Otra caricia de la Virgen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Seguía padeciendo la fuerte diabetes que le habían diagnosticado en El Escorial. Desde un punto de vista meramente humano, se iba enfrentando, en cada época de su vida, con dificultades fuera de lógica: cuando quiso empezar en otras ciudades de España, estalló la guerra civil. Cuando se dispuso a expandir el Opus Dei por el mundo, comenzó la guerra mundial. Y ahora, que impulsaba la labor apostólica en tantos países desde Roma, sufría una enfermedad le provocaba cada jornada una molestia distinta: un día estaba desfallecido; otro, le dolía la cabeza; al siguiente, le fallaba el ojo derecho. Tuvo una infección que le produjo un giro violento en las raíces dentales, y que llegó a tal punto que el dentista tuvo que hacerle una extracción con los dedos, para evitar una hemorragia, fatal en aquellos momentos.

Todo ilógico humanamente, respondía a la misteriosa lógica de Dios, que en un determinado momento le dio la enfermedad; y en otro determinado momento… se la quitó.

Era consciente de la gravedad de su mal. Había hecho colocar un timbre junto a su cama para pedir los sacramentos, por si le llegaba su última hora de forma repentina. Pero no vivía aquella situación de forma dramática: cada noche, antes de acostarse, rezaba confiado: Señor, no sé si me levantaré mañana; te doy gracia por la vida que me des y estoy contento de morir en tus brazos. Espero en tu misericordia.

A comienzos de 1954 el resultado de los análisis semanales era cada vez más negativo. Hasta que el 27 de abril, fiesta de la Virgen de Montserrat, cuando estaba sentado en la mesa, hacia la una de la tarde, sufrió un shock anafiláctico: se dio cuenta que se moría y le dijo a Álvaro del Portillo, que le acompañaba, como de costumbre:

Álvaro, dame la absolución.

—Padre, ¿qué dice? —le preguntó éste, desconcertado.

¡La absolución!

Comenzó a indicarle la fórmula —ego te absolvo…— y se desvaneció sin sentido.

Tras absolverle, del Portillo intentó que tomara azúcar y avisó rápidamente al médico. Este llegó a los pocos minutos, cuando don Josemaría empezaba a recobrarse, aunque se había quedado ciego.

El médico se quedó extrañado por aquella sorprendente evolución. Al cabo de varias horas, don Josemaría se repuso del todo y recobró la vista. Y desde aquel día quedó curado de la diabetes que sufría desde hacía diez años. Fue una nueva caricia de la Virgen en su vida.

Personalmente estaba muy tranquilo —comentaba—, aunque me daba pena irme de vosotros. Pero por todo lo que habéis pedido por mí al Señor, Él os ha oído.

Tuy, febrero de 1945

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

-Sor Lucia: con todo lo que hablan de usted y de mí, ¡si encima nos vamos al infierno!

-Verdaderamente, tiene usted razón.

La vidente de Fátima se ha quedado un momento pensativa, antes de pronunciar estas palabras. Al Fundador del Opus Dei, por su parte, le ha sorprendido gratamente esta prueba de humildad de Sor Lucia, que se ha visto reforzada por una ligera alteración de la voz.

Después de las apariciones de la Santísima Virgen a tres pastorcitos, que han atraído y siguen atrayendo multitudes a Fátima, la única superviviente de los tres videntes se ha convertido en hermana lega de una Congregación religiosa y se esfuerza por permanecer en el anonimato. Mons. José López Ortiz, Obispo de la diócesis gallega de Tuy, donde reside Sor Lucia en esas fechas, ha querido hacer una excepción a favor de don Josemaría, íntimo amigo suyo, y le ofrece tener una entrevista, aprovechando una visita de la religiosa al obispado. Don Josemaría acepta.

Durante la conversación que mantienen ambos, Sor Lucia dos Santos expresa al Fundador del Opus Dei su deseo de que comience la labor de la Obra en Portugal. Don Josemaría, que ya había pensado en empezar, pero no de un modo inmediato, le pide que contribuya, con sus oraciones, a preparar el camino para que esta empresa sobrenatural tenga éxito: Siempre que la veo -dirá años más tarde- le recuerdo que tiene una buena parte en el comienzo de la Obra en Portugal.

En Portugal

A causa de la guerra, hay grandes dificultades para pasar de España a Portugal y quedarse allí algún tiempo, como desea el Padre. Sin embargo, unos días más tarde, gracias a una eficaz gestión de Sor Lucia todo se ha arreglado, y don Josemaría tiene la dicha de orar en la “capelinha” de Fátima y de poner bajo la protección de la Santísima Virgen la primera expansión apostólica de la Obra fuera de España.

En este viaje, además de Álvaro del Portillo -que acompañaba al Padre-, se unen el Obispo de Tuy y su secretario D. Eliodoro Gil. Don Josemaría se entrevista con el Obispo de Oporto, con el de Leiría -diócesis donde se encuentra el Santuario de Fátima- y con el Cardenal Patriarca de Lisboa, Mons. Gonsalves Cerejeira, el cual queda gratamente sorprendido por las perspectivas apostólicas que abre el espíritu del Opus Dei. Aconseja al Fundador que inicie la labor en Portugal por Coimbra, ciudad universitaria en la que él mismo ha sido profesor, y don Josemaría se traslada allí, donde se entrevista con el obispo de la diócesis.

A comienzos de 1945, el mundo sigue todavía en guerra y la Iglesia empieza a ser perseguida en los países del Este. Confiando en el arma poderosa que es el Rosario para combatir contra los enemigos de la fe, el Padre fecha en Fátima el prólogo a la cuarta edición de su Santo Rosario. En él alude a esa seria amenaza: “Saeta que hiere es la lengua de ellos”, dice Jeremías (IX, 8). Ojalá sepas y quieras tú -añade don Josemaría- curar esas heridas con esta admirable devoción mariana y con tu caridad vigilante.

Esta edición va firmada con el nombre de Josemaría Escrivá de Balaguer. Ha adoptado este apellido para distinguir a su familia de los Escrivá de Romaní, oriundos de la región valenciana y muy conocidos en España, lo cual podía dar lugar a confusiones. Ya en aquel viaje de incógnito que había hecho en 1941 a Barcelona había recurrido a ese apelativo, recordando la ciudad de donde era oriunda su familia paterna.

El antiguo sueño que don Josemaría simbolizaba en los años treinta, ante el asombro de sus hijos, dibujando una cruz griega terminada en flechas dirigidas a los cuatro puntos cardinales, va a realizarse enseguida, tan pronto como termine la segunda guerra mundial.

Así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros… Los haréis, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas.

El “nihil obstat” de la Santa Sede

Con todo, ¡cuánto camino recorrido ya desde ese 11 de octubre de 1943 en el que Pío XII había firmado la appositio manuum de la Santa Sede! En esa fecha la Iglesia celebra la festividad de la Maternidad de María, lo cual era para el Fundador una prueba manifiesta de la intercesión de la Señora.

El 8 de diciembre de ese mismo año, festividad de la Inmaculada Concepción, el obispo de Madrid había dado ejecución, en su diócesis, a la decisión pontificia. La oración de todos, unidos al Padre, y los sacrificios ofrecidos día tras día por esa intención habían hecho posible obtener esa primera aprobación de la Iglesia. Entre ellos, el de Isidoro, que había ofrecido sus sufrimientos y su misma vida, entregada a Dios santamente el 15 de julio, a las cinco y media de la tarde. “¡Qué suerte tengo de estar enfermo precisamente ahora -había dicho poco antes de morir-, tener algo que ofrecer, esta enfermedad, cuando están pendientes asuntos tan importantes!”.

El Padre, al enterarse de que acababa de fallecer, había interrumpido un retiro, que estaba predicando a un grupo de mujeres de la Obra, y se había trasladado a la clínica para rezar junto al cuerpo del que había sido su primer hijo fiel, el primero que había perseverado sin dudar un solo instante de su vocación a partir de aquella conversación que tuvo el año 30 con el Fundador en el Patronato de Enfermos.

Prosigue la expansión en España

Apoyado firmemente en la oración y la penitencia, prosigue la labor apostólica en distintas ciudades españolas: Valencia, Valladolid, Zaragoza…

El Padre multiplica sus viajes, a pesar de las dificultades y de lo que quebrantan su salud -muy delicada- esos largos recorridos en automóvil, con visitas y charlas incesantes desde que llega a un sitio hasta que regresa a Madrid.

En Barcelona, la labor de la Obra empieza a ser mejor apreciada. El 26 de mayo de 1943, el Maestro de Ceremonias de la Catedral había bendecido el oratorio del Centro de la calle de Balmes, conocido desde los comienzos con el nombre de El Palau.

En julio, en Madrid, el propietario de la casa de la calle de Jenner había expresado su deseo de recuperar la vivienda, por lo que la residencia se había trasladado, poco después, a dos hotelitos situados en la Avenida de la Moncloa, cerca de la Ciudad Universitaria. Entre los dos, tenían capacidad para unos cien estudiantes.

La Moncloa será el nombre de la primera residencia de estudiantes de grandes dimensiones, sin perder por eso el ambiente de hogar que el Padre quiso darles desde el primer momento. Allí se vive una vida en familia, donde se aprende a convivir, a comprender, a querer a los demás, siempre con alegría y buen humor, rasgos característicos del espíritu de la Obra. No hay, por otra parte, limitaciones de tipo confesional, pues la residencia está abierta a todos, incluso a los no católicos. A los miembros de la Obra les brinda grandes posibilidades apostólicas, facilitándoles el trato personal, ese apostolado de amistad y confidencia tan propio de su espíritu. Además, la residencia ofrece a otras muchas personas un lugar de encuentro, donde palpan la fraternidad cristiana y tienen oportunidad de formarse mejor. Muchos estudiantes -unos residentes y otros que no viven allí, pero participan de los medios de formación que se ofrecen- recibirán la llamada a la santidad en su propio estado, sin salirse del mundo, en aquella residencia. Algunos, también, gracias al ambiente de La Moncloa, descubrirán una vocación de otra naturaleza -sacerdotal o religiosa- porque, al levantar la temperatura espiritual, cada alma muestra lo que da de sí y descubre su propio camino.

Los estudiantes que pasan por allí, cuando se encuentren más tarde en todas las encrucijadas del mundo, sabrán que deben santificarse allí donde estén y santificar sus tareas con su conducta cristiana, hayan recibido o no la vocación específica al Opus Dei. Tanto más en cuanto que la espiritualidad que han asimilado es esencialmente secular, apta para ser vivida por todos y cada uno en su propio ambiente: siendo estudiantes, en la Universidad, y luego en la vida familiar, profesional y social.

Al comenzar el curso escolar 1945-46, la expansión prosigue en España. En octubre, algunos miembros de la Obra se instalan en Sevilla para continuar sus estudios o ejercer su profesión, desarrollando, al mismo tiempo, una intensa labor apostólica.

Un apostolado fecundo

La Sección de mujeres, por su parte, también se había desarrollado lo suficiente como para que algunas, a petición del Padre, se hicieran cargo de la Administración de La Moncloa en sus aspectos materiales: conservación, decoración, restauración, alimentación, limpieza… Aunque trabajan en una zona totalmente independiente, separada del resto, proporcionan a la residencia ese ambiente de hogar que en la de la calle de Jenner habían sabido crear la madre y la hermana de don Josemaría. Habían tenido que contratar, para que las ayudasen, a algunas empleadas del servicio doméstico, pero el Padre, en este punto, también preveía el futuro: había pedido a sus hijas que extendiesen su apostolado a personas que, como aquellas empleadas, tuviesen como trabajo profesional el ayudar a las amas de casa en sus tareas domésticas. Ese trabajo debía considerarse, en efecto, como una auténtica profesión, susceptible, como cualquier otra, de santificar a quienes la ejercen y de ser santificada. No era -pensaba el Padre- una tarea útil pero servil o secundaria, como tantas personas -incluso buenas cristianas- atribuían a la labor de quienes llamaban “criadas”. Para él la dignidad de un trabajo no estaba en función de su prestigio social, sino del amor que se pusiera al realizarlo. El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso.

El Padre no dudaba en absoluto de que surgirían muchas vocaciones entre las empleadas de hogar.

La ordenación de los primeros sacerdotes

Con el desarrollo de los apostolados y la constante afluencia de vocaciones, la necesidad de contar con sacerdotes formados en el espíritu del Opus Dei se hacía cada vez más urgente.

La llegada de las correspondientes autorizaciones -diocesana y pontificia- había permitido a don Josemaría activar la ordenación de los tres miembros de la Obra que venían preparándose desde hacía años.

El 25 de junio de 1944, el Padre había celebrado la Santa Misa en el oratorio de Diego de León, ayudado por José María Albareda. Aunque estaba solo, había permanecido intensamente unido a la misa de ordenación que celebraban a la misma hora sus tres hijos -Álvaro del Portillo, José María Hernández de Garnica y José Luis Múzquiz- en la capilla del Palacio Episcopal. El Padre no había querido asistir a la ceremonia, para no convertirse en el polo de atracción de los asistentes, que, sin duda, hubiesen querido felicitarle… Pero no era él, sino Dios el que había promovido la Obra; sólo a Él le correspondía ser el centro de aquella ceremonia…

Unas semanas antes -el 20 de mayo- había contemplado, desde un rincón de la capilla, la administración de la tonsura, de manos de Mons. Eijo y Garay, que también les había ordenado. Una forunculosis aguda, sin embargo, le había impedido asistir cuando les fueron conferidas las cuatro órdenes menores.

Aquel 25 de junio, tras la ceremonia de la ordenación, había tenido una reunión de familia con sus hijos, con asistencia del obispo de Madrid. Al final, el Padre, en el oratorio, había pronunciado unas palabras:

Cuando pasen los años… y yo, por ley natural, haya desaparecido hace ya mucho tiempo, vuestros hermanos os preguntarán: ¿qué hacía el Padre el día de la ordenación de los tres primeros? Respondedles sencillamente: el Padre nos repitió lo de siempre: oración, oración, oración; mortificación, mortificación, mortificación; trabajo, trabajo, trabajo.

Aquellos tres primeros sacerdotes eran, sin duda, fruto de su oración, prolongada años y años. Con todo, no sin largas vacilaciones se había resignado a que se ordenaran precisamente esos tres hijos suyos, que eran de los primeros y de los cuales se podían esperar muchos frutos apostólicos en su trabajo profesional. No obstante, su tristeza se tornaba en gozo al pensar en el inmenso bien que harían estos sacerdotes, y los que vendrían después, trabajando codo a codo con sus hermanos seglares; aunque serían siempre una ínfima minoría en proporción con éstos.

La ordenación de estos tres ingenieros no había pasado inadvertida. Los periódicos de Madrid habían señalado la presencia en la ceremonia de un representante del Nuncio de Su Santidad en España, de numerosas personalidades eclesiásticas y de muchos profesores y alumnos de las facultades y escuelas especiales donde los nuevos sacerdotes habían cursado sus estudios. El acontecimiento había suscitado gran interés, pero también ciertos comentarios acerbos de algunos eclesiásticos, quienes, callando que los nuevos presbíteros habían hecho sus estudios durante varios años dirigidos por excelentes profesores, ponían en duda -como había previsto don Josemaría- la seriedad de su formación.

Había otras críticas que le divertían más, como la de quienes decían que, ahora, iba a matarles a trabajar… Ciertamente, no faltaba trabajo, y menos para estos sacerdotes que venían como llovidos del cielo. La Obra les había puesto inmediatamente a trabajar en su ministerio y las almas habían recibido aquella labor como la tierra las primeras lluvias de otoño. Además de la administración de los sacramentos, ¡qué ayuda para el Padre en la predicación y en la dirección de las almas! Y no sólo de las de sus hijas e hijos, sino también de otras muchas personas que se acercaban a la Obra.

Porque el Fundador continuaba respondiendo incansablemente, a pesar de su quebrantada salud, a las peticiones que le llegaban de todas partes. Durante un curso de retiro que había dirigido a los agustinos del Monasterio de El Escorial, del 3 al 11 de octubre de 1944, había experimentado un violento ataque de fiebre a causa de un ántrax en el cuello. El médico que había consultado, al observar otros síntomas concomitantes, había pensado en la diabetes. El Padre, a pesar de la fiebre, había continuado predicando, pero los análisis que posteriormente le hicieron confirmaron el diagnóstico: tenía diabetes. A partir de ese momento, había tenido que inyectarse insulina a diario, en dosis crecientes.

Ahora, los tres nuevos sacerdotes le ayudan en su tarea, viajando a distintas ciudades españolas y asistiendo a sus hijas en la dirección de la Sección de mujeres y en su formación específica. Éstas, en noviembre de 1944, se habían instalado en Los Rosales, una vieja casona con un amplio jardín, situada en Villaviciosa de Odón, cerca de Madrid.

Viajes, predicación…

A lo largo de 1945, antes de ir a Portugal, la Obra sigue extendiéndose por diversas regiones españolas.

El 27 de marzo el Padre viaja a Andalucía para visitar a sus hijos que están en Sevilla y ver las posibilidades de instalarse en Granada. En ambas ciudades, visita diversas casas con jardín que podrían ser aptas para convertirse en residencias de estudiantes.

Cuando regresa a Madrid, tras entrevistarse con varios obispos del sur y sureste de la península, ha recorrido cerca de dos mil quinientos kilómetros en nueve días.

Un mes más tarde, Pedro Casciaro, con otros tres miembros de la Obra, se instala en Bilbao con idea de abrir cuanto antes una residencia.

El Padre, por su parte, dedica cada vez más tiempo a la formación de los miembros de la Obra, sin dejar por eso su acción apostólica directa en todos los ambientes.

Con frecuencia, hombres de Iglesia y representantes de diversas asociaciones religiosas le piden que dirija ejercicios espirituales. Don Josemaría acepta siempre que puede, pensando en el bien que puede derivarse para las almas y para la sociedad. Muchas personalidades, algunas de ellas muy conocidas, se benefician así de la predicación del Fundador del Opus Dei, aunque, para él, la posición social o la altura intelectual de quienes le escuchan es lo de menos. Su mensaje es el mismo para todos: que busquen la santificación allí donde estén, sea en un lugar modesto o en los puestos más altos del Estado. Que procuren con todas sus fuerzas santificar su trabajo, sus ocupaciones ordinarias, para que su tarea sea agradable a Dios y útil a los hombres; y que procuren también santificar a los demás con su trabajo, buscando en la vida profesional ocasión para ayudarles a encontrar el sentido último a la vida.

Que nadie piense, en ningún caso, que es preciso apartarse del mundo para ser piadoso, o llevar una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

Unidad de vida, responsabilidad frente a los demás, conversión a Dios de las almas y de toda la sociedad: un lenguaje que va dirigido a todos los hombres que viven inmersos en las actividades terrenales y no sólo a los miembros del Opus Dei, quienes lo único que hacen es responder de una manera específica, “vocacional”, a esa llamada universal a la santidad, encontrando en la Obra estímulo y apoyo.

Durante la Cuaresma del año 1945, el Padre ha sido invitado a dar uno de los retiros espirituales organizados en una iglesia céntrica de Madrid por un grupo de profesores universitarios. Los demás predicadores son conocidos jesuitas y dominicos.

Lleva adelante todas estas actividades a pesar de que su diabetes es ya crónica; ha engordado mucho, se fatiga enseguida, le duele la cabeza y sufre de sed frecuente.

Durante los meses de verano, pasa algunos días cerca de Segovia, en Molinoviejo, una finca alquilada que es una esmeralda en la mano morena de Castilla. Allí, un tanto amontonados, se suceden los grupos de miembros de la Obra que van a descansar un poco y, al mismo tiempo, a continuar en cursos especiales una formación intensiva que son como un alto para tomar impulso y lanzarse de nuevo a una labor apostólica más ágil y viva.

En septiembre, el Padre realiza un nuevo viaje a Portugal, el tercero, para preparar el comienzo de la labor apostólica. A su regreso, pasa por Santiago de Compostela, donde viven ya algunos hijos suyos, y. pasando por Oviedo, llega a Bilbao. Aquí, gracias a la ayuda de algunas familias amigas, entre ellas la de un aristócrata que don Josemaría había conocido durante la guerra civil en Burgos, los miembros de la Obra han encontrado una casa apta para residencia de estudiantes, la cual ya han comenzado a instalar. Como siempre, el objetivo es que esa actividad de formación, que repercutirá favorablemente en toda la región, sirva de complemento al apostolado personal que todos ejercen en su ambiente profesional y social. La residencia se llamará Abando.

Unos meses más tarde, en febrero de 1946, un miembro de la Obra se instala en Coimbra. Pronto seguirán otros.

De esta manera, con toda naturalidad, gracias al impulso del Fundador, la expansión del Opus Dei prosigue en España y se inicia fuera de sus fronteras.

Viendo lo que ha llegado a ser esta Obra de Dios nacida el 2 de octubre de 1928, repite ante sus hijos los versos de una vieja canción de su tierra:

Capullico, capullico,

ya te estás volviendo rosa:

ya se está acercando el tiempo

de decirte alguna cosa.

Soñad, y os quedaréis cortos, decía a los que le rodeaban en 1942.

Para el Fundador, aquello era sólo el principio. Porque para ser fiel a la misión recibida, tendrá que impulsar mucho más todavía la expansión de la Obra, acelerar el curso de los acontecimientos…

Dios hace una pausa

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En los primeros meses de 1936, el Padre viaja a Valencia invitado por don Javier Lauzurica, Obispo Auxiliar y amigo suyo. Le acompaña Ricardo Fernández Vallespín. Van en un coche de turismo grande, de carácter público, de los que constituyen el medio de transporte más barato. En Valencia se alojan en el Hotel Balear, situado en la calle de la Paz.

Aquí vuelven a reunirse con el grupo que les visitó en Madrid. Don Javier Lauzurica les anima a montar una Residencia Universitaria en esta ciudad lo antes posible.

Cuando retornan a la capital de España el ambiente empieza a ser irrespirable. Se puede considerar el país en guerra civil. Hay grandes manifestaciones, acciones violentas; asesinatos, ataques personales y represalias. La violencia está a la orden del día y cuenta con la tolerancia del Gobierno.

El Padre está informado de todo. Sufre por la furia antirreligiosa, pero jamás pierde la serenidad ni consiente que se perturbe el apostolado o se interrumpan los medios de formación. No fomenta el menor aislamiento, sino todo lo contrario. Quiere que todos conozcan la situación y respeta las opciones políticas de cada cual. Nunca ha insistido tanto en que los miembros de la Obra recen y apoyen su fortaleza en el sagrario.

Cuando triunfa en las elecciones el Frente Popular, se recrudece la persecución religiosa y todo parece abocar a un régimen marxista. Por otro lado, la oposición prevé un golpe de Estado contra el Gobierno de la República.

En medio de este clima, el Padre combate todo derrotismo; trabaja como si nada fuese a ocurrir. Varias personas que conocen y aprecian su labor apostólica constituyen una sociedad civil, sin fines lucrativos, llamada “Fomento de Estudios Superiores”. Esta entidad adquiere una casa que pondrá a disposición de don Josemaría para una nueva Residencia de estudiantes en Madrid. Está enclavada en el mismo barrio de Argüelles, próximo a la Ciudad Universitaria. Es propiedad de los Condes del Real, que viven en Francia, y se trata de un inmueble, bien construido y amplio, situado en el número 16 de la calle de Ferraz, frente al Cuartel de la Montaña.

A primeros de julio de 1936, toda la instalación de Ferraz 50, incluido el oratorio, se traslada al número 16. Isidoro Zorzano ya ha solicitado excedencia voluntaria en su puesto de ingeniero de los Ferrocarriles Andaluces, en Málaga, porque es quien se va a ocupar de la nueva Residencia de Madrid. Ricardo se trasladará a Valencia para instalar, también allí, una Residencia Universitaria. El 16 de julio, Paco Botella, que está en Valencia, pone un telegrama anunciando que ha encontrado el local adecuado para llevar a cabo esta iniciativa en su ciudad levantina. Al día siguiente, 17 de julio, Ricardo recibe de nuevo la bendición del Padre en un salón de Ferraz 16, e inicia este viaje que marca la primera expansión de la Obra en España. Poco antes, Isidoro había llegado a Madrid. Su permanencia en Málaga le habría costado la vida: precisamente por su labor abnegada, en servicio de los más humildes, había sido puesto en la «lista negra» de los revolucionarios.

Ese mismo día, 17 de julio de 1936, se conoce el levantamiento del ejército de Africa. Una semana antes y a partir del asesinato de Calvo Sotelo, líder de la oposición monárquica en la Cámara Legislativa, se recrudecen en toda España los disturbios y violencias. Sin embargo, el Padre y la Obra que Dios le encomendó siguen su camino. Es la locura de una fe que está más allá de coyunturas humanas.

El 18 de julio se proclama la rebelión dentro de la Península. Madrid y Valencia quedan incomunicadas. Va a dar comienzo una guerra civil que se prolongará casi tres años. Durante este tiempo, resultará arrasado lo que se ha conseguido con tanto esfuerzo. Ferraz 16 va a ser incautado por las milicias populares y luego, en el asedio de Madrid, bombardeado y destruido por las tropas nacionales.

El primer grupo de hombres de la Obra y toda aquella amplia labor apostólica se verá dispersada por avatares de muy diversa índole. Pero algo enraizado ya de modo sobrenatural permanece intacto en todos: la seguridad de que la Obra debe continuar adelante; de que uno sólo que sobreviva habrá de coger la antorcha del mensaje divino y transmitirla. Recordarán, ahora y siempre, las palabras del Fundador:

«La Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el Cielo está empeñado en que se realice»(32).

Y, con este coraje en el alma, se inicia un tiempo de espera activa, de oración y penalidades. Una etapa de prueba da comienzo.

Abriendo surco

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Don Josemaría continúa el apostolado del Opus Dei desde todas las circunstancias que le brinda su ministerio sacerdotal. Reza intensamente; conoce y trata a personas de toda condición y edad, enfermos y sanos, estudiantes y obreros manuales, artistas y empleados, sacerdotes y matrimonios, y lleva a cabo una ingente tarea de dirección espiritual.

Reúne a pequeños grupos de muchachos; habla, a cada uno, de la llamada de Dios a los hombres; de este fuego que ha prendido en su alma y que es, para siempre, Opus Dei. Los chicos le acompañan por los hospitales, en sus correrías por Vallecas, Tetuán, La Ventilla… Los extremos de la gran ciudad. En ocasiones, allí donde presta su servicio a las almas, le facilitan un local para continuar la formación de los que le siguen, o un confesonario para dirigir espiritualmente a las primeras mujeres que se acercan al espíritu del Opus Dei.

Se sabe depositario de una misión divina que ha de llevar a cabo en el breve tiempo de su vida. Necesita completar la arboladura de esta nave que se empieza a llenar de respuestas generosas, de mujeres y hombres que se lanzan -cuando todo parece locura- a la divina aventura que don Josemaría Escrivá de Balaguer les propone en nombre de Dios.

Siempre que le hablan de una persona que puede comprenderle, anota su nombre, graba en la memoria y en el corazón los datos que le relata -generalmente- un miembro de la familia. Y cuando algunos vengan -traídos por la mano de Dios- hasta la Obra, don Josemaría les dirá que son fruto de su oración y de su mortificación, que ha ofrecido por ellos -durante años- los sacrificios de su vida sacerdotal entregada. Porque espera siempre la llegada de aquellos que Dios ha elegido desde el día en que puso el Opus Dei en manos de un joven sacerdote.

Su apostolado es tan amplio que no tarda en ser conocido, y a veces no bien interpretado, en distintos lugares de la geografía española. Cuando estalla la guerra civil, un grupo de hombres pertenecen ya a la Obra. Hay también algunos sacerdotes que dirigen su vida espiritual con don Josemaría Escrivá de Balaguer. Y un grupo -heterogéneo en cuanto a dedicación y condiciónde mujeres, que empiezan a conocer esta espiritualidad laical que entronca con la vida de los primeros cristianos en el mundo.

Algunas de estas vocaciones se perderán antes o durante la dispersión ocasionada por el conflicto bélico. Pero otros perseverarán en esta leal decisión de entrega a Dios en medio del mundo.

El Fundador del Opus Dei pedirá insistentemente al Señor vocaciones para extender la Obra, y animará a otros a rezar. En «Camino», número 804, escribe: «Ayúdame a clamar: ¿Jesús, almas!… ¡Almas de apóstol!: son para ti, para tu gloria. Verás como acaba por escucharnos».

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz (14.II.1943)

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El Opus Dei crecía y necesitaba urgentemente sacerdotes. La experiencia de antes de la Guerra Civil con sacerdotes que habían entrado en contacto con la Obra después de su ordenación convenció a Escrivá de que los sacerdotes del Opus Dei debían proceder de entre sus miembros laicos. Debían ser capaces de transmitir el espíritu de la Obra por haberlo vivido ellos mismos durante años antes de ser ordenados presbíteros.

A principios de 1936, Escrivá preguntó a varios de la Obra si estarían dispuestos a ordenarse sacerdotes en algún momento, en el futuro. Poco después de la Guerra Civil, tres jóvenes ingenieros –del Portillo, Múzquiz y Hernández de Garnica- empezaron los estudios de Filosofía y Teología que la Iglesia exige a los candidatos a la ordenación. No fueron al seminario diocesano, sino que, con el permiso del obispo de Madrid, Escrivá seleccionó un distinguido grupo de profesores que les dieron clases particulares. Se examinarían en el seminario. Dos dominicos, profesores del Angelicum de Roma, a quienes el estallido de la II Guerra Mundial sorprendió en España, serían los profesores de Derecho Canónico. Otro dominico, miembro del Instituto Bíblico de Jerusalén, se encargaría de instruirles en la Sagrada Escritura. Don José María Bueno Monreal, futuro cardenal arzobispo de Sevilla, sería el profesor de Teología Moral. Fray Justo Pérez de Urbel, benedictino, de Liturgia. Fray José López Ortiz, agustino, profesor de Historia del Derecho en la Universidad de Madrid, se encargó de la Historia de la Iglesia. Por su parte, Escrivá les instruiría en la Teología Pastoral.

Los meses y los años pasaron, los tres hacían progresos en sus estudios, pero Escrivá todavía no conseguía encontrar la forma de ordenarlos para el servicio del Opus Dei. De acuerdo con el Código de Derecho Canónico, sólo el obispo diocesano, el superior de una orden o congregación religiosa o de una organización que el Código considerara similar a las órdenes, podían llamar a un hombre al sacerdocio. Además, todo sacerdote debía estar incardinado, es decir, pertenecer a una diócesis, a una orden o congregación o a una institución similar, con el fin de evitar que hubiera presbíteros vagos o errantes. Es más, antes de poder llamar a nadie al sacerdocio, debía dar al candidato el necesario “título de ordenación”, con el que proporcionarle los recursos necesarios para mantenerse dignamente. Ordenarse para servicio de una diócesis o de una orden religiosa era considerado suficiente como para constituir un título de ordenación. Si no, el candidato debía tener garantizado por otras vías –por ejemplo, por dotación o por fundación- el sostenimiento económico.

Escrivá estaba pensando en esta situación durante la mañana del 14 de febrero de 1943, cuando fue al centro de la calle Jorge Manrique para celebrar Misa a sus hijas en el aniversario de su fundación. En palabras suyas sucedió lo siguiente: “Yo empecé la Misa buscando la solución jurídica para poder incardinar en la Obra a los sacerdotes. Llevaba ya mucho tiempo tratando de encontrarla, sin resultado. Y aquel día, intra missam, después de la Comunión, el Señor quiso dármela: la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Me dio incluso el sello: la esfera del mundo con la cruz inscrita”[1].

Escrivá raramente hablaba de los hechos extraordinarios de carácter sobrenatural que ocurrían en su vida. Y cuando lo hacía, era realmente parco. Por eso, no es fácil decir qué pasó exactamente el 14 de febrero de 1943. Aparentemente, Dios le reveló la forma de ordenar sacerdotes para el Opus Dei sin comprometer su verdadero carácter. No era necesario que la Obra adoptara una nueva forma jurídica que permitiera la incardinación de sacerdotes. Vio, dentro del Opus Dei, una sociedad en la que los sacerdotes podían ser incardinados –se llamaría Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz- sin dejar de formar parte de la Obra. El sello a que se refería Escrivá –la cruz inscrita en el mundo- refleja la misión de todos los fieles del Opus Dei: alzar la cruz de Cristo en todas las actividades cotidianas. En este sentido, enlaza con la locución divina que Escrivá recibió el 7 de agosto de 1931, en la que comprendió las palabras de Cristo “Y Yo, cuando sea levantado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia Mí” como que Él quiere estar en la cumbre de todas las actividades humanas para transformar el mundo. Además, en el contexto en que Escrivá vio el 14 de febrero de 1943, la cruz inscrita en el mundo simbolizaba la presencia de un grupo de sacerdotes clavados en la Cruz de Cristo –como los miembros laicos del Opus Dei- y disueltos en el gran conjunto de la Obra.

Todavía quedaba mucho por hacerse antes de que los primeros sacerdotes pudieran ser ordenados. Era preciso determinar la forma canónica que adoptaría la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. En primer lugar, Escrivá debía obtener para ella la aprobación del obispo de Madrid, quien no podría concederla sin el permiso (“nihil obstat”) de la Santa Sede. En cualquier caso, lo ocurrido el 14 de febrero de 1943 dejaba claro que el Opus Dei pronto podría incardinar sacerdotes, algo necesario para la expansión de la Obra por España y el resto del mundo.

La oposición de la Falange

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La Falange dominaba la vida política española después de la Guerra Civil. Era el único partido y controlaba tanto el sindicato único como la única organización estudiantil permitida en el país. Al igual que muchos españoles, algunos miembros del Opus Dei pertenecían a la Falange o a su organización estudiantil. Y otros no quisieron hacerlo.

Escrivá dejo claro a los del Opus Dei que disfrutaban de total autonomía en materias políticas. Como leales hijos de la Iglesia, estarían obligados a seguir las indicaciones dictadas por la jerarquía para salir al paso de las situaciones políticas que amenazasen los valores espirituales. Pero el Opus Dei no les daría ninguna orientación política. Aunque era bien conocido el apoyo de algunos obispos a la Falange, la jerarquía no señaló a los católicos que debían apoyar esta organización. Los miembros de la Obra, por tanto, gozaban de completa libertad para pertenecer o no al partido.

El Opus Dei animó a sus miembros y a quienes participaban en sus actividades de formación a ejercer responsablemente su libertad de adscripción política, pero en ningún momento trató de dirigir la elección de nadie. Así, cuando uno de los estudiantes de la residencia de Jenner propuso al director organizar una campaña a favor de la organización estudiantil de la Falange, el director, cortésmente, rechazó la iniciativa y explicó con claridad que la residencia respetaba la libertad política de quienes en ella vivían.

Cada fiel del Opus Dei es libre de manifestar sus opiniones. Y no sólo eso: algunos participan activamente en la vida política. Por ejemplo, Juan Bautista Torelló, un joven barcelonés del Opus Dei, pertenecía a una asociación cultural catalanista, considerada en su momento como un grupo clandestino contrario al régimen. Se lo contó a Escrivá, quien le insistió en que los miembros del Opus Dei eran libres para tomar sus propias decisiones en materias políticas y culturales. Le explicó también que ningún director de la Obra podría ejercer su influencia en estas materias sobre ningún miembro del Opus Dei ni sobre las personas que se acerquen a sus apostolados. Escrivá le sugirió que procurara no ser arrestado, ya que para entonces en Barcelona sólo eran seis de la Obra y sería un golpe para su desarrollo el que uno de ellos estuviera en la cárcel. Pero, concluyó, “haz lo que mejor te parezca”.

Como cabeza del Opus Dei y como sacerdote, Escrivá fue muy cuidadoso de no dar sus opiniones en el campo político. En los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil, cuando el himno nacional sonaba en las ceremonias oficiales, casi todo el mundo –también muchos obispos y sacerdotes- saludaban con el brazo en alto, según el uso adoptado por la Falange y el régimen de Franco. Escrivá nunca lo hizo, y no tanto por mostrar oposición, sino para no identificarse con ningún grupo político. Así, consiguió no influir sobre los miembros de la Obra ni retraer de la dirección espiritual a nadie que no compartiera sus opiniones en estos campos.

Además, Escrivá no dudó en tratar a quienes mantenían posturas contrarias al régimen o eran juzgadas impopulares entonces. La viuda de una persona que estuvo en la cárcel porque se sospechaba que pertenecía a la masonería escribió al fundador del Opus Dei para agradecer la amistad y atención a su marido, en momentos en que nadie, ni siquiera sus más íntimos, se atrevieron a manifestarle su afecto.

Este respeto a la libertad sentó mal en ambientes falangistas, que veían una amenaza a sus aspiraciones en cualquier grupo que no estuviera bajo su control directo. Así, la revista “¿Qué pasa?” y otras publicaciones falangistas publicaron crudos ataques contra la Obra y su fundador, permitidos por los censores oficiales del régimen.

Cierto día, alguien que trabajaba en la Secretaría General de la Falange entregó a Fray José López Ortiz, agustino buen amigo de Escrivá, una investigación sobre “la organización secreta Opus Dei” llevada a cabo por el servicio de información de la Falange. Además de referirse al Opus Dei como una organización clandestina, se le atacaba por su internacionalismo, su oposición a la nación y al régimen y su supuesto antipatriotismo. También acusaba a la Obra de ser contraria a la Falange y de maquinar sectariamente para hacerse con el control de la universidad. Fray José, que describió el documento como una atroz calumnia, no pudo contener las lágrimas al leerlo al fundador. Para su asombro, Escrivá le miró, sonrió y dijo: “No te preocupes, Pepe, porque todo lo que dicen aquí, gracias a Dios, es falso: pero si me conociesen mejor, habrían podido afirmar con verdad cosas mucho peores, porque yo no soy más que un pobre pecador que ama con locura a Jesucristo”. En lugar de romper el documento, Escrivá se lo entregó a Fray José para que se lo devolviera a su amigo y éste no tuviera problemas después.

La persecución fue más allá de las calumnias. Una mañana, dos hombres siguieron al padre Mariano Gayar Moquedano, que regresaba a su casa después de celebrar Misa en el centro de la calle Lagasca. Cuando les preguntó qué querían, le informaron de que eran policías encargados de vigilar la casa. Estaban allí para investigar las actividades que se desarrollaban porque existía la sospecha de que pertenecía a la masonería.

El Opus Dei fue denunciado ante el Tribunal Especial de Represión de la Masonería y el Comunismo, acusado de pertenecer a la rama judía de la masonería. Como los miembros de la Obra no llevaban ningún distintivo ni pregonaban su pertenencia, los acusadores concluyeron que se trataba de una sociedad secreta. Y como juzgaban que la masonería era el arquetipo de las sociedades secretas, concluyeron que el Opus Dei debía ser catalogado de tal. En broma, un profesor contaba que alguien quiso encontrar la conexión judía por la similitud de las siglas de SOCOIN –Sociedad de Colaboración Intelectual- con el nombre de un antiguo grupo judío de asesinos llamado Socoim… Aunque hoy cause risa la acusación de ser la rama judía de la masonería, se trataba de un asunto muy serio en la España de posguerra. Para el bando ganador entonces gobernante, la masonería y el comunismo eran el compendio de todo contra lo que habían luchado en la guerra, y estaban decididos a erradicar cualquier rastro de su influencia en el país.

El Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo había recibido amplios poderes y estaba sujeto a pocas restricciones. Las acusaciones no tenían que estar muy bien fundadas para ser tomadas en consideración. Escrivá confesó al dominico padre Silvestre Sancho Morales que el día en que tuvo noticia de las acusaciones fue uno de los peores de su vida. Nada más empezar el procedimiento, alguien informó de que los miembros del Opus Dei eran célibes. El presidente del Tribunal, general Saliquet, preguntó si vivían la castidad. Al recibir respuesta afirmativa, dio carpetazo y cerró el proceso, razonando que si eran castos, no eran masones, ya que no había necesidad de vivir esta virtud para alcanzar los fines que se proponía la masonería. A pesar del veredicto del Tribunal, la crítica de la Falange no sólo no paró, sino que continuó durante muchos años.

Barcelona

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“La fundación del Ops Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Durante las semanas pasadas en Barcelona en 1937 antes de ir a Andorra, los miembros de la Obra habían rezado mucho por el futuro apostolado del Opus Dei en la ciudad. Dos años después, el 30 de diciembre de 1939, Escrivá y del Portillo pasaron un día en Barcelona. Visitaron a Alfonso Balcells, joven médico que había conocido a Jiménez Vargas durante la guerra y había asistido al curso de retiro predicado por Escrivá en Valencia en septiembre de 1939. También intentaron ver a Rafael Termes, compañero de del Portillo en la academia de oficiales, pero no se encontraba en la ciudad. Le dejaron una nota y, unos días más tarde, Casciaro, que debía resolver en Barcelona unos asuntos familiares, le fue a ver.

Estas breves visitas fueron el comienzo de las actividades del Opus Dei en Barcelona. Los jóvenes de la Obra escribían regularmente a su amigos y acompañaban sus cartas de abundantes oraciones. En una carta a los fieles de la Obra en Valencia Escrivá preguntaba: “¿Escribís a Ballcells? Creo que le he puesto un apellido algo enrevesado. Pero lo encomiendo a su Custodio, y algún día me dará las gracias”[1].

A mediados de febrero de 1940, Vallespín y Fuenmayor viajaron de Valencia a Barcelona. Unos días después, Múzquiz aprovechó un viaje profesional para pasar algún tiempo con Balcells y Termes. Regresó a Madrid con la noticia de que Termes estaba dispuesto a pertenecer al Opus Dei, aunque primero quería hablar con Escrivá.

Escrivá, del Portillo, Zorzano y Hernández de Gárnica fueron de Zaragoza a Barcelona el 31 de marzo de 1940. Termes no podía reunirse con ellos por la mañana, ya que tenía que desfilar con motivo del primer aniversario del final de la Guerra Civil. Por la tarde fue a ver a Escrivá, todavía vestido con su uniforme de oficial adornado con cintas de combate. “Recuerdo muy bien sus primeras palabras”, recuerda Termes. “De entrada, sin duda para facilitarme el diálogo, me dijo cariñosamente: “¡valiente oficial, que no se atreve a saltar el parapeto!”. Después todo fue fácil y, disipadas mis dudas por la seguridad y confianza que me inspiraban las palabras y la persona de nuestro Padre, pedí la admisión en la Obra”[2].Termes, que más tarde sería un prestigioso banquero, fue la primera persona que pidió la admisión en la Obra en Barcelona.

José María Casciaro, hermano menor de Pedro, vivía en Barcelona mientras terminaba sus estudios de secundaria. Vivía con un tío suyo, ya que sus padres tuvieron que exiliarse en Orán. Por Pedro, sabía ya bastante de la Obra y su espíritu y había conocido a Escrivá durante un viaje a Madrid en la primavera de 1939. Poco a poco, había pasado de la indiferencia hacia la religión a tener una vida espiritual relativamente fervorosa, y había empezado a pensar en la vocación al Opus Dei. En sus memorias describe su estado de ánimo: “La gracia de Dios me hacía ver, con bastante nitidez, que mi camino era el de elegirle a Él, en una aventura divina, por encima de todas las criaturas. Se me presentaba, sí, como una aventura, pero al mismo tiempo sentía una seguridad serena, una confianza interior, que no puede venir más que de Dios mismo, que llama. Pienso que no me costó mucho hacerme a la idea de una entrega total, y decidirme a ella libremente, sin traumas, aunque consciente de que aquella decisión implicaba algo muy serio. Y cada vez que consideraba esa elección –decir que sí a la llamada de Dios-, experimentaba un poco de miedo, pero mucha mayor alegría interna”[3].

Aprovechó la estancia de Escrivá en Barcelona en mayo de 1940 para decirle que quería pertenecer al Opus Dei. Después de interrogar al joven con bastante detalle para comprobar que entendía lo que suponía la llamada al Opus Dei, Escrivá le preguntó en un tono serio: “¿Te ha presionado tu hermano Pedro?”. Ante su respuesta negativa, Escrivá le volvió a preguntar lo mismo otras dos veces con diferentes palabras. Después de comprobar que José María actuaba con libertad y que sabía a qué se comprometía, Escrivá le recibió en el Opus Dei.

Como en otras ciudades, los miembros de la Obra en Barcelona pronto se pusieron a buscar un piso en el que tener sus actividades. Como ninguno era mayor de edad para firmar un contrato, le pidieron a Balcells que firmara el alquiler del apartamento que encontraron cerca de la Universidad. No era de la Obra -y no lo sería hasta varios años más tarde-, pero accedió. Con un toque de ironía, llamaron “El Palau” al diminuto nuevo centro.

Desde Ávila, donde predicaba un curso de retiro a sacerdotes diocesanos, el 1 de julio de 1940 Escrivá decía a sus hijos de Barcelona: “¡Ya tenemos casa en Barcelona!: no imagináis la alegría que me produjo esa noticia. Ha sido, sin duda, la bendición de ese Señor Obispo -¡os bendigo con toda mi alma, y bendigo la casa!, dijo nuestro D. Miguel Díaz Gómara, la última vez que estuve yo ahí-, ha sido esta bendición la causa de que vuestros trabajos para encontrar el Palau tuvieran éxito. Se va muy seguro, no apartándose jamás –es nuestro espíritu—de la autoridad eclesiástica ordinaria. Siento que el Palau, silenciosamente, ha de dar mucha gloria a Dios”[4]. Terminaba la carta con una urgente petición de oraciones, unidos a sus intenciones: “!Orar, orar, y orar!: ésta es mi consigna. Así saldrá todo muy bien”[5].

El crecimiento del Opus Dei en Barcelona fue paralelo al de otras ciudades, pero la campaña de calumnias contra la Obra, que tuvo lugar por toda España durante los siguientes años, fue particularmente virulenta en esa ciudad. La situación era muy difícil, ya que los miembros de la Obra de allí eran pocos, muy jóvenes y se encontraban a bastantes kilómetros de Escrivá y los demás. Hasta mayo de 1943 ni siquiera tuvieron un oratorio con el Santísimo Sacramento reservado en el sagrario. Uno de ellos resumiría la situación más tarde: “Éramos un puñado de estudiantes de primeros años de carrera, a quienes la gracia de Dios había hecho entender la Obra. No disponíamos de material escrito a excepción de “Camino”, ni de sacerdotes que conocieran nuestro espíritu, ni de experiencia espiritual y apostólica, ni de posibilidades de viajar a menudo a Madrid para hablar con nuestro Padre y con nuestros hermanos mayores. Sin embargo, ¡qué claro estaba el camino!: la entrega sin reservas, la santificación del trabajo ordinario, el apostolado entre los amigos, la humildad colectiva, la vida de oración… Aunque ignorábamos todavía muchos otros detalles de nuestro espíritu, teníamos una fe absoluta en nuestro Fundador”[6].

En medio de la más amarga fase de la persecución, en mayo de 1941, Escrivá envió una breve nota a sus hijos de Barcelona. Resume en pocas palabras la primera historia del Opus Dei en la ciudad: “!Que Jesus bendiga a mis hijos del Palau! Spe gaudentes, in tribulatines patientes, orationi instantes. Os abraza, Mariano”[7].

[1] Ibid. p. 555

[2] Ibid. p. 561-562

[3] José María Casciaro. Ob. cit. p. 83

[4] AGP P03 1990 p. 21-22

[5] Ibid. p. 23

[6] AGP P01 1981 p. 898

[7] Ibid. p. 902. “Alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, constantes en la oración”. Durante la Guerra Civil, Escrivá usó su cuarto nombre –Mariano- para evitar sospechas con la censura postal. Por devoción a la Virgen, continuó utilizándolo frecuentemente en sus cartas hasta el final de su vida.

Valladolid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Al acabar la Guerra Civil, también se extendió el apostolado a Valladolid, Zaragoza y Barcelona, tres ciudades universitarias que ofrecían posibilidades de conocer a jóvenes que entendieran el mensaje del Opus Dei.

El 30 de noviembre de 1939, Escrivá y Vallespín salieron en tren hacia Valladolid. La guerra había deteriorado considerablemente la línea y el tren tardó cinco horas en cubrir el trayecto de apenas 200 kilómetros. Sin dinero para tomar un taxi, cargaron con su equipaje por las frías y nevadas calles. El hotel donde habían previsto hospedarse no tenía habitaciones libres. Finalmente encontraron un cuarto en el Hotel Español. Habían llevado consigo una lista de estudiantes, amigos de gente conocida en Madrid. El plan consistía en hablar con todos los que pudieran sobre los ideales y la formación espiritual que ofrecía el Opus Dei.

Por la mañana Escrivá dirigió la meditación. Se centró en la llamada de Cristo a los apóstoles. “Nos encontramos en Valladolid”, comentó, “para trabajar por Jesucristo, luego ya hemos tenido éxito en nuestra empresa. Si no consiguiéramos ver a ninguno de estos muchachos, no por eso nos consideraríamos fracasados”[1].

De hecho todos los jóvenes que tenían en su lista, salvo uno que no estaba en la ciudad, se presentaron en el hotel. Escrivá habló con ellos del amor a Dios, de santificar sus estudios y de ayudar a sus amigos y parientes a acercarse más a Cristo. A la mañana siguiente, uno de los universitarios volvió con un amigo y se presentaron otros dos para comer con Escrivá y Vallespín.

Barredo, Hernández de Garnica y Rodríguez Casado fueron a Valladolid a finales de diciembre de 1939. Conocieron a la mayoría de los estudiantes del primer viaje y a algunos de sus amigos. Al cabo de un mes, Escrivá, del Portillo, Botella y Rodríguez Casado volvieron a Valladolid en un coche de segunda mano que se averiaba con tanta frecuencia, que no llegaron a la ciudad hasta las 3 de la madrugada. Entre los univesitarios a quienes hablaron estaban Juan Antonio Paniagua, estudiante de Medicina, y su amigo Teodoro Ruiz, estudiante de Derecho. Ruiz describe su primer encuentro con Escrivá: “Apenas iniciadas las presentaciones, enseguida tomó la palabra nuestro Fundador para explicar el motivo de su presencia en Valladolid y las principales características de la labor apostólica que se trataba de realizar.

Comenzó diciendo que había que ser cristianos de verdad, y nos dio una explicación de qué significa vivir en serio la vida cristiana. Hoy nos parece muy claro y lo vemos hasta lógico, pero en aquella época constituía una novedad absoluta, porque se daba entonces mucha importancia a las manifestaciones externas de piedad, y quizá se descuidaba la importancia de trato personal de cada alma con Dios”[2].

La idea de cultivar una vida interior de relación personal con Cristo mediante la oración y el sacrificio era novedosa, pero más lo era el mensaje del Opus Dei sobre el trabajo profesional: medio para alcanzar la santidad y hacer apostolado, y ámbito de práctica de virtudes como la laboriosidad, la lealtad, el compañerismo y la alegría. Era la primera vez en su vida que Ruiz oía hablar de que Dios contaba con sus luchas diarias, con el estudio del Código Civil y con su amistad para llevar la redención de Cristo a muchos hombres y mujeres. Décadas más tarde todavía recordaba su primera impresión: “Estaba [del Portillo] hablando con detalle de la vida de piedad que se vivía en esa labor de apostolado, insistiendo en el trato con Dios a través de la oración y de los sacramentos. Una vida espiritual intensa, pero procurando no hacer cosas raras, sin llamar la atención, sin ostentaciones. Una piedad sólida, pero evitando actuar cara al exterior. Que esto lo aconsejara un sacerdote, ya era una novedad; pero que lo dijera un señor normal y corriente que estaba acabando Ingeniería de Caminos -en España, por entonces, era la aristocracia universitaria-, le hacía ir a uno de sorpresa en sorpresa”[3].

Tras la presentación de del Portillo, Botella dio una charla en la que “insistía con más detalle en la importancia del trabajo profesional, de hacer ciencia, aportando algo nuevo a lo que ya habían estudiado otros”[4]. Después, Rodríguez Casado, historiador, habló de la vida de los primeros cristianos. Oyéndole hablar, Ruiz dice que se dio cuenta de que conocía algunas anécdotas de los primeros cristianos, “pero que se me escapaba lo fundamental: los primeros cristianos vivían el Evangelio porque lo tenían bien aprendido, con un espíritu, una audacia, una remoción apostólica, que les hizo cambiar el mundo. No coincidía aquella descripción con la imagen que muchos teníamos de ellos: personas buenas, pero escondidas casi siempre en las catacumbas”[5].

Después de explicar la teoría, los miembros de la Obra pidieron a sus nuevos amigos que la pusieran en práctica invitando a otros a venir al hotel. Ruiz y los otros se dispersaron por la ciudad y regresaron acompañados de algunos amigos, muchos de los cuales, a su vez, salieron y volvieron llevando a otros consigo. Pronto el hotel estuvo abarrotado.

A pesar su número, Escrivá habló con cada uno de ellos al menos durante unos momentos. El primer encuentro de Ruiz con Escrivá sólo duró unos diez minutos. Escrivá empezó preguntándole por sus estudios y le sugirió que pensara hacer el doctorado y seguir una carrera de enseñanza, ya que le abría muchas puertas para hacer apostolado. Luego dirigió la conversación hacia la vida espiritual. Dijo que deseaba hacerle algunas preguntas que, a lo mejor, consideraba incómodas y prefería no contestar: “Fue otro detalle de elegancia en el trato y de respeto a la libertad por su parte. La primera pregunta era sobre frecuencia de sacramentos; la otra versaba sobre posibles compromisos afectivos del corazón. Ocasión que aprovechó, con gran sentido sobrenatural, para insistir en la importancia de la comunión frecuente y de vivir los amores de la tierra noble y limpiamente. No recuerdo que me dijera nada más, pero sí tengo muy grabada la impresión que me dejaron aquellas pocas palabras, tan certeras y atinadas, de un sacerdote que me acababa de conocer hacía apenas un rato”[6].

Varios de la Obra hicieron frecuentes visitas a Valladolid en febrero y marzo de 1940. Entre visita y visita escribían a los estudiantes que habían conocido. Durante un largo paseo por la ciudad a principios de marzo, Botella explicó a Ruiz que las actividades apostólicas en las que había participado no eran simplemente el resultado del celo de un sacerdote y de unos pocos entusiastas. Eran las actividades de una institución querida por Dios a la que Escrivá y los otros habían dedicado sus vidas. “¿Te llama Dios a entregarte a Él?”, preguntó Botella.

Ruiz habló con Escrivá esa misma tarde sobre su posible vocación. Escrivá le sugirió que buscara el consejo de Nuestro Señor en la oración. “Mira, lo único que puedo hacer”, dijo, “es encomendarte y pedir a Dios que te ilumine y te ayude a acertar. Si quieres, mañana asistes a mi Misa y encomiendas el asunto; yo también lo encomendaré”[7]. Después de Misa, Ruiz le dijo a Escrivá que estaba preparado para lo que fuera.

En las siguientes semanas, otros jóvenes de Valladolid descubrieron su llamada al el Opus Dei: Juan Antonio Paniagua, Alberto Taboada y su hermano Ramón, Antonio Moreno y Javier Silió. Además, un gran número de estudiantes quería recibir formación y algunos de ellos daban esperanzas de poder recibir la vocación en un futuro próximo. La necesidad de tener un lugar propio se hacía urgente.

En abril de 1940 alquilaron un piso que pertenecía al padre de Ruiz. Le llamaron “El Rincón”. Al principio, todo el mobiliario consistía en seis sillas. No había oratorio, pero pusieron una pequeña imagen de la Virgen en una repisa del cuarto de estar. Por las tardes, unos cuantos se reunían en El Rincón para estudiar. Interrumpían el estudio para hacer un rato de oración mental; sentados en torno a la imagen de Nuestra Señora, entre silencio y silencio uno de ellos iba leyendo puntos de “Camino”.

A final de junio de 1940, Escrivá predicó un día de retiro en un colegio dirigido por los escolapios. Ignacio Echeverría y Jesús Urteaga se encontraban entre los asistentes. Ambos acababan de terminar la secundaria en San Sebastián y pasaban una temporada en Valladolid para preparar el examen de ingreso en la universidad. Tras conocer al autor de “Camino”, pronto empezaron a tratar regularmente a la gente de la Obra de Valladolid. Antes de acabar el verano ambos eran ya del Opus Dei.

[1] AGP P03 1989 p. 23-24

[2] Ibid. p. 27

[3] AGP P01 1983 p. 420-421

[4] Ibid. p. 421

[5] AGP P03 1989 p. 32

[6] Ibid. p. 31

[7] Ibid. p. 118

Fallecimiento de Zorzano

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Al final de la Guerra Civil, Zorzano reanudó su trabajo para los ferrocarriles como jefe de estudios de material y tracción. Sería recordado por sus subordinados tanto por su competencia como por la atención que dedicaba a las personas y sus problemas. Cuando uno de ellos tenía dificultades con un proyecto, en lugar de quitárselo y asignarlo a otro, Zorzano trabajaba con él hasta que supiera hacerlo, explicándole pacientemente las cosas que no entendía. A pesar del ambiente intolerante de esos años, colaboraba fácilmente y con naturalidad con gente de orígenes muy diversos, como, por ejemplo, un empleado que era evitado por los demás en los días inmediatamente posteriores a la guerra porque había sido acusado de ser “rojo”.

Zorzano entraba a trabajar a las 8:00. Esto le exigía levantarse a las 5:15 para hacer un rato de oración mental y asistir a Misa antes de ir a la oficina. Dedicaba toda la tarde a las actividades apostólicas y a trabajar como administrador del Opus Dei. Rechazó una oferta de empleo en Valencia, mucho mejor remunerado y que le habría permitido tener un horario más desahogado, ya que podría ayudar más al desarrollo del Opus Dei permaneciendo en Madrid.

Ser administrador del Opus Dei no suponía manejar mucho dinero. Sobre todo había que administrar las deudas. Zorzano se remangaba y ayudaba a instalar los centros que se abrieron en Madrid después de la Guerra Civil. El país había quedado desolado. Había escasez de casi todo y racionamiento de comida. Pasó muchas horas regateando, yendo de un lugar a otro intentando conseguir comida para la residencia. Cuando llegaba a casa, a menudo ayudaba a trasladar y arreglar muebles.

Zorzano llevaba la contabilidad con esmero, ajustando hasta el céntimo. Explicaba que, en sí misma, una diferencia de unas pocas pesetas era algo insignificante, pero que ya que ofrecía su trabajo a Dios, quería hacerlo bien, hasta el más pequeño detalle, como había aprendido de Escrivá. “Los empleados que dependen de un sueldo”, decía, “por no perderlo, procuran esforzarse en que todo vaya al día y primorosamente hecho” y “sería una falta de generosidad que a nosotros el amor de Dios no nos empujase a hacer por lo menos [otro] tanto”[1]. A finales de octubre de 1940, se trasladó al nuevo centro de la calle Lagasca. La caldera se había roto y no había dinero para repararla. Él había empezado a perder peso y a tener dificultades para dormir. El frío le afectaba más que a la mayoría de la gente, pero aceptaba la situación con una sonrisa y sin quejarse. En julio de 1941 el medico finalmente descubrió la causa de la falta de apetito de Zorzano, de su pérdida de peso y de su incapacidad para dormir: linfoma de Hodgkins, un cáncer de las glándulas linfáticas.

El medico le daba dos años de vida. En noviembre de 1941 empezó las sesiones de radiación que continuarían hasta mayo de 1942. A pesar de su debilidad, cada vez mayor, Zorzano mantuvo su ritmo de trabajo tanto en los ferrocarriles como en su tarea de administrador del Opus Dei. Supervisó la instalación de varios centros nuevos del Opus Dei en Madrid, lo que exigía de él un continuo ir de tienda en tienda para buscar muebles y demás utensilios del hogar. Nada en su conducta revelaba la gravedad de su estado. “Ya ves lo alegre y natural que es” comentó un día Casciaro a un joven que se acababa de incorporar al Opus Dei. “Bien, pues le quedan dos años de vida y él lo sabe”.

La semana anterior a la Navidad de 1942, Zorzano asistió a unos ejercicios espirituales con otros del Opus Dei en el centro de Diego de León. En la meditación de la muerte, Escrivá destacó que, como reza la Iglesia en el Prefacio de la Misa de Difuntos, “la vida no termina, se transforma”. Por consiguiente, explicaba, cuando un miembro del Opus Dei se enteraba de que su muerte era inminente, su reacción debía ser la del salmista: “Que alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor”. Después de la meditación, Zorzano se quedó en el oratorio. Creyendo erróneamente que estaba solo, dijo en voz baja, pero audible: “Señor, estoy preparado”.

A comienzos de 1943, Zorzano tuvo que ser ingresado. Escrivá le dijo que, tal vez, sólo le quedaran unos días en lugar de unos meses. Una mueca instintiva le pasó por la cara, pero reaccionó inmediatamente y le preguntó a Escrivá por qué intenciones tendría que rezar cuando llegara al cielo. Hablando a otros miembros de la Obra, Escrivá comentó que le gustaría tener las mismas disposiciones que él cuando le llegara el momento de la muerte.

Escrivá encargó a los de la Obra no ahorrar ningún esfuerzo en el cuidado de Zorzano y hacerlo con el cariño con el que una buena madre cuida a su hijo enfermo. “Si fuese necesario, robaríamos para él un pedacico de cielo, y el Señor nos disculparía”[2]. Durante seis meses, hasta que murió, los miembros de la Obra acompañaron a Zorzano continuamente, día y noche.

En Reyes, Zorzano recibió un tren de juguete, que puso sobre su mesilla de noche: “Es para entretenimiento de las visitas y para recordarme que pronto hay que emprender el viaje. Un poco pequeño es —el tren— pero así será más fácil colarse en el cielo”. Y advierte: “Yo tengo sacado el billete”[3]. El director medico de la clínica, que no era del Opus Dei, recuerda: “Siempre que entro, me recibe sonriendo y con bromas. El que lo vea creerá que está tranquilo, pero yo sé que tiene sufrimientos rabiosos. Esto no es un enfermo; es un santo”[4]. El secreto del buen humor de Zorzano radica en su fe y en el valor del sufrimiento ofrecido a Dios por amor. Dijo: “Nuestra obligación, dice, es cumplir el deber de cada instante. Mi único deber es sufrir [...]. No he de preocuparme por nada más. Sufro mucho. Es estupendo lo que uno puede llegar a sufrir. A veces parece que ya no se puede sufrir más, pero el Señor da más fuerzas. ¡Qué consuelo pensar todo lo que se aprovecha! Sufriendo con espíritu sobrenatural es como hemos de ir sacando la Obra adelante. El dolor purifica. Cuanto más larga sea la prueba, mejor; así nos purifica más”[5].

El 15 de julio de 1943 murió Zorzano. Cuando el propietario de una tienda, a la que había acudido frecuentemente a comprar cosas para la residencia, recibió la noticia de su muerte comentó: “Don Isidoro era un santo”. Uno de la Obra escribió en su agenda el siguiente epitafio que resume la vida de Zorzano y el espíritu del Opus Dei que la había animado: “Muere Isidoro. Pasó desapercibido. Cumplió con su deber. Amó mucho. Estuvo en los detalles y se sacrificó siempre”[6].

* * *

El Opus Dei crecía en Madrid y echaba raíces en otras ciudades. La Segunda Guerra Mundial impedía empezar en otros países, pero, en cuanto terminó la Guerra Civil, los miembros de la Obra viajaron por toda España para extender los apostolados del Opus Dei. En unos pocos años estaría bien establecido en las más importantes ciudades universitarias del país.

[1] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. p. 275

[2] AGP P01 1997 p. 164

[3] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. p. 323

[4] Ibid. p. 329

[5] Ibid. p. 334

[6] Ibid. p. 368

Los primeros pasos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La visión del 2 de octubre dejó muy claro a Escrivá que Dios quería que el Opus Dei existiera. Pero, teóricamente al menos, esto no significaba que tuviera que fundar una nueva institución en la Iglesia. Cabía la posibilidad de que Dios le llamara a trabajar en algo que ya existía. Esta idea le gustaba. Desde los primeros barruntos de que Dios le pedía algo, afirmaba: “He sentido en mi alma, desde que me determiné a escuchar la voz de Dios —al barruntar el amor de Jesús—, un afán de ocultarme y desaparecer; un vivir aquel illum oportet crescere, me autem minui (Ioann III, 30); conviene que crezca la gloria del Señor, y que a mí no se me vea”[1]. En 1932 escribió a los miembros del Opus Dei: “Sabéis qué aversión he tenido siempre a ese empeño de algunos —cuando no está basado en razones muy sobrenaturales, que la Iglesia juzga— por hacer nuevas fundaciones. Me parecía —y me sigue pareciendo— que sobraban fundaciones y fundadores: veía el peligro de una especie de psicosis de fundación, que llevaba a crear cosas innecesarias por motivos que consideraba ridículos. Pensaba, quizá con falta de caridad, que en alguna ocasión el motivo era lo de menos: lo esencial era crear algo nuevo y llamarse fundador”[2].

Recordando su reticencia a fundar algo nuevo, muchos años después diría: “El Señor (…) viendo mi resistencia y aquel trabajo entusiasta y débil a la vez, me dio la aparente humildad de pensar que podría haber en el mundo cosas que no se diferenciaran de lo que Él me pedía. Era una cobardía poco razonable; era la cobardía de la comodidad, y la prueba de que a mí no me interesaba ser fundador de nada”[3]. “Me daba miedo la Cruz que el Señor ponía sobre mis hombros”[4].

La esperanza de que eso que Dios quería de él pudiera existir le llevó a buscar información sobre instituciones católicas en España y en otros países. Pero, cada vez que recibía información de aquel nuevo grupo por el que se interesaba, comprobaba que era muy diferente de lo que Dios le estaba pidiendo.

Ni el 2 de octubre de 1928 ni en los días y meses siguientes hizo Escrivá un llamamiento a posibles miembros, ni preparó estatutos, ni hizo una declaración a la prensa, o publicó un artículo para explicar los objetivos de la nueva entidad o su mensaje sobre la llamada universal a la santidad en el mundo. Ni siquiera reunió a su familia, amigos y conocidos para explicarles lo que iba a hacer. Al contrario, empezó a trabajar, silenciosa y tenazmente, para difundir su ideal a la gente con la que entraba en contacto. Su planteamiento era radicalmente práctico y pastoral, y cobró forma lo que llamaría “apostolado de amistad y confidencia”, basado en el trato personal y en la conversación. Empezó con la gente que ya conocía por sus clases en la Academia Cicuéndez, su labor en el Patronato de Enfermos, las confesiones y la dirección espiritual.

Pocas veces hablaba en términos abstractos sobre la situación histórica y cultural de la Iglesia o de una teoría del laicado. Exponía la palabra de Dios, como una fuerza vivificante capaz de transformar las vidas de sus oyentes sin apartarles de su trabajo, de sus amistades o de su situación social. Procuraba ayudar a cada uno a acercarse a Dios, a adquirir virtudes y vida interior de oración y sacrificio, y a sentir la responsabilidad de difundir el mensaje de Cristo entre sus amigos, colegas y familiares a través de la palabra y el ejemplo.

Escrivá no intentó provocar cambios radicales y repentinos en la gente a quien trataba, sino mejoras paulatinas. Este enfoque se refleja en su libro de 1939 “Camino”, que lleva a sus lectores por un plano inclinado hasta convertirse en almas contemplativas en medio del mundo. Comienza con una llamada a dar a la propia vida significado y dirección: “Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso”[5]. Habla de carácter, de autocontrol y de deseo de excelencia. Introduce gradualmente al lector en la oración, el espíritu de sacrifico, el amor de Dios, el compromiso apostólico, la filiación divina, la infancia espiritual y la perseverancia.

A medida que pasaban los meses, Escrivá fue reuniendo y formando a pequeños grupos en el espíritu del Opus Dei, aunque sin explicarles todavía qué era. Entre los estudiantes universitarios y jóvenes licenciados que trataba estaban algunos de sus alumnos de la Academia Cicuéndez; y José Romeo, hermano menor de uno de sus compañeros en la Facultad de derecho de Zaragoza. Otro grupo lo formaban sacerdotes. Un tercer grupo, obreros y empleados, a quienes Escrivá conoció a raíz de participar en una misión organizada para ellos por el Patronato de Enfermos el verano de 1930.

Escrivá dirigía espritualmente a muchas personas y empezó a buscar posibles miembros del Opus Dei entre ellas. Cuando juzgaba que alguien podía entender, Escrivá le explicaba el ideal de santidad y apostolado en medio del mundo a través del trabajo realizado conscientemente por amor a Dios. No hablaba de pertenecer al Opus Dei, sino más bien de hacer la obra de Dios. La razón de este modo de procecer era que hasta el verano de 1930 el Opus Dei ni siquiera tuvo nombre.

En 1967 Escrivá recordaba: “Comenzaba por no hablar de la Obra a los que venían junto a mí: les ponía a trabajar por Dios, y ya está. Es lo mismo que hizo el Señor con los Apóstoles: si abrís el Evangelio, veréis que al principio no les dijo lo que quería hacer. Los llamó, le siguieron, y mantenía con ellos conversaciones privadas; y otras, con pequeños o grandes grupos… Así me comporté yo con los primeros. Les decía: venid conmigo…”[6].

Al haber quemado Escrivá sus notas anteriores a marzo de 1930, es imposible dar un cuadro detallado de sus primeros pasos para desarrollar el Opus Dei. Está claro, sin embargo, que sufrió muchos desengaños. Bastantes estudiantes universitarios y jóvenes licenciados se entusiasmaban con los ideales que les proponía, pero poco después se cansaban y se alejaban, sin ni siquiera despedirse. Don Norberto Rodríguez, viejo sacerdote de mala salud, y don Lino Vea-Murguia, sacerdote de la edad de Escrivá que sería asesinado durante la Guerra Civil, respondieron afirmativamente cuando les propuso formar parte del Opus Dei, pero ninguno de ellos pareció entender bien de qué se trataba.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 317

[2] Ibid. p. 318

[3] Ibid. p. 318-319

[4] Ibid. p. 317

[5] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 1

[6] AGP, P06 VI p. 297


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