Una residencia universitaria en Valencia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A comienzos del verano de 1940, los fieles de la Obra en Valencia empezaron a buscar un local que pudiera servir de residencia durante el año académico 1940-1941. Tras recorrer gran parte de la ciudad, encontraron un lugar en la misma calle que El Cubil. Había servido de hospital durante la guerra y estaba ruinoso, pero era amplio y prometía mucho.

Unos pocos viajes con una carretilla bastaron para trasladar las escasas pertenencias de El Cubil a la nueva residencia, a la que pusieron el nombre de la calle, Samaniego. El 30 de julio de 1940 cerraron El Cubil y empezaron a acondicionar Samaniego, que tendría capacidad para veinte estudiantes. Casciaro, que se traladó de Madrid a Valencia para ser el director, se encargó de la decoración. El vestíbulo de entrada, que tenía un techo extremadamente alto, planteaba un desafío particular. Para llenar el espacio, Casciaro diseñó un gran repostero que cosió Carmen Escrivá. Representaba un escudo con cardos en su mitad inferior y estrellas en la mitad superior con la leyenda “Per aspera ad astra” (“Por la dificultad, hasta las estrellas”).

Cada vez que venía a Valencia, Escrivá procuraba llevar algún objeto que completara la decoración: unos procedían del hogar de su familia, otros eran regalo de la familia de alguien de la Obra, y algunos otros habían sido rescatados de las ruinas de la residencia de la calle Ferraz. Los miembros de la Obra que vivían en Valencia también pidieron a sus padres y familiares muebles para la nueva residencia. Poco a poco, la casa cobró el aspecto de un hogar de familia, aunque había tan poco dinero que, durante varios meses, no pudieron pagar la cuenta de la luz y tuvieron que apañarse con velas.

Escrivá bendijo la residencia el 20 de septiembre de 1940. Durante la ceremonia, expresó su esperanza de que pronto fuera posible tener allí a Jesucristo presente en el sagrario. Antes de destinarla al nuevo uso, la casa tenía un pequeña capilla que pasó a ser el oratorio de la residencia. Podía ampliarse abriendo unas puertas correderas que conectaban con dos habitaciones contiguas. El altar fue decorado con azulejos del siglo XVII. Federico Súarez, estudiante de Historia que se había incorporado recientemente al Opus Dei, los había encontrado entre un montón de escombros en un solar en construcción. Para el retablo del altar, Fernando Delapuente, miembro de la Obra que vivía en Madrid y que más tarde sería un afamado pintor, hizo una copia de una crucifixión de Van der Weyden. Escrivá celebró la primera Misa en el oratorio el 2 de noviembre de 1940. Después de reservar el Santísimo Sacramento en un sagrario prestado exclamó: “Estoy muy contento. ¡Otro Sagrario!”[1].

Cuando la residencia de Samaniego abrió, vivían en ella tres fieles del Opus Dei: Casciaro, Fuenmayor, subdirector, y Jesus Urteaga, que había pedido la admisión en el Opus Dei durante el verano y fue a Valencia a empezar la carrera universitaria. Sólo había uno que no pertenecía a la Obra. Había muchas plazas libres y los residentes tardaban en venir. Para llegar a fin de mes, los miembros de la Obra abrieron una academia dirigida a alumnos de secundaria que se preparaban para ingresar en la universidad y que ofrecía también clases de Derecho Civil.

Poco a poco la residencia se fue llenando hasta alcanzar los veinte residentes previstos. Además, muchos otros universitarios iban allí a estudiar y a las clases de formación cristiana. En el primer año de funcionamiento, pidieron pertenecer al Opus Dei cinco de ellos.

[1] AGP P03 1991 p. 312

Taxista en Madrid

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Félix es taxista en Madrid y, como todos los de esta profesión, se pasa muchas horas al volante, con frío y calor, con lluvia y con sol, con ganas o sin ellas. Una vez dos señoras que habían subido al taxi se liaron a hablar del Opus Dei para concluir que sólo le interesaba el contacto con las clases medias y dirigentes. Félix se volvió entonces con una gran sonrisa y les dijo: «Están ustedes equivocadas; yo soy del Opus Dei, y ya ven… ».

