Confianza, lealtad, gratitud

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

La amistad del Fundador del Opus Dei rebosó siempre humanidad, detalles delicados y cordiales, capaces de superar la lejanía o la ausencia prolongada. Lo señalaba Juan Antonio Iranzo, compañero suyo de estudios en la Universidad de Zaragoza. Muchos años después, también en Zaragoza, asistió a la Misa en la que dio la Primera Comunión al hijo de otro viejo amigo, Juan Antonio Cremades. Al terminar “me vio, y dejó a los niños diciendo: Tengo que estar con este compañero mío que hace muchos años que no veo. Y estuvo conmigo en una salita unos veinte minutos. Cada vez que yo le insinuaba que muchos le esperaban, me decía: Éstos me tienen siempre, en cambio nosotros sólo nos vemos muy de vez en cuando”.

Monseñor Avelino Gómez Ledo, que vivió en 1927 en la Residencia sacerdotal de la calle Larra de Madrid, aporta uno de esos detalles típicos de buena amistad: celebraba él su santo en la fiesta de San Andrés Avelino, poco conocido en España, y ese día “Mons. Escrivá era el único en felicitarme cariñosa y sobrenaturalmente”.

Pero no era sólo cuestión de temperamento, o buena memo­ria. Monseñor Escrivá de Balaguer fue así, entre tantas razones, porque sabia confiar en los demás. Y ha transmitido este criterio a todos los que tienen alguna misión de gobierno dentro de la Asociación: el Opus Dei funciona a base de confianza. Es una realidad derivada de que su Fundador se fió siempre de todos cuantos trató. No teorizaba cuando aconsejaba a los padres de familia que no diesen jamás la impresión a sus hijos de que desconfiaban de ellos, que era preferible dejarse engañar alguna vez, pues la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre.

Podía dar estos consejos porque ya los había puesto en práctica. De hecho se fiaba más de la palabra del amigo, o del socio del Opus Dei que del testimonio unánime de cien notarios, como solía afirmar con frase gráfica. Él, que aconsejó siempre a los padres de familia que procurasen hacerse amigos de sus hijos, lo vivió hondamente como Fundador y como padre que era, dentro de la numerosa familia del Opus Dei. Al contemplar este rasgo de su amistad, es imposible no pensar con él en las palabras de Jesús a los Apóstoles en la última Cena, vos autem dixi amicos ‑”os he llamado amigos” (Ioann., XV, 15)‑, que compendian el sentido humano y divino de la Redención.

Muchas veces le preguntaron cuál era la virtud humana que más le gustaba, la más importante. Solía responder que la sinceridad. Al mismo tiempo, y más en los últimos años, como un ritornello, enalteció la lealtad: porque, ¿cómo ser leal, fiel a Dios, si no se saborea la delicia de la lealtad humana, de la .fidelidad a los demás?

Cuando de la amistad se trata, la lealtad es inseparable del agradecimiento. Mons. Escrivá de Balaguer daba gracias a Dios por todo, etiam pro ignotis, también por los beneficios descono­cidos, los que el Señor le hubiera hecho y no alcanzase a ver.

Y daba gracias también a los hombres. Nada de extraño tiene que fuese especialmente agradecido con los que le ayudaron en los comienzos del Opus Dei o cuando arreciaban las dificultades.

Poco después de la guerra de España, dio los primeros pasos para comenzar la labor del Opus Dei en Bilbao. Don Álvaro del Portillo y don Pedro Casciaro hicieron algunos viajes, y encontra­ron un clima tenso. Flotaban en el ambiente las secuelas de serios ataques personales contra el Fundador del Opus Dei, que trataban de prevenir a la gente contra la Obra. Muchas puertas se cerraron entonces. En cambio, la Viuda de Ibarra, Carito Mac Mahon, actuando con su habitual señorío, le abrió su casa y confió en él. Mons. Escrivá de Balaguer no lo olvidó nunca: cualquier ocasión era buena para tener algún detalle especial con esa familia. La Marquesa de Mac Mahon da fe en 1975 de que “era especialmente agradecido, porque siempre recordaba con agradecimiento excesivo lo poco que yo y los míos hicimos con él en aquellas épocas en que no era conocido, ni tampoco la Obra”.

El P. Garganta, O.P., vio los comienzos del apostolado del Opus Dei en Valencia, antes de conocer personalmente al Fundador. Su primera relación la tuvo a través del Provincial de los Dominicos de Filipinas, Padre Tomás Tascón, que estuvo un día en Valencia, y le dijo: ‑El Padre Escrivá me ha pedido que le diga estas palabras: Padre Garganta, estoy muy agradecido y muy contento con lo que hace por mis muchachos; un abrazo de hermano. En el verano de 1975, el P. Garganta confirma: “El Padre era muy agradecido por lo que yo podía hacer por él y por sus hijos; quizá me lo agradeció más de la cuenta porque era generosísimo, y yo lo hacia con una buena voluntad incon­mensurable”.

Su gratitud no era sólo cortesía: una palabra que se dice y luego se olvida. Al contrario, el Fundador del Opus Dei seguía agradeciendo, muchos años después.

En 1943 se instaló la Residencia de estudiantes de la Moho loa. El Fundador de la Obra conocía a la Madre General de las, Religiosas del Servicio Doméstico, y acudió a ella para ver si le podía proporcionar alguna chica que trabajase en la nueva Residencia. Le atendió la Madre Carmen Barraza, en ausencia de la Madre General. Recientemente la Madre Barrasa significaba que Mons. Escrivá de Balaguer no había olvidado aquel detalle, y había asistido a la ceremonia de beatificación de su Fundadora (Roma, 1950), y que, además, había dispuesto que asistieran también las empleadas del hogar, asociadas del Opus Dei, que había entonces en Roma. Por la tarde de aquel día, se presente: en su Casa General para felicitarlas personalmente, con una buena caja de bombones, como manifestación de la estima que les tenía.

También atestigua la gratitud de Mons. Escrivá de Balaguer don José María García Lahiguera, que en su época de Directo espiritual del Seminario Mayor de Madrid le confesó semanal­mente entre 1940 y 1944. “Siempre, de un modo delicado y con obras, demostró su agradecimiento hacia mí, por administrarle, durante aquellos años, el Sacramento de la Confesión”.

Ejemplos de este estilo pueden multiplicarse. En el capítulo segundo, se aludió a la Misa que celebró en Andorra, después de Misa impresio­no mucho a mosén Pujol Tubau que, como vimos, fue e sacerdote que le facilitó todas las cosas para celebrar. Cuando mosén Pujol ordena sus recuerdos del Fundador del Opus Dei, se refiere a cómo vivió la amistad, con lealtad y agradecimiento, ~ ‑esto también le admira‑ cómo supo inculcarla a los socios de la Obra: “Poco podía imaginar que de aquel breve encuentro en Andorra, con aquella riada constante de refugiados, fuera a establecerse un trato tan afectuoso y permanente como el que mantengo con los socios del Opus Dei”.

Desde aquellos días de diciembre de 1937 mosén Pujol y el Fundador de la Obra siguieron en contacto con las tradicionales felicitaciones de Navidad y las onomásticas. En abril de 1944, con motivo 3e la consagración en Zaragoza de don Ramón Iglesias Navarri como Obispo de Seo de Urgel, mosén Pujol

acudió a la capital aragonesa en su calidad de arcipreste de Andorra. En la recepción previa a la ceremonia, pudo comprobar el buen recuerdo, el leal agradecimiento que don Josemaría tenía, porque, al ser presentado al futuro obispo, éste le dijo que le habían hablado muy bien de él, y que había sido don Josemaría Escrivá: “A mí me sorprendió al momento, pensando cómo podría acordarse don Josemaría de un sacerdote al que había tratado tan poco, pero después he comprendido que tanta afabi­lidad era consecuencia de un profundo sentido de la amistad”.

Especial gratitud guardaba para sus maestros. Siempre tuvo para ellos pruebas de afecto y reconocimiento. Más de una vez elogió en público a su profesor de química en el Bachillerato. Lo ponía como ejemplo de hombre ordenado, que, cuando hacía en clase un experimento, apenas acababa de usar una probeta o un tubo de ensayo, limpiaba todo ‑también los estantes‑ y dejaba cada cosa en su sitio. El Fundador del Opus Dei comentaba que ese ejemplo fue uno de los caminos que utilizó el Señor para enseñarle a poner cuidado en hacer bien hasta las cosas más pequeñas.

Don Miguel Sancho Izquierdo fue profesor suyo en la Facul­tad de Derecho de Zaragoza. Con los años sería Rector de esta Universidad, muy vinculada ‑por tantas razones‑ a la de Navarra. De hecho, los dos primeros doctores honoris causa de la Universidad de Navarra, de la que Mons. Escrivá de Balaguer era Gran Canciller desde su erección jurídica, se confirieron a dos rectores de Zaragoza, don Juan Cabrera y Felipe y don Miguel Sancho Izquierdo. El acto académico de investidura se celebró el 28 de noviembre de 1964, y en su discurso el Gran Canciller de la Universidad de Navarra manifestó su particular honro de alegría ante el galardón que recibía su maestro: me honro de haber sido su alumno en las aulas cesaraugustanas.

El agradecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer le sirvió también para vivir la justicia con rasgos de acusada generosidad. Especialmente la sentía ‑y la vivía‑ cuando se trataba de la retribución de quienes trabajaban junto al Opus Dei en las labores apostólicas promovidas por la Obra. Siempre le preocupó que esas personas estuvieran bien pagadas, haciendo todo el esfuerzo necesario para conseguir medios económicos en tareas de suyo casi siempre deficitarias.

Fue auténtico Padre, y en más de una ocasión dijo que admiraba el buen paternalismo, porque a su corazón cristiano le resultaba insuficiente el frío cumplimiento de la justicia. Nunca aceptó, por ejemplo, que la enseñanza fuese gratuita en las obras apostólicas promovidas por el Opus Dei en el terreno docente: su idea era que los alumnos pagasen algo ‑aunque fuese lo que suelen gastar en el tranvía, dijo alguna vez de modo muy expresivo‑, para que tuvieran conciencia de su derecho pudieran reclamarlo si fuera el caso… Y, a la vez, quería que los profesores y los empleados tuvieran bien reconocidos todos sus derechos, y organizado el oportuno descanso, también para que pudieran trabajar con orden y eficacia.

Como un caso entre cientos, narra Encarnación Ortega que en 1945 se marchó de la Residencia de la Moho loa la cocinera, porque tenía bastante edad y el trabajo de aquella residencia era excesivo para ella. Mons. Escrivá de Balaguer indicó expresa­mente que se tuvieran con ella las máximas atenciones, y se le diera una gratificación generosa. Su agradecido modo de ser hizo que nunca se limitase a cumplir estrictamente ‑estrechamente­- deberes de la justicia.

Otra manifestación de su sentido de la amistad ‑detalle muy significativo en nuestros días‑ es que siempre supo tener tiempo para los amigos, para estar junto a ellos, especialmente en los momentos difíciles. Don Antonio Rodilla, muchos años Vicario General de Valencia, Rector del Seminario Archidiocesano y Director del Colegio Mayor San Juan de Ribera en Burjasot. amigo dei Fundador del Opus Dei desde los años treinta, traza en una carta a un sacerdote de la Obra el amplio cuadro de amabilidades y delicadezas que tuvo con él y con su familia: desde el consuelo en situaciones íntimas muy dolorosas, hasta la presencia física en el entierro de su madre.

Algún día, con paciencia, se podrán calcular las muchas horas que empleó invitando a comer a esos múltiples amigos suyos, con ‑la frase es de Camino, 974‑ la vieja hospitalidad de los Patriarcas, con el calor fraterno de Betania.

Y, por último, las cartas. También hará falta mucha pacien­cia investigadora para reconstruir la correspondencia del Funda­dor del Opus Dei. Escribió miles de cartas, que eran prolonga­ción desde la lejanía de una amistad hondamente sentida.

No dejó de escribir ni siquiera durante los años de la guerra de España, en los que la censura postal hacía arriesgado el correo. La amistad ‑el cariño‑ conoce mil recursos. Fue entonces cuando comenzó a firmar Mariano, uno de los cuatro nombres que le impusieron en la pila bautismal, y en el que se reflejaba también su devoción a la Virgen. Sus cartas de aquellos años están llenas de nombres convenidos, de imágenes tomadas de la vida familiar, que sorteaban los riesgos de la censura de las dos zonas en que estuvo dividido el país entre 1936 y 1939. Muchos han sido los que han testimoniado su alegría y agrade­cimiento cuando, en los frentes de guerra, recibían periódica­mente las noticias del Fundador del Opus Dei, que les alentaba a seguir en la brecha de otras peleas: su lucha interior, su afán apostólico, su preocupación por los demás, la reconstrucción de sus vidas, para seguir haciendo una cristiana siembra de paz cuando terminase el conflicto.

