isabel, del que era capellán desde 1931. Atendía, entre otras labores, a las Agustinas Recoletas del Convento de Santa Isabel. Esta comunidad tenía una talla de un Niño Jesús que le daba particular devoción. Durante las Navidades de 1931 la Superiora le autorizó para llevarlo a su casa y enseñarlo a algunos amigos y conocidos.

Hoy me llevé el “Niño de Santa Teresa” —contaba el 30 de diciembre de 1931—. Me lo dejaron las Madres Agustinas. Fuimos a felicitar las Pascuas a Fray Gabriel, en los Carmelitas. El hermanito se alegró y me regaló una estampa y una medalla. Después de visitar a otros amigos, se lo llevó a su casa: Y aquí tendré a Jesús hasta mañana. Esa devoción al Niño, íntima y recia, unida a un profundo sentido de la filiación divina, muestra como Dios iba llevándole, casi sin que se diera cuenta, como a Santa Teresa Lisieux, y tantos otros santos, por caminos de infancia espiritual.

En diciembre de 1933 comenzó la Academia DYA, primera labor apostólica del Opus Dei. Fueron acercándose nuevas personas a los apostolados que emprendía; y cuando la labor se consolidaba y ya contaba con algunos miembros del Opus Dei; cuando le rodeaba casi un “centenar de almas vibrantes”; y pensaba comenzar la expansión por todo el mundo; en los mismos días en los que daba los primeros paso para ir a otra ciudad, Valencia… se desencadenó la guerra civil en el país.

Río de Janeiro, 22 de mayo de 1974

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

“Fuego he venido a traer a la tierra…” (Lc. XII, 49). Estas palabras del Señor, que don Josemaría repetía con frecuencia cuando estaba en el seminario de Zaragoza, habían inspirado toda su labor apostólica desde la fundación del Opus Dei.

Al principio, el fuego se había mantenido mucho tiempo en rescoldo bajo las ramas; luego, poco a poco, se había ido propagando, encendiéndose en grandes llamaradas que, a veces, le maravillaban, aunque de alguna manera las hubiese previsto.

Tal era el caso de muchos países de Iberoamérica, donde apenas hacía veinte años que habían llegado los primeros miembros de la Obra para ejercer su actividad profesional. El número había sido reducidísimo y la falta de medios materiales evidente, pero, con todo, se había producido en poco tiempo una auténtica explosión apostólica.

Entre el 22 de mayo, fecha de su llegada al Brasil, y el 31 de agosto, en la que abandonará Venezuela para regresar a Europa, el Padre va a reunirse con miles y miles de personas en seis de los países de América del Sur donde trabaja la Obra.

Muchas de las reuniones que celebra son auténticas tertulias de familia en las que mantiene un diálogo íntimo con grupos reducidos. A otras asisten multitud de personas, las cuales, sin embargo, se sentirán siempre directamente implicadas en la conversación con el Padre, que, como es sabido, posee el don de convertir el “público” en familia en cuanto abre la boca.

Son tantos los que quieren verle y escucharle que se hace necesario organizar varias reuniones al día y buscar grandes espacios, pues los Centros de la Obra no son suficientes. Se alquilan, pues, salas de reuniones más amplias, como el Palacio de Convenciones del Parque Anhembi en São Paulo o el Teatro Coliseo de Buenos Aires, con capacidad respectivamente para 4.000 y 5.000 personas. Pero es preciso repetir las reuniones para que todo el mundo pueda ver al Padre por lo menos una sola vez…

Se invita a los amigos y acuden familias enteras. Los más atrevidos logran hacerse con algunos micrófonos repartidos por la sala, para entablar con Mons. Escrivá uno de esos sorprendentes diálogos, en los que lo sincero de las preguntas y lo directo de las respuestas hacen olvidar las dimensiones del local.

En todas partes se reproducen esos singulares coloquios durante los cuales un joven habla de su posible vocación, un padre de familia de su preocupación por los hijos, un empresario o un obrero de su deseo de santificar su trabajo; el librero, la costurera, el periodista, la actriz, cuentan lo que hacen para cristianizar su ambiente profesional.

El Padre escucha atentamente y responde sin vacilar, como si hubiese adivinado, antes de que su interlocutor remate la pregunta, lo que más le preocupa en razón de su edad, de su situación familiar y de su puesto en la sociedad. Toda su personalidad le vuelca sobre él, pero el diálogo, a través de esa persona, se establece también con todos los presentes, como si el Padre se estuviese refiriendo a cada uno de ellos.

Es algo más que una corriente de simpatía la que une al público con la silueta negra que se desplaza vivazmente de un lado al otro de la tarima o del escenario, para aproximarse a sus interlocutores; es una unión en Cristo que prende en los corazones y les insufla un nuevo deseo de proyectar a todos los vientos el dinamismo de la alegría cristiana.

A veces, las preguntas ponen de manifiesto, con delicadeza, dramas íntimos: padres con hijos subnormales, viudas que tienen que sacar adelante una familia, profesionales sin trabajo… O esa madre de un sacerdote que se descamina, a quien la emoción le impide terminar su intervención, que tiene que ser leída por otra persona. En esos momentos, el silencio se espesa, como si se llenase de cariño a medida que el Padre va respondiendo con palabras en las que pone todos los tesoros de su corazón sacerdotal para consolar, animar y unir todo ese sufrimiento al dolor triunfante de la Cruz de Cristo. Una cruz que, si se lleva con garbo, no es una cruz cualquiera; será… la Santa Cruz.

Las lágrimas que muchos enjugan en esos momentos no nacen del sentimentalismo, sino de lo que experimenta todo cristiano cuando Dios le hace sentirse más cristiano y más hombre.

Como en México el año 1970 y en España y Portugal en 1972, Mons. Escrivá dirá una y otra vez que ha aprendido mucho con esas preguntas, sobre todo por el amor a Dios y al prójimo que revelan.

Otras veces, con sus respuestas, el Padre aligera la atmósfera, revistiendo sus palabras, siempre llenas de contenido, de un buen humor que hace estallar la risa. Luego, cuando habla del misterio de la Comunión de los Santos o de la misericordia divina, que se vuelca en el Sacramento de la Penitencia, los rostros vuelven a ponerse serios.

El Padre, delante de todos, exclama más de una vez que daría por bien empleado su viaje con tal de que hubiese convencido a uno de los oyentes de la necesidad de confesarse. Llevad a confesar a vuestros amigos, a vuestros parientes, a las personas que amáis, repite insistentemente, alzando la voz para suscitar en sus interlocutores iniciativas concretas.

Insiste en la conveniencia de confesarse con frecuencia, aunque muchos sacerdotes no hablen apenas de ese sacramento en la predicación y en la catequesis. También los niños deben confesarse, porque no es verdad que queden “traumatizados” si se les lleva a confesar cuando son pequeños.

Para apoyar lo que acaba de decir, evoca su primera confesión en Barbastro y la curiosa penitencia -nada “traumatizante”, desde luego- que le había impuesto el simpático religioso a quien su madre le había llevado: comer un huevo frito. ¡Aquel hombre valía un imperio!, termina diciendo, ante las risas de quienes le escuchan. (Muchos de ellos aprenderán la lección, confesándose ellos mismos y acercando a sus amigos al Sacramento de la Penitencia.)

Su mensaje, en seis naciones de Sudamérica, es esencialmente el mismo que lanzó en México en 1970, en España y Portugal dos años más tarde, y en todos los países europeos que ha visitado: invitación a mantener un diálogo constante con el Señor, a través de la oración y de un trabajo hecho cara a Dios; vida sobrenatural, alimentada en la gracia que confieren los sacramentos, empezando por el bautismo, que abre las puertas a esa vida -de ahí la necesidad de bautizar cuanto antes a los recién nacidos-, y siguiendo con la Confesión y la Eucaristía…

Nuestro Señor Jesucristo -repite con insistencia- está realmente, verdaderamente, sustancialmente presente, oculto en la Hostia Santa, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad.

No es difícil darse cuenta de que los consejos del Padre son los de un confesor experimentado, lleno de sentido común y de sentido sobrenatural. Lo cual, a veces, hace reír, porque lo que dice está lleno de gracejo. Así, por ejemplo, cuando aconseja a las mujeres que se arreglen y se preocupen, sobre todo con los años, de remozar un poco la fachada,-, utilizando los cosméticos previstos al efecto. Será un gesto de caridad para todos y un medio de parecer más jóvenes ante sus maridos.

Utilizando el lenguaje con prudencia, sobre todo cuando hay niños

delante, el Padre, como en todas partes, recuerda con claridad a las parejas la doctrina de la Iglesia sobre ciertos puntos clave de la moral conyugal, exhortándoles a no cegar las fuentes de la vida, pues eso les llevaría a dejar de ser cónyuges para convertirse en cómplices… Además, cada hijo trae un pan debajo del brazo, dicho de su país que le gusta repetir, porque tiene mucho de verdad.

En cuanto al aborto no duda en decir que es un crimen, recalcando cada sílaba para que quede más claro.

Con todo, las consideraciones del Padre adquieren un matiz concreto en cada nación de América, como si captase inmediatamente sus características propias. En Brasil, por ejemplo, país de dimensiones continentales, donde todas las razas se mezclan y confunden, anima a sus oyentes a prepararse para dispersarse por el mundo entero; a rezar y a trabajar por el apostolado que deberán realizar en el Brasil y desde el Brasil.

