Presentación

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El 26 de junio de 1975, al filo del mediodía, falleció en Roma Monseñor Escrivá de Balaguer. Horas más tarde sus restos mor­tales reposaban sobre el pavimento del Oratorio dedicado a Santa María, en la sede central de Opus Dei. Don Álvaro del Portillo, entonces Secretario general de la Obra, depositó unas rosas rojas sobre los pies del Fundador, mientras repetía el verso de San Pablo: Quam speciosi pedes evangelizantium pacem, evangeli­zantium bona! (Rom., X, 15), ¡qué hermosos son los pies de los que anuncian el Evangelio de la paz, de los que anuncian cosas buenas!

Hubiera sido un espléndido epitafio. Cuantos le han conocido y tratado ‑aun por breves instantes‑ coinciden con clara una­nimidad en destacar su alegría. Su mirada serena y limpia resul­taba cordialmente acogedora. Era un hombre de Dios, que des­bordaba simpatía y humanidad: infundía paz, alegría, serenidad, contento, deseo de servir a los demás.

“No recuerdo a nadie ‑escribió don Manuel Aznar pocos días después‑ que, con tanta espontaneidad, con naturalidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobrenatural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empresa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cum­plía en el Fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá “.

Vivió para Dios, y fue maravillosamente humano. Para reali­zar la Obra que el Señor le pedía, recibió dones que le hicieron persona atrayente en lo humano. Y, a la vez, sorprendente, por­que ante un fundador suele buscarse siempre algo raro, distinto. “Yo estaba haciendo actos de fe, para pensar que me encontraba ante el Fundador del Opus Dei, de lo sencillo y cordial que es‑‑‑, comentaba un sacerdote de Jaén, cuando le conoció en Pozo­albero (Jerez de la Frontera) un día de noviembre de 1972. Otro se fijó en “la naturalidad con que oculta su gran contenido so­brenatural‑ . Pero ‑añadía‑ “se le desborda. No puede ocultar su carga de Dios.

Por eso, no es fácil explicar cómo fue y qué hizo. Son muchas y muy ricas las facetas de su personalidad y de su doctrina. Están, de otra parte, tan trabadas en su unidad de vida sencilla y fuerte, que se resisten al análisis: no se puede despiezar esa existencia tan cargada de sentido humano y divino hasta en detalles mínimos.

He tratado, sin embargo, de apuntar en este libro algunas manifestaciones de su personalidad enteriza, porque, como digo, me resulta francamente dificultoso describir la imagen de pleni­tud que guardo desde que le conocí personalmente el 8 de sep­tiembre de 1960. Fue en el pequeño jardín del Colegio Mayor Aralar de Pamplona, junto a más de cien estudiantes, que le acosamos a preguntas durante casi una hora. Aprendí bastante aquella tarde. Quedé removido por dentro. Me sorprendió su sentido del humor. Todos reímos mucho. Tuve la convicción de estar muy cerca de Dios. Y además, quizá como síntesis de todo esto, lo pasé en grande: fue una hora deliciosa.

No imaginaba yo que Mons. Escrivá de Balaguer tuviese tal simpatía, tal capacidad de meterse en el bolsillo a los universi­tarios: conocía a fondo nuestras inquietudes, hablaba ‑hasta con giros castizos‑ nuestro lenguaje, y se servía de ese don para exigirnos mucho, para empujarnos hacia arriba, haciéndonos salir de la poltronería. (Siete años después, viví en Vallecas una reacción semejante, cuando un obrero, que tenía a sus hijos como alumnos de Tajamar, me comentaba: ‑A este cura sí que se le entiende; habla igual que nosotros… ).

Pero nada tenía que ver su facilidad connatural para hacerse entender, su rapidez en las respuestas, su gracia y simpatía humanas con un hacerse el simpático. Todo era recio, espon­táneo, verdadero. Como era auténtica su confianza en nosotros ‑en aquel verano de 1960 estaba yo a la mitad de mi carrera‑, al abrirnos el corazón contándonos cosas de mucha intimidad. Manifestaba también así su ilimitada capacidad de querer, que desde lo más grande ‑el trato con Dios, el amor a Santa María, la dilatación de la Iglesia por países de Asia y África‑, llegaba hasta lo más pequeño: la reconvención por el descuido de haber dejado abierta una contraventana ‑se veía desde el jardín‑ que exponía los muebles de la habitación al fuerte sol del mediodía; el afecto hacia ese brazo escayolado, que rara vez falta en un grupo numeroso de gente joven… Y todo, salpicado de anécdotas francamente divertidas.

