Un hombre que habló sólo de Dios

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Mons. Alvaro del Portillo, muy cercano siempre a Mons. Escrivá de Balaguer desde sus tiempos de estudiante en la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid, escribía en vida del Fundador del Opus Dei en la presentación de la primera edición de Es Cristo que pasa:

«Desde 1925, Mons. Escrivá de Balaguer realiza una intensa labor pastoral: primero –por poco tiempo– en parroquias rurales; más tarde, en Madrid, especialmente en los barrios pobres y en los hospitales; durante los años treinta, en toda España; desde 1946, cuando fija su residencia en Roma, con personas de todo el mundo.

»Hablar de Dios, acercar los hombres al Señor: así lo he visto desde que lo conocí, en 1934. Catequesis, días y cursos de retiro espiritual, dirección de almas, cartas breves e incisivas, que llevaban en los trazos –rápidos y definidos– la paz a muchas conciencias. En los primeros meses de 1936 llegó a enfermar; los médicos diagnosticaron sólo cansancio. Predicaba, a veces, hasta diez horas diarias. El clero de casi todas las diócesis españolas recibió su predicación; lo llamaban los Obispos y él recorría el país, a sus propias expensas –en aquellos trenes de entonces–, sin más pago que la amorosa obligación de hablar de Dios (…).

»Autor de libros de espiritualidad difundidos en todo el mundo –como Camino y Santo Rosario– y de finos estudios jurídicos y teológicos –como La Abadesa de las Huelgas–, ha escrito sobre todo numerosas y extensas cartas, Instrucciones, Glosas, etc., dirigidas a los miembros del Opus Dei, tratando exclusivamente de temas espirituales. Reacio a cualquier forma de propaganda, ha accedido sólo rara vez a las numerosas y constantes peticiones de entrevistas por parte de la prensa, radio y televisión de muchos países. Con las pocas entrevistas que han sido la excepción se publicó el libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, traducido también a las principales lenguas (…)

»…En un texto no es posible darse cuenta plenamente de algunas cualidades de la predicación del Fundador del Opus Dei. Su humanidad, su sinceridad inmediata, que cautiva. Su entrega a los que le escuchan, su insistente repetir que cada uno debe hacer –al oír esas palabras– una oración personal con Dios, “con gritos callados”. Y ese realismo cordial, nada ingenuo y, a la vez, nada pragmático. Un sentido común poco común. El buen humor que aflora siempre, una alegría contagiosa, la de un hijo de Dios.

»Pero son ya muchos miles las personas que han oído directamente la predicación de Mons. Escrivá de Balaguer: Porque, si no ama la propaganda y la publicidad, no tiene en cambio inconveniente en responder a cuantos le preguntan sobre cosas de Dios. En un viaje, en 1972, por España y Portugal, iniciado en Francia, pudieron oírle, en grupos pequeños o grandes, más de ciento cincuenta mil personas; en 1970, en México, estuvo con unas cuarenta mil personas de ese país, de los Estados Unidos y de otras muchas naciones americanas; y–en Roma son muchos miles los que, procedentes de Europa y de otras partes, tienen ocasión de oírle:..»(Posteriormente a la redacción de estas líneas el Fundador del Opus Dei realizó dos largos viajes más por diversos países de América Haciendo llegar su gran «catequesis –como él denominaba a estos viajes– a muchos miles de personas).

«…Otros rasgos entrañables de la labor pastoral de Mons. Escrivá de Balaguer: la viva conciencia de ser sólo un instrumentó en las manos del Señor; la convicción sobrenatural de que las flaquezas y miserias personales –que tendremos mientras vivamos, recuerda él siempre– no pueden ser un obstáculo para alejarnos de Cristo, sino un estímulo para estrecharnos más a Él. En una de las homilías aún inéditas dice: “Yo no le soporto nada al Señor; es Él quien me aguanta y me ayuda y me empuja y me espera”. Y, dirigiéndose a los que le escuchaban: “¡Cómo no voy a comprender vuestras miserias, si estoy lleno de ellas!”.

