El Papa: “La verdad es Alguien”

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Resumen de todas las intervenciones de Benedicto XVI en su viaje a Estados Unidos. El Papa ha animado a los católicos estadounidenses a demostrar con su alegría y su vida coherente que los cristianos tenemos una propuesta para el mundo, tenemos a Alguien.

Opus Dei -

DISCURSO ANTE LA CASA BLANCA

Libertad y responsabilidad: “Vengo como amigo y anunciador del Evangelio, como uno que tiene gran respeto por esta vasta sociedad pluralista”.

“Confío en que los americanos encuentren en sus creencias religiosas una fuente preciosa de discernimiento y una inspiración para buscar un diálogo razonable, responsable y respetuoso en el esfuerzo de edificar una sociedad más humana y más libre.”

“La libertad es no sólo un don, sino también una llamada a la responsabilidad personal. La defensa de la libertad es una llamada a cultivar la virtud, la autodisciplina, el sacrificio por el bien común y un sentido de responsabilidad ante los menos afortunados. Además, exige el valor de empeñarse en la vida civil, llevando las propias creencias religiosas y los valores más profundos a un debate público razonable”.

ENCUENTRO CON LOS OBISPOS EN WASHINGTON

Cristo, el centro. “La gente necesita que se le recuerde cuál es el fin último de su vida. Sin Dios, nuestras vidas están realmente vacías. La meta de toda nuestra actividad pastoral y catequética, el objeto de nuestra predicación, el centro mismo de nuestro ministerio sacramental ha de ser ayudar a las personas a establecer y alimentar semejante relación vital con “Jesucristo nuestra esperanza”.

La vida matrimonial. “Un tema de profunda preocupación es la situación de la familia dentro de la sociedad. El divorcio y la infidelidad están aumentando, y muchos jóvenes hombres y mujeres deciden retrasar la boda o incluso evitarla completamente”.

Opus Dei -

“Es vuestro deber proclamar con fuerza los argumentos de fe y de razón que hablan del instituto del matrimonio, entendido como compromiso para la vida entre un hombre y una mujer, abierto a la transmisión de la vida. Este mensaje debería resonar ante las personas de hoy, ya que es esencialmente un “sí” incondicional y sin reservas a la vida, un “sí” al amor y un “sí” a las aspiraciones del corazón de nuestra común humanidad, a la vez que nos esforzamos en realizar nuestro profundo deseo de intimidad con los demás y con el Señor”.

Acompañar a los sacerdotes. “Uno de los signos contrarios al Evangelio de la vida es el abuso sexual de los menores. Habéis recibido de Dios una responsabilidad como pastores de vendar las heridas causadas por cada violación de la confianza, favorecer la curación, promover la reconciliación y acercaros con afectuosa preocupación a cuantos han sido tan seriamente dañados”.

“La gente necesita que se le recuerde cuál es el fin último de su vida. Sin Dios, nuestras vidas están realmente vacías”.

“En este momento una parte vital de vuestra tarea es reforzar las relaciones con vuestros sacerdotes, especialmente en aquellos casos en que ha surgido tensión entre sacerdotes y obispos como consecuencia de la crisis. Es importante que sigáis demostrándoles vuestra preocupación, vuestro apoyo y vuestra guía con el ejemplo”.

Oración. “Tenemos que redescubrir la alegría de vivir una existencia centrada en Cristo, cultivando las virtudes y sumergiéndonos en la oración. El tiempo pasado en la oración nunca es desperdiciado, por muy importantes que sean los deberes que nos apremian por todas partes”.

Secularismo. “Lo que necesitamos es un mayor sentido de la relación intrínseca entre el Evangelio y la ley natural por una parte y, por otra, la consecución del auténtico bien humano, como se encarna en la ley civil y en las decisiones morales personales.

“El Evangelio debe ser predicado y enseñado como modo de vida integral, que ofrece una respuesta atrayente y veraz, intelectual y prácticamente, a los problemas humanos reales. Creo que la Iglesia en América tiene ante sí en este preciso momento de su historia el reto de encontrar una visión católica de la realidad y presentarla a una sociedad que ofrece todo tipo de recetas para la autorrealización humana de manera atrayente y con fantasía”.

El abandono de la práctica religiosa. “La salvación -la liberación de la realidad del mal y el don de una vida nueva y libre en Cristo- está en el corazón mismo del Evangelio. Hemos de redescubrir, como ya he dicho, modos nuevos y atractivos para proclamar este mensaje. En la liturgia de la Iglesia, y sobre todo en el sacramento de la Eucaristía, es donde se manifiestan estas realidades de manera más poderosa y se viven en la existencia de los creyentes; quizá tenemos todavía mucho que hacer para realizar la visión del Concilio sobre la liturgia como ejercicio del sacerdocio común y como impulso para un apostolado fructuoso en el mundo”.

Opus Dei - El Papa con  los obispos de EEUU en el Santuario Nacional de la Inmaculada  Concepción.

El Papa con los obispos de EEUU en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción.

Escasez de vocaciones. “La oración misma, nacida en las familias católicas, fomentada por programas de formación cristiana, reforzada por la gracia de los sacramentos, es el medio principal por el que llegamos a conocer la voluntad de Dios para nuestra vida”.

MISA EN EL NATIONALS PARK STADIUM

Cultura católica para cambiar la sociedad: “Percibimos signos evidentes de un quebrantamiento preocupante de los fundamentos mismos de la sociedad: aumento de la violencia, debilitamiento del sentido moral, vulgaridad en las relaciones sociales y creciente olvido de Dios”.

“La fidelidad y el valor con que la Iglesia en este país logrará afrontar los retos de una cultura cada vez más secularizada y materialista dependerá en gran parte de vuestra fidelidad personal al transmitir el tesoro de nuestra fe católica. Los desafíos que se nos presentan exigen una instrucción amplia y sana en la verdad de la fe”.

“Pero requieren cultivar también un modo de pensar, una “cultura” intelectual que sea auténticamente católica, que confía en la armonía profunda entre fe y razón, y dispuesta a llevar la riqueza de la visión de la fe en contacto con las cuestiones urgentes que conciernen el futuro de la sociedad americana”.

La Confesión: “Confiemos en el poder del Espíritu de inspirar conversión, curar cada herida, superar toda división y suscitar vida y libertades nuevas”. Estos dones se encuentran sobre todo en el sacramento de la Penitencia.

“El Evangelio debe ser predicado y enseñado como modo de vida integral, que ofrece una respuesta atrayente y veraz, intelectual y prácticamente, a los problemas humanos reales”.

“La fuerza libertadora de este Sacramento necesita ser redescubierta y hecha propia por cada católico. En gran parte la renovación de la Iglesia en América depende de la renovación de la regla de la penitencia y del crecimiento en la santidad”.

UNIVERSIDAD CATÓLICA DE WASHINGTON

En la Universidad, Fe tangigle: “La identidad de una universidad o de una escuela católica no es simplemente una cuestión de número de estudiantes católicos, sino que es una cuestión de convicción. ¿Creemos realmente que el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado? ¿Aceptamos la verdad que Cristo revela? En nuestras universidades y escuelas, ¿la fe es “tangible”?

Alumnos y amor a la verdad: “Los educadores cristianos pueden liberar con confianza a los jóvenes de los límites del positivismo y despertar en ellos la receptividad por la verdad, por Dios y por su bondad. De este modo, ayudaréis también a formar su conciencia, que enriquecida por la fe, abre un camino seguro hacia la paz interior y el respeto por los demás”.

“Cuando no se reconoce nada como definitivo por encima del individuo, el criterio último de juicio es el yo y la satisfacción de los deseos inmediatos del individuo”.

ENCUENTRO INTERRELIGIOSO EN CENTRO JUAN PABLO II

Convivencia interreligiosa. “Hoy, jóvenes de todas las religiones se sientan uno al lado del otro en todas las escuelas del país, aprendiendo unos con otros y unos de otros. Esta diversidad plantea nuevos retos que imponen una reflexión profunda sobre los principios fundamentales de una sociedad demócrata”.

Derecho a la libertad religiosa. “¡Ojalá otros asegunden con valor vuestra experiencia dándose cuenta de que una sociedad unida puede ser el resultado de una pluralidad de pueblos con la condición de que todos reconozcan la libertad religiosa como un derecho civil fundamental”.

“Los líderes espirituales tienen el deber y la competencia de poner en primer plano las preguntas más profundas de la conciencia, de despertar a la humanidad al misterio de la existencia humana, de dar cabida en un mundo frenético a la reflexión y la oración”.

Las huellas de Jesús. “De cara a estos profundos interrogantes que tocan el origen y el destino del género humano -señaló el Papa- los cristianos proponen a Jesús de Nazaret. El deseo ardiente de seguir sus huellas lleva a los cristianos a abrir sus mentes y sus corazones al diálogo”.

Opus Dei -

“Quizás en la tentativa de descubrir nuestros puntos comunes hemos olvidado la responsabilidad de discutir con calma y claridad de nuestras diferencias. Mientras unimos siempre mentes y corazones en búsqueda de la paz, debemos escuchar también con atención la voz de la verdad”.

DISCURSO A LA ONU

Reglas internacionales y libertad. “En el contexto de las relaciones internacionales, es necesario reconocer el papel superior que desempeñan las reglas y las estructuras intrínsecamente ordenadas a promover el bien común y, por tanto, a defender la libertad humana. Dichas reglas no limitan la libertad. Por el contrario, la promueven cuando prohíben comportamientos y actos que van contra el bien común, obstaculizan su realización efectiva y, por tanto, comprometen la dignidad de toda persona humana”.

Los derechos humanos, ¿legales o justos? “La experiencia nos enseña que a menudo la legalidad prevalece sobre la justicia cuando la insistencia sobre los derechos humanos los hace aparecer como resultado exclusivo de medidas legislativas o decisiones normativas tomadas por las diversas agencias de los que están en el poder”.

“Quizá hemos perdido de vista que en una sociedad en la que la Iglesia parece a muchos que es legalista e ‘institucional’, nuestro desafío más urgente es comunicar la alegría que nace de la fe y de la experiencia del amor de Dios”.

“Cuando se presentan simplemente en términos de legalidad, los derechos corren el riesgo de convertirse en proposiciones frágiles, separadas de la dimensión ética y racional, que es su fundamento y su fin. Por el contrario, la Declaración Universal ha reforzado la convicción de que el respeto de los derechos humanos está enraizado principalmente en la justicia que no cambia”.

Creyentes y ciudadanos. “Obviamente, los derechos humanos deben incluir el derecho a la libertad religiosa, entendido como expresión de una dimensión que es al mismo tiempo individual y comunitaria, una visión que manifiesta la unidad de la persona, aun distinguiendo claramente entre la dimensión de ciudadano y la de creyente”.

Es inconcebible, por tanto, que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos -su fe- para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos.

Constructores de la sociedad. Los derechos asociados con la religión necesitan protección sobre todo si se los considera en conflicto con la ideología secular predominante o con posiciones de una mayoría religiosa de naturaleza exclusiva. No se puede limitar la plena garantía de la libertad religiosa al libre ejercicio del culto, sino que se ha de tener en la debida consideración la dimensión pública de la religión y, por tanto, la posibilidad de que los creyentes contribuyan la construcción del orden social”.

CATEDRAL DE SAINT PATRICK

Comunicar la alegría de la fe: “Quizá hemos perdido de vista que en una sociedad en la que la Iglesia parece a muchos que es legalista e ‘institucional’, nuestro desafío más urgente es comunicar la alegría que nace de la fe y de la experiencia del amor de Dios”.

La metáfora de las vidrieras: “Los ventanales con vidrieras [de una iglesia], vistos desde fuera parecen oscuros, recargados y hasta lúgubres. Pero cuando se entra en el templo, de improviso toman vida; al reflejar la luz que las atraviesa revelan todo su esplendor. Igualmente [la Iglesia debe] atraer dentro de este misterio de luz a toda la gente”.

“No es un cometido fácil en un mundo que es propenso a mirar ‘desde fuera’ a la Iglesia, igual que a aquellos ventanales: un mundo que siente profundamente una necesidad espiritual, pero que encuentra difícil ‘entrar en el’ misterio de la Iglesia”.

Opus Dei -

“También para algunos de nosotros, desde dentro, la luz de la fe puede amortiguarse por la rutina y el esplendor de la Iglesia puede ofuscarse por los pecados y las debilidades de sus miembros. La ofuscación puede originarse por los obstáculos encontrados en una sociedad que, a veces, parece haber olvidado a Dios e irritarse ante las exigencias más elementales de la moral cristiana”

SEMINARIO DE SAN JOSÉ

[A enfermos]

Discapacitados: “A veces es un reto encontrar una razón a lo que parece solamente una dificultad que superar o un dolor que afrontar. No obstante, la fe nos ayuda a ampliar el horizonte más allá de nosotros mismos para ver la vida como Dios la ve. El amor incondicional de Dios, que alcanza a todo ser humano, otorga un significado y finalidad a cada vida humana”.

[A seminaristas]

Libertad bien entendida. “hay que salvaguardar rigurosamente la importancia fundamental de la libertad”, que “puede ser malentendida y usada mal, de manera que no lleva a la felicidad que todos esperamos, sino hacia un escenario oscuro de manipulación, en el que nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo se hace confusa o se ve incluso distorsionada por quienes ocultan sus propias intenciones”.

