11. Virtudes heroicas

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El 9 de abril de 1990, Juan Pablo II promulgó el decreto sobre la heroicidad de las virtudes vividas por el sacerdote Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Se puede decir que no le gustaban los repertorios de virtudes, porque ningún elenco puede ser exhaustivo. Vivía y enseñaba “la unidad de vida”, es decir, la armonía del organismo sobrenatural construido sobre las virtudes humanas, que son su fundamento necesario. Le gustaba menos aún reducir la santidad al mero ejercicio de algunas virtudes típicas, casi estereotipos. Prefería, en cambio, subrayar el entrelazamiento de las virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) con las virtudes morales (reconducibles a las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza, templanza). Sin pretensión de sistematicidad, quisiera preguntarle cómo vivía el Fundador algunas virtudes concretas.

–Estoy firmemente persuadido de que practicó todas las virtudes de modo extraordinario, es decir, de una forma mucho más perfecta que las personas a las que generalmente consideramos buenas y virtuosas.

Desde los primeros años de su vida hasta que rindió el alma a Dios, nuestro Fundador ejercitó las virtudes en un “crescendo” de heroísmo: se hacían cada vez más plenas a medida que su unión con el Señor era más patente. Por los años que he pasado a su lado me considero un testigo privilegiado de la sinceridad con que vivió las virtudes. Los santos han practicado siempre lo que predicaban. En nuestro Padre la unidad de vida era evidente y constante: lo hacía todo con el pensamiento puesto en el Señor y le ofrecía todas sus actividades. Los que estaban a su alrededor advertían que estaba constantemente recogido en oración.

Actuó con perseverante heroísmo tanto en las situaciones fáciles y ordinarias como en las más arduas y extraordinarias, que ciertamente no faltaron en su vida: las afrontó con serenidad, con decisión y energía, con la conciencia de ser débil, pero de contar con la fuerza de Dios. Deseaba solamente servir al Señor, con toda el alma; por eso solía afirmar, como los hijos de Zebedeo: Possum! (cfr. Mt 20, 22), ¡puedo!, no por mis fuerzas sino in eo qui me confortat (Fil 4, 3), con la fuerza de Dios.

Comenzó desde muy joven a experimentar ardientes deseos de santidad, y el Señor le premió con frutos evidentes. Aún adolescente, ante los primeros indicios de su vocación divina, se grabó en su alma esta verdad: Dios ha llamado a todos los hombres ut essemus sancti in conspectu eius (Ef 1, 4). Decidió corresponder a esta invitación del Señor con una generosidad plena, hasta el fondo. El 2 de octubre de 1928, conocería con claridad el designio divino sobre su persona: desde entonces se entregó por completo, sin reservas, al servicio de esta misión, de la que fue instrumento fidelísimo.

Solía repetir que sólo tenía una receta: la santidad personal. Estaba persuadido de que el único y verdadero mal que sufre el hombre es el pecado; y que contra el pecado no hay otro remedio que la gracia divina y la participación en la santidad de Dios. Nos recordaba insistentemente que estábamos en la Obra para hacernos santos: Nuestra vocación exige una santidad heroica. Santidad heroica: es una exigencia de la llamada que hemos recibido. Debemos ser santos de verdad, santos auténticos: si no, somos unos fracasados. Y añadía que, si algún hijo suyo no estaba decidido a ser santo, era mejor que se marchase de la Obra, porque el Señor nos ha llamado para ser santos de altar.

Su misión fundacional consitía en abrir el camino de la santidad en las actividades del mundo: hacer comprender a cada cristiano que el trabajo ordinario, realizado en la presencia de Dios y con perfección humana, en una sólida unidad de vida, puede convertirse en sacrificio grato al Señor. Enseñar que el trabajo puede transformarse en oración y en ocasión de un encuentro íntimo con Dios. Esta misión requería un heroísmo realmente singular, y el Padre se prodigó con el sacrificio de todo lo suyo: la salud, el bienestar material propio y –con el pleno consentimiento de los suyos– de la familia, el honor y la vida entera.

El Señor le colmó, no sólo de innumerables gracias para su santificación personal, sino también de talentos y dones excepcionales, que son otros tantos tesoros del Espíritu Santo para la edificación de la Iglesia; y le bendijo con una multitud de hijas e hijos, diseminados por la tierra, metidos en las entrañas del mundo, dispuestos a santificarlo y a servir a las almas.

Nos encontramos, pues, ante uno de los grandes Fundadores de la Iglesia, uno de aquellos instrumentos de los que el Espíritu Santo se sirve para renovar la faz de la tierra (cfr. Ps. 103, 30) y edificar la Iglesia en santidad.

El Beato Josemaría apreció siempre y vivió la amistad, hasta el punto de calificar el apostolado de los miembros del Opus Dei como apostolado de amistad y de confidencia. Hemos subrayado ya antes su gran capacidad de querer, su paternidad espiritual. ¿Podría indicarme cómo vivió la amistad con sus iguales, con sus colegas?

–Se llenó de amargura un día que oyó a un eclesiástico una frase que le pareció aberrante: Homo homini lupus; mulier mulieri lupior; sacerdos sacerdoti lupissimus. Por su parte, sintió profundamente la fraternidad sacerdotal desde joven. Le he oído contar: Cuando yo era todavía seminarista, fui muy amigo del Vicepresidente del Seminario de San Carlos. Se llamaba don Antonio Moreno. Por amistad y especialmente por caridad –a mí no me gustaba nada–, alguna vez, cuando bajaba a su habitación, accedía a jugar al dominó con él. Recuerdo que tenía que dejarme ganar porque, si no, no se quedaba contento y hasta se molestaba. Para mí, que estaba decidido a aprender de los sacerdotes que gastaban su vida por el Señor, aquellos eran unos ratos muy agradables, porque ese sacerdote demostraba mucho espíritu sacerdotal, mucha experiencia pastoral y era muy humano. Me contaba anécdotas muy gráficas, con gran sentido sobrenatural y pedagógico, que me hacían un bien enorme.

Entre 1933 y 1936, don Pedro Poveda, Fundador de la Institución Teresiana, trató con mucha asiduidad al Padre. A petición de don Pedro, nuestro Fundador asistía espiritualmente de vez en cuando a algunas vocaciones de las Teresianas. También don Pedro solía acudir a nuestro Padre para hacerle confidencias espirituales. Le he oído contar varias veces la conversación que tuvo con don Pedro poco antes de estallar la guerra civil española, cuando parecía inminente el peligro de una persecución violenta contra la Iglesia. Hablaron de la eventualidad de que uno de los dos, o ambos, sufrieran martirio por ser sacerdotes. El Padre me contó que habían llegado a la firme conclusión de que la muerte no interrumpiría su amistad. Aunque uno de los dos muriera, continuaría en el Cielo siendo amigo del otro. La primera vez que me habló de esta conversación fue el 2 de octubre de 1936, cuando supo con certeza y abundancia de detalles que don Pedro había sido asesinado por odio a la fe: sólo porque era sacerdote y apóstol. Recuerdo cómo lloraba el Padre delante de mí por la muerte de su amigo, mientras me comunicaba la noticia y me describía aquel diálogo. Tuvo siempre la convicción de que la muerte no interrumpe la amistad: era una prueba evidente de fe y esperanza.

¿Puede contar alguna anécdota sobre su modo de vivir la caridad con el prójimo?

Era comprensivo y cordial con todos, y trataba afablemente incluso a personas molestas. He visto la delicadeza con que nuestro Fundador recibía a un chico psíquicamente anormal, cuyo comportamiento era causa de sufrimiento para él y para los demás. Vivía en una residencia para estudiantes y todos procuraban evitarlo. El Padre le acogía siempre que lo necesitaba y se entretenía mucho rato con él. Más de una vez me dijo que lo único que necesitaba aquel muchacho era desahogarse, sentirse escuchado por alguien; por eso, armado de una paciencia ejemplar, le dejaba que hablase a sus anchas. Mientras tanto, como su interlocutor no buscaba el diálogo, rezaba mentalmente varias partes del Santo Rosario pidiendo por aquel chico, que se iba, al final, contento y agradecido.

Recuerdo también el caso de un médico, que era un auténtico genio, pero muy raro; tanto que no tenía ni un amigo y vivía en la más completa soledad. El Padre le buscaba con relativa frecuencia y, en señal de afecto, le invitaba a comer de vez en cuando a nuestra casa. Era muy inteligente, pero no admitía ninguna opinión distinta de la suya. El Padre no le contradecía nunca. Me comentaba: A éste ya no le quiere nadie, le huyen, y tiene que encontrar el cariño en nosotros.

En los años 1935 y 1936, aunque pasaba graves apuros económicos y el mantenimiento de la residencia de estudiantes de la calle Ferraz, en Madrid, era un milagro diario, todos los miércoles invitaba a comer –y hacía que lo trajesen en taxi– a un sacerdote que se llamaba don Norberto. Era un hombre muy aislado a causa de su carácter, bastante difícil. Nuestro Fundador me contó que procuraba tratarle y honrarle como si fuera el mismo San José. Así mejoraba su devoción hacia el Santo Patriarca y vivía con finura heroica la caridad con don Norberto, que era mucho mayor que él, y le trataba realmente como si fuera su padre.

Me viene a la mente otro ejemplo. Hacia 1953, en Roma, en el período en el que padecía aún de diabetes, el Padre tenía que someterse con frecuencia a análisis de sangre. Iba en ayunas hacia las once de la mañana a la consulta de un médico que estaba en Via Nazionale. Yo le acompañaba siempre. Una mañana, como no podíamos ya regresar a casa, entramos en un bar de la Piazza Esedra para desayunar: pedí un café con leche, y un croissant para cada uno. Cuando nos habían servido se acercó una pordiosera a nuestro Fundador pidiéndole limosna. Le respondió inmediatamente: –No tengo dinero; lo único que tengo, porque me lo dan –dijo, porque pagaba yo– es este desayuno: tómelo y que Dios le bendiga. Me apresuré a ofrecerle el mío, añadiéndole que pediría otro, pero repuso: –No, no, está bien así, ya he desayunado. Entonces intervino la cajera: –”Tómese otro, a esa pobre mujer se lo paga la casa”. –No, no –insistió el Padre–, quédese tranquila, no necesito absolutamente nada.

Vivía la caridad con gran delicadeza. En los años cincuenta, durante los trabajos de reformas en la casa de retiros de Molinoviejo, cerca de Segovia, atracaron a uno de los obreros cuando hacía un viaje a Madrid en tren. Su mujer estaba esperando un niño. Le robaron todo lo que había ahorrado para pagar los gastos de la Clínica y el ajuar del recién nacido. Cuando nuestro Fundador se enteró, encargó a Fernando Delapuente que reembolsase a aquel obrero la suma que le habían robado, añadiendo además un generoso donativo.

Puedo relatar algún otro suceso conmovedor. Durante la guerra civil española, mientras atravesaban los Pirineos para alcanzar en un agotador viaje la zona liberada, pasando por Andorra, en un momento concreto en que se encontraban en alta montaña, los guías comunicaron a los fugitivos que no seguirían adelante si no recibían más dinero. Como ninguno tenía esa suma, el Padre se ofreció a regresar a Madrid para pedirla en préstamo: de esta forma los demás podían seguir adelante y él esperaría a otra expedición. Por suerte, todo se resolvió y no fue necesario que volviera a Barcelona y luego a Madrid. Humanamente aquel gesto era una locura: no habría podido llegar a su destino sin un guía que conociese perfectamente aquellos bosques y aquellas sierras llenas de milicianos. Le habrían fusilado. Además, nuestro Fundador estaba enfermo, extremadamente débil, y carecía de los documentos indispensables para afrontar semejante viaje. Fue una decisión verdaderamente heroica: ofrecer la propia vida por salvar la de los demás.

No hacía acepción de personas. En los años cincuenta pidió a un hijo suyo que ayudase a uno de los más encarnizados perseguidores de la Obra a resolver su propia situación en relación con la Iglesia y sus problemas profesionales: aquel hombre había abandonado su vocación religiosa y sacerdotal y había contraído matrimonio civil. Hechos semejantes se sucedieron con frecuencia: se comportó siempre de la misma manera, demostrando con los hechos que vivía la caridad con todos, y que estaba dispuesto no sólo a ayudar a cada uno, sino incluso a dar su vida, si era necesario.

Algún aspecto de la caridad y la gratitud hacia aquellos que le ayudaron.

–Entre las personas que recordaba con más agradecimiento y cariño estaban don Angel Malo, que le bautizó; el Padre Enrique Labrador, que le preparó para la primera confesión, y el Padre Manuel Laborda, para la primera Comunión, ambos escolapios. Me impresionó siempre que recordase sus nombres, porque no es habitual; he preguntado a muchas personas si se acordaban del nombre del sacerdote que les había administrado esos sacramentos y siempre he recibido una respuesta negativa. Pienso que esto es también una prueba, además de su gratitud, del gran amor que tenía nuestro Fundador desde pequeño por estos santos sacramentos.

Querría recordar también la gratitud que guardó durante toda su vida a don Daniel Alfaro, el capellán castrense que le prestó el dinero para las exequias de su padre. Rezó expresamente por él todos los días, durante más de cincuenta años.

Cuando la persecución contra el Opus Dei alcanzó su momento más álgido, y en 1941 el Obispo de Madrid decidió dar in scriptis la aprobación a la Obra, Mons. Eijo y Garay fue objeto de diversas críticas. Algunos comenzaron a decir, hasta desde el púlpito, que en la historia de la Iglesia muchas herejías habían sido promovidas incluso por obispos. A nuestro Fundador le pareció que Mons. Eijo se estaba arriesgando excesivamente, también porque había quedado vacante la sede primada de Toledo y corrían rumores de que tenía muchas posiblidades de ser nombrado. Por eso un día le dijo:

Señor obispo, no me defienda más, abandóneme.

Don Leopoldo le preguntó sorprendido:

–¿Por qué me dice esto?

Porque defendiendo al Opus Dei, se está jugando la mitra de Toledo.

El Obispo de Madrid le miró y repuso:

–Josemaría, me juego el alma. No puedo abandonarle ni a usted, ni al Opus Dei.

Me parece que aquella invitación de nuestro Padre denotó una caridad y un olvido propio verdaderamente extraordinarios. Sólo pensaba en el bien de las almas, y estaba convencido de que Mons. Eijo y Garay habría podido aportar grandes beneficios a la Iglesia de haber sido nombrado para la sede de Toledo.

El Fundador aprendió del ejemplo de sus padres a vivir la pobreza con gran dignidad: tras la quiebra de la empresa paterna, la familia Escrivá tuvo que reducir su tenor de vida. Esto no significó una mengua del señorío y del buen humor, y sacó de esta situación enseñanzas para su hijos espirituales.

–Desde que lo conocí, advertí que se refería muchas veces a la virtud de la pobreza con una expresión muy significativa: La pobreza, gran señora mía. La llamó así desde que tenía treinta y uno o treinta y dos años, hasta el final de su vida. No era simple privación, sino verdadero tesoro que conduce a la efectiva unión personal con Cristo, en la desnudez de Belén y del Calvario, y es condición de eficacia de todo apostolado. A ninguno de nosotros nos sorprendía la insistencia con que nuestro Fundador, al recomendar la práctica de la pobreza, ejemplificaba de modo bastante exigente, sus aplicaciones más concretas: No tener nada como propio; no tener nada superfluo; no lamentarse cuando falta lo necesario; cuando se puede escoger, elegir la cosa más pobre, menos simpática; no maltratar los objetos que usamos; hacer buen uso del tiempo.

La pobreza acompañó a la Obra desde sus primeros pasos y así será siempre. Uno de los primeros en pedir la admisión fue Luis Gordon, que gozaba de buena posición económica; nuestro Padre me contó más de una vez que había pensado que Luis sería un buen apoyo para las iniciativas apostólicas, también desde el punto de vista humano. Pero el Señor dispuso otra cosa: Luis se puso enfermo y murió muy joven. Al relatármelo, el Padre observaba: Fue providencial que se muriese Luis, porque así el Opus Dei continuó naciendo en la más grande pobreza: si hubiese vivido, hubiésemos tenido medios materiales, medios temporales, que quizá nos hubiesen producido daño. Era menester que la Obra naciese en la pobreza, como nació Jesús en Belén. Este absoluto desprendimiento de toda seguridad humana subraya la primacía de la esperanza teologal en la actitud del Padre hacia los bienes terrenos.

En Burgos, durante la guerra civil, supo que había muerto un miembro de la Obra, José Isasa, estudiante de arquitectura. Le dio la noticia su familia, que era muy buena, y como sucede con las familias de miembros del Opus Dei, estaba plenamente al corriente de la vocación de su hijo. Antes de morir, había expresado su voluntad de que todo lo que tenía fuese entregado a la Obra. Pero nuestro Fundador no quiso pedir nada, aunque eran bien patentes y graves las dificultades económicas, y la familia del difunto estaba muy bien dispuesta. Prefirió actuar de este modo, porque pensaba que al Señor le agradaría más su perseverancia en la pobreza.

