1936. La persecución religiosa

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Junto con la guerra civil (1936-1939) tuvo lugar en España una de las persecuciones religiosas más sangrientas que ha conocido la historia de la Iglesia. Murieron 6.832 personas; 4.184 del clero secular —entre los que se incluyen doce obispos y numerosos seminaristas—; 2.365 religiosos y 283 religiosas. Es incalculable el número de laicos que padecieron martirio a causa de la Fe.

Como tantos sacerdotes de su tiempo, don Josemaría pasó mil penalidades por su condición sacerdotal. Tuvo que refugiarse en distintos domicilios particulares, en los que sólo podía estar durante algunas horas o días, porque amparar a un sacerdote, en aquellas circunstancias, equivalía a firmar la propia sentencia de muerte.

No podía transitar por la calle: podía detenerle cualquier control callejero, y acabar, como tantos otros, fusilado junto al paredón del cementerio. No tenía dinero para sobrevivir: únicamente Isidoro Zorzano, ya establecido en Madrid, seguía cobrando su sueldo. Y le llegaban rumores de detenciones arbitrarias, registros y torturas.

El 30 de agosto se encontraba refugiado con otros perseguidos en una vivienda de la calle Sagasta. Juan Manuel Sáinz de los Terreros, uno de ellos —que no sabía quién era don Josemaría—, cuenta que los milicianos se presentaron de improviso para hacer un registro en el edificio. Comenzaron revisando los sótanos, y prosiguieron, planta por planta… Al darse cuenta, don Josemaría subió por una escalera interior hasta la buhardilla con Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel. Aquello era un cuchitril lleno “de polvo de carbón y de trastos, como todas las buhardillas, y en las que no nos podíamos poner de pie porque llegá­bamos con la cabeza al techo… Hacía un calor insoportable. En un momento oímos cómo entraban en la buhardilla de al lado para hacer el registro…

Estando en esta situación se me acerca don Josemaría y me dice:

Soy sacerdote; estamos en momentos difíciles; si quieres, haz un acto de contrición y yo te doy la absolución.

Inexplicablemente, después de haber registrado toda la casa, los milicianos no entraron en aquella buhardilla.

Afirma Juan Manuel que “supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo”.

Durante aquella temporada, don Josemaría sufría especialmente por no poder celebrar la Santa Misa habitualmente, por carecer de materia para la consagración. En su lugar recitaba de memoria las oraciones litúrgicas, omitiendo la fórmula de la Consagración y haciendo una comunión espiritual al llegar a la Comunión.

Al fin, en marzo de 1937, encontró un asilo relativamente estable en la Legación de Honduras. Allí, recuerda su hermano menor, Santiago Escrivá, “comíamos muy poco. Josema­ría menos que los demás porque había días que no comía nada o muy poca cosa, como mortificación, para ofrecerlo a Dios”. Se quedó tan delgado —perdió treinta kilos— que, cuando su madre pudo ir a verle, no le reconoció; se dio cuenta de que era su hijo Josemaría sólo por la voz.

Muchos refugiados de la Legación pasaban las horas rumiando en silencio su desdicha; otros se desahogaban comentando sus desgracias presentes y pasadas… En medio de aquel clima de pesimismo, don Josemaría ayudaba a los que le rodeaban a no perder la esperanza, a aprovechar el tiempo, y a crecer para adentro mediante la oración por todos, con un profundo sentido de la Comunión de los Santos.

Por la Comunión de los Santos —decía el 8 de abril— nunca podemos sentirnos solos, pues constantemente nos llegan alientos espirituales de las cárceles, de las trincheras, de dondequiera se encuentre alguno de vuestros hermanos. La consideración de esta realidad nos impulsa a un detenido examen de nuestra conducta en este lugar, que es como una prisión para nosotros. Porque aquí, en esta aparente inactividad, contamos con la posibilidad de trabajar mucho por dentro, y acompañar a cada uno de vuestros hermanos en peligro, y velar por ellos.

Su espíritu atravesó durante aquella época lo que San Juan de la Cruz llamaba la “noche oscura del alma”, con la que Dios suele purificar a las almas santas. Pero esto no se reflejaba en el exterior: su predicación era, como de costumbre, optimista y vibrante, aunque el Señor le hacía participar, de modo particularmente intenso, de la Cruz.

Algunos sacerdotes conocidos suyos habían muerto mártires. Le apenó especialmente el fallecimiento de su gran amigo, Pedro Poveda. El fundador de la Institución Teresiana había sido asesinado en julio de 1936. Comentaba un año después: Recuerdo con gran consuelo una conversación que mantuve con un gran santo; lo asesinaron en julio del año pasado, cuando se hallaba sazonado, preparado para ir al encuentro del Amor, pues había escrito todo el libro de su vida, desde el principio hasta el fin, con letras de oro…

Hablábamos de la posibilidad de sufrir martirio. Le dije que no me asusta la muerte: que la aceptaría gustoso cuándo, dónde y como quisiera el Señor mandármela, pero que sentiría abandonaros. Y continué afirmando, mientas él asentía, que los afectos santos de la tierra se conservan en el Cielo: allí podremos pedir por las personas a las que quisimos aquí abajo.

A finales del mes de agosto de 1937 pudo salir de la Legación con una precaria documentación que le facilitó el Cónsul de Honduras. Todas las iglesias de Madrid se encontraban cerradas, muchas destinadas a otros usos o completamente destruidas, con las imágenes profanadas o mutiladas. En esas circunstancias, don Josemaría arriesgó su vida cuando fue necesario para el bien de las almas: bautizaba a escondidas, confesaba dando un paseo por los bulevares o atendía espiritualmente a religiosas refugiadas en casas particulares.

Llevaba siempre consigo al Señor Sacramentado en una pitillera envuelta, por precaución, en una funda con la bandera y el sello de la Legación. Muchas veces dormía sin quitarme la ropa —recordaba—, con la Sagrada Forma encima, abrazando al Señor.

El 7 de octubre pudo abandonar Madrid. Se dirigió a Barcelona, por Valencia, y el 19 de noviembre salió hacia el Pirineo, donde emprendió una larga marcha que le llevó hasta Andorra. Llegó al Principado el 2 de diciembre, acompañado por un pequeño grupo de personas. Poco después, pasó la frontera francesa y se estableció en Burgos.

Algunos escritos de Josemaría Escrivá

testimonio  Tagged , , , , , , No Comments »

Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Un aspecto importante de la siembra de santidad de Josemaría Escrivá en los cinco continentes es el de sus escritos. Su obra más popular es Camino, gracias a la cual se han acercado al Señor miles de almas. En el año 2002 se habían editado cerca de cuatro millones y medio de ejemplares de este libro en 43 idiomas.

Dios le concedió lo que había pedido en su oración años atrás: escribir libros de fuego: A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad…, sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey.

Camino

Se considera este libro un clásico de la espiritualidad cristiana de nuestro tiempo. Consta de 999 puntos para la meditación personal. En 2002 apareció un documentado estudio crítico-histórica de este libro, a cargo de Pedro Rodríguez.

Santo Rosario

Josemaría Escrivá compuso este libro para facilitar el rezo del Rosario y la contemplación de los misterios, a la luz de la vida de infancia espiritual. Concluyó con unos breves comentarios sobre las letanías a la Virgen. Lo redactó en la iglesia de Santa Isabel de Madrid, durante la acción de gracias tras la Comunión, un día de la novena de la Inmaculada de 1931.

Es Cristo que pasa

Es una recopilación de 18 homilías pronunciadas por Josemaría Escrivá entre 1951 y 1971, ordenadas conforme al año litúrgico.

Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer

Este libro recoge siete entrevistas con periodistas de importantes diarios y revistas de la prensa internacional, concedidas por Josemaría Escrivá durante los años 1966-1968. Se abordan en estas entrevistas cuestiones muy diversas: desde las libertades individuales al puesto de la mujer en la sociedad

Se incluye la homilía que pronunció en el Campus de la Universidad de Navarra, en 1967, titulada: Amar al mundo apasionadamente.

Amigos de Dios

Colección de 18 homilías, pronunciadas entre 1941 y 1968, que abarcan diversos aspectos de la vida cristiana. Fue la primera obra póstuma aparecida tras el fallecimiento de Josemaría Escrivá.

Vía Crucis

Esta obra, nacida de la oración personal de Josemaría Escrivá, consta de textos y puntos de meditación sobre las catorce Estaciones. Sigue muy de cerca el relato evangélico de la Pasión de Cristo. Fue la segunda obra póstuma que salió a la luz.

Surco

Este libro, de estructura similar a Camino, consta de 1000 máximas de meditación espiritual, que Josemaría Escrivá había dejado ordenadas en 32 capítulos antes de fallecer.

Forja

Esta obra consta 1055 puntos de meditación espiritual, con una estructura similar a Camino.

Amar a la Iglesia

Josemaría Escrivá hace en esta obra profundas y hermosas reflexiones sobre la Iglesia y el sacerdocio. El libro recoge tres homilías pronunciadas por el Autor entre 1972 y 1973: “El fin sobrenatural de la Iglesia”; “Lealtad a la Iglesia”; “Sacerdote para la eternidad”.

Madrid, verano de 1931

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

En las inmediaciones de la Estación de Atocha, se aglomeran los viajeros. Don Josemaría se abre camino entre ellos, abstraído, y se dirige a la parada del tranvía que lo llevará a la calle de Viriato, donde ahora vive con su madre, que se ha quedado sola: acaba de dejar en la estación a su hermana y a su hermano, que van a pasar el verano en Fonz.

En Madrid reina una angustia que casi se percibe físicamente. Desde hace más de un año, se han ido multiplicando los signos precursores de una tormenta; son las convulsiones de una sociedad cuya base política se tambalea.

El General Primo de Rivera había abandonado el poder el 28 de enero de 1930. Los gobiernos que le habían sucedido no habían logrado atajar la profunda crisis que sufría la monarquía. El 14 de abril de 1931, por segunda vez en la historia de España, se ha proclamado la República. Momentos de incertidumbre, de esperanza, y también de angustia, pues las corrientes anticlericales, desatadas, han desembocado en acciones de inusitada violencia. El 11 de mayo, grupos de exaltados se han echado a la calle en Madrid y han incendiado numerosas iglesias y conventos. Al día siguiente, ha ocurrido lo mismo en otras ciudades. En las calles, se mira a los sacerdotes con desprecio o con rabia, cuando no se les insulta, como ocurre, a veces, en los suburbios y en los barrios obreros, que don Josemaría sigue visitando para atender a pobres y enfermos. Han llegado hasta a apedrearle…

El Padre no hace jamás comentarios de carácter político, pero tiene el corazón oprimido, aunque está convencido que el Señor nunca permite que suceda algo irremediable.

El 11 de mayo había evitado que se cometiera una posible profanación en el Patronato de Enfermos, donde por entonces vivía aún. Un Coronel, antiguo amigo de la familia, había ido a llevarle ropa de paisano para que pudiese escapar. Él, entonces, había abierto el Sagrario y había consumido casi todas las Sagradas Formas que había en el copón. Luego, como el tiempo apremiaba, había envuelto cuidadosamente el copón con las que quedaban en un papel y las había llevado a casa del Coronel en un taxi que éste había mandado llamar.

En los días que siguieron, los espíritus se habían calmado un tanto. pero la atmósfera continuaba cargada y la tormenta podía estallar de nuevo.

Después de pasar unos días con su hermano, en casa del Coronel, don Josemaría había decidido ir a vivir con su madre en un piso de la calle de Viriato. Acababa de renunciar a su cargo de capellán del Patronato de Enfermos, con objeto de estar más disponible para hacer lo que Dios le había pedido.

Tú eres mi Hijo

Tales circunstancias no son nada favorables a la fundación de una obra como la que tiene entre manos, y don Josemaría lo sabe. Con todo, cuando sube al tranvía que ha de conducirlo a su casa, sigue pensando que se realizará, por absurdo que parezca.

En momentos humanamente difíciles, en los que tenía sin embargo la seguridad de lo imposible (…) sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba, Pater!.

Los que aquel día se apretujaban en el tranvía que, dando tumbos, hacía el recorrido Atocha-Cuatro Caminos, tal vez se asombraran al ver a aquel joven sacerdote murmurando palabras incomprensibles, con la cara iluminada de gozo.

¡Gozo, paz profunda! ¡Soy hijo de Dios! Lo demás, no tiene importancia…

“Tú eres mi Hijo: Yo te engendré hoy” (Ps. 11, 7). Toda una vida sería insuficiente para agotar el significado de estas palabras del Salmo II, que ahora contempla con una luz nueva…

Gozo. Identificación con Cristo, Hijo unigénito de Dios, el Bienamado del Padre. Como en los justos del Antiguo Testamento, como en María cuando entonó el Magnificat, la respuesta brota de lo hondo de su corazón, expresada con palabras de la Escritura: Abba, Pater! Abba, Pater! Abba! Abba! Abba!

“Y por cuanto vosotros sois hijos, envió Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual nos hace exclamar: Abba, Padre. Y así ninguno de vosotros es ya siervo, sino hijo. Y siendo hijo, es también heredero de Dios” (Gal. IV, 6-7). “Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para obrar todavía por temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción de hijos, en virtud del cual clamamos: Abba, ¡Oh Padre!; porque el mismo espíritu está dando testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y siendo hijos, somos también herederos: herederos de Dios, y coherederos con Cristo: con tal, no obstante, que padezcamos con él, a fin de que seamos con él glorificados” (Rom. VIII, 15-17).

¡Sí, Pablo, gran Pablo! ¡Gracias por esta doctrina que nos has dejado, porque el Espíritu Santo te la inspiró!

Qué confianza, qué descanso y qué optimismo os dará, en medio de las dificultades, sentiros hijos de un Padre, que todo lo sabe, y todo lo puede.

Don Josemaría ha bajado del tranvía, casi sin darse cuenta, y deambula por las calles sin dejar de repetir mentalmente, y tal vez en voz alta, ajeno a los viandantes: Abba, Pater! Abba, Pater!

Es una gracia demasiado grande que, sin duda, Dios no quiere que se la reserve para él. Ha de ser, también, para los que vengan. Para que sepan siempre, en media de las dificultades, ver la Cruz de Cristo, y que encontrar la cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios.

La luz del 2 de octubre de 1928 se ha hecho más brillante aún, en momentos particularmente difíciles. Que esta manifestación profunda de la filiación divina haya tenido lugar en plena calle -en un tranvía- confirma, con toda evidencia, que el cristiano puede y debe alcanzar la santidad en medio de sus ocupaciones ordinarias, y gracias a ellas:

La calle no impide nuestro diálogo contemplativo; el bullicio del mundo es, para nosotros, lugar de oración.

“¿Por qué causa se han embravecido las naciones, y los pueblos meditaron cosas vanas? (…). Se han confederado los príncipes contra el Señor y contra su Cristo (…). Aquel que reside en los cielos se burlará de ellos (…). Tú eres mi Hijo. Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré las naciones en herencia tuya, y extenderé tu dominio hasta los extremos de la tierra …” (Ps. II).

El Padre, como lo llaman espontáneamente quienes se acercan a él, llega a su casa con el corazón inundado de gozo, lleno de confianza en el futuro, pase lo que pase. A partir de ese momento, la filiación divina será tema central de su predicación: Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo (…). Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando (..). Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos.

¡Ah, Señor! -¡díselo con toda tu alma!-, yo soy… ¡hijo de Dios!

Las primeras vocaciones

Don Josemaría prosigue haciendo apostolado con gente joven y con algunos sacerdotes. Confiesa durante más horas y ensancha y profundiza el trabajo básico indispensable para que la Obra de Dios se ponga en marcha.

El confesionario le permite empezar a dirigir espiritualmente algunas mujeres, en su mayoría jóvenes, que un sacerdote no podría encontrar en otros sitios, como a los hombres. Aconseja a unas cuantas que vayan a enseñar el catecismo a los niños en un suburbio muy pobre de los alrededores de Madrid llamado “La Ventilla”.

