Entre los pinos

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Molinoviejo, con sus pinos y chopos, clavado frente al aire de la sierra segoviana, está funcionando con las viejas instalaciones y sirve, como ventana abierta a la montaña, para mejorar física y espiritualmente a quienes pasan por allí con motivo de un Curso de formación, un retiro espiritual o una circunstancia profesional. De estos primeros años datan los nombres que delimitan las diferentes partes de la finca: la ermita, el camino, el pinar, la campa, la fuente, etc. Cuando el Padre viaja a España y se acerca a Molinoviejo, la alegría es desbordante. Se prolongan las tertulias de la noche, junto a los pinos, con el techo infinito de las estrellas, a veces combatiendo el frío que empieza a bajar de la montaña con algunas mantas. Se ríe, se canta… Y se proyectan múltiples tareas más allá de todas las fronteras.

En 1948 se llevan a cabo adaptaciones para mejorar la casa.

Ya hay luz eléctrica, y los pasillos y habitaciones dejan atrás el ambiente primitivo, cuando alumbraba sólo el resplandor de los candiles. Molinoviejo se prepara para acoger, por primera vez, miembros de la Obra que pertenecen a distintos países del mundo: Portugal, Italia, España, Irlanda… El ingeniero encargado de las obras es Fernando Delapuente, y cada día se encara con una lista interminable de cuestiones para resolver.

Una zona independiente sirve ya para alojar a las mujeres de la Obra que se ocupan de la Administración doméstica: Encarnita Ortega, que ha venido de Roma, Nisa González Guzmán, Rosario Orbegozo, Mary Rivero, María Jesús López Areal y Paula Gómez. Desde el primer momento, el Padre les habla de los trabajos necesarios para atender los Centros de la Obra. Es la tarea más importante que les confía, aunque espera de sus hijas una extensa actividad en todos los campos del quehacer humano.

Insiste, desde los comienzos, en el cuidado exquisito de cuanto se refiere a los oratorios. La casa cuenta con instalaciones muy antiguas y son difíciles los abastecimientos diarios. Les transmite su preocupación por alguno que está enfermo, por los que vienen de otras partes del mundo. Y les anima a planificar algunos menús que puedan ayudarles a recordar su país y el entorno familiar que han dejado atrás para llegar hasta Molinoviejo.

El Fundador multiplica su actividad, ya que las dos Secciones, la de mujeres y la de hombres, tienen sus clases de formación y los medios de atención espiritual de modo independiente. Tanto la Residencia como los locales destinados a las personas que se ocupan de administrar la casa, son autónomos. Comparten el mismo espíritu, pero en su vida y quehacer se mantienen apartados como si mediaran kilómetros de distancia.

Con frecuencia, dirige la meditación en la pequeña ermita que se levanta en medio de la finca. Escoltada por una fila de lanceros verdes -los álamos-, que parecen rendir armas a la estrella de la tarde, les habla de fidelidad y fortaleza, de cariño apasionado a la Virgen. A esta Virgen de Molinoviejo que preside tantos acontecimientos del Opus Dei desde su refugio en los pinares de Segovia.

Algunos miembros de la Obra están cumpliendo el servicio militar en La Granja, pueblo muy cercano. El Padre acude a verles siempre que encuentra tiempo libre, y prepara la visita con cariño. Reclama la ayuda de la Administración para llevarles unos bocadillos, dulces… que contribuyan a pasar un rato agradable.

El ambiente de alegría en Molinoviejo queda reflejado en un comentario del Fundador:

«Que estén tristes los que no son hijos de Dios»(2). Y en otro momento:

«Hacemos un buen cambio de moneda: cambiamos fidelidad por felicidad»(3).

La respuesta generosa a una llamada de Dios, transforma la vida entera y da un sentido positivo, iluminado por la fe, a todos los acontecimientos. Esta situación del alma no tiene más remedio que transformarse en alegría. De ahí la moneda de cambio de que habla el Padre, haciendo un juego de palabras.

Junto a la montaña y el aire limpio de la sierra, Monseñor Escrivá de Balaguer pasea con los mayores de la Obra: proyectan, hacen planes apostólicos. El mundo se queda chico para los deseos de su corazón.

El Seminario de San Carlos

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Al filo de la llamada de Dios, Josemaría llega a Zaragoza el 28 de septiembre de 1920. Ha respondido afirmativamente, aunque desconoce los horizontes a que habrá de llevarle tal entrega. Sigue pensando que el sacerdocio le dispondrá mejor para el destino de amor que late inquieto dentro de su alma y, fiel a la Voluntad divina, dice una vez más: «Aquí estoy, porque me has llamado».