–¿Cómo conoció usted el Opus Dei?

–Por un amigo taxista, vecino de casa. Me habló de la Obra, y aunque yo pensaba ya mucho –tenía inquietudes de índole espiritual–, creía que no podría nunca ser de la Obra. Pero a medida que la fui conociendo, vi que era el camino por donde el Señor me había llamado.

–¿Qué es para usted el Opus Dei?

–Ha sido mi felicidad. Es fabuloso el cambio que mi vida ha dado en el trabajo. ¡Darme cuenta de que es el sitio donde el Señor me ha puesto para servir a los demás! Antes veía el trabajo como una cosa forzada, que no había más remedio.

–¿Y ahora?

–Como el medio de mi santificación, y de la santificación de los que me rodean.

–¿Quiénes son sus amigos?

Hombre, pues mis amigos son los compañeros taxistas y por mi profesión anterior, que yo era vaquero, mucha gente del campo.

–¿Y saben que es usted del Opus Dei?

–Yo creo que sí, porque ellos me conocen de sobra y en diversas ocasiones hemos hablado del Opus Dei.

–¿Cómo se apunta uno al Opus Dei?

–Hombre, qué pregunta.

–¿Hay que pagar una cuota o algo así?

–Nada de eso. Lo que hace falta es querer vivir cara a Dios. Tener vocación para la Obra y pedir la admisión, y eso, «querer ser».

–¿Cómo puede usted vivir una vida de oración en medio de su trabajo?

–Desde que salgo a trabajar pienso que es un día nuevo para ofrecer al Señor. A cada viajero que sube al taxi, procuro hacer con él como haría el Señor mismo.

–¿Usted se considera al servicio de los demás?

–Sí.

–¿Al servicio del Opus Dei?

–Soy yo el que me sirvo del Opus Dei, de la doctrina que recibo.

–¿Es duro esto de ser del Opus Dei?

–Tan duro como es el tratar de ser un buen cristiano, pero si el Señor le da a uno vocación, no resulta difícil superar las dificultades.

–¿Tiene que explicar frecuentemente la Obra?

–Frecuentemente, no. Yo procuro informar a todo el mundo y, cuando es necesario, aclaro las dudas de algunos.

–¿Qué argumentos emplea?

–Pues les explico en qué consiste el Opus Dei y, si viene a cuento, que no sólo hay políticos y banqueros, como dicen algunos. Yo me muevo en un ambiente en el que no hay ninguno de esos señores. Yo mismo soy un buen argumento.

–¿Que es lo que siente usted siendo del Opus Dei?

–Una inmensa alegría. Porque sólo aspiro a hacer mejor las cosas. Tanto en el trabajo como en la vida de familia. Quizá lo que yo no sé es expresarme, porque mi cultura es poca…

–¿Sus hijos van a ser del Opus Dei?

–Mis hijos serán lo que ellos decidan ser. Yo, procuraré darles una cultura y una formación cristiana mejor que la pude recibir yo.

Tiempo de trashumancia

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Don Josemaría permanece como capellán en las Damas Apostólicas hasta el año 1931. El 11 de mayo, Madrid vive una jornada de agitación política durante la que arden iglesias y conventos religiosos. Ante el temor de que la iglesia del convento sea asaltada por las turbas, pone a salvo las Hostias consagradas. Así lo relata el periodista Julián Cortés Cavanillas: «acompañado por mí, llevó en su pecho al Santísimo, desde la capilla en donde era capellán (…) hasta las casas militares, próximas a la glorieta de Cuatro Caminos, donde depositó el divino tesoro eucarístico en casa de unos amigos aragoneses»(1).

También la vivienda junto al Patronato de Enfermos se hace peligrosa. Abandona la calle José Marañón, y se traslada, con su familia, a un pequeño piso situado en la calle de Viriato; allí residirán hasta finales del año 1932.

