Universitarios, renovadores de la civilización

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El Papa celebró con universitarios de diversos países la VI Jornada Europea de los Universitarios y les urgió a tener deseos de renovar y enriquecer con su vida cristiana la civilización actual.

Durante el encuentro hubo conexiones vía satélite con universitarios de Nápoles (Italia); Bucarest (Rumania), Toledo (España); Aviñón (Francia); Minsk (Bielorrusia); Washington (EE.UU.); Ciudad del México (México); La Habana (Cuba); Aparecida (Brasil) y Loja (Ecuador).

Tras el rezo del Rosario, el Papa habló a los universitarios, especialmente a los de Europa y América, con estas palabras: “El cristianismo constituye un lazo fuerte y profundo entre el llamado viejo continente y el llamado “nuevo mundo”.

 

Opus Dei -

“Dios os llama a cooperar, junto con vuestros coetáneos de todo el mundo, para que la savia del Evangelio renueve la civilización de estos dos continentes y de toda la humanidad”.

“Las grandes ciudades europeas y americanas son cada vez más cosmopolitas, pero con frecuencia les falta esta savia capaz de hacer que las diferencias no sean un motivo de división o de conflicto, sino más bien de enriquecimiento recíproco”.

“Queridos amigos: ¡sed discípulos y testigos del Evangelio, pues el Evangelio es la buena semilla del Reino de Dios, es decir, de la civilización del amor! ¡Sed constructores de paz y de unidad!”.

ÁNGELUS: LA CEGUERA DEL ORGULLO

“Jesús revela al ciego curado que ha venido al mundo para dar un juicio, para separar a los ciegos curables de los que no se dejan curar porque creen que están sanos”, dijo el Papa en el ángelus.

En su mensaje dominical tras el rezo del ángelus, el Papa reflexionó sobre el Evangelio del día, en el que Jesucristo cura a un ciego de nacimiento. Frente a quienes veían en la ceguera un castigo causado por los pecados “Jesús no piensa en las culpas posibles sino en la voluntad de Dios que creó al ser humano para la vida”.

“E inmediatamente entra en acción: con tierra y saliva hace fango y lo unta en los ojos del ciego. Este gesto alude a la creación del hombre que la Biblia narra con el símbolo de la tierra plasmada y animada por el soplo de Dios”.

“Curando al ser humano Jesús lleva a cabo una nueva creación. Pero esa curación suscita una discusión encendida porque Cristo lo hace durante el sábado, infringiendo según los fariseos el precepto festivo. Al final de la narración, Jesús y el ciego se encuentran “expulsados” por los fariseos: uno porque ha violado la ley y el otro porque, a pesar de la curación lleva todavía la marca de pecador de nacimiento”.

“Jesús revela al ciego curado que ha venido al mundo para dar un juicio, para separar a los ciegos curables de los que no se dejan curar porque creen que están sanos. Efectivamente en el ser humano es muy fuerte la tentación de construirse un sistema de seguridad ideológico, incluso la religión puede convertirse en elemento de este sistema, así como el ateísmo o el laicismo, pero haciendo así nuestro egoísmo nos vuelve ciegos”.

“¡Dejemos que nos cure Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios!” -concluyó-. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y sobre todo lo que la Biblia llama el “gran pecado”: el orgullo”.

Agradecer lo que hemos recibido

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El pasado domingo Benedicto XVI habló de la parábola evangélica de los talentos. “Los talentos –dijo el Santo Padre-, representan la riqueza que el Señor nos ha dejado en herencia para que la hagamos fructificar”

Opus Dei -

El domingo 16 de noviembre, el Papa explicó que el Evangelio de ese día, que narra la parábola de los talentos, “nos invita a estar alerta y a ser operativos mientras esperamos el regreso del Señor Jesús al final de los tiempos”.

“Los talentos -prosiguió-, además de las cualidades naturales representan la riqueza que el Señor nos ha dejado en herencia para que la hagamos fructificar: su Palabra depositada en el Santo Evangelio”, y “la parábola de hoy insiste en la actitud interior con que acoger y valorizar este don”.

“La actitud equivocada es el miedo (…) como sucede, por ejemplo, a los que habiendo recibido el Bautismo, la Comunión y la Confirmación entierran esos dones bajo una capa de prejuicios, bajo una imagen falsa de Dios que paraliza la fe y las obras. (… ) Pero la parábola subraya los buenos frutos aportados por los discípulos, que (…) no han escondido el don (…) sino que lo han hecho fructificar, compartiéndolo y dividiéndolo. Lo que Cristo nos ha dado se multiplica cuando lo damos”.

“La enseñanza evangélica -concluyó- (…) ha tenido consecuencias en el ámbito histórico y social, promoviendo en las poblaciones cristianas una mentalidad activa y emprendedora. Pero el mensaje central atañe al espíritu de responsabilidad con el que acoger el Reino de Dios: responsabilidad hacia Dios y hacia la humanidad”.

