Madrid. El crisol del dolor

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El 19 de abril de 1927 se trasladó a Madrid, con permiso de su Arzobispo, para hacer el doctorado en Derecho. Pero, como señala Pedro Rodríguez, en la realidad profunda es Dios quien lo llevó a esa ciudad para darle a conocer su Voluntad.

En Madrid, el tiempo que pensaba dedicar a la tesis cedió pronto ante el reclamo de las almas, y a partir de junio de aquel mismo año comenzó a trabajar como capellán del Patronato de Enfermos, una institución de beneficencia dirigida por unas religiosas, las Damas Apostólicas. Iba a enjugar lágrimas, a ayudar a los que necesitaban ayuda, a tratar con cariño a los niños, a los viejos, a los enfermos; y recibía mucha correspondencia de afecto y alguna que otra pedrada.

Gastó en estas tareas los mejores años de su juventud: Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada.

No olvidaría nunca la miseria de las corralas madrileñas, donde se hacinaban familias enteras en cuartos insalubres y minúsculos. Ni los estragos de la tuberculosis, entonces incurable. Y aquellos niños de los suburbios, vestidos con harapos, que temblaban de frío entre el fango y los desperdicios. Dedicó muchos, muchos millares de horas a confesar niños en las barriadas pobres de Madrid. Hubiera querido irles a confesar en todas las grandes barriadas más tristes y desamparadas del mundo. Venían con los moquitos hasta la boca. Había que comenzar limpiándoles la nariz, antes de limpiarles un poquito aquellas pobres almas.

Seguía rezando por aquel querer divino, aún desconocido: Cuando yo tenía barruntos y no sabía lo que era, decía gritando, cantando, ¡como podía!, unas palabras (…) he venido a poner fuego en la tierra, ¿y qué quiero sino que arda? Y la contestación: (…) aquí estoy, porque me has llamado.

Madrid, septiembre de 1934

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Con emoción creciente, escuchan doña Dolores y Carmen lo que Josemaría les explica reposadamente, aunque sin disimular el fuego que le consume.

Les habla con claridad de ese querer divino que se le ha manifestado el 2 de octubre de 1928 y que tiene que llevar a cabo poniendo en ello todo su empeño. Les explica los fines de la Obra, el espíritu que la anima, las inmensas perspectivas apostólicas que abre…

Ellas, de pronto, comprenden el porqué de muchas cosas que, desde 1928, se les escapaban por completo.

Josemaría, entonces, les comunica la razón por la que les ha contado todo eso: se trata de vender las propiedades de Fonz, heredadas a la muerte de su tío paterno. Con lo que se obtuviera, se podrían sufragar los gastos de la Residencia que piensa abrir en octubre…

Es plenamente consciente que lo que acaba de proponer a su madre y a su hermana supone un acto excepcional de desprendimiento, y también de fe. Desde la muerte de su padre, él es el cabeza de familia y apenas tiene recursos para sacarla adelante; su hermano sólo tiene quince años y está estudiando el bachillerato. Lo que les pide es, pues, pura y simplemente, renunciar a su patrimonio…

Ha dudado mucho antes de sugerir a los suyos un sacrificio semejante, pero no ve otro camino para llevar adelante lo que Dios quiere…

No ha subestimado su generosidad. Con su consentimiento, dado en el acto, podrán instalar la residencia y amueblarla.

El proyecto toma cuerpo

Antes de comenzar las vacaciones de verano, había pedido a los estudiantes que frecuentaban la Academia que no se olvidasen, durante esos meses estivales, de rezar por él y para que el apostolado en el que participaban pudiera cumplirse al comienzo del nuevo curso escolar. También les había dado útiles consejos para que durante los meses de descanso que iban a pasar con su familia no sólo no descuidasen la vida interior, sino que progresaran en ella. Finalmente, les había rogado que le escribieran.

Nada más recibir las primeras cartas, en julio, les había respondido enviando a cada uno unas hojas en multicopista en las que daba noticias de todos los demás. Era una manera de mantener la unión entre ellos.

Iban encabezadas, siempre, por unas palabras de su puño y letra: “Por fin… ¡ahí van unas noticias! Se han recibido vuestras cartas y merecéis mi felicitación cordial -a todos- porque veo que no se os olvidan mis consejos: os portáis como debe portarse un cristiano. Hay vida de piedad y de trabajo en vuestros planes de verano: éste es el buen camino. Que perseveréis y que no tengáis pereza a la hora de escribir a esta casa”.

Mientras tanto, los primeros miembros de la Obra se ponen a buscar piso -como ya lo habían hecho el verano precedente- y hacen cábalas sobre la futura organización de la residencia y su sostenimiento económico.

Este último aspecto era el más problemático. Isidoro se había trasladado a Madrid para estudiar el asunto con don Josemaría, y habían llegado a la conclusión de que era preciso que tuviera al menos veinte plazas para que no resultase francamente deficitaria.

En agosto, habían encontrado lo que andaban buscando: tres pisos, en la tercera y cuarta planta de un inmueble de la calle de Ferraz 50, muy cerca del Parque del Oeste.

Con ayuda de todos, hacen la mudanza en el mes de septiembre, llevándose los muebles de la calle de Luchana. Ricardo, que acaba de terminar sus estudios de arquitectura, se ocupa de la instalación, bajo la dirección de don Josemaría, y pide al Ayuntamiento la correspondiente licencia para la Academia-Residencia, en calidad de director técnico. Don Josemaría será sólo el director espiritual.

La Academia DYA queda instalada en la cuarta planta y la Residencia propiamente dicha en los dos pisos de la tercera. Pero quedan muchos problemas por resolver, entre otros el sostenimiento económico de la tarea, necesariamente deficitaria al principio, mientras la Residencia no se llene.

Para redondear el dinero que el Padre ha conseguido gracias a la generosidad de su familia, los miembros de la Obra recaban ayudas de sus amigos, explicándoles la labor de formación que se llevará a cabo en aquel centro. Muchos responden con prontitud, a pesar de la inquietud política que reina por entonces. Algunas familias se han ausentado de Madrid, por temor a los disturbios.

Todos se lanzan a buscar residentes, pero a finales de octubre sólo han conseguido uno fijo. No pueden contar con los estudiantes de la Academia DYA en los años precedentes, pues los de Madrid viven con sus familias y los de provincias han retrasado su regreso, en espera de que la capital recobre la calma. Porque el 3 de octubre de 1934, varios movimientos de extrema izquierda han desencadenado una huelga general para presionar al gobierno de centro-derecha formado tras las últimas elecciones. El 19, el Ejército interviene en Asturias, donde la situación ha degenerado en guerra revolucionaria.

En enero de 1935, el número de residentes es sólo de ocho, pero el Padre confía en que la Residencia acabará por llenarse y se resolverán los problemas económicos. Tanto más en cuanto que cuenta con un nuevo apoyo en el Cielo: San Nicolás de Bari, un santo obispo que había tenido la feliz idea de depositar una suma de dinero en la ventana de una casa donde vivían tres jóvenes que no podían casarse por falta de dote.

Si me sacas de esto, te nombro patrono, le había dicho mentalmente un día, tiempo atrás, mientras se disponía a celebrar la Santa Misa en la iglesia de Santa Isabel. Pero, ya antes de subir al altar, se había arrepentido de su falta de confianza: y si no me sacas, te nombro igual…

La oración y la mortificación siguen siendo, para él, los medios más eficaces de lograr lo que se propone. Por eso, continúa haciendo penitencias extraordinarias, todavía con más intensidad. Ricardo, cuando está en su habitación, tiene que taparse los oídos para no oír el sordo golpeteo procedente del cuarto de baño. Sabe que es, durante un tiempo que se le hace interminable, el ruido que hacen las disciplinas que se aplica el Padre.

Una nueva base de partida para el apostolado

Aunque poco brillante, la situación de la Residencia va mejorando lentamente. Hasta finales de marzo, los esfuerzos se concentran en la instalación del oratorio. Todo el mundo pone manos a la obra, empezando por el Padre.

El 13 de marzo, don Josemaría solicita al obispo autorización para abrirlo. Dice Misa en ese lugar, por primera vez, el 31, cuarto domingo de Cuaresma. Irradiando felicidad, dirige unas palabras a los asistentes antes de la Comunión.

Unos días más tarde, el 2 de abril, escribe al Vicario general de la diócesis: el domingo pasado se celebró la Santa Misa, en el Oratorio de esta Casa, y se quedó Su Divina Majestad Reservado, dejándonos bien cumplidos los deseos de tantos años (desde 1928).

Es el primer sagrario de un Centro del Opus Dei, eslabón inicial de una larga cadena que recubrirá la tierra entera.

El Padre invita a los estudiantes a acercarse confiadamente al Señor, presente en la Eucaristía, a visitarle con frecuencia en ese sagrario, donde Él les espera desde hace veinte siglos. Les enseña también a amar la liturgia, cuyo rigor lleva a Dios (…), acerca a Dios; a penetrar en el sentido profundo de los ritos, a entonar correctamente el canto gregoriano (un sacerdote amigo suyo les enseña).

Desgraciadamente, los residentes no abundan. En abril, todavía son sólo catorce. Con gran dolor de su corazón, ha tenido que decidir, dos meses antes, dejar el cuarto piso y concentrar en el tercero la Academia y la Residencia. Se lo ha comunicado a los miembros de la Obra en el oratorio, para no desanimarlos. En la vida -les dice-, es preciso esquivar las dificultades y, a veces, retroceder para saltar mejor. Es el momento de reforzar la fe, de rezar más, de crecer por dentro, en espera de que los obstáculos se allanen. La gracia del Señor no te ha de faltar: “inter medium montium pertransibunt aquae!” -¡pasarás a través de los montes!-. ¿Qué importa que de momento hayas de recortar tu actividad si luego, como muelle que fue comprimido, llegarás más lejos que nunca soñaste?

Todos intensifican sus esfuerzos para llevar amigos a la Academia. Ese es, ciertamente, el tema de su oración.

No tardan en acudir los estudiantes, ganados por el ambiente de aquel piso modesto, pero agradable. Colaboran en la instalación, transportan muebles, hacen arreglos… y, en consecuencia, se convierte en su casa. Por eso vuelven y llevan a sus amigos.

A todos se les anima a progresar en la vida interior, de la que el apostolado no es más que una consecuencia. El Padre les recomienda vivamente la lectura de una obra de Dom Chautard, El alma de todo apostolado, que desarrolla este tema, y les incita a rezar, a transformar sus horas de estudio en oración y a acercar sus amigos a Dios.

Algunos encuentran así su vocación a la Obra: otros aprenden a aprovecharse de esta espiritualidad, tan rica en contenido, con arreglo a su generosidad. Porque el apostolado del Opus Dei es amplísimo. ¡Nos interesan todas las almas! repetirá el Fundador con frecuencia. Y también: No hay alma que no interese a Cristo. Cada una de ellas le ha costado el precio de su Sangre.

En su predicación y en la dirección espiritual se muestra exigente y preciso, sin andarse por las ramas. Sus palabras, llenas de fuerza, se dirigen a todos: a los que tienen vocación matrimonial (en aquella época, tal expresión resulta sorprendente) y a aquellos otros a quienes el Señor les pide algo más. A los primeros les aconseja que se pongan bajo la protección del arcángel Rafael, para que les conduzca a un matrimonio con una mujer buena, y guapa y rica -dice sonriendo-, como la Biblia afirma que lo hizo con el joven Tobías. También algunos de ellos podrán recibir algún día la vocación a la Obra, cuando llegue el momento de poder admitirlos. Porque, teniendo siempre ante sus ojos lo que ha visto el 2 de octubre de 1928, don Josemaría ha comenzado a redactar, en mayo, un escrito en el que explica cuáles serán las líneas generales de la labor apostólica de estos hombres y mujeres casados, llevando en todo la misma vida que los demás ciudadanos, porque eso son, e iluminando con la luz de Cristo la vida profesional, familiar y social; todas las actividades humanas, en suma; todos los ambientes, todos los ámbitos en que los hombres actúan y se reúnen.

La formación de los primeros

Por el momento, sin embargo, concentra su labor, sobre todo, en los que son susceptibles de responder a la llamada al celibato apostólico, pues tales vocaciones son indispensables para que el Opus Dei pueda recibir su primer impulso, ya que su disponibilidad será plena, poniendo al servicio de la Obra toda su vida, todo su tiempo.

Pero, ¿qué hacen estos primeros miembros del Opus Dei?, se preguntan algunos. ¿A qué se dedican?

En realidad, no hacen nada especial, al menos en apariencia. Nada, que les distinga de sus compañeros de estudio o de sus colegas. Porque precisamente eso es lo propio de su vocación: ser ciudadanos iguales que los demás, que llevan el espíritu cristiano a su ambiente, sin espectáculo, sin declaraciones solemnes y sin ocultar, por otra parte, que la fuente de su alegría y de su dicha está en haber encontrado a Dios y haberle entregado todo. Luego, partiendo de esa base, santificar sus ocupaciones ordinarias, procurar hacer partícipes a sus amigos, a sus familias y a las personas que Dios coloca en su camino, de esas riquezas divinas. Así, con el trato constante, en las conversaciones con los amigos, éstos descubren la gran aventura espiritual del Cristianismo y entran por caminos de oración y de amor.

Sed hombres y mujeres del mundo, pero no seáis hombres o mujeres mundanos. Permaneced muy unidos al Señor por la oración (…), llevad un manto invisible que cubra todos y cada uno de vuestros sentidos y potencias: orar, orar y orar; expiar, expiar y expiar.

No hay otro secreto. Lo que pasa es que algo tan sencillo como esto es ese punto de apoyo que reclamaba Arquímedes para mover el mundo…

Pero cualquier cristiano puede hacer eso, dirán algunos. Desde luego. ¡Pero hay que hacerlo! Hay que buscar la santidad de veras, con heroísmo, sin contentarse con medias tintas: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto…” (Mat V, 48). Don Josemaría proclama, porque está convencido de ello, que esta llamada de Cristo va dirigida a todos y no sólo a aquellos que han recibido una vocación de alejamiento del mundo: Cualquier trabajo digno y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino (…). Para amar a Dios y servirle, no es necesario hacer cosas raras.

Entre los que rodean al Padre, algunos deciden responder generosamente a esta llamada, que no implica, en absoluto, renunciar a la propia vocación profesional. Al contrario, encuentran en el Opus Dei estímulo para desarrollarla y perseverar en esa tarea, gracias a esa espiritualidad propia que les transmite el Fundador. Por eso, el compromiso que les pide es serio. Hay que madurarlo… Y también por eso, las vocaciones llegan lentamente, una a una.

Otras dos vocaciones

Con todo, la oración, la penitencia y el apostolado del Padre van dando sus frutos. En enero de 1935, un alumno de la Escuela Especial de Ingenieros de Caminos de Madrid presenta al Padre uno de sus compañeros de estudios, Álvaro del Portillo. Previamente, le había invitado a visitar a los pobres en su compañía y a dar clases de catecismo a los niños.

La entrevista de Álvaro con el Padre es bastante breve. Resulta que una de sus tías había conocido a don Josemaría en el Patronato de Enfermos y el Fundador de la Obra le había preguntado si no habría en su familia o en la de sus amigas, jóvenes capaces de interesarse por el ideal que quería promover en todas las capas sociales. Ella, entonces, le había hablado de ese sobrino suyo, al que quería mucho. A partir de ese momento, el Padre había empezado a pedir por él, sin conocerlo.

A Álvaro le sorprende el interés y el cariño, desbordante de simpatía, con que le trata aquel sacerdote. Sin embargo, no vuelven a verse hasta varios meses más tarde, ya que, aunque concierta con él una nueva cita, un obstáculo de última hora le impide acudir.

El 6 de julio, antes de irse de vacaciones, Álvaro del Portillo decide despedirse de don Josemaría, cuya personalidad tanto le había impresionado, a pesar de la brevedad de la primera entrevista.

Esta vez, la conversación se alarga. El Padre le habla de la santificación en medio del mundo, de la dimensión sobrenatural del trabajo, medio incomparable de acercarse a Dios y de acercar a los demás.

Al día siguiente, Álvaro asiste a un retiro espiritual al que le ha invitado el Padre. Es una experiencia nueva para él, porque nunca había participado en tal género de actividades. El vigor con que predica don Josemaría le causa un gran impacto. Sin esperar siquiera una indicación del Padre, un miembro de la Obra le toma aparte y le sugiere, sin andarse con rodeos, que se entregue de por vida al servicio de Dios en el Opus Dei.

La sorpresa de Álvaro es grande, pues no esperaba que le hiciesen una proposición semejante, en un momento de su vida en el que se le abría un porvenir que ya tenía trazado. Sin embargo, decide responder positivamente, sin dilaciones, a lo que se le presenta como una llamada divina semejante a la que Cristo dirigió a los pescadores que reparaban sus redes a la orilla del mar de Galilea. Y se lo comunica enseguida al Padre.

Tres domingos más tarde, el 28 de julio, también tras un retiro espiritual, llega otra vocación. Se trata de un muchacho de rostro abierto, alumno de la Escuela de Minas: José María Hernández de Garnica. Un buen día había aparecido por la Academia DYA, elegantemente vestido. El Padre le había acogido cordialmente y, sin más explicaciones, le puso a trabajar… José María se encontró en mangas de camisa, con un martillo en la mano, colgando el dosel sobre el altar del oratorio… Nunca olvidaría aquel primer encuentro con el Fundador del Opus Dei, en el que le había enseñado -primero, sin palabras- lo que iba a hacer allí, la formación que podía recibir, la solicitud por el cuidado de la casa…

Fidelidad a la misión recibida

El Padre no se cansa de hacer apostolado. Cuando concluye su labor pastoral en Santa Isabel, visita y conversa con personas de todas clases. Con muchas otras, mantiene una correspondencia constante. Y cuando vuelve a la Residencia de Ferraz, pasa horas recibiendo, uno a uno, a los estudiantes que orienta en su vida espiritual.

Tal régimen de vida termina por agotarle y el vicario general de la diócesis tiene que ponerse serio para que descanse un poco.

No se arrepiente de nada. Sabe que ha hecho bien al subordinarlo todo al cumplimiento del querer divino: hacer el Opus Dei. Aunque, para ello, tenga que defraudar a algunos. Porque su intensa labor apostólica ha terminado por llamar la atención y le han propuesto cargos importantes, que no ha aceptado. Por ejemplo, el de director de la Casa Central de los Consiliarios de Acción Católica, que su joven presidente, Ángel Herrera Oria, le había ofrecido.

Don Josemaría, que se había alegrado mucho del impulso que el Papa Pío XI había dado al apostolado de los laicos, no había tenido más remedio que decir que no, aunque agradeciendo cordialmente a Ángel Herrera el haber pensado en él. Lo que le había propuesto tenía, en efecto, un gran alcance apostólico, ya que los sacerdotes que tendría a su cargo serían los futuros capellanes de los diferentes “movimientos”, la élite del clero español, pero, si él aceptaba, comprometería el desarrollo de la Obra de Dios. Tenía, sí, que servir a la Iglesia, pero como Ella quiere ser servida.

Por otra parte, recordando las conclusiones a las que había llegado en 1929, había descartado ciertas proposiciones de fusión de la Obra con otras asociaciones, pues aunque coincidieran en la cumbre -en el amor a Cristo-, en lo concerniente a la práctica apostólica, las distintas espiritualidades son como la mezcla de varios líquidos buenos de suyo, que acaso dé otro líquido agradable, pero también puede resultar un veneno.

Pese a las incomprensiones y a las críticas, no se aparta de la línea que se ha trazado. Y las vocaciones van viniendo al Opus Dei, tal como es, gracias a los que tanto han rezado y ofrecido sus sufrimientos por esa intención, durante años y años.

Se lo agradece a San José, a quien había confiado sus preocupaciones cuando estaba instalando el oratorio de la Residencia de Ferraz, y también a Santa María, que tantas gracias ha obtenido para él. Por entonces, en agradecimiento y como manifestación de su devoción mariana, decide unir en uno solo y sólo en la firma, Josemaría, sus dos nombres de pila, el de la Virgen Inmaculada y el del Santo Patriarca, cabeza de la Sagrada Familia de Nazaret.

Sobre un pequeño bureau de la habitación que usa el Padre en la Residencia, hay una pequeña talla de madera que representa a la Virgen con el Niño Jesús en los brazos. Siempre que entra o sale de la casa se acerca a esa imagen y le besa los pies. El Opus Dei, que empieza a germinar, ha nacido y se ha desarrollado bajo el manto de Nuestra Señora.

Toda la gloria para Dios

Cuando, entre el 15 y el 21 de septiembre, don Josemaría se recoge en la Residencia de los Padres Redentoristas de Madrid para uno de esos retiros espirituales que hace solo todos los años, puede ya dar gracias a Dios por los muchos beneficios que le ha otorgado.

Pasa esos días rezando, sin la ayuda de ninguna predicación, renunciando amablemente a los ratos de charla que los religiosos le proponen para hacerle más soportable la soledad.

Son días de profundización espiritual, de purificación…

¡Dios mío!, que odie el pecado, y me una a Ti, abrazándome a la Santa Cruz, para cumplir a mi vez tu Voluntad amabilísima…, desnudo de todo afecto terreno, sin más miras que tu gloria…, generosamente, no reservándome nada, ofreciéndome contigo en perfecto holocausto.

Tiene muy vivo el recuerdo de lo que el Señor le hizo ver unos meses antes, el 22 de junio, estando recogido en oración, en aquella misma iglesia de los Padres Redentoristas. Había sido una prueba extraña y dolorosa, en la que el Señor le había hecho experimentar viva y claramente que la Obra era Suya.

Mientras estaba dando vueltas al futuro desarrollo de la Obra, un pensamiento le vino a la cabeza: ¿No serían puramente humanas -deseo de brillar, de ejercer una influencia personal sobre las almas- las razones que le impulsaban a obrar? ¿No estaría engañando a quienes con tanta confianza se acercaban a él?

¿Estaba obrando verdaderamente por puro Amor, sola y exclusivamente por dar a Dios toda su gloria?

Había sido un pensamiento rápido, pero había durado lo suficiente como para poner en tela de juicio todo aquello en lo que, con tanta energía, había trabajado durante años. Sin embargo, tenía conciencia de haberlo hecho sólo por Dios. Pensar que hubiese podido obrar por otro motivo le resultaba insoportable…

Así, pues, como para arrancar al Señor una respuesta, fueran cuales fuesen las consecuencias, exclamó inmediatamente con todas sus fuerzas: ¡Si la Obra no es para servir a la Iglesia, Señor, destrúyela!

Nada más formular esta petición, dispuesto ya a renunciar, con la muerte en el alma, le invaden una paz y un gozo inmensos, cuya fuerza es por sí misma una respuesta.

Ha aprendido a reconocer, en este género de fenómenos, una señal inequívoca de la presencia y el querer divinos.

La prueba ha sido, tal vez., la más dura de las que ha conocido desde el nacimiento de la Obra. Porque, ¿qué son los obstáculos exteriores, la fatiga, el sacrificio, en comparación de esta prueba angustiosa?

En cualquier caso, el Señor ha permitido esta tentación para su mayor bien. Humildemente, filialmente, le da las gracias más fervientes por haber purificado su intención.

Esta nueva gracia fue como una incitación a tomar de nuevo el arado en sus manos, con más fuerza, para seguir abriendo el surco apenas iniciado

Abrid la ventana…

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hay una canción italiana que repite el eco de las calles populares. Canción nostálgica y alegre que camina montada en cuerdas de guitarra bajo la tarde… Muchas veces, algún muchacho la ha cantado con el Padre, en las horas quietas de una tertulia en Villa Tevere.

«Aprite le finestre al nuovo sole
é primavera, é primavera… ».

Decía Monseñor Escrivá de Balaguer que le gustaría que, unos minutos antes de morir, se la entonaran con la misma alegría… por el aire festivo y optimista de la letra, que habla del encuentro con el nuevo sol y una nueva primavera. Había llegado a decir al que acababa de recitarla:

«Tú me la cantarás, sin lágrimas»(12).

Jamás ha dado a sus hijos una versión trágica y sombría de la muerte, del juicio de Dios o de los errores cotidianos. Todo lo contrario. El amor, la confianza, se apoyan en la seguridad de ser perdonados. Por eso, en sus últimos años, hablaba continuamente de la misericordia de Dios. No se acoge a su justicia: invoca su misericordia. Esa puerta enorme del Corazón de Cristo por donde entran incluso los más lejanos, si tienen la humildad suficiente para solicitarlo.

El Padre vivirá siempre preparado para salir al encuentro de Dios:

«En esta lucha diaria, hay que tratar de vencer todas las batallas, pues el que pierde la última, ése pierde la guerra. Pero no sabemos cuál va a ser la última pelea, porque nos podemos morir en cualquier momento… No os preocupéis: detrás de la muerte está la Vida y el Amor» (13)

Nadie como él tan afincado en el amor al mundo y a las realidades temporales de los hombres. Tanto, que solía repetir que le parecía difícil que fueran felices en la otra Vida los que no hubieran sido capaces de experimentar la grandeza de ésta, la de ahora que, con su dolor y sus limitaciones, también es un don de Dios. Interpelaba afectuosamente a Teresa de Avila, advirtiéndole que no estaba de acuerdo con unos versos que aparecen en su mística:

«Que muero porque no muero».

El solía decir, basándose en palabras de San Pablo:

«¡Que vivo porque no vivo,
que es Cristo quien vive en mí! » (14)

Hasta el último momento ha quemado la energía que guardaban su alma y su cuerpo en una incesante actividad. Por eso, su insistente despedida pasó oculta, incluso para cuantos convivían muy cerca de él. Hablaba de su marcha con la naturalidad y el afán de quien se sabe llamado a un encuentro muy próximo.

«Tengo ya setenta y tres años. Los voy a cumplir dentro de unos días, y estoy para irme de este mundo… »(15)

La víspera de sus Bodas de Oro sacerdotales, el 27 de marzo de 1975, hizo su oración en voz alta, en el oratorio de Pentecostés en la Sede Central de Roma. Pareció como si, abarcando con una mirada estos cincuenta años de servicio a la Iglesia exclamara con Jesucristo: consummatuna est!; opus consummavi quod dedisti mihi; he terminado la obra que me has encomendado.

Desde hace tiempo, ha dejado este testamento a todas sus hijas e hijos:

«Para nosotros la muerte es Vida. Pero hay que morirse viejos. Morirse joven es antieconómico -añadía en broma-. Cuando lo hayamos dado todo, entonces moriremos. Mientras, a trabajar mucho y muchos años» (16)

Su último tiempo está marcado por un sufrimiento especialmente intenso. Siente sobre sus hombros el peso de la Iglesia, de las claudicaciones de tantos que deberían ser luz y son oscuridad. Permanece absorto, en una oración continua, que sólo interrumpe

su actividad, que también es oración. Desea quemarse en holocausto de la Iglesia y del Papa. Por eso ofrece su vida. Esta vida que aún le bulle en la sangre, este amor que inunda su corazón. Este deseo de otear el horizonte de sus hijos repartidos por el mundo, de asistir a las maravillas que Dios realiza a través de su Obra. Y espera que el Cielo acepte este regalo, último que queda en su reserva de generosidad.

Expresa en voz alta su deseo de conocer a Dios:

«Me ilusiona cerrar los ojos, y pensar que llegará el momento, cuando Dios quiera, en que podré verle, no como en un espejo, y bajo imágenes oscuras… sino cara a cara».

Y deja entrever el amor que llena su corazón:

«Hay una sed de Dios, un deseo de buscar sus lágrimas, sus palabras, su sonrisa, su rostro… No encuentro mejor modo de decirlo que volviendo a emplear las frases del salmo: como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así te anhela mi alma, ¡oh Dios mío!… ».

Siempre habla de la muerte con palabras que aculan el temor y dan entrada a la esperanza:

«Si el amor aquí en la tierra da tantas alegrías, ¿cómo será en el Cielo, cuando toda la Grandeza de Dios, toda la Sabiduría de Dios y toda la Hermosura de Dios, toda la vibración, todo el color, ¡toda la armonía!, se vuelque en ese vasito de barro que somos cada uno de nosotros?».

Tiene la esperanza puesta en Dios, pero también en la ayuda de sus hijos. Los necesita santos. Y por lo mismo, enormemente humanos. A todos les ha pedido, desde siempre, la piedad y el afecto.

«Tengo una gran debilidad: y es que os quiero mucho. Pienso que mi Cielo va a consistir en colarme por una puertecita y ponerme en un rincón, mirando y amando a la Trinidad Beatísima. Y desde allí, escondido, ver en el paraíso a mis hijas y a mis hijos muy en alto, muy cerca de Dios» (17).

Otras veces les ha dicho: «No me defraudéis: sed santos de verdad». Y usando una imagen muy castiza, les asegura que tiene la esperanza, con la ayuda de todos, de «saltarse a la torera» el Purgatorio(18)

Solicita de Dios una última gracia: morirse sin dar la lata. Sin que una enfermedad larga obligue a cuidar de él de modo crónico. Alguien le ha oído decir, ya en 1941 que, para «una persona del Opus Dei no existe la muerte repentina; ya que repentina es una cosa que no se espera y nosotros estamos constantemente buscando y esperando a Dios. La muerte repentina es como si el Señor nos sorprendiera por detrás, y, al volvernos, nos encontráramos en sus brazos… »(19).

Hasta los últimos días de junio de 1975, seguirá el ritmo idéntico de sus jornadas. Se levanta muy temprano. Reza su media hora de oración al punto de la mañana. Celebra la Santa Misa y desayuna a las ocho y media de un modo absolutamente frugal: café con leche y un trozo de pan. Su horario de trabajo se extiende de las nueve a la una. Desde las doce, recibe visitas de todo el mundo. Increíblemente, en tan corto espacio de tiempo es capaz de intimar, alentar y llenar de alegría a las personas que acuden a su encuentro: alemanes, mexicanos, españoles, franceses, italianos, africanos… Con la ayuda de un intérprete, cuando el italiano o español no son suficientes, se comunica con todos. Y en muchas ocasiones su gesto, su actitud de acogida universal, es mucho más elocuente que las palabras. Algunos que no comprenden la Obra, salen de la casa de Bruno Buozzi desarmados por la sonrisa y el amor del Padre.

Después de un rápido almuerzo y un rato de tertulia con sus hijos, paladea las Avemarías del Rosario entre las horas de trabajo, que ha iniciado de nuevo a las tres, hasta las siete y media. Antes de terminar la tarde volverá al oratorio para tener media hora de comunicación con Dios en la oración. Después de la cena otro tiempo de trabajo, hasta las nueve y media de la noche. Es el momento de compartir los incidentes de la jornada, las noticias que le llegan de sus hijos, de las tareas apostólicas, y las recogidas a través de la prensa.

Con frecuencia, encuentra unos minutos para pasar a la casa donde viven sus hijas y hablar con ellas, interesarse por su trabajo, por las condiciones en que lo realizan. Va sembrando cariño, confianza. Conoce el nombre, la situación familiar, los pequeños y grandes problemas. Y siempre acude con la pregunta certera, con la frase que hace sentirse, a cada uno, en el primer plano del afecto del Padre.

-«¿Estáis contentas? ¿Estáis alegres?». Y ante la contestación pronta y afirmativa, repite:

-«Entonces, todo va bien. Hemos de estar alegres siempre. ¿Aunque nos abran la cabeza? Sí, Padre, ¡aunque nos abran la cabeza! »(20).

Cuando alguno está enfermo, saca tiempo de su apretado trabajo para charlar con él, animarle, hacer más llevaderas sus molestias. Pide a todos que se esmeren; que cuiden, con el cariño de una madre, a cualquiera que esté pasando un mal momento físico.

Durante estos años sigue el horario de la casa, sin más excepciones que las que le impone su actividad: viajes, visitas, compromisos.

A veces lee, detenidamente, cartas de todos los países, hasta las primeras horas de la madrugada. Le sucede lo mismo que contaba ya en 1948:

«La semana anterior, cuando llegó el correo de España -¡vuestras cartas!- andaba con unas pequeñas molestias, que no me dejaban ver normalmente (…). Tenía el paquete de correspondencia en la mano, y sentía una gran tentación -no de curiosidad, de cariño- por leer todo aquello. Por fin, me dieron las dos de la madrugada hablando con el Señor, después de repasar despacio hasta la última carta: flojo estuve. No sé por qué puse una vez más, pero con más detenimiento, la mirada sobre un mueble de la habitación donde estoy escribiendo: hay allí-cuatro borriquitos, que los Reyes me trajeron de España, trotando… Yo me divierto a ratos, haciéndoles ir para aquí o para allí cambiándolos de dirección pero nunca se me ocurre separarlos: van junticos los cuatro, fraternales, con su carga abundante, inalterables, firmes. Hice mi examen, con remordimiento por el desorden: me dormí sonriendo y diciéndole al Señor en nombre de todos:”ut iumentum

factus sum apud te”!»(21)

No es fácil describir el cariño de la Obra por su Fundador. Un afecto alejado radicalmente de sentimientos apócrifos, que no podrían darse hacia una personalidad tan auténtica, llana y directa; como la de Monseñor Escrivá de Balaguer.

Navarra, punto de partida

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Universidad de Navarra

El 4 de octubre llega el Padre a Pamplona. La Universidad cuenta ya con los edificios apropiados para cada Facultad; los Colegios Mayores levantan su estructura sobre el Campus, que aparece verde, cuidado, como un toque de suavidad junto a la arquitectura de piedra.

El Fundador va a ofrecer una parte de su tiempo en Pamplona a los profesores de esta Universidad. En un solemne acto académico, confiere el grado de doctor honoris causa a los profesores Ourliac, profesor de Historia del Derecho en las Universidades de Montpellier y Toulouse; el Marqués de Lozoya, profesor emérito de Historia del Arte de la Universidad Complutense; Letterer, profesor de Patología General. Los tres de gran prestigio en el campo del derecho medieval, de la historia del arte o de la investigación genética.

Cuando impone los birretes a los nuevos doctores honoris causa, las normas del protocolo no impiden que se manifieste su condición de afectuosa solicitud.

Habla a los cientos de personas que asisten, durante estos días, al V Consejo de Delegados de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra. Y atiende con igual dedicación y esmero, a campesinos llegados de los pueblos de la Ribera, del Roncal, Baztán y la Rioja. A las empleadas del hogar, enfermeras y asistentes sociales. A grupos de estudiantes españoles y extranjeros que han venido para saludarle. También los sacerdotes y religiosos ocupan, como siempre, un lugar preeminente en su atención: varios centenares escucharán sus palabras de reciedumbre y optimismo cristiano. Acuden asimismo las autoridades provinciales y locales, incluidas las eclesiásticas, que serán testigos de su afecto y agradecimiento.

Durante su estancia en Pamplona vive en el Colegio Mayor Aralar, y emplea las últimas horas del atardecer en charlar con los universitarios. Lo hace con la misma juventud de ánimo con que abordaba los problemas en aquellos años de su licenciatura, en las aulas de la Facultad de Derecho de Zaragoza.

Grupos de estudiantes nigerianos, alemanes, latinoamericanos, franceses… se reúnen en estas tertulias.

Días después llegarán cartas agradeciendo las atenciones recibidas. Como este profesor de Física, que escribe desde Rennes:

«Este viaje a Pamplona ha sido algo encantador. Gracias a la Obra -caminos se abren en medio de las montañas-, me siento arrastrado irresistiblemente. Con tu ayuda espero responder a Dios con generosidad»(2).

Durante las reuniones -masivas-, que tienen lugar en los Colegios Mayores de la Universidad, sabe dar doctrina en un tono familiar amable, lleno de humor, que pone una nota de alegría en el ambiente. El silencio y la risa subrayan los momentos de sus tertulias: porque pasa, sin transición, de la exigencia seria, grave, a la gracia que cambia repentinamente el clima. Millares de personas guardarán un recuerdo imborrable.

Estas charlas son todo menos un sermón. Tampoco un escenario triunfalista. El Padre sabe pedir con naturalidad; recordar a los cristianos la honda singladura en que están embarcados. Para cada uno tiene la ambientación adecuada: algo así como una parábola cambiante según la condición y el momento. A los campesinos les pregunta por su trabajo, por las preocupaciones de su vida, por los problemas que acucian su jornada:

-«Tú sabes que hay personas a las que yo quiero mucho, en diversas partes del mundo, haciendo una gran labor en el ambiente campesino, con las Escuelas Familiares Agrarias, por ejemplo, y con tantas otras iniciativas de promoción social. No es para alejar a la gente del campo, sino para facilitarles los medios de llevar una vida espiritual y económicamente sana. Tenéis pleno derecho» (3).

Se refiere el Padre a las EFA, creadas con proyección internacional, como centros de formación permanente y de promoción rural. En ellas, el agricultor tiene el máximo protagonismo y las enseñanzas teórico-prácticas se adaptan al medio concreto sobre el que han de trabajar los campesinos.

La participación de jóvenes y adultos, la práctica del trabajo en equipo y la experiencia multidisciplinar de los técnicos y profesionales agrarios que imparten estas enseñanzas han hecho de más de medio centenar de Escuelas Familiares Agrarias, repartidas por todo el mundo, una realidad de importancia incuestionable a nivel personal y social.

En el Instituto de Enseñanza Media y Formación profesional Irabia situado en el barrio obrero de la Chantrea, habla con los profesores y padres de alumnos. El barrio acoge una población flotante, una emigración dentro de la Península. Hay representación de otras regiones españolas, ya que la mano de obra acude a Navarra en busca de un más alto nivel de vida. Son trabajadores que tratan de sacar sus familias adelante después de haber dejado su terruño natal.

Junto a su derecho al trabajo y al respeto de todos, les recuerda que Jesús, un obrero manual, está esperando la santidad… de sus hermanos los hombres. En primera fila está sentado hoy Félix, que es ciego. Sus hijos estudian en Irabía y él es Cooperador del Opus Dei. De pronto levanta su voz:

-«Padre, yo no conozco a mis hijos… ».

El Fundador se inclina hacia él:

-«Sí los conoces, hijo mío. Tú tienes mucha luz, ¿oyes?

Tienes mucha luz de Dios (…). No la rechaces. Recibe siempre con cariño la luz del Señor. Tú tienes más vista que nadie»(4).

Y sabe pedir, también, los medios materiales para llevar a cabo las labores apostólicas. El domingo 8 de octubre habla, en el Colegio Mayor Belagua, con profesores, bedeles, encargados de la limpieza, personal administrativo…

«En estos momentos, en otro sitio, hay reunidas cuatrocientas personas, tratando de encontrar dinero para que todos vosotros podáis salir adelante. Porque la Universidad -lo sabéis como yo- no se sostiene sola. Cuantos más alumnos hay, mejor y peor: mejor, porque hacéis una magnífica labor con estas criaturas. Peor, porque hay más gastos y aumenta el déficit (…).

Vamos a encomendarles para que acierten y saquen cuartos. Ya sabéis que, en la medida de lo posible, no se os paga a nadie por debajo de otras instituciones. Yo querría que ganarais algo más (…).

¿Perdonáis que os haya dicho esto? Es que traigo encima la preocupación de esos cuatrocientos… ».

Pero no quiere que las dificultades económicas frenen las ambiciones buenas:

«Tened miras amplias… Buscad lo mejor para vuestra Facultad, para vuestra Escuela, para vuestro Instituto. Y si os dicen que no hay dinero, insistid. ¡Saldrá! No hemos dejado nunca de hacer nada porque faltara el dinero. No hubiéramos llevado a cabo nada, en ese caso»(5).

Apoyado en la anécdota inmediata de cualquier pregunta, expone de modo diáfano y estimulante el espíritu del Opus Dei. Subraya la necesidad del trabajo serio y profundo. De la perfección en los pequeños detalles que hacen impecable al trabajo total. De la paz de espíritu en el estudio y la investigación, sabiendo que Dios está en el horizonte de todo conocimiento temporal.

En el discurso que ha pronunciado en el acto de investidura de los nuevos Doctores, dice:

«Las ciencias humanas, desarrolladas con principios y métodos propios, avaloradas con el contraste de la Revelación sobrenatural, contribuyen a resolver de modo adecuado los problemas humanos, espirituales y temporales, de todo tiempo y lugar.

La Universidad no vive de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres. No es misión suya ofrecer soluciones inmediatas. Pero, al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan, y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa… » (6).

Concluye la estancia del Padre en Navarra. Docenas de coches toman el camino de regreso a Logroño, Vitoria, San Sebastián, Tudela, Miranda… Algunos han de cruzar fronteras para volver a su país.

Antes de partir, Monseñor Escrivá de Balaguer se acerca a la ermita donde permanece vigilante la Virgen que preside el Campus. Aquí está, con la serenidad grabada en el mármol. Desde su emplazamiento se pueden ver los edificios que ha levantado esta siembra de esfuerzo y de fe.

En el Hotel Sabadell

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

También Pedro Casciaro ha sido destinado, al fin, al acuartelamiento de Burgos. En la ciudad castellana se reúne con el Padre, José María Albareda y Paco Botella. Alquilarán una habitación en el Hotel Sabadell, situado en el número 32 de la calle de la Merced, frente al río Arlanzón. Hubieran deseado un pequeño piso para trabajar y recibir a cuantos vienen continuamente a ver al Padre, pero en estos momentos la escasez de viviendas en Burgos es enorme y encontrar un inmueble resulta empresa poco menos que imposible. Por eso, desde finales de marzo de 1938, ocupan esta habitación de un primer piso hotelero, en la que van a vivir más de ocho meses.

La carencia de medios es total. Albareda gana el sueldo mínimo en su tarea docente, como es lógico en los tiempos que transcurren; los militarizados comen en el cuartel y perciben una cantidad, casi simbólica, para atender a sus gastos personales. El Padre multiplica su actividad sacerdotal, sin recibir ningún estipendio. Juan Jiménez Vargas y Ricardo Fernández Vallespín hacen economías increíbles para girar algo de dinero a este pequeño grupo, que ha de sobrevivir y ayudar, incluso, a otros que están aún en peores condiciones monetarias.

A pesar de la situación, la generosidad y el optimismo del Padre continúan inalterables. Escribe a todos los amigos que están en las trincheras:

«Que nos pidáis con confianza libros, ropa, dinero. Os lo enviaremos enseguida con gusto. Pedid con sencillez y libertad. Muchos de vosotros nos enviáis dinero (…): esos ahorros que hacéis, para nuestra pobre caja común, tendremos verdadera alegría en emplearlos en favor de quienes pasen apuros económicos»(4).

Y a fin de que no descuiden la empresa sobrenatural a la que han sido llamados les pide, como recíproca generosidad:

«Necesitamos 50 hombres que amen a Jesucristo sobre todas las cosas»(5).

La habitación del Hotel Sabadell mide unos 28 metros cuadrados. Desde este reducido espacio van a organizar y desplegar una gran actividad. La parte más amplia del cuarto está ocupada por tres camas niqueladas de muelles ruidosos. También por un armario ropero de pequeñas dimensiones. Completan la decoración una mesa rectangular y un par de sillas. Junto a la puerta de entrada, otra estancia oscura, separada por una cortina blanca del espacio anterior, se convierte en dormitorio del Padre. Cerca de su cama hay una mesita de noche y un lavabo. Una percha sobresale clavada en la madera de la puerta.

Un mirador encristalado -y que se sitúa precisamente sobre la marquesina de la puerta de entrada al Hotel-, les comunica con el exterior. Este mirador, equipado con una mesita y dos sillones de mimbre, será la salita de recibo del Padre durante todos estos meses. Por allí pasarán muchísimas personas, de la más diversa edad y condición. De Burgos y de toda España. Hay antiguos residentes de Ferraz y amigos que, con sólo tres o cuatro días de permiso para visitar a su familia, llegan al Hotel Sabadell y dedican gran parte del tiempo a hablar largamente con el Padre. Siempre los recibe con el mismo cariño, alegría y esperanza firme en el futuro; con buen ánimo para superar la situación hasta que llegue la paz.

En ocasiones, el Padre sale de la habitación y se lleva, en larga y amistosa charla, a cualquiera de los que han venido a verle. Caminan por la orilla del Arlanzón, a veces una hora tras otra, comunicando a todos el mensaje de quien le habló al corazón -desde la adolescencia- y le dijo que había venido a pegar fuego a la tierra y que le necesitaba para propagar el incendio.

Años más tarde, don Antonio Rodilla escribe: «Durante la Guerra de España fui una vez a verle a Burgos, aprovechando la limpieza de fondos del buque de la Armada del que yo era capellán entonces. Se me saltaron las lágrimas al verle. Me lo encontré hecho un esqueleto. Estuve allí unos días con él. Vivía en absoluta pobreza» (6).

En la estrecha convivencia que impone la habitación del Hotel, se comparte todo. Por supuesto, la economía sufre bancarrota crónica. Paco lleva la contabilidad: los escasos medios en metálico se meten en una caja de madera que tuvo su primer destino como envase de un queso de Burgos que regaló un amigo. Su apertura completa es fácil: gira sobre uno de los cuatro clavos que la sujetaban en origen. Con gran humor, Paco, estudiante de Ciencias Exactas, apunta en una hoja de papel los gastos de cada día: una flecha hacia la derecha indica gasto. Después de la cantidad, anota el concepto. Una flecha hacia la izquierda, significa ingreso, seguido de las correspondientes aclaraciones.

Un día en que Albareda acierta a ojear este original sistema lo bautiza con el apodo de «la contabilidad vectorial». El Padre, al saberlo, comenta:

-«¡Vergüenza debiera daros que, entre dos matemáticos y un investigador científico, llevéis las cuentas peor que la cocinera de mi madre! »(7).

Carecen de ropa, de alimentos, de cosas indispensables. El Padre sigue echándole garbo humano a la sotana que le regaló don Marcelino Olaechea en Pamplona y a la teja, que ya ha adquirido una variante descolorida del negro primitivo. Muestra a sus hijos, con el ejemplo, cómo vivir la auténtica dignidad de la pobreza. La limpieza y el orden perfectos para mantener el clima grato a los demás, aun en las peores circunstancias.

Cada vez que Albareda sale de viaje, y es situación que se repite con frecuencia por necesidades de su trabajo, el Padre se queda solo durante el día y come poquísimo en un figón por un precio irrisorio. Así no produce gasto alguno en el hotel. Por la noche no cena. Cuando llegan Pedro y Paco, finalizado su servicio en el cuartel, sólo obtienen respuestas evasivas cuando intentan averiguar lo que ha tomado a lo largo de la jornada.

Por más que los tres presionen sobre el Padre no logran, la mayor parte de las veces, que gaste lo indispensable en su persona. Entre José María, Pedro y Paco, alguna noche consiguen llevarle andando hasta la estación de ferrocarril y allí, en una fonda, que es mucho más barata, se esfuerzan para que coma una tortilla.

A esto hay que añadir sus mortificaciones constantes, en las que no excluye la sed, ni el cansancio, ni la disciplina. Por más que lo oculta, la convivencia estrecha acaba delatando su entrega.

Un día, aprovechando una de las constantes salidas del Padre, Paco y Pedro deciden eliminar la teja, descolorida y deteriorada, para que se compre una nueva. Y, sin más preámbulos, la destruyen. A su regreso les echa una buena bronca -mezcla de afecto y reconvención sin impaciencia-, que Pedro y Paco aguantan impasibles en la satisfacción de lograr que estrene sombrero. Lo peor es que el sistema fallará con la sotana. Han decidido romperla también de arriba a abajo. Cuando vuelven del cuartel, encuentran al Padre, silencioso, cosiendo la rasgadura. A partir de aquel día usará la misma, pero habrá de ponerse encima la dulleta aunque caiga un sol caliente, para disimular la defectuosa artesanía que une las dos piezas.

Durante el tiempo de residencia en el Hotel Sabadell, el Padre celebra Misa todos los días en la capilla de las Teresianas, que está muy cerca.

Desde mediados de enero de 1939, oficia en un altar lateral, a la derecha de la nave central, en la iglesia de San Cosme y San Damián. Es de estilo barroco, con motivos de frutas talladas y policromadas, y está dedicado a la Virgen. Tiene una bella imagen de la Inmaculada, con las manos juntas y tres cabezas de ángeles en la base, alrededor de la media luna. Entre enero y marzo del 39, Pedro tiene que desplazarse a Calatayud y es Paco el que ayuda habitualmente al Padre durante el Santo Sacrificio. Y una vez más, es testigo de su piedad.

El Padre se lanza, durante el día, a un trabajo constante. Mantiene vivo el contacto con los que acuden a su dirección y consejo. No sólo cuando vuelven de los frentes y van a visitarle, sino a través de centenares de cartas y noticias que les hace llegar de modo ininterrumpido. No quiere que se sientan solos, que el peligro, el ocio o el desaliento hagan presa en ellos. Volcará su afecto en todos, sean o no de la Obra. Su caligrafía, animosa y recia, cruza Madrid, Andalucía, Castilla, Aragón… Y cuando no llegan sus letras, aparece en persona para llevar unas horas de amistad y de aliento. De esta experiencia sacará, más adelante, motivos de reflexión, de diálogo con Dios, de encuentros sucesivos con su vocación y su fe:

«No sé si tú habrás estado en la guerra. Hace ya muchos años, yo pude pisar alguna vez el campo de batalla, después de algunas horas de haber acabado la pelea; y allí había, abandonados por el suelo, mantas, cantimploras y macutos llenos de recuerdos de familia: cartas, fotografías de personas amadas… ¡Y no eran de los derrotados; eran de los victoriosos! Aquello, todo aquello les sobraba, para correr más aprisa y saltar el parapeto enemigo (…).

No olvides que, para llegar hasta Cristo se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe: manta, macuto, cantimplora. Tú has de proceder igualmente en esta contienda para la gloria de Dios, en esta lucha de amor y de paz, con la que tratamos de extender el reinado de Cristo. Por servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, debes estar dispuesto a renunciar a todo lo que sobre; a quedarte sin esa manta, que es abrigo en las noches crudas; sin esos recuerdos amados de la familia; sin el refrigerio del agua. Lección de fe, lección de amor. Porque hay que amar a Cristo así»(8).

Desde el mirador de su cuarto del hotel alcanza a ver las flechas góticas de la Catedral que se reflejan en el agua. El río pasa, poco caudaloso de ordinario, pero constante, frío, rozando unas piedras que se mantienen intactas desde el siglo XIII. Es un buen lugar éste para hablar a los que se entregan, para proyectar permanencias, lealtades y oración. Años más tarde, el Fundador del Opus Dei recordará todavía aquellas frases de «Mío Cid» que le servían de pauta en su apostolado epistolar, en su conversación con Dios:

«La oración fecha, luego cavalgava»(9).

Como la Obra. Primero junto a Dios, pidiendo fuerza y amor. Luego el trabajo duro, constante, serio. Pero iluminado con la Presencia que lo transforma siempre. Es el Cantar de gesta de lo cotidiano: convertir en endecasílabo, verso dedicado a lo heroico, la prosa diaria.

Sus cartas transmiten esta energía humana y sobrenatural.

También el afecto desbordante por sus hijos y amigos. Escribe a Tomás Alvira en febrero de 1938: «Jesús te guarde. Querido Tomás: ¡Qué ganas tengo de darte un abrazo! Mientras, te pido que nos ayudes, con tus oraciones y tus trabajos.

Yo voy corriendo de un lado a otro: acabo de venir de Vitoria y Bilbao. Y antes: Palencia, Valladolid, Salamanca y Avila. Ahora estoy curando un catarro que pesqué en el Norte. Después, voy a León y Astorga. Tomasico: ¿cuándo harás una escapada, para que nos veamos?»(10)

En junio de 1938 uno pregunta, desde el frente, dónde está el Padre durante aquellos días. Y la respuesta es expresiva:

«En el vagón de ferrocarril, o en algún coche desvencijado, por estas carreteras, o… en el frente»(11)

Porque, efectivamente, le llaman de todas partes y acude sin poner jamás pretexto de enfermedad, cansancio u ocupación más inmediata. Está siempre al servicio de la Iglesia y de las almas.

En uno de estos desplazamientos en busca de un muchacho de la Obra movilizado en los frentes andaluces, tiene el dinero justo para los trenes de regreso. No le queda prácticamente nada para comer ni para imprevistos.

Don Francisco Botella testimonia que, en febrero de 1938, estando el Padre en Burgos, un hijo suyo escribía muy de tarde en tarde y lacónicamente. Estaba en el frente de jaca, con mucha actividad bélica. Aunque el Fundador en aquellos días estaba enfermo con fiebre alta, decidió ir a verle, desafiando toda clase mde incomodidades en los precarios medios de transporte existentes.

En agosto de 1938 dirige unos Ejercicios Espirituales para Religiosas, en Vitoria. Se lo ha pedido Monseñor Lauzurica, Obispo Administrador Apostólico de la diócesis. La Hermana Elvira Vergara, que forma parte de la Comunidad, escribirá tiempo después:

«Solamente nos daba dos pláticas diarias, pero tenían tal profundidad y eran de tanta exigencia, que nos bastaban para mantenernos recogidas todo el día; no teníamos que recurrir a ningún libro que nos ayudara»(12).

Y la Hermana María Loyola Larrañaga:

«El, personalmente, pasaba horas y horas cerca del sagrario, y tenía un trato frecuente con Dios (…).

Vivía en la más absoluta pobreza: sólo tenía una sotana y en cierta ocasión, nos la dio para que se la cosiéramos; estaba hecha jirones (…). La ropa interior la tenía tan rota que no había modo de meter la aguja en un trozo de tela que no estuviese “pasada”, hasta tal punto que la Madre Juana decidió comprarle dos mudas » (13).

Y la Hermana Juana Quiroga añade:

«Estoy segura de que muchas noches no dormía o -al menos a nuestro parecer- en la cama. En efecto: las sábanas estaban sin arrugas y, aunque él dejaba la cama destapada, como si la hubiera usado, nosotras nos dábamos cuenta de que, si había dormido, no había sido en la cama. Creemos que se servía del duro suelo para descansar».

Y Ascensión Quiroga:

«A don Josemaría, a su vida santa, debo mi perseverancia en la Orden; le debo el conocimiento inapreciable del verdadero amor a Dios, la firmeza y el impulso que es capaz de tener un enamorado de Cristo»(14)

Sus cartas de este año le sitúan, alternativamente, en Santiago de Compostela, León, Teruel, Sevilla… Y en todas las ciudades ha dejado amigos, personas con las que mantiene contacto desde el Hotel de Burgos en el que apenas tiene tiempo de reposar unas jornadas entre uno y otro desplazamiento.

Ante el montón de correspondencia que llega de los que andan repartidos por España, contesta en una hoja informativa que puede servirles de respuesta conjunta:

«Qué bien reflejáis, en vuestras cartas, la alegría que os producen estas líneas: son como recibir a un mismo tiempo cartas de muchos amigos: recuerdos de muchas horas de trabajar y de reír juntos; deseos y confianzas de un nuevo y más laborioso porvenir.

Y después de la avidez y de las gratas impresiones de esta lectura, seguís pensando, ahondáis en la raíz de esta noble amistad y encontráis mucho más: más frecuente que vuestras cartas es vuestra oración diaria, cada uno por todos; más viva que vuestro recuerdo es vuestra unión (…) con la Misa que el Padre celebra por vosotros. Nunca estáis solos, y a través de estos días tan trágicamente accidentados, una misma visión de amor infinito se os ofrece»(15)

Y en junio de 1938:

«No hemos podido celebrar el mes de la Virgen como de costumbre, pero Ella -la Señora- que tanta predilección tiene por todo lo nuestro, ha recibido el obsequio de unas flores, ofrecidas en nombre de todos nosotros, el último día de mayo en un Altar olvidado»(16).

Hay, sin embargo, una imagen de la Señora que, durante este mayo de 1938, ha recibido el amor y la petición por todos del Fundador. Está pintada sobre madera y preside la habitación del Hotel Sabadell, de Burgos. Es un regalo de la familia de José María Albareda. En estos días difíciles es la mejor esperanza. Su mirada dulce es una formidable protección.

En medio de este ajetreo apostólico, el Padre no arrincona tampoco su gran vocación de estudioso, la obligación de mantener en sus hijos el estímulo constante del trabajo intelectual. Les empuja a que aprovechen el tiempo, a que estudien idiomas, a que no abandonen los conocimientos que aprendieron porque la paz, que ha de llegar algún día, les necesita en la mejor batalla de la reconstrucción y del servicio. En sus entrevistas con Obispos, profesores, intelectuales de todo nivel, pide medios que puedan llenar la vigilia y el esfuerzo de los que viven en el frente. Durante aquellos largos paseos por la orilla del Arlanzón, de Fuentes Blancas, de la Cartuja o de las Huelgas, habla de las necesidades de una juventud que ha de reincorporarse a sus quehaceres. A la seria profesión de cada día.

Recogerá esta solicitud en el punto 467 de «Camino»: «Libros. -Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo, y pedí libros. ¡Libros!, que son alimento, para la inteligencia católica, apostólica y romana de muchos jóvenes universitarios…». Y en una comunicación, fechada en abril de 1938: «Dieciséis profesores de Universidad y Escuelas Especiales solicitan el envío de libros para vosotros, de sus amistades, de distintos países de Europa y de América. Preparad vuestros instrumentos de trabajo (…). Pero no olvidéis que el trabajo sobrenatural de nuestra empresa necesita oración, sacrificios, frecuencia de Sacramentos»(17).

Más adelante -una vez acabada la guerra-, insiste de nuevo:

«Id orientando el estudio, que la orientación es siempre considerable ganancia de tiempo (…). No paséis por la carrera como si toda ella fuese una llanura. Buscad los relieves. Tened personalidad. Trazad vuestro surco. Y que los surcos de todos, hagan producir el campo del Padre de familias» (18).

Y una vez más:

«Pensad en todas las cosas que están por hacer, y pensad también en que no hay nada que se haga solo, sin el trabajo inteligente de alguien»(19) .

Caridad y valentía

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Las Hijas de la Caridad que trabajaron en el Hospital del Rey durante la difícil década de 1926 a 1936, recuerdan con enorme afecto la dedicación, la generosidad, la entrega de estos tres sacerdotes. Después de la muerte imprevista de don José María Somoano, el 16 de julio de 1932, don Lino Vea Murguía caerá fusilado en Madrid al comienzo de la guerra civil. Y solamente don Josemaría Escrivá de Balaguer sobrevivirá al riesgo de persecución y al trabajo agotador que se ha impuesto para cuidar a tantas almas que reclaman su atención sacerdotal.

Tanto la Superiora de la Comunidad como la Hermana encargada de la capilla y las que trabajan en las salas de enfermos infecciosos(4), le ven acudir a pie o en cualquiera de los escasos medios de locomoción habituales; siempre rápido, como quien tiene una importante misión que cumplir en los minutos de cada hora; a la vez, siempre con calma, entregando todo su tiempo a las personas que le reclaman. Muy joven aún, pero con madurez y gravedad en el comportamiento, buscando siempre la gloria de Dios, y valiente, muy valiente para trabajar, en su calidad de sacerdote, de un modo amable y enérgico ante las situaciones más contradictorias.

Los pacientes le esperan con auténtico cariño. Aquellos tuberculosos desahuciados, jóvenes en su mayoría, se confían a este sacerdote alegre que habla de la muerte como el comienzo de la Vida; que les invita a pasar de la esperanza de la tierra a la seguridad de Dios, con una sonrisa; bendiciendo el dolor que les hace hermanos, con mayor predilección, de Jesucristo.

Celebra con frecuencia la Santa Misa en el Hospital del Rey. A la Hermana sacristana le conmueve advertir que reza con particular devoción las oraciones de la Misa, que toma en sus manos con actitud de profunda adoración la Sagrada Eucaristía, que es capaz de revestirse y salir a ejercer su sagrado ministerio al jardín del Hospital, cuando las circunstancias políticas exigen casi ocultarse para rezar y pronunciar el nombre de Dios. Que continúa llegando, cada vez, con su traje talar, sin miedo a las pedradas ni a las represalias que pueden ocultarse tras los desmontes y el descampado que rodean el Hospital. Y que, al mismo tiempo, es capaz de mantener una esperanza que tiene su cimiento, su apoyo inconmovible, en la fe sobrenatural que Dios le otorga. No conocerá el desánimo ni en los últimos años de esta década, cuando todo parece desmoronarse. Su aliento para los enfermos, las Religiosas, los que colaboran en el Hospital y acuden a escuchar sus homilías, será constante.

Algunas veces celebra en una capilla improvisada en un salón de la Comunidad, donde se ha instalado un altar portátil. En el retablo preside la Virgen Milagrosa. Desde allí distribuirá la Comunión a los enfermos que lo solicitan. Jamás le ha retraído el contagio a que se expone frecuentando algunas salas. No tiene miedo a nadie ni a nada. Y los pacientes, que saben apreciar esta actitud, aceptan la enfermedad y la muerte con una entereza y alegría que dan ejemplo de devoción a quienes les rodean. Las monjas llegan a comentar que se lleva a los enfermos al Cielo «en palmitas», con aquel don y atractivo que sabe poner en las cosas de Dios.

La Hermana sacristana le secunda en cuidar todo cuanto se refiere al culto, aun cuando las circunstancias presentes no favorecen el mantener los objetos con la calidad y decoro necesarios. Porque, en medio de la actividad constante que desarrolla, don Josemaría no olvida estas pequeñas grandes cosas en las que se demuestra un detalle de amor con el Señor.

A lo largo de su vida, el Fundador del Opus Dei recordará que «la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas.

Estas son las ambiciones del Opus Dei, los medios humanos que pusimos: enfermos incurables, pobres abandonados, niños sin familia y sin cultura, hogares sin fuego y sin calor y sin amor»(5).

Y muchos de estos enfermos, conscientes de que aquel sacerdote se ha sentido llamado a una alta misión del cielo, y que necesita y valora su ayuda y su oración, se brindan a ofrecer el dolor como la mejor moneda de cambio que poseen para pagar las atenciones de don Josemaría Escrivá de Balaguer. Hay referencias históricas conmovedoras. Entre ellas, la de una mujer joven que ingresa en el Hospital del Rey en 1930. Su tuberculosis es avanzada e incurable. Conoce a don Josemaría y empieza a recorrer el camino sobrenatural que le brinda. Poco después, pide su admisión en el Opus Dei: María Ignacia García Escobar, reza y se adentra en el panorama de filiación divina: entiende que Dios puede estar escribiendo su mejor biografía con la enfermedad; que la necesita para completar con su dolor la Redención del mundo; y ve el amor, misterioso amor de Dios que a veces resulta difícil de aceptar, en el envés de la trama con que el Señor teje los acontecimientos del mundo. Todavía recuerdan sus hermanas, que la acompañaban, frases completas que don Josemaría repite a la enferma en sus momentos de mayor sufrimiento: «A veces puede parecernos que nos trata duramente; no podemos entender las dificultades o las penas que nos envía; pero tampoco el niño pequeño entiende por qué su madre no le deja que juegue con un cuchillo o que acaricie con sus deditos la llama de una vela; y menos entiende por qué, en determinadas circunstancias, le da unos buenos azotes. Sin embargo, todo es para bien»(6).

María Ignacia se agrava, y don Josemaría la visita con frecuencia. Llama por teléfono a las Hermanas de la sala preguntando por su estado. La asiste en su muerte, larga y dolorosa. Lee despacio, ante ese cuerpo llagado y consumido por la enfermedad, la recomendación del alma, con voz pausada, solicitando la ayuda de los grandes aliados de los hombres: los ángeles y los santos. Y preside, afectuosamente, su entierro en el cementerio de Chamartín de la Rosa. Cuando el féretro baja hasta el fondo de la fosa, toma un puñado de tierra, lo besa y lo deja caer sobre la caja que contiene los restos de una mujer generosa que ha comprendido la Obra de Dios y que le ha sabido ayudar con el mejor tesoro que se puede poseer en la tierra: el dolor ofrecido con Cristo. Es el 13 de septiembre de 1933(7).

«AHORA CANTO MEJOR QUE EN MI JUVENTUD»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

«A mis años canto mejor que en mi juventud», ha declarado Pedro Vargas, el gran cantante mexicano, a Rosario Camargo. Tras una grave enfermedad que le tuvo más muerto que vivo, curó por intercesión de Mons. Escrivá de Balaguer.

Tere su esposa, estuvo noche y día junto a él, en aquellas terribles semanas en las que pareció inminente que se extinguía la vida de Pedro Vargas.

Una noche en la clínica, esperando el cambio de turno de las enfermeras, Tere toma de su ropero una caja de esas que uno tiene siempre llenas de papeles, postales, estampas, cartas viejas. Abre la caja y aparece ante sus ojos una Hoja Informativa, sobre el Opus Dei y su Fundador Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

Sí, fue en Roma. Hacía… ¿cuántos años? Varios. ¿Cinco, siete? Pedro y ella visitaban la Ciudad Etcrna y, naturalmente, quisieron ver al Papa. Su Santidad los recibió junto con un numeroso grupo donde había muchos latinoamericanos. Al terminar la audiencia y salir de ella muy conmovidos, se les acercaron algunas personas de las que habían estado con ellos, pues habían reconocido al famoso cantante mexicano y solicitaban su autógrafo. Entre aquellas personas, una señora se acercó a Tere y le dio la citada Hoja Informativa, más una estampa con la fotografía de Monseñor, y la oración para pedir, por su intercesión, favores particulares.

Tere recuerda muy bien que aquella señora le había dicho que podía pedirle que intercediera por «cosas muy grandes». Ahora, junto a la cama de Pedro, el corazón le dio un vuelco: Dentro de su alma surgía la esperanza, más aún:. una certeza que la llenó de paz. Hojeo el folleto, leyó que había que rezar una oración, hacer una novena; recordó entonces, que también aquella persona le había regalado una estampa. Con dedos nerviosos revolvió los papeles, las cartas… ¡Allí estaba la estampa!” Rezó la oración, diciéndole en su interior a Monseñor. Escrivá: «Sé que tú me lo vas a aliviar, que vas a lograr que Nuestro Señor me haga este milagro. ¡Lo sé!».

¿Alcanzó a terminar la novena? No lo recuerda bien. Lo que sí tiene muy presente es que a muy pocos días de este «encuentro», estando como siempre a la cabecera de su marido desahuciado por todos los médicos, quienes únicamente esperaban ya el fatal desenlace, de pronto notó que Pedro abría los ojos. Tere se sorprendió pero no demasiado, pues su fe era tal que esperaba ya la milagrosa recuperación. Se acercó más a él y le dijo: «¿Cómo te sientes?». «Regular…». «¿Quieres tomar algo?». «Sí…, un café con leche…».

Hacía mucho que Pedro había perdido el habla y que no se alimentaba más que con sueros. El asombro debería haberla paralizado, pero en vez de esto, corrió a traerle lo que pedía. Pedro bebió su café con leche y a continuación se quedó dormido –con sueño natural– 24 horas seguidas.

A partir de aquel momento, la salud de Pedro Vargas fue normal. Los médicos no se lo explicaron. Pero el hecho era de una realidad aplastante: Pedro estaba sano. Y muy poco tiempo después dio un concierto «en solo» en el Teatro de la Ciudad de México que se vio abarrotado. Previamente había sido entrevistado en el programa de noticias de más audiencia de la República mexicana. Allí había dado un testimonio público de «su agradecimiento a ese santo sacerdote ya desaparecido, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, a quien él no conocía de nada sino hasta después de haberse curado» y «por cuya intercesión, Dios Nuestro Señor le había hecho recobrar la salud», y le había vuelto a la vida, le había hecho traspasar, de regreso, esa línea de término que ya estaba cruzando hacia la dirección del más allá, donde lo humano se topa con el secreto de lo eterno.

Todos pueden participar

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

No hay fórmulas hechas para esta labor. Las iniciativas surgen de la propia vida en cada lugar, según las necesidades. Se trata de hacer ver la dimensión cristiana de los sucesos humanos, el destino sobrenatural de la persona, el valor humano y divino del trabajo. Cualquiera puede echar una mano, si desea «servir» a sus hermanos los hombres pensando en su dignidad. No son labores para la galería, sino para movilizar lo mejor de las personas, lo mejor de las familias, lo mejor de la sociedad. Y tampoco hay fronteras, porque el Opus Dei se encuentra a gusto en todas partes. Personas, trabajo, ganas de hacer, alegría, amor de Dios: son éstos los ingredientes de todas las iniciativas apostólicas de los miembros del Opus Dei.

No he encontrado ninguna publicación exhaustiva de estas labores, lo cual me parece natural, dada la poca afición de los miembros del Opus Dei a las estadísticas y a las gráficas de crecimiento. Existen, desde luego, folletos y recortes de periódico que explican al por mayor las características de tal o cual labor, con el fin de meter rápidamente en harina a quien desee comprometerse de verdad al servicio de sus semejantes o de informar sucintamente a quienes no disponen de mucho tiempo. Los hombres están cansados de teorías y quieren hechos naturales, que se expliquen con pocas palabras. Por eso creo que lo mejor que se puede decir de estas labores apostólicas es que están ahí para que nos acerquemos a ellas y ayudemos… Y si no, que se lo pregunten al atareadísimo y tranquilo cirujano, amigo mío, que lleva meses sacando tiempo para poner en marcha, con otros amigos de otras profesiones, un centro médico que haga del dolor y del amor una sola cosa, y que ponga el esfuerzo de la perfección humana al servicio de una humanidad doliente que tiene derecho a acercarse a Dios, con la ayuda directa de sus semejantes, también cuando dispone sólo de su sufrimiento.

Centros preuniversitarios y universitarios; Centros de Cultura superior; Institutos de Formación Profesional Obrera, como el Centro ELIS, Tajamar y tantos otros; Escuelas de Arte y Hogar y Escuelas de Formación profesional para la mujer; Escuelas de Capacitación agrícola; casas para retiros y convivencias; Centros culturales y deportivos, etc., situados en países de los cinco continentes y abiertos a toda clase de personas, ofrecen de hecho una imagen fácilmente comprobable. Funcionan ya antes de que las instalaciones estén ultimadas; se organizan sin retórica ni campanillas y con trabajo para todos desde el primer momento; se convierten sobre la marcha en centros de irradiación, que atraen a las familias de los alumnos y a todos los que deseen colaborar; se aprovechan a tope las instalaciones y los medios materiales para sacarles el máximo rendimiento posible, con enseñanza nocturna si es necesario; y se vive de continuo y a fondo una libertad sin otro límite que el de la propia responsabilidad; personal e intransferible.

El matrimonio, camino divino

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

También el amor humano es santificable y santificarte en este apostolado, que no excluye a nadie. Sobre este tema el Fundador del Opus Dei mantuvo un pensamiento inequívoco a lo largo de toda su vida, como subrayó en la entrevista que publicó Telva el 1 de febrero de 1968:

«Hablaré de algo que conozco bien, y que es experiencia sacerdotal mía, ya de muchos años y en muchos países. La mayor parte de los miembros del Opus Dei viven en el estado matrimonial y, para ellos, el amor humano y los deberes conyugales son parte de la vocación divina. El Opus Dei ha hecho del matrimonio un camino divino, una vocación, y esto tiene muchas consecuencias para la santificación personal y para el apostolado. Llevo casi cuarenta años predicando el sentido vocacional del matrimonio. ¡Qué ojos llenos de luz he visto más de una vez cuando –creyendo, ellos y ellas, incompatibles en su vida la entrega a Dios y un amor humano noble y limpio– me oían decir que el matrimonio es un camino divino en la tierra!

»El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado –con la gracia de Dios– todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día Irás con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive.

»Por esto pienso siempre con esperanza Y con cariño en los hogares cristianos, en todas las familias que han brotado del sacramento del matrimonio, que son testimonios luminosos de ese gran misterio divino –”sacramentum magnum” (Eph. 5, 32), sacramento grande– de la unión y del amor entre Cristo y su Iglesia. Debemos trabajar para que esas células cristianas de la sociedad nazcan y se desarrollen con afán de santidad, con la conciencia de que el sacramento inicial –el bautismo– ya confiere a todos los cristianos una misión divina, que cada uno debe cumplir en su propio camino.

»Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión depende en gran parte la eficacia y e1 éxito de su vida: su felicidad.

»Pero que no olviden que el secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los adelantos que nos proporciona la civilización, para hacer la casa agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz.

»Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio –que es un sacramento, un ideal y una vocación–, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido. Como dice la Escritura, “aquae multae” –las muchas dificultades, físicas y morales– “non potuerunt extinguere caritatem” (Cant. 8, 7), no podrán apagar el cariño».

De un Padre a sus hijos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El tono y el contenido de estas líneas reflejan el cariño de Escrivá por sus hijos en la Obra, un cariño que se muestra constantemente en sus cartas. Durante otro viaje escribió: “Cualquiera entiende al corazón: ¿queréis creer que, hasta última hora, anduve mirando a ver si llegabais antes de que arrancara el tren? Y ahora me queda el resquemorcillo de haber sido poco generoso con mi Señor Jesús, porque os dije que no vinierais a despedirme –y eso, siendo… ‘malo’, era bueno-, para después andar con el deseo de veros y de charlar unos minutos y abrazaros”[1].

En junio, Fernández Vallespín, que había sido asignado al frente de Madrid, fue herido por la explosión accidental de una granada defectuosa. Tan pronto como recibió la noticia, Escrivá tomó un tren a Ávila y desde allí fue a un hospital próximo al frente, donde estaba siendo tratado de sus múltiples heridas. Poco después Escrivá se enteró de que el padre de Fernández Vallespín había muerto. En vista de la debilidad de Vallespín, y como no le sería posible asistir al funeral o visitar a su familia, decidió retrasar el momento en que se lo contaría. Algunos meses más tarde también se enteró de que le habían comunicado -equivocadamente, como luego se comprobó- que algunos otros miembros de su familia habían muerto. Escribió:

“Jesús te me guarde.

Mi muy querido Ricardo:

Acabo de colgar el teléfono, después de intentar inútilmente hablar contigo. El primer movimiento es ir a verte, con el autobús de mañana. No puede ser. Por eso, me decido a enviarte estas líneas.

¿A qué te voy a hablar de la participación que tengo en tu dolor, si todos tus dolores son dolores míos?

Supimos la muerte de tu padre (q.e.p.d.) casi cuando caíste herido. ¿Quién te iba a decir nada, entonces? Me limité a hacerle todos los sufragios que pude y a escribir (dos veces), para que estuvieran atendidos los tuyos económicamente. Otra cosa no se podía.

Las otras defunciones no las conocía: haré sufragios también. Dame tú los datos que sepas, y dime quién te las ha comunicado. De tu padre, se limitaban a decir: “falleció el padre de Ricardo, el 15 de abril”. Y nada más.

¡Cómo siento que no te pueda abrazar! Con el deseo, me pongo a tu lado, para decir al Señor: Fiat…

El pobre Josemaría querría decirte, sin llorar, que es ahora más Padre tuyo, si cabe.

Un abrazo muy fuerte y te bendigo”[2].

[1] Ibid. p. 542

[2] Ibid. p. 348-349


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