La vida del Fundador del Opus Dei rompe casi todos los es­quemas: no probaba los licores, pero bromeando con la marca de un conocido coñac‑ se refería a sí mismo diciendo que, para fundador bueno, el

que venía embotellado… Porque se conside­raba, en su humildad, Fundador sin fundamento.

Tiene razón José Ortego, catedrático de Derecho Penal, que respondía así a una encuesta periodística de urgencia el 26 de junio de 1975: ` He leído una biografía de don Josemarfa Escrivá. Luego, he pensado en el hombre; y he llegado a la conclusión de que don Josemaría no es biografiable. Su recia personalidad des­borda cualquier intento de contarnos cómo fue. Por muchos y ordenados que sean los datos, por significativas que sean las anécdotas, se escapará siempre una vida, tan intensa y tan com­pleja, que sólo el conocimiento directo puede alcanzar”.

Afortunadamente se han podido filmar ‑después de vencer su resistencia personal durante años‑ muchas escenas de la última etapa de su vida. Pienso que media hora de imágenes del Fundador del Opus Dei, hablando de Dios y contestando a pre­guntas de personas muy distintas, facilita más ese conocimiento directo, que cuanto aquí se dirá.

Y están también sus libros, que han alcanzado enorme difu­sión en el mundo entero. Y sus escritos inéditos: porque, como dijo muchas veces jugando con su apellido, Escrivá escribe. En esos textos puede encontrarse ‑más que en estas páginas‑ la verdadera dimensión y la profundidad de su vida.

Sin embargo, me parecía urgente hacer una aproximación de la figura de este sacerdote de Dios. Había que correr el riesgo de ofrecer la visión parcial de una realidad plena de sentido. Y casi de un tirón, con prisa, después de dedicar unas semanas a docu­mentarme, escribí estas páginas entre noviembre y diciembre de 1975. Me parecieron pobres, llenas de lagunas, y decidí comple­tarlas con más calma, aunque el editor con quien había comen­tado el proyecto quería enviarlas ya a la imprenta, pues pensaba que podían servir. He retocado algunos detalles a lo largo de 1976, sin apenas añadir nada, conservando prácticamente el enfoque, la estructura y la distribución iniciales.

No espere, pues, el lector una biografía cerrada. En sus manos tiene un perfil, unas impresiones que, aunque se basan en hechos y datos históricos, no siguen un orden cronológico. Suce­sos y escritos de épocas diversas se aproximan y entremezclan con libertad, para apuntar en rápidos trazos los rasgos del Fundador del Opus Dei que, en cada caso, pretendo destacar. Quien le haya conocido personalmente ‑en la vida, en sus escritos, o en películas filmadas‑ comprobará que hay muchas cosas impor­tantes que no aparecen aquí.

Quizá estos apuntes ayuden, sin embargo, a repensar lo vivido, a meditar de nuevo los escritos del Fundador del Opus Dei. Se habrá cumplido entonces el propósito que buscaba este relato: dar a conocer un poco más la gran personalidad de Mons. Escrivá de Balaguer, que gustaba de pasar inadvertido, según el lema de su vida: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca.

Hace muchos años, un periodista del londinense The Times comentaba en una semblanza: ` Su característica más sorpren­dente es, en cualquier caso, su absoluta normalidad. En su modo de ser no hay nada fanático o dominador, ninguno de esos rasgos chocantes que la gente espera encontrar en un gran fundador o en un líder. Podría fácilmente pasar inadvertida la fuerza de su magnetismo, de su energía espiritual. Su estatura y su peso son normales; su cara, pálida y más bien redonda, sonríe casi siempre. Hay calor ‑cariño‑ en la expresión de sus ojos castaños. La rapidez de sus respuestas y los gestos que acompañan sus palabras revelan una inquietud enérgica. Ataca los asuntos de modo directo y personal, y va al fondo, sin perderse en lo anecdótico. Aborda los problemas en toda su amplitud y con audacia. Conga en los demás y delega fácilmente. Queda siempre subrayada la independencia y la responsabilidad individuales de los socios de la Obra. Deja la impresión perdurable de una per­sona muy humana, feliz, que hubiese tenido mucho en común con sir Tomás Moro, a quien, por cierto, ha escogido como uno de los santos intercesores de su Asociación “.