Le espera un tiempo de sacrificio y de gozo: una etapa llena de contradicciones, de generosidad, de lucha consigo mismo. Pero también le aguarda Dios, en una oferta de amor que le saldrá al encuentro cada vez que su luz interior parezca amortiguarse o que el entorno se vuelva trabajoso.

Hay una secuencia casi paralela entre su desplazamiento geográfico y las sendas interiores por donde habrá de caminar su alma hasta alcanzar lo que Dios ha previsto en su destino. Así como los ríos de su tierra pirenaica se despeñan en la roca para llegar hasta el volumen único del Ebro, así también su carácter habrá de encauzarse para dar lugar a la forma que se adapte a los planes divinos.

Todo su ser va a continuar forjándose en esta ciudad que vive al abrigo de devociones seculares, bajo el manto de la Virgen; aquí va a abrir su propio surco para dar cobijo a la semilla de un árbol gigantesco: un espíritu «viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo»(1).

En 1920 hay en Zaragoza dos Seminarios para la formación de futuros sacerdotes: el de San Valero y San Braulio -llamado también Seminario Conciliar- y el de San Francisco de Paula. Todos los seminaristas tienen las clases comunes en el edificio del Conciliar, en la Plaza de la Seo. Aquí acuden diariamente los del San Francisco, cuya Sede se encuentra en las plantas superiores del caserón de San Carlos, un edificio que perteneció a los jesuitas y que les fue expropiado por Carlos III, para después pasar a la diócesis como propiedad. En las plantas inferiores tenía entonces su sede el Real Seminario Sacerdotal de San Carlos, una residencia de sacerdotes doctos que prestaban servicios especiales a la diócesis.

La espléndida iglesia del Seminario de San Carlos es del plateresco aragonés avanzado y conserva, como es típico en el arte de este tiempo, el sistema de bóvedas góticas con crucería, muy recargadas de nervios y adornadas con grandes florones de madera dorada.

Primitivamente decorada por un alto zócalo de azulejos, transformó su interior a partir de 1692, pasando a constituirse en uno de los más representativos monumentos barrocos de todo Aragón. El retablo se comenzó en 1725 y está concebido de un modo monumental y suntuoso, con un dorado deslumbrante que solamente se alivia en la policromía de las tallas. El centro está ocupado por un relieve que representa a María Inmaculada; en los intercolumnios sucesivos encontramos figuras, casi de tamaño natural: Santiago, San Miguel, San Joaquín, Santa Ana, el Angel Custodio y San Juan Evangelista. En el ático se entronizan las figuras de la Santísima Trinidad, custodiadas a ambos lados por dos majestuosas imágenes de San Pedro y San Pablo.

Sobre la mesa del altar se encuentra el tabernáculo que es, al mismo tiempo, manifestador. Se trata de un óvalo de grandes proporciones, de talla dorada, cubierto por un relieve que reproduce las figuras de la Sagrada Cena. Haciéndolo ascender, deja al descubierto un hueco con espléndido ostensorio de plata, al que rodean los ángeles en una bella gloria cincelada.

Hay que señalar especialmente la capilla de San José en el lado de la Epístola. El retablo, churrigueresco pero de realización estilizada, reúne varias tallas de escuela andaluza, entre las que destaca el San José que da nombre a la capilla. El movimiento y la gracia de esta policromía son extraordinarios.

En esta iglesia va a continuar Josemaría un diálogo de excepción con quienes permanecerán fielmente en su corazón a lo largo de su vida: la Santísima Trinidad, Jesucristo en la Eucaristía, la Virgen, San José y los Angeles Custodios. También varios Arcángeles y Santos mayores de la Iglesia serán sus aliados incondicionales durante este tiempo, para proteger y conducir su alma hacia la Obra a que Dios le tiene destinado: San Miguel, San Pedro, San Pablo, San Juan están representados en la iglesia de su Seminario.

No es de extrañar que algunos compañeros recuerden aún a Josemaría de rodillas, en la penumbra de la tarde, hablando largamente con Dios, en el silencio de la oración. Sin ostentación, sin alardes, con la íntima sinceridad de quien entrega su vida por entero. Inadvertido para todos, menos para quienes han detectado ya sus cualidades humanas y sobrenaturales(2) .

Agustín Callejas Tello, compañero y amigo, tiene presente todavía su actitud cuando, desde el oratorio del San Francisco de Paula, se trasladan los seminaristas hasta la iglesia del San Carlos; su devoción al comulgar y su porte erguido y digno.

