La llamada a la santidad

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Año 2007, 15 de octubre, día de la Santa de Ávila, mi maestra de letras y andaduras místicas, quién lo diría, se cumplieron veintidós años de la admisión de Adela (mi mujer) y mía en el Opus Dei, (1985), decisión que necesita una necesaria explicación, cómo se realizó el paso de la indiferencia a la convicción de una llamada imprevista y personal, que vendría a recomponer nuestro deteriorado tejido espiritual, largo tiempo en el olvido. Cierto que nunca faltábamos a misa, nuestros hijos hicieron la primera comunión, nosotros mismos asistíamos a alguna charla del colegio o la parroquia por Cuaresma y Semana Santa…Lo que no quitaba que lleváramos una vida como la de cientos de personas honorables que viven su cristianismo de manera rutinaria, superficial, más cerca del paganismo natural que del orden moral y profundo, serio, que exige la condición de bautizados, de hijos de Dios. Hacía tiempo que teníamos abandonadas nuestras oraciones familiares, tesoro de la infancia y mocedad. Nuestros rezos eran escasos o nulos. Buenos, si, no hacíamos mal a nadie, hasta dábamos limosnas, pero no éramos auténticos cristianos, diferencia esencial que muchos no se plantean pensando que con la misa, unas limosnas y unos rezos, basta: la gente de la calle no hemos hecho profesión religiosa. De alguna manera quedábamos excluidos de la santidad heroica, propia de curas y frailes. Ya ellos se encargan de pedir por nosotros. Nosotros éramos simples cristianos ocupados de las cosas del mundo, ocio y negocio, de escasas obligaciones religiosas, todo lo más la santa misa dominical… Entonces, ¿qué?

Pregunta baladí, seguramente necesaria. En la misma vida de la Iglesia, poco papel el de los cristianos laicos, esa masa humana que deambula por los caminos del mundo. ¿Estaba garantizada nuestra salvación migratoria sin más? Toda esa imponente multitud que desfila por la Historia, continentes enteros, ¿teníamos sitio en el cielo? ¿Qué papel el nuestro en ese destino final del hombre? ¿No había dado también Cristo su sangre por estas muchedumbres sin nombre que pueblan nuestras ciudades y calles, personajes sin historia? ¿Se hizo esta pregunta don Josemaría Escrivá, sacerdote joven e inquieto, desde su atalaya de aquel 2 de octubre de 1928, mientras oía el repique de aquella campana milagrosa…? ¿Qué pasaba con nosotros, gente perdida en el afán de cada día, hombres y mujeres, moneda de cambio de los juegos políticos y sociales? La respuesta la obtuvo rápida monseñor Escrivá de Balaguer, que debió meditar muchas veces sobre este asunto. Él mismo lo cuenta: “Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles (sus notas personales, a las que era tan aficionado). Conmovido me arrodillé, estaba en mi cuarto, entre plática y plática, di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles.” ¡La llamada a la santidad es para todo el mundo! ¡Todos estamos llamados a ser santos! Los caminos de la santidad están abiertos y es necesario que se llenen de las pisadas, de personas que corran al gran banquete del cielo… ¡Urge pregonar esa llamada!

“Desde ese momento, contaría otro 2 de octubre de 1962, no tuve ya tranquilidad alguna, y empecé a trabajar de mala gana, porque me resistía a meterme a fundar nada; pero comencé a trabajar, a moverme, a hacer: a poner los fundamentos.”

“La Sabiduría infinita me ha ido conduciendo, como si jugara conmigo, desde la oscuridad de los primeros barruntos, hasta la claridad con que veo cada detalle de la Obra, y bien puedo decir: Deus docuiste me a iuventute mea; et usque nunc pronunciabo mirabilia tua (Ps. LXX, 17), el Señor me ha ido adoctrinando desde el principio de la Obra, y no puedo menos de cantar sus maravillas y luchar para que se cumpla su voluntad, porque está en juego la salvación de mi alma, si no lo hiciera.”

“¿Te parece poca locura decir que en medio de la calle se puede y se debe ser santo? ¿Qué puede y debe ser santo el que vende helados en un carrito, y la empleada que pasa el día en la cocina, y el director de una empresa bancaria, y el profesor de la universidad, y el que trabaja en el campo, y el que carga sobre sus espaldas las maletas?…¡Todos llamados a la santidad! Ahora esto lo ha recogido el último Concilio, pero en aquella época –1928- no le cabía en la cabeza a nadie. De modo que…era lógico que pensaran que estaba loco… Ahora parece natural, pero entonces no era así. A uno que quería ser santo le decían: “Pus, métete… Frandinho”, (respuesta de don Josemaría a una pregunta que le hicieron en una tertulia en Brasil.)

La novedad, tan antigua como el Evangelio, de las palabras de san Josemaría es que “la santidad no es cosa de privilegiados, a todos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión u oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad y no es necesario abandonar el propio estado en el mundo para buscar a Dios, si el Señor no da a un alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo. Lo extraordinario nuestro –dirá en otra ocasión- es lo ordinario: lo ordinario hecho con perfección. Sonreír siempre, pasando por lo alto –con elegancia humana- las cosas que molestan, que fastidian: ser generosos sin tasa. En una palabra, hacer de nuestra vida corriente una continua oración.” Poner en juego los talentos que Dios nos ha dado, santificándonos en el trabajo, haciéndolo materia santa y dimensión social, buscando la santificación de los demás. Pequeñas cosas que, por su elevación, adquieren un valor infinito…Es así, casi sin advertirlo, como vamos correspondiendo al amor que Dios nos tiene, convirtiendo en oro las piedras de nuestro continuo sacrificio, ese Cristo que pasa entre los hombres…

Y es esa entrega permanente, esa donación de nuestra vida pobre e insignificante, esa acción de gracias continua como el latir del corazón, es lo que se llama contemplación, conversación del alma con su Huésped, más si es ofrecida como ofrenda de amor en la Eucaristía, unidos al pan y al vino, transformados en sustancia del cuerpo y sangre de Cristo, nuestro intercesor ante el Padre…Actos de amor, jaculatorias, palabras o miradas, lámpara encendida día y noche delante del tabernáculo…

Quedaba claro que, los caminos de la santidad son también nuestros caminos, ¡que nadie está excluido!, que no basta con parecer bueno, sino que hay que serlo sin extravagancias, sin tener que hacer cosas raras. Nuestra vida diaria, con sus actividades ordinarias, es el campo de nuestra santidad, siempre la flecha señalando el orto, al Dios que viene y alegra nuestra juventud. Dios nuestra fortaleza, el pastor que pastorea su rebaño, el redil de la salvación. ¡Todos ovejas de su rebaño! ¡Él sólo que conoce nuestros nombres y por nuestros nombres nos llama! ¡Venid a mí todos los que estéis cansados, agobiados…! Si buscamos la felicidad, y es claro que la buscamos, es obvio que Dios es ese encuentro, fuera la ronda del lobo disfrazado de oveja, el maligno traidor con sus llamadas de acecho y codicia, animal de carne estruendoso y fiero que solo busca nuestra perdición para siempre. ¡Y son tantos los que se dejan seducir por sus llamadas engañosas! ¡Por el deslumbre de sus promesas! ¡Tantos los caminos infernales que se abren a nuestro paso!

El cielo es lo que importa. Lo demás de nada vale”. Ese era el mensaje de Josemaría Escrivá que a cada momento venía a nuestra mente: Vivir para Dios. “Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor.” Y también: “Todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, quien nos llama a identificarnos con Él, para realizar –en el lugar donde estemos- su misión divina”.

Convinimos en que nuestra vida tenía que cambiar, que la situación de abandono en que vivíamos, apta para la intoxicación maligna y las fáciles influencias de un mundo corrompido y hedonista, había que excluirlo de nuestra vida y retornar al amor de Dios, fuente y faro de salvación. Única felicidad posible. No ha otra. Para ello tendríamos que recuperar nuestras oraciones, volver a los sacramentos, al rosario secular, arma poderosa donde la Virgen, madre de Dios, nos esperaba. Había que regenerar el tejido nervioso de nuestra vida de piedad…De forma que el tapiz polvoriento de nuestra vida cristiana recuperara su color y su brillo, haciéndose visible la imagen de Cristo borrada por nuestros pecados y olvidos, Cristo paciente y amoroso, el rostro de Cristo Rey que, con su sangre, nos limpiaba de la miseria cotidiana, nos devolvía al estado límpido y original. ¡Nos volvía a los años gozosos de nuestra niñez, aquellas visitas escolares al Santísimo, los días del mes de mayo en torno a la Virgen luminosa vestida de flores! ¡Qué alegre encuentro! ¡Qué resplandor en el amanecer de la mañana! Y empezamos a sonreír…Decidimos entonces, visitar los santuarios de María: Fátima, Lourdes, La Encarnación de Nazaret, Belén, el Pilar, Montserrat… ¡tantos! En cualquiera de nuestros pueblos, por desconocido que sea, allí se guarda y se venera esa imagen de María de rostro sonriente con su Hijo en los brazos, siempre madre…Cualquiera de esos lugares, por humilde, se puede convertir en lugar santo de peregrinación mariana…

“Todo este horizonte –en palabras de Mons. Javier Echevarría- lleva consigo también una aventura: la aventura de convertirse, de amar a Dios con “todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas” y al prójimo como a uno mismo, en el quehacer cotidiano”. “En todo instante hay que buscar al Señor, encontrarle y amarle. Encuentro que se realiza –seguirá diciendo el prelado- en la oración, en la Eucaristía y en los demás sacramentos de la Iglesia; pero también en el cumplimiento fiel y amoroso de los deberes familiares, profesionales y sociales propios de cada uno.”

¿Qué había pasado? Ocurrió que Dios, que es Padre sobre todo nombre, tuvo compasión de nosotros y un día nos salió al paso y nos llamó por medio de la voz de uno de nuestros hijos que, insólitamente para nosotros, nos sugirió el encuentro con Josemaría Escrivá de Balaguer, al que quizá ni él mismo conocía, acudiendo a un centro de la Obra a ver una de sus películas, ver y oír una de sus tertulias. Sabríamos después, gozosa comunión de los santos, que había muchas personas que rezaban por nosotros desde hacía tiempo, oraciones que nos causaban inquietud, no se qué desasosiego como de alguien que nos hablara por dentro, la queja de alguien que llamara a nuestra alma como aquella del Soneto anónimo de nuestro Siglo de Oro, voz que insistía en que le abriéramos la puerta de nuestro olvido, que la noche era llegada, arreciaba el viento y la lluvia, y el Amado fenecía anhelante, lastimado de amor, pidiendo nuestro auxilio…No podía ser, Señor, seguro que te equivocabas de puerta, ¿quiénes éramos nosotros para que como mendigo cubierto de frío, hambriento, llamaras a nuestra casa rogando la limosna de nuestro amor perdido? Eso no podía ser, te decía lo mismo que Pedro cuando quisiste lavar sus pies: Pero Señor, ¿no te das cuenta de que equivocas los papeles? ¡Es a mí a quien le toca mendigar, suplicar y llorar, puesto que el perdido soy yo, hijo pródigo al fin! No dejabas de insistir y, pese a la oscuridad de la noche, te abrimos la puerta y entraste con vestido de Amado en nuestra casa, en nuestras vidas anhelantes deseosas de recibir el amor que nos traías, tus ropas de escarcha y de rocío, cordero manso hendido en el costado, cordero lechal dispuesto al sacrificio…

Fue cuando comenzamos a conocer de veras a Josemaría y, pronto sabríamos, por experiencias interiores, que éramos hijos de su oración. Que nada de aquello era casual, juego del destino, que Dios nos tenía anotados en su libro de amor desde la fundación del mundo y que ese sacerdote vilipendiado, sin conocernos, desde al amor infinito de Dios, había rezado por nosotros, gente olvidada… Por eso pedimos nuestra admisión a la Obra aquel 15 de octubre, y nos propusimos conocer la vida y la obra del Fundador, el mensaje de su oración gozosamente vivida: nuestro caminar tomaba el plano de lo eterno y comenzó a recomponerse nuestro tejido deshilachado, el dibujo de nuestra fe primigenia, el capullo que sabiamente tejía la paloma divina…

Villa Tevere

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante más de once años, en Viale Bruno Buozzi sonarán las piquetas de los albañiles, el ruido de las excavadoras, las voces que los capataces hacen llegar de uno a otro andamio. El Fundador no ha querido bendecir la pimera piedra. Reseva la prisa y la paciencia de su corazón para la última: aquella que ha de coronar el edificio.

El antiguo inmueble recibirá el nombre definitivo de Villa Vecchia, y su estilo se mantendrá aunque los arquitectos construyen dos pisos sobre la primitiva estructura. A un lado irán dos casas con fachada a la calle lateral: una de ellas para alojar, de modo independiente, a la administración doméstica. La otra, llamada Montagnola, para la Asesoría Central, organismo de gobierno de la Sección de mujeres de la Obra. El conjunto entero de la finca responderá al romano nombre de Villa Tevere.

La estructura no puede desentonar del estilo de la zona y de la ciudad. Ha de ser, además, un hogar que dé calor a la vida cotidiana del Opus Dei.

Y como tal hoga se proyecta. Cada rincón, cada pasillo, salita o lugar de reunión, debe hacer patente un modo de ser que aparece en el alma y el cuerpo de Villa Tevere.

Resulta increíble pensar que semejante proyecto ha dado comienzo sin medios económicos para financiarse. Sin embargo, así es. A medida que la Obra se extiende, se solicita ayuda a muchas personas de todo el mundo para construir la Sede Central. Al mismo tiempo, el Padre no se permite una pausa en el camino de amor por las almas. No espera a que se acabe la dificultad de estas obras para impulsar otras actividades. Atiende un abundante apostolado en Italia. Prepara la llegada del Opus Dei a otros países. Programa la formación intelectual y ascética de sus hijas e hijos. Se entrega a un estudio constante. Muchas veces, una contrariedad echa por tierra un trabajo que parecía terminado y hay que volver a empezar. Pero hace honor al Somontano que le vio nacer. Hay en su carácter una gran fortaleza y una capacidad de superar contrariedades por insalvables que parezcan. El lo llama tozudez aragonesa; todos saben que es, en primer lugar, una gigantesca fe en Dios.

“Villa Tevere” se levantará firme, sobre cimiento sólido. En los oratorios se suple con más esfuerzo la escasez de medios, para ofrecer a Dios lo mejor de que se dispone: el más bellamente construido será el de la Santísima Trinidad; el mayor, el de Santa María de la Paz, hoy iglesia Prelaticia.

Arriba, en lo alto de un torreón, se puede leer una gran cartela con las palabras Omnia in bonum!, que el Padre explica así:

«Doctrina paulina (…), que yo he repetido tanto en mis treinta años de vocación al Opus Dei. No hay nunca motivo para perderla paz» (23).

“Omnia in bonum”, en lo alto, bien a la vista. Para que se grabe en los ojos y en la mente, y cale hasta el corazón, y se extienda por el mundo entero en siembra de paz y de alegría.

Alegría que inunda la doctrina del Apóstol y que el Fundador apoya en el sentido de filiación divina. Todo cuanto sucede concurre en el bien de los que aman a Dios. Saberse hijos del Padre que está en los Cielos es la certeza de que toda situación, aun aquellas de difícil comprensión humana, tiene su clave en el universal Amor de Dios por sus hijos.

El primer edificio que se termina es el destinado a la Administración, para las mujeres de la Obra que se ocupan de la atención doméstica. El Padre ha dirigido muchos de los detalles, incluso en la decoración interna de la casa. Y les invita, desde entonces, a cuidar especialmente aquello que Dios y la entrega de las gentes de todo el mundo van a poner en sus manos, porque estos muros y estas paredes, les dice, «parecen de piedra y son de amor»(24).

Es decir, cada piedra, cada metro cuadrado, se ha construido sobre el trabajo, el sacrificio y la oración de tantos que ya participan de los apostolados del Opus Dei.

Les rogará, de nuevo, que encomienden al Cielo los pasos de don Alvaro para conseguir créditos con los que sostener y avanzar las tareas comenzadas. A veces los días parecen acelerarse a velocidad increíble. Muchas semanas no hay dinero con qué pagar. Se hacen todas las gestiones posibles. Y de un modo a veces inesperado, siempre se sale a flote. Llega un envío, responden a una llamada, un Banco concede un nuevo crédito. Y todo sigue adelante. Repetidas veces el Padre comenta refiriéndose a don Alvaro:

«Al lado de este hombre es imposible no tener fe»(25).

En los momentos más críticos mantiene el señorío de la generosidad con las personas que prestan algún servicio en la casa. Les invita a participar de algún refrigerio; es espléndido en los salarios, aunque sean las últimas liras que quedan en la casa.

El cuarto del Padre, en los futuros edificios, será una habitación pequeña y austera. El enlosado del suelo, azul y blanco, de forma romboidal. Una cama muy sencilla. Una mesa con tablero que se abre por medio de bisagras. Un sillón de madera y una lámpara de pie, con pantalla.

En la pared un óleo de escuela italiana, ovalado, que representa la Sagrada Familia. A la derecha el Crucifijo. Una inscripción sobre la puerta: «Aparta, Señor, de mí lo que me aparte de Ti » (26).

En la cabecera de la cama, unos mosaicos dibujan un corazón escoltado por esta frase: “Iesus Christus Deus” Homo.

Una mesita de noche y una pequeña banqueta de madera completan la habitación.

En su cuarto de trabajo hay una librería; sobre la pared, las fotografías de los tres primeros hijos suyos que se ordenaron sacerdotes y un rosario de gruesas cuentas. Un tríptico que adorna lo alto de un mueble-cajonera. Un sillón y una mesa de estilo castellano.

Colgada de una pared, una cuerda con la placa metálica numerada que llevan los soldados en tiempo de campaña para su identificación. Está colocada bajo una sencilla acuarela que representa un borriquillo. En la cuerda hay diez nudos. Los hizo un hijo suyo, durante la guerra española, para rezar el Rosario en las trincheras de los campos de batalla.

La ventana, de medianas proporciones, da al llamado “Cortile vecchio”. Igual que las puertas y librerías, está pintada en color verde.

En este pequeño despacho, así como en el destinado a don Alvaro, el Fundador rezará, soñará y conducirá la Obra por los caminos de Dios. Esta va a ser época de maduración bajo su impulso. La etapa de la gran expansión por los cinco Continentes.

A través de la ventana mirará con frecuencia el “Cortile vecchio”: ese pequeño patio de empaque romano, que tiene tonos ocre y mosaicos de colores. Se puede ver la representación de Santa María, que cabalga en borrico blanco y lleva al Niño entre los brazos. A un lado, tres argollas de hierro viejo dan al conjunto sabor de casa antigua, con invitación de hidalga hospitalidad. Es un lugar para monturas que esperan el comienzo de viaje o que retornan del campo una vez cumplida su misión. Y en el suelo, grabadas en la piedra, las huellas de unos pies descalzos: el estilo romano de indicar la dirección correcta.

Por este cortile silencioso cruzarán sus hijos -un día que hoy queda lejano en el tiempo- con el cuerpo exánime del Fundador; se les habrá ido en plena juventud del alma, en el umbral de su trabajo cotidiano, junto a estos muros levantados con el impulso de su amor a Dios y a los hombres.

Catalina de Siena

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Siente el Padre, de manera muy especial, la responsabilidad de difundir la verdad acerca de la naturaleza y finalidad del Opus Dei. Y también de apuntalar con su palabra y la de todos sus hijos las verdades permanentes de la Iglesia Católica. Esta necesidad va paralela a dos hechos que se repiten de modo reiterativo y monocorde: el juicio de ciertos grupos acerca de las actividades de los miembros de la Obra, y el desconcierto que se produce en sectores del mundo cristiano ante algunas interpretaciones arbitrarias de los documentos del Concilio Vaticano II.

Desde Roma, el Padre anima a escribir y a hablar con don de lenguas, para difundir la verdad sobre la Iglesia y sobre el Opus Dei. Siempre insiste en que uno de los peores males es la ignorancia, y hay que hablar con valentía y verdad de lo que se lleva en la mente y en el corazón.

Este apostolado de la opinión pública, tiene muchas modalidades: desde una cátedra de Teología, hasta un artículo en los periódicos, pasando por la conversación entre amigos en los pasillos del quehacer habitual. Y por delante de todo, repite:

«Primero hemos de dar el testimonio del ejemplo, porque no podemos tener una doble vida. No podemos enseñar lo que no practicamos; por lo menos, hemos de enseñar lo que luchamos por practicar» (21).

Y como no basta con hablar y divulgar en letra impresa sino que es preciso contar con la buena voluntad del lector y su deseo auténtico de verdad, sin prejuicios, el Padre recurre a la ayuda de un santo intercesor que le apoye desde el Cielo.

Recuerda a una santa de la Iglesia, Catalina de Siena, que quiso amar fielmente al Papa, servir sacrificadamente a la Iglesia y supo, sobre todo, hablar heroicamente.

«Tengo una especial devoción a Santa Catalina de Siena (…), porque no se callaba y decía grandes verdades por amor a Jesucristo, a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice»22.

En el oratorio de la Santísima Trinidad, en la Sede Central del Opus Dei en Roma, hay una pequeña arqueta de plata que guarda una reliquia de esta Santa. Sobre un esmalte de la urna puede leerse:

Dilexit opere et veritate Ecclesiam Dei ac Romanum Pontifacem. (Amó con obras y de verdad a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice).

La imagen de Catalina de Siena ocupará un lateral en el retablo del Santuario de Torreciudad. La actitud firme y serena, la pluma y el libro, invitan a no callar, con la oración, las palabras y los hechos, cuando la verdad pueda ser confundida y calumniada. Cuando la luz del Espíritu Santo se intenta apagar en los corazones de los hombres.


El Concilio Vaticano II

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

A pesar de las colosales dimensiones de la Basílica de San Pedro, el 11 de octubre de 1962, fiesta de la Maternidad de la Virgen, el templo está repleto. Los Padres Conciliares, además del cuerpo diplomático y representaciones oficiales de casi todos los países del mundo, asisten a la Misa de Pontifical que oficia el Cardenal Tisserant, Decano del Sacro Colegio, para invocar la ayuda del Espíritu Santo.

Tras dedicar varias sesiones a otros temas, el 30 de noviembre comenzará el estudio del esquema sobre la Iglesia, que será el documento más importante del Vaticano II. En él se enseñarán conceptos relativos al pueblo de Dios, al episcopado, a los religiosos, a los laicos, a la llamada universal a la santidad, a la índole escatológica de la Iglesia y a la Virgen María en el Misterio de Cristo y de la Iglesia. Todo ello se recogerá más tarde en la Constitución Dogmática Lumen Gentium.

Desde el momento en que se hizo la convocatoria oficial del Concilio Ecuménico por Juan XXIII, el Fundador del Opus Dei pide a sus hijos, repartidos por todo el mundo, que recen por el Papa y por la Asamblea Conciliar. Como siempre, va a poner la energía de su oración en servicio de la Iglesia entera.

Algunos miembros del Opus Dei y de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que son obispos, participarán en las sesiones del Concilio. Además, don Álvaro del Portillo multiplicará su trabajo en el Vaticano. Ostenta el cargo de Secretario de una Comisión Conciliar e intervendrá en otras Comisiones para la redacción definitiva de los documentos. También será designado Consultor de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. En este mismo tiempo, Juan XXIII constituye la Comisión Pontificia para la Revisión del Código de Derecho Canónico y le nombra, asimismo, Consultor.

Una tarde, mientras se desarrolla una de las sesiones del Concilio Vaticano II, don Álvaro se siente enfermo y con fiebre. Se le ve muy fatigado, pero el trabajo en la Comisión Conciliar de la que forma parte, exige que vuelva de nuevo a la mesa de trabajo, ya que se van a puntualizar acuerdos importantes.

El Padre le mira con ojos preocupados; dada la situación, no tiene más remedio que animarle a ir.

Don Álvaro, con una sonrisa de asentimiento, sale. Entonces el Padre, volviéndose a Francesco Angelicchio, testigo ocasional de la escena, le dice:

-«¿Crees que no tengo compasión de este hombre? Pero hay cosas que hay que hacer aunque nos acorten la vida… Temo por la salud de este hijo mío. Yo lo necesito, nos hace falta… la Obra lo necesita …»(11)

Don Álvaro, entregándose generosamente a su trabajo, cumplirá a la letra, a lo largo de todos los avatares del Vaticano II, esta idea tantas veces repetida por el Fundador de la Obra:

«Amad a la Iglesia, servidla con la alegría consciente de quien ha sabido decidirse a ese servicio por Amor» (12).

Este amor a la Iglesia que está tan dentro del espíritu del Opus Dei, le lleva a sentir todas las alegrías y penas, las preocupaciones y los gozos del Papa. Escribirá a sus hijos para que ofrezcan por esta intención muchas horas de su trabajo diario, donde quiera que se realice: en las Universidades, en las fábricas o en el campo, en establecimientos oficiales o en profesiones liberales: «haced todo esto en unión con Dios, por el feliz resultado de esta gran iniciativa que es el Concilio Ecuménico Vaticano II. Sé que ésta es la gran intención de nuestro Santo Padre, y deseo que también nosotros, desde nuestra parcela, podamos contribuir, mediante nuestra oración, la penitencia y el trabajo santificado y santificador; y os recuerdo, una vez más, aunque no sea necesario, que éstas son las grandes armas, los únicos medios de que dispone el Opus Dei»(13).

Este amor inmenso, que le hizo presentir con anticipación tiempos de confusión y sufrimiento para toda la Iglesia Católica, se extiende también a la jerarquía que acude a Roma durante los años conciliares. Un gran número de Obispos pasarán por la Sede Central del Opus Dei para conocer al Fundador. Entre ellos, el Arzobispo de Dublín; el de Filadelfia, hoy Cardenal Krol; el de Detroit; el de Madison, Monseñor O’Connor… Algunos, como Monseñor Wright, Obispo de Pittsburgo, visitarán además algunos Centros de la Obra en la Ciudad Eterna, como la Residencia Universitaria Internacional (RUI). Muchos, como uno de Nigeria, escribirán luego al Padre pidiéndole insistentemente que la Obra llegue a sus países lo más pronto posible.

La segunda etapa o sesión conciliar da comienzo el 29 de septiembre de 1963 y se prolonga hasta el 4 de diciembre del mismo año. El período de tiempo que media entre el final de la primera y el comienzo de la segunda sesión es importante, especialmente porque Juan XXIII, el Papa de la convocatoria, morirá el 3 de junio de 1963. Después de catorce días, se reúne el Cónclave para elegir al nuevo Papa. Toda la cristiandad está pendiente de este paréntesis que ha dejado la muerte del Papa Juan. El 21 de junio de 1963 a las 12.12, se abren, al fin, las grandes hojas del balcón central de la fachada de San Pedro. Aparece la Cruz alzada y, detrás, el Cardenal Ottaviani, Protodiácono. Se hace un silencio total en la Plaza de San Pedro. Millones de fieles están pendientes de la Televisión o de las emisoras de radio:

“Anuntio vobis gaudium magnum: habemus Papam, Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, Dominum Ioannem Baptistam Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Montini, qui sibi nomen imposuit Paulum Sextum”.

Rompen el aire los aplausos de la multitud y sale, por primera vez, revestido con los atributos del Pontificado, Pablo VI. La gente se arrodilla, mientras el Vicario de Cristo imparte su Bendición.

El Fundador de la Obra recuerda, con cariño personal, al nuevo Papa. Cuando el Padre llega a Roma, en 1946, Monseñor Montini ocupa el cargo de Sustituto de Asuntos Ordinarios de la Secretaría de Estado.

«La primera mano amiga que yo encontré aquí, en Roma, fue la de Monseñor Montini; la primera palabra de cariño para la Obra que se oyó en Roma, la dijo él»(15) .

Le envía inmediatamente un telegrama de felicitación y alegría: es el gozo de una familia que venera al Papa y que recuerda, además, el afecto de un amigo.

Un interrogante está planteado sobre la Asamblea Conciliar: ¿continuarán las sesiones después de la muerte de Juan XXIII? Al día siguiente de su elección, en su primer radiomensaje al mundo, Pablo VI desvanece todas las dudas: «La parte preeminente de nuestro Pontificado estará ocupada por la continuación del Concilio Ecuménico». El 14 de septiembre, con la Carta Horum tempora signa convocará a los Padres conciliares en Roma. En esta etapa, desde el 24 de septiembre hasta el 4 de diciembre, se promulgarán ya los dos primeros documentos: la Constitución sobre la Sagrada Liturgia y el Decreto sobre los medios de comunicación social.

El 24 de enero de 1964, el Santo Padre Pablo VI recibe, en audiencia privada, al Fundador del Opus Dei. Cuando llega ante el Papa, intenta arrodillarse para saludarle como prescribe el protocolo. Pero Su Santidad no se lo permite: antes, le rodea con sus brazos en un gesto de cariño y cordialidad.

Pablo VI, Vicario de Cristo, mira al espíritu del Opus Dei con el amor que le presta hoy su propia misión en el pueblo cristiano.

Durante la entrevista, el Padre manifiesta la fe firme de todos sus hijos, su inconmovible esperanza, su amor sin límites a la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia Romana, Católica y Universal. Sus palabras conmueven visiblemente a Pablo VI, porque conoce la verdad y el sufrimiento que contienen las expresiones del Fundador.

Monseñor Escrivá de Balaguer sufre por esta familia inmensa que es la Iglesia: por tantos cristianos que olvidan hoy la dignidad a la que fueron llamados…

Casi al final de la entrevista, dice al Papa que, fuera, está don Álvaro del Portillo. Pablo VI manda enseguida que entre:

-Don Álvaro…: ¡Nos conocemos ya desde hace veinte años!…

-Santidad: sólo de dieciocho.

-Da a llora sono diventato vecchio (desde entonces me he vuelto viejo).

-Ma no, Santitá: é diventato Pietro (No, Santidad: se ha vuelto Pedro)(15).

El Papa quiere que lleven su Bendición para la Obra, para cada una de las personas, para cada uno de los trabajos, para todo cuanto van a emprender en el mundo.

El Fundador y don Álvaro vuelven a Villa Tevere. Y, días más tarde, aún llega la estela de este cariño del Santo Padre hacia el Opus Dei:

«Cumpliendo ahora el venerado encargo del Padre Santo, me es grato significarle que El, en hora densa de acontecimientos y de esperanzas para la Cristiandad, experimenta profundo consuelo al saber cómo tan crecido número de personas, diseminadas en los cinco continentes, practicando los altos ideales que el Opus Dei les propone, tan acomodados a las exigencias de los nuevos tiempos, tratan de servir a la Iglesia como ella desea ser servida; con su conducta personal y profesional vigorosamente cristiana que une la contemplación a la acción, con el sublime afán de plasmar y de difundir en los más variados ambientes de trabajo los postulados de la verdad y santidad Evangélicas»(16)

Esta carta se hace eco, también, de los sentimientos de devoción y filial obediencia a la Cátedra de Pedro que, como preciosa característica, distingue al Opus Dei.

Ocho meses más tarde, el 10 de octubre de 1964, el Fundador de la Obra es recibido de nuevo en audiencia privada por Pablo VI. Al final, también quiere que entre don Javier Echevarría, que es quien acompaña esta vez al Padre, para demostrarle su afecto, decirle palabras de buen humor y bendecirle. Una fotografía que se conserva en la Sede Central de Roma, mantiene vivo el recuerdo de esta larga conversación, de la que el Fundador sale muy conmovido por tantas cosas buenas como el Romano Pontífice ha dicho de la Obra. Además, Pablo VI le entrega un cáliz en cuya base campea el escudo pontificio y un «Chirógrafo» (carta manuscrita).

«Colocados por la voluntad de Dios al timón de la nave de Pedro, desde la que escrutamos con vigilante solicitud los signos anticipadores de los tiempos, el ansia de las almas que esperan la llegada de los operarios del Señor, las necesidades antiguas y siempre renovadas que entraña la difusión del Evangelio de Cristo, consideramos con paterna satisfacción cuanto el Opus Dei ha realizado y realiza por el Reino de Dios; el deseo de hacer el bien, que lo guía; el amor encendido a la Iglesia y a su Cabeza visible, que lo distingue; el celo ardiente por las almas, que lo empuja hacia los arduos y difíciles caminos del apostolado de presencia de testimonio en todos los sectores de la vida contemporánea»(17) .

5. El Fundador

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El 2 de octubre de 1928 Josemaría Escrivá vio el Opus Dei. Usó siempre este verbo, ver, y lo sucedido forma parte de su relación personalísima con Dios. Sin embargo, también para nosotros y para la vida de la Iglesia es un momento central, porque la santidad del Padre se estructura sobre su carisma de Fundador. Sabemos que aquel día estaba en Madrid haciendo, a solas, unos ejercicios espirituales. Todo entra, evidentemente, dentro de un designio providencial.

–La actitud del Padre, como afirmaría más tarde en muchas ocasiones, no fue nunca la del jugador de ajedrez, que mientras hace una jugada va pensando las siguientes: vivía un confiado abandono en la Voluntad de Dios y procuraba, por todos los medios, no obstaculizarla con inútiles precipitaciones humanas.

Se trasladó a Madrid, con el permiso de su Ordinario, el Arzobispo de Zaragoza, para obtener el doctorado en Derecho en la Universidad Central. Llegó a la capital el 20 de abril de 1927, y apenas una semana después, se matriculó en la asignatura de Historia del Derecho Internacional, y después, a finales de agosto, en la de Filosofía del Derecho.

Pero sus planes se modificaron con la fundación de la Obra: el 2 de octubre de 1928 el Señor cambió el curso de su vida y le hizo ver, con claridad meridiana, que su misión sobre la tierra consistía en hacer el Opus Dei. Madrid fue mi Damasco, le he oído exclamar a veces, con profunda gratitud. No sé si llegó inmediatamente a la conclusión de que debía establecerse de modo definitivo en la capital donde había nacido la Obra, y ofrecía mejores perspectivas para su desarrollo. Desde el principio contó con la autorización eclesiástica del Ordinario del lugar.

Aquel 2 de octubre de 1928 se abrieron para nuestro Fundador los horizontes hacia los que el Señor le llamaba al confiarle el Opus Dei: una movilización de cristianos que, en todo el mundo, en todas las clases sociales, a través de su trabajo profesional desarrollado con libertad y responsabilidad personales, busquen la propia santificación, santificando al mismo tiempo, desde dentro, todas las actividades temporales, en un audaz proyecto de evangelización para llevar a Dios a todas las almas. Es, con unas décadas de anticipación, el mensaje de renovación de la Iglesia querido por el Concilio Vaticano II, que ha proclamado la vocación universal a la santidad para la salvación del mundo, con todas las consecuencias pastorales que de ahí derivan, y que delinean la función eclesial del Opus Dei, mientras, como decía el Fundador, haya sobre la tierra hombres que trabajen.

¿Con quién habló el Fundador, además de, naturalmente, con su confesor?

–Uno de los primeros fue un profesor suyo de la Universidad civil de Zaragoza, don José Pou de Foxá, catedrático de Derecho canónico, muy conocido en España. En los primeros años treinta, don José Pou le pidió: “dime lo que te pasa, porque te encuentro diferente. Tú escribes siempre con mucha alegría, y veo que sigues teniendo alegría, pero te veo como más reservado; te pasa algo: ¿tienes alguna pena?”. Es probable que, como consecuencia de esa pregunta, el Padre le informara de alguna manera sobre su vocación divina; de hecho, poco más tarde, don José Pou afirmó que, por las noticias recibidas, comprendía muy bien por qué nuestro Padre se encontraba tan metido en Dios y tenía un afán tan grande por cumplir su Santísima Voluntad, y añadió: “Tú dices que eres un instrumento inútil e inepto. Menos mal que dices esto: porque en caso contrario querrías hacer una cosa tuya, y no una cosa de Dios. Como estás en esta disposición de considerarte inepto, Dios hará todo y todo será de Dios”.

Nuestro Fundador no habló con nadie más de la misión que había recibido del Señor, aparte de las personas que se acercaban a la Obra y, ya mediado el año 1930, su director espiritual, quien le aseguró muchas veces: “Todo esto es de Dios”.

¿Y ni siquiera habló con su familia? Con su madre vivían Carmen, su hermana, apenas dos años mayor, y Santiago, que en 1928 tenía nueve años.

–Hasta 1934 el Padre no habló claramente de la Obra a su madre ni a su hermana, a quienes, pese a la actitud prudente del Padre, no se les había escapado la intensidad de sus mortificaciones, signo evidente de que algo importante había aparecido en su vida. Me lo contaron ellas mismas. Además, en una carta del 20 de septiembre de 1934, el Padre relataba cómo se desarrolló la conversación: Al cuarto de hora de llegar a este pueblo (escribo en Fonz, aunque echaré estas cuartillas, al correo, mañana en Barbastro), hablé a mi madre y a mis hermanos, a grandes rasgos, de la Obra. ¡Cuánto había importunado para este instante, a nuestros amigos del Cielo! Jesús hizo que cayera muy bien. Os diré, a la letra, lo que me contestaron. Mi madre: “bueno, hijo: pero no te pegues, ni me hagas mala cara”. Mi hermana: “ya me lo imaginaba, y se lo había dicho a mamá”. El pequeño: “si tú tienes hijos…, ¡han de tenerme mucho respeto los mochachos!, porque yo soy… ¡su tío!”. Enseguida, los tres, vieron como cosa natural que se empleara en la Obra el dinero suyo. Y esto –¡gloria a Dios!–, con tanta generosidad que, si tuvieran millones, los darían lo mismo.

¿Y de dónde viene el nombre Opus Dei?

–En sus primeros apuntes autobiográficos el Padre, cuando se refería a la fundación, hablaba siempre de “la Obra”, o de “la Obra de Dios”, pero no pensaba aún en un nombre preciso. Tiempo después, llegó a la conclusión de que éste era el nombre. Lo relata en una extensa relación autógrafa del 14 de junio de 1948, que refiere un episodio sucedido a fines de 1930: Un día fui a charlar con el P. Sánchez, en un locutorio de la residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al final me preguntó: “¿cómo va esa Obra de Dios?” Ya en la calle, comencé a pensar: “Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio…, trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!” Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei.

Un joven sacerdote con poquísimos medios, en una situación política de gran tensión, que poco después desembocaría en la guerra civil… El Opus Dei nació pequeño, pero desde el principio con entraña universal.

–Recuerdo muy bien, por ejemplo, que desde el comienzo de mi vocación, en 1935, el Padre me animó a estudiar japonés, y así lo hice aunque con resultados poco fructíferos. Nuestro Fundador tenía una predilección particular por el Extremo Oriente, y cuando, al fin, en la posguerra, fue posible iniciar establemente el trabajo de la Obra allí, se puso contentísimo. Cuando llegó la primera carta de sus hijos de Japón, escribió en el sobre: ¡La primera carta de Japón! Sancta Maria Stella Maris, filios tuos adiuva! Desde entonces, al despachar la correspondencia, si había carta de Japón, abría el sobre y la dejaba aparte. Ponía las demás cartas en un montón y las leía después conmigo. Pero la primera que leía siempre era la de Japón: aquellos hijos ocupaban un lugar especialísimo en su alma, porque estaban en un país maravilloso, con una lengua tan difícil, y en el que la mayor parte de la gente no conoce todavía a Cristo.

Este espíritu universal se llevó a la práctica, en cuanto las condiciones externas lo permitieron, es decir, después de la guerra civil española, y sobre todo, tras la Segunda Guerra mundial. El Padre preparó personalmente el terreno para la expansión de la Obra con frecuentes viajes, y la semilla arraigó vigorosamente.

Sólo recuerdo un país donde la prehistoria realizada por nuestro Fundador no fuera seguida del comienzo de una actividad apostólica estable: Grecia. El Padre fue allí en 1966, y le acompañamos don Javier Echevarría, Javier Cotelo y yo. Deseaba iniciar cuanto antes la Obra en este país y sembró a manos llenas la semilla divina. El 26 de febrero embarcamos en Nápoles. En Atenas y Corinto visitamos los lugares en los que, según la tradición, había predicado San Pablo. El Padre no daba demasiada importancia a la autenticidad de aquella tradición popular; al regreso, explicó: El sitio puede ser o no ser aquél; nada se gana ni se pierde si no lo fuese. Pero, a última hora, sale ganando el que sabe aprovecharlo para acercarse más a Dios. Allí rezamos una comunión espiritual, y encomendamos toda la futura labor en Grecia. Si en ese punto concreto estuvo San Pablo, muy bien; y si no estuvo, muy bien; eso es lo de menos.

Vimos también varias iglesias bizantinas. A veces coincidimos casualmente con alguna ceremonia litúrgica a la que asistían pocos fieles, en su mayoría, mujeres. El Padre rezó por aquel pueblo, separado de la Iglesia Romana. Fuimos a la catedral católica y a la Universidad de Atenas. El 13 de marzo regresamos a Roma.

Llegamos enseguida a la conclusión de que era poco factible iniciar la actividad apostólica en Grecia, entre otras cosas, porque los católicos eran una pequeña minoría. Nuestro Fundador comentó: La impresión mía, es que allí hay poquita posibilidad humana de trabajo. Es casi todo muy menudo…; no sé como decirlo. Aunque para el Espíritu Santo no hay imposibles. No abandonó la esperanza de enviar a alguno de sus hijos cuando las circunstancias fueran más favorales. A este propósito dijo en una ocasión: La labor no será fácil ni tampoco difícil; será como en todas partes. Será fruto de la oración, de la mortificación y del trabajo de todos.

La espiritualidad y los modos apostólicos del Opus Dei coinciden con los de su Fundador. Me gustaría oírselo explicar más claramente, aunque se trate de una exposición forzosamente incompleta.

–El elenco será necesariamente incompleto, porque la espiritualidad del Opus Dei tiende a realizar la unidad de vida, es decir, la unión de acción y contemplación, a través de la práctica de todas las virtudes, humanas y sobrenaturales.

Al contemplar la vida espiritual de nuestro Padre, se pone de manifiesto que su fundamento radicaba, como dijo muchas veces, en el sentido de la filiación divina, que se traduce en un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermano suyo, hijo de Dios Padre. El espíritu de filiación le llevaba a mantenerse siempre en la presencia de Dios, a vivir con absoluta fe en la Providencia, a corresponder serena y alegremente a la Voluntad divina.

Si todos, en cualquier situación y condición, estamos llamados a la santidad –y el Opus Dei ayuda a tomar conciencia de esta realidad y a obrar en consecuencia–, todos estamos llamados a participar de la vida de Cristo. Por tanto, la existencia del cristiano se centra en el Sacrificio eucarístico, donde se da la máxima unión posible del hombre con Cristo.

La profunda percepción de la riqueza del misterio del Verbo Encarnado fue el cimiento sólido de la espiritualidad del Fundador. Comprendió que, con la Encarnación del Verbo, todas las realidades humanas honestas se elevaban al orden sobrenatural: trabajar, estudiar, sonreír, llorar, cansarse, descansar, cultivar la amistad, etc., habían sido, entre tantas otras, acciones divinas en la vida de Jesucristo; podían compenetrarse perfectamente con la vida interior y el apostolado: en una palabra, con la búsqueda de la santidad. Por esto, en su vida –y gracias a su ejemplo, en tantas otras almas–, el esfuerzo por alcanzar la perfección humana en el cumplimiento de los propios deberes se transformó, por obra de la gracia, en oración, en camino de santificación, de ejercicio de las virtudes sobrenaturales y, al mismo tiempo, en fecundo servicio humano, en lucha generosa contra los enemigos del alma.

Por eso, desempeñó siempre sus trabajos con espíritu contemplativo: los ofrecía al Señor al empezar y al terminar, y los regaba de jaculatorias; en suma, transformaba todo en oración.

Como consecuencia, y al mismo tiempo como fuente de la unidad de vida, se alimentaba ininterrumpidamente del sentido de la presencia de Dios y convertía toda la jornada en oración. Solía explicar, ya lo he recordado, que el arma del Opus Dei no es el trabajo, es la oración: por eso convertimos el trabajo en oración. Era un alma contemplativa nel bel mezzo della strada como le gustaba decir en italiano, también cuando hablaba en otra lengua; afirmaba que, para un cristiano corriente, la celda es la calle. Tomaba ocasión de cualquier suceso para elevarlo al orden sobrenatural y convertirlo en tema de su diálogo con Dios. En su plan de vida incluyó, además, lo que llamaba normas de siempre, es decir, algunas prácticas de piedad que penetraban todos los momentos del día alimentando su intimidad con el Señor: presencia de Dios, consideración de la filiación divina, comuniones espirituales, acciones de gracias, actos de desagravio, jaculatorias, que se unían a sus mortificaciones, al estudio, al trabajo, al orden, todo vivido con la alegría de saberse hijo de Dios.

El cuidado de las cosas pequeñas constituye otra línea básica del espíritu del Fundador. Era maravilloso que un corazón tan grande, un alma que voló tan alto y fue protagonista de formidables empresas divinas, fuera capaz de penetrar con tanta intensidad en lo que, como solía decir, se advierte solamente por las pupilas que ha dilatado el amor.

Otros aspectos que completan la fisonomía espiritual del Fundador eran: una piedad doctrinal, alimentada con el estudio de la Fe revelada y con prácticas personales de oración, de sacrificio y de penitencia; una tierna devoción a la Virgen, a San José, a los Santos Ángeles Custodios, a nuestros Patronos y a nuestros Santos Intercesores, a la Iglesia y al Papa; y un profundo respeto a la legítima libertad de los demás.

En la vida de nuestro Padre se unían la oración, la mortificación –oración de los sentidos–, el trabajo y el apostolado: verdaderamente el apostolado era, como enseñaba, superabundancia de la vida interior. Soy testigo de cómo aprovechaba todos los momentos y todas las ocasiones para hablar de Dios; aseguraba que no quería ni sabía hablar de otra cosa.

Afirmaba que la parte más importante y más eficaz de la actividad apostólica de la Obra estaba constituida por el apostolado personal de cada miembro, con su ejemplo y su palabra, en el trato diario con sus amigos y colegas, en el propio ambiente social, profesional y familiar.

Con la Constitución Apostólica Ut sit, del 28 de noviembre de 1982, Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal. En conformidad con el carisma fundacional, la Obra fue reconocida por la Iglesia, por tanto, como estructura jurisdiccional secular, de carácter personal –es decir, no territorial–, constituida por un Prelado, sacerdotes incardinados en el Opus Dei y laicos. Con la erección en Prelatura, se cerró un largo iter jurídico, que conoció diversas etapas: en 1941 la Obra fue aprobada como Pía Unión por el obispo de Madrid; en 1943, la erección diocesana de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz permitió la incardinación de sacerdotes procedentes del laicado de la Obra; con las aprobaciones de 1947 y de 1950 como Instituto Secular de derecho pontificio, se aseguró el carácter internacional imprescindible para la expansión apostólica de la Obra.

¿Cómo vivió el Fundador, que no pudo contemplar en la tierra la configuración canónica definitiva del Opus Dei, estos jalones jurídicos de la Obra?

–En el ordenamiento canónico entonces vigente no existía ninguna figura jurídica adecuada a lo que el Señor quería para la Obra, y ni siquiera se entreveía una posibilidad concreta de abrir nuevos caminos. Por esto, nuestro Fundador no se arriesgó en los comienzos a pedir la aprobación formal por parte de la autoridad eclesiástica: en ese caso, al Opus Dei se le habría encasillado, de hecho, dentro de un esquema jurídico inadecuado. Nuestro Fundador se limitó a mantener al corriente de todo al Ordinario de Madrid, y a no dar ningún paso sin su venia y bendición.

La primera aprobación in scriptis se remonta a 1941, y se anticipó en buena medida por la terrible campaña de calumnias desencadenada contra nuestro Fundador después de la guerra civil española. Para deshacer aquellas calumnias, don Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, que ya había intervenido repetidamente de palabra en la defensa del Opus Dei y de su Fundador, decidió comprometer su propia autoridad, y para disipar los equívocos quiso dar una aprobación escrita a la Obra. Con este fin pidió al Padre una copia de los Reglamentos.

Desde el comienzo, el Fundador del Opus Dei se resistió a usar el término “Constituciones” para hablar de los Reglamentos, Estatutos, o Derecho Particular de la Obra; en el lenguaje eclesiástico ese vocablo se utilizaba para designar el ordenamiento propio de los religiosos o del estado de perfección, mientras que el Opus Dei era una realidad eclesial completamente diversa.

Pasaron algunos meses, pero el Fundador no se había decidido aún a comenzar la redacción de los Reglamentos, como le había pedido el obispo. Por fin, ya en 1941, se dio cuenta un día de que, aunque siempre había querido obedecer con lealtad y delicadeza a la autoridad eclesiástica, en esto no estaba obedeciendo a don Leopoldo. Le pidió audiencia inmediatamente y, apenas fue recibido por el Prelado, le explicó: Señor Obispo, me tiene que perdonar, porque le he estado desobedeciendo, sin darme cuenta. Me dijo Vuestra Excelencia que presentase esos papeles y no lo he hecho. No lo he hecho porque no me sentía movido por Dios, pues temo que se pueda causar un perjuicio grave al Opus Dei con una aprobación que no respete su naturaleza teológica, ascética y jurídica. Por otra parte, al comprender que estaba oponiendo resistencia pasiva a esta aprobación, me he llenado de alegría porque pienso que, cualquier fundador que hubiese encontrado tal disponibilidad de su Obispo para aprobar la fundación, se hubiese apresurado a preparar los documentos y a presentarlos. Yo no lo he hecho porque la Obra no es mía, sino de Dios; y si cuando llegue el momento de darle cauce jurídico no está Usted para aprobar la Obra, entonces la aprobará su sucesor. Este episodio me lo contó nuestro Fundador con estas palabras en varias ocasiones.

Sin embargo, el obispo insistió en la necesidad de dar un respaldo oficial a la Obra para defenderla de los ataques de que era objeto; el Padre se sometió a la voluntad del Ordinario, y poco después, el 14 de febrero de 1941, presentó el texto de los Reglamentos para que la Obra fuese reconocida como Pía Unión.

Con esta misma actitud de adhesión a la Voluntad de Dios, nuestro Fundador aceptó las sucesivas configuraciones jurídicas de la Obra, sabiendo conceder, sin ceder, con ánimo de recuperar.

Defendió decididamente el carisma fundacional, obedeciendo a la vez fielmente a la autoridad eclesiástica, y puedo afirmar que la solución definitiva –que, como primer sucesor del Fundador, me ha correspondido llevar a término–, refleja perfectamente las disposiciones que dejó definidas hasta el último detalle.

El principal obstáculo que el Fundador debió superar fue hacer comprender el carácter plenamente secular de la Obra, que de ningún modo puede confundirse o ser asimilado a las órdenes, a las congregaciones, a las asociaciones religiosas. Y esto, no por menospreciar a los religiosos, sino, sencillamente, porque la Obra es, sin ninguna pretensión de exclusivismo, esencialmente distinta de las instituciones religiosas.

–Nuestro Fundador amó siempre, respetó, y en lo que le fue posible ayudó a los religiosos, predicando tandas de ejercicios a religiosos y religiosas, animando a personas que le pedían consejo a seguir la vida religiosa si presentaban síntomas de vocación, y prodigándose por la unidad –que no significa uniformidad– del apostolado, por la que los miembros del Opus Dei rezan a diario.

El Padre no se permitía la menor crítica a otras personas o instituciones de la Iglesia. Desde que le conocí, se lo he oído repetir más o menos con estas palabras: jamás moveré un dedo para apagar una llama que se encienda en honor de Cristo: no es mi misión. Si el aceite que arde no es bueno, se apagará sola.

Entre los miles de episodios que podría citar, me viene a la cabeza que hacia 1940 se presentó en nuestra casa de la calle Diego de León de Madrid, una chica que necesitaba cierta cantidad de dinero como dote para entrar en religión. El Padre comprobó la sinceridad de sus intenciones, y después de hablar conmigo, preguntó a Isidoro Zorzano, que era el administrador, cuánto dinero teníamos en casa; y se lo dio todo a aquella futura novicia.

Por lo demás, los religiosos han comprendido siempre la originalidad pastoral de la Obra. Por ejemplo, sor Lucia, la vidente de Fátima, puso un gran interés en el inicio de nuestra actividad apostólica en Portugal, y ha rezado siempre por la Obra. En 1972 acompañé a nuestro Fundador a ver a sor Lucia, y en aquella ocasión ella le regaló unos millares de folletos que contenían algunas reflexiones sobre la Virgen y el Rosario: el Padre los difundió con gran alegría.

El Padre

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Estos fueron algunos de los primeros hombres de la Obra. Sobre esta fidelidad habrá de construirse el edificio espiritual que el Fundador viera, con toda claridad, el 2 de octubre de 1928. Cada uno viene marcado con la impronta de Dios: son la respuesta a los años de oración y sacrificio de este sacerdote que ha grabado en su ánimo, desde la adolescencia, la apasionante invitación evangélica:

«Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué he de querer sino que arda?»(23).

Además de haberles llamado a seguir de cerca a Jesucristo, de dar sentido a su existencia con el horizonte espiritual que pone ante sus vidas, don Josemaría Escrivá de Balaguer es el amigo, el maestro, el apoyo humano inasequible a la desesperanza. Tienen la seguridad de una misión recibida de Dios y el cariño absoluto para las grandes y pequeñas vicisitudes que ha de suponer llevarla a cabo. Todo ello va a llegar, directamente, de las manos del Fundador, al corazón de sus hijos.

Jamás le pasará inadvertido ningún acontecimiento, de orden material o moral, porque está siempre solícito a cuanto pueda afectar, en la alegría y el dolor, a los que le siguen. Por eso, la sucesión de vocaciones se va a multiplicar en la cálida fortaleza de esta familia, de vínculo sobrenatural y hondo cariño humano.

Desde los primeros tiempos, a don Josemaría empiezan a llamarle los chicos: «el Padre». Después, a lo largo y ancho de los años, este título se grabará de modo indeleble en el alma de todo el Opus Dei. Porque nadie como él ha sufrido, amado y luchado por cada uno de aquellos que Dios quiso confiar a su custodia. En todas las encrucijadas del mundo, los miembros del Opus Dei le conocen, le conocerán siempre, por el unívoco apelativo de «Padre».

Es, el único entorchado escrito sobre su tumba romana; el exclusivo título de honor que deseó tener ante sus hijos del presente y del futuro. Ellos y muchos otros que se beneficiaron de su labor sacerdotal se lo otorgaron como un testimonio irrevocable. Así lo afirman, públicamente, después de su muerte.

El profesor Edgardo Giovannini, Rector de la Universidad de Friburgo, que escribe en 1975:

«Dos veces tuve la gran fortuna de ver a Mons. Escrivá de Balaguer en audiencia privada. La primera vez, el 4 de noviembre de 1968 (…).

En la gratísima conversación me habló con gran amor de Jesús, de la Iglesia, del culto personal al Espíritu Santo; me recomendó con apasionada insistencia la fidelidad al plan de vida de los miembros del Opus Dei, la práctica de la humildad, un gran amor a mi esposa y mis hijos. Me dio una catequesis personal con la misma ternura con que Jesús cuida individualmente de cada una de las almas que ha salvado con su Sangre.

Llegado el momento en que se debía poner fin a la entrevista (…), me bendijo, bendijo a mi familia, a la Universidad de Friburgo, me entregó un recuerdo (…) y, después, con un gesto de ternura varonil, me dio dos besos en la frente. Ya en la puerta, me dijo: “Ruega por mí que soy un pobre pecador, pero un pecador enamorado de Jesucristo..

Al salir me encontré en una calle, en aquella hora, desierta, (…) y me encaminé hacia el Tíber y el Vaticano (…). Tal era mi estado de emoción, que las lágrimas me caían cálidas y abundantes… »(24).

Y Monseñor Francesco Angelicchio, desde Italia:

«La presencia del Fundador de la Obra, su proximidad física ha sido siempre, para mí, fuente de alegría indecible. Ver al Padre o tener la posibilidad de encontrarlo al cabo de poco tiempo era motivo de que se tranquilizara cualquier ansiedad o preocupación, como si su presencia, su palabra o un gesto suyo de afecto basta sen por sí solos para resolver cualquier problema… »(25).

Y en 1978, el entonces Arzobispo de Boston, Cardenal Humberto Medeiros:

«Era tan extraordinariamente directo, tan humilde y sencillo, tan cálido y cordial (…) que tuve la sensación de que lo había conocido siempre y de que yo también podía llamarlo “Padre”, como hacían ya entonces más de 60.000 hombres y mujeres del Opus Dei (…).

Tenía setenta años de edad en el momento de nuestro primer y, lamentablemente, único encuentro pero su juvenil vitalidad era pasmosa. Pude reconocer a una persona muy cercana a Dios, una verdadera roca de fe. “Eso es lo que necesitamos”, recuerdo que me dije después de dejarlo, “un hombre de oración, un hombre que confiesa regocijada y desvergonzadamente su gran devoción a Nuestra Señora y su amor por la Iglesia y el Santo Padre” »(26).

Y Michael Curtin, desde Chicago, que escribe su testimonio en 1978:

«En el curso de estos años, muchos hombres jóvenes me han preguntado cómo puedo estar seguro de la existencia de Dios. Yo siempre les contesto con los motivos de la fe de la Iglesia y los argumentos de la Apologética. Pero la certeza más profunda me llega de haber experimentado directamente el amor divino en un ser humano: el Padre» (27).

Y Joan Cassidy, de Irlanda, que escribe en 1979:

«Cuando conocí al Padre por primera vez, me sorprendieron la cordialidad, el afecto y la alegría que desbordaba (…). ¡Qué gozo, encontrar a alguien, evidentemente enamorado de Dios y con tan buen humor!… »(28).

Y Cesare Cavalleri, periodista, que afirma en 1976:

«Se estaba muy bien con él; se pasaba de la risa más cordial al pensamiento más espiritual. Pienso en aquella capacidad suya de recordar la fisonomía, el gesto, el pensamiento de la gente que tenía cerca (yo era uno de tantos: pero ya desde la segunda vez que le vi, y siempre con otras personas, me he sentido reconocido) »(29).

Por eso, en los últimos años de su vida, cuando el Cielo quiere regalarle una visión panorámica del fruto de sus afanes divinos en la tierra, puede bendecir, en Europa y en América, a multitudes de hijos que acuden a la sencillez de su palabra, a la claridad valiente de su doctrina, a la fidelidad intacta para las enseñanzas del Papa y de la Iglesia.

Por eso también, en una tarde brasileña, antes de salir camino de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1974, sus hijos americanos le entregarán una placa de plata. En ella va grabada su bendición impartida días antes, por la desbordante alegría de su corazón y el deseo de que se multiplique su afán de almas para Dios:

«Como las arenas de vuestras playas, como los árboles de vuestros bosques inmensos, como las flores de vuestros jardines, como los aromas que se perciben en el ambiente de este Brasil maravilloso, como los luceros que brillan en la noche…

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (30)

4. Calor de hogar

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Dios quería que el Opus Dei fuese ‑en el sentido literal del término‑ una familia. Y, como acabamos de apuntar, se sirvió decisivamente de las virtudes humanas y sobrenaturales del hogar de su Fundador. Pero él también fue siempre, verdaderamente, el Padre de esa familia. La sacó adelante en lo humano, coja corazón paterno y materno, que se volcaba hacia los socios de la Obra, tanto mientras fueron unos pocos, como cuando llegaron a sumar decenas de millares de todos los colores y de todas las razas.

Estaban ya esparcidos por los cinco continentes desde hacía años, cuando hizo su último viaje a España. Acudió a su ciudad natal con motivo de la imposición ‑el 25 de mayo de 1975‑ de la medalla de oro de Barbastro. Llegado el momento, al comenzar la lectura de su breve discurso, en el salón de sesiones del Ayuntamiento, tuvo que interrumpirse:

Perdonad. Yo estoy muy emocionado, por doble motivo: pri­mero, por vuestro cariño; y, además, porque a última hora de ayer recibí un aviso de Roma, comunicándome la defunción de uno de los primeros que yo envié para hacer el Opus Dei en Italia. Un alma limpia, una inteligencia prócer, doctor en Dere­cho Civil por la Universidad de Madrid, entonces Universidad Central; doctor en Derecho Canónico por la Universidad Latera­nense; abogado rotal. Después, en tiempos de Juan XXIII, nom­brado auditor de la Rota.

Ha servido a la Iglesia con sus virtudes, con su talento, con su esfuerzo, con su sacrificio, con su alegría, con ese espíritu del Opus Dei que es de servicio. Yo debería estar contento de tener uno más en el cielo, ya que tan frecuentemente en una familia tan numerosa tiene que suceder un hecho de este género. Pero estoy muy cansado, muy abrumado. Me perdonaréis y estaréis contentos de saber que tengo corazón. Sigo.

Esta reacción ‑de padre de familia con corazón humano y con fe divina‑ era idéntica a la que siempre tuvo ante la muerte de otros socios de la Obra. El P. Sancho, O.P., testimonia cómo, cuando murió Isidoro Zorzano en 1943, el Fundador del Opus Dei estaba, a la vez, apenado por la separación y contento porque había muerto como un santo.

Y es que ‑añade el religioso dominico‑ “dentro de su celo infatigable por todas las almas, tenía un cariño paterno y un en­trañable desvelo por sus hijos. Eran la niña de sus ojos. Los tra­taba con fortaleza, exigiéndoles para que fueran santos, pero con la familiaridad de un padre con sus hijos. A mí me sorprendía este modo de tratarles, sobre todo a aquellos socios de la Obra que yo tenía en mucho, porque eran catedráticos: para él eran siempre y principalmente sus hijos. Era muy respetuoso con su libertad y les quería a todos muchísimo; es natural, porque al fin y al cabo eran sus hijos”.

“Muchas veces ‑expresa don José Luis Múzquiz, uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, junto con don Álvaro del Portillo y don José María Hernández de Garnica‑ he visto al Padre, aun teniendo mucho trabajo, pasarse tiempo junto a un enfermo, dándole visión sobrenatural, contándole cosas para dis­traerle, haciendo alguna norma de piedad con él”.

En los años setenta, cuando empezó a estar muy enfermo don José María Hernández de Garnica ‑Mons. Escrivá de Balaguer le llamó siempre con su apelativo familiar, “Chiqui”‑, don José Luis Múzquiz recibió en febrero de 1972 una carta de don Álvaro, diciéndole que “Chiqui está muy mal de salud”, y que quiere “el Padre que te lo escriba yo directamente para que reces”. Al leer esto, don José Luis se acordó de que, igual que, con la enfermedad de Isidoro Zorzano ‑como las madres cuando están sus hijos pequeños enfermos‑ el Padre presentía algo grave, antes del diagnóstico de los médicos. Lo mismo sucedía en esta ocasión: don José María Hernández de Garnica había ido a Roma y en cuanto el Padre lo vio, lo mandó inmediatamente a que le hicieran una revisión médica a fondo.

La víspera de la Fiesta de la Inmaculada ‑7 de diciembre (le 1972‑ murió en Barcelona don José María. Poco después, don José Luis Múzquiz recibía una carta de Roma:

Me ha llegado hace unos momentos la dolorosísima noticia del fallecimiento de Chiqui (q.e.p.d.). Bien purificado se nos lo ha querido llevar el Señor. No puedo ocultarte que he sufrido ‑que sufro mucho‑, que he llorado.

Haz muchos sufragios por él, y pide a todos que los hagan, aunque estoy seguro de que ya no los necesitará. Encomiéndale ‑yo lo he hecho desde el primer momento‑ todas las cosas que llevamos en e1 corazón, que Chiqui seguirá empujando, como ha hecho siempre, muy cerca de la Santísima Virgen.

Que estés sereno y con paz: el Señor sabe más.

Así en la muerte, como en la vida. Encarnación Ortega subraya la delicada ternura del Padre: “Intuía nuestras preocu­paciones, nuestro estado de ánimo”. Y detalla manifestaciones bien concretas de cómo hacía compatible ese cariño suyo ‑ma­terno‑ con la energía en la corrección y la fortaleza de un padre que sabe exigir a sus hijos, también porque los quiere. Así, cuando llegaban a Roma asociadas de la Obra, generalmente para cursar estudios, se preocupaba de que se les facilitase la ambientación, especialmente si venían de países lejanos, muy dis­tintos: evitarles los rigores del clima, hacer que se incorporasen gradualmente a las comidas italianas, proporcionarles la compa­ñía de personas que hablasen su idioma.

Encarnación Ortega estaba en Londres en septiembre de 1960. Poco antes, algunas asociadas del Opus Dei habían mar­chado a Osaka y Nairobi. Comenzaban el trabajo apostólico de la Obra, como siempre, con muy pocos medios materiales. El Fun­dador, que por aquellos días se encontraba en Londres, sentía en su corazón la premura de llamarles por teléfono para tener noti­cias directas de ellas. Preguntó cuánto costaría, y calculó que, prescindiendo de otras cosas, podrían hacer ese gasto. Y lo hizo. Le venció su corazón de Padre.

Pero el cariño no excluía la fortaleza, que era un modo dis­tinto de manifestar ese cariño. Nunca dejó de corregir: ni en asuntos de fondo, en que estaban en juego aspectos medulares del espíritu del Opus Dei, ni en cuestiones menudas, aparentemente sin importancia.

Porque sabía querer, supo corregir. Sus advertencias no he­rían, no aplanaban. Ponía tal afecto ‑por enérgica y clara que fuera la corrección‑, que todos se sentían queridos, y animados a hacer las cosas bien.

Este afecto determina que el Opus Dei sea familia, fuera de todo eufemismo. Y ese cariño alcanza especialísimamente a las familias de los socios de la Obra.

Fruto de su meditación del quinto misterio gozoso del Santo Rosario ‑el Niño perdido y hallado en el Templó‑, el Fundador del Opus Dei había escrito: (…) Y, al consolarnos con el gozo de encontrar a Jesús ‑;tres días de ausencia!‑ disputando con los Maestros de Israel (Le., II, 46), quedará muy grabada en tu alma y en la mía la obligación de dejar a los de nuestra casa por servir al Padre Celestial.

Era una obligación clara, siempre vivida así en la Iglesia. Pero también, siempre que fuera posible, quería el Fundador del Opus Dei que los socios de la Obra que no vivían con sus padres los acompañasen en los momentos duros, al menos ‑cuando les resultaba imposible estar físicamente a su lado‑ con su oración incesante, con sus continuas cartas, o con la compañía de otros socios de la Obra.

Lo vivió así. Y enseñó a vivirlo a los más jóvenes, que ‑por temperamento, casi por ley de vida‑ podían encubrir el amor y el agradecimiento hacia sus padres con un cierto y aparente ‑a veces simplemente perezoso‑ distanciamiento.

Como anota don Remigio Abad, que desde hace años es cape­llán de Xaloc, obra apostólica promovida por el Opus Dei en Hospitalet de Llobregat, “me enseñó a querer a mis padres con un cariño más intenso; en varias ocasiones me preguntó ‑sabía que yo era perezoso para escribir‑: ¿Cuántos días hace que no escribes a tus padres? Él los encomendaba cada día en la Santa Misa‑.

Cuando le hablaban de padres que no acaban de estar con­tentos de que sus hijos fueran socios de la Obra, era a éstos, generalmente, y con toda razón, a quienes echaba la culpa. Por­que no sabían ser fieles, en la práctica, al espíritu de la Obra. Una madre brasileña escribía en 1974 a su hijo, después de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer:

“Querido hijo:

“Después de siete años, puedo nuevamente mirarte a los ojos y decirte: realmente fue mejor así. Realmente tenía que ser así.

“Ahora ya puedo ver una cruz, una iglesia, sin sentir dolor en el corazón. Sí, ahora ya puedo ver que no te me robaron. Que tú tenías que marcharte. Y que tu mundo es maravilloso.

“Tú, hijo mío, eres un privilegiado. ¡Cómo me cambió el Padre! El me devolvió a ti. Y también a Dios, a quien ahora puedo amar.

“Hijo mío, procura seguir las enseñanzas del Padre. Para n‑3í es como si fuese el mismo Amor de Cristo”.

El corazón del Fundador del Opus Dei era de veras paterno. Por eso comprendía muy bien los sentimientos de todos los padres. Y por eso tenía siempre en cuenta a las familias de los socios de la Obra. Cuando las necesidades del trabajo los lleva­ban lejos, les animaba siempre a que les escribieran con frecuen­cia, a que les dieran buenas noticias, a que les hicieran partícipes de su alegría: pues la dicha del hijo es lo que más alegra el cora­zón de unos padres.

Lo vivió así, con todos, incluso en los momentos tremendos de la guerra de España. Le emocionaba mucho a Enrique Espinós Raduán, que estuvo unas horas con el Padre en Valencia, en octubre de 1937, cuando pasó por allí camino de Barcelona. Espinós fue a despedirle a la estación con su primo Francisco Botella. De aquella entrevista conserva una impresión de sereni­dad y de paz, de inmensa confianza en Dios. Más adelante Paco se reuniría con don Josemaría en Barcelona, y estaría con él hasta cruzarlos Pirineos. Unos meses después Enrique Espinós empezó a recibir cartas firmadas por Isidoro, Zorzano dándole detalles sobre sus pasos desde Valencia a Burgos: “Era una muestra de fina caridad conmigo y con los padres de Paco; no hay duda de que lo hacía por sugerencia del Padre, ya que yo no conocía a Isidoro”.

También don Pedro Casciaro tuvo ocasión de experimentarlo por aquellos días. Había hablado muchas veces al Fundador de la Obra sobre la vida espiritual de su padre, hombre de virtudes humanas y gran bondad, pero al que su preocupación por mejorar las condiciones de los obreros le llevó a militar en un partido político que fue derivando hacia posturas cada vez más anticlericales. Dentro de ese ambiente, se retraía de prácticas externas de la religión. Don Josemaría animaba a Pedro a invocar confiadamente a la Santísima Virgen. En diciembre de 1937, después de llegar a Andorra, quiso pasar por Lourdes antes de regresar a España. Pedro se disponía a ayudarle en la Misa que iba a celebrar. Ya al pie del altar, se volvió delicadamente hacia él, que estaba arrodillado en la grada, y le dijo en voz baja: ‑Supongo que ofrecerás la Misa por tu padre, para que el Señor le dé muchos años de vida cristiana. Don Pedro Casciaro quedó sorprendido: “Realmente yo en ese momento no había hecho tal intención, pero le contesté en el mismo tono: ‑Lo haré, Padre”.

Cuando acabó la guerra, su padre tuvo que exiliarse. Suzrió muchas privaciones, pero el Señor le movió a vivir como cristiano fervoroso, con una piedad sincera. Durante los últimos once años de su vida ‑murió con mucha paz el 10 de febrero de 1960, víspera de la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes‑ fue hombre de oración, de Misa y Comunión diarias. Quiso mucho al Fun­dador del Opus Dei y era Cooperador de la Obra.

Cuando el Opus Dei creció por el mundo, no disminuyó el cariño. Es algo que no puede atribuirse a causas humanas: per­sonas de razas y temperamentos muy diversos, que no conocían el castellano y quizá nunca habían visto físicamente a Mons. Es­crivá de Balaguer, le trataban ‑le querían‑ como a auténtico Padre. Y es que era Padre de veras. Lo hacía notar un destacado pedagogo español, Víctor García‑Hoz, que le había conocido en 1939: “Una de las cosas que más me llamó la atención en os últimos años del Padre fue ver cómo en las catequesis multitudi­narias, en tertulias de cientos y aun miles de personas, sabía con­versar con aire de intimidad. Es cosa que no me explico sino por una gracia especial de Dios”.

El Fundador del Opus Dei había recomendado y practicado siempre el apostolado personal, de amistad y confidencia. Pero a medida que el desarrollo de la Obra fue haciendo imposible que recibiera y hablara con todos y cada uno de los que querían escuchar su enseñanza, surgió con naturalidad este tipo de ter­tulias, en algunas de las cuales llegaron a participar más de cinco mil personas en torno a Mons. Escrivá de Balaguer. Era llama­tivo comprobar que nunca resultaban masivas, sino que tenían el ambiente de una reunión familiar. Todos se sentían en familia, identificados con quienes iban preguntando o contando cosas: tanto una señora de ochenta años, como un chico de quince; un casado con muchos hijos o una mujer soltera; un obrero, .in profesor universitario o una artista de cine… Los temas de conversación surgían de problemas o inquietudes personales. El Padre mantenía el tono personal, íntimo. Y todos se unían en la misma preocupación y recibían sus respuestas como si se dirigiese a cada uno en particular.

De algunas de esas tertulias se conservan imágenes filmadas en color, con sonido directo. Una sola de estas películas describe mejor que muchas páginas cómo era el Fundador del Opus Dei y cómo quería a todas las personas que se apiñaban a su lado. El 16 de junio de 1974 la reunión fue en un salón enorme del Palacio de Congresos General San Martín, de Buenos Aires. Se inició con unas palabras muy breves:

No os llamará la atención si os digo ‑porque os parecerá lógico‑ que yo esta mañana, en la Santa Misa, me he acordado mucho de vosotros; y también en la acción de gracias. He pedido al Señor por cada uno: por sus preocupaciones, por sus ocupa­ciones, por sus afectos, por sus intereses, por su salud temporal, material, y por su salud espiritual. Porque os quiero felices. Y me acordaba de que íbamos a parecer aquí como una muche­dumbre. Ya estamos acostumbrados en el Opus Dei, y sabemos que no somos eso: somos una familia. A los dos minutos de hablar, la muchedumbre se convierte en un grupito. Hablamos con el cariño de media docena de personas que se entienden.

Poco después, un paraguayo señaló que su madre, de la Obra, había muerto rezando por su Fundador. Una mujer, cuyo marido era del Opus Dei, quería saber qué le faltaba a ella para decidirse también. Otro estaba preocupado porque, a veces, la intensidad del trabajo profesional hace más difícil darle sentido sobrenatural. Luego tomó la palabra un socio de la Obra, que estaba allí con su madre, viuda, inquieta por lo que pudiera ser de su hijo cuando llegase a viejo…

‑Dice que no voy a tener familia… Y como ella está acá, al lado mío, yo quiero que usted le explique que tenemos familia, que nos queremos mucho, y que además somos siempre jóvenes, como usted…

Mons. Escrivá de Balaguer ilustró su respuesta con una anéc­dota antigua. Una vez un gran personaje atacó a un socio de la Obra, porque éste, en el ejercicio de su libertad civil, había manifestado su disconformidad. Entre otras cosas, habló de que este socio de la Obra no tenía familia. Entonces, el Fundador del Opus Dei fue a verle, y le dijo: ‑Tiene mi familia; tiene mi hogar. Aquel personaje pidió perdón. Y continuaba: Tú ya sabes que tu hijo tiene familia y tiene hogar; y que morirá rodeado de sus hermanos con un cariño inmenso. ;Feliz de vivir y feliz de morir! ¡Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte! (…) ¡Es el mejor sitio para vivir y el mejor sitio para morir: el Opus Dei! ¡Qué bien se está, hijos míos!

Muchos apreciaron aquel día que allí ‑en el Palacio de Con­gresos‑ había sabor de primitiva cristiandad, que vibraba con un solo corazón, con una sola alma, con un único afecto. Y en­tendieron que, verdaderamente, el Opus Dei es hogar, pleno de cariño humano y delicadezas santas.

Dos años antes, el 22 de noviembre de 1972, en Barcelona, una chica joven manifestó al Padre, en una reunión semejante:

‑El otro día estuve también en una tertulia con usted. A1 salir. una amiga me dijo: ‑¿Te has fijado en esos sacerdotes que estaban con el Padre? Seguro que le han oído miles de veces decir las mismas cosas. Y, sin embargo, con qué cariño le miraban. ;Cómo se quiere la gente del Opus Dei!

La respuesta fue rápida, inmediata, emocionada:

¡Pues sí! ¡Nos queremos! Sí, señor. ¡Nos queremos! Y es el mejor piropo que nos pueden decir. Porque de los primeros fieles afirmaban los paganos: mirad cómo se aman.

La reacción de Escrivá ante el creciente anticlericalismo

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Como a cualquier fervoroso católico, a Escrivá le entristecía la postura claramente anticatólica de muchos políticos de la Segunda República y el daño que pudieran causar a la Iglesia. El 20 de abril de 1931 escribió en sus notas personales: “¡La Virgen Inmaculada defienda a esta pobre España! ¡Dios confunda a los enemigos de nuestra Madre la Iglesia! República española: Madrid, durante veinticuatro horas, fue un inmenso burdel… Parece que hay calma. Pero la masonería no duerme… ¡También el Corazón de Jesús vela! Esa es mi esperanza. ¡Cuántas veces, estos días, he comprendido, he oído las voces poderosas del Señor, que quiere su Obra!”[1].

No había consenso entre los católicos españoles sobre los mejores medios de defender a la Iglesia. Los monárquicos creían que el único modo era derribar la Segunda República y volver a poner la monarquía. Otros católicos afirmaban que la forma de gobierno no era un asunto esencial. Los católicos, decían, pueden y deben trabajar dentro de la estructura republicana para defender los derechos de la Iglesia. Las pasiones se encendían en los dos polos del debate. En el mejor de los casos los puntos de vista divergentes, a menudo, fueron considerados como señal de falta de dirección. Y en el peor, como falta de celo en el servicio a la Iglesia.

Escrivá no participaba en estos debates. Desde los días del seminario, le repelía el clericalismo que caracterizaba a muchos en la Iglesia española y se convenció de que los sacerdotes debían respetar el derecho de los laicos a formar su propia opinión política y a pertenecer al partido que desearan. Aunque sentía un vivo interés por los acontecimientos del momento, tomó como inflexible norma de conducta personal, que mantuvo toda su vida, no expresar nunca sus opiniones políticas.

