Logroño. La llamada de Dios

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Las desgracias se sucedieron. En 1914 quebró el negocio familiar —un comercio de tejidos— y los Escrivá tuvieron que trasladarse de ciudad. Se asentaron en la capital de la Rioja, donde Josemaría siguió estudiando el Bachillerato. La actuación de su padre en aquellos momentos difíciles le dejó un caudal de recuerdos inolvidables; recuerdos —comentaba— que me enorgullecen y que no se han borrado de mi memoria (…): anécdotas de caridad generosa y oculta, fe recia sin ostentaciones, abundante fortaleza a la hora de la prueba bien unido a mi madre y a sus hijos.

Era un adolescente estudioso que soñaba con ser arquitecto y construir grandes edificios. Pero Dios tenía otros planes para él. Un día, durante las Navidades de 1917-18, tras una intensa nevada, vio en la Costanilla de la calle Mayor de Logroño algo que le llamó poderosamente la atención: las huellas heladas de unos pies descalzos sobre la nieve. Eran las pisadas de un joven carmelita, José Miguel de la Virgen del Carmen.

Si otros hacen tantos sacrificios por Dios —pensó—, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?; y entendió en su alma que Dios le llamaba a su servicio. Comencé a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor.

¿Para hacer qué? ¿Dónde? Lo ignoraba. Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera… De este modo, tan sobrenatural como sencillo, Dios le indicó la dirección —la entrega plena—, pero sin señalarle el camino con claridad. Tuvo que rezar, pedir luces, aconsejarse… como todos los que quieren seguir al Señor. Habló con el Padre José Miguel, que le ayudó en aquellos momentos decisivos, y desde entonces guardó un profundo afecto por la Virgen del Carmen y el Carmelo. No sabía qué hacer: sólo tenía presagios, presentimientos, barruntos en el habla aragonesa. Barrunté el Amor, la llamada de Dios, que quería algo. Yo no sabía lo que era.

Tomó una decisión trascendental en su vida con la ayuda de la Virgen, sin esperar la llegada de unas luces meridianas, de unas gracias tumbativas, como las que recibió San Pablo, que Dios no tenía por qué darle. Dios le llamó en la normalidad de lo cotidiano, con un signo en medio de la calle y Josemaría respondió con generosidad plena, demostrando la madurez espiritual de su corazón de adolescente. Mi Madre del Carmen me empujó al sacerdocio. Yo, Señora, hasta cumplidos los dieciséis años, me hubiera reído de quien dijera que iba a vestir sotana. Decidió hacerse sacerdote, algo en lo que no había pensado, para llevar a cabo ese querer de Dios aún desconocido.

Sus padres, como buenos cristianos, respetaron su decisión, y poco tiempo después ingresó en el Seminario de Logroño. Por medio del sacerdocio —intuyó— podría ser fiel a ese algo grande que Dios le pedía; algo, comentaría años después, que todavía estoy paladeando y que me ha endulzado la vida.

Y oraba, de modo incesante: ¡Señor que vea! ¡Señor que sea!

2 de Octubre de 1928

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Todo sucedió de una forma sencilla. El 2 de octubre de 1928 don Josemaría se encontraba en la Casa Central de los Paúles de Madrid, participando en unos ejercicios espirituales con otros sacerdotes de la diócesis. Era la fiesta de los Angeles Custodios. Bendecid al Señor, Ángeles del Señor —había rezado, por la mañana, al celebrar la Eucaristía— cantadle un himno y exaltadle por los siglos de los siglos.

Se retiró a su habitación; y cuando releía las notas en las que había recogido las mociones que había recibido de Dios en los últimos diez años, vio la misión que Dios le confiaba: difundir por toda la tierra el mensaje evangélico de la llamada universal a la santidad, mediante la santificación del trabajo y la vida cotidiana.

En aquel instante supo, con certeza plena, que debía dedicar su vida entera a esa misión, a esa tarea. “Eso” era por lo que venía rezando desde su adolescencia: lo había vistover fue el verbo que empleó siempre para designar aquel momento decisivo— mientras repicaban las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. Aquel voltear jubiloso, comentaba años después, nunca ha dejado de sonar en mis oídos

Y él… ¿qué era? Un sacerdote joven, sin medios económicos, recién llegado a Madrid, con una familia a su cargo… Tenía yo veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor: nada más. Perono se desanimó. Se hizo este planteamiento sobrenatural: así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso.

Desde aquella mañana de octubre de 1928 la Obra de Dios, el Opus Dei, fue una realidad, aunque sólo contase con una persona: la del fundador.

Su mensaje chocó con la mentalidad de la época. Muchos se asombraban al escuchar de sus labios que todos estamos llamadas a la santidad. ¿Cómo? ¿No estaba reservada la santidad a unos cuantos privilegiados? Simples cristianos —enseñaba don Josemaría—. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!

¡Todos santos!

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Todos santos: ésta es una expresión fundamental para comprender el mensaje que don Josemaría había recibido y que intentaba hacer realidad en los cinco continentes lo antes posible. Soñaba con miles –con millones— de cristianos que vivieran su fe con plenitud en todos los enclaves de la tierra, levantando la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana.

Soñaba con hombres y mujeres de los más diversos ambientes, situaciones y culturas, que fueran testigos del Evangelio; con cristianos capaces de impulsar, en servicio de la Iglesia, junto con muchas otras personas, mediante su apostolado de amistad, cientos, miles, de labores apostólicas: escuelas para campesinos, dispensarios para gentes necesitadas, universidades y centros culturales, centros de promoción humana y espiritual…

Soñaba y sabía —con plena certeza, ¡lo había visto!— que eso se haría realidad con gentes de todo tipo y condición, de todas las razas, de todas las profesiones, de las más variadas costumbres y mentalidades. Pero luego… miraba a su alrededor, y se veía, humanamente, solo, sin nada. Pobre. Incomprendido. Sin experiencia.

Durante los primeros seis años de la Obra —recordaba años más tarde— me encontraba casi solo. Y no dudada en reconocer: Fueron años fuertes, duros.

Cimientos sobrenaturales

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

En su adolescencia, soñaba con ser arquitecto y construir grandes edificios. Ahora Dios le pedía que fuera un instrumento fiel para construir un gran edificio sobrenatural que difundiese por los cinco continentes, a lo largo de los siglos, un mensaje divino.

Ese edificio necesitaba, por su propia naturaleza, cimientos sobrenaturales. Por eso comentaba don Josemaría, dos años después de la fundación, el 2 de octubre de 1930: Vengo considerando (…) que los edificios materiales, en su construcción, tienen gran semejanza con los espirituales. Y así como aquella veleta dorada del gran edificio, por mucho que brille y por alta que esté, no importa para la solidez de la obra, mientras, por el contrario, un viejo sillar oculto en los cimientos, bajo tierra, donde nadie lo ve, es de importancia capital para que no se derrumbe la casa…, aunque no brille como el pobre latón dorado allá arriba… Así, en ese gran edificio, que se llama “la Obra de Dios” y que llenará todo el mundo, no hay que dar importancia a la veleta brillante. ¡Eso ya vendrá! Los cimientos: de ellos depende la solidez toda del conjunto. Cimientos hondos, muy hondos y fuertes: los sillares de ese cimiento son la oración; la argamasa que unirá estos sillares tiene un nombre solamente: expiación. Orar y sufrir, con alegría. Ahondar mucho; pues, para un edificio gigante, se precisa una base gigante también.

Uno de los pioneros del Concilio

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El 9 de octubre de 1958 falleció Pío XII, y pocos días después, el 25 de octubre, fue elegido Papa Juan XXIII, que tuvo siempre gran afecto por Josemaría Escrivá y sus empeños apostólicos y evangelizadores. Afirmaba: Si me llamasen a declarar en los procesos de beatificación de Pío XII y de Juan XXIII, yo no tendría más remedio que hablar del grandísimo afecto que estos Romanos Pontífices —¡los dos!— tuvieron al Opus Dei. Me lo dijeron —uno y otro— expresamente, y considero un deber de conciencia que en el acta de la Historia conste la realidad de ese cariño.

Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II tres meses después de su elección. Pero el anciano pontífice no pudo ver los frutos del Concilio que inauguró en 1962, porque falleció tras celebrarse la primera sesión, el 3 junio de 1963.

Tras catorce días de cónclave, fue elegido Papa Giovanni Battista Montini, con el nombre de Pablo VI.El nuevoPontífice, que reanudó las tareas conciliares, conocía y apreciaba a don Josemaría desde años atrás. No puedo olvidar —decía— (…) que las primeras palabras de cariño y afecto que recibí en Roma en 1946, me las dijo el entonces Monseñor Montini.

Don Josemaría oró intensamente por los frutos del Concilio, que supuso una nueva Pentecostés para la Iglesia. Se celebraron cuatro sesiones desde 1962 a 1965 y durante ese periodo numerosos Padres conciliares, teólogos y personalidades eclesiásticas conversaron con el fundador.

El obispo de Metz le conoció hacia la mitad de la primera sesión del Concilio, y desde entonces —escribía— “tuve la alegría de escucharle en varias ocasiones. Descubrí en él un hombre excepcionalmente sensible y cercano a los problemas de sus contemporáneos. Estaba a la vez preocupado por el porvenir del mundo y por el futuro del Pueblo de Dios. Era perfectamente consciente de la gravedad de cuanto estaba en juego y demostraba la profunda convicción de que no se podía pensar solamente en algún retoque superficial. Sin embargo, las reformas de estructuras, por sí solas, le parecían insuficientes. Consideraba que sólo un retorno a las fuentes de la fe habría permitido a la Iglesia cumplir su misión en el mundo”.

El 8 de diciembre de 1965, se clausuró el Concilio Vaticano II. Don Josemaría Escrivá dio gracias al Señor al ver que las enseñanzas que venía predicando desde el 2 de octubre de 1928 se habían convertido en doctrina universal de la Iglesia. En los documentos conciliares se subrayaba, entre otras muchas cuestiones, la unidad de vida del cristiano, entendida como coherencia vital entre la llamada a la santidad y la vida ordinaria; y se ponía de manifiesto la necesidad de dar un fuerte impulso al desarrollo de la teología sobre el Sacramento del Bautismo. En esa misma dirección trabajaba Josemaría Escrivá desde hacía muchos años, moviendo a los que le seguían a ser consecuentes con las exigencias de la vocación bautismal, viviendo intensamente la Liturgia y la Palabra de Dios.

Podrían citarse numerosas enseñanzas de Josemaría Escrivá en las que se pone de manifiesto su profunda sintonía con las enseñanzas conciliares. Por ejemplo, su visión del trabajo profesional como ocasión y medio de santificación personal y de apostolado; su concepción del apostolado de los laicos, maduro y responsable, y su aliento para que participen en la misión de la Iglesia; la consideración de la Santa Misa como “centro y raíz” de la vida interior; su deseo de que los fieles laicos tomen parte activa en la liturgia; o su afán para que adquieran una profunda cultura doctrinal y espiritual.

JAPÓN Espíritu de descubrimiento

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

Aunque no faltaba mucho para la primavera, todavía nevaba en Tokio. El tren-bala de Osaka iba lleno de hombres de negocios. Pocas conversaciones. Ninguna risa. Los pasajeros, incluidas las jovencitas que distribuían refrescos o arrastraban carritos, tenían un aire disciplinado, militar. ¿Por qué había venido al país de los samuráis, de Shinto y de Buda, en busca de algo católico? Mi idea era que para valorar algo es importante tratar de verlo como nuevo. En Japón, la mayoría de los miembros del Opus Dei eran conversos, y, por tanto, no sólo veían al Opus Dei como algo nuevo, sino también al Cristianismo. Así pues, lo que me atraía del Japón era la posibilidad de averiguar lo que veían los que contemplaban al Cristianismo por primera vez.