Tiene el Seminario de San Francisco de Paula un reglamento editado en el año 1887 y que fue dispuesto por el Cardenal Benavides, Arzobispo de Zaragoza. En los setenta y tres artículos que lo integran se dan normas que hoy parecerían de extrema rigidez. Puede comprenderse si se contempla en el contexto de su tiempo.

Muchos de estos títulos reglamentarios existen cuando Josemaría llega a Zaragoza para cursar sus estudios eclesiásticos. Y su espíritu, fuerte, se pliega a una normativa que está poco de acuerdo con su talante, pero que le servirá para rendir su persona y su sensibilidad ante la Voluntad de Dios que le ha llamado.

Una gran parte de los alumnos del Seminario provienen de familias campesinas. Sus buenas cualidades interiores no impiden el que su aspecto y sus maneras adolezcan de la incuria en que, frecuentemente, se han desenvuelto en sus lugares de origen. Es lógico que el reducido grupo de alumnos de condicionamiento social mejor dotado destaque del conjunto.

Josemaría se comporta con todos de un modo cordial, abierto a la amistad connatural a su carácter. Muestra ante las más diversas circunstancias una actitud alegre y un agudo sentido del humor. No olvida nunca a su familia, que sigue allá, en Logroño, y el sacrificio que supone su presencia en Zaragoza. Resuelve las situaciones sonriendo, como en broma. Tiene el don de no agobiar a sus amigos y de alegrar su compañía con una tranquila serenidad. Todo ello infunde respeto y admiración.

Supera los estudios de este curso, su segundo año de Teología, sin gran dificultad, con brillantez. Es asiduo incansable de la biblioteca, donde se le encuentra muchas veces con un autor clásico en la mano: tomando notas, recogiendo bibliografía o ensayando el propio pensamiento en escritos y comentarios breves y certeros. Llega a conocer algunos escritores del Siglo de Oro español de memoria y empieza a forjar una sólida cultura.

Hay en él una distinción que se manifesta en el trato habitual con sus compañeros y con las familias de sus amigos. Es elegante en el vestir y en el quehacer cotidiano, sin perder la naturalidad. Desconoce por completo la envidia y la animadversión.

Ese modo de ser le granjea, involuntariamente, la incomprensión de ciertos seminaristas menos cultos y educados. Nunca le hacen mella las frases de doble sentido que alguno puede dejar caer inoportunamente.

-«No creo que la suciedad sea virtud»(3), responde, con tono amable, a un comentario acerca de la corrección habitual de su aspecto.

En este año, los Directores anotan en su expediente: «Parece tener vocación». Sin embargo, no se atreven a dar una opinión definitiva. Ellos mismos, en cursos sucesivos, declaran la rotunda y fiel seguridad que les inspira su entrega al sacerdocio.

El primer arco que abre el triforio sobre la nave de la iglesia de San Carlos forma una tribuna desde la que se domina el Altar Mayor. Aquí se arrodilla horas enteras, en la intimidad y el silencio, para dejarse llevar de la mano por Dios, como un niño. Como si la Sabiduría infinita jugara con él y le condujera, desde la oscuridad de los primeros barruntos, hasta la luz con que vería años más tarde. En la oración, empieza a encontrar la dulce exigencia de una vocación divina de sacrificio, de abnegación.

Muy pronto podrá decir a los seminaristas confiados a su cuidado -y a los sacerdotes, unos pocos años más tarde- que la entrega a Dios está anegada de Amor. Que ellos son los enamorados del Hacedor del Amor. Y que se equivocan quienes dicen que los sacerdotes están solos: están más acompañados que nadie, porque cuentan con la amistad del Señor, a quien tratan ininterrumpidamente.

Sus compañeros del Seminario llegan a comentar, alguna vez, las mortificaciones físicas y morales de Josemaría. Incluso abandonará la costumbre de fumar. Nada más llegar a Zaragoza, regala el tabaco y las pipas al portero del San Carlos. Pero en este terreno no tolera la broma ni traída de la mano de sus amigos: eso pertenece al terreno de Dios y no a la palabrería de los hombres. El dolor y el amor de los verdaderos enamorados no se ventilan en concurso público. No descartará nunca la penitencia para dominar su cuerpo y su carácter; pero dará preeminencia al esfuerzo de sonreír, cuando cuesta, por encima de otras mortificaciones.

A lo largo de tres años establece lazos de amistad que van a perdurar toda la vida. Aquellos que le han abierto las puertas de su confianza saben de la lealtad de Josemaría.

