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	<title>Opus Dei Testimonios &#187; hacer el bien</title>
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	<description>Testimonios sobre el Opus Dei y la vida cristiana</description>
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		<title>Confesión de un hijo de Dios</title>
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		<pubDate>Sat, 25 Sep 2010 05:51:23 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Capítulo &#8220;San Josemaría Escrivá de Balaguer&#8221; del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano Cuando en junio de 1975 los periódicos traían la noticia del fallecimiento, en Roma, de Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, nada significó esa noticia para mi. En nada me afectó. La muerte de Escrivá de Balaguer era un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Capítulo &#8220;San Josemaría Escrivá de Balaguer&#8221; del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano</h2>
<p>Cuando en junio de 1975 los periódicos traían la noticia del fallecimiento, en Roma, de Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, nada significó esa noticia para mi. En nada me afectó. La muerte de Escrivá de Balaguer era un suceso de los muchos que se cuentan a diario, un comentario sensacionalista quizá. Lo que yo sabía del Opus Dei, como mucha gente, se refería a algo enigmático, una asociación especial poderosa e influyente, lejos de mi persona. Por lo que, como digo, no cambió mi cotidianidad para nada. ¿O sí?</p>
<p>Sin embargo, estando en Cádiz, un día pasé por una librería, mi parada habitual, y descubrí un librito de edición frágil, con un dibujo a color en la portada de la Sagrada Familia, el título, <em>“Camino</em>”. Me interesé por él, no sé por qué. El libro llevaba la firma de José María Escrivá de Balaguer, sacerdote discutido. Quizá por eso lo adquirí, pero no recuerdo si llegué a leerlo. Bastantes años antes, siendo muy joven, en Guadix, mi pueblo, un pariente nuestro, estudiante universitario de Químicas, venido de Granada, miembro del Opus Dei por los años cincuenta, quizá antes, me dio una estampa de Isidoro Zorzano, un ingeniero argentino en proceso de beatificación del que me habló con encomio.. Estampa que guardé sin más entre mis libros. O quizá le encomendara alguna cosa. Ahora no lo se. Estos son mis antecedentes, si pueden llamarse así, relacionados con la Obra, escasamente conocida en mis ámbitos. Una estampa y un libro. Dos hallazgos, como digo, sin importancia, como hojas que el viento se llena en su vuelo. Eso es lo que yo creía.</p>
<p>Pasaría el tiempo y, un 26 de junio como aquel de 1975, esta vez de 1983, fallecería mi madre en Guadix, lugar del que apenas había salido en su vida, salvo viajes esporádicos a Granada o Almería. Padres de diez hijos sacados adelante en tiempos difíciles, años de la posguerra, mi madre era mujer religiosa y sacrificada, siempre vestida de negro, ¡tantos sus familiares muertos! Valiente y tenaz en tiempo de guerra y en tiempo de paz, tuvo que habérselas pronto con un hijo, Paco, mi siguiente, con una esclerosis en placas que lo convirtió en un inválido prematuro, un producto quizá de la penuria, años atado a su cruz, siempre orante, mi primer contemplativo conocido en una casa de muchos niños y jaleo, escolar inteligente, que moriría joven, para mi, en loor de santidad. Le visitaban algunos sacerdotes atraídos por sus largas conversaciones sobre la misericordia divina, su tema favorito. No fue fácil su cruz con hechura de silla. Mi madre fue su consuelo permanente, siempre a su lado. Paco conoció con antelación el día de su fallecimiento, que sólo a mi madre reveló. Niño revoltoso ávido de juegos, al final de su vida se entregó por completo a la voluntad de Dios, su única esperanza. Y en manos de Dios falleció&#8230; Estos dos hechos, la muerte de mi hermano y la muerte de mi madre siempre con el rosario en la mano, marcarían mi vida con fuego indeleble. Siempre he tenido la certeza de que ambos han tenido mucho que ver con mi vocación al Opus Dei. Ellos desde el cielo, y aquellas dos semillas insignificantes en apariencia, (la estampa de Isidoro de una tarde de verano, y la adquisición del libro de “Camino”, otra tarde de Cádiz), marcarían los tiempos de mi vida futura, estoy seguro. Una mano oculta iba tejiendo, pese a nosotros, la urdimbre de un tapiz, nuestra vida cara a Dios.<a><br />
</a></p>
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		<title>El seminario de Logroño</title>
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		<pubDate>Sat, 25 Sep 2010 05:35:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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		<description><![CDATA[&#8220;La fundación del Opus Dei&#8221;. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943. Siguiendo esos barruntos de los que ya hemos hablado, Escrivá decidió entrar en el seminario de Logroño en la primavera de 1918. Esta decisión cogió a la familia completamente por sorpresa. Su padre [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">&#8220;La fundación del Opus Dei&#8221;. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.</h2>
<p>Siguiendo esos barruntos de los que ya hemos hablado, Escrivá decidió entrar en el seminario de Logroño en la primavera de 1918. Esta decisión cogió a la familia completamente por sorpresa. Su padre tenía la lógica ilusión de ver a su único hijo varón perpetuar el apellido y, quizás, recomponer la fortuna familiar; así las cosas, don José no pudo reprimir las únicas lágrimas que Josemaría viera en ojos de su padre y le aconsejó que meditara el asunto con detenimiento. “Los sacerdotes –le dijo- tienen que ser santos. Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré”[1]. Al joven Escrivá le conmovieron las lágrimas de su padre, pero no se echó atrás en su decisión de entrar en el seminario; y, lleno de confianza en el Señor, tuvo incluso la audacia de pedir a Dios que enviara otro hijo a sus padres. Humanamente hablando, esas oraciones no parecían tener mucho futuro ya que el último vástago había nacido nueve años antes, y su madre tenía a la sazón 39 años y su padre 49. No obstante, a los nueve o diez meses, en febrero de 1919, nació su hermano Santiago.</p>
<p>Escrivá terminó sus estudios en el instituto en 1918 y pasó gran parte del verano estudiando Latín, Lógica, Metafísica y Ética para preparar el examen de ingreso en el seminario. En otoño entró como alumno externo.</p>
<p>La vida en el seminario le produjo una impresión muy fuerte. Aunque su familia estaba atravesando momentos harto difíciles, siempre estuvo acostumbrado a un ambiente amable y de alto nivel cultural, en el que el orden, el aseo, la buena educación, el tacto y el interés por los temas de actualidad, así como una arraigada vida de piedad, impregnaban la buena y grata convivencia. Por el contrario, el ambiente del seminario era algo muy distinto.</p>
<p>El edificio del Seminario de Logroño era un caserón construido en 1559 que en épocas pasadas había conocido tiempos mejores. También había servido de cuartel, hospital militar e incluso de prisión. En 1918, el piso de abajo lo seguía ocupando una brigada de artillería y uno de los pabellones servía de establo a las mulas y caballos empleados en tirar de las piezas de artillería. Los pisos superiores, donde el seminario tenía las dependencias, se encontraban en un estado deplorable.</p>
<p>Muy pocos compañeros de Josemaría provenían de familias en que se valoraran las buenas maneras, la educación y la cultura. No eran muchos los jóvenes pertenecientes a lo que en la España de entonces se llamaban “familias bien”, por su posición económica o social, los que llegaban a hacerse sacerdotes diocesanos. Los pocos muchachos de clase alta o media que decidían ordenarse lo hacían tras ingresar en alguna orden religiosa. Aproximadamente un tercio de los seminaristas diocesanos eran hijos de agricultores u obreros, los cuales, en la España de principios del siglo XX, apenas tenían acceso a la educación y la cultura. Raro era el seminarista cuya familia estuviera habituada a comprar libros o mantuviera suscripciones a periódicos o revistas. Tan solo el 10% de los alumnos de los seminarios españoles surgía de familias con profesiones liberales, y en Logroño puede que el porcentaje fuera incluso menor. Esto explica que los compañeros de instituto de Escrivá le miraran por encima del hombro en cuanto se enteraron de su intención de ingresar en el seminario.</p>
<p>No existen documentos fidedignos que indiquen con certeza el grado de instrucción y piedad que había en el Seminario de Logroño cuando Escrivá ingresó en 1918; o en el de Zaragoza, a donde el joven seminarista se trasladó en 1920. No obstante, el Nuncio de Su Santidad no pintaba por aquel entonces un panorama muy alentador cuando en 1930 describía los seminarios españoles como “cuarteles o reformatorios”. Seguía diciendo: “Y el clero, fruto de ese árbol, ha olvidado el espíritu sobrenatural y se ha preocupado del pan y de la carrera. Los seminaristas, procedentes en su mayoría de las clases más humildes y hasta miserables, no han recibido educación, ni formación, ha faltado estímulo y orientación acertada”[2].</p>
<p>Pero las dificultades externas eran para Josemaría lo de menos; la batalla principal se libraba en el interior. Escrivá se encontró “medio ciego, siempre esperando el porqué. ¿Por qué me hago sacerdote? El Señor quiere algo; ¿que es?”[3]. Dios quería algo de él, pero no sabía qué. Ante este dilema, Josemaría intensificó sus oraciones. En una nota de sus apuntes íntimos, redactados algunos años después, escribe: “Durante años, a partir del primero de mi vocación, tuve por jaculatoria siempre en mis labios: Domine, ut videam! Sin saber para qué, yo estaba persuadido de que Dios me quería para algo. Así estoy seguro de haberlo manifestado alguna o algunas veces a tía Cruz Sor Mª de Jesús Crucificado, en cartas que le envié a su convento de Huesca. La primera vez que medité el pasaje de san Marcos del ciego a quien dio vista Jesús, cuando aquel contestó, al ‘qué quieres que te haga’ de Cristo, ‘Rabboni, ut videam’, se me quedó esta frase muy grabada. Y, a pesar de que muchos como al ciego me decían que callara [...], decía y escribía, sin saber por qué: ut videam!, Domine, ut videam! Y otras veces: ut sit! Que vea Señor, que vea. Que sea”[4].</p>
<p>Durante toda su vida, Escrivá mostró una actitud de absoluta disponibilidad para cumplir la voluntad de Dios. Lo vemos reflejado en uno de sus apuntes personales de 1930: “Y de tu borrico, Niño‑Dios, haz cuanto quieras: como los niños traviesos de la tierra, tírame de las orejas, zurra fuerte a este borricote, hazle correr para tu gusto&#8230;”[5]. El teólogo español José Luis Illanes explica que Escrivá aprendió a vivir esta plena disponibilidad para con Dios en los once años que transcurrieron entre los primeros barruntos de su vocación y la fundación del Opus Dei en 1928, “pasados en expectativa, a la espera de una luz divina que desvelara el sentido de la inquietud sembrada en su corazón. Caminar así, ser fiel a una llamada que se entrevé, pero de la que no se conocen el porqué ni el para qué, perseverar jornada a jornada dispuesto para cualquier cosa, aun la más inesperada, vivir al día sin poder hacer planes ni proyectos, es una forja que purifica el alma hasta terminar situándola en una plena desnudez ante Dios. La incertidumbre en que el Señor mantuvo a Mons. Escrivá de Balaguer durante largos años le condujo a una actitud de disponibilidad tan honda que acabó siendo consubstancial con la propria persona”[6]. Tras la muerte de Josemaría Escrivá, el arzobispo de Toledo, cardenal Marcelo González, explicó que el secreto de la inmensa riqueza espiritual de su vida residía “en el dejarse llevar, en la posesión de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todo, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas”[7].</p>
<p>Durante sus estudios en el Seminario de Logroño, Josemaría siguió viviendo en casa de sus padres. Como alumno externo disfrutaba de mayor libertad que el resto de los estudiantes que vivían en el seminario, pues no estaba obligado a participar en todas las actividades. Los domingos, por ejemplo, los alumnos que vivían en el seminario enseñaban catecismo a los niños, mientras que los alumnos externos podían estar todo el día con sus familias. Escrivá, sin embargo, echaba una mano en las clases de catecismo, actividad que continuaría ejerciendo con el paso de los años.</p>
<p>[1] José Luis Illanes. ob. cit. p. 70</p>
<p>[2] Vicente Cárcel Ortí. LA PERSECUCION RELIGIOSA EN ESPANA DURANTE LA SEGUNDA REPUBLICA (1931-1939). Ediciones Rialp. Madrid 1990. p. 48</p>
<p>[3] José Luis Illanes. ob. cit. p. 70</p>
<p>[4] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 100</p>
<p>[5] ibid. p. 347</p>
<p>[6] José Luis Illanes. ob. cit. p. 70</p>
<p>[7] ibd. p. 70<a><br />
</a></p>
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		<title>Vocación. Una fecha clave</title>
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		<pubDate>Sat, 25 Sep 2010 05:34:26 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">&#8220;La fundación del Opus Dei&#8221;. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.</h2>
<p>Hubo sin embargo una fecha clave en la vida del joven Josemaría. Debió de ser a finales de diciembre de 1917 o en los primeros días de enero de 1918. El invierno estaba siendo especialmente duro y en esa fecha cayó una intensa nevada en la ciudad. Un día que iba por la calle a primera hora de la mañana vio en el suelo las huellas heladas de los pies de un carmelita descalzo. El hecho en sí no tenía mayor importancia, pero a Escrivá le produjo una impresión muy profunda. “Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios –pensaba– ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?”. Dios se valió de ese evento: “Arrojó el Señor en mi corazón una semilla encendida en amor”[1], como escribió años después en una carta.</p>
<p>Con el ardor y pasión de un joven adolescente, decidió responder plenamente y de corazón a la llamada divina, y desde el mismo momento en que vio aquellas pisadas en la nieve sacó no sólo el deseo de amar más a Dios, sino el convencimiento de que el Señor le estaba pidiendo a él algo concreto y especial. En otra ocasión, pocos meses antes de morir, refiriéndose a ese incidente comentaba: “Comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor [...]. Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera&#8230; De paso me daba cuenta de que no servía, y hacía esa letanía, que no es de falsa humildad, sino de conocimiento propio: no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no soy nada, no sé nada&#8230;”[2].</p>
<p>Josemaría comenzó a asistir a Misa y comulgar a diario, a rezar con más fervor, y a buscar la purificación interior con penitencia y confesión frecuente. También comenzó a tener dirección espiritual con el padre José Miguel, aquel carmelita cuyas huellas había visto en la nieve. En muchas otras ocasiones, Escrivá había recibido consejos para su vida interior cuando iba a confesar, pero esta vez era la primera que tenía una dirección espiritual formal y sistemática aparte del sacramento.</p>
<p>Desde aquel momento y hasta los últimos días de su vida, Escrivá trató siempre de buscar en la dirección espiritual el buen consejo que le ayudara en su vida interior. Estaba convencido, como escribió en 1939 en “Camino”, de que: “Conviene que conozcas esta doctrina segura: el espíritu propio es mal consejero, mal piloto, para dirigir el alma en las borrascas y tempestades, entre los escollos de la vida interior”[3]. En consonancia con una arraigada tradición de la Iglesia, le gustaba ver a sus directores espirituales no sólo como consejeros prudentes para su alma, cuyas recomendaciones había que tener en cuenta, sino como verdaderos representantes de Dios a los que debía obedecer sin reservas. “Director. -Lo necesitas. -Para entregarte, para darte&#8230;, obedeciendo. -Y Director que conozca tu apostolado, que sepa lo que Dios quiere: así secundará, con eficacia, la labor del Espíritu Santo en tu alma, sin sacarte de tu sitio&#8230;, llenándote de paz, y enseñándote el modo de que tu trabajo sea fecundo”[4].</p>
<p>Esta actitud de entrega en ningún momento supuso una renuncia a su libertad personal y a la responsabilidad. En última instancia, cada alma es la única responsable ante Dios, y algunas decisiones, como la de seguir una determinada vocación o elegir cónyuge, deben hacerse en conciencia, tras sopesar los consejos recibidos. Por eso, cuando el padre José Miguel le sugirió en la primavera de 1918 la posibilidad de hacerse carmelita, lo consideró en la presencia de Dios y llegó a la conclusión de que no era eso lo que Dios le pedía. Aunque no sabía a ciencia cierta lo que Dios quería de él, intuía que las limitaciones propias de la vida religiosa iban a resultar a la larga un impedimento para llevar a cabo lo que Dios tenía en mente para él.</p>
<p>Por otra parte, el asunto de la vocación lo llevaba a diario a su meditación personal y en abril o mayo de ese año –1918– decidió hacerse sacerdote. Esta resolución no suponía un cambio con respecto a lo que antes pensaba sobre el estado clerical; aunque apreciaba y respetaba el valor del sacerdocio, seguía sin sentirse especialmente atraído por la idea de ser cura. Como decíamos antes, su decisión de entrar en el seminario respondía más bien a la intuición de que haciéndose sacerdote estaría mejor preparado para llevar a cabo “aquello” que, sin saber exactamente qué, Dios le estaba pidiendo.</p>
<p>Aunque la mayoría de los sacerdotes diocesanos trabajaba en parroquias, Escrivá sabía que había también una gran variedad de modos de ejercer el ministerio, pues sin ir más lejos, algunos parientes suyos eran canónigos. Es bastante probable, por tanto, que no tuviera una idea claramente definida de cómo iba a ser su vida sacerdotal. Estaba convencido, sin embargo, de que fuese cual fuese el futuro su pretensión de ordenarse sacerdote no era un capricho para prosperar en la vida siguiendo una carrera eclesiástica en el sentido tradicional, sino que le iba a preparar adecuadamente para realizar la voluntad de Dios.</p>
<p>[1] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 97</p>
<p>[2] ibid. p. 97</p>
<p>[3] Josemaría Escrivá de Balaguer. CAMINO. Ediciones Rialp. Madrid 2001. n. 59</p>
<p>[4] ibid. n. 62<a><br />
</a></p>
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		<title>Su formación</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Sep 2010 18:15:16 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[&#8220;Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei&#8221;. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría –El Fundador refirió siempre de sí mismo que había sido un niño normal, educado en una familia profundamente cristiana, pero sin beaterías. ¿Querría relatar alguna anécdota de su infancia? –Josemaría era [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">&#8220;Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei&#8221;. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría</h2>
<p>–<strong><em>El Fundador refirió siempre de sí mismo que había sido un niño normal, educado en una familia profundamente cristiana, pero sin beaterías. ¿Querría relatar alguna anécdota de su infancia?</em></strong></p>
<p>–Josemaría era un niño fuerte, completamente sano, aunque sufrió una enfermedad infecciosa muy grave cuando tenía alrededor de año y medio. El médico de cabecera, Ignacio Camps Valdovinos, muy amigo del padre de Josemaría, don José Escrivá, llegó a decirle: &#8220;Mira, Pepe –así le llamaban sus amigos–, tengo que decirte la verdad: el niño se muere, no pasará de esta noche&#8221;.</p>
