Un santo de nuestro tiempo

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Un testimonio de Félix Carmona Moreno, O. S. A.
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El 26 de junio, para quienes conocimos a Monseñor Escrivá de Balaguer y para los cientos de miles de personas que se han acer­cado más a Dios mediante su ejemplo y su doctrina, ya no será nunca un día más. Se cumple un aniversario del tránsito al cielo de este hombre de Dios y, a la par que su fama de santidad se extien­de por los cinco continentes, el recuerdo de su presencia física en la tierra remueve en esta fecha singular una deuda de gratitud.

Conocí al padre Escrivá en cl mes de septiembre de 1944, en el Monasterio de El Escorial. Era yo un joven de diecinueve años y estudiaba el segundo curso de Filosofía, como profeso Agustino. Nuestro padre provincial, el padre Carlos Vicuña, que conocía y apreciaba al fundador del Opus Dei, consiguió que nos diera ocho días de ejercicios espirituales, especialmente dirigidos a los profe­sos: sesenta, entre teólogos y filósofos.

Fue una suerte y una gracia muy grande. Creo que conocí a un «santo de altar», a un «santo canonizable». Como él –con tanta firmeza– nos decía que habíamos de ser. El impacto de su extraor­dinaria espiritualidad no se ha borrado con los años. Hice mis apun­tes de cada una de las meditaciones y los he repasado algunas veces. Aún los conservo a lápiz, como los escribí entonces. Lamentable­mente son únicamente un resumen de las ideas acompañado de algunas expresiones suyas. Las anécdotas y ejemplos tremendamen­te gráficos con que ilustraba su exposición doctrinal quedan mas en mi recuerdo que en mis apuntes. Empleaba un estilo directo, muy bíblico, y con interpretación muy práctica de la Palabra de Dios. Solía hablar en singular y ayudaba a fijar la atención con el reclamo al planteamiento personal o el recurso a la anécdota.

Según mis apuntes, nos dedicó tres meditaciones a la santidad. Las anoté con los siguientes títulos: «Necesidad de la santidad»; «La santidad nos la inculca el Espíritu Santo»; «Otro paso hacia la santidad».

Nos hablaba de una santidad recia, viril (como se veía la suya), de un hombre, pero de un hombre lleno de Dios. Nos repetía: «tie­nes que ser santo de altar»; «santo canonizable»; «no para que bus­ques un nicho en el templo…»; «tu vida ha de ser como la de un santo canonizable».

No le gustaban esos libros de espiritualidad sensiblera, ni las vidas de los santos que sólo cuentan maravillas, de tal forma que casi los deshumanizan; muchas veces hechas por autores piadosos, bien intencionados, que escribían en su celda, mirando a las cuatro paredes, sin buscar informes… «También los santos tenían defectos y tenían que luchar…». «A veces nos cuentan algunas fábulas y extra­vagancias de ciertos santos, las cuales suelen ser buenas mentirotas». «No les hace falta a esos santos tales casos como no mamar los viernes por penitencia, cuando eran niños de pecho…».

Destacaba la importancia de las cosas pequeñas, o mejor, de la virtud en las cosas pequeñas. «Se nos pide ser santos; pero no hacer milagros ni cosas extraordinarias…, basta saber sobrenatu­ralizar los actos ordinarios y, si lo los haces bien, no es poco».

Cuando la Santa Iglesia Católica se ve removida por la acción del Espíritu Santo y surgen, a impulsos del Concilio Vaticano II, iniciativas por doquier que alimentan la santidad de los cristianos, estos recuerdos, para mí inmensamente satisfactorios, me hacen sentir la fuerza de aquella personalidad espiritual, cristiana y sacer­dotal de Monseñor Escrivá de Balaguer y me provocan un santo orgullo por haberle conocido.

No se me borra la figura –alto, sereno, espiritual, alegre, que tenía un no sé qué– de aquel sacerdote de virtud atrayente por auténtica.

Sé que su tumba, en este año transcurrido, ha sido visitada por millares de católicos de todo el mundo. No me sorprende que cada vez se recurra más a su intercesión en busca de alivio para las pena­lidades espirituales o físicas. Es –desde el cielo la misma labor que ocupó su vida entera: hablar a todos de que hemos de ser «santos canonizables», «santos de altar», cada uno en su sitio y sin hacer cosas extraordinarias. O mejor buen ejemplo es su vida haciendo extraordinario, al llenarlo de Amor de Dios, lo que muchos con­sideran sin valor: la ocupación «ordinaria» de cada día.

Confianza, lealtad, gratitud

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

La amistad del Fundador del Opus Dei rebosó siempre humanidad, detalles delicados y cordiales, capaces de superar la lejanía o la ausencia prolongada. Lo señalaba Juan Antonio Iranzo, compañero suyo de estudios en la Universidad de Zaragoza. Muchos años después, también en Zaragoza, asistió a la Misa en la que dio la Primera Comunión al hijo de otro viejo amigo, Juan Antonio Cremades. Al terminar “me vio, y dejó a los niños diciendo: Tengo que estar con este compañero mío que hace muchos años que no veo. Y estuvo conmigo en una salita unos veinte minutos. Cada vez que yo le insinuaba que muchos le esperaban, me decía: Éstos me tienen siempre, en cambio nosotros sólo nos vemos muy de vez en cuando”.

Monseñor Avelino Gómez Ledo, que vivió en 1927 en la Residencia sacerdotal de la calle Larra de Madrid, aporta uno de esos detalles típicos de buena amistad: celebraba él su santo en la fiesta de San Andrés Avelino, poco conocido en España, y ese día “Mons. Escrivá era el único en felicitarme cariñosa y sobrenaturalmente”.

Pero no era sólo cuestión de temperamento, o buena memo­ria. Monseñor Escrivá de Balaguer fue así, entre tantas razones, porque sabia confiar en los demás. Y ha transmitido este criterio a todos los que tienen alguna misión de gobierno dentro de la Asociación: el Opus Dei funciona a base de confianza. Es una realidad derivada de que su Fundador se fió siempre de todos cuantos trató. No teorizaba cuando aconsejaba a los padres de familia que no diesen jamás la impresión a sus hijos de que desconfiaban de ellos, que era preferible dejarse engañar alguna vez, pues la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre.

Podía dar estos consejos porque ya los había puesto en práctica. De hecho se fiaba más de la palabra del amigo, o del socio del Opus Dei que del testimonio unánime de cien notarios, como solía afirmar con frase gráfica. Él, que aconsejó siempre a los padres de familia que procurasen hacerse amigos de sus hijos, lo vivió hondamente como Fundador y como padre que era, dentro de la numerosa familia del Opus Dei. Al contemplar este rasgo de su amistad, es imposible no pensar con él en las palabras de Jesús a los Apóstoles en la última Cena, vos autem dixi amicos ‑”os he llamado amigos” (Ioann., XV, 15)‑, que compendian el sentido humano y divino de la Redención.

Muchas veces le preguntaron cuál era la virtud humana que más le gustaba, la más importante. Solía responder que la sinceridad. Al mismo tiempo, y más en los últimos años, como un ritornello, enalteció la lealtad: porque, ¿cómo ser leal, fiel a Dios, si no se saborea la delicia de la lealtad humana, de la .fidelidad a los demás?

Cuando de la amistad se trata, la lealtad es inseparable del agradecimiento. Mons. Escrivá de Balaguer daba gracias a Dios por todo, etiam pro ignotis, también por los beneficios descono­cidos, los que el Señor le hubiera hecho y no alcanzase a ver.

Y daba gracias también a los hombres. Nada de extraño tiene que fuese especialmente agradecido con los que le ayudaron en los comienzos del Opus Dei o cuando arreciaban las dificultades.

Poco después de la guerra de España, dio los primeros pasos para comenzar la labor del Opus Dei en Bilbao. Don Álvaro del Portillo y don Pedro Casciaro hicieron algunos viajes, y encontra­ron un clima tenso. Flotaban en el ambiente las secuelas de serios ataques personales contra el Fundador del Opus Dei, que trataban de prevenir a la gente contra la Obra. Muchas puertas se cerraron entonces. En cambio, la Viuda de Ibarra, Carito Mac Mahon, actuando con su habitual señorío, le abrió su casa y confió en él. Mons. Escrivá de Balaguer no lo olvidó nunca: cualquier ocasión era buena para tener algún detalle especial con esa familia. La Marquesa de Mac Mahon da fe en 1975 de que “era especialmente agradecido, porque siempre recordaba con agradecimiento excesivo lo poco que yo y los míos hicimos con él en aquellas épocas en que no era conocido, ni tampoco la Obra”.

El P. Garganta, O.P., vio los comienzos del apostolado del Opus Dei en Valencia, antes de conocer personalmente al Fundador. Su primera relación la tuvo a través del Provincial de los Dominicos de Filipinas, Padre Tomás Tascón, que estuvo un día en Valencia, y le dijo: ‑El Padre Escrivá me ha pedido que le diga estas palabras: Padre Garganta, estoy muy agradecido y muy contento con lo que hace por mis muchachos; un abrazo de hermano. En el verano de 1975, el P. Garganta confirma: “El Padre era muy agradecido por lo que yo podía hacer por él y por sus hijos; quizá me lo agradeció más de la cuenta porque era generosísimo, y yo lo hacia con una buena voluntad incon­mensurable”.

Su gratitud no era sólo cortesía: una palabra que se dice y luego se olvida. Al contrario, el Fundador del Opus Dei seguía agradeciendo, muchos años después.

En 1943 se instaló la Residencia de estudiantes de la Moho loa. El Fundador de la Obra conocía a la Madre General de las, Religiosas del Servicio Doméstico, y acudió a ella para ver si le podía proporcionar alguna chica que trabajase en la nueva Residencia. Le atendió la Madre Carmen Barraza, en ausencia de la Madre General. Recientemente la Madre Barrasa significaba que Mons. Escrivá de Balaguer no había olvidado aquel detalle, y había asistido a la ceremonia de beatificación de su Fundadora (Roma, 1950), y que, además, había dispuesto que asistieran también las empleadas del hogar, asociadas del Opus Dei, que había entonces en Roma. Por la tarde de aquel día, se presente: en su Casa General para felicitarlas personalmente, con una buena caja de bombones, como manifestación de la estima que les tenía.

También atestigua la gratitud de Mons. Escrivá de Balaguer don José María García Lahiguera, que en su época de Directo espiritual del Seminario Mayor de Madrid le confesó semanal­mente entre 1940 y 1944. “Siempre, de un modo delicado y con obras, demostró su agradecimiento hacia mí, por administrarle, durante aquellos años, el Sacramento de la Confesión”.

Ejemplos de este estilo pueden multiplicarse. En el capítulo segundo, se aludió a la Misa que celebró en Andorra, después de Misa impresio­no mucho a mosén Pujol Tubau que, como vimos, fue e sacerdote que le facilitó todas las cosas para celebrar. Cuando mosén Pujol ordena sus recuerdos del Fundador del Opus Dei, se refiere a cómo vivió la amistad, con lealtad y agradecimiento, ~ ‑esto también le admira‑ cómo supo inculcarla a los socios de la Obra: “Poco podía imaginar que de aquel breve encuentro en Andorra, con aquella riada constante de refugiados, fuera a establecerse un trato tan afectuoso y permanente como el que mantengo con los socios del Opus Dei”.

