Madrid, marzo de 1937

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

José María González Barredo encuentra, por fin, un refugio menos peligroso: el piso del Cónsul honorario de Honduras, en el Paseo de la Castellana, que se halla amparado por una presunta inmunidad diplomática. Los dueños han concentrado casi todos los muebles en dos habitaciones para dejar sitio a muchas personas que están allí refugiadas. Han alquilado además otro piso en la planta de encima.

Don Josemaría se traslada a la Legación de Honduras a comienzos de marzo, con su hermano Santiago. Pocos días después se les unen Álvaro del Portillo y Eduardo Alastrué, un estudiante que antes de la guerra frecuentaba la Residencia de Ferraz. Juan Jiménez Vargas se les unirá también, hacia el mes de mayo.

Pasan la mayor parte del día en una habitación de unos nueve metros cuadrados, con una ventana estrecha y alargada que da a un patio. Sólo disponen de unas colchonetas que extienden de noche y utilizan como asiento durante la jornada. Para no estar ociosos, el Padre ha establecido un horario que siguen escrupulosamente. Por la mañana, temprano, el Padre dice Misa en esa habitación, sobre unas maletas apiladas; los domingos y días de fiesta la celebra en el vestíbulo, para que puedan asistir quienes quieran de los refugiados. Sin ornamentos, utilizando como patena un plato de cristal y como cáliz una taza de oro que le presta la hija del Cónsul, va pronunciando pausadamente las oraciones litúrgicas, seguido por los asistentes con una fe tan intensa que recuerda la de los primeros cristianos en las catacumbas. El Señor permanece reservado en dos cajas redondas de plata, que se guardan en un secreter, sobre el que brilla siempre una lamparilla de aceite. Don Josemaría y los que le acompañan pasan allí largos ratos.

Todos los días, el Padre comenta un pasaje del Evangelio, ayudando a los oyentes a seguir paso a paso los hechos, los gestos y las enseñanzas de Jesús. Álvaro y Eduardo escriben después, de memoria, esas meditaciones y se las pasan a Isidoro Zorzano cuando va a visitarles. Éste se las lleva a los que puede ver, para leérselas.

El Padre y los que le acompañan dedican varias horas al día a profundizar en el estudio de sus respectivas especialidades y a aprender distintos idiomas, pensando, como siempre, en la futura expansión de la Obra…

Un penoso encierro

El ambiente, en la Legación, se hace a veces angustioso, a causa, sobre todo, del número de personas que allí se amontonan. Además, no se puede salir, ni asomarse a las ventanas. Con frecuencia, la tensión aumenta peligrosamente, exacerbada por las noticias alarmantes que llegan del exterior.

A principios de octubre del año anterior, las tropas “nacionales” habían intentado el asalto a la capital y, aunque no lo habían logrado, sí habían conseguido dominar todos los accesos, salvo por el Este. Las tropas republicanas, mandadas por el General Miaja y reforzadas por las Brigadas Internacionales, habían rechazado un nuevo ataque del General Franco, el 7 de noviembre. La batalla, en la Ciudad Universitaria, había proseguido hasta el 23. Para entonces, la mayor parte del personal de las embajadas ya había abandonado Madrid.

El Gobierno republicano sabía perfectamente que muchos españoles habían buscado refugio en distintas dependencias diplomáticas y, una noche, la policía había irrumpido en la Legación de Finlandia (donde ya no estaba Álvaro) y había detenido a 525 personas. Otras cuatro representaciones serían asaltadas también.

Estos acontecimientos contribuyeron a aumentar el nerviosismo de los forzados huéspedes de la Legación de Honduras, por lo que don Josemaría se esfuerza por suavizar los roces inevitables. Todos se dan cuenta, también, de que es el único que no celebra ruidosamente los triunfos de los nacionales. Piensa, sin duda, en las heridas que habrá que curar cuando llegue el momento de unir esas dos Españas enfrentadas mutuamente en lucha fratricida.

El Padre se las arregla para que los que están con él constituyan un factor de paz en la sobrecargada atmósfera de la Legación. Les exhorta a la paciencia y les anima a “crecer por dentro”: Los acontecimientos públicos te han metido en un encierro voluntario, peor quizá, por sus circunstancias, que el encierro de una prisión. -Has sufrido un eclipse de tu personalidad (…). -La falta de hojas y de flores (de acción externa) no excluye la multiplicación y la actividad de las raíces (vida interior). Trabaja: ya cambiará el rumbo de las cosas, y darás más frutos que antes y más sabrosos.

Isidoro, por prudencia, tiene que espaciar las visitas. Dos niños -un hermano y una hermana de Álvaro del Portillo- aseguran el enlace con el exterior. Llevan entre los zapatos y los calcetines las meditaciones escritas del Padre.

Don Josemaría sigue confiando en el porvenir de la Obra: ¡Las aguas pasarán a través de las montañas! (Ps. CIII, 10). Pero sufre con su encierro.

Los meses transcurridos han supuesto también para él una ruda prueba física. Un día en que su madre fue a verle no le reconoció más que por la voz. Había perdido más de cuarenta kilos a causa de los sufrimientos, de la escasez de comida y de las privaciones que se había impuesto.

Arriesgando su vida por las calles de Madrid

Pensar en que no puede atender a todas las personas que le necesitan le resulta insoportable. Por eso, tras una primera tentativa a comienzos del verano, resuelve abandonar la Legación a finales de agosto, con una carta del Cónsul que le acredita como empleado de esa Representación diplomática como única documentación. Pobre garantía en caso de que le detengan y le interroguen, pero capaz de hacerle salir del paso ante un control de rutina.

Se instala con un amigo en un piso de la calle de Ayala y, poco después, se les une Juan Jiménez Vargas con una documentación similar a la suya obtenida en el Consulado de Panamá.

Durante varias semanas, arriesgando su vida, reemprende sus idas y venidas por las calles de Madrid. Vestido con un mono azul o un traje de paisano, para visitar a un moribundo, celebrar la Santa Misa o llevar la Comunión a un enfermo, con las Sagradas Formas escondidas en una pitillera envuelta en un saquito de tela adornado con el sello del Consulado y la bandera de Honduras. También lleva la Comunión a los que han quedado allí, visitándolos con frecuencia y animándolos a mantenerse firmes y a profundizar en su vida interior.

Trata igualmente de encontrar a quienes habían tenido relación con la Obra, dispersos por Madrid, pues desea reconfortarlos y sostener su fe. Durante tres días consecutivos, predica unos ejercicios espirituales a los que asisten, entre otros, Isidoro; un joven profesor de una Escuela de Agricultura llamado José María Albareda (con el que había hablado varías veces en la Academia DYA, en 1936) y Tomás Alvira, un amigo suyo. Las meditaciones se suceden a salto de mata y, al terminar, se dispersan, para reunirse luego en otra casa y no llamar la atención.

La persecución religiosa continúa haciendo estragos. Las iglesias siguen cerradas, los monumentos religiosos destruidos, las imágenes mutiladas… El Padre, que sabía dónde estaban todas a fuerza de callejear por Madrid, descubre una que ha pasado inadvertida a la furia iconoclasta. Se trata de una imagen de la Virgen tallada en el pedestal de piedra del monumento a Cristóbal Colón, en la Plaza del mismo nombre. Ahora, al pasar, la mira con afecto y reza por la Iglesia, por el desarrollo del Opus Dei, por su patria desgarrada, por la paz del mundo entero…

Un día, nada más abandonar la Legación de Honduras, había entrado en una tienda de marcos, grabados y espejos y había preguntado al dueño si tenía algún cuadro de la Virgen. Éste, después de asegurarse de que no se trataba de una trampa (el Padre le enseñó su “documentación”), le trajo, de tapadillo, una pequeña imagen, encuadrada con buen gusto, que don Josemaría paga y se lleva. Su vista le sostendrá en los momentos difíciles.

Juglares de Dios

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde los primeros tiempos del nacimiento de la Obra en Madrid, el Fundador llevaba a cabo sus correrías apostólicas con grupos de hombres jóvenes de la más diversa cualificación social: estudiantes, obreros, artistas, empresarios… Siempre apreció el valor de una profesión, de un oficio ejercido con perfección y responsabilidad. De ahí la importancia que va a conceder siempre a una buena formación. Sabe que las ideas sólo pueden defenderse sobre el cauce de una vida seria, de un comportamiento adecuado en el marco humano y social. En cada uno deben armonizarse las materias propias de su oficio junto a un conocimiento de la cultura y de las corrientes que conducen, en cada momento histórico, el comportamiento de los hombres y de los pueblos.

Por las connotaciones que implica, siempre tuvo predilección por los oficios que expresaban al hombre con manifestaciones intelectuales y artísticas.

Durante su viaje a Sudamérica, en 1974, el Fundador del Opus Dei afirmó:

-«El Brasil me está haciendo poeta»(26).

La verdad es que el Padre siempre ha sido poeta, en la mejor acepción de la palabra. De raíz griega, el vocablo significa «creador». Y no hay mejor creación de la belleza que el rastrear por lo humano en busca de la huella de Dios. Muchos de los que buscan la dimensión eterna de las cosas en el arte se han cruzado también, y han repostado, en las fuentes del espíritu del Opus Dei. A ellos les decía el Fundador, en más de una ocasión, que «los artistas nunca están contentos con sus obras. Y el cristiano, si lo es de verdad -y nosotros tenemos vocación de cristianos y de vivir como cristianos-, se da cuenta de que le falta tanto, tanto, para parecerse a Jesucristo que es el modelo… Por esa razón se siente la insatisfacción»(27).

La misma insatisfacción permanente del artista que no consigue arrancar de un modo definitivo el secreto de un gesto o el mensaje de un color. Hay que verlo, soñarlo, sufrir para darle forma: crear. Y eso es la transformación de cada persona y cada objeto en un mundo ascendido al orden de la Gracia. Una recreación de la existencia. «Un volver continuamente hacia la casa del Padre», como definiría el Fundador a esta andadura de la vida.

En junio de 1946 moría en Catarroja (Valencia) Bartolomé Llorens, miembro Numerario del Opus Dei. De este hombre joven, poeta, pudo decir Dámaso Alonso -Catedrático de Filología Románica en la Universidad Complutense- en su discurso de Recepción en la Real Academia Española: «El año pasado muere Bartolomé Llorens, la juventud quizá más traspasada de vida y espíritu, que he tenido estos tiempos a mi lado… ».

Cuando Bartolo conoce la gravedad de su estado, escribe a un amigo:

«He recibido carta de Lagasca. Me dicen que vendrán dentro de unos días y que le pida a Isidoro Zorzano mi curación. Se la voy a pedir como un loco a ver qué sale. Lo que pasa es que soy tan pobre persona que quizá no merezca que por mí ocurra nada extraordinario. Pero ¡he alcanzado tantas cosas sin merecerlas!

¿Qué merecimientos, antes bien todo lo contrario tenía yo para que en unos Ejercicios (…) a los que fui con el propósito nefando de salir como estaba, me señalase el Señor con su marca de fuego? Y después, ¿quién era yo para ser hijo de Dios en su Obra divina, en su Opus Dei?»(28).

Y así, haciendo su más logrado poema, como el Padre le dice la última vez que viene a verle, se va en un día de sol, cuando la muerte viene a cortejar su vida joven:

«Me quiere más mi muerte cada día

y corteja a mi vida moza y breve

que seducida queda a su porfía.

Toda mi vida es suya y no se atreve

-oh lento amor- a hundir ya mi agonía

mientras mi vida pide que la lleve»(29).

José Miguel Ibáñez-Langlois diría de Monseñor Escrivá de Balaguer en el periódico «El Mercurio» de Santiago de Chile, en 1974:

«Explica -el Padre- que no le importa hacer el juglar de Dios, si eso aprovecha a las almas.

El juglar de Dios: es algo más que una metáfora. Porque, desde el comienzo, este predicador encendido en el amor de Dios sabe prodigar la gracia humana, el humor más espléndido, las ocurrencias más inesperadas y chispeantes»(30)

Quien lo escribe, hoy sacerdote del Opus Dei, es un poeta chileno que alterna la edición de sus libros con la docencia de Literatura, Filosofía y Teología en la Universidad Católica de Santiago.

También lo entendió un poeta del color y de la forma: el pintor Fernando Delapuente, que abrazó el espíritu de la Obra, como miembro Numerario, desde el año 1940. Sus lienzos son un símbolo más que un documento. De él pudieron escribir, unos días después de su viaje definitivo:

«Delapuente acaba de morir. Aún está abierta al público la exposición de su última pintura, como él la había titulado. Y ha sido para siempre. Fernando era un hombre de fe profunda y un enamorado del arte. Se ha despedido del mundo con una sonrisa -su sonrisa generosa de hombre-niño- y una exposición de esa pintura en la que ponía tanta pasión» (31)

En la brecha. Desvelando el valor trascendente del último objeto que cruzó su mirada. Como había visto hacer siempre.

Como había aprendido después de andar tantos caminos junto al Fundador del Opus Dei.

Un día, Monseñor Escrivá de Balaguer visita al Santo Padre Pablo VI y le habla de estos hijos suyos que van por la vida cantando las maravillas de Dios. Y ningún ejemplo más plástico que el de una persona cuyo oficio es, naturalmente, cantar. Por eso le habla al Papa de Teresa Tourné, una mujer del Opus Dei que acaba de pasar por Roma en abril de 1967. Va camino de Colonia para cumplir unos contratos con la Opera de Augsburgo. Pero, antes, tiene con el Padre una conversación familiar, entrañable, en una salita de Villa Tevere.

-«Quiero que sepa, Padre, que gracias a la Obra he seguido en mi profesión; sin la ayuda de la vocación, ya la habría dejado».

-«Es bonito, hija mía, que cantes y que, mientras lo haces, alabes al Señor. Es lo que dice en unas palabras del Salmo: alabaré el nombre de Dios con un cantar (Ps LXVIII, 31)».

Luego, le recomienda que se cuide, porque no debe perder facultades por falta de atención. Y en medio de las dificultades del ambiente en que se mueve, que pegue a muchas almas el amor de Cristo…

-«Ilusiónate con tu carrera: es muy bonita. A mí me gusta mucho cantar y canto con frecuencia, ¿verdad Alvaro? Cuando vamos de viaje, suelo hacerlo».

Teresa le cuenta que, poco tiempo después de pedir la admisión en el Opus Dei, interpretaba en la ópera de «Turandot» el personaje de Liu, una esclava que defendía a un rey. El pueblo pregunta por qué defiende con tanto calor a aquel rey, y la esclava, en una frase musical difícil, contesta:

«Perché un di nella reggia mi ha¡ sorriso …: porque un día, en el palacio, me ha sonreído. Haciendo este papel, yo pensaba que así me había sucedido en mi vida, y que también el Señor me había sonreído» (32).

Y el Padre comentaría, más tarde, a propósito de esta anécdota:

-«Se sabe esclava y amadora de Dios. ¡Es bonito! Muchos hijos míos, en las tablas del teatro, hacen reír y distraerse a los demás, y hacen actos de amor colosales »(33)

Así quería exponerle a Su Santidad la idea de que las mujeres y los hombres de la Obra están en todos los lugares, en todos los trabajos; allí donde se dan cita los más variados oficios del mundo. Y quieren estar con aquél formidable espíritu que San Pablo deseaba contagiar a los de Corinto: «Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios»(34)

A veces los caminos de Dios dan un rodeo para traer más cerca a un alma. Y pasa el tiempo, hasta llegar a un encuentro feliz. Tal vez éste pueda ser el caso de Ernestina de Champourcin, escritora y mujer de un gran poeta: Juan José Domenchina. Los avatares de la guerra civil española les llevan al exilio, y México se convierte en su segunda patria. Un día, inesperadamente, conoce a Guadalupe Ortiz de Landázuri y comienza a frecuentar el primer Centro de la Obra en aquel país. He aquí cómo describe ella su propia experiencia interior:

«Un camino suave que se abre lentamente y que es distinto a todos los caminos entrevistos (…) hasta entonces. Y Dios sobre todo, que es lo que yo andaba buscando hacía años a tientas y sin saberlo…».

Poco después pide la admisión en el Opus Dei, y el 7 de enero de 1962, en Roma, conoce al Padre:

«Ese viaje en el que se habló de poesía, de aquella poesía mía a la que estaba a punto de renunciar y que se me presentó, al contrario, como una meta importante… Porque el Padre tenía el don de aclarar las sombras y de hacer sencillo lo que (…) se nos hacía incompatible o complicado».

-«No dejes de escribir nunca; en cualquier papel, en cualquier momento… ».

Uno tras otro irán llegando los libros a Roma. Y siempre, el mejor de los elogios:

-«Tus versos son muy buenos y sirven para hacer oración»(35). Aparentemente lejos de México, el Padre, de vez en cuando,leía poemas escritos más allá del mar. Y siempre, rezaba poraquellos que Dios había confiado a la fortaleza de su fe.

Los primeros del Opus Dei

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el verano de 1930, Isidoro Zorzano ha decidido dedicar su vida a hacer el Opus Dei en la tierra. Las circunstancias que rodean este hecho manifiestan una Providencia muy particular de Dios.

El 24 de agosto don Josemaría se encuentra en casa de Pepe Romeo, uno de los chicos que le acompañan en las visitas a los hospitales. Ha ido para hacerle un rato de compañía, porque está enfermo. De improviso, siente una inquietud especial y decide regresar a su residencia, en la calle de José Marañón. Se despide amablemente de Pepe y de su madre, que no aciertan a comprender por qué se va tan pronto(1).

Se encuentra extrañamente urgido y no sabe a qué atribuirlo.

Sale hacia su casa. Camina por la calle de Santa Engracia y avanza hasta la esquina con Nicasio Gallego. Allí se encuentra con Isidoro Zorzano.

Han sido condiscípulos durante los tres últimos años de Bachillerato en el Instituto de Logroño. Don Josemaría le recuerda como un muchacho serio, buen cristiano. Varias veces ha pensado en él desde que Dios le ha abierto el horizonte del Opus Dei, y hace meses que está pidiendo intensamente la vocación de Isidoro. Conoce su itinerario profesional: sabe que trabaja como ingeniero en los Ferrocarriles Andaluces y que está destinado en Málaga.

Han mantenido alguna relación por correspondencia en los últimos años y en este día de agosto, ¡aquí está Isidoro Zorzano!

Le explica que ha ido a verle aprovechando su paso por Madrid pero, al no dar con él, iba a coger un tranvía que le llevara hasta Sol. Pensaba comer en un restaurante y marcharse luego al tren, porque su familia está ya veraneando en Logroño.

Llegan hasta la calle de José Marañón y entran en la casa para charlar un rato. Antes de que don Josemaría pueda abordar el tema que quiere plantearle, Isidoro le dice directamente que quiere hablarle de su inquietud espiritual. Don Josemaría se queda sorprendido por la sencillez y claridad de los planteamientos de Isidoro.

Entonces le habla de la Obra, de la pasión que Dios ha puesto en su alma y de su actividad apostólica desde 1928. Isidoro se muestra inmediatamente decidido; sin embargo, don Josemaría quiere que lo piense bien. Que tenga tiempo para meditar una decisión de tanta trascendencia. Se reúnen de nuevo después de almorzar. Pero la tarde ya no es más que una confirmación generosa.

Diez días más tarde, el 5 de septiembre de 1930, Isidoro le escribirá desde Málaga:

«El tema de nuestra última conversación me satisfizo muchísimo ya que me sugirió nuevas ideas y me hizo concebir nuevas esperanzas (…). Siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos, y que era precisamente el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable (…): he pensado sobre ello y cada día me parece más hermoso; es mi única ilusión cooperar en dicho ideal para llevar a feliz término nuestra causa. Procura contestarme pronto, pues tus cartas me hacen ver que estoy acompañado en esta soledad de Málaga».

Y el 14 de septiembre contesta a una carta de don Josemaría:

«Me dices que tu carta era larga, a mí me pareció muy corta; la he leído varias veces (…). Me encuentro ahora completamente confortado, mi espíritu lo encuentro ahora invadido de un bienestar, de una paz, que no había sentido hasta ahora; todo lo debo a la Obra de Dios».

A partir de este momento, Isidoro, de la misma edad que el Fundador, se entregará sin límites(2). Es un hombre muy competente en su trabajo de ingeniero, con prestigio profesional y virtudes humanas, con deseos de ir al encuentro de Dios. Don Josemaría le expone un plan de vida espiritual que vaya ayudándole a ser, poco a poco, una persona del Opus Dei.

Con frecuencia se acercará a Madrid. Esto le cuesta pasar dos noches en el tren: una de llegada y otra de regreso. En Málaga habrá de trabajar fuerte. Pero en todos los terrenos responderá como un buen hijo de Dios. Su presencia será inestimable durante los acontecimientos de la guerra civil española. La nacionalidad argentina de Isidoro Zorzano le otorgará condiciones de inmunidad diplomática que serán de gran ayuda en aquellas difíciles circunstancias.

Con optimismo sobrenatural, pudo decir don Josemaría Escrivá de Balaguer aquella tarde calurosa del agosto madrileño de 1930: «Ya tenemos en el Opus Dei personas de los dos hemisferios » (3).

Entre los primeros miembros del Opus Dei que perseveraron junto al Fundador se cuenta también Juan Jiménez Vargas. En los comienzos de 1932, cuando todavía es un estudiante de Medicina, conoce a don Josemaría. Más tarde le oye hablar de la Obra: de cómo supo la misión que había de cumplir, y de cómo había pasado muchos años rezando para conocer la Voluntad de Dios que presentía, pero que no veía con claridad. Le transmite su preocupación por hacer realidad aquel deseo divino que ha constituido la coordenada de toda su existencia.

Juan le escucha y comprende rápidamente la Obra, con un conocimiento y una adhesión al espíritu sobrenatural que la inspira difíciles de explicar. Pedirá su admisión a principios de 1933 y, desde entonces, don Josemaría contará con él para siempre. Y tiene tal confianza en la fidelidad de estos primeros que van a seguirle que, un día de 1934, en la iglesia de Santa Isabel, al otro lado de la Facultad de Medicina, habla con Juan y le pregunta:

-«En caso de que yo faltara, tú ¿seguirías?… »(4).

Sabe el Fundador que la Obra es de Dios. Que está por encima y más allá de su persona. Por eso, no se cree indispensable. Ha oído en su oración, en la intimidad de su corazón, la promesa inconfundible de Jesucristo:

«A través de los montes, las aguas pasarán»(5).

Y quiere dar, a sus hijos, la seguridad sobrenatural de que la Obra ha nacido universal y permanente.

La locura de los hijos de Dios

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Todo fue posible por la ilimitada y filial confianza del Fundador del Opus Dei en su Padre Dios. Sólo así se explica su fe en lo que para tantos era locura: también para él. Declara don Ricardo Fernández Vallespin que, a finales de 1933, el Fundador del Opus Dei les exponía lo que Dios quería que en el futuro fuese el Opus Dei: ¡una locura! Un sacerdote joven, sin medios materiales, les movía a poner el mundo entero a los pies de Cristo. “Y nosotros, que ya no éramos unos chiquillos ‑Isidoro Zorzano tenía la edad del Padre‑, no dudábamos ni un instante que todo aquello se realizaría, porque Dios lo quería”.

Cuando por aquellos días pidió opinión a un sacerdote, amigo suyo, sobre el proyecto que tenía de abrir pronto, en la calle de Ferraz, una residencia de estudiantes, aquel buen sacerdote le objetó que era “como subirse a un aeroplano y tirarse sin paracaídas”.

Las pretensiones de don Josemaría, a juicio de muchos, no eran razonables. Tantas veces debió oírlo que en 1934, en Consideraciones Espirituales, escribió:

Eso ‑tu ideal, tu vocación‑ es… una locura. ‑Y los otros ‑tus amigos, tus hermanos‑ unos locos…

¿No has oído ese grito alguna vez muy dentro de ti? ‑Contesta, con decisión, que agradeces a Dios el honor de pertenecer al “manicomio”.

Cuarenta años después, un chico joven ‑sólo sé su nombre de pila, Gilberto‑ le preguntó en Sáo Paulo qué quiso expresar con esas palabras. Mons. Escrivá de Balaguer le iba contestando. Y de pronto se dirigió a Gilberto:

‑¿Tú no has visto locos?

Gilberto quedó sorprendido por la pregunta. Se limitó a hacer un gesto negativo con la cabeza.

‑¿No? ¿No has visto nunca a nadie que esté loco? ;Mírame a mí!

Gilberto y todos los presentes rieron. Y Mons. Escrivá de Balaguer continuó:

‑Hace muchos años que decían de mí: ¡está loco! Tenían razón. Yo nunca he dicho que no estaba loco. ¡Estoy loquito perdido, pero de amor de Dios! Y te deseo la misma enfermedad.

Que el Fundador del Opus Dei entendió de esas locuras del corazón se confirma leyendo las múltiples referencias que hace en sus obras. En Camino presenta a aquel chiflado, que besaba los vasos eucarísticos recién consagrados:

¡Loco! ‑Ya te vi ‑te creías solo en la capilla episcopal­ en cada cáliz y en cada patena, recién consagrados, un beso: para que se lo encuentre Él, cuando por primera vez “baje” a esos vasos eucarísticos (Camino, 438).

Y describió el celo apostólico, el amor por todas las almas, como una chifladura divina, con tres síntomas bien claros: hambre de tratar al Maestro; preocupación constante por las almas; perseverancia, que nada hace desfallecer (Camino, 934). En otro pasaje, referido a la táctica para vencer en las batallas de la lucha interior y de la acción apostólica, se preguntaba: ¿Hay locura más grande que echar a voleo el trigo dorado en la tierra para que se pudra? ‑Sin esa generosa locura no habría cosecha (Camino, 834). Porque, al final, los dementes de verdad son los que no quieren saborear el amor de Dios hacia los hombres: ¿No gritaríais de buena gana a . la juventud que bulle alrededor vuestro: ;locos!, dejad esas cosas mundanas que achican el corazón… y muchas veces lo envilecen…, dejad eso y venid con nosotros tras el Amor? (Camino, 790).

El Fundador del Opus Dei tuvo la cordura de acometer esa cadena de imposibles que el Señor le pedía, apoyándose en la realidad de su condición de hijo de Dios. Esto le daba una fe y una esperanza inquebrantables. Poco le importaba no ser nada, no valer nada, no tener nada, según decía de sí mismo, si Dios era su Padre. Poco le importaba carecer de lo necesario para poner en marcha una nueva actividad apostólica. Poco le importaban las dificultades ‑reales o imaginarias‑ del am­biente.

Ismael Sánchez Bella, primer rector de la Universidad de Navarra, resume los comienzos de ese centro aludiendo a “la desproporción entre los medios con que se contaba en 1951 y lo que Mons. Escrivá de Balaguer nos había confiado”. Pero esa desproporción “se salvaba con su fe, propia de un hombre de Dios”. Y Edwin Zobel lo corrobora: “Soy testigo de lo que ha sido capaz de hacer el Opus Dei en mi país y con mis paisanos. Jamás lo hubiera creído, ni imaginado. Recuerdo la fe tan impresionante del Padre cuando decía que esperaba con mucha ilusión el fruto apostólico que, con la gracia del Señor, tenía que cuajar en Suiza”. Su fe “superaba todos los obstáculos”.

Don Josemaría contaba sobre todo con el querer de Dios. Pero no al modo quietista. Su aceptación rendida de la voluntad divina le llevaba a poner en primer plano la necesidad de la oración, de la mortificación, del trabajo hecho cara a Diosa Y murió mendigando oraciones, como hizo siempre desde los años veinte, convencido de que era el resorte más importante para mover a las almas. A todos se lo pedía: a sus amigos, a los chicos que trataba, a sacerdotes y religiosos, a los enfermos que atendía.

Los testimonios son innumerables. Sor Cecilia Agut, monja clarisa, conoció al Fundador del Opus Dei en 1935, con motivo de un viaje que realizó a Valencia. Visitó el Monasterio y les rogó que ofrecieran oraciones para que el Señor le ayudara: “Me llamó la atención la fe profunda y la extraordinaria confianza en Dios que se traslucía en sus palabras. Fue tal la visión sobrena­tural y la rectitud de intención con que nos habló, que desde entonces no hemos dejado de pedir al Señor por el Opus Dei y por su Fundador”.

Don Casimiro Morcillo, cuando era arzobispo de Madrid, recordaba perfectamente, al cabo de casi cuarenta años, cómo el Fundador del Opus Dei le había pedido que encomendara al Señor una intención suya. Tal era la vibración que había puesto en sus palabras. Sucedió en 1929. No se conocían. Don Josemaría se cruzaba con él a las seis de la mañana en la calle de Eloy Gonzalo. Un día lo paró y le dijo:

‑¿Va usted a decir Misa? ¿Quiere rezar por una intención mía?

Don Casimiro quedó asombrado. Prometió rezar, y lo hizo. Después llegaron a ser muy amigos, y recordó siempre con cariño aquella primera conversación.

No fue un caso aislado. Aquel joven sacerdote hizo lo mismo con mucha gente que no conocía. Más de una vez, también por la calle, cuando veía la honradez cristiana en el rostro de tantas personas, les decía que rezaran por una intención suya que iba a ser para mucha gloria de Dios. Entonces estaba aún la Obra en su fase de gestación. Con el tiempo, sabrían que habían estado pidiendo por el Opus Dei.

José María González Barredo iba a Misa al Patronato de Enfermos (en la calle de Santa Engracia), y relata que un día el Fundador del Opus Dei, que estaba confesando allí, se le acercó para pedirle que rezase por una intención suya especial. El tono le impresionó y, aunque se fue de Madrid por una temporada larga, siguió encomendando a Dios todos los días, sin dejar ninguno, ese asunto que él no conocía, de un sacerdote a quien tampoco conocía.

Mons. Escrivá de Balaguer supo ser consecuente con lo que había anotado cuando tenía menos de treinta años y publicó después, en 1934, en una de sus Consideraciones Espirituales: Después de la oración del Sacerdote y de las vírgenes consagra­das, la oración más grata a Dios es la de los niños y la de los enfermos. Por eso, buscó entre los enfermos y los niños más desamparados de Madrid fortaleza para seguir adelante.

Miles de personas, en fin, tienen grabada su imagen en sus correrías apostólicas por todo el mundo, alargando el brazo y extendiendo la mano…

Yo os pido así, como pide un pobrecito por la calle, que recéis por mí ‑como una limosna que me hacéis‑, para que el Padre sea bueno y sea fiel.

Frente a lo que pudiera parecer a primera vista, esta insistencia era justamente fruto de la filial confianza en Dios: un Dios cercano, un Dios ‑como enseñó siempre‑ que no está solamente allá arriba, donde brillan las estrellas, sino que está de continuo junto a nosotros ‑más aún, en nosotros‑, como un Padre que ama ardientemente a sus hijos. La oración era consecuencia de esa proximidad, manifestación de cariño de hijo, que gusta estar con su padre, para aprender de sus gestos y recibir de sus riquezas.

Así, hasta la muerte. El Consiliario del Opus Dei en España, en los funerales que se celebraron en Madrid, evocaba una conversación durante su última estancia en España, en mayo de 1975. Decía don Florencio Sánchez Bella: “Me hablaba de su muerte: me consta que, desde que era sacerdote muy joven, meditaba a diario sobre este tema, y pedía que se rezara por su alma. Era consciente de que ‑como a todos‑ el Señor podía llamarle en cualquier momento, y me pedía de nuevo, con cariño y con fuerza, que rezáramos mucho por él, en cuanto supiéramos de su fallecimiento. Mendigaba así, una vez más, la limosna de la oración, para que el Señor tuviera misericordia con él”.

Ante la muerte, su actitud era la misma que ante la vida: oración filial y confiada, pero tenaz y perseverante, como tantas veces había indicado a los socios de la Obra:

;No hay más remedio que perseverar! ;Pedid, pedid, pedid! ¿No veis lo que hago yo? Trato de practicar este espíritu.

Cuando quiero una cosa, hago rezar a todos mis hijos; les digo que ofrezcan la comunión, el rosario, tantas mortificaciones y tantas jaculatorias, ;miles! Y Dios nuestro Señor, si perseveramos con perseverancia personal, nos dará todos los medios que necesitamos para ser más eficaces y extender su Reino en el mundo.

Isidoro Zorzano

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La primera persona que perseveraría en el Opus Dei, Isidoro Zorzano, no apareció hasta casi dos años después de la fundación. Zorzano había nacido en Argentina, aunque sus padres regresaron a España cuando tenía tres años. Fue compañero de Escrivá en el instituto de Logroño y había estudiado Ingeniería Industrial, uno de los títulos más prestigiosos y difíciles de alcanzar en esa época. Tras graduarse, trabajó durante una breve temporada para una compañía que construía piezas para ferrocarriles. En diciembre de 1928 entró en una compañía ferroviaria de Málaga. Además de su trabajo para el ferrocarril, Zorzano dio clases nocturnas de matemáticas y de electricidad en la Escuela de Comercio de esa ciudad.

Con el paso de los años, Zorzano y Escrivá se habían visto unas cuantas veces y habían mantenido un esporádico contacto epistolar, pero no un trato habitual. Poco después de la fundación del Opus Dei, Escrivá comenzó a rezar más por Zorzano, como posible vocación. En agosto de 1930, le envió una postal en la que le invitaba a verle en su siguiente viaje a Madrid, a la vez que le prometía: “Tengo cosas muy interesantes que contarte”[1].

Cuando recibió la nota de Escrivá, Zorzano pasaba por una crisis espiritual. Le iba bien en lo profesional, pero se sentía insatisfecho. Se descubrió pensando con frecuencia que Dios quería de él una entrega completa. En su mente eso sólo podía significar una cosa: entrar en una orden religiosa. Sin embargo, amaba su profesión y le parecía inconcebible que Dios le pidiera dejarla. Deseaba armonizar su trabajo profesional con una completa dedicación a Dios, pero eso parecía imposible.

El 24 de agosto de 1930, fiesta de San Bartolomé, Zorzano se encontraba en Madrid por motivos profesionales. Aunque no se había citado con él, esperaba ver a Escrivá para averiguar qué eran esas “cosas muy interesantes” de las que le había hablado su amigo, y para ver si Escrivá le podía ayudar a resolver su crisis espiritual. Fue al Patronato de Enfermos, pero le dijeron que no estaba. Había acudido a visitar a José Romeo, quien, enfermo, guardaba cama.

En un escrito del día siguiente, Escrivá anotó: “Me sentí desasosegado –sin motivo— y me fui antes de la hora natural de marcharme, puesto que era muy razonable que hubiera esperado a que vinieran a su casa don Manuel y Colo. Poco antes de llegar al Patronato, en la calle de Nicasio Gallego, encontré a Zorzano. Al decirle que yo no estaba, salió de la Casa Apostólica, con intención de ir a Sol, pero una seguridad de encontrarme, me dijo, le hizo volver por Nicasio Gallego”[2].

El mismo Escrivá normalmente no tomaba la calle Nicasio Gallego para regresar a casa, pero aquel día lo hizo y se encontraron. Apenas se saludaron Zorzano le dijo: “quiero entregarme a Dios, y no sé cómo ni dónde”[3]. Quedaron más tarde aquel día para charlar con calma. Aunque Escrivá no solía hablar con su director espiritual del apostolado del Opus Dei, en este caso le llamó por teléfono y le explicó lo sucedido: “Al preguntarle qué le parecía que debía hacer, me contestó: ¿qué ha de hacer? ¡Cogerlo!”[4].

Después de hablar de las inquietudes y aspiraciones de Zorzano, Escrivá le explicó que hacía poco había fundado una obra cuyo objetivo era precisamente la santidad en medio del mundo. Zorzano respondió inmediatamente que eso era lo que estaba buscando. Esa misma tarde Zorzano dejó Madrid para visitar a su madre en el norte de España y luego volver a Málaga. Pocos días después en una carta a Escrivá decía: “Siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos, y que era precisamente el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable por tratarse de aunar factores de diversos matices, he pensado sobre ello y cada día me parece más hermoso, es mí única ilusion cooperar en dicho ideal para llevar a feliz término nuestra causa”[5].

Hasta 1936, el trabajo profesional de Zorzano le mantuvo en Málaga, así que una buena parte de su formación inicial en el Opus Dei se hizo por correo, y con algún viaje esporádico a Madrid. A pesar de sus deseos de servir a Dios, Zorzano no había recibido una educación religiosa profunda y no tenía la costumbre de dedicar mucho tiempo a la oración. Solía comulgar únicamente los domingos. Cuando iba de excursión con sus amigos, salían temprano de Málaga y oían Misa en el pueblo que fuera punto de partida de su viaje. Como en aquella época la Iglesia exigía para comulgar un ayuno total, también de agua, desde la medianoche anterior, eso significaba que Zorzano no comulgaba muchos domingos.

Al principio Zorzano sólo tenía una idea aproximada del espíritu del Opus Dei. No parece haber entendido del todo la idea del apostolado con amigos y compañeros a través del ejemplo y de la conversación personal. Al principio centró su dedicación a Dios en participar en organizaciones y actividades católicas. Se hizo miembro de los Caballeros del Pilar, se involucró en actividades sociales organizadas por grupos católicos, ayudó a la Casa del Niño Jesús y se incorporó al grupo de Acción Católica recién abierto en Malaga.

No contento con entrar en los grupos que ya existían, se dispuso a organizar una asociación de estudiantes católicos. En Málaga, como en el resto de España, la vida estudiantil estaba muy politizada. La principal organización estudiantil, la Federación de Estudiantes Españoles, era de izquierdas y anticatólica. Zorzano decidió organizar en Málaga una filial de la Federación de Estudiantes Católicos, que además de católica en su orientación era políticamente conservadora.

Dicha decisión le causaría algún problema. Zorzano, como no era estudiante, no podía ser miembro ni cargo en el grupo, pero en su asamblea constituyente fue nombrado presidente honorario. Cuando algunos de los estudiantes de la Escuela de Comercio donde daba clase se afiliaron a la Federación, miembros de la Federación de Estudiantes Españoles acusaron a Zorzano de favorecer injustamente en clase a los miembros del grupo católico. El director censuró oficialmente a Zorzano por activismo político y religioso en la escuela. Sin embargo, no aceptó su dimisión y a los pocos meses el incidente quedó prácticamente olvidado.

Desde el principio, Escrivá animó a Zorzano a construir, paulatinamente, una intensa vida interior de oración y sacrificio. En una carta fechada el 23 de noviembre de 1930 escribió: “Mira: Si hemos de ser lo que el Señor y nosotros deseamos, hemos de fundamentarnos bien, antes que nada, en la oración y en la expiación (sacrificio). Orar: nunca, repito, dejes la meditación, al levantarte; y ofrece cada día, como expiación, todas las molestias y sacrificios de la jornada”[6]. Paciente e insistentemente le urgía a frecuentar los sacramentos, y especialmente a recibir la comunión con mayor frecuencia, a diario si era posible. No le indicó a Zorzano que dejara las actividades de los diversos grupos a los que pertenecía, pero le ayudaba, poco a poco, a comprender que debían ocupar un lugar secundario, ya que debía centrarse en cultivar una vida de auténtica piedad y un apostolado más personal en el trabajo con amigos, compañeros y familiares.

[1] José Miguel Pero-Sanz. ISIDORO ZORZANO LEDESMA. Ediciones Palabra. Madrid, 1996 . p. 113

[2] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 447

[3] AGP, P01 1993 p. 1171

[4] Ibid. p. 1172

[5] Ibid. p. 1173

[6] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit . p. 120

Isidoro Zorzano

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La primera persona que perseveraría en el Opus Dei, Isidoro Zorzano, no apareció hasta casi dos años después de la fundación. Zorzano había nacido en Argentina, aunque sus padres regresaron a España cuando tenía tres años. Fue compañero de Escrivá en el instituto de Logroño y había estudiado Ingeniería Industrial, uno de los títulos más prestigiosos y difíciles de alcanzar en esa época. Tras graduarse, trabajó durante una breve temporada para una compañía que construía piezas para ferrocarriles. En diciembre de 1928 entró en una compañía ferroviaria de Málaga. Además de su trabajo para el ferrocarril, Zorzano dio clases nocturnas de matemáticas y de electricidad en la Escuela de Comercio de esa ciudad.

Con el paso de los años, Zorzano y Escrivá se habían visto unas cuantas veces y habían mantenido un esporádico contacto epistolar, pero no un trato habitual. Poco después de la fundación del Opus Dei, Escrivá comenzó a rezar más por Zorzano, como posible vocación. En agosto de 1930, le envió una postal en la que le invitaba a verle en su siguiente viaje a Madrid, a la vez que le prometía: “Tengo cosas muy interesantes que contarte”[1].

Cuando recibió la nota de Escrivá, Zorzano pasaba por una crisis espiritual. Le iba bien en lo profesional, pero se sentía insatisfecho. Se descubrió pensando con frecuencia que Dios quería de él una entrega completa. En su mente eso sólo podía significar una cosa: entrar en una orden religiosa. Sin embargo, amaba su profesión y le parecía inconcebible que Dios le pidiera dejarla. Deseaba armonizar su trabajo profesional con una completa dedicación a Dios, pero eso parecía imposible.

El 24 de agosto de 1930, fiesta de San Bartolomé, Zorzano se encontraba en Madrid por motivos profesionales. Aunque no se había citado con él, esperaba ver a Escrivá para averiguar qué eran esas “cosas muy interesantes” de las que le había hablado su amigo, y para ver si Escrivá le podía ayudar a resolver su crisis espiritual. Fue al Patronato de Enfermos, pero le dijeron que no estaba. Había acudido a visitar a José Romeo, quien, enfermo, guardaba cama.

En un escrito del día siguiente, Escrivá anotó: “Me sentí desasosegado –sin motivo— y me fui antes de la hora natural de marcharme, puesto que era muy razonable que hubiera esperado a que vinieran a su casa don Manuel y Colo. Poco antes de llegar al Patronato, en la calle de Nicasio Gallego, encontré a Zorzano. Al decirle que yo no estaba, salió de la Casa Apostólica, con intención de ir a Sol, pero una seguridad de encontrarme, me dijo, le hizo volver por Nicasio Gallego”[2].

El mismo Escrivá normalmente no tomaba la calle Nicasio Gallego para regresar a casa, pero aquel día lo hizo y se encontraron. Apenas se saludaron Zorzano le dijo: “quiero entregarme a Dios, y no sé cómo ni dónde”[3]. Quedaron más tarde aquel día para charlar con calma. Aunque Escrivá no solía hablar con su director espiritual del apostolado del Opus Dei, en este caso le llamó por teléfono y le explicó lo sucedido: “Al preguntarle qué le parecía que debía hacer, me contestó: ¿qué ha de hacer? ¡Cogerlo!”[4].

Después de hablar de las inquietudes y aspiraciones de Zorzano, Escrivá le explicó que hacía poco había fundado una obra cuyo objetivo era precisamente la santidad en medio del mundo. Zorzano respondió inmediatamente que eso era lo que estaba buscando. Esa misma tarde Zorzano dejó Madrid para visitar a su madre en el norte de España y luego volver a Málaga. Pocos días después en una carta a Escrivá decía: “Siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos, y que era precisamente el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable por tratarse de aunar factores de diversos matices, he pensado sobre ello y cada día me parece más hermoso, es mí única ilusion cooperar en dicho ideal para llevar a feliz término nuestra causa”[5].

Hasta 1936, el trabajo profesional de Zorzano le mantuvo en Málaga, así que una buena parte de su formación inicial en el Opus Dei se hizo por correo, y con algún viaje esporádico a Madrid. A pesar de sus deseos de servir a Dios, Zorzano no había recibido una educación religiosa profunda y no tenía la costumbre de dedicar mucho tiempo a la oración. Solía comulgar únicamente los domingos. Cuando iba de excursión con sus amigos, salían temprano de Málaga y oían Misa en el pueblo que fuera punto de partida de su viaje. Como en aquella época la Iglesia exigía para comulgar un ayuno total, también de agua, desde la medianoche anterior, eso significaba que Zorzano no comulgaba muchos domingos.

Al principio Zorzano sólo tenía una idea aproximada del espíritu del Opus Dei. No parece haber entendido del todo la idea del apostolado con amigos y compañeros a través del ejemplo y de la conversación personal. Al principio centró su dedicación a Dios en participar en organizaciones y actividades católicas. Se hizo miembro de los Caballeros del Pilar, se involucró en actividades sociales organizadas por grupos católicos, ayudó a la Casa del Niño Jesús y se incorporó al grupo de Acción Católica recién abierto en Malaga.

No contento con entrar en los grupos que ya existían, se dispuso a organizar una asociación de estudiantes católicos. En Málaga, como en el resto de España, la vida estudiantil estaba muy politizada. La principal organización estudiantil, la Federación de Estudiantes Españoles, era de izquierdas y anticatólica. Zorzano decidió organizar en Málaga una filial de la Federación de Estudiantes Católicos, que además de católica en su orientación era políticamente conservadora.

Dicha decisión le causaría algún problema. Zorzano, como no era estudiante, no podía ser miembro ni cargo en el grupo, pero en su asamblea constituyente fue nombrado presidente honorario. Cuando algunos de los estudiantes de la Escuela de Comercio donde daba clase se afiliaron a la Federación, miembros de la Federación de Estudiantes Españoles acusaron a Zorzano de favorecer injustamente en clase a los miembros del grupo católico. El director censuró oficialmente a Zorzano por activismo político y religioso en la escuela. Sin embargo, no aceptó su dimisión y a los pocos meses el incidente quedó prácticamente olvidado.

Desde el principio, Escrivá animó a Zorzano a construir, paulatinamente, una intensa vida interior de oración y sacrificio. En una carta fechada el 23 de noviembre de 1930 escribió: “Mira: Si hemos de ser lo que el Señor y nosotros deseamos, hemos de fundamentarnos bien, antes que nada, en la oración y en la expiación (sacrificio). Orar: nunca, repito, dejes la meditación, al levantarte; y ofrece cada día, como expiación, todas las molestias y sacrificios de la jornada”[6]. Paciente e insistentemente le urgía a frecuentar los sacramentos, y especialmente a recibir la comunión con mayor frecuencia, a diario si era posible. No le indicó a Zorzano que dejara las actividades de los diversos grupos a los que pertenecía, pero le ayudaba, poco a poco, a comprender que debían ocupar un lugar secundario, ya que debía centrarse en cultivar una vida de auténtica piedad y un apostolado más personal en el trabajo con amigos, compañeros y familiares.

[1] José Miguel Pero-Sanz. ISIDORO ZORZANO LEDESMA. Ediciones Palabra. Madrid, 1996 . p. 113

[2] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 447

[3] AGP, P01 1993 p. 1171

[4] Ibid. p. 1172

[5] Ibid. p. 1173

[6] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit . p. 120

Isidoro Zorzano

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La primera persona que perseveraría en el Opus Dei, Isidoro Zorzano, no apareció hasta casi dos años después de la fundación. Zorzano había nacido en Argentina, aunque sus padres regresaron a España cuando tenía tres años. Fue compañero de Escrivá en el instituto de Logroño y había estudiado Ingeniería Industrial, uno de los títulos más prestigiosos y difíciles de alcanzar en esa época. Tras graduarse, trabajó durante una breve temporada para una compañía que construía piezas para ferrocarriles. En diciembre de 1928 entró en una compañía ferroviaria de Málaga. Además de su trabajo para el ferrocarril, Zorzano dio clases nocturnas de matemáticas y de electricidad en la Escuela de Comercio de esa ciudad.

Con el paso de los años, Zorzano y Escrivá se habían visto unas cuantas veces y habían mantenido un esporádico contacto epistolar, pero no un trato habitual. Poco después de la fundación del Opus Dei, Escrivá comenzó a rezar más por Zorzano, como posible vocación. En agosto de 1930, le envió una postal en la que le invitaba a verle en su siguiente viaje a Madrid, a la vez que le prometía: “Tengo cosas muy interesantes que contarte”[1].

Cuando recibió la nota de Escrivá, Zorzano pasaba por una crisis espiritual. Le iba bien en lo profesional, pero se sentía insatisfecho. Se descubrió pensando con frecuencia que Dios quería de él una entrega completa. En su mente eso sólo podía significar una cosa: entrar en una orden religiosa. Sin embargo, amaba su profesión y le parecía inconcebible que Dios le pidiera dejarla. Deseaba armonizar su trabajo profesional con una completa dedicación a Dios, pero eso parecía imposible.

El 24 de agosto de 1930, fiesta de San Bartolomé, Zorzano se encontraba en Madrid por motivos profesionales. Aunque no se había citado con él, esperaba ver a Escrivá para averiguar qué eran esas “cosas muy interesantes” de las que le había hablado su amigo, y para ver si Escrivá le podía ayudar a resolver su crisis espiritual. Fue al Patronato de Enfermos, pero le dijeron que no estaba. Había acudido a visitar a José Romeo, quien, enfermo, guardaba cama.

En un escrito del día siguiente, Escrivá anotó: “Me sentí desasosegado –sin motivo— y me fui antes de la hora natural de marcharme, puesto que era muy razonable que hubiera esperado a que vinieran a su casa don Manuel y Colo. Poco antes de llegar al Patronato, en la calle de Nicasio Gallego, encontré a Zorzano. Al decirle que yo no estaba, salió de la Casa Apostólica, con intención de ir a Sol, pero una seguridad de encontrarme, me dijo, le hizo volver por Nicasio Gallego”[2].

El mismo Escrivá normalmente no tomaba la calle Nicasio Gallego para regresar a casa, pero aquel día lo hizo y se encontraron. Apenas se saludaron Zorzano le dijo: “quiero entregarme a Dios, y no sé cómo ni dónde”[3]. Quedaron más tarde aquel día para charlar con calma. Aunque Escrivá no solía hablar con su director espiritual del apostolado del Opus Dei, en este caso le llamó por teléfono y le explicó lo sucedido: “Al preguntarle qué le parecía que debía hacer, me contestó: ¿qué ha de hacer? ¡Cogerlo!”[4].

Después de hablar de las inquietudes y aspiraciones de Zorzano, Escrivá le explicó que hacía poco había fundado una obra cuyo objetivo era precisamente la santidad en medio del mundo. Zorzano respondió inmediatamente que eso era lo que estaba buscando. Esa misma tarde Zorzano dejó Madrid para visitar a su madre en el norte de España y luego volver a Málaga. Pocos días después en una carta a Escrivá decía: “Siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos, y que era precisamente el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable por tratarse de aunar factores de diversos matices, he pensado sobre ello y cada día me parece más hermoso, es mí única ilusion cooperar en dicho ideal para llevar a feliz término nuestra causa”[5].

Hasta 1936, el trabajo profesional de Zorzano le mantuvo en Málaga, así que una buena parte de su formación inicial en el Opus Dei se hizo por correo, y con algún viaje esporádico a Madrid. A pesar de sus deseos de servir a Dios, Zorzano no había recibido una educación religiosa profunda y no tenía la costumbre de dedicar mucho tiempo a la oración. Solía comulgar únicamente los domingos. Cuando iba de excursión con sus amigos, salían temprano de Málaga y oían Misa en el pueblo que fuera punto de partida de su viaje. Como en aquella época la Iglesia exigía para comulgar un ayuno total, también de agua, desde la medianoche anterior, eso significaba que Zorzano no comulgaba muchos domingos.

Al principio Zorzano sólo tenía una idea aproximada del espíritu del Opus Dei. No parece haber entendido del todo la idea del apostolado con amigos y compañeros a través del ejemplo y de la conversación personal. Al principio centró su dedicación a Dios en participar en organizaciones y actividades católicas. Se hizo miembro de los Caballeros del Pilar, se involucró en actividades sociales organizadas por grupos católicos, ayudó a la Casa del Niño Jesús y se incorporó al grupo de Acción Católica recién abierto en Malaga.

No contento con entrar en los grupos que ya existían, se dispuso a organizar una asociación de estudiantes católicos. En Málaga, como en el resto de España, la vida estudiantil estaba muy politizada. La principal organización estudiantil, la Federación de Estudiantes Españoles, era de izquierdas y anticatólica. Zorzano decidió organizar en Málaga una filial de la Federación de Estudiantes Católicos, que además de católica en su orientación era políticamente conservadora.

Dicha decisión le causaría algún problema. Zorzano, como no era estudiante, no podía ser miembro ni cargo en el grupo, pero en su asamblea constituyente fue nombrado presidente honorario. Cuando algunos de los estudiantes de la Escuela de Comercio donde daba clase se afiliaron a la Federación, miembros de la Federación de Estudiantes Españoles acusaron a Zorzano de favorecer injustamente en clase a los miembros del grupo católico. El director censuró oficialmente a Zorzano por activismo político y religioso en la escuela. Sin embargo, no aceptó su dimisión y a los pocos meses el incidente quedó prácticamente olvidado.

Desde el principio, Escrivá animó a Zorzano a construir, paulatinamente, una intensa vida interior de oración y sacrificio. En una carta fechada el 23 de noviembre de 1930 escribió: “Mira: Si hemos de ser lo que el Señor y nosotros deseamos, hemos de fundamentarnos bien, antes que nada, en la oración y en la expiación (sacrificio). Orar: nunca, repito, dejes la meditación, al levantarte; y ofrece cada día, como expiación, todas las molestias y sacrificios de la jornada”[6]. Paciente e insistentemente le urgía a frecuentar los sacramentos, y especialmente a recibir la comunión con mayor frecuencia, a diario si era posible. No le indicó a Zorzano que dejara las actividades de los diversos grupos a los que pertenecía, pero le ayudaba, poco a poco, a comprender que debían ocupar un lugar secundario, ya que debía centrarse en cultivar una vida de auténtica piedad y un apostolado más personal en el trabajo con amigos, compañeros y familiares.

[1] José Miguel Pero-Sanz. ISIDORO ZORZANO LEDESMA. Ediciones Palabra. Madrid, 1996 . p. 113

[2] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 447

[3] AGP, P01 1993 p. 1171

[4] Ibid. p. 1172

[5] Ibid. p. 1173

[6] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit . p. 120

Los primeros del Opus Dei

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el verano de 1930, Isidoro Zorzano ha decidido dedicar su vida a hacer el Opus Dei en la tierra. Las circunstancias que rodean este hecho manifiestan una Providencia muy particular de Dios.

El 24 de agosto don Josemaría se encuentra en casa de Pepe Romeo, uno de los chicos que le acompañan en las visitas a los hospitales. Ha ido para hacerle un rato de compañía, porque está enfermo. De improviso, siente una inquietud especial y decide regresar a su residencia, en la calle de José Marañón. Se despide amablemente de Pepe y de su madre, que no aciertan a comprender por qué se va tan pronto(1).

Se encuentra extrañamente urgido y no sabe a qué atribuirlo.

Sale hacia su casa. Camina por la calle de Santa Engracia y avanza hasta la esquina con Nicasio Gallego. Allí se encuentra con Isidoro Zorzano.

Han sido condiscípulos durante los tres últimos años de Bachillerato en el Instituto de Logroño. Don Josemaría le recuerda como un muchacho serio, buen cristiano. Varias veces ha pensado en él desde que Dios le ha abierto el horizonte del Opus Dei, y hace meses que está pidiendo intensamente la vocación de Isidoro. Conoce su itinerario profesional: sabe que trabaja como ingeniero en los Ferrocarriles Andaluces y que está destinado en Málaga.

Han mantenido alguna relación por correspondencia en los últimos años y en este día de agosto, ¡aquí está Isidoro Zorzano!

Le explica que ha ido a verle aprovechando su paso por Madrid pero, al no dar con él, iba a coger un tranvía que le llevara hasta Sol. Pensaba comer en un restaurante y marcharse luego al tren, porque su familia está ya veraneando en Logroño.

Llegan hasta la calle de José Marañón y entran en la casa para charlar un rato. Antes de que don Josemaría pueda abordar el tema que quiere plantearle, Isidoro le dice directamente que quiere hablarle de su inquietud espiritual. Don Josemaría se queda sorprendido por la sencillez y claridad de los planteamientos de Isidoro.

Entonces le habla de la Obra, de la pasión que Dios ha puesto en su alma y de su actividad apostólica desde 1928. Isidoro se muestra inmediatamente decidido; sin embargo, don Josemaría quiere que lo piense bien. Que tenga tiempo para meditar una decisión de tanta trascendencia. Se reúnen de nuevo después de almorzar. Pero la tarde ya no es más que una confirmación generosa.

Diez días más tarde, el 5 de septiembre de 1930, Isidoro le escribirá desde Málaga:

«El tema de nuestra última conversación me satisfizo muchísimo ya que me sugirió nuevas ideas y me hizo concebir nuevas esperanzas (…). Siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos, y que era precisamente el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable (…): he pensado sobre ello y cada día me parece más hermoso; es mi única ilusión cooperar en dicho ideal para llevar a feliz término nuestra causa. Procura contestarme pronto, pues tus cartas me hacen ver que estoy acompañado en esta soledad de Málaga».

Y el 14 de septiembre contesta a una carta de don Josemaría:

«Me dices que tu carta era larga, a mí me pareció muy corta; la he leído varias veces (…). Me encuentro ahora completamente confortado, mi espíritu lo encuentro ahora invadido de un bienestar, de una paz, que no había sentido hasta ahora; todo lo debo a la Obra de Dios».

A partir de este momento, Isidoro, de la misma edad que el Fundador, se entregará sin límites(2). Es un hombre muy competente en su trabajo de ingeniero, con prestigio profesional y virtudes humanas, con deseos de ir al encuentro de Dios. Don Josemaría le expone un plan de vida espiritual que vaya ayudándole a ser, poco a poco, una persona del Opus Dei.

Con frecuencia se acercará a Madrid. Esto le cuesta pasar dos noches en el tren: una de llegada y otra de regreso. En Málaga habrá de trabajar fuerte. Pero en todos los terrenos responderá como un buen hijo de Dios. Su presencia será inestimable durante los acontecimientos de la guerra civil española. La nacionalidad argentina de Isidoro Zorzano le otorgará condiciones de inmunidad diplomática que serán de gran ayuda en aquellas difíciles circunstancias.

Con optimismo sobrenatural, pudo decir don Josemaría Escrivá de Balaguer aquella tarde calurosa del agosto madrileño de 1930: «Ya tenemos en el Opus Dei personas de los dos hemisferios » (3).

Entre los primeros miembros del Opus Dei que perseveraron junto al Fundador se cuenta también Juan Jiménez Vargas. En los comienzos de 1932, cuando todavía es un estudiante de Medicina, conoce a don Josemaría. Más tarde le oye hablar de la Obra: de cómo supo la misión que había de cumplir, y de cómo había pasado muchos años rezando para conocer la Voluntad de Dios que presentía, pero que no veía con claridad. Le transmite su preocupación por hacer realidad aquel deseo divino que ha constituido la coordenada de toda su existencia.

Juan le escucha y comprende rápidamente la Obra, con un conocimiento y una adhesión al espíritu sobrenatural que la inspira difíciles de explicar. Pedirá su admisión a principios de 1933 y, desde entonces, don Josemaría contará con él para siempre. Y tiene tal confianza en la fidelidad de estos primeros que van a seguirle que, un día de 1934, en la iglesia de Santa Isabel, al otro lado de la Facultad de Medicina, habla con Juan y le pregunta:

-«En caso de que yo faltara, tú ¿seguirías?… »(4).

Sabe el Fundador que la Obra es de Dios. Que está por encima y más allá de su persona. Por eso, no se cree indispensable. Ha oído en su oración, en la intimidad de su corazón, la promesa inconfundible de Jesucristo:

«A través de los montes, las aguas pasarán»(5).

Y quiere dar, a sus hijos, la seguridad sobrenatural de que la Obra ha nacido universal y permanente.

Calle de Diego de León

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

09 de mayo de 2009

Opus Dei -

Diego de León

Por la calle de Velázquez se llega hasta la calle Diego de León, donde se encuentra la sede de la Comisión Regional del Opus Dei en España.

Este edificio alberga una cripta en la que reposan los restos de los padres del Fundador del Opus Dei.

El Fundador comenzó a vivir en esta casa el 31 de octubre de 1940. Residieron, a partir de poco después, en esta misma casa, la madre y los hermanos del Fundador.

En esta casa falleció la madre del Fundador, Dolores Albás, el 22 de abril de 1941.

El paseante puede seguir bajando por la c en dirección a la calle Serrano. Al llegar a esta calle tuerce a la izquierda, en dirección a Atocha, y comienza a caminar hasta encontrar el nº 51 de la calle Serrano. Aquí tenía su domicilio la familia de Isidoro Zorzano.

El Fundador estuvo en este lugar, de visita, en varias ocasiones; por ejemplo, el 1 de septiembre de 1937 tras dejar la Legación de Honduras. Durante los cursos de retiro que predicaba el Fundador en septiembre de 1937, con diversas sedes, una de las sedes fue este domicilio.


Puerta de Alcalá y Parque del Retiro

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei..

09 de mayo de 2009

Opus Dei -

El paseante llega a otro monumento emblemático de Madrid: la Puerta de Alcalá en la Plaza de la Independencia.

En esta plaza, en el nº 75 de la calle de Alcalá, nació Álvaro del Portillo.

La Puerta de Alcalá es, junto con la Fuente de Cibeles, uno de los monumentos más conocidos de Madrid. La construyó Francisco Sabatini en 1771. Es una de las grandes puertas ornamentales que se construyeron durante el reinado de Carlos III, junto con la Puerta de Hierro, la Puerta del Jardín Botánico y la Puerta de San Vicente. Conmemora la entrada de Carlos III en la capital.

Por la Puerta de la Independencia se entra en el Parque del Retiro, uno de los más hermosos parques de Madrid.

Parque del Retiro

Opus Dei -

La denominación “Retiro” proviene del Cuarto Real, una zona de retiro espiritual construida por orden de Felipe II para que el rey se retirara en Cuaresma, para rezar y preparar la Semana Santa. Al principio se llamaba Cuarto Real de San Jerónimo. Más tarde el duque de Olivares lo denominó Casa Real del Buen Retiro, antecedente del nombre actual.

Este parque fue escenario de numerosas fiestas y representaciones teatrales de los principales autores del Siglo de Oro. En 1928 encerraba en su interior, además del Palacio de Cristal y el Observatorio Metereológico, el Parque Zoológico, denominado popularmente Casa de las Fieras.

Opus Dei -

Trazando planes apostólicos por El Retiro

San Josemaría se reunía para charlar en este parque con los primeros miembros del Opus Dei y con las personas a las que trataba apostólicamente. Cuenta Isidoro Zorzano: “Al principio no teníamos, con el Padre, dónde ir. Nos sentábamos en un banco del paseo. Después fuimos al Retiro, que estaba más tranquilo… y allí trazábamos planes”.

Escribía san Josemaría en febrero de 1932 que en ocasiones visitaba este Parque: “El sábado último me fui al Retiro, de doce y media a una y media (…) y traté de leer un periódico. La oración venía con tal ímpetu que, contra mi voluntad, tenía que dejar la lectura.

Opus Dei -

Atendiendo a un herido

En una ocasión, cuando san Josemaría pasaba cerca del Parque del Retiro, donde estaba la popular “Casa de Fieras”, vio como llevaban precipitadamente a uno de los guardianes del Zoológico hasta una Casa de Socorro.

Tenía el cuerpo destrozado por los zarpazos y dentelladas de los osos.

San Josemaría fue rápidamente tras el herido, que le dijo por señas que quería confesarse y allí mismo le absolvió.

Un breve recorrido por el Parque del Retiro es el que va desde la Puerta de la Independencia, por la Avenida de Méjico hasta la Plaza de Nicaragua

Desde esta plaza se puede salir, por el Paseo del Ecuador, hasta llegar a la Puerta de Hernani, que lleva, cruzando por un túnel bajo la calle de Alcalá, hasta la calle Lagasca, al pie de la iglesia de San Manuel y San Benito.

Esta hermosa iglesia de estilo neobizantino, construida por Fernando Arbós en 1910 y regida por los PP. Agustinos, estuvo muy ligada a la infancia y adolescencia de Álvaro del Portillo. Avanzando por la calle Lagasca, tras la calle Columela, se llega a la esquina con la calle Conde de Aranda.


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