Comparte con sus compañeros el tiempo libre que le dejan los estudios. En los días de fiesta es habitual salir del Seminario después de oír la Santa Misa, y hasta media tarde. En ocasiones, alguno de sus amigos le invita a participar de su vida familiar, y pasará alegremente las veladas en su compañía.

Durante dos veranos, viaja con uno de los más allegados hasta un pueblecito de Teruel donde el padre de ese compañero de Seminario había ejercido como médico. Todos recuerdan aquellas semanas deliciosas en las que recorren de punta a cabo los contornos: pasan horas en el río espiando la captura de truchas o cangrejos. Forman parte de un grupo bullicioso., conocido en los lugares próximos, a los que se acercan tras largas y frecuentes caminatas.

Admira a sus amigos la coherencia en la vida de Josemaría. Jamás participa de un chiste poco limpio: corta esas conversaciones con ingenio y sabe dar un giro al tema. Vive con naturalidad la pureza. Nunca hace una concesión.

La familia de estos dos buenos amigos, Paco y Antonio, saluda la llegada anual de Josemaría con alegría. En esta casa es como un hijo más. Le insisten para que se quede más tiempo y, algunas veces, consigue marcharse sólo a cambio de llevar con él hasta Logroño a uno de los dos hermanos. El matrimonio Escrivá se vuelca con estos muchachos amigos de su hijo. Paco, el más asiduo, piensa que ha conocido pocas familias tan unidas. Todos los días va en busca de don José, al concluir la jornada de trabajo, y vuelve con él, por Portales y Sagasta, hasta su casa. Le encanta hablar con este hombre, tan lleno de señorío y afabilidad. Cuando llegan, juegan con Santiago. El pequeño ya corretea entre los muebles y sigue a su madre a todas partes, mientras ella, con el cuidado de costumbre, atiende a las tareas de la casa.

En el Seminario, encontrará también la amistad de otros muchos compañeros. Porque Josemaría no se limita a un grupo reducido. Más bien se empeña en buscar y aceptar la compañía de todos; su corazón tiene, desde el principio, una actitud abierta de par en par.

Infancia espiritual

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En Escrivá, el sentido de la filiación divina, el fundamento del espíritu del Opus Dei, estaba estrechamente unido con una actitud espiritual de saberse un niño pequeño a los ojos de Dios. Había leído la “Historia de un alma”, de Santa Teresa de Lisieux, conocida como la “Florecilla”. Además, Mercedes Reyna, una de las Damas Apostólicas, le había dado a conocer aspectos del espíritu de la “Florecilla”, como la idea de “ocultarse y desaparecer” para dar toda la gloria a Dios. Con todo, Escrivá fechaba su descubrimiento del camino de infancia espiritual en el tercer aniversario de la fundación del Opus Dei, el 2 de octubre de 1931, fiesta de los Santos Ángeles Custodios y víspera de la fiesta de la “Florecilla”.

Aquel día, en palabras de Escrivá, “me tomó Teresita y me llevó, con Mercedes, por María, mi Madre y Señora, al Amor de Jesús”[1]. Sus notas sobre la naturaleza exacta de la experiencia son muy parcas, pero nos dan una idea de su esencia: “Le eché piropos y le dije que me enseñe a amar a Jesús, siquiera, siquiera, como le ama él. Indudablemente Santa Teresita (…) quiso anticiparme algo por su fiesta y logró de mi Ángel Custodio que me enseñara hoy a hacer oración de infancia. ¡Qué cosas más pueriles le dije a mi Señor! Con la confiada confianza de un niño que habla al Amigo Grande, de cuyo amor está seguro: Que yo viva sólo para tu Obra —le pedí—, que yo viva sólo para tu Gloria, que yo viva sólo para tu Amor (…). Recordé y reconocí lealmente que todo lo hago mal: eso, Jesús mío, no puede llamarte la atención: es imposible que yo haga nada a derechas. Ayúdame Tú, hazlo Tú por mí y verás qué bien sale. Luego, audazmente y sin apartarme de la verdad, te digo: empápame, emborráchame de tu Espíritu y así haré tu Voluntad. Quiero hacerla. Si no la hago es… que no me ayudas”[2].

Poco después vio una imagen de Jesús Niño, como un pequeño con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos medio cerrados. Se sintió profundamente conmovido por la imagen y la besó tanto que decía, “me lo he comido a besos y … de buena gana lo hubiera robado”[3]. En las siguientes semanas, su devoción a Jesús Niño creció con brincos: “El Niño Jesús, !cómo me ha entrado esta devoción, desde que vi al ‘grandísimo Ladrón’, que mis monjas guardan en la portería de su clausura! Jesús Niño, Jesús-adolescente: me gusta verte así, Señor, porque… me atrevo a más. Me gusta verte chiquitín, como desamparado, para hacerme la ilusión de que me necesitas”[4].