Su familia ha aprendido a respetar los desplazamientos que impone la vida de Josemaría, su constante actividad apostólica y la fidelidad a una vocación divina de la que todavía no les ha dado explicaciones, pero que intuyen como una exigencia de Dios a la que él responde incondicionalmente. Una cosa es indudable: el gran cariño que les profesa desde siempre; la preocupación por su bienestar, por los estudios de Santiago, por las tareas de Carmen y de su madre. Pero ninguno de estos sentimientos es un obstáculo para su ministerio sacerdotal ni para sacar adelante la Obra que Dios le ha hecho ver el 2 de octubre de 1928.

Doña Dolores, con la serenidad y dedicación que la caracterizan, se ocupa de todo, trabaja constantemente, sigue a su hijo y le ayuda siempre, de lejos y de cerca, con la solicitud que solamente saben componer juntos la discreción y el amor. Cuando concluyan los avatares de la guerra civil, su domicilio se verá invadido por «los chicos de Josemaría», como dirá su hermano Santiago. La madre y los hermanos del Fundador apenas gozarán de espacio ni de propiedad exclusiva. Dios agrandará su corazón para que brinden a estos muchachos, que acuden a la amistad del sacerdote, la acogida, el afecto y la atención de un auténtico hogar.

Los sucesos políticos del momento español llevan un ritmo vertiginoso. Preside la República Niceto Alcalá Zamora, cuando se publica la nueva Constitución en la que se proclama el laicismo del Estado. Se determina la expulsión de la Compañía de Jesús. Al mismo tiempo, se suprime todo signo religioso público y se decide la exclusión de la Iglesia de los planes de enseñanza. Solamente algunas órdenes de clausura, por la escasa importancia que les concede el Gobierno, y algunas comunidades religiosas dedicadas a labores asistenciales, podrán continuar ejerciendo sus actividades en el país. Se suprimirá, también, el presupuesto para el clero.

Anticipando estos acontecimientos -en mayo de 1931-, sobre los tejados de Madrid se han visto las columnas de humo que despiden los incendios del Colegio de Maravillas en Cuatro Caminos, del Instituto Católico en la calle de Alberto Aguilera, de los Carmelitas en la Plaza de España y de la Residencia de los jesuitas en la calle de la Flor. Muchas monjas se verán obligadas a desalojar los conventos y a salir a la calle para buscar refugio.

Pío XI, en su Encíclica «Dilectissima Nobis», proclama que la Iglesia Católica, no estando bajo ningún aspecto ligada a una forma de gobierno más que a otra, con tal que queden a salvo los derechos de Dios y de la conciencia cristiana, no encuentra dificultad en avenirse con las diversas instituciones civiles, sean monárquicas o republicanas.

Pero es la República de España la que evoluciona hacia posturas incompatibles con la Iglesia Católica. La Constitución, las leyes fundamentales y la actuación del gobierno están inspirados cada vez más en un anticatolicismo casi frenético.

En esta situación, las Agustinas Recoletas del convento de Santa Isabel, cerca de Atocha, monjas de clausura, se han quedado sin capellán porque se ha suprimido el presupuesto para su manutención. La Priora, Madre Sagrario, busca un sacerdote que acepte celebrarles diariamente la Santa Misa y ocuparse de la Comunidad. Y este sacerdote, capaz de seguir trabajando con serenidad, de aparecer vestido con su traje talar y pasar por entre los ánimos exacerbados, será don Josemaría Escrivá de  Balaguer(2).

Un espíritu inédito

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde el primer momento, don Josemaría se entrega de lleno a la misión que le ha sido confiada. A pesar de la claridad meridiana con que ha visto el camino, comprende que su realización implica un fenómeno teológico inédito dentro de las líneas de espiritualidad existentes, en ese momento, dentro de la Iglesia. Y siente una completa repugnancia interior a crear nada nuevo. No le interesa personalmente ser fundador, porque todas las antiguas fundaciones, lo mismo que las de los siglos más inmediatos, le parecen llenas de actualidad y vida. Se siente pequeño, sin medios, sin condiciones, sin relación alguna que le permita abrir la brecha de este arduo caminar que Dios acaba de pedirle.

Confesará, años más tarde: «El Señor, que juega con las almas como un padre con sus niños pequeños –“ludens coram eo omni tempore, luden in orbe terrarum” (Prov VIII, 30); jugando en todo tiempo, jugando por el orbe de la tierra-, viendo en los comienzos mi resistencia (…) permitió que tuviera la aparente humildad de pensar -sin ningún fundamento- que podía haber en el mundo instituciones que no se diferenciaran de lo que Dios me había pedido. (…) Han pasado unos años, y veo ahora que quizá dejó el Señor que padeciera entonces esa completa repugnancia, para que tenga siempre una prueba externa más de que todo es suyo y nada mío » (17).

En múltiples ocasiones expondrá el mismo argumento:

«No olvidéis, hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho…, pero es poco. Somos apóstoles que “cumplimos un mandato imperativo de Cristo”» (18).

Intentará confirmar repetidamente -con sumisión total a la obediencia- la veracidad, la autenticidad divina del mensaje recibido, permaneciendo en contacto ininterrumpido con la autoridad eclesiástica. Durante algún tiempo, al explicar la llamada universal a la santidad en medio del mundo a otras personas, tendrá que escuchar palabras duras, hostiles. Opiniones que le duelen, pero que nunca consiguen minar su vida interior ni sembrar, en la magnanimidad de su espíritu, la menor duda. De una vez para siempre, decide esperar a que la Iglesia resuelva, sin dar más detalles a los que, sin ningún título, pretenden erigirse en jueces.

Jamás ha sido milagrero. Declarará que le bastan los milagros del Evangelio. Pero, con la misma firmeza, habrá de subrayar ante sus hijos, y ante todas las gentes, la fe y respeto sobrenaturales que exige la Obra de Dios en la tierra:

«En mis conversaciones con vosotros repetidas veces he puesto de manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran “empresa sobrenatural”, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios.

“La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre” (…). Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Angeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho»(19).

Hasta el día de su muerte, no perderá un momento. Irá tras la Voluntad de Dios, en el convencimiento firme de la llamada divina y en busca de las almas que el Señor quiera poner en su camino.

En estos primeros tiempos recibe información sobre nuevas fundaciones aparecidas en Italia y Polonia. Trata de saber si coinciden con lo que Dios le pide. No quiere arrogarse calidad de Fundador si la Providencia ha puesto ya un camino similar en la tierra por medio de otro hombre. Pero pronto se convencerá de que nada se parece a la imagen clara, inconfundible, que le ha sido confiada.

Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros… Los haréis, a través de las montañas, al golpe de
vuestras pisadas» (20)

Cuenta ahora veintiséis años. Ha de desarrollar toda la doctrina teológica, ascética y jurídica del Opus Dei. Se encuentra ante una solución de continuidad de siglos: no hay nada semejante. A los ojos humanos todo ello puede parecer una locura, tanto más cuanto que tampoco tiene influencias sociales de ningún tipo.

Esta empresa divina tiene el apoyo de la gracia del Cielo y un alma fiel, sin medios humanos, que ha secundado siempre los deseos de Dios. Arraiga en un hombre que, desde la adolescencia, ha respondido afirmativamente… «Y esa semilla es hoy (…) un
árbol frondoso, de esbelto tronco, que restaura con su sombra a una legión de almas»(21).

Fernández de la Hoz

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei.

En esta calle de Fernández de la Hoz, sufrió el Fundador insultos y amenazas por el simple hecho se ser sacerdote.

Escribía en sus Apuntes íntimos el 22 de noviembre de 1930 que al pasar junto a un grupo de albañiles, uno de ellos en tono de mofa, gritó: ¡la España negra! Oír esto y volverme yo hacia ellos, decidido, todo fue uno. Me acordé de lo que el padre dijo el Padre Sánchez, su director espiritual] , y hablé insinuante, sin enfado. Total: me dieron la razón, incluso el del grito, quien, con otro de ellos, me estrechó la mano. Estos ya no insultarán, de seguro, a otro sacerdote.

Plaza de Chamberí

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Al igual que tantos sacerdotes de Madrid, san Josemaría padeció insultos y agresiones físicas por su condición sacerdotal durante los años previos a la guerra civil.