En la estación de Osaka había un bar con reproducciones en plástico de diversos platos en el escaparate. Una manera un tanto extraña de anunciar comida, aunque útil para superar barreras idiomáticas. Un cocinero sin afeitar preparaba algunos platos detrás del mostrador. Parecía bastante triste. Profundas arrugas surcaban su cara y en sus ojos negros se leía que detestaba lo que estaba haciendo. Un trozo de carne se le cayó de un plato y fue a caer encima de un hornillo. Miró de reojo a los clientes, lo recogió y volvió a echarlo al plato.

¿Cómo explicar a un tipo así lo que es el Opus Dei?, me pregunté. La idea básica se halla resumida en la oración para la devoción privada del Fundador, Monseñor Josemaría Escrivá: “Camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano”. Dicho de otra manera: un camino para ir estando cada vez más cerca de Dios haciéndolo todo, incluido el propio trabajo profesional, lo mejor posible. Y con palabras de Monseñor Escrivá: el milagro “de convertir la prosa diaria en endecasílabo, verso heroico” gracias al amor que se pone en el trabajo ordinario.

Fuera del bar, la gente andaba de compras. Según Monseñor Escrivá, hasta las tareas más mundanas en apariencia, como ir de compras, pueden convertirse en una forma de contemplación cristiana; Dios está en todas partes, deseoso de revelarnos algo a través de los acontecimientos más banales.

A comienzos de la década de los años treinta, cuando el fundador del Opus Dei empezó a predicar esta idea, es decir, que la gente corriente podía ser contemplativa y aspirar a la perfección espiritual a través de su trabajo ordinario, no a pesar del mismo, a muchos les parecía algo absurdo. Algunos incluso llegaron a considerar como hereje al joven sacerdote, aunque ciertos textos en las Sagradas Escrituras apoyaban su tesis y no pocos teólogos, empezando por San Agustín, se referían a ello. Sin embargo, nadie, ni siquiera los monjes que consideraban el trabajo como algo importante, habían pensado en formular una espiritualidad en torno al trabajo de la gente corriente, entre otras cosas porque no se creía que fuese posible.

También en Japón esta idea era una novedad. En Oriente siempre se había creído que quien buscaba la perfección espiritual debía retirarse a un monasterio o, al menos, apartarse del bullicio de la vida laboral ordinaria. La idea de que alguien con una familia y unas obligaciones profesionales y sociales pudiera aspirar a la misma meta que un monje era tan extraña para un japonés como para un europeo.

Sin embargo, el fundador del Opus Dei insistía: “Persuadíos de que no resulta difícil convertir el trabajo en un diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que Él nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡todo por darle gusto a El, a Nuestro Padre Dios!”

Desde Osaka tomé otro tren para Ashiya, con objeto de visitar el Seido Language Institute, instalado en un edificio de cuatro plantas, cuyo distintivo rojo es uno de los más visibles puntos de referencia de esta ciudad.

Seido comenzó a funcionar a finales de la década de los cincuenta, cuando dos sacerdotes, Ray Madurga y Fernando Acaso, con un puñado de miembros seglares del Opus Dei, llegaron al Japón. No tenían dinero, hablaban muy mal el japonés y desconocían su cultura, por lo que fundar una escuela de idiomas fue un acto de audacia. Hoy, más de 15.000 estudiantes de todas las edades y religiones -o sin ninguna- han pasado por Seido Language Institute. Los libros de idiomas publicados por el Instituto compiten con éxito, en Japón, con los de las universidades de Oxford y Cambridge.

Un asiduo alumno del Instituto fue Yokoe Tomonori, abogado y ex jugador de rugby. Una o dos veces por semana asistía a clases de Doctrina católica y a las meditaciones que dirigía uno de los sacerdotes del Opus Dei. `Hablando de la larga trayectoria espiritual que le condujo al bautismo, me dijo: “Nosotros los japoneses tenemos una palabra, Bushido, el código del samurai. Indica paciencia, fuerza de voluntad y resistencia. Yo conocía esto, pero luchar para ser fuerte y paciente, sin más, no me parecía suficiente. Cuando supe que podía ofrecer esa lucha por Dios, santificarme, todo cambió. Eso es lo que me atrajo del Opus Dei; gracias a él aprendí a encontrar un significado en los detalles pequeños de mi vida; supe que el trabajo tenía un especial significado, un valor ante Dios”.

Esta idea de buscar a Dios en las cosas pequeñas de cada día no era una novedad en la Iglesia. Los cristianos de la Edad Media lo entendieron bastante bien y lo reflejaron en los detalles de las grandes catedrales de Europa y en las miniaturas de los códices. Es el romance de lo excelso, la idea de que se puede encontrar una chispa divina en las cosas corrientes de la vida. Y uno de los aspectos más ,estimulantes de ella es que puede ser una fuente de inspiración espiritual para cualquiera, sea bioquímico o peón de albañil.

Otro visitante de Seido era Kazuhico Eguchi, un hombre de negocios de mediana edad, que se relacionó con miembros del Opus Dei siendo estudiantes Luego se alejó. Tras formar una familia, decidió buscar a quienes había conocido en Seido. “Recordaba sus rostros sonrientes… me cuesta decirlo… creía que tenían… algo especial. ¡Qué expresiva era aquella mirada! Pero, más que todo eso, lo que más me atraía era la paz que de ellos emanaba.”

Como casi todos los japoneses, Kazuhico trabajaba mucho, pero sin un objetivo concreto. “Lo primero era ganar mucho dinero y ascender en mi compañía, pero eso no me satisfacía, no me daba paz. Hasta que leí los escritos’ de Monseñor Escrivá; entonces supe que había muchas otras cosas en la vida. Aprendí a amarla vida de cada día, pues Monseñor Escrivá decía que es muy importante tener presente que el cielo es el destino final de la rutina diaria. Yo solía estar siempre muy ocupado, demasiado ocupado para preocuparme de los demás, en especial de mi familia. Pero en el Opus Dei me enseñaron qué cuando se tiene orden, y un objetivo, el tiempo se multiplica. Ahora tengo tiempo para todo, también para los demás, y para mi familia.”

El comentario de Kazuhico sobre cómo se multiplica el tiempo ya se lo había oído a otros. Dicen que parece que se estira y que sus tareas diarias ya no les agobian. Procurando hacerlo todo lo mejor posible, hasta las cosas más pequeñas, se han visto sorprendidos por un extraño gozo.

Otro visitante de Seido, Kiyoyuki Fuwa, se convirtió al cristianismo tras conocer el Opus Del. Como Yokoe, se vio a sí mismo como contemplativo: un contemplativo -me explicó- con mujer e hijos a su cargo. Kiyoyuki había entrado en contacto con el Opus Dei en 1968.

Cuando yo le conocí era director de ventas; antes, siendo estudiante en la Universidad de Kyoto, se había comprometido con un movimiento radical y se había lanzado a la calle con otros estudiantes de izquierdas durante la “revolución” de 1968. Poco después, en Seido, conoció a otro antiguo estudiante de su universidad que era miembro del Opus Dei, Koichi Yamamoto.

“Koichi me habló de Dios. -me dijo Fuwa-. Yo era anarquista. Mi. padre, budista. Koichi era-encantador, pero yo no pensaba en Dios.”

La cultura y la educación japonesas, como me indicó Fuwa, no implican un Dios todopoderoso creador de todas las cosas. Aunque es cierto que en el sintoísmo hay muchos dioses, ninguno de ellos es creador de todas las cosas, y esto, sobre todo, dificultaba grandemente el que Fuwa pudiese apreciar lo que movía a su amigo Koichi. Con todo, escuchaba atentamente lo que Koichi le decía; luego le sucedieron cosas que le hicieron pensar más en Dios. Fuwa no era capaz de expresar lo que le inspiró su conversión al cristianismo, pero su amistad con Koichi, que murió después, influyó sin duda. Se le notaba, cuando hablaba de él, en los labios.

Del Opus Dei, Fuwa me dijo: “Una razón para incorporarme a la Obra fue la idea del trabajo como una forma de santificarme. Siempre había odiado mi trabajo, que me cansaba muchísimo. Pero cuando acepté esa idea empecé a tratar de hacer mi trabajo lo mejor posible y poco a poco se me fue haciendo agradable. Ya no me cansaba; iba sobre ruedas”.

Fuwa me dijo también que había aprendido a dominar su mal carácter. “Tenía que tener mucho cuidado. Cuando me enfadaba tenía que morderme la lengua. En Camino, un libro de Monseñor Escrivá, había leído que hay que moderar el genio, así que a veces mantenía la boca cerrada durante dos o tres días.”

Me sorprendió que la gente de Seido fuese tan franca sobre sus vidas, pues los japoneses tienen fama de ser muy reacios a expresar sus sentimientos, sobre todo a los extranjeros. Se dice que tienen tres corazones: uno para los amigos, otro para la familia y un tercero que ni siquiera ellos saben para quién es.

Las estadísticas muestran que pocos japoneses practican su religión. Menos del 1 por 100 son cristianos, la mayor parte de ellos son procedentes del período anterior al cierre del Japón a la influencia occidental. Eiko Iseki, una joven que conoció el Opus Dei mientras estudiaba en Londres y luego colaboró con un centro del Opus Dei en Ashiya, decía, antes de ir a Londres, que no creía que nadie pudiese creer en Dios. “Siempre me había atraído Jesucristo, pero no creía en Dios. Cuando visité un centro del Opus Dei comprobé que allí todo el mundo creía, que era lo natural, y eso me impresionó. Los ingleses no son muy cordiales, pero en Dawliffe Hall todo el mundo era muy amable y estaba muy alegre. Una impresión que luego se confirmó. Yo saqué la consecuencia de que era porque tenían fe en Dios y todo se lo ofrecían a Él.

Nosotros los japoneses, tendemos a ser materialistas. Solemos triunfar, pero eso no nos satisface. Trabajamos mucho, pero no sabemos cómo ser felices. Mi madre, que es budista, aunque no practica, me dijo cuando decidí hacerme cristiana: “Nosotros, los japoneses, somos muy distintos”. Pero no es verdad. Somos como los demás y necesitamos lo mismo. Muchos jóvenes japoneses buscan una razón de vivir. Si uno se toma la molestia de hablar con ellos y explicarles el cristianismo, responden.

Muchas amigas mías vienen a este centro del Opus Dei y han aprendido a buscar a Dios en todo lo que hacen. Algunas son ahora fieles de la Prelatura.”

Antes de dar por terminada mi visita a Seido, uno de los profesores me enseñó todo el Instituto. Estaba lleno de estudiantes de todas las edades. Había empezado con sólo 16 alumnos, que se sentaban en el suelo, sobre esterillas, en una casa alquilada. Ahora eran 1.400. Un ala del edificio es una residencia en la que viven unos cuantos miembros del Opus Dei, numerarios y sacerdotes en su mayor parte. Además de japoneses, había varios brasileños, un norteamericano, un alemán y dos españoles. Unos eran profesores, otros administradores y otros trabajaban fuera del Instituto de idiomas.

Los residentes llevan, una vida bastante regular, salvo excepciones. Se levantan alrededor de las seis y media de la mañana y tienen media hora de oración mental en la capilla del centro antes de oír Misa. Algunos trabajan en el Instituto, otros en distintas actividades. Por la tarde, tienen otra media hora de meditación y quince minutos de lectura espiritual. Su vida, por lo demás, es muy semejante a la de cualquier familia. Hacen deporte, comen o cenan fuera, van de compras, hacen excursiones, etcétera.