Aquel periodista subrayó un rasgo decisivo: la impresión de normalidad que reflejaba la extraordinaria personalidad del Fun­dador del Opus Dei. Es quizá éste uno de sus más preciosos legados: para ser muy divinos, hay que ser muy humanos. En­señó a miles de personas del mundo entero a imitar la natura­lidad de la vida corriente de Jesucristo ‑Perfecto Dios, Perfecto Hombre‑, en sus años de trabajo oculto. Cristo fue siempre el único Modelo para buscar la santidad ‑santidad auténtica, sin eufemismos‑ en las ocupaciones y circunstancias ordinarias de la vida. Mal hubiera podido difundir ese mensaje Mons. Escrivá de Balaguer si Dios no le hubiera hecho profundamente humano, cordial y sencillo. Aunque a veces sufrió, porque no le entendían o no se esforzaban por entenderle, y tenía que hacerse perdonar lo raro de no ser raro. Y es que existe una acusada tendencia a valorar lo aparatoso, lo artificial, lo extraordinario, sin calar la hondura ‑humana y divina‑ de lo cotidiano. Alguna vez, para explicar mejor el problema, aludiría al comentario que algunos hacen ante el primor de unas rosas frescas, de pétalos finos y bien perfilados ‑¡parecen de trapo!‑, porque prefieren lo ar­tificial.

En su vida y en su doctrina, lo humano y lo divino se funden de tal manera, que no es nada fácil distinguir en muchos mo­mentos si estamos ante un rasgo de su carácter, o ante un fruto de la gracia de Dios, que actúa de modo aparentemente natural. Lo ha visto bien el P. Sancho, O.P., cuando afirma con rigor teológico: “La impresión que yo tengo de él es la de un hombre de muchísima virtud, que, en su sencillez, no exhibía. No puedo destacar ningún detalle concreto de su profunda humildad, porque su sencillez llenaba su vida de naturalidad. No sorprendía nada, porque la constante suya era ésta: sobrenaturalizarlo todo sencillamente, y además alegremente, que es lo más difícil”.

Así actúa siempre la gracia de Dios en los hombres. Hace sobrenatural su vida, sin aniquilar ni desquiciar lo humano. Efectivamente, sólo quien es fiel a la gracia de Dios, puede ser plenamente hombre.

La Obra nació pequeña

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Veamos ahora lo que pensaba expresamente de sí mismo y de la Obra el propio Fundador del Opus Dei.

Hace la pregunta en octubre de 1967 el teólogo Dr. Pedro Rodríguez, entonces director de la revista Palabra:

–En diversas ocasiones, y al referirse al comienzo de la vida del Opus Dei, usted ha dicho que únicamente poseía «juventud, gracia de Dios y buen humor». Por los años veinte, además, la doctrina de) laicado aún no había alcanzado el desarrollo que actualmente presenciamos. Sin embargo, el Opus Dei es un fenómeno palpable en la vida de la Iglesia. ¿Podría explicarnos cómo, siendo un sacerdote joven, pudo tener una comprensión tal que permitiera realizar este empeño?

«Yo no tuve y no tengo otro empeño que el de cumplir la Voluntad de Dios: permítame que no descienda a más detalles sobre el comienzo de la Obra –que el Amor de Dios me hacía “barruntar” desde el año 1917–, porque están íntimamente unidos con la historia de mi alma, y pertenecen a mi vida interior. Lo único que puedo decirle es que actué, en todo momento, con la venia y con la afectuosa bendición del queridísimo Sr. Obispo de Madrid, donde nació el Opus Dei el 2 de octubre de 1928. Más tarde, siempre también, con el beneplácito y el aliento de la Santa Sede y, en cada caso, de los Rvmos. Ordinarios de los lugares donde trabajamos».

Quien interroga en esta ocasión es Petcr Forbath, corresponsal de Time (Nueva York), el 15 de abril de 1967:

–¿Querría describir cómo se ha desarrollado y evolucionado el Opus Dei, tanto en su carácter como en sus objetivos, desde su fundación, en un período que ha sido testigo de un enorme cambio dentro de la misma Iglesia?

«Desde el primer momento el objetivo único del Opus Dei ha sido el que le acabo de describir: contribuir a que haya en medio del mundo hombres y mujeres de todas las razas y condiciones sociales que procuren amar y servir a Dios y a los demás hombres en y a través de su trabajo ordinario. Con el comienzo de la   Obra en 1928, mi predicación ha sido que la santidad           no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas. Las implicaciones de ese mensaje son muchas y la expe riencia de la vida de la Obra me ha ayudado a conocer las cada vez con más hondura y riqueza de matices. La Obra nació pequeña, y ha ido normalmente creciendo luego de manera gradual y progresiva, como crece un organismo vivo, como todo lo que se desarrolla en la historia.

»Pero su objetivo y razón de ser no ha cambiado ni cambiará por mucho que pueda mudar la sociedad,         porque el mensaje del Opus Dei es que se puede santificar cualquier trabajo honesto, sean cuales fueran las circunstancias en que se desarrolla.

»Hoy forman parte de la Obra personas de todas las profesiones: no sólo médicos, abogados, ingenieros y artistas, sino también albañiles, mineros, campesinos, cualquier profesión: desde directores de cine y pilotos de reactores hasta peluqueras de alta moda. Para los miembros del Opus Dei el estar al día, el comprender el mundo moderno, es algo natural e instintivo, porque son ellos- junto con los demás ciudadanos, iguales a ellos,- los que hacen nacer ese mundo y le dan su modernidad.

»Siendo éste el espíritu de nuestra Obra, comprenderá que ha sido una gran alegría para nosotros ver como el Concilio ha declarado solemnemente que la Iglesia no rechaza el mundo en que vive, si su progreso y desarrollo, sino que lo comprende y ama. Por lo demás es una característica central de la espiritualidad que se esfuerzan en vivir – desde hace casi cuarenta años- los miembros de la Obra, el saberse al mismo tiempo parte de la Iglesia y del Estado, asumiendo cada uno plenamente, por lo tanto, su individual responsabilidad de cristiano y de ciudadano. »

Y el mismo periodista formula una nueva pregunta:

- ¿Querría describir cómo y por qué fundó el Opus Dei y los acontecimientos que considera lo hitos más importantes de su desarrollo?

»¿Por qué? Las obras que nacen de la voluntad de Dios no tienen otro porqué que el deseo divino de utilizarlas como expresión de su voluntad salvífica universal. Desde el primer momento la Obra era universal, “católica”. No nacía para dar solución a los problemas concretos de la Europa de los años veinte, sino para decir a hombres y mujeres de todos los países, de cualquier condición, raza, lengua o ambiente – y de cualquier estado: solteros, casados, viudos, sacerdotes -, que podían amar y servir a Dios, sin dejar de vivir en su trabajo ordinario, con su familia, en sus variadas y normales relaciones sociales.

» ¿Cómo su fundó? Sin ningún medio humano .Sólo tenía yo veintiséis años, gracia de Dios y buen humor. La Obra nació pequeña: no era más que el afán de un joven sacerdote que se esforzaba por hacer lo que Dios le pedía.

» Me pregunta usted por hitos. Para mi, es un hito fundamental en la Obra cualquier momento, cualquier instante en que, a través del Opus Dei, algún alma se acerca a Dios, haciéndose así más hermano de sus hermanos los hombres».

La elección de los doce

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Sucedió en aquellos días que salió al monte a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió a doce entre ellos, a los que denominó Apóstoles: a Simón, a quien puso el sobrenombre de Pedro, y a su hermano Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, Santiago de Alfeo y a Simón, llamado Zelotes, a Judas de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor (Lc 6, 12-16) .

“A mí me anima considerar un precedente narrado, paso a paso, en las páginas del Evangelio: la vocación de los primeros doce. Vamos a meditarla despacio, rogando a esos santos testigos del Señor que sepamos seguir a Cristo como ellos lo hicieron.

Aquellos primeros apóstoles –a los que tengo gran devoción y cariño– eran, según los criterios humanos, poca cosa. En cuanto a posición social, con excepción de Mateo, que seguramente se ganaba bien la vida y que dejó todo cuando Jesús se lo pidió, eran pescadores: vivían al día, bregando de noche, para poder lograr el sustento.

Pero la posición social es lo de menos. No eran cultos, ni siquiera muy inteligentes, al menos en lo que se refiere a las realidades sobrenaturales. Incluso los ejemplos y las comparaciones más sencillas les resultaban incomprensibles, y acudían al Maestro: Domine, edissere nobis parabolam[i], Señor, explícanos la parábola. Cuando Jesús, con una imagen, alude al fermento de los fariseos, entienden que les está recriminando por no haber comprado pan[ii].

Pobres, ignorantes. Y ni siquiera sencillos, llanos. Dentro de su limitación, eran ambiciosos. Muchas veces discuten sobre quién sería el mayor, cuando –según su mentalidad– Cristo instaurase en la tierra el reino definitivo de Israel. Discuten y se acaloran durante ese momento sublime, en el que Jesús está a punto de inmolarse por la humanidad: en la intimidad del Cenáculo[iii].

