Aprender en CAMINO el amor a la Virgen.

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17 Antonio Orozco

Camino es libro de muy elocuente y ajustado título. Palabra de añejo y sabroso sabor cristiano, apostólico, evocador de los pasos de aquellos primeros que, siguiendo tan de cerca las huellas de Cristo Jesús —el Camino—, anduvieron presurosos «tras el Amor» (n. 790).

El autor, Josemaría Escrivá de Balaguer, gustaba de ver al hombre así: viator, caminante por el mundo hacia Dios. Como es sabido, desde aquel 2 de octubre de 1928 en que el Señor de la Historia le hizo ver el Opus Dei, se dedicó enteramente a descubrir a los hombres y mujeres los caminos divinos de la tierra, a enseñar que «Cristo está presente en cualquier tarea humana honesta: la vida de un cristiano corriente —que quizá a alguno parezca vulgar y mezquina— puede y debe ser una vida santa y santificante»(1).

Enseñó también que este camino de santificación por medio del trabajo profesional y de los demás deberes ordinarios del cristiano no es un sendero de segunda categoría, ni fácil, ni cómodo: «Cruz, trabajos, tribulaciones: los tendrás mientras vivas. —Por ese camino fue Cristo, y no es el discípulo más que el Maestro» (n. 699).

Camino arduo, a menudo empinado, para hombres y mujeres curtidos —o dispuestos a curtirse— por los soles ardientes, los fríos afilados, las asperezas de los desiertos, el ímpetu de todos los vientos. Tenaces, magnánimos y, sin embargo, de muy frágil origen y condición: hechos de «barro de botijo» —como solía decir nuestro autor en su catequesis oral—, porque un golpecito basta para quebrarnos y hacernos añicos.

Sin duda el camino es de arriesgada urdimbre. Jamás alcanzaríamos solos el fin, la meta. Con todo, en Camino se aprende a andar con decisión serena, optimismo bien fundado, y esperanza alegre.

Sucede que al encanto irresistible del Fin —el Amor con mayúscula, «¡No hay más amor que el Amor!» (n. 417)— se añade protección omnipotente de nuestro Padre Dios y el amor de su Madre Virgen que es también —inmenso prodigio— Madre nuestra.

Es de subrayar que una de las más importantes cosas que se aprenden en Camino es precisamente el amor a María, y no de otra cosa hemos de tratar en estas páginas. Ojalá sirvan para enseñar a aprender a amar a Nuestra Madre como la amó y enseñó a amar el Fundador del Opus Dei ya en esta su primera obra tan temprana y madura.

Cada página, cada punto, cada frase de Camino es una luz que alborea, y a cada vuelta ilumina in crescendo los más diversos aspectos del cristiano existir. Nosotros nos entretendremos ahora sólo en los puntos de luz netamente mariana, no sin antes acudir a los que parecen ser clave para comprender a fondo la calidad específica del cariño a la Virgen que en Camino se descubre y se adivina.

Madurez e infancia espiritual

La clave, a mi parecer, se encuentra en lo más hondo del sentido de la filiación divina, que se alcanza en los capítulos de esta obra titulados «Infancia espiritual» y «Vida de infancia», consecuencia del tomarse en serio, con una muy alegre seriedad, las graves palabras del Maestro: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él (Mc 10, 15). En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos (Mt 18, 3).

La cuestión inmediata es: ¿qué tienen los niños, de tan alto precio; qué valor les permite ser arquetipo de los santos eternamente bienaventurados? La respuesta se resume en una palabra, en una virtud que el Señor no deja de apuntar: la humildad (cfr. Mt 18, 4), «base y fundamento de todas las virtudes y sin ella no hay ninguna que lo sea», como dirá con frecuencia Monseñor Escrivá de Balaguer, con palabras de Cervantes y de otras muchas maneras.

La humildad comienza al reconocer gozosamente que Dios es Dios y yo criatura suya, fruto de un amor inmenso. Dios es EL QUE ES, y yo soy el que no es, puesto que todo lo que soy, lo soy gracias al amor creador y conservador y redentor de Dios, que es mi Padre: «Delante de Dios, que es Eterno, tú eres un niño más chico que, delante de ti, un pequeño de dos años. Y, además de niño, eres hijo de Dios. —No lo olvides» (n. 860).

La humildad se despliega en un abanico multicolor de virtudes de vital relevancia: sencillez, veracidad, sinceridad, transparencia, confianza absoluta en Dios, abandono en sus manos, fe firmísima, esperanza inquebrantable, amor tierno y fortísimo, facilidad para olvidar penas y descubrir alegrías, optimismo, audacia y perseverancia en el pedir…

Se comprende enseguida que la infancia espiritual no sea «memez espiritual» ni «blandenguería», sino «camino cuerdo y recio que, por su difícil facilidad, el alma ha de comenzar y seguir llevada de la mano de Dios» (n. 885). Requiere una conversión muy profunda en un adulto, por poco que se haya abandonado a la tremenda fuerza centrípeta, egocéntrica del yo que se desarrolla con los años, si no combatimos con denuedo asistidos por la gracia divina.

Pero ahora hemos de descubrir dos cualidades del niño no mencionadas aún y que son indispensables en este camino en el que el Espíritu Santo introduce a las almas que se le acercan con docilidad sin reservas.

En primer lugar me refiero a la imaginación. El niño es capaz de vivir en su intimidad aventuras increíbles. Ciertamente existen imaginaciones enfermizas, y a menudo esta facultad traiciona, miente (por eso irritaba tanto a Pascal). Pero Dios nos la ha dado para que también con ella le conozcamos y amemos más: sometiéndola a la razón, enlazándola con la otra cualidad del niño que es preciso subrayar: el vigor metafísico de su mente diamantina.

El niño pregunta con tenacidad —exasperante para los mayores— no sólo el qué de las cosas, sino el porqué. Y cuando ya sabe el porqué, pregunta por el porqué del porqué, pues su mente virginal anda en busca del porqué de todos los porqués, la respuesta a todas las posibles preguntas, la causa última e incausada de todo cuanto es. El intelecto infantil aún no se halla sometido a las presiones de las pasiones adultas: se encuentra abierto a la realidad; no intenta violentarla para conformarla a esquemas previos (porque no los tiene). Es él quien conforma su concepto a las cosas como son, y esto es la verdad.

El adulto, cuando no se reconoce como un niño delante de su Padre Dios, es presa fácil de la soberbia —la gran mentira—, creadora de una vana ilusión de autosuficiencia; y de la avaricia, de la codicia, de la lujuria, de la ira, de la pereza, de la gula… En una palabra, del pecado, que es siempre oscuridad e impotencia.

La verdad es como un líquido purísimo. ¿Podría yo recoger este líquido precioso en un vaso sucio de lodo y juzgar luego de su pureza?(2). Es obvio que sólo purificando el propio intelecto podré conocer en toda su pureza la verdad.

Y quizá no sea preciso añadir más para advertir que la gran Verdad que es el Reino de los Cielos, es decir, el Reino de Dios, requiere para su descubrimiento y fruición la más acendrada pulcritud intelectual, todo el vigor metafísico que naturalmente el entendimiento humano posee. Se requiere, justamente, recuperar, si la habíamos perdido —e incrementarla aun con la gracia santificante— aquella maravillosa potencia de entender y de amar de cuando éramos niños.

Vigor metafísico e imaginación: así se explica que acontezca entre el hombre y Dios «el diálogo eterno entre el niño inocente y el padre chiflado por su hijo: —¿Cuánto me quieres? ¡Dilo! —Y el pequeñín silabea: ¡Mu-chos mi-llo-nes!» (n. 897).

La imaginación es, como ya dijo Santa Teresa de Jesús, «la loca de la casa». Pero domesticada y metida en cintura ya no nos lleva adonde le apetece sino adonde queremos. Podemos ya pasear con ella por el espacio y el tiempo como en casa propia; asistir, por ejemplo, con el Arcángel San Gabriel a la Encarnación del Verbo, ver cómo se encienden y arrebolan de humildad y gratitud las mejillas de la Virgen. Y pasmados ante aquella hermosura, oír el fiat! de consecuencias cósmicas…

De este modo la imaginación no traiciona, porque es teológicamente cierto que en la sabiduría infinita de Dios encarnado estábamos ya todos los hombres, desde Adán hasta el último, con todos los detalles de cada historia personal. De modo que cada uno podemos decir con verdad: cuando el Verbo se encarnaba pensaba en mí; y en mí pensaba cuando reía o lloraba, y cuando trabajaba reciamente en el taller de José o descansaba junto al pozo de Sicar; cuando convertía el agua en vino o resucitaba a Lázaro, y cuando Él mismo murió y resucitó y ascendió a los Cielos.

Es cierto, y no sólo cosa de imaginación. Es posible ser en el Evangelio «como un personaje más»(3), seguir a «Cristo, acompañarle tan de cerca, que vivamos con El, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con El nos identifiquemos»(4).

Vivir con Cristo, recorrer la «vida de infancia espiritual» no es cosa de esfuerzos hercúleos de la mente o de la voluntad, sino más bien —poniendo los medios: recogimiento, meditación, etcétera— dejar «obrar al Espíritu Santo» (cfr. n. 852).

El encuentro con la Virgen

Dentro de este camino hay un acontecimiento de capital importancia e inefable gozo: el encuentro con María. Quizá ha sido al «meternos» en Nazaret, o en Belén, mientras Ella mecía a Jesús en su regazo y lo arrullaba con la música encantadora de su voz purísima; o acaso cuando el Niño intentaba los primeros pasos y su Madre le seguía con los brazos abiertos y emoción contenida, sin tocarlo, pero presta a impedir que el seguro traspié diera con la naricilla preciosa contra el duro suelo.

¡Debe de ser muy importante hacerse niño, si Niño se ha hecho Dios! Ha querido ser acunado e ilustrado por la Madre Virgen. Y también ha de tener gran relevancia tener a María por Madre, acudir a Ella, tratarla como hijo, sentir la suave fuerza de sus manos.

Quizá al principio no se «siente»: «no sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad. —Pero… ¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos? —No estás solo: María está junto a ti» (n. 900).

Cuando no se «siente» la mano segura de Nuestra Madre no es porque Ella no esté cerca. De seguro que la aparente ausencia indica que debemos seguir adelante creciendo en confianza, con fe en que Ella no se ha ido ni nos dejará jamás. Se trata de una pequeña prueba, seguramente corta.

Es lógico, sin embargo, que prefiramos «sentir» su mano en la nuestra. Por eso Monseñor Escrivá de Balaguer, en otro lugar, al verse en su humildad «capaz de todas las infamias», dice al Señor: «No me sueltes, no me dejes, trátame siempre como a un niño. Que sea yo fuerte, valiente, entero. Pero ayúdame como a una criatura inexperta; llévame de tu mano, Señor, y haz que tu Madre esté también a mi lado y me proteja. Y así, possumus!, podremos, seremos capaces de tenerte a Ti por modelo»(5). Seremos capaces de mantenernos en pie, y caminar con paso cierto hacia la santidad.

Y si el niño se encontrara ya de bruces contra el suelo, sería cosa de recordarle que «tus caídas involuntarias —caídas de niño— hacen que tu Padre-Dios tenga más cuidado y que tu Madre María no te suelte de su mano amorosa: aprovéchate y, al cogerte el Señor a diario del suelo, abrázale con todas tus fuerzas y pon tu cabeza miserable sobre su pecho abierto, para que acaben de enloquecerte los latidos de su Corazón amabilísimo» (n. 884).

Así es la mano de Nuestra Madre: amorosa (sus ojos son misericordiosos). No tiene aspereza, posee toda la suavidad, se halla repleta de cariño y, por eso, de fortaleza. Ternura y reciedumbre se combinan de tal modo en la mano amorosa de la Virgen que resultan fuente de inagotable esperanza: «¿Que por momentos te faltan las fuerzas? —¿Por qué no se lo dices a tu Madre: “consolatrix afflictorum, auxilium christianorum…, Spes nostra, Regina apostolorum”?» (n. 515).

Consuelo, auxilio, esperanza, Reina y, sobre todo, Madre: «¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha» (n. 516).

Las ventajas de este camino —«caminito de infancia»— son inconmensurables. Todo resulta más hacedero: «Antes, solo, no podías… —Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil!» (n. 513). Incansablemente, el Fundador del Opus Dei reiteraba la invitación a continuar la experiencia: «comprobarás que con la Virgen hasta lo difícil se vuelve fácil, y lo que parece monótono adquiere un relieve distinto y atractivo»(6).

No es que junto a María no cuesten las dificultades, pero se vencen, se asegura la alegría y la paz, aunque «todos los pecados de tu vida parece como si se pusieran de pie. —No desconfíes. —Por el contrario, llama a tu Madre Santa María, con fe y abandono de niño. Ella traerá el sosiego a tu alma» (n. 498).

Y una de las cosas más asombrosas, increíbles y consoladoras de esta senda que Monseñor Escrivá nos alumbra es la posibilidad de tener miedo, sin miedo. Ese ingrediente inevitable —y tan temible para el adulto— de la vida humana sobre la tierra que es el miedo, puede tenerlo sin temor el niño: ni hará el ridículo ni se verá envuelto en ninguna angustiosa espiral: «En la oscuridad de la noche, cuando un niño pequeño tiene miedo, grita: ¡mamá! Así tengo yo que clamar muchas veces con el corazón: ¡Madre!, ¡mamá!, no me dejes»(7).

Principio de un amor «con locura»

La Virgen María nos hizo imposible la mala locura de la soledad. Ya Ella estuvo sola para que no deba estarlo ninguno de sus hijos pequeños. Se quedó sin su Primogénito, cuando fue crucificado y puesto —yerto— en un sepulcro de fría roca: «Soledad de María. ¡Sola! —Llora en desamparo. —Tú y yo debemos acompañar a la Señora, y llorar también: porque a Jesús le cosieron al madero, con clavos, nuestras miserias» (n. 503).

Si se recobra lo que hemos llamado «vigor metafísico» de la infancia, y se enlaza con el señorío adquirido sobre la imaginación, y se penetra en el Evangelio a la luz que amanece en Camino, no se tarda en comprenderse gozosamente implicado en los misterios de la vida de Jesús y de María.

De modo especial nos hallamos comprometidos en el verdadero centro del tiempo y de la Historia, cumbre del dolor y del Amor: el Calvario.

Casi sin sentir, como una madre buenísima, la Virgen nos ha ido llevando de la mano, como por un plano inclinado tallado a nuestra medida, hasta la joya más rica del Universo: su Corazón Inmaculado, herido. «La Virgen Dolorosa. Cuando la contemples, ve su Corazón: es una Madre con dos hijos, frente a frente: El… y tú» (n. 506).

Es tremendo. Seguramente aquí principia la locura bendita de amor a la Virgen: Yo —cada uno— a su lado, y en lo alto de la Cruz, Jesús. La cuestión que se le plantea a Nuestra Madre es: Jesús o yo; su muerte o la mía. Y elige —acepta sin una queja, plenamente identificada con la Voluntad de Dios— la muerte de su misma vida: Jesús, para que por esa Muerte sea yo quien viva.

¡Cuánta Vida había en aquella Muerte! ¡Y cuánto dolor en el Corazón dulcísimo de María!: «Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano —no hay dolor como su dolor—, llena de fortaleza…» (n. 508).

No puede haber mayor dolor que el suyo, pues es de amor; y el dolor es siempre tan grande como el amor. La Llena de gracia es necesariamente llena de Amor, y por eso, en el Calvario, llena de dolor.

¿Quién podría sufrir más que Ella? Sólo quien tuviese un corazón más grande, más tierno, más enamorado; sólo quien pudiese amar más a Jesús. Bien claro está, por tanto, que por grandes que a veces se nos antojen nuestras «cruces», jamás alcanzarán la dimensión —la intensidad y hondura— de la espada de siete filos que traspasó el alma de la Virgen, sobre todo al pie de la Cruz.

¿Y cómo estuvo sufriendo tanto allá? «Llena de fortaleza. —Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz» (n. 508).

«Saber estar»

Qué importante es «saber estar». En dondequiera que estemos debemos saber estar: de un modo adecuado a las circunstancias y, sobre todo, a la dignidad propia de los hijos de Dios, redimidos por Jesucristo en lo alto de la Cruz, «con ademán de Sacerdote Eterno»(8), y «corredimidos» por la primera Corredentora, Santa María que stabat iuxta crucem Iesu(9), estaba de pie junto a la Cruz de su Hijo.

Es muy necesario aprender cuanto antes a estar junto a la Cruz, porque es parte esencial de la vida del cristiano. Todos han de encontrarse un día u otro con la cruz. Y sucede que muchos se rebelan, huyen, la odian o acaso apartan simplemente de ella su mirada con indiferencia. No advierten que es en la Cruz y sólo en la Cruz donde está nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección. Por soberbia, por egoísmo, por miopía, muchos no saben estar junto a la Cruz; y al huir, se alejan de la alegría.

En cambio, Monseñor Escrivá de Balaguer ha dejado un claro ejemplo de cómo estar con María junto a la cruz de Jesús: sin una queja, con una elegancia estupenda, en medio, a veces, de una pobreza extrema, hambre, frío, calor, graves dolencias físicas, calumnias… La verdadera alegría, en la tierra «tiene —repetía—sus raíces en forma de cruz».

María era su gran «Maestra del sacrificio escondido y silencioso» (n. 509). «¡Qué humildad, la de mi Madre Santa María! —No la veréis entre las palmas de Jerusalén, ni —fuera de las primicias de Caná— a la hora de los grandes milagros. —Pero no huye del desprecio del Gólgota: allí está, “iuxta crucem Iesu” —junto a la cruz de Jesús, su Madre» (n. 507).

Hay un párrafo de Monseñor Escrivá de Balaguer que nos descubre entrañablemente la raíz mariana de su heroica fortaleza: «Tenía una imagen de la Virgen, que robaron los comunistas durante la guerra de España, y que llamaba la Virgen de los besos. No salía o entraba nunca, en la primera Residencia que tuvimos, sin ir a la habitación del Director, donde estaba aquella imagen, para besarla. Pienso que no lo hice nunca maquinalmente: era un beso humano, de un hijo que tenía miedo… Pero he dicho tantas veces que no tengo miedo a nadie ni a nada, que no vamos a decir miedo. Era un beso de hijo que tenía preocupación por su excesiva juventud, y que iba a buscar en Nuestra Señora toda la ternura de su cariño. Toda la fortaleza que necesitaba iba a buscarla en Dios a través de la Virgen»(10).

«¡María, Maestra del sacrificio escondido y silencioso! —Vedla, casi siempre oculta, colaborar con el Hijo: sabe y calla» (n. 509). Lo fácil, lo instintivo, en el Calvario, hubiera sido gritar la gran verdad: quién era su Hijo, quién era Ella. Pero no. Nunca habló para defender su honor: «¡Qué ejemplo de discreción nos da la Madre de Dios! Ni a San José comunica el misterio. —Pide a la Señora la discreción que te falta» (n. 653).

El Fundador del Opus Dei la tuvo en plena juventud. Sabía y callaba. Cuando algunos desencadenaban calumnias increíbles contra su persona, tenía por norma no hacer defensa alguna. Si las maledicencias iban contra el Opus Dei, sí, porque —siendo él el fundador— en rigor la Obra no era suya, sino de Dios. Pero si se trataba de su honra personal, prefería el silencio. En cierta ocasión de rodillas ante el sagrario, conversando con el Señor, le dijo: «—¡Señor!, si Tú no necesitas mi honra, ¿yo para qué la quiero?»

En su biografía, Vázquez de Prada comenta así este episodio: «desde ese día no perdió la paz. Las calumnias no le robaban el sueño. Le dejaban “ni frío ni caliente”. No le importaban ya nada. Le salían por una friolera»(11). Tenía heroicamente adquirido el espíritu mariano. Nunca huyó de la Cruz. Ahí supo estar con María. Mejor: quería estar ahí. «Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos títulos—, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús» (n. 497).

Medio, remedio y atajo

María era gran parte de su «secreto», es decir, la explicación de su santidad extraordinaria, conquistada en la vida ordinaria, lejos del espectáculo: «María Santísima, Madre de Dios, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo. —Aprende de Ella a vivir con “naturalidad”» (n. 499).

El espíritu de María es el que Dios le había dado para su Opus Dei. Tan es así, que pudo escribir en Camino: «Sé de María y serás nuestro» (n. 494). Y añade: «El amor a la Señora es prueba de buen espíritu, en las obras y en las personas singulares. —Desconfía de la empresa que no tenga esa señal» (n. 505).

Todo es profundamente teológico. Bajo la sencillez de cada punto laten años intensos de meditación y de estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres, del Magisterio de la Iglesia, de los grandes y mejores teólogos. Por eso no es de extrañar que nos recuerde los rasgos fundamentales del camino nuestro de este modo: «omnes cum Petro ad lesum per Mariam» (n. 833). Es la antigua y definitiva fórmula para no desviarse nunca en la doctrina ni en la vida. Y si acaso se sufre algún traspié, si la pobre miseria humana lleva a paladear el amargor repugnante de la traición, se recuerda que «A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María» (n. 495). Nunca se ha visto a un hijo tan sucio que no lo pueda limpiar su Madre y quedar hecho un sol.

María, en Camino, es medio de todo bien —Mediadora de todas las gracias— y remedio para todo mal, camino hacia el Camino, o mejor, atajo que facilita el acceso al Corazón de Cristo.

Maternidad de María

Pero ante todo, sobre todo y siempre María es Madre: Madre de Dios y Madre nuestra, por muchos títulos. Es Madre de Cristo, nuestra Cabeza, desde el momento de la Encarnación: «¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya —”fiat”— nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. —¡Bendita seas!» (n. 512).

Así que «de una manera espontánea, natural, surge en nosotros el deseo de tratar a la Madre de Dios, que es también Madre nuestra. De tratarla como se trata a una persona viva: porque sobre Ella no ha triunfado la muerte, sino que está en cuerpo y alma junto a Dios Padre, junto a su Hijo, junto al Espíritu Santo (…) ¿Cómo se comportan un hijo o una hija normales con su madre? De mil maneras, pero siempre con cariño y con confianza. Con un cariño que discurría en cada caso por cauces determinados, nacidos de la vida misma, que no son nunca algo frío, sino costumbres entrañables de hogar, pequeños detalles diarios, que el hijo necesita tener con su madre y que la madre echa de menos

si el hijo alguna vez los olvida: un beso o una caricia al salir o al volver a casa, un pequeño obsequio, unas palabras expresivas»(12).

El Fundador del Opus Dei recuerda a menudo las costumbres marianas apuntadas en Camino: «Muchos cristianos hacen propia la costumbre antigua del escapulario; o han adquirido el hábito de saludar —no hace falta la palabra, el pensamiento basta— las imágenes de María que hay en todo hogar cristiano o que adornan las calles de tantas ciudades; o viven esa oración maravillosa que es el santo rosario, en el que el alma no se cansa de decir siempre las mismas cosas, como no se cansan los enamorados cuando se quieren, y en el que se aprende a revivir los momentos centrales de la vida del Señor; o acostumbran a dedicar a la Señora un día de la semana —precisamente este mismo en que estamos ahora reunidos: el sábado—, ofreciéndole alguna pequeña delicadeza y meditando más especialmente en su maternidad»(13).

Nunca menospreció ninguna devoción auténticamente mariana, aunque «no tienen por qué estar incorporadas todas a la vida de cada cristiano». No se trata de «ir amontonando devociones», pero «debo afirmar al mismo tiempo que no posee la plenitud de la fe quien no vive alguna de ellas, quien no manifiesta de algún modo su amor a María»(14).

En Camino no se impone ninguna devoción especial. La libertad de espíritu es también característica de la «vida de infancia espiritual». Se recomiendan, eso sí, las que la Iglesia universal ha recomendado durante siglos, como el Santo Rosario: «El Santo Rosario es arma poderosa. Empléala con confianza y te maravillarás del resultado» (n. 558).

Sin duda el mejor comentario a este punto es otra de las obras de Mons. Escrivá de Balaguer, una joya de la literatura espiritual, que escribió en 1934 y se titula Santo Rosario. También habrá de ser estudiada y comentada en profundidad, pero ahora debemos ceñirnos lo más posible a Camino.

«Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. —Pocas devociones —hay muchas y muy buenas devociones marianas— tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. —Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!» (n. 500).

Para cruzar sin miedo el puente que enlaza el tiempo con la eternidad es muy bueno revestirse al gusto de Nuestra Madre, con el escapulario del Carmen. «No se trata de asunto de poca monta —enseñaba el Romano Pontífice Pío XII en su Carta con ocasión del centenario del escapulario del Carmen—, sino de la consecución de la vida eterna en virtud de la promesa hecha, según la tradición, por la Santísima Virgen. Se trata, en otras palabras, del más importante de los negocios y del modo de llevarlo a cabo con seguridad»(15).

¿Quién despreciará por menuda cosa que encierra tan serias y firmes promesas de la Madre de Dios? ¿Quién dudará de la omnipotencia suplicante de Nuestra Señora del Carmen? ¿Quién será tan soberbio que sonría displicente ante la humildad de un amor tan misericordioso?

Que sea sabatino ese privilegio también parece confirmar el gusto que Nuestra Madre tiene por el día sábado, como jornada especialmente mariana para sus hijos. Quizá porque desea que la acompañemos, sobre todo, el día de la semana en que sintió la más profunda soledad.

Sea como fuere, «si te acostumbras, siquiera una vez por semana, a buscar la unión con María para ir a Jesús, verás cómo tienes más presencia de Dios» (n. 276).

Manifestar el cariño

El amor filial ansía manifestarse con libertad, y con la sencillez y audacia de los hijos pequeños; hacer lo que sabemos —o sospechamos— que a Ella le agrada. «En la vida espiritual de infancia las cosas que dicen o hacen los “niños” nunca son niñerías y puerilidades» (n. 854).

«¡Cómo gusta a los hombres que les recuerden su parentesco con personajes de la literatura, de la política, de la milicia, de la Iglesia!… —Canta ante la Virgen Inmaculada, recordándole: Dios te salve, María, hija de Dios Padre: Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo: Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo… ¡Más que tú, sólo Dios!» (n. 496).

Muchas veces no basta hablar, hay que cantarle nuestro cariño. Otras, en cambio, basta una mirada: las «”miradas” a la imagen de Nuestra Señora…» (n. 272) llenan un lugar importante de la vida de un enamorado. Cuando Monseñor Escrivá de Balaguer estuvo, peregrino, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en México —era el año 1970—, una mujer que rezaba a su lado, sin saber quién era aquel sacerdote piadosísimo con las rodillas hincadas e inmóvil durante largo tiempo, comentó luego: «¡Si no hacía más que mirarla!»(16).

En otra ocasión nuestro autor recordaba otra de sus miradas, de muchos años atrás, en Sevilla, durante una Semana Santa, delante de un paso con una imagen de la Virgen: «Me fui a la luna. Viendo aquella imagen de la Virgen tan preciosa, ni me daba cuenta de que estaba en Sevilla, ni en la calle»(17).

Pero en todas partes le acontecía algo semejante: «Cuando te preguntaron qué imagen de la Señora te daba más devoción, y contestaste —como quien lo tiene bien experimentado— que todas, comprendí que eras un buen hijo: por eso te parecen bien —me enamoran, dijiste— todos los retratos de tu Madre» (n. 501). No obstante, también en este punto se revelaba su amor a la libertad. En la ocasión que acabo de recordar, ante el paso de la Virgen en Sevilla, «alguien —contaba— me tocó así, en el hombro. Me volví y encontré un hombre del pueblo, que me dijo: —Padre cura, ésta no vale na; ¡la nuestra es la que vale! De primera intención casi me pareció una blasfemia. Después pensé: —Tiene razón; cuando yo enseño retratos de mi madre, aunque me gustan todos, también digo, éste, éste es el bueno». Y poco más adelante añadió: «En un rincón de Aragón estamos levantando un gran santuario a la Virgen. Amo tanto a Nuestra Señora, que no haré ninguna propaganda de la Virgen de Torreciudad, ninguna (…) Porque amo a todos los retratos de mi Madre, a todas las imágenes de la Virgen»(18).

Y cuenta D. Javier Echevarría que «pocos segundos antes de dejarnos en la mañana del 26 de junio de 1975, puso con ternura su mirada en la imagen de la Virgen de Guadalupe, ¡en Ella!, que ya le esperaba impaciente, para acompañarle en el paso que separa la tierra del Cielo»(19).

Contemplar, mirar, admirar a la Virgen y dar gracias a Dios «porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya» (n. 268), es ocupación muy frecuente de un buen hijo, que no impide, al contrario, ninguna otra tarea. Se trabaja mejor y más a gusto cuando uno mira con frecuencia a su amor y se sabe amorosamente más que correspondido. Se cumple la coplilla peruana:

A la mar, por ser honda, se van los ríos,

y detrás de tus ojos

se van los míos.

A menudo la mirada —que brota de la hondura del corazón—es portadora de un piropo lleno de graciosa pureza, o de una súplica, de un agradecimiento o de un desagravio: «No seas tan ciego o tan atolondrado que dejes de rezar a María Inmaculada una jaculatoria siquiera cuando pases junto a los lugares donde sabes que se ofende a Cristo» (n. 269).

Todo, incluso las miserias propias y las ajenas, ha de convertirse en «industria humana», «truco» o «despertador» del cariño a la Virgen, un motivo para volver hacia Ella el mirar, con el corazón que incrementa así tanto la capacidad como la calidad de su amor.

De este modo, las ideas —no sin un voluntarioso pero amable esfuerzo— se van asociando, y la entera jornada se convierte en un diálogo amoroso con la Madre de Dios, sin que por ello se ceje en el empeño de hallar una dimensión siempre nueva del cariño.

Avidez espiritual

«Si tienes “vida de infancia”, por ser niño, has de ser espiritualmente goloso. —Acuérdate, como los de tu edad, de las cosas buenas que guarda tu Madre» (n. 898). El cura de Torcy, aquel personaje entrañable creado por Bernanos, dice —en El diario de un cura rural—: «la piedad es poderosa, es voraz. No sé por qué se la representa siempre como algo blando y quejumbroso. Una de las más fuertes pasiones del hombre, he aquí lo que es».

El niño sano no se satisface con poco. «Pide… la luna» (n. 857). Y Camino nos enseña que siempre tenemos la maravillosa posibilidad de recobrar la salud, y con ella el «hambre», aunque hayamos sido revoltosos, trapaceros, manirrotos, malandrines y barrabases: «Te ves tan miserable que te reconoces indigno de que Dios te oiga… Pero, ¿y los méritos de María? ¿Y las llagas de tu Señor? Y… ¿acaso no eres hijo de Dios? Además, El te escucha “quoniam bonus…, quoniam in saeculum misericordia eius”; porque es bueno, porque su misericordia permanece siempre» (n. 93). Y por eso nos ha dado a su Madre por Madre y la ha constituido en Mediadora de todas las gracias, en Administradora del Paraíso, es decir, de todos los bienes que se guardan para nosotros en los Cielos.

¿Que «tu pobre alma es pájaro, que todavía lleva pegadas con barro sus alas» y no puedes «subir», no puedes volar hacia esas cumbres maravillosas del Amor? (cfr. n. 991). ¿Que en los bajos fondos de tu alma sientes bramar la brutalidad que intentas sofocar con escaso éxito?: «Ama a la Señora. Y Ella te obtendrá gracia abundante para vencer en esta lucha cotidiana. —Y no servirán de nada al maldito esas cosas perversas, que suben y suben, hirviendo dentro de ti, hasta querer anegar con su podredumbre bienoliente los grandes ideales, los mandatos sublimes que Cristo mismo ha puesto en tu corazón. —”Serviam!”» (n. 493). Sí, servirás. «Persevera y “subirás”» (cfr. n. 991).

«Otra caída… y ¡qué caída!… ¿Desesperarte? No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor misericordioso de Jesús. —Un “miserere” y ¡arriba ese corazón! —A comenzar de nuevo» (n. 711). Como un niño que comienza a dar los primeros pasos entre los brazos de su madre, con un caudal infinito de ilusión y de esperanza.

No hay pozo del que no nos pueda sacar. No hay niño tan sucio que no pueda ser limpiado por su madre. Incluso si alguna vez sufre nuestro centro neurálgico, si sobreviene la parálisis del alma, la terrible enfermedad que le hace decir, con una pena indecible, a nuestro Padre Dios: estoy por vomitarte de mi boca(20), esa enfermedad que se llama tibieza, también entonces podemos ser curados si acudimos a la Virgen Santísima: «el amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza» (n. 492). En Camino se «aprende a sacar, de las caídas, impulso: de la muerte, vida» (n. 211). Porque se aprende a ser humilde, a ser niño, a querer a María.

Sí, conviene siempre insistir en la humildad, negación de autosuficiencia, afirmación de omnipotencia en Dios que es mi Padre. «¡Qué grande es el valor de la humildad! —”Quia respexit humilitatem…”. Por encima de la fe, de la caridad, de la pureza inmaculada, reza el himno gozoso de nuestra Madre en la casa de Zacarías: “Porque vio mi humildad, he aquí que, por esto, me llamarán bienaventurada todas las generaciones”» (n. 598).

Madre del Amor Hermoso

No podía faltar en Camino un canto a la virtud que la Virgen vive, posee, encarna y difunde de un modo particular, la santa pureza: «”Ne timeas, María!” —¡No temas, María!… —Se turbó la Señora ante el Arcángel. —¡Para que yo quiera echar por la borda esos detalles de modestia, que son salvaguarda de mi pureza!» (n. 511). «La pureza limpísima de toda la vida de Juan le hace fuerte ante la Cruz. —Los demás apóstoles huyen del Gólgota: él, con la Madre de Cristo, se queda. —No olvides que la pureza enrecia, viriliza el carácter» (n. 144), es decir, hace a los hombres, más hombres, y a las mujeres, más mujeres, más femeninas, más recias por dentro y de estampa más bella.

Y como de ello depende no sólo la vida sobrenatural sino también la salud espiritual y física de personas y sociedades, aunque no sea la virtud cimera (como es la caridad teologal), resulta cada día más urgente llevar a cabo el programa que leemos en Camino: «una cruzada de virilidad y de pureza que contrarreste y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia. —Y esa cruzada es obra vuestra» (n. 121).

¿A cuántas mujeres y a cuántos hombres habrá removido ya —con la gracia de Dios— este libro? ¿Cuántos estarán empeñados ya, ahora mismo, en esa batalla de amor y de paz que ha de transformar el mundo en un lugar donde impere la verdad, el amor, la justicia, es decir, en una tierra digna de los hijos de Dios? En la santificación del mundo que el autor de Camino predicó con tanto amor de Dios, la mujer tiene un papel fundamental. ¡Qué poco sabía Hamlet de la mujer cuando exclamaba: «Fragilidad, tu nombre es mujer»! El sí que era frágil. Dice el Fundador del Opus Dei: «Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor. —María de Magdala y María Cleofás y Salomé! Con un grupo de mujeres valientes, como ésas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!» (n. 982).

Por millares —por muchos millares— se cuentan las que, a la vuelta de pocos años, han recibido ya la intensa luz mariana de Camino: mujeres de todas las razas, colores, lenguas, edades, condiciones sociales que van creando silenciosamente hogares luminosos y alegres, el humus feraz donde prende con vigor la semilla de la pureza santa: tanto la hermosura mariana de la virginidad amorosa, como el encanto chispeante, de ordinario bullicioso, de numerosos hogares fecundos, que van poblando según el querer expreso de Dios y bajo la sonrisa de la «Madre del Amor Hermoso» (n. 504) la tierra toda, para que el Cielo se vea lleno de hijos de Dios y completo el número de los elegidos.

Entre tanto —si somos fieles— se irá incrementando también aquel puñado de mujeres y hombres de Cristo que en Camino soñaba nuestro autor, al proclamar a voces su secreto: «Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después… “pax Christi in regno Christi” —la paz de Cristo en el reino de Cristo» (n. 301).

No es utopía. «”Si habueritis fidem, sicut granum sinapis!” —¡Si tuvierais fe tan grande como un granito de mostaza!… —¡Qué promesas encierra esa exclamación. del Maestro!» (n. 585). Y Ella es Medianera de todas las gracias.

(1) Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 60.

(2) Es ésta una sugerencia de TOLSTOI, en Guerra y paz, p. V, c. II

(3) Ver Via Crucis, prólogo.

(4) Amigos de Dios, n. 229.

(5) Es Cristo que pasa, n. 15.

(6) Cfr. JAVIER ECHEVARRÍA, El amor a María Santísima en las enseñanzas de Monseñor Escrivá de Balaguer, Ed. Palabra, colección .Mundo Cristiano», Madrid, 1978, p. 19.

(7) Vía Crucis, IV, 3.

(8) O. c., XI.

(9) Ioh 19, 25.

(10) SALVADOR BERNAL, Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, 6.’ ed., Rialp, Madrid 1980, p. 240.

(11) ANDRÉS VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, Ed. Rialp, Madrid 1983, p. 225.

(12) Es Cristo que pasa, n. 142.

(13) Ibídem.

(14) Ibídem.

(15) La doctrina y la vida cristiana no están hechas sólo de dogmas y proclamaciones solemnes. También consisten en tradiciones y devociones cuya garantía teológica estriba en el Magisterio ordinario de la Iglesia. El maternal privilegio sabatino consta en la Bula de Juan XXII Sacratissimo uti culmine, 3-111-1322. La Virgen Santísima, Madre de Misericordia, prometió descender al Purgatorio el primer sábado después de la muerte de quien hubiere llevado dignamente el escapulario, para librarlo y conducirlo a la bienaventuranza eterna. Es la garantía del triunfo absoluto, no en virtud de un mágico amuleto, sino de una prenda que se viste día y noche como «símbolo elocuente de la oración que invoca el auxilio divino y de la Consagración al Corazón santísimo de la Virgen Inmaculada».

(16) Cfr. ANTONIO OROZCO, Mirar a María, 2.’ ed., Editora de Revistas S.A., México 1983, pp. 208-209.

(17) Cfr. Ibídem.

(18) S. BERNAL, o. c., P. 93.

(19) JAVIER ECHEVARRÍA, o. c., p. 13.

(20) Cfr. Apc 3, 16; vid. Camino, n. 325.

El Fundador del Opus Dei

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Andrés Vázquez de Prada

Opus Dei -

Una biografía de gran porte histórico y de generosa amplitud, para mejor gustar de sus amores y el vigor de su espíritu.
La obra consta de tres volúmenes, de los que se han publicado dos: “Señor, que vea!” y “Dios y Audacia”.

Editado en Rialp.

5. El Fundador

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El 2 de octubre de 1928 Josemaría Escrivá vio el Opus Dei. Usó siempre este verbo, ver, y lo sucedido forma parte de su relación personalísima con Dios. Sin embargo, también para nosotros y para la vida de la Iglesia es un momento central, porque la santidad del Padre se estructura sobre su carisma de Fundador. Sabemos que aquel día estaba en Madrid haciendo, a solas, unos ejercicios espirituales. Todo entra, evidentemente, dentro de un designio providencial.

–La actitud del Padre, como afirmaría más tarde en muchas ocasiones, no fue nunca la del jugador de ajedrez, que mientras hace una jugada va pensando las siguientes: vivía un confiado abandono en la Voluntad de Dios y procuraba, por todos los medios, no obstaculizarla con inútiles precipitaciones humanas.

Se trasladó a Madrid, con el permiso de su Ordinario, el Arzobispo de Zaragoza, para obtener el doctorado en Derecho en la Universidad Central. Llegó a la capital el 20 de abril de 1927, y apenas una semana después, se matriculó en la asignatura de Historia del Derecho Internacional, y después, a finales de agosto, en la de Filosofía del Derecho.

Pero sus planes se modificaron con la fundación de la Obra: el 2 de octubre de 1928 el Señor cambió el curso de su vida y le hizo ver, con claridad meridiana, que su misión sobre la tierra consistía en hacer el Opus Dei. Madrid fue mi Damasco, le he oído exclamar a veces, con profunda gratitud. No sé si llegó inmediatamente a la conclusión de que debía establecerse de modo definitivo en la capital donde había nacido la Obra, y ofrecía mejores perspectivas para su desarrollo. Desde el principio contó con la autorización eclesiástica del Ordinario del lugar.

Aquel 2 de octubre de 1928 se abrieron para nuestro Fundador los horizontes hacia los que el Señor le llamaba al confiarle el Opus Dei: una movilización de cristianos que, en todo el mundo, en todas las clases sociales, a través de su trabajo profesional desarrollado con libertad y responsabilidad personales, busquen la propia santificación, santificando al mismo tiempo, desde dentro, todas las actividades temporales, en un audaz proyecto de evangelización para llevar a Dios a todas las almas. Es, con unas décadas de anticipación, el mensaje de renovación de la Iglesia querido por el Concilio Vaticano II, que ha proclamado la vocación universal a la santidad para la salvación del mundo, con todas las consecuencias pastorales que de ahí derivan, y que delinean la función eclesial del Opus Dei, mientras, como decía el Fundador, haya sobre la tierra hombres que trabajen.

¿Con quién habló el Fundador, además de, naturalmente, con su confesor?

–Uno de los primeros fue un profesor suyo de la Universidad civil de Zaragoza, don José Pou de Foxá, catedrático de Derecho canónico, muy conocido en España. En los primeros años treinta, don José Pou le pidió: “dime lo que te pasa, porque te encuentro diferente. Tú escribes siempre con mucha alegría, y veo que sigues teniendo alegría, pero te veo como más reservado; te pasa algo: ¿tienes alguna pena?”. Es probable que, como consecuencia de esa pregunta, el Padre le informara de alguna manera sobre su vocación divina; de hecho, poco más tarde, don José Pou afirmó que, por las noticias recibidas, comprendía muy bien por qué nuestro Padre se encontraba tan metido en Dios y tenía un afán tan grande por cumplir su Santísima Voluntad, y añadió: “Tú dices que eres un instrumento inútil e inepto. Menos mal que dices esto: porque en caso contrario querrías hacer una cosa tuya, y no una cosa de Dios. Como estás en esta disposición de considerarte inepto, Dios hará todo y todo será de Dios”.

Nuestro Fundador no habló con nadie más de la misión que había recibido del Señor, aparte de las personas que se acercaban a la Obra y, ya mediado el año 1930, su director espiritual, quien le aseguró muchas veces: “Todo esto es de Dios”.

¿Y ni siquiera habló con su familia? Con su madre vivían Carmen, su hermana, apenas dos años mayor, y Santiago, que en 1928 tenía nueve años.

–Hasta 1934 el Padre no habló claramente de la Obra a su madre ni a su hermana, a quienes, pese a la actitud prudente del Padre, no se les había escapado la intensidad de sus mortificaciones, signo evidente de que algo importante había aparecido en su vida. Me lo contaron ellas mismas. Además, en una carta del 20 de septiembre de 1934, el Padre relataba cómo se desarrolló la conversación: Al cuarto de hora de llegar a este pueblo (escribo en Fonz, aunque echaré estas cuartillas, al correo, mañana en Barbastro), hablé a mi madre y a mis hermanos, a grandes rasgos, de la Obra. ¡Cuánto había importunado para este instante, a nuestros amigos del Cielo! Jesús hizo que cayera muy bien. Os diré, a la letra, lo que me contestaron. Mi madre: “bueno, hijo: pero no te pegues, ni me hagas mala cara”. Mi hermana: “ya me lo imaginaba, y se lo había dicho a mamá”. El pequeño: “si tú tienes hijos…, ¡han de tenerme mucho respeto los muchachos!, porque yo soy… ¡su tío!”. Enseguida, los tres, vieron como cosa natural que se empleara en la Obra el dinero suyo. Y esto –¡gloria a Dios!–, con tanta generosidad que, si tuvieran millones, los darían lo mismo.

¿Y de dónde viene el nombre Opus Dei?

–En sus primeros apuntes autobiográficos el Padre, cuando se refería a la fundación, hablaba siempre de “la Obra”, o de “la Obra de Dios”, pero no pensaba aún en un nombre preciso. Tiempo después, llegó a la conclusión de que éste era el nombre. Lo relata en una extensa relación autógrafa del 14 de junio de 1948, que refiere un episodio sucedido a fines de 1930: Un día fui a charlar con el P. Sánchez, en un locutorio de la residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al final me preguntó: “¿cómo va esa Obra de Dios?” Ya en la calle, comencé a pensar: “Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio…, trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!” Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei.

Un joven sacerdote con poquísimos medios, en una situación política de gran tensión, que poco después desembocaría en la guerra civil… El Opus Dei nació pequeño, pero desde el principio con entraña universal.

–Recuerdo muy bien, por ejemplo, que desde el comienzo de mi vocación, en 1935, el Padre me animó a estudiar japonés, y así lo hice aunque con resultados poco fructíferos. Nuestro Fundador tenía una predilección particular por el Extremo Oriente, y cuando, al fin, en la posguerra, fue posible iniciar establemente el trabajo de la Obra allí, se puso contentísimo. Cuando llegó la primera carta de sus hijos de Japón, escribió en el sobre: ¡La primera carta de Japón! Sancta Maria Stella Maris, filios tuos adiuva! Desde entonces, al despachar la correspondencia, si había carta de Japón, abría el sobre y la dejaba aparte. Ponía las demás cartas en un montón y las leía después conmigo. Pero la primera que leía siempre era la de Japón: aquellos hijos ocupaban un lugar especialísimo en su alma, porque estaban en un país maravilloso, con una lengua tan difícil, y en el que la mayor parte de la gente no conoce todavía a Cristo.

Este espíritu universal se llevó a la práctica, en cuanto las condiciones externas lo permitieron, es decir, después de la guerra civil española, y sobre todo, tras la Segunda Guerra mundial. El Padre preparó personalmente el terreno para la expansión de la Obra con frecuentes viajes, y la semilla arraigó vigorosamente.

Sólo recuerdo un país donde la prehistoria realizada por nuestro Fundador no fuera seguida del comienzo de una actividad apostólica estable: Grecia. El Padre fue allí en 1966, y le acompañamos don Javier Echevarría, Javier Cotelo y yo. Deseaba iniciar cuanto antes la Obra en este país y sembró a manos llenas la semilla divina. El 26 de febrero embarcamos en Nápoles. En Atenas y Corinto visitamos los lugares en los que, según la tradición, había predicado San Pablo. El Padre no daba demasiada importancia a la autenticidad de aquella tradición popular; al regreso, explicó: El sitio puede ser o no ser aquél; nada se gana ni se pierde si no lo fuese. Pero, a última hora, sale ganando el que sabe aprovecharlo para acercarse más a Dios. Allí rezamos una comunión espiritual, y encomendamos toda la futura labor en Grecia. Si en ese punto concreto estuvo San Pablo, muy bien; y si no estuvo, muy bien; eso es lo de menos.

Vimos también varias iglesias bizantinas. A veces coincidimos casualmente con alguna ceremonia litúrgica a la que asistían pocos fieles, en su mayoría, mujeres. El Padre rezó por aquel pueblo, separado de la Iglesia Romana. Fuimos a la catedral católica y a la Universidad de Atenas. El 13 de marzo regresamos a Roma.

Llegamos enseguida a la conclusión de que era poco factible iniciar la actividad apostólica en Grecia, entre otras cosas, porque los católicos eran una pequeña minoría. Nuestro Fundador comentó: La impresión mía, es que allí hay poquita posibilidad humana de trabajo. Es casi todo muy menudo…; no sé como decirlo. Aunque para el Espíritu Santo no hay imposibles. No abandonó la esperanza de enviar a alguno de sus hijos cuando las circunstancias fueran más favorales. A este propósito dijo en una ocasión: La labor no será fácil ni tampoco difícil; será como en todas partes. Será fruto de la oración, de la mortificación y del trabajo de todos.

La espiritualidad y los modos apostólicos del Opus Dei coinciden con los de su Fundador. Me gustaría oírselo explicar más claramente, aunque se trate de una exposición forzosamente incompleta.

–El elenco será necesariamente incompleto, porque la espiritualidad del Opus Dei tiende a realizar la unidad de vida, es decir, la unión de acción y contemplación, a través de la práctica de todas las virtudes, humanas y sobrenaturales.

Al contemplar la vida espiritual de nuestro Padre, se pone de manifiesto que su fundamento radicaba, como dijo muchas veces, en el sentido de la filiación divina, que se traduce en un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermano suyo, hijo de Dios Padre. El espíritu de filiación le llevaba a mantenerse siempre en la presencia de Dios, a vivir con absoluta fe en la Providencia, a corresponder serena y alegremente a la Voluntad divina.

Si todos, en cualquier situación y condición, estamos llamados a la santidad –y el Opus Dei ayuda a tomar conciencia de esta realidad y a obrar en consecuencia–, todos estamos llamados a participar de la vida de Cristo. Por tanto, la existencia del cristiano se centra en el Sacrificio eucarístico, donde se da la máxima unión posible del hombre con Cristo.

La profunda percepción de la riqueza del misterio del Verbo Encarnado fue el cimiento sólido de la espiritualidad del Fundador. Comprendió que, con la Encarnación del Verbo, todas las realidades humanas honestas se elevaban al orden sobrenatural: trabajar, estudiar, sonreír, llorar, cansarse, descansar, cultivar la amistad, etc., habían sido, entre tantas otras, acciones divinas en la vida de Jesucristo; podían compenetrarse perfectamente con la vida interior y el apostolado: en una palabra, con la búsqueda de la santidad. Por esto, en su vida –y gracias a su ejemplo, en tantas otras almas–, el esfuerzo por alcanzar la perfección humana en el cumplimiento de los propios deberes se transformó, por obra de la gracia, en oración, en camino de santificación, de ejercicio de las virtudes sobrenaturales y, al mismo tiempo, en fecundo servicio humano, en lucha generosa contra los enemigos del alma.

Por eso, desempeñó siempre sus trabajos con espíritu contemplativo: los ofrecía al Señor al empezar y al terminar, y los regaba de jaculatorias; en suma, transformaba todo en oración.

Como consecuencia, y al mismo tiempo como fuente de la unidad de vida, se alimentaba ininterrumpidamente del sentido de la presencia de Dios y convertía toda la jornada en oración. Solía explicar, ya lo he recordado, que el arma del Opus Dei no es el trabajo, es la oración: por eso convertimos el trabajo en oración. Era un alma contemplativa nel bel mezzo della strada como le gustaba decir en italiano, también cuando hablaba en otra lengua; afirmaba que, para un cristiano corriente, la celda es la calle. Tomaba ocasión de cualquier suceso para elevarlo al orden sobrenatural y convertirlo en tema de su diálogo con Dios. En su plan de vida incluyó, además, lo que llamaba normas de siempre, es decir, algunas prácticas de piedad que penetraban todos los momentos del día alimentando su intimidad con el Señor: presencia de Dios, consideración de la filiación divina, comuniones espirituales, acciones de gracias, actos de desagravio, jaculatorias, que se unían a sus mortificaciones, al estudio, al trabajo, al orden, todo vivido con la alegría de saberse hijo de Dios.

El cuidado de las cosas pequeñas constituye otra línea básica del espíritu del Fundador. Era maravilloso que un corazón tan grande, un alma que voló tan alto y fue protagonista de formidables empresas divinas, fuera capaz de penetrar con tanta intensidad en lo que, como solía decir, se advierte solamente por las pupilas que ha dilatado el amor.

Otros aspectos que completan la fisonomía espiritual del Fundador eran: una piedad doctrinal, alimentada con el estudio de la Fe revelada y con prácticas personales de oración, de sacrificio y de penitencia; una tierna devoción a la Virgen, a San José, a los Santos Ángeles Custodios, a nuestros Patronos y a nuestros Santos Intercesores, a la Iglesia y al Papa; y un profundo respeto a la legítima libertad de los demás.

En la vida de nuestro Padre se unían la oración, la mortificación –oración de los sentidos–, el trabajo y el apostolado: verdaderamente el apostolado era, como enseñaba, superabundancia de la vida interior. Soy testigo de cómo aprovechaba todos los momentos y todas las ocasiones para hablar de Dios; aseguraba que no quería ni sabía hablar de otra cosa.

Afirmaba que la parte más importante y más eficaz de la actividad apostólica de la Obra estaba constituida por el apostolado personal de cada miembro, con su ejemplo y su palabra, en el trato diario con sus amigos y colegas, en el propio ambiente social, profesional y familiar.

Con la Constitución Apostólica Ut sit, del 28 de noviembre de 1982, Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal. En conformidad con el carisma fundacional, la Obra fue reconocida por la Iglesia, por tanto, como estructura jurisdiccional secular, de carácter personal –es decir, no territorial–, constituida por un Prelado, sacerdotes incardinados en el Opus Dei y laicos. Con la erección en Prelatura, se cerró un largo iter jurídico, que conoció diversas etapas: en 1941 la Obra fue aprobada como Pía Unión por el obispo de Madrid; en 1943, la erección diocesana de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz permitió la incardinación de sacerdotes procedentes del laicado de la Obra; con las aprobaciones de 1947 y de 1950 como Instituto Secular de derecho pontificio, se aseguró el carácter internacional imprescindible para la expansión apostólica de la Obra.

¿Cómo vivió el Fundador, que no pudo contemplar en la tierra la configuración canónica definitiva del Opus Dei, estos jalones jurídicos de la Obra?

–En el ordenamiento canónico entonces vigente no existía ninguna figura jurídica adecuada a lo que el Señor quería para la Obra, y ni siquiera se entreveía una posibilidad concreta de abrir nuevos caminos. Por esto, nuestro Fundador no se arriesgó en los comienzos a pedir la aprobación formal por parte de la autoridad eclesiástica: en ese caso, al Opus Dei se le habría encasillado, de hecho, dentro de un esquema jurídico inadecuado. Nuestro Fundador se limitó a mantener al corriente de todo al Ordinario de Madrid, y a no dar ningún paso sin su venia y bendición.

La primera aprobación in scriptis se remonta a 1941, y se anticipó en buena medida por la terrible campaña de calumnias desencadenada contra nuestro Fundador después de la guerra civil española. Para deshacer aquellas calumnias, don Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, que ya había intervenido repetidamente de palabra en la defensa del Opus Dei y de su Fundador, decidió comprometer su propia autoridad, y para disipar los equívocos quiso dar una aprobación escrita a la Obra. Con este fin pidió al Padre una copia de los Reglamentos.

Desde el comienzo, el Fundador del Opus Dei se resistió a usar el término “Constituciones” para hablar de los Reglamentos, Estatutos, o Derecho Particular de la Obra; en el lenguaje eclesiástico ese vocablo se utilizaba para designar el ordenamiento propio de los religiosos o del estado de perfección, mientras que el Opus Dei era una realidad eclesial completamente diversa.

Pasaron algunos meses, pero el Fundador no se había decidido aún a comenzar la redacción de los Reglamentos, como le había pedido el obispo. Por fin, ya en 1941, se dio cuenta un día de que, aunque siempre había querido obedecer con lealtad y delicadeza a la autoridad eclesiástica, en esto no estaba obedeciendo a don Leopoldo. Le pidió audiencia inmediatamente y, apenas fue recibido por el Prelado, le explicó: Señor Obispo, me tiene que perdonar, porque le he estado desobedeciendo, sin darme cuenta. Me dijo Vuestra Excelencia que presentase esos papeles y no lo he hecho. No lo he hecho porque no me sentía movido por Dios, pues temo que se pueda causar un perjuicio grave al Opus Dei con una aprobación que no respete su naturaleza teológica, ascética y jurídica. Por otra parte, al comprender que estaba oponiendo resistencia pasiva a esta aprobación, me he llenado de alegría porque pienso que, cualquier fundador que hubiese encontrado tal disponibilidad de su Obispo para aprobar la fundación, se hubiese apresurado a preparar los documentos y a presentarlos. Yo no lo he hecho porque la Obra no es mía, sino de Dios; y si cuando llegue el momento de darle cauce jurídico no está Usted para aprobar la Obra, entonces la aprobará su sucesor. Este episodio me lo contó nuestro Fundador con estas palabras en varias ocasiones.

Sin embargo, el obispo insistió en la necesidad de dar un respaldo oficial a la Obra para defenderla de los ataques de que era objeto; el Padre se sometió a la voluntad del Ordinario, y poco después, el 14 de febrero de 1941, presentó el texto de los Reglamentos para que la Obra fuese reconocida como Pía Unión.

Con esta misma actitud de adhesión a la Voluntad de Dios, nuestro Fundador aceptó las sucesivas configuraciones jurídicas de la Obra, sabiendo conceder, sin ceder, con ánimo de recuperar.

Defendió decididamente el carisma fundacional, obedeciendo a la vez fielmente a la autoridad eclesiástica, y puedo afirmar que la solución definitiva –que, como primer sucesor del Fundador, me ha correspondido llevar a término–, refleja perfectamente las disposiciones que dejó definidas hasta el último detalle.

El principal obstáculo que el Fundador debió superar fue hacer comprender el carácter plenamente secular de la Obra, que de ningún modo puede confundirse o ser asimilado a las órdenes, a las congregaciones, a las asociaciones religiosas. Y esto, no por menospreciar a los religiosos, sino, sencillamente, porque la Obra es, sin ninguna pretensión de exclusivismo, esencialmente distinta de las instituciones religiosas.

–Nuestro Fundador amó siempre, respetó, y en lo que le fue posible ayudó a los religiosos, predicando tandas de ejercicios a religiosos y religiosas, animando a personas que le pedían consejo a seguir la vida religiosa si presentaban síntomas de vocación, y prodigándose por la unidad –que no significa uniformidad– del apostolado, por la que los miembros del Opus Dei rezan a diario.

El Padre no se permitía la menor crítica a otras personas o instituciones de la Iglesia. Desde que le conocí, se lo he oído repetir más o menos con estas palabras: jamás moveré un dedo para apagar una llama que se encienda en honor de Cristo: no es mi misión. Si el aceite que arde no es bueno, se apagará sola.

Entre los miles de episodios que podría citar, me viene a la cabeza que hacia 1940 se presentó en nuestra casa de la calle Diego de León de Madrid, una chica que necesitaba cierta cantidad de dinero como dote para entrar en religión. El Padre comprobó la sinceridad de sus intenciones, y después de hablar conmigo, preguntó a Isidoro Zorzano, que era el administrador, cuánto dinero teníamos en casa; y se lo dio todo a aquella futura novicia.

Por lo demás, los religiosos han comprendido siempre la originalidad pastoral de la Obra. Por ejemplo, sor Lucia, la vidente de Fátima, puso un gran interés en el inicio de nuestra actividad apostólica en Portugal, y ha rezado siempre por la Obra. En 1972 acompañé a nuestro Fundador a ver a sor Lucia, y en aquella ocasión ella le regaló unos millares de folletos que contenían algunas reflexiones sobre la Virgen y el Rosario: el Padre los difundió con gran alegría.

Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei

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Don Álvaro del Portillo habla sobre la vida y personalidad de San Josemaría

Agradecimiento del autor

1. Hijo de la Iglesia
2. Ciudadanos de las dos ciudades
3. Cómo era el Padre
4. Su formación
5. El Fundador
6. Familia y milicia
7. Medios y obstáculos
8. Rasgos de la vida interior
9. El Pan y la Palabra
10. Devociones
11 Virtudes heroicas
12. Fama de santidad
13. El 26 de junio de 1975

Agradecimiento del autor

Ante todo, deseo dejar constancia de mi más profundo reconocimiento a Mons. Alvaro del Portillo por la generosidad con que ha puesto a mi alcance sus recuerdos personales, junto con cartas y documentos, que iluminan rasgos hasta ahora inéditos de la atrayente figura del Fundador del Opus Dei, al que desde el 17 de mayo de 1992 la Iglesia venera como Beato.

Por sus cuarenta años de convivencia con Mons. Josemaría Escrivá, Mons. Alvaro del Portillo es un testigo privilegiado –es más, único– de la vida santa del Fundador y de su incansable y heroica actividad por el bien de la Iglesia y de todas las almas.

Este libro es relativamente breve, ya que sólo aborda algunos aspectos de la personalidad del Fundador y de su correspondencia a la iniciativa divina, sin pretender ser exhaustivo. Es tan grande su riqueza espiritual que tal vez ni siquiera pueda describirse adecuadamente en un libro más extenso. Considero que el mensaje del Fundador –una espiritualidad encarnada– se pone especialmente de manifiesto a través de un conjunto de anécdotas, hechos concretos, experiencias vividas, casi mejor que en una exposición conceptual. Este libro, por tanto, no pretende sustituir a las biografías del Fundador del Opus Dei, cuyo conocimiento en cierto sentido se presupone y, además, ayuda a situar históricamente las informaciones, en gran parte inéditas, que aquí se proporcionan.

Realizar esta entrevista ha constituido una experiencia profesional y espiritual gratificante. Profundizar en el conocimiento de un hombre de Dios, tan querido, a través de la experiencia viva del hijo más próximo, ha sido motivo de una íntima alegría.

Sólo me resta desear a los lectores de estas páginas que su alma quede removida por la vida y las virtudes del Beato Josemaría, fidelísimamente reflejadas en las palabras de su sucesor, Mons. Alvaro del Portillo.

Un santo de la vida corriente

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Testimonio de Cardenal Ugo Poletti, Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana. Vicario General del Papa para la diócesis de Roma
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Recientemente el Papa ha ordenado la publicación del Decreto sobre la heroicidad de las virtudes del venerable Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Muchos saben que la doctrina de Mon­señor Escrivá se centra en la necesidad y la posibilidad de vivir con plenitud de amor todas las circunstancias normales de la vida cotidiana, y de manera especial el trabajo profesional con el que el cristiano, además de santificarse personalmente, contribuye a ordenar con rectitud las realidades temporales. Y también es sabi­do que, desde 1928, el mensaje del fundador del Opus Dei ha sido de tal eficacia práctica en la vida de miles de mujeres y hombres de todo el mundo, que llegará a ser un punto de referencia preciso para aquellos que quieran inspirarse en una espiritualidad cristiana «secular».

Es preciso añadir que esta realidad eclesial (doctrina y vida: una explica la otra) ha entrado a formar parte del magisterio solemne de la Iglesia, ya que el Concilio ha enseñado explícitamente en la Lumen gentium que todos los cristianos, sin distinción de clase u otro género, son llamados por Dios a ser «santos» (es decir, per­fectos en el amor y en todas las demás virtudes). Hay que destacar que no existía una doctrina orgánica de ¡a «vocación universal a la santidad en la Iglesia» en los primeros siglos del cristianismo. Existía, eso sí, una praxis significativa sobre todo en los siglos iniciales (ypor este motivo Escrivá decía que el Opus Dei está unido a la vida de los primeros cristianos).

La eficacia del mensaje de Josemaría Escrivá fue enseguida extraordinaria. Cuando muere en Roma, donde había vivido desde 1946, había ya 60.000 personas, mujeres y hombres, vinculadas al Opus Dei, es decir, comprometidas a santificar la vida familiar, la profesión y la inserción de su ambiente y su época en los azares sociales. Cuando años más tarde se abre el proceso de canonización del fundador del Opus Dei fui precisamente yo, como vicario del Papa en la diócesis de Roma, el encargado de dirigir el proceso canónico. Ahora la Santa Sede ha finalizado una fase importante de este proceso: la Iglesia declara oficialmente que Josemaría Escrivá ha practicado heroicamente todas las virtudes cristianas (el amor ante todo, y luego la fe y la esperanza…).

Evidentemente esto es de la máxima importancia. Monseñor Escrivá había dicho que el Opus Dei iba a abrir a todos, sin excluir a nadie, «los caminos divinos de la tierra». Ahora tenemos una nueva confirmación de que esos «caminos de la tierra» son verdade­ramente «divinos» y santificables en sí mismos. Él había enseñado que se puede y se debe ser santos, perfectamente fieles a Dios, sien­do fieles a la propia vocación humana de ser padres o madres de familia, obreros o profesionales y personas totalmente comprome­tidas en las vicisitudes terrenas, corriendo el riesgo de la libertad y de la responsabilidad; ahora, la santidad de su vida de sacerdote secular manifestada a través de la práctica heroica de las virtudes en circunstancias ordinarias, se confirma como fuente de inspira­ción para todos los cristianos necesitados de ejemplos actuales e incisivos que les guíen para transformar la propia existencia en un –fecundo servicio a Dios y a los hombres.

La opinión pública de nuestro mundo occidental secularizado también ha señalado la importancia cada vez más evidente que tiene la «secularidad» en la vida de la Iglesia. Existen signos inequívocos de la misma, entre otros, citemos el interés activo y fecundo de la Iglesia por los problemas sociales y políticos: desde la célebre «cues­tión obrera», que motivó la Encíclica Rerum novarum de León XIII, hasta la Encíclica de Juan Pablo II Sollicitudo rei soc¡alis, pasando por la Encíclica Pacem in terris de Juan XXIII, que marcó una época. Hablaba de interés activo y fecundo, porque no se trata sólo del magisterio (éste es ya un precioso servicio de verdad y de moti­vaciones ideales), sino también de una clara actividad a todos los niveles y de innumerables formas de solidaridad y promoción huma­nas: la asistencia sanitaria, la escuela, la recuperación de los tóxi­co co-dependientes, la acogida a los inmigrantes…

La Iglesia está constituida sobre todo por gente que vive en el mundo (que los antiguos llamaban saeculum: de ahí el adjetivo «se­cular»), por eso mismo el aprecio por los valores seculares y laicos se advierte sobre todo en la vida cristiana de los fieles que se mueven dentro de las estructuras profesionales y civiles. El Papa y los obis­pos están al servicio de esta gente, están para ellos. Es precisamente por esta responsabilidad pastoral por lo que actualmente la Iglesia presenta con esperanza al mundo la ejemplaridad de la espiritua­lidad y la vida de este sacerdote que el Señor llamó a su seno hace quince años.

Un hombre que sabía querer

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Testimonio de Álvaro Domecq, rejoneador y ganadero
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Don Álvaro, ¿cuando conoció a Monseñor Escrivá de Balaguer?

Soy hombre malo para las fechas y no recuerdo con exactitud el día en que le vi por primera vez. Me parece que fue en Pamplona, en otoño del año sesenta y siete. Había una asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra. Asistí a la misa que con aquel motivo celebró al aire libre, en el campus de la Universidad de Navarra. Al acabar la ceremonia, pasé a saludarlo y ante mi sorpresa me llamó por mi nombre, me hizo la señal de la cruz en la frente y comentó: «Te sigo». Yo, que soy tímido, me quedé admirado al ver cómo me conocía sin conocerme. También me llamaron mucho la atención las manifestaciones de cariño y afecto que me dirigió y cómo me alentó a que siguiera con mi trabajo, y añadió «pero hecho con mucho amor de Dios».

En esos mismos días acompañé a los toreros que habían par­ticipado en un festival en Pamplona a conocerle. Con cada uno de ellos tenía un detalle de cariño, el apropiado para la circuns­tancia personal de los presentes. Al terminar aquello, uno de los presentes, Luis Miguel Dominguín, que presumía de no creyente, me dijo en un aparte: « ¿Sabes que me voy a tener que hacer par­tidario de este cura tuyo?».

Me acuerdo que cuando vino a Jerez de la Frontera, en el año mil novecientos setenta y dos, tuvo la maravillosa gentileza de invi­tarnos a mi mujer y a mí a un almuerzo porque quería agradecer lo poco que había hecho yo para poner en marcha «Pozoalbero», una casa de retiros y convivencias, que está a las afueras de aquella ciudad y por la que han pasado tantos miles de andaluces. Y es que el fundador del Opus Dei, que era muy agradecido, sabía alen­tarte, a poquito que hubieras hecho, para que fueras a más, que te superaras siempre.

Eso es maravilloso: encontrarte con personas que te alientan, que te piden cosas asequibles, sencillas, pero sin parecer que te lo piden, dándote ánimos, y así casi sin darte cuanta va saliendo ese trabajo, que resulta apenas costoso y hasta alegre. En el roce que he tenido con la Obra, a lo largo de estos años, lo que más me ha impresionado es el aliento que recibes para hacer lo corrien­te con amor de Dios. Y eso, por lo que yo he visto, lo infundía el fundador del Opus Dei a todo tipo de personas: creyentes y no creyentes, a gentes de todas las clases.

Yo, que puse en marcha varios cursos de formación espiritual con toreros, y con poetas y escritores, pude comprobar cómo se sentían honrados de hablar dos o tres días exclusivamente de Dios y de las cosas de Dios. Domingo Ortega, que en gloria esté, me decía: «No se te olvide llamarme cuando haya algo de esto.» Les gustaba, y le gustaba a Domingo, que se ocuparan de ellos en lo espiritual. Eso es demostración de lo que tanto insistía Monseñor Escrivá de Balaguer: a la vida corriente, diaria, hay que darle un sentido para que sea real. Eso me lo enseñó él y te lo transmitía cada vez que te miraba, cuando te veía o cuando te daba uno de aquellos abrazos que él daba.

¿Cuál es la primera impresión que se le quedó grabada al conocerle?

El nivel de confianza, la alegría que te hacia sentir y cómo te pedía esfuerzo sin pedírtelo, señalándote un camino de entrega. Y te daba un empujón suave, pero eficaz, para hacerlo todo por amor de Dios e insuflarle a tu vida normal una espiritualidad importante. Es que, mira, es maravilloso saber que se puede san­tificar e] trabajo. Eso crea una satisfacción en el hombre trabajador que es decisiva, que es fundamental. Por ejemplo, él sabía que yo me dedicaba al toro. Yo no sé si él tendría afición al toro, pero lo parecía, porque me comentaba: «Hay que seguir por ese camino y hacerlo lo mejor posible». No te quitaba tus naturales tendencias, sino que te ayudaba a darles sentido, a poner amor y entrega en lo que haces, sabiendo que eso tiene mucho valor. Es una satis­facción saber que lo que haces tiene valor.

¿Cómo se hace santo un ganadero con su trabajo?

Ante todo procurando ser un buen ganadero. A los ganade­ros no nos calibran en la verdadera medida. El animal que con­seguimos, el toro que exige la afición de hoy, hay que trabajarlo mucho y saber seleccionar caracteres que no son visibles para el público. Ten en cuenta que –yo al principio creía que hacerse car­go de una ganadería no me llevaría tiempo– hay que estudiar las cualidades de varias generaciones para lograr fijar el carácter y saber entremezclar, en su justa medida, mansedumbre y bravura. El ganadero español que estudia su ganadería puede hacer un toro que se le conozca, no sólo por su expresión física, sino también por el resultado que da en la lidia, y eso es un esfuerzo necesario. Después, o al mismo tiempo, haciendo todo ese trabajo por amor de Dios, por afición al toro por supuesto, pero por amor de Dios.

¿Cuál cree que era, sin embargo, el rasgo más distintivo de su persona?

Monseñor Escrivá de Balaguer rebosaba santidad. No sé si la santidad está perfectamente definida, pero yo lo notaba en ese deseo continuo de infundirte amor de Dios, amor al trabajo y la ilusión por hacer felices a los demás. Además, para el fundador del Opus Dei no había horizontes: cada día se le ocurría una cosa nueva para llegar a más personas y difundir con más amplitud la doctrina de la Iglesia. Eso era impresionante. De hecho, del Opus Dei te llama la atención el milagro de que en tan poco tiempo se haya difundido y establecido entre tantas gentes de tan diverso tipo. Yo, que he tenido que viajar mucho, lo he comprobado y eso es edificante.

Antes se refería a los toreros que usted ha tenido la oportunidad de tratar. ¿Entienden verdaderamente eso de santificar el trabajo?

Claro que sí. A ellos, todo eso les hacía encontrar su verda­dero sentimiento. El hombre tiene una tendencia innata de ir a Dios, lo que pasa es que no sabe cómo. Lo maravilloso de Mon­señor Escrivá de Balaguer es que te enseñaba a abrir ese camino.

Antes la gente pensaba que para ir a Dios sólo había que ir a la Iglesia, pero no sabían que además está en el teatro o en los toros, que Dios está en todas partes, en todas las circunstancias honestas. La gente no se percataba de que Dios está contigo, que puedes santificar toda tu vida, tu vida de aficiones, de relaciones, tus amis­tades. La prueba de que eso es verdad es la extraordinaria acogida que este mensaje ha tenido, a pesar de que haya gente que no lo entienda, porque tal vez no han sido capaces de dar el paso ade­lante. Si lo dieran, lo descubrirían.

Hay gente que dice que para aguantar a un santo hace falta otro santo, ¿era fácil estar con el fundador del Opus Dei?

Estar con el fundador del Opus Dei era sentirse protegido, ilusionado; junto a él, el corazón se removía y la piedad tuya, anti­gua, se hacia más humana, más apetitosa. Incluso lograba que dig­nificaras tus debilidades. Sentías que todos esos defectos se podían quitar; esa convicción te la metía dentro y descubrías que hasta lo más pequeño, hecho por amor de Dios, tiene mucho valor. Siem­pre he pensado que Dios es el mejor pagador, y entonces, cualquier cosa que hagas, por pequeña que sea, Dios te la premia. Como ve, son consejos los suyos llenos de amor, y como el hombre ha nacido para querer, todo eso es fácil de entender.

Don Álvaro, a usted, ¿qué le ha dado el Opus Dei?

Me ha facilitado todo. Según se dice, cuando tienes quien te ayude, puedes agrandar tu negocio. Pues el gran negocio es luchar por la santidad aunque sea un poco, y digo un poco porque siempre se queda uno corto. Esa es la misión del Opus Dei con todo el que se roza: darle a tu vida, a tu vida corriente, unos nuevos horizontes, afán de santidad, y también alegría, simpatía y cor­dialidad, sobre todo con el ejemplo. Decía que me ha facilitado todo, se entiende que en la vida espiritual, porque en lo demás, mi trabajo, mi vida social o mi familia, la Obra no ha intervenido; o para ser más preciso, sólo ha intervenido el espíritu de la Obra moviéndome a buscar en cada ocasión –y bajo mi responsabilidad personal– lo que pensaba sería más grato a Dios; claro que muchas veces habré fallado, pero ese es otro cantar.

Sin embargo, todo esto contrasta mucho con el ambiente actual.

El mundo, es cierto, está desperdigado, pero hay un retorno.

Pienso que la juventud tiene hoy día un deseo de veracidad, de convivencia, de todos esos detalles que supo exponer el fundador del Opus Dei. El mundo está mal, la vida está difícil, pero luego, cuando crees que la gente está alejada de Dios, te das cuenta que no es así, que tienen un claro sentimiento espiritual de mejorar. Todo eso es como el aceite, que va inundándolo todo poco a poco. Por eso no soy pesimista: no soy de los que piensan que el mundo va a peor. El mundo va a ir mejor; es como una revolución silen­ciosa de cuyas consecuencias nos iremos dando cuenta con el paso del tiempo.

Y usted, ¿qué le ha dado al Opus Dei?

Le doy muy poco para lo que me da. Yo procuro ayudar en las obras apostólicas, pero lo hago casi sin esfuerzo porque estoy convencido de que hay que hacer algo –más bien diría mucho–, y es bueno que te tiren de la cuerda, que te exijan. Ahora, con mi edad, con el cansancio de mucha vida vivida, me hace joven y me ilusiona pensar que soy útil, que sirves para algo. Después lo piensas, y te das cuenta que no haces nada, y sin embargo, por poco que haces, silo haces por amor de Dios, se convierte en algo grande. En conclusión, colaboro lo que puedo, pero me quedo corto

El proceso de beatificación de Monseñor Escrivá de Balaguer está iniciado desde el año mil novecientos ochenta y uno ¿usted acude a su intercesión, le reza?

Yo acudo a través de la oración para la devoción privada que hay impresa en una estampita que ha editado la Vicepostu­lación de su causa de beatificación. Ahora le tengo encomendada una cosa importante y tengo seguridad de que la voy a tener pron­to. Me ilusiona saber que tengo alguien, allá arriba, que puede interceder por los matices humanos y espirituales del hombre. Las cosas de los negocios no las mezclo. Me interesa más bien pedirle por mi vida de dentro y por lo que a uno le queda en esta vida.

Me ayuda a acudir a el las cartas suyas que conservo. Soy detallista y tengo la costumbre de felicitar a los amigos Hace anos se me ocurrió mandarle una carta y cual seria mi sorpresa cuando recibí muy pronta contestación Al año siguiente dude en escribirle, para no forzarle a que me contestara pero a la vez pense que tal vez consideraría que me había olvidado De modo que desde entonces siempre me escribió, y en cada caso iba su consejo. Después, cuando murió, he seguido esa costumbre con su sucesor, Monseñor Alvaro de Portillo cuando nos hemos visto, siempre me decía tocayo, que también ha continuado acordándose de mí y me envía unas líneas, Eso me da mucha alegría; siento el tiempo que le puedo hacer perder, pero es un gran detalle y un ejemplo maravilloso.

2.3. Zaragoza

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand Durante los años pasados en Zaragoza, el Señor le había seguido llevando de la mano, y se la había apretado un poco más.

Ahora se da cuenta de que los sufrimientos que habían jalonado esa etapa de su vida, así como los consuelos que había experimentado -”una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzos”-, habían ido reforzando en él la persistente llamada, todavía imprecisa, que había sentido en su adolescencia. Fueron muchos meses de maduración interior, de oración intensa, de penitencia cada vez más recia, de aceptación por adelantado de aquello -indescifrable todavía- para lo que le estaba preparando la Providencia.

En cuanto pudo, fue a depositar su perplejidad a los pies de la Virgen del Pilar, tan querida en su tierra. Domine, ut sit!, venía repitiendo con frecuencia desde hacía tiempo, pidiendo a Dios que le iluminara: Señor, que sea eso que Tú quieres… También dirigía la oración a María Santísima: Domina, ut sit! Ahora, ante la pequeña imagen de la Virgen, colocada sobre una columna de mármol semejante a aquella en que, según la tradición, se había aparecida en carne mortal al Apóstol Santiago, la jaculatoria adquiría una especial fuerza: ¡Señora, que sea! Cuatro años después de ingresar en el Seminario de Zaragoza, el día de la Virgen de la Merced, grabaría esas mismas palabras en latín -un latín que calificaba de baja latinidad- debajo de la peana de una imagen en escayola de la Virgen del Pilar: Domina, ut sit!.

Una difícil adaptación
Seminario
Sin que él lo pretendiera, sus maneras educadas contrastaban con la rudeza de algunos de sus compañeros, quienes, en su mayor parte, procedían de medios rurales. Pasaba horas y horas en una tribuna que dominaba el inmenso retablo barroco de la capilla, mientras los demás dormían o hacían deporte. Sus bromas le habían hecho sufrir mucho, sobre todo el apodo ridículo -”rosa mística”- que repetían a sus espaldas.

A pesar de todo, había procurado siempre poner de relieve, en sus condiscípulos del Seminario, sus virtudes y su generosidad. Además, hizo buenos amigos.

Tales dificultades le habían ayudado mucho a madurar. Su profesor de Derecho Canónico, don Elías Ger Puyuelo, se lo había hecho comprender con delicadeza. Le había contado cómo un molinero, fracasados los esfuerzos para traer de Alemania las desgastadas piedras de un molino de canela, las había sustituido, aconsejado de un amigo, por piedrecillas redondas, recogidas en un riachuelo, y habían perdido su aspereza a fuerza de chocar entre ellas. “¿Me comprende usted, Escrivá?” -le había dicho don Elías.

Josemaría había comprendido, en efecto, esta lección de sentido común: el choque de los caracteres elimina esas asperezas que harían la convivencia insoportable en toda colectividad.

Por otra parte, era la primera vez que vivía fuera de su casa, interno en el Seminario. Usaba la sotana y el manteo negro sin mangas, sobre el que se colocaba la beca de fieltro rojo, sujeta con el escudo de metal de San Francisco de Paula: un sol y la palabra charitas.

Seguía la disciplina a rajatabla: media hora de meditación por la mañana, la Misa y luego el desayuno. Clases en la Universidad Pontificia, recreo, comida, estudio, rosario, cena y, antes de acostarse, algunas oraciones y una breve charla para fijar los puntos de la meditación del día siguiente.

En la tercera planta del San Carlos estaba el Seminario propiamente dicho, llamado de San Francisco de Paula en recuerdo de su fundador, el Cardenal Benavides, de quien había sido el santo patrón. El resto del edificio estaba destinado a Residencia sacerdotal.

Según una placa instalada en el claustro, San Vicente de Paúl había residido allí cuando estuvo estudiando en Zaragoza, pero algunos pensaban que no era cierto.

Como en todos los edificios grandes y antiguos, los corredores eran vastos y fríos, las habitaciones destartaladas.

Domingos, jueves y días festivos, los seminaristas salían de paseo por los alrededores de la ciudad. Era, con los recreos, su única distracción.

Josemaría se esforzaba en adaptarse a este nuevo género de vida, aunque le resultaba muy duro. Sin embargo, procuraba sacar provecho de ello para profundizar en su vida interior y aumentar su cultura religiosa. Por entonces volvió a leer, con más aprovechamiento, a los místicos castellanos, en especial a Santa Teresa de Jesús, cuyas obras ya conocía. También se había acostumbrado a leer todos los días algunos capítulos del Nuevo Testamento, tratando de revivir, como si estuviera presente, las escenas del Evangelio, y de grabar en su corazón y en su memoria los versículos correspondientes. También había ido asimilando mejor la liturgia y adquiriendo una mayor facilidad en la oración.

Se aplicó con diligencia a los estudios. El plan, aunque tenía un nivel más alto, se parecía al del Seminario de Logroño. Fue superando con brillantez, uno tras otro, los exámenes correspondientes en la Universidad Pontificia.

¡Cuántas veces había ofrecido ese esfuerzo a Dios, al tiempo que le pedía que le aclarase lo que entonces era tan misterioso y ahora le resultaba evidente!

Sacerdote… ¿por qué?

Señor -repetía incansablemente-, ¿por qué me hago sacerdote? Y también: El Señor quiere algo. ¿Qué es?.

Su oración desembocaba siempre en las mismas interpelaciones familiares, insistentes: Domine, ut sit! Domina, ut sit!. Señor, que esa voluntad se realice. ¡Señor, que eso sea! ¡Madre mía, que eso sea!

Solía entablar largas conversaciones, paseando por los claustros del Seminario, con algunos de sus compañeros que, durante el recreo, no jugaban a la pelota, como hacían otros, en una nave de la cuarta planta.

Se reunían unos cuantos y comentaban los sucesos de actualidad o los pequeños incidentes de la vida diaria. Josemaría les hacía reír cuando les leía los epigramas que pergeñaba (unas veces en latín y otras en español, remedando las sátiras de algún escritor griego de la antigüedad o del Siglo de Oro español), los cuales iba pasando luego a un cuaderno. Esta facilidad para versificar hizo que le encargaran, muy a pesar suyo, que compusiera y leyera en público una poesía en homenaje al obispo auxiliar de Zaragoza, Presidente del Seminario. Salió de apuros con una composición que había titulado Obedientia tutior: “Obedecer es lo más seguro.” Tal era el lema del obispo…

En las vacaciones de verano, volvió a Logroño, con gran alegría de toda la familia. Llegó acompañado de un amigo y compañero de estudios que, en correspondencia, le invitó a pasar unos días con él durante los veranos de 1921 y 1922. Se trataba de un sobrino del vicepresidente del Seminario de Zaragoza, don Antonio Moreno. Josemaría lo pasó muy bien aquel verano, disfrutando del ambiente de paz que reinaba en su familia; todos se esforzaban, con delicadeza, en respetar su condición de seminarista.

Sin que él se hubiese dado cuenta, el Cardenal Soldevila, arzobispo de Zaragoza, se había fijado en él. En las visitas que hacía al Seminario, solía preguntarle sobre la marcha de sus estudios y sobre su familia.

Tanto el Cardenal Soldevila como el Rector del Seminario de San Francisco de Paula conocían bien las cualidades de aquel seminarista, por lo que, al regresar de las vacaciones de verano de 1922, dos años después de su ingreso en San Carlos, se encontró con que había sido nombrado Superior.

Para ser Superior, era preciso haber recibido la tonsura. Se la confirió el Cardenal Soldevila en persona, el 28 de septiembre, en una capilla del Palacio episcopal. A partir de ese momento, empezó a usar la sotana con manteo y sombrero de teja. Muchas veces, al vestirse, besaba aquella sotana, como una manifestación de su amor al sacerdocio, hacia el que se encaminaba.

En el mes de diciembre había recibido cuatro órdenes menores: el 17, las de lector y ostiario; el 21, las de exorcista y acólito.

En los años que ejerció el cargo de inspector -desde 1922 hasta la terminación de sus estudios en el Seminario- se había esforzado siempre para que la disciplina no resultase demasiado pesada a quienes debía vigilar. Creía haberlo conseguido. Los más jóvenes solían ser bastante revoltosos, pero bastaba una sonrisa de suave reproche, una palabra de aliento o una breve advertencia para que entrasen en razón. En el comedor, en cuanto encontraba una buena disculpa, dispensaba del silencio, lo que hacía que los seminaristas estallasen de júbilo.

Josemaría gozaba de mayor libertad que sus compañeros para entrar y salir del Seminario, lo que le permitía visitar todos los días a la Virgen en la Basílica del Pilar, aunque volvía enseguida para reanudar los estudios o la lectura

A1 comenzar el curso 1922-1923, puso por obra su proyecto inicial de estudiar la carrera de Derecho. Así pues, tras pedir autorización a sus superiores, se matriculó en la Universidad como alumno libre. No podía asistir con regularidad a las clases, que tenía que hacer compatibles con el horario del Seminario y con sus responsabilidades como Inspector. Como no quería simultanear los estudios, se examinaba en junio en la Universidad Pontificia, y, en septiembre, se presentaba a los exámenes de Derecho. Aquel verano de 1923 estudió mucho, en Logroño, donde un amigo de su padre, Registrador de la Propiedad, le dio clases particulares al tiempo que a su hijo. Así, en septiembre, pudo pasar los exámenes sin dificultad.

Dolorosos acontecimientos

A finales del curso escolar 1922-1923, un trágico acontecimiento conmovió a Zaragoza y a España entera: en las primeras horas de la tarde del 4 de junio, el Cardenal Soldevila caía asesinado cuando se disponía a descender de su automóvil para visitar una escuela que él mismo había fundado en Zaragoza. Poco después se supo que los autores del atentado pertenecían a un grupo anarquista.

Cinco días más tarde, en la basílica del Pilar, Josemaría había asistido, con los demás seminaristas, a los solemnes funerales, celebrados en presencia de varios Cardenales y obispos españoles y de representantes del Nuncio, del Parlamento, del Gobierno y de las autoridades locales. Apenado, había rezado intensamente, todavía conmovido por la trágica desaparición de alguien a quien admiraba y que siempre le había dado muestras de afecto.

A lo largo del curso universitario 1923-1924, pudo asistir a la Facultad de Derecho con más asiduidad. Eso, unido a las clases particulares recibidas durante el verano, le permitió avanzar considerablemente en sus estudios civiles.

El 14 de junio de 1924 recibió el subdiaconado. En la Universidad, su sotana llamaba la atención entre los estudiantes. A1 principio, le manifestaban su respeto guardando excesivamente las distancias. No obstante, hizo allí nuevos amigos, a los que procuró acercar a Dios, pues, aunque educados todos en la religión católica, eran con frecuencia tibios y descuidaban sus prácticas de piedad o las hacían rutinariamente. Conversaba con ellos y las charlas se prolongaban a menudo por las calles de Zaragoza, e incluso en el Seminario de San Carlos, ya que daba clases de latín a algunos de sus amigos, que necesitaban conocer esta lengua para la asignatura de Derecho Canónico.

Un día se había peleado con otro seminarista, llegando a las manos. Los castigaron a los dos, pero en su caso el castigo había sido más injusto, pues el otro le había insultado groseramente en público y le había pegado antes. Josemaría había ofrecido al Señor esa humillación, que aceptó como un medio más de purificación capaz de hacerle ver más pronto Su voluntad.

En 1924, una nueva desgracia se abatió sobre la familia, hiriéndole en lo más vivo.

Durante el verano, había tenido la alegría de pasar algún tiempo con sus padres y sus hermanos, Carmen y Santiago. Le había sorprendido ver a su padre prematuramente envejecido, pero eso no impidió que hiciesen planes para reunirse en diciembre, cuando fuese ordenado diácono.

El 27 de noviembre llegó al Seminario un telegrama en el que se le instaba a ir a Logroño cuanto antes: su padre estaba gravemente enfermo.

Un empleado de la tienda, que le esperaba en la estación, le explicó que su padre se había sentido mal aquella misma mañana. Momentos antes, había estado orando ante una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa, como todos los días; luego, había jugado un poco con Santiaguito…

Ya cerca de su casa, aquel empleado de su padre le había dicho toda la verdad: don José había muerto aquella misma mañana.

Josemaría subió sin decir una palabra hasta el segundo piso, entró en su casa, abrazó a su madre y a su hermana y se arrodilló ante el cuerpo de su padre.

Pasó unos días con los suyos y luego regresó a Zaragoza, esforzándose en descifrar el sentido de esta nueva prueba, que venía a unirse a las que la familia había sufrido a lo largo de los años.

La ceremonia en la que había recibido el diaconado, en la iglesia barroca de San Carlos, no pudo ser tan alegre como él había soñado. Pasó aquel 20 de diciembre solo, ofreciendo a Dios su pena por verse separado de su madre y sus hermanos, que seguían en Logroño. No pudo conseguir que fueran a instalarse en Zaragoza hasta comienzos de 1925, en un pasito de la calle de Urrea, bastante cerca del Seminario de San Carlos.

Ordenado sacerdote

Llegaron, por fin, los preparativos de ese gran día en el que sería ordenado sacerdote para la eternidad.

El 18 de marzo inició unos ejercicios espirituales previos a la ordenación en los que, con los demás ordenandos, meditó sobre la dignidad del sacerdocio y lo que eso significaba.

La ceremonia tuvo lugar el 28 de marzo de 1925, sábado, en la iglesia del Seminario de San Carlos. Después de haberse prosternado ante el altar, los diez ordenandos, con alba blanca cruzada por la estola, se habían acercado al obispo, uno a uno, para que les impusiera las manos, materia del Sacramento del Orden. Luego, el oficiante había implorado el auxilio divino y recitado la larga oración consagratoria, había ungido las manos de los nuevos sacerdotes, y les había hecho entrega de la patena y el cáliz, momento a partir del cual ya podían concelebrar con el oficiante.

Por primera vez, con emoción profundísima, Josemaría había hecho descender a Cristo al altar pronunciando las palabras de la Consagración: Hoc est enim Corpus meum… Hic est enim calix Sanguinas mea: Esto es mi Cuerpo, éste es el Cáliz de mi Sangre. En el nombre de Cristo, en la persona de Cristo, acababa de llevar a cabo el Sacrificio del altar, del que vive la Iglesia entera.

Dos días más tarde, el lunes 30 de marzo, celebró su primera Misa solemne en la Capilla de la Virgen de la Basílica del Pilar. A causa del luto reciente, sólo habían asistido la familia y algunos amigos íntimos. Su tío, don Carlos Albás, arcediano de la catedral, había brillado por su ausencia. Tampoco se había dignado asistir al funeral de su cuñado, en Logroño, y cuando su hermana, doña Dolores, se había instalado en Zaragoza, con sus hijos, por deseo de Josemaría, les había reprochado que no le hubiesen pedido consejo…

Otra contrariedad le había hecho sentir ese grano de acíbar que amargaba un tanto sus mayores alegrías: como todo nuevo sacerdote, había soñado con dar la comunión a su madre antes que a nadie. Mas, he aquí que, en el momento en que se aproximaba, con la Sagrada Forma en la mano, una mujer se le adelantó y no tuvo más remedio que comenzar por ella”.

Ya sacerdote, estaba a disposición de su obispo, para desempeñar el cargo pastoral que éste quisiera confiarle. Dada su situación familiar -su madre y sus hermanos habían quedado a su cargo-, lo más normal habría sido que le hubiesen adscrito a una parroquia de la ciudad, pues así habría podido subvenir a sus necesidades, dando clases en sus horas libres. Sin embargo, a los tres días de su ordenación, sus superiores le pidieron que se trasladara a Perdiguera, un pueblecito situado a veinticuatro kilómetros al nordeste de Zaragoza, con objeto de reemplazar al párroco, que estaba enfermo.

Obedeció con prontitud, pero era evidente que había algo raro en esta medida, que tanto le perjudicaba…

Las experiencias de un cura rural

El Martes de Pasión, por la mañana, Josemaría había partido hacia Perdiguera, dispuesto a aprovechar esta primera ocasión de servir al Señor en su nuevo ministerio.

Poco a poco, las torres y las cúpulas del Pilar se habían ido difuminando tras él. El camino escalaba o contorneaba las colinas grises, salpicadas de vez en cuando por amarillas retamas en flor. Un pueblo. Una cartuja rodeada de olivos y viñedos. Más colinas, más tierras de labor y, a lo lejos, la silueta azulada de la Sierra de Alcubierre.

De pronto, apareció el pueblo, ligeramente en alto y como dormido en medio de campos de trigo y pastos para las ovejas. Era un pueblo pequeño y pobre que, sin embargo, tenía más de ochocientos habitantes. Las casas, encaladas, eran de uno o dos pisos como máximo. Ya en la plaza, un muchacho se acercó a saludarle y se ofreció a llevarle la maleta. Era el hijo del sacristán. Su padre estaba enfermo y le había rogado que fuera a recibirle. Procuraría ayudarle en los oficios de Semana Santa, bastante complicados para un sacerdote recién ordenado.

La iglesia, en lo más alto del pueblo, era grande y esbelta. Tenía una torre cuadrada y, arriba, una galería circular de estilo mudéjar, tan frecuente en Aragón.

Josemaría entró, se arrodilló en la nave central, y rezó ante el Sagrario, encuadrado por un retablo renacentista presidido por una imagen de la Virgen que parecía una matrona aragonesa y mantenía firme y erguido al Niño Jesús en su brazo izquierdo. Alrededor, escenas de la vida de Cristo y de su Madre. A la derecha, un confesionario tosco y pequeño, en el que era preciso inclinarse para entrar.

A1 principio, pasaría horas y horas en ese confesionario, esperando a unos penitentes que, poco a poco, empezaron a llegar: primero una viejecita, luego dos, luego tres… Un hombre que, por fin, se decidió y arrastró a otros…

Un día, sin embargo, en el porche, al salir escuchó, sin ser visto por los conversantes, un comentario que le hirió profundamente, hecho por un joven que charlaba con otros animadamente: “¡Cuidado con el nuevo cura! Si me descuido, me sonsaca todo.”

Se había tomado muy en serio su tarea. Todos los días celebraba una misa cantada; por la tarde, dirigía el rezo del Rosario, exponía el Santísimo y daba la bendición con Jesús Sacramentado; los jueves, había una Hora Santa. Y luego estaba la catequesis…

Los habitantes del pueblo le tenían afecto y él los trataba con toda confianza, visitándoles en sus casas. En sólo dos meses había visitado por lo menos una vez a todas las familias.

Hablaba con los enfermos, para animarles y acercarles a los Sacramentos, y estaba a su disposición día y noche.

La familia que le había hospedado le había instalado en la mejor habitación de la casa, a la derecha del pasillo, en el piso bajo, muy cerca de la cocina; era una alcoba de techo bajo, sencillamente amueblada, con una cama de metal rematada por unas bolas de cobre que se ponían a tintinear, con los adornos de la cabecera y de los pies, en cuanto se encaramaba en aquel lecho. Porque tenía que trepar, ya que, para hacerle el lecho más blando y agradable, habían acumulado varios colchones, mantas, colchas y edredones…

Lo que aquellos buenos campesinos no sabían era que don Josemaría dormía en el santo suelo casi todas las noches…

Había procurado no humillarles nunca y comer lo que le ofreciesen. Creyendo que le gustaba, le hacían engullir guisos demasiado grasientos, que le perjudicaban. ¡Cómo había engordado en aquellos dos meses!

Tenían un chiquillo de pocos años que se pasaba el día entero en el campo, con las cabras.

Éste, inopinadamente, le había dado una lección provechosa para su vida interior cuando, un día, para hacerle comprender la felicidad del cielo, le había preguntado:

-Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?

-¿Qué es ser rico? -había dicho el chaval.

-Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco…

-¿Y qué es un banco?

Don Josemaría había tratado de explicárselo de otra manera.

-Ser rico es tener muchas fincas y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. Después, ir a reuniones, cambiarse de traje tres veces al día… ¿Qué harías si fueras rico?

Los ojos del chico se iluminaron de repente.

-Si yo fuera rico, ¡me comería cada plato de sopas con vino!

A eso podían reducirse las ambiciones humanas: a tan poca cosa…

Sí, había aprendido mucho durante el par de meses pasados en aquel pueblo: la conmovedora respuesta de las almas sencillas cuando se les ofrecen los tesoros de los sacramentos de Cristo, el silencioso ánimo que proporciona el Señor desde el Sagrario e incluso los ruines cotilleos de que había sido objeto -como supo más tarde-, quizá porque pasaba rezando el tiempo que otros hubiesen dedicado a jugar a las cartas o a charlar con las “fuerzas vivas” del pueblo: el alcalde, el boticario, el secretario del Ayuntamiento… Había sabido que, para ridiculizarlo, le llamaban “el místico”, lo cual le había hecho recordar lo que decían algunos en el Seminario de Zaragoza, haciéndole sufrir mucho por la irreverencia hacia la Virgen.

Con todo, nunca olvidaría Perdiguera, con sus calles polvorientas, su iglesia maciza y esos caminos por los que paseaba a veces, dando un rodeo por los campos antes de recogerse en aquella casa de muros encalados…

Retorno a Zaragoza

El 18 de mayo de 1925, reclamado por su obispo, había regresado a la sede de la diócesis.

Durante los dos años que siguieron, había vuelto a visitar varias veces los pueblos de los alrededores para ayudar a sus párrocos. Su principal labor pastoral, sin embargo, estaba en Zaragoza. Así pudo vivir en casa de su madre y, una vez realizadas las tareas que le habían sido encomendadas -entre ellas la de capellán de la iglesia de San Pedro Nolasco-, proseguir sus estudios de Derecho por las tardes. En San Pedro, celebraba la Santa Misa a diario y tanto en esa iglesia, como en la Universidad, encontró nuevas oportunidades de hacer apostolado.

Pasaba muchas horas en el confesionario de San Pedro Nolasco y era muy amplia su labor de catequesis. Además, los domingos solía acompañar a un grupo de jóvenes estudiantes que daban clases de catecismo a los niños de un arrabal situado al suroeste de Zaragoza, por el barrio de Casablanca.

A comienzos de 1926, antes de obtener el título de Licenciado en Derecho, ya ganaba algún dinero dando clases en una academia que acababa de abrir un joven oficial del ejército: el Instituto Amado. Allí se preparaban los aspirantes al ingreso en la Academia militar -recientemente establecida en Zaragoza-, y se impartían otras enseñanzas relacionadas con diversas Escuelas o Facultades.

Además de una intensa labor sacerdotal, el estudio y la lectura ocupaban el resto de su jornada, ya llena de por sí, en especial por la oración y la administración de los sacramentos.

Sin embargo, seguía buscando, con creciente ansiedad, la respuesta a aquella pregunta siempre abierta: Señor ¿qué quieres de mí?

Desde el fondo de su capilla, en la basílica del Pilar, la Santísima Virgen escuchaba, día tras día, su incesante petición: Domina, ut videam!

Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda… ? Ignem veni mittere in terram (Lc. XII, 49), repetía una y otra vez, con el corazón rebosante de amor a Jesucristo. Lo decía, lo repetía e incluso lo cantaba cuando estaba solo, con música que se había inventado.

La terminación de sus estudios de Derecho, en enero de 1927, le permitió proyectar seriamente el trasladarse a Madrid. Allí podría hacer el doctorado, lo cual, en aquellos tiempos, era imposible en la Universidad de Zaragoza.

Desde la muerte de su padre, las relaciones con su tío, el canónigo, y con otros parientes, eran muy tirantes. Marchar a la capital suponía, desde luego, sumergirse en un ambiente desconocido, pero también abrirse a más posibilidades de servir a las almas y, tal vez, de descubrir ese camino más concreto al que el Señor le llamaba.

No había tenido ninguna revelación extraordinaria, ninguna llamada especial que influyera en su decisión. El Señor se había servido de su Providencia ordinaria. Tras sopesar detenidamente los pros y los contras, se había informado y había expuesto a su madre sus proyectos. Ésta, ajena por completo a la verdadera naturaleza de los presentimientos que habían impulsado a su hijo a hacerse sacerdote, se preguntaba cuál sería su futuro… Así pues, fue a pasar el verano a Fonz, en casa del tío Teodoro, en espera de que llegara el momento de reunirse con Josemaría en Madrid.

El 17 de marzo de 1927, el arzobispo de Zaragoza, Mons. Rigoberto Doménech, le había autorizado, por escrito, para que se trasladara a la capital con objeto de terminar allí sus estudios de Derecho.

3. “La barca de Pedro no se hunde”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Poco tiempo antes de celebrar sus bodas de oro sacerdotales ‑28 de marzo de 1975‑, Mons. Escrivá de Balaguer se dirigía a un grupo de socios del Opus Dei en estos términos:

Cuando yo me hice sacerdote, la Iglesia de Dios parecía fuerte como una roca, sin una grieta. Se presentaba con un aspecto externo que ponía enseguida de manifiesto la unidad: era un bloque de una fortaleza maravillosa. Ahora, si la miramos con ojos humanos, parece un edificio en ruinas, un montón de arena que se deshace, que patean, que extienden, que destruyen… El Papa ha dicho alguna vez que se autodestruye. ;‑Palabras duras, tremendas! Pero esto no puede suceder, porque Jesús ha prome­tido que el Espíritu Santo la asistirá siempre, hasta el final de los siglos.

¿Qué vamos a hacer nosotros? Rezar, rezar. Estoy seguro de que mis hijas y mis hijos, muchos miles de personas en todo el mundo, rezarán especialmente por las intenciones de mi Misa cuando celebre mis bodas de oro sacerdotales. Serán las de siempre: la Iglesia, el Papa, la Obra. Siempre doy estas tres pinceladas, aunque cada día haya unos coloridos diversos, unas vibraciones distintas, unas luces cuya intensidad va de aquí para allá. Pero el común denominador de mi petición al Señor es siempre el mismo: la Iglesia, el Papa y el Opus Dei.

Monseñor Escrivá de Balaguer esperó siempre en la Iglesia, a pesar de los pesares. Una vez confiaba a un Cardenal que, con mucha frecuencia, al recitar el Credo y afirmar su fe en la divinidad de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, añadía: a pesar de los pesares. Cuando el Cardenal le preguntó a qué quería referirse, le respondió: a sus pecados y a los míos.

Estaba firmemente persuadido de que es el Espíritu Santo quien gobierna la Iglesia. De ahí surgía su optimismo contagioso cuando la Barca de Pedro se veía zarandeada por dificultades aparentemente insuperables.

Vivió siempre una fidelidad plena al Magisterio, a todo el Magisterio de la Iglesia, y al carácter continuo y unitario de sus enseñanzas. Por eso, no era amigo del uso arbitrario ‑a veces, abusivo‑ del término postconciliar, olvidando ‑comentó alguna vez‑ que estamos en época postconciliar desde unos treinta años después de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo: desde el Concilio de Jerusalén, donde con aquella autoridad tremenda, con aquel atrevimiento humano y divino, los apóstoles dijeron: visum est Spiritui Sancto et nobis, nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros…

Siguió muy de cerca la marcha del Concilio Vaticano 11. Ante todo, con la oración por los frutos de la Asamblea ecuménica. Mucho antes de que empezara la primera sesión, pidió a todos los socios del Opus Dei que encomendasen al Espíritu Santo los trabajos conciliares, ofreciendo cada uno a Dios lo que quisiera, pero que rezasen mucho y a diario.

Todos supieron pronto del cariño, del amor a la Iglesia con que siguió desde el primer momento los trabajos de los obispos, de la Curia, de los peritos conciliares. Y entre sus primeras preocupaciones destacó pronto una, por encima de todas: su gran amor al Romano Pontífice.

Cuando en 1967 el director de la revista Palabra le dirigió un extenso cuestionario, quiso iniciarlo inquiriendo el sentido que daba al término aggiornamento, muy usado en aquellos años para referirse a la Iglesia. La respuesta de Mons. Escrivá de Balaguer resume toda su actitud de fondo, toda su esperanza, ante la misión de la Iglesia:

Fidelidad. Para mí aggiornamento significa sobre todo eso: fidelidad. Un marido, un soldado, un administrador es siempre tanto mejor marido, tanto mejor soldado, tanto mejor adminis­trador, cuanto más fielmente sabe hacer frente en cada momen­to, ante cada nueva circunstancia de su vida, a los firmes compromisos de amor y de justicia que adquirió un día. Esa fidelidad delicada, operativa y constante ‑que es difícil, como difícil es toda aplicación de principios a la mudable realidad de lo contingente‑ es por eso la mejor defensa de la persona contra la vejez de espíritu, la aridez de corazón y la anquilosis mental.

Lo mismo sucede en la vida de las instituciones, singularísi­mamente en la vida de la Iglesia, que obedece no a un precario proyecto del hombre, sino a un designio de Dios. La Redención, la salvación del mundo, es obra de la amorosa y filial fidelidad de Jesucristo ‑y de nosotros con Él‑ a la voluntad del Padre celestial que le envió. Por eso, el aggiornamento de la Iglesia ‑ahora, como en cualquier otra época‑ es fundamentalmente eso: una reafirmación gozosa de la fidelidad del Pueblo de Dios a la misión recibida, al Evangelio.

Es claro que esa fidelidad ‑viva y actual ante cada circuns­tancia de la vida de los hombres‑ puede requerir, y de hecho ha requerido muchas veces en la historia dos veces milenaria de la Iglesia, y recientemente en el Concilio Vaticano II, oportunos desarrollos doctrinales en la exposición de las riquezas del Depositum Fidei, lo mismo que convenientes cambios y reformas que perfeccionen ‑en su elemento humano, perfectible‑ las estructuras organizativas y los métodos misioneros y apostólicos. Pero sería por lo menos superficial pensar que el aggiornamento consista primariamente en cambiar, o que todo cambio aggiorna. Basta pensar que no faltan quienes, al margen y en contra de la doctrina conciliar, también desearían cambios que harían retro­ceder en muchos siglos de historia ‑por lo menos a la época feudal‑ el camino progresivo del Pueblo de Dios.

Esperanza y prudencia fueron dos virtudes que Mons. Escrivá de Balaguer puso especialmente en ejercicio a partir de los años sesenta, para vivir su lealtad a la Iglesia. Al término de la entrevista citada, subrayaba el optimismo cristiano, la gozosa certeza de que el Espíritu Santo hará fructificar cumplidamente la doctrina con la que ha enriquecido a la Esposa de Cristo; pues ese enriquecimiento doctrinal ponía a la Iglesia toda ‑al entero Pueblo sacerdotal de Dios‑ de frente a una nueva etapa, suma­mente esperanzadora, de renovada fidelidad al propósito divino de salvación que se le ha confiado.

Pero el optimismo esperanzado era inseparable de la prudencia, puesto que el momento no dejaba de ser delicado: muchas conclusiones teológicas tenían inmediatas y directas aplicaciones de orden pastoral, ascético y disciplinar, que tocan muy en lo íntimo la vida interna y externa de la comunidad cristiana ‑liturgia, estructuras organizativas de la Jerarquía, formas apostólicas, Magisterio, diálogo con el mundo, ecumenismo, etcétera‑ y, por tanto, también la vida cristiana y la conciencia misma de los fieles.

De ahí la necesidad de la prudencia por parte de quienes investigan o gobiernan, porque especialmente ahora podría hacer un daño inmenso la falta de serenidad y ponderación en el estudio de los problemas.

No es éste el lugar para describir la difícil situación que ha padecido la Iglesia en estos últimos tiempos. Aquí interesa más señalar cómo Mons. Escrivá de Balaguer no perdió nunca la alegría, la serenidad, la fe esperanzada en que Dios iría arreglando todas las cosas. Tampoco la prudencia, cuando como buen pastor de la extensa familia del Opus Dei, tenía que tomar disposiciones para cuidar de la salud espiritual de sus socios. Era consciente de la complejidad del problema, lo cual hacía con frecuencia más difícil discernir lo que es positivo y bueno ‑reales contribuciones al desarrollo de la ciencia teológica, deseos de auténtica vida cristiana y afanes apostólicos‑, de lo que constituye un grave atentado a la fe y a las costumbres.

Con auténtica y sabia vigilancia pastoral, ejercida a veces en términos realmente heroicos, impulsó en estos años la formación de los socios y asociadas del Opus Dei, en la doctrina común de la Iglesia ‑in libertate gloriae filiorum Dei‑, sin tener escuelas propias en las cuestiones que el Magisterio eclesiástico deja a la libre disputa de los hombres: fortes in fide, con rectitud de intención, con apertura y vigilancia, evitando extremismos o conformismos de cualquier tipo. Y sin miedo al ambiente y a las modas pasajeras: porque nuestro amor a la Iglesia, a la Obra y a las almas nos llevará a hacer una labor de criba que aprovecha lo bueno y deja lo demás, y a ir a veces, por lealtad a Jesucristo y a su doctrina, contra corriente.

Desde estos sólidos puntos de apoyo, la labor pastoral de Mons. Escrivá de Balaguer destacó por esas dos notas ya seña­ladas: optimismo y prudencia. Supo estar en su sitio, y condujo la Asociación con una seguridad vibrante, que encendía a las almas, difundía fortaleza, y aseguraba el buen camino, cuajado de frutos sobrenaturales.

En conversaciones privadas, o con miles de personas, su enseñanza infatigable confortaba los espíritus, removía los cora­zones, confirmaba la fe y ampliaba el horizonte apostólico. Como escribe el Profesor Kummer, de la Universidad de Viena, que estuvo con el Fundador del Opus Dei en febrero de 196$, “de todas sus palabras se desprendía un profundo amor a la Iglesia y al Papa, que fue lo que dio a la conversación su verdadero tono. Me impresionó mucho que, a pesar de la seriedad de sus palabras, éstas desprendían un optimismo contagioso: una postu­ra que, dado su conocimiento de la situación, no podía salir más que de su profunda unión con Dios. Al despedirme me sentía confirmado en la fe y movido a una mayor dedicación apostó­lica”.

Un conocido sacerdote, don Juan Ordóñez Márquez, publicó en un periódico de Sevilla, al día siguiente del fallecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer que había sido “posiblemente. El hombre a quien el Vaticano II poco o nada nuevo tuvo que decir, porque desde bien atrás ya venía andando sus caminos”.

Algo semejante apuntaría unas semanas después el Cardenal Primado de España, don Marcelo González Martín: “Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó él, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del postconcilio; y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moderno, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

“Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven alocadamente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin convertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también ‑como no puede ser menos‑ un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de María, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siempre para ser fieles”.

Y es que el Fundador del Opus Dei no se dejó llevar de superficialidades. Rechazó siempre la conveniencia ‑incluso, la posibilidad‑ de catalogaciones o simplificaciones del tipo “inte­grismo contra progresismo”. Al director de la revista Palabra le puntualizaba en 1967:

Esa división ‑que a veces se lleva hasta extremos de verda­dero paroxismo, o se intenta perpetuar como si los teólogos y los fieles en general estuvieran destinados a una continua orientación bipolar‑ me parece que obedece en el fondo al convencimiento de que el progreso doctrinal y vital del Pueblo de Dios sea resultado de una perpetua tensión dialéctica. Yo, en cambio, prefiero creer ‑con toda mi alma‑ en la acción del Espíritu Santo, que sopla donde quiere, y a quien quiere.

Tiempo después, al comienzo de 1974, el Fundador del Opus Dei estuvo con el Cardenal König,

Presidente del Secretariado pontificio para los no creyentes, que, en un artículo aparecido el 9 de noviembre de 1975 en el Corriere della Sera (Milán), se refirió a la conversación que mantuvieron entonces. El Cardenal König destacaba la “gran autoridad espiritual” de Mons. Escrivá de Balaguer, “su serenidad, su espíritu abierto que desarmaba, sus dotes de organizador, cualidades que iban unidas a una comprensión cariñosa de las preocupaciones y alegrías de las demás personas y a un celo ardiente por las cosas de Dios”.

Y en Il Veltro, Rivista della Civiltá italiana, aseguraba por las mismas fechas el Cardenal Pignedoli, Presidente del Secreta­riado para los no cristianos: “Sufría en su alma los sufrimientos de la Iglesia y se alegraba con sus gozos. Le dolía profundamente la actual desorientación de muchas almas, rezaba y trabajaba con renovado celo, y pedía oraciones. Tendía la mano `como un pobrecito de Dios, implorando la limosna de la oración’. Recor­daba incesantemente que este tiempo de tormenta, en el que el demonio, una vez más, zarandea como el trigo a la Iglesia de Dios (cfr. Lc. XXII, 31), es tiempo de plegarias y de reparación, porque cuanto más se extiende la insidia y la infidelidad tanto más necesario es buscar la intimidad con Dios en la oración y en la penitencia.

“Pero su fe no le permitía estar triste y menos aún desalen­tado. Ofrecía sus sufrimientos y toda su vida por la Iglesia y por el Papa y seguía trabajando contento ‑sembrador de paz y de alegría‑, lleno de optimismo, infundiendo a su alrededor seguridad y consuelo”.

Una vita per la Chiesa, tituló la revista milanesa Studi Cattolici al informar sobre la muerte de Mons. Escrivá de Balaguer. El titular quería compendiar el amor a la Iglesia que dio sentido a la vida del Fundador Dei Opus Dei; amor que fue siempre in crescendo hasta el final de sus días. Como escribía el 29 de junio de 1975 don Álvaro del Portillo, refiriéndose a la mañana del día 26: “Nos resistíamos a convencernos de que había fallecido. Para nosotros, ciertamente, se ha tratado de una muerte repentina; para el Padre, sin duda, ha sido algo que venía madurándose ‑me atrevo a decir‑ más en su alma que en su cuerpo, porque cada día era mayor la frecuencia del ofrecimiento de su vida por la Iglesia”. Y don Álvaro del Portillo, actual Presidente General del Opus Dei, continuaba: “Desde hace tiempo, el Padre, con una progresiva intensidad, ofrecía al Señor su vida y mil vidas que tuviera ‑añadía habitualmente‑ por la Iglesia Santa y por el Papa, sea quien sea. Este ofrecimiento era intención diaria de su Misa, era fervor continuo de su alma, era dolor de su corazón, era el desvelo de su vida”.

Quienes vivieron cerca de Mons. Escrivá de Balaguer estos últimos años saben de sus noches en vela, abrumado por noticias tristes de la vida de la Iglesia, que no le dejaban tranquilo, al pensar en las almas que podían perder la vida eterna. Fueron años ‑días y noches‑ de oración continua, de trabajo constan­te, de permanente y amoroso desagravio. Fue una época larga en que prescindió de su persona ‑de su honra, de su fama‑ para servir sólo y de veras a la Iglesia, pensando en las almas y en la gloria de Dios. Fueron tiempos en que sostuvo a los socios del Opus Dei como auténtico buen pastor. Puso en su oración, en su mortificación y en su trabajo apostólico un empeño que, aunque pueda parecer imposible, aumentaba de día en día, tanto en el aparente sosiego de Roma, como en sus meses de predicación por medio mundo. En estas horas de tempestad apuntaló la espe­ranza sobrenatural en la Iglesia:

El mar está un poco revuelto… ;Ya se aplacará, no os preocupéis! También yendo Jesús en la barca, la barca parece que se hunde. ;La barca de Pedro no se hunde!

“Así ‑evocaría don Álvaro del Portillo‑ hasta la última jornada, hasta las últimas horas que pasó en la tierra”. El 26 de junio de 1975, menos de dos horas antes de morir, el Fundador del Opus Dei urgía a las almas ‑en este caso, a las alumnas del Istituto Internazionale di Pedagogía de Castelgandolfo‑ a que crecieran en vida interior, para tratar a Dios y a su Madre bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia, y al Papa, cualquiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre.

5.”La raza de los hijos de Dios”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El Opus Dei nació geográficamente en España, pero, como su Fundador declaraba el 15 de abril de 1967 a Peter Forbath, corresponsal de Time, desde el primer momento la Obra era universal, católica. No nacía para dar solución a los problemas concretos de la Europa de los años veinte. Sin embargo, añadía a ese mismo periodista, la Obra nació pequeña: no era más que el afán de un joven sacerdote, que se esforzaba en hacer lo que Dios le pedía.

Mons. Escrivá de Balaguer empezó por recomendar continua­mente a los chicos que iba formando que estudiasen idiomas, para extender esta Obra nuestra a otros países, les repetía. Estudiar idiomas era un modo de aprovechar mejor el tiempo, sobre todo en los veranos. Además, con el conocimiento de otras lenguas se ampliaba la competencia en el propio trabajo profesional. Pero, por encima de todo, en esa recomendación latía la impaciencia por llevar el Opus Dei a todo el mundo.

Ya en los primeros meses de 1935, el Fundador iba preparando las cosas para trabajar en Francia, concretamente en París. Pero estalló la guerra civil española y luego la segunda guerra mundial, y hubo que aplazar esa expansión.

Sin embargo, incluso en medio de los avatares de la perse­cución religiosa en Madrid después del 18 de julio de 1936, don Josemaría, con su ilimitada confianza en Dios, escondido en diversos lugares, no cejaba en el empeño, y hacía que los que le rodeaban siguieran estudiando otras lenguas.

Lo mismo hizo en Burgos, donde vivió desde los comienzos de 1938 hasta abril de 1939. Seguía soñando con ir a nuevos países. Burgos es la ciudad castellana a que alude el punto 811 de Camino:

¿Te acuerdas? ‑Hacíamos tú y yo nuestra oración, cuando caía la tarde. Cerca se escuchaba el rumor del agua. ‑Y, en la quietud de la ciudad castellana, oíamos también voces distintas que hablaban en cien lenguas, gritándonos angustiosamente que aún no conocen a Cristo.

Besaste el Crucifijo s recatarte, y le pediste ser apóstol de apóstoles.

Apenas terminado el conflicto español, vino la guerra mun­dial. Hasta 1945 las actividades del Opus Dei tuvieron que centrarse casi exclusivamente en la Península Ibérica. Desde 1940 se inicia el trabajo en Portugal, y se hacen viajes a otros países. Al acabar las hostilidades, se comienza en Inglaterra, en Francia, en Italia, en Estados Unidos, en México. A partir de 1949 y 1950 los socios del Opus Dei llegan a Alemania, Holanda, Suiza, Argentina, Canadá, Venezuela y restantes países europeos y americanos. Al mismo tiempo el apostolado de la Asociación se va extendiendo a otros continentes: el norte de África, Japón, Kenya y otros países de East África, Australia, Filipinas, Nigeria, etc.

Era lógica la alegría íntima ‑el agradecimiento a Dios‑ de Mons. Escrivá de Balaguer, que manifestaba en 1966 al perio­dista Jacques Guillémé‑Brûion. de Le Figaro:

El Opus Dei se encuentra tan a gusto en Inglaterra como en Kenya, en Nigeria como en Japón; en los Estados Unidos como en Austria, en Irlanda como en México o Argentina; en cada sitio es un fenómeno teológico y pastoral enraizado en las almas del país. No está anclado en una cultura determinada, ni en una concreta época de la historia.

Cabe pensar también en su pena por las dificultades que debió afrontar en España y que sucintamente confiaba a Peter Forbath en 1967:

En pocos sitios hemos encontrado menos facilidades que en España. Es el país ‑siento decirlo, porque amo profundamente a mi Patria‑ donde más trabajo y sufrimiento ha costado hacer que arraigara la Obra. Cuando apenas había nacido, encontró ya la oposición de los enemigos de la libertad individual y de personas tan aferradas a las ideas tradicionales, que no podían entender la vida de los socios del Opus Dei: ciudadanos corrien­tes, que se esfuerzan por vivir plenamente su vocación cristiana sin dejar el mundo.

Y luego ‑ampliaba Mons. Escrivá de Balaguer‑, en su expansión internacional, el espíritu del Opus Dei ha encontrado inmediato eco y honda acogida en todos los países. Si ha tropezado con dificultades ha sido por falsedades que venían precisamente de España e inventadas por españoles, por algunos sectores muy concretos de la sociedad española.

En esa ocasión, al acabar la entrevista, Mons. Escrivá de Balaguer se adelantaba a cualquier malentendido o equívoco: no piense que no amo a mi país. Porque, en su corazón de cristiano, el patriotismo jamás nublaba su mirada abierta a horizontes sin límites. Como se lee en Camino:

Ser “católico” es amar a la Patria, sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por míos los afanes nobles de todos los países. ;Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y, lo mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses…, de americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo.

‑;Católico!: corazón grande, espíritu abierto (Camino, 525).

Movido por esta claridad ‑que era espíritu de Dios‑, muy pronto puso en marcha el Colegio Romano de la Santa Cruz: un centro de formación, en el corazón de la cristiandad, donde pudieran convivir personas del Opus Dei de todo el mundo, mientras estudiaban en los diversos Ateneos y Universidades de Roma. Allí aumentarían todos sus ansias de universalidad, para ser en el futuro ‑repartidos por el mundo‑ instrumentos de unidad.

Consumía al Fundador del Opus Dei el celo por la salvación de todas las almas. Ante el fuego que Cristo había venido a traer a la tierra, y que debía arder en los corazones, qué débiles se le aparecían las fronteras geográficas o políticas. Con su visión universal, descubría posibilidades apostólicas que a otros pasa­ban inadvertidas. Así sucedió con Brasil. Los miles de brasileños que le escucharon en 1974 no se esperaban el panorama apostólico que les presentó.

Su primera sorpresa fue que Mons. Escrivá de Balaguer, a los dos días de llegar a Brasil, comenzó a decirles que su patria era un continente, no una nación. Le había impresionado la amalga­ma de razas, de gentes que saben convivir, quererse. Y veía su proyección espiritual y apostólica en el mundo entero.

En diversos momentos de su estancia en aquellas tierras exclamaría: ¡El Brasil! Lo primero que he visto es una madre grande, hermosa, fecunda, tierna, que abre los brazos a todos, sin distinción de lenguas, de razas, de naciones, y a todos los llama hijos.

Como muestra de la fertilidad de aquella tierra, le contaron la anécdota de que en un sitio pusieron los maderos de una portería de fútbol, y les salieron ramas… Brasil tiene, como se sabe, infinidad de fuentes de riqueza que están por explotar. Ante ese panorama el Fundador del Opus Dei encarecía a los brasileños:

Hay mucho trabajo, mucha labor. Hay muchas almas buenas en el Brasil. Y vosotros tenéis en el corazón el fuego de Dios, el que Jesucristo vino a traer a la tierra. ;Hay que pegarlo a los otros corazones! Tenéis simpatía y bondad, capacidad humana r sobrenatural para hacerlo (…) Pues, ;hala!, a moverse, a multiplicarse y hacer muchas cosas buenas en esta tierra, que es tan feraz.

No se le ocultaban los problemas. Era consciente, por ejemplo, de las grandes diferencias sociales que hay en aquel país, como en el resto del mundo. Pero prefería poner el acento en lo positivo, porque sólo la caridad cristiana, el Amor, puede cambiar a las personas y borrar las injusticias.

En este país ‑razonaba con calor‑, abrís con naturalidad los brazos a todo el mundo, y lo recibís con cariño. Querría que eso se convirtiera en un movimiento sobrenatural, en un empeño grande de dar a conocer a Dios a todas las almas; de uniros; de hacer el bien no sólo en esta nación, sino, desde este gran país, a todo el mundo. ;Podéis! ;Y debéis! Y puesto que el Señor os da los medios, os dará también las ganas de trabajar.

Lo reiteraba en la fiesta de Pentecostés, dirigiéndose a varios miles de personas. Despacio, pronunciando las palabras con calma, como si temiese que la dificultad del idioma crease algún obstáculo para entenderlo:

Tenéis que hacer sobrenaturalmente lo que hacéis natural­mente; y después, llevar este afán de caridad, de fraternidad, de comprensión, de amor, de espíritu cristiano, a todos los pueblos de la tierra. Entiendo que el brasileño es y será un gran pueblo misionero, un gran pueblo de Dios, y que las grandezas del Señor las sabréis vosotros cantar en toda la tierra.

A los testigos presenciales les resulta difícil describir la impresión que estas palabras causaron en ellos, pues significaban un giro de ciento ochenta grados. Siempre habían pensado que el Brasil era tierra de misión y, en cambio, Mons. Escrivá de Balaguer lo dibujaba como un gran pueblo misionero, que debería llevar a otros países la riqueza sobrenatural de la Fe.

A un socio de la Obra, que es nissei ‑hijo de japonés, nacido en Brasil‑, le confiaría:

‑Cuando veo tu carita, me acuerdo de tu país ‑os quiero mucho a los japoneses‑, que es noble, grande, de hombres de

ciencia y de cultura, con sed de verdad y de Dios, y que están en la oscuridad del paganismo.

Y pienso en África. Aquí hay tantos de raza negra, con antepasados que han sido traídos injustamente de África… ;Qué bonito sería lograr que me salieran aquí muchas vocaciones de gente de raza africana, que quisieran volver a África! Aquí, con todo este sentido de nación, tenéis mucha más facilidad para hacer el ut eatis!

Ut eatis!, no sólo al gran continente brasileño. Ut eatis!, al Japón; ut eatis!, a África, que es un continente que nos espera con los brazos abiertos.

El Fundador del Opus Dei soñaba con que esos hombres, que habían llegado a Brasil por la fuerza de los acontecimientos históricos, pudieran volver a sus países de origen, por su propia voluntad, a llevar el amor de Cristo.

