Haz lo que quieras

Africa  Tagged , , , , , , No Comments »

D. Jesús Muñoz Chápuli falleció el pasado 24 de septiembre en Nigeria. Recogemos la transcripción del testimonio que hizo durante su última estancia en España

Opus Dei -

Un amigo suyo escribía en un blog: estuvo en Granada, -su ciudad natal, porque su tierra era ya Nigeria-, antes del verano, cuando pude estar con él por última vez y doy fe de que no paró quieto ni un momento, siempre buscando recursos y ayudas para su querida patria africana. En un par de semanas contabilicé más de cincuenta gestiones, con personas, instituciones públicas y privadas, empresas…, presentando proyectos, memorias, solicitudes…, hablando, rogando, convenciendo…, y aguantando más de un portazo en las narices. Hoy, precisamente, ha llegado la noticia de que una entidad financiera ha decidido aportar una cantidad sustanciosa de euros para un centro de capacitación de jóvenes en una zona de nueva desecación cerca de Lagos.

Procuramos -continúa el blog- esos días de junio pasado hacerle descansar, reponer su desvencijado ropero, alimentarlo –estaba en los huesos- y revisarlo bien por dentro; creíamos haberlo devuelto a Nigeria como nuevo; pero Dios sabe más: aunque nos duela su repentina muerte, aunque ahora nos falte su incansable trabajo a favor de ese inmenso y poblado país, la verdad es que había merecido de sobra un descanso de verdad, como sólo Él puede dar.

Granada, años cincuenta

Conocí el Opus Dei gracias a mi padre, que fue uno de los primeros supernumerarios del Opus Dei en Granada, junto con don Eduardo Ortiz de Landázuri. Pero mi contacto más directo fue por medio del Club Montañero de Estudiantes de Granada, que comenzaron dos universitarios del Colegio Mayor Albayzín.

Opus Dei -

Yo estudiaba entonces tercero de bachillerato en los Maristas, y era muy amigo de Manolo Ortíz de Landázuri. Y un día nos enteramos de que había un club que estaba comenzando, dirigido a chicos como nosotros, en el que organizaban excursiones de montaña.

La idea nos interesó y comenzamos a ir por el Club. A mí me gustaba mucho el tenis y el montañismo y aprendí a esquiar, se me daba muy bien. Me llamó la atención durante esas excursiones el ambiente de alegría que había en el land rover en el que subíamos a Sierra Nevada. Íbamos cantando por el camino en un ambiente de gran alegría.

Fui descubriendo el espíritu del Opus Dei –la santificación en medio del mundo-y muy pronto comprendí con claridad que Dios me llamaba a servirle en ese camino.

Cuando terminé el bachillerato me trasladé a Madrid, para estudiar Económicas. Luego me trasladé a Barcelona y regresé de nuevo a Madrid en cuarto curso. Durante aquel año cuando me propusieron ir a Roma. Acepté encantado.

En Roma, con San Josemaría

Opus Dei -

Y al acabar la carrera me fui a estudiar a Roma, donde conocí a San Josemaría y tuve la suerte de estar muchas veces con él. Vivía en el Colegio Romano, que entonces tenía su sede en Villa Tevere. Eran los años del Vaticano II y se acababa de elegir a Juan XXIII.

Recuerdo que durante aquellos años venían muchos Padres Conciliares y obispos a Villa Tevere para hablar con San Josemaría, que seguía con grandísimo interés y con un profundo amor a la Iglesia la marcha del Concilio.

Al cabo de dos años, cuando terminé mis estudios eclesiásticos en Roma, me trasladé a la Universidad de Navarra, para hacer la tesis en Derecho Canónico. Vivía en un centro de universitarios que estaba en la calle Paulino Caballero, del que yo era director. Poco después, en 1966, me ordené sacerdote en Segovia; y regresé al mismo centro, como sacerdote, para acabar la tesis.

Durante ese tiempo se estaba comenzando el trabajo apostólico en Nigeria. Estaban allí seis personas del Opus Dei: tres sacerdotes y tres laicos, y de vez en cuando nos llegaban noticias. Hasta que un buen día me preguntaron si estaba dispuesto a marcharme a aquel país.

-Donde haga falta –contesté.

Nigeria

Opus Dei -

Y comencé a informarme sobre Nigeria, al que ya consideraba mi nuevo país. Contacté con un grupo de africanos que estaban estudiando en la Universidad gracias a unas becas, y me empezaron a contar cosas de Nigeria. Uno me dijo que los nigerianos tenían un gran deseo –hambre, me dijo- de formación y que en el país había mucha religiosidad, pero se necesitaban muchos sacerdotes.

El consiliario del Opus Dei en Nigeria, don José Domingo Gabiola, me contó en una carta que ya tenían una casa alquilada, y que ya habían tenido un retiro con chicos jóvenes y otro con profesores de la Universidad. Y así, durante esos meses, seguí los comienzos de Nigeria, por las cartas que me enviaban.

Opus Dei -

Y en cuanto defendí la tesis me fui para allá, con un año de experiencia sacerdotal. Pero no pude conseguir el visado porque el país estaba en una situación difícil: había estallado la guerra de Biafra y habían expulsado a todos los sacerdotes extranjeros. Era una medida de castigo contra los misioneros que permanecían junto a los ibos que iban a segregarse.

Eso me hizo cambiar de planes, y tuve que quedarme en Kenia a la espera de conseguir el visado que me permitiera entrar en Nigeria. Y allí estuve un mes, dos meses, cuatro, cinco, seis meses esperando; y al cabo de… ¡casi un año! me concedieron el visado y pude entrar en Nigeria.

Nigeria es muy diferente de Kenia. Los kenianos son muy serenos, casi flemáticos, como los ingleses de la época de la colonia. En Nigeria me impresionó, nada más llegar, la vitalidad de las calles, abarrotadas de gentes. Me llamó la atención la alegría de vivir que bullía por todas partes, el altísimo número de niños, y el amor por el baile: me dio la sensación de que había aterrizado en medio de una muchedumbre colorida y danzante.

El color negro de la piel de los nigerianos me sorprendió, por su gama de tonalidades: en unos tendía al rojo, en otros era casi chocolate, en otros, aceitunado. Para andar por las calles tenía que hacerme paso. Nada más verme por la calle, los niños me rodearon y empezaron a cantarme la típica canción que se canta a los blancos. La tonadilla que sonaba algo así como:

Opus Dei -


¡Oibo, oibo, peck, peck!

Es una canción muy divertida que viene a significar: mírale, mírale: no tiene color en la cara: ¿Qué le habrá pasado? Tiene la piel roja, del color de la pimienta y tiene pelos en las manos…

¿Qué tengo qué hacer?

Cuando llegué a la casa que habían alquilado se me cayó el alma a los pies. Fue mi primer contacto con la pobreza de África. Todo era completamente elemental. La puerta de la calle daba directamente al comedor, de tal forma que se comía y se vivía casi en la calle. Tras la comida le dije a don José Domingo:

-Muy bien, ya estoy aquí: ¿Qué tengo qué hacer?

Esperaba que me diera algunos encargos pastorales, o que me indicara que debía atender a tales o cuales personas, pero se quedó mirándome con gesto divertido y me dijo:

-¿Qué tienes que hacer? ¡Lo que quieras!

Opus Dei -

Comprendí que tenía que hacerlo todo, porque todo estaba por hacer.

Nuestro primer objetivo era sobrevivir y mantenernos económicamente. Alberto Alós, uno de los laicos, daba clases de física electrónica en la Universidad. Y don José Domingo, el consiliario, además de sus tareas sacerdotales, daba clases de matemáticas. El otro sacerdote también daba clases.

Sí: estaba todo por hacer. Nos esperaba el país entero. Pensé en San Josemaría, que para llegar a todos había comenzado con los universitarios y me dirigí a la universidad -caminando, naturalmente, porque no disponía de otro medio- a eso de las cinco de la tarde, a la hora en que la calor remitía un poco.

Mi sotana blanca no pasó inadvertida en el campus, y empecé a conocer a varios estudiantes y a trabar amistad con ellos. Vi a unos que jugaban al fútbol y me acerqué. Entre ellos estaba Ondó, que era católico, y pronto nos hicimos amigos y me invitó a conocer la Residencia donde vivía. Y al poco tiempo me convertí en el capellán de aquella Residencia, porque los estudiantes comenzaron a pedirme consejo y a pedirme que los confesase. Entre otros medios de formación empezamos a tener una meditación semanal en el centro.

Con mis amigos sacerdotes

Opus Dei -

Dentro de esa línea de iniciativas, en el marco de “Haz lo que quieras”, fui conociendo a alumnas y alumnos de los Colleges del campus. Poco tiempo después organizamos unas clases semanales sobre la fe cristiana y me pidieron que les celebrase la Santa Misa el domingo. Los estudiantes católicos eran una minoría, pero colaboraban mucho y tenían ganas de formarse.

Y me acerqué al Seminario, donde fui haciendo amigos entre los profesores y los seminaristas. Me hice especialmente amigo de algunos sacerdotes jóvenes, como Job Alaba, que era de mi misma edad y tenía un gran sentido del humor. Félix –ese era su nombre cristiano- acababa de volver de Roma donde había estado formándose durante un tiempo, y en muchas ocasiones hablábamos de nuestros recuerdos de Italia.

Y así, de esta forma tan sencilla, fuimos comenzando el trabajo del Opus Dei en Nigeria, superando, como todos los que comienzan, muchas dificultades.

Por ejemplo, al principio nos engañaron con el precio del alquiler. Fue mi primera experiencia con el problema de la corrupción en Nigeria, un problema que aún pervive. Desgraciadamente hay algunas personas que siguen aprovechándose de las necesidades y de la indigencia de los demás, sea extranjero o no.

En aquellos momentos se había empezado a explotar el petróleo y se respiraba cierto ambiente de prosperidad, ya que algunos se habían enriquecido rápidamente. Las calles estaban abarrotadas de automóviles que formaban un caos de tráfico inimaginable. Sin embargo, muchos estudiantes seguían viviendo –o más bien sobreviviendo- con el plan 0-1-0.

Opus Dei -

El plan 0 -1- 0

El plan 0 -1- 0 -0 el 0 -0- 1- era el más común y sólo lo resistían los que gozaban de una constitución más fuerte. Consistía en hacer una sola comida al día, porque no tenían dinero para más. Algunos, más afortunados, hacían el 1-0-1.

No es que la comida fuese cara; al contrario, era llamativamente barata; lo que sucedía es que sus padres no les podían ayudar económicamente en nada, ni siquiera en eso, a pesar de que la matrícula era simbólica y el alojamiento en la Universidad les salía gratis. La mayoría tenían que hacer grandes equilibrios para estudiar y sobrevivir.

Esto es un reflejo de la situación de gran parte del país. En Nigeria hay una gran necesidad de desarrollo: la mayoría de la población sigue viviendo por debajo del umbral de la pobreza, y hay un amplio sector que no sabe leer ni escribir. Algunos se manejan con un inglés elemental, una especie de dialecto creado para entenderse. Y la mayoría vive con menos de un dólar al día… en el caso de que tengan trabajo y puedan ganar algo de dinero.

Y lo paradójico es que Nigeria es un país rico, que cuenta con una importante reserva de petróleo. Pero ese dinero va a parar a las multinacionales y a sectores gubernamentales, ya que un porcentaje de la venta del crudo se destina al gobierno. El presupuesto general del Estado se financia así, por ley.

Esto genera grandes desequilibrios sociales. Los poquísimos que viven en el entorno de las multinacionales llevan una vida de opulencia, con grandes casas y un alto nivel de vida. Algunos más –poquísimos- viven gracias al empleo que les puedan proporcionar esas multinacionales o el trabajo en los bancos. ¿Y el resto? ¿Qué hace el resto de la población, en un país sin industria y sin desarrollo? El resto intenta sobrevivir en situaciones humanamente terribles, de miseria y de hambre. Y en esa espiral de la pobreza, no es extraño que muchos acaben en la corrupción y en la delincuencia.

Eso nos movió a promover, coincidiendo con el centenario de San Josemaría, una escuela técnica, I.T.I., para ofrecer formación profesional a muchas de esas personas que no tienen nada.

La historia que voy a contar es una entre muchas. Uno de los que han estudiado en el I.T.I. era un muchacho que se ganaba la vida voceando periódicos por las calles. Un día vio el anuncio de la Escuela y fue, para ver de qué se trataba. Ahora, con los conocimientos que ha adquirido, trabaja como técnico en una universidad y ha conseguido que su familia no pase hambre.