Desde aquellos días de diciembre de 1937 mosén Pujol y el Fundador de la Obra siguieron en contacto con las tradicionales felicitaciones de Navidad y las onomásticas. En abril de 1944, con motivo 3e la consagración en Zaragoza de don Ramón Iglesias Navarri como Obispo de Seo de Urgel, mosén Pujol

acudió a la capital aragonesa en su calidad de arcipreste de Andorra. En la recepción previa a la ceremonia, pudo comprobar el buen recuerdo, el leal agradecimiento que don Josemaría tenía, porque, al ser presentado al futuro obispo, éste le dijo que le habían hablado muy bien de él, y que había sido don Josemaría Escrivá: “A mí me sorprendió al momento, pensando cómo podría acordarse don Josemaría de un sacerdote al que había tratado tan poco, pero después he comprendido que tanta afabi­lidad era consecuencia de un profundo sentido de la amistad”.

Especial gratitud guardaba para sus maestros. Siempre tuvo para ellos pruebas de afecto y reconocimiento. Más de una vez elogió en público a su profesor de química en el Bachillerato. Lo ponía como ejemplo de hombre ordenado, que, cuando hacía en clase un experimento, apenas acababa de usar una probeta o un tubo de ensayo, limpiaba todo ‑también los estantes‑ y dejaba cada cosa en su sitio. El Fundador del Opus Dei comentaba que ese ejemplo fue uno de los caminos que utilizó el Señor para enseñarle a poner cuidado en hacer bien hasta las cosas más pequeñas.

Don Miguel Sancho Izquierdo fue profesor suyo en la Facul­tad de Derecho de Zaragoza. Con los años sería Rector de esta Universidad, muy vinculada ‑por tantas razones‑ a la de Navarra. De hecho, los dos primeros doctores honoris causa de la Universidad de Navarra, de la que Mons. Escrivá de Balaguer era Gran Canciller desde su erección jurídica, se confirieron a dos rectores de Zaragoza, don Juan Cabrera y Felipe y don Miguel Sancho Izquierdo. El acto académico de investidura se celebró el 28 de noviembre de 1964, y en su discurso el Gran Canciller de la Universidad de Navarra manifestó su particular honro de alegría ante el galardón que recibía su maestro: me honro de haber sido su alumno en las aulas cesaraugustanas.

El agradecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer le sirvió también para vivir la justicia con rasgos de acusada generosidad. Especialmente la sentía ‑y la vivía‑ cuando se trataba de la retribución de quienes trabajaban junto al Opus Dei en las labores apostólicas promovidas por la Obra. Siempre le preocupó que esas personas estuvieran bien pagadas, haciendo todo el esfuerzo necesario para conseguir medios económicos en tareas de suyo casi siempre deficitarias.

Fue auténtico Padre, y en más de una ocasión dijo que admiraba el buen paternalismo, porque a su corazón cristiano le resultaba insuficiente el frío cumplimiento de la justicia. Nunca aceptó, por ejemplo, que la enseñanza fuese gratuita en las obras apostólicas promovidas por el Opus Dei en el terreno docente: su idea era que los alumnos pagasen algo ‑aunque fuese lo que suelen gastar en el tranvía, dijo alguna vez de modo muy expresivo‑, para que tuvieran conciencia de su derecho pudieran reclamarlo si fuera el caso… Y, a la vez, quería que los profesores y los empleados tuvieran bien reconocidos todos sus derechos, y organizado el oportuno descanso, también para que pudieran trabajar con orden y eficacia.

Como un caso entre cientos, narra Encarnación Ortega que en 1945 se marchó de la Residencia de la Moho loa la cocinera, porque tenía bastante edad y el trabajo de aquella residencia era excesivo para ella. Mons. Escrivá de Balaguer indicó expresa­mente que se tuvieran con ella las máximas atenciones, y se le diera una gratificación generosa. Su agradecido modo de ser hizo que nunca se limitase a cumplir estrictamente ‑estrechamente­- deberes de la justicia.

Otra manifestación de su sentido de la amistad ‑detalle muy significativo en nuestros días‑ es que siempre supo tener tiempo para los amigos, para estar junto a ellos, especialmente en los momentos difíciles. Don Antonio Rodilla, muchos años Vicario General de Valencia, Rector del Seminario Archidiocesano y Director del Colegio Mayor San Juan de Ribera en Burjasot. amigo dei Fundador del Opus Dei desde los años treinta, traza en una carta a un sacerdote de la Obra el amplio cuadro de amabilidades y delicadezas que tuvo con él y con su familia: desde el consuelo en situaciones íntimas muy dolorosas, hasta la presencia física en el entierro de su madre.

Algún día, con paciencia, se podrán calcular las muchas horas que empleó invitando a comer a esos múltiples amigos suyos, con ‑la frase es de Camino, 974‑ la vieja hospitalidad de los Patriarcas, con el calor fraterno de Betania.

Y, por último, las cartas. También hará falta mucha pacien­cia investigadora para reconstruir la correspondencia del Funda­dor del Opus Dei. Escribió miles de cartas, que eran prolonga­ción desde la lejanía de una amistad hondamente sentida.

No dejó de escribir ni siquiera durante los años de la guerra de España, en los que la censura postal hacía arriesgado el correo. La amistad ‑el cariño‑ conoce mil recursos. Fue entonces cuando comenzó a firmar Mariano, uno de los cuatro nombres que le impusieron en la pila bautismal, y en el que se reflejaba también su devoción a la Virgen. Sus cartas de aquellos años están llenas de nombres convenidos, de imágenes tomadas de la vida familiar, que sorteaban los riesgos de la censura de las dos zonas en que estuvo dividido el país entre 1936 y 1939. Muchos han sido los que han testimoniado su alegría y agrade­cimiento cuando, en los frentes de guerra, recibían periódica­mente las noticias del Fundador del Opus Dei, que les alentaba a seguir en la brecha de otras peleas: su lucha interior, su afán apostólico, su preocupación por los demás, la reconstrucción de sus vidas, para seguir haciendo una cristiana siembra de paz cuando terminase el conflicto.

Prólogo

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Este amplio reportaje sobre el Opus Dei es una pequeña contribución a una deuda personal de gratitud hacia esta apasionante realidad cristiana de nuestros días. En 1958 contraje matrimonio mixto en Londres con una señorita británica de religión anglicana. Once años después, cuando teníamos ya cuatro hijos y me encontraba ausente de Madrid por motivos de trabajo, mi mujer abrazaba la fe católica, en pleno ejercicio de su libertad. El paso, desde luego, no fue cosa de un día, sino el desenlace de un difícil proceso que pude seguir muy de cerca: Dios se había servido del Opus Dei para llevar a término, con verdadero derroche de gracia humana y divina, este proceso hacia la plenitud de la fe cristiana, para mí tan entrañable.

No hace falta decir, por tanto, que estas páginas están escritas con conocimiento de la realidad del Opus Dei. Después de consultar la bibliografía existente sobre la Obra, he acudido a los testimonios directos. En estas páginas el lector encontrará declaraciones de gentes muy distintas –unas del Opus Dei, otras no sobre la Obra.

Ultimada la primera redacción de este reportaje, falleció en Roma de improviso Mons. Escrivá de Balaguer. La noticia provocó en todo el mundo infinidad de artículos y comentarios sobre la vida y la Obra del Fundador del Opus Dei, que ocuparían bastantes libros como éste. En la primera edición incluí testimonios de la prensa internacional. En esta segunda edición doy amplia noticia de los sucesos ocurridos en estos años: las declaraciones de la Santa Sede sobre el Opus Dei, la rápida extensión por todo el mundo de la devoción privada al Fundador de la Obra y el comienzo de su Proceso de Beatificación y Canonización.

Desde la primera edición de este libro ha tenido lugar otro acontecimiento de notable importancia: Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal el 28.XI.82. El Papa llevó así a la práctica la nueva figura jurídica contemplada por el Concilio Vaticano II, y desarrollada en documentos posteriores por Pablo VI. Con la Constitución Apostólica Ut sit, Juan Pablo II nombró también Prelado del Opus Dei a Mons. Alvaro del Portillo, quien trabajó siempre inseparablemente unido a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

Quiero agradecer aquí la inestimable colaboración de los que han realizado las entrevistas, tomadas de la prensa muchas de ellas, así como la de todos los autores que cito en el texto, por el formidable y exacto material escrito que me brindaron.

Devoción y amor a Maria en CAMINO.

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16 José María Escartín

El amor a María en «Camino»

«La verdadera devoción no consiste en un sentimentalismo estéril y transitorio ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes» (LG, n. 67). La Constitución Dogmática Lumen Gentium, rubricada por Pablo VI, recordaba con estas palabras la verdadera devoción mariana. El capítulo VIII de esta Constitución, dedicado a «la Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia», ofrece un resumen doctrinal de las verdades de fe sobre la Virgen y de los fundamentos del culto a la Madre de Dios.

Muchos años antes Camino, de Mons. Escrivá de Balaguer, trataba, en el capítulo dedicado a la Virgen y en otros puntos dedicados a la Madre de Dios, de algunos aspectos de la devoción a María que décadas más tarde reafirmaría la doctrina conciliar. Puede decirse que lo que el Concilio enseña en el plano doctrinal, Camino lo presentaba como una invitación práctica al amor a la Madre de Dios: un amor que se manifiesta como súplica, como culto, como imitación de Santa María.

Mons. Escrivá de Balaguer alentaba en Camino a ese encuentro personal con Jesús y con su Madre; y fruto de ese encuentro es un cambio de vida, un compromiso mayor en la fe, un seguimiento más fiel del Evangelio. No se limita por tanto a enumerar las verdades de fe sobre Santa María: no es ése su objetivo. Cada punto, cada consideración, desea provocar, apoyándose en cada una de esas verdades, un deseo eficaz en el alma de rendir homenaje a la Madre de Dios, un afán de petición, de alegría, de seguir sus pasos —humildes, discretos, decididos— tras su Hijo Jesús. En una palabra: llevan a amar —amando todas sus prerrogativas y virtudes— a la que es Señora nuestra y Madre, Hija y Esposa de Dios.

Elementos de la verdadera devoción a María

El Concilio enumera tres rasgos fundamentales de la verdadera devoción a María, que encontramos también en Camino, como fruto de la recta doctrina y de la experiencia personal en el amor a María del autor. Son:

a) el reconocimiento de su excelencia como Madre de Dios;

b) el amor filial hacia la que es Madre nuestra;

c) la imitación de sus virtudes.

No son elementos que puedan darse por separado: se encuentran mutuamente implicados y se exigen unos a otros. De ellos se derivan y en ellos están implícitos algunos aspectos que la propia Constitución desarrolla y aclara: la búsqueda de su intercesión, la súplica a la que es Madre, precisamente porque lo es; el deseo de honrarla con alegría y agradecimiento por estar por encima de toda criatura; el cuidado de las manifestaciones de culto —expresión de confianza y amor— recomendadas por la Santa Madre Iglesia a lo largo de los siglos, la confianza en su condición de Medianera de todas las gracias y de intercesora universal de las necesidades de sus hijos.

Camino, en sus puntos dedicados a la Virgen, esboza también esos elementos. Además, por su tono vibrante y su estilo incisivo y directo, la intimidad con Santa María se comunica a todos los lectores.