En Argentina, a partir del 7 de junio, hace una invitación parecida, evocando las vastas llanuras de la Pampa, y en Chile, recién salido de las convulsiones políticas que lo han agitado, pide a quienes le escuchan, entre el 28 de junio y el 9 de julio, que no sean cristianos pasivos, que amen a la Iglesia, que sean buenos ciudadanos de su país, que quieran bien a todos sus compatriotas; ¡sin ninguna excepción de ninguna clase! Que tengáis el corazón muy grande para ver con afecto, insisto, a todo el mundo.

Ha pedido todo esto a la Virgen en los santuarios que ha visitado: Lo Vásquez, entre Santiago y Valparaíso; La Aparecida, en Brasil; Nuestra Señora de Luján, en Argentina… En todos ellos ha pedido también, para él, para sus hijos, para los sacerdotes, para todos los cristianos, la gracia de la fidelidad y de la lealtad.

Lealtad a la Iglesia: ese será el tema central de sus consideraciones en esos países de América, como lo había sido siempre, también dos años antes en la Península Ibérica: No se puede arrancar un sillar de la Iglesia de Dios sin tirar abajo la Iglesia entera. Una de las labores que os recomiendo -que podéis hacer como la hago yo, y aún mejor, porque tenéis más amor, porque sois mejores- es que, cuando veáis que arrancan una piedra de la Iglesia, vayáis allá, os pongáis de rodillas, la beséis, y, poniéndola sobre vuestros hombros, la volváis a colocar en su sitio. -Padre, ¿cómo la colocaremos? -Con el deseo, porque nosotros no tenernos capacidad para hacer otra cosa. Sí tenemos, en cambio, deseos de santidad, de hacer bien a las almas, de ser fieles a esta Madre Buena, de hacer que no se pierda ni una gota de la Sangre de Cristo Nuestro Señor. ¡Buena labor ésta!

El Padre ha ido a Lo Vásquez la víspera de su partida de Chile, el 8 de julio. Como la noticia había corrido de boca en boca, muchas hijas e hijos suyos se le han adelantado y están ya en el santuario antes de su llegada. Todos juntos, rezan el Rosario. El Padre, de rodillas en el suelo del coro, mira fijamente la imagen de la Virgen, de tamaño natural, que, revestida con hermoso ropaje, preside el altar. Luego, rezan todos la Salve.

Impresionado por esta manifestación de fe, el Padre repetirá varias veces, antes de abandonar Chile, que los chilenos saben rezar. No en vano ha recomendado una y otra vez a quienes han querido escucharle que no abandonen la tradicional devoción del Rosario, repitiendo, con otras palabras, lo que ya decía el año 1934 en ese librito escrito de un tirón, después de la Misa, en la madrileña iglesia de Santa Isabel:

-¡De hombres es rezar el Rosario! Lo que no es de hombres es no rezar: eso es de bestias. Sólo las bestias no rezan (…) Un hijo de Dios, una hija de Dios, un hombre digno del título de hombre, se santigua, reza, se dirige a Dios, habla con El, se encomienda, pide ayuda.

Y para mejor convencer a todos, no vacila tampoco aquí en sacar el rosario del bolsillo y besar las medallas que de él cuelgan, provocando los aplausos de la concurrencia. Una lección práctica que vale más que las palabras.

Brasil, Argentina, Chile… Las reuniones, las tertulias, se han sucedido ininterrumpidamente, a pesar del cansancio que eso representa para el Padre, quien, no obstante, está dispuesto a proseguir su correría apostólica al mismo ritmo.

En Perú, a donde llega el 9 de julio, día en que se cumple el vigésimo primer aniversario de la llegada de los primeros miembros de la Obra, tiene la alegría de visitar las principales labores apostólicas: en Lima, y también en Cañete, sede central de la Prelatura de Yauyos, confiada al Opus Dei por la Santa Sede en 1957.

Procedentes de los valles y montañas próximos, centenares de campesinos de los Andes han caminado durante horas y horas, de noche y de día, para estar un rato al lado del Padre en el Centro rural de Valle Grande y en la Escuela femenina de Condoray. Indios, mestizos y criollos, campesinos y comerciantes, estudiantes y profesores, se mezclan en los coloquios, que recuerdan aquellas conversaciones del Señor cuando hablaba a sus discípulos “de las cosas tocantes al Reino de Dios” (Act. I, 3); así las describen los Hechos de los Apóstoles cuando evocan los últimos días que Jesús resucitado estuvo presente entre los hombres.

El Padre tiene las mismas palabras para todos, pues en la Iglesia todos tenemos la misma dignidad: No hay ni pobres ni ricos, no hay más que hijos de Dios.

A una empleada de hogar que trabaja en Lima le dice que su tarea, semejante a la de María, puede ser divina, no sólo porque debe realizarla con arte y con ciencia, en beneficio de la familia donde presta sus servicios, sino también, y sobre todo, porque no hay trabajo que no sea digno, santo y divino.

En efecto: el valor de una tarea no reside en su apariencia más o menos brillante, sino en el amor de Dios que se pone en ella, sea una tarea que nos coloca en la cima de la escala social o en su base.

A Dios lo encontramos en nuestra vida diaria, en nuestros momentos de cada día aparentemente iguales, de hoy, de mañana y de ayer, de anteayer y de pasado mañana. Está en nuestra comida y en nuestra cena, en nuestra conversación y en nuestro llanto y en nuestra sonrisa. Está en todo, Dios es Padre. Si queremos ir a El, lo encontraremos en cualquier momento.

Durante su estancia en Perú, el Padre cae enfermo con una pulmonía en la tercera semana de julio. No por eso deja de reunirse con cerca de mil quinientas personas en el jardín del Centro cultural Miralba, próximo a Lima, y con otros grupos de personas, uno de ellos formado por sacerdotes.

Su estancia en Ecuador, entre el 1 y el 15 de agosto, le reserva una sorpresa: es víctima del soroche, el mal de altura, que ataca a muchas personas que visitan Quito, la capital, situada a más de 3.000 metros de altitud. El mal persiste, obligándole a partir antes de lo previsto, sin haber podido reunirse con todos los que esperaban verle y oírle: miembros de la Obra, parientes, cooperadores, amigos…, aunque no deja de tener tres o cuatro reuniones.

El Fundador del Opus Dei, que tantas ganas tenía de proseguir allí la tarea iniciada en Brasil, Argentina, Chile y Perú, físicamente lo está pasando mal. Pero no deja de aprovechar todas las circunstancias para meterse más y más en Dios. Habla con dificultad -antes de las dos reuniones que ha celebrado con dos grupos reducidos, ha habido que aplicarle oxígeno- y, en contra de lo habitual en él, su voz es débil, aunque todavía le queda humor para bromear:

-Es que no soy un hombre de altura…

Luego, ya más serio, continúa diciendo que el Señor juega con nosotros los hombres, como un padre con un niño pequeño. Ha dicho: éste, que está tan enamorado de la vida de infancia, de una vida de infancia especial, ahora se lo voy a hacer sentir yo. Y me ha convertido en un infante (…) Pero ahora debo predicarle sonriendo, y con mi pobre conducta, porque siento la protesta del niño que tiene que ir cogido de la mano de papá y mamá. Y a mí me gusta andar corriendo… ¡Qué humillación, ¿eh?! (…)

Jesús, acepto vivir condicionado estos días y toda la vida, y siempre que quieras. Tú me darás la gracia, la alegría y el buen humor para divertirme mucho, para servirte, y para que la aceptación de estas pequeñeces sea oración llena de amor.

La pena que sienten sus hijos e hijas al saber que no se encuentra bien y que va a acortar su estancia hace que estén todavía, si cabe, más atentos a lo que dice y hace en esos quince días, en los que el Padre, al aceptar con tanta sumisión la voluntad de Dios, les está dando la más hermosa de las lecciones, la mejor de las “catequesis”…

Muy cansado, y todavía afectado por las secuelas del soroche, el Padre llega a Caracas el 15 de agosto. A pesar de todo sigue recibiendo a grupos muy numerosos de hijos suyos, en especial los últimos días, el 29 y el 30 de agosto. Lo que más siente es no poder prolongar y multiplicar esas reuniones… Un día, en que se encuentra muy cansado, uno de sus hijos le oye murmurar en voz baja: Vultum tuum, Domine, requiram!

Son unas palabras del versículo 8 del Salmo XXVI, que siempre alimentan, pero desde hace algún tiempo todavía más, su diálogo con Dios y constituyen una manera de ofrecerle estas nuevas limitaciones que Él le impone y de manifestarle su deseo de unirse definitivamente con Él, al final de una larga vida a su servicio:

-¡Señor, tengo unas ganas de ver tu cara, de admirar tu rostro, de contemplarte…! Te amo tanto, te quiero tanto, Señor…

De regreso a Roma, Mons. Escrivá de Balaguer sigue teniendo ante los ojos el maravilloso espectáculo de tantas iniciativas apostólicas y tantos miles de personas como ha visto en los seis países de América que ha visitado, países en los que, veinte años antes, el Opus Dei no era nada.