Desde Ashiya viajé a Nagasaki, cuna del cristianismo en el Japón, donde los cristianos sobrevivieron a más de dos siglos de aislamiento y persecución (26 mártires de Nagasaki han sido elevados a los altares). En las afueras de la ciudad, entre la Colina de Santa María y la Colina de la Santa Cruz, al fondo del valle de los Tres Ríos, se encuentra Seido School. Rodeada de edificios de tejados rojos y situada al fondo de un empinado camino que serpentea por el valle, la escuela se alza sobre una colina de difícil acceso. Fue preciso remover la “montaña” para construir el edificio. Fue una especie de milagro que los que se lanzaron a la aventura en 1976, sin apenas recursos, lo lograran.

Sólo una tercera parte de los estudiantes de la escuela son católicos. Pronto se dividió en dos secciones, una para chicos y otra para chicas. La escuela procura promover la igualdad en todos los niveles; se sirven comidas calientes en la cafetería, para que todos, con más o menos recursos económicos, coman lo mismo. La existencia de un uniforme de la escuela obedece a la misma razón. Se conceden créditos para pagarlo y nadie es rechazado por razones económicas.

Muchos de los que dirigen Seido, aunque no todos, son miembros del Opus Dei. Uno de ellos, Saiki Tetsuya, había trabajado con una firma de decoración de interiores antes de hacerse cargo de la administración de la sección masculina. Dejar la firma supuso para él un gran sacrificio, pues los japoneses son enormemente leales a la empresa para la que trabajan; además, los miembros del Opus Dei no suelen abandonar el trabajo que tenían antes de pedir la admisión en la Obra. Pero a Saiki le entusiasmaba lo que había detrás de Seido y quería participar activamente en la escuela.

Saiki me invitó a ir a su casa, para que conociera a su mujer y a sus tres hijos, y mientras tomábamos una taza de té verde, acurrucados alrededor de una mesita muy baja, me explicó cómo había descubierto el cristianismo a través de los escritos de Monseñor Escrivá.

“Para mí, el cristianismo era como un mundo nuevo -me dijo-. Yo pensaba que las enseñanzas de Monseñor Escrivá eran bellas porque no cambiaban mi vida, pero me cambiaron por dentro. A veces pensaba que me había ocurrido lo que a San Pablo cuando se le apareció Jesús en el camino de Damasco. Cambió toda mi perspectiva vital.”

Cuando conoció el Opus Dei, Saiki era administrador y encontraba difícil su trabajo. “Pero me ayudó mucho lo que me enseñaron en el Opus Dei: a ofrecer a Dios el trabajo, a buscarle en lo pequeño, haciendo las cosas bien y siendo ordenado. Pero no se trataba tan sólo de trabajar mucho y bien, sino de una nueva manera de tratar a los compañeros de trabajo. En el Opus Dei aprendí que debía amar a los demás y tratarles con consideración y respeto. En las empresas japonesas las relaciones son muy frías. El jefe de cada sección y los empleados no. quieren tener más que un trato superficial, pero yo aprendí a interesarme por los demás y tener con ellos un trato de amistad.”

Saiki me dijo también que le parecía que la mayoría de los japoneses buscan la prosperidad material por encima de todo. Por eso, a menudo, no quieren tener hijos.

El tema de la familia empezó a interesarme desde que llegué al Japón. Los problemas potenciales que debían plantearse a las familias japonesas los presentí ya en la estación de Tokio. Serían las nueve de la noche y masas de oficinistas, en apretadas filas, se precipitaban al interior de bares y restaurantes para tomar algo con sus colegas antes de partir a toda velocidad hacia sus hogares para acostarse cuanto antes. Escena que se repetiría a la mañana siguiente, pero en dirección contraria. Dado que los hombres de negocios japoneses aprovechan los fines de semana para jugar al golf, tener reuniones de negocios o establecer contactos, no es fácil que saquen tiempo para atender a sus hijos, si los tienen. Un joven, en Ashiya, me confesó entristecido que casi no conocía a su padre; era para él como un extraño. Algo que no es tan raro en el Japón. Una encuesta realizada por el gobierno en 1987 mostraba que sólo el 40 por 100 de los niños japoneses quería a sus padres. El 28 por 100 aseguraba que sus padres nunca los sacaban de paseo o jugaban con ellos. Por término medio, los padres japoneses sólo pasan media hora al día con sus hijos.

Actualmente la familia está siendo atacada desde distintos frentes, pero mucho antes de que esto sucediese, el fundador del Opus Dei destacaba la importancia de la vida de familia, en parte por su propia capacidad para captar la grandeza de la vida ordinaria. Veía en el matrimonio y en la formación de una familia algo de un significado profundísimo para la vida espiritual de los seglares. Insistía en que el matrimonio era un “camino”, una vocación divina, como el sacerdocio o la vida religiosa. Los hombres y mujeres de Seido no estaban interesados tan sólo en traer vidas a este mundo; subrayaban la importancia de cada miembro de la familia, de su papel en ella. Como decía Monseñor Escrivá, el secreto de una vida de familia sana está en los pequeños detalles de cada día, no en las quimeras. “Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los adelantos que nos proporciona la civilización, para hacer la casa agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz.”

“Digo constantemente a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio -que es un sacramento, un ideal y una vocación-, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido. Como dice la Escritura, aquae multae -las muchas dificultades, físicas y morales- non potuerunt extinguere caritatem (Cant 8, 7), no podrán apagar el cariño.”

En Japón la gente habla de los sacrificios que ha hecho por su familia, como comprar una casa más cerca de su lugar de trabajo para perder menos tiempo en los desplazamientos y dedicar más tiempo a los hijos los fines de semana.

Miembros del Opus Dei me dijeron en Nagasaki que estaban convencidos de que divulgar las alegrías de la vida de familia era una de las cosas más importantes que trataban de hacer. La directora de la escuela femenina Seido, Nakajima Kazuko, me habló de una mujer que fue a verla con un niño recién nacido en sus brazos y le dijo: “Ese niño es de Seido. Antes de traer a mis otros hijos aquí decidí no tener más hijos. Pero luego me di cuenta de lo maravillosos que son y de lo feliz que le hacen a una. Por eso, a éste le llamo él niño de Seido”.

Fukahori Eiji, además de pianista de jazz y miembro del Opus Dei, es profesor en Seido. Me invitó a su casa, un hotelito de madera cerca de un canalillo, y allí hablamos largo y tendido sobre el Opus Dei y la influencia que ha tenido sobre su familia. Respecto a los hijos, me dijo: “Solía verlos como una carga, pero ahora los veo como una bendición de Dios. Tampoco me, preocupa ya cómo los sacaré adelante, pues, si Dios me ha dado siete, no es posible que me deje de la mano”.

Y su esposa me dijo que su actitud al respecto había dado un giro de 180 grados. Antes se sentía desgraciada con su suerte en la vida. “No me gustaban nada las faenas domésticas, la vida del ama de casa. Pensaba que estaba perdiendo el tiempo, en gran parte porque eso era lo que la gente me decía. Pero en el Opus Dei aprendí que educar a los hijos y cuidar del hogar es lo más noble y hermoso que existe. Empecé a disfrutar con lo que hacía como esposa y madre, sobre todo porque aprendí a ofrecerlo todo a Dios. Lo cual no quiere decir que no haya contrariedades y disgustos en la vida de familia y en la educación de los hijos, pero es precisamente entonces cuando la ayuda del Opus Dei resulta enormemente valiosa. Puedo contarlo todo y recibir dirección espiritual, algo que no he encontrado en ningún otro sitio. ”

Los Fukahori me enseñaron también algo que había escrito uno de sus hijos, Yoshihiki, de trece años, que estudiaba-en Seido, para un concurso de redacción:

“Hoy me gustaría hablar de los abuelos y las abuelas… ¿Estáis ahí? ¡Seguro que estáis! Siempre estáis pendientes de nosotros, vuestros nietos y nietas: cuando dormimos y cuando nos despertamos, cuando decimos tonterías y cuando nos reímos, cuando nos vamos haciendo mayores, porque queréis que seamos libres y responsables. Y todo lo hacéis con alegría en el corazón… En mi familia somos 11: mi padre, mi madre, seis hermanos y hermanas, el abuelo y la abuela. Mi padre trabaja todo el día y mi madre no se suele mover de casa. Cuatro de nosotros vamos a la escuela todos los días. El abuelo y la abuela trabajan media jornada. Somos una familia como las demás, excepto tal vez más grande, y con abuelos, que son realmente una gran ayuda para la familia. Al llegar a casa, por ejemplo, lo primero que el abuelo hace es ir a ver a mi hermanita pequeña y estar con ella un ratito. Siempre le canta la misma canción: Kita Kuni no Haru. Ella lo escucha una y otra vez, y ahora ya es capaz de cantarla con él. Nosotros la hemos oído tantas veces que también la cantamos. Todo el mundo canta Kita Kuni no Haru en nuestra familia.

Mi abuelo tiene también un huertecito en el que cultiva frutas y legumbres. Es muy generoso con los vecinos y a veces les da parte de la cosecha. No es raro oír cómo nuestros vecinos le dan las gracias. En casa, compartimos lo que él cultiva. Mi abuela, por su parte, suele llegar a casa muy cansada. Sin embargo, ayuda a mi madre en las faenas domésticas sin una palabra de queja.

Al verles ofrecer sus vidas en el pequeño y “oculto” sacrificio de cada día, me lleno de admiración y respeto. Su ejemplo, más que sus palabras, es un estímulo constante. Éste es, pues, abuelos y abuelas, un tributo de honor para vosotros por vuestro sacrificio silencioso, por todo cuanto habéis soportado por nuestro bien y nuestro bienestar. Muchas gracias. Os. aseguro que vuestro sacrificio no ha sido vano.”

Este ingenuo y sencillo relato refleja algo esencial del espíritu del Opus Dei, perfectamente captado por el joven Fukahori: la importancia del trabajo ordinario, del esfuerzo diario con vistas_ a crear un ambiente grato en la vida de familia. Evidentemente, la preocupación por la familia no es algo exclusivo-del Opus Dei, ni siquiera de los cristianos. Lo que sí es característico -del Opus Dei es considerar la vida de familia como un medio de santificación, de crecimiento, espiritual; lo cual quiere decir que los cristianos corrientes no sólo se acercan a Dios cuando hacen un retiro espiritual o rezan en una iglesia, sino también cuando se esfuerzan por crear un auténtico ambiente de familia en su propio hogar. En este aspecto, como en otros muchos, el Opus Dei es, en esencia, un camino de santidad para el hombre de la calle.

Al final de mi estancia en el Japón, acudieron a mi mente unas palabras que San Francisco Xavier escribió en 1549, a poco de llegar al país del Sol Naciente: “Las gentes que hemos encontrado hasta ahora son las mejores de cuantas hemos conocido… Son muy educadas, buenas de ordinario, nada maliciosas; los varones son hombres de honor hasta un extremo que maravilla y aprecian el honor por encima de todo en este mundo”.

