Los primeros

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Fueron años de fe; años de dificultades que don Josemaría fue superando con la ayuda de Dios; y también, años de frutos, que fueron llegando poco a poco. El 24 de agosto de 1930 Isidoro Zorzano, un joven ingeniero de origen argentino, se dispuso a vivir su vocación bautismal con el carisma del Opus Dei.

Y a éste siguieron varios hombres más. En los primeros días de 1932 se vinculó a los afanes del joven fundador José María Somoano, un sacerdote asturiano de su misma edad —treinta años—, que era capellán de un Hospital de tuberculosos.

Fue creciendo también, por otro lado, la labor con mujeres. El 9 de abril de ese mismo año se incorporó al Opus Dei una andaluza, María Ignacia García Escobar, enferma en el Hospital del Rey.

Universitarios, obreros, artesanos, maestros, artistas y pequeños empresarios como Luis Gordon, que se incorporó en 1932. Fe, dificultades, frutos…

No os podéis imaginar lo que ha costado sacar adelante la Obra. Pero ¡que aventura más maravillosa! (…) Es como cultivar un terreno selvático: primero hay que talar los árboles, arrancar la maleza, apartar las piedras…, para después arar la tierra a fondo (…). Una vez roturada, hay que dejar reposar la tierra, para que se airee bien. Luego viene la siembra, y los mil cuidados que exigen las plantas: prevenir las plagas; el temor a que descargue una tormenta…

Cuando parecía que superaba una primera dificultad, se presentaba otra, y luego otra, y otra… En esos primeros años, cuando contaba con un puñado de personas, que casi se podían contar con los dedos de las manos, Dios se llevó consigo a tres de los primeros: José María Somoano falleció el 16 de julio de 1932, en la fiesta de la Virgen del Carmen, en el mismo hospital que atendía, posiblemente envenenado por los enemigos de la Fe. Luis Gordon murió santamente tras una breve enfermedad, pocos meses después, el 5 de noviembre; y María Ignacia falleció al año siguiente, en septiembre de 1933, también en olor de santidad.

Fue una dura prueba para don Josemaría, que se unió con toda su alma a la Cruz de Cristo, renovando, entre lágrimas, su confianza en Dios: ¿Lo quieres, Señor?… ¡Yo también lo quiero!

Con el tiempo fue comprendiendo los planes divinos. Fue providencial que se muriese Luis —comentaba muchos años después— , porque así el Opus Dei continuó naciendo en la más grande pobreza: si hubiese vivido, hubiésemos tenido medios materiales, medios temporales, que quizá nos hubiesen producido daño. Era menester que la Obra naciese en la pobreza, como nació Jesús en Belén.

Dios le fue señalando, entre sucesos a menudo desconcertantes, el camino a seguir; y desde el 3 de enero de 1933 pudo contar en su empeño apostólico, entre otros, con Juan Jiménez Vargas, un joven estudiante de Medicina;y unas semanas después, el 21 de enero, dio la primera clase de formación espiritual del Opus Dei, en una sala del Asilo de Porta Coeli, que había pedido prestada a las religiosas que trabajaban allí.

Caridad y valentía

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Las Hijas de la Caridad que trabajaron en el Hospital del Rey durante la difícil década de 1926 a 1936, recuerdan con enorme afecto la dedicación, la generosidad, la entrega de estos tres sacerdotes. Después de la muerte imprevista de don José María Somoano, el 16 de julio de 1932, don Lino Vea Murguía caerá fusilado en Madrid al comienzo de la guerra civil. Y solamente don Josemaría Escrivá de Balaguer sobrevivirá al riesgo de persecución y al trabajo agotador que se ha impuesto para cuidar a tantas almas que reclaman su atención sacerdotal.

Tanto la Superiora de la Comunidad como la Hermana encargada de la capilla y las que trabajan en las salas de enfermos infecciosos(4), le ven acudir a pie o en cualquiera de los escasos medios de locomoción habituales; siempre rápido, como quien tiene una importante misión que cumplir en los minutos de cada hora; a la vez, siempre con calma, entregando todo su tiempo a las personas que le reclaman. Muy joven aún, pero con madurez y gravedad en el comportamiento, buscando siempre la gloria de Dios, y valiente, muy valiente para trabajar, en su calidad de sacerdote, de un modo amable y enérgico ante las situaciones más contradictorias.

Los pacientes le esperan con auténtico cariño. Aquellos tuberculosos desahuciados, jóvenes en su mayoría, se confían a este sacerdote alegre que habla de la muerte como el comienzo de la Vida; que les invita a pasar de la esperanza de la tierra a la seguridad de Dios, con una sonrisa; bendiciendo el dolor que les hace hermanos, con mayor predilección, de Jesucristo.

Celebra con frecuencia la Santa Misa en el Hospital del Rey. A la Hermana sacristana le conmueve advertir que reza con particular devoción las oraciones de la Misa, que toma en sus manos con actitud de profunda adoración la Sagrada Eucaristía, que es capaz de revestirse y salir a ejercer su sagrado ministerio al jardín del Hospital, cuando las circunstancias políticas exigen casi ocultarse para rezar y pronunciar el nombre de Dios. Que continúa llegando, cada vez, con su traje talar, sin miedo a las pedradas ni a las represalias que pueden ocultarse tras los desmontes y el descampado que rodean el Hospital. Y que, al mismo tiempo, es capaz de mantener una esperanza que tiene su cimiento, su apoyo inconmovible, en la fe sobrenatural que Dios le otorga. No conocerá el desánimo ni en los últimos años de esta década, cuando todo parece desmoronarse. Su aliento para los enfermos, las Religiosas, los que colaboran en el Hospital y acuden a escuchar sus homilías, será constante.

Algunas veces celebra en una capilla improvisada en un salón de la Comunidad, donde se ha instalado un altar portátil. En el retablo preside la Virgen Milagrosa. Desde allí distribuirá la Comunión a los enfermos que lo solicitan. Jamás le ha retraído el contagio a que se expone frecuentando algunas salas. No tiene miedo a nadie ni a nada. Y los pacientes, que saben apreciar esta actitud, aceptan la enfermedad y la muerte con una entereza y alegría que dan ejemplo de devoción a quienes les rodean. Las monjas llegan a comentar que se lleva a los enfermos al Cielo «en palmitas», con aquel don y atractivo que sabe poner en las cosas de Dios.

La Hermana sacristana le secunda en cuidar todo cuanto se refiere al culto, aun cuando las circunstancias presentes no favorecen el mantener los objetos con la calidad y decoro necesarios. Porque, en medio de la actividad constante que desarrolla, don Josemaría no olvida estas pequeñas grandes cosas en las que se demuestra un detalle de amor con el Señor.

A lo largo de su vida, el Fundador del Opus Dei recordará que «la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas.

Estas son las ambiciones del Opus Dei, los medios humanos que pusimos: enfermos incurables, pobres abandonados, niños sin familia y sin cultura, hogares sin fuego y sin calor y sin amor»(5).

Y muchos de estos enfermos, conscientes de que aquel sacerdote se ha sentido llamado a una alta misión del cielo, y que necesita y valora su ayuda y su oración, se brindan a ofrecer el dolor como la mejor moneda de cambio que poseen para pagar las atenciones de don Josemaría Escrivá de Balaguer. Hay referencias históricas conmovedoras. Entre ellas, la de una mujer joven que ingresa en el Hospital del Rey en 1930. Su tuberculosis es avanzada e incurable. Conoce a don Josemaría y empieza a recorrer el camino sobrenatural que le brinda. Poco después, pide su admisión en el Opus Dei: María Ignacia García Escobar, reza y se adentra en el panorama de filiación divina: entiende que Dios puede estar escribiendo su mejor biografía con la enfermedad; que la necesita para completar con su dolor la Redención del mundo; y ve el amor, misterioso amor de Dios que a veces resulta difícil de aceptar, en el envés de la trama con que el Señor teje los acontecimientos del mundo. Todavía recuerdan sus hermanas, que la acompañaban, frases completas que don Josemaría repite a la enferma en sus momentos de mayor sufrimiento: «A veces puede parecernos que nos trata duramente; no podemos entender las dificultades o las penas que nos envía; pero tampoco el niño pequeño entiende por qué su madre no le deja que juegue con un cuchillo o que acaricie con sus deditos la llama de una vela; y menos entiende por qué, en determinadas circunstancias, le da unos buenos azotes. Sin embargo, todo es para bien»(6).

María Ignacia se agrava, y don Josemaría la visita con frecuencia. Llama por teléfono a las Hermanas de la sala preguntando por su estado. La asiste en su muerte, larga y dolorosa. Lee despacio, ante ese cuerpo llagado y consumido por la enfermedad, la recomendación del alma, con voz pausada, solicitando la ayuda de los grandes aliados de los hombres: los ángeles y los santos. Y preside, afectuosamente, su entierro en el cementerio de Chamartín de la Rosa. Cuando el féretro baja hasta el fondo de la fosa, toma un puñado de tierra, lo besa y lo deja caer sobre la caja que contiene los restos de una mujer generosa que ha comprendido la Obra de Dios y que le ha sabido ayudar con el mejor tesoro que se puede poseer en la tierra: el dolor ofrecido con Cristo. Es el 13 de septiembre de 1933(7).

El sacrificio de Abel

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El 31 de marzo de 1935 el Fundador del Opus Dei dejó al Santísimo en el primer sagrario que tuvo la Obra, el de la Resi­dencia de estudiantes de Ferraz, 50. Nada más alquilar aquella casa, había elegido para oratorio la mejor habitación: una estan­cia relativamente grande, que tenía la entrada próxima al vestí­bulo principal, y que daba a un patio, también grande y tranqui­lo. Al principio sólo contaban con una mesa y un banco largo, que les habían regalado. Se mandó el banco a un carpintero, para que lo arreglara un poco y sacara de él dos pequeños. Sobre la mesa se puso un crucifijo y dos candeleros. Tenían también algún reclinatorio.

Poco a poco, a lo largo del curso 1934‑35, se fue completando todo lo necesario. Se encargó un altar con frontal liso, para adosarle una armadura de madera forrada con tela del color litúrgico del día. Con un damasco blanco se confeccionaron los primeros ornamentos. La casulla era de forma gótica, amplia; entonces solían usarse casullas de guitarra, pero don Josemaria había solicitado autorización ‑que le fue concedida‑ para usar casullas góticas. El fondo se decoró con una tela oscura de color verde oliva, de la misma anchura que el altar. Llegaba hasta el techo y continuaba ‑a modo de dosel‑ sobre el altar, según lo establecido cuando sobre un oratorio hay habitaciones destinadas a vivienda. Allí quería poner una imagen de la Virgen: la iba a hacer Jenaro Lázaro, que era escultor. Entretanto, se colocó un cuadro de los discípulos de Emaús, en el momento en que reconocen a Jesús, al partir el Pan.

Mientras se terminaba la instalación, don Josemaría gestionó personalmente, ante el Obispado de Madrid, el permiso para poder tener reservado el Santísimo. El párroco de San Marcos certificó que todo estaba conforme al Derecho canónico. El primer Sagrario, de madera dorada, fue prestado por unas religiosas, que no lo usaban en su convento.

Al Fundador del Opus Dei le ilusionaba tener al Señor en aquella primera residencia. Había fijado la fecha del 19 de marzo, fiesta de San José, para inaugurar el oratorio, pero no pudo ser, porque aún faltaban cosas: candeleros, vinajeras, atril, campanilla, bandeja para la comunión… Providencialmente, por aquellos días, el portero de la finca subió con un paquete, que contenía todo lo que faltaba. El director de la Residencia, don Ricardo Fernández Vallespín, quiso saber quién había dejado aquel regalo, pero no había dicho su nombre al portero. Al fin, el 31 de marzo, don Josemaría celebró la Santa Misa en Ferraz.

La historia se repetiría cientos de veces, en medio mundo. Aunque no hubiese dinero, lo mejor tenía que ser siempre para el oratorio. Una casa podía ser habitada de cualquier forma, durmiendo en el suelo si era necesario ‑y muchas veces lo era‑, pero primero había que instalar, y bien, el oratorio. En él no se tenía ningún acto litúrgico hasta que estuviera perfectamente terminado, con todo lo indispensable. El Fundador del Opus Dei no admitía excepciones. Siempre fue exigente en lo relacionado con el culto de Dios, evoca con cariño sor Isabel Martín, encargada de la capilla del Hospital del Rey, en los años treinta. Y a don Antonio Rodilla le recordaba a San Juan de Ribera, “que cifró el colmo del amor divino a los hombres en el Sacramento del Altar, y ardía en deseos irrealizables ‑sus lágrimas testigos‑ de contestar al Tibi post haec, fili mi, ultra quid faciam de Jesús en la Eucaristía, con otro ultra quid faciam de su generosidad para con el Santísimo Sacramento”.

Don Saturnino Escudero, Beneficiado de la Catedral de León, le conoció hacia 1940 ó 1941 por motivos de trabajo, pues el Fundador del Opus Dei le encargó para un oratorio una tira bordada de oro, sobre terciopelo verde, con la inscripción Ubi caritas et amor, Deus ibi est. A don Saturnino le gustó mucho el lema: “iba muy bien para lo que él quería, y sobre todo para aquellos momentos de la postguerra en los que había todavía mucha desunión, mucho odio y rencores”. En las conversaciones que tuvieron se le quedó bien grabado que don Josemaría “buscaba dignificar el arte sagrado. No le gustaban nada las decoraciones de cartón‑piedra tan frecuentes entonces, ni las figu­ras de `pacotilla’; prefería la sobriedad y sencillez con la autenti­cidad y dignidad. No había que regatear en las cosas del culto: había que dar a Dios lo mejor que se pudiera. Le gustaban los oratorios sobrios y buenos, que ayudaran a los fieles a acer­carse a Dios”.

Por aquellos días le trató también don Abundio García Román, y se le grabó su insistencia en hablar de la Santa Misa, como centro y raíz de la vida interior: “Esto no era frecuente en aquellos años cuarenta en España. Y menos aún el cuidado y esmero en la Sagrada Liturgia”. A don Abundio le impresionaba su pausa al celebrar, y que todos los asistentes participasen, dialogando la Misa: “Esto es digno de ser resaltado ahora, pues me parece que ha sido un precursor de las orientaciones que el Concilio Vaticano II  ha formulado sobre la participación de los fieles en el Culto divino”.

Miles de personas han podido comprobar en todo el mundo la fuerza espiritual que emanaba de ese modo de vivir la liturgia, que quedó resumido ‑brevísimamente‑ en estas consideracio­nes de Camino:

No me pongáis al culto imágenes `6de serie”: prefiero un Santo Cristo de hierro tosco a esos Crucifijos de pasta repintada que parecen hechos de azúcar (Camino, 542).

Me viste celebrar la Santa Misa sobre un altar desnudo ‑mesa y ara‑, sin retablo. El Crucifijo, grande. Los candeleros recios, con hachones de cera, que se escalonan: más altos, junto a la cruz. Frontal del color del día. Casulla amplia. Severo de líneas, ancha la copa y rico el cáliz. Ausente la luz eléctrica, que no echamos en falta.

‑Y te costó trabajo salir del oratorio: se estaba bien allí. ¿Ves cómo lleva a Dios, cómo acerca a Dios el rigor de la liturgia? (Camino, 543).

Pocas páginas antes se lee:

Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

‑Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.

‑Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “opus enim bonum operata est in me” ‑una buena obra ha hecho conmigo (Camino, 527).

Así lo vivió en sus cincuenta años de sacerdocio. En diversos momentos, he aludido a la Residencia de la calle de Jenner, de Madrid. El dinero era escaso, y los tiempos, difíciles, recién terminada la guerra en España, y en los comienzos de la mundial. Casi todos los muebles de la Residencia fueron trastos viejos arreglados cuidadosamente por los socios de la Obra y sus amigos. El poco dinero que había se invirtió en el oratorio, para que tuviese la debida dignidad. La mesa del altar, de madera, llevaba sobre el frontal una delgada y larga chapa de ébano. El Sagrario ‑también de madera‑ se revistió por dentro de tisú de oro. Los seis candeleros con pie de cruz, se hicieron con tubo corriente de hierro, igual que la lámpara del techo. Sólo el crucifijo se compró nuevo. Las paredes se cubrieron con arpillera plisada. Cerca del techo. la tela quedaba sostenida por un friso, con unas palabras (le los Hechos de los Apóstoles. También se hicieron allí. Primero, se dibujaron, y luego fueron vaciadas a mano, con gubias, y pintadas de rojo. Sobre el fondo claro de la tela y la madera color castaño, el conjunto era alegre y bonito, en su extrema sencillez. En Villaviciosa de Odón, cerca de Madrid, se conservan estas humildes tablas, trabajadas con cariño, como testimonio de la falta de medios alegre y digna de aquellos años y de siempre.

Igual sucedió con el oratorio de Diego de León, 14. El Fundador del Opus Dei eligió la mejor habitación de la casa para destinarla al Señor. La fe y el buen gusto superaron la escasez de recursos para instalarlo. Facilitaba el recogimiento junto al Señor. Es un oratorio ‑tan ligado a momentos decisivos en la historia del Opus Dei‑ que se conserva hoy prácticamente como entonces, aunque con los años se ha enriquecido poco a poco, siguiendo indicaciones precisas del propio Fundador del Opus Dei, para hacer lo que él hubiera hecho en 1941 de haber tenido medios.

Con la riqueza en los objetos del culto quería manifestar su cariño de enamorado. Los que se aman se regalan siempre objetos de valor ‑no sólo es cuestión de precio‑, para expresar así la medida de su amor: Los enamorados no se regalan trozos de hierro ni sacos de cemento, sino cosas preciosas: lo mejor que tienen: cuando ellos cambien, cambiaremos de parecer nosotros.

Esa riqueza en el culto muestra también espíritu de adoración a Dios, Señor soberano de la vida, al que se ofrece el sacrificio de Abel: lo mejor. Así lo enseñaba el Fundador del Opus Dei:

Leed la Sagrada Escritura, el Antiguo Testamento, y compro­baréis cómo Dios Nuestro Señor describe punto por punto la ornamentación del tabernáculo, la elaboración de los utensilios sagrados, y el modo de vestir de los sacerdotes, especialmente del Sumo Sacerdote. ;Hasta la ropa interior! Todo tenía que ser de oro u otros metales preciosos, y de telas finas, cuidadosamente trabajadas.

(…) Y el Templo de Salomón no era más que la figura; no estaba Jesucristo real y verdaderamente presente, como se encuentra en nuestros altares y en nuestros Sagrarios. El sacerdocio de la antigua Ley no era más que una sombra del verdadero sacerdocio instituido por Cristo. Y, sin embargo, dice el Espíritu Santo: nolite tangere Christos meos! No maltratéis a mis Cristos, no profanéis las cosas santas. ;Es la voz del Señor que se defiende! Porque su sacerdocio transforma a quien lo recibe en otro Cristo: alter Christus, ipse Christus, y convierte en sagrado todo lo que se utiliza en la renovación del Santo Sacrificio de la Misa.

En junio de 1946 se puso el primer Sagrario del Opus Dei en Roma, en una pequeña casa de la Piazza de Cittá Leonina. Como siempre, el oratorio fue a la habitación más espaciosa del piso. El Sagrario, de madera, era un tabernáculo pobre, y Mons. Escrivá de Balaguer quiso que se adornara lo mejor posible. Poco tiempo después se consiguió la: que sería sede central del Opus Dei, y allí se construyeron oratorios y sagrarios más dignos.

Lo haría notar en 1957, al bendecir el oratorio del Consejo general de la Asociación y consagrar su altar, en una época en que el Opus Dei estaba en un completo desarrollo, extendiéndose por todo el mundo, con una maravillosa pobreza. En aquel oratorio se había puesto especial esmero, porque se tenían presentes a todos los socios de la Obra ‑solteros, casados, viudos, sacerdotes‑, que se han dado al Señor con todo su corazón, con toda su mente y con todas sus fuerzas, cumpliendo bien el mandato divino. Y añadía el Fundador: A Jesús le hemos preparado este tabernáculo, que es el más rico que hemos podido hacer.

Este modo de hacer suscitó siempre asombro. Una vez, en 1973, un joyero romano se negaba a dividir un broche de brillantes montados sobre platino:

‑Lo que me piden es un crimen. ¿Se dan cuenta de lo que quieren hacer? Esta joya tiene más de un siglo…

Pero cuando aquel joyero supo el destino de los brillantes, se puso a trabajar. Y no quiso cobrar nada.

Anécdotas semejantes han sucedido en muchos sitios distin­tos. Porque las piedras y los materiales preciosos que se utilizan para la confección de vasos y ornamentos suelen proceder de la generosidad de personas que entienden de delicadezas con el Señor, hasta desprenderse de una joya de familia para honrar a

Jesús, reparando así la insensibilidad e irreverencia con que muchos tratan los objetos del culto:

Da pena, hijos míos, ver cómo se tira por la ventana un tesoro de siglos. No por lo que tenga de valor humano, sino por lo que pierde el culto de Dios: en esplendor, en cariño, en sacrificio. Hay que enseñar a la gente que no se puede coger un vaso sagrado y dedicarlo a usos profanos, como no es decente transformar un confesonario en una cabina de teléfonos o en una jaula de pájaros. ¿En qué cabeza cabe transformar un sagrario en un bar o en una papelera: Es diabólicamente absurdo; hasta desde el punto de vista artístico denota muy mal gusto. Cada objeto litúrgico está hecho con un fin determinado, y hay que procurar que todos sigan cumpliendo su misión. Y, si es posible, enriqueciéndolos, llenándolos de amor.

No se cansó de repetir estas ideas. A veces, delante de miles de personas, como una mañana de domingo, en junio de 1974, en el Teatro Coliseo de Buenos Aires. Apenas había comenzado la conversación, cuando un hombre de aquella tierra, con la sonrisa en los labios, y un gesto de picardía, tomó la palabra:

‑En ocasión de ordenarse sacerdote un íntimo amigo mío, le regalé un cáliz de oro. Algunos amigos, católicos, me dijeron que ese regalo no tenía sentido social, o que carecía yo de sentido social. Por otra parte ‑y no se ría‑ en casa tenemos una perra muy buena, que nos cuesta bastante plata mantener. Ningún amigo mío me ha dicho que me falta sentido social por eso. Yo quisiera que usted me diga qué opina del cáliz y de la perra.

La gente que abarrotaba el teatro rió la pregunta. Y se quedó seria, y volvió a reír con la respuesta:

Yo, que celebro habitualmente con un cáliz de latón, querría usar todos los días un cáliz de oro, y me parecería poco. Dios te bendiga, porque has dado ese poquito de cariño tuyo al Señor. ;Has hecho muy bien! Te basta leer lo que el Señor disponía en el Viejo Testamento, y cómo todo tenía que ser de oro. ;Todo de oro! Ahora, cualquier cosa les parece demasiado para Nuestro Señor y demasiado poco para ellos. Algunos se han hecho egocén­tricos, miserables, no piensan más que en sí mismos. Y para Nuestro Dios, quieren el sacrificio de Caín. Otra vez se repite la historia. El buen hijo sacrifica lo mejor, el oro, lo que pueda, lo que le cuesta. Los demás querrían darle el barro, la miseria.

Y en cuanto al perrito, acuérdate de San Francisco de Asís. Y consuélate, y sigue haciéndole mimos a tu perra. ¿Por qué vamos a tratar mal a los animales? Si tú tienes corazón para un animal, yo sé que lo tienes más grande para un semejante tuyo. Que cualquier persona necesitada encuentre tu corazón abierto y tu mano dadivosa. Dios te bendiga.

No era la primera vez que Mons. Escrivá de Balaguer se refería a este cáliz de latón. Yo celebro todos los días ‑había comentado en otra ocasión‑, desde hace muchísimos años, con un cáliz que me costó trescientas pesetas. Le pasa un poco lo que a mí; la gente lo ve y dice: es de oro… Pero es pura apariencia. Cuando se desarma, con una sinceridad total, se lee en letras bien grandes: latón.

Todo el encanto de ese cáliz se debe a las manos que le dieron forma, y lo recubrieron de un finísimo baño de oro. Sin embargo, el orfebre tuvo la honradez de dejar constancia del metal corriente con que estaba hecho, en un lugar escondido, pero asequible. Acabó tan bien su obra, que a primera vista nadie ‑ni siquiera una persona entendida‑ pondría en duda la riqueza del vaso sagrado. Era preciso desarmarlo y verlo por dentro, para descubrirlo. Sólo la copa era de plata, según las disposiciones litúrgicas. Toda una lección de sinceridad, de naturalidad, de amor por lo auténtico y genuino, que al Fundador del Opus Dei movía también a la humildad: Cuando en la Santa Misa alzo el cáliz, después de la Consagración, veo en él una imagen de mi pobre vida: de las luchas, de las victorias y de las derrotas. Las victorias son suyas, de Cristo; y las derrotas son mías.

Con esa confianza en Dios, las miserias no pueden ser nunca ocasión de desasosiego o de tristeza. En las manos de Dios Padre, se aproxima uno a la lección de ese cáliz, que no desea engañar a nadie pareciendo de oro, porque a gritos dice: ;latón! Y surge el propósito:

Sed muy sinceros, hijos míos. No escondáis vuestras miserias en la dirección espiritual. Sólo así serán como joyas vuestras vidas, y se convertirá de verdad vuestro corazón en trono de Dios, que triunfará en vuestra flaqueza.

El corazón enamorado del Fundador del Opus Dei necesitaba mostrar su amor igual que los que se quieren en la tierra. No tenía ‑tantas veces lo dijo‑ un corazón distinto para Dios. Por eso, a título de ejemplo, cuando en Roma no había dinero ni para lo más necesario, no le faltaba, a la Virgen de la habitación donde trabajaba muchas horas al día, una rosa natural, manifes­tación externa de su cariño interior. La riqueza en las cosas del culto ‑se ve claro en las anécdotas aquí recogidas‑ era culmi­nación de un querer auténtico y delicado, al que todo parecía poco para la Persona amada: ¡Qué poco es una vida para ofrecerla a Dios!… (Camino, 420).

Así lo enseñó siempre. Destinar lo mejor al culto es manifes­tación concreta de desprendimiento real de los bienes terrenos, de aceptación rendida del dominio divino sobre las cosas creadas, de espíritu de adoración y de piedad. Y le emocionaba, y agradecía, el esfuerzo que en todo el mundo personas del Opus Dei ponían para vivir esa finura de amor:

El Señor está muy contento, porque le tratáis con amor, cuidando con esmero y delicadeza las cosas del culto, donde procuramos destinar lo mejor que puede reunir esta bendita pobreza nuestra. Y Jesús tiene que estar contento también con ese trato personal íntimo, de cada uno de vosotros. ;Que Dios os bendiga!

La prudencia sobrenatural

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

No hagas caso. ‑Siempre los “prudentes” han llamado locu­ras a las obras de Dios.

‑;Adelante, audacia! (Camino, 479).

Sin embargo, la audacia no es imprudencia, ni osadía

(cfr. Camino, 401).