Pacientemente, va modelando las almas una a una, tallándolas como los diamantes, a la espera de que “respondan”.

Ya no está del todo solo, con el secreto de esta locura, de este fuego cuyo resplandor el Señor le ha hecho ver hace más de dos años. Algunos de los que le rodean han empezado a comprender… Entre ellos, uno en quien había pensado a poco de fundar la Obra: Isidoro Zorzano, aquel antiguo condiscípulo del Instituto de Logroño, persona recta, de gran corazón y buen cristiano. Estaba seguro de que sería capaz de entender ese ideal tan exigente y, con la gracia de Dios, dedicar su vida a esa tarea…

No le había olvidado, pero hacía varios años que no se veían. Sabía, eso sí, que no se había casado, que había terminado la carrera de ingeniero y que trabajaba en Málaga, en la Compañía de Ferrocarriles de Andalucía.

A comienzos de 1930, había decidido escribirle. Una carta muy breve: “No dejes de venir a verme cuando pases por Madrid; tengo que contarte cosas que pueden interesarte…”

Unos meses más tarde, el 24 de agosto, don Josemaría había ido a visitar a un estudiante de arquitectura, que se encontraba enfermo. A poco de llegar, piensa, sin saber por qué, que debe volver a casa. Sale y, cerca ya del Patronato de Enfermos, él, que siempre toma el camino más corto, da un ligero rodeo. De pronto, en la calle de Nicasio Gallego, ve venir en dirección contraria alguien a quien conoce: ¡Isidoro!

-Acabo de estar en el Patronato -dice éste- y, como no estabas, iba a buscar un restaurante y luego a tomar el tren. Voy al Norte, donde mi familia está pasando el verano… Es curioso, pero tenía el presentimiento de que te encontraría aquí, en esta calle…

Ya en las habitaciones del Patronato de Enfermos, antes de que don Josemaría pueda abordar el tema que le insinuaba en su carta, Isidoro dice:

-Josemaría, quería verte para pedirte que me aconsejaras.

-¿Qué te pasa?

-Estoy inquieto. Siento que Dios me pide más, que debo hacer “algo”, pero no sé el qué. Me he preguntado a veces si el Señor querrá que me haga religioso, pero no lo veo claro. Tengo mi trabajo de ingeniero, que me satisface… Y no sé qué pensar, quiero que me orientes…

Don Josemaría le escucha estupefacto. Luego dice:

-¿Te acuerdas de mi carta? Pues bien, te he escrito precisamente para hablarte de una obra en la que estoy comenzando a trabajar…

Y empieza a describirle, a grandes rasgos, ese inmenso panorama de santificación del trabajo ordinario y de la vida corriente. La de un ingeniero como él, por ejemplo.

-Veo en esta coincidencia el dedo de Dios -exclama Isidoro-. Cuenta conmigo. Por mi parte, estoy decidido.

Ha sido todo tan rápido que don Josemaría no sabe qué hacer. Pide a su amigo que espere un poco, antes de dar una respuesta definitiva, pues se trata de dar un nuevo giro a su vida… Isidoro se marcha y vuelve después de comer.

Mientras le espera, el Padre reflexiona sobre el sentido de este suceso y pide luces al Señor. Ha sido todo tan rápido… Por una parte, Isidoro no podrá trasladarse inmediatamente a Madrid y no podrán verse con frecuencia, lo que dificultará su indispensable formación; por otra, resulta todo tan claro, tan providencial…

Vuelve Isidoro. Charlan largo rato, hasta la salida del tren. Cuando parte, se considera ya comprometido con el Señor, de manera irreversible, para trabajar a su servicio en esta Obra de Dios, de la cual, de hecho, será el primer miembro que perseverará. A partir de ese momento, Josemaría, su condiscípulo, se ha convertido en El Padre.

Contradicciones y certezas

Aunque los frutos no acababan de verse, el año 1930 había sido rico en trabajos y gozos. Sobre todo, ese 14 de febrero en que había nacido la Sección de mujeres del Opus Dei, inopinadamente. Así pues, don Josemaría prosigue su trabajo apostólico en tres frentes: hombres, sacerdotes y mujeres.

No es nada fácil. En tiempos de crisis, como ésos, las gentes andan preocupadas y se ven atraídas por la acción política. El ideal que el Padre propone es otro, mucho más alto. Incluye, sí, las aspiraciones y las empresas más nobles, pero iluminadas por la luz de la fe, con todo lo que eso exige: vida interior, formación, coherencia moral, unidad de vida…

Don Josemaría suele entusiasmar a aquellos a quienes se dirige; les hace descubrir nuevos horizontes y sacar nuevos destellos de las páginas del Evangelio (ha tomado nota de un centenar de versículos del Nuevo Testamento que relee y medita con frecuencia). No faltan, sin embargo, quienes se burlan de la increíble audacia que encierra la idea misma del Opus Dei. No se contentan con hacer comentarios a sus espaldas: algunos se lo dicen, con “comprensiva” condescendencia (son, con frecuencia, ¡ay!, sus hermanos en el sacerdocio). ¡Qué idea más absurda proponer que traten de ser santos a hombres y mujeres corrientes, que no están “consagrados” a Dios, que no se comprometen con votos, que no tienen vocación religiosa! ¿Acaso no basta con procurar que esas gentes inmersas en el mundo, con tantas ocasiones de perderse y de ensuciarse, simplemente se salven “como a través del fuego”? Qué osadía decir a los cristianos corrientes: Tienes obligación de santificarte. -Tú también. -¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto”.

El joven Fundador sufre con estas incomprensiones, aunque no le sorprenden. Lo que predica es tan nuevo… Una locura, sin duda. Pero está tan seguro de que eso viene de Dios que no está dispuesto a renunciar por mucha sorpresa o muchas reticencias que algunos manifiesten. Al contrario, no hacen más que confirmarle que no es el inventor de una “idea” generosa, sino instrumento escogido por Dios para abrir un nuevo camino en la tierra. Esta obra no es una “buena obra” más. Es la Obra de Dios que Él le había hecho entrever desde su juventud, sin saberlo. ¿Qué puede tener de extraño que surjan obstáculos? Tendrá que quitarlos o esquivarlos, de la mano de Dios, porque, de alguna manera, el cielo está comprometido en que se realice.

El día de la Transfiguración, que en Madrid se celebra ese año el 7 de agosto, don Josemaría está celebrando misa en la iglesia del Patronato de Santa Isabel. Cuando se dispone a formular mentalmente las intenciones por las que la ofrece, se da cuenta, de pronto, del profundo cambio interior que -sin mérito alguno por su parte, piensa- se ha operado en él desde su llegada a la capital. Inmediatamente, renueva su propósito de orientar toda su vida hacia el cumplimiento de lo que Dios quiere de él: hacer la Obra de Dios.

Llegó la hora de la Consagración -escribe el mismo día en un cuaderno-: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, (..) vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: “et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum” (Joann., XII, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el “ne timeas!”, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas…

Querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo corno llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey…

MÉXICO. Trabajando con campesinos

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

A lo largo de kilómetros y kilómetros, viajando hacia el Sur de México City, en el Estado de Morelos, el sol castiga con fuerza tierras blanquecinas y polvorientas, cansadas de producir, durante siglos, alubias y maíz. Campesinos andrajosos con ropas de arrugado algodón pasan junto a nosotros, cargados con grandes haces de leña o balanceándose a lomos de un asno. El calor salvaje se desperdicia aquí; poca humedad puede extraer de la tierra. Pero a medida que nos acercamos a una antigua hacienda próxima a una pequeña ciudad, Chalcantzingo, los campos empiezan a verdear y el paisaje revive. La gran cúpula y las dos torres de una antigua iglesia dominan un pequeño conjunto de edificios con los muros enjabelgados y tejas y ladrillos rojos. Bajo un árbol corpulento, a la entrada de la hacienda, una mujer india y su hijito tratan de hacer caer un fruto con un palo muy largo. Estamos en Montefalco, un centro del Opus Dei cuyos miembros trabajan para promocionar a los campesinos de la zona.

Montefalco era una próspera plantación de azúcar que fue arrasada e incendiada por las tropas de Emiliano Zapata durante la revolución de 1910. Los miembros nativos del Opus Dei dicen, en broma, que Zapata fue el primer cooperador mexicano del Opus Dei, pues gracias a él los propietarios les cedieron las ruinas en 1949.

Al principio, la donación fue más bien un compromiso que un beneficio. Los edificios estaban derruidos y comidos por la jungla y los campesinos que vivían allí eran miserables. Sin embargo, tras años de duro trabajo de muchos voluntarios, Montefalco se ha convertido en un lugar hermoso, exhuberante, lleno de contrastes de colores y matices, viejo y nuevo. La Plaza Mayor, del tamaño de un campo de fútbol, está flanqueada por dos casas de retiros, la vieja iglesia, un albergue o posada y dos escuelas.

El segundo desafío de Montefalco, elevar el nivel de vida de los campesinos, era tan urgente como la reconstrucción de los edificios. Cuanto Montefalco era una plantación de azúcar, una serie de canales traían el agua desde las cumbres nevadas del volcán Popocatépelt. Pero una ciudad situada más arriba necesitaba agua, así que dejó de llegar al valle de Amilpas. ¿Por qué la gente de Amilpas no trató de evitarlo? “Lo intentamos -me explicó un campesino-. Nos quejamos, y entonces nos dijeron que nos darían agua, sí pero a balazos…” La ciudad era grande y tenía muchos hombres capaces de disparar, así que los campesinos de Montefalco se quedaron tan sólo con el agua que caía del cielo en la estación de las lluvias.

El valle de Amilpas se convirtió en una de las zonas de México con más cuatreros. Durante los ocho largos meses de la estación seca, los hombres pasaban el tiempo bebiendo y montando toros. Las riñas familiares eran frecuentes.

Pero las gentes del valle de Amilpas tenían también un lado bueno: la fe profunda que ayudaba a muchos a sobrevivir en medio de la pobreza. Uno de los sacerdotes de Montefalco, don José Adolfo Martínez, me contó un incidente ocurrido a raíz de su llegada, en 1960. Los aldeanos habían ido a pedirle que organizase una procesión para pedir que lloviera. Llevaban con ellos una enorme imagen de Cristo crucificado a la que llamaban “la cruz de la señora anciana”. Don José Adolfo aceptó de mala gana, pero advirtió a los aldeanos que si Dios había dispuesto que no lloviera, no llovería. “No, padre -replicaron los indios-. Si salimos en procesión, lloverá.”

El sacerdote me confesó que se había sentido un tanto confuso yendo en procesión por las calles resecas bajo un cielo sin nubes, delante de una banda de desharrapados, cubiertos con lienzos de plástico en previsión de la lluvia, y me contó que un escéptico que estaba sentado en la puerta de su casa se echó a reír al verlos y gritó: “¡Me beberé todo el agua que caiga!”.

“Ni que decir tiene que, en cuanto terminó la procesión, empezó a llover a cántaros. Fue algo que me estremeció,” En el camino de vuelta, al pasar ante la casa del escéptico los fieles empezaron a gritar: ” ¡Bébetela! ¡Bébetela!”.

Cuando llegaron a Montefalco los primeros miembros del Opus Dei, los campesinos se mostraron recelosos. Algunos, sin embargo, sintieron curiosidad al ver lo que estaban cultivando y unos pocos aceptaron la invitación a estudiar técnicas agrícolas. Así surgió El Peñón, con sólo cinco alumnos. Hoy es una escuela que pone un especial empeño en enseñar agricultura moderna. En ella se enseñan también cosas prácticas, como el uso adecuado de fertilizantes o el aprovechamiento de la lluvia, sin olvidar cosas tan elementales como el estampar la propia firma.

Antes, los campesinos sólo cultivaban maíz y judías (frijoles). Ahora cultivan tomates, cebollas, zanahorias, etcétera. En el Peñón les han enseñado a hacerlo, y también a criar cerdos y pollos. Incluso tienen una cooperativa para intercambiar sus productos.

Un campesino que vive cerca de Montefalco, Juan García, solía recoger una magra cosecha anual de frijoles y maíz. En 1969, después de que su hijo estudiara en El Peñón, inició una granja con 3.000 pollos al año. Ahora son 500.000. Juan, embutido en un mono nuevo y limpio, me enseña las instalaciones. “Gracias a esto -me dice- hemos podido comprar un tractor e instalar agua corriente y tener cuarto de baño.”

En cuatro años (1961-1965), cuarenta estudiantes pasaron por El Peñón. En 1965, se inició un ciclo de tres años, al final del cual se concede un diploma. En 1971 comenzó la escuela secundaria. Ese mismo año, el gobernador del Estado de Morelos visitó Montefalco y quedó tan gratamente impresionado que concedió ayuda oficial para iniciar un curso de cría de ganado. Actualmente, el Peñón es una de las escuelas punta de México, que combina la enseñanza práctica y viva con grandes programas educativos en la televisión.

En 1959 se inició también una escuela femenina con clases de economía doméstica, gracias a la cual las campesinas han aprendido corte y confección, cocina, plancha, higiene y dietética. Un grupo de antiguas alumnas ha establecido un taller de confección que suministra ropa al por menor a México City. Un campesino, Miguel Angel Senedo, casado y con tres hijos, terminó en 1974 sus estudios en El Peñón. Con su padre y un hermano, ha empezado a criar ganado -cerdos y pollos-, cultiva guisantes y tomates y ha sustituido su buey y su asno por un tractor. Charlamos a la sombra de un moderno barracón. Cerca de unas aventadoras colgadas de la pared y de un aparato de radio que transmite música pop, hay un cuadro del Sagrado Corazón. Miguel me dijo que ahora todo iba bien, pero que hacía unos años había tenido problemas con su familia. Su padre, que bebía muchísimo, había caído enfermo. La familia estaba dividida. No se hablaban. Pero las cosas empezaron a cambiar cuando Miguel empezó a poner en práctica lo que había aprendido en El Peñón sobre la cría de pollos y de cerdos y la mejora de los cultivos. Empezaron a trabajar juntos y su padre también empezó a beber menos, hasta dejar la bebida.

“En el Peñón aprendí también cosas espirituales -me dice Miguel-. Y trato de ponerlas en práctica. Cuando trabajo, le digo a Dios que lo hago por Él. Por ejemplo, cuando siembro. Ahora acabo de recibir un lote de pollitos para engordar y ofrezco a Dios el trabajo que me van a dar, y le pido que lo haga bien. A veces mi pensamiento se aleja de Él, me distraigo a lo largo del día, sobre todo cuando estoy muy absorbido o muy cansado. Otras veces tengo pereza, y me digo: “En adelante no pienso trabajar tanto. Me lo tomaré con calma”. Pero entonces surge un problema y uno reacciona y dice: “No me olvides”.

Hay días en que vuelvo a casa tan cansado que no tengo ganas de hablar con nadie. Pero al día siguiente le pido a Dios que me ayude y procuro empezar de nuevo. En Montefalco hablan de esforzarse para hacer la vida agradable a los demás, y eso es lo que trato de hacer.”

Marcos Torres, miembro del Opus Dei, es un campesino que cultiva sus tierras y cría pollos en Jonacatepec. Caía la tarde y tenía abierta la puerta de su casa. Mientras hablaba, los chiquillos jugaban fuera, en la calle, esquivando los tractores que volvían del campo. Me dijo que en el Opus Dei le han enseñado que hacer apostolado significa ser amigo de los amigos. Hay que empezar desde el principio, no con los que ya van a Misa los domingos, sino con los que cobran el sábado y se van a la cantina y se gastan el salario en tequila. “Algunos amigos míos hacían eso. Cuando se lo gastaban todo, perdían la vergüenza y pedían más a cualquiera. Incluso iban a una granja ajena, de noche, y lo cogían. Sabían que hacían mal, pero lo hacían a pesar de todo.”