Vázquez de Prada cita sucesos parecidos, que san Josemaría anotó en sus Apuntes, como el siguiente:

Continúa la racha de insultos a los sacerdotes [...]. Hice propósito —lo renuevo— de callar, aunque me insulten, aunque me escupan. Una noche, en la plaza de Chamberí, cuando yo iba a casa de Mirasol, alguien me tiró a la cabeza un puñado de barro, que casi me tapó una oreja. No chisté.

Más: el propósito, de que vengo hablando, es apedrear a esos pobres odiadores con avemarías.

Altos de Carabanchel

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

En el extremo suroeste de la Casa de Campo, en torno al lugar donde está el monumento al Corazón de Jesús está un lugar que se denominaba “altos de Carabanchel”. En este lugar, donde estaba el frente, estuvo san Josemaría durante la guerra civil española.

El motivo fue que el 7 de junio de 1938, uno de los primeros miembros del Opus Dei, el joven arquitecto Ricardo Fernández Vallespín resultó herido por una bomba defectuosa.

San Josemaría fue a verle el 9 de julio de 1938 y se acercó al observatorio que había en la antigua Escuela de Automovilismo de Carabanchel. Allí contempló, con el anteojo de antenas de la batería, las ruinas del centro de la calle de Ferraz, nº 16.

Al verlo desde la lejanía, san Josemaría se echó a reír, abandonándose en las manos de Dios. Cuando un oficial le preguntó por qué se reía le contestó: porque estoy viendo lo poco que queda de mi casa.

Cementerio de Nuestra Señora de la Almudena

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

Opus Dei  -

Desde la Plaza de Toros de Ventas, pasando sobre la M-30, por la Avenida Daroca se llega a la entrada del Cementerio de Nuestra Señora de la Almudena.

San Josemaría en el Cementerio de La Almudena

El Fundador reflejó en sus Apuntes algunos sucesos relacionados con las entradas y salidas al Cementerio de la Almudena, donde tuvo que sufrir ataques por su condición sacerdotal.

En este cementerio hizo una novena el Fundador desde el 31 de julio al 8 de agosto de 1929 en la tumba de Mercedes Reyna, una Dama Apostólica fallecida en olor de santidad. Contaba el Fundador que estando moribunda esta religiosa, le había hecho una petición:

“sin haberlo pensado de antemano, se me ocurrió pedirle, como lo hice, lo siguiente: Mercedes, pida al Señor, desde el Cielo, que si no he de ser un sacerdote, no bueno, ¡santo!, se me lleve joven, cuanto antes.”

“los nueve días fui al cementerio —y volví— a pie, después de rezar en su sepultura, de rodillas, el santo rosario. Son dos cosas muy precisas las que le pido”.

Durante la segunda novena, escribió:

Menos el último día, creo que los ocho restantes, esperaba mi salida del cementerio un diablo con aspecto de chico de doce a catorce años. Y, cuando yo me había alejado unos pasos del pórtico de la necrópolis, entonaba con voz de clarín, que se metía hasta los tuétanos, las estrofas más canallas del himno de Riego. — ¡Qué miradas las de un obrero, que trabajaba, con otros, en esa plazuela que hay delante del cementerio! Si se pudiera asesinar con los ojos, a estas horas no escribiría yo mis catalinas. Recuerdo que me miraron así una vez por las rondas. ¡Dios mío!, ¿por qué ese odio a los tuyos?

En este cementerio se encuentra la tumba de Isidoro Zorzano, que fue enterrado en la tarde del 26 de julio de 1943, en la misma tumba que guardaba los restos de los padres del Fundador del Opus Dei.

El Siervo de Dios Isidoro Zorzano reposa en el nicho nº 60, en la fila 3ª, Sección C. Sobre la lápida hay una Cruz, el texto In Pace y dos fechas: 13-IX-1902 y 15-VII-1943.

Despedida de Belén y de los territorios palestinos

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Miércoles, 13 de mayo de 2009

Señor Presidente. Queridos amigos: Os doy las gracias por el gran cariño que me han demostrado a lo largo de este día que he pasado con vosotros, aquí en los territorios palestinos. Agradezco al Presidente, el Sr. Mahmoud Abbas, por su hospitalidad y sus palabras de gracia. Es conmovedor para mí escuchar también los testimonios de los residentes que han hablado con nosotros sobre las condiciones de vida en la Ribera Occidental y en Gaza. Os aseguro a todos vosotros que os llevo en mi corazón y en la esperanza de ver la paz y la reconciliación en todas estas atormentadas tierras.

Ha sido realmente un día más memorable. Desde su llegada a Belén en esta mañana, he tenido la alegría de celebrar la Misa, junto con una gran multitud de los fieles en el lugar donde Jesucristo, luz de las naciones y la esperanza del mundo, nació. He visto los cuidados que se prestan a los niños en el Caritas Baby Hospital. Con angustia, he sido testigo de la situación de los refugiados que, al igual que la Sagrada Familia, han tenido que huir de sus hogares. Y he visto, al lado del campamento y eclipsando la mayor parte de Belén, el muro que invade su territorio, separando vecinos y dividiendo familias.

Aunque los muros pueden ser fácilmente construidos, todos sabemos que no duran para siempre. Pueden también derribarse. En primer lugar, sin embargo, es necesario eliminar los muros que construimos alrededor de nuestros corazones, las barreras que hemos creado en contra de nuestros vecinos. Por eso, en mi partida, quiero hacer un nuevo llamamiento a la apertura y a la generosidad de los espíritus, para que se ponga fin a la intolerancia y la exclusión. No importa qué pueda parecer que el conflicto está tan profundamente arraigado; siempre hay motivos para la esperanza de que pueda resolverse, de que el paciente y perseverante esfuerzo de quienes trabajan por la paz y la reconciliación dará frutos al final. Mi deseo más sincero para vosotros y para el pueblo de Palestina es que esto sucederá pronto, y que, por fin, se puede disfrutar de la paz, la libertad y la estabilidad, que se ha eludido durante tanto tiempo.

Estad seguros de que voy a seguir aprovechando todas las oportunidades que tenga para instar a los participantes en las negociaciones de paz a trabajar hacia una solución justa que respete las aspiraciones legítimas de israelíes y palestinos por igual. Como un paso importante en este sentido, la Santa Sede espera que se establezca en breve, en colaboración con la Autoridad Palestina, la Comisión Bilateral Permanente de Trabajo que se previó en el Acuerdo Básico, firmado en el Vaticano el 15 de febrero de 2000 (véase el Acuerdo Básico entre la Santa Sede y la Organización de Liberación de Palestina, el art. 9).

Opus Dei -

Señor Presidente, queridos amigos, os doy las gracias una vez más, y os encomiendo a la protección del Todopoderoso. Que Dios os mire con amor a cada uno de vosotros, a vuestras familias y a todos vuestros seres queridos. Y que bendiga al pueblo palestino con la paz.

Carta de Mons. del Portillo sobre la erección del Opus Dei como Prelatura

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Carta de Álvaro del Portillo a los miembros del Opus Dei. 28. XI.1982

(…) En septiembre de 1975, durante mi elección como sucesor de nuestro amadísimo Padre, el Congreso General Electivo acordó unánimemente que fueran continuados los trabajos necesarios para conseguir el definitivo estatuto jurídico de la Obra, siguiendo fielmente las directrices fijadas para siempre por nuestro Fundador y sus enseñanzas concretas en esa materia (…)

No me pareció pertinente dar ningún paso en los primerísimos años de mi mandato para evitar y prevenir posible interpretaciones erróneas por parte de quien no conociera cuánto había sufrido nuestro Padre a causa de este problemas, y cuáles habían sido siempre su espíritu sus deseos y sus oraciones. Sin embargo, en la primera audiencia que me concedió el Papa Pablo VI, el 5 de marzo de 1976 -y lo mismo en la sucesiva, el 19 de junio de 1978-, sin pedir nada -en espera de presentar formalmente la solicitud al competente Dicasterio romano-, mencioné las deliberaciones del Congreso General Especial de la Obra sobre este tema. Añadí también -en la primera de esas dos audiencias- mi intención de dejar pasar algún tiempo, a no ser que el Santo Padre me mandase lo contrario. Pablo VI se mostró de acuerdo con mi decisión, y me confirmó que la “cuestión continuaba abierta”. Lo mismo me repitió en la segunda audiencia, y me animó ya a presentar la oportuna solicitud, siguiendo con fidelidad absoluta el espíritu de nuestro Fundador y a la luz de los enriquecimientos aportados al derecho general de la Iglesia por los Decretos conciliares. Con esa indicación del Santo Padre, comenzaba la etapa decisiva de este iter jurídico, pero Pablo VI murió dos meses más tarde, en agosto, antes de que me fuese posible presentar la deseada solicitud.