“Lo más importante es que ustedes desarrollen su relación personal con Dios. Esta relación se manifiesta en la oración. No temáis el silencio y el sosiego; escuchen a Dios, adórenlo en la Eucaristía”.

“A menudo se reivindica la libertad sin hacer jamás referencia a la verdad de la persona humana y en lugar de la verdad -o mejor, de su ausencia- se ha difundido la idea de que, dando un valor indiscriminado a todo, se asegura la libertad y se libera la conciencia. A esto llamamos relativismo.

La Verdad no es algo sino Alguien. “La verdad no es una imposición. Tampoco es un mero conjunto de reglas. Es el descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona; de Alguien del que siempre podemos fiarnos. En definitiva, la verdad es una persona: Jesucristo. Ésta es la razón por la que la auténtica libertad no es optar por “desentenderse de”. Es decidir “comprometerse con”.

Cuatro tesoros: “Hay cuatro aspectos esenciales del tesoro de nuestra fe: la oración personal y el silencio, la oración litúrgica, la práctica de la caridad y las vocaciones”.

“Lo más importante es que ustedes desarrollen su relación personal con Dios. Esta relación se manifiesta en la oración. No temáis el silencio y el sosiego; escuchen a Dios, adórenlo en la Eucaristía. Permitan que su palabra modele su camino como crecimiento de la santidad”.

GROUND ZERO

Paz y conversión. Dios de la paz,
concede tu paz a nuestro violento mundo:
paz en los corazones de todos los hombres y mujeres
y paz entre las naciones de la tierra.
Lleva por tu senda del amor
a aquellos cuyas mentes y corazones
están nublados por el odio.

Un mes para la JMJ en Sidney

encuentros de jóvenes católicos  Tagged , , , , , , No Comments »

Falta un mes para que comience en Australia la Jornada Mundial de la Juventud. Allí, Benedicto XVI se reunirá con jóvenes de todo el mundo.

Opus Dei -

“Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos” .

La Jornada Mundial de la Juventud es el evento juvenil más grande del mundo y tendrá lugar en Sydney del 15 al 20 de julio próximos.

La Jornada Mundial de la Juventud es una invitación del Papa a los jóvenes del mundo a celebrar su fe en un tema particular.

El tema de la JMJ08 elegido por el Santo Padre es: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos” (Hch 1,8)

El Señor se dirigió con esas palabras a los Apóstoles tras su Muerte y Resurrección, justo antes de la Ascensión. Representa el nacimiento de la Iglesia.

ESTADÍSTICAS DE LA JMJ 2008

El Papa llegará a la bahía de Sidney el 17 de julio a bordo de un barco. El sábado 19 será la vigilia con el Santo Padre y, al día siguiente, la Misa de clausura.

Se esperan la participación de 225.000 peregrinos inscritos, 100.000 de ellos australianos; la ayuda de 8.000 voluntarios; 2.000 sacerdotes; 5.000 periodistas.

El Papa llegará a la bahía de Sidney el 17 de julio a bordo de un barco. El sábado 19 será la vigilia con el Santo Padre y, al día siguiente, la Misa de clausura. Desde el día 15 los jóvenes participarán en actividades, como catequesis o peregrinaciones.

Se espera que 500.000 personas asistirán a la Misa de Clausura en el hipódromo de Randwick y Centennial Park.

“Sed apóstoles”

testimonio  Tagged , , , , , , No Comments »

El  14 de junio de 2008, Benedicto XVI se dirigió a los jóvenes en Brindisi (capital de la provincia homónima en la región de Apulia en Italia). “Sois el rostro joven de la Iglesia –dijo el Santo Padre-; no dejéis de ofrecerle vuestra aportación”

Opus Dei - Vista de Brindisi

Vista de Brindisi

El Papa recordó que Brindisi, que había sido “un lugar de embarcación hacia Oriente”, sigue siendo “una puerta abierta hacia el mar” y en ese puerto desembarcan ahora numerosos prófugos del Este de Europa, que reciben “refugio y asistencia”.

“Esa solidaridad -subrayó- forma parte de las virtudes que constituyen vuestro rico patrimonio civil y religioso. (…) Entre los valores enraizados en vuestra tierra quisiera recordar el respeto de la vida y especialmente el apego a la familia, expuesta hoy al ataque de numerosas fuerzas que intentan debilitarla. ¡Qué necesario y urgente es, también frente a estos retos, que todas las personas de buena voluntad se comprometan a salvaguardar a la familia, base sólida sobre la que construir la vida de toda la sociedad!”.

Dirigiéndose después a los jóvenes, el Santo Padre afirmó que conocía muy bien tanto sus ganas de vivir como los problemas que les afligían. “Conozco en particular -dijo- el peso que grava sobre tantos de vosotros y sobre vuestro futuro debido al fenómeno dramático del desempleo. (…) Del mismo modo sé que vuestra juventud está asediada por la lisonja de fáciles ganancias, de la tentación de refugiarse en paraísos artificiales o de formas distorsionadas de satisfacción material”.

Opus Dei -

“¡No sucumbáis a las insidias del mal! -exclamó-. Buscad ante todo una existencia rica de valores, para dar vida a una sociedad más justa y abierta al futuro. (…) Depende de vosotros (…) que el progreso llegue a ser un bien para todos. Y el camino del bien tiene un nombre: amor”.

“El amor de Dios tiene el rostro dulce y compasivo de Jesucristo. Este es el fulcro del mensaje cristiano: Cristo es la respuesta a vuestras preguntas y problemas. (…) Seguidlo fielmente y para encontrarlo amad a su Iglesia, sentíos responsables de ella, no huyáis de ser, cada uno en su ámbito, protagonistas decididos”.

“Sois el rostro joven de la Iglesia -concluyó Benedicto XVI-; no dejéis de ofrecerle vuestra aportación para que el Evangelio que proclama se difunda por doquier. Sed apóstoles de vuestros coetáneos”.

Santificar el trabajo

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Un padre de familia le preguntaba cómo acercar a la Iglesia a los alejados de la fe; una mujer paralítica, en silla de ruedas desde hacía muchos años, le pedía sugerencias para influir cristianamente en la sociedad; un entrenador de fútbol juvenil, le manifestaba su preocupación por ayudar a los jóvenes de su equipo; un quiosquero le pedía consejo para hacer una sociedad más limpia.

Con ejemplos asequibles y plásticos, adecuados a las diversas mentalidades y culturas, hablaba de la necesidad de santificar el trabajo. Santificarlo significa realizarlo cara a Dios, con perfección humana y sobrenatural, con sentido de servicio a los demás

Escribía: Lo que he enseñado siempre —desde hace cuarenta años— es que todo trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales –—manifestar su dimensión divina— y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la redención del mundo”.

Madrid, verano de 1931

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

En las inmediaciones de la Estación de Atocha, se aglomeran los viajeros. Don Josemaría se abre camino entre ellos, abstraído, y se dirige a la parada del tranvía que lo llevará a la calle de Viriato, donde ahora vive con su madre, que se ha quedado sola: acaba de dejar en la estación a su hermana y a su hermano, que van a pasar el verano en Fonz.

En Madrid reina una angustia que casi se percibe físicamente. Desde hace más de un año, se han ido multiplicando los signos precursores de una tormenta; son las convulsiones de una sociedad cuya base política se tambalea.

El General Primo de Rivera había abandonado el poder el 28 de enero de 1930. Los gobiernos que le habían sucedido no habían logrado atajar la profunda crisis que sufría la monarquía. El 14 de abril de 1931, por segunda vez en la historia de España, se ha proclamado la República. Momentos de incertidumbre, de esperanza, y también de angustia, pues las corrientes anticlericales, desatadas, han desembocado en acciones de inusitada violencia. El 11 de mayo, grupos de exaltados se han echado a la calle en Madrid y han incendiado numerosas iglesias y conventos. Al día siguiente, ha ocurrido lo mismo en otras ciudades. En las calles, se mira a los sacerdotes con desprecio o con rabia, cuando no se les insulta, como ocurre, a veces, en los suburbios y en los barrios obreros, que don Josemaría sigue visitando para atender a pobres y enfermos. Han llegado hasta a apedrearle…

El Padre no hace jamás comentarios de carácter político, pero tiene el corazón oprimido, aunque está convencido que el Señor nunca permite que suceda algo irremediable.

El 11 de mayo había evitado que se cometiera una posible profanación en el Patronato de Enfermos, donde por entonces vivía aún. Un Coronel, antiguo amigo de la familia, había ido a llevarle ropa de paisano para que pudiese escapar. Él, entonces, había abierto el Sagrario y había consumido casi todas las Sagradas Formas que había en el copón. Luego, como el tiempo apremiaba, había envuelto cuidadosamente el copón con las que quedaban en un papel y las había llevado a casa del Coronel en un taxi que éste había mandado llamar.

En los días que siguieron, los espíritus se habían calmado un tanto. pero la atmósfera continuaba cargada y la tormenta podía estallar de nuevo.

Después de pasar unos días con su hermano, en casa del Coronel, don Josemaría había decidido ir a vivir con su madre en un piso de la calle de Viriato. Acababa de renunciar a su cargo de capellán del Patronato de Enfermos, con objeto de estar más disponible para hacer lo que Dios le había pedido.

Tú eres mi Hijo

Tales circunstancias no son nada favorables a la fundación de una obra como la que tiene entre manos, y don Josemaría lo sabe. Con todo, cuando sube al tranvía que ha de conducirlo a su casa, sigue pensando que se realizará, por absurdo que parezca.

En momentos humanamente difíciles, en los que tenía sin embargo la seguridad de lo imposible (…) sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba, Pater!.

Los que aquel día se apretujaban en el tranvía que, dando tumbos, hacía el recorrido Atocha-Cuatro Caminos, tal vez se asombraran al ver a aquel joven sacerdote murmurando palabras incomprensibles, con la cara iluminada de gozo.

¡Gozo, paz profunda! ¡Soy hijo de Dios! Lo demás, no tiene importancia…

“Tú eres mi Hijo: Yo te engendré hoy” (Ps. 11, 7). Toda una vida sería insuficiente para agotar el significado de estas palabras del Salmo II, que ahora contempla con una luz nueva…

Gozo. Identificación con Cristo, Hijo unigénito de Dios, el Bienamado del Padre. Como en los justos del Antiguo Testamento, como en María cuando entonó el Magnificat, la respuesta brota de lo hondo de su corazón, expresada con palabras de la Escritura: Abba, Pater! Abba, Pater! Abba! Abba! Abba!

“Y por cuanto vosotros sois hijos, envió Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual nos hace exclamar: Abba, Padre. Y así ninguno de vosotros es ya siervo, sino hijo. Y siendo hijo, es también heredero de Dios” (Gal. IV, 6-7). “Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para obrar todavía por temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción de hijos, en virtud del cual clamamos: Abba, ¡Oh Padre!; porque el mismo espíritu está dando testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y siendo hijos, somos también herederos: herederos de Dios, y coherederos con Cristo: con tal, no obstante, que padezcamos con él, a fin de que seamos con él glorificados” (Rom. VIII, 15-17).

¡Sí, Pablo, gran Pablo! ¡Gracias por esta doctrina que nos has dejado, porque el Espíritu Santo te la inspiró!

Qué confianza, qué descanso y qué optimismo os dará, en medio de las dificultades, sentiros hijos de un Padre, que todo lo sabe, y todo lo puede.

Don Josemaría ha bajado del tranvía, casi sin darse cuenta, y deambula por las calles sin dejar de repetir mentalmente, y tal vez en voz alta, ajeno a los viandantes: Abba, Pater! Abba, Pater!

Es una gracia demasiado grande que, sin duda, Dios no quiere que se la reserve para él. Ha de ser, también, para los que vengan. Para que sepan siempre, en media de las dificultades, ver la Cruz de Cristo, y que encontrar la cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios.

La luz del 2 de octubre de 1928 se ha hecho más brillante aún, en momentos particularmente difíciles. Que esta manifestación profunda de la filiación divina haya tenido lugar en plena calle -en un tranvía- confirma, con toda evidencia, que el cristiano puede y debe alcanzar la santidad en medio de sus ocupaciones ordinarias, y gracias a ellas:

La calle no impide nuestro diálogo contemplativo; el bullicio del mundo es, para nosotros, lugar de oración.

“¿Por qué causa se han embravecido las naciones, y los pueblos meditaron cosas vanas? (…). Se han confederado los príncipes contra el Señor y contra su Cristo (…). Aquel que reside en los cielos se burlará de ellos (…). Tú eres mi Hijo. Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré las naciones en herencia tuya, y extenderé tu dominio hasta los extremos de la tierra …” (Ps. II).

El Padre, como lo llaman espontáneamente quienes se acercan a él, llega a su casa con el corazón inundado de gozo, lleno de confianza en el futuro, pase lo que pase. A partir de ese momento, la filiación divina será tema central de su predicación: Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo (…). Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando (..). Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos.

¡Ah, Señor! -¡díselo con toda tu alma!-, yo soy… ¡hijo de Dios!

