Con entraña universal

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En los edificios de Villa Tevere se alza un torreón circular. Su vértice está rematado por una cruz griega que pregona a los cuatro vientos, con los brazos terminados en punta de flecha, el deseo de caminar el mundo. En los primeros escritos, el Padre dibujaba con frecuencia esta cruz. La trazaba con rasgos fuertes, a pluma, como un vector de universalidad.

«Hemos de ser ciudadanos del mundo; tener el corazón grande para querer mucho (…). Ahora está de moda abrir un brazo y el otro, no. Nosotros extendemos los dos, repitiendo el gesto sacerdotal de Cristo, para que quepan todas las almas: todas (…). Amamos a los católicos y a los no católicos. Transigimos con las personas, aunque seamos intransigentes con la doctrina, porque no es nuestra. Transigimos en todo lo que no sea ofensa a Dios y, cuando hay error, disculpamos a quienes yerran y los comprendemos. Si no los quisiéramos, si no los tratáramos, si no conviviéramos con todos, no podríamos llevarlos a Cristo: no podríamos contribuir a que tuvieran la luz de la fe. Este ha sido el fondo cierto de nuestra caridad, que no excluye a nadie, desde los primeros tiempos de la Obra»(2).

Monseñor Escrivá de Balaguer clavó en el alma de sus hijas e hijos la convicción de que la Obra es universal, católica. Y que no nacía para dar solución a problemas concretos de un país o de una situación histórica. Nacía para «decir a hombres y mujeres de todos los países, de cualquier condición, raza, lengua o ambiente -y de cualquier estado: solteros, casados, viudos, sacerdotes-, que podían amar y servir a Dios, sin dejar de vivir en su trabajo ordinario, con su familia, en sus variadas y normales relaciones sociales»(3).

De nuevo iban a decirle al mundo que ahí, en el centro de su quehacer cotidiano, sus gentes debían buscar y ayudar a los demás a encontrar la dimensión sobrenatural de la existencia. Que el espíritu del Evangelio venía de nuevo a recordar la llamada de Cristo a santificarse en su trabajo, a santificar su trabajo y a santificar a los demás con su trabajo.

La expansión de la Obra por los cinco continentes llevará a los hombres y mujeres de su espíritu a desarrollar todas sus capacidades humanas en la nueva tierra a que Dios les haya destinado. Y serán testimonios de esta vocación divina, que abarca a todos, a través de su trabajo profesional.

Pero lo impresionante es que logre transmitir esta seguridad al grupo que le sigue en los comienzos de la Obra. Personas muy jóvenes, que apenas han salido de su país y que solamente se proyectan en la visión cotidiana del ámbito familiar y profesional que les rodea, van a captar en toda su amplitud esta dimensión del Opus Dei.

Cuarenta años después de haber conocido al Padre, don Pedro Casciaro será abordado por la pregunta de un mexicano:

-«¿Se daban ya cuenta de que la Obra era universal?, ¿creían poder verla extendida por tantos países?»(4).

El interrogante cae sobre una tertulia que tiene lugar en Los Pinos, la casa de Retiros situada en el cruce de los valles del Estado de Coahuila. Allí se han reunido hombres de Monterrey, Torreón, Aguascalientes y San Luis de Potosí. Aquí, muy lejos de España. Y don Pedro Casciaro ve desfilar, en entrañable y apasionante historia, los acontecimientos que han impulsado al Padre a enviarle, como a tantos otros, más allá del mar. Recuerda aquel verano de 1935, en Torrevieja, Alicante. Frente al horizonte de plata que abre el Mediterráneo cada amanecer. Han mediado solamente seis meses desde que supo la existencia de la Obra. Su única relación, en el pequeño pueblo marinero, es una hoja de noticias escrita a velógrafo, con tinta de color violeta. Leyendo aquellas breves líneas, se siente parte indisoluble, no de un grupo circunstancial, sino de un hecho sobrenatural que ha de perdurar siempre, como patrimonio de todo el mundo. En pie, junto al mar abierto, mira los barcos que salen del puerto con rumbo desconocido. Y siente nacer en su alma la semilla de la universalidad, de disponibilidad total para cruzar los caminos enteros de la tierra. Inunda su interior la pleamar de aquella frase que ha oído al Fundador: «Soñad y os quedaréis cortos»(5).

Más tarde, ni en los momentos más duros de la guerra civil española se perderá una línea de este perfil de la Obra. En 1938, el Padre les escribirá:

«¿Por qué no aprovecháis las horas muertas -que sobran abundantemente- repasando un idioma? Un diccionario y un libro para traducir, se llevan en cualquier parte (…). ¡En Madrid mismo, hay un amigo vuestro que repasa japonés, con ánimo de meter en nuestro camino a los universitarios de Tokio! »(6).

Don Pedro es testigo de esta misma andadura del Padre en los ratos de oración de sus meses de Burgos, a la orilla del Arlanzón, por Las Huelgas, Fuentes Blancas o La Cartuja. Y también don Alvaro del Portillo, cuando camina cerca del Padre por las llanuras castellanas de Valladolid y oye sus palabras, que abren rutas universales, junto a la estatura verde de los chopos.

«¿Te acuerdas? -Hacíamos tú y yo nuestra oración, cuando caía la tarde. Cerca se escuchaba el rumor del agua. -Y, en la quietud de la ciudad castellana, oíamos también voces distintas que hablaban en cien lenguas, gritándonos angustiosamente que aún no conocen a Cristo.

Besaste el Crucifijo, sin recatarte, y le pediste ser apóstol de apóstoles»(7).

La Segunda Guerra Mundial retrasará la llegada de los primeros miembros del Opus Dei a París. No es posible obtener visado de residencia. Pero las dificultades no atenúan ni desalientan la urgencia del Padre para que el Opus Dei rompa las fronteras del mundo. A nivel familiar se lo recordará a sus hijos en las ocasiones más imprevistas y cotidianas.

Un día de agosto de 1947, en Molinoviejo, junto al silencio de la montaña, sus hijas, que trabajan en la Administración de esta casa de Retiros en la provincia de Segovia, recuerdan su conversación con el Padre en un pequeño patio a la sombra de la tejavana. Les cuenta cómo será en breve, al paso de Dios, la expansión de la Obra. Está sentado sobre una silla de enea; las mujeres del Opus Dei que cuidan la casa caben, todas, en un pequeño banco corrido. Y el Padre les dice con su modo convincente, que irán, para difundir el espíritu de la Obra, a los cinco continentes. Y extiende, una vez más, las líneas de su quehacer profesional: médicos, campesinas, periodistas, investigadoras… Un interminable horizonte de apostolado con gentes de toda raza y condición.

Más de una vez hacen su oración frente a un mapa del mundo. Y recorren caminos por los que no han de tardar en ir con la fe y el impulso de su Fundador. No hacen falta grandes preparativos. Marcharán a realizar su trabajo ordinario, en muchos casos el estudio, a diversos países sin más equipaje ni alforja que el Crucifijo y el Evangelio, sin otra seguridad que la de contar con el trabajo, la contradicción y el seguro apoyo del Cielo, que es quien está empeñado en que la Obra se realice. Sus hijas e hijos aportarán a esta enorme misión el contrapeso de su fidelidad. Ni un solo día Dios dejará de protegerles con grandes y menudos detalles de su providencia ordinaria. Su Presencia, y el aliento del Padre, respaldarán la alegría con que emprendieron el viaje del mundo.

Les dice lo que habrán de llevar: «El espíritu del Opus Dei, que es universal, que ama a todas las almas sin excepción, que no es nacionalista, que es alegre, que es de entrega, que es de servicio y no de triunfo; espíritu de amor… »(8).

En la entrevista concedida a Peter Forbath, del «Time», en el año 1967, y recogida en «Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer», el Fundador recordaba los hitos de la expansión del Opus Dei:

«Para mí, es un hito fundamental en la Obra cualquier momento, cualquier instante en el que, a través del Opus Dei, algún alma se acerca a Dios, haciéndose así más hermano de sus hermanos los hombres.

Quizá quería que le hablara de los puntos cruciales cronológicos. Aunque no son los más importantes, le daré de memoria unas fechas, más o menos aproximadas. Ya en los primeros meses de 1935 estaba todo preparado para trabajar en Francia, concretamente en París. Pero vinieron primero la guerra civil española y luego la segunda guerra mundial, y hubo que aplazar la expansión de la Obra. Como ese desarrollo era necesario, el aplazamiento fue mínimo. Ya en 1940 se inicia la labor en Portugal. Casi coincidiendo con el fin de las hostilidades, aunque habiendo precedido algunos viajes en los años anteriores, se comienza en Inglaterra, en Francia, en Italia, en Estados Unidos, en México»(9).

En 1976, don Alvaro del Portillo, nombrado ya sucesor del Padre, recordaba:

«El Opus Dei tuvo desde el comienzo entraña universal, católica: debía extenderse a lo largo y a lo ancho de la tierra y llegar a hombres de toda clase y condición, porque Dios lo quería para vivificar con espíritu cristiano todas las tareas y realidades humanas. Si con el trabajo apostólico, con la oración y con la mortificación de Monseñor Escrivá de Balaguer el Opus Dei creció para adentro en esos años inmediatos a la fundación, igualmente se puede afirmar que el Padre ha preparado toda su expansión apostólica.

Muchas veces le he oído hablar de la prehistoria de la labor en un determinado país. La prehistoria consistía en que, mucho antes de que se estableciera el primer Centro de la Obra en las distintas naciones, nuestro Padre, con muchísima anticipación -yo he sido testigo-, había fertilizado aquel terreno con rezos y mortificaciones; había cruzado ciudades, rogado en iglesias, tratado a la Jerarquía, visitado tantos sagrarios y santuarios marianos, para que, al cabo del tiempo, sus hijas e hijos encontraran roturado el terreno en aquel nuevo país. Roturado y sembrado, porque, como solía decir, había lanzado a manos llenas por tantas y tantas carreteras y caminos de esa nación la semilla de sus avemarías, de sus cantos de amor humano que convertía en oración, de sus jaculatorias, de su penitencia alegre y confiada»(10).

Este rastro de amor, rezando y cantando bajo las más variadas latitudes, es el que han seguido sus hijos.

La universalidad del Fundador se vio refrendada por una gran facilidad de comunicación y un don de lenguas con el que se hacía entender cualquiera que fuese la mentalidad e idiosincrasia del auditorio.

Pero ésta y otras cualidades naturales no han mitigado la dureza de su entrega a la vocación universal para la que fue llamado. El Padre ha dibujado la imagen del Opus Dei bajo la inspiración de Dios, a costa de su vida; al precio de contradicciones y fatigas. Por ello, sin duda, Dios quiso regalarle, antes de morir, la caricia de una realidad espléndida.

«¿Sabéis por qué la Obra se ha desarrollado tanto? Porque han hecho con ella como con un saco de trigo: le han dado golpes, le han maltratado, pero la semilla es tan pequeña que no se ha roto; al contrario, se ha esparcido a los cuatro vientos, ha caído en todas las encrucijadas humanas donde hay corazones hambrientos de Verdad, bien dispuestos, y ahora tenemos tantas vocaciones, y somos una familia numerosísima, y hay millones de almas que admiran y aman a la Obra, porque ven en ella una señal de la presencia de Dios entre los hombres, porque advierten esa misericordia divina que no se agota»11

En verdad, sus hijas e hijos, de toda raza y condición, pueden decir que Dios puso en las manos de su Fundador la llave para abrir, de un modo nuevo, los caminos divinos de la tierra.

Plan de vida

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Mientras trabajaba para encontrar almas que pudieran entender el mensaje de santidad y apostolado en medio del mundo, Escrivá se esforzaba por definir claramente los rasgos principales de lo que Dios quería de los miembros del Opus Dei. Desde la visión del 2 de octubre estaba claro que los miembros del Opus Dei estaban llamados a un “encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana”[1].

Para ello necesitarían una intensa vida interior de unión con Dios mediante la oración, el sacrificio y la santificación de su trabajo y demás actividades. Tendrían que leer el Evangelio, acudir a la Santa Misa, hacer oración, hacer penitencia, pero no separada ni aparte de su vida y actividades ordinarias. Tenían que evitar “la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas”[2]. Al contrario, su vida interior, sus prácticas de piedad debían llevarles a santificar su vida cotidiana.

La cuestión era cómo alcanzar este ideal. ¿Qué prácticas de piedad deberían realizar los miembros del Opus Dei? ¿Cómo podían integrarlas en el tejido de su vida cotidiana de modo que ésta fuera una única vida, basada en el amor de Dios, y no una esquizofrénica mezcla de piedad y vida ordinaria? Basándose en su experiencia personal y en la de la gente a la que atendía con su dirección espiritual, Escrivá trazó un plan de vida interior para los miembros de la Obra. Por ejemplo, desde el principio fue obvio que deberían leer la Sagrada Escritura, pero no estaba claro el modo en el que se realizaría esa lectura. Primero Escrivá pensó que sería bueno que todos leyeran los mismos textos cada día; finalmente decidió simplemente recomendar que cada uno dedicase unos minutos al día a leer los Evangelios u otro libro del Nuevo Testamento.

En febrero de 1933, consideró que ya había llegado la hora de escribir un “plan de vida”, una serie flexible de prácticas de piedad que los fieles del Opus Dei se comprometerían a intentar cumplir. Este plan incluye no sólo momentos dedicados exclusivamente a rezar (el Rosario o la meditación personal), sino también prácticas de piedad como las acciones de gracias a Dios o jaculatorias a Nuestra Señora. Al repartirlas a lo largo del día, los miembros de la Obra podrían descubrir, que “hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes”[3] en medio de su trabajo y demás actividades laborales y familiares.

El plan de vida que Escrivá propuso fue diseñado para ayudar a los miembros del Opus Dei a “buscar a Dios, encontrarle y tratarle siempre, admirándolo con amor en medio de las fatigas de su trabajo ordinario, que son cuidados terrenos, pero purificados y elevados al orden sobrenatural”[4]. Las prácticas de piedad que Escrivá recomendaba, y a las que se solía referir como “las normas de nuestro plan de vida” o simplemente “las normas” no eran algo nuevo. Con la sola excepción de aquella pequeña serie de oraciones que había escrito para que las recitaran cada día los miembros de la Obra, todas las prácticas que estableció eran comunes de la piedad católica. De hecho, incluso las oraciones que compuso estaban sacadas en su casi totalidad de la Sagrada Escritura y de la liturgia de la Iglesia.

Lo nuevo en este plan de vida era su finalidad. Estaba pensado para ayudar a la gente comprometida en la búsqueda de la santidad a encontrar a Dios en medio del mundo. Al cumplir con diligencia sus responsabilidades familiares, profesionales, civiles y sociales “al servicio de Dios y de todos los hombres”[5] podrían santificar su vida cotidiana, según decía Escrivá, “hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo– santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales”[6]. Por esta razón, además de asistir a la Santa Misa y rezar el Rosario, Escrivá incluyó el trabajo y el estudio entre los medios que los miembros del Opus Dei debían utilizar en su lucha por alcanzar la santidad.

[1] CONVERSACIONES CON MONSEÑOR ESCRIVÁ DE BALAGUER. Ediciones Rialp. Madrid 2000. p. 114

[2] Ibid. p. 114

[3] Ibid. p. 114

[4] AGP P06 IV p. 606

[5] CONVERSACIONES CON MONSEÑOR ESCRIVÁ DE BALAGUER. Ediciones Rialp. Madrid 2000. p. 117 y 113

[6] Ibid. p. 114

Bula de la canonización del Beato Josemaría

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Traducción al castellano de la Bula por la que el Papa Juan Pablo II inscribe al Beato Josemaría en el Catálogo de los Santos.

Publicado en Romana, Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, Año XVIII, Num. 35.

BULA DE LA CANONIZACIÓN DEL BEATO JOSEMARÍA

Domine, ut videam ! (cf Lc 18, 41), Domina, ut sit !, Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam !, Regnare Christum volumus ! (cf 1 Cor 15, 25), Deo omnis gloria ! (cf Canon Romano, doxología). La biografía del Beato Josemaría se puede compendiar en estas jaculatorias. Comenzó a rezar las dos primeras cuando contaba apenas dieciséis años, al percibir los primeros barruntos de la llamada divina. De este modo expresaba el ardiente deseo de su corazón: ver lo que Dios quería de su vida, para tratar de cumplir amorosamente la voluntad del Señor. La tercera jaculatoria, que aparece con frecuencia en los escritos de sus primeros años de sacerdocio, revela cómo su celo por las almas iba unido a una firme fidelidad a la Iglesia y a una profunda devoción a la Virgen Maria, Madre de Dios. Regnare Christum volumus !: estas palabras resumen su constante preocupación pastoral por difundir, entre todos los hombres y mujeres, la llamada a participar, en Cristo, de la dignidad de los hijos de Dios, viviendo sólo para servirle: Deo omnis gloria !

Asumió y enseñó a asumir este programa en medio de las ocupaciones normales de cada día, por lo que con razón se le puede llamar “el santo de la vida ordinaria”. En efecto, su vida y su mensaje han llevado, a una innumerable multitud de fieles –sobre todo laicos que trabajan en las más diversas profesiones–, a convertir las tareas más comunes en oración, en servicio a todos los hombres y en camino de santidad.

El Beato Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro (España) el 9 de enero de 1902. Recibió la ordenación sacerdotal el 28 de marzo de 1925. El 2 de octubre de 1928, el Señor le hizo ver la misión a la que le llamaba y ese día fundó el Opus Dei. Se abría así en la Iglesia un nuevo camino caracterizado por difundir entre hombres y mujeres de toda raza, condición social o cultura, la conciencia de que todos están llamados a la plenitud de la caridad y al apostolado, en el lugar que cada uno ocupa en el mundo. Ciertamente, el Señor nos busca en las circustancias de la vida ordinaria, verdadero quicio sobre el que gira nuestra respuesta llena de amor. En las enseñanzas de Josemaría Escrivá, el trabajo, realizado con la ayuda vivificante de la gracia, se convierte en fuente de inagotable fecundidad, ya que es instrumento para poner la Cruz en la cumbre de todas las actividades humanas, medio para transformar el mundo desde dentro según el Espíritu de Cristo y ocasión de reconciliarlo Dios.

La labor desarrollada por Josemaría Escrivá en favor de los sacerdotes, personalmente y a través de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que inició el 14 de febrero de 1943, le configura como un luminoso ejemplo de solicitud por la santidad y la fraternidad sacerdotales.

En 1946 se trasladó a Roma; sostenido por su incansable afán apostólico, se entregó a la difusión del mensaje cristiano por todo el mundo, siempre con plena adhesión al Romano Pontífice y con el deseo de servir a las Iglesias locales. Fomentó la creación de una vasta gama de iniciativas de promoción humana, que han contribuido eficazmente a la difusión del Evangelio y han logrado una amplia proyección social.

En sus numerosos viajes por Europa y América, llevó a cabo una incansable labor de catequesis. Multitud de hombres y mujeres acudían a escucharle, atraídos por su fama de santidad.

El 26 de junio de 1975, a mediodía, a consecuencia de un ataque al corazón, entregó su alma a Dios. Su cuerpo reposa en la Iglesia Prelaticia del Opus Dei, dedicada a Santa María de la Paz, a la que acuden a rezar fieles de todo el mundo.

Tras su muerte, la fama de santidad de Josemaría Escrivá de Balaguer siguió difundiéndose ampliamente. A su intercesión se atribuyen muchas curaciones científicamente inexplicables y abundantes favores espirituales.

Nos mismo beatificamos solemnemente al Fundador del Opus Dei el 17 de mayo de 1992 en la plaza de San Pedro. Desde entonces ha aumentado el número de gracias atribuidas por los fieles a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá; entre estos favores, los Actores de la Causa eligieron una curación y la presentaron a la Sede Apostólica, para que, una vez examinada, permitiera que fueran otorgados al Beato los honores de los Santos.

En 1994 se instruyó un proceso sobre esa curación en la Curia Arzobispal de Badajoz. Realizadas con resultado positivo las acostumbradas investigaciones de la Congregación para las Causas de los Santos, el 20 de diciembre de 2001 fue promulgado en Nuestra presencia el correspondiente decreto sobre el milagro. Posteriormente, oído el parecer favorable de los Padres Cardenales y Obispos que habíamos convocado en Consistorio el 26 de febrero de 2002, decretamos que la ceremonia de canonización se celebrara el 6 de octubre de ese mismo año.

Hoy, por tanto, en una solemne Misa en la Plaza de San Pedro y ante una ingente multitud de fieles, hemos pronunciado la siguiente fórmula: En honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de haber reflexionado largamente, invocado muchas veces la ayuda divina y oído el parecer de numerosos hermanos en el Episcopado, declaramos y definimos Santo al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y lo inscribimos en el Catálogo de los Santos, y establecemos que en toda la Iglesia sea devotamente honrado entre los Santos. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Disponemos que lo que hemos decretado tenga validez ahora y siempre, y que nada sea dispuesto en contrario.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 6 de octubre del año 2002, vigésimocuarto de Nuestro Pontificado.

Juan Pablo
Obispo de la Iglesia Católica

10. Devociones

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Beato Josemaría ha escrito en Forja: Aprende a alabar al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Aprende a tener una especial devoción a la Santísima Trinidad: creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo; espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo; amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Creo, espero y amo a la Trinidad Beatísima.

–Hace falta esta devoción como un ejercicio sobrenatural del alma, que se traduce en actos del corazón, aunque no siempre se vierta en palabras (n 296).

Ciertamente, este consejo brota de la vida interior del Fundador, y quisiera arrancar de aquí para que me hablase de sus devociones personales.

–El Padre solía decir, ya a los primeros miembros del Opus Dei, que para crecer en la vida interior, es un buen medio consagrar cada día de la semana a una devoción sólida: a la Santísima Trinidad, a la Eucaristía, a la Pasión, a la Virgen, a San José, a los Santos Angeles Custodios, a las benditas ánimas del Purgatorio. Como siempre, este consejo brotaba de su experiencia personal: lo había vivido desde hacía muchos años. Puedo afirmar que sus principales devociones fueron: la Santísima Trinidad –Dios Uno y Trino, además de las Tres Personas divinas a las que trataba singularmente: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo–; Nuestro Señor Jesucristo, sobre todo su presencia en la Eucaristía, su Pasión y sus años de vida oculta; la Santísima Virgen; San José; los santos Ángeles y Arcángeles; los Santos y, en particular, los doce Apóstoles, los Santos que escogió como intercesores de algunos aspectos del apostolado de la Obra –Santa Catalina de Siena, San Nicolás de Bari, Santo Tomás Moro, San Pío X y el Santo Cura de Ars–, otros santos, como San Antonio Abad, Santa Teresa de Jesús, etc., y los primeros cristianos.

Su amor a la Santísima Trinidad se expresaba en mil detalles. Por ejemplo, cuando se construyó Villa Tevere, la Sede Central de la Obra, quiso que el oratorio en que celebraría la Misa habitualmente estuviera dedicado a la Trinidad. Recuerdo también que, cuando se instaló el belén en la Galería del Fumo, el cuarto de estar donde nos reuníamos en familia después de la comida, el Padre nos pidió que añadiésemos otro angelote a los ocho que ya se habían puesto, y observó: Así habrá nueve: tres por cada Persona de la Santísima Trinidad.

Nuestro Fundador inculcaba en sus hijos un amor muy grande a la Trinidad. Por eso, además de poner al comienzo de las Preces de la Obra una invocación a la Santísima Trinidad, dispuso que el tercer domingo de cada mes se rezase y meditase el Símbolo Atanasiano, y que en los tres días anteriores a la fiesta de la Santísima Trinidad se recitase, o mejor, se cantase, el Trisagio Angélico.

Quienes vivíamos a su lado sabemos muy bien el arraigo de esta devoción en su vida. Así pude descubrir el modo de ganar en las rifas que organizaba: es un recuerdo ingenuo, de familia, de los primeros años de mi vocación. De vez en cuando llevaba a las tertulias algo que nos hiciera pasar un rato agradable, por ejemplo, un paquete de caramelos. En esas ocasiones, cuando había algún detalle que se salía de lo ordinario, el Padre organizaba un sorteo, que consistía en adivinar el número que había pensado. Enseguida me di cuenta de que era siempre el tres, o un múltiplo de tres, porque incluso en esos momentos de descanso aparecía su amor por la Santísima Trinidad.

Su tendencia a usar el número tres o el número nueve se manifestaba también en muchos otros detalles. Quizá el más significativo fue los 999 puntos de Camino. Durante una audiencia privada, el Papa Pablo VI le preguntó por qué había escogido este número. Nuestro Fundador respondió: por amor a la Santísima Trinidad. Recuerdo que para la primera edición de Camino hizo diseñar una portada, entonces muy original, que consistía en una serie de siluetas del número nueve, formando una columna.

El comentario que el Fundador escribió sobre las catorce estaciones del Vía Crucis es un testimonio de su devoción, de su amor a la Humanidad Santísima de Cristo.

–Desde que le conocí observé que en su oración personal, o cuando predicaba una meditación o daba una clase, como también cuando trabajaba en la mesa, se ponía delante un crucifijo, bastante grande –de diez o doce centímetros–, que llevó siempre en el bolsillo, quizá hasta 1950. A su hermano Santiago le llamaban la atención esas dimensiones y decía que era un crucifijo “de ordenanza”, aludiendo a las pistolas de los militares. Y realmente se puede decir que el crucifijo era el arma de nuestro Fundador.

Al terminar la guerra civil, entró en Madrid a la vez que las tropas que habían liberado la ciudad. Se le acercaba mucha gente para besarle la mano, porque desde hacía tres años no veían a un sacerdote con traje talar: pero el Padre les daba a besar el crucifijo; esto le sucedió muchas veces durante aquellos años. También a nosotros nos aconsejaba que llevásemos siempre un crucifijo, y lo pusiéramos sobre la mesa antes de empezar a estudiar, leer o trabajar, para mantenernos en la presencia de Dios y transformar así nuestro trabajo en oración, uniéndolo al sacrificio de la cruz.

En los últimos años de su vida, encargó al escultor romano Sciancalepore un Cristo crucificado. Quería un Cristo aún vivo, que representase al Señor antes de morir, con los ojos abiertos, dirigidos hacia quien rezaba a sus pies. Hizo que se sacasen dos copias, destinada una a la ermita que había hecho construir expresamente en Cavabianca, sede del Colegio Romano de la Santa Cruz, y la otra a una capilla del Santuario de Torreciudad. Me parece que este detalle refleja el espíritu de nuestro Fundador. Deseaba que la gente contemplase a Cristo en la cruz, mirándonos a cada uno antes de morir y diciéndonos: “todo esto lo sufro por ti”. De este modo quería movernos a pensar en la justicia divina, a mirar al Señor que parece decir a los pecadores: “Esto es por ti. Mis sufrimientos son por ti. Si no rectificas, te quedarás separado de Dios para siempre en el Infierno”; pero al mismo tiempo nos animaba a considerar el amor de Dios, que nos mira y nos dice: “todos estos sufrimientos son por ti, tú me debes ayudar a redimir, no me ofendas nunca más”.

Su devoción eucarística era intensísima, ya desde la infancia. Aprendió muy de pequeño de una de sus abuelas estos versos sencillos y conmovedores: “Las doce han dado, Jesús no viene, ¿quién será el dichoso que lo detiene?”. A veces los repetía para expresar su deseo de estar junto al Señor Sacramentado.

Como ya se ha mencionado, consideraba la Misa centro y raíz de la vida interior, y difundió la costumbre descrita en el punto 876 de Camino de “asaltar” Sagrarios.

Así relató a sus hijos un viaje en tren, en una carta escrita en Monzón el 17 de septiembre de 1934: Yo me dediqué –ya desde Madrid– a un deporte a lo divino: otear el horizonte, para decirle algo a Jesús en los Sagrarios del camino. Además esta mañana he rezado el Breviario con más solemnidad que en el coro de una Catedral: invité a cantar, conmigo, las alabanzas del Señor a todos los Custodios que venían en mi departamento. ¡Nunca me perdáis de vista a los Ángeles, hijos míos! Recuerdo que, poco después de haber pedido la admisión en el Opus Dei, en 1935, me enseñó a vivir la costumbre de saludar al Señor en los sagrarios que encontraba al ir de un sitio a otro.

Ha aludido al rezo del Breviario. ¿Podría añadir algo?

–Nunca lo retrasaba, por ningún motivo. A este propósito me acuerdo de lo que sucedió hacia 1942 ó 1943. Nuestro Fundador estaba enfermo y, aunque tenía una fiebre muy alta, quería recitar el oficio divino. Le dije que en aquellas condiciones no tenía obligación de hacerlo, pero me replicó: Mira, tú no puedes decir esto porque todavía no eres sacerdote, y yo no quiero obrar sin un consejo autorizado. Por lo tanto, hazme el favor de llamar por teléfono a don José María Lahiguera, que es mi confesor; expón la situación, y haré lo que él mande. Así lo hice, y don José María me respondió que el Padre no estaba obligado a rezarlo, después de hacerme varias preguntas sobre la fiebre, el tipo de molestias, etc., que me sorprendieron porque para mí la solución era evidente desde el primer momento. Nuestro Fundador decidió entonces recitar otras oraciones vocales que sabía de memoria. Años después, a causa de la diabetes, perdió mucha vista, tanto que no podía casi ni leer: la diplopía le hacía ver las letras dobles y desdibujadas. Entonces nos pidió a don Javier Echevarría y a mí que rezáramos en voz alta el Oficio divino, para poder unirse a nuestra oración.

Volvamos a su devoción trinitaria. También en una célebre homilía, recogida en Es Cristo que pasa, el Fundador llama al Espíritu Santo el Gran Desconocido.

Precisamente porque la Tercera Persona de la Trinidad es la menos invocada, nuestro Padre le tenía una devoción especial. No dudo en afirmar que el Padre, en su predicación, fue un gran heraldo de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Me viene a la cabeza, por ejemplo, que en 1971, llegó un sacerdote de la Obra que se iba a predicar un curso de retiro a L’Aquila. Nuestro Fundador le sugirió: Llévate un tratado de Deo Trino y mételes en el corazón el amor al Espíritu Santo, que es meter el amor al Padre y al Hijo. Porque el Hijo ha sido engendrado por el Padre desde toda la eternidad; y del amor del Padre y del Hijo, también eternamente, procede el Espíritu Santo. No lo entendemos bien, pero a mí no me cuesta creer. Cada día procuro ahondar más en el misterio de la Trinidad Beatísima.

Nuestro Fundador me contó muchas veces que desde 1926 ó 1927 había vivido con mucha intensidad la devoción a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Todos los años hacía el Decenario al Espíritu Santo, utilizando el libro de Francisca Javiera del Valle. En abril de 1934 compuso una oración al Paráclito que le entregó, manuscrita, a Ricardo Fernández Vallespín, entonces director de la primera Residencia del Opus Dei.

Durante los primeros años de sacerdocio tenía en su Breviario unas estampas, que usaba en lugar de las habituales cintas, y un día le pareció que se había apegado a ellas: se desprendió rápidamente de las estampas, y las sustituyó por tiras de papel. Más de una vez me contó: Al ver aquellos papeles en blanco, comenzé a escribir: Ure igne Sancti Spiritus!, ¡quema con el fuego del Espíritu Santo! Le sirvieron, en suma, de eficacísima “industria humana” para rezar el Oficio divino en unión con el Espíritu Santo: Los he usado durante muchos años, y cada vez que los leía, era como decirle al Espíritu Santo: ¡enciéndeme!, ¡hazme una brasa!

Las erróneas interpretaciones del Concilio Vaticano II por parte de algunos pseudoteólogos, desembocaron en una tremenda crisis que afectó durante años a muchas instituciones eclesiásticas, hasta el punto de que el Santo Padre Pablo VI aludió tristemente a un fenómeno de “descomposición de la Iglesia”. En aquellas circunstancias el Padre sufrió de manera indecible; el dolor le llevó a intensificar su oración al Paráclito, que culminaría con la consagración del Opus Dei al Espíritu Santo el 30 de mayo de 1971. En la extensa fórmula compuesta por el Padre incluyó esta invocación: Te rogamos que asistas siempre a tu Iglesia, y en particular al Romano Pontífice para que nos guíe con su palabra y con su ejemplo, y para que alcance la vida eterna junto con el rebaño que le ha sido confiado; que nunca falten los buenos pastores y que, sirviéndote todos los fieles con santidad de vida y entereza en la fe, lleguemos a la gloria del cielo.

El Opus Dei fue fundado el 2 de octubre de 1928, fiesta de los Ángeles Custodios. Bien motivada y comprensible es la devoción del Fundador a los protectores y mensajeros celestes que tenía ya desde su infancia.

–Sí, aprendió de sus padres a tratar al Ángel Custodio. Cuando era seminarista, leyó en un libro de un Padre de la Iglesia que los sacerdotes tienen, además del Ángel Custodio, un Arcángel ministerial. Por eso, desde el día de su ordenación se dirigió a él con gran sencillez y confianza, tanto que decía que estaba seguro de que, si la opinión de ese escritor no fuese correcta, el Señor le habría concedido un Arcángel ministerial, por la fe con que le había invocado siempre.

De todos modos, a partir de la fiesta de los Ángeles Custodios de 1928, nuestro Fundador tuvo por ellos una devoción más intensa. Enseñaba a sus hijos: El trato y la devoción a los Santos Ángeles Custodios está en la entraña de nuestra labor, es manifestación concreta de la misión sobrenatural de la Obra de Dios.

Con la certeza de que Dios ha puesto un Ángel al lado de cada hombre para ayudarle en el camino de la vida, acudía al propio Ángel Custodio en todas las ocasiones, tanto en las necesidades materiales como en las espirituales. En este contexto reconocía: Por años he experimentado la ayuda constante, inmediata, del Ángel Custodio, hasta en detalles materiales pequeñísimos. Por ejemplo, entre los años 1928 y 1940, cuando se le estropeaba el despertador, como no tenía dinero para llevarlo a arreglar, acudía confiadamente a su Ángel Custodio para que le despertase por la mañana a la hora prevista. Nunca le falló. Por eso, le llamaba cariñosamente mi relojerico.

Cuando saludaba al Señor en el Sagrario, agradecía siempre a los Ángeles, allí presentes, la adoración que continuamente prestan a Dios. Le he oído repetir más de una vez: Cuando voy a un oratorio nuestro donde está el tabernáculo, digo a Jesús que le amo, e invoco a la Trinidad. Después doy gracias a los Ángeles que custodian el Sagrario, adorando a Cristo en la Eucaristía

Con heroica y perseverante correspondencia a la gracia, adquirió el hábito de saludar siempre al Ángel Custodio de las personas con las que se encontraba: solía decir que saludaba primero al personaje. Un día de 1972 ó 1973 vino a verle el Arzobispo de Valencia, Mons. Marcelino Olaechea, acompañado de su secretario. Como eran muy amigos, el Padre le saludó y le dijo en broma: –Don Marcelino, ¿a quién he saludado primero? El arzobispo respondió: –Primero, a mí. –No, le dijo el Padre. He saludado primero al personaje. Don Marcelino repuso, perplejo: –Pero, entre mi secretario y yo, el personaje soy yo. Entonces nuestro Fundador explicó: –No, el personaje es su Angel Custodio.

Durante unos días de descanso que pasó en una finca de Premeno, un pequeño pueblo de la montaña junto al Lago Maggiore, de vez en cuando, para hacer un poco de ejercicio físico, jugábamos a las bochas. No nos sabíamos bien las reglas del juego, y a veces nos las inventábamos. Me acuerdo de que, en uno de aquellos partidos, el Padre lanzó una bocha con gran habilidad y consiguió todos los puntos. Pero enseguida dijo: –No vale; me he encomendado a mi Angel Custodio. No lo haré más… Relato esta pequeña anécdota, porque me parece significativa de la constante relación de amistad que mantenía con su Ángel Custodio, y, también, porque me contó más tarde que le había dado vergüenza pedir la ayuda de su Ángel para una cosa de tan poca importancia.

Al Beato Josemaría le gustaban los cuadros y las imágenes en que se representa a San José con aspecto vigoroso, viril. Lo reconoce en una de las homilías publicadas: No estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a San José como un hombre anciano, aunque se haya hecho con la buena intención de destacar la perpetua virginidad de María. Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana. (Es Cristo que pasa, n. 40). Tenía muy arraigada la devoción al santo Patriarca.

–Era tan notorio que, cuando el Papa Juan XXIII decidió incluir a San José en el Canon de la Misa, el Cardenal Larraona pensó inmediatamente en nuestro Fundador: le llamó por teléfono para comunicarle la noticia y darle la enhorabuena, seguro de que le iba a proporcionar una gran alegría.

Contaré ahora dos anécdotas que le sucedieron durante su estancia en algunos países de América del Sur en 1974. En Ecuador le mostraron un cuadro de escuela quiteña que representaba al Niño Jesús coronando con una guirnalda de flores la cabeza del santo Patriarca. Esta imagen le produjo una alegría inmensa: ¡Una maravilla! Me he puesto muy contento –exclamó– porque yo he tardado años en descubrir esa teología josefina, y aquí no he tenido más que abrir los ojos y la he visto confirmada. ¡Muy bien!

Durante aquel viaje nuestro Fundador empezó a hablar de la presencia misteriosa –inefable, decía– de María y José junto a los Sagrarios de todo el mundo. Lo argumentaba así: si la Santísima Virgen no se separó nunca de su Hijo, es lógico que continúe a su lado también cuando el Señor decide quedarse en esta cárcel de amor que es el tabernáculo: para adorarle, amarle, rezar por nosotros. Y aplicaba a San José la misma idea: estuvo siempre junto a Jesús y a su Esposa; tuvo la suerte de morir acompañado por ellos, ¡qué muerte tan maravillosa! Por eso el Padre repetía que aceptaba la muerte cuando, como y donde el Señor quisiera, pero que rezaba para que le llegase junto a San José: quería morir como él, entre los brazos de Jesús y de María. En definitiva, nuestro Padre metía a San José en todo.

Pero existía una “laguna” en esta familiaridad con San José: ¿qué hacer para no olvidarlo cuando Jesús muere en el Calvario? Durante un viaje en coche, en Brasil, encontró la solución, y nos la dijo apenas regresamos a casa: ¡ya lo he encontrado! ¡Hago sus veces, y ya está! El Padre se ponía a los pies de la Cruz, en lugar de San José, y se imaginaba lo que el Patriarca le hubiera dicho a Cristo de haber estado a su lado, mientras moría por nosotros: actos de reparación, de dolor, de amor.

El Fundador amaba las devociones tradicionales y las practicaba. ¿Usaba también “industrias humanas” para no olvidarlas?

–De su estancia en Perdiguera, recién ordenado sacerdote, Teodoro Murillo, que le ayudaba como monaguillo en la parroquia, se acordaba de un detalle para él inexplicable. A veces don Josemaría le invitaba a dar un paseo, y lo aprovechaba para explicarle algunos aspectos de la doctrina cristiana. Teodoro advirtió que con frecuencia el sacerdote se agachaba, recogía una piedrecita y se la metía en el bolsillo. Cuando lo supe, lo entendí inmediatamente.

Al pedir la admisión en la Obra, nuestro Fundador me explicó el espíritu del Opus Dei, y me aconsejó rezar muchas jaculatorias, comuniones espirituales… y ofrecer numerosas mortificaciones pequeñas durante el día. Al hablarme de las jaculatorias, me explicó: Hay autores espirituales que recomiendan contar las que se dicen durante la jornada, y sugieren usar judías, garbanzos o algo por el estilo; meterlas en un bolsillo e irlas pasando al otro cada vez que se levanta el corazón a Dios, con una de esas oraciones. Así pueden saber cuántas han dicho exactamente, y ver si ese día han progresado o no. Y añadió: Yo no te lo recomiendo, porque existe también el peligro de vanidad o soberbia. Más vale que lleve la contabilidad tu Angel Custodio.

Evidentemente, el Padre utilizaba en Perdiguera aquella “industria humana” para ver cómo iba en la presencia de Dios. Después abandonó esta contabilidad, probablemente por el mismo motivo que me explicó.

De todas formas, siguió rezando muchísimas jaculatorias. ¿Podría decirme cuáles eran las más habituales?

–Resulta imposible hacer un elenco completo. Generalmente sacaba las jaculatorias de la Escritura o del tesoro de la tradición cristiana, y estaban siempre estrechamente relacionadas con su vida interior: por esto, variaban. A veces, cambiaba algunas palabras para que se adaptasen mejor a las circunstancias del día o de un periodo determinado; quiero decir, en definitiva, que las rezaba siempre poniendo todo el corazón y toda la devoción e intensidad de que era capaz. He aquí algunas:

– ¡Dulce Corazón de Jesús, sed mi amor!

– ¡Dulce Corazón de María, sed mi salvación!

Domine, fac cum servo tuo secundum magnam misericordiam tuam!

Sancte Pater Omnipotens, Aeterne et Misericors Deus: Beata Maria intercedente, gratias tibi ago pro universis beneficiis tuis, etiam ignotis.

Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem! Comenzó a rezar esta jaculatoria al Corazón de Jesús en torno a 1950; y en 1951, esta otra al Corazón de María: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!

Benedicamus Patrem et Filium cum Sancto Spiritu!

– Con variantes, repitió muchas veces la súplica encendida de sus años de Logroño: Domine, ut videam!, diciendo: Domine, ut sit! Domina, ut videam! Domina, ut sit!

– Repetía la jaculatoria: Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te! no sólo como acto de amor, sino también de contrición.

– Tuyo soy, para ti nací, ¿qué quieres Jesús de mí?

– Jesús te amo.

– Gloria al Padre, Gloria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo. Gloria a Santa María y también a San José. Gracias a los Ángeles que te hacen la corte.

– Señor, me abandono en ti, confío en ti, descanso en ti.

– Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, cre en Dios Espíritu Santo. Espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo. Amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Hizo imprimir esta triple invocación en millares de estampas.

Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesus.

Tu es sacerdos in aeternum!

Quod bonum est oculis eius, faciat! Repetía esta jaculatoria como acto de humilde aceptación de la Voluntad de Dios, cualquiera que fuese, también si resultaba contraria a lo que había pensado.

Monstra te esse Matrem!

– ¡Madre, Madre mía!

Sancta Maria, Refugium nostrum et virtus!

– Santa María, detén tu día. Según cuenta la tradición, en el año 1248, sitiada Sevilla por Fernando III el Santo, algunos caballeros cristianos invocaron a la Virgen con esta jaculatoria pidiéndole que les ayudase a acabar de vencer a los musulmanes: entonces el sol detuvo su curso y pudieron derrotar a los enemigos. Nuestro Fundador nos aconsejaba invocar la ayuda de la Santísima Virgen con esta jaculatoria para llevar a término, con orden y tenacidad, el trabajo diario.

Sancta Maria, filios tuos adiuva: filias tuas adiuva!

Sancta Maria, Spes nostra, Sedes Sapientiae, ora pro nobis.

Sancta Maria, Spes nostra, Ancilla Domini, filias tuas adiuva!

Sancta Maria, Regina Operis Dei, filios tuos adiuva!

Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva! Comenzó a rezar esta jaculatoria en 1955, durante su primer viaje a Viena.

Dominus tecum!

Sancti Angeli custodes nostri, defendite nos!

– San José, Nuestro Padre y Señor, bendice a todos los hijos de la Santa Iglesia de Dios.

Adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, ut misericordiam consequamur!

– Ave María purísima, sin pecado concebida.

– Recitaba a menudo la antífona: Sub tuum praesidium confugimus…, o simplemente las palabras: Nostras deprecationes ne despicias; recuerdo que en los años setenta las repetía con especial insistencia.

– Bendita sea la Madre que te trajo al mundo.

Cor Mariae perdolentis, miserere nobis! … miserere mei!

Beata Mater et intacta Virgo, intercede pro nobis!

Omnia in bonum! Hizo reproducir esta jaculatoria, como también algunas otras que he ido citando, en muchísimos lugares de nuestros Centros, y la hizo imprimir en miles de estampas que regalaba para animar a la gente a aceptar siempre la Voluntad de Dios y vivir la esperanza cristiana.

Semper ut iumentum!

Ut iumentum factus sum apud te! A veces añadía las otras palabras del Salmo: Et ego semper tecum. Tenuisti manum dexteram meam, et in voluntate tua deduxisti me, et cum gloria suscepisti me. Y lo traducía así: Señor, yo quiero ser a tu lado como un borriquito, pero Tú me has cogido por el ronzal, y me llevaste adelante, y me recibirás en tu gloria.

Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima Voluntas Dei super omnia. Amen. Amen.

– Creo más que si te viera con mis ojos, más que si te escuchara con mis oídos, más que si te tocara con mis manos.

Ut in gratiarum semper actione maneamus! Muchas veces utilizaba esta jaculatoria, y otras que estoy enumerando, para alimentar su oración mental y las meditaciones que dirigía.

Montes, sicut cera, fluxerunt a facie Domini. La repetía para fortalecer su esperanza ante las dificultades que se presentaban a lo largo de nuestro camino.

Qui tribulant me, inimici mei, ipsi infirmati sunt et ceciderunt.

Servi inutiles sumus: quod debuimus facere fecimus.

Oportet semper orare, et non deficere.

Ure igne Sancti Spiritus!

Veni, Sancte Spiritus, reple tuorum corda fidelium, et tui amoris in eis ignem accende!

Oportet illum crescere, me autem minui. Empleaba esta jaculatoria para fomentar, en sí mismo y en sus hijos, la humildad personal y colectiva.

– Repetía muchas veces la oración a San Miguel Arcángel que antiguamente se rezaba después de la Misa: Sancte Michaël Archangele, defende nos in proelio; contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi Deus, supplices deprecamur: tuque, Princeps militiae celestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo, divina virtute in infernum detrude. Amen.

– Recitaba frecuentemente también la oración por el Papa: Oremus pro Beatissimo Papa nostro… Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius.

– ¡Dios mío!, que odie el pecado y me una a Ti, abrazándome a la Santa Cruz, para cumplir a mi vez tu Voluntad amabilísima…, desnudo de todo afecto terreno, sin más miras que tu gloria…, generosamente, no reservándome nada, ofreciéndome contigo en perfecto holocausto.

– ¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte. ¡Oh, Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras…. En nuestro archivo conservamos una copia de esta oración compuesta por el Padre en abril de 1934.

Mediante estas jaculatorias, y otras breves oraciones vocales, nuestro Fundador mantenía su recogimiento interior a lo largo de la jornada. Estas jaculatorias se han difundido por todo el mundo, porque las recitan miles y miles de personas que las han hecho propias. El Fundador no imponía ninguna, porque deseaba que las expresiones del amor fuesen fruto de la inventiva de cada uno: pero su amor era tan grande y su ejemplo tan vivo, que todos sus hijos procuraban imitarlo. Y no sólo los miembros del Opus Dei, sino también otros muchos amigos suyos.

Aunque el tema ha salido ya en la respuesta precedente, me gustaría rematar este apartado pidiéndole que nos hablase de la devoción mariana del Fundador, tan central en su vida y en la vida de la Obra.

–Para responderle exhaustivamente haría falta escribir un tratado. En cualquier caso, ya he indicado antes que el Fundador del Opus Dei, aunque estaba dotado de una fina sensibilidad, no era proclive al sentimentalismo. También su devoción mariana se distinguía por su profundidad teológica. Quiero decir que no se fundamentaba tanto en las “razones del corazón”, como en las de la fe. Me refiero a la fe en las prerrogativas concedidas por Dios a la Virgen y al papel de María en la obra de la Redención.

Por ejemplo: tenía mucha devoción por Santa Teresa, pero cuando la santa de Avila fue proclamada Doctora de la Iglesia, el Padre precisó: No, no es la primera Doctora; la primera Doctora, aunque no tenga el título, es la Santísima Virgen, porque ninguna persona ha tratado ni puede tratar tanto como Ella a Dios Nuestro Señor, y el Espíritu Santo le ha tenido que comunicar luces como a ninguna persona. Ella es la que sabe más de Dios. La que tiene más ciencia de Dios.

Terminaba habitualmente sus homilías y meditaciones con una invocación a la Virgen. En el libro Santo Rosario nos ha dejado rasgos conmovedores de su contemplación de los principales misterios de la vida de Jesús y de María, y también sus demás obras, comenzando por Camino, están impregnadas de devoción mariana. Cada capítulo de Surco y de Forja termina con un pensamiento sobre la Virgen.

Estableció la costumbre de colocar en todas las habitaciones de los Centros de la Obra un cuadro o una imagen pequeña de la Virgen, sencilla y artística. Nos aconsejaba que la saludásemos cariñosamente al entrar o al salir, con la mirada y con una jaculatoria interior.

Visitó innumerables santuarios marianos; tuvo especial importancia histórica la peregrinación que hizo en mayo de 1970 a la Basílica de Guadalupe, en México, para pedir a la Virgen que atendiese a las necesidades de la Iglesia y llevara a término el itinerario jurídico del Opus Dei.

En diciembre de 1973, aludiendo a sus continuas visitas de un santuario mariano a otro, decía expresivamente: Yo no hago más que encender velas; y seguiré haciéndolo mientras tenga cerillas.

El amor a la Santísima Virgen le llevaba a seguir de cerca todo lo que se refería a su culto. Por ejemplo, cuando encargaba una imagen de la Virgen con el Niño, o un cuadro de la Crucifixión en que aparecían las santas mujeres al pie de la Cruz, recomendaba al artista que buscase el modo de que Jesús se asemejase lo más posible a su Madre; incluso desde el punto de vista humano, Cristo debía parecerse mucho a María, porque había sido concebido en su seno, no por obra de hombre, sino por la intervención del Espíritu Santo. Sólo un alma enamorada podía dar tanta importancia a este detalle.

En locales de nuestros Centros como la cocina, el lavadero o el planchero, sugirió que se pusieran cuadros donde se representase a la Virgen lavando, cocinando, dando de comer al Niño: de esta forma las hijas suyas que se ocupan de la administración doméstica pueden recordar, al atender la casa, que deben imitar a la Virgen.

Solía decir a sus hijas que, como no habían tenido una Fundadora, debían considerar que su Fundadora es la Santísima Virgen. Y, para que no lo olvidasen, dispuso que en todos los oratorios de los Centros de mujeres del Opus Dei hubiese siempre una imagen de la Señora.

En cierto modo, la última piedra de su devoción mariana fue el santuario de Torreciudad. Dio indicaciones concretas para su construcción: debía ser grande, con un retablo en alabastro policromado de buenas proporciones –mide cerca de ciento treinta metros cuadrados–; en el centro, según la antigua costumbre aragonesa, hizo situar el tabernáculo, bien visible desde la nave, en una posición elevada, y al que se puede acceder desde una capilla que está detrás. De esta forma, el sacerdote nunca da la espalda al Santísimo Sacramento durante las celebraciones en el altar coram populo. Además, dispuso que en la cripta del santuario se colocasen cuarenta confesonarios, distribuidos en varias capillas dedicadas a distintas advocaciones de la Virgen. Quiero subrayar que la misma idea de edificar este santuario, al final de los años sesenta, constituyó una prueba verdaderamente extraordinaria de su fe: por el esfuerzo económico que exigía; porque eran años de evidente crisis en la devoción popular; por su ubicación, fuera de toda ruta turística y lejos de una gran ciudad; en fin, por hacer una amplia cripta de confesonarios en un periodo en que decaía la práctica de la confesión.

El 23 de mayo de 1975 volvió por última vez a Torreciudad. Las obras estaban prácticamente acabadas; pudo observar el conjunto arquitectónico; admiró la originalidad de su construcción y la majestuosidad del altar; y no se cansaba de contemplar el retablo: Es todo un señor retablo. ¡Qué suspiros van a echar aquí las viejas…, y la gente joven! ¡Qué suspiros! ¡Bien! Sólo los locos del Opus Dei hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos… ¡Muy bien! Lo habéis hecho muy bien. Habéis puesto tanto amor aquí…, pero hay que terminar, hay que llegar hasta el final. Sin prisa, cuidad de la colocación de la imagen de la Virgen. Visiblemente emocionado, mientras daba la vuelta al altar y miraba la nave, exclamó: ¡Qué bien se va a rezar aquí!

La Santísima Virgen ha premiado la fe de nuestro Fundador: actualmente el santuario es meta de peregrinaciones procedentes no sólo de España y Europa, sino de otros continentes. Los cuarenta confesonarios resultan muchas veces insuficientes para satisfacer las exigencias de todos los penitentes. Muchísima gente, quizá atraída al principio por la curiosidad, encuentra de nuevo al Señor en una confesión contrita. Me han dicho que con frecuencia se escuchan comentarios de este estilo: “Hacía cuarenta años que no me confesaba: ¡me siento muy feliz!”. El Padre había rezado concretamente para que en Torreciudad se produjesen estos milagros espirituales: A la Virgen de Torreciudad –observó en 1968– no le pediremos milagros externos. En cambio, sí que nos dirigiremos a Ella para que haga muchos milagros interiores, cambios en las almas, conversiones.

Era el último homenaje que nuestro Padre hizo en esta tierra a la Virgen; un mes después se reunía con Ella en el Cielo. Era el homenaje de un corazón enamorado que, cuando debió elegir durante la guerra civil española un seudónimo para burlar la censura, usó su cuarto nombre de bautismo, Mariano; y más tarde, firmó siempre así, Josemaría, todo unido, para no separar nunca a San José de María.


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