Por esa razón necesitamos muchos donantes generosos que contribuyan con becas para ayudar a chicos como éste, de forma que consigan romper la espiral de la pobreza que les atenaza y logren encontrar un trabajo digno. No basta con darles ayudas puntuales; hay que enseñarles a llevar una vida digna, dándoles los medios para que puedan valerse por sí mismos, de forma que puedan crear pequeños negocios y puedan mantener dignamente a su familia.

Esta escuela es una siembra de virtudes humanas y cristianas, como la honradez y la justicia social. Como es bien sabido, Nigeria sufre un alto grado de corrupción. Durante años ha encabezado, desgraciadamente, la lista de los países corruptos del mundo. Se han promulgado algunas leyes para evitarlo, pero resultan insuficientes.

Algunos miembros del Opus Dei han impulsado una escuela de dirección en Nigeria, para la formación de empresarios, que se propone difundir los valores de la honestidad, la responsabilidad y la justicia en este ámbito profesional. Es muy importante que el país cuente con personalidades que sean un punto de referencia, yo conocí a algunas de ellas en su juventud: personas que tras muchos años de trabajo y esfuerzo, ocupan cargos de responsabilidad en el país.

Lo mismo me sucede en otros ámbitos bien diferentes del empresarial. A mi amigo Job, tres años después de conocernos, todavía muy joven, le nombraron obispo de Ibadan. Recuerdo que quiso que yo le diera el retiro previo a su ordenación. Ahora es Arzobispo de Ibadán y le acaban de nombrar Presidente de la Conferencia Episcopal.

Dentro de la Obra

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Antes de continuar, quiero referirles una de las etapas de mi viaje por dentro de la Obra. Lo que a continuación cuento no pretende tan sólo mostrar que he trabajado duramente (aunque tampoco estaría de más, puesto que lo que presento es un informe que debe estar lo mejor documentado posible); quiero además anticipar algo que me parece de especial relevancia.

Veamos: naturalmente, he leído todo lo que se ha publicado sobre el Opus Dei en las lenguas que entiendo, comenzando por las que se usan en los documentos oficiales: algunas veces en latín, normalmente en castellano.

Reflexioné, en primer lugar, sobre ese libro que es al mismo tiempo carburante y motor de la Institución: Camino, que fue editado en su forma definitiva en 1939 (aunque la primera versión es de cinco años antes) y que merecería estar en el Guinness del mundo editorial, por sus millones de ejemplares y las decenas de lenguas en las que se ha editado, desde el quéchua del Perú, hasta el tagalog de las Filipinas. Son 999 breves consideraciones (número múltiplo de tres, en honor a la Trinidad) que tratan de tú al lector y le guían por la espiritualidad católica más clásica. En 1986, once años después de la muerte del Beato, se editaron otras mil consideraciones, recogidas bajo el título de Surco. Al año siguiente salieron otros 1.055 puntos, bajo el nombre de Forja. También se deben a Escrivá otros libros (por ejemplo, uno sobre el rosario: un millón de ejemplares vendidos), pero es en estos tres donde se encuentra el cogollo de su pensamiento y, por tanto, del Opus Dei.

Me ocupé no sólo de los escritos publicados (tanto a favor como en contra) sino también de otros informes, incluso de los difundidos a multicopista y de los mecanografiados. Les doy mi palabra de que ninguna de mis peticiones de información ha sido rechazada. Han puesto a mi disposición sus míticos archivos y todo lo que les he pedido.

Concertaron citas con las personas con quienes yo deseaba conversar. Desde un guardia de tráfico de Nápoles, miembro de la Obra, al casi inaccesible Prelado. Precisamente, con él estuve durante casi dos horas (privilegio nada frecuente, me aseguró mi acompañante «interno»), y pude preguntarle todo cuanto quise, en su despacho de Roma.

Me hospedé por un periodo no breve en la Residencia universitaria internacional, situada en el barrio romano del EUR. Es una «obra corporativa» (término que explicaré) donde compartí con los miembros que la dirigen y que desarrollan su función de tutores de los estudiantes (tarea que se añade a su trabajo profesional, que realizan «fuera»), además del reposo nocturno en la sencilla pero funcional suite que se me asignó, las comidas y las tertulias. Este último es un término castellano que, en el lenguaje «interno», indica la breve reunión que, en todos los centros, sigue al almuerzo y a la cena: un rato sentados en los sillones y sillas de la sala de estar, para intercambiar comentarios e impresiones, en una conversacion amistosa.

Las tertulias tenían lugar en compañía de los residentes, si los hay (como era mi caso), en ese clima de «normalidad», de «vida de familia», de «casa como las demás» que defienden como una característica esencial. El Opus Dei nació en la casa del entonces jovencísimo don Josemaría: un hogar burgués del Madrid de los años veinte y treinta, cuidado por la madre y la hermana del futuro beato. De aquí procede también esa búsqueda de «decoro», propio de una casa de familia normal, y que distingue los ambientes donde se recibe a los huéspedes y se convive. La pobreza (y les aseguro que he podido comprobarlo de visu) se vive, sí, pero «en la trastienda», en las habitaciones de los miembros de la Obra o en los lugares que normalmente sólo usan ellos (aunque no existe «clausura» de ningún tipo, inconcebible para el espíritu laico de la Institución). «La penitencia debemos practicarla nosotros, no imponerla a los demás», decía Escrivá, y recomendaba un «ascetismo sonriente», tanto más meritorio cuanto menos proclamado.

Visité también en Roma un Centro de mujeres (otra residencia universitaria). Tuve allí la posibilidad de formular todas las preguntas que quise, tanto a las empleadas que no pertenecen al Opus Dei como a las jóvenes residentes, que en su mayoría tampoco pertenecen a la Obra. Allí, como en los demás lugares donde hay mujeres de la Prelatura, mi ojo entrenado de cronista no pasó por alto un detalle: señoras (supernumerarias) y señoritas (numerarias y agregadas) vestidas con gusto, con un estilo muy lejano al de «monja disfrazada»; mujeres que no se distinguen -en cuanto al lookde otras de condición social semejante.

Pero cuando se sentaban (con elegancia, ca va sans dire…), cuando la falda dejaba descubiertas las rodillas, se notaba la marca que deja el rezar mucho arrodillado. Y -como signo de un «estilo» espiritual- al darse cuenta de haber sido descubierta, se cubría en seguida con cierto sonrojo, por temor a la ostentación devota.

A lo largo de mis «inspecciones», no dejé de lado a «Torrescalla», imponente y moderna residencia milanesa al servicio de los estudiantes del vecino Politécnico.

Pasé también un día entero en esa gran «obra corporativa» que es el Centro ELIS, situado desde 1965 en el popular barrio del Tiburtino. Es uno de los más grandes, eficientes y prestigiosos centros de formación profesional de Roma, e incluso de Italia, con residencia para jóvenes obreros y artesanos, centros deportivos (pasan por él cincuenta mil chicos cada año, la mayoría «externos») y biblioteca.

Junto a este Centro, las mujeres de la Prelatura dirigen una Escuela de hostelería profesional. Tanta es la fama de la Escuela que las chicas, al salir, encuentran trabajo inmediatamente al menos en el 90% de los casos. Las restantes, lo encuentran poco tiempo después.

El estilo de esa Escuela se refleja en detalles como los siguientes. Entre las materias que allí se imparten está la preparación de dulces -agradables a la vista y sabrosos al paladar- a partir de ingredientes baratos. Se aprende también el arte de transformar una casa modesta en un apartamento acogedor usando con sabiduría la tapicería, cortinas, luces, disponiendo todo con buen gusto y con otros pequeños detalles, todos rigurosamente baratos, do-it yourself. He aquí de nuevo el «hacer las cosas bien», el «causar buena impresión» con poco, ahorrando en todo menos en trabajo e ingenio.

El ELIS fue construido en terrenos y con fondos puestos a disposición por Juan XXIII, que utilizó el dinero recogido en todo el mundo con motivo del ochenta cumpleaños de Pío XII. Fue inaugurado por Pablo VI y visitado con admiración por Juan Pablo II (en el Opus Dei están muy orgullosos de estos «patrocinios» pontificios, que confirman la benevolencia de Papas tan distintos). Esta Escuela ha formado profesionalmente a millares de chicas y chicos, y ha desarrollado y desarrolla, en la economía romana, algo parecido a lo que representó la Valdocco de don Bosco, con sus escuelas para obreros y artesanos, en la Turín del siglo diecinueve.

Completa el conjunto una iglesia que funciona como parroquia del barrio, confiada al clero de la Prelatura.

Asistí en esa iglesia a una misa dominical: buenas obras de arte contemporáneo (hoy en día, no es preciso buscar mucho para encontrar objetos de arte sacro que no ayudan a rezar, sino a pedir a Dios que perdone al supuesto artista); gran cantidad de flores; liturgia impecable, fiel a las disposiciones oficiales y no entregada a la «creatividad» ni al estado de ánimo del sacerdote del lugar; un coro de jóvenes del barrio perfectamente dirigidos y asistidos por un organista profesional; un grupo de sacerdotes concelebrantes de varias nacionalidades y etnias…

Un lugar y al menos una hora a la semana de belleza y de dignidad «reales» para la gente de uno de los barrios más desolados de la ya de por sí inhumana periferia romana. La asistencia a aquella misa me confirmó que hasta una ceremonia puede ser también una «actividad social», y no de poca monta: dar a quien lo desee la oportunidad de participar en algo muy diferente -incluso por su armonía externa- de la fealdad cotidiana.

En mi viaje de inspección, también conversé en Roma con profesores y estudiantes del Ateneo romano de la Santa Cruz. Este centro, creado inicialmente como «cabeza de puente» en Roma de la Universidad de Navarra, se dirige a grandes pasos a convertirse en una universidad pontificia, como el Laterano o la célebre Gregoriana de los jesuitas. En sus facultades de Filosofía, Teología y Derecho canónico, estudian miembros del Opus Dei y también seminaristas y sacerdotes enviados por obispos de todo el mundo, que buscan solidez doctrinal. Un taller teológico donde se ponen a punto los motores de esos panzer a los que se refería don Giussani; y donde se enseña el modo de conducirlos -de acuerdo con el estilo de la Obra- suave pero con decisión: con una decisión que consiste en seguir adelante por el camino propio, evitando cuidadosamente polémicas y contraposiciones con «áreas» católicas orientadas de otro modo.

La Facultad de Teología de este ateneo, de importancia «estratégica» para toda la Iglesia, se ha querido, tenazmente, levantar aquí, en la misma ciudad del Papa. Su programa dice lo siguiente: «Nos proponemos profundizar y exponer sintéticamente, con método científico, la doctrina católica (…). Se pretende formar expertos en la ciencia de la fe …».

Recordarán quizá las ironías de Benedetto Croce sobre la teología: «estas palabras que se ocupan de cosas que no se sabe si existen…». En el Opus Dei no se pone en duda si esas cosas «existen». Y quizá, si se les preguntara, responderían con ironía, recordando que muchas de las «certezas» de filósofos y sabios, que creyeron haber descubierto la «verdadera verdad», acabaron en el cajón de las curiosidades para eruditos. Lo cierto es que aquí están totalmente convencidos de que «la teología es una ciencia que puede y debe ser enseñada científicamente…».

La nueva sede del Ateneo, en el antiguo e ilustre edificio de San Apolinar, se halla en plenas obras de adaptación, pues el Opus Dei va ocupando, incluso físicamente, los espacios que quedan libres por el «cierre» de otras realidades católicas. Para que se hagan idea de cómo se funciona por allí, en la entrada del edificio un aviso indica que para asistir a las clases los sacerdotes diocesanos deben vestir la sotana o el clergyman, y los religiosos el hábito de su orden.

Es un aviso sólo para «los demás», ya que nunca se han visto sacerdotes del Opus Dei en vaqueros, camiseta, etc., y ni siquiera con camisa y corbata, como visten tantos otros sacerdotes, convencidos de que la gente desea verlos «como ellos» en todo, comenzando por el modo de vestir (y vaya usted a saber si es cierto que la mítica «gente» los quiera así, y no preferirá, en cambio, que el sacerdote, el consagrado, continúe esforzándose por ser reconocible a primera vista como «distinto», en el sentido de que ha de dar testimonio de una realidad «distinta», más respirable y más prometedora que la cotidiana).

Sea como fuera, el clergyman o la sotana son indispensables para los sacerdotes de la Prelatura. Como lo son para todos los demás, como indican las leyes de la Iglesia. Así lo dice el nuevo Código de Derecho canónico de 1983 (nada sospechoso porque es la expresión más cabal del aggiornamento conciliar, hasta el punto de haber suscitado discrepancias y sospechas entre los tradicionalistas): «Los miembrosdel clero vistan decentem habitum ecclesiasticum, según las normas emanadas por las Conferencias episcopales…»). Así deben vestir si desean aprovechar este ateneo que, según me confirman los estudiantes, da mucho (no sólo estudios sólidos, sino también ayuda concreta para instalarse en Roma y asistencia «tutorial» en horas no lectivas), y también exige lo mejor, al menos en el plano del esfuerzo.