Un elemento importante en la vida de infancia de Escrivá era la participación en las escenas del Evangelio que él contemplaba, al rezar el Rosario o meditar pasajes del Evangelio. Un día de la novena a la Inmaculada Concepción del año 1931, después de la Misa, escribió de un tirón una serie de consideraciones sobre los misterios del Rosario que más tarde sería publicado con el título “Santo Rosario.” En la introducción explicaba que su objetivo era revelar a aquellos que querían servir a Dios de verdad el “secreto que puede muy bien ser el comienzo de ese camino por donde Cristo quiere que anden”:

“Amigo mío: si tienes deseos de ser grande, hazte pequeño.

Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños…, rezar como rezan los niños.

Y todo esto junto es preciso para llevar a la práctica lo que voy a descubrirte en estas líneas:

El principio del camino que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima.

–¿Quieres amar a la Virgen? –Pues, ¡trátala! ¿Cómo? –Rezando bien el Rosario de nuestra Señora.

Pero, en el Rosario… ¡decimos siempre lo mismo! –¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?… ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios? –Además, mira: antes de cada decena, se indica el misterio que se va a contemplar –Tú… ¿has contemplado alguna vez estos misterios?

Hazte pequeño. Ven conmigo y –este es el nervio de mi confidencia– viviremos la vida de Jesús, María y José.

Cada día les prestaremos un nuevo servicio. Oiremos sus pláticas de familia. Veremos crecer al Mesías. Admiraremos sus treinta años de oscuridad… Asistiremos a su Pasión y Muerte… Nos pasmaremos ante la gloria de su Resurrección… En una palabra: contemplaremos, locos de Amor (no hay más amor que el Amor), todos y cada uno de los instantes de Cristo Jesús”[5].

Un ejemplo de esta vida de infancia espiritual se encuentra en las anotaciones que hizo durante su oración el 28 de diciembre de 1931. Ese día era la fiesta de los Santos Inocentes. Cuando visitó el convento de Santa Isabel se enteró de que aquel día las monjas acostumbraban a que una novicia hiciera de priora y la monja más joven de subpriora y dieran órdenes a las monjas mayores. Pensando en ello Escrivá apuntó:

“Niño: tú eres el último burro, digo el último gato de los amadores de Jesús. A ti te toca, por derecho propio, mandar en el Cielo. Suelta esa imaginación, deja que tu corazón se desate también… Yo quiero que Jesús me indulte… del todo. Que todas las ánimas benditas del purgatorio, purificadas en menos de un segundo, suban a gozar de nuestro Dios…, porque hoy hago yo sus veces. Quiero… reñir a unos Ángeles Custodios que yo sé —de broma, ¿eh?, aunque también un poco de veras— y les mando que obedezcan, así, que obedezcan al borrico de Jesús en cosas que son para toda la gloria de nuestro Rey‑Cristo. Y después de mandar mucho, mucho, le diría a mi Madre Santa María: Señora, ni por juego quiero que dejes de ser la Dueña y Emperadora de todo lo creado. Entonces Ella me besaría en la frente, quedándome, por señal de tal merced, un gran lucero encima de los ojos. Y, con esta nueva luz, vería a todos los hijos de Dios que serán hasta el fin del mundo, peleando las peleas del Señor, siempre vencedores con Él… y oiría una voz más que celestial, como rumor de muchas aguas y estampido de un gran trueno, suave, a pesar de su intensidad, como el sonar de muchas cítaras tocadas acordemente por un número de músicos infinito, diciendo: ¡queremos que reine! ¡para Dios toda la gloria! ¡Todos, con Pedro, a Jesús por María!…

Y antes de que este día asombroso llegue al final, ¡oh, Jesús —le diré— quiero ser una hoguera de locura de Amor! Quiero que mi presencia sola sea bastante para encender al mundo, en muchos kilómetros a la redonda, con incendio inextinguible. Quiero saber que soy tuyo. Después, venga Cruz: nunca tendré miedo a la expiación… Sufrir y amar. Amar y sufrir. ¡Magnífico camino! Sufrir, amar y creer: fe y amor. Fe de Pedro. Amor de Juan. Celo de Pablo. Aún quedan al borrico tres minutos de endiosamiento, buen Jesús, y manda… que le des más Celo que a Pablo, más Amor que a Juan, más Fe que a Pedro: El último deseo: Jesús, que nunca me falte la Santa Cruz”[6].

