Madrid, 1929-1930

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Aquí estoy, Señor, porque me has llamado (I Sam. III, 5, 6 y 9).

Don Josemaría ha repetido muchas veces estas palabras a partir del 2 de octubre de 1928. Al mismo tiempo, se da cuenta de lo inmensa que es la tarea, tanto más aplastante en cuanto que no procede -lo sabe perfectamente- de una inspiración momentánea, sino de un proyecto divino ajeno a él por completo. Frente a esta perspectiva gigantesca, ¡qué irrisorios son los medios!… Empezando por él mismo, piensa. Instrumento inepto y sordo que tanto ha tardado en ver lo que Dios le pedía… No tiene otra cosa que sus veintiséis años, gracia de Dios y buen humor.

La gracia de Dios no le ha de faltar. Por eso, su primer movimiento espontáneo, tras ese 2 de octubre de 1928, ha sido rezar todavía con más intensidad, siguiendo una lógica sobrenatural ajena por completo a la lógica humana: primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en tercer lugar, acción.

¿Cómo ser fiel a esa voluntad divina si Dios mismo no lleva a cabo la tarea fundamental? Señor, ¡no puedo!, ¡no valgo!, ¡no sé!, ¡no tengo!, ¡no soy nada!… Estas palabras, pronunciadas a menudo desde que, a los quince años, tuvo los primeros presentimientos, las repite ahora con más convicción todavía. Como compensación, le proporcionan una gran confianza en el futuro, “plenamente persuadido de que todo cuanto Dios tiene prometido, es poderoso también para cumplirlo” (Rom. IV, 21).

Abriendo brecha

Purificarse interiormente, reparar por sus faltas de correspondencia y por todos los pecados del mundo, unido a Cristo crucificado, para ser lo más dócil posible a lo que Dios quiere…

Ignem veni mittere in terram! (Lc. XII, 49), cantaba en su adolescencia; tanto, que su hermano pequeño se había aprendido la melodía, a fuerza de oírsela repetir… Sí, se trata de un fuego divino, que habrá que encender y propagar por todos los rincones de la tierra. ¡Cuánta fuerza necesita para que ese fuego no sea un fuego fatuo: ilusión, mentira de fuego, que ni prende en llamaradas lo que toca ni da calor. Sin embargo, el fuego sólo puede brotar de la generosidad. ¡Qué hermoso es perder la vida por la Vida!. El amor, hay que probarlo. ¡Y hay tanto que hacer! En realidad, todo, puesto que nada existe de esa gran obra que el Señor quiere que se realice, por mediación suya.

Así pues, Josemaría se entrega de lleno a una serie de mortificaciones -cilicio, disciplinas, ayunos- que hace cada vez más severas, mientras trabaja intensamente y ofrece su cansancio por la misma intención.

¿Quién ha dicho que las penitencias corporales eran cosa de los siglos oscuros de la Edad Media? En pleno siglo XX, en Madrid, en el umbral de los años 30 -que algunos han llamado “los años locos”- un joven sacerdote de veintiséis años que se siente impotente y como desarmado ante la inmensidad de la tarea que le aguarda, abre nuevos caminos divinos en la tierra al ritmo de la alegría de sus disciplinas y de sus rezos…

Pero como las gracias que son necesarias para trazar el primer surco en la tierra endurecida han de ser tantas, decide obtener de otras personas “refuerzos” sobrenaturales.

Empieza a pedir a sus amigos que recen “por una intención que le interesa mucho”. A veces, llega a interpelar a algún sacerdote que se encuentra en la calle, cuyo aspecto le hace suponer que vive con generosidad su ministerio… Y cuando se repone de la sorpresa, éste sonríe, asiente y sigue su camino, conmovido por la espontaneidad y la audacia de ese colega desconocido…

Cuenta también con la oración de los pobres y de los enfermos, que son todopoderosos ante el Omnipotente si saben unirse a Cristo Redentor. No en vano, la Providencia le ha conducido a este Patronato de Enfermos, cuyo capellán es desde su llegada a Madrid. De ellos, sobre todo, recibirá la fortaleza que necesita. De esta forma, ese querer divino podrá tomar cuerpo y desarrollarse… Sí, será gracias a esos hombres y mujeres anónimos y humildes, capaces de ofrecer al pobre sacerdote que es, la limosna de su oración y de sus dolores.

¡Y ésas fueron las armas para vencer! ¡Y ése fue el tesoro para pagar!.

Esos fueron los medios para abrir un nuevo camino de santidad en medio del mundo.

Y, finalmente, la acción. Ultima solamente en el orden de las prioridades, no de la cronología. Porque todo se mezcla desde el primer momento, ya que es preciso buscar quienes puedan llevar a cabo con él ese “algo” nuevo, compartir ese ideal, arrebatador pero exigente: meter a Cristo en la entraña de todas las actividades humanas, elevarlas hacia Él mediante un trabajo intenso realizado con abnegación, de cara a Dios, entregando la vida gota a gota, sin reservas.

Pero, ¿por qué crear algo nuevo? ¿Por qué no tratar de conjugar esos esfuerzos con los de alguna institución ya existente que tuviera unos fines y un espíritu como los que Dios le pedía y donde pudiera servir, obedeciendo? ¿No sería ésta una manera de cumplir ese querer divino, sin necesidad de añadir una fundación más a todas las que ya enriquecían la vida de la Iglesia?

Mientras busca alrededor algunos cristianos que sean capaces de responder a la nueva llamada, estudia detenidamente los estatutos de diversas instituciones de laicos ya existentes o recién creadas, para ver si los fines de alguna de ellas corresponden a lo que Dios le ha hecho ver el 2 de octubre de 1928.

A finales de 1929 tiene ya en su poder bastante documentación, proveniente de diversos países, pero nada responde, ni de lejos, a lo que él busca. Los fines de esos movimientos o grupos son elevados, pero limitados. No hay nada en ellos que incite a los cristianos a comprometer su vida entera al servicio de Cristo con una llamada específica a buscar la santificación en medio del mundo. Por eso, a pesar de sus vacilaciones que, por humildad, atribuye a su poquedad, no tiene más remedio que admitir que el Señor quiere que haga lo más difícil: abrir un nuevo camino de santificación en la Iglesia.

En busca de las primeras vocaciones

Ahora, más que nunca, el objetivo le parece desmesurado. ¡Una verdadera locura! Pero se trata de una locura querida por Dios… Por eso, venciendo su repugnancia inicial a ser fundador de algo, no duda en recomenzar sobre otras bases, y se pone manos a la obra con la única ayuda con que cuenta: la de Dios, que le pide eso, y con la intercesión de Santa María, de los Ángeles y de los santos…

Desde el 2 de octubre de 1928 venía pensando en algunas personas que conocía: alumnos de la Academia Cicuéndez, empleados, estudiantes, obreros, jóvenes relacionados con su familia, amigos, sacerdotes…

Pronto se suceden las visitas, las cartas, las conversaciones… Busca a las almas una a una, las prueba, las incita para que sean más sensibles a las exigencias del Evangelio. No se trata, de momento, de hablar de ese proyecto divino, cuya existencia sólo él conoce. Es preciso, antes, preparar pacientemente a quienes, por sus cualidades humanas y la solidez de su vida cristiana, sean capaces de aceptar, en su día, esta nueva “locura” divina, si el Señor les da la correspondiente vocación. Tendrá que meterles por caminos de vida interior -oración, mortificación, sacramentos-, para que se fortalezcan, se enamoren de Jesucristo y estén dispuestos a entregarle su voluntad para que haga con ellos lo que Él quiera. Sólo entonces, en una tierra así removida y fertilizada por la oración y la penitencia, podrá depositar la simiente divina que conserva como un tesoro en su alma. Podrá revelar a cada uno de ellos la llamada a ser apóstol de apóstoles en medio del mundo, sin salirse de su sitio, sin que nada cambie externamente en su vida de trabajo o estudio, pero divinizándolo todo, porque, poco a poco, a pesar de las caídas y las recaídas, uno se ha ido haciendo más “de Dios”.

Don Josemaría no habla a casi nadie de la misión que el Señor le ha encomendado. Se lo ha dicho, sí, a un jesuita prestigioso, el P. Valentín Sánchez Ruiz, que más tarde será su confesor, aunque siempre procurará distinguir perfectamente entre los consejos para su alma que éste le dará y las tareas para llevar a cabo su misión de Fundador, sin interferencias de la dirección espiritual.

En junio de 1929 se lo confía a uno de sus amigos de Zaragoza, José Romeo.

A su familia no le dice nada. Su madre y sus hermanos sólo advierten que cada vez está más ocupado: frecuentes desplazamientos por Madrid para visitar a los enfermos en sus tugurios o en los hospitales, largas conversaciones en casa o por las calles, con grupos de amigos o con algunos jóvenes a los que dirige en su vida espiritual y cita a veces en un banco del parque del Retiro…

El Padre -como empiezan a llamarle algunos- tiene un gran atractivo, con su estatura media y su cara armoniosa y llena. Usa gafas redondas, de concha, frecuentes en aquella época. Viste siempre con gran pulcritud y cuando sale a la calle suele llevar el manteo y la teja, no alargada, sino redonda, a la romana.

Simpático, abierto y de una alegría contagiosa, se expresa con un calor y una convicción que se manifiestan en la firmeza de la voz y en el acento, propio de su tierra aragonesa. Suscita enseguida la adhesión, nacida de la certeza, que se adquiere en cuanto se le escucha, de que uno se encuentra ante un hombre de Dios.

A menudo, en su sonrisa, en su penetrante mirada, llena de bondad, se advierte un “algo” que inspira confianza y, al mismo tiempo, remueve y anima a ser mejor…

Quienes se acercan a él comprenderían más fácilmente la influencia que ejerce sobre ellos si supieran que, cuando se encuentra solo con Dios, al sentirse tan joven y tan inclinado a dar rienda suelta a su carácter jovial, pide al Señor que le dé ochenta años de gravedad, signo externo, para él, del orden y de la pureza de la vida interior. Si conociesen lo mucho que reza y se mortifica por cada uno de ellos… Si le viesen encarar cualquier problema poniéndose con toda su alma en la presencia de Dios, y besando con frecuencia un crucifijo que coloca siempre sobre su mesa de trabajo, para no perder nunca el punto de mira sobrenatural…

Esa atracción que ejerce el Padre hace que numerosas personas acudan a hablar con él, le confíen sus cuitas y le pidan consejo en temas de su vida interior.

Un día descubre un lugar agradable y tranquilo de reunión: la chocolatería “El Sotanillo”, situada en plena calle de Alcalá, entre la Plaza de la Independencia y la Cibeles. Allí se puede charlar sin molestar a nadie y sin que nadie moleste.

El Padre empieza á reunirse en “El Sotanillo” con algunos amigos para cambiar impresiones sobre temas profesionales o de actualidad. Se trata de una tertulia, como tantas otras que existen en casi todos los pueblos y ciudades de España. También suele invitar a algunos jóvenes que se relacionan con él.

