Ecumenismo

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Es mucho lo que ya tenemos en común todos los cristianos. Con todo, la división que aún existe es una herida en el cuerpo de la Iglesia. En la Semana para la Unidad de los Cristianos proponemos este artículo sobre el Ecumenismo.

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En la encíclica Ut unum sint, Juan Pablo II señalaba la centralidad de la tarea ecuménica: «el movimiento a favor de la unidad de los cristianos, no es un mero “apéndice” que se añade a la actividad tradicional de la Iglesia. Al contrario, pertenece orgánicamente a su vida y a su acción. Como su antecesor, Benedicto XVI también ha querido poner el máximo empeño en el restablecimiento de la unidad de todos los discípulos del Señor. «Por lo que me concierne, renuevo (…) mi firme voluntad, manifestada al principio de mi pontificado, de asumir como compromiso prioritario el trabajar, sin ahorrar energías, en el restablecimiento de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo». Esta honda preocupación por la unidad afecta a todos los católicos. Una aspiración esencial de los cristianos es la comunión plena de todos los hombres con Dios –según la oración del Señor: que todos sean uno– como miembros de la única Iglesia fundada por Cristo, que «continúa existiendo» (subsistit in) en la Iglesia Católica, como enseña la constitución dogmática Lumen gentium.

Para alcanzar la plena comunión entre los cristianos, lo primero es la oración, bien unida a la de Cristo: no ruego sólo por éstos, sino por los que van a creer en mí por su palabra, para que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad . «No podemos “hacer” la unidad sólo con nuestras fuerzas. Podemos obtenerla solamente –dice Benedicto XVI– como don del Espíritu Santo. Por tanto, el ecumenismo espiritual, es decir, la oración, la conversión y la santidad de vida, son el corazón del encuentro y del movimiento ecuménico». En su oración, todos los fieles de la Obra piden cada día con las mismas palabras del Señor: Ut omnes unum sint, sicut tu Pater in me et ego in te: ut sint unum, sicut et nos unum sumus. Movido por el deseo de promover la unidad, san Josemaría exhorta a cada cristiano: ofrece la oración, la expiación y la acción por esta finalidad: «ut sint unum!» –para que todos los cristianos tengamos una misma voluntad, un mismo corazón, un mismo espíritu: para que «omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!» –que todos, bien unidos al Papa, vayamos a Jesús, por María.

EL DRAMA DE LAS DIVISIONES

La misión de la Iglesia –presencia de Jesucristo en el tiempo, que llamamos justamente “tiempo de la Iglesia”– es edificar la unidad de fe y de comunión entre los hombres. «No se debe olvidar –advertía Juan Pablo II– que el Señor pidió al Padre la unidad de sus discípulos, para que ésta fuera testimonio de su misión». En efecto, Jesús mismo señaló la finalidad misionera de esa estrecha unidad: ut mundus credat, para que el mundo crea que Tú me has enviado. La división contradice la voluntad de Cristo y constituye una seria dificultad para la evangelización. En concreto, «la falta de unidad entre los cristianos es ciertamente una herida para la Iglesia, no en el sentido de quedar privada de su unidad, sino en cuanto obstáculo para la realización plena de su universalidad en la historia.

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Los avatares históricos han llevado, sin embargo, a discrepancias y separaciones entre los cristianos a veces no sin culpa de las partes implicadas. Por eso Juan Pablo II invitaba a todos los cristianos –católicos y no católicos- a una «necesaria purificación de la memoria histórica» y a «reconsiderar juntos su doloroso pasado» para «reconocer juntos, con sincera y total objetividad, los errores cometidos y los factores contingentes que intervinieron en el origen de sus lamentables separaciones». Por otra parte, los cristianos que ahora nacen en las Iglesias y comunidades no católicas –como subrayó el Decreto Unitatis redintegratio– no tienen culpa de la separación pasada y son amados por la Iglesia y reconocidos como hermanos.

UN PATRIMONIO COMÚN

Es mucho lo que ya tenemos en común todos los cristianos. Nos une la Sagrada Escritura, la vida de la gracia y de las virtudes, la comunión de oraciones y otros dones espirituales. Se da incluso, entre todos nosotros, creyentes en Cristo, un modo de «verdadera unión en el Espíritu Santo», ya que Él actúa, también, en los cristianos no católicos y «los santifica con sus dones y gracias y, a algunos de ellos, les dio fuerzas incluso para derramar su sangre». De manera principal, la incorporación a Cristo por el bautismo, patrimonio común de todos los cristianos, establece entre nosotros –católicos y no católicos– un vínculo sobrenatural. Todos los cristianos nacen en las aguas del bautismo. Como enseña el Concilio Vaticano II en el Decreto Unitatis redintegratio, «aquellos que creen en Cristo y recibieron debidamente el bautismo están en una cierta comunión, aunque no sea perfecta, con la Iglesia católica». «La fraternidad entre los cristianos –dice Benedicto XVI– no es simplemente un vago sentimiento y tampoco nace de una forma de indiferencia con respecto a la verdad (…). Se basa en la realidad sobrenatural de un único bautismo, que nos inserta a todos en el único Cuerpo de Cristo (cfr. 1 Co 12, 13; Ga 3, 28; Col 2, 12). Juntos confesamos a Jesucristo como Dios y Señor; juntos lo reconocemos como único mediador entre Dios y los hombres (cfr. 1 Tm 2, 5), subrayando nuestra común pertenencia a Él (cfr. Unitatis redintegratio, n. 22; Ut unum sint, n. 42). A partir de este fundamento esencial del bautismo, que es una realidad procedente de Cristo, una realidad en el ser y luego en el profesar, en el creer y en el actuar, el diálogo ha dado sus frutos y seguirá haciéndolo».

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La conciencia de compartir esa riqueza común es el fundamento común del ecumenismo. Esta conciencia es, en efecto, la que nos lleva a una consideración especialmente positiva de las otras confesiones cristianas, y debe suscitar un trato mutuo marcado por la conciencia gozosa de ser unos y otros –todos– cristianos. Por este motivo, «es preciso que los católicos reconozcan con alegría y aprecien los bienes verdaderamente cristianos, procedentes del patrimonio común», que se encuentran en nuestros hermanos separados». Esta valoración es, pues, de gran importancia: redunda en la estima y en el modo peculiar de vivir la caridad con esos hermanos nuestros que no son católicos. Por estar enraizada en la fe común en Jesucristo, el modo de vivir con ellos el amor cristiano tiene, en efecto, rasgos especiales.

Otra es, en cambio, la situación de los no creyentes y de los que no profesan la religión cristiana. Con los no cristianos la Iglesia desea y busca otro tipo de diálogo, el llamado diálogo interreligioso, que es diverso del ecumenismo, porque el punto de partida es radicalmente diverso. En este contexto ocupa un lugar propio, como es bien sabido, la relación de los cristianos con los hebreos, nuestros hermanos mayores, según la expresión utilizada por Juan Pablo II, con quienes el Pueblo de Dios del Nuevo Testamento está espiritualmente unido.

ECUMENISMO Y “CONVERSIONES”: RELACIÓN Y DIVERSIDAD

Como enseña el Concilio Vaticano II, «por “movimiento ecuménico” se entienden las actividades y las iniciativas que, según las diversas necesidades de la Iglesia y las circunstancias actuales, se promueven y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos». El movimiento ecuménico se dirige más a las comunidades que a las personas individuales y responde específicamente a una dimensión de índole “corporativa”: trabajar para que las diversas Iglesias y comunidades cristianas lleguen, en cuanto tales, a la plena comunión en orden a la unidad visible. El punto de partida es esa común identidad cristiana de que hablábamos. A la vez, cada confesión debe ser consciente de sus rasgos propios, pues sólo desde el reconocimiento de la propia identidad se puede dialogar.

Aunque el empeño ecuménico se expresa en múltiples actividades institucionales entre las confesiones cristianas, no se reduce a ellas, pues constituye una responsabilidad personal de todos los cristianos. No se trata de una tarea sólo para especialistas, o de un ámbito lejano de la existencia cotidiana. Se trata de «un imperativo de la conciencia cristiana iluminada por la fe y guiada por la caridad». El ecumenismo es, sencillamente, una dimensión de la existencia cristiana. Por ejemplo, como ya señaló el Concilio Vaticano II, a todos nos afecta la preocupación por «eliminar palabras, juicios y acciones que no respondan, según la justicia y la verdad, a la condición de los hermanos separados, y que, por lo mismo, hacen más difíciles las relaciones mutuas con ellos».

Pero, sobre todo, entre los que han recibido el Bautismo, la primera palabra del diálogo se encamina a fomentar precisamente lo que supone para todos el Sacramento de la regeneración, y llevarlo a sus últimas consecuencias: ser buenos cristianos. En otras palabras, el encuentro de un católico –que sea consciente de su fe– con un ortodoxo, un anglicano o un protestante, tenderá a suscitar en primer lugar que cada uno viva de modo más pleno el cristianismo, o que comience a practicar su fe, si no lo hacía. Es necesario considerar ante todo esta riqueza común de la llamada bautismal a vivir una vida nueva en Cristo. Todos los fieles cristianos están llamados a la santidad. «Recuerden todos los fieles que promoverán e incluso practicarán tanto mejor la unión de los cristianos cuanto más se esfuercen por vivir una vida más pura según el Evangelio. Pues cuanto más estrecha sea su comunión con el Padre, el Verbo y el Espíritu, más íntima y fácilmente podrán aumentar la fraternidad mutua».

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A la luz de esta consideración, salta a la vista lo atractivo que es el mensaje que Dios confió a San Josemaría para su difusión, y las posibilidades tan amplias de acción ecuménica que tenemos. Al mismo tiempo, «los bienes presentes en los otros cristianos pueden contribuir a la edificación de los católicos», que se sentirán llamados a su propia conversión personal, porque todo testimonio auténtico de fe y de amor cristianos incita a una mayor entrega en todos.

En el marco de la relación con los demás cristianos, cabe considerar otra tarea, que es –con palabras de Unitatis redintegratio – «el trabajo de preparación y de reconciliación de las personas singulares que desean la plena comunión católica», es decir, la atención a aquellos cristianos de otras confesiones que desean ser católicos. Es necesario distinguir, como hace el Decreto, la actividad ecuménica y la atención a estas situaciones particulares. La primera –el ecumenismo– se orienta a la unión plena y visible de las Iglesias y comunidades eclesiales como tales. Ahora, en cambio, en esa atención de que hablamos, se trata de algo que afecta a la persona concreta, a la conciencia de las personas que se plantean libremente la decisión de ser católicas. Las dos tareas se fundamentan en el deseo de colaborar con el designio de Dios y, lejos de oponerse, están íntimamente compenetradas. El presupuesto común es siempre el respeto y la estima de las personas, de sus ideas y de la riqueza que poseen por su dimensión religiosa. Por ejemplo, el testimonio de vida de un colega o amigo católico puede suscitar en otro cristiano, con la gracia de Dios, el deseo de una vida realmente cristiana en el seno de la Comunidad eclesial a la que pertenece; pero puede despertar también, en el proceso de la gracia, el deseo de incorporarse a la Iglesia católica. El amigo católico acompañará esa decisión con su oración y su palabra, con pleno respeto de su libertad. De ese modo, manifiesta una amistad sincera, que comporta la confidencia, y brota de la caridad que Dios ha derramado en nuestros corazones: sólo Él, en efecto, puede cambiar nuestro corazón.

De modo genérico, cabría decir que un cristiano que da ese paso en realidad no cambia o retorna de una Iglesia a otra, sino que se incorpora plenamente a la Iglesia, a la única Iglesia, a la que ya estaba unido de manera no plena: a la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica, que preside desde la Cátedra de Roma el Sucesor de Pedro. Ese amigo llega a ser del todo lo que ya era de modo imperfecto. Por este motivo, quienes se adhieren al catolicismo prefieren en ocasiones no hablar de conversión: para ellos, no sin razón, su conversión es en realidad un proceso de conversiones –caben muchas a lo largo de la vida– que se inicia con el Bautismo, hasta llegar, con un nuevo impulso de la gracia, a dar el paso hacia la plena comunión, hacia el hogar: ¡Roma! Con gran delicadeza hacia estos sentimientos el Concilio Vaticano II sustituyó la expresión “conversión” –más propia, en rigor, de quien acepta por vez primera el cristianismo– por la de “plena incorporación”.

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Ciertamente estas decisiones son motivo de profunda alegría para los hijos de la Iglesia católica, que desean vivamente y trabajan para que todos los hombres alcancen la plena comunión con Dios y con los demás en la Iglesia universal.

PARA ENTABLAR UN DIÁLOGO VERDADERO

Como seres sociales, los hombres necesitan comunicarse con los demás, apoyarse unos en los otros, para superar las dificultades, para gozar del producto de sus afanes y contribuir al conocimiento de la verdad. Dios ha hecho al hombre de tal manera que no puede dejar de compartir con otros su vida, y aspira a que los demás le comprendan y respeten. Por ello, el diálogo es un reconocimiento de la humanidad del interlocutor; en un clima que estará necesariamente empapado de cordialidad, de amistad y de caridad.

La actitud abierta y respetuosa del católico en el diálogo ecuménico requiere un conocimiento y una exposición clara de la fe: «la paridad, que es presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales». Por eso es muy importante que los católicos conozcan, cada uno según sus propias posibilidades, los documentos del Concilio Vaticano II, el Catecismo de la Iglesia Católica, y otros textos importantes, como por ejemplo la carta Communionis notio, la declaración Dominus Iesus, y las recientes Responsa ad quaestiones emanadas por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

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Entablar un diálogo con otros cristianos requiere, además, que puedan apreciar que se está en condiciones de descubrir los valores positivos que tiene la fe que han recibido por medio de su comunidad cristiana, aun en medio de deficiencias. Pero esto nos exige a los católicos formación, estudio, conocimiento profundo de nuestra fe.

Desde el estudio, pues, al diálogo. Los cristianos pueden siempre aprender unos de otros, y llegar a valorar aún más realidades que conocían. También encuentran un acicate al ver con qué profundidad otros ahondan en su fe. Es significativo, por ejemplo, el estudio de la Escritura tan enraizado en la vida de muchos protestantes; la belleza de tantas celebraciones litúrgicas ortodoxas; el amor a la Sagrada Eucaristía y su centralidad en la vida de los católicos, tan atrayente para muchos protestantes. Las enseñanzas de San Josemaría sobre la santificación del trabajo suscitan un gran interés y simpatía en tantos cristianos. Es crucial redescubrir la convergencia que existe en aspectos como éstos, sin perder de vista que sólo la caridad permite superar las divisiones. Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien. No se trata de campañas negativas, ni de ser antinada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de optimismo, con juventud, alegría y paz; ver con comprensión a todos: a los que siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen. –Pero comprensión no significa abstencionismo, ni indiferencia, sino actividad.

«Hace falta, aun antes de hablar, oír la voz, más aún, el corazón del hombre, comprenderlo y respetarlo», decía el Papa Pablo VI. Si no se descubre en el interlocutor un deseo sincero de conocer y comprender, nadie puede sentirse respetado e inclinado a dialogar: nada debe ser más ajeno a la actitud del apóstol cristiano que la arrogancia infatuada o, como ahora suele decirse, el triunfalismo. No es nuestra doctrina el fruto de nuestro esfuerzo, de nuestra perspicacia o de nuestro ingenio, sino palabra de Dios que ha venido a nosotros: no porque fuéramos mejores que los demás o porque estuviéramos más preparados, sino porque el Señor ha querido usarnos como instrumentos suyos (…). Más aún: estamos persuadidos de que esa verdad divina, que llevamos, nos trasciende: que nuestras palabras resultan insuficientes para expresar toda su riqueza, que es incluso posible que no la entendamos con plenitud y que hagamos el papel de quien transmite un mensaje que él mismo no comprende del todo. No somos propietarios de la verdad, no nos pertenece; queremos ser cooperadores de la verdad: cooperatores simus veritatis; tratamos de actuar en la verdad y por ella.

CON LA CARIDAD DE CRISTO

Para que cumpláis como es debido la parte que os corresponde en la misión de la Iglesia, hace falta que no olvidéis el ejemplo de Cristo. No hay verdadero diálogo cristiano, si no es reproduciendo el modo de ser y de obrar del Señor. El ejemplo de Jesucristo nos lleva a dialogar; ese mismo ejemplo nos enseña cómo hemos de hablar con los hombres. Con palabras de San Josemaría, son dos los rasgos fundamentales: fidelidad a la verdad, amistad con los hombres. No puede haber un diálogo fecundo sin que se dé o se cree entre los que dialogan un clima de auténtica amistad, de honradez y de certidumbre.

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Sin amor a los demás no puede haber un ecumenismo verdadero, sino meras estrategias, que por sí solas resultan infecundas: el Señor nos ha llamado en momentos, en los que se habla mucho de paz y no hay paz: ni en las almas, ni en las instituciones, ni en la vida social, ni entre los pueblos. Se habla continuamente de igualdad y de democracia y abundan las castas: cerradas, impenetrables. Nos ha llamado en un tiempo, en el que se clama por la comprensión, y la comprensión brilla por su ausencia, incluso entre personas que obran de buena fe y quieren practicar la caridad, porque -no lo olvidéis- la caridad, más que en dar, está en comprender. Verdadero diálogo es sólo el que nace de un deseo de amistad sincera, de un afán de ayudar y servir a los demás. «El clima del diálogo es la amistad. Más todavía: el servicio».

Los católicos, en la acción ecuménica, deben preocuparse de los hermanos, orando por ellos, tratando con ellos y adelantándose a su encuentro. El amor ha de estar en la raíz de todas las acciones humanas. Con palabras de San Pablo, omnia vestra in caritate fiant: obrad siempre con caridad. Por eso, además de conocimiento mutuo, es necesaria también la estima y el afecto verdadero, que surgen espontáneamente, como percibieron el 7 de octubre de 2002 quienes acompañaban al Patriarca de la Iglesia ortodoxa rumana, al término de la audiencia concedida por Juan Pablo II a los participantes en la canonización de san Josemaría. Este evento ecuménico ha tenido una fuerte repercusión, en personas de Rumanía y en muchas otras; algunas conocían poco el Opus Dei, otras participan en sus apostolados, como manifestaban con inmensa alegría familias de ortodoxos libaneses que asistieron a la ceremonia.

La vida de los santos permite descubrir lo que Dios rea­liza en quienes pertenecen a otras Iglesias y comunidades eclesiales. «Es justo y saludable reconocer las riquezas de Cristo y las obras de virtud en la vida de otros que dan testimonio de Cristo, a veces hasta el derramamiento de sangre: Dios es siempre admirable y digno de admiración en sus obras. Quienes han dado su vida por Cristo constituyen así un punto de encuentro: «Este común testimonio de santidad, como fidelidad al único Señor, es un potencial ecuménico extraordinariamente rico de gracia. «El ecumenismo de los santos, de los mártires, es tal vez el más convincente. La communio sanctorum habla con una voz más fuerte que los elementos de división. El martyrologium de los primeros siglos constituyó la base del culto de los santos. Proclamando y venerando la santidad de sus hijos e hijas, la Iglesia rendía máximo honor a Dios mismo; en los mártires veneraba a Cristo, que estaba en el origen de su martirio y de su santidad. Se ha desarrollado posteriormente la praxis de la canonización, que todavía perdura en la Iglesia católica y en las ortodoxas».

SUSCITAR LA COLABORACIÓN EN SERVICIO A LOS HOMBRES

Crear las condiciones para que surjan actividades conjuntas de cristianos de distintas confesiones, o para que otros cristianos cooperen en actividades de la Iglesia Católica, facilita el conocimiento mutuo y, en la medida en que esa cooperación se realiza, esas actividades nos acercan a la plena comunión de los cristianos.

La colaboración en el campo social es una vía concreta propuesta por el Concilio Vaticano II para el ejercicio del ecumenismo, que los fieles de la Prelatura, como todos los miembros de la Iglesia, debemos secundar. «La cooperación de todos los cristianos pone de manifiesto de un modo vivo aquella unión con la que ya están vinculados y expone con una luz más clara el rostro de Cristo Siervo. Es necesario que esta cooperación, establecida ya en no pocas naciones, se vaya perfeccionando más y más, principalmente en las regiones donde se lleva a cabo un desarrollo social o técnico, tanto en la justa estimación de la dignidad de la persona humana como en la promoción del bien de la paz, en el impulso de la aplicación social del Evangelio, en la penetración de las ciencias y las artes, por el espíritu cristiano, en procurar toda clase de remedios contra las miserias de nuestro tiempo, como son el hambre y las calamidades, el analfabetismo y la miseria, la escasez de vivienda y la injusta distribución de los bienes. Por medio de esta cooperación, todos los que creen en Cristo pueden fácilmente aprender cómo conocerse mejor unos a otros, apreciar a los demás y allanar el camino hacia la unidad de los cristianos».

De modo especial en muchos lugares de Occidente, pero también en el resto del mundo, «la presencia de los cristianos –afirmaba recientemente Benedicto XVI– sólo será eficaz e iluminadora si tenemos la valentía de recorrer con decisión el camino de la reconciliación y de la unidad (…). Todos tenemos una responsabilidad específica (…); es más fácil el encuentro entre los pueblos; hay más oportunidades de aumentar el conocimiento y la estima recíproca, con un enriquecedor intercambio mutuo de dones; se siente la necesidad de afrontar unidos los grandes desafíos del momento, comenzando por el de la modernidad y la secularización. La experiencia demuestra ampliamente que el diálogo sincero y fraterno engendra confianza, elimina temores y prejuicios, supera dificultades y abre a la confrontación serena y constructiva».

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Os lo he escrito tantas veces, con las palabras de Pablo: veritatem facientes in caritate (Ef 4, 15), haciendo la verdad con caridad: éste es el modo de dialogar, de dar doctrina. El “encuentro” ecuménico, vivido en la vida secular, es para que todos tratemos de caminar en la verdad y en la caridad y seamos mejores discípulos de Jesucristo, porque todos estamos llamados por el Señor –¡desde el Bautismo!– a la santidad personal. Es el gran mensaje de san Josemaría, reafirmado en el Concilio Vaticano II.

Hoy la Iglesia necesita ese “ecumenismo práctico” que brota también del espíritu de la Obra: el ecumenismo en medio de todas las actividades humanas. Es como ir extendiendo por todas partes redes y redes de cristianos amigos, de discípulos de Cristo, de “amigos de Dios”, para la conversión del mundo. Son las redes del Duc in altum!, las redes del apostolado ad fidem, de las que hablaba San Josemaría; son las redes que recogerán piscium multitudinem copiosam: hombres y mujeres que viven en el paganismo o en el neopaganismo. Y mientras los pescadores cumplen, unidos en amistad humana y cristiana, el mandato de Cristo, el amor de Dios Padre les concederá la plena comunión por la que oró –y ora en el Cielo– su Hijo: ut unum sint, y esto –repitámoslo con Jesús–, ut mundus credat: para que las redes se llenen hasta rebosar.

Todo es posible con esta condición: que no perdáis nunca el diálogo con nuestro Dios, vivo y amante, con el Espíritu Santo, con Cristo, Señor Nuestro, y con María, Reina del Cielo y Madre de la Iglesia. De ahí sacaréis cada día luces de doctrina, deseos de apostolado, afán de almas, caridad universal y delicada.

Pedro Rodríguez

Un signo de esperanza

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Las fiestas litúrgicas son mucho más que piadosos ejercicios de la memoria. Cada vez que celebra una fiesta, la Iglesia vive de nuevo un acontecimiento, e invita a los fieles a repetir la experiencia original de los primeros protagonistas del evento. Y es que «Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos» (Heb 13, 8).

Pensemos en la solemnidad de Pentecostés. La escena que narran los Hechos de los Apóstoles tiene perenne actualidad. Cada uno de nosotros comprende en su propio idioma el anuncio de la salvación. Nos sentimos unidos a todos los cristianos, con un vínculo más fuerte que cualquier posible diferencia. Palpita intacta en la Iglesia la fuerza que impulsó a los Apóstoles a llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Si sabemos escuchar y seguir la voz del Espíritu Santo, aquel viento impetuoso que sacudió los muros del Cenáculo no dejará nunca de soplar sobre el pueblo de Dios.

El sábado próximo, vigilia de la fiesta de Pentecostés, el Santo Padre presidirá un encuentro que se nos propone como signo tangible de la presencia viva del Espíritu Santo en la Iglesia. Alrededor del Papa, al término de su Congreso mundial, se reunirán representantes de los numerosos movimientos eclesiales suscitados a lo largo de estos años por el Espíritu, como confirmación de la inagotable fecundidad de la Esposa de Cristo. Estas realidades son un signo de esperanza para el presente y para el futuro. Alimentan nuestra esperanza su entrega a la labor de evangelización, su capacidad de difundir la fe en los más variados ambientes, la coherencia cristiana que promueven en todas partes, la alegría de tantos hombres y tantas mujeres que redescubren -gracias a su testimonio- la radicalidad de los compromisos bautismales. Como ha ocurrido en todas las etapas de la vida de la Iglesia, ya desde sus primeros pasos, los movimientos son hoy expresión viva de la acción del Espíritu Santo en el mundo. Su presencia redunda en beneficio de todos, porque todos encontramos consuelo y estímulo en el buen ejemplo que nos ofrecen los hermanos que saben tomarse en serio la vocación cristiana.

El sábado por la tarde, en la Plaza de San Pedro, la Iglesia ofrecerá un nuevo signo de su propia vitalidad: con el Papa, en unión con los Pastores y con todos los fieles, resultará patente el impulso sobrenatural de Aquel que es Señor y da la vida.

La Prelatura del Opus Dei en cuanto tal, por su estructura, no forma parte de los movimientos; y por eso no ha participado en el Congreso ni estará representada en el encuentro final. Sin embargo, todos los fieles de la Prelatura se sienten, con toda la Iglesia, muy próximos a los movimientos. Algunos de ellos han tenido además ocasión de colaborar en la organización de estas jornadas; otros estarán presentes en la celebración, por diversos títulos; y todos rezaremos por sus frutos espirituales y apostólicos, recordando la invitación del Beato Josemaría: «Pide a Dios que en la Iglesia Santa, nuestra Madre, los corazones de todos, como en la primitiva cristiandad, sean un mismo corazón, para que hasta el final de los siglos se cumplan de verdad las palabras de la Escritura: “multitudinis autem credentium erat cor unum et anima una” -la multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma- (Forja, n. 632). Unidad de oración, unidad de intenciones, unidad de afectos: la esperanza de Pentecostés.

“Trabajar con Cristo y como Él”

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Para comprender mejor la espiritualidad del Opus Dei, la publicación francesa Famille Chrétienne entrevista al Prelado, Monseñor Javier Echevarría.

-Su experiencia como obispo de una Prelatura personal es muy diferentes a la de los obispos que encabezan una diócesis. ¿Cuáles son sus particularidades?

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“Los obispos compartimos la responsabilidad sobre toda la Iglesia”

En los cuatro sínodos de obispos en los que he participado como padre sinodal, he sentido la solidaridad de mis hermanos en el episcopado. Como miembros del colegio episcopal, compartimos, unidos al Papa, la responsabilidad sobre toda la Iglesia. Se aprende mucho de los demás.

Desde luego, la extensión geográfica de la prelatura del Opus Dei, desde China a Estonia, del Líbano a la India, de México a Uganda, nos sirve para palpar diariamente las realidades más variadas. (…)

También, estamos en contacto permanente con los problemas de los hombres, desde los más banales a los más graves: el hambre (hay fieles de la Obra que no pueden hacer más que una comida al día, como por ejemplo en los Andes peruanos o en alguna isla de Filipinas); la guerra o la inseguridad en Tierra Santa, Colombia, Congo o Sudáfrica y en tantos otros países; o los desafíos intelectuales más serios, como por ejemplo los que se refieren a la bioética.

Pero los medios son siempre los mismos: la Cruz y el Evangelio. Y la misión que la Prelatura ha recibido de la Iglesia atañe a todos los hombres: recordar a cada uno que Dios le ama y espera ser correspondido en la vida ordinaria. En otras palabras, la llamada universal a la santidad allí donde nos encontremos.

El Opus Dei participa pues en la misión de la Iglesia y comparte con ella y en ella “la alegría y la esperanza, la tristeza y el sufrimiento de los hombres” (Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes, n° l).

Uno de los retos a los que se enfrentan los fieles de la prelatura es el desconocimiento que se tiene de Jesucristo en grandes áreas del mundo y en amplias capas de la población, desde Suecia a Kazajstán, de Singapur a Finlandia.

Asimismo, nos enfrentamos a la anorexia espiritual de la Vieja Europa; a su “cultura de la muerte”; y a la búsqueda de la igualdad educativa formulada “a la baja”, que son causa de una emotividad exacerbada que revela una falta de referencias y ausencia de coraje, en especial a la hora de combatir los propios defectos, los propios pecados.

Este panorama quedaría incompleto si no mencionáramos el actual deseo del Absoluto entre la juventud, el crecimiento de una conciencia ecológica bien enfocada, y una mayor apertura a la existencia de Dios. Esta palabra, pese a que aún quema en los labios de muchos políticos occidentales, sigue interpelando a mucha gente. Un gran número de jóvenes está descubriendo la novedad de Cristo.

Querría añadir que, gracias a Dios, esta sed de renovación, este deseo de ampliar las fronteras, no pertenece sólo a los jóvenes. Hay, en todos los niveles de las sociedad, hombres y mujeres humanamente maduros, quizá adultos, que mantienen un corazón joven, dispuesto a recibir y a darse.

-La prelatura personal es un hecho único creado a la medida, que permite al Opus Dei estar presente en cualquier diócesis preservando su independencia y su propia autoridad, algo que puede ser fuente de incomprensión y tensiones.

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“Los medios son siempre los mismos: la Cruz y el Evangelio”

Las prelaturas personales aparecieron en el Concilio Vaticano II como una respuesta a las necesidades pastorales de la Iglesia actual.

La prelatura del Opus Dei es una institución que, desde el punto de vista teológico y canónico, resulta similar a una diócesis, como es el caso de los ordinarios militares. Pero no se distingue por su independencia, sino más bien por la colaboración ofrecida a las diócesis.

De este modo, la prelatura del Opus Dei constituye un servicio que la Iglesia Universal ofrece a las Iglesias particulares. En ningún caso suplanta a estas Iglesias ni a la pastoral diocesana.

De hecho, el Opus Dei, que no posee ninguna liturgia particular, no interfiere para nada con la autoridad local. Sus fieles van a las parroquias, como todo el mundo, para participar en la Eucaristía, el domingo y entre semana. Estos fieles celebran sus bodas, bautizos, comuniones, confirmaciones o funerales en estas parroquias, que dependen de los obispos del lugar.

A menudo, sacerdotes del Opus Dei ayudan a las Iglesias particulares en la atención de de una capellanía universitaria, de una parroquia o del clero diocesano: dependen entonces, para estas misiones, del obispo de la diócesis. (…)

¿Hay algún aspecto de la prelatura del Opus Dei que le parezca más difícil de entender al gran público, creyente o no?

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“Si cada uno se esfuerza por hacer las cosas bien es posible encontrarse con Cristo”

El Opus Dei, al ser una obra de Dios —ese es, precisamente, su significado en latín—, resulta incomprensible para quien no tiene fe o para quien es incapaz de comprender al prójimo sin abandonar sus propios esquemas mentales, a menudo exclusivamente políticos o sociológicos.

Aunque es verdad que la Prelatura pone especial hincapié en la formación de intelectuales —a quienes no hay que identificar con los ricos ni con los poderosos de la tierra—, en realidad se dirige a todos aquellos que llevan una vida normal y corriente e medio del mundo.

Esto puede molestar a quienes ocultan ante los demás su condición de cristianos, a quienes guían su vida según una ideología atea y desean eliminar a los católicos de la vida pública, de los debates de la sociedad, de los centros de enseñanza y, en general, del mundo del trabajo.

Los cristianos coherentes son la piedra en el zapato de quienes tratan de apagar la fe; o, por usar una metáfora evangélica, son la sal de la Tierra. La verdadera amenaza no son las incomprensiones “del exterior”, sino la desvirtualización de la sal se vuelva sosa, el indiferentismo, en una palabra, la renuncia práctica a una fe que es, además, un camino de vida.

La prelatura del Opus Dei ha organizado un congreso con ocasión del centenario del nacimiento de su fundador, el beato Josemaría Escrivá.

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“Es de Cristo de quién debemos hablar”

Ha sido uno de los muchos actos que se han convocado durante este año (…). Es una gran fiesta. No la fiesta por un sacerdote santo, sino, me atrevería a decir, una fiesta por Jesucristo. El beato Josemaría Escrivá decía: “Es de Cristo de quien debemos hablar, no de nosotros”.

Todo hombre, toda mujer, sean quienes sean, están llamados a la santidad, es decir, a identificarse con Jesucristo. Josemaría Escrivá anotó en 1930 en sus apuntes íntimos: “¡Santos! Permaneciendo en el mundo, en nuestros quehaceres ordinarios, en nuestros deberes de estado, ahí y gracias a todo eso”.

Hay un refrán francés que dice mucho de la sabiduría popular de antaño: “Si cada cual se ocupa de lo suyo, las vacas estarán bien guardadas”. Si cada uno se esfuerza, en su trabajo, en su vida normal, por hacer las cosas bien, sin dejarse llevar por la intranquilidad y sin encerrarse en un cómodo egoísmo, es posible encontrarse con Cristo para trabajar con Él y como Él. (…)

“Sin estar en la Iglesia, el Opus Dei se desharía”

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“Los diferentes miembros de la Iglesia se necesitan unos a otros. Todo el valor del Opus Dei reside en que es parte de la Iglesia: sin ese estar en la Iglesia, el Opus Dei se desharía”. Entrevista al Prelado del Opus Dei publicada en ‘Alfa y Omega’.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio en el que se anunció la fecha de canonización de Josemaría Escrivá

Mons. Javier Echevarría a la salida del consistorio en el que se anunció la fecha de canonización de Josemaría Escrivá

¿Cuáles son los rasgos del perfil de Josemaría Escrivá que siguen teniendo hoy más atractivo?
-Sí, cien años después de su nacimiento, Josemaría Escrivá es una figura históricamente cercana, que atrae por su vigor humano y cristiano. Bien sabemos -la Historia, concretamente la historia de la Iglesia, es maestra- que los hombres que caminan al paso de Cristo son sembradores de paz y alegría, y también signos de contradicción. A mí me llegan todos los días noticias -por escrito o de palabra- de muchos que tocan la paz y la alegría de Dios, al acoger lo que Él nos quiere decir con esos amigos suyos que son los santos, entre ellos el beato Josemaría.

¿Rasgos que más atraen? Quizá que ha contagiado a millones de personas el gozo de ser cristianos, de saberse hijos de Dios. En medio de tantas algaradas banales o dolorosas depresiones, pienso que las almas sienten la necesidad de tener a su lado la sonrisa de quien vive como discípulo de Cristo para servir a los demás.

¿Qué es lo esencial que el Opus Dei quiere dejar como resultado de esta celebración centenaria, tanto en el ámbito de lo doctrinal-eclesiológico, como en lo material-obras?

Opus Dei -

Ha escrito y repetido muchas veces el beato Josemaría que “es de Cristo de quien tenemos que hablar, y no de nosotros mismos”. Por eso, yo espero que los actos de celebración del Centenario del beato Josemaría aviven en muchos hombres y mujeres la conciencia de que Cristo debe estar en el corazón de nuestra historia individual, a través de un continuado encuentro con Él, precisamente en las circunstancias ordinarias de la vida; y en nuestra historia colectiva, por medio de la paz, de la justicia y del perdón.

La calamidad más triste de un pueblo es marginar a Jesucristo, como si Él, que ha entregado su vida por salvar la nuestra, fuera un intruso. Sería un estupendo legado del Centenario, volver a descubrir, y ayudar a descubrir, ese horizonte de acción que el beato Josemaría resumía así: “Conocer a Jesucristo. Hacerlo conocer. Llevarlo a todos los sitios”.

En el plano de las obras, el compromiso cristiano ante las necesidades de los demás -al que tanto urgía el beato Escrivá- está llevando a muchos a promover nuevos proyectos de cooperación social y de carácter educativo, tanto en naciones del tercer mundo como en focos de marginación localizados en países desarrollados. En Nigeria, por ejemplo, se ha inaugurado recientemente una escuela profesional para jóvenes de Lagos con pocas posibilidades de lograr un trabajo. Y se iniciaron otras iniciativas semejantes en diversos países.

Me ha causado alegría ver, durante el reciente congreso en Roma, el afán de muchos hombres y mujeres de impulsar nuevas tareas, yendo al fondo de urgentes necesidades, desde el Congo a Colombia, en Asia y en Europa.

¿Desde el punto de vista jurídico y pastoral, la Prelatura Personal está definitivamente consolidada y aceptada en la Iglesia?

Opus Dei - Durante la bendición de una escultura del Fundador

Durante la bendición de una escultura del Fundador

El Opus Dei fue erigido como Prelatura Personal hace casi veinte años. Pienso que es un tiempo suficiente para hablar de un firme asentamiento de esta figura jurídica, que se ha demostrado perfectamente adecuada a la realidad teológica y pastoral del Opus Dei.

Desde el punto de vista práctico, la configuración del Opus Dei como Prelatura Personal ha permitido mejorar la inserción de la Obra en la Pastoral orgánica de la Iglesia, tanto a nivel universal, como en el ámbito de las Iglesias locales.

A oscuras, sin la luz de Cristo

¿Qué diría el beato Escrivá ante los principales problemas de la humanidad : el terrorismo, la familia, la bioética…?
Siempre evitaba imponer su opinión sobre los problemas humanos, por su delicado respeto a las libres opciones de las personas que acudían a su consejo, atraídas por su celo de buen pastor. Sólo quería hablar de Dios, el gran amor de su vida. Y, precisamente por esto, tenía una sensibilidad muy fina para descubrir los frutos de la presencia o de la ausencia del espíritu cristiano en los hechos y situaciones históricas.

Ante las cuestiones que se plantean actualmente, pienso que el beato Josemaría volvería a recordarnos, en primer lugar, que sin la luz de Cristo nos quedamos a oscuras; y que, sin el amor de Cristo, no sabríamos romper con nuestro egoísmo. E invitaría a considerar la dignidad del ser humano en su condición de hijo de Dios; la necesidad de promover una paz estable entre todos los pueblos, sobre unas bases sólidas de justicia y de solidaridad; la importancia de la familia, fundada en el matrimonio indisoluble, para la sociedad y para la Iglesia.

Luego bendeciría las rectas soluciones que cada cristiano aportara en esos puntos, de acuerdo con su criterio personal y su responsabilidad como fiel de la Iglesia y como ciudadano.

¿Es creciente el papel de la mujer dentro del Opus Dei?

Opus Dei -

Bueno, yo diría que dentro y fuera. Ya desde el principio de las actividades del Opus Dei dirigidas a mujeres, el 14 de febrero de 1930, el beato Josemaría afrontó esta labor en toda su amplitud. El mensaje fundacional fue expresado exactamente en los mismos términos a mujeres y a hombres, sin ningún tipo de diferencia.

Por eso, dejando aparte el sacerdocio ministerial -reservado en la Iglesia, por disposición divina, a los varones, como es sabido-, en el Opus Dei, las mujeres han tenido y tienen responsabilidades de igual importancia que los hombres, ni más ni menos. Cada una, en y desde su trabajo profesional, procura llevar la luz de Cristo al ambiente en el que se mueve.

Hoy, indudablemente, es grande el desafío que una mujer cristiana tiene por delante; una tarea para llenar de entusiasmo, porque cada una de ellas juega, si quiere, un papel trascendental en la vida social y en la vida de la Iglesia.

¿Cuál es la relación con los nuevos movimientos y asociaciones en la Iglesia, con la vida religiosa?
Cuando rezo el Credo, me gusta paladear cada una de las notas que definen a la Iglesia: Una, Santa, Católica y Apostólica. La Iglesia es intrínsecamente una, no un conglomerado de elementos dispersos. Es un organismo, un cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, en el que los diferentes miembros, con su enriquecedora diversidad, se necesitan unos a otros.

Todo el valor del Opus Dei reside en que es parte de la Iglesia: sin ese estar en la Iglesia, el Opus Dei se desharía. Por eso, cualquier otra luz que se enciende para servir a Jesucristo, me resulta cercana, algo propio, expresión de la iniciativa del mismo Espíritu, del empeño por anunciar a Cristo.

En el plano práctico, el Opus Dei procura mantener una relación fraterna con todas las realidades de la Iglesia. Y cuenta con el apoyo de la oración y el cariño de muchas personas: por mencionar sólo un ejemplo, más de quinientas comunidades contemplativas son cooperadoras del Opus Dei.

¿Cuáles son las principales acciones apostólicas del Opus Dei en España, en el marco de la nueva evangelización?

Opus Dei -

Como en otros países, pienso que la principal aportación de los fieles del Opus Dei a la nueva evangelización en España es su apostolado personal, la labor que cada uno desarrolla para dar a conocer a Cristo en su propio ambiente.

La Prelatura se ocupar de transmitir una formación espiritual, cristiana, viva, no teórica o intemporal, sino sensible a las circunstancias y desafíos del momento y a las prioridades evangelizadoras que proponen el Papa y -en el ámbito de las diferentes Iglesias particulares- mis hermanos los obispos.

Luego, cada uno debe procurar transmitir ese mensaje en su familia, en su ambiente laboral, entre sus amigos, en las asociaciones a las que pertenezca. El efecto multiplicador es grande y no se puede reducir a la ya amplia existencia de iniciativas de carácter educativo, social, asistencial, etc.

Lo que opera Dios en el alma que se decide a seguir a Cristo, esto es lo verdaderamente fecundo. No tendría ningún inconveniente en hacer una enumeración de las labores apostólicas, pero creo que son de sobra conocidas.

Opus Dei, fe y cultura

¿Sobre qué bases se debe desarrollar el diálogo fe-cultura? ¿Cuál es la principal contribución de los miembros del Opus Dei en el apostolado del pensamiento?
El beato Josemaría describió las bases de este diálogo en uno de sus libros: “Amplitud de horizontes, y una profundización enérgica en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica; afán recto y sano -nunca frivolidad- de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía, en la interpretación de la historia…; una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos; y una actitud positiva ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida” (Surco, 428).

Poco tengo que añadir a estas palabras. Una fe que no se hace cultura está apagada, y una cultura sin fe, carece de alma, de aliento para el hombre y para la sociedad.

¿Qué considera más importante: la espiritualidad, o la proyección social de la espiritualidad?
Tal vez exista alguna espiritualidad puramente intimista, sin ningún tipo de proyección sobre el entorno; y cabe también algún tipo de actividad social sin ningún sustrato espiritual. A ninguna de las dos posibilidades se puede reducir el cristianismo.

En la Iglesia, hasta las formas más puras de vida contemplativa tienen un reflejo inmediato -riquísimo- en los demás, a través de la comunión de los santos; y cualquier iniciativa social está alentada necesariamente por la fe, por el descubrimiento de Cristo en el rostro del necesitado.

No veo ninguna disyuntiva entre espíritu y acción social. Puede haber acentos más marcados en uno u otro sentido, pero importantes -más aún, necesarias- son tanto la una como la otra. Jesucristo pasaba largos ratos retirado en oración, pero también trabajó muchos años en Nazaret, recorrió toda su tierra predicando, curando a enfermos, comiendo con amigos…, amando siempre.

En una España escindida esquizofrénicamente entre la fe y la vida, el testimonio de la vida ordinaria de los miembros influyentes socialmente del Opus Dei, ¿cómo se nota?
He aprendido del beato Josemaría a valorar la unidad de vida como característica fundamental de la existencia cristiana. Coincido en calificar de enfermiza la escisión entre la fe y la vida, que no es un fenómeno exclusivamente español: no siempre resulta fácil ser coherente con la fe, y no causa extrañeza, por tanto, que en el acontecer social de los hombres -todos- corramos el riesgo de ceder tantas veces ante las sugestiones del poder, del prestigio…, o simplemente de la comodidad.

Pero cada persona -yo me incluyo, como es lógico- dará un día cuenta a Dios del uso que haya hecho de sus talentos, del empeño que haya puesto en practicar y transmitir la fuerza de la fe y del amor cristiano a su alrededor.

Sé que en España hay personas del Opus Dei, conocidas por la opinión pública, de las que es notorio que procuran promover ese sentido cristiano en el ejercicio de su actividad. Pero no se queda sólo en algo de unos pocos: también quienes desempeñan una tarea sin un relieve público o notorio están llamados a ser levadura de Cristo en su propio ambiente, a vivificar todas las estructuras humanas, desde la base, con el espíritu cristiano.

A este estupendo descubrimiento -la verdad de que no hay trabajo pequeño si se hace en unión con Cristo- se referían varios intelectuales de nivel internacional, en el reciente congreso de Roma, sobre la grandeza de la vida ordinaria. No es un descubrimiento reservado a gente excepcional. Diría que Dios lleva siglos tratando de ayudarnos a comprender, a todos los hombres y mujeres, que está muy cercano a nosotros.

Actos conmemorativos en la ciudad natal del beato Josemaría

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El salón de plenos del ayuntamiento de Barbastro (España), ciudad natal del beato Josemaría, acogió un acto conmemorativo en honor del fundador del Opus Dei. Asistieron Antonio Cosculluela, alcalde de la ciudad, y mons. Javier Echevarría, que recordó el amor del futuro santo por la tierra que le vio crecer.

02 de septiembre de 2002

Opus Dei - Al final del acto una agrupación folklórica bailo danzas regionales.

Al final del acto una agrupación folklórica bailo danzas regionales.

El evento tuvo lugar el 31 de agosto en el mismo salón en que el beato Josemaría, poco antes de su fallecimiento, recibió la Medalla de Oro de la ciudad. “Recuerdo perfectamente el 25 de mayo de 1975 cuando estuve con el beato Josemaría en este mismo salón porque aquel acto se transformó en un homenaje a Dios y en un servicio a las almas”, dijo mons. Echevarría, “los que participamos en aquella ceremonia fuimos testigos de su conmoción, tan lógica y humana, y de la emoción provocada por vuestro sincero afecto”. El prelado del Opus Dei afirmó también que “Josemaría Escrivá vivió profundamente unido a su tierra de origen, volvía su memoria con frecuencia a las raíces y a los ambientes en los que creció y en los que maduró su personalidad”.

El alcalde de la ciudad, Antonio Cosculluela, reconoció que “a través de la figura de Escrivá, el nombre de Barbastro es conocido por todo el mundo y tenemos el convencimiento de que el número de personas que se acercan a conocer las calles, plazas, iglesias y monumentos que fueron el marco de su niñez y primera adolescencia, se incrementará con el tiempo”.

Los asistentes al acto participaron después en la inauguración de una Exposición sobre la figura y el mensaje del beato Josemaría, instalada en la Universidad Nacional de Estudios a Distancia (UNED) de Barbastro.

Finalmente, en la Plaza de la Constitución, ante la puerta del Ayuntamiento, la Agrupación Folklórica “Ciudad de Barbastro” cantó dos jotas alusivas al fundador del Opus Dei y bailó danzas regionales ante las autoridades e invitados.

Un desafío para el siglo XXI

firmes en la fe, movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

Homilía de Mons. Javier Echevarría en la misa de acción de gracias por la canonización de Josemaría Escrivá. “Si el siglo XX —dijo— ha sido testigo del redescubrimiento de la llamada universal a la santidad, el siglo que estamos recorriendo ha de caracterizarse por una más efectiva y extensa puesta en práctica de esa enseñanza”.

Roma, Plaza de San Pedro, 7 de octubre de 2002

Opus Dei -

Laudate Dominum omnes gentes (Sal 116 [117] 1), alabad al Señor todas las gentes. La invitación del Salmo responsorial, que ha resonado hace unos momentos, constituye un buen resumen de los sentimientos que se desbordan hoy de nuestro corazón: Deo omnis gloria!, para Dios toda la gloria. Queremos adorar al Dios tres veces Santo y darle gracias por el don con que ha enriquecido a la Iglesia y al mundo: la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, fundador del Opus Dei, realizada ayer por nuestro amadísimo Papa Juan Pablo II.

Nuestra gratitud se dirige también al Santo Padre, que ha dado cumplimiento a este designio de la Trinidad: mientras nos disponemos a elevar nuestra plegaria al Cielo, confiamos al Señor su Augusta Persona y sus intenciones. Sabemos que esta súplica agradará mucho a san Josemaría, que amó con toda su alma al Vicario de Cristo en la tierra, hasta el punto de no separar nunca ese amor al Papa del que profesaba a Jesucristo y a su Madre bendita. En efecto, desde el mismo instante en que el Señor irrumpió en su alma con los primeros barruntos del Opus Dei, que entonces aún no conocía, comenzó a rezar y a trabajar para hacer realidad el clamor que brotaba de su corazón: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!, todos, con Pedro, a Jesús por María.

Todos los participantes en esta Santa Misa, y las innumerables personas unidas espiritualmente a nosotros en el mundo entero, nos reconocemos gustosamente deudores del nuevo santo que Dios ha concedido a la Iglesia. Muchos de nosotros hemos obtenido por su intercesión gracias y favores de todo tipo. No pocos nos esforzamos por seguir sus pasos de fidelidad al Señor en la tierra, tratando de reproducir en nuestras almas el espíritu que él encarnó. A todos, san Josemaría nos ha mostrado —con su ejemplo y con sus enseñanzas— un modo bien concreto de recorrer la senda de la vocación cristiana, que tiene como meta la santidad. Por esto, la canonización del fundador del Opus Dei asume los rasgos característicos de una fiesta: la fiesta de esta gran familia de Dios, que es la Iglesia. Por todo esto queremos dar gracias al Señor en esta celebración eucarística.

No han transcurrido cuarenta años desde que el Concilio Vaticano II proclamó la llamada universal a la santidad y al apostolado pero queda aún mucho camino por recorrer, hasta que esa verdad llegue efectivamente a iluminar y a guiar los pasos de los hombres y las mujeres de la tierra. Lo ha recordado explícitamente el Romano Pontífice, en su Carta apostólica Novo Millennio ineunte, al proponer esa doctrina como «fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio» (NMI 31).

Opus Dei -

Todos en la Iglesia, cada Pastor y cada fiel, estamos llamados a comprometernos personalmente en la búsqueda diaria de la santidad personal y a participar —también personalmente— en el cumplimiento de la misión que Cristo nos ha confiado. Si el siglo XX ha sido testigo del “redescubrimiento” de esa llamada universal —que estaba contenida en el Evangelio desde el principio, y de la que san Josemaría Escrivá fue constituido heraldo por la personal vocación divina recibida—, el siglo que estamos recorriendo ha de caracterizarse por una más efectiva y extensa puesta en práctica de esa enseñanza. He aquí uno de los grandes desafíos que el Espíritu lanza a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

San Josemaría Escrivá procuró despertar esta urgencia de santidad en todos los hombres. El hecho de que su canonización haya tenido lugar en los albores del nuevo siglo, resulta particularmente significativo. Su mensaje resuena con especial fuerza en los momentos actuales: «Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa —homo peccator su (Lc 5, 8), decimos con Pedro—, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad: no es necesario abandonar el propio estado en el mundo, para buscar a Dios, si el Señor no da a un alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo» (Carta 24-III-1930, n. 2).

En todo instante —como aconsejaba el nuevo Santo ya desde los años 30— hay que buscar al Señor, encontrarle y amarle. Sólo si nos esforzamos día tras día en recorrer estas tres etapas, llegaremos a la plena identificación con Cristo: a ser alter Christus, ipse Christus. «Quizá comprendéis —os repito con sus palabras— que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre (…). Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos (cfr. Flp 3, 20)» (Amigos de Dios, n. 300).

A Jesús le encontramos en la oración, en la Eucaristía y en los demás sacramentos de la Iglesia; pero también en el cumplimiento fiel y amoroso de los deberes familiares, profesionales y sociales propios de cada uno. Se trata en verdad de un objetivo arduo, que sólo al final del peregrinar terreno podremos alcanzar plenamente. «Pero no me perdáis de vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana». Así exhortaba San Josemaría en una de sus homilías; y añadía: «Por eso te digo que, si deseas portarte como un cristiano consecuente (…), has de poner un cuidado extremo en los detalles más nimios, porque la santidad que Nuestro Señor te exige se alcanza cumpliendo con amor de Dios el trabajo, las obligaciones de cada día, que casi siempre se componen de realidades menudas» (Ibid., n. 7).

Santificar el trabajo. Santificarse con el trabajo. Santificar a los demás con el trabajo. En esta frase gráfica resumía el Fundador del Opus Dei el núcleo del mensaje que Dios le había confiado, para recordarlo a los cristianos. El empeño por alcanzar la santidad se halla inseparablemente unido a la santificación de la propia tarea profesional —realizada con perfección humana y rectitud de intención, con espíritu de servicio— y a la santificación de los demás. No es posible desentenderse de los hermanos, de sus necesidades materiales y espirituales, si se quiere caminar en pos del Señor. «Nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Señor; que tomemos parte como ciudadanos corrientes en todas las actividades temporales, para ser levadura (cfr. Mt 13, 33) que ha de informar la masa entera» (Es Cristo que pasa, n. 120).

Opus Dei -

La Providencia divina ha dispuesto que la trayectoria terrena de san Josemaría Escrivá tuviese lugar en el siglo XX, tiempo que ha presenciado enormes desarrollos de la ciencia y de la técnica, que no siempre, por desgracia, han estado al servicio del hombre. En efecto, es preciso reconocer que, junto a logros admirables del espíritu humano, en este tiempo nuestro abundan los torrentes de aguas amargas, que tratan inútilmente de apagar la sed de felicidad de los corazones. Pero también es cierto —como escribió mons. Álvaro del Portillo— que, con el mensaje espiritual del nuevo Santo, «todas las profesiones, todos los ambientes, todas las situaciones sociales honradas (…) han quedado removidas por los Ángeles de Dios, como las aguas de aquella piscina probática recordada en el Evangelio (cfr. Jn 5, 2 y ss), y han adquirido fuerza medicinal» (Carta pastoral, 30-IX-1975, n. 20).

Al recordar al primer sucesor de nuestro Padre, a don Álvaro del Portillo, sentimos muy cerca su presencia espiritual en estos momentos. Con él podemos afirmar, llenos de agradecimiento a Dios, que gracias a la doctrina y al espíritu del fundador del Opus Dei, «hasta de las piedras más áridas e insospechadas han brotado torrentes medicinales. El trabajo humano bien terminado se ha hecho colirio, para descubrir a Dios en todas las circunstancias de la vida, en todas las cosas. Y ha ocurrido precisamente en nuestro tiempo, cuando el materialismo se empeña en convertir el trabajo en un barro que ciega a los hombres, y les impide mirar a Dios» (Ibid.).

Saludo a quienes habéis acudido a Roma desde países de lengua inglesa, para asistir a la canonización de San Josemaría Escrivá. Al regresar a vuestros hogares, llevad con vosotros y tratad de poner en práctica las enseñanzas del nuevo Santo. Pedid a San Josemaría que os enseñe a convertir la prosa diaria —las situaciones más comunes— en versos de poema heroico: en afanes y realidades de santidad y de apostolado.

A los que procedéis de países de lengua francesa, os recuerdo la importancia de colaborar en la misión apostólica de la Iglesia, que es deber de todo cristiano, procurando fecundar con el espíritu del Evangelio las artes y las letras, las ciencias y la técnica. Pedid la intercesión de San Josemaría, para llevar a la práctica aquella aspiración que Dios mismo grabó en su alma: poner a Cristo —con nuestro trabajo, sea el que sea— en la cumbre de todas las actividades humanas.

Hoy la Iglesia venera a la Virgen Santísima con la advocación de Nuestra Señora del Rosario. Me da alegría pensar que la canonización de nuestro Fundador ha tenido lugar en la víspera de una fiesta de Santa María; esta coincidencia es como un signo más de su cariñosa asistencia de Madre. A su mediación materna acudimos, llenos de confianza, al tiempo que renovamos nuestro agradecimiento al Señor por esta canonización. Deo omnis gloria!, repito una vez más, mientras pedimos que se difunda entre los cristianos, cada día con más fuerza, el deseo de santidad personal y de apostolado en las circunstancias de la vida ordinaria. Así sea.

Un patrimonio de toda la Iglesia

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Entrevista con Mons. Javier Echevarría tres meses después de la canonización de san Josemaría.

06 de enero de 2003
Paulina Lo Celso (Argentina)

A tres meses de distancia, ¿qué diagnóstico haría de la canonización de Josemaría Escrivá, en relación a la Iglesia y al mundo?

Un cardenal alemán ha declarado que la canonización supone la “desprivatización” del fundador del Opus Dei, afirmando así que ahora su enseñanza y su ejemplo se extienden a toda la Iglesia, no sólo a los fieles de la Prelatura. Me parece una imagen acertada. A la vez, se podría decir que esa realidad se remonta a los primeros años de la actividad sacerdotal de Josemaría Escrivá: desde entonces movió a muchísimas personas a tomarse en serio la vida cristiana, a entregarse a Dios por entero, a servir a la Iglesia.

Opus Dei -

Evidentemente, a partir de ahora este fenómeno adquiere perfiles nuevos. Lo han señalado numerosos comentaristas: las enseñanzas de san Josemaría sobre la santificación del trabajo y de la vida ordinaria constituyen ya un patrimonio de toda la Iglesia. La presencia de cientos de miles de personas en la Plaza de San Pedro; los muchos millones de ciudadanos de los más diversos países que han seguido la ceremonia por radio, televisión o internet; el interés de los medios de comunicación; las declaraciones de numerosas personalidades: son señales que confirman que la santidad no es un concepto olvidado, que la Iglesia tiene y tendrá siempre —no cabe otra posibilidad— un mensaje significativo para el mundo.

Durante los últimos siglos se ha producido un proceso de secularización, que propugna un estilo de conducta sin dimensión sobrenatural, “como si Dios no existiese”; pero en nuestros días estamos observando un proceso de signo contrario, que a la “secularización” opone la “secularidad” bien entendida: es decir, un modo más profundo de comprender la relación entre la fe y la vida ordinaria. En ese contexto de inicio de una época, de renovación perenne de la Iglesia, de mostrar a Cristo que jamás “pasa de moda”, se sitúa el mensaje del nuevo santo.

¿El hecho de que monseñor Escrivá haya sido canonizado, marca algo especial para la Obra?

Sin duda la canonización representa un momento muy importante para la Prelatura del Opus Dei. En el ámbito personal, para cada uno de los fieles de la Prelatura la canonización es una nueva confirmación de sus anhelos, y un desafío santo para llegar a todo lo que Dios le pide. El espíritu de san Josemaría no es sólo una promesa, sino un camino bien concreto y eficaz para alcanzar la santidad. Además, la canonización representa una llamada a la responsabilidad: las enseñanzas de este sacerdote han de dar fruto de santidad, de virtudes, de entrega a Dios y a los demás.

Opus Dei -

Muchos cardenales y obispos lo han repetido en las misas de acción de gracias después del día 6: la Iglesia espera de los fieles de la Prelatura su específico servicio en favor de las iglesias locales y de la sociedad en la que viven. En particular, como no deja de subrayar el Papa, cada uno se siente impulsado a servir a quienes se encuentran en situación de mayor necesidad material o espiritual, y también —esto es muy importante— a aprender de los demás.

¿Qué pasos debe dar ahora el Opus Dei —mirando hacia adelante—, con su fundador canonizado?

La Prelatura existe para servir a la Iglesia: no persigue una estrategia propia. Y Juan Pablo II ha determinado las prioridades para toda la Iglesia, en este momento de la historia, en su Carta apostólica Novo millennio ineunte. Esa es la orientación que todos los cristianos hemos de tener presente para llevar por buen camino la labor pastoral de la Iglesia, y por tanto también la labor de la Prelatura del Opus Dei. En ese contexto, por evidentes razones, los fieles del Opus Dei se saben comprometidos de modo muy particular en la difusión de la búsqueda de la santidad en la vida ordinaria. Y concretamente, trabajan con ilusión para mostrar que la santidad no se queda en un ideal “espiritualista”, por así decir, sino que lleva consigo frutos de justicia y de paz, cuando los católicos se esfuerzan por buscarla.

Monseñor Escrivá sostenía —al considerar la situación del hombre y la sociedad del siglo XX—, que “estas crisis mundiales son crisis de santos”. ¿Qué puede decir al respecto? ¿Sigue siendo válido ese dictamen para el hombre y la sociedad del siglo XXI?

Opus Dei -

Sí, desde luego, sigue siendo válido. Añadiría más: pienso que cada día se descubre con más claridad la densidad y la verdad de esas palabras. Basta repasar tantos acontecimientos de la actualidad marcados por la violencia, la corrupción o la injusticia. No me refiero sólo a las guerras y al terrorismo internacional. Aludo también a casos que están muy cerca de cada uno de nosotros, que leemos todos los días en las páginas locales de los periódicos. Estamos comprobando que no guarda límites la agresividad que desarrolla el ser humano cuando se olvida de Dios, de las normas morales, del respeto a la vida y a la dignidad de los demás. Y no se puede combatir el mal sólo con la amenaza del castigo. Es preciso sembrar y proclamar el bien, la verdad, a través de las pequeñas y las grandes acciones de la caridad y de la justicia, cada uno en su lugar, aunque haya que ir contra corriente.

Para que abunde la paz en el mundo debe crecer primero la paz en los corazones, decía San Josemaría. Y la paz interior no se obtiene con una vida despreocupada y ególatra, sino con sacrificio, con la renuncia al egoísmo. Santo se hace precisamente quien, siguiendo el modelo de Jesucristo, convierte su vida en una ofrenda a Dios y a los demás: paradójicamente, al declarar la “guerra” a sí mismo, al “hombre viejo”, encuentra el sosiego de la propia conciencia, la paz interior, que luego transmite necesariamente a su alrededor.

Usted ya conoce la situación difícil por la que atraviesa nuestro país. ¿Qué mensaje daría el fundador del Opus Dei a los argentinos, si estuviera entre nosotros como en 1974?

Opus Dei -

En una reunión con multitud de personas, en aquel viaje de 1974, le hicieron una pregunta parecida. El momento histórico era distinto, pero pienso que la respuesta sirve también para la situación actual. Me la sé casi de memoria: “Que sembréis la paz y la alegría por todos lados; que no digáis ninguna palabra molesta para nadie; que sepáis ir del brazo de los que no piensan como vosotros. Que no maltratéis jamás a nadie; que seáis hermanos de todas las criaturas, sembradores de paz y alegría…”; y no dejó de señalar que esa convivencia cristiana no significa ceder al error, a la falsa doctrina.

Recuerdo que repitió, yo creo que a propósito, lo de sembrar la paz y la alegría. Quien vive así, empeñado en difundir a su alrededor sentimientos de paz y de alegría, sabe superar los momentos humanamente difíciles. Trabajando duro, desde luego, pero descubriendo en este trabajo la presencia amorosa de Jesucristo. Por eso, pienso que san Josemaría volvería a decir lo mismo, en la coyuntura actual, a todos los hombres y mujeres de Argentina. En los momentos de apuro se necesita y se nota especialmente el valor de la fraternidad.

Sábado santo, día de silencio y de conversión

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“Cada uno de nosotros puede unirse al silencio de la Iglesia. Y al considerar que somos responsables de esa muerte, nos esforzaremos para que guarden silencio nuestras pasiones, nuestras rebeldías, todo lo que nos aparte de Dios”. Palabras de mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, emitidas por la cadena de Estados Unidos EWTN.

Opus Dei -

Hoy es un día de silencio en la Iglesia: Cristo yace en el sepulcro y la Iglesia medita, admirada, lo que ha hecho por nosotros este Señor nuestro. Guarda silencio para aprender del Maestro, al contemplar su cuerpo destrozado.

Cada uno de nosotros puede y debe unirse al silencio de la Iglesia. Y al considerar que somos responsables de esa muerte, nos esforzaremos para que guarden silencio nuestras pasiones, nuestras rebeldías, todo lo que nos aparte de Dios. Pero sin estar meramente pasivos: es una gracia que Dios nos concede cuando se la pedimos delante del Cuerpo muerto de su Hijo, cuando nos empeñamos por quitar de nuestra vida todo lo que nos aleje de Él.

El Sábado Santo no es una jornada triste. El Señor ha vencido al demonio y al pecado, y dentro de pocas horas vencerá también a la muerte con su gloriosa Resurrección. Nos ha reconciliado con el Padre celestial: ¡ya somos hijos de Dios! Es necesario que hagamos propósitos de agradecimiento, que tengamos la seguridad de que superaremos todos los obstáculos, sean del tipo que sean, si nos mantenemos bien unidos a Jesús por la oración y los sacramentos.

El mundo tiene hambre de Dios, aunque muchas veces no lo sabe. La gente está deseando que se le hable de esta realidad gozosa —el encuentro con el Señor—, y para eso estamos los cristianos. Tengamos la valentía de aquellos dos hombres —Nicodemo y José de Arimatea—, que durante la vida de Jesucristo mostraban respetos humanos, pero que en el momento definitivo se atreven a pedir a Pilatos el cuerpo muerto de Jesús, para darle sepultura. O la de aquellas mujeres santas que, cuando Cristo es ya un cadáver, compran aromas y acuden a embalsamarle, sin tener miedo de los soldados que custodian el sepulcro.

A la hora de la desbandada general, cuando todo el mundo se ha sentido con derecho a insultar, reírse y mofarse de Jesús, ellos van a decir: dadnos ese Cuerpo, que nos pertenece. ¡Con qué cuidado lo bajarían de la Cruz e irían mirando sus Llagas! Pidamos perdón y digamos, con palabras de san Josemaría Escriváyo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor…, lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones…, lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!

Se comprende que pusiesen el cuerpo muerto del Hijo en brazos de la Madre, antes de darle sepultura. María era la única criatura capaz de decirle que entiende perfectamente su Amor por los hombres, pues no ha sido Ella causa de esos dolores. La Virgen Purísima habla por nosotros; pero habla para hacernos reaccionar, para que experimentemos su dolor, hecho una sola cosa con el dolor de Cristo.

Saquemos propósitos de conversión y de apostolado, de identificarnos más con Cristo, de estar totalmente pendientes de las almas. Pidamos al Señor que nos transmita la eficacia salvadora de su Pasión y de su Muerte. Consideremos el panorama que se nos presenta por delante. La gente que nos rodea, espera que los cristianos les descubramos las maravillas del encuentro con Dios. Es necesario que esta Semana Santa —y luego todos los días— sea para nosotros un salto de calidad, un decirle al Señor que se meta totalmente en nuestras vidas. Es preciso comunicar a muchas personas la Vida nueva que Jesucristo nos ha conseguido con la Redención.

Acudamos a Santa María: Virgen de la Soledad, Madre de Dios y Madre nuestra, ayúdanos a comprender —como escribe San Josemaría— que es preciso hacer vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas. Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una sola cosa con Él.
Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei.

Prólogo del autor

GETSEMANÍ  Tagged , , , , , , No Comments »

Getsemaní. Horas de amargura humana para Jesús; horas de paz inefable en el hondón de su espíritu, porque cumple la Voluntad santa de su Padre. Unas horas éstas, las de la oración de Jesús en el Huerto, que llegan muy al fondo del alma del cristiano. El Maestro quiso rezar con los hombres y por los hombres en el momento culminante de su entrega a la obra redentora.

Opus Dei - Portada del libro.

Al sentirnos un personaje más en el Evangelio, como aconsejaba San Josemaría, detengámonos con sosiego en este pasaje, que nos muestra la fuerza divina del amor de Jesús a sus hermanos los hombres y, a la vez, hasta qué extremos asumió nuestra flaqueza y nuestra debilidad. Por eso, lo que haremos es sencillamente mirar a Jesús en Getsemaní y, en el trasfondo, a los Apóstoles. Cada detalle de esa noche memorable nos afecta: hemos de vernos en ese trance, para agradecer la bondad de Dios, para afrontar personalmente la Pasión y Muerte del Redentor y profundizar en este misterio. Así aprenderemos a amar y a rectificar nuestra vida. Vamos a proceder como Teresa de Jesús, que, al contemplar la vida de Cristo, hallábase mejor adonde le veía más «solo y afligido». «En especial —nos dice— me hallaba muy bien en la oración del Huerto. Allí era mi acompañarle. Pensaba en aquel sudor y aflicción que allí había tenido… Deseaba limpiarle aquel tan penoso sudor… Muchos años, las más noches antes que me durmiese, cuando para dormir me encomendaba a Dios, siempre pensaba un poco en este paso de la oración del Huerto… Y tengo para mí que por aquí ganó muy mucho mi alma, porque comencé a tener oración sin saber qué era…» .

Vaya por delante esta doctrina clara: todos podemos rezar; con más exactitud, todos debemos rezar, porque hemos venido al mundo para amar a Dios, alabarle, servirle y luego, en la otra vida —aquí estamos de paso—, gozarle eternamente. ¿Y qué es rezar? Sencillamente, hablar con Dios, mediante oraciones vocales o en la meditación. No cabe la excusa de que no sabemos o nos cansamos. Hablar con Dios, para aprender de Él, consiste en mirarle, en contarle nuestra vida —trabajo, alegrías, penas, cansancios, reacciones, tentaciones—; si le escuchamos, oiremos que nos sugiere: deja aquello, sé más cordial, trabaja mejor, sirve a los demás, no pienses mal de nadie, habla con sinceridad y con educación… No despreciemos el tesoro de la oración, porque se ama como se reza, y se reza como se ama. De seguro que, al contemplar al Maestro en Getsemaní, se abrirá paso en nuestra mente la necesidad de orar, también cuando no resulta fácil.

La «agonía» de Getsemaní, como llama San Lucas al trance que vivió Jesús en aquel evento salvífico, posee una fuerza extraordinaria de interrogación: «Jesús sufre, por cumplir la Voluntad del Padre… Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento?

»Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como Él, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: Pater mi, Abba, Pater,… fiat!».

Dispongámonos a recorrer paso a paso y palabra por palabra esos relatos evangélicos, y a desagraviar por las deficiencias de los hombres que allí se hacen patentes. Metidos en el Evangelio entenderemos que Jesús nos convoca, como a los discípulos, a la oración y nos fijaremos en la actitud que tuvieron, con el deseo sincero de que no se repita de nuestra parte aquella falta de atención y de solicitud por quien tanto nos ama.

Éste es el misterio: la Redención se ha cumplido ya —semel pro semper: de una vez por todas y para siempre— en la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor; pero se va realizando en las almas cada día, día a día. Y los cristianos —hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, intelectuales y trabajadores manuales, solteros y casados— somos apóstoles: pero no apóstoles dormidos sino bien despiertos, portadores de Cristo, para conocerle y darle a conocer.

Para servir a la Iglesia

Prelado  Tagged , , , , No Comments »

El próximo 22 de septiembre, Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, festejará el 50 aniversario de su ordenación sacerdotal. Publicamos algunas de sus reflexiones sobre el sacerdocio publicadas en el libro ‘Para servir a la Iglesia’.

Opus Dei -

- “Está escrito que el Prelado ha de ser ‘maestro y Padre para todos los fieles de la Prelatura; a todos los ame verdaderamente en las entrañas de Cristo; a todos enseñe y proteja con caridad tierna; por todos se entregue generosamente, y más y más se sacrifique lleno de alegría’. Os ruego que pidáis a la Trinidad Beatísima, acudiendo a la intercesión del Beato Josemaría, que yo sepa encarnar estas palabras de nuestro amadísimo Padre durante todo mi servicio pastoral al frente del Opus Dei”. (pág. 20)

- “Esta entrega [sacerdotal] exige la conjunción de muchas virtudes, informadas todas por la caridad. Ha de ser, en primer lugar, humilde: hay que servir con la conciencia de que ése es nuestro deber; por tanto, sin pensar que hacemos algo extraordinario cuando nos gastamos por los demás; sin añorar las posibilidades o realizaciones personales a las que haya sido preciso renunciar. Ha de ser un servicio desinteresado y gratuito, que se ofrece a Dios antes que a los hombres y, por eso mismo, no espera agradecimientos humanos ni recompensas terrenas (…)”

“El nuestro, el de los hijos de Dios, el de los diáconos y presbíteros, ha de ser un servicio alegre, prestado con buena cara, aunque a veces resulte difícil disimular el dolor o el cansancio: Dios ama al que da con alegría . Por eso, el Beato Josemaría repetía con frecuencia que, en muchas ocasiones, una sonrisa —abierta, franca, aunque hayamos de esforzarnos— es la mejor mortificación”. (Pág. 138-139)

- “¿Cómo es posible que a mí, que soy un pobre hombre, se me hayan concedido estos dones del Cielo? ¿Cómo puedo yo, indigno como soy, agradecer a Dios esta elección? Es justamente la exclamación que todos hemos pronunciado hace unos momentos en el Salmo responsorial: ¿cómo podré pagar a Dios todo el bien que me ha hecho? El mismo salmo nos ofrece la respuesta: ‘Alzaré el cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor. Te ofreceré el sacrificio de alabanza e invocaré el nombre del Señor’”. (Pág. 166)

- “El Señor acaba de recordarnos en el Evangelio que no le hemos elegido nosotros a Él, sino que Él nos ha elegido a cada uno de nosotros. No debe preocuparnos nuestra debilidad personal, la resistencia inconsciente a la entrega generosa que tantas veces experimentamos. Hijos míos, es el Señor quien os llama a esta vida de servicio, de servicio pleno a la Iglesia y a las almas, y Él os da su gracia para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda”. (Pág. 115).

- “Un desprendimiento tan grande de sí mismo y una dedicación tan completa al servicio de Cristo sólo es posible si el sacerdote se esfuerza positivamente por desaparecer, por dejar de lado su propia personalidad, sus gustos y preferencias personales, para dejarse guiar sólo por el Espíritu Santo”. (Pág. 86)

- “Ahora con mayor fuerza, hijos míos, habréis de olvidaros de vuestro yo, decididos a ocuparos de los demás. En vuestros planes de trabajo y de descanso, tened siempre presente que habéis sido elegidos para representar a los hombres en el culto a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Habéis de mostraros acogedores con vuestros hermanos, en todo momento: las veinticuatro horas del día; y no como quien presta un favor, sino con la conciencia de cumplir un gustoso deber que no debemos soslayar. Cualquier persona tendrá derecho a buscar vuestro consejo espiritual o vuestras palabras de consuelo; a escuchar de vuestros labios la doctrina salvífica del Evangelio; a recibir de vosotros el perdón divino, después de haber confesado sus pecados; a descubrir en todo vuestro comportamiento la presencia y el amor de Cristo”. (Pág. 56)


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