Ha procurado con todas sus fuerzas, e incluso sacando fuerzas de flaqueza, transmitir a esas almas las riquezas que guarda en su corazón: la doctrina de la Iglesia y el espíritu recibido de Dios. Ahora, cuenta con que sus hijos e hijas sabrán tomar el relevo.

Las cartas que recibe de aquellos países le confirman que el apostolado está recibiendo un poderoso impulso. Verdaderamente, el Señor sabe hacer bien las cosas… En aquellas tierras fértiles, se ha excedido en generosidad.

Te agradezco, Señor, que hayas procurado que yo comprenda, de manera evidente, que todo es tuyo: las flores y los frutos, el árbol y las hojas, y esa agua clara que salta hasta la vida eterna.

“Gratias tibi, Deus!”

¿En qué piensa el Padre cuando se encuentra en una de esas salas repletas de un público tan diverso?…

“¿No te da miedo subir al escenario y hablar a tanta gente?”, le había preguntado un día su sobrina, de ocho o nueve años, con la osadía propia de su edad.

Ciertamente, la idea de ofrecerse como espectáculo le repugna. Sólo le empuja a hacerlo el deseo apasionado de fortalecer la fe de tantas almas como ya se benefician, en mayor o menor grado, de la influencia espiritual de la Obra, pero que, al vivir en un mundo desquiciado, ven poner en tela de juicio todos los días las verdades más elementales.

¿En qué piensa cuando contempla esos miles y miles de hombres y de mujeres que le escuchan con apasionada atención, con un cariño que enseguida advierte? Tal vez, cuando extiende las manos al final de esas reuniones, para dar la bendición a todos trazando la señal de la cruz sobre sus cabezas, Josemaría Escrivá evoque aquellos tres estudiantes que asistían a la bendición con el Santísimo Sacramento en una vieja capilla del asilo de Porta Coeli, un día de enero del año 1933. Pero, sin duda, ve también, con los ojos del alma, los millones de hombres y mujeres que continuarán abriendo el mismo surco de paz en el mundo, como los miles que ahora le escuchan.

Y así, la tradicional bendición de viaje se ensancha y amplifica para ponerse a la altura de aquel inmenso continente, haciéndose “patriarcal”:

En Brasil: Que os multipliquéis como las arenas de vuestras playas, como los árboles de vuestras montañas, como las flores de vuestros campos, como los granos aromáticos de vuestro café…

En Argentina: Para toda la tierra Argentina, paro aquellos bosques maravillosos del Paraguay, para aquella tierra del otro lado del Plata (Uruguay), para vuestros hogares, para vuestros hijos, paro las guitarras de vuestros hijos, y para la alegría de vuestros corazones…

En Chile, el Padre concluye: Voy a bendecir ahora vuestros cariños buenos y nobles, vuestras amistades limpias, vuestras ilusiones grandes, científicas y apostólicas, y también vuestras diversiones… Y vuestros hogares futuros, y a vuestros padres… En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Hacia el futuro

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En abril de 1942 se alquila una casa de dos plantas en el número 19 de la calle Jorge Manrique, que sirva de apoyo para la labor apostólica de aquel grupo de mujeres que han recibido la vocación al Opus Dei. Nisa González y Encarnita Ortega se encargarán de dirigir la marcha de este Centro.

Al llegar, encuentran la grata sorpresa de Carmen Escrivá de Balaguer esperándolas. Se quedará durante algunos días para ayudar en la instalación y en las necesidades de la puesta en marcha. Sigue ocupándose de atender Díego de León, pero aún puede estar a disposición de estas mujeres, jóvenes y de poca experiencia, en las tareas con que habrán de enfrentarse.

La casa está prácticamente vacía. Y Carmen, con su habitual buen humor, organiza una lista de quehaceres. Cuando retorne a Díego de León, el nuevo inmueble caminará con buen ritmo: flores y macetas en la terraza; clasificados los proveedores más cercanos; comprobado el funcionamiento del servicio. Habrá dejado, sobre todo, el clima inconfundible de su dedicación, de su cariño inapreciable.

En este verano de 1942 el Padre acudirá, prácticamente a diario, a Jorge Manrique. Se ocupa de la instalación del oratorio; de que tengan lo indispensable para su bienestar material. Lo necesario para que el amor a Dios crezca en un clima adecuado.

También se ocupa de su formación humana, de las horas de estudio, de su preparación profesional en muy diversos campos.

Nunca ha relegado a la mujer a un papel secundario. Sabe que su presencia es insustituible, no sólo en la mayoría de los oficios y trabajos que desempeñan también los hombres, sino en los que por natales están en la órbita específica de su modo de ser.

«Las que estudian, que estudien de verdad. Las que escriben, que sean buenas literatas. Las que están en labores de la casa, poniendo cariño» (63).

Y más delante, se lo recuerda de nuevo:

«No podríamos hacer nada si en los detalles más pequeños, minúsculos, del hogar -que tanto influyen en todo lo demás, condicionando las cosas aparentemente más grandes-, no resplandeciera vuestro amor… »(64).

Un día el Padre reúne a las que viven en la casa de Jorge Manrique. Extiende ante ellas un panorama que recoge las tareas apostólicas que las mujeres del Opus Dei realizarán en el futuro. Oírle produce casi vértigo: dedicación a la docencia, granjas para campesinas, centros de capacitación profesional para la mujer, Colegios Mayores, actividades de la moda, casas de maternidad, bibliotecas, librerías, editoriales… Y, sobre todo, un amplio horizonte de apostolado personal que no se puede programar ni medir. Y deja caer sus palabras finales para borrar el gesto asombrado de aquellas que le escuchan:

«Ante esto se pueden tener dos reacciones: una, la de pensar que es algo muy bonito, pero quimérico, irrealizable; y otra, de confianza en el Señor que, si nos ha pedido todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante. Espero que tengáis la segunda» (65)

Pobre de solemnidad

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El Fundador Dei Opus Dei vio siempre en la falta de medios materiales una muestra de predilección divina. En una ocasión dirigía en voz alta la meditación de un grupo de socios de la Obra, y les hacía considerar el pasaje evangélico del joven rico:

Vende cuanto tienes, dalo a los pobres… Hijos míos, el desprendimiento ‑¿veis?‑ es capital. Vosotros y yo no hemos hecho como aquel pobre muchacho: his ille auditis contristatus est, quia dives erat valde (Mc., X, 22); él, oyendo esto, se entristeció, porque era muy rico. Todos hemos dejado lo que teníamos, y a gusto, para seguir libremente al Señor. Lo mismo da que fuera mucho o que fuera poco, porque lo hemos dejado todo con igual intensidad: lo que teníamos y lo que puede llegar a tener una juventud maravillosa como la vuestra. Y con alegría, hijos; no queremos nada propio. Decídselo cada uno al Señor: Dios mío, por tu amor te doy todo, nada quiero mío, todo es tuyo.

Se refería luego, en aquella meditación, a la respuesta de Jesucristo a los discípulos de Juan el Bautista: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resu­citan, se anuncia el Evangelio a los pobres” (Mt., XI, 4‑S):

Hijos míos, habéis escuchado lo que nos dice el Señor; sus palabras a mí me remueven por dentro: luego amaremos e1 desasimiento, lo amaremos con predilección; porque cuando el espíritu de pobreza se resquebraja, es que va mal toda la vida interior.

El desprendimiento del Fundador del Opus De¡ fue real, efectivo, hasta las últimas consecuencias. Eso sí, siempre con naturalidad, ocultándolo, porque ‑como enseñaba‑ la nuestra es una pobreza que no tiene voz para gritar “soy pobre”; se paladea con alegría. Da e1 Señor un gozo en aquel no tener, en aquel no alargar el brazo más que la manga. Se trata de vivir pobres y de sonreír, de que pase inadvertida nuestra condición, tanto en la salud como en la enfermedad.

Pero era tan real la falta de medios, que no dejó de ser advertida, a pesar de todo, por quienes le trataron más de cerca: siempre envuelta en un modo externo amable, propio de quien realiza su labor apostólica entre sus iguales los hombres, y entiende que el desprendimiento de lo material no es ni miseria, ni suciedad, ni pobretonería.

Así lo aprendió, en buena medida, como vimos, en el hogar de sus padres. Aún no había nacido el Opus Dei, pero Dios iba sembrando en el que había de ser su Fundador rasgos de su espíritu, entre ellos, la mentalidad laical como modo específico de enfocar la práctica de todas las virtudes cristianas.

El Fundador del Opus Dei pasó toda su vida careciendo hasta de lo más necesario y desprendido de todo, con naturalidad y ‑no es paradoja‑ sin ostentaciones. Vicente Hernando Bocos fue un día a visitarle a la residencia de la calle Larra en Madrid, porque don Josemaría estaba con un fuerte resfriado. Su habita­ción era elemental, y tenía “una mesa pobre con unos libros de rezos”. Sin embargo, “el porte de don Josemaría en el vestir era elegante, limpio, correcto, de grata presencia”. Se acompasaba con el modo de ser: “Me dio la impresión de ser un sacerdote que gozaba de la vida, siempre de muy buen humor y muy sencillo. Recuerdo que ya entonces se levantó alguna calumnia contra él, que nosotros cortamos enérgicamente”.