Las primeras vocaciones

Don Josemaría prosigue haciendo apostolado con gente joven y con algunos sacerdotes. Confiesa durante más horas y ensancha y profundiza el trabajo básico indispensable para que la Obra de Dios se ponga en marcha.

El confesionario le permite empezar a dirigir espiritualmente algunas mujeres, en su mayoría jóvenes, que un sacerdote no podría encontrar en otros sitios, como a los hombres. Aconseja a unas cuantas que vayan a enseñar el catecismo a los niños en un suburbio muy pobre de los alrededores de Madrid llamado “La Ventilla”.

Pacientemente, va modelando las almas una a una, tallándolas como los diamantes, a la espera de que “respondan”.

Ya no está del todo solo, con el secreto de esta locura, de este fuego cuyo resplandor el Señor le ha hecho ver hace más de dos años. Algunos de los que le rodean han empezado a comprender… Entre ellos, uno en quien había pensado a poco de fundar la Obra: Isidoro Zorzano, aquel antiguo condiscípulo del Instituto de Logroño, persona recta, de gran corazón y buen cristiano. Estaba seguro de que sería capaz de entender ese ideal tan exigente y, con la gracia de Dios, dedicar su vida a esa tarea…

No le había olvidado, pero hacía varios años que no se veían. Sabía, eso sí, que no se había casado, que había terminado la carrera de ingeniero y que trabajaba en Málaga, en la Compañía de Ferrocarriles de Andalucía.

A comienzos de 1930, había decidido escribirle. Una carta muy breve: “No dejes de venir a verme cuando pases por Madrid; tengo que contarte cosas que pueden interesarte…”

Unos meses más tarde, el 24 de agosto, don Josemaría había ido a visitar a un estudiante de arquitectura, que se encontraba enfermo. A poco de llegar, piensa, sin saber por qué, que debe volver a casa. Sale y, cerca ya del Patronato de Enfermos, él, que siempre toma el camino más corto, da un ligero rodeo. De pronto, en la calle de Nicasio Gallego, ve venir en dirección contraria alguien a quien conoce: ¡Isidoro!

-Acabo de estar en el Patronato -dice éste- y, como no estabas, iba a buscar un restaurante y luego a tomar el tren. Voy al Norte, donde mi familia está pasando el verano… Es curioso, pero tenía el presentimiento de que te encontraría aquí, en esta calle…

Ya en las habitaciones del Patronato de Enfermos, antes de que don Josemaría pueda abordar el tema que le insinuaba en su carta, Isidoro dice:

-Josemaría, quería verte para pedirte que me aconsejaras.

-¿Qué te pasa?

-Estoy inquieto. Siento que Dios me pide más, que debo hacer “algo”, pero no sé el qué. Me he preguntado a veces si el Señor querrá que me haga religioso, pero no lo veo claro. Tengo mi trabajo de ingeniero, que me satisface… Y no sé qué pensar, quiero que me orientes…

Don Josemaría le escucha estupefacto. Luego dice:

-¿Te acuerdas de mi carta? Pues bien, te he escrito precisamente para hablarte de una obra en la que estoy comenzando a trabajar…

Y empieza a describirle, a grandes rasgos, ese inmenso panorama de santificación del trabajo ordinario y de la vida corriente. La de un ingeniero como él, por ejemplo.

-Veo en esta coincidencia el dedo de Dios -exclama Isidoro-. Cuenta conmigo. Por mi parte, estoy decidido.

Ha sido todo tan rápido que don Josemaría no sabe qué hacer. Pide a su amigo que espere un poco, antes de dar una respuesta definitiva, pues se trata de dar un nuevo giro a su vida… Isidoro se marcha y vuelve después de comer.

Mientras le espera, el Padre reflexiona sobre el sentido de este suceso y pide luces al Señor. Ha sido todo tan rápido… Por una parte, Isidoro no podrá trasladarse inmediatamente a Madrid y no podrán verse con frecuencia, lo que dificultará su indispensable formación; por otra, resulta todo tan claro, tan providencial…

Vuelve Isidoro. Charlan largo rato, hasta la salida del tren. Cuando parte, se considera ya comprometido con el Señor, de manera irreversible, para trabajar a su servicio en esta Obra de Dios, de la cual, de hecho, será el primer miembro que perseverará. A partir de ese momento, Josemaría, su condiscípulo, se ha convertido en El Padre.

Contradicciones y certezas

Aunque los frutos no acababan de verse, el año 1930 había sido rico en trabajos y gozos. Sobre todo, ese 14 de febrero en que había nacido la Sección de mujeres del Opus Dei, inopinadamente. Así pues, don Josemaría prosigue su trabajo apostólico en tres frentes: hombres, sacerdotes y mujeres.

No es nada fácil. En tiempos de crisis, como ésos, las gentes andan preocupadas y se ven atraídas por la acción política. El ideal que el Padre propone es otro, mucho más alto. Incluye, sí, las aspiraciones y las empresas más nobles, pero iluminadas por la luz de la fe, con todo lo que eso exige: vida interior, formación, coherencia moral, unidad de vida…

Don Josemaría suele entusiasmar a aquellos a quienes se dirige; les hace descubrir nuevos horizontes y sacar nuevos destellos de las páginas del Evangelio (ha tomado nota de un centenar de versículos del Nuevo Testamento que relee y medita con frecuencia). No faltan, sin embargo, quienes se burlan de la increíble audacia que encierra la idea misma del Opus Dei. No se contentan con hacer comentarios a sus espaldas: algunos se lo dicen, con “comprensiva” condescendencia (son, con frecuencia, ¡ay!, sus hermanos en el sacerdocio). ¡Qué idea más absurda proponer que traten de ser santos a hombres y mujeres corrientes, que no están “consagrados” a Dios, que no se comprometen con votos, que no tienen vocación religiosa! ¿Acaso no basta con procurar que esas gentes inmersas en el mundo, con tantas ocasiones de perderse y de ensuciarse, simplemente se salven “como a través del fuego”? Qué osadía decir a los cristianos corrientes: Tienes obligación de santificarte. -Tú también. -¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto”.

El joven Fundador sufre con estas incomprensiones, aunque no le sorprenden. Lo que predica es tan nuevo… Una locura, sin duda. Pero está tan seguro de que eso viene de Dios que no está dispuesto a renunciar por mucha sorpresa o muchas reticencias que algunos manifiesten. Al contrario, no hacen más que confirmarle que no es el inventor de una “idea” generosa, sino instrumento escogido por Dios para abrir un nuevo camino en la tierra. Esta obra no es una “buena obra” más. Es la Obra de Dios que Él le había hecho entrever desde su juventud, sin saberlo. ¿Qué puede tener de extraño que surjan obstáculos? Tendrá que quitarlos o esquivarlos, de la mano de Dios, porque, de alguna manera, el cielo está comprometido en que se realice.

El día de la Transfiguración, que en Madrid se celebra ese año el 7 de agosto, don Josemaría está celebrando misa en la iglesia del Patronato de Santa Isabel. Cuando se dispone a formular mentalmente las intenciones por las que la ofrece, se da cuenta, de pronto, del profundo cambio interior que -sin mérito alguno por su parte, piensa- se ha operado en él desde su llegada a la capital. Inmediatamente, renueva su propósito de orientar toda su vida hacia el cumplimiento de lo que Dios quiere de él: hacer la Obra de Dios.

Llegó la hora de la Consagración -escribe el mismo día en un cuaderno-: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, (..) vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: “et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum” (Joann., XII, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el “ne timeas!”, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas…

Querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo corno llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey…

Madrid, 1934

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

A partir del mes de diciembre de 1933, la mayor parte de la labor apostólica empieza a desarrollarse en la Academia DYA. Con los escasos ahorros del Padre, los de Isidoro y los de José María, y con la ayuda de algunos conocidos y amigos, han podido pagar el alquiler inicial e instalarse en el piso. Ricardo, el joven arquitecto, por encargo de don Josemaría, ha comprado en el Rastro unos cuantos muebles. A pesar de la pobreza de los medios disponibles se ha procurado decorar dignamente las habitaciones destinadas a visitas, reuniones, conferencias y sala de estudios, así como la habitación del Padre, pero la casa es tan pequeña que, a veces, tiene que confesar en la cocina, convertida también en laboratorio de química.

Por la tarde, la Academia se anima, gracias a los estudiantes que vienen a recibir diversas enseñanzas: matemáticas, física, química -materias comunes en la preparación de algunas escuelas especiales y carreras universitarias-, idiomas, arquitectura y varias especialidades jurídicas.

Los estudiantes procuran hacer aportaciones económicas, pero es preciso, a menudo, pedir un esfuerzo suplementario a aquellos que son capaces de comprender mejor la labor apostólica que allí se realiza. El Padre, por su parte, tiene que pedir ayuda de nuevo a sus amigos: los que ya habían contribuido a los primeros gastos y otros… Él mismo, con autorización del obispo de Madrid, da cursos de formación cristiana, ayudado por otro sacerdote, don Vicente Blanco. Naturalmente, aparte de esos cursos, aquellos que lo desean acuden a don Josemaría para que los oriente en su vida interior.

¡Cuántas gracias obtienen esos estudiantes en sus conversaciones con el Padre, unas veces en distintas habitaciones de la Academia y otras en su cuarto, amueblado tan sólo con una mesa, dos sillas, una cruz de madera y un reclinatorio! ¡Cuántas veces comienzan y recomienzan a profundizar en su vida cristiana aquellos jóvenes de buena voluntad!

Sin hacer concesiones a lo fácil -la Academia no es un lugar de diversión, sino un sitio donde se viene a formarse, a trabajar, a estudiar, a hablar de cosas serias- el Padre procura crear un ambiente no sólo agradable, sino también alegre, pues “un santo triste es un triste santo…”.

Los resultados no se hacen esperar demasiado. Poco a poco, la Academia se llena. Las jornadas del Padre son cada vez más intensas. En él, el trabajo constituye cono una segunda naturaleza, adquirida en el hogar paterno, donde nunca ha visto desocupada a su madre. Además, la tarea es inmensa: abrir un nuevo camino divino en la tierra, procurar que la llamada evangélica a la santidad llegue a miles y miles de hombres y mujeres, sean cuales sean las circunstancias en que se encuentren.

Publicación de Consideraciones espirituales

Para ayudar a quienes aconseja y dirige, don Josemaría ha decidido publicar las notas y fichas que ha ido acumulando a lo largo de los años y que, hasta entonces, sólo había mandado reproducir en multicopista.

El 3 de mayo de 1934, el obispo de Cuenca, Mons. La Plana, pariente lejano de los Escrivá, al que había pedido consejo para imprimir el libro de la forma más económica, otorga su imprimatur a “Consideraciones espirituales”. Consta de cuatrocientos treinta y ocho puntos de meditación, fruto, cada uno, de su experiencia pastoral y de su vida interior, y destinados a dar a los lectores esa finura de alma y de espíritu que les conducirá a vivir cristianamente en todas las circunstancias, con estos tres síntomas de la chifladura divina de apóstol (…): hambre de tratar al Maestro; preocupación constante por las almas; perseverancia, que nada hace desfallecer.

A los que le siguen, el Padre les explica que su apostolado -silenciosa y operativa misión- no ha de limitarse a un círculo restringido que pronto se convertiría en un ghetto de cristianos “bienpensantes” viviendo su fe al margen de la sociedad. Deben, por el contrario, comunicar el fuego de su alma a muchos otros hombres, esforzarse por ser cada uno de ellos apóstol de apóstoles, irradiando a su alrededor, como la piedra que cae en el agua transmite, en ondas sucesivas, cada vez más amplias, el impacto que produce.

En cuanto a aquellos que se han comprometido a servir a Dios en su Obra, o que dudan al respecto, que no tengan la ingenuidad de juzgarla por la pequeñez de los comienzos…

En la tierra, todo lo grande ha comenzado siendo pequeño. -Lo que nace grande, es monstruoso y muere.

A esos primeros miembros de la Obra les repite, para que se empapen de la idea, que no han venido para realizar una empresa humana, sino una gran empresa sobrenatural, que comenzó cumpliéndose en ella, a la letra, cuanto se necesita para que se la pueda llamar, sin jactancia, la Obra de Dios.

Consigna esta idea en un documento que les dirige, a ellos y a todos los que vendrán después al Opus Dei, hasta el fin de los siglos, pues quiere que estén convencidos de que han recibido una vocación específica. Han de ser como una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad.

En contra de lo que algunos podrían pensar, dado lo turbulento de la época, la Obra de Dios no la ha imaginado un hombre para resolver la situación lamentable de la Iglesia en España desde 1931. Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Ángeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho.

(…) No somos una organización circunstancial (…) Ni venimos a llenar una necesidad particular de un país o de un tiempo determinados, porque quiere Jesús su Obra, desde el primer momento, con entraña universal, católica.

Por eso, el nacimiento y el desarrollo del Opus Dei no deben nada a los medios humanos, sino que lo deben todo a la oración y a la penitencia.

No tienen que encogerse, pues, pensando que son pobres instrumentos, porque Dios ya lo sabe y les comunicará las gracias necesarias para que la Obra se haga, siempre que sean dóciles a su divina Voluntad. ¡Que se crezcan ante los obstáculos!