Precisamente en aquellos momentos de extrema penuria el Padre decidió renunciar a los estipendios de las Misas. Como me contó más de una vez, ya en el seminario había pensado no aceptar estipendio alguno por su ministerio sacerdotal. Era un pensamiento que le venía a la cabeza constantemente. Decidió ponerlo en práctica justo en 1938. Un día, después de hacer la oración mental meditando las palabras del Espíritu Santo: Iacta super Dominum curam tuam et ipse te enutriet (Ps. 54, 23), ofreció al Señor la renuncia a recibir cualquier pago por su actividad sacerdotal, y efectivamente, de ahí en adelante ya no aceptó ninguna limosna más, bajo ningún concepto. Con el paso de los años, y después de haber meditado en la presencia de Dios, decidió que sus hijos sacerdotes Numerarios renunciasen también a cualquier compensación por su ministerio sacerdotal. En 1944, cuando fueron ordenados los tres primeros sacerdotes, siguieron esta misma norma, que se continúa viviendo.

Después de haber tomado esta decisión, el 27 de enero de 1938 escribió al Vicario de la diócesis de Madrid, don Francisco Morán: El próximo sábado, salgo para Bilbao, León… y no sé si S. Sebastián. Después… Zaragoza y quizá Sevilla. Y todo, Padre, sin un céntimo: he hecho propósito serio –¿locura? bueno: pues, locura– de no recibir nunca estipendios para Misas, que eran la única entrada económica que podía tener ahora. Así puedo celebrar, con frecuencia, por mi Señor Obispo, y por mi D. Francisco, y por estos hijos de mi alma…, y por mí, Sacerdote pecador. Me parece conveniente precisar que, en aquel mismo periodo de tiempo, se esforzó por conseguir estipendios de Misas para sacerdotes necesitados, según se desprende también de su correspondencia con el Obispo de Avila.

Nuestro Fundador enfocaba los problemas económicos desde un punto de vista sobrenatural. En una carta dirigida a su querido amigo don Eliodoro Gil, fechada el 19 de enero de 1935, escribía: ¿Sabes que San Nicolás de Bari es… nada menos que el Administrador General de la Obra de Dios? ¡Menuda le ha caído encima! Pocos días antes, en efecto, encontrándose en una situación económica apurada, nuestro Padre había tenido la inspiración de nombrar al santo Obispo de Bari, Intercesor del Opus Dei para las cuestiones económicas. En un primer momento pensó condicionar el nombramiento a la solución de un problema que le agobiaba; pero después, con una reacción profundamente sobrenatural, rectificó su postura y, dirigiéndose al santo, exclamó: Desde ahora te nombro Intercesor, independientemente de que me resuelvas esa dificultad.

Nuestro Fundador apeló siempre a la generosidad de los benefactores, en primer lugar, de los Cooperadores de la Obra, como se sigue haciendo. Para la instalación de la primera Residencia universitaria, la de la calle de Ferraz, fue decisiva la colaboración de la Condesa de Humanes, a la que el Padre fue a ver personalmente después de haber rezado mucho por el éxito de la visita. Era una mujer muy buena, y comprendió enseguida las razones expuestas por nuestro Fundador. Se conmovió, y como no disponía en aquel momento de dinero en efectivo –aunque tenía muchos bienes, vivía una rigurosa pobreza, sin que les faltase nada a las personas que trabajaban para ella–, abrió la caja fuerte donde guardaba sus joyas y se las dio a nuestro Fundador. A este episodio se refiere el punto 638 de Camino: ¡Cúantos recursos santos tiene la pobreza! –¿Te acuerdas? Tú le diste en horas de agobio económico para aquella empresa apostólica, hasta el último céntimo de que disponías.

–Y te dijo –Sacerdote de Dios–: “yo te daré también todo lo que tengo”. –Tú de rodillas. Y… “la bendición de Dios Omnipontente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ti y permanezca siempre”, se oyó.

–Aún te dura la persuasión de que quedaste bien pagado.

Con anterioridad, la Condesa de Humanes había regalado el primer reloj para la Academia de la calle Luchana. Tras muchos esfuerzos y humillaciones, el Padre había conseguido reunir en tres ocasiones el poco dinero necesario para comprar un reloj, pero siempre se presentaba una necesidad económica más imperiosa que se llevaba aquel dinero. Finalmente, la Condesa, al darse cuenta de la situación, le regaló un reloj. Era de caja cuadrada, sencillo y modesto; pero el Padre y los chicos que frecuentaban el Centro se pusieron tan contentos que le sacaron una fotografía, que custodiamos en nuestro archivo.

Hay una anécdota de la época de Burgos que denota, por una parte, la pobreza en que vivían y, por otra, la generosidad de nuestro Fundador. De vez en cuando iba a verle un profesor de la Escuela de Arquitectura de Madrid, el profesor Francisco Navarro Borrás, que era un matemático muy conocido. Un día, regalaron a nuestro Fundador un puro y, como sabía que el profesor Navarro Borrás fumaba mucho, lo guardó para regalárselo. También los dos miembros de la Obra que vivían con el Fundador fumaban, pero no tenían ni un céntimo para comprar tabaco, y se les ocurrió cortar un poco la punta del cigarro. Al cabo de unos días lo recortaron por el otro extremo, y así poco a poco… Cuando vino el profesor Navarro, el Padre le dijo: Le voy a dar el puro; se lo pidió a sus hijos, y le entregaron lo que quedaba: una colilla minúscula. El profesor se quedó atónito, y al Padre no dejó de divertirle aquella travesura.

En la primera Residencia, a pesar de las estrecheces, no faltaba el buen humor. El único personal de servicio era una cocinera y un empleado. Los residentes llamaban a la cocinera “doña Cupis”, porque decían que tenía “concupiscencia de la carne”: solía llevarse a casa, para su familia, parte de la carne que se compraba para los residentes. El empleado atendía la puerta y servía la mesa. Así que era el propio Padre quien se ocupaba de la limpieza de las habitaciones, y de hacer las camas de los casi veinte estudiantes que vivían allí; le ayudaba alguno de nosotros, sobre todo Ricardo Fernández Vallespín, arquitecto, que era el director de la residencia. Para sacar adelante estos trabajos domésticos aprovechaba las horas en que los residentes estaban en clase; el Padre prestaba este servicio a los demás con gran alegría.

Su generosidad era ilimitada. En 1942 murió el padre de un estudiante de arquitectura que vivía en la residencia DYA desde el curso 1935/36. La familia tuvo que enfrentarse a una situación económica difícil. Nuestro Padre le dijo a aquel estudiante y a su hermano que no se preocupasen: podían quedarse en la residencia, hasta terminar la carrera, sin pagar nada.

El Padre ponía todo su empeño en prestar estos servicios con la máxima discreción para evitar la más mínima humillación al interesado. Por ejemplo, de acuerdo con las indicaciones explícitas del Fundador, en las obras apostólicas del Opus Dei, los alumnos becarios, sin medios económicos, disfrutan de los mismos derechos, tratamiento y consideración que sus compañeros; es más, no es posible distinguirlos a unos de otros.

Otro rasgo de su espíritu de pobreza era el cuidado de las cosas materiales para evitar gastos superfluos. Nos enseñaba con su ejemplo a cuidar atentamente muchos detalles: desde la conservación de los edificios hasta el buen funcionamiento del instrumento de trabajo más pequeño. Repetía que cada objeto debía usarse para lo que ha sido hecho; si no, se estropea y hay que cambiarlo: por ejemplo, no se puede utilizar un cuchillo o unas tijeras para abrir una lata, ni un destornillador como martillo. Cuando se terminó el Aula Magna de Villa Tevere, nuestra Sede Central, sugirió a sus hijos la pequeña mortificación de no apoyar las manos sobre los brazos de los sillones, para no manchar ni estropear la tapicería.

Un día de 1959, el Padre visitaba las obras de Villa Tevere, como hacía a menudo para impulsar el desarrollo del trabajo y seguir de cerca los detalles. Mientras nos desplazábamos de una zona a otra, Jesús Alvarez Gazapo, el arquitecto que dirigía las obras, iba encendiendo y apagando las luces. Nuestro Fundador se dio cuenta de que ninguno de nosotros le ayudaba, quizá porque no sabíamos dónde estaban los interruptores. Después no dejó de reprendernos, explicándonos que debíamos haber ayudado a aquel hermano nuestro, porque la verdadera caridad lleva a no dejarse servir. Y añadió: Este es el espíritu de la Obra: no hacer el “señor”, consintiendo que los demás trabajen para nosotros. Yo cumpliré dentro de poco casi sesenta años, pero tengo verdaderas ganas de correr junto a él y ayudarle.

En otra ocasión, también durante las obras de Villa Tevere, desaparecieron unos adornos metálicos antiguos que había en la puerta del vestíbulo de entrada. En esa zona trabajaban varios obreros, que eran los únicos que podían acceder allí. El Padre los reunió, y con tono apacible les dijo que, como allí no entraba nadie más, todo hacía pensar que lo había cogido uno de ellos. Les invitó a no excusarse y a considerar que también él era pobre: de la venta de aquellos adornos, se sacaría poquísimo; y, en cambio, tendría que hacer un gasto considerable para reemplazarlos, y tenía poco dinero. Les aclaró que ya había perdonado; por tanto, no había que restituirle nada. Añadió después que si alguno atravesaba dificultades económicas podía acudir a él discretamente, y, en la medida de lo posible, procuraría ayudarle. Después, quiso mostrarles a todos su cariño y su perdón, y los abrazó uno a uno.

Vivía una sobriedad extrema en su ropa y objetos de uso personal. Se impuso estas normas concretas de espíritu de pobreza:

no tener ni usar cosa alguna como propia; por ejemplo, nunca ponía su nombre en los libros que usaba, ni permitía que llamásemos “su oratorio” a la capilla en la que celebraba Misa cada día;.

no tener cosa alguna superflua, hasta el punto de que, por ejemplo, en los últimos años se desprendió del reloj, porque dejaba organizar su horario a los Custodes, don Javier Echevarría y yo;

no quejarse cuando falta lo necesario: en este aspecto llegó a un heroísmo extremo. No recuerdo, en los cuarenta años transcurridos a su lado, haberle oído una queja; no sólo por pobreza, sino porque evitaba hablar de sí mismo. Se lamentaba más bien de lo contrario: de que nos preocupábamos de él, y procuraba que no le faltase lo imprescindible, etc.;

cuando se puede elegir, tomar para sí lo peor: ésta era su forma habitual de comportarse, cuando se servía la comida en la mesa y en cualquier otra ocasión;

no crearse necesidades; recuerdo que tuvimos que insistir mucho para convencerle de que usase gafas de sol en verano, aunque sufría molestias en la vista. Le parecía que se trataba de una falsa necesidad; hasta que se las probó y de dio cuenta de que teníamos razón. Desde entonces nos estuvo inmensamente agradecido;

no llevar nunca dinero en el bolsillo; así vivió durante los últimos treinta años: desde que llegó a Italia no llevó nunca ni una lira encima.

Otro aspecto de su espíritu de pobreza era aprovechar al máximo cada cosa, los instrumentos de trabajo o los objetos de uso personal. Por ejemplo, el Padre empleaba siempre hojas usadas por una cara para escribir por la otra apuntes o borradores; decía en broma que, si fuera posible, escribiría por el canto. Otro ejemplo: necesitaba desde 1940 hacerse unas gafas nuevas, pero consiguió que le durasen hasta 1970.

Estos ejemplos muestran que el Beato Josemaría vivía la pobreza no sólo materialmente, sino también como desprendimiento interior.

–Llegaba a extremos verdaderamente heroicos. Cuando era seminarista y estudiaba en la Universidad Pontificia de Zaragoza, había anotado en un cuaderno, junto a los apuntes de las clases, algunas máximas de su profesor de Derecho Canónico, don Elías Ger. Le resultaban útiles por su contenido práctico y sus enfoques pastorales. Un día de 1926, en un momento en que tenía necesidad de una determinada gracia, pensó en ofrecer a Dios aquel cuaderno: Señor, si me haces esto, yo quemo ese cuaderno. Era una reacción –observaba el Fundador de la Obra– propia de un chico joven. Pero enseguida me entró el pensamiento de que era poco generoso y de que me había apegado demasiado a mis papeles, e inmediatamente quemé todos los apuntes.

En lo que se refiere a los regalos, su criterio era también muy severo: no sólo no aceptaba lo que no se permitiría un pobre, sino que rechazaba los objetos superfluos, aunque fuesen regalados. Nos enseñó también a no ceder en este campo, y disponer sólo de lo necesario. Con frase expresiva nos explicaba: Si nos regalan un elefante blanco, no lo meteremos en casa. El criterio era claro: vender los regalos superfluos y destinar lo que se sacase al apostolado.

Su desprendimiento era netamente espiritual. En diciembre de 1959 el Padre había encargado una copia, un poco más grande que el original, de la imagen del Niño Jesús que conserva la comunidad de las Agustinas recoletas del Patronato de Santa Isabel, de Madrid, del que había sido capellán desde 1931 y rector desde 1934; es una imagen ligada a muchos recuerdos íntimos de su vida interior, a favores y gracias extraordinarias. Las buenas monjas lo llaman aún hoy “el Niño de don Josemaría”, y la M. San José, que entonces era la sacristana, recuerda haber visto muchas veces, cuando el Niño estaba en la sacristía de la iglesia durante el tiempo de Navidad, cómo don Josemaría le hablaba, le cantaba, le mecía, como si se tratase de un niño de verdad. Pues bien, tres días antes de la Navidad de 1959, nuestro Fundador entró en el estudio de arquitectos de Villa Tevere. Se sentó, cansado, insólitamente silencioso; estaba completamente inmerso en Dios. En eso llegó Manuel Caballero, que había modelado en barro la imagen de aquel Niño, de la que se había sacado la copia en madera, que llevaba envuelta en un paquete. Se sentó junto al Padre y con deliberada lentitud comenzó a abrirlo. Apenas nuestro Fundador vio que se trataba del Niño, lo tomó en sus brazos, lo apretó contra su pecho, y poco después, visiblemente emocionado, salió de la habitación.

Algún tiempo más tarde me dijo: Alvaro, he pensado regalar este Niño Jesús al Colegio Romano de la Santa Cruz; será la primera piedra de su sede definitiva. El Padre, apenas advirtió la emoción que le producía aquella imagen tan querida, rechazó inmediatamente cualquier apegamiento: no se concedió ni siquiera esta alegría, perfectamente legítima.

También en la dirección espiritual evitaba por todos los medios que las almas se apegasen a su persona. Quería conducirlas al Señor, ayudarlas a asumir sus propias responsabilidades delante de Dios; y deseaba permanecer en segundo plano, desaparecer, para dejar claro que la eficacia sacerdotal se basa in persona Christi. Desde que le conocí, aconsejaba de vez en cuando a los que se dirigían con él: Hoy, vete a confesar con otro.

Su desprendimiento llegaba a lo más “suyo”, el Opus Dei. En dos ocasiones, especialmente importantes, saboreó una intervención directa de Dios. Transcribiré dos documentos admirables: el primero es una anotación manuscrita que se refiere a un suceso del 22 de junio de 1933:

El jueves, vísperas del Sagrado Corazón, por primera y única vez desde que conozco la Voluntad de Dios, sentí la prueba cruel que hace tiempo me anunciara el P. Postius (Cuando, al ser disuelta por el desgobierno actual la Compañía, perdí de vista al P. Sánchez una temporada y me atendió el P. Juan Postius): A solas, en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, trataba de hacer oración ante Jesús Sacramentado expuesto en la Custodia, cuando, por un instante y sin llegar a concretarse razón alguna –no las hay–, vino a mi consideración este pensamiento amarguísimo: “¿y si todo es mentira, ilusión tuya, y pierdes el tiempo…, y –lo que es peor– lo haces perder a tantos?” Fue cosa de segundos, pero ¡cómo se padece! Entonces, hablé a Jesús, diciéndole: “Señor (no, a la letra), si la Obra no es tuya, desbarátala ahora mismo, en este momento, de manera que yo lo sepa”. Inmediatamente, no sólo me sentí confirmado en la verdad de su Voluntad sobre su Obra, sino que vi con claridad un punto de la organización, que hasta entonces no sabía de ningún modo solucionar”.