Despedida de Belén y de los territorios palestinos

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Miércoles, 13 de mayo de 2009

Señor Presidente. Queridos amigos: Os doy las gracias por el gran cariño que me han demostrado a lo largo de este día que he pasado con vosotros, aquí en los territorios palestinos. Agradezco al Presidente, el Sr. Mahmoud Abbas, por su hospitalidad y sus palabras de gracia. Es conmovedor para mí escuchar también los testimonios de los residentes que han hablado con nosotros sobre las condiciones de vida en la Ribera Occidental y en Gaza. Os aseguro a todos vosotros que os llevo en mi corazón y en la esperanza de ver la paz y la reconciliación en todas estas atormentadas tierras.

Ha sido realmente un día más memorable. Desde su llegada a Belén en esta mañana, he tenido la alegría de celebrar la Misa, junto con una gran multitud de los fieles en el lugar donde Jesucristo, luz de las naciones y la esperanza del mundo, nació. He visto los cuidados que se prestan a los niños en el Caritas Baby Hospital. Con angustia, he sido testigo de la situación de los refugiados que, al igual que la Sagrada Familia, han tenido que huir de sus hogares. Y he visto, al lado del campamento y eclipsando la mayor parte de Belén, el muro que invade su territorio, separando vecinos y dividiendo familias.

Aunque los muros pueden ser fácilmente construidos, todos sabemos que no duran para siempre. Pueden también derribarse. En primer lugar, sin embargo, es necesario eliminar los muros que construimos alrededor de nuestros corazones, las barreras que hemos creado en contra de nuestros vecinos. Por eso, en mi partida, quiero hacer un nuevo llamamiento a la apertura y a la generosidad de los espíritus, para que se ponga fin a la intolerancia y la exclusión. No importa qué pueda parecer que el conflicto está tan profundamente arraigado; siempre hay motivos para la esperanza de que pueda resolverse, de que el paciente y perseverante esfuerzo de quienes trabajan por la paz y la reconciliación dará frutos al final. Mi deseo más sincero para vosotros y para el pueblo de Palestina es que esto sucederá pronto, y que, por fin, se puede disfrutar de la paz, la libertad y la estabilidad, que se ha eludido durante tanto tiempo.

Estad seguros de que voy a seguir aprovechando todas las oportunidades que tenga para instar a los participantes en las negociaciones de paz a trabajar hacia una solución justa que respete las aspiraciones legítimas de israelíes y palestinos por igual. Como un paso importante en este sentido, la Santa Sede espera que se establezca en breve, en colaboración con la Autoridad Palestina, la Comisión Bilateral Permanente de Trabajo que se previó en el Acuerdo Básico, firmado en el Vaticano el 15 de febrero de 2000 (véase el Acuerdo Básico entre la Santa Sede y la Organización de Liberación de Palestina, el art. 9).

Opus Dei -

Señor Presidente, queridos amigos, os doy las gracias una vez más, y os encomiendo a la protección del Todopoderoso. Que Dios os mire con amor a cada uno de vosotros, a vuestras familias y a todos vuestros seres queridos. Y que bendiga al pueblo palestino con la paz.

Benedicto XVI en Israel

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15 de mayo de 2009

Discurso de despedida del Papa de Israel

Opus Dei -

Señor presidente,

señor primer ministro,

excelencias, señoras y señores:

Al disponerme a regresar a Roma, quisiera compartir con vosotros algunas de las fuertes impresiones que me ha dejado la peregrinación a Tierra Santa. He mantenido fecundas conversaciones con las autoridades civiles tanto de Israel como de los Territorios Palestinos, y he sido testigo de los grandes esfuerzos que ambos gobiernos están haciendo para asegurar el bienestar de las personas. He mantenido encuentros con los líderes de la Iglesia católica en Tierra Santa, y me alegra el ver la manera en que están trabajando juntos para atender al rebaño del Señor. He tenido, además, la oportunidad de encontrar a los líderes de varias iglesias cristianas y comunidades eclesiales, así como a los líderes de otras religiones de Tierra Santa. Esta tierra es realmente un terreno fértil para el ecumenismo y el diálogo interreligioso, y rezo para que la gran variedad de testimonios religiosos en la región traiga como fruto un creciente entendimiento mutuo y respeto.

Señor presidente, usted y yo plantamos un olivo en vuestra residencia el día en que yo llegué a Israel. El olivo, como usted sabe, es una imagen utilizada por san Pablo para describir las relaciones sumamente cercanas entre los cristianos y los judíos. Pablo describe en su carta a los Romanos cómo la Iglesia de los gentiles es como un brote de olivo silvestre, injertado en el olivo cultivado, el Pueblo de la Alianza (cf. 11, 17-24). Somos alimentados por las mismas raíces espirituales. Nos encontramos como hermanos, hermanos que en algunos momentos de nuestra historia han tenido relaciones tensas, pero que ahora están firmemente comprometidos por construir puentes de amistad duradera.

Opus Dei -

A la ceremonia en el palacio presencial le siguió uno de los momentos más solemnes de mi estancia en Israel: mi visita al Memorial del Holocausto en Yad Vashem para rendir homenaje a las víctimas de la Shoá. Allí también pude encontrar a algunos de los supervivientes. Esos encuentros, profundamente conmovedores, me recordaron mi visita de hace tres años al campo de la muerte de Auschwitz, donde muchos judíos –madres, padres, maridos, esposas, hijos e hijas, hermanos y hermanas, amigos– fueron brutalmente exterminados bajo un régimen sin Dios que propagaba una ideología de antisemitismo y odio. Este espantoso capítulo de la historia nunca debe ser olvidado o negado. Por el contrario, aquellos oscuros recuerdos deberían reforzar nuestra determinación para acercarnos aún más los unos a los otros, como ramas del mismo olivo, alimentados por las mismas raíces y unidos por el amor fraterno.

Señor presidente, le doy las gracias por el calor de su hospitalidad, sumamente apreciada, y deseo que quede constancia del hecho que he venido a visitar este país como amigo de los israelíes, así como soy amigo del pueblo palestino. A los amigos les gusta pasar tiempo en recíproca compañía y se afligen profundamente al ver que el otro sufre. Ningún amigo de los israelíes y de los palestinos puede dejar de entristecerse por la tensión continua entre vuestros dos pueblos. Ningún amigo puede dejar de llorar por el sufrimiento y la pérdida de vidas humanas que ambos pueblos han sufrido en las últimas seis décadas. Permítame lanzar este llamamiento a todas las personas de estas tierras: ¡Nunca más derramamiento de sangre! ¡Nunca más enfrentamientos! ¡Nunca más terrorismo! Nunca más guerra! Por el contrario, rompamos el círculo vicioso de la violencia. Que pueda establecerse una paz duradera basada en la justicia, que haya una verdadera reconciliación y curación. Que sea universalmente reconocido que el Estado de Israel tiene derecho a existir y a gozar de paz y seguridad en el interior de sus fronteras internacionalmente reconocidas. Que sea igualmente reconocido que el pueblo palestino tiene el derecho a una patria independiente, soberana, a vivir con dignidad y viajar libremente. Que la solución de los dos Estados se convierta en realidad y no se quede en un sueño. Y que la paz pueda difundirse desde estas tierras; que puedan ser “luz para las naciones”(Isaías 42,6), llevando esperanza a muchas otras regiones que son golpeadas por conflictos.

Una de las imágenes más tristes para mí durante mi visita a estas tierras ha sido el muro. Al pasar a su lado, recé por un futuro en el que los pueblos de Tierra Santa puedan vivir juntos, en paz y armonía, sin necesidad de semejantes instrumentos de seguridad y de separación, sino más bien respetándose y confiando mutuamente, renunciando a toda forma de violencia y agresión. Señor presidente, sé lo difícil que será alcanzar ese objetivo. Sé lo difícil que es su tarea, y la de la Autoridad Palestina. Pero le aseguro que mis oraciones y las oraciones de los católicos de todo el mundo le acompañan siempre, mientras usted continúa sus esfuerzos por edificar una paz justa y duradera en esta región.

No me queda más que dar las gracias de todo corazón a todos los que han colaborado de tantas maneras con mi visita. Me siento profundamente agradecido con el gobierno, los organizadores, los voluntarios, los medios de comunicación, y todos los que me han ofrecido hospitalidad y a los que me han acompañado. Podéis estar seguros de que os recordaré con afecto en mis oraciones. A todos vosotros os digo: gracias y que Dios esté con vosotros. ¡Shalom!


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