Escrivá sacó gran provecho de la práctica de la infancia espiritual. A comienzos de 1932 empezó a leer atentamente los libros que tuvieran este enfoque, especialmente la “Historia de un alma”, de Santa Teresa de Lisieux. Pero, al contrario que el sentido de la filiación divina, no consideró que la infancia espiritual fuera un camino necesario para todos los miembros del Opus Dei. Dirigirse a Dios como niños pequeños es un modo maravilloso de tratarlo, pero no es el único modo posible. A comienzos de 1932 Escrivá se dio cuenta de que los miembros de la Obra podían familiarizarse con el camino de infancia espiritual, pero que no todos tenían que seguirlo.

[1] Ibid. p. 415, nota 206

[2] Ibid. p. 405

[3] Ibid. p. 406

[4] Ibid. p. 407

[5] Josemaría Escrivá de Balaguer. SANTO ROSARIO. Ediciones Rialp. Madrid, 2001. Introducción

[6] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 413-414

Barbastro. Una caricia de la Virgen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

—De esta noche no pasa —dijo el doctor Camps.

Aquello fue un mazazo para los Escrivá, un joven matrimonio de Barbastro: su hijo pequeño, Josemaría, se les moría sin remedio. Aquella noche de 1904 le velaron hasta la madrugada, contemplando su rostro dormido y trémulo por la fiebre.

Había nacido dos años antes, el 9 de enero de 1902, y lo habían bautizado enseguida, como de costumbre. Y ahora, ¡tan pronto!, Dios se lo llevaba.

Pero no perdían la esperanza. Su madre, Dolores Albás, había prometido a la Virgen que, si se curaba, lo llevaría en brazos hasta la ermita de Torreciudad.

Y así pasaron la noche, rezando, llenos de fe, esperando el milagro.

El doctor Camps llegó a primera hora de la mañana. Pensó que, para ahorrarles la pena de que tuvieran que comunicárselo, lo mejor era preguntar directamente:

—¿A qué hora ha muerto el niño?

—¡El niño —le contestaron, emocionados— está perfectamente!

Sus padres cumplieron la promesa y le llevaron a Torreciudad. Mi madre me llevó en sus brazos a la Virgen. Iba sentada en la caballería, no a la inglesa, sino en silla, como entonces se hacía, y pasó miedo porque era un camino muy malo.

Fue la primera caricia de la Virgen con Josemaría Escrivá. Con razón le comentaba su madre, años después:

—Hijo: para algo muy grande te ha dejado en este mundo la Virgen, porque estabas más muerto que vivo.

Salvo ese momento crítico, los primeros años de Josemaría fueron serenos y apacibles. Dios Nuestro Señor fue preparando las cosas para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo. Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome en libertad muy grande desde chico, vigilándome al mismo tiempo con atención.

Agradeció siempre a Dios la educación humana y cristiana que le dieron sus padres: Mi madre, papá, mis hermanos y yo íbamos siempre juntos a oír Misa. Mi padre nos entregaba la limosna, que llevábamos gozosos, al hombre cojo, que estaba arrimado al palacio episcopal. Después me adelantaba a tomar agua bendita, para darla a los míos. La Santa Misa. Luego, todos los domingos, en la capilla del Santo Cristo de los Milagros rezábamos un Credo. Y, el día de la Asunción (…), era cosa obligada adorar (así decíamos) a la Virgen de la Catedral .

Su infancia fue parecida a la de tantos niños de aquel Barbastro de comienzos de siglo XX: risas y correteos por la Plaza del Mercado, tablas y más tablas de multiplicar en el Colegio de los Escolapios y unos viajes fantásticos en las noches de invierno hasta el centro de la Tierra, o la mismísima Luna, de la mano de Julio Verne. Fue un niño como tantos otros: bueno, generoso, obediente y con los inevitables caprichos y rabietas que sus padres corrigieron con paciencia. Porque los santos no nacen: se hacen.

Se hacen correspondiendo, en lo grande y en lo pequeño a la voluntad de Dios. Y Dios quiso que Josemaría conociera pronto el misterio del dolor: entre 1910 y 1913 —desde los ocho a los once años— fueron muriendo, por enfermedad, sus tres hermanas pequeñas.