Una seriedad que, una vez más, acaba por dar fruto: las cifras certifican el crecimiento habitual que presentan las cosas del Opus Dei. En 1984, cuando el ateneo abrió sus puertas (discretamente, como «centro académico», simple sección romana de la Universidad de Navarra), los estudiantes no llegaban a cuarenta. Diez años después, en 1994, los inscritos son ya casi 600, de cincuenta y cinco nacionalidades, dividos en partes iguales entre estudiantes europeos y de otros continentes.

Créanme: este ateneo parece destinado a ser una pieza clave en la formación de la clase dirigiente de la Iglesia del Tercer Milenio, aunque esto es algo que los de la Obra no reconocerán nunca, escudándose en eso que llaman «humildad colectiva». Por otra parte, es evidente que no escribo para ellos; todas estas cosas las conocen perfectamente, aunque no las digan, y se esfuerzan tenazmente por llevarlas a la práctica. En el Ateneo Romano de la Santa Cruz se emplean los métodos pedagógicos más avanzados y un instrumental de vanguardia, pero lo que se enseña está en la línea de la fidelidad más absoluta al Magisterio. También en estos tiempos que llaman «posmodernos» la Tradición, con mayúscula, parece revelarse como el camino más directo hacia el futuro. Como ya se dijo, el futuro podría ser lo que los obnubilados por lo «nuevo» pensaban que representaba el pasado.

Es el mismo cocktail vigoroso (tradición en los contenidos, modernidad audaz y pragmática en las formas) que, en dimensiones más grandes y complejas de lo que por ahora tienen en Roma, he encontrado en otra etapa, la que me ha llevado a la antigua capital del reino de Navarra. Me refiero a Pamplona, que para tantas personas no está ligada al recuerdo de la herida que en 1521, defendiendo la ciudad frente a los franceses, sufrió el aún «mundano» hidalgo Ignacio de Loyola; ni tampoco al breve obispado del poco edificante César Borgia llamado el Valentino, hijo del Papa Alejandro VI, el brillante y cruel aventurero que encendió las ilusiones de Maquiavelo. Pamplona está ligada en la mente de muchos no a la historia religiosa, sino a las páginas sobre toros de Hemingway, a las imágenes ruidosas del encierro, con los toros libres por las calles de la ciudad, persiguiendo a miles de jóvenes que buscan la emoción del desafío a la muerte.

Folclore hispánico, mucho más rico de valores, de significados humanos y simbólicos, y de resonancias religiosas, de lo que alcanza a sospechar el superficial iluminismo de los escandalizados animalistas; mucho más de lo que puedan entender, dentro de la misma Iglesia, algunos frailes liberales, que rebajan la grandeza de Francisco de Asís al convertirlo en precursor en escayola nade los «verdes» y los «bestialistas» contemporáneos.

En cualquier caso, ese folclore hispano no parece tener sitio en el vasto campus de la Universidad de Navarra, con treinta mil árboles, cuatrocientos mil cuidadísimos metros cuadrados de arbustos, flores y césped. El ambientalismo (rechazado cuando se transforma en ideología, en un «ismo» como tantos otros) se practica en los hechos, no en los manifiestos. En este vasto campus surgen los modernos eficicios de las facultades y de los Colegios Mayores, dominados por el edificio de Rectorado, también moderno, pero que con torres, escudos, tímpanos, escalinatas, evoca los ecos gloriosos de una España católica e imperial. De una España consciente de sus deberes por el papel providencial que le corresponde en el mundo, y también en la Iglesia. No es casualidad que hoy día, la mayoría de los católicos hable ese castellano que, según Carlos V (¿o Felipe II?, aún se discute), es un idioma familiar en el mismo Cielo…

Iniciada en 1952, querida con insistencia por el beato Escrivá que, hasta su muerte en 1975, fue su Gran Canciller, esta universidad tiene sobre todo el mérito histórico de haber roto el secular monopolio estatal impuesto por el laicismo español en la enseñanza superior, con tal centralismo jacobino que sólo era posible doctorarse en la universidad controlada a la vista del gobierno, en la de Madrid.

Hoy, en Pamplona, se estudia Derecho, Medicina, Enfermería, Filosofía y Letras, Farmacia, Química, Biología, Derecho canónico, Ciencias de la información, Arquitectura, Filología, Económicas y Empresariales. Y se estudian de tal modo, con tal organización y asistencia de los alumnos, que una reciente investigación de la Comunidad europea clasificaba al campus de la Universidad de Navarra, niña de los ojos del Opus Dei, entre los mejores en absoluto, si no el mejor, del continente. Funciona aquí también el consejo de Escrivá: «Todo lo que hagas hazlo bien. A Dios no se le pueden ofrecer chapuzas».

La universidad ha cambiado la vida de esta ciudad de menos de 200.000 habitantes: casi medio millón de personas va y viene cada año por motivos ligados de algún modo a la universidad. Después de desembarcar en el pequeño pero moderno aeropuerto de Pamplona, el cronista que esto escribe fue tomado a cargo del profesional gabinete de relaciones públicas, al que trabajo no le falta, dada la frecuencia de visitantes y de delegaciones internacionales.

Las impresoras del ordenador sacaron para el periodista todos los números, los gráficos, los diagramas que deseaba, anticipándose con frecuencia a sus peticiones. Espiguemos de aquí y de allá algunas cifras. En las distintas facultades estudian unos 15.000 universitarios (el 10% proviene de otros países). Es un número programado, porque se considera lo suficientemente elevado para ofrecer los servicios adecuados, y al mismo tiempo suficientemente reducido para evitar la masificación y favorecer esa relación personal que está entre los objetivos que el Opus Dei, desde los comienzos, pretende conseguir en cualquier actividad, y no sólo en esta universidad «suya».

Así, en los colegios universitarios, o en los centros de formación profesional, o en las actividades de apostolado, las personas se subdividen siempre en grupos poco más numerosos que la decena de miembros, huyendo (también cuando el trend cultural iba en dirección contraria) de los mitos de la «asamblea», del «colectivo», de la «masa». Cada uno es atendido personalmente, en su formación religiosa, moral, cultural, profesional: el rechazo cristiano del «comunismo» y la elección del «personalismo», la repulsa del anonimato y la preocupación por el individuo (visto como una pieza «única» en los designios de Dios), forman parte de los trazos fuertes del planteamiento de una Obra que curiosamente nació en el siglo de las utopías colectivistas.

Creo que, como André Frossard, el célebre converso francés, también Escrivá estaba totalmente convencido de que «el Dios cristiano sabe contar sólo hasta uno». Y que Dios no se ocupa de la humanidad, sino de hombres concretos, cada uno con su nombre y sus apellidos; que no conoce «clases», «partidos», «razas», sino sólo individuos, iguales en derechos y deberes y al mismo tiempo irrepetibles, inimitables, inconfundibles.

Continuemos con las cifras de este lugar de «formación» más que de simple «estudio», y que por este motivo se declara «centrado en la persona». Los 1.900 profesores (uno por cada diez estudiantes, además de un gran número de jóvenes que se dedican al tutoring); casi 4.000 empleados; 18.000 solicitudes de admisión para las 2.000 plazas convocadas cada año; 43.000 licenciados en sus 40 años de actividad.

Además, desde 1958 funciona en Barcelona -capital económica de España- el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE), que se ha convertido en uno de los centros más prestigiosos de Occidente para la formación postuniversitaria de dirigentes empresariales, y que organiza masters con prestigio internacional. En 1993, contaba con 117 docentes de quince nacionalidades y sólo 420 alumnos recién licenciados, seleccionadísimos, procedentes de 34 países, que participaban en los cursos de 21 meses de formación intensiva para cargos directivos. Nos encontramos también aquí, sin complejo alguno, en el mismo corazón de la modernidad más avanzada, en un management que sabe convivir con misa y rosario. La presentación del instituto a los alumnos potenciales muestra en seguida ese espíritu específico: «La dirección de empresa es una tarea confiada a personas y orientada a otras personas. La enseñanza en el IESE subraya siempre los aspectos humanos, éticos, de conciencia, en cualquier decisión empresarial. La máxima profesionalidad debe convivir con el constante espíritu de servicio hacia las personas».

Quizá el periodista italiano sospeche que todo esto se ofrece a una elite, y confirme la fama de exclusivismo de la Obra, preguntan mis acompañantes. Pulsan entonces unas teclas y aparecen en la pantalla del ordenador algunos diagramas. Según las estadísticas relativas al año 1992-93, los estudiantes proceden en su mayoría (44%) de familias de baja renta, otra buena parte (40%) de familias de renta media y sólo el restante 16% procede de familias de renta alta. Otro gráfico revela que, en un año-tipo, gozan de beca parcial o total de matrícula un tercio de los alumnos, y la universidad destina 350 millones de pesetas a becas, exención de tasas y otros tipos de ayudas, incluido el hospedaje en los Colegios mayores, para que nadie deba «buscarse la vida» si viene de lejos ni -peor aún- renunciar a los estudios porque no sabe o no consigue establecerse por su cuenta.

Pregunto entonces: ano será que se pretende dar una imagen filantrópica gracias al dinero público, en una universidad reconocida por el Estado, que concede títulos con plena validez, y al mismo tiempo es privada? En un instante tengo en pantalla los datos correspondientes: la contribución del Estado español alcanza un 0,2%. No, no es un error: es el cero coma dos por ciento. La Universidad de Navarra (la única hasta hace pocos años en esta zona periférica de la península, al servicio de todo el país pero sobre todo de las poblaciones de la zona donde ha querido establecerse) se financia en el 85% con las tasas de inscripción, el 11% con las ayudas recogidas por la Asociación de amigos de la Universidad (en la que entran espontáneamente antiguos alumnos cuando se licencian, con el deseo de que otros jóvenes experimenten lo que a ellos se les ha dado y, como resulta claro, no les ha disgustado), y el 2% con subvenciones de entes locales, públicos y privados.

Sólo la mitad de los profesores pertenece al Opus Dei (menos numerosos en «su» universidad de Pamplona, que los miembros de la Obra que ocupan cátedras en las universidades estatales españolas), y la formación moral y religiosa no es más que una propuesta a los estudiantes, sin obligatoriedad alguna.

Es un clima que funciona, como lo demuestra el dato que me facilita el rector: en cuarenta años de actividad, desde 1952 a 1992 -incluidos los años en torno al 68-, la Universidad de Navarra ha parado por agitaciones estudiantiles durante doce días en total, poco más de un día cada cuatro años. Para esto, no ha necesitado recurrir a medida represiva alguna (aparte de la disciplina tradicional, la vigente en cualquier escuela de cualquier tipo y grado antes del cupio dissolvi contestatario, que no se abandonó aquí). La media de las universidades estatales españolas supera cinco veces esa cifra cada año.

Para completar el cuadro: un profesor me explicó, con sencillez desarmante, lo que a su juicio constituía el secreto de la estabilidad y la seriedad reinantes en Pamplona durante los años en los que todos las universidades del mundo -católicas incluidas- fueron devastadas por la locura del 68. «Sabe -me decía-, nos hemos confiado más que nunca al Espíritu Santo, para que inspirase a estos pobres jóvenes que corrían el riesgo de caer, como sus compañeros, en las manos de los malos maestros de la época…».

Una «explicación» que describe bien el extraordinario (empleo esta palabra en sentido literal, para que cada uno juzgue como quiera) habitat del Opus Dei: preparación profesional de vanguardia y devoción tradicional, ordenadores y novenas al Paráclito…

En el plano afectivo (además del de la eficacia organizativa, unida siempre, como enseñó el beato Escrivá, al «ambiente de familia»), me ha parecido, sin embargo, que el corazón del campus de Pamplona estaba en los edificios de la Clínica universitaria. Almorzando en la cafetería para médicos, enfermeros e invitados, he tenido como vecinos de mesa -por casualidad, pero no deja de ser significativonada menos que al Rey y a la Reina de todas las Españas. En efecto, el padre del Rey Juan Carlos, gravemente enfermo, decidió ingresar no en una sofisticada clínica privada ni en un hospital público, sino en esta clínica que, aunque dé cobijo al Rey, sigue estando abierta a cualquiera. Con el único límite, se entiende, de las posibilidades de espacio: como es fácil imaginar, las peticiones son muy superiores a la capacidad.

A un italiano no puede dejar de venirle a la cabeza una coincidencia: 120 años después de la brecha en Porta Pía (1), que iba a traer a Roma la «nueva civilización», expulsando las pesadillas del «milenario oscurantismo y malgobierno de los curas», resulta que los ciudadanos de la Ciudad Eterna están dispuestos a conseguir como sea una recomendación -incluso con subterfugios- con tal de ser ingresado o ingresar a sus parientes no en los hospitales públicos (¡Dios nos guarde!), sino en el gran policlínico «Agostino Gemelli», reconocido oasis de eficiencia, humanidad, modernidad en las vueltas y revueltas dantescas de la sanidad italiana, tal como la han dejado políticos «progresistas», partidos «democráticos», sindicalistas «defensores de los trabajadores» e intelectuales «ilustrados».

Después, estos mismos políticos, sindicalistas e intelectuales evitan con sumo cuidado acudir al sistema angustioso que ha salido de sus esquemas demagógicos: dejan esa sanidad, generosamente, toda para el «pueblo», por el cual, está claro, combaten. En cuanto a ellos, en caso de necesidad, no se avergüenzan de acudir a monseñores y a monjas con tal de obtener un puesto en una clínica de religiosos que se libró de la reforma, o al mencionado Gemelli. El cual, mire usted por dónde, es la clínica de la facultad de medicina de la Universidad Católica italiana.

Lo mismo sucede en Pamplona, me confirmaba sonriendo el director general de la clínica, un «numerario», con el que cometí una metedura de pata que confirmaba lo poco que había comprendido aún del espíritu del Opus Dei.

Es un hombre de buena presencia, delgado y deportivo, bien vestido, con un despacho elegante e informatizado, con una vista preciosa sobre las zonas verdes del campus. Comencé mi entrevista con un «Como es obvio, usted es médico…». «Como es obvio, no soy médico sino economista», me replicó amable pero inmediatamente, compadeciéndose de mi ingenuidad.

Un manager, en suma, para una empresa-hospital con 1.300 empleados: trescientos médicos que trabajan sólo en la clínica, renunciando a las consultas privadas; 12.000 enfermos al año en las 500 habitaciones, buena parte de ellas individuales, con la posibilidad de acoger a un pariente también durante la noche, y las demás dobles; 90.000 consultas externas cada doce meses; una escuela para medio millar de enfermeras; un centenar de trasplantes de corazón; más de quinientos renales; una experiencia consolidada también en los de hígado (los más difíciles, me comentan)…

Ninguna subvención del Estado, ni siquiera el 0,2% de otras facultades. Y, sin embargo, un balance siempre en activo gracias al pago de las prestaciones -como sucede en los hospitales estatales y regionales- a cargo de mutuas y aseguradoras. Los beneficios se invierten íntegramente en investigación y modernización de las instalaciones.

También recibe -una constante de las «obras corporativas» del Opus Dei, como he podido comprobar- la colaboración económica por parte de los miembros de la Obra y de otros muchos amigos, algunos no católicos o ni siquiera cristianos, convencidos del valor social de una actividad semejante. En cualquier caso, se aplica aquí -como en las demás iniciativas de los hombres y las mujeres de la institución- el dicho español que reza: «que cada palo aguante su vela». Cualquier actividad debe encontrar por sí misma los medios para financiarse, siguiendo los principios de la profesionalidad y no del asistencialismo. Aunque no se rechazan, lógicamente, las aportaciones de caridad.

No me callo lo que un paciente tiene a disposición en esta clínica. Saltaré -porque es obvio- que lo que aquí encuentra no lo encontraría en una estructura hospitalaria pública, no sólo en España o Italia, sino probablemente en todo el mundo.

La cosa es bien sencilla. Todas o casi todas las proclamas, las promesas propias de cualquier político o pensador engagé en un mitin o en una mesa redonda sobre la sanidad ideal (humanización, atención a la persona; profesionalidad; cuidado de las cosas grandes y de las pequeñas; respeto a un ética «universal» antes que a la «católica»; los trabajadores -desde los jefes de departamento a los encargados de limpieza-, vistos como «colaboradores» más que como «dependientes», conscientes de que el cumplimiento de sus deberes es condición indispensable para la tutela de sus derechos; organización sin pesadez burocrática; apertura al exterior, a las familias y a los amigos, para evitar el aislamiento y la formación de ghettos de enfermos; concepto intregral de asistencia médica, que no se fija sólo en la máquina-cuerpo que debe repararse, sino en que hay que ayudar a un individuo a que se cure en toda su personalidad…), es decir, todo aquello que en otros lugares se queda casi siempre en flatus vocis, deseo ineficaz, promesa electoral, en la clínica de Pamplona al menos se intenta poner en práctica. No digo que lo consigan. Pero al menos afirman que, todos ellos, lo intentan cada día, según otro frecuente consejo del beato: «comenzary recomenzar>.

Las palabras son palabras; los hechos, hechos. Y entre estos últimos, algunos son más reveladores que otros. Por consiguiente, permítanme que lo diga tal como lo siento: antes o después, cada uno tendrá que enfrentarse con la fragilidad del cuerpo, como es natural. Pues cuando llegue ese momento, también aquellos que miran con sospecha y hostilidad al «mundo católico» (y quizá especialmente a realidades «integristas» como el Opus Dei) desearán para sí mismos y para sus personas queridas acabar en una estructura «como la de Pamplona», en vez de esas otras donde rige la cultura de los derechos y las reivindicaciones que, en la práctica, no reconocen deber alguno; la cultura de los panfletos ideológicos, del igualitarismo abstracto, de las protestas sindicales, de la división política de sectores de influencia, de los programas electorales. ¿Es esto «apologética»? ¿O no será más bien realismo? Estas son las ideas que me venían a la cabeza cuando recorría los pasillos limpios como un espejo de la Clinica Universitaria de Pamplona, y veía al personal con uniformes impecables, las habitaciones bien instaladas y silenciosas, los trabajadores en actividad, los cuartos de baño tan relucientes como los de un hotel.

Quizá era esto lo que quería decirme uno de los docentes de medicina, un «supernumerario», aludiendo no sólo a su facultad y a su clínica, sino al conjunto de la Universidad de Navarra. Lo trascribo, por lo que significa: «Con nuestras limitaciones, ciertamente, pero poniendo toda la buena voluntad y confiando en la ayuda del Dios en el que creemos -el beato Escrivá decía de sí mismo que era «un pecador», pero «que amaba a Jesucristo»-, todos nosotros intentamos construir una realidad que sirva como ejemplo. Querríamos ofrecer hechos, que son más elocuentes que las palabras. ¿No lo dice el mismo Evangelio? Un árbol bueno se reconoce por sus frutos, que son buenos. A pesar de nuestra obligada humildad (humildad que es reconocer la verdad de nuestra condición de pobres hombres, con limitaciones), desearíamos suscitar al menos una pregunta: ¿por qué lo hacen? ¿Qué o quién les empuja, sin que nadie les obligue, a trabajar tanto?».

Hay también otro «ejemplo» que querrían dar (y me refiero una vez más a lo que me contaban): un ejemplo que tenga la fuerza de la vida y de los hechos. Es el «ejemplo» del que me habló el decano de una facultad, durante un almuerzo con el Estado Mayor de la universidad, en el comedor del rectorado (sala moderna pero decorada con el estilo severo y solemne de la vieja España, y su gusto particular, entre otras cosas, por los escudos heráldicos llenos de colorido): «Este complejo de energías, de inteligencias, de actividades, quiere ser también una demostración concreta de que es posible la armonía entre la fe cristiana profesada en su integridad y la cultura más rigurosa; que el creyente no tiene que escoger entre la aceptación plena y franca del dogma católico y el trabajo a los niveles más altos de las ciencias, de las artes y de la técnica humanas».

El ilustre profesor me sugería que consultase el Ideario, una especie de «decálogo» que todos aquí -sean o no de la Obra- están obligados a respetar, ya que en sus veinte puntos se trazan las coordenadas generales del compromiso de quien acepta libremente formar parte de esta comunidad de estudio y de trabajo, desde el nivel más alto al más bajo.

Así recita uno de los primeros puntos del Ideario, el tercero: «En toda su labor, la Universidad de Navarra se guía por una plena fidelidad al Magisterio eclesiástico (…), convencida de que la auténtica investigación científica, cuando procede con métodos rigurosos y conforme a las normas morales, no puede entrar en oposición con la fe, ya que la razón -que está ordenada y capacitada a reconocer la verdad- y la fe tienen origen en el mismo Dios, fuente de toda verdad».

Volviendo a mi tour, podría añadir otras etapas y describir otras «obras», vistas o visitables; y la lista de estas últimas podría ser muy larga y sometida continuamente a ampliaciones. En todos los continentes.

Me detengo aquí no sólo por razones de espacio, pues no se debe olvidar que las «puntas emergentes» a las que me he referido aquí, estas flores en el ojal, no son de ningún modo todo el Opus Dei. Al contrario: quizá no representen siquiera su aspecto más «importante».

En cualquier caso, detenerse en ellas -o darles demasiada importancia- podría impedir entender el «carisma» auténtico de la institución. Con el esfuerzo de sus miembros -que responden en primera persona, junto con otros hombres y mujeres «de buena voluntad», con frecuencia no católicos e incluso no cristianos o no creyentes- este «carisma»

anima ciertamente actividades «extraordinarias» como las que hemos mencionado. Pero su tarea principal sigue siendo dar sentido, dirección, contenido a lo que es «ordinario», personal: el trabajo, sea cual sea, desde el más prestigioso al más humilde; la vida diaria; la aparente monotonía, o quizá mediocridad, de la vida familiar. Y por lo que se refiere al apostolado, cada miembro lo ejercita de un modo que no hace ruido, que no interesa a los medios de comunicación, porque se desarrolla cada día con el ejemplo profesional y con la palabra «acertada» dirigida a quien está a su lado: en casa, en la oficina, en la fábrica.

Tendremos tiempo de explicarlo y, si es posible, de entenderlo. Por el momento, basta con advertir que las «obras corporativas» no son «la Obra». El Opus Dei no es el propietario de esas labores, sino que acepta responsabilizarse de la orientación doctrinal y espiritual; y como indican claramente los estatutos, no podrán ser nunca actividades industriales, económicas, comerciales, ni siquiera editoriales, sino siempre y sólo dirigidas a la enseñanza, a la asistencia, a la promoción social. La Obra actúa sobre todo en la vida espiritual que cada miembro, al entrar a formar parte, se compromete a cultivar en su conciencia, y que escapa por definición al observador externo.

Anticipando algo que diremos después, se podría señalar que -entre los muchos «secretos» de que le acusan- aquí está el primer y principal «secreto» del Opus Dei. Como sucede en cualquier realidad verdaderamente religiosa, lo que no se ve es mucho más (y mucho más importante) que lo que se ve.

Castelgandolfo

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Diciembre de 1947. Los médicos han prescrito al Padre unas horas diarias de ejercicio físico para ayudar al tratamiento médico de la diabetes que padece. Después de una larga jornada de trabajo, se desplaza en coche hasta Castelgandolfo; luego, a pie, junto a don Alvaro del Portillo, camina rápido por la carretera, que apenas tiene tráfico. Se detienen frecuentemente a contemplar el lago Albano, apoyados en una valla de madera cercana al hotel con que se inicia el pueblo.

Allí, muy cerca del lago, hay una vieja casona rodeada por terrenos sin cultivar: es propiedad de la Santa Sede, pero la utiliza la Condesa Campello para una actividad de beneficiencia. La proximidad de la ciudad y la privilegiada situación convierten este rincón italiano en un lugar idóneo para levantar un Centro del Opus Dei. Es-un sueño más, ya que no hay la menor posibilidad económica. Y, por esta razón, el Fundador y don Alvaro, acodados en la barandilla que rodea el lago, comienzan a «bombardear» con Avemarías los viejos muros de la casa.

En el verano de 1949, la esperanza del Fundador se convierte en hechos: Su Santidad Pío XII cede, de modo temporal, la casa y los terrenos a la Obra.

El Padre quiere que un grupo de sus hijos pase allí el verano de 1949 porque el calor aprieta en Roma y pesa sobre el reducido espacio vital del Pensionato. Pero antes hay que convertir las estancias, enormes y abandonadas, en un lugar habitable.

