Contexto político

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Tras un breve interludio de gobierno republicano, conocido en la historia española con el nombre de Primera República, la constitución de 1876 restauró una monarquía parlamentaria moderadamente liberal. Pero las elecciones eran tan corruptas que el sufragio universal masculino establecido por la constitución apenas se notaba. Durante décadas los dos principales partidos –el Liberal y el Conservador- se alternaron en el poder no por la derrota de sus rivales en unas elecciones honradas, sino porque sus líderes convenían que había llegado el momento de cambiar de gobierno y apañaban las elecciones para que se produjera el resultado deseado. El desastre de 1898 puso de manifiesto la necesidad de una reforma profunda del país, “regeneración” llamada en su momento. El sistema político se reveló incapaz de responder a dicha demanda y entró en una profunda crisis durante las dos primeras décadas del siglo XX.

España no participó en la Primera Guerra Mundial. Aunque el país se benefició económicamente de la demanda de sus productos que exigía la guerra, la tensión del momento colapsó la constitución monárquica de 1876. En 1923 el general Primo de Rivera dio un golpe de estado y exigió al rey Alfonso XIII que destituyera al gobierno y le otorgara plenos poderes. El general no tenía experiencia ni proyecto político alguno, salvo el deseo de resolver la crisis del momento. La dictadura que estableció era anormalmente blanda y en principio tuvo un considerable apoyo popular, incluso desde el partido socialista. El dictador estableció relaciones amistosas con la jerarquía eclesiástica y subvencionó a las escuelas católicas. La Asociación Católica Nacional Propagandista (ACNP) -un influyente grupo católico- fue el núcleo del partido político que se formó durante los últimos años de su mandato. Aunque con Primo de Rivera España progresó considerablemente, debido en parte al “boom” económico europeo, no resolvió sus problemas sociales. La situación política se complicó todavía más ya que el apoyo del rey a la dictadura minó la credibilidad política de la monarquía. Cuando el país empezó a sentir los efectos de la gran depresión de 1929, el dictador había perdido casi todo el apoyo popular. Permaneció algún tiempo más en el poder, pero con una oposición cada vez mayor entre la población civil y el ejército. Finalmente, en enero de 1930, cuando el rey le pidió la dimisión para evitar un golpe de estado militar, se exilió en Francia sin causar problemas. Le sustituyó el general Berenguer, que además de carecer de experiencia y habilidad política, estaba mal dotado para dirigir un país que tenía el reto de lograr un nuevo consenso político. El Opus Dei dio sus primeros pasos en este ambiente de calma externa, pero de serios problemas económicos, sociales y políticos soterrados.

Zaragoza

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Su padre le animó a compaginar los estudios sacerdotales con una licenciatura en Derecho, aunque no sabemos exactamente el porqué de ese consejo. Quizás previó la posibilidad de que su hijo mayor tuviera que contribuir en el futuro al sostenimiento de la economía familiar. Sea como fuere, Josemaría convino en que la idea era buena, pero no era posible estudiar esa carrera ni en Logroño ni en, donde los seminaristas completaban el último ciclo de estudios eclesiásticos. La Facultad de Derecho más próxima se encontraba en Zaragoza. Tenía también la ventaja de que allí podría obtener el doctorado en Teología, algo prácticamente imposible si permanecía en Logroño. Escrivá, por tanto, solicitó y obtuvo el permiso oportuno para trasladarse a Zaragoza y recibir las órdenes sagradas en aquella diócesis.

Zaragoza era una de las más importantes y populosas ciudades del país. Tenía una universidad estatal con C, otra Universidad Pontificia y dos seminarios. Tras la Primera Guerra Mundial, la ciudad atravesaba un período difícil y turbulento. Se habían producido recientemente hechos sangrientos: asesinatos e insurrecciones anarquistas y diversos brotes de pistolerismo que provocaron la declaración del estado de guerra y la supresión de las libertades cívicas. Entre 1917 y 1923 la violencia política se cobró veintitrés vidas en aquella ciudad.

En el otoño de 1920, Escrivá ingresó en el C, donde los alumnos vivían y recibían su formación espiritual; para las clases de teología tenían que trasladarse a la cercana Universidad Pontificia. Ésta es por tanto la primera vez que Escrivá vive –de hecho– en un seminario. Como el resto de sus compañeros, dispone de una pequeña habitación parcamente amueblada, sin cuarto de baño ni luz eléctrica. En todo el edificio no había ni una sola ducha o bañera; cada seminarista tenía una jofaina que podía llenar de agua fría en una pila ubicada al final del pasillo. La mayoría se contentaba con lavarse la manos y la cara puesto que el seminario no tenía calefacción, ni siquiera en los más crudos días del invierno. Los estudiantes se sorprendían de que Escrivá hiciera tantos viajes a la pila para conseguir el agua necesaria para lavarse de los pies a la cabeza. Algunos incluso llegaron a tildarle de melindroso y comentaban que tanta atención a la higiene personal no era lo más adecuado para un sacerdote. En una ocasión, un seminarista especialmente ordinario y que olía muy mal llegó a frotarle la cara con la manga empapada de sudor diciendo: “¡Hay que oler a hombre!”[1]. El joven Escrivá, que de naturaleza era bastante impulsivo, a duras penas pudo controlarse y se limitó a contestar: “No se es más hombre por ser más sucio”[2]

Pero no era sólo la pulcritud lo que motivaba que sus propios compañeros le tacharan de “señorito”[3]. Uno de los seminaristas que compartió sus años de alumno en el San Carlos recordaba más tarde: “Era Josemaría un señor de pies a cabeza, en todo su comportamiento: en la manera de saludar, en la forma de tratar a las personas, en cómo vestía, en la educación con que comía; sin proponérselo, representaba un fuerte contraste con lo que parecía costumbre entonces”[4].

La piedad de Escrivá también llamaba la atención. El régimen de vida del seminario incluía Misa, meditación, Rosario, lectura de un libro espiritual, visita al Santísimo Sacramento y examen de conciencia por la noche. Lo normal era que hasta los más piadosos se contentaran con cumplir estas observancias y demás actos de piedad establecidos; sin embargo, Josemaría hacía frecuentes visitas a la capilla del seminario durante el tiempo libre. Ahí, delante del Santísimo Sacramento, abría su corazón al Señor, a veces durante horas enteras y en ocasiones toda la noche, llenando el tiempo con actos de adoración a Cristo en la Eucaristía e implorando luces para ver la voluntad de Dios y obtener la gracia para llevarla a cabo. También adquirió la costumbre de acudir todos los días a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar. En cierta ocasión, Escrivá consiguió el permiso necesario para permanecer en el interior del templo una vez cerrado al público y besar la imagen de la Virgen que ahí se venera, privilegio reservado sólo a los niños que se acercan a honrar a la Madre de Dios durante el tiempo en que la basílica mantiene sus puertas abiertas. En su habitación del seminario guardaba una pequeña reproducción en yeso de la Virgen del Pilar y en la base escribió con un clavo la jaculatoria, que tantas veces había formado parte de su oración habitual, “Domina, ut sit!” (Señora, ¡que sea!).

En esa ciudad aragonesa, la devoción a la Virgen que Escrivá aprendió de sus padres creció aún más en profundidad y fervor. Una y otra vez acudía a Ella suplicando su ayuda maternal y pidiéndole estar siempre cerca de su Hijo. “A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María”[5], escribió en 1934 como fruto de su propia experiencia.

Trató de ser discreto en lo referente a su piedad personal pero en vano. Era de esperar que Escrivá encontrara piedad en el lugar más lógico para eso: el seminario. Pero sus compañeros no tardaron mucho en hacer mofa de su devoción adjudicándole los motes de “Rosa Mística” y “Soñador”.

Motivado en parte por la postura recelosa de sus compañeros, el rector del seminario no miraba con buenos ojos a Escrivá. En la hoja de evaluación al final del primer curso le puso un “bien” en el apartado de piedad, pero sólo “aceptable” en diligencia y disciplina, a pesar de que Josemaría había alcanzado unas notas excelentes y resultó ser uno de los pocos alumnos que no fue castigado en todo el año. Describía el carácter de Escrivá como “inconstante y altivo, pero educado y atento”[6]. Y lo más curioso es que debajo del apartado “vocación” escribió como de mala gana “parece tenerla”[7]. De algunos comentarios de Escrivá se desprende que, muy al principio de su estancia en el seminario, el rector trató incluso de disuadirle de su deseo de ser sacerdote. En el segundo año, el rector solicitó a su homólogo del Seminario de Logroño un informe sobre las cualidades personales de Escrivá y su posible vocación. El informe favorable que recibió y un trato más personal y asiduo con el joven seminarista le hicieron cambiar de opinión y llegó a ser uno de los más fieles defensores de Escrivá.

En algún momento en el transcurso de su estancia en Zaragoza, parece que Escrivá sufrió una dura prueba o crisis. En sus apuntes de principios de los años 30 y dirigiéndose a Cristo dice: “Si no hubieras estorbado mi salida del Seminario de Zaragoza, cuando creí haberme equivocado de camino— estaría alborotando en las Cortes españolas, como otros compañeros míos de Universidad lo están…, y no a tu lado, precisamente, porque [...] hubo momento en que me sentí profundamente anticlerical, ¡yo que amo tanto a mis hermanos en el sacerdocio!”[8]

Aunque la crisis puede haberse exacerbado por la dificultad de Escrivá en adaptarse al seminario y al trato un tanto difícil con alguno de los seminaristas, la nota nos sugiere que la raíz del asunto no está en eso, sino en lo que él describe como su “anticlericalismo”. Aquí hay que aclarar que en la España de los años 20, los políticos anticlericales pretendían eliminar la influencia de la Iglesia en la vida civil. Querían reducir la práctica de la religión al ámbito de lo privado como algo meramente personal, y borrar de la vida pública cualquier vestigio de religiosidad. El anticlericalismo de Escrivá era algo diametralmente distinto; se asentaba en el convencimiento de que el sacerdote está llamado a amar apasionadamente a Dios y a vivir una vida de servicio desinteresado como si fuera “otro Cristo, el mismo Cristo”. En este contexto, no hay, por consiguiente, hueco para que el sacerdote se involucre en el mundo de la política, o trate de manipular o controlar a los fieles con vistas a alcanzar sus propios objetivos. Con el paso del tiempo, Escrivá no tuvo sino palabras de elogio para los compañeros de seminario, la inmensa mayoría de los cuales trabajaron como buenos ministros de Cristo en sus parroquias y no pocos murieron mártires durante la Guerra Civil española. En los primeros años del seminario, sin embargo, le dolía la postura de algunos que pensaban que ser sacerdote era una forma de ganarse el sustento y prosperar en la vida. La idea de forjarse una carrera eclesiástica y la postura de sus compañeros que defendían el hecho de ordenarse sacerdotes porque no tenían otra forma mejor de ganarse la vida hicieron que llegara a preguntarse si no se habría equivocado, al pensar que el sacerdocio iba a satisfacer el deseo de amor que había llenado su corazón el mismo día en que vio aquellas pisadas sobre la nieve.

Las anotaciones de Escrivá no arrojan mucha luz ni sobre la duración de esa crisis ni el modo en que la superó. Lo más probable es que la respuesta a sus dudas y anhelos la encontrara en la oración, meditando en la presencia de Dios distintos pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento y dialogando con Jesús, María y José sobre la vida y acontecimientos de la “Trinidad de la Tierra” y su propia vida. Un punto de “Camino” describe el estilo personal de su oración: “Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” -¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”[9].

Su oración era una conversación íntima, personal, incluso apasionada. Le decía a Jesús: “Me hubiese gustado ser tuyo desde el primer momento: desde el primer latido de mi corazón, desde el primer instante en el que la razón mía comenzó a ejercitarse. No soy digno de ser –y sin tu ayuda no llegaré a serlo nunca- tu hermano, tu hijo y tu amor. Tú sí que eres mi hermano y mi amor, y también soy tu hijo”[10].

En ocasiones la oración no fluía tan fácilmente y entonces se aplicaba a sí mismo el consejo que luego daría a otros en “Camino”: “-Y, en mi meditación, se enciende el fuego. -A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz. Por eso cuando no sepas ir adelante, cuando sientas que te apagas, si no puedes echar en el fuego troncos olorosos, echa las ramas y la hojarasca de pequeñas oraciones vocales, de jaculatorias, que sigan alimentando la hoguera”[11].

En otros momentos era Dios quien tomaba la iniciativa y le llenaba de instantes de auténtica oración mística. Apenas sabemos nada de esas experiencias porque Escrivá quemó la libreta en que apuntaba todos esos detalles que el Señor había tenido con él, por temor, sobre todo, a que cualquiera que leyese la historia de las gracias extraordinarias recibidas en la oración pensara que era un santo cuando él se consideraba a sí mismo “un pecador que ama con locura a Jesucristo”[12]. Álvaro del Portillo, uno de los primeros miembros del C que siempre estuvo a su lado y llegaría a ser su primer sucesor al frente de la Obra, comentaba al referirse a los años de Escrivá en Zaragoza: “Dios le ayudaba con muchas mociones, con muchas locuciones (…); el Señor habla, sin ruido de palabras, y sus frases quedan grabadas en el alma como si fuese a fuego”[13]. El propio Josemaría habló en alguna ocasión de las gracias especiales recibidas durante su estancia en la ciudad del Ebro: “Yo, no sabiendo cómo llamarlas, las llamaba gracias operativas, porque me ayudaban a trabajar, aunque fuese a contrapelo, sin que me costase esfuerzo alguno”[14]. Tras estudiar todas las pruebas existentes, el religioso dominico encargado por la Santa Sede para dirigir la causa de beatificación de Escrivá, resume sus conclusiones con las siguientes palabras: “El Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían ‘sentir’, en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético”[15].

[1] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 133

[2] ibid. p. 133

[3] ibid. p. 133

[4] ibid. p. 132

[5] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 495

[6] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 137

[7] ibid. p. 137

[8] ibid. p. 136

[9] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 91

[10] AGP, P09 p. 117

[11] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 92

[12] José Orlandis. AÑOS DE JUVENTUD EN EL OPUS DEI. Ediciones Rialp. Madrid 1994. p. 178

[13] AGP, P01 1978 p. 1064

[14] ibid. p. 1064

[15] José Miguel Cejas. VIDA DEL BEATO JOSEMARÍA. Ediciones Rialp. Madrid 1993. p. 37-38

La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.


El martes 2 de octubre de 1928, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, era el segundo día de unos ejercicios espirituales organizados para sacerdotes diocesanos en una casa que los Padres Paúles tenían en lo que entonces eran las afueras de Madrid. Los seis sacerdotes que participaban en aquella tanda ya habían celebrado Misa, desayunado y también habían rezado juntos parte del breviario correspondiente a aquella jornada y leído algunos pasajes del Nuevo Testamento. Hacia las 10 de la mañana, el joven sacerdote Josemaría Escrivá, de 26 años, se dirigió a su habitación.

Allí, solo, se puso a revisar y ordenar algunas notas personales de los últimos años que había llevado consigo. En ellas, había escrito una serie de gracias e inspiraciones divinas que Dios le fue concediendo como respuesta a diez años de intensa oración en los que había hecho suyas las palabras que el ciego del Evangelio dirigió a Jesús cuando le preguntó qué quería: “¡Señor, que vea!”. Escrivá tenía la seguridad de que Dios quería de él algo concreto, pero las mociones que tuvo hasta la fecha eran tan incompletas y parciales, que a duras penas podía intuir lo que el Señor verdaderamente deseaba. Con el paso de los años, era frecuente que describiera esas gracias recibidas antes del 2 de octubre de 1928 como “barruntos” de lo que Dios le pedía.

En el preciso instante en que las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles repicaban alegremente para celebrar la fiesta del día, aparecieron de pronto las piezas que faltaban para completar una imagen que ahora veía con nitidez. Escrivá vio cómo Dios quería que hubiera una porción de la Iglesia, compuesta por gente de toda condición, que se dedicara a incorporar a su vida -y lo comunicara a su vez a amigos, vecinos y colegas- el fascinante mensaje evangélico de que Dios llama a todo el mundo a la santidad, sea cual sea su edad, condición social, profesión o estado.

En una anotación recogida por Escrivá en 1930, en lenguaje casi telegráfico, se resume el contenido de la visión que tuvo el 2 de octubre de 1928: “Simples cristianos. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!”[1]. El escritor francés Francois Gondrand nos ha legado una versión más poética de la misma idea: “miles, millones de almas que elevan sus oraciones a Dios en toda la superficie de la tierra; generaciones y generaciones de cristianos, inmersos en toda clase de actividades humanas, ofreciendo al Señor sus tareas profesionales y las mil preocupaciones de una vida ordinaria; horas y horas de trabajo intenso, constante, que sube hasta el cielo como un incienso de agradable aroma desde los cuatro puntos cardinales… Una multitud formada por ricos y pobres, jóvenes y ancianos, de todos los países y de todas las razas. Millones y millones de almas, a través de los tiempos y a lo largo del mundo… Un latir invisible que recorre y riega la superficie de la tierra”[2].

No sabemos si la visión que tuvo Escrivá se parece más a la austera nota escrita en 1930 o a la lírica versión recogida por Gondrand muchos años después, pero siempre que hablaba o escribía sobre los sucesos acaecidos aquel 2 de octubre de 1928, sus palabras eran invariablemente breves y esquemáticas. Con frecuencia, el suceso quedaba zanjado con la lacónica expresión: “Vi el Opus Dei”.

En un documento del 2 de octubre de 1931, el más antiguo que se conserva con una referencia a la fecha fundacional, Escrivá comenta: “Recibí la iluminación sobre toda la Obra”[3]. Esa iluminación comprendía una “idea clara general”[4] de la misión encomendada, aunque sin incluir todos los detalles. En otra ocasión Escrivá nos dice: “Dios nuestro Señor me trató como a un niño; no me presentó de una vez todo el peso, y me fue llevando adelante poco a poco. A un niño pequeño no se le dan cuatro encargos de una vez. Se le da uno, y después otro, y otro más cuando ha hecho el anterior. ¿Habeis visto cómo juega un chiquillo con su padre? El niño tiene unos tarugos de madera, de formas y colores diversos… Y su padre le va diciendo: pon este aquí, y ese otro ahí, y aquel rojo más allá… Y al final ¡un castillo!”[5]

* * *

Este libro narra la historia de la construcción de ese castillo. Pero antes de adentrarnos en esa historia, es preciso que veamos cómo llegó Escrivá hasta esa visión fundacional del 2 de octubre de 1928.

[1] José Miguel Cejas. JOSÉ MARÍA SOMOANO. EN LOS COMIENZOS DEL OPUS DEI. Ediciones Rialp. Madrid 1996. p. 85-86

[2] François Gondrand. AL PASO DE DIOS. Ediciones Rialp. Madrid 1982. p. 14

[3] Andrés Vázquez de Prada. EL FUNDADOR DEL OPUS DEI (I): ¡SEÑOR, QUE VEA! Ediciones Rialp. Madrid 1997. p. 293

[4] ibid. p. 98 nota 118

[5] José Luis Illanes. DOS DE OCTUBRE DE 1928. ALCANCE Y SIGNIFICADO DE UNA FECHA. Scripta theologica, XIII/ 2-3 (1981) 59. p. 70. Pamplona, 1981

Continúa la guerra (noviembre de 1937—noviembre de 1938)

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Tras una tregua de unos meses durante la cual ambos bandos reconstruyeron y redistribuyeron sus fuerzas, el 15 de diciembre de 1937 los republicanos lanzaron una nueva ofensiva sobre Teruel. El 16 rodearon la ciudad, que quedó casi enteramente bajo su poder el día de Navidad. El 29 de diciembre, los nacionales comenzaron una contraofensiva, pero sus esfuerzos resultaron inútiles a causa de las temperaturas bajo cero y el metro y medio de nieve que dejó sobre las carreteras una fuerte tormenta. El 8 de enero de 1938 se rindieron los últimos defensores nacionales que quedaban en la ciudad.

A largo plazo, la toma de Teruel no tuvo apenas consecuencias militares, pero sí era una victoria propagandística para la República. Teruel fue la única capital de provincia conquistada por la República durante la guerra: la victoria era bienvenida como antídoto a una larga serie de derrotas. Franco no estaba dispuesto a dejar a Teruel bajo el control de los republicanos y comenzó el asedio de la ciudad. A final de febrero los republicanos tuvieron que retirarse.

Teruel, pues, acabó en una derrota de la República, que tuvo diez mil muertos y catorce mil prisioneros. Quedó demostrado que, aunque el ejército republicano era capaz de sorprender a los nacionales e incluso plantarles cara durante un cierto tiempo, en el combate de desgaste acababa cediendo.

El 9 de marzo de 1938 los nacionales lanzaron una nueva ofensiva en Aragón, en un frente ancho de unos cien kilómetros. A pesar de que Francia y la Unión Soviética incrementaron su ayuda, el ejército republicano no pudo detener el avance enemigo, muy superior en aviación y artillería gracias a Alemania e Italia. El 15 de abril de 1938 el ejército nacional llegó a Vinaroz en el Mediterráneo y cortó en dos la zona republicana: Barcelona y Valencia quedaron aisladas entre sí. Pocos días más tarde la cuña abierta hacia el mar se ensanchó 80 kilómetros. La República parecía estar a punto de hundirse y la guerra casi acabada.

En lugar de girar en dirección norte para tomar Barcelona y cerrar la frontera francesa, Franco giró hacia el sur en dirección a Valencia. Avanzó lentamente por el estrecho espacio dejado entre el mar y la montaña. A finales de julio de 1938, antes de que llegara a Valencia, los republicanos atacaron en el Ebro, al norte de Tortosa. Sorprendentemente, la República había logrado reorganizar sus fuerzas, gracias en buena parte a la ayuda de Francia y la Unión Soviética. El ejército republicano del Ebro ocupó una cabeza de puente de 22 kilómetros de largo por 16 de ancho. Pero, de nuevo, fue incapaz de explotar la ventaja tomada y los nacionales pronto estabilizaron el frente.

Llegados a este punto, muchos republicanos pensaban ya en una paz negociada, pero Franco sólo estaba dispuesto a aceptar la rendición incondicional. Ante esta perspectiva, Negrín y los comunistas entendieron que no había alternativa: lo único que podían hacer era continuar la guerra con la esperanza de que el estallido de una crisis Europea tuviera como consecuencia el cese de la ayuda alemana e italiana a los nacionales y, tal vez, también el apoyo activo a la República por parte de Francia y Gran Bretaña.

Desde un punto de vista estratégico, después de estabilizar el frente en el Ebro, Franco probablemente debería haber lanzado su contraofensiva en el norte de Cataluña, pero razones políticas le llevaban a no permitir que la República le arrebatara territorios que antes hubiera ocupado. Así pues, la contraofensiva nacional en el Ebro comenzó el 3 de septiembre de 1938. El avance de los nacionales fue lento. Hasta el 16 de noviembre no consiguieron reconquistar la zona que habían perdido durante el verano. La batalla del Ebro fue la más dura: la República tuvo 70.000 bajas –30.000 muertos, 20.000 heridos y 20.000 prisioneros- y los nacionales superaron las 30.000.

Tras una tregua de casi un mes, Franco prosiguió su ofensiva en Cataluña. Las defensas republicanas, severamente mermadas por la campaña del Ebro, se hundieron ante el nuevo ataque. El 26 de enero de 1939 las tropas nacionales tomaron Barcelona. El resto del ejército republicano en Cataluña se desplomó. Entre el 5 y el 10 de febrero de 1939, unos 250.000 republicanos cruzaron la frontera de Francia camino del exilio. Lo mismo hicieron Negrín y la mayor parte de su gobierno. El 10 de febrero de 1939 toda Cataluña estaba en manos de los nacionales.

Zaragoza

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Su padre le animó a compaginar los estudios sacerdotales con una licenciatura en Derecho, aunque no sabemos exactamente el porqué de ese consejo. Quizás previó la posibilidad de que su hijo mayor tuviera que contribuir en el futuro al sostenimiento de la economía familiar. Sea como fuere, Josemaría convino en que la idea era buena, pero no era posible estudiar esa carrera ni en Logroño ni en Calahorra, donde los seminaristas completaban el último ciclo de estudios eclesiásticos. La Facultad de Derecho más próxima se encontraba en Zaragoza. Tenía también la ventaja de que allí podría obtener el doctorado en Teología, algo prácticamente imposible si permanecía en Logroño. Escrivá, por tanto, solicitó y obtuvo el permiso oportuno para trasladarse a Zaragoza y recibir las órdenes sagradas en aquella diócesis.

Zaragoza era una de las más importantes y populosas ciudades del país. Tenía una universidad estatal con Facultad de Derecho, otra Universidad Pontificia y dos seminarios. Tras la Primera Guerra Mundial, la ciudad atravesaba un período difícil y turbulento. Se habían producido recientemente hechos sangrientos: asesinatos e insurrecciones anarquistas y diversos brotes de pistolerismo que provocaron la declaración del estado de guerra y la supresión de las libertades cívicas. Entre 1917 y 1923 la violencia política se cobró veintitrés vidas en aquella ciudad.

En el otoño de 1920, Escrivá ingresó en el Seminario de San Carlos, donde los alumnos vivían y recibían su formación espiritual; para las clases de teología tenían que trasladarse a la cercana Universidad Pontificia. Ésta es por tanto la primera vez que Escrivá vive –de hecho– en un seminario. Como el resto de sus compañeros, dispone de una pequeña habitación parcamente amueblada, sin cuarto de baño ni luz eléctrica. En todo el edificio no había ni una sola ducha o bañera; cada seminarista tenía una jofaina que podía llenar de agua fría en una pila ubicada al final del pasillo. La mayoría se contentaba con lavarse la manos y la cara puesto que el seminario no tenía calefacción, ni siquiera en los más crudos días del invierno. Los estudiantes se sorprendían de que Escrivá hiciera tantos viajes a la pila para conseguir el agua necesaria para lavarse de los pies a la cabeza. Algunos incluso llegaron a tildarle de melindroso y comentaban que tanta atención a la higiene personal no era lo más adecuado para un sacerdote. En una ocasión, un seminarista especialmente ordinario y que olía muy mal llegó a frotarle la cara con la manga empapada de sudor diciendo: “¡Hay que oler a hombre!”[1]. El joven Escrivá, que de naturaleza era bastante impulsivo, a duras penas pudo controlarse y se limitó a contestar: “No se es más hombre por ser más sucio”[2]

Pero no era sólo la pulcritud lo que motivaba que sus propios compañeros le tacharan de “señorito”[3]. Uno de los seminaristas que compartió sus años de alumno en el San Carlos recordaba más tarde: “Era Josemaría un señor de pies a cabeza, en todo su comportamiento: en la manera de saludar, en la forma de tratar a las personas, en cómo vestía, en la educación con que comía; sin proponérselo, representaba un fuerte contraste con lo que parecía costumbre entonces”[4].

La piedad de Escrivá también llamaba la atención. El régimen de vida del seminario incluía Misa, meditación, Rosario, lectura de un libro espiritual, visita al Santísimo Sacramento y examen de conciencia por la noche. Lo normal era que hasta los más piadosos se contentaran con cumplir estas observancias y demás actos de piedad establecidos; sin embargo, Josemaría hacía frecuentes visitas a la capilla del seminario durante el tiempo libre. Ahí, delante del Santísimo Sacramento, abría su corazón al Señor, a veces durante horas enteras y en ocasiones toda la noche, llenando el tiempo con actos de adoración a Cristo en la Eucaristía e implorando luces para ver la voluntad de Dios y obtener la gracia para llevarla a cabo. También adquirió la costumbre de acudir todos los días a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar. En cierta ocasión, Escrivá consiguió el permiso necesario para permanecer en el interior del templo una vez cerrado al público y besar la imagen de la Virgen que ahí se venera, privilegio reservado sólo a los niños que se acercan a honrar a la Madre de Dios durante el tiempo en que la basílica mantiene sus puertas abiertas. En su habitación del seminario guardaba una pequeña reproducción en yeso de la Virgen del Pilar y en la base escribió con un clavo la jaculatoria, que tantas veces había formado parte de su oración habitual, “Domina, ut sit!” (Señora, ¡que sea!).

En esa ciudad aragonesa, la devoción a la Virgen que Escrivá aprendió de sus padres creció aún más en profundidad y fervor. Una y otra vez acudía a Ella suplicando su ayuda maternal y pidiéndole estar siempre cerca de su Hijo. “A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María”[5], escribió en 1934 como fruto de su propia experiencia.

Trató de ser discreto en lo referente a su piedad personal pero en vano. Era de esperar que Escrivá encontrara piedad en el lugar más lógico para eso: el seminario. Pero sus compañeros no tardaron mucho en hacer mofa de su devoción adjudicándole los motes de “Rosa Mística” y “Soñador”.

Motivado en parte por la postura recelosa de sus compañeros, el rector del seminario no miraba con buenos ojos a Escrivá. En la hoja de evaluación al final del primer curso le puso un “bien” en el apartado de piedad, pero sólo “aceptable” en diligencia y disciplina, a pesar de que Josemaría había alcanzado unas notas excelentes y resultó ser uno de los pocos alumnos que no fue castigado en todo el año. Describía el carácter de Escrivá como “inconstante y altivo, pero educado y atento”[6]. Y lo más curioso es que debajo del apartado “vocación” escribió como de mala gana “parece tenerla”[7]. De algunos comentarios de Escrivá se desprende que, muy al principio de su estancia en el seminario, el rector trató incluso de disuadirle de su deseo de ser sacerdote. En el segundo año, el rector solicitó a su homólogo del Seminario de Logroño un informe sobre las cualidades personales de Escrivá y su posible vocación. El informe favorable que recibió y un trato más personal y asiduo con el joven seminarista le hicieron cambiar de opinión y llegó a ser uno de los más fieles defensores de Escrivá.

En algún momento en el transcurso de su estancia en Zaragoza, parece que Escrivá sufrió una dura prueba o crisis. En sus apuntes de principios de los años 30 y dirigiéndose a Cristo dice: “Si no hubieras estorbado mi salida del Seminario de Zaragoza, cuando creí haberme equivocado de camino— estaría alborotando en las Cortes españolas, como otros compañeros míos de Universidad lo están…, y no a tu lado, precisamente, porque [...] hubo momento en que me sentí profundamente anticlerical, ¡yo que amo tanto a mis hermanos en el sacerdocio!”[8]

Aunque la crisis puede haberse exacerbado por la dificultad de Escrivá en adaptarse al seminario y al trato un tanto difícil con alguno de los seminaristas, la nota nos sugiere que la raíz del asunto no está en eso, sino en lo que él describe como su “anticlericalismo”. Aquí hay que aclarar que en la España de los años 20, los políticos anticlericales pretendían eliminar la influencia de la Iglesia en la vida civil. Querían reducir la práctica de la religión al ámbito de lo privado como algo meramente personal, y borrar de la vida pública cualquier vestigio de religiosidad. El anticlericalismo de Escrivá era algo diametralmente distinto; se asentaba en el convencimiento de que el sacerdote está llamado a amar apasionadamente a Dios y a vivir una vida de servicio desinteresado como si fuera “otro Cristo, el mismo Cristo”. En este contexto, no hay, por consiguiente, hueco para que el sacerdote se involucre en el mundo de la política, o trate de manipular o controlar a los fieles con vistas a alcanzar sus propios objetivos. Con el paso del tiempo, Escrivá no tuvo sino palabras de elogio para los compañeros de seminario, la inmensa mayoría de los cuales trabajaron como buenos ministros de Cristo en sus parroquias y no pocos murieron mártires durante la Guerra Civil española. En los primeros años del seminario, sin embargo, le dolía la postura de algunos que pensaban que ser sacerdote era una forma de ganarse el sustento y prosperar en la vida. La idea de forjarse una carrera eclesiástica y la postura de sus compañeros que defendían el hecho de ordenarse sacerdotes porque no tenían otra forma mejor de ganarse la vida hicieron que llegara a preguntarse si no se habría equivocado, al pensar que el sacerdocio iba a satisfacer el deseo de amor que había llenado su corazón el mismo día en que vio aquellas pisadas sobre la nieve.

Las anotaciones de Escrivá no arrojan mucha luz ni sobre la duración de esa crisis ni el modo en que la superó. Lo más probable es que la respuesta a sus dudas y anhelos la encontrara en la oración, meditando en la presencia de Dios distintos pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento y dialogando con Jesús, María y José sobre la vida y acontecimientos de la “Trinidad de la Tierra” y su propia vida. Un punto de “Camino” describe el estilo personal de su oración: “Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” -¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”[9].

Su oración era una conversación íntima, personal, incluso apasionada. Le decía a Jesús: “Me hubiese gustado ser tuyo desde el primer momento: desde el primer latido de mi corazón, desde el primer instante en el que la razón mía comenzó a ejercitarse. No soy digno de ser –y sin tu ayuda no llegaré a serlo nunca- tu hermano, tu hijo y tu amor. Tú sí que eres mi hermano y mi amor, y también soy tu hijo”[10].

En ocasiones la oración no fluía tan fácilmente y entonces se aplicaba a sí mismo el consejo que luego daría a otros en “Camino”: “-Y, en mi meditación, se enciende el fuego. -A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz. Por eso cuando no sepas ir adelante, cuando sientas que te apagas, si no puedes echar en el fuego troncos olorosos, echa las ramas y la hojarasca de pequeñas oraciones vocales, de jaculatorias, que sigan alimentando la hoguera”[11].

En otros momentos era Dios quien tomaba la iniciativa y le llenaba de instantes de auténtica oración mística. Apenas sabemos nada de esas experiencias porque Escrivá quemó la libreta en que apuntaba todos esos detalles que el Señor había tenido con él, por temor, sobre todo, a que cualquiera que leyese la historia de las gracias extraordinarias recibidas en la oración pensara que era un santo cuando él se consideraba a sí mismo “un pecador que ama con locura a Jesucristo”[12]. Álvaro del Portillo, uno de los primeros miembros del Opus Dei que siempre estuvo a su lado y llegaría a ser su primer sucesor al frente de la Obra, comentaba al referirse a los años de Escrivá en Zaragoza: “Dios le ayudaba con muchas mociones, con muchas locuciones (…); el Señor habla, sin ruido de palabras, y sus frases quedan grabadas en el alma como si fuese a fuego”[13]. El propio Josemaría habló en alguna ocasión de las gracias especiales recibidas durante su estancia en la ciudad del Ebro: “Yo, no sabiendo cómo llamarlas, las llamaba gracias operativas, porque me ayudaban a trabajar, aunque fuese a contrapelo, sin que me costase esfuerzo alguno”[14]. Tras estudiar todas las pruebas existentes, el religioso dominico encargado por la Santa Sede para dirigir la causa de beatificación de Escrivá, resume sus conclusiones con las siguientes palabras: “El Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían ‘sentir’, en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético”[15].

[1] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 133

[2] ibid. p. 133

[3] ibid. p. 133

[4] ibid. p. 132

[5] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 495

[6] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 137

[7] ibid. p. 137

[8] ibid. p. 136

[9] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 91

[10] AGP, P09 p. 117

[11] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 92

[12] José Orlandis. AÑOS DE JUVENTUD EN EL OPUS DEI. Ediciones Rialp. Madrid 1994. p. 178

[13] AGP, P01 1978 p. 1064

[14] ibid. p. 1064

[15] José Miguel Cejas. VIDA DEL BEATO JOSEMARÍA. Ediciones Rialp. Madrid 1993. p. 37-38

Capítulo 1. La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)

El martes 2 de octubre de 1928, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, era el segundo día de unos ejercicios espirituales organizados para sacerdotes diocesanos en una casa que los Padres Paúles tenían en lo que entonces eran las afueras de Madrid. Los seis sacerdotes que participaban en aquella tanda ya habían celebrado Misa, desayunado y también habían rezado juntos parte del breviario correspondiente a aquella jornada y leído algunos pasajes del Nuevo Testamento. Hacia las 10 de la mañana, el joven sacerdote Josemaría Escrivá, de 26 años, se dirigió a su habitación.

Allí, solo, se puso a revisar y ordenar algunas notas personales de los últimos años que había llevado consigo. En ellas, había escrito una serie de gracias e inspiraciones divinas que Dios le fue concediendo como respuesta a diez años de intensa oración en los que había hecho suyas las palabras que el ciego del Evangelio dirigió a Jesús cuando le preguntó qué quería: “¡Señor, que vea!”. Escrivá tenía la seguridad de que Dios quería de él algo concreto, pero las mociones que tuvo hasta la fecha eran tan incompletas y parciales, que a duras penas podía intuir lo que el Señor verdaderamente deseaba. Con el paso de los años, era frecuente que describiera esas gracias recibidas antes del 2 de octubre de 1928 como “barruntos” de lo que Dios le pedía.

En el preciso instante en que las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles repicaban alegremente para celebrar la fiesta del día, aparecieron de pronto las piezas que faltaban para completar una imagen que ahora veía con nitidez. Escrivá vio cómo Dios quería que hubiera una porción de la Iglesia, compuesta por gente de toda condición, que se dedicara a incorporar a su vida -y lo comunicara a su vez a amigos, vecinos y colegas- el fascinante mensaje evangélico de que Dios llama a todo el mundo a la santidad, sea cual sea su edad, condición social, profesión o estado.

En una anotación recogida por Escrivá en 1930, en lenguaje casi telegráfico, se resume el contenido de la visión que tuvo el 2 de octubre de 1928: “Simples cristianos. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!”[1]. El escritor francés Francois Gondrand nos ha legado una versión más poética de la misma idea: “miles, millones de almas que elevan sus oraciones a Dios en toda la superficie de la tierra; generaciones y generaciones de cristianos, inmersos en toda clase de actividades humanas, ofreciendo al Señor sus tareas profesionales y las mil preocupaciones de una vida ordinaria; horas y horas de trabajo intenso, constante, que sube hasta el cielo como un incienso de agradable aroma desde los cuatro puntos cardinales… Una multitud formada por ricos y pobres, jóvenes y ancianos, de todos los países y de todas las razas. Millones y millones de almas, a través de los tiempos y a lo largo del mundo… Un latir invisible que recorre y riega la superficie de la tierra”[2].

No sabemos si la visión que tuvo Escrivá se parece más a la austera nota escrita en 1930 o a la lírica versión recogida por Gondrand muchos años después, pero siempre que hablaba o escribía sobre los sucesos acaecidos aquel 2 de octubre de 1928, sus palabras eran invariablemente breves y esquemáticas. Con frecuencia, el suceso quedaba zanjado con la lacónica expresión: “Vi el Opus Dei”.

En un documento del 2 de octubre de 1931, el más antiguo que se conserva con una referencia a la fecha fundacional, Escrivá comenta: “Recibí la iluminación sobre toda la Obra”[3]. Esa iluminación comprendía una “idea clara general”[4] de la misión encomendada, aunque sin incluir todos los detalles. En otra ocasión Escrivá nos dice: “Dios nuestro Señor me trató como a un niño; no me presentó de una vez todo el peso, y me fue llevando adelante poco a poco. A un niño pequeño no se le dan cuatro encargos de una vez. Se le da uno, y después otro, y otro más cuando ha hecho el anterior. ¿Habeis visto cómo juega un chiquillo con su padre? El niño tiene unos tarugos de madera, de formas y colores diversos… Y su padre le va diciendo: pon este aquí, y ese otro ahí, y aquel rojo más allá… Y al final ¡un castillo!”[5]

Este libro narra la historia de la construcción de ese castillo. Pero antes de adentrarnos en esa historia, es preciso que veamos cómo llegó Escrivá hasta esa visión fundacional del 2 de octubre de 1928.

