Un matrimonio español en proceso de beatificación

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“Tú eres el camino de ella hacia el Cielo; y tú el de él”, decía San Josemaría a los esposos. Tomás Álvira y Francisca Domínguez siguieron su consejo y buscaron la felicidad en la vida ordinaria de su matrimonio. Rafael Alvira, uno de sus hijos, relata la vida de sus padres.

Opus Dei - Tomás y Paquita, un matrimonio feliz.

Tomás y Paquita, un matrimonio feliz.

La intensidad de la relación que un matrimonio tenga con Dios puede llevar a marido y mujer a ser declarados santos.

Éste es el caso de los españoles Tomás Alvira y Francisca Domínguez, cuya unión podría ser beatificada y después canonizada por la Iglesia católica.

Rafael Alvira, uno de los ocho hijos del matrimonio, estuvo en la Ciudad [de México] para impartir la conferencia “El hombre y Dios en la sociedad del siglo XXI”, en el Seminario de Monterrey y en el Centro Panamericano de Humanidades, A.C.

“Juan Pablo II fue el primer Papa que pidió y organizó que se canonizaran matrimonios juntos”, comentó el doctor en Filosofía.

“Él tenía el deseo de que como hay algunos casos en la historia de que marido y mujer se han canonizado por separado, también que se tomara en cuenta la santidad de la vida matrimonial y canonizarlos juntos”.

En entrevista, luego de una de sus charlas, Alvira contó que la Diócesis de Madrid publicó el miércoles en un boletín el inicio del proceso de beatificación y canonización de sus padres.

“Consideran las personas que han llevado estudios sobre la vida de mis padres que podrían ser considerados santos, siempre que cumplan previamente los pasos que la Iglesia tiene marcados y de una aprobación por parte de una comisión teológica de sus virtudes y milagros”.

De acuerdo con el también directivo de la Universidad de Navarra, existe el registro de miles de personas que han pedido favores a este matrimonio.

“Se hicieron unos libros y estampas que son importantes para que la gente pueda pedirles favores o milagros, sin los cuales la Iglesia no canoniza”.

Tomás Alvira fue un investigador que murió en 1992, Francisca era maestra y falleció en 1994. Ambos fueron supernumerarios del Opus Dei.

A finales del 2001, durante el Pontificado de Juan Pablo II, se realizó la primera beatificación de un matrimonio, el de los italianos Maria Corsini y Luigi Beltrame Quattrocchi.

Actualmente, también los franceses Marie-Zélie Guérin Martin y Louis Martin, padres de Santa Teresita del Niño Jesús, están en proceso de beatificación.

Para orar por el proceso hacia los altares de Tomás y Paquita, como la llamaban, existe una oración impresa con su fotografía.

Ante el estreno de la película “Camino”

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Comentarios del portavoz de la Oficina de información del Opus Dei acerca de la película “Camino”.

Ante las preguntas de algunos medios de comunicación que solicitan una valoración de la película “Camino”, me remito a los conceptos ya expresados el pasado 27 de septiembre con ocasión del Festival de Cine San Sebastián.

Como ya he dicho, no estamos ante una visión objetiva, sino ante una mirada teñida de un prejuicio negativo que termina ofreciendo un cuadro falso y distorsionado del Opus Dei.

Miles de personas de nuestro país conocen de primera mano la vida cotidiana de las mujeres y los hombres del Opus Dei, y otras muchas participan en las múltiples iniciativas médicas, educativas o de solidaridad de cuya atención espiritual se encarga la Prelatura del Opus Dei. Ellos sentirán que la película deforma temas esenciales como los sentimientos, actitudes e intenciones que mueven a las personas que forman parte de esta realidad de la Iglesia.

La verdadera vida de Alexia González Barros –que ha inspirado esta película y a cuyo recuerdo aparece dedicada– se puede conocer en la pagina web www.alexiagb.org. La Iglesia Católica ha iniciado el estudio de su Causa de Canonización. Comparto el dolor de esta familia ante esa utilización de la vida de su hermana.

Ante una ficción que falsifica la realidad mi respuesta es reiterar que las puertas del Opus Dei están abiertas para quienes deseen conocer de forma directa esta institución de la Iglesia Católica; la oficina de información www.opusdei.es está a disposición de los periodistas.

Manuel Garrido
Oficina de información del Opus Dei
Madrid, 14 de Octubre de 2008

Sacerdotes, “sólo” sacerdotes

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

El hilo de nuestra argumentación nos conduce a los sacerdotes. Ocupémonos de este clero singular, al que está prohibido ser clerical. El fundador señalaba: «Que nuestros sacerdotes no consientan que sus hermanos les presten servicios innecesarios. Cada uno debe guardar en su corazón los mismos sentimientos que tuvo Jesús, que dijo: “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir”. Así debe suceder entre vosotros».

Y añadía: «Aunque la vocación es igual para todos, el sacerdote debe luchar por ser el servidor de sus hermanos, sabiendo ser uno más en nuestra Casa; porque efectivamente es como los demás».

Y como cada católico tiene a sus espaldas siglos de clericalismo de un lado, y de alticlericalismo por el otro, en los que no conviene volver a tropezar, insiste: «Los sacerdotes no mangoneen a los laicos, ni estos a los sacerdotes: que no haya entre nosotros sacerdotes que invadan el campo de competencia temporal de los laicos, ni laicos que se entrometan en los asuntos espirituales reservados a los sacerdotes». Y repetía con frecuencia: «el sacerdocio, en el Opus Dei, no es la coronación de una carrera, no es un premio para los mejores: es una llamada a servir a las almas en un modo al mismo tiempo igual y distinto al de los demás miembros».

El «sistema de reclutamiento» del clero de la Prelatura facilita considerablemente el cumplimiento de estas orientaciones. Por su mismo origen, no es ni puede ser una especie de «cuerpo extraño» o de «casta separada» en una institución «laical» como es esta, puesto que todos sus sacerdotes proceden de las filas de los numerarios y de los agregados.

No es infrecuente encontrar en los periódicos titulares que anuncian la ordenación sacerdotal (y no pocas veces de manos del Papa) de algunas decenas de personas de todas las edades, aunque nunca muy jóvenes y a veces ni siquiera jóvenes, que componen un auténtico muestrario de las profesiones más variadas. Algo así como: siete abogados, ocho ingenieros, dos periodistas, tres médicos, cuatro profesores, un notario, dos economistas, un coronel… No es necesario seguir leyendo esas noticias: con toda seguridad son los cuarenta o cincuenta sacerdotes que el Opus Dei, de modo constante y programado, hace ordenar (u ordenan ellos mismos: el anterior Prelado era Obispo, y por consiguiente podía ordenar) para cubrir las necesidades asignadas al «clero de la Prelatura».

En la práctica, las cosas suceden del siguiente modo. Después de algunos años de esfuerzo por «santificar el trabajo y santificarse en él» -que pueden ser muchos: las ordenaciones de personas de más de cincuenta años no son raras-, el Prelado pregunta a algunos numerarios y agregados que cumplen todos los requisitos si están dispuestos a vivir la misma vocación al Opus Dei con un trabajo, un servicio, distintos: el propio del sacerdote.

El interpelado puede aceptar, y también puede rechazar (sin demérito alguno, pues se trata de una materia en la que resulta esencial la más plena libertad). Si acepta, abandona totalmente la profesión civil y (dicen las normas) recibe la formación en los centros que la Prelatura erige con ese fin, de acuerdo con las disposiciones establecidas por la Santa Sede. Se trata, en la práctica, de seminarios propios. Hasta el último momento, todos tienen la posibilidad de interrumpir su camino hacia la ordenación, para volver al mismo trabajo que desempeñaban.

El número de sacerdotes está «programado»; actualmente es algo menos del 2% de los miembros de la Prelatura (1.500 entre un total de 80.000), y está previsto que no supere el 3%. Es decir, los indispensables para las necesidades de la Obra: ni más ni menos. Estos porcentajes confirman la impresión de que el peligro de «clericalización» del Opus Dei, que pudiera comprometer su carácter laical, carece de todo fundamento.

Este sistema de reclutamiento presenta muchas ventajas. La más importante es que, para desarrollar sus tareas de predicación y de dirección espiritual, y lógicamente la administración de sacramentos, es preciso que conozcan por experiencia personal el espíritu de la Obra en el que se han formado. Están llamados a perpetuar ese espíritu, junto con los laicos, pero en una situación objetivamente estratégica, decisiva. Además, su experiencia como trabajadores en profesiones «laicas» es también fundamental, puesto que en torno al trabajo se construye la vida espiritual.

La llamada al sacerdocio les llega en edad adulta, después de años y años de compromiso cristiano, y por consiguiente bien probados, y con garantías de una solidez particular. Los errores de perspectiva de tantos eclesiásticos de hoy, ante lo que creen que son exigencias del «mundo moderno», del «hombre contemporáneo», derivan probablemente de su inexperiencia en esos campos de la vida. Por eso, tantas orientaciones pastorales y parte de la avalancha de «documentos» sobre todo tipo de asuntos producidos por una nueva burocracia eclesial incurren en un generalismo estéril.

Además de esos y de otros aspectos positivos, existe otra ventaja cuya importancia podría pasar inadvertida a quien no conozca los entresijos de la Iglesia institucional, con sus problemas y sus conflictos.

Así lo describe Le Tourneau, con palabras sobrias pero llenas de significado: «Los sacerdotes del Opus Dei salen de la propia Prelatura y se forman en su seno, por lo que el Opus Dei no sustrae a las diócesis sacerdotes ni candidatos al sacerdocio». Casi todos los fundadores de órdenes y congregaciones religiosas, al menos en los tiempos modernos, han tenido antes o después enfrentamientos con el clero local precisamente por este motivo. Cuando los posibles candidatos al sacerdocio comenzaron a disminuir, hasta hacerse escasos en número, no faltaron obispos que sospecharon o incluso acusaron a los institutos de perfección de «robarles» las vocaciones. Por ejemplo, muchos de los graves problemas de Don Bosco y sus salesianos con el arzobispo de Turín tuvieron esa raíz.

El Opus Dei ha decidido «ir por su cuenta». De este modo, no sólo zanja las polémicas de ese estilo, sino que además puede replicar que, lejos de «empobrecer» las diócesis y sus presbiterios, en realidad los potencia, pues pone a disposición de la Iglesia otros sacerdotes que, sin la Obra, no habrían llegado al sacerdocio. Más aún, probablemente no habrían llegado a la Iglesia, ya que no pocos de los numerarios y los agregados que se ordena descubrieron -o redescubrieron- la fe a través de la relación con la Obra.

Este clero depende del Prelado en lo que se refiere a los fines de la Obra, pero para las disposiciones del Derecho canónico está sometido al obispo diocesano (del cual recibe con frecuencia encargos pastorales) y forma parte del presbiterio diocesano.

Sin embargo… ¿no fue Maquiavelo quien señaló que, en la organización de los asuntos humanos, cualquier solución a un problema crea siempre otros nuevos? El rostro institucional de la Iglesia, ese aspecto humano que da cuerpo al misterio y que es esencial en la lógica de la Encarnación, está sometido a las leyes que regulan cualquier organismo social. Por eso, acalladas las sospechas de «robar vocaciones» a las diócesis con ese sistema de «auto alimentación» -algo así como el «hazlo tú mismo» del bricolaje-, surgen otras, como la acusación de querer establecer una «Iglesia paralela», cerrada en sí misma como una secta, e incluso enfrentada al resto de la Iglesia Católica.

Hemos mencionado ya que la misma estructura canónica de Prelatura parece impedir este tipo de peligros, pero será interesante reproducir la réplica de la Obra a este tipo de acusaciones. Escribe uno de sus miembros: «No hay por qué alarmarse ante una posible “Iglesia paralela” si cada cristiano, como individuo, está legitimado -según los críticos- para inventarse su propia Iglesia. Sucede a veces que, en algunas parroquias, los párrocos hacen y disponen a su gusto, con independencia de las normas existentes en materia litúrgica y disciplinar. Es ligeramente farisaico acusar a otros -y además sin base- de lo mismo que hace con frecuencia el crítico. En realidad, “Iglesia paralela” es la formada por la suma de los comportamientos que se separan de la legítima autoridad en la Iglesia: el Papa y los Obispos en comunión con él».

Continúa la misma fuente («de parte», naturalmente): «El Opus Dei, desde 1928 a hoy, ha manifestado su voluntad de adherirse en todo al Papa. En 1967, decía Mons. Escrivá de Balaguer a Time: “Resido establemente en Roma desde 1946, y así he tenido ocasión de conocer y tratar a Pío XII, a Juan XXIII y a Pablo VI. En todos he encontrado siempre el cariño de un padre”. El comportamiento del beato -que inculcó también en sus hijos- fue de total coherencia: a esa paternidad pontificia correspondió (y pidió a todos que correspondieran) con veneración y obediencia filiales. ¿Formar sacerdotes y laicos con semejante planteamiento radicalmente católico es acaso pretender crear una “Iglesia paralela”?».

Como se ve, ante esa acusación reaccionan vivamente, sobre todo en comparación con el habitual tono sofí de la Obra, que procura no enzarzarse en polémicas intraeclesiales. Esa respuesta vigorosa confirma precisamente que la acusación está muy difundida en ciertos ambientes, y que es vista desde dentro como particularmente insidiosa. Más aún, la soportan como una injusticia frente a quien sostiene que la docilidad a los pastores es la base de todo.

¿Cómo deberían ser -cómo pretenden ser- «sus» sacerdotes, según el ideal del sacerdote don Josemaría? Procediendo del mundo del trabajo y ocupándose de la formación espiritual de trabajadores, ¿seguirán el modelo de «sacerdotes-obreros», se atendrán al cliché del «sindicalista consagrado», del cura en jersey que sólo habla de política y de sociología, ese que apoyaba la «lucha de clases», que participaba en huelgas y manifestaciones «contra los capitalistas».

Quien tenga esa idea, que se la quite pronto de la cabeza. Incluso en el aspecto externo tradicional (ya señalé que la sotana o el clergyman son obligatorios), el clero de la Prelatura es justo lo contrario del clérigo en trenka de los años setenta, que proclama su deseo de «ser exactamente igual que los demás», y que quizá juzgue «alienante», o al menos «discriminatorio para los no creyentes», hablar de Dios y de Cristo (salvo como «líder proletario»). De ese tipo de sacerdotes que llama a la misa «asamblea de camaradas», o como mucho, «ágape fraterno», y la celebra en la cocina sobre una mesa cualquiera; que quiere que todo sea «comunitario», incluida la confesión y la absolución de los pecados (los «sociales», que son los unicos pecados verdaderos, y que por ese motivo sólo pueden pecar los «burgueses» y los «capitalistas»).

Con una extraordinaria experiencia sacerdotal a sus espaldas, entre personas de todo el mundo, cuarenta y ocho años después de su ordenación y dos antes de su muerte, Escrivá insistió en lo que, para él, debería ser el sacerdote. Es una especie de «declaración programática» sumamente interesante: un biógrafo la definió como Carta Magna del sacerdocio de hoy y de siempre. (No «del Opus Dei», sino de la Iglesia, como han confirmado las enseñanzas de Juan Pablo II sobre ese sacramento). Se trata, a mi juicio, de un documento significativo, que no puede omitirse en un dossier que pretende descubrir «el secreto de la Obra». Aquí, en sus sacerdotes, reside quizá uno de sus verdaderos «secretos».

Escuchen estas palabras pronunciadas en 1973, cuando el ciclón contestarario azotaba la Iglesia, y se experimentaban esos «nuevos caminos» que convertirían a los cristianos practicantes en una especie en vías de extinción, y en algunos países ya desaparecida (la historia enseña que cuando los clérigos pelean entre sí, pocos son los laicos que se ponen de un lado o del otro: la mayoría se va, juzgando que tienen cosas más importantes que hacer que seguir riñas de sacristía o incomprensibles disputas teológicas, y dejando que los contendientes se las arreglen entre ellos).

«No comprendo -decía Escrivá en aquella homilíalos afanes de algunos sacerdotes por confundirse con los demás cristianos, olvidando o descuidando su específica misión en la Iglesia, aquella para la que han sido ordenados. Piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más. No es verdad. En el sacerdote, quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aun de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo -labor sacerdotal en ese caso-, la caridad, la educación, la delicadeza en el trato. Pero junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal».

Así quiso que fueran los sacerdotes de su Obra, como lo demostró al formar personalmente casi un millar: fue una de las tareas que colocó siempre en primer lugar, convencido de que «el sacerdote no va nunca solo, ni al Cielo ni al infierno». Y esto es también lo que la gente espera del sacerdote, según Escrivá, «esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean; que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que -aunque conociese perfectamente- no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados».

«En una palabra -concluía Escrivá-: se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión auricular y secreta, perdona los pecados. La administración de estos dos sacramentos es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor».

Esto es, a la postre, lo específico del sacerdote en la perspectiva católica, lo que le hace indispensable, lo que justifica su presencia y su misión. Todo lo demás pueden hacerlo los laicos, e incluso mucho mejor. No es casual que la experiencia -llena de generosidad- de los sacerdotes-obreros acabó o languideció porque los obreros les hicieron entender que gente como ellos era fácil de encontrar: no necesitaban otro obrero, ni un enésimo sindicalista, sino a alguien que anunciase cosas «distintas», que hablase de Dios y no sólo del hombre y de sus necesidades sociales, como ya hacen los demás.

Por mi conocimiento de esos ambientes, les puedo asegurar que este retrato-robot del sacerdote según Escrivá de Balaguer es mucho más que suficiente para hacer saltar los nervios de tantos clericales. O al menos, de los pocos que quedan, después de que sus grandes esperanzas se convirtieran en grandes desilusiones.

Para comprender la hostilidad de cierto clericalismo contra el Opus Dei, es suficiente reflexionar sobre las palabras de Escrivá que he transcrito y sobre sus consecuencias.

Podrán entenderlo también escuchando estas otras que ahora reproduzco, en las que encontrarán una confirmación de que detrás de esa concepción del sacerdocio se encuentra una teología, una eclesiología y una espiritualidad que no puede evitar entrar en conflicto con otras de nuestros días. La lucha sin cuartel contra la beatificación encontró aquí una de sus razones más importantes.

No es casualidad que esa oposición fuera mantenida sobre todo por sacerdotes y ex-sacerdotes, mientras los laicos (como parecen probar las más de 300.000 personas en la plaza de San Pedro y las decenas de miles de relatos de «favores») no sólo no adoptaron una postura contraria, sino que dio más bien la impresión de que les agradaba que se propusiera como «ejemplo» ante toda la Iglesia a un sacerdote como aquél, un sacerdote que quería que los demás sacerdotes fueran así. Empezando por los de su Obra, lógicamente; pero sin detenerse ahí.

Leamos pues estas palabras de Mons. Escrivá que, más o menos en esos mismos años, se lamentaba de que hubiera «sacerdotes que en lugar de hablar de Dios -que es el único “argumentó’ en el que tienen la autoridad y el deber de tratar-, hablan de política, de sociología, de antropología. Y como con frecuencia no saben nada, se equivocan. Y lo que es peor, el Señor no está contento. Nuestro ministerio consiste en predicar la doctrina de Jesucristo, en administrar los sacramentos y en enseñar el modo de buscar a Cristo, de encontrar a Cristo, de amar a Cristo, de seguir a Cristo. El resto no es asunto nuestro».

Según los estatutos, los sacerdotes de la Prelatura tienen libertad de opinión en cualquier materia «opinable»: también en las cuestiones teológicas no definidas por el Magisterio. Pueden pensar como estimen mejor, como les dicte su conciencia, también en política -ejercitan con libertad el derecho de voto, como sus conciudadanos- pero deben guardar sus opiniones para ellos. La prohibición de meterse en política se entiende dentro de esa espiritualidad que propone la Obra: «ser siempre instrumentos de unidad en la Iglesia y entre los hombres, nunca de división». ¿Y hay algo que divida más a los hombres, y con mayor aspereza, que la lucha política? ¿Puede olvidarse acaso que, como expresó Dante, la política es «la palestra que nos hace tan feroces»?

En este sentido, resulta significativo que se exija al sacerdote del Opus Dei que tenga «alma sacerdotal y mentalidad laical». Es característico de cierta mentalidad clerical pensar que «el hombre sagrado» debe intervenir en todo «sacralizando» también lo que pertenece a las decisiones y opiniones dejadas a la libertad de los creyentes. En el fondo, la diferencia entre el clericalismo preconciliar y el posconciliar no es más que una inversión de punto de vista: antes del Concilio, se intentaba sacralizar las «derechas» (o al menos el «centro»; en cualquier caso, una posición política); después del Concilio, se quiso hacer lo mismo pero con las «izquierdas». Antes, se intentaba hacer creer a los católicos que no eran tales si no aceptaban defender la causa de la «reacción»; después, se lanzaba el anatema al creyente que no jurase que lo que Cristo quería era la «revolución».

Creo que así entendía Escrivá la «mentalidad laical»: pedir a los miembros de la Obra que llamaba a la ordenación que se esforzaran por ser «sacerdotes al cien por cien». Y ese compromiso comienza por la obligación de «no ingerencia» en todo lo que no es espiritual, en lo que se refiere al servicio de Dios.

De este aspecto deriva, en mi opinión, una de las características más sorprendentes del Opus Dei: el culto y la defensa a ultranza de la libertad de los miembros. Sorprendente, porque resulta que la realidad no sólo es distinta del cliché, sino incluso su contrario. Escuchemos a este propósito lo que afirma Le Tourneau: «Una de las características del espíritu del Opus Dei, a menudo puesta de relieve por sus portavoces y con mayor insistencia aún por el Fundador, es el amor a la libertad».

«Un amor íntimamente conectado con la mentalidad secular propia del Opus Dei, la cual hace que, en todas las cuestiones profesionales, sociales, políticas, etc., cada miembro actúe libremente en el mundo, con arreglo a lo que le dicte su conciencia, rectamente formada, y asumiendo plenamente las consecuencias de sus actos y de sus decisiones. Eso les lleva no sólo a respetar, sino también a amar, de manera positiva y práctica, el auténtico pluralismo, la variedad de todo lo que es humano; así hacen realidad lo que la Declaración de la Congregación para los Obispos del 23 de agosto de 1982 decía con motivo de la erección del Opus Dei como Prelatura personal: “Por lo que se refiere a sus opciones en materia profesional, social, política, etc., los fieles laicos que pertenecen a la Prelatura -dentro de los límites de la fe y de la moral católicas y de la disciplina de la Iglesia- gozan de la misma libertad que los demás católicos, conciudadanos suyos; por tanto, la Prelatura no hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas, económicas, etc., de ninguno de sus miembros”».

Continúa el autor francés: «Esta opción deliberada a favor de la libertad no es consecuencia de una prudencia humana o de una táctica, sino el resultado lógico de la conciencia clara que todos los miembros tienen de participar en la única misión de la Iglesia: la salvación de las almas. Verdad es que el espíritu cristiano ofrece unos principios éticos comunes de acción temporal: respeto y defensa del Magisterio de la Iglesia, nobleza y lealtad en el comportamiento -con caridad-, comprensión y respeto de las opiniones ajenas, verdadero amor a la Patria -sin nacionalismos estrechos-, promoción de la justicia, capacidad de sacrificio en servicio de los intereses de la comunidad, etc. Ahora bien, sobre la base de estos principios, cada cual determina qué solución le parece más pertinente entre las muchas opciones que existen. A este respecto, Mons. Escrivá concluía: “Con esta bendita libertad nuestra, el Opus Dei no puede ser nunca, en la vida política de un país, como una especie de partido político: en la Obra caben -y cabrán siempre- todas las tendencias que la conciencia cristiana pueda admitir, sin que sea posible ninguna coacción por parte de los directores”. Sólo la jerarquía de la Iglesia puede, si lo estima necesario para el bien de las almas, dictar una norma de conducta determinada al conjunto de los católicos».

Podría sospecharse que con mala fe se oculta la «verdadera» realidad de la Obra, que no sería más que un conjunto de marionetas dirigidas por alguien que, agazapado en la oscuridad, no sólo no respeta sino que coarta su libertad. Pero esa sospecha tendría que explicar el hecho de que la dinámica misma de la institución -con su rechazo del clericalismo, incluso para los sacerdotes- conduce no sólo en teoría sino también en la práctica a quedar al margen de las decisiones temporales de los laicos.

Volviendo al perfil del clero del Opus Dei, señalemos que el numerario o el agregado llamados al sacerdocio abandonan totalmente su profesión «civil», en la que han podido

alcanzar éxito y prestigio. No abandonan por esto el trabajo, sino que a partir de ahora se dedican plenamente a la labor sacerdotal. Este consiste, principalmente, en «colaborar en la formación espiritual de los miembros de la Obra -hombres y mujeres- mediante la predicación, la dirección espiritual y la administración de los sacramentos, sobre todo de la confesión».

A propósito de esto último: ¿está obligado quien pertenece al Opus Dei a confesarse con un sacerdote de su institución? Veamos cómo es el asunto. «El fundador enseñó siempre que los miembros son libres, como cualquier católico, de confesarse con cualquier sacerdote que tenga las debidas licencias. Un miembro del Opus Dei puede utilizar lícitamente esta libertad, dirigiéndose a sacerdotes que no pertenecen a la Prelatura. Sin embargo, es fácil darse cuenta de que esto no será frecuente: si los miembros del Opus Dei se comprometen libremente a perseguir un fin concreto dentro de la Iglesia, es lógico que escojan los medios específicos propuestos por la Prelatura. Y es evidente que los sacerdotes de la Obra, por su conocimiento del espíritu de la Obra y de las obligaciones específicas de sus miembros, pueden ayudar con su orientación a vivir de modo más eficaz el sacramento de la penitencia, que es también un medio de dirección espiritual».

Recogemos aquí esa precisión oficial porque este punto ha sido (y es) polémico: Algunos consideran que la práctica habitual (no obligatoria) de los miembros del Opus Dei, que se confiesan con sacerdotes del Opus Dei -con uno de ellos, ya que no se impone uno en particular-, es una manifestación de mentalidad «sectaria».

No me corresponde a mí defender a nadie ni a nada. Se trata sólo de razonar y de comprender: esta es la línea que, si no me equivoco, me he esforzado y me esfuerzo en seguir. Es preciso admitir que si se mira el asunto con objetividad y sentido común, parece realmente increíble que se polemice sobre este punto. Discusiones que no se dan, como es lógico, cuando un franciscano se confiesa con un franciscano, un barnabita con un barnabíta, un sacerdote diocesano con otro sacerdote de la misma diócesis.

Esas acusaciones confirman la aspereza de los contrastes que esta institución «nueva» -pero que se remite a lo antiguo, a los dos milenios de la Tradición- ha suscitado y sigue suscitando, alimentando sospechas también sobre comportamientos y costumbres aceptados pacíficamente en otras realidades eclesiales. Juzgue el lector si tiene sentido lo que se lee con frecuencia en los alegatos anti-Opus: los miembros deberían confesarse con sacerdotes no pertenecientes a la Prelatura, para «contrastar» de este modo los peligros de indoctrinamiento, de lavado de cerebro, de clausura, que implicaría la formación interna.

La respuesta es obvia: «al Opus Dei se viene impulsado por una vocación libremente aceptada. Con la misma libertad se puede salir, se pueden buscar otros caminos, si se sospecha que la Prelatura transmite venenos que deben combatirse con los antídotos de un confesor externo, que -aun no conociendo la Obra- periódicamente ponga en guardia, “descontamine”».

Para terminar con el origen, misión y espiritualidad de los sacerdotes, es preciso hablar también de otros sacerdotes, aunque coincidan en parte con el clero de la Prelatura: los socios de la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz. No es un accesorio sin importancia de la Prelatura, como demuestra el hecho de que su nombre completo y oficial en los documentos y en el Anuario Pontificio es «Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei», y que sólo por abreviar se dice «Opus Dei».

Sería complicado (para ustedes y también para mí), e incluso poco interesante para nuestros fines, explicar por qué y cómo, de acuerdo con las posibilidades y las exigencias del derecho canónico -conocidas al dedillo tanto por Escrivá como por su inseparable Del Portillo, doctores ambos en la materia- se llegó a semejante nombre. Confieso que no domino suficientemente las sutilezas eclesiásticas como para explicar con palabras mías cómo funciona esa Sociedad y cuáles son sus relaciones con la Prelatura, con la Iglesia universal y con las Iglesias locales.

Por tanto, en una materia tan compleja, donde cada término tiene un significado preciso, me limitaré a reproducir aquí una explicación «oficial» sintética pero, a mi juicio, bastante clara y completa.

Es la siguiente: «La Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz es una asociación de clérigos compuesta por: 1) los sacerdotes del Opus Dei, es decir, por el clero de la Prelatura; 2) por los diáconos y presbíteros, incardinados en una diócesis, que deseen formar parte de la Sociedad, respondiendo a una vocación divina que les llama (y esta es la finalidad de la asociación) a santificar su trabajo profesional: es decir, el ministerio sacerdotal. Para alcanzar esta finalidad, dependen de la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz sólo en lo que se refiere a la asistencia espiritual (que es un ámbito que corresponde a la esfera de la autonomía personal): lo que significa que cada uno de esos sacerdotes sigue bajo la completa y exclusiva dependencia de su obispo propio».

Sigamos con esa explicación: «Esta Sociedad, creada por Mons. Escrivá en 1943, se adecua al espíritu del Vaticano II, que en el decreto sobre los presbíteros, cuando exhorta a mejorar continuamente la formación sacerdotal, sugiere también la pertenencia a alguna asociación específica. La Sociedad es una asociación con un espíritu que favorece la unidad y que fomenta, de un lado, la unión de cada sacerdote con su obispo, y de otro, la fraternidad sacerdotal. Por tanto, los socios no son del clero de la Prelatura del Opus Dei, sino clero propio del obispo del que dependen. No están, por tanto, bajo la jurisdicción de los directores del Opus Dei. La Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz es jurídicamente distinta de la Prelatura, pero existe entre ambas una completa unidad de espíritu alrededor de lo que es el elemento propio del Opus Dei: la búsqueda de la santidad a través de la santificación del trabajo ordinario».

Creo que, si habéis leído hasta aquí, os habréis dado cuenta de que esta Sociedad responde a una intención clara: conseguir que todos, si son llamados, puedan vivir el mensaje del Opus Dei. Como sólo los laicos pueden entrar en la Obra, porque los clérigos -ya ordenados o en el seminario- están excluidos, la Sociedad sacerdotal permite recibir y vivir la formación del espíritu del Opus Dei a estos sacerdotes que permanecen en su propia diócesis de la que dependen en todo lo que no se refiera a la autonomía personal de cada uno, como la formación espiritual.

Conviene señalar, como quizá se ha apreciado ya en la explicación anterior, el derroche de habilidad y de experiencia para encontrar una fórmula que salvaguardase, por una parte, la posibilidad de que un sacerdote diocesano pudiese vivir la espiritualidad de la Obra, si se siente llamado a ello; y por otra, los derechos del obispo del lugar -«nihi1 sine episcopo» (nada sin el obispo) es el lema programático de la asociación- y el deber del sacerdote de sentirse partícipe a pleno título del clero del que procede y al que continúa perteneciendo.

He aquí otro aspecto de la estrategia general de don Josemaría: proponer a todos, sin excluir a nadie, un training en santidad y apostolado, dejando a cada uno donde se encuentra, cambiando lo menos posible su condición tanto en la sociedad como en la Iglesia.

El anticlericalismo español

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La situación cambió radicalmente el 10 de mayo de 1931 como resultado de la quema de conventos. Para entender aquellos acontecimientos es preciso examinar con cierto detalle las raíces del anticlericalismo español.

A comienzos de la Segunda República los españoles estaban divididos; de hecho, llevaban divididos más de un siglo; y no sólo por cuestiones de política económica y social, sino también por serias diferencias de actitud hacia la Iglesia y su función en la sociedad. Como ha destacado un historiador, en España, la posición de la gente respecto de la Iglesia era lo que las situaba en la izquierda, centro o derecha del espectro político.

La inmensa mayoría de los españoles había sido bautizada en la Iglesia Católica. Muchos se tomaban la religión en serio y les gustaba ver la influencia católica en las leyes sobre el matrimonio y la educación. Algunos buenos católicos eran considerados anticlericales por ser críticos con los defectos del clero y querer ver a la Iglesia reformada en diversos aspectos. En algunas ocasiones Escrivá se definiría a sí mismo como anticlerical porque no quería que el clero se mezclara en asuntos políticos o económicos, sino que se dedicara a su ministerio.

Sin embargo, en el discurso político español, el término anticlerical normalmente se reservaba para los grupos que querían que la influencia de la Iglesia en la vida del país quedara reducida o eliminada del todo. Ese tipo de anticlericalismo, muy extendido entonces entre los políticos liberales burgueses, socialistas y anarquistas, tiene raíces profundas en la historia española. Para nuestro objetivo baste con examinar sus aspectos más importantes en el periodo siguiente a la revolución francesa y las conquistas napoleónicas.

En 1834 se difundió en Madrid el falso rumor de que los jesuitas habían envenenado los suministros de agua de la capital y provocado una epidemia de cólera como castigo a los liberales por su impiedad. En medio del tumulto que se organizó, fueron asesinados entre cincuenta y cien sacerdotes y frailes. El tipo de propaganda que encendía tales manifestaciones era similar, en tono y psicología, al burdo antisemitismo difundido en diversas partes de Europa. La pista de esos rumores de envenenamiento de pozos se puede encontrar en los propagandistas anticlericales de clase media, miembros de logias masónicas y otras sociedades secretas extendidas entre los liberales españoles del siglo XIX. El hecho de que las masas urbanas creyeran esos rumores y actuaran en consecuencia también sugiere que, a principios del siglo XIX, una buena parte de los trabajadores ya estaba lo bastante desligado de la Iglesia como para aceptar tal tipo de propaganda.

Entre 1830 y 1860 los gobiernos liberales confiscaron a la Iglesia grandes extensiones de tierras y otras propiedades productivas con las que se mantenían el clero y las órdenes religiosas. Había una escasa tradición entre los católicos españoles de contribuir al sostenimiento del clero. Así, tras la confiscación de sus propiedades, la Iglesia empezó a depender de la escasa compensación que el Estado pagó por las propiedades enajenadas.

Durante el periodo conservador, de 1876 a 1898, la Iglesia recuperó cierta influencia social, pero no sus propiedades. Durante este periodo pareció crecer el fervor y aumentaron las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. Por otro lado, también se recrudeció la oposición a la Iglesia por parte de los partidos liberales y de la clase obrera.

Cercano ya el siglo XX, ambos contendientes se consideraron cada vez más amenazados y asediados. Muchos católicos veían la sociedad y la religión en peligro ante el avance de una ola secular de librepensadores y masones, consideraban el liberalismo como una herejía y rechazaban la monarquía constitucional parlamentaria. Otros aceptaban el régimen constitucional como un mal menor, pero anhelaban un estado confesional que reforzaría la unidad católica. Para los liberales, el resurgimiento de la Iglesia significaba entregar España a los enemigos de las instituciones modernas y permitir que las fuerzas del pasado dirigieran la sociedad. Entre 1876 y 1898, la Iglesia se fue identificando cada vez más con el “stablishment” político y las clases pudientes. Al mismo tiempo, la brecha entre la Iglesia y las clases bajas urbanitas y los campesinos sin tierras del sur era cada vez mayor. La educación religiosa de estos grupos era prácticamente nula, y los esfuerzos por acercarse a ellos fueron frecuentemente infructuosos. Durante la primera década del siglo XX, españoles de todo credo político buscaron modos de regenerar el país. Los conservadores se centraron en la reforma de las instituciones políticas. Los liberales y radicales, además de hablar sobre la necesidad de una reforma política, querían transformar la sociedad entera; y una parte importante de su programa consistía en reducir o eliminar el papel de la Iglesia en la vida española.

Los republicanos de clase media buscaban un cambio político y cultural en el que la oposición a la Iglesia era casi tan importante como la oposición a la monarquía. Aunque las diferencias ideológicas de socialistas y anarquistas eran grandes, ambos coincidían en su anticlericalismo. Los socialistas, que eran marxistas, consideraban que el cambio económico era primordial. Aunque concebían a la Iglesia como un pilar del orden económico establecido que debía ser arrancado, juzgaban más importante la revolución económica que atacar directamente a la Iglesia. Por su parte, los anarquistas pretendían crear una nueva moralidad y una nueva cultura. La supresión de la religión era una característica que definiría el nuevo orden que ellos esperaban instaurar. Para ellos, la oposición a la Iglesia, y más en general a la religión, no sólo era algo que facilitaría la revolución económica, sino un componente vital del nuevo modo de vivir. El anticlericalismo se hizo especialmente violento en Barcelona en julio de 1909. El detonante no tuvo ninguna relación con la Iglesia. Tras una derrota en las colonias españolas del norte de África, el Ejército movilizó a las unidades de reserva y pidió tropas a Barcelona. La decisión provocó manifestaciones masivas que pronto cobraron un cariz revolucionario. El Partido Radical Republicano llevaba años sembrando Barcelona de consignas anticlericales, por lo que no es extraño que la violencia acabara en la quema de conventos y colegios y en la profanación de tumbas e imágenes religiosas. Cuando cesaron las manifestaciones, habían ardido veintiuna de las cincuenta y ocho iglesias de Barcelona, treinta de sus setenta y cinco conventos y monasterios, y treinta escuelas y edificios que se utilizaban para labores sociales promovidas por la Iglesia. Aunque en general la violencia se dirigió contra los bienes más que contra las personas, dos sacerdotes fueron asesinados y otro pereció en un incendio provocado.

Llama la atención que unos motines provocados por la leva derivaran en una amplia campaña de violencia anticlerical. Se han avanzado diversas explicaciones. La violencia se habría dirigido contra las propiedades de la Iglesia porque los amotinados la veían como aliada de los ricos y poderosos que aprobaban la leva, mientras que ellos mismos escapaban a sus efectos. También se ha sugerido que se consideraba a la Iglesia moralmente responsable de las injusticias de una sociedad que condenaba a los hijos de los trabajadores a morir en inútiles guerras coloniales. Está claro, sin embargo, que ninguna razón avanzada hasta la fecha explica por completo las profanaciones ocurridas. Sea cual fuere la causa, los tumultos de Barcelona confirmaron que un buen número de trabajadores urbanos no sólo habían crecido al margen de la Iglesia, sino que se habían vuelto violentamente hostiles a ella.

Durante las dos décadas siguientes no hubo grandes estallidos de violencia anticlerical, aunque continuó la propaganda contra la Iglesia. El apoyo que católicos eminentes prestaron al régimen de Primo de Rivera sirvió para exacerbar el anticlericalismo de muchos republicanos y otros liberales, que quedaron más convencidos que nunca de que la Iglesia era uno de los principales obstáculos a sus deseos de instaurar una nueva sociedad. Durante la dictadura de Primo de Rivera y el interludio que la siguió, las fuerzas anticlericales fueron contenidas por el gobierno que les impedía actuar directamente contra la Iglesia.

Benedicto XVI visita la tierra de “nuestros hermanos mayores en la fe”

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D. Francisco Varo, Profesor Agregado de Antiguo Testamento de la Universidad de Navarra escribe sobre el sentido del viaje del Santo Padre a Tierra Santa y el estado actual de las relaciones entre la Iglesia católica y el judaísmo

08 de mayo de 2009

Opus Dei -

Benedicto XVI emprende su peregrinación a Tierra Santa para rezar en los Santos Lugares, manifestar su cercanía a los cristianos que viven momentos difíciles, y llevar un mensaje de paz y reconciliación a todos: israelíes y palestinos; judíos, musulmanes, drusos o cristianos.

No se trata de un Jefe de Estado en visita de cortesía a los países de la zona, aprovechando de paso la ocasión para cerrar cuestiones pendientes en las relaciones bilaterales, como pueden ser el tratamiento fiscal de las propiedades eclesiásticas en Israel, o la dura política de concesión de visas a religiosos católicos. Tampoco es un mediador internacional dispuesto a entablar una ronda de conversaciones con los líderes implicados, en busca de una solución al conflicto árabe-israelí. El Papa es un personaje de relevancia pública internacional y un viaje de estas características siempre tiene muchas dimensiones, y está abierto a interpretaciones y valoraciones desde todos estos puntos de vista. Pero descubrir lo que hay de auténtica noticia en una agenda tan cargada de acontecimientos exige poner esfuerzo por captar lo importante, sin distraerse en cuestiones colaterales.

Manifestaciones de afecto y cercanía

El viaje de Juan Pablo II marcó un hito en las relaciones entre judíos y cristianos. La noticia de su llegada apenas ocupaba, al día siguiente, un pequeño recuadro en las páginas de los periódicos israelíes. Pero su figura fue adquiriendo tal protagonismo que su despedida terminó siendo el tema principal de todas las portadas. ¿Qué había pasado? El Papa había protagonizado dos gestos que impresionaron y tocaron el corazón: manifestó en silencio su consternación por la Shoah en el Yad Vashem, y dejó en una grieta del Muro Occidental una oración en la que pedía perdón a Dios por los sufrimientos padecidos por el pueblo judío. Su viaje, como el actual de Benedicto XVI, tampoco se enmarcaba en un contexto de estrategia política, sino en el clima de oración del gran jubileo del año 2000, pero dejó una huella imborrable.

Las manifestaciones de afecto y cercanía por parte de la Iglesia Católica hacia el pueblo judío están siendo objeto de una particular atención en el pontificado de Benedicto XVI. Se podría recordar que uno de sus primeros actos, a los pocos meses de su elección, fue visitar la Sinagoga de Colonia, donde condenó expresamente el régimen nazi y donde formuló el compromiso de consolidar los lazos de amistad entre la Iglesia y los judíos. En su posterior viaje a Polonia, estuvo en el campo de exterminio de Auschwitz y allí destacó el vínculo histórico vital entre el Cristianismo y el Judaísmo. Hace pocos meses, el pasado 26 de febrero, en presencia de representantes de organizaciones judías, haciendo memoria de la Shoah, oró para que “la memoria de este espantoso crimen fortalezca nuestra determinación de sanar las heridas que durante demasiado tiempo han manchado las relaciones entre cristianos y judíos”.

Momentos difíciles

Sin embargo, no han faltado en este tiempo tensiones entre algunas instancias de Israel y del pueblo judío con la Santa Sede, debidas, en gran parte, a que algunas actuaciones pontificias saltaron precipitadamente a los medios de comunicación, sin la precisión y el rigor necesarios para que se captaran en su verdadera realidad. Me refiero, por ejemplo, a las reacciones suscitadas por la autorización en julio de 2007 de un uso más extendido de la versión tradicional de la Misa Latina según el Misal romano de 1962. El motivo es que en el ritual del Viernes Santo de ese Misal se contiene una plegaria por la conversión de los judíos, que muchos líderes hebreos consideran contraria a la comprensión y respeto mutuos que se venían manifestando entre ambas comunidades en los últimos años. La versión revisada de esa oración que Benedicto XVI hizo publicar el 4 de febrero de 2008 tampoco logró que se superasen los recelos surgidos.

Otro momento particularmente difícil se vivió en el pasado mes de enero con motivo del levantamiento de la excomunión a cuatro obispos de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, entre los cuales estaba Richard Williamson, que en una entrevista había puesto en duda la magnitud del exterminio judío llevada a cabo por el régimen nazi. Aunque el levantamiento de la excomunión nada tenía que ver con esas declaraciones.

Una sólida base para construir una convivencia respetuosa y pacífica

No obstante, en el diálogo entre cristianos y judíos se ha seguido avanzando mucho, a partir de la línea marcada por Declaración Nostra aetate del Concilio Vaticano II, por parte de la Iglesia católica, y de algunas manifestaciones colectivas relevantes como la Declaración judía sobre los cristianos y el cristianismo Dabru emet del año 2002. Los avances continúan, paso a paso, sorteando escollos ocasionales como los antes mencionados.

Desde el rico patrimonio espiritual común, se ha podido reflexionar y encontrar puntos de convergencia acerca de cuestiones tan variadas como la santidad de la vida, los valores de la familia, la justicia social y la conducta ética, la importancia de la Palabra de Dios expresada en las Sagradas Escrituras para la sociedad y la educación, la relación entre las autoridades civiles y religiosas, y la libertad de religión y de conciencia.

Pero aún quedan puntos de desencuentro en el ámbito doctrinal. Pienso que el problema teológico más relevante es el que se refiere al valor salvífico universal de Cristo y el modo en que sea compatible con el mantenimiento en vigor de la alianza de Dios con el pueblo judío. Ligado estrechamente a esta cuestión, también se plantea la relativa a si Jesucristo quiso fundar la Iglesia, o ésta es fruto del desarrollo histórico de una rama del judaísmo, que tiene como referencia la predicación de Jesús, y que con el correr del tiempo y las vicisitudes históricas del siglo I se desgajó de ese tronco y entró en conflicto con él. No faltan quienes abrigan esperanzas de que se puedan encontrar fórmulas de convergencia asumidas por ambas partes acerca de estas cuestiones, que presten solidez a un reconocimiento mutuo más fraterno.

Benedicto XVI está convencido de que el afecto más auténtico y cordial es el que nace de unas relaciones sinceras construidas sobre la verdad, alcanzada con sosiego y sin precipitaciones de política cultural. Por eso, el pasado 12 de marzo afirmaba que “la Iglesia reconoce que los comienzos de su fe se fundan en la histórica intervención divina en la vida del pueblo judío y aquí se funda nuestra relación única. El pueblo judío, que fue escogido como el pueblo elegido, comunica a la entera familia humana el conocimiento y la fidelidad al Dios uno, único y verdadero. Los cristianos reconocemos de buen grado que nuestras propias raíces se encuentran en la misma auto revelación de Dios, de la que se nutre la experiencia religiosa de los judíos”. Tenemos, pues, una sólida base para construir una convivencia respetuosa y pacífica de modo estable.

Un viaje muy oportuno

En ese contexto, con sus luces y sombras, el viaje del Papa a Israel y Tierra Santa se presenta como muy oportuno. Desde el punto de vista cristiano, porque constituye una ocasión excelente de manifestar el reconocimiento debido a “nuestros hermanos mayores en la fe” como denominó Juan Pablo II a los judíos, y de compartir con ellos un sincero deseo de paz. Desde la perspectiva del pueblo judío, se espera que la presencia del Papa en Israel pueda contribuir a fortalecer ese diálogo fraterno que sirva para erradicar los prejuicios anti-judíos, presentes aún en ciertos círculos cristianos.

“Mi intención –ha declarado Benedicto XVI– es pedir especialmente el precioso don de la paz y la unidad tanto en la región como en toda la familia humana. (…) Ojalá que mi visita ayude a profundizar el diálogo de la Iglesia con el pueblo judío, de forma que judíos y cristianos y también musulmanes puedan vivir en paz y armonía en esta Tierra Santa”. Las palabras y los gestos en los que se concretará ese propósito, y las adhesiones que suscitará ese mensaje de paz son las mejores noticias que cabe esperar de este viaje.

Santa Sede-Israel, entre la amistad y la desconfianza

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Las relaciones entre cristianos y judíos han mejorando notablemente en los últimos cuarenta años, con los desarrollos doctrinales del Vaticano II sobre el judaísmo, los gestos y palabras de Juan Pablo II, y el ininterrumpido diálogo interreligioso

08 de mayo de 2009

En diciembre de 1993 se firmó un Acuerdo Fundamental entre la Santa Sede y el Estado de Israel por el que se establecían relaciones diplomáticas. Se cumplía así un antiguo deseo del mundo judío. Como gesto de buena voluntad, Juan Pablo II optó por proponer un Acuerdo Fundamental y negociar más tarde cuestiones concretas, como el estatuto jurídico de las instituciones eclesiásticas y su tratamiento fiscal.

Y pasaron 15 años

Parecía que todo podía arreglarse con rapidez, pero se necesitaron cuatro años –hasta noviembre de 1997– para que la Iglesia obtuviera reconocimiento jurídico en Israel, con una lentitud que en el Vaticano produjo perplejidad y preocupación. La Iglesia católica tiene unas trescientas instituciones en Tierra Santa, que incluyen iglesias, conventos, escuelas y organismos de caridad.

Sin embargo, quince años después del establecimiento de relaciones diplomáticas, todavía hay cuestiones que siguen sin resolverse. El acuerdo sobre el reconocimiento jurídico de la Iglesia aún no ha sido ratificado por la Knesset (Parlamento).

El acuerdo sobre el tratamiento fiscal de las propiedades de la Iglesia católica parece cercano, pero aún no se ha firmado. Según la ley israelí, los templos están exentos de pagar el impuesto sobre bienes inmuebles, pero la Iglesia posee también otras instalaciones (hoteles para peregrinos, escuelas, residencias…) cuyo estatuto fiscal es controvertido. El pasado 30 de abril se reunió la comisión negociadora “en una atmósfera de gran amistad y espíritu de cooperación y buena voluntad”, según el comunicado. Pero la negociación no se cerró, y se ha dado una nueva cita para el 10 de diciembre de 2009 en el Vaticano.

Otro punto de conflicto repetido tiene que ver con la concesión de visados y permisos de residencia al personal eclesiástico. En 2004 las Iglesias denunciaron estas restricciones de visados, que entonces afectaban a 138 religiosos. El problema radica en que los ciudadanos de los países árabes por regla general sólo reciben visados para entrar una sola vez, y no de entrada múltiple. Además, deben someterse a procedimientos de aprobación muy lentos. Esta norma, justificada con razones de seguridad, el Estado de Israel la aplica también al clero.

Esto trae graves problemas al trabajo pastoral de la Iglesia. El patriarcado latino dispone de dos centenares de sacerdotes, religiosos y religiosas que proceden de los territorios palestinos, Jordania, Egipto, Irak y Líbano. El problema es que, incluso cuando un sacerdote egipcio o jordano destacado en Jerusalén o Belén acude a visitar a su familia por vacaciones, debe después esperar semanas o meses hasta que le permitan de nuevo la entrada. La complicación se amplía por el hecho de que el patriarcado latino no sólo abarca a Israel y los territorios, sino también a Jordania y Chipre, por lo que el personal eclesiástico necesita cierta libertad de movimientos.

En una entrevista realizada por Vicente Poveda en diciembre de 2008, el franciscano Artemio Vítores, vicario de la Custodia de Tierra Santa, declaraba a propósito de los visados que en Israel “vives con el sentimiento de que tienes una espada de Damocles sobre tu cabeza”, pues siempre hay la incertidumbre de que, si creas algún problema, te quiten la residencia.

La cuestión de los visados preocupa también por el hecho de que en el nuevo gobierno de Binyamin Netanyahu el Ministerio del Interior se haya adjudicado a un miembro del partido religioso Shas. La última vez que el Shas controló este ministerio hubo un frenazo total a la concesión de visados al personal eclesiástico.

El asunto inquieta también a Benedicto XVI, quien al recibir las cartas credenciales del nuevo embajador israelí ante la Santa Sede en mayo del año pasado, se refirió a “algunas dificultades causadas por las continuas incertidumbres sobre los derechos y estatus legal” de los eclesiásticos , y mencionó en particular la cuestión de los visados (cfr. Aceprensa, 13-05-2008).

Los cristianos emigran

Otros que dependen también de los permisos israelíes son los cristianos de los territorios ocupados. El padre Artemio Vítores lamentaba esta situación en la entrevista: “En Belén, los cristianos vivían especialmente de ir a trabajar a Jerusalén. Pero el muro lo ha cortado todo. Ahora, para trabajar en Jerusalén necesitan un permiso especial, renovable cada tres meses, que los israelíes dan a quien quieren y retiran cuando quieren. El muro, además, se cierra con frecuencia”. Muchos han perdido su trabajo. “Los cristianos son cada vez una minoría más pequeña y probablemente tienen miedo también de que les tachen de pro israelíes al aceptar los visados”.

En consecuencia, muchos cristianos palestinos emigran por la falta de perspectivas económicas y por la ocupación israelí. En Belén, que tiene 30.000 habitantes, en 1967 la población cristiana era el 70% y hoy no llega al 15%. En su mayoría se van los hombres jóvenes, lo que trae el problema añadido de que las chicas no encuentran con quién casarse.

También por esa contracción de la población cristiana las peregrinaciones a Tierra Santa son importantes. Desde el punto de vista psicológico, para que los cristianos de Tierra Santa se vean acompañados por cristianos de otras partes del mundo. Y desde el punto de vista económico, por los ingresos que supone el turismo religioso.

Los cristianos en Israel son hoy el 2,1% de una población total de 7,1 millones de habitantes, en un país donde el 75,8% son judíos y el 16,5% musulmanes. En su discurso al recibir al embajador de Israel, el Papa subrayó que esta presencia cristiana representa “un potencial para contribuir significativamente a cicatrizar la separación entre ambas comunidades”, judía y musulmana. Benedicto XVI habló entonces de su sueño de que todas las personas de Tierra Santa puedan vivir en paz “en dos Estados soberanos independientes”, expresión que el gobierno de Netayahu se resiste a emplear.

Reacciones asimétricas

En las relaciones entre la Santa Sede e Israel, cuando una de las partes se queja de una postura de la otra, se observan reacciones asimétricas.

En 2007, en el memorial de Yad Vashem de Jerusalén, se puso un gran retrato de Pío XII junto a fotos aéreas del campo de exterminio Auschwitz-Birkenau, con unos textos que acusaban al pontífice de indiferencia ante el holocausto judío. Ninguno de ellos recuerda los agradecimientos de la comunidad judía a Pío XII al término de la guerra. El Nuncio protestó, pero el retrato y los textos siguen ahí. En su viaje a Israel, Benedicto XVI visitará Yad Vashem, aunque no entrará en el museo donde se ofende la memoria de Pío XII.

En cambio, cuando Benedicto XVI, con el deseo de superar el cisma de los tradicionalistas lefebvrianos, levantó la excomunión a cuatro obispos, entre ellos a Richard Williamson, se armó el gran escándalo. Williamson había hecho unas declaraciones negando el Holocausto, cosa que la Santa Sede por lo visto ignoraba. La oficina de prensa de la Santa Sede y el propio Benedicto XVI tuvieron que salir al paso, para explicar que lo único que se buscaba era recomponer la unidad en la Iglesia, que el levantamiento de la excomunión era solo un paso previo que aún no suponía la reintegración de los obispos lefebvrianos, y que en modo alguno esta medida implicaba dar por buena las insostenibles opiniones de Williamson sobre el Holocausto.

La aclaración era sin duda necesaria, después de un error de comunicación. Pero lo más llamativo es que esta decisión del Papa, que no tenía que ver directamente con las relaciones entre católicos y judíos, pareciera en un primer momento anular todo el proceso de acercamiento de cuatro décadas. El Gran Rabinato de Israel anunció que cortaba sus relaciones con el Vaticano y canceló una reunión prevista.

Después las aguas se calmaron. El rabino David Rosen, encargado del diálogo interreligioso en el Gran Rabinato de Israel, dijo que “las comunidades judía y católica tienen demasiadas cosas en común como para cuestionar su relación de más de cuarenta años”. También es verdad que el viaje de Benedicto XVI a Tierra Santa, que sin duda interesa al Estado de Israel, estaba aún por confirmar, y el rabino Rosen se apresuraba a decir que “en el contexto de este episodio, es todavía más necesario para las relaciones judeo-cristianas que el Papa visite Israel y Tierra Santa” (La Croix, 12-02-2009).

Cuando la Santa Sede hace algo que no gusta a los israelíes –como el caso Williamson o la valoración de la figura de Pío XII, o las críticas a las matanzas de Gaza– enseguida se denuncia como una falta de colaboración en la lucha contra el antisemitismo. Pero cuando la intolerancia se dirige contra el cristianismo en Israel, el baremo no suele ser el mismo. A raíz del caso Williamson, en un programa televisivo de Canal 10, el comediante Lior Shlein ridiculizó con palabras e imágenes blasfemas a la Virgen María y a José, dentro de una emisión que el Vaticano consideró como “un vulgar y ofensivo acto de intolerancia hacia los sentimientos religiosos de los creyentes cristianos”. La cadena pidió disculpas después. Pero no cabe duda de que ninguna cadena europea se hubiera permitido hacer un programa de ese tipo para ridiculizar a los judíos.

Igualmente, se producen en Israel actos anticristianos que, si ocurrieran en otros países contra judíos se pondría el grito en el cielo. El padre Artemio Vítores cuenta uno significativo: “Hace unas semanas volvíamos los frailes [franciscanos] de Getsemaní. Cuando llegamos a la Ciudad Vieja nos encontramos una manifestación de judíos ortodoxos, todos muy jóvenes. Al parecer, recorren Jerusalén una vez al mes para decir que la ciudad es suya. Cuando vieron a los frailes, hubo insultos, escupitajos a la cara, en el hábito. Los policías no hicieron nada”. Los mismos ultraortodoxos organizan de vez en cuando quemas públicas del Nuevo Testamento. Estos incidentes, aunque sean aislados y obra de extremistas, llevan a preguntarse por las raíces de ese anticristianismo.

En el mundo católico, ha habido en los últimos tiempos una seria preocupación por desmontar prejuicios contra el judaísmo y revisar con este fin textos escolares. Pero ¿qué es lo que aprenden del cristianismo en las escuelas de Israel? “Más bien cosas negativas”, responde el P. Artemio Vítores, franciscano, vicario de la Custodia de Tierra Santa.

Benedicto XVI visita la tierra de “nuestros hermanos mayores en la fe”

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D. Francisco Varo, Profesor Agregado de Antiguo Testamento de la Universidad de Navarra escribe sobre el sentido del viaje del Santo Padre a Tierra Santa y el estado actual de las relaciones entre la Iglesia católica y el judaísmo

08 de mayo de 2009

Opus Dei -

Benedicto XVI emprende su peregrinación a Tierra Santa para rezar en los Santos Lugares, manifestar su cercanía a los cristianos que viven momentos difíciles, y llevar un mensaje de paz y reconciliación a todos: israelíes y palestinos; judíos, musulmanes, drusos o cristianos.

No se trata de un Jefe de Estado en visita de cortesía a los países de la zona, aprovechando de paso la ocasión para cerrar cuestiones pendientes en las relaciones bilaterales, como pueden ser el tratamiento fiscal de las propiedades eclesiásticas en Israel, o la dura política de concesión de visas a religiosos católicos. Tampoco es un mediador internacional dispuesto a entablar una ronda de conversaciones con los líderes implicados, en busca de una solución al conflicto árabe-israelí. El Papa es un personaje de relevancia pública internacional y un viaje de estas características siempre tiene muchas dimensiones, y está abierto a interpretaciones y valoraciones desde todos estos puntos de vista. Pero descubrir lo que hay de auténtica noticia en una agenda tan cargada de acontecimientos exige poner esfuerzo por captar lo importante, sin distraerse en cuestiones colaterales.

Manifestaciones de afecto y cercanía

El viaje de Juan Pablo II marcó un hito en las relaciones entre judíos y cristianos. La noticia de su llegada apenas ocupaba, al día siguiente, un pequeño recuadro en las páginas de los periódicos israelíes. Pero su figura fue adquiriendo tal protagonismo que su despedida terminó siendo el tema principal de todas las portadas. ¿Qué había pasado? El Papa había protagonizado dos gestos que impresionaron y tocaron el corazón: manifestó en silencio su consternación por la Shoah en el Yad Vashem, y dejó en una grieta del Muro Occidental una oración en la que pedía perdón a Dios por los sufrimientos padecidos por el pueblo judío. Su viaje, como el actual de Benedicto XVI, tampoco se enmarcaba en un contexto de estrategia política, sino en el clima de oración del gran jubileo del año 2000, pero dejó una huella imborrable.

Las manifestaciones de afecto y cercanía por parte de la Iglesia Católica hacia el pueblo judío están siendo objeto de una particular atención en el pontificado de Benedicto XVI. Se podría recordar que uno de sus primeros actos, a los pocos meses de su elección, fue visitar la Sinagoga de Colonia, donde condenó expresamente el régimen nazi y donde formuló el compromiso de consolidar los lazos de amistad entre la Iglesia y los judíos. En su posterior viaje a Polonia, estuvo en el campo de exterminio de Auschwitz y allí destacó el vínculo histórico vital entre el Cristianismo y el Judaísmo. Hace pocos meses, el pasado 26 de febrero, en presencia de representantes de organizaciones judías, haciendo memoria de la Shoah, oró para que “la memoria de este espantoso crimen fortalezca nuestra determinación de sanar las heridas que durante demasiado tiempo han manchado las relaciones entre cristianos y judíos”.

Momentos difíciles

Sin embargo, no han faltado en este tiempo tensiones entre algunas instancias de Israel y del pueblo judío con la Santa Sede, debidas, en gran parte, a que algunas actuaciones pontificias saltaron precipitadamente a los medios de comunicación, sin la precisión y el rigor necesarios para que se captaran en su verdadera realidad. Me refiero, por ejemplo, a las reacciones suscitadas por la autorización en julio de 2007 de un uso más extendido de la versión tradicional de la Misa Latina según el Misal romano de 1962. El motivo es que en el ritual del Viernes Santo de ese Misal se contiene una plegaria por la conversión de los judíos, que muchos líderes hebreos consideran contraria a la comprensión y respeto mutuos que se venían manifestando entre ambas comunidades en los últimos años. La versión revisada de esa oración que Benedicto XVI hizo publicar el 4 de febrero de 2008 tampoco logró que se superasen los recelos surgidos.

Otro momento particularmente difícil se vivió en el pasado mes de enero con motivo del levantamiento de la excomunión a cuatro obispos de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, entre los cuales estaba Richard Williamson, que en una entrevista había puesto en duda la magnitud del exterminio judío llevada a cabo por el régimen nazi. Aunque el levantamiento de la excomunión nada tenía que ver con esas declaraciones.

Una sólida base para construir una convivencia respetuosa y pacífica

No obstante, en el diálogo entre cristianos y judíos se ha seguido avanzando mucho, a partir de la línea marcada por Declaración Nostra aetate del Concilio Vaticano II, por parte de la Iglesia católica, y de algunas manifestaciones colectivas relevantes como la Declaración judía sobre los cristianos y el cristianismo Dabru emet del año 2002. Los avances continúan, paso a paso, sorteando escollos ocasionales como los antes mencionados.

Desde el rico patrimonio espiritual común, se ha podido reflexionar y encontrar puntos de convergencia acerca de cuestiones tan variadas como la santidad de la vida, los valores de la familia, la justicia social y la conducta ética, la importancia de la Palabra de Dios expresada en las Sagradas Escrituras para la sociedad y la educación, la relación entre las autoridades civiles y religiosas, y la libertad de religión y de conciencia.

Pero aún quedan puntos de desencuentro en el ámbito doctrinal. Pienso que el problema teológico más relevante es el que se refiere al valor salvífico universal de Cristo y el modo en que sea compatible con el mantenimiento en vigor de la alianza de Dios con el pueblo judío. Ligado estrechamente a esta cuestión, también se plantea la relativa a si Jesucristo quiso fundar la Iglesia, o ésta es fruto del desarrollo histórico de una rama del judaísmo, que tiene como referencia la predicación de Jesús, y que con el correr del tiempo y las vicisitudes históricas del siglo I se desgajó de ese tronco y entró en conflicto con él. No faltan quienes abrigan esperanzas de que se puedan encontrar fórmulas de convergencia asumidas por ambas partes acerca de estas cuestiones, que presten solidez a un reconocimiento mutuo más fraterno.

Benedicto XVI está convencido de que el afecto más auténtico y cordial es el que nace de unas relaciones sinceras construidas sobre la verdad, alcanzada con sosiego y sin precipitaciones de política cultural. Por eso, el pasado 12 de marzo afirmaba que “la Iglesia reconoce que los comienzos de su fe se fundan en la histórica intervención divina en la vida del pueblo judío y aquí se funda nuestra relación única. El pueblo judío, que fue escogido como el pueblo elegido, comunica a la entera familia humana el conocimiento y la fidelidad al Dios uno, único y verdadero. Los cristianos reconocemos de buen grado que nuestras propias raíces se encuentran en la misma auto revelación de Dios, de la que se nutre la experiencia religiosa de los judíos”. Tenemos, pues, una sólida base para construir una convivencia respetuosa y pacífica de modo estable.

Un viaje muy oportuno

En ese contexto, con sus luces y sombras, el viaje del Papa a Israel y Tierra Santa se presenta como muy oportuno. Desde el punto de vista cristiano, porque constituye una ocasión excelente de manifestar el reconocimiento debido a “nuestros hermanos mayores en la fe” como denominó Juan Pablo II a los judíos, y de compartir con ellos un sincero deseo de paz. Desde la perspectiva del pueblo judío, se espera que la presencia del Papa en Israel pueda contribuir a fortalecer ese diálogo fraterno que sirva para erradicar los prejuicios anti-judíos, presentes aún en ciertos círculos cristianos.

“Mi intención –ha declarado Benedicto XVI– es pedir especialmente el precioso don de la paz y la unidad tanto en la región como en toda la familia humana. (…) Ojalá que mi visita ayude a profundizar el diálogo de la Iglesia con el pueblo judío, de forma que judíos y cristianos y también musulmanes puedan vivir en paz y armonía en esta Tierra Santa”. Las palabras y los gestos en los que se concretará ese propósito, y las adhesiones que suscitará ese mensaje de paz son las mejores noticias que cabe esperar de este viaje.

Francisco Varo, Profesor Agregado de Antiguo Testamento (Universidad de Navarra)

Visita de Benedicto XVI a la República Checa

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El Papa quiere sacar a los católicos de la mentalidad de gueto y despertar su empuje en la sociedad civil

Brno. Cuando el Papa Juan Pablo II vino en 1990 a Checoslovaquia, para muchos fue un símbolo definitivo del fin de la era comunista en esta tierra, que ha sido por tradición muy cristiana. Durante su pontificado, Karol Woyjtila visitó la Républica Checa otras dos veces, en 1995 y 1997. Ahora, coincidiendo con el vigésimo aniversario de la canonización de santa Inés, una de las grandes santas checas, y también cuando el país conmemora a su patrón, san Wenceslao, el Papa Benedicto XVI estará aquí los días 26-28 de septiembre para unirse a las celebraciones.

Opus Dei -

Checoslovaquia adquirió la independencia en 1918, tras casi cuatro siglos gobernada por los Habsburgo. En 1938 perdía su autonomía al quedar sometida al III Reich de Adolf Hitler, y recuperaba su libertad en 1945. Tres años después, los comunistas asumieron las riendas del gobierno y se perpetuaron durante cuarenta y un años. En 1989 el comunismo sucumbió y, poco después, en 1993 la federación checoslovaca se escindió en dos repúblicas: la República Checa y Eslovaquia.

La República Checa tiene unos diez milliones de habitantes que ocupan las tres regiones históricas de Bohemia, Moravia y Silesia. La capital, Praga, está situada en Bohemia, la parte más grande del país, y es una de las ciudades más visitadas del Viejo Continente, después de París, Roma y Londres.

Inestabilidad política

Chequia es uno de los países donde el comunismo tuvo más éxito en la implantación del ateísmo

Actualmente la situación política es de crisis. Las últimas elecciones a la Cámara de Diputados de junio de 2006 quedaron en empate, ya que socialistas y comunistas juntos sumaron cien legisladores, y los partidos de centro y derecha otros tantos. Estos últimos (conservadores, democristianos y verdes) forjaron una coalición con la ayuda de dos desertores socialistas, a los que no gustó el acercamiento de los socialdemócratas a los comunistas. Pero la coalición fue muy inestable, y después de cuatro mociones de censura, en marzo de 2009 la oposición consiguió que cayera el Ejecutivo tricolor.

La inestabilidad ha creado bastante descontento entre la población, ya que esto pasó durante la presidencia checa de la Unión Europea y coincidiendo con la crisis económica. Se constituyó un gobierno interinio de tecnócratas para administrar el país hasta las elecciones anticipadas de octubre de 2009. Pero un recurso a la Corte Constitutional ha provocado una cancelación de dichos comicios por supuesta inconstitucionalidad. Ahora parece que ese Ejecutivo temporal va prolongarse hasta mayo de 2010, lo que supone varios riesgos. El principal es el económico, porque el desempleo está subiendo, el poder adquisitivo disminuye, la deuda estatal se acerca al 30% del PIB y el déficit fiscal será posiblemente un récord: 160.000 millones de coronas checas, unos 6.500 millones de euros.

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La situación de la Iglesia

En la historiografía nacionalista, la Iglesia católica ha sido presentada como aliada de los Habsburgo, y contraria a las aspiraciones independentistas de la población de Bohemia. Tras la emancipación de la monarquía austro-húngara, la nueva república rechazó todo lo que tenía algo que ver con Austria, incluido el catolicismo. Y lo que no fue destruido por el gobierno anti-católico, que hasta fundó una Iglesia nacional (la Iglesia husita de Checoslovaquia), lo fue por el régimen comunista desde 1948.

Los católicos son el 27% de la población y están entusiasmados ante la visita del Papa

La fe se conservaba en el campo, pero desapareció de las ciudades. Por el hecho de ser católico, uno no tenía posibilidad de acceder a un buen empleo, de viajar (ni siquiera a otros países comunistas), sus hijos no podían entrar en la universidad, etc. Ante el intento del Estado comunista de controlar la Iglesia católica, creando una especie de Iglesia oficial, empezó a funcionar una Iglesia subterránea. A esta pertenecían gentes que, por su profesión, causas familiares y otras razones, no podían mostrar su fe externamente. Por desgracia situaciones extremas producen medios extremos. La Iglesia subterránea utilizaba todos los medios posibles para salvar la fe en el país, incluso consagrando sacerdotes sin permiso, haciendo cambios en la liturgia, etc. El cardinal Ratzinger se encargó de subsanar estos errores después de la caída del comunismo.

Ahora la situación eclesiástica no es muy favorable. Según el censo del 2001, un 27% de la población se declara católica, y un 2,1% protestante. Entre el 1 y el 2 por ciento declaran una otra fe. El resto no contestan, lo que no implica que sean oficialmente ateos. De los que se declaran cristianos, sólo una pequeňa parte son católicos practicantes. En Praga, por ejemplo, sólo 0,9% de ese censo acude a misa semanalmente.

Hoy la mayoría de los católicos viven en Moravia, es decir, en la zona oriental del país. El mundo católico es muy pequeño, de tal manera que la mayoría se conocen o personalmente o a través de un conocido común.

Sin acuerdo entre la Santa Sede y el Estado

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Una de las cuestiones pendientes en la Iglesia en Chequia es el nombramiento de un nuevo arzobispo de Praga, tras el anuncio de la retirada del actual titular, el cardenal Miloslav Vlk.

La escasez de vocaciones sacerdotales es otro problema. En los dos seminarios del país hay en total ochenta seminaristas, una cifra claramente insuficiente.

Los dirigentes políticos mantienen una actitud de confrontación con la Iglesia. En junio de 2003, el Parlamento rechazó el acuerdo que había sido firmado por el Ministro de Asuntos Exteriores y el Nuncio para regular las relaciones entre el Estado y la Iglesia católica. Contra el acuerdo votaron diputados de distintas ideologías: comunistas, la mayoría de los del Partido Cívico Democrático del actual presidente de la República, Václav Klaus, y parte de los sociademócratas.

Todavía hoy Chequia es el único país poscomunista centroeuropeo que no tiene un acuerdo con el Vaticano. También sigue sin resolverse el litigio sobre la propiedad de la catedral de san Vito, en Praga.

Ambiente ante la visita

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Dada la crisis política y económica, y el relativamente pequeño número de católicos practicantes, la visita del Papa no está considerada como un evento demasiado importante. Otra razón puede ser también el temperamento de los checos. Aquí no es habitual gritar, corear o cantar durante las visitas del Papa. No se ponen pancartas ni carteles por las calles, ni banderas vaticanas. El ambiente es, en general, indiferente.

Para mucha gente el Papa es un gobernante extranjero más, aunque su país sea peculiar. Y los medios de comunicación sólo dan breves noticias de la visita. La última era que el Papa va a tener más medidas de seguridad que Barack Obama, quien visitó el país recientemente.

Pero sí hay mucha expectación entre los católicos, que se preguntan sobre cuál será el mensaje del Santo Padre.

El Papa Benedicto XVI llega a Praga el sábado 26 de septiembre al mediodía. Según su deseo explícito, va a visitar la iglesia de Nuestra Seňora de la Victoria, donde se encuentra el Niňo Jesús de Praga. Esta milagrosa imagen une a la República Checa y España, ya que antes pertenecía a una noble española.

Ese mismo día subirá al Castillo de Praga, donde tiene planeado un encuentro con el presidente del país, Václav Klaus, y con otros representantes políticos. Después de estos encuentros oficiales, el Papa rezará en la Catedral de san Vito, que forma junto con el Castillo uno de los conjunto arquitectónicos más grandes del mundo. En la catedral, el Papa tendrá un encuentro con sacerdotes y religiosos.

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El domingo el Papa viajará en avión a Brno, en cuyo aeropuerto celebrará una misa para la que se espera una participación de 100.000 personas. La celebración litúrgica tendrá lugar aquí, y no en Praga, porque Brno está cerca de la frontera con Polonia y Eslovaquia, y así se facilita la llegada de muchos peregrinos de estos países católicos. Y además –como antes dijimos–, la mayoría de los católicos en la República Checa viven aquí, en Moravia. Después de la misa, el Papa volverá a Praga, donde por la tarde tendrá primero un encuentro con representantes de Consejo ecuménico de las Iglesias y luego con la comunidad universitaria.

El último día de la visita del Papa es el lunes 28 de septiembre, solemnidad de san Wenceslao. Por la maňana, el papa viajará a Stará Boleslav y celebrara la Misa en la basílica de san Wenceslao. Este encuentro está destinado a los jóvenes y por eso el Papa va a tener un mensaje para ellos después del acto litúrgico.

El presidente de la Conferencia Episcopal, Jan Graubner, ha dicho que la visita de Benedicto XVI “es para nosotros un estímulo de nuestra fe (…) Para nuestra país es un honor, porque este Papa, como se sabe, no hace tantos viajes como Juan Pablo II”. Y es cierto. Esta viaje va ser el decimotercero de Benedicto XVI. De Europa, sólo ha visitado Alemania, Polonia, España, Austria y Francia. Así es como perciben su visita las esferas oficiales del país, como un honor. Los católicos están entusiasmados. A otros no les importa demasiado, pero seguro que dejará poso.

Benedicto XVI en Jerusalen. Visita a los dos Grandes Rabinos de Jerusalén Centro

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Martes, 12 de mayo de 2009

Distinguidos rabinos,

Queridos amigos,

Estoy agradecido por la invitación que me han hecho para visitar Hechal Shlomo y a encontrarme con ustedes durante este viaje a Tierra Santa como obispo de Roma. Agradezco al rabino sefardí Shlomo Amar y al rabino Askenazi Yona Metzger por sus calurosas palabras de bienvenida y por el deseo expresado de continuar fortaleciendo los vínculos de amistad que la Iglesia Católica y el Gran Rabinato se han comprometido diligentemente a avanzar en el último decenio. Sus visitas al Vaticano en el 2003 y el 2005 son un signo de la buena voluntad que caracteriza nuestras crecientes relaciones.

Distinguidos rabinos, en reciprocidad ante tal actitud les manifiesto mi personal sentimiento de respeto y estima por ustedes y sus comunidades. Les aseguro mi deseo de profundizar la mutua comprensión y cooperación entre la Santa Sede, el Gran Rabinato de Israel y el pueblo judío en todo el mundo.

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Un gran motivo de satisfacción para mí desde el inicio de mi pontificado ha sido el fruto producido por el diálogo en curso entre la delegación de la comisión de la Santa Sede para las Relaciones Religiosas con los judíos y la delegación del Gran Rabinato de Israel para las Relaciones con la Iglesia Católica. Deseo agradecer a los miembros de ambas delegaciones por su dedicación y el fatigoso trabajo para perfeccionar esta iniciativa, tan deseada por mi venerado predecesor, el papa Juan Pablo II, como él mismo afirmó en el Gran Jubileo del año 2000.

Nuestro encuentro de hoy es una ocasión muy apropiada para agradecer al Omnipotente por las muchas bendiciones que han acompañado el diálogo conducido por la comisión bilateral, y por mirar con esperanza sus futuras sesiones. La buena voluntad de los delegados para discutir abierta y pacientemente no los solo los puntos de acuerdo, sino también los puntos de discordancia, ha allanado el camino para lograr una colaboración más efectiva en la vida pública. Judíos y cristianos están interesados por igual en asegurar el respeto por la sacralidad de la vida humana, la centralidad de la familia, una sólida educación de los jóvenes, la libertad de religión y de conciencia para una sociedad sana. Estos temas de diálogo representan solo la fase inicial de aquello que esperamos sea un sólido y progresivo camino hacia una mejorada comprensión recíproca.

Una indicación del potencial de esta serie de encuentros se ha rápidamente visto en nuestra preocupación compartida de frente al relativismo moral y a las ofensas que ello genera contra la dignidad de la persona humana. En el acercamiento a las más urgentes cuestiones éticas de nuestros días, nuestras dos comunidades se encuentran ante el desafío de comprometer a las personas de buena voluntad a nivel de la razón, añadiendo simultáneamente los fundamentos religiosos que mejor sostienen los perennes valores morales. Que pueda el diálogo que ha sido iniciado continuar generando ideas de cómo sea posible a los Cristianos y a los judíos trabajar juntos para aumentar la consideración de la sociedad por las contribuciones características de nuestras tradiciones religiosas y éticas. Aquí en Israel los cristianos, desde el momento en que constituyen solamente una pequeña parte de la población total, valoran de modo particular las oportunidades de diálogo con sus vecinos hebreos.

La confianza es, innegablemente, un elemento esencial para un diálogo efectivo. Hoy tengo la oportunidad de repetir que la Iglesia Católica está irrevocablemente comprometida en el camino decidido en el Concilio Vaticano II para una auténtica y duradera reconciliación entre cristianos y judíos. Como la Declaración Nostra Aetate ha aclarado, la Iglesia continúa a valorizar el común patrimonio espiritual a los Cristianos y Hebreos, y desea una cada vez más profunda y mutua comprensión y estima, tanto mediante los estudios bíblicos y teológicos, como mediante los diálogos fraternos. ¡Que los siete encuentros de la comisión bilateral que ya han tenido lugar entre la Santa Sede y el Gran Rabinato puedan constituir una prueba! Soy reconociente de su compartida afirmación que la amistad entre la Iglesia Católica y el Gran Rabinato continuará a crecer en el respeto y comprensión.

Amigos míos, expreso una vez más mi profunda consideración por la bienvenida que me han dirigido hoy. Que nuestra amistad se siga poniendo como ejemplo de confianza en el diálogo para los judíos y cristianos de todo el mundo. Mirando los resultados alcanzados hasta ahora, y extrayendo nuestra inspiración de las Sagradas Escrituras, que podamos apuntar con confianza a una siempre más convencida cooperación entre nuestras comunidades – junto con todas las personas de buena voluntad – en condenar el odio y la opresión en todo el mundo. Oro a Dios, que escruta nuestros corazones y conoce nuestros pensamientos (Sal 139,23), para que continúe iluminándonos con su sabiduría, y así podamos seguir sus mandamientos de amarlo con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (cf. Dt 6,5) y amar al prójimo como a nosotros mismos (Lv 19,18).

¡Gracias!

150 aniversario del Dogma de la Inmaculada Concepción

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El 8 de diciembre se celebra la Inmaculada Concepción de María, patrona de España. Hace 150 años, en 1854, el Papa Pío IX proclamó que Dios ha preservado inmune a la Virgen de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción. Presentamos algunos textos de interés para orar.

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* “Declaramos, Proclamamos y Definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles”. De la Bula Ineffabilis Deus, Pío IX

* “María es la “llena de gracia” (Lc 1, 28), como afirma el ángel cuando le lleva el anuncio de su maternidad divina. La mente humana no puede pretender comprender un prodigio y un misterio tan grandes. La fe nos revela que la Inmaculada Concepción de la Virgen es prenda de salvación para toda criatura humana, peregrina en la tierra. La fe nos recuerda también que, en virtud de su singularísima condición, María es nuestro apoyo inquebrantable en la dura lucha contra el pecado y sus consecuencias.
Juan, el discípulo amado de Jesús, recibe a María, la introduce en su casa, en su vida. Los autores espirituales han visto en esas palabras, que relata el Santo Evangelio, una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas”. Juan Pablo II. Ángelus, del 8 de diciembre de 2003

* “Esta ‘resplandeciente santidad del todo singular’ de la que ella fue “enriquecida desde el primer instante de su concepción” (LG 56), le viene toda entera de Cristo: ella es “redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo” (LG 53). El Padre la ha “bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo” (Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. El la ha elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor (cf. Ef 1, 4)”. Catecismo de la Iglesia católica, p. 492

* “Una gran señal apareció en el cielo: una mujer con corona de doce estrellas sobre su cabeza. —Vestido de sol. —La luna a sus pies. (Apoc., XII, 1.) María, Virgen sin mancilla, reparó la caída de Eva: y ha pisado, con su planta inmaculada, la cabeza del dragón infernal. Hija de Dios, Madre de Dios, Esposa de Dios.
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la coronan como Emperatriz que es del Universo.
Y le rinden pleitesía de vasallos los Angeles…, y los patriarcas y los profetas y los Apóstoles…, y los mártires y los confesores y las vírgenes y todos los santos…, y todos los pecadores y tú y yo. San Josemaría Escrivá. ‘Santo Rosario’, 15

* Seguramente también vosotros, al ver en estos días a tantos cristianos que expresan de mil formas diversas su cariño a la Virgen María, os sentís más dentro de la Iglesia, más hermanos de todos esos hermanos vuestros. Es como en una reunión de familia, cuando los hijos mayores, que la vida ha separado, vuelven a encontrarse junto a su madre, con ocasión de alguna fiesta. Y, si alguna vez han discutido entre sí y se han tratado mal, aquel día no; aquel día se sienten unidos, se reconocen todos en el afecto común. San Josemaría Escrivá. ‘Es Cristo que pasa’, 139


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