Teniendo en cuenta estas virtudes, ¿qué podía ofrecer el cristianismo a los japoneses? Varios conversos me hablaron de lo que más apreciaban de su nueva fe y de lo que el pueblo japonés podía ofrecer. Uno me dijo que creía que los japoneses eran ya cristianos de corazón en muchos aspectos y que tal vez por eso pensaban que no necesitaban el cristianismo, pues, al fin y al cabo, muchos cristianos carecían de las virtudes que ellos tenían. Sin embargo, me hizo notar que lo que les faltaba a los japoneses era sentido sobrenatural, capacidad para centrar sus acciones en Dios. Aunque algunos tenían conciencia de la existencia de Dios, para ellos no era, como para los cristianos, padre amoroso de los hombres -sujeto y objeto de amor-, ideas difíciles de entender para los japoneses. “Pueden comprender que sea poderoso, pero no que sea Amor y que uno se pueda unir a Él mediante el amor que pone en todo lo que hace -me dijo-. Algo que el Opus Dei me ha ayudado a comprender y de lo que los japoneses no son conscientes.”

Una mujer mencionó la escasa capacidad para hacer frente al sufrimiento. En las religiones orientales, la búsqueda de la paz espiritual, de la quietud, es absoluta. Por eso hay tantas imágenes de Buda en reposo o meditando en pacífica soledad. En este contexto, el sufrimiento humano se presenta como un obstáculo. La mujer a la que me refiero me habló de su padre, que había muerto hacía tres años. Era un hombre bueno, un budista practicante con altos principios morales. No se sentía próximo al cristianismo, pero contrajo un cáncer que le hacía sufrir muchísimo, y no cesaba de preguntarse por qué tenía que padecer tantos dolores. Pensaba que había procurado ser bueno y no comprendía por qué le sucedía eso. “A todos nos pasa lo mismo, cuando sufrimos -me dijo su hija-. Nos preguntamos por qué y buscamos una explicación. No creo que se pueda encontrar fuera del cristianismo.”

Con distintos matices, todos aquellos con quienes hablé coincidían en una cosa con Mitsui Takeshi, un ingeniero eléctrico de Mitsubishi, en Tokio, quien me dijo que lo más importante que el Opus Dei tenía que ofrecer a. los japoneses era una comprensión clara de la contemplación en la vida ordinaria. “Generalmente, nosotros, los laicos, no somos capaces de encontrar el camino ideal hacia el cristianismo. Creo que el concepto de contemplación no es fácil de captar para la gente corriente, pero es necesario. En primer lugar es importante tener orden en la vida, hacer un buen uso del tiempo, y luego tener espíritu de contemplación en el trabajo y en la vida de familia. Contemplación significa intimidad con Dios, trato mutuo. Algo difícil, pero atractivo. Sin contemplación, la vida diaria resulta dura, pero con ella todo se suaviza, aunque las cosas se tuerzan.”

Así pues, para los japoneses, descubrir el cristianismo a través del Opus Dei significa descubrir, entre otras cosas, el valor sobrenatural de la vida corriente. Lo esencial es el compromiso de ser contemplativo en medio del mundo. Esto, sobre todo, era lo que buscaba Monseñor Escrivá cuando fundó el Opus Dei: abrir un camino -no el único, pero sí un camino- por el que la gente pudiese ser contemplativa en y a través de su vida de trabajo ordinario.

Cuando a algunas personas se les dice que ofrezcan su trabajo a Dios, a veces dicen, despreocupadamente: “De acuerdo. ¿Y qué más?” Pero Monseñor Escrivá insiste: “Ocúpate de tus deberes profesionales por Amor: lleva a cabo todo por Amor, insisto, y comprobarás -precisamente porque amas, aunque saborees la amargura de la incomprensión, de la injusticia, del desagradecimiento y aun del mismo fracaso humano- las maravillas que produce tu trabajo. ¡Frutos sabrosos, semilla de eternidad! ”

Esta convicción la comparten todos los miembros del Opus Dei con los que he hablado, en distintos países del mundo. A cada uno de ellos el Opus Dei les inspiraba algo distinto, pero en todos encontré el mismo espíritu; un espíritu difícil de expresar con ideas, pues hay que verlo encarnado en la vida de sus miembros. Por eso, donde mejor se aprecia ese espíritu es en la vida de su fundador.

“Un fundador sin fundamento”

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Hasta el momento, no hemos hablado más que del presente. De un presente en el que el Opus Dei puede acelerar sus motores (aunque con la discreción que conocemos) y continuar creciendo en la Iglesia, día tras día, vestido ya con un traje a la medida, e incluido -como Prelatura- en la misma estructura jerárquica católica, con la fuerza de contar con decenas de millares de miembros.

¿Pero cómo nació todo esto? ¿De dónde viene? ¿Cómo se pensó y después se llevó a cabo el proyecto para crear semejante red que extendió y extiende cada vez más sus tentáculos (la «Mafia») en todos los continentes, desde su centro en Roma, en el sólido edificio del Parioli?

Cuando se intenta entender qué es el Opus Dei, una de las mayores sorpresas consiste en descubrir que en rigor (según dicen los interesados) ningún hombre lo habría fundado ni proyectado.

El Opus Dei «ya estaba» pensado y querido ab aeterno por Dios. El mismo -en sus inexcrutables designios habría decidido escoger como instrumento para que pusiera en marcha esa «idea celestial» a un desconocido curilla español de 26 años, que puso a disposición de Dios su esfuerzo, su sacrificio, su oración, su inteligencia, en una palabra, su disponibilidad total a partir de una fecha precisa: la mariana del 2 de octubre de 1928.

Para quien no conozca -o no recuerde- la dialéctica cristiana, y en particular la católica, antes de seguir adelante conviene dar alguna explicación que ayude a entender -no he dicho aceptar- las pretensiones de esta Obra. De lo contrario, ¿qué clase de informe sería el mío, si los hechos no estuvieran encuadrados en el décor que los justifica?

Para un cristiano, el Dios de la Biblia no desea actuar en solitario: quiere, porque le da la gana, necesitar de los hombres para realizar su voluntad en el mundo.

Toda la Escritura -tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento- no es sino la «historia de una salvación» que el Creador propone y realiza no sin sus criaturas, sino con ellas. Habría podido hacerlo todo El solo, con un metafórico chasquido de sus dedos omnipotentes. Pero -por citar dos nombres decisivos, de los cuales deriva lo demás- decidió, en primer lugar, «trabajar» con el pastor Abraham, para transmitir su revelación sirviéndose, para empezar, del pueblo de Israel; y después, «trabajar» con el pescador Simón, para que fuese la «piedra» sobre la que edificaría la ekklesía, es decir, el lugar de reunión de los llamados al nuevo Israel, ya no limitado a un pueblo sino abierto a todos.

Desde la perspectiva católica, la historia de los santos no es sino la historia de aquellos que aceptaron ser colaboradores, antes que instrumentos, de Dios; que supieron decir que sí, en serio, a la misteriosa y gratuita propuesta de partnership. Distinta es la orientación de las infinitas denominaciones en las que se ha fragmentado la Reforma protestante, pesimista sobre el hombre y sobre su capacidad, que atribuyen todo a un Dios que aparece como «solitario», insondable, impasible, casi como el Alá mahometano. Por eso, la Iglesia católica propone a esos «santos» como ejemplo para todos sus fieles, porque cada uno -a su nivel y de acuerdo con sus posibilidades- es llamado a trabajar también él con Dios, que le llama a asociarse en su proyecto para el mundo.

Así, el «pronombre personal» católico no es el «Yo» de Dios ni el «yo» del hombre, sino un «nosotros». Y esto no por méritos humanos, sino por la libre e indescifrable estrategia divina.

Esa es la única razón: Dios podía, pero no quiso actuar solo. Corresponde al creyente discernir esta estrategia y adecuarse a ella, aceptando las consecuencias -así al menos lo asegura la Iglesia- con tanto esfuerzo como alegría.

Es verdad que en este plan misterioso hay cimas sobresalientes, vistosas, porque la «colaboración» se propone a todos, pero para algunos esta colaboración consiste precisamente en mover a otros hombres, en marcar el destino de muchos.

Es el caso de los fundadores y las fundadoras de órdenes, congregaciones, institutos, compañías, comunidades religiosas, que caracterizan a la Iglesia casi desde sus orígenes.

En mi biblioteca, donde escribo estas líneas, descansa -al alcance de la mano, en las estanterías reservadas para los instrumentos de uso frecuente y rápido- el DIP, como lo llamamos los que nos obstinamos en interesarnos por estos asuntos. Es el Diccionario de los Institutos de Perfección, una obra vastísima que intenta inventariar y describir todas las manifestaciones de la vida religiosa «organizada», en la mayoría de los casos en forma comunitaria, que se han dado a lo largo de la historia de la Iglesia. Son gruesos volúmenes con formato de enciclopedia, de más de mil páginas cada tomo. Tras veinte años de trabajo ininterrumpido, el equipo internacional que lo elabora, coordinado por las Ediciones San Pablo, ha publicado 8 volúmenes, y aún no ha terminado la letra «s». La redacción ha advertido ya que, cuando se llegue a la «z», será preciso preparar otros volúmenes para incluir a los institutos de perfección surgidos mientras tanto, y para corregir los errores cometidos a pesar de los decenios de investigaciones y la movilización de los mayores expertos de todo el mundo. Tantas son las ramificaciones del Arca de Noé, o si lo prefieren, la exuberante y casi insondable selva a la que llaman Iglesia…

La decisión de tomarse en serio la fe, hasta sus últimas consecuencias, se ha organizado a lo largo de los siglos (y aún se organiza y se organizará: la aventura católica continúa) en innumerables «institutos». Y en el origen de cada uno de ellos se encuentra (para quien cree, naturalmente) la propuesta, la iluminación, la asistencia divina.

La colaboración de quien es llamado a promover estas tareas suele comenzar por el «descubrimiento» de una necesidad en la sociedad y en la Iglesia del momento. Son circunstancias que exigen la intervención de la caridad, por medio de la fe, la esperanza, la voluntad, la energía y las manos de creyentes. Y quien se percata de esa necesidad, pone manos a la obra y convoca a otros hombres y mujeres de buena voluntad para que colaboren en ese proyeccto espiritual y benéfico.

Así nacieron las fundaciones dedicadas a los jóvenes y a los ancianos, a los pobres y a los enfermos, a los ignorantes y a los obreros… Según las necesidades de cada momento, todo cristiano (y en particular el que, misteriosa pero explícitamente, recibe esta llamada) sabe que debe tomar cartas en el asunto, por amor a Dios y a los hombres.

A pesar de estar inspirado por las Alturas, el fundador o la fundadora -una vez identificada la necesidad que quiere colmar- elabora un plan, hace proyectos, se organiza para llevarlos a la práctica fiándose más (si son verdaderos «santos») de la ayuda de Dios que de sus fuerzas, pero sin ahorrarse fatigas: es más, agotándose hasta lo inverosímil. «Siervos inútiles», según la paradoja evangélica; y, sin embargo, indispensables al mismo tiempo para una Omnipotencia que quiere servirse de la debilidad. Necesarios para un Cielo que quiere trabajar en joint venture con la tierra.

Así se enmarca, más o menos, el asunto.

En el caso del Opus Dei, a tenor de la conciencia que tuvo el mismo interesado, don Josemaría Escrivá, y el convencimiento que transmitió a los que le siguieron y le siguen en el Opus Dei, las cosas no sucedieron de ese modo. No, al menos, en lo referente a un «plan», a un «proyecto de fundación», a una «estrategia de actuación» elaborados por quien estaba llamado a colaborar con Dios.

«Soy un fundador sin fundamento», repitió muchas veces el futuro beato. Esta frase no expresa sólo la habitual humildad de los santos, pues en otro momento añade: «Yo no quería ser fundador de nada, y menos aún de lo que luego se llamó Opus Dei».