Varias asociadas se trasladan, con este fin, desde Roma a Castelgandolfo. Ya han vivido los avatares del Pensíonato y el comienzo de las obras de Villa Tevere. Ahora surge un nuevo instrumento dé apostolado, por gracia de Dios, en la vieja casona de Castelgandolfo. Y allá van, para preparar nuevamente el camino. El aspecto no es alentador: el jardín está invadido por la maleza, que alcanza más de un metro de altura. Los refugiados han guisado, dormido y cuidado animales domésticos en las habitaciones durante muchos meses. La zona de lavandería se utilizó como gallinero, y sobreviven, quien sabe por qué prodigio biológico, piojos a millones. Al iniciar la limpieza, cubren las manos y brazos como manoplas.

Parece ingente la tarea de convertir la casa junto al lago en un local desinfectado y limpio. El «agua fuerte», las lejías y jabones entran en juego y el sol del lago Albano logrará, en breve plazo, atravesar la transparencia de los cristales, dar su auténtico color al suelo, a la claridad de los muros recién pintados.

El Padre se instala frecuentemente en una de las habitaciones con don Alvaro, para seguir trabajando. Escribe directamente, a mano, con sus trazos inconfundibles, firmes y amplios.

No olvida dedicar un rato a la tertulia y a sembrar buen humor por la casa. Pero también al cuidado por la buena formación de todos, al cariño… ¡a su responsabilidad de Fundador!… Se preocupa de que descansen, de que estén fuertes y alegres, porque es síntoma claro de lealtad a su vocación.

«La infidelidad deja, hasta en el rostro, una huella de tristeza»(27).

Este será un verano intenso. A pesar de todos los esfuerzos, la casa no reúne condiciones para ofrecer un mínimo de comodidad a tanta gente. La parte destinada a la administración doméstica carece de utensilios y maquinaria adecuados al volumen de trabajo.

A pesar de todo, las actividades comienzan en septiembre de 1949. En esta casa junto al lago Albano, treinta chicos que han venido desde Roma viven aquí la realidad de la vida en familia del Opus Dei. Esta gozosa fraternidad ha irrumpido en su oración, su estudio, sus tertulias y excursiones. También se derrama fuera de la casa, en los campos, montes y trenes de cercanías. El Padre enciende el fuego de su espíritu. Trata de imprimir, en cada uno, el perfil sobrenatural de la Obra. Les habla de humildad, de trabajo, de oración, de perseverancia.

No resulta extraño que todos vuelvan renovados, tras estos días, al Pensionato. Por las noches, las ventanas del pequeño estudio romano permanecen iluminadas hasta que aparece el sol. Los amigos que frecuentan la Residencia se admiran, atónitos, del ardor con que continúan las obras de “Villa Tevere”, del ambiente que se respira en la casa y de la talla espiritual del Padre, que les conoce, les saluda y les habla de la divina misión de los hijos de Dios en la Obra: un milagro quasi flumen pacis. Como un río de juventud, bondad, belleza.

El Padre y don Alvaro multiplican su actividad. Durante estos años, abren los caminos de la Obra en Roma, Turín, Bar¡, Génova, Nápoles, Palermo… Empiezan a surgir las vocaciones italianas. Don Alvaro será el primer Vicario para la Región de Italia y, además, el primer Rector del Colegio Romano de la Santa Cruz. A su trabajo pastoral y de gobierno habrá de añadir, durante el Pontificado de Pío XII y, posteriormente, en los de Juan XXIII y Pablo VI, su dedicación a varios Dicasterios del Vaticano.

Pablo VI: «Aquí todo es Opus Dei»

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me encontraba en Roma, en noviembre de 1965, cuando Pablo VI visito con detenimiento y cariño el Centro ELIS y pude recordar con precisión, gracias a lo escrito entonces, una historia esclarecedora.

Detrás del Centro Internazionale della Gioventú Lavoratrice, también llamado Centro ELIS, había tres Pontífices y mucho esfuerzo. Lo imaginó Pío XII, al destinar los fondos de la colecta organizada con motivo de su ochenta cumpleaños para «una obra social». Lo puso en marcha Juan XXIII, encomendando al Opus Dei la realización y la dirección del proyecto. Y lo convirtió en vida el mismo Opus Dei, que había aceptado «con particular agradecimiento el gustoso encargo» –son palabras del Fundador–, bajo los animosos auspicios de Pablo VI, el Papa que lo iba a inaugurar cuando ya la primera piedra era un recuerdo lejano.

¿Recuerdo?… Los protagonistas se mueven incesantemente de un lado a otro la víspera de la visita de Pablo VI. Aquel, que es ingeniero, arrastra cables de alta tensión. Este, que es arquitecto, recoge del suelo, para desmenuzarla entre los dedos, la colilla abandonada por el visitante descuidado. Ese, que es albañil, da instrucciones sobre el mejor modo de colocar una valla. Aquel, que es abogado, acaba de pintar unas tablas. El otro, que es electricista, pregunta al ingeniero si está bien puesto el foco. Aquellos muchachos, con mono o con corbata, llevan sillas, arrastran carretillas, cubren con tierra los charcos, dan martillazos, cuelgan cuadros o dirigen el tráfico de los que vienen o se van. Algunos serán soldadores o torneros, otros estudiarán segundo de Filosofía o cuarto de Químicas, otros serán empleados de Seguros o dependientes… El caso es que, mientras cae la noche del sábado sobre este descampado periférico del barrio Tiburtino, semillero de votos comunistas, todo el mundo está haciendo algo aquí y nadie es espectador ni curioso. Por eso entiendo de golpe, observando lo que veo, esa gran transformación individual que es el presupuesto necesario de cualquier «nueva frontera» social.

Así empezó «el Tiburtino», sin espectadores, sin curiosos y sin decidores. Había unos terrenos allá lejos, en la neorrealista periferia romana, donde se desmontaban los coches robados y donde la geometría de los edificios de nueva planta era solo un presentimiento. Había también un puñado de hombres –pocos, como siempre– con la idea clara de que aquello había que hacerlo pronto y bien, creando ya el ambiente desde los cimientos… Y había, sobre todo, pocas ganas de teorizar y muchas ganas de hacer.

La novedad en la barriada duró poquísimo, al menos como cosa extraña. La familia de los arquitectos, ingenieros, capataces, obreros y peones, unidos por el hormingón de la común empresa, fue el epicentro de un entusiasmo contagioso que acabó difundiéndose a la redonda. Ni ambiente hostil, ni nada que se le parezca. Allí había que arrimar el hombro como Dios manda y dejarse de dar consejos o de perder el tiempo con la retórica. ¿No eran todos trabajadores, desde el ingeniero hasta el pinche?… Pues, a demostrarlo, si querían que aquel Centro prosperase con sus escuelas profesionales, con su residencia, con su biblioteca, con sus instalaciones deportivas e incluso con una parroquia próxima, la de San Juan Bautista, toda nueva y limpia.

Fue así como «el Tiburtino» –el Centro arrampló pronto con el nombre del barrio entero– entró en funcionamiento con un espíritu de familia, de empresa y de obra social que era, al mismo tiempo, la causa y el efecto de la renovación individual producida por un nuevo tipo de relación basada en una solidaridad auténtica y en una responsabilidad concreta.

Todos sentían, desde luego, que se trataba de cosa suya: los que trabajaban en su construcción y los que se acercaban a dar una mano; los que tiraban de plano y los que amasaban cemento; los que hacían números en el barracón y los que daban a la paleta encima de un andamio; los que lo vivían y los que lo oían contar en sus casas o en la «trattoria». No era posible hablar de clases sociales en aquel ambiente de trabajo, en el que nadie escurría el bulto y en el que bastaba un descuido del visitante curioso para encontrarse con una pala en la mano.

Decir que el Centro empezó a funcionar desde que se colocaron los cimientos es describir exactamente lo ocurrido. No se trataba de hacer algo nuevo y grandioso para regalarlo una vez acabado, sino de crear entre todos, con los medios a disposición y con los que fuesen llegando, algo propio que llevase los latidos de la vida real. De este modo, cambiando sobre la marcha lo que había que cambiar, los arquitectos y los ingenieros consiguieron una armonía entre lo bello y lo útil que les valió el premio del Instituto Nacional de Arquitectura por la mejor «gestión constructora». Y de este modo, fue naciendo también, con el talante familiar y digno del Centro, la experiencia necesaria para la formación individual y social de unos muchachos que propagarían su estilo con sólo hacer bien lo que aprendían haciendo.

El Centro ELISacogía entonces, entre internos y externos, a trescientos jóvenes de todas las regiones de Italia y de otros países. Se fue poblando gradualmente al ritmo de las construcciones, y eran ya muchos los jóvenes que guardaban cola en su amplia esfera de influencia. Desde 1965, han pasado por la residencia más de 2.000 jóvenes, entre 15 y 22 años. En el Albergue de Juventud hay sitio para doscientos, divididos en grupos de dieciséis con el fin de conseguir un ambiente familiar («una casa en la casa»), que prepare con más calor para el vivir social, y en la hospedería pueden alojarse temporalmente unos 150 huéspedes (obreros y técnicos de paso por Roma por motivos de trabajo, estudio, reuniones sindicales, etc.).

Allí se afrontan directamente, con métodos modernos y abiertos, dos grandes problemas actuales: el de la cualificación de la mano de obra y el de la emigración interior y exterior. Hay escuelas de formación y perfeccionamiento para torneros, soldadores, ajustadores mecánicos, diseñadores técnicos, etc., con enseñanza diurna y nocturna, que han formado a más de 4.000 obreros especialistas. Hay una escuela femenina de hostelería, que atiende, con plena independencia, a las necesidades de las instalaciones de todo el complejo. Tiene una capacidad para sesenta chicas, y su centro cultural ha sido frecuentado ya por más de 3.000 estudiantes y trabajadoras romanas. Desarrolla cursos de cualificación profesional para la industria hotelera o para el trabajo en hogares de familia, sobre dietología, puericultura, economía doméstica, pedagogía familiar, etc. Hay una biblioteca bien nutrida en los sectores del mundo del trabajo, abierta no sólo para los alumnos internos y externos, sino también para todo el barrio. Hay cursos de información técnica y ciclos de «conversaciones» sobre los temas de mayor actualidad.Hay un restaurante y locales de descanso para los obreros que trabajan en las cercanías. Hay instalaciones deportivas, con cursos de gimnasia y «Escuelas» de los distintos deportes. Hay reuniones con las familias de los alumnos externos para promover una eficaz colaboración en la formación humana y profesional de todos los jóvenes…

En todas sus iniciativas –me decía un profesor– los chicos se encuentran y trabajan entre ellos en un clima de recíproco respeto, por encima de las diferencias de extracción social, de procedencia nacional, de intereses culturales, para lo cual la unidad de medida de sus relaciones humanas viene dada por la lealtad que los une y los mantiene juntos. De aquí procede, como resultado natural de la unidad de vida de los jóvenes, la colaboración de todos y de cada uno en el mejoramiento del Centro, en el que todos encuentran su sitio porque sienten como cosa propia el trabajo de todos.

Aquí –comentaba unchaval de Perugia– todos somos amigos. Somos una gran familia y no hay distinciones, ni por profesión ni por edad.

Aquí –añadía otro de Cagliari –estamos entre obreros, se habla de trabajo y nos entendemos a la primera.

Aquí –concluía uno de los jóvenes universitarios que dedican al Centro gran parte de su tiempo– hay posibilidad de realizar con los hechos todos los deseos de compromiso social que uno tenga.

Por eso no sorprendió a nadie la alegría y la detención con que Pablo VI visitó todas las dependencias del Centro ELIS aquella tarde del 21 de noviembre de 1965, el emocionado discurso del Papa en aquella ocasión y el abrazo que le dio a Mons. Escrivá de Balaguer al despedirse, mientras afirmaba:

«Aquí todo es Opus Dei».

Y el propio Fundador se lo había hecho observar al Pontífice en el saludo que le dirigió en italiano casi al final de la visita:

«En este ambiente sereno y alegre, similar al de todas las actividades que el Opus Dei desarrolla, por gracia de Dios, en todo el mundo, procuramos, Beatísimo Padre, que se respire un clima de libertad en el que todos se sientan hermanos, bien lejos de la amargura que proviene de la soledad o de la indiferencia. Un clima en el que aprenden a apreciar y a vivir la mutua comprensión, la alegría de una convivencia real entre los hombres. Amamos y respetamos la libertad, y creemos en su valor educativo y pedagógico. Estamos convencidos de que en un clima así se forman almas con libertad interior, y se forjan hombres capaces de vivir responsablemente la doctrina de Cristo, de poner en práctica virilmente la fe, de practicar con alegría la obediencia interior y devota a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia –entre las que ocupan un lugar destacado las de su doctrina social–, capaces de amar con todo su corazón y con todas sus fuerzas a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice».