Fe, poca. El mismo Jesucristo lo dice[iv]. Han visto resucitar muertos, curar toda clase de enfermedades, multiplicar el pan y los peces, calmar tempestades, echar demonios. San Pedro, escogido como cabeza, es el único que sabe responder prontamente: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo [v]. Pero es una fe que él interpreta a su manera, por eso se permite encararse con Jesucristo para que no se entregue en redención por los hombres. Y Jesús tiene que contestarle: apártate de mí, Satanás, que me escandalizas, porque no entiendes las cosas de Dios, sino las de los hombres [vi](…).

Aquellos hombres de poca fe, ¿sobresalían quizá en el amor a Cristo? Sin duda lo amaban, al menos de palabra. A veces se dejan arrebatar por el entusiasmo: vamos y muramos con El [vii]. Pero a la hora de la verdad huirán todos, menos Juan, que de veras amaba con obras. Sólo este adolescente, el más joven de los apóstoles, permanece junto a la Cruz. Los demás no sentían ese amor tan fuerte como la muerte[viii].

Estos eran los Discípulos elegidos por el Señor; así los escoge Cristo; así aparecían antes de que, llenos del Espíritu Santo, se convirtieran en columnas de la Iglesia (cfr. Gal II, 9.). Son hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la palabra más larga que las obras. Y, sin embargo, Jesús los llama para hacer de ellos pescadores de hombres (Mt IV, 19), corredentores, administradores de la gracia de Dios.

La llamada de África

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante los años que median entre 1955 y 1960, el Fundador del Opus Dei cruza varias veces las carreteras de Europa, llevado por la exigencia de su misión.

Está, siempre que puede, allí donde han llegado sus hijas e hijos, para reafirmar su fe. Para dejar, detrás de sus pasos, la estela inconfundible de esperanza y de caridad. Apoyada en este aliento, la Obra se abrirá camino en poco tiempo. Un camino que agranda sus riberas en la medida en que los hombres responden a este mensaje de paz que lleva consigo.

En 1956, y durante los meses de junio y julio, encontramos al Padre en Francia, Alemania y Suiza. 1957 le empuja nuevamente a Suiza, Bélgica, Francia, Holanda, Luxemburgo y Alemania. Desde mayo a septiembre, durante cincuenta y seis días, viajará sin descanso. Al siguiente año, 1958, se acerca de nuevo a España, Inglaterra, Francia, Alemania y Suiza. Los años de 1959 y 1960 anotarán en los meses de mayo a noviembre la presencia del Padre en Inglaterra, España, Francia e Irlanda.

Mientras se consolidan los cimientos de Europa, dos miembros del Opus Dei llegan, en enero de 1958, a las tierras africanas.

Han despegado del aeropuerto de Ciampino, en Roma, a las cuatro de la tarde. Salen en un día traspasado de frío, después de recibir la bendición del Padre. Les ha despedido con un largo abrazo. Ahora sobrevuelan a ocho mil metros de altura la distancia que media entre Italia y Kenya.

Y África, esta tierra prometida que ya entrara por los ojos del Padre en un lejano día de 1945 cuando un desplazamiento por Andalucía le llevó hasta los límites de Algeciras, empieza a extender su paisaje. Volcanes, chozas diseminadas y aldeas, tierras altas y verdes, flores de color agresivo y un sol candente forman el trasfondo de Nairobi. Después de nueve horas de vuelo, el avión aterriza en la capital de Kenya.

Los primeros idiomas que oyen son el inglés y el swahili, pero las personas proceden de las más diversas razas y tribus: africanos kikuyos, masai, luo y kambas; árabes, goeses e indios de todas las castas. Nairobi es un pequeño exponente de la confluencia cultural y racial del Viejo Continente, al que se han calculado unos quinientos cincuenta millones de habitantes.

Los miembros del Opus Dei se asoman por primera vez a este inmenso campo de trabajo humano y divino. Ya desde el hotel escriben al Padre. Necesitan hacerle partícipe de su alegría, del espectáculo formidable que es África. Es la primera carta desde Kenya, pero están convencidos, y así se lo dicen, de que será una entre los millares que habrán de escribir los hijos africanos que el Padre tendrá pronto y que vendrán a la Obra, con la gracia de Dios.

Hay una confluencia de afectos entre África y el Fundador del Opus Dei. El soñaba esta labor desde hacía muchos años. Y de Nairobi llegarán las primeras rosas el día de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, en junio de 1975. Amor por amor, es el gesto de Kenya que anticipa su ofrenda a la de cualquier otro país del mundo.

