Homenaje al Fundador del Opus Dei

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Testimonio de Cardenal Humberto Medeiros, Arzobispo de Boston
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Al poco de ser nombrado Arzobispo de Boston, fui a visitar Elmbrook,  un Centro para estudiantes universitarios, situado a corta distancia de la Facultad de Derecho en la Universidad de Harvard, en Cambridge. Elmbrook es uno de los muchos centros universi­tarios dirigidos por el Opus Dei, la Asociación internacional para seglares y sacerdotes, cuyo fin es fomentar la búsqueda de la san­tidad en la vida secular ordinaria. Yo deseaba conocer, más a fondo, esta asociación porque me preocupaba la profunda insatisfacción espiritual de la inmensa mayoría de estudiantes que pedían a gritos una palabra mágica y el amor a Jesucristo.

VIVIR EN LA FE

En Elmbrook encontré a 50 jóvenes que se sentían tan alegres y felices que la conversación fluía con facilidad. La mayoría de lo que me contaron me dejó impresionado. Uno de los muchachos comentó sus esfuerzos para conseguir que algunos de sus compa­ñeros de clase le acompañaran en peregrinación a una ermita de Nuestra Señora. Pregunté a otro sobre la oración, y me contó cómo a través del Opus Dei había aprendido a vivir en la fe con Jesús, María y José, pero no como si fueran abstracciones o algo lejano, sino como personas reales, cercanas, a las que poder llegar de forma sencilla y confiada, como un niño. Otros hablaron de su vocación de fomentar el deseo de vida interior y de servir a otros a través de la actividad profesional de cada uno. La tarde se fue agotando, y yo me olvidé, por completo, de lo cansado que estaba después de todo un día de trabajo, y cuando me despedí me sentí rebosante de optimismo.

En las siguientes semanas, con motivo de mis visitas a otras parroquias de la archidiócesis, pude conocer a otros miembros del Opus Dei; amas de casa y profesionales, que me hablaron de su apostolado personal en el seno de sus familias y comunidades. Cuan­do me comentaron sus esfuerzos por ser almas contemplativas en su medio secular, me surgieron deseos de conocer al sacerdote que había inspirado este deseo de santidad.

NO BUSCABA LA PUBLICIDAD

Algunos meses más tarde conocí, en su residencia de Roma, a Monseñor Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei. Su libro de máximas ascéticas Camino ha vendido casi tres millones de copias pero realmente él no era hombre que buscaba la publi­cidad. Su único deseo era pasar inadvertido para que Dios se mani­festara. Era extraordinariamente franco, tan humilde y modesto, tan calido y cordial, tan entusiasta con la Iglesia y la misión de ésta, que tuve la impresión de conocerle de toda la vida y, por tanto, con derecho a llamarle «padre» como lo hacían más de 60.000 hom­bres y mujeres, que por entonces se esforzaban, en todo el planeta, en lograr su santificación dentro del Opus Dei a través de sus ocu­paciones diarias, siguiendo la espiritualidad laica que él les había enseñado.

Él tenía setenta años cuando tuvimos la primera y, desgracia­damente, última charla, pero su vitalidad era sorprendente. Reco­nocí en él a alguien que está muy cerca de Dios, una auténtica roca de fe. «Eso es lo que necesitamos», me dije después de despedirnos. «Un hombre de oración, un hombre que confiesa abiertamente su gran devoción a Nuestra Señora y su amor a la Iglesia y al Santo Padre».

Me contaron que el 26 de junio de 1975, dirigiéndose a un grupo de sus hijas, en un centro del Opus Dei en la residencia de mujeres de Castelgandolfo, dijo: «Debemos amar a la Iglesia y al Santo Padre, sea quien fuere, y pedir a Dios que nuestro servicio a la Igle­sia y al Santo Padre sea eficaz». Éstas fueron, prácticamente, sus últimas palabras, ya que una hora más tarde, de forma rápida e inesperada, murió en Roma, tras una mañana de intenso trabajo pastoral.

COMPASIÓN Y HUMOR

Después de su muerte he continuado «viendo» a Monseñor Escrivá de Balaguer gracias a las maravillas de la tecnología moder­na. He podido contemplarle en películas, que le muestran de pie en salones, abarrotados, de toda Europa y América, derrochando compasión y humor, afirmando en sus respuestas que la Iglesia, la Esposa de Cristo, será por siempre el pilar de la verdad. El camino de santidad, dice dirigiéndose a su audiencia, así como el método para alcanzar una vida interior plena, es el de siempre; los sacra­mentos, la oración y el sacrificio, la santificación del trabajo diario y el cumplimiento de las obligaciones cristianas en el mundo.

En realidad Monseñor Escrivá de Balaguer había estado pre­dicando la llamada universal a la santidad desde 1928; la santifi­cación a través y en las realidades de la vida cotidiana en la tierra. Estos aspectos de espiritualidad laica fueron incorporados, años más tarde, a los documentos del Concilio Vaticano II.

EL PADRE

Igualmente he continuado «viéndole» en Roma, donde a menudo visitó la casa donde nos encontramos aquella primera vez. Allí, en una preciosa cripta, una losa de mármol verde con la ins­cripción «El Padre», señala el lugar donde descansan sus restos. Ami alrededor hay jóvenes que besan la tumba con devoción. Tam­bién hay amas de casa y trabajadores que visitan la cripta, y en silencio le confían sus necesidades. Y con ellos yo también pido al Padre que rece por mí y por todas las almas que me han sido confiadas, y que continúe avivando esos caminos de santidad en la vida secular que comenzó en 1928, hará cincuenta años, el próxi­mo 2 de octubre.

Recuerdos de una amistad

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Testimonio de Mons. Fray José López Ortiz, Arzobispo titular de Grado. Vicario General Castrense Emérito
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Conocí a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer en la Uni­versidad de Zaragoza, en junio de 1924. Yo era presbítero desde hacía poco tiempo, y mis superiores agustinos me habían indicado que estudiara la carrera de Derecho. Durante el curso había tra­bajado con mis libros y apuntes, y en junio fue a rendir examen a Zaragoza: allí conocí y traté, durante los ocho o diez días que duró mi estancia, al futuro fundador del Opus Dei.

Se inició nuestra amistad de un modo muy corriente: cuestiones relacionadas con asignaturas de la carrera, características de los pro­fesores, etcétera: lo normal en vísperas de exámenes. Don Josema­ría estaba muy preparado y conocía el ambiente universitario, des­conocido para mi; generosamente, como lo más natural, me daba valiosas orientaciones, mientras paseábamos por los claustros de la Universidad.

Nos hicimos francamente amigos, sabiendo que esa amistad iba a perdurar. A pesar de los años transcurridos, recuerdo al fundador del Opus Dei, ya entonces, con todas sus cualidades espirituales y humanas que tanto me han llamado la atención siem­pre, y que le hacía ganar la simpatía y el respeto de todos. Era muy piadoso, lleno de vivacidad, muy comunicativo; sencillo, con un gran corazón y con una extraordinaria inteligencia. En la Facultad observé que todos le conocían, y que entre otras muchas cualidades– su carácter alegre hacia que fuera muy apre­ciado por todos.

Pero había otro punto característico de toda su vida, quizá para mi el más importante: desde el momento que comencé a tratar a don Josemaría me di cuenta de que era responsable, piadoso, reza­dor, con un ardiente deseo de ser buen sacerdote; deseo que ali­mentaba con una vida espiritual intensa y con gran dedicación a su formación sacerdotal.

Pasó el tiempo, y en 1934 gané las oposiciones a la Cátedra de Historia del Derecho en la Universidad de Santiago de Com­postela. Después –debía de ser la primavera de 1936– encontré a don Josemaría en la calle de San Bernardo, en Madrid, cuando yo salía de la Universidad Central.

Nuestra conversación, llena de alegría por el reencuentro, duró media hora o algo más. Aunque en esa ocasión no me habló explí­citamente del Opus Dei, me pidió con insistencia que rezase mucho porque el Señor le pedía algo muy superior a sus fuerzas. Aludió genéricamente a un gran empeño espiritual que el Señor le soli­citaba. Se sentía un pobre instrumento en las manos de Dios, pero dispuesto a hacer lo que Él quisiera, con una lucha amorosa para no poner resistencia, pues consideraba que el querer de Dios supe­raba con mucho sus posibilidades. Esta actitud humilde, diametral­mente opuesta a cualquier tipo de triunfalismo, fue una constante de toda la vida de Monseñor Escrivá de Balaguer, hasta su marcha al Cielo, y daba peso y fundamento a una permanente alegría y a un optimismo desbordante, que sólo la rendida aceptación de la Cruz hace posible.

No nos volvimos a ver hasta el curso 1939- 40. Yo estaba de nuevo en Madrid, al frente de la Cátedra de Historia del Derecho. Mi auxiliar de Cátedra, don Juan Manzano, me había comentado que don Josemaría estaba preparando la tesis doctoral de Derecho. Fui enseguida a verle, a Jenner, 6, donde vivía. La tesis estaba prác­ticamente acabada. Ni las vicisitudes de la guerra civil ni el intenso trabajo apostólico de esos tres años habían sido óbice para que dedi­case tiempo a su trabajo de investigación.

También en el curso 1939- 40 conocí a algunos universitarios que vivían en la residencia de Jenner; al ver que eran académica­mente muy valiosos, que vivían una vida profundamente cristiana y que tenían un notable cariño a don Josemaría, pensé que allí había un espíritu mucho más hondo que el habitual para una residencia de estudiantes. Y un buen día –quizá en otoño de 1941–, volviendo con el fundador del Opus Dei del estudio del pintor Fernando Dela­puente, me fue explicando la Obra, con todo detalle. Me hizo ver que era de Dios, totalmente sobrenatural: el Opus Dei venia a recor­dar la llamada universal a la santidad; el empeño de adquirir una vida contemplativa en medio del mundo, en medio de la calle, para poner a Cristo en la cima de todas las actividades humanas san­tificar el trabajo profesional y las ocupaciones corrientes de cada día… Desde el principio entendí lo que me contaba don Josemaría: todo es obra de Dios, no es obra mía. No podía ser algo basado en el celo sacerdotal y las muchas dotes naturales del fundador, aunque fueran tantas y de categoría excepcional: era, ciertamente, una obra de Dios.

Don Josemaría me relataba todo lo referente a la Obra con una seguridad tal que, repito, me asombraba. Me explicó muchas cosas con una gran viveza, como si las estuviera viendo ya; cosas que después se han ido convirtiendo en fecundas realidades apostólicas, de servicio a la Iglesia y a todas las almas. Por ejemplo, me habló entonces de que, con el tiempo, habría en el Opus Dei hombres y mujeres casados que se santificarían en el matrimonio, en el hogar, en el trabajo.

El padre – como le llamaban millones de personas en todo el mundo – me habló también de la sección de mujeres de la Obra: centros de formación profesional femenina para elevar el nivel cul­tural y social de las jóvenes y fomentar su vida cristiana en todos los ambientes; granjas para enseñar a campesinas esto me sor­prendió especialmente–; labor apostólica con empleadas y obreras de fábricas y talleres; y–sobre todo, lo más importante– del apos­tolado personal de las asociadas con sus compañeras de trabajo –obreras, profesoras de Universidad, empleadas, investigadoras, etcétera–, sus amigas, sus vecinas, etcétera.

Don Josemaría me hablaba de socios de la Obra en el mundo entero, en todos los ambientes sociales, profesiones y oficios, sol­teros y casados, jóvenes y viejos, seglares, sacerdotes, de todas las razas… Y sólo había un puñado de chicos en Madrid, Valencia, Valladolid, Zaragoza y Barcelona, y poco más. El padre, movido por el querer divino de extender el Opus Dei por todo el mundo, les aconsejaba estudiar idiomas: ruso, japonés, inglés, francés, alemán, etcétera. El carácter universal de la Obra –hoy, realidad gozosa–lo vi ya entonces.

Dios quiso la Obra como una Asociación eminentemente laical y secular, y así fue desde el principio. Aquellos chicos que, al salir o entrar en la residencia Jenner, saludaban al Santísimo en el ora­torio, con piedad y naturalidad, que dedicaban mucho tiempo a la oración y se mortificaban durísimamente, que eran abnegados, alegres, obedientes, entregados, con profunda vida interior, apos­tólica… eran exactamente iguales que sus compañeros. Yo vivía, como profesor, en el ambiente universitario, y en esa gran expe­riencia baso mi testimonio; otras muchas personas afirman lo mis­mo respecto a su propio ambiente profesional y social.