A lo largo de aquellos días, dio respuesta a muchas preguntas concretas, y abrió horizontes de apostolado, para que los socios de la Obra se planteasen cada día metas más exigentes en aquella nación y, desde allí, en el mundo entero:

En Brasil tenemos los católicos mucho que hacer, porque se ve gente necesitada de lo más elemental: de instrucción religiosa ‑hay tantos sin bautizar‑, y también de elementos de cultura corrientes. Los hemos de promover de tal manera que no se quede nadie sin trabajo; que no exista un anciano que se preocupe porque está mal asistido; que ningún enfermo se encuentre abandonado; que no haya nadie con hambre y sed de justicia y que no pueda saciarla.

Y después, desde esta plataforma maravillosa ‑proseguía con la mirada a lo lejos y la mano extendida‑, a atender las necesidades espirituales de Oriente, donde la gente es muy bien recibida, pero mejor aún si la cara ayuda, como suelen decir en: Sáo Paulo:

‑Luego si amamos de verdad al Japón, por ejemplo, y a la China ‑con sus grandes tradiciones milenarias, con su cultura imponente, con su arte, con su gracia, con su historia…‑, debemos desear que haya japoneses y chinos, formados aquí, formados en Filipinas, formados en Perú, formados en otros sitios, que voluntariamente quieran volver al país de origen de sus padres, para anunciarles la buena nueva de Cristo.

Con las gentes de África, muchos europeos ‑no todos, muchos‑ cometieron una maldad muy grande, que fue traerlos a la fuerza aquí, y en esclavitud. ;Eso es un crimen de la humanidad! ;Un auténtico crimen! Tenemos que reparar. Y el Opus Dei en eso puede mucho y Brasil puede mucho… Luego si salen muchas vocaciones (…), y van allá preparados para llevar a Cristo, serán mucho mejor recibidos. Desde el Brasil…

Luego, ¿todos? No, pero algunos, sí. También acudirán de otros países: ;marchan tan a gusto! Hay hijos míos en Filipinas ‑donde el Señor quiere consolar este pobre corazón de sacerdo­te, haciendo que se promuevan tantas vocaciones, tan abundan­tes y tan buenas‑ que al ver mi hambre de extender el reinado de Cristo, me dicen: no se preocupe, nosotros, con esta cara, podemos ir a todos los lados.

Fue un ritornello constante. Mons. Escrivá de Balaguer quiso dejarlo también plasmado en el acta de la consagración del primer altar que consagró en Brasil. Era el del oratorio de la sede central del Opus Dei en ese país. Desde que Pío XII le concedió facultad para consagrar altares, siguió siempre la costumbre de depositar un acta en el sepulcro del ara, en la que expresaba su petición durante la ceremonia. Aquel breve documento decía que mientras hacía esta consagración rogué intensamente a Dios Trino y Uno, por intercesión de Santa María, siempre Virgen, y de San José, Nuestro Padre y Señor, que nos haga buenos y fieles a sus hijos de esta Región brasileña y a mí, y siempre prontos a extender el Reino de Cristo Señor Nuestro por esta inmensa nación y también por otras, hasta las tierras más lejanas.

En la fiesta de Pentecostés, 2 de junio de 1974, miles de personas se congregaron en el Salón de Actos del Palacio Mauá de Sáo Paulo. Aquí veo ‑describía Mons. Escrivá de Balaguer­- gente de todos los países y de todas las lenguas, que también entienden la voz de Cristo. Realmente, el auditorio hacía extraordinariamente actual aquella primera fiesta de Pentecostés, en que los Apóstoles comenzaron a hablar de las magnalia Dei, de las maravillas de Dios, y les entendían en todas las lenguas. También ahora, gentes de muchas razas estaban pendientes de la doctrina de Cristo: negros y amarillos, cobrizos y mulatos, blancos de las más diversas tonalidades y tintes. En cada alma, esas palabras resonarían con eco distinto: el milagro de las lenguas se repetía, una vez más, en el hondón de los corazones.

Allí, el corazón universal del Fundador del Opus Dei sólo veía una raza: la raza de los hijos de Dios.

4. “Cada caminante siga su camino”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

La tarea de hacer el Opus Dei abrumaba a su Fundador: se sentía instrumento inepto y sordo, sin ningún medio humano Pero, con incalculable generosidad, supo dar todo de su parte para cumplir la misión que Dios le exigía. Y es importante com­probar también que las fatigas de su llamada específica en absoluto le hicieron perder la perspectiva de la Iglesia universal Mons. Escrivá de Balaguer queda para la historia come: figura muy alejada del “apóstol especializado”. Pues sintió como suyos los afanes de todos cuantos trabajaban por la Iglesia. Llevó muchas almas a la vida de oración, en la calle o en el convento; trabajó por los sacerdotes y los religiosos; amó con obras a la Jerarquía; toda su vida fue una entrega al servicio de la Iglesia entera.

Bien grabado quedó en el alma de una de aquellas chicas que sé confesaban con él en la iglesia de Santa Isabel, Natividad González: muchas veces le habló de amar a la Iglesia y al Papa con obras, de obedecer todos sus mandatos. Le explicaba que la Obra era y sería siempre muy romana, que tenía y tendría siempre a gala amar a la Iglesia santa, una, católica, apostólica y romana.

Asunción Muñoz, Dama Apostólica que contempló muy de cerca el quehacer del Fundador del Opus Dei entre 1927 y 1931, testimonia que “comprendió muy bien nuestro espíritu aun cuando luego él fundara el Opus Dei con un modo de buscar la santidad muy diverso. Habiéndole conocido, esto se explica con facilidad ya que él acataba todo lo bueno, todo lo grande, todo lo santo… Tenía un espíritu muy universal. Quería todo cuanto fuera para la Gloria de Dios. Y por eso nos conoció muy bien y nos ayudó muchísimo y nos tuvo un gran afecto”.

En 1933 prosiguió, de manera más organizada, como sabe­mos, su trabajo apostólico con la gente joven: círculos, medita­ciones y retiros, actos de devoción eucarística, etc. Desde el primer momento, cuando explicaba esas actividades a los que se incorporaban, les decía siempre que no se trataba de formar ninguna asociación: ya hay muchas y muy buenas, salía repetir. Se limitaba a ofrecer unos medios de formación, unas clases de doctrina cristiana que, de hecho y de derecho, eran compatibles con pertenecer o seguir perteneciendo a cualquier asociación de las que entonces existían. Esta actitud no era táctica, sino pura consecuencia de su espíritu abierto, universal, católico, que se alegraba ‑se alegraría toda su vida‑ con las manifestaciones de celo de los demás.

El P. Sancho, O. P., regresó de Manila en 1935. Le interesaba en aquella fecha de modo especial el apostolado con los jóvenes. Conoció entonces a las Teresianas, y a la señorita Segovia, que le habló un dio de don Josemaría. El P. Sancho reconoce el afecto con que el Fundador del Opus Dei ayudó a esta Institución, y cómo bendecía a Dios ante cualquier apostolado del que tuviera noticia: “No fue jamás exclusivista, tenía un espíritu muy amplio, un celo infatigable por todas las almas”.

Después de la guerra de España, el propio P. Sancho tuvo ocasión de volver a comprobar de cerca ese espíritu. Por entonces surgieron distintos grupos apostólicos. Algunos, promovidos por sacerdotes seculares; otros, por religiosos, que comenzaron a trabajar con seglares. Al P. Sancho no se le ha olvidado la alegría de Mons. Escrivá de Balaguer ante esas iniciativas: “Siempre decía: mientras más personas haya que sirvan a Dios, mejor”.

Al Fundador del Opus Dei le correspondía ser, como tantas veces se ha apreciado, “pionero de la espiritualidad laical”. Pero era tal la fuerza de su palabra y de sus escritos, la riqueza de doctrina que el Espíritu Santo le imprimía que, en la práctica, ha hecho un bien enorme, no sólo a miles de personas de la calle, que descubrían a Dios en medio de sus afanes más ordinarios, sino también a religiosas y religiosos, consagrados de por vida a Dios lejos del mundo, por caminos que no pueden ser más diversos que los del Opus Dei.

La fidelidad a Cristo conoce, en la historia como en el presente, una notable variedad de situaciones personales e insti­tucionales, que muestran el carácter católico, universal, de la Iglesia, sin que haya necesariamente entre esas instituciones relación de continuidad. Por encima de las diferencias, hay siempre un denominador común radical: el mensaje del Evange­lio. Mons. Escrivá de Balaguer subrayó siempre ‑como elemen­to decisivo‑ que, para ser santos en medio del mundo, los laicos debían aprender a llevar vida contemplativa, a tener presencia de Dios en las circunstancias normales propias de los fieles co­rrientes.

El espíritu contemplativo es el hilo conductor que, en buena medida, explica que el Fundador del Opus Dei entendiera muy bien la vocación ‑con manifestaciones tan distintas‑ de otras personas. Un hermano profeso de la Cartuja de Aula‑Dei (Zara­goza), Hugo María Quesada, atestigua cómo desde mayo de 1942 acudió todas las semanas a la dirección espiritual de don Jose­maría hasta su ingreso en la Cartuja de Miraflores. Le fue ayudando a tener presencia de Dios, a ver la oración como un diálogo, sencillo y familiar, con Dios, a ser mortificado en lo ordinario y en lo extraordinario… Le ayudó, en suma, a madurar su vocación, para que su entrada en la Cartuja no fuera fruto de un entusiasmo pasajero. Y por fin, vete, le dijo, que el Espíritu Santo te lleva por esos caminos. El hermano Hugo María re­cuerda con agradecimiento aquel consejo, y conserva un ejemplar de Camino dedicado, que “continúa haciéndome bien en mi vida en la Cartuja”.

Desde su Monasterio de Valencia, sor María Rosa Pérez, monja clarisa, afirma que los escritos de Mons. Escrivá de Balaguer, “llenos de un profundo contenido espiritual, han sido una valiosa ayuda en las distintas épocas de mi vida, tanto en mi vida seglar como actualmente en mi vida consagrada. Todos ellos reflejan la grandeza de su alma, su profunda fe y extraordinaria confianza en Dios”.

En la carta que el 21 de agosto de 1975 escribe sor María Jesús Rodríguez Cuervo, Abadesa del Monasterio Cisterciense de Santa María de los Ángeles (Oviedo), reconoce que las obras Dei Fundador del Opus Dei le ayudan a vivir su vocación contem­plativa y a ser fiel al espíritu de la Regla de San Benito.

Y la Superiora del Monasterio de la Visitación de Santa María, también de Oviedo, sor Teresa J. García de Samaniego, se expresa en términos parecidos. Leen y meditan los escritos del Fundador del Opus Dei. Alguna religiosa del Monasterio afirma que le debe mucho de su vocación. Todas ven en sus homilías un fermento de vida sobrenatural, de fe y de esperanza, de serenidad y de alegría. Para una hermana del Monasterio, invidente desde hace años, la edición de Camino en método Braille es recurso permanente para su oración y su vida de piedad. Sor Teresa concluye: “La espiritualidad de este Fundador es universal. Es la espiritualidad de un hombre de Dios”.

La amplitud de miras del Fundador del Opus Dei no conocía reservas. Movido por el Amor de Dios, quería que toda la gloria fuese para Él y para su Iglesia. Por eso, ante cualquier llama que se encendiera en servicio apostólico, su actitud era de apoyo decidido, en lo que pudiera estar en su mano. Cuando menos, de alegría y de oración, como escribió en Camino:

Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados. ‑Y pide, para ellos, gracia de Dios abundante y correspon­dencia a esa gracia (Camino, 965).

Le encantaba que en la Iglesia hubiera muchos caminos:

Debe haberlos: para que todas las almas puedan encontrar el suyo, en esa variedad admirable (Camino, 964).

Pero como había sufrido el dolor de la incomprensión de algunos, arrastrados por la tentación de la envidia ‑la celoti­pia‑, que aparece ya entre los primeros discípulos de Jesucristo, formó, desde el primer momento, a los que venían a su lado en la idea de que se dedicasen a su tarea, sin modificar en nada a otros que también trabajaban por Dios:

Es mal espíritu el tuyo si te duele que otros trabajen por Cristo sin contar con tu labor. ‑Acuérdate de este pasaje de San Marcos: “Maestro: hemos visto a uno que andaba lanzando demonios en tu nombre, que no es de nuestra compañía, y se lo prohibimos. No hay para qué prohibírselo, respondió Jesús, puesto que ninguno que haga milagros en mi nombre, podrá luego hablar mal de mí. Que quien no es contrario vuestro, de vuestro partido es” (Camino, 966).

Poco después de la guerra de España dirigió unos días de retiro para estudiantes en Burjasot (Valencia). El edificio había sido cuartel de milicianos o cosa parecida. Quedaban aún letreros en las paredes, aunque habían quitado muchos. Quiso que dejasen uno que decía “Cada caminante siga su camino”: venía a ser todo un lema del espíritu abierto que caracterizaba su acción apostólica.

A lo largo de su vida, tuvo muchas ocasiones de confirmar, con los hechos, que había incorporado a su conducta ese espíritu evangélico. Uno lo refirió, en sus líneas generales, el Obispo de Ciudad Real. Don Juan Hervás promovió un gran movimiento de renovación cristiana y de apostolado laical, los conocidos Cursi­llos de Cristiandad, que tuvieron pronta y rápida expansión. Pero, como tantas veces sucede, se desató una tremenda tempes­tad contra él. Hacia 1957 fue a desahogarse con su amigo don Josemaría, a quien había tratado antes de 1936, cuando don Juan consagraba su recién estrenado sacerdocio a la naciente Acción Católica.

Los tiempos habían cambiado. Pero el diálogo fue tan fácil y cordial como entonces. “Sus palabras, breves y certeras ‑escribe Monseñor Hervás en 1975‑ me reconfortaron mucho en una hora ciertamente difícil para los Cursillos de Cristiandad. Y recuerdo también la insistencia con que recalcaba, dándome la sensación de que volcaba en mí su propia alma: amor a los que no nos comprenden, oración por los que juzgan sin querer

enterarse, atención a la voz de la Iglesia y no a los rumores de la calle, un corazón limpio de amarguras y resentimientos”.

“De este modo providencial e imprevisto aquel hombre de Dios, como no dudo en llamarlo, influyó para alentar una empresa que no era su empresa y volcó caridad y comprensión sobre un método de espiritualidad y apostolado laical que iba por caminos distintos de los suyos”.

Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados (…) Después, tú, a tu camino: persuádete de que no tienes otro.

Así termina aquel punto 965 de Camino, citado poco antes.

Esto exige centrarse cada uno en su propia tarea, con su espíritu peculiar, y con veneración y comprensión hacia los demás, sin injerencias, ni coordinaciones o planificaciones superfluas.

No obstante, cuando fue necesario, el Fundador del Opus Dei trabajó ‑o hizo trabajar‑ en favor de organizaciones o movi­mientos apostólicos que obedecían a principios o modos de hacer diversos a los de la Obra.

Así sucedió, por ejemplo, con la Acción Católica Española, en la postguerra. Cuando en 1949 el Obispo de Madrid le pidió un sacerdote al Opus Dei para nombrarlo consiliario de la Juventud Universitaria de la Acción Católica madrileña, le dio varios nombres para que el Obispo eligiera. Debió costarle, porque eran aún muy pocos los sacerdotes del Opus Dei y abundantes las

propias necesidades apostólicas. Pero lo que aquí nos interesa ahora es que, cuando comunicó a don Jesús Urteaga que iba a recibir ese encargo diocesano, le expresó ‑con toda claridad­- su deseo terminante de que trabajase siguiendo el propio espíritu de la Acción Católica.

Idéntico consejo dio siempre a las personas de Acción Católica que acudieron a su dirección espiritual. Lo testimonió públicamente, en el diario ABC de Madrid, hacia 1964, Alfredo López, que había sido presidente de Acción Católica Española en 1953. Otro amigo, Manolo Aparici, “el inolvidable presidente y consiliario de la Juventud de Acción Católica”, le había presen­tado a don Josemaría en 1939. El público y reconocido testimonio de don Alfredo López concluía así: “De labios del Fundador del Opus Dei oí yo muchas veces a lo largo de los años en que le traté estas palabras: Ama mucho a la Acción Católica. Yo la amé y la serví y la sigo amando, es cierto, pero a la vez una inquietud se apodera de mí cuando esto recuerdo. Porque si yo hubiera cumplido los deberes de mis cargos, como Mons. Escrivá de Balaguer quería que los hubiese cumplido, mi aportación a la Acción Católica hubiera tenido una perfección que en ocasiones le faltó”.

Alfredo López había tenido ocasión de comprobar muy de cer­ca el corazón grande Dei Fundador del Opus Dei, su pecho “abier­to de par en par para todo lo que es noble y limpio en la vida”. Pudo vislumbrar el único interés de su vida, la búsqueda de la santidad, “porque es un hombre que ama de veras a Jesucristo y está empeñado en llenar el mundo de este amor”. Y entre los de su propia familia, Alfredo López calibrará también que, para don Josemaría, todos los caminos llevan a Dios: “Con una comprensión tan certera de la vocación laical, tan amante de su propia vocación de sacerdote diocesano, sabía también compren­der y amar la vocación, tan distinta, de los religiosos y descubrir sus señales en las almas que trataba, cuando Dios las quería fuera del mundo. Él bendijo y confirmó en tal camino a una hija mía, que sabía de memoria, de tanto leerlos, muchos trozos de Camino, y hoy es religiosa de la Asunción”.

Como reflejó el obispo dimisionario de Santander, en La Gaceta del Norte (Bilbao), “Monseñor Escrivá era un hombre de ideas al mismo tiempo universales y concretas. Vivió el evangelio, la `letra del evangelio’ y su espíritu. Amó a la Iglesia, a la obra de Cristo, a la institución, sin distinción de tiempos, a la Iglesia de Pablo VI, como a la de Juan XXIII, recibiendo con la misma veneración las enseñanzas del Concilio Vaticano, segundo o primero, como las del Concilio de Trento. Este espíritu eclesial se transparenta en todos sus escritos, en `Camino’, ruta segura de espiritualidad, como sobre todo en sus `Homilías’, (conde se desarrolla con amplitud la idea de la presencia constante de Cristo en su Iglesia, y de la Iglesia en el mundo, proyectando la verdad evangélica sobre el quehacer humano integral”.


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