Precisamente, en esta «sorpresa» del protagonista humano está la fuerza casi irresistible de esta aventura, que según el propio Escrivá «no nació porque hubiera hecho estudios o encuestas; porque -en definitiva- me hubiese dado cuenta de que había que dar una solución a algunos problemas de la Iglesia española, o de la universal de aquella época. No, yo no he proyectado ni programado nada».

Los del Opus Dei aportan la siguiente versión de los hechos. Cuando empezó todo, en 1928, el joven don Josemaría Escrivá era sacerdote desde hacía tres años. Poco antes se había trasladado a Madrid para completar sus estudios de Derecho, con el permiso del arzobispo de Zaragoza, la capital histórica de Aragón. Barbastro, la ciudad natal del fundador del Opus Dei se encuentra en esta región. Es una ciudad de siete mil habitantes que mira a los Pirineos (para que el lector no español se haga una idea, está más o menos a la misma altura de Lourdes, o un poquito más al este).

Tras unos primeros encargos en parroquias rurales, se instala en la capital de España. Para mantenerse y para ayudar a su madre viuda, a su hermana mayor y su hermano aún niño, imparte algunas clases y acepta ser capellán del Patronato de enfermos, una institución benéfica madrileña.

Entre los enfermos, confirma con los hechos su voluntad de tomarse en serio su misión de sacerdote, dedicándose del todo a la catequesis, a la administración de sacramentos, a la asistencia no sólo a los enfermos del Patronato sino también a los miserables de los barrios periféricos de Madrid.

No es más que un joven sacerdote, uno de tantos en una España que tiene incluso demasiados, si hemos de hacer caso a las protestas de las turbulentas izquierdas: anárquicos, socialistas, comunistas, radicales. En resumen, los mismos que, pocos años después, protagonizarán la más sangrienta de las guerras civiles modernas, en la que cometieron tales excesos que no se explican por un simple anticlericalismo, sino por un verdadero odio a la religión, como el fusilamiento en la calle pública de las estatuas de los santos o el uso obsceno de las hostias consagradas.

Como señala un historiador imparcial, «la persecución religiosa que tuvo lugar en España, principalmente durante la primera parte de la guerra, no tiene precedentes en ningua otra página de la historia de Europa, a menos que nos remontemos a los dos primeros siglos de la historia de la Iglesia. El sólo hecho de ser creyente bastaba para ser eliminado».

Así lo refleja la fuerza desnuda de los números. En 1934, se produjo un levantamiento en Asturias, prólogo de la gran tragedia; sólo en la primera semana, fueros asesinados 12 sacerdotes, 7 seminaristas, 18 religiosos. Y 58 iglesias fueron incendiadas.

Desde julio de 1936, cuando comenzó la guerra civil, la matanza se extendió por todas las provincias controladas por el gobierno de las izquierdas. Se recurrió a los procedimientos más atroces (sin excluir la crucifixión, la quema con gasolina, el ahogamiento a base de impedir la respiración metiendo una cruz en la garganta, y -para las religiosas- la violación en masa hasta la muerte). Fueron asesinados 4.184 sacerdotes diocesanos, 2.365 religiosos, 283 religiosas, 13 obispos, además de un número indeterminado de millares de «conocidos católicos». Precisamente en Barbastro, la ciudad de don Josemaría, se asesinó al 88% del clero. Son datos ignorados -o censurados- incluso por muchos católicos: esos que, como ya hemos visto, sólo se indignan contra el franquismo y sus «asistentes clericales», verdaderos o presuntos.

De todos modos, en aquel 1928 en el que aún no ha explotado la situación, el joven don José María (más tarde, por devoción, unirá los dos nombres en uno, Josemaría, por lo que ésta es la grafía exacta) no es más que uno de tantos sacerdotes españoles, particularmente piadoso, coherente con una vocación auténtica.

No le ha llevado al estado sacerdotal la «tendencia sociológica» según la cual, desde hacía siglos, en toda familia cristiana uno al menos de los hijos solía hacerse religioso o sacerdote, y una hija, monja. Es una elección convencida, para seguir una llamada que recibe, parece ser, hacia los dieciséis años, de un modo singular que se recuerda con emoción dentro de la Obra, como he podido escuchar.

Dejemos la palabra a uno de los más recientes y completos biógrafos, el alemán Peter Berglar: «una mañana especialmente fría del invierno de 1917-18, seguramente entre Navidad y Reyes -desconocemos la fecha exacta-, vio en Logroño las huellas de las pisadas de un carmelita descalzo en la nieve (…). No significaban nada que se pueda comprender con la razón o bajo un punto de vista utilitario (…). Las personas “prudentes” saben de muchas “locuras” de este tipo (…). En cualquier caso, bajo la impresión de aquel descubrimiento, su vocación al sacerdocio, que hasta el momento desconocía, comenzó a desvelarse…».

Desde entonces, era sacerdote con la certeza de su vocación. Pero, ¿para qué? ¿En qué dirección debe desarrollar su celo religioso? ¿Párroco? ¿Profesor? ¿Capellán? ¿Dedicarse a la curia?

Trabajando y rezando, espera a que Dios se lo haga entender, a través de los sucesos de la vida, «casuales» en apariencia, por los que la Providencia habla habitualmente, sin esperar revelaciones místicas.

Se trata de un joven piadoso y sereno; que reza mucho, pero que está, al mismo tiempo, en los detalles concretos: es decir, todo lo contrario de un visionario, de esas personas «que oyen voces». No es casualidad que, antes de decidirse por el seminario, le atrajeran estudios técnicos como la arquitectura o la ingeniería: una pasión que no abandonará y que pondrá en práctica, por ejemplo, durante la construcción de la sede central de la Obra en Roma y del gran santuario mariano de Torreciudad, cercano a su Barbastro. Tampoco fue casual que el cardenal arzobispo de Zaragoza, al ver sus dotes de organizador tranquilo y de líder natural, le nombrase, con sólo veinte años, inspector interno del seminario diocesano: un nombramiento de «superior» tan precoz que tuvieron que adelantarle las órdenes menores. Era, en definitiva, una persona poco común.

En ese clima marcado no precisamente por excitaciones místicas llega el 2 de octubre de 1928. Los miembros del Opus Dei de todo el mundo celebran esa fecha desde entonces festivamente. No como el aniversario de una fundación, sino fundamentalmente como la revelación del proyecto que aquel día Dios decidió poner en marcha: un «instrumento de santificación» surgido de las profundidades insondables de la eternidad, y destinado a durar tanto como la Iglesia, hasta el final de los tiempos, ese instante en que la fe espera la nueva venida de Cristo victorioso y glorioso.

La Obra no duda de que tendrá esta duración, pues el beato afirmó en varias ocasiones que la presencia (y la expansión) continuarían «mientras hubiese hombres sobre la tierra», porque (y aquí anticipamos la finalidad de la Institución), «por mucho que cambien las formas técnicas de la producción, los hombres tendrán siempre un trabajo que poder ofrecer a Dios, que poder santificar». Más aún: «No somos una organización nacida en circunstancias particulares de una época determinada». Por consiguiente, «el Opus Dei conservará siempre su razón de ser». (El joven numerario que me acompañaba por los pasillos de la sede central, y al que manifesté mi admiración por la solidez de los materiales de toda esa construcción, me replicó: «Es cierto; pero para ahorrar. Todo esto debe durar siglos»).

¿Qué sucedió entonces aquel día decisivo? Para saberlo, acudamos a las palabras, muy medidas, que son de algún modo oficiales en la Obra y que han sido reconocidas como auténticas por la Iglesia en su decreto de beatificación, promulgado por el papa 64 años después de aquel hecho. Así lo narra el Postulador de la Causa: «el 2 de octubre de 1928, el siervo de Dios don Josemaría participaba en unos Ejercicios espirituales en la casa de los padres misioneros de San Vicente de Paúl, situada en la madrileña calle García de Paredes. Mientras se encontraba recogido en su habitación, Dios se dignó iluminarlo: y vio el Opus Dei, tal como el Señor lo quería y como sería a lo largo de los siglos».

Volvamos a Peter Berglar, el biógrafo alemán de Escrivá: «Monseñor Escrivá de Balaguer afirmó siempre, sin sombra de duda, que el Opus Dei no lo había inventado él, que no lo había fundado como consecuencia de una serie de elucubraciones, análisis, discusiones y experiencias, que no era en absoluto el resultado de intenciones buenas o piadosas. Dejó entrever claramente que el “fundador” era Dios mismo y que la transmisión a aquel “joven sacerdote” de aquel encargo había sido un hecho sobrenatural, una gracia divina».

Una «gracia» de las que asustan; en efecto, amedrentó al destinatario, que de algún modo intentó escabullirse. Más tarde dirá que se sometió «de mala gana», porque «no me gustaba ser fundador de nada».

Deseando obedecer a Dios y por consiguiente a la misión (más aterradora que entusiasmante, al menos en esos primeros tiempos) que se le había puesto sobre los hombros, buscó una especie de escapatoria: comenzó a informarse para saber si en algún lugar existía ya algo que correspondiese a lo que había «visto», para asociarse y -como escribió«ponerse en último lugar, para servir».

No hubo nada que hacer: la «cosa» todavía no existía, y le tocaba precisamente a él aceptar el papel de instrumento, para hacer pasar la voluntad divina de la potencia al acto. Pero aún muchos años más tarde, se le escuchó decir: «me gustaría no ser de la Obra, para pedir la admisión y ser el último». Es decir, seguir a otro cualquiera llamado en su lugar.

En aquel otoño de 1928, si se echaba una mirada alrededor, no se daban los presupuestos para una obra como la que «había visto», con esas dimensiones tan amplias y destinada a permanecer en el tiempo. «Tenía veintiséis años, y no poseía más que gracia de Dios y buen humor»: así sintetizó el «equipaje» del que disponía.

Un buen humor que, verdaderamente, iba a necesitar, pues dieciséis meses más tarde recibió otra sorpresa, o más bien un auténtico mazazo. «Esta Obra a la que se me ha pedido dar la vida será sólo para hombres: nunca habrá mujeres, ni de broma, en el Opus Dei». Así había escrito a principios del mes de febrero de 1930 a uno de los pocos amigos a los que había abierto el corazón.

Y, sin embargo, pocos días después, el 14 de febrero de ese mismo 1930, mientras celebraba misa en el pequeño oratorio privado de la anciana marquesa de Onteiro, «vio de nuevo» el Opus Dei del mismo modo misterioso que aquel 2 de octubre, pero esta vez compuesto por hombres y mujeres.

Un problema más, y no de poca monta. Por lo que a él se refería, de buena gana lo habría evitado. Sobre todo, por la dificultad del «reclutamiento» entre las mujeres por parte de un sacerdote con sólo 28 años, en una España y en una Iglesia de los años treinta. Pero, también, por problemas organizativos: era preciso encontrar una fórmula institucional y un modo concreto para asegurar la unidad y al mismo tiempo la separación que la prudencia, la conveniencia y las leyes canónicas exigían. Fórmula y modo que, una vez puestos en práctica, sintetizó así el Beato: «El Opus Dei consta de dos secciones diversas, totalmente separadas, como dos obras distintas, una masculina y otra femenina; sin interferencia alguna, ni de gobierno, ni de régimen económico, ni de apostolado, ni de hecho».

Y añadía un ejemplo, para que quedase más claro: «en la Obra, las dos secciones son como dos borricos que tiran del mismo carro, en la misma dirección». Usaba con frecuencia la imagen del borrico, ese burro paciente que hace girar la noria para sacar agua del pozo, como ejemplo para los suyos; del mismo modo que comparaba a sus hijas con los patos, que aprenden a nadar en cuanto se les echa al agua. Por esa razón, se encuentra con frecuencia figuras de burros y de patos en los Centros de hombres y de mujeres, respectivamente. Lo preciso porque, según ciertas investigaciones -como la del «The Economist», citada más arriba- esas imágenes serían «una señal oculta de reconocimiento», como ciertos signos geométricos, baldosas a cuadros, las dos columnas, la escuadra con el compás para los masones…

La sección masculina y la femenina no son, por tanto, dos fuerzas divergentes, sino dos energías que, actuando en paralelo, se suman. Están unidas en la persona del Prelado, que es el Padre tanto para los hombres como para las muj eres.

Como la inmensa mayoría de los miembros del Opus Dei están casados, está claro que para ellos la relación hombre-mujer es la propia de una familia profundamente cristiana. En cambio, los numerarios y los agregados se comprometen a vivir el celibato. Hay casi tantos hombres como mujeres, con un ligero predominio femenino, unas 38.500 mujeres frente a los 38.000 varones, según los datos de finales de 1993 (a estos datos hay que añadir los 1.500 sacerdotes, todos ellos -obviamente- hombres).

La severidad de las normas de la Institución para que exista colaboración sin interferencias -más aún, sin contacto alguno (salvo el regulado claramente)- ha suscitado las ironías de muchos, también en ambientes clericales.

Como en todo, caben distintas intepretaciones. Lo que para algunos puede ser «beatería superada», otros pueden entenderlo como «prudencia» y «realismo», necesarios para no hacer más difícil de lo que ya es hoy día (al menos, desde el punto de vista humano) vivir la castidad.

Además, hay que considerar el alto concepto que el beato tenía del matrimonio, que presentó siempre como «una verdadera vocación, un gran signo cristiano». Por tanto, la «protección» de la otra vocación que es el celibato no parece que pueda ser clasificada superficialmente como debida a la «típica sexofobia católica», ni mucho menos como misoginia, como querrían ciertos críticos.

Volveremos a este asunto. Ahora interesa regresar a ese «descubrimiento» durante la misa en casa de la anciana marquesa, a esa visión de «la otra mitad del Cielo», que hizo más gravosa la carga del joven cura.

Tanto es así que un día llegó a exclamar, como haciendo balance: «la fundación del Opus Dei tuvo lugar sin mí». No pensaba en la Obra, no había hecho plan o proyecto alguno, ni tampoco pretendía solucionar necesidad alguna de la Iglesia española o universal cuando -inesperadamente- «vio», aquel 2 de octubre de 1928, lo que estaba llamado a dar vida. Pero añadía: «La sección femenina nació contra mi opinión personal». Aquel 14 de febrero de 1930, más como una imposición que como una proposición, fue «obligado» a aceptar esa parte, pues originalmente no pensaba, «ni de broma», en incluir a mujeres en el proyecto que Dios le había puesto delante.

En cualquier caso, después del 2 de octubre de 1928 y más aún a partir de febrero de 1930, la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer no es sino la historia de un jardinero al que se ha entregado una semilla y dedica todos sus cuidados, todo su tiempo, todas sus energías -toda su vida, en suma- para hacer crecer la planta. El 2 de octubre es el día en que la liturgia celebra la fiesta en honor de los Santos Angeles custodios: por eso, estos traits d’union entre el Cielo y la tierra que, por la fe, son las criaturas angélicas, abundantes en el Antiguo y en el Nuevo, tienen un puesto importante en la espiritualidad del Opus Dei.

A la vista de cómo sucedieron las cosas (al menos, tal y como se cuenta y se cree en la Obra), también los ajenos podemos entender mejor el porqué de esa «presencia» de Escrivá entre los suyos, esa insistencia en citar sus palabras, ese llamarlo «nuestro Padre», que señalaba al principio y que, para quien está al margen, suena como retórica y manifestación del culto a la personalidad.

El hecho es que ese sacerdote y esta institución no son en modo alguno separables: Escrivá es el Opus Dei. Ciertamente, no en el sentido de que sea «suyo» (en pocas instituciones que han surgido en la Iglesia esta expresión resulta más impropia, tanto que en este caso parece incluso inadecuado hablar de un «fundador»). Escrivá es el Opus Dei en el sentido de que, volviendo a la imagen de antes, el jardinero y la simiente que se le ha confiado forman una sola cosa.

Por esa razón, la vida de ese sacerdote, a diferencia de la existencia terrena de tantos colegas suyos en la santidad, es a primera vista poco apasionante: sin grandes acontecimientos visibles desde fuera, «monótona» en el sentido etimológico del término: con un solo «tono», porque aspiraba a un único fin. Es la historia (en gran parte interior, y por tanto inaccesible) del esfuerzo, sin reservarse nada, de un hombre que pretende transformarse en un instrumento cada vez más dúctil, dócil, diligente, para hacer visible en la historia un proyecto concebido desde la eternidad y puesto sobre sus hombros. Este proyecto, en efecto, cayó sobre él como una cruz, ante la cual instintivamente (como prueba de su «normalidad») se retrajo. Pero practicó a continuación, y con fruto, lo que más tarde aconsejó a los suyos: «¿No es cierto que, en cuanto dejas de tener miedo a la cruz, a lo que la gente llama “cruz”, cuando pones tu voluntad en aceptar la voluntad divina, eres feliz, y desaparecen todas las preocupaciones, todos los sufrimientos físicos y morales?».

Precisamente, a causa de lo que se acaba de decir, no voy ni siquiera a esbozar las líneas maestras de una biografía, que coincidiría con la historia de la primera fase -la que va desde la semilla hasta el árbol joven- de una Obra que la colma y explica por entero. Intentar informar de modo sintético y objetivo sobre el Opus Dei -sobre su espíritu, sobre su organización- es el mejor modo de informar sobre Escrivá. El cual, por otra parte, tuvo como programa y como ideal: «ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca».

Por consiguiente, incluyo al final del libro un apéndice con un sumario cronológico: en él podrán seguir, si tienen interés, cómo avanzó y fue tomando forma, año tras año, paso a paso, la misión que Escrivá estaba convencido de haber recibido. Nosotros seguiremos reflexionando sobre la realización de esa misión en las páginas siguientes, sin las limitaciones de una biografía.

Veamos tan sólo qué sucedió cuando el sacerdote de 26 años «vio». Esto es importante, porque en esos primeros momentos se encierra el sentido y el estilo propio de todo lo que vendrá después.

Escuchemos de nuevo al ya citado Berglar: «después de la experiencia enigmática de 1928, y tras la de 1930, externamente, en los primeros tiempos no cambió absolutamente nada. Monseñor Josemaría Escrivá no actuó como suelen hacerlo los “fundadores” de iniciativas humanas de cualquier tipo. Estos suelen hacer declaraciones y presentar programas, explicando los motivos, los fines, los medios y las actividades previstas; luego, hacen propaganda, publican anuncios y se preocupan de su presencia pública… El nacimiento y el desarrollo del Opus Dei no tuvo lugar de esa manera. Su fundador no emitió un “escrito programático” en el que expusiera, por ejemplo, la situación del cristianismo en general, el de la Iglesia católica en particular y las medidas que se deberían tomar para promover una entrega total de los laicos…».

Continúa el historiador alemán: «Tampoco fundó en seguida una “Asociación” que paracticara esos “principios” ni redactó unos estatutos que le permitieran empezar a captar miembros. Aunque siempre ha habido y siempre habrá fundadores y fundaciones de este tipo (porque es algo perfectamente legítimo), el fundador del Opus Dei no actuó así. La Obra nació y empezó a crecer como todo lo que tiene vida propia, como todo lo que no se ha edificado artificialmente ni se ha construido con arreglo a un plan: es decir, como una planta que crece en silencio, con calma…».

Esta ausencia de esquemas ideológicos, de proyectos sobre el papel; esta primacía de la vida sobre la teoría; esta conciencia de que, más que inventar o crear, era preciso ayudar a que la semilla creciera, día tras día, uniendo el amor a la experiencia: todo esto, por lo que he visto, me parece una característica fundamental en el Opus Dei. Más aún, quizá sea uno de los secretos de su éxito en un mundo -y hoy también, por desgracia, en una Iglesia- que se afana en difundir «documentos», en convocar «reuniones de expertos», organizar «debates», «simposios», «congresos», «sínodos», en encargar «encuestas sociológicas».

He aquí otro motivo que alienta las sospechas de que los miembros del Opus Dei se esconden, proceden ocultamente, maniobran tras el escenario. Se desconfía de ese crecimiento «fisiológico», que se va ampliando poco a poco, como una mancha de aceite, con el ritmo progresivo y lento de la vida normal y corriente, hombre a hombre, de igual a igual, sin debates, manuales, mítines, proclamas, ideologías. Es lo que el beato llamaba «apostolado de amistad y confidencia»: un apostolado que no se ve, que no hace ruido, que no sale del ambiente personal en que nos movemos a diario, y que por esa misma razón puede alarmar a quien lo descubra, induciéndole a sospechar quién sabe qué secretos.

A diferencia, por ejemplo, de los testigos de Jehová, ningún miembro del Opus Dei (aunque le mueva también el celo apostólico), irá a llamar al timbre de casas desconocidas para ofrecer material de propaganda y para convencer a gente que ve por primera vez, con los argumentos estándar aprendidos en las «escuelas de ministerio teocrático», según los métodos del advertising americano. La formación doctrinal que ofrece la Prelatura no se dirige a una «promoción» religiosa de ese tipo. Tiende, sobre todo, al testimonio de la vida real; y después a la «amistad» y a la «confidencia» que nacen en el ámbito de las relaciones personales. El apostolado que realizan es, en gran parte, «invisible»; y resulta comprensible que quien no conozca su sentido, pueda confundirlo con una estrategia de ocultamiento.

Por otra parte, el mismo beato definía la Obra como «una organización desorganizada». Describía así el carácter de una institución donde existe la necesaria organización, como he comprobado personalmente: en los ambientes donde trabajan hombres y mujeres de la Obra, se lo aseguro, las cosas funcionan de modo impecable, con rasgos de seriedad y de solidez extremas. Pero esta organización deja todo el espacio posible a la imprevisibilidad, a la complejidad, a la riqueza de la vida que sólo la deformación intelectualista intenta sometar a esquemas, programas, jaulas ideológicas, acabando por ahogarla.

En una biografía de Escrivá encontré una frase que quizá dice más de lo que pretendía expresar el autor. «También al cabo de decenios, su memoria no fallaba, y le permitía recordar los detalles más nimios, especialmente los que se referían a las personas, a sus familias y a los acontecimientos domésticos».

He puesto las últimas palabras de la cita en cursiva por un motivo preciso. Probablemente, el rasgo más inquietante y siniestro de los ideólogos y de sus productos intelectuales que caracterizan -y que con tanta frecuencia han devastado y devastan- los últimos dos siglos, es la obsesión por los planes «generales», que va pareja con el olvido de las dimensiones «personales». Es la atención espasmódica por las «ideas», unida al desprecio por los «individuos».

El ideólogo recuerda rostros, sí; pero sólo los de sus adversarios y los de sus aliados ideológicos; recuerda nombres, pero sólo los que puede citar como apoyo para su «lucha». Lo que es seguro es que no sabrá recordar -ni le

preocupa- los detalles más nimios, especialmente los que se referían a las personas, a sus familias y a los acontecimientos domésticos.