Yo me sentía asombrado por la carencia de medios económicos con que e] Opus Dei iba creciendo. No contaba con centros para su labor. Poco a poco, con muy buen gusto y gran falta de medios, iba acomodando pequeños locales – recuerdo, por ejemplo, el que llamaban El Rincón, en Valladolid – ; y si aún no se podía contar ni con esos pobres instrumentos, hacían su apostolado personal reu­niéndose con sus amigos en la calle, en un café, etcétera, como com­probé en Zaragoza, donde muchas veces tenían sus medios de for­mación junto al río. Les daba igual; no perdían la alegría ni dejaban de hacer apostolado por falta de medios.

Todo eso me llamaba más la atención, porque por aquellos tiem­pos no era difícil conseguir subvenciones y ayudas de organismos estatales para fines apostólicos; o, al menos, muchas organizaciones apostólicas lo conseguían, sin que el hecho tuviera la consideración de privilegio ante la opinión pública, tales eran los tiempos y el talan­te eclesial. Sin embargo, don Josemaría nunca actuó así. A los de la Obra, por el contrario, si les decía que se sostuvieran con su tra­bajo, que exigieran sus derechos –becas, ayudas para el estudio, justa remuneración por su trabajo profesional, etcétera–, y que ayu­daran, lo mismo que sus amigos, a sostener las labores apostólicas.

Precisamente en estos años, mientras el padre, con su gran sacri­ficio personal y con tanta falta de medios económicos, impulsaba la Obra por las provincias españolas, se desencadenó una campaña injusta y terrible de falsedades y calumnias contra su persona y contra el Opus Dei. Eran ataques constantes, inhumanos, procedentes de varios sectores muy concretos. Entonces, la caridad, la fortaleza, la alegría y la prudencia sobrenatural de don Josemaría se me hicie­ron patentes.

Hacia 1941 se hicieron especialmente crueles los ataques de fondo. Procedían de ambientes determinados –no quiero yo juzgar intenciones – que veían con malos ojos un apostolado con una espi­ritualidad completamente nueva. También partían las insidias de un grupo de profesores universitarios, que tergiversaban el apos­tolado entre intelectuales que realizaban algunos socios de la Obra, a la que atribuían, falsamente, el propósito de «conquistar» la uni­versidad española, y de hacerlo, además, ayudándose unos socios a otros con medios ilícitos. Se añadió, ya en el año 1942, un grupo político, entonces dominante, que, considerando erróneamente al Opus Dei como otro grupo político, temía su supuesta competencia.

Como queda reseñado, la llamada universal a la santidad que el padre predicaba con palabras y con obras– no fue entendida por algunos. Faltaban muchos años para que el Vaticano lila pro­clamase solemnemente como exigencia divina, y esto dio lugar a acusaciones de herejía contra el Opus Dei y contra el padre, que sufría mucho porque tenía un espíritu abierto, un corazón magná­nimo, y la Obra no venía contra nada ni a hacer sombra a nadie: por el contrario, cualquiera que trabajase en servicio del Señor era muy querido, todos los brazos serían siempre pocos.

Estas dificultades fueron las que más me unieron a don Jose­maría: su reacción ante los ataques –algunos, tremendos – era heroicamente sobrenatural y llena de caridad. Al desahogar con­migo su corazón, me confiaba que, si el Señor lo permitía así, sería para bien, y que perdonaba de todo corazón a todos. Y a la vez, tenía una serena y justa indignación al ver injustamente maltratados a sus hijos y al comprobar el daño que se derivaba para la unidad de la Iglesia y para las almas. Que su persona fuera objeto de fal­sedades y calumnias, por el contrario, no le importaba.

Monseñor Escrivá de Balaguer jamás habló mal de nadie, per­donó siempre y prohibió terminantemente a sus hijos –aunque no era necesario, ya que vivían el espíritu que les había enseñado que comentaran aquellos ataques, exigiéndoles que no criticaran a nadie y que nunca apagaran ninguna luz que se encendiera en nombre de Cristo. Preveía, ya entonces, que cuando los enemigos de la Iglesia combatieran a la Obra, utilizarían – en triste paradoja – especies lanzadas por aquellos católicos a los que perdonaba y dis­culpaba, diciendo que, posiblemente, lo hacían putantes se obse­quium praestare Deo, considerando que así agradaban a Dios.

Tampoco faltaron los que, sin mala intención, presionaron fuer­temente al padre para que los socios de la Obra militasen en movi­mientos católicos de los que surgían iniciativas políticas cristianas.

Desde el primer momento, el fundador del Opus Dei insistió en la plena libertad personal que, en las cuestiones temporales, tienen los socios de la Obra. Lo decía terminantemente: Jamás he preguntado a alguno de los que a mí se han acercado lo que piensan en política: ¡no me interesa! Os manifiesto, con esta norma de mi con­ducta, una realidad que está muy metida en la entraña del Opus Dei, al que con la gracia y la misericordia divinas me he dedicado com­pletamente, para servir a la Iglesia Santa. No me interesa ese tema, porque los cristianos gozáis de la más plena libertad, con la conse­cuente personal responsabilidad, para intervenir como mejor os plazca en cuestiones de índole política, social, cultural, etcétera, sin más lími­tes que los que marca el magisterio de la Iglesia (Amigos de Dios, núm. 11).

Tratar de modo particular de las virtudes sobrenaturales y de las virtudes humanas del fundador del Opus Dei es muy difícil, por­que toda su vida fue una vida de santidad muy intensa, que fue in crescendo, hasta el ultimo instante de su vida en la tierra. Es difícil distinguir qué era fruto de sus excepcionales cualidades humanas y qué lo era de su lucha ascética y de su vida interior, porque todo estaba estrechamente unido. Se pueden distinguir teóricamente sus dotes humanas y sus dotes sobrenaturales, pero, de hecho, estaban totalmente fundidas en su gran amor a Dios. La unidad de su vida radicaba en su entrega plena al Señor, en cumplir amorosamente lo que Él le exigía – el Opus Dei -, en servicio de la Iglesia y de todas las almas.

Don Josemaría era un sacerdote santo que amaba su sacerdocio profundamente; en una ocasión me lo contaba con toda sencillez al cabo de los años – visitó el Palacio Arzobispal de Zaragoza y, cuando estuvo a solas en la capilla donde, hacía años, había recibido la tonsura, besó el suelo con verdadera unción y gozo sacerdotales, mientras saboreaba aquellas palabras de la ceremonia: Dominus pars hereditatis meae et calicis mei… Su amor al sacerdocio y a los sacerdotes resultan evidentes, al recordar el gran número de ejer­cicios espirituales y retiros para sacerdotes y religiosos que predicó durante los años en que yo le trataba más de cerca; recorrió toda España - sin cobrar nunca nada– a petición de obispos de unas y otras diócesis. La abnegada atención espiritual que el Opus Dei ha prestado y presta a los sacerdotes de tantos países es una con­tinuación del trabajo ejemplar e infatigable del padre.

Quiero agradecer aquí – de modo especial – esfuerzo de don Josemaría y de sus hijos sacerdotes para ayudar espiritualmente al clero secular de todas las diócesis de España. Sé que éste es también cl sentimiento de los prelados que han visto surgir, entre sacerdotes suyos, vocaciones al Opus Dei. Como obispo de Tuy–Vigo primero, y como Vicario General Castrense después, he comprobado cómo los sacerdotes diocesanos que se vinculan a la Obra están aún más estrechamente unidos a sus obispos y les obedecen con fidelidad ejemplar, y con heroísmo si es preciso.

El amor de Monseñor Escrivá de Balaguer a Dios y su fe filial y confiada se transparentaban en toda su vida: no tenía otra fina­lidad que cumplir amorosamente la voluntad de Dios y ayudar a los demás a acercarse a El.

Su fe, su visión sobrenatural, su unión con Dios, se manifestaban en todos sus pensamientos, sus afanes, su vida toda. En cuanto la conversación con el padre se hacía íntima, aparecía patente la efu­sión de una vida interior llena de Dios, una vida que no tenía más intereses que los de la gloria de Dios.

Tenía una especialmente intensa y filial devoción a la Santísima Virgen, llena de ternura y fortaleza, que se traslucía hasta en los detalles más pequeños. Amaba entrañablemente a San José, y reza­ba mucho, con amistosa confianza, a los Angeles Custodios, enco­mendándoles asuntos concretos, con la seguridad de que siempre le escuchaban.

Mantenía siempre la serenidad en el juicio. En una ocasión me llegó un documento oficial en el que se le calumniaba de una manera atroz. Me pareció un deber llevarle el original, que me había dejado un amigo mío: los ataques eran tan fuertes que, mientras don Josemaría fue leyendo esas páginas delante de mí, con calma. no pude evitar que se me saltasen las lágrimas. Cuando don Josemaría ter­minó la lectura, al ver mi pena, se echó a reír, y me dijo con heroica humildad: No te preocupes, Pepe, porque todo lo que dicen aquí, gra­cias a Dios, es falso. pero si me conociesen mejor, habrían podido afirmar con verdad cosas mucho peores, porque yo no soy más que un pobre pecador, que ama con locura a Jesucristo. Y en lugar de romper esa sarta de insultos, me devolvió los papeles para que mi amigo los pudiese dejar en el Ministerio de donde los había tomado. Ten–medijo-, y dáselo a ese amigo tuyo, para que pueda dejarlo en su sitio, y así no le persigan a él.

El espíritu de mortificación y el amor a la pobreza del padre fueron muy grandes. Nunca tuvo nada como propio, estaba des­prendido de todo. Hasta en lo más pequeño cuidaba no apegarse a las cosas; era un cuidado amoroso el suyo. Recuerdo que en una ocasión en Roma acababa de recibir un burrito dorado, de una hechura preciosa, que le hizo mucha gracia porque le gustaba la figura del borrico trabajador y fiel. Al verlo, le encantó. Entonces, reflexionó un momento y me dijo: Llévatelo, es para ti. Me di cuenta, en aquel mismo momento, que era un gesto de desprendimiento.

Podría seguir enumerando, una tras otra, las virtudes que ador­naban el alma de mi inolvidable amigo, un fundador que no hubiera querido fundar nada. Pero no es este el lugar oportuno para recoger por extenso tantas virtudes, vividas heroicamente en un crescendo a lo largo de su vida. Me he limitado a espigar unas cuantas en el hondón de mi alma, recuerdos de una amistad que nunca agra­deceré suficientemente a Dios Nuestro Señor.

Un proyecto de renovación en el corazón del mundo contemporáneo

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Testimonio de Cardenal Franz Konig, Arzobispo de Viena
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El próximo mes de octubre habrán transcurrido cincuenta y sie­te años desde que el sacerdote español Josemaría Escrivá de Bala­guer fundara el Opus Dei, el 2 de octubre de 1928. Un año y medio después se añade la sección femenina, y, en febrero de 1943, en plena Guerra Mundial, surge la «Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz» en el seno de la Obra. La intención del fundador era desde el primer momento mostrar a los cristianos que existen en el mundo nuevos caminos para profundizar e interiorizar la propia vida reli­giosa. Circunstancias externas –y para ser exactos la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial– hicieron que esta fun­dación estuviese limitada, en sus inicios, a España y Portugal.

El Opus Dei cuenta actualmente –basándome en los datos de que dispongo con aproximadamente unos 73.000 miembros. De ellos, 1.400 aproximadamente son sacerdotes; el resto, es decir, la enorme mayoría, son laicos. El Opus Dei cuenta con centros o miembros en Europa occidental, Estados Unidos, Canadá. Austra­lia, México, América del Sur, así como en varios Estados africanos y en Hong Kong… En total son 87 países. Este nuevo tipo de comu­nidad cristiana, constituido, actualmente, como prelatura personal según el derecho canónico, se ha propagado muy rápidamente y en poco tiempo.

Con frecuencia, formas y empresas nuevas deben afrontar, incluso en el seno de la Iglesia, criticas y debates. No escapó a esta experiencia el fundador, fallecido en 1975, hace diez años, ni tam­poco su– sucesor, el español Álvaro del Portillo. En noviembre de 1 982 el Opus Dei se erige como primera prelatura personal de con­formidad con las normas del derecho canónico. Con esto, el Opus Dei ha encontrado, después de larga reflexión, la forma jurídica que le corresponde dentro de la Iglesia. Este hecho ha provocado recientemente un debate sobre este camino y sobre el lugar que ocupa en la Iglesia.