Poco después de que se proclamara la república, Escrivá aconsejó a Zorzano: “No te dé frío ni calor el cambio político: que sólo te importe que no ofendan a Dios”[2]. En agosto de 1931 le escribía: “Supongo que toda esta guerra a nuestro Cristo habrá servido para enardecerte en su servicio, procurando ser cada día más suyo…, con la oración, y ofreciéndole, también cada día, como expiación —gratísima a sus divinos ojos— las mil molestias que de continuo trae la vida”[3].

A las monjas del convento de Santa Isabel, que estaban muy preocupadas por la legislación anticlerical y aterrorizadas por los nuevos estallidos de violencia, les dio un consejo similar. Un día o dos después de la aprobación del artículo 26, Escrivá habló a las religiosas “de Amor, de Cruz y de Alegría… y de victoria”. “¡Fuera congojas! Estamos en los principios del fin” les dijo. En cuanto a él mismo, recordó que “Santa Teresa me ha proporcionado, de nuestro Jesús, la Alegría —con mayúscula— que hoy tengo…, cuando, al parecer, humanamente hablando, debiera estar triste, por la Iglesia y por lo mío que anda mal: la verdad: Mucha fe, expiación, y, por encima de la fe y de la expiación, mucho Amor”[4].

Por sí solo, el consejo de Escrivá a Zorzano, “no te dé frío ni calor el cambio político”, podría sugerir una indiferencia hacia la política y una preocupación exclusiva por los asuntos religiosos. No era eso. Él animaba a tener un interés activo por la política y a esmerarse en el cumplimiento de las responsabilidades cívicas. Pero, en fuerte contraste con la mentalidad clerical de partido único, que era mayoritaria entre los católicos de aquella época, consideraba que era cosa de cada uno hacer sus propias elecciones sobre cómo poner en práctica las normas de la Iglesia.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 357

[2] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. p. 126

[3] Ibid. p. 128

[4] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 405-406

Las medidas anticlericales del Gobierno Provisional

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La idea de que la República era hostil a la Iglesia aumentaba, a la vista de los decretos y reglamentos que emitía el gobierno provisional. Se provocó la alarma de muchos católicos. Estableció plena libertad de conciencia y culto, hizo que la instrucción religiosa fuera voluntaria en los colegios públicos, disolvió el cuerpo de capellanes del Ejército y la Armada, sustituyó el tradicional juramento de un cargo por una simple promesa, privó a la Iglesia de representación en el Consejo Nacional de Educación y prohibió a los funcionarios la asistencia a actos religiosos públicos.

Algunas de estas medidas se habrían considerado aceptables en una sociedad tolerante y religiosamente plural, pero la mayoría de los católicos españoles había crecido en una sociedad en la que prácticamente todo el mundo era, al menos de nombre, católico y en la que durante siglos la norma había sido la de una estrecha colaboración entre la Iglesia y el Estado. Así, se consideraron estos actos como hostiles a la Iglesia. Esta sensación se acentuó porque el gobierno no quiso negociar ni consultar a los representantes de la Iglesia sobre los cambios en política religiosa.

En mayo de 1931, el gobierno expulsó al obispo de Vitoria. Al mes siguiente expulsó al cardenal Segura, principal figura eclesiástica de España, por sus declaraciones y actitudes antirrepublicanas, lo que confirmó a muchos en su convicción de que el nuevo régimen era enemigo de la Iglesia.

El anticlericalismo español

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La situación cambió radicalmente el 10 de mayo de 1931 como resultado de la quema de conventos. Para entender aquellos acontecimientos es preciso examinar con cierto detalle las raíces del anticlericalismo español.

A comienzos de la Segunda República los españoles estaban divididos; de hecho, llevaban divididos más de un siglo; y no sólo por cuestiones de política económica y social, sino también por serias diferencias de actitud hacia la Iglesia y su función en la sociedad. Como ha destacado un historiador, en España, la posición de la gente respecto de la Iglesia era lo que las situaba en la izquierda, centro o derecha del espectro político.

La inmensa mayoría de los españoles había sido bautizada en la Iglesia Católica. Muchos se tomaban la religión en serio y les gustaba ver la influencia católica en las leyes sobre el matrimonio y la educación. Algunos buenos católicos eran considerados anticlericales por ser críticos con los defectos del clero y querer ver a la Iglesia reformada en diversos aspectos. En algunas ocasiones Escrivá se definiría a sí mismo como anticlerical porque no quería que el clero se mezclara en asuntos políticos o económicos, sino que se dedicara a su ministerio.

Sin embargo, en el discurso político español, el término anticlerical normalmente se reservaba para los grupos que querían que la influencia de la Iglesia en la vida del país quedara reducida o eliminada del todo. Ese tipo de anticlericalismo, muy extendido entonces entre los políticos liberales burgueses, socialistas y anarquistas, tiene raíces profundas en la historia española. Para nuestro objetivo baste con examinar sus aspectos más importantes en el periodo siguiente a la revolución francesa y las conquistas napoleónicas.

En 1834 se difundió en Madrid el falso rumor de que los jesuitas habían envenenado los suministros de agua de la capital y provocado una epidemia de cólera como castigo a los liberales por su impiedad. En medio del tumulto que se organizó, fueron asesinados entre cincuenta y cien sacerdotes y frailes. El tipo de propaganda que encendía tales manifestaciones era similar, en tono y psicología, al burdo antisemitismo difundido en diversas partes de Europa. La pista de esos rumores de envenenamiento de pozos se puede encontrar en los propagandistas anticlericales de clase media, miembros de logias masónicas y otras sociedades secretas extendidas entre los liberales españoles del siglo XIX. El hecho de que las masas urbanas creyeran esos rumores y actuaran en consecuencia también sugiere que, a principios del siglo XIX, una buena parte de los trabajadores ya estaba lo bastante desligado de la Iglesia como para aceptar tal tipo de propaganda.

Entre 1830 y 1860 los gobiernos liberales confiscaron a la Iglesia grandes extensiones de tierras y otras propiedades productivas con las que se mantenían el clero y las órdenes religiosas. Había una escasa tradición entre los católicos españoles de contribuir al sostenimiento del clero. Así, tras la confiscación de sus propiedades, la Iglesia empezó a depender de la escasa compensación que el Estado pagó por las propiedades enajenadas.

Durante el periodo conservador, de 1876 a 1898, la Iglesia recuperó cierta influencia social, pero no sus propiedades. Durante este periodo pareció crecer el fervor y aumentaron las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. Por otro lado, también se recrudeció la oposición a la Iglesia por parte de los partidos liberales y de la clase obrera.

Cercano ya el siglo XX, ambos contendientes se consideraron cada vez más amenazados y asediados. Muchos católicos veían la sociedad y la religión en peligro ante el avance de una ola secular de librepensadores y masones, consideraban el liberalismo como una herejía y rechazaban la monarquía constitucional parlamentaria. Otros aceptaban el régimen constitucional como un mal menor, pero anhelaban un estado confesional que reforzaría la unidad católica. Para los liberales, el resurgimiento de la Iglesia significaba entregar España a los enemigos de las instituciones modernas y permitir que las fuerzas del pasado dirigieran la sociedad. Entre 1876 y 1898, la Iglesia se fue identificando cada vez más con el “stablishment” político y las clases pudientes. Al mismo tiempo, la brecha entre la Iglesia y las clases bajas urbanitas y los campesinos sin tierras del sur era cada vez mayor. La educación religiosa de estos grupos era prácticamente nula, y los esfuerzos por acercarse a ellos fueron frecuentemente infructuosos. Durante la primera década del siglo XX, españoles de todo credo político buscaron modos de regenerar el país. Los conservadores se centraron en la reforma de las instituciones políticas. Los liberales y radicales, además de hablar sobre la necesidad de una reforma política, querían transformar la sociedad entera; y una parte importante de su programa consistía en reducir o eliminar el papel de la Iglesia en la vida española.

Los republicanos de clase media buscaban un cambio político y cultural en el que la oposición a la Iglesia era casi tan importante como la oposición a la monarquía. Aunque las diferencias ideológicas de socialistas y anarquistas eran grandes, ambos coincidían en su anticlericalismo. Los socialistas, que eran marxistas, consideraban que el cambio económico era primordial. Aunque concebían a la Iglesia como un pilar del orden económico establecido que debía ser arrancado, juzgaban más importante la revolución económica que atacar directamente a la Iglesia. Por su parte, los anarquistas pretendían crear una nueva moralidad y una nueva cultura. La supresión de la religión era una característica que definiría el nuevo orden que ellos esperaban instaurar. Para ellos, la oposición a la Iglesia, y más en general a la religión, no sólo era algo que facilitaría la revolución económica, sino un componente vital del nuevo modo de vivir. El anticlericalismo se hizo especialmente violento en Barcelona en julio de 1909. El detonante no tuvo ninguna relación con la Iglesia. Tras una derrota en las colonias españolas del norte de África, el Ejército movilizó a las unidades de reserva y pidió tropas a Barcelona. La decisión provocó manifestaciones masivas que pronto cobraron un cariz revolucionario. El Partido Radical Republicano llevaba años sembrando Barcelona de consignas anticlericales, por lo que no es extraño que la violencia acabara en la quema de conventos y colegios y en la profanación de tumbas e imágenes religiosas. Cuando cesaron las manifestaciones, habían ardido veintiuna de las cincuenta y ocho iglesias de Barcelona, treinta de sus setenta y cinco conventos y monasterios, y treinta escuelas y edificios que se utilizaban para labores sociales promovidas por la Iglesia. Aunque en general la violencia se dirigió contra los bienes más que contra las personas, dos sacerdotes fueron asesinados y otro pereció en un incendio provocado.

Llama la atención que unos motines provocados por la leva derivaran en una amplia campaña de violencia anticlerical. Se han avanzado diversas explicaciones. La violencia se habría dirigido contra las propiedades de la Iglesia porque los amotinados la veían como aliada de los ricos y poderosos que aprobaban la leva, mientras que ellos mismos escapaban a sus efectos. También se ha sugerido que se consideraba a la Iglesia moralmente responsable de las injusticias de una sociedad que condenaba a los hijos de los trabajadores a morir en inútiles guerras coloniales. Está claro, sin embargo, que ninguna razón avanzada hasta la fecha explica por completo las profanaciones ocurridas. Sea cual fuere la causa, los tumultos de Barcelona confirmaron que un buen número de trabajadores urbanos no sólo habían crecido al margen de la Iglesia, sino que se habían vuelto violentamente hostiles a ella.

Durante las dos décadas siguientes no hubo grandes estallidos de violencia anticlerical, aunque continuó la propaganda contra la Iglesia. El apoyo que católicos eminentes prestaron al régimen de Primo de Rivera sirvió para exacerbar el anticlericalismo de muchos republicanos y otros liberales, que quedaron más convencidos que nunca de que la Iglesia era uno de los principales obstáculos a sus deseos de instaurar una nueva sociedad. Durante la dictadura de Primo de Rivera y el interludio que la siguió, las fuerzas anticlericales fueron contenidas por el gobierno que les impedía actuar directamente contra la Iglesia.


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