<p>Sus padres reaccionaron como buenos cristianos que eran. Rezaron mucho, abandonándose en la Voluntad de Dios, y prometieron que, si el niño sanaba, lo llevarían en peregrinación a la ermita de Torreciudad, un lugar del Somontano –entonces sólo accesible por caminos difíciles– donde se custodia una antigua imagen de la Virgen, muy venerada por los habitantes de Barbastro.</p>
<p>A la mañana siguiente el doctor Camps se acercó a la casa de los Escrivá y preguntó: &#8220;¿A qué hora ha muerto el niño?&#8221; José Escrivá respondió: &#8220;No sólo no ha muerto, sino que está completamente curado. ¿No le oyes hablar?&#8221; El doctor Camps entró en el dormitorio del niño y lo vio de pie, agarrado a los barrotes de su pequeña cama, saltando y gritando alegre.</p>
<p>A propósito de aquella cama, su madre me contó que el pequeño Josemaría tenía tanta vitalidad que, una vez, saltando agarrado a uno de los barrotes, tomó tal impulso que, sin querer, dio una voltereta y cayó al suelo fuera de la cama.</p>
<p>Sus padres cumplieron la promesa y peregrinaron en acción de gracias a Torreciudad, el lugar donde hoy se alza un gran santuario dedicado a la Virgen.</p>
<p>–<strong><em>Sus padres le enseñaron las primeras oraciones, que continuó rezando toda la vida, incluso cuando había cumplido ya los setenta años, y empezó a decir que sólo tenía siete, para subrayar las ventajas de la vida de infancia espiritual.</em></strong></p>
<p>–Hablando de sí mismo decía a veces: <strong>Recuerdo que un chico, al rezar el Señor mío Jesucristo, en lugar de decir propósito de la enmienda, pronunciaba &#8216;de la almendra&#8217;. No sabía qué era la enmienda, pero las almendras, sí, porque le gustaban. Ese niño era yo. </strong></p>
<p><strong>Aquella oración manifestaba también la buena voluntad de querer agradar a Dios y de portarse bien; la &#8216;almendra&#8217; de nunca más volver a pecar. Comenzarían a enseñarme esa oración hacia los tres años, y hasta los siete (los setenta) no he pasado de la &#8216;almendra&#8217;. Y por eso doy gracias a Dios</strong>.</p>
<p>Tenía un carácter fuerte. Por ejemplo, cuando su madre le invitaba a dar un beso a algún conocido, a veces respondía que no tenía &#8220;besos hechos&#8221;.</p>
<p>El ambiente de Barbastro era muy cristiano. Un año, en las fiestas del lugar se expuso uno de aquellos primeros aeroplanos y don José Escrivá llevó a su hijo a verlo. Nuestro Fundador recordaba, divertido, los comentarios de unas monjas que se preguntaban entre sí: &#8220;¿Cuando el avión vuele sobre nuestro huerto, romperá la clausura?&#8221;</p>
<p>Cuando se hizo un poco mayor, Josemaría acompañó de vez en cuando a su padre cuando salía a cazar. Don José Escrivá era un apasionado cazador. Tenía en casa, en un patio, una jaula con reclamos para las codornices. La jaula era pequeña y se le podía quitar el fondo, de modo que, una vez fijada a la tierra, los pájaros podían comer y moverse directamente sobre el suelo. Como a todo buen cazador, a don José Escrivá le gustaba mucho contar anécdotas de caza, que su hijo recordaba con detalle. Las perdices y las codornices eran sus presas favoritas, pero, si se ponían a tiro, don José disparaba también a los tordos.</p>
<p>El pequeño Josemaría era muy observador, y le gustaba pasar ratos en la cocina. Había notado, por ejemplo, que la cocinera calculaba el tiempo de cocción de los huevos duros rezando dos Credos.</p>
<p>–<strong><em>Es un detalle divertido y sintomático&#8230;</em></strong></p>
<p>–A propósito del huevo duro. Me viene ahora a la cabeza que en los años sesenta, una directora del Opus Dei en Kenia contó al Padre cómo calculaban el tiempo de cocción de los huevos, según la costumbre local de hacer un hoyo en el suelo y echar encima un poco de agua. Cuando se filtraba por completo en la tierra, quería decir que el huevo se había cocido. Por esta anécdota, nuestro Fundador se dio cuenta de que ni siquiera disponían de reloj, y le conmovió aquella penuria de medios tan extrema: inmediatamente hizo que diesen a aquella hija suya el despertador del Centro en que vivía.</p>
<p>Pero volvamos a la infancia del Padre. Jugaba con sus compañeros y participaba en sus habituales peleas, pero no soportaba la crueldad. Los niños son a veces despiadados, y los de Barbastro no eran una excepción: algunos tenían la costumbre de cazar murciélagos, clavarlos en una pared y matarlos a pedradas. En una ocasión, Josemaría fue testigo involuntario de una de estas brutales escenas. No la olvidó en su vida. Inclinado como era a reflexionar sobre las cosas que veía, comprendió por aquel episodio hasta dónde puede llegar la crueldad humana y –con las debidas distancias– el inconcebible comportamiento de los verdugos de nuestro Señor, cuando estaba clavado sobre el madero de la Cruz.</p>
<p>–<strong><em>El Padre atribuía a su condición de aragonés la franqueza y la sinceridad de su modo de ser, y la constancia y la perseverancia en los propósitos</em></strong>.</p>
<p>–Son características que tuvo desde su infancia. Le he oído contar en algunas ocasiones que se ponía colorado de pequeño cuando oía hablar de los escribas y fariseos, y lo mismo le pasaba a su hermana Carmen. La explicación es sencilla: muchas personas escribían el apellido de los Escrivá con &#8220;b&#8221;, ya que en España la &#8220;b&#8221; y la &#8220;v&#8221; se pronuncian igual; por eso cuando sus compañeros de colegio oían hablar de <strong><em>los escribas</em></strong>, miraban con una sonrisa a los Escrivá. El vicio de la hipocresía y el fingimiento no podían ser más diametralmente opuestos al modo de ser del Padre. Debo añadir que, aunque hablaba con frecuencia de sus defectos infantiles, nunca se refería a sus virtudes o éxitos. Nunca me dijo, por ejemplo, que había recibido un premio de aplicación y conducta en sus años de escuela primaria. Me he enterado después de su muerte, al consultar los boletines diocesanos.</p>
<p>–<strong><em>El Fundador fue un alumno brillante ya desde el bachillerato, que inició en Barbastro y terminó en Logroño, a donde se trasladó la familia en 1915, tras la quiebra de la empresa comercial del padre. Don José Escrivá, que había cargado generosamente con las consecuencias del mal comportamiento de un socio, encontró un nuevo empleo en un negocio de tejidos de Logroño. La familia tuvo que adaptarse al nuevo tenor de vida llevando con mucho señorío las iniciales estrecheces. Sin duda, el joven Josemaría debió de tener presentes las necesidades familiares antes de madurar su propia vocación profesional.</em></strong></p>
<p>–Quería ser arquitecto. Le movían a esta elección sus aficiones artísticas y humanísticas, así como su aptitud para las matemáticas y el dibujo. En aquel tiempo, los alumnos que recibían la máxima calificación –&#8221;Sobresaliente con premio&#8221;, según la terminología de la época–, se sentaban en la primera fila de la clase y tenían que contestar a las preguntas del profesor que no hubiesen podido responder otros alumnos menos preparados. Josemaría ocupó el primer banco en álgebra y trigonometría de cuarto y quinto de bachillerato, además de en literatura.</p>
<p>Sus padres estaban contentos con su orientación, aunque don José Escrivá a veces tomaba el pelo a su hijo, diciéndole que sería &#8220;un albañil distinguido&#8221;.</p>
<p>Como todas las madres, también doña Dolores estaba atenta a las amistades del hijo adolescente y le daba un consejo que el Padre me ha contado, divertido, más de una vez. Hablándole de la elección de una futura esposa –nada hacía prever que no fuese a casarse–, su madre le decía: &#8220;Josemaría, ni guapa que encante, ni fea que espante&#8221;.</p>
<p>–<strong><em>Pero las cosas discurrieron de modo muy diverso&#8230;</em></strong></p>
<p>–El Padre comenzó a <strong>barruntar el Amor</strong> –usó siempre esta frase– en un momento bien preciso.</p>
<p>Entre finales de diciembre de 1917 y comienzos de enero de 1918 cayó una nevada tan fuerte en la región de Logroño que, según la crónica del periódico local, <strong><em>La Rioja</em></strong> –sustituido en los años cincuenta por otro diario, <strong><em>La Nueva Rioja</em></strong>–, las precipitaciones duraron todo el mes, varias personas murieron de frío, las temperaturas descendieron hasta los dieciséis o diecisiete grados bajo cero, se cortaron las comunicaciones, etc. Una mañana Josemaría vio sobre la nieve las huellas de los pies descalzos de un carmelita. Brotó en su alma, inmediatamente, una profunda inquietud y se preguntó: &#8220;Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios y por el prójimo, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?&#8221; Comenzó entonces a advertir, con seguridad absoluta, que el Señor le pedía algo, y como no sabía qué era, poco tiempo después empezó a dirigirse al Señor con la súplica del ciego Bartimeo: <strong><em>Domine, ut videam!</em></strong>, o bien, <strong><em>Domine, ut sit!</em></strong>; y también, recurriendo a la Santísima Virgen para que se cumplieran en su vida los designios de Dios: <strong><em>Domina, ut videam!, Domina, ut sit!</em></strong></p>
<p>Intensificó su vida de piedad y de oración, acudió diariamente a la Misa y a la Comunión. Como fruto de esta entrega intuyó que si se hacía sacerdote estaría mejor preparado para comprender lo que el Señor quería de él. Decidió entonces entrar en el Seminario de Logroño como alumno externo. Sus padres no se opusieron, aunque aquella decisión modificaba radicalmente los planes familiares. Don José Escrivá llevó a su hijo a hablar con don Antolín Oñate, abad de la Colegiata de Logroño, un santo sacerdote que era una verdadera institución en la ciudad, y que alentó la vocación del muchacho.</p>
<p>–<strong><em>Sin embargo, tuvo que superar el impacto del ambiente del seminario de Logroño, y después, del de Zaragoza, donde prosiguió a partir de 1920 sus estudios de Teología, por el carácter netamente cristiano, pero &#8220;laical&#8221;, de la familia Escrivá.</em></strong></p>