Algunos temen que el Opus Dei pueda llegar a convertirse en una Iglesia dentro de la Iglesia. El antiguo derecho canónico reco­nocía el papel de las prelaturas territoriales, es decir, zonas más o menos independientes del obispo ordinario del lugar. Pero el Con–cilio Vaticano II ha abierto el camino para un nuevo tipo de pre­laturas, que no se rigen por el principio territorial, sino por el per­sonal. En estas prelaturas personales lo que se establece es el cum­plimiento de deberes particulares y objetivos pastorales, que deben ser compatibles con los derechos del obispo ordinario del lugar y que, por tanto, no tratan de conseguir plena autonomía frente a él. El Opus Dei existía ya desde 1947 como institución de derecho pontificio. Desde entonces – y, por tanto, durante el pontificado de varios Papas–, el Opus Dei poseía una dirección central con la independencia interna necesaria y con potestad de régimen.

El Opus Dei no es una orden. A diferencia de las órdenes, deno­minadas en otro tiempo en la Iglesia «estado de perfección» y en la actualidad «vida consagrada a Dios», el Opus Dei intenta subra­yar una idea de la que se ha ocupado con esmero el último Concilio: los laicos pueden y deben buscar la perfección y la santidad, en el mundo y en el propio trabajo, y pueden hacerlo sin abandonar la profesión civil, ni la familia. No se trata de un camino mejor que el de las órdenes religiosas, sino sencillamente distinto. Esta nueva idea, y este nuevo camino de la Iglesia, permiten comprender también la rápida expansión de esta forma de apostolado laico. También por parte del Opus Dei mismo se resalta que su historia también capacitado para eso, como representante del apostolado laico del que habla el Concilio, en virtud del espíritu sacerdotal que llamados ala plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad… por lo que todos los fieles serán hoy en día más santi­ficados en sus condiciones de vida, en sus obligaciones o en sus circunstancias… Todos los fieles, por tanto, son invitados y anima­dos a buscar la santidad y la perfección de su propio estado».

Con razón pueden reseñar actualmente los miembros del Opus Dei que su fundador ya había expresado ideas similares en 1928, cuando escribió: todo bautizado está llamado a la plenitud de la vida cristiana y a la participación plena en la obra de la salvación. Esta vocación se desarrolla dentro de una «unidad de vida», o sea, la actividad en el mundo y la unión con Dios no se excluyen mutua­mente, sino que pueden y deben formar un conjunto armónico: el cristiano busca una relación personal con Dios en la oración y en los sacramentos: de este modo, se va transformando cada vez más en Cristo, y así se dedica con todo empeño al cumplimiento de las tareas terrenales que le corresponden en el mundo. De este modo. goza de libertad y responsabilidad personales, mientras escucha continua y atentamente la voz de la conciencia bien formada, que le hace reconocer la llamada de Dios, o sea, la voluntad divina para cada uno, por medio de las circunstancias de la vida.

Desde este punto de vista, la misión del laico no consiste sim­plemente en «ayudar» al clero: sino que él mismo es Iglesia, en la medida en que es miembro vivo del Pueblo de Dios en la tierra, con la huella del sacerdocio universal de Cristo recibida por la gracia del Bautismo, que le hace capaz de cooperar de forma directa en la obra de la salvación, gracias a una oración constante y a una vida que es también contemplativa en medio de la tempestuosa rea­lidad cotidiana, en la que el trabajo se efectúa en presencia de Dios y para su gloria, y así puede convertirse en oración.

De esta manera, el trabajo diario puede ser el lugar donde el fiel sencillo encuentra a su prójimo: donde, con toda sencillez y debi­do a la amistad y al trato personales, intenta comunicarle algo de la luz de la doctrina de Cristo; donde les ayuda a encontrar el camino que va a Dios. Donde ya no se escucha el sermón del sacerdote, ahí se puede escuchar la voz de un amigo que da la mano a su amigo, y le ayuda con tesón a acercarse al calor de la fe. Aquel que es capaz de llevar a cabo el apostolado personal de una manera tan espontánea y en cualquier situación, llevado por un impulso interior, está también capacitado para eso, como representante del apostolado laico del que habla el Concilio, en virtud del espíritu sacerdotal que tiene todo bautizado mediante la viva relación con Dios. Por eso, en el Opus Dei el sacerdocio universal de los fieles debe ser una realidad hecha viva. El sacerdocio universal es, en su esencia, distinto del ministerial o sacramental, tal como subraya el Concilio, los miembros del Concilio imitando las enseñanzas de su Fundador Escrivá, ven en el sacerdocio universal de los fieles y en el sacerdocio ministerial y sacramental dos cosas totalmente diversas, pero que entre ellas tienen una conexión orgánica, tal como se indica, por ejemplo, en el Canon 296 del nuevo Código de Derecho Canónico sobre las prelaturas personales. Es decir, que el apostolado personal de los laicos tiene sus propios límites ahí donde empieza la barrera sacramental, y es necesario el sacerdote para perdonar los pecados de los hombres en nombre de Dios, para celebrar el Sacrificio de la Misa, y para distribuir las gracias sacramentales que Cristo ha confiado a su Iglesia.

En el orden establecido por el nuevo Código de Derecho Canónico, el Opus Dei no desea una detracción de la jurisdicción episcopal. Los sacerdotes del Opus Dei son – como también dijeron los directores centrales de la Obra- sacerdotes seculares al cien por cien, en virtud de su formación, de su espíritu, de su mentalidad y del modo en que realizan su ministerio. Por eso mismo, sus directores les exhortan a vivir y fomentar la unidad fraterna con los otros sacerdotes, con el respectivo presbiterio diocesano. En primer plano, están la enorme mayoría de los laicos los cuales llevan a cabo una actividad apostólica. Su dependencia con respecto al Prelado del Opus Dei se remite a los deberes ascéticos, apostólicos y educativos que han asumido al vincularse a la prelatura. En cuanto a los demás son animados a trabajar en sus diócesis según sus deberes de cristianos y de ciudadanos católicos. Con su testimonio cristiano, con su intensa vida de fe y con el prestigio de su propia profesión pueden reforzar el apostolado laico de la diócesis.

El nuevo Código de Derecho Canónico (canon 225, parte1), con referencia a los derechos y deberes de los laicos dice: Los laicos, desde el momento en que como todos los fieles son elegidos por Dios para el apostolado mediante el bautismo y la confirmación …tienen el deber de colaborar para que el mensaje de la salvación sea conocido y acogido por todo hombre y en todo lugar.

La Obra, a la que Monseñor Escrivá de Balaguer dedicó hasta el último instante de su vida, se ha mostrado, antes y después del Concilio, como modelo pastoral vivo y eficaz para la cooperación apostólica entre sacerdotes y laicos: ha ofrecido un ejemplo tangible del vínculo que existe entre los sacerdocios universal y ministerial sin desfigurar las distintas funciones y tareas de ambos. De este modo, puede servir a la Iglesia como verdadero instrumento de Dios.

Corazón universal

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Testimonio de Juan Hervás, Obispo dimisionario de Ciudad Real
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Sería por el año 1934 cuando conocí a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. El Opus Dei estaba aún en sus comienzos, y su fundador, rodeado de gente de toda edad y condición. buscaba la fortaleza en los barrios más pobres de Madrid.

Fui a visitarle a la academia–residencia DYA, que acababa de abrir en la calle de Ferraz. La acogida cordial que me dispensó esta­bleció de inmediato una corriente sincera de amistad humana y sacerdotal. Fui varias veces después por la academia para conversar con ese sacerdote que tanta paz me transmitió.

Al entrar en aquella casa desaparecía la sensación de insegu­ridad que se respiraba entonces en la calle. Allí se trabajaba con seriedad, con serenidad, con intensidad; en la certeza de que la ancha y fecunda labor de servicio a la Iglesia que el Opus Dei habría de realizar, se llevaría a efecto porque Dios estaba empe­ñado en que se realizara. No había que detenerse por las cosas que entonces pasaban y que llegaban a paralizar tantos ánimos:

Dios y audacia –DYA– había sido ya el lema de la primera obra apostólica del Opus Dei, y había que seguir adelante sin miedo, con los ojos puestos en Dios. Allí conocí de qué modo Monseñor Escrivá de Balaguer trataba con los estudiantes, los medios apos­tólicos que empleaba, el aire que imprimía a aquel centro: orden y profundidad en el trabajo y alegría en la convivencia. En fin que ya por entonces me hice una idea cabal de la naturaleza del Opus Dei.

Durante la Guerra Civil Española estuve en Friburgo, como alumno de la Universidad Católica. Volví a Valencia en 1939. Allí tuve mucho trabajo, y uno de los ministerios pastorales que me asig­naron me permitió seguir en contacto con el fundador del Opus Dei: como director del Colegio Mayor Burjasot, pude seguirla labor que don Josemaría impulsaba en el ambiente universitario de Valencia. En este centro residían – o de él procedían - algunos de los estudiantes que pronto solicitaron la admisión en la Obra.

No todo les fue fácil. Ya en aquellos años fueron objeto de muchas contradicciones. Se difundieron sin fundamento alguno toda clase de sospechas, acusaciones y falsedades. El sentido común me decía –y así lo hacía yo constar a los detractores– que las acu­saciones de aquella campaña no cuadraban con los socios de la obra que yo trataba, ni con mi conocimiento personal de su fundador. ni con el Opus Dei. No podía olvidar el criterio evangélico de dis­cernimiento de la bondad o maldad de una obra de apostolado. conocer el árbol por sus frutos; y éstos eran manifiestamente sanos.

Hacia 1945, durante uno de mis viajes a Madrid, fui a visitar a don Josemaría a su casa, en la calle de Diego de León. Me acogió con el afecto de siempre y quiso que me hospedar a allí. Estuve algu­nas semanas y siempre recordaré aquella temporada como unos días gratísimos. Todos – en primer lugar don Josemaría– me tra­taron con plena confianza, en familia. Yo trabajaba durante el día en mis cosas, con total independencia. y al regresar a la casa me encontraba en un verdadero hogar. Allí pude conocer la persona­lidad del fundador del Opus Dei bajo una luz nueva para mí.

Daba toda clase de facilidades para que se vieran las cosas direc­tamente, de forma que cada uno pudiera hacerse cargo por sí mismo de la realidad santa de lo que era y hacía el Opus Dei. Así lo hizo conmigo y con otros muchos obispos. Este modo de proceder era lógico en Monseñor Escrivá de Balaguer. En primer lugar, porque él mismo era siempre objetivo: tenía una repugnancia natural hacia el misterio y lo que tuviera apariencia de secreto. Le gustaban por su carácter las puertas abiertas y que los hechos cantasen; en ello no cabía ni engaño, ni vanidad, ni jactancia.

También estuve en varias ocasiones en el Colegio Mayor Mon­cloa. La estancia en estos centros universitarios del Opus Dei pro­dujo en mi otros beneficios conocí el espíritu de la Obra hecho realidad en Monseñor Escrivá de Balaguer, y pude ver cómo iba forjando el temple apostólico de muchos estudiantes. Ese contacto rejuveneció mi propio espíritu y al mismo tiempo, fue una aproxi­mación al campo del apostolado laical, que me permitió conocer muchas de las soluciones que el Opus Dei ha dado –no sin una especial providencia de Dios– a muchos problemas que lleva con­sigo este apostolado. Monseñor Escrivá de Balaguer, al invitarme en centros de la obra, me hizo participar de los tesoros que Dios mismo había puesto en sus manos, para que con entera libertad tomara aquello que me interesara para orientar mi labor en el campo del apostolado de los laicos Sin pretender que sus soluciones eran las únicas posibles, nunca dejó de darlas a conocer a todos los que estuvieran sinceramente interesados en ellas. Desde el momento en que pude conocer a fondo su espíritu, su modo de formar a los laicos y de dirigir la asociación por él fundada, he tenido a Monseñor Escrivá de Balaguer por un hombre elegido por Dios para ser maestro de los nuevos caminos del laicado católico.

El nervio central de todo su apostolado con laicos y con sacer­dotes– ha sido hacer llegar al corazón de cada persona la llamada divina a la santidad; promover la santidad en medio del mundo entre personas de todas las condiciones. Una doctrina que seria proclamada solemnemente por el Concilio Vaticano II, muchos años más tarde.