Excelencia de María, como Madre de Dios

«… Está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la Madre de Dios Hijo, y por eso Hija predilecta de Dios Padre y sagrario del Espíritu Santo; con el don de una gracia tan extraordinaria aventaja con creces a todas las criaturas, celestiales y terrenas.»

Así expone la Const. Lumen Gentium, en su número 53, el fundamento de la excelsa dignidad de María. Y así la expresa Camino en el punto 496: «¡Cómo gusta a los hombres que les recuerden su parentesco con personajes de la literatura, de la política, de la milicia, de la Iglesia!… —Canta ante la Virgen Inmaculada, recordándole: Dios te salve, María, hija de Dios Padre: Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo: Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo… ¡Más que tú, sólo Dios!»

Al comparar ambos textos se observa que con el mismo contenido se alcanzan objetivos distintos, aunque complementarios: en el primero, la enunciación doctrinal de la maternidad divina y la consiguiente excelencia de María frente a todo lo creado; en el segundo, el contenido de esta verdad se convierte en un modo de honrarla, en un motivo de alegría y en una ocasión de permanente sorpresa para quien está hablando con tanta intimidad con la Madre, Hija y Esposa de Dios. La expresión doctrinal de una gran verdad queda transformada en oración, fuente de alegría e intimidad personal, homenaje emocionado y recuerdo afectuoso y agradecido de las grandes verdades que hacen a María ser quien es.

Inmediatamente después, el documento conciliar recuerda que la Santísima Virgen «… está unida, en la estirpe de Adán, con todos los hombres que necesitan de salvación; y no sólo eso, “sino que es verdadera madre de los miembros (de Cristo), … por haber cooperado con su amor a que nacieran en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza” (San Agustín, De S. virginitate 6: PL 40.3999). Por ese motivo es también proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad y a quien la Iglesia Católica, instruida por el Espíritu Santo, venera como a madre amantísima, con afecto de piedad filial» (LG, n. 53).

En Camino se recuerda esta dulce y espléndida realidad al comienzo de uno de sus puntos (n. 497): «Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos títulos— (…)». Una vez más se convierte en oración, en palabras dirigidas a Ella, un contenido doctrinal bien preciso, de paso que se dejan a la ponderación personal los muchos títulos por los que se la llama madre. Esas palabras —Madre mía— se hacen espontáneamente expresión de asombro, gratitud o alegría, de súplica, de confianza y, sobre todo, de amor.

Consecuencias de la maternidad espiritual de María

La mayoría de las consideraciones de Camino sobre la Santísima Virgen son consecuencias derivadas de esta maternidad, verdad que está en el origen de las demás y que a todas abraza y justifica. Consecuencias que, en resumen, son: desde María, su condición de medianera, de intercesora; desde los hijos, la incesante petición, la confianza, la intimidad y el trato, la gratitud, los distintos modos de expresión de nuestra filiación; y, por último, para Madre e hijos, el amor que, en los hijos, antes o después se ha de manifestar en el limpio empeño no sólo de tratarla, sino de imitarla, de darle la alegría de parecerse a Ella, que enseña —desde su condición de criatura— cómo imitar a Jesús, único Modelo.

En ningún momento pretende Camino una exposición sistemática ni de las verdades en torno a Santa María ni de las consecuencias ascéticas que, para la vida cristiana, se derivan de ella. Las consideraciones nacen de la pluma de su autor sin un orden aparente, pero, como en los buenos cuadros, el resultado es un fiel retrato, un estupendo paisaje de la relación de la Madre con sus hijos. El autor de Camino buscaba siempre, en su predicación, afianzar la piedad doctrinal, fundar sólidamente el trato filial con Dios Padre y con María Santísima en la verdad, en el conocimiento reflexivo de la Palabra revelada y en un consecuente sentido del deber. A la vez, su exposición de las verdades de fe urgía la práctica de la vida cristiana y la firme y fervorosa adhesión del cristiano a Dios Padre, a Jesucristo, al Espíritu Santo y a Santa María, como resultado del vigoroso y gratificante encuentro con la Verdad y con sus exigencias.

Los puntos de Camino que hablan de María y facilitan el diálogo con Ella, fundados en esa recta doctrina, están transidos de la poderosa energía que los hace aptos para fomentar el trato con la Madre, la firme decisión de imitarla, el deseo nunca del todo cumplido de aprender a quererla.

María, Medianera

La doctrina del Concilio resume la consoladora verdad de la intervención maternal de María en nuestras vidas de la siguiente manera: «… Asunta a los Cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta ser conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora…» (LG, n. 62).

Esta misma verdad queda brevemente resumida en Camino: «A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María» (n. 495).

Otros puntos que luego irán saliendo consideran distintas consecuencias de esta mediación maternal de María: espíritu de plegaria, confianza e insistencia en la petición, búsqueda de refugio ante el peligro y de fortaleza en la lucha, obtención de gracia, etc. Pero esta breve frase nos muestra a María como medianera y como camino que conduce y reconduce a Cristo, pues como Madre consigue gracias en favor nuestro para recorrer el camino que va hacia Dios y para volver a hacerlo si nos paramos o nos caemos, con esa paciencia tan específicamente maternal ante la torpeza del hijo pequeño; y junto con las gracias que para nosotros pide, su sola presencia es un permanente estímulo para contar con Ella, para que sea a Ella a quien se tiende la súplica, la mirada y las manos a la hora de iniciar o continuar el camino. Mediación, pues, para pedir y recibir de su Hijo Jesús las gracias, y mediación para recibir y atender nuestras peticiones y para animarnos a ser constantes en ellas. Medianera porque con Ella se va hacia Cristo, porque con Ella se vuelve a ir, si se interrumpió la marcha; medianera, también, porque, por María y a través de Ella, nos viene la gracia de Jesucristo, Hijo de Dios y de sus entrañas. Estar unido a María es medio seguro de llegar: «Sé de María y serás nuestro» (n. 494).

Dos gestos filiales

En el texto conciliar antes citado se recogían dos manifestaciones que la Iglesia espera implantar en el corazón de sus hijos, en razón de la maternidad medianera de Santa María: la ilimitada confianza en su intercesión («… con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna») y, como una consecuencia, el espíritu filial de plegaria («… la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora. Socorro…»).

A lo largo de Camino quedan uno y otro rasgo abundantemente recogidos, de diversas formas y por distintos motivos. «Confía. —Vuelve. —Invoca a la Señora y serás fiel» (n. 514).

«Si se tambalea tu edificio espiritual, si todo te parece estar en el aire…, apóyate en la confianza filial en Jesús y en María, piedra firme y segura sobre la que debiste edificar desde el principio» (n. 721).

«Estás lleno de miserias. —Cada día las ves más claras. —Pero ,no te asusten. —El sabe bien que no puedes dar más fruto. Tus caídas involuntarias —caídas de niño— hacen que tu Padre-Dios tenga más cuidado y que tu Madre María no te suelte de su mano amorosa (…)» (n. 884).

«No estás solo. —Lleva con alegría la tribulación. —No sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad. —Pero… ¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos? —No estás solo: María está junto a ti» (n. 900).

En estos puntos, Camino quiere despertar la confianza filial en María. Una confianza que va más allá de la mera seguridad en que María escucha nuestras súplicas, incluso en que las atiende. Es una confianza más honda, más sobrenatural y más comprometedora: es la confianza en que Ella está con todos sus hijos a la hora de hacer de la vida una imagen fiel de la de Cristo, y que vale la pena esta batalla —con victorias y derrotas— contra sí mismo. Lleva a confiar en la Maternidad espiritual de María, que atiende, en primer lugar, las necesidades de sus hijos de cara a la santidad.

Esa confianza, recuerda Camino, se hará tanto mayor cuanto más intensamente se reconozca y acepte la propia pequeñez. Esta infancia espiritual, tan abiertamente querida y predicada por Mons. Escrivá de Balaguer, tiene como uno de sus más firmes puntos de apoyo, el cultivo de esta relación de confianza filial y de trato con María. Y es que así como resulta difícil seguir siendo o hacerse niño en la soledad o en un distanciamiento despegado de la madre, su proximidad y trato mantienen y acrecientan ese sentido de pequeñez del niño chico que, sin embargo, no echa en falta nada de lo que es propio de la edad adulta, pues lo obtiene con más facilidad, con más prontitud, a través de la madre, por un solo motivo: porque él, al ser tan pequeño, nunca podría conseguirlo con sus solas fuerzas.

La consecuencia más inmediata y la reacción más espontánea del buen cristiano es acudir en demanda de ayuda, en petición constante de gracia a la Madre, María. Esa petición no interesada ni egoísta irá acompañada del otro gesto, la confianza, propia de los hijos. Es una súplica de gracia, de perdón, de santidad, de fuerza para imitar a Cristo, de alegría a la hora de servirle. «Todos los pecados de tu vida parece como si se pusieran de pie. —No desconfíes. —Por el contrario, llama a tu Madre Santa María, con fe y abandono de niño. Ella traerá el sosiego a tu alma» (n. 498).

«La Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, aquietará tu corazón, cuando te haga sentir que es de carne, si acudes a Ella con confianza» (n. 504).

«Antes, solo, no podías… —Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil!» (n. 513).

«¿Que por momentos te faltan las fuerzas? —¿Por qué no se lo dices a tu Madre: “consolatrix afflictorum, auxilium christianorum…, Spes nostra, Regina apostolorum”?» (n. 515).

«Otra caída… y ¡qué caída!… ¿Desesperarte? No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor Misericordioso de Jesús. —Un “miserere” y ¡arriba ese corazón! —A comenzar de nuevo» (n. 711).

Y de paso que enseña a pedir —como piden los niños, lo que piden los santos—, Camino honra a la Virgen con hermosos nombres con que la Iglesia y su liturgia llaman a María, y que son otros tantos motivos para la confianza y la petición; Madre, Virgen Santa, Señora, Consoladora, Auxilio, Esperanza… Esos nombre subrayan lo que hay en María de fuerza, de protección, de seguridad gozosa, optimista, de cara al único empeño propio del hijo de Dios: ser santo y sembrar santidad.

Amor de Madre y amor filial

El amor de la Madre a los hijos y de los hijos a la Madre es la expresión y el fruto más connatural de las relaciones materno-filiales. Saber que Santa María nos quiere con amor intenso de Madre y que la medida de ese amor es, en cierto modo, su propio Hijo, que por amor a nosotros se entregó en la Cruz, crea en el cristiano un deseo de gratitud y de seguridad, al sentirse en el regazo de un amor tan grande. A la vez, mueve al cristiano a la correspondencia y a devolver amor por amor, agradecido de poderla querer y de que haya hecho tan fácil este prodigio: querer como hijos a quien es Madre de Dios. Es, como se recordará, el segundo elemento que, con palabras del último Concilio, recordábamos como constitutivo del verdadero culto a Santa María: «Amor filial hacia la que es madre nuestra».

Camino nos habla del amor maternal de la Virgen y nos lleva junto a Ella, al pie de la Cruz. En el Calvario, en honor del Padre, en desagravio por nuestros pecados, por amor a sus hijos pequeños, libremente y en medio de su inmenso dolor, entrega a su Hijo, y se une a su sacrificio, haciendo, además, suyos todos los dolores de Cristo. «La Virgen Dolorosa. Cuando la contemples, ve su Corazón: es una Madre con dos hijos, frente a frente: El… y tú» (n. 506).

En tan breves líneas, Camino invita a la contemplación de la libertad del gesto de María; de su corazón generoso de Madre; del dolor por su Hijo en la Cruz que la hace Corredentora. Ninguna imposición o necesidad la obliga a estar allí, sufriendo por encima de todo sufrimiento. El motivo que la impulsa a elegir libremente el sufrimiento junto a su Hijo es el amor al Hijo y a los otros hijos. Y es por esa misteriosa «preferencia» por los más necesitados, por lo que acepta entregar a la muerte al primogénito, para que nazcan a la gracia todos los demás: «… dos hijos, frente a frente: El… y tú».

Sin decirlo expresamente, Camino está proclamando de modo elocuente que María nos ama, con amor de Madre, por encima de toda medida. Su dolor por la muerte de Jesús es la declaración de amor a cada uno de sus demás hijos.

Un amor materno que se afina e intensifica más, si cabe, por ir dirigido a hijos necesitados, llenos de limitaciones. Un amor salvador; tan propio de toda madre hacia sus hijos torpes. Todo parece indicar que Dios, a la hora de manifestarnos su amor, lo hizo con expresiones fáciles de entender por los hombres: la Humanidad Santísima de Cristo, en su Nacimiento, Vida, Pasión y Muerte, y el Corazón amoroso de una Madre que se alegra y sufre de continuo junto a Jesús por nosotros: «¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha» (n. 516).

Y como respuesta al amor de María por sus hijos, el amor de éstos a su Madre. Camino lo presenta como viento que ahuyenta indiferencias y tibiezas: «El amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza» (n. 492).

O como fortaleza que hace llevadero el sacrificio, y es motivo de alegría al compartir la Cruz. El amor a Santa María facilita la respuesta positiva a la invitación de Cristo a cada cristiano a ser corredentor y a sacar adelante la tarea que la voluntad de Dios ha encomendado a cada uno. «Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos títulos—, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús» (n. 497).

O como criterio de catolicidad, como signo y garantía de buen espíritu, de pertenencia a la familia sobrenatural que forman Dios y los hombres con María como Madre: «El amor a la Señora es prueba de buen espíritu, en las obras y en las personas singulares. —Desconfía de la empresa que no tenga esa señal» (n. 505).

En estos puntos que invitan a amar a María, Camino está lejos de promover un amor sensiblero —caricatura del verdadero amor—; un refugio para blandos de corazón que buscasen en él un cómodo consuelo, una huida ante las dificultades, una excusa para recostarse mientras se dan en el mundo tantas batallas. Por el contrario, el amor que suscita Camino, sin perder un ápice de la ternura propia de amor de hijo, es amor fuerte, respuesta adecuada al que Ella nos ofreció desde la Cruz, amor de hijo que tiende a expresarse, sobre todo, en el enérgico cumplimiento de la voluntad de Dios, en la fidelidad a sus planes. Es un amor que encierra el elemento más propio del auténtico amor: el olvido de uno mismo, el deseo de hacer lo que quiere aquel a quien se ama, la alegría de alegrar… Ese amor tiende a llevar el corazón al amor de Dios, a Cristo. No es absorbente ni excluyente: es el amor que facilita el tránsito al amor a Cristo, a su Cruz, a su Voluntad.

Una realidad tan bella como María, con esa verdad tan enriquecedora para la vida humana que es su maternidad sobrenatural, es propuesta por Camino —no podía ser menos— como uno de los motivos de gratitud más queridos al corazón del hombre: «Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. (…) Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. (…) Dale gracias por todo, porque todo es bueno» (n. 268).

Si es cierto que todo lo bueno es motivo de gratitud, el mayor grado de bondad suscita un mayor agradecimiento. Al mencionar, entre otros motivos para dar gracias a Dios, la presencia de una Madre —¡y qué Madre!— en la economía de la salvación, Camino sugiere una de las mayores razones de gratitud, pues es uno de los mayores dones gratuitamente recibidos.

Culto, prácticas de piedad y devociones

Por ser el hombre carne y espíritu necesita expresar visiblemente sus sentimientos, acogerse a formas concretas, tangibles, que manifiesten su indigencia, su alegría, su respeto, o su amor. Esta necesidad se ha hecho sentir a lo largo de toda la historia y en los campos más diversos. También en sus relaciones con Dios. Atendiendo a este modo de ser del hombre, el Señor, por ejemplo, instituye los sacramentos —realidades sensibles que expresan y producen otras invisibles—. La Iglesia va acuñando, recomendando y consagrando modos concretos de manifestar la piedad de los fieles tanto para expresarla como para excitarla. Así se originan diversas formas de culto. Las devociones, en íntima conexión con la liturgia, buscan mover a los hombres a la piedad y dar cauce a su necesidad de expresarse como criaturas libres y a la vez dependientes del Creador, a cuyo Amor corresponden de modo acorde a su naturaleza.

El documento conciliar (LG, n. 67) anima a los fieles a practicar de modo especial las devociones marianas: «El Santo Concilio enseña… a todos los hijos de la Iglesia que fomenten con generosidad el culto a la Santísima Virgen…; que estimen en mucho las prácticas y los ejercicios de piedad hacia Ella recomendados por el Magisterio en el curso de los siglos y que observen escrupulosamente cuanto en los tiempos pasados fue decretado acerca del culto a las imágenes de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos.»

Muchas son las manifestaciones de piedad mariana expresamente recogidas y recomendadas por Camino. Por su profunda raigambre entre el pueblo fiel, y por haber sido aprobadas y profusamente difundidas por el Magisterio de la Iglesia, señalaremos tres:

a) Las imágenes piadosas de Santa María, como instrumento sensible para avivar el amor a la Madre y realidad visible que recuerda la necesidad de ser fiel: «Emplea esas santas “industrias humanas” que te aconsejé para no perder la presencia de Dios: jaculatorias, actos de Amor y desagravio, comuniones espirituales, “miradas” a la imagen de Nuestra Señora…» (n. 272). «Cuando te preguntaron qué imagen de la Señora te daba más devoción, y contestaste —como quien lo tiene bien experimentado— que todas, comprendí que eras un buen hijo: por eso te parecen bien —me enamoran, dijiste— todos los retratos de tu Madre» (n. 501).

b) El escapulario del Carmen, realidad visible que recuerda plásticamente la protección maternal de María sobre sus hijos: «Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. —Pocas devociones —hay muchas y muy buenas devociones marianas—tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. —Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!» (n. 500).

c) El rezo del Santo Rosario: aunque Mons. Escrivá de Balaguer dedicó expresamente todo un libro —Santo Rosario— a fomentar esta devoción, ayudando con su lectura a rezarlo bien, no excluye de Camino la alusión expresa a la práctica de piedad tan extendida y tan unánimemente recomendada por los Papas, como medio de expresión de amor a la Madre de Dios, de contemplación y acercamiento a Jesús y de petición humilde: «El Santo Rosario es arma poderosa. Empléala con confianza y te maravillarás del resultado» (n. 558).

Pero además la lectura detenida de Camino nos permite encontrar otros modos tradicionales de tratar a Santa María: jaculatorias, novenas, el sábado, etc. Por ejemplo, en el punto 574 leemos: «¿Quién te ha dicho que hacer novenas no es varonil? —Varoniles serán esas devociones, cuando las ejercite un varón…, con espíritu de oración y de penitencia.»

Imitación de María. Su vocación y la nuestra

El tercer elemento que señala el Concilio Vaticano II como esencial en un verdadero culto a la Santísima Virgen es el de «la imitación de virtudes».

En la vida sobrenatural se da una progresiva semejanza con María en la medida en que, como Ella, el cristiano, por su esfuerzo personal y fiel a la gracia, se acerca más y más al cumplimiento de la voluntad de Dios. Esa semejanza es el resultado de la identificación —paulatina e incompleta en los fieles corrientes, plena en Santa María— con Cristo, de la participación en su modo de ser y de obrar, y en sus méritos.

Sin embargo, de ordinario no le ha sido propuesta al cristiano la imitación de su Madre. María merecía ser admirada, honrada, querida, cantada. Sobre todo, para solicitar de Ella —uno, varios, muchos o todos sus hijos— gracias y dones, desde los más inmediatos y sencillos a los más trascendentales y decisivos.

En este sentido, reviste al menos una cierta novedad la explícita y subrayada llamada a la imitación de María como elemento constitutivo del verdadero y adecuado culto que, como Madre de Dios y Madre de los hombres, se le debe.

Al leer Camino sorprende gratamente que se muestre la imitación a María como algo que fluye espontáneamente de las relaciones materno-filiales entre Ella y los hombres, en cuanto que Ella es la criatura humana que se nos presenta como paradigma de la completa fidelidad y colaboración a los planes de Dios, y en cuanto que ha ejercido su plenitud de santidad con tanta sencillez y discreción que resulta amable y dichoso el pretender seguirla y parecerse a Ella.

Camino no aspira a ofrecer un cuadro completo de las virtudes de María. Va entresacando, al hilo de breves frases o escenas del Evangelio, modos de comportamiento y actitudes de la Virgen, reacciones de nuestra Madre que se proponen al lector como modos de ser y actuar que deben ser incorporados a la propia vida. Santa María se nos propone como ejemplo por la perfección de sus respuestas al amor de Dios.

Y probablemente estos rasgos de la vida de la Santísima Virgen destacados en Camino forman, en su conjunto, el armazón fundamental de la vida cristiana. En primer lugar, la disponibilidad en manos de Dios, fruto de la fe y el amor que mueven a no querer otra cosa que lo que Dios quiere. Y a hacerlo con sencillez, como lo más «natural» del mundo: «¿Veis con qué sencillez? —”Ecce ancilla…!” —Y el Verbo se hizo carne. —Así obraron los santos: sin espectáculo. Si lo hubo, fue a pesar de ellos» (n. 510).

La escena de la Anunciación, el diálogo entre el Ángel y Santa María, el contenido del mensaje del primero, la respuesta final de la Virgen, las condiciones personales de que está revestida en ese momento la futura Madre de Cristo —espíritu contemplativo, apertura interior a lo santo, fe en la operatividad omnipotente y en la absoluta bondad de Dios, amor sin condiciones, humildad radical, etc.— se proponen en Camino como modelo para cualquier cristiano. El encuentro con esas posibilidades ha supuesto que millares de lectores hayan llegado a plantearse su vida con un sentido plenamente vocacional, que se hayan sentido con un quehacer divino entre las manos, para cuyo cumplimiento son requeridos por Dios y en cuyo cumplimiento se exige una auténtica donación, gustosa y enamorada, de la propia existencia.

Se podría decir que uno de los elementos centrales del mensaje del Fundador del Opus Dei, la llamada universal a la santidad, queda plasmado, materializado, en Camino. Desde sus páginas se nos hace comprender que el encuentro de María con Dios Omnipotente es algo que, en sus rasgos generales y dentro de las circunstancias más variadas, debe repetirse en la vida de todos los cristianos. Es una propuesta, un encargo del Señor a sus hijos; y un sí, un compromiso positivo de cumplirlo por parte de éstos, una permanente fidelidad y, como resultado, la santidad personal.

