¿Pudieron haber robado el cuerpo de Jesús?

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Francisco Varo

Aquellos que se sienten incómodos ante la afirmación de que Jesús ha resucitado y encuentran vacío el sepulcro en donde había sido depositado, lo primero que se les ocurre pensar y decir es que alguien había robado su cuerpo (cfr. Mt 28,11-15).

La losa encontrada en Nazaret con un rescripto imperial donde se recuerda que es necesario respetar la inviolabilidad de los sepulcros testimonia que hubo un gran revuelo en Jerusalén motivado por la desaparición del cadáver de alguien procedente de Nazaret en torno al año 30.

No obstante, el hecho mismo de encontrar el sepulcro vacío no impediría pensar que el cuerpo había sido robado. Pese a todo, causó tal impacto en las santas mujeres y en los discípulos de Jesús que se acercaron al sepulcro, que incluso antes de haber visto a Jesús vivo de nuevo, fue el primer paso para el reconocimiento de que había resucitado.

En el evangelio de San Juan hay un relato preciso de cómo encontraron todo. Narra que en cuanto Pedro y Juan oyeron lo que María les contaba, salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro: «Los dos corrían juntos, pero el otro discí­pulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos aplanados, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, en­tró en el sepulcro y vio los lienzos aplanados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no caído junto a los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en el mismo sitio de antes. Entonces, entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó» (Jn 20, 3-8).

Las palabras que utiliza el evangelista para describir lo que Pedro y él vieron en el sepulcro vacío expresan con vivo realismo la impresión que les causó lo que pudieron contemplar. De entrada, la sorpresa de encontrar allí los lienzos. Si alguien hubiera entrado para hacer desaparecer el cadáver, ¿se habría entretenido en quitarle los lienzos para llevarse sólo el cuerpo? No parece lógico. Pero es que, además, el sudario estaba «todavía enrollado», como lo había estado el viernes por la tarde alrededor de la cabeza de Jesús. Los lienzos permanecían como habían sido colocados envolviendo al cuerpo de Jesús, pero ahora no envolvían nada y por eso estaban «aplanados», huecos, como si el cuerpo de Jesús se hubiera esfumado y hubiera salido sin desenvolverlos, pasando a través de ellos. Y todavía hay más datos sorprendentes en la descripción de lo que vieron. Cuando se amortajaba el cadáver, primero se enrollaba el sudario a la cabeza, y después, todo el cuerpo y también la cabeza se envolvían en los lienzos. El relato de Juan especifica que en el sepulcro el sudario permanecía «en el mismo sitio de antes», esto es, conservando la misma disposición que había tenido cuando estaba allí el cuerpo de Jesús.

La descripción del evangelio señala con extraordinaria precisión lo que contemplaron atónitos los dos Apóstoles. Era humanamente inexplicable la ausencia del cuerpo del Jesús. Era físicamente imposible que alguien lo hubiera robado, ya que para sacarlo de la mortaja, habría tenido que desenvolver los lienzos y el sudario, y éstos habrían quedado allí sueltos. Pero ellos tenían ante sus ojos los lienzos y el sudario tal y como estaban cuando habían dejado allí el cuerpo del Maestro, en la tarde del viernes. La única diferencia es que el cuerpo de Jesús ya no estaba. Todo lo demás permanecía en su lugar.

Hasta tal punto fueron significativos los restos que encontra­ron en el sepulcro vacío, que les hicieron intuir de algún modo la resurrección del Señor, pues «vieron y creyeron».

¿Quién fue Caifás?

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Francisco Varo

Caifás (Joseph Caiaphas) fue un sumo sacerdote contemporáneo de Jesús. Es citado varias veces en el Nuevo Testamento (Mt 26,3; 26,57; Lc 3,2; 11,49; 18,13-14; Jn 18,24.28; Hch 4,6). El historiador judío Flavio Josefo dice que Caifás accedió al sumo sacerdocio alrededor del año 18, nombrado por Valerio Grato, y que fue depuesto por Vitelio en torno al año 36 (Antiquitates iudaicae, 18.2.2 y 18.4.3). Estaba casado con una hija de Anás. También según Flavio Josefo, Anás había sido el sumo sacerdote entre los años 6 y 15 (Antiquitates iudaicae, 18.2.1 y 18.2.2). De acuerdo con esa datación, y conforme a lo que señalan también los evangelios, Caifás era el sumo sacerdote cuando Jesús fue condenado a morir en la cruz.

Su larga permanencia en el sumo sacerdocio es un indicio más que significativo de que mantenía unas relaciones muy cordiales con la administración romana, también durante la administración de Pilato. En los escritos de Flavio Josefo se mencionan en varias ocasiones los insultos de Pilato a la identidad religiosa y nacional de los judíos y las voces de personajes concretos que se alzaron protestando contra él. La ausencia del nombre de Caifás —que era el sumo sacerdote precisamente en ese momento— entre los que se quejaron de los abusos de Pilato, pone de manifiesto las buenas relaciones que había entre ambos. Esa misma actitud de cercanía y colaboración con la autoridad romana es la que se refleja también en lo que cuentan los evangelios en torno al proceso de Jesús y su condena a muerte en la cruz. Todos los relatos evangélicos coinciden en que tras el interrogatorio de Jesús, los príncipes de los sacerdotes acordaron entregarlo a Pilato (Mt 27,1-2; Mc 15,1; Lc 23,1 y Jn 18,28).

Para conocer cómo entendieron los primeros cristianos la muerte de Jesús, es significativo lo que narra San Juan en su evangelio acerca de las deliberaciones previas a su condena: «Uno de ellos, Caifás, que aquel año era sumo sacerdote, les dijo: —Vosotros no sabéis nada, ni os dais cuenta de que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca toda la nación. Pero esto no lo dijo por sí mismo [señala el evangelista], sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11,49-52).

En 1990 aparecieron en la necrópolis de Talpiot en Jerusalén doce osarios, uno de los cuales lleva la inscripción «Joseph bar Kaiapha», con el mismo nombre que Flavio Josefo atribuye a Caifás. Se trata de unos osarios del siglo I, y los restos contenidos en ese recipiente bien podrían ser los del mismo personaje mencionado en los evangelios.

Madrid, enero de 1936

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

En los primeros meses de 1936, el cielo se oscurece todavía más sobre una España dividida en dos bandos: el Frente Popular, con una orientación cada vez más revolucionaria, y el bloque de centro-derecha, que se opone frontalmente al primero. A medida que se aproximan las elecciones del 16 de febrero, las manifestaciones y algaradas callejeras terminan a menudo en saqueos o en incendio de iglesias y conventos.