En otra ocasión, el 25 de septiembre de 1941, tuvo oportunidad de repetir aquel acto de supremo desprendimiento. La Obra y la persona de nuestro Fundador eran objeto de una serie increíble de calumnias y mentiras groseras; obstáculos muy serios se oponían al desarrollo de los apostolados. Era una prueba que permitía el Señor, y no pocos pensaban que estaba en peligro la misma supervivencia del Opus Dei. Aquel día me escribió una carta desde La Granja (Segovia) –es el segundo documento–, en la que me contó lo sucedido:

Jesús te me guarde, Alvaro.

Llovizna, y nos hemos refugiado en el hotel. Es esta una vida de comodidad que me da verdadero fastidio.

Sin embargo, estoy seguro de que algunos ratos es muy fecunda: ayer celebré la Santa Misa por el Ordinario del lugar, y hoy ofrecí el Santo Sacrificio y todo lo del día por el Soberano Pontífice, por su Persona e intenciones. Por cierto que, luego de la Consagración, sentí impulso interior (segurísimo, a la vez, de que la Obra ha de ser muy amada por el Papa) de hacer algo que me ha costado lágrimas: y, con lágrimas que me quemaban los ojos, mirando a Jesús Eucarístico que estaba sobre los corporales, con el corazón le he dicho de verdad: “Señor, si Tú lo quisieras, acepto la injusticia“. La injusticia ya imaginas cuál es: la destrucción de toda la labor de Dios.

Sé que le agradé. ¿Cómo me iba a negar a hacer ese acto de unión con su Voluntad, si me lo pedía? Ya otra vez, en 1933 ó 1934, costándome lo que sólo El sabe, hice otro tanto.

Hijo mío: ¡qué hermosa mies nos prepara el Señor, después que nuestro Santo Padre nos conozca de verdad (no, por calumnia) y nos sepa –tal como somos– sus fidelísimos, y nos bendiga!

Se me vienen ganas de gritar, sin importarme del qué dirán, ese grito que a veces se me escapa cuando os hago la meditación: ¡Ay, Jesús, qué trigal!

Alvarote: pide mucho y haz pedir mucho por tu Padre: mira que permite Jesús que el enemigo me haga ver la enormidad desorbitada de esa campaña de mentiras increíbles y de calumnias de locos; y el animalis homo se alza, con impulso humano. Por la gracia de Dios, rechazo siempre esas reacciones naturales, que parecen y tal vez son llenas de sentido de rectitud y de justicia; y doy lugar a un “fiat” gozoso y filial (de filiación divina: ¡soy hijo de Dios!), que me llena de paz, de alegría, y de olvido.

El episodio a que antes se ha referido de la llave arrojada a la alcantarilla en aquel Madrid asolado por el odio anticatólico, que costó al Fundador la renuncia a un refugio seguro por evitar una ocasión remota contra la pureza, ilustra por sí mismo la intransigente delicadeza con que el Padre vivía esta virtud.

–El amor a la santa pureza le acompañó toda la vida, y se manifestó siempre en el cuidado delicadísimo de los medios indispensables para perseverar y crecer en esta virtud, de la que hablaba siempre en términos positivos, de Amor, de afirmación gozosa. Escribió en Camino: Nunca hables, ni para lamentarte de cosas o sucesos impuros. –Mira que es materia más pegajosa que la pez –Cambia de conversación, y, si no es posible, síguela, hablando de la necesidad y hermosura de la santa pureza, virtud de hombres que saben lo que vale su alma” (num. 131).

Durante su estancia en el Seminario vivió una mortificación de los sentidos cada día más constante y severa, guardando su cuerpo y sus afectos completamente para el Señor. Precisamente en Zaragoza, durante una temporada, algunas mujeres a las que no conocía comenzaron a provocarle: le esperaban con frecuencia en la calle con la intención manifiesta de inducirle a pecar. Le miraban descaradamente cuando pasaba con los demás seminaristas y le daban a entender, con frases o gestos claramente provocativos, que el único que les interesaba era él. Él no las miraba nunca y superó aquella persecución diabólica –que no podía evitar– poniéndose en manos de la Virgen. Desde el primer momento se lo dijo a los Superiores del Seminario y les mantuvo al corriente de todo lo que sucedía: sé que no dio nunca motivo alguno para la más pequeña censura de su comportamiento. Como la persecución no cesaba, reafirmó decididamente al Rector que prefería el sacerdocio a su propia vida.

Un día, don José Escrivá, oyó comentar en una barbería de Logroño –hasta allí se preocupó el diablo de difundir los rumores– que ciertas mujeres perseguían a su hijo. Procuró hablar con él lo antes posible, para decirle que era mejor ser un buen padre de familia que un mal sacerdote.

El joven Josemaría le explicó que, nada más advertir esas insidias, urdidas por mujeres desconocidas, sin haber dado ningún pie, se había apresurado a informar al Rector del Seminario; con esto, su padre se quedó tranquilo, al comprobar que nada enturbiaba la decisión de su hijo de ser sacerdote con todas las consecuencias santas de este Sacramento.

Uno de los compañeros de Seminario que le trató con mayor confianza, el P. Cubero, recuerda un detalle pequeño, pero significativo, de su delicadeza en esta materia. Un día, mientras iban como de costumbre a la Universidad Pontificia de Zaragoza para asistir a las clases, se cruzaron con dos chicas que se quedaron mirando a Josemaría, aunque él no les prestó ninguna atención. Al día siguiente, se las encontraron de nuevo en el mismo sitio, y lo mismo sucedió un día más; pero esta vez, al verle pasar, se dirigieron a él con tono de desafío: “¿Es que somos tan feas como para que no nos mires?” Josemaría, sin pararse, y sin mirarlas, replicó: ¡Lo que sois es sinvergüenzas! Así acabó todo, y aquellas chicas no le molestaron más.

Después de la ordenación sacerdotal intensificó su lucha. Y cuando tuvo conciencia de la responsabilidad de almas que el Señor le confiaba con la fundación del Opus Dei, su empeño por dirigir a Dios todos su afectos se hizo aún más radical. Por ejemplo, desde que le conocí, he sido testigo de la heroicidad con que mortificaba la vista, imponiéndose renuncias concretas incluso en curiosidades legítimas: no se paraba delante de los escaparates y, en los viajes en coche, muchas veces decidía no mirar por la ventanilla, renunciando a gozar con la contemplación del paisaje.

Explicaba que es muy distinto “ver” que “mirar”: ver es algo fisiológico, indiferente; mirar, en cambio, consiste en aplicar la voluntad observando con atención –calibrando– los detalles. El Padre no miraba; y, a propósito de esto, quiero recordar una anécdota significativa, que sucedió en los años treinta, de la que fue protagonista un pintor. En una tertulia, en Ecuador, pedí a nuestro Padre que la contase despacio, y por eso puedo reproducir ahora sus palabras textuales:

En los primeros años –ahora, más– mis amistades eran muy numerosas (…). Don Alvaro me habla de una vieja marquesa que ha muerto hace poco, con cerca de noventa años, pero que entonces era joven y, según decían, guapa. Yo coincidía con ella y con su marido en casa de unos amigos comunes, una vez a la semana, a almorzar. Un día se me acercó un artista, pintor –bastante bueno pero sin clientela, y lo pasaba muy mal económicamente–, a ver si le proporcionaba trabajo. Durante uno de aquellos almuerzos, se me ocurrió preguntar a la marquesa:

–¿Te vendría bien que te hicieran un retrato? Se trata de un pintor joven, sin nombre, pero de valía. Pintará un cuadro aceptable y además no te costará demasiado caro. Cuánto, no lo sé; pero no te costará mucho.

– Ah, sí, encantada; como quiera, me contestó.

– Muy bien.

Llamé al pintor, fue, y ella estuvo posando una hora. Después le dio un maletín con unos trajes de ella y le dijo:

– Márchese porque no deseo posar más.

Pasaron unos días. Vino el pintor a verme y me dijo:

– Bueno, yo necesitaría saber de qué color son los ojos de la señora Marquesa.

Y yo:

– Pues no lo sé. Hace años que somos amigos. Nos encontramos con mucha frecuencia y nos queremos, pero no se me ha ocurrido mirar nunca de qué color tiene los ojos.

¡Gracias a Dios, que no se me ocurría!

– Esto se arregla pronto, le aclaré. El jueves almuerzo con esta familia y otras familias amigas. Pregúntame por la noche.

Y por la noche no le pude contar más que una parte de lo sucedido, porque con ingenuidad comenté en la mesa:

– María, me ha pasado esto; me ha preguntado el pintor de qué color tienes los ojos y le he respondido que no lo sé.

– Pues míreme, Padre; tengo unos ojos de color verde, ¡estupendo!

– Ahora los miro menos, ¡majadera!

Era un hábito que conservó toda la vida. Tampoco “miraba” a sus hijas, pero de un modo tan natural que no se notaba: no había nada raro o afectado en su persona. Muy a menudo le he oído preguntar con toda franqueza a mujeres que llevaban muchos años en el Opus Dei: ¿Te conozco? En realidad no era un pregunta, sino casi una afirmación: No te conozco. ¿Cómo te llamas? Y ellas no se ofendían, porque sabían que el Fundador nunca las miraba.

Cuando le preguntaban cuál era la virtud humana que más quería, respondía invariablemente, sin dudarlo: la sinceridad.

Sí, daba extraordinaria importancia a esta virtud, que le parecía indispensable para la perseverancia en la vocación. Solía hablar de tres demonios, tres modos de decir, que debíamos aborrecer: es que, creí que, pensé que; esto es, no teníamos que buscar excusas para justificar o disimular nuestros errores. Por su parte, jamás eludía el peso ni las consecuencias de sus responsabilidades.

Decía y defendía siempre la verdad, aun a costa de sufrir la hostilidad o las incomprensiones ajenas; no se plegaba a componendas, especialmente cuando se trataba de difundir con firmeza la doctrina de Cristo o de proclamar la auténtica naturaleza del Opus Dei y de sus apostolados.

Amó la verdad hasta tal punto que no toleraba ni la menor mentira. No quería que sus hijos mintieran a sus padres, ni siquiera con la excusa de conseguir permiso para participar en alguna actividad formativa. Yo estaba presente el verano de 1941 cuando corrigió a un miembro del Opus Dei que había recurrido a esta estratagema, para poder asistir a un curso de retiro espiritual predicado por nuestro Fundador. Sus padres se oponían a su vocación, también porque les habían influido varias calumnias contra el Opus Dei. No encontró otra solución que inventar una mentira y decirles que se iba al campo. En cuanto lo supo nuestro Fundador, le advirtió muy seriamente: En adelante, ¡no más mentiras! El amor a la verdad debe prevalecer sobre todo lo demás.

Exigía a sus colaboradores en el gobierno del Opus Dei claridad y precisión a la hora de presentar las informaciones y datos necesarios: aborrecía las aproximaciones, las exageraciones y los paños calientes. Esta claridad iba siempre acompañada de la máxima caridad, porque no confundía la objetividad con la crudeza en el trato a los demás.

Predicaba a los periodistas que el cristiano debe amar y defender audazmente la verdad, dispuesto siempre a pagar las consecuencias. Prefería que los católicos, en lugar de dedicarse a promover órganos confesionales, trabajasen, con auténtica competencia profesional, en los medios de comunicación ya existentes, defendiendo y propagando desde allí la doctrina de la Iglesia.

No le gustaban los secreteos ni los misterios. Una vez, un miembro de una familia real le manifestó, en el curso de una conversación, que deseaba contarle una cosa “bajo secreto de confesión”. Nuestro Fundador replicó inmediatamente: Alteza, está hablando con un sacerdote y con un hombre de honor, y eso debe bastarle: si me quiere decir alguna cosa en secreto de confesión, vamos a un confesonario, y tendré mucho gusto en recibir su confesión sacramental.

A propósito de la obediencia, el Fundador decía que no le gustaba la obediencia perinde ac cadaver: quería una obediencia inteligente porque con los cadáveres no voy a ninguna parte; los cadáveres los entierro piadosamente. Sin embargo, la obediencia debía ser auténtica: El enemigo: ¿obedecerás… hasta en ese detalle “ridículo”? –Tú, con la gracia de Dios: obedeceré… hasta en ese detalle “heroico” (Camino, num. 618).

–Amaba la obediencia porque la contemplaba en conexión con las virtudes cristianas más importantes: desde la fe a la caridad, desde la humildad a la sencillez. Fue heroicamente ejemplar en su obediencia a las leyes generales de la Iglesia y a las disposiciones específicas relativas al Opus Dei: incluso en lo que se refiere a su itinerario jurídico, no dio paso alguno sin la explícita aprobación de la autoridad competente.

Vivió ejemplarmente la obediencia, yendo por delante en el cumplimiento de lo que había establecido para todos los miembros del Opus Dei. Estaba profundamente convencido de que quien ejercita la autoridad debe ser ejemplo de obediencia para los demás. Un día manifestó a los miembros del Consejo General: Hijos míos Directores: no os sintáis disculpados o no os justifiquéis innecesariamente, para no cumplir lo que está dispuesto.

¡Fieles!: porque dais el tono; porque marcáis el ritmo; porque la gracia de Dios, para vuestro buen gobierno, discurre por esos cauces que son las disposiciones recibidas de Dios, a través de nuestras normas y costumbres.

No puede ocurrir con vosotros lo que burlonamente comenta el pueblo romano, al explicar las posturas de esas dos figuras de piedra que, en la “gradinata” de la plaza de San Pedro, representan a los dos Apóstoles.

Yo no me atrevo a afirmarlo; es más, digo que se trata de una expresión maliciosa, pero el vulgo viene repitiendo, desde hace años, que esas esculturas confirmarían una realidad de la vida de la Iglesia: porque en Roma –dicen– se hacen las leyes que obligan a toda la Iglesia, pero en el Vaticano se ignoran. Por eso, Pedro, con su mano dirigida hacia el suelo, aclara: “aquí se dictan las leyes”. Y Pablo, con su brazo extendido hacia la ciudad, termina la frase: “y ahí se cumplen”.

Cuando hay una disposición o se da una norma que se refiere al modo de vivir cristiano, tenemos que cumplirla puntualmente los Directores. Aunque no nos vean los demás, esa fidelidad tiene su importancia, porque siendo fieles o no siéndolo, hacemos o no hacemos caso a la gracia de Dios, y damos o no damos la sangre arterial de este órgano central y vital del cuerpo a los demás miembros.

Por esto, en el Opus Dei, tanto los directores como los demás deben meditar y considerar en el examen de conciencia cómo cumplen esto que es de Dios y que expresamente Dios ha fijado en la Obra.

No es ocioso recordar que la obediencia, en el Opus Dei, se refiere sólo al fin específico de la Prelatura, es decir, a la vida cristiana de sus miembros y al modo de hacer el apostolado, y que no interfiere ni siquiera mínimamente en sus actuaciones y opiniones profesionales, sociales, culturales, económicas, políticas: en todas las cuestiones temporales, los miembros del Opus Dei gozan de la misma libertad que cualquier católico, y trabajan con la responsabilidad propia de los cristianos fieles a la Jerarquía de la Iglesia.

La delicadeza del Padre llegaba a detalles muy pequeños. En 1958, el príncipe Carlo Pacelli me manifestó que el Santo Padre Pío XII deseaba que yo fuese Caballero de Honor y Devoción de la Orden de Malta. A mí la idea no me cayó bien: no me había atraído este título cuando era laico, y como sacerdote, me parecía fuera de lugar. Hablé de esto con el Padre, y me respondió: Si el príncipe Carlo Pacelli te lo vuelve a decir de parte del Santo Padre, debes obedecer. Así sucedió, y nuestro Fundador me mandó a España para preparar los documentos necesarios. Salí el 25 de mayo, acompañado de don Javier Echevarría. Y mientras la Orden de Malta estaba estudiando en España la documentación requerida, antes de enviarla a Roma al Gran Maestre de la Orden, murió Pío XII. Pero el Padre no quiso que yo retirase ya mi petición, y poco tiempo después me llegó el nombramiento.

Es un detalle de escasa entidad, pero precisamente en las cosas pequeñas se manifiesta la verdadera virtud. Cuando era seminarista en Zaragoza, el Padre compuso una poesía en latín, con el título Oboedientia tutior, para la fiesta que se celebró en honor del Presidente del Seminario, Mons. Díaz Gómara. Lo importante no es tanto el título de esta composición poética, que era precisamente el lema del obispo, sino el acto de obediencia que le supuso escribirla. De hecho, por su carácter no le agradaba aparecer como protagonista de nada, y no habría compuesto aquella poesía, ni mucho menos la habría leído en público, si sus superiores no se lo hubiesen mandado explicítamente.

El Beato Josemaría practicó intensamente la mortificación corporal, y predicó su necesidad, como escribe en Camino: –No creo en tu mortificación interior si veo que desprecias, que no practicas, la mortificación de los sentidos (num. 181).

Le gustaba repetir y subrayar, con el ejemplo de su vida, que la mejor mortificación consiste en el cumplimiento fiel, hasta los últimos detalles, de los deberes del propio estado. Pero se sometió también a duras penitencias corporales, sobre todo desde que supo con claridad lo que el Señor le pedía: todos los pasos de su actividad pastoral y apostólica iban precedidos y acompañados de fuertes mortificaciones.

El Padre comenzó a usar el cilicio y las disciplinas cuando era seminarista. Me consta que a partir de 1928 intensificó su mortificación corporal de modo muy notable. La madre y los hermanos de nuestro Fundador me contaron que, durante aquellos años de Madrid, cuando usaba las disciplinas se encerraba en el cuarto de baño del piso donde vivían, y abría los grifos del agua para disimular el ruido de los golpes. Pero era inevitable oírlos. Además, aunque luego limpiaba cuidadosamente las paredes y el suelo, su madre y su hermana descubrían después, consternadas, algunas manchas de sangre que el Padre no había advertido.

Vivía el plan de mortificaciones aprobado por su confesor, con gran espíritu de obediencia. Entre sus apuntes de conciencia, hemos encontrado esta nota:

Desde el sábado, 17 de febrero de 1934, me ordena el P. S. este plan más suave:

Todos los días sin excepción, menos los domingos: por la mañana, cuatro horas, dos cilicios.

Lunes – disciplina – 3 Miserere. (Cada disciplina duraba el tiempo que tardaba en recitar tres Miserere, tres Laudate, etc.)

Martes – 3 Laudate.

Miércoles – 3 Benedictus.

Sábados – 3 Magnificat.

Los Viernes, disciplina, 3 Te Deum, 3 Magnificat y 3 Benedictus

Además, tuvo siempre la prudencia de no comprometer directamente la salud, y sus consejos eran muy claros sobre este punto. En una carta del 22 de enero de 1940, por ejemplo, recomendaba: No me hagas mortificaciones que puedan perjudicar tu salud o agriar tu carácter: la mortificación discreta y la penitencia discreta son indudablemente necesarias: pero la piedra de toque es el Amor. Ten, para la penitencia, esta norma de conducta: nada sin permiso expreso.

Más aún que las penitencias corporales, el Fundador se esforzaba por vivir las pequeñas mortificaciones que le ayudaban a cumplir con delicadeza las diversas prácticas de piedad, su ministerio sacerdotal, el espíritu de servicio, la caridad fraterna, etc. Afirmaba que estas mortificaciones debían ser constantes, como el latir del corazón. Entre sus apuntes, hemos encontrado éste, fechado el 3 de noviembre de 1932:

1/ No mirar ¡nunca!

2/ No hacer preguntas de curiosidad.

3/ No sentarme más que cuando sea indispensable, y siempre sin apoyar la espalda.

4/ No comer nada dulce.

5/ No beber más agua que la de las abluciones.

6/ Desde la comida o almuerzo del mediodía, no comer pan.

7/ No gastar ni cinco céntimos, si, en mi lugar, un pobre de pedir no pudiera gastarlos.

8/ No quejarme de nada nunca con nadie, como no sea por buscar dirección.

9/ No alabar, no criticar.

Deo omnis gloria!

A propósito de la mortificación de la vista: cuando se estableció en Burgos, en los primeros días de 1938, la ciudad no era aún muy grande y desde cualquier sitio se podía ver la espléndida catedral, una verdadera joya del arte gótico. Nuestro Fundador ofreció al Señor el sacrificio de dejar pasar un tiempo antes de visitarla: la primera vez que entró fue para rezar, y no para hacer turismo; sólo después fue a verla con calma.

Era muy exigente también en las mortificaciones de la comida. Cuando le conocí, uno de los detalles que me impresionaron fue una cajita de madera, de color claro, que estaba sobre su escritorio. Una vez le pregunté qué tenía dentro. Entonces la abrió y me la enseñó: era acíbar. Me invitó a tomar un poco con el dedo, y probarlo. Era una mortificación que hacía de vez en cuando. Recuerdo que, cuando nos refugiamos en la Legación de Honduras, entre los poquísimos objetos que se llevó allí, estaba esa cajita de acíbar.

Rechazaba cualquier trato de excepción cuando visitaba un Centro de la Obra, respetaba siempre sus planes y horario. Contaré solamente una anécdota pequeña, sucedida en 1945. Acabábamos de inaugurar en Bilbao la Residencia universitaria Abando, y el Padre fue a celebrar la primera Misa. Para festejar el acontecimiento, sus hijas encargadas de la administración doméstica de aquel Centro decidieron preparar una comida un poco especial. Nuestro Fundador observó que servían una botella de vino de marca, y preguntó si era normal en nuestras casas tomar en la mesa ese tipo de vino. Le acompañábamos tres o cuatro personas más. La doncella que servía la mesa respondió: “No, Padre, no lo servimos nunca”. Y nuestro Fundador exclamó, mientras se levantaba de la mesa: Entonces, tampoco me lo debéis dar a mí: me tratáis como si fuera un invitado y por esto dejo de comer. Hoy no como, así aprenderéis que no se actúa así, porque nuestra pobreza debemos vivirla siempre. A la chica le impresionó tanto, que al poco tiempo pidió la admisión en la Obra.

No obstante, dispuso que en nuestros Centros, con ocasión de alguna solemnidad litúrgica o de celebraciones propias del Opus Dei, sus hijas preparasen una comida mejor de lo ordinario. Pero, precisamente en esos días, el Padre comía menos. Recuerdo que una vez, durante las fiestas de Navidad, pusieron una fuente muy bien preparada; nuestro Fundador notó que uno de los comensales miraba el plato con cierta avidez. Entonces, con una excusa, se levantó de la mesa sin comer.

Un día, en 1949 ó 1950, el Marqués de Bisleti nos hizo llegar dos faisanes que había cazado en su finca de Salto di Fondi. El Padre no había comido nunca carne de faisán, y quiso ofrecer al Señor la mortificación de no probarla tampoco en aquella ocasión; decidió que aquellos faisanes fuesen para sus hijas de la administración.

Podría mencionar otros muchos aspectos del espíritu de mortificación y penitencia del Padre, como, por ejemplo, el cuidado de los objetos, el saber dominar las reacciones del propio carácter, la mortificación de callar, o de hablar, según los casos, etc. Pero, a mi juicio, el aspecto más importante de la penitencia heroica de nuestro Fundador fue su ocultarse y desaparecer, que constituyó el lema de su vida.

–El Fundador afirmaba que prefería el holocausto al sacrificio. Quería, por eso, que las flores del Sagrario se pusiesen directamente sobre el altar, entre los candeleros, para que toda su lozanía se consumiese en honor del Señor. Es momento, quizá, de esbozar cómo vivió la virtud de la humildad.

–Puedo afirmar que nuestro Fundador vivió durante toda su vida con un completo olvido de sí, y se tuvo en muy poca consideración: enderezaba cada pensamiento, palabra y acción a la gloria y al servicio de Dios. Desde joven repitió innumerables veces esta jaculatoria: Deo omnis gloria! Y en un punto de Consideraciones espirituales, que después sería el 780 de Camino, explicó:

“Deo omnis gloria”. Para Dios toda la gloria. –Es una confesión categórica de nuestra nada. El, Jesús, lo es todo. Nosotros, sin El, nada valemos: nada.

Nuestra vanagloria sería eso: gloria vana; sería un robo sacrílego; el “yo” no debe aparecer en ninguna parte.

El 4 de febrero de 1975 me encontraba con el Padre a bordo del avión que pronto despegaría del aeropuerto de Madrid rumbo a Venezuela. En un momento dado, con gran sorpresa por nuestra parte, entró en la cabina una hija suya, la periodista rhodesiana Lynden Parry Upton: había logrado llegar hasta allí con el firme propósito de darle las gracias por todo lo que la Obra había hecho por ella, conduciéndola primero a la conversión al catolicismo, y después a la vocación al Opus Dei. Nuestro Fundador contestó: Todos tenemos que agradecerle al Señor. Y como ella insistía en darle las gracias personalmente, el Padre la interrumpió con cariño, pero con decisión: A mí no. Dios escribe una carta, la mete dentro de un sobre. La carta se saca del sobre, y el sobre se tira a la basura.

Al mismo tiempo, era consciente de que el Señor quería su cooperación para obrar maravillas, y lo recordaba también a sus hijos: De nuestra santidad, de nuestra humildad depende que Dios dispense a manos llenas, a través de nosotros, su gracia. Pero no olvidaba que el monumento se erige al artista; el pincel se tira: ha cumplido su función obedeciendo a las manos del artista.

Rehusó siempre los honores y los cargos. Me parece particularmente significativa la siguiente anécdota. El 11 de febrero de 1933, Angel Herrera, nombrado poco antes Presidente de la Acción Católica española después de haber abandonado la dirección del periódico El Debate (más adelante sería ordenado sacerdote, y llegaría a ser obispo de Málaga y cardenal), quiso hablar con don Josemaría: le informó de la noticia, todavía no oficial, de su propio nombramiento, y le ofreció un cargo importante. De acuerdo con el Nuncio, Angel Herrera había proyectado la creación de un centro para la formación de sacerdotes que serían consiliarios de la Acción Católica en los diversos niveles, y propuso al Padre aceptar el nombramiento como director de ese centro. El Fundador de la Obra rechazó la propuesta. El presidente Herrera insistió, y le hizo notar que se trataba de un puesto clave, de gran responsabilidad, ya que en aquella casa se reunirían los mejores sacerdotes de España; el Padre le respondió que precisamente por eso no podía aceptar un puesto tan importante: Además –añadió– hay muchos otros que lo harán mejor que yo.

Deseo subrayar que estas palabras no eran una excusa cortés, educada; estaba plenamente convencido de que otros sacerdotes podrían, efectivamente, desarrollar mejor aquella actividad. Por su parte, pensaba que sólo sería eficaz cumpliendo lo que Dios le había encomendado, para lo que tenía un carisma específico, una particular gracia de Dios.

Después de la guerra civil española, fue creciendo el prestigio de nuestro Fundador. Ante la eventualidad, nada remota, de ser elevado al episcopado, pidió permiso a su confesor, don José María García Lahiguera, para hacer voto de no aceptar jamás la carga o dignidad episcopal. Don José María respondió que no se lo permitíría sin el consentimiento del obispo de Madrid. Por eso, durante una conversación con Mons. Leopoldo Eijo que tuvo lugar el 19 de marzo de 1941, el Padre se lo planteó. Después, anotó también esto entre los temas tratados con el Prelado: El Señor Obispo no me da el permiso. Y me disgusta de verdad.

Aborrecía las alabanzas, y explicaba con viveza que lo peor que puede sucederle a un hombre es recibir solamente elogios. En cambio, agradecía mucho las correcciones que recibía; precisamente por esto, planteó un “filial forcejeo” con la Santa Sede, para no privar al Presidente General del Opus Dei (como entonces se llamaba) de la corrección fraterna, que en la Obra es un medio de formación fundamental. Cuando presentó por primera vez a la autoridad eclesiástica nuestro Ius Peculiare –esto sucedería también después, en 1946 y en 1949– tuvo que superar las dificultades que le pusieron: le hicieron notar que, según una costumbre plurisecular, los Superiores mayores no pueden ser corregidos por sus súbditos. Pero nuestro Fundador no cedió, porque no quería verse privado de esta ayuda. Replicó: No es posible. Todos los hijos míos tienen un medio que arranca del Evangelio, que es la corrección fraterna. Por ese procedimiento, los demás, aunque les duela, y tengan que vencerse ellos y los que la reciben, y tengan que ser humildes y mortificados, tienen un medio de santidad maravilloso. ¿Y yo que soy un pobre hombre, y los que me sigan a mí, que serán mejores que yo, pero también unos pobres hombres, no vamos a tener ese medio de santidad? Se aprobó finalmente la figura de los Custodes seu Admonitores, que viven junto al Presidente General –hoy, el Prelado–, y le ayudan con las observaciones que consideran oportunas.

Eludía con gran naturalidad las manifestaciones de gratitud, admiración o entusiasmo de los que le escuchaban, por ejemplo, con ocasión de los numerosos cursos de retiro espiritual que predicaba. En 1948 dirigió uno en Molinoviejo (Segovia) a un grupo de profesionales; en aquel tiempo yo me encontraba en Roma, pero poco después me lo contó el que fue principal testigo directo, don Amadeo de Fuenmayor. Los participantes habían dado ya algunas muestras de entusiasmo, y por eso el Padre les recordó más de una vez la necesidad de no romper el silencio acostumbrado; antes de la última meditación del retiro, para evitar ser objeto de sus manifestaciones de gratitud y elogio, indicó expresamente a don Amadeo que no pronunciase la acostumbrada jaculatoria final –Sancta Maria, Spes nostra, Sedes Sapientiae– hasta un rato después de que hubiese salido del oratorio, cuando oyera arrancar el coche que lo llevaba Madrid. De esta manera, al salir los participantes del oratorio, ya no estaba y no pudieron hacer nada, salvo encararse con don Amadeo por haberle dejado marchar. Soy testigo de que, gracias a trucos de este tipo, nuestro Fundador logró seguir hasta el último día el ejemplo de la vida oculta de Jesús en Nazaret.

Al comienzo de los años cuarenta, una hermana de mi madre y su marido invitaron a comer a nuestro Fundador y a mí, junto con Manuel Aznar, un intelectual bastante conocido, al que se consideraba entonces el mejor periodista español, y que más tarde sería Embajador de España en los Estados Unidos. En un determinado momento, Aznar le dijo al Padre: “–¡Cómo me gustaría escribir su biografía!”. Y el Padre replicó: –Mi biografía te la doy hecha: en el Santo Evangelio se lee como un resumen de la biografía de la vida de infancia del Señor, que se condensa en tres palabras: erat subditus illis: Jesús obedecía a María y a José. Después, en los Hechos de los Apóstoles, se lee otra biografía de Nuestro Señor, esta vez en dos palabras: pertransiit benefaciendo. Pues para mí basta con una sola palabra: ¡pecador! Pero un pecador que ama mucho a Jesucristo.

Muchísimas veces –he sido testigo de esto a partir de 1935, pero sé que lo hacía ya muchos años antes–, rezaba prosternado en tierra e imploraba la gracia divina con la profunda convicción de que era su postura más adecuada, porque no tenía ningún mérito. Me confió que solía hacer oración postrado sobre el suelo, porque advertía la bajeza de su condición y la necesidad de pedir perdón al Señor y de implorar su ayuda, de acuerdo con su nulidad.

Podríamos detenernos mucho tiempo evocando otros sucesos edificantes, pero me parece que airearíamos su intimidad. Recordaré sólo un último detalle: un día, en los años cincuenta, durante las obras de construcción de la Sede Central, el Padre vio que, al desmontar los andamios, los obreros tiraban unos clavos grandes que habían servido para sujetar los tablones de madera. Nuestro Fundador se quedó pensando que sin aquellos clavos, que los obreros tiraban con indiferencia, no habría sido posible montar el andamiaje. Hizo recogerlos y envió muchos a las distintas Regiones, como símbolo de lo que debemos ser: un instrumento, en sí despreciable, del que se sirve el Señor para hacer su Obra.

El amor a la Iglesia y al Papa en CAMINO.

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9 Gonzalo Aranda, José R. Villar

«¡Qué alegría, poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia Santa!» (Camino, n. 518). «Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón» (Camino, n. 573). En estas dos breves afirmaciones, se nos desvelan aquellos sentimientos de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, todavía sacerdote joven, hacia la Iglesia y el Papa. El transcurso del tiempo, escenario de la fiel correspondencia del Siervo de Dios, no haría sino afirmar, robustecer y comprobar con obras, opere et veritate, esas semillas esparcidas en su alma por el Divino Sembrador(1). Pero ya desde aquellos primeros años de su ministerio sacerdotal, en Camino recoge el profundo amor a la Esposa de Cristo y a su Vicario en la tierra, que se traduce en una sincera y espontánea expansión de alegría y acción de gracias a Dios, manifestando un amor firmemente enraizado en el corazón, que es proclamado con la absoluta seguridad de la fe.

Camino contiene la experiencia pastoral de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer acumulada en sus primeros años de actividad sacerdotal. La naturaleza de la obra nos sugiere la manera adecuada de acceder a su contenido. El autor no pretende una reflexión teológico-dogmática sobre los misterios de nuestra fe, aunque —como es natural— esos presupuestos subyacen en el vivir cristiano que presenta. Volveremos más adelante sobre este punto. En todo caso, su pretensión consiste en suscitar en el lector, ayudado de la gracia divina, deseos de conversión, de amor y de mejora espiritual(2). La formalidad propia de Camino apunta, pues, a la vida cotidiana del cristiano, a la traducción existencial de las exigencias de la fe. Algún lector podría sentirse decepcionado si buscase sólo reflexiones teológicas originales en las que fundamentar, por ejemplo, el inicio de la renovación eclesiológica de nuestro siglo, por citar el ámbito en que estamos situados. Este método conduciría a un error de óptica que invalidase los resultados(3). Con ello no queremos afirmar que Camino carezca de originalidad eclesiológica, sino que su objetivo no es ofrecer una teología producida en la serena quietud del estudio, y que posteriormente incida en la vida cristiana. Más bien —y aquí radica su valor— muestra una vida hecha realidad en el existir concreto del cristiano que obliga a la teología a replantearse algunos presupuestos no siempre completos. En este sentido, Camino es profundamente renovador con la perenne novedad evangélica(4).

El amor a la Iglesia y al Papa aparecen en Camino como una confidencia amistosa, y un testimonio personal de su autor. «Voy a remover en tus recuerdos para que se alce algún pensamiento que te hiera», advierte al lector al comienzo de sus páginas. En efecto, a través de expresiones rápidas, sugerentes, exhortativas y, en todo caso, iluminadoras, Camino incita a su interlocutor a despertar en sí mismo las virtualidades divinas que el Bautismo ha depositado en su ser. Subyace en sus palabras el sentido de que el cristiano ha sido llamado a una salvación personal, ciertamente, pero inserto en la comunidad de la nueva Alianza eterna, fundada en la Sangre redentora del Dios hecho Hombre(5). En Camino, las grandes realidades de nuestra vida en Cristo son trasladadas a cada cristiano en un tono íntimo, personal. El autor desea, de modo expreso, alcanzar con su pluma la vida corriente y ordinaria en que se desenvuelve su quehacer habitual. En este sentido, se entiende que el amor a la Iglesia y al Vicario de Cristo no aparezcan a golpe de argumento teológico, en que la fides quaerens intellectum prive sobre otras consideraciones. Más bien, Camino busca suscitar la fides quae per charitatem operatur (cfr. Gal 5, 6), una fe admitida sin vacilación que lleva, por su propia dinámica, a ser plasmada en una vida plena de caridad, de obras.

El amor a la Iglesia y al Romano Pontífice no son objeto, en consecuencia, de un tratamiento apologético o de un estudio teórico que alimente exclusivamente la inteligencia cristiana. Este proceso lo supone adquirido. Es, en cambio, un compartir con sus hermanos en la fe la alegría de servir a la Iglesia, el gozo en la contemplación del misterio, y hasta un grito de júbilo al saberse insertado de ese modo en Cristo. Claro está, todo ello supone una profunda teología hecha vida, o, si se quiere, una existencia teologal que, sin intentar una inquisición refleja sobre su fe, se expresa en sus manifestaciones más prácticas. En las más sencillas y elementales afirmaciones de Camino se esconde la secular riqueza de la fe de la Iglesia. Por eso, encontraremos en el libro un enlace natural con el patrimonio doctrinal cristiano: quod semper, quod ubique, quod ab omnibus, según la célebre expresión de S. Vicente de Lerins(6). Y, añadimos, no sólo con lo que siempre se ha creído, sino también con aquello que constantemente los hijos de la Iglesia han convertido en savia vivificadora de su existir cristiano(7).

Enseña San Pablo que Cristo amó a la Iglesia como su esposa entregándose a Sí mismo para santificarla (Eph 5, 25-26). El Apóstol desvela a los primeros cristianos de Efeso el rostro verdadero de la Iglesia: la Esposa santificada por Cristo. Con ello, nos introducimos en la primera muestra de amor de los miembros de la Iglesia. En efecto, la manifestación de amor adecuada de los hijos será reflejar en sus personas el carácter santo de tal Madre que les ha engendrado en Cristo. Esa santidad ontológica de la Iglesia, derramada desde su Cabeza a los miembros, impulsa a los cristianos a manifestar en sus vidas los «frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles»(8). En realidad, podría decirse que todo el contenido de Camino refleja esa dimensión del amor filial para con la Iglesia, ya que no pretende otra cosa que facilitar la santidad personal, muy particularmente de aquellos que constituyen la mayoría de sus miembros, los laicos. A ellos muestra que el mundo, donde se saben inmersos, no es algo circunstancial a lo que deben hacer frente, sino la materia de su santidad y, también, el modo específico de su camino eclesial; de este modo asumen in Christo et in Ecclesia las realidades creadas, forjando la continuidad con el desenlace final de la historia, con el momento en el que Cristo ceda su dominio al Padre y Dios sea todo en todas las cosas (cfr. 1 Cor 15, 28).

Las confidencias personales del autor de Camino tienen, pues, una intencionalidad bien clara, que se percibe a la luz del prólogo mismo: que el lector entre también por caminos de santidad, por las sendas de una vida cristiana conforme a su nuevo nacimiento en Cristo, y obre coherentemente con su nuevo ser, como miembro del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. La manifestación del amor por ella será engalanar la Iglesia-Madre con las virtudes de los hijos.

De una manera más inmediata, a lo largo de todo el libro, y particularmente en los puntos 517 a 527 —puestos bajo el título La Iglesia— el autor quiere despertar y consolidar ese amor por la Esposa Inmaculada: de modo paulatino, cobran relieve los fundamentos de ese amor, sus características, sus exigencias y, en fin, sus manifestaciones. Naturalmente, todo ello no aparece de forma sistemática, sino al hilo de los diversos apartados, que conducen al lector a tomar en serio y a responder decididamente a la vocación divina. Incluida en esa vocación, emerge una dimensión intrínseca a la existencia cristiana: no es posible ser plenamente cristiano y católico sin un profundo amor a la Iglesia y al Papa. Toda la conducta cristiana debe dejarse impregnar de un amoroso sentire cum Ecclesia, traducción visible de la unión fecunda del sarmiento con la Vid, Cristo (cfr. Ioh 15, 5)(9). Y, como criterio inmediato de esa vida de comunión, el cristiano mira al Obispo de Roma, principio visible de la unidad de la Iglesia(10).

El fundamento del amor a la Iglesia

El amor a la Iglesia es, en Camino, algo connatural al cristiano. Brota espontáneamente de la meditación sobre la naturaleza de la Iglesia y aparece unido inseparablemente con el amor a Jesucristo, inserto en el proceso de identificación con Él. No se puede separar el Cuerpo de su Cabeza, ni la Esposa del Esposo. La fe en Jesucristo contiene la fe en la Iglesia.

a) La fe en la Iglesia

Gracias al magisterio del Concilio Vaticano II poseemos en nuestros días una guía segura para penetrar, desde la fe, en el «misterio de la Iglesia». En efecto, la Iglesia es una realidad sobrenatural, que entra en el contenido del acto de fe. Como tal la profesamos en el Credo, desde los primeros Símbolos. La Iglesia, vinculada en su origen en el tiempo con la Encarnación del Verbo redentor(11), lleva en su naturaleza, en su origen, en su desarrollo y en su destino final la señal del misterio de Dios Uno y Trino. Esta Iglesia, en la que Cristo se hace presente en el mundo(12), es a la vez palpable y presente en la vida humana, aun siendo trascendente a su visibilidad histórica. Es el reinado de Cristo in mysterio, creciendo hacia la consumación final(13).

Para comprender lo que la Iglesia es hay que contemplarla con la visión elevada por el don de la fe, y así se llega, antes que a una comprensión intelectual —por la que se esfuerzan los teólogos, aun conscientes de que nunca llegarán a agotarla—, a una vivencia interior, una participación connatural en la ciencia divina que produce sabiduría y gozo. Es significativo, a este respecto, encontrar ya en el primer punto de Camino dedicado a la Iglesia una incitación a la meditación del misterio, tomado espontáneamente de las palabras del Credo: «”Et unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam!…” —Me explico esa pausa tuya, cuando rezas, saboreando: creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica…» (Camino, n. 517). Estas palabras nos sitúan ante el misterio de la Iglesia, que es realidad de gracia invisible e, inseparablemente, una concreta comunidad visible en la tierra. Se trata de la Iglesia de Jesucristo, reconocida en las cuatro notas clásicas, es decir, aquellas propiedades de la naturaleza de la Ecclesia in terris, que la tradición y la teología han explicitado desde el artículo del Símbolo profesado, y que sólo se dan en la Iglesia Católica como realidad histórica visible. El encuentro salvador con Cristo sólo es posible en su comunidad de salvación, en la Iglesia que Cristo quiso(14). No hay vida plenamente cristiana, de Cristo, al margen de su Iglesia. Esta visibilidad institucional no es un puro accidente necesario a nuestra condición humana y, en este sentido, desprovisto de significado salvífico. La fe lleva a aceptar que Cristo ha establecido la dimensión institucional (sacramentos, jerarquía, etc.), como medio de salvación, instrumento de una mediación de gracia: la Iglesia «es en Cristo como un Sacramento, o sea signo e instrumento de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano»(15). La fe en la Iglesia se reconduce a la fe en Cristo, que la ha dotado de eficacia; la decisión ante la Iglesia comporta una toma de posición frente a Cristo (cfr. Lc 10, 16). Ese gusto espiritual —«saboread», dice el autor(16)— en la unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad, encierra la confesión de fe más nuclear en la continuidad histórica de Cristo en la Iglesia. Cristo, hoy, sigue ofreciendo la salvación a cada hombre, en una comunidad concreta y delimitada.

Pero si la fe es elemento que edifica la vida cristiana in Ecclesia, Camino no olvida que, junto a la fe, están los sacramenta fidei: «¡Qué bondad la de Cristo al dejar a su Iglesia los Sacramentos! —Son remedio para cada necesidad. —Venéralos y queda, al Señor y a su Iglesia, muy agradecido» (n. 521). La Iglesia, dispensadora de los canales de la gracia, hace accesible, hic et nunc, el contacto salvífico con Cristo. Pero es al Señor a quien se dirige, en primer lugar, el agradecimiento, ya que quiso, en su infinita bondad, una nueva economía de gracia por medio de signos eficaces. Cristo mismo sigue actuando por medio del gran sacramento de la Iglesia. Ante la misericordia divina, nos sugiere Camino, sólo cabe amor, veneración, gratitud.

b) El reino de Cristo en la Tierra

La Iglesia es de Jesucristo. Ella es su cuerpo, su Esposa; Él su Cabeza, su Señor. Sólo en su nombre y, aún más, porque Él mismo actúa en Ella, la Iglesia puede ofrecer remedio a las necesidades más profundas del hombre. Pero esto exige dejar paso al dominio de Cristo en los corazones humanos, que les hace verdaderamente libres de las esclavitudes del pecado. He aquí otro motivo de amor a la Iglesia, que no pasa inadvertido a la meditación de Camino.

Ese señorío de Cristo, presente en muchos puntos del libro, lo describe el autor como una realización conjunta del poder de la gracia divina y la libre correspondencia humana. La Iglesia se muestra así como el ámbito del reinado de Cristo que se establece por la Palabra de Dios que, en la Iglesia, suscita la respuesta de fe; y por los sacramentos, que realizan verdaderamente lo anunciado. El cristiano que deja crecer el Reino en su vida, deviene portador del reinado de Cristo, con su vida santa y con su apostolado: «(…) Si eres generoso…, si correspondes, con tu santificación personal, obtendrás la de los demás: el reinado de Cristo (…)» (Camino, n. 833). El cristiano debe identificarse con un deseo apasionado de extender el reino de Cristo —«¡Dios y audacia! —”Regnare Christum volumus!”», escribiría en el punto 11— que lleve a sembrar, en nuestro caminar terreno, un germen verdadero del Reino: «(…) —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después… “pax Christi in regno Christi” —la paz de Cristo en el reino de Cristo» (n. 301).

Veinticinco años después de la primera edición de Camino en 1939, el Concilio Vaticano II enseñaría que toda la Iglesia recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de instaurarlo. Ella misma viene a ser, hic in terris, su germen y principio(17). Cada cristiano participa en dicha misión. En Camino subyace esa comprensión de la relación existente entre la Iglesia y el reino de Cristo, y especialmente el papel de cada cristiano en su edificación, expuesto en ese diálogo directo con el lector que caracteriza la obra del Siervo de Dios. A través de la Iglesia, el cristiano construye un Reino —con Cristo—, que, sin duda, se consumará en el tiempo escatológico, pero ya ahora se edifica. Ésta será una de las razones para amar a la Iglesia y entregarse con alegría al apostolado: «”Et regni ejus non erit finas”. —¡Su Reino no tendrá fin! ¿No te da alegría trabajar por un reinado así?» (n. 906).

Porque la Iglesia es ya el reino de Cristo en su inicio, y Él es su fundamento actual y perenne, Camino transmite esa seguridad que confiere la promesa de la indefectibilidad; la Iglesia, que peregrina entre «las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios», como recordaba el Obispo de Hipona, no decaerá. Esa misma convicción de siempre debe sostener la fe del cristiano ante la persecución y la contradicción —«el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo»— que Dios permite, en ocasiones, como purificación(18). En cierto modo, la suerte está decidida de modo definitivo. Pero el poder soberano de Dios pide una condición para desplegarse: «Dios es el de siempre. —Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura. —”Ecce non est abbreviata manus Domini”. El brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido!» (n. 586). El autor quiere situarnos en la perspectiva precisa, ante la fácil tentación de una visión meramente humana de la acción de la Iglesia. En efecto, es el Señor quien sigue obrando entre los hombres cuando encuentra fe. Los prodigios, las intervenciones salvadoras de Dios que nos narra la Sagrada Escritura se dan ahora también en su nuevo Pueblo, pero —como tantas veces nos advierten los Evangelios— Cristo exige la fe en Él.

No es Camino un libro que incite a desear los hechos espectaculares en la Iglesia, o a solicitar las intervenciones relampagueantes de la omnipotencia divina. Ciertamente, serán necesarias en ocasiones. Sin embargo, del entero libro se transparenta ese amor por la acción extraordinariamente habitual de Dios en nuestras vidas. Es ilustrativo, a este respecto, todo el capítulo dedicado a Cosas pequeñas. Grave despropósito sería para el cristiano descuidar, tener en poco, los cauces habituales en que el Señor, en la Iglesia, sigue realizando silenciosos prodigios: la vida sacramental, la oración, la formación en la fe, dejarse guiar por la atención pastoral y materna de la Iglesia. El amor y fe en Cristo comportan amor y fe en la Iglesia, donde se incoa el reino, que crece, hoy y ahora, pero in mysterio, es decir, desvelado sólo para una mirada de fe.

c) El cristiano, hijo de la Iglesia: implicado en su misión

El amor a la Iglesia se fundamenta en que es obra de Cristo. Él la fundó, le envía su Espíritu, y sigue presente, operativo y eficaz, en ella y a través de ella. La Iglesia, enviada por Él al mundo universo, recibe la misión de anunciar y realizar la salvación efectuada una sola vez por la Sangre de su Señor. Camino lleva a cada cristiano a sentirse parte implicada en la misión: «”Id, predicad el Evangelio… Yo estaré con vosotros…” —Esto ha dicho Jesús… y te lo ha dicho a ti» (n. 904). Quiere despertar, con estas palabras, esa «memoria» cristiana de la misión, custodiada en la Escritura y Tradición(19).

En efecto, se da una continuidad real entre los discípulos inmediatos de Jesús, los que vinieron a continuación en generaciones sucesivas y los que hoy formamos la Iglesia en el siglo xx. En cierto modo, el autor describe la Iglesia como una gran familia, la «familia de Dios» de que habla el Apóstol (cfr. Eph 2, 19-22; LG, n. 6), en la que existen unas costumbres familiares, una tradición, unos vínculos íntimos sobrenaturales entre sus miembros; y, en fin, un destino común, una misión solidaria, para la que poseemos unos medios: el Crucifijo y el Evangelio(20). A los Apóstoles se les llama en ocasiones «los primeros»(21), indicando de este modo que los demás formamos una cadena que les alcanza en el tiempo, pero, sobre todo, que «los primeros» —los Apóstoles, los discípulos, los que acogieron la Buena Nueva desde Pentecostés— determinan con su vida unas conductas normativas para las generaciones posteriores, un espíritu que se transmite hecho vida. En primer lugar está, naturalmente, el ejemplo del Maestro(22). Después, la conducta apostólica: «Bebe en la fuente clara de los “Hechos de los Apóstoles” (…)» (n. 570); y la de los discípulos: «(…) procura conocer e imitar la vida de los discípulos de Jesús, que trataron a Pedro y a Pablo y a Juan, y casi fueron testigos de la Muerte y Resurrección del Maestro» (n. 925).

Conocer, vivir y amar aquellos primeros pasos de la Iglesia no será tanto un puro conocimiento, algo frío y lejano en el fondo, como tratar de incorporarse plenamente a una comunión de fe, esperanza y amor con los primeros en el tiempo.

