El nudo de la bolsa

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Soy de un pueblecito de Cuenca, Villalgordo del Marquesado, que está en la comarca de la Záncara. El caso es que conocí el Opus Dei y me llamó la atención la cercanía, la alegría y el buen humor de San Josemaría

Me llamo Ana María Abad. Soy de un pueblecito de Cuenca, Villalgordo del Marquesado, que está en la comarca de la Záncara. Mi padre, que es agricultor y ganadero, puso todos los medios desde que éramos pequeños para que sus hijos estudiáramos una carrera y nos formáramos bien profesionalmente. Y lo consiguió; aunque eso no quita para que a todos nos guste mucho el campo. A mí me apasiona; y desde pequeña manejaba el tractor y la cosechadora, que es un armatoste bastante grande: una señora máquina.

Lo de llevar las máquinas fue algo innato, sólo de ver como las manejaba mi padre. Él iba con un tractor y yo con otro; y luego iba diciendo a sus amistades que yo labraba muy bien. No sé cuanto habrá de verdad en eso y cuánto de amor de padre, pero lo cierto es que me ayudó a ganar en seguridad en mí misma y a saber tomar decisiones difíciles. Yo le admiro mucho, por su afán de superación y por su tenacidad en el trabajo, algo que  ha permitido a dos de mis hermanos, Fernando y Mari Nieves, montar una empresa con varios miles de cabezas de ganado.

Estudié en una escuela de Mota del Cuervo, que queda relativamente cerca de mi pueblo, y mi ilusión desde siempre era hacer Relaciones Públicas, pero no sabía cómo, ya que en la capital, Cuenca, no existía esa carrera. Hasta que un día nos hablaron en la escuela de Altaviana, un centro del Opus Dei en Valencia, donde se podía estudiar Turismo y existía la posibilidad de pagarse la estancia mediante unas horas de trabajo en la Administración. Había que hacer una prueba de veinte días y si al terminar te gustaba ese sistema de estudio y trabajo, te quedabas.

Fui… y aquel ambiente me pareció tan distinto al de mi pueblo que al segundo día me quería marchar. Aunque al día siguiente ya me empezó a gustar, por la alegría de la gente y la preocupación por los demás que ví allí; y antes de que se acabaran los veinte días estaba entusiasmada. Por eso digo que no hay que fiarse nunca sólo de la primera impresión.

Villalgordo del Marquesado

De todas formas, aunque me lo pasaba genial y el trabajo de la Administración me gustaba, decidí buscar otra solución, porque me sentía incapaz de trabajar y de estudiar al mismo tiempo. Y se lo dije mi padre cuando vino a recogerme al cabo de los veinte días.

Mi padre no dijo nada. Al despedirnos, una chica de Altaviana me dio una bolsa llena, a rebosar, con pastas para el viaje; y él se fijó con qué cuidado y delicadeza hacía el nudo, para que no se cayera ninguna pasta. Yo, la verdad, no reparé en nada de esto. Y poco después, cuando regresábamos a Cuenca en coche, me comentó:

- Hija mía, haz lo que quieras, pero yo te aconsejo que te quedes. Me he fijado en cómo hacía el nudo esa chica… Piensa que puedes aprender cosas que te van a ayudar mucho.

- Sí, papá –le dije-; pero lo de estudiar y trabajar al mismo tiempo supone demasiado para mí.

- ¿Y por qué no  pruebas a aprovechar más el tiempo? Anda, inténtalo el primer trimestre, y si te gusta, sigues; y si no, te vienes a casa, que no pasa nada.

Con esa idea me matriculé en Altaviana, y descubrí que mi padre –que había intuido tantas cosas en el modo de hacer un simple nudo- tenía razón. Y los estudios de Hostelería y Turismo me fueron apasionando cada vez más.

Al mismo tiempo que iba aprendía los secretos de la cocina, fui familiarizándome con los grandes “secretos” de la vida cristiana, que lleva amar a Dios en lo pequeño y en lo grande, a frecuentar los sacramentos, a unirse por amor a la Cruz de Cristo para servir a los demás…

Un día ví un video de san Josemaría. Es curioso: fueron sólo veinte minutos. Le hacían preguntas y él iba respondiendo. Aquellas respuestas me impactaron. Yo tenía muy poca idea de la religión y practicaba poco, por dejadez, por ignorancia o lo que fuera; y los pocos sacerdotes que conocía me parecían seres lejanos, distantes, siempre tan serios y tan solemnes… no sé. El caso es que la cercanía, la alegría y el buen humor de san Josemaría me encantaron; y su mensaje, aún más.

A partir de entonces comencé a interesarme por el Opus Dei y fui descubriendo mi vocación como numeraria auxiliar. Y tiempo después  pedí la admisión, consciente de que era una decisión para toda la vida.

El trabajo en la Administración de los centros de la Obra es particularmente bonito. Ya sé que eso es lo que decimos todos a los que nos gusta nuestra profesión, desde el médico al arquitecto, al que tiene un negocio o se dedica al campo. A mí me gusta porque se trabaja para que cada uno se sienta querido.