En aquella época, en que tantas horas dedicó al Patronato de Enfermos, el Fundador del Opus Dei sufrió mucho al compro­bar, un día tras otro, las condiciones miserables en que vivía ‑y moría‑ la gente humilde de Madrid. No por eso perdió de vista que el sentido cristiano del desprendimiento va más allá de la pura carencia de medios. Lo resaltaría en 1972, al responder a una pregunta que le hicieron en el Instituto de Estudios Supe­riores de la Empresa, de Barcelona:

‑El hecho de manejar dinero, o de tenerlo, no quiere decir que se esté apegado a la riqueza. Te voy a poner un ejemplo. Conocí a un pobrecito que iba a un comedor de caridad, y no tenía siquiera la tarjeta que daban a los necesitados; acudía a recibir un poquito de lo que sobraba. Era un tiempo duro para el corazón de un cristiano: ver aquella gente con verdadera hambre. Para comer, todos llevaban sus cacharros. Él traía su puchero roto. Pero sacaba su cuchara de peltre, de la hondura de un bolsillo, y la miraba con satisfacción. Los otros no tenían cuchara. Se ve que pensaba: esto es mío, esto es mío. Y con su cuchara comía los garbanzos y el caldo que le daban. Después la volvía a mirar apasionadamente, como un avaro contempla las piedras preciosas. Le daba dos chupetones, y la guardaba de nuevo. ¡Era rico!

Pues también he tenido cerca de mí a una persona, a la que he querido mucho, y que indudablemente está en el cielo. Era Grande de España. Aun después de muerta, no diré más que su nombre propio, y porque es muy corriente: se llamaba María. En su casa tenía muebles estupendos, un gran servicio y mucha plata…, todo lo que es normal en una casa bien puesta y de abolengo. Y aquella pobrina gastaba en su persona menos que la última de sus sirvientas. Lo daba todo; soy testigo de su generosidad.

Sin la generosidad de muchas almas, no hubiera salido ade­lante el Opus Dei. Por supuesto, nunca su Fundador confundió la confianza en Dios con un providencialismo irresponsable. En los difíciles años de la Academia DYA, cuando proyectaba abrir la Residencia de estudiantes, no dejaba de hacer calcular minu­ciosamente todos los posibles gastos y los ingresos. Isidoro Zor­zano quizá ayudaría algo en estas previsiones económicas, durante sus viajes de Málaga a Madrid. Pero era don Josemaría ‑ro­deado como estaba de pobres y de enfermos‑ quien tenía que ir consiguiendo ayudas entre las personas que conocía en Madrid. Desde luego, no estaba dispuesto a retrasar la labor apostólica por no disponer de dinero: ya saldría.

Las dificultades económicas no le arredraban. Apenas podía con el piso de Luchana, y se decidió a poner en marcha la Resi­dencia de Ferraz, que comenzó después del verano de 1934. Con el dinero de la venta del patrimonio familiar ‑en Fonz, Hues­ca‑, se pudo amueblar lo imprescindible, y comprar el menaje de cocina. La ropa de cama se consiguió a crédito en los Almacenes Simeón, de Madrid. El director de la Residencia recuerda que durante aquel primer curso 1934‑35 el dinero no llegaba, al fin de mes, para pagar los alquileres, ni las cuentas de la carni­cería o de los ultramarinos. Afortunadamente, el propietario de la casa, don Javier Bordiu, tuvo siempre paciencia. Era el propio don Josemaría quien iba a verle cada mes.

En aquel curso, lleno de apuros, la labor apostólica creció mucho. El Fundador del Opus Dei utilizaba para formar a los jóvenes estudiantes que iban por Ferraz las visitas a los pobres. Se hacían colectas entre los chicos, después de asistir a las clases de formación cristiana. Con ese dinero se organizaban luego, en pequeños grupos, visitas a gente desamparada, a la que se lleva­ba algún dinero, alguna golosina, el regalo de la compañía y el consuelo de un buen rato de conversación. Era un modo de con­tribuir a la maduración espiritual de aquellos estudiantes, algu­nos de los cuales ignoraban por completo la miseria en que vivían entonces en Madrid tantas personas.

Esas visitas a necesitados y enfermos forman parte insepara­ble del apostolado del Opus Dei en todo el mundo. Tienen un sentido profundamente humano y de caridad: llevan un poco de alegría y de cariño a personas que muchas veces apenas han oído nunca una palabra amable, ni han recibido la mirada de unos ojos amigos, ni el gesto fraternal de una asistencia cristiana.

Se ha desfigurado tanto ‑lamentaba el Fundador del Opus Dei en 1942‑ y se ha hecho tanta sátira de ciertas manifestaciones exteriores de la caridad benéfica, que a algunos les pare­cen arcaísmos determinadas obras propias del espíritu cristiano. Por eso quiero que entendáis bien ‑y que hagáis entender‑ el hondo significado sobrenatural y humano de estos medios, tal como los hemos vivido desde e1 principio.

Con estas visitas no se trataba, ni se trata, de resolver un problema social; sino de acercar a la gente joven al prójimo necesitado, para que vieran a Jesucristo en el pobre, en el enfer­mo, en el desvalido, en el que padece la soledad, en el que sufre, en el niño. Así aprenderían que hay que hacer una gran batalla contra la mis aria, contra la ignorancia, contra la enfermedad, contra el sufrimiento. El Fundador del Opus Dei veía claro que este contacto con la miseria o con la humana debilidad es una ocasión de la que suele valerse el Señor, para encender en un alma quién sabe qué deseos de generosidad y divinas aventuras. A la vez, sensibiliza a los más jóvenes, para que tengan siempre entrañas de justicia y de caridad.

A1 mismo tiempo, se rebelaba contra las deformaciones: No es justo que manifestaciones del auténtico espíritu cristiano que­den arrinconadas, porque algunos las han convertido en gesto ostentoso y frívolo, o en sedante para sus remordimientos de conciencia.

En fin, habría que hacer esa labor, incluso en los países más avanzados, pues siempre existirán estratos de población que su­fren el abandono de los demás:

Me atrevo a decir ‑añadía con fuerza, también en 1942­- que, cuando las circunstancias sociales parecen haber despejado de un ambiente 1a miseria, la pobreza o el dolor, precisamente entonces se hace más urgente esta agudeza de la caridad cristia­na, que sabe adivinar dónde hay necesidad de consuelo, en medio del aparente bienestar general.

En la actualidad, los Estados se preocupan, mediante institu­ciones de beneficencia, o de previsión, de aliviar las necesidades más primarias y de promover el progreso social. Sin embargo ‑prevenía Mons. Escrivá de Balaguer‑, la generalización de los remedios sociales contra las plagas del sufrimiento o de la indi­gencia ‑que hacen posible hoy alcanzar resultados humanita­rios, que en otros tiempos ni se soñaban‑, no podrá suplantar nunca, porque esos remedios sociales están en otro plano, la ternura eficaz ‑humana y sobrenatural‑ de este contacto inme­diato, personal, con el prójimo: con aquel pobre de un barrio cercano, con aquel otro enfermo que vive su dolor en un hospital inmenso; o con aquella otra persona ‑rica, quizá‑, que necesita un rato de afectuosa conversación, una amistad cristiana para su soledad, un amparo espiritual que remedie sus dudas y sus es­cepticismos.

Pero volvamos a 1934 y a la Residencia de Ferraz. La casa iba consiguiendo cierta prestancia, a base de suplir la falta de dinero con buen gusto, ingenio y muchas horas de trabajos manuales. Pronto fue realmente un hogar acogedor, como quería el Fun­dador de la Obra: Los hogares del Opus Dei son acogedores y limpios, nunca lujosos, aunque procuramos que tengan aquel mínimo de bienestar que se necesita para servir a Dios, para practicar las virtudes cristianas, para estar en condiciones de trabajar y para que se desarrolle, con dignidad y sin estridencias, la personalidad humana. Nuestras casas tienen la sencillez del hogar de Nazaret, que fue testigo de la vida oculta de Jesús, y el calor ‑humano y divino‑ del hogar de Betania, que el Señor santificó, buscando allí la amistad verdadera, la intimidad y la comprensión.

Cuando Pedro Casciaro fue por vez primera a Ferraz, 50, recibió ya en el vestíbulo una impresión grata: “No era un frío y destartalado `local’, sino el vestíbulo de una casa de familia de clase media, más bien modesta, pero de buen gusto y, sobre todo, muy limpia”.

El cuarto de trabajo de don Josemaría, de escasos metros cuadrados, no tenía más luz que la de una ventana abierta a un estrecho patio interior.  Su desprendimiento personal le llevaba a usar los zapatos ‑bien lustrados para que no parecieran viejos‑ que desechaban los residentes. De su so­tana decía en broma que tenía más bordados que un mantón de Manila. Sin embargo, llamaba la atención, porque la llevaba bien planchada, sin arrugas, limpia.

Luego vino la guerra de España. No es preciso insistir en que ‑como para tantos otros ciudadanos del país‑ aquel tiempo estuvo lleno de privaciones, de hambre auténtica.

La Hermana Ascensión Quiroga, Terciaria Capuchina, había conocido a don Josemaría en Madrid, durante la guerra. Con­siguió escapar, y en 1938, con otras monjas, formaba parte de la comunidad que, por iniciativa de Mons. Lauzurica, obispo de Vitoria, atendía a los sacerdotes. El obispo rogó al Fundador del Opus Dei que dirigiera unos ejercicios espirituales a aquella comunidad. Las pláticas les impresionaron: “los mejores ejerci­cios espirituales que he hecho en toda mi vida ‑ya larga‑ fue­ron aquellos que nos dirigió don Josemaría, en agosto de 1938″.