En las conversaciones que pude mantener con don Josemaría por aquel entonces, pude comprobar su visión universal, amplia, católica, del Opus Dei. La ilusión por extender su labor a los cinco continentes estaba presente desde el principio, porque la Obra la había querido Dios universal. No había nacido para solucionar, los problemas de un determinado país. Me habló entonces de como se estaban preparando los que habrían de llevar a cabo la expansión a otros países. Comprendí ––por lo que decía y, sobre todo, por cómo lo decía– que era algo que le quemaba por dentro desde hacia tiempo: para don Josemaría sacar adelante el Opus Dei, extenderlo por todo cl mundo, era como un fuego de celo que le abrasaba. Era cumplir la voluntad de Dios.

Había una decidida determinación y mucha audacia en sus planes; pero, a la vez, prudencia y dedicación paciente para hacerlos posibles, preparando los instrumentos y rezando; sobre todo rezan­do y haciendo rezar por esa intención. Luego todo saldría: como solía decirme, cuando Dios quiera, al paso de Dios.

Después de mi designación como obispo de Mallorca en octubre de 1946–primero como coadjutor y después como residencial–, mi trato con el fundador del Opus Dei tuvo otro carácter debido a las circunstancias. Mis deberes pastorales no me permitieron, como hasta entonces, los frecuentes desplazamientos a Madrid, y, por otra parte, Monseñor Escrivá de Balaguer había fijado su resi­dencia en Roma desde ese mismo año. Sin embargo, a partir de entonces, cada vez que be viajado a Roma no dejé de visitarle y a menudo me invitaba a comer en la sede central del Opus Dei.

El desarrollo de las actividades del Opus Dei en las diócesis de las que he sido obispo me ha permitido un contacto habitual con la Obra durante muchos años.

Hacia 1950 comenzaron a darse en Mallorca retiros espirituales para hombres, para mujeres y para sacerdotes, dirigidos por sacer­dotes del Opus Dei. De ahí surgió una labor muy extensa de apos­tolado personal, pues muy pronto hubo en la isla socios de la Obra. Estaba al corriente de esas tareas, por lo que comentaban sus direc­tores de la labor y los sacerdotes que colaboraban en ellas: por mi parte, procuré dar todas las facilidades, como ha sido mi costumbre en todo tipo de labor apostólica hecha con rectitud; y comprendía perfectamente el gran bien que el Opus Dei hacía en mi diócesis.

Desde 1955 a 1977 residí en Ciudad Real como obispo prior de las órdenes militares. La presencia del Opus Dei en esta diócesis fue para mí una fuente de alegría y de consuelos. Por referirme, en concreto, a la labor realizada entre mis sacerdotes, ya pertene­cían a la Obra muchos de ellos cuando llegué allí, y después se han ido multiplicando las vocaciones. Los he considerado siempre como fermento de unidad, por su obediencia pronta y alegre a su ordi­nario; por su fidelidad a la doctrina de la Iglesia; por su vibración apostólica contagiosa, esperanzada y optimista; por su espíritu de comprensión, pasando por alto, con buen humor, aquellas peque­ñeces que surgen en la convivencia; por su ilusionada dedicación a los ministerios que sus obispos les encomiendan. Ponen un empe­ño constante por santificarse en y desde su ministerio. Son sacer­dotes que quieren y procuran ser sólo sacerdotes: su ejemplo firme y humilde –con las flaquezas personales, como tenemos todos, que no empañan la rectitud de intención– hace mucho bien dondequie­ra que son destinados.

Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó a todos sus hijos –se­glares y sacerdotes– a tener un gran amor a la Iglesia, un amor personalizado en la jerarquía de todos los lugares, y materializado en atenciones delicadas hacia los obispos, sin gravarlos nunca con problemas y cargas innecesarias. Recuerdo que las visitas que los socios del Opus Dei me han hecho como ordinario del lugar donde trabajaban, siempre se han caracterizado por el respeto, la alegría y el optimismo: me hacían pasar un buen rato, tanto que, cuando mis ocupaciones lo permitían, alargaba gustosamente la con­versación.

Quiero terminar con un recuerdo muy personal, quizá el más entrañable de los que guardo de mi amistad con Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo había «cometido» la «grave» audacia de levantar una bandera de renovación de espiritualidad y de apostolado seglar; me refiero a los cursillos de cristiandad. Este empeño surgió durante mi estancia en Mallorca y, después de trasladarme a Ciudad Real, tuvo un gran arraigo entre los fieles, incluso saltando las fronteras de España. Desde sus comienzos fui bendecido y alentado por el Santo Padre, y ha sido la fuente de donde han brotado las más ínti­mas alegrías pastorales de mi vida. Pero el Señor quiso probarme y probar también a este movimiento, desde sus comienzos, con la contradicción. Se desató en torno a mi persona una dolorosa tempestad.

En aquel mar revuelto de insidias tuve que ir a Roma, ya que había sido denunciado ante el Santo Oficio. Quise visitar a Mon­señor Escrivá de Balaguer: el recuerdo de la imperturbable alegría con la que había llevado las contradicciones que arreciaron contra cl Opus Dei, me impulsaron a buscar su consejo, persuadido de que de esa charla me vendría la paz para mi ánimo atribulado. Y no me engañé.

Me escuchó atentamente y llegó al fondo de la cuestión ense­guida: no perdió el tiempo en estériles lamentaciones. En sus pala­bras, breves y certeras, volcaba en mí su propia alma: «No te preo­cupes. Son bienhechores, porque nos ayudan a purificarnos. Hay que quererles y pedir por ellos». Me insistió en la necesidad de que­rer a los que no nos comprenden, de rezar por los que juzgan sin conocimiento suficiente de causa, y en el deber de prestar atención tan sólo a la voz de la Iglesia–no a los rumores de la calle– y de mantener el corazón limpio de resentimientos y amarguras. Aque­llos consejos, que tanto bien hicieron a mi alma, tenían la enorme autenticidad de quien los había vivido y seguía viviendo entonces.

Monseñor Escrivá de Balaguer me alentó constantemente en una empresa que no era la suya, y volcó la caridad y comprensión sobre un apostolado que iba por caminos distintos al suyo. Sólo Dios sabe en qué medida pudo contribuir a despejar los caminos de la Providencia.

¿Cuál sería su secreto?

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Testimonio de Cardenal Marcelo González Martín, Arzobispo de Toledo Primado de España
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Varias veces hablé con el fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer. En Roma, donde vivía, y en Madrid, por don­de pasaba con destino a sus viajes apostólicos o al volver de los mismos, después de haber sembrado la semilla de la palabra y la gracia de Dios. Porque eso fue toda su vida: un sembrador incan­sable. Las cosechas no las retenía en su mano; las volvía a sembrar inmediatamente en beneficio de todos.

Me ha preguntado cuál sería el secreto de este gran sacerdote del Reino de Cristo en la Iglesia de nuestro tiempo. Y he aquí la reflexión que hago a raíz de su muerte, que hirió su corazón con un movimiento brusco y suave a la vez, como eran los suyos propios. ¡Cuánto ardimiento en aquel hombre excepcional que se pasó la vida sin conocer el sosiego, ni siquiera el que proporciona a tantos otros la última enfermedad!

Capacidad para el entusiasmo por las causas grandes, tesón invencible, optimismo reflexivo, minuciosidad en la ejecución, deli­cadeza suma para los detalles…; he aquí algunos rasgos de su con­dición humana. Cuando coinciden en una persona, la hacen capaz de grandes resoluciones y la disponen para el triunfo, empleando esta palabra en su valor puramente objetivo, como sinónimo de logro de lo que uno se propone. El fundador del Opus Dei consiguió muchos de sus propósitos; el primero de todos, dar vida, sólido

arraigo a una obra a la que se entregó totalmente, la asociación que predica y promueve la santificación del hombre en medio del trabajo ordinario de la vida. Esto, que era tan sencillo y tan evan­gélico, estaba prácticamente olvidado.

Pero para poder explicar el éxito en esta empresa no basta acudir al carácter de quien la acometió; no está ahí el secreto. Porque la empresa es de índole sobrenatural y, por mucho que ayuden las condiciones personales del que la promueve, como instrumento efi­caz, se necesita otra clave mucho más íntima y radical. Un carácter humano, por muy dotado que esté para la perseverancia y el entu­siasmo en el servicio a una causa, si sólo cuenta con sus propios recursos instrumentales, se dispersa en la inoperancia real, cuando la causa es precisamente vivir enamorado de la santidad y comu­nicar a los demás el mismo amor. Su actividad se convierte entonces en activismo; su palabra, en grito o en susurro; pero nada más, y la energía de su voluntad se transforma en puro afán de mando. Nada de esto sirve para llevar por los caminos de la perfección cris­tiana. El que lo intente fracasará a las primeras de cambio.

Monseñor Escrivá tuvo tiempo para «fracasar». Los casi cin­cuenta años transcurridos desde que fundó la asociación hasta el momento actual dan de silo suficiente para sentirnos obligados a contemplar con inmenso respeto el proceso de una obra que, como es frecuente en la historia de la Iglesia, ha encontrado enormes difi­cultades para su desarrollo. Pero él, Escrivá, no las rehuía. Sabía que las dificultades forman parte del plan de Dios y las aceptaba con la humildad característica del que tiene fe.

Sumergido para siempre en la vivencia cálida del misterio de la Iglesia, más que enfrentarse con las dificultades, lo que hacía era incorporarlas y asimilarías hasta hacerlas correr dentro de su sangre como un alimento más de su vida de fe. De ahí que lo que parecía optimismo temperamental era más bien realismo cristiano, que ni se arredra ni huye por muy oscuro que se presente el horizonte. Era la Iglesia de Cristo la que invitaba a trabajar así, porque así tienen que ser siempre las cosas para los seguidores del que llevó la cruz.

Su amor a la Iglesia era amor al Papa, a los obispos, a los sacer­dotes, al Magisterio eclesiástico, al culto litúrgico y a la devoción privada, y desde ahí a los hombres de toda condición porque para ellos era esa Iglesia tan amada, y mal podía ser querida ésta si no lo eran a la vez todos los que, dentro o fuera del redil, eran, en la intención del Salvador, beneficiarios de sus dones. Esto es amor a la Iglesia, quererla tal como es en sí, sin echar agua al vino, y quererla para todos.

El universalismo del Opus Dei, en la extensión geográfica y en la diversidad de las personas llamadas, y las originalidades en la concepción de la obra y en sus métodos de apostolado obedecía a esta identificación tan cabal del fundador con el misterio de la Iglesia. No le demos vueltas. Sorprendente y a veces desconcertante en sus expresiones y en sus anhelos apostólicos, Monseñor Escrivá no guardaba otras sorpresas ni producía otros desconciertos que los de la misma Iglesia, a la que servía como un enamorado lleno de confianza y persuadido de que la Iglesia es siempre original. Él no fracasó nunca y lo que hubo de «no logro» de determinados propósitos parciales en su vida formaba parte del plan, no en virtud de un juego de consolaciones artificiales y forzadas, sino como obla­ción que había que ofrecer porque así es la Iglesia.

Tres grandes fuerzas animaban su vida interior, presentes cada día y cada hora en su espíritu, de valor supremo e insustituible para vivir como hijo de la Iglesia en su doble dimensión mística (amor al misterio de la esposa de Cristo) y apostólica (dinamismo de una fe que aspira a renovar el mundo). Eran la Eucaristía, particular­mente el santo sacrificio de la Misa (sentido de redención); amor a la humanidad de Cristo niño, hombre, muerto y resucitado (sen­tido de encarnación de la fe en el mundo), y amor vivísimo a la Santísima Virgen Maria, de la cual no quería ver separado a San José (sentido de familia de los hijos de Dios que tienen junto a si motivos de gozo, al encontrarse con la belleza espiritual y la ayuda materna de María).

Esta triple fuerza que caldeó su vida le movió a lanzarse a la gran tarea, santificar a los hombres tal como son, tal como viven, tal como trabajan. Su sacerdocio lo entendió así, y toda su vida fue como la prolongación de una Misa ininterrumpida que glorificaba al Padre, trataba de obtener el perdón para el pecado mediante la gracia sacramental, y ponía el trabajo profesional y las preocupa­ciones familiares como una hostia purificada junto al altar. Todo esto es lo que percibí en las conversaciones que tuve con él, y también lo he captado en sus escritos, y lo vengo comprobando en los sacer­dotes del Opus Dei que he conocido. ¿Era este su secreto?