El ambiente está caldeadísimo. Los estudiantes que frecuentan la Academia DYA y la Residencia de Ferraz no escapan a esa fiebre generalizada, aunque encuentran allí un remanso de paz, donde pueden rezar e ir madurando. Un hecho les impresiona: allí no se habla nunca de política ni, mucho menos, se discute. Don Josemaría se limita a recordarles la doctrina de la Iglesia y la obligación que tienen los cristianos de tomar parte activa en las responsabilidades sociales.

Como haría en cualquier circunstancia, anima a aquellos jóvenes, envueltos en una atmósfera de odios, a poner en práctica el precepto de la caridad, incluso heroicamente. Es algo que está en la esencia del Opus Dei, pero que, en aquellas circunstancias, adquiere una especial fuerza. Les previene contra la tentación de dejarse llevar del sectarismo en sus actividades políticas.

Repite, con fuerza, las palabras de Jesús que nos ha transmitido San Juan: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como Yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os tenéis amor entre vosotros” (Ioh. 13, 34-35).

Para que grabaran mejor estas palabras en su espíritu, había hecho copiar el texto completo de estos versículos, en latín, sobre un papel imitando pergamino, y lo había mandado colocar, encuadrado, en una pared de la sala de estudios de la Academia DYA, cuando estaba en la calle de Luchana. Luego, al trasladarse a Ferraz, lo había mandado colocar en la “sala del piano”.

Muchas veces he pensado -les dice- que, después de veinte siglos, todavía sigue siendo un mandato nuevo, porque muy pocos se han preocupado de practicarlo; el resto, la mayoría, ha preferido y prefiere no enterarse.

El Padre da a todos un ejemplo de serenidad, que resultaría inexplicable sin la hondura de su vida interior y su inmensa confianza en la Providencia divina: la Obra debe seguir adelante, al paso de Dios, en cualquier país y situación política. Piensa en los pasos inmediatos de una primera expansión, piensa en otras ciudades españolas, y piensa en París…

Próximas etapas: Valencia, París…

Por otra parte, es precisamente ahora cuando empiezan a recogerse, de manera más clara, los frutos de su apostolado. Como si un muelle, comprimido durante mucho tiempo, se soltara por fin…

En noviembre de 1935, dos estudiantes más, Francisco Botella y Pedro Casciaro, han pedido la admisión en la Obra. En cuanto a la Residencia, está llena desde comienzos del curso escolar 1935-36. Todos procuran llevar a sus amigos a la Academia para hacerles partícipes de la formación que allí se da. Tanto, que el piso se había quedado pequeño y había sido preciso buscar otro. Y como la cuarta planta, abandonada por falta de dinero, ya estaba ocupada, se había alquilado uno en el inmueble vecino, 48 de la calle de Ferraz, para instalar allí la Academia propiamente dicha, dejando así disponibles las dos viviendas de la tercera planta del número 50 para la Residencia. El traslado se había hecho en septiembre, pero el Padre piensa ya en franquear nuevas etapas destinadas a extender considerablemente los apostolados de la Obra. Y así, habla a sus hijos de tres proyectos concretos que habrá que llevar a cabo ese mismo año y el siguiente. Antes, el Fundador les ha pedido que ofrezcan la Santa Misa por sus intenciones, así como las pequeñas renuncias y contrariedades de cada jornada. También pide a algunos amigos que le ayuden con sus oraciones.

El primer proyecto concierne a la Residencia: habrá que trasladarla a una casa más amplia, para que tenga allí su sede definitiva. Pero no basta con eso: hay que ir a otras ciudades, e incluso a otros países… Algo que, a los que le rodean, les deja boquiabiertos… El Padre precisa: la primera ciudad será Valencia y el primer país, Francia; concretamente París, a donde, si Dios quiere, se irá en 1936…

¿Por qué la capital de Francia? Porque sabe que lo que allí se dice y lo que allí se escribe tiene, más pronto o más tarde, amplia repercusión en los medios culturales europeos y del mundo entero. Don Josemaría no olvida su antigua preocupación, reforzada por su vocación al Opus Dei: el apostolado en los medios intelectuales. Por eso, a pesar de las tensiones políticas que afectan a los países vecinos y a la amenaza de un conflicto con Alemania, no duda en hacer tales proyectos. La Obra ha nacido con entraña universal, católica, y conviene que, cuanto antes, lo ponga de manifiesto.

Por otra parte, aunque no sea un motivo determinante, lo que tiene de sangre francesa le hace alegrarse de que las tierras donde piensa sembrar la simiente divina que el Señor depositó en su alma hace siete años sean, precisamente, las que se extienden al norte de los Pirineos que contemplaron sus ojos de niño.

El Fundador ha pensado incluso en quiénes podrán instalarse en París. En cuanto a Valencia, marcará el inicio de la expansión en España. Abrir una Residencia de estudiantes, parecida a la de Madrid, es algo factible. Ricardo Fernández Vallespín podrá ser el director. Isidoro Zorzano, por su parte, podría pedir la excedencia en los Ferrocarriles Andaluces y hacerse cargo de la dirección de la Residencia de Ferraz…

Fijados los objetivos apostólicos, se ponen manos a la obra, a pesar del deterioro de la situación política. Desde comienzos de 1936, se busca una nueva casa para la Residencia DYA. No tardan demasiado en encontrar una, en el número 16 de la misma calle de Ferraz, frente por frente al Cuartel de la Montaña. Está cerca de la Plaza de España y no lejos de la Ciudad Universitaria; además, el propietario está dispuesto a venderla en buenas condiciones…

Días de angustia en Madrid

La agitación política va en aumento, y la inseguridad ciudadana también. La casa del rector de Santa Isabel ya no es un lugar seguro y don Josemaría decide que su madre y sus hermanos se vayan de allí. En marzo, alquilan un piso en la calle del doctor Cárceles -actualmente Rey Francisco-, muy cerca de Ferraz. El no abandona el rectorado de Santa Isabel y sigue ocupándose del Patronato, confesando en la iglesia y dando, desde allí, el impulso necesario a la naciente Sección de mujeres del Opus Dei.

Sus constantes idas y venidas por Madrid, le dan infinidad de ocasiones para pedir perdón por tantos odios, especialmente los que provocan aquellos sacerdotes que, como él, siguen vistiendo sotana. Muchos días no come; duerme poco y, para ahorrar unos cuartos, suele ir a pie, utilizando los zapatos que los residentes de Ferraz desechan por tener las suelas desgastadas, aunque su apariencia todavía es buena.

Continúa predicando a grupos de estudiantes. La Academia de Ferraz 48, tiene muchos alumnos y la Residencia de Ferraz 50, está completamente llena. El cuidado material lleva tanto tiempo que el Padre se ocupa, con la ayuda de los pocos miembros de la Obra que allí viven y cuando pueden, en las tareas domésticas: hacer las camas, reparar los muebles, poner la mesa… Todo, sin que los residentes se den cuenta.

