Portico Books

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Portico Books es una librería de Sydney en la que procuran ofrecer una selección de libros con buena doctrina, que poco a poco va despertando el interés del público, también a través de Internet

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Muchos de los nuevos clientes provienen del website, que da acceso a una amplia información bibliográfica sobre espiritualidad y educación de los hijos. Muchos optan por visitar luego la librería; otros siguen en contacto por teléfono o e-mail.

Portico espera servir a la Iglesia ofreciendo nuevos recursos cuidadosamente seleccionados según las exigencias de cada cliente. Las visitas a la librería son oportunidades para ayudar a la gente a entender mejor la fe a todos los niveles, ya se trate de un sacerdote que pregunta por el Comentario al Código de Derecho Canónico de la Universidad de Navarra o de una madre de familia en busca de un regalo para la Primera Comunión de su hijo.

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En la mayoría de los casos, este contacto inicial lleva a una relación duradera. Un sacerdote del norte de Nueva Gales del Sur localizó la librería en internet y descubrió la posibilidad de pedir libros on line. En el espacio de una hora se recibieron en Portico cuatro pedidos suyos, ya que cada vez descubría algo más que añadir. A los pocos días se presentó en persona y pasó largo rato revisando todo. Con ocasión de un viaje de promoción a Brisbane, Portico puso un stand en su parroquia, lo que permitió hablar con la gente sobre buenas lecturas. El sacerdote, por su parte, lo comentó con colegas suyos de la zona, y la voz se corrió hasta las catequistas y bibliotecarias, que quedaron encantadas de encontrar buen material para su trabajo.

Otros sacerdotes han invitado a Portico a poner stands en sus parroquias para introducir a sus feligreses en la lectura espiritual. Entre otras cosas, se ha podido hablar del mensaje del Fundador de la Opus Dei —la búsqueda de la santidad en la vida ordinaria— a mucha gente. Una señora de una de estas parroquias rurales compró un libro de homilías, y desde entonces sigue en contacto, satisfecha de haber descubierto a San Josemaría. Portico ofrece también muchas otras publicaciones populares: libros sobre oración mental y los sacramentos, el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, comentarios sobre la liturgia aplicada a la vida espiritual…

Además, el público tiene la posibilidad de asistir a Book Parties en hogares privados. En esas ocasiones se habla con más detalle sobre libros apropiados a las características de cada grupo. De este modo se ha llegado a gente no católica o no cristiana, o bien cristiana que no practica su fe. Una madre no católica de la zona meridional de Nueva Gales del Sur estaba feliz de comprar libros sobre los sacramentos para que su marido, católico, pudiera explicar a sus hijos su fe.

La buena lectura, por otra parte, se ha mostrado como una gran ayuda en la trayectoria espiritual de todo tipo de gente. Se comprueba también que a veces personas que han tenido una buena biblioteca no están al día de nuevos títulos, especialmente para niños y padres de familia.

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En esos casos, les suele dar mucha alegría encontrar buenos productos: guías para el examen de conciencia; libros ilustrados sobre la historia de la devoción a la Sagrada Eucaristía; preguntas y respuestas sobre las enseñanzas de la Iglesia acerca del amor y el matrimonio; publicaciones con argumentos de credibilidad en relación con la existencia de Dios para adolescentes…

Conmemoración de los 25 años del Opus Dei como prelatura personal

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El arzobispo Francesco Monterisi, secretario de la Congregación para los Obispos, expresa su agradecimiento al Opus Dei “por el servicio que presta a la Iglesia”, pues “los beneficiarios de su labor son los fieles de las diócesis”

Opus Dei - Mons.  Francesco Monterisi, Secretario de la Congregación para los Obispos

Mons. Francesco Monterisi, Secretario de la Congregación para los Obispos

El cardenal arzobispo de Madrid Antonio Rouco Varela clausuró en la noche del lunes en Madrid un acto conmemorativo del 25 aniversario del Opus Dei como Prelatura personal, figura jurídica que “ha sido una fórmula buena, feliz, adecuada para recoger el espíritu, el carisma y el servicio del Opus Dei a la Iglesia”, afirmó mons. Rouco, y que “ha sido ofrecida desde la legislación general de la Iglesia, desde los textos del Vaticano II”.

El acto, celebrado en la sede madrileña del IESE, contó también con las intervenciones del cardenal Julián Herranz, presidente emérito del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, y de monseñor Francesco Monterisi. Asistieron entre otros el Nuncio Manuel Monteiro, los obispos auxiliares de Madrid Fidel Herráez y Juan Antonio Martínez Camino, junto a mons. Ramón Herrando, vicario regional de la Prelatura en España.

El cardenal Rouco expresó su felicitación a la Prelatura, “a la que agradezco el servicio que presta a la Iglesia y en concreto a la archidiócesis de Madrid” y animó a vivir ese servicio “sin miedo ni vergüenza, con el objetivo no de adaptarse al mundo sino de convertirlo y renovarlo”.

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Por su parte mons. Monterisi destacó que “la comunión entre la Prelatura y las diócesis es una gozosa realidad práctica”. En su opinión, la labor que realiza la Prelatura  “favorece directamente a las diócesis donde trabaja, pues los beneficiarios de esa labor son los fieles de las diócesis”.

También afirmó que la Prelatura “no queda al margen de la Jerarquía, al contrario, el Opus Dei está sometido al régimen de un prelado que la dirige en comunión con la Sede Apostólica y con los demás obispos”.

Monseñor Monterisi recordó que el fundador del Opus Dei, san Josemaría Escrivá, “quería sobre todo que el reconocimiento jurídico definitivo del Opus Dei se llevara a cabo dentro del Derecho común de la Iglesia, sin privilegios y sin régimen de excepción”.

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El cardenal Herranz se refirió al itinerario jurídico del Opus Dei hasta ser erigido en Prelatura personal, lo que “supuso dar la configuración jurídica a un carisma que llevaba al laicado a la asunción plena de sus responsabilidades eclesiales”. Según dijo se alcanzó “la armonía entre el carisma y la norma jurídica”.

¡Tengo tanta fe, tanta confianza…!

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El 23 de junio llegó a Roma. Allí, junto al Santo Padre, en el corazón de la Iglesia, debía estar la sede central del Opus Dei. Nuestro espíritu reclama una estrecha unión con el Pontífice Romano con la cabeza visible de la Iglesia Universal. ¡Tengo tanta fe, tanta confianza en la Iglesia y en el Papa!

Pasó su primera noche en la Ciudad Eterna rezando por el Pontífice, el dulce Cristo en la tierra, como le gustaba decir, haciéndose eco de las palabras de Santa Catalina de Siena. Tres semanas después, el 16 de julio de 1946, festividad de la Virgen del Carmen, Pío XII le recibió en una audiencia privada que siempre recordó emocionado. No puedo olvidar que fue S.S. Pío XII quien aprobó el Opus Dei, cuando este camino de espiritualidad parecía, a más de uno, una herejía.

¿Qué es lo que yo quería? —comentaba—: un lugar para la Obra en el derecho de la Iglesia, de acuerdo con la naturaleza de nuestra vocación y con las exigencias de la expansión de nuestros apostolados; una sanción plena del Magisterio a nuestro camino sobrenatural, donde quedaran, claros y nítidos, los rasgos de nuestra fisonomía espiritual.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, don Josemaría impulsó desde Roma la difusión de la llamada universal a la santidad en numerosos países del mundo. En 1949 y 1950 ya había personas del Opus Dei en Estados Unidos, México, Chile y Argentina; en 1951 se comenzó la labor apostólica en Venezuela y Colombia; en 1953, en Perú y Guatemala; en 1954, en Ecuador; en 1956, a Uruguay; en 1957, a Brasil… Nunca se fue en grupo a un determinado país; marchaban una, dos o tres personas, siguiendo el ejemplo de los primeros cristianos, que procuraban formar cuanto antes una comunidad cristiana con las personas de cada lugar.

Y en la medida que pudo, recorrió numerosos países europeos, para dar los primeros pasos de la labor apostólica y hablar con los pastores de la Iglesia. Le acompañaban habitualmente en esos viajes dos sacerdotes: Álvaro del Portillo y Javier Echevarría.

Al mismo tiempo, fue dando nuevos pasos de carácter jurídico. El 16 de junio de 1950, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, Pío XII concedió la aprobación definitiva del Opus Dei. Con esta aprobación pudieron ser admitidos como Cooperadores del Opus Dei personas no católicas , e incluso no cristianas.

Siempre pidiendo

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Hubo algunos que, amparándose en un pretendido «espíritu conciliar», suscitaron desórdenes y desviacionismos doctrinales y prácticos. Esa situación —frecuente en los periodos post-conciliares— llegó a ser tan preocupante que el Papa Pablo VI denunció con energía “una falsa y abusiva interpretación del Concilio, que querría una ruptura con la tradición, incluso doctrinal, llegando al rechazo de la Iglesia preconciliar y al libertinaje de concebir una Iglesia “nueva”, casi “reinventada” en su interior, en la constitución, en el dogma, en las costumbres, en el derecho”.

Unido al sentir del Santo Padre, Josemaría Escrivá sufrió indeciblemente: acudió a la oración y a la mortificación, sin perder el optimismo, confiando siempre en la acción vivificadora del Espíritu en su Iglesia. Inició una sucesión de peregrinaciones a santuarios marianos, pidiendo a la Virgen que acabara lo antes posible aquella prueba. Me da pena la Iglesia, me dan pena las almas. Muchas veces acabo el día fatigado por el esfuerzo de rezar continuamente: siempre pidiendo, siempre pidiendo, con la confianza de que el Señor tiene que escucharme. Y, entonces, el peso de ese cansancio procuro convertirlo en oración, y ofrezco al Señor mis miserias, mis buenos deseos y el buen afán de hacer muchas cosas, que quisiera acabar y no llego, mientras le digo con un abandono total: ¡Señor, por tu Iglesia, por mis hijas y mis hijos, por mí! ¡Mira que es tu Iglesia, que somos tus hijos, que son tuyas las almas!

Algunos cayeron en actitudes derrotistas y extremas. Josemaría Escrivá confió en que pronto llegarían los frutos del Concilio, y recordó que en los momentos de crisis profundas en la historia de la Iglesia, no han sido nunca muchos los que, permaneciendo fieles, han reunido además la preparación espiritual y doctrinal suficiente, los resortes morales e intelectuales, para oponer una decidida resistencia a los agentes de la maldad. Pero esos pocos han colmado de luz de nuevo la Iglesia y el mundo.

Santificar el trabajo

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Un padre de familia le preguntaba cómo acercar a la Iglesia a los alejados de la fe; una mujer paralítica, en silla de ruedas desde hacía muchos años, le pedía sugerencias para influir cristianamente en la sociedad; un entrenador de fútbol juvenil, le manifestaba su preocupación por ayudar a los jóvenes de su equipo; un quiosquero le pedía consejo para hacer una sociedad más limpia.

Con ejemplos asequibles y plásticos, adecuados a las diversas mentalidades y culturas, hablaba de la necesidad de santificar el trabajo. Santificarlo significa realizarlo cara a Dios, con perfección humana y sobrenatural, con sentido de servicio a los demás

Escribía: Lo que he enseñado siempre —desde hace cuarenta años— es que todo trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales –—manifestar su dimensión divina— y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la redención del mundo”.

26 de junio de 1975

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Durante su estancia en México se reunió con un grupo numeroso de sacerdotes diocesanos de Guadalajara, con los que sostuvo un encuentro largo y animado. Pero el calor era agobiante y acabó extenuado.

Se retiró para descansar. Observó entonces que frente a su cama había un cuadro de la Virgen de Guadalupe. Representaba a la Señora ofreciendo una rosa al indio santo, Juan Diego. La contempló con detenimiento.

—Así quisiera morir, musitó: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor…

“El 26 de junio de 1975 —escribía un periodista, de la Real Academia Española— el cielo estaba azul y yo estaba en mi casa del Pincio, viendo desde el balcón, en la lejanía, la cúpula de San Pedro sobre el Monte Vaticano, el Monte de los Vaticinios. Sonó el teléfono. Me dieron la noticia escuetamente: ´Ha muerto Mons. Escrivá de Balaguer´. Ni una sílaba más, porque ante lo decisivo sólo el silencio es grande; el resto, debilidad.

Pero salí a preguntarle a sus amigos. No se encontraba enfermo. En cualquier caso no le había comunicado a nadie inquietudes acerca de su salud. El 26 de junio había madrugado, como siempre. La del alba sería cuando salió a tener una plática con unas hijas suyas en Castelgandolfo. Como Santa Teresa de Jesús, este hombre de virtudes heroicas podía decir: `Hijas, cosas son éstas para entretener la espera´ ”.

En contra de lo que suponía el académico, había pasado ya la hora del alba cuando Josemaría Escrivá se reunió con un grupo de mujeres del Opus Dei. Aquella mañana había celebrado, en Roma, a las ocho, la Misa votiva de la Virgen. A las nueve y media de la mañana salió hacia Castelgandolfo y durante el camino rezó los misterios gozosos del Rosario. Al entrar en la sala de estar de la casa vio, en uno de los muros, una imagen de la Virgen que le resultaba particularmente entrañable: esa imagen había recogido la última mirada de su madre antes de morir.

Vosotras, por ser cristianas —dijo—, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con ese alma sacerdotal, y con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos haremos una labor eficaz. Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a su Iglesia y al Santo Padre.

Se sintió indispuesto y se retiró. Regresó a Roma, y poco después, hacia las doce de la mañana, falleció de un paro cardíaco en la habitación donde solía trabajar.

En aquel cuarto estaba una imagen de la Virgen de Guadalupe a la que saludaba con la mirada siempre que entraba en la habitación. Ella se llevó su último saludo de amor. Dios le concedió morir como había pedido: mirando una imagen de la Señora.

El día siguiente, 27 de junio, fue sepultado en la Cripta del entonces oratorio de Santa María de la Paz. En la losa de mármol se colocó, bajo el sello de la Obra, esta inscripción, que era su biografía en dos palabras:

EL PADRE

y abajo, las fechas de su nacimiento: 9.I.1902, y de su muerte: 26.VI.1975

El cuerpo de Josemaría Escrivá reposa en la actualidad en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, en la Sede Central de la Prelatura del Opus Dei, en Roma, continuamente acompañado por miles de peregrinos que acuden a rezar junto a su tumba. Allí continúa intercediendo ante Dios, y prosigue, desde el Cielo, su siembra de paz.

Tras su fallecimiento la fama de santidad del Fundador del Opus Dei era patente: y las alrededor de 6.000 cartas postulatorias que enviaron a la Santa Sede personas de más de 100 países del mundo demostraban el interés con el que aguardaban amplios sectores de la sociedad eclesial y civil la apertura de la Causa.

Se dirigieron en este mismo sentido al Santo Padre, 69 cardenales, 241 arzobispos, 987 obispos (más de un tercio del episcopado mundial) y 41 superiores de órdenes y congregaciones religiosas.

En 1981 se introdujo su Causa de Canonización y el 9 de abril de 1990 se promulgó el Decreto sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios

Un año después, el 7 de julio de 1991, la Santa Sede dio lectura al decreto de un milagro realizado por intercesión del Venerable Josemaría Escrivá.

Se trató de la curación repentina de Sor Concepción Boullón Rubio, una carmelita de la Caridad de 70 años que residía en el Convento del Escorial, cerca de Madrid. Cuando se encontraba al borde de la muerte como consecuencia de las diversas enfermedades que padecía, una noche de junio de 1976 quedó completamente curada.

El 17 de mayo de 1992 Juan Pablo II beatificó a Josemaría Escrivá en la Plaza de San Pedro, en Roma, ante miles de peregrinos. Diez años más tarde, después de aprobar el 20 de diciembre de 2001 un decreto de la Congregación para las Causas de los Santos sobre un nuevo milagro atribuido a su intercesión y de oír a los Cardenales, Arzobispos y Obispos reunidos en el Consistorio el 26 de febrero de 2002, el Santo Padre Juan Pablo II decidió que el Beato Josemaría fuera canonizado el 6 de octubre de 2002, en el año del centenario de su nacimiento.

A partir de ese día, este sacerdote que sólo buscó cumplir con la misión que Dios le había encomendado —difundir el mensaje de la santidad en medio del mundo, mediante la santificación del trabajo, sembrar la paz entre los hombres—, será venerado en la Iglesia como San Josemaría.

Couvrelles, 30 de agosto de 1966

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Rodeado de sus hijos, sentados en la doble escalera de piedra que da acceso a una noble casona situada en los alrededores de Soissons, el Padre abre su corazón. Es media tarde y ya empieza a refrescar, a causa de la proximidad de un estanque y del vecino bosque.

Desde hace algunos días, el Fundador de la Obra está trabajando en Avrainville, un pueblo cercano a Etampes, y ha venido desde allí para estar un rato en familia con algunos de sus hijos, que han interrumpido sus actividades profesionales para convivir unos días en el Centro Internacional de Encuentros de Couvrelles.

La casa, adquirida por un grupo de cooperadores y amigos de la Obra con objeto de que puedan organizarse en ella actividades espirituales y de formación, no es excesivamente grande, pero sí armoniosa, con sus fachadas del siglo XVII y un pequeño parque siempre verde. A los miembros de la Obra de nacionalidad francesa han venido a unirse otros de los países vecinos: Alemania, Bélgica, Holanda, Suiza, Italia y España.

Haciendo alusión a la labor que allí se desarrolla a lo largo del año -coloquios culturales, cursos de formación doctrinal intensiva, convivencias, retiros, etc.-, el Padre recuerda lo importante que es disponer de medios materiales y de lugares apropiados para desarrollar los apostolados de la Obra, aunque buscarlos y encontrarlos suponga esforzarse mucho, pues así ha ocurrido siempre desde los comienzos.

Un Centro como el de Couvrelles, una residencia de estudiantes o un club juvenil no interesan sólo por su misión específica; deben servir también para elevar el nivel espiritual y la formación humana de las muchas personas que encontrarán allí una oportunidad de acercarse a Cristo y de quererle más.

El Opus Dei es pobre y lo será siempre, pero las almas valen mucho y merecen que, para servirlas, se utilicen instrumentos adecuados, puestos a disposición de la Obra por personas que colaboran en sus labores apostólicas. Instrumentos que, por otra parte, no serán nunca tan caros como los que se utilizan hoy en la sociedad para otros fines: el deporte, las distracciones, por ejemplo.

El tono de las palabras del Padre se hace más vibrante cuando habla de que nadie puede guardarse para uno mismo el tesoro de la fe y de la vocación; tiene que llevar a cabo un intenso apostolado en su propio ambiente. Por eso, es necesario formarse, tanto profesionalmente como desde el punto de vista religioso. Ese “diálogo” del que tanto se habla, sin que casi nadie lo practique, debe fundarse en la apertura al prójimo, sí, pero también en el conocimiento de la verdad unido a una clara competencia profesional.

Preocupación por la Iglesia

El Padre está visiblemente cansado, pero se esfuerza por manifestarse con el vigor y el arrastre espiritual de siempre.

También se le nota preocupado por ciertas posturas eclesiales debidas a una mala interpretación del Concilio; infidelidades y desobediencias que, para él, sin juzgar a las personas, revelan una disminución de la fe que ha de tener lamentables consecuencias para las almas.

Pocos cristianos habrá que se hayan alegrado tanto como él al conocer los textos elaborados por el Concilio, promulgados solemnemente por el Papa Pablo VI el 7 de diciembre de 1965. Algunos puntos le han conmovido especialmente, porque expresan, a través del Magisterio de la Iglesia, verdades que él venía predicando desde 1928.

En un documento que, por su carácter, tiene especial autoridad -la Constitución Dogmática “Lumen Gentium”-, se proclama solemnemente la llamada universal a la santidad y al apostolado: “Es propio de los laicos, por vocación propia, buscar el reino de Dios a través de la gestión, ordenada según Dios, de los asuntos temporales. Viven en medio del mundo, es decir, en todas y cada una de las tareas y actividades del mundo y en las habituales circunstancias de la vida familiar y social, en las que se entreteje su propia existencia”.

“Es, pues, evidente para todos que los cristianos de cualquier estado o condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”.

En otros textos consagrados al apostolado de los laicos, el Concilio afirma que éstos, cuando vivan una vida contemplativa en medio del mundo, “no separen de su vida la unión con Cristo; antes bien, realizando su trabajo según la voluntad de Dios, crezcan en esa unión”.

Oración, oración, oración, sacrificio, y luego, acción… El “secreto” que Mons. Escrivá de Balaguer se esforzaba en transmitir al mayor número posible de personas desde 1928.

La vida contemplativa es tanto más necesaria cuanto más inmerso se está en el mundo. Ordenar las estructuras seculares según el querer divino: sí, pero primero han de estar ellos bien ordenados por dentro. Animar cristianamente el mundo para transformarlo: sin duda, pero, para lograrlo, los laicos deben tener un alma contemplativa… Es lo que manifestaba, con vigor, a un grupo de obispos y de expertos conciliares que había recibido en Villa Tévere cuando se estaban elaborando los textos del Vaticano II: Si no, no transformarán nada; más bien serán ellos los transformados; en vez de cristianizar el mundo, se mundanizarán los cristianos.

“Esta espiritualidad de los laicos -añadía. el Concilio- debe recibir una nota peculiar del estado de matrimonio y de familia, de celibato o de viudez, de la circunstancia de enfermedad, de la actividad profesional y social”.

“Pues los hombres y las mujeres que, al mismo tiempo que adquieren los medios de vida para sí mismos y para la familia, llevan a cabo sus actividades de modo que sirven adecuadamente a la sociedad, pueden con razón pensar que con su trabajo están prolongando la obra del Creador, colaboran al bienestar de los hermanos y contribuyen con su aportación personal a que se realicen en la historia los designios divinos”.

¡Qué lejos están los tiempos en los que, por haber afirmado que los laicos estaban llamados a santificarse en medio del mundo, como los sacerdotes y los religiosos en su estado, le habían acusado de hereje!

Por su parte, el Decreto Presbyterorum ordinis, elaborado por una comisión cuyo secretario era don Álvaro del Portillo, había establecido que los sacerdotes tenían derecho a asociarse para ayudarse mutuamente y mejorar su vida espiritual.

Mons. Escrivá de Balaguer, como buen jurista, se había alegrado mucho, ya que con ello se reconocía un derecho natural de la persona: el de asociación.

Firmeza en la fe

Si quedaba claro que el Espíritu Santo había estado presente en la labor del Concilio, como sus documentos lo acreditaban, también era evidente que los remolinos que algunos habían provocado con ocasión del Concilio iban a durar mucho.

Los presentimientos del Padre se habían confirmado. A un conocedor de la historia como él, no se le ocultaba que un Concilio marca un hito en el Magisterio de la Iglesia, pero indirectamente puede abrir también una etapa de desconcierto. Algo parecido a lo que sucede cuando se remueven las aguas de un estanque: el limo sube a la superficie en seguida, pero tarda bastante en volver al fondo.

Nada más concluir el Concilio, Pablo VI había empezado a expresar, en términos cada vez más claros, su inquietud ante ciertas interpretaciones abusivas, teóricas y prácticas, de los documentos conciliares. El Padre Santo había hablado a menudo del tema, llegando a referirse a una “descomposición de la Iglesia”.

El Fundador del Opus Dei es consciente de que tiene una especial responsabilidad de cara a los miembros de la Obra, pues no en vano es el Presidente General. Por eso, pone un especial empeño en orientar a sus hijos e hijas en unos momentos especialmente difíciles para la Iglesia. Así, pues, al tiempo que toma las medidas necesarias para que se apliquen las disposiciones del Vaticano II, sobre todo en materia de liturgia, procura evitar, con medidas de prudencia, que la desorientación que reina en algunos ámbitos eclesiales se apodere, como por “ósmosis”, del “pequeño rebaño” que tiene a su cargo. Incita a sus hijos a mejorar su formación doctrinal, a ser más piadosos, sin merma del tiempo que dedican a sus obligaciones familiares, profesionales y sociales.