Santuario de Torreciudad

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Historia de la advocación mariana aragonesa del siglo XI venerada actualmente en el Santuario de Torreciudad (Huesca)

Opus Dei -

“Me llamarán bienaventurada todas las generaciones” es el título de la exposición audiovisual sobre la devoción a la Virgen de Torreciudad en Ibercaja Patio de la Infanta. Consiste en un recorrido audiovisual a través de ocho espacios temáticos en los que se resume la historia de Torreciudad y su entorno durante los últimos nueve siglos, la construcción del nuevo santuario en 1975, y las tradiciones que se conservan en la actualidad.

Opus Dei - Carteles de  la exposición

Carteles de la exposición

La devoción a la Virgen constituye el núcleo alrededor del cual gira todo el contenido, y ha sido promovida por los Delegados del Patronato de Torreciudad en Zaragoza. Cuenta con el patrocinio de Turismo de Aragón y ha sido realizada por la Fundación Beta Films.

La muestra ya ha recorrido una decena de ciudades españolas (Jaca, Barbastro, Valencia, Madrid, Guadalajara, Bilbao, Málaga, Jaén, Tudela y Estella).

Opus Dei -

La exposición ofrece un innovador sistema digital de sonidos e imágenes sobre grandes paneles de fotografías con textos interpretativos. El recorrido se extiende por un espacio de 150 m2, e incluye 6 proyecciones audiovisuales y una maqueta de grandes dimensiones de la zona. Destaca una reproducción a escala 1:1 de la talla de la Virgen, que permite captar de cerca y con nitidez todos los detalles con que está enriquecida.

Amor al Sacerdocio

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Palabras en la vela de oración celebrada con motivo del Jubileo de los sacerdotes (Roma, 17-5-2000). Publicado en Por Cristo, con Él y en Él (Palabra 2007)

Queridos hermanos en el sacerdocio:

Nos preparamos para celebrar nuestro jubileo precisamente en el día en que nuestro amadísimo Papa Juan Pablo II cumplirá ochenta años y conmemoraremos su servicio a Dios y a las almas, especialmente desde que fue llamado a la sede de Pedro. Al alzar nuestro corazón a la Trinidad Santísima en acción de gracias, deseamos hacerlo con la renovación de nuestra fidelidad personal al don y misterio que hemos recibido: don de la vocación sacerdotal que ha enriquecido nuestra vida, misterio de predilección por parte de Jesús, que ha querido llamarnos amigos suyos (cfr. Jn 15, 15).

¿Qué nos dicen los santos sobre el sacerdocio? He sido invitado a recoger aquí algunas ideas de la predicación de un santo sacerdote de nuestro siglo, el Beato Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Me causa una alegría muy particular poder presentar este testimonio en el octavo aniversario de la beatificación de este sacerdote ejemplar, acaecida el 17 de mayo de 1992, porque —como afirma un documento pontificio— fue «luminoso ejemplo de celo para la formación sacerdotal» nota(’30′,’3.6′,’3′,’1′) 1.

Cuando en algunos sectores de la comunidad eclesial se planteaban interrogantes sobre la identidad del sacerdote, el Beato Josemaría no dudaba en escribir: «¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus, sino ipse Christus: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental (…). Por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser (…). En esto se fundamenta la incomparable dignidad del sacerdote. Una grandeza prestada, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor» nota(’30′,’3.6′,’3′,’2′) 2.

Es necesario —escribió también el Beato Josemaría— que los «sacerdotes tengan, en su alma, una disposición fundamental: gastarse por entero al servicio de sus hermanos, convencidos de que el ministerio al que han sido llamados (…) es un gran honor, pero sobre todo una grave carga» nota(’30′,’3.6′,’3′,’3′) 3. Esto es lo que el pueblo cristiano espera de los sacerdotes, como consecuencia inmediata de la identificación sacramental con Cristo. «Los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal: esperan que el sacerdote rece (…), que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios (…); que tenga consejo y caridad con los necesitados» nota(’30′,’3.6′,’3′,’4′) 4.

«La vocación sacerdotal lleva consigo la exigencia de la santidad», se lee en un apunte manuscrito del Beato Josemaría. «Esta santidad no es una santidad cualquiera, una santidad común, ni aun tan sólo eximia. Es una santidad heroica». En consecuencia, el gran enemigo para el cumplimiento de nuestra misión en la Iglesia no es la carencia de medios, ni la hostilidad del ambiente, ni aun las fragilidades personales —propias de toda criatura humana—, el enemigo sería quitar de nuestra vida la orientación sincera y decidida al ejercicio de la caridad perfecta.

