¿Qué es Harambee?

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“Nunca se borrarán las huellas –dice un antiguo proverbio del Congo- de las personas que caminaron juntas”

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¿QUÉ ES HARAMBEE?

Es un proyecto internacional de ayuda, solidaridad y cooperación con África. Harambee presta ayuda económica a proyectos concretos del África Subsahariana, gestionados por africanos comprometidos con el desarrollo de sus respectivos países y promueve un nuevo modo de contemplar la realidad  africana.

Opus Dei -

¿QUÉ SIGNIFICA HARAMBEE?

“Todos juntos”. ¡Harambee! es la expresión que se usa en África cuando se necesita que todos ayuden a todos en una determinada tarea; por ejemplo, es el grito en swahili que dirigen los pescadores africanos a los que están en la playa, cuando se van acercando a la orilla, para que les ayuden a recoger las redes.

Es la expresión que se usa en África cuando se necesita que todos colaboren con todos.

¿Hay una familia en apuros? ¡Harambee!

¿Hay que construir una escuela o una casa? ¿Hay que allanar un camino? ¡Harambee!

Cada uno ofrece todo lo que puede: trabajo, dinero, esfuerzo, materiales…

Todos dan y todos reciben.

¿CUÁNDO NACIÓ HARAMBEE?

Opus Dei -

Harambee nació en Roma el 6 octubre de 2002 con ocasión de un acontecimiento internacional: la  canonización de Josemaría Escrivá por el Papa Juan Pablo II.

El proyecto Harambee desea ayudar a los africanos en la construcción de su propio futuro, mediante las iniciativas más variadas.

Para eso, se requiere ver África con una nueva mirada, libre de prejuicios, con un afán de cooperación  que lleve a trabajar todos juntos –¡Harambee!-  promoviendo un nuevo modo de contemplar la realidad  africana.

La mirada Harambee es una mirada constructiva, llena de esperanza.

Es una mirada realista y positiva, que atiende y sirve a los auténticos intereses africanos.

Es una mirada especialmente sensible a los grandes valores de África Subsahariana.

Cientos de personas colaboran con Harambee en los cinco continentes con actividades de comunicación y sensibilización cultural.

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¿QUÉ FINES TIENEN LOS PROYECTOS DE HARAMBEE?

Esos proyectos tienen fines muy variados. Se proponen:

- colaborar con iniciativas concretas en África de carácter cívico y de cooperación al desarrollo, en su acepción más amplia.

- impulsar proyectos de carácter educativo dirigidos a estudiantes africanos, porque se confía en la fuerza transformadora de la educación.

- cooperar con programas de carácter asistencial y sanitario, y con actividades  de protección a la infancia.

- promover iniciativas dirigidas a la promoción laboral, profesional, intelectual, social y humana de la mujer africana, para lograr que tenga igualdad de oportunidades.

- ayudar a proyectos que trabajen a favor de la integración de personas que están en riesgo de exclusión por diversas razones, como la guerra o las desigualdades económicas.

- promover la tolerancia y el diálogo entre las diversas culturas africanas, favoreciendo la paz, la comprensión social y el enriquecimiento cultural mutuo.

- organizar campañas de sensibilización sobre la realidad africana, para difundir los grandes valores africanos, como la solidaridad, el respeto a los mayores o el amor a la familia.

- mostrar perfiles de africanos que ofrezcan soluciones y respuestas válidas a los grandes problemas con los que se enfrentan.

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¿QUÉ ENTIDADES LLEVAN A CABO LOS PROYECTOS EN ÁFRICA?

Son entidades muy variadas, que ofrecen garantías de que las ayudas llegarán realmente a las personas necesitadas y a las iniciativas de desarrollo a las que se destinan.

Por ejemplo, en Madagascar se ayuda a un proyecto de la Diócesis de Ramanarivo; en Rwanda se colabora con la Diócesis de Cyangugu; en Sierra Leona, con la Family Homes Movement; en Kenia, con Strathmore University;  en Sudán, con la Casa Generalicia de las Religiosas Canosianas; etc.

¿QUIÉNES GESTIONAN LOS PROYECTOS?

Son los propios africanos los que asumen la responsabilidad de gestionar los proyectos.

Esto constituye una de las claves fundamentales de su eficacia.

¿CON QUÉ ENTIDADES AFRICANAS COLABORA HARAMBEE?

Opus Dei -

Con entidades muy diversas, gestionadas por personas que ofrezcan garantía plena de que las ayudas llegarán íntegramente a su destino.

¿CÓMO HACE LLEGAR HARAMBEE SUS AYUDAS A ÁFRICA?

Por medio del ICU, Istituto per la Cooperazione Universitaria de Roma, que trabaja desde hace cuarenta años en el ámbito de la solidaridad y ha impulsado numerosos proyectos de cooperación en  África.

¿CON CUÁNTOS PROYECTOS HA COLABORADO HARAMBEE?

Desde 2002 a 2007 ha colaborado con 24 proyectos realizados en catorce países: Burkina Faso, Camerún, Costa de Marfil, Guinea Bissau, Kenia, Madagascar, Mozambique, Nigeria, República Democrática del Congo, Rwanda, Sierra Leona, Sudáfrica, Sudán y Uganda.)

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¿QUÉ PROYECTOS HAY EN CURSO EN ÁFRICA SUBSAHARIANA?

En la actualidad hay cuatro proyectos en curso:

República Democrática del Congo: ayuda a 600 madres con niños pequeños y creación de tres clínicas rurales

Lugar: Kinsasha

Entidad promotora: Hospital Monkole

Duración: Tres años

Destinatarios: El proyecto se dirige a unas 600 madres con niños pequeños, provenientes de tres zonas rurales de Kinshasa. Se proporcionará asistencia médica a 600 madres y a un millar de niños, y se pondrán en marcha tres pequeñas clínicas rurales, dependientes del Hospital Monkole.

Coste: 100.00.00 euros

Madagascar: proyecto Asa, de Acogida a los sin techo

Lugar: Antananarivo

Entidad promotora: Association de Accuell des Sans abri, creada por Jacques Tronchon y el Comité Inter-Franciscano.

Duración: tres años.

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Proyecto: Consiste en un programa de cursos de formación artesanal para 75 cabezas de familia (70% mujeres y 30 % hombres), con una media de cinco hijos. Se les capacitará para que puedan poner en marcha unos negocios autónomos, y se les ayudará con microcréditos, y cursos de higiene, alfabetización y economía doméstica.

Coste: 119.604 euros

Kenia: proyecto de formación permanente a Maestros

Lugar: Kenia

Entidad promotora: Strathmore University

Opus Dei - Proyecto de Strathmore de formación en prisiones

Proyecto de Strathmore de formación en prisiones

Duración: tres años

Proyecto: El objetivo es ofrecer formación permanente a 4.500 maestros durante los próximos tres años, con planes de formación pedagógica, higiene y prevención de enfermedades como la malaria y el Sida.

Coste: 293.630.00 euros

Sudán

Lugar: El Obeid. Estado de Kordofán Norte. Sudán

Entidad promotora: Fundación “Canosianas de El Obeid”, Sudán

Duración: Tres años

Proyecto: se promocionará humana y profesionalmente a numerosas mujeres jóvenes, de 15 a 22 años, refugiadas del sur de Sudán, que han tenido que emigrar a causa de la guerra civil, y carecen de empleo y de medios de subsistencia.

Coste: 200.000 euros

¿QUÉ SON LOS PROYECTOS DE COMUNICACIÓN Y SENSIBILIZACIÓN CULTURAL?

Opus Dei -

Son proyectos que se realizan en diversas partes del mundo para dar a conocer la realidad africana, con el deseo de que se contemple este continente con una nueva mirada, más esperanzada y  libre de prejuicios y estereotipos.

Dar una información objetiva de los problemas africanos, con sus luces y sombras –no sólo sombras- es otro modo de cooperar con África. Un cambio generalizado de la percepción sobre África Subsahariana generará más confianza en los inversores; promoverá intercambios culturales enriquecedores para ambas partes; y abrirá el camino para nuevos acuerdos de cooperación.

Es un medio eficaz para generar más ayudas económicas y conseguir fondos para los distintos proyectos de desarrollo humano, cultural, social, económico y espiritual.

¿QUÉ TIPO DE PROYECTOS SON?

Son iniciativas de carácter muy variado: cultural, educativo, artístico, deportivo, etc.

Campañas de sensibilización, de promoción educativa y de difusión de la cultura africana.

Encuentros universitarios para analizar perspectivas de futuro de  diversos países africanos.

Artículos, reportajes, libros y ensayos sobre la realidad del África Subsahariana.

Iniciativas para recaudar fondos para los diversos proyectos que se llevan a cabo.

Certámenes literarios, concursos de carácter cultural y  artístico (fotográfico, pictórico, etc.)

Entre las diversas actividades del último trimestre de 2007 en España se pueden destacar estos eventos, que son de carácter y finalidad muy variada: III Edición del concurso Escolar Harambee “Comunicar África” (octubre); Presentación de Harambee en Valencia (octubre); Convocatoria del Premio Internacional Audiovisual Harambee (noviembre); Exposición de pintura de artistas solidarios, en Madrid (noviembre);  concierto solidario de Navidad, en Valladolid (diciembre).

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¿QUÉ ENTIDADES PROMUEVEN ESTOS PROYECTOS DE COMUNICACIÓN?