El tono de las conversaciones que mantienen estos singulares contertulios, reunidos alrededor de un sacerdote, poco tiene que ver con el del resto de la clientela. Partiendo de cualquier hecho menudo de la vida cotidiana -el Padre tiene mucho salero y sabe descubrir los aspectos más divertidos de las cosas-, procura elevar las mentes y los corazones a preocupaciones más altas; los rostros, al principio sonrientes, se ponen serios cuando don Josemaría les habla de las exigencias de una vida auténticamente cristiana: oración, lectura del Evangelio, para conocer mejor al Maestro; trato con la Virgen y con los Ángeles Custodios; trato directo con Dios Nuestro Señor, en la oración mental: Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad, que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior; asistencia frecuente a la Santa Misa, centro de la vida interior; Eucaristía: Comunión, unión, comunicación, confidencia; Palabra, Pan, Amor. Cuando te acercas al Sagrario, piensa que ¡Él!… te espera desde hace veinte siglos; recurso asiduo al Sacramento de la Penitencia, para purificarse y adquirir las gracias necesarias para renovar la vida interior…

El Padre no habla todavía de esa Obra de Dios cuyos cimientos está colocando; quiere, antes, ampliar el horizonte espiritual de sus interlocutores poniendo ante ellos, con toda la fuerza de que es capaz, la grandeza y la profundidad de una vocación cristiana vivida en medio de las ocupaciones de la vida ordinaria: allí es donde deben encontrar a Cristo. Los más jóvenes deben tender a ese fin desde ahora mismo, mientras estudian, porque una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración. Un estudio serio, profundo, constante hasta el heroísmo, pues eso les permitirá luego ejercer con eficacia una profesión que tiene que verse vivificada y dignificada por la gracia de Dios.

Y así, van naciendo propósitos en el secreto de los corazones; resoluciones que será preciso reforzar con palabras adecuadas, y procurar mantener en ellos rezando y mortificándose todavía más…

La ayuda de los pobres y los enfermos

A algunos de aquellos jóvenes, que proceden de familias acomodadas, les pide que le acompañen en sus visitas al barrio de Tetuán o al arrabal obrero de Vallecas, donde muchas familias viven miserablemente, a veces en cuevas o en chabolas, sin agua corriente y sin alcantarillado. El corazón se oprime viendo tanta miseria, porque no es lo mismo saberlo que verlo. El choque con esa realidad permite mantener una charla que abre horizontes nuevos: la responsabilidad social de los intelectuales, desde luego -eso da a los estudios otras dimensiones-, pero también la necesidad de vivir una vida auténticamente cristiana, de reparación, de unión con Dios, de intenso apostolado en el seno de la sociedad, para hacerla más justa, más humana; para transformarla radicalmente, desde dentro.

También los pobres ayudan así, sin saberlo…

Un día, un estudiante de Medicina evoca ante don Josemaría las condiciones lamentables en que viven los enfermos de los hospitales que tiene que visitar: el Hospital Clínico de San Carlos y el Hospital provincial, llamado Hospital General. Este ultimo, construido en el siglo XVII, está mal adaptado y es claramente insuficiente para una población que crece. Los enfermos se amontonan en precarias condiciones sanitarias. Hileras de camas bordean los pasillos, lo cual, unido a la falta de atenciones médicas y humanas, contribuye a deprimir a los enfermos y hace el ambiente insoportable.

A esas pobres gentes, aisladas en su miseria física y moral, don Josemaría las conoce bien, pues las ha visitado en los tugurios de Madrid y en los barrios periféricos. Sin embargo, al escuchar a aquel estudiante de Medicina, piensa en los jóvenes que le rodean. Llevarles a los hospitales, ¿no será una forma espléndida de hacerles pensar en los demás y acercarles a Cristo, de formarles, en suma, haciéndoles adquirir visión sobrenatural, esa tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen?.

Sí, los enfermos, como los pobres, les enseñarán a rezar, a sacrificarse, a darse a Dios y al prójimo. Porque la relativa y pobre felicidad del egoísta que se encierra en su torre de marfil, en su caparazón… no es difícil conseguirla en este mundo. Pero la felicidad del egoísta no es duradera.

Eres calculador. -No me digas que eres joven. La juventud da todo lo que puede: se da ella misma.

El Padre y los estudiantes visitarán, primero, el Hospital General, próximo a la Estación de Atocha y a la iglesia de Santa Isabel. Una congregación, que se ocupa de los enfermos y que tiene mucho que hacer en un ambiente en el que los sentimientos anticristianos están exacerbados, ha dado su conformidad. A partir de ese momento, todos los domingos, a primeras horas de la tarde, los jóvenes de don Josemaría recorren las salas del hospital, charlan con los enfermos, procuran animarles, les llevan unas golosinas, realizan tareas que no se llevan a cabo por escasez de personal: los lavan, les cortan las uñas, vacían sus orinales…

Un día, el Padre encarga a un joven ingeniero, Luis Gordon, que limpie uno de esos vasos de noche, y observa que sale con un gesto de repugnancia. Le sigue hasta los lavabos, para sustituirle en tan ingrata tarea, pero cuando llega, ve que Luis ha vaciado ya el orinal y lo está limpiando con sus propias manos, mientras murmura algo…

Don Josemaría, que ha oído lo que dice, evocará más tarde, en Camino, la conmovedora escena:

¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella “sutileza” del hombrón-niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: ¡Jesús, que haga buena cara!?.

El Padre, por su parte, procura además ayudar a los enfermos en un plano más espiritual. En todo hombre ve siempre un alma que hay que salvar. Algunos le rechazan al principio bruscamente, pero otros que se sienten abandonados por todos, se conmueven al ver que un sacerdote se interesa por ellos. Recobran la esperanza, aprenden a convertir sus sufrimientos en oración y vuelven a encontrar el camino de la fe. ¡Y qué lecciones le dan a veces esos desheredados!

Por ejemplo, aquel gitano, herido en una riña, al que ya han desahuciado. Don Josemaría ruega que le dejen solo con el moribundo y, con delicadeza, le pone al corriente de la gravedad de su estado. El gitano, conmovido, pide confesarse. Don Josemaría le oye en confesión, le absuelve, y le ofrece el crucifijo que siempre lleva consigo para que lo bese. El gitano aparta el rostro y solloza:

-¡Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor!

-Pero, ¡si le vas a dar un abrazo y un beso muy fuerte enseguida, en el cielo!

Y el Padre, emocionado, piensa: Señor, ¿qué diré yo, yo mismo? Con esta boca podrida, ¿cómo te voy a besar?…

Roturando con esfuerzo

De regreso, los jóvenes cambian impresiones con el Padre. Este procura aprovechar su estado de ánimo para ayudarles a dar a su vida mayor hondura: generosidad en las cosas grandes y, sobre todo, en los deberes ordinarios y en las pequeñas renuncias. ¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día!

El Padre no les habla de vocación, pero les abre nuevas perspectivas: trabajar por y para Dios, extender el reino de Cristo, y, para esto, dejarse “clavar” en la Cruz, santificando el trabajo ordinario, haciéndolo con la mayor perfección posible y convirtiéndolo en ofrenda, en holocausto…

Muchos de esos muchachos cambian profundamente, casi sin darse cuenta. Empiezan a asistir a la Santa Misa a diario, a veces a la que don Josemaría celebra -con una concentración que produce escalofríos en la capilla del Patronato de Enfermos, en la calle de Santa Engracia. Llevan con ellos a sus amigos, que pronto se sienten atraídos por la simpatía de este joven sacerdote, cuya forma directa de hablar les impresiona. El inmenso panorama que les desvela -capaz de iluminar toda una vida y de transformar al mundo- les entusiasma…

Algunos, sin embargo, se alejan cuando descubren en sus palabras una invitación personal a dejarlo todo y seguir a Cristo, pero sin abandonar el mundo. ¡Cuántos “jóvenes ricos”, como el del Evangelio, cuya mirada hace pensar en una generosidad sin límites y que se marchan tristes a la hora de la verdad!

Las almas se le escapan entre los dedos como anguilas en el agua.

Algunos de esos jóvenes tienen el valor de confesar que no se sienten con fuerzas, pero otros se despiden a la francesa…

A pesar de todo, lo que Dios quiere tiene que realizarse. Bastaría con que perseverara uno de ellos para empezar…

El Padre no se encuentra solo. En el mes de septiembre de 1929, se traslada, con su madre y sus hermanos, a la pequeña vivienda de que dispone el capellán del Patronato de Enfermos. Tampoco le faltan amigos. Tiene, sobre todo, el gran Amigo, la conversación con el gran Amigo que nunca traiciona, Cristo… Y siempre, en lo más hondo de su corazón, una llama que no se extingue y que le impulsa a seguir abriendo camino, sin cansancio. Lo que Dios quiere se realizará, porque es su Voluntad. ¿Lo quieres, Señor?… ¡Yo también lo quiero.

A1 principio, ni siquiera había pensado en dar un nombre a “aquello”. A quienes se le acercaban, les hablaba de “la labor” (con todo lo que esta palabra de origen latino implica de esfuerzo y tenacidad), o, simplemente de la Obra (también en el sentido de trabajo, de tarea apostólica). Hasta que un día, a comienzos de 1930, su confesor, el P. Sánchez Ruiz, le preguntó como de pasada:

-¿Y cómo va esa obra de Dios?

Fue como una revelación. Si debía tener un nombre, que fuera ése: la “Obra de Dios”, en latín Opus Dei, término que evoca también la idea de trabajo: Opus Dei, operatio Dei: ¡Obra de Dios, trabajo de Dios! Un trabajo profesional, un trabajo ordinario, realizado sin abandonar las tareas del mundo, las ambiciones nobles. Un trabajo transformado en oración, en alabanza del Señor, por todos los caminos de la tierra… Opus Dei: ¿qué nombre más apto para designar lo que Dios le había encomendado realizar?

Apostolado entre los sacerdotes

Don Josemaría consagra también parte de su tiempo y de sus energías a animar y a aconsejar en su vida espiritual a algunos sacerdotes, a menudo mayores que él, los cuales confían en su capacidad para dirigirlos, pues saben que es un hombre de Dios.

Desde los tiempos del seminario, le preocupa la santidad de los sacerdotes. Sabe que, ahora, puede proponer a algunos la vocación que él mismo ha recibido el 2 de octubre de 1928: una llamada a santificarse en las actividades ordinarias, para ellos, las de su ministerio sacerdotal, al que habrán de consagrarse totalmente y con una generosidad mayor, lo cual redundará en favor de las almas.

Esos sacerdotes podrán, además, atender espiritual y sacramentalmente a los primeros laicos que pidan la admisión en la Obra: hombres que se comprometerán a poner su vida al servicio de Dios, sin renunciar en absoluto a su condición y mentalidad seculares, y que se esforzarán por vivir las virtudes y los valores evangélicos en todos los ambientes.

En realidad, los sacerdotes estaban también allí, el 2 de octubre de 1928, cuando había visto la Obra en su totalidad, en aquella habitación de la residencia de los Paúles. No sabía aún cómo, es decir, en virtud de qué modalidad jurídica podrían estar, pero de hecho, estar ¡estaban ya!

La tarea es todavía más difícil que con los laicos. Porque cuando se les habla de vida interior, de santidad, los sacerdotes pueden sacar la impresión de que no tienen nada que aprender sobre el tema, ya que ellos son especialistas… Además, ¿qué puede enseñarles ese joven colega?…

Así piensan algunos, que no ven sino una “Obra buena” más en lo que don Josemaría les propone. Eso, sin tener en cuenta a quienes empiezan a pensar -a decir- que don Josemaría está loco…

A pesar de todo, unos cuantos le escuchan con verdadero interés cuando les explica esta nueva labor apostólica, que él describe como un mar sin orillas, poniendo un entusiasmo y una precisión en los detalles que les conmueven y dan a quienes le escuchan la impresión de que aquello se realizará. Unos pocos se deciden a seguirle y empiezan a ayudarle en su trabajo de formación, como don José María Somoano, a quien el Obispo de Madrid ha confiado diversos cargos, entre ellos el de capellán de Porta Coeli, un asilo-reformatorio para golfos; es, sin duda, uno de los que mejor le comprenden y el que más se interesa por su tarea apostólica, que empieza a cristalizar.

Nacimiento de la Sección de mujeres del Opus Dei

Laicos de toda condición y, junto a ellos, unos cuantos sacerdotes que garanticen su asistencia espiritual: la Obra empieza a dibujarse con arreglo al esquema inicial. Pero, ¿será oportuno incluir a las mujeres entre esa variedad de seglares?… En absoluto, piensa don Josemaría. Jamás…

Humanamente, podría haber sido imaginable, pero las mujeres no estaban en lo que Dios le había hecho ver el 2 de octubre de 1928. Nunca habrá mujeres -ni de broma- en el Opus Dei, escribe en el mes de febrero de 1930, después de haber recibido documentación concerniente a una institución compuesta por hombres y mujeres.

Unos días más tarde, el 14 de febrero, se dirige a la calle de Alcalá Galiano, donde vive la anciana marquesa de Onteiro, madre de la Fundadora de las Damas Apostólicas, para celebrar en su casa la Santa Misa. En un pequeño oratorio del primer piso, muy cerca del Paseo de la Castellana, nada más recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo con la devoción acostumbrada y todo el fervor de que es capaz, siente que el Señor “se introduce” de nuevo en su vida para pedirle algo, otra cosa, pero que está en la misma línea que lo que ha visto el 2 de octubre de 1928: que extienda también a las mujeres la llamada a la plenitud de la vida cristiana en medio del mundo…

No puede haber nada más opuesto a lo que él había pensado y escrito… Una prueba más de que la Obra no es suya, sino verdaderamente “de Dios”.

Su confesor se lo confirma inmediatamente: “Esto es tan de Dios como lo demás”, le dice el P. Sánchez Ruiz.

¡Qué claro está que es el Señor quien lo está haciendo todo! Es capaz de escribir con la pata de una mesa…

Por entonces, anota en una hoja de papel, la siguiente reflexión:

Reconoce la Santa Madre Teresa, en el capitulo II de sus Fundaciones, que es manifestación de la Omnipotencia divina dar osadía a personas flacas para cosas grandes en su servicio. Y me acojo a lo de la osadía y a lo de la flaqueza… 2 de octubre de 1928-14 de febrero de 1930.

Brasil: Tierra de la Santa Cruz

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La historia del cristianismo en Brasil se remonta al año 1549. Un sacerdote portugués celebró la primera Misa el 3 de mayo, fiesta entonces de la Invención de la Santa Cruz y, por eso, este trozo del Nuevo Mundo se llamó Tierra de la Santa Cruz. Más tarde, la abundancia de madera de color rojizo que daba a su fisonomía un aspecto casi ardiente, transformó su nombre en el de Brasil.

El 19 de marzo de 1957, llegaron a Brasil los primeros miembros del Opus Dei. Por equipaje traían la bendición del Fundador; como meta, un país inmenso. Ahora, mayo de 1974, la noticia de que el Padre viene ha corrido como la pólvora. Este segundo viaje a América tiene por objeto confirmar a todos sus hijos en el espíritu de la Obra, y encaminar a otras muchas personas hacia Cristo mediante una siembra continua y generosa de su oración y su doctrina.

«Vamos a América porque me mandan mis hijos -dirá antes de partir-; y a través de mis hijos, mi Padre Dios. Yo no quería ir, de modo que por lo pronto no es un capricho (…).

Digite a me!, aprended de Mí, ha dicho el Señor. Yo deseo aprender, en todos los sitios, un poquito. Porque no acabo de hacerlo, no acabo. Tengo ansias de ver a Jesucristo, de conocer su rostro. Tengo hambre de encontrarme con mi Dios» (1).

Cuando el avión en que viajan se aproxima a Río de Janeiro, el sol se pone sobre la bahía de Guanábana, iluminando toda la ciudad. En esta época -está terminando mayo- el crepúsculo es corto, y llega precipitadamente la oscuridad de la noche. De pronto, en el aeropuerto Galeáo, los altavoces anuncian la llegada del vuelo. Un pequeño grupo de personas espera al Padre junto a la pista. El avión desciende con todas las luces encendidas sobre las aguas de la bahía, hasta enfilar la superficie de aterrizaje. Los relojes marcan las seis y dieciocho minutos del 22 de mayo. Son muchos años anhelando este momento, el abrazo, el cariño y la presencia del -Fundador en esta tierra de promisión.

El comandante indica, desde lo alto de la escalerilla, a los que esperan, que pueden subir al encuentro de Monseñor Escrivá de Balaguer. Lo hace don Javier Ayala -que es aragonés-, Consiliario del Opus Dei en Brasil, en primer lugar, y se encuentra con los brazos del Padre, que le dice en broma:

-« ¡Baturro! ¡Te has salido con la tuya!».

Parte de la tripulación del aparato se agrupa en el pasillo de salida para despedirle.

-«¡Que Dios os bendiga! ¡Gracias! ¡Muchas gracias!»(2).

En un coche, el funcionario de la compañía aérea traslada al Padre, y a don Álvaro del Portillo, hasta un avión brasileño: el Bandeirantes. Este aparato les conducirá hasta Sáo Paulo. El nombre del pequeño aparato recuerda la gesta de los pioneros que, enarbolando sus banderas, abrieron las primeras sendas desde la costa hasta el interior del Brasil. La torre de control envía sus señales, despega suavemente y se eleva sobre Río, dejando atrás la imagen del Cristo del Corcovado. A la derecha, la espuma juega con las playas de Copacabana, Ipanema, Leblón…

En una hora larga, sobrevuelan Santos, Serra do Mar y Sáo Paulo. Cuando se detienen los motores en la pista de aterrizaje, son las ocho y veinticuatro minutos de la noche. Algunas personas conocen la noticia y aguardan en los portones de salida. Al pasar el coche, entregan una camelia al Fundador: el saludo inicial de bienvenida, la primera flor en esta ciudad de cemento: «Padre, muchas gracias por haber venido al Brasil»(3).

A partir de este momento, el Padre iniciará otra etapa agotadora y entrañable. Se multiplica en afecto y dedicación para dejar a sus hijos, éstos que han crecido a la sombra de su espíritu pero que acaban de conocerle, la seguridad de su camino, la certeza de haber respondido a una llamada de Cristo, a un designio sobrenatural que está por encima de las fuerzas de los hombres. Llega a lo más hondo de su intimidad: les habla de su vida de sacerdote, de los barruntos de su amor, de las etapas históricas de la Obra marcadas por la mano de Dios. Escribe para ellos un capítulo vivo, arrollador, como si presintiera que está cerrando el último documento. Tiene en su horizonte el mundo cuando mira a esta multitud de razas, de situaciones y culturas que se han dado cita entre los hombres y mujeres de la Obra.

Desde el 22 de mayo al 7 de junio habla sin descanso en tertulias de pequeño número y en grandes reuniones. En unos casos los Centros de la Obra como Sumaré, Casa Nova, Río Claro, Aroeira, Casa de Moinho y Centro Social de Morro Velho, acondicionan sus locales para estas tertulias; en otros, los asistentes desbordan la capacidad de aforo y es preciso habilitar grandes salas oficiales, como los Palacios de Convenciones de Sáo Paulo, Anhembí y Mauá. Estos lugares abren sus puertas a una multitud que desea conocerle, oír la palabra de este sacerdote que no habla más que de Dios. Que predica la teología del encuentro con Cristo a través del trabajo de cada día; que sólo expone una revolución: la de proyectar los hechos de la vida ordinaria hasta las alturas de la Gracia. Que invita al proyecto de «hacer, de la prosa pequeña de cada día, endecaslabos, verso heroico»(4). «He venido al Brasil a aprender. Vienen del Viejo Mundo y dicen que vienen a enseñar. ¡No! Yo he venido a aprender. Llevo cuarenta y ocho horas y ya he aprendido mucho.

He aprendido que este país es un país maravilloso, que hay almas encendidas, que hay gente que vale un tesoro delante de Dios Nuestro Señor; que sabéis trabajar y moveros; que sabéis formar familias numerosas, recibiendo los hijos como lo que son: un don de Dios (…).

¡Tanta tierra, y tan feraz, tan hermosa! Yo creo que vuestras almas son como esta tierra: aquí todo es generoso, todo es abundante (…).

Y después tenéis los brazos abiertos a todo el mundo: aquí no hay distinciones. Podríamos repetir palabras de la Escritura: gentes de todos los pueblos encuentran la Patria (…). Yo ya me siento brasileiro. Si no tuviera la obligación de residir en Roma, residiría en el Brasil»(5).

Cuando el número de asistentes se multiplica, procura que sus palabras se acomoden al auditorio:

«Hablaré despacio; nunca ha sido un muro muy recio la diferencia de lengua entre el brasileiro y el castellano (…).

Pero, además, es que siento el latir de vuestro corazón. Con los corazones nos entenderemos. Y entiendo con la mirada que allá, dentro de la cabeza, tenéis muchas cosas nobles, grandes, limpias, sacrificadas. Yo las querría tener también; de modo que coincidimos»(6).

El 6 de junio, víspera de su marcha del Brasil, les dirá:

«Quiero que me habléis vosotros a mí, quiero marcharme con el regusto de vuestras voces en mis oídos (…): porque sentiré las voces vuestras en lo más hondo de mi alma, en los momentos de vida que el Señor me deje, como una gran bendición de Dios. Y diré: ¡en el Brasil y desde el Brasil!… Es la voz de aquellas almas, de aquellos hijos y de aquellas hijas: vuestras voces»(7).

Se refiere el Padre al espíritu apostólico que debe empujar a los brasileiros. Ya que son una confluencia racial, tienen la posibilidad de recibir la doctrina, la vocación de Dios y llevarlas luego a otros países con los que tienen amplios lazos de fraternidad. Además, la vitalidad de estos hombres y estas tierras, les convierte en una gran promesa para el futuro.

« “Ut eatis”!, no sólo al gran continente brasileño. Ut eatis!, al Japón; ut eatis!, a Africa, que es un continente que nos espera con los brazos abiertos» (8).

Ya en 1928 sabía, porque Dios lo había decidido así, que el Opus Dei habría de arrastrar a gentes de todos los pueblos… negros, amarillos, blancos… en una llamada vocacional nueva y vieja como el Evangelio. Y el Cielo envió la noble ambición de este sueño a un sacerdote que sólo tenía veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor. Ahora, el sueño se ha hecho realidad.

En la primera tertulia, que tiene lugar en Casa Nova, está rodeado de brasileiras que proceden de muchas y diversas razas: aquí se ven los rasgos orientales de unas, la tez oscura de otras… La representación de Siria, Turquía, Italia, Portugal, Alemania, Austria… y de tantos lugares de Brasil, desde el Amazonas hasta Santa Catarina. A esta mezcla de etnias se referirá más tarde, en una de sus charlas: -«Esta mañana celebraba la Santa Misa, rodeado de un grupo grande de personas, en las que se veían caras de todos los continentes, y me emocioné. Les decía -porque es verdad- que muchos hijos míos de Japón, de China, de varios sitios de Africa -concretamente, más que en ningún otro, en Nigeria y en Kenia-, y de Filipinas, están rezando ahora mismo por la buena labor que hagamos aquí, en esta gran nación brasileña»(9).

Y continúa:

«En Brasil hay mucho que hacer, porque hay gente necesitada de lo más elemental. No sólo de instrucción religiosa -hay tantos sin bautizar-, sino también de elementos de cultura corrientes. Los hemos de promover de tal manera que no haya nadie sin trabajo, que no haya un anciano que se preocupe porque está mal asistido, que no haya un enfermo que se encuentre abandonado, que no haya nadie con hambre y sed de justicia, y que no sepa el valor del sufrimiento».