A la vez testimonia que vivía con el más absoluto desprendi­miento de los bienes materiales: “Solo tenía una sotana, y en cierta ocasión, nos la dio para que se la cosiéramos; estaba hecha jirones; intentamos arreglársela lo mejor posible y con prisa, porque él se quedó en su habitación esperando a que terminá­semos. La ropa interior la tenia tan rota que no había modo de meter la aguja en un trozo de tela que no estuviese `pasado’, hasta tal punto que la Madre Juana decidió comprarle dos mudas”.

“Todas estas privaciones ‑añade‑ las llevaba con alegría; debía tener muy buen humor, aunque con nosotras, por la gra­vedad con que se comportaba, no lo manifestase, pero oíamos cómo se reían Monseñor Lauzurica y él cuando estaban juntos”. Más adelante cuenta que a aquellos ejercicios asistió una herma­na mayor suya, Juana Quiroga, también Hermana en Religión: “Ella tiene especialmente grabada la actitud de don Josemaría, que nunca se preocupaba de sí mismo; de él no. Nada más de su santidad y de la santidad de los demás”. La Hermana Ascensión se ocupaba, junto con la Hermana Elvira, de arreglar la habita­ción de don Josemaría, y manifiesta que nunca ha visto tanto orden, tanto cuidado en las cosas: “No se puede decir que fuese ordenado; era or‑de‑na‑di‑si‑mo”.

“Estoy segura ‑continúa‑ de que muchas noches no dormía o ‑al menos a nuestro parecer‑ no dormía en la cama. En efecto: las sábanas estaban sin arrugas y, aunque él dejaba la cama destapada, como si la hubiera usado, nosotras nos dába­mos cuenta de que, si había dormido, no había sido en la cama. Creemos que se servía del duro suelo para descansar. Por otra parte, muchas noches le encontrábamos de rodillas, al pie del Sagrario, haciendo oración, hora tras hora. La Hermana Elvira recuerda que tomaba un simple dedo de café con leche diaria­mente como desayuno”. Y la Hermana Regina afirma que el Fundador del Opus Dei “nunca tenía nada. Viajaba con un tin­tero lleno de agua bendita y con la cuchilla de afeitar”.

El mismo espíritu, compatible con la dignidad externa, aparecerá también cuando se ponga en marcha la Residencia de la calle de Jenner, en 1939. Marciano Fernández López, que vivió allí, lo expresa con estas palabras: “El porte humano del Padre, del mismo modo que la instalación y ambiente de la Residencia ‑que era su reflejo‑, eran sin lujos, pero con gran decoro, lim­pieza, mucho gusto en las cosas materiales, que producían una impresión muy grata”.

El espacio estaba realmente bien aprovechado. Muchos cono­cieron la habitación junto al vestíbulo, que servía de ampliación del oratorio, de botiquín, y de Secretaría de la residencia. Ade­más, tenía una cama, en la que dormía Isidoro Zorzano.

En enero de 1975, Mons. Escrivá de Balaguer pasó unos días en La Lloma, muy cerca de Valencia. Allí, rodeado de algunos socios de la Obra, recordó la primera casa que tuvo en Valencia:

Eran dos habitaciones y un pasillo. Una de las habitaciones estaba llena hasta los topes con la primera edición de Camino.

¡Quién iba a decir que se venderían, con los años, millares de ejemplares en más de treinta idiomas!

De todas formas, allí no se podía vivir; no había sitio.

Les habló de la única vez en su vida que se había puesto enfermo durante la Misa. A don Antonio Rodilla le habían rega­lado un cáliz y unos ornamentos, y quiso que los usara por vez primera. Al empezar el Evangelio, no pudo seguir. Asistía a esa Misa, comenzada en el altar de la Trinidad de la catedral de Valencia, Álvaro del Portillo, que, ayudado por otros, consiguió hacerle llegar hasta la sacristía:

Luego me llevaron a casa. Dormíamos sobre unos hierros y unas maderas, como en los cuarteles de antes, y no había más ropa que unas cortinas de balcón, todas estropeadas. De modo que también aquí hemos vivido en la pobreza, y la hemos com­partido en todo el mundo. En el Opus Dei nunca falta alguno que padezca verdadera miseria… No importa; está en el Opus Dei, y es feliz.

En la tertulia estaba don Álvaro del Portillo y se dirigió a él con una sonrisa:

‑Álvaro, estamos en la tierra del arrós. ¡Qué arroz nos ha­cíamos tú y yo, y alguno más! No comíamos otra cosa: en una chimenea poníamos unas jícaras de arroz y unas jícaras de agua. Y nos salía muy bien, ¿verdad?

‑Muy bien, sobre todo teniendo hambre, que es el mejor condimento.

‑Y no decíamos nada a nadie…

Aún se conserva el grueso capote, de tela áspera y color par­do, que llevó a aquel piso de la calle de Samaniego José Manuel Casas Torres. Lo había utilizado durante los años de campaña. El capote pasó después a la nueva Residencia, también en la calle de Samaniego, número 16. Era un caserón muy frío durante el invierno. En sus viajes a Valencia, el Fundador del Opus Dei solía utilizarlo para defenderse del frío, mientras daba un círcu­lo, o atendía la labor. Lo mismo hicieron luego, cuando tenían que permanecer muchas horas sentados frente a la mesa de tra­bajo de dirección, don Amadeo de Fuenmayor, don Justo Martí, don Pedro Casciaro o don Federico Suárez.

Un criterio que siempre ha enseñado Mons. Escrivá de Ba­laguer es elegir lo peor para uno mismo. Así lo practicó, por ejemplo, cuando se trasladó a Diego de León, 14, al comienzo de los años cuarenta.

El edificio era un viejo palacete de estilo francés, en el que se vivía con gran estrechez. Desde fuera podía dar una impresión contraria, sobre todo, si se miraba con mentalidad de vida reli­giosa, pues su aspecto nada tenía que ver con un convento. Además, con no poco esfuerzo, pudieron instalarse poco a poco, y dignamente, las habitaciones de las dos primeras plantas del chalet. Era ésta la zona de representación. El Fundador del Opus Dei recibía a las visitas en un despacho de la primera planta, decorado con prestancia: zócalo empanelado de madera, tresillo de cuero, mesa recia de líneas clásicas, cortinas amplias. Pero en el resto de la casa se sufría mucha penuria material, y la peor habitación era la suya. Había elegido un dormitorio, muy frío en el invierno, sofocante en el verano. Estaba en la tercera planta.

Al final, se impuso el cariño de los socios de la Obra, y aprovechando que estaba fuera de Madrid ‑dirigiendo un curso de retiro espiritual‑ trasladaron sus cosas a un cuarto mejor, en la segunda planta, que habían dejado libre.

Esta habitación era más amplia. Prácticamente se conserva ahora como entonces. Sigue ahí la pobre cama de metal en que dormía. Alguna vez le propusieron buscar otra mejor, y un poco más grande, pero siempre dijo que no. La usó por última vez en mayo de 1975, un mes antes de su muerte. A un lado hay un viejo escritorio, que llamaba siempre la pianola, porque tiene, en efec­to, todo el aire de las antiguas pianolas familiares. Entre otros motivos de decoración aparece un borriquillo, una fotografía hecha en la ordenación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, un globo terráqueo, y un cuadro de San Pedro, de un pintor anónimo. El pintor había querido ilustrar la figura del Apóstol con un gallo, pero le había salido un pajarraco raro. Desde Roma, en febrero de 1948, Mons. Escrivá de Balaguer encargaría en la posdata de una carta: ¡Cómo me gustaría en­contrar convertido en gallo la perdiz de San Pedro que hay en mi cuarto! Al Apóstol tampoco le vendría mal un retoque…

Don Manuel Martínez Martínez le visitó un día en Diego de León, acompañando al P. Ballester, entonces Obispo de León: “Yo me quedé admirado de la austeridad con que vivían aquellos hombres; uno me parece que era secretario de ayuntamiento, otro era ingeniero; en fin, que eran personas de cierta categoría y por eso aquello me admiró más. Cuando salí me decía a mí mismo: ni un capuchino vive con la austeridad con que viven éstos”. Cuando se iban, el Fundador de la Obra le pidió que no dijera nada de lo que había visto. “No quería ‑dedujo don Manuel Martínez‑ que se supiera la vida de austeridad que aquí llevaban, y por consiguiente que nadie pudiera comentarlo”.

Don Vicente Pazos, hoy Consiliario del Opus Dei en Perú, vio, con motivo del traslado de la habitación, que su ropa y sus cosas de uso diario eran lo mínimo imprescindible. No le gustaba al Fundador del Opus Dei que estos detalles trascendieran. Pero sabía enseñar a los socios de la Obra todas las consecuencias prácticas que el desprendimiento de los bienes materiales debía tener en sus vidas: en circunstancias ordinarias, o en momentos extraordinarios, como, por ejemplo, en aquellos primeros años de Roma, en que muchos ‑les decía‑ han pasado hambre conmi­go: no un día, ni dos, sino temporadas largas. No encendíamos la calefacción porque no teníamos ni un céntimo.