En septiembre de ese mismo año de 1978, cerca ya del cincuenta aniversario de la fundación de la Obra, al comunicar al nuevo sucesor de Pedro esa fecha de nuestra historia, tuve que informar al Papa Juan Pablo I, recién elegido, de nuestro problema institucional. El Santo Padre me respondió que era su deseo que se procediera expeditamente a conseguir la ansiada solución jurídica. Pero la repentina, y por eso más dolorosa desaparición de Juan Pablo I pareció como un nuevo dilata a nuestros deseos. ¡Dios sabe más!, repetí muchas veces, siguiendo el ejemplo de nuestro Padre.

Dos meses más tarde, el Papa actualmente reinante, Juan Pablo II, me escribió el 15 de noviembre una carta autógrafa, para manifestarnos su cordial participación en nuestra alegría y agradecimiento a Dios, por las Bodas de Oro de la fundación de la Obra. Al transmitirme la carta, el entonces Cardenal Secretario de Estado me comunicaba que el Santo Padre consideraba “una improrrogable necesidad que se resolviese el problema del status jurídico del Opus Dei”.

Y continué inmediatamente las gestiones ya iniciadas. Hicimos nuestra petición formal al Santo Padre que, el 3 de marzo de 1979, encargó a la Sagrada Congregación para los Obispos el estudio necesario, con el fin de examinar la posibilidad y las modalidades para erigir la Obra como Prelatura personal con Estatutos propios.

Se han necesitado más de tres años y medio de trabajo denso e ininterrumpido, de la Santa Sede y nuestro, para hacer este estudio porque, entre otras cosas, era la primera vez que se erigía una Prelatura personal según las condiciones del Concilio Vaticano II.

La cuestión fue estudiada por la Asamblea plenaria de la Sagrada Congregación para los Obispos el 28 de junio de 1979. Después, intervino una Comisión técnica que, en 25 sesiones de trabajo -del 27 de febrero de 1980 al 19 de febrero de 1981-, estudió todos los aspectos jurídicos, pastorales, históricos, institucionales y de procedimiento de la cuestión. El fruto de esta tarea -recogido en dos volúmenes con un total de 600 páginas- fue examinado por una Comisión especial de Cardenales, designada por el Santo Padre, que emitió su parecer el 26 de septiembre de 1981.

A continuación, la Santa Sede envió a los Obispos de todas las naciones donde tenemos Centros erigidos una nota sobre las características esenciales de la Prelatura, con el fin de informarles y permitirles hacer eventuales observaciones, que fueron estudiadas atentamente, y contestadas, por la Sagrada Congregación para los Obispos.

Posteriormente, el 23 de agosto de este año, el Santo Padre hizo el anuncio oficial de su decisión de erigir el Opus Dei como Prelatura personal, después de haber aprobado -el 5 de agosto de 1982, fiesta de la Virgen de las Nieves- una Declaración de la Sagrada Congregación para los Obispos en la que se explican los rasgos fundamentales de la nueva Prelatura. Finalmente, el Santo Padre mandó que se erigiera la Prelatura con fecha 28 de noviembre de 1982, primer Domingo de Adviento, y que se publicara este acto pontificio en las vísperas de ese Domingo, es decir, en la tarde del sábado 27 de noviembre, que coincide con una fecha tan querida por nuestro Padre: la fiesta de la Virgen de la Medalla Milagrosa, aniversario de la muerte del Abuelo.