La conciencia de participar de una misma fe, sacramentos y de idéntica misión —cumplir «un mandato imperativo de Cristo»(23)—, nos introduce, pues, en una perspectiva solidaria, «familiar» decíamos antes, de la naturaleza de la Iglesia. El cristiano no puede contemplar la Iglesia como algo que le es ajeno, aquello que se observa y juzga exteriormente. Atentaría contra sí mismo; él mismo quedaría incomprensible al margen de su Familia. Ha de sentirse un miembro más, llamado por vocación divina. Camino reafirma esta visión sobre el modo de ser y vivir in Ecclesia, cuando enfoca la relación de cada miembro con la Iglesia como una relación filial, el vínculo amoroso que une a un hijo con su Madre. Basta recordar a S. Cipriano y S. Agustín para comprobar que nos hallamos ante el patrimonio genuino de la Tradición(24). La relación filial con la Iglesia aparece fuertemente personalizada: la Iglesia es «mi Madre»; «yo soy hijo de la Iglesia»(25).

El amor surgirá como la manifestación más natural, apareciendo el rechazo, el desamor, como una aberración. La Iglesia es Madre que engendra hijos a la vida sobrenatural, los alimenta y robustece con los sacramentos —especialmente la Eucaristía—, que les enseña los misterios divinos. Al considerar la Iglesia como Madre, cada cristiano puede hacer suyas aquellas palabras que el Salmista cantaba sobre Jerusalén: Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti; si no pongo a Jerusalén en el centro de mi alegría (Ps 137, 6). En efecto, la Iglesia es llamada en la Sagrada Escritura nuestra madre y la Jerusalén celestial. La llama así S. Pablo en Gal 4, 26 estableciendo una contraposición entre la Jerusalén histórica, representada en Agar, la esposa esclava de Abraham, y la Iglesia como pueblo nacido de la nueva Alianza representada en Sara, la esposa libre. La Iglesia es la Jerusalén de arriba, libre; y si a Jerusalén se le dice Madre, porque todos han nacido en ella (Ps 137, 5), cuánto más, esto mismo se dice ahora a la Iglesia, en la que hemos nacido como hijos de Dios.

Algunas características del amor a la Iglesia

El amor a la Iglesia se fundamenta en una profunda visión de fe en su naturaleza: la mediación visible por la que Cristo sigue actuando en la historia; el reinado de Cristo, desarrollándose en el tiempo; la comunión de los discípulos de Jesucristo, desde los Apóstoles a nosotros; nuestra Madre, de la que hemos nacido a la vida de la Gracia. Motivos todos ellos por los que la Iglesia es digna de amor, veneración y fidelidad.

No encontramos en el curso de la lectura de Camino una definición teórica, sistemática y detallada, de lo que es el amor a la Iglesia. En cambio, podemos percibir los sentimientos que acompañan dicho amor, los rasgos característicos que presenta. En este sentido, el autor obra de modo natural: el amor se vive, en primer lugar; posteriormente, se describe, se refleja expresamente, y, con todo, nunca se termina de transmitir por entero hasta que no se experimenta de modo personal. En el fondo, el amor a la Iglesia es un don de Dios. Por eso, Camino no intenta tanto convencer a su lector como acompañarle en un «camino» interior, descubriéndole la belleza de la Iglesia, en espera de que la gracia le remueva e incite a unirse a su admiración.

a) El amor a la Iglesia lleva a captar, en una experiencia habitual y ordinaria, los reflejos de la esencia íntima de la Iglesia: la Comunión de los Santos. «Vivid una particular Comunión de los Santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora del trabajo profesional, la alegría y la fuerza de no estar solo» (n. 545). Vivir en la Iglesia es, radicalmente, dejarse inundar por la vida de comunión con Dios y con la humanidad (cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 1); con ello, la fraternidad cristiana, lejana de una ilustrada filantropía, resulta una conducta anclada en Cristo: «”Saludad a todos los santos. Todos los santos os saludan. A todos los santos que viven en Éfeso. A todos los santos en Cristo Jesús, que están en Filipos”. —¿Verdad que es conmovedor ese apelativo —¡santos!— que empleaban los primeros fieles cristianos para denominarse entre sí? —Aprende a tratar a tus hermanos» (Camino, n. 469). De esta convicción de «vivir entre santos», ajena a una concepción paradisíaca que ignorase la caída original(26), surgen las exigencias amables de la fraternidad eclesial: la caridad silenciosa(27), la lealtad incondicional a los hermanos en la fe(28), etc.; en definitiva, la fortaleza que todos los hijos de la misma Madre han de prestarse entre sí(29).

Amar a la Iglesia supone sentir con ella, ser partícipe de sus alegrías y sufrimientos, vivir prácticamente la gozosa realidad de la comunión de los santos, abrazando, más allá de nuestra generación, a todos los que nos han precedido. Unidos en la penitencia(30), de nuestra generación, a todos los que nos han precedido. Unidos en la penitencia(30), contemplando en el cuerpo los sufrimientos de Cristo por su Iglesia (cfr. Col 1, 24); unidos en el afán apostólico, por amor a Jesucristo(31).

b) Otra característica del amor a la Iglesia, fuertemente reflejada en Camino, es la dimensión universal que adquiere ese amor. La Iglesia es «Católica», «universal»; asume todo afán noble, y verdaderamente humano, en Cristo: «¡Católico!: corazón grande, espíritu abierto», exclamará el autor(32). El horizonte del hijo de la Iglesia es el mundo entero, que desborda un espíritu empequeñecido, de cortos vuelos. Amar a la Iglesia supone amar en Cristo y para Cristo todas las realidades humanas salidas del amor creador de Dios.

El amor a la Iglesia impele, a su vez, a reconocer la acción del Espíritu Santo, que actúa donde quiere y como quiere. Supone alegrarse por el trabajo que otros realicen en servicio de la Iglesia: «Es mal espíritu el tuyo si te duele que otros trabajen por Cristo sin contar con tu labor»(33). Denotaría un falso amor el espíritu exclusivista, que desconfiase por principio o viese con prejuicios cualquier iniciativa o movimiento apostólico que surja en el seno de la Iglesia. En la Iglesia debe haber muchos caminos, nos recuerda en el punto 964: «(…) para que todas las almas puedan encontrar el suyo, en esa variedad admirable (…)». Tal diversidad no atentará a la unidad de la Iglesia, cuando el Espíritu Santo está en su origen, pues el Espíritu la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos, y la embellece con sus frutos (cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 4). No cabe sino alegrarse y amar tal variedad: «Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados. —Y pide, para ellos, gracia de Dios abundante y correspondencia a esa gracia (…)» (Camino, n. 965)(34).

Exigencias fundamentales del amor a la Iglesia

El cristiano, si es consciente de su vocación, no puede dejar de sentir en su persona el reflejo de la santidad de la Iglesia; y, juntamente, su participación en la misión a ella confiada. Por el primer título, es impulsado a traslucir en su vida el espíritu de su Madre Santa. El amor a la Iglesia comportará, en segundo lugar, un estímulo constante para cumplir con mayor fidelidad la parte que le corresponde en la misión; y ese mismo amor le llevará a defenderla, a amarla en sus instituciones y a vibrar interiormente con la vida de la Iglesia.

a) Aludimos al comienzo de estas páginas a la santidad de la Iglesia. En efecto, la Iglesia aparece en la historia y en el mundo como el pueblo santificado por la sangre de Jesucristo; gens sancta, pueblo santo, lo llama S. Pedro en su primera epístola (1 Pet 2, 9). La Iglesia es la Esposa del Cordero Inmaculado. Y el Concilio Vaticano II parte, precisamente, de esa santidad de la Iglesia para recordar a los cristianos las exigencias de su vocación bautismal: «por ello, todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad» (Const. Dogm. Lumen gentium, n. 39). El Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, durante toda su vida, convirtió en eje de su ministerio sacerdotal, desde los primeros años, remover en los cristianos su conciencia de estar llamados a la santidad. En Camino, la llamada universal a la santidad y al apostolado resuena en todas partes, y va dirigida, particularmente, a los cristianos corrientes: «Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”» (n. 291)(35).

Porque la Iglesia es Santa, la primera muestra de amor es buscar la santidad personal y la de los demás miembros de la Iglesia. Este es el mejor servicio a la Iglesia y la manera adecuada de pertenecer en plenitud a la Iglesia. Para Camino, pensar en el daño que representa la infidelidad es un fuerte estímulo para la propia responsabilidad: «Tendrás más facilidad para cumplir tu deber al pensar en la ayuda que te prestan tus hermanos y en la que dejas de prestarles, si no eres fiel» (n. 549).

b) La santidad personal comporta de forma ineludible la misión apostólica. Es otra exigencia del amor. Antes considerábamos el personal compromiso apostólico que el autor descubre a cada uno: «”Id, predicad el Evangelio…” (…) te lo ha dicho a ti» (cfr. n. 904). En Camino se anticipan —como es sabido— una serie de características sobre la misión propia de los fieles laicos que posteriormente describirá la Constitución Dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II. Especialmente, cuando el Concilio resalta la vocación de los laicos al apostolado y cuando señala su contribución específica y necesaria en la misión de la Iglesia (cfr., p. ej., Const. Dogm. Lumen gentium, n. 33).

Naturalmente, las afirmaciones de Camino al respecto no aparecen expresadas en un lenguaje académico. Son más bien, como corresponde al género del libro, pautas para un desarrollo concreto. No es momento de detenernos en este tema, abundantemente estudiado, por otra parte. En definitiva, se trata de enfrentar al cristiano con su condición y, por tanto, iluminarle en su actuación en medio de la sociedad, en el lugar en que Dios le encuentra, o mejor, con palabras del Concilio, allí donde le ha llamado: ibi a Deo vocantur (cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 31).

El autor, sabedor de que su lector habitual formará parte de la imponente cantidad de miembros del Pueblo de Dios empeñados en los afanes humanos junto con sus hermanos los hombres, es consciente de que su actividad mantendrá una característica secular y, por tanto, respetuosa con el valor propio de las realidades creadas. En esto se manifiesta también el amor a la Iglesia: «Cuando bullen, “haciendo cabeza” de manifestaciones exteriores de religiosidad, gentes profesionalmente mal conceptuadas, de seguro que sentís ganas de decirles al oído: ¡Por favor, tengan la bondad de ser menos católicos!» (n. 371). Formulación paradójica del autor, con la que quiere defender a la Madre de los defectos de sus hijos.

Sin embargo, porque la actividad de la mayoría de los cristianos no responde a un mandato oficial eclesiástico, cabe la tentación errónea de pensar que, en cierto modo, su conducta secular está lejana de su vocación divina o, incluso, que no tienen puntos de contacto. Y, no obstante, sin ser su actuación cotidiana algo eclesiástico, es eclesial: nunca se deja de ser miembro de la Iglesia. Y su amor a la Iglesia se manifestará en la inquietud apostólica («Pequeño amor es el tuyo si no sientes el celo por la salvación de todas las almas (…)» (n. 796); en sentirse implicado, allí donde se desarrolle su actividad, en la misión apostólica de todos: «Ten presente, hijo mío, que no eres solamente un alma que se une a otras almas para hacer una cosa buena. Esto es mucho…, pero es poco. —Eres el Apóstol que cumple un mandato imperativo de Cristo» (n. 942). Un mandato que impulsa a cumplir su misión en su lugar concreto de trabajo, en la sociedad; sin convertir en eclesiásticos, obviamente, los ambientes en que se desarrolla su quehacer, pero sin olvidar ese sentire cum Ecdesia, es decir, su condición de cristiano y que ahí ha sido llamado por Dios para impregnar esas realidades con el espíritu del Evangelio, para trabajar por el Reino de Cristo(36). Camino nos recuerda lo absurdo que sería una doble vida del cristiano que prescindiese de su condición a la hora de estar presente en la edificación de la sociedad humana. Una actitud así, que redujera la operatividad de la fe al ámbito meramente intraeclesial, desvirtuaría la aportación propia y específica de los laicos(37). Al católico se le pide serlo en todas las circunstancias de la vida. Aún más, debe estar dispuesto a sacrificar todo para servir «(…) aun a costa de la hacienda, de la honra y de la vida, a la Iglesia de Dios» (n. 519); dispuesto a soportar todo propter electos, por la salvación de sus hermanos, como San Pablo(38).

c) El cristiano es miembro de la comunidad humana y también —no puede olvidarlo— de la Iglesia. Su amor por Ella le conducirá, sin esperar otros títulos —¡con el bautismo—, a defender a su Madre como buen hijo. Camino señala la especial responsabilidad que incumbe en este ámbito a aquellos católicos cuyo trabajo —en los medios de comunicación social, o por su cargo en la vida política o por su preparación científica— tienen una actividad de gran influencia social, para que nunca, por sus actuaciones, se pueda perjudicar a la Iglesia: «¡Cuántos crímenes se cometen en nombre de la justicia! —Si tú vendieras armas de fuego y alguien te diera el precio de una de ellas, para matar con esa arma a tu madre, ¿se la venderías?… Pues, ¿acaso no te daba su justo precio?… —Catedrático, periodista, político, hombre de diplomacia: meditad» (n. 400).

Será necesario siempre defender a la Iglesia; no es el discípulo más que el Maestro y, como Él, la Iglesia aparecerá siempre entre los hombres como signo de contradicción. En cierto modo, la fidelidad a Jesús parece llevar ese sello de autenticidad. Y, no obstante, la invitación evangélica a asemejarse a la candidez de la paloma incluye la astucia de la serpiente. Quizá una caricatura de la verdadera humildad —muchas veces originada en el desinterés personal— ha permitido, como testimonia la historia, dejaciones de derechos por parte de los cristianos —en ocasiones impuestas por la violencia, ciertamente— repitiéndose el hecho del Evangelio: brota la cizaña en la Viña del Señor. Inimicus horno hoc fecit (Mt 13, 28). Otras veces, un complejo de inferioridad frente a un mundo avasallador en sus conquistas técnicas y científicas parecía hacer refugiarse a los cristianos en un «fideísmo práctico», la fe de carbonero —profundamente legítima por otra parte, pero, sin duda, peligrosa para nuestros tiempos—, más producida por una retirada del frente de batalla que por otros motivos. Se entiende, pues, que Camino no pacte con ese estado de cosas: «Antes, como los conocimientos humanos —la ciencia— eran muy limitados, parecía muy posible que un solo individuo sabio pudiera hacer la defensa y apología de nuestra Santa Fe. Hoy, con la extensión y la intensidad de la ciencia moderna, es preciso que los apologistas se dividan el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia. —Tú… no te puedes desentender de esta obligación» (n. 338). Una manifestación, opere et veritate, de amor a la Iglesia será, entonces, procurar el cultivo de la inteligencia elevada con la luz de la fe, y alimentada con la doctrina de Jesucristo.

Si el amor hace sentir a los hijos cualquier ataque a la Madre como hecho a uno mismo, sería lamentable que, aparcando el sentido común, hubiera cristianos que —por ingenuidad, o por inconfesables intereses egoístas— coreasen a aquellas personas que, de una u otra forma, tratan irrespetuosamente a la Iglesia, su fe o sus instituciones. Refiriéndose a posibles —y reales— ataques a la Iglesia desde el terreno científico, nos aconseja: «Servir de altavoz al enemigo es una idiotez soberana; y, si el enemigo es enemigo de Dios, es un gran pecado. —Por eso, en el terreno profesional, nunca alabaré la ciencia de quien se sirve de ella como cátedra para atacar a la Iglesia» (n. 836). El consejo sigue siendo actual.

d) Las expresiones en que se concreta el amor a la Iglesia en Camino no se reducen a una actitud de defensa frente a las asechanzas externas. Es natural que el amor lleve, de modo primario, al reconocimiento de las magnalia Dei, de la acción de Dios, de la grandeza del obrar divind en su Iglesia.

Camino nos incita, como una exigencia derivada del amor, al aprecio y veneración, por ejemplo, del don del sacerdote ministerial, fundado en esa representación de Cristo que es el sacerdote: «El Sacerdote —quien sea— es siempre otro Cristo» (n. 66); o también al respeto por el carisma religioso, en sus múltiples expresiones queridas por el Espíritu: «Si no tienes veneración suma por el estado sacerdotal y el religioso, no es cierto que ames a la Iglesia de Dios» (n. 526). El motivo de ese amor se reconduce, en consecuencia, a la fe en la presencia de Cristo en sus ministros, en un caso; o al reconocimiento del don de Dios a la Iglesia, en el segundo.

e) En fin, no podía faltar en la obra del Siervo de Dios, en la que vibra por la santidad de la Iglesia, una referencia profunda y radical a la liturgia, a la oración del Cuerpo místico de Cristo, Cabeza y miembros. Constituye, por así decir, la vida interior de la Iglesia que debe nutrir la vida personal del cristiano. De otra parte, un miembro de la Iglesia debe reconocer en la liturgia un motivo más de agradecimiento a Dios, que ha querido esa economía de gracia accesible al hombre, traducida en signos; especialmente agradecido se debe mostrar —lo veíamos antes— con aquellos signos que realizan eficazmente lo significado, los sacramentos (en los que actúa el mismo Cristo: cfr. n. 521). Toda la vida litúrgica, no obstante, hace presente —de diverso modo— el misterio cristiano. Por ello, es digna de veneración y necesaria: «Ten veneración y respeto por la Santa Liturgia de la Iglesia y por sus ceremonias particulares. —Cúmplelas fielmente. —€No ves que los pobrecitos hombres necesitamos que hasta lo más grande y noble entre por los sentidos?» (n. 522). Respeto que Camino extiende al cuidado y esplendor con el que se ha de tratar todo lo relacionado con el culto divino. El amor al Señor, a la Iglesia, a la liturgia, lleva a no escatimar nada ante la magnificencia divina, según muestra la escena evangélica de Mt 26, 6-13, interpretada en Camino, n. 527: «Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios. —Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco. —Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “Opus enim bonum operata est in me” —una buena obra ha hecho conmigo».

Sentire cum Ecclesia, en la vida litúrgica, implica cultivar la vida interior en consonancia con la oración «familiar» de la Iglesia; orar con la liturgia: «Tu oración debe ser litúrgica. —Ojalá te aficiones a recitar los salmos, y las oraciones del misal, en lugar de oraciones privadas o particulares» (n. 86); cantar con la liturgia(39); encontrar en su solemne sobriedad el paso de Dios entre los hombres(40). Hasta en los detalles más pequeños, el autor de Camino descubre la manifestación de una fe viva, la serena presencia de Dios ante la que el hombre reconoce su soberanía, el honor de Dios(41).

Todo lo cual lleva también a apreciar las ricas expresiones de fe que encierran las devociones populares: «¿Quién te ha dicho que hacer novenas no es varonil? —Varoniles serán esas devociones, cuando las ejercite un varón…, con espíritu de oración y de penitencia» (n. 574).

El amor al Papa

Decíamos al comienzo de estas páginas que el amor a la Iglesia constituye uno de los hilos conductores de Camino con los que se va enriqueciendo el tejido sobrenatural de la existencia cristiana, En el contenido de ese amor a la Iglesia no puede faltar el amor al Romano Pontífice. Para el autor de Camino, el Papa es sencillamente —con todo lo que implica— «Pedro», el pescador de Galilea llamado por Cristo a ser roca firme sobre la que se habría de apoyar la fe de sus hermanos, una fe segura porque cuenta con la oración infalible de Cristo (cfr. Lc 22, 32).

El Papa, sea quien sea, es Pedro y, en consecuencia, es el camino seguro para llegar a Cristo: «Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam», nos propone el autor como una orientación para la vida cristiana en el n. 833. El Romano Pontífice es contemplado, pues, en su calidad de Sucesor de Pedro, Cabeza visible de la Iglesia. Ciertamente, el Papa —dirá la teología— no posee todas las prerrogativas que tuvo Pedro, como testigo directo de la vida de Jesús. No se trata en Camino de elaborar una teología del primado, sino de suscitar la fe que reconoce en el Papa la presencia perpetua del ministerio petrino de unidad, de comunión. De igual modo que el Apóstol de las gentes decidió, movido por la fe en el ministerio de Pedro en la Iglesia, ir a Jerusalén tras su conversión «videre Petrum», para «ver a Pedro» (cfr. Gal 1, 18), así en Camino el autor nos invita a afianzar el sentimiento de ser hijo de la Iglesia, el gozo de pertenecer a la Iglesia Católica Romana, por el reconocimiento del Vicario de Cristo en la tierra: «Católico, Apostólico, ¡Romano! —Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu “romería”, “videre Petrum”, para ver a Pedro» (n. 520).

Los deseos de comunión y el ferviente amor al Papa son considerados en Camino como un don de Dios, que hemos de saber agradecer: «Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón» (n. 573). En efecto, aunque el amor al Papa puede ser cultivado y acrecentado en nuestro corazón, no deja de ser, en último término, fruto de la acción del Espíritu Santo que es el alma de la Iglesia y el que pone la semilla de la unidad en el corazón de todos los cristianos.

En conclusión, el amor a la Iglesia y al Papa en Camino no es un sentimiento periférico o accidental, sino que constituye una de las líneas de fuerza más profundas del contenido del libro, junto con la filiación divina y la llamada del cristiano a vivir la santidad en medio del mundo, en el trabajo ordinario. El amor a la Iglesia adquiere una dimensión bien concreta en el amor a las realidades visibles en las que ésta se manifiesta y se despliega en la historia: la liturgia, la doctrina, el Papa, el estado sacerdotal, los hermanos en la fe, y todos los hombres, pues todos están llamados a participar en la salvación que Cristo ofrece mediante la Iglesia. De ahí que el amor a la Iglesia sea una fuerza que estimula al cristiano a la búsqueda de la santidad y al apostolado. Y, precisamente, a la consecución de la santidad en medio de las realidades temporales, pues es ahí donde la Iglesia tiene su punto de inserción en el mundo para santificarlo desde dentro.

Este amor a la Iglesia, concreto y operativo, se percibe en Camino como un don de Dios al hombre, algo que el mismo Señor ha puesto en el corazón del cristiano y, en su caso, del autor del libro. Se entronca así con la virtud teologal de la caridad, ya que el amor del Cristiano a la Iglesia es participación del mismo amor con que la ama Cristo. El cristiano ama entonces a la Iglesia con ese amor de Dios y de Cristo que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5, 5). El cristiano puede contemplar en la Iglesia la bondad y el amor de Dios que se nos ha manifestado en Cristo y nos llega a través de las acciones sacramentales de la Iglesia. Considerando la realidad sobrenatural, y humana al mismo tiempo, de la Iglesia, se comprende la verdad profunda del amor, que consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiación por nuestros pecados (1 Ioh, 4, 10). Así, realmente, el amor a la Iglesia es un don de Dios, pero un don que está orientado a suscitar en el cristiano unos sentimientos de gozo y de fidelidad a la Iglesia que impregnan toda su existencia.

(1) Años más tarde, Mons. Escrivá de Balaguer quiso que junto a unas reliquias de Santa Catalina de Siena figurase esta inscripción: Dilexit opere et veritate Ecclesiam Dei ac Romanum Pontificem, como para resumir, en apretada síntesis, la vida de entrega de la Santa, y su personal admiración por ella.

(2) Quizás es ya hora de precisar la oposición que en ocasiones se establece entre una espiritualidad «individualista» y «eclesial». Toda espiritualidad cristiana correcta es, obviamente, eclesial. Sin embargo, hablar de «individualismo» —ininteligible en la vida cristiana— fácilmente puede identificarse —en un claro equívoco— con el cultivo y desarrollo, conducido por el Espíritu Santo, de la vida cristiana en cada alma. Ciertamente un cristiano no lo es individualmente, pero sí «personalmente», lo cual es a todas luces distinto. La Iglesia forma, con palabras de Santo Tomás, «quasi una mystica persona». Y no obstante —éste es un aspecto del misterio de la Iglesia—, sin enajenar la personalidad propia de cada uno de sus miembros.

(3) Es bien conocida la caracterización de nuestro siglo xx como «el siglo de la Iglesia». Con ello se alude al despertar de la vida cristiana al sentido de Iglesia, saberse parte de un todo al que cada uno se halla incorporado, y que representa una dimensión esencial de la vida de todo cristiano. Entendemos que este valor está presente en Camino, no tanto como afirmación explícita y desarrollada teológicamente, sino más bien como algo admitido, fomentado y subyacente en muchos de los consejos espirituales que ofrece el autor. La naturaleza de Camino, en todo caso, es diferente de las obras, hoy ya clásicas, que a lo largo de los años, de entreguerras y posteriormente, influyeron en la elaboracion de la eclesiología dogmática. Pensemos en un R. Guardini, K. Adam, Domm Vonier, etc., en Alemania, o un H. Clérissac en Francia. No cabe, en este sentido, un paralelismo adecuado entre géneros diferentes. No obstante, ambos tipos de literatura confluyeron, sin duda, en el caudal reunido en el último Concilio.

(4) Carecería de sentido, a nuestro juicio, intentar deducir el pensamiento eclesiológico de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer sólo a partir de Camino. A lo largo de su abundante producción posterior, el autor desarrolló una profunda percepción eclesiológica, cuyo contenido, ciertamente, se halla ya en Camino, pero —no importa repetirlo— bajo el punto de vista de la realidad existencial cristiana. Para hacerse una idea más completa de la personalidad teológica de Mons. Escrivá es imprescindible consultar P. RODRÍGUEZ-P. G. ALVES DE SOUSA-J. M. ZUMAQUERO (dir.), Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei. En el 50 Aniversario de su fundación, ed. EUNSA, Pamplona, 1985; y P. RODRÍGUEZ, Vocación, Trabajo, Contemplación, ed. EUNSA, Pamplona, 1986. Por el género propio de Camino sería inadecuado querer hallar una teorización completa sobre los ministerios, o sobre la teología del laicado, por poner algunos ejemplos. En cambio, sí es legítimo, y necesario, descubrir la profunda renovación que, como fenómeno pastoral, suponen las afirmaciones de Camino sobre las relaciones sacerdocio ministerial y sacerdocio común, y la manera propia del vivir laical cristiano y, en definitiva, sobre la llamada universal a la santidad como despliegue operativo del Bautismo. Es en este sentido, a nuestro juicio, como Juan Pablo II podía decir de Mons. Escrivá «que, desde los comienzos, se ha anticipado a esa teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del Posconcilio».

(5) «Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente» (Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 9).

(6) Cfr. Commonitorio, cap. II. No debe sorprender, por tanto, que el autor de Camino refleje en sus textos esas verdades solemnemente expuestas y enseñadas por el magisterio del Concilio Vaticano II. Es el lazo de la tradición genuina que une la fe cristiana a través de los siglos; el Espíritu Santo que, actuando en la Iglesia, impele a sus miembros a vivir la perenne novedad del Evangelio.

(7) A los teólogos les ha llamado la atención repetidamente la ausencia, en los Santos Padres, de un tratado teológico expreso sobre la Iglesia; incluso entre los Escolásticos, comenzando por S. Tomás de Aquino, se descubre este fenómeno. Es que la Iglesia tiene el valor de lo obvio: es algo vivido antes que expresado; realizada en su liturgia, en sus sacramentos, en la vida de comunión. El cristiano vive inmerso en ella.

(8) Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 39.

(9) Especialmente en toda actuación apostólica: «Es inútil que te afanes en tantas obras exteriores si te falta Amor. —Es como coser con una aguja sin hilo. ¡Qué pena, si al final hubieras hecho “tu” apostolado y no “su” Apostolado!» (Camino, n. 967).

(10) Es claro —falso amor sería lo contrario— que el amor al Papa incluye el respeto y veneración por sus hermanos en el episcopado. Así lo veía San Gregorio Magno: «Mi honor es el honor de la Iglesia universal. Mi honor es la solidez de la fuerza de mis hermanos. Entonces se me tributa verdaderamente un honor, cuando no se escatima el honor debido a cada uno en particular» (Epist. ad Eulogium episc. Alexandrinum VIII, 30: ML, 77, n. 933).

(11) Cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 3.

(12) Mons. Escrivá de Balaguer, con gran fuerza afirmaría años más tarde: «La Iglesia

es eso: Cristo presente entre nosotros, Dios que viene hacia la humanidad para salvarla» (Es Cristo que pasa, n. 131).

(13) Cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 8: la Iglesia «es el Reino de Cristo presente actualmente en misterio, que por el poder de Dios crece visiblemente en el mundo» (ibídem, n. 3).

(14) No podemos tratar aquí —no es el lugar— de los elementa seu bona Ecclesiae presentes en las iglesias y comunidades separadas de Roma, y que iure pertinent a la única Iglesia (cfr. Concilio Vaticano II, Decr. Unitatis redintegratio, n. 3).

(15) Const. Dogm. Lumen gentium, n. 1.

(16) Es significativo que, tiempo después, aplicara el Siervo de Dios ese mismo termino en parecido contexto: «Esta Iglesia Católica es romana. Yo saboreo esta palabra: ¡romana! Me siento romano, porque romano quiere decir universal, católico; porque me lleva a querer tiernamente al Papa, il dolce Cristo in terca, como gustaba repetir Santa Catalina de Siena, a quien tengo por amiga amadísima» (Hom. Lealtad a la Iglesia, en Amar a la Iglesia, Madrid, 1986, p. 36).

(17) Cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 5.

(18) «El vendaval de la persecución es bueno. —¿Qué se pierde?… No se pierde lo que está perdido. —Cuando no se arranca el árbol de cuajo —y el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo— solamente se caen las ramas secas… Y ésas, bien caídas están» (Camino, n. 685).

(19) No debe pensarse que ese encargo fuera exclusivo de los Apóstoles y de sus sucesores, el Orden episcopal. La Iglesia entera recibe la misión, el «envío»; por propia naturaleza es «enviada». Ciertamente, cada miembro la realizará según su posición en la Iglesia: suo modo, pro parte sua, según expresiones que utiliza el Concilio Vaticano II al referirse a esa diversidad de las condiciones cristianas, posteriores a su radical igualdad bautismal. El autor de Camino, en este sentido, no duda en referir la misión a cada cristiano.

(20) «Pero… ¿y los medios? —Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio… —¿Acaso te parecen pequeños?» (Camino, n. 470).

(21) Cfr. Camino, n. 779.

(22) «Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo» (Camino, n. 2).

(23) «Ten presente, hijo mío, que no eres solamente un alma que se une a otras almas para hacer una cosa buena. Esto es mucho…, pero es poco. —Eres el Apóstol que cumple un mandato imperativo de Cristo» (Camino, n. 942).

(24) «No puede tener a Dios como Padre quien no tiene a la Iglesia como Madre», escribía San Cipriano en su Tratado sobre la unidad de la Iglesia Católica, cap. 6. Y de forma parecida San Agustín: «Amemos al Señor nuestro Dios, amemos a su Iglesia. A Él como a un padre, a ella como a una madre…» (Enarrationes in Psalmos, 88, 2; PL 37, 1140). En una homilía pronunciada en 1972 sobre El fin sobrenatural de la Iglesia, Mons. Escrivá de Balaguer recogería, junto a otras, esas dos citas de los Santos Padres, hablando precisamente del amor filial a la Iglesia. Un ejemplo más de cómo Camino enlaza profundamente con la tradición patrística.

(25) «¡Con qué infame lucidez arguye Satanás contra nuestra Fe Católica! Pero, digámosle siempre, sin entrar en discusiones: yo soy hijo de la Iglesia» (Camino, n. 576).

(26) «Si eres tan miserable, ¿cómo te extraña que los demás tengan miserias?» (Camino, n. 446).

(27) «Cuando hayas terminado tu trabajo, haz el de tu hermano, ayudándole, por Cristo, con tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes. -¡Esto sí que es fina virtud de hijo de Dios!» (Camino, n. 440).

(28) «No admitas un mal pensamiento de nadie, aunque las palabras u obras del interesado den pie para juzgar así razonablemente» (Camino, n. 442). «La murmuración es roña que ensucia y entorpece el apostolado. —Va contra la caridad, resta fuerzas, quita la paz, y hace perder la unión con Dios» (Camino, n. 445).

(29) «”Frater qui adjuvatur a fratre quasi civitas firma”. —El hermano ayudado por su hermano es tan fuerte como una ciudad amurallada. —Piensa un rato y decídete a vivir la fraternidad que siempre te recomiendo» (Camino, n. 460).

(30) «Si sientes la Comunión de los Santos —si la vives—, serás gustosamente hombre penitente. —Y entenderás que la penitencia es “gaudium, etsi laboriosum” —alegría, aunque trabajosa: y te sentirás “aliado” de todas las almas penitentes que han sido, son y serán» (Camino, n. 548).

(31) «El esfuerzo de cada uno de vosotros, aislado, resulta ineficaz. —Si os une la caridad de Cristo, os maravillará la eficacia» (Camino, n. 847).

(32) «Ser “católico” es amar a la Patria, sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por míos los afanes nobles de todos los países. ¡Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y, lo mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses…, de americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo. Católico!: corazón grande, espíritu abierto» (Camino, n. 525).

(33) «Es mal espíritu el tuyo si te duele que otros trabajen por Cristo sin contar con tu labor. —Acuérdate de este pasaje de San Marcos: “Maestro: hemos visto a uno que andaba lanzando demonios en tu nombre, que no es de nuestra compañía, y se lo prohibimos. No hay para qué prohibírselo, respondió Jesús, puesto que ninguno que haga milagros en mi nombre, podrá luego hablar mal de mí. Que quien no es contrario vuestro, de vuestro partido es”» (Camino, n. 966).

(34) Es admirable la grandeza de corazón que Dios concedió a su Siervo, en un ámbito —la acción apostólica— en que tan sutilmente reaparecen en la Iglesia las celotipias que denunciaba ya el Apóstol: Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo. ¿Està dividido Cristo? ¿O ha sido Pablo crucificado por vosotros o habéis sido bautizados en su nombre? (1 Cor, 1, 12-13).

(35) Considerando las cosas desde nuestra perspectiva actual y, sobre todo, a partir de la recepción solemne de esta doctrina en el Concilio Vaticano II (cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 40, & 2), puede llamar la atención que esta afirmación supusiera una novedad en los años en que aparece Camino. Como principio, ciertamente, nadie negaría la afirmación evangélica. No obstante, las implicaciones que desarrolla en Camino Mons. Escrivá de Balaguer, sobre lo que supone una espiritualidad para el cristiano corriente —el laico— propia y adecuada a su posición en la Iglesia y en el mundo, sí representaban una novedad en el ambiente de la época en que el modelo de perfección religiosa, con la profesión de los consejos evangélicos coram Ecclesiam, se presentaba como el analogado principal de toda espiritualidad tanto para los seglares como para los clérigos.

(36) «¡Qué afán hay en el mundo por salirse de su sitio! —¿Qué pasaría si cada hueso, cada músculo del cuerpo humano quisiera ocupar puesto distinto del que le pertenece? No es otra la razón del malestar del mundo. —Persevera en tu lugar, hijo mío: desde ahí ¡cuánto podrás trabajar por el reinado efectivo de Nuestro Señor!» (Camino, n. 832).

(37) «Aconfesionalismo. Neutralidad. —Viejos mitos que intentan siempre remozarse. ¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?» (Camino, n. 353).

(38) «”Ideo omnia sustineo propter electos” —todo lo sufro, por los escogidos, “ut et ipsi salutem consequantur” —para que ellos obtengan la salvación, “quae est in Christo Jesu” —que está en Cristo Jesús. —¡Buen modo de vivir la Comunión de los Santos! —Pide al Señor que te dé ese espíritu de San Pablo» (Camino, n. 550).

(39) «Canta la Iglesia —se ha dicho— porque hablar no sería bastante para su plegaria. —Tú, cristiano —y cristiano escogido—, debes aprender a cantar litúrgicamente» (Camino, n. 523).

(40) «Me viste celebrar la Santa Misa sobre un altar desnudo —mesa y ara—, sin retablo. El Crucifijo, grande. Los candeleros recios, con hachones de cera, que se escalonan: más altos, junto a la Cruz. Frontal del color del día. Casulla amplia. Severo de líneas, ancha la copa y recio el cáliz. Ausente la luz eléctrica, que no echamos en falta. —Y te costó trabajo salir del oratorio: se estaba bien allí. ¿Ves cómo lleva a Dios, cómo acerca a Dios el rigor de la liturgia?» (Camino, n. 543).

(41) «Hay una urbanidad de la piedad. —Apréndela. —Dan pena esos hombres “piadosos” que no saben asistir a Misa —aunque la oigan a diario—, ni santiguarse —hacen unos raros garabatos, llenos de precipitación—, ni hincar la rodilla ante el Sagrario —sus genuflexiones ridículas parecen una burla—, ni inclinar reverentemente la cabeza ante una imagen de la Señora» (Camino, n. 541).

Sacerdotes para la eternidad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Antes de la ordenación de los tres primeros sacerdotes, entre el 13 y el 20 de mayo de 1944, el Padre les dirige un curso de retiro en el Monasterio de El Escorial. Se instalan en una zona de invitados. El apartamento que le asignan tiene un despacho y un oratorio en el que el Fundador les dirige las pláticas y meditaciones. Este sector del Monasterio tiene una grata tradición: fue utilizado, a mediados del siglo XIX, por San Antonio María Claret, confesor de la Reina Isabel II.

En los atardeceres de la Sierra, el Padre habla a sus tres primeros hijos, que van a recibir el sacerdocio, de sacrificio, amor y fortaleza.

«Alegres, doctos, sacrificados, santos, olvidados de vosotros mismos… »(14).

Los sacerdotes de la Obra son necesarios «por la variedad inmensa de nuestras obras de apostolado, para atender a nuestros Cooperadores, que son tantos y tan eficaces; para trabajar con los sacerdotes diocesanos, a los que amamos con todo el corazón; para ayudar a los miembros laicos de una y otra Sección, en sus labores apostólicas; para atender debidamente a los no católicos y a los no cristianos, que piden amistad y comprensión; para ejercer su ministerio con tantas almas que, movidas por la gracia divina, se acercan al Opus Dei (…), de tal modo que puedan descansar bajo su sombra; finalmente, para el multiforme servicio de la Iglesia Santa de Dios y de todas las almas»(15)

Antes de recibir la tonsura, que tiene lugar el 20 de mayo, el Padre quiere que se hagan unas fotografías. Desde un punto de vista meramente humano resulta incomprensible que estos hombres, con brillantes carreras y en pleno rendimiento, se preparen al sacerdocio. Sólo puede entenderse a través de un prisma cristiano.

Como escribirá, años más tarde, Monseñor Alvaro del Portillo en un libro sobre la vocación sacerdotal:

«A partir de su ordenación, toda “recuperación” de aquellas realidades o funciones a las que (el sacerdote), elegido y movido por Dios, renunció para entregarse a su misión, sería ya una pérdida: para la Iglesia, en donde el sacerdote es punto focal de irradiación salifica, y para el mismo sacerdote que, hecho vaso de elección, configurado ontológica y definitivamente “(in aeternum)” por el carácter sacerdotal, se encuentra ante la alternativa de llenar su existencia de vida sacerdotal o tenerla vacía»(16)

Hasta el momento de la ordenación, continúan atendiendo sus obligaciones profesionales como ingenieros: incluso, después de haber recibido las órdenes menores, recuerda José Luis Múzquiz que tuvo que ir a inspeccionar un edificio en construcción.

El arquitecto ha hecho saber al capataz la ordenación sacerdotal de don José Luis. Y así se lo comunica a los obreros:

-«¡El ingeniero se ha hecho cura!»

Sin embargo, cuando visita las obras, la noticia no ha llegado hasta un obrero que trabaja en lo alto de un andamio. Y por poco pierde el equilibrio cuando ve al ingeniero vestido, al uso de la época, con sotana, manteo y sombrero de teja”(17).

El Padre les recomienda:

«El sacerdote tiene que llevar alguna manifestación externa (…) para servir a sus hermanos. Nosotros nos santificamos con nuestro ministerio sacerdotal, que es como nuestra profesión, nuestro trabajo (…). Pero nuestro ministerio sacerdotal es un servicio público. Por tanto, no podemos escondernos: tenemos que estar a disposición de todos. Aconsejad, pues, a vuestros hermanos que vistan como se hace en el país, para que todos sepan que son sacerdotes católicos (…). ¡Edifica tanto! Los fieles se sienten confirmados en la fe, asegurados en la fe, miran con un cariño loco al sacerdote que no se esconde»(18).

Recibirán la primera de las Ordenes Mayores de entonces, el Subdiaconado, el domingo 28 de mayo de 1944, a las ocho de la mañana, en el oratorio de “Diego de León”. Oficia la Ceremonia don Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona. Tienen que ampliarse espacios abriendo las puertas del anteoratorio y la sacristía; las rosas rojas ponen un contrapunto de alegría y holocausto junto al Tabernáculo. Asisten todos los miembros de la Obra en Madrid y algunos amigos.

El Padre ha de acostarse al acabar la ceremonia porque tiene fiebre alta. Pero se siente feliz, y esa noche sus hijos invaden su cuarto. Sentados en el suelo, en las sillas o en cualquier parte, alrededor de la cama, comentan las incidencias de la jornada.

Unos días después, el 3 de junio, sábado de témporas, recibirán el Diaconado en la capilla del Seminario de Madrid. Oficia la ceremonia don Casimiro Morcillo, Obispo Auxiliar de la diócesis.

La Ordenación de presbíteros, les será conferida por don Leopoldo Eijo y Garay en la Capilla Episcopal de Madrid, el 25 de junio del 44.

Unas semanas antes, el 17 de mayo de 1944, el Padre ha ido al cementerio del Este para rezar ante la tumba donde reposan los restos de sus padres y de Isidoro. Hace esfuerzos para contener su emoción, en este diálogo solitario que mantiene con quienes han sabido secundar sus mejores sueños de amor a Dios y a los hombres.

El 25 de junio la Capilla del Palacio Episcopal está repleta: miembros del Opus Dei que han venido de diversas ciudades de España, parientes, profesores, amigos, compañeros… También asisten muchos sacerdotes y religiosos, así como el Secretario de la Nunciatura. La Misa comienza a las diez de la mañana. Con profunda emoción siguen todos la ceremonia: llamada a los futuros sacerdotes, imposición de las manos, concelebración con el Obispo. Don Leopoldo va revestido con los ornamentos y báculo reservados a las fiestas mayores: quiere expresar, hasta en este detalle, la alegría por el momento que está viviendo.

Están todos presentes menos el Fundador. Teme que le desborde la emoción y, además, hay una razón más profunda que justifica su ausencia: será una jornada llena de alegrías y enhorabuenas. No quiere estar presente para recibirlas. La Obra es de Dios y sus hitos le pertenecen por entero. Esta decisión de hoy quedará subrayada treinta y un años más tarde, cuando el Padre celebre sus propias bodas de oro sacerdotales: «Ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca»(19).

Eso sí, espera impaciente a sus hijos, en “Diego de León”, para tener la inmensa alegría de besar sus manos recién consagradas y fundirse con ellos en un abrazo.

Más tarde, el Obispo de Madrid se les une también para almorzar. En un momento de la sobremesa, don Leopoldo Eijo y Garay recuerda a don Álvaro del Portillo una conversación sostenida por los dos hace algunos años. En ella, don Álvaro le informó de las incomprensiones que sufría la Obra.

«Me expuso el caso sin pasión, objetivamente, sin rencor. Tanto es así que me llamó la atención y se lo hice notar».

Entonces don Alvaro respondió que era natural que no se enfadaran con el bisturí que el Señor elige para preparar instrumentos adecuados; y que para probar a la Obra, había elegido un bisturí de platino. Si El permitía que viniera la Cruz a través de los buenos, bienvenida sea, pues presagiaba bienes futuros.

-«He de reconocer -termina diciendo don Leopoldo- que me impresionó esta respuesta: de forma que el que debía dar ánimos y consejo, fue el que recibió una lección y quedó confortado».

Inmediatamente don Alvaro interviene en la conversación: -«Si le dije eso, es porque unos días antes se lo había oído al Padre»(20).

En efecto, más de una vez el Fundador había hablado en este sentido:

«Cuando un cirujano debe realizar una intervención quirúrgica, el paciente no puede enfadarse ni con el médico, ni con el bisturí, aunque la operación sea dolorosa. El Señor está empleando ahora con su Obra un bisturí de platino» (21).

El Obispo termina diciendo:

-«La persecución santifica, pero no queráis nunca perseguir ni atormentar a nadie con el pretexto de santificarle… »(22) .

Hoy es un día de confirmación alegre, de realidades que subrayan la autenticidad sobrenatural de la Obra de Dios. Durante el resto de la jornada, el Padre no oculta su felicidad. A media tarde, habla a sus hijos en el oratorio.

«No quiero hacer historia en este día, pero cuando pasen los años y los más jóvenes que hay aquí peinen canas o luzcan espléndidas calvas, como algunas que se ven, y yo, por ley natural, haya desaparecido hace ya mucho tiempo, vuestros hermanos os preguntarán: ¿qué decía el Padre el día de la ordenación de los tres primeros? Respondedles sencillamente: el Padre nos repitió lo de siempre: oración, oración, oración; mortificación, mortificación, mortificación; trabajo, trabajo, trabajo»(23).

El día va ya de retirada después de haber abierto un capítulo importante en la historia de la Obra. Son los primeros sacerdotes eslabones de una cadena -fuertes, unidos al Fundador- a los que se sumarán, con el paso del tiempo, centenares y millares dispuestos a ser «luz que se consume y sal que se gasta».

La jornada siguiente, 26 de junio, el Padre se encamina hacia el Centro de la calle Villanueva donde vive don Alvaro del Portillo. Le pregunta si ya ha recibido alguna confesión sacramental.

Y ante la respuesta negativa, le dice:

-«Pues la primera confesión será la mía: quiero hacer confesión general contigo» (24).

Treinta y un años más tarde, el 26 de junio de 1975, también don Alvaro elevará sus manos consagradas, en una última y emocionada fórmula de absolución, sobre el Fundador del Opus Dei, que acaba de morir en su cuarto de trabajo.

Don José María Hernández de Garnica celebrará su primera Misa en el Colegio de la Asunción. Don Alvaro y don José Luis, en el Colegio del Pilar y en la iglesia del Monasterio de la Encarnación. No consiguen que el Padre asista. Pero, a última hora, Ricardo Fernández Vallespín logra llevarle hasta la capilla donde acaba de oficiar don José Luis Múzquiz, para besar las manos del nuevo sacerdote, pasando inadvertido entre los fieles que llenan el templo.

Veinticinco años después, con el mismo cariño, el Padre preparará en Roma las bodas de plata de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Una carta se lo anuncia a don José Luis Múzquiz:

«Con Alvaro, te tengo en todo momento muy presente, y ya empezamos a pensar en la celebración de vuestras bodas de plata sacerdotales (…). Deseo festejar y agradecer a Dios ese aniversario junto a mis tres “curicas” mayores, sin que me falte ninguno»(25).

Así lo lleva a cabo. El 25 de junio de 1969 celebra cada uno su Misa conmemorativa. Tres palias idénticas cubren los cálices: las palabras “tu es sacerdos in aeternum” sirven de base al sello de la Obra bordado en oro.

Durante el ofertorio, don José Luis se da cuenta de que en la base del Cáliz está labrado el escudo de la Escuela de Ingenieros de Caminos, en esmalte verde brillante, y una inscripción: «A José Luis Múzquiz, sus compañeros… »(26). Es el de su primera Misa. Lo mismo les ha ocurrido a don Alvaro y a don José María.

El Padre ha elegido los vasos sagrados en este día para rememorar, de modo más real y entrañable, la fidelidad de veinticinco años de sacerdocio.

Libertad, responsabilidad, participación y solidaridad

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Extracto del estudio “La formación de la conciencia en materia social y política según las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá”, publicado en Romana nº 24, enero-junio de 1997

Angel Rodríguez Luño

Podemos abordar esta temática con un texto que relaciona de modo sintético diversos aspectos del principio de libertad. En primer lugar, la afirmación clara del valor natural y cristiano de la libertad unida a la responsabilidad: «Y existe un bien que [el cristiano] deberá siempre buscar especialmente: el de la libertad personal. Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la correspondiente personal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya. Repito y repetiré sin cesar que el Señor nos ha dado gratuitamente un gran regalo sobrenatural, la gracia divina; y otra maravillosa dádiva humana, la libertad personal, que exige de nosotros —para que no se corrompa, convirtiéndose en libertinaje— integridad, empeño eficaz en desenvolver nuestra conducta dentro de la ley divina, porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad (2 Cor III, 17). El Reino de Cristo es de libertad [...] Sin libertad, no podemos corresponder a la gracia; sin libertad, no podemos entregarnos libremente al Señor, con la razón más sobrenatural: porque nos da la gana. Algunos de los que me escucháis me conocéis desde muchos años atrás. Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la libertad personal, con personal responsabilidad. La he buscado y la busco, por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante».

Inmediatamente después, la reivindicación del carácter ético, y no político en el sentido de política de partido, de cuanto ha afirmado anteriormente: «Cuando hablo de libertad personal, no me refiero con esta excusa a otros problemas quizá muy legítimos, que no corresponden a mi oficio de sacerdote. Sé que no me corresponde tratar de temas seculares y transitorios, que pertenecen a la esfera temporal y civil, materias que el Señor ha dejado a la libre y serena controversia de los hombres. Sé también que los labios del sacerdote, evitando del todo banderías humanas, han de abrirse sólo para conducir las almas a Dios, a su doctrina espiritual salvadora, a los sacramentos que Jesucristo instituyó, a la vida interior que nos acerca al Señor sabiéndonos sus hijos y, por tanto, hermanos de todos los hombres sin excepción». Y, por último, el despliegue del principio de libertad sobre el ámbito de la participación y de la convivencia: «Amemos de verdad a todos los hombres; amemos a Cristo, por encima de todo; y, entonces, no tendremos más remedio que amar la legítima libertad de los otros, en una pacífica y razonable convivencia». Veamos más detenidamente los diversos aspectos.


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