Son entidades muy diversas, públicas y privadas; instituciones docentes y educativas de todo tipo; asociaciones; entidades sin ánimo de lucro; clubs deportivos, etc.

¿QUIENES GESTIONAN ESTOS PROYECTOS?

Los responsables de cada entidad, en sintonía con los  objetivos propios de Harambee. Harambee colabora con numerosos proyectos en África. En unos casos colabora con proyectos que ya están en marcha y presta su ayuda a  iniciativas de otras entidades.En otros casos, Harambee se pone en contacto primero con las entidades locales africanas que conocen las necesidades concretas de sus comunidades.

¿QUÉ ESTRUCTURA ADMINISTRATIVA TIENE EN ESPAÑA?

Opus Dei - Juan Luis Rodríguez-Fraile

Juan Luis Rodríguez-Fraile

La mínima e indispensable para llevar a cabo su misión.
La directiva y los voluntarios no perciben retribución económica.
La totalidad del importe de sus ayudas se destina a los proyectos concretos en África

Directivos

Presidente

Juan Luis Rodríguez-Fraile
Padre de Familia. Cinco hijos.
Abogado. PDD IESE. Asesor de Corporate Finance

“Harambee es una respuesta realista y esperanzada ante los problemas de África”


Opus Dei - Margarita Valenzuela de Guzmán

Margarita Valenzuela de Guzmán

Secretaria General

Margarita Valenzuela de Guzmán
Madre de Familia. Seis hijos.
Geografía e Historia. Máster de Matrimonio y Familia de la UNAV

“Hay empeños para los que siempre hay que estar disponible”

Vocales

Milagros Ariza Soler.
Rosalinda Corbi
Ana Mª González Ramírez.
Manuel García Bernal.
Antonio Hernández.
Juan Jiménez de la Peña.

Asociados

Opus Dei - Presentación de Harambee España

Presentación de Harambee España

Los Asociados de Harambee son personas que colaboran activamente y de forma regular –con la dedicación generosa de su tiempo y con un esfuerzo totalmente desinteresado- al desarrollo de la Asociación.

Colaboradores

En la  actualidad hay cientos de personas que colaboran en España con el Proyecto Harambee.
Las formas de colaboración son muy variadas, lo mismo que la duración de cada actividad.
Pueden concretarse en:

La organización de congresos, conferencias, seminarios y ciclos de carácter científico que favorezcan el conocimiento objetivo de la cultura africana actual.

La creación de premios y de iniciativas que ayuden a la promoción de la mujer africana y contribuyan a su igualdad de oportunidades.

La difusión de los grandes retos y problemas con los que se enfrentan los países africanos en diversos ámbitos, como  la medicina o la educación, en hospitales, universidades o centros similares de nuestro país, mediante proyectos de investigación, artículos, etc.

La recaudación de fondos mediante sorteos, concursos, rastrillos benéficos, etc.

La promoción y colaboración en proyectos de sensibilización en el ámbito escolar.

La participación en eventos de carácter cultural o deportivo (un certamen literario, un concurso de pintura o de fotografía, un campeonato, un cross, etc.) que contribuyan a difundir una nueva visión de la realidad africana.

Opus Dei -

La colaboración con el mantenimiento y actualización de esta página web (realizando traducciones, entrevistas y artículos, enviando noticias, etc.).

Harambee es un proyecto internacional de ayuda, solidaridad y cooperación  con África, con sede en Roma.

Algunos países como Francia, Estados Unidos o  España cuentan con su propia organización nacional.

La mayoría de los proyectos de Harambee tienen carácter autónomo y no requieren estructuras administrativas.

Por esa razón, la estructura administrativa de Harambee (España) es la mínima e indispensable. No necesita de una compleja estructura de gestión, con los gastos económicos que  eso comporta.

Nadie en Harambee (España) -ni  la directiva, ni los asociados, ni los colaboradores- percibe retribución económica alguna por su colaboración o dedicación de tiempo.

El total del importe de las ayudas recibidas se destina a los proyectos concretos en África.

La Ong italiana  ICU – Istituto per la Cooperazione Universitaria- se ocupa de hacer llegar a sus destinatarios las ayudas económicas de Harambee España y realiza el seguimiento de los proyectos.

La “Asociación Harambee” se constituyó en Madrid, el 9 de mayo de 2007.

Forma parte del Proyecto internacional Harambee que promueve iniciativas en África y sobre África en el área subsahariana, impulsando y colaborando en proyectos educativos, asistenciales y de desarrollo.

Realiza también una labor de sesibilización en el resto del mundo dando a conocer los valores y la realidad africana.

Descargate aquí los estatutos

¿CÓMO PUEDO COLABORAR CON HARAMBEE?

Harambee es un gran proyecto de ayuda a África,
con el que usted puede colaborar de muy diversos modos:

Con estas iniciativas de carácter cultural, periodístico, deportivo, etc., se ayuda a cambiar la percepción, frecuentemente negativa, de la realidad africana.

Puede colaborar económicamente con un donativo para los proyectos de Harambee en África.

> Transferencias bancarias

Puede realizar una transferencia bancaria, a nombre de Harambee, a la cuenta

CIC. 2100-3059-96-2200830890

> Enviar un cheque

Proyectos Harambee España 2007
c/ Vitruvio, 3
Teléfono 91 563 47 82
28006 MADRID

Certificados de las donaciones: Fundación Casatejada

¿DESEAS COLABORAR PERIÓDICAMENTE?

Mandar la información:

- por email a info@harambee.es
- por correo postal a c/ Vitruvio, 3, 28006. Madrid
- o en el teléfono 91 563 47 82

Se puede colaborar con iniciativas de carácter cultural, periodístico, deportivo, etc., que den a conocer la realidad del África Subsahariana; y  se puede colaborar económicamente con un donativo para los proyectos de Harambee en África.

Certificados de las donaciones: Fundación Casatejada

Concluye en Roma la fase diocesana de la causa de canonización de don Álvaro del Portillo

D. Álvaro  Tagged , , , , , , , No Comments »

El  jueves 26 de junio de 2008, en el Palacio del Laterano, el cardenal Camillo Ruini presidió la sesión de clausura del proceso diocesano sobre la vida y las virtudes del Siervo de Dios Álvaro del Portillo (1914-1994), obispo y prelado del Opus Dei.

Opus Dei - Juan Pablo II y Mons. Álvaro del Portillo.

Juan Pablo II y Mons. Álvaro del Portillo.

Ese mismo día, la Iglesia celebra la memoria litúrgica de san Josemaría, fundador del Opus Dei.

El proceso se abrió el 5 de marzo de 2004. El actual Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, fue reconocido por la Congregación para las Causas de los Santos como obispo competente para instruir la causa de canonización de su predecesor.

Sin embargo, Mons. Echevarría pidió al cardenal Ruini que se nombrase un tribunal en el Vicariato de la Diócesis de Roma para que recibiera su testimonio y el de algunos otros testigos.

El resto de testigos han sido escuchados por el tribunal de la Prelatura en Roma o por tribunales de sus diócesis de residencia.

Mons. Flavio Capucci, Postulador de la causa, ha agradecido al tribunal del Vicariato el trabajo desarrollado. Con esa ocasión, ha recordado que en 1978, cuando comenzó el proceso de san Josemaría, Mons. Álvaro del Portillo insistió en que, al pedir al Papa el inicio de la causa del Fundador, el Opus Dei no buscaba su propia gloria, sino la de la Iglesia. “Hoy –ha dicho Capucci- con todo el corazón hacemos nuestras esas palabras”.

El próximo paso del proceso se dará cuando el tribunal de la Prelatura concluya las sesiones del proceso que instruye. Con el material que ambos tribunales hayan recogido, el Postulador elaborará la positio, que es una biografía del Siervo de Dios y un estudio de cómo ha vivido las virtudes cristianas en grado heroico.

En su momento, el Postulador enviará la positio a la Congregación para las Causas de los Santos para que sea estudiada.

Un matrimonio español en proceso de beatificación

santos  Tagged , , , , , , No Comments »

“Tú eres el camino de ella hacia el Cielo; y tú el de él”, decía San Josemaría a los esposos. Tomás Álvira y Francisca Domínguez siguieron su consejo y buscaron la felicidad en la vida ordinaria de su matrimonio. Rafael Alvira, uno de sus hijos, relata la vida de sus padres.

Opus Dei - Tomás y Paquita, un matrimonio feliz.

Tomás y Paquita, un matrimonio feliz.

La intensidad de la relación que un matrimonio tenga con Dios puede llevar a marido y mujer a ser declarados santos.

Éste es el caso de los españoles Tomás Alvira y Francisca Domínguez, cuya unión podría ser beatificada y después canonizada por la Iglesia católica.

Rafael Alvira, uno de los ocho hijos del matrimonio, estuvo en la Ciudad [de México] para impartir la conferencia “El hombre y Dios en la sociedad del siglo XXI”, en el Seminario de Monterrey y en el Centro Panamericano de Humanidades, A.C.

“Juan Pablo II fue el primer Papa que pidió y organizó que se canonizaran matrimonios juntos”, comentó el doctor en Filosofía.

“Él tenía el deseo de que como hay algunos casos en la historia de que marido y mujer se han canonizado por separado, también que se tomara en cuenta la santidad de la vida matrimonial y canonizarlos juntos”.