Junto a los enfermos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Lleva cincuenta años de médico. Enfundado en su bata blanca ha diagnosticado miles de enfermedades mortales, ha expresado miles de veredictos finales. Sabe lo que se sufre cuando, como médico en el que se han depositado las esperanzas, se anuncia al paciente o a sus familiares un diagnóstico irreversible. Lo sabe porque, dice, nunca ha ocultado la verdad –las causas y consecuencias de la enfermedad– a sus pacientes.

Ahora, enfundado ya en su traje de calle, sin bata blanca, sabe también lo que se siente frente a los médicos, frente a quienes de él han aprendido a decir la verdad, a expresar sentencias inamovibles sin falsos respetos. Porque de médico se ha convertido en enfermo. De los de diagnóstico irreversible: enfermo de cáncer, un mal que sabe que convive con él desde agosto de 1983.

Y sabe que va a morir. Pero no como lo sabemos todos, ignorantes del cuándo y del cómo, sino que conoce su plazo. Sin embargo, dice que no sufre –«decir que no me asusta me parece una vanidad»– y que lo afronta con serenidad y con paciencia. Por eso, quizás, en su rostro no hay miedo, no hay terror ni desesperación. En el rostro de Eduardo Ortíz de Landázuri, médico de los vivos y de los moribundos durante 50 años, hay ahora, a los 73 años, tranquilidad.

La tranquilidad de un hombre que ante un final que sabe cercano ha desechado la elección del camino del miedo y ha optado por recorrer el camino de la esperanza para llegar a su muerte anunciada –«qué distinto recorrido para un mismo final»–. Un recorrido que, quizás, no sea comprensible para otros caminantes si les falta algo que en Eduardo Ortiz de Landázuri es innato, la fe –«la he tenido siempre y pido a Dios que ahora, cuando más la necesito, no me la quite»–.

Con su cáncer y su fe a cuestas, Eduardo Ortiz de Landázuri –don Eduardo, en los ambientes de la Universidad y de la Clínica Universitaria– considera ahora que la muerte, enemiga y compañera de tantos años de ejercicio de profesión, no es tan terrible cuando le toca a uno mismo. Y dice que, aunque le gustaría seguir en este mundo todavía cinco años más, acata y agradece la voluntad de Dios en quien siempre ha creído y confiado.

La vida de este hombre, catedrático de Universidad y médico internista, ha ido quedando en la Facultad de Medicina de las Universidades de Granada y Navarra, en los hospitales de San Carlos de Madrid, San Juan de Dios y San Cecilio en Granada y en la Clínica Universitaria de Navarra, de la que fue pionero. Su vida la exprimió atendiendo, recuerda, a unos quinientos mil enfermos para los cuales no supo de horarios –«a las 3 de la madrugada se puede salvar una vida y quizás a las 9 sólo puedes certificar una defunción»– y sí de atenciones y de hacer real una frase que hizo famosa en las clínicas por las que pasó –«el enfermo siempre tiene razón»– con la conciencia de que una conversación puede ayudar, más que un análisis, a establecer un diagnóstico.

Partidario de que el enfermo confíe en el médico, pide, de éstos el estudiosuficientepara merecer la confianza y la dedicación sin prisas para los pacientes –«una muerte se aceptará o dejará una espina clavada según el trato que haya dado el médico»–.

Ahora, en este otoño, cuenta que ha luchado por no dejar espinas clavadas. Por intentar ser buen médico y por intentar también santificar su trabajo, la meta de loshombres del Opus Dei, del que Eduardo Ortíz de Landázuri es miembro –«si no fuera por el Opus Dei, no sé que habría sido de mi vida»–. Y en este repaso a sus 73 años de vida, sigue Ortíz de Landázuri menos apegado al mundo y con el deseo aumentado que siempre, dice, rigió sus actuaciones –«mi único deseo ha sido y es el de ir al cielo»–.

Médico hasta que la enfermedad le apartó de los enfermos, Eduardo Ortíz de Landázuri ha contado a Inés Artajo, del Diario de Navarra, que no llegó a la Medicina por una especial vocación, sino por azar. La fama y el prestigio, sin embargo, fue tarea de miles de horas en una especialidad y no del azar.

Era 1958 cuando Ortíz de Landázuri, médico famoso, catedrático y vicerrector de la Universidad de Granada y ya miembro del Opus Dei, casado y padre de 7 hijos, cambió su forma de vida y su economía para asentarse en Pamplona –«lo que tú digas, me respondió mi mujer»–. Aquí, dice, sólo había ilusión y pocos medios para levantar una Facultad de Medicina reciéñ inaugurada y para crear un hospital universitario, la Clínica.

A1 llegar a Pamplona rechazó la posibilidad de abrir una consulta en la calle Carlos III, foco seguro de fama y dinero, y pidió un pequeño consultorio en la Facultad de Medicina, después ampliado al pabellón F, antes para tuberculosos, del Hospital de Navarra.

Desde entonces mismo, un hombre enfundado en una bata blanca pasaba días y noches sentado en las camas de los enfermos –«en el borde de una cama nace el diálogo y la confianza, tan esencial para un buen diagnóstico»–. Porque Ortízde Landázuri, durante 50 años, ha practicado la Medicina a su modo. Y ha sido la suya una forma de hacerla que rompía con los esquemas de los horarios y de las visitas exclusivamente técnicas, convencido de que la unidad de la enfermedad no es sólo física, sino que un diagnóstico y un tratamiento pasa por el conocimiento de la unidad individual de la persona.

Dicen de él que acudía dos veces diarias, como mínimo, a las habitaciones de los enfermos y que sus visitas eran de amigo. Y cuentan, él lo recuerda, que cualquier noche, con su bata blanca, acudía a revisar una cura, a plantear un «qué tal está» o a pasar consulta.

«Los enfermos necesitan atención, hay que estar pendiente de ellos. Y la misión del médico no es sólo curarlos. Hay que darles cariño, confianza y ganas de vivir, que a algunos les falta. Porque, aunque la medicina esté por encima de la voluntad de los hombres, unas ganas de vivir siempre ayudan.

Rosa W Echevarría preguntó al Dr. Ortíz de Landázuri, para Nuestro Tiempo, por el nacimiento del Opus Dei juntoa los enfermos.

–El Opus Dei nació en los barrios más pobres y en los ambientes más míseros de Madrid, entre los enfermos… Por eso, a mí me parece que en la mente del Fundador siempre estuvo presente la idea de que lo antes posible empezara en la Universidad de Navarra la Facultad de Medicina. Ahora, cuando se analiza cómo se llegó a ese objetivo, se queda tino verdaderamente perplejo. Vinieron varios colegas a estudiar el asunto, se habló con las autoridades y lo cierto es que las primeras impresiones no resultaban nada halagüeñas. Sin embargo, Monseñor Escrivá de Balaguer les animó a seguir adelante a pesar de todos los problemas que se presentaban.

Con una sonrisa, comenta don Eduardo el decidido empeño del primer Gran Canciller, cuando todo hacía suponer que la iniciativa de montar una Universidad constituía una locura genial. Así comenzó la íntima historia de la Universidad de Navarra, que llegó a constituir con el tiempo la prueba palpable de un inmenso y de un intenso acto de fe.

–La realidad es que se puso en marcha la Facultad de Medicina con un porvenir no muy claro. En este sentido, la Clínica Universitaria es depositaria de ese pensamiento del Fundador y por lo tanto no constituye una casual coincidencia en la marcha de la Universidad. Y en esas condiciones, cuando la Facultad de Medicina empieza su fase clínica, tuve la oportunidad de dejar de ser un observador para vivirlo desde dentro. Como por ósmosis, por decirlo de alguna manera, el espíritu del Fundador entra de raíz en la Facultad de Medicina y concretamente en la atención a los enfermos. Creo que casi antes de empezar la Universidad, ya estaba en su mente la idea de que había que acercarse a los enfermos. ¿Por qué? Porque él sabía, y esto es muy importante, que una de las fuerzas más importantes para la formación de la gente que trabajaba con él, era el contactocon los enfermos.

Por eso en opinión del Dr. Ortíz de Landázuri, la atención a los enfermos, además de constituir uno de los pilares fundamentales de la Clínica Universitaria, ha llegado a convertirse en la esencia de la propia enseñanza de la Medicina.

–¿De qué forma los enfermos han influido de una manera personal en su vida?

–Creo que habría que preguntar si alguno de los enfermos que ha pasado a mi lado no ha dejado alguna huella en mí, ¡y cuidado que han pasado! Por eso comprendo muy bien que el Fundador del Opus Dei estuviera siempre tan cercano a los enfermos. En este sentido me impresionó mucho una conversación que tuve con Sor Engracia Echevarría, una monja del Hospital del Rey. Me hablaba de aquellos años tan duros, poco antes de la guerra… La comunidad se quedó totalmente sola, puesto que no había capellanes ni tenían asistencia sacerdotal. Entonces se encontraron con Monseñor Escrivá de Balaguer. Ella me contaba cómo les ayudaba… Cada vez que le llamaban por teléfono se dirigía inmediatamente andando desde Atocha hasta Chamartín porque no había medios de comunicación. Sólo unos tranvías blancos que funcionaban a detcrminadas horas.

Aquella conversación le ayudó a don Eduardo a descubrir muchos horizontes en su propia vida personal.

–Sor Engracia, que era la Superiora, me contaba que cuando tenían a un enfermo grave le llamaban a cualquier hora del día o de la noche para que le administrara los últimos sacramentos. Muchas veces me he preguntado o he considerado lo duro que tiene que ser que después de un intenso día de trabajo te llamen para ayudar a un moribundo del hospital, puesto que por aquellas circunstancias políticas no había ningún capellán. Claro, que para salvar a una persona y ayudarle a morir bien, merece la pena recorrer lo que haga falta. Sin embargo, en esas circunstancias la ayuda a los enfermos adquiría su máxima plenitud por el sacrificio y el riesgo que suponía.

Ortiz de Landázuri, al igual que Jiménez Díaz –volvemos al relato de Inés Artajo–, ha dejado una estela de eminencia en la Medicina Interna. Cuentan que su nombre atrajo a miles de enfermos a la Clínica Universitaria. Y dicen que la gente llegaba, además de por su fama, porque de boca en boca de pacientes y de familiares de enfermos corría el trato humano que daba el médico.

Confiesa Ortíz de Landázuri que para él todos los enfermos han sido iguales y que ni el dinero ni la posición social influían en su hacer. Porque para el médico estaba claro que a un rey no podía atendérsele mejor que a un enfermo pobre y porque él mismo atendía a los pobres enfermos como a reyes.

–La enfermedad no sabe de horarios ni de dinero, al igual que los buenos médicos. Qué me importaba a mí no cobrar a quien necesitaba curación. El dinero lo dejé cuando renuncié a hacerme rico en Granada. A quien no me ha podido pagar no he cobrado, y han sido muchos. Estoy contento por eso mismo.

Dice que no se ha hecho rico y que el poco dinero que tenía lo invirtió en pisos para sus hijos. Ahora, cuenta, guarda una pequeña cuantía para que su familia –«si los impuestos le dejan»– haga frente a la vida cuando le llegue la muerte.

De números, lo único que le importa ahora a Ortiz de Landázuri es conseguir dinero para la Universidad –«voy pidiéndolo a casas y empresas. Pedir es bonito, no me avergüenza, porque ves que la generosidad humana es grande»– y dice que tiene gracia para sacarlo.

Confiesa que éste es el encargo más bonito que le ha hecho el Opus Dei, a donde Ortíz de Landázuri llegó en 1952 a vivir el cristianismo mediante la santificación diaria en el trabajo.

Ciertamente nosoy más que un cristiano corriente que ha tratado de santificar su trabajo y que de no haber sido del Opus Dei ahora no daría dos duros por lo que hubiera podido ser mi vida.

Consciente de que hay santos de todas clases –«claro que se puede ir al cielo sin ser de la Obra, dice que a él le ha mejorado humana y espiritualmente –«quizá yo hubiera sido ahora un agnóstico»–. Comenta también que el Opus Dei cuenta con el reconocimiento de la gente y dice que él no ha visto odios hacia la Obra, que la gente la respeta y que, si acaso, se ha encontrado con gente recelosa por puro desconocimiento de lo que es –«algunos recelan porque piensan que quieres catequizarlos»–.

Añade el médico que para él ni la política ni la religión –«creo en la libertad»– le han sido impedimentos para curar a cualquier enfermo.

–Soy religioso y apolítico, pero respeto a los que son distintos. Me conformo con ser un hombre de orden y no digo que los que piensen distinto a mí sean gentes de desorden. Sólo que miran la vida de distinta forma.

Eduardo Ortíz de Landázuri reconoce que se encuentra relativamente bien –«aunque no soy lo que era hace cuatro meses, que estaba hecho un jabato»–, aunque las piernas, a las que, cuenta, en la vida cansó más que a la cabeza –«ahora se resienten más por el mal trato que les di»– no le obedezcan como antes.

–Tengo una afectación nerviosa, pero he procurado acostumbrarme a ellas, para aguantarlas el tiempo que Dios me conceda de vida.

Con esa serenidad que nace de sus palabras, apaciblemente y sin ninguna desesperación, y aún con la alegría de ver cumplida la voluntad de Dios, Ortíz de Landázuri prepara también a su familia para cuando él no esté –«me gustaría que no le faltara nada cuando yo me vaya»–. Y ahora como si todo estuviese lejos, les habla del lugar a donde irá. Primero a la tierra –«me da igual una sepultura, un nicho o la fosa común; no tengo dinero ni vanidad para ocupar un panteón»– y después al lugar al que, cuenta Eduardo Ortiz de Landázuri, siempre ha querido ir.

–Eso es lo único que de verdad me preocupa. Quiero ir al cielo. Sí, creo en el cielo. El lugar donde gozaré de la presencia de Dios.  ¿Cómo? Mi mente es demasiado limitada para entenderlo y explicarlo. Pero allí quiera ir.

Y Ortíz de Landázuri, que cree también en el infierno y en el purgatorio –«desgraciadamente existen»espera, dice, que en la balanza final pesen más sus trabajos buenos, la santificación que buscó atendiendo y curando enfermos, que los errores humanos y profesionales que pudo tener.

–He intentado pasar por la vida haciendo el bien que he podido. Lo he intentado, pero no quiero que me digan que lo he conseguido, porque me asusta mi posible vanidad. Quiero ir al cielo y allí no hay sitio para los vanidosos.

Don Eduardo falleció en la mañana del 20 de mayo de 1985. Dos días después, Diario de Navarra publicaba una carta que se había recibido en el periódico bastantes meses antes. La firmaba un enfermo de cáncer y la dirigía al Dr. Ortiz de Landázuri. Los responsables del periódico tuvieron la delicadeza de publicarla cuando ninguno de los dos enfermos estaba ya en la tierra.

Muerte en la Cruz

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús; y él, con la cruz a cuestas, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota, donde le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y en el centro Jesús. Pilato escribió el título y lo puso sobre la cruz. Estaba escrito: Jesús Nazareno, el Rey de los judíos(Ioh, 19, 17-19) .

“Ahora crucifican al Señor, y junto a El a dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda. Entretanto Jesús dice:

Padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc XXIII,34).

Es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario. Y ya en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte.

Con ademán de Sacerdote Eterno, sin padre ni madre, sin genealogía (cfr. Heb VII,3), abre sus brazos a la humanidad entera.

Junto a los martillazos que enclavan a Jesús, resuenan las palabras proféticas de la Escritura Santa: han taladrado mis manos y mis pies. Puedo contar todos mis huesos, y ellos me miran y contemplan (Ps XXI,17–18).

¡Pueblo mío! ¿Qué te hice o en qué te he contristado? ¡Respóndeme! (Mich VI,3).

Y nosotros, rota el alma de dolor, decimos sinceramente a Jesús: soy tuyo, y me entrego a Ti, y me clavo en la Cruz gustosamente, siendo en las encrucijadas del mundo un alma entregada a Ti, a tu gloria, a la Redención, a la corredención de la humanidad entera”.

XI Estación, Vía Crucis.

“En la parte alta de la Cruz está escrita la causa de la condena: Jesús Nazareno Rey de los judíos (Ioh XIX,19). Y todos los que pasan por allí, le injurian y se mofan de El.

Si es el rey de Israel, baje ahora de la cruz (Mt XXVII, 42).

Uno de los ladrones sale en su defensa:

Este ningún mal ha hecho… (Lc XXIII,41).

Luego dirige a Jesús una petición humilde, llena de fe:

Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino (Lc XXIII,42).

En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso (Lc XXIII,43).

Junto a la Cruz está su Madre, María, con otras santas mujeres. Jesús la mira, y mira después al discípulo que el ama, y dice a su Madre:

Mujer, ahí tienes a tu hijo

Luego dice al discípulo:

Ahí tienes a tu madre (Ioh XIX, 26–27).

Se apaga la luminaria del cielo, y la tierra queda sumida en tinieblas. Son cerca de las tres, cuando Jesús exclama:

Elí, Elí, lamma sabachtani?! Esto es: Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt XXVII,46).

Después, sabiendo que todas las cosas están a punto de ser consumadas, para que se cumpla la Escritura, dice:

Tengo sed (Ioh XIX,28).

Los soldados empapan en vinagre una esponja, y poniéndola en una caña de hisopo se la acercan a la boca. Jesús sorbe el vinagre, y exclama:

Todo está cumplido (Ioh XIX,30).

El velo del templo se rasga, y tiembla la tierra, cuando clama el Señor con una gran voz:

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc XXIII,46).

Y expira.

Ama el sacrificio, que es fuente de vida interior. Ama la Cruz, que es altar del sacrificio. Ama el dolor, hasta beber, como Cristo, las heces del cáliz”.

XII Estación, Vía Crucis.

TEMA 21. La Eucaristía (3)

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La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de latría al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa, como fuera de su celebración.

1. La presencia real eucarística

En la celebración de la Eucaristía se hace presente la Persona de Cristo —el Verbo encarnado, que fue crucificado, murió y ha resucitado por la salvación del mundo—, con una modalidad de presencia mistérica, sobrenatural, única. El fundamento de esta doctrina lo encontramos en la misma institución de la Eucaristía, cuando Jesús identificó los dones que ofrecía, con su Cuerpo y con su Sangre («esto es mi Cuerpo … esta es mi Sangre…»), es decir, con su corporeidad inseparablemente unida al Verbo y, por tanto, con su entera Persona.

Ciertamente, Cristo Jesús está presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de los fieles (cfr. Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los encarcelados (cfr. Mt 25,31-46), en los sacramentos y especialmente en la persona del ministro sacerdote. Pero, sobre todo, está presente bajo las especies eucarísticas (cfr. Catecismo, 1373).

La singularidad de la presencia eucarística de Cristo está en el hecho de que el Santísimo Sacramento contiene verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, Dios verdadero y Hombre perfecto, el mismo que nació de la Virgen, murió en la Cruz y ahora está sentado en los cielos a la diestra del Padre. «Esta presencia se denomina “real”, no a título exclusivo, como si los otras presencias non fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente» (Catecismo, 1374).

El término substancial trata de indicar la consistencia de la presencia personal de Cristo en la Eucaristía: ésta no es simplemente una “figura”, capaz de “significar” y de estimular a la mente a pensar en Cristo, presente en realidad en otro lugar, en el Cielo; ni es un simple “signo”, a través del cual se nos ofrece la “virtud salvadora” —la gracia—, que proviene de Cristo. La Eucaristía es, en cambio, presencia objetiva, del ser-en-sí (la substancia) del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, es decir, de su entera Humanidad —inseparablemente unida a la Divinidad por la unión hipostática—, aunque velada por las “especies” o apariencias del pan y del vino.

Por tanto, la presencia del verdadero Cuerpo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento «no se conoce por los sentidos, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios» (Catecismo, 1381). Esto lo expresa muy bien la siguiente estrofa del Adoro te devote: Visus, tactus, gustus, in te fallitur / Sed auditu solo tuto creditur / Credo quidquid dixit Dei Filius: / Nil hoc verbo Veritatis verius (Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto / pero basta con el oído para creer con firmeza / creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios / nada es más verdadero que esta palabra de verdad).

2. La transubstanciación

La presencia verdadera, real y substancial de Cristo en la Eucaristía supone una conversión extraordinaria, sobrenatural, única. Tal conversión tiene su fundamento en las mismas palabras del Señor: «Tomad y comed: esto es mi Cuerpo… bebed todos de él, porque ésta es mi Sangre de la nueva alianza…» (Mt 26,26-28). En efecto, estas palabras se hacen realidad sólo si el pan y el vino cesan de ser pan y vino y se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, porque es imposible que una misma cosa pueda ser simultáneamente dos seres diversos: pan y Cuerpo de Cristo; vino y Sangre de Cristo.

Sobre este punto el Catecismo de la Iglesia Católica recuerda: «El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia Católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación”» (Catecismo, 1376). Sin embargo permanecen inalteradas las apariencias del pan y del vino, es decir, las “especies eucarísticas”.

Aunque los sentidos capten verdaderamente las apariencias del pan y del vino, la luz de la fe nos da a conocer que lo que realmente se contiene bajo el velo de las especies eucarísticas es la substancia del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Gracias a la permanencia de las especies sacramentales del pan, podemos afirmar que el Cuerpo de Cristo —su entera Persona— está realmente presente en el altar, o en el copón, o en el Sagrario.

3. Propiedades de la presencia eucarística

El modo de la presencia de Cristo en la Eucaristía es un misterio admirable. Según la fe católica Jesucristo está presente todo entero, con su corporeidad glorificada, bajo cada una de las especies eucarísticas, y todo entero en cada una de las partes resultantes de la división de las especies, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cfr. Catecismo, 1377). Se trata de una modalidad de presencia singular, porque es invisible e intangible, y, además, es permanente, en el sentido de que, una vez realizada la consagración, dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas.

4. El culto a la Eucaristía

La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de latría (es decir, de adoración), al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa (por esto ha indicado que nos arrodillemos o nos inclinemos profundamente ante las especies consagradas), como fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas en el Sagrario (o Tabernáculo), presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión, etc. (cfr. Catecismo, 1378).

Se conserva la Sagrada Eucaristía en el Sagrario:

— principalmente para poder dar la Sagrada Comunión a los enfermos y a otros fieles imposibilitados de participar en la Santa Misa;

— además, para que la Iglesia pueda dar culto de adoración a Dios Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento (de modo especial durante Exposición de la Santísima Eucaristía, en la Bendición con el Santísimo; en la Procesión con el Santísimo Sacramento en la Solemnidad de Cuerpo y Sangre de Cristo, etc.);

— y para que los fieles puedan siempre adorar al Señor Sacramentado con frecuentes visitas. En este sentido afirma Juan Pablo II: «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este Sacramento del Amor. No ahorremos nuestro tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y pronta a reparar las grandes culpas y delitos del mundo. No cese jamás nuestra adoración»;

Hay dos grandes fiestas (solemnidades) litúrgicas en las que se celebra de modo especial este Sagrado Misterio: el Jueves Santo (se conmemora la institución de la Eucaristía y del Orden Sagrado) y la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (destinada especialmente a la adoración y a la contemplación del Señor en la Eucaristía).

5. La Eucaristía, Banquete Pascual de la Iglesia

5.1. ¿Por qué la Eucaristía es el Banquete Pascual de la Iglesia?

«La Eucaristía es el Banquete Pascual porque Cristo, realizando sacramentalmente su Pascua [el paso de este mundo al Padre a través de su pasión, muerte, resurrección y ascensión gloriosa, nos entrega su Cuerpo y su Sangre, ofrecidos como comida y bebida, y nos une con Él y entre nosotros en su sacrificio» (Compendio, 287).