» Y, por todas partes, como en contrapunto, aparece un motivo de fondo: el amor a la libertad personal. “Soy muy amigo de la libertad… El espíritu del Opus Dei que he procurado practicar y enseñar desde hace más de treinta y cinco años –decía en 1963–, me ha hecho comprender y amar la libertad personal. Cuando Dios Nuestro Señor concede a los hombres su gracia, cuando les llama con una vocación específica, es como si les tendiera una mano paternal llena de fortaleza, repleta sobre todo de amor, porque nos busca uno a uno, como a hijas e hijos suyos, y porque conoce nuestra debilidad. Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano, esa mano que Él nos acerca: Dios nos pide un esfuerzo, prueba de nuestra libertad”.

»Si Dios respeta nuestra libertad personal, ¿cómo no vamos a respetar la libertad de los demás?… “No hay dogmas en las cosas temporales. No va de acuerdo con la dignidad de los hombres el intentar fijar unas verdades absolutas, en cuestiones donde por fuerza cada uno ha de contemplar las cosas desde su punto de vista, según sus intereses particulares, sus preferencias culturales y su propia experiencia peculiar. Pretcnder imponer dogmas en lo temporal conduce, inevitablemente, a forzar las conciencias de los demás, a no respetar al prójimo”».

Este amplio testimonio, tan entrañable y tan cercano, escrito por Mons. Álvaro del Portillo, confirma en toda la línea lo que Mons. Escrivá de Balaguer había dicho en tantas ocasiones: «Yo soy un sacerdote que no habla nada más que de Dios ».

Ultimo viaje a América

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El nuevo viaje a Venezuela quedará fijado para las fechas del 4 al 15 de febrero de 1975. El Padre cruzará el Atlántico de nuevo, acompañado por don Alvaro y don Javier. Las personas que viven en la Sede Central conocen la proximidad del viaje desde el 9 de enero.

«Cogeremos el avión, y a América por tercera vez. Padre, ¿tiene usted muchas ganas de ir? La verdad es que nunca tengo muchos deseos de viajar, pero estoy muy contento de ver a mis hijos de aquellos países y de decir la verdad de siempre, en el modo habitual, sin poner obstáculos a la palabra»(69)

El 29 de enero sale de Roma en vuelo hacia Madrid. Durante seis días, permanece en la casa de Diego deLeón. Antes de emprender el camino del aeropuerto de Barajas, se reúne unos minutos con algunos hijos de España. Les cuenta que no le apetece nada ir a América que «eso quiere decir que las cosas irán bien». Y luego, pide sus oraciones:

-«Rezad por mí para que sea bueno, que no haga el tonto a estas alturas: que tenga buen humor. Nunca he perdido el buen humor, pero he tenido genio, y el Señor se ha servido de mis malas cualidades, ya que no se podía servir de otras. Y no me he arrepentido nunca de haber tenido genio. Porque no me ha faltado cariño; no he maltratado a nadie, quiero a todos. En esto no tengo mérito porque el Señor me ha hecho afectuoso»(70).

A pesar de la resistencia física ante este largo desplazamiento, sube al avión que ha de conducirle nuevamente al trópico sin un gesto de apatía, sin traslucir el menor síntoma de malestar. Con el afán de darse y de cumplir la promesa hecha a sus hijos unos meses atrás.

Del 4 al 15 de febrero de 1975, se reunirá en Caracas con más de veinte mil personas. Han venido de Puerto Rico, Trinidad, Colombia, Estados Unidos y Ecuador.

«Hijos míos, me da mucha alegría estar junto a vosotros. Nos hemos reunido consummati in unum, formando un solo corazón, para hablar de Dios, porque los sacerdotes no sabemos hablar más que de Dios»(71).

Los diálogos de estas tertulias numerosas en Altodaro son, si cabe, más ágiles, más agudos que nunca. Como si se hubiera esfumado todo rastro de cansancio. Aunque las huellas del agotamiento aparezcan, sabe ocultarlas, con el afán y el entusiasmo del mejor brío apostólico. Sigue con puntualidad el horario trazado, sin permitir que disminuya el ritmo de estas jornadas.

En una de las tertulias, se levanta un hombre con barba muy poblada:

-«¡Padre, Padre… ! Con todo respeto… -¡Con todo respeto y con barbas…! -Padre. Yo soy hebreo.

-¡Hebreo! Yo amo mucho a los hebreos, porque amo mucho -con locura- a Jesucristo, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesus Christus herí et hodie, Ipse et in saecula; Jesucristo sigue viviendo, y es hebreo como tú. Y el segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño»(72).

Otra voz se levanta allá en el fondo:

-«Padre, soy enfermera, y quiero contarle un suceso muy importante que ocurrió en mi vida. Hace dos años, sin saber que me encontraba en estado, me hicieron un estudio radiológico. Cuando se confirmó que iba a tener un hijo todos me aconsejaron abortar, porque pensaban que el hijo iba a nacer completamente deforme (…). Yo acudí a la Obra, como otras veces. Y hablé y me aconsejaron y me ayudaron. Yo recé mucho, y ellos por mí. Y ahora tengo una niña muy linda, Padre, que aunque no esté permitido que entre, yo la traje para que usted me la bendiga».

-«Bendecida, y que seas tú mil veces bendita también, porque has obrado como buena cristiana. No tiene otro camino una cristiana. ¡Lo otro es criminal, brutal! ¡Es un asesinato, un infanticidio, y es privar a una criatura del Paraíso!»(73).

Tercia, después, un hombre joven:

-«Padre, los latinos -y en especial los del trópico- tenemos la mala fama de ser un poco flojos. ¿Cómo podemos acabar con esa mala fama?

-¡Yo digo que el trópico es un tópico! No es verdad que seáis flojos. Es una excusa de comodidad: de esa manera os tumbáis a la bartola, y como somos del trópico… Tenéis que ser fuertes. Sois temperamentos capaces de cualquier cosa grande, de cualquier cosa noble, de cualquier cosa santa; y, como yo, de cualquier cosa vil, de cualquier cosa vergonzosa, de cualquier cosa malvada. Por eso hemos de luchar. Tú y todos los del trópico, yo, que no soy del trópico, pero que me siento ya del trópico» (74)

Alguno de estos días la gente joven inunda con su presencia el jardín de Altoclaro. Viene armada de guitarras, y asedian a preguntas al Padre, que pasa un rato formidable en medio de esta vitalidad de colorido indescriptible.

Entre el bullicio, se abre camino una voz seria:

-«Padre: el año pasado, cuando teníamos la ilusión de que llegaba (…) -lo estábamos esperando con tanto cariño-, yo tuve que irme a Colombia a operarme de la vista y ofrecí el dolor de no verlo y las molestias de la operación por los frutos de su viaje (…). Le ruego que me permita cantarle una canción que le compuse para esta fecha».

La muchacha, muy joven, está ciega. Pero maneja bien la guitarra y tiene una bonita voz, templada y firme: «Creo que encontré mi camino. Creo que encontré mi verdad: ¡ah! creo que encontré mi destino y que no hay oscuridad».

La emoción ha cruzado durante varios minutos por entre la luz deslumbrante de la reunión.

Otro día, las preguntas resbalan de la cabeza al corazón y… al bolsillo.

-«Padre, aquí estamos un grupo de puertorriqueños, que hemos venido a verle con mucho cariño. Quisiera preguntarle dos cosas. La primera, qué hacer cuando para sacar obras de apostolado nos metemos en muchas deudas y parece que nos falta la fe; porque, créame, tenemos a San Nicolás ocupadísimo… ».

-«Hijo mío, de eso he sabido yo bastante…, y continúo sabiendo. En Madrid, en la Plaza de Antón Martín, está la parroquia de San Nicolás. Allí fui yo la primera vez que invoqué a San Nicolás para darle un sablazo. Y sigo pidiendo, pero continúo tranquilo y sereno. El Señor bendecirá vuestras labores personales y, además, os sacará de los apuros económicos que tenéis en las obras de apostolado. No te preocupes: no he visto nunca un fracaso por ese motivo, cuando hay amor de Dios. Conque ¡adelante! Métete en más líos, que andarás muy bien… » (74).

