Así le vieron

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Un libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Buscando a Dios en el trabajo ordinario, de Cardenal Albino Luciani (Patriarca de Venecia)

Una amistad de 43 años, de Mons. Pedro Altabella. Canónigo de San Pedro de Roma. Doctor en Teología y Derecho Canónico.

Amigo de la libertad, de Manuel Aznar, Periodista

Un viraje de espiritualidad, del Cardenal Sebastiano Baggio, Prefecto de la S. congregación para los Obispos

Imitando a Monseñor Escrivá he aprendido de nuevo a creer, de Peter Berglar, Profesor Ordinario de Historia Moderna De la Universidad de Colonia

Un santo de nuestro tiempo, de Félix Carmona Moreno, O. S. A.

Un hombre de fe, de Mons. Laureano Castán Lacoma, Obispo de Sigüenza (Guadalajara)

Ese “siervo de Dios”, tan delicadamente Padre, de Cesare Cavalleri, Director de la revista «Studi Cattolici» y crítico literario

Un trabajador de Dios, de Juan de Contreras y López de Ayala, Marqués de Lozoya

Monseñor Escrivá, peregrino de Fátima, de Mons. Alberto Cosme do Amaral, Obispo de Leiria

Un hombre que sabía querer, de Álvaro Domecq, Rejoneador y ganadero

Actitud eclesial del mensaje de Josemaría Escrivá, de P. Ambrogio Eszer, O. P. Relator General de la Congregación para las Causas de los Santos

Un maestro de la libertad cristiana, de Cornelio Fabro. Profesor Ordinario de Filosofia
en la Pontificia Universidad Lateranense y en la Universidad de Perugia

La llamada universal a la santidad, de Antonio Fontán. Catedrático de Filosofía Latina de la Universidad Complutense

El Padre en mi vida, de Ángel Galíndez, Ingeniero Agrónomo. Presidente del Consejo de Administración del Banco de Vizcaya

Mi encuentro con Monseñor Escrivá de Balaguer, de Víctor García Hoz. Catedrático de Pedagogía en la Universidad Complutense de Madrid

El secreto de una vida santa, de Manuel Garrido Bonaño, O. S. B. Profesor de Liturgia en la Facultad de Teología del Norte de España

El Padre Escrivá, de José A. Giménez–Arnáu, Embajador de España

¿Cuál sería su secreto?, de Cardenal Marcelo González Martín, Arzobispo de Toledo Primado de España

Creo que conocí a un santo, de Mons. William Gordon Wheeler, Obispo de Leeds

Un guía espiritual para nuestro tiempo, de Tatiana Goritscheva, Periodista y escritora rusa

Un apóstol de la amistad, Mons. Franz Hengsbach, Obispo de Essen

Corazón universal, de Juan Hervás, Obispo dimisionario de Ciudad Real

Un proyecto de renovación en el corazón del mundo contemporáneo, de Cardenal Franz Konig, Arzobispo de Viena

Recuerdos de una amistad, de Mons. Fray José López Ortiz, Arzobispo titular de Grado. Vicario General Castrense Emérito

Homenaje al Fundador del Opus Dei, del Cardenal Humberto Medeiros, Arzobispo de Boston

Un venerable siervo de Dios, de Mons. Jorge Medina Estévez, Obispo de Rancagua

La amistad que nos unió para siempre, del Cardenal Miguel Darío Miranda, Arzobispo Primado Emérito de México

Recuerdos de un corresponsal, de Eugenio Montes, De la Real Academia Española

Hablaba de lo que él mismo vivía, de Santos Moro Briz, Obispo dimisionario de Ávila

La enseñanza que tuve la suerte de recibir, de Covadonga O’Shea, Periodista. Directora de la revista «Telva»

Mi experiencia, de José Luis Olaizola, Escritor

Monseñor Escrivá de Balaguer y la Universidad, de Paul Ourliac, Miembro del Instituto de Francia

Las preguntas y respuesta de Pozoalbero, de José María Pemán, Escritor. Miembro de la Real Academia Española

Mis encuentros con su personalidad y su obra, de Mons. Johannes Pohlschneider, Obispo de Aquisgrán

Un santo de la vida corriente, de Cardenal Ugo Poletti, Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana. Vicario General del Papa para la diócesis de Roma

En el aniversario de la muerte del Fundador de la Obra, de Cardenal Paul Poupard, Presidente del Consejo Pontificio de Cultura

Un recuerdo personal, de Eduardo Poveda, Obispo de Zamora

Monseñor Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, de Mons. Antonio Quarracino, Obispo de Avellaneda. Secretario General del Celam

Mi testimonio sobre Monseñor Escrivá de Balaguer, de Silvestre Sancho Morales O.P. Rector de la Universidad Santo Tomás en Manila

Su amor a la virtud de la pobreza, de Cardenal Jaime Sin, Arzobispo de Manila

Evangelio y Vaticano II en el espíritu de Josemaría Escrivá de Balaguer, del Cardenal Ángel Suquía, Arzobispo de Madrid. Presidente de la Conferencia Episcopal Española

Una trayectoria espiritual, de Mons. Adolfo S. Tortolo, Arzobispo de Paraná. Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina

La muerte de un gran aragonés, de José María Zaldívar, periodista

Una vida, un camino y una herencia, de Eduardo Zaragüeta, O. S. A.

Villa Tevere

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante más de once años, en Viale Bruno Buozzi sonarán las piquetas de los albañiles, el ruido de las excavadoras, las voces que los capataces hacen llegar de uno a otro andamio. El Fundador no ha querido bendecir la pimera piedra. Reseva la prisa y la paciencia de su corazón para la última: aquella que ha de coronar el edificio.

El antiguo inmueble recibirá el nombre definitivo de Villa Vecchia, y su estilo se mantendrá aunque los arquitectos construyen dos pisos sobre la primitiva estructura. A un lado irán dos casas con fachada a la calle lateral: una de ellas para alojar, de modo independiente, a la administración doméstica. La otra, llamada Montagnola, para la Asesoría Central, organismo de gobierno de la Sección de mujeres de la Obra. El conjunto entero de la finca responderá al romano nombre de Villa Tevere.

La estructura no puede desentonar del estilo de la zona y de la ciudad. Ha de ser, además, un hogar que dé calor a la vida cotidiana del Opus Dei.

Y como tal hoga se proyecta. Cada rincón, cada pasillo, salita o lugar de reunión, debe hacer patente un modo de ser que aparece en el alma y el cuerpo de Villa Tevere.

Resulta increíble pensar que semejante proyecto ha dado comienzo sin medios económicos para financiarse. Sin embargo, así es. A medida que la Obra se extiende, se solicita ayuda a muchas personas de todo el mundo para construir la Sede Central. Al mismo tiempo, el Padre no se permite una pausa en el camino de amor por las almas. No espera a que se acabe la dificultad de estas obras para impulsar otras actividades. Atiende un abundante apostolado en Italia. Prepara la llegada del Opus Dei a otros países. Programa la formación intelectual y ascética de sus hijas e hijos. Se entrega a un estudio constante. Muchas veces, una contrariedad echa por tierra un trabajo que parecía terminado y hay que volver a empezar. Pero hace honor al Somontano que le vio nacer. Hay en su carácter una gran fortaleza y una capacidad de superar contrariedades por insalvables que parezcan. El lo llama tozudez aragonesa; todos saben que es, en primer lugar, una gigantesca fe en Dios.

“Villa Tevere” se levantará firme, sobre cimiento sólido. En los oratorios se suple con más esfuerzo la escasez de medios, para ofrecer a Dios lo mejor de que se dispone: el más bellamente construido será el de la Santísima Trinidad; el mayor, el de Santa María de la Paz, hoy iglesia Prelaticia.

Arriba, en lo alto de un torreón, se puede leer una gran cartela con las palabras Omnia in bonum!, que el Padre explica así:

«Doctrina paulina (…), que yo he repetido tanto en mis treinta años de vocación al Opus Dei. No hay nunca motivo para perderla paz» (23).

“Omnia in bonum”, en lo alto, bien a la vista. Para que se grabe en los ojos y en la mente, y cale hasta el corazón, y se extienda por el mundo entero en siembra de paz y de alegría.

Alegría que inunda la doctrina del Apóstol y que el Fundador apoya en el sentido de filiación divina. Todo cuanto sucede concurre en el bien de los que aman a Dios. Saberse hijos del Padre que está en los Cielos es la certeza de que toda situación, aun aquellas de difícil comprensión humana, tiene su clave en el universal Amor de Dios por sus hijos.

El primer edificio que se termina es el destinado a la Administración, para las mujeres de la Obra que se ocupan de la atención doméstica. El Padre ha dirigido muchos de los detalles, incluso en la decoración interna de la casa. Y les invita, desde entonces, a cuidar especialmente aquello que Dios y la entrega de las gentes de todo el mundo van a poner en sus manos, porque estos muros y estas paredes, les dice, «parecen de piedra y son de amor»(24).

Es decir, cada piedra, cada metro cuadrado, se ha construido sobre el trabajo, el sacrificio y la oración de tantos que ya participan de los apostolados del Opus Dei.

Les rogará, de nuevo, que encomienden al Cielo los pasos de don Alvaro para conseguir créditos con los que sostener y avanzar las tareas comenzadas. A veces los días parecen acelerarse a velocidad increíble. Muchas semanas no hay dinero con qué pagar. Se hacen todas las gestiones posibles. Y de un modo a veces inesperado, siempre se sale a flote. Llega un envío, responden a una llamada, un Banco concede un nuevo crédito. Y todo sigue adelante. Repetidas veces el Padre comenta refiriéndose a don Alvaro:

«Al lado de este hombre es imposible no tener fe»(25).

En los momentos más críticos mantiene el señorío de la generosidad con las personas que prestan algún servicio en la casa. Les invita a participar de algún refrigerio; es espléndido en los salarios, aunque sean las últimas liras que quedan en la casa.

El cuarto del Padre, en los futuros edificios, será una habitación pequeña y austera. El enlosado del suelo, azul y blanco, de forma romboidal. Una cama muy sencilla. Una mesa con tablero que se abre por medio de bisagras. Un sillón de madera y una lámpara de pie, con pantalla.

En la pared un óleo de escuela italiana, ovalado, que representa la Sagrada Familia. A la derecha el Crucifijo. Una inscripción sobre la puerta: «Aparta, Señor, de mí lo que me aparte de Ti » (26).

En la cabecera de la cama, unos mosaicos dibujan un corazón escoltado por esta frase: “Iesus Christus Deus” Homo.

Una mesita de noche y una pequeña banqueta de madera completan la habitación.

En su cuarto de trabajo hay una librería; sobre la pared, las fotografías de los tres primeros hijos suyos que se ordenaron sacerdotes y un rosario de gruesas cuentas. Un tríptico que adorna lo alto de un mueble-cajonera. Un sillón y una mesa de estilo castellano.

Colgada de una pared, una cuerda con la placa metálica numerada que llevan los soldados en tiempo de campaña para su identificación. Está colocada bajo una sencilla acuarela que representa un borriquillo. En la cuerda hay diez nudos. Los hizo un hijo suyo, durante la guerra española, para rezar el Rosario en las trincheras de los campos de batalla.

La ventana, de medianas proporciones, da al llamado “Cortile vecchio”. Igual que las puertas y librerías, está pintada en color verde.

En este pequeño despacho, así como en el destinado a don Alvaro, el Fundador rezará, soñará y conducirá la Obra por los caminos de Dios. Esta va a ser época de maduración bajo su impulso. La etapa de la gran expansión por los cinco Continentes.

A través de la ventana mirará con frecuencia el “Cortile vecchio”: ese pequeño patio de empaque romano, que tiene tonos ocre y mosaicos de colores. Se puede ver la representación de Santa María, que cabalga en borrico blanco y lleva al Niño entre los brazos. A un lado, tres argollas de hierro viejo dan al conjunto sabor de casa antigua, con invitación de hidalga hospitalidad. Es un lugar para monturas que esperan el comienzo de viaje o que retornan del campo una vez cumplida su misión. Y en el suelo, grabadas en la piedra, las huellas de unos pies descalzos: el estilo romano de indicar la dirección correcta.

Por este cortile silencioso cruzarán sus hijos -un día que hoy queda lejano en el tiempo- con el cuerpo exánime del Fundador; se les habrá ido en plena juventud del alma, en el umbral de su trabajo cotidiano, junto a estos muros levantados con el impulso de su amor a Dios y a los hombres.

Cavabianca

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 29 de junio de 1948, está erigido el Colegio Romano de la Santa Cruz. Al extenderse la Obra por el mundo entero, hay una mayor afluencia de alumnos de variada nacionalidad y Villa Tevere ha tenido que estrecharse para dar acogida a los que llegan a la Ciudad Eterna para recibir una formación más intensa, junto al Padre.

Desde 1957 la Obra está en Canadá; en el Salvador desde 1959; y ese mismo año llegan los primeros miembros a Costa Rica. 1960 marca el comienzo de las actividades en Holanda. Un año más tarde se abordan las tierras del Paraguay, y en 1965 la Obra se extiende a Bélgica. También Africa abre su segundo punto de arranque en Nigeria.

Todo ello multiplica el trabajo de gobierno en la Sede Central e incrementa la llegada de nuevos alumnos al Colegio Romano.

Hace tiempo que el Fundador les dice, en broma, que le «estorban» en Villa Tevere y que van a llevárselos a un lugar más grande para que dejen sitio libre. La Obra se hace extensa y las personas que se ocupan de las tareas de gobierno en ala Sede Central, necesitan el espacio que ahora ocupan ellos.

El Padre insiste en la necesidad de buscar una casa espaciosa, porque la llenarán personas de todo el mundo. Les urge con un argumento que cuesta trabajo entender:

-«Se me hace de noche, hijos míos; ¡hay que correr!»(2).

Parece que el Padre barrunta que le queda poco tiempo. Quiere dejarles, firmes, los cimientos de la Obra y cumplir cabalmente aquello para lo que Dios le llamó.

A todos les ilusiona encontrar algo que ya esté construido, con tradición, y que permita contar con una base de partida. Durante mucho tiempo, lo único propio del Colegio Romano será la primera piedra. El Padre llama así a la imagen de un Niño Jesús, réplica a mayor tamaño de la que se conserva en el «Real Patronato de Santa Isabel» de Madrid, a la que tiene un gran cariño.

«Para el Colegio Romano de la Santa Cruz, cuando tenga su sede definitiva. Es la primera piedra que hemos preparado para allá, porque nuestra vida entera ha de fundamentarse en la vida del Señor, desde que nace en Belén hasta que muere en la Cruz» (3).

Terminada en 1960 la construcción de Villa Tevere y en 1963 la sede del Colegio Romano de Santa María, la búsqueda comienza a hacerse más activa; sin prisa, pero sin pausa.

Se visitan los barrios de Roma, cribando posibilidades entre las fincas del casco urbano. Pero, de pronto, aparece una nueva opción en unos terrenos situados fuera de la ciudad, que reúnen buenas cualidades: a las afueras de Roma, con un panorama espléndido y, también, con su poquito de historia.

El nombre que se dará a la sede definitiva del Colegio Romano, Cavabianca -cantera blanca-, no es necesario inventarlo. Se llaman así estas tierras. Bordeadas por la vía Flaminia-una de las rutas consulares que confluyen en la Capital del Imperio romano-, se asoman al hondo cauce del Tíber, que en algunos puntos llega a estar casi cuarenta metros bajo el nivel de la campiña. La via Flaminia, después de cruzar el Tíber por el histórico puente Milvio, entra en la ciudad por la Porta Flaminia y, a través de la Piazza del Popolo y Vía del Corso, llega hasta el Capitolio, corazón de la Roma antigua. Cavabianca se encuentra en una zona más amplia llamada Saxa Rubra -rocas rojas-, donde muchos cristianos sufrieron martirio durante los tres primeros siglos: aquí acampó Constantino antes de la batalla del Puente Milvio, en que venció a Magencio en el siglo IV, inaugurando una etapa de paz para la Iglesia.

Un día de noviembre de 1967, el Padre pasa junto a los terrenos. Le gustan mucho. Y comenta a sus hijos:

«A finales del próximo mes quizá se tenga el terreno para el nuevo Colegio Romano (…). Será como un pueblo, lleno de pequeñas villas familiares, con jardín (…). Al decidir esto, pienso en los que vengan detrás: a mí se me hace de noche. Es muy bonito plantar árboles de cuya sombra no gozaremos, para que los disfruten los que nos sigan».

Los arquitectos inician el trazado de sus planos. Mientras tanto, se van reuniendo muebles y elementos decorativos. Serán restaurados y almacenados en espera de futura instalación, a veces con indicaciones precisas del Padre.

«Estoy pidiendo a tantas personas que nos quieren, muebles simpáticos para el soggiorno, para la casa, de modo que sean recreo de los ojos y descanso del alma. Hay gente por ahí que no lo comprende: no se dan cuenta de que el ambiente de nuestros Centros es un ambiente de hogar, de familia» (4).

En los comienzos de 1971, el Fundador anuncia que se empieza a cimentar Cavabianca.

«Vamos a comenzar las obras allá arriba, en Cavabianca, con dinero que no es nuestro, con el fruto del trabajo de muchos hermanos vuestros, y con la ayuda de muchas personas que ni siquiera son cristianas».

Y algunos meses más tarde:

«En todo el mundo hemos comenzado a preparar instrumentos de trabajo sin dinero. Yo lo había hecho antes muchas veces; pero desde hace años tenía el propósito de no volver a obrar así. Sin embargo, pensando que el bien de la Iglesia y el bien de la Obra (…) hace conveniente que muchos hijos míos pasen por Roma, hemos comenzado a construir Cavabianca con pocas liras. No quería repetir esa locura, pero ya estamos metidos en esta tarea.

Quizá sea la última locura de mi vida; ¡he hecho tantas, por amor de vosotros y de vuestros hermanos!»(5).

Las obras comienzan el 9 de enero de 1971, día en que el Padre cumple 69 años. El 7 de marzo de 1974 ya podrán trasladarse a Cavabianca algunos alumnos del Colegio Romano y el grupo de la Sección de mujeres que se va a hacer cargo de la Administración de todo el grupo de edificios.

Los dos primeros altares que el Padre consagra son los de Nuestra Señora del Buen Consejo y el de de Santa María Reina, en la casa de la Sección de mujeres. La ceremonia tiene lugar el 5 de abril de 1974.

La imagen que preside el oratorio de Santa María Reina. tiene una historia larga y entrañable. Su procedencia es suiza, y la consiguieron algunos italianos de la Obra para llevarla al Padre. Cuando llegó a la Casa Central de Roma seguía siendo una preciosa talla de la Virgen, de tamaño natural, entronizada y con el Niño en los brazos, pero estaba muy deteriorada por el tiempo y la inclemencia.

Cuando el Fundador la vio por primera vez, sintió el aguijonazo de la emoción:

-«¿De dónde te habrán echado, Madre Nuestra? ¡Eres muy hermosa! Quizá estabas en una catedral o en una iglesia muy grande y a ti acudían miles de almas a rezarte. ¡Bienvenida a nuestra casa, Madre nuestra! Te queremos mucho, y procuraremos demostrártelo con obras».

Un pequeño grupo de personas asisten a esta escena de cariño filial y auténtico. Desde ahora hasta su colocación en un oratorio, la imagen tendrá siempre, a sus pies, un jarrón de rosas frescas. Un sacerdote mexicano, artista, se hará cargo de su restauración. Y, en palabras del Padre:

«Como además de ser artista es un hombre de amor, de corazón, como vosotros y como yo -es un enamorado porque la vida nuestra es vida de amor; si no, no vale la pena-, en varios sitios del vestido de la imagen -y casi invisible- escribió: amo-te, amo-te»(6).

En octubre de 1974 la construcción de todos los edificios está muy avanzada a excepción de algunas zonas como el oratorio central, dedicado a Nuestra Señora de los Angeles. Cavabianca es, entero, un recuerdo del Fundador, pero muy en especial este oratorio y la ermita de la Santa Cruz. Porque han pasado por sus manos y su corazón todos los detalles del proyecto.

En el anteoratorio de Nuestra Señora de los Angeles se instala una imagen de San Pío X, el Papa Santo a quien tanta devoción y cariño tiene Monseñor Escrivá de Balaguer. La modeló Sciancalepore en 1971. El Santo Papa aparece revestido con capa pluvial, el rostro sereno, casi sonriente, como se le ve en los comienzos de su Pontificado, y no agobiado por el peso de la Iglesia, con la expresión dolorida de sus últimos tiempos, por los males que afligían a la humanidad.

Todo cuanto el Fundador proyecta está también en función del amor a la Iglesia y a la humanidad, de este deseo de servicio y de verdad que pide para los cristianos del mundo. Los que conviven su presencia cotidiana saben de su sufrimiento, que alivia con la marea de su buen humor, y de la ofrenda aparentemente fácil, pero costosa, de su sonrisa permanente.

El 15 de junio de 1975 visita las obras y ve la imagen de San Pío X, a la que se le van a dorar algunos detalles. Después de rezar una breve oración, le dice amistosamente:

-»¡Qué guapo te van a dejar!»(7).

El oratorio de Santa María de los Angeles tiene planta de cruz griega. El Presbiterio queda tres escalones más elevado que la nave y está rodeado por una barandilla de hierro forjado, recia, en la que destacan los ambones en forma de águila para sostener el atril sobre sus alas. El pavimento alterna el granito con el mármol, en colores de combinación alegre. Los testeros de la nave se cubren con vidrieras emplomadas que apoyan su estructura sobre pilastras de piedra. El vidrio es blanco. Sobre cada tramo, los escudos de algunas obras corporativas del Opus Dei en todo el mundo. En la vidriera central, el sello de la Obra. El techo se cubre por un artesonado.

Bajo el altar se guarda una arqueta llena de saquitos con tierra de los países donde trabaja la Obra. El retablo es de mármol estatuario y acoge diez escenas de la vida de Nuestra Señora.

En el centro del retablo, el óculo por donde se ve el Sagrario. En la parte inferior, la Señora con el Niño en brazos, de tamaño natural. Las figuras de ángeles que flanquean las imágenes principales tocan distintos instrumentos, entre los que destacan las campanas. No en vano sonaban las campanas un 2 de octubre de 1928, en Madrid.

Junto al Santísimo lucen dos lámparas. En la pared del fondo de la capilla del Santísimo, un cuadro representa a María y José con el Niño: protegiendo esta escena de la tierra, la Trinidad del Cielo. Desde la nave del oratorio se vislumbra la presencia de la Sagrada Familia, muy próxima a la presencia de Cristo en la tierra.

Los obreros que fijan el primer Tabernáculo de Cavabianca -varios conocen el Opus Dei desde hace tiempo y trabajaron antes en las obras de Villa Tevere- quieren continuar una costumbre iniciada en aquellos años: escriben sus nombres en una tarjeta, junto a los de algunos arquitectos, y la ponen bajo el Sagrario, encomendándose a las oraciones de los miles de personas que, con el tiempo, rezarán al Señor en este lugar.

El 19 de marzo de 1975, el Padre llega a Cavabianca para celebrar con sus hijos la fiesta de San José, y también día de su santo. Mantiene con ellos una conversación entrañable en la que hace un resumen de su vida. Parece presentir la mano de Dios tirando de su alma. Todos recuerdan esta fecha de modo imborrable.

«No vengo aquí a predicar, sino a abrir un poco mi corazón con vosotros (…).

Esta noche he pensado en tantas cosas de hace muchos años. Ciertamente digo siempre que soy joven, y es verdad: ad Deum qui laetificat iuventutem meam! Soy joven con la juventud de Dios. Pero son muchos años (…).

Veía el camino que hemos recorrido, el modo, y me pasmaba. Porque, efectivamente, una vez más se ha cumplido lo que dice la Escritura: lo que es necio, lo que no vale nada, lo que -se puede decir- casi ni siquiera existe…, todo eso lo coge el Señor y lo pone a su servicio. Así tomó a aquella criatura, como instrumento suyo. No tengo motivo alguno de soberbia (…).

Pasó el tiempo. Fui a buscar fortaleza en los barrios más pobres de Madrid. Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada (…).

Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor. Había una representación de casi todo: había universitarios, obreros, pequeños empresarios, artistas (…).

Estas son las ambiciones del Opus Dei, los medios humanos que pusimos: enfermos incurables, pobres abandonados, niños sin familia y sin cultura, hogares sin fuego y sin calor y sin amor. Y formar a los primeros que venían, hablándoles con una seguridad completa de todo lo que se haría, como si ya estuviese hecho… ¡Y lo estáis haciendo vosotros! Ciertamente hay mucho hecho,,, pero es poco (…).

¿Qué puede hacer una criatura, que debe cumplir una misión, si no tiene medios, ni edad, ni ciencia, ni virtudes, ni nada? Ir a su madre y a su padre, acudir a los que pueden algo, pedir ayuda a los amigos… Eso hice yo en la vida espiritual. Eso sí, a golpe de disciplina, llevando el compás (…).

Hijos míos, toda nuestra fortaleza es prestada. ¡A luchar!, no os hagáis ilusiones. Si peleamos, todo saldrá. Tenéis por delante tanto camino recorrido, que ya no os podéis equivocar (…).

Vamos a dar gracias a Dios. Y ya sabéis que yo no soy necesario. No lo he sido nunca» (8).

Un silencio imponente sigue a este monólogo del Fundador. La luz y el panorama de Cavabianca, la alegría, se les filtra por las ventanas de los edificios. Ninguno es capaz de olvidar las palabras anteriores, que tienen un inquietante matiz de despedida. Aparentemente, no hay ningún motivo físico que lo justifique. El Padre está un poco cansado, pero jovial y animoso como siempre. Su actividad es incesante.

Todavía volverá varias veces más a Cavabianca después del 19 de marzo, para ver el acabado de las obras: el oratorio de Nuestra Señora de los Angeles, y la ermita de la Santa Cruz.

El 15 de junio, bendice en la ermita la imagen de un Santo Cristo en bronce. El Padre ha pedido al escultor que moldee los rasgos y la actitud de un Jesús todavía vivo, mirando y hablando a los amigos que se acerquen a la Cruz, a los que vienen a pedir perdón. A los que quieren aprender el sentido del dolor, la verdad del único triunfo, el punto de arranque de la libertad humana.

«A mí me gustan los crucifijos serenos. He mandado hacer uno de bronce dorado, de tamaño natural… »(9).

Once días después, Monseñor Escrivá de Balaguer partirá, sin preámbulos, al encuentro de Dios. Aunque Cavabianca está prácticamente terminada, no se queda a poner, simbólicamente, la última piedra. Quiso que fueran sus hijos, continuadores de la Obra de Dios, quienes cerrasen ese capítulo del Colegio Romanode la Santa Cruz.

Monseñor Alvaro del Portillo, hablará así después de la muerte del Padre:

«En la última piedra hice poner una frase de nuestro Fundador, que habéis de leer y meditar mucho: vosotros sois la continuidad. Luchad por amor hasta el último instante» (10)

Este punto final de Cavabianca es una lápida de travertino en la que se ha esculpido la imagen del Buen Pastor. Junto a ella, el sello de la Obra y la fecha del 26 de junio de 1975. Quedará empotrada en un muro exterior de la ermita.

«Durante la catequesis por la Península Ibérica, en 1972 -ha narrado Monseñor Alvaro del Portillo-, varias veces contó que le quedaban tres locuras por cumplir. Pero, al explicarlas, hablaba sólo de dos.

Una era Cavabianca, porque verdaderamente resulta una locura haber construido todo- esto: estos edificios se alzan como un monumento de su fe (…). Aquello parecía un sueño, una locura; pero nuestro Padre nos ha enseñado a soñar, y nos aseguraba siempre que nos quedaríamos cortos (…).

Después, hablaba de otra locura: Torreciudad (…). En una ocasión, un hijo suyo portugués le dijo: -Padre, siempre cita tres locuras, pero no conocemos más que dos, ¿cuál es la tercera? ¿Sabéis lo que contestó nuestro Padre?: morirme a tiempo. Y efectivamente (…), ofreció muchas veces su vida por la Iglesia y por el Papa, y Dios le tomó la palabra y se lo llevó»(11).

Aquí, en Cavabianca, queda concluida una de sus últimas locuras de amor por Dios y por los hombres de todo el mundo. Aquí dijo, muy pocas fechas antes de morir, que ya no se sentía necesario. Consumado en el sufrimiento por tantas cosas, puso en manos de Dios la única ofrenda que le quedaba: la alegría de permanecer junto a sus hijos. De verles reunidos en un solo corazón en los lugares que soñó para ellos. Y ésta fue su mejor donación. La que sostendrá siempre firmes los cimientos del Colegio Romano de la Santa Cruz.

COMO UNA SINTESIS

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

«Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra»
(Monseñor Escrivá de Balaguer)(1)

Apartir de febrero de 1931, el Fundador del Opus Dei utiliza en sus apuntes y textos, la expresión «unidad de vida» como un punto de encuentro en el que confluyen las características del espíritu del Opus Dei. Un modo de ser y hacer que constituye la síntesis de su mensaje espiritual. Para un miembro de la Obra es la totalidad de su experiencia espiritual transformada en vida cotidiana, forjada en el molde de su condición laical y secular.

Esta «unidad de vida» se establece en dos vertientes: una interior de oración, de sacrificio, unión con Cristo que lleva a los hijos de Dios a ser contemplativos en medio del mundo; otra, profesional y social de donde arranca la proyección apostólica y que es visible y externa. Como se ha escrito recientemente, este modo de ser fue descrito por el Fundador de modo completo y gráfico en una Instrucción de marzo de 1934. En un párrafo breve, hacia el final del documento, dibuja los «ideales» que dan sentido al Opus Dei: «unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación -cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios-, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es éste un ideal noble y grande, por el que vale la pena dar la vida?»(2).

Pero, ¿cuáles son las líneas maestras que configuran esas resultantes finales? Podríamos señalar, en primer lugar, el descubrimiento de que las realidades temporales, el horizonte completo del mundo, puede ser santificado. El espíritu de Cristo, inserto en la vida de los hombres y mujeres cristianos, puede infiltrar capilarmente la actividad de todos los seres humanos. Y lograr así una plenitud de paz, de amor al mundo y a todo el contenido positivo de la historia.

Y, ¿cómo elevar las cosas del mundo a un orden nuevo que las oriente hacia su mejor y último destino en la eternidad?

Por obra y gracia de un gran número de personas, de todos los estados y condiciones, que se sienten llamados por Dios a vivir la fe cristiana con plena radicalidad, mediante un compromiso profundo y decisivo. Este compromiso se establece como respuesta a una llamada de Dios, personal, y que afecta a la totalidad de la existencia.

Por tanto, una persona del Opus Dei se siente llamada por Dios a llenar su vida y el ámbito de su actividad, del espíritu de Cristo.

Son muy sugerentes los pasajes evangélicos en los que se narra la muerte de Lázaro; los caracteres de Marta y de María, el aire cotidiano, afectuoso y propio, con el que Dios Hombre y los suyos cruzan aquel umbral. Todos hemos imaginado el día en que Lázaro vuelve, por la Voz de Jesús, a un nuevo encuentro con la vida.

Esta Voz, que hoy sigue llamando por su nombre a los amigos, suena una vez más por todos los caminos de la tierra. Así lo repetía el Padre a cuantos se acercaron a él desde 1928. Así lo dejó escrito en un importante documento que comenzó a redactar en Madrid en 1935 y concluyó en Roma en septiembre de 1950.

En quince años de vida, la Obra había llegado a su pleno desarrollo y el Fundador dejaba en letra impresa lo que Dios puso en su corazón aquel 2 de octubre: todos, sacerdotes, solteros, casados, viudos, hombres y mujeres de cualquier edad, raza y condición podían ser atraídos por Dios al Opus Dei.

«La vocación a la Obra no crea un estado nuevo; cada uno conserva el que antes tenía. Por eso hemos dicho que se han abierto los caminos divinos de la vida. Ser santos en nuestro puesto, desempeñando nuestra profesión, siendo lo que somos, porque todos los caminos de la tierra pueden y deben ser un (3) encuentro con Jesucristo».

Para eso Cristo quiere servirse de cada uno de los cristianos, en todas las encrucijadas de los hombres. Llegar hasta los que se agotan en el cansancio, y hasta los que buscan, sin encontrarlo, un sentido a su vida. Codo a codo, en idéntico esfuerzo, en colaboración, es donde el cristiano tiene que demostrar la realidad de su vocación humana y divina. A pesar de su debilidad, sus defectos, sus limitaciones claras y evidentes. Pero con la sobrenatural esperanza que el amor de Dios ha grabado en su alma.

«Se comprende, hijos, que el Apóstol pudiera escribir: todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios (1 Cor III, 22-23)»(4.)

Esta doctrina, hoy extendida y consagrada por el Concilio Vaticano II, entrañó en el año 1928 una revolución de conceptos teológicos, ascéticos y Jurídicos. Hasta entonces, vivir en plenitud la vocación cristiana parecía incluir la resolución de apartarse del mundo, de rechazar las cuestiones temporales y eludir el amor humano en el matrimonio. Y es Monseñor Escrivá de Balaguer quien proclama, con el Nuevo Testamento en la mano, que los Hechos de los Apóstoles nos dan una visión de la primera cristiandad llena de vida multiforme. Y sabe, porque Dios así se lo inspira, que es preciso recordar aquel modo de ser primigenio que se expresa rotundamente en el «Discurso a Diogneto»:

«Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su idioma, ni por sus instituciones. Porque no habitan ciudades exclusivamente suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida distinto de los demás… ».

Evidentemente han existido autores cristianos, sobre todo en los dos últimos siglos, que han tratado de llevar hasta la cima del cristianismo a muchas gentes que vivían en medio de las actividades temporales. Entre ellos se encuentran grandes santos. Pero piensan en esta empresa como algo excepcional, ya que el seguimiento absoluto de Cristo les parece exigir la renuncia total para anclarse en una forma de vida religiosa.

La llamada universal a la plenitud de la vida cristiana en el mundo, resonará de nuevo, y en toda su profundidad, gracias a la inspiración divina y a la fidelidad de un hombre enamorado de Dios: Monseñor Escrivá de Balaguer.

La respuesta a esta vocación ha de estar radicada en la santidad personal. Nadie puede transmitir el espíritu de Cristo ni llenar las realidades temporales con su contenido si no desborda primero su alma. En realidad es una llamada a participar de la intimidad de Dios, a vivir de El y para El. Por tanto, el esfuerzo del Opus Dei por dotar a sus miembros de fortaleza, vida interior y fe, va orientado a un encuentro profundo con la verdad del Evangelio. Y esta colisión debe transformar la vida personal en identificación con Cristo y plenitud de vida cristiana manifestada en hechos.

Es evidente que esta vocación no está limitada por ningún condicionamiento humano. Solamente por la voz de Aquel que llama a los que tiene decidido desde la eternidad. Por ello, se dirige tanto a hombres como a mujeres que, en la Obra, se estructuran en dos Secciones diferentes para expresar esta realidad de unidad y distinción, el Fundador habla en sus escritos primeros de «dos Obras», de «dos ramas de la Obra» o, por último, de «dos Secciones de la Obra».

Por la misma razón, pueden ser llamadas personas célibes y casadas. Se trata, simplemente, de disponibilidad y de una serie de circunstancias personales que delimitan las funciones y participación diversas en la misma empresa apostólica.

Otro rasgo esencial es la presencia de sacerdotes y seglares en absoluta cooperación. La gran mayoría de los miembros son laicos que ejercen sus profesiones en medio de todos los quehaceres del mundo y, entre ellos, la misión del sacerdote es estrictamente espiritual, sin inmiscuirse jamás en las actividades seculares de los miembros de la Obra. Su cometido empieza y termina en la dimensión espiritual.

La vocación es única, y es lógico, sin embargo, que la mayor parte de los miembros de la Obra estén casados y vivan su vocación en el ámbito familiar propio. No resultó fácil abrir la puerta a este hecho a través de una mentalidad que, durante siglos, había refugiado la perfección cristiana en los claustros y desiertos. El Padre volvió a oír que le llamaban loco. Pero no cortó por ello la anchura del camino que Dios había puesto en sus manos. Insistió, frente a todo evento, hasta que el espíritu de la Obra, fue entendido y ratificado por la Iglesia.

«¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”? -Pues la tienes: así, vocación» (5).

Y en el año 1960, repetía:

«Llevo casi cuarenta años predicando el sentido vocacional del matrimonio. ¡Qué ojos llenos de luz he visto más de una vez, cuando -creyendo, ellos y ellas, incompatibles en su vida la entrega a Dios y un amor humano noble y limpio-me oían decir que el matrimonio es un camino divino en la tierra!» (6).

El Fundador del Opus Dei nació en un hogar cálido en el que las contradicciones, el dolor y la muerte no lograron romper la fortaleza y el cariño de sus padres. La inspiración divina que predicó se apoyaba también en esta luminosa realidad para contagiarla a cuantos habían sido elegidos por Dios para crear una familia.

Y también le sirvió para dotar el ámbito familiar en que viven sus hijas e hijos Numerarios -aquellos que habían sido llamados a la santificación de la vida ordinaria pero que dedicarían su vida plenamente al Opus Dei, renunciando al matrimonio- con un ambiente de hogar inconfundible.

Don Alvaro del Portillo subrayaba, un año después de la muerte del Fundador:

«En estos días estoy leyendo cosas de nuestro Padre de los años 30 y 31, escritas de su mano, y decía que la Obra sea siempre una familia. Gracias a Dios, lo ha conseguido: somos una familia, y lo seguiremos siendo: un Padre y unos hijos que ahora tienen a su Cabeza, a su Fundador, en el Cielo» (7).

Jamás torció o intentó influir en una vocación matrimonial que se le hubiera manifestado clara. Durante años rezó y llamó a la puerta de muchas almas que acudían a su dirección espiritual. En los comienzos necesitaba vocaciones con disponibilidad plena y dispuestas a entregarse en el celibato apostólico. Pero nunca desvió la atención de quien estuviera seriamente encauzado hacia el matrimonio.

Tomás Alvira, por ejemplo, conoce al Padre durante la guerra civil española. El ambiente es tenso y la persecución religiosa se halla en pleno apogeo por las calles de Madrid. Tomás tiene la oportunidad de hablar con el Padre de sus deseos de servicio y fidelidad a Dios. Pero también le dice que pensaba haberse casado antes de estallar la guerra. Y entonces Monseñor Escrivá de Balaguer le aconseja:

-«Sí, hijo mío. Tú, cásate» (8).

Les acompañará poco después para cruzar los Pirineos. Y alguno se extraña de que un hombre joven que participa totalmente del espíritu de la Obra siga sin solicitar su admisión. El Padre le explica lo que Dios va a pedir a éste y a otros muchos hombres y mujeres, pero en un futuro para el que aún no ha llegado la hora.

En 1941 conoce el Padre a José María Hernández Sampelayo. Tiene sólo diecisiete años y le lleva hasta la casa de Diego deLeón un amigo:

-«Padre: aquí esta Chemari».

El muchacho confía en este sacerdote joven que se interesa por sus cosas con gran cariño. Muy pronto acude a un Curso de retiro que el Fundador dirige en Molinoviejo, y anota en una página de agenda:

-«El Padre me ha dicho hoy que tenga mucha alegría (…). Me dice que tengo vocación matrimonial» .

También aporta un testimonio similar Víctor García Hoz, que, en 1941, escucha una conclusión del Padre: «Dios te llama por caminos de contemplación» (10). Por aquellos años no se comprende bien que, a un hombre casado, con tres hijos, teniendo que trabajar intensamente para sacar adelante la familia, se le hablara de la vida contemplativa como de algo que él podía y tenía que realizar.

A finales del curso 1947-48, recuerda Vicente Mortes que algunos residentes del Colegio Mayor Moncloa fueron invitados a una charla en la casa de Diego de León. Este día les habla un sacerdote de la Obra sobre la llamada universal a la santidad: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, solteros y casados, pobres y ricos, sabios e ignorantes, sanos y enfermos. La Obra es para todos y la vocación única. A cada uno el Señor le quiere donde se encuentra, en el estado en que le ha llamado.

No les dice nada nuevo que no hayan oído antes al Padre. La novedad es que, ahora, después de recibir la Obra el Decretum laudis, se ha hecho realidad el sueño de su Fundador. En 1948 llegan al Opus Dei los primeros Supernumerarios y, durante el año 1950, pedirán la admisión, en Madrid, las primeras mujeres casadas. En enero de 1951, en Molinoviejo, es el Padre quien les explica el carácter universal de la llamada a la Obra.

Esta vocación dentro del matrimonio lleva inherentes unas obligaciones que impone la propia condición de cristianos. La Obra no hará más que reafirmarlas, actualizar la voz de Cristo que llama al amor generoso, al espíritu de servicio mutuo, a la alegría e ilusión para mantener aquel primer encuentro enamorado; a la afirmación que habrá de dar paso a la vida, porque es don de Dios; al trabajo alegre; a la sobriedad y a la responsabilidad de ser, con sus naturales limitaciones y debilidades personales, un ejemplo constante en su medio social.

En el retablo mayor del Santuario de Torreciudad está esculpido, en alabastro, un grupo que representa los desposorios de la Virgen. El Sumo Sacerdote preside la escena. Las manos de María y de José avanzan hasta quedar cercanas. La de José ofrece una alianza de oro que va a sellar el difícil y amable cometido que el Espíritu Santo ha previsto ya para su amor. Es el ejemplo que podrán tener siempre, en los divinos avatares de su camino por la vida.

Venezuela: en el trópico

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Aquí, en Venezuela, y en otros lugares del trópico, sólo hay dos grandes estaciones: la de las lluvias, a la que se llama invierno, y la de sequía, que -aunque sea más fresca- recibe el nombre de verano.

El Padre llega al aeropuerto de Maiquetía, en Caracas, a las cinco de la tarde del día 15 de agosto; el huracán Alma ha mantenido en estado de alerta los aeropuertos nacionales, pero los vientos han pasado rumbo a occidente y la serenidad impera. Monseñor Escrivá de Balaguer viene todavía enfermo, sin recuperar. Un coche le recoge en la misma pista y sale camino de Altoclaro, una casa a varias decenas de kilómetros del aeropuerto (65).

Hacia la mitad del trayecto, los cerros que rodean la ciudad se ven inundados de «ranchitos» -casas muy pobres hechas con materiales diversos: cartón, planchas de zinc donde viven muchas personas que llegan a la capital, desde el interior del país, a buscar trabajo y mejores condiciones de vida. Aunque este fenómeno se da en muchas de las grandes ciudades de Venezuela, en Caracas es muy acusado, por el número de «ranchitos» y las peculiaridades topográficas de la ciudad (66)

Al verlos desde el coche, el Padre habla a los que le acompañan de la necesidad de no olvidar a estas gentes, facilitándoles formación para adquirir mejores condiciones de vida. Les subraya la urgencia de que muchas personas, con mentalidad cristiana, se ocupen de distribuir bien las inmensas riquezas naturales que Dios ha concedido al país venezolano.

Nada más llegar a Altoclaro se reúne con un pequeño grupo de hijos suyos. Es una hora de emoción. Algunos ven hoy por primera vez al Fundador, aunque lleven años en el Opus Dei. Para cada uno tiene una palabra de afecto, un saludo cercano y familiar. Como si los hubiese conocido desde siempre.

La tarde cae. Hoy, fiesta de la Asunción, el Opus Dei renueva su Consagración al Corazón Dulcísimo de María. El recuerdo vuela hacia aquel otro «ferragosto», cuando el Fundador acudió a la Virgen de Loreto en busca de protección y fortaleza.

En el oratorio, este grupo de hombres, de muy lejana latitud, reza hoy en voz alta la misma confianza, idéntica fe y apoyo en la Madre de Cristo.

A partir del día siguiente empiezan a llegar cartas de sus hijos. De los amigos de la Obra en Venezuela. Todos desean su recuperación: universalmente expresan su cariño. Y tienen la esperanza de poder escucharle.

Durante dos semanas el Padre permanecerá en Altoclaro, sin hacer ninguna salida en público. Son días de intimidad familiar. Pasea por el jardín o por la casa. Toma del brazo al primero que se hace el encontradizo y se lo lleva con él. Le pregunta por su trabajo, por su vida; quizá le cuenta alguna anécdota o le habla de sus hermanos repartidos por todo el mundo; recuerda los detalles chispeantes de cada uno: el oriental que cuida un árbol enano en Brasil con la esperanza de que no crezca; las peripecias de los que se han ido al otro lado de la tierra, Japón, Filipinas, África, para sembrar allí el Opus Dei. Frecuentemente les pide que pongan unas letras a Roma, porque estarán deseando recibirlas.

Tiene deseos de encontrarse con muchos venezolanos. Pero su estado físico no mejora, y les promete que volverá en otra ocasión para pasar horas junto a ellos.

«En Ecuador, toda mi catequesis ha consistido en no hablar, porque el Señor no me lo ha permitido. He sufrido mucho por vuestros hermanos de allí, que me esperaban con tanto cariño. Aquí, en Venezuela, haremos también lo que Dios quiera. Perdonad que no me encuentre del todo bien, y o»alá el Señor permita que podamos tener esas tertulias que decís» .

Los días 29 y 30 de agosto se reúne con dos grupos numerosos en el jardín de Altoclaro. Pero no puede repetirlo más veces.

Cuando se marcha, bromea:

«Me voy como don Quijote de la Mancha: desmantelado el caballo».

Y rápidamente añade:

«Estoy muy contento».

Ya en el aeropuerto, se despide:

«He estado muy a gusto con vosotros, pero no me encontrababien de salud. ¡Qué le vamos a hacer! A vuestro lado he estado muy a gusto, con la pena de no poder hacer nada»(68).

Todo su cariño se afirma en el deseo de volver cuanto antes.

Andalucía: tierra de María Santísima

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 6 de noviembre, en la atardecida jerezana, llega el Padre a Pozoalbero. Comienzan ya los primeros ruidos de la noche: los pájaros agotan sus energías avalados por el silencio campero. Pozoalbero, nombre de arena al sol y de agua fresca, va a ser el escenario de su cita con Andalucía. Porque hasta aquí llegarán, a lo largo de siete jornadas, gentes de Córdoba, Sevilla, Huelva y Cádiz. Todos con su equipaje de alegría; con su guitarra y sus palmas, capaces de convertir el aire en danza.

La verdad es que Andalucía se ha sacado de la manga un sol brillante para recibir al Fundador, después de unos días de lluvia torrencial que han llegado a preocupar a los organizadores de las reuniones.

Como salón de actos, se habilita un patio del viejo lagar. Al fondo se ha colgado un repostero con el escudo de la casa. Y alrededor, un lema: «Siempre fieles, siempre alegres, con alma y con calma». Es el brindis que hiciera el Padre, el 2 de octubre de 1968, en el cuarenta aniversario de la Obra. Cuando lo vea, comentará con gracia:

-«Desde luego, aquí no se puede decir nada: enseguida lo ponéis por las paredes» (31).

Tiene el lagar paredes encaladas y apliques de viejos azulejos. Los portones están pintados de verde; los muebles son oscuros, recios. Las esteras de esparto esparcen un olor áspero y fuerte.

Más de dos mil personas llenarán el recinto, cada uno de los siete días que el Padre permanece en Pozoalbero. Pero el número no importa. Según reza una vieja letra de la tierra, «están los cabales», aunque apenas quepa un alfiler dentro de la nave.

-«Vamos a tener una conversación, una especie de tertulia andaluza. Como si estuviéramos sólo veinte personas»(32).

Un Cooperador le cuenta que ha perdido a su mujer y a un hijo, en un accidente:

-«Vengo por si veo una chispita de luz donde agarrarme».

-«Mira, el Señor nos quiere con locura. Se llevó a los tuyos porque estaban maduros para el Cielo. Para ti es un golpe grande, y lo comprendo. Yo tengo corazón y también lloro, cuando pierdo a las personas queridas».

El Padre explica que se encara con el Señor en estos casos. «Pero no ofendiéndole. Son palabras de amor. Le digo: ¿por qué te llevas a éstos, que hubieran podido servirte, que hubieran sido tan útiles a otras almas? Y, al final, bajo la cabeza: Tú sabes más que yo. Y añado: hágase, cúmplase… »(33).

El Hermano Mayor de una cofradía de Sevilla le trae una imagen de la Macarena en nombre de todos sus cofrades. El Padre la contempla un rato, habla de su belleza y la besa con enorme cariño…

Y luego decide ponerla, bien visible, en algún lugar donde se la pueda rezar mucho…

Se acelera el diálogo y las preguntas parten del auditorio rápidas como saetas: la paz, el miedo, el dolor, la felicidad. Y la cotidianeidad de las pequeñas grandes cosas: el dinero, la faena de cada día, el amor de cada minuto…

Como escribiría más tarde José María Pemán las respuestas del Padre «parecen dichas desde una torre de varios pisos superpuestos. En el bajo, la gracia humana: la anécdota o el comentario que mueve a esa oración de los sencillos que es la risa. Enseguida el piso central: que es la gracia poética, que expende emoción, que sugestiona tanto como persuade. Pero lo que exige el Padre Escrivá a sus primeras gracias subalternas es que anticipen el aire de familia de la última, que espera en la azotea y que es la Gracia de

Dios» (34)

Aquí, como en todas partes, el Padre vuelve a darse sin poner ninguna barrera, con alegría, con alma. Fuera, el albero relumbra y pasa de «soleares» a «bulerías» según el bordón que toca, con cada uno de los temas, la ascética del Padre.

Cuando abandone Pozoalbero, las gentes sencillas de la tierra guardarán entre geranios y jazmines su memoria. El recuerdo de un sacerdote que les hablaba directamente al corazón.

Como don Juan Mateos, cura jerezano de ochenta años de edad y que cree no servir ya para casi nada…

-«Dios está muy contento de ti, y nosotros estamos orgullosos de ti, tenemos el orgullo de tu vocación. Dios te guarde muchos años en la tierra para rezar (…), para decir tu Misa sin prisa, para rezar tu Breviario sin prisa. Y, cuando no lo puedas rezar, no lo reces: reza el Rosario, ¿está claro? ¡Dos besos te doy con toda mi alma!… ».

Ha terminado una tertulia y María, la mujer de Ignacio, el gitano «enchinaor», le dice a un sacerdote:

«Dígale al Padre que le deseo mucha “zalú” para que siga haciendo su Obra… ».

Y un matrimonio de campesinos de Vejer de la Frontera hace una síntesis indiscutible de su reunión con el Padre:

«Siguen siendo malas las cosas que siempre lo han sido, y buenas las que lo han sido siempre. Y, además, hay cosas mucho mejores».

Y fray Alejandro, lego Capuchino que viene desde Sanlúcar de Barrameda a Pozoalbero con una imagen de la Virgen para que se la bendiga el Padre porque quiere que reciba la bendición de un santo.

Los venteros de Casa Manolo, junto a la carretera, gitanos de raza, son interrogados por la policía, asombrada de la cantidad de gente que entra y sale de Pozoalbero. Y María Jesús y Manolín dicen, quitándose la palabra:

-«No se preocupen que en Pozoalbero, como siempre, sólo se habla de Dios »(35)

También visitará Sevilla y Cádiz. A las alumnas de Albaydar, Escuela de Secretariado y Decoración, y a los universitarios del Colegio Mayor Guadaira.

«Me he pasado la mayor parte de mi vida enseñando a santificar el trabajo. A los andaluces os han levantado una fama muy mala de que no trabajáis, y no es verdad. Aquí se trabaja, y se trabaja con salero, y con una sonrisa en los labios. ¡Bien! Lo hacéis muy bien todos… ».

Y a un estudiante que le interroga acerca de los que no quieren escuchar, por no complicarse la vida:

«El que no se complica la vida no es buen cristiano. Además, si él no lo hace voluntariamente, la vida misma se encargará de complicarle de todas maneras, y entonces será un desgraciado. Se sentirá cobarde, inútil, ineficaz, un peso muerto que tendrán que arrastrar los demás»(36)

Habla de las razones de justicia que exige el estudio profundo y serio:

«La sociedad (…) espera vuestros servicios: de médicos, de ingenieros, de abogados, de arquitectos… Es una labor que debéis realizar en favor de los demás ciudadanos, en justicia. Y resulta que ahora, a veces, se va a la universidad y no se estudia. ¿En qué quedamos? No parece muy razonable esta actitud»(37).

Le preguntan por el amor humano, por la sinceridad y la lealtad, por el trabajo… Y, en la tierra de María Santísima, por la devoción a la Virgen:

«Ya rezaréis para que también yo vuelva siempre a mi Madre, con el amor que la tenéis vosotros. He venido a Sevilla, una vez más, para aprender a amar a la Virgen. No vengo a enseñar: vengo siempre a aprender»(38).

En Cádiz, visitará a las monjas Carmelitas descalzas. Allí, junto a estos muros que levantara a golpe de fe la santa andariega de Castilla, el Padre viene a recabar oración que se transforme en fortaleza para la Obra de Dios. Y les ofrece, a cambio, el cariño y el agradecimiento de estos otros andariegos del mundo que se empeñan en amar y hacer amar a Jesucristo, en medio de la calle. El Fundador dice adiós a Andalucía. Aunque está muy entrado el otoño, la tierra sigue de gala y saca su mejor luz: es un alarde de blancos, verdes y azules en el paisaje sureño.

Portugal: país de promisión

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Un pequeño grupo sigue con expectación las evoluciones del avión que aterriza en Pedras Rubras: junto con el Consiliario del Opus Dei en Portugal y algunos miembros de la Obra, está también el Gobernador de Oporto. Se apagan los motores, y el Padre, don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría descienden por la escalerilla.

-«Me siento feliz por estar una vez más en Portugal. Mi única pena es no saber hablar portugués»(22).

Durante siete días, Monseñor Escrivá de Balaguer va a presidir múltiples reuniones; conocerá los nuevos Centros abiertos en Lisboa, Coimbra, Oporto. Las tareas que la Obra aborda sin distinción de edades o de posición social. Desde bachilleres a campesinos pasando por sacerdotes, universitarios y matrimonios…

Enxomíl, la Casa de Retiros en los alrededores de Oporto, se llena en convocatorias sucesivas. La gente joven comparece con sus guitarras a punto de fado, y docenas de preguntas. Tal vez porque se saben objeto del futuro, interrogan acerca de la crisis de fe que sacude el mundo:

«Sí, es cierto que es un tiempo de falta de fe, y también es tiempo de mucha fe. Actualmente hay personas -yo conozco alguna-, que jamás habían hecho tantos actos de abandono en la misericordia de Dios, como ahora. Si rezamos todos juntos, si ponemos un poquito de nuestra buena voluntad, el Señor nos dará su gracia y pasará esta noche oscura, esta noche tremenda. Vendrá el alba, la mañana llena de sol. ¡Como estos días de Lisboa, que son una maravilla! » (23).

En Lisboa recibe a más de trescientos sacerdotes:

Se dirige a uno, después de contestar a una pregunta:

-«Me dan unas ganas de besarte las manos… »(24).

Y el Fundador mira el local del Club Xénon, materialmente abarrotado de hombres cuya vida está consagrada al servicio de Jesucristo…

-«Os tengo que decir que, cuando estoy rodeado de sacerdotes, me entusiasmo, me conmuevo, y me doy cuenta de que cada uno de vosotros podría darme doscientas docenas de lecciones, que serían de mucho provecho para mí. Por eso no predico a los sacerdotes: hablo con ellos de lo que ellos quieren… »(25).

Alguien le hace notar que están presentes algunos sacerdotes ya mayores:

-«¡Si viérais mi alegría cuando, en esta correría apostólica, he visto sacerdotes de más de ochenta años, que han pedido la admisión en el Opus Dei! Me acercaba furtivamente a besarles las manos, y les decía: tienes todos estos tesoros que has ido recogiendo, con tu trabajo, en las últimas parroquias de la diócesis, y yo debía estar de rodillas delante de ti. ¡Eres maravilloso! (…).

Aquí no hay nadie viejo. Todos somos jóvenes, todos (…). Somos inconmovibles (…). ¿Qué edad tenemos? Pues no lo sé; pero joven, siempre joven».

-«¡La edad del amor de Dios!», apunta don Álvaro.

-«Del amor de Dios, sí. ¡La edad del amor de Dios! La edad de hacer las cosas por amor. La edad de no dividir, sino de unir (…). La edad de ir detrás de los hermanos en el sacerdocio, que se nos han perdido por descuido de todos… »(26).

La tertulia se prolonga. Quieren preguntar los recién llegados al sacerdocio; otros, con años de experiencia; los de Lisboa y los que proceden desde otros puntos de Portugal… El tiempo pasa muy rápido y alguien se acerca al Padre:

-Padre, es la hora.

-« ¡Nos echan! ¿Me perdonáis? Pero quiero aprovecharme de vosotros, porque os he hablado hace un rato de la maravilla que el Señor ha puesto en vuestras manos. Tengo devoción -y algunos de los que están aquí lo saben- a recibir la bendición de mis hermanos sacerdotes. Así que os doy un sablazo. Me pongo de rodillas y me dais la bendición, por amor de Jesucristo (27).

Todos invocan al Padre, Hijo y Espíritu Santo, para que descienda sobre el corazón y los trabajos de este sacerdote, Fundador del Opus Dei.

Y Monseñor Escrivá de Balaguer también les bendice. Después, sale deprisa, mientras se pierden en el aire sus últimas palabras.

El amor por el sacerdocio ocupa el alma del Padre desde sus años de Seminario, en Zaragoza. Ahora, a sus hijos portugueses les ha impulsado a vivir una fraternidad sacerdotal constante, una ayuda mutua sin fronteras en el cumplimiento de esta misión, de esta batalla por la santidad. Y les ha pedido, una vez más, a los sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, la lealtad y la obediencia incondicional a los Obispos de sus diócesis. Y, por encima de todo, cariño. Amor de unos por otros:

«¡Que nos queramos, que nos queramos mucho! Que amemos también a los religiosos, porque todos somos una sola cosa; y veréis cómo la Iglesia florece y los seminarios se llenan; cómo se salvan las almas y cómo seremos felices todos»(28).

No podía faltar el Padre, no faltó, a una cita con la Virgen de Fátima. El día 2 de noviembre viene hasta el Santuario, una vez más, para poner en sus manos las realidades y esperanzas de la Obra. Hace pocos días les ha dicho:

«Siempre que estoy en Portugal me acerco a Fátima para rezar a la Virgen. A veces vengo exclusivamente a eso, y me escapo sin dejarme ver de nadie.

Tengo mucho cariño a todos los santuarios de la Virgen, y prácticamente se puede decir que he recorrido todos los de Europa. Pero Fátima me encanta de modo especial: por vuestro pueblo, que es de una fidelidad a la Virgen que conmueve»(29).

Llega la hora de partir. El 6 de noviembre tomará el avión que ha de conducirle nuevamente a España. Otras distancias le reclaman, pero no puede evitar, camino de la despedida, decir en una breve confidencia al viento:

-«¡Cuesta marcharse! »(30)

Dejar este país que tiene un corazón inmenso y un sentido formidable de la fraternidad universal.

Un Bilbao con cielo azul

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La carretera se empina al llegar a Derio, en las cercanías de Bilbao. Y ya no abandona la cuesta hasta adentrarse en cimas cubiertas de abetos. A la izquierda, de modo casi inesperado, sorprende la entrada de Islabe, la Casa de Retiros dirigida por el Opus Dei. Hoy, 10 de octubre, parece que el cielo se ha puesto de acuerdo para estrenar su mejor azul. Es la fecha en que Monseñor Escrivá de Balaguer llega a la capital vizcaína. Al día siguiente, Vizcaya celebra la Maternidad de la Virgen bajo la advocación de la Madre de Dios de Begoña.

Pasará tres días en la ciudad. Pero durante estas jornadas se reúne con varios miles de personas, en Islabe y en el Colegio Gaztelueta.

Islabe acogerá representaciones de Itxaso, Centro profesional para la formación de la mujer, además de Bertendona, Escuela de Empleadas del Hogar. Una muchacha joven abre el turno de preguntas:

-«Padre, ¿qué es lo que le pide a la juventud?».

-«Yo le pido, a la tuya y a la de todas mis hijas, que sea eterna la juventud. Si os acercáis a Dios, si tenéis trato con Dios, cada día más íntimo; si os hacéis amigas del Señor, si os enamoráis del Señor, tendréis una juventud eterna también, porque estaréis cerca de Dios, que alegra la juventud (…).

En el Opus Dei no hay viejos: todos somos jóvenes. Con esa juventud maravillosa de Jesucristo Señor Nuestro, que siempre es el mismo: ayer, hoy y mañana. Herí, hodíe et in saecula!»(7).

También hablará con alumnos de Gaztelueta y de los estudios nocturnos, chicos de Clubs de Bilbao o Baracaldo y universitarios del Colegio Mayor Abando. Para los alumnos de la sección de estudios nocturnos tendrá palabras de estímulo:

-«¡Son estupendos! Unas criaturas que están trabajando con toda su alma, y que hacen el esfuerzo de venir corriendo aquí -con la lengua fuera- para estudiar, con un cariño inmenso, con un deseo de saber… Yo los quiero con predilección. ¡Que Dios les bendiga!»(8).

Un universitario le plantea las dificultades de la fe frente al espíritu crítico:

-«Padre, la fe del carbonero… »

-«Me parece muy bien la fe del carbonero, pero prefiero la fe ilustrada. Aquí os dan buenas clases de religión; procurad aprender (…). La religión no es una cosa secundaria; no es una asignatura de segunda categoría. ¡Es importantísima! Si vamos a las mejores bibliotecas del mundo, la mayor cantidad de libros son de religión, de teología, que es la ciencia que tiene mayor interés para la humanidad. Por lo tanto, tú aprende y además pide al Señor que te dé también la fe del carbonero; pero, en lo posible, sabiendo, comprendiendo lo que la mente humana puede comprender, que no es todo (…).

Yo doy muchas vueltas, con el entendimiento, al misterio de la Santísima Trinidad. Me enamora leer cosas de k Trinidad y de la Unidad de Dios, y cuando algunas veces me parece que veo una lumbre, una luz, me pongo contento. Y cuando me encuentro sin luces, me pongo más contento y digo: ¡Señor, qué grande eres! ¡Qué pequeño serías, si yo pudiera comprenderte! Es lógico que no lo pueda entender. Y entonces le pido que me deje prácticamente la fe del carbonero, pero… soy doctor en teología, ¿sabes? Del todo carbonero, no» (9).

No faltarán en Islabe, a la cita con el Padre más de un centenar de sacerdotes diocesanos de Vizcaya, Burgos y Santander.

En la mañana del 12 de octubre, los alrededores de Gaztelueta se animan por una concentración inusitada. Hay gentes de Bilbao, de San Sebastián, Burgos y Santander. También un pequeño grupo de extranjeros. La reunión resulta especialmente entrañable porque entre los asistentes hay algunos de los que iniciaron la Obra en Vizcaya. De aquellos que tuvieron la esperanza suficiente para sembrar y dejar la cosecha a punto para los que llegaron más tarde. El colegio se encuentra materialmente abarrotado: todos -obreros, empresarios, profesores- se apiñan para ver y oír al Padre. Las preguntas se suceden sin interrupción. Y queda patente el cariño desbordante del Fundador a cuantos han acudido hasta Gaztelueta.

El número de asistentes a las reuniones con el Padre ha sobrepasado los cálculos previstos. El «hall» del Edificio Central de Gaztelueta se ha llenado a rebosar todos los días. Aquí, en este Centro docente, el Fundador habla especialmente de la importancia del profesor, del maestro, en la tarea de educar a la juventud. A una pregunta en la que alguien necesita saber cuál es la virtud más importante para esta misión, el Padre responde:

«Necesitáis todas, pero sobre todo manifestar a los chicos una lealtad muy grande. Que vean que les queréis, que os sacrificáis, que tenéis la suficiente ciencia y que sabéis comunicársela con gracia, con luz, con don de lenguas, de modo que os entiendan. ¿Está claro? No puedes exigirles lo que tú no tengas. Procura poseerlo y luego exige»(10).

Y también invita a los padres a formar parte de esta tarea apasionante.

«¿Cómo queréis que vuestros hijos salgan adelante, si no formáis vosotros parte activa de la labor? En un colegio, por ejemplo, primero son los padres de familia, luego los profesores y por último los alumnos. Vosotros debéis mantener contacto constante con la labor; si no, no va. No haríamos nada»(11).

Una tarde en Islabe habla con un extenso grupo de matrimonios que han ayudado a la Obra desde su llegada a Bilbao. Ante ellos insiste también en esta labor educativa de la juventud, en todos los niveles sociales. Les pide ayuda para un barrio obrero de Roma en el que se levanta ya el Centro ELIS de formación profesional:

-«La ilusión mía es comenzar este otoño próximo, si el Señor me da vida, a trabajar mucho con los obreros del Tiburtino. Hasta ahora no he podido. Apenas he podido ir a las labores de mis hijos y de mis hijas en Italia, que trabajan maravillosamente» (12).

Al final de cada encuentro hay un aire de alegría en las caras; son amigos que salen de una reunión familiar, hermanos en el trabajo de cada día. Un Cooperador afirma rotundamente, después de una tertulia con el Padre:

-«Dios quiso promover la Obra en 1928, porque la iba a necesitar en 1972»(13)

Este cielo norteño ha cumplido un deber de cortesía: reservar la lluvia y dejar paso a un buen sol para estas jornadas en las que un hombre de Dios habla del amor a la Iglesia, al Papa, y de servicio incansable a todos los hombres.

Navarra, punto de partida

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Universidad de Navarra

El 4 de octubre llega el Padre a Pamplona. La Universidad cuenta ya con los edificios apropiados para cada Facultad; los Colegios Mayores levantan su estructura sobre el Campus, que aparece verde, cuidado, como un toque de suavidad junto a la arquitectura de piedra.

El Fundador va a ofrecer una parte de su tiempo en Pamplona a los profesores de esta Universidad. En un solemne acto académico, confiere el grado de doctor honoris causa a los profesores Ourliac, profesor de Historia del Derecho en las Universidades de Montpellier y Toulouse; el Marqués de Lozoya, profesor emérito de Historia del Arte de la Universidad Complutense; Letterer, profesor de Patología General. Los tres de gran prestigio en el campo del derecho medieval, de la historia del arte o de la investigación genética.

Cuando impone los birretes a los nuevos doctores honoris causa, las normas del protocolo no impiden que se manifieste su condición de afectuosa solicitud.

Habla a los cientos de personas que asisten, durante estos días, al V Consejo de Delegados de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra. Y atiende con igual dedicación y esmero, a campesinos llegados de los pueblos de la Ribera, del Roncal, Baztán y la Rioja. A las empleadas del hogar, enfermeras y asistentes sociales. A grupos de estudiantes españoles y extranjeros que han venido para saludarle. También los sacerdotes y religiosos ocupan, como siempre, un lugar preeminente en su atención: varios centenares escucharán sus palabras de reciedumbre y optimismo cristiano. Acuden asimismo las autoridades provinciales y locales, incluidas las eclesiásticas, que serán testigos de su afecto y agradecimiento.

Durante su estancia en Pamplona vive en el Colegio Mayor Aralar, y emplea las últimas horas del atardecer en charlar con los universitarios. Lo hace con la misma juventud de ánimo con que abordaba los problemas en aquellos años de su licenciatura, en las aulas de la Facultad de Derecho de Zaragoza.

Grupos de estudiantes nigerianos, alemanes, latinoamericanos, franceses… se reúnen en estas tertulias.

Días después llegarán cartas agradeciendo las atenciones recibidas. Como este profesor de Física, que escribe desde Rennes:

«Este viaje a Pamplona ha sido algo encantador. Gracias a la Obra -caminos se abren en medio de las montañas-, me siento arrastrado irresistiblemente. Con tu ayuda espero responder a Dios con generosidad»(2).

Durante las reuniones -masivas-, que tienen lugar en los Colegios Mayores de la Universidad, sabe dar doctrina en un tono familiar amable, lleno de humor, que pone una nota de alegría en el ambiente. El silencio y la risa subrayan los momentos de sus tertulias: porque pasa, sin transición, de la exigencia seria, grave, a la gracia que cambia repentinamente el clima. Millares de personas guardarán un recuerdo imborrable.

Estas charlas son todo menos un sermón. Tampoco un escenario triunfalista. El Padre sabe pedir con naturalidad; recordar a los cristianos la honda singladura en que están embarcados. Para cada uno tiene la ambientación adecuada: algo así como una parábola cambiante según la condición y el momento. A los campesinos les pregunta por su trabajo, por las preocupaciones de su vida, por los problemas que acucian su jornada:

-«Tú sabes que hay personas a las que yo quiero mucho, en diversas partes del mundo, haciendo una gran labor en el ambiente campesino, con las Escuelas Familiares Agrarias, por ejemplo, y con tantas otras iniciativas de promoción social. No es para alejar a la gente del campo, sino para facilitarles los medios de llevar una vida espiritual y económicamente sana. Tenéis pleno derecho» (3).

Se refiere el Padre a las EFA, creadas con proyección internacional, como centros de formación permanente y de promoción rural. En ellas, el agricultor tiene el máximo protagonismo y las enseñanzas teórico-prácticas se adaptan al medio concreto sobre el que han de trabajar los campesinos.

La participación de jóvenes y adultos, la práctica del trabajo en equipo y la experiencia multidisciplinar de los técnicos y profesionales agrarios que imparten estas enseñanzas han hecho de más de medio centenar de Escuelas Familiares Agrarias, repartidas por todo el mundo, una realidad de importancia incuestionable a nivel personal y social.

En el Instituto de Enseñanza Media y Formación profesional Irabia situado en el barrio obrero de la Chantrea, habla con los profesores y padres de alumnos. El barrio acoge una población flotante, una emigración dentro de la Península. Hay representación de otras regiones españolas, ya que la mano de obra acude a Navarra en busca de un más alto nivel de vida. Son trabajadores que tratan de sacar sus familias adelante después de haber dejado su terruño natal.

Junto a su derecho al trabajo y al respeto de todos, les recuerda que Jesús, un obrero manual, está esperando la santidad… de sus hermanos los hombres. En primera fila está sentado hoy Félix, que es ciego. Sus hijos estudian en Irabía y él es Cooperador del Opus Dei. De pronto levanta su voz:

-«Padre, yo no conozco a mis hijos… ».

El Fundador se inclina hacia él:

-«Sí los conoces, hijo mío. Tú tienes mucha luz, ¿oyes?

Tienes mucha luz de Dios (…). No la rechaces. Recibe siempre con cariño la luz del Señor. Tú tienes más vista que nadie»(4).

Y sabe pedir, también, los medios materiales para llevar a cabo las labores apostólicas. El domingo 8 de octubre habla, en el Colegio Mayor Belagua, con profesores, bedeles, encargados de la limpieza, personal administrativo…

«En estos momentos, en otro sitio, hay reunidas cuatrocientas personas, tratando de encontrar dinero para que todos vosotros podáis salir adelante. Porque la Universidad -lo sabéis como yo- no se sostiene sola. Cuantos más alumnos hay, mejor y peor: mejor, porque hacéis una magnífica labor con estas criaturas. Peor, porque hay más gastos y aumenta el déficit (…).

Vamos a encomendarles para que acierten y saquen cuartos. Ya sabéis que, en la medida de lo posible, no se os paga a nadie por debajo de otras instituciones. Yo querría que ganarais algo más (…).

¿Perdonáis que os haya dicho esto? Es que traigo encima la preocupación de esos cuatrocientos… ».

Pero no quiere que las dificultades económicas frenen las ambiciones buenas:

«Tened miras amplias… Buscad lo mejor para vuestra Facultad, para vuestra Escuela, para vuestro Instituto. Y si os dicen que no hay dinero, insistid. ¡Saldrá! No hemos dejado nunca de hacer nada porque faltara el dinero. No hubiéramos llevado a cabo nada, en ese caso»(5).

Apoyado en la anécdota inmediata de cualquier pregunta, expone de modo diáfano y estimulante el espíritu del Opus Dei. Subraya la necesidad del trabajo serio y profundo. De la perfección en los pequeños detalles que hacen impecable al trabajo total. De la paz de espíritu en el estudio y la investigación, sabiendo que Dios está en el horizonte de todo conocimiento temporal.

En el discurso que ha pronunciado en el acto de investidura de los nuevos Doctores, dice:

«Las ciencias humanas, desarrolladas con principios y métodos propios, avaloradas con el contraste de la Revelación sobrenatural, contribuyen a resolver de modo adecuado los problemas humanos, espirituales y temporales, de todo tiempo y lugar.

La Universidad no vive de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres. No es misión suya ofrecer soluciones inmediatas. Pero, al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan, y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa… » (6).

Concluye la estancia del Padre en Navarra. Docenas de coches toman el camino de regreso a Logroño, Vitoria, San Sebastián, Tudela, Miranda… Algunos han de cruzar fronteras para volver a su país.

Antes de partir, Monseñor Escrivá de Balaguer se acerca a la ermita donde permanece vigilante la Virgen que preside el Campus. Aquí está, con la serenidad grabada en el mármol. Desde su emplazamiento se pueden ver los edificios que ha levantado esta siembra de esfuerzo y de fe.

10. Devociones

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Beato Josemaría ha escrito en Forja: Aprende a alabar al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Aprende a tener una especial devoción a la Santísima Trinidad: creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo; espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo; amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Creo, espero y amo a la Trinidad Beatísima.

–Hace falta esta devoción como un ejercicio sobrenatural del alma, que se traduce en actos del corazón, aunque no siempre se vierta en palabras (n 296).

Ciertamente, este consejo brota de la vida interior del Fundador, y quisiera arrancar de aquí para que me hablase de sus devociones personales.

–El Padre solía decir, ya a los primeros miembros del Opus Dei, que para crecer en la vida interior, es un buen medio consagrar cada día de la semana a una devoción sólida: a la Santísima Trinidad, a la Eucaristía, a la Pasión, a la Virgen, a San José, a los Santos Angeles Custodios, a las benditas ánimas del Purgatorio. Como siempre, este consejo brotaba de su experiencia personal: lo había vivido desde hacía muchos años. Puedo afirmar que sus principales devociones fueron: la Santísima Trinidad –Dios Uno y Trino, además de las Tres Personas divinas a las que trataba singularmente: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo–; Nuestro Señor Jesucristo, sobre todo su presencia en la Eucaristía, su Pasión y sus años de vida oculta; la Santísima Virgen; San José; los santos Ángeles y Arcángeles; los Santos y, en particular, los doce Apóstoles, los Santos que escogió como intercesores de algunos aspectos del apostolado de la Obra –Santa Catalina de Siena, San Nicolás de Bari, Santo Tomás Moro, San Pío X y el Santo Cura de Ars–, otros santos, como San Antonio Abad, Santa Teresa de Jesús, etc., y los primeros cristianos.

Su amor a la Santísima Trinidad se expresaba en mil detalles. Por ejemplo, cuando se construyó Villa Tevere, la Sede Central de la Obra, quiso que el oratorio en que celebraría la Misa habitualmente estuviera dedicado a la Trinidad. Recuerdo también que, cuando se instaló el belén en la Galería del Fumo, el cuarto de estar donde nos reuníamos en familia después de la comida, el Padre nos pidió que añadiésemos otro angelote a los ocho que ya se habían puesto, y observó: Así habrá nueve: tres por cada Persona de la Santísima Trinidad.

Nuestro Fundador inculcaba en sus hijos un amor muy grande a la Trinidad. Por eso, además de poner al comienzo de las Preces de la Obra una invocación a la Santísima Trinidad, dispuso que el tercer domingo de cada mes se rezase y meditase el Símbolo Atanasiano, y que en los tres días anteriores a la fiesta de la Santísima Trinidad se recitase, o mejor, se cantase, el Trisagio Angélico.

Quienes vivíamos a su lado sabemos muy bien el arraigo de esta devoción en su vida. Así pude descubrir el modo de ganar en las rifas que organizaba: es un recuerdo ingenuo, de familia, de los primeros años de mi vocación. De vez en cuando llevaba a las tertulias algo que nos hiciera pasar un rato agradable, por ejemplo, un paquete de caramelos. En esas ocasiones, cuando había algún detalle que se salía de lo ordinario, el Padre organizaba un sorteo, que consistía en adivinar el número que había pensado. Enseguida me di cuenta de que era siempre el tres, o un múltiplo de tres, porque incluso en esos momentos de descanso aparecía su amor por la Santísima Trinidad.

Su tendencia a usar el número tres o el número nueve se manifestaba también en muchos otros detalles. Quizá el más significativo fue los 999 puntos de Camino. Durante una audiencia privada, el Papa Pablo VI le preguntó por qué había escogido este número. Nuestro Fundador respondió: por amor a la Santísima Trinidad. Recuerdo que para la primera edición de Camino hizo diseñar una portada, entonces muy original, que consistía en una serie de siluetas del número nueve, formando una columna.

El comentario que el Fundador escribió sobre las catorce estaciones del Vía Crucis es un testimonio de su devoción, de su amor a la Humanidad Santísima de Cristo.

–Desde que le conocí observé que en su oración personal, o cuando predicaba una meditación o daba una clase, como también cuando trabajaba en la mesa, se ponía delante un crucifijo, bastante grande –de diez o doce centímetros–, que llevó siempre en el bolsillo, quizá hasta 1950. A su hermano Santiago le llamaban la atención esas dimensiones y decía que era un crucifijo “de ordenanza”, aludiendo a las pistolas de los militares. Y realmente se puede decir que el crucifijo era el arma de nuestro Fundador.

Al terminar la guerra civil, entró en Madrid a la vez que las tropas que habían liberado la ciudad. Se le acercaba mucha gente para besarle la mano, porque desde hacía tres años no veían a un sacerdote con traje talar: pero el Padre les daba a besar el crucifijo; esto le sucedió muchas veces durante aquellos años. También a nosotros nos aconsejaba que llevásemos siempre un crucifijo, y lo pusiéramos sobre la mesa antes de empezar a estudiar, leer o trabajar, para mantenernos en la presencia de Dios y transformar así nuestro trabajo en oración, uniéndolo al sacrificio de la cruz.

En los últimos años de su vida, encargó al escultor romano Sciancalepore un Cristo crucificado. Quería un Cristo aún vivo, que representase al Señor antes de morir, con los ojos abiertos, dirigidos hacia quien rezaba a sus pies. Hizo que se sacasen dos copias, destinada una a la ermita que había hecho construir expresamente en Cavabianca, sede del Colegio Romano de la Santa Cruz, y la otra a una capilla del Santuario de Torreciudad. Me parece que este detalle refleja el espíritu de nuestro Fundador. Deseaba que la gente contemplase a Cristo en la cruz, mirándonos a cada uno antes de morir y diciéndonos: “todo esto lo sufro por ti”. De este modo quería movernos a pensar en la justicia divina, a mirar al Señor que parece decir a los pecadores: “Esto es por ti. Mis sufrimientos son por ti. Si no rectificas, te quedarás separado de Dios para siempre en el Infierno”; pero al mismo tiempo nos animaba a considerar el amor de Dios, que nos mira y nos dice: “todos estos sufrimientos son por ti, tú me debes ayudar a redimir, no me ofendas nunca más”.

Su devoción eucarística era intensísima, ya desde la infancia. Aprendió muy de pequeño de una de sus abuelas estos versos sencillos y conmovedores: “Las doce han dado, Jesús no viene, ¿quién será el dichoso que lo detiene?”. A veces los repetía para expresar su deseo de estar junto al Señor Sacramentado.

Como ya se ha mencionado, consideraba la Misa centro y raíz de la vida interior, y difundió la costumbre descrita en el punto 876 de Camino de “asaltar” Sagrarios.

Así relató a sus hijos un viaje en tren, en una carta escrita en Monzón el 17 de septiembre de 1934: Yo me dediqué –ya desde Madrid– a un deporte a lo divino: otear el horizonte, para decirle algo a Jesús en los Sagrarios del camino. Además esta mañana he rezado el Breviario con más solemnidad que en el coro de una Catedral: invité a cantar, conmigo, las alabanzas del Señor a todos los Custodios que venían en mi departamento. ¡Nunca me perdáis de vista a los Ángeles, hijos míos! Recuerdo que, poco después de haber pedido la admisión en el Opus Dei, en 1935, me enseñó a vivir la costumbre de saludar al Señor en los sagrarios que encontraba al ir de un sitio a otro.

Ha aludido al rezo del Breviario. ¿Podría añadir algo?

–Nunca lo retrasaba, por ningún motivo. A este propósito me acuerdo de lo que sucedió hacia 1942 ó 1943. Nuestro Fundador estaba enfermo y, aunque tenía una fiebre muy alta, quería recitar el oficio divino. Le dije que en aquellas condiciones no tenía obligación de hacerlo, pero me replicó: Mira, tú no puedes decir esto porque todavía no eres sacerdote, y yo no quiero obrar sin un consejo autorizado. Por lo tanto, hazme el favor de llamar por teléfono a don José María Lahiguera, que es mi confesor; expón la situación, y haré lo que él mande. Así lo hice, y don José María me respondió que el Padre no estaba obligado a rezarlo, después de hacerme varias preguntas sobre la fiebre, el tipo de molestias, etc., que me sorprendieron porque para mí la solución era evidente desde el primer momento. Nuestro Fundador decidió entonces recitar otras oraciones vocales que sabía de memoria. Años después, a causa de la diabetes, perdió mucha vista, tanto que no podía casi ni leer: la diplopía le hacía ver las letras dobles y desdibujadas. Entonces nos pidió a don Javier Echevarría y a mí que rezáramos en voz alta el Oficio divino, para poder unirse a nuestra oración.

Volvamos a su devoción trinitaria. También en una célebre homilía, recogida en Es Cristo que pasa, el Fundador llama al Espíritu Santo el Gran Desconocido.

Precisamente porque la Tercera Persona de la Trinidad es la menos invocada, nuestro Padre le tenía una devoción especial. No dudo en afirmar que el Padre, en su predicación, fue un gran heraldo de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Me viene a la cabeza, por ejemplo, que en 1971, llegó un sacerdote de la Obra que se iba a predicar un curso de retiro a L’Aquila. Nuestro Fundador le sugirió: Llévate un tratado de Deo Trino y mételes en el corazón el amor al Espíritu Santo, que es meter el amor al Padre y al Hijo. Porque el Hijo ha sido engendrado por el Padre desde toda la eternidad; y del amor del Padre y del Hijo, también eternamente, procede el Espíritu Santo. No lo entendemos bien, pero a mí no me cuesta creer. Cada día procuro ahondar más en el misterio de la Trinidad Beatísima.

Nuestro Fundador me contó muchas veces que desde 1926 ó 1927 había vivido con mucha intensidad la devoción a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Todos los años hacía el Decenario al Espíritu Santo, utilizando el libro de Francisca Javiera del Valle. En abril de 1934 compuso una oración al Paráclito que le entregó, manuscrita, a Ricardo Fernández Vallespín, entonces director de la primera Residencia del Opus Dei.

Durante los primeros años de sacerdocio tenía en su Breviario unas estampas, que usaba en lugar de las habituales cintas, y un día le pareció que se había apegado a ellas: se desprendió rápidamente de las estampas, y las sustituyó por tiras de papel. Más de una vez me contó: Al ver aquellos papeles en blanco, comenzé a escribir: Ure igne Sancti Spiritus!, ¡quema con el fuego del Espíritu Santo! Le sirvieron, en suma, de eficacísima “industria humana” para rezar el Oficio divino en unión con el Espíritu Santo: Los he usado durante muchos años, y cada vez que los leía, era como decirle al Espíritu Santo: ¡enciéndeme!, ¡hazme una brasa!

Las erróneas interpretaciones del Concilio Vaticano II por parte de algunos pseudoteólogos, desembocaron en una tremenda crisis que afectó durante años a muchas instituciones eclesiásticas, hasta el punto de que el Santo Padre Pablo VI aludió tristemente a un fenómeno de “descomposición de la Iglesia”. En aquellas circunstancias el Padre sufrió de manera indecible; el dolor le llevó a intensificar su oración al Paráclito, que culminaría con la consagración del Opus Dei al Espíritu Santo el 30 de mayo de 1971. En la extensa fórmula compuesta por el Padre incluyó esta invocación: Te rogamos que asistas siempre a tu Iglesia, y en particular al Romano Pontífice para que nos guíe con su palabra y con su ejemplo, y para que alcance la vida eterna junto con el rebaño que le ha sido confiado; que nunca falten los buenos pastores y que, sirviéndote todos los fieles con santidad de vida y entereza en la fe, lleguemos a la gloria del cielo.

El Opus Dei fue fundado el 2 de octubre de 1928, fiesta de los Ángeles Custodios. Bien motivada y comprensible es la devoción del Fundador a los protectores y mensajeros celestes que tenía ya desde su infancia.

–Sí, aprendió de sus padres a tratar al Ángel Custodio. Cuando era seminarista, leyó en un libro de un Padre de la Iglesia que los sacerdotes tienen, además del Ángel Custodio, un Arcángel ministerial. Por eso, desde el día de su ordenación se dirigió a él con gran sencillez y confianza, tanto que decía que estaba seguro de que, si la opinión de ese escritor no fuese correcta, el Señor le habría concedido un Arcángel ministerial, por la fe con que le había invocado siempre.

De todos modos, a partir de la fiesta de los Ángeles Custodios de 1928, nuestro Fundador tuvo por ellos una devoción más intensa. Enseñaba a sus hijos: El trato y la devoción a los Santos Ángeles Custodios está en la entraña de nuestra labor, es manifestación concreta de la misión sobrenatural de la Obra de Dios.

Con la certeza de que Dios ha puesto un Ángel al lado de cada hombre para ayudarle en el camino de la vida, acudía al propio Ángel Custodio en todas las ocasiones, tanto en las necesidades materiales como en las espirituales. En este contexto reconocía: Por años he experimentado la ayuda constante, inmediata, del Ángel Custodio, hasta en detalles materiales pequeñísimos. Por ejemplo, entre los años 1928 y 1940, cuando se le estropeaba el despertador, como no tenía dinero para llevarlo a arreglar, acudía confiadamente a su Ángel Custodio para que le despertase por la mañana a la hora prevista. Nunca le falló. Por eso, le llamaba cariñosamente mi relojerico.

Cuando saludaba al Señor en el Sagrario, agradecía siempre a los Ángeles, allí presentes, la adoración que continuamente prestan a Dios. Le he oído repetir más de una vez: Cuando voy a un oratorio nuestro donde está el tabernáculo, digo a Jesús que le amo, e invoco a la Trinidad. Después doy gracias a los Ángeles que custodian el Sagrario, adorando a Cristo en la Eucaristía

Con heroica y perseverante correspondencia a la gracia, adquirió el hábito de saludar siempre al Ángel Custodio de las personas con las que se encontraba: solía decir que saludaba primero al personaje. Un día de 1972 ó 1973 vino a verle el Arzobispo de Valencia, Mons. Marcelino Olaechea, acompañado de su secretario. Como eran muy amigos, el Padre le saludó y le dijo en broma: –Don Marcelino, ¿a quién he saludado primero? El arzobispo respondió: –Primero, a mí. –No, le dijo el Padre. He saludado primero al personaje. Don Marcelino repuso, perplejo: –Pero, entre mi secretario y yo, el personaje soy yo. Entonces nuestro Fundador explicó: –No, el personaje es su Angel Custodio.

Durante unos días de descanso que pasó en una finca de Premeno, un pequeño pueblo de la montaña junto al Lago Maggiore, de vez en cuando, para hacer un poco de ejercicio físico, jugábamos a las bochas. No nos sabíamos bien las reglas del juego, y a veces nos las inventábamos. Me acuerdo de que, en uno de aquellos partidos, el Padre lanzó una bocha con gran habilidad y consiguió todos los puntos. Pero enseguida dijo: –No vale; me he encomendado a mi Angel Custodio. No lo haré más… Relato esta pequeña anécdota, porque me parece significativa de la constante relación de amistad que mantenía con su Ángel Custodio, y, también, porque me contó más tarde que le había dado vergüenza pedir la ayuda de su Ángel para una cosa de tan poca importancia.

Al Beato Josemaría le gustaban los cuadros y las imágenes en que se representa a San José con aspecto vigoroso, viril. Lo reconoce en una de las homilías publicadas: No estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a San José como un hombre anciano, aunque se haya hecho con la buena intención de destacar la perpetua virginidad de María. Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana. (Es Cristo que pasa, n. 40). Tenía muy arraigada la devoción al santo Patriarca.

–Era tan notorio que, cuando el Papa Juan XXIII decidió incluir a San José en el Canon de la Misa, el Cardenal Larraona pensó inmediatamente en nuestro Fundador: le llamó por teléfono para comunicarle la noticia y darle la enhorabuena, seguro de que le iba a proporcionar una gran alegría.

Contaré ahora dos anécdotas que le sucedieron durante su estancia en algunos países de América del Sur en 1974. En Ecuador le mostraron un cuadro de escuela quiteña que representaba al Niño Jesús coronando con una guirnalda de flores la cabeza del santo Patriarca. Esta imagen le produjo una alegría inmensa: ¡Una maravilla! Me he puesto muy contento –exclamó– porque yo he tardado años en descubrir esa teología josefina, y aquí no he tenido más que abrir los ojos y la he visto confirmada. ¡Muy bien!

Durante aquel viaje nuestro Fundador empezó a hablar de la presencia misteriosa –inefable, decía– de María y José junto a los Sagrarios de todo el mundo. Lo argumentaba así: si la Santísima Virgen no se separó nunca de su Hijo, es lógico que continúe a su lado también cuando el Señor decide quedarse en esta cárcel de amor que es el tabernáculo: para adorarle, amarle, rezar por nosotros. Y aplicaba a San José la misma idea: estuvo siempre junto a Jesús y a su Esposa; tuvo la suerte de morir acompañado por ellos, ¡qué muerte tan maravillosa! Por eso el Padre repetía que aceptaba la muerte cuando, como y donde el Señor quisiera, pero que rezaba para que le llegase junto a San José: quería morir como él, entre los brazos de Jesús y de María. En definitiva, nuestro Padre metía a San José en todo.

Pero existía una “laguna” en esta familiaridad con San José: ¿qué hacer para no olvidarlo cuando Jesús muere en el Calvario? Durante un viaje en coche, en Brasil, encontró la solución, y nos la dijo apenas regresamos a casa: ¡ya lo he encontrado! ¡Hago sus veces, y ya está! El Padre se ponía a los pies de la Cruz, en lugar de San José, y se imaginaba lo que el Patriarca le hubiera dicho a Cristo de haber estado a su lado, mientras moría por nosotros: actos de reparación, de dolor, de amor.

El Fundador amaba las devociones tradicionales y las practicaba. ¿Usaba también “industrias humanas” para no olvidarlas?

–De su estancia en Perdiguera, recién ordenado sacerdote, Teodoro Murillo, que le ayudaba como monaguillo en la parroquia, se acordaba de un detalle para él inexplicable. A veces don Josemaría le invitaba a dar un paseo, y lo aprovechaba para explicarle algunos aspectos de la doctrina cristiana. Teodoro advirtió que con frecuencia el sacerdote se agachaba, recogía una piedrecita y se la metía en el bolsillo. Cuando lo supe, lo entendí inmediatamente.

Al pedir la admisión en la Obra, nuestro Fundador me explicó el espíritu del Opus Dei, y me aconsejó rezar muchas jaculatorias, comuniones espirituales… y ofrecer numerosas mortificaciones pequeñas durante el día. Al hablarme de las jaculatorias, me explicó: Hay autores espirituales que recomiendan contar las que se dicen durante la jornada, y sugieren usar judías, garbanzos o algo por el estilo; meterlas en un bolsillo e irlas pasando al otro cada vez que se levanta el corazón a Dios, con una de esas oraciones. Así pueden saber cuántas han dicho exactamente, y ver si ese día han progresado o no. Y añadió: Yo no te lo recomiendo, porque existe también el peligro de vanidad o soberbia. Más vale que lleve la contabilidad tu Angel Custodio.

Evidentemente, el Padre utilizaba en Perdiguera aquella “industria humana” para ver cómo iba en la presencia de Dios. Después abandonó esta contabilidad, probablemente por el mismo motivo que me explicó.

De todas formas, siguió rezando muchísimas jaculatorias. ¿Podría decirme cuáles eran las más habituales?

–Resulta imposible hacer un elenco completo. Generalmente sacaba las jaculatorias de la Escritura o del tesoro de la tradición cristiana, y estaban siempre estrechamente relacionadas con su vida interior: por esto, variaban. A veces, cambiaba algunas palabras para que se adaptasen mejor a las circunstancias del día o de un periodo determinado; quiero decir, en definitiva, que las rezaba siempre poniendo todo el corazón y toda la devoción e intensidad de que era capaz. He aquí algunas:

– ¡Dulce Corazón de Jesús, sed mi amor!

– ¡Dulce Corazón de María, sed mi salvación!

Domine, fac cum servo tuo secundum magnam misericordiam tuam!

Sancte Pater Omnipotens, Aeterne et Misericors Deus: Beata Maria intercedente, gratias tibi ago pro universis beneficiis tuis, etiam ignotis.

Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem! Comenzó a rezar esta jaculatoria al Corazón de Jesús en torno a 1950; y en 1951, esta otra al Corazón de María: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!

Benedicamus Patrem et Filium cum Sancto Spiritu!

– Con variantes, repitió muchas veces la súplica encendida de sus años de Logroño: Domine, ut videam!, diciendo: Domine, ut sit! Domina, ut videam! Domina, ut sit!

– Repetía la jaculatoria: Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te! no sólo como acto de amor, sino también de contrición.

– Tuyo soy, para ti nací, ¿qué quieres Jesús de mí?

– Jesús te amo.

– Gloria al Padre, Gloria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo. Gloria a Santa María y también a San José. Gracias a los Ángeles que te hacen la corte.

– Señor, me abandono en ti, confío en ti, descanso en ti.

– Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, cre en Dios Espíritu Santo. Espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo. Amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Hizo imprimir esta triple invocación en millares de estampas.

Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesus.

Tu es sacerdos in aeternum!

Quod bonum est oculis eius, faciat! Repetía esta jaculatoria como acto de humilde aceptación de la Voluntad de Dios, cualquiera que fuese, también si resultaba contraria a lo que había pensado.

Monstra te esse Matrem!

– ¡Madre, Madre mía!

Sancta Maria, Refugium nostrum et virtus!

– Santa María, detén tu día. Según cuenta la tradición, en el año 1248, sitiada Sevilla por Fernando III el Santo, algunos caballeros cristianos invocaron a la Virgen con esta jaculatoria pidiéndole que les ayudase a acabar de vencer a los musulmanes: entonces el sol detuvo su curso y pudieron derrotar a los enemigos. Nuestro Fundador nos aconsejaba invocar la ayuda de la Santísima Virgen con esta jaculatoria para llevar a término, con orden y tenacidad, el trabajo diario.

Sancta Maria, filios tuos adiuva: filias tuas adiuva!

Sancta Maria, Spes nostra, Sedes Sapientiae, ora pro nobis.

Sancta Maria, Spes nostra, Ancilla Domini, filias tuas adiuva!

Sancta Maria, Regina Operis Dei, filios tuos adiuva!

Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva! Comenzó a rezar esta jaculatoria en 1955, durante su primer viaje a Viena.

Dominus tecum!

Sancti Angeli custodes nostri, defendite nos!

– San José, Nuestro Padre y Señor, bendice a todos los hijos de la Santa Iglesia de Dios.

Adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, ut misericordiam consequamur!

– Ave María purísima, sin pecado concebida.

– Recitaba a menudo la antífona: Sub tuum praesidium confugimus…, o simplemente las palabras: Nostras deprecationes ne despicias; recuerdo que en los años setenta las repetía con especial insistencia.

– Bendita sea la Madre que te trajo al mundo.

Cor Mariae perdolentis, miserere nobis! … miserere mei!

Beata Mater et intacta Virgo, intercede pro nobis!

Omnia in bonum! Hizo reproducir esta jaculatoria, como también algunas otras que he ido citando, en muchísimos lugares de nuestros Centros, y la hizo imprimir en miles de estampas que regalaba para animar a la gente a aceptar siempre la Voluntad de Dios y vivir la esperanza cristiana.

Semper ut iumentum!

Ut iumentum factus sum apud te! A veces añadía las otras palabras del Salmo: Et ego semper tecum. Tenuisti manum dexteram meam, et in voluntate tua deduxisti me, et cum gloria suscepisti me. Y lo traducía así: Señor, yo quiero ser a tu lado como un borriquito, pero Tú me has cogido por el ronzal, y me llevaste adelante, y me recibirás en tu gloria.

Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima Voluntas Dei super omnia. Amen. Amen.

– Creo más que si te viera con mis ojos, más que si te escuchara con mis oídos, más que si te tocara con mis manos.

Ut in gratiarum semper actione maneamus! Muchas veces utilizaba esta jaculatoria, y otras que estoy enumerando, para alimentar su oración mental y las meditaciones que dirigía.

Montes, sicut cera, fluxerunt a facie Domini. La repetía para fortalecer su esperanza ante las dificultades que se presentaban a lo largo de nuestro camino.

Qui tribulant me, inimici mei, ipsi infirmati sunt et ceciderunt.

Servi inutiles sumus: quod debuimus facere fecimus.

Oportet semper orare, et non deficere.

Ure igne Sancti Spiritus!

Veni, Sancte Spiritus, reple tuorum corda fidelium, et tui amoris in eis ignem accende!

Oportet illum crescere, me autem minui. Empleaba esta jaculatoria para fomentar, en sí mismo y en sus hijos, la humildad personal y colectiva.

– Repetía muchas veces la oración a San Miguel Arcángel que antiguamente se rezaba después de la Misa: Sancte Michaël Archangele, defende nos in proelio; contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi Deus, supplices deprecamur: tuque, Princeps militiae celestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo, divina virtute in infernum detrude. Amen.

– Recitaba frecuentemente también la oración por el Papa: Oremus pro Beatissimo Papa nostro… Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius.

– ¡Dios mío!, que odie el pecado y me una a Ti, abrazándome a la Santa Cruz, para cumplir a mi vez tu Voluntad amabilísima…, desnudo de todo afecto terreno, sin más miras que tu gloria…, generosamente, no reservándome nada, ofreciéndome contigo en perfecto holocausto.

– ¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte. ¡Oh, Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras…. En nuestro archivo conservamos una copia de esta oración compuesta por el Padre en abril de 1934.

Mediante estas jaculatorias, y otras breves oraciones vocales, nuestro Fundador mantenía su recogimiento interior a lo largo de la jornada. Estas jaculatorias se han difundido por todo el mundo, porque las recitan miles y miles de personas que las han hecho propias. El Fundador no imponía ninguna, porque deseaba que las expresiones del amor fuesen fruto de la inventiva de cada uno: pero su amor era tan grande y su ejemplo tan vivo, que todos sus hijos procuraban imitarlo. Y no sólo los miembros del Opus Dei, sino también otros muchos amigos suyos.

Aunque el tema ha salido ya en la respuesta precedente, me gustaría rematar este apartado pidiéndole que nos hablase de la devoción mariana del Fundador, tan central en su vida y en la vida de la Obra.

–Para responderle exhaustivamente haría falta escribir un tratado. En cualquier caso, ya he indicado antes que el Fundador del Opus Dei, aunque estaba dotado de una fina sensibilidad, no era proclive al sentimentalismo. También su devoción mariana se distinguía por su profundidad teológica. Quiero decir que no se fundamentaba tanto en las “razones del corazón”, como en las de la fe. Me refiero a la fe en las prerrogativas concedidas por Dios a la Virgen y al papel de María en la obra de la Redención.

Por ejemplo: tenía mucha devoción por Santa Teresa, pero cuando la santa de Avila fue proclamada Doctora de la Iglesia, el Padre precisó: No, no es la primera Doctora; la primera Doctora, aunque no tenga el título, es la Santísima Virgen, porque ninguna persona ha tratado ni puede tratar tanto como Ella a Dios Nuestro Señor, y el Espíritu Santo le ha tenido que comunicar luces como a ninguna persona. Ella es la que sabe más de Dios. La que tiene más ciencia de Dios.

Terminaba habitualmente sus homilías y meditaciones con una invocación a la Virgen. En el libro Santo Rosario nos ha dejado rasgos conmovedores de su contemplación de los principales misterios de la vida de Jesús y de María, y también sus demás obras, comenzando por Camino, están impregnadas de devoción mariana. Cada capítulo de Surco y de Forja termina con un pensamiento sobre la Virgen.

Estableció la costumbre de colocar en todas las habitaciones de los Centros de la Obra un cuadro o una imagen pequeña de la Virgen, sencilla y artística. Nos aconsejaba que la saludásemos cariñosamente al entrar o al salir, con la mirada y con una jaculatoria interior.

Visitó innumerables santuarios marianos; tuvo especial importancia histórica la peregrinación que hizo en mayo de 1970 a la Basílica de Guadalupe, en México, para pedir a la Virgen que atendiese a las necesidades de la Iglesia y llevara a término el itinerario jurídico del Opus Dei.

En diciembre de 1973, aludiendo a sus continuas visitas de un santuario mariano a otro, decía expresivamente: Yo no hago más que encender velas; y seguiré haciéndolo mientras tenga cerillas.

El amor a la Santísima Virgen le llevaba a seguir de cerca todo lo que se refería a su culto. Por ejemplo, cuando encargaba una imagen de la Virgen con el Niño, o un cuadro de la Crucifixión en que aparecían las santas mujeres al pie de la Cruz, recomendaba al artista que buscase el modo de que Jesús se asemejase lo más posible a su Madre; incluso desde el punto de vista humano, Cristo debía parecerse mucho a María, porque había sido concebido en su seno, no por obra de hombre, sino por la intervención del Espíritu Santo. Sólo un alma enamorada podía dar tanta importancia a este detalle.

En locales de nuestros Centros como la cocina, el lavadero o el planchero, sugirió que se pusieran cuadros donde se representase a la Virgen lavando, cocinando, dando de comer al Niño: de esta forma las hijas suyas que se ocupan de la administración doméstica pueden recordar, al atender la casa, que deben imitar a la Virgen.

Solía decir a sus hijas que, como no habían tenido una Fundadora, debían considerar que su Fundadora es la Santísima Virgen. Y, para que no lo olvidasen, dispuso que en todos los oratorios de los Centros de mujeres del Opus Dei hubiese siempre una imagen de la Señora.

En cierto modo, la última piedra de su devoción mariana fue el santuario de Torreciudad. Dio indicaciones concretas para su construcción: debía ser grande, con un retablo en alabastro policromado de buenas proporciones –mide cerca de ciento treinta metros cuadrados–; en el centro, según la antigua costumbre aragonesa, hizo situar el tabernáculo, bien visible desde la nave, en una posición elevada, y al que se puede acceder desde una capilla que está detrás. De esta forma, el sacerdote nunca da la espalda al Santísimo Sacramento durante las celebraciones en el altar coram populo. Además, dispuso que en la cripta del santuario se colocasen cuarenta confesonarios, distribuidos en varias capillas dedicadas a distintas advocaciones de la Virgen. Quiero subrayar que la misma idea de edificar este santuario, al final de los años sesenta, constituyó una prueba verdaderamente extraordinaria de su fe: por el esfuerzo económico que exigía; porque eran años de evidente crisis en la devoción popular; por su ubicación, fuera de toda ruta turística y lejos de una gran ciudad; en fin, por hacer una amplia cripta de confesonarios en un periodo en que decaía la práctica de la confesión.

El 23 de mayo de 1975 volvió por última vez a Torreciudad. Las obras estaban prácticamente acabadas; pudo observar el conjunto arquitectónico; admiró la originalidad de su construcción y la majestuosidad del altar; y no se cansaba de contemplar el retablo: Es todo un señor retablo. ¡Qué suspiros van a echar aquí las viejas…, y la gente joven! ¡Qué suspiros! ¡Bien! Sólo los locos del Opus Dei hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos… ¡Muy bien! Lo habéis hecho muy bien. Habéis puesto tanto amor aquí…, pero hay que terminar, hay que llegar hasta el final. Sin prisa, cuidad de la colocación de la imagen de la Virgen. Visiblemente emocionado, mientras daba la vuelta al altar y miraba la nave, exclamó: ¡Qué bien se va a rezar aquí!

La Santísima Virgen ha premiado la fe de nuestro Fundador: actualmente el santuario es meta de peregrinaciones procedentes no sólo de España y Europa, sino de otros continentes. Los cuarenta confesonarios resultan muchas veces insuficientes para satisfacer las exigencias de todos los penitentes. Muchísima gente, quizá atraída al principio por la curiosidad, encuentra de nuevo al Señor en una confesión contrita. Me han dicho que con frecuencia se escuchan comentarios de este estilo: “Hacía cuarenta años que no me confesaba: ¡me siento muy feliz!”. El Padre había rezado concretamente para que en Torreciudad se produjesen estos milagros espirituales: A la Virgen de Torreciudad –observó en 1968– no le pediremos milagros externos. En cambio, sí que nos dirigiremos a Ella para que haga muchos milagros interiores, cambios en las almas, conversiones.

Era el último homenaje que nuestro Padre hizo en esta tierra a la Virgen; un mes después se reunía con Ella en el Cielo. Era el homenaje de un corazón enamorado que, cuando debió elegir durante la guerra civil española un seudónimo para burlar la censura, usó su cuarto nombre de bautismo, Mariano; y más tarde, firmó siempre así, Josemaría, todo unido, para no separar nunca a San José de María.


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