Marcos me contó que había tenido un amigo con ese problema y también con un problema de mujeres. Era católico, pero no practicaba. Su padre le había aficionado a las peleas de gallos, a montar toros y a ir a la cantina. “Tenía dos hijos ilegítimos -me dijo Marcos-, pero seguía siendo un hombre bueno, responsable en su trabajo. Yo creo que gracias a eso empezó a enderezar su vida. Le gustaba hablar de sus problemas. Yo solía ir a los toros con él y luego a tomar unas copas, pero procuraba no pasarme. Sabía que yo llevaba una vida limpia y que no tenía ninguna amante. Al cabo de un rato solía decirme que no se explicaba cómo era capaz de beber sin emborracharme. Yo le contestaba que no era tan difícil, que lo intentase. Como quiere mucho a sus hijas y quiere que sean buenas, una vez le dije que, viviendo como vivía, no podría darles ejemplo de vida. No le sermoneé; se lo dije tranquilo, con calma y se lo repetí muchas veces. El caso es que ha dejado de beber y ha renunciado a las mujeres. Está más cerca de su mujer y algunas veces va a Misa.”

Margarita Barranco vive cerca de Montefalco, en Chalcantzingo. Su casa no tiene más que una sola pieza, dividida en dos por una cortina, un cuarto de aseo de bambú y un rincón para hacer tortillas. Se quedó viuda a los pocos años de casarse, cuando acribillaron a balazos a su marido, junto a una iglesia de piedra que hay enfrente de su casa, al confundirle con otro individuo. Margarita, sola, tuvo que enfrentarse a la tarea de sacar adelante a sus cuatro hijos -tres chicas y un chico-, todos menores de seis años. Para ello cría cerdos y pollos, confecciona ropa, vende tortillas y trabaja a tiempo parcial en Montefalco, donde, según dice, le enseñaron a cultivar legumbres, cuidar las vacas y educar a los hijos.’

“Procuré enseñar a los chicos las cosas importantes, como ir a Misa, viviéndolas yo misma. Y cómo organizarse, y cómo tratar a la gente. Les enseñé lo que me decían en Montefalco: a estar contentos aunque se tengan problemas, y a ayudar a vivir a los que no tienen dinero. Cuando me despierto, ofrezco el día a Dios, y a lo largo de la jornada le vuelvo a ofrecer lo que me cuesta, y lo que algunas personas creen que no tiene importancia, como colocar las cosas en su sitio.”

Tras la muerte de su marido, algunos parientes de éste reunieron una gran suma para contratar a un pistolero que matara a los asesinos, algo que es corriente en el valle de Amilpas. Cuando Margarita se enteró, fue a suplicarles que no se vengaran. Ellos le dijeron que ya habían entregado el dinero al pistolero. “Pues entonces -replicó ella- dadlo por perdido.”

Quien me lo contó, me dijo que Margarita es muy tímida, pero que en aquella ocasión se mantuvo firme.

Bernardo Heredia llevaba años yendo por Montefalco. En comparación con los demás campesinos de la zona era un granjero acomodado, pues tenía veinte peones, pero pensaba que no era lo suficientemente rico como para ser del Opus Dei, pues un amigo le había dicho que la Obra sólo era para gente muy rica y muy culta. “Pero mi mujer empezó a asistir a las charlas que daban los sacerdotes del Opus Dei, y yo también, y entonces comprendí que estaba equivocado, que era para gente corriente. Era un ambiente serio, organizado, que invitaba a reflexionar. Creo que Dios no se equivoca nunca y me convencí de que había escogido al Fundador, Monseñor Escrivá, para que abriese este camino de santificación de las vidas de la gente corriente. La gente es como la tierra, llena de piedras y de peñas, y es difícil plantar nada en ella. Pero cuando se la limpia y se la abona, se hace fértil. Para mí, el Opus Dei ha sido quien me ha limpiado de piedras.”

Bernardo me dijo que una de las cosas que ha aprendido en el Opus Dei ha sido a no ser “católico de días de fiesta. He aprendido lo que es la unidad de vida, .que no tienes que hacer cosas raras para ser santo, que tus obligaciones. religiosas no se limitan a ir a Misa los domingos”. Antes, aunque iba a Misa, despreciaba a sus peones. “El Opus Dei me ha ayudado a darme cuenta de lo equivocado que estaba y me ha enseñado a tratarles mejor, con espíritu de servicio. Ahora los comprendo. Son como de la familia. Nos sentimos a gusto juntos.”

Bernardo mencionó un incidente en el que uno de sus mejores toros -premiado- resultó muerto. La venta de su carne le hubiese reportado buenos beneficios, pero renunció a venderla tras considerar que sus peones necesitaban más aquella carne que él el dinero. Me lo contó sin vanidad ninguna. Dijo simplemente que estaba agradecido a Dios por ayudarle a ver claro lo que antes no era capaz de ver.

Los indios mexicanos han ocupado siempre un lugar especial en el corazón de la Iglesia. Muchos creen que ésa fue la razón de que la Virgen Santísima se apareciese al indio Juan Diego en Guadalupe, en el siglo XVI. Por entonces, los indios estaban recelosos y suspicaces con los traficantes que invadían sus tierras, por lo que los esfuerzos de los misioneros para convertirlos al cristianismo daban pocos resultados. Cuando la Virgen se apareció al pobre Juan Diego, dejó impresa su imagen en su tilma o delantal. La aparición se vio acompañada por una serie de símbolos que contenían un claro mensaje para los indios, de tal forma que en unos pocos meses se convirtieron millones de ellos. Entre las cuestiones inexplicables de la imagen de Guadalupe está la longevidad del tejido en que se halla impresa, que ha permanecido intacto a lo largo de los siglos, mucho más allá de su duración normal. La imagen, venerada por los católicos en el mundo entero, hace decir con orgullo a los indios: “Dios no ha hecho una cosa así por ningún otro pueblo”.

La Iglesia ha llevado a cabo una amplia labor social con los pobres de México a lo largo de los siglos. Durante años -especialmente mediante la labor de sacerdotes y religiosos- se ha esforzado en fomentar la causa de la justicia social entre ellos. Los miembros del Opus Dei consideran que lo que hacen forma parte de esa larga tradición de la Iglesia.

Una labor social de ese signo es la que están realizando en las montañas que hay al oeste de la ciudad de México, más allá de Toluca, en una hacienda llamada Toshi, donada a los miembros del. Opus Dei por una, antigua familia mexicana. Aunque no estaba en ruinas, como Montefalco, hubo que adaptarla a las nuevas necesidades. Entre los servicios que ofrece a los indios de los alrededores están las lecciones de cocina y de higiene para amas de casa y un club juvenil para chicas.

Cuando la visité era domingo y acudían mujeres indias de todas partes para comprar ropa y comida. La comida era gratis y la ropa muy barata; había además médicos y enfermeras para prestar servicio a quienes lo necesitasen. Algunas mujeres, endomingadas, iban sin embargo descalzas, llevando a un niño a sus espaldas.

María Garduño, Juana Flores y Margarita Pacheco habían caminado durante cuatro horas para proveerse de leche y queso para sus hijos. Julián Carmona, un anciano de rostro áspero y arrugado, casi ciego, era conducido, a lomos de un asno, por su nieta Alicia. Su mujer, Leonor, me dijo que acudían a Toshi regularmente para aprender a leer y rezar. Esta vez quería también comprar unos pantalones a su marido.

. Pascuala Martínez de Mejía tiene 69 años, diez hijos y es miembro del Opus Dei. Me dijo que al principio -1960- venía a Toshi por leche para su último hijo. Ahora, en su casa, aplasta maíz, hace tortillas, cuida de las vacas, los corderos y el asno. A mediodía lleva la comida al campo a su marido, que cultiva trigo y maíz. “El Opus Dei me ha enseñado a ofrecer a Dios todas esas cosas, a hacerlas bien y a rezar. Para mí, todo esto era nuevo al principio. Antes de venir aquí no sabía hacer más que la señal de la cruz.

También he aprendido a hacer apostolado. En estas colinas la gente toma demasiado pulpe, a veces cuatro botellas al día o más. Se emborrachan y pelean. Riñen con la mujer, con los hijos, con los amigos. Y no lo dejan. Yo trato de convencerles para que no beban tanto y cuando me encuentro con alguno que busca pelea, hablo con él y procuro calmarlo. A veces cambian, sobre todo los que rezan. Cambian, y nadie sabe por qué.”

En uno de los barrios más pobres de Ciudad de México hay una clínica oftalmológica para pobres fundada por un médico muy amable, el doctor José Pardo, en los años veinte. Las personas que allí acuden, sufren generalmente infecciones en los ojos causadas por la polución atmosférica de la ciudad. Actualmente se atiende a unos 400 pacientes diarios, lo cual ha hecho de ella la mayor en su género de toda Iberoamérica. La clínica, en la que trabajan bastantes miembros del Opus Dei, ha llegado a un acuerdo con la Universidad Panamericana (fundada en Mexico, D. F., por miembros y amigos del Opus Dei), para así poder ampliarla y ofrecer otros servicios.

El director, el doctor Carlos Vidal, miembro del Opus Dei, me explicó que “la razón por la que trabajamos junto con la universidad es que tenemos la misma meta: ofrecer a la gente más necesitada atención médica de calidad. El acuerdo permitirá ampliar nuestros servicios. Hasta ahora sólo teníamos fondos para mantenernos”.

El doctor Vidal me dijo también que la idea de convertirla en clínica universitaria la tuvo el Prelado del Opus Dei, Monseñor Alvaro del Portillo, que acudió a la clínica para recibir tratamiento durante una, visita a México. Monseñor Del Portillo animó a toda la plantilla a establecer lazos de unión entre la clínica y la universidad. Y recordó que el Opus Dei ha contado desde sus comienzos, con las oraciones de los enfermos.

Y el doctor Vidal añadió: “Así construiremos la nueva clínica, con las oraciones de esta gente. Por eso no nos preocupa el dinero; sabemos que vendrá”.

Coral Palmer estuvo trabajando en la clínica como contable hasta que, a finales de los años setenta, se hizo asistenta social. Aconseja a los pacientes, sobre todo a los que son ciegos. Cuando están a punto de perder la vista, los enseña a seguir trabajando, y a sus parientes les explica cómo pueden ayudarlos. Coral se entiende muy bien con los ciegos, porque ella misma perdió la vista hace ya varios años.

“Les digo a los pacientes que no se rindan, que sigan luchando por vivir, por encontrar trabajo o por aprender a hacer algo, pues así se sentirán útiles y no serán una carga para su familia. Les digo también que procuren estar alegres, tener vida interior y ofrecérselo todo a Dios.”

Un paciente de 28 años, de nombre Ricardo, cayó en una profunda depresión tras quedarse ciego. Su padre lo llevó a la clínica después de que intentara suicidarse varias veces. Coral me dijo que ella le había aconsejado que fuese a la iglesia de la Santa Vera Cruz y hablase con un. sacerdote. “Al principio se negó. Dijo que Dios no existía y que era una injusticia que él estuviera ciego. Pero yo le dije que Dios no es injusto, que es misericordioso y que su ceguera no era un castigo, que si estaba ciego era porque Dios quería que eso le sirviese para salvarse, no sólo él, sino también su familia. Ahora pertenece a la asociación de invidentes y está aprendiendo braille y toca la guitarra. Va con frecuencia a la Santa Vera Cruz y está mucho más contento.”

Coral dice que si Dios le diese la oportunidad de recobrar la vista, le diría que prefería continuar así. “La ceguera me ha proporcionado una nueva dimensión, ha dado un nuevo significado a mi vida. Así puedo ayudar a más gente. Hay muchas personas cuyas vidas son más duras que la mía. Hay una mujer que viene por aquí, tan pobre que apenas tiene que llevarse a la boca, ni dinero para pagar la visita. Se llama Clarita y tiene un glaucoma muy doloroso. Sufre mucho. Sólo ve un poco con un ojo, pero a pesar de todo dice que siente que Dios le favorece tanto que tiene que ir a Misa todos los días para darle gracias. Me dicen que va vestida con una falda muy gastada, y que siempre sonríe. Cada vez que viene a ver al médico me trae un regalo, caramelos o una rosa. Es feliz porque está muy cerca de Dios.”

Aunque en este capítulo sólo se habla de la labor que desarrolla el Opus Dei con gente humilde su actividad en México es mucho más amplia. Como en todos los países que he visitado, se relaciona con personas de toda clase y condición, pero al igual que sucede con la Iglesia en su conjunto, ejerce una opción preferencial por los pobres.

FILIPINAS. Los pobres del Tercer Mundo

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

Los pobres de Manila viven en minúsculas chozas de madera y hojalata que se alzan sobre el fango. Los más privilegiados ocupan casas diminutas de una o dos habitaciones. A veces construyen su hogar con tablas carcomidas entre las ramas de un árbol.

Como los de otros muchos países, los pobres de Manila provienen del campo, donde los ricos hacendados les explotaban; se trasladan a la ciudad en busca de una vida mejor, que rara vez encuentran.

En las zonas más deprimidas, la moralidad es escasa, y a veces nula. No es raro que los adolescentes, antes de llegar a la edad adulta, hayan sido testigos de varios crímenes.

Las Filipinas han sufrido muchas convulsiones desde finales del siglo XIX, cuando el país empezó a luchar por su independencia. Recientemente, ha sido víctima de una rígida y larga dictadura.

Sobre este telón de fondo tuvo lugar la revolución de 1986, que acabó con ella. Sin embargo, cuando el polvo del alzamiento se posó, pudo verse que los efectos de la dictadura permanecían. Un dato significativo: el 70 por 100 de los filipinos viven por debajo del nivel de pobreza.

A la entrada del inmueble en que me alojaba -un edificio de apartamentos situado en San Juan, un antiguo barrio de Manila- había un guardia armado, con uniforme azul. Su presencia era un recordatorio de la desesperada pobreza que le rodeaba.

Ante tanto sufrimiento, muchos cristianos, que no son capaces de hacer lo que la Madre Teresa de Calcuta -atender personalmente los problemas más graves derivados de la pobreza-, se limitan a dar limosna. Pero hasta la Madre Teresa reconoce que la caridad sólo resuelve los problemas más inmediatos, no el problema de fondo. Éste sólo se puede atacar mediante la aplicación de una justicia social basada en principios cristianos, ya que es la única que evita dos grandes escollos: las injusticias provocadas por los excesos del capitalismo, de una parte, y la opresión de los sistemas totalitarios de signo socialista, de otra.

Fue este camino -el del desafío propuesto por las enseñanzas sociales de la Iglesia- el que un grupo reducido de universitarios filipinos tomó mucho antes de que se produjera la revolución de 1986. Cuando se agruparon a mediados de los años 60, eran conscientes de que, aunque Filipinas era un país predominantemente católico, había hecho poco caso de la doctrina social de la Iglesia; pero eran muy jóvenes, y no tenían influencia económica, política o social; sólo tenían buena formación e ilusión juvenil. Dos de ellos, graduados en Harvard, eran dos economistas: el Dr. Bernardo Villegas y el Dr. Jesús Estanislao.

“Queríamos crear un servicio social que fuese profesional y secular, capaz de dar respuesta a las necesidades sociales más apremiantes -me dijo Jess-. Debía ser educativo, apostólico y abierto a todo el mundo, pues queríamos llegar al mayor número posible de personas.”

El grupo se propuso mostrar que las empresas podían ser socialmente responsables. Pero el gobierno, entonces, iba por un camino y los hombres de negocios por otro. Mientras el gobierno hablaba de programas sociales y económicos, las empresas privadas actuaban a su aire. Además, los hombres de negocios sólo estaban interesados en los beneficios, no en el desarrollo económico y social del país.

“Queríamos contar con un centro que estudiase estos problemas y estableciese un puente entre el gobierno y los empresarios.”

El resultado fue el Center for Research and Communication (Centro de Investigación y Comunicación), inaugurado en 1967. El centro ocupaba entonces un edificio alquilado en el número 1607 de Jorge Bocobo, Malate, y no tenía nada que ver con el moderno edificio que ocupa ahora en Pearl Drive, en el Complejo Comercial Ortigas, con sus modernas aulas, salas para seminarios y oficinas.