Así hemos llegado a la conclusión de este largo camino, tal y como había deseado nuestro Fundador. Gratias Deo super inenarrabili dono eius! (2 Cor 9, 15). ¡Sean dadas gracias a Dios por su don inefable! (…)

Estoy seguro de que vosotros me preguntaréis: pero Padre, ¿cómo dar la importancia debida a este cambio de forma jurídica? ¿cambiará nuestra vida ahora, si el espíritu es idéntico? (…) Os confirmaré que no cambia nada del espíritu, de los fines, de los modos apostólicos que hemos venido viviendo, por la sencilla razón de que, como afirmaba nuestro Padre, primero viene la vida; luego, la norma (…)

Hijos, es la norma la que ahora, por Voluntad divina, se acomoda a nuestra vida como el guante a la mano. Esta norma, por la que nuestro Padre, desde hace tantísimos años, ha rezado, ha sufrido y trabajado sin descanso (…)

En síntesis, nuestro nuevo status jurídico se puede resumir de la siguiente manera:

1º la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei es una Prelatura personal, del tipo de las Prelaturas “para el desempeño de especiales tareas pastorales” que, dotadas de sus propios Estatutos, se prevén en los Documentos emanados por el Concilio Vaticano II y en los sucesivos actos pontificios de aplicación. Por tanto, no se ha concedido ningún privilegio a la Obra -no lo quería nuestro Padre, ni lo queremos nosotros-, ni tampoco se ha creado ahora una nueva forma jurídica exclusivamente para nosotros -aunque el Opus Dei sea la primera institución a la que la Santa Sede ha erigido en Prelatura personal-; se nos encuadra, por tanto, dentro de un derecho común que no existía en 1962 pero que ahora ya vige;

2º nuestra situación no es la de una Prelatura nullius dioecesis, de carácter territorial; ni tampoco de una institución igual a las diócesis rituales de las Iglesia orientales o a cualquier otro tipo de diócesis personal. Todas esas formas jurídicas se basan en el principio de la completa independencia o exención respecto a los obispos diocesanos, mientras que esto no sucede en nuestro caso: tanto porque nunca lo buscó nuestro Padre, como porque jamás lo hemos solicitado, aunque algunos -quizá por ignorancia- han propalado esa calumnia, y a los que perdonamos de todo corazón (…)

El cambio fundamental que recogen los actuales Estatutos consiste en que, desde ahora, los fieles de la Prelatura -es decir, las hijas y los hijos míos Numerarios, Agregados y Supernumerarios- continuarán dedicándose al fin apostólico del Opus Dei, mediante un vínculo de carácter contractual. De esta manera, no sólo queda asegurado perfectamente desde el punto de vista jurídico el rasgo de la secularidad; sino que, además, resulta muy claro que los laicos de la Obra están bajo la jurisdicción del Padre -del Prelado- y de los Directores, en todo lo que se refiere al cumplimiento de los peculiares compromisos ascéticos, apostólicos y formativos, que han asumido por medio de ese vínculo, expresión de una vocación exigente, que informa enteramente nuestra existencia. En lo demás, se encuentran en la misma situación -eclesiástica y civil- que cualquier otro fiel cristiano.

Los sacerdotes del Opus Dei -que son los únicos que forman el clero o presbiterio de la Prelatura- están incardinados en la misma Prelatura: por eso son plenamente -no sólo de espíritu, sino también por su condición jurídica- sacerdotes seculares en todas las diócesis donde estén. Los sacerdotes Agregados y Supernumerarios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no forman parte del presbiterio de la Prelatura: se asocian a la Obra -igual que lo están ahora: nada cambia-, movidos por nuestro mismo espíritu y vocación divina, para recibir la específica ayuda de carácter espiritual que les lleva a buscar la santidad personal en el ejercicio de su ministerio, y manteniendo al mismo tiempo su dependencia canónica de los respectivos obispos diocesanos.

La potestad del Padre -del Prelado y Ordinario propio de la Prelatura del Opus Dei- es una potestad ordinaria de régimen o jurisdicción, que no difiere substancialmente en su contenido de la que venía gozando hasta ahora, aunque desde el punto de vista jurídico es conceptualmente distinta, ya que la Prelatura es una entidad eclesiástica, diferente de los Institutos Seculares y Religiosos, como lo es también de los simples Movimientos y Asociaciones de fieles (…)

Álvaro del Portillo, Rendere amabile la verità. Librería Editrice Vaticana. Roma, 1995, pp. 48-90


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