Carecían hasta de camas para dormir: Yo, muchas veces, me echaba junto a la puerta de la calle. Era uno de los sitios más distinguidos, pero entraba un frío y una humedad por las rendi­jas que había en las paredes…

Quienes han vivido allí le oyeron muchas veces subrayar el valor positivo de esta falta de medios: La tengo metida en lo más hondo de mi alma. Redunda en la vida de entrega y en la eficacia o ineficacia de nuestro apostolado. ¡Bendita pobreza! ¡Amadla!

Exigía a los socios del Opus Dei una disposición interior llena de visión sobrenatural, para vivir en este mundo con sentido realista, pero como peregrinos, que van de camino hacia la mo­rada eterna, y, por tanto, han de llenarse de un afán grande por vivir totalmente desprendidos de las cosas que usan; trabajando con rectitud de intención, sin un desordenado afán de lucro; amando, como venidas de las manos de Dios, las incomodidades, estrecheces y privaciones con que pueden encontrarse; preocu­pándose de contribuir personalmente, con su trabajo, a remediar la indigencia material y espiritual de tantas almas, abandonando en el Señor sus preocupaciones.

El desprendimiento del Fundador del Opus Dei llegaba a detalles aparentemente nimios, pero que denotaban una gran delicadeza. En un momento dado de su vida, durante los años treinta, notó que se apegaba a las estampas ‑ni una cosa de tan escaso valor quería tener como propia‑ que ponía en el breviario para señalar las páginas; años después contaría su reacción:

Me desprendí de las estampas y puse en su lugar unos trozos de cuartillas. Y al ver aquellos papeles en blanco, comencé a escribir: Ure igne Sancti Spiritus!… Los he usado durante mu­chos años, y cada vez que los leía, era como decirle al Santo Espíritu: ;Enciéndeme! ;Hazme una brasa!

En la vitrina de una de las habitaciones de la sede central de la Asociación, entre viejos regalos decorativos y recuerdos de familia, aparece una vulgar taza de loza, desportillada, con un roto grande y triangular en su borde. Fue Mons. Escrivá de Balaguer quien quiso que estuviera en aquella vitrina. La vio por primera vez en París, después de celebrar la Santa Misa, en uno de los Centros del Opus Dei, una mañana de 1955. Un grupo de socios de la Obra llevaban adelante los primeros años de labor. No tuvieron problemas para preparar el desayuno, pues el Padre tomaba siempre un poco de café sin azúcar, unas cuantas cucha­radas de leche y un trozo de pan. Las dificultades aparecieron con la vajilla, que no llegaba para todos, aunque estaban en aquella casa muy pocos. Tuvieron que poner en servicio una taza desportillada, rota, que trataron de encubrir disponiendo hábil­mente las servilletas. Fue a sentarse justamente en el lugar que correspondía a aquella taza. Y le dio alegría beber su café con leche en esa taza. Le hizo feliz la riqueza de estos socios de la Obra ‑profesores, médicos, ingenieros‑, y después de comer se puso un delantal de plástico, y les ayudó a lavar los cubiertos y vajilla, como en los tiempos de la Residencia de Ferraz:

A lo largo de estos veintiséis años ‑había dicho en la prima­vera de aquel 1955‑ en muchas ocasiones me he encontrado sin nada, en la carencia más absoluta y en la cerrazón más completa en el horizonte para encontrar nada, nada. Nos faltaba hasta lo más necesario. Pero ;qué alegría!, porque buscando el reino de Dios y su justicia, sabíamos que lo demás se nos daría por añadi­dura. Poniendo los medios para que no falte, ;que estén alegres mis hijos si alguna vez les falta algo!

Sin embargo, para el cristiano normal, el espíritu de pobreza no es sólo desprendimiento. Tiene también que saber usar los bienes humanos con rectitud, en servicio de los demás. No se limita a evitar crearse necesidades ni a llevar con alegría la falta de lo necesario: ha de practicar también la solidaridad con los hombres. Aprovechar al máximo su tiempo, empleándolo en beneficio de todos, es manifestación de desprendimiento: el tiem­po es un don de Dios, que tampoco le pertenece, que con fre­cuencia le falta, y debe por tanto hacer que rinda de veras, sin angustias ni ritmos vertiginosos, sin estériles precipitaciones, con auténtica eficacia humana y sobrenatural.

Este espíritu lleva también a cuidar las cosas que se usan, para que duren en servicio de Dios y de las almas. El Fundador del Opus Dei señalaba muchos detalles concretos, que materia­lizaban ese espíritu: arreglar lo que se estropea; poner un tope detrás de una puerta o ventana, para que no roce la pared; en­cender las luces necesarias, ni una más; colgar un cuadro con dos escarpias, para que esté bien fijo y no estropee la pintura…

Yo sufro ‑confiaba en una ocasión a un grupo de socios de la Obra‑ cuando veo que pasan muchos delante de un cuadro torcido, y que ninguno es capaz de ponerlo horizontal; y sufro cuando veo que salen todos de una habitación, y al marcharse no saben dejar cada cosa en su sitio. Las cosas están para usarlas; y si así se gastan o se rompen, bien. Pero que no sea por no cuidar­las. Hay que cuidarlas con un cariño viril. Se trata de hacer las cosas como una persona que tiene amor.

Este modo ‑humano y divino‑ de vivir el desprendimiento de los bienes materiales, hasta en los más mínimos detalles, tenía un modelo inequívoco: el padre, la madre de familia numerosa y pobre. Muchos socios de la Obra le han oído que cuando tú, en cualquier circunstancia, vaciles y no tengas con quién consultar, no olvides el criterio claro que os he dado: nosotros somos padres de familia numerosa y pobre. Verás como aciertas.

Así concebido, el amor a la sobriedad se fundamenta y deriva de la vibración interior. No es regla, ni economía, ni espíritu cicatero. Por eso no cabe separarla ‑como estamos viendo en la vida de Mons. Escrivá de Balaguer‑ de la magnanimidad para afrontar sin recursos humanos las empresas apostólicas que Dios pide. La atención a lo pequeño no es empequeñecimiento de miras. Todo lo contrario: manifiesta grandeza de corazón que, en su mucho querer, se fija en lo que al desamorado pasa inadver­tido.

Además, a la razón de amor se une un motivo de mentalidad laical. Una persona corriente ‑eso son los socios y asociadas del Opus Dei‑, que vive como los demás y usa los mismos medios que los demás, tiene que excederse, y mucho, para hacer rendir su trabajo, en servicio de todos. Igual en lo grande ‑contribuir, con los frutos de su trabajo, a remediar la indigencia, poniendo en marcha iniciativas de relieve‑, que en lo menudo ‑saber apro­vechar unos restos de comida, o escribir en papel ya impreso por la otra cara‑. En este sentido, advertía con humor Mons. Escri­vá de Balaguer que, cuando muriera, los socios de la Obra com­probarían que sus papeles únicamente no estaban escritos por el canto. Sin embargo, no enviaba una carta que no estuviera per­fectamente presentada, sin un error, sin una errata.

Enseñaba así con el ejemplo a practicar de veras el despren­dimiento, tal como Dios lo quería para el Opus Dei. En 1968 declaró a la directora de la revista Telva:

Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos: tanto para el anacoreta que se retira al desierto, como para e1 cristiano corrien­te que vive en medio de la sociedad humana, usando de los recursos de este mundo o careciendo de muchos de ellos.

Pero ‑añadía más adelante‑ pobreza no es miseria, y mu­cho menos suciedad; además, la pobreza no se define por la simple renuncia, especialmente cuando se trata de cristianos que viven en medio del mundo y tienen que dar testimonio explícito de amor al mundo, de solidaridad con los hombres. Se impone, pues, aprender a vivir la pobreza, para que no quede reducida a un ideal sobre el que se puede escribir mucho, pero que nadie realiza seriamente. En concreto:

Todo cristiano corriente tiene que hacer compatible, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradic­torios. Pobreza real, que se note y se toque ‑hecha de cosas concretas‑, que sea una profesión de fe en Dios, una manifesta­ción de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios, y dar luego a todos de ese mismo amor. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que había en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades.

El Fundador del Opus Dei seguía explicando que no quería dar reglas fijas ‑sólo unas orientaciones‑, porque lograr la síntesis entre esos dos aspectos es ‑en buena parte‑ cuestión personal, cuestión de vida interior, para juzgar en cada momen­to, para encontrar en cada caso lo que Dios nos pide.

Esas líneas generales están recogidas en los nn. 110 y 111 del conocido libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, y contienen enfoques en verdad sugerentes, que evocan ‑una vez más‑ lo que ha sido previamente vivido, y apuntan interesantes consecuencias prácticas, algunas especialmente significativas en estos tiempos en que tantos se dejan arrastrar por la fiebre del consumo.

El Fundador del Opus Dei quería que los socios de la Obra vistieran con corrección, incluso con elegancia, cada uno dentro de su condición y de sus circunstancias personales, bien arregla­dos, los zapatos limpios, la ropa sin arrugas:

Recuerdo haber conocido a determinada persona, que le gustaba vestir bien: gastaba una enormidad en trajes; pero cuan­do llegaba a su casa, tiraba las prendas por cualquier lado, y explicaba así la razón: no soy yo para la ropa, sino que la ropa es para mí (…) Las cosas se deben gastar, sí, pero sabiendo que no hemos de maltratarlas, que es preciso hacerlas durar, porque no son nuestras: son un medio para nuestra santidad y para el apos­tolado.

