Madrid, 2 de octubre de 1928

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , No Comments »

“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre (…)

Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo,

que la vio por vez primera el día de los Santos Ángeles Custodios,

dos de octubre de mil novecientos veintiocho.

J. ESCRIVÁ DE BALAGUER

Muy de mañana, un joven sacerdote de veintiséis años está celebrando la Santa Misa en la Capilla de la planta baja de la Casa de los Misioneros de San Vicente de Paúl, en la madrileña calle de García de Paredes. Es uno de los seis sacerdotes que están haciendo unos ejercicios espirituales, comenzados dos días antes en dicha Casa.

Ese día la Iglesia celebra la fiesta de los Santos Ángeles Custodios, como lo recuerda la liturgia de la Misa: la colecta, la epístola -”Mira que enviaré al ángel mío para que te guíe, y guarde en el viaje, hasta introducirte en el país que te he preparado. Reverénciale y escucha su voz: por ningún caso le menosprecies…” (Ex. XXIII, 20-21)- y también el canto del Aleluya: “Bendecid al Señor todos vosotros, que componéis su milicia, ministros suyos, que hacéis su voluntad” (Ps. CII, 21). Y antes de iniciarse el Canon, el Prefacio:… “Per quem maiestatem tuam laudant angeli: Sanctus, Sanctus, Sanctus…”

Llega el momento supremo de la consagración, en el que se opera el misterio de amor de la Transubstanciación: “Esto es mi Cuerpo… Este es el cáliz de mi Sangre…” Y luego, la invocación a la Santísima Trinidad, por Cristo, con Él y en Él. Después, la Comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo… Finalmente, nueva invocación a los Ángeles, la bendición final y el último Evangelio, el de San Juan: “En el principio existía el Verbo…”

Tras las preces al pie del altar, Josemaría Escrivá -que así se llama ese joven sacerdote- se va despojando de los ornamentos, mientras reza las oraciones acostumbradas. Acto seguido, comienza una larga acción de gracias.

Después de un desayuno frugal, que no interrumpe el silencio y el recogimiento de estos ejercicios cerrados, vuelve a su habitación. Sentado junto a la mesa de trabajo, ajeno a los rumores de la calle, que llegan débilmente, sigue ordenando algunas notas que ha ido tomando durante los últimos meses: resoluciones, propósitos, breves invocaciones, llamadas repetidas, insinuaciones percibidas en la oración, largamente meditadas desde entonces.

No ha hecho más que empezar a releer algunas cuando, de repente, se da cuenta de que todo aquello se ha ordenado por sí solo, iluminado por una luz completamente nueva, como un rompecabezas cuyas piezas se hubiesen colocado en su lugar automáticamente; como un cuadro del que hasta entonces sólo hubiese visto algunos detalles y que ahora contempla en su totalidad…

Visión de una realidad buscada incansablemente, a menudo a tientas, y sólo entrevista, que ahora se impone con clara evidencia al espíritu y al corazón: miles, millones de almas que elevan sus oraciones a Dios en toda la superficie de la tierra; generaciones y generaciones de cristianos, inmersos en toda clase de actividades humanas, ofreciendo al Señor sus tareas profesionales y las mil preocupaciones de una vida ordinaria; horas y horas de trabajo intenso, constante, que sube hacia el cielo como un incienso de agradable aroma desde los cuatro puntos cardinales… Una multitud formada por ricos y pobres, jóvenes y ancianos, de todos los países y de todas las razas. Millones y millones de almas, a través de los tiempos y a lo largo del mundo… Un latir invisible que recorre y riega la superficie de la tierra.

Miles, millones de almas como un volteo incesante de campanas que repican y cuyas vibraciones suben y suben, y se mezclan, y se amplifican…

Campanas… Precisamente ahora, desde hace unos instantes, llega hasta su cuarto el eco de las campanas de una iglesia cercana. A unos cientos de metros de allí, a vuelo de pájaro, en la glorieta de Cuatro Caminos, las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles voltean en honor de su Santa Patrona.

Benedicite Dominum, omnes angeli eius… (Ps. CII, 20).

Miles, millones de criaturas celestiales, presentan al Señor, por mediación de la Reina de los Ángeles, la ofrenda valiosa de unas vidas vividas totalmente para Él, de cara a El, en Él, entre gozos y lágrimas. Y la humilde prosa de esas vidas ordinarias queda convertida en verso heroico, en grandioso poema de amor divino.

-¡Así que era eso, Señor!

“Gozo, ¡lágrimas de gozo!”

Aquí estoy, Señor, porque me roas llamado… (I Sam. III, 5, 6 y 9).

Inmensidad de la grandeza y de la misericordia de Dios… gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, gloria a la Santísima Trinidad. Gloria a Santa María, Madre de Dios.

Profunda, intensa, amplia, caudalosa como los ríos que van a dar a la mar, surge una acción de gracias que nunca terminará.

11. Virtudes heroicas

fundador  Tagged , , , , , , Comentarios desactivados

“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El 9 de abril de 1990, Juan Pablo II promulgó el decreto sobre la heroicidad de las virtudes vividas por el sacerdote Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Se puede decir que no le gustaban los repertorios de virtudes, porque ningún elenco puede ser exhaustivo. Vivía y enseñaba “la unidad de vida”, es decir, la armonía del organismo sobrenatural construido sobre las virtudes humanas, que son su fundamento necesario. Le gustaba menos aún reducir la santidad al mero ejercicio de algunas virtudes típicas, casi estereotipos. Prefería, en cambio, subrayar el entrelazamiento de las virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) con las virtudes morales (reconducibles a las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza, templanza). Sin pretensión de sistematicidad, quisiera preguntarle cómo vivía el Fundador algunas virtudes concretas.

–Estoy firmemente persuadido de que practicó todas las virtudes de modo extraordinario, es decir, de una forma mucho más perfecta que las personas a las que generalmente consideramos buenas y virtuosas.

Desde los primeros años de su vida hasta que rindió el alma a Dios, nuestro Fundador ejercitó las virtudes en un “crescendo” de heroísmo: se hacían cada vez más plenas a medida que su unión con el Señor era más patente. Por los años que he pasado a su lado me considero un testigo privilegiado de la sinceridad con que vivió las virtudes. Los santos han practicado siempre lo que predicaban. En nuestro Padre la unidad de vida era evidente y constante: lo hacía todo con el pensamiento puesto en el Señor y le ofrecía todas sus actividades. Los que estaban a su alrededor advertían que estaba constantemente recogido en oración.

Actuó con perseverante heroísmo tanto en las situaciones fáciles y ordinarias como en las más arduas y extraordinarias, que ciertamente no faltaron en su vida: las afrontó con serenidad, con decisión y energía, con la conciencia de ser débil, pero de contar con la fuerza de Dios. Deseaba solamente servir al Señor, con toda el alma; por eso solía afirmar, como los hijos de Zebedeo: Possum! (cfr. Mt 20, 22), ¡puedo!, no por mis fuerzas sino in eo qui me confortat (Fil 4, 3), con la fuerza de Dios.

Comenzó desde muy joven a experimentar ardientes deseos de santidad, y el Señor le premió con frutos evidentes. Aún adolescente, ante los primeros indicios de su vocación divina, se grabó en su alma esta verdad: Dios ha llamado a todos los hombres ut essemus sancti in conspectu eius (Ef 1, 4). Decidió corresponder a esta invitación del Señor con una generosidad plena, hasta el fondo. El 2 de octubre de 1928, conocería con claridad el designio divino sobre su persona: desde entonces se entregó por completo, sin reservas, al servicio de esta misión, de la que fue instrumento fidelísimo.

Solía repetir que sólo tenía una receta: la santidad personal. Estaba persuadido de que el único y verdadero mal que sufre el hombre es el pecado; y que contra el pecado no hay otro remedio que la gracia divina y la participación en la santidad de Dios. Nos recordaba insistentemente que estábamos en la Obra para hacernos santos: Nuestra vocación exige una santidad heroica. Santidad heroica: es una exigencia de la llamada que hemos recibido. Debemos ser santos de verdad, santos auténticos: si no, somos unos fracasados. Y añadía que, si algún hijo suyo no estaba decidido a ser santo, era mejor que se marchase de la Obra, porque el Señor nos ha llamado para ser santos de altar.

Su misión fundacional consitía en abrir el camino de la santidad en las actividades del mundo: hacer comprender a cada cristiano que el trabajo ordinario, realizado en la presencia de Dios y con perfección humana, en una sólida unidad de vida, puede convertirse en sacrificio grato al Señor. Enseñar que el trabajo puede transformarse en oración y en ocasión de un encuentro íntimo con Dios. Esta misión requería un heroísmo realmente singular, y el Padre se prodigó con el sacrificio de todo lo suyo: la salud, el bienestar material propio y –con el pleno consentimiento de los suyos– de la familia, el honor y la vida entera.

El Señor le colmó, no sólo de innumerables gracias para su santificación personal, sino también de talentos y dones excepcionales, que son otros tantos tesoros del Espíritu Santo para la edificación de la Iglesia; y le bendijo con una multitud de hijas e hijos, diseminados por la tierra, metidos en las entrañas del mundo, dispuestos a santificarlo y a servir a las almas.

Nos encontramos, pues, ante uno de los grandes Fundadores de la Iglesia, uno de aquellos instrumentos de los que el Espíritu Santo se sirve para renovar la faz de la tierra (cfr. Ps. 103, 30) y edificar la Iglesia en santidad.

El Beato Josemaría apreció siempre y vivió la amistad, hasta el punto de calificar el apostolado de los miembros del Opus Dei como apostolado de amistad y de confidencia. Hemos subrayado ya antes su gran capacidad de querer, su paternidad espiritual. ¿Podría indicarme cómo vivió la amistad con sus iguales, con sus colegas?

–Se llenó de amargura un día que oyó a un eclesiástico una frase que le pareció aberrante: Homo homini lupus; mulier mulieri lupior; sacerdos sacerdoti lupissimus. Por su parte, sintió profundamente la fraternidad sacerdotal desde joven. Le he oído contar: Cuando yo era todavía seminarista, fui muy amigo del Vicepresidente del Seminario de San Carlos. Se llamaba don Antonio Moreno. Por amistad y especialmente por caridad –a mí no me gustaba nada–, alguna vez, cuando bajaba a su habitación, accedía a jugar al dominó con él. Recuerdo que tenía que dejarme ganar porque, si no, no se quedaba contento y hasta se molestaba. Para mí, que estaba decidido a aprender de los sacerdotes que gastaban su vida por el Señor, aquellos eran unos ratos muy agradables, porque ese sacerdote demostraba mucho espíritu sacerdotal, mucha experiencia pastoral y era muy humano. Me contaba anécdotas muy gráficas, con gran sentido sobrenatural y pedagógico, que me hacían un bien enorme.

Entre 1933 y 1936, don Pedro Poveda, Fundador de la Institución Teresiana, trató con mucha asiduidad al Padre. A petición de don Pedro, nuestro Fundador asistía espiritualmente de vez en cuando a algunas vocaciones de las Teresianas. También don Pedro solía acudir a nuestro Padre para hacerle confidencias espirituales. Le he oído contar varias veces la conversación que tuvo con don Pedro poco antes de estallar la guerra civil española, cuando parecía inminente el peligro de una persecución violenta contra la Iglesia. Hablaron de la eventualidad de que uno de los dos, o ambos, sufrieran martirio por ser sacerdotes. El Padre me contó que habían llegado a la firme conclusión de que la muerte no interrumpiría su amistad. Aunque uno de los dos muriera, continuaría en el Cielo siendo amigo del otro. La primera vez que me habló de esta conversación fue el 2 de octubre de 1936, cuando supo con certeza y abundancia de detalles que don Pedro había sido asesinado por odio a la fe: sólo porque era sacerdote y apóstol. Recuerdo cómo lloraba el Padre delante de mí por la muerte de su amigo, mientras me comunicaba la noticia y me describía aquel diálogo. Tuvo siempre la convicción de que la muerte no interrumpe la amistad: era una prueba evidente de fe y esperanza.

¿Puede contar alguna anécdota sobre su modo de vivir la caridad con el prójimo?

Era comprensivo y cordial con todos, y trataba afablemente incluso a personas molestas. He visto la delicadeza con que nuestro Fundador recibía a un chico psíquicamente anormal, cuyo comportamiento era causa de sufrimiento para él y para los demás. Vivía en una residencia para estudiantes y todos procuraban evitarlo. El Padre le acogía siempre que lo necesitaba y se entretenía mucho rato con él. Más de una vez me dijo que lo único que necesitaba aquel muchacho era desahogarse, sentirse escuchado por alguien; por eso, armado de una paciencia ejemplar, le dejaba que hablase a sus anchas. Mientras tanto, como su interlocutor no buscaba el diálogo, rezaba mentalmente varias partes del Santo Rosario pidiendo por aquel chico, que se iba, al final, contento y agradecido.

Recuerdo también el caso de un médico, que era un auténtico genio, pero muy raro; tanto que no tenía ni un amigo y vivía en la más completa soledad. El Padre le buscaba con relativa frecuencia y, en señal de afecto, le invitaba a comer de vez en cuando a nuestra casa. Era muy inteligente, pero no admitía ninguna opinión distinta de la suya. El Padre no le contradecía nunca. Me comentaba: A éste ya no le quiere nadie, le huyen, y tiene que encontrar el cariño en nosotros.

En los años 1935 y 1936, aunque pasaba graves apuros económicos y el mantenimiento de la residencia de estudiantes de la calle Ferraz, en Madrid, era un milagro diario, todos los miércoles invitaba a comer –y hacía que lo trajesen en taxi– a un sacerdote que se llamaba don Norberto. Era un hombre muy aislado a causa de su carácter, bastante difícil. Nuestro Fundador me contó que procuraba tratarle y honrarle como si fuera el mismo San José. Así mejoraba su devoción hacia el Santo Patriarca y vivía con finura heroica la caridad con don Norberto, que era mucho mayor que él, y le trataba realmente como si fuera su padre.

Me viene a la mente otro ejemplo. Hacia 1953, en Roma, en el período en el que padecía aún de diabetes, el Padre tenía que someterse con frecuencia a análisis de sangre. Iba en ayunas hacia las once de la mañana a la consulta de un médico que estaba en Via Nazionale. Yo le acompañaba siempre. Una mañana, como no podíamos ya regresar a casa, entramos en un bar de la Piazza Esedra para desayunar: pedí un café con leche, y un croissant para cada uno. Cuando nos habían servido se acercó una pordiosera a nuestro Fundador pidiéndole limosna. Le respondió inmediatamente: –No tengo dinero; lo único que tengo, porque me lo dan –dijo, porque pagaba yo– es este desayuno: tómelo y que Dios le bendiga. Me apresuré a ofrecerle el mío, añadiéndole que pediría otro, pero repuso: –No, no, está bien así, ya he desayunado. Entonces intervino la cajera: –”Tómese otro, a esa pobre mujer se lo paga la casa”. –No, no –insistió el Padre–, quédese tranquila, no necesito absolutamente nada.

Vivía la caridad con gran delicadeza. En los años cincuenta, durante los trabajos de reformas en la casa de retiros de Molinoviejo, cerca de Segovia, atracaron a uno de los obreros cuando hacía un viaje a Madrid en tren. Su mujer estaba esperando un niño. Le robaron todo lo que había ahorrado para pagar los gastos de la Clínica y el ajuar del recién nacido. Cuando nuestro Fundador se enteró, encargó a Fernando Delapuente que reembolsase a aquel obrero la suma que le habían robado, añadiendo además un generoso donativo.

Puedo relatar algún otro suceso conmovedor. Durante la guerra civil española, mientras atravesaban los Pirineos para alcanzar en un agotador viaje la zona liberada, pasando por Andorra, en un momento concreto en que se encontraban en alta montaña, los guías comunicaron a los fugitivos que no seguirían adelante si no recibían más dinero. Como ninguno tenía esa suma, el Padre se ofreció a regresar a Madrid para pedirla en préstamo: de esta forma los demás podían seguir adelante y él esperaría a otra expedición. Por suerte, todo se resolvió y no fue necesario que volviera a Barcelona y luego a Madrid. Humanamente aquel gesto era una locura: no habría podido llegar a su destino sin un guía que conociese perfectamente aquellos bosques y aquellas sierras llenas de milicianos. Le habrían fusilado. Además, nuestro Fundador estaba enfermo, extremadamente débil, y carecía de los documentos indispensables para afrontar semejante viaje. Fue una decisión verdaderamente heroica: ofrecer la propia vida por salvar la de los demás.

No hacía acepción de personas. En los años cincuenta pidió a un hijo suyo que ayudase a uno de los más encarnizados perseguidores de la Obra a resolver su propia situación en relación con la Iglesia y sus problemas profesionales: aquel hombre había abandonado su vocación religiosa y sacerdotal y había contraído matrimonio civil. Hechos semejantes se sucedieron con frecuencia: se comportó siempre de la misma manera, demostrando con los hechos que vivía la caridad con todos, y que estaba dispuesto no sólo a ayudar a cada uno, sino incluso a dar su vida, si era necesario.

Algún aspecto de la caridad y la gratitud hacia aquellos que le ayudaron.

–Entre las personas que recordaba con más agradecimiento y cariño estaban don Angel Malo, que le bautizó; el Padre Enrique Labrador, que le preparó para la primera confesión, y el Padre Manuel Laborda, para la primera Comunión, ambos escolapios. Me impresionó siempre que recordase sus nombres, porque no es habitual; he preguntado a muchas personas si se acordaban del nombre del sacerdote que les había administrado esos sacramentos y siempre he recibido una respuesta negativa. Pienso que esto es también una prueba, además de su gratitud, del gran amor que tenía nuestro Fundador desde pequeño por estos santos sacramentos.

Querría recordar también la gratitud que guardó durante toda su vida a don Daniel Alfaro, el capellán castrense que le prestó el dinero para las exequias de su padre. Rezó expresamente por él todos los días, durante más de cincuenta años.

Cuando la persecución contra el Opus Dei alcanzó su momento más álgido, y en 1941 el Obispo de Madrid decidió dar in scriptis la aprobación a la Obra, Mons. Eijo y Garay fue objeto de diversas críticas. Algunos comenzaron a decir, hasta desde el púlpito, que en la historia de la Iglesia muchas herejías habían sido promovidas incluso por obispos. A nuestro Fundador le pareció que Mons. Eijo se estaba arriesgando excesivamente, también porque había quedado vacante la sede primada de Toledo y corrían rumores de que tenía muchas posiblidades de ser nombrado. Por eso un día le dijo:

Señor obispo, no me defienda más, abandóneme.

Don Leopoldo le preguntó sorprendido:

–¿Por qué me dice esto?

Porque defendiendo al Opus Dei, se está jugando la mitra de Toledo.

El Obispo de Madrid le miró y repuso:

–Josemaría, me juego el alma. No puedo abandonarle ni a usted, ni al Opus Dei.

Me parece que aquella invitación de nuestro Padre denotó una caridad y un olvido propio verdaderamente extraordinarios. Sólo pensaba en el bien de las almas, y estaba convencido de que Mons. Eijo y Garay habría podido aportar grandes beneficios a la Iglesia de haber sido nombrado para la sede de Toledo.

El Fundador aprendió del ejemplo de sus padres a vivir la pobreza con gran dignidad: tras la quiebra de la empresa paterna, la familia Escrivá tuvo que reducir su tenor de vida. Esto no significó una mengua del señorío y del buen humor, y sacó de esta situación enseñanzas para su hijos espirituales.

–Desde que lo conocí, advertí que se refería muchas veces a la virtud de la pobreza con una expresión muy significativa: La pobreza, gran señora mía. La llamó así desde que tenía treinta y uno o treinta y dos años, hasta el final de su vida. No era simple privación, sino verdadero tesoro que conduce a la efectiva unión personal con Cristo, en la desnudez de Belén y del Calvario, y es condición de eficacia de todo apostolado. A ninguno de nosotros nos sorprendía la insistencia con que nuestro Fundador, al recomendar la práctica de la pobreza, ejemplificaba de modo bastante exigente, sus aplicaciones más concretas: No tener nada como propio; no tener nada superfluo; no lamentarse cuando falta lo necesario; cuando se puede escoger, elegir la cosa más pobre, menos simpática; no maltratar los objetos que usamos; hacer buen uso del tiempo.

La pobreza acompañó a la Obra desde sus primeros pasos y así será siempre. Uno de los primeros en pedir la admisión fue Luis Gordon, que gozaba de buena posición económica; nuestro Padre me contó más de una vez que había pensado que Luis sería un buen apoyo para las iniciativas apostólicas, también desde el punto de vista humano. Pero el Señor dispuso otra cosa: Luis se puso enfermo y murió muy joven. Al relatármelo, el Padre observaba: Fue providencial que se muriese Luis, porque así el Opus Dei continuó naciendo en la más grande pobreza: si hubiese vivido, hubiésemos tenido medios materiales, medios temporales, que quizá nos hubiesen producido daño. Era menester que la Obra naciese en la pobreza, como nació Jesús en Belén. Este absoluto desprendimiento de toda seguridad humana subraya la primacía de la esperanza teologal en la actitud del Padre hacia los bienes terrenos.

En Burgos, durante la guerra civil, supo que había muerto un miembro de la Obra, José Isasa, estudiante de arquitectura. Le dio la noticia su familia, que era muy buena, y como sucede con las familias de miembros del Opus Dei, estaba plenamente al corriente de la vocación de su hijo. Antes de morir, había expresado su voluntad de que todo lo que tenía fuese entregado a la Obra. Pero nuestro Fundador no quiso pedir nada, aunque eran bien patentes y graves las dificultades económicas, y la familia del difunto estaba muy bien dispuesta. Prefirió actuar de este modo, porque pensaba que al Señor le agradaría más su perseverancia en la pobreza.

Precisamente en aquellos momentos de extrema penuria el Padre decidió renunciar a los estipendios de las Misas. Como me contó más de una vez, ya en el seminario había pensado no aceptar estipendio alguno por su ministerio sacerdotal. Era un pensamiento que le venía a la cabeza constantemente. Decidió ponerlo en práctica justo en 1938. Un día, después de hacer la oración mental meditando las palabras del Espíritu Santo: Iacta super Dominum curam tuam et ipse te enutriet (Ps. 54, 23), ofreció al Señor la renuncia a recibir cualquier pago por su actividad sacerdotal, y efectivamente, de ahí en adelante ya no aceptó ninguna limosna más, bajo ningún concepto. Con el paso de los años, y después de haber meditado en la presencia de Dios, decidió que sus hijos sacerdotes Numerarios renunciasen también a cualquier compensación por su ministerio sacerdotal. En 1944, cuando fueron ordenados los tres primeros sacerdotes, siguieron esta misma norma, que se continúa viviendo.

Después de haber tomado esta decisión, el 27 de enero de 1938 escribió al Vicario de la diócesis de Madrid, don Francisco Morán: El próximo sábado, salgo para Bilbao, León… y no sé si S. Sebastián. Después… Zaragoza y quizá Sevilla. Y todo, Padre, sin un céntimo: he hecho propósito serio –¿locura? bueno: pues, locura– de no recibir nunca estipendios para Misas, que eran la única entrada económica que podía tener ahora. Así puedo celebrar, con frecuencia, por mi Señor Obispo, y por mi D. Francisco, y por estos hijos de mi alma…, y por mí, Sacerdote pecador. Me parece conveniente precisar que, en aquel mismo periodo de tiempo, se esforzó por conseguir estipendios de Misas para sacerdotes necesitados, según se desprende también de su correspondencia con el Obispo de Avila.

Nuestro Fundador enfocaba los problemas económicos desde un punto de vista sobrenatural. En una carta dirigida a su querido amigo don Eliodoro Gil, fechada el 19 de enero de 1935, escribía: ¿Sabes que San Nicolás de Bari es… nada menos que el Administrador General de la Obra de Dios? ¡Menuda le ha caído encima! Pocos días antes, en efecto, encontrándose en una situación económica apurada, nuestro Padre había tenido la inspiración de nombrar al santo Obispo de Bari, Intercesor del Opus Dei para las cuestiones económicas. En un primer momento pensó condicionar el nombramiento a la solución de un problema que le agobiaba; pero después, con una reacción profundamente sobrenatural, rectificó su postura y, dirigiéndose al santo, exclamó: Desde ahora te nombro Intercesor, independientemente de que me resuelvas esa dificultad.

Nuestro Fundador apeló siempre a la generosidad de los benefactores, en primer lugar, de los Cooperadores de la Obra, como se sigue haciendo. Para la instalación de la primera Residencia universitaria, la de la calle de Ferraz, fue decisiva la colaboración de la Condesa de Humanes, a la que el Padre fue a ver personalmente después de haber rezado mucho por el éxito de la visita. Era una mujer muy buena, y comprendió enseguida las razones expuestas por nuestro Fundador. Se conmovió, y como no disponía en aquel momento de dinero en efectivo –aunque tenía muchos bienes, vivía una rigurosa pobreza, sin que les faltase nada a las personas que trabajaban para ella–, abrió la caja fuerte donde guardaba sus joyas y se las dio a nuestro Fundador. A este episodio se refiere el punto 638 de Camino: ¡Cúantos recursos santos tiene la pobreza! –¿Te acuerdas? Tú le diste en horas de agobio económico para aquella empresa apostólica, hasta el último céntimo de que disponías.

–Y te dijo –Sacerdote de Dios–: “yo te daré también todo lo que tengo”. –Tú de rodillas. Y… “la bendición de Dios Omnipontente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ti y permanezca siempre”, se oyó.

–Aún te dura la persuasión de que quedaste bien pagado.

Con anterioridad, la Condesa de Humanes había regalado el primer reloj para la Academia de la calle Luchana. Tras muchos esfuerzos y humillaciones, el Padre había conseguido reunir en tres ocasiones el poco dinero necesario para comprar un reloj, pero siempre se presentaba una necesidad económica más imperiosa que se llevaba aquel dinero. Finalmente, la Condesa, al darse cuenta de la situación, le regaló un reloj. Era de caja cuadrada, sencillo y modesto; pero el Padre y los chicos que frecuentaban el Centro se pusieron tan contentos que le sacaron una fotografía, que custodiamos en nuestro archivo.

Hay una anécdota de la época de Burgos que denota, por una parte, la pobreza en que vivían y, por otra, la generosidad de nuestro Fundador. De vez en cuando iba a verle un profesor de la Escuela de Arquitectura de Madrid, el profesor Francisco Navarro Borrás, que era un matemático muy conocido. Un día, regalaron a nuestro Fundador un puro y, como sabía que el profesor Navarro Borrás fumaba mucho, lo guardó para regalárselo. También los dos miembros de la Obra que vivían con el Fundador fumaban, pero no tenían ni un céntimo para comprar tabaco, y se les ocurrió cortar un poco la punta del cigarro. Al cabo de unos días lo recortaron por el otro extremo, y así poco a poco… Cuando vino el profesor Navarro, el Padre le dijo: Le voy a dar el puro; se lo pidió a sus hijos, y le entregaron lo que quedaba: una colilla minúscula. El profesor se quedó atónito, y al Padre no dejó de divertirle aquella travesura.

En la primera Residencia, a pesar de las estrecheces, no faltaba el buen humor. El único personal de servicio era una cocinera y un empleado. Los residentes llamaban a la cocinera “doña Cupis”, porque decían que tenía “concupiscencia de la carne”: solía llevarse a casa, para su familia, parte de la carne que se compraba para los residentes. El empleado atendía la puerta y servía la mesa. Así que era el propio Padre quien se ocupaba de la limpieza de las habitaciones, y de hacer las camas de los casi veinte estudiantes que vivían allí; le ayudaba alguno de nosotros, sobre todo Ricardo Fernández Vallespín, arquitecto, que era el director de la residencia. Para sacar adelante estos trabajos domésticos aprovechaba las horas en que los residentes estaban en clase; el Padre prestaba este servicio a los demás con gran alegría.

Su generosidad era ilimitada. En 1942 murió el padre de un estudiante de arquitectura que vivía en la residencia DYA desde el curso 1935/36. La familia tuvo que enfrentarse a una situación económica difícil. Nuestro Padre le dijo a aquel estudiante y a su hermano que no se preocupasen: podían quedarse en la residencia, hasta terminar la carrera, sin pagar nada.

El Padre ponía todo su empeño en prestar estos servicios con la máxima discreción para evitar la más mínima humillación al interesado. Por ejemplo, de acuerdo con las indicaciones explícitas del Fundador, en las obras apostólicas del Opus Dei, los alumnos becarios, sin medios económicos, disfrutan de los mismos derechos, tratamiento y consideración que sus compañeros; es más, no es posible distinguirlos a unos de otros.

Otro rasgo de su espíritu de pobreza era el cuidado de las cosas materiales para evitar gastos superfluos. Nos enseñaba con su ejemplo a cuidar atentamente muchos detalles: desde la conservación de los edificios hasta el buen funcionamiento del instrumento de trabajo más pequeño. Repetía que cada objeto debía usarse para lo que ha sido hecho; si no, se estropea y hay que cambiarlo: por ejemplo, no se puede utilizar un cuchillo o unas tijeras para abrir una lata, ni un destornillador como martillo. Cuando se terminó el Aula Magna de Villa Tevere, nuestra Sede Central, sugirió a sus hijos la pequeña mortificación de no apoyar las manos sobre los brazos de los sillones, para no manchar ni estropear la tapicería.

Un día de 1959, el Padre visitaba las obras de Villa Tevere, como hacía a menudo para impulsar el desarrollo del trabajo y seguir de cerca los detalles. Mientras nos desplazábamos de una zona a otra, Jesús Alvarez Gazapo, el arquitecto que dirigía las obras, iba encendiendo y apagando las luces. Nuestro Fundador se dio cuenta de que ninguno de nosotros le ayudaba, quizá porque no sabíamos dónde estaban los interruptores. Después no dejó de reprendernos, explicándonos que debíamos haber ayudado a aquel hermano nuestro, porque la verdadera caridad lleva a no dejarse servir. Y añadió: Este es el espíritu de la Obra: no hacer el “señor”, consintiendo que los demás trabajen para nosotros. Yo cumpliré dentro de poco casi sesenta años, pero tengo verdaderas ganas de correr junto a él y ayudarle.

En otra ocasión, también durante las obras de Villa Tevere, desaparecieron unos adornos metálicos antiguos que había en la puerta del vestíbulo de entrada. En esa zona trabajaban varios obreros, que eran los únicos que podían acceder allí. El Padre los reunió, y con tono apacible les dijo que, como allí no entraba nadie más, todo hacía pensar que lo había cogido uno de ellos. Les invitó a no excusarse y a considerar que también él era pobre: de la venta de aquellos adornos, se sacaría poquísimo; y, en cambio, tendría que hacer un gasto considerable para reemplazarlos, y tenía poco dinero. Les aclaró que ya había perdonado; por tanto, no había que restituirle nada. Añadió después que si alguno atravesaba dificultades económicas podía acudir a él discretamente, y, en la medida de lo posible, procuraría ayudarle. Después, quiso mostrarles a todos su cariño y su perdón, y los abrazó uno a uno.

Vivía una sobriedad extrema en su ropa y objetos de uso personal. Se impuso estas normas concretas de espíritu de pobreza:

no tener ni usar cosa alguna como propia; por ejemplo, nunca ponía su nombre en los libros que usaba, ni permitía que llamásemos “su oratorio” a la capilla en la que celebraba Misa cada día;.

no tener cosa alguna superflua, hasta el punto de que, por ejemplo, en los últimos años se desprendió del reloj, porque dejaba organizar su horario a los Custodes, don Javier Echevarría y yo;

no quejarse cuando falta lo necesario: en este aspecto llegó a un heroísmo extremo. No recuerdo, en los cuarenta años transcurridos a su lado, haberle oído una queja; no sólo por pobreza, sino porque evitaba hablar de sí mismo. Se lamentaba más bien de lo contrario: de que nos preocupábamos de él, y procuraba que no le faltase lo imprescindible, etc.;

cuando se puede elegir, tomar para sí lo peor: ésta era su forma habitual de comportarse, cuando se servía la comida en la mesa y en cualquier otra ocasión;

no crearse necesidades; recuerdo que tuvimos que insistir mucho para convencerle de que usase gafas de sol en verano, aunque sufría molestias en la vista. Le parecía que se trataba de una falsa necesidad; hasta que se las probó y de dio cuenta de que teníamos razón. Desde entonces nos estuvo inmensamente agradecido;

no llevar nunca dinero en el bolsillo; así vivió durante los últimos treinta años: desde que llegó a Italia no llevó nunca ni una lira encima.

Otro aspecto de su espíritu de pobreza era aprovechar al máximo cada cosa, los instrumentos de trabajo o los objetos de uso personal. Por ejemplo, el Padre empleaba siempre hojas usadas por una cara para escribir por la otra apuntes o borradores; decía en broma que, si fuera posible, escribiría por el canto. Otro ejemplo: necesitaba desde 1940 hacerse unas gafas nuevas, pero consiguió que le durasen hasta 1970.

Estos ejemplos muestran que el Beato Josemaría vivía la pobreza no sólo materialmente, sino también como desprendimiento interior.

–Llegaba a extremos verdaderamente heroicos. Cuando era seminarista y estudiaba en la Universidad Pontificia de Zaragoza, había anotado en un cuaderno, junto a los apuntes de las clases, algunas máximas de su profesor de Derecho Canónico, don Elías Ger. Le resultaban útiles por su contenido práctico y sus enfoques pastorales. Un día de 1926, en un momento en que tenía necesidad de una determinada gracia, pensó en ofrecer a Dios aquel cuaderno: Señor, si me haces esto, yo quemo ese cuaderno. Era una reacción –observaba el Fundador de la Obra– propia de un chico joven. Pero enseguida me entró el pensamiento de que era poco generoso y de que me había apegado demasiado a mis papeles, e inmediatamente quemé todos los apuntes.

En lo que se refiere a los regalos, su criterio era también muy severo: no sólo no aceptaba lo que no se permitiría un pobre, sino que rechazaba los objetos superfluos, aunque fuesen regalados. Nos enseñó también a no ceder en este campo, y disponer sólo de lo necesario. Con frase expresiva nos explicaba: Si nos regalan un elefante blanco, no lo meteremos en casa. El criterio era claro: vender los regalos superfluos y destinar lo que se sacase al apostolado.

Su desprendimiento era netamente espiritual. En diciembre de 1959 el Padre había encargado una copia, un poco más grande que el original, de la imagen del Niño Jesús que conserva la comunidad de las Agustinas recoletas del Patronato de Santa Isabel, de Madrid, del que había sido capellán desde 1931 y rector desde 1934; es una imagen ligada a muchos recuerdos íntimos de su vida interior, a favores y gracias extraordinarias. Las buenas monjas lo llaman aún hoy “el Niño de don Josemaría”, y la M. San José, que entonces era la sacristana, recuerda haber visto muchas veces, cuando el Niño estaba en la sacristía de la iglesia durante el tiempo de Navidad, cómo don Josemaría le hablaba, le cantaba, le mecía, como si se tratase de un niño de verdad. Pues bien, tres días antes de la Navidad de 1959, nuestro Fundador entró en el estudio de arquitectos de Villa Tevere. Se sentó, cansado, insólitamente silencioso; estaba completamente inmerso en Dios. En eso llegó Manuel Caballero, que había modelado en barro la imagen de aquel Niño, de la que se había sacado la copia en madera, que llevaba envuelta en un paquete. Se sentó junto al Padre y con deliberada lentitud comenzó a abrirlo. Apenas nuestro Fundador vio que se trataba del Niño, lo tomó en sus brazos, lo apretó contra su pecho, y poco después, visiblemente emocionado, salió de la habitación.

Algún tiempo más tarde me dijo: Alvaro, he pensado regalar este Niño Jesús al Colegio Romano de la Santa Cruz; será la primera piedra de su sede definitiva. El Padre, apenas advirtió la emoción que le producía aquella imagen tan querida, rechazó inmediatamente cualquier apegamiento: no se concedió ni siquiera esta alegría, perfectamente legítima.

También en la dirección espiritual evitaba por todos los medios que las almas se apegasen a su persona. Quería conducirlas al Señor, ayudarlas a asumir sus propias responsabilidades delante de Dios; y deseaba permanecer en segundo plano, desaparecer, para dejar claro que la eficacia sacerdotal se basa in persona Christi. Desde que le conocí, aconsejaba de vez en cuando a los que se dirigían con él: Hoy, vete a confesar con otro.

Su desprendimiento llegaba a lo más “suyo”, el Opus Dei. En dos ocasiones, especialmente importantes, saboreó una intervención directa de Dios. Transcribiré dos documentos admirables: el primero es una anotación manuscrita que se refiere a un suceso del 22 de junio de 1933:

El jueves, vísperas del Sagrado Corazón, por primera y única vez desde que conozco la Voluntad de Dios, sentí la prueba cruel que hace tiempo me anunciara el P. Postius (Cuando, al ser disuelta por el desgobierno actual la Compañía, perdí de vista al P. Sánchez una temporada y me atendió el P. Juan Postius): A solas, en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, trataba de hacer oración ante Jesús Sacramentado expuesto en la Custodia, cuando, por un instante y sin llegar a concretarse razón alguna –no las hay–, vino a mi consideración este pensamiento amarguísimo: “¿y si todo es mentira, ilusión tuya, y pierdes el tiempo…, y –lo que es peor– lo haces perder a tantos?” Fue cosa de segundos, pero ¡cómo se padece! Entonces, hablé a Jesús, diciéndole: “Señor (no, a la letra), si la Obra no es tuya, desbarátala ahora mismo, en este momento, de manera que yo lo sepa”. Inmediatamente, no sólo me sentí confirmado en la verdad de su Voluntad sobre su Obra, sino que vi con claridad un punto de la organización, que hasta entonces no sabía de ningún modo solucionar”.

En otra ocasión, el 25 de septiembre de 1941, tuvo oportunidad de repetir aquel acto de supremo desprendimiento. La Obra y la persona de nuestro Fundador eran objeto de una serie increíble de calumnias y mentiras groseras; obstáculos muy serios se oponían al desarrollo de los apostolados. Era una prueba que permitía el Señor, y no pocos pensaban que estaba en peligro la misma supervivencia del Opus Dei. Aquel día me escribió una carta desde La Granja (Segovia) –es el segundo documento–, en la que me contó lo sucedido:

Jesús te me guarde, Alvaro.

Llovizna, y nos hemos refugiado en el hotel. Es esta una vida de comodidad que me da verdadero fastidio.

Sin embargo, estoy seguro de que algunos ratos es muy fecunda: ayer celebré la Santa Misa por el Ordinario del lugar, y hoy ofrecí el Santo Sacrificio y todo lo del día por el Soberano Pontífice, por su Persona e intenciones. Por cierto que, luego de la Consagración, sentí impulso interior (segurísimo, a la vez, de que la Obra ha de ser muy amada por el Papa) de hacer algo que me ha costado lágrimas: y, con lágrimas que me quemaban los ojos, mirando a Jesús Eucarístico que estaba sobre los corporales, con el corazón le he dicho de verdad: “Señor, si Tú lo quisieras, acepto la injusticia“. La injusticia ya imaginas cuál es: la destrucción de toda la labor de Dios.

Sé que le agradé. ¿Cómo me iba a negar a hacer ese acto de unión con su Voluntad, si me lo pedía? Ya otra vez, en 1933 ó 1934, costándome lo que sólo El sabe, hice otro tanto.

Hijo mío: ¡qué hermosa mies nos prepara el Señor, después que nuestro Santo Padre nos conozca de verdad (no, por calumnia) y nos sepa –tal como somos– sus fidelísimos, y nos bendiga!

Se me vienen ganas de gritar, sin importarme del qué dirán, ese grito que a veces se me escapa cuando os hago la meditación: ¡Ay, Jesús, qué trigal!

Alvarote: pide mucho y haz pedir mucho por tu Padre: mira que permite Jesús que el enemigo me haga ver la enormidad desorbitada de esa campaña de mentiras increíbles y de calumnias de locos; y el animalis homo se alza, con impulso humano. Por la gracia de Dios, rechazo siempre esas reacciones naturales, que parecen y tal vez son llenas de sentido de rectitud y de justicia; y doy lugar a un “fiat” gozoso y filial (de filiación divina: ¡soy hijo de Dios!), que me llena de paz, de alegría, y de olvido.

El episodio a que antes se ha referido de la llave arrojada a la alcantarilla en aquel Madrid asolado por el odio anticatólico, que costó al Fundador la renuncia a un refugio seguro por evitar una ocasión remota contra la pureza, ilustra por sí mismo la intransigente delicadeza con que el Padre vivía esta virtud.

–El amor a la santa pureza le acompañó toda la vida, y se manifestó siempre en el cuidado delicadísimo de los medios indispensables para perseverar y crecer en esta virtud, de la que hablaba siempre en términos positivos, de Amor, de afirmación gozosa. Escribió en Camino: Nunca hables, ni para lamentarte de cosas o sucesos impuros. –Mira que es materia más pegajosa que la pez –Cambia de conversación, y, si no es posible, síguela, hablando de la necesidad y hermosura de la santa pureza, virtud de hombres que saben lo que vale su alma” (num. 131).

Durante su estancia en el Seminario vivió una mortificación de los sentidos cada día más constante y severa, guardando su cuerpo y sus afectos completamente para el Señor. Precisamente en Zaragoza, durante una temporada, algunas mujeres a las que no conocía comenzaron a provocarle: le esperaban con frecuencia en la calle con la intención manifiesta de inducirle a pecar. Le miraban descaradamente cuando pasaba con los demás seminaristas y le daban a entender, con frases o gestos claramente provocativos, que el único que les interesaba era él. Él no las miraba nunca y superó aquella persecución diabólica –que no podía evitar– poniéndose en manos de la Virgen. Desde el primer momento se lo dijo a los Superiores del Seminario y les mantuvo al corriente de todo lo que sucedía: sé que no dio nunca motivo alguno para la más pequeña censura de su comportamiento. Como la persecución no cesaba, reafirmó decididamente al Rector que prefería el sacerdocio a su propia vida.

Un día, don José Escrivá, oyó comentar en una barbería de Logroño –hasta allí se preocupó el diablo de difundir los rumores– que ciertas mujeres perseguían a su hijo. Procuró hablar con él lo antes posible, para decirle que era mejor ser un buen padre de familia que un mal sacerdote.

El joven Josemaría le explicó que, nada más advertir esas insidias, urdidas por mujeres desconocidas, sin haber dado ningún pie, se había apresurado a informar al Rector del Seminario; con esto, su padre se quedó tranquilo, al comprobar que nada enturbiaba la decisión de su hijo de ser sacerdote con todas las consecuencias santas de este Sacramento.

Uno de los compañeros de Seminario que le trató con mayor confianza, el P. Cubero, recuerda un detalle pequeño, pero significativo, de su delicadeza en esta materia. Un día, mientras iban como de costumbre a la Universidad Pontificia de Zaragoza para asistir a las clases, se cruzaron con dos chicas que se quedaron mirando a Josemaría, aunque él no les prestó ninguna atención. Al día siguiente, se las encontraron de nuevo en el mismo sitio, y lo mismo sucedió un día más; pero esta vez, al verle pasar, se dirigieron a él con tono de desafío: “¿Es que somos tan feas como para que no nos mires?” Josemaría, sin pararse, y sin mirarlas, replicó: ¡Lo que sois es sinvergüenzas! Así acabó todo, y aquellas chicas no le molestaron más.

Después de la ordenación sacerdotal intensificó su lucha. Y cuando tuvo conciencia de la responsabilidad de almas que el Señor le confiaba con la fundación del Opus Dei, su empeño por dirigir a Dios todos su afectos se hizo aún más radical. Por ejemplo, desde que le conocí, he sido testigo de la heroicidad con que mortificaba la vista, imponiéndose renuncias concretas incluso en curiosidades legítimas: no se paraba delante de los escaparates y, en los viajes en coche, muchas veces decidía no mirar por la ventanilla, renunciando a gozar con la contemplación del paisaje.

Explicaba que es muy distinto “ver” que “mirar”: ver es algo fisiológico, indiferente; mirar, en cambio, consiste en aplicar la voluntad observando con atención –calibrando– los detalles. El Padre no miraba; y, a propósito de esto, quiero recordar una anécdota significativa, que sucedió en los años treinta, de la que fue protagonista un pintor. En una tertulia, en Ecuador, pedí a nuestro Padre que la contase despacio, y por eso puedo reproducir ahora sus palabras textuales:

En los primeros años –ahora, más– mis amistades eran muy numerosas (…). Don Alvaro me habla de una vieja marquesa que ha muerto hace poco, con cerca de noventa años, pero que entonces era joven y, según decían, guapa. Yo coincidía con ella y con su marido en casa de unos amigos comunes, una vez a la semana, a almorzar. Un día se me acercó un artista, pintor –bastante bueno pero sin clientela, y lo pasaba muy mal económicamente–, a ver si le proporcionaba trabajo. Durante uno de aquellos almuerzos, se me ocurrió preguntar a la marquesa:

–¿Te vendría bien que te hicieran un retrato? Se trata de un pintor joven, sin nombre, pero de valía. Pintará un cuadro aceptable y además no te costará demasiado caro. Cuánto, no lo sé; pero no te costará mucho.

– Ah, sí, encantada; como quiera, me contestó.

– Muy bien.

Llamé al pintor, fue, y ella estuvo posando una hora. Después le dio un maletín con unos trajes de ella y le dijo:

– Márchese porque no deseo posar más.

Pasaron unos días. Vino el pintor a verme y me dijo:

– Bueno, yo necesitaría saber de qué color son los ojos de la señora Marquesa.

Y yo:

– Pues no lo sé. Hace años que somos amigos. Nos encontramos con mucha frecuencia y nos queremos, pero no se me ha ocurrido mirar nunca de qué color tiene los ojos.

¡Gracias a Dios, que no se me ocurría!

– Esto se arregla pronto, le aclaré. El jueves almuerzo con esta familia y otras familias amigas. Pregúntame por la noche.

Y por la noche no le pude contar más que una parte de lo sucedido, porque con ingenuidad comenté en la mesa:

– María, me ha pasado esto; me ha preguntado el pintor de qué color tienes los ojos y le he respondido que no lo sé.

– Pues míreme, Padre; tengo unos ojos de color verde, ¡estupendo!

– Ahora los miro menos, ¡majadera!

Era un hábito que conservó toda la vida. Tampoco “miraba” a sus hijas, pero de un modo tan natural que no se notaba: no había nada raro o afectado en su persona. Muy a menudo le he oído preguntar con toda franqueza a mujeres que llevaban muchos años en el Opus Dei: ¿Te conozco? En realidad no era un pregunta, sino casi una afirmación: No te conozco. ¿Cómo te llamas? Y ellas no se ofendían, porque sabían que el Fundador nunca las miraba.

Cuando le preguntaban cuál era la virtud humana que más quería, respondía invariablemente, sin dudarlo: la sinceridad.

Sí, daba extraordinaria importancia a esta virtud, que le parecía indispensable para la perseverancia en la vocación. Solía hablar de tres demonios, tres modos de decir, que debíamos aborrecer: es que, creí que, pensé que; esto es, no teníamos que buscar excusas para justificar o disimular nuestros errores. Por su parte, jamás eludía el peso ni las consecuencias de sus responsabilidades.

Decía y defendía siempre la verdad, aun a costa de sufrir la hostilidad o las incomprensiones ajenas; no se plegaba a componendas, especialmente cuando se trataba de difundir con firmeza la doctrina de Cristo o de proclamar la auténtica naturaleza del Opus Dei y de sus apostolados.

Amó la verdad hasta tal punto que no toleraba ni la menor mentira. No quería que sus hijos mintieran a sus padres, ni siquiera con la excusa de conseguir permiso para participar en alguna actividad formativa. Yo estaba presente el verano de 1941 cuando corrigió a un miembro del Opus Dei que había recurrido a esta estratagema, para poder asistir a un curso de retiro espiritual predicado por nuestro Fundador. Sus padres se oponían a su vocación, también porque les habían influido varias calumnias contra el Opus Dei. No encontró otra solución que inventar una mentira y decirles que se iba al campo. En cuanto lo supo nuestro Fundador, le advirtió muy seriamente: En adelante, ¡no más mentiras! El amor a la verdad debe prevalecer sobre todo lo demás.

Exigía a sus colaboradores en el gobierno del Opus Dei claridad y precisión a la hora de presentar las informaciones y datos necesarios: aborrecía las aproximaciones, las exageraciones y los paños calientes. Esta claridad iba siempre acompañada de la máxima caridad, porque no confundía la objetividad con la crudeza en el trato a los demás.

Predicaba a los periodistas que el cristiano debe amar y defender audazmente la verdad, dispuesto siempre a pagar las consecuencias. Prefería que los católicos, en lugar de dedicarse a promover órganos confesionales, trabajasen, con auténtica competencia profesional, en los medios de comunicación ya existentes, defendiendo y propagando desde allí la doctrina de la Iglesia.

No le gustaban los secreteos ni los misterios. Una vez, un miembro de una familia real le manifestó, en el curso de una conversación, que deseaba contarle una cosa “bajo secreto de confesión”. Nuestro Fundador replicó inmediatamente: Alteza, está hablando con un sacerdote y con un hombre de honor, y eso debe bastarle: si me quiere decir alguna cosa en secreto de confesión, vamos a un confesonario, y tendré mucho gusto en recibir su confesión sacramental.

A propósito de la obediencia, el Fundador decía que no le gustaba la obediencia perinde ac cadaver: quería una obediencia inteligente porque con los cadáveres no voy a ninguna parte; los cadáveres los entierro piadosamente. Sin embargo, la obediencia debía ser auténtica: El enemigo: ¿obedecerás… hasta en ese detalle “ridículo”? –Tú, con la gracia de Dios: obedeceré… hasta en ese detalle “heroico” (Camino, num. 618).

–Amaba la obediencia porque la contemplaba en conexión con las virtudes cristianas más importantes: desde la fe a la caridad, desde la humildad a la sencillez. Fue heroicamente ejemplar en su obediencia a las leyes generales de la Iglesia y a las disposiciones específicas relativas al Opus Dei: incluso en lo que se refiere a su itinerario jurídico, no dio paso alguno sin la explícita aprobación de la autoridad competente.

Vivió ejemplarmente la obediencia, yendo por delante en el cumplimiento de lo que había establecido para todos los miembros del Opus Dei. Estaba profundamente convencido de que quien ejercita la autoridad debe ser ejemplo de obediencia para los demás. Un día manifestó a los miembros del Consejo General: Hijos míos Directores: no os sintáis disculpados o no os justifiquéis innecesariamente, para no cumplir lo que está dispuesto.

¡Fieles!: porque dais el tono; porque marcáis el ritmo; porque la gracia de Dios, para vuestro buen gobierno, discurre por esos cauces que son las disposiciones recibidas de Dios, a través de nuestras normas y costumbres.

No puede ocurrir con vosotros lo que burlonamente comenta el pueblo romano, al explicar las posturas de esas dos figuras de piedra que, en la “gradinata” de la plaza de San Pedro, representan a los dos Apóstoles.

Yo no me atrevo a afirmarlo; es más, digo que se trata de una expresión maliciosa, pero el vulgo viene repitiendo, desde hace años, que esas esculturas confirmarían una realidad de la vida de la Iglesia: porque en Roma –dicen– se hacen las leyes que obligan a toda la Iglesia, pero en el Vaticano se ignoran. Por eso, Pedro, con su mano dirigida hacia el suelo, aclara: “aquí se dictan las leyes”. Y Pablo, con su brazo extendido hacia la ciudad, termina la frase: “y ahí se cumplen”.

Cuando hay una disposición o se da una norma que se refiere al modo de vivir cristiano, tenemos que cumplirla puntualmente los Directores. Aunque no nos vean los demás, esa fidelidad tiene su importancia, porque siendo fieles o no siéndolo, hacemos o no hacemos caso a la gracia de Dios, y damos o no damos la sangre arterial de este órgano central y vital del cuerpo a los demás miembros.

Por esto, en el Opus Dei, tanto los directores como los demás deben meditar y considerar en el examen de conciencia cómo cumplen esto que es de Dios y que expresamente Dios ha fijado en la Obra.

No es ocioso recordar que la obediencia, en el Opus Dei, se refiere sólo al fin específico de la Prelatura, es decir, a la vida cristiana de sus miembros y al modo de hacer el apostolado, y que no interfiere ni siquiera mínimamente en sus actuaciones y opiniones profesionales, sociales, culturales, económicas, políticas: en todas las cuestiones temporales, los miembros del Opus Dei gozan de la misma libertad que cualquier católico, y trabajan con la responsabilidad propia de los cristianos fieles a la Jerarquía de la Iglesia.

La delicadeza del Padre llegaba a detalles muy pequeños. En 1958, el príncipe Carlo Pacelli me manifestó que el Santo Padre Pío XII deseaba que yo fuese Caballero de Honor y Devoción de la Orden de Malta. A mí la idea no me cayó bien: no me había atraído este título cuando era laico, y como sacerdote, me parecía fuera de lugar. Hablé de esto con el Padre, y me respondió: Si el príncipe Carlo Pacelli te lo vuelve a decir de parte del Santo Padre, debes obedecer. Así sucedió, y nuestro Fundador me mandó a España para preparar los documentos necesarios. Salí el 25 de mayo, acompañado de don Javier Echevarría. Y mientras la Orden de Malta estaba estudiando en España la documentación requerida, antes de enviarla a Roma al Gran Maestre de la Orden, murió Pío XII. Pero el Padre no quiso que yo retirase ya mi petición, y poco tiempo después me llegó el nombramiento.

Es un detalle de escasa entidad, pero precisamente en las cosas pequeñas se manifiesta la verdadera virtud. Cuando era seminarista en Zaragoza, el Padre compuso una poesía en latín, con el título Oboedientia tutior, para la fiesta que se celebró en honor del Presidente del Seminario, Mons. Díaz Gómara. Lo importante no es tanto el título de esta composición poética, que era precisamente el lema del obispo, sino el acto de obediencia que le supuso escribirla. De hecho, por su carácter no le agradaba aparecer como protagonista de nada, y no habría compuesto aquella poesía, ni mucho menos la habría leído en público, si sus superiores no se lo hubiesen mandado explicítamente.

El Beato Josemaría practicó intensamente la mortificación corporal, y predicó su necesidad, como escribe en Camino: –No creo en tu mortificación interior si veo que desprecias, que no practicas, la mortificación de los sentidos (num. 181).

Le gustaba repetir y subrayar, con el ejemplo de su vida, que la mejor mortificación consiste en el cumplimiento fiel, hasta los últimos detalles, de los deberes del propio estado. Pero se sometió también a duras penitencias corporales, sobre todo desde que supo con claridad lo que el Señor le pedía: todos los pasos de su actividad pastoral y apostólica iban precedidos y acompañados de fuertes mortificaciones.

El Padre comenzó a usar el cilicio y las disciplinas cuando era seminarista. Me consta que a partir de 1928 intensificó su mortificación corporal de modo muy notable. La madre y los hermanos de nuestro Fundador me contaron que, durante aquellos años de Madrid, cuando usaba las disciplinas se encerraba en el cuarto de baño del piso donde vivían, y abría los grifos del agua para disimular el ruido de los golpes. Pero era inevitable oírlos. Además, aunque luego limpiaba cuidadosamente las paredes y el suelo, su madre y su hermana descubrían después, consternadas, algunas manchas de sangre que el Padre no había advertido.

Vivía el plan de mortificaciones aprobado por su confesor, con gran espíritu de obediencia. Entre sus apuntes de conciencia, hemos encontrado esta nota:

Desde el sábado, 17 de febrero de 1934, me ordena el P. S. este plan más suave:

Todos los días sin excepción, menos los domingos: por la mañana, cuatro horas, dos cilicios.

Lunes – disciplina – 3 Miserere. (Cada disciplina duraba el tiempo que tardaba en recitar tres Miserere, tres Laudate, etc.)

Martes – 3 Laudate.

Miércoles – 3 Benedictus.

Sábados – 3 Magnificat.

Los Viernes, disciplina, 3 Te Deum, 3 Magnificat y 3 Benedictus

Además, tuvo siempre la prudencia de no comprometer directamente la salud, y sus consejos eran muy claros sobre este punto. En una carta del 22 de enero de 1940, por ejemplo, recomendaba: No me hagas mortificaciones que puedan perjudicar tu salud o agriar tu carácter: la mortificación discreta y la penitencia discreta son indudablemente necesarias: pero la piedra de toque es el Amor. Ten, para la penitencia, esta norma de conducta: nada sin permiso expreso.

Más aún que las penitencias corporales, el Fundador se esforzaba por vivir las pequeñas mortificaciones que le ayudaban a cumplir con delicadeza las diversas prácticas de piedad, su ministerio sacerdotal, el espíritu de servicio, la caridad fraterna, etc. Afirmaba que estas mortificaciones debían ser constantes, como el latir del corazón. Entre sus apuntes, hemos encontrado éste, fechado el 3 de noviembre de 1932:

1/ No mirar ¡nunca!

2/ No hacer preguntas de curiosidad.

3/ No sentarme más que cuando sea indispensable, y siempre sin apoyar la espalda.

4/ No comer nada dulce.

5/ No beber más agua que la de las abluciones.

6/ Desde la comida o almuerzo del mediodía, no comer pan.

7/ No gastar ni cinco céntimos, si, en mi lugar, un pobre de pedir no pudiera gastarlos.

8/ No quejarme de nada nunca con nadie, como no sea por buscar dirección.

9/ No alabar, no criticar.

Deo omnis gloria!

A propósito de la mortificación de la vista: cuando se estableció en Burgos, en los primeros días de 1938, la ciudad no era aún muy grande y desde cualquier sitio se podía ver la espléndida catedral, una verdadera joya del arte gótico. Nuestro Fundador ofreció al Señor el sacrificio de dejar pasar un tiempo antes de visitarla: la primera vez que entró fue para rezar, y no para hacer turismo; sólo después fue a verla con calma.

Era muy exigente también en las mortificaciones de la comida. Cuando le conocí, uno de los detalles que me impresionaron fue una cajita de madera, de color claro, que estaba sobre su escritorio. Una vez le pregunté qué tenía dentro. Entonces la abrió y me la enseñó: era acíbar. Me invitó a tomar un poco con el dedo, y probarlo. Era una mortificación que hacía de vez en cuando. Recuerdo que, cuando nos refugiamos en la Legación de Honduras, entre los poquísimos objetos que se llevó allí, estaba esa cajita de acíbar.

Rechazaba cualquier trato de excepción cuando visitaba un Centro de la Obra, respetaba siempre sus planes y horario. Contaré solamente una anécdota pequeña, sucedida en 1945. Acabábamos de inaugurar en Bilbao la Residencia universitaria Abando, y el Padre fue a celebrar la primera Misa. Para festejar el acontecimiento, sus hijas encargadas de la administración doméstica de aquel Centro decidieron preparar una comida un poco especial. Nuestro Fundador observó que servían una botella de vino de marca, y preguntó si era normal en nuestras casas tomar en la mesa ese tipo de vino. Le acompañábamos tres o cuatro personas más. La doncella que servía la mesa respondió: “No, Padre, no lo servimos nunca”. Y nuestro Fundador exclamó, mientras se levantaba de la mesa: Entonces, tampoco me lo debéis dar a mí: me tratáis como si fuera un invitado y por esto dejo de comer. Hoy no como, así aprenderéis que no se actúa así, porque nuestra pobreza debemos vivirla siempre. A la chica le impresionó tanto, que al poco tiempo pidió la admisión en la Obra.

No obstante, dispuso que en nuestros Centros, con ocasión de alguna solemnidad litúrgica o de celebraciones propias del Opus Dei, sus hijas preparasen una comida mejor de lo ordinario. Pero, precisamente en esos días, el Padre comía menos. Recuerdo que una vez, durante las fiestas de Navidad, pusieron una fuente muy bien preparada; nuestro Fundador notó que uno de los comensales miraba el plato con cierta avidez. Entonces, con una excusa, se levantó de la mesa sin comer.

Un día, en 1949 ó 1950, el Marqués de Bisleti nos hizo llegar dos faisanes que había cazado en su finca de Salto di Fondi. El Padre no había comido nunca carne de faisán, y quiso ofrecer al Señor la mortificación de no probarla tampoco en aquella ocasión; decidió que aquellos faisanes fuesen para sus hijas de la administración.

Podría mencionar otros muchos aspectos del espíritu de mortificación y penitencia del Padre, como, por ejemplo, el cuidado de los objetos, el saber dominar las reacciones del propio carácter, la mortificación de callar, o de hablar, según los casos, etc. Pero, a mi juicio, el aspecto más importante de la penitencia heroica de nuestro Fundador fue su ocultarse y desaparecer, que constituyó el lema de su vida.

–El Fundador afirmaba que prefería el holocausto al sacrificio. Quería, por eso, que las flores del Sagrario se pusiesen directamente sobre el altar, entre los candeleros, para que toda su lozanía se consumiese en honor del Señor. Es momento, quizá, de esbozar cómo vivió la virtud de la humildad.

–Puedo afirmar que nuestro Fundador vivió durante toda su vida con un completo olvido de sí, y se tuvo en muy poca consideración: enderezaba cada pensamiento, palabra y acción a la gloria y al servicio de Dios. Desde joven repitió innumerables veces esta jaculatoria: Deo omnis gloria! Y en un punto de Consideraciones espirituales, que después sería el 780 de Camino, explicó:

“Deo omnis gloria”. Para Dios toda la gloria. –Es una confesión categórica de nuestra nada. El, Jesús, lo es todo. Nosotros, sin El, nada valemos: nada.

Nuestra vanagloria sería eso: gloria vana; sería un robo sacrílego; el “yo” no debe aparecer en ninguna parte.

El 4 de febrero de 1975 me encontraba con el Padre a bordo del avión que pronto despegaría del aeropuerto de Madrid rumbo a Venezuela. En un momento dado, con gran sorpresa por nuestra parte, entró en la cabina una hija suya, la periodista rhodesiana Lynden Parry Upton: había logrado llegar hasta allí con el firme propósito de darle las gracias por todo lo que la Obra había hecho por ella, conduciéndola primero a la conversión al catolicismo, y después a la vocación al Opus Dei. Nuestro Fundador contestó: Todos tenemos que agradecerle al Señor. Y como ella insistía en darle las gracias personalmente, el Padre la interrumpió con cariño, pero con decisión: A mí no. Dios escribe una carta, la mete dentro de un sobre. La carta se saca del sobre, y el sobre se tira a la basura.

Al mismo tiempo, era consciente de que el Señor quería su cooperación para obrar maravillas, y lo recordaba también a sus hijos: De nuestra santidad, de nuestra humildad depende que Dios dispense a manos llenas, a través de nosotros, su gracia. Pero no olvidaba que el monumento se erige al artista; el pincel se tira: ha cumplido su función obedeciendo a las manos del artista.

Rehusó siempre los honores y los cargos. Me parece particularmente significativa la siguiente anécdota. El 11 de febrero de 1933, Angel Herrera, nombrado poco antes Presidente de la Acción Católica española después de haber abandonado la dirección del periódico El Debate (más adelante sería ordenado sacerdote, y llegaría a ser obispo de Málaga y cardenal), quiso hablar con don Josemaría: le informó de la noticia, todavía no oficial, de su propio nombramiento, y le ofreció un cargo importante. De acuerdo con el Nuncio, Angel Herrera había proyectado la creación de un centro para la formación de sacerdotes que serían consiliarios de la Acción Católica en los diversos niveles, y propuso al Padre aceptar el nombramiento como director de ese centro. El Fundador de la Obra rechazó la propuesta. El presidente Herrera insistió, y le hizo notar que se trataba de un puesto clave, de gran responsabilidad, ya que en aquella casa se reunirían los mejores sacerdotes de España; el Padre le respondió que precisamente por eso no podía aceptar un puesto tan importante: Además –añadió– hay muchos otros que lo harán mejor que yo.

Deseo subrayar que estas palabras no eran una excusa cortés, educada; estaba plenamente convencido de que otros sacerdotes podrían, efectivamente, desarrollar mejor aquella actividad. Por su parte, pensaba que sólo sería eficaz cumpliendo lo que Dios le había encomendado, para lo que tenía un carisma específico, una particular gracia de Dios.

Después de la guerra civil española, fue creciendo el prestigio de nuestro Fundador. Ante la eventualidad, nada remota, de ser elevado al episcopado, pidió permiso a su confesor, don José María García Lahiguera, para hacer voto de no aceptar jamás la carga o dignidad episcopal. Don José María respondió que no se lo permitíría sin el consentimiento del obispo de Madrid. Por eso, durante una conversación con Mons. Leopoldo Eijo que tuvo lugar el 19 de marzo de 1941, el Padre se lo planteó. Después, anotó también esto entre los temas tratados con el Prelado: El Señor Obispo no me da el permiso. Y me disgusta de verdad.

Aborrecía las alabanzas, y explicaba con viveza que lo peor que puede sucederle a un hombre es recibir solamente elogios. En cambio, agradecía mucho las correcciones que recibía; precisamente por esto, planteó un “filial forcejeo” con la Santa Sede, para no privar al Presidente General del Opus Dei (como entonces se llamaba) de la corrección fraterna, que en la Obra es un medio de formación fundamental. Cuando presentó por primera vez a la autoridad eclesiástica nuestro Ius Peculiare –esto sucedería también después, en 1946 y en 1949– tuvo que superar las dificultades que le pusieron: le hicieron notar que, según una costumbre plurisecular, los Superiores mayores no pueden ser corregidos por sus súbditos. Pero nuestro Fundador no cedió, porque no quería verse privado de esta ayuda. Replicó: No es posible. Todos los hijos míos tienen un medio que arranca del Evangelio, que es la corrección fraterna. Por ese procedimiento, los demás, aunque les duela, y tengan que vencerse ellos y los que la reciben, y tengan que ser humildes y mortificados, tienen un medio de santidad maravilloso. ¿Y yo que soy un pobre hombre, y los que me sigan a mí, que serán mejores que yo, pero también unos pobres hombres, no vamos a tener ese medio de santidad? Se aprobó finalmente la figura de los Custodes seu Admonitores, que viven junto al Presidente General –hoy, el Prelado–, y le ayudan con las observaciones que consideran oportunas.

Eludía con gran naturalidad las manifestaciones de gratitud, admiración o entusiasmo de los que le escuchaban, por ejemplo, con ocasión de los numerosos cursos de retiro espiritual que predicaba. En 1948 dirigió uno en Molinoviejo (Segovia) a un grupo de profesionales; en aquel tiempo yo me encontraba en Roma, pero poco después me lo contó el que fue principal testigo directo, don Amadeo de Fuenmayor. Los participantes habían dado ya algunas muestras de entusiasmo, y por eso el Padre les recordó más de una vez la necesidad de no romper el silencio acostumbrado; antes de la última meditación del retiro, para evitar ser objeto de sus manifestaciones de gratitud y elogio, indicó expresamente a don Amadeo que no pronunciase la acostumbrada jaculatoria final –Sancta Maria, Spes nostra, Sedes Sapientiae– hasta un rato después de que hubiese salido del oratorio, cuando oyera arrancar el coche que lo llevaba Madrid. De esta manera, al salir los participantes del oratorio, ya no estaba y no pudieron hacer nada, salvo encararse con don Amadeo por haberle dejado marchar. Soy testigo de que, gracias a trucos de este tipo, nuestro Fundador logró seguir hasta el último día el ejemplo de la vida oculta de Jesús en Nazaret.

Al comienzo de los años cuarenta, una hermana de mi madre y su marido invitaron a comer a nuestro Fundador y a mí, junto con Manuel Aznar, un intelectual bastante conocido, al que se consideraba entonces el mejor periodista español, y que más tarde sería Embajador de España en los Estados Unidos. En un determinado momento, Aznar le dijo al Padre: “–¡Cómo me gustaría escribir su biografía!”. Y el Padre replicó: –Mi biografía te la doy hecha: en el Santo Evangelio se lee como un resumen de la biografía de la vida de infancia del Señor, que se condensa en tres palabras: erat subditus illis: Jesús obedecía a María y a José. Después, en los Hechos de los Apóstoles, se lee otra biografía de Nuestro Señor, esta vez en dos palabras: pertransiit benefaciendo. Pues para mí basta con una sola palabra: ¡pecador! Pero un pecador que ama mucho a Jesucristo.

Muchísimas veces –he sido testigo de esto a partir de 1935, pero sé que lo hacía ya muchos años antes–, rezaba prosternado en tierra e imploraba la gracia divina con la profunda convicción de que era su postura más adecuada, porque no tenía ningún mérito. Me confió que solía hacer oración postrado sobre el suelo, porque advertía la bajeza de su condición y la necesidad de pedir perdón al Señor y de implorar su ayuda, de acuerdo con su nulidad.

Podríamos detenernos mucho tiempo evocando otros sucesos edificantes, pero me parece que airearíamos su intimidad. Recordaré sólo un último detalle: un día, en los años cincuenta, durante las obras de construcción de la Sede Central, el Padre vio que, al desmontar los andamios, los obreros tiraban unos clavos grandes que habían servido para sujetar los tablones de madera. Nuestro Fundador se quedó pensando que sin aquellos clavos, que los obreros tiraban con indiferencia, no habría sido posible montar el andamiaje. Hizo recogerlos y envió muchos a las distintas Regiones, como símbolo de lo que debemos ser: un instrumento, en sí despreciable, del que se sirve el Señor para hacer su Obra.

En la Facultad de Derecho

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1922, su familia cambia nuevamente de casa en la ciudad de Logroño. Regresan al antiguo edificio de Sagasta. Pero esta vez, don José ha logrado alquilar un segundo piso. Allí permanecerán hasta que los acontecimientos, en su inquieta evolución, vuelvan a empujarles. Josemaría acuerda con su padre la formalización de matrícula en la Facultad de Derecho, en Zaragoza. Tendrá que finalizar primero la formación del Seminario para poderse dedicar al estudio de las asignaturas universitarias. Emplea el tiempo de verano en preparar las materias de la licenciatura de Derecho, robando horas al sueño y al descanso.

En septiembre de 1923 se examina de las dos primeras asignaturas que, con carácter previo, se cursan en la Facultad de Filosofía. Obtiene, una vez más, brillantes califcaciones(9).

Unos meses antes, el 4 de junio de 1923, el Cardenal Soldevila cae bajo las balas de un comando anarquista. Trece disparos, que taladran la parte posterior de su coche, le quitan la vida frente a las Escuelas del Terminillo, atendidas por las Hijas de la Caridad. Josemaría pasa la noche velando el cadáver de su Arzobispo y amigo.

El 13 de septiembre de este mismo año, el General Primo de Rivera, tras un golpe de Estado favorecido por el Rey, inicia en España la etapa histórica conocida con el nombre de «la Dictadura».

Durante el año académico de 1923-24, Josemaría Escrivá se matricula de varias asignaturas correspondientes a los cursos preparatorio, primero, segundo y tercero, en la Facultad de Derecho. Atiende, con responsabilidad, las obligaciones que, como Inspector del Seminario, le competen; concluye su quinto curso de Teología en la Universidad Pontificia(10). El 14 de junio de 1924 y en la iglesia del Real Seminario de San Carlos, recibe el Subdiaconado de manos de don Miguel de los Santos Díaz Gómara, Obispo titular de Tagora(l11).

En el verano de 1924 continúa estudiando con intensidad, y consigue examinarse, en septiembre, de siete asignaturas de Leyes; y en algunas de ellas, como el Derecho Romano y el Canónico, obtiene Matrícula de Honor. Le gusta la vida universitaria. Es ésta una vocación que no le abandonará nunca: el apostolado entre los estudiantes será una de sus apasionadas dedicaciones. Los alumnos que coinciden con él recordarán su presencia con el traje talar, adecuado a su condición: sotana, manteo y teja. Pero su

imagen está siempre adscrita a la de los grupos de estudiantes que se reúnen, en los minutos de descanso, a charlar en el patio de la Facultad, en los pasillos o a la puerta de las aulas. Comparte sus inquietudes, participa de sus conversaciones y sabe cultivar la amistad de todos. También la de algunos que se manifiestan ideológicamente hostiles, solamente por su condición de clérigo. En broma, alguna vez, le llegan a preguntar:

-«¿Por qué no te vas con los curas?».

-«Porque quiero estar con vosotros»(12).

No sermonea ni moraliza, pero su presencia infunde el respeto necesario. Sabe reír, disculpar, cortar una situación molesta con gracia. Y esto hace su compañía agradable y cordial.

Nadie adivinaría, sin pararse en una consideración’ más profunda, que este joven seminarista, alegre y buen estudiante, pasa muchos ratos junto al Altar Mayor de la iglesia de San Carlos; que acude, sin falta, a su cita diaria con la Virgen Patrona de la ciudad aragonesa; y que en su interior se enciende el fuego apostólico cuando convive la jornada cotidiana con sus compañeros de estudios. Desea extender el amor de Jesucristo a todas las almas, alimentar el entusiasmo de aquellos corazones que le rodean; hablar de la llamada y el barrunto de amor que no le cabe dentro. Y, en la intimidad con Dios, sigue diciendo: “Ut videam!… ut videam”! Que tenga luz para saber el qué y el cómo de aquella insinuación divina que le ha llevado al Seminario y al sacerdocio. De esta etapa es una imagen de la Virgen del Pilar, una escayola de reproducción popular, que pertenece a su tío Carlos Albás, y que le ha permitido grabar, en la base y con un clavo: «”Domina, ut sit”! Señora, que sea». Palabras que resumen la petición y afirmación de su entrega.

Algunas autoridades que escribirán, cincuenta años más tarde, la apología de Josemaría Escrivá de Balaguer, serán amigos forjados durante esta etapa que transcurre entre las aulas y el Seminario: don Félix Lasheras, el profesor Legaz Lacambra y Monseñor José López Ortiz. Este último escribirá: «le recuerdo, ya entonces, con todas esas cualidades que tanto me han llamado la atención en él siempre, y que le hacían ganar las simpatías de todos. Era muy piadoso, y en lo humano abierto, expansivo, lleno de vivacidad, de agilidad, muy comunicativo; sencillo, de un gran corazón y una extraordinaria inteligencia»(13).

Sería difícil adivinar, durante estos años de estudio y trabajo intensos, que tiene cerrados todos los caminos humanos, que se encuentra en honda oscuridad interior: la quiebra económica de su padre y la soledad de Zaragoza. Unicamente cuenta con Dios y con la fortaleza de este Pilar sobre el que se entroniza la Virgen de Aragón, junto al que pasa incesante, como una apasionada y continua oración, el río Ebro.

Algunos testimonios sobre Josemaría Escrivá

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Se conservan miles de testimonios sobre Josemaría Escrivá escritos por personas de los más diversos países y ambientes sociales. Se recogen aquí los recuerdos de algunas personas que se encuentran en proceso de Canonización, y que tuvieron especial amistad y trato con el Fundador del Opus Dei.

Sierva de Dios Madre Esperanza, religiosa, fundadora

La Madre Esperanza de Jesús Alhama Valero, la popular “Madre Esperanza”, nació el 30.IX.1893 en Santomera, Murcia. Fundó en 1930 en Madrid la Congregación de las Esclavas del Amor Misericordioso. En esa ciudad conoció a Josemaría Escrivá. Una religiosa de su Congregación, Sor Presentación de Jesús, recordaba que “Nuestra Congregación pasaba entonces por un momento de grandes dificultades y de incomprensión: hasta se le achacaba a nuestra Madre Esperanza de Jesús Alhama el haber fundado sin permiso del Ordinario del lugar y durante algún tiempo se la tuvo incomunicada. (….). Las entrevistas con don Josemaría le dejaban a nuestra Fundadora una gran paz. Como siempre sucede entre los santos, había entre ellos una gran corriente de comprensión y de aceptación plena de lo que el Señor les estaba pidiendo”.

Falleció con fama de santidad el 8.II.1983. Su Causa de Canonización comenzó en 1990.

Siervo de Dios José María García Lahiguera, obispo y fundador.

Este Siervo de Dios nació en Fitero, Navarra, el 9.III.1903. Estudió en el Seminario de Madrid, del que fue nombrado, en julio de 1936, Director Espiritual. Durante la guerra civil española fundó, junto con María del Carmen Hidalgo de Caviedes, una obra contemplativa femenina, las Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote.

Estos dos fundadores se conocieron en Madrid en febrero de 1932. Josemaría Escrivá le explicó el Opus Dei. “Yo estaba firmemente conmovido con lo que iba oyendo —recuerda García Lahiguera— y comprendí enseguida que aquel sacerdote estaba iniciando algo verdaderamente trascendental, de Dios. Era un panorama de apostolado y de servicio a la Iglesia que atraía, maravilloso… (…) Ese fue el comienzo de una amistad que ha durado tanto como nuestras vidas”.

El Fundador del Opus Dei le pidió en octubre de 1940 que fuese su director espiritual. García Lahiguera aceptó y dirigió su alma hasta el 25 de junio de 1944, fecha en que se ordenaron los primeros sacerdotes del Opus Dei. Fue Obispo Auxiliar de Madrid en 1950; Obispo de Huelva en 1964, y en 1969 de Valencia. Falleció con fama de santidad el 14 de julio de 1989. Se ha abierto su Causa de Canonización.

Beato Manuel González García, obispo y fundador.

Nació en Sevilla el 25.II.1877. Obispo de Málaga desde 1915. Promovió la Obra de las Tres Marías que se difundió extensamente por España y Sudamérica. Fundó en 1921 la Congregación de las Hermanas Eucarísticas de Nazaret.

Josemaría Escrivá tenía en gran estima a este Prelado, como se pone de manifiesto en la carta que escribió a Isidoro Zorzano, residente en Málaga, el 3 de marzo de 1931. Se conocieron en mayo de 1933 en Madrid. “El Santo Prelado —anotó Escrivá en sus Apuntes Intimos, el 26 de mayo— fue cordialísimo. Puesta su mano sobre mi cabeza, por dos veces me dijo: ad robur, ad robur... Me prometió orar por mí y me dio, al marcharme, un abrazo muy apretado” (Ad robur: fortaleza). Manuel González falleció santamente, siendo Obispo de Palencia, el 4.I.1940. Fue beatificado por Juan Pablo II en el año 2001.

Beato Pedro Poveda, sacerdote y fundador. Mártir.

El Fundador de la Institución Teresiana nació en Linares (Andalucía) el 3.XII.1874. Se ordenó sacerdote en 1897 y fue profesor en el seminario de Guadix (Granada). En 1906 fue trasladado a Asturias donde desarrolló una intensa actividad pedagógica. Era gran amigo de Josemaría Escrivá. El Padre Poveda fue detenido el 27 de julio y asesinado por odio a la Religión en la madrugada del 28.VII.1936. Juan Pablo II le beatificó el 10 de octubre de 1993.

Sierva de Dios Josefa Segovia, maestra, cofundadora de la Institución Teresiana.

Nació en Jaén el 10.X.1981. Fue cofundadora de la Institución Teresiana junto con el Beato Pedro Poveda. Por la íntima amistad de don Josemaría Escrivá con con Pedro Poveda, llegaron a conocerse y se conserva un breve epistolario que pone de manifiesto su estima mutua. Está abierta su Causa de Canonización.

Sierva de Dios Luz Rodríguez Casanova, religiosa y fundadora.

Nació en Avilés el 28 de agosto de 1873. Fundó la Congregación religiosa de las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón de Jesús (9.V.1924). En 1907 fundó el Patronato de Enfermos. Asunción Muñoz recuerda el afecto de esta Fundadora por Josemaría Escrivá, que fue Capellán de ese Patronato: “Desde el primer momento se compenetró admirablemente con doña Luz Rodríguez Casanova, nuestra Fundadora, porque ella también poseía una gran sencillez y porque le preocupaban las mismas cosas. Comprendió muy bien nuestro espíritu aun cuando luego él fundara el Opus Dei, con un modo de buscar la santidad muy diverso. Habiéndole conocido, esto se explica con facilidad ya que él acataba todo lo bueno, todo lo grande, todo lo santo… Tenía un espíritu muy universal. Quería todo cuanto fuera para la Gloria de Dios. Y por eso nos conoció muy bien y nos ayudó muchísimo y nos tuvo un gran afecto”.

“Nuestra madre Fundadora —prosigue— le tenía gran cariño. Se le notaba y nos lo decía abiertamente: porque el fervor de don Josemaría era admirable y tenía un atractivo especial. Contagiaba su piedad y era de una llaneza y una claridad abiertas a toda confianza”.Luz Rodríguez Casanova falleció santamente en Madrid el 8.I.1949. El 25 de enero de 1958 se abrió su Causa de Canonización.

Sierva de Dios Mercedes Reyna O´Farril, religiosa.

Esta religiosa, Dama Apostólica del Sagrado Corazón, trabajaba en el Patronato de Enfermos. Había nacido en la Habana, y se dirigía con el Beato José María Rubio, S. J.

Josemaría Escrivá, que la conoció en vida, tuvo tras su muerte gran veneración por ella y se acogía a su intercesión. “Le dio los últimos Sacramentos”, recuerda una de las primeras Damas Apostólicas, Asunción Muñoz, “a pesar de que él, por su cargo de capellán del Patronato, no tenía que ver con la atención espiritual de la comunidad de Damas Apostólicas. Posiblemente D. Josemaría haría una excepción con Mercedes Reyna atendiendo a sus circunstancias personales. Me contaron que no se apartó, prácticamente, del pasillo al que se abría la puerta de su habitación durante todo el tiempo que duró la agonía. Paseaba, rezando, dispuesto a entrar en cuanto lo necesitara; escuchaba, con la piedad de quien asiste a la muerte de un santo, las palabras entrecortadas de Mercedes. Asistió, con absoluta devoción, a los últimos momentos de aquella mujer cuya entrega total al sufrimiento y al amor de Dios no dudó ni un instante”. Mercedes Reyna falleció santamente el 23 de enero de 1929.

Anotó Josemaría Escrivá: Recuerdo, a veces con cierto temor por si fue tentar a Dios u orgullo, que, estando moribunda Mercedes Reyna [...], sin haberlo pensado de antemano, me ocurrió pedirle, como lo hice, lo siguiente: Mercedes, pida al Señor, desde el cielo, que si no he de ser un sacerdote, no bueno, ¡santo!, se me lleve joven, cuanto antes.

Beato Alfredo Schuster, monje benedictino, Arzobispo de Milán.

Nació en Roma el 18.I.1880, hijo de un zuavo pontificio. Ingreso joven en la Orden benedictina. El 26.VI.1929 Pío XI le nombró Arzobispo de Milán; y el 15.VII.1929, cardenal.

Conoció a Josemaría Escrivá el 18 de enero de 1948 y alentó los comienzos del Opus Dei en Milán ayudando con generosidad en los primeros pasos de la labor apostólica en su diócesis. Escribía Álvaro del Portillo que el Cardenal decía “a los miembros de la Obra que estaban comenzando las actividades apostólicas en la capital lombarda, que nuestro Fundador era uno de esos santos que la Providencia divina suscita de tarde en tarde, a distancia de siglos, para renovar a la Iglesia. Y lo parangonaba con los grandes fundadores: San Bernardo, San Francisco… También a mí me expresó el Cardenal Schuster su admiración por el Padre con palabras semejantes”. Schuster tuvo una intervención altamente decisiva en la historia del Opus Dei. Fue beatificado por Juan Pablo II.

Siervo de Dios Manuel Aparici, sacerdote, Consiliario de la Juventud de Acción Católica. Manuel Aparici Navarro (1902-1963), nació en Madrid. Se confesaba con Josemaría Escrivá desde antes de la guerra civil y continuó haciéndolo en Burgos y después. Fue Presidente de la Juventud de Acción Católica en los difíciles años en torno al conflicto bélico. Fue ordenado sacerdote en 1947 y nombrado Consiliario de la JAC. Murió en olor de santidad y está en marcha su Causa de Canonización.

Siempre pidiendo

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Hubo algunos que, amparándose en un pretendido «espíritu conciliar», suscitaron desórdenes y desviacionismos doctrinales y prácticos. Esa situación —frecuente en los periodos post-conciliares— llegó a ser tan preocupante que el Papa Pablo VI denunció con energía “una falsa y abusiva interpretación del Concilio, que querría una ruptura con la tradición, incluso doctrinal, llegando al rechazo de la Iglesia preconciliar y al libertinaje de concebir una Iglesia “nueva”, casi “reinventada” en su interior, en la constitución, en el dogma, en las costumbres, en el derecho”.

Unido al sentir del Santo Padre, Josemaría Escrivá sufrió indeciblemente: acudió a la oración y a la mortificación, sin perder el optimismo, confiando siempre en la acción vivificadora del Espíritu en su Iglesia. Inició una sucesión de peregrinaciones a santuarios marianos, pidiendo a la Virgen que acabara lo antes posible aquella prueba. Me da pena la Iglesia, me dan pena las almas. Muchas veces acabo el día fatigado por el esfuerzo de rezar continuamente: siempre pidiendo, siempre pidiendo, con la confianza de que el Señor tiene que escucharme. Y, entonces, el peso de ese cansancio procuro convertirlo en oración, y ofrezco al Señor mis miserias, mis buenos deseos y el buen afán de hacer muchas cosas, que quisiera acabar y no llego, mientras le digo con un abandono total: ¡Señor, por tu Iglesia, por mis hijas y mis hijos, por mí! ¡Mira que es tu Iglesia, que somos tus hijos, que son tuyas las almas!

Algunos cayeron en actitudes derrotistas y extremas. Josemaría Escrivá confió en que pronto llegarían los frutos del Concilio, y recordó que en los momentos de crisis profundas en la historia de la Iglesia, no han sido nunca muchos los que, permaneciendo fieles, han reunido además la preparación espiritual y doctrinal suficiente, los resortes morales e intelectuales, para oponer una decidida resistencia a los agentes de la maldad. Pero esos pocos han colmado de luz de nuevo la Iglesia y el mundo.

15 días con Josemaría Escrivá

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Textos del libro “15 días con Josemaría Escrivá” de D. Guillaume Derville, editado por Ciudad Nueva

Opus Dei -

Como un personaje más

Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo (Camino 382): ésta era la dedicatoria habitual de Josemaría Escrivá en la primera página de los libros que relataban la vida de Jesús y que aconsejaba leer, una invitación que también grababa con letras de fuego en los corazones. ¿Cómo llegar a ese encuentro personal con Cristo (cf. Es Cristo que pasa 59, 110, 118; Amigos de Dios 264)?: Leyendo su vida para que quede impresa en la memoria como las imágenes de una película.

Josemaría no se contenta con leer el Evangelio, lo vive como un personaje más (Surco 672; Forja 8). Esta fórmula lapidaria ilustra lo que él mismo hace: entra en la vida de Jesús, o mejor, nuestro Señor se convierte en su vida, introduciéndose en su corazón. En el Evangelio descubrimos la vida de Jesús, pero también la nuestra: Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia (Forja 754).

¡Cuántas personas han conocido a Jesús durante su vida terrena! Las páginas que siguen ofrecen una luz sobre algunos de esos encuentros. El lector está invitado a tomar parte en la escena. En esa contemplación, el Verbo de Dios habla e invita a seguirle. Ahí está la santidad: responder día tras día a una llamada que se dirige a cada uno, una llamada amorosa, exigente, divina, que hará de Josemaría, en cierto modo a pesar suyo, pero a la vez apasionadamente, su heraldo singular.

Agradecemos a la editorial Ciudad Nueva que nos haya permitido reproducir algunos párrafos del  libro “15 días con Josemaría Escrivá”, escrito por D. Guillaume Derville.

Sacerdotes a la medida del corazón de Cristo

sacerdotes  Tagged , , , , No Comments »

El teólogo Pablo Blanco y el novelista José Luis Olaizola han participado recientemente en unas jornadas celebradas en Valladolid por el Aula Sacerdotal Esgueva

Opus Dei - Más de sesenta sacerdotes asistieron a la Jornada

Más de sesenta sacerdotes asistieron a la Jornada

El Aula Sacerdotal Esgueva de Valladolid celebró recientemente la XVII Jornada sacerdotal en el Centro Cultural El Rincón, en Tordesillas. Bajo el lema “Año sacerdotal. Sacerdotes a la medida del corazón de Cristo”, intervinieron en el acto el doctor en filosofía Pablo Blanco, profesor de Teología Dogmática en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y el popular escritor José Luis Olaizola que ha escrito varias novelas protagonizadas por sacerdotes.

Cura-cura
Para el profesor Blanco, ante la crisis de imagen de los sacerdotes, el papa Benedicto XVI propone un nuevo modelo de sacerdote. El llamado santo Cura de Ars: un cura de pueblo que revolucionó la vida religiosa de la Francia posrevolucionaria. El papa alemán no propone el cura-profesor o el cura guerrillero, sino el cura-cura. El que siempre está ahí: celebrando Misa, rezando, confesando,  o escuchando a la gente.

Opus Dei - El novelista José Luis Olaizola

El novelista José Luis Olaizola

Hace falta reformar la Iglesia y la figura del sacerdote -afirmó, siguiendo el pensamiento del Papa-. El secreto del sacerdote del siglo XXI consiste el de estar muy cerca de su modelo y de aquel a quien representa: Jesucristo. Debe hacerlo presente en la Eucaristía y en los demás sacramentos, en sus sermones y prédicas, en su cercanía y en el servicio a todos. El sacerdote debe ser servidor o, con palabras de San Pablo: “servidor de vuestra alegría”, como le gustaba repetir al teólogo Ratzinger. En el fondo, el secreto de la reforma que sigue necesitando hoy la Iglesia, la “nueva primavera”, sigue siendo el de los primeros siglos, el del siglo XVI o el de la Francia de la Revolución francesa. Como dijo Benedicto XVI en Alemania, el país de la Reforma.

Sacerdotes apremiados por el amor a Cristo
Por su parte, el escritor José Luis Olaizola manifestó que entre los cientos de ejemplos había espigado algunos sacerdotes del siglo XX como propuestas para el XXI. Sacerdotes apremiados por el amor a Cristo.

Opus Dei -

Uno de ellos era el Padre Federico Montealegre al que conoció en el año 95 en el austral archipiélago de Chiloé, en Chile; un inválido que se desplazaba en silla de ruedas para atender a las almas que tenía encomendadas. Vivía en una pequeña cabaña en cuya entrada figuraba un póster gigantesco de san Josemaría Escrivá, al que tenía gran devoción y con quien mantenía “largas conversaciones”. Siempre muy ocupado con su abnegado servicio. La Misa fue inolvidable. Después nos comentaría con un convencimiento absoluto “¡Yo soy feliz siempre! Feliz de poder servir a mi comunidad. ¡Soy tan feliz!”.

Otro de ellos fue el franciscano Hilario Sautié, al que conoció en la Habana. Hijo de masón cuyo padre le impidió seguir su temprana vocación sacerdotal. Se casó y enviudó dos veces. Cuando se jubiló a los 64 años fue a ver al rector de la casa central de los franciscanos en Cuba –durante muchos años había sido terciario-. Se ofreció para realizar trabajos manuales. El rector le dijo: “vuelve dentro de una semana, vas a ser presbítero”. Aterrado, entra en el noviciado y tras estudiar cinco años se ordenó sacerdote. Ya tenía 4 hijos y varios nietos. En la modesta y conmovedora fiesta de ordenación, una invitada comentó que aquello parecía una boda. La hija mayor contestó: “Es que es una boda. Mi padre acaba de casarse por tercera vez, pero en esta ocasión no se va a quedar viudo”. D. Hilario respiraba alegría por todos los poros a sus setenta años y, según dijo, a pesar de lo feliz que había sido en sus matrimonios nada era comparable a la dicha de ser sacerdote de Cristo.

Opus Dei -

Mencionó también a Juan XXIII, quien manifestaba que no recordaba ningún momento de su vida en que no hubiera querido ser sacerdote. Olaizola aludió a su buen humor, contando chispeantes anécdotas sucedidas a lo largo de su vida. “Lo que me parece edificante –señaló el escritor- es su coherencia de vida. Se empeñó en amar a Cristo y consiguió hacerlo con la misma sencillez cuando era un modesto cura, que cuando fue Papa de Roma. Siempre consciente de que su condición de sacerdote estaba por encima de todo”.

Se refirió también a un sacerdote europeo del Opus Dei que se trasladó a realizar su labor apostólica a Nigeria y que desde el primer momento se propuso muy seriamente comportarse como un nigeriano más. Tenía esto tan metido en el alma que cuando tuvo que trasladarse a  Johannesburgo y fue a saludar al obispo éste le preguntó si en Nigeria había algún problema con la gente que no era de color. Plenamente convencido y ante el asombro del obispo le respondió: “Eminencia, allí somos todos de color”.

El Fundador del Opus Dei durante la guerra de España

fundador  Tagged , , , , , No Comments »

Artículo de François Gondrand publicado en Nouvelle revue Théologique, Tomo 127 nº 1 enero-marzo 2005

François Gondrand

Las cartas y apuntes del fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá, constituyen un valioso testimonio y un reflejo de las dificultades que tuvieron que afrontar numerosos católicos españoles desde el comienzo de la Segunda República hasta el fin de la guerra civil. Esos testimonios personales aportan, además, un conjunto de luces inéditas sobre los primeros años del Opus Dei, que nació en 1928.

Un periodo histórico se determina a partir de los grandes acontecimientos y de los testimonios personales de aquellos que lo vivieron. Sin embargo, no han faltado quienes han intentado asimilar el Opus Dei –que fue fundado por Josemaría Escrivá en 1928, antes de la proclamación de la II República-  con el régimen franquista que comenzó tras la guerra civil. Intentan justificar semejante anacronismo por los cargos ministeriales que asumieron algunos de miembros de la Obra mucho tiempo después, a finales de los cincuenta y en años posteriores.

Esto supone un grave desconocimiento de lo que supusieron los años de la República y de la dramática guerra civil tanto para la institución como para el fundador.

Algunos trazos de la vida de Escrivá

Cuando estalló la guerra el joven fundador tenía treinta y cuatro años y era sacerdote desde hacía once. Había nacido en Barbastro, en el Alto Aragón, y había entrado a los diecisiete años en el seminario de Logroño, ciudad a la que su familia se había mudado por razones económicas.

Se había ordenado sacerdote para responder mejor a una llamada que Dios le había hecho durante la adolescencia, para sacar adelante ‘algo’ que desconocía; y que el Señor no le mostró con claridad hasta mucho tiempo después, en octubre de 1928: el Opus Dei.

Trabajaba entonces como capellán de un Patronato de enfermos y estaba haciendo unos ejercicios espirituales en Madrid, donde residía desde un año antes. Y el 2 de octubre de 1928, en el segundo día de los Ejercicios, vio que Dios le pedía que abriese dentro de la Iglesia un nuevo camino de santidad. Tras un corto periodo de vacilación comenzó a buscar personas capaces de emprender esa gran aventura espiritual.

Un país en crisis

En aquel lejano 1928 el país atravesaba una situación difícil y sufría graves tensiones sociales. Su nivel de desarrollo social y económico era comparable al de la Francia de 1898. La situación de la monarquía era muy inestable, y el general Primo de Rivera, que había sido llamado al poder en 1923 por el rey Alfonso XIII, se retiró en 1930, por la presión de la opinión pública. En las elecciones del 14 de abril de 1931 la izquierda consiguió una victoria simbólica, el rey se exilió y se proclamó la República.

Aunque un gran sector de los católicos españoles apoyaba el nuevo régimen, los socialistas y los radicales, que se habían convertido en las fuerzas mayoritarias tras las elecciones legislativas y constituyentes de 1931, comenzaron a recortar y a poner trabas a la actividad de la Iglesia. Prohibieron a los religiosos el ejercicio de la enseñanza y los jesuitas tuvieron que abandonar el país. Al fin, en el año 1933, un nuevo gobierno, esta vez de centro-derecha, intentó moderar la aplicación de las leyes anticlericales que se habían promulgado anteriormente.

El país entró en una espiral de sucesos problemáticos. A partir de octubre de 1934, los partidos y los sindicatos revolucionarios comenzaron a hostigar al gobierno, y estalló la rebelión en Asturias, que fue duramente sofocada. Y con el triunfo del Frente Popular en las elecciones legislativas de febrero de 1936 el régimen fue radicalizándose aún más.

A Escrivá le dolieron profundamente las medidas que se habían tomado en 1931 en contra de los religiosos; y de modo muy particular, la expulsión de los jesuitas, ya que tuvo siempre gran veneración por san Ignacio y su confesor, en aquellos momentos, era un sacerdote de la Compañía de Jesús.

Soñando con Valencia y París

En 1936, cuando comenzó la guerra, el joven Fundador planeaba la expansión apostólica del Opus Dei por algunas ciudades de España y de otros países: “Veo la necesidad, la urgencia de abrir casas fuera de Madrid y fuera de España”, anotó el 13 de febrero. Escribía por esas fechas: “Siento que Jesús quiere que vayamos a Valencia y a París (…). Ya se está haciendo una campaña de oración y sacrificios, que sea el cimiento de esas dos Casas” (1). El obispo de Madrid, Mons. Eijo y Garay le alentaba en todos estos empeños.

Acababa de abrir una residencia de estudiantes en Madrid y conocía a casi un centenar de jóvenes universitarios. Algunos de ellos se habían entregado a Dios en el Opus Dei. Contaba también con algunas mujeres que habían asumido el ideal de la búsqueda de la santidad en medio del mundo, en medio de sus ocupaciones profesionales.

Aquellos hombres y mujeres jóvenes que le seguían tenían compromisos políticos diversos entre sí, opuestos en algunas ocasiones; por ejemplo, unos, de origen vasco, eran fervientes defensores de la república, mientras que otros se oponían a ella por diversas causas. Su único ‘denominador común’ era la fe cristiana, junto con el deseo de vivir y propagar a su alrededor el ideal de santidad propuesto por Josemaría Escrivá.

El Padre, como le llamaban, les recordaba que el Opus Dei no se limitaba al reducido paisaje humano que veían en aquellos comienzos: universitarios de una ciudad y de un determinado país de Europa. La Obra había nacido para el mundo entero y no para resolver los problemas de una época o de una nación determinada. Y no se dirigía tampoco a un ambiente social específico. “Hemos de estar siempre de cara a la muchedumbre, porque no hay criatura humana que no amemos, que no tratemos de ayudar y de comprender. Nos interesan todos, porque todos tienen un alma que salvar” (2).

El Opus Dei –les decía– no era una “respuesta” ante los problemas de la España de aquel momento histórico. “La Obra de Dios –explicaba en 1934 a los que le seguían– no la ha imaginado un hombre, para resolver la situación lamentable de la Iglesia en España desde 1931”, (…) “no somos una organización circunstancial” (…) “ni venimos a llenar una necesidad particular de un país o de un tiempo determinados, porque quiere Jesús su Obra desde el primer momento con entraña universal, católica” (3). “El vínculo que os une –insistía el fundador– es de naturaleza exclusivamente espiritual (…) Lo que descarta toda idea o intención política o partidista” (4).

En los primeros días de julio de 1936, la residencia DYA, un empeño apostólico que Escrivá llevaba impulsando desde años atrás, se trasladó al nº 16 de la calle Ferraz, frente al Cuartel de la Montaña. Durante esos días dos miembros del Opus Dei estaban en Valencia buscando una casa que sirviese de apoyo para comenzar el trabajo apostólico en aquella ciudad.

En medio de estas gestiones, llegó el día 17 de julio, y Escrivá y los que le seguían se enteraron, al igual que la mayoría del país, que acababa de producirse una rebelión militar instigada por el general Mola.

Al día siguiente, el general Francisco Franco, que estaba al mando del ejército de Canarias, se trasladó a Marruecos y se puso al frente del ejército de África. Pocos meses después, el 1 de octubre, asumiría todos los poderes.

Estalla el conflicto

Los hechos se precipitaron. El 19 de julio, los milicianos asaltaron el Cuartel de la Montaña, que estaba muy cerca de la Residencia en la que vivía Escrivá. Tan cerca estaba que, cuando de madrugada, un intenso cañoneo indicó el inicio del asalto al cuartel, las balas comenzaron a rebotar en la fachada del edificio. Se escuchaban los pasos de los milicianos que buscaban a los francotiradores por los tejados. En esas circunstancias, el fundador tuvo que abandonar la Residencia y, pasando a través de la muchedumbre de milicianos que se disponía para el asalto del Cuartel, se refugió en casa de su madre, que se encontraba relativamente cerca.

En las notas que tomó durante aquellos días Escrivá mostraba su inquietud por la suerte de los primeros miembros del Opus Dei que estaban desperdigados por Madrid y otras ciudades, junto con su dolor por no poder celebrar la Santa Misa.

Día tras día, le fueron llegando noticias terribles, como el incendio provocado de la iglesia que atendía. Entre el 19 y el 20 de julio unas multitudes enardecidas incendiaron treinta y cuatro edificios religiosos de la capital y saquearon una decena de iglesias (5). Se organizó “la caza del cura” y numerosos sacerdotes fueron asesinados sólo por el hecho de serlo. Entre ellos, su amigo Pedro Poveda, fundador de las Teresianas, hoy canonizado, que fue asesinado el día 28 de aquel mismo mes (6).

De refugio en refugio

El 8 de agosto comenzó para Escrivá un largo peregrinar por diversos domicilios de la capital en busca de un escondite seguro. Los primeros miembros del Opus Dei, como tantos miles de españoles, se habían quedado en los diversos lugares donde les había sorprendido el conflicto: unos estaban en enclaves ocupados por los rebeldes, que se llamaban a sí mismos los nacionales; y otros en lugares controlados por los republicanos, que se autodenominaban leales a la República. A muchos católicos a los que la guerra les sorprendió en estos últimos lugares, el simple hecho de confesar su fe les acarreó la muerte.

El 14 de agosto de 1936, España quedó dividida en dos zonas inexpugnables. El Papa Pío XI expresó su angustia por todo esto: “Da la impresión de que, con un plan satánico, se está encendiendo en la vecina España de forma aún más viva la llamarada de odio y de persecución abiertamente declarada y que parece dirigida hacia la Iglesia y la religión católica” (7).

El 7 de octubre, después de numerosas incertidumbres y sucesivos cambios de domicilio, el Fundador ingresó, fingiendo ser un enfermo mental, en una clínica psiquiátrica en la que residían verdaderos enfermos junto con personas que, al igual que él, habían elegido aquel recurso extremo para salvar su vida. Pero como tampoco aquel resultó ser un lugar seguro, tuvo que buscar un nuevo refugio.

A mediados de marzo del año siguiente logró esconderse, junto con su hermano menor, en la Legación de Honduras. Tres miembros del Opus Dei se les unieron poco después en aquel lugar. Unas personas de la Obra encontraron refugio en legaciones diplomáticas de ese mismo tipo; mientras que otras estaban en la cárcel o en las situaciones más variadas.

Don Josemaría pudo seguir en contacto con muchas de las personas a las que atendía espiritualmente por medio de uno de los miembros más antiguos del Opus Dei, el ingeniero Isidoro Zorzano. Les enviaba cartas escuetas, escritas en clave, en las que, para evitar la censura y no poner en peligro la vida de los que las recibían, firmaba ‘el abuelo’ y los trataba como si fueran sus nietos.

En el ambiente reducido y tenso de la Legación de Honduras, donde estaban refugiadas numerosas personas, Escrivá y sus compañeros, que vivían hacinados en un cuartucho estrecho, daban ejemplo de serenidad. Con frecuencia llegaban hasta aquel lugar noticias de los avances de las tropas nacionales y los refugiados estallaban en manifestaciones de júbilo. Pero el joven fundador no se sumaba a ellas. A veces se le oía musitar: “¡Esto es una tragedia!” (8). Rezaba intensamente y ofrecía duras penitencias pidiéndole al Señor que les concediese lo antes posible el don de la paz.

A partir de octubre del 1936 los milicianos revolucionarios se situaron en la primera línea de las zonas controladas por los leales republicanos. Las Brigadas internacionales, creadas por el Komintern, comenzaron a reforzar el ejército del gobierno. Se multiplicaron las checas, tribunales revolucionarios de carácter arbitrario, y los comunistas, en cuanto tomaron el control de la Junta de Defensa de Madrid, acabaron haciéndose con gran parte del poder. En la primavera de 1937 se unieron a los socialistas para eliminar físicamente a parte de los anarquistas, y pronto se convirtieron en los dueños de la situación, mientras que los nacionales asediaban capital.

Sacerdote clandestino en Madrid

A finales del mes de agosto de 1937, provisto de un documento que le acreditaba como intendente de la Legación de Honduras, Escrivá pudo abandonar la legación y caminar, afrontando numerosos riesgos, por las calles de la capital. Siguió atendiendo espiritualmente a los miembros del Opus Dei que se encontraban en Madrid, mientras intentaba conseguir noticias de los que seguían dispersos por diferentes puntos del territorio.

Durante ese tiempo, siempre de forma clandestina, reconfortó y dio la comunión a personas que no habían visto a ningún sacerdote y no habían asistido a Misa desde hacía más de un año. Llevaba el Santísimo en el pecho, cerca del corazón, dentro de una pitillera envuelta en una pequeña bandera de Honduras.

En aquellas circunstancias cualquier imprudencia podía llevarle a la muerte. Los sacerdotes suponían el 18% de los arrestados y muchos habían sido fusilados después de darles el paseo. El tal paseo consistía en arrestarlos en la calle o en sus propios domicilios, a cualquier hora del día o de la noche, y ejecutarlos inmediatamente. Más del 25% de los sacerdotes juzgados por los tribunales populares fueron considerados ‘enemigos del régimen’ (9).

Verano de 1937

El eco internacional que obtuvo la carta colectiva de los obispos españoles en la que denunciaban estos y otros muchos atropellos, consiguió frenar el ritmo de las persecuciones de aquel periodo en el que sólo los católicos vascos, que estaban protegidos por su Estatuto de Autonomía, pudieron seguir celebrando culto de forma pública. Incluso, en el gobierno de Negrín que se constituyó en el mes de mayo, había un ministro de Justicia católico: el vasco Manuel Irujo.

El 9 de enero de 1937, Irujo en persona le presentó al presidente Largo Caballero un memorandum con el que intentaba convencerle, aduciendo numerosas pruebas y razonamientos, que la persecución religiosa estaba perjudicando a la joven República española. Pero el gobierno no dio curso alguno a sus propuestas de libertad de culto.

Varios meses después, el 31 de julio, Irujo presentó un nuevo proyecto en este mismo sentido al gabinete de Negrín; y de nuevo sólo obtuvo la callada por respuesta.

Sólo el 30 de abril del año siguiente, muchos meses después, el gobierno manifestó públicamente su deseo de respetar la libertad de conciencia y su voluntad de asegurar el libre ejercicio de las creencias y de la práctica religiosa para intentar recuperar la imagen perdida en el escenario internacional (10).

Pero no eran más que palabras; y además, desde el verano de 1937 los republicanos habían ido perdiendo progresivamente su superioridad numérica. Al equilibrarse las fuerzas, se veía cada vez con mayor claridad que el conflicto bélico iba para largo, en contra de lo que se pensaba al principio de la guerra.

Durante aquellos días terribles le comunicaron al Fundador la muerte en el frente de dos personas que se habían vinculado al Opus Dei antes del comienzo de la contienda. Y le dijeron también que habían ahorcado a una persona en las calles de Madrid, a la que habían confundido con él.

“Suponed la cara del abuelo –escribía, refiriéndose a sí mismo, a los que vivían en Valencia, en zona republicana– ante tamañas noticias. Verdaderamente sería de envidiar, para un loco como mi hermano, un final así con el aditamento de la fosa común. ¡Qué más habría deseado el pobre, cuando se vio moribundo, en la habitación lujosa de un sanatorio caro! [alude aquí a su último refugio, en el sanatorio psiquiátrico]. Digo mal: esta manera de fenecer (normal, sin ruidos, ni espectáculo), como un cochino burgués, está en mejor acuerdo con su vida, su obra y su camino. Morir así — ¡oh Don Manuel! [llama así a Dios]— … pero loco, de mal de Amor” (11).

Escribía años después, el 31 de mayo de 1943: “Ni antes ni después de 1936 he intervenido directa o indirectamente en la política: si he tenido que esconderme, acosado como un criminal, ha sido sólo por confesar la fe, aun cuando el Señor no me ha considerado digno de la palma del martirio: en una de esas ocasiones, ahorcaron delante de la casa en que vivíamos, a una persona que habían confundido conmigo” (12).

Los días 20 y 21 de septiembre de 1937 predicó un retiro a siete jóvenes, siempre de modo clandestino y tomando grandes precauciones. Como medida de prudencia, los asistentes se fueron trasladando de una casa a otra después de cada charla espiritual. También predicó a algunas religiosas que conocía, refugiadas en diversos domicilios de Madrid.

En medio de estos avatares, el fundador se mostraba optimista en cuanto al futuro de los apostolados del Opus Dei. El 25 de agosto escribía a los de Valencia, utilizando abreviaturas (D = Dios) y palabras en clave como negocio de familia, obligado por las circunstancias: “Gracias a don Manuel, no podemos nunca dudar del éxito inmediato del negocio que lleva nuestra familia. Desde luego, que habrá inconvenientes: pero los hombres se crecen ante los obstáculos. ¡Hala, hala!: D. y audacia! ¿no? Pues, a vivir, en todo momento, la seguridad del éxito”.

Terminaba su carta con un “Don Manuel [el Señor] sabe más”, a la vez que no descartaba la posibilidad de morir, ya que aconsejaba “continuar con el negocio familiar”, si “el viejo desfilara” [desfilar: ser asesinado] (13).

El camino de la libertad, cruzando los Pirineos

No sabía qué hacer, y se preguntaba si debía quedarse en Madrid, donde vivían su madre y sus hermanos, para ocuparse de los miembros del Opus Dei que permanecían en la capital, o debía pasarse a la otra zona. En Madrid vivía con el peligro constante de que le asesinaran por su condición de sacerdote y sin libertad de movimientos; en el otro lado podría proseguir su labor pastoral con libertad. Por más que rezaba y reflexionaba, no conseguía resolver el dilema.

Tuvo noticia de que era posible llegar a la otra zona atravesando los Pirineos y entrando por la frontera francesa. No era tarea fácil: esos lugares estaban estrechamente vigilados y a los fugitivos que capturaban los fusilaban sobre la marcha. Al fin, se decidió y el 6 de octubre, después de hacerse con algunos documentos de identidad, viajó hasta Valencia junto con un miembro del Opus Dei, Juan Jiménez Vargas. De ahí fueron hasta Barcelona donde emprendió, junto con varios más, una expedición a través de la montaña que duró veintitrés días, a partir del 16 de noviembre 1937.

La travesía era muy arriesgada: había que franquear valles y montes escarpados, y subir y bajar por sendas de contrabandistas y muleros, dependiendo de un guía que desaparecía de vez en cuando, dejándolos en la incertidumbre de si les había abandonado a su suerte.

En plena travesía se planteó de nuevo: ¿hacía bien abandonando Madrid? Una noche se planteó este dilema de forma tan acuciante que pidió una señal del Cielo. Esa señal le fue concedida y partir de entonces siguió adelante, sin más dudas, con la seguridad íntima de que estaba cumpliendo la voluntad de Dios.

Después trepar dificultosamente por las laderas de varias cumbres, y cuando ya estaban al borde del agotamiento, llegaron a Andorra. Era el 2 de diciembre de 1937. Cruzaron la frontera francesa el 10 de diciembre y tras una escala en Saint-Gaudens, y de una misa de acción de gracias en Lourdes, los diversos miembros de la expedición se dispersaron. Escrivá decidió establecer su domicilio provisional en Burgos, donde algunos miembros del Opus Dei, que estaban destinados en los diversos frentes de guerra, iban a verle con regularidad aprovechando los permisos militares.

En Burgos

En aquellos momentos el obispo Mons. Eijo y Garay se encontraba en Vigo, una ciudad de Galicia, y el Padre contaba con el beneplácito del vicario de Madrid para proseguir su labor apostólica. Tanto el Vicario como el Prelado conocían bien la personalidad de Escrivá, como sacerdote ejemplar y como fundador de un nuevo camino en la Iglesia.

Desde Burgos, agotado y enfermo tras los padecimientos de los últimos meses, el Fundador siguió carteándose con los jóvenes que dirigía espiritualmente antes de la guerra; y cuando podía, no dudaba en ir a visitarlos hasta el frente, emprendiendo largos y penosos viajes en ferrocarril. El 7 de junio de 1938, durante uno de esos viajes, llegó hasta las puertas de Madrid, donde había sido herido un joven al que conocía.

Mientras tanto, la guerra proseguía su curso, con combates sangrientos en diversos frentes, como el de Teruel y el del norte de Aragón. En marzo de 1938, los rebeldes dirigieron su ofensiva hacia el Mediterráneo y en el mes de junio llegaron hasta Castellón.

Escrivá seguía rezando por el fin de la guerra, entregándose a penitencias y fuertes ayunos para reparar todos aquellos horrores. Le inquietaba la suerte de las personas del Opus Dei y su perseverancia en el camino que habían emprendido. El 17 de enero de 1938 escribió en sus apuntes: “Celebro por mí, sacerdote pecador, el Santo Sacrificio. Lo noto: ¡cuántos actos de Amor y de Fe! Y, en la acción de gracias, breve y distraída sin embargo, he visto cómo de mi Fe y de mi Amor: de mi penitencia, de mi oración y de mi actividad, depende en buena parte la perseverancia de los míos y, ahora, aun su vida terrena” (14).

El conflicto se prolongaba. Escrivá soñaba con el día en que pudiera regresar a Madrid para proseguir su trabajo apostólico. Su correspondencia y sus apuntes íntimos de este tiempo muestran que los inquietantes acontecimientos externos no hicieron vacilar ni por un momento su fidelidad a la misión recibida.

En Burgos conoció a diversos eclesiásticos, a personas del mundo académico y a profesionales de ámbitos muy diversos. Les hablaba de buscar la plenitud de la vida cristiana en medio de sus ocupaciones diarias, y de seguir el mandato de Cristo, esforzándose por transformar la sociedad con la fuerza del Evangelio.

El 26 de mayo de 1937 tuvo un acceso de tos en el que derramó sangre. ¿Estaba tuberculoso? Anotó enseguida, antes de ir al médico: “No temo a la muerte, a pesar de mi vida pecadora, porque me acuerdo de tu Amor: un tifus, una tuberculosis o una pulmonía…, o cuatro tiros. ¡Qué más da!” (15).

Le contaba durante ese tiempo al obispo de Vitoria que necesitaba, para proseguir la labor apostólica, “cincuenta hombres que amen a Jesucristo sobre todas las cosas”(16). “Tengo unas ganas de que se acabe esta guerra” … –le escribía a uno por carta– “Entonces comenzaremos, recomenzaremos, otra quizá más dura, pero más nuestra. Y pienso que quizá haya que volver a vivir aquellos años terribles de penuria. No importa: el Señor, con nuestro esfuerzo al máximo también, nos sacará de todo antes, más y mejor de lo que podemos soñar” (17).

El 14 de marzo 1937, Pío XI promulgó la encíclica Mit brennender Sorge, en la que condenaba claramente el nazismo. Esa encíclica no se publicó entera en España, y de forma discretísima, hasta 1938. En cuanto Escrivá pudo hacerse con ella se propuso difundirla todo lo posible, al ver que la mayoría de sus compatriotas estaban más sensibilizados con el peligro comunista que con las perversiones del régimen hitleriano (18).

El siguiente episodio da idea del clima que reinaba en Burgos durante aquel tiempo. Un funcionario oriundo de Albacete consideró que un joven del Opus Dei que trabajaba en el Cuartel general y que era hijo del presidente provincial del Frente popular de Albacete, era un espía de los ‘rojos’.

Era una acusación totalmente infundada, pero de consecuencias imprevisibles en el contexto de la guerra civil, en la que algunos pensaban que los hijos debían pagar por los actos cometidos por sus padres. No se pedían demasiadas pruebas: un simple infundio podía bastar para enviar a una persona al pelotón de fusilamiento. Eso hizo que Escrivá decidiese intervenir rápidamente a favor de ese joven.

El 20 de julio de 1938 por la mañana se dirigió al despacho del denunciante –que fallecería de forma repentina, poco tiempo después de esa conversación, a causa de un ataque cardíaco– para hacerle ver la falsedad de su acusación. Pero el denunciante se reafirmó en su postura: “¡debieron fusilarlos, en vez de meterlos en la cárcel, cuando Albacete fue nuestro!” le dijo el funcionario, aludiendo a los que eran sospechosos entonces de tener simpatías republicanas. “¡Pero Vd. dejaría a tres Españoles de cada cien!” le dijo el fundador (19).

La preparación de Camino

Durante ese tiempo predicó dos retiros espirituales en el norte de España y estuvo trabajando en la ampliación de Consideraciones espirituales, un breve libro de espiritualidad que había publicado en 1934. En los 999 puntos de meditación de ese libro sólo hacía alusión a la guerra en dos ocasiones y únicamente para sacar unas conclusiones de carácter ascético: la purificación impuesta por la prueba y la llamada a entregarse plenamente al Señor (20).

En las páginas de ese libro habla de oración, de vida eucarística, de piedad mariana, de abandono a la voluntad de Dios, de lucha interior, de espíritu de infancia, de amor a la Iglesia, etc. Distanciándose del nacional-catolicismo reinante en la España de esa época, predicaba la comprensión mutua y la amplitud de miras, y proponía a los laicos que actuasen con responsabilidad e iniciativa, llevando a Cristo a todos los ambientes. El pequeño libro se imprimió en Valencia, el 29 de septiembre de 1939, con el título de Camino.

Fin de la guerra

A finales de 1938 la guerra entró en su fase más sangrienta, con una poderosa ofensiva de los leales en el curso inferior del Ebro, seguida de una contra-ofensiva de los nacionales.

Escrivá seguía rezando para que el conflicto acabase lo antes posible: “Oración, oración y oración: es la mejor artillería” (21). Las cartas de este periodo rezuman confianza y abandono en Dios: “Pero antes quiero anticiparos en una palabra el resumen de mi pensamiento, después de bien considerar las cosas en la presencia del Señor. Y esta palabra, que debe ser característica de vuestro ánimo para la recuperación de nuestras actividades ordinarias de apostolado es Optimismo. Es verdad que la revolución comunista destruyó nuestro hogar y aventó los medios materiales, que habíamos logrado al cabo de tantos esfuerzos. Verdad es también que, en apariencia, ha sufrido nuestra empresa sobrenatural la paralización de estos años de guerra. Y que la guerra ha sido la ocasión de la pérdida de algunos de vuestros hermanos… A todo esto, os digo que –si no nos apartamos del camino– los medios materiales nunca serán un problema que no podamos resolver fácilmente, con nuestro propio esfuerzo: que esta Obra de Dios se mueve, vive, tiene actividades fecundas, como el trigo que se sembró germina bajo la tierra helada” (22).

El 5 de febrero de 1939 el Presidente de la República, Manuel Azaña, abandonó el territorio español. Cuatro días después las tropas nacionales conquistaron las últimas posiciones del ejército republicano en los montes de Cataluña. El 5 de marzo se constituyó en Madrid un Consejo de Defensa para negociar con Franco. Y el 28 de marzo se firmó la capitulación del ejército republicano del frente central.

El fundador del Opus Dei regresó a la capital, y tras dieciocho meses de separación, volvió a encontrarse con su madre, su hermana, su hermano y los primeros miembros del Opus Dei. Les exhortó a perdonar a todos, a olvidar los daños y los sufrimientos padecidos, a ofrecerlos al Señor y a reemprender enseguida el trabajo apostólico.

Como la residencia DYA había quedado completamente destruida a causa de los bombardeos, en el mes de julio se trasladó a la sede de una nueva residencia. Poco después se daban los primeros pasos del Opus Dei en Valencia, Valladolid, Barcelona y Sevilla; y en cuanto se pudo, se fue a Portugal, a Italia y a varios países de Europa, como Francia, Inglaterra, Alemania o Irlanda.

François Gondrand

Versión en castellano, traducido por José Miguel Cejas, de parte del artículo de François Gondrand publicado en Nouvelle revue Théologique, Tomo 127 nº 1 enero-marzo 2005

Las relaciones personales del Fundador del Opus Dei con los poderes establecidos

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Capítulo de “El Fundador del Opus Dei y su actitud ante el poder establecido”

François Gondrand

En alguna ocasión Josemaría Escrivá evocó, con dolorosa ironía, la publicidad involuntaria que le dieron a la Obra las sucesivas oleadas de calumnias que tuvo que sufrir durante años.“Nos han tratado a patadas –decía–; por eso nos hemos esparcido”.

Se comportó siempre –en las circunstancias más diversas y en los contextos culturales y políticos más variados– como un sacerdote que vivía sólo para sacar adelante la fundación que Dios le había encomendado. Esa fue su norma de conducta durante los años difíciles de la II República Española, en medio de las peripecias dolorosas de la guerra civil, durante el escaso tiempo que vivió en la España de la postguerra y a lo largo de su vida entera. Sabía bien que el Opus Dei no era fruto de aquellas circunstancias y que su identidad no iba a cambiar en función de ellas. Mantuvo sus criterios y su propia línea de conducta, al igual que los que le seguían, en la época dura de la persecución religiosa y cuando el Régimen que siguió a la guerra dictó medidas favorables para la Iglesia.

Como dato anecdótico, hay que señalar que el 11 de diciembre de 1934 fue nombrado Rector de Santa Isabel, un Patronato de origen regio, por el Presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, bajo cuya tutela había quedado aquel Patronato.

Escrivá y la autoridad

fundador  Tagged , , , , , No Comments »

Capítulo de “El Fundador del Opus Dei y su actitud ante el poder establecido”

François Gondrand

Tanto el comportamiento como los escritos de Josemaría Escrivá demuestran el hondo aprecio que tenía por la libertad individual, como se advierte en estas consideraciones espirituales recogidas una obra póstuma publicada en 1986 bajo el título de Surco.

Qué triste cosa es tener una mentalidad cesarista, y no comprender la libertad de los demás ciudadanos, en las cosas que Dios ha dejado al juicio de los hombres.

Las decisiones de gobierno, tomadas a la ligera por una sola persona, nacen siempre, o casi siempre, influidas por una visión unilateral de los problemas.
–Por muy grandes que sean tu preparación y tu talento, debes oír a quienes comparten contigo esa tarea de dirección.

Si la autoridad se convierte en autoritarismo dictatorial y esta situación se prolonga en el tiempo, se pierde la continuidad histórica, mueren o envejecen los hombres de gobierno, llegan a la edad madura personas sin experiencia para dirigir, y la juventud –inexperta y excitada– quiere tomar las riendas: ¡cuántos males!, ¡y cuántas ofensas a Dios –propias y ajenas– recaen sobre quien usa tan mal de la autoridad!

Los hombres mediocres, mediocres en cabeza y en espíritu cristiano, cuando se alzan en autoridad, se rodean de necios: su vanidad les persuade, falsamente, de que así nunca perderán el dominio.
Los discretos, en cambio, se rodean de doctos –que añadan al saber la limpieza de vida–, y los transforman en hombres de gobierno. No les engaña su humildad, pues –al engrandecer a los demás– se engrandecen ellos.

El Fundador escribió estos puntos en el contexto de la vida espiritual y el apostolado, dándoles un sentido muy general. No se ha publicado todavía la edición crítica de Surco y se ignoran las fechas en las que fueron redactados cada uno de estos puntos. Esto permitirá a los historiadores conocer hasta qué punto influyeron en la redacción de cada punto las circunstancias históricas por las que atravesaba el país.

Todo parece indicar, sin embargo, que en la redacción del siguiente punto de Surco laten de algún modo las circunstancias sociales y las acciones turbulentas que precedieron a la guerra civil española. Sea como fuere, en este punto 228 encontramos una llamada a la cristianización de las estructuras, a la que alentaba Escrivá desde 1928:

Por “el sendero del justo descontento”, se han ido y se están yendo las masas.
Duele…, pero ¡cuántos resentidos hemos fabricado, entre los que están espiritual o materialmente necesitados!
–Hace falta volver a meter a Cristo entre los pobres y entre los humildes: precisamente entre ellos es donde más a gusto se encuentra.


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder