Días de alegría y de dolor

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Rosario, la hermana pequeña, muere con sólo nueve meses de edad, de un modo casi repentino. Dos años más tarde se decide la Primera Comunión de Josemaría. Será el 23 de abril de 1912, día de San Jorge. Es tradicional en Aragón llevar los niños a la Eucaristía, por primera vez, en esa fecha.

Durante esta época -son muy recientes las disposiciones de Pío X sobre la conveniencia de acercar pronto a los niños al Sacramento de la Comunión-, resulta poco corriente en España que la reciban a tan corta edad. Un Congreso Eucarístico, celebrado en 1911, acaba de difundir las recomendaciones del Santo Padre Pío X. Gracias a esto, Josemaría puede recibir al Señor a los diez años. Para siempre guardará en su corazón el agradecimiento al Papa santo. Ha frecuentado la Confesión, preparado y alentado por sus padres. Ahora, el Padre Laborda le enseña el camino de llegada a esta unión íntima con Dios. Es él quien le ayuda a aprender una oración de deseo que llevará siempre en sus labios y en su corazón, la comunión espiritual: «Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los Santos» (13).

Este será un día solemne, de fiesta; un hito en la historia de su alma y en la germinación de su vida espiritual. Todos, y especialmente él, se preparan con gran cuidado para acercarse al Sacramento. Primero, con una buena confesión que le deja contento y feliz. Después, con un traje nuevo. El ambiente que le rodea facilita su penetración en la importancia del acontecimiento, en la trascendencia de su primer encuentro con el Amor dentro de su corazón.

Sólo unos meses más tarde van a caer muy duras pruebas sobre la familia Escrivá. El 10 de julio de 1912 muere María Dolores, Lolita, como se la llama y se la quiere en el ámbito familiar. Josemaría tiene ya más de diez años, pero sus padres quieren evitarle el dolor, precoz, de ver marchar a la pequeña que ha compartido los juegos colectivos(14)

Doña Dolores y don José llevan la desaparición de sus hijas con la misma entereza y valor, la misma cristiana entrega a la Voluntad de Dios con que aceptaron la alegría de su nacimiento. Y aún les queda un nuevo sacrificio. Asunción, que cuenta ya ocho años, compañera y adicta incansable a su hermano, muere el 6 de octubre de 1913(15). Josemaría tiene casi doce años y siente hondo, aunque sus padres procuran mantenerle a distancia, la enfermedad y la pérdida imprevista.

Está jugando junto a los soportales de la Plaza y tiene una intuición repentina. Se queda parado de pronto, y manifiesta a sus amigos la intención de ir a ver cómo sigue su hermana.

Sube corriendo la escalera y encuentra a doña Dolores, que esconde su dolor tras la actitud serena que pueda tranquilizar al muchacho. Le dice que Chon ya está en el Cielo. Josemaría se rebela contra ese hueco enorme que va dejando en la casa tanta desaparición. Llora despacio, y su madre ha de repetirle al oído los secretos planes del Cielo y de la Voluntad de Dios sobre los hombres.

Pasa unas semanas pensativo. Es un chico optimista, pero de gran sensibilidad para captar el dolor de sus padres. Con una lógica contundente e infantil piensa que, en esta escalada de la muerte sobre su familia, y por orden cronológico, ahora le toca a él. Incluso llega a decírselo a su madre como una predicción irremediable. Doña Dolores, cuando le oye, nota que el corazón le da un vuelco, pero se contiene. Y sonríe mientras le dice con enorme convicción: «No te preocupes, que tú estás pasado por la Virgen de Torreciudad»(16).

Pronto reanuda su vida habitual, con un abierto campo de intereses y afectos que restañan las últimas heridas. En el verano corretea por los campos del Somontano. Tiene aquello atractivos que recordará, con símbolos diversos, cuando los años le hayan hecho adulto. En Fonz, asiste embebido al modo de cocer el pan, al prodigio esponjoso de la levadura, al olor crujiente y apetitoso de las masas en el horno.

Mientras tanto, don José Escrivá se gasta diariamente con ejemplar laboriosidad. Aquella industria que le ha permitido una holgada generosidad y una vida sin preocupaciones económicas, empieza a dar síntomas de quiebra. Mantiene su alegría, ahorrando a su mujer y a sus hijos hasta el menor gesto de preocupación o de amargura. A causa de una competencia desleal, que se aprovecha de su rectitud, va perdiendo terreno en el negocio, que ya no se remonta. La ruina familiar es un hecho que llegará rápido, si no se reconocen algunas primacías y derechos.

Josemaría hablará siempre, en el inmenso cariño por su padre, de este tiempo en que la demolición de su amplia economía le fue cercando inexorable; de la falta de ayuda y confianza por parte de quienes habían recibido favores constantes; de la fortaleza con que don José y doña Dolores se van a enfrentar a la sucesión de soledad y pérdidas materiales.

Un día están jugando a las cartas Carmen y sus amigas. Han logrado un castillo de naipes con difícil equilibrio. Josemaría entra de pronto en la habitación y con un pequeño golpe se lo tira. Las chicas no pueden ni creerlo; no va con su carácter.

-«¿Por qué haces eso?», le preguntan enfadadas.

Y todavía hoy recuerdan la respuesta, profunda, de un niño al que duelen los acontecimientos:

-«Eso mismo hace Dios con las personas: construyes un castillo y, cuando casi está terminado, Dios te lo tira»(17).

La doncella y la niñera tienen que abandonar a la familia. Doña Dolores se hace cargo de las tareas de la casa. No pierde la calma. Cuida bien a todos y no escatima esfuerzo que pueda aliviar la situación: «sin alargar el brazo más que la manga», dirá por lo castizo, seria pero sonriente.

Acogiéndose a disposiciones legales, don José puede quedarse con su patrimonio familiar, pagando a los acreedores sólo con el capital de la empresa. Un religioso llega a aconsejarle en este sentido, asegurándole que el problema moral no existe en su caso. Pero don José no accede. Su patrimonio va a enjugar deudas y créditos sin que nadie quede sin recibir lo estipulado. De la entereza de este hombre no brota un reproche, ni una sola queja para los que han fraguado su derrota. Le duelen el silencio y la crítica que rodean sus decisiones. Pero está decidido a cumplir con lo que le dicta su conciencia.

Josemaría siente rebeldía ante la situación. Se ve humillado al comprobar cómo han de estrechar sus posibilidades, y le hieren los comentarios tontos o malignos de sus compañeros de juegos y de estudios. Años más tarde, aprenderá el designio del Cielo en todo ello y alabará la entereza, la estricta honradez cristiana de su padre. También intuirá que Dios hizo sufrir a los que más quería para que fuese escuela y yunque donde pudiera descubrir la raíz auténtica de la valentía.

Antes del verano, en marzo de 1915, don José se traslada a Logroño en busca de trabajo y de un lugar adecuado para llevar a su mujer y a sus dos hijos. Trabajará como empleado en una tienda de tejidos, cuyo material conoce. Organiza el nuevo curso de su vida sin perder la simpatía, la confianza, y una sonrisa especial que no abandona nunca.

Josemaría cursa el tercer año de Bachillerato en el Colegio de los Escolapios y se examina en Lérida. Es el recorrido anual de los alumnos de Barbastro. Doña Dolores desmonta la casa donde ha puesto tanto amor y alegría. Se llevan cuanto pueden: cuadros, muebles, vajillas, libros, recuerdos de familia y baúles con buena lencería. Carmen presagia una despedida definitiva cuando dice adiós a sus amigas de colegio, para irse a Fonz, en julio de este mismo año. Y en septiembre, montan en una repleta diligencia, camino de Logroño. Barbastro se queda atrás perdido en su perfil de Somontano. Doña Dolores no quiere despedirse por si el cariño al lugar le traiciona en el arranque del último momento. Sólo las pequeñas, que ya no lo son tanto, Adriana y Esperanza, Conchita Camps, Sabina Cortés y Lola Bosch, acuden a dar su abrazo a Carmen(18).

En casa de los Escrivá, la actividad habitual ha quedado en silencio y apagada. En la calle Argensola se han oído, por última vez, los pasos conocidos. Una nueva etapa de amor, de entrega y de trabajo, les espera.

Presentación

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El 26 de junio de 1975, al filo del mediodía, falleció en Roma Monseñor Escrivá de Balaguer. Horas más tarde sus restos mor­tales reposaban sobre el pavimento del Oratorio dedicado a Santa María, en la sede central de Opus Dei. Don Álvaro del Portillo, entonces Secretario general de la Obra, depositó unas rosas rojas sobre los pies del Fundador, mientras repetía el verso de San Pablo: Quam speciosi pedes evangelizantium pacem, evangeli­zantium bona! (Rom., X, 15), ¡qué hermosos son los pies de los que anuncian el Evangelio de la paz, de los que anuncian cosas buenas!

Hubiera sido un espléndido epitafio. Cuantos le han conocido y tratado ‑aun por breves instantes‑ coinciden con clara una­nimidad en destacar su alegría. Su mirada serena y limpia resul­taba cordialmente acogedora. Era un hombre de Dios, que des­bordaba simpatía y humanidad: infundía paz, alegría, serenidad, contento, deseo de servir a los demás.

“No recuerdo a nadie ‑escribió don Manuel Aznar pocos días después‑ que, con tanta espontaneidad, con naturalidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobrenatural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empresa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cum­plía en el Fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá “.

Vivió para Dios, y fue maravillosamente humano. Para reali­zar la Obra que el Señor le pedía, recibió dones que le hicieron persona atrayente en lo humano. Y, a la vez, sorprendente, por­que ante un fundador suele buscarse siempre algo raro, distinto. “Yo estaba haciendo actos de fe, para pensar que me encontraba ante el Fundador del Opus Dei, de lo sencillo y cordial que es‑‑‑, comentaba un sacerdote de Jaén, cuando le conoció en Pozo­albero (Jerez de la Frontera) un día de noviembre de 1972. Otro se fijó en “la naturalidad con que oculta su gran contenido so­brenatural‑ . Pero ‑añadía‑ “se le desborda. No puede ocultar su carga de Dios.

Por eso, no es fácil explicar cómo fue y qué hizo. Son muchas y muy ricas las facetas de su personalidad y de su doctrina. Están, de otra parte, tan trabadas en su unidad de vida sencilla y fuerte, que se resisten al análisis: no se puede despiezar esa existencia tan cargada de sentido humano y divino hasta en detalles mínimos.

He tratado, sin embargo, de apuntar en este libro algunas manifestaciones de su personalidad enteriza, porque, como digo, me resulta francamente dificultoso describir la imagen de pleni­tud que guardo desde que le conocí personalmente el 8 de sep­tiembre de 1960. Fue en el pequeño jardín del Colegio Mayor Aralar de Pamplona, junto a más de cien estudiantes, que le acosamos a preguntas durante casi una hora. Aprendí bastante aquella tarde. Quedé removido por dentro. Me sorprendió su sentido del humor. Todos reímos mucho. Tuve la convicción de estar muy cerca de Dios. Y además, quizá como síntesis de todo esto, lo pasé en grande: fue una hora deliciosa.

No imaginaba yo que Mons. Escrivá de Balaguer tuviese tal simpatía, tal capacidad de meterse en el bolsillo a los universi­tarios: conocía a fondo nuestras inquietudes, hablaba ‑hasta con giros castizos‑ nuestro lenguaje, y se servía de ese don para exigirnos mucho, para empujarnos hacia arriba, haciéndonos salir de la poltronería. (Siete años después, viví en Vallecas una reacción semejante, cuando un obrero, que tenía a sus hijos como alumnos de Tajamar, me comentaba: ‑A este cura sí que se le entiende; habla igual que nosotros… ).

Pero nada tenía que ver su facilidad connatural para hacerse entender, su rapidez en las respuestas, su gracia y simpatía humanas con un hacerse el simpático. Todo era recio, espon­táneo, verdadero. Como era auténtica su confianza en nosotros ‑en aquel verano de 1960 estaba yo a la mitad de mi carrera‑, al abrirnos el corazón contándonos cosas de mucha intimidad. Manifestaba también así su ilimitada capacidad de querer, que desde lo más grande ‑el trato con Dios, el amor a Santa María, la dilatación de la Iglesia por países de Asia y África‑, llegaba hasta lo más pequeño: la reconvención por el descuido de haber dejado abierta una contraventana ‑se veía desde el jardín‑ que exponía los muebles de la habitación al fuerte sol del mediodía; el afecto hacia ese brazo escayolado, que rara vez falta en un grupo numeroso de gente joven… Y todo, salpicado de anécdotas francamente divertidas.

La vida del Fundador del Opus Dei rompe casi todos los es­quemas: no probaba los licores, pero bromeando con la marca de un conocido coñac‑ se refería a sí mismo diciendo que, para fundador bueno, el

que venía embotellado… Porque se conside­raba, en su humildad, Fundador sin fundamento.

Tiene razón José Ortego, catedrático de Derecho Penal, que respondía así a una encuesta periodística de urgencia el 26 de junio de 1975: ` He leído una biografía de don Josemarfa Escrivá. Luego, he pensado en el hombre; y he llegado a la conclusión de que don Josemaría no es biografiable. Su recia personalidad des­borda cualquier intento de contarnos cómo fue. Por muchos y ordenados que sean los datos, por significativas que sean las anécdotas, se escapará siempre una vida, tan intensa y tan com­pleja, que sólo el conocimiento directo puede alcanzar”.

Afortunadamente se han podido filmar ‑después de vencer su resistencia personal durante años‑ muchas escenas de la última etapa de su vida. Pienso que media hora de imágenes del Fundador del Opus Dei, hablando de Dios y contestando a pre­guntas de personas muy distintas, facilita más ese conocimiento directo, que cuanto aquí se dirá.

Y están también sus libros, que han alcanzado enorme difu­sión en el mundo entero. Y sus escritos inéditos: porque, como dijo muchas veces jugando con su apellido, Escrivá escribe. En esos textos puede encontrarse ‑más que en estas páginas‑ la verdadera dimensión y la profundidad de su vida.

Sin embargo, me parecía urgente hacer una aproximación de la figura de este sacerdote de Dios. Había que correr el riesgo de ofrecer la visión parcial de una realidad plena de sentido. Y casi de un tirón, con prisa, después de dedicar unas semanas a docu­mentarme, escribí estas páginas entre noviembre y diciembre de 1975. Me parecieron pobres, llenas de lagunas, y decidí comple­tarlas con más calma, aunque el editor con quien había comen­tado el proyecto quería enviarlas ya a la imprenta, pues pensaba que podían servir. He retocado algunos detalles a lo largo de 1976, sin apenas añadir nada, conservando prácticamente el enfoque, la estructura y la distribución iniciales.

No espere, pues, el lector una biografía cerrada. En sus manos tiene un perfil, unas impresiones que, aunque se basan en hechos y datos históricos, no siguen un orden cronológico. Suce­sos y escritos de épocas diversas se aproximan y entremezclan con libertad, para apuntar en rápidos trazos los rasgos del Fundador del Opus Dei que, en cada caso, pretendo destacar. Quien le haya conocido personalmente ‑en la vida, en sus escritos, o en películas filmadas‑ comprobará que hay muchas cosas impor­tantes que no aparecen aquí.

Quizá estos apuntes ayuden, sin embargo, a repensar lo vivido, a meditar de nuevo los escritos del Fundador del Opus Dei. Se habrá cumplido entonces el propósito que buscaba este relato: dar a conocer un poco más la gran personalidad de Mons. Escrivá de Balaguer, que gustaba de pasar inadvertido, según el lema de su vida: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca.

Hace muchos años, un periodista del londinense The Times comentaba en una semblanza: ` Su característica más sorpren­dente es, en cualquier caso, su absoluta normalidad. En su modo de ser no hay nada fanático o dominador, ninguno de esos rasgos chocantes que la gente espera encontrar en un gran fundador o en un líder. Podría fácilmente pasar inadvertida la fuerza de su magnetismo, de su energía espiritual. Su estatura y su peso son normales; su cara, pálida y más bien redonda, sonríe casi siempre. Hay calor ‑cariño‑ en la expresión de sus ojos castaños. La rapidez de sus respuestas y los gestos que acompañan sus palabras revelan una inquietud enérgica. Ataca los asuntos de modo directo y personal, y va al fondo, sin perderse en lo anecdótico. Aborda los problemas en toda su amplitud y con audacia. Conga en los demás y delega fácilmente. Queda siempre subrayada la independencia y la responsabilidad individuales de los socios de la Obra. Deja la impresión perdurable de una per­sona muy humana, feliz, que hubiese tenido mucho en común con sir Tomás Moro, a quien, por cierto, ha escogido como uno de los santos intercesores de su Asociación “.

Aquel periodista subrayó un rasgo decisivo: la impresión de normalidad que reflejaba la extraordinaria personalidad del Fun­dador del Opus Dei. Es quizá éste uno de sus más preciosos legados: para ser muy divinos, hay que ser muy humanos. En­señó a miles de personas del mundo entero a imitar la natura­lidad de la vida corriente de Jesucristo ‑Perfecto Dios, Perfecto Hombre‑, en sus años de trabajo oculto. Cristo fue siempre el único Modelo para buscar la santidad ‑santidad auténtica, sin eufemismos‑ en las ocupaciones y circunstancias ordinarias de la vida. Mal hubiera podido difundir ese mensaje Mons. Escrivá de Balaguer si Dios no le hubiera hecho profundamente humano, cordial y sencillo. Aunque a veces sufrió, porque no le entendían o no se esforzaban por entenderle, y tenía que hacerse perdonar lo raro de no ser raro. Y es que existe una acusada tendencia a valorar lo aparatoso, lo artificial, lo extraordinario, sin calar la hondura ‑humana y divina‑ de lo cotidiano. Alguna vez, para explicar mejor el problema, aludiría al comentario que algunos hacen ante el primor de unas rosas frescas, de pétalos finos y bien perfilados ‑¡parecen de trapo!‑, porque prefieren lo ar­tificial.

En su vida y en su doctrina, lo humano y lo divino se funden de tal manera, que no es nada fácil distinguir en muchos mo­mentos si estamos ante un rasgo de su carácter, o ante un fruto de la gracia de Dios, que actúa de modo aparentemente natural. Lo ha visto bien el P. Sancho, O.P., cuando afirma con rigor teológico: “La impresión que yo tengo de él es la de un hombre de muchísima virtud, que, en su sencillez, no exhibía. No puedo destacar ningún detalle concreto de su profunda humildad, porque su sencillez llenaba su vida de naturalidad. No sorprendía nada, porque la constante suya era ésta: sobrenaturalizarlo todo sencillamente, y además alegremente, que es lo más difícil”.

Así actúa siempre la gracia de Dios en los hombres. Hace sobrenatural su vida, sin aniquilar ni desquiciar lo humano. Efectivamente, sólo quien es fiel a la gracia de Dios, puede ser plenamente hombre.

Entre los pobres y enfermos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Las obligaciones de Escrivá en la iglesia de San Miguel –limitadas a decir Misa diariamente– satisfacían muy poco su celo sacerdotal. Un mes después de trasladarse a la residencia de sacerdotes, la fundadora de las Damas Apostólicas, Luz Rodríguez Casanova, le pidió que fuera el capellán del Patronato de Enfermos, abierto por esta comunidad. Escrivá aceptó feliz el ofrecimiento. Sin embargo necesitaba el permiso del obispo de Madrid para poder decir Misa, predicar u oir confesiones fuera de la iglesia de San Miguel. Gracias a la fundadora, que disfrutaba de excelentes relaciones con el obispo Eijo y Garay, Escrivá pudo obtener el permiso requerido. No obstante, el obispo estaba tan decidido a reducir el número de sacerdotes de otras diócesis en Madrid, que sólo lo concedió durante un año. Escrivá tendría que pedir cada cierto tiempo renovar sus licencias eclesiásticas para administrar los sacramentos y predicar en Madrid, además de solicitar la renovación de licencias en su diócesis de Zaragoza.

Los deberes oficiales de Escrivá como capellán del Patronato de Enfermos se limitaban a decir Misa y oficiar los demás actos que se celebraban en la iglesia, pero pronto empezó a ayudar a las Damas Apostólicas de otros modos. El Patronato de Enfermos intentaba remediar alguna de las deficiencias de la sanidad de entonces. Prácticamente no existía la sanidad pública. Había algunos hospitales del Estado, pero no estaban a la altura de los más modernos, equipados con material técnico y personal áltamente cualificado. Eran casi barracones para los indigentes moribundos, que no tenían otro sitio a donde ir. Nadie que pudiera pagar una clínica privada acudía a un hospital público. Y sólo los muy afortunados de entre los pobres eran admitidos en ellos. El escaso número de camas hacía que a menudo los pobres simplemente se quedaran sufriendo en sus chabolas. El Patronato tenía una enfermería con veinte camas y una clínica móvil.

Las Damas Apostólicas también atendían unas 60 escuelas para niños pobres en los suburbios y otras zonas de clase obrera de Madrid. Allí, 14.000 estudiantes recibían educación primaria y aprendían los rudimentos de la religión. Las Damas Apostólicas también habían levantado seis capillas en las afueras de Madrid, en barrios donde los inmigrantes de las provincias vivían sin nada, casi siempre en chabolas hechas por ellos mismos. Sin embargo, ninguna de estas capillas tenía un capellán fijo.

Escrivá pronto se involucró en muchas de estas actividades. Oía confesiones, enseñaba el catecismo, administraba los sacramentos a los enfermos en sus casas y cada año preparaba a cerca de 4.000 niños para su primera comunión.

Escrivá obtuvo lecciones para su vida interior de su contacto con los niños. Considerando las tareas que Dios le estaba encomendando, pero que todavía no veía con claridad, concluyó que su fuerza debía proceder de su indigencia. Él tenía “nada y menos que nada”[1], decía, pero, con la oración, todo saldría como Dios quería. La vida de infancia espiritual, dijo en una ocasión, “se me metió en el corazón tratando a los niños. Aprendí de ellos, de su sencillez, de su inocencia, de su candor, de contemplar que pedían la luna y había que dársela. Y yo tenía que pedirle a Dios la luna: ¡Dios mío, la luna!”[2]

La parte más exigente y agotadora del trabajo de Escrivá para el Patronato eran las visitas a los enfermos en sus casas, para oír confesiones, llevarles la comunión y administrarles el sacramento de la extremaunción. Las Damas Apostólicas estaban en contacto con miles de personas de condición humilde y recibían numerosas peticiones – a veces de la propia persona, y a veces de un pariente – para que un sacerdote llevara los sacramentos al enfermo. En aquellos tiempos sólo se llevaba la comunión a los moribundos. Las Damas Apostólicas obtuvieron permiso del obispo para llevarla a cualquier enfermo que lo pidiera, si el párroco del lugar estaba de acuerdo.

Gran parte de esta carga recayó en Escrivá. Viajaba de un extremo a otro de la ciudad, normalmente a pie o en tranvía, para ejercer su ministerio entre los enfermos de los barrios más pobres. Gracias a sus modales educados, pero sobre todo a su intensa oración y sacrificio, el joven sacerdote tenía un don especial para hacer que gente largo tiempo separada de la Iglesia se reconciliara con Dios en el lecho de muerte. En sus notas personales, por ejemplo, describía el siguiente caso: “Llegué a casa del enfermo. Con mi santa y apostólica desvergüenza, envié fuera a la mujer y me quedé a solas con el pobre hombre. ‘Padre, esas señoras del Patronato son unas latosas, impertinentes. Sobre todo una de ellas’… (lo decía por Pilar, ¡que es canonizable!). Tiene Vd. razón, le dije. Y callé, para que siguiera hablando el enfermo. ‘Me ha dicho que me confiese…, porque me muero: ¡me moriré, pero no me confieso!’. Entonces yo: hasta ahora no le he hablado de confesión, pero, dígame: ¿por qué no quiere confesarse? ‘A los diecisiete años hice juramento de no confesarme y lo he cumplido’. Así dijo. Y me dijo también que ni al casarse —tenía unos cincuenta años el hombre— se había confesado… Al cuarto de hora escaso de hablar todo esto, lloraba confesándose”.[3]

Una de las religiosas que trabajaban en el Patronato en aquel tiempo recordaba más tarde: “Cuando teníamos un enfermo difícil, que se resistía a recibir los sacramentos, que se nos iba a morir lejos de la Gracia, se lo confiábamos a don Josemaría en la seguridad de que estaría atendido y que, en la mayoría de los casos, se ganaría su voluntad y le abriría las puertas del Cielo. No recuerdo un solo caso en el que fracasáramos en nuestro intento”[4].

Algunos años antes de su muerte, Escrivá rezaba en voz alta, trayendo a la memoria esta etapa de su vida: “Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios… Fueron muchas horas en aquella labor, pero siento que no hayan sido más”[5]

El celo apostólico de Escrivá no se limitaba a los pobres y enfermos. Estaba ansioso de extender el fuego de Cristo a todo el mundo, incluyendo los miembros de algunas familias aristocráticas que conoció. Las palabras de Cristo “Fuego he venido a traer a la tierra, y qué quiero sino que arda” (Lc 12:49) se desbordaban a menudo de su corazón en forma de canción.

Extender el fuego del amor de Cristo en el mundo. Ciertamente, esto era una parte de lo que Dios le estaba pidiendo desde su adolescencia, y Escrivá continuaba respondiendo a esa llamada divina con las palabras del profeta Samuel, “Aquí estoy, porque me has llamado” (1Sm 3:5). Uno de sus apuntes resume mucha de su oración mientras estuvo en Madrid en 1927 y 1928: “Fac, ut sit” (“Hazlo, haz que sea”)[6]. En respuesta a estas ardientes peticiones, recibía de Dios inspiraciones en forma de palabras oídas en su oración. Escrivá procuró meditar sobre ellas, y ponerlas en práctica. No obstante, seguían siendo oscuras y fragmentarias, acercamientos a ese “algo” todavía indefinido que Dios quería de él.

[1] José Luis Illanes. ob. cit. p. 75

[2] Ana Sastre. TIEMPO DE CAMINAR. Ediciones Rialp. Madrid 1989. p. 84

[3] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 283

[4] Testimonio de Asunción Muñoz González. UN HOMBRE DE DIOS. TESTIMONIOS SOBRE EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Ediciones Palabra. Madrid 1994. p. 373

[5] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 280

[6] ibid. p. 286

Levantar la Cruz

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La segunda mitad de 1931 es crucial para la vida de Escrivá por las gracias e inspiraciones que Dios le concedió, que no sólo enriquecieron su vida interior, sino que iluminaron muchos aspectos del espíritu del Opus Dei.

La primera de las gracias extraordinarias que recibió Escrivá en 1931 llegó el 7 de agosto, día en el que la diócesis de Madrid celebraba la fiesta de la Transfiguración de Jesucristo. Las notas de Escrivá registran lo sucedido cuando celebraba Misa en el Patronato de Enfermos: “(…) en el momento de alzar la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme —aca­baba de hacer in mente la ofrenda del Amor Misericordioso—, vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: ‘et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum’ (Ioann. 12, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el ne timeas!, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas.

A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad…, sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey”[1].

Pensando años más tarde en esta experiencia, Escrivá explicó que Nuestro Señor le dijo esas palabras “no en el sentido en que lo dice la Escritura; te lo digo en el sentido de que me pongáis en lo alto de todas las actividades humanas; que, en todos los lugares del mundo, haya cristianos con una dedicación personal y libérrima, que sean otros Cristos”[2].

Esta experiencia le llevó a comprender más profundamente la importancia de la secularidad y del trabajo de los católicos en todas las profesiones y oficios. Los hombres y mujeres del Opus Dei tenían que luchar por convertirse en otros Cristos en medio de sus actividades habituales. Escrivá desarrollaría la idea en una carta de 1940 dirigida a los fieles del Opus Dei: “Unidos a Cristo por la oración y la mortificación en nuestro trabajo diario, en las mil circunstancias humanas de nuestra vida sencilla de cristianos corrientes, obraremos esa maravilla de poner todas las cosas a los pies del Señor, levantado sobre la Cruz, donde se ha dejado enclavar de tanto amor al mundo y a los hombres.

De esta manera, el trabajo es para nosotros, no sólo el medio natural de subvenir a las necesidades económicas…, sino que es también —y sobre todo— el medio específico de santificación personal que nuestro Padre Dios nos ha señalado, y el gran instrumento apostólico y santificador, que Dios ha puesto en nuestras manos…”[3].

De esta experiencia Escrivá aprendió que los cristianos unidos a Cristo en las actividades seculares –la santificación del trabajo- son Cristo en la Cruz, Cristo elevado sobre el mundo, Cristo entre los compañeros de trabajo, Cristo presente en la historia humana, a quien se puede ver y mirar. En definitiva, que Cristo quiere estar presente en todas las actividades humanas y que en todas ellas sus seguidores pueden convertirse en “otros Cristos”[4].

Al mismo tiempo Escrivá se daba cuenta, con nueva claridad, de la importancia apostólica que tenía la presencia de cristianos comprometidos, luchando por santificarse y por santificar sus ambientes: “Trabajando y amando en la tarea que es propria de nuestra profesión o de nuestro oficio, la misma que hacíamos cuando Él nos ha venido a buscar, cumplimos ese quehacer apostólico de poner a Cristo en la cumbre y en la entraña de todas las actividades de los hombres: porque ninguna de esas limpias actividades está excluida del ámbito de nuestra labor, que se hace manifestación del amor redentor de Cristo”[5].

La tarea de los hombres y mujeres del Opus Dei sería no sólo santificarse en su labor cotidiana, sino hacer a Cristo presente en su ambiente mediante el trabajo, la oración y el sacrificio.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 381

[2] Ibid. p. 380

[3] Ibid. p. 383 –84

[4] cfr. Pedro Rodríguez. OMNIA TRAHAM AD MEIPSUM. IL SIGNIFICATO DI GIOVANNI 12, 32 NELL’ ESPERIENZA SPIRITUALE DI MONS. ESCRIVÁ DE BALAGUER. Annales theologici 5, 1992, p. 27

[5] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 383

Confesión de un hijo de Dios

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Cuando en junio de 1975 los periódicos traían la noticia del fallecimiento, en Roma, de Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, nada significó esa noticia para mi. En nada me afectó. La muerte de Escrivá de Balaguer era un suceso de los muchos que se cuentan a diario, un comentario sensacionalista quizá. Lo que yo sabía del Opus Dei, como mucha gente, se refería a algo enigmático, una asociación especial poderosa e influyente, lejos de mi persona. Por lo que, como digo, no cambió mi cotidianidad para nada. ¿O sí?

Sin embargo, estando en Cádiz, un día pasé por una librería, mi parada habitual, y descubrí un librito de edición frágil, con un dibujo a color en la portada de la Sagrada Familia, el título, “Camino”. Me interesé por él, no sé por qué. El libro llevaba la firma de José María Escrivá de Balaguer, sacerdote discutido. Quizá por eso lo adquirí, pero no recuerdo si llegué a leerlo. Bastantes años antes, siendo muy joven, en Guadix, mi pueblo, un pariente nuestro, estudiante universitario de Químicas, venido de Granada, miembro del Opus Dei por los años cincuenta, quizá antes, me dio una estampa de Isidoro Zorzano, un ingeniero argentino en proceso de beatificación del que me habló con encomio.. Estampa que guardé sin más entre mis libros. O quizá le encomendara alguna cosa. Ahora no lo se. Estos son mis antecedentes, si pueden llamarse así, relacionados con la Obra, escasamente conocida en mis ámbitos. Una estampa y un libro. Dos hallazgos, como digo, sin importancia, como hojas que el viento se llena en su vuelo. Eso es lo que yo creía.

Pasaría el tiempo y, un 26 de junio como aquel de 1975, esta vez de 1983, fallecería mi madre en Guadix, lugar del que apenas había salido en su vida, salvo viajes esporádicos a Granada o Almería. Padres de diez hijos sacados adelante en tiempos difíciles, años de la posguerra, mi madre era mujer religiosa y sacrificada, siempre vestida de negro, ¡tantos sus familiares muertos! Valiente y tenaz en tiempo de guerra y en tiempo de paz, tuvo que habérselas pronto con un hijo, Paco, mi siguiente, con una esclerosis en placas que lo convirtió en un inválido prematuro, un producto quizá de la penuria, años atado a su cruz, siempre orante, mi primer contemplativo conocido en una casa de muchos niños y jaleo, escolar inteligente, que moriría joven, para mi, en loor de santidad. Le visitaban algunos sacerdotes atraídos por sus largas conversaciones sobre la misericordia divina, su tema favorito. No fue fácil su cruz con hechura de silla. Mi madre fue su consuelo permanente, siempre a su lado. Paco conoció con antelación el día de su fallecimiento, que sólo a mi madre reveló. Niño revoltoso ávido de juegos, al final de su vida se entregó por completo a la voluntad de Dios, su única esperanza. Y en manos de Dios falleció… Estos dos hechos, la muerte de mi hermano y la muerte de mi madre siempre con el rosario en la mano, marcarían mi vida con fuego indeleble. Siempre he tenido la certeza de que ambos han tenido mucho que ver con mi vocación al Opus Dei. Ellos desde el cielo, y aquellas dos semillas insignificantes en apariencia, (la estampa de Isidoro de una tarde de verano, y la adquisición del libro de “Camino”, otra tarde de Cádiz), marcarían los tiempos de mi vida futura, estoy seguro. Una mano oculta iba tejiendo, pese a nosotros, la urdimbre de un tapiz, nuestra vida cara a Dios.

Su formación

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El Fundador refirió siempre de sí mismo que había sido un niño normal, educado en una familia profundamente cristiana, pero sin beaterías. ¿Querría relatar alguna anécdota de su infancia?

–Josemaría era un niño fuerte, completamente sano, aunque sufrió una enfermedad infecciosa muy grave cuando tenía alrededor de año y medio. El médico de cabecera, Ignacio Camps Valdovinos, muy amigo del padre de Josemaría, don José Escrivá, llegó a decirle: “Mira, Pepe –así le llamaban sus amigos–, tengo que decirte la verdad: el niño se muere, no pasará de esta noche”.

Sus padres reaccionaron como buenos cristianos que eran. Rezaron mucho, abandonándose en la Voluntad de Dios, y prometieron que, si el niño sanaba, lo llevarían en peregrinación a la ermita de Torreciudad, un lugar del Somontano –entonces sólo accesible por caminos difíciles– donde se custodia una antigua imagen de la Virgen, muy venerada por los habitantes de Barbastro.

A la mañana siguiente el doctor Camps se acercó a la casa de los Escrivá y preguntó: “¿A qué hora ha muerto el niño?” José Escrivá respondió: “No sólo no ha muerto, sino que está completamente curado. ¿No le oyes hablar?” El doctor Camps entró en el dormitorio del niño y lo vio de pie, agarrado a los barrotes de su pequeña cama, saltando y gritando alegre.

A propósito de aquella cama, su madre me contó que el pequeño Josemaría tenía tanta vitalidad que, una vez, saltando agarrado a uno de los barrotes, tomó tal impulso que, sin querer, dio una voltereta y cayó al suelo fuera de la cama.

Sus padres cumplieron la promesa y peregrinaron en acción de gracias a Torreciudad, el lugar donde hoy se alza un gran santuario dedicado a la Virgen.

Sus padres le enseñaron las primeras oraciones, que continuó rezando toda la vida, incluso cuando había cumplido ya los setenta años, y empezó a decir que sólo tenía siete, para subrayar las ventajas de la vida de infancia espiritual.

–Hablando de sí mismo decía a veces: Recuerdo que un chico, al rezar el Señor mío Jesucristo, en lugar de decir propósito de la enmienda, pronunciaba ‘de la almendra’. No sabía qué era la enmienda, pero las almendras, sí, porque le gustaban. Ese niño era yo.

Aquella oración manifestaba también la buena voluntad de querer agradar a Dios y de portarse bien; la ‘almendra’ de nunca más volver a pecar. Comenzarían a enseñarme esa oración hacia los tres años, y hasta los siete (los setenta) no he pasado de la ‘almendra’. Y por eso doy gracias a Dios.

Tenía un carácter fuerte. Por ejemplo, cuando su madre le invitaba a dar un beso a algún conocido, a veces respondía que no tenía “besos hechos”.

El ambiente de Barbastro era muy cristiano. Un año, en las fiestas del lugar se expuso uno de aquellos primeros aeroplanos y don José Escrivá llevó a su hijo a verlo. Nuestro Fundador recordaba, divertido, los comentarios de unas monjas que se preguntaban entre sí: “¿Cuando el avión vuele sobre nuestro huerto, romperá la clausura?”

Cuando se hizo un poco mayor, Josemaría acompañó de vez en cuando a su padre cuando salía a cazar. Don José Escrivá era un apasionado cazador. Tenía en casa, en un patio, una jaula con reclamos para las codornices. La jaula era pequeña y se le podía quitar el fondo, de modo que, una vez fijada a la tierra, los pájaros podían comer y moverse directamente sobre el suelo. Como a todo buen cazador, a don José Escrivá le gustaba mucho contar anécdotas de caza, que su hijo recordaba con detalle. Las perdices y las codornices eran sus presas favoritas, pero, si se ponían a tiro, don José disparaba también a los tordos.

El pequeño Josemaría era muy observador, y le gustaba pasar ratos en la cocina. Había notado, por ejemplo, que la cocinera calculaba el tiempo de cocción de los huevos duros rezando dos Credos.

Es un detalle divertido y sintomático…

–A propósito del huevo duro. Me viene ahora a la cabeza que en los años sesenta, una directora del Opus Dei en Kenia contó al Padre cómo calculaban el tiempo de cocción de los huevos, según la costumbre local de hacer un hoyo en el suelo y echar encima un poco de agua. Cuando se filtraba por completo en la tierra, quería decir que el huevo se había cocido. Por esta anécdota, nuestro Fundador se dio cuenta de que ni siquiera disponían de reloj, y le conmovió aquella penuria de medios tan extrema: inmediatamente hizo que diesen a aquella hija suya el despertador del Centro en que vivía.

Pero volvamos a la infancia del Padre. Jugaba con sus compañeros y participaba en sus habituales peleas, pero no soportaba la crueldad. Los niños son a veces despiadados, y los de Barbastro no eran una excepción: algunos tenían la costumbre de cazar murciélagos, clavarlos en una pared y matarlos a pedradas. En una ocasión, Josemaría fue testigo involuntario de una de estas brutales escenas. No la olvidó en su vida. Inclinado como era a reflexionar sobre las cosas que veía, comprendió por aquel episodio hasta dónde puede llegar la crueldad humana y –con las debidas distancias– el inconcebible comportamiento de los verdugos de nuestro Señor, cuando estaba clavado sobre el madero de la Cruz.

El Padre atribuía a su condición de aragonés la franqueza y la sinceridad de su modo de ser, y la constancia y la perseverancia en los propósitos.

–Son características que tuvo desde su infancia. Le he oído contar en algunas ocasiones que se ponía colorado de pequeño cuando oía hablar de los escribas y fariseos, y lo mismo le pasaba a su hermana Carmen. La explicación es sencilla: muchas personas escribían el apellido de los Escrivá con “b”, ya que en España la “b” y la “v” se pronuncian igual; por eso cuando sus compañeros de colegio oían hablar de los escribas, miraban con una sonrisa a los Escrivá. El vicio de la hipocresía y el fingimiento no podían ser más diametralmente opuestos al modo de ser del Padre. Debo añadir que, aunque hablaba con frecuencia de sus defectos infantiles, nunca se refería a sus virtudes o éxitos. Nunca me dijo, por ejemplo, que había recibido un premio de aplicación y conducta en sus años de escuela primaria. Me he enterado después de su muerte, al consultar los boletines diocesanos.

El Fundador fue un alumno brillante ya desde el bachillerato, que inició en Barbastro y terminó en Logroño, a donde se trasladó la familia en 1915, tras la quiebra de la empresa comercial del padre. Don José Escrivá, que había cargado generosamente con las consecuencias del mal comportamiento de un socio, encontró un nuevo empleo en un negocio de tejidos de Logroño. La familia tuvo que adaptarse al nuevo tenor de vida llevando con mucho señorío las iniciales estrecheces. Sin duda, el joven Josemaría debió de tener presentes las necesidades familiares antes de madurar su propia vocación profesional.

–Quería ser arquitecto. Le movían a esta elección sus aficiones artísticas y humanísticas, así como su aptitud para las matemáticas y el dibujo. En aquel tiempo, los alumnos que recibían la máxima calificación –”Sobresaliente con premio”, según la terminología de la época–, se sentaban en la primera fila de la clase y tenían que contestar a las preguntas del profesor que no hubiesen podido responder otros alumnos menos preparados. Josemaría ocupó el primer banco en álgebra y trigonometría de cuarto y quinto de bachillerato, además de en literatura.

Sus padres estaban contentos con su orientación, aunque don José Escrivá a veces tomaba el pelo a su hijo, diciéndole que sería “un albañil distinguido”.

Como todas las madres, también doña Dolores estaba atenta a las amistades del hijo adolescente y le daba un consejo que el Padre me ha contado, divertido, más de una vez. Hablándole de la elección de una futura esposa –nada hacía prever que no fuese a casarse–, su madre le decía: “Josemaría, ni guapa que encante, ni fea que espante”.

Pero las cosas discurrieron de modo muy diverso…

–El Padre comenzó a barruntar el Amor –usó siempre esta frase– en un momento bien preciso.

Entre finales de diciembre de 1917 y comienzos de enero de 1918 cayó una nevada tan fuerte en la región de Logroño que, según la crónica del periódico local, La Rioja –sustituido en los años cincuenta por otro diario, La Nueva Rioja–, las precipitaciones duraron todo el mes, varias personas murieron de frío, las temperaturas descendieron hasta los dieciséis o diecisiete grados bajo cero, se cortaron las comunicaciones, etc. Una mañana Josemaría vio sobre la nieve las huellas de los pies descalzos de un carmelita. Brotó en su alma, inmediatamente, una profunda inquietud y se preguntó: “Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios y por el prójimo, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?” Comenzó entonces a advertir, con seguridad absoluta, que el Señor le pedía algo, y como no sabía qué era, poco tiempo después empezó a dirigirse al Señor con la súplica del ciego Bartimeo: Domine, ut videam!, o bien, Domine, ut sit!; y también, recurriendo a la Santísima Virgen para que se cumplieran en su vida los designios de Dios: Domina, ut videam!, Domina, ut sit!

Intensificó su vida de piedad y de oración, acudió diariamente a la Misa y a la Comunión. Como fruto de esta entrega intuyó que si se hacía sacerdote estaría mejor preparado para comprender lo que el Señor quería de él. Decidió entonces entrar en el Seminario de Logroño como alumno externo. Sus padres no se opusieron, aunque aquella decisión modificaba radicalmente los planes familiares. Don José Escrivá llevó a su hijo a hablar con don Antolín Oñate, abad de la Colegiata de Logroño, un santo sacerdote que era una verdadera institución en la ciudad, y que alentó la vocación del muchacho.

Sin embargo, tuvo que superar el impacto del ambiente del seminario de Logroño, y después, del de Zaragoza, donde prosiguió a partir de 1920 sus estudios de Teología, por el carácter netamente cristiano, pero “laical”, de la familia Escrivá.

–Sus padres le habían enseñado a venerar el sacerdocio, pero, antes del episodio de las huellas en la nieve, nunca había pensado hacerse sacerdote. En el colegio incluso había sentido un rechazo inicial hacia el latín, y decía: ¡El latín, para los curas! Sin embargo, en cuanto profundizó en el estudio del latín y se entusiasmó con esta lengua, sintió como la necesidad de compensar el escaso interés que había demostrado en sus primeros años. Además de calificar de necia su conducta anterior, reconocía: Nunca agradeceré bastante el bien que me hicieron en el colegio, cuando en el bachillerato me obligaron a estudiar el latín. Recuerdo que nos hacían llenar las libretas con las declinaciones y con las conjugaciones de los verbos: tanto de los regulares como de los irregulares. Además, teníamos que anotar si el acento era largo o breve. De manera que después nunca se me ocurría decir, por ejemplo, legérem sino légerem.

Pero volvamos a la pregunta. La mayoría de los compañeros de Seminario en Zaragoza procedía del campo y no estaban muy familiarizados con los hábitos de higiene y buena educación que Josemaría había aprendido en su casa. El Padre no pretendió nunca ser modelo de educación ni de cultura; es más, hubiera deseado pasar inadvertido entre sus compañeros, de los que siempre decía que eran excelentes. Pero no fue posible. Como le he oído contar, no había lavabos en las habitaciones, de manera que para lavarme de arriba a abajo había de llevar tres o cuatro jarros de agua: quizá fuera eso lo que escandalizaba a algunos.

Cuando hablaba de sus años en el Seminario, el Padre recordaba de sus compañeros sólo virtudes y grandes deseos de servir a la Iglesia. Pero sufrió incomprensiones cuando, a pesar suyo, los demás advirtieron sus esfuerzos por cuidar la vida de piedad. Se empeñaba en no singularizarse, porque desde la infancia fue enemigo de la ostentación y de las extravagancias; pero al mismo tiempo nos decía: no tengáis miedo a que se note que procuráis ser piadosos.

Pasaba muchas horas en oración, en la capilla del Seminario de San Carlos de Zaragoza, como antes había hecho en la Rotonda de Logroño. Procuraba no llamar la atención de los demás, pero aquellas largas visitas no pasaban inadvertidas y algunos de sus compañeros comentaban en voz alta, de modo que lo oyese: “Aquí viene el soñador”.

En la Biblia (Gén. 37, 19), así llamaban a José sus hermanos que después lo venderían a los mercaderes egipcios.

–No daba ninguna importancia a estos comentarios irónicos. Es más, procuraba estimular a sus compañeros a que rezasen más.

Tampoco pasó inadvertido el hecho de que el Padre entrase a diario, a la vuelta de la Universidad, en la Basílica del Pilar –para honrar a mi Madre, decía–, y algunos seminaristas comenzaron a llamarle rosa mystica, para tomarle el pelo. Nuestro Fundador sufría con este mote, sobre todo porque, aunque sus compañeros quizá no se daban cuenta, constituía una irreverencia hacia la Santísima Virgen; y, por otra parte, le entristecía que se burlasen de algo lógico y normal, no sólo para quien se prepara al sacerdocio, sino para cualquier cristiano.

De todos modos, el aprecio de sus profesores y compañeros debió de ser efectivo y sincero cuando el mismo Cardenal Soldevila, Arzobispo de Zaragoza, que poco después moriría en un atentado, le manifestó su estima personal nombrándole muy joven inspector del Seminario, y adelantándole con este fin la tonsura.

–Es una muestra de la madurez que había alcanzado ya en su juventud, y testimonia el empeño que nuestro Fundador puso en su formación humana, espiritual y doctrinal –se exigió mucho en su lucha ascética y en los estudios, desde niño–, y apostólica: sus amigos de infancia y sus compañeros de escuela y seminario han conservado el recuerdo vivo de su afabilidad, de su disponibilidad para servir que denotaba un esfuerzo no meramente humano.

El Fundador fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925: compartieron su alegría su madre, su hermana Carmen, y el hermano pequeño, Santiago, que tenía seis años. Pero no fueron días de fiesta porque estaban de luto. El 27 de noviembre anterior, don José Escrivá había muerto repentinamente, dejando a sus hijos el recuerdo de un padre ejemplar. El primer encargo ministerial de don Josemaría fue la sustitución de un compañero sacerdote, durante un par de meses, en el pueblo de Perdiguera.

–Fue una situación difícil, porque el titular de la parroquia había abandonado su puesto en circunstancias poco claras, aunque oficialmente por enfermedad. Y en parte debió de ser así, pues aquel sacerdote murió repentinamente al cabo de un mes, es decir, en mayo.

El Padre prodigó su celo sacerdotal en aquel pueblo de ochocientos habitantes. En los lugares pequeños era normal que al párroco le sobrase bastante tiempo libre después de cumplir sus deberes de pastor… Una vez terminado el ministerio parroquial, el sacerdote solía reunirse con las “fuerzas vivas” –el alcalde, el médico, el farmacéutico, el secretario del ayuntamiento…– para jugar a las cartas. Pero don Josemaría tenía muchas otras cosas en que pensar: además de sus deberes sacerdotales y el cuidado de su vida de oración, tenía una madre viuda y dos hermanos que mantener, y debía terminar sus estudios civiles; pero, sobre todo, sentía claramente que el Señor quería algo de él, aunque aún le mantenía en la oscuridad. Por eso, ni entonces, ni después, como afirmaba, pudo permitirse el lujo de aburrirse: no tenía tiempo. Se lo he oído decir muchas veces, hasta el último día de su vida: nunca me he aburrido.

En Perdiguera, en lugar de tomar parte en pasatiempos con las “fuerzas vivas”, se dedicó a la catequesis de niños y adultos, en grupos, y también privadamente, uno a uno, si veía que lo necesitaban. En menos de dos meses visitó a todas las familias del pueblo, casa por casa, encendiéndolas en el amor de Dios. En estas visitas siguió siempre el criterio de no ir a las casas de los labradores cuando los hombres estaban fuera, trabajando en el campo.

En los ratos en que la gente descansaba y no era posible desarrollar ninguna actividad pastoral, el Padre aprovechaba para darse largos paseos por el campo, meditar y también para “castigar” el cuerpo, para mortificarse.

Hizo saber a todos que estaba siempre disponible, y que podían llamarle a cualquier hora para lo que necesitasen.

Esta conducta fue motivo de críticas por parte de algunas personas. El mote que le habían puesto en Zaragoza llegó hasta Perdiguera. Por esto, y por su comportamiento sacerdotal, algunos compañeros de pueblos cercanos empezaron a llamarle “el místico”.

El Padre nunca pronunció una palabra de protesta o resentimiento contra estos murmuradores. Pero, lógicamente, aquel chisme le llenó de dolor, no tanto por su persona, sino porque era una falta de respeto al sacerdote.

El Fundador comenzó a acrisolar su sacerdocio desde el primer momento, a través de la administración de los sacramentos y la predicación. ¿Cómo adquirió aquel estilo de predicar tan incisivo que le hemos escuchado, y que podemos continuar apreciando en las homilías publicadas?

–La predicación del Padre fue siempre doctrinal, pero aplicada a la vida concreta de las almas. Por otra parte, era muy rica y variada. Con frecuencia hablaba de la cercanía de Dios, de su presencia entre nosotros, con una fe y una convicción que parecían esculpir profundamente en el corazón de los presentes las palabras del Señor: Regnum Dei intra vos est. Realmente vivía siempre con Dios, inmerso en Él: su predicación era el desbordamiento de su corazón enamorado.

Puedo atestiguar que nuestro Fundador predicaba haciendo la oración personal en voz alta y, por tanto, expresaba lo que el Señor le inspiraba en ese momento; pero preparaba cuidadosamente sus meditaciones, aunque versasen sobre temas que conocía muy bien o sobre los cuales había hablado ya muchas veces. No le gustaba repetir al pie de la letra el guión utilizado en otras ocasiones. Lo actualizaba siempre, de acuerdo con las circunstancias o la situación concreta de los que escuchaban. A los sacerdotes nos aconsejaba hacer lo mismo. A menudo recordaba a sus hijos sacerdotes que no debían hacer como fray Gerundio de Campazas –un personaje de la literatura clásica española, creado por el P. José Francisco de Isla–, quien cerró los libros y se lanzó a predicar sermones grandilocuentes pero sin sustancia. También nos recomendaba no imitar el talento de don Estupendo, que por la mañana decía lo que por la noche estuvo leyendo; la única cosa que puede convencer a los demás es, en definitiva, nuestra propia vida, nuestra coherencia con el Evangelio. Y también en esto, su ejemplo nos arrastraba.

«Entusiasmarlas con este trabajo»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

A mí me parece –dice Salomé, la empleada del hogar– que para que haya amistad, a las personas las tiene que unir algo, y, por supuesto lo que más nos puede unir es el trabajo. Por eso las amigas que tengo son también empleadas del hogar, como yo. Lo primero que hago es entusiasmar a mis amigas con este trabajo… No les puedo hablar de que lo santifiquen sino les gusta, si no lo quieren… Hay que empezar por la base y explicarles la importancia y la dignidad que tiene dentro de la familia. Les insisto mucho en el sentido de que traten de especializarse. El prestigio no nos lo va a dar nadie si no nos lo damos nosotras mismas… Luego les explico las alegrías que pueden dar en una casa, lo felices que pueden hacer a la gente que allí vive, les enseño lo que he aprendido… Entiendo la amistad así, como un lazo muy fuerte. Les hablo de que con el trabajo que ellas tienen y que hacen todos los días, pueden ser santas. Les explico que hay que procurar hacer este trabajo con la mayor perfección posible para poder de esta manera ofrecérselo a Dios…

En general –añade Salomé– suelen entender bien el Opus Dei. Muchas amigas mías que no pertenecen al Opus Dei se parten la cara por defenderlo. Una vez les comenté que después de conocer el Opus Dei tan bien como ellas lo conocían, después de conocer los fines sobrenaturales y la sencillez de su espíritu, que no es más que vivir bien las enseñanzas del Evangelio, no podían consentir algunas barbaridades que se oyen a veces por ahí, sin darse cuenta del dado que pueden hacer… Pues una amiga mía de diecisietc años estaba sirviendo la mesa. Sus señores tenían gente para cenar y empezaron a hablar del Opus Dei. Comentaban que todos eran banqueros, políticos, y que .sólo les importaba el dinero y la política. Entonces esta chica les dijo que eso no era verdad, que ella asistía a una Escuela de Hogar y Cultura y que conocía a montones de chicas del Opus Dei que eran empleadas del hogar y que lo único que les importaba era la vida interior, la formación. Luego me comentaba que ni sus señores ni sus amigos volvieron a hablar para nada de esté tema. “Yo me acordaba de todo lo que tú nos habías dicho, y ¿cómo me iba a quedar callada?”… Mis amigas descubren unos horizontes infinitos. Les suele impresionar mucho cuando les hablo de filiación divina. Les explico que a Dios hay que hablarle como a un Padre, y tratar de portarnos bien, no por miedo a que nos vaya a castigar, sino porque le queremos… Generalmente les llama la atención el interés que demuestra el Opus Dei en ayudarles espiritualmente.

«Es como hacer un viaje…»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Desde 1928, son ya muchos los hombres y las mujeres del Opus Dei que han comprobado la realidad del dolor y de la muerte. Sus historias, como las de otras muchas gentes desconocidas, sólo las conoce a fondo Dios. Me consta, sin embargo, que los enfermos son un «tesoro» para el Opus Dei y que es realidad esa afirmación de su Fundador cuando recordaba que la Obra es un buen sitio para vivir y para morir, aunque estas páginas pertenezcan, como tantas otras de otros siglos y del presente, a ese torrente oculto, no descrito por nadie, que es la verdadera historia de la humanidad.

Isidoro Zorzano, argentino, ingeniero industrial, miembro del Opus Dei desde 1930, murió el 15 de julio de 1943, cuando su vida parecía más necesaria. Sus últimas palabras fueron: «Conviene obedecer al Señor, dejar todo e irse a los cuarenta años, cuando habría aún tanto que hacer. Es como hacer un viaje, cambiar de casa, ser trasladado de un sitio a otro. Aunque sólo fuera para obtener esta paz en la última hora, vale la pena hacer lo poco que hacemos por el Señor». Montserrat Grases, 17 años, un año en el Opus Dei, vivió con prisa para morir el día de Jueves Santo de 1959 agotada por el dolor. Segundos antes, trata de incorporarse para ver la imagen de la Virgen, que tiene frente a la cama, y susurra: « ¡Cuánto te quiero! ¿Cuándo vendrás a buscarme?». Las causas de beatificación de Isidoro y de Montse están iniciadas.

«No tengas miedo a la muerte. Acéptala, desde ahora, generosamente…, cuando Dios quiera…, como Dios quiera…, donde Dios quiera. –No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga…, enviada por tu Padre–Dios. –¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte! ». Estas son unas palabras que he vuelto a releer en Camino después de conocer el fallecimiento del Fundador del Opus Dei. Había pedido al Señor irse sin «dar la lata» a los que estaban a su lado. El Señor escuchó su oración. Y partió humildemente, silenciosamente, como siempre había deseado vivir.

Casi tres meses antes, el 28 de marzo de 1975, se cumplieron los cincuenta años de su ordenación sacerdotal.. Al acercarse aquella ocasión, escribía en una carta dirigida a sus hijos: «No quiero que se prepare ninguna solemnidad, porque deseo pasar este jubileo de acuerdo con la norma ordinaria de mi conducta de siempre: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca».

Parece como si el Señor hubiera querido que su muerte fuese un fiel. reflejo de su vida. Le gustaba decir que su vocación era agotarse en el servicio de Dios, y morir como un limón bien exprimido, que ha dado de sí hasta la última gota. Y el 26 de junio de 1975 llegó con admirable naturalidad su «dies natalis», el día de su nacimiento, como lo celebraban los primeros cristianos. Era una mañana de una jornada más en la vida ordinaria de un sacerdote que sólo hablaba de Dios.

Después de celebrar temprano la Santa Misa, fue a un centro internacional de postgraduadas en Castelgandolfo, una obra apostólica del Opus Dei. «Vosotras, por ser cristianas –les decía a las profesoras y a las alumnas–, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal y, con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos, haremos una labor eficaz. Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Angeles Custodios, para ayudar a esta Santa Iglesia, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a la Iglesia y al Santo Padre». Casi tres horas más tarde, ya en el despacho donde habitualmente trabajaba, Dios quiso llevárselo a su lado.

No padecía ninguna enfermedad que hiciera presagiar su próximo fin. Había ofrecido su vida repetidas veces, por la Iglesia y por el Romano Pontífice. Tal vez la clave de su súbita muerte esté en unas palabras dichas por un cardenal romano ante el cuerpo sin vida de Monseñor Escrivá de Balaguer: «El Padre ha muerto de amor a la Iglesia». Quizá sea ésta la pura verdad: el dolor de la Iglesia le rompió el corazón.

«La beatitud se ve –decía Eugenio Montes el 28 de junio al describir el sepelio del Fundador del Opus Dei en una crónica de ABC–. La trascendencia se presiente. Y no sólo la he vista yo cuando estuve recogido en oración en la capilla, pues, a la salida, le oí susurrar a Mons. Deskour: «Espero ser uno de los primeros obispos que postule su beatificación. He ofrecido la Misa por su glorificación». Idéntico deseo manifestaron 69 Cardenales y cerca de 1.300 Obispos –más de un tercio del episcopado mundial–, pidiendo a la Santa Sede la apertura de su Proceso de Beatificación y Canonización, que comenzó en Roma el 12 de mayo de 1981.

Conozco otras muertes de personas del Opus Dei –algunas de ellas muy recientes– que han pasado ocultas como las vidas, pero ¿para qué contarlas?… ¿Quién se acuerda, después de todo, de las vidas y de las muertes de aquellas generaciones de primeros cristianos, que nos transmitieron intacto el depósito de la fe a golpe de testimonio oculto?… Las conoce Dios de punta a cabo… y nosotros las conocemos por sus frutos.

«Ahora noto más mis defectos»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

(ManuelArmesto Garcia falleció el 11–X–1979. Publico la entrevista tal como apareció en 1976.)

Manuel es ciego desde los 17 años y tiene ahora 46. Vendió cupones, se hizo profesor mercantil y trabaja en la Organización de Ciegos. Es miembro del Opus Dei desde hace seis años. Conoció la Obra por un sacerdote.

–Me acuerdo que me impresionó mucho cuando me dijeron: «La oración se hace aunque prenda fuego la casa». Era una manera de decir, claro… para que viera la importancia de tener todos los días un rato de relación y de hablar a solas con Dios. Me impresionaba la alegría y el observar en todos cómo se vive en la presencia de Dios… Se nota mucho que llevan una vida espiritual intensa y constante. Y las virtudes humanas, que se aprecian en todos ellos. No sé qué pasa, que sin darnos cuenta, las adquirimos. Yo, que soy un ceporro y creo que soy igual que era… resulta que la gente me hace notar que no.

–¿Y no ha cambiado?

–Tenía un genio tremendo, y ahora me lo aguanto. Me dicen que tengo buen carácter. El Opus Dei tiene que salir a pesar de nosotros. Y sale…

–¿Se considera mejor que los demás?

–¡No, hombre, no! Sigo con los mismos defectos que tenía, pero tengo la alegría de saber que no importa, si lucho por tratar de dominarlos, y que el Señor está contento si lucho contra ellos. Yo tenía mi soberbia, me lo tenía muy creído. Y ahora noto más mis defectos, porque me preocupo de examinarme. Soy muy bueno si me comparo y muy malo si me examino: he aprendido a no compararme y a examinarme.

–¿Qué le da el Opus Dei?

–En lo espiritual, no lo podría medir. En lo material, al Opus Dei hay que darle todo. El Opus Dei lo que hace es pedir y no dar.

–¿Qué le da usted al Opus Dei?

–Nada. Lo que le doy no tiene valor. Pienso, y creo que nos debe pasar a muchos… o a casi todos, que lo que hago es estorbar.

–He oída decir que los ciegos tienen más vida interior…

–Tonterías. No es verdad. Somos igual que antes, pues somos las mismas personas que antes. A las dos semanas eres igual que una semana antes de quedar ciego. Se adapta uno, y espiritualmente sigues siendo el mismo.

–¿Qué virtudes considera más importantes como miembro del Opus Dei?

–Aparte de la caridad, la humildad, la fe y la esperanza, que son básicas, considero muy importante la alegría, la reciedumbre, la laboriosidad, la lealtad, la sinceridad…

–¿Qué hace usted para conseguirlas?

–Pedir ayuda al  Señor y a Santa María, porque yo, por mí mismo, no sería capaz nunca de conseguirlas.

No es cosa para privilegiados

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

«Hemos venido a decir –escribía el Fundador del Opus Dei en 1930– con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa, pero con la fe de quien se deja guiar de la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su profesión, su estado o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad… ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo».

De hecho, si hablas en cualquier país con alguien del Opus Dei descubres siempre las mismas cosas: ganas de vivir la vida a fondo, amor del bueno a las personas, pasión por la libertad, espíritu de aventura sin salir del propio sitio… No hace falta más que esto –te dicen– para empezar a andar en el Opus Dei. Después se descubre, como un nuevo Mediterráneo, la alegría en la lucha, en el trabajo, en el dolor. Se hace amor y aventura de todo. Y se adquiere una gran riqueza de buen humor al comprobar todos los días que «no Somos nadie», que Dios sigue construyendo ahora con la misma arcilla del Génesis, y que cuanto más profundo y lejano llegas a mirar, más amplio te parece el horizonte y más diminuto y pobre el foco de donde sale la mirada. Vale la pena comprometcrse con Dios…

Según los datos más recientes, los miembros del Opus Dei pasan de 73.000, pertenecen a 87 nacionalidades y viven en los cinco continentes, comprometiéndose con Dios y complicándose la existencia para apurar alegremente y al máximo los talentos naturales de que disponen. Es lógico entonces que la labor apostólica de los miembros del Opus Dei sea noticia todos los días en algún lugar del mundo, como de hecho sucede. Unas veces es un reportaje sobre un centro de formación profesional para obreros o campesinos, sobre una actividad social en un país cualquiera, sobre una iniciativa universitaria de fondo, sobre una convención internacional de intelectuales o de profesionales, sobre una convivencia de estudio de Teología, etcétera. Otras, puede ser un artículo que trata de explicar la realidad del Opus Dei en tal o cual país o en el mundo entero. Las más, simples sueltos que refieren hechos, con interpretación o escuetamente. Y como en la prensa, puede suceder también en las televisiones privadas o estatales, en las emisoras de radio o en las simples reuniones familiares o de sociedad, en el sentido más general de la palabra.

Sin embargo, la verdadera noticia del Opus Dei sigue siendo, desde 1928, la que se produce, ya a nivel planetario, en el fondo de muchos corazones sin llegar a los periódicos, ni a la televisión, ni a la radio, ni al cine, ni a las conversaciones, de acuerdo con el estilo que caracteriza desde siempre a la acción de Dios, que es la de exigir un pequeño esfuerzo, personal e intransferible, para descubrirle en todo, incluso en lo que menos importancia aparente tiene para los hombres.

El panorama es inmenso, sin duda alguna, como la propia vida, y se realiza bajo cualquier cielo, en todos los idiomas, a cualquier hora del día y de la noche. Las combinaciones pueden resultar, por tanto, apasionantes, y lo resultan de hecho. Todas las profesiones honradas, absolutamente todas, incluso las más inverosímiles…, todas las edades del hombre y de la mujer, sin ningún paréntesis…, todas las situaciones imaginables, individuales o de grupo…, sirven para que un común mortal conecte, directamente con Dios y dé un sentido a su existencia que le vuelva loco de alegría y le haga «correr la bola» por amor a Dios y a los hombres. Naturalmente ese común mortal sigue siendo de barro, con defectos y debilidades –lúcida seguridad que le acompañará durante toda su vida–, pero se sabe en manos de Dios, que lo puede todo.

El cardenal Karol Wojtyla, actualmente Su Santidad Juan Pablo 11, en una conferencia pronunciada en 1974 sobre La evangelización y el hombre interior, recordaba un aspecto de las enseñanzas del Fundador del Opus Dei: «¿De qué manera, en definitiva, dominando la faz de la tierra, podrá el hombre plasmar en ella su rostro espiritual? Podremos responder a esta pregunta con la expresión tan feliz y tan familiar a gentes de todo el mundo que Mons. Escrivá de Balaguer ha difundido desde hace tantos años: santificando cada uno el propio trabajo, sano ficándose en el trabajo y santificando a los otros con el trabajo».

«Lo que he enseñado siempre –ha dicho el Fundador del Opus Dei– es que todo trabajo honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competcncia.  profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales –a manifestar su dimensión divina– y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios, operatio Dei, opus Dei».

Esta verdad tan sencilla aclara las cosas y la conclusión parece obvia. Si hay personas en el mundo dispuestas a participar por libre en esa gran empresa de Dios con plaza para todos y a luchar, en silencio y con paz; por esos ideales, resulta tan inevitable que acabe por hablarse de algunas de ellas, como que sean muchísimas, verdaderamente muchísimas más, las que no alcancen notoriedad, aun haciéndolo todo igual o mejor que las anteriores. Esto sucede en la vida corriente y tiene que suceder lógicamente en la vida de las personas del Opus Dei, que es normal y ordinaria, revolucionada por dentro. Pero hay más..


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