Imitación de María: fe y amor

En el cumplimiento de la Voluntad de Dios, de sus planes, o lo que es lo mismo, en la fidelidad a la vocación personal, el cristiano puede encontrarse, en ocasiones, con circunstancias o aspectos de la voluntad divina difícilmente comprensibles e incluso incomprensibles del todo. Es el momento de la fe reflexiva, de la ponderación sosegada. Camino recuerda un momento semejante, y por tanto, imitable, en la vida de Santa María: «(…) —¿No sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre? Respuesta de Jesús adolescente. Y respuesta a una madre como su Madre, que hace tres días que va en su busca, creyéndole perdido. (…)» (n. 907).

La obediencia de Jesús a los planes del Padre, que pasa por el posible dolor de María y José, se nos ofrece legítimamente, como ejemplo a seguir. Y simultáneamente se muestra como igualmente ejemplar el acatamiento de María a una conducta que, al menos de momento, no entiende, pero que sabe que procede de Dios, y su posterior reacción: acepta y pondera en su corazón. Años después, el autor de Camino desarrollará esta misma actitud con las siguientes palabras: «Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38)» (Es Cristo que pasa, n. 173).

Juan Pablo II, en su Encíclica Redemptoris Mater (1987), ha subrayado que la razón máxima de la excelencia y méritos de Santa María reside en su obediencia radical, en su disponibilidad a los planes de Dios. La Virgen confía en El, y muestra una actitud de incondicional entrega a la voluntad divina aun en las ocasiones en que no comprende su contenido.

Camino nos invita a imitar a la Esclava del Señor también en su obediencia; porque todos los hombres reciben un encargo de Dios, como su Santísima Madre, y todos reciben la gracia que les permite cumplirlo, y pueden hacerlo imitando el ejemplo de María: escuchando los planes de Dios con respeto, haciéndolos madurar, ponderando sus distintos aspectos, obedeciendo aun sin entender el encargo en todos sus detalles. La razón fundamental es la confianza y el amor a Aquel que pide y urge a la ejecución. El ejemplo de nuestra Madre se expone en Camino como actitud imitable. Pero en ese contexto de amor y admiración a María no debe extrañar que lo que en unos lugares se ofrece como ejemplo invisible, en otros aparezca como motivo de gratitud:

«¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya —”fiat”— nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. —¡Bendita seas!» (n. 512).

La libre entrega de María, que acepta y expresa, obediente, su aceptación con esa breve palabra, es, junto con la omnipotencia amorosa de Dios, la causa desencadenante de la Redención. Pero, a la vez y de paso, se agradece a María, en este mismo punto de Camino, su discreto pero decisivo ejemplo de entrega a la ejecución instrumental de los planes divinos. De ahí el nombre, en sus labios no humillante, sino esclarecedor de la más honda verdad sobre sí misma, con que se nombra: esclava, sierva, servidora. Mons. Escrivá de Balaguer, como ha señalado un ilustre Prelado español, hará luego grande la palabra «servicio». El autor de Camino descubrirá el valor del espíritu de servicio como fruto de la sabrosa contemplación de su Madre Santa María, Esclava del Señor. Y alcanzará la medida adecuada de su grandeza durante el decidido empeño de hacer suyo este maravilloso rasgo de la Madre de Cristo.

Imitación de María: otras virtudes

La disponibilidad, la obediencia y el espíritu de servicio, que brotan de la Fe y el Amor, constituyen el núcleo central que se nos ofrece para imitar a María. Pero Camino recoge otros rasgos y conductas que nos presenta el Evangelio y que son fuente de mérito para la Madre de todos los cristianos. Son otros aspectos en los que sus hijos pueden y deben parecérsele, y que se nos proponen como ejemplo imitable.

En otros escritos de Mons. Escrivá de Balaguer se hará referencia a diversas cualidades de María. En Camino, se subrayan dos con especial énfasis: la humildad y la fortaleza para el dolor, cuando éste se sufre por amor, haciendo de él una gozosa y enamorada ofrenda.

Unos puntos de Camino ponen más de relieve una virtud que otra, pero hay otros que sintetizan la presencia de ambas: «¡Qué grande es el valor de la humildad! —”Quia respexit humilitatem…” Por encima de la fe, de la caridad, de la pureza inmaculada, reza el himno gozoso de nuestra Madre en la casa de Zacarías: “Porque vio mi humildad, he aquí que, por eso, me llamarán bienaventurada todas las generaciones”» (n. 598).

«—¡Qué humildad, la de mi Madre, Santa María! —No la veréis entre las palmas de Jerusalén, ni —fuera de las primicias de Caná— a la hora de los grandes milagros. —Pero no huye del desprecio del Gólgota: allí está, “iuxta crucem Iesu” —junto a la cruz de Jesús, su Madre» (n. 507).

«María Santísima, Madre de Dios, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo. —Aprende de Ella a vivir con “naturalidad”» (n. 499).

La humildad de María, tal como se hace ver en Camino, es fruto del profundo convencimiento de la propia pequeñez ante la majestad de Dios, ante su grandeza. Una pequeñez que se acepta gozosamente, porque es propia de una criatura débil que la experimenta mientras siente los brazos de su Padre Dios que la sostiene y ampara. Por eso no resta ni señorío, ni iniciativa, ni capacidad para responder generosamente a los ambiciosos planes de su Señor, que exigirán heroísmo, grandeza de alma, santidad de vida. «¡María, Maestra del sacrificio escondido y silencioso! —Vedla, casi siempre oculta, colaborar con el Hijo: sabe y calla» (n. 509).

Camino presenta el dolor, sufrido en soledad por la Madre, como actitud penitencial, para pedir perdón al Señor por los propios pecados y para acompañar a Santa María: «Soledad de María. ¡Sola! —Llora, en desamparo. —Tú y yo debemos acompañar a la Señora, y llorar también: porque a Jesús le cosieron al madero, con clavos, nuestras miserias» (n. 503).

La fortaleza sin alardes, manifestación de amor a su Hijo, con que María afronta el dolor de la Cruz es también un modelo de conducta para cada uno de nosotros. «Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano —no hay dolor como su dolor—, llena de fortaleza. —Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz» (n. 508).

No se está hablando de esa clase de fuerza que reside más en las reservas físicas que en las morales. En otro punto, el autor de Camino se dirige a las mujeres, y no duda en afirmar que hay en ellas una mayor capacidad de entereza ante el sufrimiento, y las invita a ejercer su alma sacerdotal y a hacer donación amorosa de la propia vida, a través de contrariedades, de penas o dificultades: «Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor. —¡María de Magdala y María Cleofás y Salomé! Con un grupo de mujeres valientes, como ésas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!» (n. 982).

Se nos hace ver en estos pasajes de Camino que debemos imitar el alma sacerdotal de María, uniéndonos —como Ella— al dolor de su Hijo. Todos los bautizados recibimos, junto con la filiación divina, una participación en el modo de ser y obrar de Cristo, que se hace más intensa por la recepción de los demás sacramentos. Pero Santa María, por su especialísima unión con su Hijo, es Corredentora y, por su Maternidad, nos hace copartícipes de esa corredención. Y a través de Ella, imitándola, nos resulta más fácil colaborar en ella.

No es ésta la única invitación a abrazar la propia cruz con gesto sacerdotal que hace Camino. Todo el libro es una continua invitación a seguir de cerca los pasos —el Camino— de Cristo. Pero aquí se subraya que de la mano de Santa María —nadie como Ella llegó, con Cristo, hasta la misma Cruz— se nos hará más ligero —y hasta atractivo— el camino de la Cruz. La conclusión resulta inmediata: vamos como Ella y vamos con Ella.

Camino recoge otra característica del alma sacerdotal —la oración de petición en nombre de los demás— como específica en Santa María. «María, Maestra de oración. —Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. —Y cómo logra. —Aprende» (n. 502).

Aunque directamente se nos proponga imitar la perseverancia en la petición, la escena evangélica que se contempla, las bodas de Caná, donde María intercede en favor de unos esposos, nos sugiere también imitarla en el desinterés de su oración. Quedan bien señaladas, a través del ejemplo y de la enseñanza de María —«Maestra»—, las condiciones que debe tener la oración del cristiano: fe, insistencia, verdadero interés en lo que se pide; y a la vez, abandono confiado del resultado de la petición en las manos de Dios.

Y como a la hora de pedir nadie hay mejor que Santa María, Madre de Dios y Madre de los hombres, Camino nos invita también, indirectamente, a que pongamos en sus manos nuestros afanes, intereses y esperanzas: que pidamos como Ella, que le pidamos a Ella. María es Maestra de oración, pero también —y sobre todo—, como gustaba recordar a Mons. Escrivá de Balaguer, Omnipotencia Suplicante ante el trono del Padre en favor de todos y cada uno de sus hijos.

El secreto de una vida santa

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Testimonio de Manuel Garrido Bonaño, O. S. B. Profesor de Liturgia en la Facultad de Teología del Norte de España
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Mis primeros recuerdos sobre el Opus Dei datan de los años cuarenta. Fue entonces cuando leí por vez primera Camino, en una edición voluminosa que, creo, fue la primera con este titulo. El ejem­plar no me pertenecía y estaba dedicado por su mismo autor. Desde entonces lo be leído multitud de veces y lo considero como un libro clásico en la vida espiritual. He repartido docenas de ejemplares entre los estudiantes y he podido comprobar el bien inmenso que les ha proporcionado su lectura. Un amigo mío me los enviaba gene­rosamente junto con muchos ejemplares del Nuevo Testamento para ser distribuidos. Le sugerí que eso era una forma excelente de hacer apostolado. Mi amigo no pertenecía ni pertenece a la Obra, aunque la conoce bien y la aprecia.

Desde el primer momento comprendí la verdadera fisonomía del Opus Dei y simpaticé con esa Asociación. La he visto siempre como un gran movimiento apostólico con el fin de conducir a todos los hombres a vivir la vida cristiana lo más perfectamente posible, cada uno dentro de su propio estado, «camino de satisfacción en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano». Leía la hoja informativa del proceso de beatificación de Isidoro Zorzano, socio del Opus Dei, y me edificaba mucho lo que allí se decía. Por eso, cuando fui a fundar a Leyre, en 1954, siempre que iba a Pamplona visitaba la Cámara de Comptos Reales, donde funcionaba la Facultad de Derecho que allí tenía el Opus Dei. No hablaba con nadie. Iba allí sólo por simpatía. Y, sin embar­go, nunca me sentí llamado a pertenecer a la Obra, por la sencilla razón de que tenía y tengo vocación a la vida monástica benedictina.

Del fundador del Opus Dei yo conocía poca cosa. Pero por los frutos que producía, yo deducía que el árbol era bueno. Luego, sí; luego he leído mucho sobre el Opus Dei desde que tuve noticia del mismo.

Luego he tenido ocasión de seguir más de cerca la obra apos­tólica del Opus Dei como tal, o la que realizan algunos de sus socios, tanto los sacerdotes como los laicos y los sacerdotes diocesanos que pertenecen a la Obra. Todo ello me ha hecho ver que el Opus Dei es hoy en la Iglesia una fuerza espiritual.

Resulta difícil encontrar en la historia de la Iglesia una institución que a los cincuenta años de su fundación pueda presentar un panorama tan fructífero como el que presenta el Opus Dei en toda la tierra. Se vio esto en gran parte con motivo de la muerte de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, en que, de todos los rincones del mundo, se elevó una gran ola de gratitud por los bene­ficios recibidos. Se comprende mejor esto cuando se han visto las películas de sus magníficas catequesis. ¡Qué acierto tuvieron los que las filmaron! Así somos muchos los que ahora hemos podido aprovecharnos de su doctrina y de su propio estilo de catequizar, en el que de una forma tan simpática, tan digna, tan espiritual y tan humana expone las cuestiones más intrincadas del dogma y de la moral. Las he visto varias veces y siempre me han edificado enor­memente. Sus homilías se leen ahora con verdadera fruición, como libro de oración, de meditación, como manual de pastoral y de consulta.

El secreto de todo esto está en su intensa vida espiritual. El Con­cilio Vaticano II ha sido para el Opus Dei una lluvia beneficiosa por eso mismo. Ha confirmado en no pocos puntos su misma fina­lidad y sus medios, pero también lo que es la base firme de todo el Concilio: la vida espiritual, aunque no siempre se tiene presente. La renovación principal que quiere el Concilio es la vida espiritual, las otras en tanto en cuanto se consigue o para facilitar el conse­guirlo. Paulo VI lo ha recordado multitud de veces en sus extraor­dinarias alocuciones o catequesis de los miércoles. Me parece que son el mejor comentario al Concilio y la más luminosa clave de su recta interpretación. Esto explica por qué el Opus Dei ha hecho y hace una labor tan excelente en la Iglesia y en el mundo, en con­sonancia con el Concilio.

Después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer se han hecho manifestaciones que revelan el secreto de su rica espiritua­lidad. No obstante su apariencia brillante, fue hasta el último ins­tante de su vida el grano de trigo que, enterrado, muere para dar lugar a una mies copiosa. Para algunos parecerá paradoja incom­prensible lo que afirman los testigos de la primera hora de la Obra: «El Opus Dei nació en los hospitales y barrios pobres de Madrid», acredita José Manuel Domenech de Ibarra (cfr Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei» Madrid 1977 pag 167). El día de San José de 1975 lo confiaba el fundador a los socios de la Obra «Fui a buscar fortaleza en los barrios mas pobres de Madrid- de         una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables que no tenían nada de nada…, fui a buscar los medios para hacer las obras de Dios en todos esos sitios. Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor… Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei «crecía para adentro sin darnos cuenta». Pero he querido deciros que la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas» (Apun­tes, pág. 168). Antes lo había insinuado en el Colegio Tabancura de Santiago de Chile, el 2 de julio de 1974. Y en Lisboa en 1972, donde tuvo la feliz idea de manifestar el origen del núm. 208 de Camino. Sus palabras son de un valor grande y las transcribo íntegras: «Te encontrarás también con el dolor físico y feliz con ese sufrimiento. Me has hablado de Camino No me lo se de memoria pero hay una frase que dice bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor. ¿Te acuerdas? Eso lo escribí en un hospital a la cabecera de una moribunda a quien acababa de administrar la Extremaunción. ¡Me daba una envidia loca Aquella mujer había tenido una gran posición económica y social en la vida, y estaba allí, en un camastro de un hospital moribunda y sola sin mas compañía que la que podía hacerle yo en aquel momento hasta que murió. Y ella repetía, paladeando: bendito sea el dolor tenía todos lo dolores morales y todos los dolores físicos–, amado sea el dolor, santificado sea el dolor; ¡glorificado sea el dolor! El sufri­miento es una prueba de que se sabe amar, de que hay corazón» (Apuntes, pág. 169). ¡Qué lástima que no haya dejado también el origen de los otros 998 números de Camino! Adivinamos que tal vez cada uno de ellos fue fruto de un hecho similar. No puede leer uno esos pasajes sin emoción. El Opus Dei ha nacido y se ha desarro­llado a golpes de azada. La incomprensión, la difamación, la calum­nia acompañó toda la vida del fundador del Opus Dei. Si el Opus Dei hubiera sido una obra meramente humana hace mucho tiempo que lo hubieran aniquilado, pero lo sostiene la gracia de Dios con la que tan fielmente colabora. Se comprende así el gran fruto espi­ritual que ha hecho y hace en las almas. Los datos hablan por si mismos: más de ochenta mil socios repartidos por todos los con­tinentes, con multitud de obras apostólicas en el campo de las letras, de la promoción social, en la pastoral, etcétera, etcétera. Oí decir no hace mucho a un arzobispo: si todos mis sacerdotes fuesen del Opus Dei no tendría conflictos en mi diócesis. Se nota hoy en la Iglesia donde actúan los socios del Opus Dei por el gran fruto espi­ritual que allí se da. Un misionero de África me indicó que la espe­ranza de la Iglesia está hoy en el Opus Dei.

Refiriéndose al fundador de la Obra, no hace mucho me recor­daba un destacado monseñor de la Curia Romana: «sufrió mucho». Resulta impresionante conocer que dos horas antes de morir decía en Castelgandolfo, el 26 de junio de 1975, a un grupo de asociadas del Opus Dei: «Hemos de amar mucho a la Iglesia, y al Papa, cual­quiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre» (Apuntes, pág. 238).

Como el grano de trigo… El lo recuerda en el núm. 199 de Cami­no: «Si el grano de trigo muere queda infecundo. – ¿No quieres ser grano de trigo, morir por la mortificación, y dar espigas bien gra­nadas?– ¡Que Jesús bendiga tu trigal!».

Una de las grandes características de Monseñor Escrivá de Bala­guer es su intenso amor a la Iglesia. Amaba a la Iglesia en su tota­lidad y en sus diferentes manifestaciones particulares. Podríamos llenar páginas evocando doctrina y hechos en que manifiesta ese amor intenso por la Iglesia de Jesucristo. Habla del escapulario del Carmen como si fuera un fervoroso carmelita: «Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. Pocas devociones –hay muchas y muy buenas devociones marianas– tienen tanto arraigo entre los fieles y tantas bendiciones de los Pontífices. Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!» (Camino núm. 500). Incorpora a su Obra los hechos de la Iglesia más dispares y los propone como modelo. He aquí algunos ejemplos: «Por defender su pureza San Francisco de Asís se revolcó en la nieve, San Benito se arrojó a un zarzal, San Bernardo se zambulló en un estanque helado… –Tu, ¿qué has hecho?» (Camino, núm. 143). «Pero… ¿y los medios’? –Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio…

– ¿A caso te parecen pequeños ?» (Camino, num 470) Y así multitud de veces, con respecto al sacerdocio a las ordenes religiosas a la liturgia, a las devociones a la pastoral No extraña que la revista milanesa Studi Cattolici al informar sobre la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer titulase esa información «Una vida para la Iglesia», como queriendo compendiar que el amor a la Iglesia dio sentido a toda la vida del fundador del Opus Dei. Se ha dicho que desde hace tiempo Monseñor Escrivá de Balaguer «con una pro­gresiva intensidad, ofrecía al Señor su vida y mil vidas que tuviera por la Iglesia Santa y por el Papa, sea quien sea. Este ofrecimiento era intención diaria de su Misa, era fervor continuo de su alma, era dolor de su corazón, era desvelo de su vida». « ¡Qué alegría–ex­cribió– poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia Santa!» (Camino num. 518). Por eso recetaba pausadamente, saboreándolo, las palabras del Credo, «creo en la Iglesia. Una, Santa, Católica y Apostólica» (Camino, núm. 517).

Analizar los puntos principales de su rica espiritualidad supone una extensión ajena a este trabajo Algo se ha hecho ya, especial mente por don Pedro Rodríguez Monseñor Escrivá de Balaguer es por antonomasia el apóstol de la llamada universal a la santidad A él le dolía que en los calendarios litúrgicos casi todos los santos fuesen sólo clérigos o religiosos fuera de los mártires cuando en realidad ha habido muchos santos laicos aunque no hayan entrado en el calendario universal de la Iglesia En la oración de San Bredan monje irlandés del siglo VI que se divulgo mucho en el medievo se evocan diversas categorías de santos mártires, confesores, vírgenes, anacoretas, monjes y «sanctí clericí sancti laicí, sanctae uxores, sancti domini, sancti servi, sancti divites, sancti pauperes, sancti doctores, sancti fauctores». Siempre que he leído esa plegaria litánica he recordado a Monseñor Escrivá de Balaguer y a su Obra. Él expuso con todo el ardor de su corazón grande de apóstol la vocación universal a la santidad en todos los aspectos, fijándose principalmente en la grandeza de la vocación cristiana, en la filia­ción divina del cristianismo, en la afirmación cristiana del mundo, en la santificación del trabajo ordinario, en la proyección apostólica de todo discípulo de Cristo y en su unidad de vida, no compar­timentos estancos: ahora cristiano y luego profesor o tornero. A ello ha contribuido con su palabra y con sus escritos, pero de un modo especial con su obra más característica: Camino. Se ha pre­tendido querer rectificar algunas de sus consideraciones espirituales insertadas en ese magnífico libro que tanto bien ha hecho y hace a las almas. Pero la espiritualidad genuina del fundador del Opus Dei la da ese libro que se ha convertido en un clásico de la vida espiritual cristiana. Uno de los libros de espiritualidad más leídos en el siglo XX. Así lo muestra la multitud de traducciones y de edi­ciones desde que aparece en redacción reducida en Cuenca, en 1934, y en la edición definitiva de 1939 hasta nuestros días. No es un libro de gabinete, fruto de especulaciones teóricas. Refleja siempre una experiencia apostólica del autor. Por eso, pretender marginar ese libro precioso y eclipsarlo con las homilías y «con­versaciones» de Monseñor Escrivá de Balaguer me parece una gran temeridad, sin quitar nada de su valor a esas homilías ni a las «con­versaciones», que en realidad no completan ni perfeccionan a Cami­no. Son otra cosa y como tales hay que juzgarlas y no enfrentarías ni contraponerlas. Todas las consideraciones espirituales de Camino tienen un gran valor actual y siempre lo tendrán, incluso aquellas que parecen reflejo de unas circunstancias muy concretas y deter­minadas. Son Evangelio vivido en todos los momentos de la jornada.

No sólo he repartido docenas de ejemplares de Camino como antes he dicho, sino que no podía tener un ejemplar para mi uso, pues también ése repetidas veces he tenido que darlo porque me lo han pedido y yo veía que debía desprenderme de él para que hiciese un bien espiritual a otras personas. Para no estar sin él recurrí a la estratagema de que un gran amigo me regalase uno muy sencillo y dedicado. La dedicatoria me impediría darlo. Él me envió un ejemplar que había usado mucho en sus conferencias y en su lectura personal. Es el que tengo y con el uso no está ciertamente para regalarlo a nadie: una edición muy pequeña de bolsillo que me acompaña siempre.

Cuando después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer he leído u oído muchas «gracias» atribuidas a su intercesión -de algunas diría milagro, pero no quiero adelantarme al juicio de la Iglesia– no me extraña nada. Son los signos con los que Dios rubrica su gran santidad. Todos los días pido a Dios que esa santidad se proclame oficialmente lo más pronto posible.

Consummati in unum

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Dice el Evangelio que los amigos de Jesús estaban reunidos en un mismo lugar después de la partida del Maestro. Apiñados. Hasta que el Espíritu Santo, Aquel que Jesucristo les había prometido durante tres años, inundó sus almas y se esparcieron, ahítos de valor y de esperanza, por toda la tierra.

El 26 de junio de 1975, una multitud de corazones afincados en las cinco partes del mundo acompasan su latir en un único afecto, un idéntico afán: Roma. El lugar donde duerme el cuerpo del Fundador. Allí donde un sagrario, que preside el oratorio de Pentecostés, muestra las palabras que hiciera grabar Monseñor Escrivá de Balaguer: Consummati in unum(1).

«¡Todos -con Jesucristo- somos una sola cosa! Que, metidos en la fragua de Dios, conservemos siempre esta maravillosa unidad de cerebro, de voluntad, de corazón. Y que Nuestra Madre, por la que llegan a los hombres todas las gracias -canal espléndido y fecundo-, nos dé con la unidad, la claridad, la caridad y la fortaleza»(2).

Ahora que el Padre se ha marchado, empieza a adquirir una gran fuerza su memoria. Sus palabras cobran todavía más certeza; su espíritu se ahonda y ensancha dentro del alma de sus hijos; las dimensiones de su enseñanza desbordan el sonido de su voz que suena, con gran eco, en el interior de cada uno.

Así adquiere su muerte unas características de intimidad, cariño y exigencia que se hacen, si cabe, más personales. El Padre sigue llenando la casa, con toda la arrolladora vitalidad de su estilo humano y de su perfil ascético. Sus escritos adquieren, de pronto, la perennidad de lo esculpido. Como si la muerte misma les hubiera destinado a la más dilatada supervivencia.

Incluso la casa que alberga esta familia de vínculos sobrenaturales parece repetir el eco de aquella gratitud que imponía su presencia:

«De aquí no se va nadie, hijo mío, porque todos estamos, siempre consummati in unum -solía decir cuando despedía a los que se iban fuera de Roma- (…). Nos sentimos tan unidos, hijos míos, porque todos procuramos vivir dentro del Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, al que llegamos por medio del Corazón Dulcísimo de María. De manera que estamos siempre muy bien acompañados, en cualquier lugar donde nos encontremos. No perdáis nunca esta unidad (…).

Dondequiera que se halle uno de vosotros, allí estaremos los demás, con toda nuestra ilusión por acompañarle. No nos decimos adiós, ni siquiera hasta luego; continuamos siempre consummati in unum.

Si alguno piensa que está solo en un momento de su trabajo profesional, que es siempre apostolado, o en una labor cualquiera, también siempre inmediatamente apostólica, deberá rechazar enseguida esa tentación. ¡Nadie puede sentirse solo en el Opus Dei! Con nuestro clamor incesante ante el trono de Dios formamos una sola voz, una misma oración, un único latido, porque todos palpitamos con el corazón de la Obra» (3).

En esta unidad irrompible, se avecina el 15 de septiembre de 1975. Es el día fijado para la elección del sucesor del Padre. Festividad litúrgica de Nuestra Señora de los Dolores. Acuden a Roma los Electores representantes de sesenta mil miembros de la Obra repartidos por el mundo. Ciento setenta y dos en total. Cada uno lleva el sentir de sus hermanos. Una inmensa paz se extiende por esta reunión, la primera después de la muerte del Padre, en la Ciudad Eterna. Aquí están aquellos que le siguieron hace tantos años, cuando el Opus Dei era una locura que nadie se atrevía a aceptar. Algunos, también algunas hijas suyas, acompañan ya a Monseñor Escrivá de Balaguer en su última morada: Guadalupe Ortiz de Landázuri, José María Hernández de Garnica, Salvador Canals… Para otros, es la primera oportunidad de acercarse a la tumba del Fundador en la Cripta de Villa Tevere: Francisco Botella, Pedro Casciaro, José Luis Múzquiz, Ricardo Fernández Vallespín…

La nieve del tiempo ha caído sobre sus cabezas. Pero se mantiene viva en la mirada y en el talante interior la misma fe, la misma disponibilidad; la certeza de que el Opus Dei es un «mandato imperativo de Cristo» cuyo depositario fue un hombre elegido por Dios: Josemaría Escrivá de Balaguer.

El día 14, después de una Misa del Espíritu Santo oficiada en Santa María de la Paz, emiten su voto las electoras de la Sección de mujeres de la Obra. Al día siguiente, 15 de septiembre, se reúne y vota del mismo modo la Sección de varones. El escrutinio arroja un plebiscito unánime hacia don Álvaro del Portillo. La Obra entera, en el espíritu de su Fundador, acaba de acogerse a la autoridad y al amor de un hombre fuerte en la fe, compañía del Padre durante cuarenta años. Receptor humilde y constante de sus enseñanzas. Acumulador leal de todas las palabras y actitudes vitales, humanas y sobrenaturales, que constituyen el contenido teológico del Opus Dei. No hay nada que cambiar, nada que modificar. Hay que recoger un tesoro inquebrantable para transmitirlo, intacto, a los que vengan después de esta etapa fundacional que ha terminado el 26 de junio de 1975.

El Romano Pontífice recibirá muy complacido el resultado de la votación. Durante muchos años, don Álvaro pertenece a varios Dicasterios romanos y colabora en los trabajos de la Santa Sede. Enseguida la prensa conoce la noticia oficial. A la pregunta: ¿Qué hará ahora el Opus Dei?, ha respondido el primer sucesor de Monseñor Escrivá de Balaguer:

-«Seguir caminando, hacer lo que hemos hecho siempre, también desde que el Señor se llevó consigo a nuestro Fundador. Seguir caminando con el espíritu que él nos ha dejado definitivamente establecido, inequívoco (…).

En el Opus Dei no hay vértice ni base. Todos somos igualmente hijos de nuestro Fundador, quien nos ha enseñado a poner a Cristo en la propia vida, y que ha dado para siempre a nuestra Institución el carácter sencillo y cordial de una familia bien avenida»(4).

Los días 15 y 16 de septiembre se procede a la elección de los miembros del Gobierno Central de las dos Secciones de la Obra. Quedan constituidos por personas de diversas nacionalidades. El nuevo Presidente General, que es ya el Padre para toda la Obra, habla a sus hijas e hijos de la unidad inquebrantable de todos desde los primeros momentos. Los testimonios recibidos en Roma después del fallecimiento del Fundador han sido un plebiscito de unidad, de amor, de santidad. Y ha añadido:

«He recibido millares de cartas de miembros del Opus Dei de todo el mundo. Es estupendo comprobar que el espíritu es el mismo, independientemente de la raza o la cultura de la persona que escribe» (5) . Don Álvaro dirá, emocionado, que este alud de cariño, este apoyo en unidad «ha sido un río en crecida, pero de agua limpia. Ha sido un diapasón que ha vibrado en toda la tierra con una sola nota muy sobrenatural. Ha sido una maravillosa y divina sinfonía, que no parece de este mundo, la que han cantado al unísono las hijas y los hijos de nuestro santo Fundador»(6).

Las rosas se suceden en la Cripta, donde reposan los restos mortales del Padre. Miles de personas acuden para rezar y rendir su afecto. Aquí, más que en ninguna parte, se escuchan las palabras de aquel ruego:

«Sed fieles, hijos de mi alma, ¡sed fieles! Vosotros sois la continuidad. Como en las carreras de relevos, llegará el momento -cuando Dios quiera, donde Dios quiera, como Dios quieraen el que habréis de seguir vosotros adelante, corriendo, y pasaros el palitroque unos a otros, porque yo no podré más. Procuraréis que no se pierda el buen espíritu que he recibido del Señor, que se mantengan íntegras las características tan peculiares y concretas de nuestra vocación. Transmitiréis este modo nuestro de vivir, humano y divino, a la generación próxima, y ésta a la otra, y a la siguiente»(7).

Ya durante su vida el Fundador decía -poniendo buen humor al hecho de desaparecer de la escena cotidiana- que, cuando muriera, no tenía que ocurrírseles convertir sus habitaciones en una especie de museo. Todo lo contrario. Debía ocuparlas inmediatamente su sucesor. Esta decisión práctica estuvo siempre muy unida a un carácter entrañable para los objetos y las situaciones. Lo que tenía un valor simbólico se guardaba con esmero. Lo que servía para la vida ordinaria, de trabajo, de utilidad para Dios y para los demás, se usaba sin el menor reparo hasta agotar sus posibilidades.

Por eso pidió que las habitaciones del Fundador fuesen siempre un lugar de trabajo, sin reservas. Y por este deseo, don Álvaro del Portillo las ocupará después de su elección. Sobre una pared, enmarcadas, se leen estas palabras: Cursum consummavi, fidem servavi. He terminado mi carrera, he guardado la fe (8).

Y más abajo, otra inscripción en latín: et tu confirma filios meos. Confirma a mis hijos.

Don Alvaro explicará en una tertulia, que estas palabras son el eco de aquella historia familiar conmovedora que se remonta a los años cuarenta, cuando don Leopoldo Eijo y Garay, entonces Obispo de Madrid llamó al Fundador de la Obra y le dijo aquellas palabras de Cristo a Pedro: «”ecce Satanas expetivit vos, ut cribraret sicut triticum”: Os removerá, os zarandeará, como se zarandea el trigo para cribarlo. Luego añadió: yo rezo tanto por vosotros… Et tu… confirma filios tuos!: Tú, confirma a tus hijos. (9)». Y colgó…

Hoy queda grabada esta frase como un alerta para cuidar de esa multitud que debe recibir la fortaleza de fe.

El 5 de marzo de 1976, el Papa concede una audiencia a don Álvaro del Portillo. Acaban de dar las doce de la mañana. Unos minutos después, es introducido ante Pablo VI. El Romano Pontífice le recibe en pie, apoyado sobre la mesa de trabajo. Levanta sus brazos, cuando le tiene cerca, y le felicita con gran cariño.

-«Santidad, agradezco mucho esta felicitación, pero yo pido al Santo Padre que tenga conmigo la caridad de concederme su Bendición Apostólica y sus oraciones. Porque soy el sucesor de un santo, y eso no es nada fácil.

-“Ma adesso il santo é in Paradiso, e ci pena lui”; ahora el santo está en el Cielo, y él se preocupa de llevar la Obra adelante».

Durante una hora larga el Papa hablará con don Álvaro, afirmando que Monseñor Escrivá de Balaguer es uno de los hombres que han recibido más carismas, más gracias de Dios, a lo largo de toda la historia de la Iglesia, y que siempre ha respondido con generosidad, fiel a esos dones divinos.

Y añadirá que, si quieren ser fieles a la Iglesia… han de ser muy fieles al espíritu de su Fundador. Y continúa: «Usted, siempre que deba resolver algún asunto, póngase en presencia de Dios, y pregúntese: en esta situación, ¿qué haría mi Fundador?; y obre en consecuencia. Diga a todos sus hijos y a todas sus hijas que, siendo fieles al espíritu del Fundador, servirán a la Iglesia -como la han servido hasta ahora- con eficacia, con profundidad, con extensión».

Luego se preocupará de que sus escritos, palabras, enseñanzas estén recogidos y a salvo de cualquier pérdida, porque… «es un tesoro, no solamente para el Opus Dei, sino para toda la Iglesia»(10).

Monseñor Álvaro del Portillo relata a Pablo VI anécdotas del Padre, el carácter de sus últimas y masivas reuniones en el mundo entero, la variedad de hijos que componen la Obra… Y le entrega unas fotografías del reciente terremoto de Guatemala. Una familia, menguada por la desgracia, trabajadores de la tierra, reza junto a los escombros de su casa. Tienen hijos en el Opus Dei.

Cuando don Álvaro regresa a Villa Tevere contará algunas de las afirmaciones de Su Santidad. Para ello ha pedido al Santo Padre el correspondiente consentimiento, que le otorga encantado.

Estas palabras del Romano Pontífice son la mejor confirmación de la fama de santidad del Fundador. La Obra sigue su camino, en unidad perenne, sin fisuras. Para servir a la Iglesia «como ella desea ser servida».

«En el Opus Dei tenemos un cariño extraordinario y una gran veneración por la persona del Papa: un cariño y una veneración que queremos que sea mayor cada día. En mi deseo de servir a la Iglesia, yo he procurado siempre que mis hijos amen mucho al Papa» (11).

Por voluntad expresa de Pablo VI, don Álvaro del Portillo eleva hoy su oración por el Vicario de Cristo y por la Iglesia aquí, en la Cripta. En el borde mismo de la tumba del Fundador. Un puñado de rosas rojas simboliza la fecundidad de esta oración avalada por el sacrificio.

TEMA 33. El cuarto mandamiento del Decálogo: honrar padre y madre

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El cuarto mandamiento se dirige expresamente a los hijos en sus relaciones con sus padres. Pero, se refiere también a otras relaciones de parentesco, educativas, laborales, etc.

1. Diferencia entre los tres primeros mandamientos del Decálogo y los siete siguientes

Los tres primeros mandamientos enseñan el amor a Dios, Sumo Bien y Último Fin de la persona creada y de todas las criaturas del universo, infinitamente digno en sí mismo de ser amado. Los siete restantes tienen como objeto el bien del prójimo (y el bien personal), que debe ser amado por amor de Dios, que es su Creador.

En el Nuevo Testamento, el precepto supremo de amar a Dios y el segundo, semejante al primero, de amar al prójimo por Dios, compendian todos los mandamientos del Decálogo (cfr. Mt 22,36-40; Catecismo, 2196).

2.  Significado y extensión del cuarto mandamiento

El cuarto mandamiento se dirige expresamente a los hijos en sus relaciones con sus padres. Se refiere también a las relaciones de parentesco con los demás miembros del grupo familiar. Finalmente se extiende a los deberes de los alumnos respecto a los maestros, de los subordinados respecto a sus jefes, de los ciudadanos respecto a su patria, etc. Este mandamiento implica y sobreentiende también los deberes de los padres y de todos los que ejercen una autoridad sobre otros (cfr. Catecismo, 2199).

a) La familia. El cuarto mandamiento se refiere en primer lugar a las relaciones entre padres e hijos en el seno de la familia. «Al crear al hombre y a la mujer, Dios instituyó la familia humana y la dotó de su constitución fundamental» (Catecismo, 2203). «Un hombre y una mujer unidos en matrimonio forman con sus hijos una familia» (Catecismo, 2202). «La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo» (Catecismo, 2205).

b) Familia y sociedad. «La familia es la célula original de la vida social. Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad (…) La vida de familia es iniciación de la vida en sociedad» (Catecismo, 2207). «La familia debe vivir de manera que sus miembros aprendan el cuidado y la responsabilidad respecto de los pequeños y mayores, de los enfermos o disminuidos, y de los pobres» (Catecismo, 2208). «El cuarto mandamiento ilumina las demás relaciones en la sociedad» (Catecismo, 2212).

La sociedad tiene el grave deber de apoyar y fortalecer el matrimonio y la familia, reconociendo su auténtica naturaleza, favoreciendo su prosperidad y asegurando la moralidad pública (cfr. Catecismo, 2210). La Sagrada Familia es modelo de toda familia: modelo de amor y de servicio, de obediencia y de autoridad, en el seno de la familia.

3. Deberes de los hijos con los padres

Los hijos han de respetar y honrar a sus padres, procurar darles alegrías, rezar por ellos y corresponder lealmente a su sacrificio: para un buen cristiano estos deberes son un dulcísimo precepto.

La paternidad divina es la fuente de la paternidad humana (cfr. Ef 3,14); es el fundamento del honor debido a los padres (cfr. Catecismo, 2214). «El respeto a los padres (piedad filial) está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo, han traído sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en edad, en sabiduría y en gracia. “Con todo tu corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?” (Sir 7,27-28)» (Catecismo, 2215).

El respeto filial se manifiesta en la docilidad y obediencia. «Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, pues esto es agradable al Señor» (Col 3,20). Mientras están sujetos a sus padres, los hijos deben obedecerles en lo que dispongan para su bien y el de la familia. Esta obligación cesa con la emancipación de los hijos, pero no cesa nunca el respeto que deben a sus padres (cfr. Catecismo, 2216-2217).

«El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad sus responsabilidades para con los padres. En la medida en que puedan, deben prestarles ayuda material y moral en los años de vejez y durante sus enfermedades, y en momentos de soledad o de abatimiento» (Catecismo, 2218).

Si los padres mandaran algo opuesto a la Ley de Dios, los hijos estarían obligados a anteponer la voluntad de Dios a los deseos de sus padres, teniendo presente que «es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Dios es más Padre que nuestros padres: de Él procede toda paternidad (cfr. Ef 3,15).

4. Deberes de los padres

Los padres han de recibir con agradecimiento, como una gran bendición y muestra de confianza, los hijos que Dios les envíe. Además de cuidar de sus necesidades materiales, tienen la grave responsabilidad de darles una recta educación humana y cristiana. El papel de los padres en la formación de los hijos tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. El derecho y el deber de la educación son, para los padres, primordiales e inalienables.

Los padres tienen la responsabilidad de la creación de un hogar, donde se viva el amor, el perdón, el respeto, la fidelidad y el servicio desinteresado. El hogar es el lugar apropiado para la educación en las virtudes. Han de enseñarles —con el ejemplo y con la palabra— a vivir una sencilla, sincera y alegre vida de piedad; transmitirles, inalterada y completa, la doctrina católica, y formarles en la lucha generosa por acomodar su conducta a las exigencias de la ley de Dios y de la vocación personal a la santidad. «Padres, no irritéis a vuestros hijos, antes bien educadles en la doctrina y enseñanzas del Señor» (Ef 6,4). De esta responsabilidad no deben desentenderse, dejando la educación de sus hijos en manos de otras personas o instituciones, aunque sí pueden –y en ocasiones deben– contar con la ayuda de quienes merezcan su confianza (cfr. Catecismo, 2222-2226).

Los padres han de saber corregir, porque «¿qué hijo hay a quien su padre no corrija?» (Hb 12,7), pero teniendo presente el consejo del Apóstol: «Padres, no os excedáis al reprender a vuestros hijos, no sea que se vuelvan pusilánimes» (Col 3,21).

a) Los padres han de tener un gran respeto y amor a la libertad de los hijos, enseñándoles a usarla bien, con responsabilidad. Es fundamental el ejemplo de su propia conducta;

b) en el trato con los hijos deben saber unir el cariño y la fortaleza, la vigilancia y la paciencia. Es importante que los padres se hagan “amigos” de sus hijos, ganando y asegurándose su confianza;

c) para llevar a buen término la tarea de la educación de los hijos, antes que los medios humanos —por importantes e imprescindibles que sean— hay que poner los medios sobrenaturales.

«Como primeros responsables de la educación de sus hijos, tienen el derecho de elegir para ellos una escuela que corresponda a sus propias convicciones. Este derecho es fundamental. En cuanto sea posible, los padres tienen el deber de elegir las escuelas que mejor les ayuden en su tarea de educadores cristianos (cfr. Concilio Vaticano II, Declar. Gravissimum educationis, 6). Los poderes públicos tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y de asegurar las condiciones reales de su ejercicio» (Catecismo, 2229).

«Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús (cfr. Mt 16,25): “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37)» (Catecismo, 2232) . La vocación divina de un hijo para realizar una peculiar misión apostólica, supone un regalo de Dios para una familia. Los padres han de aprender a respetar el misterio de la llamada, aunque puede ser que no la entiendan. Esa apertura a las posibilidades que abre la trascendencia y ese respeto a la libertad se fortalece en la oración. Así se evita una excesiva protección o un control indebido de los hijos: un modo posesivo de actuar que no ayuda al crecimiento humano y espiritual.

5. Deberes con los que gobiernan la Iglesia

Los cristianos hemos de tener un «verdadero espíritu filial respecto a la Iglesia» (Catecismo, 2040). Este espíritu se ha de manifestar con quienes gobiernan la Iglesia.

Los fieles «han de aceptar con prontitud y cristiana obediencia todo lo que los sagrados pastores, como representantes de Cristo, establecen en la Iglesia en cuanto maestros y gobernantes. Y no dejen de encomendar en sus oraciones a sus prelados, para que, ya que viven en continua vigilancia, obligados a dar cuenta de nuestras almas, cumplan esto con gozo y no con pesar (cfr. Hb 13,17)» .

Este espíritu filial se muestra, ante todo, en la fiel adhesión y unión con el Papa, cabeza visible de la Iglesia y Vicario de Cristo en la tierra, y con los Obispos en comunión con la Santa Sede:

«Tu más grande amor, tu mayor estima, tu más honda veneración, tu obediencia más rendida, tu mayor afecto ha de ser también para el Vice-Cristo en la tierra, para el Papa.

Hemos de pensar los católicos que, después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el Santo Padre».

6. Deberes con la autoridad civil

«El cuarto mandamiento de Dios nos ordena también honrar a todos los que, para nuestro bien, han recibido de Dios una autoridad en la sociedad. Este mandamiento determina tanto los deberes de quienes ejercen la autoridad como los de quienes están sometidos a ella» (Catecismo, 2234). Entre estos últimos se encuentran:

a) respetar las leyes justas y cumplir los legítimos mandatos de la autoridad (cfr. 1 P 2,13);

b) ejercitar los derechos y cumplir los deberes ciudadanos;

c) intervenir responsablemente en la vida social y política.

«La determinación del régimen y la designación de los gobernantes han de dejarse a la libre voluntad de los ciudadanos». La responsabilidad por el bien común exige moralmente el ejercicio del derecho al voto (cfr. Catecismo, 2240). No es lícito apoyar a quienes programan un orden social contrario a la doctrina cristiana y, por tanto, contrario al bien común y a la verdadera dignidad del hombre.

«El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21). “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29)» (Catecismo, 2242).

7. Deberes de las autoridades civiles

El ejercicio de la autoridad ha de facilitar el ejercicio de la libertad y de la responsabilidad de todos. Los gobernantes deben velar para que no se favorezca el interés personal de algunos en contra del bien común.

«El poder político está obligado a respetar los derechos fundamentales de la persona humana. Y a administrar humanamente la justicia respetando los derechos de cada uno, especialmente los de las familias y los de los desamparados. Los derechos políticos inherentes a la ciudadanía (…) no pueden ser suspendidos por la autoridad sin motivo legítimo y proporcionado» (Catecismo, 2237).

Antonio Porras


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