Los escritos del Fundador llevan la impronta de este fuerte sello sobrenatural, incluso cuando se dirigen a un público mucho más amplio que el constituido por los miembros de la Obra, como es el caso de “Consideraciones espirituales”.

El Rosario, arma eficaz

Pronto aparecerá otro libro. Un día, durante la acción de gracias de la Misa, sentado al lado de la epístola, frente a la reja de la clausura de la iglesia de Santa Isabel, don Josemaría redacta, de un tirón, una serie de breves comentarios a cada uno de los quince misterios del Rosario.

Las frases le han salido a borbotones, como queriendo confiar a muchas almas un secreto que puede muy bien ser el comienzo de ese camino por donde Cristo quiere que anden: para ser grande, hacerse pequeño y, a tal efecto, creer como creen los niños, amar cono aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños…, rezar como rezan los niños. Precisamente el principio del camino, que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima. No hay que inhibirse, pues, temiendo caer en la rutina, en la repetición constante de las mismas palabras. ¿Acaso no se dicen siempre lo mismo los que se aman?

Para evitar que quienes recen el Rosario emitan sonidos corno un animal, estando el pensamiento muy lejos de Dios, les aconseja contemplar lentamente cada uno de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, introducirse como un personaje más en las escenas evangélicas evocadas en ellos, vivir la vida de Jesús, María y José.

Rezado así, el Rosario se convierte en arma poderosa para vencer en la lucha interior y avanzar por el camino de la vida contemplativa.

¡Jesús, almas!

En diciembre de 1934, don Josemaría sustituye al rector del Patronato de Santa Isabel. En el mes de febrero de ese año, se había instalado ya, con su familia, en la casa reservada al capellán.

Como rector, debe supervisar la administración del Patronato, que afecta tanto al monasterio de las Agustinas Recoletas como al contiguo colegio de la Asunción.

Sus jornadas están muy apretadas: Misa en Santa Isabel, confesiones, visitas a los hospitales, más confesiones en el asilo de Porta Coeli, más visitas en Madrid y, por la tarde, la atención a los estudiantes en la Academia DYA.

La iglesia de Santa Isabel le permite también proseguir la formación de quienes podrían llegar a convertirse en las primeras de la Sección de mujeres del Opus Dei. Trabajo difícil, que realiza sobre todo mediante la dirección espiritual en el confesionario y meditaciones u homilías a pequeños grupos, en la iglesia o en alguna capilla.

Poco a poco, va abriendo el horizonte de esas jóvenes mostrándoles el camino de la santificación en el mundo, por medio de su trabajo, con la espiritualidad plenamente laical, secular, propia de la Obra. Les ayuda a ampliar el círculo de sus relaciones animándolas a que inviten a sus amigas a participar de la formación que reciben.

Tiene que insistir, con fuerza, en que pueden ser santas, santas de altar (…) Yo no me conformo con otra cosa.

Los obstáculos son serios, como sucede también con la Sección de varones, aunque surgen problemas diferentes. Invoca con frecuencia a la Santísima Virgen, pidiéndole que impulse el desarrollo de la Sección de mujeres de la Obra y sea Ella la Fundadora.

Visitando el Hospital General, había conocido, en 1931, un escultor llamado Jenaro Lázaro, que le había escogido como director espiritual. Conocedor de su talento artístico y de su piedad, le pide que haga una imagen de la Virgen que pueda pasar de casa en casa, como es costumbre, por entonces, entre las familias cristianas. Así podrá recibir las preces filiales de aquellas jóvenes, en favor del desarrollo futuro de la Obra.

En los momentos de dificultad, se dirige siempre a la Madre de Dios para que le saque de apuros. Recorre las calles de la capital (las del Madrid moderno, cuyos altos edificios se alinean a lo largo de la Gran Vía; las del Madrid antiguo, con sus farolas de gas colgadas de las esquinas; las del Madrid elegante en torno a la Castellana, con sus amplias plazas y calles bien trazadas; las del Madrid popular de los barrios periféricos y los sórdidos suburbios) envuelto en su manteo, rezando con devoción el Rosario -aquellos Rosarios completos-, punteado, en los momentos más difíciles, con gritos silenciosos que brotan del corazón, súplicas dirigidas a María como último recurso: ¡Madre! ¡Madre mía! ¡No me abandones! ¡Madre! ¡Madre!

No olvida, tampoco, una de sus preocupaciones de siempre: el apostolado entre los intelectuales. A quienes le rodean, les dice que no en vano utilizó Jesús el símil del pescado y de la pesca, porque a los hombres -como a los peces- hay que cogerlos por la cabeza. -¡Qué hondura evangélica tiene el apostolado de la inteligencia!

En el mes de mayo, para corresponder a una petición expresa que le han hecho, ha dirigido, en una iglesia de Madrid, un curso de retiro espiritual para universitarios y personalidades católicas. El tema principal de su predicación no había sido distinto del que repite a los estudiantes de la Academia DYA: la necesidad de adquirir una buena formación intelectual, ya que el prestigio profesional tiene que ser su anzuelo de pescador de hombres; y, al mismo tiempo, la necesidad de intensificar su vida cristiana, para contribuir así a la extensión del Reino de Cristo: Hoy, con la extensión y la intensidad de la ciencia moderna, es preciso que los apologistas se dividan el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia. -Tú… no te puedes desentender de esa obligación.

Ante una nueva etapa…

Mes tras mes, la Obra se desarrolla: ¿lo hace al ritmo querido por Dios? Los que le rodean piensan que sí. Por eso, se quedan asombrados cuando un día, poco después de la instalación de la Academia DYA, les habla de la posibilidad de cambiarse de piso a comienzos del curso siguiente, con objeto de poder llevar a cabo una labor de formación más completa y profunda.

Uno de los sacerdotes que le ayudan muestra su inquietud. No tienen dinero. ¿No se ha avanzado bastante abriendo la Academia? ¿No sería más prudente contar tan sólo, como antes, con el piso de la madre de don Josemaría? Instalar ahora una nueva Academia sería “como lanzarse desde un quinto piso con un paraguas como paracaídas”…

Pequeño amor es el tuyo si no sientes el celo por la salvación de todas las almas. -Pobre amor es el tuyo si no tienes ansias de pegar tu locura a otros apóstoles.

El Padre ha empezado a hablar a sus hijos de su nuevo proyecto. Se trata de abrir una pequeña residencia de estudiantes, trasladando allí la Academia DYA. No existen en Madrid más que dos centros de ese tipo, por lo que se haría un buen servicio a algunos estudiantes provenientes de provincias, proporcionándoles a ellos, así como a sus amigos, la oportunidad de mejorar su vida cristiana gracias al ambiente y a los medios de formación de la Academia.

Don Josemaría piensa que el disponer de una base más estable entraña también otra ventaja: la posibilidad de tener un oratorio donde el Señor esté presente, con lo que quienes vivan allí o visiten la residencia podrán acudir a Él y confiarle sus preocupaciones y sus deseos de lucha… Hacerle compañía, en una palabra, como Lázaro, Marta y María en su casa de Betania.

El Fundador no ignora las dificultades de la empresa. Tampoco le ha sorprendido la reacción de los “prudentes”, pero su lógica es otra: la de la “locura”, a la cual Dios le empuja, pidiéndole realizar su Obra en la tierra. No en vano medita con frecuencia estas palabras de San Pablo: “La caridad de Cristo nos urge…” (II Cor. 5, 14).

Madrid, 1940

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El trabajo apostólico del Opus Dei empieza a desarrollarse de tal forma que se hace preciso abrir dos pequeños pisos, uno en Valladolid y otro en Barcelona, los cuales vienen a sumarse al de Valencia.

En Madrid, donde la casa de la calle de Jenner sigue funcionando como residencia de estudiantes, se alquila un piso en la calle de Martínez Campos (cerca de aquel en el que vivió la madre de don Josemaría antes de la guerra), para que puedan vivir allí algunos miembros de la Obra, que son un poco mayores.

El Padre, con su madre, sus hermanos y algunos miembros de la Obra, se traslada a un edificio de tres plantas, con un pequeño jardín, situado en la esquina de Diego de León y Lagasca, en un extremo del barrio de Salamanca.

La casa es amplia y las piezas nobles tienen prestancia, pero los muebles son tan escasos que resultan desproporcionados a ese cuadro. ¡Ni siquiera tienen dinero para reparar la caldera de la calefacción y comprar carbón!

El Padre duerme en el tercer piso, en una habitación pequeña que tiene una terraza encima y tres paredes en fachada, por lo que resulta gélida en invierno y sofocante en verano. Su madre y su hermana ocupan una habitación en la segunda planta y su hermano otra; realmente, no les sobra espacio, porque el resto de la casa se va llenando poco a poco con los miembros de la Obra que van a recibir una formación intensiva junto al Padre.

La actividad de don Josemaría sigue siendo ilimitada: impulsa la labor apostólica, se preocupa de la formación de las nuevas vocaciones, atiende a los estudiantes de la Residencia de Jenner, dirige espiritualmente a un número creciente de personas, sigue dando retiros y ejercicios espirituales… A todo lo cual hay que añadir su cargo de Rector de Santa Isabel y sus viajes para predicar a sacerdotes de numerosas diócesis.

Entre el 1 y el 7 de septiembre de 1940, da un curso de retiro a un grupo de jóvenes madrileñas. De ahí salen algunas de las primeras vocaciones de mujeres para el Opus Dei.

Rumores y calumnias

El árbol de la Obra empieza a multiplicar sus ramas y la labor apostólica de sus miembros ya no puede pasar inadvertida. La predicación del Fundador, por otra parte, se extiende mucho más allá del amplio círculo de hombres y mujeres de toda condición que le siguen de cerca.

Ya en los primeros comienzos de la Obra, antes de la guerra, habían llegado a oídos de don Josemaría Escrivá comentarios poco afortunados. Ahora, las críticas más o menos veladas cobran nuevo vuelo.

¿De dónde procede su influencia sobre las almas? ¿No es acaso sospechoso el éxito de esta nueva forma de apostolado? ¿No es peligroso hacer creer a simples laicos que pueden santificarse en su propio estado, sin apartarse del mundo, entrar en un convento o hacerse sacerdotes? ¿No resulta extraño hablar de vocación a simples fieles?…

A1 principio, no son más que rumores, palabras al aire, no necesariamente mal intencionadas. El Padre no les da importancia, convencido de que tales rumores acabarán cuando, bajo la novedad de la Obra, se descubran las raíces profundamente evangélicas de su espiritualidad.

Pero los rumores siguen en aumento y, en contra de lo previsto, parecen hallar eco en ciertas personas de las que se podía esperar más sentido común. A la curiosidad y al afán de cotilleo viene a unirse, por duro que resulte creerlo, la malevolencia indudable de algunos. Pronto se hace evidente que no se trata de simples comadreos propalados por gentes ignorantes. Es más bien que, como decía Beaumarchais dos siglos antes, sotto voce, a mezza voce, Basilio susurra de nuevo palabras calumniosas…

La primera reacción del Fundador del Opus Dei consiste en sacar de esas dificultades una lección de humildad: Se han desatado las lenguas y has sufrido desaires que te han herido más porque no los esperabas. -Tu reacción sobrenatural debe ser perdonar y aun pedir perdón- y aprovechar la experiencia para despegarte de las criaturas.

Pronto se da cuenta, sin embargo, de que las acusaciones no van dirigidas sólo contra él, sino que amenazan la misma existencia del Opus Dei, todavía muy joven.

Don Josemaría sabe que puede contar con el Obispo de Madrid, que está profundamente convencido de que la Obra es cosa de Dios y suele cortar por lo sano cualquier crítica; y la misma actitud demuestran otros muchos obispos. Alguien recuerda que un día, con ocasión de la festividad del Corpus Christi, el Obispo de Madrid, durante la procesión con el Santísimo Sacramento, ha dicho al Presidente de Acción Católica, que llevaba uno de los varales del Palio:

-Mira: por lo que más vale en el mundo y lo que más estimo, que es Jesús Sacramentado, no ataques, no digas nada en desdoro de esa Obra, que yo quiero como a las niñas de mis ojos.

A pesar de esta firme actitud del prelado, las calumnias no cesan. Al contrario, se van “adornando” con detalles nuevos. Hasta que un día sucede lo increíble: alguien presenta, ante el Tribunal especial de represión de la masonería -creado el 1 de marzo de 1940-, una denuncia en regla contra el Opus Dei. La acusación es terrible y puede tener consecuencias gravísimas en la España de la época, pues en ella se califica a la Obra de “rama judaica de la masonería” y de “secta judaica en relación con los masones”.

Cuando se inicia el proceso, los acusadores arremeten contra la Obra. Uno de ellos, lleno de fogosidad, asegura, en apoyo de su requisitoria, que, para mejor llamar a engaño a la gente, los miembros del Opus Dei procuran no distinguirse en nada de sus conciudadanos y que llevan una vida honesta, laboriosa y casta…

El General Saliquet, que preside el Tribunal aguza el oído:

-¿Quiere usted decir que viven castamente? -pregunta.

-Sí, así es.

-Entonces, no sigamos más: si viven la castidad es que no son masones. ¡No conozco ningún masón que sea casto!