Luego les impulsa a extenderse por todo el país:

«Tenéis que correr por este gran continente (…), y quiero empujaros a que no dejéis ningún rincón de este país maravilloso sin el calor de un hogar nuestro. Para que desde aquí, después…¡al mundo entero!»(10)

En el Parque Anhembí, junto al río Tieté, se alza el Palacio de las Convenciones. Es un edificio nuevo, de bóveda elíptica, destinado a congresos y exposiciones. Tiene una cabida normal de cuatro mil personas. El 1 de junio, víspera de Pentecostés, se llenará a rebosar.

«No podéis defraudar a Dios. Este país grande, grande, grande en todos los terrenos -también geográficamente-, tiene ambiente de sobra para todos los hijos de todas las grandes familias: en número y en calidad. De modo que ¡ánimo! (…).

El otro día di a mis hijos una bendición que parecía la de los Profetas y los Patriarcas. Que el Señor os multiplique, les decía, y os digo ahora a los brasileiros: como las arenas de vuestras playas, como los árboles de vuestros bosques, como las flores de vuestros jardines, como el gorjeo de vuestros pájaros…

Necesitáis mucha gente aquí. ¡No tengáis miedo! Recibid los hijos con amor, que siempre son una bendición de Dios. Y bendición especial para el Brasil que necesita muchos brasileiros cristianos y con virtudes humanas como las vuestras»(11)

Les habla con lenguaje de pioneros que entienden, porque éste es un país grande, de caracteres firmes, capaces de entrar, por entre la selva, para erigir Brasilia, la más increíble ciudad de la tierra. Como reza el lema del escudo de Sáo Paulo: «No me dejo arrastrar, arrastro». Y lo subraya el brazo guerrero que sustenta el estandarte de la Cruz.

El 2 de junio, día de Pentecostés, se llenará igualmente el Palacio de Mauá. El Padre habla despacio, y sus palabras se traducen con los gestos, con el afecto y con la buena voluntad de muchos que, entre el público, siguen y facilitan el contenido de sus palabras a los que tienen más cerca.

En esta gran reunión se tocarán multitud de temas. Y el Padre irá engastando, en cada uno, junto a la dimensión humana, el espíritu de la Obra que anima toda su voz.

En un momento dado, rompe una lanza por la familia y sus valores cristianos, especialmente por la fuerza moral de la mujer.

«Junto a la Cruz están unas mujeres y un chico joven. Los hombres se han acobardado, y han huido. ¡Da vergüenza! Ellas son más valientes que nosotros, más enteras. Dan la cara por Cristo » (12).

Ha encendido la pasión por salir a los caminos con el fuego apostólico de los primeros cristianos, y le preguntan cómo multiplicar el número de cristianos en este enorme país americano:

«Para lograr toda esa multiplicación de almas que se ocupen de los demás, que sean una siembra de paz, de alegría, de trabajo, de cariño, de comprensión, de convivencia, de fraternidad cristiana; para esto, debes rezar al Señor. Pedirás al Espíritu Santo que venga a las almas de todos»(13).

De pronto se pone en pie un adolescente con el pelo largo, un representante joven de los que rompen moldes y modos anteriores:

-«Padre, ¿qué nos dice a los melenudos?».

-«Oye, hijo mío, a los del pelo largo os digo que me encantáis lo mismo que los del pelo corto. Pelo largo o corto no tiene importancia. Lo que importa es voluntad recia o voluntad floja, vida limpia o vida… sporca, como dicen los italianos. Lo que tiene

importancia es ojos limpios u ojos que no se pueden mirar» (14) Habla a los padres para que tengan una gran generosidad a la hora de entregar sus hijos a Dios si les llama por el camino de una entrega total a los demás.

Se detiene en un tema esencial en el Opus Dei, como la alegría, la teología del Omnia in bonum, todo para bien, cuando se descansa en la filiación divina. En el amor de Dios Padre que mueve los acontecimientos de cada vida.

«Se lee en uno de los Salmos que las montañas se deshacen como si fuesen de cera, si tenemos sentido sobrenatural. No te preocupes nunca por nada (…). ¡Alegre! Porque, después, viene la felicidad verdadera: el Amor sin traiciones y para siempre»(15).

No sabe cómo decir adiós a esta multitud de gentes que llenan la sala y que han venido a conocerle y a oír, a través de sus palabras, el espíritu del Opus Dei.

«Bendigo vuestros corazones, bendigo vuestra sonrisa, bendigo vuestro trabajo, bendigo vuestras guitarras» (16) Cuando llegue a Argentina lo recordará ante sus hijos:

«Hay de todas las clases de colores habidos y por haber. Justamente he estado allí el día de Pentecostés, y era como otra Pentecostés: Partos… Medos… Elamitas»(17).

Cuatro días antes quiso hacer una romería en la Aparecida, la Virgen más venerada del Brasil. Unas rosas son la materialización del regalo que vienen a traer a la Virgen. El Padre se arrodilla en el suelo del presbiterio; a su lado, don Alvaro y don Javier. Se empieza a rezar, en portugués, el Rosario. Con la mirada fija en la pequeña imagen, el Padre responde en voz baja a las oraciones. Pausadamente, al unísono, reza toda la iglesia en voz alta. Cuando termina, el Padre se levanta y rodea el altar por el lado derecho, para subir hasta el camarín de Nuestra Señora Aparecida. Mira unos instantes a la Virgen y besa el escudo. Las rosas se quedan a los pies de la imagen. Al día siguiente, comenta:

-«¡Con qué alegría fui a la Aparecida! ¡Con qué fe rezabais todos! Yo le decía a la Madre de Dios, que es Madre vuestra y mía: Madre mía, Madre nuestra, yo rezo con toda esta fe de mis hijos. Te queremos mucho, mucho… Y me parecía escuchar, en

el fondo del corazón: ¡con obras!» (18).

Se acerca el 7 de junio, último día de estancia en Brasil, y todos guardan los recuerdos en el mejor rincón del alma. Todavía no ha partido y ya empiezan a sentir nostalgia. Saudades, como se dice en portugués.

-«Os quedáis muy pensativos. Es que es el último día… Pero os ponéis solemnes y nosotros no tenemos solemnidades…

La nostalgia -sonríe el Padre-. Incomincia la nostalgia. Pero no quiero hablar más de esto, porque os quedáis serios, y también yo me pongo serio sin darme cuenta. Además, no me voy a marchar de aquí. Me quedo. De verdad, me quedo: el corazón os lo dejo muy a gusto. Además, os necesito a cada uno de vosotros: porque os necesita Dios, aunque no necesita de nadie (…).

Me acordaré de cada uno, os pasaré revista; y me ayudaréis a ser mejor con el recuerdo, con el pensamiento… ¡Esto es humano! Hay una especie de canción popular española que dice: la ausencia es aire que apaga el fuego chico y enciende el grande. De modo que cuando me marche os querré, si cabe, aún más; y estaré aquí más que ahora… ».

Y así llega la tertulia de la noche, la última:

«Consummatí in unum! No hay un afecto de uno que los demás no lo tengamos, no lo sintamos, no lo amemos …»(19).

El día 7 de junio amanece lloviendo. Un coche que cruza Sáo Paulo se lleva al Padre. En el aeropuerto internacional de Viracopos despega el avión para transportarle a la inmensa pampa argentina.

Caminos de Andalucía y de Castilla

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Un buen día de abril el Padre emprende de nuevo la ruta del sur de España. El Miércoles Santo de 1945 salen con él, camino de Andalucía, don José Luis Múzquiz y Jesús Alberto Cajigal. Van en un coche que conduce Miguel Chorniquet. Su primer motivo es impulsar la instalación de las Residencias para universitarios de Sevilla y Granada. Además, visitarán a los Obispos de diversas ciudades. Siempre el Padre tendrá una gran deferencia con la jerarquía eclesiástica. Llegan casi de noche a la ciudad del Guadalquivir, que se encuentra abarrotada de gente por las festividades de la Semana Santa. Habrán de hospedarse en Alcalá de Guadaira, pero antes compartirán el fervor espontáneo de las procesiones. Años más tarde, el Fundador cuenta aquella experiencia junto a los sevillanos:

«Hace muchos años, casi treinta, vine a Sevilla por Semana Santa. Salí a la calle cuando ya andaban las cofradías por ahí… Y cuando vi toda aquella gente, aquellos piadosos hombres que iban en las procesiones acompañando a la Virgen, pensé: esto es penitencia, esto es amor. Era muy hermoso. Luego, cuando vi… no sé qué paso era, no recuerdo qué imagen de la Virgen… Lo de menos eran las joyas, las luces… Lo importante era el amor, las saetas, los piropos: ¡todo!

Estaba allí mirándola, y me puse a hacer oración… Me fui a la luna. Viendo aquella imagen de la Virgen tan preciosa, ni me daba cuenta de que estaba en Sevilla, ni en la calle. Y alguien me tocó así, en el hombro. Me volví y encontré un hombre del pueblo, que me dijo:

-”Padre cura, ésta no vale ná; ¡la nuestra es la que vale!”.

De primera intención casi me pareció una blasfemia. Después pensé: tiene razón; cuando yo enseño retratos de mi madre, aunque me gusten todos, también digo: éste, éste es el bueno»(15).

Al día siguiente, jueves Santo, visitan un edificio situado en la calle de Canalejas. Allí está ya, para enseñárselo, Javier de Ayala. Al Padre le gusta. Aquello se convertirá, en breve plazo, en la Residencia “Guadaira” de Sevilla.

Continúan el viaje sin pausas. Saludan al Obispo de Cádiz. Hoy les acompaña Vicente Rodríguez Casado. Por la tarde, maravillosa tarde de abril andaluz, con el aire inundado de jazmines, llegan a Algeciras. Desde las costas de Tarifa se ve la linea africana. El paisaje, deslumbrante de luz, es bellísimo. El Padre da paso a un pensamiento hondo que le desborda y hace un solo comentario:

-No es posible que la Gracia de Dios no llegue hasta allí(16).

Años más tarde, como respuesta a su deseo, Kenia, Nigeria y muchos otros países del viejo continente Africano acogen el espíritu de la Obra. Un número elevado de hijas e hijos suyos pregonan, con el color de su piel, el origen de su raza.

En este itinerario andaluz pasan por Málaga y se detienen brevemente. Se acercan a Granada; hacia allá ruedan durante varias horas. La ciudad transpira primavera y deja entrever sus «carmenes» entre cipreses, palmeras y arrayanes. Sube el Padre, calle arriba.

Sus hijos han buscado varias casas para montar la Residencia de estudiantes, pero les gusta especialmente el «Carmen de las maravillas». Se encuentra en el Albayzín, no lejos de las Facultades universitarias, aunque hay que jadear bastantes cuestas al regresar, ya que los accesos no son buenos. En el barrio pululan los niños, entre un rumor que canturrea o grita según la hora del día.

Desde arriba se ve la blanca y mora ciudad envuelta por la Vega. Al otro lado, la sierra y el mágico silencio de La Alhambra. El Padre se siente atraído por el lugar y les anima. No deben preocuparles las distancias ni la escasez de medios materiales. El «Carmen de las maravillas» se convertirá en la nueva Residencia. Además, les augura que se llenará muy pronto y que de ahí saldrán vocaciones para el Opus Dei: esta frase, cuando se está comenzando en todas partes, parece un sueño lejano, irrealizable. Sin embargo, Dios es quien pone el incremento.

Siguen viaje hasta Almería. El Domingo de Resurrección, el Fundador celebra la Misa de Pascua en la catedral junto al pequeño grupo que le acompaña. Sin apenas descanso, pasan por Murcia y continúan, carretera adelante, hacia Madrid.

