Un santo de nuestro tiempo

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Un testimonio de Félix Carmona Moreno, O. S. A.
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El 26 de junio, para quienes conocimos a Monseñor Escrivá de Balaguer y para los cientos de miles de personas que se han acer­cado más a Dios mediante su ejemplo y su doctrina, ya no será nunca un día más. Se cumple un aniversario del tránsito al cielo de este hombre de Dios y, a la par que su fama de santidad se extien­de por los cinco continentes, el recuerdo de su presencia física en la tierra remueve en esta fecha singular una deuda de gratitud.

Conocí al padre Escrivá en cl mes de septiembre de 1944, en el Monasterio de El Escorial. Era yo un joven de diecinueve años y estudiaba el segundo curso de Filosofía, como profeso Agustino. Nuestro padre provincial, el padre Carlos Vicuña, que conocía y apreciaba al fundador del Opus Dei, consiguió que nos diera ocho días de ejercicios espirituales, especialmente dirigidos a los profe­sos: sesenta, entre teólogos y filósofos.

Fue una suerte y una gracia muy grande. Creo que conocí a un «santo de altar», a un «santo canonizable». Como él –con tanta firmeza– nos decía que habíamos de ser. El impacto de su extraor­dinaria espiritualidad no se ha borrado con los años. Hice mis apun­tes de cada una de las meditaciones y los he repasado algunas veces. Aún los conservo a lápiz, como los escribí entonces. Lamentable­mente son únicamente un resumen de las ideas acompañado de algunas expresiones suyas. Las anécdotas y ejemplos tremendamen­te gráficos con que ilustraba su exposición doctrinal quedan mas en mi recuerdo que en mis apuntes. Empleaba un estilo directo, muy bíblico, y con interpretación muy práctica de la Palabra de Dios. Solía hablar en singular y ayudaba a fijar la atención con el reclamo al planteamiento personal o el recurso a la anécdota.

Según mis apuntes, nos dedicó tres meditaciones a la santidad. Las anoté con los siguientes títulos: «Necesidad de la santidad»; «La santidad nos la inculca el Espíritu Santo»; «Otro paso hacia la santidad».

Nos hablaba de una santidad recia, viril (como se veía la suya), de un hombre, pero de un hombre lleno de Dios. Nos repetía: «tie­nes que ser santo de altar»; «santo canonizable»; «no para que bus­ques un nicho en el templo…»; «tu vida ha de ser como la de un santo canonizable».

No le gustaban esos libros de espiritualidad sensiblera, ni las vidas de los santos que sólo cuentan maravillas, de tal forma que casi los deshumanizan; muchas veces hechas por autores piadosos, bien intencionados, que escribían en su celda, mirando a las cuatro paredes, sin buscar informes… «También los santos tenían defectos y tenían que luchar…». «A veces nos cuentan algunas fábulas y extra­vagancias de ciertos santos, las cuales suelen ser buenas mentirotas». «No les hace falta a esos santos tales casos como no mamar los viernes por penitencia, cuando eran niños de pecho…».

Destacaba la importancia de las cosas pequeñas, o mejor, de la virtud en las cosas pequeñas. «Se nos pide ser santos; pero no hacer milagros ni cosas extraordinarias…, basta saber sobrenatu­ralizar los actos ordinarios y, si lo los haces bien, no es poco».

Cuando la Santa Iglesia Católica se ve removida por la acción del Espíritu Santo y surgen, a impulsos del Concilio Vaticano II, iniciativas por doquier que alimentan la santidad de los cristianos, estos recuerdos, para mí inmensamente satisfactorios, me hacen sentir la fuerza de aquella personalidad espiritual, cristiana y sacer­dotal de Monseñor Escrivá de Balaguer y me provocan un santo orgullo por haberle conocido.

No se me borra la figura –alto, sereno, espiritual, alegre, que tenía un no sé qué– de aquel sacerdote de virtud atrayente por auténtica.

Sé que su tumba, en este año transcurrido, ha sido visitada por millares de católicos de todo el mundo. No me sorprende que cada vez se recurra más a su intercesión en busca de alivio para las pena­lidades espirituales o físicas. Es –desde el cielo la misma labor que ocupó su vida entera: hablar a todos de que hemos de ser «santos canonizables», «santos de altar», cada uno en su sitio y sin hacer cosas extraordinarias. O mejor buen ejemplo es su vida haciendo extraordinario, al llenarlo de Amor de Dios, lo que muchos con­sideran sin valor: la ocupación «ordinaria» de cada día.