<p>–Sus padres le habían enseñado a venerar el sacerdocio, pero, antes del episodio de las huellas en la nieve, nunca había pensado hacerse sacerdote. En el colegio incluso había sentido un rechazo inicial hacia el latín, y decía: <strong>¡El latín, para los curas!</strong> Sin embargo, en cuanto profundizó en el estudio del latín y se entusiasmó con esta lengua, sintió como la necesidad de compensar el escaso interés que había demostrado en sus primeros años. Además de calificar de necia su conducta anterior, reconocía: <strong>Nunca agradeceré bastante el bien que me hicieron en el colegio, cuando en el bachillerato me obligaron a estudiar el latín. Recuerdo que nos hacían llenar las libretas con las declinaciones y con las conjugaciones de los verbos: tanto de los regulares como de los irregulares. Además, teníamos que anotar si el acento era largo o breve. De manera que después nunca se me ocurría decir, por ejemplo, <em>legérem</em> sino <em>légerem</em></strong>.</p>
<p>Pero volvamos a la pregunta. La mayoría de los compañeros de Seminario en Zaragoza procedía del campo y no estaban muy familiarizados con los hábitos de higiene y buena educación que Josemaría había aprendido en su casa. El Padre no pretendió nunca ser modelo de educación ni de cultura; es más, hubiera deseado pasar inadvertido entre sus compañeros, de los que siempre decía que eran excelentes. Pero no fue posible. Como le he oído contar, <strong>no había lavabos en las habitaciones, de manera que para lavarme de arriba a abajo había de llevar tres o cuatro jarros de agua: quizá fuera eso lo que escandalizaba a algunos</strong>.</p>
<p>Cuando hablaba de sus años en el Seminario, el Padre recordaba de sus compañeros sólo virtudes y grandes deseos de servir a la Iglesia. Pero sufrió incomprensiones cuando, a pesar suyo, los demás advirtieron sus esfuerzos por cuidar la vida de piedad. Se empeñaba en no singularizarse, porque desde la infancia fue enemigo de la ostentación y de las extravagancias; pero al mismo tiempo nos decía: <strong>no tengáis miedo a que se note que procuráis ser piadosos</strong>.</p>
<p>Pasaba muchas horas en oración, en la capilla del Seminario de San Carlos de Zaragoza, como antes había hecho en la Rotonda de Logroño. Procuraba no llamar la atención de los demás, pero aquellas largas visitas no pasaban inadvertidas y algunos de sus compañeros comentaban en voz alta, de modo que lo oyese: &#8220;Aquí viene el soñador&#8221;.</p>
<p>–<strong><em>En la Biblia </em></strong>(Gén. 37, 19)<strong><em>, así llamaban a José sus hermanos que después lo venderían a los mercaderes egipcios.</em></strong></p>
<p>–No daba ninguna importancia a estos comentarios irónicos. Es más, procuraba estimular a sus compañeros a que rezasen más.</p>
<p>Tampoco pasó inadvertido el hecho de que el Padre entrase a diario, a la vuelta de la Universidad, en la Basílica del Pilar –para honrar <strong>a mi Madre</strong>, decía–, y algunos seminaristas comenzaron a llamarle <strong><em>rosa mystica</em></strong>, para tomarle el pelo. Nuestro Fundador sufría con este mote, sobre todo porque, aunque sus compañeros quizá no se daban cuenta, constituía una irreverencia hacia la Santísima Virgen; y, por otra parte, le entristecía que se burlasen de algo lógico y normal, no sólo para quien se prepara al sacerdocio, sino para cualquier cristiano.</p>
<p>–<strong><em>De todos modos, el aprecio de sus profesores y compañeros debió de ser efectivo y sincero cuando el mismo Cardenal Soldevila, Arzobispo de Zaragoza, que poco después moriría en un atentado, le manifestó su estima personal nombrándole muy joven inspector del Seminario, y adelantándole con este fin la tonsura.</em></strong></p>
<p>–Es una muestra de la madurez que había alcanzado ya en su juventud, y testimonia el empeño que nuestro Fundador puso en su formación humana, espiritual y doctrinal –se exigió mucho en su lucha ascética y en los estudios, desde niño–, y apostólica: sus amigos de infancia y sus compañeros de escuela y seminario han conservado el recuerdo vivo de su afabilidad, de su disponibilidad para servir que denotaba un esfuerzo no meramente humano.</p>
<p>–<strong><em>El Fundador fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925: compartieron su alegría su madre, su hermana Carmen, y el hermano pequeño, Santiago, que tenía seis años. Pero no fueron días de fiesta porque estaban de luto. El 27 de noviembre anterior, don José Escrivá había muerto repentinamente, dejando a sus hijos el recuerdo de un padre ejemplar. El primer encargo ministerial de don Josemaría fue la sustitución de un compañero sacerdote, durante un par de meses, en el pueblo de Perdiguera.</em></strong></p>
<p>–Fue una situación difícil, porque el titular de la parroquia había abandonado su puesto en circunstancias poco claras, aunque oficialmente por enfermedad. Y en parte debió de ser así, pues aquel sacerdote murió repentinamente al cabo de un mes, es decir, en mayo.</p>
<p>El Padre prodigó su celo sacerdotal en aquel pueblo de ochocientos habitantes. En los lugares pequeños era normal que al párroco le sobrase bastante tiempo libre después de cumplir sus deberes de pastor&#8230; Una vez terminado el ministerio parroquial, el sacerdote solía reunirse con las &#8220;fuerzas vivas&#8221; –el alcalde, el médico, el farmacéutico, el secretario del ayuntamiento&#8230;– para jugar a las cartas. Pero don Josemaría tenía muchas otras cosas en que pensar: además de sus deberes sacerdotales y el cuidado de su vida de oración, tenía una madre viuda y dos hermanos que mantener, y debía terminar sus estudios civiles; pero, sobre todo, sentía claramente que el Señor quería algo de él, aunque aún le mantenía en la oscuridad. Por eso, ni entonces, ni después, como afirmaba, pudo permitirse el lujo de aburrirse: no tenía tiempo. Se lo he oído decir muchas veces, hasta el último día de su vida: <strong>nunca me he aburrido</strong>.</p>
<p>En Perdiguera, en lugar de tomar parte en pasatiempos con las &#8220;fuerzas vivas&#8221;, se dedicó a la catequesis de niños y adultos, en grupos, y también privadamente, uno a uno, si veía que lo necesitaban. En menos de dos meses visitó a todas las familias del pueblo, casa por casa, encendiéndolas en el amor de Dios. En estas visitas siguió siempre el criterio de no ir a las casas de los labradores cuando los hombres estaban fuera, trabajando en el campo.</p>
<p>En los ratos en que la gente descansaba y no era posible desarrollar ninguna actividad pastoral, el Padre aprovechaba para darse largos paseos por el campo, meditar y también para &#8220;castigar&#8221; el cuerpo, para mortificarse.</p>
<p>Hizo saber a todos que estaba siempre disponible, y que podían llamarle a cualquier hora para lo que necesitasen.</p>
<p>Esta conducta fue motivo de críticas por parte de algunas personas. El mote que le habían puesto en Zaragoza llegó hasta Perdiguera. Por esto, y por su comportamiento sacerdotal, algunos compañeros de pueblos cercanos empezaron a llamarle &#8220;el místico&#8221;.</p>
<p>El Padre nunca pronunció una palabra de protesta o resentimiento contra estos murmuradores. Pero, lógicamente, aquel chisme le llenó de dolor, no tanto por su persona, sino porque era una falta de respeto al sacerdote.</p>
<p>–<strong><em>El Fundador comenzó a acrisolar su sacerdocio desde el primer momento, a través de la administración de los sacramentos y la predicación. ¿Cómo adquirió aquel estilo de predicar tan incisivo que le hemos escuchado, y que podemos continuar apreciando en las homilías publicadas?</em></strong></p>
<p>–La predicación del Padre fue siempre doctrinal, pero aplicada a la vida concreta de las almas. Por otra parte, era muy rica y variada. Con frecuencia hablaba de la cercanía de Dios, de su presencia entre nosotros, con una fe y una convicción que parecían esculpir profundamente en el corazón de los presentes las palabras del Señor: <strong><em>Regnum Dei intra vos est</em></strong>. Realmente vivía siempre con Dios, inmerso en Él: su predicación era el desbordamiento de su corazón enamorado.</p>
<p>Puedo atestiguar que nuestro Fundador predicaba haciendo la oración personal en voz alta y, por tanto, expresaba lo que el Señor le inspiraba en ese momento; pero preparaba cuidadosamente sus meditaciones, aunque versasen sobre temas que conocía muy bien o sobre los cuales había hablado ya muchas veces. No le gustaba repetir al pie de la letra el guión utilizado en otras ocasiones. Lo actualizaba siempre, de acuerdo con las circunstancias o la situación concreta de los que escuchaban. A los sacerdotes nos aconsejaba hacer lo mismo. A menudo recordaba a sus hijos sacerdotes que no debían hacer como fray Gerundio de Campazas –un personaje de la literatura clásica española, creado por el P. José Francisco de Isla–, quien cerró los libros y se lanzó a predicar sermones grandilocuentes pero sin sustancia. También nos recomendaba no imitar <strong>el talento de don Estupendo, que por la mañana decía lo que por la noche estuvo leyendo</strong>; la única cosa que puede convencer a los demás es, en definitiva, nuestra propia vida, nuestra coherencia con el Evangelio. Y también en esto, su ejemplo nos arrastraba.<a><br />
</a></p>
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		<title>Su formación</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Sep 2010 18:05:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[fundador]]></category>
		<category><![CDATA[alegría]]></category>
		<category><![CDATA[apostolado]]></category>
		<category><![CDATA[formación]]></category>
		<category><![CDATA[hacer el bien]]></category>
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		<category><![CDATA[Ignacio Camps Valdovinos]]></category>
		<category><![CDATA[servir a los demás]]></category>
		<category><![CDATA[voluntad de Dios]]></category>