El Fundador del Opus Dei aprendió a abandonar en las manos divinas sus preocupaciones: Los niños no tienen nada suyo, todo es de sus padres…, y tu Padre sabe siempre muy bien cómo gobierna el patrimonio. Esta confianza en Dios no le llevaba a eludir su responsabilidad personal. Todo lo contrario: precisamente porque confiaba en Dios no podía despreciar ningún medio humano. Era lo más opuesto al carismático vacío de doctrina, al visionario irresponsable. Decía en broma que no era profeta, ni hijo de profeta. Pero repetía el electi mei non laborabunt frustra del Profeta Isaías (65, 23): el trabajo de los hijos de Dios siempre dará fruto.

La prudencia de Mons. Escrivá de Balaguer es contrapunto ineludible para entender en profundidad como vivió su filial relación con Dios, fuente de alegría, de paz, de serenidad, de audacia…, y a la vez base donde se apoyaban sus esfuerzos, sus agotadoras jornadas de trabajo.

En el capitulo tercero he aludido a la más importante manifestación de la prudencia sobrenatural del Fundador del Opus Dei: no querer ser fundador; poner los medios humanos, para comprobar que aquello que Dios le pedía no estaba ya organizado; actuar con la venia y con la bendición del Obispo de Madrid; buscar en el tiempo oportuno la aprobación de la Obra; desvivirse siempre ‑una vez clara la voluntad divina‑ para sa­carla adelante.

Hay luego un conjunto inabarcable de aspectos heroicos y menores de la prudencia de Mons. Escrivá de Balaguer, per­fectamente compendiados en el lema ‑Alma, calma‑ de su escudo familiar.

No era indeciso, pero sabía esperar. Le costaba mucho, por la viveza de su carácter. Alguna vez, casi recién llegado a Roma, i2 oyeron: ‑He aprendido a esperar: no es poca ciencia.

Maduraba las decisiones, sin improvisación ni ligereza. Así lo vivía, y así lo inculcó siempre a los que con los años ocuparon tareas de dirección dentro del Opus Dei. Usaba a menudo una frase gráfica, previniéndoles ante el peligro del apresuramiento: las cosas urgentes pueden esperar; las muy urgentes, ésas deben esperar… Era un modo práctico de distinguir lo importante de le, urgente: porque lo que no puede ni debe aguardar es le: verdaderamente importante, aunque no urja en apariencia.

No tenía así prisas en el trato con las personas. Las almas, como el buen vino, mejoran con el tiempo. Esperaba también cuando le apremiaba la indigencia de tantas almas, y, sin embargo, por las razones que fuera, apenas podía hacerse nada. No se veían las plantas cubiertas por la nieve. ‑Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: “ahora crecen para adentro”. ‑Pensé en ti: en tu forzosa inactividad… Dime: ¿creces también para adentro? (Camino, 294).

Su prudente dar tiempo al tiempo ‑calma‑ era compatible con el coraje y la impaciente rapidez ‑alma‑ con que se ponía en marcha, en cuanto tenía claro lo que Dios quería, cómo lo quería, y que lo quería ya. El Cardenal Tedeschini juzgaba que Mons. Escrivá de Balaguer era, entre las personas que había conocido, la que estaba más pendiente de los planes de Dios, para llevarlos a la práctica inmediatamente. Sabía esperar, pero cuando llegaba el momento de decidir o de hacer, no se concedía ningún plazo. Daba la impresión de no tener inercia.

Las asociadas del Opus Dei pudieron comprobarlo en los comienzos de su labor. Aún eran pocas, y, llenas de afán apostólico, pero con poca experiencia todavía, estaban deseosas de multiplicar las actividades. ¡Calma! ¡Calma!, solía repetirles el Fundador. Pocos años después, cuando estuvieron preparadas, les animaría con una frase muy distinta: ¡De prisa! ¡Al paso de Dios!

Si su audacia no fue imprudencia, su prudencia nunca fue cobardía. En Camino pudo escribir, como de algo que le ha tocado sufrir en la propia carne: No me gusta tanto eufemismo: a. la cobardía la llamáis prudencia.

La Superiora de la Comunidad que atendía el Hospital del Rey, sor Engracia Echeverría, reitera que vivió con valentía, y con prudencia, aquellos difíciles años entre 1931 y 1936. El Fundador del Opus Dei afrontó los problemas que surgían por la oposición al clero con una actitud serena, pero enérgica: “Se veía, desde entonces, que valía para gobernar”. A ella le impresionaba esa serenidad en un hombre que era joven, y a la vez “ya muy sensato, muy serio y muy valiente. Muy valiente, en aquellos momentos en que hacia falta coraje y prudencia para imponerse a tanta oposición”.

También entre las monjas de Santa Isabel dejó un recuerdo de sacerdote delicado y prudente. En aquel antiguo Patronato Real habla dos Comunidades religiosas distintas: el Monasterio de Agustinas Recoletas, y el Colegio de la Asunción. Antes de ser nombrado Rector del Patronato ‑en 1934‑, don Josemaría era sólo capellán de las Agustinas. Pera de los actos litúrgicos que celebraban en la iglesia del Patronato, podían beneficiarse indistintamente las dos comunidades religiosas: “Su exquisita prudencia ‑en opinión de la Hermana Aránzazu Minteguiaga, religiosa de la Asunción en Pamplona‑, favoreció siempre las relaciones, que fueron de gran armonía y de ayuda continua en unos momentos en los que acuciaba la persecución religiosa y la destrucción, dentro del país”.

Se atenía a la realidad de las cosas. Su prudencia ‑unida también a su sentido de la justicia‑ le hacía saber escuchar. Y acertó a expresar este criterio con una frase gráfica, que recuerdan, incluso, personas que no son del Opus Dei: oír todas las campanas y, a ser posible, conocer al campanero.

Por otra parte, tampoco tenía inercia, por decirlo así, en sus juicios o decisiones: cuando los datos cambiaban, rectificaba con alegría. No era amigo de dictar normas preconcebidas. Prefería que surgieran de la vida, de la experiencia, de la costumbre. Pero no se aferraba a la experiencia. Si aparecían nuevos factores, que exigían ver las cosas de modo distinto, cambiaba fácilmente ‑humildemente‑ su enfoque.

Una manifestación muy importante de esa prudencia sobre­natural ha quedado ‑para siempre‑ en el modo específico que preside la dirección del Opus Dei: la colegialidad. El Fundador tenía clara autoridad. “Era un hombre ‑según el P. Gargan­ta, O.P.‑ que sabía persuadir, sabía hacer reflexionar, pero cuando mandaba, mandaba. Es decir: un hombre excelso en su prudencia rectora, en su prudencia gubernativa”. Precisamente por esto, abominaba de la tiranía y del gobierno personal. Muy pronto quedó establecida la colegialidad ‑no sin especial providencia de Dios, solía decir‑ en la dirección del Opus Dei en todos los niveles: central, regional, local. Nunca en ningún sitio manda uno solo: son varias personas quienes toman las decisiones. Muchas veces declaró, incluso en entrevistas perio­dísticas, que él, como Presidente, era un voto, un voto más, dentro del Consejo General del Opus Dei. Y así se ha practicado siempre: en los organismos centrales de la Asociación, y en la dirección del centro local más incipiente.

Mons. Escrivá de Balaguer tuvo los pies en la tierra, fue realista: porque tenía la sobrenatural certeza de que Dios estaba,: empeñado en que fuera realidad la locura que le había confiado La Obra era de Dios, y el Cielo la realizaría. Sus sueños no eras; irreales. Todo lo contrario: nada más real que el cumplimiento, de un mandato imperativo de Cristo. Nada más prudente que aquella locura.

Somoano y las conferencias de los lunes

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El 2 de enero de 1932 don Lino Vea Murguía llevó a Escrivá a conocer a un amigo suyo, don José María Somoano, joven capellán del Hospital del Rey. Para preparar la visita, Escrivá pidió a varias personas que rezaran y ofrecieran sacrificios por una intención suya. En cuanto le explicó el Opus Dei Somoano pidió ser admitido. Somoano escribió en su diario un breve resumen del encuentro: “Me entusiasmó. Le prometí ‘enchufes’ –enfermos orantes- para la Obra de Dios. Yo, entusiasmado. Dispuesto a todo”[1]. Somoano confió a uno de los enfermos que se había sentido tan feliz que no pudo dormir aquella noche.

Inmediatamente, Somoano empezó a pedir a los pacientes del hospital que rezaran y ofrecieran sus sufrimientos por una intención muy especial. Una joven llamada María Ignacia García Escobar, enferma de tuberculosis, se sintió tan impresionada por la alegría y entusiasmo de Somoano que anotó en su diario lo que le había dicho: “María: hay que pedir mucho por una intención, que es para bien de todos. Esta petición no es de días; es un bien universal que necesita oraciones y sacrificios, ahora, mañana, y siempre. Pida sin descanso le digo, es muy hermoso”[2].

Antes de que terminara la semana, Somoano descubrió una nueva vocación para el Opus Dei, su amigo Jose María Vegas, un sacerdote dinámico y optimista de la dioceses de Madrid, de treinta años de edad. Al igual que Somoano, en cuanto descubrió el Opus Dei pidió ser admitido.

El lunes 22 de febrero de 1932 se reunieron por primera vez lo seis sacerdotes que pertenecían al Opus Dei. Estos encuentros periódicos serían llamados por Escrivá las Conferencias de los Lunes. En estas reuniones les explicaba con más detalle la naturaleza de la vocación a la Obra y estrechaba relaciones entre los participantes. Solían hablar de futuras empresas apostólicas y soñaban con el día en el que el Opus Dei empezaría su actividad externa. Escrivá creía que ese día no estaba muy lejos. En febrero de 1932 escribió en sus cuadernos: “Jesús, veo que tu Obra puede comenzar pronto”[3].