Ante esta afirmación perentoria del Presidente, el proceso se da por cerrado y los jueces pasan al siguiente.

El Tribunal decide entonces enviar a don Josemaría a las dos personalidades que habían sido requeridas para formalizar la acusación, con objeto de que le den a conocer el resultado. El Fundador del Opus Dei los recibe en la residencia de Jenner, sin ningún recelo. Cuando se despiden. uno de los dos “procuradores” no puede contener su curiosidad y le interroga:

-Padre, ¿no podría usted enseñarnos ese oratorio donde los que le acusan de ser masón dicen que usted hace milagros?

-Se lo enseñaré con mucho gusto; pero, ¿de qué milagros se trata?

Un tanto desazonados, le dicen lo que algunos propalan: que ha montado un complicado juego de luces para dar la sensación de que se alza sobre el suelo mientras celebra Misa…

-Pues verdaderamente, con el peso que tengo, elevarme sobre el suelo mientras digo la Misa, sería un milagro de primera categoría -responde el Padre, sonriendo, antes de llevarles al oratorio.

Y es que, en efecto, desde hace algún tiempo, ha empezado a engordar mucho…

La paz en la oración

El incidente ha quedado zanjado, pero no por eso cesan las calumnias. Al contrario. Don Josemaría procura no tenerlas en cuenta y olvidar. Más te ha perdonado Dios a ti. Recomienda a sus hijos que no tengan complejo de víctima, que no hablen entre ellos de lo que pasa y que continúen rezando y trabajando.

Con todo, no puede evitar el sufrir mucho cuando piensa que, aunque algún día se hará justicia con la Obra, los enemigos de la Iglesia pueden utilizar esas mismas acusaciones contra el Opus Dei, y gentes de buena fe repetirlas sin saber que se trata de calumnias.

Así pues, el Padre reza intensamente para que tal situación termine cuanto antes. Aunque no pierde nunca la serenidad, al empezar cada jornada se pregunta, con su colaborador más íntimo, Álvaro del Portillo, de dónde vendrá la injuria ese día.

Hasta que una madrugada, tras una noche en la que le ha sido imposible conciliar el sueño, entra en el oratorio. Arrodillado ante el Sagrario, lo deja todo en manos de Dios: Señor, si tú no necesitas mi honra, ¿yo, para qué la quiero?

Enseguida, una paz profunda le embarga.

Hasta entonces, no sabe el hijo de Dios lo que es ser feliz: hasta llegar a esa desnudez, a esa entrega, que es entrega de amor; pero fundamentada en la mortificación, en el dolor.

Para un cristiano, la alegría no es una alegría fisiológica, de animal sano, sino que procede de una causa sobrenatural: tiene sus raíces en forma de cruz.

El Padre continúa preocupado, pero no por eso piensa en restringir su actividad, ni el apostolado de sus hijos.

Una noche, suena el teléfono en la casa de Diego de León. Han dado ya las doce. Cuando don Josemaría descuelga el auricular, escucha una voz familiar, que pronuncia su nombre y luego dice en latín unas palabras de Cristo a los Apóstoles: Ecce Satanas expetivit vos ut cribaret sicut triticum: “Simón, Simón, he aquí que Satanás, os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe…” (Luc. XXII, 31-32). Tras unos instantes de silencio, la voz vuelve a sonar: et tu confirma filios tuos. Luego se corta la comunicación.

El Obispo de Madrid, que suele acostarse tarde, le ha llamado para darle a entender, con esas palabras, que la persecución arrecia. Para animarle y ayudarle a mantener la fe de los primeros miembros de la Obra, ha modificado ligeramente la segunda parte del versículo de San Lucas: “et tu confirma filios tuos”. Y tú, confirma “a tus hijos” (en lugar de “a tus hermanos”).

Los miembros de la Obra permanecen serenos, aunque sufren al pensar en lo que estará sufriendo el Padre. Éste les explica que Dios nuestro Señor, para hacernos más eficaces, nos ha bendecido con la Cruz. En su tierra -les dice- pinchan la primera florada de higos, que se llenan así de dulzura y sazonan antes.

Todo cuanto acontece, si se vive con fe, con humildad y con espíritu cristiano, ayuda a mejorar y a hacer más eficaz el apostolado.

Un viaje a Barcelona

El Padre puede reconfortar de viva voz a los que viven cerca de él en Madrid o a sus hijos de Valencia, pero no ocurre lo mismo con los de Barcelona, donde alrededor de media docena de jóvenes estudiantes procuran mantenerse firmes bajo la tormenta en un pisito que con buen humor llaman El Palau (el palacio). Y es que don Josemaría sabe que el Gobernador Civil está resuelto a detenerle si se presenta en la Ciudad. No obstante, en 1941, no puede aguantar más y así, después de pedir consejo al Nuncio, Mons. Cicognani, toma un billete de avión para Barcelona con el nombre de José María E. de Balaguer, con idea de permanecer allí sólo veinticuatro horas (Balaguer es una ciudad de Cataluña, de donde era oriunda su familia paterna).

Su llegada proporciona un gozo inmenso a sus hijos, a quienes les anima a seguir siendo optimistas: Nosotros, por ser hijos de Dios, hemos de estar siempre alegres. ¿Aunque nos rompan la cabeza? Sí: aunque tengamos que ir con la cabeza abierta, porque será señal de que Nuestro Padre Dios quiere que la llevemos abierta.

El vendaval de la persecución es bueno. -¿Qué se pierde?… No se pierde lo que está perdido. -Cuando no se arranca el árbol de cuajo y el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo- solamente se caen las ramas secas… Y ésas, bien caídas están.

¿Qué te importa, cuando vas derecho a tu fin, cabeza y corazón borrachos de Dios, el clamor del viento o el cantar de la chicharra, o el mugido, o el gruñido o el relincho?… Además… es inevitable: no pretendas poner puertas al campo.

Uno de los locos rumores que circulaban entonces por Barcelona, propalado por “almas bienintencionadas”, era que los miembros de la Obra hacían sacrificios humanos y se clavaban en una cruz de madera… El origen de este infundio estaba en una cruz de palo que el Padre había hecho poner en una habitación que comunicaba con la sala de estudio, esa pobre cruz de madera, sola y despreciable, de la que hablaba en Camino: Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú.

No podía concebirse nada más absurdo, pero, a pesar de todo, el Padre les aconseja que la sustituyan por otra mucho más pequeña… Así no podrá decir nadie que se crucifican, porque no caben….

Unos meses más tarde, el director de “El Palau” asegurará al Padre que, a pesar de las contradicciones y las calumnias, a ninguno de sus hijos de Barcelona le ha pasado por la cabeza ni el más mínimo pensamiento contra los que les atacan.

El viento de la persecución

En Madrid, algunas personas, para perjudicar a la Obra, aconsejan a algunos estudiantes, sobre los que tienen influencia, que se introduzcan entre los que participan en los medios de formación que ofrece el Opus Dei. Esos “falsos hermanos” se fijan, entre otras cosas, en un detalle ornamental del oratorio de la residencia de Jenner: un friso que el Padre había hecho pintar, a corta distancia del techo, con las palabras de un himno litúrgico (Congregavit nos in unum Christi amor, el amor de Cristo nos ha reunido), seguidas de unas frases de los Hechos de los Apóstoles: Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, in communicatione fractionis panis et orationibus (Act. II,42): “Perseveraban todos en la enseñanza de los apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en las oraciones”. Las palabras latinas estaban separadas por motivos decorativos y símbolos eucarísticos y litúrgicos tradicionales: los panes, la espiga, la vid, la luz, la paloma, la cruz… Aquellos pobres chicos infiltrados, en su ignorancia, hacen correr el rumor de que se trata de signos cabalísticos …

En Barcelona ocurre algo parecido. A tal punto llegan las cosas que el nuevo abad coadjutor del Monasterio de Montserrat, el P. Escarré, considera oportuno, el 9 de mayo de 1941, escribir al Obispo de Madrid para pedirle información autorizada sobre el Opus Dei, con objeto de poder dar una respuesta a quienes le preguntan. Monseñor Eijo y Garay le contesta en los siguientes términos:

“Yo sé el revuelo que en Barcelona se ha levantado contra el Opus Dei. Lo triste es que personas muy dadas a Dios sean el instrumento para el mal; claro es que putantes se obsequium praestare Deo. Lo conozco todo, porque el Opus Dei, desde que se fundó en 1928, está tan en manos de la Iglesia que el Ordinario diocesano, es decir, o mi Vicario general o yo, sabemos, y cuando es menester dirigimos, todos sus pasos; de suerte que desde sus primeros vagidos hasta sus actuales ayes resuenan en nuestros oídos y… en nuestro corazón. Porque, créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos. El Dr. Escrivá es un sacerdote modelo, escogido por Dios para santificación de muchas almas, humilde, prudente, abnegado, dócil en extremo a su Prelado, de escogida inteligencia, de muy sólida formación doctrinal y espiritual, ardientemente celoso (…). Conozco todas las acusaciones que se lanzan; sé que son falsas; sé que se persigue a algunas personas, incluso en sus intereses, creyéndolos del Opus Dei ¡y no lo son!; cómo se inquieta a los padres y a las madres de los alumnos, y se requiere la acción de autoridades públicas; (…) de todo ello no sacará el Señor más que bien para el Opus Dei; pero duele el descrédito de los buenos que así persiguen lo bueno”.

La persecución, en efecto, no se limita a los miembros del Opus Dei; se dirige también contra sus familias. La madre de un estudiante que, poco antes, había pedido la admisión al Opus Dei en Valencia, es visitada, con ocasión de un viaje a Barcelona, por un religioso que ella no conocía. Lleno de “caridad”, le dice que su hijo va a condenarse si sigue al Padre Escrivá, pues éste enseña que es posible ser santo en medio del mundo, y le ruega encarecidamente que le haga desistir de seguir ese camino, olvidando que el joven es mayor de edad. Aquella pobre mujer quedó tan impresionada que tuvo que guardar cama durante varios días. Hasta que, a pesar de que aquel religioso le había dicho que no lo hiciera, la buena señora fue a consultar al Vicario de la diócesis de Valencia, don Antonio Rodilla, el cual no sólo la tranquilizó, sino que afirmó con fuerza que su hijo había encontrado en el Opus Dei un auténtico camino de santidad en el mundo.

Don Antonio Rodilla tuvo que disipar también otras muchas mentiras que circulaban entre algunos obispos, consiliarios de Acción Católica, religiosos y religiosas. Porque no se trataba ya de críticas más o menos aisladas, sino de un auténtico vendaval de persecución alimentado por pérfidas calumnias.

El Padre cambia de confesor

Desde su regreso a Madrid, don Josemaría ha vuelto a confesarse habitualmente con su antiguo confesor, el P. Sánchez Ruiz. Aunque sigue confiándole solamente su vida interior, no lo que se refiere al Opus Dei propiamente dicho, le habla de su desconcierto en cuanto estallan los primeros rumores calumniosos.

Cosa curiosa: no encuentra en él el consuelo que esperaba… Hasta que un día, el P. Sánchez, muy nervioso, le dice de sopetón lo que piensa: la Santa Sede jamás aprobará el Opus Dei. Y cita, para apoyar su opinión, un artículo -poco adecuado, por cierto- del Código de Derecho Canónico.

Don Josemaría queda consternado ante este súbito cambio, ya que su confesor siempre se había mostrado convencido del origen divino de lo que había pasado en su alma aquel 2 de octubre de 1928. Es más, cuando le había ido a visitar el 14 de febrero de 1930, después de haber visto, en la Misa, la necesidad de fundar una Sección de mujeres del Opus Dei, el P. Sánchez le había dicho que “aquello era tan de Dios como lo demás”.

¿Cómo explicar este cambio de actitud sin pensar que ha sido presionado para que le disuada de fundar el Opus Dei?

Don Josemaría no concibe la dirección espiritual al margen de un clima de plena confianza. Por eso decide dejar de verle, no sin antes explicarle, con toda delicadeza, que después de lo que le ha dicho, no le parece oportuno seguir confesándose con él. Corre el año 1940 y el Fundador toma como confesor a un sacerdote amigo suyo, don José María García Lahiguera, director espiritual del seminario diocesano de Madrid.

Primera aprobación oficial

Mons. Eijo y Garay está preocupado. Hacia 1940-41, el Señor permite una contradicción tremenda contra el Opus Dei, y el Obispo de Madrid, que sigue paso a paso la vida y desarrollo de la Obra, determina dar la primera aprobación diocesana, para ver si así se acalla la persecución.

El Fundador queda perplejo ante la proposición. Sabe que cuenta con el apoyo y estímulo de su obispo, al que siempre ha tenido informado, pero, como buen canonista, comprende perfectamente que la Obra tiene que crecer y madurar antes de encontrar su propio camino jurídico, pues su novedad planteará, sin duda, la necesidad de reformar la legislación en vigor.

Mientras el Señor permitía estas contradicciones, ocurrió un acontecimiento: el 22 de agosto de 1940 había fallecido el Arzobispo de Toledo y sabe el Padre que el candidato más probable para sucederle es precisamente el Obispo de Madrid.