[1] José Miguel Cejas. JOSÉ MARÍA SOMOANO. EN LOS COMIENZOS DEL OPUS DEI. Ediciones Rialp. Madrid 1996. p. 85-86

[2] François Gondrand. AL PASO DE DIOS. Ediciones Rialp. Madrid 1982. p. 14

[3] Andrés Vázquez de Prada. EL FUNDADOR DEL OPUS DEI (I): ¡SEÑOR, QUE VEA! Ediciones Rialp. Madrid 1997. p. 293

[4] ibid. p. 98 nota 118

[5] José Luis Illanes. DOS DE OCTUBRE DE 1928. ALCANCE Y SIGNIFICADO DE UNA FECHA. Scripta theologica, XIII/ 2-3 (1981) 59. p. 70. Pamplona, 1981

La fundación del Opus Dei

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Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Introducción

Capítulo 1 La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)

Capítulo 2. Los primeros años (1902–1925)
Juventud
Vocación
El seminario de Logroño
Zaragoza
Inspector del Seminario
Estudios de Derecho
Ordenación sacerdotal

Capítulo 3. Años de preparación (1925-1928)
Sin sitio en Zaragoza
Madrid
Entre los pobres y enfermos
La Academia Cicuéndez

Capítulo 4. Los primeros pasos (1928-1930)
La situación socio económica
Contexto político
El contenido de la visión fundacional
Primeros obstáculos
Edificar sobre la oración y el sacrificio
Los primeros pasos
Mujeres en el Opus Dei
Zorzano
El nombre Opus Dei
En busca de un nuevo puesto

Capítulo 5. El ambiente se torna hostil (1931)
La Segunda República
El anticlericalismo español
La quema de conventos
Las medidas anticlericales del Gobierno Provisional
Las Cortes Constituyentes
La reacción de Escrivá ante el creciente anticlericalismo
Responder con Avemarías

Capítulo 6. Nuevas luces (1931)
Levantar la Cruz
Para todos los tiempos y lugares
Hijos de Dios
Infancia espiritual
Obras son amores

Capítulo 7. Intentos de abrir camino (1931-32)
Del Patronato de Enfermos a Santa Isabel
De nuevo entre los enfermos
A través de los montes las aguas pasarán
Somoano y las conferencias de los lunes
Las primeras mujeres del Opus Dei
Nuevos ataques del gobierno a la Iglesia
Muertes en la familia
En la cárcel de Madrid
Los frutos de un retiro
La Obra de los santos Rafael, Miguel y Gabriel
Hombres y mujeres de oración
La situación personal de Escrivá

Capítulo 8. Poner los cimientos (1933)
Los primeros círculos de San Rafael
Nuevos miembros
En el hogar de Escrivá y en los hospitales y chabolas de Madrid
Plan de vida
Nuevas pruebas

Capítulo 9. El primer centro (1933-1934)
Tensión y violencia como telón de fondo
La Academia DYA
El tono de la academia
Una isla de paz y trabajo en un mar turbulento
Actividades de formación en DYA
Meditaciones
Dificultades económicas

Capítulo 10. Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
La Academia-Residencia DYA
La revolución de 1934
La crisis financiera de DYA
El primer oratorio del Opus Dei
Críticas y relaciones con la Jerarquía
Formalizar el compromiso de los miembros
Nuevos fieles del Opus Dei

Capítulo 11. Planes de expansión (1935-36)
La situación política y social empeora
Planes de expansión
Descenso al caos
Nuevos miembros y traslado de Zorzano a Madrid
Dificultades en el apostolado con sacerdotes y mujeres
La primera romería
Últimas semanas antes de la Guerra Civil

Capítulo 12. Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
El levantamiento militar
Dimensión internacional de la Guerra Civil
Revolución y violencia anticlerical en la España republicana
El gobierno Giral y la revolución
La lucha por Madrid (julio de 1936 — marzo de 1937)
De la insurrección militar al Movimiento Nacional
Franco toma el poder en la España Nacional
Largo Caballero sustituye a Giral

Capítulo 13. Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 – marzo 1937)
Las primeras semanas de la Guerra Civil
En movimiento
En el sanatorio psiquiátrico del Doctor Suils
Del Portillo, Hernández de Garnica, Jiménez Vargas y Casciaro.

Capítulo14. Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
La Guerra en el norte (marzo – noviembre 1937)
Fusión de Falange con los Carlistas
Crece la influencia comunista en la España republicana
El Gobierno de Negrín
Continúa la guerra (noviembre de 1937—noviembre de 1938)
Franco forma gobierno
El final de la Guerra Civil

Capítulo 15. En la Legación de Honduras (marzo – octubre 1937)
La Legación de Honduras
Crecer para adentro
Isidoro Zorzano
Escrivá y Jiménez Vargas dejan la legación.

Capítulo16. El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
Madrid-Valencia-Barcelona
Espera sin fin en Barcelona
Escondidos en el bosque de Rialp
A través de los montes
En Andorra y Lourdes

Capítulo 17. La época de Burgos (diciembre 1937 – octubre 1938)
Navidades en Pamplona
Traslado a Burgos
El Hotel Sabadell
Pobreza y penitencia
De un Padre a sus hijos
El auxilio divino
Grabado en piedra
Por tren y por carta

Capítulo 18. En Madrid y en Burgos (octubre 1937–marzo 1939)
El paso al otro lado del frente
Reunión temporal en Burgos
Álvaro del Portillo
Últimos meses en Burgos
Preparativos para el regreso a Madrid

Capítulo 19. España en una Europa en Guerra (1939 – 1945)
España y la Segunda Guerra Mundial
El clima político
El ambiente religioso
La economía

Capítulo 20. Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 – 1940)
En el rectorado de Santa Isabel
Una nueva residencia en Madrid
Los miembros de la Obra en la residencia
Discreción
El espíritu de la residencia Jenner
Mayores responsabilidades para los primeros
Nuevos centros y actividades de formación
Publicación de Camino
Fallecimiento de Zorzano

Capítulo 21. Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Un retiro en Valencia
“Gracias tumbativas”
José Orlandis
“El Cubil”
Una residencia universitaria en Valencia
Valladolid
Zaragoza
Barcelona
La actitud de los primeros

Capítulo 22. Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
El trabajo apostólico con mujeres en Madrid
Valencia
León
Muerte de la madre de Escrivá
El primer centro de mujeres

Capítulo 23. Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Críticas y oposición
La oposición de la Falange
Oposición en la Universidad
Oposición de otros católicos
Reacción a la persecución
Apoyo del Obispo de Madrid
Primera aprobación del Opus Dei
La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

Capítulo 24. Epílogo
Cronología del Opus Dei y su Fundador.


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