Libertad y responsabilidad personal

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Observará el lector, como observo yo mientras escribo, que desde el comienzo de este capítulo, dedicado al gobierno del Opus Dei, estamos dando vueltas siempre en torno a la libertad y a la responsabilidad personal de los miembros de la Obra, que es esencial en la espiritualidad del Opus Dei y que explica la rápida difusión en el mundo entero de esta institución, eminentemente secular y comprensible sólo si se acepta su carácter sobrenatural como único denominador común. Porque, ¿qué otra cosa podría unir a gentes tan distintas, de origen tan diverso y de tantos países?… ¿Qué otra cosa podría atraer a su labor incluso a personas de otras religiones o de ninguna?…

Mons. Julián Herranz –en un artículo publicado en Cristianos Corrientes– ha estudiado a fondo este tema de la libertad y la responsabilidad personal de los cristianos, enlazando con rigor la más límpida tradición de la Iglesia con la encíclica Mater et Magistra de Juan XXIII y con la vida práctica de millones de personas.

Los miembros del Opus Dei –repetía Mons. Escrivá de Balaguer desde 1928– se unen «exclusivamente para recibir ayuda espiritual y formación cristiana, y para colaborar en las obras apostólicas de la Obra». No juntan sus esfuerzos, por tanto, para perseguir ningún fin de carácter temporal, ni el Opus Dei puede intervenir en esas actividades temporales de sus miembros, que son actividades de índole personal y privada. El Opus Dei se preocupa sólo de la formación religiosa y de la atención espiritual de los fieles de la Prelatura: en consecuencia, cada uno conserva la autonomía y la libertad para seguir –con plena responsabilidad personal– en sus actividades seculares la opinión que le parezca razonable, de acuerdo con la fe católica y con sus propios criterios particulares.

Porque –y aquí está la raíz jurídica del tema– la dependencia de los miembros a la Prelatura no se extiende al trabajo profesional o a las doctrinas políticas, económicas, etc., como sabe explícitamente toda persona desde el mismo momento de su incorporación al Opus Dei.

La Declaratio de la S. Congregación para los Obispos, publicada por orden de Juan Pablo 11 el 23–VIII82, despejaba todo género de dudas sobre el particular:

«Por lo que se refiere a sus opciones en materia profesional, social, política, etc., los fieles laicos que pertenecen a la Prelatura –dentro de los límites de la fe y de la moral católicas y de la disciplina de la Iglesia– gozan de la misma libertad que los demás católicos, conciudadanos suyos; por tanto, la Prelatura no hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas, económicas, etc., de ninguno de sus miembros

«Procede así el Opus Dei –explica Mons. Herranz– no por prudencia humana, táctica o comodidad, sino porque tiene plena conciencia de su participación en la única misión de la Iglesia, la salvación de las almas. Hay, sí, unos principios éticos generales de actuación temporal que, por ser propios del espíritu cristiano, han de ser también propios de todos los miembros del Opus Dei: respeto y defensa del Magisterio de la Iglesia; nobleza y lealtad de conducta, que favorece la caridad en el trato social; comprensión y respeto de las opciones ajenas; capacidad de sacrificarse en el servicio de los intereses de la comunidad civil, etc.

»Son principios éticos de conducta que tienen categoría de elemento básico, de cimiento; sobre él, luego, cada uno construye lo que puede, su propia opinión y actuación concreta, eligiendo libremente entre las diversas soluciones profesionales, sociales y políticas opinables, la que más le convenza. “Con esta bendita libertad nuestra –ha dicho Mons. Escrivá de Balaguer– el Opus Dei no puede ser nunca, en la vida política de un país, como una especie de partido político: en la Obra caben –y cabrán siempre– todas las tendencias que la conciencia cristiana pueda admitir, sin que sea posible ninguna coacción por parte de los directores internos”».

Las consecuencias prácticas de esta libertad, que está en la entraña del Opus Dei y que es condición esencial de su existencia, son tan variadas como el número de miembros y como las situaciones en que cada uno de ellos puede encontrarse a lo largo de su vida. «Si uno del Opus Dei –afirmaba, en marzo de 1962, la revista austríaca Der Grosse Entschluss–, que es zapatero, trabaja en una zapatería, no es el Opus Dei el que se dedica a hacer zapatos. Si uno que es economista y hombre de negocios, se asocia con otras personas para trabajar y poner en marcha una fábrica de automóviles, un banco o una empresa publicitaria, no es ciertamente el Opus Dei el que se dedica a fabricar automóviles, a realizar operaciones de banca o a anunciar frigoríficos. Todas esas son ocupaciones y actividades profesionales en las que trabaja el abogado, el zapatero, o el hombre de negocios, que es miembro del Opus Dei; como quizá también trabajarán en estas mismas actividades y empresas otros abogados, zapateros u hombres de negocios que serán, por ejemplo, miembros de la Acción Católica o de los Caballeros de Colón, o simplemente socios del Automóvil Club».

Uno de los pioneros del Concilio

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El 9 de octubre de 1958 falleció Pío XII, y pocos días después, el 25 de octubre, fue elegido Papa Juan XXIII, que tuvo siempre gran afecto por Josemaría Escrivá y sus empeños apostólicos y evangelizadores. Afirmaba: Si me llamasen a declarar en los procesos de beatificación de Pío XII y de Juan XXIII, yo no tendría más remedio que hablar del grandísimo afecto que estos Romanos Pontífices —¡los dos!— tuvieron al Opus Dei. Me lo dijeron —uno y otro— expresamente, y considero un deber de conciencia que en el acta de la Historia conste la realidad de ese cariño.

Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II tres meses después de su elección. Pero el anciano pontífice no pudo ver los frutos del Concilio que inauguró en 1962, porque falleció tras celebrarse la primera sesión, el 3 junio de 1963.

Tras catorce días de cónclave, fue elegido Papa Giovanni Battista Montini, con el nombre de Pablo VI.El nuevoPontífice, que reanudó las tareas conciliares, conocía y apreciaba a don Josemaría desde años atrás. No puedo olvidar —decía— (…) que las primeras palabras de cariño y afecto que recibí en Roma en 1946, me las dijo el entonces Monseñor Montini.

Don Josemaría oró intensamente por los frutos del Concilio, que supuso una nueva Pentecostés para la Iglesia. Se celebraron cuatro sesiones desde 1962 a 1965 y durante ese periodo numerosos Padres conciliares, teólogos y personalidades eclesiásticas conversaron con el fundador.

El obispo de Metz le conoció hacia la mitad de la primera sesión del Concilio, y desde entonces —escribía— “tuve la alegría de escucharle en varias ocasiones. Descubrí en él un hombre excepcionalmente sensible y cercano a los problemas de sus contemporáneos. Estaba a la vez preocupado por el porvenir del mundo y por el futuro del Pueblo de Dios. Era perfectamente consciente de la gravedad de cuanto estaba en juego y demostraba la profunda convicción de que no se podía pensar solamente en algún retoque superficial. Sin embargo, las reformas de estructuras, por sí solas, le parecían insuficientes. Consideraba que sólo un retorno a las fuentes de la fe habría permitido a la Iglesia cumplir su misión en el mundo”.

El 8 de diciembre de 1965, se clausuró el Concilio Vaticano II. Don Josemaría Escrivá dio gracias al Señor al ver que las enseñanzas que venía predicando desde el 2 de octubre de 1928 se habían convertido en doctrina universal de la Iglesia. En los documentos conciliares se subrayaba, entre otras muchas cuestiones, la unidad de vida del cristiano, entendida como coherencia vital entre la llamada a la santidad y la vida ordinaria; y se ponía de manifiesto la necesidad de dar un fuerte impulso al desarrollo de la teología sobre el Sacramento del Bautismo. En esa misma dirección trabajaba Josemaría Escrivá desde hacía muchos años, moviendo a los que le seguían a ser consecuentes con las exigencias de la vocación bautismal, viviendo intensamente la Liturgia y la Palabra de Dios.

Podrían citarse numerosas enseñanzas de Josemaría Escrivá en las que se pone de manifiesto su profunda sintonía con las enseñanzas conciliares. Por ejemplo, su visión del trabajo profesional como ocasión y medio de santificación personal y de apostolado; su concepción del apostolado de los laicos, maduro y responsable, y su aliento para que participen en la misión de la Iglesia; la consideración de la Santa Misa como “centro y raíz” de la vida interior; su deseo de que los fieles laicos tomen parte activa en la liturgia; o su afán para que adquieran una profunda cultura doctrinal y espiritual.

Pablo VI: «Aquí todo es Opus Dei»

iglesia  Tagged , , , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me encontraba en Roma, en noviembre de 1965, cuando Pablo VI visito con detenimiento y cariño el Centro ELIS y pude recordar con precisión, gracias a lo escrito entonces, una historia esclarecedora.

Detrás del Centro Internazionale della Gioventú Lavoratrice, también llamado Centro ELIS, había tres Pontífices y mucho esfuerzo. Lo imaginó Pío XII, al destinar los fondos de la colecta organizada con motivo de su ochenta cumpleaños para «una obra social». Lo puso en marcha Juan XXIII, encomendando al Opus Dei la realización y la dirección del proyecto. Y lo convirtió en vida el mismo Opus Dei, que había aceptado «con particular agradecimiento el gustoso encargo» –son palabras del Fundador–, bajo los animosos auspicios de Pablo VI, el Papa que lo iba a inaugurar cuando ya la primera piedra era un recuerdo lejano.

¿Recuerdo?… Los protagonistas se mueven incesantemente de un lado a otro la víspera de la visita de Pablo VI. Aquel, que es ingeniero, arrastra cables de alta tensión. Este, que es arquitecto, recoge del suelo, para desmenuzarla entre los dedos, la colilla abandonada por el visitante descuidado. Ese, que es albañil, da instrucciones sobre el mejor modo de colocar una valla. Aquel, que es abogado, acaba de pintar unas tablas. El otro, que es electricista, pregunta al ingeniero si está bien puesto el foco. Aquellos muchachos, con mono o con corbata, llevan sillas, arrastran carretillas, cubren con tierra los charcos, dan martillazos, cuelgan cuadros o dirigen el tráfico de los que vienen o se van. Algunos serán soldadores o torneros, otros estudiarán segundo de Filosofía o cuarto de Químicas, otros serán empleados de Seguros o dependientes… El caso es que, mientras cae la noche del sábado sobre este descampado periférico del barrio Tiburtino, semillero de votos comunistas, todo el mundo está haciendo algo aquí y nadie es espectador ni curioso. Por eso entiendo de golpe, observando lo que veo, esa gran transformación individual que es el presupuesto necesario de cualquier «nueva frontera» social.

Así empezó «el Tiburtino», sin espectadores, sin curiosos y sin decidores. Había unos terrenos allá lejos, en la neorrealista periferia romana, donde se desmontaban los coches robados y donde la geometría de los edificios de nueva planta era solo un presentimiento. Había también un puñado de hombres –pocos, como siempre– con la idea clara de que aquello había que hacerlo pronto y bien, creando ya el ambiente desde los cimientos… Y había, sobre todo, pocas ganas de teorizar y muchas ganas de hacer.

La novedad en la barriada duró poquísimo, al menos como cosa extraña. La familia de los arquitectos, ingenieros, capataces, obreros y peones, unidos por el hormingón de la común empresa, fue el epicentro de un entusiasmo contagioso que acabó difundiéndose a la redonda. Ni ambiente hostil, ni nada que se le parezca. Allí había que arrimar el hombro como Dios manda y dejarse de dar consejos o de perder el tiempo con la retórica. ¿No eran todos trabajadores, desde el ingeniero hasta el pinche?… Pues, a demostrarlo, si querían que aquel Centro prosperase con sus escuelas profesionales, con su residencia, con su biblioteca, con sus instalaciones deportivas e incluso con una parroquia próxima, la de San Juan Bautista, toda nueva y limpia.

Fue así como «el Tiburtino» –el Centro arrampló pronto con el nombre del barrio entero– entró en funcionamiento con un espíritu de familia, de empresa y de obra social que era, al mismo tiempo, la causa y el efecto de la renovación individual producida por un nuevo tipo de relación basada en una solidaridad auténtica y en una responsabilidad concreta.

Todos sentían, desde luego, que se trataba de cosa suya: los que trabajaban en su construcción y los que se acercaban a dar una mano; los que tiraban de plano y los que amasaban cemento; los que hacían números en el barracón y los que daban a la paleta encima de un andamio; los que lo vivían y los que lo oían contar en sus casas o en la «trattoria». No era posible hablar de clases sociales en aquel ambiente de trabajo, en el que nadie escurría el bulto y en el que bastaba un descuido del visitante curioso para encontrarse con una pala en la mano.