Por supuesto que esas fuerzas a que he hecho alusión, cuando se convierten en motor de una existencia humana iluminada por la fe, hacen del hombre un servidor de Dios, de Jesucristo y de la Iglesia hasta el heroísmo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué en unos la respuesta es tan plena y en otros tan escasa? Hace falta encontrar otra clave, que es también fruto de la gracia, desde luego, pero que comporta igualmente una actitud o disposición inicial capaz de explicar el secreto de la perseverancia y la generosidad en el amor. Es ese pequeño toque, matiz delicadísimo en la relación de un alma con Dios, del que en un momento dado dependen, con frecuencia, todas las generosidades para la acogida de lo que Dios ofrece y para la respuesta a lo que pide. Yo lo llamo pobreza, en el sentido evangélico de la palabra. Algo así como en Maria, la Santísima Vir­gen, Madre de Dios. ¡Qué corazón tan pobre, es decir, tan limpio, en la doncella de Nazaret cuando recibió el mensaje del cielo! ¡Y qué riqueza había, sin embargo, en su entrega a la voluntad de Dios! Sólo estos pobres son los que se dejan llevar y, por tener el alma limpia, los motores funcionan. Después, por el camino más ines­perado viene lo que viene siempre, el triunfo de Dios en ellos.

De Monseñor Escrivá se ha dicho que, a veces, parecía un niño, que arreglaba un problema grave con una broma, que huía de la tristeza como de la peste, que concebía o impulsaba la fundación de una Universidad o de una editorial con el más vivo entusiasmo, pero no con mayor empeño que el que ponía para rezar el Rosario, por ejemplo, o para ayudar privadamente a quien se lo pedía, que contagiaba a los demás el deseo y la dicha de la gracia y la verdad de Dios, que no se reservaba nada teniéndolo todo, que lanzaba a sus hijos hacia el mundo al que amaba, y vivía totalmente apartado del mundo, que no temía a personas ni acontecimientos porque no tenía nada que perder… ¿Qué significa todo esto más que el limpio resplandor de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todos, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas? Esta es la pobreza evangélica auténtica, aunque el que así la vive se dedique a movilizar todos los recursos imaginables para servir a Dios y a los hombres. Acaso esté aquí el secreto que explica algo de su vida.

Por haber sido así desde los años primeros de su sacerdocio, tan disponiblemente abierto a la acción de Dios, fue encontrado apto, en su pequeñez de esclavo, para las más grandes tareas apos­tólicas. Hay miles de detalles en su vida que lo confirman así. Y no es necesario pertenecer al Opus Dei para conocerlos, ni para comprender que donde existe esa pobreza se ama apasionadamente la verdad y se alcanzan resultados inimaginables. Basta tener un poco de sensibilidad sacerdotal, recta y justa, para sentir la noble curiosidad de saber a qué puede deberse el formidable despliegue de tantas energías al servicio del Evangelio, como es el que encon­tramos en la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer.

Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó él, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del posconcilio, y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moder­no, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven aloca­damente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin con­vertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también –co­mo no puede ser menos– un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de Maria, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siem­pre para ser fieles.

Yo espero y deseo que sus hijos, los sacerdotes y los laicos, sepan seguir este camino. La Iglesia española y la Iglesia universal nece­sitan de su testimonio en este sentido.

El Padre Escrivá

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Testimonio de José A. Giménez–Arnáu, Embajador de España
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Cuando San Silvestre se acostaba el 31 de diciembre de 1928, tenía yo la convicción de que ese año sería difícilmente olvidable para mi. En él, en efecto, mi «anciano» padre –con cincuenta y tres años a la espalda– le había hecho un quite a la muerte mientras que mi fuerte hermano primogénito, de veintidós años, se había rendido, sumiso y sereno, a la Desnarigada. Ignoraba, en cambio, que aún un hecho importante iba a acompañar a ese año que hoy recobra actualidad. Pero a esto tornaremos más tarde. Que por todas partes se va a Roma y- en Roma precisamente termina esta triste y, a un tiempo, alegre historia.

Catorce años después, yo ya asomándome a la treintena, tomé la resolución de casarme. Mi ausencia de España, desde el fin de la guerra fratricida, me había hecho olvidar a amigos y conocidos de los que anduviera ya separado los casi tres años de la contienda. Recurrí a quien, hacía muchos años, acudiera en los casos nece­sarios: a mi hermano Enrique, aquel que tomara el puesto de pri­mogénito cuando el tifus se llevó a mi hermano Faustino. «Enrique, me quiero casar y no tengo cura que lo haga». Sonrió mi hermano como indicando que problemas como ése eran de fácil solución. «No te preocupes. Tengo el sacerdote indicado». « ¿Por qué indicado?». «Pues mira, era muy amigo de tu padre, condiscípulo y amigo de nuestro hermano Faustino y fue también condiscípulo y amigo mío. Por si necesitas más, es un hombre extraordinario». Quedé yo silencioso, sorprendido de que existiera un ser de las características descritas y totalmente desconocido para mí. « ¿Quién es?». «Estoy hablando del padre Escrivá». No me dijo nada el nom­bre. Provocó Enrique un encuentro y pocos días más tarde almorcé con el sacerdote en casa de mi hermano. Nada sabía de sus pro­yectos evangélicos, nada sabía de su historia pasada, pero al dejarle aquella primera vez comprendí que aquel futuro oficiante de mí matrimonio tenía Gracia, gracia con mayúscula, que sólo reparte la tercera persona de la Trinidad.

Lo conocí mejor el día de la boda en que, al confesarme con él, tuve que relatar el penoso y grotesco incidente de un frustrado duelo ante el que reaccionó con una energía que no convenía con su usual afabilidad. « ¿Qué estoy oyendo? ¿Será posible que seas tan pollino como para creer que con una espada o una pistola se puede lavar eso que tú, seguramente, llamarás pomposamente honor?». Había en su tono duro una buena dosis de tristeza. Nada podía yo hacer, sobre todo teniendo en cuenta que estaba total­mente de acuerdo con lo que decía. Y horas más tarde bendecía mi matrimonio con quien iba a ser la madre de mis seis hijos.

Con el tiempo, aquel desconocido presbítero fue siendo familiar a muchos, a unos que le reverenciaban y a otros que lo denigraban. Yo, en mi ruta diplomática, recordaba su perfil humano, su simpatía contagiosa y su afabilidad constante. Volví a oír de ~ –no cuando prosperaba la semilla insignificante que iba constantemente aumen­tando de dimensión–, sino cuando supe que también él había casa­do por poderes a mi hermano Ricardo. Mi Dioscuro que también en esto se emparejaba conmigo.

Tardaron en llegarme noticias del Opus Dei, de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, de Camino, de la gran cosecha. Recorrí el mundo y fui tropezando con jóvenes que me pedían –realmente pedían a mi mujer– que se les comprase unas camas, una batería de cocina, una vajilla, que se les buscase un piso… Yo no dejaba puntualmente de repetir mi cantilena: «Yo os ayudo encantado, pero me parece conveniente que sepáis que yo no soy del Opus». Y efectivamente, nada tenía que ver, por más que me lloviera alguna vez algún varapalo de mal informados alcaldes, que castigaban a quien tenía muchos motivos de castigo, pero no ciertamente el que erróneamente me atribuían.

Yo seguía distinguiendo al sacerdote virtuoso, al aragonés ami­go del día de mi boda, al hombre atractivo y generoso de una obra que iba aumentando como ese minúsculo pedazo de nieve que se desgaja de una cumbre y acaba convirtiéndose en un alud y una avalancha.

Nos carteamos con parsimonia y casi siempre en razón de esta contradictoria situación, mi amistad con él y mi inhibición frente a la Obra. Nos vimos en España, en Portugal, en Italia. Casi siempre acabábamos hablando de Aragón y hablando de los míos, que él bien generosamente elogiaba con calor. Comprobé así que mi padre, que tuvo siempre la coincidencia con mosén Escrivá –así decimos en Aragón– de que la santificación se «fabrica día a día» y se «fabrica» en el permanente quehacer profesional. Me emocionaba y enorgullecía oírle hablar de Faustino, mi hermano primogénito, y de Enrique, por quien él profesaba verdadera amistad. Uno puede pensar que todo está preparado. Que hay un cierto tea­tro en lo que ve. Pero, de repente, surge una ocasión en que se juega con cartas descubiertas y en que se comprueba que la verdad es la verdad. Podía estar, sí, preparada la reacción de sus colaboradores cuando, oyendo mis apellidos, comentaban « ¡cómo se les quiere aquí!»; pero ya era más difícil que el 26 de junio de 1975, minutos después de su muerte, de su envidiable muerte, me llegase un mensaje telefónico dándome cuenta de su fallecimiento al que seguían estas palabras: «Se telefoneó al Santo Padre y luego al emba­jador de España, Giménez–Arnáu». Esto, después de mi imperti­nente reiteración sobre el «Ya sabes que no soy del Opus» que acabó mereciendo una dura réplica: «Eres un tozudo aragonés y estoy cansado de oírte siempre lo mismo. Me da igual que seas de la Obra o del Real Madrid. Lo que me interesa es otra cosa. ¿Tú eres mi amigo?». « ¡Claro!». «Bueno, pues eso liquida la cuestión».

Recordé luego – ¿quién me lo había dicho?, ¿lo había intuido yo?– que su última oración del día era no para sus enemigos –que él no los tenía–, sino para los que le atacaban. La máxima de San Pablo él no la repetía, él la practicaba: «Sol non accidat super iracundiam vestram». Minutos más tarde, después de la noticia, junto a Monseñor Álvaro del Portillo lloraba yo al amigo muerto. Lloraba mi egoísmo. Don Alvaro no lloraba. Ni él, ni los suyos. Y no lloraban porque el padre Escrivá seguía junto a ellos ayudándoles, animán­doles, acompañándoles…

Por eso al empezar hablaba de triste y alegre historia. Triste para mí, para los egoístas. Alegre para otros que lo tenían y lo tienen clavado allá arriba.

El clamor que seguía a su muerte compensaba un poco de cuan­tos grandes y pequeños agravios habían acompañado su vida. Ape­nas unos días más tarde otro gran amigo mío también, el cardenal Sebastián Baggio, publicaba un admirable artículo en II Resto del Carlino, de mi vieja y querida Bolonia, y tras él seguían otros pur­purados y otras gentes inesperadas componiendo un rosario que culminó con la visita que, en víspera de su elección, le hiciera el Papa Juan Pablo I (q. S. G. h.).

Yo pensaba en mi amigo que en dos ocasiones quiso comer en la Embajada de España a condición de que yo devolviese mi visita y comiera con él en el Bruno Buozzi y a condición –este acuerdo fue tácito– de que jamás se hablase de política: ni española, ni ita­liana, ni de ningún rincón del mundo.

En el primer aniversario asistía a un funeral sobrecogedor de gentes que tampoco lloraban: dialogaban simplemente con él. Nun­ca he visto nada parecido. Tras unas palabras de Monseñor Alvaro del Portillo una muchedumbre de fieles. en medio de un silencio sepulcral, se acercó a la Eucaristía.

El Opus Dei fue creado en 1928. Aquel año en que mi hermano Faustino, sumiso y sereno, entregaba su alma a Dios. Aquel en que mi «anciano» padre –tenía cincuenta y tres años– hiciera un quite a la muerte. Aquel en que un cura aragonés fundó una Obra que cuenta con miles y miles de hijos.

Fue exactamente el día 2 de octubre. fiesta de los Ángeles Custodios.

El secreto de una vida santa

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Testimonio de Manuel Garrido Bonaño, O. S. B. Profesor de Liturgia en la Facultad de Teología del Norte de España
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Mis primeros recuerdos sobre el Opus Dei datan de los años cuarenta. Fue entonces cuando leí por vez primera Camino, en una edición voluminosa que, creo, fue la primera con este titulo. El ejem­plar no me pertenecía y estaba dedicado por su mismo autor. Desde entonces lo be leído multitud de veces y lo considero como un libro clásico en la vida espiritual. He repartido docenas de ejemplares entre los estudiantes y he podido comprobar el bien inmenso que les ha proporcionado su lectura. Un amigo mío me los enviaba gene­rosamente junto con muchos ejemplares del Nuevo Testamento para ser distribuidos. Le sugerí que eso era una forma excelente de hacer apostolado. Mi amigo no pertenecía ni pertenece a la Obra, aunque la conoce bien y la aprecia.

Desde el primer momento comprendí la verdadera fisonomía del Opus Dei y simpaticé con esa Asociación. La he visto siempre como un gran movimiento apostólico con el fin de conducir a todos los hombres a vivir la vida cristiana lo más perfectamente posible, cada uno dentro de su propio estado, «camino de satisfacción en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano». Leía la hoja informativa del proceso de beatificación de Isidoro Zorzano, socio del Opus Dei, y me edificaba mucho lo que allí se decía. Por eso, cuando fui a fundar a Leyre, en 1954, siempre que iba a Pamplona visitaba la Cámara de Comptos Reales, donde funcionaba la Facultad de Derecho que allí tenía el Opus Dei. No hablaba con nadie. Iba allí sólo por simpatía. Y, sin embar­go, nunca me sentí llamado a pertenecer a la Obra, por la sencilla razón de que tenía y tengo vocación a la vida monástica benedictina.

Del fundador del Opus Dei yo conocía poca cosa. Pero por los frutos que producía, yo deducía que el árbol era bueno. Luego, sí; luego he leído mucho sobre el Opus Dei desde que tuve noticia del mismo.

Luego he tenido ocasión de seguir más de cerca la obra apos­tólica del Opus Dei como tal, o la que realizan algunos de sus socios, tanto los sacerdotes como los laicos y los sacerdotes diocesanos que pertenecen a la Obra. Todo ello me ha hecho ver que el Opus Dei es hoy en la Iglesia una fuerza espiritual.

Resulta difícil encontrar en la historia de la Iglesia una institución que a los cincuenta años de su fundación pueda presentar un panorama tan fructífero como el que presenta el Opus Dei en toda la tierra. Se vio esto en gran parte con motivo de la muerte de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, en que, de todos los rincones del mundo, se elevó una gran ola de gratitud por los bene­ficios recibidos. Se comprende mejor esto cuando se han visto las películas de sus magníficas catequesis. ¡Qué acierto tuvieron los que las filmaron! Así somos muchos los que ahora hemos podido aprovecharnos de su doctrina y de su propio estilo de catequizar, en el que de una forma tan simpática, tan digna, tan espiritual y tan humana expone las cuestiones más intrincadas del dogma y de la moral. Las he visto varias veces y siempre me han edificado enor­memente. Sus homilías se leen ahora con verdadera fruición, como libro de oración, de meditación, como manual de pastoral y de consulta.

El secreto de todo esto está en su intensa vida espiritual. El Con­cilio Vaticano II ha sido para el Opus Dei una lluvia beneficiosa por eso mismo. Ha confirmado en no pocos puntos su misma fina­lidad y sus medios, pero también lo que es la base firme de todo el Concilio: la vida espiritual, aunque no siempre se tiene presente. La renovación principal que quiere el Concilio es la vida espiritual, las otras en tanto en cuanto se consigue o para facilitar el conse­guirlo. Paulo VI lo ha recordado multitud de veces en sus extraor­dinarias alocuciones o catequesis de los miércoles. Me parece que son el mejor comentario al Concilio y la más luminosa clave de su recta interpretación. Esto explica por qué el Opus Dei ha hecho y hace una labor tan excelente en la Iglesia y en el mundo, en con­sonancia con el Concilio.

Después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer se han hecho manifestaciones que revelan el secreto de su rica espiritua­lidad. No obstante su apariencia brillante, fue hasta el último ins­tante de su vida el grano de trigo que, enterrado, muere para dar lugar a una mies copiosa. Para algunos parecerá paradoja incom­prensible lo que afirman los testigos de la primera hora de la Obra: «El Opus Dei nació en los hospitales y barrios pobres de Madrid», acredita José Manuel Domenech de Ibarra (cfr Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei» Madrid 1977 pag 167). El día de San José de 1975 lo confiaba el fundador a los socios de la Obra «Fui a buscar fortaleza en los barrios mas pobres de Madrid- de         una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables que no tenían nada de nada…, fui a buscar los medios para hacer las obras de Dios en todos esos sitios. Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor… Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei «crecía para adentro sin darnos cuenta». Pero he querido deciros que la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas» (Apun­tes, pág. 168). Antes lo había insinuado en el Colegio Tabancura de Santiago de Chile, el 2 de julio de 1974. Y en Lisboa en 1972, donde tuvo la feliz idea de manifestar el origen del núm. 208 de Camino. Sus palabras son de un valor grande y las transcribo íntegras: «Te encontrarás también con el dolor físico y feliz con ese sufrimiento. Me has hablado de Camino No me lo se de memoria pero hay una frase que dice bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor. ¿Te acuerdas? Eso lo escribí en un hospital a la cabecera de una moribunda a quien acababa de administrar la Extremaunción. ¡Me daba una envidia loca Aquella mujer había tenido una gran posición económica y social en la vida, y estaba allí, en un camastro de un hospital moribunda y sola sin mas compañía que la que podía hacerle yo en aquel momento hasta que murió. Y ella repetía, paladeando: bendito sea el dolor tenía todos lo dolores morales y todos los dolores físicos–, amado sea el dolor, santificado sea el dolor; ¡glorificado sea el dolor! El sufri­miento es una prueba de que se sabe amar, de que hay corazón» (Apuntes, pág. 169). ¡Qué lástima que no haya dejado también el origen de los otros 998 números de Camino! Adivinamos que tal vez cada uno de ellos fue fruto de un hecho similar. No puede leer uno esos pasajes sin emoción. El Opus Dei ha nacido y se ha desarro­llado a golpes de azada. La incomprensión, la difamación, la calum­nia acompañó toda la vida del fundador del Opus Dei. Si el Opus Dei hubiera sido una obra meramente humana hace mucho tiempo que lo hubieran aniquilado, pero lo sostiene la gracia de Dios con la que tan fielmente colabora. Se comprende así el gran fruto espi­ritual que ha hecho y hace en las almas. Los datos hablan por si mismos: más de ochenta mil socios repartidos por todos los con­tinentes, con multitud de obras apostólicas en el campo de las letras, de la promoción social, en la pastoral, etcétera, etcétera. Oí decir no hace mucho a un arzobispo: si todos mis sacerdotes fuesen del Opus Dei no tendría conflictos en mi diócesis. Se nota hoy en la Iglesia donde actúan los socios del Opus Dei por el gran fruto espi­ritual que allí se da. Un misionero de África me indicó que la espe­ranza de la Iglesia está hoy en el Opus Dei.

Refiriéndose al fundador de la Obra, no hace mucho me recor­daba un destacado monseñor de la Curia Romana: «sufrió mucho». Resulta impresionante conocer que dos horas antes de morir decía en Castelgandolfo, el 26 de junio de 1975, a un grupo de asociadas del Opus Dei: «Hemos de amar mucho a la Iglesia, y al Papa, cual­quiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre» (Apuntes, pág. 238).

Como el grano de trigo… El lo recuerda en el núm. 199 de Cami­no: «Si el grano de trigo muere queda infecundo. – ¿No quieres ser grano de trigo, morir por la mortificación, y dar espigas bien gra­nadas?– ¡Que Jesús bendiga tu trigal!».

Una de las grandes características de Monseñor Escrivá de Bala­guer es su intenso amor a la Iglesia. Amaba a la Iglesia en su tota­lidad y en sus diferentes manifestaciones particulares. Podríamos llenar páginas evocando doctrina y hechos en que manifiesta ese amor intenso por la Iglesia de Jesucristo. Habla del escapulario del Carmen como si fuera un fervoroso carmelita: «Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. Pocas devociones –hay muchas y muy buenas devociones marianas– tienen tanto arraigo entre los fieles y tantas bendiciones de los Pontífices. Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!» (Camino núm. 500). Incorpora a su Obra los hechos de la Iglesia más dispares y los propone como modelo. He aquí algunos ejemplos: «Por defender su pureza San Francisco de Asís se revolcó en la nieve, San Benito se arrojó a un zarzal, San Bernardo se zambulló en un estanque helado… –Tu, ¿qué has hecho?» (Camino, núm. 143). «Pero… ¿y los medios’? –Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio…

– ¿A caso te parecen pequeños ?» (Camino, num 470) Y así multitud de veces, con respecto al sacerdocio a las ordenes religiosas a la liturgia, a las devociones a la pastoral No extraña que la revista milanesa Studi Cattolici al informar sobre la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer titulase esa información «Una vida para la Iglesia», como queriendo compendiar que el amor a la Iglesia dio sentido a toda la vida del fundador del Opus Dei. Se ha dicho que desde hace tiempo Monseñor Escrivá de Balaguer «con una pro­gresiva intensidad, ofrecía al Señor su vida y mil vidas que tuviera por la Iglesia Santa y por el Papa, sea quien sea. Este ofrecimiento era intención diaria de su Misa, era fervor continuo de su alma, era dolor de su corazón, era desvelo de su vida». « ¡Qué alegría–ex­cribió– poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia Santa!» (Camino num. 518). Por eso recetaba pausadamente, saboreándolo, las palabras del Credo, «creo en la Iglesia. Una, Santa, Católica y Apostólica» (Camino, núm. 517).

Analizar los puntos principales de su rica espiritualidad supone una extensión ajena a este trabajo Algo se ha hecho ya, especial mente por don Pedro Rodríguez Monseñor Escrivá de Balaguer es por antonomasia el apóstol de la llamada universal a la santidad A él le dolía que en los calendarios litúrgicos casi todos los santos fuesen sólo clérigos o religiosos fuera de los mártires cuando en realidad ha habido muchos santos laicos aunque no hayan entrado en el calendario universal de la Iglesia En la oración de San Bredan monje irlandés del siglo VI que se divulgo mucho en el medievo se evocan diversas categorías de santos mártires, confesores, vírgenes, anacoretas, monjes y «sanctí clericí sancti laicí, sanctae uxores, sancti domini, sancti servi, sancti divites, sancti pauperes, sancti doctores, sancti fauctores». Siempre que he leído esa plegaria litánica he recordado a Monseñor Escrivá de Balaguer y a su Obra. Él expuso con todo el ardor de su corazón grande de apóstol la vocación universal a la santidad en todos los aspectos, fijándose principalmente en la grandeza de la vocación cristiana, en la filia­ción divina del cristianismo, en la afirmación cristiana del mundo, en la santificación del trabajo ordinario, en la proyección apostólica de todo discípulo de Cristo y en su unidad de vida, no compar­timentos estancos: ahora cristiano y luego profesor o tornero. A ello ha contribuido con su palabra y con sus escritos, pero de un modo especial con su obra más característica: Camino. Se ha pre­tendido querer rectificar algunas de sus consideraciones espirituales insertadas en ese magnífico libro que tanto bien ha hecho y hace a las almas. Pero la espiritualidad genuina del fundador del Opus Dei la da ese libro que se ha convertido en un clásico de la vida espiritual cristiana. Uno de los libros de espiritualidad más leídos en el siglo XX. Así lo muestra la multitud de traducciones y de edi­ciones desde que aparece en redacción reducida en Cuenca, en 1934, y en la edición definitiva de 1939 hasta nuestros días. No es un libro de gabinete, fruto de especulaciones teóricas. Refleja siempre una experiencia apostólica del autor. Por eso, pretender marginar ese libro precioso y eclipsarlo con las homilías y «con­versaciones» de Monseñor Escrivá de Balaguer me parece una gran temeridad, sin quitar nada de su valor a esas homilías ni a las «con­versaciones», que en realidad no completan ni perfeccionan a Cami­no. Son otra cosa y como tales hay que juzgarlas y no enfrentarías ni contraponerlas. Todas las consideraciones espirituales de Camino tienen un gran valor actual y siempre lo tendrán, incluso aquellas que parecen reflejo de unas circunstancias muy concretas y deter­minadas. Son Evangelio vivido en todos los momentos de la jornada.

No sólo he repartido docenas de ejemplares de Camino como antes he dicho, sino que no podía tener un ejemplar para mi uso, pues también ése repetidas veces he tenido que darlo porque me lo han pedido y yo veía que debía desprenderme de él para que hiciese un bien espiritual a otras personas. Para no estar sin él recurrí a la estratagema de que un gran amigo me regalase uno muy sencillo y dedicado. La dedicatoria me impediría darlo. Él me envió un ejemplar que había usado mucho en sus conferencias y en su lectura personal. Es el que tengo y con el uso no está ciertamente para regalarlo a nadie: una edición muy pequeña de bolsillo que me acompaña siempre.

Cuando después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer he leído u oído muchas «gracias» atribuidas a su intercesión -de algunas diría milagro, pero no quiero adelantarme al juicio de la Iglesia– no me extraña nada. Son los signos con los que Dios rubrica su gran santidad. Todos los días pido a Dios que esa santidad se proclame oficialmente lo más pronto posible.