A poco de ser fundado, el CRC ya había adquirido gran reputación como centro de formación empresarial y de estudios de previsión económica (algo que pronto provocó el recelo del gobierno, que no veía con buenos ojos que un organismo independiente pusiese de relieve los pobres logros económicos del sistema). El CRC formaba hombres de negocios para que dirigieran sus empresas con arreglo a sanos principios económicos; luego, los animaba a, concentrarse en áreas en las que podían ayudar a combatir la pobreza, es decir, a responder a la llamada de la Iglesia a favor de la “opción preferencial por los pobres”. Les pedía, por ejemplo, que tuviesen en cuenta los ingresos reales de los trabajadores de su empresa, su capacidad adquisitiva, sus necesidades familiares, etc.

“Lo que siempre hemos dicho a las diferentes empresas -me explicó Bernie- es que comparen lo que ganan sus empleados con lo que necesitan para vivir como seres humanos. Luego hemos dado un paso adelante. Por ejemplo, en desarrollo agrario. Si un cliente es dueño de una plantación de azúcar, le decimos que debe colaborar en el desarrollo de la comunidad, promoviendo escuelas, hospitales, etc. Existe la creencia, bastante generalizada, de que el- capitalismo no tiene conciencia, y eso es lo que tratamos de desmentir, procurando hacer que los empresarios conozcan lo que la Iglesia ha dicho sobre salarios, trabajo, sindicatos, cooperativas y todos los problemas sociales que tienen planteados los países del Tercer Mundo, entre ellos Filipinas. Y nos hemos encontrado con que los hombre de negocios y las empresas con que hemos contactado están dispuestos a hacer algo por resolver los problemas, una vez que toman conciencia de ellos.”

Los hombres de negocios que fueron al CRC buscando asesoramiento económico, pronto empezaron a responder. Algunos comenzaron a interesarse por las áreas rurales, contribuyendo al desarrollo agrícola; otros crearon fundaciones para la formación de campesinos; algunos elaboraron productos de alta calidad. Mientras tanto, el CRC instaba a la reforma agraria, aconsejando a los grandes terratenientes que parcelaran parte de sus dominios y los repartieran entre los campesinos.

“El mensaje que siempre hemos tratado de inculcar -me dijo Jess- es que en los negocios, antes de mirar lejos, al futuro, debemos recordar que tenemos los pobres al lado, en los taxistas, los porteros, los oficinistas, los campesinos. Insistimos en que los ejecutivos de las grandes empresas deben preocuparse ante todo de estas personas, procurarles mejor educación, tratarles bien, proveer a sus necesidades en términos de su desarrollo cultural, espiritual, profesional, educativo, etc. Y aumentar sus salarios, con arreglo a los beneficios. Los que han seguido esos consejos han comprobado que funcionan en un doble aspecto. Cuando la empresa se preocupa de la gente, se establece una mayor compenetración entre la empresa y sus empleados. La prosperidad de la empresa se convierte en una aventura conjunta y la productividad aumenta.”

La doctrina social de la Iglesia Católica ha rechazado siempre la idea de que la solución de los males económicos esté en ideologías como el socialismo, el capitalismo o la teología de la liberación. Lo que el CRC estaba haciendo se basaba en tres pilares básicos: en primer lugar, el principio de subsidiariedad, que dice que lo que los individuos o los pequeños grupos sociales pueden hacer con eficacia y competencia no debe ser absorbido por cuerpos sociales más amplios, y menos por el Estado (tal es el punto de vista conocido como “lo pequeño es hermoso”, el cual requiere que todos los trabajadores participen en la propiedad de los medios de producción). En segundo lugar, el principio de solidaridad, que dice que los individuos, los grupos privados y las asociaciones deben trabajar unidos, cooperando mutuamente. Y en tercer lugar, el principio de que cada persona y cada grupo debe, dentro de la comunidad, trabajar a favor del bien común. Lo cual no significa buscar el mayor bien para el mayor número, sino más bien el bien total de todos y cada uno de los miembros de la sociedad.

“Aquí es donde entra la competencia característica del CRC -me dijo Bernie-. Hay otras instituciones parecidas, pero yo creo que nosotros destacamos por el énfasis que ponemos en los principios de subsidiariedad, solidaridad y bien común. A los hombres de negocios les decimos con toda claridad que no hay una mano invisible, diga lo que diga Adam Smith, que promueva automáticamente el bien común cuando predomina el egoísmo personal. Eso es una colosal, mentira histórica. Cada persona debe contribuir consciente y activamente al bien común, con sus propias decisiones.”

Esto puede parecer muy bonito, un idealismo muy atractivo, pero impracticable en el mundo donde las empresas .luchan por obtener el mayor rendimiento de los trabajadores con los salarios más bajos posibles. Pero la realidad es que, así las cosas no marchan. Las’ empresas que explotan a los trabajadores y obtienen grandes beneficios a corto plazo por ese procedimiento plantan las semillas de su propia ruina. El CRC ha sido capaz de convencer de este hecho a bastantes empresarios cabezotas, como se comprueba viendo al gran número de ellos que asisten a cursos, seminarios y conferencias. Cada seis meses en un hotel de Manila, cientos de empresarios y hombres de negocios participan en cursos de actualización.

Aunque quienes dirigen el CRC están de acuerdo en los principios básicos, tienen a veces puntos de vista distintos sobre la manera de ponerlos en práctica. El centro recalca que las opiniones económicas del cuadro de profesores son cosa suya. Jess y Bernie, por ejemplo, llevan muchos años trabajando juntos, pero tienen criterios diferentes a la hora de encarar los problemas de la economía filipina. Bernie está convencido de que el futuro de Filipinas está en el desarrollo de la agricultura, mientras que Jess confía más en la industrialización del archipiélago. También discrepan respecto a la protección arancelaria.

“Aquí tenemos un gran pluralismo, una gran variedad de opiniones, pues estamos de acuerdo en que en economía no existen dogmas -explica Bernie-. Como dice el fundador del Opus Dei: en el Opus Dei tenemos un común denominador, que está formado por la doctrina de la Iglesia, pero el numerador es variadísimo: cada cual tiene sus opiniones, su manera de encarar los problemas. Eso es verdad en el Opus Dei, y también en el CRC.

Y lo mismo con quienes aconsejamos. Nadie está autorizado a decidir cómo una persona rica puede contribuir al bien común; creando oportunidades de empleo, obteniendo divisas, produciendo alimentos… La libertad personal y la responsabilidad deben ser los principios motores de la iniciativa privada con vistas al, bien común.”

La relación del Opus Dei con el CRC es la misma que en cualquier otra obra corporativa. El Opus Dei garantiza la doctrina y la orientación espiritual del CRC con arreglo a la fe católica, pero nada más. No se responsabiliza en absoluto sobre problemas concretos, como pueden ser las opiniones respecto a la conveniencia de introducir la reforma agraria en la isla de Negros.

El capellán del CRC, Father Hector Raynal, me habló de los consejos que suele dar a los hombres de negocios que acuden a él para hablarle de temas espirituales:

“En este país, la mayoría de la gente da por supuestas sus creencias religiosas. Suele ser buena, pero no profundiza en el conocimiento de las enseñanzas de Jesucristo. Hay que insistir en las cosas básicas: los sacramentos, la necesidad de estar en estado de gracia… Luego, inculcarles una serie de virtudes humanas: laboriosidad, firmeza, constancia, perseverancia, sinceridad…

Procuro que quienes vienen por aquí se den cuenta de que si quieren construir una sociedad sobre fundamentos cristianos tienen que conocer la doctrina de la Iglesia. Si se construye una sociedad y se tiene éxito económicamente, pero esa sociedad no está basada en principios morales correctos, el fracaso, a la larga, es seguro. Si se construye con la única preocupación de multiplicar los bienes materiales o con la de crear unas estructuras rígidas que coarten los derechos individuales, se edifica sobre arena. Se termina en nada.

Cuando alguien viene a mí para preguntarme si es moral tal o cual negocio, procuro ayudarle aclarándole los conceptos. En el CRC doy un curso de ética cristiana para empresarios que proporciona criterios claros basados en la Ley de Dios. Supongamos que alguien viniera y dijera: “Resulta que tenemos competidores que no pagan impuestos, que firman cheques sin fondos, que pagan salarios de hambre, que sobornan a los funcionarios… ¿Qué nos aconseja? ¿Hacer lo mismo?”. Lógicamente habría que decirle que no, que no puede hacer nada de eso. Pero si pensara que, entonces, no le queda otro camino que retirarse, habría que decirle que tampoco se trata de eso, que habría que estudiar detenidamente la situación. Y aquí es donde interviene la fe. Por supuesto que no se pueden emplear medios ilícitos, porque el fin no justifica los medios. Pero retirarse significaría darse por vencido, dejar los negocios del mundo en manos de quienes lo corrompen. Por eso hay que analizar detenidamente la posibilidad de utilizar otros medios lícitos y eficaces que no utilizan los competidores. El espíritu de Cristo nos dice que debemos colocar a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, que debemos devolver el mundo a Dios. ¿Cómo íbamos a lograrlo si a la primera dificultad nos retiráramos, renunciáramos a la lucha? Sí hemos de utilizar toda clase de medios lícitos, que pueden ser muy poderosos. Me refiero, por ejemplo, a la oración que, tal vez, nos hará ver que tenemos que esforzarnos más en el trabajo.

A los que me piden consejo les digo que tienen que procurar que su empresa sea más productiva, que no deben pensar que porque sean católicos y no puedan utilizar medios ilícitos su empresa debe estar siempre a la cola en cuanto a productividad o beneficios. Porque es falso, y anticuado, pensar que para ser un buen católico hay que ser un mendigo. Ésa era una de las cosas que Monseñor Escrivá quería inculcar en las mentes de muchos: que no es bueno renunciar a la lucha, que hay que procurar destacar, sobresalir, tener éxito. No por motivos egoístas, sino porque así se puede extender más el Evangelio.

Así pues, ése suele ser mi consejo: luchar, esforzarse. Pero si alguien me pregunta a qué partido político debe apuntarse, contesto que eso no es asunto de mi competencia, que puede hacer lo que quiera, siempre que se atenga a lo que dice la Iglesia en este terreno. Así, por ejemplo, con tal de que no se haga del Partido Comunista, puede hacer lo que estime oportuno para ayudar a resolver los problemas de su país. Es completamente libre en ese terreno. “

Actualmente, el CRC tiene una plantilla de ochenta profesionales, entre ellos varios economistas veteranos, doce jóvenes y una veintena de investigadores. En los últimos años ha evolucionado hasta convertirse casi en una universidad especializada en Economía, Ciencias Empresariales, Pedagogía y Humanidades. Ya ha empezado a formar un claustro académico, muchos de cuyos componentes han estudiado en universidades europeas y americanas.

Podría parecer que de todas las actividades corporativas del Opus Dei vistas ahora, el CRC sería una a la que más fácilmente se le podría imputar la búsqueda de influencia. En este sentido, los directores del centro me dijeron que les gustaría ser juzgados por sus logros, pues, a la larga, la gente no se fía de los rumores, sino de los hechos.

Tal es también el punto de vista del arzobispo de Manila, el cardenal Jaime Sin. Poco antes de que me concediera una entrevista, el cardenal había escrito un artículo en un periódico de la capital defendiendo al Opus Dei y la labor que sus miembros llevan a cabo en su diócesis, en especial el CRC. Entre otras cosas, el cardenal Sin decía que era importante tener en cuenta que el CRC no tenía finalidad política, sino profesional. “Cuando se estudian problemas financieros o se trata de prever el futuro, no -se está trabajando a favor de ningún partido político. Se está trabajando por el bienestar del país. Esto es muy claro. El CRC ayuda eficazmente al gobierno mediante el análisis y evaluación de los problemas financieros. Ha probado que cuenta con expertos que saben prever y proyectar, que trabajan de manera muy profesional. Lo cual ha supuesto que el gobierno tome nota de su labor, pues están cooperando al desarrollo del país.”

El cardenal Sin ponía de relieve también que cuando acabó la anterior dictadura y un nuevo gobierno se hizo con el poder en Filipinas, el CRC siguió haciendo lo mismo que hacía, aconsejando a las mismas personas e instituciones, incluido el gobierno. “Es una buena actitud -decía-, pues cuando la Iglesia o alguna organización de la misma se “casa” con el sistema, se queda viuda en la siguiente generación.” Evidentemente la Iglesia adopta esta actitud no sólo para no comprometerse políticamente, sino para garantizar la libertad política de los fieles seglares.

Dos labores inspiradas por el CRC son Dual Tech, un centro de formación profesional para obreros, y la Meralco Foundation, que desarrolla programas industriales para técnicos. Ambas tienen como objetivo dar oportunidades a los trabajadores más pobres.

Dual Tech, situado en el distrito comercial de Makati, es un proyecto conjunto de la Southeast Asian Science Foundation, que no tiene fines lucrativos, y la Fundación Hanns Seidel, de la Alemania Occidental. Fue creado por un grupo de empresarios para proporcionar a sus empleados especializados un aprendizaje adecuado. Dual Tech tiene dos objetivos básicos: adaptar un sistema alemán de enseñanza ambivalente que combina la enseñanza teórica con las prácticas en la misma empresa y estimular los valores morales y una sólida formación humana que se refleje en detalles prácticos, tanto en el trabajo como en la vida privada.

Los mecánicos y electricistas industriales que allí se forman proceden de las áreas más deprimidas de todo el país. Durante los seis primeros meses de sus estudios tienen comida y medicina gratis. Para algunos, esos seis meses son los primeros de su vida en que comen todos los días. Vienen de zonas en las que la instrucción religiosa y moral es escasa. Uno de los instructores de Dual Tech, Florentino Fernando, me dijo que la mayoría proceden de ámbitos en los que matar no es algo vergonzoso, sino más bien causa de orgullo. “Lo que los salva es su fe. A pesar de los pesares, quieren ser mejores.

Saben que violar o matar es malo, pero poco más. Y se dan cuenta de que necesitan aprender para salir adelante.”

Además de las enseñanzas técnicas, los aprendices reciben formación en virtudes humanas, a través de grupos de debate, deportes en equipo y charlas. Cada aprendiz cuenta con un consejero personal que procura ir abriendo horizontes. Ésta es, tal vez, la labor más importante.

Florentino me habló de algunas de sus experiencias como consejero. Me dijo que hacía poco había dado una charla sobre la familia y que uno de los estudiantes, al final, le había dicho que creía que su mujer sabía que tenía una querida. “Yo sólo había hablado de cosas corrientes, como la necesidad de dedicar más tiempo a los hijos, pero mis palabras sin duda le habían conmovido. Por eso, cuando le pregunté si estaba dispuesto a romper con ella, me dijo que sí, porque se había dado cuenta de que la familia era lo más importante. Sabía, sin embargo, que no le iba a ser fácil, y me enseñó un collarcito de oro que su amante le había regalado. Le había dicho a su mujer quedo estaba pagando a plazos (200 pesos al mes), dinero que iba a parar a manos de la otra. Yo le dije, con firmeza, que la única forma de cortar esa relación extraconyugal era hacerlo de golpe, sin contemplaciones; torció el gesto, pero aceptó el consejo. Vino a verme al cabo de un mes, sonriente. Parecía otro. Se había cortado el pelo y se había afeitado. “Buenas noticias -me dijo-. He devuelto el collar.” Había dejado de ver a aquella mujer. “¿Sabe? -añadió- Ahora estoy como más ligero… Quiero más a mi mujer y a mis hijos.” Estaba claro que había metido la pata, pero que su fondo era bueno. Sin duda le había costado mucho dejar a aquella mujer.”

El proyecto Meralco, en Metro Manila, se parece bastante a Dual Tech. Forma a obreros pobres, escasamente cualificados, y les ayuda a mejorar personalmente. Imparte un ciclo de estudios de tres años en el campo de la electrónica o de la instrumentación tecnológica a unos 120 jóvenes, chicos y chicas. Se exige a los aspirantes buenas calificaciones en sus estudios y carencia de recursos económicos. En Meralco se les proporciona libros, material, uniformes, dinero para el transporte y un salario. Uno de los allí formados, Bernardino Equitay, de 24 años, era un muchacho campesino de la isla de Negros, una de las más deprimidas de Filipinas. Su padre plantaba arroz y maíz en un pequeño huerto, lo que le proporcionaba unos ingresos aproximados de 12.000 pesos al año, suma con la que tenía para mantener a sus seis hijos. Bernardino hizo un curso de formación de empresa, pero no le sirvió para encontrar empleo. “Una de las cosas que más me gustan de Meralco -me dijo, es que, cuando termine mis estudios, estoy seguro de encontrar trabajo.”

Otra iniciativa que existe en Manila es la escuela e instituto técnico de Punlaan, en San Juan, que imparte cursos de formación profesional para mujeres que quieran trabajar luego como empleadas de hogar o en diversos servicios hospitalarios y hoteleros, restaurantes, etc.

Desde que empezó, en 1975, con 115 estudiantes, ha formado a más de 2.500 personas, y su prestigio ha hecho que sea una de las instituciones consultoras del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. El instituto está instalado en un antiguo hospital situado en M. Paterno St. y destaca por la limpieza y el buen gusto con que está puesto.

La directora, Miss Amy Bonotan, me explicó que la meta del instituto es procurar quedas estudiantes se den cuenta de que las tareas domésticas tienen también su belleza. “Les mostramos que pueden hacer su trabajo con dignidad, que no tienen que avergonzarse de su profesión.”

Las alumnas de Punlaan sólo pagan unos 60 pesos al mes, cantidad que, evidentemente, no cubre el costo de su educación, que corre a cargo de una fundación. Se puede hacer un curso intensivo de un año, o dos años de estudios a más alto nivel, con la obtención de un diploma que capacita para prestar servicios de restaurante en instituciones hoteleras. Junto a las asignaturas habituales en las escuelas de hostelería, Punlaan se interesa también por la formación del carácter de las alumnas y por su cultura, con clases de psicología, ortografía, historia, moral, etc.

“Las alumnas proceden de familias pobres, paupérimas. Aquí les ayudamos a que se den cuenta de que las tareas domésticas no son despreciables, sino que constituyen un servicio importante. Les explicamos cómo pueden desarrollar su personalidad a través de su trabajo.”

En Filipinas, las muchachas del servicio doméstico han sido a menudo explotadas y maltratadas; por eso Punlaan colabora con el gobierno para crear leyes que las protejan. “Es preciso que quienes las emplean las respeten y sean justas con ellas -dice Amy-. Que tengan derecho a la intimidad, que puedan expresarse libremente, que las condiciones de trabajo sean dignas, que se las eduque. Por eso -añade-, organizamos también seminarios para las amas de casa, con objeto de que aprendan a tratar a sus empleadas. Éstas suelen ser muy sencillas y piensan más con el corazón que con la cabeza; por eso, son muy sensibles y se las hiere enseguida. Por eso, también les ayuda mucho charlar con sus preceptoras, aquí en Punlaan, y desahogarse cuando tienen algún problema.

Esto no quiere decir que la corriente sólo siga un camino. A veces ellas también nos dan lecciones, y de una sabiduría desconcertante que no se aprende en libros. Su vida ha sido casi siempre muy dura, muy difícil. La fortaleza con la que la han encarado, asombrosa. Han desafiado a la pobreza y tienen una fe muy honda.

Hay aquí una chica que lo ha pasado muy mal. Sus padres la habían abandonado y ella había rodado de casa en casa. Cuando llegó aquí se dio cuenta de que ésta era su única esperanza de futuro. Cree firmemente que todo lo que le ha sucedido le ha ayudado a ser más fuerte. No tiene ninguna amargura. Y hay otra que había estado en una casa cuyo dueño le había hecho proposiciones deshonestas. Cuando vino estaba muy” abatida y tenía mucho miedo, pero explicó el problema a su preceptora, que pudo enderezar la situación.”

Durante mi estancia en Manila, pasé mucho tiempo observando lo que hacía el Opus Dei para ayudar a los filipinos materialmente pobres, sin olvidar eso otro aspecto: lo que hace por ayudar a los espiritualmente pobres.

Benjamín Defensor es un periodista que trabajó en el Time Magazine y ahora dirige una cadena de periódicos en Filipinas, entre ellos el Business Day. Cuando durante la dictadura se implantó la ley marcial, se vio obligado a trasladarse a Hong Kong, donde fue director de Asia Television Ltd. Allí conoció el Opus Dei. Por entonces era -según su propia descripción- “un tipo rudo”, que bebía mucho y tenía poco interés en temas espirituales. “Incluso después de casarme, no solía volver a casa antes de las dos de la madrugada, pues, como decía a mis amigos, una cosa es casarse y otra cambiar de vida.. Y así seguí durante muchos años.” Pero conoció el Opus Dei y dejó de beber. Y también dejó de preocuparse por algo que le obsesionaba: ganar dinero. “Ahora ya no me preocupo de eso y las cosas marchan estupendamente.”

Teófilo San Luis, hijo, es especialista en medicina nuclear y trabaja en el hospital de la Universidad de Santo Tomás. Según me contó, antes de conocer el Opus Dei, cada mañana, cuando atravesaba las puertas del hospital, se ponía enfermo de pensar en el día que le esperaba. “El trabajo me parecía una carga insoportable -dice- y la vida algo sin sentido.” Hubiese podido atender a los pobres en la sección de caridad del hospital, pero no le atraía en absoluto. Le parecía inútil, una pérdida de tiempo. Pero cuando conoció el Opus Dei, todo cambió. “Comprendí lo importante que era ayudar a los demás, así que decidí trabajar allí un día a la semana por lo menos; gratis, por supuesto. A partir de entonces dejé de ver a los pacientes como una fuente de ingresos. Empecé a compartir los problemas ajenos, a atender más detenidamente a los enfermos, aconsejándoles, e incluso diciéndoles que rezasen. Ahora ya no me pongo de mal humor por las mañanas.”

La doctora doña Marina Bringas, madre de cinco hijos, que trabaja en el Hospital General de Quezón City, me contó una historia parecida: “Antes procuraba guardar las distancias con los pacientes. Sólo me interesaban los aspectos técnicos. Ahora es diferente. Algunas madres vienen al ala de caridad para acompañar a sus hijos enfermos y tienen que dormir en el suelo. Yo procuro atenderlas, estar un rato con ellas. Les digo que recen. Y a los pacientes, cuando tienen dolores, que ofrezcan su sufrimiento al Señor. Son cosas pequeñas, pero que ahora significan mucho para mí. Forman parte de ese hacer el trabajo lo mejor que uno puede, como enseña el Opus Dei, para ofrecérselo a Dios”.

Sergio Sánchez, piloto de la firma filipina Anscor, que pilota aviones a reacción Hawker 125, dice que en el Opus Dei ha aprendido a dejar de pensar en sí mismo. Antes procuraba obtener los vuelos más seguros, más brillantes; ahora no le importa realizar los peores, con los pasajeros menos agradables. “He aprendido a hacer favores a los demás sin que se den cuenta. Unas veces eso significa-dejar que otro piloto haga los vuelos más largos porque necesita dinero; otras, ayudarle a que piense más en Dios. Porque cuando se está volando -dice- uno tiene la sensación de estar muy cerca de Él, A veces se vuela tan alto que se aprecia la curvatura de la tierra. Es precioso. Pero también le hace a uno sentirse vulnerable…; todos los pilotos sabemos que nuestra vida está siempre en peligro. Hablamos mucho de ello. Sentimos que hay algo que nos mantiene en la existencia, el mismo poder que impulsa el avión y lo mantiene en el aire. Sí, es un ambiente propicio para hacer apostolado, para hablar de cosas trascendentes. Muchos de mis colegas se acercan al Opus Dei y asisten a charlas y meditaciones; algunos piden la admisión en la Obra.”

Monina Mercado, periodista, redactora jefe actualmente de una empresa editorial, Gabriel Books, es madre de tres hijos y se describe a sí misma como “una señorita bien” de los años sesenta. “Adoraba la música de entonces, y la vida social, las fiestas, las exposiciones y los conciertos. No llevaba una vida inmoral, pero sí inútil y frívola. Sentía, como se suele decir, en este país “gusto a ceniza en la boca”. Aunque me gustaba todo eso y tenía la sensación de moverme entre “gente importante”, en cuyas manos estaba el futuro del mundo, era profundamente desgraciada.

No es que todas esas cosas -reuniones, conciertos, actos culturales- tengan nada malo, pero es un error centrar la vida en eso, sobre todo cuando sólo se busca el placer. Cuando empecé a practicar seriamente la fe, me di cuenta enseguida de que no necesitaba muchas de las cosas que me parecían imprescindibles. Y comprendí también que mi condición de madre era mucho más importante. En mi vida sigue habiendo contrariedades, por supuesto, pero ya no he vuelto a tener sabor a ceniza en la boca.”

Negras sombras

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Después de haber intentado desmontar el mecanismo de esta institución -singular y, al mismo tiempo, sorprendentemente simple, cuando se llega a entender-, estamos en condiciones de formarnos una idea cabal acerca de las recurrentes acusaciones de «sociedad secreta», de «obra oculta», de «masonería blanca».

Acabamos de ver cómo la dinámica de libertad de la que gozan los miembros en todo lo que no es verdad de fe o de moral definida por el Magisterio provoca la inquietud de muchos. El Opus Dei no dice qué piensa, no sale al descubierto, y por consiguiente -deducen- conspira en secreto. Lo que sucede en realidad es que la Prelatura no expresa opiniones precisamente porque ni las tiene ni puede tenerlas.

Otros en cambio quizá piensen en el «secreto» de la Obra movidos por sus «anomalías» respecto a las organizaciones religiosas tradicionales. Me permito remitir al capítulo correspondiente: como señalé al principio, este informe, sea cual fuera su valor, ha de ser leído íntegramente, porque analiza una realidad compacta y homogénea, en la que cada una de sus facetas está inseparablemente ligada a las demás.

Asimismo, conviene señalar que algunas acusaciones de «secretismo» se explican ciertamente por una mala comprensión de la realidad. Además, los dramáticos comienzos de la Obra, antes de la guerra civil, durante el conflicto y en los años de la posguerra, pueden haber alimentado esas incomprensiones. Las cautelas y la discreción, necesarias durante las primeras décadas del Opus Dei, despertaron nuevas sospechas que han llegado a nuestros días.

Añádase a esto las décadas en que la Obra se sintió descolocada en el derecho canónico vigente, y forzada -por ausencia de algo mejor- a aceptar el ropaje jurídico de los institutos seculares, que no le iba porque la «clericalizaba», mientras luchaba por llegar a su puesto definitivo en la Iglesia. No hubo entonces secretismo, ni eran secretos los estatutos (puesto que habían sido públicamente aprobados por la Iglesia), pero sí un deseo de no aparecer en público. Les desagradaba hablar de algo que no reflejaba adecuadamente el proyecto que Escrivá quería promover, sobre la base de lo que había «visto».

En este capítulo volveremos la mirada al fundador y dedicaremos amplio espacio -al menos, más que de ordinario- a citas de sus escritos.

La primera de ellas procede de la entrevista publicada en abril de 1967 por el semanario americano «Time». Preguntan al futuro beato: Es un hecho que hay gente que habla de misterio y de secreto a propósito del Opus Dei. ¿A qué lo atribuye Vd.?

Responde Escrivá: «Habla usted de acusación de secreto. Eso es ya historia antigua. Podría decirle, punto por punto, el origen histórico de esa acusación calumniosa. Durante muchos años una poderosa organización, de la que prefiero no hablar -la amamos y la hemos amado siempre-, se dedicó a falsear lo que no conocía [no es un misterio: se trata de algunos religiosos españoles de la Compañía de Jesús]. Insistían en considerarnos como religiosos, y se preguntaban: ¿por qué no piensan todos del mismo modo?, ¿por qué no llevan hábito o un distintivo? Y sacaban ilógicamente como consecuencia que constituíamos una sociedad secreta».

«Informarse sobre el Opus Dei es bien sencillo. En todos los países trabaja a la luz del día, con el reconocimiento jurídico de las autoridades civiles y eclesiásticas. Son perfectamente conocidos los nombres de sus directores y de sus obras apostólicas. Cualquiera que desee información sobre nuestra Obra, puede obtenerla sin dificultad, poniéndose en contacto con sus directores o acudiendo a alguna de nuestras obras corporativas».

«Los miembros de la Obra abominan del secreto, porque son fieles corrientes, iguales a los demás: al adscribirse al Opus Dei no cambian de estado. Les repugnaría llevar un cartel en la espalda que diga: “que conste que estoy dedicado al servicio de Dios”. Esto no sería laical ni secular. Pero quienes tratan y conocen a los miembros del Opus Dei saben que forman parte de la Obra, aunque no lo pregonen, porque tampoco lo ocultan».

«Debo decir también -aunque no me gusta hablar de estas cosas- que en nuestro caso no faltó además una campaña organizada y perseverante de calumnias. Hubo quienes dijeron que trabajábamos secretamente -esto quizá lo hacían ellos-, que queríamos ocupar puestos elevados, etc. Le puedo decir, concretamente, que esta campaña la inició, hace aproximadamente treinta años, un religioso español que luego dejó su orden y la Iglesia, contrajo matrimonio civil, y ahora es pastor protestante».

Como dato curioso, precisamente este sacerdote al que se le acusó de ser jefe de una «sociedad secreta», había escrito en Camino la siguiente consideración, con una vehemencia sorprendente, que contrasta con el tono moderado que usó siempre de palabra y por escrito. Se trata del punto 833: «¿No ves cómo proceden las malditas sociedades secretas? Nunca han ganado a las masas. -En sus antros forman unos cuantos hombres-demonios que se agitan y revuelven a las muchedumbres, alocándolas, para hacerlas ir tras ellos, al precipicio de todos los desórdenes…, y al infierno. -Ellos llevan una simiente maldecida».

Tras estas palabras, se escucha el eco de la España de aquellos años, enzarzada en una guerra implacable y sanguinaria. Pero también es cierto que el género «sociedad secreta» no parece que gozara de su indulgencia.

Aunque aprobados algunos años después de su muerte, los artículos del Codex íuris particularis son el fruto de su espíritu, consecuencia de su esfuerzo a lo largo de toda su vida. Pues bien, en ese texto solemne y vinculante se halla una disposición que recomienda precisamente alejarse del modelo -detestable para Escrivá- de las «malditas sociedades secretas».

Se trata del número 89, cuyo primer parágrafo comienza (según nuestra traducción, no oficial, del texto original latino) del siguiente modo: «Todos los fieles de la Prelatura amen y practiquen la humildad, no sólo personal sino también corporativa. Por tanto, no busquen jamás la gloria del Opus Dei y tengan siempre presente que la mayor gloria del Opus Dei es vivir sin gloria humana».

Tras este primer párrafo, de «ambientación», sigue otro que concreta hasta el detalle qué debe entenderse por «humildad colectiva» y por «rechazo» de la «gloria humana».

Sigamos traduciendo: «Para alcanzar su fin con mayor eficacia, el Opus Dei en cuanto tal quiere vivir humildemente; por consiguiente, se abstiene de actos colectivos, y ni siquiera los fieles de la Prelatura tienen una denominación común. Estos mismos fieles no participan de modo colectivo en manifestaciones públicas de culto como procesiones, aunque no esconden su pertenencia a la Prelatura, porque el espíritu del Opus Dei, mientras conduce a los fieles a buscar con todas sus fuerzas la humildad colectiva para obtener una eficacia apostólica más viva y amplia, al mismo tiempo evita completamente el secreto o la clandestinidad».

El siguiente parágrafo dicta normas concretas para secretum vel clandestinitatem vitare. En primer lugar, establece que «en todas las Regiones sean conocidos por todos el nombre del vicario del Prelado y los de aquellos que forman sus Consejos». Además, «a los obispos que lo soliciten comuníquese no sólo los nombres de los sacerdotes de la Prelatura que ejercen el ministerio en su diócesis, sino también los de los directores de los Centros erigidos en la misma diócesis».

Este artículo 89 concluye con un tercer parágrafo, cuyo contenido ya conocemos («A causa de esta humildad colectiva, el Opus Dei no puede editar periódicos ni publicaciones de ningún tipo con el nombre de la Obra»).

Los problemas surgen, sobre todo, por la parte final del segundo parágrafo. Queda claro que el Opus Dei hace públicos los nombres de los vicarios, de los consejeros, de los sacerdotes y de los directores de los Centros. Pero nada se dice de los demás miembros de la Prelatura. ¿No serán entonces «encubiertos», «reservados»? ¿O incluso «secretos», como dicen algunos?

Anticipemos la respuesta, basándonos en el testimonio de Rafael Gómez Pérez: «La Prelatura del Opus Dei tiene la obligación de respetar la intimidad de sus miembros, es decir, no tiene derecho a comunicar la condición de miembro, a no ser que el interesado esté de acuerdo».

Sería inútil tratar de disimular que semejante negativa sorprende y parece incluso confirmar las sospechas de tantos. Según el Opus Dei, en cambio, todo se comprende si este «respeto por la intimidad de los miembros» (como lo llaman) se enmarca en el contexto del espíritu de la Institución, y si se compara con el comportamiento de otras entidades con rasgos comunes. Así lo explica el autor que acabamos de citar: «Confundir esto con el secreto es desconocer la práctica habitual en cualquier institución de vínculos voluntarios y contractuales».

Fijémonos entonces en este marco conceptual, que -según dice el Opus Dei- debería disipar cualquier género de dudas. Transcribo la explicación (ese es el significativo título de su libro) de Gómez Pérez, numerario de la Obra que -como ya dije- enseña antropología en la universidad. Sus palabras exponen algunos de los argumentos de la defensa; después, como siempre, será el lector quien juzgue y deduzca sus conclusiones. Mi deber de cronista se limita a proporcionar las piezas del puzzle, los hechos e informaciones sobre los que basarse para emitir un juicio personal.

Interesa hacer notar que Gómez Pérez no encabeza el capítulo donde explica todo esto bajo un título del estilo de El secreto de la Obra, Las acusaciones de ocultismo o algo parecido, sino que lo titula La sencillez de la manifestación. Es decir, para Gómez Pérez el fondo del asunto es que se confunde el deseo de secretismo con lo que no es más que «naturalidad», «sencillez». Muy indicativo, para comprender la perspectiva desde la que quiere que miremos.

Veamos qué se dice tras ese título: «Un miembro del Opus Dei, que es una persona que desarrolla un trabajo cualquiera en la sociedad, no va pregonando sus compromisos con la Prelatura, ni anuncia su condición de miembro en las tarjetas de visita o en los membretes de las cartas o en el curriculum vitae. A todos los efectos, su pertenencia al Opus Dei es un asunto privado. Pero, a la vez, como desarrolla un apostolado personal en medio de los parientes, conocidos y amigos, la condición de miembro de la Prelatura es algo conocido. No pregonado, pero suficientemente conocido. Este rasgo de la espiritualidad del Opus Dei, que se ha mantenido desde el principio, ha sido a veces malentendido y después convertido en un estereotipo: “el secreto del Opus Dei”. Al principio, cuando existían pocos miembros del Opus Dei, una acusación de secretismo podría encontrar apoyo en ese mismo hecho. Si se decía que “salieran a la luz” los miembros del Opus Dei y no salían muchos, se podía decir que “se ocultaban”. La realidad era que no había más (…). A eso se unía el “estereotipo de la conspiración”, algo conocido desde antiguo. Se trata, en efecto, de una de esas constantes culturales que hacen verosímil, incluso para los incrédulos, la existencia de una común naturaleza humana. Así, ha sido corriente que cuando un pueblo quería preparar un ataque contra otro difundiera rumores sobre la “infiltración” del “enemigo” en las propias filas. Este fenómeno se observa incluso en sociedades iletradas, “primitivas”. Con independencia de que aquello respondiera a un hecho, el estereotipo ha funcionado de forma constante. Ya en tiempos históricos, han sido víctimas de ese estereotipo de la conspiración tanto los judíos como los cristianos, los protestantes o los católicos, los comunistas, los anticomunistas y, en general, cualquier conjunto de personas identificable como grupo. También el Opus Dei ha sido objeto de ese estereotipo. Pero, ya desde hace tiempo, la acusación de secreta conspiración o simplemente de ocultamiento se demuestra inconsistente. En el último decenio del siglo, con decenas de miles de miembros del Opus Dei, con iniciativas sociales y educativas de bastante relieve -como la Universidad de Navarra, en España, o el Ateneo de la Santa Cruz, en Roma- y, sobre todo, con todo lo que ha girado en torno a la beatificación del Fundador, un presunto secretismo es uno de esos fósiles desinformativos que se transmiten por perezosa inercia».

Al llegar a este punto, el autor aduce algo que ya hemos adelantado, pero que vale la pena transcribir de nuevo: «La Prelatura del Opus Dei tiene la obligación de respetar la intimidad de sus miembros, es decir, no tiene derecho a comunicar la condición de miembro, a no ser que el interesado esté de acuerdo. Confundir esto con el secreto es desconocer la práctica habitual en cualquier institución de vínculos voluntarios y contractuales». No se olvide que los miembros no están unidos a la Obra por votos o promesas, sino con un contrato bilateral. Este hecho introduce una perspectiva totalmente distinta acerca de la discreción que deben guardar las dos partes. Supone pues una relación diversa de las demás situaciones «religiosas» en sentido tradicional.

A continuación, Gómez Pérez añade la siguiente consideración: «En realidad, como ya se ha dicho, la condición de miembro del Opus Dei es sabida, sin más, en el ámbito de la vida familiar y profesional de cada uno (…). No es deseo de secreto, por ejemplo, contestar con una evasiva a alguien que pregunta a otro, sin apenas conocerle, en qué banco tiene una cuenta corriente, dato que sin duda no es secreto, pues lo conocen decenas de personas».

Nuestro testigo -que es al mismo tiempo abogado defensor- añade lo siguiente: «Las dificultades que, en un tiempo, surgieron en la opinión pública para entender este rasgo del espíritu del Opus Dei se deben, una vez más, a lo afianzado de la idea de que una vida espiritual debe notarse exteriormente en algún tipo de señal “vistosa”. Los religiosos han llevado tradicionalmente hábitos para que se viera, desde fuera, su profesión (religiosa). Y si, por la evolución de los tiempos o por otras razones, se quitan el hábito suelen dar a entender, con algún signo, esa misma profesión de vida de perfección, su condición de “persona sagrada”. La condición de los miembros de la Prelatura no es, como ya se ha dicho con frecuencia en estas páginas, “religiosa”. Los sacerdotes son sacerdotes seculares, incardinados en una Prelatura que es parte de la estructura jerárquica de la Iglesia. Los seglares son, antes que nada, lo que cada uno ha querido o ha podido ser: empleado, enfermera, médico, estudiante, atleta, cantante, profesora, secretaria, abogado, ingeniero, comerciante, modista, campesino, artesano, banquero, profesor, y así toda la variedad casi innumerable del trabajo social. Ser del Opus Dei no es una profesión, sino una vocación espiritual. La vocación trasciende de un modo semejante a como trasciende que alguien puede tener afición a la música: habla de ella en la primera ocasión que se le presente. Un miembro del Opus Dei habla de su vocación, cuando es normal hacerlo, entre amigos y entre conocidos».

El ensayista español trae a colación algo que ya hemos examinado en los estatutos de la Obra: «Este rasgo de no aparatosidad, de naturalidad, de secularidad, tiene que ver también con algo muy tratado en los escritos del Fundador y en los Estatutos de la Prelatura: la humildad personal y la humildad colectiva. El carácter básico de la humildad es una nota común de la espiritualidad, no sólo de la cristiana. Hay completa unanimidad entre los autores espirituales en afirmar que el mayor enemigo de la santidad y, por tanto, de la caridad es el orgullo, la soberbia, no sin razón considerada como el primero de los siete vicios capitales. Pero además, el Opus Dei señala a sus miembros la importancia de la humildad colectiva. No se trata, en absoluto, de buscar la gloria del Opus Dei, pues “la gloria del Opus Dei es vivir sin gloria humana”. La razón principal de esta actitud es la convicción de que la gloria se debe sólo a Dios -Deo omnis gloria, el antiguo aforismo cristiano repetido con frecuencia por Mons. Escrivá-, pero, además, la experiencia histórica de que las instituciones cristianas, si quieren pervivir a lo largo del tiempo, no han de exaltar el espíritu de cuerpo. Las ventajas iniciales del espíritu de cuerpo se suelen traducir, al cabo del tiempo, en algo peligroso: que, perdido el sentido de la finalidad fundacional, el ser considerado, el contar, el estar en todas las salsas, se convierte en el verdadero objetivo de la institución. Esto, que puede ser menos grave en una empresa política o comercial, suele ser letal en una institución con fines espirituales y apostólicos».

Para añadir más elementos al debate, transcribo la argumentación que me pasó por escrito un dirigente de la Obra, al que acudí durante la preparación de este informe. Independientemente de su valor objetivo, son razones que aduce la defensa, y por eso mismo han de ser tenidas en cuenta. Esa persona me escribió lo siguiente: «el hecho de que en los estatutos no se mencione ningún tipo de publicidad para esos miembros que no son más que miembros normales, laicos sin ningún cargo dentro de la Institución, ha de entenderse como un modo de subrayar la “normalidad” cristiana de los miembros del Opus Dei. Por otra parte, ¿por qué tanta insistencia en pedir la “publicación de las listas” de estos miembros corrientes? Si los miembros del Opus Dei son lo que ellos dicen que son, se desprenden dos datos. El primero: que quien los conoce personalmente, sabe que son de la Obra. Segundo: que este hecho no afecta a su comportamiento civil, profesional, político, etc. Son hombres y mujeres normales, cristianos corrientes, y como tales quieren ser considerados. Entonces, si la realidad es esa, ¿qué motivo puede hacer aconsejable que se haga pública la pertenencia a la Obra, la “etiqueta” de miembro del Opus Dei, y aplicarla clamorosamente a cierto número de ciudadanos? Felizmente superado el prejuicio de la incompatibilidad entre “obediencia al Estado” y “obediencia a la Institución” en los miembros de la Obra, hay indicios para pensar que la única razón que pueda aducirse es una voluntad descriminatoria, persecutoria. Con otras palabras: quien pretende la “publicación de las listas” niega de hecho que los miembros del Opus Dei sean “ciudadanos normales”. Puede ser que esté convencido de veras de que lo que pide es razonable, o quizá sea una excusa. Si se trata de lo primero, sólo necesita documentarse mejor. Si se trata de lo segundo, en cambio, estamos ante una auténtica prevaricación en beneficio propio. La única explicación imaginable es que lo que se busca es aislar y, de algún modo, eliminar de la vida pública -señalándoles con el dedo y haciendo ineficaz su actividad- a ciudadanos que querrían ejercitar la legítima libertad de vivir con coherencia su fe cristiana: una fe tanto más auténtica en cuanto no tiene etiquetas, manifestaciones aparatosas o compromisos públicos».

Detengámonos aquí: las citas anteriores son más que suficientes para nuestro propósito, entre otras cosas porque el mejor modo de formarse una opinión sobre las acusaciones de secretismo (o, para los benévolos, de «exceso de discreción») es reflexionar sobre la estructura, sobre la espiritualidad y sobre los fines de la Institución. Y a eso hemos dedicado cada página de este informe.

Un solo flash más, tomado de una entrevista al filósofo católico (y desde fecha reciente, también político) Rocco Buttiglione (1). Respondiendo a algunas preguntas sobre los vínculos que están saliendo a la luz entre logias, criminalidad organizada y turbios asuntos económicos y financieros, hizo la siguiente observación, difícilmente refutable: «Cuando se habla de masonería, con frecuencia se saca a colación al Opus Dei. Admitamos por hipótesis que el Opus Dei –por razones más o menos justas- tenga mucho aprecio a la discreción. La comparación, sin embargo, es engañosa, porque los miembros de la Prelatura, aunque no proclaman a los cuatro vientos su pertenencia a la Obra, están orgullosos de su identidad católica y consideran un deber manifestarla abiertamente. Siguiendo con la hipótesis, si no supiera de alguno de ellos que pertenece a la Obra, sabría ciertamente que es un cristiano practicante convencido. Ningún miembro de una organización anticlerical descubrirá con sorpresa que su secretario es miembro del Opus Dei. Y esto crea, respecto a la masonería, una diferencia insalvable».

Para acabar con nuestro viaje entre las “negras sombras”, trasladémonos a España, al periodo entre el comienzo de la guerra civil y la muerte de Franco.

La acusación es bien conocida y ha asomado ya varias veces por estas páginas, aunque indirectamente. Ha llegado el momento de afrontarla.

Para completar un informe como éste, he pensado que nada mejor que dirigirnos a un miembro del Opus Dei, para escuchar lo que tenga que decir acerca de la acusación de haber estado «implicados a fondo» en aquel régimen dictatorial. Nos hemos dirigido a Giuseppe Romano, numerario, historiador y periodista, autor de algunos estudios sobre la Institución a la que pertenece. Le recordé que el deber de cualquier informador es transmitir hechos, no opiniones; reunir documentación, no apologías ni condenas. Pienso que ha cumplido con su tarea aunque, como siempre, será el lector quien juzgue el breve pero denso informe que completa mi investigación.

Antes, sin embargo, de conceder la palabra a la defensa, la objetividad me impone la obligación de añadir tres consideraciones, entre otras muchas posibles, a las de Romano.

En primer lugar: las relaciones de algunos miembros con Franco y el franquismo no son consideradas en el Opus Dei como un asunto central de la historia de la Obra, como proponen algunos críticos de la Institución. De hecho, Escrivá proyectó trasladarse a Roma muy pronto, puesto que lo que había «visto» no estaba en función de las necesidades de un país o de una época determinada, sino que debía extenderse por todo el mundo. La guerra civil primero y la mundial después se lo impidieron.

Pero ya en 1946 se embarcó en el puerto de Barcelona rumbo a Génova, y de allí marchó como pudo a Roma, donde fijó su residencia. En aquella ciudad puso la sede central de una Obra que se proponía ser universal y que sólo desde la ciudad «católica» por excelencia podía extenderse a todo el mundo. «Romano y mariano»: así quería que fuese el Opus Dei.

Desde hace decenios, además, la mayoría de los miembros no procede de España y, aunque el castellano sigue siendo la lengua común, los españoles son una minoría.

En los años sesenta (en pleno franquismo, por tanto), Mons. Escrivá respondió así a la pregunta de un entrevistador americano: «En pocos sitios hemos encontrado menos facilidades que en España. Es el país -siento decirlo, porque amo profundamente a mi Patria- donde más trabajo y sufrimiento ha costado hacer que arraigara la Obra (…). Tampoco las obras corporativas de apostolado han encontrado especiales facilidades en España. Gobiernos de países donde la mayoría de los ciudadanos no son católicos, han ayudado con mucha más generosidad que el Estado español, a las actividades docentes y benéficas promovidas por miembros de la Obra (…). Quiero hacer constar, sin embargo, que, desde hace años, los españoles son una minoría en la Obra».

Por estos motivos, será preciso examinar con atención el «affaire Franco», conscientes de que no se trata de un asunto central sino más bien marginal o, al menos, local y ligado a un tiempo ya pasado.

