Yo los pasearía un poco…

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Conocía los fuertes desequilibrios económicos y sociales de algunos países que recorría en su siembra de doctrina, y ante determinados panoramas de pobreza y marginación, recordaba a los que le escuchaban las exigencias del compromiso cristiano con toda su radicalidad, previniéndoles ante una falsa espiritualidad, individualista e indiferente a la suerte de los demás.

Se comprende muy bien —escribió en su libro de homilías Es Cristo que pasala impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes con un alma naturalmente cristiana, no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar.

Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como número de una estadística. Comprendo y comparto esa impaciencia, que me impulsa a mirar a Cristo, que continúa invitándonos a que pongamos en práctica ese mandamiento nuevo del amor.

En Brasil —comentó, durante un encuentro de catequesis— hay mucho que hacer, porque hay gente necesitada de lo más elemental. No sólo de instrucción religiosa —hay tantos sin bautizar—, sino también de elementos de cultura corriente. Los hemos de promover de tal manera que no haya nadie sin trabajo, que no haya un anciano que se preocupe porque está mal asistido, que no haya un enfermo que se encuentre abandonado, que no haya nadie con hambre de sed y de justicia, y que no sepa el valor del sufrimiento.

A los que podían ayudar especialmente a los menos favorecidas desde el punto de vista económico, les insistía: Hay que intensificar las labores con obreros y campesinos. Hemos de ayudarles, con calor humano y afecto sobrenatural, a que adquieran la cultura necesaria para que puedan sacar de su trabajo más fruto material, y lleguen a mantener la familia con mayor desahogo y dignidad. Para eso no hay que hundir a los que están arriba; pero no es justo que haya familias que estén siempre abajo.

Yo los pasearía un poco… —le dijo a un venezolano, que le pidió un consejo para educar a sus hijos— por esos barrios que hay alrededor de la gran ciudad de Caracas (…) para que vieran las chabolas, unas encima de otras. (…) Que sepan que el dinero lo tienen que aprovechar bien; que han de saberlo administrar, de modo que todos participen de alguna manera de los bienes de la tierra. Porque es muy fácil decir: yo soy muy bueno, si no se ha pasado ninguna necesidad.

Un amigo, hombre de mucho dinero, me decía una vez: yo no sé si soy bueno, porque nunca he tenido a mi mujer enferma, encontrándome sin trabajo y sin un céntimo; no he tenido a mis hijos debilitados por el hambre, estando sin trabajo y sin un céntimo; no me he encontrado en medio de la calle, tendido y sin un cobijo… No sé si soy un hombre honrado: ¿qué habría hecho yo, si me hubiera sucedido todo eso?

Mirad, hemos de procurar que no le pase a nadie; hay que habilitar a la gente para que, con su trabajo, pueda asegurarse un bienestar mínimo, estar tranquilos en la vejez y en la enfermedad, cuidar de la educación de los hijos, y tantas otras cosas necesarias. Nada de los demás puede resultarnos indiferente y, desde nuestro sitio, hemos de procurar que se fomente la caridad y la justicia.

Kinkala acoge la primera iglesia dedicada a San Josemaría en África

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Bajo un techado de palmeras y sentados en bancos de bambú, los vecinos del poblado congoleño de Nkama-Bangala (“500 bastones”, en idioma lari) han celebrado con alegría la bendición de la primera iglesia dedicada a San Josemaría en África.

Opus Dei - La iglesia San  Josemaría, con algunos de los parroquianos y el Nuncio Apostólico del  Congo-Brazzaville y de Gabón.

La iglesia San Josemaría, con algunos de los parroquianos y el Nuncio Apostólico del Congo-Brazzaville y de Gabón.

La ceremonia fue presidida por el Nuncio Apostólico del Congo-Brazzaville y de Gabón, monseñor Andrés Carrascosa; y concelebrada por monseñor Portella, obispo de Kinkala; monseñor André Minzonzo, obispo de Nkay; y muchos otros sacerdotes de la diócesis de Kinkala, donde se encuentra la nueva iglesia.

El origen de este templo se remonta 4 años atrás, cuando el Papa Juan Pablo II convocó el Año de la Eucaristía.

Opus Dei - Los feligreses  se vistieron con sus trajes de fiesta para la ceremonia.

Los feligreses se vistieron con sus trajes de fiesta para la ceremonia.

Para favorecer la devoción eucarística, las alumnas del Colegio Orvalle, una obra corporativa del Opus Dei en Madrid, hicieron una campaña de recogida de fondos.

Cuando el Nuncio les contó las dificultades de esta diócesis de Kinkala, motivadas por la guerra que azotaba esta parte del Congo (destrucción de colegios, infraestructuras, iglesias, etc.) las alumnas decidieron dedicar ese dinero a la construcción de un templo.

Opus Dei - Muchas  feligresas devotas de san Josemaría se pusieron un vestido con la imagen  del santo.

Muchas feligresas devotas de san Josemaría se pusieron un vestido con la imagen del santo.

Según monseñor Carrascosa, en medio de las dificultades, el pueblo congoleño agradecería más que nada tener una iglesia donde rezar. Lo que al principio parecía un sueño, se ha hecho realidad.

Opus Dei - El Nuncio  bendijo la estatua dedicada a San Josemaría.

El Nuncio bendijo la estatua dedicada a San Josemaría.

La iglesia, sencilla y bonita, ha sido construida con la colaboración de los habitantes de la zona. El párroco, Bienvenu Manamika, pidió a los parroquianos que le trajeran piedras, tadi; los albañiles se pusieron a trabajar y poco a poco levantaron los muros; algunos seminaristas de Kinkala, durante sus vacaciones, se convirtieron en expertos pintores.

Opus Dei - Los tres  obispos, en la fiesta posterior a la inauguración.

Los tres obispos, en la fiesta posterior a la inauguración. “La iglesia de San Josemaria, fruto del trabajo de todos, es el signo de que juntos podemos vivir en paz”, dijo el Nuncio.

Pocos días antes de la inauguración, terminaron de pintar los muros exteriores. Gracias a la ayuda de otro colegio español -el Grazalema, del Puerto de Santamaría-, se ha podido instalar una estatua a San Josemaría en el interior de la Iglesia.

Opus Dei - El momento de  las ofrendas. Todos los vecinos de Nkama-Bangala han contribuido para la  construcción del templo.
El momento de las ofrendas. Todos los vecinos de Nkama-Bangala han contribuido para la construcción del templo.

Muchos fieles han dedicado tres días a limpiar y adecentar los alrededores de la Iglesia antes de la ceremonia de inauguración. Con hojas de palmera, mandalala, cubrieron el lugar bajo el cual los fieles se sentaron en bancos de bambú. Acudieron a la primera misa representantes de la Salvation Army y de la Iglesia Evangélica.

Opus Dei - En una tierra  que necesita la paz, la fe es muy importante.

En una tierra que necesita la paz, la fe es muy importante.

El Nuncio, en su homilía, animó a los fieles, varios centenares, a convertirse en templos vivos donde el Señor pueda sentirse a gusto. “La iglesia de San Josemaria, fruto del trabajo de todos, es el signo de que juntos podemos vivir en paz”.

El vicario del Opus Dei en el Congo añadió algunas palabras y se refirió al amor de San Josemaría Escrivá por el continente africano.

Opus Dei - El templo está  construido con materiales sencillos y con la ayuda de niñas de dos  colegios españoles.

El templo está construido con materiales sencillos y con la ayuda de niñas de dos colegios españoles.

Tras la misa, toda la población celebró la inauguración con cantos tradicionales y un festín preparado por las mujeres del lugar. Cada familia regresó a su casa con una estampa de San Josemaría en lari, la lengua local.

Homilía en la Beatificación de Josemaría Escrivá

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Texto de la homilía del Papa Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro durante la Beatificación de Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei.

Opus Dei -

1. “Es necesario pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hech 14, 22).

A los dos discípulos que iban por el camino a Emaús, Jesús les dice: «¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?» (Lc 24, 26).

En la primera Lectura hemos visto a los apóstoles Pablo y Bernabé «confirmando las almas de los discípulos, exhortándoles a permanecer en la fe» (cfr Hech 14, 22). Ellos anuncian la misma verdad de que había hablado Cristo en el camino a Emaús; una verdad que su vida y su muerte habían confirmado: «Es necesario pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios.» Por muchas generaciones a lo largo de los siglos, los discípulos de Cristo, crucificado y resucitado, abrazan el mismo camino que el Señor les había indicado. «Os he dado ejemplo» (Jn 13, 15).

2. Hoy se nos ofrece la ocasión de fijar una vez más nuestra mirada en esta vía de salvación: el camino hacia la santidad, y reflexionar sobre las figuras de dos personas que, de ahora en adelante, llamaremos Beatas: Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, Fundador del Opus DeI, y Josefina Bakhita, Hija de la Caridad, Canosiana.

La Iglesia desea servir y profesar la verdad completa sobre Cristo, ella quiere ser dispensadora del misterio completo de su Redentor. Si la vía hacia el reino de Dios pasa por muchas tribulaciones, entonces, al final del camino se encontrará también la participación en la gloria: la gloria que Cristo nos ha revelado en su Resurrección.

La medida de dicha gloria nos viene dada por la nueva Jerusalén, anunciada por las palabras inspiradas del Apocalipsis de San Juan: «Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos» (Apoc 21, 3).

«Ahora hago el universo nuevo» (Apoc 21, 5), dice el Señor glorioso. El camino hacia la «novedad» definitiva de todo lo creado pasa obligatoriamente aquí en la tierra por el mandamiento nuevo: «Que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 13, 34).

Este mandamiento nuevo ocupó el centro de la vida de dos hijos ejemplares de la Iglesia, que hoy, en la alegría pascual, son proclamados Beatos.

3. Josemaría Escrivá de Balaguer, nacido en el seno de una familia profundamente cristiana, ya en la adolescencia percibió la llamada de Dios a una vida de mayor entrega. Pocos años después de ser ordenado sacerdote dio inicio a la misión fundacional a la que dedicaría 47 años de amorosa e infatigable solicitud en favor de los sacerdotes y laicos de lo que hoy es la Prelatura del Opus Dei.

La vida espiritual y apostólica del nuevo Beato estuvo fundamentada en saberse, por la fe, hijo de Dios en Cristo. De esta fe se alimentaba su amor al Señor, su ímpetu evangelizador, su alegría constante, incluso en las grandes pruebas y dificultades que hubo de superar. «Tener la cruz es encontrar la felicidad, la alegría nos dice en una de sus Meditaciones tener la cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y, por eso, ser hijo de Dios.»

Con sobrenatural intuición, el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación (cfr. Dominum et vivificantem, 50). En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo Beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. «Todas las cosas de la tierra enseñaba , también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios» (Carta del 19 de marzo de 1954).

«Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi Rey.» Esta aclamación que hemos hecho en el salmo responsorial es como el compendio de la vida espiritual del Beato Josemaría. Su gran amor a Cristo, por quien se siente fascinado, le lleva a consagrarse para siempre a Él y a participar en el misterio de su Pasión y Resurrección. Al mismo tiempo, su amor filial a la Virgen María le inclina a imitar sus virtudes. «Bendeciré tu nombre por siempre jamás»: he aquí el himno que brotaba espontáneamente de su alma y que le impulsaba a ofrecer a Dios todo lo suyo y cuanto le rodeaba. En efecto, su vida se reviste de humanismo cristiano con el sello inconfundible de la bondad, la mansedumbre de corazón, el sufrimiento escondido con el que Dios purifica y santifica a sus elegidos.

4. La actualidad y transcendencia de su mensaje espiritual, profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes, como lo muestra también la fecundidad con la que Dios ha bendecido la vida y obra de Josemaría Escrivá. Su tierra natal, España, se honra con este hijo suyo, sacerdote ejemplar, que supo abrir nuevos horizontes apostólicos a la acción misionera y evangelizadora. Que esta gozosa celebración sea ocasión propicia que aliente a todos los miembros de la Prelatura del Opus Dei a una mayor entrega, en su respuesta a la llamada a la santificación y a una más generosa participación en la vida eclesial, siendo siempre testigos de los genuinos valores evangélicos, lo cual se traduzca en un ilusionado dinamismo apostólico, con particular atención hacia los más pobres y necesitados.

5. En la Beata Josefina Bakhita encontramos también un testimonio eminente del amor paternal de Dios y un signo esplendoroso de la perenne actualidad de las bienaventuranzas. Nacida en el Sudán, en 1869, raptada por negreros cuando aún era niña y vendida varias veces en los mercados africanos, conoció las atrocidades de una esclavitud que dejó en su cuerpo señales profundas de la crueldad humana. A pesar de estas experiencias de dolor, su inocencia permaneció íntegra, llena de esperanza. «Siendo esclava nunca me he desesperado decía , porque en mi interior sentía una fuerza misteriosa que me sostenía.» El nombre Bakhita como la habían llamado sus secuestradores significa Afortunada, y así fue efectivamente, gracias al Dios de todo consuelo, que la llevaba siempre como de la mano y caminaba junto a ella.

Llegada a Venecia por los caminos misteriosos de la divina Providencia, Bakhita se abrió muy pronto a la gracia. El Bautismo y, después de algunos años, la profesión religiosa entre las hermanas Canosianas, que la habían acogido e instruido, fueron la consecuencia lógica del descubrimiento del tesoro evangélico, para lo cual sacrificó todo, incluso el regreso ya siendo libre, a su tierra natal. Como Magdalena de Canosa, ella también quería vivir sólo para Dios, y con constancia heroica emprendió humilde y confiadamente el camino de la fidelidad al amor más grande. Su fe era firme, transparente, fervorosa. «Sabéis qué gran alegría da conocer a Dios», solía repetir.

6. La nueva Beata transcurrió 51 años de vida religiosa Canosiana dejándose guiar por la obediencia en un compromiso cotidiano, humilde y escondido, pero rico de genuina caridad y de oración. Los habitantes de Schio, donde residió casi todo el tiempo, muy pronto descubrieron en su «madre morenita» así la llamaban una humanidad rica en el dar, una fuerza interior no común que arrastraba. Su vida se consumó en una incesante oración con intención misionera, en una fidelidad humilde y heroica por su caridad, que le consintió vivir la libertad de los hijos de Dios y promoverla a su alrededor.

En nuestro tiempo, en que el recurso desenfrenado al poder, al dinero y al placer causa tanta desconfianza, violencia y soledad, el Señor nos presenta a sor Bakhita como hermana universal, para que nos revele el secreto de la felicidad más auténtica: las bienaventuranzas.

El suyo es un mensaje de bondad heroica a imagen de la bondad del Padre celestial. Ella nos ha dejado un testimonio de reconciliación y de perdón evangélico, que llevará ciertamente consuelo a los cristianos de su patria, Sudán, tan duramente probados por un conflicto que dura desde hace muchos años y que ha provocado tantas víctimas. Su fidelidad y su esperanza son motivo de orgullo y de acción de gracias para toda la Iglesia. En este momento de grandes tribulaciones, sor Bakhita les precede por el camino de la imitación de Cristo, de la intensificación de la vida cristiana y de la adhesión inquebrantable a la Iglesia. Al mismo tiempo, deseo una vez más dirigir una cálida exhortación a los responsables de la situación del Sudán, a fin de que lleven a término los ideales afirmados de paz y concordia; a fin de que el respeto de los derechos fundamentales del hombre y en primer lugar el derecho a la libertad religiosa sea garantizado para todos, sin discriminaciones étnicas o religiosas.

Preocupa enormemente la situación de cientos de miles de prófugos de las regiones meridionales, forzados por la guerra a abandonar casa y trabajo; recientemente han sido obligados a dejar también los campos, donde habían encontrado una cierta forma de asistencia, y han sido deportados a lugares desérticos e incluso se ha impedido el paso libre a los convoyes de ayudas de los organismos internacionales. Su situación es trágica y no puede dejarnos insensibles.

Exhorto vivamente a los organismos internacionales de asistencia que sigan enviando su ayuda benévola, necesaria y urgente.

Al saludar a la delegación de la iglesia del Sudán, presente en esta celebración, dirijo mi afectuoso recuerdo, junto con mi plegaria, a toda la Iglesia de aquel país: a los Obispos, al clero diocesano y misionero, a los laicos comprometidos en la pastoral, y también a los catequistas, colaboradores generosos y necesarios para la propagación de la verdad, de la palabra y del amor de Dios. Las poblaciones del Sudán siempre están presentes en mi corazón y en mis plegarias: las encomiendo a la intercesión de la nueva Beata Josefina Bakhita.

7. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os améis unos a otros» (Jn 13, 34-35). Con estas palabras de Jesús concluye el Evangelio de la Misa de hoy. En esta frase evangélica encontramos la síntesis de toda santidad; la santidad que han alcanzado, por caminos diversos pero convergentes en la misma y única meta, Josemaría Escrivá de Balaguer y Josefina Bakhita. Ellos han amado a Dios con toda la fuerza de su corazón y han dado prueba de una caridad que ha llegado hasta el heroísmo mediante las obras de servicio a los hombres, sus hermanos. Por eso la Iglesia los eleva hoy al honor de los altares y los presenta como ejemplos en la imitación de Cristo, que nos ha amado y se ha dado a Sí mismo por cada uno de nosotros (cfr Gal. 2, 20).

8. «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él» (Jn 13, 31): el misterio pascual de la gloria.

Por medio del Hijo del hombre esta gloria se extiende a todo lo visible y lo invisible: «Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado» (Ps 144, 10-11).

Dice el Hijo del hombre: «¿No era necesario que… soportase estos sufrimientos para entrar en su gloria?» Estos son los que de generación en generación han seguido a Cristo: «A través de muchas tribulaciones, ellos han entrado en el reino de Dios.»

«Tu reinado es un reinado perpetuo» (Ps 144, 13). Amén.

Homilía del Papa Juan Pablo II en la canonización de Josemaría Escrivá

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Homilía del santo padre Juan Pablo II en la misa de canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer. “Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica” ha dicho el Papa a los asistentes de más de 80 países presentes en la Plaza de San Pedro.

Opus Dei -

1. “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8,14). Estas palabras del apóstol Pablo que acaban de resonar en nuestra asamblea, nos ayudan a comprender mejor el significativo mensaje de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, que celebramos hoy. Él se dejó guiar dócilmente por el Espíritu, convencido de que sólo así se puede cumplir plenamente la voluntad de Dios.

Esta verdad cristiana fundamental era un tema recurrente de su predicación. En efecto, no dejaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para hacer que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios y la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia “santa y llena de Dios”. “A ese Dios invisible —escribió—, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales” (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 114).

También hoy esta enseñanza suya es actual y urgente. El creyente, en virtud del bautismo, que lo incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una relación ininterrumpida y vital.

Opus Dei -

2. “Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase” (Gn 2, 15). El libro del Génesis, como hemos escuchado en la primera lectura, nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la ‘labrase’ y ‘cuidase’. Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.

“La vida habitual de un cristiano que tiene fe – solía afirmar Josemaría Escrivá -, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente” (Meditaciones, 3 de marzo de 1954). Esta visión sobrenatural de la existencia abre un horizonte extraordinariamente rico de perspectivas salvíficas, porque, también en el contexto sólo aparentemente monótono del normal acontecer terreno, Dios se hace cercano a nosotros y nosotros podemos cooperar a su plan de salvación. Por tanto, se comprende más fácilmente, lo que afirma el concilio Vaticano II, esto es, que “el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo [...], sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber” (Gaudium et spes, 34).

3. Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el santo fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.

Opus Dei -

Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis “sal de la tierra” (cf. Mt 5, 13) y brillará “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt., 5, 16).

4. Ciertamente, no faltan incomprensiones y dificultades para quien intenta servir con fidelidad la causa del Evangelio. El Señor purifica y modela con la fuerza misteriosa de la Cruz a cuantos llama a seguirlo; pero en la Cruz – repetía el nuevo Santo – encontramos luz, paz y gozo: Lux in Cruce, requies in Cruce, gaudium in Cruce!

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Desde que el 7 de agosto de 1931, durante la celebración de la santa misa, resonaron en su alma las palabras de Jesús: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32), Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes. Acogió entonces sin vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro y que hace poco ha resonado en esta plaza: “Duc in altum!”. Lo transmitió a toda su familia espiritual, para que ofreciese a la Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico. Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros. “Rema mar adentro – nos dice el divino Maestro – y echad las redes para la pesca” (Lc 5, 4).

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5. Pero para cumplir una misión tan ardua hace falta un incesante crecimiento interior alimentado por la oración. San Josemaría fue un maestro en la práctica de la oración, que consideraba una extraordinaria “arma” para redimir el mundo. Aconsejaba siempre: “Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en «tercer lugar», acción” (Camino, 82). No es una paradoja, sino una verdad perenne: la fecundidad del apostolado reside, ante todo, en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Éste es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos.

Que el Señor os ayude, queridísimos hermanos y hermanas, a acoger esta exigente herencia ascética y evangelizadora. Os sostenga María, a quien el santo fundador invocaba como Spes nostra, Sedes Sapientiae, Ancilla Domini.

Que la Virgen haga de cada uno un testigo auténtico del Evangelio, dispuesto a dar en todo lugar una generosa contribución a la construcción del reino de Cristo. Que nos estimulen el ejemplo y las enseñanzas de san Josemaría para que, al final de nuestro peregrinar terreno, participemos también nosotros en la herencia bienaventurada del cielo. Allí, juntamente con los ángeles y con todos los santos, contemplaremos el rostro de Dios, y cantaremos su gloria por toda la eternidad.

Canonización de San Josemaría

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Ante miles de fieles de todos los continentes, el 6 de octubre de 2002 Juan Pablo II proclamó santo a Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei.

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Bula de la canonización.
Homilía de Juan Pablo II (6-X-2002).
Artículo del cardenal Joseph Ratzinger.

Otros documentos
Homilía en la beatificación (17 de mayo de 1992).
Artículo del cardenal Albino Luciani.

Homilía completa de la Jornada Mariana de la Familia.

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Queridas familias, tened la gozosa certeza de que esto es así: sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. El Señor espera a nuestra fidelidad –unida a la de tantos otros– para iluminar este mundo, el Señor cuenta con vosotros –en palabras de san Josemaría– “para ahogar el mal en abundancia de bien” y para llevar de nuevo al mundo el mensaje salvador de su Evangelio.

Queridísimas familias:

Un año más he de agradecer al Señor el regalo de poder celebrar esta XV Jornada Mariana de la Familia, con todos vosotros, venidos a este Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad desde tantos puntos de España y desde algunos países vecinos.

Estamos aquí –en “la casa de la Virgen” y envueltos en el entrañable recuerdo de san Josemaría Escrivá de Balaguer– como testigos del Evangelio de la familia y de la vida.

