Cada caminante siga su camino

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En los años inmediatos a la guerra civil, el Padre es el único sacerdote del Opus Dei; ejerce sus funciones de Rector del Patronato de Santa Isabel, se ocupa de las Residencias Universitarias de “Jenner y Diego de León” y de la extensión de la Obra. Dirige espiritualmente a centenares de personas: hombres y mujeres, casados y solteros, profesores y estudiantes, escritores, artistas y artesanos. Predica muchos cursos de retiro espiritual. En su fuego apostólico no hay pausas.

Además, desde 1940 es profesor de Etica y Deontología en la Escuela de Periodismo de Madrid y enseña a los futuros profesionales la trascendencia de su trabajo y las normas que lo convierten en un gran servicio humano y cristiano a toda la sociedad. El periodista Enrique del Corral, alumno suyo, afirma:

«Todos, en una u otra medida, arrastrábamos el trauma que había supuesto la guerra civil y esto tenía cierta influencia en la forma de vivir la fe (…). Por eso nos llamó particularmente la atención don Josemaría Escrivá de Balaguer (…). El nos hablaba -con un tono cordial y de compañero- de una religión más gozosa, de una religión esencialmente alegre»(13).

Lleva adelante este esfuerzo en medio de carestías e incomodidades. Además de practicar ayunos rigurosos, se somete gustosamente a la intensidad del trabajo, poniendo en juego su salud, como se demostrará unos años más tarde.

Del 5 al 11 de junio de 1939, el Padre se desplaza a Valencia para dar un curso de retiro a estudiantes universitarios en el colegio Beato Juan de Ribera de Burjasot. Es Rector del colegio un sacerdote de gran prestigio, don Antonio Rodilla, Vicario General de la Diócesis de Valencia. Su testimonio sobre el Fundador del Opus Dei es una luminosa carta de admiración y amistad:

«Conocí a Josemaría en los primeros años de la decena de 1930. Aunque no puedo precisar la fecha exacta, ya la primera conversación con él me puso en aviso de que estaba en presencia de una persona extraordinaria, que miraba y veía desde muy alto, y hasta muy lejos, aunque tenía los pies muy firmes sobre la tierra.

No era precisa mucha perspicacia para ver que Josemaría era un hombre extraordinario. Sin embargo, no era fácil, si no se le trataba íntima y prolongadamente, ver al santo, pues no sólo no exhibía su santidad, sino que la llevaba tan envuelta de humildad, naturalidad y alegría, que quedaba muchas veces más que disimulada para ocasionales observadores y poco perspicaces»(14).

En este brillante día de junio del año 39, el Padre llega a última hora de la tarde, cuando el calor abre paso al atardecer. Los participantes esperan, en pequeños grupos, esparcidos por el jardín.

Desde el principio les impresiona vivamente. Años más tarde, en una de sus cartas, el Fundador recordará un episodio de su llegada al colegio y las enseñanzas que, para la predicación, había sacado del mismo:

«En uno de los pasillos encontré un gran letrero, escrito por alguno “no conformista”, donde se leía: “cada caminante siga su camino”.

Quisieron quitarlo, pero yo les detuve: dejadlo -les dije-, “me gusta” (…). Desde entonces, esas palabras me han servido muchas veces de motivo de predicación. Libertad: cada caminante siga su camino. Es absurdo e injusto tratar de imponer a todos los hombres un único criterio, en materias en las que la doctrina de Jesucristo no señala límites»(15).

Y en otro momento insiste:

«Es cierto que llevamos un camino común, porque única es -os lo diré de nuevo- la vocación que todos hemos recibido al Opus Dei. Pero se puede andar por el camino de muchas maneras. Se puede andar por la derecha, por la izquierda, en zig-zag, caminando con los pies, a caballo. Hay cien mil maneras de ir por el camino divino » (16) .

El primer día, después de la Misa, pasea por entre los árboles que rodean el edificio y ve a un universitario pensativo, sentado en uno de los bancos. Es Amadeo de Fuenmayor. Se acerca y le pregunta:

-«¿Aburrido?

-No, Padre, le contesta. Y añade que tiene un problema personal» (17).

El Padre le dice que vaya a última hora de la tarde a su cuarto y que le recuerde que ofrezca por él la Misa del día siguiente.

Se queda impresionado, porque ha visto la piedad y la fe con que este sacerdote celebra el Sacrificio del altar. Y le parece muy serio saber que su nombre, su persona, van a estar presentes en el ofertorio de amor de la mañana siguiente.

Estos días, Amadeo, el que habrá de ser un día Catedrático de Derecho Civil, y después sacerdote del Opus Dei, charlará frecuentemente con el Padre y, al terminar los ejercicios, pedirá la admisión en la Obra. Aún parece escuchar las palabras con que el Fundador acepta su solicitud:

«El Señor obra “suaviter et fortiter”.. recuerda las circunstancias de tu vida y verás cómo ha ido preparándote el camino»(18).

En el momento en que todos están a punto de regresar a Valencia aparece José Manuel Casas Torres. ¡Se había informado mal de la fecha de comienzo!… Al menos, le gustaría saludar al sacerdote y disculparse por su falta de puntualidad. No conoce al Padre, pero va en su busca. Le encuentra en su despacho. La entrevista se prolonga aproximadamente media hora y, cuando salen de la habitación, don Josemaría llama al pequeño grupo que ha solicitado la admisión en el Opus Dei durante aquellas jornadas. Les dice, con toda sencillez:

-«José Manuel será vuestro director»(19).

El Fundador repetirá a sus hijos, con frecuencia, que a los primeros miembros del Opus Dei, el Señor les concedió ayudas especiales para sacar adelante la Obra, para ser muy responsables a pesar de su juventud y hacerse cargo de esta ardua tarea que se les encomienda.

El primer local que utilizarán en Valencia, desde agosto de 1939, es un piso en el entresuelo de un viejo edificio situado en el número 9 de la calle de Samaniego. Es tan pequeño y tan pobre que le han bautizado con el apodo de “El Cubil” Una de las haciones almacena ejemplares de «Camino», que acaba de publicarse. Este será el comienzo de una gran labor, de la que han de salir muchas y firmes vocaciones.

En uno de estos viajes, el Vicario de la Diócesis le pide con insistencia que celebre la Santa Misa en la Catedral, en el Altar de la Santísima Trinidad, con un cáliz y ornamentos que le acaban de regalar. El Padre acepta encantado. Sin embargo, al llegar a la lectura del Evangelio, no tiene capacidad física para seguir celebrando la Misa. Se vuelve hacia los fieles que asisten, les pide perdón por no poder continuar y se retira a la sacristía.

Le llevan al pequeño piso de la calle Samaniego, y el Vicario aprecia las circunstancias de escasez y privación en que están viviendo como no hay mantas y tiene fiebre alta, cubren al Fundador con una cortina. Con inmenso cariño le hace ver que aquí no va a reponerse y quiere trasladarle a su casa. El Padre se lo agradece, pero no acepta el ofrecimiento. Prefiere la pobreza de “El Cubil “. Así lo relata el propio Vicario:

«Soy testigo personal también de la pobreza de medios con que empezó, y continuó durante muchos años, su labor de apostolado. He visto sus apuros en los comienzos de los Centros de la Obra en Valencia. Y esto cuando en España había abundantes larguezas oficiales para tantas obras apostólicas, para la reconstrucción de templos y de casas de religiosas. Aún recuerdo vivamente, por aquellos años, la escena de Josemaría -que había sido acometido por súbita fiebre- en una pobre cama de la primera Residencia del Opus Dei en Valencia, arropado… ¡con unas cortinas!, porque no disponían de mantas en la casa»(20).

Un día, el Padre presenta a los miembros de la Obra de Valencia a Justo Martí Gilabert, que ha sido estudiante de Derecho y residente de Ferraz. En ese momento es el alcalde de Oliva, su pueblo natal. Más tarde le invitarán a ir a Madrid, a conocer la nueva Residencia de Jenner, y también a compartir unos días de retiro que dirigirá el Padre.

Ya en Madrid, el Fundador le habla con detalle sobre la Obra, y después de esta entrevista, Justo pide la admisión. En la sencillez del coloquio sostenido con don Josemaría, descubre la llamada de Dios a una entrega total. Toma, con la naturalidad más absoluta, decisiones que van a exigir la donación de toda una vida. Hay detrás de todo esto mucho tiempo de oración y sacrificio del Padre.

En El Cubil, este pequeño entresuelo prácticamente sin amueblar, van a surgir varias de las primeras vocaciones a la Obra en Levante. En otros casos, pasarán aún muchos años hasta que soliciten su admisión en el Opus Dei. Entre ellos, Antonio Ivars Moreno recuerda bien su llegada:

«Debió ser octubre de 1939. Un amigo de la Universidad me habló del Padre, y tuve la curiosidad de conocerlo. Poco tiempo después fui a un modesto semisótano de la calle Samaniego: allí le conocí. Estaba enfermo, con fiebre alta, y me habló desde un lecho improvisado porque los muebles eran pocos y escasos. Su lenguaje llegaba directamente al corazón (…). Jamás conocí un corazón tan abierto, tan generoso para todas las gentes sin distinción» (21)

También Ismael Sánchez Bella describe emocionado su primer mes de abril de 1940. De nuevo don Josemaría se ha desplazado a Valencia. Ismael tiene dieciocho años y trabaja por las noches como linotipista en el periódico «Levante». Hoy, sábado, está a punto de concluir su tarea y presiente el descanso que se inicia con el amanecer. Cuando aún no ha abandonado el periódico, suena el teléfono: unos amigos de sus hermanos le invitan a un retiro que dará el autor de «Camino» el domingo. Está a punto de disculparse: no ha dormido en toda la noche. Pero, al fin, coge un tranvía camino de Alacuás. Allí hay una comunidad de religiosas que cede el local a don Josemaría. Asisten, con él, unos treinta estudiantes. Le golpean la fuerza y la exigencia sobrenatural de este sacerdote. Por la tarde, habla con el Padre. Esa misma semana, el correo Valencia-Madrid traerá una carta de Ismael, pidiendo al Padre su admisión en la Obra.

Durante el curso de 1940, el contacto entre Valencia y Madrid es intenso. En mayo hay un nuevo día de retiro en Alacuás, y ya asisten cincuenta universitarios.

Pedro Casciaro viene frecuentemente a la ciudad levantina, y lee, en una pequeña habitación de El Cubil, un extenso documento escrito por el Padre, en el que da cuenta de las circunstancias humanas y sobrenaturales que han dado lugar al nacimiento del Opus Dei sobre el mundo. Lo ha llamado «Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la Obra». Este grupo de vocaciones oye, con intensidad sobrecogedora, el mensaje de estas páginas en el que el Padre afirma que la empresa a que Dios les ha traído cumple las condiciones para que pueda llamarse, sin jactancia, la «Obra de Dios».

En agosto de 1940, los que están en Valencia viajan a Madrid para estar una semana en Jenner, con el Padre. Pasan unos días inolvidables. Antes de regresar a Valencia, les anima a buscar y abrir una Residencia de estudiantes para el próximo octubre.

Cuando ya decae el verano levantino y el nuevo curso amenaza, Antonio Ivars encuentra un inmueble que puede adaptarse para Residencia Universitaria. Está en el número 16 de la misma calle de Samaniego. Tiene techos altísimos y múltiples rincones y escaleras.

El Fundador viaja mucho de Madrid a Valencia. En la nueva casa no hay ningún sistema de calefacción y hace frío. Uno de los chicos le ofrece un capote de soldado que ha encontrado. El Padre se lo pone sobre la sotana y, desde ese momento, ya será proverbial el uso de la prenda para superar la humedad que deja caer este invierno dentro del inmueble.

Pedro Casciaro también se desplazará con frecuencia desde Madrid para trazar y ejecutar las reformas de la casa de acuerdo con las escasas posibilidades económicas de que disponen. Los hermanos Florencio e Ismael Sánchez Bella, ayudados por Salvador Moret, trasladan los escasos enseres de El Cubil. Desde Madrid les llega un mueble-librería enorme que el buen hacer de Pedro Casciaro transforma, con herrajes y fondos rojos, en un bargueño para el vestíbulo; también un farol de cristal, un brasero de bronce y un reloj de péndulo que les envía doña Dolores. En el vestíbulo de entrada queda una reproducción de la Inmaculada de Juan de Juanes, que han dejado los dueños de la casa.

Todavía, con listones dorados de las paredes, consiguen enmarcar algunos cuadros que definen, con su tonalidad, la ambientación y el nombre de dos salones: el azul y el rojo.

La Residencia comenzará a funcionar en octubre de 1940, y oficialmente recibirá el nombre de su enclavamiento: Samaniego. El altar del oratorio es de azulejos blancos y verdes recogidos en Burjasot, en los escombros de un derribo. Tiene unos sencillos candeleros de hierro forjado, con hachones de madera. El retablo -de madera contrachapada, pintado por Fernando Delapuenteadapta muy bien los colores de una copia de Van der Weyden.

Junto a este altar se darán cita momentos importantes en la vida del Padre y en la historia de la Obra. Tanto que, años más tarde y estando a solas con don Amadeo de Fuenmayor en Roma, el Fundador dice refiriéndose a aquella casa:

«Y vosotros sin enteraros» (22).

Alude, sin duda, a la ayuda patente de Dios en aquellas circunstancias, para traer a la Obra y formar un buen número de hombres, como Angel López Amo, Manuel Botas, Florencio e Ismael Sánchez Bella, Salvador Moret, Amadeo de Fuenmayor, José Manuel Casas Torres, Vicent Garín, José Montañés, Juan Castelló, José López-Navarro, José Orlandis, Federico Suárez… y tantos otros. Son los primeros que Dios va llamando para esta batalla de paz que tiene como fin poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Para hablar con ellos, el Padre les convoca en la calle, en una habitación, en la iglesia, junto al mar… Lo mismo en el espacio íntimo de un hogar que en los abiertos horizontes del Mediterráneo. Le sirve cualquier ámbito para transmitirles el espíritu de la Obra, esta llamada a la hondura del amor verdadero.

«En aquellos primeros años (…) iba yo mucho por Valencia (…) y hacíamos la oración donde podíamos, a veces en la playa.

Y una vez, al atardecer, en una de esas puestas de sol maravillosas, vivimos que se acercaba a la orilla. Salieron de ella unos hombres morenos uemados por los vientos del mar, mojados, queparecían de bronce, y comenzaron a tirar de una red que raían con la barca, dentro del agua. Tiraban haciendo hincapié, os pies hundidos en la arena, con una fuerza maravillosa. De ronto vino un niño, y se acercó a ellos, agarró la cuerda con sus anecitas y empezó a tirar de la cuerda también. Y aquellos hombres rudos, nada refinados, sintieron su corazón enternecer e, y dejaron al niño entre ellos, aunque más bien estorbaba. yo pensé en vosotros y en mí (…), en ese tirar de la cuerda odos los días, en tantas cosas. Si nos hacemos pequeños delante e Dios Nuestro Señor, es más fácil que nos hagamos santos, y raeremos la red a la orilla, llena de peces, que brillan como la plata rque donde no llegan nuestras fuerzas, llega la fortaleza de Dios»(23).

Esto sucedió al atardecer, en la playa de Malvarrosa de Valencia, cuando unos pescadores cobraban, desde la orilla, una red grande que iban cerrando.

En el año 1946 será nombrado Arzobispo de Valencia don Marcelino Olaechea, que mantiene, desde 1930, un gran cariño y una indestructible amistad hacia el Padre. El que fuera Secretario de este Arzobispo durante treinta años y después Prior de la Basílica de los Desamparados, don Joaquín Mestre Palacio, ha legado el siguiente testimonio a los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer, después de la muerte del Fundador:

«Yo le conocí en el mes de noviembre de 1940. Predicó a todos los alumnos del Seminario Mayor de Valencia un inolvidable Curso de Ejercicios Espirituales.

Han pasado los años, y mi vida no ha sido, por cierto, ajena ni al trato con los hombres de toda índole, ni al viajar con frecuencia de acá para allá por la mayor parte del Planeta, ni al estudio, a la reflexión y a la meditación serias y reposadas; pero aquellos Ejercicios que practiqué dirigidos por don Josemaría, marcaron en mi alma, no sólo tan profunda huella que ésta no sufre comparación ni pierde perfil, sino que sigue, creo yo, bien fija (…).

La doctrina que en aquellos Ejercicios nos dio don Josemaría, no era, claro está, cosa nueva. Lo nuevo para mí fue el modo de dárnosla, el modo con que nos hablaba de Cristo, de la Eucaristía, del Sacrificio de la Cruz y de la Misa, de la Virgen, de la virginidad, de la generosidad que debíamos tener para Aquel que es la manifestación del amor del Padre»(24).

Estos son sus primeros testigos en Valencia. Testigos de una vida que podría resumirse en la inscripción que hizo bordar en un gran repostero destinado a la Residencia de Samaniego. Sobre el color central, cinco cardos abajo y cinco estrellas arriba. Y un lema: Per aspera ad astra, por lo arduo, a las estrellas.

El altar de Samaniego será reconstruido en 1974 en el Santuario de Torreciudad. Los azulejos, perfectamente conservados, mantienen el brillo de sus primeros años. Como un símbolo alegre de aquellas vocaciones que acertaron a entender, a través del Fundador, el luminoso camino de la “obra”.

La situación socio económica

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Antes de describir los esfuerzos de Escrivá para llevar a cabo el Opus Dei, dirijamos nuestra atención, brevemente, hacia el lugar donde tuvieron lugar, así como al contenido de la visión del 2 de octubre de 1928.

Como parte de la Iglesia, la preocupación del Opus Dei es el bien de las almas. Y también, al igual que la Iglesia, su crecimiento se ve afectado por el lugar donde se desarrolla. En los primeros años del Opus Dei, se trataba de la atormentada España del primer tercio del siglo XX.

Durante los primeros decenios del siglo, España hizo progresos económicos y sociales. Entre 1910 y 1930 se duplicaron el empleo y los sectores industrial y de servicios de la economía. La tasa de analfabetismo bajó un 9% entre 1920 y 1930. De 1923 a 1930 el número de estudiantes universitarios se duplicó y el porcentaje de mujeres universitarias pasó del 4.8% en 1923 al 8.3% en 1927. A pesar de todo, en 1930 España seguía siendo un país atrasado. En términos de educación cívica, de niveles de analfabetismo y de desarrollo económico se encontraba al nivel de Inglaterra en las décadas de 1850 ó 1860, o de Francia en las de 1870 ó 1880.

Había fuertes tensiones sociales. En el campo, muchas familias apenas podían ganarse la vida. En el sur, unos pocos terratenientes poseían enormes extensiones de tierra improductiva, cultivadas por huestes de asalariados que podían considerarse afortunados si conseguían trabajar medio año. En algunas regiones del norte los pequeños propietarios intentaban ganarse la vida con parcelas diminutas, insuficientes para mantenerlos.

A comienzos de la década de 1920, la situación de la clase obrera urbana había mejorado, pero seguía siendo muy difícil. La mayoría de los trabajadores se dividían entre el sindicato anarquista (la CNT) y el socialista (la UGT), con cerca de un millón de afiliados cada uno. Había sindicatos católicos, pero eran pequeños. El gobierno tenía poco poder y carecía de recursos económicos con los que resolver los problemas del país. Los partidos políticos de derechas consideraban que el gobierno debía limitarse a mantener el orden. En la década siguiente a la fundación del Opus Dei, los sindicatos anarquista y socialista a menudo alcanzarían un protagonismo tal, que la vida política pasaría a un segundo plano a favor de la revolución social.

Hombres y mujeres de oración

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Como director espiritual, Escrivá procuraba ayudar a los miembros de la Obra y a los demás a convertirse en hombres y mujeres de oración y sacrificio, que mantuvieran una profunda relación personal con Jesucristo. Quería que se dieran cuenta de que también estaban llamados a ayudar a sus amigos y colegas a vivir vida de oración. El 14 de noviembre de 1931 escribió: “La Obra de Dios va a hacer hombres de Dios, hombres de vida interior, hombres de oración y de sacrificio. El apostolado de los socios será una superabundancia de su vida ‘para adentro’”[1].

Escrivá animaba a practicar oración mental a todos aquellos que acudían a él en busca de dirección espiritual, sin importar lo difícil o aparentemente infructuoso que pudiera parecer. El tono de este consejo lo refleja una carta a Zorzano: “Ten absoluta confianza con Jesús. Cuéntale tus cosas. (…) Si alguna vez (o muchas veces) estás seco y árido, ante el Sagrario, sin saber qué decirle a Jesús…, hazle la guardia: persevera, como de costumbre, sin quitar un minuto: fiel, como un perrillo a los pies de su amo. Y esto, aunque vengan pensamientos inoportunos y hasta malos. Aquel día, es seguro, habrás merecido más con tu perseverancia y habrás consolado más a Dios”[2].

A finales de 1932 Escrivá imprimió en un primitivo velógrafo 246 breves puntos de meditación, sacados principalmente de sus notas personales y basados en su propia experiencia y en la de aquellos que acudían a él para la dirección espiritual. Distribuyó el texto a la gente con la que tenía contacto personal. En 1934 revisaría y expandiría esta colección de puntos de meditación y los prepararía para ser publicados privadamente con el título de “Consideraciones Espirituales”. Inmediatamente después de la Guerra Civil Española publicaría una versión corregida y aumentada con el título de “Camino”. El libro se convertiría en un “best seller”, con cerca de cinco millones de ejemplares vendidos en más de 40 idiomas.

Escrivá aconsejaba a los que acudían a él que abrazaran la Cruz de Jesucristo y vivieran una vida de sacrificio. Pero no les sugería que imitaran la rigurosa penitencia que él practicaba personalmente. En primer lugar subrayaba la amable y animosa aceptación de las dificultades del día y los sacrificios que exigía el cumplimiento de sus obligaciones. “A menudo”, les decía, “una sonrisa es la mejor mortificación”. Cuando hablaba de hacer alguna mortificación corporal, las prácticas que sugería eran moderadas.

El ascetismo que Escrivá aconsejaba era lo que llamaba “ascetismo sonriente”, reflejo de su propia experiencia. La severa penitencia que practicaba personalmente no le volvía triste o malhumorado. Al contrario, la gente que le conocía se sorprendía de su alegría y buen humor. Un atento observador podría conjeturar que el sufrimiento era parte de su vida, pero nunca habló a nadie más que a su director espiritual de las penitencias que realizaba o de las dificultades que pasaban él y su familia. Tenía pronta la sonrisa y un calido y contagioso sentido del humor.

Decía a los miembros de la Obra que debían ser alegres y estar contentos, no a pesar de los problemas y sufrimientos que tuvieran que soportar y de las penitencias que realizaran, sino a causa de ellos. Su fe le llevaba a ver la mano amorosa de Dios detrás de todo y a encontrar en todo la Cruz de Cristo, que era, escribió en una ocasión, “identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios”[3]. E identificarse con Cristo y ser hijo de Dios era la fuente de una profunda felicidad sin importar lo grande que fuera el sufrimiento. “La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. -Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada”[4].

[1] Amadeo de Fuenmayor, Valentín Gómez–Iglesias, José Luis Illanes. Ob. cit. p. 57, nota 16

[2] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. p. 134

[3] Lucas F. Mateo-Seco, Rafael Rodríguez-Ocaña. Ob. cit. p. 30

[4] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 758

Torreciudad: un Santuario mariano

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El cariño a Santa María, Madre de Dios y de los hombres, es una constante en la historia del Opus Dei, es decir, en la vida de Monseñor Escrivá de Balaguer y en la de cada uno de los miembros de la Obra, y es también el sello, más o menos apreciable a primera vista, de las labores apostólicas de los miembros del Opus Dei. En los cimientos de todas esas actividades aparece siempre la Virgen, cuyo toque firme y sereno de ternura presidirá las actividades humanas. El Fundador de la Obra había dicho en varias ocasiones de sí mismo que era «un pobre pecador que ama con locura a Jesucristo», y que en lo único que deseaba que le imitasen era en su amor a Santa María. Y el ejemplo se hizo realidad, en los miembros, desde los primeros días del Opus Dei.

Efectivamente era muy difícil ver o escuchar a Mons. Escrivá de Balaguer sin acusar en seguida su contagiosa y delicada devoción mariana. Como es difícil tratar con la gente del Opus Dei sin descubrir, en vivo, la misma devoción. El Angelus, el Santo Rosario, piropos a la Virgen, las jaculatorias, los detalles que se ven y esos otros, incontables, que permanecen en la intimidad de los corazones para asomar de continuo en una profunda devoción filial… Muchas oraciones y tradiciones marianas han sido heredadas celosamente, como un tesoro inapreciable, por el Opus Dei, que en la formación de sus miembros y en la base de su espiritualidad, ha puesto siempre a la Virgen en el lugar que le corresponde, es decir, inmediatamente después de Dios.

La ciudad de Barbastro ha quedado atrás. La carretcra recorre la orilla derecha del río Cinca; penetra en el Somontano y el paisaje se vuelve agreste. Más allá de la presa de El Grado se convierte el Cinca en lago cerrado por recios canchales que el agua no puede cubrir. En su orilla izquierda, sobre un peñasco, se encuentra la vieja ermita y, cerca, un torreón de señales medio derruido. Más elevado, el nuevo Santuario con los edificios en los que se realiza la labor espiritual con la que soñó el Fundador del Opus Dei. Al fondo se recorta en un limpio cielo azul la impresionante mole del Pirineo aragonés.

El silencio invita a la contemplación. Aquí sucedió algo que es parte de la historia del Opus Dei. Fue en 1904, cuando Mons. Escrivá de Balaguer contaba con dos años de edad. Contrajo una grave enfermedad y fue desahuciado por los médicos. Su madre rezó intensamente a la Virgen y, días más tarde, llevaba al niño, sorprendentemente curado, en peregrinación de acción de gracias a la ermita de Nuestra Señora de Torreciudad: «Me trajeron mis padres –recordaría muchas veces–. Mi madre me llevó en sus brazos a la Virgen. Iba sentada en la caballería, no a la inglesa, sino en silla, como entonces se hacía, y pasó miedo porque era un camino muy malo».

Torreciudad ha sido, desde tiempo inmemorial, punto de encuentro de piedad mariana para las gentes del Somontano aragonés. Cuenta la tradición, recogida por los historiadores, que ya en el siglo XI se inicia esa devoción popular. Millares de personas se han postrado a los pies de la Virgen de Torreciudad durante nueve siglos.

A esta larga historia se quiso sumar Mons. Escrivá de Balaguer y, bajo su impulso espiritual, se fueron poniendo los medios necesarios para levantar un Santuario en el que, de acuerdo con la aprobación de la autoridad eclesiástica competente, se colocara la imagen restaurada para que fuera lugar de conversión bajo el amparo de la Santísima Virgen.

«Me da mucha alegría –había dicho Mons. Escrivá de Balaguer– la devoción que se tiene a la Virgen en Fátima y en Lourdes; me llena de gozo que se honre con tanto amor a nuestra Madre del Cielo. También contribuiremos nosotros a que aumente este amor».

La radical gratitud del Opus Dei a Santa María encuentra en ese Santuario la expresión más adecuada. No fue necesario inventar nada. En torno a la Virgen de Torreciudad, que presidía el lugar, se agolparon los esfuerzos, la generosidad y el agradecimiento de todos los hombres y mujeres del Opus Dei y de millares de personas de todo el mundo –incluidos no católicos, por supuesto– para construir en pocos años un digno Santuario estrechamente unido a un Centro Social y Educativo. Y es bello pensar que en cada ladrillo aragonés, en cada grano de alabastro, en cada baldosa y en cada madero de los edificios que componen el conjunto, late el amor a Santa María expresado en todos los idiomas del universo.

Puesto en marcha por un Patronato, ideado para promover el culto a la Virgen, fomentar la labor educativa y social y facilitar la ayuda necesaria en la realización del proyecto, el Santuario de Torreciudad empezó a ser una realidad en cuanto se abrieron las primeras zanjas y se allanaron los primeros caminos. Su irradiación espiritual y cultural alcanza tanto al trabajo investigador del profesor como al trabajo de las mujeres campesinas, con sus clases de economía doméstica, pasando por los cursos de formación para profesionales, las reuniones de directivos de centros de enseñanza, cursos de retiro espiritual, congresos, cursos de formación cultural básica, programas de técnicas de estudio, cursos de formación de monitores de escuelas agrarias, cursos de iniciación universitaria, cursos para mejorar los cultivos…

En una entrevista publicada el 3 de mayo de 1969 en el semanario de Barbastro, El Cruzado Aragonés, Mons. Escrivá de Balaguer había dicho que «tenía una ilusión muy grande» en ver realizadas las obras., «en primer lugar porque supondrá un aumento de la devoción a la Virgen Santísima».

–¿Qué frutos espera de estas obras de Torreciudad?, –le preguntó entonces el periodista.

«Espero frutos espirituales: gracias que el Señor querrá dar a quienes acudan a venerar a su Madre Bendita en su Santuario. Estos son los milagros que yo deseo: la conversión y la paz para muchas almas.

»En Torreciudad –añadía– no habrá nada que, ni de, lejos, pueda parecer una tienda de objetos de piedad. Allí se irá a rezar, a honrar a la Virgen y a buscar los caminos de Dios; no a comprar baratijas. No me gusta que la casa ele Dios se convierta en un bazar».

En esa misma ocasión Mons. Escrivá de Balaguer manifestó también su deseo de que en el Santuario nuevo de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad hubiese muchos confesonarios, «para que las gentes se purifiquen en el Santo Sacramento de la Penitencia y –renovadas las almas– confirmen o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y amar el trabajo, llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo… Así recibirán con agradecimiento los hijos que el cielo les mande, usando noblemente del amor matrimonial, que les hace partícipes del poder creador de Dios: y Dios no fracasará en esos hogares cuando El les honre escogiendo almas que se dediquen, con personal y libre dedicación, al servicio de –los intereses divinos. ¿Otros milagros? Por muchos y grandes que puedan ser, si el Señor quiere así honrar a su Madre Santísima, no me parecerán más grandes que los que acabo de indicar antes, que serán muchos, frecuentísimos, y pasarán escondidos sin que puedan hacerse estadísticas».

Y terminaba la entrevista diciendo: «Espero que un día no lejano podré acercarme, como peregrino, a rezar a mi Madre Santísima de Torreciudad».

Lo hizo, descalzo, cuando todavía no estaban terminadas las obras. Y volvió también a Torreciudad en mayo de 1975: recorrió todo el Santuario y su amor a la confesión frecuente le llevó a recibir, allí mismo, el Santo Sacramento de la Penitencia. Un mes más tarde, el 26 de junio, entregaba su alma al Señor. A los pocos días –el 7 de julio– el Santuario de Torreciudad se abría al culto con una Misa solemne celebrada en sufragio de su alma.

En 1984, el Santuario ha conmemorado el IX Centenario del hallazgo de la Virgen «morena» de Torreciudad, y del comienzo de la devoción a esta advocación mariana. Según la Oficina de Información del Santuario, más de ochocientas mil personas asistieron a los actos conmemorativos de este IX Centenario. Las peregrinaciones han sido muy numerosas, y fueron presididas, entre otros, por los Arzobispos de Valencia y Braga, el Vicario General Castrense de España, y los Obispos de Lérida, Jerez, Bragano;a, Guadalajara, Barbastro, Leiría, Tortosa y OrihuelaAlicante. Además, Mons. Suquía, Arzobispo de Madrid, ordenó sacerdotes en el Santuario a 22 profesionales, miembros de la Prelatura Opus Dei, que habían sido ordenados diáconos por Mons. Palenzuela, Obispo de Segovia, y Mons. Carles, Obispo de Tortosa.

En palabras del Rector del Santuario, don José Luis Saura, «dos mil grupos de 42 provincias españolas, y de 12 países, han contribuido así a honrar a la Virgen, incrementar su devoción, y a renovarse espiritualmente mediante la recepción personal del Sacramento de la Penitencia». El 13 de octubre, por ejemplo, Mons. Barrachina, rodeado de centenares de chicos y chicas de su diócesis y de toda España, decía: «No conocía Torreciudad y me ha emocionado. La capacidad de convocatoria de la Virgen es aquí una realidad gozosa que llena de ánimo. De Torreciudad sale uno robustecido en su amor a Cristo y a su Madre. Volveré».

Entre las peregrinaciones de otros países se pueden destacar las procedentes de Fátima, Kevelaer, Milán, Lovaina, Lourdes y Lisboa. Las IX Jornadas de la Juventud reunieron en Semana Santa a mil estudiantes y jóvenes trabajadores. Posteriormente, tuvo lugar una concentración nacional de universitarios, con cerca de diez mil asistentes. Los matrimonios que se casaron en Torreciudad y los trabajadores que participaron en los trabajos de construcción tuvieron también una jornada especial. Miles de adoradores se dieron cita en Torreciudad en la madrugada del 23 de septiembre, con ocasión de una vigilia nacional de la Adoración Nocturna Española. Y el 14 de octubre, la Virgen de los Desamparados salía por primera vez en el siglo XX de los límites de Valencia, en peregrinación de veinte mil personas presidida por el Arzobispo de Valencia, Mons. Roca.

En Torreciudad, como en tantos otros Santuarios marianos del mundo, cientos de miles de personas tienen oportunidad de seguir las enseñanzas del Concilio Vaticano II que, en la constitución «Lumen Gentium» (n. 67), impulsa «a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven generosamente el culto a la Santísima Virgen, particularmente el litúrgico» y a «que estimen mucho las prácticas y ejercicios de piedad hacia Ella recomendadas en el curso de los siglos por el Magisterio

La libertad ganada por Cristo en la Cruz

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Aproximación teológica a algunas enseñanzas de San Josemaría Escrivá sobre la libertad

“Nuestra única finalidad es espiritual y apostólica, y tiene un resello divino: el amor a la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz (cfr. Galat. IV, 31)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’1′) 1.

1. Introducción

La libertad es un tema tan central en la vida y en las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá, que solía recordar en muchas ocasiones a quienes el Señor llamó con su misma vocación: “Os dejo como herencia, en lo humano, el amor a la libertad y el buen humor” nota(’33′,’8.0′,’1′,’2′) 2.

Este amor a la libertad se advierte ya desde el comienzo mismo de la misión recibida de Dios nota(’33′,’8.0′,’1′,’3′) 3, y es considerado por el Beato Josemaría como un resello divino nota(’33′,’8.0′,’1′,’4′) 4. No existe solución de continuidad a lo largo de su vida. En la primavera de 1974, un año antes de que el Señor le llamara a Sí, en un encuentro con jóvenes de muchas naciones expresaba las mismas convicciones de modo informal, con viveza y simpatía: “en el siglo pasado, nuestros abuelos –los míos, digamos vuestros bisabuelos– eran tan encantadores que luchaban de verdad por la libertad personal. (…) Tenían toda una ilusión romántica, se sacrificaban y luchaban por alcanzar esa democracia con la que soñaban, y una libertad personal con responsabilidad personal. Así hay que amar la libertad: con responsabilidad personal. (…) voy como Diógenes con el farol, buscando la libertad y no la encuentro en ninguna parte (…) Pienso que soy el último romántico, porque amo la libertad personal de todos –la de los no católicos también–” nota(’33′,’8.0′,’1′,’5′) 5.

Un elemento central de su pensamiento es la convicción de que en lo humano el mayor don recibido de Dios es la libertad y que esa es la característica principal de las personas. Pero el Beato Josemaría fue maestro de libertad no de modo sólo teórico o especulativo, sino en cuanto que vivió intensamente la libertad y la defendió con constancia heroica. Así lo han testimoniado muchas personas que le conocieron nota(’33′,’8.0′,’1′,’6′) 6, y de modo particular sus sucesores al frente del Opus Dei, los Obispos Mons. Alvaro del Portillo nota(’33′,’8.0′,’1′,’7′) 7 y Mons. Javier Echevarría nota(’33′,’8.0′,’1′,’8′) 8. También han destacado este rasgo fuerte del Beato Josemaría las diversas semblanzas publicadas desde 1975 y la biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada nota(’33′,’8.0′,’1′,’9′) 9.

Los escritos del Beato Josemaría no contienen una pura teoría sobre la libertad, sino que ponen sobre el papel cómo la comprendió a fuerza de hechos concretos de su propia vida nota(’33′,’8.0′,’1′,’10′) 10. Yo diría que su estilo es más existencial y autobiográfico que especulativo, y revela una singular clarividencia, rapidez y profundidad de intuición intelectual. El filósofo italiano Cornelio Fabro, que le llamó “maestro de libertad cristiana” nota(’33′,’8.0′,’1′,’11′) 11, ha titulado un estudio sobre las publicaciones del Beato Josemaría con las palabras Con el temple de los Padres, para señalar su semejanza con las obras de los Padres de la Iglesia nota(’33′,’8.0′,’1′,’12′) 12. En la patrística se advierte una fuerte unión entre vida y doctrina: se empieza a desarrollar una cierta reflexión, que forma parte de la vida cristiana de los Padres, que han de transmitir fielmente la Verdad revelada, que es Vida, en las circunstancias determinadas de su tiempo.

Quizá precisamente por esas características que van más allá del ámbito académico, el Fundador del Opus Dei ha merecido la atención de estudiosos de varios saberes humanísticos: de teólogos, filósofos, juristas, pedagogos, etc. nota(’33′,’8.0′,’1′,’13′) 13 En el campo filosófico-teológico en que quiere moverse mi estudio, tengo que mencionar a varios autores sin ánimo de ser exhaustivo: C. Fabro, ya citado, volvió sobre el tema en El primado existencial de la libertad nota(’33′,’8.0′,’1′,’14′) 14; Mons. Fernando Ocáriz nota(’33′,’8.0′,’1′,’15′) 15, con sus trabajos sobre la filiación divina; el Prof. Antonio Aranda nota(’33′,’8.0′,’1′,’16′) 16; Carlos Cardona, tanto en sus comentarios a obras del Beato Josemaría como en sus propios trabajos sobre la libertad; Alejandro Llano nota(’33′,’8.0′,’1′,’17′) 17; Leonardo Polo nota(’33′,’8.0′,’1′,’18′) 18; Joan Baptista Torelló nota(’33′,’8.0′,’1′,’19′) 19 y otros nota(’33′,’8.0′,’1′,’20′) 20.

2. Contexto histórico

Para profundizar en las enseñanzas del Beato Josemaría y valorarlas debidamente, es necesario ofrecer unas pinceladas breves sobre la suerte de la libertad en la cultura de su tiempo. Muchas veces su afirmación de la libertad procedía de su defensa ante hechos concretos de la vida de muchos países. Siendo un maestro de vida cristiana, percibía con profundidad los cambios de la cultura en la que vivía. Se trata aquí sólo de ofrecer un marco general de referencia.

2.1. El progresivo aprecio de la libertad

Una de las realidades más importantes en juego en los cambios culturales modernos y contemporáneos es sin duda la libertad, junto a la autenticidad. Lo ha puesto de relieve Charles Taylor en su conocida obra Las fuentes del yo, aunque él mismo no parece concluir su diagnóstico de la modernidad nota(’33′,’8.0′,’1′,’21′) 21.

En los últimos siglos ha tenido lugar un progresivo descubrimiento del valor y de la radicalidad de la libertad. En el plano existencial de las personas singulares y de la sociedad, se ha consolidado una fuerte conciencia de la dignidad de la persona y de sus derechos, a la vez que se ha afirmado la autonomía relativa de las realidades terrenas. En el centro de todo este proceso se encuentra la experiencia vivida de la libertad, en el plano personal y en el de la vida social y política. Esta mayor conciencia del alcance de la libertad y de su valor se refleja en los textos jurídicos, en la literatura y en los desarrollos especulativos. A mi modo de ver, se trata de un largo proceso de maduración de algunas verdades cristianas, que ha requerido siglos de historia para manifestar cada vez más plenamente sus virtualidades.

Como es lógico, la profundización en la libertad ha estado siempre acompañada de escorias relacionadas con el pecado. En el orden teórico, muchos filósofos tienden –a mi juicio, acertadamente– a ver la libertad como centro del hombre. Pero a causa de un antropocentrismo cerrado a la trascendencia, muchas veces la conciben como algo absoluto, que se fundamenta a sí mismo o que no necesita de fundamento alguno: es decir, se llega hasta el extremo de ver la libertad como fundante y no fundada. Esa autonomía antropocéntrica contiene un rechazo del realismo metafísico –profundamente humano y reforzado por el cristianismo–, de la aceptación del ser comunicado por Dios a las criaturas. El acto de ser es fuente de actividad, y cuando es de orden espiritual, es un ser personal que con el libre dinamismo se perfecciona y se dirige hacia su plenitud. Por eso sucede la extraña paradoja, frecuente en la modernidad, de una fuerte percepción de la libertad, que luego se malogra tristemente de diversos modos. Se comprende, porque la libertad se pierde cuando se rechaza su fundamento metafísico, como se puede ver en dos orientaciones importantes de numerosos pensadores modernos y contemporáneos.

Así en el racionalismo, que prefiere la subjetiva claridad de las simples esencias al ser de la realidad misma, la libertad acaba reducida a la necesidad conocida del sistema, es decir a la conciencia de la propia necesidad (por ejemplo, en cuanto modos de la única sustancia, del Deus sive Natura de Spinoza). La realidad, como conjunto de esencias relacionadas a modo de sistema matemático perfectamente aferrable por la razón humana, no deja espacio a la libertad, que constituye un escándalo irracional para el sistema determinista (Leibniz). El ser, con todo el dinamismo que de él surge, ha sido rechazado al preferir unas esencias claras y distintas, más fácilmente manejables por el hombre en su dominio del mundo, porque el ser no es perfectamente disponible.

Otra forma importante y extrema del olvido y rechazo del ser acaece en las concepciones de la realidad que, en lugar de las esencias, prefieren la existencia como conjunto de hechos y acciones sin un sujeto enraizado en el ser. Posición que podría calificarse de factualismo existencialista. En este caso, la realidad se compone de hechos que se suceden sin surgir de una fuente en la que encuentran una unidad y un significado. La libertad se disuelve en la espontaneidad de actos desconectados y sin sentido. El tener que decidir –con su aneja responsabilidad– deviene un peso insoportable, una condena (Sartre). La temporalidad deja de ser una eternidad participada, para convertirse en un sucederse lúdico o esteticista de actos puntuales y aislados nota(’33′,’8.0′,’1′,’22′) 22. También en este caso la exaltación de la libertad conduce paradójicamente a su pérdida.

2.2. La mentalidad de partido único

El Beato Josemaría Escrivá, evitando siempre tomar posiciones políticas concretas, defendió la libertad cristiana ante lo que llamaba “mentalidad de partido único” tanto en el campo social y político, como en el apostólico.

En el campo político, después de la exaltación de una libertad individualista propia del liberalismo, a lo largo del siglo XX se sucedieron ideologías y experiencias políticas que tuvieron en común la negación de la libertad personal. Totalitarismos en sentido estricto, como el comunismo y el nacionalsocialismo; y otras formas políticas de excesiva limitación de la libertad, dominadas por un partido único. Con su sentido cristiano de la libertad, el Beato Josemaría rechazó con mucha energía esa conculcación de la persona humana y de su libertad y responsabilidad, haciéndose siempre eco de las declaraciones del Magisterio de la Iglesia en este campo.

Ante el fenómeno de masas despersonalizadas producido por estas tendencias de la vida política y por diversas causas culturales, difundió la inquietud cristiana por extraer de la masa anónima a las personas, para que asumiesen su libertad y responsabilidad personales, sin conformarse a los intentos tiránicos de sofocarlas.

2.3. Clericalismo y miedo a la libertad

También en el ámbito de la vida eclesial se daban fenómenos de escasa conciencia de lo que supone la libertad cristiana: personas y grupos con mentalidad de partido único, en el ámbito del apostolado y de la actuación de los católicos en la vida pública; gentes que se sentían con la misión de ofrecer una única solución católica a los problemas del ámbito temporal; concepciones de la dirección espiritual como una guía que sustituía a la conciencia cristiana de cada uno de los fieles. Quizá la reacción a los excesos del liberalismo engendró en algunos ambientes estas actitudes de miedo a la libertad y de renuncia a tomarse responsabilidades.

El Fundador del Opus Dei percibía claramente que se trataba de una deformación cristiana y de un oscurecimiento de la libertad. Si el clericalismo en general consiste en la indebida ingerencia de los clérigos en aquellos ámbitos que son competencia de los laicos, el Beato Josemaría supo detectar numerosas manifestaciones de este clericalismo y su relación con la mentalidad de partido único, que nace cuando se intenta ofrecer una única solución cristiana a los problemas contingentes y opinables. Su planteamiento de la vida cristiana, defendiendo la libertad de cada persona, tuvo que ir contra corriente, porque era consciente de la tentación de clericalismo presente en quien cree o dice que “baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. ¡Esto no puede ser, hijos míos! Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas” nota(’33′,’8.0′,’1′,’23′) 23.

No era un punto marginal. El Fundador del Opus Dei tenía una firme convicción de que las personas afectadas por esa mentalidad no podían entender la misión que había recibido de Dios de manifestar la grandeza de la vida ordinaria.

2.4. Profundización católica en la libertad en el s. XX

A lo largo del siglo XX bastantes teólogos y filósofos cristianos han ido profundizando en el sentido cristiano de la libertad. Esta ganancia ha dado sus frutos en los desarrollos doctrinales del Concilio Vaticano II, en los que tiene un cierto peso la expresión paulina “la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rom 8, 21). Después no han faltado extremismos en la línea de asumir un liberalismo fuerte o en la, aparentemente opuesta, de algunas formas de teología de la liberación de orientación marxista. Digo “aparentemente opuesta”, porque ambas tienen una matriz común de antropocentrismo de cerrada inmanencia.

En el ámbito estrictamente académico se ha constatado entre pensadores cristianos la tendencia a un sentido más alto de la libertad que el usual en la teología y filosofía escolásticas de la primera mitad del siglo XX. La idea de libertad como mera propiedad de la facultad volitiva espiritual producía insatisfacción y se intentaba verla como una expresión de toda la persona. Como escribe Alejandro Llano, “la decisión libre implica existencialmente al ser humano de modo más profundo y global que el propio conocimiento” nota(’33′,’8.0′,’1′,’24′) 24, o como señala Paul Ricoeur, al decidir yo me decido, poniendo en mi decisión todo el peso de mi ser.

También la noción de libertad como pura capacidad de elegir medios se mostró reductiva y muchos autores –por ejemplo, Joseph de Finance nota(’33′,’8.0′,’1′,’25′) 25 o Karol Wojtyla nota(’33′,’8.0′,’1′,’26′) 26-– subrayaron la autodeterminación o autotrascendencia hacia la perfección y la plenitud, que se manifiestan especialmente en la donación, punto en el que también convergen filósofos bastante diversos como Leonardo Polo, Carlos Cardona nota(’33′,’8.0′,’1′,’27′) 27 o Robert Spaemann nota(’33′,’8.0′,’1′,’28′) 28.

Se quería superar una visión unilateral, puramente estática de la metafísica y un extrinsecismo del obrar respecto al ser. Se trataba, en el fondo, de sacar las consecuencias de la superación del formalismo y por tanto de verlo todo desde el punto de vista de la perfección por excelencia que es el ser, siempre que este no sea considerado como simple existencia o estado de realidad, como han mostrado Cornelio Fabro o Etienne Gilson.

La actualidad y energía del ser participado no queda completamente encerrada en los límites de la esencia, sino que hace que de ésta fluyan las potencias activas, las capacidades operativas o facultades, que tienen más razón de acto que de potencia. El ser es siempre fuente de actividad, y en Dios es idéntico a su obrar inmanente de sabiduría y de amor.

A la luz de este esfuerzo especulativo en la teología y en la filosofía, la libertad como capacidad de elegir remite a algo más fundamental que es el ser libre de la persona. Con mayor o menor precisión esta perspectiva se observa en no pocas obras de antropología filosófica y teológica y, en general, en el modo de abordar reflexivamente numerosos temas de la vida cristiana.

En el contexto de los “maestros de vida cristiana” del siglo XX, el ejemplo y las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá han tenido un influjo que los historiadores podrán determinar más adelante. Su conciencia explícita de la “libertad personal”, de la “libertad de los hijos de Dios”, de la “libertad responsable” estaba constantemente presente en sus actuaciones y palabras.

Además de los factores de su educación familiar, de su propia personalidad humana y cristiana, y probablemente también de su formación jurídica, pienso que su penetración en la libertad se debe sobre todo a la luz fundacional recibida de Dios y a su propia experiencia cristiana. No parece, desde luego, tener su origen en la mentalidad dominante en el ambiente eclesiástico en que se formó, ya que, como he anotado, mucho tuvo que luchar por defender la libertad personal. En los años posteriores al Concilio Vaticano II, supo defender la libertad personal cristiana frente a las deformaciones propias de una libertad desligada de Cristo y de la verdad: las formas de teología de la liberación inspiradas en el marxismo y la reducción de la libertad a libertinaje.

Cornelio Fabro lo ha expresado así: “Hombre nuevo para los tiempos nuevos de la Iglesia del futuro, Josemaría Escrivá de Balaguer ha aferrado por una especie de connaturalidad –y también, sin duda, por luz sobrenatural– la noción originaria de libertad cristiana. Inmerso en el anuncio evangélico de la libertad entendida como liberación de la esclavitud del pecado, confía en el creyente en Cristo y, después de siglos de espiritualidades cristianas basadas en la prioridad de la obediencia, invierte la situación y hace de la obediencia una actitud y consecuencia de la libertad, como un fruto de su flor o, más profundamente, de su raíz” nota(’33′,’8.0′,’1′,’29′) 29.

3. La libertad de los hijos de Dios y su relación con la Cruz

El pensamiento del Beato Josemaría Escrivá se refiere a la libertad personal y a sus consecuencias: a la libertad radical o fundamental y a las libertades aplicadas, por decirlo con una expresión bastante usual. Son dos aspectos que se entrecruzan y son inseparables. Como he dicho al inicio, uno de los méritos del Fundador del Opus Dei consiste precisamente en haber unido doctrina y vida, en este tema como en muchos otros. Por lo tanto, en haber puesto de relieve bastantes concreciones de la libertad en diversos campos, en unos momentos en los que la tendencia general de la cultura no iba en ese sentido. En la bibliografía citada anteriormente en varias notas abundan las reflexiones sobre estos puntos. Sin embargo, no hay en esos escritos un estudio que afronte directamente la relación entre la libertad y la Cruz, que será el objeto central de este artículo.

Algunos textos invitan a hacerlo. Por ejemplo, entre otros, esta declaración del autor en la primavera de 1974 afirmando que el elemento más decisivo de su amor a la libertad es la muerte de Cristo en la Cruz: “Amo la libertad de los demás, la vuestra, la del que pasa ahora mismo por la calle, porque si no la amara, no podría defender la mía. Pero ésa no es la razón principal. La razón principal es otra: que Cristo murió en la Cruz para darnos la libertad, para que nos quedáramos in libertatem gloriae filiorum Dei (Rom. 8, 21)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’30′) 30.

El Beato Josemaría usaba mucho la expresión la libertad de los hijos de Dios. De este modo ponía el acento en la relación de la libertad con la filiación divina, que Dios le había hecho ver como fundamento de su vida espiritual. Por eso decía: “¡cada día aumentan mis ansias de anunciar a grandes voces esta insondable riqueza del cristiano: la libertad de la gloria de los hijos de Dios! (Rom. 8, 21)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’31′) 31. Pero igualmente característico es su modo de ver la libertad como don divino que nos llega a través de la Cruz. Así escribe sobre “el amor a la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz (cfr. Galat. 4, 31)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’32′) 32.

A veces aparecen juntos los dos aspectos: la libertad de los hijos de Dios y la referencia a Cristo redentor en la Cruz, remitiendo a los textos paulinos ya citados de Romanos y Gálatas: “Hijos míos, somos una numerosa y variadísima familia, que crece y se desarrolla in libertatem gloriae filiorum Dei (Rom. 8, 21), qua libertate Christus nos liberavit (Galat. 4, 31), en la libertad gloriosa que Jesucristo nos ha adquirido redimiéndonos de toda servidumbre. Nuestro espíritu es de libertad personal” nota(’33′,’8.0′,’1′,’33′) 33.

En su modo de pensar la conexión entre libertad y Cruz confluyen su estudio de la teología, la meditación personal, algunas experiencias espirituales especialmente intensas, y sobre todo su sentido de la filiación divina. Por este motivo algunos de los textos más incisivos se encuentran en escritos que manifiestan muy directamente el encuentro personal del Beato Josemaría con Cristo, como son sus comentarios a las estaciones del Via Crucis nota(’33′,’8.0′,’1′,’34′) 34 y a los misterios dolorosos del Santo Rosario nota(’33′,’8.0′,’1′,’35′) 35.

3.1. Estar en la Cruz es ser Cristo y, por tanto, hijo de Dios.

Antes de entrar en esos textos y para enmarcarlos, quisiera referirme a una profundización del Beato Josemaría expuesta en una meditación del 28 de abril de 1963. Son palabras que muestran la densidad antropológica y teológica de su oración: “Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año treinta y uno, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas palabras: tú eres mi hijo (Ps. 2, 7), tú eres Cristo. Y yo sólo sabía repetir: Abba, Pater!; Abba, Pater!; Abba!, Abba!, Abba! Ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve, al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso. Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón –lo veo con más claridad que nunca– es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios” nota(’33′,’8.0′,’1′,’36′) 36.

El Fundador del Opus Dei se refiere a un periodo de grandes tribulaciones interiores y exteriores. Pero en esos momentos no le falta el consuelo del Señor. Precisamente entonces Dios le concede nuevas luces sobre la misión recibida. Una de ellas tiene lugar el 7 de agosto de 1931 y se refiere a la Cruz. Durante la Santa Misa, en el momento de la elevación de la Sagrada Hostia, el Señor pone en su pensamiento las palabras del Evangelio de San Juan: “et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum” (Jn 12, 32), con un significado preciso: “Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas” nota(’33′,’8.0′,’1′,’37′) 37. Se trata de una iluminación sobre el modo de colaborar con nuestro trabajo a la acción de Cristo en la Cruz que atrae todo hacia Sí y hacia el Padre. El cristiano, santificando su existencia secular ordinaria, hace presente la exaltación redentora de Cristo nota(’33′,’8.0′,’1′,’38′) 38.

Poco tiempo después, el 16 de octubre de 1931, tiene lugar el hecho al que se refería en la meditación del 28 de abril de 1963: “Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía (…). Probablemente hice aquella oración en voz alta.

Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca” nota(’33′,’8.0′,’1′,’39′) 39.

Como hemos anunciado, con el pasar de los años el Beato Josemaría ve esa intervención divina con mayor hondura. El texto de 1963 ya citado contiene el núcleo de su profundización: “Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón –lo veo con más claridad que nunca– es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios”. Las luces recibidas de Dios, entreveradas con los sucesos de su vida, le han llevado al descubrimiento personal de que estar en la Cruz es ser Cristo y, por tanto, hijo de Dios.

Esta formulación tan concisa es de una notable densidad teológica. En ella la filiación divina queda vinculada a la identificación con Cristo, al ser ipse Christus nota(’33′,’8.0′,’1′,’40′) 40. Ese ser Cristo tiene un sentido sacramental. Por el bautismo y por los demás sacramentos, mediante la acción del Espíritu Santo el hombre deviene Cristo, se hace cristiforme, miembro de Cristo. Pero además esa realidad de la nueva criatura nota(’33′,’8.0′,’1′,’41′) 41 se proyecta en toda la vida y tiende a crecer y a manifestarse en todas las acciones, actuando como Cristo, o dicho de otro modo, dejando – mediante nuestra libertad – que Cristo actúe en nosotros, juntamente con la fuerza operativa del Paráclito.

Por eso, así como el momento culminante de la obediencia de Cristo a la voluntad del Padre es su sacrificio en la Cruz, también todo cristiano se identifica especialmente con Cristo cuando lleva la Cruz detrás del Maestro. Esta identificación se actualiza y crece cada vez que, movidos por el Espíritu Santo, nos ofrecemos con Cristo al Padre en la celebración del Sacrificio eucarístico, que hace presente de nuevo en un punto del espacio y del tiempo el mismo Sacrificio del Calvario. Allí, de modo sacramental, el cristiano ejerce y refuerza su ser hijo de Dios Padre en el Hijo – somos hijos en el Hijo –, formando una sola cosa con Cristo.

No es extraño que Dios haya querido mostrar al Fundador del Opus Dei la conexión entre la celebración de la Santa Misa y la identificación con Cristo, haciéndole sentir de algún modo el cansancio del Hijo de Dios en la Cruz: “Después de tantos años, aquel sacerdote hizo un descubrimiento maravilloso: comprendió que la Santa Misa es verdadero trabajo: operatio Dei, trabajo de Dios. Y ese día, al celebrarla, experimentó dolor, alegría y cansancio. Sintió en su carne el agotamiento de una labor divina. A Cristo también le costó esfuerzo la primera Misa: la Cruz” nota(’33′,’8.0′,’1′,’42′) 42.

Existen otros testimonios de diversos periodos de su vida acerca de esa intensidad y del consiguiente cansancio. De todos modos, sobre ese día mencionado dijo: “A mí nunca me ha costado tanto la celebración del Santo Sacrificio como ese día, cuando sentí que también la Misa es Opus Dei. Me dio mucha alegría” nota(’33′,’8.0′,’1′,’43′) 43. Dios quiso hacerle entender con mayor profundidad que la identificación con Cristo, que ejerce su libertad cumpliendo la voluntad del Padre dejándose clavar en la Cruz, tiene lugar radicalmente en la Santa Misa.

Partiendo de la Cruz y por tanto del Santo Sacrificio de la Eucaristía, nuestra filiación divina se prolonga en todos los actos de la existencia cotidiana vividos en obediencia amorosa a la voluntad del Padre. Entonces se realiza lo que el Beato Josemaría afirmaba en el texto ya citado: “Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría”. El hombre siente la alegría de saberse hijo de Dios en Cristo, saborea –aun en medio del dolor– la felicidad de amar a Dios y a los demás, el gozo de saber que todas las acciones, incluso las más materiales, sirven para poner en alto la Cruz de Cristo que atrae todo hacia Sí.

3.2. La libertad del Hijo Unigénito culminada en la Cruz

Se diría que hasta ahora no ha aparecido la libertad. Ciertamente, de manera explícita no, pero en esa felicidad y alegría, en la condición de hijo de Dios y no de esclavo, se adivina el sentido más profundo de la libertad.

Consideremos ahora la libertad de Cristo, expresada en el cuarto Evangelio: “Por eso mi Padre me ama, porque doy mi vida para tomarla otra vez. Nadie me la arranca, sino que yo la doy de mi propia voluntad, y yo soy dueño de darla y dueño de recobrarla” nota(’33′,’8.0′,’1′,’44′) 44. Y comenta el Beato Josemaría: “Nunca podremos acabar de entender esa libertad de Jesucristo, inmensa –infinita– como su amor” nota(’33′,’8.0′,’1′,’45′) 45. Estas palabras nos invitan a meternos en el claroscuro de la sabiduría y del amor de la Vida divina.

Al Beato Josemaría le gusta considerar cómo en todos los misterios de la Revelación “aletea ese canto a la libertad”. La creación es ya “un libre derroche de amor”. Y es también el amor gratuito y libérrimo de Dios el motivo de la Redención.

Su trato con cada una de las Personas divinas le lleva a exponer su visión de la economía de la salvación partiendo de la vida intratrinitaria de sabiduría y de amor, y terminando en el misterio pascual de la Muerte y Resurrección del Verbo encarnado. “Dios es Amor” nota(’33′,’8.0′,’1′,’46′) 46. “El abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una Caridad infinita. Dios no abandona a los hombres. Los designios divinos prevén que, para reparar nuestras faltas, para restablecer la unidad perdida, no bastaban los sacrificios de la Antigua Ley: se hacía necesaria la entrega de un Hombre que fuera Dios. Podemos imaginar –para acercarnos de algún modo a este misterio insondable– que la Trinidad Beatísima se reúne en consejo, en su continua relación íntima de amor inmenso y, como resultado de esa decisión eterna, el Hijo Unigénito de Dios Padre asume nuestra condición humana, carga sobre sí nuestras miserias y nuestros dolores, para acabar cosido con clavos a un madero” nota(’33′,’8.0′,’1′,’47′) 47.

La referencia a la Vida trinitaria –con su libertad amorosa– y a las misiones visibles e invisibles del Hijo y del Espíritu Santo es una luz intensa que ilumina toda su predicación: “El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia Él, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones” nota(’33′,’8.0′,’1′,’48′) 48.

Para acercarse al misterio eucarístico –al hacerse presente una y otra vez el único Sacrificio del Calvario, en el que Cristo revela de modo máximo el amor misericordioso– el Beato Josemaría parte también del amor y libertad propios de la vida trinitaria: “Esta corriente trinitaria de amor por los hombres se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía. (…) Hablaba de corriente trinitaria de amor por los hombres. Y ¿dónde advertirla mejor que en la Misa? La Trinidad entera actúa en el santo sacrificio del altar. (…) Toda la Trinidad está presente en el sacrificio del Altar. Por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora” nota(’33′,’8.0′,’1′,’49′) 49.

La libertad de Cristo, en la predicación del Beato Josemaría Escrivá, se entiende en este contexto del amor trinitario. El Hijo tiene el mismo señorío, amor y libertad que el Padre, porque es de su misma naturaleza. Su amor al Padre le lleva a ejercitar ese señorío y dominio cumpliendo la voluntad del Padre. Libertad y señorío que se traducen en servicio y donación desde el nacimiento hasta la Cruz.

En el nacimiento se revela esta lógica de la libertad divina, que lleva a la donación y a la kénosis, que interpela a la libertad de cada hombre. “Dios se humilla para que podamos acercarnos a Él, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’50′) 50.

La libertad como donación por parte de Dios contiene la paradoja fundamental del cristianismo: el anonadamiento y kénosis del Verbo; paradoja que llega a su tensión más alta en la Cruz, donde Cristo ejercita de modo sublime y con libertad plena su amor infinito a la voluntad del Padre y a la liberación de todos los hombres mediante su Pasión y Muerte, que le llevará a la victoria de la Resurrección. La corriente trinitaria de amor llega al colmo en la Pasión. “Cuando llega la hora marcada por Dios para salvar a la humanidad de la esclavitud del pecado, contemplamos a Jesucristo en Getsemaní, sufriendo dolorosamente hasta derramar un sudor de sangre (Cfr. Lc 22, 44), que acepta espontánea y rendidamente el sacrificio que el Padre le reclama” nota(’33′,’8.0′,’1′,’51′) 51. Esta aceptación espontánea y rendida es ejercicio altísimo de la libertad y del señorío de querer servir a toda la humanidad.

Por eso, en la meditación personal del Beato Josemaría sobre la Pasión aparecen los textos quizá más sublimes sobre la libertad de Cristo como donación absoluta y como revelación del amor trinitario que está por encima de todo mal.

Así en su comentario a la X estación del Via Crucis se expresa de modo muy intenso la paradoja de la libertad de Cristo en la Cruz: “Al llegar el Señor al Calvario, le dan a beber un poco de vino mezclado con hiel, como un narcótico, que disminuya en algo el dolor de la crucifixión. Pero Jesús, habiéndolo gustado para agradecer ese piadoso servicio, no ha querido beberlo (cfr. Mt 27, 34). Se entrega a la muerte con la plena libertad del amor” .

En la XI estación, que contempla la muerte del Hombre-Dios en la Cruz, el Beato Josemaría Escrivá sigue mirando a Cristo en su libre donación: “Es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario. Y ya en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte. Con ademán de Sacerdote Eterno, sin padre ni madre, sin genealogía (cfr. Heb 7,3), abre sus brazos a la humanidad entera”. En ocasiones decía que era el Amor –más que los clavos– lo que había cosido a Cristo en la Cruz.

En el comentario del 5º misterio doloroso del Santo Rosario, la Cruz aparece como lugar de triunfo: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos, tiene dispuesto el trono triunfador. Tú y yo no lo vemos retorcerse, al ser enclavado: sufriendo cuanto se pueda sufrir, extiende sus brazos con gesto de Sacerdote Eterno”. El Beato Josemaría parece seguir de algún modo la presentación de la Pasión de Cristo en el cuarto Evangelio, donde San Juan quiere expresar la libertad, el dominio de Jesús que se entrega libremente, y a la vez quizá se inspira en la iluminación divina ya referida de la exaltación de Cristo en la Cruz para atraer a todos, y que revela un aspecto nuevo de Juan 12, 32. La Cruz infamante se convierte en trono desde el que Cristo reina: “Pero la Cruz será, por obra de amor, el trono de su realeza” (II estación del Via Crucis).

El Beato Josemaría Escrivá invita a descubrir en la libertad del amor con que Jesús lleva la Cruz sobre sus espaldas un modelo para adquirir la propia libertad. “Mira con qué amor se abraza a la Cruz. –Aprende de Él. –Jesús lleva Cruz por ti: tú, llévala por Jesús.

Pero no lleves la Cruz arrastrando… Llévala a plomo, porque tu Cruz, así llevada, no será una Cruz cualquiera: será… la Santa Cruz. No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será… una Cruz, sin Cruz” (4º misterio doloroso del Santo Rosario). El cristiano crece en libertad en la medida en que ama la Cruz. Entonces va teniendo lugar en cada uno la liberación que Cristo nos ha conseguido.

En estos textos se ha puesto de manifiesto cómo la libertad de Cristo se expresa en el amor total –locura de amor, repite muchas veces el Fundador del Opus Dei– a la voluntad del Padre. Es la “plena libertad del amor” del Hijo Amado.

Hay otros pasajes donde esta conexión entre la libertad amorosa de Jesús y su filiación al Padre es todavía más explícita y hace pensar en una oración muy intensa y en una realidad vivida por el Beato Josemaría: “Jesús ora en el huerto: Pater mi (Mt 26,39), Abba, Pater! (Mc 14,36). Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús sufre, por cumplir la Voluntad del Padre… Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento?

Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como Él, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: Pater mi, Abba, Pater,…fiat!” nota(’33′,’8.0′,’1′,’52′) 52 La oración de Josemaría Escrivá aquel 16 de octubre de 1931 le ayuda aquí a penetrar más profundamente en el doloroso diálogo de Jesús con el Padre en el Huerto de los Olivos. La tentación del sinsentido del dolor se supera con la libertad del amor, con el abrazo a la voluntad de Dios Padre para servir a todos los hombres, enseñándoles el sentido más hondo de su ser libres.

Después de la oración en Getsemaní, Jesús se entrega libremente: “El Prendimiento:… venit hora: ecce Filius hominis tradetur in manus peccatorum (Mc 14,41)… Luego, ¿el hombre pecador tiene su hora? ¡Sí, y Dios su eternidad!… ¡Cadenas de Jesús! Cadenas, que voluntariamente se dejó Él poner, atadme, hacedme sufrir con mi Señor, para que este cuerpo de muerte se humille… Porque –no hay término medio– o le aniquilo o me envilece. Más vale ser esclavo de mi Dios que esclavo de mi carne” nota(’33′,’8.0′,’1′,’53′) 53. De nuevo la paradoja entre las cadenas y la libertad. Sin esas cadenas, sin un compromiso de amor y de servicio, queda sólo la esclavitud al propio yo.

Me he detenido en el momento culminante de la Pasión y Muerte –inseparable de la Resurrección y Ascensión, y del posterior envío del Espíritu Santo la mañana de Pentecostés–, pero vale la pena recordar que toda la vida de Jesús está impregnada de esta libertad amorosa del Hijo que no tiene otro deseo que manifestar el amor misericordioso del Padre.

Tomo aquí sólo un ejemplo: el de la vida oculta de la Sagrada Familia en Nazaret, muy querido al Beato Josemaría, porque la luz recibida de Dios acerca de la santidad en la vida ordinaria le llevó a descubrir el valor redentor de esos largos años, que no se limitan a ser una preparación para la misión pública, sino que son ya en sí mismos salvadores. Jesús obedece a María y a José: “erat subditus illis (Lc 2, 31), obedecía. Hoy que el ambiente está colmado de desobediencia, de murmuración, de desunión, hemos de estimar especialmente la obediencia. Soy muy amigo de la libertad, y precisamente por eso quiero tanto esa virtud cristiana. Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la voluntad de nuestro Padre” nota(’33′,’8.0′,’1′,’54′) 54. La contraposición entre libertad y obediencia, cuando en ésta se manifiesta de un modo u otro la voluntad de Dios, suele ser señal de una visión todavía pobre de la libertad, como capacidad de elegir desprovista de su sentido y finalidad.

La libertad de Cristo manifestada en la obediencia al Padre durante toda su existencia muestra la clave de su biografía terrena desde Nazaret hasta la Cruz e ilumina el sentido de nuestra propia libertad como respuesta amorosa a la libertad divina.

3.3. La libertad de los hijos de Dios orientada a la entrega de sí

La libertad del amor trinitario que se manifiesta en la vida de Jesucristo tiene una doble eficacia con respecto a nosotros. Por una parte nos revela el sentido más profundo y radical de nuestro ser personas y de nuestra libertad. El Concilio Vaticano II ha tratado este punto no sólo por lo que se refiere a nuestro ser nota(’33′,’8.0′,’1′,’55′) 55, sino también a nuestra libertad: “Más aún, el Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno (Ioh 17, 21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” nota(’33′,’8.0′,’1′,’56′) 56.

Por otro lado, Cristo nos consigue la gracia divina y así el hombre, que a causa del pecado se hallaba con la libertad disminuida como capacidad de amar y de corresponder a la libertad y al amor divino, puede recuperar esa pérdida gracias a la libertad de Cristo, de la que surge el amor que vence todo mal y toda esclavitud.

La libertad que Cristo nos consiguió en la Cruz es el gran don de ser hijos del Padre y de poder amar a Dios, y por Él, a las demás personas creadas. Entonces se ve que la libertad no se contrapone a la entrega, sino que en ella encuentra su razón de ser: “Nada más falso que oponer la libertad a la entrega, porque la entrega viene como consecuencia de la libertad. Mirad, cuando una madre se sacrifica por amor a sus hijos, ha elegido; y, según la medida de ese amor, así se manifestará su libertad. Si ese amor es grande, la libertad aparecerá fecunda, y el bien de los hijos proviene de esa bendita libertad, que supone entrega, y proviene de esa bendita entrega, que es precisamente libertad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’57′) 57. Estamos ante un punto de gran importancia. La libertad es para la entrega, de tal modo que la donación de sí es el acto más propio y adecuado de la libertad, como manifiesta de modo sublime la respuesta de María al recibir el anuncio del Angel: “Nuestra Madre escucha, y pregunta para comprender mejor lo que el Señor le pide; luego, la respuesta firme: fiat! (Lc 1, 38) –¡hágase en mí según tu palabra!–, el fruto de la mejor libertad: la de decidirse por Dios” nota(’33′,’8.0′,’1′,’58′) 58. Una vez más la paradoja –esta vez en María– entre declararse esclava del Señor y adquirir el mayor señorío y la mayor libertad.

Lógicamente, esto se entiende bien sólo desde la verdad de nosotros mismos. Sabernos hijos de Dios nos permite ser libres. “Saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas la cosas” nota(’33′,’8.0′,’1′,’59′) 59.

La filiación divina permite entender y vivir la libertad. Incorporados a Cristo, de algún modo formamos una sola cosa con Él, y en Él participamos como hijos adoptivos en las procesiones eternas intratrinitarias del Hijo y del Espíritu Santo. Los “hijos en el Hijo” participamos –de manera finita– de ese señorío, tenemos la libertad de los hijos. No somos esclavos ni siervos, sino hijos y amigos que conocemos los secretos del Padre comunicados por el Hijo –participando en la filiación del Verbo encarnado– y amamos a Dios Padre y a todas las personas por la participación en el Espíritu Santo, Amor recíproco entre el Padre y el Hijo.

“La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres” nota(’33′,’8.0′,’1′,’60′) 60. La búsqueda de la infinitud que de un modo u otro todo hombre y toda mujer se empeñan por alcanzar, deja de ser la “mala infinitud” hegeliana y se convierte en la adhesión al único Infinito.

La objeción que quizás hoy con más intensidad que ayer todo hombre se plantea es: “responder que sí a ese Amor exclusivo, ¿no es acaso perder la libertad?” nota(’33′,’8.0′,’1′,’61′) 61. Esa pregunta surge sobre todo ante el dolor y el esfuerzo que comporta un amor total y sin condiciones. Pero también ante el vaciamiento o pérdida de sí mismo que parece tan contrario a los ideales de libertad y autenticidad.

En cierto modo la respuesta se obtiene de modo convincente sólo con la experiencia de decidirse a buscar ese Amor: “Amar es… no albergar más que un solo pensamiento, vivir para la persona amada, no pertenecerse, estar sometido venturosa y libremente, con el alma y el corazón, a una voluntad ajena… y a la vez propia” nota(’33′,’8.0′,’1′,’62′) 62.

Sólo entonces se entiende bien y se saborea la propia libertad. “El alma enamorada conoce que, cuando viene ese dolor, se trata de una impresión pasajera y pronto descubre que el peso es ligero y la carga suave, porque lo lleva Él sobre sus hombros, como se abrazó al madero cuando estaba en juego nuestra felicidad eterna (cfr. Mt 11, 30) nota(’33′,’8.0′,’1′,’63′) 63.

La libertad sólo manifiesta todo su sentido y supera las paradojas cuando se descubre como don divino, con el que podemos colaborar con Dios. Es verdad que todos podemos sentir, y de hecho sentimos a veces, rebeldía, y entonces no comprendemos “que la Voluntad divina, también cuando se presenta con matices de dolor, de exigencia que hiere, coincide exactamente con la libertad, que sólo reside en Dios y en sus designios” nota(’33′,’8.0′,’1′,’64′) 64. Aún así vale la pena recordar que, en definitiva, la exigencia de amar de modo total y pleno es bien conforme a nuestra naturaleza nota(’33′,’8.0′,’1′,’65′) 65.

3.4. La libertad del hijo de Dios, obra de las tres Personas divinas

Para finalizar esta parte central del estudio dedicada a la libertad en su dimensión de don sobrenatural anejo a la filiación divina, quisiera presentar algunas formulaciones del Beato Josemaría en las que se acentúa este aspecto propio de la libertad que nos viene de la redención y elevación a la condición de hijos de Dios, mediante la gracia ganada por Cristo en la Cruz y difundida en nosotros por el Espíritu Santo, es decir de nuestra participación en la vida trinitaria.

A este respecto, se puede recordar que en el Nuevo Testamento el término “libertad” (eleuthería) no significa sólo un estado o situación opuesta a la esclavitud, sino que se refiere a la condición ontológica de los hijos de Dios. Esta condición es fruto de la acción de la Santísima Trinidad, que se manifiesta en la referencia a una u otra Persona divina, según cada contexto en los escritos neotestamentarios.

Han aparecido ya algunos de los numerosísimos textos del Beato Josemaría que se refieren a esa libertad de los hijos de Dios y que, por tanto, miran especialmente a Dios Padre, aunque como es obvio, la remisión al capítulo 8 de la Carta de San Pablo a los Romanos (in libertatem filiorum Dei: cfr. Rom 8, 21) nota(’33′,’8.0′,’1′,’66′) 66 conlleva la acción inseparable de Cristo y del Espíritu Santo. La libertad que nos concede Dios Padre no es una libertad cualquiera sino precisamente la libertad de los hijos de Dios.

En otras ocasiones se expresa la dimensión cristológica con la referencia a Gálatas 4, 31, como en estas palabras ya citadas: “la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz”. O bien aparecen juntas las referencias a los textos de Romanos y Gálatas, como en el siguiente pasaje también citado anteriormente: “somos una numerosa y variadísima familia, que crece y se desarrolla in libertatem gloriae filiorum Dei (Rom. 8, 21), qua libertate Christus nos liberavit (Galat. 4, 31), en la libertad gloriosa que Jesucristo nos ha adquirido redimiéndonos de toda servidumbre”. Dios Padre es fuente de nuestra libertad mediante la Encarnación del Hijo unigénito y el envío del Amor consustancial del Padre y del Hijo.

Abundan también las referencias directas al Espíritu Santo, que es siempre el Espíritu de Cristo, especialmente cuando el Beato Josemaría quiere aludir a los variadísimos modos con que actúa el Paráclito, siempre adecuados a cada alma: “nuestra diversidad no es, para la Obra, un problema: por el contrario, es una manifestación de buen espíritu, de vida corporativa limpia, de respeto a la legítima libertad de cada uno, porque ubi autem Spiritus Domini, ibi libertas (2 Cor. 3, 17); donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’67′) 67.

Todas estas afirmaciones se mueven dentro del núcleo central de la Revelación divina constituido por el mismo Dios Tripersonal, por la Encarnación del Verbo que nos redime y por el envío del Espíritu Santo. En términos de la teología de Santo Tomás de Aquino, la historia de la humanidad está profundamente marcada por el pecado original y por los pecados personales, pero con la gracia divina conquistada por Cristo con su Muerte en la Cruz y su Resurrección, se pasa de la esclavitud de la propia miseria a la libertad de los hijos. El hombre es sanado y elevado por la gracia, haciéndose partícipe del Verbo y del Espíritu Santo, para poder libremente conocer a Dios con verdad y amarle con rectitud: “fit particeps divini Verbi et procedentis Amoris, ut possit libere Deum vere cognoscere et recte amare” nota(’33′,’8.0′,’1′,’68′) 68.

La acción gratuita que Dios realiza “hacia fuera” divinizando las personas humanas tiene un término ad intra, ya que introduce a cada mujer y a cada hombre cristianos en la vida trinitaria como “hijos en el Hijo”. Esta acción es un nuevo nacimiento ex Spiritu Sancto que implica una novedad de ser, no en cuanto acto de la esencia sino en cuanto acto fundante de la relación del hombre con Dios, de manera que el cristiano es relativo al Padre en el Hijo y por el Espíritu Santo (esse ad Patrem in Filio per Spiritum Sanctum ). No se trata de tres relaciones distintas, sino de una relación triple, dirigida a las tres Personas divinas nota(’33′,’8.0′,’1′,’69′) 69. El cristiano es hijo de Dios Padre en Cristo por el Espíritu Santo.

4. La libertad como don de Dios en el orden de la creación

Queriendo en este estudio ilustrar “la libertad conseguida por Cristo en la Cruz”, me he detenido en la exposición de la doctrina teológica de la libertad según las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá. Sin embargo, es necesario aclarar que en ella está incluida la dimensión natural o creatural de la libertad y que en sus escritos se halla siempre presente, de modo más o menos explícito según las circunstancias, el doble orden de naturaleza y gracia, subrayando a la vez fuertemente su unión en la existencia cristiana, como parte de su concepto “unidad de vida”.

4.1. La unión de naturaleza y gracia

Su visión teológica unitaria, que incluye dentro de sí lo natural, aparece en esta bella afirmación: “En todos los misterios de nuestra fe católica aletea ese canto a la libertad. La Trinidad Beatísima saca de la nada el mundo y el hombre, en un libre derroche de amor. El Verbo baja del Cielo y toma nuestra carne con este sello estupendo de la libertad en el sometimiento: heme aquí que vengo, según está escrito de mí en el principio del libro, para cumplir, ¡oh Dios!, tu voluntad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’70′) 70.

En esta unión de la naturaleza y la gracia en la historia humana se pone de manifiesto el carácter de misterio de la libertad. Si por una parte es evidente que la persona es libre, por otra la realidad del mal moral e incluso una cierta inclinación hacia él plantea profundos interrogantes a cada uno de los hombres y de las mujeres a lo largo de toda la historia. El Beato Josemaría expresa la inteligibilidad propia de los misterios con el término “claroscuro”: “podemos rendir o negar al Señor la gloria que le corresponde como Autor de todo lo que existe. Esa posibilidad compone el claroscuro de la libertad humana” nota(’33′,’8.0′,’1′,’71′) 71.

Es más, la muerte en la Cruz del Hijo de Dios encarnado, su entrega absoluta y sin límites, si bien es muestra evidente del amor misericordioso del Padre que nos libera y nos confiere confianza y seguridad, a la vez nos mueve a pensar: “¿por qué me has dejado, Señor, este privilegio, con el que soy capaz de seguir tus pasos, pero también de ofenderte?” nota(’33′,’8.0′,’1′,’72′) 72. Es ésta una pregunta radical que atraviesa toda la homilía La libertad, don de Dios.

Este es quizá el punto teológico radical de la reflexión del Beato Josemaría: la libertad es un don divino, y no algo contrapuesto de suyo a Dios. Por eso su actitud es de hondo agradecimiento a Dios por el privilegio de la libertad: “sólo nosotros, los hombres –no hablo aquí de los ángeles– nos unimos al Creador por el ejercicio de nuestra libertad: podemos rendir o negar al Señor la gloria que le corresponde como Autor de todo lo que existe” nota(’33′,’8.0′,’1′,’73′) 73.

El Señor no nos coacciona, porque quiere “correr el riesgo de nuestra libertad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’74′) 74. Nos invita a dirigirnos hacia el bien: “Fíjate, hoy pongo ante ti la vida con el bien, la muerte con el mal. Si oyes el precepto de Yavé, tu Dios, que hoy te mando, de amar a Yavé, tu Dios, de seguir sus caminos y de guardar sus mandamientos, decretos y preceptos, vivirás… Escoge la vida, para que vivas” nota(’33′,’8.0′,’1′,’75′) 75. Este y otros textos de la Escritura estaban frecuentemente en sus labios, para explicar con la palabra de Dios la realidad gozosa de la libertad.

Una realidad gozosa que le llevaba a “levantar mi corazón en acción de gracias a mi Dios, a mi Señor, porque nada le impedía habernos creado impecables, con un impulso irresistible hacia el bien, pero juzgó que serían mejores sus servidores si libremente le servían nota(’33′,’8.0′,’1′,’76′) 76. ¡Qué grande es el amor, la misericordia de nuestro Padre! Frente a estas realidades de sus locuras divinas por los hijos, querría tener mil bocas, mil corazones, más, que me permitieran vivir en una continua alabanza a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo. Pensad que el Todopoderoso, el que con su Providencia gobierna el Universo, no desea siervos forzados, prefiere hijos libres” nota(’33′,’8.0′,’1′,’77′) 77. Esta es la respuesta a la acuciante pregunta: ¿por qué Dios nos ha hecho libres, con el riesgo de todas las consecuencias de lucha permanente entre el bien y el mal que de ello se derivan?

La libertad –que en no pocos pensadores modernos se malogra al ser entendida como una libertad que es fundamento y no es fundada, como autonomía antropocéntrica, como soledad individualista y autárquica–, recupera en las enseñanzas del Beato Josemaría su lugar teológico originario, ya que el señorío le viene al hombre de su ser a imagen y semejanza de Dios.

Al hablar de la imagen de Dios en el hombre, que según Pannenberg es uno de los temas importantes que el cristianismo –en su característico “exceso”– aporta al humanismo, Tomás de Aquino se refiere en varias ocasiones a la libertad, al “dominium sui actus”, siguiendo a San Juan Damasceno (por ejemplo, en el prólogo de la S.Th. I-II). Ciertamente la criatura humana es imagen de Dios con la inteligencia, pero este aspecto parece ser sólo un primer momento ordenado a su vez al señorío y autodeterminación propios de la trascendencia del dinamismo espiritual. La imagen de Dios en las personas creadas se halla sobre todo en la libertad. Dios crea por amor sujetos semejantes a Sí: personas angélicas y humanas dotadas de un autodinamismo limitado, concedido de manera participada por Dios como difusión de una semejanza suya que procede de la Plenitud de Ser que Él es.

Hombres y mujeres son sujetos con una creatividad participada –con una dignidad y una tarea expresadas en el Génesis– que se realiza a la vez con el cuidado y servicio amoroso referido al mundo y a los demás mediante el trabajo, y con la misión de llenar la tierra mediante el amor conyugal y la familia. El Beato Josemaría gusta de recurrir al pensamiento de Tomás de Aquino a propósito de este don de la libertad: “he aquí el grado supremo de dignidad en los hombres: que por sí mismos, y no por otros, se dirijan hacia el bien” nota(’33′,’8.0′,’1′,’78′) 78; “Dios hizo al hombre desde el principio y lo dejó en manos de su libre albedrío (Ecclo 15, 14). Esto no sucedería si no tuviese libre elección” nota(’33′,’8.0′,’1′,’79′) 79.

Alejandro Llano observa con acierto que esta inserción teológica, arraigada en la tradición agustiniana y tomista, permite al Beato Josemaría comprender con radicalidad la libertad humana y a la vez no retroceder ante el desafío antropocéntrico de la modernidad, sino al contrario denunciar sus insuficiencias precisamente al desarrollar sus ignoradas potencialidades nota(’33′,’8.0′,’1′,’80′) 80.

4.2. La libertad del hombre como criatura

Dentro de este contexto teológico de unidad de lo sobrenatural y de lo natural, respetando siempre su distinción, en muchos lugares el Beato Josemaría resalta el aspecto natural de la libertad como el mayor don de Dios en el plano humano o creatural: “No podríais realizar ese programa de vivir santamente la vida ordinaria, si no gozarais de toda la libertad que os reconocen –a la vez– la Iglesia y vuestra dignidad de hombres y de mujeres creados a imagen de Dios. La libertad personal es esencial en la vida cristiana” nota(’33′,’8.0′,’1′,’81′) 81.

Ese talante humano de amor a la libertad le conduce a valorar toda afirmación justa de libertad, venga de donde venga, como en la ocasión relatada en este texto paradigmático: “En 1939, recién acabada la guerra civil española, dirigí en las proximidades de Valencia un curso de retiro espiritual, que tuvo lugar en un colegio universitario de fundación privada. Había sido utilizado, durante la guerra, como cuartel comunista. En uno de los pasillos, encontré un gran letrero, escrito por alguno no conformista, donde se leía: cada caminante siga su camino. Quisieron quitarlo, pero yo les detuve: dejadlo –les dije–, me gusta: del enemigo, el consejo. Desde entonces, esas palabras me han servido muchas veces de motivo de predicación. Libertad: cada caminante siga su camino. Es absurdo e injusto tratar de imponer a todos los hombres un único criterio, en materias en las que la doctrina de Jesucristo no señala límites” nota(’33′,’8.0′,’1′,’82′) 82.

Pero el Fundador del Opus Dei no concibe la dimensión antropológica natural como una simple capacidad electiva limitada a la inmanencia terrena, sino que la ve dotada de una esencial ordenación a Dios. Y así puede afirmar: “Dios hizo al hombre desde el principio y lo dejó en manos de su libre albedrío (Ecclo 15, 14). Esto no sucedería si no tuviese libre elección nota(’33′,’8.0′,’1′,’83′) 83. Somos responsables ante Dios de todas las acciones que realizamos libremente. No caben aquí anonimatos; el hombre se encuentra frente a su Señor, y en su voluntad está resolverse a vivir como amigo o como enemigo” nota(’33′,’8.0′,’1′,’84′) 84. Es más, la libertad adquiere su sentido cuando se la acepta en toda su realidad y alcance como libertad sobre todo ante Dios, y luego ante las demás personas.

De ahí que el Beato Josemaría se rebele enérgicamente ante quienes no están dispuestos a admitir plenamente la libertad y quieren privar al hombre de ese “espacio de servicio” en que se desarrolla el ser libre nota(’33′,’8.0′,’1′,’85′) 85. “Yo he presenciado, en ocasiones, lo que podría calificarse como una movilización general, contra quienes habían decidido dedicar toda su vida al servicio de Dios y de los demás hombres. Hay algunos, que están persuadidos de que el Señor no puede escoger a quien quiera sin pedirles permiso a ellos, para elegir a otros; y de que el hombre no es capaz de tener la más plena libertad, para responder que sí al Amor o para rechazarlo” nota(’33′,’8.0′,’1′,’86′) 86.

El Beato Josemaría es muy firme en defender la libertad como don natural presupuesto por el orden de la gracia: “Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al hombre –nos dice la Escritura– en manos de su albedrío (Ecclo 15, 14)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’87′) 87.

También la libertad de las conciencias parece encontrarse principalmente en el plano de la dignidad creatural, si bien será reforzada por la gracia como libertad de los hijos de Dios: “He defendido siempre la libertad de las conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’88′) 88. Josemaría Escrivá suele escribir en plural la libertad de las conciencias nota(’33′,’8.0′,’1′,’89′) 89, para subrayar que se refiere a la conciencia de todas y cada una de las personas y no a la conciencia en cuanto tal, que tiene su medida en la sabiduría y en el amor divinos.

Me he permitido abundar en estos textos, porque a mi modo de ver reflejan una visión específicamente “católica” del valor del plano creatural, como ha sido reafirmado por Juan Pablo II en la Encíclica Fides et ratio, a propósito de la razón y de la justa autonomía de la filosofía.

En algunos de ellos se puede apreciar la mentalidad jurídica del autor, que al pensar también en términos de dignidad humana y de justicia, tiende a no olvidar ni minusvalorar el orden natural. Baste este ejemplo de defensa de la libertad de cada conciencia: “Tanto en lo apostólico como en lo temporal, son arbitrarias e injustas las limitaciones a la libertad de los hijos de Dios, a la libertad de las conciencias o a las legítimas iniciativas. Son limitaciones que proceden del abuso de autoridad, de la ignorancia o del error de los que piensan que pueden permitirse el abuso de hacer discriminaciones nada razonables” nota(’33′,’8.0′,’1′,’90′) 90.

Está en juego el sentido de la vida humana y de la historia, si no se quiere reducir todo a una pieza de teatro irreal. “Dios, al crearnos, ha corrido el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Ha querido una historia que sea una historia verdadera, hecha de auténticas decisiones, y no una ficción ni un juego. Cada hombre ha de hacer la experiencia de su personal autonomía, con lo que eso supone de azar, de tanteo y, en ocasiones, de incertidumbre” nota(’33′,’8.0′,’1′,’91′) 91.

La libertad, en su dimensión natural, aparece como un don divino peculiar e inalienable de toda persona, íntimamente vinculado a su dignidad. Esa libertad tiene un aspecto básico de capacidad de elección y de iniciativa; pero a la vez ese poder está orientado hacia una finalidad: nos permite servir a Dios y a los demás, porque queremos, sin coacción alguna. Estos dos aspectos están presentes en los textos analizados de tal modo que no se hace una separación sino que se intenta ver la unión entre ambos. Así sucede también en San Agustín, para quien la libertad en su sentido más pleno se encuentra en la orientación hacia Dios.

El Beato Josemaría muestra con un estilo muy existencial y vivo la esterilidad y la irracionalidad del no querer comprometerse: su carácter de algún modo antinatural. La esterilidad, porque “esas almas –las habéis encontrado, como yo– se dejarán arrastrar luego por la vanidad pueril, por el engreimiento egoísta, por la sensualidad. Su libertad se demuestra estéril, o produce frutos ridículos, también humanamente. El que no escoge –¡con plena libertad!– una norma recta de conducta, tarde o temprano se verá manejado por otros, vivirá en la indolencia –como un parásito–, sujeto a lo que determinen los demás. Se prestará a ser zarandeado por cualquier viento, y otros resolverán siempre por él. (…) ¡Pero nadie me coacciona!, repiten obstinadamente. ¿Nadie? Todos coaccionan esa ilusoria libertad, que no se arriesga a aceptar responsablemente las consecuencias de actuaciones libres, personales. Donde no hay amor de Dios, se produce un vacío de individual y responsable ejercicio de la propia libertad: allí –no obstante las apariencias– todo es coacción. El indeciso, el irresoluto, es como materia plástica a merced de las circunstancias; cualquiera lo moldea a su antojo y, antes que nada, las pasiones y las peores tendencias de la naturaleza herida por el pecado” nota(’33′,’8.0′,’1′,’92′) 92. Descripción que tiene gran actualidad en nuestra época, en la que mucha gente se deja llevar por una libertad a la que el Beato Josemaría llama “libertinaje”.

En esa esclavitud que proviene de responder que no a Dios se actúa también contra la razón, como afirma Santo Tomás de Aquino: “El hombre es racional por naturaleza. Cuando se comporta según la razón, procede por su propio movimiento, como quien es: y esto es propio de la libertad. Cuando peca, obra fuera de razón, y entonces se deja conducir por impulso de otro, sujeto en confines ajenos, y por eso el que acepta el pecado es siervo del pecado (Ioh 8, 34)” nota(’33′,’8.0′,’1′,’93′) 93.

El que quiere reservarse la libertad sin ejercerla en la entrega, es esclavo de sí mismo y acaba siendo esclavo de los demás, de muchas cosas externas, de las que debería ser dueño como hijo de Dios. Es el camino de la infelicidad aquí abajo y luego para siempre. No es libertad, sino libertinaje.

Clásicamente se ha llamado libertad psicológica a la capacidad de elegir, y libertad moral a esa mayor capacidad operativa que surge del buen ejercicio de la libertad con la formación de hábitos, en los que se condensan las elecciones buenas realizadas.

En la filosofía contemporánea han tenido lugar otros acercamientos significativos hacia una libertad más profunda que la mera capacidad de elección. Así la distinción de Isaiah Berlin entre una libertad negativa (“libertad de” coacciones, interferencias, imposiciones) y una libertad positiva (“libertad para” hacer o ser algo, para proyectar y comprometerse) supuso un enriquecimiento en el diálogo entre los filósofos de la política nota(’33′,’8.0′,’1′,’94′) 94. La libertad positiva es una concepción más alta que responde a la creatividad propia de la persona humana, pero todavía no llega al punto más alto que Cristo ha traído al mundo ampliando las perspectivas humanas, con ese “exceso” característico del cristianismo.

No obstante su fuerte paradoja, la Cruz –con sus dimensiones de entrega, sacrificio, perdón, compromiso, aparente fracaso,…– encuentra en el corazón humano una intensa resonancia, porque ya en el plano humano el nivel más alto de libertad se manifiesta en la capacidad creativa desinteresada, en amar el bien en sí independientemente de que lo sea para mí, en la amistad y benevolencia de querer a las personas, en razón de su bondad y dignidad innatas.
Recordando una obra de Robert Spaemann, el hombre alcanza su plenitud y con ella su felicidad (Glück), en la benevolencia (Wohlwollen) hacia los demás, queriendo su bien en cuanto tal. También Carlos Cardona ha hecho de la relación entre ser, libertad y amor de benevolencia, el núcleo de su obra más lograda desde el punto de vista propositivo: la Metafísica del bien y del mal. En ella sostiene que la libertad es una característica trascendental del ser del hombre; es el núcleo de toda acción realmente humana y lo que confiere humanidad a todos sus actos. El acto primero y fundamental de la libertad consiste en decidirse, con un amor electivo, por el bien en sí mismo, superando el amor natural hacia el bien para mí. Significa, por tanto, un éxtasis, con el que se sale de sí mismo.

Alejandro Llano, aun apreciando los sentidos de libertad de y libertad para propuestos por Isaiah Berlin, piensa que no bastan y que hay un tercer sentido, al que llama libertad de sí mismo, que es vaciamiento de uno mismo, kénosis y apertura amorosa a los otros nota(’33′,’8.0′,’1′,’95′) 95.

5. La proyección de la libertad ganada por Cristo en algunos campos de la vida contemporánea

Antes se ha recordado la afirmación de que el Beato Josemaría no retrocede ante el desafío antropocéntrico de la modernidad, sino que, al contrario, denuncia sus insuficiencias justo al desarrollar sus ignoradas potencialidades. Esto último puede ser ilustrado mostrando la proyección de la doctrina teológica y filosófica expuesta en algunos campos de la vida humana en las circunstancias contemporáneas. Lo haré de modo conciso, porque sobre las aplicaciones de la libertad personal según Josemaría Escrivá existe ya una cierta bibliografía.

El Beato Josemaría tiene siempre presente el contexto cultural en que viven sus lectores y oyentes, las personas a las que se dirige. Por eso ante lo que cabe llamar descubrimiento moderno de la libertad, denuncia sus insuficiencias no de modo simplemente polémico o negativo, sino desarrollando en sentido cristiano y humano las potencialidades de esa libertad.

La libertad, según el Fundador del Opus Dei, es, en su sentido principal y radical, libertad ante Dios y para Dios, y por tanto la responsabilidad le está inseparablemente unida. En el anonimato propio de la masificación se pierde la responsabilidad personal. Quedan sólo individuos, desposeídos de su fundamental carácter de personas. El Beato Josemaría se esforzaba por extraer a las personas de la masa anónima, compuesta de individuos en estado soledad y privados de una relación auténticamente humana con Dios y con los demás. Como maestro de vida cristiana quería formar personas libres, hijos de Dios que luchaban por estar con Cristo en la Cruz, que procuraban responder a la libre donación y anonadamiento de Dios con la libre entrega de si mismos. Si no se estimula la responsabilidad, tampoco se forman personas libres.

Entre las aplicaciones de la libertad a la existencia humana y cristiana enseñadas por el Beato Josemaría Escrivá se halla su heroica defensa del legítimo campo de lo opinable en el terreno profesional, en el mundo de las ideas políticas, sociales, económicas, culturales, artísticas. Existe un legítimo y sano pluralismo, característico de la mentalidad laical –la libertad es uno de sus elementos centrales– y contrario al clericalismo, que no respeta la justa autonomía de las realidades temporales, la naturaleza y las leyes puestas por Dios en sus criaturas. “Cuando se comprende a fondo el valor de la libertad, cuando se ama apasionadamente este don divino del alma, se ama el pluralismo que la libertad lleva consigo” nota(’33′,’8.0′,’1′,’96′) 96.

Se puede decir que en este terreno tuvo que navegar contra corriente desarrollando potencialidades de la libertad y enraizándolas en su fundamento teológico. Así afirmaba que dentro de los márgenes de la Revelación divina en Cristo, custodiada por el Magisterio de la Iglesia, existe una pluralidad de posiciones que es buena, en cuanto manifestación de libertad y responsabilidad personales nota(’33′,’8.0′,’1′,’97′) 97.

También en el campo teológico hay un espacio para una legítima variedad de posiciones, dentro de una plena fidelidad al Magisterio. Por eso en la Prelatura del Opus Dei se siguen las indicaciones del Magisterio de la Iglesia, sin que por eso exista una escuela teológica propia.

Su amor a la libertad le llevó a prodigarse en dar una formación muy cuidada –también en el plano teológico– con la que cada fiel pudiese después moverse con libertad en la santificación del trabajo y en la actividad apostólica, sin esperar consignas. También en este punto innovaba, sin pretensiones de originalidad.

En la vida espiritual y apostólica veía mucho de autodeterminación y la estimulaba. La dirección espiritual tiene como uno de sus fines ayudar a las almas a querer –a ejercitar la libertad–, secundando la acción del Espíritu Santo. Por eso Josemaría Escrivá movía a hacer oración, un coloquio sincero y auténtico de hijos con su Padre, a ponerse ante Dios, que es el punto de referencia fundamental de la libertad humana. Las decisiones nacen entonces como respuesta a la luz de Dios, con la ayuda de su gracia. En muchas ocasiones ante algunas preguntas que le hacían, respondía aproximadamente en estos términos: ¿por qué no se lo preguntas al Señor en la oración?

El Beato Josemaría Escrivá defendió el don de la libertad para todas las personas. Como Cristo, que muere en la Cruz para conquistarnos la libertad de los hijos de Dios, el cristiano tiene que defender la libertad de los otros y después la propia. Amaba mucho la libertad de las conciencias y solía decir que, con la gracia de Dios, daría su vida por defender la libertad de quienes no eran católicos. De ahí que las actividades apostólicas del Opus Dei no hacen nunca discriminación por motivos religiosos.

En este contexto la educación consiste sobre todo en enseñar a ser libres, formando a los jóvenes –y a todos– de modo que puedan moverse libremente y con buen criterio en todos los ambientes: educar en la libertad y para la libertad.

Pero insistir en la libertad personal no hay que interpretarlo en sentido individualista. Por eso, impulsaba a que, como manifestación de libertad responsable, se tomase parte activa en asociaciones varias, procurando intervenir en las decisiones humanas de las que dependen el presente y el futuro de la sociedad. Así lo expresó muchas veces: “Con libertad, y de acuerdo con tus aficiones o cualidades, toma parte activa y eficaz en las rectas asociaciones oficiales o privadas de tu país, con una participación llena de sentido cristiano: esas organizaciones nunca son indiferentes para el bien temporal y eterno de los hombres” nota(’33′,’8.0′,’1′,’98′) 98.

Los grandes retos de la historia han de encontrar a los cristianos con el sentido de responsabilidad de quienes se saben identificados con Cristo en la Cruz, que salva y libera de las esclavitudes. “Los hijos de Dios, ciudadanos de la misma categoría que los otros, hemos de participar “sin miedo” en todas las actividades y organizaciones honestas de los hombres, para que Cristo esté presente allí. Nuestro Señor nos pedirá cuenta estrecha si, por dejadez o comodidad, cada uno de nosotros, libremente, no procura intervenir en las obras y en las decisiones humanas, de las que dependen el presente y el futuro de la sociedad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’99′) 99.

6. Síntesis conclusiva

Entre los muchos interrogantes que habrán surgido en la mente del lector, quizá hay uno al que convenga intentar dar una respuesta, aunque sea breve y sujeta a revisión. Se refiere a los varios sentidos de la libertad, que están presentes en este artículo sin una clara distinción.

6.1. Las dimensiones de la libertad

Los filósofos ofrecen variadas clasificaciones de los sentidos y dimensiones de la libertad. Algunas de las más clásicas indican los siguientes aspectos nota(’33′,’8.0′,’1′,’100′) 100:

a) ser libres con respecto a cualquier tipo de coacción. Es la libertad de poner por obra externamente lo que uno quiere. Se trata de un sentido negativo de la libertad. Algunos filósofos (por ej., Hobbes, Locke, Hume, Voltaire) se quedan a este nivel, porque niegan o no están seguros de que nuestras decisiones sean verdaderamente libres, es decir, no procedan de una necesidad o condicionamiento interno, no conocido. Muchas veces lo que hace el derecho es proteger a la persona de cualquier coacción externa, aunque sea psicológica. Es el campo de las libertades políticas, que son libertades externas, consiguientes a la dignidad moral de la persona. Por ejemplo: libertad religiosa; derecho a la vida y a la inviolabilidad de la persona; derecho al matrimonio y a la familia, a la educación de los propios hijos, a adquirir lo necesario para sustentarse, a la propiedad, al asilo político; derecho a escoger la profesión, a desarrollar la propia personalidad, a la libre expresión de palabra, por escrito o artística; derecho de asociación y de participar en el orden de la comunidad social.

b) la libertad de elección, también llamada libertad psicológica o libre albedrío. Es la capacidad de la persona de autodeterminarse realmente, sin una oculta necesidad interior, haciendo elecciones que suelen referirse a realidades externas, pero que al mismo tiempo implican un decidir sobre el propio ser (sobre todo en su dimensión moral, pero no sólo en ella). Con esas opciones cada persona se va haciendo a sí misma. Se trata de una capacidad interna e innata. El derecho suele presuponer esta libertad psicológica, cuando, por ejemplo, declara la responsabilidad de una persona que ha cometido una injusticia. Esta libertad se funda en la apertura de la inteligencia a todo lo real y de la voluntad a todo lo que es bueno. A su vez, la inteligencia y la voluntad como facultades operativas dimanan de un alma espiritual que ha recibido el ser directamente de Dios por creación. Así el obrar humano es libre porque procede de un acto de ser que está por encima de lo material y de las cadenas causales del cosmos.

c) la libertad como tarea ética, también llamada libertad moral. Es el señorío y autodominio que el hombre adquiere mediante actos libres que le llevan a poseer las virtudes morales. Ejercitando bien la libertad psicológica se alcanza la libertad moral, una capacidad de obrar que no está impedida por las pasiones o los vicios. Lo contrario es una esclavitud, que aunque sea fruto de la propia libertad psicológica, no es libertad, sino libertinaje.

6.2. Los elementos naturales en la libertad según el Beato Josemaría

En las enseñanzas del Beato Josemaría están presentes estas dimensiones de la libertad –entre otras– sin que, como es lógico, haya una clasificación explícita. Dentro de su visión cristiana del hombre está contenida una concepción de la persona en su dimensión o nivel de creatura. En otros términos, hay elementos de una antropología elaborada por la razón en unión vital con la fe:

a) La libertad es vista por el Beato Josemaría como el mayor don recibido por la persona “en lo humano”. Al decir “en lo humano”, se quiere precisar el alcance de la expresión al ámbito natural, dejando espacio para dones mayores en el orden sobrenatural de la gracia.
b) Ya en el mismo orden creatural se trata de un “don de Dios”. Vale la pena recordar que en las enseñanzas del Fundador del Opus Dei, el último punto de referencia del ámbito creatural es Dios. Así, a propósito de varias realidades humanas destacará su carácter de don: el trabajo es “don de Dios” nota(’33′,’8.0′,’1′,’101′) 101, la inteligencia “es como un chispazo del entendimiento divino” nota(’33′,’8.0′,’1′,’102′) 102, el amor conyugal es “una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad” nota(’33′,’8.0′,’1′,’103′) 103.

c) La libertad como capacidad de elegir (la libertad psicológica) está claramente presente en su pensamiento. Es, por poner un ejemplo, el hilo central de la homilía La libertad, don de Dios. A la vez, su insistencia en la responsabilidad evidencia que considera al hombre verdaderamente libre y que la historia no es una ficción.

d) Este poder de elección se ejerce especialmente entre el bien y el mal, y con vistas a Dios. La realidad natural de la libertad no se puede aislar de su sujeto, que es una criatura ordenada a Dios. Por eso, el alcance de la libertad no es sólo horizontal o inmanente.

e) La dimensión que algunos llaman “libertad moral” no sólo está presente, sino que es lo que da sentido a la capacidad electiva. La libertad es para el amor, para la entrega, para el servicio. Sólo así se es verdaderamente libre y no esclavo de las pasiones o, en el fondo, de un estar curvado hacia sí mismo. Quizá se puede decir que el Beato Josemaría, respetando la distinción, subraya fuertemente la unidad y la ordenación de la libertad psicológica a la moral.

f) Sus enseñanzas sobre la libertad confluyen en una visión muy definida de la formación: se trata de educar en la libertad (como clima y ambiente) y para la libertad (como fin: ayudar a la formación de personas libres y responsables).

g) Lo que se ha dado en llamar “libertad con respecto a cualquier coacción” encuentra muchas expresiones en los escritos del Beato Josemaría, especialmente en su fuerte defensa de la libertad de los demás, de la libertad de las conciencias individuales y personales.

6.3. Los aspectos teológicos de la libertad

Si pasamos al nivel estrictamente sobrenatural, el de la salvación que nos libera del pecado y nos eleva a la condición de hijos de Dios, en la enseñanza del Beato Josemaría cabe destacar los siguientes puntos:

a) La libertad es vista en relación con la filiación divina: es la libertad de los hijos de Dios. Si la libertad como personas creadas se fundaba en la apertura total de la inteligencia y de la voluntad al ser y al bien respectivamente, en cuanto facultades espirituales, y de modo último en un alma que existe gracias al ser que ha recibido inmediatamente de Dios por creación, ahora la libertad de los hijos de Dios se basa en una nueva condición teologal del hombre, inserto en la vida trinitaria. Ser hijos de Dios equivale a participar de la vida divina y a no ser esclavos del pecado, del demonio y de la muerte. La libertad es ahora el dinamismo de los hijos de Dios, movidos y cooperando con la gracia divina, pero significa quizá también el mismo estado real y ontológico de ser libres y no esclavos.

b) La libertad no es sólo don de Dios en general, sino más precisamente un don que Cristo nos consigue con su Muerte en la Cruz y con su Resurrección. El fundamento no es sólo la creación, sino también la redención del hombre que la Trinidad lleva a cabo mediante la Encarnación.

c) En la libertad de los hijos de Dios sigue presente la capacidad de elección, pero se ve potenciada al elevarse a autodeterminación de quien es hijo de Dios Padre en Cristo por el Espíritu Santo. Siendo hijos de Dios en el Hijo Unigénito, la responsabilidad aneja a la libertad, adquiere más fuertemente el carácter de respuesta al Amor misericordioso del Padre que se ha manifestado de manera sublime en la Cruz. Todo el actuar del cristiano es fruto de la gracia que Dios concede libremente y de la libre correspondencia humana, ayudada por la gracia misma.

d) Toda la existencia de Cristo, pero especialmente su sacrificio salvador en la Cruz, es modelo de libertad que se adhiere a la voluntad del Padre, dando su vida por los demás. Si en el plano natural la dimensión psicológica de la libertad estaba ordenada a la dimensión moral y, por tanto al amor y a la donación, ahora la medida de esa entrega es el Amor de Cristo, que puede hacerse presente en nosotros sólo gracias al envío del Espíritu Santo. Se llega a la paradoja del amor sin medida, de la locura de amor, del perdón gozoso y total de los enemigos.

e) La doctrina teológica del Beato Josemaría sobre la libertad alcanza una especial profundidad gracias a las luces divinas que le muestran la conexión entre estar en la Cruz, ser alter Christus, o mejor ipse Christus, y ser hijo de Dios.

f) Las consecuencias en el campo de la formación se referirán a un modo de concebir la dirección espiritual, que estimula y favorece la libertad y la espontaneidad apostólica de la persona.

g) A lo que eran las libertades externas en el orden filosófico corresponderán aquí: la defensa de la libertad de las conciencias en el ámbito más propiamente religioso, el estar dispuesto a dar la vida por defender la conciencia religiosa y espiritual de los demás, la distinción entre lo que es doctrina de fe y lo que pertenece al campo de la libre confrontación de enfoques teológicos, etc.

Lluís Clavell
Pontificia Universidad de la Santa Cruz

El sembrador

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Reuniéndose una gran muchedumbre que de todas las ciudades acudía a él, dijo esta parábola: Salió el sembrador a sembrar su semilla; y al sembrar, parte cayó junto al camino, y fue pisoteada y se la comieron las aves del cielo. (…) La semilla es la palabra de Dios. Los que están junto al camino son aquellos que han oído; pero viene luego el diablo y se lleva la palabra de su corazón, no sea que creyendo se salven (Lc 8, 4-5 y 11-12) .

“Hay corazones que se cierran a la luz de la fe. Los ideales de paz, de reconciliación, de fraternidad, son aceptados y proclamados, pero –no pocas veces– son desmentidos con los hechos. Algunos hombres se empeñan inútilmente en aherrojar la voz de Dios, impidiendo su difusión con la fuerza bruta o con un arma menos ruidosa, pero quizá más cruel, porque insensibiliza al espíritu: la indiferencia”.

Es Cristo que pasa, 150

Parte cayó sobre terreno rocoso y una vez nacida se secó por falta de humedad (…). Los que cayeron sobre terreno rocoso son aquellos que, cuando oyen, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíces; ellos creen durante algún tiempo, pero a la hora de la tentación se vuelven atrás (Lc 8, 6 y 13) .

“Tantos que se dicen cristianos —porque han sido bautizados y reciben otros Sacramentos—, pero que se muestran desleales, mentirosos, insinceros, soberbios… Y caen de golpe. Parecen estrellas que brillan un momento en el cielo y, de pronto, se precipitan irremisiblemente.

Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguros en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere —insisto— muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a El, que es perfectus Deus, perfectus homo

Amigos de Dios, 75

Parte cayó en medio de las espinas y habiendo crecido con ella las espinas la sofocaron (…). La que cayó entre espinas son los que oyeron, pero en su caminar se ahogan a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres de la vida y no llegan a dar fruto (Lc 8, 7 y 14) .

“No te avergüence descubrir que en el corazón tienes el “fomes peccati” —la inclinación al mal, que te acompañará mientras vivas, porque nadie está libre de esa carga.

No te avergüences, porque el Señor, que es omnipotente y misericordioso, nos ha dado todos los medios idóneos para superar esa inclinación: los Sacramentos, la vida de piedad, el trabajo santificado.

—Empléalos con perseverancia, dispuesto a comenzar y recomenzar, sin desanimarte”.

Forja, n. 119

Parte cayó en la tierra buena, y una vez nacida dio fruto al ciento por uno (…) Son los que oyen la palabra con un corazón bueno y generoso, la conservan y dan fruto mediante la paciencia (Lc 8, 8 y 15) .

“Si miramos a nuestro alrededor, a este mundo que amamos porque es hechura divina, advertiremos que se verifica la parábola: la palabra de Jesucristo es fecunda, suscita en muchas almas afanes de entrega y de fidelidad. La vida y el comportamiento de los que sirven a Dios han cambiado la historia, e incluso muchos de los que no conocen al Señor se mueven –sin saberlo quizá– por ideales nacidos del cristianismo”.

Es Cristo que pasa, 150


Conocer a Jesucristo

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Esta nueva sección de la página web reúne vídeos, audios y textos sobre Jesucristo recogidos de la predicación del Santo Padre, San Josemaría y el Prelado del Opus Dei.

Opus Dei -

“La relación con Dios se establece a través de la comunión con Jesús, pues solos y únicamente con nuestras fuerzas no la podemos alcanzar. En cambio, la relación con Jesús es una relación con Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos nosotros”. Estas palabras de Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi resumen cómo la Iglesia se basa esencialmente en la vida y las enseñanzas de su fundador: Jesucristo.

A lo largo de la Historia la Iglesia Católica ha recordado que en Jesucristo “transmite a los Apóstoles ‘el reino’ y ‘la misión’ que ÉI mismo recibió del Padre y, a la vez, instituye la estructura fundamental de su Iglesia”.

Con este motivo hemos querido que esta página web reúna en una sección todos los contenidos sobre Jesucristo. La sección está dividida en siete apartados en los que se recogen vídeos, audios y textos acerca de Jesucristo recogidos de la predicación del Santo Padre, San Josemaría y el Prelado del Opus Dei.

TEMA 31. El Decálogo. El primer mandamiento

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Jesucristo ha enseñado que para salvarse es necesario cumplir los mandamientos, que expresan la sustancia de la ley moral natural. El primer mandamiento es doble: el amor a Dios y el amor al prójimo por amor a Dios.

1. Los Diez mandamientos o Decálogo

Nuestro Señor Jesucristo ha enseñado que para salvarse es necesario cumplir los mandamientos. Cuando un joven le pregunta: «Maestro, ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?» (Mt 19,16), Él responde «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19,17). A continuación cita algunos preceptos referentes al amor al prójimo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre» (Mt 19,18-19). Estos preceptos, junto con los referentes al amor a Dios que el Señor menciona en otras ocasiones, forman los diez mandamientos de la Ley divina (cfr. Ex 20,1-17; Catecismo, 2052). «Los tres primeros se refieren más explícitamente al amor de Dios y los otros siete al amor del prójimo» (Catecismo, 2067).

Los diez mandamientos expresan la sustancia de la ley moral natural (cfr. Catecismo, 1955). Es una ley inscrita en el corazón de los hombres, cuyo conocimiento se ha oscurecido como consecuencia del pecado original y de los sucesivos pecados personales. Dios ha querido revelar «algunas verdades religiosas y morales que de suyo no son inaccesibles a la razón» (Catecismo, 38) para que todos la puedan conocer de modo completo y cierto (cfr. Catecismo, 37-38). La ha revelado primero en el Antiguo Testamento y después, plenamente, por medio de Jesucristo (cfr. Catecismo, 2053-2054). La Iglesia custodia la Revelación y la enseña a todos los hombres (cfr. Catecismo, 2071).

Algunos mandamientos establecen lo que se debe hacer (p.ej., santificar las fiestas); otros señalan lo que nunca es lícito realizar (p.ej., matar a un inocente). Estos últimos indican algunos actos que son intrínsecamente malos en razón de su mismo objeto moral, independientemente de cuales sean los motivos o ulteriores intenciones de quien los realiza y las circunstancias que los acompañan.

«Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos sólo como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor (cfr. Col 3,14)». Por ejemplo, el mandamiento “No matarás” contiene la llamada no sólo a respetar la vida del prójimo sino a promover su desarrollo y fomentar su enriquecimiento en cuanto personas. No se trata de prohibiciones que limitan la libertad; son luces que muestran el camino del bien y de la felicidad, liberando al hombre del error moral.

2. El primer mandamiento

El primer mandamiento es doble: el amor a Dios y el amor al prójimo por amor a Dios. «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él le respondió: -Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,36-40).

Este amor se llama caridad. Con el mismo término se designa también la virtud teologal cuyo acto es el amor a Dios y a los demás por Dios. La caridad es un don que infunde el Espíritu Santo a quienes son hechos hijos adoptivos de Dios (cfr. Rm 5,5). La caridad ha de crecer a lo largo de la vida en esta tierra, por la acción del Espíritu Santo y con nuestra cooperación: crecer en santidad es crecer en caridad. La santidad no es otra cosa que la plenitud de la filiación divina y de la caridad. También puede disminuir por el pecado venial e incluso perderse por el pecado grave. La caridad tiene un orden: Dios, los demás (por amor a Dios) y uno mismo (por amor a Dios).

El amor a Dios

Amar a Dios como hijos suyos comporta:

a) Elegirle como fin último de todo lo que hacemos. Actuar en todo por amor a Él y para su gloria: «ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Co 10,31). «”Deo omnis gloria“. -Para Dios toda la gloria».  No ha de haber un fin superior a éste. Ningún amor se puede poner por encima del amor a Dios: «Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37). «¡No hay más amor que el Amor!»:  no puede existir un verdadero amor que excluya o postergue el amor a Dios.

b) Cumplir la Voluntad de Dios con obras: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 7,21). La Voluntad de Dios es que seamos santos (cfr. 1 Ts 4,3), que sigamos a Cristo (cfr. Mt 17,5), realizando sus mandamientos (cfr. Jn 14,21). «¿Quieres de verdad ser santo? -Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces”. Cumplirla también cuando exige sacrificio: «no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42).

c) Corresponder a su amor por nosotros. Él nos amó primero, nos ha creado libres y nos ha hecho hijos suyos (cfr. 1 Jn 4,19). El pecado es rechazar el amor de Dios (cfr. Catecismo, 2094), pero Él perdona siempre, se nos entrega siempre. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10; cfr. Jn 3,16). «Me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,20). «Corresponder a tanto amor exige de nosotros una total entrega, del cuerpo y del alma». No es un sentimiento sino una determinación de la voluntad que puede estar o no estar acompañada de afectos.

El amor a Dios lleva a buscar el trato personal con Él. Este trato es la oración y alimenta a su vez el amor. Puede revestir diversas formas:

a) «La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador» (Catecismo, 2628). Es la actitud más fundamental de la religión (cfr. Catecismo, 2095). «Al Señor tu Dios adorarás y solamente a Él darás culto» (Mt 4,10). La adoración a Dios libera de las diversas formas de idolatría, que llevan a la esclavitud. «Que tu oración sea siempre un sincero y real acto de adoración a Dios».

b) La acción de gracias (cfr. Catecismo, 2638), porque todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido de Él para darle gloria: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías, como si no lo hubieras recibido?» (1 Co 4,7).

c) La petición, que tiene a su vez dos modos: la petición de perdón por lo que separa de Dios (el pecado) y la petición de ayuda, para sí mismo o para otros, también para la Iglesia y la humanidad entera. Estas dos formas de petición se manifiestan en el Padrenuestro: “… danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas…”. La petición del cristiano está llena de seguridad, «porque hemos sido salvados por la esperanza» (Rm 8,24) y porque es un ruego filial, por medio de Cristo: «si algo pedís al Padre en mi nombre, os lo concederá» (Jn 16,23; cfr. 1 Jn 5,14-15).

El amor se manifiesta también con el sacrificio, inseparable de la oración: «la oración se avalora con el sacrificio».  El sacrificio es el ofrecimiento a Dios de un bien sensible, en homenaje suyo, como expresión de la entrega interior de la propia voluntad, es decir, de la obediencia a Dios. Cristo nos redimió por el Sacrificio de la Cruz, que manifiesta su perfecta obediencia hasta la muerte (cfr. Flp 2,8). Los cristianos, como miembros de Cristo, podemos corredimir con Él, uniendo nuestros sacrificios al suyo, en la Santa Misa (cfr. Catecismo, 2100).

La oración y el sacrificio constituyen el culto a Dios. Se llama culto de latría o adoración, para distinguirlo del culto a los Ángeles y a los Santos que es de dulía o veneración y del culto con el que se honra a la Santísima Virgen, llamado de hiperdulía (cfr. Catecismo, 971). El acto de culto por excelencia es la Santa Misa, trasunto de la liturgia celeste. El amor a Dios debe manifestarse en la dignidad del culto: observancia de las prescripciones de la Iglesia, «urbanidad en la piedad», cuidado y limpieza de los objetos. «Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios. -Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco».

3. La fe y la esperanza en Dios

Fe, esperanza y caridad son las tres virtudes “teologales” (virtudes que se dirigen a Dios). La mayor es la caridad (cfr. 1 Co 13,13), que da “forma” y “vida” sobrenatural a la fe y a la esperanza (de modo semejante a como el alma da vida al cuerpo). Pero la caridad presupone en esta tierra la fe, porque sólo puede amar a Dios quien le conoce; y presupone también la esperanza, porque sólo puede amar a Dios quien pone su deseo de felicidad en la unión con Él.

La fe es un don de Dios, luz en la inteligencia que nos permite conocer la verdad que Dios ha revelado y asentir a ella. Implica dos cosas: creer lo que Dios ha revelado (el misterio de la Santísima Trinidad y todos lo artículos del “Credo”) y creer a Dios mismo que lo ha revelado (confiar en Él). No hay ni puede haber oposición entre fe y razón.

La formación doctrinal es importante para alcanzar una fe firme y, por tanto, para alimentar el amor a Dios y a los demás por Dios: para la santidad y el apostolado. La vida de fe es una vida apoyada en la fe y coherente con ella.

La esperanza es también un don de Dios que lleva a desear la unión con Él, en la que se encuentra nuestra felicidad, confiando en que nos dará la capacidad y los medios para alcanzarla (cfr. Catecismo, 2090).

Los cristianos hemos de estar «alegres en la esperanza» (Rm 12,12), porque si somos fieles nos aguarda la felicidad del Cielo: la visión de Dios cara a cara (1 Co 13,12), la visión beatífica. «Si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser con él también glorificados» (Rm 8,17). La vida cristiana en esta tierra es un camino de felicidad porque ya ahora tenemos un anticipo de esa unión con la Santísima Trinidad, por la gracia, pero es una felicidad con dolor, con Cruz. La esperanza hace conscientes de que ¡vale la pena!: «¡Vale la pena jugarse la vida entera!: trabajar y sufrir, por Amor, para llevar adelante los designios de Dios, para corredimir».

Los pecados contra el primer mandamiento son pecados contra las virtudes teologales:

a) Contra la fe: el ateísmo, el agnosticismo, el indiferentismo religioso, la herejía, la apostasía, el cisma, etc. (cfr. Catecismo, 2089). También es contrario al primer mandamiento poner voluntariamente en peligro la propia fe, ya sea por la lectura de libros contrarios a la fe o a la moral, sin un motivo proporcionado y sin la preparación suficiente, o por omitir otros medios para custodiarla.

b) Contra laesperanza: la desesperación de la propia salvación (cfr. Catecismo, 2091) y, por el extremo opuesto, la presunción de que la misericordia divina perdonará los pecados sin conversión ni contrición o sin necesidad del sacramento de la Penitencia (cfr. Catecismo, 2092). También es contrario a esta virtud poner la esperanza de felicidad última en algo fuera de Dios.

c) Contra la caridad: cualquier pecado es contrario a la caridad. Pero directamente se opone a ella el rechazo de Dios y también la tibieza: no querer amarle con todo el corazón. Contrario al culto a Dios es el sacrilegio, la simonía, ciertas prácticas de superstición, magia, etc., y el satanismo (cfr. Catecismo, 2111-2128).

4. Amor a los demás por amor a Dios

El amor a Dios debe comprender el amor a quienes Dios ama. «Si alguno dice: amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4,19-21). No se puede amar a Dios sin amar a todos los hombres, creados por Él a su imagen y semejanza y llamados a ser hijos suyos por la gracia sobrenatural (cfr. Catecismo, 2069).

«Hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios»:

a) portarse como hijo de Dios, como otro Cristo. El amor a los demás tiene como regla el amor de Cristo: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos» (Jn 13,34-35). El Espíritu Santo ha sido enviado a nuestros corazones para que podamos amar como hijos de Dios, con el amor de Cristo (cfr. Rm 5,5). «Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una misma cosa con El».

b) ver en los demás a hijos de Dios, a Cristo: «cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Querer para ellos su verdadero bien, lo que Dios quiere: que sean santos y, por tanto, felices. La primera manifestación de caridad es el apostolado. También lleva a preocuparse de sus necesidades materiales. Comprender –hacer propias– las dificultades espirituales y materiales de los demás. Saber perdonar. Tener misericordia (cfr. Mt 5,7). «La caridad es paciente, es amable, no es envidiosa, (…) no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal…» (1 Co 4-5). La corrección fraterna (cfr. Mt 18,15).

5. El amor a uno mismo por amor a Dios

El precepto de la caridad menciona también el amor a uno mismo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,39). Hay un recto amor a uno mismo: el amor de sí por amor a Dios. Lleva a buscar para uno mismo lo que Dios quiere: la santidad y, por tanto, la felicidad (con sacrificio en esta tierra, con Cruz). Hay también un desordenado amor a sí mismo, el egoísmo, que es un amor a uno mismo por uno mismo, no por amor a Dios. Es poner la propia voluntad por encima de la de Dios y el propio interés por encima del servicio a los demás.

El recto amor a uno mismo no se puede dar sin lucha contra el egoísmo. Comporta abnegación, entrega de sí a Dios y a los demás. «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25). El hombre «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás».

Javier López

TEMA 20. La Eucaristía (2)

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La Santa Misa es sacrificio en un sentido propio y singular porque re-presenta (= hace presente), en el hoy de la celebración litúrgica de la Iglesia, el único sacrificio de nuestra redención, porque es su memorial y aplica su fruto.

1. La dimensión sacrificial de la Santa Misa

1.1. ¿En qué sentido la Santa Misa es sacrificio?

La Santa Misa es sacrificio en un sentido propio y singular, “nuevo” respecto a los sacrificios de las religiones naturales y a los sacrificios rituales del Antiguo Testamento: es sacrificio porque la Santa Misa re-presenta (= hace presente), en el hoy de la celebración litúrgica de la Iglesia, el único sacrificio de nuestra redención, porque es su memorial y aplica su fruto (cfr. Catecismo, 1362-1367).

La Iglesia cada vez que celebra la Eucaristía está llamada a acoger el don que Cristo le ofrece y, por tanto, a participar en el sacrificio de su Señor, ofreciéndose con Él al Padre por la salvación del mundo. Se puede, por tanto, afirmar que la Santa Misa es sacrificio de Cristo y de la Iglesia.

Veamos con más detenimiento estos dos aspectos del Misterio Eucarístico.

1.2. La Eucaristía, presencia sacramental del sacrificio redentor de Jesucristo

Como apenas hemos dicho, la Santa Misa es verdadero y propio sacrificio por su relación directa —de identidad sacramental— con el sacrificio único, perfecto y definitivo de la Cruz. Esta relación fue instituida por Jesucristo en la Última Cena, cuando entregó a los Apóstoles, bajo las especies del pan y del vino, su Cuerpo ofrecido en sacrificio y su Sangre derramada en remisión de los pecados, anticipando en el rito memorial lo que aconteció históricamente, poco tiempo después, sobre el Gólgota. Desde entonces la Iglesia, bajo la guía y la virtud del Espíritu Santo, no cesa de cumplir el mandato de reiteración que Jesucristo dio a sus discípulos: «Haced esto en memoria mía [como memorial mío]» (Lc 22,19; 1 Co 11,24-25). De este modo “anuncia” (hace presente con la palabra y el sacramento) “la muerte del Señor” (es decir, su sacrificio: cfr. Ef 5,2; Hb 9,26), “hasta que El vuelva” (por tanto, su resurrección y ascensión gloriosa) (cfr. 1 Co 11,26).

Este anuncio, esta proclamación sacramental del Misterio Pascual del Señor, es de una particular eficacia, pues no sólo se representa in signo, o in figura, el sacrificio redentor de Cristo, sino también se hace verdaderamente presente: se presencializa su Persona y el evento salvífico conmemorado. El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa del siguiente modo: «La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia que es su Cuerpo» (Catecismo, 1362).

Por tanto, cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, por la consagración del pan y del vino en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, se hace presente la misma Víctima del Gólgota, ahora gloriosa; el mismo Sacerdote, Jesucristo; el mismo acto de oferta sacrificial (la oferta primordial de la Cruz) inseparablemente unido a la presencia sacramental de Cristo; oferta siempre actual en Cristo resucitado y glorioso. Sólo cambia la manifestación externa de esta entrega: en el Calvario, mediante la pasión y muerte de Cruz; en la Misa, a través del memorial-sacramento: la doble consagración del pan y del vino en el contexto de la Plegaria Eucarística (imagen sacramental de la inmolación de la Cruz).

En conclusión: la Última Cena, el sacrificio del Calvario y la Eucaristía están estrechamente relacionados: la Última Cena fue la anticipación sacramental del sacrificio de la Cruz; la Eucaristía, que entonces instituyó Jesucristo, perpetúa (hace presente) a lo largo de los tiempos, allí donde se celebra sacramentalmente, el único sacrificio redentor del Señor, para que todas las generaciones puedan entrar en contacto con Cristo y acoger la salvación que Él ofrece a la entera humanidad.

1.3. La Eucaristía, sacrificio de Cristo y de la Iglesia

La Santa Misa es sacrificio de Cristo y de la Iglesia, porque cada vez que se celebra el Misterio Eucarístico, ella, la Iglesia, participa en el sacrificio de su Señor, entrando en comunión con Él —con su oferta sacrificial al Padre— y con los bienes de la redención que Él nos ha obtenido. Toda la Iglesia ofrece y es ofrecida en Cristo al Padre por el Espíritu Santo. Así lo afirma la tradición viva de la Iglesia, tanto en los textos de la liturgia como en las enseñanzas de los Padres y del Magisterio. El fundamento de esta doctrina se encuentra en el principio de unión y cooperación entre Cristo y los miembros de su Cuerpo, claramente expuesto por el Concilio Vaticano II: «En esta obra tan grande, por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia».

La Iglesia ofrece con Cristo

La participación de la Iglesia —el Pueblo de Dios, jerárquicamente estructurado— en la oferta del sacrificio eucarístico está legitimada por el mandato de Jesús: «haced esto en conmemoración mía [como memorial mío]», y se refleja en la fórmula litúrgica «memores… offerimus… [tibi Pater]… gratias agentes… hoc sacrificium», frecuentemente utilizada en las Plegarias Eucarísticas de la Iglesia Antigua, e igualmente presente en las actuales Plegarias Eucarísticas.

Como testimonian los textos de la liturgia eucarística, los fieles no son simples espectadores de un acto de culto realizado por el sacerdote celebrante; todos ellos pueden y deben participar en la oferta del sacrificio eucarístico, porque en virtud del bautismo han sido incorporados a Cristo y forman parte de la «estirpe elegida, del sacerdocio real, de la nación santa, del Pueblo que Dios ha adquirido» (1 P 2,9); es decir, del nuevo Pueblo de Dios en Cristo, que Él mismo sigue reuniendo en torno a sí, para que de un confín al otro de la tierra ofrezca a su nombre un sacrificio perfecto (cfr. Mal 1,10-11). Ofrecen no sólo el culto espiritual del sacrificio de las propias obras y de su entera existencia, sino también —en Cristo y con Cristo— la Víctima pura, santa e inmaculada. Todo esto comporta el ejercicio del sacerdocio común de los fieles en la Eucaristía.

Entre la oferta de la Iglesia y la de Cristo no hay yuxtaposición sino identificación. Los fieles no ofrecen un sacrificio diverso del de Cristo, pues al unirse a Él hacen posible que incorpore la oblación de la Iglesia a la suya, de modo tal que la oferta de la Iglesia llegue a ser la oferta misma de Cristo. Y es Él, Jesucristo, quien ofrece el sacrificio espiritual de los fieles incorporado al suyo. La relación entre estos dos aspectos no puede caracterizarse como yuxtaposición ni como sucesión, sino como presencia de uno en el otro.

La Iglesia es ofrecida con Cristo

La Iglesia, en unión con Cristo, no sólo ofrece el sacrificio eucarístico, sino también es ofrecida en Él, pues como Cuerpo y Esposa está inseparablemente unida a su Cabeza y a su Esposo.

La enseñanza de los Padres es muy clara a este respecto. Para san Cipriano la Iglesia ofrecida (la oblación invisible de los fieles) está simbolizada en la oferta litúrgica de los dones del pan y del vino mezclado con unas gotas de agua, como materia del Sacrificio del Altar. Para san Agustín es claro que en el Sacrifico del Altar toda la Iglesia es ofrecida con su Señor, y que esto se manifiesta en la misma celebración sacramental: «Esta ciudad plenamente redimida, es decir, la asamblea y la sociedad de los santos, es ofrecida a Dios como un sacrificio universal por el Sumo Sacerdote que, bajo la forma de esclavo, se ofreció por nosotros en su pasión, para hacer de nosotros el cuerpo de una tan gran Cabeza… Tal es el sacrificio de los cristianos: “siendo muchos, no formamos más que un solo Cuerpo en Cristo” (Rm 12,5). La Iglesia celebra este misterio en el sacramento del altar, bien conocido de los fieles, donde se muestra que en lo que ella ofrece se ofrece a sí misma». Para san Gregorio Magno la celebración de la Eucaristía es un estímulo para que imitemos el ejemplo del Señor, ofreciendo nuestra vida al Padre como hizo Jesús; de este modo llegará a nosotros la salvación que proviene de la Cruz del Señor: «Es necesario que cuando celebramos este sacrificio eucarístico nos ofrezcamos a Dios con contrición de corazón, porque quienes celebramos los misterios de la pasión del Señor debemos imitar aquello que hacemos. Y entonces la hostia ocupará nuestro lugar ante Dios, si nos hacemos hostias a nosotros mismos».

La misma liturgia eucarística no deja de expresar la participación de la Iglesia, bajo el influjo del Espíritu Santo, en el sacrificio de Cristo: «Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo Cuerpo y un solo Espíritu. Que Él nos transforme en ofrenda permanente…». De modo semejante se pide en la Plegaria Eucarística IV: «Dirige tu mirada sobre esta Víctima que Tú mismo has preparado a tu Iglesia, y concede a cuantos compartimos este Pan y este Cáliz, que, congregados en un solo Cuerpo por el Espíritu Santo, seamos en Cristo Víctima viva para alabanza de tu gloria».

La participación de los fieles consiste ante todo en unirse interiormente al sacrificio de Cristo, hecho presente sobre el altar gracias al ministerio del sacerdote celebrante. No puede decirse en modo alguno que los fieles “concelebren” con el sacerdote, ya que sólo él actúa in persona Christi Capitis. Pero si que concurren a la celebración del sacrificio, por el sacerdocio común recibido en el bautismo. Esta participación interior se ha de manifestar en la participación exterior: en la comunión (en estado de gracia), en las respuestas y en las oraciones que los fieles rezan con el sacerdote; en las posturas; y también, a veces, en la realización de algunos ritos, como la proclamación de las lecturas o la oración de los fieles.

Por lo que respecta al Magisterio contemporáneo, baste citar ahora este texto del Catecismo de la Iglesia Católica: «La Eucaristía es igualmente el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con Él, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda» (Catecismo, 1368).

La doctrina apenas enunciada tiene una importancia fundamental para la vida cristiana. Todos los fieles están llamados a participar en la Santa Misa poniendo en ejercicio su sacerdocio real, es decir, con la intención de ofrecer la propia vida sin mancha de pecado al Padre, con Cristo, Víctima inmaculada, en sacrificio espiritual-existencial, restituyéndole con amor filial y en acción de gracias todo lo que de Él han recibido. De este modo la caridad divina —la corriente de amor trinitario, operante en la celebración de la Eucaristía— transformará su entera existencia.

Los fieles deben procurar que la Santa Misa sea realmente centro y raíz de su vida interior, ordenando hacia ella todo su día, el trabajo y todas sus acciones. Esta es una manifestación capital del “alma sacerdotal”. En esta línea san Josemaría nos exhorta: «Lucha por conseguir que el Santo Sacrificio del Altar sea el centro y la raíz de tu vida interior, de modo que toda la jornada se convierta en un acto de culto —prolongación de la Misa que has oído y preparación para la siguiente—, que se va desbordando en jaculatorias, en visitas al Santísimo, en ofrecimiento de tu trabajo profesional y de tu vida familiar…».

Las Misas sin participación de pueblo, tienen también carácter público y social. Sus efectos se extienden a todo lugar y tiempo. De ahí la gran conveniencia de que los sacerdotes celebren todos los días, aun cuando no pueda haber participación de fieles.

2. Fines y frutos de la Santa Misa

La Santa Misa, en cuanto es re-presentación sacramental del sacrificio de Cristo, tiene los mismos fines que el sacrificio de la Cruz. Estos fines son: el fin latréutico (alabar y adorar a Dios Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo); el fin eucarístico (dar gracias a Dios por la creación y la redención); el propiciatorio (desagraviar a Dios por nuestros pecados); y el impetratorio (pedir a Dios sus dones y sus gracias). Esto se expresa en las diversas oraciones que forman parte de la celebración litúrgica de la Eucaristía, especialmente en el Gloria, en el Credo, en las diversas partes de la Anáfora o Plegaria Eucarística (Prefacio, Sanctus, Epíclesis, Anámnesis, Intercesiones, Doxología final), en el Padre Nuestro, y en las oraciones propias de cada Misa: Oración Colecta, Oración sobre las ofrendas, Oración después de la Comunión.

Por frutos de la Misa se entienden los efectos que la virtud salvífica de la Cruz, hecha presente en el sacrificio eucarístico, genera en los hombres cuando la acogen libremente, con fe, esperanza y amor al Redentor. Estos frutos comportan esencialmente un crecimiento en la gracia santificante y una más intensa conformación existencial con Cristo, según el modo específico que la Eucaristía nos ofrece.

Tales frutos de santidad no se determinan idénticamente en todos los que participan en el sacrificio eucarístico; serán mayores o menores según la inserción de cada uno en la celebración litúrgica y en la medida de su fe y devoción. Por tanto, participan de manera diversa de los frutos de la Santa Misa: toda la Iglesia; el sacerdote que celebra y los que, unidos con él, concurren a la celebración eucarística; los que, sin participar a la Misa, se unen espiritualmente al sacerdote que celebra; y aquellos por quienes la Misa se aplica, que pueden ser vivos o difuntos.

Cuando un sacerdote recibe una oferta para que aplique los frutos de la Misa por una intención, queda gravemente obligado a hacerlo.

Ángel García Ibáñez

TEMA 6. La Creación

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La doctrina de la Creación constituye la primera respuesta a los interrogantes fundamentales sobre nuestro origen y nuestro fin.

Introducción

La importancia de la verdad de la creación estriba en que es «el fundamento de todos los designios salvíficos de Dios; [...] el comienzo de la historia de la salvación, que culmina en Cristo» (Compendio, 51). Tanto la Biblia (Gn 1,1) como el Credo inician con la confesión de fe en el Dios Creador.

A diferencia de los otros grandes misterios de nuestra fe (la Trinidad y la Encarnación), la creación es «la primera respuesta a los interrogantes fundamentales sobre nuestro origen y nuestro fin» (Compendio, 51), que el espíritu humano ya se plantea y, en parte, puede también responder, como muestra la reflexión filosófica; y los relatos de los orígenes pertenecientes a la cultura religiosa de tantos pueblos (cfr. Catecismo, 285), no obstante, la especificidad de la noción de creación sólo se captó de hecho con la revelación judeocristiana.

La creación es, pues, un misterio de fe y, a la vez, una verdad accesible a la razón natural (cfr. Catecismo, 286). Esta peculiar posición entre fe y razón, hace de la creación un buen punto de partida en la tarea de evangelización y de diálogo que los cristianos están siempre –particularmente en nuestros días– llamados a realizar, como ya hiciera San Pablo en el Areópago de Atenas (Hch 17,16-34).

Se suele distinguir entre el acto creador de Dios (la creación active sumpta), y la realidad creada, que es efecto de tal acción divina (la creación passive sumpta) . Siguiendo este esquema se exponen a continuación los principales aspectos dogmáticos de la creación.

1. El acto creador

1.1. «La creación es obra común de la Santísima Trinidad» (Catecismo, 292)

La Revelación presenta la acción creadora de Dios como fruto de su omnipotencia, de su sabiduría y de su amor. Se suele atribuir especialmente la creación al Padre (cfr. Compendio, 52), así como la redención al Hijo y la santificación al Espíritu Santo. Al mismo tiempo, las obras ad extra de la Trinidad (la primera de ellas, la creación) son comunes a todas las Personas, y por eso cabe preguntarse por el papel específico de cada Persona en la creación, pues «cada persona divina realiza la obra común según su propiedad personal» (Catecismo, 258). Este es el sentido de la igualmente tradicional apropiación de los atributos esenciales (omnipotencia, sabiduría, amor) respectivamente al obrar creador del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

En el Símbolo nicenoconstantinopolitano confesamos nuestra fe «en un solo Dios, Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra»; «en un solo Señor Jesucristo [...] por quien todo fue hecho»; y en el Espíritu Santo «Señor y dador de vida» (DH 150). La fe cristiana habla, por tanto, no solamente de una creación ex nihilo, de la nada, que indica la omnipotencia de Dios Padre; sino también de una creación hecha con inteligencia, con la sabiduría de Dios –el Logos por medio del cual todo fue hecho (Jn 1,3)–; y de una creación ex amore (GS 19), fruto de la libertad y del amor que es Dios mismo, el Espíritu que procede del Padre y del Hijo. En consecuencia, las procesiones eternas de las Personas están en la base de su obrar creador.

Así como no hay contradicción entre la unicidad de Dios y su ser tres personas, de modo análogo no se contrapone la unicidad del principio creador con la diversidad de los modos de obrar de cada una de las Personas.

«Creador del cielo y de la tierra»

«“En el principio, Dios creó el cielo y la tierra”: tres cosas se afirman en estas primeras palabras de la Escritura: el Dios eterno ha dado principio a todo lo que existe fuera de él. Él solo es creador (el verbo “crear” –en hebreo bara– tiene siempre por sujeto a Dios). La totalidad de lo que existe (expresada por la fórmula “el cielo y la tierra”) depende de aquel que le da el ser» (Catecismo, 290).

Sólo Dios puede crear en sentido propio , lo cual implica originar las cosas de la nada (ex nihilo) y no a partir de algo preexistente; para ello se requiere una potencia activa infinita, que sólo a Dios corresponde (cfr. Catecismo, 296-298). Es congruente, por tanto, apropiar la omnipotencia creadora al Padre, ya que él es en la Trinidad –según una clásica expresión– fons et origo, es decir, la Persona de quien proceden las otras dos, principio sin principio.

La fe cristiana afirma que la distinción fundamental en la realidad es la que se da entre Dios y sus criaturas. Esto supuso una novedad en los primeros siglos, en los que la polaridad entre materia y espíritu daba pie a visiones inconciliables entre sí (materialismo y espiritualismo, dualismo y monismo). El cristianismo rompió estos moldes, sobre todo con su afirmación de que también la materia (al igual que el espíritu) es creación del único Dios trascendente. Más adelante, Santo Tomás desarrolló una metafísica de la creación que describe a Dios como el mismo Ser subsistente (Ipsum Esse Subsistens). Como causa primera, es absolutamente trascendente al mundo; y, a la vez, en virtud de la participación de su ser en las criaturas, está presente íntimamente en ellas, las cuales dependen en todo de quien es la fuente del ser. Dios es superior summo meo y al mismo tiempo, intimior intimo meo (San Agustín, Confesiones, 3,6,11; cfr. Catecismo, 300).

«Por quien todo fue hecho»

La literatura sapiencial del AT presenta el mundo como fruto de la sabiduría de Dios (cfr. Sb 9,9). «Este no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar» (Catecismo, 295), sino que tiene una inteligibilidad que la razón humana, participando en la luz del Entendimiento divino, puede captar, no sin esfuerzo y en un espíritu de humildad y de respeto ante el Creador y su obra (cfr. Jb 42,3; cfr. Catecismo, 299). Este desarrollo llega a su expresión plena en el NT: al identificar al Hijo, Jesucristo, con el Logos (cfr. Jn 1,1ss), afirma que la sabiduría de Dios es una Persona, el Verbo encarnado, por quien todo fue hecho (Jn 1,3). San Pablo formula esta relación de lo creado con Cristo, aclarando que todas las cosas han sido creadas en él, por medio de él y en vista de él (Col 1,16-17).

Hay, pues, una razón creadora en el origen del cosmos (cfr. Catecismo, 284). El cristianismo tiene desde el comienzo una confianza grande en la capacidad de la razón humana de conocer; y una enorme seguridad en que jamás la razón (científica, filosófica, etc.) podrá llegar a conclusiones contrarias a la fe, pues ambas provienen de un mismo origen.

No es infrecuente encontrarse con algunos que plantean falsas disyuntivas, como por ejemplo, entre creación y evolución. En realidad, una adecuada epistemología no sólo distingue los ámbitos propios de las ciencias naturales y de la fe, sino que además reconoce en la filosofía un necesario elemento de mediación, pues las ciencias, con su método y objeto propios, no cubren todo el ámbito de la razón humana; y la fe, que se refiere al mismo mundo del que hablan las ciencias, necesita para formularse y entrar en diálogo con la racionalidad humana de categorías filosóficas.

Es lógico, pues, que la Iglesia desde el inicio buscara el diálogo con la razón: una razón consciente de su carácter creado, pues no se ha dado a sí misma la existencia, ni dispone completamente de su futuro; una razón abierta a lo que la trasciende, en definitiva, a la Razón originaria. Paradójicamente, una razón cerrada sobre sí, que cree poder hallar dentro de sí la respuesta a sus interrogantes más profundos, acaba por afirmar el sinsentido de la existencia, y por no reconocer la inteligibilidad de lo real (nihilismo, irracionalismo, etc.).

«Señor y dador de vida»

«Creemos que [el mundo] procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad: “Porque tú has creado todas las cosas; por tu voluntad lo que no existía fue creado” (Ap 4,11). [...] “Bueno es el Señor para con todos, y sus ternuras sobre todas sus obras” (Sal 145,9)» (Catecismo, 295). En consecuencia, «salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad (“Y vio Dios que era bueno [...] muy bueno”: Gn 1,4.10.12.18.21.31). Porque la creación es querida por Dios como un don» (Catecismo, 299).

Este carácter de bondad y de don libre permite descubrir en la creación la actuación del Espíritu –que «aleteaba sobre las aguas» (Gn 1,2)–, la Persona Don en la Trinidad, Amor subsistente entre el Padre y el Hijo. La Iglesia confiesa su fe en la obra creadora del Espíritu Santo, dador de vida y fuente de todo bien.

La afirmación cristiana de la libertad divina creadora permite superar las estrecheces de otras visiones que, poniendo una necesidad en Dios, acaban por sostener un fatalismo o determinismo. No hay nada, ni “dentro” ni “fuera” de Dios, que le obligue a crear. ¿Cuál es entonces el fin que le mueve? ¿Qué se ha propuesto al crearnos?

1.2. «El mundo ha sido creado para la gloria de Dios» (Concilio Vaticano I)

Dios ha creado todo «no para aumentar su gloria sino para manifestarla y comunicarla» (San Buenaventura, Sent., 2,1,2,2,1). El Concilio Vaticano I (1870) enseña que «en su bondad y por su fuerza todopoderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirir su perfección, sino para manifestarla por los bienes que otorga a sus criaturas, el solo verdadero Dios, en su libérrimo designio, en el comienzo del tiempo, creó de la nada a la vez una y otra criatura, la espiritual y la corporal» (DS 3002; cfr. Catecismo, 293).

«La gloria de Dios consiste en que se realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el mundo ha sido creado. Hacer de nosotros “hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1,5-6): “Porque la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios” (San Ireneo, Adversus haereses, 4,20,7)» (Catecismo, 294).

Lejos de una dialéctica de principios contrapuestos (como ocurre en el dualismo de corte maniqueo, y también en el idealismo monista hegeliano), afirmar la gloria de Dios como fin de la creación no comporta una negación del hombre, sino un presupuesto indispensable para su realización. El optimismo cristiano hunde sus raíces en la exaltación conjunta de Dios y del hombre: «el hombre es grande sólo si Dios es grande». Se trata de un optimismo y una lógica que afirman la absoluta prioridad del bien, pero que no por ello son ciegos ante la presencia del mal en el mundo y en la historia.

1.3. Conservación y providencia. El mal

La creación no se reduce a los comienzos; una vez «realizada la creación, Dios no abandona su criatura a ella misma. No sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término» (Catecismo, 301). La Sagrada Escritura compara esta actuación de Dios en la historia con la acción creadora (cfr. Is 44,24; 45,8; 51,13). La literatura sapiencial explicita la acción de Dios que mantiene en la existencia a sus criaturas. «Y ¿cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado?» (Sb 11,25). San Pablo va más lejos y atribuye esta acción conservadora a Cristo: «él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia» (Col 1,17).

El Dios cristiano no es un relojero o arquitecto que, tras haber realizado su obra, se desentiende de ella. Estas imágenes son propias de una concepción deísta, según la cual Dios no se inmiscuye en los asuntos de este mundo. Pero esto supone una distorsión del auténtico Dios creador, pues separan drásticamente la creación de la conservación y gobierno divino del mundo.

La noción de conservación “hace de puente” entre la acción creadora y el gobierno divino del mundo (providencia). Dios no sólo crea el mundo y lo mantiene en la existencia, sino que además «conduce a sus criaturas a la perfección última, a la que Él mismo las ha llamado» (Compendio, 55). La Sagrada Escritura presenta la soberanía absoluta de Dios, y testimonia constantemente su cuidado paterno, tanto en las cosas más pequeñas como en los grandes acontecimientos de la historia (cfr. Catecismo, 303). En este contexto, Jesús se revela como la providencia “encarnada” de Dios, que atiende como Buen Pastor las necesidades materiales y espirituales de los hombres (Jn 10,11.14-15; Mt 14,13-14, etc.) y nos enseña a abandonarnos a su cuidado (Mt 6,31-33).

Si Dios crea, sostiene y dirige todo con bondad, ¿de dónde proviene el mal? «A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta [...]. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal» (Catecismo, 309).

La creación no está acabada desde el principio, sino que Dios la hizo in statu viae, es decir, hacia una meta última todavía por alcanzar. Para la realización de sus designios, Dios se sirve del concurso de sus criaturas, y concede a los hombres una participación en su providencia, respetando su libertad aun cuando obran mal (cfr. Catecismo, 302, 307, 311). Lo realmente sorprendente es que Dios «en su providencia todopoderosa puede sacar un bien de las consecuencias de un mal» (Catecismo, 312). Es una misteriosa pero grandísima verdad que «todo coopera al bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28).

La experiencia del mal parece manifestar una tensión entre la omnipotencia y la bondad divinas en su actuación en la historia. Aquélla recibe respuesta, ciertamente misteriosa, en el evento de la Cruz de Cristo, que revela el “modo de ser” de Dios, y es por tanto fuente de sabiduría para el hombre (sapientia crucis).

1.4.  Creación y salvación

La creación es «el primer paso hacia la Alianza del Dios único con su pueblo» (Compendio, 51). En la Biblia la creación está abierta a la actuación salvífica de Dios en la historia, que tiene su plenitud en el misterio pascual de Cristo, y que alcanzará su perfección final al final de los tiempos. La creación está hecha con miras al sábado, el séptimo día en que el Señor descansó, día en que culmina la primera creación y que se abre al octavo día en que comienza una obra todavía más maravillosa: la Redención, la nueva creación en Cristo (2 Co 5,7; cfr. Catecismo, 345-349).

Se muestra así la continuidad y unidad del designio divino de creación y redención. Entre ambas no hay ningún hiato, pues el pecado de los hombres no ha corrompido totalmente la obra divina, sino un vínculo. La relación entre ambas –creación y salvación- puede expresarse diciendo que, por una parte, la creación es el primer acontecimiento salvífico; y por otra que, la salvación redentora tiene las características de una nueva creación. Esta relación ilumina importantes aspectos de la fe cristiana, como la ordenación de la naturaleza a la gracia o la existencia de un único fin sobrenatural del hombre.

2. La realidad creada

El efecto de la acción creadora de Dios es la totalidad del mundo creado, “cielos y tierra” (Gn 1,1). Dios es «Creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles, espirituales y corporales; que por su omnipotente virtud a la vez desde el principio del tiempo creó de la nada a una y otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la mundana, y después la humana, como común, compuesta de espíritu y de cuerpo».

El cristianismo supera tanto el monismo (que afirma que la materia y el espíritu se confunden, que la realidad de Dios y del mundo se identifican), como el dualismo (según el cual materia y espíritu son principios originarios opuestos).

La acción creadora pertenece a la eternidad de Dios, pero el efecto de tal acción está marcado por la temporalidad. La Revelación afirma que el mundo ha sido creado como mundo con un inicio temporal, es decir, que el mundo ha sido creado junto con el tiempo, lo cual se muestra muy congruente con la unidad del designio divino de revelarse en la historia de la salvación.

2.1. El mundo espiritual: los ángeles

«La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición» (Catecismo, 328). Ambos los muestran en su doble función de alabar a Dios y ser mensajeros de su designio salvador. El NT presenta a los ángeles en relación con Cristo: creados por medio de él y en vista de él (Col 1,16), rodean la vida de Jesús desde su nacimiento hasta la Ascensión, siendo los anunciadores de su segunda venida gloriosa (cfr. Catecismo, 333).

Asimismo, también están presentes desde el inicio de la vida de la Iglesia, la cual se beneficia de su ayuda poderosa, y en su liturgia se une a ellos en la adoración a Dios. La vida de cada hombre está acompañada desde su nacimiento por un ángel que lo protege y conduce a la Vida (cfr. Catecismo, 334-336).

La teología (especialmente Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico) y el magisterio de la Iglesia han profundizado en la naturaleza de estos seres puramente espirituales, dotados de inteligencia y voluntad, afirmando que son criaturas personales e inmortales, que superan en perfección a todas las criaturas visibles (cfr. Catecismo, 330).

Los ángeles fueron creados en un estado de prueba. Algunos se rebelaron irrevocablemente contra Dios. Caídos en el pecado, Satán y los otros demonios –que habían sido creados buenos, pero por sí mismos se hicieron malos– instigaron a nuestros primeros padres para que pecaran (cfr. Catecismo, 391-395).

2.2. El mundo material

Dios «ha creado el mundo visible en toda su riqueza, su diversidad y su orden. La Escritura presenta la obra del Creador simbólicamente como una secuencia de seis días “de trabajo divino” que terminan en el reposo del día séptimo (Gn 1,1-2,4)» (Catecismo, 337). «La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material (cfr. DS 286; 455-463; 800; 1333; 3002)» (Catecismo, 299).

«Por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden» (GS 36,2). La verdad y bondad de lo creado proceden del único Dios Creador que es a la vez Trino. Así, el mundo creado es un cierto reflejo de la actuación de las Personas divinas: «en todas las criaturas se encuentra una representación de la Trinidad a modo de vestigio».

El cosmos tiene una belleza y una dignidad en cuanto que es obra de Dios. Hay una solidaridad y una jerarquía entre los seres, lo cual ha de llevar a una actitud contemplativa de respeto hacia lo creado y las leyes naturales que lo rigen (cfr. Catecismo, 339, 340, 342, 354). Ciertamente el cosmos ha sido creado para el hombre, que ha recibido de Dios el mandato de dominar la tierra (cfr. Gn 1,28). Tal mandato no es una invitación a la explotación despótica de la naturaleza, sino a participar en el poder creador de Dios: mediante su trabajo el hombre colabora en el perfeccionamiento de la creación.

El cristiano comparte las justas exigencias que la sensibilidad ecológica ha puesto de manifiesto en las últimas décadas, sin caer en una vaga divinización del mundo, y afirmando la superioridad del hombre sobre el resto de los seres como «cumbre de la obra de la creación» (Catecismo, 343).

2.3. El hombre

Las personas humanas gozan de una peculiar posición en la obra creadora de Dios, al participar a la vez de la realidad material y espiritual. Sólo de él nos dice la Escritura que Dios lo creó «a su imagen y semejanza» (Gn 1,26). Ha sido puesto por Dios a la cabeza de la realidad visible, y goza de una dignidad especial, pues «de todas las criaturas visibles, sólo el hombre es capaz de conocer y amar a su Creador; es la única criatura en la tierra que Dios ama por sí misma; sólo el hombre está llamado a participar por el conocimiento y el amor en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad» (Catecismo, 356; cfr. ibidem, 1701-1703).

Hombre y mujer, en su diversidad y complementariedad, queridas por Dios, gozan de la misma dignidad de personas (cfr. Catecismo, 357, 369, 372). En ambos, se da una unión sustancial de cuerpo y alma, siendo ésta la forma del cuerpo. Al ser espiritual, el alma humana es creada inmediatamente por Dios (no es “producida” por los padres, ni tampoco es preexistente), y es inmortal (cfr. Catecismo, 366). Ambos puntos (espiritualidad e inmortalidad) pueden ser mostrados filosóficamente. Por tanto, es un reduccionismo afirmar que el hombre procede exclusivamente de la evolución biológica (evolucionismo absoluto). En la realidad hay saltos ontológicos que no puede explicarse sólo con la evolución. La conciencia moral y la libertad del hombre, por ejemplo, manifiestan su superioridad sobre el mundo material, y son muestra de su especial dignidad.

La verdad de la creación ayuda a superar tanto la negación de la libertad (determinismo) como el extremo contrario de una exaltación indebida de la misma: la libertad humana es creada, no absoluta, y existe en mutua dependencia con la verdad y el bien. El sueño de una libertad como puro poder y arbitrariedad responde a una imagen deformada no sólo del hombre sino también de Dios.

Mediante su actividad y su trabajo, el hombre participa del poder creador de Dios. Además, su inteligencia y voluntad son una participación, una chispa, de la sabiduría y amor divinos. Mientras el resto del mundo visible es mero vestigio de la Trinidad, el ser humano constituye una auténtica imago Trinitatis.

3. Algunas consecuencias prácticas de la verdad sobre la creación

La radicalidad de la acción creadora y salvadora divina exige del hombre una respuesta que tenga ese mismo carácter de totalidad: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” (Dt 6,5; cfr. Mt 22,37; Mc 12,30; Lc 10,27). En esta correspondencia se encuentra la verdadera felicidad, lo único que plenifica su libertad.

A la vez, la universalidad de la acción divina tiene un sentido tanto intensivo como extensivo: Dios crea y salva a todo el hombre y a todos los hombres. Corresponder a la llamada de Dios a amarle con todo nuestro ser está intrínsecamente unido a llevar su amor a todo el mundo.

El conocimiento y admiración del poder, sabiduría y amor divinos conduce al hombre a una actitud de reverencia, adoración y humildad, a vivir en la presencia de Dios sabiéndose hijo suyo. Al mismo tiempo, la fe en la providencia lleva al cristiano a una actitud de confianza filial en Dios en todas las circunstancias: con agradecimiento ante los bienes recibidos, y con sencillo abandono ante lo que pueda parecer malo, pues Dios saca de los males mayores bienes.

Consciente de que todo ha sido creado para la gloria de Dios, el cristiano procura conducirse en todas sus acciones buscando el fin verdadero que llena su vida de felicidad: la gloria de Dios, no la propia vanagloria. Se esfuerza por rectificar la intención en sus acciones, de modo que pueda decirse que el único fin de su vida es éste: Deo omnis gloria! [16]

Dios ha querido poner al hombre al frente de su creación otorgándole el dominio sobre el mundo, de manera que la perfeccione con su trabajo. La actividad humana, puede ser por tanto considerada como una participación en la obra divina creadora.

La grandeza y belleza de las criaturas suscita en las personas admiración y despierta en ellas la pregunta por el origen y destino del mundo y del hombre, haciéndoles entrever la realidad de su Creador. El cristiano, en su diálogo con los no creyentes, puede suscitar estas preguntas para que las inteligencias y los corazones se abran a la luz del Creador. Asimismo, en su diálogo con los creyentes de las diversas religiones, el cristiano encuentra en la verdad de la creación un excelente punto de partida, pues se trata de una verdad en parte compartida, y que constituye la base para la afirmación de algunos valores morales fundamentales de la persona.

Santiago Sanz


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