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		<description><![CDATA[–El Fundador refirió siempre de sí mismo que había sido un niño normal, educado en una familia profundamente cristiana, pero sin beaterías. ¿Querría relatar alguna anécdota de su infancia? –Josemaría era un niño fuerte, completamente sano, aunque sufrió una enfermedad infecciosa muy grave cuando tenía alrededor de año y medio. El médico de cabecera, Ignacio [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>–<strong><em>El Fundador refirió siempre de sí mismo que había sido un niño normal, educado en una familia profundamente cristiana, pero sin beaterías. ¿Querría relatar alguna anécdota de su infancia?</em></strong></p>
<p>–Josemaría era un niño fuerte, completamente sano, aunque sufrió una enfermedad infecciosa muy grave cuando tenía alrededor de año y medio. El médico de cabecera, Ignacio Camps Valdovinos, muy amigo del padre de Josemaría, don José Escrivá, llegó a decirle: &#8220;Mira, Pepe –así le llamaban sus amigos–, tengo que decirte la verdad: el niño se muere, no pasará de esta noche&#8221;.</p>
<p>Sus padres reaccionaron como buenos cristianos que eran. Rezaron mucho, abandonándose en la Voluntad de Dios, y prometieron que, si el niño sanaba, lo llevarían en peregrinación a la ermita de Torreciudad, un lugar del Somontano –entonces sólo accesible por caminos difíciles– donde se custodia una antigua imagen de la Virgen, muy venerada por los habitantes de Barbastro.</p>
<p>A la mañana siguiente el doctor Camps se acercó a la casa de los Escrivá y preguntó: &#8220;¿A qué hora ha muerto el niño?&#8221; José Escrivá respondió: &#8220;No sólo no ha muerto, sino que está completamente curado. ¿No le oyes hablar?&#8221; El doctor Camps entró en el dormitorio del niño y lo vio de pie, agarrado a los barrotes de su pequeña cama, saltando y gritando alegre.</p>
<p>A propósito de aquella cama, su madre me contó que el pequeño Josemaría tenía tanta vitalidad que, una vez, saltando agarrado a uno de los barrotes, tomó tal impulso que, sin querer, dio una voltereta y cayó al suelo fuera de la cama.</p>
<p>Sus padres cumplieron la promesa y peregrinaron en acción de gracias a Torreciudad, el lugar donde hoy se alza un gran santuario dedicado a la Virgen.</p>
<p>–<strong><em>Sus padres le enseñaron las primeras oraciones, que continuó rezando toda la vida, incluso cuando había cumplido ya los setenta años, y empezó a decir que sólo tenía siete, para subrayar las ventajas de la vida de infancia espiritual.</em></strong></p>
<p>–Hablando de sí mismo decía a veces: <strong>Recuerdo que un chico, al rezar el Señor mío Jesucristo, en lugar de decir propósito de la enmienda, pronunciaba &#8216;de la almendra&#8217;. No sabía qué era la enmienda, pero las almendras, sí, porque le gustaban. Ese niño era yo. </strong></p>
<p><strong>Aquella oración manifestaba también la buena voluntad de querer agradar a Dios y de portarse bien; la &#8216;almendra&#8217; de nunca más volver a pecar. Comenzarían a enseñarme esa oración hacia los tres años, y hasta los siete (los setenta) no he pasado de la &#8216;almendra&#8217;. Y por eso doy gracias a Dios</strong>.</p>
<p>Tenía un carácter fuerte. Por ejemplo, cuando su madre le invitaba a dar un beso a algún conocido, a veces respondía que no tenía &#8220;besos hechos&#8221;.</p>
<p>El ambiente de Barbastro era muy cristiano. Un año, en las fiestas del lugar se expuso uno de aquellos primeros aeroplanos y don José Escrivá llevó a su hijo a verlo. Nuestro Fundador recordaba, divertido, los comentarios de unas monjas que se preguntaban entre sí: &#8220;¿Cuando el avión vuele sobre nuestro huerto, romperá la clausura?&#8221;</p>
<p>Cuando se hizo un poco mayor, Josemaría acompañó de vez en cuando a su padre cuando salía a cazar. Don José Escrivá era un apasionado cazador. Tenía en casa, en un patio, una jaula con reclamos para las codornices. La jaula era pequeña y se le podía quitar el fondo, de modo que, una vez fijada a la tierra, los pájaros podían comer y moverse directamente sobre el suelo. Como a todo buen cazador, a don José Escrivá le gustaba mucho contar anécdotas de caza, que su hijo recordaba con detalle. Las perdices y las codornices eran sus presas favoritas, pero, si se ponían a tiro, don José disparaba también a los tordos.</p>
<p>El pequeño Josemaría era muy observador, y le gustaba pasar ratos en la cocina. Había notado, por ejemplo, que la cocinera calculaba el tiempo de cocción de los huevos duros rezando dos Credos.</p>
<p>–<strong><em>Es un detalle divertido y sintomático&#8230;</em></strong></p>
<p>–A propósito del huevo duro. Me viene ahora a la cabeza que en los años sesenta, una directora del Opus Dei en Kenia contó al Padre cómo calculaban el tiempo de cocción de los huevos, según la costumbre local de hacer un hoyo en el suelo y echar encima un poco de agua. Cuando se filtraba por completo en la tierra, quería decir que el huevo se había cocido. Por esta anécdota, nuestro Fundador se dio cuenta de que ni siquiera disponían de reloj, y le conmovió aquella penuria de medios tan extrema: inmediatamente hizo que diesen a aquella hija suya el despertador del Centro en que vivía.</p>
<p>Pero volvamos a la infancia del Padre. Jugaba con sus compañeros y participaba en sus habituales peleas, pero no soportaba la crueldad. Los niños son a veces despiadados, y los de Barbastro no eran una excepción: algunos tenían la costumbre de cazar murciélagos, clavarlos en una pared y matarlos a pedradas. En una ocasión, Josemaría fue testigo involuntario de una de estas brutales escenas. No la olvidó en su vida. Inclinado como era a reflexionar sobre las cosas que veía, comprendió por aquel episodio hasta dónde puede llegar la crueldad humana y –con las debidas distancias– el inconcebible comportamiento de los verdugos de nuestro Señor, cuando estaba clavado sobre el madero de la Cruz.</p>
<p>–<strong><em>El Padre atribuía a su condición de aragonés la franqueza y la sinceridad de su modo de ser, y la constancia y la perseverancia en los propósitos</em></strong>.</p>
<p>–Son características que tuvo desde su infancia. Le he oído contar en algunas ocasiones que se ponía colorado de pequeño cuando oía hablar de los escribas y fariseos, y lo mismo le pasaba a su hermana Carmen. La explicación es sencilla: muchas personas escribían el apellido de los Escrivá con &#8220;b&#8221;, ya que en España la &#8220;b&#8221; y la &#8220;v&#8221; se pronuncian igual; por eso cuando sus compañeros de colegio oían hablar de <strong><em>los escribas</em></strong>, miraban con una sonrisa a los Escrivá. El vicio de la hipocresía y el fingimiento no podían ser más diametralmente opuestos al modo de ser del Padre. Debo añadir que, aunque hablaba con frecuencia de sus defectos infantiles, nunca se refería a sus virtudes o éxitos. Nunca me dijo, por ejemplo, que había recibido un premio de aplicación y conducta en sus años de escuela primaria. Me he enterado después de su muerte, al consultar los boletines diocesanos.</p>
<p>–<strong><em>El Fundador fue un alumno brillante ya desde el bachillerato, que inició en Barbastro y terminó en Logroño, a donde se trasladó la familia en 1915, tras la quiebra de la empresa comercial del padre. Don José Escrivá, que había cargado generosamente con las consecuencias del mal comportamiento de un socio, encontró un nuevo empleo en un negocio de tejidos de Logroño. La familia tuvo que adaptarse al nuevo tenor de vida llevando con mucho señorío las iniciales estrecheces. Sin duda, el joven Josemaría debió de tener presentes las necesidades familiares antes de madurar su propia vocación profesional.</em></strong></p>
<p>–Quería ser arquitecto. Le movían a esta elección sus aficiones artísticas y humanísticas, así como su aptitud para las matemáticas y el dibujo. En aquel tiempo, los alumnos que recibían la máxima calificación –&#8221;Sobresaliente con premio&#8221;, según la terminología de la época–, se sentaban en la primera fila de la clase y tenían que contestar a las preguntas del profesor que no hubiesen podido responder otros alumnos menos preparados. Josemaría ocupó el primer banco en álgebra y trigonometría de cuarto y quinto de bachillerato, además de en literatura.</p>
<p>Sus padres estaban contentos con su orientación, aunque don José Escrivá a veces tomaba el pelo a su hijo, diciéndole que sería &#8220;un albañil distinguido&#8221;.</p>
<p>Como todas las madres, también doña Dolores estaba atenta a las amistades del hijo adolescente y le daba un consejo que el Padre me ha contado, divertido, más de una vez. Hablándole de la elección de una futura esposa –nada hacía prever que no fuese a casarse–, su madre le decía: &#8220;Josemaría, ni guapa que encante, ni fea que espante&#8221;.</p>
<p>–<strong><em>Pero las cosas discurrieron de modo muy diverso&#8230;</em></strong></p>
<p>–El Padre comenzó a <strong>barruntar el Amor</strong> –usó siempre esta frase– en un momento bien preciso.</p>
<p>Entre finales de diciembre de 1917 y comienzos de enero de 1918 cayó una nevada tan fuerte en la región de Logroño que, según la crónica del periódico local, <strong><em>La Rioja</em></strong> –sustituido en los años cincuenta por otro diario, <strong><em>La Nueva Rioja</em></strong>–, las precipitaciones duraron todo el mes, varias personas murieron de frío, las temperaturas descendieron hasta los dieciséis o diecisiete grados bajo cero, se cortaron las comunicaciones, etc. Una mañana Josemaría vio sobre la nieve las huellas de los pies descalzos de un carmelita. Brotó en su alma, inmediatamente, una profunda inquietud y se preguntó: &#8220;Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios y por el prójimo, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?&#8221; Comenzó entonces a advertir, con seguridad absoluta, que el Señor le pedía algo, y como no sabía qué era, poco tiempo después empezó a dirigirse al Señor con la súplica del ciego Bartimeo: <strong><em>Domine, ut videam!</em></strong>, o bien, <strong><em>Domine, ut sit!</em></strong>; y también, recurriendo a la Santísima Virgen para que se cumplieran en su vida los designios de Dios: <strong><em>Domina, ut videam!, Domina, ut sit!</em></strong></p>
<p>Intensificó su vida de piedad y de oración, acudió diariamente a la Misa y a la Comunión. Como fruto de esta entrega intuyó que si se hacía sacerdote estaría mejor preparado para comprender lo que el Señor quería de él. Decidió entonces entrar en el Seminario de Logroño como alumno externo. Sus padres no se opusieron, aunque aquella decisión modificaba radicalmente los planes familiares. Don José Escrivá llevó a su hijo a hablar con don Antolín Oñate, abad de la Colegiata de Logroño, un santo sacerdote que era una verdadera institución en la ciudad, y que alentó la vocación del muchacho.</p>
<p>–<strong><em>Sin embargo, tuvo que superar el impacto del ambiente del seminario de Logroño, y después, del de Zaragoza, donde prosiguió a partir de 1920 sus estudios de Teología, por el carácter netamente cristiano, pero &#8220;laical&#8221;, de la familia Escrivá.</em></strong></p>
<p>–Sus padres le habían enseñado a venerar el sacerdocio, pero, antes del episodio de las huellas en la nieve, nunca había pensado hacerse sacerdote. En el colegio incluso había sentido un rechazo inicial hacia el latín, y decía: <strong>¡El latín, para los curas!</strong> Sin embargo, en cuanto profundizó en el estudio del latín y se entusiasmó con esta lengua, sintió como la necesidad de compensar el escaso interés que había demostrado en sus primeros años. Además de calificar de necia su conducta anterior, reconocía: <strong>Nunca agradeceré bastante el bien que me hicieron en el colegio, cuando en el bachillerato me obligaron a estudiar el latín. Recuerdo que nos hacían llenar las libretas con las declinaciones y con las conjugaciones de los verbos: tanto de los regulares como de los irregulares. Además, teníamos que anotar si el acento era largo o breve. De manera que después nunca se me ocurría decir, por ejemplo, <em>legérem</em> sino <em>légerem</em></strong>.</p>
<p>Pero volvamos a la pregunta. La mayoría de los compañeros de Seminario en Zaragoza procedía del campo y no estaban muy familiarizados con los hábitos de higiene y buena educación que Josemaría había aprendido en su casa. El Padre no pretendió nunca ser modelo de educación ni de cultura; es más, hubiera deseado pasar inadvertido entre sus compañeros, de los que siempre decía que eran excelentes. Pero no fue posible. Como le he oído contar, <strong>no había lavabos en las habitaciones, de manera que para lavarme de arriba a abajo había de llevar tres o cuatro jarros de agua: quizá fuera eso lo que escandalizaba a algunos</strong>.</p>
<p>Cuando hablaba de sus años en el Seminario, el Padre recordaba de sus compañeros sólo virtudes y grandes deseos de servir a la Iglesia. Pero sufrió incomprensiones cuando, a pesar suyo, los demás advirtieron sus esfuerzos por cuidar la vida de piedad. Se empeñaba en no singularizarse, porque desde la infancia fue enemigo de la ostentación y de las extravagancias; pero al mismo tiempo nos decía: <strong>no tengáis miedo a que se note que procuráis ser piadosos</strong>.</p>
<p>Pasaba muchas horas en oración, en la capilla del Seminario de San Carlos de Zaragoza, como antes había hecho en la Rotonda de Logroño. Procuraba no llamar la atención de los demás, pero aquellas largas visitas no pasaban inadvertidas y algunos de sus compañeros comentaban en voz alta, de modo que lo oyese: &#8220;Aquí viene el soñador&#8221;.</p>
<p>–<strong><em>En la Biblia </em></strong>(Gén. 37, 19)<strong><em>, así llamaban a José sus hermanos que después lo venderían a los mercaderes egipcios.</em></strong></p>
<p>–No daba ninguna importancia a estos comentarios irónicos. Es más, procuraba estimular a sus compañeros a que rezasen más.</p>
<p>Tampoco pasó inadvertido el hecho de que el Padre entrase a diario, a la vuelta de la Universidad, en la Basílica del Pilar –para honrar <strong>a mi Madre</strong>, decía–, y algunos seminaristas comenzaron a llamarle <strong><em>rosa mystica</em></strong>, para tomarle el pelo. Nuestro Fundador sufría con este mote, sobre todo porque, aunque sus compañeros quizá no se daban cuenta, constituía una irreverencia hacia la Santísima Virgen; y, por otra parte, le entristecía que se burlasen de algo lógico y normal, no sólo para quien se prepara al sacerdocio, sino para cualquier cristiano.</p>
<p>–<strong><em>De todos modos, el aprecio de sus profesores y compañeros debió de ser efectivo y sincero cuando el mismo Cardenal Soldevila, Arzobispo de Zaragoza, que poco después moriría en un atentado, le manifestó su estima personal nombrándole muy joven inspector del Seminario, y adelantándole con este fin la tonsura.</em></strong></p>
<p>–Es una muestra de la madurez que había alcanzado ya en su juventud, y testimonia el empeño que nuestro Fundador puso en su formación humana, espiritual y doctrinal –se exigió mucho en su lucha ascética y en los estudios, desde niño–, y apostólica: sus amigos de infancia y sus compañeros de escuela y seminario han conservado el recuerdo vivo de su afabilidad, de su disponibilidad para servir que denotaba un esfuerzo no meramente humano.</p>
<p>–<strong><em>El Fundador fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925: compartieron su alegría su madre, su hermana Carmen, y el hermano pequeño, Santiago, que tenía seis años. Pero no fueron días de fiesta porque estaban de luto. El 27 de noviembre anterior, don José Escrivá había muerto repentinamente, dejando a sus hijos el recuerdo de un padre ejemplar. El primer encargo ministerial de don Josemaría fue la sustitución de un compañero sacerdote, durante un par de meses, en el pueblo de Perdiguera.</em></strong></p>
<p>–Fue una situación difícil, porque el titular de la parroquia había abandonado su puesto en circunstancias poco claras, aunque oficialmente por enfermedad. Y en parte debió de ser así, pues aquel sacerdote murió repentinamente al cabo de un mes, es decir, en mayo.</p>
<p>El Padre prodigó su celo sacerdotal en aquel pueblo de ochocientos habitantes. En los lugares pequeños era normal que al párroco le sobrase bastante tiempo libre después de cumplir sus deberes de pastor&#8230; Una vez terminado el ministerio parroquial, el sacerdote solía reunirse con las &#8220;fuerzas vivas&#8221; –el alcalde, el médico, el farmacéutico, el secretario del ayuntamiento&#8230;– para jugar a las cartas. Pero don Josemaría tenía muchas otras cosas en que pensar: además de sus deberes sacerdotales y el cuidado de su vida de oración, tenía una madre viuda y dos hermanos que mantener, y debía terminar sus estudios civiles; pero, sobre todo, sentía claramente que el Señor quería algo de él, aunque aún le mantenía en la oscuridad. Por eso, ni entonces, ni después, como afirmaba, pudo permitirse el lujo de aburrirse: no tenía tiempo. Se lo he oído decir muchas veces, hasta el último día de su vida: <strong>nunca me he aburrido</strong>.</p>
<p>En Perdiguera, en lugar de tomar parte en pasatiempos con las &#8220;fuerzas vivas&#8221;, se dedicó a la catequesis de niños y adultos, en grupos, y también privadamente, uno a uno, si veía que lo necesitaban. En menos de dos meses visitó a todas las familias del pueblo, casa por casa, encendiéndolas en el amor de Dios. En estas visitas siguió siempre el criterio de no ir a las casas de los labradores cuando los hombres estaban fuera, trabajando en el campo.</p>
<p>En los ratos en que la gente descansaba y no era posible desarrollar ninguna actividad pastoral, el Padre aprovechaba para darse largos paseos por el campo, meditar y también para &#8220;castigar&#8221; el cuerpo, para mortificarse.</p>
<p>Hizo saber a todos que estaba siempre disponible, y que podían llamarle a cualquier hora para lo que necesitasen.</p>
<p>Esta conducta fue motivo de críticas por parte de algunas personas. El mote que le habían puesto en Zaragoza llegó hasta Perdiguera. Por esto, y por su comportamiento sacerdotal, algunos compañeros de pueblos cercanos empezaron a llamarle &#8220;el místico&#8221;.</p>
<p>El Padre nunca pronunció una palabra de protesta o resentimiento contra estos murmuradores. Pero, lógicamente, aquel chisme le llenó de dolor, no tanto por su persona, sino porque era una falta de respeto al sacerdote.</p>
<p>–<strong><em>El Fundador comenzó a acrisolar su sacerdocio desde el primer momento, a través de la administración de los sacramentos y la predicación. ¿Cómo adquirió aquel estilo de predicar tan incisivo que le hemos escuchado, y que podemos continuar apreciando en las homilías publicadas?</em></strong></p>
<p>–La predicación del Padre fue siempre doctrinal, pero aplicada a la vida concreta de las almas. Por otra parte, era muy rica y variada. Con frecuencia hablaba de la cercanía de Dios, de su presencia entre nosotros, con una fe y una convicción que parecían esculpir profundamente en el corazón de los presentes las palabras del Señor: <strong><em>Regnum Dei intra vos est</em></strong>. Realmente vivía siempre con Dios, inmerso en Él: su predicación era el desbordamiento de su corazón enamorado.</p>
<p>Puedo atestiguar que nuestro Fundador predicaba haciendo la oración personal en voz alta y, por tanto, expresaba lo que el Señor le inspiraba en ese momento; pero preparaba cuidadosamente sus meditaciones, aunque versasen sobre temas que conocía muy bien o sobre los cuales había hablado ya muchas veces. No le gustaba repetir al pie de la letra el guión utilizado en otras ocasiones. Lo actualizaba siempre, de acuerdo con las circunstancias o la situación concreta de los que escuchaban. A los sacerdotes nos aconsejaba hacer lo mismo. A menudo recordaba a sus hijos sacerdotes que no debían hacer como fray Gerundio de Campazas –un personaje de la literatura clásica española, creado por el P. José Francisco de Isla–, quien cerró los libros y se lanzó a predicar sermones grandilocuentes pero sin sustancia. También nos recomendaba no imitar <strong>el talento de don Estupendo, que por la mañana decía lo que por la noche estuvo leyendo</strong>; la única cosa que puede convencer a los demás es, en definitiva, nuestra propia vida, nuestra coherencia con el Evangelio. Y también en esto, su ejemplo nos arrastraba.</p>
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		<title>Una residencia universitaria en Valencia</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Aug 2010 10:34:28 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[&#8220;La fundación del Opus Dei&#8221;. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943. A comienzos del verano de 1940, los fieles de la Obra en Valencia empezaron a buscar un local que pudiera servir de residencia durante el año académico 1940-1941. Tras recorrer gran parte de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">&#8220;La fundación del Opus Dei&#8221;. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.</h2>
<p>A comienzos del verano de 1940, los fieles de la Obra en Valencia empezaron a buscar un local que pudiera servir de residencia durante el año académico 1940-1941. Tras recorrer gran parte de la ciudad, encontraron un lugar en la misma calle que El Cubil. Había servido de hospital durante la guerra y estaba ruinoso, pero era amplio y prometía mucho.</p>
<p>Unos pocos viajes con una carretilla bastaron para trasladar las escasas pertenencias de El Cubil a la nueva residencia, a la que pusieron el nombre de la calle, Samaniego. El 30 de julio de 1940 cerraron El Cubil y empezaron a acondicionar Samaniego, que tendría capacidad para veinte estudiantes. Casciaro, que se traladó de Madrid a Valencia para ser el director, se encargó de la decoración. El vestíbulo de entrada, que tenía un techo extremadamente alto, planteaba un desafío particular. Para llenar el espacio, Casciaro diseñó un gran repostero que cosió Carmen Escrivá. Representaba un escudo con cardos en su mitad inferior y estrellas en la mitad superior con la leyenda “Per aspera ad astra” (“Por la dificultad, hasta las estrellas”).</p>
<p>Cada vez que venía a Valencia, Escrivá procuraba llevar algún objeto que completara la decoración: unos procedían del hogar de su familia, otros eran regalo de la familia de alguien de la Obra, y algunos otros habían sido rescatados de las ruinas de la residencia de la calle Ferraz. Los miembros de la Obra que vivían en Valencia también pidieron a sus padres y familiares muebles para la nueva residencia. Poco a poco, la casa cobró el aspecto de un hogar de familia, aunque había tan poco dinero que, durante varios meses, no pudieron pagar la cuenta de la luz y tuvieron que apañarse con velas.</p>
<p>Escrivá bendijo la residencia el 20 de septiembre de 1940. Durante la ceremonia, expresó su esperanza de que pronto fuera posible tener allí a Jesucristo presente en el sagrario. Antes de destinarla al nuevo uso, la casa tenía un pequeña capilla que pasó a ser el oratorio de la residencia. Podía ampliarse abriendo unas puertas correderas que conectaban con dos habitaciones contiguas. El altar fue decorado con azulejos del siglo XVII. Federico Súarez, estudiante de Historia que se había incorporado recientemente al Opus Dei, los había encontrado entre un montón de escombros en un solar en construcción. Para el retablo del altar, Fernando Delapuente, miembro de la Obra que vivía en Madrid y que más tarde sería un afamado pintor, hizo una copia de una crucifixión de Van der Weyden. Escrivá celebró la primera Misa en el oratorio el 2 de noviembre de 1940. Después de reservar el Santísimo Sacramento en un sagrario prestado exclamó: “Estoy muy contento. ¡Otro Sagrario!”<span>[1]</span>.</p>
<p>Cuando la residencia de Samaniego abrió, vivían en ella tres fieles del Opus Dei: Casciaro, Fuenmayor, subdirector, y Jesus Urteaga, que había pedido la admisión en el Opus Dei durante el verano y fue a Valencia a empezar la carrera universitaria. Sólo había uno que no pertenecía a la Obra. Había muchas plazas libres y los residentes tardaban en venir. Para llegar a fin de mes, los miembros de la Obra abrieron una academia dirigida a alumnos de secundaria que se preparaban para ingresar en la universidad y que ofrecía también clases de Derecho Civil.</p>
<p>Poco a poco la residencia se fue llenando hasta alcanzar los veinte residentes previstos. Además, muchos otros universitarios iban allí a estudiar y a las clases de formación cristiana. En el primer año de funcionamiento, pidieron pertenecer al Opus Dei cinco de ellos.</p>
<p><span>[1]</span> AGP P03 1991 p. 312<a><br />
</a></p>
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		<title>Taxista en Madrid</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Jul 2010 22:07:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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		<description><![CDATA[“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco. Félix es taxista en Madrid y, como todos los de esta profesión, se pasa muchas horas al volante, con frío y calor, con lluvia y con sol, con ganas o sin ellas. Una vez dos señoras que habían subido al taxi se liaron [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis  Ignacio Seco.</h2>
<p>Félix es taxista en Madrid y, como todos los de esta profesión, se  pasa muchas horas al volante, con frío y calor, con lluvia y con sol,  con ganas o sin ellas. Una vez dos señoras que habían subido al taxi se  liaron a hablar del Opus Dei para concluir que sólo le interesaba el  contacto con las clases medias y dirigentes. Félix se volvió entonces  con una gran sonrisa y les dijo: «Están ustedes equivocadas; yo soy del  Opus Dei, y ya ven&#8230; ».</p>
<p>–¿Cómo conoció usted el Opus Dei?</p>
<p>–Por un amigo taxista, vecino de casa. Me habló de la Obra, y aunque yo  pensaba ya mucho –tenía inquietudes de índole espiritual–, creía que no  podría nunca ser de la Obra. Pero a medida que la fui conociendo, vi que  era el camino por donde el Señor me había llamado.</p>
<p>–¿Qué es para usted el Opus Dei?</p>
<p>–Ha sido mi felicidad. Es fabuloso el cambio que mi vida ha dado en el  trabajo. ¡Darme cuenta de que es el sitio donde el Señor me ha puesto  para servir a los demás! Antes veía el trabajo como una cosa forzada,  que no había más remedio.</p>
<p>–¿Y ahora?</p>
<p>–Como el medio de mi santificación, y de la santificación de los que me  rodean.</p>
<p>–¿Quiénes son sus amigos?</p>
<p><strong>–</strong>Hombre, pues mis amigos son los compañeros taxistas y por mi  profesión anterior, que yo era vaquero, mucha gente del campo.</p>
<p>–¿Y saben que es usted del Opus Dei?</p>
<p>–Yo creo que sí, porque ellos me conocen de sobra y en diversas  ocasiones hemos hablado del Opus Dei.</p>
<p>–¿Cómo se apunta uno al Opus Dei?</p>
<p>–Hombre, qué pregunta.</p>
<p>–¿Hay que pagar una cuota o algo así?</p>
<p>–Nada de eso. Lo que hace falta es querer vivir cara a Dios. Tener  vocación para la Obra y pedir la admisión, y eso, «querer ser».</p>
<p>–¿Cómo puede usted vivir una vida de oración en medio de su trabajo?</p>
<p>–Desde que salgo a trabajar pienso que es un día nuevo para ofrecer al  Señor. A cada viajero que sube al taxi, procuro hacer con él como haría  el Señor mismo.</p>
<p>–¿Usted se considera al servicio de los demás?</p>
<p>–Sí.</p>
<p>–¿Al servicio del Opus Dei?</p>
<p>–Soy yo el que me sirvo del Opus Dei, de la doctrina que recibo.</p>
<p>–¿Es duro esto de ser del Opus Dei?</p>
<p>–Tan duro como es el tratar de ser un buen cristiano, pero si el Señor  le da a uno vocación, no resulta difícil superar las dificultades.</p>
<p>–¿Tiene que explicar frecuentemente la Obra?</p>
<p>–Frecuentemente, no. Yo procuro informar a todo el mundo y, cuando es  necesario, aclaro las dudas de algunos.</p>
<p>–¿Qué argumentos emplea?</p>
<p>–Pues les explico en qué consiste el Opus Dei y, si viene a cuento, que  no sólo hay políticos y banqueros, como dicen algunos. Yo me muevo en un  ambiente en el que no hay ninguno de esos señores. Yo mismo soy un buen  argumento.</p>
<p>–¿Que es lo que siente usted siendo del Opus Dei?</p>
<p>–Una inmensa alegría. Porque sólo aspiro a hacer mejor las cosas. Tanto  en el trabajo como en la vida de familia. Quizá lo que yo no sé es  expresarme, porque mi cultura es poca&#8230;</p>
<p>–¿Sus hijos van a ser del Opus Dei?</p>
<p>–Mis hijos serán lo que ellos decidan ser. Yo, procuraré darles una  cultura y una formación cristiana mejor que la pude recibir yo.</p>
<p><a></a></p>
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		<title>Tiempo de trashumancia</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Jun 2010 17:08:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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		<description><![CDATA[“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei. Don Josemaría permanece como capellán en las Damas Apostólicas hasta el año 1931. El 11 de mayo, Madrid vive una jornada de agitación política durante la que arden iglesias y conventos religiosos. Ante el temor de que la iglesia del convento sea [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.</h2>
<p>Don Josemaría permanece como capellán en las Damas Apostólicas hasta el año 1931. El 11 de mayo, Madrid vive una jornada de agitación política durante la que arden iglesias y conventos religiosos. Ante el temor de que la iglesia del convento sea asaltada por las turbas, pone a salvo las Hostias consagradas. Así lo relata el periodista Julián Cortés Cavanillas: «acompañado por mí, llevó en su pecho al Santísimo, desde la capilla en donde era capellán (&#8230;) hasta las casas militares, próximas a la glorieta de Cuatro Caminos, donde depositó el divino tesoro eucarístico en casa de unos amigos aragoneses»(1).</p>
<p>También la vivienda junto al Patronato de Enfermos se hace peligrosa. Abandona la calle José Marañón, y se traslada, con su familia, a un pequeño piso situado en la calle de Viriato; allí residirán hasta finales del año 1932.</p>