Don Pedro Casciaro acude a Nairobi para iniciar un Centro Universitario. Se entrevista con el delegado Apostólico en África, Monseñor Mojaisky Perreli, quien le habla del problema educacional de Kenya. Los africanos y los numerosos emigrantes asiáticos apenas tienen posibilidades de continuar estudios superiores al acabar la enseñanza secundaria. Se exigen, en el sistema educativo británico, dos años de enseñanza intermedia entre la secundaria y la universitaria. Estos dos años han de cursarse en centros oficialmente reconocidos, que no existen en East África. Los europeos pueden enviar a sus hijos a la metrópoli, pero esta solución resulta prohibitiva, por razones obvias, para la mayoría de los nativos de Kenya. Monseñor Mojaisky ha pensado en el Fundador y ha enviado una larga carta a Roma: le pide que la Obra promueva un Centro que contribuya a resolver el problema: será el futuro Strathmore College.

Los miembros del Opus Dei han ocupado su primera casa el 1 de octubre de 1958. Aquí, don Pedro les da a conocer las premisas establecidas por el Padre para un Centro educativo en Kenya, en el que la Obra asuma la orientación espiritual. Primero: ha de ser interracial. Desde el principio, es preciso desechar la idea de un solo grupo étnico. Porque la Obra ha de intentar que convivan, se traten y se quieran las diversas razas y tribus. En segundo lugar, el College debe estar abierto a los estudiantes no católicos y no cristianos, si esos muchachos cumplen las condiciones de selección que exija el cuerpo académico; en tercer término, hay que aclarar a las autoridades keniatas que no se trata de un colegio misional, sino de un Centro atendido por profesionales seglares, con sus correspondientes grados académicos, y que ejercen libremente su trabajo de docencia. Y, por último, los estudiantes tendrán que pagar una parte de sus gastos, aunque sólo sea una cantidad simbólica, porque los hombres con frecuencia no aprecian ni se toman en serio lo que reciben como limosna, cosa que, además, suele resultar humillante.

En diciembre de 1958 llegarán otros miembros de la Obra para completar el equipo encargado de llevar adelante la creación de Strathmore College. En la agenda de uno de ellos, el Padre ha escrito glosando la frase de San Pablo: Omnia in bonum!(31) … Todo para bien. Es la convicción del Apóstol que se repite a lo largo de los siglos en la Iglesia.

Tres años más tarde, en marzo de 1961, se habrán concluido las primeras edificaciones de Strathmore College. Nace pequeño, con aulas, laboratorios y oficinas provisionales. Pero, desde el principio, se alza sólido y promete ampliaciones. Se ha construido con piedra de Nairobi entre los árboles y las flores del jardín.

Por este College pasarán alumnos procedentes no sólo de Kenya, sino también de Malawi, Nigeria, Uganda, Tanzania, Sudán… y de países de otros continentes, de Europa, Asia y América. Su confesionalidad será también muy variada: católicos, mahometanos, hindúes, ortodoxos, judíos, protestantes… Más de treinta etnias africanas y asiáticas se han dado cita en las aulas de Strathmore. Este acontecimiento producirá un gran impacto en Nairobi, donde es novedad el carácter interracial del College.

John Biggs Davison, miembro del Parlamento keniata, escribirá:

«Viven juntos, trabajan juntos, hacen deporte juntos. Con Strathmore College el Opus Dei ha dado a Kenya una institución de incalculable valor para un país recientemente independiente, necesitado de hombres de dirección, de técnicos y de integridad… ».

En 1960 llegará la Sección de mujeres de la Obra a Kenya. Las primeras emprenden el camino el 12 de junio. En Roma, el Padre les anuncia una labor inmensa y les afirma que África es una tierra maravillosa. Su tarea allí abarcará la formación integral de alumnas de razas y condiciones diversas, que han de acudir a una Escuela Superior de Secretariado: Kianda College iniciará sus actividades en 1961. Después de grandes dificultades, se construye un edificio de cuatro pisos, situado a seis millas del centro de Nairobi, en la carretera de salida hacia Najuru y Kisumu. Constará de una Residencia para cien muchachas. Desde la terraza se podrá ver a un lado Nairobi; al otro, la silueta del Kilimanjaro.

La historia de Kianda College cuenta el prodigio de una convivencia que comparten por igual la hija del Presidente keniata y la del jardinero del College. Un sistema de becas permite que muchachas de la más apartada tribu y de medios económicos exiguos puedan cursar sus estudios y ocupar un puesto de trabajo del que, muchas veces, va a depender la supervivencia de una familia.