Estamos aquí con la gracia del Espíritu Santo para glorificar a Dios Padre por medio de Cristo, que renueva en la Santa Misa su Sacrificio redentor. Él es el Señor del cielo y de la tierra y actúa sin cesar en la historia humana por medio de la Iglesia, de la que formamos parte. En el salmo responsorial hemos ensalzado al Señor, con palabras de María, por sus “grandezas” en favor de los hombres . La mayor de todas ellas es, ciertamente, la Encarnación del Hijo de Dios. Jesucristo, que se hace realmente presente en la Eucaristía: sacramento de su Cuerpo y su Sangre, que se nos dan como pan de vida y bebida de salvación “para que formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu”; es decir, para que en medio del mundo “lleguemos a ser santos y fermento eficaz de santidad”.

Hoy nos encontramos en Torreciudad para avivar en nosotros estas certezas de fe y para proclamar que el matrimonio es también “sacramentum magnum” : signo eficaz de la presencia del Señor en el mundo y manifestación del amor indefectible con que Cristo ama a su Iglesia y la hace fecunda. Hemos venido a reafirmar, con el Papa Juan Pablo II, que “en la visión cristiana del matrimonio, la relación entre un hombre y una mujer –relación recíproca y total, única e indivisible– responde al proyecto primitivo de Dios”; un proyecto a menudo “ofuscado en la historia por la ‘dureza de corazón’, pero que Cristo ha venido a restaurar en su esplendor originario, revelando lo que Dios ha querido ‘desde el principio’” para bien de la criatura.

Sí, hermanas y hermanos, hijas e hijos míos: celebramos esta XV Jornada Mariana de la Familia como expresión inequívoca de nuestro compromiso de “proponer con fidelidad la verdad sobre el matrimonio y la familia” , tal como la hemos recibido de Dios. A través de su Vicario en la tierra, el Señor nos convoca para vivificar la sociedad con las enseñanzas perennes de la Iglesia, pues “son muchos los factores culturales, sociales y políticos que contribuyen a provocar una crisis cada vez más evidente de la familia”, y que a veces llegan a desvirtuar “la idea misma de la familia” .

No se trata de lamentarse. Pero –como han puntualizado expresamente Juan Pablo II y los Obispos de España– bien a la vista están los signos de ese oscurecimiento de la dignidad del hombre y de la santidad del matrimonio en las conciencias de tantos conciudadanos nuestros.

Ante una situación semejante, que puede afectar a millones de personas de España y del mundo, el lema escogido para la Jornada de este año es especialmente significativo: “la familia cristiana, esperanza del mundo”.

Queridas familias, tened la gozosa certeza de que esto es así: sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. El Señor espera a nuestra fidelidad –unida a la de tantos otros– para iluminar este mundo, el Señor cuenta con vosotros –en palabras de san Josemaría– “para ahogar el mal en abundancia de bien” y para llevar de nuevo al mundo el mensaje salvador de su Evangelio.

No nos sentimos los cristianos mejores que los otros, ni más virtuosos. Pero –hoy, como siempre– estamos llamados por la gracia de Dios a ser sal y luz del mundo, fermento de la sociedad y, por tanto, a revitalizar con el amor y la verdad de Cristo los ambientes culturales y sociales. El Señor nos urge día a día a ser ejemplo para muchos que vacilan, a mostrarles la belleza y el atractivo de nuestra fe, el sentido divino del amor humano y, en consecuencia, del matrimonio fiel e indisoluble, la grandeza de la vocación matrimonial como camino de santidad, el gozo de la maternidad y de la paternidad como participación en la paternidad y maternidad de Dios, mediante las que Él enriquece y hace crecer a la familia humana. Y cuando Dios no envía hijos a un matrimonio que los desea vivamente, éste es otro modo de bendecir, para que estén especialmente abiertos a una paternidad y maternidad espiritual muy amplia.

No es éste –decía– momento para las lamentaciones, sino para la afirmación gozosa de la fe, para un compromiso apostólico constante y rebosante de optimismo. “Alégrate hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti”, hemos escuchado en la primera Lectura. Esta profecía de Zacarías, que anuncia la salvación del género humano, se cumplió en un recóndito hogar de Nazaret, iluminado por Cristo y por la vida santamente ordinaria de María y de José. Y Él convirtió ese hogar –su hogar en la tierra– en modelo para todas las familias de todos los tiempos. Modelo de amor fiel, casto y fecundo, con una fecundidad espiritual que se extiende a todas las generaciones. “Alégrate hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti”, repite hoy el Señor, recordándonos que quiere “habitar” también en nosotros y en todos los hogares para extender su misericordia a los fieles “de generación en generación” .

Por eso os invito, con Juan Pablo II, a no cerrar a Cristo las puertas de vuestra vida y de vuestro hogar. ¡Abridlas de par en par! Dejad que entre en vuestras almas y en vuestras casas la Luz que disipa todas las tinieblas . Secundad la “luminaria de la fe y del Amor” , que nos habilita para dartestimonio cabal de la verdad sobre el matrimonio y la familia: sobre su unidad e indisolubilidad; sobre el auténtico amor de los esposos, abierto siempre a la vida –no tengáis miedo a la llegada de otros hijos-; sobre la mutua fidelidad en las tristezas y alegrías; sobre la generosidad y la delicadeza en el trato; sobre el olvido de sí, sobre la dedicación a los hijos y al servicio a la sociedad… Acoged en vosotros la Luz divina, para que ese cúmulo de realidades –casi siempre ordinarias y aparentemente sin esplendor– que configuran la vida matrimonial y familiar, brillen en vuestro hogar con todo su relieve humano y sobrenatural y lo conviertan en una verdadera “iglesia doméstica”: en cauce de santidad y apostolado.

San Josemaría os ayudará a profundizar y hacer vida estas enseñanzas perennes sobre la familia. Su predicación está llena de ejemplos que rezuman sentido cristiano y sentido común, válidos para todas las épocas. No me resisto a transcribiros alguna de sus espontáneas consideraciones:“A los que estéis casados os felicito; pero os digo que no agostéis el amor, que procuréis ser siempre jóvenes, que os guardéis enteramente el uno para el otro, que lleguéis a quereros tanto que améis los defectos del consorte, siempre que no sean una ofensa a Dios”.

Y, en otra ocasión, a un padre de familia le aconsejaba: “quiere mucho a tu mujer, con toda el alma: procura educar bien a los hijos; procura trabajar para ellos, por agradar a Dios y por hacer un bien a la Patria. Si lo haces así, merecerás ser llamado hombre leal y hombre cristiano. No hay ninguna contradicción entre esos dos deberes, porque se funden en uno solo, como se unen los distintos cabos de una cuerda que, entrelazados, forman una maroma”.

”¿De dónde a mi tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme?”. Sí, queridos hermanos y hermanas e hijos míos, también nosotros, como santa Isabel, debemos admirarnos de que Nuestra Madre nos traiga a su Hijo. Porque a pesar de nuestras debilidades, errores y pecados, El ha bajado al mundo para salvarnos, “para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción” de modo que “ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios”.

Nuestra herencia es Cristo mismo y el Reino de santidad y de gracia que Él instauró con su venida al mundo. Abocados a las fuentes de esa gracia –especialmente, los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, junto a la oración–, y esforzándonos por adquirir la formación necesaria para “dar razón de nuestra esperanza”, cada uno de vuestros hogares vendrá a ser foco irradiador de caridad, de verdad y de paz en medio del mundo; cuna de hijos de Dios; semillero de vocaciones para el seguimiento de Cristo y para el servicio de la Iglesia en el celibato apostólico; tronco de nuevas familias cristianas que transmitan la vida y la fe a nuevas generaciones.

Permaneciendo siempre cerca del Señor, Él os concederá una “descarada carga apostólica”, repleta de comprensión y eficacia, para acometer la inmensa tarea de la nueva evangelización de las familias que la Iglesia debe llevar a cabo. Uno a uno, familia a familia, llegaréis a miles de personas y hogares y les mostraréis la grandeza humana y sobrenatural de la vocación matrimonial.

Recemos y hagamos rezar por estos aspectos esenciales del amor humano, el matrimonio y la familia. A la vez, cada uno también debe considerar cómo puede influir positivamente en el ambiente en que se mueve mediante un apostolado capilar de amistad y confidencia –¡es otro modo de rezar!–; y, además difundamos ideas positivas, claras en la doctrina, y siempre serenas, con respeto a las personas que piensen de modo distinto porque la firmeza no está reñida con la caridad.

Del deseo de defender el matrimonio y la familia nace también el amor al propio país, al que amamos como buenos ciudadanos. Este derecho y deber no se limita al ámbito estrictamente religioso o espiritual, porque como conocéis, la familia, “comunidad de vida y de amor”, es la célula básica y esencial de la sociedad; y, protegiéndola, hacéis un gran bien a vuestro pueblo y ayudáis a que los gobernantes y los dirigentes sociales tengan en cuenta –no deben ignorarlos– los deseos legítimos de sus ciudadanos, a los que han servir honestamente, en la búsqueda sincera del bien común que legitima la autoridad.

Terminamos invocando de nuevo a la Virgen Santa de Torreciudad. Sub tumm præsidium confúgimus… “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades”. Tennos de tu mano, Virgen bendita; intercede ante Dios por nuestras familias y por todas las familias de la tierra. Haznos fieles apóstoles de tu Hijo para desarrollar –muy unidos al Papa y todos los Pastores de la Iglesia– la evangelización de la sociedad. Y muéstranos, finalmente, a Jesús, fruto bendito de tu seno.
ASI SEA.

Homilía en la Misa de acción de gracias por el 50º aniversario de la ordenación sacerdotal

Prelado  Tagged , , , , , , No Comments »

Ofrecemos la homilía pronunciada por Monseñor Javier Echevarría en la Misa con motivo de su 50 aniversario de ordenación sacerdotal

Roma, Basílica de Santa María la Mayor

Opus Dei -

1. La celebración del quincuagésimo aniversario de sacerdocio me invita dirigirme al Señor con esta breve oración: “Gracias, perdón, ayúdame más”, para recorrer con renovado impulso el camino de la conversión y del agradecimiento, vía maestra para progresar en la identificación con Cristo. De este modo trato de seguir las huellas de mi predecesor como Prelado del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo, a quien gustaba dirigirse a Dios con esa exclamación, especialmente en los aniversarios y en otros momentos significativos de su vida. También nosotros podemos comenzar nuestras jornadas con éstas o parecidas palabras.

¡Gracias, Señor! A medida que transcurren los años, más clara se vislumbra la misericordia divina. Al mismo tiempo, sin pesimismos estériles, sino con realismo, se experimentan con mayor relieve las limitaciones personales. Pero no nos quitan la serenidad, porque —como a los primeros Apóstoles— el Señor dirige también a cada uno de nosotros aquellas palabras: ego sum, nolite timere (Mt 14, 27);  no tengáis miedo, soy Yo.

Al echar una mirada atenta a los cincuenta años trascurridos desde la ordenación sacerdotal, acude a mi memoria una frase de San Josemaría en los años 30: ¡Qué poco es una vida, para ofrecerla a Dios!... Haciendo eco a la verdad de esas palabras, añado: ¡qué breve es toda la existencia terrena, para agradecer adecuadamente a la Trinidad Santa su cercanía y su cariño! ¡Qué pobres nos descubrimos para corresponder al amor de Dios como Él se merece!

Quisiera dirigirme al Señor con el mismo hondo agradecimiento que he admirado en muchas personas santas y, de cerca, en San Josemaría. Sé muy bien que estoy muy lejos de unos modelos tan excelsos, pero éste es de verdad mi deseo. Por eso, me atrevo a hacer mías algunas palabras que oí pronunciar al Fundador del Opus Dei la víspera de sus bodas de oro sacerdotales.

Era el 27 de marzo de 1975, que aquel año coincidió con el Jueves Santo. A su lado se encontraba un pequeño grupo de hijos suyos, adorando al Santísimo Sacramento. De improviso, San Josemaría comenzó su oración personal en voz alta; esa oración que, hacia el final de su vida terrena, había llegado a ser continua, de día y de noche, pues el Señor le concedió la gracia —que también mencionan algunos Padres de la Iglesia— de que no se interrumpiese ni siquiera durante el sueño.

En aquella ocasión, entre otras expresiones de diálogo confiado con Jesús, presente en la Hostia Santa, le oímos pronunciar palabras que en todos los que estábamos allí presentes suscitaron una profunda conmoción. Gratias tibi, Deus, gratias tibi! Un cántico de acción de gracias tiene que ser la vida de cada uno. Porque ¿cómo se ha hecho el Opus Dei? Lo has hecho Tú, Señor, con cuatro chisgarabís… Stulta mundi, infirma mundi, et ea quæ no sunt (cfr. 1 Cor 1, 27-28). Toda la doctrina de San Pablo se ha cumplido: has buscado medios completamente ilógicos, nada aptos, y has extendido la labor por el mundo entero. Te dan gracias en toda Europa, y en puntos de Asia y África, y en toda América, y en Oceanía. En todos los sitios te dan gracias.

Si de este modo se expresaba un santo, ¿cuáles tendrían que ser mis sentimientos, al verme tan distante de él, tanto en dotes humanas como en cualidades sobrenaturales? Sin embargo, sé que al conferirme el sacerdocio ministerial, el Señor me ha llamado tuyo (cfr. Jn 15, 15), me ha otorgado la capacidad de renovar entre los hombres su divino Sacrificio del Calvario y de dispensar sus frutos en los demás sacramentos; sé bien que me ha concedido el don de poder proclamar la Palabra, de representarle ante los hombres, de estar íntimamente unido a Él, que desea acercarse a cada criatura utilizándome como instrumento suyo. Me ha confiado además —gratiam pro gratia! (Jn 1, 16)— el cuidado pastoral del Opus Dei, esta pequeña parte de su pusillus grex (cfr. Lc 12, 32), que es la Iglesia. Ayudadme a pedir al Señor que yo sepa llevar a cabo con eficacia la misión recibida, ahondando el surco trazado por mis predecesores en la tarea de guiar la actual Prelatura.

De algún modo, el Señor se ha sujetado a la voluntad de los sacerdotes, ha querido depender de nuestras palabras y de nuestros gestos para actualizar en la Santa Misa el misterio pascual de su muerte y resurrección. Él es, como decía San Agustín, «interior intimo meo», más íntimo a nosotros que nosotros mismos. Querríamos experimentar en todo momento esa presencia suya en nuestra alma, de modo que durante las veinticuatro horas del día nos sepamos y nos sintamos instrumentos totalmente suyos: y los sacerdotes sólo sacerdotes, sacerdotes de Jesucristo.

2. Al dirigir la mirada a la propia vida, cada uno puede descubrir el amor sin quiebra, siempre joven y nuevo, que la Trinidad Santísima nos ha donado. Dios nos ha mirado a todos nosotros con interés divino, con esa atención exquisita que se concede a los personajes importantes de la tierra. Ciertamente, para Dios nuestro Padre, cada hombre, cada mujer, es una persona de importancia inestimable. Empti enim estis pretio (1 Cor 6, 20; 7, 23), afirma San Pablo; hemos sido rescatados a un precio infinito: la sangre del Hijo Unigénito, hecho hombre por nosotros.

Opus Dei -

Sin embargo, de nuestra parte —yo, al menos, de la mía—, hemos de reconocer que no siempre ha habido una respuesta adecuada, y sí, en cambio, tantas carencias, tanta falta de amor, en las cosas pequeñas y en las grandes. Por eso, siento la imperiosa necesidad de pedir indulgencia. Ayudadme a suplicar al Señor —Padre, Hijo y Espíritu Santo, Trinidad Santa—, también por no haber estado a la altura de las circunstancias; por no haber caído en la cuenta, con mayor profundidad, de que Dios encuentra sus delicias en estar con los hijos de los hombres —deliciæ meæ esse cum filiis hominum (Prv 8, 31)—, y desea solazarse conmigo, con todos nosotros, en la mayor intimidad; desdichadamente, ¡tantas veces!, nosotros no hemos sabido acogerle y conversar con Él.

Haciendo mías, una vez más, la palabras de San Josemaría, también yo debo confesar —y con mayor razón— que a la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea. Estoy comenzando, recomenzando, en cada jornada. Y así hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando. El Señor lo quiere así, para que no haya motivos de soberbia en ninguno de nosotros, ni de necia vanidad. Hemos de estar pendientes de Él, de sus labios: con el oído atento, con la voluntad tensa, dispuesta a seguir las divinas inspiraciones.

Si queréis uniros hoy especialmente a mí en la oración, os suplico que pidáis al Señor que estas palabras de un sacerdote santo arraiguen profundamente en mi corazón, de modo que las haga mías con total sinceridad. Por mi parte, os aseguro que cada día rezo por vosotros, por cada uno de vosotros. A todos pido perdón por mis faltas de correspondencia y de servicio, por las posibles ofensas que os haya podido causar, por las veces que me haya comportado con alguien sin tener en cuenta la estupenda realidad de que somos hijos amadísimos de Dios y hermanos de Jesucristo.

Suplico a la Santísima Virgen, que se mantuvo fiel junto a la Cruz (cfr. Jn 19, 25), que nos haga avanzar a todos por la senda maestra de la caridad, que sepamos exaltar la Santa Cruz en nuestros cuerpos y en nuestras almas, de modo que en todos se haga realidad la profunda aspiración que el Señor mismo grabó a fuego en el espíritu del Fundador del Opus Dei, en una fecha bien concreta del año 1931.

Aquel día, 7 de agosto, durante la celebración de la Misa, San Josemaría escuchó en el fondo del alma unas palabras del Evangelio de San Juan según la versión de la Vulgata, entonces vigente en la Liturgia: et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Jn 12, 32). Dios le hizo entender con una luz intelectual muy clara el sentido de la misión confiada a los hombres y a las mujeres del Opus Dei en el seno de la Iglesia. Años más tarde, en una meditación, aludiendo a aquella locución divina, comentaba: aquel pobre sacerdote no sabía que iba a ser coronado así, tan divinamente, el Opus Dei. Pero sí comprendió que, en lo alto de todas las actividades humanas, tenía que haber hombres y mujeres con la Cruz de Cristo en sus vidas y en sus obras, alzada, visible, reparadora, redentora; símbolo de la paz, de la alegría; símbolo de la Redención, de la unidad del género humano, del amor que Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, la Trinidad Beatísima, ha tenido y sigue teniendo a los hombres.

3. Enseña el Apóstol: nadie puede decir: «¡Señor Jesús!», sino por el Espíritu Santo (1 Cor 12, 3). Si San Pablo habla de este modo, ¡cuánto más nosotros, en la presencia de Dios, nos hemos de reconocer necesitados de la ayuda del Cielo! Bien consciente del auxilio que continuamente me es dispensado, me dirijo de nuevo al Señor y Dios nuestro, para repetirle una vez más: ¡gracias, perdón y ayúdame más! Por esta razón, como recordatorio del quincuagésimo aniversario de ordenación, he elegido la figura del Crucifijo: para que en mi vida, y en la vida de todos, arraigue con mayor incisividad el convencimiento —real, práctico, concreto— de que nuestra fortaleza, nuestras virtudes, nuestros logros, proceden solamente de la bondad divina, manifestada de modo sumo en Cristo clavado en la Cruz por nuestros pecados.

Para sacar adelante la nueva evangelización tantas veces deseada por Juan Pablo II, y ahora por el Papa Benedicto XVI, hemos de ser hombres y mujeres de Cruz: lo requiere urgentemente este mundo nuestro. Tratemos de vivir y de anunciar: lux in Cruce, requies in Cruce, gaudium in Cruce.

Se asoman a mi memoria otras consideraciones del Fundador del Opus Dei. Casi al final del encendido coloquio que, como recordé anteriormente, había mantenido con Jesús en el Santísimo Sacramento, se dirigió a los que seguíamos sus palabras, y a los fieles de la Prelatura de todos los tiempos, para recordarnos algo que nos había enseñado muchas otras veces. Hemos de estar —nos dijo— en el Cielo y en la tierra, siempre. No entre el Cielo y la tierra, porque somos del mundo. ¡En el mundo y en el Paraíso a la vez! Ésta sería como la fórmula para expresar cómo hemos de componer nuestra vida, mientras estemos in hoc sæculo. En el Cielo y en la tierra, endiosados; pero sabiendo que somos del mundo y que somos tierra, con la fragilidad propia de lo que es tierra: un cacharro de barro que el Señor ha querido aprovechar para su servicio.

Antes de concluir, siento el deber de dar gracias a San Josemaría, que me llamó al sacerdocio y de quien he aprendido todo, y a Mons. Álvaro del Portillo, a cuyo lado he transcurrido muchos años; ha sido para mí un maestro de fidelidad a Dios. Doy gracias a los fieles de la Prelatura del Opus Dei —hombres y mujeres, laicos y sacerdotes—, a los obispos y sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, así como a los cooperadores y a los innumerables jóvenes que frecuentan los apostolados de la Obra, que con sus oraciones y sus sacrificios me sostienen y acompañan día tras día. Agradezco a mis padres y a mis hermanos y hermanas, a quienes debo —humanamente hablando— un tanto por ciento muy considerable de mi vocación cristiana y sacerdotal. Agradezco a las innumerables personas con las que me he encontrado a lo largo de estos cincuenta años, que también me han ayudado con sus oraciones, ejemplos y palabras. A todos se dirige mi agradecimiento más sentido, con la promesa, por mi parte, de plegarias constantes e ininterrumpidas.

Deseo dirigir un saludo especial a loas cardenales, obispos y sacerdotes aquí presentes, y a cuantos no han podido acompañarme físicamente en este día, pero se hallan espiritualmente unidos a nosotros. De modo particular, doy las gracias al Santo Padre Benedicto XVI por la carta tan paternal que me ha enviado con motivo de este aniversario, y por las muestras de cariño al Opus Dei y a mi persona, que ha querido manifestar. Todo esto constituye un estímulo para intensificar mi unión afectiva y efectiva con su Augusta Persona y sus intenciones.

También deseo expresar mi reconocimiento a los anteriores Romanos Pontífices que he tenido la alegría de conocer. De modo particular mi pensamiento va al amadísimo Papa Juan Pablo II, de venerada y feliz memoria, un verdadero padre para millones de personas, como confirmó la enorme conmoción causada en todo el mundo por su fallecimiento. Además de nombrarme obispo y conferirme la orden del episcopado, tantas veces y en modos diversos manifestó su interés y su afecto por la Prelatura del Opus Dei.  Lleno de confianza, recurro a su intercesión en la presencia de Dios.

María, Mujer eucarística, es también Mujer fiel junto a la Cruz. Con su fiat! en la Anunciación, prolongada sin interrupción en el curso de su vida, respondió al amor de Dios con la plena entrega de su persona; ahora cuida de nosotros, sus hijos, con amor materno. A Ella me dirijo con palabras de la secuencia Stabat Mater, que hemos recitado recientemente con ocasión de la fiesta de los Dolores de Nuestra Señora.

Sancta Mater, istud agas, Crucifixi fige plagas cordi meo valide. Suplico a Santa María que, como fruto de esa identificación con su Hijo crucificado, me enseñe —nos enseñe a todos— a amar más a Cristo, al Padre y al Espíritu Santo.  Fac ut ardeat cor meum in amando Christum Deum. Así sea.


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