<p>Su familia ha aprendido a respetar los desplazamientos que impone la vida de Josemaría, su constante actividad apostólica y la fidelidad a una vocación divina de la que todavía no les ha dado explicaciones, pero que intuyen como una exigencia de Dios a la que él responde incondicionalmente. Una cosa es indudable: el gran cariño que les profesa desde siempre; la preocupación por su bienestar, por los estudios de Santiago, por las tareas de Carmen y de su madre. Pero ninguno de estos sentimientos es un obstáculo para su ministerio sacerdotal ni para sacar adelante la Obra que Dios le ha hecho ver el 2 de octubre de 1928.</p>
<p>Doña Dolores, con la serenidad y dedicación que la caracterizan, se ocupa de todo, trabaja constantemente, sigue a su hijo y le ayuda siempre, de lejos y de cerca, con la solicitud que solamente saben componer juntos la discreción y el amor. Cuando concluyan los avatares de la guerra civil, su domicilio se verá invadido por «los chicos de Josemaría», como dirá su hermano Santiago. La madre y los hermanos del Fundador apenas gozarán de espacio ni de propiedad exclusiva. Dios agrandará su corazón para que brinden a estos muchachos, que acuden a la amistad del sacerdote, la acogida, el afecto y la atención de un auténtico hogar.</p>
<p>Los sucesos políticos del momento español llevan un ritmo vertiginoso. Preside la República Niceto Alcalá Zamora, cuando se publica la nueva Constitución en la que se proclama el laicismo del Estado. Se determina la expulsión de la Compañía de Jesús. Al mismo tiempo, se suprime todo signo religioso público y se decide la exclusión de la Iglesia de los planes de enseñanza. Solamente algunas órdenes de clausura, por la escasa importancia que les concede el Gobierno, y algunas comunidades religiosas dedicadas a labores asistenciales, podrán continuar ejerciendo sus actividades en el país. Se suprimirá, también, el presupuesto para el clero.</p>
<p>Anticipando estos acontecimientos -en mayo de 1931-, sobre los tejados de Madrid se han visto las columnas de humo que despiden los incendios del Colegio de Maravillas en Cuatro Caminos, del Instituto Católico en la calle de Alberto Aguilera, de los Carmelitas en la Plaza de España y de la Residencia de los jesuitas en la calle de la Flor. Muchas monjas se verán obligadas a desalojar los conventos y a salir a la calle para buscar refugio.</p>
<p>Pío XI, en su Encíclica «Dilectissima Nobis», proclama que la Iglesia Católica, no estando bajo ningún aspecto ligada a una forma de gobierno más que a otra, con tal que queden a salvo los derechos de Dios y de la conciencia cristiana, no encuentra dificultad en avenirse con las diversas instituciones civiles, sean monárquicas o republicanas.</p>
<p>Pero es la República de España la que evoluciona hacia posturas incompatibles con la Iglesia Católica. La Constitución, las leyes fundamentales y la actuación del gobierno están inspirados cada vez más en un anticatolicismo casi frenético.</p>
<p>En esta situación, las Agustinas Recoletas del convento de Santa Isabel, cerca de Atocha, monjas de clausura, se han quedado sin capellán porque se ha suprimido el presupuesto para su manutención. La Priora, Madre Sagrario, busca un sacerdote que acepte celebrarles diariamente la Santa Misa y ocuparse de la Comunidad. Y este sacerdote, capaz de seguir trabajando con serenidad, de aparecer vestido con su traje talar y pasar por entre los ánimos exacerbados, será don Josemaría Escrivá de  Balaguer(2).<a><br />
</a></p>
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		<title>Un espíritu inédito</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Jun 2010 21:20:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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		<category><![CDATA[empresa sobrenatural]]></category>
		<category><![CDATA[fenómeno teológico inédito]]></category>
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		<category><![CDATA[Tiempo de caminar]]></category>

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		<description><![CDATA[“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei. Desde el primer momento, don Josemaría se entrega de lleno a la misión que le ha sido confiada. A pesar de la claridad meridiana con que ha visto el camino, comprende que su realización implica un fenómeno teológico inédito dentro de las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del  Opus Dei.</h2>
<p>Desde el primer momento, don Josemaría se entrega de lleno a la misión  que le ha sido confiada. A pesar de la claridad meridiana con que ha  visto el camino, comprende que su realización implica un fenómeno  teológico inédito dentro de las líneas de espiritualidad existentes, en  ese momento, dentro de la Iglesia. Y siente una completa repugnancia  interior a crear nada nuevo. No le interesa personalmente ser fundador,  porque todas las antiguas fundaciones, lo mismo que las de los siglos  más inmediatos, le parecen llenas de actualidad y vida. Se siente  pequeño, sin medios, sin condiciones, sin relación alguna que le permita  abrir la brecha de este arduo caminar que Dios acaba de pedirle.</p>
<p>Confesará, años más tarde: «El Señor, que juega con las almas como un  padre con sus niños pequeños –“<em>ludens coram eo omni tempore, luden in  orbe terrarum</em>&#8221; (Prov VIII, 30); jugando en todo tiempo, jugando por  el orbe de la tierra-, viendo en los comienzos mi resistencia (&#8230;)  permitió que tuviera la aparente humildad de pensar -sin ningún  fundamento- que podía haber en el mundo instituciones que no se  diferenciaran de lo que Dios me había pedido. (&#8230;) Han pasado unos  años, y veo ahora que quizá dejó el Señor que padeciera entonces esa  completa repugnancia, para que tenga siempre una prueba externa más de  que todo es suyo y nada mío » (17).</p>
<p>En múltiples ocasiones expondrá el mismo argumento:</p>
<p>«No olvidéis, hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas,  para hacer una cosa buena. Esto es mucho&#8230;, pero es poco. Somos  apóstoles que “cumplimos un mandato imperativo de Cristo”» (18).</p>
<p>Intentará confirmar repetidamente -con sumisión total a la obediencia-  la veracidad, la autenticidad divina del mensaje recibido, permaneciendo  en contacto ininterrumpido con la autoridad eclesiástica. Durante algún  tiempo, al explicar la llamada universal a la santidad en medio del  mundo a otras personas, tendrá que escuchar palabras duras, hostiles.  Opiniones que le duelen, pero que nunca consiguen minar su vida interior  ni sembrar, en la magnanimidad de su espíritu, la menor duda. De una  vez para siempre, decide esperar a que la Iglesia resuelva, sin dar más  detalles a los que, sin ningún título, pretenden erigirse en jueces.</p>
<p>Jamás ha sido milagrero. Declarará que le bastan los milagros del  Evangelio. Pero, con la misma firmeza, habrá de subrayar ante sus hijos,  y ante todas las gentes, la fe y respeto sobrenaturales que exige la  Obra de Dios en la tierra:</p>
<p>«En mis conversaciones con vosotros repetidas veces he puesto de  manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una  empresa humana, sino una gran “empresa sobrenatural”, que comenzó  cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda  llamar sin jactancia la Obra de Dios.</p>
<p>“La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre” (&#8230;). Hace muchos años  que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio  por vez primera el día de los Santos Angeles Custodios, dos de octubre  de mil novecientos veintiocho»(19).</p>
<p>Hasta el día de su muerte, no perderá un momento. Irá tras la Voluntad  de Dios, en el convencimiento firme de la llamada divina y en busca de  las almas que el Señor quiera poner en su camino.</p>
<p>En estos primeros tiempos recibe información sobre nuevas fundaciones  aparecidas en Italia y Polonia. Trata de saber si coinciden con lo que  Dios le pide. No quiere arrogarse calidad de Fundador si la Providencia  ha puesto ya un camino similar en la tierra por medio de otro hombre.  Pero pronto se convencerá de que nada se parece a la imagen clara,  inconfundible, que le ha sido confiada.</p>
<p>Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso  atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros&#8230; Los  haréis, a través de las montañas, al golpe de<br />
vuestras pisadas» (20)</p>
<p>Cuenta ahora veintiséis años. Ha de desarrollar toda la doctrina  teológica, ascética y jurídica del Opus Dei. Se encuentra ante una  solución de continuidad de siglos: no hay nada semejante. A los ojos  humanos todo ello puede parecer una locura, tanto más cuanto que tampoco  tiene influencias sociales de ningún tipo.</p>
<p>Esta empresa divina tiene el apoyo de la gracia del Cielo y un alma  fiel, sin medios humanos, que ha secundado siempre los deseos de Dios.  Arraiga en un hombre que, desde la adolescencia, ha respondido  afirmativamente&#8230; «Y esa semilla es hoy (&#8230;) un<br />
árbol frondoso, de esbelto tronco, que restaura con su sombra a una  legión de almas»(21).<a><br />
</a></p>
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		<title>Fernández de la Hoz</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Jun 2010 05:34:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei. En esta calle de Fernández de la Hoz, sufrió el Fundador insultos y amenazas por el simple hecho se ser sacerdote. Escribía en sus Apuntes íntimos el 22 de noviembre de 1930 que al pasar junto a un grupo de albañiles, uno [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con  la fundación del Opus Dei.</h2>
<p>En esta calle de Fernández de la Hoz, sufrió el Fundador insultos y  amenazas por el simple hecho se ser sacerdote.</p>
<p>Escribía en sus Apuntes íntimos el 22 de noviembre de 1930 que al pasar  junto a un grupo de albañiles, uno de ellos en tono de mofa, gritó: ¡la  España negra! Oír esto y volverme yo hacia ellos, decidido, todo fue  uno. Me acordé de lo que el padre dijo el Padre Sánchez, su director  espiritual] , y hablé insinuante, sin enfado. Total: me dieron la razón,  incluso el del grito, quien, con otro de ellos, me estrechó la mano.  Estos ya no insultarán, de seguro, a otro sacerdote.<a><br />
</a></p>
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