El hecho de que éste fuera un rasgo de la personalidad del fundador del Opus Dei, que intentó inculcar a los suyos, me parece una buena señal: donde hay generalismos, fanatismo, deshumanización, donde existen «intelectuales» e «ideólogos», nadie se ocupa de las «familias», de los «asuntos domésticos». En una palabra, de las personas.

Probablemente, una institución donde se recuerda el cumpleaños de un nieto y donde se aprecia un interés sincero por la salud de una tía enferma, sea menos temible de lo que se cree.

La enseñanza que tuve la suerte de recibir

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Testimonio de Covadonga O’Shea, Periodista. Directora de la revista «Telva»
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El día 14 de febrero se han cumplido sesenta años de la fecha en que Monseñor Escrivá comenzó el Opus Dei entre las mujeres. Al hilo de este aniversario, en esta época en la que la mujer ha irrum­pido de lleno en el acontecer del mundo, he querido recordar algu­nas anécdotas, sencillas en apariencia, pero con el valor de lo entra­ñable, y que encierran buena parte de la enseñanza que tuve la suerte de recibir, en directo, del fundador de la Obra.

Es conocido que a partir del 2 de octubre de 1928, fecha de la fundación del Opus Dei, Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó lo que Dios le había hecho ver: que se habían abierto los caminos divinos de la tierra; que todos los cristianos estarnos llamados por Dios a la santidad, que cada uno en su sitio, en medio del mundo, debe convertir su vocación humana en vocación divina. Esa fue la enseñanza que difundió a lo largo de su vida y que se escuchó en los cinco continentes. «Todas las profesiones honradas han de ser lugar de encuentro con Dios», era el «leitmotiv» de su predi­cación. Todas, incluso… la tan temible y denostada del periodismo, añado yo.

El fundador del Opus Dei, que además de tener una misión divi­na entre las manos, y quizá por eso poseía unas cualidades humanas muy por encima de la media, comprendió la trascendencia humana y cristiana del trabajo de los profesionales de la opinión pública.

No en vano fue durante un tiempo profesor de la vieja Escuela de Periodismo de Madrid. Es muy posible que comprendiera, con la fuerza de la experiencia, la necesidad de inculcar a quienes nos dedi­camos a estas tareas -fuesen o no del Opus Dei– un especial sentido de responsabilidad. Y siempre con un sentido positivo, radicalmen­te optimista, marcaba como pauta de actuación el ahogar el mal en abundancia de bien. Porque dejaba siempre claro que la violencia no es buena ni para vencer ni para convencer. Esta solicitud por nuestra profesión tiene mucho que ver con uno de mis primeros recuerdos de Monseñor Escrivá de Balaguer.

Era el mes de septiembre de 1963. Hice una escala de varias horas en Roma, en un vuelo de Atenas a Madrid, y pedí una audien­cia con el fundador de la Obra. Yo era entonces subdirectora de Telva, revista recién nacida. Tenía unos pocos años más que la revis­ta, no muchos más; por dejar las cosas claras, veintiséis menos que hoy.

Había ido a Grecia para asistir como enviada especial a la boda del Rey Constantino con la princesa Ana María de Dinamarca. Soy consciente de que no se trataba de un congreso de teología ni tan siquiera de metafísica. Era simplemente un acontecimiento social. Sin embargo, el fundador del Opus Dei me recibió en el acto, me preguntó por el viaje y enseguida trascendió al tema concreto para ir a la raíz: «¿Has trabajado mucho?», me preguntó. «Seguro que lo has hecho lo mejor que sabías». Lo importante para él no era el qué, sino el cómo. Había que realizar el trabajo, el que fuera, intelectual o manual, de más o menos categoría, con ilusión, con empeño, con sentido de responsabilidad, bien rematado… Y aprovechó la ocasión para animarme en mi terreno. Me dijo que los periodistas debíamos utilizar la pluma para iluminar el mundo con la verdad, para tratar de hacer el bien a la familia y a la sociedad. Con pena, lamentó que es triste comprobar tantas veces que ocurre lo contrario, que algunos se dedican a quitar la fama a personas y a instituciones.

Años después, en marzo de 1971, también en Roma, de paso hacia Milán, volví a saludar al Padre. Siempre se interesaba por mi quehacer. Le conté que iba a visitar unas editoriales italianas: Mondadori, Rizzoli… Siempre positivo, dedicó unos cuantos elo­gios a lo bien que trabajaban, a su calidad profesional, al bien que desde estos trabajos se puede hacer. En un momento de entusiasmo, al escucharle, le pregunté cómo pensaba él que podría hacer mejor la revista en que trabajaba. La respuesta fue inmediata y tajante; no me dejó lugar a dudas: «¡Con libertad!», y siguió: «Yo no puedo, ni quiero, meterme en tu trabajo ni en la forma de hacerlo. Además, no te daría un buen consejo porque no entiendo de estos temas…».

Eran dos rasgos muy destacados en él: el amor al trabajo bien hecho y una defensa apasionada de la libertad personal. Junto a ellos, y envolviéndolos, el buen humor, unido a un sentido común aplastante.

Esta vez volvía de Washington –era el mes de octubre de 1971–de un congreso de mujeres periodistas y escritoras. Tuve de nuevo la oportunidad de pasar por Roma y de saludar al Padre. Le conté las mil peripecias de unos días en los que se habían planteado temas conflictivos y difíciles de resolver. Los movimientos de la «Women’s lib» estaban en plena ebullición: control de natalidad, anticoncep­tivos, aborto. Le expliqué por encima la trastienda del congreso. Había un grupo de personas a favor de esa falsa «liberación de la mujer»; otras en pro de la vida, de la familia, de la mujer como Dios manda.

A lo largo de una semana hubo ponencias, coloquios, mesas redondas. El último día había que enviar a los medios de comu­nicación un informe con las conclusiones de lo que allí se había tratado. Al mismo tiempo una Embajada invitaba a un cóctel que a todo el mundo divertía y no había quien se sentara a redactar el escrito. En vista de lo cual me acerqué a la presidenta, mexicana, para decirle que no me importaba quedarme un rato en la sede del congreso y elaborar el artículo para la prensa.

Como me gusta jugar limpio, puse las cartas boca arriba: allí se había dicho de todo, cada cual podía sacar conclusiones diversas. Sin embargo, yo sabía muy bien lo que un buen grupo de mujeres proponíamos como solución. Si me quedaba yo, marcaría en ese artículo el acento en lo positivo. «Pues ándalo», me dijo con su mejor acento, «y hazlo como se te “ofresca”. Ya que te quedas estás en tu pleno derecho. Yo te lo firmo». Se rió el Padre con la historia.

En marzo de 1973 fue la última vez que vi en Roma al fundador del Opus Dei. Pocos meses antes había recorrido España en dos meses de catequesis. Si tuviese que entresacar los temas que trató en las distintas reuniones que tuvo con todo tipo de personas, más de cien mil, destacaría su amor a la Iglesia, al Papa y a los obispos. Y su gran preocupación por la mujer, por lo que supone para ese núcleo fundamental de la sociedad que es la familia. Aquella maña­na, en Roma, volvió a hablarme de las mismas cuestiones. Le dolían las consecuencias que preveía en una situación que empezaba a ser caótica. «Hija mía, de todo esto toma tú unas cuantas notas, dale vueltas a estas ideas y un día que estés de buen humor (en su tono de voz se traslucía que comprendía que podían aburrirme esos temas, por la pesadez con que se tratan tantas veces) escribe sobre ello». Como me insistía en que debía ser valiente y decir las cosas claras, pensó que podía necesitar una ayuda extraordinaria.

«¿Quieres una reliquia de Santa Catalina de Siena?» me pre­guntó. Yo sabía que a esa doctora de la Iglesia, Monseñor Escrivá de Balaguer la llamaba «la gran murmuradora», porque decía las verdades del barquero tanto al Papa como al emperador. Siempre con gran respeto, pero con la verdad por delante.

Rápidamente contesté que, por supuesto, la quería, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer yo con una reliquia. Ante mi asombro, el Padre llamó por teléfono de inmediato para hacer el encargo al Vicariato de Roma, y a quien se lo dijo, le explicó: «Compra después de tener la reliquia un relicario femenino, que es para una hija mía». Al dármela, dos días más tarde, me repitió: «Acude a esta santa para que te enseñe a tener la lengua bien suelta. como ella, en defensa de la verdad».

Podría seguir recordando otros muchos detalles de la vida del fundador del Opus Dei. He querido contar algunos que a mí me dejaron patentes rasgos fundamentales de su vida y sus enseñanzas: el amor a todo tipo de trabajo, su sentido del deber, su buen humor, su amor a la libertad. Y, como música de fondo, su empeño por enseñar a hombres y mujeres de cualquier edad, raza y condición social, a hacer de la vida, desde cualquier profesión, un verdadero servicio a la Iglesia y a la sociedad.

Una amistad que nos unió para siempre

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Testimonio de Cardenal Miguel Darío Miranda, Arzobispo Primado Emérito de México
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Han pasado poco más de cincuenta años desde que Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer fundó el Opus Dei; nos acercamos al también áureo jubileo de la fundación de su Sección Femenina, y los frutos con que el Señor ha bendecido a esta querida asociación de fieles son un motivo más para agradecer a Dios esta nueva mues­tra de su misericordia.

Desde el primer encuentro que a principios de 1959 tuvimos con Monseñor Escrivá de Balaguer –se encontraba acompañado por el Dr. Alvaro del Portillo, actual presidente general de la aso­ciación, y siempre lo vimos a su lado–, fuimos conscientes de que el Señor nos brindaba con ello una venturosa oportunidad para nuestra vida espiritual. Las visitas que en cumplimiento de nuestro ministerio episcopal debíamos gustosamente hacer al Romano Pontífice nos brindaron igualmente la oportunidad de visitar con frecuencia al fundador del Opus Dei, quien desde 1946 había esta­blecido en esa ciudad su residencia, y de profundizar en nuestra amistad.

En nuestras conversaciones, rebosantes de un gran cariño sobrenatural y humano y en las que Monseñor Escrivá nos atendía sin prisas produciéndonos la impresión de que no había cosa más importante para él que nuestra persona, pudimos descubrir en el fundador del Opus Dei un alma especialmente favorecida por Dios con gracias singularísimas, y cuyo ministerio sacerdotal trascendía a todo el mundo a través de la Obra a él encomendada por voluntad divina.

Esa amistad que nos unió para siempre propició el descubri­miento de campos nuevos para nuestra actividad, todos ellos movi­dos por un genuino espíritu apostólico; y al mismo tiempo, nos pro­porcionó una confirmación alentadora de nuestros trabajos pasto­rales. Especial importancia supuso para nosotros el concepto que de la formación cristiana, plena e integral, tenía Monseñor Escrivá de Balaguer, y que vino a resolver una de nuestras grandes inquie­tudes en el campo del apostolado con los seglares, presente ya desde nuestra ordenación sacerdotal en 1919, y cuya importancia con­firmamos primero en nuestra pequeña Diócesis de Tulancingo en 1937, y posteriormente, en nuestra enorme Archidiócesis de Méxi­co a partir de 1955. Para el fundador del Opus Dei la formación doctrinal significa «el suficiente conocimiento que cada fiel debe tener de la misión total de la Iglesia y de la peculiar participación y consiguiente responsabilidad específica que a él le corresponde en esa misión única». (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer. Ed. Rialp, Madrid, 976, núm. 2).

A nadie sorprende que estas relaciones inspiradas por Dios y mantenidas con lealtad y fidelidad entre dos sacerdotes pudiesen ser –como de hecho han sido – fuente de inspiración para ulteriores trabajos en nuestras vidas. La visión que los ojos de Cristo tienen del mundo en toda su integridad es la misma que tienen los ojos sacerdotales que procuran mirar con las pupilas del Señor.

Anterior a nuestro encuentro con él había sido el conocimiento de su Obra en México: un horizonte nuevo, alumbrado por la luz de Cristo, se abría ante nosotros como una expansión del mismo campo pastoral en que hemos vivido consagrados; un horizonte dis­tinto, pero indeleblemente marcado con el sello inconfundible de lo divino, que aparecía hasta en el nombre propio: Opus Dei. Ahora que ha cumplido sus primeros cincuenta años de existencia sobre la tierra, podemos sin dificultad comprobar que la Obra es nueva y antigua a la vez: antigua porque es de Cristo; y nueva porque Cristo es de hoy y propende al futuro, y en él se expande con naturalidad; porque Cristo es de siempre.

Desde el comienzo de la labor de la Obra en México con no poca complacencia contemplamos que se ha mantenido una estre­cha y amistosa relación con el Arzobispo Primado. Fue en junio de 1948 cuando mi predecesor, de gratísima memoria, el Excmo. y Rvmo. Sr. Dr. D. Luis Mª Martínez, concedió amabilísimamente la oportuna autorización para que se estableciera en la Archidió­cesis el primer Centro del Opus Dei en México y de América. Y fue el mismo Sr. Martínez, el 19 de marzo de 1949, atendiendo a la invitación que le hiciera el Consiliario en este país, quien celebró por primera vez la Santa Misa en el oratorio de ese centro y dejó el Santísimo Sacramento en el Sagrario. Una prueba más de esa amistad, entre muchas que se podrían señalar, está en el hecho de haber tenido entre los invitados a la Misa que con motivo de nues­tras Bodas de Plata Episcopales celebramos, sin solemnidad alguna pero con profunda piedad, en el Altar de la Confesión de la Basílica Vaticana, a un sacerdote del Opus Dei.

De todas nuestras fraternas conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, así como de la meditada lectura de sus escritos, que tanto bien han hecho y hacen a las almas, podemos atestiguar lo que siempre hemos visto en sus hijos en estos treinta años de labor de la Obra en nuestro país: su acendrado amor al Romano Pontífice y a la Iglesia toda: su preocupación siempre presente por el bien de las almas, y su fidelidad inconmovible a la doctrina de Cristo y al Magisterio eclesiástico. Pudimos comprobarlo una vez más en esta misma Archidiócesis cuando en 1970, aun antes de ver a sus hijos, vino a pedirnos las licencias necesarias para desempeñar su ministerio durante su estancia entre nosotros.

Con su natural buen humor nos comentaba en esa misma oca­sión: «Antes de ver a las ovejas, quise ver al Pastor». Se cumplía así lo que con tanta insistencia le encarecíamos siempre que le visi­tábamos en Roma: que viniera a México y visitara a esos hijos suyos que con fidelidad ejemplar estaban sirviendo a la Iglesia. Fue sin embargo su profundo amor a la Virgen de Guadalupe lo que le hizo venir a nuestro país, y se cumplió a la letra lo que con anterioridad había dicho: «Cuando vaya a la Villa, tendrán que sacarme de allí con grúa». A lo que recordamos haberle contestado de inmediato: «No seré yo quien la ponga».

Bastan estas ideas para comprender lo que significó para noso­tros recibir, el mes de junio de 1975, de forma súbita e imprevista, la noticia de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, nuestro amadísimo hermano. Aunque mirando este hecho a la luz de la fe, ¿qué podríamos sentir sino que el amor de Dios se lo llevó para tenerlo cerca de Sí y recompensarlo por la vida que él consagró totalmente a la gloria del mismo Señor y al servicio de todas las almas? Al fin y al cabo todos somos peregrinos y transeúntes, y nuestra vida es corta en comparación con la eternidad.

¡Qué bello resultaba descubrir en Monseñor Escrivá una real madurez humana y sobrenatural, puesta al servicio de las almas, con medidas y aspiraciones inspiradas por el Corazón Misericor­dioso de Cristo, que vivió y murió por todos y cada uno de nosotros!

Sabemos que el 50 aniversario de la fundación del Opus Dei, celebrado con el peso de la Cruz por el dolor que supuso la ines­perada muerte de S.S. Juan Pablo I, estuvo impregnado en todos sus hijos del recuerdo de su fundador y del propósito firme de man­tener una estricta fidelidad al espíritu por él predicado y vivido. Serán el ejemplo de su alma sacerdotal, y el recuerdo de su vida y afán apostólico, el alimento vigoroso que dé a su Obra el ímpetu necesario para difundirse con las mismas medidas generosas que su fundador le imprimió.

Tenernos la seguridad de que ese ejemplo de apostolado grabado en todos sus hijos contribuirá a que ese mismo espíritu suscite en el mundo y en todos los cristianos una actividad concorde para cum­plir la voluntad de Dios, que amó a todos los hombres y que a todos los quiere salvos y estrechados entre sus brazos misericordiosos.

Es grande el servicio que el Opus Dei ha prestado y presta a toda la Iglesia; son muchas las almas que al conocer el espíritu del Opus Dei mejoran notablemente la forma de vivir su vida cristiana, y por ello agradecemos muy especialmente al Señor que haya sido nuestra querida Archidiócesis de México la primera en la que se comenzó en América esta verdadera Obra de Dios.

No nos resulta fácil expresar en pocas palabras la profundidad del mensaje del Opus Dei, ni el perfil de la riquísima personalidad de su fundador. Pero para quienes tuvimos la gracia de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer y de tratarlo en múltiples ocasio­nes, sintiendo el calor de su sincera amistad, su entrega ejemplar por la Iglesia hasta el instante en que – en olor de santidad– Dios lo llamó a su presencia, y la fecundidad de esta Obra de Dios que ha superado cualquier previsión humana, no podemos menos que agradecer al Señor esta palpable muestra de su amor por la Iglesia: el Opus Dei.

Creo que conocí a un santo

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Testimonio de Mons. William Gordon Wheeler, Obispo de Leeds
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Donde conocí por primera vez a un miembro del Opus Dei fue aquí, en Inglaterra, hace ya más de treinta años. Se llamaba Juan Galarraga, por entonces un seglar que estudiaba en la Universidad de Londres. Coincidimos en varias ocasiones en el Newman Center, de Portland Square. Cuando me hicieron capellán de la Universidad de Londres le veía con asiduidad y aprendí mucho de él sobre cl Opus Dei.

De modo que cuando la Netherhall, una residencia para estu­diantes, entró en funcionamiento, yo se la recomendaba a los alum­nos. Este fue mi primer contacto con el Opus Dei, y desde entonces he visitado residencias del Opus Dei en todo el mundo.

Creo que estoy en una posición única para hablar sobre lo que se podría llamar la universalidad del espíritu del Opus Dei, ya que he podido comprobar su labor en todo el mundo. Hace algunos años, estando yo en Perú, visité la residencia de la Obra en Lima. Tenía mucho interés en conocer cómo había logrado penetrar en lugares tan remotos y echar raíces en pueblos de orígenes tan dife­rentes. Creo que todo ello fue posible gracias a la genialidad de su fundador Monseñor Escrivá de Balaguer.

Lo que siempre me ha maravillado de las residencias del Opus Dei es su espíritu de civilización; una civilización correcta. No había en ellas gran lujo, sino una modestia con buen gusto; el auténtico cristianismo dentro de la civilización de nuestra era. Todas las residencias son muestra de algo a lo que el Cristianismo, y el Catolicismo en particular, debe aspirar.

Lo que se percibía era un espíritu de familia. Algo que también me maravillaba. Es un espíritu de gran disciplina e integridad per­sonal. El fundador del Opus Dei alcanzó un equilibrio que, a mi modo de ver, es la clase de ejemplo que todos deberían de seguir.

Aún guardo como un tesoro la copia de su libro Camino, que el propio Monseñor Escrivá de Balaguer me dedicó. Me lo regaló a finales de los años 50, aunque, por supuesto, yo ya conocía Camino con anterioridad. Siempre he admirado su sencillez.

Una de las cosas que irradiaba Monseñor Escrivá de Balaguer era una enorme estima por la vida espiritual. Su gran deseo era guiar a las personas de una forma recta y sencilla –de manera bíbli­ca–. En eso se había anticipado a su época.

También se adelantó a su tiempo en cuanto al Concilio Vati­cano II; él postulaba un laicado que participara plenamente en la vida de la Iglesia, siendo contemplativo en la vida privada.

Tenía el espíritu del Vaticano II, y en el difícil período post–conciliar, cuando muchos en la Iglesia atravesaron una etapa de incertidumbre, el Opus Dei reaccionó de una manera que debería servirnos a todos de ejemplo.

Creo que ello se debió a que encontró el equilibrio adecuado entre «aggiornamento» y tradición, siempre con la vista puesta en la trayectoria del mundo actual, con lo que su contribución a la vida de la Iglesia fue enorme. Cuando se escriba la historia de ese período, este hecho deberá ser mencionado, sin duda alguna.

Lo que más recuerdo de Monseñor Escrivá de Balaguer es su alegría. Era un compañero maravilloso. Recuerdo cuando, con oca­sión de una comida, algunos obispos trataron de discutirle algunos puntos y él desarmó todos los argumentos simplemente con la bon­dad que emanaba de su persona. Daba la sensación de querer a todo el mundo y uno no podía evitar corresponder.

Tengo la impresión de haber conocido a una persona muy santa y muy humana. Después de todo, la auténtica santidad se elabora desde la naturaleza que nos ha sido dada por Dios. Dios le engran­deció en todos los aspectos.

Un día, en Roma, me regaló un pequeño y sonriente borriquito, diciéndome: «Ponlo en una repisa de tu estudio. y cada vez que lo mires acuérdate de rezar por mí». Aun lo tengo. Allí está, per­manentemente, en la repisa, y cuando las cosas se complican lo miro y me reconforta.

El burro tenía un significado muy especial para Monseñor Escri­vá de Balaguer; solía llamarse a si mismo «una bestia de carga de Nuestro Señor».

El apostolado que el Opus Dei efectuaba entre los estudiantes universitarios es algo que yo, personalmente, conocí bastante bien. Aunque también he podido comprobar su obra en otras esferas. Por ejemplo Peter Scott y su familia, viejos conocidos de Oxford. Es extraordinario comprobar cómo, en la época actual, cuando la mayoría de las familias padecen el impacto de una sociedad dema­siado permisiva en toda Europa, personas como éstas hayan encon­trado estimulo y fuerza en la Obra del Opus Dei.

Según mi propia experiencia, existe un gran paralelismo entre los miembros de la Obra y los primeros cristianos –personas de diferentes esferas sociales imbuidos por un mismo espíritu y tra­tando de santificar sus distintas actividades–. Era en esto en donde más hincapié hacia Monseñor Escrivá de Balaguer. La noción de apostolado del laicado fue recogida, siguiendo este modelo, en uno de los Decretos del Concilio Vaticano.

Cuando en el futuro alguien reflexione sobre Monseñor Escrivá de Balaguer y su obra, será capaz de valorarlo mucho mejor de lo que podamos hacerlo ahora nosotros. Creo que a través de sus escritos y memorias emergerá la figura de un hombre que tuvo un gran impacto entre todos los cristianos.

Después de su muerte escribí al Santo Padre sobre todo ello. Me gusta pensar que conocí a un santo.


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