Kíanda significa «valle fecundo». Es un nombre apropiado. Porque, además de la ayuda humana, Kíanda ha logrado poner en muchos corazones africanos la verdad trascendente de Cristo y de su Iglesia. Hoy, un buen número de personas del país participan de una gracia incalculable: han recibido de Dios la vocación al Opus Dei en medio de las ocupaciones profesionales, para ayudar a sus hermanos los hombres.

Años más tarde, el Eminentísimo señor Cardenal Maurice Michael Otunga, Arzobispo de Nairobi y Presidente de la Conferencia Episcopal de Kenya, podrá escribir, refiriéndose a Monseñor Escrivá de Balaguer:

«Su espíritu se hizo más joven a medida que fueron pasando los años; una increíble vitalidad de juventud y de alegría, conseguida no fácilmente, sino a lo largo de su vida de lucha heroica, le llevó a estar cada día más cerca de Dios, a ese Dios -como le gustaba repetir con la Iglesia- “que alegra mi juventud” (Ps XLII).

Fe, amor, trabajo, servicio, alegría y juventud son los tesoros cristianos que la vida de Monseñor José mamaria la Escrivá de Balaguer y la Asociación por él fundada pueden redescubrir para el mundo de nuestros días. Monseñor Escrivá de Balaguer pensaba que el alma joven de África podría responder particularmente a esos ideales. El mismo vislumbró un tiempo, como una nueva Pentecostés, en que generaciones de africanos pudieran ir desde África a llevar la alegría y la juventud de la fe católica a otras partes del mundo. Me gusta pensar que la grandeza de su corazón y su pensamiento gigantesco será, pronto, justificado por la Historia»(32).

Con la fuerza del dolor

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En los últimos años de su vida, el Fundador del Opus Dei recorrió algunos de los países latinoamericanos. Y al hablar en numerosas reuniones, a las que acuden gentes de toda edad, raza y condición, se agolpan en su memoria recuerdos de estos primeros tiempos de Madrid. Sin perder el buen humor y el castizo aire aragonés, que aparecerá siempre en su ingenio y en su peculiar entonación, dirá el 2 de julio de 1974 a un grupo de chilenos:

«… Y ese sacerdote -con 26 años, la gracia de Dios y buen humor, y nada más- después tenía que hacer el Opus Dei. Decían que era loco y tenían razón: estaba loco perdido y continúa loco. Aquí está. Por eso os quiero con toda mi alma; porque estoy loco perdido por el Amor de Cristo. Y ¿sabes cómo pudo? Por los Hospitales. Aquel Hospital General de Madrid cargado de enfermos, paupérrimos, con aquellos tumbados por la crujía, porque no había camas; aquel hospital, del Rey se llamaba, donde no había más que tuberculosos pasados, y entonces, la tuberculosis no se curaba (…). ¡Esas fueron las armas para vencer! ¡Ese fue el tesoro para pagar! ¡Esa fue la fuerza para ir adelante! Y a eso se unió la calumnia, la murmuración, la mentira, la falsía de los buenos, que se equivocaban sin darse cuenta -seguro- y a quienes quiero mucho. El Señor nos llevó por todo el mundo, y estamos en Europa, en Asia, en África, en América y en Oceanía, gracias a los enfermos que son un tesoro. No se me olvidará aquella pobre criatura a quien yo, sacerdote joven, estaba ayudando a morir después de administrarle la Extremaunción y le susurraba al oído: ¡bendito sea el dolor! -eso es liberación-; ¡amado sea el dolor!, y lo iba repitiendo con la voz rota: murió a los pocos minutos. ¡Santificado sea el dolor! ¡Glorificado sea el dolor! Y no he cambiado de parecer. Me daba una envidia loca»(2).

Efectivamente, es en el dolor y en el sufrimiento, en el holocausto de los enfermos, donde don Josemaría Escrivá de Balaguer apoyará los cimientos del Opus Dei. Es en el ejemplo de los pobres, de los abandonados, donde encontrará las armas para vencerse y vencer en esta batalla de amor en la que Dios le ha comprometido.

Las dificultades desbordan su mente y su corazón; los medios parecen nulos. Pero Dios, una vez más, repite la frase que dijo a San Pablo: «Te basta mi gracia»(3). Y confía en la oración y en la palabra del Señor.

Desde mediados de 1931, don José María Somoano, un joven sacerdote de Asturias, es el capellán del Hospital del Rey, que tras el advenimiento de la República cambiará su nombre por el de Hospital Nacional. El 15 de abril de 1932 es cesado del cargo por aplicación de la Ley de Presupuestos. Se queda sólo como capellán de las Hijas de la Caridad y, empujado por su generosidad sacerdotal, sigue atendiendo a los enfermos aunque la Institución ya no puede darle ninguna ayuda económica. El Fundador llegará a tener una grande y profunda amistad con don José María Somoano, que pronto solicitará la admisión en el Opus Dei. Al quedar el Hospital sin capellán, don Josemaría Escrivá de Balaguer llega hasta la Madre Superiora de la Comunidad de San Vicente de Paúl en el Hospital del Rey y se brinda para ayudar al capellán, de día y de noche. En cualquier momento. Sin ningún tipo de remuneración ni de cargo, se ocupará de casos urgentes que reclamen su presencia.

También don Lino Vea Murguía, otro sacerdote joven, aportará su ayuda para atender aquel numeroso centro hospitalario lleno de enfermos graves.

Una historia verdadera

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Irene Kalpas conoció el Opus Dei a los 90 años en Polonia, concretamente el 26 de junio de 2002, aniversario de la marcha al cielo de San Josemaría.

En un barrio de Varsovia

“Por una casualidad, me encontré en la calle Filtrova, donde viví durante la guerra (desde septiembre del 39 hasta noviembre del 44), frente a la que fue mi casa familiar. De esta casa salimos mi madre, mi padre, mi tía –dueña de la casa- y yo cuando nos detuvieron y nos mandaron a un campo de concentración. Mi tía murió en Ravensbrück (campo de concentración de los nazis), mi padre murió en Oranienburg, y yo volví sola con mi madre de ese campo de concentración. Eso sí, nuestra casa había sido requisada. Desde entonces no había vuelto nunca a la calle Filtrova. Intentaba evitarlo, había  demasiados recuerdos dolorosos…

Y este 26 de junio entré en la calle Filtrova desde el lado de la plaza de Nautowich. Caminaba y caminaba. No sé porqué, hasta ahora no me lo he explicado. Así que llegué a nuestra casa en Filtrova 27. Desde fuera se notaba que todo estaba bien arreglado, el jardín y la entrada luminosa y bonita, restaurada. Me dije ‘Dios mío, el garaje está como antes’. Y me pregunté: ‘¿y cómo estará el jardín de atrás?’ Y puse la mano en la manilla de la puerta…, aunque tengo que decir que no pertenezco al tipo de gente que entra en cualquier lugar y buscan no sé qué. Apreté la manilla, entré en el jardín para ver si el jardín era el mismo. Aunque todo lo que hacía era como sin darme cuenta. Y pensé: ‘puede haber un perro’,  y di unos pasos atrás.

Observé entonces que la escalera estaba puesta de otro modo, y el escalón de la entrada también había cambiado. Subí este escalón, había un timbre, y no sé porque, toqué el timbre. La puerta se abrió y salió un hombre joven con apariencia simpática, me parece que con gafas. Yo estaba muy impresionada y me dijo: ‘Dígame usted’. Le respondí que sólo quería ver el jardín y él me animó a entrar. Le comenté que en ese lugar había una terraza. Él se extrañó y le dije que ese lugar había sido mi casa familiar, en la que yo había vivido durante la guerra. Me dejó entrar en la casa. Me encontré en el recibidor. No reconocía casi nada. Pasé un pasillo que daba a la antigua sala de estar donde nos detuvieron en 1944. Sin embargo, esa sala de estar había desaparecido, ahora había una capilla en la que un sacerdote que estaba rezando me sonrió al verme. Yo me despedí amablemente. Tenía demasiadas cosas en mi cabeza.

Sucede que en esa casa, 50 años después, había un centro del Opus Dei. No sabía nada del Opus Dei ni de su Fundador. ¿Por qué había llegado yo hasta allí? Y a partir de ese momento, inesperado para mí, conocí el Opus Dei. Y comenzaron grandes cambios, el principal en mi vida interior. Ahora soy supernumeraria del Opus Dei y estoy enormemente agradecida a Dios y a San Josemaría que me ha elegido a mí, una persona desconocida, que no se lo merece.

Cuento esto porque acabo de cumplir noventa años y quiero decir a toda la gente que es mayor, enfermos o desanimados en la vida, que no hay ningún límite, nunca se sabe cuándo nos puede tocar la gracia de Dios. Naturalmente que yo vivía con Dios desde el principio, desde el momento, se puede decir, del Bautismo. Pero toda mi vida, aún con Dios, era tibia. Y ahora he empezado a tener una vida interior más fuerte, intentando profundizar en ella cada día. Y por eso agradezco a Dios de todo corazón que al final de mi vida me haya permitido empezar algo nuevo que vale la pena.


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