Por eso, con lealtad, en una conversación, le dice a don Leopoldo: Señor Obispo, déjenos, no nos ayude; ¿no se da cuenta de que se juega la mitra de Toledo? Y don Leopoldo le contesta: “Josemaría, lo que me juego es el alma”.

Unos meses más tarde, el Padre se da cuenta de que todavía no ha presentado a Mons. Eijo y Garay los documentos pertinentes.

-Señor Obispo, yo quiero ser siempre muy obediente a Vuestra Excelencia y sin embargo, a pesar de que hace mucho tiempo me ha pedido los documentos para proceder a la aprobación de la Obra, no se los he traído: sólo hoy me he dado cuenta de esto, de que no hago lo que el Señor Obispo me ha dicho. Y, al darme cuenta, he sentido una gran alegría, porque cualquier otro eclesiástico hubiera venido enseguida al Palacio Episcopal, trayendo esos documentos que el Señor Obispo había pedido: así he tenido una nueva prueba de que la Obra no es mía, sino de Dios; si no la aprueba usted, la aprobará su sucesor…

El 14 de febrero de 1941, el Fundador presenta la solicitud de aprobación, con la documentación requerida. El 24 de marzo el Obispo de Madrid firma el decreto que, en virtud del artículo 708 del Código de Derecho Canónico (por el que los simples fieles pueden asociarse para obras de piedad y caridad), da al Opus Dei la aprobación como Pía Unión pero, como le ha pedido don Josemaría, sin erigirlo canónicamente. Don Leopoldo ha tenido la delicadeza de fechar el documento el 19 de marzo, festividad de San José, fiesta del Patrono que celebra el Fundador. Además de la fórmula ritual, añade algunas palabras que testimonian su afecto y estímulo hacia el Opus Dei: “Y pedimos a Dios Nuestro Señor, por intercesión de San José, en cuya fiesta tenemos la satisfacción de aprobar canónicamente tan importante Obra de celo, que conceda que no se malogre ninguno de los grandes frutos que de ella esperamos”.

Cuando Mons. Eijo y Garay comunica la noticia a don Josemaría, éste se encuentra en la casa de Diego de León. Inmediatamente, va a buscar a su madre y a los pocos miembros de la Obra que están allí. Todos juntos, entran en el oratorio y se postran de rodillas ante el Sagrario, para dar gracias.

MÉXICO. Trabajando con campesinos

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

A lo largo de kilómetros y kilómetros, viajando hacia el Sur de México City, en el Estado de Morelos, el sol castiga con fuerza tierras blanquecinas y polvorientas, cansadas de producir, durante siglos, alubias y maíz. Campesinos andrajosos con ropas de arrugado algodón pasan junto a nosotros, cargados con grandes haces de leña o balanceándose a lomos de un asno. El calor salvaje se desperdicia aquí; poca humedad puede extraer de la tierra. Pero a medida que nos acercamos a una antigua hacienda próxima a una pequeña ciudad, Chalcantzingo, los campos empiezan a verdear y el paisaje revive. La gran cúpula y las dos torres de una antigua iglesia dominan un pequeño conjunto de edificios con los muros enjabelgados y tejas y ladrillos rojos. Bajo un árbol corpulento, a la entrada de la hacienda, una mujer india y su hijito tratan de hacer caer un fruto con un palo muy largo. Estamos en Montefalco, un centro del Opus Dei cuyos miembros trabajan para promocionar a los campesinos de la zona.

Montefalco era una próspera plantación de azúcar que fue arrasada e incendiada por las tropas de Emiliano Zapata durante la revolución de 1910. Los miembros nativos del Opus Dei dicen, en broma, que Zapata fue el primer cooperador mexicano del Opus Dei, pues gracias a él los propietarios les cedieron las ruinas en 1949.

Al principio, la donación fue más bien un compromiso que un beneficio. Los edificios estaban derruidos y comidos por la jungla y los campesinos que vivían allí eran miserables. Sin embargo, tras años de duro trabajo de muchos voluntarios, Montefalco se ha convertido en un lugar hermoso, exhuberante, lleno de contrastes de colores y matices, viejo y nuevo. La Plaza Mayor, del tamaño de un campo de fútbol, está flanqueada por dos casas de retiros, la vieja iglesia, un albergue o posada y dos escuelas.

El segundo desafío de Montefalco, elevar el nivel de vida de los campesinos, era tan urgente como la reconstrucción de los edificios. Cuanto Montefalco era una plantación de azúcar, una serie de canales traían el agua desde las cumbres nevadas del volcán Popocatépelt. Pero una ciudad situada más arriba necesitaba agua, así que dejó de llegar al valle de Amilpas. ¿Por qué la gente de Amilpas no trató de evitarlo? “Lo intentamos -me explicó un campesino-. Nos quejamos, y entonces nos dijeron que nos darían agua, sí pero a balazos…” La ciudad era grande y tenía muchos hombres capaces de disparar, así que los campesinos de Montefalco se quedaron tan sólo con el agua que caía del cielo en la estación de las lluvias.

El valle de Amilpas se convirtió en una de las zonas de México con más cuatreros. Durante los ocho largos meses de la estación seca, los hombres pasaban el tiempo bebiendo y montando toros. Las riñas familiares eran frecuentes.

Pero las gentes del valle de Amilpas tenían también un lado bueno: la fe profunda que ayudaba a muchos a sobrevivir en medio de la pobreza. Uno de los sacerdotes de Montefalco, don José Adolfo Martínez, me contó un incidente ocurrido a raíz de su llegada, en 1960. Los aldeanos habían ido a pedirle que organizase una procesión para pedir que lloviera. Llevaban con ellos una enorme imagen de Cristo crucificado a la que llamaban “la cruz de la señora anciana”. Don José Adolfo aceptó de mala gana, pero advirtió a los aldeanos que si Dios había dispuesto que no lloviera, no llovería. “No, padre -replicaron los indios-. Si salimos en procesión, lloverá.”

El sacerdote me confesó que se había sentido un tanto confuso yendo en procesión por las calles resecas bajo un cielo sin nubes, delante de una banda de desharrapados, cubiertos con lienzos de plástico en previsión de la lluvia, y me contó que un escéptico que estaba sentado en la puerta de su casa se echó a reír al verlos y gritó: “¡Me beberé todo el agua que caiga!”.

“Ni que decir tiene que, en cuanto terminó la procesión, empezó a llover a cántaros. Fue algo que me estremeció,” En el camino de vuelta, al pasar ante la casa del escéptico los fieles empezaron a gritar: ” ¡Bébetela! ¡Bébetela!”.

Cuando llegaron a Montefalco los primeros miembros del Opus Dei, los campesinos se mostraron recelosos. Algunos, sin embargo, sintieron curiosidad al ver lo que estaban cultivando y unos pocos aceptaron la invitación a estudiar técnicas agrícolas. Así surgió El Peñón, con sólo cinco alumnos. Hoy es una escuela que pone un especial empeño en enseñar agricultura moderna. En ella se enseñan también cosas prácticas, como el uso adecuado de fertilizantes o el aprovechamiento de la lluvia, sin olvidar cosas tan elementales como el estampar la propia firma.

Antes, los campesinos sólo cultivaban maíz y judías (frijoles). Ahora cultivan tomates, cebollas, zanahorias, etcétera. En el Peñón les han enseñado a hacerlo, y también a criar cerdos y pollos. Incluso tienen una cooperativa para intercambiar sus productos.

Un campesino que vive cerca de Montefalco, Juan García, solía recoger una magra cosecha anual de frijoles y maíz. En 1969, después de que su hijo estudiara en El Peñón, inició una granja con 3.000 pollos al año. Ahora son 500.000. Juan, embutido en un mono nuevo y limpio, me enseña las instalaciones. “Gracias a esto -me dice- hemos podido comprar un tractor e instalar agua corriente y tener cuarto de baño.”

En cuatro años (1961-1965), cuarenta estudiantes pasaron por El Peñón. En 1965, se inició un ciclo de tres años, al final del cual se concede un diploma. En 1971 comenzó la escuela secundaria. Ese mismo año, el gobernador del Estado de Morelos visitó Montefalco y quedó tan gratamente impresionado que concedió ayuda oficial para iniciar un curso de cría de ganado. Actualmente, el Peñón es una de las escuelas punta de México, que combina la enseñanza práctica y viva con grandes programas educativos en la televisión.

En 1959 se inició también una escuela femenina con clases de economía doméstica, gracias a la cual las campesinas han aprendido corte y confección, cocina, plancha, higiene y dietética. Un grupo de antiguas alumnas ha establecido un taller de confección que suministra ropa al por menor a México City. Un campesino, Miguel Angel Senedo, casado y con tres hijos, terminó en 1974 sus estudios en El Peñón. Con su padre y un hermano, ha empezado a criar ganado -cerdos y pollos-, cultiva guisantes y tomates y ha sustituido su buey y su asno por un tractor. Charlamos a la sombra de un moderno barracón. Cerca de unas aventadoras colgadas de la pared y de un aparato de radio que transmite música pop, hay un cuadro del Sagrado Corazón. Miguel me dijo que ahora todo iba bien, pero que hacía unos años había tenido problemas con su familia. Su padre, que bebía muchísimo, había caído enfermo. La familia estaba dividida. No se hablaban. Pero las cosas empezaron a cambiar cuando Miguel empezó a poner en práctica lo que había aprendido en El Peñón sobre la cría de pollos y de cerdos y la mejora de los cultivos. Empezaron a trabajar juntos y su padre también empezó a beber menos, hasta dejar la bebida.

“En el Peñón aprendí también cosas espirituales -me dice Miguel-. Y trato de ponerlas en práctica. Cuando trabajo, le digo a Dios que lo hago por Él. Por ejemplo, cuando siembro. Ahora acabo de recibir un lote de pollitos para engordar y ofrezco a Dios el trabajo que me van a dar, y le pido que lo haga bien. A veces mi pensamiento se aleja de Él, me distraigo a lo largo del día, sobre todo cuando estoy muy absorbido o muy cansado. Otras veces tengo pereza, y me digo: “En adelante no pienso trabajar tanto. Me lo tomaré con calma”. Pero entonces surge un problema y uno reacciona y dice: “No me olvides”.

Hay días en que vuelvo a casa tan cansado que no tengo ganas de hablar con nadie. Pero al día siguiente le pido a Dios que me ayude y procuro empezar de nuevo. En Montefalco hablan de esforzarse para hacer la vida agradable a los demás, y eso es lo que trato de hacer.”

Marcos Torres, miembro del Opus Dei, es un campesino que cultiva sus tierras y cría pollos en Jonacatepec. Caía la tarde y tenía abierta la puerta de su casa. Mientras hablaba, los chiquillos jugaban fuera, en la calle, esquivando los tractores que volvían del campo. Me dijo que en el Opus Dei le han enseñado que hacer apostolado significa ser amigo de los amigos. Hay que empezar desde el principio, no con los que ya van a Misa los domingos, sino con los que cobran el sábado y se van a la cantina y se gastan el salario en tequila. “Algunos amigos míos hacían eso. Cuando se lo gastaban todo, perdían la vergüenza y pedían más a cualquiera. Incluso iban a una granja ajena, de noche, y lo cogían. Sabían que hacían mal, pero lo hacían a pesar de todo.”

Marcos me contó que había tenido un amigo con ese problema y también con un problema de mujeres. Era católico, pero no practicaba. Su padre le había aficionado a las peleas de gallos, a montar toros y a ir a la cantina. “Tenía dos hijos ilegítimos -me dijo Marcos-, pero seguía siendo un hombre bueno, responsable en su trabajo. Yo creo que gracias a eso empezó a enderezar su vida. Le gustaba hablar de sus problemas. Yo solía ir a los toros con él y luego a tomar unas copas, pero procuraba no pasarme. Sabía que yo llevaba una vida limpia y que no tenía ninguna amante. Al cabo de un rato solía decirme que no se explicaba cómo era capaz de beber sin emborracharme. Yo le contestaba que no era tan difícil, que lo intentase. Como quiere mucho a sus hijas y quiere que sean buenas, una vez le dije que, viviendo como vivía, no podría darles ejemplo de vida. No le sermoneé; se lo dije tranquilo, con calma y se lo repetí muchas veces. El caso es que ha dejado de beber y ha renunciado a las mujeres. Está más cerca de su mujer y algunas veces va a Misa.”

Margarita Barranco vive cerca de Montefalco, en Chalcantzingo. Su casa no tiene más que una sola pieza, dividida en dos por una cortina, un cuarto de aseo de bambú y un rincón para hacer tortillas. Se quedó viuda a los pocos años de casarse, cuando acribillaron a balazos a su marido, junto a una iglesia de piedra que hay enfrente de su casa, al confundirle con otro individuo. Margarita, sola, tuvo que enfrentarse a la tarea de sacar adelante a sus cuatro hijos -tres chicas y un chico-, todos menores de seis años. Para ello cría cerdos y pollos, confecciona ropa, vende tortillas y trabaja a tiempo parcial en Montefalco, donde, según dice, le enseñaron a cultivar legumbres, cuidar las vacas y educar a los hijos.’