Un padre de familia le pregunta, desorientado, cómo educar a sus hijos para el trabajo y la responsabilidad en un ambiente tan materializado por el dinero…

-«Yo los pasearía un poco…, por esos barrios que hay alrededor de la gran ciudad de Caracas. Les pondría la mano delante de los ojos, y después la quitaría para que vieran las chabolas, unas encima de otras (…). Que sepan que el dinero lo tienen que aprovechar bien; que han de saberlo administrar, de modo que todos participen de alguna manera de los bienes de la tierra. Porque es muy fácil decir: yo soy muy bueno, si no se ha pasado ninguna necesidad.

Un amigo, hombre de mucho dinero, me decía una vez: yo no sé si soy bueno, porque nunca he tenido a mi mujer enferma, encontrándome sin trabajo y sin un céntimo; no he tenido a mis hijos debilitados por el hambre, estando sin trabajo y sin un céntimo; no me he encontrado en medio de la calle, tendido sin un cobijo… No sé si soy un hombre honrado: ¿qué habría hecho yo, si me hubiera sucedido todo eso?»(76).

Un médico pediatra le cuenta su preocupación por los métodos anticonceptivos. ¿Qué decir a sus colegas, alumnos y enfermos?

-«Tú sabes, como yo, que hay que decir que no. Se puede decir a grandes gritos y sin gritar; pero siempre: ¡no! Y a los que aconsejan eso, diles al oído, de modo que no se enfaden, que hubiera sido una pena que la madre de ellos hubiera seguido el control»(77).

El Padre, en otra reunión, con jóvenes, muy numerosa, comienza diciendo:

-«Yo venía para aquí y me acordaba de cuando comenzamos la labor hace tantos años. Comencé con tres. Y ahora son tantos miles, cientos de miles… Pero había esperanza… Cuentan de Alejandro Magno que estaba preparándose para una gran batalla y, antes, repartió todos sus bienes entre sus capitanes. Uno de ellos le dijo: Señor, ¿y a usted que le queda? Y Alejandro respondió: a mí, me queda la esperanza».

Mira a los jóvenes que le rodean, y continúa:

«Yo os veo y repito lo mismo: me queda la esperanza. Estoy feliz con vosotros. Las gentes de estas tierras saldrán adelante maravillosamente, tendrán sentido cristiano de la vida, tendrán la felicidad posible en la tierra y la felicidad eterna, si vosotros sabéis vencer. Ya conocéis perfectamente que un cristiano tiene que luchar. Vosotros peleáis y yo también…; y, cuando tengáis mi edad, lucharéis como ahora. Por eso, si no lo hacéis ahora, tampoco lo conseguiréis después, y seréis unos vencidos» (78).

Cuando está a punto de finalizar su estancia, no sabe como despedirse:

-«Siempre os hablo de desprendimiento, y os doy mal ejemplo en esto. Me he apegado a vosotros. Me cuesta irme. ¡Es apegamiento!

-¡Es bueno que el Padre se apegue a sus hijos!, replica don Alvaro.

-Sobre todo cuando se han tenido con mucho dolor»(79).

El 15 de febrero, Monseñor Escrivá de Balaguer sale de Venezuela.

Visita pastoral del Prelado del Opus Dei a Asturias

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El Prelado del Opus Dei acaba de realizar una visita pastoral a Asturias. Comenzó el viernes y terminó el domingo, 6 de julio, invitado por el arzobispo de Oviedo, monseñor Carlos Osoro, con motivo de la celebración del Año Jubilar de la Cruz de los Ángeles y de la Cruz de la Victoria.

Opus Dei -

No cabían más actos para una visita tan breve, pero intensa a la vez. El prelado de la Obra comenzó su visita a Asturias en Covadonga, continuó el sábado con una Eucaristía en la catedral de Oviedo junto al arzobispo, rezó ante las reliquias que allí se veneran, y tuvo varios encuentros con numerosas personas. De fondo, Sydney y el Papa: pidió a todas y a todos que acompañen al santo Padre con la oración.

Lo primero, Covadonga

La estancia del Prelado en el Principado comenzó en la tarde del viernes, día 4, en el santuario de Covadonga. Allí fue recibido por monseñor Osoro, con quien rezó durante media hora ante la imagen de la Santina en la Santa Cueva. “Agradezco mucho al señor Arzobispo la oportunidad que me ha dado de poder hacer la oración a los pies de esta imagen de la Virgen, ante quien rezó con tanta devoción, durante muchos años y en distintas ocasiones, San Josemaría Escrivá”, indicó monseñor Echevarría a las varias decenas de personas, jóvenes en su mayoría, presentes en el recinto de roca.

El prelado subrayó que en aquel mismo lugar, en los años 40, el fundador del Opus Dei “puso en las manos de la Virgen lo que tantas veces nos ha aconsejado con su palabra y con sus escritos: que la razón más grande de nuestra vida es encontrar a Jesucristo, seguirle muy de cerca, tratarle y darle a conocer”.

Veneración de la reliquias en la Catedral de Oviedo

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El sábado, monseñor Echevarría visitó las reliquias que alberga la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, en particular el Santo Sudario que cubrió el rostro de Jesucristo, y las dos cruces cuyos centenarios se celebran: la de los Ángeles (regalo del Rey Alfonso II a la Iglesia de Oviedo en el año 808) y la de la Victoria (obsequio del Rey Alfonso III, justo un siglo más tarde).

Monseñor Osoro guió la visita y oró con el prelado ante las preciadas reliquias. Una familia numerosa de Oviedo regaló a monseñor Echevarría una reproducción de la Cruz de la Victoria. A continuación, el Arzobispo, el prelado y el Obispo auxiliar, monseñor Raúl Berzosa, compartieron un almuerzo en el Arzobispado.

Por la tarde, el arzobispo, el prelado y el obispo auxiliar concelebraron una Eucaristía en la catedral junto a otro grupo de sacerdotes: el templo estaba abarrotado y con las puertas abiertas; asistieron unas 2.500 personas, en parte provenientes de las regiones limítrofes.

La ceremonia se inició con un saludo del Arzobispo: entre otras cosas, animó a los fieles presentes a “hablar de Dios, que consiste en llevar a todos a hablar con Dios. Y en ese trato con Dios, Él va guiando nuestra vida por el camino del bien y de la verdad. Por otra parte, en todos los miembros de la Obra, el amor y la pasión por la Iglesia de Jesucristo, por su misión, es muy fuerte. Las preocupaciones por la familia, la educación de los hijos, las vocaciones, el trabajo ordinario bien realizado o realizado extraordinariamente, son facetas que distinguen a quienes se sienten miembros de la Iglesia y viviendo de esa espiritualidad y modo de vivir que fraguó el Señor en el corazón de San Josemaría”.

En su homilía, el prelado dijo que “la Santa Cruz es signo y garantía de victoria en la lucha por la santidad”, y añadió que “los cristianos somos los grandes defensores de la libertad, contra toda clase de esclavitudes y totalitarismos, antiguos y nuevos”. El prelado instó a practicar una “santa rebeldía” basada “en la fe, la esperanza y el amor”.

Al final de la Misa, el Arzobispo encabezó una procesión por el interior del templo portando la Cruz de la Victoria. Monseñor Osoro y monseñor Echevarría bendijeron a los fieles con la reliquia.

El domingo por la mañana, al igual que en la víspera, monseñor Echevarría mantuvo un encuentro con miembros del Opus Dei. Fue el último acto de su visita a Asturias, que concluyó al filo del mediodía.

Momentos antes de su despedida, monseñor Echevarría tuvo unas palabras de particular gratitud dirigidas hacia el arzobispo de Oviedo. “Me ha dado mucha alegría visitar en su casa y en su catedral a don Carlos, a quien me unen lazos de amistad y de fraternal afecto”, señaló.

Con la vista en Australia, junto al Papa

Al igual que en otros discursos públicos del fin de semana, monseñor Echevarría animó a rezar por el Papa Benedicto XVI, y en particular por su inminente viaje a Australia para presidir la Jornada Mundial de la Juventud. “Que acompañéis al Papa, que le queráis con toda el alma, que os sintáis hijos de tan buen Padre común y que le acompañéis también en este viaje que va a emprender”.


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