Procuró siempre tener y usar la ropa que era necesaria. Hubo una época en que llevó solideo para compensar la edad que no tenía: ¡Dame, Señor, ochenta años de gravedad!, pidió con fre­cuencia. Después, para subrayar la secularidad propia del espí­ritu del Opus Dei, se puso algunas veces la sotana ribeteada de rojo y los demás distintivos propios de su condición de Prelado Doméstico. Años más tarde confesó que eso le resultaba mucho más duro que varios cilicios.

La sotana que vestía habitualmente en 1963 tenía entonces 18 años. Era francamente vieja, pero limpísima, digna. Con todos los botones: él mismo se los cosía, en cuanto amenazaban desprenderse. Toda una lección práctica para los socios de la Obra.

Se encontraba muy feliz dentro de su recosida sotana, pero, cuando era necesario ‑muy pocas veces‑, usaba los distintivos propios de su condición de Prelado, o los arreos ‑así decía‑ de Gran Canciller de una Universidad.

Con idéntico espíritu, en el que el desprendimiento de los bienes humanos o de los símbolos de honor nunca puede ser excusa para incumplir el propio deber, ejercitó en 1968 el dere­cho a rehabilitar, con la mira puesta en su familia, el Marquesa­do de Peralta, concedido en 1718 a un antepasado directo suyo, don Tomás de Peralta, Secretario de Estado de Guerra y Justicia en el reino de Nápoles.

Esta heroica decisión, que más de uno ha valorado muy su­perficialmente, encierra también lecciones de honda riqueza humana y cristiana, que algún día será necesario exponer en toda su extensión. Me parece que, para el propósito de estas páginas, basta apuntar que Mons. Escrivá de Balaguer era muy consciente de las críticas que su petición iba a suscitar, pero tenía certeza moral de que era el único miembro de la familia que podía promover el expediente jurídico de rehabilitación, para que efec­tivamente ese título nobiliario volviera a formar parte del patri­monio familiar.

Como siempre, el Fundador del Opus Dei hizo lo que en conciencia debía, después de haber pedido consejo a algunos de los Cardenales que en la Curia Romana gozaban de mayor fama de prudencia, y a la Secretaría de Estado del Santo Padre. Se trató, como digo, de un acto verdaderamente heroico, porque no se le ocultaban las habladurías y las susurraciones a las que se prestaba, y de las que prescindió por completo. Cuatro años des­pués, cedió a su único hermano vivo, Santiago, ese título, que él nunca llegó a usar.

Al “limpio resplandor de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todos, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas”, se refirió el Cardenal Primado de Toledo en el artículo que publicó en el ABC de Madrid: “Ésta es la pobreza evangélica auténtica, aunque el que así la vive se dedique a movilizar todos los recursos imaginables para servir a Dios y a los hombres. Acaso esté aquí el secreto que explica algo de su vida”.

Mons. Escrivá de Balaguer vivió y murió en el más estricto desprendimiento de los bienes materiales. Poco tiempo antes de que Dios le llamase, contaba un día a los alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz que esa mañana había dicho a los miembros del Consejo General de la Asociación:

Hoy me he dado cuenta de que continúo siendo pobre de solemnidad. No sólo porque llevo esta sotana vieja, pues podría ponerme otra mejor que tengo, sino porque no puedo hacer lo que hace una persona de mi edad, en cualquier país más o menos civilizado. Hay obreros de mi edad, ya retirados, que disfrutan tranquilamente de su pensión; y si una noche no duermen ‑que es lo que me ha pasado hoy a mí: por eso he tenido ocasión de rezar más‑, se quedan en la cama un poquito más por la maña­na. En cambio, yo estoy aquí, con vosotros, y mucho mejor que en la cama. Pero me he dado cuenta, de que efectivamente, soy todavía ‑a la vuelta de medio siglo de sacerdocio‑ pobre de solemnidad.

El espíritu de la residencia Jenner

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Una parte importante del espíritu del Opus Dei se reflejaba en la conciencia de pertenecer a una familia cristiana, unida no sólo por vínculos sobrenaturales, sino también por lazos de calor humano. La presencia de la madre y hermana de Escrivá y su trabajo para crear un ambiente familiar en la residencia contribuyeron en buena medida a inculcar ese sentido a la gente de la Obra.

Recordando su experiencia en Jenner, los miembros del Opus Dei destacan sobre todo el ambiente de alegría y optimismo que reinaba. Uno de ellos apunta que “el rasgo dominante de aquel período fue la alegría, con sus naturales secuelas de buen humor y optimismo. (…) Es cierto que hubo obstáculos de no pequeña entidad. (…) Pero no hubo dificultad o contradicción -aunque algunas fuesen penosas e increíbles-, que consiguiera turbar la atmósfera de luz, confianza y seguridad en el camino que impregnaba el ambiente de los centros de la Obra y la vida personal de los miembros”[1].

La residencia también se caracterizaba por su espíritu de libertad. Un chico de Valencia que iba a empezar sus estudios en la Universidad de Madrid solicitó una plaza en la residencia en septiembre de 1940. Su padre, que le acompañaba, contó a Escrivá que buscaba un lugar seguro donde las idas y venidas de su hijo pudieran ser supervisadas. A medida que el padre del joven se explicaba, la cordial sonrisa de Escrivá se tornó en una expresión seria: “Se han confundido ustedes de puerta. En esta residencia no se vigila a nadie. Se procura ayudar a los residentes a ser buenos cristianos y buenos ciudadanos, hombres libres que sepan formar criterio y cargar con la responsabilidad de sus propias acciones. En esta casa se ama mucho la libertad y el que no sea capaz de vivirla y de respetar la de los demás no cabe entre nosotros”[2].

Como en la residencia DYA antes de la guerra, los miembros de la Obra hablaban a sus compañeros residentes de tomar sus carreras muy en serio y de estudiar diligentemente. Muchos estudiantes que iban por primera vez a Jenner se asombraban del silencio y del ambiente de concentración que había en la sala de estudio. Los que volvían pronto entendían que los residentes no eran simplemente unos buenos estudiantes, sino que estaban animados por el mensaje del Opus Dei; la llamada a santificarse en el cumplimiento de sus deberes profesionales –en su caso, el deber de estudiar- y el deseo de hacer la Voluntad de Dios trabajando lo mejor que podían.

Al mismo tiempo, los miembros de la Obra subrayaban que la excelencia profesional y conseguir buenas notas no era el objetivo de sus vidas, sino un modo de dar gloria a Dios y de acercarle almas. El estudio, decían, es importante, pero a veces debe ceder ante otros deberes más urgentes. Escrivá decía en una carta a sus hijos de Valencia: “El estudio nos es indispensable: es la red. ¿Qué diríamos de un pescador que tuviera miedo de que la red se rompiera, y, sin ir a la mar, se pasara las horas contemplando el instrumento? A Pedro y a Andrés, les llamó Jesús cuando remendaban sus redes. ¡Cuántas veces, en cuestiones de estudio, ante la abundancia de pesca –la labor apostólica- nos habremos de conformar con ‘remiendos’! No temáis, por eso, que dé un bajón vuestro prestigio. Os podría contar hechos bien recientes –hermosísimos- de vuestros hermanos mayores”[3].

[1] José Orlandis. Ob. cit. p. 153-154

[2] AGP P03 1988 p. 347-348

[3] Ibid. p. 548

Últimos meses en Burgos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A final de 1938, la victoria del ejército nacional se hacía cada vez más evidente. En abril, Franco había conseguido cortar la zona republicana: Cataluña quedó separada de Madrid y Valencia. Sólo una masiva participación de fuerzas extranjeras podía impedir la toma de Madrid por los nacionales, con su consiguiente victoria. Las democracias europeas estaban lejos de intervenir decisivamente en España y su aquiescencia a la ocupación de los Sudetes por Alemania dejó claro que no emprenderían acciones para salvar la República.

Durante los últimos meses de la guerra, Escrivá se ausentaba con frecuencia de la ciudad para visitar a los miembros de la Obra y otros jóvenes con los que había tenido contacto en Madrid. Cuando estaba en Burgos, con frecuencia caminaba hasta el Monasterio de Las Huelgas para trabajar allí en su tesis doctoral en Derecho, que había tenido que empezar de nuevo ya que todo el material reunido años antes se perdió al estallar al Guerra Civil. También se dedicó a ampliar el libro de puntos meditación que había publicado en 1934 con el título de “Consideraciones espirituales”. La nueva versión llevaría el título de “Camino” y se publicaría poco después de la guerra, en septiembre de 1939.

Escribía con frecuencia a los miembros de la Obra y sus amigos sobre el desarrollo de la labor apostólica que pronto llevarían a cabo, si eran fieles a lo que Dios quería de ellos. En una carta del 10 de diciembre de 1938 se lee: “(…) no hay más que motivos de optimismo, mirándolas con completa objetividad. Claro que esto es así, si todos procuramos cumplir con alegría nuestro deber”[1]. Y a los pocos días: “¡La oración! No dejarla por nada. Mira que no tenemos otra arma”[2]. El 23 de diciembre abría su corazón: “Hoy escribo a toda la familia, (…) pocas cartas porque somos pocos. Me acongoja pensar que por mi culpa. ¡Oh, qué buen ejemplo quiero –eficazmente- dar siempre! Ayúdame a pedir perdón al Señor, por todos los que di malos, hasta ahora”[3]. El día anterior había escrito a Fernández Vallespín: “(…) espero –para pronto- cambios notables, que faciliten la labor familiar.

Y los espero sólo de la bondad de Dios, porque yo cada día me veo más miserable.

Pasé hoy un mal rato.

Ya estoy optimista, contento, lleno de confianza. ¡Es tan bueno!

En estos días, ayúdame a pedirle: perseverancia, alegría, paz, espíritu ‘de sangre’, hambre de almas, unión…: para todos.

¡Ay, Ricardo, qué bien andaría la cosa si tú y yo –¡y yo!- le diéramos todo lo que nos pide!

Oración, oración y oración: es la mejor artillería.

Y amor al dolor. Entonces, ¿quién dijo miedo? Omnia vestra: todo será nuestro”[4].

[1] AGP P03 1986 p. 542

[2] Ibid. p. 542

[3] Ibid. p. 543-544

[4] Ibid. p. 544

Seido Language Institute

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Pocas horas antes de que el Señor lo llamase a su lado, Mons. Escrivá de Balaguer estuvo reunido con un grupo de universitarias de la Obra, de varias nacionalidades. En aquella tertulia, que sería la última de su vida, se dirigió a Michito, una chica japonesa, con estas palabras:

«Dios Nuestro Señor te ha dado, con el Bautismo, el sentido de la Iglesia. Reza por los de tu tierra, porque es un pueblo muy grande, para que conozcan a Jesucristo, y le amen y le sirvan. Ya sabéis que ahora tus hermanas de Japón están preparando un colegio en Nagasaki. Hay que rezar para que las dificultades desaparezcan, para que puedan comenzar cuanto antes a trabajar allí…»

Hacía diecisiete años que el Fundador del Opus Dei había enviado a un pequeño grupo de personas a comenzar la labor apostólica en Japón. El primer objetivo de aquellos miembros de la Obra era ponerse en contacto con la sociedad japonesa, conocer a la gente, hacer amistades. Hallaron una oportunidad en el vertiginoso desarrollo económica y cultural que se había iniciado después de la guerra mundial. Los japoneses sentían vivamente la necesidad de dominar alguna lengua occidental, principalmente el inglés.

De ahí nació Seido Language Institute o Seido Gaikokugo Kenkyusho, como se dice en japonés, que fue la primera labor apostólica del Opus Dei en aquel país.

Seido está en Ashiya, una pequeña ciudad situada entre los dos enormes núcleos urbanos de Osaka y Kobe, que con más de quince ciudades satélites, albergan a casi ocho millones de habitantes y unas veinte universidades.

El primer local de Seido fue una casa típicamente japonesa: estructura de madera, suelos de tatami y puertas corredizas de madera y papel decorado. Esa sede fue pronto insuficiente y, en 1962, la enseñanza de idiomas era trasladada a un edificio más adecuado, que también quedaría pequeño poco más de diez años después.

Dios bendecía la oración y el sacrificio. Personas de toda condición se acercaban a la fe cristiana desde muy lejos. El primer japonés de la Obra –y que más tarde sería sacerdote– se había convertido a la fe en Seido, atraído en un principio por los valores humanos que allí encontró. El Señor le daría la fe y la vocación al Opus Dei.

En 1973, junto a la Escuela de Idiomas se estableció el Seido Cultural Center, con actividades directamente apostólicas: clases de introducción a la Sagrada Escritura –la Biblia en el Japón es un best seller–; retiros espirituales a los que también asisten los no católicos; clases de catecismo, atención sacerdotal…

Simultáneamente se han creada otros centros semejantes, dando lugar al Seido System Schools, que además provee de material didáctico para la enseñanza de idiomas a más de cincuenta centros universitarios.

Sin duda alguna, la seriedad profesional y técnica con que se desarrollan las actividades de Seido influyen en gran medida sobre estos resultados. No se trata de una isla occidental en un mundo oriental, sino de algo que responde a las necesidades concretas de una sociedad. Por eso, aunque los profesores de inglés, italiano, francés, español y alemán –los idiomas que se imparten– proceden de esos países, Seido es un foco japonés de irradiación cultural que ofrece en la vida diaria un testimonio evidente del trabajo bien hecho –cualidad muy apreciada por los nipones– y de unos horizontes de comunicación que ponen de relieve los puntos clave de la verdadera convivencia universal. Y son precisamente los japoneses del Opus Dei los más empeñados en la multiplicación de este tipo de labores en su país.

…Ahora ya se ha visto realizado el deseo que el Fundador del Opus Dei expresaba a aquella hija suya japonesa en su última tertulia. En octubre de 1975 se inauguraba el Centro Nagasaki Seido y, en 1978, comenzó a funcionar un colegio femenino,concretamente aquel al qué se refería Mons. Escrivá de Balaguer en la mañana del 26 de junio de 1975.

La actitud de los primeros

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Una clave importante del rápido crecimiento del Opus Dei en España durante la posguerra fue la entrega plena y sin reservas de los primeros de la Obra para sacar adelante la labor apostólica. Todos ellos habían recibido la llamada a vivir en celibato apostólico. El 2 de octubre de 1928 Escrivá entendió que el mensaje que Dios le había confiado se dirigía a solteros y casados de todas las clases sociales y profesiones. Hoy, la mayoría de los fieles de la Obra están casados, pero en los años siguientes a la Guerra Civil no era así. Era necesario que un grupo de miembros, permaneciendo célibes, se dedicaran con todas sus energías a desarrollar las actividades formativas del Opus Dei. Para entonces, ya había personas casadas en contacto con el Opus Dei que luchaban por poner en práctica su espíritu, pero hasta el año 1949 no pudieron pertenecer a la Obra.

Los primeros fieles del Opus Dei pusieron todos los medios para conocer a mucha gente joven que entendiera la llamada divina al Opus Dei vivida en celibato apostólico. En las noches de los sábados, viajaban con alegría en la tercera clase de los traqueteantes trenes de la época, pasaban el domingo en la ciudad de destino y transcurrían otra noche sin dormir para estar en Madrid a tiempo de llegar a sus trabajos el lunes por la mañana.

El ambiente que se intentaba crear en el Opus Dei era el del hogar de Jesús, María y José en Nazaret, como Escrivá contaba en una meditación: “Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad, que es la Redención”[1].

Este espíritu de alegre y voluntario sacrificio para impulsar el apostolado del Opus Dei nacía de su convencimiento de que estaban realmente comprometidos en una Obra de Dios. Orlandis resume su actitud como “una fe absoluta en el carácter sobrenatural del Opus Dei. Una fe fecunda en la creencia de que Dios –nuestro Padre que está en los cielos- interviene en la historia del mundo, porque ama a los hombres y desea su bien temporal y su eterna bienaventuranza. La Obra era de Dios –una iniciativa divina, un ‘mandato imperativo de Cristo’- y había sido suscitada por Él para mucho bien de la humanidad entera, en la época actual y hasta el final de los tiempos; porque la Obra, aun siendo entonces tan pequeña –casi como una criatura recién nacida-, era para el mundo entero y para siempre. Esta fe llevaba a la plena certidumbre de que la Obra se realizaría, y de ahí la serenidad y el optimismo que se respiraba en el ambiente, pese a incomprensiones y obstáculos que parecían a aquellos hombres jóvenes anécdotas intrascendentes y cosas de menor cuantía”[2].

Su actitud hacia Escrivá estaba muy relacionada con sus convicciones sobre la Obra. Como explica Orlandis, ellos entendían perfectamente que él era el fundador. A sus ojos no era alguien que había tenido una buena idea y se había puesto a realizarla: era más que un instrumento del Señor, era el hombre escogido por Dios para llevar adelante el Opus Dei. Escrivá solía subrayar este punto en su trato con los primeros miembros. En una ocasión lo hizo de modo dramático, el 1 de octubre de 1940, cuando reunió al pequeño grupo de gente que al día siguiente haría su compromiso definitivo con el Opus Dei y les preguntó: “Bueno, y si yo me muero mañana, ¿vosotros qué?”. Quedamos, como es fácil comprender bastante impresionados y no poco turbados por esas palabras, pero acertamos a contestar que si él –el Padre- viniera a faltar, nosotros continuaríamos la Obra. Parece que eso era lo que el Padre deseaba oír, pues se le vio satisfecho con la respuesta, y comentó: ‘¡Pues no faltaría más! ¡Bonito negocio habríais hecho si hubierais venido a seguir a este pobre hombre en vez de seguir a Jesucristo!’”[3]. Este convencimiento de que el Opus Dei era realmente de Dios ayuda a entender el sacrificio gustoso de sus primeros fieles para llevarlo adelante y el atractivo que su mensaje ejercía sobre los que lo iban conociendo.

El apostolado del Opus Dei con los hombes en la posguerra se edificó sobre los cimientos que se habían puesto durante la década anterior. Cuando empezó la guerra, la labor con mujeres estaba mucho menos desarrollada y no superó la amarga prueba. Tendría que comenzar de nuevo.

[1] Ana Sastre. Ob. cit. p. 248

[2] José Orlandis. Ob. cit. p. 97

[3] Ibid. p. 100-103


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