“¿Y mis padres? Pues les pasa lo que a la mayoría de los padres: están felices si ven a sus hijos felices en su vocación, en su trabajo, con sus ilusiones…”

En este trabajo se emplea un lenguaje que todo el mundo entiende: el del cariño. Un cariño que se descubre en ese mantel limpio; en la flor puesta con gracia en la sala de estar; en la ropa bien doblada…

¿Y mis padres? Pues les pasa lo que a la mayoría de los padres: están felices si  ven a sus hijos felices en su vocación, en su trabajo, con sus ilusiones… “Hija mía, me dice mi madre (y por lo que yo he visto, es lo que suelen decir la mayoría de las madres), yo cuando pienso en ti, descanso”.

En cuanto a mi trayectoria profesional, soy Técnico Superior en Hostelería y Turismo y durante varios años he compaginado mi trabajo en la Administración con clases de cocina teórica y práctica en Altaviana, un centro del Opus Dei en Valencia. En la escuela tenemos un restaurante abierto al público que constituye su primer “rodaje”, y a mí me estimula ver como, año tras año, van saliendo cada vez mejor preparadas. En esto, naturalmente, es decisivo el esfuerzo que pone cada una personalmente, porque en esta profesión, como en tantas otras, la formación complementaria te la tienes que procurar por ti misma.

Hace poco hicimos un viaje profesional de diecisiete días a Holanda, y estuvimos en Europrof, una conocida escuela de hostelería. Allí realizamos prácticas profesionales en hoteles muy variados, aprendiendo diferentes platos y estilos de cocina. Yo procuro que las alumnas hagan muchos viajes de ese tipo, porque el contacto con los colegas del extranjero resulta siempre muy enriquecedor. Y… termino ya, porque como el tema me apasiona, sería capaz de estar hablando de cocina durante tres horas seguidas.

“Me siento la mujer más feliz del mundo”

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Chus Puente nació hace 32 años en Valladolid. Los valores sembrados por sus padres y el paso por el Colegio Alcazarén, obra corporativa del Opus Dei, fueron decisivos en la trayectoria de esta mujer.

Chus Puente nació hace 32 años en Valladolid, su padre es albañil y su madre ama de casa; aunque la vida les ha dado duro, nunca les ha faltado la alegría, y siempre han tenido el empuje necesario para sacar a sus cuatro hijos adelante. Los valores sembrados por sus padres y el paso de Chus por el Colegio Alcazarénobra corporativa del Opus Dei, fueron decisivos en la trayectoria de esta mujer.

En toda trayectoria personal siempre hay un antes y un después. ¿Cómo era la Chus de los primeros momentos?
Mi adolescencia estuvo marcada por los vaivenes típicos de esa edad. En ella se mezclaron rebeldía y responsabilidad, fruto quizás de esa marca de libertad y respeto que mis padres procuraron imprimir en la educación que nos dieron a todos los hermanos. Mi apariencia externa llevaba a más de uno a dirigirse a mí con el apelativo de macarra, quizás por la chupa de cuero y las botas de militar que acostumbraba a vestir por aquel entonces.

Juerguista era un rato: cuando salía con la pandilla me encantaba acudir a las fiestas, bailar, y divertirme de una manera sana. Eso sí, mi vena responsable salía a relucir a la hora de llegar a casa; si quedaba a una hora con mis padres, llegaba puntual por encima de todo.

En fin, que quería vivir la vida y disfrutar de ella al máximo. Por eso, a la hora de elegir mi futuro profesional pensé en algo corto, que me facilitara ganar dinero enseguida y opté por hacer FP (Formación Profesional) Administrativo, que era lo que se llevaba.

Y Dios, ¿contaba algo en tu vida por aquel entonces?
Dios, por aquellos años, contaba muy poco en mi vida. Creía, pero a mi manera. Ahora pienso que no había en ello malicia sino, más bien, falta de formación que me llevó a no valorar los Sacramentos.

¿Qué te llevó a cambiar?
Un día, vinieron al centro donde estudiaba unas profesoras del colegio Alcazarén para hablarnos de Hostelería y Turismo. Según iban explicando parecía la profesión del futuro y a medida que nos hablaban de sus ventajas me daba cuenta de que era lo que estaba buscando (profesionalmente): algo rápido y efectivo, que me diera dinero ya.

De repente, una amiga levantó la mano y les preguntó si eran del Opus.Como con un resorte, me giré hacia ella y le dije “¿qué dices? ¿qué es eso?”, pues nunca había oído hablar de esto. Ahora, tras el paso de los años, puedo decir que ahí empezó mi cambio radical.

Pero me imagino que algo verías en Alcazarén que te llevara a plantearte la vida de otra manera. ¿Qué aspectos te interpelaron más?
El primer impacto, cuando me presenté con mis amigas en Alcazarén, fue especial: la sonrisa de la que me abrió la puerta y la sensación de encontrarme en una casa, aunque de mayores dimensiones a las habituales; para nada parecía un colegio. Más tarde, cuando me matriculé –era el curso 91/92– me ayudó mucho la tutora personal que puede elegir cada alumna del colegio. Congeniamos estupendamente y resultó para mí de gran ayuda, no sólo desde el punto de vista profesional, sino personal pues con ella fui hablando y resolviendo, en un clima de libertad, dudas que me iban surgiendo, inquietudes que me asaltaban.

Poco a poco fui descubriendo otro mundo que hasta entonces no existía para mí; empecé a ver lo de cada día desde una tercera dimensión: la espiritual. Durante ese curso Dios empezó a contar un poco más en mi vida: me acostumbré a saludarle en el oratorio, siempre que llegaba o me iba de Alcazarén; empecé a ir a Misa algún día entre semana y, sobre todo, a darle al estudio un sentido nuevo, porque al ofrecérselo a Dios empezaba a tener un valor mucho más grande del que había tenido hasta ese momento.

Y todo esto que nos cuentas, ¿no chocaba un poco con el ambiente en el que anteriormente te movías?
Claro que chocaba, y de hecho, esos primeros pasos no fueron del todo firmes; me influía la opinión que mis amigas tuvieran sobre mis decisiones. Me faltaba todavía firmeza para vivir los fines de semana con los mismos objetivos que lo hacía el tiempo que estaba en Alcazarén.

¿Qué otros aspectos ayudaron a que en tu vida se fuera dando un cambio tan notorio?
Creo que mis disposiciones empezaron a afianzarse cuando fui a Roma una Semana Santa, y en ello tengo que reconocer que hubo tres acontecimientos que me marcaron especialmente.

En primer lugar ver al Papa Juan Pablo II. Al mismo tiempo, y no se bien explicar su porqué, la emoción que me produjo conocer a don Álvaro del Portillo, entonces Prelado del Opus Dei, a quien yo no conocía. Me caló hondo su cercanía, su cariño y esa paz que irradiaba; tuve la sensación de tener a mi lado un auténtico padrazo.

El tercer hecho importante y definitivo fue el de empezar a sospechar que Dios podía querer un poco más de mí: no sólo de mi tiempo o de una visita al oratorio, sino de una entrega total como Numeraria Auxiliar.

La llamada de Dios es exigente y a veces da miedo, ¿experimentaste esa reacción ante tal circunstancia?
Sí, claro. Mi resistencia, desde un principio, fue total. Por mi cabeza pasaban otros modos de vida dentro del matrimonio; me parecía excelente traer hijos al mundo y formarlos para que se entregaran a Dios, etcétera. Con esos planteamientos intentaba justificar mi falta de respuesta total a esos requerimientos.

Allí, en Roma, visité la cripta donde descansan los restos de San Josemaría y, aunque le pedí que me ayudara a tomar una determinación con valentía, seguí retrasando la respuesta.

¿Te costó mucho dar el paso definitivo?
Un poco. Al volver de Roma pasé un año en el que, sin dejar de asistir a los medios de formación, iba dando largas a ese tema.

Además, ese verano empecé a salir con un chico y duramos hasta el 9 de enero, día del cumpleaños de San Josemaría. En ello vi claramente su mano. Después, un 25 de marzo, tuve la oportunidad de hablar conEncarnita Ortega que me contó que San Josemaría le había dicho que necesitaba un puñado de mujeres valientes para hacer el Opus Dei, me animaron a tomar, días más tarde, la decisión de pedir la Admisión como Numeraria Auxiliar.

Me atraía la idea de ser madre y de hacer de los Centros del Opus Dei un hogar. Me sentía interpelada por la posibilidad de cuidar y velar por el espíritu de familia, con cada pequeño detalle material del cuidado de la casa y de la comida.

¿Qué hay detrás de la entrega como Numeraría Auxiliar que te haya llevado a tomar ese determinación tan importante?
Mi misión, por llamarlo de algún modo, desde entonces ha sido la de poder colaborar en la lucha por alcanzar la santidad de la gente que cuido facilitándoles, al mismo tiempo,  que puedan dedicarse a la labor apostólica y profesional que tengan.

A través de mi trabajo tengo la gran suerte de servir con mil detalles pequeños a las personas que cuido a través de cosas sencillas como rezar por la persona que va a ocupar el sitio de la mesa del comedor que estoy poniendo; al hacer la comida, al limpiar la habitación o planchar la ropa tener en la cabeza a la gente que vive en ese centro o los planes que van a tener ese día… En fin, todos esos detalles que tiene cualquier madre y mujer con las personas a las que quiere, ofreciéndoselos, al mismo tiempo, a Dios.

Actualmente, ¿a qué te dedicas?
Actualmente hago compatible el trabajo de la administración con impartir la asignatura de Preelaboración en el colegio Alcazarén. Me gusta mucho dar clases, porque además de enseñar unos contenidos de cocina, intento ayudar a los alumnos a trabajar bien, valorando no solo las cosas pequeñas de orden, limpieza, etc., sino también la dimensión de servicio y trabajo en equipo, de manera que, a través de ese oficio, puedan forjarse virtudes humanas y mejorar como personas.


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