A pesar de lo reducido del grupo, de su falta de actividad externa, e incluso de una sede propia, las Conferencias de los Lunes eran vibrantes y entusiastas. Los participantes salían de ellas cargados con la fe de Escrivá en el futuro de la Obra. María Ignacia Escobar observó que cuando Somoano “volvía los lunes de asistir a las reuniones espirituales de nuestra Obra, solamente al mirarle se le notaba lo contento y satisfecho que venía, y el cuadernito donde conservaba los apuntes de las meditaciones y demás cositas de ésta, era su joya más preciada”[4]. Sin embargo, a la mayoría de los participantes no les resultaba fácil entender lo que Escrivá les explicaba. Aunque estaban entusiasmados, no entendían del todo el mensaje.

[1] José Miguel Cejas. JOSÉ MARÍA SOMOANO. EN LOS COMIENZOS DEL OPUS DEI. Ediciones Rialp 1996. p. 130

[2] Ibid. p. 134

[3] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 445

[4] Ibid. p. 455

Somoano y las conferencias de los lunes

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El 2 de enero de 1932 don Lino Vea Murguía llevó a Escrivá a conocer a un amigo suyo, don José María Somoano, joven capellán del Hospital del Rey. Para preparar la visita, Escrivá pidió a varias personas que rezaran y ofrecieran sacrificios por una intención suya. En cuanto le explicó el Opus Dei Somoano pidió ser admitido. Somoano escribió en su diario un breve resumen del encuentro: “Me entusiasmó. Le prometí ‘enchufes’ –enfermos orantes- para la Obra de Dios. Yo, entusiasmado. Dispuesto a todo”[1]. Somoano confió a uno de los enfermos que se había sentido tan feliz que no pudo dormir aquella noche.

Inmediatamente, Somoano empezó a pedir a los pacientes del hospital que rezaran y ofrecieran sus sufrimientos por una intención muy especial. Una joven llamada María Ignacia García Escobar, enferma de tuberculosis, se sintió tan impresionada por la alegría y entusiasmo de Somoano que anotó en su diario lo que le había dicho: “María: hay que pedir mucho por una intención, que es para bien de todos. Esta petición no es de días; es un bien universal que necesita oraciones y sacrificios, ahora, mañana, y siempre. Pida sin descanso le digo, es muy hermoso”[2].

Antes de que terminara la semana, Somoano descubrió una nueva vocación para el Opus Dei, su amigo Jose María Vegas, un sacerdote dinámico y optimista de la dioceses de Madrid, de treinta años de edad. Al igual que Somoano, en cuanto descubrió el Opus Dei pidió ser admitido.

El lunes 22 de febrero de 1932 se reunieron por primera vez lo seis sacerdotes que pertenecían al Opus Dei. Estos encuentros periódicos serían llamados por Escrivá las Conferencias de los Lunes. En estas reuniones les explicaba con más detalle la naturaleza de la vocación a la Obra y estrechaba relaciones entre los participantes. Solían hablar de futuras empresas apostólicas y soñaban con el día en el que el Opus Dei empezaría su actividad externa. Escrivá creía que ese día no estaba muy lejos. En febrero de 1932 escribió en sus cuadernos: “Jesús, veo que tu Obra puede comenzar pronto”[3].

A pesar de lo reducido del grupo, de su falta de actividad externa, e incluso de una sede propia, las Conferencias de los Lunes eran vibrantes y entusiastas. Los participantes salían de ellas cargados con la fe de Escrivá en el futuro de la Obra. María Ignacia Escobar observó que cuando Somoano “volvía los lunes de asistir a las reuniones espirituales de nuestra Obra, solamente al mirarle se le notaba lo contento y satisfecho que venía, y el cuadernito donde conservaba los apuntes de las meditaciones y demás cositas de ésta, era su joya más preciada”[4]. Sin embargo, a la mayoría de los participantes no les resultaba fácil entender lo que Escrivá les explicaba. Aunque estaban entusiasmados, no entendían del todo el mensaje.

[1] José Miguel Cejas. JOSÉ MARÍA SOMOANO. EN LOS COMIENZOS DEL OPUS DEI. Ediciones Rialp 1996. p. 130

[2] Ibid. p. 134

[3] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 445

[4] Ibid. p. 455

Los primeros

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Fueron años de fe; años de dificultades que don Josemaría fue superando con la ayuda de Dios; y también, años de frutos, que fueron llegando poco a poco. El 24 de agosto de 1930 Isidoro Zorzano, un joven ingeniero de origen argentino, se dispuso a vivir su vocación bautismal con el carisma del Opus Dei.

Y a éste siguieron varios hombres más. En los primeros días de 1932 se vinculó a los afanes del joven fundador José María Somoano, un sacerdote asturiano de su misma edad —treinta años—, que era capellán de un Hospital de tuberculosos.

Fue creciendo también, por otro lado, la labor con mujeres. El 9 de abril de ese mismo año se incorporó al Opus Dei una andaluza, María Ignacia García Escobar, enferma en el Hospital del Rey.

Universitarios, obreros, artesanos, maestros, artistas y pequeños empresarios como Luis Gordon, que se incorporó en 1932. Fe, dificultades, frutos…

No os podéis imaginar lo que ha costado sacar adelante la Obra. Pero ¡que aventura más maravillosa! (…) Es como cultivar un terreno selvático: primero hay que talar los árboles, arrancar la maleza, apartar las piedras…, para después arar la tierra a fondo (…). Una vez roturada, hay que dejar reposar la tierra, para que se airee bien. Luego viene la siembra, y los mil cuidados que exigen las plantas: prevenir las plagas; el temor a que descargue una tormenta…

Cuando parecía que superaba una primera dificultad, se presentaba otra, y luego otra, y otra… En esos primeros años, cuando contaba con un puñado de personas, que casi se podían contar con los dedos de las manos, Dios se llevó consigo a tres de los primeros: José María Somoano falleció el 16 de julio de 1932, en la fiesta de la Virgen del Carmen, en el mismo hospital que atendía, posiblemente envenenado por los enemigos de la Fe. Luis Gordon murió santamente tras una breve enfermedad, pocos meses después, el 5 de noviembre; y María Ignacia falleció al año siguiente, en septiembre de 1933, también en olor de santidad.

Fue una dura prueba para don Josemaría, que se unió con toda su alma a la Cruz de Cristo, renovando, entre lágrimas, su confianza en Dios: ¿Lo quieres, Señor?… ¡Yo también lo quiero!

Con el tiempo fue comprendiendo los planes divinos. Fue providencial que se muriese Luis —comentaba muchos años después— , porque así el Opus Dei continuó naciendo en la más grande pobreza: si hubiese vivido, hubiésemos tenido medios materiales, medios temporales, que quizá nos hubiesen producido daño. Era menester que la Obra naciese en la pobreza, como nació Jesús en Belén.

Dios le fue señalando, entre sucesos a menudo desconcertantes, el camino a seguir; y desde el 3 de enero de 1933 pudo contar en su empeño apostólico, entre otros, con Juan Jiménez Vargas, un joven estudiante de Medicina;y unas semanas después, el 21 de enero, dio la primera clase de formación espiritual del Opus Dei, en una sala del Asilo de Porta Coeli, que había pedido prestada a las religiosas que trabajaban allí.

2. En hospitales y suburbios

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

“El Opus Dei nació en los hospitales y barrios pobres de Madrid, y yo soy testigo, aunque en mínima parte”, acredita José Manuel Doménech de Ibarra. Y Benilde García Escobar, herma­na de aquella antigua asociada del Opus Dei, María Ignacia, y de Braulia, a las que se alude en el capítulo tercero, agrega: “Es una gran verdad. Allí lo conoció mi hermana y formó parte del Opus Dei; allí también lo conocimos Braulia y yo y nunca dejaremos de agradecérselo al Señor”.

Benilde detalla el celo del Fundador del Opus Dei en el Hospital del Rey, donde estaba internada su hermana. No iba sólo a verla a ella, sino que atendía a todas aquellas personas, aquejadas de tuberculosis, que en aquel tiempo se consideraba terrible porque en la mayoría de los casos no se curaba: “Me llamaba la atención la alegría y la serenidad de aquellas mujeres, madres de familia, pobres, separadas de sus hijos por el contagio de la enfermedad y que, apenas veían entrar a don Josemaría se llenaban de una felicidad profunda. Lo decían sencillamente así: Ya ha llegado don Josemaría. Quedaba dicho todo”.

Ha quedado ya reseñada la actividad que el Fundador del Opus Dei desplegó, desde el Patronato de Enfermos, por los suburbios de Madrid, y luego, en el Hospital del Rey, en el Hospital General de la calle de Santa Isabel, y en el de la Princesa, en San Bernardo.

Lo inimaginable era que justamente en ésos lugares tan míseros buscase riquezas: el tesoro de la oración y de la mortificación de los enfermos. El día de San José de 1975, confiaba a socios de la Obra en Roma:

Pasó el tiempo. Fui a buscar fortaleza en los barrios más pobres de Madrid. Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios. ;Qué indignación siente mi alma de sacerdote, cuando dicen ahora que los niños no deben confesarse mientras son pequeños! ;No es verdad! Tienen que hacer su confesión personal, auricular y secreta, como los demás. ;Y qué bien, qué alegría! Fueron muchas horas en aquella labor, pero siento que no hayan sido más. Y en los hospitales, y en las casas donde había enfermos, si se pueden llamar casas a aquellos tugurios… Eran gente desamparada y enferma; algunos, con una enferme­dad que entonces era incurable, la tuberculosis.

Mis de cien personas le escuchaban en silencio. Hablaba en voz baja, como quien abre su corazón en la presencia divina:

De modo que fui a buscar los medios para hacer la Obra de Dios, en todos esos sitios. Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor. Había una representación de casi todo: había universitarios, obreros, pequeños empresarios, artistas…

Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei crecía para adentro sin darnos cuenta. Pero he querido deciros ‑algún día os lo contarán con más detalle, con documentos y papeles‑ que la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas.

El 2 de julio de 1974, en el Colegio Tabancura de Santiago de Chile alguien le pidió que explicase por qué decía que el tesoro del Opus Dei son los enfermos… Y despacio, como saboreando los recuerdos, Mons. Escrivá de Balaguer habló de un sacerdote que tenía 25 años, la gracia de Dios, buen humor y nada más. No poseía virtudes, ni dinero. Y debía hacer el Opus Dei… ¿Y sabes cómo pudo?, preguntaba:

Por los hospitales. Aquel Hospital General de Madrid carga­do de enfermos, paupérrimos, con aquellos tumbados por la crujía, porque no había camas. Aquel Hospital del Rey, donde no había más que tuberculosos, y entonces la tuberculosis no se curaba… ;Y ésas fueron las armas para vencer! ;Y ése fue el tesoro para pagar! ;Y ésa fue la fuerza para ir adelante! (…) Y el Señor nos llevó por todo el mundo, y estamos en Europa, en Asia, en África, en América y en Oceanía, gracias a los enfer­mos, que son un tesoro…

Pocos meses después, el 19 de febrero de 1975, en Ciudad

Vieja (Guatemala), volverían a su mente esos años en los que contó con toda la artillería de muchos hospitales de Madrid:

Yo les pedía que ofrecieran esos dolores, sus horas de cama, su soledad ‑algunos estaban muy solos‑: que ofrecieran al Señor todo aquello por la labor que hacíamos con la gente joven.

Les enseñaba así a descubrir la alegría del sufrimiento, porque participaban de la Cruz de Jesucristo y servían para algo grande y divino. El Fundador del Opus Dei encontraba en ellos auténtico motivo de fortaleza, seguridad de que el Señor sacaría la Obra adelante a pesar de los hombres, a pesar de mí mismo, que soy un pobre hombre.

Desde entonces, junto a la catequesis en los barrios pobres, las visitas a enfermos y desamparados serían medios habituales para impulsar el apostolado que el Opus Dei hace entre gente joven de todo el mundo.

También en Lisboa, en noviembre de 1972, se refería al sentido cristiano del dolor:

Te encontrarás también con el dolor físico, y feliz en ese sufrimiento. Me has hablado de Camino. No me lo sé de memoria, pero hay una frase que dice: bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor, glorificado sea el dolor. ¿Té acuerdas? Eso lo escribí en un hospital, a la cabecera de una moribunda a quien acababa de administrar la Extre­maunción. ;Me daba una envidia loca! Aquella mujer había tenido una gran posición económica y social en la vida, y estaba allí, en un camastro de un hospital, moribunda y sola, sin más compañía que la que podía hacerle yo en aquel momento, hasta que murió. Y ella repetía, paladeando, ;feliz!: bendito sea el dolor ‑tenía todos los dolores morales y todos los dolores físicos‑, amado sea el dolor, santificado sea el dolor, ;glorifi­cado sea el dolor! El sufrimiento es una prueba de que se sabe amar, de que hay corazón.

Braulia, la hermana pequeña de María Ignacia García Escobar, contempla al Fundador de la Obra en 1931 “rodeado siempre de chicos jóvenes, que le acompañaban a explicar el catecismo en los suburbios, en los rastrojos y en barrios de chabolas. Hacía falta una inmensa fe para hacer aquello entonces. Y una gran valentía. Todavía recuerdo las caras de odio y el inmenso recelo que demostraban hacia los sacerdotes y sus acompañantes los hombres de aquellos barrios”.

Jenaro Lázaro se enteró en 1930 que además de la labor en los hospitales, el Padre atendía varias catequesis. No localiza bien los nombres exactos de los barrios, pero sí que iba mucho por Vallecas. El 1 de octubre de 1967, Mons. Escrivá de Balaguer volvió de nuevo a Vallecas. Muchas cosas habían cambiado. En el salón de actos de Tajamar, obra apostólica promovida por el Opus Dei, su Fundador rememoró que, cuando tenía veinticinco años, venía mucho por todos estos descampados, a enjugar lágrimas, a ayudar a los que necesitaban ayuda, a tratar con cariño a los niños, a los viejos, a los enfermos; y recibía mucha correspondencia de afecto…, y alguna que otra pedrada.

Y continuaba refiriéndose a Tajamar: Hoy para mí esto es un sueño, un sueño bendito, que vivo en tantos barrios extremos de ciudades grandes, donde tratamos a la gente con cariño, mirando a los ojos, de frente, porque todos somos iguales (…) Soy un pecador que ama a Jesucristo con todas las fuerzas de su alma; me siento muy feliz, aunque no me faltan las penas, porque en este mundo el dolor nos acompañará siempre. Quiero que améis a Jesucristo, que lo conozcáis, que seáis felices, como yo: no es difícil conseguir ese trato. Delante de Dios, como hombres, como criaturas, somos todos iguales.

(…) He hablado de mis veinticinco años. Yo tenía barruntos de lo que quería el Señor. Hasta los veintiséis no lo supe. Quería esta locura, esta locura de cariño, de unión, de amor.

Un sueño de juventud se había hecho realidad. El corazón sacerdotal de Mons. Escrivá de Balaguer sentía la preocupación por todas las almas, porque ante Dios, somos todos iguales: pobres criaturas, necesitadas de la misericordia divina. En aquellos años sufrió mucho por el desamparo en que se vivía ‑y se moría‑ en los suburbios madrileños, por su ambiente sórdido ‑infrahumano‑ que también contribuía a alejar a muchos de Dios. Conoció situaciones tremendas, sólo comparables a las de los hospitales a los que don Josemaría hacía que le acompañasen los chicos que trataba. Porque, como afirma otro de los que iban por el Hospital de Santa Isabel, después de pasar una tarde de domingo cortando el pelo o las uñas a los enfermos, lavándoles la cara o vaciando las escupideras, “casi siempre vomitábamos al salir”.

Repulsivo es el adjetivo que Juan Jiménez Vargas aplica al modo en que muchas personas vivían ‑algunas por desidia‑ en la zona de la catequesis de Tetuán. Él era de familia media, estudiante de Medicina, y de temperamento nada asustadizo, más bien todo lo contrario. Poco después de aquella clase de formación cristiana en el asilo de Porta Coeli, según relata, comenzaron una catequesis en el barrio de Tetuán, que era entonces de los peores de Madrid. Allí comprobó que el Fundador del Opus Dei tenía mucha experiencia en el trato con los niños, sabía hacerles comprender la doctrina y les facilitaba la confesión.

Desarrollaba una intensa actividad apostólica con personas de toda suerte y condición. A los estudiantes les animaba, de modo especial, a hacer apostolado con sus compañeros de Facultad, pero sin olvidar que en el Opus Dei cabían todos, también los obreros. A1 doctor Jiménez Vargas no se le borra el nombre de un empleado de banca, Dorado, que entendía bien la Obra. Murió en los primeros días de la guerra.

Braulia García Escobar guarda también en su memoria la a en la calle Martínez Campos, como un trasiego de chicos jóvenes de muy distinta posición: “Había muchos estudiantes y también había muchos obreros”.

A Vicente Hernando Bocos le parece que donde conoció a don Josemaría fue en la “Casa del estudiante” entre 1929 y 1930. Luego, el servicio militar, su intensa actividad política, la cárcel ‑desde 1932‑ y finalmente el destierro en 1935, truncaron sus relaciones. Al principio, vivía en una Residencia para sacerdotes en la calle de Larra, número 3, y “tenía en marcha su apostolado con un grupo de obreros, oficinistas, gente de clase media, y también nos trataba a los universitarios”.

En 1940 ‑según publicó en la Hoja del Lunes de Madrid don Pedro Gómez Aparicio, historiando los primeros años de la Escuela Oficial de Periodismo‑ Mons. Escrivá de Balaguer un joven sacerdote aragonés ya rodeado de una cierta popularidad en los ambientes estudiantiles y obreros madrileños, que frecuentaba con predilección”.

Este apostolado universal del Fundador del Opus Dei se compendia en su frase constante a lo largo de los años: de cien almas, nos interesan las cien. Su corazón sacerdotal no sabía de discriminaciones. Era preciso llegar a todos, porque ‑como diría mil veces, exponiendo la doctrina del Apóstol ‑cada alma vale toda la sangre de Jesucristo.

En sus años de Madrid, soñaba también con llegar a los ambientes rurales. En 1935 había redactado unas notas sobre el trabajo apostólico que los socios del Opus Dei realizarían en el campo. A Joaquín Herreros Robles, Presidente del Comité de gestión nacional de las Escuelas Familiares Agrarias en Es­paña, se le grabó en el alma, años después, la pena del Fundador del Opus Dei por las precarias condiciones de vida que las familias rurales sufrían en multitud de sitios, de tantos países.

La idea de promoción profesional y humana, y de formación cristiana en el campo, que Mons. Escrivá de Balaguer acariciaba desde sus años mozos, cristalizaría con el tiempo en muchas actividades: unas, obras apostólicas promovidas por el Opus Dei, como la de Montefalco, en Morelos (México); otras, iniciativas personales de socios de la Obra, fruto de su afán de servir a los hombres y de su ilusión apostólica. Las Escuelas Familiares Agrarias fueron una respuesta personal de Joaquín Herreros y otros socios del Opus Dei atendiendo un deseo expreso del Fundador. En 1976 existen en España 36 Escuelas, impulsadas por multitud de personas, entusiastas y generosas, identificadas con la finalidad de las EFA: dar formación cristiana y hacer una promoción profesional, cultural y humana, en los ambientes rurales.

Joaquín Herreros visitó al Fundador del Opus Dei en Roma, en febrero de 1966, y le contó sus ilusiones, sus experiencias, sus proyectos. “Nos animó muy conmovido a llevarlas pronto adelan­te, pidiéndonos que, antes de nada, rezáramos mucho por toda aquella hermosa tarea que se adivinaba, y por la que él –añadía con un tono de inmenso cariño‑ hacía ya bastantes años que rezaba con mucha confianza en el Señor”.

Siete años después, estando en Pozoalbero (Jerez), trataron de que visitase alguna de las varias Escuelas que funcionan por el Sur de España. No le pareció oportuno, porque ‑como solía aclarar‑ sólo tenía un puchero, y no quería hacer distinciones con nadie. Quiero que vengan todos aquí, a Pozoalbero ‑les explicó‑ porque tienen formación suficiente para enterarse de todo, como los demás. “Me emocionó profundamente ‑comenta el Presidente de las EFA‑, la inmensa delicadeza y sensibilidad del Padre, al entender que una visita suya especial a las EFA, en aquella ocasión en que había ya organizadas tertulias para personas de toda clase y condición en Pozoalbero, pudiera interpretarse como una manera ‑por sencilla que fuese en apariencia‑ de hacerles una vez más de menos a los agricul­tores”.

Labor con campesinos, también hecha mirando a los ojos, de frente, porque todos somos iguales. Aquellos días de 1972, en Pozoalbero, no hacia una frase Mons. Escrivá de Balaguer cuando decía a Anastasio y a Pedro, que trabajaban en el jardín.

‑Qué estupendas tenéis todas estas plantas, todas estas flores… Vosotros, ¿qué pensáis: que vale más vuestro trabajo o el de un ministro?

Ellos se quedaron callados. Enseguida continuó:

‑Depende del amor de Dios que pongáis: si ponéis más Amor que un ministro, vale más vuestro trabajo.

Dos años antes, durante su estancia en Montefalco (Estado de Morelos, México), había hablado mucho, según recuerda un campesino de aquella tierra, Santiago Vázquez Álvarez, de la igualdad de los hijos de Dios, de la necesidad de casas más hu­manas e higiénicas, de estudio y formación profesional, de subir a los de abajo sin bajar a los de arriba. Las gentes de Morelos saben de peleas por una vida mejor. En la hacienda de Monte­falco quedan aún ruinas del tiempo de la revolución. En todo el Valle de Amilpas, viven hombres que conocieron y lucharon junto a Emiliano Zapata, y siguen en la pobreza. A Santiago Vázquez le pasmó el cariño del Fundador del Opus Dei, su preocupa­ción por el bienestar espiritual y material de las gentes de aquella tierra. Y piensa que, desde el cielo, “nos ayudará mejor, inter­cediendo ante Dios Nuestro Señor, para que nosotros sigamos haciendo realidad lo que él soñó”.

Caridad y valentía

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Las Hijas de la Caridad que trabajaron en el Hospital del Rey durante la difícil década de 1926 a 1936, recuerdan con enorme afecto la dedicación, la generosidad, la entrega de estos tres sacerdotes. Después de la muerte imprevista de don José María Somoano, el 16 de julio de 1932, don Lino Vea Murguía caerá fusilado en Madrid al comienzo de la guerra civil. Y solamente don Josemaría Escrivá de Balaguer sobrevivirá al riesgo de persecución y al trabajo agotador que se ha impuesto para cuidar a tantas almas que reclaman su atención sacerdotal.

Tanto la Superiora de la Comunidad como la Hermana encargada de la capilla y las que trabajan en las salas de enfermos infecciosos(4), le ven acudir a pie o en cualquiera de los escasos medios de locomoción habituales; siempre rápido, como quien tiene una importante misión que cumplir en los minutos de cada hora; a la vez, siempre con calma, entregando todo su tiempo a las personas que le reclaman. Muy joven aún, pero con madurez y gravedad en el comportamiento, buscando siempre la gloria de Dios, y valiente, muy valiente para trabajar, en su calidad de sacerdote, de un modo amable y enérgico ante las situaciones más contradictorias.

Los pacientes le esperan con auténtico cariño. Aquellos tuberculosos desahuciados, jóvenes en su mayoría, se confían a este sacerdote alegre que habla de la muerte como el comienzo de la Vida; que les invita a pasar de la esperanza de la tierra a la seguridad de Dios, con una sonrisa; bendiciendo el dolor que les hace hermanos, con mayor predilección, de Jesucristo.

Celebra con frecuencia la Santa Misa en el Hospital del Rey. A la Hermana sacristana le conmueve advertir que reza con particular devoción las oraciones de la Misa, que toma en sus manos con actitud de profunda adoración la Sagrada Eucaristía, que es capaz de revestirse y salir a ejercer su sagrado ministerio al jardín del Hospital, cuando las circunstancias políticas exigen casi ocultarse para rezar y pronunciar el nombre de Dios. Que continúa llegando, cada vez, con su traje talar, sin miedo a las pedradas ni a las represalias que pueden ocultarse tras los desmontes y el descampado que rodean el Hospital. Y que, al mismo tiempo, es capaz de mantener una esperanza que tiene su cimiento, su apoyo inconmovible, en la fe sobrenatural que Dios le otorga. No conocerá el desánimo ni en los últimos años de esta década, cuando todo parece desmoronarse. Su aliento para los enfermos, las Religiosas, los que colaboran en el Hospital y acuden a escuchar sus homilías, será constante.

Algunas veces celebra en una capilla improvisada en un salón de la Comunidad, donde se ha instalado un altar portátil. En el retablo preside la Virgen Milagrosa. Desde allí distribuirá la Comunión a los enfermos que lo solicitan. Jamás le ha retraído el contagio a que se expone frecuentando algunas salas. No tiene miedo a nadie ni a nada. Y los pacientes, que saben apreciar esta actitud, aceptan la enfermedad y la muerte con una entereza y alegría que dan ejemplo de devoción a quienes les rodean. Las monjas llegan a comentar que se lleva a los enfermos al Cielo «en palmitas», con aquel don y atractivo que sabe poner en las cosas de Dios.

La Hermana sacristana le secunda en cuidar todo cuanto se refiere al culto, aun cuando las circunstancias presentes no favorecen el mantener los objetos con la calidad y decoro necesarios. Porque, en medio de la actividad constante que desarrolla, don Josemaría no olvida estas pequeñas grandes cosas en las que se demuestra un detalle de amor con el Señor.

A lo largo de su vida, el Fundador del Opus Dei recordará que «la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas.

Estas son las ambiciones del Opus Dei, los medios humanos que pusimos: enfermos incurables, pobres abandonados, niños sin familia y sin cultura, hogares sin fuego y sin calor y sin amor»(5).

Y muchos de estos enfermos, conscientes de que aquel sacerdote se ha sentido llamado a una alta misión del cielo, y que necesita y valora su ayuda y su oración, se brindan a ofrecer el dolor como la mejor moneda de cambio que poseen para pagar las atenciones de don Josemaría Escrivá de Balaguer. Hay referencias históricas conmovedoras. Entre ellas, la de una mujer joven que ingresa en el Hospital del Rey en 1930. Su tuberculosis es avanzada e incurable. Conoce a don Josemaría y empieza a recorrer el camino sobrenatural que le brinda. Poco después, pide su admisión en el Opus Dei: María Ignacia García Escobar, reza y se adentra en el panorama de filiación divina: entiende que Dios puede estar escribiendo su mejor biografía con la enfermedad; que la necesita para completar con su dolor la Redención del mundo; y ve el amor, misterioso amor de Dios que a veces resulta difícil de aceptar, en el envés de la trama con que el Señor teje los acontecimientos del mundo. Todavía recuerdan sus hermanas, que la acompañaban, frases completas que don Josemaría repite a la enferma en sus momentos de mayor sufrimiento: «A veces puede parecernos que nos trata duramente; no podemos entender las dificultades o las penas que nos envía; pero tampoco el niño pequeño entiende por qué su madre no le deja que juegue con un cuchillo o que acaricie con sus deditos la llama de una vela; y menos entiende por qué, en determinadas circunstancias, le da unos buenos azotes. Sin embargo, todo es para bien»(6).

María Ignacia se agrava, y don Josemaría la visita con frecuencia. Llama por teléfono a las Hermanas de la sala preguntando por su estado. La asiste en su muerte, larga y dolorosa. Lee despacio, ante ese cuerpo llagado y consumido por la enfermedad, la recomendación del alma, con voz pausada, solicitando la ayuda de los grandes aliados de los hombres: los ángeles y los santos. Y preside, afectuosamente, su entierro en el cementerio de Chamartín de la Rosa. Cuando el féretro baja hasta el fondo de la fosa, toma un puñado de tierra, lo besa y lo deja caer sobre la caja que contiene los restos de una mujer generosa que ha comprendido la Obra de Dios y que le ha sabido ayudar con el mejor tesoro que se puede poseer en la tierra: el dolor ofrecido con Cristo. Es el 13 de septiembre de 1933(7).

Hospital de Carlos III, antiguo Hospital del Rey

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

10 de mayo de 2009

Opus Dei -

San Josemaría en el Hospital del Rey

San Josemaría acudió a este Hospital con mucha frecuencia para atender a los enfermos, tuberculosos en su mayoría. Les pedía que ofrecieran sus dolores al Señor, por una intención concreta: el Opus Dei. Esos dolores y sufrimientos, decía el Fundador, fueron los cimientos de la Obra de Dios.

Escribió en sus Apuntes el 2 de octubre de 1930, en el segundo aniversario de la Fundación del Opus Dei:

Vengo considerando -y lo pongo aquí, porque luego, leyéndolo, se graba más en mí y me hace bien- que los edificios materiales, en su construcción, tienen gran semejanza con los espirituales.

Y así como aquella veleta dorada del gran edificio, por mucho que brille y por alta que esté, no importa para la solidez de la obra, mientras, por el contrario, un viejo sillar oculto en los cimientos, bajo tierra, donde nadie lo ve, es de importancia capital para que no se derrumbe la casa…, aunque no brille como el pobre latón dorado allá arriba…

Así, en ese gran edificio, que se llama “la Obra de Dios” y que llenará todo el mundo, no hay que dar importancia a la veleta brillante. ¡Eso ya vendrá! Los cimientos: de ellos depende la solidez toda del conjunto.

Cimientos hondos, muy hondos y fuertes: los sillares de ese cimiento son la oración; la argamasa que unirá estos sillares tiene un nombre solamente: expiación. Orar y sufrir, con alegría. Ahondar mucho; pues, para un edificio gigante, se precisa una base gigante también.

Opus Dei - D. Jose María  Somoano

D. Jose María Somoano

El 2 de enero de 1932 el Fundador conoció aquí a José María Somoano, Capellán de la Enfermería de este Hospital. Escribía pocos días después:

El sábado, día dos de enero, fui al Hospital del Rey con Lino. Hablé con D. José Mª Somoano. No fue inútil la oración y la expiación. Yo, a consecuencia de la charla con D. Norberto en la mañana de ese día, andaba caído de fuerzas y estuve, por la tarde al charlar con Somoano, más premioso que de costumbre.

Ya pertenece este amigo a la Obra.

Le recomendé que se dirija por mi P. Sánchez. Me gustó mi tocayo: es un alma de Apóstol. Con D. Norberto rezamos el Te Deum.


San Josemaría ejerció su ministerio sacerdotal más intensamente en este lugar a partir de julio de 1932, tras la muerte santa de José María Somoano —probablemente envenenado por odio a la fe— en la Enfermería de este Hospital. Desde el exterior del Hospital puede contemplarse el Edificio de Enfermería, y los pabellones de Enfermos.

María Ignacia, enferma en el Hospital del rey

Opus Dei - María Ignacia  García Escobar

María Ignacia García Escobar

María Ignacia García Escobar, enferma de tuberculosis, una de las primeras mujeres del Opus Dei, ingresó en este Hospital el 22 de julio de 1930 y se alojó en el primer cuarto del segundo piso del tercer pabellón.

Pidió la admisión en el Opus Dei el 9 de abril de 1932 y murió santamente en este hospital el 13 de septiembre de 1933. La tumba donde fue enterrada, en el cementerio de Chamartín de la Rosa, desapareció durante la guerra civil española.

San Josemaría tras la muerte de José María Somoano

Escribe Váquez de Prada: “Murió Somoano la noche del sábado 16 de julio, después de dos días de agonía, envenenado. El lunes se le enterró; y don Josemaría, que tantas esperanzas había puesto en esta vocación, la ofreció al Señor. Había muerto mártir, envenenado por odio al sacerdocio. Al regreso del entierro anotó en sus Apuntes:

Opus Dei -

Día 18 de julio de 1932: El Señor se ha llevado a uno de los nuestros:

José María Somoano, sacerdote admirable

Murió, víctima de la caridad, en el Hospital del Rey (de donde ha sido Capellán hasta el fin, a pesar de todas las furias laicas) en la noche de la fiesta de N. Sra. del Carmen —de quien era devotísimo, vistiendo su santo escapulario—, y, como esta fiesta se celebró en sábado, es seguro que esa misma noche gozaría de Dios. Hermosa alma [...].

Su vida de celo le hizo ganarse las simpatías de cuantos convivieron con él. Se le enterró esta mañana [...]. Hoy, de buena gana, le he dado a Jesús ese socio.

—Está con El y será una gran ayuda. Tenía puestas muchas esperanzas en su carácter, recto y enérgico: Dios lo ha querido para El: bendito sea.

San Josemaría se sintió impulsado a cubrir la baja que la muerte del capellán había ocasionado. «Por esa época —refiere sor Engracia— nos quedamos sin capellán y en esas circunstancias, se presentó ante mí D. Josemaría Escrivá de Balaguer, por entonces era un joven sacerdote que apenas contaría con treinta años de edad, y me dijo que no me apurase por no tener ya Capellán oficial. Que de noche y de día, y a cualquier hora que fuese, y bajo mi responsabilidad, debía llamarle según fuera la gravedad del enfermo que pedía los Santos Sacramentos».

El capellán de Santa Isabel tuvo que hacer un hueco en su horario, que ya era bastante más que apretado. Cruzaba todo Madrid, de sur a norte, de Atocha a Fuencarral, y se llegaba a campo través hasta el Hospital. Aparecía allí todos los martes, para confesar enfermos. Pero, al aumentar los penitentes y alargarse las visitas, se vio obligado a ir a confesar también los sábados.

Opus Dei - Pabellón de  Enfermos del Hospital

Pabellón de Enfermos del Hospital

Los enfermos aguardaban con verdadera ansia la aparición del joven sacerdote. Esperaban de él una palabra de aliento, un gesto, una simple sonrisa que encendiera por dentro. «Cuando venía a confesar y ayudar, con su palabra y su orientación, a nuestros enfermos —cuenta sor María Jesús— les he visto esperarle con alegría y esperanza. Les he visto aceptar el dolor y la muerte con un fervor y una entrega, que daban devoción a quienes les rodeábamos».

«Los enfermos que morían en el Hospital no tenían miedo a la muerte —asegura sor Isabel—. La miraban cara a cara y hasta la recibían con alegría». Y recuerda la monja el caso de una chica enferma, cuya única consolación era mirar y remirar el retrato de su novio, que tenía encima de la mesilla de noche. Le habló don Josemaría, y le infundió tal consuelo, que no se preocupó más del retrato y «murió muy santamente».

Casi todos los domingos y días festivos celebraba misa para todo el hospital; y predicaba la homilía. Si hacía buen tiempo, se decía la misa en el jardín, al aire libre, aunque la situación política no estaba como para hacer manifestaciones de carácter litúrgico.

Opus Dei - Sala de  enfermos del Hospital

Sala de enfermos del Hospital

El joven sacerdote no se encogía ante el peligro. «Cuando yo le conocí —aclara sobre este punto la Superiora, sor Engracia—, era joven, pero era ya muy sensato, muy serio y muy valiente». Por su aspecto e indumentaria daba testimonio de su condición, vistiendo siempre de sotana.

Existía, sin embargo, en el ambiente un desafío continuo al sacerdote, como se desprende del modo en que sobrevino la muerte de Somoano y de las palabras, claras y lacónicas, de sor Engracia: «Nuestro Hospital estaba entonces distante de la ciudad. Había oposición al clero por parte de la mayoría de las personas que trabajaban allí. Y D. Josemaría tuvo siempre una actitud serena pero enérgica. Se veía, desde entonces, que valía para gobernar. Era un hombre con gran serenidad para todo».

El llegar hasta el Hospital del Rey, por entre descampados, en hábito religioso o clerical, era exponerse a insultos y pedradas. («A nosotras —dice de pasada sor María Jesús— nos apedreaban frecuentemente». No tratarían a don Josemaría con más afecto). Y luego, dentro del hospital, el sacerdote estaba expuesto al contagio de los enfermos infecciosos.

Para confesar en aquellas salas comunes era preciso estar con el oído pegado cerca de la almohada, sufriendo el estertor cargado de los moribundos, y los esputos y las toses de los tuberculosos.”


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