5.2. Celebración de la Eucaristía y Comunión con Cristo

«La Misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros» (Catecismo, 1382).

La Santa Comunión, ordenada por Cristo («tomad y comed… bebed todos de él…»: Mt 26,26-28; cfr. Mc 14,22-24; Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26), forma parte de la estructura fundamental de la celebración de la Eucaristía. Sólo cuando Cristo es recibido por los fieles como alimento de vida eterna alcanza plenitud de sentido su hacerse alimento para los hombres, y se cumple el memorial por Él instituido. Por esto la Iglesia recomienda vivamente la comunión sacramental a todos aquellos que participen en la celebración eucarística y posean las debidas disposiciones para recibir dignamente el Santísimo Sacramento.

5.3. Necesidad de la Sagrada Comunión

Cuando Jesús prometió la Eucaristía afirmó que este alimento no es sólo útil, sino necesario: es una condición de vida para sus discípulos. «En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53).

Comer es una necesidad para el hombre. Y, como el alimento natural mantiene al hombre en vida y le da fuerzas para caminar en este mundo, de modo semejante la Eucaristía mantiene en el cristiano la vida en Cristo, recibida con el bautismo, y le da fuerzas para ser fiel al Señor en esta tierra, hasta la llegada a la Casa del Padre. Los Padres de la Iglesia han entendido el pan y el agua que el Ángel ofreció al profeta Elías como tipo de la Eucaristía (cfr. 1 Re 19, 1-8): después de recibir el don, el que estaba agotado recupera su vigor y es capaz de cumplir la misión de Dios.

La Comunión, por tanto, no es un elemento que puede ser añadido arbitrariamente a la vida cristiana; no es necesaria sólo para algunos fieles especialmente comprometidos en la misión de la Iglesia, sino que es una necesidad vital para todos: puede vivir en Cristo y difundir su Evangelio sólo quien se nutre de la vida misma de Cristo.

El deseo de recibir la Santa Comunión debería estar siempre presente en los cristianos, como permanente debe ser la voluntad de alcanzar el fin último de nuestra vida. Este deseo de recibir la Comunión, explícito o al menos implícito, es necesario para alcanzar la salvación.

Además, la recepción de hecho de la Comunión es necesaria, con necesidad de precepto eclesiástico, para todos los cristianos que tienen uso de razón: «La Iglesia obliga a los fieles (…) a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual preparados por el sacramento de la Reconciliación» (Catecismo, 1389). Este precepto eclesiástico no es más que un mínimo, que no siempre será suficiente para desarrollar una auténtica vida cristiana. Por eso la misma Iglesia «recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días» (Catecismo, 1389).

5.4. Ministro de la Sagrada Comunión

El ministro ordinario de la Santa Comunión es el obispo, el presbítero y el diacono. Ministro extraordinario permanente es el acólito. Pueden ser ministros extraordinarios de la comunión otros fieles a los que el Ordinario del lugar haya dado la facultad de distribuir la Eucaristía, cuando se juzgue necesario para la utilidad pastoral de los fieles y no estén presentes un sacerdote, un diácono o un acólito disponibles.

«No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado “por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano”». A propósito de esta norma es oportuno considerar que la Comunión tiene valor de signo sagrado; este signo debe manifestar que la Eucaristía es un don de Dios al hombre; por esto, en condiciones normales, se deberá distinguir, en la distribución de la Eucaristía, entre el ministro que dispensa el Don, ofrecido por el mismo Cristo, y el sujeto que lo acoge con gratitud, en la fe y en el amor.

5.5. Disposiciones para recibir la Sagrada Comunión

Disposiciones del alma

Para comulgar dignamente es necesario estar en gracia de Dios. «Quien come el Pan y bebe el Cáliz del Señor indignamente —proclama san Pablo—, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues el hombre a sí mismo; y entonces coma del Pan y beba del Cáliz; pues el que sin discernir come y bebe el Cuerpo del Señor, se come y bebe su propia condenación» (1 Co 11,27-29). Por tanto, nadie debe acercarse a la Sagrada Eucaristía con conciencia de pecado mortal por muy contrito que le parezca estar, sin preceder la confesión sacramental (cfr. Catecismo, 1385).

Para comulgar fructuosamente se requiere, además de estar en gracia de Dios, un serio empeño por recibir al Señor con la mayor devoción actual posible: preparación (remota y próxima); recogimiento; actos de amor y de reparación, de adoración, de humildad, de acción de gracias, etc.

Disposiciones del cuerpo

La reverencia interior ante la Sagrada Eucaristía se debe reflejar también en las disposiciones del cuerpo. La Iglesia prescribe el ayuno. Para los fieles de rito latino el ayuno consiste en abstenerse de todo alimento o bebida (excepto el agua o medicinas) una hora antes de comulgar. También se debe procurar la limpieza del cuerpo, el modo de vestir adecuado, los gestos de veneración que manifiestan el respeto y el amor al Señor, presente en el Santísimo Sacramento, etc. (cfr. Catecismo, 1387).

El modo tradicional de recibir la Sagrada Comunión en el rito latino —fruto de la fe, del amor y de la piedad plurisecular de la Iglesia— es de rodillas y en la boca. Los motivos que dieron lugar a esta piadosa y antiquísima costumbre, siguen siendo plenamente válidos. También se puede comulgar de pie y, en algunas diócesis del mundo, está permitido — nunca impuesto— recibir la comunión en la mano.

5.6. Edad y preparación para recibir la primera Comunión

El precepto de la comunión sacramental obliga a partir del uso de razón. Conviene preparar muy bien y no retrasar la Primera Comunión de los niños: «Dejad que los niños se acerquen a Mí y no se lo impidáis, porque de éstos es el Reino de Dios» (Mc 10,14).

Para poder recibir la primera Comunión, se requiere que el niño tenga conocimiento, según su capacidad, de los principales misterios de la fe, y que sepa distinguir el Pan eucarístico del pan común. «Los padres en primer lugar, y quienes hacen sus veces, así como también el párroco, tienen obligación de procurar que los niños que han llegado al uso de razón se preparen convenientemente y se nutran cuanto antes, previa confesión sacramental, con este alimento divino».

5.7. Efectos de la Sagrada Comunión

Lo que el alimento produce en el cuerpo para el bien de la vida física, lo produce en el alma la Eucaristía, de un modo infinitamente más sublime, en bien de la vida espiritual. Pero mientras el alimento se convierte en nuestra substancia corporal, al recibir la Sagrada Comunión, somos nosotros los que nos convertimos en Cristo: «No me convertirás tú en ti, como la comida en tu carne, sino que tú te cambiarás en Mí». Mediante la Eucaristía la nueva vida en Cristo, iniciada en el creyente con el bautismo (cfr. Rm 6,3-4; Gal 3,27-28), puede consolidarse y desarrollarse hasta alcanzar su plenitud (cfr. Ef 4,13), permitiendo al cristiano llevar a término el ideal enunciado por san Pablo: «Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

Por tanto, la Eucaristía nos configura con Cristo, nos hace partícipes del ser y de la misión del Hijo, nos identifica con sus intenciones y sentimientos, nos da la fuerza para amar como Cristo nos pide (cfr. Jn 13,34-35), para encender a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo con el fuego del amor divino que Él vino a traer a la tierra (cfr. Lc 12,49). Todo esto debe manifestarse efectivamente en nuestra vida: «Si hemos sido renovados con la recepción del cuerpo del Señor, hemos de manifestarlo con obras. Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios. Que nuestras acciones sean coherentes, eficaces, acertadas: que tengan ese bonus odor Christi (2 Co 2,15), el buen olor de Cristo, porque recuerden su modo de comportarse y de vivir».

Dios, por la Sagrada Comunión, acrecienta la gracia y las virtudes, perdona los pecados veniales y la pena temporal, preserva de los pecados mortales y concede perseverancia en el bien: en una palabra, estrecha los lazos de unión con Él (cfr. Catecismo, 1394-1395). Pero la Eucaristía no ha sido instituida para el perdón de los pecados mortales; esto es lo propio del sacramento de la Confesión (cfr. Catecismo, 1395).

La Eucaristía causa la unidad de todos los fieles cristianos en el Señor, es decir, la unidad de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo (cfr. Catecismo, 1396).

La Eucaristía es prenda o garantía de la gloria futura, es decir, de la resurrección y de la vida eterna y feliz junto a Dios, Uno y Trino, a los Ángeles y a todos los santos: «Cristo, que pasó de este mundo al Padre, nos da en la Eucaristía la prenda de la gloria que tendremos junto a Él: la participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos hace desear la Vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santísima Virgen María y a todos los santos» (Catecismo, 1419).

Ángel García Ibáñez

Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 1373-1405.

Juan Pablo II, Enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, 15; 21-25; 34-46.

Benedicto XVI, Ex. Ap. Sacramentum caritatis, 22-II-2007, 14-15; 30-32; 66-69.

Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum, 25-III-2004, 80-107; 129-145; 146-160.

Lecturas recomendadas

San Josemaría, Homilía En la fiesta del Corpus Christi, en Es Cristo que pasa, 150-161.

J. Ratzinger, La Eucaristía centro de la vida. Dios está cerca de nosotros, Edicep, Valencia 2003, pp. 11-27; 81-102; 103-128.

J. Echevarría, Eucaristía y vida cristiana, Rialp, Madrid 2005, pp. 17-47; 81-116; 117-151.

J.R. Villar – F.M. Arocena – L. Touze, Eucaristía, en C. Izquierdo (dir.), Diccionario de Teología, Eunsa, Pamplona 2006, pp. 360-361; 366-370.


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