Este empeño por profundizar en la fe y en la vida de piedad llevará a cada uno a intensificar el apostolado en su propio ambiente. Sobre todo ese apostolado doctrinal que él realizaba y hacía realizar a quienes le rodeaban ya en los años 30 y que siempre ha sido la médula de la labor apostólica de la Obra. Ahora -si cabe expresarse así- ve con más fuerza el Opus Dei como una gran catequesis, porque está cada vez más convencido de que la ignorancia es el mayor enemigo de nuestra fe. Como decía Tertuliano, “se deja de odiar cuando se deja de ignorar”.

En Roma, son cada vez más numerosas las personas que le visitan y él se esfuerza en darles buena doctrina.

Al comienzo de la segunda mitad de la década de los años 60, grupos de estudiantes alemanes empiezan a acudir a Roma, en la Pascua de Resurrección, para recibir la bendición de Su Santidad el Papa y ver al Padre. Pronto, estudiantes de otros países empiezan a hacer lo mismo.

El Padre los recibe a todos y, de pie en medio de ellos, o apoyado en el brazo de un sillón, responde a bote pronto a sus preguntas, les anima, les estimula y satisface la inquietud espiritual que muchos muestran.

Los rostros se serenan o se abren en sonrisa cuando el Padre tiene una de esas respuestas tan suyas que evitan que sus palabras se conviertan en “sermón”. Quienes le escuchan no olvidarán fácilmente lo esencial del mensaje: ¡Cada uno en su sitio, en medio del mundo, a hacerse santo!. Muchos “buenos deseos” se convierten en decisiones que comprometen para toda la vida. El Padre, sin embargo, no se atribuye el mérito cuando le informan de que, al calor de sus palabras, han surgido vocaciones. Para él, es Cristo el que actúa, Cristo, que sigue pasando por las calles y por las plazas del mundo, a través de sus discípulos, los cristianos.

Intensificar la formación doctrinal

La tormenta que empieza a sacudir el árbol multisecular de la Iglesia no logra quebrantar el optimismo sobrenatural del Fundador del Opus Dei ni frenar en absoluto sus iniciativas. Precisamente en estas circunstancias ha decidido llevar a cabo un proyecto que viene madurando desde hace años y que será, como él dice, su penúltima locura.

Aunque la estructura de la Obra es y será siempre ligera, con el desarrollo de sus apostolados en el mundo entero se hace necesario reforzar los órganos de dirección. Por otra parte, son cada vez más los miembros de la Obra -estudiantes y hombres maduros con años de ejercicio profesional a sus espaldas- que acuden a Roma para recibir de manera intensiva, durante períodos más o menos largos, parte de esa formación doctrinal y espiritual que todos reciben a lo largo de su vida.

Como pensaba el Padre, Villa Tévere, habilitada en parte para cumplir esta finalidad, se ha quedado pequeña.

Por eso, el Padre ha resuelto construir cuanto antes una residencia amplia que sirva de sede definitiva al Colegio Romano de la Santa Cruz, el centro internacional de formación para la Sección de varones de la Obra.

Tras largas gestiones, se han adquirido unos terrenos cerca de la Vía Flaminia, que enlaza Roma con la Umbria. Así pues, a finales de 1967 el Padre encarga que se elabore rápidamente un proyecto para que, a continuación, puedan iniciarse las obras de Cavabianca, que así se llamará el nuevo centro.

Un gesto de agradecimiento

La urgente necesidad de reanimar espiritualmente un mundo que, al perder el sentido de Dios, se va deshumanizando progresivamente, incita al Fundador del Opus Dei a poner en práctica otra locura. Se trata de un viejo sueño que lo retrotrae con el pensamiento a un lugar cercano a Barbastro, su ciudad natal, adonde en 1904 ó 1905 le habían llevado sus padres, a lomos de mula, para agradecer a la Santísima Virgen el haberle curado de una grave enfermedad: la ermita de Nuestra Señora de Torreciudad.

Desde 1940, o tal vez antes, el Padre venía soñando con fundar unos cuantos santuarios marianos repartidos por el mundo o revitalizar algunos de los ya existentes. Con el paso de los años, había ido percibiendo, cada vez con mayor claridad, que Dios le pedía que el primero de esos lugares de peregrinación fuese Torreciudad.

Hacia 1962, estando ya la Obra bastante desarrollada en Aragón y Cataluña, un grupo de personas que conocían sus deseos habían decidido adquirir de la diócesis de Barbastro los derechos sobre la antigua ermita y sobre los terrenos colindantes. Poco después, se habían comenzado obras de mejora y ampliación.

En 1967, Mons. Escrivá de Balaguer recibe en Roma a un hijo suyo que es arquitecto, Heliodoro Dols. El Padre ha decidido llevar a cabo un proyecto de mayor envergadura que permita a un gran número de peregrinos ir a rezar a la Virgen y tener ocasión, al mismo tiempo, de mejorar su vida espiritual. A tal efecto, se construirá un santuario de nueva planta, digno y capaz, y un complejo de edificios para organizar en ellos cursos de retiro, convivencias, etc. y establecer un centro de formación profesional que influirá positivamente en el medio rural circundante.

En 1966 se había constituido el Patronato de Torreciudad con objeto de que personas de todas las regiones españolas y de otros países contribuyeran, con su ayuda, a la construcción de los nuevos edificios.

El Padre describe así a sus hijos los beneficios que espera de este centro de peregrinación:

Un derroche de gracias espirituales espero, que el Señor querrá hacer a quienes acudan a su Madre Bendita ante esa pequeña imagen, tan venerada desde hace siglos. Por eso me interesa que haya muchos confesionarios, para que las gentes se purifiquen en el santo sacramento de la penitencia y -renovadas las almas- confirmen o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y a amar el trabajo, llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo.

Nueva capilla dedicada en Madrid a san Josemaría Escrivá

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El itinerario espiritual de san Josemaría en Madrid cuenta  con una nueva etapa: una capilla en la parroquia de Nuestra Señora de los Angeles en Cuatro Caminos (Madrid)

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Después de bendecir las campanas y la capilla, el cardenal de Madrid presidió la solemne concelebración eucarística,  en la que el párroco D. Samuel Urbina agradeció la presencia de todos y destacó “la ilusión y la emoción para mí y toda la parroquia por tener esta nueva capilla”. “Con gran alegría, pido a san Josemaría su intercesión para que seamos buenos sacerdotes y tengamos muchos laicos con identidad cristiana y eclesial, conscientes de nuestra responsabilidad para construir la Iglesia”, dijo tambien.

“Los lugares de san Josemaría en Madrid deben ser más y más conocidos, como testigos de su memoria viva, de unas enseñanzas que han dejado un surco profundo en la historia de la Iglesia”, comentó anoche el cardenal a www.opusdei.es.

Y esta parroquia y sus campanas tienen un significado especial para san Josemaría, donde rezó muchas veces y cuyo volteo oyó hace ahora 80 años.  Efectivamente, tres cartelas al pie del retablo recuerdan que en “la mañana del 2 de octubre de 1928, festividad de los Santos Ángeles Custodios, mientras se oía el sonido de las campanas de esta Parroquia, san Josemaría recibió la luz de Dios para comenzar el Opus Dei, iniciando así un camino de santidad para muchos hombres y mujeres, como cristianos corrientes, a través de las ocupaciones profesionales, familiares y sociales de la vida ordinaria”.

San Josemaría, que estaba haciendo unos días de retiro espiritual en la Casa de los PP Paúles de la cercana calle de García de Paredes, recordaba que “conmovido me arrodillé -estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática- di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas”.

Tres nuevas campanas

La capilla tiene un cuadro del pintor gaditano Ignacio Valdés de Elizalde, que representa ese momento: san Josemaría en ese día, arrodillado y en actitud de acción de gracias por la iluminación de Dios que acababa de recibir. Junto a ese motivo central, la Virgen preside el conjunto, mientras que lo rodea un mural cuyos autores son Inmaculada e Ignacio Valdés de Elizalde, que representa algunos lugares fundacionales del Opus Dei en Madrid.

Otro motivo festivo fue muy celebrado ayer en este templo de estilo neogótico, inaugurado en 1911: el cardenal Rouco bendijo las tres nuevas campanas ya situadas en el campanario; tienen los nombres de Nuestra Señora de los Ángeles, San Josemaría y Álvaro del Portillo. La capilla ha sido construida con la ayuda de devotos y benefactores, y realizada por Talleres de Arte Granda, bajo la dirección del arquitecto Jaime Castañón.

TEXTO DE LAS CARTELAS
CAPILLA DE SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER
PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES. MADRID

En la mañana del 2 de octubre de 1928, festividad de los Santos Ángeles Custodios, mientras se oía el sonido de las campanas de esta Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles, San Josemaría Escrivá de Balaguer recibió la luz de Dios para comenzar el Opus Dei, iniciando así un camino de santidad para muchos hombres y mujeres, como cristianos corrientes, a través de las ocupaciones profesionales, familiares y sociales de la vida ordinaria.

Años más tarde, San Josemaría recordaba el momento de la fundación del Opus Dei, que ocurrió durante unos días de retiro espiritual: “Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé —estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática— di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles”.

Para dar cumplimiento a la misión que Dios le encomendaba, San Josemaría prosiguió su trabajo sacerdotal en los barrios más pobres y entre los enfermos de los hospitales de Madrid, y acudió confiada y asiduamente a la protección de la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra. San Josemaría rezó también, en muchas ocasiones, ante la sagrada imagen que preside el retablo de esta Parroquia. LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI!

FILIPINAS. Los pobres del Tercer Mundo

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

Los pobres de Manila viven en minúsculas chozas de madera y hojalata que se alzan sobre el fango. Los más privilegiados ocupan casas diminutas de una o dos habitaciones. A veces construyen su hogar con tablas carcomidas entre las ramas de un árbol.

Como los de otros muchos países, los pobres de Manila provienen del campo, donde los ricos hacendados les explotaban; se trasladan a la ciudad en busca de una vida mejor, que rara vez encuentran.

En las zonas más deprimidas, la moralidad es escasa, y a veces nula. No es raro que los adolescentes, antes de llegar a la edad adulta, hayan sido testigos de varios crímenes.

Las Filipinas han sufrido muchas convulsiones desde finales del siglo XIX, cuando el país empezó a luchar por su independencia. Recientemente, ha sido víctima de una rígida y larga dictadura.

Sobre este telón de fondo tuvo lugar la revolución de 1986, que acabó con ella. Sin embargo, cuando el polvo del alzamiento se posó, pudo verse que los efectos de la dictadura permanecían. Un dato significativo: el 70 por 100 de los filipinos viven por debajo del nivel de pobreza.

A la entrada del inmueble en que me alojaba -un edificio de apartamentos situado en San Juan, un antiguo barrio de Manila- había un guardia armado, con uniforme azul. Su presencia era un recordatorio de la desesperada pobreza que le rodeaba.

Ante tanto sufrimiento, muchos cristianos, que no son capaces de hacer lo que la Madre Teresa de Calcuta -atender personalmente los problemas más graves derivados de la pobreza-, se limitan a dar limosna. Pero hasta la Madre Teresa reconoce que la caridad sólo resuelve los problemas más inmediatos, no el problema de fondo. Éste sólo se puede atacar mediante la aplicación de una justicia social basada en principios cristianos, ya que es la única que evita dos grandes escollos: las injusticias provocadas por los excesos del capitalismo, de una parte, y la opresión de los sistemas totalitarios de signo socialista, de otra.

Fue este camino -el del desafío propuesto por las enseñanzas sociales de la Iglesia- el que un grupo reducido de universitarios filipinos tomó mucho antes de que se produjera la revolución de 1986. Cuando se agruparon a mediados de los años 60, eran conscientes de que, aunque Filipinas era un país predominantemente católico, había hecho poco caso de la doctrina social de la Iglesia; pero eran muy jóvenes, y no tenían influencia económica, política o social; sólo tenían buena formación e ilusión juvenil. Dos de ellos, graduados en Harvard, eran dos economistas: el Dr. Bernardo Villegas y el Dr. Jesús Estanislao.

“Queríamos crear un servicio social que fuese profesional y secular, capaz de dar respuesta a las necesidades sociales más apremiantes -me dijo Jess-. Debía ser educativo, apostólico y abierto a todo el mundo, pues queríamos llegar al mayor número posible de personas.”

El grupo se propuso mostrar que las empresas podían ser socialmente responsables. Pero el gobierno, entonces, iba por un camino y los hombres de negocios por otro. Mientras el gobierno hablaba de programas sociales y económicos, las empresas privadas actuaban a su aire. Además, los hombres de negocios sólo estaban interesados en los beneficios, no en el desarrollo económico y social del país.

“Queríamos contar con un centro que estudiase estos problemas y estableciese un puente entre el gobierno y los empresarios.”

El resultado fue el Center for Research and Communication (Centro de Investigación y Comunicación), inaugurado en 1967. El centro ocupaba entonces un edificio alquilado en el número 1607 de Jorge Bocobo, Malate, y no tenía nada que ver con el moderno edificio que ocupa ahora en Pearl Drive, en el Complejo Comercial Ortigas, con sus modernas aulas, salas para seminarios y oficinas.

A poco de ser fundado, el CRC ya había adquirido gran reputación como centro de formación empresarial y de estudios de previsión económica (algo que pronto provocó el recelo del gobierno, que no veía con buenos ojos que un organismo independiente pusiese de relieve los pobres logros económicos del sistema). El CRC formaba hombres de negocios para que dirigieran sus empresas con arreglo a sanos principios económicos; luego, los animaba a, concentrarse en áreas en las que podían ayudar a combatir la pobreza, es decir, a responder a la llamada de la Iglesia a favor de la “opción preferencial por los pobres”. Les pedía, por ejemplo, que tuviesen en cuenta los ingresos reales de los trabajadores de su empresa, su capacidad adquisitiva, sus necesidades familiares, etc.

“Lo que siempre hemos dicho a las diferentes empresas -me explicó Bernie- es que comparen lo que ganan sus empleados con lo que necesitan para vivir como seres humanos. Luego hemos dado un paso adelante. Por ejemplo, en desarrollo agrario. Si un cliente es dueño de una plantación de azúcar, le decimos que debe colaborar en el desarrollo de la comunidad, promoviendo escuelas, hospitales, etc. Existe la creencia, bastante generalizada, de que el- capitalismo no tiene conciencia, y eso es lo que tratamos de desmentir, procurando hacer que los empresarios conozcan lo que la Iglesia ha dicho sobre salarios, trabajo, sindicatos, cooperativas y todos los problemas sociales que tienen planteados los países del Tercer Mundo, entre ellos Filipinas. Y nos hemos encontrado con que los hombre de negocios y las empresas con que hemos contactado están dispuestos a hacer algo por resolver los problemas, una vez que toman conciencia de ellos.”

Los hombres de negocios que fueron al CRC buscando asesoramiento económico, pronto empezaron a responder. Algunos comenzaron a interesarse por las áreas rurales, contribuyendo al desarrollo agrícola; otros crearon fundaciones para la formación de campesinos; algunos elaboraron productos de alta calidad. Mientras tanto, el CRC instaba a la reforma agraria, aconsejando a los grandes terratenientes que parcelaran parte de sus dominios y los repartieran entre los campesinos.

“El mensaje que siempre hemos tratado de inculcar -me dijo Jess- es que en los negocios, antes de mirar lejos, al futuro, debemos recordar que tenemos los pobres al lado, en los taxistas, los porteros, los oficinistas, los campesinos. Insistimos en que los ejecutivos de las grandes empresas deben preocuparse ante todo de estas personas, procurarles mejor educación, tratarles bien, proveer a sus necesidades en términos de su desarrollo cultural, espiritual, profesional, educativo, etc. Y aumentar sus salarios, con arreglo a los beneficios. Los que han seguido esos consejos han comprobado que funcionan en un doble aspecto. Cuando la empresa se preocupa de la gente, se establece una mayor compenetración entre la empresa y sus empleados. La prosperidad de la empresa se convierte en una aventura conjunta y la productividad aumenta.”

La doctrina social de la Iglesia Católica ha rechazado siempre la idea de que la solución de los males económicos esté en ideologías como el socialismo, el capitalismo o la teología de la liberación. Lo que el CRC estaba haciendo se basaba en tres pilares básicos: en primer lugar, el principio de subsidiariedad, que dice que lo que los individuos o los pequeños grupos sociales pueden hacer con eficacia y competencia no debe ser absorbido por cuerpos sociales más amplios, y menos por el Estado (tal es el punto de vista conocido como “lo pequeño es hermoso”, el cual requiere que todos los trabajadores participen en la propiedad de los medios de producción). En segundo lugar, el principio de solidaridad, que dice que los individuos, los grupos privados y las asociaciones deben trabajar unidos, cooperando mutuamente. Y en tercer lugar, el principio de que cada persona y cada grupo debe, dentro de la comunidad, trabajar a favor del bien común. Lo cual no significa buscar el mayor bien para el mayor número, sino más bien el bien total de todos y cada uno de los miembros de la sociedad.

“Aquí es donde entra la competencia característica del CRC -me dijo Bernie-. Hay otras instituciones parecidas, pero yo creo que nosotros destacamos por el énfasis que ponemos en los principios de subsidiariedad, solidaridad y bien común. A los hombres de negocios les decimos con toda claridad que no hay una mano invisible, diga lo que diga Adam Smith, que promueva automáticamente el bien común cuando predomina el egoísmo personal. Eso es una colosal, mentira histórica. Cada persona debe contribuir consciente y activamente al bien común, con sus propias decisiones.”

Esto puede parecer muy bonito, un idealismo muy atractivo, pero impracticable en el mundo donde las empresas .luchan por obtener el mayor rendimiento de los trabajadores con los salarios más bajos posibles. Pero la realidad es que, así las cosas no marchan. Las’ empresas que explotan a los trabajadores y obtienen grandes beneficios a corto plazo por ese procedimiento plantan las semillas de su propia ruina. El CRC ha sido capaz de convencer de este hecho a bastantes empresarios cabezotas, como se comprueba viendo al gran número de ellos que asisten a cursos, seminarios y conferencias. Cada seis meses en un hotel de Manila, cientos de empresarios y hombres de negocios participan en cursos de actualización.

Aunque quienes dirigen el CRC están de acuerdo en los principios básicos, tienen a veces puntos de vista distintos sobre la manera de ponerlos en práctica. El centro recalca que las opiniones económicas del cuadro de profesores son cosa suya. Jess y Bernie, por ejemplo, llevan muchos años trabajando juntos, pero tienen criterios diferentes a la hora de encarar los problemas de la economía filipina. Bernie está convencido de que el futuro de Filipinas está en el desarrollo de la agricultura, mientras que Jess confía más en la industrialización del archipiélago. También discrepan respecto a la protección arancelaria.

“Aquí tenemos un gran pluralismo, una gran variedad de opiniones, pues estamos de acuerdo en que en economía no existen dogmas -explica Bernie-. Como dice el fundador del Opus Dei: en el Opus Dei tenemos un común denominador, que está formado por la doctrina de la Iglesia, pero el numerador es variadísimo: cada cual tiene sus opiniones, su manera de encarar los problemas. Eso es verdad en el Opus Dei, y también en el CRC.

Y lo mismo con quienes aconsejamos. Nadie está autorizado a decidir cómo una persona rica puede contribuir al bien común; creando oportunidades de empleo, obteniendo divisas, produciendo alimentos… La libertad personal y la responsabilidad deben ser los principios motores de la iniciativa privada con vistas al, bien común.”

La relación del Opus Dei con el CRC es la misma que en cualquier otra obra corporativa. El Opus Dei garantiza la doctrina y la orientación espiritual del CRC con arreglo a la fe católica, pero nada más. No se responsabiliza en absoluto sobre problemas concretos, como pueden ser las opiniones respecto a la conveniencia de introducir la reforma agraria en la isla de Negros.

El capellán del CRC, Father Hector Raynal, me habló de los consejos que suele dar a los hombres de negocios que acuden a él para hablarle de temas espirituales:

“En este país, la mayoría de la gente da por supuestas sus creencias religiosas. Suele ser buena, pero no profundiza en el conocimiento de las enseñanzas de Jesucristo. Hay que insistir en las cosas básicas: los sacramentos, la necesidad de estar en estado de gracia… Luego, inculcarles una serie de virtudes humanas: laboriosidad, firmeza, constancia, perseverancia, sinceridad…

Procuro que quienes vienen por aquí se den cuenta de que si quieren construir una sociedad sobre fundamentos cristianos tienen que conocer la doctrina de la Iglesia. Si se construye una sociedad y se tiene éxito económicamente, pero esa sociedad no está basada en principios morales correctos, el fracaso, a la larga, es seguro. Si se construye con la única preocupación de multiplicar los bienes materiales o con la de crear unas estructuras rígidas que coarten los derechos individuales, se edifica sobre arena. Se termina en nada.

Cuando alguien viene a mí para preguntarme si es moral tal o cual negocio, procuro ayudarle aclarándole los conceptos. En el CRC doy un curso de ética cristiana para empresarios que proporciona criterios claros basados en la Ley de Dios. Supongamos que alguien viniera y dijera: “Resulta que tenemos competidores que no pagan impuestos, que firman cheques sin fondos, que pagan salarios de hambre, que sobornan a los funcionarios… ¿Qué nos aconseja? ¿Hacer lo mismo?”. Lógicamente habría que decirle que no, que no puede hacer nada de eso. Pero si pensara que, entonces, no le queda otro camino que retirarse, habría que decirle que tampoco se trata de eso, que habría que estudiar detenidamente la situación. Y aquí es donde interviene la fe. Por supuesto que no se pueden emplear medios ilícitos, porque el fin no justifica los medios. Pero retirarse significaría darse por vencido, dejar los negocios del mundo en manos de quienes lo corrompen. Por eso hay que analizar detenidamente la posibilidad de utilizar otros medios lícitos y eficaces que no utilizan los competidores. El espíritu de Cristo nos dice que debemos colocar a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, que debemos devolver el mundo a Dios. ¿Cómo íbamos a lograrlo si a la primera dificultad nos retiráramos, renunciáramos a la lucha? Sí hemos de utilizar toda clase de medios lícitos, que pueden ser muy poderosos. Me refiero, por ejemplo, a la oración que, tal vez, nos hará ver que tenemos que esforzarnos más en el trabajo.

A los que me piden consejo les digo que tienen que procurar que su empresa sea más productiva, que no deben pensar que porque sean católicos y no puedan utilizar medios ilícitos su empresa debe estar siempre a la cola en cuanto a productividad o beneficios. Porque es falso, y anticuado, pensar que para ser un buen católico hay que ser un mendigo. Ésa era una de las cosas que Monseñor Escrivá quería inculcar en las mentes de muchos: que no es bueno renunciar a la lucha, que hay que procurar destacar, sobresalir, tener éxito. No por motivos egoístas, sino porque así se puede extender más el Evangelio.

Así pues, ése suele ser mi consejo: luchar, esforzarse. Pero si alguien me pregunta a qué partido político debe apuntarse, contesto que eso no es asunto de mi competencia, que puede hacer lo que quiera, siempre que se atenga a lo que dice la Iglesia en este terreno. Así, por ejemplo, con tal de que no se haga del Partido Comunista, puede hacer lo que estime oportuno para ayudar a resolver los problemas de su país. Es completamente libre en ese terreno. “

Actualmente, el CRC tiene una plantilla de ochenta profesionales, entre ellos varios economistas veteranos, doce jóvenes y una veintena de investigadores. En los últimos años ha evolucionado hasta convertirse casi en una universidad especializada en Economía, Ciencias Empresariales, Pedagogía y Humanidades. Ya ha empezado a formar un claustro académico, muchos de cuyos componentes han estudiado en universidades europeas y americanas.

Podría parecer que de todas las actividades corporativas del Opus Dei vistas ahora, el CRC sería una a la que más fácilmente se le podría imputar la búsqueda de influencia. En este sentido, los directores del centro me dijeron que les gustaría ser juzgados por sus logros, pues, a la larga, la gente no se fía de los rumores, sino de los hechos.

Tal es también el punto de vista del arzobispo de Manila, el cardenal Jaime Sin. Poco antes de que me concediera una entrevista, el cardenal había escrito un artículo en un periódico de la capital defendiendo al Opus Dei y la labor que sus miembros llevan a cabo en su diócesis, en especial el CRC. Entre otras cosas, el cardenal Sin decía que era importante tener en cuenta que el CRC no tenía finalidad política, sino profesional. “Cuando se estudian problemas financieros o se trata de prever el futuro, no -se está trabajando a favor de ningún partido político. Se está trabajando por el bienestar del país. Esto es muy claro. El CRC ayuda eficazmente al gobierno mediante el análisis y evaluación de los problemas financieros. Ha probado que cuenta con expertos que saben prever y proyectar, que trabajan de manera muy profesional. Lo cual ha supuesto que el gobierno tome nota de su labor, pues están cooperando al desarrollo del país.”

El cardenal Sin ponía de relieve también que cuando acabó la anterior dictadura y un nuevo gobierno se hizo con el poder en Filipinas, el CRC siguió haciendo lo mismo que hacía, aconsejando a las mismas personas e instituciones, incluido el gobierno. “Es una buena actitud -decía-, pues cuando la Iglesia o alguna organización de la misma se “casa” con el sistema, se queda viuda en la siguiente generación.” Evidentemente la Iglesia adopta esta actitud no sólo para no comprometerse políticamente, sino para garantizar la libertad política de los fieles seglares.

Dos labores inspiradas por el CRC son Dual Tech, un centro de formación profesional para obreros, y la Meralco Foundation, que desarrolla programas industriales para técnicos. Ambas tienen como objetivo dar oportunidades a los trabajadores más pobres.

Dual Tech, situado en el distrito comercial de Makati, es un proyecto conjunto de la Southeast Asian Science Foundation, que no tiene fines lucrativos, y la Fundación Hanns Seidel, de la Alemania Occidental. Fue creado por un grupo de empresarios para proporcionar a sus empleados especializados un aprendizaje adecuado. Dual Tech tiene dos objetivos básicos: adaptar un sistema alemán de enseñanza ambivalente que combina la enseñanza teórica con las prácticas en la misma empresa y estimular los valores morales y una sólida formación humana que se refleje en detalles prácticos, tanto en el trabajo como en la vida privada.

Los mecánicos y electricistas industriales que allí se forman proceden de las áreas más deprimidas de todo el país. Durante los seis primeros meses de sus estudios tienen comida y medicina gratis. Para algunos, esos seis meses son los primeros de su vida en que comen todos los días. Vienen de zonas en las que la instrucción religiosa y moral es escasa. Uno de los instructores de Dual Tech, Florentino Fernando, me dijo que la mayoría proceden de ámbitos en los que matar no es algo vergonzoso, sino más bien causa de orgullo. “Lo que los salva es su fe. A pesar de los pesares, quieren ser mejores.

Saben que violar o matar es malo, pero poco más. Y se dan cuenta de que necesitan aprender para salir adelante.”

Además de las enseñanzas técnicas, los aprendices reciben formación en virtudes humanas, a través de grupos de debate, deportes en equipo y charlas. Cada aprendiz cuenta con un consejero personal que procura ir abriendo horizontes. Ésta es, tal vez, la labor más importante.

Florentino me habló de algunas de sus experiencias como consejero. Me dijo que hacía poco había dado una charla sobre la familia y que uno de los estudiantes, al final, le había dicho que creía que su mujer sabía que tenía una querida. “Yo sólo había hablado de cosas corrientes, como la necesidad de dedicar más tiempo a los hijos, pero mis palabras sin duda le habían conmovido. Por eso, cuando le pregunté si estaba dispuesto a romper con ella, me dijo que sí, porque se había dado cuenta de que la familia era lo más importante. Sabía, sin embargo, que no le iba a ser fácil, y me enseñó un collarcito de oro que su amante le había regalado. Le había dicho a su mujer quedo estaba pagando a plazos (200 pesos al mes), dinero que iba a parar a manos de la otra. Yo le dije, con firmeza, que la única forma de cortar esa relación extraconyugal era hacerlo de golpe, sin contemplaciones; torció el gesto, pero aceptó el consejo. Vino a verme al cabo de un mes, sonriente. Parecía otro. Se había cortado el pelo y se había afeitado. “Buenas noticias -me dijo-. He devuelto el collar.” Había dejado de ver a aquella mujer. “¿Sabe? -añadió- Ahora estoy como más ligero… Quiero más a mi mujer y a mis hijos.” Estaba claro que había metido la pata, pero que su fondo era bueno. Sin duda le había costado mucho dejar a aquella mujer.”

El proyecto Meralco, en Metro Manila, se parece bastante a Dual Tech. Forma a obreros pobres, escasamente cualificados, y les ayuda a mejorar personalmente. Imparte un ciclo de estudios de tres años en el campo de la electrónica o de la instrumentación tecnológica a unos 120 jóvenes, chicos y chicas. Se exige a los aspirantes buenas calificaciones en sus estudios y carencia de recursos económicos. En Meralco se les proporciona libros, material, uniformes, dinero para el transporte y un salario. Uno de los allí formados, Bernardino Equitay, de 24 años, era un muchacho campesino de la isla de Negros, una de las más deprimidas de Filipinas. Su padre plantaba arroz y maíz en un pequeño huerto, lo que le proporcionaba unos ingresos aproximados de 12.000 pesos al año, suma con la que tenía para mantener a sus seis hijos. Bernardino hizo un curso de formación de empresa, pero no le sirvió para encontrar empleo. “Una de las cosas que más me gustan de Meralco -me dijo, es que, cuando termine mis estudios, estoy seguro de encontrar trabajo.”

Otra iniciativa que existe en Manila es la escuela e instituto técnico de Punlaan, en San Juan, que imparte cursos de formación profesional para mujeres que quieran trabajar luego como empleadas de hogar o en diversos servicios hospitalarios y hoteleros, restaurantes, etc.

Desde que empezó, en 1975, con 115 estudiantes, ha formado a más de 2.500 personas, y su prestigio ha hecho que sea una de las instituciones consultoras del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. El instituto está instalado en un antiguo hospital situado en M. Paterno St. y destaca por la limpieza y el buen gusto con que está puesto.

La directora, Miss Amy Bonotan, me explicó que la meta del instituto es procurar quedas estudiantes se den cuenta de que las tareas domésticas tienen también su belleza. “Les mostramos que pueden hacer su trabajo con dignidad, que no tienen que avergonzarse de su profesión.”

Las alumnas de Punlaan sólo pagan unos 60 pesos al mes, cantidad que, evidentemente, no cubre el costo de su educación, que corre a cargo de una fundación. Se puede hacer un curso intensivo de un año, o dos años de estudios a más alto nivel, con la obtención de un diploma que capacita para prestar servicios de restaurante en instituciones hoteleras. Junto a las asignaturas habituales en las escuelas de hostelería, Punlaan se interesa también por la formación del carácter de las alumnas y por su cultura, con clases de psicología, ortografía, historia, moral, etc.

“Las alumnas proceden de familias pobres, paupérimas. Aquí les ayudamos a que se den cuenta de que las tareas domésticas no son despreciables, sino que constituyen un servicio importante. Les explicamos cómo pueden desarrollar su personalidad a través de su trabajo.”

En Filipinas, las muchachas del servicio doméstico han sido a menudo explotadas y maltratadas; por eso Punlaan colabora con el gobierno para crear leyes que las protejan. “Es preciso que quienes las emplean las respeten y sean justas con ellas -dice Amy-. Que tengan derecho a la intimidad, que puedan expresarse libremente, que las condiciones de trabajo sean dignas, que se las eduque. Por eso -añade-, organizamos también seminarios para las amas de casa, con objeto de que aprendan a tratar a sus empleadas. Éstas suelen ser muy sencillas y piensan más con el corazón que con la cabeza; por eso, son muy sensibles y se las hiere enseguida. Por eso, también les ayuda mucho charlar con sus preceptoras, aquí en Punlaan, y desahogarse cuando tienen algún problema.

Esto no quiere decir que la corriente sólo siga un camino. A veces ellas también nos dan lecciones, y de una sabiduría desconcertante que no se aprende en libros. Su vida ha sido casi siempre muy dura, muy difícil. La fortaleza con la que la han encarado, asombrosa. Han desafiado a la pobreza y tienen una fe muy honda.

Hay aquí una chica que lo ha pasado muy mal. Sus padres la habían abandonado y ella había rodado de casa en casa. Cuando llegó aquí se dio cuenta de que ésta era su única esperanza de futuro. Cree firmemente que todo lo que le ha sucedido le ha ayudado a ser más fuerte. No tiene ninguna amargura. Y hay otra que había estado en una casa cuyo dueño le había hecho proposiciones deshonestas. Cuando vino estaba muy” abatida y tenía mucho miedo, pero explicó el problema a su preceptora, que pudo enderezar la situación.”

Durante mi estancia en Manila, pasé mucho tiempo observando lo que hacía el Opus Dei para ayudar a los filipinos materialmente pobres, sin olvidar eso otro aspecto: lo que hace por ayudar a los espiritualmente pobres.

Benjamín Defensor es un periodista que trabajó en el Time Magazine y ahora dirige una cadena de periódicos en Filipinas, entre ellos el Business Day. Cuando durante la dictadura se implantó la ley marcial, se vio obligado a trasladarse a Hong Kong, donde fue director de Asia Television Ltd. Allí conoció el Opus Dei. Por entonces era -según su propia descripción- “un tipo rudo”, que bebía mucho y tenía poco interés en temas espirituales. “Incluso después de casarme, no solía volver a casa antes de las dos de la madrugada, pues, como decía a mis amigos, una cosa es casarse y otra cambiar de vida.. Y así seguí durante muchos años.” Pero conoció el Opus Dei y dejó de beber. Y también dejó de preocuparse por algo que le obsesionaba: ganar dinero. “Ahora ya no me preocupo de eso y las cosas marchan estupendamente.”

Teófilo San Luis, hijo, es especialista en medicina nuclear y trabaja en el hospital de la Universidad de Santo Tomás. Según me contó, antes de conocer el Opus Dei, cada mañana, cuando atravesaba las puertas del hospital, se ponía enfermo de pensar en el día que le esperaba. “El trabajo me parecía una carga insoportable -dice- y la vida algo sin sentido.” Hubiese podido atender a los pobres en la sección de caridad del hospital, pero no le atraía en absoluto. Le parecía inútil, una pérdida de tiempo. Pero cuando conoció el Opus Dei, todo cambió. “Comprendí lo importante que era ayudar a los demás, así que decidí trabajar allí un día a la semana por lo menos; gratis, por supuesto. A partir de entonces dejé de ver a los pacientes como una fuente de ingresos. Empecé a compartir los problemas ajenos, a atender más detenidamente a los enfermos, aconsejándoles, e incluso diciéndoles que rezasen. Ahora ya no me pongo de mal humor por las mañanas.”

La doctora doña Marina Bringas, madre de cinco hijos, que trabaja en el Hospital General de Quezón City, me contó una historia parecida: “Antes procuraba guardar las distancias con los pacientes. Sólo me interesaban los aspectos técnicos. Ahora es diferente. Algunas madres vienen al ala de caridad para acompañar a sus hijos enfermos y tienen que dormir en el suelo. Yo procuro atenderlas, estar un rato con ellas. Les digo que recen. Y a los pacientes, cuando tienen dolores, que ofrezcan su sufrimiento al Señor. Son cosas pequeñas, pero que ahora significan mucho para mí. Forman parte de ese hacer el trabajo lo mejor que uno puede, como enseña el Opus Dei, para ofrecérselo a Dios”.

Sergio Sánchez, piloto de la firma filipina Anscor, que pilota aviones a reacción Hawker 125, dice que en el Opus Dei ha aprendido a dejar de pensar en sí mismo. Antes procuraba obtener los vuelos más seguros, más brillantes; ahora no le importa realizar los peores, con los pasajeros menos agradables. “He aprendido a hacer favores a los demás sin que se den cuenta. Unas veces eso significa-dejar que otro piloto haga los vuelos más largos porque necesita dinero; otras, ayudarle a que piense más en Dios. Porque cuando se está volando -dice- uno tiene la sensación de estar muy cerca de Él, A veces se vuela tan alto que se aprecia la curvatura de la tierra. Es precioso. Pero también le hace a uno sentirse vulnerable…; todos los pilotos sabemos que nuestra vida está siempre en peligro. Hablamos mucho de ello. Sentimos que hay algo que nos mantiene en la existencia, el mismo poder que impulsa el avión y lo mantiene en el aire. Sí, es un ambiente propicio para hacer apostolado, para hablar de cosas trascendentes. Muchos de mis colegas se acercan al Opus Dei y asisten a charlas y meditaciones; algunos piden la admisión en la Obra.”

Monina Mercado, periodista, redactora jefe actualmente de una empresa editorial, Gabriel Books, es madre de tres hijos y se describe a sí misma como “una señorita bien” de los años sesenta. “Adoraba la música de entonces, y la vida social, las fiestas, las exposiciones y los conciertos. No llevaba una vida inmoral, pero sí inútil y frívola. Sentía, como se suele decir, en este país “gusto a ceniza en la boca”. Aunque me gustaba todo eso y tenía la sensación de moverme entre “gente importante”, en cuyas manos estaba el futuro del mundo, era profundamente desgraciada.

No es que todas esas cosas -reuniones, conciertos, actos culturales- tengan nada malo, pero es un error centrar la vida en eso, sobre todo cuando sólo se busca el placer. Cuando empecé a practicar seriamente la fe, me di cuenta enseguida de que no necesitaba muchas de las cosas que me parecían imprescindibles. Y comprendí también que mi condición de madre era mucho más importante. En mi vida sigue habiendo contrariedades, por supuesto, pero ya no he vuelto a tener sabor a ceniza en la boca.”

Un patrimonio compartido

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Benedicto XVI recibió ayer en el Vaticano a una delegación internacional judía. En este encuentro el Papa resaltó que “en nuestros días, los cristianos son cada vez más conscientes del patrimonio espiritual que comparten con el pueblo de la Torah, el pueblo elegido por Dios en su misericordia”

Opus Dei -

Benedicto XVI recibió ayer en el Vaticano a una delegación del International Jewish Committee on Interreligious Consultation, con el que la Santa Sede “ha tenido durante más de 30 años contactos fructuosos y regulares que han contribuido a una mayor comprensión y aceptación entre católicos y judíos”.

“Aprovecho esta ocasión -dijo el Papa- para reafirmar el compromiso de la Iglesia para poner en práctica los principios establecidos en la declaración “Nostra aetate” del Concilio Vaticano II. Esa declaración, que condenaba firmemente cualquier forma de antisemitismo, representa una piedra angular en la larga historia de las relaciones entre católicos y judíos y una advertencia para una renovada comprensión teológica de las relaciones entre la Iglesia y el pueblo judío”.

“En nuestros días -prosiguió el Santo Padre-, los cristianos son cada vez más conscientes del patrimonio espiritual que comparten con el pueblo de la Torah, el pueblo elegido por Dios en su misericordia, un patrimonio que exige un respeto, un aprecio y un amor mutuos más grande. También los judíos están llamados a descubrir todo lo que tienen en común con los que creen en el Señor, el Dios de Israel, que se reveló por primera vez mediante su palabra potente y llena de vida”.

Opus Dei -

“En nuestro mundo atormentado, caracterizado con frecuencia por la pobreza, la violencia y la explotación, el diálogo entre las culturas y las religiones debe considerarse cada vez más como un deber sagrado que atañe a todos los que están comprometidos en la construcción de un mundo digno del ser humano. La capacidad de aceptarse y respetarse mutuamente, y de proclamar la verdad en el amor, es esencial para superar las diferencias, prevenir los malentendidos y evitar enfrentamientos innecesarios. (…) Un diálogo sincero requiere apertura y sentido firme de la identidad por ambas partes para enriquecerse mutuamente con los dones de los otros”.


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