“Procuré enseñar a los chicos las cosas importantes, como ir a Misa, viviéndolas yo misma. Y cómo organizarse, y cómo tratar a la gente. Les enseñé lo que me decían en Montefalco: a estar contentos aunque se tengan problemas, y a ayudar a vivir a los que no tienen dinero. Cuando me despierto, ofrezco el día a Dios, y a lo largo de la jornada le vuelvo a ofrecer lo que me cuesta, y lo que algunas personas creen que no tiene importancia, como colocar las cosas en su sitio.”

Tras la muerte de su marido, algunos parientes de éste reunieron una gran suma para contratar a un pistolero que matara a los asesinos, algo que es corriente en el valle de Amilpas. Cuando Margarita se enteró, fue a suplicarles que no se vengaran. Ellos le dijeron que ya habían entregado el dinero al pistolero. “Pues entonces -replicó ella- dadlo por perdido.”

Quien me lo contó, me dijo que Margarita es muy tímida, pero que en aquella ocasión se mantuvo firme.

Bernardo Heredia llevaba años yendo por Montefalco. En comparación con los demás campesinos de la zona era un granjero acomodado, pues tenía veinte peones, pero pensaba que no era lo suficientemente rico como para ser del Opus Dei, pues un amigo le había dicho que la Obra sólo era para gente muy rica y muy culta. “Pero mi mujer empezó a asistir a las charlas que daban los sacerdotes del Opus Dei, y yo también, y entonces comprendí que estaba equivocado, que era para gente corriente. Era un ambiente serio, organizado, que invitaba a reflexionar. Creo que Dios no se equivoca nunca y me convencí de que había escogido al Fundador, Monseñor Escrivá, para que abriese este camino de santificación de las vidas de la gente corriente. La gente es como la tierra, llena de piedras y de peñas, y es difícil plantar nada en ella. Pero cuando se la limpia y se la abona, se hace fértil. Para mí, el Opus Dei ha sido quien me ha limpiado de piedras.”

Bernardo me dijo que una de las cosas que ha aprendido en el Opus Dei ha sido a no ser “católico de días de fiesta. He aprendido lo que es la unidad de vida, .que no tienes que hacer cosas raras para ser santo, que tus obligaciones. religiosas no se limitan a ir a Misa los domingos”. Antes, aunque iba a Misa, despreciaba a sus peones. “El Opus Dei me ha ayudado a darme cuenta de lo equivocado que estaba y me ha enseñado a tratarles mejor, con espíritu de servicio. Ahora los comprendo. Son como de la familia. Nos sentimos a gusto juntos.”

Bernardo mencionó un incidente en el que uno de sus mejores toros -premiado- resultó muerto. La venta de su carne le hubiese reportado buenos beneficios, pero renunció a venderla tras considerar que sus peones necesitaban más aquella carne que él el dinero. Me lo contó sin vanidad ninguna. Dijo simplemente que estaba agradecido a Dios por ayudarle a ver claro lo que antes no era capaz de ver.

Los indios mexicanos han ocupado siempre un lugar especial en el corazón de la Iglesia. Muchos creen que ésa fue la razón de que la Virgen Santísima se apareciese al indio Juan Diego en Guadalupe, en el siglo XVI. Por entonces, los indios estaban recelosos y suspicaces con los traficantes que invadían sus tierras, por lo que los esfuerzos de los misioneros para convertirlos al cristianismo daban pocos resultados. Cuando la Virgen se apareció al pobre Juan Diego, dejó impresa su imagen en su tilma o delantal. La aparición se vio acompañada por una serie de símbolos que contenían un claro mensaje para los indios, de tal forma que en unos pocos meses se convirtieron millones de ellos. Entre las cuestiones inexplicables de la imagen de Guadalupe está la longevidad del tejido en que se halla impresa, que ha permanecido intacto a lo largo de los siglos, mucho más allá de su duración normal. La imagen, venerada por los católicos en el mundo entero, hace decir con orgullo a los indios: “Dios no ha hecho una cosa así por ningún otro pueblo”.

La Iglesia ha llevado a cabo una amplia labor social con los pobres de México a lo largo de los siglos. Durante años -especialmente mediante la labor de sacerdotes y religiosos- se ha esforzado en fomentar la causa de la justicia social entre ellos. Los miembros del Opus Dei consideran que lo que hacen forma parte de esa larga tradición de la Iglesia.

Una labor social de ese signo es la que están realizando en las montañas que hay al oeste de la ciudad de México, más allá de Toluca, en una hacienda llamada Toshi, donada a los miembros del. Opus Dei por una, antigua familia mexicana. Aunque no estaba en ruinas, como Montefalco, hubo que adaptarla a las nuevas necesidades. Entre los servicios que ofrece a los indios de los alrededores están las lecciones de cocina y de higiene para amas de casa y un club juvenil para chicas.

Cuando la visité era domingo y acudían mujeres indias de todas partes para comprar ropa y comida. La comida era gratis y la ropa muy barata; había además médicos y enfermeras para prestar servicio a quienes lo necesitasen. Algunas mujeres, endomingadas, iban sin embargo descalzas, llevando a un niño a sus espaldas.

María Garduño, Juana Flores y Margarita Pacheco habían caminado durante cuatro horas para proveerse de leche y queso para sus hijos. Julián Carmona, un anciano de rostro áspero y arrugado, casi ciego, era conducido, a lomos de un asno, por su nieta Alicia. Su mujer, Leonor, me dijo que acudían a Toshi regularmente para aprender a leer y rezar. Esta vez quería también comprar unos pantalones a su marido.

. Pascuala Martínez de Mejía tiene 69 años, diez hijos y es miembro del Opus Dei. Me dijo que al principio -1960- venía a Toshi por leche para su último hijo. Ahora, en su casa, aplasta maíz, hace tortillas, cuida de las vacas, los corderos y el asno. A mediodía lleva la comida al campo a su marido, que cultiva trigo y maíz. “El Opus Dei me ha enseñado a ofrecer a Dios todas esas cosas, a hacerlas bien y a rezar. Para mí, todo esto era nuevo al principio. Antes de venir aquí no sabía hacer más que la señal de la cruz.

También he aprendido a hacer apostolado. En estas colinas la gente toma demasiado pulpe, a veces cuatro botellas al día o más. Se emborrachan y pelean. Riñen con la mujer, con los hijos, con los amigos. Y no lo dejan. Yo trato de convencerles para que no beban tanto y cuando me encuentro con alguno que busca pelea, hablo con él y procuro calmarlo. A veces cambian, sobre todo los que rezan. Cambian, y nadie sabe por qué.”

En uno de los barrios más pobres de Ciudad de México hay una clínica oftalmológica para pobres fundada por un médico muy amable, el doctor José Pardo, en los años veinte. Las personas que allí acuden, sufren generalmente infecciones en los ojos causadas por la polución atmosférica de la ciudad. Actualmente se atiende a unos 400 pacientes diarios, lo cual ha hecho de ella la mayor en su género de toda Iberoamérica. La clínica, en la que trabajan bastantes miembros del Opus Dei, ha llegado a un acuerdo con la Universidad Panamericana (fundada en Mexico, D. F., por miembros y amigos del Opus Dei), para así poder ampliarla y ofrecer otros servicios.

El director, el doctor Carlos Vidal, miembro del Opus Dei, me explicó que “la razón por la que trabajamos junto con la universidad es que tenemos la misma meta: ofrecer a la gente más necesitada atención médica de calidad. El acuerdo permitirá ampliar nuestros servicios. Hasta ahora sólo teníamos fondos para mantenernos”.

El doctor Vidal me dijo también que la idea de convertirla en clínica universitaria la tuvo el Prelado del Opus Dei, Monseñor Alvaro del Portillo, que acudió a la clínica para recibir tratamiento durante una, visita a México. Monseñor Del Portillo animó a toda la plantilla a establecer lazos de unión entre la clínica y la universidad. Y recordó que el Opus Dei ha contado desde sus comienzos, con las oraciones de los enfermos.

Y el doctor Vidal añadió: “Así construiremos la nueva clínica, con las oraciones de esta gente. Por eso no nos preocupa el dinero; sabemos que vendrá”.

Coral Palmer estuvo trabajando en la clínica como contable hasta que, a finales de los años setenta, se hizo asistenta social. Aconseja a los pacientes, sobre todo a los que son ciegos. Cuando están a punto de perder la vista, los enseña a seguir trabajando, y a sus parientes les explica cómo pueden ayudarlos. Coral se entiende muy bien con los ciegos, porque ella misma perdió la vista hace ya varios años.

“Les digo a los pacientes que no se rindan, que sigan luchando por vivir, por encontrar trabajo o por aprender a hacer algo, pues así se sentirán útiles y no serán una carga para su familia. Les digo también que procuren estar alegres, tener vida interior y ofrecérselo todo a Dios.”

Un paciente de 28 años, de nombre Ricardo, cayó en una profunda depresión tras quedarse ciego. Su padre lo llevó a la clínica después de que intentara suicidarse varias veces. Coral me dijo que ella le había aconsejado que fuese a la iglesia de la Santa Vera Cruz y hablase con un. sacerdote. “Al principio se negó. Dijo que Dios no existía y que era una injusticia que él estuviera ciego. Pero yo le dije que Dios no es injusto, que es misericordioso y que su ceguera no era un castigo, que si estaba ciego era porque Dios quería que eso le sirviese para salvarse, no sólo él, sino también su familia. Ahora pertenece a la asociación de invidentes y está aprendiendo braille y toca la guitarra. Va con frecuencia a la Santa Vera Cruz y está mucho más contento.”

Coral dice que si Dios le diese la oportunidad de recobrar la vista, le diría que prefería continuar así. “La ceguera me ha proporcionado una nueva dimensión, ha dado un nuevo significado a mi vida. Así puedo ayudar a más gente. Hay muchas personas cuyas vidas son más duras que la mía. Hay una mujer que viene por aquí, tan pobre que apenas tiene que llevarse a la boca, ni dinero para pagar la visita. Se llama Clarita y tiene un glaucoma muy doloroso. Sufre mucho. Sólo ve un poco con un ojo, pero a pesar de todo dice que siente que Dios le favorece tanto que tiene que ir a Misa todos los días para darle gracias. Me dicen que va vestida con una falda muy gastada, y que siempre sonríe. Cada vez que viene a ver al médico me trae un regalo, caramelos o una rosa. Es feliz porque está muy cerca de Dios.”

Aunque en este capítulo sólo se habla de la labor que desarrolla el Opus Dei con gente humilde su actividad en México es mucho más amplia. Como en todos los países que he visitado, se relaciona con personas de toda clase y condición, pero al igual que sucede con la Iglesia en su conjunto, ejerce una opción preferencial por los pobres.

Chile: ¡mar adentro!

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Padre ha cruzado la cordillera de los Andes, el gran coloso nevado, y sobrevuela ya territorio chileno. Una tromba de agua ha caído sobre las calles de Santiago; en siete días ha llovido más que en todo un año. Pero el Boeing de la British Caledonian ha embestido las nubes que ocultan las montañas y toma tierra, suavemente, en esta mañana del 28 de junio.

Hace casi veinticinco años que don Adolfo Rodríguez Vidal llegó, completamente solo, a este confin de la tierra. Hoy se adelanta hacia el avión, para dar el primer abrazo al Fundador de la Obra. El Padre bromea con él:

-«¿Dónde están los Andes?; me estáis engañando. Yo tengo que tener fe, una fe tremenda para tragarme que hay Andes, toda una montaña inmensa ahí. ¡Si no la he visto! »(34)

El coche que ha recogido a Monseñor Escrivá de Balaguer toma la ruta de un Centro de la Obra en Santiago, donde tiene su sede la Comisión Regional.

Desde que llega a la casa tiene deseos de hablar con los chicos de Alameda, una Residencia universitaria cercana. Quiere impulsarles a ser mejores, a emplearse a fondo en la bella y ardua tarea de formarse como hombres cristianos. Recuerda muy bien aquellos comienzos de la Obra, con las Residencias de Ferraz, Jenner, Samaniego… Y su dedicación permanente a la juventud. Podrá verles al día siguiente de su llegada, el 29 de junio.

-«Padre: yo no soy miembro del Opus Dei, pero ¿cómo podría llegar a serlo?

-¡Oye…!, ¿cuántos años tienes? -Quince, Padre.

-A tu edad, tampoco yo era miembro del Opus Dei, ni sabía lo que era el Opus Dei… ¡ni existía el Opus Dei!» Y le sigue explicando:

«Yo tenía las mismas inquietudes tuyas. A tu edad, más o menos, cuando las pasiones empiezan a removerse y le tiran a uno de la ropa, por aquí, por allá y por el otro lado, y la vista se va, ¡barrunté el Amor! No me pongo colorado para decírtelo: éstos no se enteran. Estamos tú y yo solos. Yo tenía tu edad, cuando barrunté el Amor; y di un cambiazo, con la gracia del Señor. No es que antes fuera malo. ¿Quién sabe si no estás barruntando tú el Amor?

El Opus Dei es un camino de amor. En el Opus Dei se puede andar por todos los caminos de la tierra haciéndolos divinos, sin dejar de ser muy humanos, porque Dios Nuestro Señor no nos pide cosas deshumanas. Si te estoy hablando con este cariño de hermano mayor y de Padre, es porque soy hombre lo mismo que tú. Y cuando hablo con mi Señor -con Dios- (…), le digo que le quiero, porque es verdad. Con este corazón, que hubiera podido poner en el cariño de una mujer; con este corazón, con el que he querido a mi madre y a mi padre, te estoy respondiendo a ti y trato con Dios.