En julio de 1945, se instala “Molinoviejo” en el término de Ortigosa del Monte, provincia de Segovia. Es una casa de campo, rodeada de pinos que, muy aprovechada, puede albergar un buen grupo de personas. Unos parientes de don José María Hernández de Garnica la ceden en arrendamiento. El Padre vuelca de nuevo su interés y cariño en este lugar, que con los años se transformará en casa de retiros; un Centro en el que residirán, alternativamente, hombres o mujeres, jóvenes y adultos: todos los que buscan la paz y el silencio de unos días para un mejor encuentro con Dios; para una rectificación verdadera y eficaz de su vida cristiana. También se monta una escuela de promoción social para las campesinas de los alrededores.

Molinoviejo, con su ermita, su crucero, que labran unos artesanos gallegos, las grandes vigas que apuntalan la techumbre y el recio suelo de roble, se convertirá en lugar de predilección y desarrollo para el Opus Dei. Con el tiempo, los álamos, el pinar, el cielo que asoma detrás de la montaña segoviana serán testigos de fidelidad, de esperanza, de caminos divinos abiertos a lo largo de la tierra. La Anunciación de María ocupa el retablo del oratorio, recogido, propicio a la oración. El silencio sólo está cortado por el agudo concierto del aire que mueve las agujas de los pinos. En la ermita, desde que comienza a utilizarse la finca en 1945, está entronizada una imagen de María con dos siglos de antigüedad. Se halla en mal estado, pero será restaurada en 1947. La Virgen es de madera policromada, sedente y con una gravedad dulce que proclama escuela castellana. Tiene el Niño descalzo en los brazos. Molinoviejo guarda secuencias inolvidables en la historia de la Obra.

Una vez restaurada la ermita, se ha conservado un recuadro con las primitivas losas rojas que formaban el suelo. El 24 de septiembre de 1946 el Fundador indicará que, con el artesonado de madera retirado a causa del deterioro sufrido por el tiempo, se hagan pequeñas cruces para entregar a las primeras vocaciones de cada país. Es como abarcar la tierra con el único e irrompible eslabón de amor: la Cruz de Cristo. Y es también la perennidad del espíritu del Opus Dei transmitido del primero al último, del inmediato al antípoda.

Cada rincón de la casa recogerá motivos entrañables. Sobre la viga que cruza el cuarto de estar, aquella frase de Virgilio: Deus nobis haec otia fecit: erit ille nobis semper Deus, que el Fundador de la Obra traducirá en un lenguaje familiar: «Dios nos ha dado este lugar de descanso; para nosotros El será siempre (…) nuestro Padre Dios»(17). Las Universidades del mundo, pintadas en la pared del comedor, como una llamada universal al esfuerzo, al trabajo y a la ciencia para Dios. Y los borricos mansamente dibujados en un muro exterior, tirando de una noria cotidiana, con la alegría de su fiel y nada ostentosa utilidad. Lugar de oración, de serenidad. De proyectos con anverso sobrenatural. Con noble reverso humano.

Junto a la entrada, campea el repostero que confeccionarán las primeras mujeres de la Obra que llegan a la casa: un águila con las alas desplegadas, a medio camino entre las rocas y las nubes. Y un fragmento de San Juan de la Cruz, que explica el simbolismo:

«esperé sólo este lance,
y en esperar no fui falto,
pues fui tan alto, tan alto
que le di a la caza alcance… » (18).

También se abrirá, en septiembre, la Residencia de estudiantes de Abando en Bilbao. Y, a la vez, Zurbarán, la primera Residencia Universitaria femenina, en Madrid. La Sección de mujeres de la Obra se ha hecho cargo de un edificio de dos plantas, situado en el número 26 de la calle de Zurbarán. Tiene posibilidades iniciales para veinticinco plazas. No obstante, la cabida del futuro Colegio Mayor es bastante elástica, en función de las necesidades y de la capacidad de reducir espacios ocupados por parte de las personas del Opus Dei.

El Padre sigue muy de cerca la instalación de estos Centros, que sirven de base para el apostolado personal que cada miembro de la Obra realiza con sus compañeros y amigos. Junto a los proyectos materiales, que requieren un enorme esfuerzo, antepone siempre el espíritu, la norma de vida y de amor que debe presidir todo trabajo. Le importa la santidad, le interesa la alegría cerca de Dios. Jamás ha tenido ambición de brillar. Camina al paso que le marca Dios. Pero sólo para llevarle almas; sólo para elevar las nobles actividades de la tierra con la dimensión evangélica de Cristo.

También a Zurbarán llegan algunos muebles de doña Dolores Albás para instalar el salón: sofá y sillones de madera oscura tapizados en rosa viejo; una vitrina con diversos objetos; un cuadro de la Abuela en su infancia. Y una lámpara de techo con buena iluminación.

En la escalera de entrada, a la izquierda, se encuentra el despacho de dirección. Una mesa de escritorio, un tresillo y el tríptico pintado al óleo que había servido de retablo al oratorio de la casa de Jorge Manrique 19. Un gran armario con libros cubre todo un lateral.

El oratorio está en la primera planta y llena su pared frontal con una pintura de la Inmaculada. Cerca de la puerta de acceso, una Cruz bajo cuyos brazos se acogen frases de los Hechos de los Apóstoles: Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, et communicatione fractionis panis, et orationibus (19): Perseveraban todos en la doctrina de los Apóstoles, en la fracción del pan y en la oración.

En el semisótano, el comedor y la zona de Administración. La fachada posterior comunica con un patio amplio y silencioso. Junto a las ventanas de la cocina crecen las ramas de una adelfa.

La odisea económica de este Centro será de orden similar a la de cualquier comienzo, y está sembrada de múltiples anécdotas. El común denominador es la penuria del momento. Zurbarán vive prácticamente del crédito. Las facturas se acumulan y sólo gracias al trabajo profesional intenso, a la ayuda de algunas personas y a una confianza sin límites mantiene su funcionamiento.

La tarea de formación humana y sobrenatural que aquí se lleva a cabo será importante: un elevado número de mujeres pide la admisión en la Obra y otras muchas reciben un fuerte impulso en su vida cristiana, en este Centro del Opus Dei. Pero lo principal no es la Residencia. El Opus Dei no es un espacio concreto al que acercarse: es la presencia diaria, en la calle, de cada uno de sus miembros. Si las primeras mujeres de la Obra viven en los Centros que acaban de estrenarse es por una necesidad inmediata de orden, de dirección y formación. Muy pronto habrá personas que han de permanecer en su ambiente familiar, en los niveles sociales más diversos. Una idéntica vocación anima a todas. Solamente cambian las circunstancias.

Van adelante con la certeza sobrenatural de que la Obra es un imperativo de Jesucristo y no hay dificultad, incomprensión o freno que pueda detenerla en su camino.

Un nuevo hermano

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Josemaría ha sentido la soledad de su padre ante la vocación sacerdotal que le ha anunciado y que, por fuerza, le llevará lejos de los suyos. Ya entonces ha tirado por la borda sus proyectos humanos. Siempre pensó estudiar Arquitectura, por su afición a las matemáticas y al dibujo y por su facilidad estética y técnica para trazar y estudiar planos. Su padre le sugiere que comparta los estudios eclesiásticos con una licenciatura civil que podía ser la de Leyes. Josemaría no desecha esta solución para el futuro; tal vez intuye que el dominio de los campos jurídicos ha de servirle más adelante para cumplir los planes de Dios.

Quizá aquel día, cuando puso en manos de don José los proyectos de su vida sacerdotal, pidió al Cielo un nuevo hijo varón para sus padres. Los ve gastados por la vida y por el trabajo. No parece probable, humanamente, que puedan cumplirse sus deseos. Pero él lo pide con fe. Por eso recibe una alegría grande, en los comienzos del otoño de 1918, cuando su madre les llama a Carmen y a él para decirles llena de gozo: «Vais a tener otro hermano». La noticia le colma de felicidad y le parece ver, en ese anuncio, la gracia de Dios, porque no duda en ningún momento de que será un varón.

Observa,cómo su padre multiplica el esfuerzo para ahorrar trabajo a su madre y hermana. Y también le habrá de notar feliz y rejuvenecido por el acontecimiento que se aproxima. No tienen muchos amigos en la ciudad ni vive aquí pariente alguno. Por eso, la espera de este nuevo hijo les une todavía más y pone gran expectación en el ambiente familiar.

La Navidad de 1918 debió ser especialmente grata por la cercanía de la fecha tan esperada. Doña Dolores conserva, frente a los avatares del tiempo, un aspecto juvenil y una serenidad inalterable.

A principios de 1919, la familia Escrivá se traslada a una casa situada en la calle Canalejas. Es también un cuarto piso, pero tiene la ventaja, sobre la anterior, de que la construcción es de mayor altura y ya no caen directamente, en el techo de la vivienda, los fríos o calores de cada estación.

Aquí la familia va a seguir su ritmo habitual de estudio y de trabajo. Doña Dolores mantiene su actividad normal. Sólo cuando llega el correo mañanero y suena fuerte el silbato en los portales, permite que su vecina, doña Sofia, le suba las cartas. Y agradece, sonriente, el favor de evitarle las fatigosas escaleras. Un día cualquiera, esta buena mujer que ocupa el piso superior tiene que entrar hasta el comedor de la familia Escrivá para darles un recado urgente. Y se asombra del detalle y la gracia con que está puesta la mesa. Es que las contrariedades económicas y el trabajo acumulado no han hecho mella alguna en la condición y el cuidado afectuoso de la señora de la casa(13).

Por fin, el 28 de febrero, a las ocho de la mañana, nace un varón que será bautizado, dos días más tarde, en la Parroquia de Santiago. Son testigos de Bautismo don Marcos López y don José Ruiz; padrinos del niño serán sus tíos Florencio Albás y Carmen Lamartín, representados por Josemaría y Carmen Escrivá. Junto a la pila bautismal, sostienen en brazos a este deseado pero imprevisto hermano, que ha venido a renovar la ilusión y la felicidad de estos tiempos, duros en circunstancias, de sus padres. En recuerdo del padre de su madrina, fallecido poco tiempo antes, recibe el nombre de Santiago, justo. Don Hilario Loza, cura de la Parroquia, derrama sobre él las aguas del Bautismo (14).

Durante los años académicos de 1918-19 y 1919-20, Josemaría prosigue sus estudios en el Seminario de Logroño, donde obtiene las mejores calificaciones. Sus últimos años de Bachillerato, cursados con carácter oficial en el Instituto de la ciudad, han sido superados ya con holgura y brillantez, en junio de 1918.

En septiembre de 1920, de acuerdo con sus padres, Josemaría se traslada a Zaragoza. Allí podrá continuar la carrera eclesiástica en la Universidad Pontificia, vivir en el Seminario de San Carlos y, a su tiempo, matricularse en la Facultad de Derecho.

Cuando en el próximo verano don José se acerque a Fonz, que es su lugar de origen, hablará de sus hijos a los parientes y enseñará, orgulloso, unas fotograbas: las del benjamín -como llama cariñosamente al pequeño Santiago- y las de Josemaría.

-«Este me ha dicho que quiere ser sacerdote, pero a la vez va a estudiar para abogado. Nos costará un poco de sacrificio… »(15).

Josemaría, de la mano de Dios, y respaldado por el amor y la libertad que siempre fue la gran oferta de sus padres, empezará una nueva etapa que se abre ya en el tren, camino de Zaragoza.

Presentación

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El 26 de junio de 1975, al filo del mediodía, falleció en Roma Monseñor Escrivá de Balaguer. Horas más tarde sus restos mor­tales reposaban sobre el pavimento del Oratorio dedicado a Santa María, en la sede central de Opus Dei. Don Álvaro del Portillo, entonces Secretario general de la Obra, depositó unas rosas rojas sobre los pies del Fundador, mientras repetía el verso de San Pablo: Quam speciosi pedes evangelizantium pacem, evangeli­zantium bona! (Rom., X, 15), ¡qué hermosos son los pies de los que anuncian el Evangelio de la paz, de los que anuncian cosas buenas!

Hubiera sido un espléndido epitafio. Cuantos le han conocido y tratado ‑aun por breves instantes‑ coinciden con clara una­nimidad en destacar su alegría. Su mirada serena y limpia resul­taba cordialmente acogedora. Era un hombre de Dios, que des­bordaba simpatía y humanidad: infundía paz, alegría, serenidad, contento, deseo de servir a los demás.

“No recuerdo a nadie ‑escribió don Manuel Aznar pocos días después‑ que, con tanta espontaneidad, con naturalidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobrenatural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empresa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cum­plía en el Fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá “.

Vivió para Dios, y fue maravillosamente humano. Para reali­zar la Obra que el Señor le pedía, recibió dones que le hicieron persona atrayente en lo humano. Y, a la vez, sorprendente, por­que ante un fundador suele buscarse siempre algo raro, distinto. “Yo estaba haciendo actos de fe, para pensar que me encontraba ante el Fundador del Opus Dei, de lo sencillo y cordial que es‑‑‑, comentaba un sacerdote de Jaén, cuando le conoció en Pozo­albero (Jerez de la Frontera) un día de noviembre de 1972. Otro se fijó en “la naturalidad con que oculta su gran contenido so­brenatural‑ . Pero ‑añadía‑ “se le desborda. No puede ocultar su carga de Dios.

Por eso, no es fácil explicar cómo fue y qué hizo. Son muchas y muy ricas las facetas de su personalidad y de su doctrina. Están, de otra parte, tan trabadas en su unidad de vida sencilla y fuerte, que se resisten al análisis: no se puede despiezar esa existencia tan cargada de sentido humano y divino hasta en detalles mínimos.

He tratado, sin embargo, de apuntar en este libro algunas manifestaciones de su personalidad enteriza, porque, como digo, me resulta francamente dificultoso describir la imagen de pleni­tud que guardo desde que le conocí personalmente el 8 de sep­tiembre de 1960. Fue en el pequeño jardín del Colegio Mayor Aralar de Pamplona, junto a más de cien estudiantes, que le acosamos a preguntas durante casi una hora. Aprendí bastante aquella tarde. Quedé removido por dentro. Me sorprendió su sentido del humor. Todos reímos mucho. Tuve la convicción de estar muy cerca de Dios. Y además, quizá como síntesis de todo esto, lo pasé en grande: fue una hora deliciosa.

No imaginaba yo que Mons. Escrivá de Balaguer tuviese tal simpatía, tal capacidad de meterse en el bolsillo a los universi­tarios: conocía a fondo nuestras inquietudes, hablaba ‑hasta con giros castizos‑ nuestro lenguaje, y se servía de ese don para exigirnos mucho, para empujarnos hacia arriba, haciéndonos salir de la poltronería. (Siete años después, viví en Vallecas una reacción semejante, cuando un obrero, que tenía a sus hijos como alumnos de Tajamar, me comentaba: ‑A este cura sí que se le entiende; habla igual que nosotros… ).

Pero nada tenía que ver su facilidad connatural para hacerse entender, su rapidez en las respuestas, su gracia y simpatía humanas con un hacerse el simpático. Todo era recio, espon­táneo, verdadero. Como era auténtica su confianza en nosotros ‑en aquel verano de 1960 estaba yo a la mitad de mi carrera‑, al abrirnos el corazón contándonos cosas de mucha intimidad. Manifestaba también así su ilimitada capacidad de querer, que desde lo más grande ‑el trato con Dios, el amor a Santa María, la dilatación de la Iglesia por países de Asia y África‑, llegaba hasta lo más pequeño: la reconvención por el descuido de haber dejado abierta una contraventana ‑se veía desde el jardín‑ que exponía los muebles de la habitación al fuerte sol del mediodía; el afecto hacia ese brazo escayolado, que rara vez falta en un grupo numeroso de gente joven… Y todo, salpicado de anécdotas francamente divertidas.

La vida del Fundador del Opus Dei rompe casi todos los es­quemas: no probaba los licores, pero bromeando con la marca de un conocido coñac‑ se refería a sí mismo diciendo que, para fundador bueno, el

que venía embotellado… Porque se conside­raba, en su humildad, Fundador sin fundamento.

Tiene razón José Ortego, catedrático de Derecho Penal, que respondía así a una encuesta periodística de urgencia el 26 de junio de 1975: ` He leído una biografía de don Josemarfa Escrivá. Luego, he pensado en el hombre; y he llegado a la conclusión de que don Josemaría no es biografiable. Su recia personalidad des­borda cualquier intento de contarnos cómo fue. Por muchos y ordenados que sean los datos, por significativas que sean las anécdotas, se escapará siempre una vida, tan intensa y tan com­pleja, que sólo el conocimiento directo puede alcanzar”.

Afortunadamente se han podido filmar ‑después de vencer su resistencia personal durante años‑ muchas escenas de la última etapa de su vida. Pienso que media hora de imágenes del Fundador del Opus Dei, hablando de Dios y contestando a pre­guntas de personas muy distintas, facilita más ese conocimiento directo, que cuanto aquí se dirá.

Y están también sus libros, que han alcanzado enorme difu­sión en el mundo entero. Y sus escritos inéditos: porque, como dijo muchas veces jugando con su apellido, Escrivá escribe. En esos textos puede encontrarse ‑más que en estas páginas‑ la verdadera dimensión y la profundidad de su vida.

Sin embargo, me parecía urgente hacer una aproximación de la figura de este sacerdote de Dios. Había que correr el riesgo de ofrecer la visión parcial de una realidad plena de sentido. Y casi de un tirón, con prisa, después de dedicar unas semanas a docu­mentarme, escribí estas páginas entre noviembre y diciembre de 1975. Me parecieron pobres, llenas de lagunas, y decidí comple­tarlas con más calma, aunque el editor con quien había comen­tado el proyecto quería enviarlas ya a la imprenta, pues pensaba que podían servir. He retocado algunos detalles a lo largo de 1976, sin apenas añadir nada, conservando prácticamente el enfoque, la estructura y la distribución iniciales.

No espere, pues, el lector una biografía cerrada. En sus manos tiene un perfil, unas impresiones que, aunque se basan en hechos y datos históricos, no siguen un orden cronológico. Suce­sos y escritos de épocas diversas se aproximan y entremezclan con libertad, para apuntar en rápidos trazos los rasgos del Fundador del Opus Dei que, en cada caso, pretendo destacar. Quien le haya conocido personalmente ‑en la vida, en sus escritos, o en películas filmadas‑ comprobará que hay muchas cosas impor­tantes que no aparecen aquí.

Quizá estos apuntes ayuden, sin embargo, a repensar lo vivido, a meditar de nuevo los escritos del Fundador del Opus Dei. Se habrá cumplido entonces el propósito que buscaba este relato: dar a conocer un poco más la gran personalidad de Mons. Escrivá de Balaguer, que gustaba de pasar inadvertido, según el lema de su vida: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca.

Hace muchos años, un periodista del londinense The Times comentaba en una semblanza: ` Su característica más sorpren­dente es, en cualquier caso, su absoluta normalidad. En su modo de ser no hay nada fanático o dominador, ninguno de esos rasgos chocantes que la gente espera encontrar en un gran fundador o en un líder. Podría fácilmente pasar inadvertida la fuerza de su magnetismo, de su energía espiritual. Su estatura y su peso son normales; su cara, pálida y más bien redonda, sonríe casi siempre. Hay calor ‑cariño‑ en la expresión de sus ojos castaños. La rapidez de sus respuestas y los gestos que acompañan sus palabras revelan una inquietud enérgica. Ataca los asuntos de modo directo y personal, y va al fondo, sin perderse en lo anecdótico. Aborda los problemas en toda su amplitud y con audacia. Conga en los demás y delega fácilmente. Queda siempre subrayada la independencia y la responsabilidad individuales de los socios de la Obra. Deja la impresión perdurable de una per­sona muy humana, feliz, que hubiese tenido mucho en común con sir Tomás Moro, a quien, por cierto, ha escogido como uno de los santos intercesores de su Asociación “.

Aquel periodista subrayó un rasgo decisivo: la impresión de normalidad que reflejaba la extraordinaria personalidad del Fun­dador del Opus Dei. Es quizá éste uno de sus más preciosos legados: para ser muy divinos, hay que ser muy humanos. En­señó a miles de personas del mundo entero a imitar la natura­lidad de la vida corriente de Jesucristo ‑Perfecto Dios, Perfecto Hombre‑, en sus años de trabajo oculto. Cristo fue siempre el único Modelo para buscar la santidad ‑santidad auténtica, sin eufemismos‑ en las ocupaciones y circunstancias ordinarias de la vida. Mal hubiera podido difundir ese mensaje Mons. Escrivá de Balaguer si Dios no le hubiera hecho profundamente humano, cordial y sencillo. Aunque a veces sufrió, porque no le entendían o no se esforzaban por entenderle, y tenía que hacerse perdonar lo raro de no ser raro. Y es que existe una acusada tendencia a valorar lo aparatoso, lo artificial, lo extraordinario, sin calar la hondura ‑humana y divina‑ de lo cotidiano. Alguna vez, para explicar mejor el problema, aludiría al comentario que algunos hacen ante el primor de unas rosas frescas, de pétalos finos y bien perfilados ‑¡parecen de trapo!‑, porque prefieren lo ar­tificial.

En su vida y en su doctrina, lo humano y lo divino se funden de tal manera, que no es nada fácil distinguir en muchos mo­mentos si estamos ante un rasgo de su carácter, o ante un fruto de la gracia de Dios, que actúa de modo aparentemente natural. Lo ha visto bien el P. Sancho, O.P., cuando afirma con rigor teológico: “La impresión que yo tengo de él es la de un hombre de muchísima virtud, que, en su sencillez, no exhibía. No puedo destacar ningún detalle concreto de su profunda humildad, porque su sencillez llenaba su vida de naturalidad. No sorprendía nada, porque la constante suya era ésta: sobrenaturalizarlo todo sencillamente, y además alegremente, que es lo más difícil”.

Así actúa siempre la gracia de Dios en los hombres. Hace sobrenatural su vida, sin aniquilar ni desquiciar lo humano. Efectivamente, sólo quien es fiel a la gracia de Dios, puede ser plenamente hombre.

«Las ilusiones humanas se armonizan muy bien con el deseo de servir a Dios»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Elvira acaba de guardar su bata blanca. La última consulta de la mañana ha terminado. Tiene aspecto juvenil pero hace ya unos años que dejó la Universidad. Desde entonces han cambiado unas cuantas cosas en su vida: se casó con un médico, ha tenido nueve hijos y ha ido perfilando su dedicación profesional dentro del campo de la medicina.

Al preguntarle por algún acontecimiento decisivo en estos años, me comenta con rapidez que ha sido su vocación al Opus Dei lo que ha dado un relieve nuevo a ese entramado de acontecimientos que han ido configurando su vida profesional y familiar.

–¿Cómo conoció usted el Opus Dei?

–Conocí la Obra cuando comenzaba mis estudios en la Universidad. Al encontrarme en un ambiente diferente al del Colegio, me di cuenta de que debía reforzar mi formación espiritual de un modo semejante a como procuraba ir mejorando mi formación humana. A través de una amiga se me presentó la oportunidad de asistir a unas clases de Teología en un Centro del Opus Dei.

–¿Y de qué modo ha influido en su vida el Opus Dei?

–A través de la formación espiritual que recibo, he ido descubriendo que es posible tener una gran intimidad con Dios, aunque se esté metida de lleno en el trabajo profesional; y que las ilusiones humanas se armonizan muy bien con el deseo de servir a Dios. Cuando conocí mejor la Obra, yo estrenaba una familia, comenzaron a llegar mis primeros hijos. Me di cuenta de que debía vivir la vida ordinaria abnegadamente, cara a Dios. En mi caso, eso se traduce en esforzarme por sacar adelante una familia numerosa como la que Dios me ha dado. Gracias a las enseñanzas del Fundador del Opus Dei he descubierto la grandeza que encierra la vida matrimonial, y la trascendencia humana y sobrenatural que supone tener hijos y educarlos. Sé que a veces no es fácil. Mis hijos han nacido, uno tras otro, sin darme tiempo a pensar en otros proyectos profesionales que tenía. Pero del espíritu del Opus Dei he aprendido que la grandeza de un quehacer, lo que permite a una persona alcanzar su plenitud humana, es, con la gracia de Dios, lo mismo que le hace alcanzar la santidad: el convertir su vida en un servicio gustoso a Dios y a los demás.

–El Fundador del Opus Dei insiste mucho en la obligación que tienen los cristianos de preocuparse por acercar a Dios a sus colegas y amigos. ¿Le queda a usted tiempo para eso.
–Efectivamente, el espíritu de la Obra enseña que es deber de un buen cristiano no sólo encontrar a Dios a través de un trabajo honesto y bien hecho, sino preocuparse de acercar la gente a Dios. Pero ésa no es una labor al margen de la vida familiar y de la vida profesional. Se trata de compartir con los familiares, con los amigos, lo mejor que uno tiene: la formación cristiana. Mis hijos me brindan con frecuencia oportunidades estupendas de ayudar a la gente. Ellos son un tema fácil de conversación cuando me encuentro con las madres de sus amigos, en la puerta del colegio. Algunas personas se asombran al saber que tengo nueve hijos. Entonces procuro transmitir a esas amigas mías consideraciones que las animen también a descubrir la grandeza del matrimonio y a vivir conforme a los planes de Dios, con una lógica diferente a la que encierran a veces los planteamientos que nos hacemos de tejas abajo.

También en mi consulta surgen ocasiones de ayudar a las personas. A la vez que un consejo médico, cuántas veces puedo darles un consejo amistoso que les ayude a enfrentarse con una situación difícil, con más esperanza. Pero todo eso gracias a Dios.

–Usted conoció al Fundador del Opus Dei. ¿Recuerda algún rasgo de la personalidad de Monseñor Escrivá de Balaguer que le llamara especialmente la atención?

–Me llamó la atención su alegría. Advertí con gran claridad que era un sacerdote que estaba muy cerca de Dios, que era un hombre santo. La fuerza y el cariño con que hablaba de Dios, la esperanza que transmitía con sus comentarios removían el alma. Vi conmoverse a las personas que estaban a mi alrededor, en aquella reunión tan numerosa –en Tajamar–, donde el Padre hablaba como si estuviera a solas con cada uño. Le aseguro que me sentí removida interiormente y con un gran deseo de esforzarme en ser mejor. Al mismo tiempo, recuerdo que me inspiró–una gran confiañza. Desde que el Padre falleció me encomiendo a su intercesión con mucha frecuencia y le pido ayuda en tantas cosas. Sé que Monseñor Escrivá es un eficaz intercesor delante de Dios.

Sacerdotes y seglares

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Comprendo esa extrañeza, pero no sería sincero si asegurara que la comparto. Estos hombres que, libremente, porque les da la gana –y es ésta una razón bien sobrenatural– abrazan el sacerdocio, saben que no hacen ninguna renuncia, en el sentido en el que ordinariamente se emplea esta palabra. Ya se dedicaban –por su vocación al Opus Dei– al servicio de la Iglesia y de todas las almas, con una vocación plena, divina, que les llevaba a santificar el trabajo ordinario, a santificarse en ese trabajo y a procurar, con ocasión de esa tarea profesional, la santificación de los demás.

Como todos los cristianos, los miembros del Opus Dei, sacerdotes o seglares, cristianos corrientes siempre, se incluyen entre los destinatarios de estas palabras de San Pedro: vosotros sois el linaje escogido, una clase de sacerdotes reyes, gente santa, pueblo de conquista, para publicar las grandezas de aquel que os sacó de las tinieblas a su luz admirable. Vosotros que antes no erais pueblo, y ahora sois el pueblo de Dios; que no habíais alcanzado misericordia, y ahora la habéis alcanzado (1 Pet II, 9–10).

Una y la misma es la condición de fieles cristianos, en los sacerdotes y en los seglares, porque Dios Nuestro Señor nos ha llamado a todos a la plenitud de la caridad, a la santidad: bendito sea el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha colmado en Cristo de toda suerte de bendiciones espirituales del Cielo; así como por El mismo nos escogió antes de la creación del mundo, para ser santos y sin mácula en su presencia por la caridad (Eph I, 3–4).

No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas.A todos invita el Señor, para que cada uno se santifique en su propio estado. En el Opus Dei esta pasión por la santidad –a pesar de los errores y miserias individuales– no encuentra diferencia en el hecho de ser sacerdote o seglar; y, por lo demás, los sacerdotes son sólo una pequeñísima parte, comparados con el total de los miembros.

No se trata por tanto de renuncia alguna, si se mira con ojos de fe, cuando se llega al sacerdocio; y llegar al sacerdocio no supone tampoco un coronamiento de la vocación al Opus Dei. La santidad no depende del estado –soltero, casado, viudo, sacerdote–, sino de la personal correspondencia a la gracia, que a todos se nos concede, para aprender a alejar de nosotros las obras de las tinieblas y para revestirnos de las armas de la luz: de la serenidad, de la paz, del servicio sacrificado y alegre a la humanidad entera (Cfr. Rom XIII, 12).

2 de Octubre de 1928

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Todo sucedió de una forma sencilla. El 2 de octubre de 1928 don Josemaría se encontraba en la Casa Central de los Paúles de Madrid, participando en unos ejercicios espirituales con otros sacerdotes de la diócesis. Era la fiesta de los Angeles Custodios. Bendecid al Señor, Ángeles del Señor —había rezado, por la mañana, al celebrar la Eucaristía— cantadle un himno y exaltadle por los siglos de los siglos.

Se retiró a su habitación; y cuando releía las notas en las que había recogido las mociones que había recibido de Dios en los últimos diez años, vio la misión que Dios le confiaba: difundir por toda la tierra el mensaje evangélico de la llamada universal a la santidad, mediante la santificación del trabajo y la vida cotidiana.

En aquel instante supo, con certeza plena, que debía dedicar su vida entera a esa misión, a esa tarea. “Eso” era por lo que venía rezando desde su adolescencia: lo había vistover fue el verbo que empleó siempre para designar aquel momento decisivo— mientras repicaban las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. Aquel voltear jubiloso, comentaba años después, nunca ha dejado de sonar en mis oídos

Y él… ¿qué era? Un sacerdote joven, sin medios económicos, recién llegado a Madrid, con una familia a su cargo… Tenía yo veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor: nada más. Perono se desanimó. Se hizo este planteamiento sobrenatural: así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso.

Desde aquella mañana de octubre de 1928 la Obra de Dios, el Opus Dei, fue una realidad, aunque sólo contase con una persona: la del fundador.

Su mensaje chocó con la mentalidad de la época. Muchos se asombraban al escuchar de sus labios que todos estamos llamadas a la santidad. ¿Cómo? ¿No estaba reservada la santidad a unos cuantos privilegiados? Simples cristianos —enseñaba don Josemaría—. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!

¿Cuál sería su secreto?

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Testimonio de Cardenal Marcelo González Martín, Arzobispo de Toledo Primado de España
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Varias veces hablé con el fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer. En Roma, donde vivía, y en Madrid, por don­de pasaba con destino a sus viajes apostólicos o al volver de los mismos, después de haber sembrado la semilla de la palabra y la gracia de Dios. Porque eso fue toda su vida: un sembrador incan­sable. Las cosechas no las retenía en su mano; las volvía a sembrar inmediatamente en beneficio de todos.

Me ha preguntado cuál sería el secreto de este gran sacerdote del Reino de Cristo en la Iglesia de nuestro tiempo. Y he aquí la reflexión que hago a raíz de su muerte, que hirió su corazón con un movimiento brusco y suave a la vez, como eran los suyos propios. ¡Cuánto ardimiento en aquel hombre excepcional que se pasó la vida sin conocer el sosiego, ni siquiera el que proporciona a tantos otros la última enfermedad!

Capacidad para el entusiasmo por las causas grandes, tesón invencible, optimismo reflexivo, minuciosidad en la ejecución, deli­cadeza suma para los detalles…; he aquí algunos rasgos de su con­dición humana. Cuando coinciden en una persona, la hacen capaz de grandes resoluciones y la disponen para el triunfo, empleando esta palabra en su valor puramente objetivo, como sinónimo de logro de lo que uno se propone. El fundador del Opus Dei consiguió muchos de sus propósitos; el primero de todos, dar vida, sólido

arraigo a una obra a la que se entregó totalmente, la asociación que predica y promueve la santificación del hombre en medio del trabajo ordinario de la vida. Esto, que era tan sencillo y tan evan­gélico, estaba prácticamente olvidado.

Pero para poder explicar el éxito en esta empresa no basta acudir al carácter de quien la acometió; no está ahí el secreto. Porque la empresa es de índole sobrenatural y, por mucho que ayuden las condiciones personales del que la promueve, como instrumento efi­caz, se necesita otra clave mucho más íntima y radical. Un carácter humano, por muy dotado que esté para la perseverancia y el entu­siasmo en el servicio a una causa, si sólo cuenta con sus propios recursos instrumentales, se dispersa en la inoperancia real, cuando la causa es precisamente vivir enamorado de la santidad y comu­nicar a los demás el mismo amor. Su actividad se convierte entonces en activismo; su palabra, en grito o en susurro; pero nada más, y la energía de su voluntad se transforma en puro afán de mando. Nada de esto sirve para llevar por los caminos de la perfección cris­tiana. El que lo intente fracasará a las primeras de cambio.

Monseñor Escrivá tuvo tiempo para «fracasar». Los casi cin­cuenta años transcurridos desde que fundó la asociación hasta el momento actual dan de silo suficiente para sentirnos obligados a contemplar con inmenso respeto el proceso de una obra que, como es frecuente en la historia de la Iglesia, ha encontrado enormes difi­cultades para su desarrollo. Pero él, Escrivá, no las rehuía. Sabía que las dificultades forman parte del plan de Dios y las aceptaba con la humildad característica del que tiene fe.

Sumergido para siempre en la vivencia cálida del misterio de la Iglesia, más que enfrentarse con las dificultades, lo que hacía era incorporarlas y asimilarías hasta hacerlas correr dentro de su sangre como un alimento más de su vida de fe. De ahí que lo que parecía optimismo temperamental era más bien realismo cristiano, que ni se arredra ni huye por muy oscuro que se presente el horizonte. Era la Iglesia de Cristo la que invitaba a trabajar así, porque así tienen que ser siempre las cosas para los seguidores del que llevó la cruz.

Su amor a la Iglesia era amor al Papa, a los obispos, a los sacer­dotes, al Magisterio eclesiástico, al culto litúrgico y a la devoción privada, y desde ahí a los hombres de toda condición porque para ellos era esa Iglesia tan amada, y mal podía ser querida ésta si no lo eran a la vez todos los que, dentro o fuera del redil, eran, en la intención del Salvador, beneficiarios de sus dones. Esto es amor a la Iglesia, quererla tal como es en sí, sin echar agua al vino, y quererla para todos.

El universalismo del Opus Dei, en la extensión geográfica y en la diversidad de las personas llamadas, y las originalidades en la concepción de la obra y en sus métodos de apostolado obedecía a esta identificación tan cabal del fundador con el misterio de la Iglesia. No le demos vueltas. Sorprendente y a veces desconcertante en sus expresiones y en sus anhelos apostólicos, Monseñor Escrivá no guardaba otras sorpresas ni producía otros desconciertos que los de la misma Iglesia, a la que servía como un enamorado lleno de confianza y persuadido de que la Iglesia es siempre original. Él no fracasó nunca y lo que hubo de «no logro» de determinados propósitos parciales en su vida formaba parte del plan, no en virtud de un juego de consolaciones artificiales y forzadas, sino como obla­ción que había que ofrecer porque así es la Iglesia.

Tres grandes fuerzas animaban su vida interior, presentes cada día y cada hora en su espíritu, de valor supremo e insustituible para vivir como hijo de la Iglesia en su doble dimensión mística (amor al misterio de la esposa de Cristo) y apostólica (dinamismo de una fe que aspira a renovar el mundo). Eran la Eucaristía, particular­mente el santo sacrificio de la Misa (sentido de redención); amor a la humanidad de Cristo niño, hombre, muerto y resucitado (sen­tido de encarnación de la fe en el mundo), y amor vivísimo a la Santísima Virgen Maria, de la cual no quería ver separado a San José (sentido de familia de los hijos de Dios que tienen junto a si motivos de gozo, al encontrarse con la belleza espiritual y la ayuda materna de María).

Esta triple fuerza que caldeó su vida le movió a lanzarse a la gran tarea, santificar a los hombres tal como son, tal como viven, tal como trabajan. Su sacerdocio lo entendió así, y toda su vida fue como la prolongación de una Misa ininterrumpida que glorificaba al Padre, trataba de obtener el perdón para el pecado mediante la gracia sacramental, y ponía el trabajo profesional y las preocupa­ciones familiares como una hostia purificada junto al altar. Todo esto es lo que percibí en las conversaciones que tuve con él, y también lo he captado en sus escritos, y lo vengo comprobando en los sacer­dotes del Opus Dei que he conocido. ¿Era este su secreto?

Por supuesto que esas fuerzas a que he hecho alusión, cuando se convierten en motor de una existencia humana iluminada por la fe, hacen del hombre un servidor de Dios, de Jesucristo y de la Iglesia hasta el heroísmo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué en unos la respuesta es tan plena y en otros tan escasa? Hace falta encontrar otra clave, que es también fruto de la gracia, desde luego, pero que comporta igualmente una actitud o disposición inicial capaz de explicar el secreto de la perseverancia y la generosidad en el amor. Es ese pequeño toque, matiz delicadísimo en la relación de un alma con Dios, del que en un momento dado dependen, con frecuencia, todas las generosidades para la acogida de lo que Dios ofrece y para la respuesta a lo que pide. Yo lo llamo pobreza, en el sentido evangélico de la palabra. Algo así como en Maria, la Santísima Vir­gen, Madre de Dios. ¡Qué corazón tan pobre, es decir, tan limpio, en la doncella de Nazaret cuando recibió el mensaje del cielo! ¡Y qué riqueza había, sin embargo, en su entrega a la voluntad de Dios! Sólo estos pobres son los que se dejan llevar y, por tener el alma limpia, los motores funcionan. Después, por el camino más ines­perado viene lo que viene siempre, el triunfo de Dios en ellos.

De Monseñor Escrivá se ha dicho que, a veces, parecía un niño, que arreglaba un problema grave con una broma, que huía de la tristeza como de la peste, que concebía o impulsaba la fundación de una Universidad o de una editorial con el más vivo entusiasmo, pero no con mayor empeño que el que ponía para rezar el Rosario, por ejemplo, o para ayudar privadamente a quien se lo pedía, que contagiaba a los demás el deseo y la dicha de la gracia y la verdad de Dios, que no se reservaba nada teniéndolo todo, que lanzaba a sus hijos hacia el mundo al que amaba, y vivía totalmente apartado del mundo, que no temía a personas ni acontecimientos porque no tenía nada que perder… ¿Qué significa todo esto más que el limpio resplandor de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todos, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas? Esta es la pobreza evangélica auténtica, aunque el que así la vive se dedique a movilizar todos los recursos imaginables para servir a Dios y a los hombres. Acaso esté aquí el secreto que explica algo de su vida.

Por haber sido así desde los años primeros de su sacerdocio, tan disponiblemente abierto a la acción de Dios, fue encontrado apto, en su pequeñez de esclavo, para las más grandes tareas apos­tólicas. Hay miles de detalles en su vida que lo confirman así. Y no es necesario pertenecer al Opus Dei para conocerlos, ni para comprender que donde existe esa pobreza se ama apasionadamente la verdad y se alcanzan resultados inimaginables. Basta tener un poco de sensibilidad sacerdotal, recta y justa, para sentir la noble curiosidad de saber a qué puede deberse el formidable despliegue de tantas energías al servicio del Evangelio, como es el que encon­tramos en la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer.

Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó él, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del posconcilio, y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moder­no, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven aloca­damente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin con­vertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también –co­mo no puede ser menos– un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de Maria, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siem­pre para ser fieles.

Yo espero y deseo que sus hijos, los sacerdotes y los laicos, sepan seguir este camino. La Iglesia española y la Iglesia universal nece­sitan de su testimonio en este sentido.

Artículo publicado en ABC

Opus Dei en África

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Este año, el Opus Dei está celebrando 50 años en África. Fr. Cormac Burke, un sacerdote del Opus Dei que trabaja en Kenia, habla del impacto que ha tenido en el continente.

Opus Dei -

Desde la fundación del Opus Dei, San Josemaría deseaba el inicio del trabajo de la Obra en África y rezó mucho para que llegara ese momento. Finalmente, en la década de 1950, varios miembros del Opus Dei viajaron a Kenia. Concretamente llegaron el 25 de agosto de 1958, por lo que estamos celebrando ahora 50 años de aquellos inicios.

De Kenia el trabajo se extendió a Nigeria, y después a otros lugares. Ahora hay centros también en Costa de Marfil, Camerún, Congo, Uganda y Sudáfrica, y se viaja a otros países en los que un número creciente de miembros y cooperadores están trabajando profesionalmente y procuran sentar las bases para una futura expansión.

El espíritu que trajo
¿Qué trajo el Opus Dei a África?, ¿qué puede aportar en el futuro? Muchas cosas, tanto nuevas como antiguas. San Josemaría le gustaba hablar del espíritu de la Obra explicando que “es viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo”. Deseaba expresar así que el centro del sencillo mensaje del Opus Dei es que difunde el mismo mensaje evangélico vivido por los primeros cristianos de los primeros siglos: que todos estamos llamados a la santidad (“Vosotros, por lo tanto, debéis ser perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial”. Mt. 5,48), y que esta santidad, esta lucha por conocer y amar a Dios, junto con el espíritu apostólico que debe acompañarlo, se debe vivir en los incidentes de la vida ordinaria. No es casualidad que en la canonización de san Josemaría, el Papa Juan Pablo II lo llamara “el santo de lo ordinario”.

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San Josemaría decía a menudo que había que amar el mundo –un amor “apasionado”, llegó a decir–, porque está creado por Dios y es bueno, aunque añadía que los hombres a veces lo hacen malo por su egoísmo. Nunca le dio la espalda o le produjo indiferencia el progreso humano. Por el contrario, el mensaje del Opus Dei -que debemos buscar la santidad y santificar el trabajo por sí mismo-, implica una constante llamada a hacer bien nuestro trabajo, tanto humanamente como sobrenaturalmente.

Tenemos que purificar el trabajo de motivos egoístas (el orgullo, la vanidad, la codicia, el deseo de dominación), porque debe estar orientado a honrar a Dios, a darle gloria. Sin embargo, no vamos a hacerlo a menos que ese trabajo esté bien, muy bien. San Josemaría a menudo decía que a Dios no se le puede ofrecer nada de mala calidad, defectuoso o mediocre…

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Importancia de este espíritu de los nuevos países
Cuando una persona trabaja y se desenvuelve en la vida cotidiana realmente inspirada por el amor de Dios, entonces se esfuerza por desarrollar una serie de cualidades que son importantes para el buen desarrollo humano de la sociedad: la minuciosidad en el trabajo, la honestidad en todas las relaciones con los demás y el orgullo de servirles, evitar los chismes o las actitudes negativas, asumir una responsabilidad social en los compromisos, la atención del matrimonio y la vida familiar.

Evidentemente, cuanto más se extienda este espíritu, mayor será la paz y la armonía en una sociedad. Esto también explica porqué tantos no católicos e incluso no creyentes, son Cooperadores del Opus Dei, ya que, independientemente de las perspectivas religiosas, ven en él una fuerza poderosa para el bien humano, y están encantados de colaborar en su difusión.

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Cómo la devoción a San Josemaría se ha extendido por toda África
La fiesta de san Josemaría (26 de junio) se celebra en muchas diócesis y parroquias, también en los países donde no hay todavía ningún centro del Opus Dei. Muchos miles de personas han leído sobre su vida y están tratando de poner en práctica sus enseñanzas. Después de todo, uno no tiene que ser un miembro del Opus Dei para entender y vivir el sencillo mensaje que Dios le confió. Además muchas personas han recibido favores a través de su intercesión (muchos de los favores obtenidos por los africanos se presentaron durante el proceso de su beatificación y canonización).

La siguiente historia es sólo una entre muchas. “A través de la intercesión de San Josemaría, he tenido muchas respuestas a los problemas pendientes en mi vida. Y, a su vez he aprendido a vivir la presencia de Dios y considerar la Palabra de Dios en mi corazón. Me encanta Jesucristo con todo mi corazón, alma y mente. Estoy casada, madre de tres hijos. El año pasado asistí a una misa en la Basílica de la Sagrada Familia. Yo había buscando abrir una tienda cerca de mi residencia durante más de tres meses. Sin embargo, ese sábado por la tarde, después de asistir a la misa de san Josemaría, Dios me bendijo con una tienda -en un buen sitio-. Abrí la tienda en julio del año pasado. Debo confesar que he visto la mano de Dios en mi empresa. A pesar de que la competencia es difícil, tengo la gracia de Dios”.

Opus Dei -

¿Qué nos depara el futuro?
San Josemaría, hasta su último día, insistió en que era joven, que cada día Dios renovaba la alegría de su juventud. En efecto, existe un reto de juventud en el espíritu del Opus Dei -el desafío de la justicia, de lealtad, de respeto mutuo, de sinceridad en la amistad, de la castidad, de fidelidad en el matrimonio, etc.-. Estos desafíos son necesarios en los países africanos que están en peligro de envejecimiento prematuro debido al consumismo y hedonismo radical que proviene de Occidente.

El corazón que está abierto a Dios en el trabajo y la vida cotidiana, también debe estar abierto a los demás. Nadie, sea cual sea su religión, color, tribu o raza, pueden ser excluidos o tratados con indiferencia o frialdad. Ese es el espíritu que anima el Opus Dei, que por la providencia de Dios san Josemaría quiso subrayar de una manera especial cuando sugirió “ut omnes unum sint”, “que todos seamos uno”, como el lema de Strathmore College, la primera corporativa empresa del Opus Dei en África. La apertura a todos, la comprensión y el amor entre todos, porque todos somos hijos de Dios, esto es lo que fundamentalmente pretende difundir el espíritu del Opus Dei.


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