La segunda consideración viene dictada también por la objetividad. Dice una fuente de la Institución: «Para aquellos que hablan del Opus Dei como de un poderoso lobby político, con tentáculos extendidos sobre toda la vida pública española, debe ser un misterio lo que sucedió después de la muerte de Franco. En efecto, aquel lobby no intervino tanto desde entonces, puesto que de 1976 a 1982 España evolucionó de modo muy distinto a como la Obra -si hemos de creer los objetivos políticos que le atribuyen- hubiera querido. A partir de 1982, además, el misterio se hace más oscuro aún: aquel año asumió el poder un partido socialista hegemónico, que no sólo no era favorable a la Iglesia ni a los católicos, sino ni siquiera a la misma experiencia religiosa. Mientras tanto, el país sufre una violenta y acelerada secularización, y algunos ambientes están ya casi descristianizados. Entonces, ¿qué fue de ese grupo de presión, del que se decía que dominaba la vida política, económica y cultural del país en el que había nacido?».

Pregunta interesante, que sigue esperando respuesta.

Tercera y última consideración, antes de ceder la palabra a Romano. Recordemos lo que escribió Peter Berglar: «Los miembros del Opus Dei que desempeñaron un papel importante en algunos gobiernos de los últimos años de Franco actuaban en el ejercicio de sus derechos, como personas libres y como ciudadanos del Estado. Ni la imitación de Cristo, ni la fidelidad a la Iglesia ni tampoco el espíritu de la Obra les prohibían servir al Estado español, que -a diferencia de otros ejemplos del pasado y del presente- no tuvo nunca los rasgos de un Estado en sí mismo criminal (y tampoco lo fue de hecho). Quien afirma que un cristiano puede expresarse sólo en favor de una democracia de corte angloamericano o jacobino, porque sólo un sistema de ese tipo sería compatible con el cristianismo, se coloca en una postura inaceptable y falsa».

Los católicos que protestan a gritos, escandalizados por la participación en el régimen de Franco de esos miembros del Opus Dei, parecen haber perdido de vista el planteamiento católico tradicional y clásico, válido aún hoy, y prefieren fundar su juicio en prejuicios y obsesiones tomados -sin ningún tipo de crítica- de ideologías contemporáneas. Recordemos los puntos básicos de ese planteamiento católico clásico.

Bien sabido es que los hombres pueden organizarse según tres modelos fundamentales, que consienten grados e incluso pueden mezclarse entre sí: la monarquía, la aristocracia y la democracia. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha mostrado no tener preferencias en abstracto por uno en concreto, y que tampoco excluye, a priori, ninguno de ellos. La decisión depende de las épocas, de la historia, de la idiosincrasia de cada pueblo.

A partir de Pío XII, con su mensaje radiofónico en la Navidad de 1944, cuya difusión -no es casualidad- fue prohibida en Alemania y en la República de Saló, los últimos Papas parecen haberse inclinado, para el Occidente contemporáneo, hacia la democracia parlamentaria. Pero han evitado muy mucho hacer de esa preferencia una especie de dogma, como si fuese la única forma política aceptable por un católico.

Simplemente, juzgaron que era el más adecuado para esta época y para estos países. Por los mismos motivos, la Iglesia no tiene que arrepentirse o pedir perdón por haber proporcionado capellanes a las cortes de los reyes del Ancien Régime, o por haber considerado al régimen veneciano -el ejemplo más insigne de sistema aristocrático- una Respublica Christiana (a pesar de las relaciones -en ocasiones tempestuosas- que mantuvo con la Iglesia, por cuestiones políticas contingentes).

Para aquellos tiempos y lugares, con esa historia y con esos temperamentos, el sistema era adecuado. Se trataba sobre todo de autoridades legítimas, a las que se aplicaba el severo consejo del Apóstol: «Que todo hombre se someta a las autoridades superiores, porque no hay autoridad que no provenga de Dios; y las que existen, por Dios han sido constituidas. Así pues, quien resiste a la autoridad, resiste al plan de Dios; y quienes se resisten, recibirán su propia condenación (…). Por tanto, es necesario someterse, no sólo por razón del castigo, sino también del convencimiento interno. (…) Dad a cada uno lo debido: a quien tributo, tributo; a quien impuesto, impuesto; a quien temor, temor; a quien honor, honor» (Rom 13, 17).

La Iglesia no quiere «funcionar por su cuenta», no puede «inventarse» una Revelación de acuerdo con los gustos y las preferencias siempre cambiantes de los hombres, sino que es esclava de la Palabra de Dios (guste o no guste a quien disfruta siguiendo las modas, por definición mudables). El comportamiento «católico» concreto ante los distintos regímenes está determinado por esos versículos de San Pablo y por otros del mismo tenor recogidos por el Nuevo Testamento. Entre estos se cuenta una exhortación de la primera carta de San Pedro (2, 7), brevísima y eficaz síntesis de la praxis cristiana: «Honrad a todos, amad la fraternidad, temed a Dios, honrad al rey».

El pensamiento católico, por tanto, no ha absolutizado ninguna forma política. Los cristianos de hoy, en cambio, liberados ya de la amenaza del comunismo y de la borrachera «comunitaria», corremos el peligro de consagrar el sistema democrático-liberal-capitalista que triunfa en su patria, los Estados Unidos de América, como el único sistema político aceptable para un cristiano.

El pensamiento católico ha sabido siempre que cualquier régimen, incluso el más perfecto sobre el papel, el más noble en teoría, se encarna en hombres a los que el pecado original ha convertido en una mezcla de valentía y de vileza, de altruismo y de egoísmo, de grandeza y de miseria. Por eso los hombres de la Iglesia se han esforzado durante siglos no en perfeccionar las estructuras, sino en mejorar a las personas. Más que pretender un «buen sistema de gobierno», han procurado contribuir a que hubiera «buenos gobernantes». La mejor de las estructuras políticas en la teoría se puede convertir en un régimen de pesadilla si, a la hora de la verdad, es regido por hombres indignos.

En cualquier caso, aunque nacido de una insurrección -el alzamiento de 1936-, el gobierno español guiado por Franco recibió después el reconocimiento de todos los países del mundo. Incluida la Unión Soviética. Incluida también la Santa Sede, con su Ciudad del Vaticano. Cuando en 1957 comenzó el affaire de los ministros del Opus Dei, ese gobierno podía gustar o no, pero es indudable que era legítimo y reconocido por toda la comunidad internacional.

Por consiguiente, la colaboración con él no era una especie de «crimen» ni de «vergüenza», como algunos ambientes políticos y religiosos -juzgando con la mentalidad de hoy y según las categorías ahora dominantes- quisieron creer. Parecen haber olvidado que el Estado español había regulado sus relaciones con la Iglesia mediante un concordato que, al menos durante 25 años, fue elogiado públicamente por los obispos del país. Nada, pues, impedía a un católico colaborar con él.

Tras estas precisiones, veamos en el capítulo siguiente los hechos y los documentos que el historiador Giuseppe Romano somete a nuestra consideración.

Mientras tanto, este cronista se despide. Dedit quod potuit, ha hecho lo que ha podido. En cualquier caso, se dará por satisfecho si otros -movidos quizá por un sentimiento de descontento o de indignación, al leer estas páginas- se ponen a trabajar para mejorar lo presente.

Lo que importa

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , , No Comments »

Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Lo primero, lo que importa en la vida, “es ir al cielo: Si no, nada vale la pena”. Aviso a tener en cuenta, sabio consejo. Nos invitaba a un ajuste de horario, poner la flecha de nuestra brújula en rumbo, enflechar el orto de nuestro camino, ese amanecer que todo lo alumbra. Navegar en nave segura. Con buen rumbo. ¡Ay, la Iglesia! Romper esos densos nubarrones de las amenazas enemigas, sortear las escaramuzas de un enemigo prepotente, amo del mundo, dispuesto a no soltar su presa magullada. Un enemigo conocedor de nuestra vida, maestro del engaño, explotador de nuestro orgullo. Enemigo que no fácilmente nos soltaba de sus fauces de lobo feroz. Nos humillaría, nos despojaría de privilegios, en la vida y en el trabajo. Perderíamos amigos y honores. Era un camino contracorriente que nos quitaba la felicidad. Vino la enfermedad, la prueba necesaria, la cruz esperada a seguir…La sentencia del Fundador sobre el cielo nos ponía contra la pared, emplazándonos a una lucha que veíamos desigual, Goliat con sus armas frente al David de solo su honda, el brazo oculto de Dios en la mañana…¡Todo el ejército enemigo expectante, aguardando la derrota! Cayó Goliat, pero el enemigo no cejó en su persecución, en sus terribles zarpazos… Cuando todo parecía perdido, venía pronto el aviso firme y reiterado:”Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena”. (“Es Cristo que pasa”).

Vendrían después otros avisos que ponían barruntos de esperanza en nuestra vida. Cirros dorados como plumas de ángeles. “Dedica, sin regateo, el tiempo necesario a la oración; acude en ayuda de quien te busca; practica la justicia, ampliándola con la gracia de la caridad”. (“Es Cristo que pasa”). Quizá el más comprometedor, el más directo, el punto uno de Camino: “Que tu vida no sea una vida estéril. Sé útil. Deja poso. Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor”. Frases, notas, que eran como florecillas que nos salían al camino de nuestras lecturas, campo de verdor, refulgente, en el que el alma encontraba su remanso más tranquilo y luminoso. ¿Eran esas las verdes praderas del cielo? ¿Significaba esto un nuevo caminar? Dios nos esperaba en la orilla, junto al mar, con los pececillos de la pesca en sus manos…”Venid a retiraros conmigo en un lugar solitario, y reposareis un poquito…”

“Al recordar esta delicadeza humana de Cristo, que gasta su vida en servicio de los otros, hacemos mucho más que describir un posible modo de comportarse,”- nos decía san Josemaría, Punto 109, saliéndonos al paso,“Es Cristo que pasa”.- “Estamos descubriendo a Dios.” Y nos dirá con palabras de sentido amor que “Dios nos llama a través de las incidencias de la vida de cada día, en el sufrimiento y en la alegría de las personas con las que convivimos, en los afanes humanos de nuestros compañeros, en las menudencias de la vida familiar…” ¡Es aquí, en ese escenario, donde Dios nos quiere! ¡Conoce nuestras limitaciones, nos ama con amor de Padre que conoce las angustias y penas de sus hijos que se esfuerzan y fracasan tantas veces en esa pelea de su vida ordinaria! Parece como si dijese: Yo soy que eres una calamidad, pero eres hijo mío, has salido de mis manos, te ha contaminado el mundo con sus mentiras y miserias y yo trato de salvarte una y otra vez, ya ves como sangro…Soy una fuente de misericordia que nunca se agota, la voluntad de mi Padre es que seque la sed de los sedientos, beber todo el dolor humano, daros agua de la fuente del manantial que no se agota y da vida eterna, lavarte con mi sangre que cura y salva…

Abrid la ventana…

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hay una canción italiana que repite el eco de las calles populares. Canción nostálgica y alegre que camina montada en cuerdas de guitarra bajo la tarde… Muchas veces, algún muchacho la ha cantado con el Padre, en las horas quietas de una tertulia en Villa Tevere.

«Aprite le finestre al nuovo sole
é primavera, é primavera… ».

Decía Monseñor Escrivá de Balaguer que le gustaría que, unos minutos antes de morir, se la entonaran con la misma alegría… por el aire festivo y optimista de la letra, que habla del encuentro con el nuevo sol y una nueva primavera. Había llegado a decir al que acababa de recitarla:

«Tú me la cantarás, sin lágrimas»(12).

Jamás ha dado a sus hijos una versión trágica y sombría de la muerte, del juicio de Dios o de los errores cotidianos. Todo lo contrario. El amor, la confianza, se apoyan en la seguridad de ser perdonados. Por eso, en sus últimos años, hablaba continuamente de la misericordia de Dios. No se acoge a su justicia: invoca su misericordia. Esa puerta enorme del Corazón de Cristo por donde entran incluso los más lejanos, si tienen la humildad suficiente para solicitarlo.

El Padre vivirá siempre preparado para salir al encuentro de Dios:

«En esta lucha diaria, hay que tratar de vencer todas las batallas, pues el que pierde la última, ése pierde la guerra. Pero no sabemos cuál va a ser la última pelea, porque nos podemos morir en cualquier momento… No os preocupéis: detrás de la muerte está la Vida y el Amor» (13)

Nadie como él tan afincado en el amor al mundo y a las realidades temporales de los hombres. Tanto, que solía repetir que le parecía difícil que fueran felices en la otra Vida los que no hubieran sido capaces de experimentar la grandeza de ésta, la de ahora que, con su dolor y sus limitaciones, también es un don de Dios. Interpelaba afectuosamente a Teresa de Avila, advirtiéndole que no estaba de acuerdo con unos versos que aparecen en su mística:

«Que muero porque no muero».

El solía decir, basándose en palabras de San Pablo:

«¡Que vivo porque no vivo,
que es Cristo quien vive en mí! » (14)

Hasta el último momento ha quemado la energía que guardaban su alma y su cuerpo en una incesante actividad. Por eso, su insistente despedida pasó oculta, incluso para cuantos convivían muy cerca de él. Hablaba de su marcha con la naturalidad y el afán de quien se sabe llamado a un encuentro muy próximo.

«Tengo ya setenta y tres años. Los voy a cumplir dentro de unos días, y estoy para irme de este mundo… »(15)

La víspera de sus Bodas de Oro sacerdotales, el 27 de marzo de 1975, hizo su oración en voz alta, en el oratorio de Pentecostés en la Sede Central de Roma. Pareció como si, abarcando con una mirada estos cincuenta años de servicio a la Iglesia exclamara con Jesucristo: consummatuna est!; opus consummavi quod dedisti mihi; he terminado la obra que me has encomendado.

Desde hace tiempo, ha dejado este testamento a todas sus hijas e hijos:

«Para nosotros la muerte es Vida. Pero hay que morirse viejos. Morirse joven es antieconómico -añadía en broma-. Cuando lo hayamos dado todo, entonces moriremos. Mientras, a trabajar mucho y muchos años» (16)

Su último tiempo está marcado por un sufrimiento especialmente intenso. Siente sobre sus hombros el peso de la Iglesia, de las claudicaciones de tantos que deberían ser luz y son oscuridad. Permanece absorto, en una oración continua, que sólo interrumpe

su actividad, que también es oración. Desea quemarse en holocausto de la Iglesia y del Papa. Por eso ofrece su vida. Esta vida que aún le bulle en la sangre, este amor que inunda su corazón. Este deseo de otear el horizonte de sus hijos repartidos por el mundo, de asistir a las maravillas que Dios realiza a través de su Obra. Y espera que el Cielo acepte este regalo, último que queda en su reserva de generosidad.

Expresa en voz alta su deseo de conocer a Dios:

«Me ilusiona cerrar los ojos, y pensar que llegará el momento, cuando Dios quiera, en que podré verle, no como en un espejo, y bajo imágenes oscuras… sino cara a cara».

Y deja entrever el amor que llena su corazón:

«Hay una sed de Dios, un deseo de buscar sus lágrimas, sus palabras, su sonrisa, su rostro… No encuentro mejor modo de decirlo que volviendo a emplear las frases del salmo: como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así te anhela mi alma, ¡oh Dios mío!… ».

Siempre habla de la muerte con palabras que aculan el temor y dan entrada a la esperanza:

«Si el amor aquí en la tierra da tantas alegrías, ¿cómo será en el Cielo, cuando toda la Grandeza de Dios, toda la Sabiduría de Dios y toda la Hermosura de Dios, toda la vibración, todo el color, ¡toda la armonía!, se vuelque en ese vasito de barro que somos cada uno de nosotros?».

Tiene la esperanza puesta en Dios, pero también en la ayuda de sus hijos. Los necesita santos. Y por lo mismo, enormemente humanos. A todos les ha pedido, desde siempre, la piedad y el afecto.

«Tengo una gran debilidad: y es que os quiero mucho. Pienso que mi Cielo va a consistir en colarme por una puertecita y ponerme en un rincón, mirando y amando a la Trinidad Beatísima. Y desde allí, escondido, ver en el paraíso a mis hijas y a mis hijos muy en alto, muy cerca de Dios» (17).

Otras veces les ha dicho: «No me defraudéis: sed santos de verdad». Y usando una imagen muy castiza, les asegura que tiene la esperanza, con la ayuda de todos, de «saltarse a la torera» el Purgatorio(18)

Solicita de Dios una última gracia: morirse sin dar la lata. Sin que una enfermedad larga obligue a cuidar de él de modo crónico. Alguien le ha oído decir, ya en 1941 que, para «una persona del Opus Dei no existe la muerte repentina; ya que repentina es una cosa que no se espera y nosotros estamos constantemente buscando y esperando a Dios. La muerte repentina es como si el Señor nos sorprendiera por detrás, y, al volvernos, nos encontráramos en sus brazos… »(19).

Hasta los últimos días de junio de 1975, seguirá el ritmo idéntico de sus jornadas. Se levanta muy temprano. Reza su media hora de oración al punto de la mañana. Celebra la Santa Misa y desayuna a las ocho y media de un modo absolutamente frugal: café con leche y un trozo de pan. Su horario de trabajo se extiende de las nueve a la una. Desde las doce, recibe visitas de todo el mundo. Increíblemente, en tan corto espacio de tiempo es capaz de intimar, alentar y llenar de alegría a las personas que acuden a su encuentro: alemanes, mexicanos, españoles, franceses, italianos, africanos… Con la ayuda de un intérprete, cuando el italiano o español no son suficientes, se comunica con todos. Y en muchas ocasiones su gesto, su actitud de acogida universal, es mucho más elocuente que las palabras. Algunos que no comprenden la Obra, salen de la casa de Bruno Buozzi desarmados por la sonrisa y el amor del Padre.

Después de un rápido almuerzo y un rato de tertulia con sus hijos, paladea las Avemarías del Rosario entre las horas de trabajo, que ha iniciado de nuevo a las tres, hasta las siete y media. Antes de terminar la tarde volverá al oratorio para tener media hora de comunicación con Dios en la oración. Después de la cena otro tiempo de trabajo, hasta las nueve y media de la noche. Es el momento de compartir los incidentes de la jornada, las noticias que le llegan de sus hijos, de las tareas apostólicas, y las recogidas a través de la prensa.

Con frecuencia, encuentra unos minutos para pasar a la casa donde viven sus hijas y hablar con ellas, interesarse por su trabajo, por las condiciones en que lo realizan. Va sembrando cariño, confianza. Conoce el nombre, la situación familiar, los pequeños y grandes problemas. Y siempre acude con la pregunta certera, con la frase que hace sentirse, a cada uno, en el primer plano del afecto del Padre.

-«¿Estáis contentas? ¿Estáis alegres?». Y ante la contestación pronta y afirmativa, repite:

-«Entonces, todo va bien. Hemos de estar alegres siempre. ¿Aunque nos abran la cabeza? Sí, Padre, ¡aunque nos abran la cabeza! »(20).

Cuando alguno está enfermo, saca tiempo de su apretado trabajo para charlar con él, animarle, hacer más llevaderas sus molestias. Pide a todos que se esmeren; que cuiden, con el cariño de una madre, a cualquiera que esté pasando un mal momento físico.

Durante estos años sigue el horario de la casa, sin más excepciones que las que le impone su actividad: viajes, visitas, compromisos.

A veces lee, detenidamente, cartas de todos los países, hasta las primeras horas de la madrugada. Le sucede lo mismo que contaba ya en 1948:

«La semana anterior, cuando llegó el correo de España -¡vuestras cartas!- andaba con unas pequeñas molestias, que no me dejaban ver normalmente (…). Tenía el paquete de correspondencia en la mano, y sentía una gran tentación -no de curiosidad, de cariño- por leer todo aquello. Por fin, me dieron las dos de la madrugada hablando con el Señor, después de repasar despacio hasta la última carta: flojo estuve. No sé por qué puse una vez más, pero con más detenimiento, la mirada sobre un mueble de la habitación donde estoy escribiendo: hay allí-cuatro borriquitos, que los Reyes me trajeron de España, trotando… Yo me divierto a ratos, haciéndoles ir para aquí o para allí cambiándolos de dirección pero nunca se me ocurre separarlos: van junticos los cuatro, fraternales, con su carga abundante, inalterables, firmes. Hice mi examen, con remordimiento por el desorden: me dormí sonriendo y diciéndole al Señor en nombre de todos:”ut iumentum

factus sum apud te”!»(21)

No es fácil describir el cariño de la Obra por su Fundador. Un afecto alejado radicalmente de sentimientos apócrifos, que no podrían darse hacia una personalidad tan auténtica, llana y directa; como la de Monseñor Escrivá de Balaguer.

Ecuador: centro del mundo

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Padre llega a Ecuador convaleciente de una bronquitis gripal. Pesan sobre él semanas de intenso trabajo, y ahora se añade la eventualidad que suele atacar a los que vienen de otras latitudes: el mal de altura, el «soroche», como lo llaman en Quito.

Desde su llegada hasta el 10 de agosto no podrá ver a nadie ni llevar a cabo plan alguno. Miles de personas esperan todavía la posibilidad de conocerle. En la Residencia Illinízas se ha instalado un gran toldo que cubre toda la cancha deportiva. Por si el Padre puede hablar a los hijos suyos de Ecuador.

Acepta esta limitación que le impide llegar a donde había proyectado. Pero lo asume con el humor y la humildad de quien se sabe llevado y traído por el aire de Dios y no de los planes humanos.

«Bueno, el hombre propone y Dios dispone. Yo estaba tan ilusionado -y sigo estándolo- por haber venido aquí, por encontrarme con vosotros y con todos los demás… Pensaba: hemos de pasar cuarenta y ocho horas descansando un poco -porque parecía necesario-, y después… Después han pasado diez días, y aquí estamos. Ya me podíais haber dicho que teníais estas bromas con la altura y con el tiempo… »(55)

Alguien se lamenta de que los tres mil metros de altitud le hayan tratado tan mal:

-«¡Si lo estoy pasando colosalmente en Quito!

-La altura, Padre, la altura…

-Es que no soy un hombre de altura. De manera que Quito no me ha gastado ninguna broma. Ha sido Nuestro Señor, que sabe cuándo las hace, y juega con nosotros. Mira, lo dice el Espíritu Santo: ludens coram eo omni tempore, ludens in orbe terrarum, en toda la tierra está jugando con nosotros, los hombres, como un padre con su niño pequeño. Ha dicho: éste, que está tan enamorado de la vida de infancia, de una vida de infancia especial, ahora se la voy a hacer sentir yo. Y me ha convertido en un infante. ¡No deja de tener gracia!»(56)

En otro momento, dice en voz alta:

«Jesús, acepto vivir condicionado estos días y toda la vida, y siempre que quieras. Tú me darás la gracia, la alegría y el buen humor para divertirme mucho, para servirte, y para que la aceptación de estas pequeñeces sea oración llena de amor» (57).

Aquí en Ecuador, el Padre imparte la lección de su abandono en manos de Dios y la alegría del Omnia in bonum que tantas veces les ha inculcado. Se siente urgido por tantas almas que le esperan, que desean conocerle y escucharle. Pero no tiene planes personales: su voluntad y sus proyectos se pliegan y coinciden con la Voluntad de Dios.

Había escrito en «Camino»: (58)

«Niño, cuando lo seas de verdad, serás omnipotente».

Y da este ejemplo de confianza y docilidad para cambiar sus planes. Sabe que Dios hará confluir todas las cosas, incluidas sus limitaciones físicas, en una mayor eficacia de su estancia en Ecuador.

Así, echándole alegría, y con la expectación de tantas personas que esperan su recuperación, llega el domingo 11 de agosto. EL Consiliario del Opus Dei en Ecuador anuncia que el Padre asistirá a dos tertulias: una con sus hijos de la Obra, y otra con Cooperadores y amigos.

El primer grupo llegará el día 13. En un lugar sombreado del jardín, el Padre quiere hacerles olvidar su aspecto de enfermo. Habla con ellos animadamente, les hace reír, les impulsa a una lealtad constante y generosa, les da las gracias por su cariño y paciencia, por el amor que han de volcar en Dios, que les mantendrá siempre unidos:

«Por cariño estamos tan a gusto juntos. A mí me parece que os conozco de siempre. A algunos os acabo de conocer; pero estoy tan contento como si os tratara desde que erais pequeños, y os volviera a ver a la vuelta de los años. Y esto lo hace posible el Amor de Dios, el Amor de Jesucristo, la entrega suya. Como El llena toda nuestra vida, se ocupa de que el amor divino se convierta delicadamente en amor humano, limpio, noble, bueno» (59)

Para el día 14 se ha previsto la única reunión algo más numerosa. Monseñor Escrivá de Balaguer ha de realizar un esfuerzo considerable para mantenerse en pie, caminar con naturalidad y encontrar respuesta ágil a todo tipo de preguntas. Una energía que no tiene raíces físicas tira de todo su cuerpo y no le deja resbalar hasta el agotamiento.

Hoy se oye su voz en el jardín, en tono muy bajo y suave:

«Yo pensaba haber danzado de una parte a otra de vuestra hermosa ciudad y de esta tierra encantadora; pensaba haber visto tantas, tantas personas… El Señor no ha querido. Pero os he visto a todos».

En los días que permanece enfermo no ha podido celebrar la Santa Misa, y recibe la Comunión diariamente, de manos de don Alvaro.

«Aquí me encuentro alegre, contento. ¡Cien veces vendría con el mismo empeño y la misma ilusión -aun cuando tuviera también que quedarme sin celebrar la Santa Misa- para estar más cerca de vosotros! Pero le pediría a mí Señor que no me exigiera este sacrificio: cada día tengo más hambre de acercarme al altar, para renovar in persona Christi el sacrificio del Calvario. Os aseguro que para mí, y para cualquier católico coherente, la Misa es el alimento del alma y del cuerpo, porque de ahí arranca la razón de mi vida»(60)

Por encima del tiempo, los recuerdos se agolpan sobre estas frases del Padre: aquella primera reunión en el asilo de Porta Coeli, cuando tres universitarios asistían al amor y a la fe de un joven sacerdote ante el Santísimo; los años de trabajo junto a los pobres y enfermos, llevando el alimento material y espiritual para su soledad; aquellos estudiantes que veían el alma con que don Josemaría celebraba el Sacrificio de la Misa… Este amor ha ido creciendo hasta inundar su ser.

«Estos días que llevo aquí han sido para mí de mucha enseñanza. He aprendido tanto de la piedad ecuatoriana, que es una piedad enraizada de verdad en el Evangelio. Me ha conmovido sobre todo (…) el amor que manifestáis a San José. Yo vengo predicando ese amor desde hace años; no lo puedo separar de Jesús y de María. Si el Señor escogió a su Madre desde la eternidad, si nos ha escogido a nosotros también, es justo pensar que eligió al que había de servirle de padre en la tierra: a José (…).

Casi sin moverme en esta casa, me he encontrado con dos o tres imágenes, que aquí son muy corrientes por lo visto, de San José con el Niño Jesús en brazos, y Jesús coronando a su padre adoptivo. ¡Qué bonito!»(61)

A un grupo de sacerdotes que asiste, les dice:

«Rezad por mí, para que sea bueno y fiel. No penséis, por esta voz desmayada, que soy un abuelo. No lo soy; soy joven y me siento joven, puedo tirar todavía en el servicio del Señor, si es su voluntad. Y El me ha dado un espíritu de no desear morir, de mirar la vida con alegría, con optimismo»(62).

El 15 de agosto, fiesta de la Asunción de la Virgen, el Padre vuela rumbo a Venezuela. Ese mismo día, la prensa publica un artículo dando cuenta de la estancia del Fundador del Opus Dei en Ecuador:

«Llegó sin ruido, como suelen llegar los caminantes. Ni un flash para la prensa, ni unas declaraciones televisadas, ni nada de verdadero ruido (…). Como caminante, como apóstol a quien sólo interesa la gloria de Dios y mostrar con su palabra familiar y cálida la manera de santificar la vida por el trabajo y hacer ver la realidad del destino sobrenatural del hombre (…).

Me decían que con un hablar reposado y claro, de un inconfundible matiz aragonés, había elogiado a nuestra ciudad y a nuestras gentes, manifestando ser para él una prueba de Dios no haber podido recorrer la ciudad y tratado al mayor número de personas posibles. Se había referido a las cosas pequeñas, al amor de Dios y de los hombres, a la santidad de la vida, a la participación de los padres en la educación de los hijos y a la libertad del hombre… »(63).

Mientras el avión toma altura, parece oírse en el aire el eco de la última letrilla que cantaron para él los muchachos:

«Oye, te digo en secreto

que te amo de veras,

que sigo de cerca tus pasos

aunque tú no quieras».

«No tengáis nunca miedo -les dirá el Padre- de emplear canciones que hablan de amor humano limpio, para tratar del amor divino. Porque se ama con un solo corazón (…). El nos ama de esa manera, con locura, a cada uno, como si no hubiera más que una criatura en la tierra»(64)

Decisión heroica

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Otoño de 1972. Roma ilumina de rojo «matone» las fachadas en el atardecer. Desde que se clausuraron las sesiones del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha sufrido violentas sacudidas.

Monseñor Escrivá de Balaguer quema su vida en una honda tarea de fundación, conoce los entresijos de la crisis que afecta a gran parte del mundo cristiano y quisiera salir al encuentro de los que se desvían en una pérdida lamentable. Su llaneza y valentía sufren ante la ambigüedad y el silencio de tantos que debieran gritar, hoy más fuerte que nunca, la única verdad del Evangelio.

Siempre ha trabajado por la gloria de Dios, sin pretender ningún aplauso humano. Dotado de gran inteligencia y de vastísima cultura, su energía y talento teológico se vuelcan en cartas y escritos, en palabras destinadas a los miembros de la Obra de Dios, que llenan miles de páginas.

En los últimos años, al presenciar esta crisis que Dios permite en la Iglesia, piensa «lanzarse al ruedo», como se dice en el idioma castizo español. Es decir, salir al encuentro de muchas personas para hablarles de fe, esperanza y amor. Su decisión de presentarse ante millares de personas atenta contra su modo de ser, más inclinado al diálogo personal, a la reunión familiar. Se expone, al comparecer públicamente, a ser objeto de crítica y, ¿por qué no?, también de entusiasmos, de agradecimientos y de afecto. Pero todo pasa rápidamente de sus manos a las de Dios. Ni un solo instante los aplausos de una reunión se quedarán en los bolsillos de su sotana. Se transforman, por obra y gracia de la humildad y el servicio de este sacerdote, en un gran ofertorio a Dios.

A los setenta años de edad, el Fundador del Opus Dei va a librar otra batalla en servicio de la Iglesia. Durante mucho tiempo ha sufrido ante el panorama que presencia. Pero no concuerda su coraje con la congoja o el desaliento. Aquello que le afecta se transforma en fuerza para rezar, para sacrificarse, para ir a la acción como un vendaval pacífico e imparable que no puede contener la necesidad de hablar de Jesucristo.

El verbo catequizar, en su raíz griega significa algo así como «hacer sonar en los oídos». Esta resonancia apasionada es lo que el Padre va a intentar, incansablemente, en dos meses de catequesis por España y Portugal. Gritará despacio, afectuosa y libremente, las verdades viejas y nuevas del Evangelio. Una asamblea multitudinaria se convierte a su alrededor en una tertulia donde todos tienen la libertad y la confianza de exponer sus inquietudes y afectos en voz alta. En estas apariciones en público, jamás se mostrará pesimista ni agorero precursor de calamidades: todo lo contrario. Repetirá incansablemente que para los hijos de Dios, todas las cosas, aun las aparentemente más dolorosas, son para bien. Así, con este ánimo, el Padre inicia un «maratón» de fe este otoño de 1972, cuando Roma arde en uno de sus maravillosos atardeceres (1)


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder