Ciudadanos de las dos ciudades

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

La secularidad, que según el Vaticano II constituye “la índole propia y peculiar de los laicos” (Lumen gentium, n.31), se expresa también a través del correcto ejercicio de los propios derechos de ciudadano, es decir, siendo católicos sin ser clericales o beatos, y, al mismo tiempo, siendo ciudadanos que no olvidan que son católicos en el momento de sus opciones decisivas. Ésta ha sido una enseñanza constante del Fundador del Opus Dei. Me alegraría oír algún ejemplo tomado directamente de su vida.

–La secularidad, que puede considerarse como la unión armónica del alma sacerdotal con la mentalidad laical, que el Padre ha querido para todos los miembros de la Obra, sacerdotes y laicos, mujeres y hombres, la tuvo siempre muy en primer plano y constituyó un elemento de su carácter, de su existencia. Por ejemplo, se manifestaba en su intenso sentido de la justicia, y en el ejercicio de los propios derechos de ciudadano que el Padre no dejó de vivir nunca y que le llevó a titular “Ciudadanía” un capítulo de Surco.

Entre los miles de episodios que podría citar me parece significativo uno de su vida de estudiante. A partir del curso académico 1922–1923, cuando ya había sido nombrado Inspector del Seminario de Zaragoza y había recibido la tonsura, se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza. En junio de 1924 se presentó al examen de Historia de España, una materia que conocía muy bien por sus estudios de Bachillerato y sus múltiples lecturas: tuvo siempre gran afición a la Historia, que dominaba profundamente. Durante aquel año no había asistido a clases, porque no era alumno oficial, y estaba muy ocupado con el estudio de la teología y el encargo de Inspector del Seminario. A través de algunos amigos comunes, el profesor le hizo saber que no se presentase al examen porque lo suspendería. El joven Josemaría se quedó atónito: no tenía obligación de asistir a clase; por esto, para reivindicar un derecho que le correspondía en virtud del régimen académico, y porque estaba muy bien preparado, decidió presentarse. El profesor le suspendió, sin hacerle ni una pregunta.

Josemaría reflexionó con calma sobre lo sucedido y decidió escribir una carta al profesor para manifestarle respetuosamente que había cometido una injusticia y que tenía obligación de reparar. Añadía que deseaba presentarse en la convocatoria de septiembre, y quería asegurarse de que sería tratado justamente.

En aquella época los profesores gozaban de plena autonomía y decidían con absoluta libertad sobre el desarrollo y las calificaciones de los exámenes. No era fácil para un alumno hacer valer sus derechos, aun extremando el respeto. En septiembre el profesor fue muy correcto: reconoció su error y el alumno fue aprobado.

Resultaba muy secular también la sencillez con que, en hábito talar, trataba a sus compañeros universitarios. De vez en cuando, a la salida de clase, sus amigos le invitaban a tomar un aperitivo en un local frecuentado por los estudiantes: era el bar Abdón, en el Paseo de la Independencia, junto a la Plaza de la Constitución. Josemaría aceptaba algunas veces, y así cultivaba la amistad de un modo muy natural. Su comportamiento era tan sacerdotal y al mismo tiempo tan humano que, cuando se ordenó sacerdote, algunos de sus compañeros lo escogieron como confesor habitual.

Abogado y sacerdote. ¿Hubo algún momento en que el Fundador del Opus Dei hizo valer esa doble condición?

–Los estudios civiles le sirvieron, entre otras cosas, para dar clases particulares, que contribuyeron a mantener a su familia, tanto en Zaragoza como en sus primeros años de Madrid. Pero no empleó nunca su título civil, porque quiso ser siempre un sacerdote al cien por cien.

Es significativo un hecho que sucedió durante la guerra civil española. Cuando en Madrid el Padre no pudo ejercitar el ministerio sacerdotal y el clima se hizo irrespirable, en constante peligro de muerte –arrestos y fusilamientos en masa, quema de iglesias y de conventos, auténtica persecución religiosa–, no tuvo otra opción que atravesar la frontera por la zona de los Pirineos para pasarse a la zona libre, a través de Andorra. El punto de partida era Barcelona. Leyendo el periódico se enteró de que un colega suyo de la Universidad de Zaragoza, Pascual Galbe, era magistrado en la Audiencia de Barcelona, en representación del Gobierno autónomo de Cataluña. Habían sido grandes amigos, pero en aquellas circunstancias no era fácil prever cómo reaccionaría. Por esto, el Padre le hizo saber, a través de Tomás Alvira –que había sido a su vez compañero de Instituto de Pascual–, que se encontraba en Barcelona y que deseaba verlo. “En el tribunal no –respondió–, mejor que venga a comer a mi casa”.

Apenas lo vio, Pascual Galbe lo abrazó emocionado: “No sabes cuánto he sufrido, pensaba que habías muerto…”. Para ayudarle a salir del peligro le propuso incorporarse a la magistratura de Barcelona: él era una persona muy influyente, y además, los tribunales tenían una necesidad real de licenciados en derecho. Pero el Padre no aceptó: Si, cuando no perseguían al clero y a la Iglesia no he ejercido esta profesión porque debía dedicarme completamente a mi sacerdocio, ahora, sin duda, no buscaré esta escapatoria, para sobrevivir sirviendo a una autoridad que persigue a mi Madre, la Santa Iglesia. Pascual Galbe trató de convencerle: “Si te detienen, y es muy probable, te matarán”. El Padre repuso: No me importa, yo me debo a mi sacerdocio, y no me importa que me maten.

Me parece que en esta línea se sitúa también la cuestión del título nobiliario…

–Es un punto en el que conviene detenerse, porque, además, pone de manifiesto la gran humildad del Padre.

Conscientes de lo que el Fundador del Opus Dei era para nosotros sus hijos, y de lo que significaba para la Iglesia, comenzamos a recoger, con prudencia y amor filial, todos los datos que pudimos sobre su familia. Aprovechábamos para esta finalidad los viajes que miembros de la Obra, por motivos apostólicos o profesionales, hacían a los lugares donde había residido la familia de nuestro Fundador, o de donde procedían sus antepasados.

En los años sesenta enviamos las noticias y datos de primera mano recogidos a un conocido genealogista de Aragón, quien comprobó que algunos títulos nobiliarios correspondían, en línea directa, a la familia de nuestro Fundador. En mi calidad de Secretario General del Opus Dei decidí encargar al genealogista un estudio detenido. Después, sugerí al Padre la posibilidad de solicitar la rehabilitación de esos títulos. Teníamos muy presente cuánto había trabajado y sufrido por la Obra la familia de nuestro Fundador. Al principio, el Padre eludió el problema. Después se dio cuenta de que no se trataba de una cuestión meramente personal, suya, sino que afectaba a su hermano y a los descendientes de sus padres. Lo meditó detenidamente en la presencia de Dios. En su vida privada el Padre distinguía siempre, por una parte, sus deberes y sus derechos de cristiano y de sacerdote, que trató de cumplir y ejercitó heroicamente en todo momento, y por otra, sus derechos y deberes de ciudadano, no incompatibles con los primeros: su sacerdocio abrazó toda su existencia, pero no por esto renunció a sus obligaciones y derechos en cuanto miembro de una familia, y en cuanto ciudadano, dando ejemplo también en esto a sus hijos y a la gente que trataba.

Además de querer compensar de algún modo los sacrificios y sufrimientos que la fundación y desarrollo del Opus Dei habían supuesto para su familia, comprendió que no podía hacerles pagar de nuevo las consecuencias de su desprendimiento personal de los honores humanos: de hecho, como primogénito, de acuerdo con la legislación española vigente, sólo él podía recuperar los derechos nobiliarios. Repito que los honores no le importaban nada. La solución fue reclamar aquellos derechos para transmitirlos después a su hermano. Consideró, insisto, que –por una falsa humildad, y aún menos por miedo a las críticas y difamaciones–, no podía privar a su hermano y a sus sobrinos de algo que les pertenecía.

Pero sabía muy bien que ese gesto podía ser mal interpretado, y por eso, antes de tomar una decisión definitiva, pidió consejo a diversas personas, también de fuera de la Obra. Entre otros se dirigió al Cardenal Dell’Acqua, al Cardenal Marella, al Cardenal Larraona, al Cardenal Antoniutti, al Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla y buen amigo suyo desde hacía muchos años, y a Mons. Casimiro Morcillo, Arzobispo de Madrid, también viejo amigo del Padre.

Todos le dieron su parecer favorable y le animaron a llevar adelante el proyecto. El cardenal Larraona, que era un insigne canonista, le precisó que no sólo tenía derecho a reclamar los títulos nobiliarios, sino que, como Fundador de la Obra, tenía obligación de hacerlo: “Usted ha enseñado a sus hijos a cumplir los propios deberes civiles y a ejercitar todos sus derechos de ciudadanos. Por tanto, si no lo hiciera, les daría mal ejemplo”. El Cardenal pensaba que, si el Fundador renunciaba a aquel derecho tan cierto, sus hijos del Opus Dei y muchos otros buenos católicos probablemente seguirían ese ejemplo de humildad, renunciando, quizá, a derechos irrenunciables.

Nuestro Fundador informó también a la Secretaría de Estado Vaticana. Todos estuvieron de acuerdo. También contaba con el parecer favorable de las autoridades civiles competentes. Pero nuestro Fundador preveía claramente lo que iba a suceder: sabía que sería criticado por personas poco informadas, por algunos quizá envidiosos y malévolos, y por otros de lengua suelta, azuzados por el demonio. Veía con toda claridad que era como presentarles en bandeja de plata un pretexto para insultarle.

Como el Padre había previsto, no faltaron las críticas y dicerías que pusieron en evidencia su heroica y profunda humildad. Del mismo modo que había ejercitado sus derechos, cumplió un deber de justicia, para dar ejemplo a sus hijos, y procuró explicar claramente que el asunto, en sí mismo, carecía de importancia.

El 24 de julio de 1968 fue rehabilitado oficialmente el título de marqués de Peralta. Desde ese día arreciaron las polémicas y duraron tiempo. Hubo también personas amigas que le pidieron aclaraciones o que le hicieron llegar sus muestras de solidaridad. Nuestro Padre afrontó siempre el asunto con claridad y, más de una vez, con sentido del humor.

Tiempo después, cuando se calmaron las murmuraciones y el problema podía considerarse más o menos cerrado, entonces, sin publicidad, hizo las gestiones oportunas –como había previsto desde el principio– para ceder el título a su hermano, de modo que pudiese transmitirse por sucesión a sus descendientes.

El Fundador del Opus Dei detestaba esa forma de clericalismo que consiste en recibir tratos de favor. Por esto, no le gustaba la costumbre, difundida en ambientes eclesiásticos, de pedir prestaciones gratuitas a algunos profesionales, en calidad de abogados, médicos, ingenieros o dentistas “católicos”. El Fundador se empeñaba en pagar siempre los honorarios.

–Llegaba al extremo de que también pagaba en la Clínica Universitaria de Navarra cuando le hacían los reconocimientos médicos, a pesar de ser el Gran Canciller de la Universidad.

Por otra parte, exigía siempre en los trabajos, de acuerdo con lo debido en justicia. Me viene a la cabeza un suceso muy significativo. Al proyectar el oratorio del Consejo General del Opus Dei, se decidió que el pavimento fuese de mármol, con dibujos geométricos, formado cada uno por una sola piedra. Se aprobó un presupuesto de acuerdo con esta condición; pero, cuando el marmolista acabó de acristalar y dio por terminado su trabajo, el Padre advirtió que se habían compuesto los dibujos con varias piezas de mármol y se advertían las junturas. Aquello le pareció una chapuza intolerable, sobre todo, porque se trataba de un lugar destinado al culto. Lo consultó conmigo y con otras personas, y decidió hacer levantar el suelo y cambiarlo. Los motivos estaban claros: el presupuesto se había aprobado con aquella condición y ya se había pagado la factura. Aceptar la chapuza sería una falta de pobreza; y, además, para quienes vinieran después, un ejemplo desedificante de poco esmero en las cosas destinadas al Señor.

A propósito de los derechos del ciudadano, la enseñanza del Fundador es muy clara también en lo que se refiere al ejercicio de las actividades políticas. Los miembros del Opus Dei, en política como en otras actividades temporales, tienen la misma libertad, los mismos derechos y deberes que los demás ciudadanos católicos. Es un aspecto que no fue a veces bien entendido, especialmente a causa de la situación española. ¿Podría recordar algunos sucesos, comenzando por la postura del Fundador ante el comunismo y el nazismo?

–Por lo que se refiere al comunismo y al marxismo, el Padre fue siempre fiel a las clarísimas enseñanzas del Magisterio eclesiástico sobre estas ideologías. Y expresó en público su postura, cuando lo exigieron las circunstancias; su oposición no era fruto de las dificultades que sufrió personalmente bajo la dictadura comunista en España –había perdonado desde el primer momento–, sino que se fundamentaba en el ateísmo y en el carácter inhumano y antirreligioso de esta doctrina.

Especialmente a comienzos de los años sesenta y en particular en sus catequesis por la Península Ibérica y América Latina, ante la difusión entre los fieles de corrientes que intentaban conciliar el cristianismo con el marxismo, nuestro Fundador se hizo eco de las enseñanzas reiteradas por Pablo VI y de las condenas contenidas en los documentos de los dicasterios romanos competentes.

Por lo demás, un fragmento de una homilía suya pronunciada en 1963 ilustra muy claramente su actitud frente al comunismo: Precisamente por eso, urge repetir –no me meto en política, afirmo la doctrina de la Iglesia– que el marxismo es incompatible con la fe de Cristo. ¿Existe algo más opuesto a la fe, que un sistema que todo lo basa en eliminar del alma la presencia amorosa de Dios? Gritadlo muy fuerte, de modo que se oiga claramente vuestra voz: para practicar la justicia, no precisamos del marxismo para nada. Al contrario, ese error gravísimo, por sus soluciones exclusivamente materialistas que ignoran al Dios de la paz, levanta obstáculos para alcanzar la felicidad y el entendimiento de los hombres. Dentro del cristianismo hallamos la buena luz que da siempre respuesta a todos los problemas: basta con que os empeñéis sinceramente en ser católicos, non verbo neque lingua, sed opere et veritate (1 Ioh 3,18), no con palabras ni con la lengua, sino con obras y de veras: decidlo, siempre que se os presente la ocasión –buscadla, si es preciso–, sin reticencias, sin miedo (Amigos de Dios, num.171).

Al final de los años treinta, después de haber vivido la triste experiencia de la guerra civil, la mayor parte de los españoles alimentaba una fundada prevención contra el comunismo. No sucedía lo mismo con el nazismo: es más, la propaganda oficial, por un motivo o por otro, no sólo silenció los crímenes del nacionalsocialismo, sino que prohibió en España la publicación del documento pontificio que lo condenaba. Por esto, nuestro Fundador tuvo que pronunciarse más de una vez contra el nazismo en su ministerio sacerdotal. Precisamente porque en algunos ambientes oficiales españoles se miraba con simpatía al régimen alemán, se sintió en el deber de poner en guardia a los que se olvidaban de las aberraciones de aquella ideología: no sólo criticaba su totalitarismo, sino también la persecución y las discriminaciones a los católicos, a los hebreos, etc., y el tono de paganismo que caracterizaba el racismo nazi. Se prodigó en dar a conocer el contenido del documento pontificio de condena, y en difundirlo privadamente.

Sin embargo, algunos periódicos, hace poco, aunque se desmintió inmediatamente, hablaron de una “simpatía” del Fundador hacia el nazismo.

–Es una aberración que se descalifica por sí sola, pero quiero dar a conocer un testimonio que me llegó precisamente a la vez que aquella campaña de calumnias. (Un inciso: cuando suceden cosas de este tipo, seguimos viviendo el criterio que nos dejó el Padre: perdonar desde el primer momento, rezar por los calumniadores, reafirmar la verdad, y, siempre, “ahogar el mal en abundancia de bien”, persuadidos además de que la verdad acaba siempre abriéndose paso.) Pues bien, con fecha 9 de enero de 1992, Domingo Díaz–Ambrona me escribía desde Madrid: “Conocí al futuro beato en el transcurso de la guerra civil española. Durante ese periodo, me encontraba que refugiado, junto con mi mujer, en la embajada de Cuba, y estando allí se cumplió el tiempo del parto de nuestra hija Guadalupe, que nació el 3 de septiembre de 1937 en el Sanatorio Riesgo, ahora inexistente, que estaba entonces bajo protección de la bandera inglesa. Por las circunstancias que atravesaba el país no la podíamos bautizar, y así se lo comuniqué a un buen amigo mío, José María Albareda.

“Pocos días más tarde, José María Albareda me dijo que un sacerdote amigo suyo vendría en una determinada fecha a administrarle el bautismo. Confiado en la protección que nos ofrecía la bandera inglesa del sanatorio, invité al acto a los padrinos y a varios amigos más. El sacerdote se presentó a las cinco de la tarde, dos horas antes de la hora prevista, y estuvo el tiempo justo para bautizarla. Fue todo tan rápido, que ni siquiera le preguntamos el nombre. Más tarde supe que se trataba de Mons. Escrivá. Su comportamiento fue una lección de prudencia para todos en aquellos momentos difíciles. Yo intenté que se quedara, pero me comentó: ‘Me necesitan muchas almas’.

“Durante ese periodo, por lo que he sabido después, aunque no contaba más que con una precaria documentación y el clima social y político era muy peligroso para un sacerdote, desarrollaba una intensa labor apostólica: confesaba a muchas personas –con peligro de su vida muchas veces–, daba cursos de retiros cambiando constantemente de sede y atendía a un grupo de religiosas que sufrían los efectos de la persecución.

“Pero en aquel entonces yo no sabía, por las circunstancias citadas, de quién se trataba. Lo supe más tarde, durante un encuentro casual en el tren, en la línea Madrid–Avila, en el mes de agosto de 1941. Viajaba con mi mujer y mi hija de cuatro años cuando don Josemaría, al vernos, nos reconoció, entró en nuestro departamento y nos dijo: ‘A esa niña la he bautizado yo’. Nos saludamos, me dijo su nombre y estuvimos hablando de la situación histórica que atravesábamos. Nos encontrábamos en un momento decisivo de la historia de Europa: recuerdo que yo tenía un gran deseo de llegar cuanto antes a las Navas del Marqués, para saber por la radio como iba el avance de las tropas alemanas en territorio ruso.

“Yo le comenté que acababa de regresar de un viaje a Alemania y había podido captar el miedo de los católicos a manifestar sus convicciones religiosas. Esto me había llevado a recelar del nazismo; pero, como a muchos españoles, se me ocultaban los aspectos negativos del sistema y de la filosofía nazi, deslumbrados por la propaganda de una Alemania que se presentaba como la fuerza que iba a aniquilar por fin al comunismo. Y quise saber su opinión.

“Por todas esas razones que acabo de exponer me sorprendió profundamente, en aquellos momentos, la respuesta tajante de aquel sacerdote, que tenía una información muy certera de la situación de la Iglesia y de los católicos bajo el régimen de Hitler. Mons. Escrivá me habló, con mucha fuerza, en contra de ese régimen anticristiano, con un vigor que ponía de manifiesto su gran amor a la libertad. Hay que hacer notar que no era fácil encontrar en España, por aquel entonces, a personas que condenasen con tanta contundencia el sistema nazi y que denunciasen con tanta claridad su raíz anticristiana. Por eso, esa conversación, en aquel preciso momento histórico, en el que no se conocían aún todos los crímenes del nazismo, se me quedó profundamente grabada.

“Tiempo más tarde le comenté a mi amigo José María Albareda este encuentro y supe que había estado conversando con el Fundador del Opus Dei.

“Yo no soy del Opus Dei, pero mi experiencia personal me permite afirmar que quien sostenga una opinión contraria sobre el pensamiento en este sentido de Josemaría Escrivá de Balaguer no busca más que empañar inútilmente la vida santa de este futuro beato, que era un gran enamorado de la libertad”.

Es un testimonio incontrovertible que confirma los dictados del sentido común…

–Lógicamente, el Padre distinguía entre el nazismo y el pueblo alemán. Precisamente porque sentía un particular cariño hacia aquella nación –era un sentimiento heredado de su padre–, le dolía muchísimo verla sometida a aquella dictadura aberrante. Su pena se acrecentaría al estallar la Segunda Guerra mundial.

¿Y las relaciones con el franquismo?

–Antes de responder, me parece indispensable repetir una consideración bien conocida: la actividad y la finalidad del Opus Dei son exclusivamente espirituales, como también fueron sólo espirituales la misión y el ministerio sacerdotal de su Fundador. El Gobierno de una nación –cualquiera que sea– y el Opus Dei son realidades que se mueven en planos totalmente diferentes. La Prelatura impulsa a sus miembros a ejercer sus derechos y a cumplir diligentemente sus propios deberes como cristianos coherentes, pero les deja la más completa libertad en las opciones temporales; más aún, fomenta esa libertad: el único criterio que les señala en este punto es el de seguir las eventuales orientaciones que en este campo emane la jerarquía eclesiástica.

En el caso del franquismo, es necesario recordar que el final de la guerra civil significó el resurgir de la vida de la Iglesia, de las asociaciones, de las escuelas católicas, con una clara toma de posición de la Jerarquía a favor del General Franco, que era considerado en muchos ambientes como “providencial”. Basta pensar que, al término de la guerra civil, en la fachada de las catedrales de todas las ciudades españolas que eran sede episcopal se puso el escudo de la Falange con la inscripción: “Caídos por Dios y por España. ¡Presentes!” El Fundador del Opus Dei protestó muchas veces por este abuso.

En esta situación, el Padre, aun reconociendo a Franco el mérito de la pacificación, debió oponer resistencia a dos peligros: por una parte, la instrumentalización de la fe, ante el intento de determinados grupos de monopolizar la representación de los católicos en la vida pública; y por otra, la tendencia de algunos ambientes católicos a servirse del poder público como un brazo secular. En suma, dos facetas del clericalismo.

El Padre reconoció siempre que era competencia exclusiva de la Jerarquía dar indicaciones a los católicos en materia política; por eso siempre se abstuvo en este campo. La Jerarquía animó abiertamente a los católicos a sostener a Franco, tanto, que en los diversos gobiernos figuraron representantes de Acción Católica y de otras organizaciones religiosas. Y el clericalismo llegó al extremo de que alguno pidió el permiso del propio obispo (y lo consiguió, naturalmente), antes de aceptar la cartera de ministro.

Cuando, en los años cincuenta, algunos miembros de la Obra llegaron a ser ministros de Franco, el Padre ni lo aprobó ni lo desaprobó: actuaron según su libertad de ciudadanos católicos, respetuosos con la Jerarquía, aunque hubo quien intentó atribuir a la Obra como tal presiones o injerencias en el campo político. No nos faltaron dificultades e incomprensiones por ese motivo.

Ya en los años cuarenta, por ejemplo, algunos miembros del Opus Dei se presentaron a oposiciones de cátedras universitarias, y por su preparación, las ganaron brillantemente sin recomendación alguna. Surgió entonces una violenta reacción de los enemigos de la Iglesia que, desde fines del siglo anterior, a través de la Institución Libre de Enseñanza, controlaban la Universidad. Se hizo circular el rumor, absolutamente calumnioso, de que los miembros del Opus Dei ganaban las oposiciones de modo irregular, cuando lo cierto es que no gozaron de facilidad alguna, y más bien eran discriminados respecto de los que pertenecían a otras instituciones católicas favorecidas por los ministros de Educación Nacional.

Y no eran sólo enemigos de la Iglesia los que se oponían o no entendían. Cuando el Fundador, en 1947, pasó una temporada en España para preparar el traslado del gobierno de la Obra a Roma, se entrevistó en una ocasión con el Ministro de Asuntos Exteriores, Martín Artajo, que antes de entrar en el Gobierno había sido Presidente de la Acción Católica española. El Padre contó luego que, con gran sorpresa, el ministro le había dicho que no entendía “cómo se podía estar consagrado a la Iglesia, incluso con un vínculo de obediencia, y servir al mismo tiempo al Estado”. El Padre le explicó que no había ninguna dificultad, porque la materia de la obediencia debida a la Iglesia era la misma para él, que para el resto de los católicos, consagrados o no a Dios: esa obligación era del mismo grado, aunque por diverso título. Pero el ministro no acertó a entender esta palmaria verdad, y dio la orden de no admitir en el Cuerpo Diplomático a miembros del Opus Dei o personas consideradas como tales, aunque hubieran ganado el correspondiente concurso. Contra toda justicia, esa orden se cumplió en varios casos.

Como otras organizaciones católicas sostenían directa y abiertamente al Régimen, algunos no podían imaginar que la Obra se comportase de modo diverso. Sin embargo, el Fundador defendió siempre con vigor la libertad de opinión de sus hijos, y es natural que entre los miembros de la Obra hubiera quienes sostenían el franquismo, y quienes estaban en la oposición.

Recuerdo la película de una de las catequesis del Fundador en la que cuenta que no dudó en presentarse delante de un personaje muy poderoso para defender la libertad de opinión de un hijo suyo. Me gustaría conocer ese suceso con mayor detalle.

Un miembro de la Obra había escrito un artículo en oposición al régimen franquista. La reacción de las autoridades fue muy dura, y se vio obligado a exiliarse. Sobre esto nuestro Padre no tenía nada que decir, porque se trataba de cuestiones en las que no intervenía: correspondían a sus hijos como ciudadanos libres y responsables. Pero, entre otras injurias lanzadas contra aquel miembro de la Obra, dijeron que era “una persona sin familia”. Nuestro Fundador reaccionó entonces como un padre que defiende a su hijo. Se fue a España inmediatamente, solicitó audiencia a Franco y fue recibido enseguida. Sin entrar en las causas de las divergencias políticas, afirmó con toda claridad que no podía tolerar que de un hijo suyo se dijera que era un hombre sin familia: tenía una familia sobrenatural, la Obra, y él se consideraba su padre. Franco le preguntó: “¿Y si le meten en la cárcel?” El Padre respondió que respetaría las decisiones de la autoridad judicial, pero que si lo llevaban a prisión nadie le podría impedir facilitar a aquel hijo la asistencia espiritual y material que necesitara. Repitió las mismas ideas al almirante Carrero Blanco, brazo derecho de Franco. Y debo precisar que ambos, demostrando ser unos caballeros y tener sentido cristiano, reconocieron que nuestro Fundador tenía razón.

Muchos ataques a la Obra y a la libertad de sus miembros provenían directamente de instituciones del Régimen, como la Falange.

–Es elocuente en este sentido la carta que nuestro Fundador escribió el 28 de octubre de 1966 al ministro José Solís, jefe de la Falange:

Muy estimado amigo:

Hasta aquí me llega el rumor de la campaña que, contra el Opus Dei, hace tan injustamente la prensa de la Falange, dependiente de V.E.

Una vez más repito que los socios de la Obra –cada uno de ellos– son personalmente libérrimos, como si no pertenecieran al Opus Dei, en todas las cosas temporales y en las teológicas que no son de fe, que la Iglesia deja a la libre disputa de los hombres. Por tanto, no tiene sentido sacar a relucir la pertenencia de una determinada persona a la Obra, cuando se trate de cuestiones políticas, profesionales, sociales, etc.; como no sería razonable, hablando de las actividades públicas de V. E., traer a cuento a su mujer o a sus hijos, a su familia.

Con ese modo de proceder equivocado se comportan las publicaciones que reciben inspiración de su Ministerio: y así no logran más que ofender a Dios, confundiendo lo espiritual con lo terreno, cuando es evidente que los Directores del Opus Dei nada pueden hacer para cohibir la legítima y completa libertad personal de los socios, que nunca ocultan –de otra parte– que cada uno de ellos se hace plenamente responsable de sus propios actos y, en consecuencia, que la pluralidad de opiniones entre los miembros de la Obra es y será siempre una manifestación más de su libertad y una prueba más de su buen espíritu, que les lleva a respetar los pareceres de los demás.

Al atacar o defender el pensamiento o la actuación pública de otro ciudadano, tengan la rectitud –que es de justicia– de no hacer referencia, desde ningún punto de vista, al Opus Dei: esta familia espiritual no interviene ni puede intervenir nunca en opciones políticas o terrenas en ningún campo, porque sus fines son exclusivamente espirituales.

Espero que habrá comprendido mi sorpresa, tanto ante el anuncio de esa campaña difamatoria como al verla realizándose: estoy seguro de que se dará cuenta del desatino que cometen y de las responsabilidades que en conciencia adquieren ante el juicio de Dios, por el desacierto que supone denigrar a una institución que no influye –ni puede influir– en el uso que, como ciudadanos, hacen de su libertad personal sin rehuir la personal responsabilidad, los miembros que la forman, repartidos en los cinco continentes.

Le ruego que ponga un final a esa campaña contra el Opus Dei, puesto que el Opus Dei no es responsable de nada. Si no, pensaré que no me ha entendido; y quedará claro que V.E. no es capaz de comprender ni de respetar la libertad, qua libertate Christus nos liberavit la libertad cristiana de los demás ciudadanos.

Peleen ustedes en buena hora, aunque yo no soy amigo de las peleas, pero no mezclen injustamente en esas luchas lo que está por encima de las pasiones humanas.

Aprovecho esta ocasión para abrazarle y bendecirle, con los suyos,

in Domino.

Si se me permite expresar una opinión del todo personal, me parece que aquellos miembros de la Obra que, bajo su exclusiva responsabilidad, colaboraron libremente con el gobierno de Franco, trabajaron por el bien de su país, obtuvieron éxitos, reconocidos hoy unánimemente, en el saneamiento de la economía y en la ruptura del aislamiento de España, proyectándola hacia Europa. Aun absteniéndose de intervenir y de exponer públicamente opiniones en materia política, ¿cuál era en este tema lo que más preocupaba al Fundador?

–Le preocupaba el problema de la sucesión de Franco. No vaciló en hacérselo saber al interesado directamente, y procuró sensibilizar sobre este delicado asunto a los obispos españoles que venían a visitarle. Pero nuestro Fundador supo también resistir las insinuaciones que le llegaban del Vaticano para que tomase iniciativas en este campo: rechazó hacer de intermediario de algunos, porque no era misión suya inmiscuirse en política. Dejó clara su postura en esta materia, sin posibilidad de equívocos, en una carta de conciencia dirigida el 14 de junio de 1964 a Pablo VI.

Ahora comprendo mejor por qué tenía tanta devoción a Santa Catalina de Siena.

Universal desde su comienzo

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer fundó el Opus Dei el día 2 de octubre de 1928; el 14 de febrero de 1930, fundaba la Sección femenina; y años más tarde, el 14 de febrero de 1943, dentro del Opus Dei, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Durante esos primeros años el Opus Dei crece gracias al apostolado personal de su Fundador, que va reuniendo a su alrededor a algunas personas que quieren compartir el afán de almas que le mueve. En sus comienzos, la Obra se difunde entre los estudiantes de la Universidad y por las barriadas obreras de Madrid, así como por otros ambientes y ciudades. En 1934, para ayudar en su vida espiritual a los que se acercaban a él, formaran parte o no del Opus Dei, Mons. Escrivá de Balaguer escribe Consideraciones Espirituales, libro que conseguiría luego una gran difusión con el título de Camino, que el autor dio a la segunda edición ampliada (1939): hoy pasa ya de tres millones de ejemplares.

También han tenido amplia difusión otros escritos suyos; parte de su continua predicación ha ido publicándose en diversas homilías, sobre temas ascéticos, litúrgicos y teológicos, en las que destacan su profundidad teológica y su conexión inmediata entre la doctrina del Evangelio y la vida del cristiano corriente, junto con su excelente calidad literaria.

El libro Es Cristo que pasa, que recoge una pequeña parte de las numerosas homilías dirigidas por el Fundador del Opus Dei a personas de los más diversos ambientes sociales, y que han sido publicadas en la prensa de varios países, apareció en castellano en el primer trimestre de 1973; enseguida se tradujo a las principales lenguas, al igual que Amigos de Dios, un segundo volumen de homilías editado en 1977, y Via Crucis, publicado en 1981.

En 1935 el Opus Dei preparaba el comienzo de su trabajo apostólico en Francia. La guerra civil española y la II Guerra Mundial obligaron a retrasar el proyecto. En 1940 se inicia la actividad apostólica en Portugal; y en muy pocos años se comienza en Inglaterra, Francia, Italia, Estados Unidos, México e Irlanda. A partir de 1949 y 1950 continúa la expansión geográfica: Alemania, Holanda, Argentina, Canadá, Venezuela y los demás países europeos y americanos, además de Japón, Filipinas, Nigeria, Australia, Zaire, Costa de Marfil, Hong–Kong, Singapur, etc.

Mons. Escrivá de Balaguer escribía ya, a sólo seis años de la fundación de la Obra, a los primeros miembros: «Conviene hacer notar que no somos una organización circunstancial, ni venimos a llenar una necesidad particular de un país o de un tiempo detcrminado, porque quiere Jesús su Obra desde el primer momento con entraña universal, católica».

En rigor, poco más se podría añadir a esto si se piensa que la verdadera historia del Opus Dei es la vida de su Fundador y la de cada una de las personas todas, por supuesto, merecedoras del mayor respeto a su intimidad– que libremente se han incorporado y se incorporan al Opus Dei.

Apuntamos, no obstante, algunos datos más. Terminados los estudios de bachillerato, Josemaría Escrivá de Balaguer realizó los estudios eclesiásticos en Zaragoza –fue Superior del Seminario de S. Francisco de Paula–, donde también cursó la carrera de Derecho. Desde aquellos años nunca dejó ya el contacto con la Universidad y con los estudios jurídicos. Se ordenó sacerdote el 28 de marzo de 1925. Poco tiempo después desarrolló su actividad pastoral durante algún tiempo en dos pequeños pueblos de aquella diócesis, hasta que se trasladó a Madrid con su madre y sus hermanos. En Madrid su apostolado se amplía con los obreros y los universitarios. Fue entonces, durante la Segunda República española, cuando empezó a funcionar la residencia de estudiantes de la calle Ferraz, dirigida por los primeros miembros de la Obra en Madrid. Era un colegio universitario concebido como auxiliar de la labor docente, para obtener una formación integral de los estudiantes, desde donde se llevó a cabo una fecunda labor apostólica entre jóvenes universitarios.

Como miles de sacerdotes, el Fundador del Opus Dei padeció persecución cuando comenzó la Guerra Civil española. A pesar de ello, continuó su labor apostólica y sacerdotal. En diciembre de 1937 llegó a Burgos con un reducido número de miembros de la Obra, después de haber pasado a Andorra, a través del Pirineo, en las noches de aquel crudo invierno. En Burgos, Pamplona y San Sebastián –entre otras ciudadesprosiguió su labor sin interrupción entre personas que la guerra había dispersado. Al final de ésta, puso en marcha una residencia de estudiantes en la calle de Jenner y trabajó eficazmente impulsando la labor apostólica por España y por otros países. En 1946, Mons. Escrivá de Balaguer se trasladó a Roma, donde estableció la sede central de la Obra y residió hasta su fallecimiento, en olor de santidad, el 26 de junio de 1975. Su cuerpo reposa en la Cripta del Oratorio de Santa María de la Paz, en la sede central de la Prelatura, en Roma, continuamente acompañado por la oración y el agradecimiento de las numerosas personas de todo el mundo que se han acercado a Dios atraídas por su ejemplo y sus enseñanzas.

Además de otros títulos, tenía los de Doctor en Derecho, había sido profesor de la Escuela de Periodismo de Madrid, Doctor en Teología por la Universidad del Laterano (Roma), Doctor Honoris Causa por la Universidad de Zaragoza, Gran Canciller de las Universidades de Navarra (Pamplona, España) y Piura (Perú). Prelado de Honor de Su Santidad y miembro de la Pontificia Academia Romana de Teología, trabajó como Consultor de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades y de la Comisión Pontificia para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico.

El 12 de mayo de 1981 dio comienzo en Roma su Causa de Beatificación y Canonización, solicitada a la Santa Sede por miles de personas de los cinco continentes, entre las que se encontraban sesenta y nueve Cardenales y cerca de mil trescientos Obispos, más de un tercio del Episcopado mundial.

Crece la influencia comunista en la España republicana

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En el otoño de 1936, con los nacionales a las puertas de Madrid, socialistas, anarquistas, comunistas y la izquierda moderada se unieron en un gobierno presidido por Largo Caballero. Superada la crisis militar, reaparecieron las tensiones en la coalición. Antes de estallar la guerra, el partido comunista, grupo escindido del socialismo español, tenía escasa importancia entre la izquierda. Sin embargo, en el curso de la guerra creció en tamaño e influencia por dos motivos: la Unión Soviética era la principal aliada de la República y la milicia comunista pronto destacó como la más disciplinada y eficaz del ejército republicano.

La política del comunismo en España era dictada desde Moscú. Stalin temía la gran amenaza que la Alemania nazi representaba para la Unión Soviética, y quería granjearse a toda costa el apoyo de Francia y Gran Bretaña. La Guerra Civil española le servía para presentarse como defensor de un régimen liberal democrático contra la embestida del fascismo. Los comunistas juzgaban que todavía no era el momento propicio para la revolución proletaria en España. Pensaban que la clase obrera debería abandonar temporalmente sus sueños revolucionarios y unirse con los liberales y demócratas para defender la legalidad de la República. Del mismo modo, las milicias populares tendrían que transformarse en unidades disciplinadas de un ejército regular, aunque los comisarios políticos tuvieran un papel importante en él.

La creciente influencia del Partido Comunista y su idea de hacer la guerra y no la revolución provocó la hostilidad y oposición de otros grupos de izquierda, especialmente de los anarquistas y los trotskistas del Partido Obrero Unificado Marxista (POUM). Esta enemistad fue especialmente grave en Barcelona, donde los anarquistas y el POUM eran fuertes. El 2 de mayo de 1937 se enfrentaron las fuerzas del Gobierno y los comunistas, por un lado, y los anarquistas y el POUM, por el otro. A los pocos días, en Barcelona se había creado otra guerra civil dentro de la que ya existía desde casi un año antes. El Gobierno envió a Barcelona dos cruceros y un acorazado con contingentes de tropas. También llegaron por tierra desde Valencia cuatro mil guardias de asalto. Con estas ayudas de fuera de la ciudad, la República recuperó el control de Barcelona el 8 de mayo de 1937: murieron unas 400 personas y otras mil fueron heridas.

La contienda en Barcelona debilitó a la extrema izquierda, socavó a la autonomía catalana y fortaleció al gobierno central y al partido comunista. El control central de Barcelona y Cataluña se estrechó aún más cuando, al final de octubre de 1937, el Gobierno se trasladó de Valencia a Barcelona.

2. Ciudadanos de las dos ciudades

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

La secularidad, que según el Vaticano II constituye “la índole propia y peculiar de los laicos” (Lumen gentium, n.31), se expresa también a través del correcto ejercicio de los propios derechos de ciudadano, es decir, siendo católicos sin ser clericales o beatos, y, al mismo tiempo, siendo ciudadanos que no olvidan que son católicos en el momento de sus opciones decisivas. Ésta ha sido una enseñanza constante del Fundador del Opus Dei. Me alegraría oír algún ejemplo tomado directamente de su vida.

–La secularidad, que puede considerarse como la unión armónica del alma sacerdotal con la mentalidad laical, que el Padre ha querido para todos los miembros de la Obra, sacerdotes y laicos, mujeres y hombres, la tuvo siempre muy en primer plano y constituyó un elemento de su carácter, de su existencia. Por ejemplo, se manifestaba en su intenso sentido de la justicia, y en el ejercicio de los propios derechos de ciudadano que el Padre no dejó de vivir nunca y que le llevó a titular “Ciudadanía” un capítulo de Surco.

Entre los miles de episodios que podría citar me parece significativo uno de su vida de estudiante. A partir del curso académico 1922–1923, cuando ya había sido nombrado Inspector del Seminario de Zaragoza y había recibido la tonsura, se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza. En junio de 1924 se presentó al examen de Historia de España, una materia que conocía muy bien por sus estudios de Bachillerato y sus múltiples lecturas: tuvo siempre gran afición a la Historia, que dominaba profundamente. Durante aquel año no había asistido a clases, porque no era alumno oficial, y estaba muy ocupado con el estudio de la teología y el encargo de Inspector del Seminario. A través de algunos amigos comunes, el profesor le hizo saber que no se presentase al examen porque lo suspendería. El joven Josemaría se quedó atónito: no tenía obligación de asistir a clase; por esto, para reivindicar un derecho que le correspondía en virtud del régimen académico, y porque estaba muy bien preparado, decidió presentarse. El profesor le suspendió, sin hacerle ni una pregunta.

Josemaría reflexionó con calma sobre lo sucedido y decidió escribir una carta al profesor para manifestarle respetuosamente que había cometido una injusticia y que tenía obligación de reparar. Añadía que deseaba presentarse en la convocatoria de septiembre, y quería asegurarse de que sería tratado justamente.

En aquella época los profesores gozaban de plena autonomía y decidían con absoluta libertad sobre el desarrollo y las calificaciones de los exámenes. No era fácil para un alumno hacer valer sus derechos, aun extremando el respeto. En septiembre el profesor fue muy correcto: reconoció su error y el alumno fue aprobado.

Resultaba muy secular también la sencillez con que, en hábito talar, trataba a sus compañeros universitarios. De vez en cuando, a la salida de clase, sus amigos le invitaban a tomar un aperitivo en un local frecuentado por los estudiantes: era el bar Abdón, en el Paseo de la Independencia, junto a la Plaza de la Constitución. Josemaría aceptaba algunas veces, y así cultivaba la amistad de un modo muy natural. Su comportamiento era tan sacerdotal y al mismo tiempo tan humano que, cuando se ordenó sacerdote, algunos de sus compañeros lo escogieron como confesor habitual.

Abogado y sacerdote. ¿Hubo algún momento en que el Fundador del Opus Dei hizo valer esa doble condición?

–Los estudios civiles le sirvieron, entre otras cosas, para dar clases particulares, que contribuyeron a mantener a su familia, tanto en Zaragoza como en sus primeros años de Madrid. Pero no empleó nunca su título civil, porque quiso ser siempre un sacerdote al cien por cien.

Es significativo un hecho que sucedió durante la guerra civil española. Cuando en Madrid el Padre no pudo ejercitar el ministerio sacerdotal y el clima se hizo irrespirable, en constante peligro de muerte –arrestos y fusilamientos en masa, quema de iglesias y de conventos, auténtica persecución religiosa–, no tuvo otra opción que atravesar la frontera por la zona de los Pirineos para pasarse a la zona libre, a través de Andorra. El punto de partida era Barcelona. Leyendo el periódico se enteró de que un colega suyo de la Universidad de Zaragoza, Pascual Galbe, era magistrado en la Audiencia de Barcelona, en representación del Gobierno autónomo de Cataluña. Habían sido grandes amigos, pero en aquellas circunstancias no era fácil prever cómo reaccionaría. Por esto, el Padre le hizo saber, a través de Tomás Alvira –que había sido a su vez compañero de Instituto de Pascual–, que se encontraba en Barcelona y que deseaba verlo. “En el tribunal no –respondió–, mejor que venga a comer a mi casa”.

Apenas lo vio, Pascual Galbe lo abrazó emocionado: “No sabes cuánto he sufrido, pensaba que habías muerto…”. Para ayudarle a salir del peligro le propuso incorporarse a la magistratura de Barcelona: él era una persona muy influyente, y además, los tribunales tenían una necesidad real de licenciados en derecho. Pero el Padre no aceptó: Si, cuando no perseguían al clero y a la Iglesia no he ejercido esta profesión porque debía dedicarme completamente a mi sacerdocio, ahora, sin duda, no buscaré esta escapatoria, para sobrevivir sirviendo a una autoridad que persigue a mi Madre, la Santa Iglesia. Pascual Galbe trató de convencerle: “Si te detienen, y es muy probable, te matarán”. El Padre repuso: No me importa, yo me debo a mi sacerdocio, y no me importa que me maten.

Me parece que en esta línea se sitúa también la cuestión del título nobiliario…

–Es un punto en el que conviene detenerse, porque, además, pone de manifiesto la gran humildad del Padre.

Conscientes de lo que el Fundador del Opus Dei era para nosotros sus hijos, y de lo que significaba para la Iglesia, comenzamos a recoger, con prudencia y amor filial, todos los datos que pudimos sobre su familia. Aprovechábamos para esta finalidad los viajes que miembros de la Obra, por motivos apostólicos o profesionales, hacían a los lugares donde había residido la familia de nuestro Fundador, o de donde procedían sus antepasados.

En los años sesenta enviamos las noticias y datos de primera mano recogidos a un conocido genealogista de Aragón, quien comprobó que algunos títulos nobiliarios correspondían, en línea directa, a la familia de nuestro Fundador. En mi calidad de Secretario General del Opus Dei decidí encargar al genealogista un estudio detenido. Después, sugerí al Padre la posibilidad de solicitar la rehabilitación de esos títulos. Teníamos muy presente cuánto había trabajado y sufrido por la Obra la familia de nuestro Fundador. Al principio, el Padre eludió el problema. Después se dio cuenta de que no se trataba de una cuestión meramente personal, suya, sino que afectaba a su hermano y a los descendientes de sus padres. Lo meditó detenidamente en la presencia de Dios. En su vida privada el Padre distinguía siempre, por una parte, sus deberes y sus derechos de cristiano y de sacerdote, que trató de cumplir y ejercitó heroicamente en todo momento, y por otra, sus derechos y deberes de ciudadano, no incompatibles con los primeros: su sacerdocio abrazó toda su existencia, pero no por esto renunció a sus obligaciones y derechos en cuanto miembro de una familia, y en cuanto ciudadano, dando ejemplo también en esto a sus hijos y a la gente que trataba.

Además de querer compensar de algún modo los sacrificios y sufrimientos que la fundación y desarrollo del Opus Dei habían supuesto para su familia, comprendió que no podía hacerles pagar de nuevo las consecuencias de su desprendimiento personal de los honores humanos: de hecho, como primogénito, de acuerdo con la legislación española vigente, sólo él podía recuperar los derechos nobiliarios. Repito que los honores no le importaban nada. La solución fue reclamar aquellos derechos para transmitirlos después a su hermano. Consideró, insisto, que –por una falsa humildad, y aún menos por miedo a las críticas y difamaciones–, no podía privar a su hermano y a sus sobrinos de algo que les pertenecía.

Pero sabía muy bien que ese gesto podía ser mal interpretado, y por eso, antes de tomar una decisión definitiva, pidió consejo a diversas personas, también de fuera de la Obra. Entre otros se dirigió al Cardenal Dell’Acqua, al Cardenal Marella, al Cardenal Larraona, al Cardenal Antoniutti, al Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla y buen amigo suyo desde hacía muchos años, y a Mons. Casimiro Morcillo, Arzobispo de Madrid, también viejo amigo del Padre.

Todos le dieron su parecer favorable y le animaron a llevar adelante el proyecto. El cardenal Larraona, que era un insigne canonista, le precisó que no sólo tenía derecho a reclamar los títulos nobiliarios, sino que, como Fundador de la Obra, tenía obligación de hacerlo: “Usted ha enseñado a sus hijos a cumplir los propios deberes civiles y a ejercitar todos sus derechos de ciudadanos. Por tanto, si no lo hiciera, les daría mal ejemplo”. El Cardenal pensaba que, si el Fundador renunciaba a aquel derecho tan cierto, sus hijos del Opus Dei y muchos otros buenos católicos probablemente seguirían ese ejemplo de humildad, renunciando, quizá, a derechos irrenunciables.

Nuestro Fundador informó también a la Secretaría de Estado Vaticana. Todos estuvieron de acuerdo. También contaba con el parecer favorable de las autoridades civiles competentes. Pero nuestro Fundador preveía claramente lo que iba a suceder: sabía que sería criticado por personas poco informadas, por algunos quizá envidiosos y malévolos, y por otros de lengua suelta, azuzados por el demonio. Veía con toda claridad que era como presentarles en bandeja de plata un pretexto para insultarle.

Como el Padre había previsto, no faltaron las críticas y dicerías que pusieron en evidencia su heroica y profunda humildad. Del mismo modo que había ejercitado sus derechos, cumplió un deber de justicia, para dar ejemplo a sus hijos, y procuró explicar claramente que el asunto, en sí mismo, carecía de importancia.

El 24 de julio de 1968 fue rehabilitado oficialmente el título de marqués de Peralta. Desde ese día arreciaron las polémicas y duraron tiempo. Hubo también personas amigas que le pidieron aclaraciones o que le hicieron llegar sus muestras de solidaridad. Nuestro Padre afrontó siempre el asunto con claridad y, más de una vez, con sentido del humor.

Tiempo después, cuando se calmaron las murmuraciones y el problema podía considerarse más o menos cerrado, entonces, sin publicidad, hizo las gestiones oportunas –como había previsto desde el principio– para ceder el título a su hermano, de modo que pudiese transmitirse por sucesión a sus descendientes.

El Fundador del Opus Dei detestaba esa forma de clericalismo que consiste en recibir tratos de favor. Por esto, no le gustaba la costumbre, difundida en ambientes eclesiásticos, de pedir prestaciones gratuitas a algunos profesionales, en calidad de abogados, médicos, ingenieros o dentistas “católicos”. El Fundador se empeñaba en pagar siempre los honorarios.

–Llegaba al extremo de que también pagaba en la Clínica Universitaria de Navarra cuando le hacían los reconocimientos médicos, a pesar de ser el Gran Canciller de la Universidad.

Por otra parte, exigía siempre en los trabajos, de acuerdo con lo debido en justicia. Me viene a la cabeza un suceso muy significativo. Al proyectar el oratorio del Consejo General del Opus Dei, se decidió que el pavimento fuese de mármol, con dibujos geométricos, formado cada uno por una sola piedra. Se aprobó un presupuesto de acuerdo con esta condición; pero, cuando el marmolista acabó de acristalar y dio por terminado su trabajo, el Padre advirtió que se habían compuesto los dibujos con varias piezas de mármol y se advertían las junturas. Aquello le pareció una chapuza intolerable, sobre todo, porque se trataba de un lugar destinado al culto. Lo consultó conmigo y con otras personas, y decidió hacer levantar el suelo y cambiarlo. Los motivos estaban claros: el presupuesto se había aprobado con aquella condición y ya se había pagado la factura. Aceptar la chapuza sería una falta de pobreza; y, además, para quienes vinieran después, un ejemplo desedificante de poco esmero en las cosas destinadas al Señor.

A propósito de los derechos del ciudadano, la enseñanza del Fundador es muy clara también en lo que se refiere al ejercicio de las actividades políticas. Los miembros del Opus Dei, en política como en otras actividades temporales, tienen la misma libertad, los mismos derechos y deberes que los demás ciudadanos católicos. Es un aspecto que no fue a veces bien entendido, especialmente a causa de la situación española. ¿Podría recordar algunos sucesos, comenzando por la postura del Fundador ante el comunismo y el nazismo?

–Por lo que se refiere al comunismo y al marxismo, el Padre fue siempre fiel a las clarísimas enseñanzas del Magisterio eclesiástico sobre estas ideologías. Y expresó en público su postura, cuando lo exigieron las circunstancias; su oposición no era fruto de las dificultades que sufrió personalmente bajo la dictadura comunista en España –había perdonado desde el primer momento–, sino que se fundamentaba en el ateísmo y en el carácter inhumano y antirreligioso de esta doctrina.

Especialmente a comienzos de los años sesenta y en particular en sus catequesis por la Península Ibérica y América Latina, ante la difusión entre los fieles de corrientes que intentaban conciliar el cristianismo con el marxismo, nuestro Fundador se hizo eco de las enseñanzas reiteradas por Pablo VI y de las condenas contenidas en los documentos de los dicasterios romanos competentes.

Por lo demás, un fragmento de una homilía suya pronunciada en 1963 ilustra muy claramente su actitud frente al comunismo: Precisamente por eso, urge repetir –no me meto en política, afirmo la doctrina de la Iglesia– que el marxismo es incompatible con la fe de Cristo. ¿Existe algo más opuesto a la fe, que un sistema que todo lo basa en eliminar del alma la presencia amorosa de Dios? Gritadlo muy fuerte, de modo que se oiga claramente vuestra voz: para practicar la justicia, no precisamos del marxismo para nada. Al contrario, ese error gravísimo, por sus soluciones exclusivamente materialistas que ignoran al Dios de la paz, levanta obstáculos para alcanzar la felicidad y el entendimiento de los hombres. Dentro del cristianismo hallamos la buena luz que da siempre respuesta a todos los problemas: basta con que os empeñéis sinceramente en ser católicos, non verbo neque lingua, sed opere et veritate (1 Ioh 3,18), no con palabras ni con la lengua, sino con obras y de veras: decidlo, siempre que se os presente la ocasión –buscadla, si es preciso–, sin reticencias, sin miedo (Amigos de Dios, num.171).

Al final de los años treinta, después de haber vivido la triste experiencia de la guerra civil, la mayor parte de los españoles alimentaba una fundada prevención contra el comunismo. No sucedía lo mismo con el nazismo: es más, la propaganda oficial, por un motivo o por otro, no sólo silenció los crímenes del nacionalsocialismo, sino que prohibió en España la publicación del documento pontificio que lo condenaba. Por esto, nuestro Fundador tuvo que pronunciarse más de una vez contra el nazismo en su ministerio sacerdotal. Precisamente porque en algunos ambientes oficiales españoles se miraba con simpatía al régimen alemán, se sintió en el deber de poner en guardia a los que se olvidaban de las aberraciones de aquella ideología: no sólo criticaba su totalitarismo, sino también la persecución y las discriminaciones a los católicos, a los hebreos, etc., y el tono de paganismo que caracterizaba el racismo nazi. Se prodigó en dar a conocer el contenido del documento pontificio de condena, y en difundirlo privadamente.

Sin embargo, algunos periódicos, hace poco, aunque se desmintió inmediatamente, hablaron de una “simpatía” del Fundador hacia el nazismo.

–Es una aberración que se descalifica por sí sola, pero quiero dar a conocer un testimonio que me llegó precisamente a la vez que aquella campaña de calumnias. (Un inciso: cuando suceden cosas de este tipo, seguimos viviendo el criterio que nos dejó el Padre: perdonar desde el primer momento, rezar por los calumniadores, reafirmar la verdad, y, siempre, “ahogar el mal en abundancia de bien”, persuadidos además de que la verdad acaba siempre abriéndose paso.) Pues bien, con fecha 9 de enero de 1992, Domingo Díaz–Ambrona me escribía desde Madrid: “Conocí al futuro beato en el transcurso de la guerra civil española. Durante ese periodo, me encontraba que refugiado, junto con mi mujer, en la embajada de Cuba, y estando allí se cumplió el tiempo del parto de nuestra hija Guadalupe, que nació el 3 de septiembre de 1937 en el Sanatorio Riesgo, ahora inexistente, que estaba entonces bajo protección de la bandera inglesa. Por las circunstancias que atravesaba el país no la podíamos bautizar, y así se lo comuniqué a un buen amigo mío, José María Albareda.

“Pocos días más tarde, José María Albareda me dijo que un sacerdote amigo suyo vendría en una determinada fecha a administrarle el bautismo. Confiado en la protección que nos ofrecía la bandera inglesa del sanatorio, invité al acto a los padrinos y a varios amigos más. El sacerdote se presentó a las cinco de la tarde, dos horas antes de la hora prevista, y estuvo el tiempo justo para bautizarla. Fue todo tan rápido, que ni siquiera le preguntamos el nombre. Más tarde supe que se trataba de Mons. Escrivá. Su comportamiento fue una lección de prudencia para todos en aquellos momentos difíciles. Yo intenté que se quedara, pero me comentó: ‘Me necesitan muchas almas’.

“Durante ese periodo, por lo que he sabido después, aunque no contaba más que con una precaria documentación y el clima social y político era muy peligroso para un sacerdote, desarrollaba una intensa labor apostólica: confesaba a muchas personas –con peligro de su vida muchas veces–, daba cursos de retiros cambiando constantemente de sede y atendía a un grupo de religiosas que sufrían los efectos de la persecución.

“Pero en aquel entonces yo no sabía, por las circunstancias citadas, de quién se trataba. Lo supe más tarde, durante un encuentro casual en el tren, en la línea Madrid–Avila, en el mes de agosto de 1941. Viajaba con mi mujer y mi hija de cuatro años cuando don Josemaría, al vernos, nos reconoció, entró en nuestro departamento y nos dijo: ‘A esa niña la he bautizado yo’. Nos saludamos, me dijo su nombre y estuvimos hablando de la situación histórica que atravesábamos. Nos encontrábamos en un momento decisivo de la historia de Europa: recuerdo que yo tenía un gran deseo de llegar cuanto antes a las Navas del Marqués, para saber por la radio como iba el avance de las tropas alemanas en territorio ruso.

“Yo le comenté que acababa de regresar de un viaje a Alemania y había podido captar el miedo de los católicos a manifestar sus convicciones religiosas. Esto me había llevado a recelar del nazismo; pero, como a muchos españoles, se me ocultaban los aspectos negativos del sistema y de la filosofía nazi, deslumbrados por la propaganda de una Alemania que se presentaba como la fuerza que iba a aniquilar por fin al comunismo. Y quise saber su opinión.

“Por todas esas razones que acabo de exponer me sorprendió profundamente, en aquellos momentos, la respuesta tajante de aquel sacerdote, que tenía una información muy certera de la situación de la Iglesia y de los católicos bajo el régimen de Hitler. Mons. Escrivá me habló, con mucha fuerza, en contra de ese régimen anticristiano, con un vigor que ponía de manifiesto su gran amor a la libertad. Hay que hacer notar que no era fácil encontrar en España, por aquel entonces, a personas que condenasen con tanta contundencia el sistema nazi y que denunciasen con tanta claridad su raíz anticristiana. Por eso, esa conversación, en aquel preciso momento histórico, en el que no se conocían aún todos los crímenes del nazismo, se me quedó profundamente grabada.

“Tiempo más tarde le comenté a mi amigo José María Albareda este encuentro y supe que había estado conversando con el Fundador del Opus Dei.

“Yo no soy del Opus Dei, pero mi experiencia personal me permite afirmar que quien sostenga una opinión contraria sobre el pensamiento en este sentido de Josemaría Escrivá de Balaguer no busca más que empañar inútilmente la vida santa de este futuro beato, que era un gran enamorado de la libertad”.

Es un testimonio incontrovertible que confirma los dictados del sentido común…

–Lógicamente, el Padre distinguía entre el nazismo y el pueblo alemán. Precisamente porque sentía un particular cariño hacia aquella nación –era un sentimiento heredado de su padre–, le dolía muchísimo verla sometida a aquella dictadura aberrante. Su pena se acrecentaría al estallar la Segunda Guerra mundial.

¿Y las relaciones con el franquismo?

–Antes de responder, me parece indispensable repetir una consideración bien conocida: la actividad y la finalidad del Opus Dei son exclusivamente espirituales, como también fueron sólo espirituales la misión y el ministerio sacerdotal de su Fundador. El Gobierno de una nación –cualquiera que sea– y el Opus Dei son realidades que se mueven en planos totalmente diferentes. La Prelatura impulsa a sus miembros a ejercer sus derechos y a cumplir diligentemente sus propios deberes como cristianos coherentes, pero les deja la más completa libertad en las opciones temporales; más aún, fomenta esa libertad: el único criterio que les señala en este punto es el de seguir las eventuales orientaciones que en este campo emane la jerarquía eclesiástica.

En el caso del franquismo, es necesario recordar que el final de la guerra civil significó el resurgir de la vida de la Iglesia, de las asociaciones, de las escuelas católicas, con una clara toma de posición de la Jerarquía a favor del General Franco, que era considerado en muchos ambientes como “providencial”. Basta pensar que, al término de la guerra civil, en la fachada de las catedrales de todas las ciudades españolas que eran sede episcopal se puso el escudo de la Falange con la inscripción: “Caídos por Dios y por España. ¡Presentes!” El Fundador del Opus Dei protestó muchas veces por este abuso.

En esta situación, el Padre, aun reconociendo a Franco el mérito de la pacificación, debió oponer resistencia a dos peligros: por una parte, la instrumentalización de la fe, ante el intento de determinados grupos de monopolizar la representación de los católicos en la vida pública; y por otra, la tendencia de algunos ambientes católicos a servirse del poder público como un brazo secular. En suma, dos facetas del clericalismo.

El Padre reconoció siempre que era competencia exclusiva de la Jerarquía dar indicaciones a los católicos en materia política; por eso siempre se abstuvo en este campo. La Jerarquía animó abiertamente a los católicos a sostener a Franco, tanto, que en los diversos gobiernos figuraron representantes de Acción Católica y de otras organizaciones religiosas. Y el clericalismo llegó al extremo de que alguno pidió el permiso del propio obispo (y lo consiguió, naturalmente), antes de aceptar la cartera de ministro.

Cuando, en los años cincuenta, algunos miembros de la Obra llegaron a ser ministros de Franco, el Padre ni lo aprobó ni lo desaprobó: actuaron según su libertad de ciudadanos católicos, respetuosos con la Jerarquía, aunque hubo quien intentó atribuir a la Obra como tal presiones o injerencias en el campo político. No nos faltaron dificultades e incomprensiones por ese motivo.

Ya en los años cuarenta, por ejemplo, algunos miembros del Opus Dei se presentaron a oposiciones de cátedras universitarias, y por su preparación, las ganaron brillantemente sin recomendación alguna. Surgió entonces una violenta reacción de los enemigos de la Iglesia que, desde fines del siglo anterior, a través de la Institución Libre de Enseñanza, controlaban la Universidad. Se hizo circular el rumor, absolutamente calumnioso, de que los miembros del Opus Dei ganaban las oposiciones de modo irregular, cuando lo cierto es que no gozaron de facilidad alguna, y más bien eran discriminados respecto de los que pertenecían a otras instituciones católicas favorecidas por los ministros de Educación Nacional.

Y no eran sólo enemigos de la Iglesia los que se oponían o no entendían. Cuando el Fundador, en 1947, pasó una temporada en España para preparar el traslado del gobierno de la Obra a Roma, se entrevistó en una ocasión con el Ministro de Asuntos Exteriores, Martín Artajo, que antes de entrar en el Gobierno había sido Presidente de la Acción Católica española. El Padre contó luego que, con gran sorpresa, el ministro le había dicho que no entendía “cómo se podía estar consagrado a la Iglesia, incluso con un vínculo de obediencia, y servir al mismo tiempo al Estado”. El Padre le explicó que no había ninguna dificultad, porque la materia de la obediencia debida a la Iglesia era la misma para él, que para el resto de los católicos, consagrados o no a Dios: esa obligación era del mismo grado, aunque por diverso título. Pero el ministro no acertó a entender esta palmaria verdad, y dio la orden de no admitir en el Cuerpo Diplomático a miembros del Opus Dei o personas consideradas como tales, aunque hubieran ganado el correspondiente concurso. Contra toda justicia, esa orden se cumplió en varios casos.

Como otras organizaciones católicas sostenían directa y abiertamente al Régimen, algunos no podían imaginar que la Obra se comportase de modo diverso. Sin embargo, el Fundador defendió siempre con vigor la libertad de opinión de sus hijos, y es natural que entre los miembros de la Obra hubiera quienes sostenían el franquismo, y quienes estaban en la oposición.

Recuerdo la película de una de las catequesis del Fundador en la que cuenta que no dudó en presentarse delante de un personaje muy poderoso para defender la libertad de opinión de un hijo suyo. Me gustaría conocer ese suceso con mayor detalle.

Un miembro de la Obra había escrito un artículo en oposición al régimen franquista. La reacción de las autoridades fue muy dura, y se vio obligado a exiliarse. Sobre esto nuestro Padre no tenía nada que decir, porque se trataba de cuestiones en las que no intervenía: correspondían a sus hijos como ciudadanos libres y responsables. Pero, entre otras injurias lanzadas contra aquel miembro de la Obra, dijeron que era “una persona sin familia”. Nuestro Fundador reaccionó entonces como un padre que defiende a su hijo. Se fue a España inmediatamente, solicitó audiencia a Franco y fue recibido enseguida. Sin entrar en las causas de las divergencias políticas, afirmó con toda claridad que no podía tolerar que de un hijo suyo se dijera que era un hombre sin familia: tenía una familia sobrenatural, la Obra, y él se consideraba su padre. Franco le preguntó: “¿Y si le meten en la cárcel?” El Padre respondió que respetaría las decisiones de la autoridad judicial, pero que si lo llevaban a prisión nadie le podría impedir facilitar a aquel hijo la asistencia espiritual y material que necesitara. Repitió las mismas ideas al almirante Carrero Blanco, brazo derecho de Franco. Y debo precisar que ambos, demostrando ser unos caballeros y tener sentido cristiano, reconocieron que nuestro Fundador tenía razón.

Muchos ataques a la Obra y a la libertad de sus miembros provenían directamente de instituciones del Régimen, como la Falange.

–Es elocuente en este sentido la carta que nuestro Fundador escribió el 28 de octubre de 1966 al ministro José Solís, jefe de la Falange:

Muy estimado amigo:

Hasta aquí me llega el rumor de la campaña que, contra el Opus Dei, hace tan injustamente la prensa de la Falange, dependiente de V.E.

Una vez más repito que los socios de la Obra –cada uno de ellos– son personalmente libérrimos, como si no pertenecieran al Opus Dei, en todas las cosas temporales y en las teológicas que no son de fe, que la Iglesia deja a la libre disputa de los hombres. Por tanto, no tiene sentido sacar a relucir la pertenencia de una determinada persona a la Obra, cuando se trate de cuestiones políticas, profesionales, sociales, etc.; como no sería razonable, hablando de las actividades públicas de V. E., traer a cuento a su mujer o a sus hijos, a su familia.

Con ese modo de proceder equivocado se comportan las publicaciones que reciben inspiración de su Ministerio: y así no logran más que ofender a Dios, confundiendo lo espiritual con lo terreno, cuando es evidente que los Directores del Opus Dei nada pueden hacer para cohibir la legítima y completa libertad personal de los socios, que nunca ocultan –de otra parte– que cada uno de ellos se hace plenamente responsable de sus propios actos y, en consecuencia, que la pluralidad de opiniones entre los miembros de la Obra es y será siempre una manifestación más de su libertad y una prueba más de su buen espíritu, que les lleva a respetar los pareceres de los demás.

Al atacar o defender el pensamiento o la actuación pública de otro ciudadano, tengan la rectitud –que es de justicia– de no hacer referencia, desde ningún punto de vista, al Opus Dei: esta familia espiritual no interviene ni puede intervenir nunca en opciones políticas o terrenas en ningún campo, porque sus fines son exclusivamente espirituales.

Espero que habrá comprendido mi sorpresa, tanto ante el anuncio de esa campaña difamatoria como al verla realizándose: estoy seguro de que se dará cuenta del desatino que cometen y de las responsabilidades que en conciencia adquieren ante el juicio de Dios, por el desacierto que supone denigrar a una institución que no influye –ni puede influir– en el uso que, como ciudadanos, hacen de su libertad personal sin rehuir la personal responsabilidad, los miembros que la forman, repartidos en los cinco continentes.

Le ruego que ponga un final a esa campaña contra el Opus Dei, puesto que el Opus Dei no es responsable de nada. Si no, pensaré que no me ha entendido; y quedará claro que V.E. no es capaz de comprender ni de respetar la libertad, qua libertate Christus nos liberavit la libertad cristiana de los demás ciudadanos.

Peleen ustedes en buena hora, aunque yo no soy amigo de las peleas, pero no mezclen injustamente en esas luchas lo que está por encima de las pasiones humanas.

Aprovecho esta ocasión para abrazarle y bendecirle, con los suyos,

in Domino.

Si se me permite expresar una opinión del todo personal, me parece que aquellos miembros de la Obra que, bajo su exclusiva responsabilidad, colaboraron libremente con el gobierno de Franco, trabajaron por el bien de su país, obtuvieron éxitos, reconocidos hoy unánimemente, en el saneamiento de la economía y en la ruptura del aislamiento de España, proyectándola hacia Europa. Aun absteniéndose de intervenir y de exponer públicamente opiniones en materia política, ¿cuál era en este tema lo que más preocupaba al Fundador?

–Le preocupaba el problema de la sucesión de Franco. No vaciló en hacérselo saber al interesado directamente, y procuró sensibilizar sobre este delicado asunto a los obispos españoles que venían a visitarle. Pero nuestro Fundador supo también resistir las insinuaciones que le llegaban del Vaticano para que tomase iniciativas en este campo: rechazó hacer de intermediario de algunos, porque no era misión suya inmiscuirse en política. Dejó clara su postura en esta materia, sin posibilidad de equívocos, en una carta de conciencia dirigida el 14 de junio de 1964 a Pablo VI.

Ahora comprendo mejor por qué tenía tanta devoción a Santa Catalina de Siena.

Calle Rey Francisco

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei.

En el nº 3 de esta calle Rey Francisco, esquina a la calle Tutor, estuvo el sexto domicilio de la familia Escrivá en Madrid, en el ático derecha. (Los áticos, fríos en invierno y calurosos en verano, eran las viviendas más asequibles y de menor coste económico en aquella época).

Los Escrivá residieron aquí muy poco tiempo: desde febrero de 1936 hasta septiembre-octubre del mismo año.

Esta casa de la calle del Rey Francisco fue el primer refugio del Fundador durante los primeros días de la guerra civil española. Estuvo en esta casa desde el 20 de julio hasta finales de julio de 1936.

Tiempo de persecución

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La guerra civil española no fue exclusivamente un enfrentamiento de sistemas políticos ni de iras sociales. Fue, también, una persecución de índole religiosa que venía fraguándose muchos años antes. Ilustran este aserto las cifras de fusilamientos recogidas en diversas publicaciones: 13 Obispos, 4184 sacerdotes, 2365 religiosos, 283 religiosas(1).

Después de la sublevación del Ejército de Africa, hay que esperar al día siguiente para que el Gobierno anuncie, veladamente, los primeros informes. Lo cierto es que, el 18 de julio, el levantamiento llega a la Península y queda establecido en Aragón, Navarra, Castilla la Vieja, León, Galicia y Andalucía la baja. En líneas generales, las restantes regiones permanecen junto al Gobierno. Este decide entregar armas a las masas populares, que van a tomar parte activa en este trágico conflicto que se prolongará durante casi tres años.

Unos meses antes, doña Dolores Albás, con sus hijos Carmen y Santiago, ha tenido que abandonar su residencia en la Casa Rectoral del Patronato de Santa Isabel: es ya seriamente peligroso vivir en un edificio en el que existe una iglesia, un convento de religiosas de clausura y el Colegio de la Asunción. No hay que olvidar que está enclavado, además, en el populoso barrio de Atocha, con la estación del Mediodía en sus proximidades, la Facultad de Medicina de San Carlos y un gran mercado. Zona de mucha confluencia en la que frecuentemente se suceden las revueltas estudiantiles y los asaltos por parte de los obreros que trabajan en este distrito de Madrid.

La casa de Ferraz, situada prácticamente en el otro extremo de la capital, impone al Padre interminables recorridos, a pie o en malos medios de transporte, para atender la Residencia y sus obligaciones sacerdotales en el Patronato. Habitualmente, sale de Ferraz de noche, tras oír muchas confesiones, dar varios círculos o clases de formación, hablar y animar a todos. Es fácil suponer la hora de llegada a su casa de Atocha y la zozobra con que, repetidas veces, doña Dolores le espera, en un tiempo en el que, aun a plena luz, resulta peligroso aparecer como sacerdote. Utilizará la sotana hasta el mismo día 18 de julio.

Con frecuencia, esta valiente confesión pública de su condición sacerdotal le ha costado -como a tantos otros sacerdotes insultos, ironías y pedradas.

En cierta ocasión, durante un desplazamiento en tranvía, de pie, en el pasillo, se apoya en las barras del vehículo para no tambalearse con los frenazos. Muy cerca, un albañil, que llega de su trabajo manchado de cal, se deja caer, intencionadamente, sobre la sotana negra del Padre cada vez que el vehículo modifica su marcha. Los pasajeros ríen la gracia o disimulan de, modo cobarde. Al llegar a su punto de destino, el Padre se vuelve y le toma por los hombros. Parece que el incidente puede terminar de mala manera. Pero, ante el asombro general, el sacerdote le dice con voz alta y tranquila:

-«Hijo, vamos a completar esto»(2).

Y le da un fuerte abrazo. Con lo que la sotana acaba de embadurnarse con el yeso que quedaba disponible.

Ya hace tiempo que el Padre sabe dominar los impulsos de su fuerte carácter. Son muchos años de dura batalla ascética. Esta lucha ha terminado haciéndole sonreír en lugar de protestar, callar en vez de justificarse. O, como en este caso, dar un abrazo y gastar una broma al que, humanamente, no se lo merece.

En estas circunstancias, piensa que su familia no debe compartir sus riesgos, y decide instalar a su madre y hermanos en un pequeño piso alquilado de la calle del Doctor Cárceles, hoy Rey Francisco. Pedro Casciaro y Paco Botella van a prestar ayuda para la mudanza. Es un sábado. Suben la escalera de un solo piso en la Casa Rectoral de Santa Isabel y saludan, por primera vez, a doña Dplores. Su cara es todavía joven y expresa serenidad, pero también sufrimiento; tiene los ojos llorosos, porque don Josemaría ha decidido permanecer allí, a pesar del peligro que supone. La mayor parte de los muebles ya están listos para su traslado. La ropa y demás enseres se hallan distribuidos en baúles y maletas: será una mudanza ordenada y rápida. En poco tiempo queda todo instalado en el nuevo domicilio de la calle del Doctor Cárceles.

El 19 de julio de 1936 los que se encuentran en la Residencia de Ferraz 16, frente al Cuartel de la Montaña, observan, desde los balcones, cómo se va llenando el edificio de militares y civiles sublevados contra el Gobierno. Ellos siguen trabajando en la instalación de la Residencia, como si nada ocurriera. Unos colocan los muebles en sus lugares adecuados; José María Hernández de Garnica arregla el jardín; Alvaro del Portillo guarda ropa en los armarios.

A media tarde, patrullas de guardias y milicianos bloquean las calles de acceso. Exigen documentación para cruzar la zona acordonada. Antes de las nueve de la noche, el Padre cree oportuno que regresen con sus familias. Les insiste mucho en que llamen por teléfono, al llegar a sus casas respectivas, para saber que han logrado ponerse a salvo. Quedan solos en la Residencia, el Padre, Isidoro Zorzano y José María González Barredo.

El lunes por la mañana empieza el ataque masivo al Cuartel de la Montaña. Tienen que refugiarse en el sótano porque las balas entran a granel por las ventanas de la Residencia. En casa de los padres de Juan Jiménez Vargas, en la calle de San Bernardo, Alvaro, José María Hernández de Garnica y el propio Juan, esperan alarmados el desenlace de la sublevación. Al mediodía, don Josemaría y los que le acompañan no tienen más remedio que intentar la escapada desde la casa de Ferraz. El asedio del Cuartel está finalizado y muchos de los rebeldes pasados por las armas.

El Padre va a correr un riesgo inminente. No tiene más traje que la sotana que, ahora ya, es garantía segura -por lo menosde peligrosa detención. Lo único que encuentran por la casa es un mono gris que había utilizado José María Hernández de Garnica para llevar a cabo los múltiples arreglos de la casa. Le queda mal de medidas. Por añadidura, el Padre tiene una gran tonsura, bien visible. Y así, sin nada con que cubrirse la cabeza, sale de Ferraz y cruza por entre los numerosos grupos de milicianos, con armas y airados por la reciente sublevación. Increíblemente, nadie se fija en su aspecto.

Acaba de iniciarse un éxodo que va a durar largo plazo. A partir de este momento no habrá lugar seguro y su vida peligrará con frecuencia. La Obra se ve forzada a replegar su actividad y esconderse en la intimidad del corazón de estos hombres. Una de aquellas tardes, Alvaro y Juan caminan por la calle de San Bernardo:

-«¿Cómo va a terminar esto? Si triunfa la revolución comunista, aquí no se podrá seguir y tendremos que planear una Residencia en el extranjero. Pero si Dios ha querido que la Obra empezara en Madrid, y ya tiene un cierto desarrollo, no es probable que esto sea para volver a empezar. Por eso hay que pensar que todo acabará bien, y continuarán con normalidad las labores que ya están empezadas»(3).

Tienen la seguridad moral de que al Padre no le puede ocurrir nada, aunque deban emplear todos los medios a su alcance para defenderle. Y cuentan, sobre todo, con la protección de Dios.

Una Providencia tanto más evidente, cuanto que su acción se va a desarrollar sobre un país exacerbado y en una ciudad en la que el fusilamiento, la persecución religiosa y la muerte van a convertirse, durante meses, en acontecimientos repetidos y habituales.

El mismo día 25, Juan decide acercarse a la Residencia de Ferraz para recoger algunas cosas de interés que hayan podido quedar abandonadas. Nada más entrar, llega una patrulla a requisar la casa. Lo registran todo. La sotana sigue colgada en el cuarto del Padre. Allí están también las disciplinas y cilicios que usa don Josemaría. Se cruzan bromas de mal gusto entre los milicianos, pero ninguno intenta averiguar el paradero de los antiguos inquilinos. Incluso le dan a Juan una carta de Alemania que ha llegado a nombre de don Jósemaría.

Desde Ferraz los milicianos llevan a Juan a casa de sus padres a continuar el registro. Allí tiene un fichero con los nombres y direcciones de todos los que frecuentan la Residencia. Providencialmente no lo encuentran. Y, cuando ya espera la detención, le dejan con toda tranquilidad en su casa.

Esta liberación impensada le pone en marcha hacia el domicilio de la calle del Doctor Cárceles, donde el Padre sigue oculto y donde pasará los primeros días del mes de agosto. De momento, no parece peligroso permanecer en el piso en el que vive doña Dolores con sus hijos. Incluso las notas y escritos íntimos de la Obra que el Padre conserva, hace días que se han trasladado hasta aquí en una maleta. Su madre los pondrá a salvo más adelante, con riesgo de su vida, un día en que los milicianos registran la casa donde se encuentra y ha de esconderlos dentro de un colchón; después, se acostará sobre ellos con el aspecto de una mujer anciana y enferma. En verdad lo parece por tantas zozobras, privaciones y vicisitudes.

La etapa va a ser inolvidable para los que tienen la oportunidad de convivir con el Padre. Su buen humor, el coraje que echa a las situaciones y, a la vez, la profundidad de su sufrimiento son algo grabado a fuego en el ánimo de los primeros. Tanto que, meses después, cuando el Fundador ya esté en Burgos, Juan escribe contando los sucesos de estas jornadas madrileñas y comenta, con seguridad y emoción: «He tenido la oportunidad de saber lo que es un santo».

Este escondite va a durar poco tiempo. En los primeros días de agosto sube el portero y les comunica que ha habido una denuncia. En varios pisos se ocultan más refugiados. En la zona conocen a don Josemaría Escrivá de Balaguer como sacerdote, y han ahorcado a un hombre que se le parecía mucho en un árbol, en plena calle. Nunca se sabrá el nombre de esta víctima. Pero ocupará un lugar en la oración y el recuerdo de don Josemaría Escrivá de Balaguer durante toda su vida.

Doña Dolores da a su hijo el anillo -la alianza- de su marido, que llevaba junto al suyo desde que enviudó: podrá servirle, piensa, para que, tomándolo por persona casada, queden desorientados los que van a la caza de los sacerdotes.

Tiene que salir al día siguiente, y ocultarse en un piso de la calle Sagasta número 33(4). Pertenece a la familia Sáinz de los Terreros, que ha sido dispersada por la guerra civil; la mayoría de sus miembros está fuera de la capital y el hijo mayor se encuentra detenido. Solamente quedan en el piso Manolo Sáinz de los Terreros y Martina, una sirvienta de setenta años que ha pasado con ellos casi la vida entera. Manolo es ingeniero de Caminos y trabaja en una empresa constructora.

El piso de Sagasta tampoco es un lugar seguro. No se puede confiar en el portero, ya que los milicianos frecuentan su casa y la amistad de sus hijos, con los que confraternizan en un bar situado al otro lado de la calle: La Mezquita.

Teóricamente nadie conoce la existencia de refugiados en el tercer piso. Manolo desayuna y come todos los días fuera de casa, cerca de su trabajo. Así, Martina puede comprar la comida para sustentar a los refugiados -el Padre, Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel Sáinz de los Terreros, primo de Manolo, que llegará después al piso- sin llamar demasiado la atención.

Desde los balcones de la casa, y con mucha precaución, se pueden seguir los pasos de los que entran y salen del portal. El día 11 hay un registro masivo en las dependencias del último piso: se trata de la familia del Conde de Leyva. Ya se habían llevado detenido al cabeza de familia y quedan todavía, en la casa, la madre y cinco hijas. Habitualmente ocultan a dos refugiados que hoy, casualmente, están en otro lugar.

El clima es de alarma permanente. Todos los días Manolo trae la noticia de algún fusilamiento de personas conocidas. Pero, de vez en cuando, llegan informaciones consoladoras: Isidoro recibe unas cartas que Ricardo ha escrito desde Valencia y que confirman el buen estado en que se encuentran todos los de allá. Levante ha quedado en poder del Gobierno. Ricardo se ha presentado voluntario al ejército de la República en un intento de abandonar Valencia, y Paco no ha sido movilizado todavía.

Isidoro Zorzano, de nacionalidad y pasaporte argentinos, es el único que tiene relativa libertad para andar por Madrid. Arriesgando su seguridad personal, podrá traer, en el futuro, mensajes del Padre a todos y cada uno de los miembros de la Obra. Mantendrá con ello la fe y la esperanza de verse reunidos cuando la situación retorne al equilibrio.

El 28 de agosto cae un bombardeo furioso sobre Madrid. Los ánimos se exacerban, y aumentan cada vez con mayor virulencia los registros y persecuciones. La guerra civil española empieza a conocer episodios de atroz revancha.

El día 30 de agosto, hacia la última hora de la mañana, aparece inesperadamente un grupo de milicianos. Llaman a la puerta principal y Martina, la anciana sirvienta, acentuando su defecto auditivo, da grandes y amistosas voces al grupo de registro para que los refugiados puedan huir por la puerta de servicio y esconderse en las buhardillas superiores. Allí se meten en un pequeño espacio inmediatamente debajo del tejado. No pueden ponerse en pie porque no lo permite la altura del techo. Y así, con un calor de justicia, permanecerán ocultos el Padre, Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel. Los milicianos suben hasta cerca del escondite; pero, de modo inexplicable, se detienen ante la puerta de la buhardilla que está ocupada y pasan de largo.

Cuando oyen su proximidad, el Padre se dirige a Juan Manuel Sáinz de los Terreros y le descubre su identidad sacerdotal:

«Soy sacerdote. Estamos en momentos dificiles, si queréis, haced un acto de contrición y os doy la absolución»(5). Y así lo hace.

Tendidos sobre el pavimento de la buhardilla, comentan lo que puede suceder si entran allí los milicianos. Lo más lógico, humanamente, es pensar en una muerte segura. Sin embargo, no pierden la tranquilidad, hasta el punto de que Juan se duerme profundamente sobre el suelo lleno de polvo.

Mientras tanto, las vecinas Leyva, amigas de la familia Sáinz de los Terreros, han avisado al dueño del piso. Saben siempre dónde llamar en caso de peligro:

-«Manolo: no vengas a comer. Ven mañana. Hoy no vengas».

Entiende que están registrando su casa. Y llega con toda urgencia, pálido ante la posibilidad de que hayan descubierto al Padre y a los otros. Acaba de jugarse su propia libertad y, quizá, también la vida. Es detenido nada más aparecer. Pero, tal vez por esto, consigue que el registro no sea tan minucioso en las buhardillas y que el pequeño grupo quede a salvo bajo el calor sofocante de este mes de agosto. En esta situación permanecen desde la una hasta las ocho de la tarde. A esta hora, hay orden de cerrar los portales y no cabe esperar ningún registro.

Juan es el primero que baja despacio la escalera y llama en la puerta del piso superior. Abre Mercedes Conde-Luque, una de las hijas de los Condes de Leyva:

-«¿Me daría un poco de agua?»

Está absolutamente cubierto de polvo negro. En la casa ya todos han supuesto que un grupo ha conseguido escapar al registro y se encuentra, todavía, oculto en la buhardilla.

-«Pero, pasa, pasa»

-«Estamos tres arriba»

-«Pues bajad inmediatamente»

Y así se refugian hoy en esta generosa hospitalidad que el Padre agradecerá para siempre. La Condesa les presta ropa de su marido, mientras lava la que don Josemaría y los demás han llevado puesta.

Están casi deshidratados. El Padre, levantando un vaso, comenta:

-«Hasta hoy no he sabido lo que vale un vaso de agua»(6).

Aquí permanecerán dos noches y un día. Pero el lugar no puede ser más peligroso para quien les acoge y para el grupo refugiado. Salen el 1 de septiembre, muy de mañana, uno por uno, eludiendo la vigilancia constante del portero. Pero consiguen llegar hasta la calle sin tropiezos.

De nuevo el Fundador, sin documentación alguna, anda por Madrid esquivando un peligro que puede surgir en cada esquina. Tiene que solicitar hospitalidad de la familia González Barredo, en la calle Caracas. Cuando llega, se encuentra agotado. Apenas puede dar un paso.

Mientras tanto, Alvaro del Portillo ha logrado encontrar un piso desocupado en la calle de Serrano. Allí está escondido con su hermano Pepe. El inmueble es de unos amigos y se encuentra, aparentemente, protegido por la bandera argentina. Unos colores blancos y azules campean sobre una ventana por todo salvoconducto.

Un día, Alvaro tiene la curiosidad, peligrosa, de averiguar si continúa su nombre en la nómina del Ministerio de Obras Públicas. Es una locura salir por Madrid y acercarse a un organismo oficial, pero no lo piensa demasiado. Llega a las oficinas de la Confederación Hidrográfica del Tajo, habla con el encargado y, efectivamente, puede cobrar sus mensualidades atrasadas. Cuando abandona el edificio, pasa cerca de la Plaza de Alonso Martínez. Y piensa: «¡Esto hay que celebrarlo!». No se le ocurre otra cosa que sentarse en la terraza del bar La Mezquita a tomar una cerveza. Cualquiera dedos milicianos que frecuentan el bar puede solicitar su documentación y encarcelarle inmediatamente. Pero sigue allí, a la vista pública, después de haber abandonado su escondite temporal. De pronto, ve acercarse a don Alvaro González, padre de José María González Barredo. Viene corriendo hacia él, nerviosísimo.

-«¡Gracias a Dios que le encuentro! ¿Sabe quién está en mi casa? ¡El Padre! Me ha pedido que le dejase descansar un momento, porque no puede más, no se tiene en pie. Pero resulta que el portero no es de confianza, y si se ha dado cuenta estamos todos en peligro»(7).

Sobre el Fundador pesa más la preocupación constante por todos los miembros de la Obra que su propia seguridad personal. Les recuerda intensamente, uno por uno, durante este tiempo de zozobra. Es imposible celebrar la Santa Misa, pero reza sin descanso. Sufre por la persecución de la Iglesia, por el odio incontrolado que domina las situaciones, por la confusión que reina en el país. No puede conciliar el sueño pensando en aquellos que andan dispersos por refugios, cárceles y campos de batalla. A esto se une el agotamiento físico: carece de alimentos, de ropa, de un techo al que acogerse.

Alvaro no duda un momento:

-«Pues que se venga conmigo».

-«Voy a recogerle enseguida».

Pocos minutos más tarde, Alvaro se encuentra con el Padre. Le lleva hasta el refugio de la calle de Serrano, junto a la Dirección General de Seguridad. Pocos días más tarde llegará, también, Juan Jiménez Vargas.

Durante casi un mes, este grupo vivirá en un obligado encierro. A pesar de las circunstancias, aprovechan bien el tiempo. Trabajan y rezan por la solución de la guerra civil que ha dividido el país en odio inconciliable, por la Iglesia y por la Obra. Piensan en el futuro sin el menor desaliento.

Se acerca el 2 de octubre de 1936. El Padre piensa que, en estos años, Dios le ha enviado un regalo cuando llega el aniversario de la Obra: una vocación, una noticia alegre, un proyecto luminoso… Charlando ahora con Alvaro del Portillo le dice:

-«¿Qué caricia nos tendrá reservada el Señor?» (8).

Y la respuesta no tarda en llegar. Ramón, un hermano de Alvaro, llega a la casa el día 1 de octubre. Viene aterrado por las noticias que ha podido recoger. Están registrando las casas de la familia dueña de este inmueble de la calle de Serrano. Han fusilado ya a seis o siete personas, entre ellas a un religioso. No tardarán en venir hasta aquí. Tal vez es cuestión de momentos.

Años después, Monseñor Alvaro del Portillo recordaría así la reacción del Fundador frente a aquellas noticias:

«Ante el peligro inminente de martirio (…) el alma de nuestro Padre se llenó de gozo con el pensamiento de entregar su vida por Dios; pero al mismo tiempo, el Señor le “dejó solo” por unos momentos y -así lo explicaba nuestro Fundador- vio su debilidad humana, sus pocas fuerzas: entonces sintió un miedo muy grande. Se repuso inmediatamente, y comprendió que toda su fortaleza era prestada, del Señor, y que sin El no podía nada. Entendió que ése era el regalo que el Cielo le hacía en la víspera del aniversario de la fundación de la Obra: la necesidad de confiar en el Señor, y no fiarse de sus fuerzas»(9).

El peligro es inminente, y el Padre y Juan Jiménez Vargas deciden abandonar la casa y buscar otro lugar en el que poder ocultarse.

Días antes se le ha ofrecido a don Josemaría la oportunidad de trasladarse a un refugio seguro. El hallazgo proviene de José María González Barredo, que concierta una entrevista con el Fundador en pleno Paseo de la Castellana. Monseñor del Portillo recuerda así este suceso:

-«Está todo resuelto, para usted».

Saca del bolsillo de su chaleco una de esas pequeñas llaves Yale, y continúa:

-«Basta que vaya usted a tal casa -le da las señas completas-, entra, y se queda allí. Pertenece a una familia amiga mía, que se encuentra fuera de Madrid. El portero es persona de confianza».

-«Pero ¿cómo voy a estar allí solo…?».

Y aquel hijo suyo, sin pensarlo mucho, replica:

-«No se preocupe. Hay allí una sirvienta, una mujer que es también de toda confianza, y que podrá atenderle en lo que necesite».

-«¿Qué edad tiene esa mujer?».

-«Pues veintidós o veintitrés años»(10).

El Fundador mira a este hombre que quizá ha caminado la ciudad entera para buscar un escondite en el que proteger la vida del Padre y le dice:

-«Hijo mío, ¿no te das cuenta de que soy sacerdote y de que, con la guerra y la persecución, está todo el mundo con los nervios rotos? No puedo ni quiero quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor».

Y añade:

-«¿Ves esta llave que me has dado? Pues va a ir a parar a aquella alcantarilla».

Y acercándose al sumidero la deja caer(11).

Después, acude nuevamente al piso de la calle de Serrano donde todavía están Alvaro y Pepe del Portillo. Durante las horas que ha pasado fuera, ha sabido que acaban de fusilar a dos sacerdotes a quienes quería entrañablemente: don Lino Vea Murguía y don Pedro Poveda. Este 2 de octubre ha traído el dolor, que también es, cuando viene de Dios, un presagio de amor.

Poco antes de empezar la guerra civil, don Pedro Poveda hablaba un día con don Josemaría Escrivá de Balaguer sobre la amistad, profunda y sincera, que les había unido siempre.

-«Si nos matan, ¿qué será de nuestra amistad cuando nos encontremos en el Cielo?»(12).

Y comentan que, en la vida eterna, Dios colmará su amistad haciéndola todavía más grande, en el Cielo.

Hoy, la noticia de la muerte de don Pedro Poveda conmueve el corazón del Padre. Y las circunstancias vuelven a ponerle en la calle, expuesto a una detención que puede llegar en cualquier momento.

En los primeros días del mes de octubre don Josemaría, Alvaro del Portillo y José María González Barredo andan vagando por Madrid de una casa a otra sin encontrar asilo seguro. Están agotados. Tienen que descansar sentados en el suelo de la Glorieta de Cuatro Caminos. Un amigo, Eugenio Sellés, les dará nuevo cobijo durante un par de días.

Cada vez que la Providencia le brinda un techo, don Josemaría repite las plegarias litúrgicas de la Santa Misa, aunque no pueda consagrar a causa de la carencia de los elementos materiales indispensables. Lee las oraciones ante el pequeño Crucifijo de un rosario, y pone sobre el ara de su propio corazón el deseo de recibir el Cuerpo y la Sangre de Dios hecho Hombre. Siempre recita el mismo Evangelio, que conoce de memoria: es la escena que narra la llamada a los Apóstoles. Como un grito silencioso vienen a su memoria las playas de Genesaret, y es suya la impaciencia de Cristo por reunir a los hombres para extender el Reino de Dios en la tierra.

Al fin, el Padre puede ocultarse unos días en casa de la familia Herrero Fontana, en la Plaza de Herradores. Alvaro del Portillo es acogido en la Embajada de Finlandia y parece que la situación hace pausa temporal en el peligro. Pero no hay seguridad alguna: el 4 de diciembre un grupo de milicianos asalta la Embajada, y Alvaro es detenido y encerrado en la cárcel de San Antón. Más de mil personas participan de la misma suerte durante estos días. A veces, algunos miembros del Opus Dei van a encontrarse, circunstancialmente, en una celda carcelaria. Así, José María Hernández de Garnica, que está detenido en la cárcel Modelo, se reúne con Alvaro del Portillo después de un traslado al encierro de San Antón. La coincidencia representa un aliento formidable para los dos. De sus corazones, en el patio de la cárcel, sube la oración del Padrenuestro como única arma de victoria. Alvaro y Chiqui recuerdan al Padre, y a todos los de la Obra, y rezan. También Juan Jiménez Vargas ha sido detenido. Vicente Rodríguez Casado, otro miembro de la Obra, debe refugiarse,  precipitadamente, en la Embajada de Noruega.

Urge encontrar un lugar que ofrezca mínimas garantías para acoger al Padre. En esta situación sólo aparece un recurso viable: ingresar en la clínica psiquiátrica del doctor Suils, como si fuera enfermo mental. El padre de este doctor fue médico y amigo de la familia Escrivá en Logroño. Una vez que conoce el problema, arregla los trámites para poder acomodar a don Josemaría en una habitación del sanatorio. Aquí se quedará el Padre, a quien acompañará, dentro de unos días, su hermano Santiago y, más adelante, José María González Barredo.

Unicamente Isidoro Zorzano sigue cruzando las calles de Madrid, y consigue mantener el contacto entre los miembros de la Obra. Las noticias de los frentes de combate son contradictorias. La contienda parece estacionada. Nadie sabe cuánto tiempo ni qué resultados va a tener esta lucha entre hermanos que sigue minando pueblos y ciudades.

Sólo la fe es capaz de mantener en pie a don Josemaría. Sin huir de la dura realidad que le circunda, confía más allá de los límites humanos:

«¿Por qué se levantan los pueblos de la tierra y trazan vanos proyectos?»

«Tú eres mi Hijo. Yo te he engendrado»(13).

Tú eres mi hijo. Ahora necesita especialmente aquella seguridad de filiación divina inconmovible que Dios le hizo saber un día de sol, cuando viajaba en oración, dentro de un tranvía madrileño.

Altos de Carabanchel

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

En el extremo suroeste de la Casa de Campo, en torno al lugar donde está el monumento al Corazón de Jesús está un lugar que se denominaba “altos de Carabanchel”. En este lugar, donde estaba el frente, estuvo san Josemaría durante la guerra civil española.

El motivo fue que el 7 de junio de 1938, uno de los primeros miembros del Opus Dei, el joven arquitecto Ricardo Fernández Vallespín resultó herido por una bomba defectuosa.

San Josemaría fue a verle el 9 de julio de 1938 y se acercó al observatorio que había en la antigua Escuela de Automovilismo de Carabanchel. Allí contempló, con el anteojo de antenas de la batería, las ruinas del centro de la calle de Ferraz, nº 16.

Al verlo desde la lejanía, san Josemaría se echó a reír, abandonándose en las manos de Dios. Cuando un oficial le preguntó por qué se reía le contestó: porque estoy viendo lo poco que queda de mi casa.


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