Presentación

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El 26 de junio de 1975, al filo del mediodía, falleció en Roma Monseñor Escrivá de Balaguer. Horas más tarde sus restos mor­tales reposaban sobre el pavimento del Oratorio dedicado a Santa María, en la sede central de Opus Dei. Don Álvaro del Portillo, entonces Secretario general de la Obra, depositó unas rosas rojas sobre los pies del Fundador, mientras repetía el verso de San Pablo: Quam speciosi pedes evangelizantium pacem, evangeli­zantium bona! (Rom., X, 15), ¡qué hermosos son los pies de los que anuncian el Evangelio de la paz, de los que anuncian cosas buenas!

Hubiera sido un espléndido epitafio. Cuantos le han conocido y tratado ‑aun por breves instantes‑ coinciden con clara una­nimidad en destacar su alegría. Su mirada serena y limpia resul­taba cordialmente acogedora. Era un hombre de Dios, que des­bordaba simpatía y humanidad: infundía paz, alegría, serenidad, contento, deseo de servir a los demás.

“No recuerdo a nadie ‑escribió don Manuel Aznar pocos días después‑ que, con tanta espontaneidad, con naturalidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobrenatural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empresa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cum­plía en el Fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá “.

Vivió para Dios, y fue maravillosamente humano. Para reali­zar la Obra que el Señor le pedía, recibió dones que le hicieron persona atrayente en lo humano. Y, a la vez, sorprendente, por­que ante un fundador suele buscarse siempre algo raro, distinto. “Yo estaba haciendo actos de fe, para pensar que me encontraba ante el Fundador del Opus Dei, de lo sencillo y cordial que es‑‑‑, comentaba un sacerdote de Jaén, cuando le conoció en Pozo­albero (Jerez de la Frontera) un día de noviembre de 1972. Otro se fijó en “la naturalidad con que oculta su gran contenido so­brenatural‑ . Pero ‑añadía‑ “se le desborda. No puede ocultar su carga de Dios.

Por eso, no es fácil explicar cómo fue y qué hizo. Son muchas y muy ricas las facetas de su personalidad y de su doctrina. Están, de otra parte, tan trabadas en su unidad de vida sencilla y fuerte, que se resisten al análisis: no se puede despiezar esa existencia tan cargada de sentido humano y divino hasta en detalles mínimos.

He tratado, sin embargo, de apuntar en este libro algunas manifestaciones de su personalidad enteriza, porque, como digo, me resulta francamente dificultoso describir la imagen de pleni­tud que guardo desde que le conocí personalmente el 8 de sep­tiembre de 1960. Fue en el pequeño jardín del Colegio Mayor Aralar de Pamplona, junto a más de cien estudiantes, que le acosamos a preguntas durante casi una hora. Aprendí bastante aquella tarde. Quedé removido por dentro. Me sorprendió su sentido del humor. Todos reímos mucho. Tuve la convicción de estar muy cerca de Dios. Y además, quizá como síntesis de todo esto, lo pasé en grande: fue una hora deliciosa.

No imaginaba yo que Mons. Escrivá de Balaguer tuviese tal simpatía, tal capacidad de meterse en el bolsillo a los universi­tarios: conocía a fondo nuestras inquietudes, hablaba ‑hasta con giros castizos‑ nuestro lenguaje, y se servía de ese don para exigirnos mucho, para empujarnos hacia arriba, haciéndonos salir de la poltronería. (Siete años después, viví en Vallecas una reacción semejante, cuando un obrero, que tenía a sus hijos como alumnos de Tajamar, me comentaba: ‑A este cura sí que se le entiende; habla igual que nosotros… ).

Pero nada tenía que ver su facilidad connatural para hacerse entender, su rapidez en las respuestas, su gracia y simpatía humanas con un hacerse el simpático. Todo era recio, espon­táneo, verdadero. Como era auténtica su confianza en nosotros ‑en aquel verano de 1960 estaba yo a la mitad de mi carrera‑, al abrirnos el corazón contándonos cosas de mucha intimidad. Manifestaba también así su ilimitada capacidad de querer, que desde lo más grande ‑el trato con Dios, el amor a Santa María, la dilatación de la Iglesia por países de Asia y África‑, llegaba hasta lo más pequeño: la reconvención por el descuido de haber dejado abierta una contraventana ‑se veía desde el jardín‑ que exponía los muebles de la habitación al fuerte sol del mediodía; el afecto hacia ese brazo escayolado, que rara vez falta en un grupo numeroso de gente joven… Y todo, salpicado de anécdotas francamente divertidas.

La vida del Fundador del Opus Dei rompe casi todos los es­quemas: no probaba los licores, pero bromeando con la marca de un conocido coñac‑ se refería a sí mismo diciendo que, para fundador bueno, el

que venía embotellado… Porque se conside­raba, en su humildad, Fundador sin fundamento.

Tiene razón José Ortego, catedrático de Derecho Penal, que respondía así a una encuesta periodística de urgencia el 26 de junio de 1975: ` He leído una biografía de don Josemarfa Escrivá. Luego, he pensado en el hombre; y he llegado a la conclusión de que don Josemaría no es biografiable. Su recia personalidad des­borda cualquier intento de contarnos cómo fue. Por muchos y ordenados que sean los datos, por significativas que sean las anécdotas, se escapará siempre una vida, tan intensa y tan com­pleja, que sólo el conocimiento directo puede alcanzar”.

Afortunadamente se han podido filmar ‑después de vencer su resistencia personal durante años‑ muchas escenas de la última etapa de su vida. Pienso que media hora de imágenes del Fundador del Opus Dei, hablando de Dios y contestando a pre­guntas de personas muy distintas, facilita más ese conocimiento directo, que cuanto aquí se dirá.

Y están también sus libros, que han alcanzado enorme difu­sión en el mundo entero. Y sus escritos inéditos: porque, como dijo muchas veces jugando con su apellido, Escrivá escribe. En esos textos puede encontrarse ‑más que en estas páginas‑ la verdadera dimensión y la profundidad de su vida.

Sin embargo, me parecía urgente hacer una aproximación de la figura de este sacerdote de Dios. Había que correr el riesgo de ofrecer la visión parcial de una realidad plena de sentido. Y casi de un tirón, con prisa, después de dedicar unas semanas a docu­mentarme, escribí estas páginas entre noviembre y diciembre de 1975. Me parecieron pobres, llenas de lagunas, y decidí comple­tarlas con más calma, aunque el editor con quien había comen­tado el proyecto quería enviarlas ya a la imprenta, pues pensaba que podían servir. He retocado algunos detalles a lo largo de 1976, sin apenas añadir nada, conservando prácticamente el enfoque, la estructura y la distribución iniciales.

No espere, pues, el lector una biografía cerrada. En sus manos tiene un perfil, unas impresiones que, aunque se basan en hechos y datos históricos, no siguen un orden cronológico. Suce­sos y escritos de épocas diversas se aproximan y entremezclan con libertad, para apuntar en rápidos trazos los rasgos del Fundador del Opus Dei que, en cada caso, pretendo destacar. Quien le haya conocido personalmente ‑en la vida, en sus escritos, o en películas filmadas‑ comprobará que hay muchas cosas impor­tantes que no aparecen aquí.

Quizá estos apuntes ayuden, sin embargo, a repensar lo vivido, a meditar de nuevo los escritos del Fundador del Opus Dei. Se habrá cumplido entonces el propósito que buscaba este relato: dar a conocer un poco más la gran personalidad de Mons. Escrivá de Balaguer, que gustaba de pasar inadvertido, según el lema de su vida: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca.

Hace muchos años, un periodista del londinense The Times comentaba en una semblanza: ` Su característica más sorpren­dente es, en cualquier caso, su absoluta normalidad. En su modo de ser no hay nada fanático o dominador, ninguno de esos rasgos chocantes que la gente espera encontrar en un gran fundador o en un líder. Podría fácilmente pasar inadvertida la fuerza de su magnetismo, de su energía espiritual. Su estatura y su peso son normales; su cara, pálida y más bien redonda, sonríe casi siempre. Hay calor ‑cariño‑ en la expresión de sus ojos castaños. La rapidez de sus respuestas y los gestos que acompañan sus palabras revelan una inquietud enérgica. Ataca los asuntos de modo directo y personal, y va al fondo, sin perderse en lo anecdótico. Aborda los problemas en toda su amplitud y con audacia. Conga en los demás y delega fácilmente. Queda siempre subrayada la independencia y la responsabilidad individuales de los socios de la Obra. Deja la impresión perdurable de una per­sona muy humana, feliz, que hubiese tenido mucho en común con sir Tomás Moro, a quien, por cierto, ha escogido como uno de los santos intercesores de su Asociación “.

Aquel periodista subrayó un rasgo decisivo: la impresión de normalidad que reflejaba la extraordinaria personalidad del Fun­dador del Opus Dei. Es quizá éste uno de sus más preciosos legados: para ser muy divinos, hay que ser muy humanos. En­señó a miles de personas del mundo entero a imitar la natura­lidad de la vida corriente de Jesucristo ‑Perfecto Dios, Perfecto Hombre‑, en sus años de trabajo oculto. Cristo fue siempre el único Modelo para buscar la santidad ‑santidad auténtica, sin eufemismos‑ en las ocupaciones y circunstancias ordinarias de la vida. Mal hubiera podido difundir ese mensaje Mons. Escrivá de Balaguer si Dios no le hubiera hecho profundamente humano, cordial y sencillo. Aunque a veces sufrió, porque no le entendían o no se esforzaban por entenderle, y tenía que hacerse perdonar lo raro de no ser raro. Y es que existe una acusada tendencia a valorar lo aparatoso, lo artificial, lo extraordinario, sin calar la hondura ‑humana y divina‑ de lo cotidiano. Alguna vez, para explicar mejor el problema, aludiría al comentario que algunos hacen ante el primor de unas rosas frescas, de pétalos finos y bien perfilados ‑¡parecen de trapo!‑, porque prefieren lo ar­tificial.

En su vida y en su doctrina, lo humano y lo divino se funden de tal manera, que no es nada fácil distinguir en muchos mo­mentos si estamos ante un rasgo de su carácter, o ante un fruto de la gracia de Dios, que actúa de modo aparentemente natural. Lo ha visto bien el P. Sancho, O.P., cuando afirma con rigor teológico: “La impresión que yo tengo de él es la de un hombre de muchísima virtud, que, en su sencillez, no exhibía. No puedo destacar ningún detalle concreto de su profunda humildad, porque su sencillez llenaba su vida de naturalidad. No sorprendía nada, porque la constante suya era ésta: sobrenaturalizarlo todo sencillamente, y además alegremente, que es lo más difícil”.

Así actúa siempre la gracia de Dios en los hombres. Hace sobrenatural su vida, sin aniquilar ni desquiciar lo humano. Efectivamente, sólo quien es fiel a la gracia de Dios, puede ser plenamente hombre.

Agradecimiento

D. Álvaro  Tagged , , , , , No Comments »

Ante todo, deseo dejar constancia de mi más profundo reconocimiento a Mons. Alvaro del Portillo por la generosidad con que ha puesto a mi alcance sus recuerdos personales, junto con cartas y documentos, que iluminan rasgos hasta ahora inéditos de la atrayente figura del Fundador del Opus Dei, al que desde el 17 de mayo de 1992 la Iglesia venera como Beato.

Por sus cuarenta años de convivencia con Mons. Josemaría Escrivá, Mons. Alvaro del Portillo es un testigo privilegiado –es más, único– de la vida santa del Fundador y de su incansable y heroica actividad por el bien de la Iglesia y de todas las almas.

Este libro es relativamente breve, ya que sólo aborda algunos aspectos de la personalidad del Fundador y de su correspondencia a la iniciativa divina, sin pretender ser exhaustivo. Es tan grande su riqueza espiritual que tal vez ni siquiera pueda describirse adecuadamente en un libro más extenso. Considero que el mensaje del Fundador –una espiritualidad encarnada– se pone especialmente de manifiesto a través de un conjunto de anécdotas, hechos concretos, experiencias vividas, casi mejor que en una exposición conceptual. Este libro, por tanto, no pretende sustituir a las biografías del Fundador del Opus Dei, cuyo conocimiento en cierto sentido se presupone y, además, ayuda a situar históricamente las informaciones, en gran parte inéditas, que aquí se proporcionan.

Realizar esta entrevista ha constituido una experiencia profesional y espiritual gratificante. Profundizar en el conocimiento de un hombre de Dios, tan querido, a través de la experiencia viva del hijo más próximo, ha sido motivo de una íntima alegría.

Sólo me resta desear a los lectores de estas páginas que su alma quede removida por la vida y las virtudes del Beato Josemaría, fidelísimamente reflejadas en las palabras de su sucesor, Mons. Alvaro del Portillo.


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