Mujeres en el Opus Dei

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La visión del 2 de octubre de 1928 no incluía explícitamente a las mujeres, y durante el siguiente año y medio Escrivá estuvo convencido de que en el Opus Dei sólo habría hombres. No sabemos por qué creyó eso. Tal vez el limitado papel asignado a la mujer en la sociedad de principios del siglo XX inclinara a esta consideración. Tal vez se debía a que no había en la Iglesia instituciones que exigieran un compromiso vocacional y estuvieran compuestas tanto por hombres como mujeres. Tal vez por cualquier otra razón.

En cualquier caso, estaba convencido de que la masculinidad era una característica esencial de lo que Dios le pedía. Una señal clara de este convencimiento se encuentra en el período de búsqueda de alguna institución a la que unirse, en lugar de fundar algo nuevo. A finales de 1929 se fijó en la Compañía de San Pablo que había fundado el cardenal Ferrari, pero cuando se enteró de que había hombres y mujeres concluyó que no podía ser lo que Dios le pedía.

El 14 de febrero de 1930 Escrivá fue a celebrar Misa en una capilla privada. Sus notas personales reflejan lo que sucedió durante la Misa: “Inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual, cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei”[1].

Al igual que los acontecimientos del 2 de octubre de 1928 la fundación de la sección de mujeres del Opus Dei pilló a Escrivá por sorpresa. Vio en ello una señal de la providencia divina: “¡No quiero mujeres, en el Opus Dei! Dios: pues yo las quiero”[2]. Darse cuenta de que la Obra debía comprender a hombres y mujeres supuso el punto final de la búsqueda de una organización que ya existiera. Desde entonces, no tuvo la menor duda de que estaba llamado a fundar algo nuevo en la Iglesia.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 323

[2] Ibid. p. 324

Sin sitio en Zaragoza

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En 1920 Zaragoza era una gran diócesis sin escasez de clero. A los sacerdotes recién ordenados se les asignaba, ordinariamente, a parroquias grandes de la ciudad, donde podrían aprender de sacerdotes con experiencia. Tal encargo habría permitido a Escrivá permanecer con su familia y sacarla adelante dando clases particulares a estudiantes.

El día de su Primera Misa, sin embargo, Escrivá recibió el encargo de trasladarse a Perdiguera, un pueblo agrícola con menos de mil habitantes, situado en una de las zonas más atrasadas del norte de España. Perdiguera estaba a 20 kilómetros de Zaragoza, pero sólo se podía llegar allí en coche de línea tirado por mulas, así que Escrivá quedó apartado de su familia. El pueblo era tan pequeño que no tuvo oportunidad de obtener ningún ingreso fuera de los estipendios que recibiría por la celebración de sacramentos.

El párroco titular había caído enfermo y había dejado el pueblo, así que Escrivá se encontró solo en ese lugar donde no conocía a nadie. A pesar de que la parroquia tenía una rectoría, todavía estaba llena de los muebles del párroco titular y de sus pertenencias. Escrivá se alojó con una familia del pueblo. Su primera tarea fue limpiar la iglesia, que estaba muy sucia. Después, con ayuda del sacristán y de su hijo, emprendió la tarea de conocer a sus nuevos parroquianos. En el transcurso de las siguientes semanas visitó a casi todas las doscientas familias que formaban la parroquia, especialmente aquéllas donde había alguien enfermo y guardando cama.

A pesar de que había pocos asistentes, Escrivá cantaba Misa todos los días y oficiaba la Bendición con el Santísimo Sacramento cada tarde. Los jueves dirigía la Hora Santa. Cada tarde permanecía horas en el confesionario, leyendo su breviario y esperando a los penitentes. Sus horas de oración delante del Santísimo Sacramento y su negativa a pasar las tardes jugando a las cartas con “las fuerzas vivas” del pueblo pronto hicieron que algunos le llamaran “el místico” o “la rosa mística”, como alguno de sus compañeros de seminario había hecho.

Escrivá organizó las catequesis de primera comunión. Uno de los niños de la familia con la que se alojaba no podía asistir a las clases porque pasaba todo el día pastoreando las cabras de la familia. Escrivá le daba clases particulares por la tarde. Un día Escrivá le preguntó qué haría si fuera rico. “¿Qué es ser rico?”, dijo el chico. Cuando Escrivá le explicó que ser rico significaba tener mucho dinero, montones de ropa, vacas gordas y cabras de piel reluciente, los ojos del chico se encendieron y respondió: “Me comería ¡cada plato de sopas con vino (…) Al oír la respuesta, concluyó pensando para sus adentros: Josemaría, está hablando el Espíritu Santo. Porque todas las ambiciones de este mundo, por grandes que sean, no pasan de ser un prosaico plato de sopas, nada que valga realmente la pena”[1].

Escrivá permaneció algo menos de dos meses en Perdiguera, y volvió a Zaragoza el 18 de mayo de 1925. A su regreso, sin embargo, encontró que no tenía nuevo destino. A pesar de sus repetidas peticiones de un nuevo encargo pastoral, los funcionarios de la diócesis no le hicieron caso. Si el cardenal Soldevilla, que le había nombrado prefecto del seminario, estuviera vivo, Escrivá no habría tenido problemas. Sin embargo, el cardenal había sido asesinado por un pistolero anarquista, en medio del clima de violencia política reinante en Zaragoza. Escrivá no pudo acercarse al sucesor de Soldevila, el obispo Doménech, y sus tíos usaron de su influencia en las oficinas diocesanas para impedir que le asignaran un nuevo encargo pastoral.

Para mantener a su familia, Escrivá comenzó a dar clases particulares a estudiantes. Si esto apenas era suficiente para mantenerse él mismo, cuánto menos para mantener a los suyos. Finalmente, en mayo de 1925, encontró un puesto a tiempo parcial como capellán de la iglesia de San Pedro Nolasco, que atendía la Compañía de Jesús y era conocida popularmente como iglesia del Sagrado Corazón. Esto le dio muchas oportunidades de ejercer su ministerio sacerdotal, pero no resolvió su problema económico. Las cinco pesetas que ganaba cada día en la iglesia no le alcanzaban a Escrivá para mantener a su familia. Además, su madre temía que le enviaran de vuelta a un pueblo distante. Armándose de valor, decidió pedir ayuda a su hermano, Carlos Albás. Éste no sólo se negó a ayudarla, sino que la echó de su casa. Evidentemente no había futuro para los Escrivá en Zaragoza.

Durante su primer año de sacerdocio, Escrivá se dedicó con todas sus fuerzas a la oración personal y a las tareas sacerdotales de la iglesia del Sagrado Corazón: oír confesiones, celebrar la Misa y enseñar el catecismo. Para conseguir llegar a fin de mes, daba clases particulares a tantos estudiantes que una vez se describió a sí mismo como un “profesor condenado a galeras”. Además, se dedicó seriamente a la carrera de Derecho. Durante el año académico 1924-1925, la muerte de su padre y su propia ordenación no le dejaron apenas tiempo para seguir esos estudios, y sólo logró matricularse en una asignatura. En el año 1925-26, sin embargo, se matriculó de ocho asignaturas, de forma que a finales de los exámenes de otoño sólo le quedaba una para completar su licenciatura.

Aunque Escrivá continuaba siendo un estudiante “no oficial”, que no estaba obligado a asistir a clases, pasaba tiempo en la universidad. Allí, los intereses culturales y cualidades personales que años atrás habían molestado a algunos seminaristas le hicieron un estudiante popular e incluso un líder. El hecho de que fuera sacerdote y acudiera con sotana a clase le podría haber separado de los demás estudiantes, pero su talante seguro, su carácter abiero y comunicativo, su sentido del humor y su optimismo le permitieron hacer buenos amigos entre sus compañeros de curso, algunos de los cuáles no eran creyentes. Solía quedar con otros alumnos para estudiar, preparar resúmenes o simplemente para charlar. También animó a algunos a acompañarle los domingos por la mañana a dar catequesis a los niños de los arrabales. Años más tarde, un universitario relató que Escrivá era un “romántico de Cristo: alguien enamorado de Él, un hombre con una fe completa en el Evangelio”. Estas cualidades le permitían establecer amistades estrechas no sólo con otros compañeros estudiantes, sino también con profesores mucho mayores que él.

En el otoño de 1925 sólo le quedaba una asignatura para terminar la carrera. En octubre empezó a enseñar Derecho Romano y Canónico en una academia privada, el Instituto Amado, que preparaba para oposiciones a recién licenciados y ofrecía clases de repaso a estudiantes de la Facultad. En enero de 1927 se presentó al último examen y recibió su título.

Escrivá todavía no tenía un puesto estable en la diócesis y había sido rechazado para varios. Fue entonces cuando su antiguo profesor de Derecho Romano, don José Pou de Foxá, que estaba bien relacionado en la diócesis de Zaragoza y comprendía los enredos de la política clerical, le advirtió de que no había sitio para él en la ciudad y que debía trasladarse a Madrid.

[1] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 206

El Fundador

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El 2 de octubre de 1928 Josemaría Escrivá vio el Opus Dei. Usó siempre este verbo, ver, y lo sucedido forma parte de su relación personalísima con Dios. Sin embargo, también para nosotros y para la vida de la Iglesia es un momento central, porque la santidad del Padre se estructura sobre su carisma de Fundador. Sabemos que aquel día estaba en Madrid haciendo, a solas, unos ejercicios espirituales. Todo entra, evidentemente, dentro de un designio providencial.

–La actitud del Padre, como afirmaría más tarde en muchas ocasiones, no fue nunca la del jugador de ajedrez, que mientras hace una jugada va pensando las siguientes: vivía un confiado abandono en la Voluntad de Dios y procuraba, por todos los medios, no obstaculizarla con inútiles precipitaciones humanas.

Se trasladó a Madrid, con el permiso de su Ordinario, el Arzobispo de Zaragoza, para obtener el doctorado en Derecho en la Universidad Central. Llegó a la capital el 20 de abril de 1927, y apenas una semana después, se matriculó en la asignatura de Historia del Derecho Internacional, y después, a finales de agosto, en la de Filosofía del Derecho.

Pero sus planes se modificaron con la fundación de la Obra: el 2 de octubre de 1928 el Señor cambió el curso de su vida y le hizo ver, con claridad meridiana, que su misión sobre la tierra consistía en hacer el Opus Dei. Madrid fue mi Damasco, le he oído exclamar a veces, con profunda gratitud. No sé si llegó inmediatamente a la conclusión de que debía establecerse de modo definitivo en la capital donde había nacido la Obra, y ofrecía mejores perspectivas para su desarrollo. Desde el principio contó con la autorización eclesiástica del Ordinario del lugar.

Aquel 2 de octubre de 1928 se abrieron para nuestro Fundador los horizontes hacia los que el Señor le llamaba al confiarle el Opus Dei: una movilización de cristianos que, en todo el mundo, en todas las clases sociales, a través de su trabajo profesional desarrollado con libertad y responsabilidad personales, busquen la propia santificación, santificando al mismo tiempo, desde dentro, todas las actividades temporales, en un audaz proyecto de evangelización para llevar a Dios a todas las almas. Es, con unas décadas de anticipación, el mensaje de renovación de la Iglesia querido por el Concilio Vaticano II, que ha proclamado la vocación universal a la santidad para la salvación del mundo, con todas las consecuencias pastorales que de ahí derivan, y que delinean la función eclesial del Opus Dei, mientras, como decía el Fundador, haya sobre la tierra hombres que trabajen.

¿Con quién habló el Fundador, además de, naturalmente, con su confesor?

–Uno de los primeros fue un profesor suyo de la Universidad civil de Zaragoza, don José Pou de Foxá, catedrático de Derecho canónico, muy conocido en España. En los primeros años treinta, don José Pou le pidió: “dime lo que te pasa, porque te encuentro diferente. Tú escribes siempre con mucha alegría, y veo que sigues teniendo alegría, pero te veo como más reservado; te pasa algo: ¿tienes alguna pena?”. Es probable que, como consecuencia de esa pregunta, el Padre le informara de alguna manera sobre su vocación divina; de hecho, poco más tarde, don José Pou afirmó que, por las noticias recibidas, comprendía muy bien por qué nuestro Padre se encontraba tan metido en Dios y tenía un afán tan grande por cumplir su Santísima Voluntad, y añadió: “Tú dices que eres un instrumento inútil e inepto. Menos mal que dices esto: porque en caso contrario querrías hacer una cosa tuya, y no una cosa de Dios. Como estás en esta disposición de considerarte inepto, Dios hará todo y todo será de Dios”.

Nuestro Fundador no habló con nadie más de la misión que había recibido del Señor, aparte de las personas que se acercaban a la Obra y, ya mediado el año 1930, su director espiritual, quien le aseguró muchas veces: “Todo esto es de Dios”.

¿Y ni siquiera habló con su familia? Con su madre vivían Carmen, su hermana, apenas dos años mayor, y Santiago, que en 1928 tenía nueve años.

–Hasta 1934 el Padre no habló claramente de la Obra a su madre ni a su hermana, a quienes, pese a la actitud prudente del Padre, no se les había escapado la intensidad de sus mortificaciones, signo evidente de que algo importante había aparecido en su vida. Me lo contaron ellas mismas. Además, en una carta del 20 de septiembre de 1934, el Padre relataba cómo se desarrolló la conversación: Al cuarto de hora de llegar a este pueblo (escribo en Fonz, aunque echaré estas cuartillas, al correo, mañana en Barbastro), hablé a mi madre y a mis hermanos, a grandes rasgos, de la Obra. ¡Cuánto había importunado para este instante, a nuestros amigos del Cielo! Jesús hizo que cayera muy bien. Os diré, a la letra, lo que me contestaron. Mi madre: “bueno, hijo: pero no te pegues, ni me hagas mala cara”. Mi hermana: “ya me lo imaginaba, y se lo había dicho a mamá”. El pequeño: “si tú tienes hijos…, ¡han de tenerme mucho respeto los mochachos!, porque yo soy… ¡su tío!”. Enseguida, los tres, vieron como cosa natural que se empleara en la Obra el dinero suyo. Y esto –¡gloria a Dios!–, con tanta generosidad que, si tuvieran millones, los darían lo mismo.

¿Y de dónde viene el nombre Opus Dei?

–En sus primeros apuntes autobiográficos el Padre, cuando se refería a la fundación, hablaba siempre de “la Obra”, o de “la Obra de Dios”, pero no pensaba aún en un nombre preciso. Tiempo después, llegó a la conclusión de que éste era el nombre. Lo relata en una extensa relación autógrafa del 14 de junio de 1948, que refiere un episodio sucedido a fines de 1930: Un día fui a charlar con el P. Sánchez, en un locutorio de la residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al final me preguntó: “¿cómo va esa Obra de Dios?” Ya en la calle, comencé a pensar: “Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio…, trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!” Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei.

Un joven sacerdote con poquísimos medios, en una situación política de gran tensión, que poco después desembocaría en la guerra civil… El Opus Dei nació pequeño, pero desde el principio con entraña universal.

–Recuerdo muy bien, por ejemplo, que desde el comienzo de mi vocación, en 1935, el Padre me animó a estudiar japonés, y así lo hice aunque con resultados poco fructíferos. Nuestro Fundador tenía una predilección particular por el Extremo Oriente, y cuando, al fin, en la posguerra, fue posible iniciar establemente el trabajo de la Obra allí, se puso contentísimo. Cuando llegó la primera carta de sus hijos de Japón, escribió en el sobre: ¡La primera carta de Japón! Sancta Maria Stella Maris, filios tuos adiuva! Desde entonces, al despachar la correspondencia, si había carta de Japón, abría el sobre y la dejaba aparte. Ponía las demás cartas en un montón y las leía después conmigo. Pero la primera que leía siempre era la de Japón: aquellos hijos ocupaban un lugar especialísimo en su alma, porque estaban en un país maravilloso, con una lengua tan difícil, y en el que la mayor parte de la gente no conoce todavía a Cristo.

Este espíritu universal se llevó a la práctica, en cuanto las condiciones externas lo permitieron, es decir, después de la guerra civil española, y sobre todo, tras la Segunda Guerra mundial. El Padre preparó personalmente el terreno para la expansión de la Obra con frecuentes viajes, y la semilla arraigó vigorosamente.

Sólo recuerdo un país donde la prehistoria realizada por nuestro Fundador no fuera seguida del comienzo de una actividad apostólica estable: Grecia. El Padre fue allí en 1966, y le acompañamos don Javier Echevarría, Javier Cotelo y yo. Deseaba iniciar cuanto antes la Obra en este país y sembró a manos llenas la semilla divina. El 26 de febrero embarcamos en Nápoles. En Atenas y Corinto visitamos los lugares en los que, según la tradición, había predicado San Pablo. El Padre no daba demasiada importancia a la autenticidad de aquella tradición popular; al regreso, explicó: El sitio puede ser o no ser aquél; nada se gana ni se pierde si no lo fuese. Pero, a última hora, sale ganando el que sabe aprovecharlo para acercarse más a Dios. Allí rezamos una comunión espiritual, y encomendamos toda la futura labor en Grecia. Si en ese punto concreto estuvo San Pablo, muy bien; y si no estuvo, muy bien; eso es lo de menos.

Vimos también varias iglesias bizantinas. A veces coincidimos casualmente con alguna ceremonia litúrgica a la que asistían pocos fieles, en su mayoría, mujeres. El Padre rezó por aquel pueblo, separado de la Iglesia Romana. Fuimos a la catedral católica y a la Universidad de Atenas. El 13 de marzo regresamos a Roma.

Llegamos enseguida a la conclusión de que era poco factible iniciar la actividad apostólica en Grecia, entre otras cosas, porque los católicos eran una pequeña minoría. Nuestro Fundador comentó: La impresión mía, es que allí hay poquita posibilidad humana de trabajo. Es casi todo muy menudo…; no sé como decirlo. Aunque para el Espíritu Santo no hay imposibles. No abandonó la esperanza de enviar a alguno de sus hijos cuando las circunstancias fueran más favorales. A este propósito dijo en una ocasión: La labor no será fácil ni tampoco difícil; será como en todas partes. Será fruto de la oración, de la mortificación y del trabajo de todos.

La espiritualidad y los modos apostólicos del Opus Dei coinciden con los de su Fundador. Me gustaría oírselo explicar más claramente, aunque se trate de una exposición forzosamente incompleta.

–El elenco será necesariamente incompleto, porque la espiritualidad del Opus Dei tiende a realizar la unidad de vida, es decir, la unión de acción y contemplación, a través de la práctica de todas las virtudes, humanas y sobrenaturales.

Al contemplar la vida espiritual de nuestro Padre, se pone de manifiesto que su fundamento radicaba, como dijo muchas veces, en el sentido de la filiación divina, que se traduce en un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermano suyo, hijo de Dios Padre. El espíritu de filiación le llevaba a mantenerse siempre en la presencia de Dios, a vivir con absoluta fe en la Providencia, a corresponder serena y alegremente a la Voluntad divina.

Si todos, en cualquier situación y condición, estamos llamados a la santidad –y el Opus Dei ayuda a tomar conciencia de esta realidad y a obrar en consecuencia–, todos estamos llamados a participar de la vida de Cristo. Por tanto, la existencia del cristiano se centra en el Sacrificio eucarístico, donde se da la máxima unión posible del hombre con Cristo.

La profunda percepción de la riqueza del misterio del Verbo Encarnado fue el cimiento sólido de la espiritualidad del Fundador. Comprendió que, con la Encarnación del Verbo, todas las realidades humanas honestas se elevaban al orden sobrenatural: trabajar, estudiar, sonreír, llorar, cansarse, descansar, cultivar la amistad, etc., habían sido, entre tantas otras, acciones divinas en la vida de Jesucristo; podían compenetrarse perfectamente con la vida interior y el apostolado: en una palabra, con la búsqueda de la santidad. Por esto, en su vida –y gracias a su ejemplo, en tantas otras almas–, el esfuerzo por alcanzar la perfección humana en el cumplimiento de los propios deberes se transformó, por obra de la gracia, en oración, en camino de santificación, de ejercicio de las virtudes sobrenaturales y, al mismo tiempo, en fecundo servicio humano, en lucha generosa contra los enemigos del alma.

Por eso, desempeñó siempre sus trabajos con espíritu contemplativo: los ofrecía al Señor al empezar y al terminar, y los regaba de jaculatorias; en suma, transformaba todo en oración.

Como consecuencia, y al mismo tiempo como fuente de la unidad de vida, se alimentaba ininterrumpidamente del sentido de la presencia de Dios y convertía toda la jornada en oración. Solía explicar, ya lo he recordado, que el arma del Opus Dei no es el trabajo, es la oración: por eso convertimos el trabajo en oración. Era un alma contemplativa nel bel mezzo della strada como le gustaba decir en italiano, también cuando hablaba en otra lengua; afirmaba que, para un cristiano corriente, la celda es la calle. Tomaba ocasión de cualquier suceso para elevarlo al orden sobrenatural y convertirlo en tema de su diálogo con Dios. En su plan de vida incluyó, además, lo que llamaba normas de siempre, es decir, algunas prácticas de piedad que penetraban todos los momentos del día alimentando su intimidad con el Señor: presencia de Dios, consideración de la filiación divina, comuniones espirituales, acciones de gracias, actos de desagravio, jaculatorias, que se unían a sus mortificaciones, al estudio, al trabajo, al orden, todo vivido con la alegría de saberse hijo de Dios.

El cuidado de las cosas pequeñas constituye otra línea básica del espíritu del Fundador. Era maravilloso que un corazón tan grande, un alma que voló tan alto y fue protagonista de formidables empresas divinas, fuera capaz de penetrar con tanta intensidad en lo que, como solía decir, se advierte solamente por las pupilas que ha dilatado el amor.

Otros aspectos que completan la fisonomía espiritual del Fundador eran: una piedad doctrinal, alimentada con el estudio de la Fe revelada y con prácticas personales de oración, de sacrificio y de penitencia; una tierna devoción a la Virgen, a San José, a los Santos Ángeles Custodios, a nuestros Patronos y a nuestros Santos Intercesores, a la Iglesia y al Papa; y un profundo respeto a la legítima libertad de los demás.

En la vida de nuestro Padre se unían la oración, la mortificación –oración de los sentidos–, el trabajo y el apostolado: verdaderamente el apostolado era, como enseñaba, superabundancia de la vida interior. Soy testigo de cómo aprovechaba todos los momentos y todas las ocasiones para hablar de Dios; aseguraba que no quería ni sabía hablar de otra cosa.

Afirmaba que la parte más importante y más eficaz de la actividad apostólica de la Obra estaba constituida por el apostolado personal de cada miembro, con su ejemplo y su palabra, en el trato diario con sus amigos y colegas, en el propio ambiente social, profesional y familiar.

Con la Constitución Apostólica Ut sit, del 28 de noviembre de 1982, Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal. En conformidad con el carisma fundacional, la Obra fue reconocida por la Iglesia, por tanto, como estructura jurisdiccional secular, de carácter personal –es decir, no territorial–, constituida por un Prelado, sacerdotes incardinados en el Opus Dei y laicos. Con la erección en Prelatura, se cerró un largo iter jurídico, que conoció diversas etapas: en 1941 la Obra fue aprobada como Pía Unión por el obispo de Madrid; en 1943, la erección diocesana de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz permitió la incardinación de sacerdotes procedentes del laicado de la Obra; con las aprobaciones de 1947 y de 1950 como Instituto Secular de derecho pontificio, se aseguró el carácter internacional imprescindible para la expansión apostólica de la Obra.

¿Cómo vivió el Fundador, que no pudo contemplar en la tierra la configuración canónica definitiva del Opus Dei, estos jalones jurídicos de la Obra?

–En el ordenamiento canónico entonces vigente no existía ninguna figura jurídica adecuada a lo que el Señor quería para la Obra, y ni siquiera se entreveía una posibilidad concreta de abrir nuevos caminos. Por esto, nuestro Fundador no se arriesgó en los comienzos a pedir la aprobación formal por parte de la autoridad eclesiástica: en ese caso, al Opus Dei se le habría encasillado, de hecho, dentro de un esquema jurídico inadecuado. Nuestro Fundador se limitó a mantener al corriente de todo al Ordinario de Madrid, y a no dar ningún paso sin su venia y bendición.

La primera aprobación in scriptis se remonta a 1941, y se anticipó en buena medida por la terrible campaña de calumnias desencadenada contra nuestro Fundador después de la guerra civil española. Para deshacer aquellas calumnias, don Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, que ya había intervenido repetidamente de palabra en la defensa del Opus Dei y de su Fundador, decidió comprometer su propia autoridad, y para disipar los equívocos quiso dar una aprobación escrita a la Obra. Con este fin pidió al Padre una copia de los Reglamentos.

Desde el comienzo, el Fundador del Opus Dei se resistió a usar el término “Constituciones” para hablar de los Reglamentos, Estatutos, o Derecho Particular de la Obra; en el lenguaje eclesiástico ese vocablo se utilizaba para designar el ordenamiento propio de los religiosos o del estado de perfección, mientras que el Opus Dei era una realidad eclesial completamente diversa.

Pasaron algunos meses, pero el Fundador no se había decidido aún a comenzar la redacción de los Reglamentos, como le había pedido el obispo. Por fin, ya en 1941, se dio cuenta un día de que, aunque siempre había querido obedecer con lealtad y delicadeza a la autoridad eclesiástica, en esto no estaba obedeciendo a don Leopoldo. Le pidió audiencia inmediatamente y, apenas fue recibido por el Prelado, le explicó: Señor Obispo, me tiene que perdonar, porque le he estado desobedeciendo, sin darme cuenta. Me dijo Vuestra Excelencia que presentase esos papeles y no lo he hecho. No lo he hecho porque no me sentía movido por Dios, pues temo que se pueda causar un perjuicio grave al Opus Dei con una aprobación que no respete su naturaleza teológica, ascética y jurídica. Por otra parte, al comprender que estaba oponiendo resistencia pasiva a esta aprobación, me he llenado de alegría porque pienso que, cualquier fundador que hubiese encontrado tal disponibilidad de su Obispo para aprobar la fundación, se hubiese apresurado a preparar los documentos y a presentarlos. Yo no lo he hecho porque la Obra no es mía, sino de Dios; y si cuando llegue el momento de darle cauce jurídico no está Usted para aprobar la Obra, entonces la aprobará su sucesor. Este episodio me lo contó nuestro Fundador con estas palabras en varias ocasiones.

Sin embargo, el obispo insistió en la necesidad de dar un respaldo oficial a la Obra para defenderla de los ataques de que era objeto; el Padre se sometió a la voluntad del Ordinario, y poco después, el 14 de febrero de 1941, presentó el texto de los Reglamentos para que la Obra fuese reconocida como Pía Unión.

Con esta misma actitud de adhesión a la Voluntad de Dios, nuestro Fundador aceptó las sucesivas configuraciones jurídicas de la Obra, sabiendo conceder, sin ceder, con ánimo de recuperar.

Defendió decididamente el carisma fundacional, obedeciendo a la vez fielmente a la autoridad eclesiástica, y puedo afirmar que la solución definitiva –que, como primer sucesor del Fundador, me ha correspondido llevar a término–, refleja perfectamente las disposiciones que dejó definidas hasta el último detalle.

El principal obstáculo que el Fundador debió superar fue hacer comprender el carácter plenamente secular de la Obra, que de ningún modo puede confundirse o ser asimilado a las órdenes, a las congregaciones, a las asociaciones religiosas. Y esto, no por menospreciar a los religiosos, sino, sencillamente, porque la Obra es, sin ninguna pretensión de exclusivismo, esencialmente distinta de las instituciones religiosas.

–Nuestro Fundador amó siempre, respetó, y en lo que le fue posible ayudó a los religiosos, predicando tandas de ejercicios a religiosos y religiosas, animando a personas que le pedían consejo a seguir la vida religiosa si presentaban síntomas de vocación, y prodigándose por la unidad –que no significa uniformidad– del apostolado, por la que los miembros del Opus Dei rezan a diario.

El Padre no se permitía la menor crítica a otras personas o instituciones de la Iglesia. Desde que le conocí, se lo he oído repetir más o menos con estas palabras: jamás moveré un dedo para apagar una llama que se encienda en honor de Cristo: no es mi misión. Si el aceite que arde no es bueno, se apagará sola.

Entre los miles de episodios que podría citar, me viene a la cabeza que hacia 1940 se presentó en nuestra casa de la calle Diego de León de Madrid, una chica que necesitaba cierta cantidad de dinero como dote para entrar en religión. El Padre comprobó la sinceridad de sus intenciones, y después de hablar conmigo, preguntó a Isidoro Zorzano, que era el administrador, cuánto dinero teníamos en casa; y se lo dio todo a aquella futura novicia.

Por lo demás, los religiosos han comprendido siempre la originalidad pastoral de la Obra. Por ejemplo, sor Lucia, la vidente de Fátima, puso un gran interés en el inicio de nuestra actividad apostólica en Portugal, y ha rezado siempre por la Obra. En 1972 acompañé a nuestro Fundador a ver a sor Lucia, y en aquella ocasión ella le regaló unos millares de folletos que contenían algunas reflexiones sobre la Virgen y el Rosario: el Padre los difundió con gran alegría.

«Lo que se dice allí, se vive»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Doy clases de gimnasia –dice Lázaro, el entrenador– en el Puente de Vallecas gratuitamente, aparte de preparar físicamente a más de mil cada año y entrenar a un centenar de atletas. Ese gimnasio tiene trescientos socios. Les doy charlas, primero de virtudes humanas para que puedan entender las virtudes cristianas, y después de doctrina cristiana. Cuando están formados se les explica quién es Dios y qué quiere Dios de ellos, y se les enseña a vivir la libertad y la responsabilidad. Asisten los que quieren, y suelen ser más del ochenta por ciento. Todos son obreros. Tienen deseos de saber y de conocer a Dios. En el gimnasio hablo también con los padres de los chicos. La mayoría, por el sitio en que están, son gente trabajadora, y lo que se hace es una labor social seria, humana y profesional. En las clases doctrinales a los chicos se les abre un mundo nuevo, empiezan a comprender el sentido positivo de la vida cristiana. Chicos que no han pisado la iglesia, porque no se les ha ocurrido hacerlo, o por dificultades de la vida, llegan a plantearse las cosas seriamente y son ejemplos de vida cristiana. Un día pregunté: «¿Cuál es el sexto mandamiento?» No lo sabían. Entonces viene el explicarles. Esta gente piensa que Dios está muy lejos, que no es cosa para ellos, y cuando ven que es para ellos, reaccionan muy bien, lo toman en serio y en un par de meses trabajan de cara a Dios y son de comunión frecuente. Se enfrentan sin doblez con la vida, de un modo llano, sencillo, lleno de sinceridad y de lealtad; montan sus obligaciones sobre la idea del servicio a los demás. Claro que hay algunos que no entienden estas cosas, pero, con constancia, acaban entendiéndolas: de entrada dicen que son ateos a comunistas… Tienen una deformación tan grande a veces que no saben lo que son. Y se dan cuenta de que no son nada. Y se les da formación para que ellos puedan distinguir y elegir lo que les conviene.

–¿Y cómo sirve usted a la Iglesia?

–Se lo acabo de decir. Si no sirves así a la Iglesia, dedicando a la gente dos o tres horas todos los días, usted me dirá cómo hay que servirla. Lo que se hace en el gimnasio es darles ejemplo en todo. Lo que se dice allí, se vive. Y pasa lo que me pasó a mí. Hay alegría, compañerismo, nos ayudamos. Entendámonos: hablo de ayuda moral, espiritual; en lo profesional cada uno se saca las castañas del fuego. A la gente no se les va a dar un plato de lentejas. Se les dan los medios de formación para que nunca tengan necesidad de pedir un plato de lentejas.

«Hacer compatibles las cosas compatibles»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Mis amigos –señala Manuel, el industrial catalán– me aprecian, y saben que soy del Opus Dei. Me sucede como a todo el mundo: entre amigos se llega a explicar mutuamente los problemas que tenemos los dos, y esto da lugar a aconsejar, a explicar cómo hacer perfectamente compatibles el trabajo, los deberes familiares, nuestros deberes personales como católicos… Se habla de la necesidad de la dirección espiritual, de prácticas de piedad, de trazarse algún plan para ir a Misa y estar unas cuantas veces a solas con Dios, con la Virgen, y trabajando como un indio, para mejorar a la sociedad en lo que uno puede, de vez en cuando acordarse de que lo haces porque Dios lo quiere y se lo ofreces, tenerle presente, y con estas explicaciones ya estás poniendo en línea a tus amigos. Antes para mí el trabajo era más importante que la familia, pero en el Opus Dei he aprendido a hacer compatibles las cosas compatibles… ¿Qué hizo Jesús en la tierra?

¿Es que empezó a ser Dios a los treinta años? No. Siendo Dios, estuvo trabajando como yo hasta los treinta años. Hizo como yo: darle vueltas al bombo… Si pensamos cómo lo hacía y por qué lo hacía, vemos que podemos hacer como Él. Igual da clavar clavos que hacer investigación geológica, y, como dijo Santa Teresa, Dios está también entre los pucheros, y está también entre nuestras máquinas. Es ir a Dios y decirle: «Si sale bien, gracias», «si sale mal, gracias», o de otras maneras. Y el que hace política igual: que cada cual la haga a su manera, como quiera, cada uno cumpliendo su deber y con rectitud, que a Dios no se le pueden ofrecer barbaridades… ¿De qué va a servir todo esto, si todos hemos nacido igual y terminamos igual? ¿De qué, si no es para Dios? Lo único importante de verdad es acrecentar la caridad, la fe, la esperanza, el amor al prójimo, la frecuencia de sacramentos, la relación con Dios, tratar bien a los demás, que la casa no sea un funeral, sino que haya alegría…

Seguir caminando

D. Álvaro  Tagged , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Las primeras declaraciones de Monseñor Álvaro del Portillo, elegido en Roma por unanimidad en la primera votación, el 15 de septiembre de 1975, para suceder a Monseñor Escrivá de Balaguer fueron estas:

«¿Qué hará ahora el Opus Dei? Seguir caminando: hacer lo que hemos hecho siempre, también desde que el Señor se llevó consigo a nuestro Fundador. Seguir caminando con el espíritu que él nos ha dejado definitivamente establecido, inequívoco.

»El espíritu del Opus Dei nos ha enseñado a vivir todas las realidades humanas nobles, a tratar todas las cosas de la tierra que los hombres aman limpia y rectamente, con sentido cristiano, de cara a Dios, ejercitando la fe, la esperanza y la caridad. Por eso, la familia, el trabajo profesional, los derechos y deberes propios de la vida social: en una palabra, todo lo que forma parte de la vida ordinaria de la persona, puede ser santificado y así, en esa medida, es acogido por el espíritu del Opus Dei, que a nadie saca de su sitio y en nada violenta las realidades naturales y la autonomía personal de cada uno. Monseñor Escrivá de Balaguer, al darnos este espíritu, nos ha engendrado a esta nueva dimensión de nuestra vida, de servicio generoso, alegre y constante a la Iglesia, al Papa –el Vicecristo, como gustaba llamarle el Fundador–, a los obispos y a todos los hombres. Nueva dimensión que cada uno realiza en su propia vida, con la gracia de Dios y su propio esfuerzo, con su propia responsabilidad. Somos una familia de vínculos sobrenaturales, espirituales, en la que cada uno goza de la más amplia libertad personal con todo el amplísimo campo de las cosas temporales, sin otros límites que los de la fe y de la moral cristiana, tal como las propone el Magisterio de la Iglesia: por ejemplo, ahora a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II.

»En el Opus Dei no hay vértice ni base: todos somos igualmente hijos de nuestro Fundador, quien nos ha enseñado a poner a Cristo en la propia vida, y que ha dado para siempre a nuestra institución el carácter sencillo y cordial de una familia bien avenida.

»El trabajo que los miembros del Opus Dei desarrollan en todos los ambientes familiares, profesionales, sociales, es la ocasión normal y propicia del encuentro amistoso con sus iguales, y por eso, para hablarles de Dios con el testimonio de la propia vida.

»Nos llegan continuamente palabras de agradecimiento a nuestro Fundador, que, con su vida y su doctrina, ha llenado de luz cristiana el corazón de muchísimas personas, llevándolas al amor de Dios. Esto es lo que nos proponemos seguir haciendo los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer, con la mayor fidelidad posible y siempre, en todo momento, en la pequeña realidad cotidiana de cada uno».

Creo que no se podía expresar de mejor modo la continuidad del Opus Dei en el espíritu que le imprimió su Fundador.

Conclusión: formación para la santidad

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Las actuales circunstancias de la sociedad, y la nueva empresa evangelizadora en la que todos estamos comprometidos, exigen plantearse a fondo una personal mejora cualitativa de nuestro sacerdocio y, en consecuencia, de la formación sacerdotal. En la reciente Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo, Juan Pablo II ha escrito: «Hoy, cercanos ya al tercer Milenio de la venida de Cristo, quizás experimentamos de manera más profunda la magnitud y las dificultades de la mies: La mies es mucha; pero vemos también la escasez de obreros: Los obreros son pocos (Mt 9, 37). Pocos: y esto atañe no sólo a la cantidad, sino también a la calidad. De ahí pues la necesidad de la formación» 57.

Como habéis estudiado con profundidad en estos tres días de Simposio, se impone lograr que los sacerdotes adquieran en sus años de preparación, y en la sucesiva formación permanente, una clara conciencia de la identidad que existe entre la realización de su vocación personal —ser sacerdote en la Iglesia—, y el ejercicio del ministerio in persona Christi Capitis. Su servicio a la Iglesia consiste, esencialmente (otros modos de servir un sacerdote pueden ser legítimos, pero secundarios), en personificar activa y humildemente entre sus hermanos a Cristo Sacerdote que da vida y purifica a la Iglesia, a Cristo Buen Pastor que la conduce en unidad hacia el Padre, y a Cristo Maestro que la conforta y la estimula con su Palabra, y con el ejemplo de su Vida.

Esta formación del sacerdote es algo que dura toda la vida, porque, en sus diversos aspectos, tiende —debe tender— a formar a Cristo en él 58, realizando esa identificación como tarea, en respuesta a lo que esa identificación tiene ya como don sacramental recibido. Una tarea, que postula antes aún que una incesante actividad pastoral, y como condición de la eficacia de ésta, una intensa vida de oración y de penitencia, una sincera dirección espiritual de la propia alma, un recurso al sacramento de la Penitencia vivido con periodicidad y con extremada delicadeza, y toda esta existencia enraizada, centrada y unificada en el Sacrificio Eucarístico.

Una nueva evangelización, sí, pero con la conciencia clara de que —con palabras de Mons. Escrivá de Balaguer— «en la vida espiritual no hay nada que inventar; sólo cabe luchar por identificarse con Cristo, ser otros Cristos —ipse Christus—, enamorarse y vivir de Cristo, que es el mismo ayer, que hoy y será el mismo siempre: Iesus Christus heri et hodie, ipse et in saecula (Hebr. XIII, 8)» 59.

De Cristo Sumo y Eterno Sacerdote canta la Iglesia: Ave verum corpus natum de Maria Virgine. Yo pido al Señor que en la formación sacerdotal esté siempre presente el camino mariano por el que el Hijo de Dios vino a los hombres.

Alvaro del Portillo

Pamplona, 19-IV-1990

Declaraciones de San Josemaría

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Capítulo del documento “Textos y referencias bibliográficas de San Josemaría sobre el nazismo, el fascismo y el pensamiento totalitario”

No hay otra doctrina que la que enseña la Iglesia para todos los fieles
“En el Opus Dei, procuramos siempre y en todas las cosas sentir con la Iglesia de Cristo: no tenemos otra doctrina que la que enseña la Iglesia para todos los fieles. Lo único peculiar que tenemos es un espíritu propio, ca­racterístico del Opus Dei, es decir, un modo concreto de vivir el Evangelio, santificándonos en el mundo y haciendo apostolado con la profesión”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 75.

Los fines del Opus Dei son exclusivamente espirituales y apostólicos.
“El Opus Dei no interviene para nada en política; es absolutamente ajeno a cualquier tendencia, grupo o régimen político, económico, cultural o ideológico. Sus fines -repito- son exclusivamente espirituales y apostólicos. De sus miembros exige sólo que vivan en cristiano, que se esfuercen por ajustar sus vidas al ideal del Evangelio. No se inmiscuye, pues, de ningún modo en las cuestiones temporales.

“Si alguno no entiende esto se deberá quizá a que no entiende la libertad personal o a que no acierta a distinguir entre los fines exclusiva­mente espirituales para los que se asocian los miembros de la Obra y el amplísimo campo de las actividades humanas -la economía, la política, la cultura, el arte, la filosofía, etc.- en las que los miembros del Opus Dei gozan de plena libertad y trabajan bajo su propia responsabilidad”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, págs. 73-74.

Nadie puede pretender imponer dogmas en cuestiones temporales.
“Nadie puede pretender en cuestiones temporales imponer dogmas, que no existen. Ante un problema concreto, sea cual sea, la solución es: estudiarlo bien y, después, actuar en conciencia, con libertad personal y con responsabilidad también personal”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 161.

No he preguntado ni preguntaré jamás a ningún miembro de la Obra de qué partido es o qué doctrina política sostiene
“No he preguntado ni preguntaré jamás a ningún miembro de la Obra de qué partido es o qué doctrina política sostiene, porque me parecería un atentado a su legítima libertad. Y lo mismo hacen los directores del Opus Dei en todo el mundo”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 104.

He defendido siempre la libertad de las conciencias
“En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra es la primera or­ganización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las conciencias.

No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad. Comprenderá que siendo ése el espíritu que desde el primer momento hemos vivido, sólo alegría puede producirme las enseñanzas que sobre este tema ha promulgado el Concilio”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 98.

Ni a la derecha ni a la izquierda, ni al centro.

“El Opus Dei no está ni a la derecha ni a la izquierda, ni al centro. Yo, como sacerdote, procuro estar con Cristo, que sobre la Cruz abrió los dos brazos y no sólo uno de ellos: tomo con libertad, de cada grupo, aquello que me convence, y que me hace tener el corazón y los brazos acogedores, para toda la humanidad; y cada uno de los miembros es libérrimo para escoger la opción que quiera, dentro de los términos de la fe cristiana”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 98.

Un caso concreto: ante el problema racial en Estados Unidos
“Pongamos un ejemplo. Ante el problema racial en Estados Unidos, cada uno de los miembros de la Obra tendrá en cuenta las enseñanzas claras de la doctrina cristiana sobre la igualdad de todos los hombres y sobre la injusticia de cualquier discriminación.

También conocerá y se sentirá urgido por las indicaciones concretas de los obispos americanos sobre este problema. Defenderá por tanto los legítimos derechos de todos los ciudadanos y se opondrá a cualquier situación o proyecto discriminatorio.

Tendrá en cuenta, además, que para un cristiano no basta con respetar los derechos de los demás hombres, sino que hay que ver, en todos, hermanos a los que debemos un amor sincero y un servicio desinteresado”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 76-77.

El Opus Dei no está anclado en una cultura determinada
“El Opus Dei no está anclado en una cultura determinada, ni en una concreta época de la historia. En el mundo anglosajón, el Opus Dei tiene, gracias a la ayuda de Dios y a la cooperación de muchas personas, obras apostólicas de diversos tipos: Netherhall House, en Londres, que presta especial atención a universitarios afroasiáticos; Hudson Center, en Montreal, para la formación humana e intelectual de chicas jóvenes; Nairana Cultural Center, que se dirige a los estudiantes de Sydney…

En Estados Unidos, donde el Opus Dei comenzó a trabajar en 1949, se pueden mencionar: Midtown, para obreros en un barrio del corazón de Chicago; Stonecrest Community Center, en Washington, destinado a la educación de mujeres que carecen de capacitación profesional; Trimount House, residencia universitaria en Boston, etcétera”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 96.

1. Necesidad de una nueva evangelización

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Conferencia de Mons. Alvaro del Portillo, Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en la clausura del XI Simposio Internacional organizado por la Facultad de Teología (1990).

Esta nueva evangelización, sobre todo en Occidente, no se dirige a un mundo que nunca había oído la predicación cristiana, sino, por el contrario, a un mundo en el que ha sido anunciado, creído y amado el mensaje de Jesucristo, aunque ahora se muestre como desarraigado de sus orígenes 3 . Es más, la sociedad occidental evoluciona, en gran medida, paradójicamente enfrentada a sus propias raíces espirituales y culturales, y junto a su progreso material es patente un proceso de grave regresión moral 4 .

Suele hablarse en nuestros días de esta sociedad calificándola de “postcristiana”. Quizá sea oportuno ese apelativo en algunos casos, para reflejar una situación de hecho y unas tomas de posición que pueden explicarse a partir de una deformación intelectual y práctica de la conciencia creyente 5 ; pero sería del todo inadecuado ese apelativo —”postcristiana”—, si de ese modo se pretendiese insinuar que la doctrina de Cristo ha perdido la capacidad de informar el mundo contemporáneo: nada más lejano a la realidad, a una realidad que la gracia de Dios nos hace tocar en tantos ambientes y, sobre todo, en el mundo preciosísimo del alma de multitudes de personas.

Por eso, la actual urgencia de una nueva evangelización no puede hacernos olvidar «la perenne misión de llevar el Evangelio a cuantos —y son millones y millones de hombres y mujeres— no conocen todavía a Cristo Redentor del hombre. Esta es la responsabilidad más específicamente misionera que Jesús ha confiado y diariamente vuelve a confiar a su Iglesia» 6 . Precisamente esta misión evangelizadora universal exige una Iglesia renovada, revitalizada con el perenne mensaje de Cristo, tan rebosante de imperecedera actualidad; en otras palabras, requiere un nuevo despertar de las conciencias cristianas que atraiga al mundo hacia la luz de Cristo, ese Cristo nuestro que, como gustaba repetir con fuerza a Mons. Escrivá de Balaguer, «no es una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia. ¡Vive!: Jesus Christus heri et hodie: ipse et in saecula! —dice San Pablo— ¡Jesucristo ayer y hoy y siempre!» 7 .

La decisión de asumir las responsabilidades apostólicas que nos competen como cristianos de nuestra época, no es compatible con visiones pesimistas o negativas del presente. Para anunciar eficazmente el Reino de Dios y trabajar en su propagación, es necesario amar el mundo en que vivimos —amarlo “apasionadamente”, en expresión del Fundador del Opus Dei y de esta Universidad 8 -: es decir, contemplar esta precisa situación histórica y las personas que la constituyen «con los ojos del mismo Cristo», como escribió Juan Pablo II en su primera Encíclica 9 . Así, entre el claroscuro de fenómenos cambiantes, que en muchos casos la hacen irreconocible, se descubre también hoy aquella inquietud del alma humana —que anhela y siente nostalgia de Dios— expresada por San Agustín en el famoso inicio de sus Confesiones: fecisti nos ad te, et inquietum est cor nostrum donec requiescat in te 10 . La acelerada dinámica que caracteriza en líneas generales nuestra época, va acompañada y como plasmada por la inquietud de tantos corazones, que caminan en un continuo desasosiego, sin acertar a descubrir un norte claro para la propia existencia ni un sentido a la historia humana. Pues bien, justamente ahí, en medio de esa inquietud, se ha de proclamar a viva voz que a Quien buscan es a Cristo, y lo que ignoran y anhelan es el amor paterno de Dios, que se les ofrece, a todos y a cada uno, en Cristo y en la Iglesia 11 .

Estamos asistiendo en los últimos meses a grandes transformaciones en amplias zonas del mundo, sobre todo en el Viejo Continente, que parecen anunciar una nueva era de libertad, de responsabilidad, de solidaridad, de espiritualidad, para millones de personas. No podemos olvidar, sin embargo, y hay que decirlo con dolor, que existen también en nuestra sociedad occidental, amplios ámbitos cerrados y hostiles a la Cruz salvadora 12 , ojos que rehúsan admirar la belleza de Dios reflejada en la faz de Cristo 13 .

Sacerdotes para la nueva evangelización

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Conferencia de Mons. Alvaro del Portillo, Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en la clausura del XI Simposio Internacional organizado por la Facultad de Teología (1990).

Introducción

1. Necesidad de una nueva evangelización

2. Misión de todos en la Iglesia

3. Necesidad de sacerdotes santos

4. Santidad sacerdotal y vida de oración

5. Santidad sacerdotal y vida de penitencia

6. Santidad sacerdotal y caridad pastoral

7. Una vida radicada y centrada en la eucaristía

8. La dimensión mariana de la vida del sacerdote

9. Conclusión: formación para la santidad

Notas


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