Del 10 al 13 de abril de 1936, el Padre dirige un Curso de retiro espiritual en la Residencia. Es el primero que se organiza en un Centro del Opus Dei.

El 12, Vicente Rodríguez Casado, estudiante de Derecho y de Historia, pide la admisión en la Obra.

Los proyectos se concretan

Pasada la Semana Santa, el 20 de abril, el Padre se desplaza a Valencia, por primera vez, con Ricardo Fernández Vallespín. Llegan a la ciudad después de atravesar los macizos rocosos de Cuenca y los naranjales de la huerta valenciana. A lo lejos, se perfilan algunas barracas, con el techo de bálago y los muros enjalbegados.

Nada más llegar, van a visitar a unas cuantas personas amigas de sus amigos, y se dan a conocer. El obispo auxiliar de la diócesis recibe cordialmente a don Josemaría y a Ricardo, y les promete ayudarles.

Cuando regresan, al cabo de tres días, están convencidos de que pronto tendrán que volver para buscar una casa donde instalar la proyectada Residencia.

Sin embargo, las circunstancias se van haciendo cada vez más adversas. A comienzos de mayo, un rumor calumnioso se extiende por Madrid: algunos religiosos -dicen- han repartido caramelos envenenados entre los hijos de los obreros… El día 3, se produce una nueva quema de iglesias y conventos, con los correspondientes saqueos. Muchos religiosos y religiosas abandonan sus conventos y buscan refugio en casas particulares.

Desde el mes de enero de 1936 se han producido más de cuatrocientos atentados de este tipo y, en sesenta al menos, los edificios han quedado totalmente destruidos. Por otra parte, se multiplican las huelgas y los actos de vandalismo. El Gobierno se muestra incapaz de evitar los atentados políticos. Hay rumores de golpe de Estado y de revolución. Todo el mundo teme un desenlace trágico.

Para don Josemaría, estos dolorosos acontecimientos son un nuevo acicate. Como siempre, reza y anima a rezar a los estudiantes que le rodean, a los sacerdotes que conoce, a sus amigos. En mayo, su agotamiento es tal que el mismo Vicario general de Madrid, don Francisco Morán, que le tenía un gran afecto, le aconseja que vaya al médico y que se tome una temporada de descanso. Unos hijos suyos que eran médicos le atendieron, pero no pudo ir a descansar…

Un día, el Padre se da cuenta de que no es prudente proseguir las reuniones de formación religiosa en la Academia DYA, porque hay serio riesgo de registro. Lo cual no impide que el Padre prevea un período de intensa formación, durante el mes de julio, para los que van a ir a París y a Valencia.

También dedica mucho tiempo a los primeros miembros de la Obra.

Aumentad, pues, vuestra fe y confianza en Dios y tened también un poco de fe y de confianza en vuestro Padre, les dice, insistiendo con fuerza en el origen divino de la Obra, garantía de su permanencia a través de los siglos.

En cuanto a él, está convencido de que no es más que un simple instrumento. Sabe que puede desaparecer en cualquier momento y, de vez en cuando, toma aparte a alguno de sus hijos y le dice:

-Si yo me muero, ¿continuarás con la Obra?

Las respuestas le confirman que son conscientes del carácter sobrenatural del compromiso adquirido.

-Sí, Padre, continuaré haciendo la Obra…

En junio, reúne durante varios días a las vocaciones más recientes, para acelerar su formación. Las gestiones para la adquisición de la casa donde se instalará la nueva Residencia llegan a buen término. A primeros de julio, la llegada de Isidoro a Madrid permite iniciar el traslado. Francisco Botella, mientras tanto, se desplaza a Valencia para buscar una casa.

En Madrid, las huelgas y los atentados se multiplican; la situación política se deteriora por momentos, y el Gobierno ya no es capaz de dominar a las masas. El 13 de julio, es asesinado José Calvo Sotelo, líder de la derecha.

El 16, algunas personas viven ya en la nueva Residencia de Ferraz 16, casi desprovista de muebles.

Francisco Botella, desde Valencia, comunica que ha encontrado una casa, Ricardo viaja a la ciudad del Turia para hablar del contrato, pero las negociaciones se interrumpen cuando éste se entera de que acaban de decir por la radio que se ha sublevado el Ejército en África.

Las comunicaciones con Madrid quedan cortadas. Las tropas permanecen acuarteladas.

Acaba de empezar la guerra civil.

La vocación

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Leí en ese libro que viniera a mis manos y ahora se hacía vivo: “No lo dudes: tu vocación es la gracia mayor que el Señor ha podido hacerte. Agradécesela.”A estos pensamientos, venían sobre mí otros del mismo libro que hablaban de locura, de fuego, de sal, de apostolado…Pero Señor, ¿tú sabes quien soy yo? ¿Es a mí a quien hablas? Yo sólo soy un pecador, y lo sabes perfectamente, un siervo inútil incapaz de hacer nada a derechas, todo en mi es un mal tejido, un telar deshilachado, una voluntad sin fuerza y, sin embargo, me hablas de “sal de la tierra”, mi sal desvirtuada, mi nula voluntad…¡Si todo lo tienes que poner Tú! ¡Siempre te ha tocado ponerlo todo en mi vida! ¿Acaso hay algo bueno en mí que no sea tuyo? Tú mismo, por caminos torcidos, por sendas tenebrosas, me trajiste al Opus Dei, tu llamada. Aquí estoy Señor para hacer lo que me pidas, pero bien sabes que soy un siervo inútil… ¡Bien lo sabes! Todo en mi vida ha sido un sembrado estéril, un campo sin verdor…

Salimos del Centro (al que nuestro hijo nos llevó), la tarde caída ya, aturdidos, sin comprender qué nos pasaba, tiempo de silencio que duraría meses, mientras leíamos las obras de San Josemaría empapándonos de sus palabras, su experiencia espiritual, su lucha interior, indicándonos la ruta de nuestra nueva vida…No sé cómo, porque ninguno de los dos nos atrevíamos, una tarde nos pusimos a rezar el santo rosario, venablo fino, y María salió a nuestro encuentro, y como Juan, la introducimos en nuestra casa, le hicimos un lugar en nuestra vida. No se hizo rogar, se adelantó a nuestras súplicas, mujer al fin cariñosa, nos tranquilizó con sus sonrisas maternales, nos habló con amor de su Hijo, nuestro Hermano, dijo, porque, como dice san Josemaría, si buscáis a María, encontraréis a Jesús. Y aprenderéis a entender un poco lo que hay en ese corazón de Dios que se anonada…”. Conoce nuestras necesidades. Porque también somos hijos suyos. Fue así como comenzó nuestro trato con Ella, su imagen ocupa desde entonces nuestro centro familiar, es el canto cotidiano de Adela desde su enfermedad, la Virgen y el Niño, canción que en su boca se hace gemido de amor que traspasa el cielo… A través de ella encontramos a Jesús, así lo buscamos en nuestro viaje a Tierra Santa: Muéstranos a tu Hijo, le pedíamos. Y nos lo mostró en Belén, como a los pastores… ¡Miradlo! ¡Ved cuan hermoso es! Ella es nuestro modelo, dulce nombre en nuestros labios, como no podía ser de otra manera, vino para rehacer nuestro vida espiritual, abrir la puerta tanto tiempo cerrada de nuestro corazón prisionero, elaborando dulcemente con sus sonrisas y palabras, la más humilde de las mujeres, ¡la que creyó!, las rosas de nuestro regreso al amor de Dios, lo más grande que pudo sucedernos, “¿de qué, que venga a nosotros la Madre de Dios? ¡Bendita tú que has creído lo que se te dijo de parte del Señor!… ¡Todas las generaciones te llamarán bienaventurada!”

¡Que Dios Padre misericordioso nos esperara en la puerta de su Casa, a nosotros, hijos de su memoria, pródigos perdidos, y nos atrajera al abrazo de su Amor feliz con lágrimas de sus ojos y besos de su boca…! Todo eso se nos anunciaba con barruntos de esperanza, de vida interior, el cielo nimbado de fulgores, que no eran otra cosa que ángeles anunciándonos la alegría del cielo y de la navidad… Empezamos a entender, estrenábamos traje nuevo, nuestros harapos quedaban en el suelo arrastrados por la escoba…Eso ocurriría aquel 15 de octubre de 1985, día de Santa Teresa de Jesús, nuestra intercesora. Ese día, Josemaría Escrivá se dio a conocer como Padre nuestro, con muestras visibles de padre cariñoso, nosotros fruto de su oración…

Fue así, como sucedieron las cosas. Cómo nuestra vida perdida fue encontrada, cómo nuestros labios se hicieron ardientes, la palabra de Dios era un licor precioso, bebida de ángeles, y nuestro tapiz recobró su hechura y color, señal inequívoca de nuestra vocación que durante meses se barruntaba en nuestro horizonte con nubes clamorosas cuyo sentido no terminábamos de entender. ¿Qué era lo que se nos anunciaba? ¿Qué significaban esos cirros color de rosa en el cielo azul, luminosas formas, ángeles o pastores, como si Dios con su mano se entretuviera dibujando nuestros nombres, fácilmente legibles, en las estrellas? Fue un presentimiento que cada día se hacía más nítido pese a desgracias familiares, pese a malas noticias, una voz cariñosa, nos decía: Pasad, no os quedéis en la puerta, todos los días, ¡toda la vida!, os esperaba…la mesa está puesta, yo mismo os serviré…

Volvía el consejo insistente: “Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena”. Fue la frase que vino a señalarnos la ruta. Así, para siempre. Y todo por la gracia de Dios…

Reacción a la persecución

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá estaba convencido de que la providencia de Dios estaba por medio en esta persecución, descrita por el obispo de Madrid como de lo más cruel. Si Dios permite que sus hijos e hijas padezcan ataques injustos, es para fortalecerles y robustecer su fe. Este convencimiento le permitió conservar la paz y la alegría, a pesar de los amargos sufrimientos.

Quienes conocían a Escrivá estaban sorprendidos de su capacidad para crecerse en las dificultades. Monseñor José María Bueno Monreal, que llegaría a ser cardenal arzobispo de Sevilla, fue buen amigo suyo y cuenta: “Nunca noté que pudiera pasar por un momento difícil. No hay duda de que su fe en Dios, su esperanza en el auxilio de su Padre Dios y, en consecuencia, su alegría y su humor, le permitirían, no sólo no perder la paz, sino contagiar a los demás esa enorme confianza en que se cumpliría lo que Dios quería: todo era para bien”[1].

Igualmente, otro de sus íntimos, monseñor Pedro Cantero Cuadrado, más tarde arzobispo de Zaragoza, recuerda que Escrivá le dijo: “Esas cosas que dicen son completamente calumniosas, pero, cuando Dios lo permite, Él sabe por qué lo hace: no lo dudes, de todo esto saldrán bienes. Y, cuando Él quiera, la verdad se abrirá paso”[2].

El secreto de su alegría estaba en su fuerte sentido de la filiación divina, en la cual reside la base del espíritu del Opus Dei. Un día, en alta voz, decía en una meditación: “Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón –lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y, por eso, ser hijo de Dios”[3].

Escrivá consiguió mantener la paz y la alegría en medio de esas intrigas e inexplicables calumnias, que, a veces, llegaron a ser brutales. No quiere esto decir que fueran fáciles de sobrellevar. Una noche en que no podía conciliar el sueño, fue al oratorio del centro de Lagasca, donde vivía entonces, se arrodilló ante el sagrario y ofreció a Dios una de las cosas más preciadas para un hombre de bien, diciendo desde lo más profundo de su alma: “Señor, si Tú no necesitas mi honra, ¿yo para qué la quiero?”.

Uno de los documentos más reveladores del sufrimiento de Escrivá en aquellos momentos es la carta que le escribió a del Portillo el 9 de septiembre de 1941. Un día, Dios pareció apartar de él momentáneamente –como ya ocurrió en una ocasión en la década de 1930- el convencimiento de que la Obra era de Dios; y de ahí que surgieran ahora tantas dificultades. Escribió a del Portillo para describir lo que pasó y su reacción:

“Hoy ofrecí el Santo Sacrificio y todo el día por el Soberano Pontífice, por su Persona e intenciones. Por cierto que, luego de la Consagración, sentí impulso interior (segurísimo, a la vez, de que la Obra ha de ser muy amada por el Papa) de hacer algo que me ha costado lágrimas: y, con lágrimas que me quemaban los ojos, mirando a Jesús Eucarístico que estaba sobre los corporales, con el corazón le he dicho de verdad: “Señor, si Tú lo quisieras, acepto la injusticia”. La injusticia ya imaginas cuál es: la destrucción de toda la labor de Dios.

Se que le agradé. ¿Cómo me iba a negar a hacer ese acto de unión con su Voluntad, si me lo pedía? Ya otra vez, en 1933 ó 1934, costándome lo que sólo Él sabe, hice otro tanto”[4].

A pesar de la angustia de ese momento de oscuridad interior, Escrivá siguió con la convicción de que Dios quería la Obra para llevar a muchas almas junto a Él. Y continuaba abriendo su alma a del Portillo así:

“Hijo mío: ¡qué hermosa mies nos prepara el Señor, después que nuestro Santo Padre nos conozca de verdad (no, por calumnia) y nos sepa –tal como somos- sus fidelísimos, y nos bendiga!

Se me vienen ganas de gritar, sin importarme de qué dirán, ese grito que a veces se me escapa cuando os hago la meditación: ¡Ay, Jesús, qué trigal!”[5].

La carta termina con una confidencia reveladora del esfuerzo de Escrivá por tener paz y alegría en medio de semejantes pruebas:

“Alvarote: pide mucho y haz pedir mucho por tu Padre: mira que permite Jesús que el enemigo me haga ver la enormidad desorbitada de esa campaña de mentiras increíbles y de calumnias de locos; y el ‘animalis homo’ se alza, con impulso humano. Por la gracia de Dios, rechazo siempre esas reacciones naturales, que parecen y tal vez son llenas de sentido de rectitud y de justicia; y doy lugar a un ‘fiat’ gozoso y filial (de filiación divina: ¡soy hijo de Dios!), que me llena de paz, de alegría, y de olvido”[6].

En estos momentos de dura contradicción, Escrivá alentó a sus hijos a rezar, callar, trabajar y sonreír. Hasta tal punto que les prohibió hablar entre ellos de la persecución de la que eran víctimas para no faltar a la caridad contra sus perseguidores. El director del centro de la Obra en Barcelona, ciudad donde la campaña fue más virulenta y los miembros no eran más que unos pocos jóvenes, escribió de vuelta a Escrivá: “Esté tranquilo, Padre, que aquí no tenemos ni un pensamiento de falta de caridad”[7].

En cierta ocasión, el obispo de Madrid expresó a del Portillo su temor a que la persecución contra la Obra pudiera dejar un rastro de odio y rencor, especialmente entre los de la Obra más jóvenes. Álvaro del Portillo le quitó el miedo: “Nosotros vemos que esto es algo que permite Dios para que, con el sacrificio que nos manda, seamos mejores; y estamos contentos porque cuando un buen cirujano quiere hacer una buena operación, escoge un buen instrumento; y el Señor ha querido utilizar un bisturí de platino para esta contradicción”

La quema de conventos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El gobierno provisional puso poco interés en frenar las manifestaciones de anticlericalismo. El 10 de mayo de 1931 la interpretación de un himno monárquico en un club de Madrid provocó una violenta respuesta por parte de un grupo de partidarios de la república. Este conflicto degeneró y se convirtió en tres días de violencia desatada contra iglesias, monasterios y conventos. Los asaltos se extendieron de Madrid a Sevilla, Málaga y otras cuatro ciudades.

Cuando el 11 de mayo de 1931 las masas desataron su violencia anticlerical, Escrivá temió que la iglesia del Patronato de Enfermos pudiera ser saqueada y profanada la Eucaristía. Vestido con ropas seglares prestadas y acompañado por su joven hermano se escabuyó por una puerta lateral de la iglesia “como un ladrón”, llevando un copón lleno de hostias consagradas envuelto en una sotana y el periódico. Mientras avanzaba rápidamente por las calles, rezaba con lágrimas en los ojos “Jesús, que cada incendio sacrílego aumente mi incendio de Amor y Reparación”[1]. Después de depositar el Santísimo Sacramento en la cercana casa de un amigo, Escrivá observó con horror el humo que cubría el cielo de Madrid a medida que ardían iglesias y conventos.

El 13 de mayo oyó rumores de que pronto atacarían el Patronato de Enfermos. Rápidamente localizó unas habitaciones que se alquilaban en la calle Viriato y trasladó allí a su familia con sus escasas pertenencias. Durante los meses siguientes tuvieron que apañarse en un diminuto apartamento cuya única ventana daba a un pozo de ventilación. La habitación de Escrivá era tan pequeña que no cabía una silla y tenía que escribir de rodillas, utilizando la cama por pupitre.

El gobierno provisional republicano no provocó la quema de conventos, pero muchos de sus miembros simpatizaban con los alborotadores. Manuel Azaña, de Izquierda Republicana, que se convertiría rápidamente en el político más influyente del país, dijo a sus colegas que todos los conventos de Madrid no valían la vida de un solo republicano. Además, amenazó con dimitir si una sola persona era herida en Madrid por esta estupidez[2]. Durante varios días el gobierno no hizo nada por controlar los tumultos.

En cuanto el gobierno se decidió a intervenir, la violencia cesó rápidamente; para entonces el daño ya había sido hecho. Habían ardido cerca de cien iglesias y conventos, cuarenta y uno en Málaga. La pasividad del gobierno durante los primeros días de los incidentes convenció a católicos de todo el país de que el nuevo régimen era enemigo implacable de la Iglesia. La reticencia de Azaña a utilizar la fuerza contra los alborotadores anticlericales le costaría cara a la república y al país.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 359

[2] cfr. Stanely G. Payne. SPAIN’S FIRST DEMOCRACY: THE SECOND REPUBLIC, 1931-1936. Madison, Wis. 1993, p. 45

Muerte en la Cruz

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús; y él, con la cruz a cuestas, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota, donde le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y en el centro Jesús. Pilato escribió el título y lo puso sobre la cruz. Estaba escrito: Jesús Nazareno, el Rey de los judíos(Ioh, 19, 17-19) .

“Ahora crucifican al Señor, y junto a El a dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda. Entretanto Jesús dice:

Padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc XXIII,34).

Es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario. Y ya en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte.

Con ademán de Sacerdote Eterno, sin padre ni madre, sin genealogía (cfr. Heb VII,3), abre sus brazos a la humanidad entera.

Junto a los martillazos que enclavan a Jesús, resuenan las palabras proféticas de la Escritura Santa: han taladrado mis manos y mis pies. Puedo contar todos mis huesos, y ellos me miran y contemplan (Ps XXI,17–18).

¡Pueblo mío! ¿Qué te hice o en qué te he contristado? ¡Respóndeme! (Mich VI,3).

Y nosotros, rota el alma de dolor, decimos sinceramente a Jesús: soy tuyo, y me entrego a Ti, y me clavo en la Cruz gustosamente, siendo en las encrucijadas del mundo un alma entregada a Ti, a tu gloria, a la Redención, a la corredención de la humanidad entera”.

XI Estación, Vía Crucis.

“En la parte alta de la Cruz está escrita la causa de la condena: Jesús Nazareno Rey de los judíos (Ioh XIX,19). Y todos los que pasan por allí, le injurian y se mofan de El.

Si es el rey de Israel, baje ahora de la cruz (Mt XXVII, 42).

Uno de los ladrones sale en su defensa:

Este ningún mal ha hecho… (Lc XXIII,41).

Luego dirige a Jesús una petición humilde, llena de fe:

Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino (Lc XXIII,42).

En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso (Lc XXIII,43).

Junto a la Cruz está su Madre, María, con otras santas mujeres. Jesús la mira, y mira después al discípulo que el ama, y dice a su Madre:

Mujer, ahí tienes a tu hijo

Luego dice al discípulo:

Ahí tienes a tu madre (Ioh XIX, 26–27).

Se apaga la luminaria del cielo, y la tierra queda sumida en tinieblas. Son cerca de las tres, cuando Jesús exclama:

Elí, Elí, lamma sabachtani?! Esto es: Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt XXVII,46).

Después, sabiendo que todas las cosas están a punto de ser consumadas, para que se cumpla la Escritura, dice:

Tengo sed (Ioh XIX,28).

Los soldados empapan en vinagre una esponja, y poniéndola en una caña de hisopo se la acercan a la boca. Jesús sorbe el vinagre, y exclama:

Todo está cumplido (Ioh XIX,30).

El velo del templo se rasga, y tiembla la tierra, cuando clama el Señor con una gran voz:

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc XXIII,46).

Y expira.

Ama el sacrificio, que es fuente de vida interior. Ama la Cruz, que es altar del sacrificio. Ama el dolor, hasta beber, como Cristo, las heces del cáliz”.

XII Estación, Vía Crucis.

TEMA 17. La liturgia y los sacramentos en general

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La liturgia cristiana es esencialmente actio Dei que nos une a Jesús a través del Espíritu (cfr. Ex. Ap. Sacramentum caritatis, n. 37).

1. El Misterio pascual: Misterio vivo y vivificante

Las palabras y las acciones de Jesús durante su vida oculta en Nazaret y en su ministerio público eran salvíficas y anticipaban la fuerza de su misterio pascual. «Cuando llegó su hora (cfr. Jn 13, 1; 17, 1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre una vez por todas (Rm 6, 10; Hb 7, 27; 9, 12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte. Todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida» (Catecismo, 1085).

Como sabemos, «se comienza a ser cristiano por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». De ahí que «la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el mismo acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el Misterio pascual».

2. El Misterio pascual en el tiempo de la Iglesia: liturgia y sacramentos

«Cristo el Señor realizó esta obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios (…) principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, de su resurrección de entre los muertos y de su gloriosa ascensión». «Lo que la Iglesia anuncia y celebra en su liturgia es el Misterio de Cristo» (Catecismo, 1068).

«Con razón se considera la liturgia como el ejercicio de la función sacerdotal de Jesucristo en la que, mediante signos sensibles, se significa y se realiza, según el modo propio de cada uno, la santificación del hombre y, así, el Cuerpo místico de Cristo, esto es, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público». «Toda la vida litúrgica de la Iglesia gravita en torno al sacrificio eucarístico y los sacramentos» (Catecismo, 1113).

«Sentado a la derecha del Padre y derramando el Espíritu Santo sobre su Cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por medio de los sacramentos, instituidos por Él para comunicar su gracia» (Catecismo, 1084).

2.1. Los sacramentos: naturaleza, origen y número

«Los sacramentos son signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia por los cuales nos es dispensada la vida divina. Los ritos visibles bajo los cuales los sacramentos son celebrados significan y realizan la gracias propias de cada sacramento» (Catecismo, 1131). «Los sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles a nuestra humanidad actual» (Catecismo, 1084).

«Adheridos a la doctrina de las Santas Escrituras, a las tradiciones apostólicas y al sentimiento unánime de los Padres», profesamos que «los sacramentos de la nueva Ley fueron todos instituidos por nuestro Señor Jesucristo».

«Hay en la Iglesia siete sacramentos: Bautismo, Confirmación o Crismación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio» (Catecismo, 1113). «Los siete sacramentos corresponden a todas la etapas y todos los momentos importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los cristianos. Hay aquí una cierta semejanza entre las etapas de la vida natural y las etapas de la vida espiritual» (Catecismo, 1210). Forman un conjunto ordenado, en el que la Eucaristía ocupa el centro, pues contiene al Autor mismo de los sacramentos (cfr. Catecismo, 1211).

Los sacramentos significan tres cosas: la causa santificante, que es la Muerte y Resurrección de Cristo; el efecto santificante o gracia; y el fin de la santificación, que es la gloria eterna. «El sacramento es un signo que rememora lo que sucedió, es decir, la Pasión de Cristo; es un signo que demuestra el efecto de la pasión de Cristo en nosotros, es decir, la gracia; y es un signo que anticipa, es decir, que preanuncia la gloria venidera».

El signo sacramental, propio de cada sacramento, está constituido por cosas (elementos materiales —agua, aceite, pan, vino— y gestos humanos —ablución, unción, imposición de las manos, etc.), que se llaman materia; y también por palabras que pronuncia el ministro del sacramento, que son la forma. En realidad, «toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo, y este encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y de palabras» (Catecismo, 1153).

En la liturgia de los sacramentos existe una parte inmutable (lo que Cristo mismo estableció acerca del signo sacramental), y partes que la Iglesia puede cambiar, para bien de los fieles y mayor veneración de los sacramentos, adaptándolas a las circunstancias de lugar y tiempo. «Ningún rito sacramental puede ser modificado o manipulado a voluntad del ministro o de la comunidad» (Catecismo, 1125).

2.2. Efectos y necesidad de los sacramentos

Todos los sacramentos confieren la gracia santificante a quienes no ponen obstáculo. Esta gracia es «el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica» (Catecismo, 2003). Además, los sacramentos confieren la gracia sacramental, que es la gracia «propia de cada sacramento» (Catecismo, 1128): un cierto auxilio divino para conseguir el fin de ese sacramento.

No sólo recibimos la gracia santificante, sino al mismo Espíritu Santo. «Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo» (Catecismo, 739). El fruto de la vida sacramental consiste en que el Espíritu Santo deifica a los fieles uniéndolos vitalmente a Cristo (cfr. Catecismo, 1129).

Los tres sacramentos del Bautismo, Confirmación y Orden sacerdotal confieren, además de la gracia, el llamado carácter sacramental, que es un sello espiritual indeleble impreso en el alma, por el cual el cristiano participa del sacerdocio de Cristo y forma parte de la Iglesia según estados y funciones diversos. El carácter sacramental permanece para siempre en el cristiano como disposición positiva para la gracia, como promesa y garantía de la protección divina y como vocación al culto divino y al servicio de la Iglesia. Por tanto, estos tres sacramentos no pueden ser reiterados (cfr. Catecismo, 1121).

Los sacramentos que Cristo ha confiado a su Iglesia son necesarios —al menos su deseo— para la salvación, para alcanzar la gracia santificante, y ninguno es superfluo, aunque no todos sean necesarios para cada persona.

2.3. Eficacia de los sacramentos

Los sacramentos «son eficaces porque en ellos actúa Cristo mismo; Él es quien bautiza, Él quien actúa en sus sacramentos con el fin de comunicar la gracia que el sacramento significa» (Catecismo, 1127). El efecto sacramental se produce ex opere operato (por el hecho mismo de que el signo sacramental es realizado). «El sacramento no actúa en virtud de la justicia del hombre que lo da o que lo recibe, sino por el poder de Dios». «En consecuencia, siempre que un sacramento es celebrado conforme a la intención de la Iglesia, el poder de Cristo y de su Espíritu actúa en él y por él, independientemente de la santidad personal del ministro» (Catecismo, 1128).

El hombre que realiza el sacramento se pone al servicio de Cristo y de la Iglesia, por eso se llama ministro del sacramento; y no puede ser indistintamente cualquier fiel cristiano, sino que necesita ordinariamente la especial configuración con Cristo Sacerdote que da el sacramento del Orden.

La eficacia de los sacramentos deriva de Cristo mismo, que actúa en ellos, «sin embargo, los frutos de los sacramentos dependen también de las disposiciones del que los recibe» (Catecismo, 1129): cuanto mejores disposiciones tenga de fe, conversión de corazón y adhesión a la voluntad de Dios, más abundantes son los efectos de gracia que recibe (cfr. Catecismo, 1098).

«La Santa Madre Iglesia instituyó, además, los sacramentales. Estos son signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida». «No confieren la gracia del Espíritu Santo a la manera de los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia preparan a recibirla y disponen a cooperar con ella» (Catecismo, 1670). «Entre los sacramentales figuran en primer lugar las bendiciones (de personas, de la mesa, de objetos, de lugares)» (Catecismo, 1671).

3. La Liturgia

La liturgia cristiana «es esencialmente actio Dei que nos une a Jesús a través del Espíritu», y posee una doble dimensión: ascendente y descendente. «La Liturgia es acción del Cristo total (Cristus totus)» (Catecismo, 1136) por eso «es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su cabeza quien celebra» (Catecismo, 1140). En el centro de la asamblea se encuentra por tanto el mismo Jesucristo (cfr. Mt 18,20), ahora resucitado y glorioso. Cristo precede a la asamblea que celebra. Él –que actúa inseparablemente unido al Espíritu Santo- la convoca, la reúne y la enseña. Él, Sumo y Eterno Sacerdote es el protagonista principal de la acción ritual que hace presente el evento fundador, si bien se sirve de sus ministros para re-presentar (para hacer presente, real y verdaderamente, en el aquí y ahora de la celebración litúrgica) su sacrificio redentor y hacernos partícipes de los dones conviviales de su Eucaristía.

Sin olvidar que formando con Cristo-Cabeza «como una única persona mística», la Iglesia actúa en los sacramentos como “comunidad sacerdotal”, “orgánicamente estructurada”: gracias al Bautismo y la Confirmación, el pueblo sacerdotal se hace apto para celebrar la liturgia. Por eso, «las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia…, pertenecen a todo el Cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan, pero afectan a cada miembro de este Cuerpo de manera diferente, según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual».

En cada celebración litúrgica coparticipa toda la Iglesia, cielos y tierra, Dios y los hombres (cfr. Ap 5). La liturgia cristiana, aunque se celebre solamente aquí y ahora, en un lugar concreto y exprese el sí de una comunidad determinada, es por naturaleza católica, proviene del todo y conduce al todo, en unidad con el Papa, con los obispos en comunión con el Romano Pontífice, con los creyentes de todas las épocas y lugares «para que Dios sea todo en todas las cosas» (1 Co 15, 28). Desde esta perspectiva es fundamental el principio de que el verdadero sujeto de la liturgia es la Iglesia, concretamente la communio sanctorum de todos los lugares y de todos los tiempos. Por eso cuanto más una celebración está animada de esta conciencia, tanto más concretamente en ella se realiza el sentido de la liturgia. Expresión de esta conciencia de unidad y universalidad de la Iglesia es el uso del latín y del canto gregoriano en algunas partes de la celebración litúrgica.

A partir de estas consideraciones podemos decir que la asamblea que celebra es la comunidad de los bautizados que, «por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para que ofrezcan, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales». Este “sacerdocio común” es el de Cristo único Sacerdote, participado por todos sus miembros. «Así, en la celebración de los sacramentos, toda la asamblea es “liturgo”, cada cual según su función, pero en la “unidad del Espíritu” que actúa en todos» (Catecismo, 1144). Por esto la participación en las celebraciones litúrgicas, aunque no abarca toda la vida sobrenatural de los fieles, constituye para ellos, como lo es para toda la iglesia, la cumbre a la cual tiende toda su actividad y la fuente de donde mana su fuerza. En realidad, «la Iglesia se recibe y al mismo tiempo se expresa en los siete sacramentos, mediante los cuales la gracia de Dios influye concretamente en los fieles para que toda su vida, redimida por Cristo, se convierta en culto agradable a Dios».

Cuando nos referimos a la asamblea como sujeto de la celebración se significa que cada uno, como actor obra como miembro de la asamblea, hace todo y solo lo que le corresponde. «Todos los miembros no tienen la misma función» (Rm 12, 4). Algunos son llamados por Dios en y por la Iglesia a un servicio especial de la comunidad. Estos servidores son escogidos por el sacramento del Orden, por el cual el Espíritu Santo los hace aptos para actuar en representación de Cristo-Cabeza para el servicio de todos los miembros de la Iglesia. Como ha aclarado en diversas ocasiones Juan Pablo II, «in persona Christi quiere decir más que en nombre, o también, en vez de Cristo. In persona: es decir, en la identificación específica, sacramental con el sumo y eterno sacerdote, que es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie». Podemos decir gráficamente como señala el Catecismo que «el ministro ordenado es como el icono de Cristo Sacerdote» (Catecismo, 1142).

«El Misterio celebrado en la liturgia es uno, pero las formas de su celebración son diversas. La riqueza insondable del Misterio de Cristo es tal que ninguna tradición litúrgica puede agotar su expresión» (Catecismo, 1200-1201). «La tradiciones litúrgicas, o ritos, actualmente en uso en la Iglesia son el rito latino (principalmente el rito romano, pero también los ritos de algunas Iglesias locales como el rito ambrosiano, el rito hispánico visigótico o los de diversas órdenes religiosas) y los ritos bizantino, alejandrino o copto, siríaco, armenio, maronita y caldeo» (Catecismo, 1203). «La Iglesia concede igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten».

Juan José Silvestre

Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 1066-1098; 1113-1143; 1200-1211 y 1667-1671.

Lecturas recomendadas

San Josemaría, Homilía La Eucaristía misterio de fe y de amor, en Es Cristo que pasa, 83-94; también nn.70 y 80; Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 115.

J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, Cristiandad, Madrid 2002.

J.L. Gutiérrez-Martín, Belleza y misterio. La liturgia, vida de la Iglesia, EUNSA (Astrolabio), Pamplona 2006, pp. 53-84, 113-126.

Esquina de la calle de Santa Inés con Atocha

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

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En este lugar de la calle de Atocha, en la esquina con la calle Santa Inés, sufrió el Fundador una agresión un día de la Octava de la Inmaculada de 1931. El Fundador entiende en sus escritos por San Carlos la Facultad de Medicina.

Escribió el Fundador el 15 de diciembre de 1931:

Octava de la Inmaculada Concepción, 1931: En la tarde de ayer, a las tres, cuando me dirigía al colegio de Santa Isabel a confesar las niñas, en Atocha por la acera de San Carlos, esquina casi a la calle de Santa Inés, tres hombres jóvenes, de más de treinta años, se cruzaron conmigo.

Al estar cerca de mí, se adelantó uno de ellos gritando: “¡le voy a dar!”, y alzaba el brazo, con tal ademán que yo tuve por recibido el golpe.

Pero, antes de poner por obra esos propósitos de agresión, uno de los otros dos le dijo con imperio: “No, no le pegues”. Y seguidamente, en tono de burla, inclinándose hacia mí, añadió: “¡Burrito, burrito!”

Crucé la esquina de Santa Isabel con paso tranquilo, y estoy seguro de que en nada manifesté al exterior mi trepidación interna. Al oírme llamar, por aquel defensor!, con el nombre -burrito, borrico- que tengo delante de Jesús, me impresioné.

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Recé en seguida tres avemarías a la Santísima Virgen. Que presenció el pequeño suceso, desde su imagen puesta en la casa propiedad de la Congregación de San Felipe. Escribió al día siguiente, 16 de diciembre de 1931:

Ayer estuve como cansado, a consecuencia indudablemente del asalto de la calle de Atocha. Estoy convencido de que fue cosa diabólica. (…) El que trató de agredirme tenía una cara de insensato terrible. De los otros dos no recuerdo nada. Entonces -y después tampoco- no perdí la paz.

Fue una trepidación fisiológica, que aceleró la marcha de mi corazón y que me di cuenta de que no se manifestó al exterior, ni en un gesto. Me pasmó, según conté, el tono de ironía, de burla que empleó para llamarme, por dos veces, burrito.

Instintivamente, elevé mi corazón y me puse a rezar tres avemarías a nuestra Señora. Después, anoté a la letra en mi cuartilla las frases de aquella gente. (Vázquez de Prada, 411)

Domingo de Ramos: Jesús entra en Jerusalén

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“Comienza la Semana Santa y recordamos la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén…”. Palabras de mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, emitidas por la cadena de Estados Unidos EWTN.

Opus Dei -

Comienza la Semana Santa y recordamos la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén. Escribe San Lucas. «Al acercarse a Betfagé y a Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos diciéndoles: “Vayan al caserío que está frente a ustedes. Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí. Si alguien les pregunta por qué lo desatan, díganle: el Señor lo necesita”. Fueron y encontraron todo como el Señor les había dicho».

¡Qué pobre cabalgadura elige Nuestro Señor! Quizá nosotros, engreídos, habríamos escogido un brioso corcel. Pero Jesús no se guía por razones meramente humanas, sino por criterios divinos. «Esto sucedió —anota San Mateo— para que se cumplieran las palabras del profeta: “Díganle a la hija de Sión: he aquí que tu rey viene a ti, apacible y montado en un burro, en un burrito, hijo de animal de yugo”».

Jesucristo, que es Dios, se contenta con un borriquito por trono. Nosotros, que no somos nada, nos mostramos a menudo vanidosos y soberbios: buscamos sobresalir, llamar la atención; tratamos de que los demás nos admiren y alaben. San Josemaría Escrivá, canonizado por Juan Pablo II hace dos años, se prendó de esta escena del Evangelio.

Aseguraba de sí mismo que era un burrito sarnoso, que no valía nada; pero como la humildad es la verdad, reconocía también que era depositario de muchos dones de Dios; especialmente, del encargo de abrir caminos divinos en la tierra, mostrando a millones de hombres y mujeres que pueden ser santos en el cumplimiento del trabajo profesional y de los deberes ordinarios.

Jesús entra en Jerusalén sobre un borrico. Hemos de sacar consecuencias de esta escena. Cada cristiano puede y debe convertirse en trono de Cristo. Y aquí vienen como anillo al dedo unas palabras de San Josemaría. «Si la condición para que Jesús reinase en mi alma, en tu alma, fuese contar previamente en nosotros con un lugar perfecto, tendríamos razón para desesperarnos. Sin embargo, añade, Jesús se contenta con un pobre animal, por trono (…). Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en .Opus Dei -

el alma.

¡Dejémosle tomar posesión de nuestros pensamientos, palabras y acciones! ¡Desechemos sobre todo el amor propio, que es el mayor obstáculo al reinado de Cristo! Seamos humildes, sin apropiarnos méritos que no son nuestros. ¿Imaginan ustedes lo ridículo que habría resultado el borrico, si se hubiera apropiado de los vítores y aplausos que las gentes dirigían al Maestro?

Comentando esta escena evangélica, Juan Pablo II recuerda que Jesús no entendió su existencia terrena como búsqueda del poder, como afán de éxito y de hacer carrera, o como voluntad de dominio sobre los demás. Al contrario, renunció a los privilegios de su igualdad con Dios, asumió la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y obedeció al proyecto del Padre hasta la muerte en la Cruz ( Homilía, 8-IV-2001).

El entusiasmo de las gentes no suele ser duradero. Pocos días después, los que le habían acogido con vivas pedirán a gritos su muerte. Y nosotros ¿nos dejaremos llevar por un entusiasmo pasajero? Si en estos días notamos el aleteo divino de la gracia de Dios, que pasa cerca, démosle cabida en nuestras almas. Extendamos en el suelo, más que palmas o ramos de olivo, nuestros corazones. Seamos humildes. Seamos mortificados. Seamos comprensivos con los demás. Éste es el homenaje que Jesús espera de nosotros.

La Semana Santa nos ofrece la ocasión de revivir los momentos fundamentales de nuestra Redención. Pero no olvidemos que —como escribe San Josemaría—, «para acompañar a Cristo en su gloria, al final de la Semana Santa, es necesario que penetremos antes en su holocausto, y que nos sintamos una sola cosa con Él, muerto sobre el Calvario». Para eso, nada mejor que caminar de la mano de María. Que Ella nos obtenga la gracia de que estos días dejen una huella profunda en nuestras almas. Que sean, para cada una y cada uno, ocasión de profundizar en el Amor de Dios, para poder así mostrarlo a los demás.
Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei


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