Yo creo que barruntas algo. ¡Déjate llevar por la gracia! ¡Deja a tu corazón que vuele! (…). Hazte tu pequeña novela: una novela de sacrificios y de heroísmos. Con la gracia de Dios, te quedarás corto» (35).

Allá atrás se oye un nuevo interrogante:

-«¿Cómo hacer más viva y apasionante nuestra vida espiritual, y cómo contagiar a los demás, a los que nos rodean?».

-«Si tú eres piadoso, no seas beato: sé normal, corriente, agradable, simpático… No te vas a poner a hacer piruetas por ahí; pero si eres deportista, sé buen deportista; si eres estudiante, pórtate con gracia; si alguna vez organizas una barrabasada, que tenga también un poco de salero… » (36).

En la mañana del 30 de junio, se reúne, en el cuarto de estar de la casa de la Comisión Regional, con un grupo. Frente a la puerta de entrada, a la izquierda de la chimenea, está la vitrina llena de objetos entrañables: unos han sido regalo del Padre enviados desde Roma; otros van unidos a la historia de los primeros años de trabajo en Chile.

Les habla de vocación fiel, de amor, de alegría… De todo cuanto debe inundar la vida de quienes Dios ha llamado por su nombre en medio de las tareas del mundo… Como hizo con los primeros discípulos; como hará siempre, a lo largo del tiempo, porque la Iglesia no tiene fin.

«El Señor nos hará felices. Nos quiere felices en la tierra, a sus hijos en el Opus Dei. La alegría nos corresponde como un tesoro inherente a nuestra vocación»(37).

Cuando termina este rato de charla, mira despacio a los que le rodean y les quiere llenar de ánimo apostólico para abrazar Chile desde la primera estribación de los Andes, hasta la Tierra de Fuego.

«¡Que no estemos conformes con ser tan pocos! ¡Que echéis las redes en nombre de Dios! Duc in altum! Mar adentro. Os mandaré un cáliz en el cual voy a poner: duc in altum! Y las redes deben llenarse de almas de Chile, de chilenos bien formados, fuertes como los Andes»(38).

En otro momento habla del gozo en que se torna toda contrariedad si está apoyado en un sentido permanente de filiación divina:

«A Dios lo encontramos en nuestra vida diaria, en nuestros momentos de cada día aparentemente iguales, de hoy, de mañana y de ayer, de anteayer y de pasado mañana. Está en nuestra comida y en nuestra cena, en nuestra conversación y en nuestro llanto y en nuestra sonrisa. Está en todo. Dios es Padre»(39)

El día 5 de julio llega a manos del Consiliario una carta. Es de la Priora de un convento de Carmelitas descalzas:

«Hemos sabido que Monseñor Escrivá se encuentra actualmente en Santiago. Sé que a su paso por España visitó varios conventos de Carmelitas, por el entrañable amor que tiene a nuestra Madre Teresa. Por lo mismo esperamos que, entre sus muchos compromisos, pueda hacerse un ratito para llegar hasta aquí. Pues tanto alcanzas cuanto esperas, esperamos conseguir esta gran bondad del Padre; pero si no le fuese posible, siempre lo tendríamos presente en nuestras oraciones como si hubiésemos recibido su visita».

Y como en la mañana no queda otro hueco, una hora más tarde ya está en el locutorio, dirigiéndose a todas las religiosas.

«La Madre Teresa tenía mucho amor al sacerdocio; quería que los sacerdotes fuéramos muy santos y muy doctos: rezad vosotras para que sea así. Con la oración conseguiréis más que con nada. Necesitamos esa ayuda; no abandonéis a los sacerdotes, no nos abandonéis».

El silencio del otro lado de la reja se hace profundo, el Padre sigue hablando de vida contemplativa:

-«Vosotras seréis dichosas si cumplís vuestras Reglas, si no os apartáis del buen espíritu de la Madre Teresa, que tan mal lo pasó en esta tierra, aun cuando tenía buen humor. Era simpática y agradable. Pero ¡cómo la trataron!, ¿os acordáis? No se pueden decir cosas peores de una mujer. Ahora la veis en los altares, y sabéis que es vuestra Madre, y es doctora y santa».

El Padre parece no tener prisa. Habla con entusiasmo a estas religiosas. Les hace responsables de este inmenso caudal dentro de la Iglesia, de la rectificación de tantas sendas, de la luz necesaria para los que se desvían… Les hace responsables del mundo entero:

«Tengo yo más fe en vosotras que en un ejército».

Han pasado veinte minutos. Le esperan en otra reunión:

«Rezad por el Opus Dei, para que no dejemos de ser esas almas contemplativas que llevan su celda en el corazón, y que recorren los caminos todos de la tierra para hacerlos divinos, santificando el trabajo… ».

Y después de bendecirlas, el Padre se marcha. Pero antes les entrega una gran caja de dulces, que ha hecho comprar para ellas. Camino de la calle sale a su encuentro un fraile capuchino: es el Obispo de Osorno, una diócesis del sur de Chile. Ha escuchado las palabras de Monseñor Escrivá de Balaguer a las Carmelitas. Está asombrado y contento.

-«Ahora no se usa hablar así de santidad».

Unos días más tarde, la Priora escribe al Padre una carta en la que expresa el sentir unánime de la Comunidad:

«No tenemos palabras para agradecerle la visita que nos hizo. En las conversaciones con el Señor esperamos saber decírselo, para que El le pague todo el bien que recibimos de usted (…).

Monseñor, parece que le hubiera conocido toda la vida, y por eso la pluma corre, pero voy a despedirme para no abusar de su paciencia y bondad. Le suplico un recuerdo en la Santa Misa por todas»(40)

Las grandes tertulias de Chile tendrán lugar en la Residencia Universitaria Alameda o en Tabancura, un colegio promovido por varios padres de familia que, como ocurre en tantos países, han encomendado la dirección espiritual al Opus Dei. Durante cinco días, Tabancura dará cabida a miles de personas. Los más jóvenes se sientan en el suelo para aprovechar el espacio. También hay gente madura, matrimonios, estudiantes, empresarios, trabajadores manuales…

«Me ha venido al pensamiento el recuerdo, lejano y próximo, de un sacerdote joven, un querer de Dios, un imposible humano. Y en la soledad acompañada de una capilla, aquel sacerdote levantaba la Hostia Santa para bendecir a un grupito pequeño, heterogéneo, de almas: obreros, empleados, universitarios. Aquello ya era una familia, una familia universal»(41).

Recuerda el Padre, con estas palabras, los comienzos de la Obra en Madrid, cuando los primeros le seguían, en momentos en los que la realidad de hoy parecía un sueño imposible. Pero no quiere alargarse. Desea que le pregunten. Que salte el tema espontáneo entre el público. De la dinámica gozosa de estas reuniones en Alameda o en Tabancura da cuenta el comentario aparecido, pocos días después, en el diario «El Mercurio», de Santiago de Chile:

«El Centro Universitario Alameda y el Colegio Tabancura se hacen estrechos para contener al gentío que, mañana y tarde, a lo largo de casi dos semanas, acude por millares para ver y oír al Fundador del Opus Dei (…). Parejas jóvenes y muchos, muchos estudiantes forman esta abigarrada multitud, que a pesar del número es familia (…).

Cuando ingresa al recinto Monseñor Escrivá de Balaguer, este clima íntimo se arremolina en oleadas de cariño alrededor de su persona: cuando comienza a hablar, parece que no hubiera más que él y un interlocutor único -que es uno, que somos todos fundidos en uno solo- frente al hombre de Dios. Un muchacho le acomoda el micrófono al pecho. “Mi cencerro”, bromea. “¿Veis cómo me llevan atado?” (…). Mientras pasea por el estrado con movimientos vivos y calmos a la vez, explica que no le importa hacer el juglar de Dios, si eso aprovecha a las almas (…).

Sus palabras sobre la Eucaristía y la Presencia Real de Cristo en el Sagrario desbordan los sentimientos más íntimos de su corazón sacerdotal. Describe las situaciones cotidianas del hogar y la familia con un realismo picaresco al que es imposible negar el asentimiento. A los esposos les pide que se quieran como novios hasta la ancianidad y la muerte. A los jóvenes les describe la opción entre bestialidad y pureza con acento rotundísimo. De la vocación divina habla con toda la fuerza de la experiencia personal (…).

Como Teresa de Avila, posee el genio del idioma en forma inocente; es decir, el gran orador y el gran escritor que hay en él están disueltos en su misión pastoral (…).

El juglar de Dios ha hecho su trabajo, y el Espíritu Santo que lo lleva y lo trae por el mundo, ha hecho el suyo» (42).

La víspera de su partida de Chile se acerca al Santuario de Lo Vásquez para rezar ante la Inmaculada. Una multitud de hijas e hijos suyos, así como amigos y Cooperadores de la Obra, llenará el templo. La imagen, con manto azul bordado como en los días festivos, recibirá su oración entre una copiosa ofrenda de flores y luces encendidas.

El 9 de julio sale hacia Perú. El aeropuerto de Pudahuel, ubicado en la parte baja del valle de Mapocho, se cubre con una espesa niebla matinal. El avión despegará a las nueve y quince. Durante la espera, los que han ido a despedirle recuerdan sus palabras, su cariño, el intenso sabor de intimidad que ha dado a su estancia en tierras chilenas. En algún hombre mayor, ajetreado por la existencia, ha quedado el eco de frases como ésta:

-«Con sólo una persona que haya llevado una vida un poco abandonada, y ahora vuelva, y se confiese, yo no habré perdido el tiempo».

Y en el alma de muchos jóvenes repican, como invitación heroica y alegre, aquellas palabras finales del Padre:

«Jesucristo (…) os puede echar la mirada que echó a Juan, y entonces apuntaréis la hora en que os miró, y quizá le diréis lo que yo os he contado que le digo a veces: Señor, tengo ganas de ver tu rostro; te quiero tanto, que tengo muchas ganas de contemplarte… Con una juventud eterna -da lo mismo que hayáis cumplido veinte años, que después sesenta, setenta u ochenta, no importa nada- porque seréis jóvenes siempre »(43)

Edificar sobre la oración y el sacrificio

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá entendía que en una empresa espiritual el orden debía ser “oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en “tercer lugar”, acción”[1]. Su primera preocupación, por tanto, fue intensificar su propia oración y penitencia y buscar las oraciones y sacrificios de otras personas. En una meditación predicada pocos meses antes de su muerte dijo: “¿Qué puede hacer una criatura que debe cumplir una misión, si no tiene medios, ni edad, ni ciencia, ni virtudes, ni nada? Ir a su madre y a su padre, acudir a los que pueden algo, pedir ayuda a los amigos… Eso hice yo en la vida espiritual. Eso sí, a golpe de disciplina, llevando el compás. Pero no siempre: había temporadas en que no”[2].

Escrivá estaba convencido de que “después de la oración del Sacerdote y de las vírgenes consagradas, la oración más grata a Dios es la de los niños y la de los enfermos”[3]. Buscaba ansiosamente las oraciones de sacerdotes, y llegaba incluso a pararles por la calle, aunque no los hubiese visto nunca, para pedirles que rezaran por sus intenciones. En sus frecuentes visitas a enfermos y moribundos les rogaba que rezaran y ofrecieran sus sufrimientos por una intención suya.

Cada mañana, en su camino para celebrar la Santa Misa se encontraba con una mendiga que estaba siempre en el mismo sitio, pidiendo limosna. Un día se acercó a ella y le dijo, haciendose eco de las palabras de san Pedro en los “Hechos de los Apóstoles”:

“-Hija mía, yo no puedo darte oro ni plata; yo, pobre sacerdote de Dios, te doy lo que tengo: la bendición de Dios Padre Omnipotente. Y te pido que encomiendes mucho una intención mía, que será para mucha gloria de Dios y bien de las almas. ¡Dale al Señor todo lo que puedas!

Al poco tiempo, uno de los días que pasé a celebrar la Santa Misa, no estaba, tampoco al otro… Como en esa época íbamos a visitar los hospitales, en uno de ellos me encontré con esta mendiga en una de las salas.

-Hija mía, ¿qué haces tú aquí, qué te pasa?

Me miró y me sonrió. Estaba gravemente enferma. Le indiqué: mañana celebraré la Misa pidiéndole al Señor que te ponga buena. La mendiga me contestó:

-Padre, ¿cómo se entiende? Usted me dijo que encomendase una cosa que era para mucha gloria de Dios y que le diera todo lo que pudiera al Señor: le he ofrecido lo que tengo, mi vida.

Sólo le dije: “Haz lo que quieras, pero le pediré al Señor por ti, y si te vas, cumple muy bien este encargo”.

“Yo os digo que, desde que aquella pobre mendiga se fue al Cielo, es cuando la Obra comenzó a caminar deprisa”[4].

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 82

[2] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 315

[3] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 98

[4] José Miguel Cejas. JOSÉ MARÍA SOMOANO. EN LOS COMIENZOS DEL OPUS DEI. Ediciones Rialp 1996. p. 112


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder