La economía

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Aunque la economía quedó maltrecha, la Guerra Civil no fue físicamente tan destructiva como lo sería la Segunda Guerra Mundial. No hubo grandes bombardeos de ciudades y la mayoría de las industrias del país quedó en pie. Sin embargo, la producción industrial de 1939 bajó un tercio con respecto a los niveles anteriores a la guerra y la producción agrícola disminuyó un 20%. La renta per capita en 1939 era casi un 25% inferior a la de 1935 y alcanzaría el 90% del nivel de aquel año al final de la Segunda Guerra Mundial. El sector más seriamente afectado fue el del transporte: se perdió un tercio de los barcos del país y la mitad de las locomotoras fue destruida.

Los recursos disponibles para la recuperación eran escasos. España tenía poco capital doméstico; el sistema fiscal era ineficaz y el comercio, que se había sido interrumpido por la guerra, se vería todavía más alterado por la Segunda Guerra Mundial. El comercio exterior a comienzos de la década de 1940 estaba un 50% por debajo del nivel de 1935. Estas dificultades se acentuaron por la política de autarquía económica llevada a cabo y las severas sequías que frenaban la producción agrícola. Como resultado, los años de posguerra estuvieron marcados por el hambre. Los alimentos estaban estrictamente racionados y el mercado negro floreció.

A estos problemas había que añadir la fuerte inflación. El costo de la vida en 1940 era de unas dos veces y media superior al de 1936. En 1941 los precios triplicaban los de 1936. Los españoles recuerdan la posguerra como “los años del hambre”.

El Opus Dei reanudó sus actividades en Madrid al final de la Guerra Civil en un contexto que estaba muy lejos de ser favorable. La situación internacional impedía la expansión a otros países. El clima de tensión e incertidumbre y la crisis económica que afectaba al país complicaba mucho la apertura y el funcionamiento de las diversas iniciativas apostólicas. El fervor religioso del período de posguerra y el espíritu de sacrificio que muchos adquirieron durante la guerra favoreció el crecimiento del Opus Dei. Sin embargo, en muchos casos, la multiplicación de aparatosas manifestaciones externas de piedad y el estrecho vínculo entre religión y fervor patriótico dificultaron que muchos jóvenes comprendieran el espíritu del Opus Dei: la necesidad de una vida de oración personal y de imitación del trabajo no espectacular –por no decir oculto- de Jesucristo durante sus largos años en el taller de Nazaret. Finalmente, la tendencia a identificar el catolicismo con el régimen chocaba con el acento del Opus Dei en la libertad política de todos los católicos. Esto contribuyó en buena manera a las incomprensiones que el Opus Dei viviría en los años siguientes a la guerra.

Preparativos para el regreso a Madrid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El fin de la guerra se acercaba y miembros de la Obra se preparaban para volver a Madrid. En primer lugar, se propusieron conseguir lo necesario para la instalación de un oratorio. Habían encargado un cáliz y un sagrario casi al principio de su estancia en Burgos. Escrivá pidió a varias mujeres su ayuda para coser los ornamentos. Era difícil encontrar telas apropiadas, y se alegró cuando le regalaron un cubrecama de seda que podría ser transformado en una casulla.

Otra de las prioridades era almacenar libros para las bibliotecas de la futura residencia que se restablecería en Madrid y de los centros de la Obra que se preveían en otras ciudades. Con la ayuda de Albareda, Escrivá había reunido a un buen número de personas del mundo académico para que firmaran una solicitud de libros a diversas instituciones de España y del extranjero. En una carta de junio de 1938, participaba a los demás su alegría por ver que los libros comenzaban a llegar. En sus cartas de julio continuaba con su gozo por ver que los libros no paraban de llegar. Esperanzado en que ese “negocio” resultara un éxito, no dejaba de hacer referencia a los otros “negocios” y a tener la vista puesta en Dios.

A pesar de su entusiasmo, quedaba mucho por hacer y el fin de la guerra estaba a las puertas. En un punto de “Camino” relata el magro resultado de sus gestiones: “Libros. -Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo, y pedí libros. ¡Libros!, que son alimento, para la inteligencia católica, apostólica y romana de muchos jóvenes universitarios. -Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo… ¡y me llevé cada chasco! -¿Por qué no entienden, Jesús, la honda caridad cristiana de esa limosna, más eficaz que dar pan de buen trigo?”[1].

Los libros y el material para el oratorio eran el último de los problemas. La casa de Ferraz 16 en la que habían instalado la residencia justo antes de estallar la guerra estaba prácticamente destruida. Escrivá pudo ver su estado con unos prismáticos cuando, en julio de 1938, fue a visitar a Fernández Vallespín, convaleciente en un hospital de campaña. Haría falta mucho dinero para reparar los daños o, en el peor de los casos, cambiar la residencia de lugar. En esos momentos, en que Escrivá y Botella no tenían ni las veinte pesetas que costaba a diario la habitación del Hotel Sabadell, calcularon que para restablecer las actividades apostólicas y sus instrumentos en Madrid haría falta un millón de pesetas.

Además de rezar ardientemente para conseguir los medios necesarios, Escrivá y los demás acudieron a parientes, amigos y conocidos para pedir su ayuda. Don Emiliano, padre de uno de los chicos de la residencia, sugirió que don Pedro, un buen amigo suyo, podría hacer un cuantioso donativo. Escrivá respondió: “(…) ¡Ojalá! Me alegraré por él, que iba a coronar magníficamente su vida de caridad oculta. Pero, créame don Emiliano: veo el apuro enorme que se nos viene encima: no veo la solución humana objetiva… Y, sin embargo, no me intranquilizo: trabajamos por Él y en lo que Él quiere: le hemos dado la hacienda –poca o mucha-, la actividad intelectual –que es lo más grande que tiene el hombre-, el corazón…, ¡la honra! Parece justo pensar, llenos de confianza, que el millón de pesetas que necesitamos vendrá, a su tiempo, quizá pronto. ¿Don Pedro? Puede ser. Pidámoslo al Señor. Me alegraré por don Pedro”[2].

Nada llegaba por aquella petición, pero Escrivá continuaba optimista: “Se ha cumplido un año de nuestra llegada a Burgos, y es justo que tenga deseos –que pongo en práctica- de hablar con vosotros, para que, juntos hagamos un balance de nuestra actuación y señalemos el camino de la próxima labor.

Pero antes quiero anticiparos en una palabra el resumen de mi pensamiento, después de bien considerar las cosas en la presencia de Dios. Y esta palabra, que debe ser característica de vuestro ánimo para la recuperación de nuestras actividades ordinarias de apostolado, es optimismo (…).

¿Labor inmediata? Disponeos a vivir intensamente la obediencia, como hasta aquí la habéis vivido, y veréis, al llegar la paz, cómo renace con vida intensa nuestra casa (…). Después… ¡el mundo!

¿Medios? Vida interior. Él y nosotros.

¿Obstáculos? No me preocupan los obstáculos exteriores: con facilidad los venceremos. No veo más que un obstáculo imponente: vuestra falta de filiación y vuestra falta de fraternidad, si alguna vez se dieran en nuestra familia. Todo lo demás (escasez, deudas, pobreza, desprecio, calumnia, mentira, desagradecimiento, contradicción de los buenos, incomprensión y aun persecución por parte de la autoridad), todo, no tiene importancia, cuando se cuenta con Padre y hermanos, unidos plenamente por Cristo, con Cristo y en Cristo. No habrá amarguras, que puedan quitarnos la dulcedumbre de nuestra bendita caridad.

Tendremos medios y no habrá obstáculo, si cada uno hace de sí a Dios en la Obra un perfecto, real, operativo y eficaz entregamiento.

Hay entregamiento, cuando se viven las Normas; cuando fomentamos la piedad recia, la mortificación diaria, la penitencia; cuando procuramos no perder el hábito del trabajo profesional, del estudio; cuando tenemos hambre de conocer cada día mejor el espíritu de nuestro apostolado; cuando la discreción –ni misterio, ni secreteo- es compañera de nuestro trabajo… Y, sobre todo, cuando de continuo os sentís unidos, por una especial Comunión de los Santos, a todos los que forman vuestra familia sobrenatural”[3].

El 26 de marzo de 1939 comenzó el último asalto de las tropas nacionales a Madrid. No encontraron especial resistencia. A través de un amigo que trabajaba en la Subsecretaría del Interior, Escrivá consiguió un salvoconducto para entrar en Madrid. El 28 se las arregló para montarse en uno de los primeros camiones de abastecimiento que llegaron a la capital.

Los tres años de guerra civil fueron una prueba muy dolorosa. Al cabo de diez años, el Opus Dei no tenía un centro ni recursos de ningún tipo. Dos de sus miembros –José Isasa y Jacinto Valentín Gamazo- cayeron en el frente. Otros tres, que quizá no habían asimilado totalmente la vocación antes de estallar la guerra, no perseveraron a causa de los prolongados periodos de tensión y aislamiento. Ninguna de las mujeres que pertenecía al Opus Dei al comienzo del conflicto pudo perseverar en su vocación, también a causa del aislamiento a que se vieron sometidas. Durante este periodo sólo se unieron a la Obra Lola Fisac y José María Albareda. El Opus Dei salía de la guerra con sólo dieciséis miembros –quince hombres y una mujer-, todos ellos sólidos, probados, poseedores de una profunda vida interior de oración y de sacrificio y firmemente dispuestos a vivir su vocación.

Antes de hablar sobre sus esfuerzos para sacar adelante el Opus Dei en los años inmediatamente posteriores, conviene describir las circunstancias políticas, sociales y económicas de la posguerra española.

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 467

[2] AGP P03 1986 p. 128

[3] Ibid. p. 547-550

Reunión temporal en Burgos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Aunque, evidentemente, no se trataba de la primera vez que se veían del Portillo, Alastrué y Rodríguez Casado con los otros de la Obra que estaban en Burgos, el reencuentro fue muy emocionante. Casciaro y Botella no les habían visto desde hacía dos años y medio. Escrivá, hacía más de un año.

Pero no habría de durar mucho el reencuentro en Burgos. Poco antes de la llegada de los fugitivos, Alvareda se había trasladado a Vitoria, donde había conseguido una plaza de profesor de bachillerato. A los pocos días, del Portillo fue enviado a la Academia de Ingenieros para su instrucción como oficial. Estaba a pocos kilómetros de Burgos, pero se le exigía vivir allí. En noviembre, Rodríguez Casado fue destinado a Zaragoza, a la Academia de Suboficiales, también del cuerpo de ingenieros. A comienzos de diciembre, Casciaro fue trasladado a las oficinas del Ejército en Calatayud, a unos 150 kilómetros de Burgos. Al terminar el periodo de instrucción, del Portillo fue enviado a Cigales, un pueblo cercano a Valladolid, donde se encontró con Rodríguez Casado.

A mediados de diciembre, sólo quedaban en Burgos Escrivá y Botella. Sin duda les hubiera gustado alquilar un pequeño apartamento. Estaban deseosos de abandonar el Hotel Sabadell. Como no tenían dinero para pagar las cuatro camas de la habitación, les obligaron a compartir su espacio con otros. Escrivá dejó reflejado en su diario lo insostenible de esa situación: “Esto no podía seguir así: ni trabajar, ni llevar nuestra correspondencia, ni tener con libertad una visita, ni dejar confiadamente los papeles de nuestros negocios en la habitación…, ni un minuto de esa bendita soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior… Además: cada día gente distinta. ¡Imposible! Pedí solución al Señor, en la Misa”[1].

Poco antes de la Navidad, encontraron una habitación en una pensión, donde permanecieron hasta el final de la guerra. El edificio no tenía calefacción y su mobiliario era en su mayor parte provisional. Por ejemplo, la cajonera estaba montada sobre una columna de carretes de hilo vacíos pegados entre sí. Pero lo importante era que sólo costaba cinco pesetas diarias y que, al fin, tendrían una cierta intimidad.

[1] Ibid. p. 538

Largo Caballero sustituye a Giral

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En septiembre de 1936, los socialistas retiraron su apoyo a Giral y su gobierno se derrumbó. Le sucedió Largo Caballero, líder del ala más revolucionaria del socialismo español. Formó un gobierno compuesto por cinco socialistas -dos revolucionarios, dos moderados y un quinto que, de hecho, era comunista-, cuatro republicanos de izquierdas, dos comunistas y un nacionalista vasco. Propuso entrar a los anarquistas, pero prefirieron prestar su apoyo sin formar parte del gabinete.

Contrariamente a lo ocurrido con otros movimientos revolucionarios que se tornaban más radicales con el paso del tiempo, la revolución española llegó a su punto álgido durante las primeras seis semanas de la Guerra Civil, un período en el que gobernaba la izquierda moderada. El gobierno de Largo Caballero era teóricamente mucho más radical que el de Giral. Sin embargo, con Largo se empezó a controlar el terror y la revolución social y económica de las primeras semanas de la guerra.

Largo Caballero estaba decidido a crear un ejército eficaz. Su objetivo de transformar las milicias populares en un ejército encontró la oposición de algunos de sus aliados políticos, especialmente de los anarquistas, para quienes esa sola idea constituía la antítesis de los fines por los que combatían. Sin embargo, gracias a su fama de ardoroso revolucionario, consiguió lo que hubiera sido imposible para Giral: creó un estado mayor con oficiales de carrera y reorganizó a los milicianos en brigadas regulares.

Largo Caballero también recuperó el poder de los comités revolucionarios que habían surgido en los primeros compases de la guerra. Poco a poco, reconstruyó el gobierno central, contando con los líderes de esos comités para puestos en la administración pública. Los organismos a los que los incorporó no eran en apariencia muy distintos de los comités, pero esta medida los neutralizó y permitió un mayor control por parte del gobierno central.

A principios de noviembre, con los nacionales a las puertas de Madrid y en un último intento de impedir su victoria, los anarquistas sacrificaron sus principios y entraron en el gobierno, que pasó de trece a dieciocho ministerios. Como la conquista de Madrid parecía inminente, el gobierno se trasladó a Valencia el 6 de noviembre. Los políticos de todos los partidos abandonaron Madrid, con excepción de los comunistas, quienes se hicieron con el control de la ciudad después de que las fuerzas republicanas consiguieran, inesperadamente, rechazar la ofensiva de los nacionales sobre la capital.

La rápida división del país en dos zonas y el colapso de las comunicaciones dentro de la republicana hicieron que Escrivá y los miembros de la Obra que estaban en Madrid quedaran separados del resto. El estallido de la lucha de clases y la violenta persecución religiosa en la zona republicana interrumpieron las actividades apostólicas corporativas del Opus Dei y dificultaron el apostolado personal de los miembros con sus amigos, colegas y parientes. Al igual que las de muchos otros españoles, sus vidas estaban en peligro y se vieron obligados a esconderse.

De la insurrección militar al Movimiento Nacional

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Pocos días después del alzamiento, el general Mola estableció una junta militar de defensa nacional de siete miembros. Sanjurjo, el general insurrecto de mayor rango, iba a ponerse a la cabeza del golpe, pero falleció en un accidente de aviación camino de España. La presidencia, más bien honoraria, recayó en el siguiente general en graduación: Cabanellas, un masón de cierta edad y bien conocido liberal que había sido diputado.

En un primer momento, la insurrección militar carecía de un programa político bien definido. El único punto claro era restablecer la ley y el orden bajo un gobierno militar. Excepto en Navarra, con una notable presencia carlista, parece que los nacionales no pensaban en restaurar la monarquía. La Falange todavía tenía poco poder e influencia. De hecho, las primeras proclamas nacionales terminaban con un “¡Viva la República!”, aunque la república que los rebeldes tenían en mente era bien distinta de la establecida por la Constitución de 1931.

Los líderes nacionales no sólo carecían de un plan político claro: tampoco se habían marcado unos objetivos ideológicos y culturales. Obedecían más a un estímulo contrarrevolucinario, al rechazo de la democracia liberal y al deseo de restaurar valores tradicionales. Durante la Guerra Civil, los nacionales utilizaron estos lemas para apoyar emocional e ideológicamente su causa.

El renacer religioso tuvo un lugar de primer orden en la batalla ideológica, aunque los líderes de la insurrección militar no lo contemplaban en sus planes iniciales. En sus primeras proclamas no se refirieron a la defensa de la Iglesia o de la religión. Por ejemplo, el general Mola declaró que la Iglesia y el Estado debían separarse por el bien de ambas instituciones. El mismo Franco, en octubre de 1936, afirmó que el Estado no sería confesional. Los falangistas deseaban que hubiera buenas relaciones entre la Iglesia y el Estado, pero querían una separación clara entre ambos. Por otra parte, el primer jefe de la Junta de Defensa Nacional, el general Cabanellas, era masón y favorable al Partido Radical, bien conocido por su anticlericalismo.

Es cierto que los insurrectos no se levantaron por motivos religiosos, pero la persecución religiosa en la zona republicana hizo que la inmensa mayoría de los católicos practicantes abrazara la causa nacional. Los obispos empezaron siendo cautos en sus declaraciones. El Papa Pío XI estaba bien dispuesto hacia quienes defendieron a la Iglesia de una de las más crueles persecuciones que jamás había sufrido, pero era reacio a tomar partido oficialmente. En una audiencia privada en septiembre de 1936, habló de mártires para referirse a las víctimas de la persecución religiosa y bendijo a quienes luchaban en defensa de la religión. Se centró claramente en los aspectos religiosos del conflicto español, “por encima de consideraciones políticas y mundanas”; y, apelando a la compasión y a la misericordia, advirtió del peligro de excesos que serían injustificables. La censura de prensa en la zona nacional suprimió parte del texto antes de permitir que se publicara.

Tampoco la jerarquía española hizo al principio una declaración colectiva a favor del levantamiento. Sin embargo, en otoño de 1936, varios obispos, entre los que destacaba Gomá, cardenal primado de Toledo, se sumaron abiertamente a la causa nacional. En su carta pastoral de noviembre de 1936, Gomá describió el conflicto como una guerra guiada por el espíritu cristiano y español.

Si bien es cierto que a la mayoría de los sublevados les movía la causa de la ley y el orden más que la religión o la ideología, también lo es que pronto vieron en estas últimas fuentes de apoyo popular. Así, a mediados de agosto de 1936 Mola prometió levantar la cruz sobre el nuevo estado.

La única excepción significativa se dio en el País Vasco. Allí, muchos católicos practicantes -también sacerdotes- se decantaron por la República. A pesar de que bastantes de ellos eran tradicionalistas y de que se podía esperar que las razones religiosas les llevasen a decantarse por el bando nacional, las aspiraciones autonomistas pesaron más que las consideraciones de otro tipo. El Partido Nacionalista Vasco se unió al gobierno de Largo Caballero en septiembre de 1936 a cambio del estatuto de autonomía. Los nacionales reaccionaron expulsando al obispo de Vitoria: aunque era sabido que apoyaba su causa, le echaron en cara no haber mantenido la disciplina entre los clérigos de su diócesis partidarios de los republicanos. En octubre de 1936, los nacionales ejecutaron a 12 sacerdotes vascos por crímenes políticos. Durante la Guerra, los nacionales ejecutaron en total a 14 sacerdotes vascos y los republicanos a 58.

Fue en agosto de 1936 cuando los insurrectos empezaron a llamar “nacional” a su movimiento, aunque la mayoría de sus jefes mostraban muy poco o nulo entusiasmo por las doctrinas de la Falange, el Partido Nacional Socialista o de otros movimientos nacionalistas radicales de Europa. Como se ha dicho, su intención era instaurar un gobierno militar hasta el fin de la guerra, sin unos planes claros a largo plazo que fueran más allá de un vago autoritarismo conservador.

Los nacionales encontraron una significativa oposición civil, también en las provincias del norte en las que el levantamiento triunfó y gozó del apoyo de la mayoría. En las zonas más deprimidas del sur y sudeste, que los nacionales conquistaron en los primeros meses de la guerra, una parte importante de la población estaba profundamente en contra.

En ambos bandos hubo una gran represión. Es difícil que los historiadores lleguen a un acuerdo sobre el número de ejecuciones, pero sí queda claro que murió un gran número de civiles y que los excesos fueron abundantes en uno y otro adversario. La dureza de la represión practicada obedecía, en parte, a la necesidad de pacificar las zonas donde pudiera haber resistencia civil. Además, en muchos casos los intensos conflictos ideológicos de los años precedentes sirvieron para demonizar al enemigo y justificar mentalmente la adopción de medidas extremadamente crueles. Todo ello, unido al horror de la persecución religiosa en la zona republicana, ayuda a explicar el silencio de parte de la jerarquía de la Iglesia ante los excesos de los nacionales. Los obispos y los sacerdotes intervinieron frecuentemente a favor de víctimas individuales de la represión nacional. Aunque por regla general no se pronunciaron públicamente, sí lo hizo el obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea, quien en noviembre de 1936 lanzó una apasionada petición de compasión y misericordia: “Ni una gota de sangre y venganza”.

Dimensión internacional de la Guerra Civil

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La Guerra Civil se convirtió rápidamente en un acontecimiento internacional. Ambos bandos buscaron con prontitud armamento y ayuda de los países que podrían simpatizar con su causa.

En los primeros días de la guerra, los nacionales acudieron a Alemania e Italia para pedir armas; los republicanos, a Francia. Alemania envió bombarderos –muy útiles para facilitar que el Ejército de África cruzara el estrecho de Gibraltar-, cazas, piezas de artillería antiaérea, ametralladoras y fusiles. Paco más tarde, Mussolini también suministró aviones.

Lógicamente, el gobierno frentepopulista francés simpatizaba con los republicanos. De todas formas, el primer ministro, el socialista Leon Blum, resolvió no involucrar al país en la guerra española para no provocar a los católicos y a la derecha francesa. Con esta medida también evitó enemistarse con el Reino Unido, que prefería mantenerse al margen del conflicto español. En efecto, Francia no prestó ayuda oficial a la República, pero facilitó el envío a España de aviones y armamento por vías extraoficiales.

En 1936, la principal preocupación exterior de la Unión Soviética era la Alemania nazi. Stalin adoptó una actitud conciliadora hacia Gran Bretaña y Francia, con la esperanza de contar con su apoyo en el caso de conflicto con Alemania. Por otra parte, había comenzado una campaña internacional para que los partidos comunistas y socialistas de Europa occidental se unieran en frentes populares que pararan el auge del fascismo y del nazismo. La Unión Soviética proporcionó ayuda financiera a la República y utilizó su red mundial de propaganda para conseguir apoyos, pero no envió armamento a España hasta más tarde.

El 30 de julio de 1936 se estrelló en el Marruecos francés un bombardero italiano que se dirigía a la zona española de la colonia. Este hecho puso en evidencia el apoyo de Italia al bando nacional. París y Londres hicieron un llamamiento internacional para no intervenir en España. Las principales potencias europeas se mostraron de acuerdo, salvo Alemania e Italia que continuaron enviando material a los rebeldes. En octubre de 1936, la Unión Soviética comenzó a proporcionar armas a la República. El Comintern, por su parte, promovió las Brigadas Internacionales para luchar junto al ejército republicano.

Durante la guerra, ambos bandos recibieron sustanciosa ayuda extranjera, aunque los historiadores están en desacuerdo en cuanto a la cantidad. Se estima que la República recibió entre 1200 y 1800 aviones. El número de los enviados al ejército nacional varía entre 1250 y 1500. Por otra parte, las Brigadas Internacionales alistaron a favor de la República a un número indeterminado de voluntarios: 30.000 según unos, 100.000 según otros. Lo más eficaz y valioso del armamento llegado de la Unión Soviética fueron los carros de combate. Pero no lo fueron tanto como toda la ayuda alemana e italiana a los nacionales.

Últimas semanas antes de la Guerra Civil

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A principios del verano de 1936, el clima político seguía empeorando. Por todas partes se oía hablar de complots contra el gobierno: ya fueran de la derecha con apoyo del Ejército, ya de los sindicatos y partidos de izquierda con el apoyo de las milicias populares. A comienzos de junio un grupo de oficiales del Ejército, dirigidos por el general Mola, tenía completamente planeado el levantamiento. Quería imponer un gobierno militar presidido por el general Sanjurjo, que había dirigido la intentona golpista de 1932. Una vez restaurado el orden, convocarían elecciones constituyentes y se redactaría una nueva constitución. Aparte de éstos, sus objetivos políticos eran vagos. Da la impresión de que su modelo era la dictadura de Primo de Rivera.

Sin traicionar los planes de los conspiradores, el 23 de junio de 1936 el general Franco escribió al presidente del Gobierno. Protestaba porque varios generales de derechas habían sido removidos de sus puestos y prevenía a Casares Quiroga de que la disciplina del ejército estaba en peligro. Nunca recibió respuesta.

El 1 de julio la prensa informaba, con grandes titulares, de que un destacado diputado socialista había amenazado de muerte en público al líder de la derecha Calvo Sotelo. El día 13 fue asesinado por las fuerzas de seguridad y su cuerpo arrojado junto a la tapia del cementerio de Madrid.

Como la mayoría de los españoles, los fieles del Opus Dei veían con horror cómo su país sucumbía a una espiral de violencia, pero no se quedaron paralizados por la inquietud. Justo cuando Zorzano llegaba a Madrid, se encontró una nueva casa para DYA en el número 16 de la misma calle Ferraz. El 17 de junio de 1936 firmaron el contrato de compra y a comienzos de julio empezaron el traslado. El 15 de julio se terminó, aunque quedaba mucho por hacer en la casa. Siguieron trabajando para preparar la nueva residencia y redoblaron su oración y sacrificio para llegar a una solución pacífica a la crisis.

Los anhelos de crecimiento y expansión se vieron frustrados por el estallido de una guerra civil que duraría casi tres años. La guerra y la persecución religiosa dispersaron a los miembros del Opus Dei. Dos de ellos, recientemente incorporados, murieron en el frente de Madrid; otros no perseverarían en su vocación a causa de las difíciles condiciones de la guerra. Al terminar la contienda, el Opus Dei contaba con menos miembros que cuando empezó y su único centro era un montón de escombros. Sin embargo, la prueba sufrida a causa de la guerra y la persecución religiosa fortaleció y templó la vocación de los que perseveraron y puso los cimientos de un nuevo periodo de expansión.

La Guerra Civil tuvo un efecto devastador para las todavía incipientes actividades apostólicas con las mujeres. El pequeño grupo de chicas jóvenes que pertenecía al Opus Dei en julio de 1936 quedó aislado de Escrivá durante tres años. Cuando empezó el conflicto, todavía no habían asimilado con profundidad el espíritu del Opus Dei, y para cuando se veía el final de la guerra ya habían enfocado sus vidas en otras direcciones. En abril de 1939, Escrivá concluyó que ninguna de ellas podía continuar en el Opus Dei. La única mujer con la que Escrivá podría contar para recomenzar la labro apostólica era Lola Fisac, que pidió pertenecer al Opus Dei en 1937, en plena Guerra Civil.

Las fuentes disponibles poco o nada dicen sobre las mujeres que eran del Opus Dei al comienzo de la guerra. Por eso, los siguientes capítulos están exclusivamente centrados en los hombres.

El siguiente capítulo resume los dramáticos acontecimientos que fueron el contexto de la historia del Opus Dei en el periodo de julio de 1936 a marzo de 1937.

La situación política y social empeora

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A medida que avanzaba el año 1935 la situación política y social española se iba deteriorando. El país sentía los efectos de la depresión económica mundial, y los partidos de izquierda estaban cada vez más decididos a provocar un cambio radical en España. A la derecha, los partidos extremistas crecían en tamaño y radicalismo. La Falange tomó del fascismo italiano parte de su vocabulario, de su apariencia externa y de su programa. Cada vez estaba más presente en las calles, donde sus jóvenes camisas azules se enfrentaban a grupos de izquierdas en choques cada vez más violentos. A finales de 1935 el gobierno de centro derecha no era capaz de hacer frente a la situación. A comienzos de 1936 el presidente de la República disolvió el parlamento y convocó elecciones generales.

Los partidos obreros de izquierda y los partidos burgueses de centro izquierda se unieron para formar el Frente Popular. Varios factores lo facilitaron. Uno de ellos fue la represión de la revolución de Asturias. La Internacional Comunista animaba la creación de frentes populares por toda Europa para contrarrestar la subida del fascismo y del nazismo. Además, los partidos de izquierda tomaron experiencia del desastre electoral de 1933 y vieron la importancia de presentarse unidos en las elecciones. Esta vez, los católicos y la derecha en general estaban lejos de concurrir juntos a las elecciones como en 1933. El cardenal de Toledo repitió insistentemente sus llamadas a la unidad en defensa de la Iglesia, de la familia y de la enseñanza católica, pero sin fruto.

La retórica de la campaña electoral llamaba al enfrentamiento. El líder socialista Largo Caballero declaró: “Soy socialista marxista y, por tanto, revolucionario. El comunismo es la evolución normal del socialismo, su última y definitiva etapa (…). Si ganan las derechas, tendremos que ir a la guerra civil”[1].

El Partido Comunista, aunque pequeño todavía, multiplicó por cinco el número de afiliados en sólo unos meses. Su periódico oficial hizo un llamamiento a la revolución proletaria para llevar a España a la misma situación que la Unión Soviética[2].

La derecha estaba convencida de que la revolución comunista era inminente. Los conservadores no hacían muchas distinciones entre comunistas, socialistas y anarquistas. Los tres eran “rojos” y su victoria traería una completa subversión social, como la de Rusia o, más cerca todavía, como la de Asturias de octubre de 1934.

Al contrario que los conservadores estadounidenses o británicos, que solían ser pragmáticos, los conservadores españoles, en su mayoría, estaban decididos a no ceder. Creían que estaba en juego todo un sistema de vida y que la única receta para sobrevivir era resistir hasta la muerte. Un panfleto político distribuido por el ala derecha de Acción Popular da el tono de comienzos de 1936: “!Contra la revolución y sus cómplices! Señores conservaduros [sic]. Lo que os espera si triunfa el marxismo: Disolución del ejército. Aniquilamiento de la Guardia Civil. Armamento de la canalla. Incendios de Bancos y casas particulares. Reparto de bienes y de tierras. Saqueos en forma. Reparto de vuestras mujeres. Ruina. Ruina. Ruina”[3].

En términos de sufragios, las elecciones de 1936 representaron un ligero desplazamiento de los votos del centro y centro derecha hacia el centro izquierda, aunque los detalles exactos de lo que ocurrió no están muy claros. El Frente Popular obtuvo algo más del 40% de los votos, los partidos de derechas un 30% y los de centro un 20%. El 10% restante fue a parar a candidatos imposibles de catalogar. Partidos de izquierda moderada, como Izquierda Republicana, ganaron en muchos distritos. No pasó así con los candidatos comunistas. Por la derecha, la Falange obtuvo sólo el 0,5% de los votos. Estos datos permiten concluir, en líneas generales, que el electorado era moderado y dio la espalda a los extremismos de uno y otro signo.

Sin embargo, en términos de diputados el cambio fue mucho más dramático. Gracias al sistema de alianzas y a las peculiaridades de la ley electoral, el Frente Popular obtuvo el 56% de los parlamentarios. Los partidos de derecha, el 30%. El centro quedó muy fragmentado con tan sólo el 14% de los diputados y, en realidad, ninguna influencia.

Los socialistas habían participado en el Frente Popular, pero, liderados por Largo Caballero, marxista radical, se negaron a entrar en el gobierno que, tras las elecciones, formó Azaña. Se trataba de un gobierno de clase media y que ciertamente no podía ser considerado revolucionario, pero la ausencia de los socialistas lo convertía en un gobierno débil. No era capaz de resistir la creciente presión de los sindicatos ni de controlar la violencia callejera.

Uno de los primeros actos del gobierno fue una amnistía para los encarcelados por la revuelta de octubre de 1934, hecho que molestó profundamente a la derecha. Desde la primavera de 1936 se generalizó la violencia. En el sur, los agricultores, animados por los resultados electorales, ocuparon la tierra. En las ciudades se multiplicaron los ataques a edificios públicos o privados, particularmente a las iglesias. Se produjeron frecuentes huelgas y continuos altercados. Grupos armados de derechas patrullaban por las calles de Madrid y otras ciudades; a menudo se disparaba al azar desde los coches. Entre el 3 de febrero de 1936 y el comienzo de la Guerra Civil hubo unos 270 asesinatos y casi 1.300 heridos. Y la violencia no se limitaba a la capital: unas 150 personas fueron asesinadas en otras ciudades, y 120 murieron en pueblos y zonas rurales.

Antes de las elecciones, la familia Escrivá se había trasladado, temporalmente, a una pensión; se temía que en cualquier momento los alborotadores asaltaran Santa Isabel. En vista de la situación, decidieron que no era seguro volver a la residencia del rector y alquilaron un pequeño piso en la calle Doctor Cárceles. Escrivá se trasladó permanentemente a la residencia DYA.

Los temores resultaron justificados. El 13 de marzo de 1936 la multitud intentó incendiar Santa Isabel. Afortunadamente, se quedaron sin gasolina y, mientras iban a buscar más, llegó la policía y los dispersó antes de que causaran daños de importancia. Escrivá apuntó en sus cuadernos: “La gente por ahí está muy pesimista. Yo no puedo perder mi Fe y mi Esperanza, que son consecuencia de mi Amor (…). Hoy, en Sta. Isabel, donde no ganan para sustos no sé cómo las monjas no están todas enfermas del corazón, al oír a todo el mundo hablar de asesinatos de curas y monjas, y de incendios y asaltos y horrores…, me encogí y —el pavor es pegajoso— tuve miedo un momento. No consentiré pesimistas a mi lado: es preciso servir a Dios con alegría, y con abandono”[4].

[1] Gonzalo Redondo. Ob. cit. p. 460

[2] cfr. Raymond Carr. THE CIVIL WAR IN SPAIN 1936-1939. London, 1977. p. 52

[3] Gonzalo Redondo. Ob. cit. p. 461

[4] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 579

Últimos meses en Burgos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A final de 1938, la victoria del ejército nacional se hacía cada vez más evidente. En abril, Franco había conseguido cortar la zona republicana: Cataluña quedó separada de Madrid y Valencia. Sólo una masiva participación de fuerzas extranjeras podía impedir la toma de Madrid por los nacionales, con su consiguiente victoria. Las democracias europeas estaban lejos de intervenir decisivamente en España y su aquiescencia a la ocupación de los Sudetes por Alemania dejó claro que no emprenderían acciones para salvar la República.

Durante los últimos meses de la guerra, Escrivá se ausentaba con frecuencia de la ciudad para visitar a los miembros de la Obra y otros jóvenes con los que había tenido contacto en Madrid. Cuando estaba en Burgos, con frecuencia caminaba hasta el Monasterio de Las Huelgas para trabajar allí en su tesis doctoral en Derecho, que había tenido que empezar de nuevo ya que todo el material reunido años antes se perdió al estallar al Guerra Civil. También se dedicó a ampliar el libro de puntos meditación que había publicado en 1934 con el título de “Consideraciones espirituales”. La nueva versión llevaría el título de “Camino” y se publicaría poco después de la guerra, en septiembre de 1939.

Escribía con frecuencia a los miembros de la Obra y sus amigos sobre el desarrollo de la labor apostólica que pronto llevarían a cabo, si eran fieles a lo que Dios quería de ellos. En una carta del 10 de diciembre de 1938 se lee: “(…) no hay más que motivos de optimismo, mirándolas con completa objetividad. Claro que esto es así, si todos procuramos cumplir con alegría nuestro deber”[1]. Y a los pocos días: “¡La oración! No dejarla por nada. Mira que no tenemos otra arma”[2]. El 23 de diciembre abría su corazón: “Hoy escribo a toda la familia, (…) pocas cartas porque somos pocos. Me acongoja pensar que por mi culpa. ¡Oh, qué buen ejemplo quiero –eficazmente- dar siempre! Ayúdame a pedir perdón al Señor, por todos los que di malos, hasta ahora”[3]. El día anterior había escrito a Fernández Vallespín: “(…) espero –para pronto- cambios notables, que faciliten la labor familiar.

Y los espero sólo de la bondad de Dios, porque yo cada día me veo más miserable.

Pasé hoy un mal rato.

Ya estoy optimista, contento, lleno de confianza. ¡Es tan bueno!

En estos días, ayúdame a pedirle: perseverancia, alegría, paz, espíritu ‘de sangre’, hambre de almas, unión…: para todos.

¡Ay, Ricardo, qué bien andaría la cosa si tú y yo –¡y yo!- le diéramos todo lo que nos pide!

Oración, oración y oración: es la mejor artillería.

Y amor al dolor. Entonces, ¿quién dijo miedo? Omnia vestra: todo será nuestro”[4].

[1] AGP P03 1986 p. 542

[2] Ibid. p. 542

[3] Ibid. p. 543-544

Capítulo 13. Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 – marzo 1937)

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Las primeras semanas de la Guerra Civil

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En Madrid, el centro del levantamiento fue el Cuartel de la Montaña, situado justo en frente de Ferraz 16, donde se estaba terminando de instalar la nueva residencia DYA. El 19 de julio, las fuerzas de seguridad y los milicianos bloquearon las calles que llevaban al cuartel. Esa noche, Escrivá envió a sus casas a del Portillo, Hernández de Garnica y Jiménez Vargas y se quedó en la residencia con Zorzano y González Barredo. Los primeros, al llegar a sus casas, telefonearon a DYA para decir que estaban bien. A la mañana siguiente se reunieron en la casa de Jiménez Vargas.

En las primeras horas del lunes 20 de julio, las fuerzas de seguridad y las milicias populares atacaron el Cuartel de la Montaña, con el apoyo de carros de combate, piezas de artillería y uno o dos aviones. A mediodía ya habían tomado el cuartel y matado a la mayor parte de sus defensores. Con las masas populares enardecidas, no era prudente permanecer más tiempo en la residencia. Así, Escrivá, Zorzano y González Barredo se echaron a la calle. Para evitar ser reconocido como sacerdote, Escrivá se puso un mono de trabajo que encontró en DYA. Aunque llevaba la tonsura bien afeitada, como era la costumbre en los sacerdotes de la época, nadie se dio cuenta y llegó sano y salvo a casa de su madre. Zorzano y González Barredo también llegaron a salvo a las suyas.

El 25 de julio, Jiménez Vargas volvió a la residencia para recoger algunas cosas que se habían dejado allí. Un grupo de milicianos anarquistas irrumpió en el edificio minutos mas tarde. Le interrogaron, registraron la residencia y, después, le llevaron a casa de sus padres. A pesar de hacer un nuevo registro, no encontraron el archivo con los nombres y direcciones de todos los que participaban en las actividades de DYA. Se marcharon sin arrestarle.

Por la tarde, Jiménez Vargas y del Portillo quedaron en la calle para intercambiar noticias y decidir qué hacer a continuación. No sabían qué les depararía el futuro. Si el alzamiento fracasaba, la violenta revolución anticlerical haría imposible el desarrollo del Opus Dei en España. ¿Debían dejar España para tratar de llevar el Opus Dei a algún otro sitio? Concluyeron que Dios no podía haber preparado el comienzo del Opus Dei en Madrid sólo para desenraizarlo y hacerlo comenzar en otro sitio. Confiando en que Dios protegería a la Obra y a su fundador de cualquier peligro, resolvieron permanecer en Madrid y hacer todo lo posible para ayudar a Escrivá.

Durante la primera semana de agosto, Escrivá permaneció escondido en la casa de su madre, sumido en la ansiedad por no tener notocias de la suerte de Vallespín, Casciaro, Botella y Calvo Serer, que se encontraban en Valencia y sus alrededores. Estaba especialmente preocupado por Hernández de Garnica, que había sido encarcelado. Las vida de los prisioneros estaba constantemente amenazada. Casi a diario, se fusilaba a un buen número sin que hubiera nada parecido a un juicio. A mitad de agosto fue ejecutado un grupo de políticos moderados que estaban en prisión. Entre ellos había cuatro ex ministros de la República.

Por su parte, Zorzano también se encontraba en una situación crítica. A causa de sus convicciones religiosas, los trabajadores de los ferrocarriles le habían buscado por Málaga para asesinarle. La búsqueda fue en vano y enviaron su fotografía e información sobre él a los grupos revolucionarios de Madrid. Así, Zorzano casi no pudo salir de su casa durante dos meses. El piso quedaba más o menos libre de la posibilidad de un registro, ya que un documento acreditaba que estaba bajo la protección de la Embajada de Argentina. Aunque Zorzano había nacido en Argentina, no tenía pasaporte de aquel país, ya que salió de allí siendo niño y los hijos de los emigrantes españoles no tenían derecho a la nacionalidad si no cumplían el servicio militar. Sí poseía un documento que indicaba que había nacido enel país, pero que, en esos momentos, le proporcionaba poca protección en las calles del Madrid revolucionario.

Escrivá pasó la mayor parte de su tiempo en casa de su familia, rezando por la Iglesia, por el Opus Dei y sus miembros, y por España. Cuando se le acabaron las formas y el vino necesarios para decir la Misa, celebraba lo que llamó “Misa seca”: rezaba todas las oraciones previstas, excepto la de la consagración. Incluso en aquellas difíciles circunstancias, procuró impulsar el crecimiento y desarrollo de la Obra. Usaba frecuentemente para aquellas “Misas secas” los textos de la petición por las vocaciones, con el pasaje del Evangelio que narra la llamada de los apóstoles.


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