Por eso, la primera ocupación del sacerdote ha de ser cultivar su trato diario con Dios, que se alimenta y desarrolla en el ejercicio del ministerio, apoyándose en la unidad de vida que hace que el presbítero sea —con expresión del Beato Josemaría— «sacerdote cien por cien». La seguridad de la identificación sacramental del ministro sagrado con Cristo llevaba al Beato Josemaría a afirmar también: «El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina, que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: per ipsum, et cum ipso, et in ipso… Por Él, con Él, en Él, para Él y para las almas vivo yo. De su amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizás por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva» nota(’30′,’3.6′,’3′,’5′) 5.

En una alocución, el Papa Juan Pablo II afirmaba: «Un sacerdote vale cuanto vale su vida eucarística, especialmente su Misa. Misa sin amor, sacerdote estéril; Misa fervorosa, sacerdote conquistador de almas» nota(’30′,’3.6′,’3′,’6′) 6. Ésta es la raíz de la fecundidad apostólica de la vida del sacerdote. En una ocasión, el Beato Josemaría nos confiaba: «Subo al altar con ansia, y más que poner las manos sobre el ara, lo abrazo con cariño y lo beso como un enamorado, que eso soy: ¡enamorado!» nota(’30′,’3.6′,’3′,’7′) 7.

Ese amor lleva al sacerdote a cultivar santas pasiones en su alma, precisamente en el ejercicio del ministerio. El Fundador del Opus Dei señalaba «dos pasiones dominantes, aparte de amar mucho la Sagrada Eucaristía y por lo tanto la Misa, de hacer una Misa que dure todo el día, de no tener prisa. Esas dos pasiones dominantes son: atender a las almas en el confesonario y predicar abundantemente la Palabra de Dios» nota(’30′,’3.6′,’3′,’8′) 8.

La predicación era para el Beato Josemaría transmisión de la Palabra de Dios contemplada y hecha vida propia: el sacerdote, cuando predica, debe hacer «su oración personal, cuajando en ruido de palabras (…) la oración de todos, ayudando a los demás a hablar con Dios (…), dando luz, moviendo los afectos, facilitando el diálogo divino» nota(’30′,’3.6′,’3′,’9′) 9. En cuanto a la administración del sacramento de la Penitencia, me limito a recordar estas palabras suyas: «sentaos en el confesonario todos los días (…), esperando allí a las almas como el pescador a los peces. Al principio quizá no venga nadie (…). Al cabo de dos meses no os dejarán vivir (…) porque vuestras manos ungidas estarán, como las de Cristo —confundidas con ellas, porque sois Cristo— diciendo: yo te absuelvo» nota(’30′,’3.6′,’3′,’10′) 10.

Tendría que hablar de muchos otros aspectos de la enseñanza del Beato Josemaría sobre los sacerdotes —desde la fraternidad sacerdotal a la unión con el propio Obispo, de la labor de catequesis al espíritu de reparación, etc.—, pero ahora es imposible. Sólo quiero referirme brevísimamente a dos puntos que me parecen fundamentales en la actualidad. Primero, la vida de oración. «La oración crea al sacerdote y el sacerdote se crea a través de la oración», ha escrito el Papa nota(’30′,’3.6′,’3′,’11′) 11. El Beato Josemaría aseguraba: «El tema de mi oración es el tema de mi vida». Su vida sacerdotal se hallaba plenamente inmersa en la Iglesia; las necesidades de las almas eran alimento cotidiano de su oración.

Por otra parte, como repetidamente insistía este santo sacerdote: «Conviene que al sacerdote se le reconozca: el pueblo cristiano necesita de signos visibles» nota(’30′,’3.6′,’3′,’12′) 12, escribía en 1956. Y explicaba: «Tenemos que mostrar que somos sacerdotes, de un modo que sea evidente para todos. Si no llevase una manifestación externa de mi sacerdocio, muchas personas que podrían acudir a mí en la calle, o en cualquier sitio, no vendrán porque no saben que soy ministro de Dios» nota(’30′,’3.6′,’3′,’13′) 13. El traje sacerdotal —concluía— «os ayudará a recordar y a hacer recordar a los demás, continuamente, que la ordenación sacerdotal, configurándoos de modo especial con Cristo Sacerdote, os ha constituido también de modo particular en alter Christus, en ipse Christus» nota(’30′,’3.6′,’3′,’14′) 14.

Si nos esforzamos por ser fieles a todas las consecuencias de nuestra vocación sacerdotal, hasta las más pequeñas, nuestra Madre la Virgen, Madre especialmente de los sacerdotes, nos hará gustar siempre, en cualquier circunstancia, el amor que nos ha sido otorgado con nuestro sacerdocio, y que nos identificará cada vez más íntimamente con Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.


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