En entrevista, luego de una de sus charlas, Alvira contó que la Diócesis de Madrid publicó el miércoles en un boletín el inicio del proceso de beatificación y canonización de sus padres.

“Consideran las personas que han llevado estudios sobre la vida de mis padres que podrían ser considerados santos, siempre que cumplan previamente los pasos que la Iglesia tiene marcados y de una aprobación por parte de una comisión teológica de sus virtudes y milagros”.

De acuerdo con el también directivo de la Universidad de Navarra, existe el registro de miles de personas que han pedido favores a este matrimonio.

“Se hicieron unos libros y estampas que son importantes para que la gente pueda pedirles favores o milagros, sin los cuales la Iglesia no canoniza”.

Tomás Alvira fue un investigador que murió en 1992, Francisca era maestra y falleció en 1994. Ambos fueron supernumerarios del Opus Dei.

A finales del 2001, durante el Pontificado de Juan Pablo II, se realizó la primera beatificación de un matrimonio, el de los italianos Maria Corsini y Luigi Beltrame Quattrocchi.

Actualmente, también los franceses Marie-Zélie Guérin Martin y Louis Martin, padres de Santa Teresita del Niño Jesús, están en proceso de beatificación.

Para orar por el proceso hacia los altares de Tomás y Paquita, como la llamaban, existe una oración impresa con su fotografía.

26 de junio de 1975

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Durante su estancia en México se reunió con un grupo numeroso de sacerdotes diocesanos de Guadalajara, con los que sostuvo un encuentro largo y animado. Pero el calor era agobiante y acabó extenuado.

Se retiró para descansar. Observó entonces que frente a su cama había un cuadro de la Virgen de Guadalupe. Representaba a la Señora ofreciendo una rosa al indio santo, Juan Diego. La contempló con detenimiento.

—Así quisiera morir, musitó: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor…

“El 26 de junio de 1975 —escribía un periodista, de la Real Academia Española— el cielo estaba azul y yo estaba en mi casa del Pincio, viendo desde el balcón, en la lejanía, la cúpula de San Pedro sobre el Monte Vaticano, el Monte de los Vaticinios. Sonó el teléfono. Me dieron la noticia escuetamente: ´Ha muerto Mons. Escrivá de Balaguer´. Ni una sílaba más, porque ante lo decisivo sólo el silencio es grande; el resto, debilidad.

Pero salí a preguntarle a sus amigos. No se encontraba enfermo. En cualquier caso no le había comunicado a nadie inquietudes acerca de su salud. El 26 de junio había madrugado, como siempre. La del alba sería cuando salió a tener una plática con unas hijas suyas en Castelgandolfo. Como Santa Teresa de Jesús, este hombre de virtudes heroicas podía decir: `Hijas, cosas son éstas para entretener la espera´ ”.

En contra de lo que suponía el académico, había pasado ya la hora del alba cuando Josemaría Escrivá se reunió con un grupo de mujeres del Opus Dei. Aquella mañana había celebrado, en Roma, a las ocho, la Misa votiva de la Virgen. A las nueve y media de la mañana salió hacia Castelgandolfo y durante el camino rezó los misterios gozosos del Rosario. Al entrar en la sala de estar de la casa vio, en uno de los muros, una imagen de la Virgen que le resultaba particularmente entrañable: esa imagen había recogido la última mirada de su madre antes de morir.

Vosotras, por ser cristianas —dijo—, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con ese alma sacerdotal, y con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos haremos una labor eficaz. Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a su Iglesia y al Santo Padre.

Se sintió indispuesto y se retiró. Regresó a Roma, y poco después, hacia las doce de la mañana, falleció de un paro cardíaco en la habitación donde solía trabajar.

En aquel cuarto estaba una imagen de la Virgen de Guadalupe a la que saludaba con la mirada siempre que entraba en la habitación. Ella se llevó su último saludo de amor. Dios le concedió morir como había pedido: mirando una imagen de la Señora.

El día siguiente, 27 de junio, fue sepultado en la Cripta del entonces oratorio de Santa María de la Paz. En la losa de mármol se colocó, bajo el sello de la Obra, esta inscripción, que era su biografía en dos palabras:

EL PADRE

y abajo, las fechas de su nacimiento: 9.I.1902, y de su muerte: 26.VI.1975

El cuerpo de Josemaría Escrivá reposa en la actualidad en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, en la Sede Central de la Prelatura del Opus Dei, en Roma, continuamente acompañado por miles de peregrinos que acuden a rezar junto a su tumba. Allí continúa intercediendo ante Dios, y prosigue, desde el Cielo, su siembra de paz.

Tras su fallecimiento la fama de santidad del Fundador del Opus Dei era patente: y las alrededor de 6.000 cartas postulatorias que enviaron a la Santa Sede personas de más de 100 países del mundo demostraban el interés con el que aguardaban amplios sectores de la sociedad eclesial y civil la apertura de la Causa.

Se dirigieron en este mismo sentido al Santo Padre, 69 cardenales, 241 arzobispos, 987 obispos (más de un tercio del episcopado mundial) y 41 superiores de órdenes y congregaciones religiosas.

En 1981 se introdujo su Causa de Canonización y el 9 de abril de 1990 se promulgó el Decreto sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios

Un año después, el 7 de julio de 1991, la Santa Sede dio lectura al decreto de un milagro realizado por intercesión del Venerable Josemaría Escrivá.

Se trató de la curación repentina de Sor Concepción Boullón Rubio, una carmelita de la Caridad de 70 años que residía en el Convento del Escorial, cerca de Madrid. Cuando se encontraba al borde de la muerte como consecuencia de las diversas enfermedades que padecía, una noche de junio de 1976 quedó completamente curada.

El 17 de mayo de 1992 Juan Pablo II beatificó a Josemaría Escrivá en la Plaza de San Pedro, en Roma, ante miles de peregrinos. Diez años más tarde, después de aprobar el 20 de diciembre de 2001 un decreto de la Congregación para las Causas de los Santos sobre un nuevo milagro atribuido a su intercesión y de oír a los Cardenales, Arzobispos y Obispos reunidos en el Consistorio el 26 de febrero de 2002, el Santo Padre Juan Pablo II decidió que el Beato Josemaría fuera canonizado el 6 de octubre de 2002, en el año del centenario de su nacimiento.

A partir de ese día, este sacerdote que sólo buscó cumplir con la misión que Dios le había encomendado —difundir el mensaje de la santidad en medio del mundo, mediante la santificación del trabajo, sembrar la paz entre los hombres—, será venerado en la Iglesia como San Josemaría.

“Parece que habla para Youtube”

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La Oficina de información del Opus Dei cuenta con un canal de vídeos en Youtube desde hace varios meses.

“Acabo de ver un vídeo de una tertulia que tuvo San Josemaría con gente joven, y me ha sorprendido la rapidez y brevedad con que responde a las preguntas más variadas: parece que habla para Youtube”. Este mensaje recibido en la Oficina de información hace bastante tiempo motivó que incluyésemos en Youtube algunos videos de San Josemaría.

Opus Dei -

Nos empujaban las palabras de Juan Pablo II: “Internet produce un número incalculable de imágenes que aparecen en millones de pantallas de ordenadores en todo el planeta. En esta galaxia de imágenes y sonidos, ¿aparecerá el rostro de Cristo y se oirá su voz? Porque sólo cuando se vea su rostro y se oiga su voz el mundo conocerá la buena nueva de nuestra redención. Esta es la finalidad de la evangelización. Y esto es lo que convertirá Internet en un espacio auténticamente humano (…) Quiero exhortar a toda la Iglesia a cruzar intrépidamente este nuevo umbral, para entrar en lo más profundo de la red, de modo que ahora, como en el pasado, el gran compromiso del Evangelio y la cultura muestre al mundo «la gloria de Dios que está en la faz de Cristo» (2 Co 4, 6)”.

El canal de la Oficina de Información del Opus Dei en Youtube contiene varias decenas de vídeos de corta duración, que están clasificados en varios apartados: vídeos sobre iniciativas apostólicas, sobre el Opus Dei y sobre San Josemaría, etc.

Novedades en josemariaescriva.info

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Ofrecemos algunas de las últimas novedades en la web de San Josemaría

Opus Dei - Vilnius  (Lituania)

Vilnius (Lituania)

El día 6 de octubre de 2002 el siervo de Dios Juan Pablo II canonizó en Roma a Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. En este videoclip (5:52 min) se recogen momentos de esos días, con testimonios de los participantes.

Las palabras que reproducimos fueron la respuesta, que también puede escuchar, a una pregunta en Santiago de Chile durante una tertulia el 2 de julio de 1974.

Imagen de San Josemaría en Vilnius (Lituania)

El día 6 de octubre tuvo lugar en Vilnius (Lituania) una Misa Solemne para conmemorar el 80 aniversario de la fundación del Opus Dei. Fue celebrada por el Cardenal y Arzobispo de Vilnius Audrys Juozas Bačkys en la iglesia dedicada a Todos los Santos de la capital de Lituania

San Josemaría y Pío XII

1946. Las primeras palabras de cariño y aliento que Escrivá escuche en Roma serán las de monseñor Giovanni Battista Montini.

Recensión: Josemaría Escrivá de Balaguer, una devoción popular

Recogemos a continuación una recensión publicada en el volumen 1 de la Revista Studia et Documenta del Instituto histórico San Josemaría Escrivá sobre una de las pocas monografías que aborda el análisis del Opus Dei en su vertiente sociológica, estudiando cuál ha sido el impacto social de la devoción popular a san Josemaría en Colombia.

Sacerdotes, “sólo” sacerdotes

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

El hilo de nuestra argumentación nos conduce a los sacerdotes. Ocupémonos de este clero singular, al que está prohibido ser clerical. El fundador señalaba: «Que nuestros sacerdotes no consientan que sus hermanos les presten servicios innecesarios. Cada uno debe guardar en su corazón los mismos sentimientos que tuvo Jesús, que dijo: “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir”. Así debe suceder entre vosotros».

Y añadía: «Aunque la vocación es igual para todos, el sacerdote debe luchar por ser el servidor de sus hermanos, sabiendo ser uno más en nuestra Casa; porque efectivamente es como los demás».

Y como cada católico tiene a sus espaldas siglos de clericalismo de un lado, y de alticlericalismo por el otro, en los que no conviene volver a tropezar, insiste: «Los sacerdotes no mangoneen a los laicos, ni estos a los sacerdotes: que no haya entre nosotros sacerdotes que invadan el campo de competencia temporal de los laicos, ni laicos que se entrometan en los asuntos espirituales reservados a los sacerdotes». Y repetía con frecuencia: «el sacerdocio, en el Opus Dei, no es la coronación de una carrera, no es un premio para los mejores: es una llamada a servir a las almas en un modo al mismo tiempo igual y distinto al de los demás miembros».

El «sistema de reclutamiento» del clero de la Prelatura facilita considerablemente el cumplimiento de estas orientaciones. Por su mismo origen, no es ni puede ser una especie de «cuerpo extraño» o de «casta separada» en una institución «laical» como es esta, puesto que todos sus sacerdotes proceden de las filas de los numerarios y de los agregados.

No es infrecuente encontrar en los periódicos titulares que anuncian la ordenación sacerdotal (y no pocas veces de manos del Papa) de algunas decenas de personas de todas las edades, aunque nunca muy jóvenes y a veces ni siquiera jóvenes, que componen un auténtico muestrario de las profesiones más variadas. Algo así como: siete abogados, ocho ingenieros, dos periodistas, tres médicos, cuatro profesores, un notario, dos economistas, un coronel… No es necesario seguir leyendo esas noticias: con toda seguridad son los cuarenta o cincuenta sacerdotes que el Opus Dei, de modo constante y programado, hace ordenar (u ordenan ellos mismos: el anterior Prelado era Obispo, y por consiguiente podía ordenar) para cubrir las necesidades asignadas al «clero de la Prelatura».

En la práctica, las cosas suceden del siguiente modo. Después de algunos años de esfuerzo por «santificar el trabajo y santificarse en él» -que pueden ser muchos: las ordenaciones de personas de más de cincuenta años no son raras-, el Prelado pregunta a algunos numerarios y agregados que cumplen todos los requisitos si están dispuestos a vivir la misma vocación al Opus Dei con un trabajo, un servicio, distintos: el propio del sacerdote.

El interpelado puede aceptar, y también puede rechazar (sin demérito alguno, pues se trata de una materia en la que resulta esencial la más plena libertad). Si acepta, abandona totalmente la profesión civil y (dicen las normas) recibe la formación en los centros que la Prelatura erige con ese fin, de acuerdo con las disposiciones establecidas por la Santa Sede. Se trata, en la práctica, de seminarios propios. Hasta el último momento, todos tienen la posibilidad de interrumpir su camino hacia la ordenación, para volver al mismo trabajo que desempeñaban.

El número de sacerdotes está «programado»; actualmente es algo menos del 2% de los miembros de la Prelatura (1.500 entre un total de 80.000), y está previsto que no supere el 3%. Es decir, los indispensables para las necesidades de la Obra: ni más ni menos. Estos porcentajes confirman la impresión de que el peligro de «clericalización» del Opus Dei, que pudiera comprometer su carácter laical, carece de todo fundamento.

Este sistema de reclutamiento presenta muchas ventajas. La más importante es que, para desarrollar sus tareas de predicación y de dirección espiritual, y lógicamente la administración de sacramentos, es preciso que conozcan por experiencia personal el espíritu de la Obra en el que se han formado. Están llamados a perpetuar ese espíritu, junto con los laicos, pero en una situación objetivamente estratégica, decisiva. Además, su experiencia como trabajadores en profesiones «laicas» es también fundamental, puesto que en torno al trabajo se construye la vida espiritual.

La llamada al sacerdocio les llega en edad adulta, después de años y años de compromiso cristiano, y por consiguiente bien probados, y con garantías de una solidez particular. Los errores de perspectiva de tantos eclesiásticos de hoy, ante lo que creen que son exigencias del «mundo moderno», del «hombre contemporáneo», derivan probablemente de su inexperiencia en esos campos de la vida. Por eso, tantas orientaciones pastorales y parte de la avalancha de «documentos» sobre todo tipo de asuntos producidos por una nueva burocracia eclesial incurren en un generalismo estéril.

Además de esos y de otros aspectos positivos, existe otra ventaja cuya importancia podría pasar inadvertida a quien no conozca los entresijos de la Iglesia institucional, con sus problemas y sus conflictos.

Así lo describe Le Tourneau, con palabras sobrias pero llenas de significado: «Los sacerdotes del Opus Dei salen de la propia Prelatura y se forman en su seno, por lo que el Opus Dei no sustrae a las diócesis sacerdotes ni candidatos al sacerdocio». Casi todos los fundadores de órdenes y congregaciones religiosas, al menos en los tiempos modernos, han tenido antes o después enfrentamientos con el clero local precisamente por este motivo. Cuando los posibles candidatos al sacerdocio comenzaron a disminuir, hasta hacerse escasos en número, no faltaron obispos que sospecharon o incluso acusaron a los institutos de perfección de «robarles» las vocaciones. Por ejemplo, muchos de los graves problemas de Don Bosco y sus salesianos con el arzobispo de Turín tuvieron esa raíz.

El Opus Dei ha decidido «ir por su cuenta». De este modo, no sólo zanja las polémicas de ese estilo, sino que además puede replicar que, lejos de «empobrecer» las diócesis y sus presbiterios, en realidad los potencia, pues pone a disposición de la Iglesia otros sacerdotes que, sin la Obra, no habrían llegado al sacerdocio. Más aún, probablemente no habrían llegado a la Iglesia, ya que no pocos de los numerarios y los agregados que se ordena descubrieron -o redescubrieron- la fe a través de la relación con la Obra.

Este clero depende del Prelado en lo que se refiere a los fines de la Obra, pero para las disposiciones del Derecho canónico está sometido al obispo diocesano (del cual recibe con frecuencia encargos pastorales) y forma parte del presbiterio diocesano.

Sin embargo… ¿no fue Maquiavelo quien señaló que, en la organización de los asuntos humanos, cualquier solución a un problema crea siempre otros nuevos? El rostro institucional de la Iglesia, ese aspecto humano que da cuerpo al misterio y que es esencial en la lógica de la Encarnación, está sometido a las leyes que regulan cualquier organismo social. Por eso, acalladas las sospechas de «robar vocaciones» a las diócesis con ese sistema de «auto alimentación» -algo así como el «hazlo tú mismo» del bricolaje-, surgen otras, como la acusación de querer establecer una «Iglesia paralela», cerrada en sí misma como una secta, e incluso enfrentada al resto de la Iglesia Católica.

Hemos mencionado ya que la misma estructura canónica de Prelatura parece impedir este tipo de peligros, pero será interesante reproducir la réplica de la Obra a este tipo de acusaciones. Escribe uno de sus miembros: «No hay por qué alarmarse ante una posible “Iglesia paralela” si cada cristiano, como individuo, está legitimado -según los críticos- para inventarse su propia Iglesia. Sucede a veces que, en algunas parroquias, los párrocos hacen y disponen a su gusto, con independencia de las normas existentes en materia litúrgica y disciplinar. Es ligeramente farisaico acusar a otros -y además sin base- de lo mismo que hace con frecuencia el crítico. En realidad, “Iglesia paralela” es la formada por la suma de los comportamientos que se separan de la legítima autoridad en la Iglesia: el Papa y los Obispos en comunión con él».

Continúa la misma fuente («de parte», naturalmente): «El Opus Dei, desde 1928 a hoy, ha manifestado su voluntad de adherirse en todo al Papa. En 1967, decía Mons. Escrivá de Balaguer a Time: “Resido establemente en Roma desde 1946, y así he tenido ocasión de conocer y tratar a Pío XII, a Juan XXIII y a Pablo VI. En todos he encontrado siempre el cariño de un padre”. El comportamiento del beato -que inculcó también en sus hijos- fue de total coherencia: a esa paternidad pontificia correspondió (y pidió a todos que correspondieran) con veneración y obediencia filiales. ¿Formar sacerdotes y laicos con semejante planteamiento radicalmente católico es acaso pretender crear una “Iglesia paralela”?».

Como se ve, ante esa acusación reaccionan vivamente, sobre todo en comparación con el habitual tono sofí de la Obra, que procura no enzarzarse en polémicas intraeclesiales. Esa respuesta vigorosa confirma precisamente que la acusación está muy difundida en ciertos ambientes, y que es vista desde dentro como particularmente insidiosa. Más aún, la soportan como una injusticia frente a quien sostiene que la docilidad a los pastores es la base de todo.

¿Cómo deberían ser -cómo pretenden ser- «sus» sacerdotes, según el ideal del sacerdote don Josemaría? Procediendo del mundo del trabajo y ocupándose de la formación espiritual de trabajadores, ¿seguirán el modelo de «sacerdotes-obreros», se atendrán al cliché del «sindicalista consagrado», del cura en jersey que sólo habla de política y de sociología, ese que apoyaba la «lucha de clases», que participaba en huelgas y manifestaciones «contra los capitalistas».

Quien tenga esa idea, que se la quite pronto de la cabeza. Incluso en el aspecto externo tradicional (ya señalé que la sotana o el clergyman son obligatorios), el clero de la Prelatura es justo lo contrario del clérigo en trenka de los años setenta, que proclama su deseo de «ser exactamente igual que los demás», y que quizá juzgue «alienante», o al menos «discriminatorio para los no creyentes», hablar de Dios y de Cristo (salvo como «líder proletario»). De ese tipo de sacerdotes que llama a la misa «asamblea de camaradas», o como mucho, «ágape fraterno», y la celebra en la cocina sobre una mesa cualquiera; que quiere que todo sea «comunitario», incluida la confesión y la absolución de los pecados (los «sociales», que son los unicos pecados verdaderos, y que por ese motivo sólo pueden pecar los «burgueses» y los «capitalistas»).

Con una extraordinaria experiencia sacerdotal a sus espaldas, entre personas de todo el mundo, cuarenta y ocho años después de su ordenación y dos antes de su muerte, Escrivá insistió en lo que, para él, debería ser el sacerdote. Es una especie de «declaración programática» sumamente interesante: un biógrafo la definió como Carta Magna del sacerdocio de hoy y de siempre. (No «del Opus Dei», sino de la Iglesia, como han confirmado las enseñanzas de Juan Pablo II sobre ese sacramento). Se trata, a mi juicio, de un documento significativo, que no puede omitirse en un dossier que pretende descubrir «el secreto de la Obra». Aquí, en sus sacerdotes, reside quizá uno de sus verdaderos «secretos».

Escuchen estas palabras pronunciadas en 1973, cuando el ciclón contestarario azotaba la Iglesia, y se experimentaban esos «nuevos caminos» que convertirían a los cristianos practicantes en una especie en vías de extinción, y en algunos países ya desaparecida (la historia enseña que cuando los clérigos pelean entre sí, pocos son los laicos que se ponen de un lado o del otro: la mayoría se va, juzgando que tienen cosas más importantes que hacer que seguir riñas de sacristía o incomprensibles disputas teológicas, y dejando que los contendientes se las arreglen entre ellos).

«No comprendo -decía Escrivá en aquella homilíalos afanes de algunos sacerdotes por confundirse con los demás cristianos, olvidando o descuidando su específica misión en la Iglesia, aquella para la que han sido ordenados. Piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más. No es verdad. En el sacerdote, quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aun de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo -labor sacerdotal en ese caso-, la caridad, la educación, la delicadeza en el trato. Pero junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal».

Así quiso que fueran los sacerdotes de su Obra, como lo demostró al formar personalmente casi un millar: fue una de las tareas que colocó siempre en primer lugar, convencido de que «el sacerdote no va nunca solo, ni al Cielo ni al infierno». Y esto es también lo que la gente espera del sacerdote, según Escrivá, «esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean; que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que -aunque conociese perfectamente- no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados».

«En una palabra -concluía Escrivá-: se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión auricular y secreta, perdona los pecados. La administración de estos dos sacramentos es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor».

Esto es, a la postre, lo específico del sacerdote en la perspectiva católica, lo que le hace indispensable, lo que justifica su presencia y su misión. Todo lo demás pueden hacerlo los laicos, e incluso mucho mejor. No es casual que la experiencia -llena de generosidad- de los sacerdotes-obreros acabó o languideció porque los obreros les hicieron entender que gente como ellos era fácil de encontrar: no necesitaban otro obrero, ni un enésimo sindicalista, sino a alguien que anunciase cosas «distintas», que hablase de Dios y no sólo del hombre y de sus necesidades sociales, como ya hacen los demás.

Por mi conocimiento de esos ambientes, les puedo asegurar que este retrato-robot del sacerdote según Escrivá de Balaguer es mucho más que suficiente para hacer saltar los nervios de tantos clericales. O al menos, de los pocos que quedan, después de que sus grandes esperanzas se convirtieran en grandes desilusiones.

Para comprender la hostilidad de cierto clericalismo contra el Opus Dei, es suficiente reflexionar sobre las palabras de Escrivá que he transcrito y sobre sus consecuencias.

Podrán entenderlo también escuchando estas otras que ahora reproduzco, en las que encontrarán una confirmación de que detrás de esa concepción del sacerdocio se encuentra una teología, una eclesiología y una espiritualidad que no puede evitar entrar en conflicto con otras de nuestros días. La lucha sin cuartel contra la beatificación encontró aquí una de sus razones más importantes.

No es casualidad que esa oposición fuera mantenida sobre todo por sacerdotes y ex-sacerdotes, mientras los laicos (como parecen probar las más de 300.000 personas en la plaza de San Pedro y las decenas de miles de relatos de «favores») no sólo no adoptaron una postura contraria, sino que dio más bien la impresión de que les agradaba que se propusiera como «ejemplo» ante toda la Iglesia a un sacerdote como aquél, un sacerdote que quería que los demás sacerdotes fueran así. Empezando por los de su Obra, lógicamente; pero sin detenerse ahí.

Leamos pues estas palabras de Mons. Escrivá que, más o menos en esos mismos años, se lamentaba de que hubiera «sacerdotes que en lugar de hablar de Dios -que es el único “argumentó’ en el que tienen la autoridad y el deber de tratar-, hablan de política, de sociología, de antropología. Y como con frecuencia no saben nada, se equivocan. Y lo que es peor, el Señor no está contento. Nuestro ministerio consiste en predicar la doctrina de Jesucristo, en administrar los sacramentos y en enseñar el modo de buscar a Cristo, de encontrar a Cristo, de amar a Cristo, de seguir a Cristo. El resto no es asunto nuestro».

Según los estatutos, los sacerdotes de la Prelatura tienen libertad de opinión en cualquier materia «opinable»: también en las cuestiones teológicas no definidas por el Magisterio. Pueden pensar como estimen mejor, como les dicte su conciencia, también en política -ejercitan con libertad el derecho de voto, como sus conciudadanos- pero deben guardar sus opiniones para ellos. La prohibición de meterse en política se entiende dentro de esa espiritualidad que propone la Obra: «ser siempre instrumentos de unidad en la Iglesia y entre los hombres, nunca de división». ¿Y hay algo que divida más a los hombres, y con mayor aspereza, que la lucha política? ¿Puede olvidarse acaso que, como expresó Dante, la política es «la palestra que nos hace tan feroces»?

En este sentido, resulta significativo que se exija al sacerdote del Opus Dei que tenga «alma sacerdotal y mentalidad laical». Es característico de cierta mentalidad clerical pensar que «el hombre sagrado» debe intervenir en todo «sacralizando» también lo que pertenece a las decisiones y opiniones dejadas a la libertad de los creyentes. En el fondo, la diferencia entre el clericalismo preconciliar y el posconciliar no es más que una inversión de punto de vista: antes del Concilio, se intentaba sacralizar las «derechas» (o al menos el «centro»; en cualquier caso, una posición política); después del Concilio, se quiso hacer lo mismo pero con las «izquierdas». Antes, se intentaba hacer creer a los católicos que no eran tales si no aceptaban defender la causa de la «reacción»; después, se lanzaba el anatema al creyente que no jurase que lo que Cristo quería era la «revolución».

Creo que así entendía Escrivá la «mentalidad laical»: pedir a los miembros de la Obra que llamaba a la ordenación que se esforzaran por ser «sacerdotes al cien por cien». Y ese compromiso comienza por la obligación de «no ingerencia» en todo lo que no es espiritual, en lo que se refiere al servicio de Dios.

De este aspecto deriva, en mi opinión, una de las características más sorprendentes del Opus Dei: el culto y la defensa a ultranza de la libertad de los miembros. Sorprendente, porque resulta que la realidad no sólo es distinta del cliché, sino incluso su contrario. Escuchemos a este propósito lo que afirma Le Tourneau: «Una de las características del espíritu del Opus Dei, a menudo puesta de relieve por sus portavoces y con mayor insistencia aún por el Fundador, es el amor a la libertad».

«Un amor íntimamente conectado con la mentalidad secular propia del Opus Dei, la cual hace que, en todas las cuestiones profesionales, sociales, políticas, etc., cada miembro actúe libremente en el mundo, con arreglo a lo que le dicte su conciencia, rectamente formada, y asumiendo plenamente las consecuencias de sus actos y de sus decisiones. Eso les lleva no sólo a respetar, sino también a amar, de manera positiva y práctica, el auténtico pluralismo, la variedad de todo lo que es humano; así hacen realidad lo que la Declaración de la Congregación para los Obispos del 23 de agosto de 1982 decía con motivo de la erección del Opus Dei como Prelatura personal: “Por lo que se refiere a sus opciones en materia profesional, social, política, etc., los fieles laicos que pertenecen a la Prelatura -dentro de los límites de la fe y de la moral católicas y de la disciplina de la Iglesia- gozan de la misma libertad que los demás católicos, conciudadanos suyos; por tanto, la Prelatura no hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas, económicas, etc., de ninguno de sus miembros”».

Continúa el autor francés: «Esta opción deliberada a favor de la libertad no es consecuencia de una prudencia humana o de una táctica, sino el resultado lógico de la conciencia clara que todos los miembros tienen de participar en la única misión de la Iglesia: la salvación de las almas. Verdad es que el espíritu cristiano ofrece unos principios éticos comunes de acción temporal: respeto y defensa del Magisterio de la Iglesia, nobleza y lealtad en el comportamiento -con caridad-, comprensión y respeto de las opiniones ajenas, verdadero amor a la Patria -sin nacionalismos estrechos-, promoción de la justicia, capacidad de sacrificio en servicio de los intereses de la comunidad, etc. Ahora bien, sobre la base de estos principios, cada cual determina qué solución le parece más pertinente entre las muchas opciones que existen. A este respecto, Mons. Escrivá concluía: “Con esta bendita libertad nuestra, el Opus Dei no puede ser nunca, en la vida política de un país, como una especie de partido político: en la Obra caben -y cabrán siempre- todas las tendencias que la conciencia cristiana pueda admitir, sin que sea posible ninguna coacción por parte de los directores”. Sólo la jerarquía de la Iglesia puede, si lo estima necesario para el bien de las almas, dictar una norma de conducta determinada al conjunto de los católicos».

Podría sospecharse que con mala fe se oculta la «verdadera» realidad de la Obra, que no sería más que un conjunto de marionetas dirigidas por alguien que, agazapado en la oscuridad, no sólo no respeta sino que coarta su libertad. Pero esa sospecha tendría que explicar el hecho de que la dinámica misma de la institución -con su rechazo del clericalismo, incluso para los sacerdotes- conduce no sólo en teoría sino también en la práctica a quedar al margen de las decisiones temporales de los laicos.

Volviendo al perfil del clero del Opus Dei, señalemos que el numerario o el agregado llamados al sacerdocio abandonan totalmente su profesión «civil», en la que han podido

alcanzar éxito y prestigio. No abandonan por esto el trabajo, sino que a partir de ahora se dedican plenamente a la labor sacerdotal. Este consiste, principalmente, en «colaborar en la formación espiritual de los miembros de la Obra -hombres y mujeres- mediante la predicación, la dirección espiritual y la administración de los sacramentos, sobre todo de la confesión».

A propósito de esto último: ¿está obligado quien pertenece al Opus Dei a confesarse con un sacerdote de su institución? Veamos cómo es el asunto. «El fundador enseñó siempre que los miembros son libres, como cualquier católico, de confesarse con cualquier sacerdote que tenga las debidas licencias. Un miembro del Opus Dei puede utilizar lícitamente esta libertad, dirigiéndose a sacerdotes que no pertenecen a la Prelatura. Sin embargo, es fácil darse cuenta de que esto no será frecuente: si los miembros del Opus Dei se comprometen libremente a perseguir un fin concreto dentro de la Iglesia, es lógico que escojan los medios específicos propuestos por la Prelatura. Y es evidente que los sacerdotes de la Obra, por su conocimiento del espíritu de la Obra y de las obligaciones específicas de sus miembros, pueden ayudar con su orientación a vivir de modo más eficaz el sacramento de la penitencia, que es también un medio de dirección espiritual».

Recogemos aquí esa precisión oficial porque este punto ha sido (y es) polémico: Algunos consideran que la práctica habitual (no obligatoria) de los miembros del Opus Dei, que se confiesan con sacerdotes del Opus Dei -con uno de ellos, ya que no se impone uno en particular-, es una manifestación de mentalidad «sectaria».

No me corresponde a mí defender a nadie ni a nada. Se trata sólo de razonar y de comprender: esta es la línea que, si no me equivoco, me he esforzado y me esfuerzo en seguir. Es preciso admitir que si se mira el asunto con objetividad y sentido común, parece realmente increíble que se polemice sobre este punto. Discusiones que no se dan, como es lógico, cuando un franciscano se confiesa con un franciscano, un barnabita con un barnabíta, un sacerdote diocesano con otro sacerdote de la misma diócesis.

Esas acusaciones confirman la aspereza de los contrastes que esta institución «nueva» -pero que se remite a lo antiguo, a los dos milenios de la Tradición- ha suscitado y sigue suscitando, alimentando sospechas también sobre comportamientos y costumbres aceptados pacíficamente en otras realidades eclesiales. Juzgue el lector si tiene sentido lo que se lee con frecuencia en los alegatos anti-Opus: los miembros deberían confesarse con sacerdotes no pertenecientes a la Prelatura, para «contrastar» de este modo los peligros de indoctrinamiento, de lavado de cerebro, de clausura, que implicaría la formación interna.

La respuesta es obvia: «al Opus Dei se viene impulsado por una vocación libremente aceptada. Con la misma libertad se puede salir, se pueden buscar otros caminos, si se sospecha que la Prelatura transmite venenos que deben combatirse con los antídotos de un confesor externo, que -aun no conociendo la Obra- periódicamente ponga en guardia, “descontamine”».

Para terminar con el origen, misión y espiritualidad de los sacerdotes, es preciso hablar también de otros sacerdotes, aunque coincidan en parte con el clero de la Prelatura: los socios de la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz. No es un accesorio sin importancia de la Prelatura, como demuestra el hecho de que su nombre completo y oficial en los documentos y en el Anuario Pontificio es «Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei», y que sólo por abreviar se dice «Opus Dei».

Sería complicado (para ustedes y también para mí), e incluso poco interesante para nuestros fines, explicar por qué y cómo, de acuerdo con las posibilidades y las exigencias del derecho canónico -conocidas al dedillo tanto por Escrivá como por su inseparable Del Portillo, doctores ambos en la materia- se llegó a semejante nombre. Confieso que no domino suficientemente las sutilezas eclesiásticas como para explicar con palabras mías cómo funciona esa Sociedad y cuáles son sus relaciones con la Prelatura, con la Iglesia universal y con las Iglesias locales.

Por tanto, en una materia tan compleja, donde cada término tiene un significado preciso, me limitaré a reproducir aquí una explicación «oficial» sintética pero, a mi juicio, bastante clara y completa.

Es la siguiente: «La Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz es una asociación de clérigos compuesta por: 1) los sacerdotes del Opus Dei, es decir, por el clero de la Prelatura; 2) por los diáconos y presbíteros, incardinados en una diócesis, que deseen formar parte de la Sociedad, respondiendo a una vocación divina que les llama (y esta es la finalidad de la asociación) a santificar su trabajo profesional: es decir, el ministerio sacerdotal. Para alcanzar esta finalidad, dependen de la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz sólo en lo que se refiere a la asistencia espiritual (que es un ámbito que corresponde a la esfera de la autonomía personal): lo que significa que cada uno de esos sacerdotes sigue bajo la completa y exclusiva dependencia de su obispo propio».

Sigamos con esa explicación: «Esta Sociedad, creada por Mons. Escrivá en 1943, se adecua al espíritu del Vaticano II, que en el decreto sobre los presbíteros, cuando exhorta a mejorar continuamente la formación sacerdotal, sugiere también la pertenencia a alguna asociación específica. La Sociedad es una asociación con un espíritu que favorece la unidad y que fomenta, de un lado, la unión de cada sacerdote con su obispo, y de otro, la fraternidad sacerdotal. Por tanto, los socios no son del clero de la Prelatura del Opus Dei, sino clero propio del obispo del que dependen. No están, por tanto, bajo la jurisdicción de los directores del Opus Dei. La Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz es jurídicamente distinta de la Prelatura, pero existe entre ambas una completa unidad de espíritu alrededor de lo que es el elemento propio del Opus Dei: la búsqueda de la santidad a través de la santificación del trabajo ordinario».

Creo que, si habéis leído hasta aquí, os habréis dado cuenta de que esta Sociedad responde a una intención clara: conseguir que todos, si son llamados, puedan vivir el mensaje del Opus Dei. Como sólo los laicos pueden entrar en la Obra, porque los clérigos -ya ordenados o en el seminario- están excluidos, la Sociedad sacerdotal permite recibir y vivir la formación del espíritu del Opus Dei a estos sacerdotes que permanecen en su propia diócesis de la que dependen en todo lo que no se refiera a la autonomía personal de cada uno, como la formación espiritual.

Conviene señalar, como quizá se ha apreciado ya en la explicación anterior, el derroche de habilidad y de experiencia para encontrar una fórmula que salvaguardase, por una parte, la posibilidad de que un sacerdote diocesano pudiese vivir la espiritualidad de la Obra, si se siente llamado a ello; y por otra, los derechos del obispo del lugar -«nihi1 sine episcopo» (nada sin el obispo) es el lema programático de la asociación- y el deber del sacerdote de sentirse partícipe a pleno título del clero del que procede y al que continúa perteneciendo.

He aquí otro aspecto de la estrategia general de don Josemaría: proponer a todos, sin excluir a nadie, un training en santidad y apostolado, dejando a cada uno donde se encuentra, cambiando lo menos posible su condición tanto en la sociedad como en la Iglesia.

Evangelio y Vaticano II en el espíritu de Josemaría Escrivá de Balaguer

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Testimonio de Cardenal Ángel Suquía, Arzobispo de Madrid. Presidente de la Conferencia Episcopal Española
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El próximo 17 de mayo, el Santo Padre Juan Pablo II beatificará en San Pedro del Vaticano a Josemaría Escrivá de Balaguer, que nació un día como el de hoy, hace noventa años. Con este acto, la Iglesia habrá propuesto solemnemente a los fieles un nuevo ejem­plo de santidad, y un eficaz intercesor ante Dios. Tras la alegría por la llegada a los altares de este sacerdote español –particular­mente para nuestra diócesis de Madrid, en la que residió durante casi veinte años–, viene el momento de la reflexión sobre el sentido del reconocimiento público de una vida santa en la Iglesia de hoy.

Como ha sucedido a lo largo de toda la historia, también ahora el Espíritu Santo suscita hombres de Dios que tienen como misión abrir camino, hacerlo andadero para los que vengan detrás. Esos hombres de Dios se adelantan a su tiempo y lo acercan al querer de Dios. Uno de esos hombres de Dios fue precisamente Josemaría Escrivá de Balaguer, que recibió aquí, en la diócesis de Madrid, la llamada clara del Señor para encarnar y difundir un mensaje de alcance universal.

Es Jesucristo quien alienta cada uno de los pasos de la Iglesia y guía todos sus caminos, bajo el impulso vivificante del Espíritu. Y ha sido el Espíritu Santo quien -como recordaba el Santo Padre– «ha hablado a la Iglesia de hoy y su Voz ha resonado en el Concilio Ecuménico». La Iglesia, por sus legítimos pastores – los romanos pontífices y los obispos-, ha reconocido el carisma del Opus Dei y alienta la labor apostólica de los miembros de la Prelatura, cons­ciente de que su dinamismo apostólico, junto al de tantas otras rea­lidades de la Iglesia, es expresión de la vitalidad espiritual del pueblo de Dios y responde plenamente al espíritu del Concilio para nuestro tiempo. Un tiempo necesitado de respuestas sólidas y coherentes, que requieren en el fiel cristiano, junto con la asidua recepción de los Sacramentos, una profunda formación ascética y teológica, pre­supuesto ineludible para la honda tarea de evangelización a la que nos convoca Juan Pablo II en los albores del tercer milenio cristiano.

También ahora los sacerdotes y los laicos, cooperando orgáni­camente en la tarea evangelizadora, cada uno desde su peculiar misión, deben afrontar los retos que plantea una sociedad descris­tianizada y deben dar una respuesta coherente con su fe bautismal: la respuesta comprometida y responsable de hombres que viven su fe las veinticuatro horas del día como cristianos consecuentes. Este es uno de los puntos en donde se manifiesta la profunda trascen­dencia del carisma que Nuestro Señor dio a Josemaría Escrivá en aquel 2 de octubre de 1928, cuando fundó el Opus Dei «por ins­piración divina», como destaca Juan Pablo II en la Constitución Apostólica «Ut Sit».

Ya se ha señalado la sintonía que existe entre el mensaje de Mon­señor Escrivá y el Vaticano II: la llamada universal a la santidad de todos los hombres y el valor santificador de todas las realidades humanas rectas. Urgencia de santidad, de vida divina, de unión con Dios por medio de la Iglesia, que ha sido el nervio de la tarea reno­vadora suscitada por el Espíritu al acercarnos al tercer milenio de la Iglesia. Así quedó patente en el Sínodo Extraordinario de los Obispos, de 1985, al hacer balance de los frutos que ha traído a su Iglesia aquel gran Concilio Ecuménico.

Quiero señalar, por mi parte, que no se trata sólo de una sintonía de carácter estrictamente teórico. El deseo de Monseñor Escrivá se ha convertido en realidad en la vida de muchísimas almas: su predicación ha dado frutos vivos de santidad en la Iglesia; sus pala­bras han prendido su luz y su calor en la vida de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Ahora se aprecian los frutos de esa gran labor catequizadora, que hacía recordar a Monseñor Escrivá de Balaguer la autenticidad, la fidelidad y la sencillez de los primeros cristianos, aquellos hombres que navegaron a contracorriente en medio de un mundo paganizado, para transformarlo como el fer­mento en la masa y llevarlo a Cristo.

En efecto: sólo una profunda formación cristiana puede servir a los hombres de esta sociedad nuestra para que vivan con el señorío de los hijos de Dios, sin dejarse arrastrar por las ideologías de huma­nismos sin Dios, materialistas o cegados por actitudes permisivas. Se comprueba ahora con especial agudeza que los criterios autén­ticamente cristianos facilitan el convivir y amar -que es mucho más que respetar o tolerar- a todos, sin excluir a nadie, pero abarcando particularmente a los más menesterosos: los pobres, los enfermos, los marginados, los ancianos, los sin trabajo.

Sé que Monseñor Escrivá soñaba con que los catecismos hicie­ran mucho más hincapié en las obligaciones sociales que comporta la fe católica: deberes cívicos, profesionales y de justicia social. Nosotros podemos y debemos convertir en hermosa realidad su sueño.

En el pensamiento de Monseñor Escrivá, la formación laical significa luchar por resolver esas rupturas en la vida de los hombres que tan certeramente señala el Concilio Vaticano II: la fractura entre la fe y la conducta personal; entre la fe y la cultura; entre lo sobrenatural y lo auténticamente humano. Se encamina a res­tablecer latinidad de vida del cristiano, superando esa múltiple esci­sión dislocadora de una efectiva vida cristiana.

Para soldar esas fracturas se necesitan muchos cristianos seria­mente formados que acojan con alegría y plenitud la doctrina católica, tal como es propuesta por el Magisterio; que se unan con espon­taneidad a los obispos y se integren en la pastoral diocesana; que compartan, en sincera comunión con sus hermanos, el mismo Pan Eucarístico. Es necesario que los cristianos sepan poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, con libertad y res­ponsabilidad personales, como hicieron aquellos primeros cristia­nos que se santificaron en el mundo pagano.

Y aquí radica en parte, al menos a mi entender. el atractivo del mensaje profundamente evangélico del fundador del Opus Dei: enseñaba que la fe no debía llevar a un espiritualismo raquítico. a una «teoría espiritual» desgajada de la existencia real, sino que debía impregnar hasta los más recónditos entresijos de la vida cotidiana.

Es necesario recordar de nuevo, como enseña el Concilio Vati­cano II, que los laicos deben santificarse en medio del mundo, en medio de este mundo nuestro que se aleja de Dios. El hombre de la calle debe aprender a santificarse en su trabajo realizado con amor de Dios y con pericia profesional. Porque la credibilidad del testimonio de los cristianos dependerá -cada vez más- del pres­tigio profesional que posean, y la eficacia de su contribución a la evangelización estará condicionada por una sólida preparación en el trabajo. Esta gran catequesis que impulsó el fundador del Opus Dei está dando abundantes frutos de servicio y representa una ayu­da muy significativa en esa gigantesca obra de evangelización del mundo moderno en la que está comprometida toda la Iglesia.

Mi buen amigo Álvaro del Portillo, obispo prelado del Opus Dei, recordaba que el «anhelo del fundador del Opus Dei se plasmó en un lema de resonancias heráldicas: “para servir, servir”. Esto es, para ser útiles hace falta tener espíritu de servicio y demostrarlo con obras. El único honor que siempre deseó fue el de servir a la Iglesia una, santa, católica y apostólica; y el derecho de renunciar a todo derecho que no fuera ofrecerse en un continuo holocausto de oración y de trabajo».

Escribió Pablo VI que la Obra promovida por Monseñor Escri­vá de Balaguer era una «expresión de la perenne juventud de la Iglesia». De esa Iglesia que ahora peregrina en un mundo pluralista en el que desea construir la civilización del amor y contribuir a una auténtica cultura de vida. La noticia de la próxima beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer nos lleva a un canto de acción de gracias al Espíritu Santo Vivificador.

Ese “siervo de Dios”, tan delicadamente Padre

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Testimonio de Cesare Cavalleri, Director de la revista «Studi Cattolici» y crítico literario
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El año pasado, por estas fechas –exactamente, el 9 de abril–, Juan Pablo II aprobaba el decreto de la Congregación de las Causas de los Santos en el que se exponía que existen pruebas de que el siervo de Dios Josemaría Escrivá ha vivido en grado heroico todas las virtudes cristianas. El fundador del Opus Dei era por lo tanto proclamado Venerable, título que no significa que se le pueda tri­butar culto público, pero que abre la fase inmediatamente previa a la beatificación, en la cual se probará, desde el punto de vista médico y teológico, un milagro atribuido a su intercesión.

He escrito estas líneas –y quizá se nota– con cierta oficialidad. El tema es delicado, las palabras se miden de forma exacta, no es necesario anticipar el dictamen de la Iglesia y, por otra parte, sería absurdo no subrayar el inmenso alcance espiritual, teológico y eclesial del suceso. El decreto, de hecho, sitúa a Monseñor Escri­vá en una escala muy elevada: después de haber afirmado, con Pablo VI, que la proclamación de la vocación de todos los bautizados a la santidad es «el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar y, por así decirlo, su fin último», el decreto sitúa a Monseñor Escrivá –que de ese mensaje ha hecho el centro de la espiritualidad y de la función eclesial del Opus Dei– en «coin­cidencia profética» con el Concilio Vaticano II, reconociendo la perenne ejemplaridad de su contribución a la promoción del laicado eclesial llamado a la «cristianización ab intra (desde dentro) del mundo.

Y se podrían seguir –y debidamente– enunciando los méritos de la figura extraordinaria de Monseñor Escrivá, la fama de santo que tuvo durante su vida, su arrebatador carisma de fundador, de siervo devoto y esforzado de la Iglesia, su éxito de autor de libros publicados en todo el mundo, Camino, Surco, Forja, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios y Conversaciones, que ya hacen que se le con­sidere un clásico de la espiritualidad de nuestro siglo, etcétera, etcé­tera. Todo esto es verdad, en parte ya se ha probado, y sólo falta un trabajo sublime y desmedido de biógrafos e historiadores.

No obstante, personalmente, no me encuentro en condiciones, al menos por ahora, de coordinar un discurso sistemático sobre cl Venerable Josemaría Escrivá, porque yo he conocido al fundador del Opus Dei hace treinta años y, hasta que murió, es decir, hasta el 26 de junio de 1975, he tenido con él –yo, como miles de miem­bros del Opus Dei en todo el mundo– relaciones filiales no basadas en la asiduidad de una visita humanamente imposible, sino llenas de noticias, oraciones, ideales y trabajo apostólico compartidos, hasta el punto de considerar absolutamente natural el título de padre con el que nos dirigíamos al fundador: no padre en sentido religioso, sino en el sentido de padre de familia.

No es que no nos diésemos cuenta del valor y de la santidad del padre, todo lo contrario: pero su modo de actuar, y de tratarnos, hacía que lo sintiéramos ante todo nuestro; tanto es así que mientras estoy evidentemente contento del avance de su proceso de beati­ficación –porque Monseñor Escrivá no pertenece al Opus Dei, sino a toda la Iglesia–, al mismo tiempo siento la sensación de que se hacen públicos documentos de familia, cosas íntimas, procedimien­tos a mi parecer legítimos y benéficos, pero que de alguna manera son también un desposeimiento.

Si yo tuviese que probar en qué cosa he adivinado sobre todo la santidad de Monseñor Escrivá, diría que ha sido en su manera tan humana de vivir la caridad, es decir, en su extraordinaria capa­cidad de afecto. Y me acuerdo de un episodio sin importancia, pero para mí muy significativo.

Sucedió en 1961. Me trasladé con un grupito de estudiantes a casa del padre, a la sede central del Opus Dei en Roma. Finalizado el cordialísimo encuentro el padre nos invitó a asistir a la Santa Misa que iba a celebrar en breves momentos Nos fuimos al oratorio –artístico y recogido– que el fundador utilizaba habitualmente y que, por sus reducidas dimensiones carece de reclinatorios Cuando sonó la campanilla del Sanctus nos arrodillamos sobre el suelo de mármol. El padre hizo una señal al acólito que era don Javier Echevarría, el actual Vicario general del Opus Dei y le susurro algo al oído. Don Javier vino hacia nosotros y nos dilo «El padre dice que no os arrodilléis, porque el suelo esta frío». Así era el padre incluso en los momentos mas solemnes y precisamente por su ininterrumpida relación con Dios pensaba concretamente en quienes estaban a su lado, se preocupaba hasta de las rodillas de estudiantes de veinte años que, entre otras cosas, no notaban molestia alguna al estar en contacto con el mármol. Con la conciencia segura invito a recurrir a la intercesión de un siervo de Dios que en vida tenía estas delicadezas.

La beatificación y canonización de San Josemaría Escriva

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

El 17 de mayo de 1992, como hijos de su oración, asistimos en Roma a la beatificación de don Josemaría Escrivá de Balaguer, viaje inolvidable desde Almería recorriendo la primavera del litoral Mediterráneo, Francia, los Alpes, Italia, hasta la campiña romana. Un grupo maravilloso de familias y miembros de la Obra, que celebrábamos nuestras eucaristías al atardecer de cada día en los hermosos paisajes franceses e italianos, en sus verdes campos, en alguna gasolinera, siempre el mar a nuestra vista. Acampamos al sur de Roma, en plena campiña, al frescor de los viñedos y los ruidos agrícolas. ¡Qué gran día aquel 17 de mayo, la Plaza de San Pedro desbordada por el casi un millón peregrinos de todo el mundo, eufóricos bajo las columnas del Bernini escuchando la voz recia del Papa Juan Pablo II leyendo la fórmula de Beatificación de Josefina Bakhita, virgen, Hija de la Caridad, y de Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, Fundador del Opus Dei! En nuestros oídos los ecos de aquellas palabras de san Josemaría, siempre presentes: “Seguir a Cristo: este es el secreto. Acompañarle tan cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos”.(“Amigos de Dios”, 299). Hermoso día aquel, nuestra visita al atardecer a la iglesia de san Eugenio a Valle Giulia para venerar las reliquias del Beato, la noche estrellada, el clamor de la Roma histórica, cristiana, volteada de campanas, noche llena de rumores y palabras…

“Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándonos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior”, palabras de Juan Pablo II.

No pudimos estar en Roma, como hubiéramos querido, el domingo 6 de octubre de 2002, sí estuvimos en espíritu por medio de la TV, en la canonización de Josemaría Escrivá, san Josemaría Escrivá, también por el Papa Juan Pablo II, culminación de su camino de entrega a Dios, porque, como no se cansaba de repetir, “ir al cielo, es lo que importa; lo demás no merece la pena…”

“San Josemaría fue escogido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que las actividades comunes que componen la vida de todos los días son camino de santificación. Se puede decir que fue el santo de lo ordinario” Palabras de Juan Pablo II, el 7 de octubre de 2002, en una audiencia en la Plaza de San Pedro.”Este santo sacerdote enseñó que Cristo ha de ser el ápice de toda actividad humana (cf Jn 12,32). Su mensaje –seguirá diciendo- mueve al cristiano a actuar en los lugares en los que se modela el futuro de la sociedad. De la presencia activa del laico en todas las profesión es y en las fronteras más avanzadas del desarrollo ha de derivar forzosamente una contribución positiva al fortalecimiento de esa armonía entre la fe y la cultura de que tan necesitado está nuestro tiempo.”

En nuestra aproximación a su vida, mientras pudimos, visitaríamos su ciudad natal, Barbastro, la catedral y la casa de la plaza del Mercado, Torreciudad sobre todo, castillo espiritual mariano sobre el verde de las aguas del pantano del Grado, allá el Pirineo aragonés, leeríamos sus libros, cartas y meditaciones, palabra viva y penetrante sobre muchos temas…

El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine…” ¡Somos hijos de Dios, “portamos la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras…!”, nos dirá en Forja, 1.

Días antes de su muerte en 1975, diría a un grupo de fieles de la Obra:

- “Estáis comenzando la vida. Unos comienzan y otros acaban, pero todos somos la misma Vida de Cristo: ¡Y hay tanto que hacer en el mundo! Vamos a pedirle al Señor, siempre, que nos ayude a todos a ser fieles, a continuar la labor, a vivir esa Vida, con mayúscula, que es la única que merece la pena: la otra no vale la pena, se va, como el agua entre las manos, se escapa. En cambio, ¡esa otra Vida!…

“¿Qué queréis que os diga? Ya os lo he dicho siempre: que habéis sido llamados por Dios para que seáis santos, para que seamos santos, como enseñaba san Pablo. Sed perfectos así como vuestro Padre celestial es perfecto: esas son las palabras de Cristo…”

- “Entendí que la filiación divina había de ser la característica fundamental de nuestra espiritualidad: Abba, Pater! Y que, al vivir la filiación divina, los hijos míos se encintrarían llenos de alegría y de paz, protegidos por un muro inexpugnable; que sabrían ser apóstoles de esta alegría, y sabrían comunicar su paz, también en el sufrimiento propio o ajeno. Justamente por eso: porque estamos persuadidos de que Dios es nuestro Padre…”

Alma contemplativa, maestro de contemplativos, insistía en que es del todo necesario que la vida del cristiano sea esencialmente, ¡totalmente!, eucarística. “Alma de Eucaristía” Le gustaba hacer –confesaría a uno de sus hijos- actos de fe explícita en la presencia real de Jesús Sacramentado. “¡Jesús, te adoro!” Consideraba a la Eucaristía prenda segura de nuestra esperanza. “Nos insistía a Mons. Álvaro del Portillo y a mi –cuenta Mons. Javier Echevarría, actual Prelado de la Obra- que no pasásemos delante del Tabernáculo, sin decirle que le queréis con toda el alma, que queréis custodiarle en vuestros corazones, que le agradéis su presencia en el Sagrario para consuelo nuestro, que nos ayude con su fortaleza y su omnipotencia y, después de hacernos estas consideraciones, agregaba, yo lo hago.” Te doy gracias, Dios mío, porque desde joven me has hecho entrever la maravilla del Amor desde el misterio de la Eucaristía”, solía repetir.

Desde el amor y la oración de san Josemaría, también nosotros, desde el silencio y la desmemoria, desde esa presencia oculta y manifiesta de Dios, damos gracias al Señor porque, como él tanto repetía, ir al cielo es lo que importa... Gracias a san Josemaría por enseñarnos a buscar el Rostro de Cristo, nuestra contemplación…


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