Decir que el Centro empezó a funcionar desde que se colocaron los cimientos es describir exactamente lo ocurrido. No se trataba de hacer algo nuevo y grandioso para regalarlo una vez acabado, sino de crear entre todos, con los medios a disposición y con los que fuesen llegando, algo propio que llevase los latidos de la vida real. De este modo, cambiando sobre la marcha lo que había que cambiar, los arquitectos y los ingenieros consiguieron una armonía entre lo bello y lo útil que les valió el premio del Instituto Nacional de Arquitectura por la mejor «gestión constructora». Y de este modo, fue naciendo también, con el talante familiar y digno del Centro, la experiencia necesaria para la formación individual y social de unos muchachos que propagarían su estilo con sólo hacer bien lo que aprendían haciendo.

El Centro ELISacogía entonces, entre internos y externos, a trescientos jóvenes de todas las regiones de Italia y de otros países. Se fue poblando gradualmente al ritmo de las construcciones, y eran ya muchos los jóvenes que guardaban cola en su amplia esfera de influencia. Desde 1965, han pasado por la residencia más de 2.000 jóvenes, entre 15 y 22 años. En el Albergue de Juventud hay sitio para doscientos, divididos en grupos de dieciséis con el fin de conseguir un ambiente familiar («una casa en la casa»), que prepare con más calor para el vivir social, y en la hospedería pueden alojarse temporalmente unos 150 huéspedes (obreros y técnicos de paso por Roma por motivos de trabajo, estudio, reuniones sindicales, etc.).

Allí se afrontan directamente, con métodos modernos y abiertos, dos grandes problemas actuales: el de la cualificación de la mano de obra y el de la emigración interior y exterior. Hay escuelas de formación y perfeccionamiento para torneros, soldadores, ajustadores mecánicos, diseñadores técnicos, etc., con enseñanza diurna y nocturna, que han formado a más de 4.000 obreros especialistas. Hay una escuela femenina de hostelería, que atiende, con plena independencia, a las necesidades de las instalaciones de todo el complejo. Tiene una capacidad para sesenta chicas, y su centro cultural ha sido frecuentado ya por más de 3.000 estudiantes y trabajadoras romanas. Desarrolla cursos de cualificación profesional para la industria hotelera o para el trabajo en hogares de familia, sobre dietología, puericultura, economía doméstica, pedagogía familiar, etc. Hay una biblioteca bien nutrida en los sectores del mundo del trabajo, abierta no sólo para los alumnos internos y externos, sino también para todo el barrio. Hay cursos de información técnica y ciclos de «conversaciones» sobre los temas de mayor actualidad.Hay un restaurante y locales de descanso para los obreros que trabajan en las cercanías. Hay instalaciones deportivas, con cursos de gimnasia y «Escuelas» de los distintos deportes. Hay reuniones con las familias de los alumnos externos para promover una eficaz colaboración en la formación humana y profesional de todos los jóvenes…

En todas sus iniciativas –me decía un profesor– los chicos se encuentran y trabajan entre ellos en un clima de recíproco respeto, por encima de las diferencias de extracción social, de procedencia nacional, de intereses culturales, para lo cual la unidad de medida de sus relaciones humanas viene dada por la lealtad que los une y los mantiene juntos. De aquí procede, como resultado natural de la unidad de vida de los jóvenes, la colaboración de todos y de cada uno en el mejoramiento del Centro, en el que todos encuentran su sitio porque sienten como cosa propia el trabajo de todos.

Aquí –comentaba unchaval de Perugia– todos somos amigos. Somos una gran familia y no hay distinciones, ni por profesión ni por edad.

Aquí –añadía otro de Cagliari –estamos entre obreros, se habla de trabajo y nos entendemos a la primera.

Aquí –concluía uno de los jóvenes universitarios que dedican al Centro gran parte de su tiempo– hay posibilidad de realizar con los hechos todos los deseos de compromiso social que uno tenga.

Por eso no sorprendió a nadie la alegría y la detención con que Pablo VI visitó todas las dependencias del Centro ELIS aquella tarde del 21 de noviembre de 1965, el emocionado discurso del Papa en aquella ocasión y el abrazo que le dio a Mons. Escrivá de Balaguer al despedirse, mientras afirmaba:

«Aquí todo es Opus Dei».

Y el propio Fundador se lo había hecho observar al Pontífice en el saludo que le dirigió en italiano casi al final de la visita:

«En este ambiente sereno y alegre, similar al de todas las actividades que el Opus Dei desarrolla, por gracia de Dios, en todo el mundo, procuramos, Beatísimo Padre, que se respire un clima de libertad en el que todos se sientan hermanos, bien lejos de la amargura que proviene de la soledad o de la indiferencia. Un clima en el que aprenden a apreciar y a vivir la mutua comprensión, la alegría de una convivencia real entre los hombres. Amamos y respetamos la libertad, y creemos en su valor educativo y pedagógico. Estamos convencidos de que en un clima así se forman almas con libertad interior, y se forjan hombres capaces de vivir responsablemente la doctrina de Cristo, de poner en práctica virilmente la fe, de practicar con alegría la obediencia interior y devota a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia –entre las que ocupan un lugar destacado las de su doctrina social–, capaces de amar con todo su corazón y con todas sus fuerzas a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice».

Caben hasta los no católicos

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me contaban hace poco el caso de un ingeniero de Boston que, al comienzo de los años 50, leyó un artículo sobre el Opus Dei en un periódico americano, se quedó un par de días reflexionando sobre el asunto en los ratos libres, recordó después que en el artículo en cuestión se decía que había sido fundado en nuestro país y escribió una carta pidiendo detalles a esta dirección: «Opus Dei–Iglesia Católica–Madrid–España». A las dos semanas y gracias al buen funcionamiento de los carteros, recibía la información solicitada y la invitación a dirigirse, para más detalles, a una residencia universitaria que estaba… a unos quinientos metros de su oficina. Yo no sé si este ingeniero era católico, protestante o ateo. Sé, en cambio, que ahora es ciertamente católico y del Opus Dei, y sé también que son muy numerosos los protestantes (entre ellos pastores y aun obispos de sus respectivas confesiones), ortodoxos, musulmanes, judíos e incluso no creyentes (es de esperar que por el momento) que colaboran activamente en todas las latitudes con la gente del Opus Dei y que son capaces de explicarlo, como el anglicano del avión, de corrido y sin que se les trabe la lengua.

La realidad supera siempre a la fantasía, del mismo modo que la naturaleza supera al arte. La gente del Opus Dei no vive en la luna, sino en el mundo y ve en cada persona alguien a quien hay que ayudar, alguien a quien hay que comprender y alguien con quien hay que convivir. Pero siempre desde el mismo plano, ni desde arriba ni desde abajo, y pensando que el mejor favor que se le puede hacer a cualquiera es sacarlo de sí mismo para que haga algo por los demás.

–¿Cuál es la posición del Opus Dei –le preguntaron al Fundador el 30 de noviembre de 1964 en el transcurso de un coloquio– en relación con los no católicos?

–«De amor, de apertura. Basta decir que, desde 1947, con permiso de la Santa Sede, tenemos junto a nosotros –no había precedentes en la Iglesia Romana– como Cooperadores a los no católicos y a los no cristianos. Merecen el respeto de su libertad, la libertad de las conciencias. Y merecen el calor de nuestro corazón. Entre ellos hay personas admirables: ¡Ya querría yo para mí las virtudes humanas que tienen muchos de ellos! ».

Fue este espíritu de universal comprensión el que hizo decir a un Cooperador anglicano del Opus Dei, en presencia de la reina madre de Inglaterra con motivo de la inauguración oficial de hIetherhall House, residencia internacional de universitarios, que «las obras bien hechas no tienen por qué ser confesionales ». Ese espíritu cristiano es el que había empujado desde mucho antes a Monseñor Escrivá de Balaguer a solicitar, durante el pontificado de Pío XII, la autorización para acoger en el Opus Dei, en calidad de Cooperadores, incluso a personas no católicas y no cristianas o carentes en absoluto de fe religiosa. La petición llevaba consigo un problema completamente nuevo y de nada fácil solución, porque venía a constituir el precedente de vincular a una institución católica –y de hacerlas también participar en lo posible de sus bienes espirituales– a personas no pertenecientes a la Iglesia Católica. Esto explica por qué fue necesario un estudio atento por parte de la Santa Sede, y un «filial forcejeo», por parte del Fundador del Opus Dei, como él mismo decía, a quien evidentemente correspondía un papel de pionero en este terrena. Se llegó así a 1950, año en que la petición fue definitivamente acogida por Pío XII.

Cuando en 1958 iniciaba su pontificado Juan XXIII, había ya entre los Cooperadores del Opus Dei en todo el mundo –de Italia a Inglaterra, de los Estados Unidos al Japón, a Kenya y a Australia– varios centenares de ortodoxos, protestantes, hebreos y musulmanes; por eso no es extraño que Mons. Escrivá de Balaguer le dijese sonriendo al Pontífice, en una de las frecuentes y cordiales audiencias, «que él no había aprendido el ecumenismo de Su Santidad», y que también el «Papa Giovanni» se riese emocionado en esa ocasión.

El último adiós

fundador  Tagged , , , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante el tiempo que media entre 1970 y 1975, Torreciudad se configura definitivamente. Hay en toda su construcción una libertad absoluta en cuanto a la creación artística se refiere, pero subordinada al deseo de que el edificio sea un lugar de oración, de conversión y de encuentro con Dios a través de la Señora.

El gran retablo de alabastro, de 15 metros de alto por 9,30 de ancho, capta toda la atención. Su distribución se inspirará en los de estilo plateresco y renacentista, tan abundantes en Aragón, y denominados «retablos custodia» por tener en su centro un óculo a través del que se ve el Sagrario. Todo el conjunto acapara la atención en un único punto de referencia: la Eucaristía. Pero, además, se trata de albergar, con dignidad destacada, a la Virgen de Torreciudad. El resto, serán escenas evangélicas de la vida de María enlazadas como la secuencia de un relato.

La composición de cada escena, utilizando arte figurativo, permite entender los misterios y captar el mensaje del retablo sin perder el contenido de la oración por una interferencia desafortunada.

La única condición que ha puesto el Padre es que sea muy devoto y que invite a rezar.

Se hará cargo de este trabajo el escultor Juan Mayné Torrás, profesor de la Escuela de Bellas Artes San Jorge de Barcelona. La totalidad del alabastro procederá de las minas de Besalú (Gerona), y será trabajado en el taller de José Miret, en San Andrés de la Barca.

En la primavera de 1974, el Fundador hace escala en Madrid con motivo de su primer desplazamiento a Sudamérica. Los arquitectos le informan de la marcha de las obras de Torreciudad: todo estará terminado al cabo de un año, a excepción del retablo. Sólo se ha modelado una escena y, dada la envergadura del conjunto, se calculan dos o tres años más para verlo concluido. Han pensado, incluso, en la posibilidad de inaugurar la iglesia del Santuario con una enorme cortina que cubra la pared frontal. La respuesta del Padre es tajante. La iglesia no puede abrirse al culto sin retablo, porque constituye un elemento fundamental del templo. Además, la colocación de las escenas después resultaría dificilísima y muy penosa. Hay que poner todos los medios para que el escultor, sin rebajar la calidad de su obra, adelante los plazos.

Se concluirá, después de un año incesante de trabajo, en 1975, y tendrá un peso de ciento treinta toneladas. Con el escultor principal y un primer ayudante, han colaborado nueve escultores marmolistas, cuatro alumnos de Bellas Artes y un centenar de personas más, además de los arquitectos y el aparejador. Entre todos, y en unas circunstancias en las que no existe experiencia parecida, llevarán a cabo una tarea que parece inabordable. Pasarán días enteros volcados sobre su tajo; entusiasmados por la idea, por el ambiente, por la pasión que todos ponen en sacar adelante el proyecto.

Juan Mayné no se entrevistará directamente con el Fundador de la Obra. Monseñor Escrivá de Balaguer ha decidido no influir para nada en la concepción artística del escultor. Pero este profesor de Bellas Artes se lleva a su taller y a su casa los libros del Padre. Lee despacio, dejando entrar en su alma las palabras de sus escritos. Su forma de sentir y entender la piedad. Su concepto de las figuras vivas que ha de esculpir. Quiere conocer su modo de ser, de rezar, de ver lo trascendente, para trasladarlo al alabastro.

Así surgirán las escenas: la Coronación de la Virgen, los desposorios de María y José, la Anunciación del arcángel, la Visitación de María a Isabel, la adoración de los pastores al Niño, la huída a Egipto, el taller de Nazaret. Son la representación humana y divina de esta Familia que es imagen y modelo. Aquí están las vicisitudes por la que puede pasar una vida: el trabajo, el amor, el hijo, la persecución, la felicidad, la muerte. La presencia constante de los planes de Dios sobre la existencia de los seres humanos.

Para evitar que la Virgen de Torreciudad, pequeña talla románica, se pierda dentro de una composición tan fuerte, las figuras van cediendo dimensiones, para llegar reducidas de tamaño al camarín que ha de alojarla. Allí los ángeles y las rosas son menudos, como un encaje: todo el conjunto se aproxima a la Señora encerrándola en un enorme relicario que destaca la dignidad de su presencia.

La sillería central, también de alabastro, tiene labrados en sus respaldos símbolos de advocaciones a la Virgen. En la presidencia, la imagen del Buen Pastor. San Rafael, San Juan, Santa Catalina de Siena y un Angel, con el sello de la Obra entre las manos, completan la composición. El retablo se limita con una enorme cadena labrada. En la parte más alta, dos áncoras enlazadas proclaman la llamada permanente a la unidad. La separación de escenas es tan suave que se puede pasar de una a otra sin estorbo: como si el espectador desgranase los misterios de un enorme Rosario esculpido.

Cuando el Padre lo vea, prácticamente terminado, en mayo de 1975, exclamará:

«Me parece un sueño; y es que soy hombre de poca fe».

Mira despacio, una por una, las figuras; se queda absorto en el conjunto. Le gusta mucho. Es lo que había deseado para Dios:

«Señor, me parece todo muy poco para Ti, pero lo hemos hecho lo mejor que hemos podido»(28).

Hace unos meses ha realizado otro viaje agotador por Sudamérica, pero quiere ver las obras de esta «locura» que ha ocupado su oración y esfuerzo.

El día 24 de mayo, sábado, consagrará el altar principal del Santuario. Repetirá su visita a la ermita, como ya hiciera en 1970, y recibirá a las autoridades de Barbastro que se han acercado a Torreciudad para saludarle. Durante una hora larga les hará partícipes de su cariño y agradecimiento.

El domingo 25 de mayo es el Fundador quien acude al Ayuntamiento de Barbastro, donde se le impone la medalla de oro de la ciudad que le vio nacer hace setenta y tres años.

No le gusta al Padre que le rindan honores. De hecho, ha declinado muchos en su vida. Además, hace apenas unas horas que le han comunicado desde Roma el fallecimiento de don Salvador Canals. Está tremendamente afectado y todos respetan el silencio, casi el ensimismamiento, en que le ha sumido la noticia.

«Estuve a verle en la clínica pocos días antes de venirme (…). Me hice ilusiones. Pero, al salir, el médico nos quitó toda esperanza humana»(29).

A pesar de todo, no quiere posponer el acto oficial de Barbastro. En esta mañana llena del sol somontano, el Alcalde pronuncia unas palabras de cariño en las que evoca los años en que el Padre vivió en su tierra natal; agradece la construcción de Torreciudad y le asegura el afecto y las oraciones de todos sus paisanos.

Está entre amigos, aragoneses de ancho corazón, y no oculta su estado de ánimo:

«Perdonad. Yo estoy muy emocionado, por doble motivo: primero por vuestro cariño; y además, porque a última hora de ayer recibí un aviso de Roma comunicándome la defunción de uno de los primeros que yo envié para hacer el Opus Dei en Italia. Un alma limpia, una inteligencia prócer, doctor en Derecho Civil por la Universidad de Madrid (…), doctor en Derecho Canónico por la Universidad Lateranense; abogado Total. Después, en tiempos de Juan XXIII, nombrado auditor de la Rota (…).

Yo debería estar contento de tener uno más en el Cielo, ya que tan frecuentemente en una familia tan numerosa tiene que suceder un hecho de este género. Pero estoy muy cansado, muy cansado, muy abrumado. Me perdonaréis, y estaréis contentos de saber que tengo corazón (…).

No puedo dejar de declararos que mi noble orgullo de barbastrense se siente hoy singular y profundamente agradecido a todos cuantos estáis haciendo posible, unidos a tantos miles de personas esparcidas por todo el mundo, el maravilloso empeño que clava sus raíces junto a Nuestra Señora de Torreciudad»(30)

A las 11,30 del día 26 de mayo, el Padre regresa a Zaragoza. Mientras se aleja, el Fundador mira, con emoción y entusiasmo, la estructura de los edificios que se destacan como una atalaya en el horizonte. Voltean las campanas de la torre y el eco se pierde en los pueblos del Somontano. Ya no volverá nunca. Un mes más tarde habrá cruzado la última frontera en el camino de sus grandes amores: Dios, la Virgen y San José. Aquellos que ha dejado esculpidos en el retablo de este templo que se yergue junto al Pirineo aragonés.

Aquí, todo es «Opus Dei»

fundador  Tagged , , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Centro ELIS (Educazione, Lavoro, Instruzione, Sport )es la iniciativa de mayor amplitud que los miembros del Opus Dei han realizado en Roma para contribuir a la promoción de la juventud obrera. Este lugar de formación profesional está enclavado en el barrio Tiburtino, y su puesta en marcha ha requerido la estrecha cooperación de miembros y amigos de la Obra: intelectuales, obreros y profesionales.

El proyecto ELIS nació en la mente y en el corazón del Papa Juan XXIII, que fue un Pontífice especialmente amado del pueblo. Llevaba siempre en su alma la defensa de los que tienen pocos bienes de fortuna, la promoción de una verdadera libertad para los hombres, la carga de los que no tienen trabajo, de los enfermos, los abandonados. Y como, a la vez, sentía confianza y cariño hacia el Fundador del Opus Dei, decidió encomendarle esta tarea de gran esfuerzo y envergadura social. Para ello contaba con unos terrenos en el barrio Tiburtino de Roma, uno de los más necesitados de atención y de estructuras asistenciales y educativas. Y disponía, también, de un dinero que el pueblo había ofrecido a Pío XII, en ocasión de su octogésimo aniversario, para la realización de alguna obra social.

Este fue el comienzo. Porque, al llegar Pablo VI al Pontificado, el proyecto no se interrumpió, sino que obtuvo todo el apoyo, todo el calor de su afecto. Le dijo a Monseñor Escrivá de Balaguer, por medio del Cardenal Dell’Acqua, que deseaba inaugurar personalmente el Centro ELIS, antes de que se concluyera el Concilio Vaticano II.

El Papa recuerda el barrio Tiburtino, que visitó en tiempos de Pío XII: todo eran desmontes, chabolas y muchas personas que, humanamente hablando, estaban al borde de la desesperación… Y el Santo Padre rememora la conversación que sostuvo con un grupo de muchachos, parados contra una tapia. No hacían nada, sólo intentaban divertirse en la calle, sin buscar ni encontrar trabajo porque nadie les había enseñado un oficio.

-«¿Qué sabéis hacer?».

-«Todo… es decir: nada»(26).

Se fue de allí el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, Monseñor Montini, con el alma oprimida. Y con el deseo de crear en el barrio un centro de formación profesional para que los obreros pudieran aprender, especializarse, y mejorar sus condiciones de vida.

Ahora, al llegar a la Sede de Pedro, se encuentra con el proyecto a punto de concluir, y su ánimo se alegra al poder presenciar, hecha realidad, aquella idea que nació en su corazón ante el abandono de este gran suburbio romano.

El Centro ELIS, contiguo a la parroquia de San Juan Bautista al Collatino, confiada también a sacerdotes de la Obra y atendida por don Mario Lantini, consta de una residencia para jóvenes trabajadores, un complejo de edificios escolares y una amplia zona deportiva. Hay escuela de Enseñanza Media diurna y nocturna;

Centro de formación profesional en electro-mecánica y diseño industrial; círculos recreativos y culturales; bibliotecas y salas de estudio. Por último, un grupo deportivo que se ocupa de la educación física de los alumnos. En un edificio totalmente independiente hay una Scuola Alberghiera (Escuela de Hostelería), donde se forman, en régimen de internado, más de sesenta alumnas. Además, lleva a cabo una labor de extensión de los conocimientos impartidos en estos cursos a un gran número de personas de todo el barrio.

El edificio central del ELIS recibió en 1964 el premio nacional de arquitectura social. Es un exponente del carácter que preside sus fines y actividades. En lugar de configurarse como la tradicional escuela de barrio, se han levantado unos locales aptos para una labor educativa de calidad.

En noviembre de 1965, todo está a punto para la recepción e inauguración de los edificios por parte de Su Santidad Pablo VI.

A las siete y media de la tarde del 21 de noviembre de 1965, el horizonte romano amenaza tormenta. Llueve intermitentemente, pero el viento empieza a despejar el cielo. De pronto, la luz de varios reflectores ilumina las fachadas y edificios del Centro ELIS. Dos largas filas de alumnos montan guardia a los lados del trayecto que une el ELIS con la Via Tiburtina. Sostienen antorchas encendidas, y su luz cubre el camino que Pablo VI va a recorrer dentro de unos instantes. El Centro ELIS tiene abiertas de par en par las puertas. Miles de vecinos de la zona se apiñan en la calle para ver llegar al Papa. Un inmenso gentío llena la explanada, frente a la iglesia. Dentro, ni bancos ni reclinatorios, que no servirían más que para ocupar espacio. El templo está presidido por un gran Crucifijo situado en el presbiterio; debajo una sencilla cátedra, con dosel, para el Romano Pontífice. Sillones destinados a las jerarquías eclesiásticas y civiles; y sitiales para el Fundador de la Obra y don Alvaro del Portillo. El altar, cara al pueblo, con un antiguo frontal. A la izquierda, la bellísima escultura de la Virgen que el Padre prometió a los alumnos de la Universidad de Navarra. Ella preside, con serena dignidad, la llegada del Papa. El pedestal está cubierto de flores.

Las notas del órgano indican que el Santo Padre llega al atrio de la iglesia. Allí le esperan el Padre, el Cardenal Vicario y el párroco. El coro llena el ambiente con las notas del Veni Creator. Pero un clamor unánime de los obreros, familiares del barrio, alumnos del Centro ELIS, representantes de la Universidad de Navarra, alumnas de la Scuola Alberghiera apagan los acordes en la unánime adhesión a la Cabeza visible de la Iglesia Católica. Es, además, demostración directa del amor y del espíritu del Opus Dei.

Una vez terminada la Misa, Pablo VI bendice la imagen de la Virgen destinada a Navarra. Quiere hacerlo solemnemente. Cuando la Señora emprenda su viaje, camino de España, será portadora del cariño del Romano Pontífice.

Habla luego Monseñor Escrivá de Balaguer ante el Papa:

«Al encontrarnos ahora en Vuestra Presencia acuden a la memoria tantos recuerdos de mi ya largo itinerario romano: en el centro de esos recuerdos, se destaca la Persona Augusta de Vuestra Santidad, que desde el ya lejano 1946 ha querido benévolamente dar fecundos consejos y generosos ánimos a mi humilde persona y a la Obra que empezaba entonces a dar sus primeros pasos en el suelo romano»(27).

El Papa contesta emocionado. Para dar las gracias a Monseñor Escrivá de Balaguer por esta labor del Centro ELIS que honrará a Roma. Y a todos los miembros del Opus Dei, a algunos de los cuales conoce desde hace ya muchos años. Y mientras habla, sonríe a don Álvaro del Portillo, que está sentado frente a él. Pablo VI recuerda aquel tiempo en que el Tiburtino era un barrio desalentado, cuando los jóvenes no encontraban trabajo ni comida. «Hemos llevado siempre en el corazón la imagen de aquella escena, con el dolor de no haber podido ofrecer el socorro que pedían. Pues bien: aquella amargura encuentra hoy aquí, finalmente, un consuelo. Esta obra parece la respuesta a aquella petición de unos muchachos acobardados y sin trabajo, para formar jóvenes alegres, trabajadores y confiados…».

Cuando el Fundador reclama su bendición apostólica para todos, el Papa le lleva junto a sí y comparte con él este gesto sacerdotal: las dos manos se elevan para ofrecer a Dios el esfuerzo, la alegría y la paz de esta tarde romana. Con razón, antes de marchar camino del Vaticano, Pablo VI podrá decir al Padre:

«Aquí, todo, todo es Opus Dei…».

En el corazón del Padre queda la alegría de haber proporcionado al Vicario de Cristo una pausa de cariño entrañable en medio de las graves preocupaciones que pesan sobre su alma.

«Con que Pablo VI hubiera pasado diez minutos felices, me hubiera quedado contento. Pero me quedé corto (…). Porque estaban previstas dos horas para la visita, y estuvo tres horas largas. No tenía prisa. Se marchó feliz, feliz» (28)


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder