Obras son amores

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Este camino de infancia espiritual fue el detonante de otra gracia extraordinaria en el alma de Escrivá: tenía la costumbre de decir, mientras distribuía la comunión a las monjas de Santa Isabel, “Jesús, no sé lo que te querrán éstas, pero yo te quiero más que todas juntas”[1]. El 16 de febrero de1932 recibió una escalofriante respuesta a esta declaración que escribió en sus notas personales de la siguiente manera: “Y hoy, después de dar la Sagrada Comunión a las monjas, antes de la Santa Misa, le dije a Jesús lo que tantas y tantas veces le digo de día y de noche: [...] ‘te amo más que éstas’. Inmediatamente, entendí sin palabras: ‘obras son amores y no buenas razones’. Al momento vi con claridad lo poco generoso que soy, viniendo a mi memoria muchos detalles, insospechados, a los que no daba importancia, que me hicieron comprender con mucho relieve esa falta de generosidad mía. ¡Oh, Jesús! Ayúdame, para que tu borrico sea ampliamente generoso. ¡Obras, obras!”[2].

Como resultado de estas y otras gracias Escrivá se veía “inundado, borracho de gracia de Dios. ¡Qué gran pecado, si no correspondo! Hay momentos —hoy mismo— en que me vienen ganas de gritar: ¡Basta, Señor, basta!”[3].

Las gracias que Escrivá recibió durante el verano y el otoño de 1931 afectaban principalmente a su propia vida interior. Pero no se quedaban ahí. No las había recibido simplemente para enriquecer su vida de unión con Dios, sino para encarnar el espíritu que debía transmitir a los miembros del Opus Dei. Aunque, por el momento, la generosidad de Dios no se manifestó en la llegada de nuevos miembros a la Obra ni en la mejora de la situación de Escrivá: seguía siendo un sacerdote pobre en continuo peligro de ser expulsado de la diócesis de Madrid.

[1] Ibid. p. 417

[2] Ibid. p. 417

[3] Ibid. p. 418

Infancia espiritual

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En Escrivá, el sentido de la filiación divina, el fundamento del espíritu del Opus Dei, estaba estrechamente unido con una actitud espiritual de saberse un niño pequeño a los ojos de Dios. Había leído la “Historia de un alma”, de Santa Teresa de Lisieux, conocida como la “Florecilla”. Además, Mercedes Reyna, una de las Damas Apostólicas, le había dado a conocer aspectos del espíritu de la “Florecilla”, como la idea de “ocultarse y desaparecer” para dar toda la gloria a Dios. Con todo, Escrivá fechaba su descubrimiento del camino de infancia espiritual en el tercer aniversario de la fundación del Opus Dei, el 2 de octubre de 1931, fiesta de los Santos Ángeles Custodios y víspera de la fiesta de la “Florecilla”.

Aquel día, en palabras de Escrivá, “me tomó Teresita y me llevó, con Mercedes, por María, mi Madre y Señora, al Amor de Jesús”[1]. Sus notas sobre la naturaleza exacta de la experiencia son muy parcas, pero nos dan una idea de su esencia: “Le eché piropos y le dije que me enseñe a amar a Jesús, siquiera, siquiera, como le ama él. Indudablemente Santa Teresita (…) quiso anticiparme algo por su fiesta y logró de mi Ángel Custodio que me enseñara hoy a hacer oración de infancia. ¡Qué cosas más pueriles le dije a mi Señor! Con la confiada confianza de un niño que habla al Amigo Grande, de cuyo amor está seguro: Que yo viva sólo para tu Obra —le pedí—, que yo viva sólo para tu Gloria, que yo viva sólo para tu Amor (…). Recordé y reconocí lealmente que todo lo hago mal: eso, Jesús mío, no puede llamarte la atención: es imposible que yo haga nada a derechas. Ayúdame Tú, hazlo Tú por mí y verás qué bien sale. Luego, audazmente y sin apartarme de la verdad, te digo: empápame, emborráchame de tu Espíritu y así haré tu Voluntad. Quiero hacerla. Si no la hago es… que no me ayudas”[2].

Poco después vio una imagen de Jesús Niño, como un pequeño con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos medio cerrados. Se sintió profundamente conmovido por la imagen y la besó tanto que decía, “me lo he comido a besos y … de buena gana lo hubiera robado”[3]. En las siguientes semanas, su devoción a Jesús Niño creció con brincos: “El Niño Jesús, !cómo me ha entrado esta devoción, desde que vi al ‘grandísimo Ladrón’, que mis monjas guardan en la portería de su clausura! Jesús Niño, Jesús-adolescente: me gusta verte así, Señor, porque… me atrevo a más. Me gusta verte chiquitín, como desamparado, para hacerme la ilusión de que me necesitas”[4].

Un elemento importante en la vida de infancia de Escrivá era la participación en las escenas del Evangelio que él contemplaba, al rezar el Rosario o meditar pasajes del Evangelio. Un día de la novena a la Inmaculada Concepción del año 1931, después de la Misa, escribió de un tirón una serie de consideraciones sobre los misterios del Rosario que más tarde sería publicado con el título “Santo Rosario.” En la introducción explicaba que su objetivo era revelar a aquellos que querían servir a Dios de verdad el “secreto que puede muy bien ser el comienzo de ese camino por donde Cristo quiere que anden”:

“Amigo mío: si tienes deseos de ser grande, hazte pequeño.

Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños…, rezar como rezan los niños.

Y todo esto junto es preciso para llevar a la práctica lo que voy a descubrirte en estas líneas:

El principio del camino que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima.

–¿Quieres amar a la Virgen? –Pues, ¡trátala! ¿Cómo? –Rezando bien el Rosario de nuestra Señora.

Pero, en el Rosario… ¡decimos siempre lo mismo! –¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?… ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios? –Además, mira: antes de cada decena, se indica el misterio que se va a contemplar –Tú… ¿has contemplado alguna vez estos misterios?

Hazte pequeño. Ven conmigo y –este es el nervio de mi confidencia– viviremos la vida de Jesús, María y José.

Cada día les prestaremos un nuevo servicio. Oiremos sus pláticas de familia. Veremos crecer al Mesías. Admiraremos sus treinta años de oscuridad… Asistiremos a su Pasión y Muerte… Nos pasmaremos ante la gloria de su Resurrección… En una palabra: contemplaremos, locos de Amor (no hay más amor que el Amor), todos y cada uno de los instantes de Cristo Jesús”[5].

Un ejemplo de esta vida de infancia espiritual se encuentra en las anotaciones que hizo durante su oración el 28 de diciembre de 1931. Ese día era la fiesta de los Santos Inocentes. Cuando visitó el convento de Santa Isabel se enteró de que aquel día las monjas acostumbraban a que una novicia hiciera de priora y la monja más joven de subpriora y dieran órdenes a las monjas mayores. Pensando en ello Escrivá apuntó:

“Niño: tú eres el último burro, digo el último gato de los amadores de Jesús. A ti te toca, por derecho propio, mandar en el Cielo. Suelta esa imaginación, deja que tu corazón se desate también… Yo quiero que Jesús me indulte… del todo. Que todas las ánimas benditas del purgatorio, purificadas en menos de un segundo, suban a gozar de nuestro Dios…, porque hoy hago yo sus veces. Quiero… reñir a unos Ángeles Custodios que yo sé —de broma, ¿eh?, aunque también un poco de veras— y les mando que obedezcan, así, que obedezcan al borrico de Jesús en cosas que son para toda la gloria de nuestro Rey‑Cristo. Y después de mandar mucho, mucho, le diría a mi Madre Santa María: Señora, ni por juego quiero que dejes de ser la Dueña y Emperadora de todo lo creado. Entonces Ella me besaría en la frente, quedándome, por señal de tal merced, un gran lucero encima de los ojos. Y, con esta nueva luz, vería a todos los hijos de Dios que serán hasta el fin del mundo, peleando las peleas del Señor, siempre vencedores con Él… y oiría una voz más que celestial, como rumor de muchas aguas y estampido de un gran trueno, suave, a pesar de su intensidad, como el sonar de muchas cítaras tocadas acordemente por un número de músicos infinito, diciendo: ¡queremos que reine! ¡para Dios toda la gloria! ¡Todos, con Pedro, a Jesús por María!…

Y antes de que este día asombroso llegue al final, ¡oh, Jesús —le diré— quiero ser una hoguera de locura de Amor! Quiero que mi presencia sola sea bastante para encender al mundo, en muchos kilómetros a la redonda, con incendio inextinguible. Quiero saber que soy tuyo. Después, venga Cruz: nunca tendré miedo a la expiación… Sufrir y amar. Amar y sufrir. ¡Magnífico camino! Sufrir, amar y creer: fe y amor. Fe de Pedro. Amor de Juan. Celo de Pablo. Aún quedan al borrico tres minutos de endiosamiento, buen Jesús, y manda… que le des más Celo que a Pablo, más Amor que a Juan, más Fe que a Pedro: El último deseo: Jesús, que nunca me falte la Santa Cruz”[6].

Escrivá sacó gran provecho de la práctica de la infancia espiritual. A comienzos de 1932 empezó a leer atentamente los libros que tuvieran este enfoque, especialmente la “Historia de un alma”, de Santa Teresa de Lisieux. Pero, al contrario que el sentido de la filiación divina, no consideró que la infancia espiritual fuera un camino necesario para todos los miembros del Opus Dei. Dirigirse a Dios como niños pequeños es un modo maravilloso de tratarlo, pero no es el único modo posible. A comienzos de 1932 Escrivá se dio cuenta de que los miembros de la Obra podían familiarizarse con el camino de infancia espiritual, pero que no todos tenían que seguirlo.

[1] Ibid. p. 415, nota 206

[2] Ibid. p. 405

[3] Ibid. p. 406

[4] Ibid. p. 407

[5] Josemaría Escrivá de Balaguer. SANTO ROSARIO. Ediciones Rialp. Madrid, 2001. Introducción

[6] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 413-414

Obras son amores

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Este camino de infancia espiritual fue el detonante de otra gracia extraordinaria en el alma de Escrivá: tenía la costumbre de decir, mientras distribuía la comunión a las monjas de Santa Isabel, “Jesús, no sé lo que te querrán éstas, pero yo te quiero más que todas juntas”[1]. El 16 de febrero de1932 recibió una escalofriante respuesta a esta declaración que escribió en sus notas personales de la siguiente manera: “Y hoy, después de dar la Sagrada Comunión a las monjas, antes de la Santa Misa, le dije a Jesús lo que tantas y tantas veces le digo de día y de noche: [...] ‘te amo más que éstas’. Inmediatamente, entendí sin palabras: ‘obras son amores y no buenas razones’. Al momento vi con claridad lo poco generoso que soy, viniendo a mi memoria muchos detalles, insospechados, a los que no daba importancia, que me hicieron comprender con mucho relieve esa falta de generosidad mía. ¡Oh, Jesús! Ayúdame, para que tu borrico sea ampliamente generoso. ¡Obras, obras!”[2].

Como resultado de estas y otras gracias Escrivá se veía “inundado, borracho de gracia de Dios. ¡Qué gran pecado, si no correspondo! Hay momentos —hoy mismo— en que me vienen ganas de gritar: ¡Basta, Señor, basta!”[3].

Las gracias que Escrivá recibió durante el verano y el otoño de 1931 afectaban principalmente a su propia vida interior. Pero no se quedaban ahí. No las había recibido simplemente para enriquecer su vida de unión con Dios, sino para encarnar el espíritu que debía transmitir a los miembros del Opus Dei. Aunque, por el momento, la generosidad de Dios no se manifestó en la llegada de nuevos miembros a la Obra ni en la mejora de la situación de Escrivá: seguía siendo un sacerdote pobre en continuo peligro de ser expulsado de la diócesis de Madrid.

[1] Ibid. p. 417

[2] Ibid. p. 417

[3] Ibid. p. 418

Espíritu de abandono y vida de infancia espiritual.

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6 Jesús Arellano

1. LA ESPIRITUALIDAD DE CAMINO

«La clara conciencia de la filiación divina, que empapa cada página del libro, le da unidad y ofrece al hombre de hoy una respuesta exhaustiva a sus preguntas», dice certeramente la nota editorial a la 36.’ edición de Camino. Y esa espiritualidad de la filiación divina se modula, junto con otras dimensiones, cardinalmente, en la vida de espíritu de abandono y de infancia espiritual.

La vocación universal a la santidad y al apostolado

Camino habla a los hombres y mujeres de los tiempos nuevos y los impulsa a vivir en el horizonte de una profunda vocación entrañada en la doctrina de la fe: la vocación universal a la santidad y al apostolado.

Varios lustros después de que se recordara en Camino y de que Mons. Escrivá de Balaguer la expandiera por el mundo —hasta hacer penetrarse de ella, como doctrina y como vida, a muchos miles de almas—, el Concilio Vaticano II proclamó la universalidad de la vocación a la santidad y al apostolado, invitando a todos los hombres, al reclamo providente de las inflexiones nuevas de la historia de la salvación, a seguir los caminos divinos ya de por siempre vivientes en el misterio del Cuerpo Místico de Cristo.

La vida de santidad y de apostolado, a que estamos todos llamados por Dios, se presenta en Camino escorzada en luminosas y exactas dimensiones de profundidad, reciedumbre y ternura.

La vida de santidad

Camino impulsa a vivir la santidad a todos los hombres. No sólo a los que, con una vocación específica, se apartan de las circunstancias que integran la existencia en el mundo humano, sino de modo especial —y a ellos señaladamente se dirige— a todos los que viven entrañados en el ordinario quehacer, en los diarios avatares y reclamos, en las tareas y tensiones propias de la vida en medio del mundo, en todas las modalidades del trabajo profesional y del estado social. «Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? —A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”» (Camino, n. 291).

La santidad a que Camino incita es la santidad de los santos, no la del mediocre pasar: arrancando de la puesta en práctica de las virtudes humanas, eleva a cada uno a plasmar en obras interiores y externas las virtudes morales infusas, lo adentra en la plenitud del desarrollo de las virtudes teologales y lo intima en la operatividad divina de los dones del Espíritu Santo. Camino, con mano que aprieta y que acaricia, conduce al hombre cualquiera por los exigentes caminos de la vida ascética y lo lleva, sin solución de continuidad, a los cielos de cruz y de alegría de la vida mística.

Y todo ello se realiza, en la santidad a que Camino nos requiere, dentro de las circunstancias de trabajo y de vida peculiares de cualquier cristiano corriente.

Es aquí, en este sobreelevado plano de avance hasta la profunda santidad de la vida ordinaria en el mundo, donde Camino nos mueve, a la vez con reciedumbre y con ternura, a vivir el espíritu de abandono en Dios y la sencillez heroica de la infancia espiritual.

La vida de apostolado

En todas las páginas de Camino vibra presente la llamada universal a realizar el apostolado como una exigencia intrínseca de la vida del Amor. El cristiano es, por cristiano, apóstol, conforme el mismo Cristo nos enseña, y según el misterio de gracia operante en el crecimiento del Cuerpo Místico en la historia, gracia que se nos comunica a cada uno en el sacramento del bautismo y en los restantes sacramentos.

El mismo sacerdocio común de los fieles es una realidad de gracia operativa en todo hombre cristiano como sacerdocio real (1 Pet 2, 5-9), aunque sus modalidades y facultades de acción no sean las peculiares del sacerdocio ministerial (tan luminosamente exaltado también por Camino en sus características específicas diferenciadas).

Camino, con llamada exigente y gozosa, impele a todos los cristianos a realizar la vocación de apostolado. Una acción apostólica que opera no ya sólo con ocasión de las circunstancias y situaciones de la vida en el mundo, sino desde el mundo mismo, haciendo del trabajo ordinario, mediante su santificación, vía que lleva a buscar a Cristo, a descubrir a Cristo, a encontrar a Cristo, penetrando toda palabra del humano hablar diario del anuncio del evangelio. Con este espíritu evangélico las palabras del común hablar se transfiguran, por obra de la gracia, en palabra operativa que Dios dice a cada hombre concreto, a las colectividades sociales, a las agrupaciones de los hombres de la técnica y de la cultura.

Los rasgos del cristiano apóstol, tal como los plasma, con trazo firme, Camino, responden a los signos de los tiempos nuevos de la historia de la salvación en que nos estamos adentrando. Tiempos radicales. El Espíritu Santo, alma del Cuerpo Místico, no opera acomodándose meramente a los cambios y variaciones de la historia de la humanidad, sino que actúa en la historia llevando la iniciativa, roturando la vida de la humanidad al modo de abrir en su misma entraña surcos nuevos y muchas veces sorprendentes, transformando desde lo más profundo la vida de los hombres, rompiendo los horizontes cegatos del hombre engreído e indigente y abriendo, en el seno de nuestro mismo presente histórico, los horizontes escatológicos del Reino de Dios-Cristo, el misterio de las ultimidades de la historia de la redención.

El momento central y culminante de esta historia —la presencia temporal personal de Cristo Jesús, el Dios encarnado, evangelizador y redentor— fue descrito, en anticipación profética, en el anuncio de los tiempos mesiánicos que hace Isaías (61, 1-11). El Mesías, Cristo Jesús Dios-Hombre, es el Ungido de Dios en el que reside su Espíritu. Él ha venido al mundo a anunciar el evangelio a todos los hombres, a realizar las obras de la redención, a elevar a los hombres a la gracia de ser hijos de Dios, sacerdotes reales, santificadores de cuanto de bueno han creado las naciones, restauradores de las ruinas obradas por la humanidad caída, realizadores de la liberación y de la justicia en la humanidad miserable.

El Cristo Místico, vivo y presente en la Iglesia y en cada cristiano, obra en la historia el cumplimiento hacia su plenitud de la salvadora misión mesiánica. Cada cristiano es «alter Christus» ungido en el bautismo con la gracia de la filiación divina y llamado a participar en la misma vida redentora de Cristo-Dios. Cristo mismo encomendó a los cristianos esta misión. Vivir entregados a ella es ser apóstoles.

Y los cristianos de los tiempos nuevos han de ser apóstoles de los hombres de los tiempos nuevos. Una estremecedora analogía viva se hace manifiesta entre los tiempos mesiánicos —tal como los describe Isaías— del Dios-Cristo físicamente viviente entre los hombres y estos nuestros tiempos nuevos. En aquéllos culminaron a la vez la plenitud de gracia de la encarnación redentora del Dios-Hombre mesiánico y el estado de postración miserable de la humanidad de la existencia mítica. Los tiempos nuestros están marcados también a la vez por una inflexión histórica de profunda miseria de la humanidad y por una abundancia de gracia ofrecida por Dios y ejemplarmente viviente en la apostolicidad de la Iglesia Santa.

La miseria de nuestros tiempos ha querido significarse a sí misma como siendo los tiempos de la «muerte de Dios». Proclama que el hombre ha conseguido los poderes técnicos y culturales que le salvan de todas las servidumbres de la naturaleza cósmica, psíquica y cultural y que le otorgan el señorío de las fuerzas antaño patrimonio y sustancia constitutiva de Dios. Dios ha muerto, proclaman: ha desaparecido del horizonte de la vida y de la cultura humana, y el hombre, sin Dios en este mundo (Eph 2, 12), se rehúnde en formas de miseria más profundamente radicales.

A este estado de miseria radical de gran parte de la humanidad responde Dios con una nueva plenitud de gracia. Suscita en el mundo, del seno mismo del mundo en que viven, innúmeros apóstoles, nuevos santos que se esfuerzan por poner en práctica las enseñanzas de Cristo, hombres corrientes, que viven las mismas tensiones vitales que los hombres sus hermanos, que trabajan en sus mismos trabajos, que se afanan en las mismas tareas de técnica y de cultura, que hablan con el mismo lenguaje palabras de evangelización.

«(…) Estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después… “pax Christi in regno Christi” —la paz de Cristo en el reino de Cristo» (n. 301). Es una santidad apostólica y corredentora la que Camino propone al cristiano corriente, en correspondencia a la vocación universal al apostolado que el Espíritu Santo, alma de la Iglesia, ha puesto de resalte, con clamores nuevos, en los tiempos nuevos.

No pide Camino una vida de apóstol reducida a la medianía gris de una medrosa realización del ser cristiano. Arrancando de una vida de testimonio en la vida corriente, nos eleva a ejercer el temple activo de portadores del mensaje evangélico en todos los ambientes sociales, nos adentra en la conciencia gloriosa de ser cada uno alter Christus, hombres ungidos por el Espíritu presente en nosotros para completar en la historia del Cuerpo Místico en el mundo los anuncios mesiánicos, y nos intima a existirnos en el misterio de ser corredentores con Cristo (cfr. Phil 3, 10; Col 1, 24; 1 Pet. 4, 13). Camino, con apremio que amorosamente exige y que hondamente persuade, conduce al hombre cualquiera por las sendas de la cooperación apostólica con la acción evangelizadora y corredentora de la Iglesia y los lleva, sin solución de continuidad, mediante la entrega total de su propio ser y de todas sus capacidades de vida y de acción, a la identificación con Cristo-Dios Mesías salvador y santificador de todos los hombres.

Y todo ello realizado en las circunstancias del vivir y del trabajar ordinarios.

Es aquí también, en esta sobreelevadora misión apostólica, ínsita al cristiano por la gracia sacramental, donde Camino nos aviva, a la vez con reciedumbre y con ternura, a encontrar todas las eficacias de la vida apostólica en la práctica del espíritu de abandono y en la fuerza operativa de la infancia espiritual.

La espiritualidad de «Camino»

El Espíritu que nos habla en las palabras de Camino es, sólo y todo, el del Evangelio, y su doctrina de vida es, por ello, «vieja como el Evangelio y como el Evangelio nueva». Diseña, con resaltes y escorzos nuevos y conmovedores, una espiritualidad toda y enteramente evangélica, con acentos que, por paradójica modernidad, son eco en vivo de aquellos en que se expresaban los primeros cristianos, la primitiva cristiandad.

A lo largo de las épocas históricas el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia modalidades varias de la vida espiritual, diversas espiritualidades, que no son sino destellos diversiformes de la misma luz, la del espíritu evangélico de santidad y de apostolado. En la radicalidad de nuestros tiempos nuevos, tan profundamente análogos a los del Cristo-Dios de la historia en todos los aspectos de la vida y de la cultura humana, las distintas modalidades de espiritualidad, los variados destellos con que ha ido iluminando a los hombres a lo largo de las épocas anteriores de la historia de la salvación, confluyen en esta espiritualidad que sólo es nueva por esencial, por prístinamente evangélica.

Tal espiritualidad evangélica se hace presente, y de esa misma manera evangélica, en la espiritualidad del abandono y de la vida de infancia proclamada, en invocación universal, para todos y cada uno de los cristianos corrientes.

El lenguaje de «Camino»

Camino no es un tratado de teología. Pero su lenguaje es teologal, transido de todas las luces operativas y de todas las conmociones santificadoras peculiares del don de sabiduría, del don del Amor. Camino mueve y conmueve al hombre, lo estremece y lo anima, con locuciones de Dios que se le adentran en el alma y, si el hombre no se cierra sino que se abre a la gracia, lo tranforman con iluminaciones, llamadas, impulsos divinos, respuestas de Dios —obradoras de gracia— a los problemas, congojas, tensiones, alegrías, ideales que el hombre propone (unas veces con las palabras de silencio en que se desgarra o se efusiona su alma, otras veces, con frecuencia incluso, sin ser plenamente consciente de ello) al Padre nuestro que está en los cielos y a nuestro lado (cfr. Camino, n. 267).

Con aquel modo de espiritualidad y con este lenguaje de oración viviente, Camino nos persuade a existir endiosados las exigentes, consoladoras y operativas lumbres de cruz y de gloria de la vida de abandono y de infancia espiritual.

La vida de abandono en Dios y de infancia espiritual, principio y plenitud de la Caridad

La plenitud de la vida de abandono y de infancia espiritual se acabala en la plenitud del Amor. Pero lo que está en el final está presente ya en el comienzo.

Camino nos exhorta, desde el comienzo de la vida espiritual y a lo largo de ella y hasta el final, a la lucha ascética, por la que el hombre pone en juego, en su correspondencia a la gracia, todas las capacidades y medios que están a su alcance. Conforme el hombre se adentra en la vida de Amor, esapermanente lucha ascética se hace a la vez más vigorosa y más confiada, más rigurosa y más dulce, más gloriosa y más humillada. Es la gracia, que sana a la naturaleza caída y hace al hombre capaz de querer eficazmente el bien; y son las virtudes teologales y los dones del Espíritu

Santo, que cuanto más crecen en nosotros nos hacen conocer y sentir más hondamente nuestra inanidad en el orden de la gracia y el Amor infinito por el que Dios es todo en nosotros. En el misterio de gracia de la vida de abandono y de infancia espiritual Jesús es el alfa y la omega, el principio y el fin (Apc 21, 6), el Amor que nos sostiene en nuestra lucha de correspondencia, el Amor que nos inunda al entregarnos a Él.

Camino habla a todos los hombres: no sólo por su lingüística diáfana, directa, accesible a todos, sino, más hondamente, por la misma espiritualidad que obra en las almas. Habla a todos: sea cual fuere su estado social y su nivel cultural, sea cual fuere su edad biológica o espiritual, sea cual fuere su condición humana de sexo o de profesión, sean cuales fueren las circunstancias vitales en que se desenvuelve, y, más en definitiva, sea cual fuere el estado o nivel de vida cristiana en que se encuentre.

No es un libro para ser leído una sola vez o diversas veces pero dentro de unas invariadas circunstancias vitales y de un nivel de vida espiritual cuyo fluir se ha estancado. Camino acompaña siempre, dialogándonos nuestras preocupacines en el curso variable de la existencia, impulsándonos, cada vez de nuevo, a metas más elevadas y más profundas, ofreciéndonos la palabra de fuerza, de consuelo, de exigencia, de consejo o de luz justamente acertada para cada una de las etapas o edades de la vida interior y del apostolado.

Confirma esta aseveración el hecho de una experiencia de cincuenta años, durante los cuales Camino viene siendo el libro guía y la diaria palabra espiritual operativa e iluminante para millones de lectores desde que éstos despiertan al deseo de Dios y a lo largo de las fases y avatares posteriores de su vivir el Amor de Dios. Camino es libro del incipiente, del proficiente y del perfecto, o si se quiere, para decirlo con análoga terminología tópica, Camino es palabra viva con igual eficacia conmovedora y lumbrosa para los que se están abriendo al Amor en la vía de purificación, para aquellos cuya alma se adentra en el Amor en la vía de iluminación y para quienes se abisman en el Amor en la vía de unión.

Sucede ello porque Camino habla con lenguaje teologal esencialmente evangélico: así como es la misma gracia que se nos comunica en el principio la que alcanza su plenitud al final, es la misma palabra de vida que se nos dice en los comienzos la que al final adquiere en el alma su luminosa y plena explicitación operativa.

Camino, ya en el comienzo mismo de la existencia de Amor para la que nos inquieta a desvelamos, nos introduce en la vida de abandono y de infancia espiritual. Con ello imprime en el alma el sello de esta espiritualidad, que irá creciendo hacia la plenitud de gracia de la consumación en la Caridad, caracterizada por el total abandono en Dios y por la plena intimidad con Dios sentido y vivido como Amor paternal y misericordioso.

2. NECESIDAD DE DIOS

Necesitamos a Dios. Tenemos la experiencia de la necesidad de Dios, aun cuando en muchos casos no acertemos a dar ese nombre a nuestra inquietud o a nuestro estado de angustiada o de abandonada indiferencia.

Buscamos a Dios por nuestra necesidad de Él. A veces sin saberlo, con desgarros o con ternuras cuyo explícito sentido no nos es entendible, pero que Dios escucha y comprende como clamor de palabras diáfanas que le invocan.

Es el amor de deseo: somos indigentes y buscamos la plenitud de vida que sólo crea el Amor; vivimos atarantados, dispersos, inmersos en el tráfago aturdiente, cegador o estragador del trajín mundanal y anhelamos, hasta sin percatamos de ello, el descanso creador de la paz, que sólo Dios puede obrar en nosotros.

Nuestro Padre-Dios presente, cercano e íntimo

No sabíamos del Dios presente o lo pensábamos lejano. Pero Él estaba ya a nuestro lado y como Padre amoroso nuestro. Camino nos llama a descubrir esa presencia y a hacerla viva y operativa en nuestra alma: «Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. Y está como Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando. (…) Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos» (n. 267).

Las palabras de Camino nos llevan a evocar en nosotros a Dios como presencia y cercanía íntimas, que nos envuelve con su cariño, que nos sostiene y anima, que responde, en el secreto de nuestro corazón, a las preguntas conscientes o subconscientes de nuestro existir, y que se nos manifiesta en el seno de las circunstancias y ocasiones ordinarias de la vida, llamándonos, ayudándonos en nuestro explícito o confuso modo de corresponder a la gracia (cfr. Camino, nn. 265-278). Por eso «Recógete. —Busca a Dios en ti y escúchale» (n. 319).

Dios, Padre amoroso, sale a nuestro encuentro y nos convertimos a Él

En la encarnación y redención del Hijo de Dios se realizó culminantemente este profundo misterio del Amor: Dios es el amor… En eso está el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó (1 Ioh 4, 8 y 10). Dios nos amó primero y creó en nosotros el amor. Este misterio se reitera continuamente. Dios-Amor nos sale al encuentro en todo momento, en las circunstancias ordinarias del vivir. Así te ha buscado Dios «en el ejercicio de tu profesión» (n. 799), te ha llamado a seguirle, a convertirte a él.

Nos llama a cumplir en nosotros esta invitación amorosa: «Al regalarte aquella Historia de Jesús, puse como dedicatoria: “Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo”.

—Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?» (n. 382).

Nos convertimos a Dios. Queremos amarle. Hay una profunda convicción que Dios nos pide: «No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado» (n. 386).

Nos resolvemos a corresponder a la gracia con el cumplimiento del deber (cfr. Camino, n. 362), con nuestro vivir entrañadamente la presencia de Dios (cfr. n. 266). Y todo ello con la confianza y conforme al reclamo propios del hijo respecto a su Padre: «Los hijos… ¡Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres! —Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ¡cómo procuran guardar la dignidad de la realeza! Y tú… ¿no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre-Dios?» (n. 265).

Guiados por las locuciones de Dios vamos siendo elevados a comprender el sentido, a llenarnos del gusto, a ser atraídos por el ideal de santidad de la vida sobrenatural y por el deseo de santidad en medio del mundo (cfr. Camino, nn. 279, 280, 282, 283, 286, 291, 297, 320). Y en este afán nos sorprende, en medio de la calle, en una circunstancia cualquiera, que Dios nos enllena del misterio que nos reveló por su Apóstol: que el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Rom 8, 16): «Padre, (…) pensaba en lo que usted me dijo… ¡que soy hijo de Dios!, y me sorprendí por la calle, “engallado” el cuerpo y soberbio por dentro… ¡hijo de Dios! (…)» (n. 274).

Correspondencia filial a la gracia y lucha interior

Necesitamos corresponder al Amor de Dios. Es preciso que nos esforcemos resolviéndonos a hacer propósitos (cfr. Camino, nn. 247, 249, 251), a perseverar (cfr. n. 285). Pero somos débiles. Nuestra naturaleza es frágil y está dañada. Necesitamos luchar (cfr. nn. 255, 306, 308, 318, 720). Pero luchemos con confianza de abandono en Dios, con tácticas y estrategias de pequeños que quieren cumplir la voluntad de su Padre.

Con confianza de abandono. Voluntariedad actual que deja en manos de Dios los agobios, las preocupaciones del ayer y del mañana, de otras luchas que pueden sobrevenir: «Pórtate bien “ahora”, sin acordarte de “ayer”, que ya pasó, y sin preocuparte de “mañana”, que no sabes si llegará para ti» (Camino, n. 253): «Pregúntate muchas veces al día: ¿hago en este momento lo que debo hacer?» (n. 772): «(…) en cada instante de cada día trataré de cumplir con generosidad la Voluntad de Dios» (n. 776). Confianza de quien hasta la turbación de su miseria la fía a Dios: «No te turbes si al considerar las maravillas del mundo sobrenatural sientes la otra voz —íntima, insinuante— del hombre viejo. Es el “cuerpo de muerte” que dama por sus fueros perdidos… Te basta la gracia: sé fiel y vencerás» (n. 707).

Con tácticas y estrategias de pequeños que conocen su pequeñez y que luchan lo grande en lo pequeño: «(…) Con generosidad y como un niño, dile: ¿qué me irás a dar cuando me exiges “eso”?» (n. 153); «¡Cuántas veces te propones servir a Dios en algo… y te has de conformar, tan miserable eres, con ofrecerle la rabietilla, el sentimiento de no haber sabido cumplir aquel propósito tan fácil!» (n. 176); «Rectificar. —Cada día un poco. —Esta es tu labor constante si de veras quieres hacerte santo» (n. 290). Ofrecer lo poco que eres o tienes: «(…) Dale tú lo que puedas dar: no está el mérito en lo poco ni en lo mucho, sino en la voluntad con que lo des» (n. 829); y mantener una lucha en las «cosas pequeñas» (cfr. Camino, nn. 822, 823, 825-828).

Y la confianza filial en la Madre de Dios y nuestra: «Antes, solo, no podías… —Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil!» (n. 513).

Tentaciones

Las concupiscencias de pecado y los enemigos del alma anieblan nuestro mundo interior, entenebrecen nuestro mundo circundante, se insinúan en el seno de nuestra miseria frágil para el mal, malversan nuestros deseos, nuestras inclinaciones.

Para vencerlas hemos de poner en juego la esperanza del cielo (cfr. n. 139) y el temor filial mediante la conciencia viva de las postrimerías de muerte, juicio e infierno (cfr. nn. 141, 734-753), la sinceridad y la confianza en la dirección espiritual (cfr. nn. 64, 715), la evitación de las ocasiones (cfr. n. 714), el examen de conciencia, etc.

Pero hay que enfrentarlas con la confianza del que se sabe pequeño y lucha en lo pequeño para vencer en lo capital: mediante la fidelidad en lo poco que asegura la fidelidad en lo mucho (cfr. n. 243), mediante la «táctica militar» de mantener al enemigo en la lucha en lo pequeño y lejos de los «muros capitales» del alma (cfr. n. 307).

Y definitivamente mediante el acogerse confiado al amparo maternal de la Virgen y a la protección fraternal del Custodio: «¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha» (n. 516); «Ama a la Señora. Y Ella te obtendrá gracia abundante para vencer en esta lucha cotidiana. —Y no servirán de nada al maldito esas cosas perversas, que suben y suben, hirviendo dentro de ti, hasta querer anegar con su podredumbre bienoliente los grandes ideales, los mandatos sublimes que Cristo mismo ha puesto en tu corazón. (…)» (n. 493). «Acude a tu Custodio, a la hora de la prueba, y te amparará contra el demonio y te traerá santas inspiraciones» (n. 567, y cfr. n. 566).

Caídas, pecados y arrepentimiento

Pese a nuestra resolución y a nuestra lucha interior, nuestra naturaleza de miseria, dañada y débil, sucumbe a veces a las seducciones de la concupiscencia y a los embates de los enemigos del alma. Es la caída, el pecado.

El pecado nos destruye existencialmente: somos privados de la gracia sobrenatural y nos rehundimos en el estragamiento de nuestra naturaleza. Pero anhelamos al Dios que hemos rehuido y sentimos la angustiada necesidad de salvarnos de nuestro estado de existencia enmalecido, herido, caído.

Nos convertimos de nuevo a Dios por el arrepentimiento. El arrepentimiento, al iluminar nuestra conciencia de pecado, nos hace patente a la vez, por una parte, la nada de nuestro ser caído, nuestra impotencia para recobrar la existencia en plenitud que crea en nosotros la gracia, y por otra parte nos hace sentirnos invadidos por el Amor Misericordioso, por el perdón de nuestro Padre-Dios, que se nos ofrece acogedor y nos salva de la más que anonadación que hace el pecado mediante la más que Omnipotencia que es el poder de la Misericordia divina.

Las palabras de Camino se adentran en nosotros como locuciones de nuestro Padre-Dios que nos solicita y mueve al arrepentimiento y que, por ello, nos penetran de la conciencia de nuestra debilidad y de nuestra nada a una con la evidencia del Amor Misericordioso que nos salva, nos sana y nos fortalece. Nos llevan así, cuando pecadores arrepentidos, a vivir el abandono al Amor Misericordioso, a la confianza filial en nuestro Padre-Dios redentor y salvador y a la conciencia humillada, pero esperanzada y alegre, de nuestra nada.

Abandono al Amor Misericordioso que nos acoge. «Otra caída… y ¡qué caída!… ¿Desesperarte? No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor Misericordioso de Jesús. —Un “miserere” y ¡arriba ese corazón! —A comenzar de nuevo» (Camino, n. 711). «¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! —Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona. ¡Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia!» (n. 309). «Dolor de Amor. —Porque Él es bueno. Porque es tu Amigo, que dio por ti su Vida. —Porque todo lo bueno que tienes es suyo. —Porque le has ofendido tanto… Porque te ha perdonado… ¡El!… ¡ ¡ a ti!! —Llora, hijo mío, de dolor de Amor» (n. 436). «Nunca te desesperes. Muerto y corrompido estaba Lázaro: “Jam foetet, quatriduanus est enim” —hiede, porque hace cuatro días que está enterrado, dice Marta a Jesús. Si oyes la inspiración de Dios y la sigues —”Lazare, veni foras!” —Lázaro, sal afuera!—, volverás a la Vida» (n. 719).

Nuestro Padre-Dios nos quiere niños confiados y sencillos en el arrepentimiento. «(…) ¡Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ¡ya no lo haré más! —Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo… —Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende…, a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien! Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor (…)» (n. 267). «Que tus faltas e imperfecciones, y aun tus caídas graves, no te aparten de Dios. —El niño débil, si es discreto, procura estar cerca de su padre» (n. 880). ‘

Y nuestra confianza filial, de hijos pecadores, cobra aún en más, si cabe, acentos de ternura con nuestra Madre Santa María: «Confía. —Vuelve. —Invoca a la Señora y serás fiel» (n. 514), porque «A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María» (n. 495).

El abandono y la confianza filial en Dios iluminan la conciencia de nuestra nada y ahondan nuestra humillación, y nos llevan a sabernos incapaces, por nosotros, de lograr la vida de la gracia, pero confiadamente capaces de conquistarla hasta la santidad si correspondemos al Padre-Dios Misericordioso que se nos entrega en nuestro arrepentimiento. «Padre: ¿cómo puede usted aguantar esta basura? —me dijiste—, luego de una confesión contrita. —Callé, pensando que si tu humildad te lleva a sentirte eso —basura: ¡un montón de basura!—, aún podremos hacer de toda tu miseria algo grande» (n. 605). «Te has portado bien.., aunque hayas caído así de hondo. —Te has portado bien, porque te humillaste, porque has rectificado, porque te has llenado de esperanza, y la esperanza te trajo de nuevo al Amor (…)» (n. 264). «Comulga. —No es falta de respeto. —Comulga hoy precisamente, cuando acabas de salir de aquel lazo. —¿Olvidas que dijo Jesús: no es necesario el médico a los sanos, sino a los enfermos?» (n. 536). «Es verdad que fue pecador. (…), no olvides que aún puede ser un Agustín, (…)» (n. 675).

Mortificación

La experiencia de que caemos, incluso, a veces, pese a nuestra buena disposición para seguir los mandamientos de vida de nuestro Dios, nos revela, experimentalmente también, lo que por fe sabemos: que nuestra naturaleza está dañada, trabajada desde dentro por las tensiones concupiscentes, que somos «carne», esto es, en uno de los sentidos de este término en la tradición neotestamentaria, todo lo que en nosotros no es, por naturaleza o por gracia, Espíritu de Dios. Necesitamos la mortificación, la purificación activa de nuestros sentidos, imaginación, memoria, pasiones, pensamiento, voluntad. Éstos han de ser mortificados en su dinamismo estragado concupiscente y liberados en su dinamismo de naturaleza sanada y sobreelevada por la gracia, a fin de que nos abramos resueltamente, mediante la correspondencia a la acción de Dios, a la vida del Amor en la santidad y en el apostolado.

Camino nos exhorta a esta mortificación, a esta valiente purificación sacrificada que nos abre al Amor de Dios y de nuestros hermanos los hombres (cfr. nn. 172-207). Nos persuade de su necesidad (cfr. nn. 175, 180, 187). Hemos de mortificar, en purificación activa, nuestro cuerpo y nuestros sentidos (cfr. nn. 181-184, 196, 681, 682, 191, 206, 78), la lengua (cfr. nn. 656, 654, 281, 131, 25), la imaginación (cfr. n. 283), el pensamiento (cfr. nn. 13, 442), etc.

Pero también en la mortificación hemos de ser varonilmente niños, mortificarnos en lo pequeño y al modo de los pequeños: «(…) Le vimos luchar, durante meses y años (…), a la hora del desayuno: hoy vencía, mañana era vencido… Apuntaba: “no tomé mantequilla…, ¡tomé mantequilla!” —Ojalá también vivamos —tú y yo— nuestra… “tragedia” de la mantequilla» (n. 205). «¡Cuánto te cuesta esa pequeña mortificación! —Luchas. —Parece como si te dijeran: ¿por qué has de ser tan fiel al plan de vida, al reloj? —Mira: ¿has visto con qué facilidad se engaña a los chiquitines? —No quieren tomar la medicina amarga, pero… ¡anda! —les dicen—, esta cucharadita, por papá; esta otra por tu abuelita… Y así, hasta que han ingerido toda la dosis. Lo mismo tú: un cuarto de hora más de cilicio por las ánimas del purgatorio; cinco minutos más por tus padres; otros cinco por tus hermanos de apostolado… Hasta que cumplas el tiempo que te señala tu horario. Hecha de este modo tu mortificación, ¡cuánto vale!» (n. 899).

Y, en todo, viviendo la mortificación con espíritu de abandono, especialmente en cuanto a dejar en manos de Dios la iniciativa de las ocasiones de mortificación en las circunstancias que Él quiera, en las situaciones mortificadoras que nos trae la vida ordinaria, en los roces y contrariedades de la convivencia con nuestros hermanos los hombres (cfr. n. 20), en la aceptación de los sacrificios que nos reclama la vida de comprensión y de caridad con todos: «Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes… Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior» (n. 173).

Virtudes, vicios y defectos

Conforme vamos avanzando en el arrepentimiento y en la mortificación purificadora, la gracia operante en nosotros va desplegando ante nuestros ojos las luces de un haz de virtudes cuya realización hace que todo nuestro ser viva orientado a Dios Santidad y Amor. Camino las ilumina en nuestra conciencia a la vez que conmueve nuestra voluntad con el ideal de vivirnos en y desde ellas.

Son las virtudes naturales y morales. Su multiplicidad no nos descorazona; Camino nos conduce, con luces interiores, a comprender y vivir que todas ellas, como resplandores diferentes, brotan unificadas de una sola luz, el Amor; o, como dirían los teólogos, todas las virtudes tienen un mismo motivo formal, el de vivir la Caridad, el Amor.

Camino, con palabras iluminantes y operativas, nos conmueve a ser hombres de carácter y de criterio (cfr. nn. 4, 5, 33), a vivir la reciedumbre y la valentía (cfr. nn. 17-19, 21-23, 36, 44, 48, 54, 193, 275, 509, 615), la magnanimidad (cfr. nn. 7, 39, 12, 14, 16), la serenidad (cfr. nn. 8-10), la generosidad (cfr. n. 30), la ejemplaridad (cfr. n. 11), la veracidad (cfr. n. 34), la tenacidad (cfr. n. 42), el orden (cfr. nn. 79, 80), el propio conocimiento (cfr. n. 50), la pureza (cfr. nn. 125, 133, 143, 144), el querer eficaz (cfr. nn. 316, 364), la alegría (cfr. nn. 657 y passim), el estudio y el trabajo (cfr. nn. 332, 337, 340, 341, 343, 345, 359), el aprovechamiento del tiempo (cfr. n. 355), la audacia (cfr. nn. 401, 24), la sinceridad (cfr. nn. 65 y otros), el pudor y la modestia (cfr. nn. 128, 511), etc.

La experiencia del espíritu de arrepentimiento y de mortificación va, a la vez y solidariamente, por la gracia operante en nuestra alma, haciéndonos cobrar una conciencia viva, cada vez más nítida, de nuestros vicios y defectos. Son las sombras opacas de un único foco de tiniebla: el desviarnos de nuestra conversión a Dios Santidad y Amor. Camino nos los va haciendo patentes, de una manera operativa, en contraste con las virtudes, en su carácter de raíz de nuestras caídas y fallos en la búsqueda de la santidad y en el afán de eficacia del apostolado. La falsa prudencia (cfr. n. 35), la figura falseada del «caballero cristiano» (cfr. n. 683), la falsa transigencia (cfr. nn. 393-396), la susceptibilidad (cfr. n. 43), el engolamiento (cfr. n. 47), la curiosidad y el exhibicionismo (cfr. nn. 48, 50), el mal «espíritu crítico» (cfr. nn. 52, 53) y todas las contra-virtudes de las virtudes antes descritas.

En este afán de vivir las virtudes y de evitar los vicios y defectos, Camino nos induce a realizarlo todo con la humildad y la audacia -por confianza en Dios- características del espíritu de abandono. Así, por ejemplo, respecto a la pureza: «La santa pureza la da Dios cuando se pide con humildad» (n. 118). «”Domine!” -¡Señor!-, “si vis, potes me mundare” -si quieres, puedes curarme. -¡Qué hermosa oración para que la digas muchas veces con la fe del leprosito cuando te acontezca lo que Dios y tú y yo sabemos! -No tardarás en sentir la respuesta del Maestro: “volo, mundare” -quiero, ¡sé limpio!» (n. 142). Y el modo de lucha sugerido por nuestra conciencia de debilidad propia de la vida de infancia ante los peligros que pueden vencer nuestra flaqueza: «No tengas la cobardía de ser “valiente”: ¡huye!» (n. 132). Y la confianza filial en nuestra Madre: «La Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, aquietará tu corazón, cuando te haga sentir que es de carne, si acudes a Ella con confianza» (n. 504).

Para todas las virtudes, Camino nos anima a vivir la sencillez y el amor filial característicos de la vida de infancia y abandono: «(…) La sencillez es como la sal de la perfección (…)» (n. 305); «El amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza» (n. 492); «¡Animo! Tú… puedes. —¿Ves lo que hizo la gracia de Dios con aquel Pedro dormilón, negador y cobarde…, con aquel Pablo perseguidor, odiador y pertinaz?» (n. 483).

Virtudes teologales y dones del Espíritu Santo

Latiendo en nuestra alma a través de nuestra lucha interior, de nuestras conversiones de arrepentimiento, de nuestro afán de purificación y de práctica de las virtudes naturales y morales, están las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo.

La elevación y el ahondamiento en la vida misma de Dios, mediante las virtudes teologales, y la correspondencia activa y dócil a los dones del Espíritu Santo, atraviesan, desde el comienzo hasta el final, las páginas de Camino. Así sucede con la fe, la esperanza y la caridad y con los dones de temor filial, consejo, fortaleza, ciencia, inteligencia, piedad, sabiduría o amor.

Y en todo ello, Camino nos invoca a vivir el espíritu de infancia y abandono. Pedimos el Amor a la manera de los niños: «Dios mío, te amo, pero… ¡enséñame a amar!» (n. 423). Y también a la manera de los niños vivimos la presencia en nosotros del Amor: «¿Saber que nos quieres tanto, Dios mío, y… no me he vuelto loco?» (n. 425). Luchamos en las cosas pequeñas: «Hacedlo todo por Amor. —Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. —La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo» (n. 813); «Un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale!» (n. 814 y cfr. nn. 815, 817, 819). Con espíritu de humildad: «Pide humildemente al Señor que te aumente la fe (…)» (n. 580). Conespíritu de docilidad: «(…) El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones» (n. 57). Con espíritu de temor filial: «”Timor Domini Sanctus”. —Santo es el temor de Dios. —Temor que es veneración del hijo para su Padre, nunca temor servil, porque tu Padre-Dios no es un tirano» (n. 435).

Desánimos, consuelos y correspondencia a la gracia

Pero somos frágiles. Nuestra naturaleza débil desfallece a veces en nuestra lucha de Amor. Camino nos ilumina las causas y orígenes de estos desalientos; son a veces las añagazas desanimadoras del demonio (cfr. n. 6), o el no haber correspondido nosotros poniendo los medios que Dios nos ofrece (cfr. n. 324). Nos anima a confiar en la fuerza de sostén y ayuda que es vivir la comunión de los santos (cfr. nn. 545-547, 549).

Pero ante todo nos conmueve a ver nuestros desfallecimientos conforme los ve y comprende el Corazón de Dios y a vencerlos mediante el abandono y la confianza filial, en especial con la Virgen: «Todos los pecados de tu vida parece como si se pusieran de pie. —No desconfíes. —Por el contrario, llama a tu Madre Santa María, con fe y abandono de niño. Ella traerá el sosiego a tu alma» (n. 498). «¿Que por momentos te faltan las fuerzas? —¿Por qué no se lo dices a tu Madre: “consolatrix afflictorum, auxilium christianorum…, Spes nostra, Regina apostolorum” ?» (n. 515).

Abandonándonos a Dios con espíritu de Amor y de abnegación, seremos animosos siempre: «”Se me ha pasado el entusiasmo”, me has escrito. —Tú no has de trabajar por entusiasmo, sino por Amor: con conciencia del deber, que es abnegación» (n. 994). La humildad de abandono nos llevará a comprender esto: «Precisamente tu vida interior debe ser eso: comenzar… y recomenzar» (n. 292).

Nuestro Padre-Dios nos ayuda con consuelos, con luces; pero, conforme al espíritu de abandono y de infancia, a la vez que apoya nuestra debilidad estimula nuestra correspondencia a la gracia. «Ya que el Señor me ayuda con su acostumbrada generosidad, procuraré corresponder con un “afinamiento” de mis modos (…)» (n. 313). «¡Luces nuevas! —¡Qué alegría tienes porque el Señor te hizo descubrir otro Mediterráneo! —Aprovecha esos instantes: es la hora de romper a cantar un himno de acción de gracias: y es también la hora de desempolvar rincones de tu alma, de dejar alguna rutina, de obrar más sobrenaturalmente, (…)» (n. 298).

Camino nos eleva, suavemente, a vivir abandonados a Dios, a darle gracias por lo que nos da y por lo que permite que suframos, a saber —sabrosamente, por gozosa aceptación— que nuestro Padre-Dios todo lo dispone para nuestro bien: «Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes (…) Dale gracias por todo, porque todo es bueno» (n. 268). «Vamos: Después de tanto “¡Cruz, Señor, Cruz!”, se ve que querías una cruz a tu gusto» (n. 989). «Tienes una pobre idea de tu camino, cuando, al sentirte frío, crees que lo has perdido: es la hora de la prueba; por eso te han quitado los consuelos sensibles» (n. 996).

Los respetos humanos y la pereza espiritual

El mundo enemigo del alma nos acosa desde fuera para apartarnos de nuestra conversión a Dios. La «carne», como conjunto activo de malas concupiscencias, nos acosa desde dentro para que dejemos de corresponder a las mociones del Amor.

El mundo, como enemigo del alma, se emplea en envolvemos en su insidiosa trama de «respetos humanos»; el mundo-enemigo llama al bien, mal, y al mal, bien; mediante los «respetos humanos» trata de apartarnos del bien como si fuera mal y de inducirnos al mal como si fuera bien, o, al menos, de paralizarnos en nuestra correspondencia al Amor.

Camino nos enseña, con palabra operativa, a tomar conciencia de ello y a vencer los respetos humanos mediante la humillación y el no hacerles caso (cfr. nn. 45, 51, 197, 725); pero sobre todo a vencer al mundo y sus «respetos humanos» mediante la «santa desvergüenza» característica de la vida de infancia espiritual (cfr. n. 389). «¿Si tienes la santa desvergüenza, qué te importa del “qué habrán dicho” o del “qué dirán” ?» (n. 391). «Convéncete de que el ridículo no existe para quien hace lo mejor» (n. 392). «Ríete del ridículo. —Desprecia el qué dirán. Ve y siente a Dios en ti mismo y en lo que te rodea. —Así acabarás por conseguir la santa desvergüenza que precisas, ¡oh paradoja!, para vivir con delicadeza de caballero cristiano» (n. 390).

Camino nos alerta para salvarnos de la pereza espiritual, en la que a veces recae la debilidad de nuestra carne; nos anima a evitar la disipación (cfr. nn. 146, 375), el abotargamiento (cfr. n. 348), la desidia, la dejadez (cfr. n. 348), la despreocupación por los pecados veniales (cfr. nn. 327, 328, 330) y diversas causas y manifestaciones de la pereza espiritual y la tibieza (cfr. nn. 356-358, 368, 325, 331).

Oración y vida interior

La vida interior espiritual ha ido creciendo y fortaleciéndose en nosotros, impregnando las acciones exteriores e internas, activando las actitudes operativas y contemplativas. Camino nos lleva a la práctica de los diversos medios y de los distintos ejercicios y actos, a la participación en los sacramentos y en el sacrificio eucarístico: la dirección espiritual (cfr. nn. 56, 60, 62, 63), el «plan de vida» (cfr. nn. 76, 77), la lectura espiritual (cfr. nn. 116, 117), el examen de conciencia (cfr. nn. 235, 236, 238-240), la Santa Misa (cfr. n. 530), etc.

Todo es vida de oración. Camino nos introduce y nos guía en la vida de oración contemplativa en medio y dentro de las circunstancias de la vida ordinaria. Nos son necesarios tiempos de oración, es decir, ratos de la duración que en cada caso y para las determinadas circunstancias sea aconsejable, en los que el trato amoroso con Dios se adense, liberado de dispersiones externas e internas, se intime, desembarazado del acuciamiento de las ocupaciones y preocupaciones, se trascienda, desvinculado de todo lo que no sea amor puro o no sea evocado por este amor y penetrado y sobrenaturalizado por él.

Camino es maestro activo de la oración: nos enseña; nos conduce, nos guía, nos eleva.

Nos persuade de la necesidad de la oración (cfr. nn. 83, 87). Nos lleva por caminos de sencillez en la oración: «¿Que no sabes orar? —Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: “Señor, ¡que no sé hacer oración!…”, está seguro de que has empezado a hacerla» (n. 90); «Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero ¿de qué?” —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimiento de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”» (n. 91).

Hemos de orar con sencillez, confianza y ternura de niños: «Pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre —Jesús— y a decirle que le quieres» (n. 303).

Nos induce operativamente a vivir en la oración el espíritu de confianza y abandono: «(…) ¿cómo no frecuentas cada día con mayor intensidad la compañía, la conversación con el Gran Amigo, que nunca traiciona?» (n. 88). «Habla Jesús: “Así os digo yo: pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”. Haz oración (…)» (n. 96). «(…) Di a Jesús, realmente presente en el Sagrario, las preocupaciones de la jornada. —Y tendrás luces y ánimo para tu vida de cristiano» (n. 554). «No sabes qué decir al Señor en la oración. No te acuerdas de nada, y, sin embargo, querrías consultarle muchas cosas. —Mira: toma algunas notas durante el día de las cuestiones que desees considerar en la presencia de Dios. Y ve con esa nota luego a orar» (n. 97).

Tratemos siempre a nuestro Padre-Dios en la oración con la sencillez, espontaneidad, humildad y correspondencia propias de la vida de infancia espiritual, porque «(…) Los católicos, hijos de Dios, hablamos con el Padre nuestro que está en los cielos» (n. 115). Así, las distracciones no son obstáculo sino que se convierten en motivos de presencia de Dios: «Te distraes en la oración. —Procura evitar las distracciones, pero no te preocupes si, a pesar de todo, sigues distraído. ¿No ves cómo en la vida natural, hasta los niños más discretos se entretienen y divierten con lo que les rodea, sin atender muchas veces los razonamientos de su padre? —Esto no implica falta de amor, ni de respeto: es la miseria y pequeñez propias del hijo. —Pues, mira: tú eres un niño delante de Dios» (n. 890). Por eso «cuando hagas oración haz circular las ideas inoportunas, como si fueras un guardia del tráfico: para eso tienes la voluntad enérgica que te corresponde por tu vida de niño. —Detén, a veces, aquel pensamiento para encomendar a los protagonistas del recuerdo inoportuno. ¡Hala!, adelante… Así, hasta que dé la hora. —Cuando tu oración por este estilo te parezca inútil, alégrate y cree que has sabido agradar a Jesús» (n. 891). «Perseverar. —Un niño que llama a una puerta, llama una y dos veces, y muchas veces…, y fuerte y largamente, ¡con desvergüenza! Y quien sale a abrir ofendido, se desarma ante la sencillez de la criaturita inoportuna… —Así tú con Dios» (n. 893).

Apostolado

Vida interior y apostolado son dos dimensiones de la misma vida de Amor. Una vida espiritual interior sin apostolado no sería una vida de Amor de Dios: aniquilaría el mismo espíritu de fecundidad del Amor que la constituye. Una vida de apostolado sin vida interior no sería una vida de amor de Dios: sólo tendría la cáscara exterior de su apariencia, pero carecería del germen vivo de la fecundidad de almas.

Camino nos invoca unas veces al apostolado al removernos para realizar las virtudes, evitar los vicios, vivir la oración: nos presenta entonces el apostolado, es decir, la dimensión corredentora del Amor de Dios en nosotros, como, por decirlo así, motivo formal de la lucha ascética y de la vida contemplativa. En otros muchos de sus puntos, nos invoca a la realización de la vida interior ascética y contemplativa al removernos para hacer realidad la vida apostólica: nos presenta entonces la vida ascética y contemplativa, es decir, la dimensión santificadora del Amor de Dios en nosotros, como motivo formal del apostolado. Sucede así porque la vida concreta, o por decirlo con pleonasmo expresivo, la vida viva, sobre la que inciden las locuciones y mensajes de Camino es, solidaria y unitariamente, vida espiritual y vida apostólica en todas las situaciones y circunstancias (cfr. nn. 922 y pass im).

El mismo despertar a la vida interior es un despertar del afán apostólico (cfr. n. 1), del anhelo de ser testimonio de Cristo (cfr. n. 2), de arrastrar a los demás (cfr. n. 19), de salvar almas (cfr. n. 32). Para ser apóstoles hemos de combatir en la lucha ascética y vivir vida contemplativa: tratar a Jesús en la oración y en la comunión para darlo a conocer (cfr. n. 105), vivir la santa pureza (cfr. n. 129), realizar bien el trabajo para ser «pescadores de hombres» (cfr. nn. 372 y 338, 346, 347, 371), evitar la ociosidad (cfr. nn. 358, 373), cumplir la voluntad de Dios y ser ejemplo (cfr. nn. 755, 275), etc. La vida interior nos reclama al apostolado y lo hace fecundo y eficaz: la «fe viva y operativa» vence los obstáculos en el apostolado (cfr. n. 317), el Amor nos impulsa a arrastrar a los demás tras el Amor (cfr. n. 790), ser santos nos hará aptos y eficaces para santificar el mundo (cfr. n. 301), corresponder a Dios para lograr la santificación de los demás (cfr. n. 833), la vida de unión con Cristo crucificado nos hará apóstoles (cfr. n. 929), vivir la filiación divina está en la entraña de la llamada a ser apóstoles (cfr. n. 919), etc.

El apostolado a cuya vida Dios nos llama ha de estar penetrado del abandono a la voluntad de Dios, especialmente en una de sus manifestaciones más exigentes y elevadoras: la de aceptar, asumir las circunstancias concretas en que Dios quiere que seamos sus apóstoles. Por eso «persevera en tu lugar, hijo mío: desde ahí ¡cuánto podrás trabajar por el reinado efectivo de Nuestro Señor!» (n. 832 y cfr. nn. 835, 973, 837, 842, 846, etc.). Confianza y abandono en la asistencia de Dios: «(…) no me digas que no sabes qué decir. —Porque —te diré con el salmo— “Dominus dabit verbum evangelizantibus virtute multa” —el Señor pone en boca de sus apóstoles palabras llenas de eficacia» (n. 972). Abandono también en el modo de eficacia de nuestro apostolado: «(…) Siembra a voleo, alma de apóstol. —El viento de la gracia arrastrará tu semilla si el surco donde cayó no es digno… Siembra, y está cierto de que la simiente arraigará y dará su fruto» (n. 794). «”Nonne cor nostrum ardens erat in nobis, dum loqueretur in via?” —¿Acaso nuestro corazón no ardía en nosotros cuando nos hablaba en el camino? Estas palabras de los discípulos de Emaús debían salir espontáneas, si eres apóstol, de labios de tus compañeros de profesión, después de encontrarte a ti en el camino de su vida» (n. 917).

Vivida así, con espíritu de abandono, nuestra vida de apostolado se ensanchará en horizontes de grande y segura esperanza: «Eres, entre los tuyos —alma de apóstol—, la piedra caída en el lago. —Produce, con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo… y éste, otro… y otro, y otro… Cada vez más ancho. ¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?» (n. 831).

Llevados de la mano de nuestro Padre-Dios

Casi sin darnos cuenta, nuestro Padre-Dios nos ha ido adentrando, desde el comienzo mismo de nuestro despertar al deseo de una vida de santidad y de apostolado, por los caminos del espíritu de abandono y de vida de infancia espiritual.

Camino nos hace tomar conciencia de ello. Pero a la vez nos persuade a abandonarnos a la acción del Espíritu Santo, pues nuestro Padre-Dios va a proseguir su obra en nosotros prolongando, ensanchando y ahondando los surcos de gracia abiertos en nuestra alma. «Procura conocer la “vía de infancia espiritual”, sin “forzarte” a seguir ese camino. —Deja obrar al Espíritu Santo» (n. 852).

Es un camino de reciedumbre y de ternura: «Camino de infancia. —Abandono. —Niñez espiritual. —Todo esto no es una bobería, sino una fuerte y sólida vida cristiana» (n. 853).

Lo necesitaremos para las nuevas reclamaciones de Amor que Dios quiere plantearnos: para vencer en las pruebas, en las purificaciones; para elevarnos más a la intimidad de su Corazón; para responder con generosidad a los sacrificios del apostolado. Para todo ello —nos dice Camino evocando las palabras evangélicas de Jesús (cfr. Mt 18, 3)— «no olvides que el Señor tiene predilección por los niños y por los que se hacen como niños» (n. 872).

3. GENEROSIDAD CON DIOS

El Amor de Dios crea en nosotros el Amor. La gracia, a la par que sana y fortalece nuestra naturaleza, desde la raíz de la Caridad se despliega en nosotros en el conjunto de virtudes morales y teologales y en los dones del Espíritu Santo. Nos sentimos seguros de nosotros por seguros de Dios en nosotros y con nosotros. Se hace vigoroso y ardiente el anhelo de amar a Dios y de servirle, de vivir con Dios y de obrar sus obras, de buscar la gloria de Dios y el bien de las almas. Una determinación grande nos impulsa a la santidad y al apostolado.

Es el amor de generosidad. El amor de deseo subsiste en nosotros, con todas sus luchas y afanes de vida interior. Pero es asumido en la modalidad del amor de generosidad que lo eleva. Poseemos a Dios en la intimidad de la vida de gracia, participación de la misma divina, y queremos hacerla más profunda y plena: darle a Dios todo lo que tenemos y somos, llevar a Dios a todos los hombres, amar a Dios con todas nuestras fuerzas.

La purificación interior

Pero lo que nosotros no sabemos, Dios lo sabe bien. Nos enllena la alegría de haber seguido la exhortación de Apóstol: Despojaos del hombre viejo… Vestíos del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad verdaderas (Eph 4, 22, 24). Pero Dios, Padre amoroso, conoce cuánto hay todavía en nosotros del «hombre viejo». A nuestra activa disposición de buena voluntad nuestro Padre-Dios responde queriendo o permitiendo situaciones internas y exteriores que nos lleven, mediante la correspondencia a la gracia y a las mociones del Espíritu, a eliminar en nosotros el propio amor, que vicia solapadamente nuestros afanes de amar y servir a Dios, y a profundizar en la humildad que, por la conciencia de nuestra nada, nos dejará abiertos a la plena acción divina en nosotros.

Nos sobreviene la aridez, en especial en la oración. Camino nos exhorta a corresponder a Dios generosamente, pese a las arideces (cfr. n. 99), sin buscar consuelos (cfr. n. 100), perseverando aunque nos invada el desaliento de la inutilidad de nuestra oración (cfr. n. 101), y estando ciertos de que, en la aridez y sequedad, en la privación de consuelos, avanzaremos en el despojarnos de nosotros mismos y en él abandonarnos a sólo Dios en la cruz: «Te apuras y entristeces porque tus Comuniones son frías, llenas de aridez. —Cuando vas al Sacramento, dime: ¿te buscas a ti o buscas a Jesús? —Si te buscas a ti, motivo tienes de entristecerte… Pero si —como debes— buscas a Cristo, ¿quieres señal más segura que la Cruz para saber que le has encontrado?» (n. 710).

Hemos de esforzarnos en vivir el desprendimiento de todo consuelo y el desasimiento de todo lo que no sea Dios. Los consuelos mundanos nos celan a Dios (cfr. n. 148), nos traban en nuestro afán de alcanzarle (cfr. nn. 149, 150). Dios quiere de nosotros un desasimiento total, por el que tendremos a Dios en Él mismo y por Él mismo; hemos de conseguirlo por el abandono en la Cruz: «Desasimiento. —¡Cómo cuesta!… ¡Quién me diera no tener más atadura que tres clavos ni más sensación en mi carne que la Cruz!» (n. 151). «¿No presientes que te aguarda más paz y más unión cuando hayas correspondido a esa gracia extraordinaria que te exige un total desasimiento? —Lucha por Él, por darle gusto: pero fortalece tu esperanza» (n. 152). Es preciso buscar a Dios mismo, despegados de las criaturas (cfr. nn. 157, 159-161, 164, 167, 171).

Camino nos enseña cuáles son las raíces del desabrimiento y la tristeza (cfr. nn. 300, 666) y cómo superarlos por la oración confiada (cfr. n. 663).

Dios permite que las circunstancias externas sean a veces para nosotros duras y dolorosas; hemos de aceptarlas como purificadoras de nuestra vida de Amor y como ocasiones que nos llevan a confiar y a abandonarnos en Dios: las persecuciones (cfr. n. 685), las situaciones de desaires que nos hieren (cfr. n. 689), llevando «con alegría y silencio la injusticia» (n. 672). Otras veces es Dios mismo el que toma la iniciativa con dolores y pruebas purificadoras para que los frutos de nuestro Amor sean más abundantes (cfr. n. 701).

Dios nos desarraiga de los consuelos humanos. Nos quiere llevar al completo abandono en Él: «La prueba esta vez es larga.

— Quizá —y sin quizá— no la llevaste bien hasta aquí… porque aún buscabas consuelos humanos. —Y tu Padre-Dios los arrancó de cuajo para que no tengas más asidero que Él» (n. 722). Camino nos conmueve a comprender que es Dios, porque nos quiere plenamente abandonados a El, quien nos deja sentirnos en desamparo: «Al perder aquellos consuelos humanos te has quedado con una sensación de soledad, como pendiente de un hilillo sobre el vacío de negro abismo. —Y tu clamor, tus gritos de auxilio, parece que no los escucha nadie. Bien merecido tienes ese desamparo. —Sé humilde, no te busques a ti, ni busques tu comodidad: ama la Cruz —soportarla es poco— y el Señor oirá tu oración. Y se encalmarán tus sentidos. —Y tu corazón volverá a cerrarse.

— Y tendrás paz» (n. 726).

Las contradicciones externas, las contradicciones internas, los fracasos… todo es ocasión para purificarnos. Con la sencillez de la vida de infancia nos despojamos de todo y, con la fortaleza y la ternura de la correspondencia a su Voluntad, todo se lo ofrecemos a Dios: «(…) No encuentras campo: egoísmos, curiosidades, incomprensiones y susurración. —Bueno; ¿y qué? ¿Olvidas tu voluntad libérrima y tu poder de “niño”? (…) —Trabaja: ya cambiará el rumbo de las cosas, y darás más frutos que antes, y más sabrosos» (n. 697). «No te apures, si te enfadas, cuando haces esas pequeñas cosas que Él te pide. —Ya llegarás a sonreír…

— ¿No ves con qué mala gana da el niño sencillo a su padre, que le prueba, la golosina que tenía en sus manos? —Pero, se la da: ha vencido el amor» (n. 881).

Junto con las purificaciones pasivas, hemos de perseverar en la mortificación, en la purificación activa, especialmente en aquellas mortificaciones que nos despojan de nosotros mismos: rendir el juicio (cfr. n. 177), la penitencia (cfr. nn. 212, 232), guardar el corazón (cfr. n. 188), mortificar el cuerpo (cfr. n. 227), el ayuno (cfr. n. 231), evitar la palabra ociosa (cfr. n. 447), etc.

Camino nos hace amar el dolor; con él Dios purifica nuestro propio ser, nos hace ver la inanidad de los bienes y consuelos humanos (cfr. nn. 169, 203, 208, 209, 217); nos mueve a bendecirlo como purificación y merecimiento (cfr. n. 219); y, en definitiva, nos hace comprender su más profundo sentido, el de su vinculación a la caridad: «No olvides que el Dolor es la piedra de toque del Amor» (n. 439).

Tentaciones, pecados y tibieza

Dios permite que sigamos teniendo tentaciones, más sutiles a veces, más broncas otras. En los planes de Dios para nuestra santificación las tentaciones y aun las caídas, cuando éstas acontecen, se nos revelan con profundidades de sentido nuevas: Dios nos pide una correspondencia resuelta y heroica a su gracia, nos lleva a comprender nuestra propia inanidad y la gloria de Misericordia de nuestro Padre-Dios: Porque agradabas a Dios, fue necesario que la tentación te probase (Tob 12, 13); Fiel es Dios… Con la tentación os dará el poderla resistir con éxito (1 Cor 10, 13); porque cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Cor 12, 10); El Señor da fuerza y vigor a los que no son nada… Los que confían en Él renuevan las fuerzas, echan alas como de águila (Is 40, 29, 31).

Camino trae a nosotros esas luces nuevas a la hora de las tentaciones. Nos enseña a discernirlas en sus diversas maneras de insinuarse (cfr. nn. 134, 237), a luchar denodadamente y con humildad contra ellas (cfr. nn. 138, 166, 170), a mirarlas cara a cara en sus consecuencias (cfr. n. 137), etc.

¿Qué hacer? Camino nos lleva a vencer por las vías del amor y del abandono: «En carne viva. —Así te encuentras. Todo te hace sufrir en las potencias y en los sentidos. Y todo te es tentación… Sé humilde —insisto–: verás qué pronto te sacan de ese estado: y el dolor se trocará en gozo: y la tentación en segura firmeza. Pero, mientras, aviva tu fe; llénate de esperanza; y haz continuos actos de Amor, aunque pienses que son sólo de boca» (n. 727). «Confía siempre en tu Dios. —El no pierde batallas» (n. 733). Viviendo la lucha dolorosa en la paz del abandono en la Cruz: «(…) —¡Pobre corazón, que es el que te escandaliza! Apriétalo, estrújalo, entre tus manos: no le des consuelos. —Y, lleno de una noble compasión, cuando los pida, dile despacio, como en confidencia: “Corazón, ¡corazón en la Cruz!, ¡corazón en la Cruz!”» (n. 163).

Camino nos eleva a la vida de infancia espiritual, en la que, junto con la conciencia clara de nuestra incapacidad para vencer, nos lleva a la confianza absoluta en la eficacia del Amor salvador de nuestro Padre-Dios: «No quieras ser mayor. —Niño, niño siempre, aunque te mueras de viejo. Cuando un niño tropieza y cae, a nadie choca…: su padre se apresura a levantarle. —Cuando el que tropieza y cae es mayor, el primer movimiento es de risa. —A veces, pasado ese primer ímpetu, lo ridículo da lugar a la piedad. —Pero los mayores se han de levantar solos. Tu triste experiencia cotidiana está llena de tropiezos y caídas. ¿Qué sería de ti si no fueras cada vez más niño? No quieras ser mayor. —Niño, y que, cuando tropieces, te levante la mano de tu Padre-Dios» (n. 870).

Si luchamos de esa manera y con ese espíritu, evitaremos caer en la tibieza, ese mal que actúa corroyendo desde adentro el amor de generosidad. Porque seremos más sobrenaturalmente sensitivos para comprender la maldad de los pecados veniales (cfr. n. 329), el daño de perversión que la tibieza causa en un «hombre de Dios» (cfr. n. 414), el daño destructor de la piedad que hace la «rutina» (cfr. n. 551), etc. Evitaremos los vicios que retoñan de la vanidad espiritual y de la soberbia: la murmuración (cfr. nn. 444, 445, 449, 453, 455), los juicios duros sobre los demás (cfr. nn. 446, 448, 450, 451, 454, 456), etc.

Desalientos

En la lucha generosa nos invade a veces el desaliento, más seco cuanto más abunda Dios en su afán de gracia de despojarnos de nosotros mismos y de que nos abandonemos en Él.

Camino nos trae las locuciones divinas que nos animan a no desfallecer. Aunque el motivo del desaliento sea no ver en sí mismo frutos de santidad (cfr. n. 534). Otras veces nos lleva a la humildad de comprender que el origen es sólo el cansancio del cuerpo, y que, por ello, necesitamos descansar (cfr. n. 706).

Siempre y en todo, para salir de nuestro desfallecimiento interior, vivir la confianza y el abandono filial: «Si se tambalea tu edificio espiritual, si todo te parece estar en el aire…, apóyate en la confianza filial en Jesús y en María, piedra firme y segura sobre la que debiste edificar desde el principio» (n. 721).

No descorazonarse. El espíritu de infancia espiritual nos hará patente nuestra debilidad y nuestra nada junto con la ternura de Misericordia de nuestro Padre-Dios, y nos llevará a comprender que precisamente por nuestras miserias nos llama Él a acogernos a la ayuda de su Corazón: «Estás lleno de miserias. —Cada día las ves más claras. —Pero no te asusten. —El sabe bien que no puedes dar más fruto. Tus caídas involuntarias —caídas de niño—hacen que tu Padre-Dios tenga más cuidado y que tu Madre María no te suelte de su mano amorosa: aprovéchate, y, al cogerte el Señor a diario del suelo, abrázale con todas tus fuerzas y pon tu cabeza miserable sobre su pecho abierto, para que acaben de enloquecerte los latidos de su Corazón amabilísimo» (n. 884).

Humildad: conciencia de nuestra miseria

Nuestro Padre-Dios nos adentra en una conciencia viva de nuestra nada y de nuestra miseria. Es necesario que nos abandonemos, en el desprendimiento del propio yo, del propio amor, de todo lo que nos estorba para abandonarnos a Dios en correspondencia amorosa a fin de que El sea todo en nosotros.

Con su gracia amante nos lleva hasta el aborrecimiento de nosotros mismos: «Agradece, como un favor muy especial, ese santo aborrecimiento que sientes de ti mismo» (n. 207). Camino nos exhorta a eliminar las raíces de soberbia que aún vician hasta muchos de nuestros actos generosos de mortificación y penitencia (cfr. n. 200), que causan tristeza de propio amor (cfr. n. 260), que nos privan de las gracias divinas que nos ayudan a no caer (cfr.

n. 611). Nos enseña los signos de la auténtica humildad (cfr. nn. 594, 446, 590, 594). Nos hace tomar conciencia de nuestra nada (cfr. n. 613).

Camino nos conmueve a vivir, a la vez, el sentimiento de nuestra real incapacidad en el orden de las obras de la gracia y la evidencia íntima de que todos nuestros actos y frutos de gracia provienen de la acción de Dios en nosotros: «No olvides que eres… el depósito de la basura. —Por eso, si acaso el Jardinero divino echa mano de ti, y te friega y te limpia… y te llena de magníficas flores…, ni el aroma ni el color, que embellecen tu fealdad, han de ponerte orgulloso. —Humíllate: ¿no sabes que eres el cacharro de los desperdicios?» (n. 592).

La humildad nos traerá la paz interior (cfr. n. 607) y nos llevará al abandono de nuestra impotencia en Dios y a la unión confiada con Jesús: «”Sine me nihil potestis facere!” Luz nueva, mejor, resplandores nuevos, para mis ojos, de esa Luz Eterna, que es el Santo Evangelio. —¿Pueden extrañarme “mis”… tonterías? —Meta yo a Jesús en todas mis cosas. Y, entonces, no habrá tonterías en mi conducta: y, si he de hablar con propiedad, no diré más mis cosas, sino “nuestras cosas”» (n. 416).

Abandono a la divina Voluntad

Nuestro Padre-Dios nos lleva así a un total abandono a su divina Voluntad.

Camino fortalece con sus palabras nuestro afán de querer y de cumplir la Voluntad de Dios: el afán de servirle, «serviam!» (cfr. n. 413), de querer la Voluntad de Dios eficazmente, más allá de la mera resignación y conformidad (cfr. n. 757). Por el cumplimiento de la Voluntad de Dios es como entraremos en el Reino de los Cielos, como alcanzaremos la santidad (cfr. n. 754).

Camino nos mueve a vivir el abandono en la Voluntad de Dios con todos los acentos de la exhortación y de la ternura, mostrándonos todos los frutos de santidad y de eficacia que ese abandono nos trae. Cumplir la Voluntad de Jesús hasta el amor en la Cruz: «Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos

títulos—, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús» (n. 497). Abandono en la Voluntad de Dios en todas las situaciones donde esa Voluntad se significa por querer o por permisión de Él. En el sufrimiento: «Sufres… y no querrías quejarte. —No importa que te quejes —es la reacción natural de la pobre carne nuestra—, mientras tu voluntad quiere en ti, ahora y siempre, lo que quiera Dios» (n. 718). En la muerte (cfr. n. 739). En la aceptación de las circunstancias del mundo y de la vida en que nos ha puesto la Voluntad significada de Dios (cfr. n. 926). En todos los sucesos de la vida, con la sencillez heroica del espíritu de vida de infancia: «Paradojas de un alma pequeña. —Cuando Jesús te envíe sucesos que el mundo llama buenos, llora en tu corazón, considerando la bondad de Él y la malicia tuya: cuando Jesús te envíe sucesos que la gente califica de malos, alégrate en tu corazón, porque Él te da siempre lo que conviene y entonces es la hermosa hora de querer la Cruz» (n. 873).

El abandono en la Voluntad de Dios nos trae así la alegría y la paz: «El “gaudium cum pace” —la alegría y la paz— es fruto seguro y sabroso del abandono» (n. 768, y cfr. nn. 758, 766, 767).

Oración y vida de oración

El Señor se adentra más y más en nuestro corazón. Se nos comunica más íntimamente. Nos habla en el secreto mismo de nuestra alma. De dos maneras especialmente: elevándonos a una comprensión y vida más profunda de la oración de su Cuerpo Místico, la Iglesia, y purificando nuestra comunicación con El mediante el espíritu de abandono y la sencillez sobrenatural de la vida de infancia espiritual.

Camino nos ayuda a amar la oración litúrgica (cfr. n. 86) y nos confirma en el misterio de oración y de sacrificio de la Santa Misa, vivida con sencillez y amorosidad litúrgicas (cfr. n. 543). Las locuciones de Camino nos iluminan acerca de las dificultades que nos parece encontrar en nuestra oración, y que, si mantenemos viva y ardiente nuestra voluntad de correspondencia, no son sino manifestaciones del nuevo embate purificador de Dios. Así cuando no podemos mantener la atención de nuestras potencias en la meditación: hagamos entonces pequeñas jaculatorias (cfr. n. 92); pero a veces «tu inteligencia está torpe, inactiva: haces esfuerzos inútiles para coordinar las ideas en la presencia del Señor: ¡un verdadero atontamiento! No te esfuerces, ni te preocupes. —Oyeme bien: es la hora del corazón» (n. 102). Dios nos reclama a una oración intimada y consoladora, aunque sea envuelta en sequedades: «Para el que ama a Jesús, la oración, aun la oración con sequedad, es la dulzura que pone siempre fin a las penas: se va a la oración con el ansia con que el niño va al azúcar, después de tomar la pócima amarga» (n. 889). Es la oración de la simple contemplación del corazón, peculiar de la vida de infancia espiritual: «El trabajo rinde tu cuerpo, y no puedes hacer oración. Estás siempre en la presencia de tu Padre. —Si no le hablas, mírale de cuando en cuando como un niño chiquitín… y Él te sonreirá» (n. 895). También la oración de petición es contemplativa en la vida de infancia: «¿Que en el hacimiento de gracias después de la Comunión lo primero que acude a tus labios, sin poderlo remediar, es la petición…: Jesús, dame esto: Jesús, esa alma: Jesús, aquella empresa? No te preocupes ni te violentes: ¿no ves cómo, siendo el padre bueno y el hijo niño sencillo y audaz, el pequeñín mete las manos en el bolsillo de su padre, en busca de golosinas, antes de darle el beso de bienvenida? —Entonces…» (n. 896).

Dios nos infunde el espíritu de la oración contemplativa; aun sufriendo sequedades y arideces, irrumpe en nosotros, dándonos un íntimo recogimiento, en cualquier momento, en cualquier circunstancia: «Me has dicho alguna vez que pareces un reloj descompuesto, que suena a destiempo: estás frío, seco y árido a la hora de tu oración; y, en cambio, cuando menos era de esperar, en la calle, entre los afanes de cada día, en medio del barullo y alboroto de la ciudad, o en la quietud laboriosa de tu trabajo profesional, te sorprendes orando… ¿A destiempo? Bueno; pero no desaproveches esas campanadas de tu reloj. —El espíritu sopla donde quiere» (n. 110).

El misterio y la imitación de Jesucristo

Dios infunde en nosotros luces cada vez más íntimas y profundas para contemplar el misterio de Cristo y comprender todos los misterios de la salvación y todas las cosas en el misterio de Cristo, contemplado y vivido como eterno y presente (cfr. n. 584).

En el misterio de Jesús muriendo por nosotros comprendemos el misterio de las gracias de nuestra correspondencia a Él (cfr. n. 299); en el misterio de las contradicciones que encontró en su vida en la tierra, comprendemos el sentido sobrenatural de las incomprensiones que sufrimos (cfr. n. 491); en el misterio de su pasión comprendemos el misterio de nuestros pecados (cfr. n. 296); en los inocentes y en los enfermos vemos a Cristo mismo (cfr. n. 419); en el misterio de Cristo-Dios redentor y glorificador comprendemos la inanidad de todo lo creado y de todo lo meramente humano (cfr. n. 432); en el misterio de Cristo-Dios sufriente por nuestros pecados contemplamos el misterio de la Virgen en su soledad (cfr. n. 503), en su dolor (cfr. n. 506), en su maternidad divina que nos ha hecho «hermanos de Dios» (cfr. n. 512).

Dios nos da luces nuevas para contemplar y amar el misterio del Cristo Místico, la Iglesia (cfr. nn. 517-519, 525), de la Eucaristía (cfr. nn. 533, 537, 538).

El Señor nos eleva al deseo ardiente de la imitación de Jesucristo y de la Virgen y de la vida de unión con Él: «Decía un alma de oración: en las intenciones, sea Jesús nuestro fin; en los afectos, nuestro Amor; en la palabra, nuestro asunto; en las acciones, nuestro modelo» (n. 271); «En Cristo tenemos todos los ideales: porque es Rey, es Amor, es Dios» (n. 426).

Jesús nos arrastra tras sí en la vida de abandono. En el cumplimiento abnegado de la Voluntad de Dios: «Jesús sufre por cumplir la Voluntad del Padre… Y tú, que quieres también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podrás quejarte si encuentras por compañero de camino el sufrimiento?» (n. 213). En la aceptación generosa, como Cristo, de los trabajos y tribulaciones: «Cruz, trabajos, tribulaciones: los tendrás mientras vivas. —Por ese camino fue Cristo, y no es el discípulo más que el Maestro» (n. 699). En la indiferencia de abandono ante las reacciones que suscita nuestra vida en pos de Jesús: «Jesús: por dondequiera que has pasado no quedó un corazón indiferente. —O se te ama o se te odia. —Cuando un varón-apóstol te sigue, cumpliendo su deber, ¿podrá extrañarme —¡si es otro Cristo!— que levante parecidos murmullos de aversión o de afecto?» (n. 687).

Y, junto con la imitación de Jesucristo, la imitación de Nuestra Madre la Virgen, contemplando su vida a la luz del misterio de su Hijo. Camino nos persuade, con dulzura y fuerza, a imitar a María en su humildad (cfr. nn. 507, 499), en su reciedumbre al pie de la Cruz (cfr. n. 508), en su sacrificio y ocultamiento (cfr. n. 509), en su modestia (cfr. n. 511), en su espíritu como Maestra de oración (cfr. n. 502).

La caridad fraterna

Dios nos da luces y gracias nuevas para vivir la caridad fraterna, una de las más bellas expresiones del amor de generosidad.

Las palabras de Camino resuenan en nosotros como locuciones divinas que nos hacen contemplar operativamente el misterio de Amor que es el mandato nuevo (Ioh 13, 34) (cfr. n. 385), nuevo porque sobreeleva el amor mutuo de los hombres hermanos conforme al misterio del Amor redentor; que nos conmueven a vivirlo con la realidad de las obras de amor (cfr. n. 462); que nos ilumina el amor vivido en la ayuda mutua haciéndonosla comprender como «fina virtud de hijo de Dios» (n. 440); que nos enseñan que la fineza del amor está, más que en «dar», en «comprender» (cfr. n. 463); que nos hacen contemplar el mutuo amor entre nosotros como unión en mutua fortaleza (cfr. nn. 460, 462), la cual, en su último fondo, es la unión de vida comunicada y participada en el misterio de la Comunión de los Santos (cfr. nn. 544-550).

El apostolado: anhelo de la gloria de Dios y del bien de las almas

El apostolado es la dimensión corredentora de la Caridad o Amor de Dios. El amor de generosidad se explana en un ardiente deseo de la gloria de Dios y de la salvación de las almas. Con palabras conmovedoras y siempre operativas Camino nos eleva a un afán apostólico ardiente y puro, nos enseña las condiciones de su eficacia, nos impulsa a poner en juego las virtudes y los temples sobrenaturales que garantizan la autenticidad de nuestro celo y nos suben, con su ejercicio, a una unión más íntima con Dios.

Camino nos insiste luminosamente sobre la necesidad de la vida interior para vivir el apostolado. Una vida de apostolado volcada a las obras exteriores con descuido de la vida interior pondría en peligro nuestra propia salvación (cfr. n. 930). La vida interior, la intimidad con Jesús y la entrega a Él, nos dan la fuerza de generosidad necesaria para seguir a Jesús en el apostolado (cfr. nn. 89, 321, 477). La oración, el ser «hombre de oración», es el alma y la condición primera que da valor a nuestro apostolado (cfr. nn. 81, 82, 108, 109, 937, 946, 961). Y el amor a la Misa es característica del varón apostólico (cfr. n. 528).

En el apostolado hemos de poner en juego una serie de virtudes: una «fe viva y penetrante» (cfr. n. 489), rectitud de corazón y de buena voluntad (cfr. n. 490), optimismo sobrenatural y obediencia (cfr. n. 792). Y el buen ejemplo de una vida íntegra (cfr. nn. 411, 944).

El amor de Dios nos enciende en un ardiente afán de salvar todas las almas (cfr. nn. 764, 796, 804).

Viviremos el espíritu de abandono en los desprecios y contradicciones que se levanten contra nosotros en el apostolado (cfr. nn. 478, 660).

Camino nos enseña y exhorta a buscar solamente la gloria de Dios y a eliminar toda sombra de satisfacción en la propia gloria que puede tentarnos en el apostolado: trayendo a nuestro recuerdo lo que nos es motivo de humillación (cfr. n. 252), dando a Dios toda la gloria (cfr. nn. 788, 784). El deseo de que resplandezca en todo sólo la gloria de Dios nos hace patente nuestra propia indigencia y nada en orden a las gracias de la acción apostólica: «”Deo omnis gloria”. —Para Dios toda la gloria. —Es una confesión categórica de nuestra nada. El, Jesús, lo es todo. Nosotros, sin Él, nada valemos: nada. Nuestra vanagloria sería eso: gloria vana; sería un robo sacrílego; el “yo” no debe aparecer en ninguna parte» (n. 780). «Sin mí nada podéis hacer, ha dicho el Señor. —Y lo ha dicho, para que tú y yo no nos apuntemos éxitos que son suyos. —”Sine me, nihil!”» (n. 781).

Camino nos lleva a vivir todo este exaltado horizonte apostólico del amor de generosidad desde una espiritualidad de la filiación divina, del abandono, de la humildad, de la sencillez y del propio anonadamiento. «Te reconoces miserable. Y lo eres. —A pesar de todo —más aún: por eso— te buscó Dios. —Siempre emplea instrumentos desproporcionados: para que se vea que la “obra” es suya. —A ti sólo te pide docilidad» (n. 475). «Tú, sabio, renombrado, elocuente, poderoso: si no eres humilde, nada vales. —Corta, arranca ese “yo”, que tienes en grado superlativo —Dios te ayudará—, y entonces podrás comenzar a trabajar por Cristo, en el último lugar de su ejército de apóstoles» (n. 602).

La conciencia de nuestra nada nos hará audaces, eficaces y fecundos en nuestro apostolado: «Que eres… nadie. —Que otros han levantado y levantan ahora maravillas de organización, de prensa, de propaganda. —¿Que tienen todos los medios, mientras tú no tienes ninguno ?…(…) Ama y cree y ¡sufre!: tu Amor y tu Fe y tu Cruz son los medios infalibles para poner por obra y para eternizar las ansias de apostolado que llevas en tu corazón» (n. 474). «Echa lejos de ti esa desesperanza que te produce el conocimiento de tu miseria. —Es verdad: por tu prestigio económico, eres un cero…, por tu prestigio social, otro cero…, y otro por tus virtudes, y otro por tu talento… Pero, a la izquierda de esas negaciones, está Cristo… Y ¡qué cifra inconmensurable resulta!» (n. 473). «Bien. ¿Y qué? —No entiendo cómo te puedes retraer de esa labor de almas —si no es por oculta soberbia: te crees perfecto—, porque el fuego de Dios que te atrajo, además de la luz y del calor que te entusiasman, dé a veces el humo de la flaqueza de los instrumentos» (n. 485).

Camino nos penetra de una manera de humildad y abandono que, a la vez, está impregnada de todas las ternuras de la confianza en Dios y abierta a todas las grandes eficacias apostólicas. Es el espíritu de la vida de infancia hondamente vivido por el apóstol en sus obras y audacias de apostolado: «A veces nos sentimos inclinados a hacer pequeñas niñadas. —Son pequeñas obras de maravilla delante de Dios, y, mientras no se introduzca la rutina, serán desde luego esas obras fecundas, como fecundo es siempre el Amor» (n. 859). «Ser pequeño: las grandes audacias son siempre de los niños. —¿Quién pide… la luna? —¿Quién no repara en peligros para conseguir su deseo? “Poned” en un niño “así”, mucha gracia de Dios, el deseo de hacer su Voluntad (de Dios), mucho amor a Jesús, toda la ciencia humana que su capacidad le permita adquirir… y tendréis retratado el carácter de los apóstoles de ahora, tal como indudablemente Dios los quiere» (n. 857).

Sencillez, fortaleza, abandono, docilidad al Espíritu Santo

El amor de generosidad cobra en nosotros luces claras. La experiencia de esa vida de amor pone al descubierto los defectos que desvirtúan y aun impiden nuestra unión con Dios y los caminos que hacen eficaz y fecunda nuestra correspondencia a la gracia. Pero es sobre todo la acción iluminante de Dios la que nos lleva a comprender y a vivir los temples y actitudes profundas que laten en el amor de generosidad bien ejercido y que son a la vez el fruto espiritual de ese Amor. Nos los hace comprender Dios para fortalecernos en los logros adquiridos y, en especial, para requerirnos a una vida de Amor más profunda.

Camino describe los rasgos latientes de esta vida de Amor y los modos de la vida del espíritu en que se expresan como frutos logrados.

Es el espíritu de abandono en los brazos de nuestro Padre-Dios que es todo en todas las cosas, que es nuestra fortaleza en nuestra debilidad: «Cuando te apuren tus miserias no quieras entristecerte. —Gloríate en tus enfermedades, como San Pablo, porque a los niños se les permite, sin temor al ridículo, imitar a los grandes» (n. 879).

Pero tenemos la experiencia, iluminada por las luces de Dios, de que el abandono confiado en Dios, fuerza nuestra, nos reclama un espíritu de correspondencia, vivido con confianza de niños, pero resuelto y firme y voluntarioso: «La infancia espiritual exige la sumisión del entendimiento, más difícil que la sumisión de la voluntad. —Para sujetar al entendimiento se precisa, además de la gracia de Dios, un continuo ejercicio de la voluntad, que niega, como niega a la carne, una y otra vez y siempre, dándose, por consecuencia, la paradoja de que quien sigue el “Caminito de infancia”, para hacerse niño, necesita robustecer y virilizar su voluntad» (n. 856). «En la vida espiritual de infancia las cosas que dicen o hacen los “niños” nunca son niñerías y puerilidades» (n. 854).

Todas las dificultades en nuestra correspondencia generosa al Amor las hemos vencido y venceremos con el espíritu de sencillez de la vida de infancia con Dios: «Niño bobo: el día que ocultes algo de tu alma al Director, has dejado de ser niño, porque habrás perdido la sencillez» (n. 862). «Sé pequeño, muy pequeño. —No tengas más que dos años de edad, tres a lo sumo. —Porque los niños mayores son unos pícaros que ya quieren engañar a sus padres con inverosímiles mentiras. Es que tienen la maldad, el “forres” del pecado, pero les falta la experiencia del mal, que les dará la ciencia de pecar, para cubrir con apariencia de verdad lo falso de sus engaños. Han perdido la sencillez, y la sencillez es indispensable para ser chicos delante de Dios» (n. 868).

Nuestro Padre-Dios nos ha elevado a un trato íntimo con Él en la confianza y el abandono. Querernos vivir esa efusión de amor confiado: «Reconozco mi torpeza, Amor mío, que es tanta…, tanta, que hasta cuando quiero acariciar hago daño. —Suaviza las maneras de mi alma: dame, quiero que me des, dentro de la recia virilidad de la vida de infancia, esa delicadeza y mimo que los niños tienen para tratar, con íntima efusión de Amor, a sus padres» (n. 883). «Jesús es tu amigo. —El Amigo. —Con corazón de carne como el tuyo. —Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro… —Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti» (n. 422).

Camino nos impulsa a ahondar en el amor de generosidad abriéndonos a la acción amorosa, invasora de torrentes de gracia, del Espíritu Santo. Nos reclama a que nos abandonemos a esa acción con que el Espíritu obra en nosotros desde la intimidad misma de nuestra alma: «No estorbes la obra del Paráclito: únete a Cristo, para purificarte, y siente, con Él, los insultos, y los salivazos, y los bofetones…, y las espinas, y el peso de la cruz…, y los hierros rompiendo tu carne, y las ansias de una muerte en desamparo… Y métete en el costado abierto de Nuestro Señor Jesús hasta hallar cobijo seguro en su llagado Corazón» (n. 58). «Quítame, Jesús, esa corteza roñosa de podredumbre sensual que recubre mi corazón, para que sienta y siga con facilidad los toques del Paráclito en mi alma» (n. 130).

Ahondar más y más en el amor de generosidad hasta que seamos un espíritu abierto de incondicionada docilidad al Espíritu Santo presente y actuante en nosotros: «Frecuenta el trato del Espíritu Santo —el Gran Desconocido— que es quien te ha de santificar. No olvides que eres templo de Dios. —El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones» (n. 57). «Niño, el abandono exige docilidad» (n. 871). «(…) Asentado en tu alma en gracia, el Espíritu Santo —Dios contigo— va dando tono sobrenatural a todos tus pensamientos, deseos y obras» (n. 273).

Dios quiere abismarnos en modalidades y grados más totales aún del Amor. Es preciso que, para ello, nos despojemos de todo espíritu propio y nos abandonemos plenamente, con docilidad y correspondencia de infancia espiritual, a la acción y dirección del Espíritu Santo: «Conviene que conozcas esta doctrina segura: el espíritu propio es mal consejero, mal piloto, para dirigir el alma en las borrascas y tempestades, entre los escollos de la vida interior. Por eso es Voluntad de Dios que la dirección de la nave la lleve un Maestro, para que, con su luz y conocimiento, nos conduzca a puerto seguro» (n. 59).

4. ENTREGA A DIOS

Dios nos llama a vivir en Él, por Él y con Él su propia intimidad divina. Nos sentimos atraídos por El para vivir en unión total con Él, en unión con Jesús crucificado. Queremos lograr un total despojo de nosotros mismos de manera que Jesús se enseñoree de nuestro espíritu (de la totalidad de nuestro ser, del yo-mismo que somos) y vivamos el apostolado como el mismo Amor redentor y salvador de Dios actuando en nosotros.

Es el amor de entrega. El amor de generosidad es asumido, con todos sus afanes, luchas y consuelos, en el amor de entrega que nos hace perdernos de nosotros mismos y recobrarnos en Dios, viviendo en El y desde El, transfigurados en El, hasta que todo nuestro vivir interior sea de Dios, divino, y todas nuestras acciones sean apostolado de Dios, divinas.

Aceptación del sufrimiento en abandono a Dios

Dios mismo, mediante la acción de su Espíritu en nosotros, es el que enciende en nuestra alma el amor de entrega. Y es Él mismo quien únicamente puede librarnos de todo cuanto estorba en nosotros la realización de ese Amor. Cuanto estorba no son sólo nuestros defectos, faltas y pecados, sino, aun en más, lo que subsiste en nosotros del propio amor, y, aun en más, de cuanto apego tengamos a los dones de Dios con estorbo del Amor a Dios mismo y a nuestros hermanos los hombres por Él.

Nuestro Padre-Dios toma plenamente la iniciativa. No basta, para purificarnos, con que nos envíe o permita que nos sobrevenga el dolor. Sino que es necesario el sufrimiento, al mismo modo que Jesús paciente y crucificado, que pasó por el sentimiento del desamparo de Dios. Dios no nos desampara, pero se oculta: es un sentimiento análogo al de la pena de daño en el purgatorio. Pero nuestro Padre-Dios, oculto a nuestros mismos sentimientos aunque viviendo en lo íntimo de nuestra alma, nos sostiene para que correspondamos en el sufrimiento de oscura fe, de áspera esperanza, de abandonado amor.

Las palabras amorosamente operativas de Camino nos animan a aceptar este sufrimiento en abandono.

Con abandono y sencillez de niños estaremos seguros de que nuestro Padre-Dios lo purifica todo en nosotros: «Cuando un alma de niño hace presentes al Señor sus deseos de indulto, debe estar segura de que verá pronto cumplidos esos deseos: Jesús arrancará del alma la cola inmunda, que arrastra por sus miserias pasadas; quitará el peso muerto, resto de todas las impurezas, que le hace pegarse al suelo; echará lejos del niño todo el lastre terreno de su corazón para que suba hasta la Majestad de Dios, a fundirse en la llamarada viva de Amor, que es Él» (n. 886).

Es la hora de la Cruz, de la Cruz desnuda: «Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú» (n. 178).

Dios no nos abandona; sólo es necesario que nos mantengamos fieles a El pase lo que pase, sintamos lo que sintamos: «Si no le dejas, Él no te dejará» (n. 730). Uniéndonos incondicionalmente a su Voluntad sobre nosotros: «Jesús, lo que tú “quieras”… yo lo amo» (n. 773); hasta el total anonadamiento en la Cruz: «Señor, si es tu Voluntad, haz de mi pobre carne un Crucifijo» (n. 775).

Nos entregamos a Jesús, nos fiamos a Jesús, no encontramos en nosotros nada que pueda hacernos merecedores ante sus ojos: «Le decías: “No te fíes de mí… Yo sí que me fío de ti, Jesús… Me abandono en tus brazos: allí dejo lo que tengo, ¡mis miserias!” (…)» (n. 113). Le abandonamos también todo lo que pueda haber de bueno en nosotros, porque no es nuestro, porque es Él mismo el que ha infundido en nosotros las virtudes de su gracia, y se las entregamos viviéndonos plenamente en Él: «Los niños no tienen nada suyo, todo es de sus padres…, y tu Padre sabe muy bien cómo gobierna el patrimonio» (n. 867).

Le amamos con fe oscura, con amor abandonado, y le clamamos por eso: «Dios mío, te amo, pero… ¡enséñame a amar!» (n. 423).

Dios nos quita toda alegría que no sea la del abandono en Él:

«La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios» (n. 659).

El sufrimiento en esta vida es signo de predilección de Dios que nos dispone para ir al cielo: «Sufres en esta vida de aquí…, que es un sueño… corto. —Alégrate: porque te quiere mucho tu Padre-Dios, y si no pones obstáculos, tras este sueño malo, te dará un buen despertar» (n. 692).

Nada hay en nosotros en lo que podamos confiar; nada somos en lo que podamos asegurarnos; Dios sólo es la roca de nuestra esperanza: «¡Oh, Dios mío, cada día estoy menos seguro de mí y más seguro de Ti!» (n. 729). Pues Él nos rige, y en el abandono en Él nada nos faltará: «Un razonamiento que lleva a la paz y que el Espíritu Santo da hecho a los que quieren la Voluntad de Dios: “Dominus regit me, et nihil mihi deerit” —el Señor me gobierna, nada me faltará. ¿Qué puede inquietar a un alma que repita de verdad esas palabras?» (n. 760).

Con fe ciega, con esperanza desnuda, con amor abandonado queremos absolutamente la Voluntad de Dios, hasta la renuncia total: «Más quiero tu Voluntad, Dios mío, que no cumpliéndola —si pudiera ser tal disparate—, la misma gloria» (n. 765).

En el fondo de nuestra fe oscura sabemos, aunque no lo sintamos, que nuestro Padre-Dios y nuestra Madre la Virgen no nos desamparan sino que nos cobijan: «No estás solo. —Lleva con alegría la tribulación. —No sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad. —Pero… ¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos? —No estás solo: María está junto a ti» (n. 900).

Pecados, faltas, imperfecciones

Conforme es más grande en nosotros el Amor, es también más profunda la conciencia dolorosa del pecado de aquel a quien Dios elevó a su intimidad (cfr. Camino, n. 244). Por eso nuestro

dolor ha de ser «dolor de amor» y agradecimiento por «(…) el cuidado paternal de Dios, que te quitó los obstáculos, para que no tropezases» (n. 246). Si «vivimos de Amor» venceremos siempre, aun si a veces somos vencidos (cfr. n. 433).

Y nunca debemos descorazonamos. Con espíritu de vida de infancia nos volvemos a nuestro Padre-Dios que comprende amorosamente, nos perdona y anima: «Ese descorazonamiento que te producen tus faltas de generosidad, tus caídas, tus retrocesos —quizá sólo aparentes— te da la impresión muchas veces de que has roto algo de subido valor (tu santificación). No te apures: lleva a la vida sobrenatural el modo discreto que para resolver conflicto semejante emplean los niños sencillos. Han roto —por fragilidad, casi siempre— un objeto muy estimado por su padre.

— Lo sienten, quizá lloran, pero van a consolar su pena con el dueño de la cosa inutilizada por su torpeza…, y el padre olvida el valor —aunque sea grande— del objeto destruido, y, lleno de ternura, no sólo perdona, sino que consuela y anima al chiquitín.

— Aprende» (n. 887).

La contemplación del Amor Misericordioso de nuestro Padre-Dios, que nos libra de todos los lazos, conmueve nuestro corazón: «Deja que se vierta tu corazón en efusiones de Amor y de agradecimiento al considerar cómo la gracia de Dios te saca libre cada día de los lazos que te tiende el enemigo» (n. 434).

Humildad

El amor de entrega hace cada vez más profunda nuestra humildad. Dios nos da nuevas luces para el propio conocimiento, que nos lleva a la humildad (cfr. n. 609), y por ello a gozarnos en los desprecios (cfr. n. 595). La evidencia de nuestras faltas nos lleva a la conciencia de nuestra nada y, con eso, el abandono en Jesús, que es el que obra en nosotros toda santidad: «(…) No te cause pena ser nada, porque así Jesús tiene que ponerlo todo en ti» (n. 596); «Toda nuestra fortaleza es prestada» (n. 728).

Nos penetra un sentimiento de profunda humillación ante Dios; se desarraiga en nosotros cualquier veleidad de soberbia;

nos abandonamos en Él, que tanto nos perdona y que, con su gracia, es en nosotros cuanto tengamos de brillo de virtudes. Camino habla desde nosotros mismos con las palabras que eso expresan: «Si obraras conforme a los impulsos que sientes en tu corazón y a los que la razón te dicta, estarías de continuo con la boca en tierra, en postración, como un gusano sucio, feo y despreciable… delante de ¡ese Dios! que tanto te va aguantando» (n. 597). «Eres polvo sucio y caído. —Aunque el soplo del Espíritu Santo te levante sobre las cosas todas de la tierra y haga que brille como oro, al reflejar en las alturas con tu miseria los rayos soberanos del Sol de Justicia, no olvides la pobreza de tu condición. Un instante de soberbia te volvería al suelo, y dejarías de ser luz para ser lodo» (n. 599).

Si vivimos el amor de entrega, hasta nuestras negligencias, ofensas y pecados se transformarán, por el Amor y la humillación, en savia nueva de Vida: «Entierra con la penitencia, en el hoyo profundo que abra tu humildad, tus negligencias, ofensas y pecados. —Así entierra el labrador, al pie del árbol que los produjo, frutos podridos, ramillas secas y hojas caducas. —Y lo que era estéril, mejor, lo que era perjudicial, contribuye eficazmente a una nueva fecundidad. —Aprende a sacar, de las caídas, impulso: de la muerte, vida» (n. 211).

Reparación y expiación

Jesús sufrió en expiación por nuestros pecados. Así nos eleva, en el amor de entrega, a penetrarnos de un vivo anhelo de reparación y expiación unidos a Cristo, abandonados a su Voluntad en cuantas ocasiones, por querer o por permisión de Él, nos ofrezca de unirnos a su pasión expiadora por nuestras culpas y por las de todos los hombres, participando de su Amor redentor. Camino nos lleva a vivir el espíritu de reparación por amor a Jesús: «Bebamos hasta la última gota del cáliz del dolor en la pobre vida presente. (…) ¿Qué importa padecer si se padece por consolar, por dar gusto a Dios Nuestro Señor, con espíritu de reparación, unido a Él en su Cruz, en una palabra: si se padece por Amor?…» (n. 182). Con sacrificio total: «Hay que darse del todo, hay que negarse del todo: es preciso que el sacrificio sea holocausto» (n. 186). «¡Qué hermoso es perder la vida por la Vida!» (n. 218).

La expiación lleva a la Vida (cfr. nn. 210, 234). Dios nos conmueve a que vivamos un espíritu ambicioso de expiación: por todo el mundo (cfr. n. 112); «No pidas a Jesús perdón tan sólo de tus culpas; no le ames con tu corazón solamente… Desagráviale por todas las ofensas que le han hecho, le hacen y le harán…, ámale con toda la fuerza de todos los corazones de todos los hombres que más le hayan querido (…)» (n. 402); «”Ideo omnia sustineo propter electos” —todo lo sufro, por los escogidos, “ut et ipsi salutem consequantur” —para que ellos obtengan la salvación, “quae est in Christo Jesu” —que está en Cristo Jesús (…)» (n. 550).

Vivamos la expiación con espíritu de abandono, aceptando los sacrificios que Dios nos pida, en las circunstancias que Él quiera y de modo escondido y silencioso: «Si somos generosos en la expiación voluntaria, Jesús nos llenará de gracia para amar las expiaciones que El nos mande» (n. 221). «El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso» (n. 185). Nuestra Madre Santa María es nuestra Maestra en este sacrificio escondido: «¡María, Maestra del sacrificio escondido y silencioso! —Vedla, casi siempre oculta, colaborar con el Hijo: sabe y calla» (n. 509).

En la vida de infancia espiritual sabremos encontrar estímulo y modos de reparación inspirados por el espíritu de nuestra pequeñez y del valor sobrenatural a que nuestra nada incapaz es elevada por nuestro Padre-Dios: «Niño, enciéndete en deseos de reparar las enormidades de tu vida de adulto» (n. 861). «Niño bueno: ofrécele el trabajo de aquellos obreros que no le conocen; ofrécele la alegría natural de los pobres chiquitines que frecuentan las escuelas malvadas…» (n. 866). «Un pinchazo. —Y otro. Y otro. —¡Súfrelos, hombre! ¿No ves que eres tan chico que solamente puedes ofrecer en tu vida —en tu caminito— esas pequeñas cruces? Además, fíjate: una cruz sobre otra —un pinchazo…, y otro…, ¡qué gran montón! Al final, niño, has sabido hacer una cosa grandísima: Amar» (n. 885).

Vida de Amor y de unión con Dios

Nuestro corazón exulta; es el Espíritu Santo que dama en nosotros: «¡No hay más amor que el Amor!» (n. 417). Y ésta es nuestra disposición activa y ardiente: «Señor: que tenga peso y medida en todo… menos en el Amor» (n. 427); «Jesús, que sea yo el último en todo… y el primero en el Amor» (n. 430).

El Amor nos hace vislumbrar los consuelos de cielo que nos asegura la Esperanza (cfr. n. 428).

El Amor hace grandes y bellas todas nuestras acciones, aun las más pequeñas y humildes: «Todo lo que se hace por Amor adquiere hermosura y se engrandece» (n. 429); «El secreto para dar relieve a lo más humilde, aun a lo más humillante, es amar» (n. 418); «¿No has visto en qué “pequeñeces” está el amor humano? —Pues también en “pequeñeces” está el Amor divino» (n. 824).

La vida de infancia espiritual nos hace audaces en el Amor: «Niño audaz, grita: ¡Qué amor el de Teresa! —¡Qué celo el de Xavier! —¡Qué varón más admirable San Pablo! —¡Ah, Jesús, pues yo… te quiero más que Pablo, Xavier y Teresa!» (n. 874). Y nos hace vivir en una continua vida de Amor: «Niño bueno: dile a Jesús muchas veces al día: te amo, te amo, te amo…» (n. 878).

El Amor nos enciende en celo apostólico. Nos hace audaces en el apostolado: «No hagas caso. —Siempre los “prudentes” han llamado locuras a las obras de Dios. —¡Adelante, audacia!» (n. 479). No habrá dificultades que puedan vencer nuestro optimismo de confianza en Dios: «Cuando te “entregues” a Dios no habrá dificultad que pueda remover tu optimismo» (n. 476 y cfr. nn. 481, 482).

El Amor nos eleva a la vida de unión con Jesús. Por identificación de Amor total con su Voluntad (cfr. n. 774), vivida en plenitud de abandono: «¿Estás sufriendo una gran tribulación? —¿Tienes contradicciones? Di, muy despacio, como paladeándola, esta oración recia y viril. “Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. —Amén. —Amén”. Yo te aseguro que alcanzarás la paz» (n. 691).

Vivimos la unión en el sacramento de la Comunión (cfr. n. 535) y en las comuniones espirituales (cfr. n. 540).

Jesús nos eleva conmovedoramente a la unión con Él paciente, doloroso, crucificado: «Métete en las llagas de Cristo Crucificado (…)» (n. 288); «¡Verdaderamente es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! —Te “metiste” en la Llaga santísima de la mano derecha de tu Señor, y me preguntaste: “Si una Herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¿qué no harán las cinco, abiertas en el madero?» (n. 555). «(…) Unete a Cristo, para purificarte, y siente, con Él, los insultos, y los salivazos, y los bofetones…, y las espinas, y el peso de la cruz…, y los hierros rompiendo tu carne, y las ansias de una muerte en desamparo… —Y métete en el costado abierto de Nuestro Señor Jesús hasta hallar cobijo seguro en su llagado Corazón» (n. 58).

Unidos con Jesús, todo dolor es dulzura, toda oscuridad es luz: «Contigo, Jesús, ¡qué placentero es el dolor y qué luminosa la oscuridad!» (n. 229). Nuestra alma es transfigurada en Él, y la paz de la unión inunda nuestra alma entregada enteramente a Dios: «¡Oh, Jesús! —Descanso en Ti» (n. 732).

Abandono, consuelo, confianza, posesión filial de Dios

Esta paz, es el descanso en Dios, ya no nos será quitada. Vivimos en la plenitud del abandono en El: las penas no serán penas; no nos inquietan, unidos a Él, los desprecios, las contradicciones, los fracasos, los éxitos; vivimos el sufrimiento en la oscuridad gozosa del Amor; Él es todo en nosotros, que nos sabemos niños en su regazo, niños omnipotentes por el Amor a Él, niños que le entregamos, confiados, todo nuestro ser y también nuestras fragilidades, pues Él las ama.

Las penas ya no son penas; descansamos todas nuestras preocupaciones en nuestro Padre-Dios: «Siendo niños no tendréis penas: los niños olvidan enseguida los disgustos para volver a sus juegos ordinarios. —Por eso, con el abandono, no habréis de preocuparos, ya que descansaréis en el Padre» (n. 864).

En el amor de abandono de infancia espiritual los desprecios, las contradicciones, los vivimos con la alegría de la indiferencia de Amor: «Entiendo bien que te diviertan los desprecios que te hacen —aunque vengan de enemigos poderosos—, mientras sientas la unión con tu Dios y con tus hermanos de apostolado. —¿A ti, qué?» (n. 956). «El desprecio y la persecución son benditas pruebas de la predilección divina, pero no hay prueba y señal de predilección más hermosa que ésta: pasar ocultos» (n. 959). En los desprecios y en las alabanzas nos dará Dios una humildad más profunda (cfr. nn. 591, 593). En indiferencia de Amor, en silencio amoroso, como Jesús, hemos de sobrellevar los desprecios, con alegría: «Iesus… callado. —”Jesus autem tacebat” (…) —Calla. —Busca la alegría en los desprecios (…)» (n. 671).

En la paz de unión del amor de abandono y de infancia, todo cuanto acontece es para bien —«omnia in bonum»—, y lo vivimos con la alegría de estar entregados al Amor providente y redentor de nuestro Padre-Dios; en El no hay fracasos, en Él los males se transforman en bienes: «¡Has fracasado! —Nosotros no fracasamos nunca. —Pusiste del todo la confianza en Dios. —No perdonaste, luego, ningún medio humano. —Convéncete de esta verdad: el éxito tuyo —ahora y en esto— era fracasar. —Da gracias al Señor y ¡a comenzar de nuevo!» (n. 404 y cfr. nn. 405, 406). «Si salen las cosas bien, alegrémonos, bendiciendo a Dios que pone el incremento. —¿Salen mal? —Alegrémonos, bendiciendo a Dios que nos hace participar de su dulce Cruz» (n. 658). «¡Bienaventuradas malaventuras de la tierra! —Pobreza, lágrimas, odios, injusticia, deshonra… Todo lo podrás en Aquel que te confortará» (n. 717).

El espíritu de la vida de infancia nos lleva a esta santa indiferencia de Amor ante todo cuanto pueda sobrevenimos: «La santa desvergüenza es una característica de la “vida de infancia”. Al pequeño, no le preocupa nada. —Sus miserias, sus naturales miserias, se ponen de relieve sencillamente, aunque todo el mundo le contemple… Esa desvergüenza, llevada a la vida sobrenatural, trae este raciocinio: alabanza, menosprecio…: admiración, burla…: honor, deshonor…: salud, enfermedad…: riqueza, pobreza…: hermosura, fealdad… Bien; y eso… ¿qué?» (n. 389).

En el abandono amaremos el sufrimiento, aceptado como expiación de Amor y tesoro de Amor: «Cuando venga el sufrimiento, el desprecio…, la Cruz, has de considerar: ¿qué es esto para lo que yo merezco?» (n. 690); «Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel…» (n. 194).

La vida de Amor en abandono nos lleva a una humildad profunda y sencilla y confiada al modo de la infancia espiritual: «Delante de Dios, que es Eterno, tú eres un niño más chico que, delante de ti, un pequeño de dos años. —Y, además de niño, eres hijo de Dios. —No lo olvides» (n. 860). «Cuando quieres hacer las cosas bien, muy bien, resulta que las haces peor. —Humíllate delante de Jesús, diciéndole: ¿has visto cómo todo lo hago mal? —Pues, si no me ayudas mucho, ¡aún lo haré peor! —Ten compasión de tu niño: mira que quiero escribir cada día una gran plana en el libro de mi vida… Pero, ¡soy tan rudo!, que si el Maestro no me lleva la mano, en lugar de palotes esbeltos salen de mi pluma cosas retorcidas y borrones que no pueden enseñarse a nadie. —Desde ahora, Jesús, escribiremos siempre entre los dos» (n. 882).

Nos abandonamos enteramente a Él; le entregamos todo, hasta nuestras fragilidades, porque Él las ama: «Niño, ofrécele cada día… hasta tus fragilidades» (n. 865).

Así Él lo será todo en nosotros: «Jesús: nunca te pagaré, aunque muriera de Amor, la gracia que has derrochado para hacerme pequeño» (n. 901). Abandonados en El, todo nuestro obrar no será ya nuestro, sino suyo: «Espéralo todo de Jesús: tú no tienes nada, no vales nada, no puedes nada. —Él obrará, si en Él te abandonas» (n. 731). Sólo somos un instrumento dócil en manos de nuestro Padre-Dios: «(…) Eres lo que el pincel en manos del artista. —Y nada más (…)» (n. 612).

Pero en nuestro anonadamiento, por nuestro abandono infantil en Dios Amor, el mismo Amor Dios se hace nuestro, poseído por nosotros identificados con Él. Ya no hay mío y tuyo. Todo es El; y El, hasta con su omnipotencia, es nuestro: «No olvides, niño bobo, que el Amor te ha hecho omnipotente» (n. 875); «Niño, cuando lo seas de verdad, serás omnipotente» (n. 863). Identificados con el Señor, nuestras peticiones a El tienen la audacia de la confianza total: «Ten todavía más audacia de la confianza total: «Ten todavía más audacia y, cuando necesites algo, partiendo siempre del “Fiat”, no pidas: di “Jesús, quiero esto o lo otro”, porque así piden los niños» (n. 403). «Nuestra voluntad, con la gracia, es omnipotente delante de Dios. —Así, a la vista de tantas ofensas para el Señor, si decimos a Jesús con voluntad eficaz, al ir en el tranvía por ejemplo: “Dios mío, querría hacer tantos actos de amor y de desagravio como vueltas da cada rueda de este coche”, en aquel mismo instante delante de Jesús realmente le hemos amado y desagraviado según era nuestro deseo. Esta «bobería» no se sale de la infancia espiritual: es el diálogo eterno entre el niño inocente y el padre chiflado por su hijo:

— ¿Cuánto me quieres? ¡Dilo! —Y el pequeñín silabea: ¡Mu-chos mi-llo-nes!» (n. 897). «¡Qué buena cosa es ser niño! —Cuando un hombre solicita un favor, es menester que a la solicitud acompañe la hoja de sus méritos. Cuando el que pide es un chiquitín

— como los niños no tienen méritos—, basta con que diga: soy hijo de Fulano. ¡Ah, Señor! —díselo ¡con toda tu alma!—, yo soy… ¡hijo de Dios!» (n. 892).

El abandono en Dios nos lleva a la completa seguridad de su benevolencia, porque Él nos juzgará en el Amor, y Amor de Padre nuestro: «No temas a la Justicia de Dios. —Tan admirable y tan amable es en Dios la Justicia como la Misericordia: las dos son pruebas del Amor» (n. 431). «¿No brilla en tu alma el deseo de que tu Padre-Dios se ponga contento cuando te tenga que juzgar?» (n. 746). «Me hizo gracia que hable usted de la “cuenta” que le pedirá nuestro Señor. No, para ustedes no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús (…)» (n. 168).

Por el abandono en Dios y la plenitud de la vida de infancia espiritual, nuestro vivir se convierte en permanente acción de gracias y de actos de Amor puro: «Los actos de Fe, Esperanza y Amor son válvulas por donde se expansiona el fuego de las almas que viven vida de Dios» (n. 667); «Hazlo todo con desinterés, por puro Amor, como si no hubiera premio ni castigo. —Pero fomenta en tu Corazón la gloriosa esperanza del cielo» (n. 668). «¿Has presenciado el agradecimiento de los niños? —Imítalos diciendo, como ellos, a Jesús ante lo favorable y ante lo adverso: “¡Qué bueno eres! ¡Qué bueno!…” —Esa frase, bien sentida, es camino de infancia, que te llevará a la paz, con peso y medida de risas y llantos, y sin peso y medida de Amor» (n. 894).

Por la correspondencia en el Amor permaneceremos asegurados en Dios, en inconmovible perseverancia: «¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. —Enamórate, y no “le” dejarás» (n. 999).

5. COMENZAR Y RECOMENZAR EN LA VIDA DE AMOR

Jesús nos enseñó, realizada en sí mismo, la vida de abandono en Dios: Yo nada hago por mí mismo… Y el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo porque yo hago siempre lo que le agrada (Ioh 8, 28, 29). Y nos enseñó el camino de la infancia espiritual como la manera de alcanzar la vida de santidad y la vida del cielo en la que la santidad se consuma: En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos (Mt 18, 3).

La vida de abandono en Dios

La vida de abandono en Dios es forma suprema de la vida teologal de la Caridad o Amor, compenetrada de todas las modalidades vivificantes del don de Sabiduría o Amor.

Es la entrega a Dios de nuestro ser y de toda nuestra vida, en renuncia de nuestra voluntad abandonada en la de Dios, en propio anonadamiento amoroso, en humillación, en sacrificio.

En la vida de abandono son transfundidas al modo del Amor las virtudes teologales de la Fe y de la Esperanza y los dones de inteligencia, ciencia, piedad, temor, consejo y fortaleza. La Esperanza es entrega confiada al Amor Omnipotente y Misericordioso. La Fe es vivir a Dios siendo Él todo en todos, siendo en nosotros el principio de nuestro obrar natural y sobrenatural, ya que el alma sabe y siente que, por sí, nada puede en el orden de la gracia. La humildad es el reconocimiento amoroso de nuestra nada y de nuestra incapacidad.

La Voluntad divina nos inunda en la vida de abandono: por su presencia operativamente aceptada obramos; por identificación con ella vivimos y actuamos; con renuncia plena de nuestra propia voluntad, nos entregamos a la Voluntad divina significada y de beneplácito conforme se expresa en las circunstancias, en las situaciones, en todo lo que nos sobrevenga. Por abandono en Dios, Él nos infunde una santa indiferencia y paz amorosa respecto a todo acontecimiento bueno o malo que nos sobrevenga, y una amorosa libertad de espíritu respecto al mundo y a cualesquiera que sean las actitudes, acciones y decires de las gentes sobre nosotros.

La vida de santidad y de apostolado se expanden con toda su fuerza y riqueza en la plenitud consumada de la vida de abandono. Pero la vida que se consuma en plenitud al final estaba ya presente desde el principio: ya desde el comienzo de nuestra conversión a Dios hemos empezado a vivir la vida de abandono. Camino nos ha ido conduciendo por ella desde los primeros pasos, nos ha dado a comprender las luces con que Dios iluminaba nuestro camino y ahondaba nuestro espíritu de correspondencia, nos ha ido exhortando, con palabras operativas cuasi locuciones divinas, a los actos de vida de Amor según las virtudes morales y teologales y los dones, compenetrando siempre el abandono a la presencia operariva infusa de Dios y nuestra correspondencia activa de la lucha ascética.

La vida de infancia espiritual

Análogamente sucede con la vida de infancia espiritual. Es forma suprema de la vida teologal de la Caridad o Amor, entrañada ahora de todas las modalidades vivificantes del don de Piedad o Amor a nuestro Padre-Dios.

Es la entrega a Dios en anonadamiento amoroso, para que en nuestra miseria y debilidad resplandezca sólo y únicamente el Amor Misericordioso de nuestro Padre-Dios; la humillación en la aceptación de nuestras flaquezas y en el reconocimiento de nuestra nada, para que el poder de nuestro Padre-Dios se muestre en ellas perfecto (cfr. 2 Cor 12, 9); la aceptación de los sufrimientos interiores y externos, hasta la oscuridad de la Cruz, para que todo en nosotros sea confianza y Amor a nuestro Padre-Dios.

En la vida de infancia espiritual son transfundidas al modo del Amor filial las virtudes teologales de la Fe y de la Esperanza y todos los dones de inteligencia, ciencia, temor, fortaleza y consejo. La Fe es reconocimiento de la verdad y grandeza de nuestro Padre-Dios, de nuestra total dependencia de El y de su acción, y la docilidad a sus enseñanzas e inspiraciones conforme a las palabras evangélicas: serán todos enseñados por Dios (Ioh, 6, 45). La Esperanza se vive como filial abandono amoroso en la Providencia de nuestro Padre-Dios, pese a fracasos, desgracias y pecados, como confianza en nuestro Padre-Dios Amor, del que todo lo recibimos y esperamos, como los niños de sus padres que los aman, y por eso nada hay que nos inquiete; como entrega fiada a la acción santificante de Dios, con audacia de niños; como abandono en las manos de Dios de cualquier resultado eficaz de nuestros esfuerzos de correspondencia a la gracia. La Fe y la Esperanza se consuman en la Caridad y adquieren en ésta su forma perfecta.

La humildad señorea la vida de infancia espiritual. Es el sentido profundo y vivido de nuestra incapacidad en el orden de la gracia, como la de los niños en la vida natural; el reconocimiento de nuestra propia nada, miseria y debilidad, y el encontrar precisamente en ellas, como los niños, nuestra fuerza, hasta nuestra omnipotencia unidos a Dios, conforme a las palabras del Apóstol: Cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Cor 12, 10). Todo lo puedo en Aquel que me conforta (Phil 4, 13); la conciencia de que todo lo bueno que hay en nosotros, hasta todas nuestras virtudes y buenas acciones, ha sido creado en nosotros por Dios y a Él se lo atribuimos, de manera que no teniendo nada sobrenatural que podamos atribuirnos a nosotros, todo sin embargo lo tenemos a nuestra disposición; es también el no desanimarnos ante nuestras propias culpas, propias de la miseria natural del niño, sino que audazmente nos gloriemos de nuestras miserias por el abandono en nuestro Padre-Dios, conforme al espíritu del Apóstol: Me gloriaré en mis debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo (2 Cor, 12, 9).

El camino de infancia espiritual está impregnado todo él por el espíritu de las bienaventuranzas (cfr. Mt 5, 3-12): es el de los pobres de espíritu o pobres de corazón, en el desamparo de su debilidad, a quienes Dios otorga el Reino de los Cielos, ya en la vida de santidad o vida en Dios en este mundo y después consumado en la gloria; es el de los que viven la mansedumbre, la sencillez y la benignidad, que señorean la tierra desprendidos del mundo; es el espíritu de los que lloran, viviendo en el abandono de amor en la Cruz, a quienes Dios, Padre nuestro, sostiene y consuela en todas sus aflicciones; el espíritu de los que tienen hambre y sed de santidad, transidos del deseo de Dios, a los que nuestro Padre-Dios colma de bienes y gracias, el espíritu de los misericordiosos, que todo lo comprenden y todo lo llevan con amor piadoso, para quienes nuestro Padre-Dios se hace todo Amor Misericordioso; el espíritu de los limpios de corazón, de los que viven en la sencillez, como niños en la malicia (1 Cor 14, 20), a quienes se muestra Dios en su presencia íntima en el alma y a través de todos los avatares de la vida en su presencia de Dios providente, es el espíritu de los que obran la paz («sembradores de paz y de alegría», como le gustaba decir al autor de Camino), a quienes Dios les otorga el ser «hijos de Dios»; el espíritu de los perseguidos por causa de la justicia y santidad, que soportan con confianza filial las tribulaciones, desprecios, injurias y persecuciones, a los que nuestro Padre-Dios les abre y entrega, ya desde en la tierra, el Reino de los Cielos.

La vida de santidad y de apostolado se expande con toda su fuerza y riqueza en la plenitud consumada de la vida de infancia espiritual. Pero, también en ésta, la vida que se consuma en plenitud al final estaba ya presente desde el principio: ya desde el momento de nuestra conversión a Dios hemos empezado a vivir la vida de infancia espiritual. Camino nos ha ido conduciendo por ella desde los primeros pasos, nos ha dado a conocer las luces con que Dios iluminaba nuestro camino y ahondaba nuestro espíritu de correspondencia, nos ha ido exhortando, con palabras operativas, a los actos de vida del Amor filial según las virtudes morales y teologales y los dones, compenetrando siempre la confianza filial en la sola acción santificante de Dios y la colaboración generosa con la gracia (colaboración dócil y activa tan característica de la vida de infancia), conjugando la debilidad y sencillez del espíritu de infancia con el ejercicio de la reciedumbre y de la madurez varonil. (Sed niños en la malicia: pero en la conducta, hombres hechos, 1 Cor 14, 20).

Comenzar y recomenzar en la vida interior

Parece que debe extremarse la cautela en el entendimiento (y en la aplicación) de la analogía entre las edades (o vías sucesivas) de la vida espiritual y las edades (o estructuras-temples sucesivas) de la vida psicobiológica. No sólo por las evidentes diferencias intrínsecas a la analogía entre la vida natural y la vida sobrenatural, sino por la misma concepción de estadios o fases sucesivas tal como se dan en el desarrollo de la vida espiritual y de la vida psicobiológica.

En esta última las estructuras-temples características de la configuración psicobiológica del hombre son sustituidas cada una por la siguiente. Pero en la vida espiritual no hay propiamente una sustitución: la vida espiritual que se inicia en la primera conversión se mantiene o conserva, con todos sus factores y avatares internos y externos, en la forma de vida de la segunda conversión, aunque asumidos al modo de esta segunda conversión. E igualmente sucede con la vida espiritual propia de la tercera conversión, en la que se mantienen los factores y procesos de la segunda, aunque asumidos al modo de aquélla. El hombre espiritual, diríamos en analogía o metáfora con el hombre psicobiológico, conserva un espíritu infantil y juvenil asumido en su vida de hombre espiritual adulto y perfecto. Es la misma vida de gracia la que se mantiene, crece y desarrolla siempre de maneras a la vez diferentes e iguales.

El binomio gracia-correspondencia, acción mística de Dios en la intimidad del alma y colaboración ascética del hombre, subsiste siempre a través de todas las transformaciones, providentes y sorprendentes, de la iniciativa divina y de todas las maneras, cada vez más transfiguradas por el vivir íntimo con Dios, de la correspondencia humana.

De ahí el «comenzar y recomenzar» intrínseco al proceso de avance en la vida del espíritu: «Precisamente tu vida interior debe ser eso: comenzar… y recomenzar» (n. 292).

En el animoso horizonte del valle del amor de deseo están presentes, sobrepujándolo, reclamándolo, el atrevido horizonte de cumbres del amor de generosidad y el intrépido horizonte de cielo del amor de entrega. Sucede así también en las palabras evangélicas: su sentido iluminante y operativo es patente al hombre espiritual desde su primer atisbo de Dios y de la vida de Amor que Dios nos pide; pero ese mismo sentido se abre con luces y mociones más profundas para el hombre que avanza ya en actitud contemplativa de generosidad; y es, en definitiva, ese mismo sentido el que inunda, con las lumbres transparentes y llameantes de los misterios íntimamente comunicados, al hombre espiritual alzado por Dios a la identificación con la Voluntad divina y a la unión más entrañable con Dios mismo.

Y siempre y para todos y en cada fase o grado de la vida del Amor se verifica el dicho de Jesús: Qui potest capere capiat (Mt 19, 12), «quien sea capaz de entender, que entienda», quien haya purificado y ahondado su corazón en el Amor comprenderá con pureza y hondura nuevas las palabras con que le habla el Amor. De hecho, una gran parte de los puntos o parágrafos de Camino hablan un lenguaje operativo de Amor que el hombre entiende desde el comienzo de su vida interior, pero cuyo sentido se le revela cada vez más luminoso y más profundo conforme progresa en la correspondencia a la gracia que va creciendo y abundando en él. Y en cada avance se hace más niño ante Dios, penetrado de la íntima gracia transformante que obra la comprensión contemplativa de estas palabras de Jesús: Se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, pues así fue tu beneplácito (Lc 10, 21).

Monseñor Escrivá de Balaguer, con Camino, introduce al hombre en la vida del espíritu de abandono y de infancia espiritual ya desde los comienzos mismos de su conversión a la vida de santidad y apostolado en medio del mundo, y lo acompaña con su dirección y estímulo hasta intimarlo en la plenitud del amor de entrega a Dios y de unión con Él por el espíritu del supremo abandono en Dios y de la heroica infancia espiritual de hijos de Dios.

Estudios sobre Camino.

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• Introducción
• Significado Teológico-Espiritual de Camino
• Cincuenta años de historia
• Acogida universal
• El impacto de CAMINO en los años cuarenta
• Testimonios sobre un clásico de la literatura espiritual
• Espíritu de abandono y vida de infancia espiritual
CAMINO, Una lección de amor
• Sobre la pedagogía de la lucha ascética en CAMINO
• El amor a la Iglesia y al Papa en CAMINO
• El humanismo cristiano de CAMINO
• Raices de la alegría
• El trabajo en CAMINO
• El espíritu teológico de CAMINO*
• La virtud de la fe en CAMINO
• El don de sabiduría y CAMINO
• Devoción y amor a María en CAMINO
• Aprender en CAMINO el amor a la VIRGEN

4. Su formación

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

02 de diciembre de 2008

El Fundador refirió siempre de sí mismo que había sido un niño normal, educado en una familia profundamente cristiana, pero sin beaterías. ¿Querría relatar alguna anécdota de su infancia?

–Josemaría era un niño fuerte, completamente sano, aunque sufrió una enfermedad infecciosa muy grave cuando tenía alrededor de año y medio. El médico de cabecera, Ignacio Camps Valdovinos, muy amigo del padre de Josemaría, don José Escrivá, llegó a decirle: “Mira, Pepe –así le llamaban sus amigos–, tengo que decirte la verdad: el niño se muere, no pasará de esta noche”.

Sus padres reaccionaron como buenos cristianos que eran. Rezaron mucho, abandonándose en la Voluntad de Dios, y prometieron que, si el niño sanaba, lo llevarían en peregrinación a la ermita de Torreciudad, un lugar del Somontano –entonces sólo accesible por caminos difíciles– donde se custodia una antigua imagen de la Virgen, muy venerada por los habitantes de Barbastro.

A la mañana siguiente el doctor Camps se acercó a la casa de los Escrivá y preguntó: “¿A qué hora ha muerto el niño?” José Escrivá respondió: “No sólo no ha muerto, sino que está completamente curado. ¿No le oyes hablar?” El doctor Camps entró en el dormitorio del niño y lo vio de pie, agarrado a los barrotes de su pequeña cama, saltando y gritando alegre.

A propósito de aquella cama, su madre me contó que el pequeño Josemaría tenía tanta vitalidad que, una vez, saltando agarrado a uno de los barrotes, tomó tal impulso que, sin querer, dio una voltereta y cayó al suelo fuera de la cama.

Sus padres cumplieron la promesa y peregrinaron en acción de gracias a Torreciudad, el lugar donde hoy se alza un gran santuario dedicado a la Virgen.

Sus padres le enseñaron las primeras oraciones, que continuó rezando toda la vida, incluso cuando había cumplido ya los setenta años, y empezó a decir que sólo tenía siete, para subrayar las ventajas de la vida de infancia espiritual.

–Hablando de sí mismo decía a veces: Recuerdo que un chico, al rezar el Señor mío Jesucristo, en lugar de decir propósito de la enmienda, pronunciaba ‘de la almendra’. No sabía qué era la enmienda, pero las almendras, sí, porque le gustaban. Ese niño era yo.

Aquella oración manifestaba también la buena voluntad de querer agradar a Dios y de portarse bien; la ‘almendra’ de nunca más volver a pecar. Comenzarían a enseñarme esa oración hacia los tres años, y hasta los siete (los setenta) no he pasado de la ‘almendra’. Y por eso doy gracias a Dios.

Tenía un carácter fuerte. Por ejemplo, cuando su madre le invitaba a dar un beso a algún conocido, a veces respondía que no tenía “besos hechos”.

El ambiente de Barbastro era muy cristiano. Un año, en las fiestas del lugar se expuso uno de aquellos primeros aeroplanos y don José Escrivá llevó a su hijo a verlo. Nuestro Fundador recordaba, divertido, los comentarios de unas monjas que se preguntaban entre sí: “¿Cuando el avión vuele sobre nuestro huerto, romperá la clausura?”

Cuando se hizo un poco mayor, Josemaría acompañó de vez en cuando a su padre cuando salía a cazar. Don José Escrivá era un apasionado cazador. Tenía en casa, en un patio, una jaula con reclamos para las codornices. La jaula era pequeña y se le podía quitar el fondo, de modo que, una vez fijada a la tierra, los pájaros podían comer y moverse directamente sobre el suelo. Como a todo buen cazador, a don José Escrivá le gustaba mucho contar anécdotas de caza, que su hijo recordaba con detalle. Las perdices y las codornices eran sus presas favoritas, pero, si se ponían a tiro, don José disparaba también a los tordos.

El pequeño Josemaría era muy observador, y le gustaba pasar ratos en la cocina. Había notado, por ejemplo, que la cocinera calculaba el tiempo de cocción de los huevos duros rezando dos Credos.

Es un detalle divertido y sintomático…

–A propósito del huevo duro. Me viene ahora a la cabeza que en los años sesenta, una directora del Opus Dei en Kenia contó al Padre cómo calculaban el tiempo de cocción de los huevos, según la costumbre local de hacer un hoyo en el suelo y echar encima un poco de agua. Cuando se filtraba por completo en la tierra, quería decir que el huevo se había cocido. Por esta anécdota, nuestro Fundador se dio cuenta de que ni siquiera disponían de reloj, y le conmovió aquella penuria de medios tan extrema: inmediatamente hizo que diesen a aquella hija suya el despertador del Centro en que vivía.

Pero volvamos a la infancia del Padre. Jugaba con sus compañeros y participaba en sus habituales peleas, pero no soportaba la crueldad. Los niños son a veces despiadados, y los de Barbastro no eran una excepción: algunos tenían la costumbre de cazar murciélagos, clavarlos en una pared y matarlos a pedradas. En una ocasión, Josemaría fue testigo involuntario de una de estas brutales escenas. No la olvidó en su vida. Inclinado como era a reflexionar sobre las cosas que veía, comprendió por aquel episodio hasta dónde puede llegar la crueldad humana y –con las debidas distancias– el inconcebible comportamiento de los verdugos de nuestro Señor, cuando estaba clavado sobre el madero de la Cruz.

El Padre atribuía a su condición de aragonés la franqueza y la sinceridad de su modo de ser, y la constancia y la perseverancia en los propósitos.

–Son características que tuvo desde su infancia. Le he oído contar en algunas ocasiones que se ponía colorado de pequeño cuando oía hablar de los escribas y fariseos, y lo mismo le pasaba a su hermana Carmen. La explicación es sencilla: muchas personas escribían el apellido de los Escrivá con “b”, ya que en España la “b” y la “v” se pronuncian igual; por eso cuando sus compañeros de colegio oían hablar de los escribas, miraban con una sonrisa a los Escrivá. El vicio de la hipocresía y el fingimiento no podían ser más diametralmente opuestos al modo de ser del Padre. Debo añadir que, aunque hablaba con frecuencia de sus defectos infantiles, nunca se refería a sus virtudes o éxitos. Nunca me dijo, por ejemplo, que había recibido un premio de aplicación y conducta en sus años de escuela primaria. Me he enterado después de su muerte, al consultar los boletines diocesanos.

El Fundador fue un alumno brillante ya desde el bachillerato, que inició en Barbastro y terminó en Logroño, a donde se trasladó la familia en 1915, tras la quiebra de la empresa comercial del padre. Don José Escrivá, que había cargado generosamente con las consecuencias del mal comportamiento de un socio, encontró un nuevo empleo en un negocio de tejidos de Logroño. La familia tuvo que adaptarse al nuevo tenor de vida llevando con mucho señorío las iniciales estrecheces. Sin duda, el joven Josemaría debió de tener presentes las necesidades familiares antes de madurar su propia vocación profesional.

–Quería ser arquitecto. Le movían a esta elección sus aficiones artísticas y humanísticas, así como su aptitud para las matemáticas y el dibujo. En aquel tiempo, los alumnos que recibían la máxima calificación –”Sobresaliente con premio”, según la terminología de la época–, se sentaban en la primera fila de la clase y tenían que contestar a las preguntas del profesor que no hubiesen podido responder otros alumnos menos preparados. Josemaría ocupó el primer banco en álgebra y trigonometría de cuarto y quinto de bachillerato, además de en literatura.

Sus padres estaban contentos con su orientación, aunque don José Escrivá a veces tomaba el pelo a su hijo, diciéndole que sería “un albañil distinguido”.

Como todas las madres, también doña Dolores estaba atenta a las amistades del hijo adolescente y le daba un consejo que el Padre me ha contado, divertido, más de una vez. Hablándole de la elección de una futura esposa –nada hacía prever que no fuese a casarse–, su madre le decía: “Josemaría, ni guapa que encante, ni fea que espante”.

Pero las cosas discurrieron de modo muy diverso…

–El Padre comenzó a barruntar el Amor –usó siempre esta frase– en un momento bien preciso.

Entre finales de diciembre de 1917 y comienzos de enero de 1918 cayó una nevada tan fuerte en la región de Logroño que, según la crónica del periódico local, La Rioja –sustituido en los años cincuenta por otro diario, La Nueva Rioja–, las precipitaciones duraron todo el mes, varias personas murieron de frío, las temperaturas descendieron hasta los dieciséis o diecisiete grados bajo cero, se cortaron las comunicaciones, etc. Una mañana Josemaría vio sobre la nieve las huellas de los pies descalzos de un carmelita. Brotó en su alma, inmediatamente, una profunda inquietud y se preguntó: “Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios y por el prójimo, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?” Comenzó entonces a advertir, con seguridad absoluta, que el Señor le pedía algo, y como no sabía qué era, poco tiempo después empezó a dirigirse al Señor con la súplica del ciego Bartimeo: Domine, ut videam!, o bien, Domine, ut sit!; y también, recurriendo a la Santísima Virgen para que se cumplieran en su vida los designios de Dios: Domina, ut videam!, Domina, ut sit!

Intensificó su vida de piedad y de oración, acudió diariamente a la Misa y a la Comunión. Como fruto de esta entrega intuyó que si se hacía sacerdote estaría mejor preparado para comprender lo que el Señor quería de él. Decidió entonces entrar en el Seminario de Logroño como alumno externo. Sus padres no se opusieron, aunque aquella decisión modificaba radicalmente los planes familiares. Don José Escrivá llevó a su hijo a hablar con don Antolín Oñate, abad de la Colegiata de Logroño, un santo sacerdote que era una verdadera institución en la ciudad, y que alentó la vocación del muchacho.

Sin embargo, tuvo que superar el impacto del ambiente del seminario de Logroño, y después, del de Zaragoza, donde prosiguió a partir de 1920 sus estudios de Teología, por el carácter netamente cristiano, pero “laical”, de la familia Escrivá.

–Sus padres le habían enseñado a venerar el sacerdocio, pero, antes del episodio de las huellas en la nieve, nunca había pensado hacerse sacerdote. En el colegio incluso había sentido un rechazo inicial hacia el latín, y decía: ¡El latín, para los curas! Sin embargo, en cuanto profundizó en el estudio del latín y se entusiasmó con esta lengua, sintió como la necesidad de compensar el escaso interés que había demostrado en sus primeros años. Además de calificar de necia su conducta anterior, reconocía: Nunca agradeceré bastante el bien que me hicieron en el colegio, cuando en el bachillerato me obligaron a estudiar el latín. Recuerdo que nos hacían llenar las libretas con las declinaciones y con las conjugaciones de los verbos: tanto de los regulares como de los irregulares. Además, teníamos que anotar si el acento era largo o breve. De manera que después nunca se me ocurría decir, por ejemplo, legérem sino légerem.

Pero volvamos a la pregunta. La mayoría de los compañeros de Seminario en Zaragoza procedía del campo y no estaban muy familiarizados con los hábitos de higiene y buena educación que Josemaría había aprendido en su casa. El Padre no pretendió nunca ser modelo de educación ni de cultura; es más, hubiera deseado pasar inadvertido entre sus compañeros, de los que siempre decía que eran excelentes. Pero no fue posible. Como le he oído contar, no había lavabos en las habitaciones, de manera que para lavarme de arriba a abajo había de llevar tres o cuatro jarros de agua: quizá fuera eso lo que escandalizaba a algunos.

Cuando hablaba de sus años en el Seminario, el Padre recordaba de sus compañeros sólo virtudes y grandes deseos de servir a la Iglesia. Pero sufrió incomprensiones cuando, a pesar suyo, los demás advirtieron sus esfuerzos por cuidar la vida de piedad. Se empeñaba en no singularizarse, porque desde la infancia fue enemigo de la ostentación y de las extravagancias; pero al mismo tiempo nos decía: no tengáis miedo a que se note que procuráis ser piadosos.

Pasaba muchas horas en oración, en la capilla del Seminario de San Carlos de Zaragoza, como antes había hecho en la Rotonda de Logroño. Procuraba no llamar la atención de los demás, pero aquellas largas visitas no pasaban inadvertidas y algunos de sus compañeros comentaban en voz alta, de modo que lo oyese: “Aquí viene el soñador”.

En la Biblia (Gén. 37, 19), así llamaban a José sus hermanos que después lo venderían a los mercaderes egipcios.

–No daba ninguna importancia a estos comentarios irónicos. Es más, procuraba estimular a sus compañeros a que rezasen más.

Tampoco pasó inadvertido el hecho de que el Padre entrase a diario, a la vuelta de la Universidad, en la Basílica del Pilar –para honrar a mi Madre, decía–, y algunos seminaristas comenzaron a llamarle rosa mystica, para tomarle el pelo. Nuestro Fundador sufría con este mote, sobre todo porque, aunque sus compañeros quizá no se daban cuenta, constituía una irreverencia hacia la Santísima Virgen; y, por otra parte, le entristecía que se burlasen de algo lógico y normal, no sólo para quien se prepara al sacerdocio, sino para cualquier cristiano.

De todos modos, el aprecio de sus profesores y compañeros debió de ser efectivo y sincero cuando el mismo Cardenal Soldevila, Arzobispo de Zaragoza, que poco después moriría en un atentado, le manifestó su estima personal nombrándole muy joven inspector del Seminario, y adelantándole con este fin la tonsura.

–Es una muestra de la madurez que había alcanzado ya en su juventud, y testimonia el empeño que nuestro Fundador puso en su formación humana, espiritual y doctrinal –se exigió mucho en su lucha ascética y en los estudios, desde niño–, y apostólica: sus amigos de infancia y sus compañeros de escuela y seminario han conservado el recuerdo vivo de su afabilidad, de su disponibilidad para servir que denotaba un esfuerzo no meramente humano.

El Fundador fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925: compartieron su alegría su madre, su hermana Carmen, y el hermano pequeño, Santiago, que tenía seis años. Pero no fueron días de fiesta porque estaban de luto. El 27 de noviembre anterior, don José Escrivá había muerto repentinamente, dejando a sus hijos el recuerdo de un padre ejemplar. El primer encargo ministerial de don Josemaría fue la sustitución de un compañero sacerdote, durante un par de meses, en el pueblo de Perdiguera.

–Fue una situación difícil, porque el titular de la parroquia había abandonado su puesto en circunstancias poco claras, aunque oficialmente por enfermedad. Y en parte debió de ser así, pues aquel sacerdote murió repentinamente al cabo de un mes, es decir, en mayo.

El Padre prodigó su celo sacerdotal en aquel pueblo de ochocientos habitantes. En los lugares pequeños era normal que al párroco le sobrase bastante tiempo libre después de cumplir sus deberes de pastor… Una vez terminado el ministerio parroquial, el sacerdote solía reunirse con las “fuerzas vivas” –el alcalde, el médico, el farmacéutico, el secretario del ayuntamiento…– para jugar a las cartas. Pero don Josemaría tenía muchas otras cosas en que pensar: además de sus deberes sacerdotales y el cuidado de su vida de oración, tenía una madre viuda y dos hermanos que mantener, y debía terminar sus estudios civiles; pero, sobre todo, sentía claramente que el Señor quería algo de él, aunque aún le mantenía en la oscuridad. Por eso, ni entonces, ni después, como afirmaba, pudo permitirse el lujo de aburrirse: no tenía tiempo. Se lo he oído decir muchas veces, hasta el último día de su vida: nunca me he aburrido.

En Perdiguera, en lugar de tomar parte en pasatiempos con las “fuerzas vivas”, se dedicó a la catequesis de niños y adultos, en grupos, y también privadamente, uno a uno, si veía que lo necesitaban. En menos de dos meses visitó a todas las familias del pueblo, casa por casa, encendiéndolas en el amor de Dios. En estas visitas siguió siempre el criterio de no ir a las casas de los labradores cuando los hombres estaban fuera, trabajando en el campo.

En los ratos en que la gente descansaba y no era posible desarrollar ninguna actividad pastoral, el Padre aprovechaba para darse largos paseos por el campo, meditar y también para “castigar” el cuerpo, para mortificarse.

Hizo saber a todos que estaba siempre disponible, y que podían llamarle a cualquier hora para lo que necesitasen.

Esta conducta fue motivo de críticas por parte de algunas personas. El mote que le habían puesto en Zaragoza llegó hasta Perdiguera. Por esto, y por su comportamiento sacerdotal, algunos compañeros de pueblos cercanos empezaron a llamarle “el místico”.

El Padre nunca pronunció una palabra de protesta o resentimiento contra estos murmuradores. Pero, lógicamente, aquel chisme le llenó de dolor, no tanto por su persona, sino porque era una falta de respeto al sacerdote.

El Fundador comenzó a acrisolar su sacerdocio desde el primer momento, a través de la administración de los sacramentos y la predicación. ¿Cómo adquirió aquel estilo de predicar tan incisivo que le hemos escuchado, y que podemos continuar apreciando en las homilías publicadas?

–La predicación del Padre fue siempre doctrinal, pero aplicada a la vida concreta de las almas. Por otra parte, era muy rica y variada. Con frecuencia hablaba de la cercanía de Dios, de su presencia entre nosotros, con una fe y una convicción que parecían esculpir profundamente en el corazón de los presentes las palabras del Señor: Regnum Dei intra vos est. Realmente vivía siempre con Dios, inmerso en Él: su predicación era el desbordamiento de su corazón enamorado.

Puedo atestiguar que nuestro Fundador predicaba haciendo la oración personal en voz alta y, por tanto, expresaba lo que el Señor le inspiraba en ese momento; pero preparaba cuidadosamente sus meditaciones, aunque versasen sobre temas que conocía muy bien o sobre los cuales había hablado ya muchas veces. No le gustaba repetir al pie de la letra el guión utilizado en otras ocasiones. Lo actualizaba siempre, de acuerdo con las circunstancias o la situación concreta de los que escuchaban. A los sacerdotes nos aconsejaba hacer lo mismo. A menudo recordaba a sus hijos sacerdotes que no debían hacer como fray Gerundio de Campazas –un personaje de la literatura clásica española, creado por el P. José Francisco de Isla–, quien cerró los libros y se lanzó a predicar sermones grandilocuentes pero sin sustancia. También nos recomendaba no imitar el talento de don Estupendo, que por la mañana decía lo que por la noche estuvo leyendo; la única cosa que puede convencer a los demás es, en definitiva, nuestra propia vida, nuestra coherencia con el Evangelio. Y también en esto, su ejemplo nos arrastraba.


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