La llamada universal a la santidad

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Testimonio de Antonio Fontán, Catedrático de Filosofía Latina de la Universidad Complutense (Madrid)
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

En estos días se cumple el primer aniversario de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer. Miles de cristianos –laicos y ecle­siásticos, españoles y de todo el mundo están firmemente persua­didos de que el ilustre sacerdote fue uno de esos espíritus privi­legiados en los que la tradición cristiana reconoce los signos de la santidad. Pero no sería propio de las páginas de un diario, ni corres­ponde a mi intención componer un panegírico.

Hay tres hechos que justifican este artículo, aparte de la fecha aniversaria. A la muerte de Monseñor Escrivá, el 26 de junio de 1975, numerosísimos testimonios de admiración y respeto, inmersos en el caudal informativo que arrastraba la noticia, pusieron de relieve que con su desaparición de este mundo se producía una gran ausencia. Además, ahora, al año de su falta, su figura se despega del entorno inmediato de una biografía privada para ocupar el destacado lugar que le corresponde en la historia de la Iglesia y de la espiritualidad cristiana. Sin dejar de ser legítima herencia de los suyos, los hombres y mujeres del Opus Dei, entre los que tengo el honor de contarme, Monseñor Escrivá ha entrado a formar parte del patrimonio común de los cristianos. Finalmente, los españoles y toda nuestra cultura nacional, que fueron su ambiente originario y el marco de la forma­ción e inicial despliegue de su personalidad, le deben el reconocimien­to que merecen los grandes hombres de proyección universal.

La más adecuada perspectiva para comprender a Monseñor Escrivá sería la que se alcanza desde una actitud de fe, análoga a la que inspiró su vida. Y cuanto más viva y operativa, humilde y sacrificada cuatro adjetivos que él aplicaba a la primera de las virtudes teologales, como quien formula una aspiración o una exigencia– sea esa fe, mejor se le podrá entender.

Entre los hombres de esta clase, hay unos que dejan tras de sí el rastro vistoso y fugaz de una estela, y otros que marcan una impronta. Monseñor Escrivá ha sido de los últimos. Su huella per­manece en la historia de la Iglesia y de la espiritualidad cristiana.

Con medio siglo de sacerdocio a sus espaldas, miles de discí­pulos e hijos de su espíritu en todo el mundo, una predicación incan­sable de palabra y por escrito, una copiosa obra literaria, que se enriquece y continuará enriqueciéndose con la progresiva publica­ción de sus inéditos, Escrivá de Balaguer ha aportado a la Iglesia y a la experiencia religiosa y espiritual de los cristianos, ideas y rea­lidades llamadas a ejercer una influencia duradera. La fundación del Opus Dei es, ciertamente, la principal empresa de su vida. Pero no soy yo la persona más indicada para glosaría, ni éste el lugar ni la ocasión de hacerlo.

Un interés más general tiene señalar el principio básico que ani­maba el sacerdocio de Monseñor Escrivá y, por supuesto, también su labor fundacional, así como el estilo de la espiritualidad con que ha contribuido a ¡a vida cristiana del siglo XX.

Más que una invención original -que no sería estrictamente concebible en la Iglesia Católica–, lo que Monseñor Escrivá hizo fue extraer las consecuencias de una resuelta actitud de vuelta a las fuentes. En la más íntima esencia del mensaje evangélico, Mon­señor Escrivá descubre una llamada divina, universal e igualitaria a la realización del ideal cristiano en la vida de cada hombre, sin distinción de clases ni personas, modos de vida ni estados sociales. En el lenguaje tradicional de la Iglesia, desde la era apostólica, a eso se le llama vocación ala santidad. Escrivá de Balaguer dijo algo que después repetiría la voz oficial de la Iglesia: Que esa llamada de Dios no era el privilegiado destino de unos pocos, sino una invi­tación general y común para todos los cristianos. Consciente de su filiación divina, el hombre es llamado a realizarse plena y simul­táneamente en los dos órdenes, natural y sobrenatural, mientras vive su existencia terrena: en el trabajo, igual que en el culto y en la oración, en el ambiente familiar, en el cumplimiento de sus debe­res personales y sociales, en todos los aspectos y ocasiones de su vida.

El estilo de espiritualidad que caracteriza a las tareas de apos­tolado cristiano y catequesis promovidas por Monseñor Escrivá, ya su propia labor personal, es coherente con esa concepción. Impli­ca una positiva valoración cristiana de las realidades terrenas y una concepción unitaria de la vida humana, que no se deja separar en compartimentos estancos.

Al servicio de estos ideales dedicó Monseñor Escrivá de Bala­guer más de cincuenta años de labor sacerdotal, de trabajo incesante y de oración, sin otra mira que cumplir fielmente lo que sentía que Dios pedía de él y con ejemplar lealtad a la Iglesia Católica Romana.

Un maestro de la libertad cristiana

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Testimonio de Cornelio Fabro, Profesor Ordinario de Filosofia en la Pontificia Universidad Lateranense y en la Universidad de Perugia
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

En el ámbito existencial, que es el campo de la acción y, por tanto, de la formación del yo y de la persona, el primer principio es la voluntad, cuyo centro dinámico es la libertad. En la energía primaria de la voluntad está el mismo destino de los individuos de los pueblos, y el sentido último de la historia.

La voluntad mueve, ordena o desordena, exalta o deprime todas las fuerzas del hombre: no sólo los sentidos y las pasiones, sino también la inteligencia y las facultades superiores. Y esto por­que la voluntad se mueve a sí misma; quiere porque quiere querer y, por tanto, se resuelve en libertad.

El pensamiento moderno ha exaltado la libertad como funda­mento de sí misma y como constitutivo último del hombre. Por este camino, la libertad se ha identificado con la espontaneidad de la razón, o del sentimiento, o de la voluntad de poder. Y, con tensión alternante, ha sometido al mundo occidental a regímenes totalita­rios o al caos de movimientos anarcoides. Faltándole un fundamen­to trascendente, la libertad se ha constituido en objeto y fin de sí misma: una libertad vacía, una libertad de la libertad. Convertida en ley para sí misma, se desnaturaliza en libertad de los instintos o en tiranía de la razón absoluta, que se manifiesta después en el capricho del tirano.

Con audacia que trasciende la unilateralidad tanto del anarquismo como del totalitarismo, Tomás de Aquino pudo afirmar que el hombre es causa de sí mismo, porque en el orden moral llega a ser aquello que quiere ser, aquello que con su libertad elige ser. Sin detenerse en la bondad exterior –y ésta es la conclusión exis­tencial decisiva en la formación de la persona– ve en la bondad moral interior, que depende de la libertad, la perfección del hombre como sujeto.

La paradoja radica en que el hombre, creado libre para vivir en armonía con Dios por el amor y la obediencia, ha usado –abu­sado– de su libertad para desobedecer al Creador. Entonces la liber­tad separada de Dios es insidiada desde arriba por la soberbia, y desde abajo por las pasiones De este modo, el hombre, aunque permanece formalmente libre en el plazo existencial es «esclavo del pecado» y su esperanza de libertad se encuentra en el dominio de las pasiones y en la victoria sobre el orgullo. «La verdad os hará libres», promete Jesús Solo es verdadera y completamente libre el cristiano que es totalmente dócil a la acción de la gracia. Así, somos libres cuando nos hacemos «siervos de Cristo». Es una paradoja a: la más profunda de la existencia; pero en el cristianismo todo es paradójico. La verdadera libertad del hombre está en la verda­dera obediencia a Dios.

Este mensaje evangélico es percibido particularmente por los fundadores en la Iglesia de Dios, y brilla con luz especial en la ense­ñanza de Josemaría Escrivá de Balaguer, como enseguida veremos.

Antes de Cristo y fuera del Cristianismo, la libertad auténtica era desconocida, como reconoce el mismo Hegel. Pero el gran filó­sofo yerra profundamente cuando sitúa la libertad cristiana al nivel de la razón humana absoluta, y ve su realización en el cumplimiento de la historia universal suficiente a sí misma. Frente a él se alzó la voz de Kierkegaard, con su proyecto de recuperar la libertad cristiana, que tiene a Dios por fundamento. Ciertamente, Hegel no preveía el advenimiento, a un siglo de distancia, de Adolfo Hitler; pero no fue una casualidad que el nacional socialismo se remitiera al pensamiento hegeliano.

Hombre nuevo para los tiempos nuevos de la Iglesia del futuro Josemaría Escrivá de Balaguer ha aferrado por connaturalidad –y también por luz sobrenatural– la noción originaria de la libertad cristiana. Inmerso en el anuncio evangélico de la libertad entendida como liberación del pecado, confía en el creyente en Cristo y, des­pués de siglos de espiritualidades cristianas que se apoyaban en la prioridad de la obediencia, invierte la situación y hace de la obe­diencia una actitud y consecuencia de la libertad. Como un fruto de su flor, o más profundamente, de su raíz.

Sus enseñanzas se intensifican y se hacen cada vez más claras con el peso de los años: «Soy muy amigo de la libertad, y preci­samente por esto quiero tanto esa virtud cristiana (la obediencia). Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la vountad de nuestro Padre. Realizar las cosas según el querer de Dios, porque nos da la gana, que es la razón más sobrenatural». Y, como haciendo un balance de su vida, confiesa con ánimo franco:

«El espíritu del Opus Dei, que he procurado practicar y enseñar desde hace más de treinta y cinco años, me ha hecho comprender y amar la libertad personal». Vemos aquí una plena consonancia con aquella afirmación de Tomás de Aquino: «Cuanto mayor cari­dad se posee, de mayor libertad se dispone».

Desde el interior de esta experiencia vivida – la primacía exis­tencial de la libertad del cristiano como presupuesto para su participación en la salvación mediante la gracia de Cristo, Josemaría Escrivá de Balaguer, como divisa de un estilo nuevo pero antiguo como el primer presentarse del cristianismo al mundo, afirma «Dios no quiere esclavos, sino hijos y respeta nuestra libertad La salvación continúa y nosotros participamos en ella. Es voluntad de Cristo que –según las palabras fuertes de San Pablo – cumplamos en nuestra carne, en nuestra vi da, aquello que falta a su pasión, pro corpore eius, quod est Ecclesia, en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia».

En plena sintonía con el Concilio Vaticano II –es más, se podría decir que superándolo en audacia– Monseñor Escrivá de Balaguer propone como primer bien para respetar y estimular el empeño temporal del cristiano, precisamente la libertad personal. «Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la consiguiente per­sonal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya».

Esta actitud –nueva en la espiritualidad cristiana– de la prioridad fundante de la libertad, nace en Monseñor Escrivá de Bala­guer, no por pretensión de originalidad o de adaptarse al espíritu del tiempo, sino de una humilde y profunda aspiración a vivir el Evangelio. En una inspirada homilía del sugestivo título La Liber­tad, don de Dios, del 10 de abril de 1958, en la plenitud de su madurez espiritual, confiesa con osadía digna de los primeros Padres Apologistas, que su misión es la defensa de la libertad personal: «Du­rante mis años de sacerdocio, no diré que predico, sino que grito mi amor a la libertad personal»; y se sorprende de que algunos teman que esto sea un peligro para la fe.

Y anticipándose de nuevo con espíritu profético al mensaje del Vaticano II, pero evitando los recientes compromisos equívocos del indiferentismo religioso, proclama: «Yo defiendo con todas mis fuerzas la libertad de las conciencias, que denota que a nadie le es lícito impedir que la criatura tribute culto a Dios» y, más adelante, «Nuestra Santa Madre la Iglesia se ha pronunciado siempre por la libertad y ha rechazado todos los fatalismos, antiguos y menos antiguos. Ha señalado que cada alma es dueña de su destino, para bien o para mal».

La homilía de Monseñor Escrivá de Balaguer del 25 de marzo de 1967 tiene en este contexto una expresión entre las más valientes de la literatura cristiana de cualquier tiempo. «En esa tarea que va realizando en el mundo, Dios ha querido que seamos cooperadores suyos, ha querido correr el riesgo de nuestra libertad. Me llega a lo hondo del alma contemplar la figura de Jesús recién nacido en Belén. Un niño indefenso, inerme, incapaz de ofrecer resistencia. Dios se entrega en manos de los hombres, se acerca y se abaja hasta nosotros».

Intrepidez de presencia cristiana en los tiempos nuevos, para una fidelidad dinámica a la verdad divina: éste es el mensaje de Josemaría Escrivá de Balaguer. El segundo aniversario de su falle­cimiento constituye, por tanto, una ocasión de renovado encuentro con su enseñanza para el bien supremo del hombre, liberado del pecado y de la muerte.

Actualidad eclesial del mensaje de Josemaría Escrivá

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Testimonio de P. Ambrogio Eszer, O. P. Relator General de la Congregación para las Causas de los Santos
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

La figura de Josemaría Escrivá de Balaguer, polifacética y, al mismo tiempo, extraordinariamente compacta, suscita un conside­rable interés tanto en el pueblo de Dios como entre los teólogos. El estudio de sus escritos y de su servicio eclesial parece demostrar que la personalidad del fundador del Opus Dei marca una nueva etapa en el panorama de la espiritualidad y de la vida de la Iglesia.

La actualidad de su mensaje y de su obra están a la vista de todos; es la «viva expresión de la perenne juventud de la Iglesia», como escribió el Papa Pablo VI. El Santo Padre Pío XII afirmó de él que era «un verdadero santo, un hombre mandado por Dios para nuestra época». El cardenal Höffner declaró que su obra «es providencial en la historia de la Iglesia, y presenta tal fuerza salvífica que es imposible exagerar su valor».

Si el teólogo debe reconocer en el carisma del fundador del Opus Dei la libre iniciativa de Dios, que traspasa con una luz inesperada el espíritu de la criatura escogida y le asigna una tarea a la que ésta no sabe ni quiere resistirse, el historiador ha de buscar los para­digmas objetivos que permitan valorar ese carisma y la correspon­dencia del hombre. La inspiración de Monseñor Escrivá de Bala­guer se proyecta sobre un horizonte que transciende las vicisitudes de su tiempo, pero de ellas obtiene fuerza y vigor. Son dos los ele­mentos que deben considerarse para formular una valoración adecuada de su personalidad y su apostolado. Por un lado, la expe­riencia personal del siervo de Dios: el itinerario de su vocación y de su misión. Por otro, las circunstancias externas en las que esta misión se desarrolló. O, si se prefiere, por una parte la gracia, y por otra, la forma concreta e histórica en la que la ha encarnado.

Pues bien, su acción eclesial toma forma en un contexto que, desde un punto de vista social y cultural, aparece fuertemente mar­cado por un laicismo rabioso. Estamos en los primeros anos treinta, cuando tiene lugar una consolidación de las fuerzas laicistas que se proponen una radical descristianización de las masas: de hecho, este designio no se consuma solamente en los ámbitos restringidos donde se crea la cultura, sino que quiere involucrar a la sociedad entera. De esta cultura laicista se derivó la expansión del odio anti­clerical, la persecución violenta contra la Iglesia, la revuelta anar­quista. En los anos sucesivos, hasta llegar a nuestros días, el extre­mismo en la lucha contra la fe religiosa ha sido superado, pero aquel proyecto de «laicización» de la vida conoce una expansión casi imparable: la secularización como proceso de pensamiento, incluso teológico, y como realidad generalizada.

La respuesta de Escrivá de Balaguer, al principio y al final, es la misma, perentoria y esencial; «estas crisis mundiales son crisis de santos». Advirtiendo la necesidad de que los cristianos superen toda división entre la fe y el actuar diario, proclama la vocación universal a la santidad y anuncia con vigor que el trabajo humano es el instrumento a través del cual Dios llama al hombre a cooperar en el plan de la Creación y de la Redención. El trabajo, que era el lugar de conflicto y de aplastamiento del hombre por aquellos que deseaban plasmar los «nuevos tiempos» de una humanidad finalmente liberada y dueña de sí, se convierte para el fundador del Opus Dei en el ámbito de santificación. Cristo es colocado «en la cumbre de todas las actividades humanas»; la vida de los hombres y la entera sociedad se impregnan de una tensión hacia Dios a la que nada resulta ya extraño. Y es en los cristianos corrientes, de todos los ambientes y condiciones sociales, en quienes Escrivá rea­viva la conciencia de la necesidad de recapitular, desde dentro, el mundo en Cristo.

En ese espíritu se reconocen las huellas de sus primeras expe­riencias sacerdotales entre los campesinos de Perdiguera, los uni­versitarios de Zaragoza y de Madrid, los obreros y los abandonados de las barriadas extremas de la capital. Un espíritu que parece mos­trar sus inagotables virtualidades, sobre todo hoy, cuando vemos que el «humanismo» moderno acaba por desembocar en el indi­ferentismo y en el sinsentido. De ahí que no sea casualidad que en el texto del decreto sobre la heroicidad de sus virtudes se lea:

«Este mensaje de santificación en y de las realidades terrenas resulta providencialmente actual para la situación espiritual de nuestra época. En efecto, en los tiempos presentes, a la vez que se exaltan los valores humanos, también se advierte una fuerte inclinación hacia una visión inmanente del mundo, entendido como algo separado de Dios. Y este mensaje invita a los cristianos a buscar la unión con Dios a través del trabajo diario, que constituye una obligación y una fuente perenne de la dignidad del hombre la tierra. Por lo que resulta patente la adecuación de este mensaje con las cir­cunstancias de nuestro tiempo, y parece además destinado a per­durar de modo inalterable, por encima de las vicisitudes históricas, como fuente inagotable de luz espiritual».

Desde el punto de vista eclesial, Josemaría Escrivá comienza a actuar en una situación en la que las respuestas pastorales tra­dicionales comenzaban a dar los primeros signos de inadecuación ante el gran desafío de este humanismo ateo o agnóstico. Y en los últimos años asiste a la crisis de las ilusiones de quienes habían inten­tado superar ese ¡mpasse preconizando la adaptación de la Iglesia al mundo. Tampoco aquí su respuesta cambia con el tiempo y, con su estilo directo característico, aparece perfectamente adecuada a las nuevas exigencias. Es el regreso a un cristianismo radical, cris­tocéntrico y teocéntrico, centrado en la afirmación del primado de la gracia, de la comunión de vida con Cristo mediante la oración y los sacramentos, que generan el hombre nuevo y lo transforman en testigo de Cristo en su propio ambiente profesional.

Se lee en estas tesis un eco ante litterarn del mensaje central del Concilio Vaticano II, en el que el fundador del Opus Dei tuvo la alegría de ver aprobadas las propias inspiraciones fundamentales; y, al mismo tiempo, se percibe un salto de siglos, que conecta direc­tamente con la genuina fuente de la espiritualidad cristiana: el Evan­gelio sine glossa y la experiencia de la primitiva comunidad cristiana. Escrivá vive y transmite a todos los cristianos la experiencia del encuentro transformador con Cristo. No hay en él ninguna pre­sunción intelectual, ni la preocupación por resolver complicadas cuestiones teológicas, sino el anhelo pastoral de hablar a todos, cultos y sencillos, ricos y pobres, mentes eximias y hombres poco ins­truidos, para entregar a todos un mensaje nuevo y antiguo. Es el mensaje de Cristo, en cuyo misterio salvífico todos los bautizados se encuentran vivíficamente injertados. Por esto, Camino –su libro más importante y difundido– no es una exposición sistemática, sino una guía hacia el encuentro con el Señor: incluso en su forma lite­raria, aparentemente tan asistemática como la vida misma, se refleja el sabor de los Ápophthegmata de los primeros maestros del Cris­tianismo. Pero Escrivá está bien lejos de cualquier «primitivismo», y en este sentido, la lectura de su obra tanto publicada como inédita –así como de dictámenes elaborados a lo largo de la causa de canonización por parte de los teólogos censores designados por el Tribunal del Vicariato de Roma– es suficiente para disipar cual­quier duda. El suyo es un trabajo de catequesis, de pastoral experta, de dirección de almas. Hay una mente atenta y perspicaz, que sin ligarse a ninguna escuela teológica determinada, bebe de la teología escolástica y, sobre todo, de Santo Tomás, las tesis fundamentales.

Su enseñanza consigue ser siempre eminentemente apostólica. Y también lo es su obra. La incidencia que ha tenido en la auténtica promoción del laicado es aún difícilmente evaluable en sus dimen­siones reales que, ciertamente, son vastísimas; lo mismo se podría decir de los frutos que suscita en sacerdotes y religiosos. Josemaría Escrivá de Balaguer ha llevado a tantos cristianos, de cualquier esta­do y condición, a la unión total e íntima con el Salvador, trasmi­tiéndoles un vigoroso impulso apostólico, que les ha hecho cons­cientes de la llamada a ganar a otros para Cristo; « estos otros» son cristianos que se han entibiado y aquellos que se han dejado absor­ber por el secularismo. Detrás de esta fecundidad, que no conoce especializaciones, se palpa un profundo sentido de la Iglesia y un amor que podemos definir sin titubeos, encendido hacia todos sus representantes, comenzando por el vicario de Cristo.

La amplitud de las realizaciones apostólicas promovidas por Josemaría Escrivá en los cinco continentes, y su adecuación a las exigencias de una pastoral en sintonía con las necesidades de los tiempos, pueden hacer pensar que fuera, sobre todo, un hombre de acción. Los estudios elaborados con motivo de la causa de cano­nización nos revelan, en cambio, que la verdadera clave de su per­sonalidad está en su vida interior, donde se toca el misterio de la elección divina, de la que la criatura queda marcada hasta las libras más profundas de su ser. Si se puede dar de él una definición, es la de siervo fiel: fidelidad ejemplar en la respuesta diaria a la intensa acción de la gracia en su alma y, consiguientemente, en el cum­plimiento del encargo recibido. Sólo dejándose moldear interna y enteramente por el amor de Dios podría convertirse en un humilde heraldo del mensaje radical de santidad que constituye el núcleo del Opus Dei. El carisma que le guió aparece constitutivamente diri­gido a la edificación de la Iglesia. Su experiencia unitiva personal fue el sustrato necesario y el alimento natural de su mensaje espi­ritual. La teología ha analizado esta experiencia conoce bajo el nombre de «carisma del fundador», y ha puesto de relieve que sus inmediatas consecuencias apostólicas no se limitan al valor del testimonio o de la ejemplaridad que enriquece su trasunto interior, sino a una paternidad misteriosa y real, cauce activo del fluir de la gracia de Cristo a sus miembros.

Esta me parece la clave de la personalidad espiritual de Mon­señor Escrivá, enteramente marcada por la voluntad de ser fiel a la misión recibida. Fue en primer lugar un alma profundamente contemplativa. Desde joven el Señor le condujo a través de expe­riencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían «sentir», en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético y con una extenuante actividad apostólica, identificándose plenamente con la voluntad divina. Simultáneamente, el Señor le hizo un maestro de vida inte­rior; a los veintiséis años tan sólo, con la fundación del Opus Dei, le llamó a abrir un nuevo camino de santidad en la Iglesia. También las purificaciones pasivas, elemento presente en todo proceso de la santificación, asemejan al siervo de Dios a los grandes funda­dores: no sólo la experiencia vivida de la bajeza de la propia nada ante el amor divino, sino, sobre todo, la conciencia de la indignidad para una tarea sin limites, y la dolorosa sucesión de las incompren­siones sufridas, de las adversidades que de todos lados amenazaron la vida de la criatura que acaba de ver la luz… Como si Dios mismo pidiese una cosa humanamente «imposible» y, al mismo tiempo, pareciese que impedía su realización.

En la extraordinaria fecundidad de esta paternidad suya se des­cubre no sólo la fecundidad de la gracia, sino también un don par­ticularmente atractivo. La vida espiritual de Josemaría Escrivá se desenvuelve en todos sus aspectos como una expansión de la filia­ción divina en Cristo: todo es confianza, acogida cordial, transpa­rencia. También el dolor es abandono sereno en el Padre, que bendice con la cruz. Y todo sucede bajo el signo de la alegría, de un optimismo contagioso, de un maduro entusiasmo que hace singu­larmente atractiva su figura

Agradezco al Señor haberme concedido ocuparme, en calidad de relator, de la de canonización de Josemaría Escrivá. Las investigaciones se han llevado a cabo en el más riguroso respeto de los criterios jurídicos y de la metodología científica exigidos por la Iglesia en tan deseada materia: los procedimientos procesales, la recogida y el análisis de las fuentes documental es, y los sucesivos estudios histórico-documentales son también otro modelo de escru­pulosa exactitud, con un sólido aparato crítico, y de profundización sabia y segura. Aparece así una figura que pertenece ya al tesoro de toda la Iglesia: su próxima beatificación nos presenta un hombre en el que Dios ha querido dejar una huella deslumbrante de su gra­cia. En ella, cualquier cristiano puede descubrir los destellos de la luz que sólo la imagen de Cristo refleja en toda su plenitud y cuyo resplandor relumbra en los santos.


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