Ese “siervo de Dios”, tan delicadamente Padre

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Testimonio de Cesare Cavalleri, Director de la revista «Studi Cattolici» y crítico literario
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El año pasado, por estas fechas –exactamente, el 9 de abril–, Juan Pablo II aprobaba el decreto de la Congregación de las Causas de los Santos en el que se exponía que existen pruebas de que el siervo de Dios Josemaría Escrivá ha vivido en grado heroico todas las virtudes cristianas. El fundador del Opus Dei era por lo tanto proclamado Venerable, título que no significa que se le pueda tri­butar culto público, pero que abre la fase inmediatamente previa a la beatificación, en la cual se probará, desde el punto de vista médico y teológico, un milagro atribuido a su intercesión.

He escrito estas líneas –y quizá se nota– con cierta oficialidad. El tema es delicado, las palabras se miden de forma exacta, no es necesario anticipar el dictamen de la Iglesia y, por otra parte, sería absurdo no subrayar el inmenso alcance espiritual, teológico y eclesial del suceso. El decreto, de hecho, sitúa a Monseñor Escri­vá en una escala muy elevada: después de haber afirmado, con Pablo VI, que la proclamación de la vocación de todos los bautizados a la santidad es «el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar y, por así decirlo, su fin último», el decreto sitúa a Monseñor Escrivá –que de ese mensaje ha hecho el centro de la espiritualidad y de la función eclesial del Opus Dei– en «coin­cidencia profética» con el Concilio Vaticano II, reconociendo la perenne ejemplaridad de su contribución a la promoción del laicado eclesial llamado a la «cristianización ab intra (desde dentro) del mundo.

Y se podrían seguir –y debidamente– enunciando los méritos de la figura extraordinaria de Monseñor Escrivá, la fama de santo que tuvo durante su vida, su arrebatador carisma de fundador, de siervo devoto y esforzado de la Iglesia, su éxito de autor de libros publicados en todo el mundo, Camino, Surco, Forja, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios y Conversaciones, que ya hacen que se le con­sidere un clásico de la espiritualidad de nuestro siglo, etcétera, etcé­tera. Todo esto es verdad, en parte ya se ha probado, y sólo falta un trabajo sublime y desmedido de biógrafos e historiadores.

No obstante, personalmente, no me encuentro en condiciones, al menos por ahora, de coordinar un discurso sistemático sobre cl Venerable Josemaría Escrivá, porque yo he conocido al fundador del Opus Dei hace treinta años y, hasta que murió, es decir, hasta el 26 de junio de 1975, he tenido con él –yo, como miles de miem­bros del Opus Dei en todo el mundo– relaciones filiales no basadas en la asiduidad de una visita humanamente imposible, sino llenas de noticias, oraciones, ideales y trabajo apostólico compartidos, hasta el punto de considerar absolutamente natural el título de padre con el que nos dirigíamos al fundador: no padre en sentido religioso, sino en el sentido de padre de familia.

No es que no nos diésemos cuenta del valor y de la santidad del padre, todo lo contrario: pero su modo de actuar, y de tratarnos, hacía que lo sintiéramos ante todo nuestro; tanto es así que mientras estoy evidentemente contento del avance de su proceso de beati­ficación –porque Monseñor Escrivá no pertenece al Opus Dei, sino a toda la Iglesia–, al mismo tiempo siento la sensación de que se hacen públicos documentos de familia, cosas íntimas, procedimien­tos a mi parecer legítimos y benéficos, pero que de alguna manera son también un desposeimiento.

Si yo tuviese que probar en qué cosa he adivinado sobre todo la santidad de Monseñor Escrivá, diría que ha sido en su manera tan humana de vivir la caridad, es decir, en su extraordinaria capa­cidad de afecto. Y me acuerdo de un episodio sin importancia, pero para mí muy significativo.

Sucedió en 1961. Me trasladé con un grupito de estudiantes a casa del padre, a la sede central del Opus Dei en Roma. Finalizado el cordialísimo encuentro el padre nos invitó a asistir a la Santa Misa que iba a celebrar en breves momentos Nos fuimos al oratorio –artístico y recogido– que el fundador utilizaba habitualmente y que, por sus reducidas dimensiones carece de reclinatorios Cuando sonó la campanilla del Sanctus nos arrodillamos sobre el suelo de mármol. El padre hizo una señal al acólito que era don Javier Echevarría, el actual Vicario general del Opus Dei y le susurro algo al oído. Don Javier vino hacia nosotros y nos dilo «El padre dice que no os arrodilléis, porque el suelo esta frío». Así era el padre incluso en los momentos mas solemnes y precisamente por su ininterrumpida relación con Dios pensaba concretamente en quienes estaban a su lado, se preocupaba hasta de las rodillas de estudiantes de veinte años que, entre otras cosas, no notaban molestia alguna al estar en contacto con el mármol. Con la conciencia segura invito a recurrir a la intercesión de un siervo de Dios que en vida tenía estas delicadezas.

VOLVIENDO A DESCUBRIR TODO

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

En octubre del 79 se recibió esta carta en la Vicepostulación del Opus Dei en Nueva York:

Hace unas pocas semanas, mi madre les escribió con el fin de relatar un favor recibido a través de la intercesión de Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo lo hago para darles más detalles del mismo caso.

Tengo treinta y seis años, y toda mi vida la he pasado sabiendo que mi madre es casi ciega. Tenía el ojo izquierdo totalmente inutilizado debido a un glaucoma; recientemente hemos descubierto que se trata de un desprendimiento de la retina, y que no hay posibilidad de recuperación. Conservaba un mínimo de visión en el ojo derecho, pues tenía una catarata que su antiguo doctor se negaba a tocar, porque ya era tarde –explicaba–, y había grave riesgo de perder la poca visión que le quedaba.

Mi madre lograba manejarse en casa, porque sabía dónde se encontraba cada cosa; pero nunca se atrevía a salir a la calle sin alguien que la condujera. Para dar una idea de su poquísima vista: tropezaba a menudo con nosotros, cuando la íbamos a visitar, si no oía nuestra voz, que la orientara; cuando ni¡ padre se levantaba de la mesa, en un restaurante, para saludar a algún conocido, mi madre continuaba hablándole, sin darse cuenta de que se había marchado; cuando yo la acompañaba a comer, le indicaba –usando la imagen de las manecillas del reloj– en qué parte del plato se encontraba la comida: la verdura está a las tres; la carne a las seis.

Sin embargo, todo esto no le impedía asistir a la Santa Misa diariamente, pues mi padre la acompañaba.

En mayo pasado, mi padre –que tenía setenta y cinco años, seis más que mi madre–, fue hospitalizado con síntomas de cáncer. Ella se preocupó mucho por él, y por sí misma, ya que su marido era como sus ojos. Por esta razón, decidió buscar el consejo de otro doctor, que habló de la posibilidad de operar la catarata del ojo derecho. Después de mucha oración, mi madre accedió, consciente de que existía mucho riesgo de quedar totalmente ciega.

El 20 de agosto, a las doce treinta de la noche, tuvo lugar la intervención. Ese día, mamá nos tranquilizaba diciendo que Dios iba a dirigir las manos del doctor, y todo saldría bien. Rezábamos con intensidad por ella, en la familiay en el barrio. La operación marchó bien, según nos informaron; ahora quedaba esperar a ver los resultados. A1 día siguiente, le quitaron el parche y le colocaron una cubierta protectora con un agujero en el centro, que servía de marco a una pequeña lente de aumento. Nos daba alegría comprobar que veía un poco nuestras caras.

Al día siguiente estaba peor. La incisión encima del iris sangraba, y causó un coágulo en el frente del ojo. Sólo veía claro y oscuro, sin poder siquiera distinguir su propia mano. Nos informaron de que se aclararía en un par de días. Pero no hubo mejora; incluso, después de una semana. El médico pidió a un colega que examinara el ojo de mamá; recetó una medicina para el derrame, que produjo efectos secundarios, bajándole considerablemente la presión arterial, adormeciéndole las manos y los pies, etc. Por eso le suspendieron esa medicación la mañana del 30 de agosto, diez días después de la operación. El ojo quedaba como antes, viendo sólo claro–oscuro.

Me marché del hospital el 31 de agosto, viernes, hacia las seis y media de la tarde, y seguía en esta situación. Esa noche, pensé que debía rezar el Rosario por la curación del ojo de mi madre. Al tratar de sacar del bolso su fotografía, que llevaba conmigo desde su operación, salió en su lugar la estampa de Monseñor Escrivá de Balaguer, a quien había acudido durante la intervención. Sentí un poco de desilusiónal recordar que mamá estaba peor que antes. Sin embargo, dejé las dos fotografías juntas. Al terminar el rezo del Rosario, pedí una vez más al Fundador del Opus Dei que curase a mi madre.

Al día siguiente, día 1, llamé al hospital y, ante mi asombro, la respuesta de mamá fue llena de vida:

–Tengo las maletas hechas: me voy a casa. Ha sucedido un milagro anoche, y ¡puedo ver!

Me quedé sin palabras, mientras ella me explicaba que durante la noche, se levantó varias veces, siempre guiándose por las paredes, pero notó que podía ver; al levantarse por la mañana, se sorprendió de ver a la enfermera que entró en la habitación para tomarle la presión arterial; distinguía incluso las rayas del gorro. Pocos minutos después llegó el médico; mamá lanzaba exclamaciones de alegría…

Lo que comenzó como una operación de catarata, y que se esperaba que llevaría no más de tres días, se convirtió en una estancia de doce días en el hospital, con un final feliz e inesperado. Grabé en cinta magnetofónica las reacciones de mi madre al vernos a todos por primera vez: tiene tres pequeñas nietas a quienes nunca había visto prácticamente. Mi marido, mis hijos y yo, regresamos a Maryland; siempre que hablo con ella por teléfono tiene algo nuevo que contarme: sus amigas, a las que conocía por la voz, tienen ahora facciones bien delimitadas; cuando se miró al espejo, se dio cuenta de que había olvidado el paso de los años… La hizo mucha ilusión ver las teclas de la máquina de escribir.

Mamá sigue asistiendo diariamente a la Santa Misa; mi padre, enfermo como está, la lleva en coche cada mañana.

ERA UNA ENCEFALITIS

Durante la segunda semana de agosto mi hermano comenzó a quejarse de mareos, al tiempo que se sentía francamente mal. Pensábamos que todo era resultado del cansancio físico y mental debido al estudio. Sin embargo, su salud empeoró rápidamente y fue cerrándose en sí mismo, sin querer hablar con nadie. Le llevamos a un médico, quien observó que decía cosas incoherentes y que su habla era dificultosa y difícil de entender. El médico llegó a sospechar una ingestión de drogas, pero no existía la sintomatología característica en estos casos. Le recetó una medicación para limpiar el sistema digestivo.

A pesar de eso, el estado de mi hermano no mejoró nada. Entonces, decidí encomendarle al Fundador del Opus Dei durante mi rato de oración diaria. En vista de que su situación empeoraba, la noche del sábado 14 de agosto le llevamos al Hospital de la Universidad. Aquí pensaron que se trataba de un problema psiquiátrico, pero después de varias pruebas no encontraron nada anormal. Sin embargo, la salud de mi hermano iba de mal en peor. Al cuarto día de su ingreso en el hospital, era incapaz de comunicarse con el mundo exterior. Pedí oraciones por él.

Un día pedí al sacerdote que le administrara el sacramento de la Penitencia. Cuando llegamos, mi hermano estaba dormido, recibiendo alimentación por un tubo. Como el sacerdote tenía que marcharse pronto, acudí a la intercesión de Mons. Escrivá para que diera señales de consciencia. En silencio, recé la oración para la devoción privada y, cuando el sacerdote se ponía la estola, mi hermano abrió los ojos. Cuando el sacerdote terminó de darle la absolución, mi hermano se quedó de nuevo inconsciente. Hacia el final del día, le administraron la Unción de Enfermos. Poco después, entró en coma.

Para entonces, los médicos habían llegado por fin a un diagnóstico preciso: encefalitis viral. Pero enseguida surgieron complicaciones: a los cinco días contrajo una pulmonía. Tuvieron que hacerle además una traqueotomía.

Esta situación hizo que nuestra familia quedara más unida. Todos los días, los compañeros de clase de mi hermano ofrecieron por él la Misa que se celebra en la Universidad. Se ofrecieran Misas y oraciones. En el hospital distribuimos estampas y Hojas Informativas entre los visitantes, los médicos, las enfermeras…

Una semana después de la traqueotomía mi hermano abrió los ojos. El médico nos dijo que probablemente vería imágenes, pero que éstas no serían reconocidas por el cerebro. A1 cabo de otra semana, Riehard sonrió –era su primera sonrisa– a causa de la risa contagiosa de un amigo que vino a visitarle. Lentamente, con dificultad, comenzó a mover brazos y piernas, a coger algunos objetos y a asentir con 1a cabeza a lo que le decíamos. Sin embargo, la parte derecha del cuerpo estaba paralizada.

El médico anunció que había superado la gravedad, pero desconocía si tendría alguna lesión cerebral. Poco después comenzaron sesiones de fisioterapia. Cuando le suprimieron el tubo de la tráquea pudo comer normalmente y hablar. Su memoria cubría el pasado y el presente: nos dijo que desde el momento de su ingreso en el hospital hasta que recobró el conocimiento sólo recordaba la confesión. Antes de su regreso a casa se ofrecieron Misas de acción de gracias en el Centra y en la Capilla de la Universidad. La salud de Ríc es ahora normal, gracias a la intercesión de Mons. Escrivá de Balaguer.


¿Buscas trabajo?

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Para encontrar trabajo si estamos en el paro o para realizar bien el trabajo que ya tenemos: la “Novena del trabajo” incluye textos de San Josemaría y oraciones para pedir su intercesión

01 de julio de 2009

Opus Dei -

Bastantes personas pierden su trabajo y pasan serias dificultades para mantener a su familia. Todos podemos realizar con mayor perfección nuestras tareas ordinarias. San Josemaría, “el santo de lo ordinario” como le llamó Juan Pablo II, es un eficaz intercesor ante Dios para estas intenciones.

Aquí podrá obtener los textos que utilizan muchas personas durante 9 días para rezar la novena del trabajo. 

Más favores de san Josemaría en www.josemariaescriva.info

Favores

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Algunos favores concedidos por Encarnita Ortega

En julio de 2004 supe que un chico amigo mío había sufrido un accidente cardiovascular mientras practicaba la pesca deportiva de caña en el puerto viejo de San Sebastián (Guipúzcoa). Es muy comunicativo que siempre ha llenado de alegría a su familia. Le conocí poco tiempo después de trasladarme a San Sebastián, un día que me abordó por la calle para saludarme, mientras me recordaba a su abuelo, un médico, supernumerario del Opus Dei, que había fallecido.

Sentí muchísima pena al conocer su accidente pues el diagnóstico de los médicos era que muy probablemente iba a fallecer y, si salía del coma, quedaría como un vegetal, ya que los servicios sanitarios llegaron muy tarde para atenderle y el cerebro había permanecido sin riego demasiado tiempo.

Por aquellos días de julio había llegado a mis manos la estampa para la devoción privada de la Sierva de Dios Encarnita Ortega, y acudí a su intercesión para que se recuperara. Era el primer favor que pedía, por mi parte, a la Sierva de Dios. Me encaré con Encarnita diciéndole en mi oración unas palabras parecidas a estas: “Encarnita, tú que escuchaste tantas penas y preocupaciones de mujeres fieles de la Prelatura, compadécete de la madre de Rufo y pídele al señor que este chico sane del todo”.

Además de esta oración, encomendé muchísimo su salud, especialmente el 16 de julio, memoria de Nuestra Señora del Carmen. Pocos días después, supe que iba recuperando la conciencia y el habla. Los médicos comentaron a sus padres que aquello era un milagro. Más tarde, tengo entendido que le practicaron una intervención cardíaca para tonificar su corazón. Actualmente, que yo sepa, hace vida normal.

Como pienso que la intercesión de Encarnita Ortega ha tenido mucho que ver en este hecho que relato, lo comunico a la Oficina para las Causas de los Santos de la Prelatura del Opus Dei.

R.H.U.

San Sebastián, España

Me encontré con una amiga que estaba desconsolada. Su situación familiar era insostenible por la actitud de un hijo adolescente y los problemas que estaba creando en la convivencia. Esto sucedía desde hacía meses, y mi amiga no resistía más. Al verla así, le pedí a Encarnita que se solucionaran las cosas. Días más tarde me dijo que era milagroso lo que había sucedido: su hijo estaba cariñoso, centrado en los estudios que había elegido, y los problemas de convivencia habían desaparecido.

Al ser tan increíble el cambio, lo escribo.

A.G.A.

Gijón, España

Desde hace más de un año vive con mi madre una chica de la India. Le correspondían casi dos meses de vacaciones y se iba durante ese tiempo a su país. Busqué alguien que la pudiese sustituir cuando llegara el momento. Como no encontré, decidimos repartirnos este tiempo entre mi hermano y yo.

La primera en ir fui yo. Enseguida me di cuenta de que entre atenderla y hacer lo ordinario no me daba tiempo. Empecé a buscar a alguien que me ayudara y, sobre todo, que luego se quedara cuando yo me fuera. Tarea nada fácil en los meses de julio y agosto.

Durante los quince primeros días no encontré a nadie. Al cabo de estos días, me dieron una estampa de Encarnita y, como a ella le suelo encomendar todos los asuntos de la atención de mi madre, le dije que me consiguiera una empleada. Al quinto día de rezarle conseguí una persona estupenda, sin problemas de horario, pero que se tenía que ir a su país el 9, el 15 o el 25 de agosto. Han pasado las dos primeras fechas sin que se le arreglara el viaje y se irá cuando haya vuelto la otra persona para quedarse en casa.

Estoy muy agradecida a Encarnita.

C.R.S.

Sant Cugat del Vallés (Barcelona)

Hace quince días empecé a pedir a Encarnita que trasladaran a mi hermana a trabajar cerca de Jaén,  donde reside y, si era posible, a la misma capital. Desde hace cuatro años tenía su plaza fija en Cazorla. Por su situación, le suponía mucha dificultad viajar todas las semanas a esa ciudad.

Existían, además, otrassituaciones familiares que hacían más necesario que viviera en su casa en Jaén. En varias ocasiones le habían prometido el traslado, pero nunca se había llevado a término. Este año, antes de empezar el curso, se me ocurrió que Encarnita podía ayudarnos. Empecé una novena pidiéndole que, al finalizarla, se resolviera todo. A los siete días empezó a surgir la posibilidad del traslado a Martos, a 20 km. de Jaén. A los catorce días de comenzar mi petición, le comunicaron a mi hermana que tenía plaza en un colegio céntrico de la capital. Estoy contándolo a muchas personas para que se animen a acudir también a Encarnita.

M.P.G.A.

Jaén

Tengo una hermana que lo ha pasado muy mal económicamente a raíz de su separación matrimonial. Con esfuerzos increíbles, sacó adelante a su hija, pero ahora con 51 años se encuentra sin fuerzas para seguir luchando. El trabajo que tiene no es adecuado para su edad.

Le pedí a Encarnita un imposible: que encontrara un trabajo para el que tuviera condiciones y supusiera un descanso evitando tantas tensiones. En un par de semanas le llamaron de una empresa y comenzará a trabajar. Repito que es un gran favor teniendo en cuenta su edad. Estoy muy agradecida.

C.V.M.

Valencia

Agradezco a Dios, por intercesión de Encarnita Ortega, la conversión de mi padre que desde hace mucho tiempo estaba lejos de la fe católica. En julio de 2004 sufrió una operación en la pierna y había encomendado a Encarnita su recuperación física. Sabía que era un pedido difícil, pero no desistí y seguí pidiendo a Dios su curación física y, si no fuera posible, la curación espiritual. Mi padre sigue sometiéndose a tratamiento para la cicatrización de su pierna pero, para mi sorpresa y alegría, supe en septiembre de 2005 que tomó la decisión de acercarse a la Iglesia Católica y a los sacramentos. Creo que Encarnita ayudó a mi padre en ese proceso de conversión a Dios.

D.M.E.

Roma

Una de mis nietas vivía en el campo cerca del Mar del Plata con sus padres y nueve hermanos. Es de un carácter muy fuerte y orgulloso y se llevaba pésimamente con sus padres; es muy intransigente. A los 18 años quiso ir a vivir sola a Mar del Plata y, ante la rotunda negativa de sus padres, esperó a cumplir 21.

A pesar de que su padre le dijo que si se marchaba nunca más la iba a recibir en su casa, se marchó el mismo día de su cumpleaños. En Mar del Plata pasó un año y medio muy malo, sin conseguir ningún trabajo estable. Vivió en pensiones o en casas de amigas; no le pagaron nunca los pequeños trabajos que conseguía. Y entonces acudió a su abuela en Buenos Aires. La recibió, pero siempre haciéndole comprender que había obrado mal y que tendría que buscarse ella un trabajo y un lugar dónde vivir. Angustiada por la vida que llevaba mi nieta lejos de su familia, la encomendé mucho a Encarnita.

Al llegar a Buenos Aires, pasó dos meses en mi casa, consiguió un trabajo fijo en un pensionado de señoras con buen sueldo, casa y comida con las hermanas de una Congregación. El haber venido a buscar refugio en casa de la abuela y haber conseguido un trabajo sin haber hecho ella ni nosotros nada por conseguirlo, lo atribuyo a la intercesión de Encarnita y le estoy sumamente agradecida, y le sigo encomendando a todos mis nietos.

M.B.M.

Buenos Aires

A los pocos días de haberme dado de alta en Internet, sufrí una migración ilegal a otra compañía que me dejó sin servicio. Me costó mucho conseguir servicio en la nueva compañía, y el que me dieron era malísimo, así que, después de un mes de desatención, logré darme de baja sin los problemas que normalmente ocurren en estos casos.

Había encomendado el asunto a Encarnita y obtuve la gracia que le había pedido. Con toda celeridad, volví a darme de alta en la compañía anterior y el servicio fue muy bueno. Posteriormente, me ayudó a resolver situaciones delicadas. La última me ocurrió cuando intenté conectar una impresora. Leídas las instrucciones, fue imposible conectarla. Le volví a pedir el favor y, al primer intento, se puso en funcionamiento. No tengo ninguna duda de las diversas gracias obtenidas por mediación de Encarnita y dejo constancia.

C.C.G.

Barcelona

Tengo una prima, que es además amiga mía, a la que diagnosticaron un cáncer hace varios años. Ha estado en tratamiento continuo, y últimamente estuvo peor con la aparición de derrames pleurales, utilización habitual de oxígeno, etc. Se considera católica pero ni se confesaba ni daba importancia a la Santa Misa del domingo. En una ocasión, le hablé del sacramento de la confesión, de la asistencia a la Santa Misa y de recuperar la vida de piedad, así como el trato con la Virgen del Pilar, de la que había sido devota.

Comencé una novena a Encarnita, rezando su estampa todos los días. Hablé con ella con ocasión de un aniversario familiar y me comentó que mis oraciones le estaban haciendo efecto: había ido al Pilar y se había confesado. Continúo rezando a diario pidiendo su salud física y espiritual, pero el primer favor ya me lo ha concedido, por lo que quiero dejar este testimonio.

C.A.M.

Vitoria (Álava)

Mi hermano atraviesa una difícil situación económica. Empecé a encomendárselo a Encarnita, pidiéndole que nos diera luces para ver qué medios podríamos poner para mitigar algo el problema. Mi cuñada tiene un grado de incapacidad laboral muy elevado. Como hace tiempo trabajaron unos años en Suiza, decidieron hacer los trámites para solicitar en aquel país la pensión de invalidez correspondiente a los años cotizados allí. Pasados unos meses en espera de la contestación, le vino aprobada, aunque no en el porcentaje de minusvalía que tiene. Para mí ha sido la respuesta de mi oración a Encarnita, y lo considero un favor que Dios nos concede por su intercesión, tanto por haber movido a mi hermano a solicitarlo, como por haber venido aprobado.

No sabemos la cantidad que será, porque son pocos los años que estuvieron allí, y además contamos con que hay que esperar unos meses para que el cobro se haga efectivo, pero lo que sea nos ha dado mucha alegría, y yo le estoy muy agradecida.

C.O.B.

Santiago de Compostela

Relatos y favores recibidos

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Acudir en caso de necesidad a la intercesión de personas con fama de santidad, es una práctica corriente en la Iglesia. Presentamos una selección de relatos recibidos en la Oficina para la Causa de los Santos de la Prelatura del Opus Dei.

Desde el 29.IX intentaba varias veces enviar un fax a un amigo de Tanzania. Días antes, el 22.IX, había logrado enviar uno, pero después todo fue inútil. Mi amigo es médico y necesitaba con urgencia medicamentos e instrumental. Otro amigo mío, también médico cirujano, estaba dispuesto a acudir a Tanzania para ayudarle. Había pedido permiso y organizado todo para llevar a cabo su plan. Tanto él como yo intentábamos sin éxito ponerle un fax y el viaje comenzaba a peligrar por falta de comunicación.

Cavilaba sobre qué convendría hacer, cuando mi mirada se encontró con un pequeño folleto sobre Toni Zweifel. Se me ocurrió encomendarle el asunto puesto que él era ingeniero y suizo. Delante del aparato de fax acudí a su intercesión ante Dios. El primer intento falló porque la línea estaba de nuevo ocupada. Salí de la habitación y dejé al fax intentarlo automáticamente. Un cuarto de hora más tarde volví y no daba crédito a mis ojos: había pasado el mensaje. Adjunto el comprobante de que mi carta a Tanzania salió a las 17,24 h. Estoy muy agradecido a Toni. Antes le había prometido que publicaría este favor. Acudiré desde ahora a su ayuda, sobre todo cuando se trate de solucionar problemas técnicos. Dr. Chr. B. (Köln)

Relatos y favores recibidos

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Acudir en caso de necesidad a la intercesión de personas con fama de santidad, es una práctica corriente en la Iglesia. Presentamos una selección de relatos recibidos en la Oficina para la Causa de los Santos de la Prelatura del Opus Dei.

Un cáncer de pulmón y dos neumotórax

Diagnosticaron a mi hijo un cáncer de pulmón. Pedí a Dios su curación a través del siervo de Dios Eduardo Ortiz de Landázuri y encargué a toda mi familia que hiciera lo mismo.

Nos dijeron que estaba localizado y que se podía operar, pero con el paso del tiempo las noticias eran más desalentadoras. Según el oncólogo, ya no se podía operar porque tenía adenopatías en el mediastino y el tumor estaba muy cerca de la tráquea. Nos dijeron que como mucho, podría vivir dos años, pero proponían practicarle una toracotomía.

Al intentar obtener muestras para la biopsia le provocaron dos neumotórax. Seguíamos encomendándolo a don Eduardo, y la sorpresa fue cuando después de una radiografía para ver el neumotórax, el médico nos dijo que la mancha había disminuido de tamaño y las adenopatías estaban desapareciendo. Todo esto, sin ningún tratamiento que pudiera justificar los cambios.

Mas tarde, lo vio otro especialista que nos aseguró que no tenía cáncer. Por último, en la Clínica Universitaria de Navarra hicieron la biopsia, y tampoco encontraron nada tumoral. A.V.

Un feto no era viable

Con la primera ecografía que le hicieron a mi nuera, le dieron la gratísima noticia de que estaba embarazada de mellizos. En la segunda, todo era normal, pero en la tercera, el ginecólogo le dijo que uno de los fetos no era viable por tener el uréter totalmente obstruido. Otro colega, le confirmó el diagnóstico y comentó que lo mejor era eliminarlo en beneficio del otro feto.

Consultaron a otro especialista, y dijo que podía ser un quiste, pero que con las ecografías, el primer diagnóstico parecía correcto. En una nueva consulta, la opinión fue la misma, aunque la obstrucción podría ser parcial.

Desde el principio acudí a don Eduardo, porque mi nuera también es médico y me parecía que iba a escucharme. El embarazo siguió adelante, aunque debió guardar mucho reposo. Por fin, un mes antes de lo previsto nacieron dos hermosas criaturas: un niño (el del milagro) y una niña. Agradezco a don Eduardo este favor que ha llenado de alegría a toda la familia. Mª.H.V.A.


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