La “Glorieta Josemaría Escrivá”

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El alcalde de Burgos, Juan Carlos Aparicio, inauguró una glorieta en esa ciudad que lleva el nombre de “Josemaría Escrivá”. Asistieron el vicario del Opus Dei en España, Ramón Herrando y el vicario para Castillla y León, Ángel Lasheras.

Estuvo presente el Arzobispo de Burgos, Mons. Gil Hellín. El acto, al que asistieron centenares de personas, se desarrolló en un clima festivo.

Para reflejar la universalidad de la Obra, plantaron arbustos dos mujeres peruanas, Paulina Gómez y Carla Carrasco; una brasileña; un estudiante alemán; un investigador filipino; la búlgara Nevena Petrova; un profesional palestino, una familia congoleña y otra burgalesa.

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Posteriormente el Arzobispo y los vicarios de la Obra oficiaron una Misa de acción de gracias en la iglesia de San Cosme y San Damián, uno de los templos en los que el Fundador del Opus Dei solía celebrar misa con frecuencia.

La idea de dar el nombre del Fundador del Opus Dei a una calle en esa ciudad surgió en el año 2002, centenario del nacimiento de San Josemaría. En el año 2005, Carolina de Miguel propuso al Alcalde esta iniciativa en representación de diversas entidades y personas de Burgos, entre las que se encontraban: Fundación Cauce, Cartuja de Miraflores, Comunidad de religiosos Carmelitas, Asociación de antiguos alumnos en Burgos de la Universidad de Navarra, Asociación Arlanza, Centro cultural Tordomar, varios monasterios burgaleses de religiosas de Clausura, el Arzobispo Mons. Gil Hellín, Rafael Frubëck de Burgos, el superior de la comunidad de los Maristas de Burgos, etc. El Ayuntamiento decidió en el año 2006 dar ese nombre a una glorieta situada en un barrio residencial en fase de crecimiento.

San Josemaría permaneció en Burgos desde enero de 1938 hasta marzo de 1939. Se cumplen ahora 70 años del comienzo de su estancia en esta ciudad castellana. Desde Burgos se desplazaba a otras localidades españolas para seguir en contacto con los miembros de la Obra y otros jóvenes que se dirigían espiritualmente con él y que se encontraban diseminados por la península, la mayor parte de ellos en los frentes de guerra. También eran muchos los que acudían a Burgos para estar con el joven sacerdote que tanto había influido en sus vidas y al que guardaban un particular cariño.

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Los biógrafos del Fundador suelen referirse a esta etapa como “la época de Burgos”. Ciertamente fueron años de intensa oración y penitencia en los que el Fundador fue perfilando la inminente expansión de la Obra por todo el mundo, una vez que concluyera la contienda. En esa ciudad terminó de escribir “Camino”, la más conocida de sus obras. También en Burgos trabajó su tesis doctoral en derecho sobre la abadesa de las Huelgas.

Los actos conmemorativos de este aniversario comenzaron el 17 de enero con una conferencia de la burgalesa Ana Sastre, médica nutricionista y escritora. Ha sido la primera mujer que ha escrito una biografía sobre el Fundador de la Obra.

Tras la conferencia, se proyectaron varios vídeos con los testimonios de algunos burgaleses que trabajan profesionalmente en distintos países y colaboran en iniciativas apostólicas promovidas por miembros del Opus Dei como José María Martínez, profesor universitario en Texas; Pablo Gil, sacerdote que atiende labores apostólicas de la Obra en Letonia; la emocionante intervención de Teresa Peña, sobre el crecimiento de la Iglesia en Estonia; Germán Gil, profesor y músico, en Austria; Mila Herráez, desde Colombia, país por el que pidió oraciones, o la directora de Lexington College, Marta Elvira.

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Además asistieron al acto de inauguración de la glorieta:

Jaime Mateu, Delegado en Burgos de la Junta de Castilla y León, y Alfredo Velasco, Presidente de la Fundación Campolara.

Personas que participaron en la plantación de arbustos:

África: Cissé Mbongo y Annia Habimana, de la república democrática del Congo y dos kenianos. Plantaron un Junípero junto a Margarita Valenzuela y Josebe Soga, de Harambee.

América: Arturo León, de la Fundación Schola, Yabi Domínguez (Perú), Carla Carrasco (Perú), Rodrigo Soto (México) y  también otras personas de Colombia y Brasil. Plantaron una Mahonia.

Asia y Oceanía: representaron a estos dos continentes Keitzuke, de Japón; y Angelo Porciúncula, de Filipinas. Plantaron un Pitósporo, arbusto procedente de China junto a Cristina García Gallardo, de la Asociación Arlanza y un representante de Cooperación Social en Burgos.

Europa: Donat Schipp, de Alemania; y Nevena Petrova, de Bulgaria. Plantaron una Piracanta junto a Carlos Ortega, del Banco de Alimentos de Burgos, y Maribel González, de Cauce.

Burgos: el Alcalde y un matrimonio burgalés plantaron un Cotoneaster.

Barcelona

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cataluña será la última etapa de este viaje de Monseñor Escrivá de Balaguer. Es un terreno duro pero fértil, en el que ha arraigado ampliamente el Opus Dei. Están muy lejos aquellos años en que la contradicción pesaba sobre el Padre y sobre los primeros miembros de la Obra en la Ciudad Condal. Ahora, muchos catalanes generosos con lo que entienden, con lo que hacen suyo por serio, eficaz y trascendente, se vuelcan con el Fundador de la Obra.

Nada más llegar, se acerca a la Basílica de la Merced. Allí donde fue en circunstancias graves a pedir fuerzas, a sentir la protección firme de la Virgen María antes de navegar hasta la Ciudad Eterna. Amor con amor se paga, y el Padre se arrodilla una vez más para decir su acción de gracias.

Después, un calendario apretado que va a llenar diez días de tertulias, visitas y encuentros con toda clase de personas. Hay que habilitar la pista deportiva de la Escuela Deportiva Brafa, en Horta, para dar cabida a unas seis mil personas cada día. Vienen de Cataluña, Aragón y Baleares.

También Castelldaura -Casa de Retiros junto a San Pedro de Premiá- va a ser testigo de grandes reuniones.

A primera vista, puede suponer una dificultad que estos encuentros tengan lugar en días laborables. Si para todo hombre el trabajo es serio, y tratándose de un cristiano debe ser santo, para un catalán los adjetivos adquieren grados superlativos. Por eso el Padre se conmueve cuando entra en el polideportivo del Brafa y se encuentra el local abarrotado.

«Consideraba esta mañana qué os diría, y me han venido a la mente las palabras de la Sagrada Escritura: que el Señor creó al hombre ut operaretur, para que trabajara… Pero habéis de pensar que el trabajo necesita ser santificado, que os habéis de hacer santos con el trabajo y que habéis de santificar a los demás con vuestro trabajo»(46).

Preguntan al Padre cómo compaginar su profesión, sin horario previsible, con el apostolado, la atención familiar…, y responde que, un hijo de Dios en el Opus Dei «saca horas para todo. A mí me interesan las personas que no tienen tiempo. Vagos, no quiero. Los amo mucho, pero fuera del Opus Dei»(47).

El Fundador toca un tema bien entendido en Cataluña. Pero les habla del espíritu del Opus Dei que ha metido la presencia de Dios en los entresijos del trabajo; del apoyo constante en la filiación divina para encajar los zarpazos de la derrota, del aparente fracaso, o los éxitos del esfuerzo bien hecho.

«Si quieres santificar el trabajo, santificarte con el trabajo y santificar a los demás con el trabajo, no puedes hacer chapucerías. Deberás desempeñar tu trabajo muy bien, de un modo noble, limpio, con empeño y ofreciéndoselo al Señor. ¿Cómo vas a ofrecer a Dios una cosa que sea voluntariamente imperfecta y hasta mala?»(48).

Y ante la dificultad de encontrar tiempo para llevar adelante más de una tarea, el Padre responde:

«El apostolado, para nosotros, no es una cosa superpuesta: lo estamos haciendo continuamente. Con respecto a la familia te diré que, si tienes mucho quehacer, serás de los que tienen capacidad para sacar cuarenta y ocho horas al día. Son los que no trabajan los que no encuentran diez minutos libres»`.

Después, las preguntas en el Brafa se multiplican: sobre cómo ayudar a los amigos que han perdido la fe; cuestiones relativas a la Confesión, a la Eucaristía, a la Santa Misa. La presencia de Dios en las almas de los cristianos; la Cruz de cada día; el dolor en la vida de los hombres; la alegría… Todo va saliendo por los cuatro puntos cardinales de las pistas del Brafa para escuchar la respuesta clara, la doctrina de siempre.

«Me gustaría que tuvierais la devoción de agradecer cada día al Señor todos los bienes que habéis recibido, y también los que no conocéis. ¡Yo lo hago! Medio me confieso con vosotros, perdonad; pero sería un hipócrita si os recomendara una cosa que no hiciera. Yo rezo: pro universis beneficiis tuis, etiam ignotis; agradezco también los beneficios que no conozco» (50) Como contrapunto, un hombre interviene desde un rincón de la sala y habla de su hija impedida, que quiere saludarle.

Desde un sillón de ruedas, a través de los altavoces, se oye una voz infantil que dice, lentamente:

-«Padre.

-Dime, hija mía.

-Yo también fui a Lourdes y he vuelto muy contenta. Rezo mucho por usted.

-Oye, guapa, mañana en la Santa Misa te pondré en la patena, con la Hostia, en el momento del Ofertorio. Y le pediré al Señor que te haga muy feliz en la tierra, y que después te dé el cielo. ¿Te parece bien?

-Sí, Padre.

-¡Guapa, te quiero mucho!

-Gracias, Padre»(51).

Y Monseñor Escrivá de Balaguer señala a estos padres y a esta niña como ejemplo de aceptación del dolor. De espíritu cristiano auténtico, no teórico, ante lo incomprensible de los juicios divinos. Porque Dios nos ama infinitamente, por encima de todos los zarandeos existenciales, de la enfermedad y de la muerte. Y la sala entera, sin vacilación, aplaude. Porque es el modo afectuoso y emocionado de subrayar el acuerdo. Parece que, cuando se habla de Dios, los problemas pierden gravedad y el peso se alivia por la fuerza de todos los hermanos unidos en la fe.

En el IESE, Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, hablará, también, a un grupo numerosos de empresarios:

«No olvidéis el sentido cristiano de la vida. No os gocéis con vuestros éxitos. No os sintáis como desesperados, si alguna cosa fracasa. Además, si tenéis cien cosas en movimiento, alguna tiene que ir mal, porque las otras noventa y nueve van bien. Acordaos de los que tienen menos que vosotros» (52).

Y les anima a usar del dinero con la magnanimidad exigente del Evangelio.

El día 24 se desplaza el Fundador desde Barcelona a Gerona para hablar en el Instituto Técnico Agrario Bell-lloc del Pla en el que se cursan el Bachillerato y enseñanzas agrarias. Aquí el Padre sigue exponiendo los mismos temas, en el lenguaje universal de los hijos de Dios, sin distinción alguna. Idéntica petición de fe y esperanza, igual exigencia de caridad.

Antes de salir de Cataluña visita a las monjas Clarisas de Pedralbes. Sus palabras se oyen, una vez más, entre los murós góticos de este convento. Días antes, a las carmelitas de Puzol, cerca de Valencia, les ha asegurado:

«La Iglesia se quedaría árida sin vosotras, y no podríamos decir: sacad con alegría las aguas de las fuentes del Salvador. Es aquí donde sacáis las aguas de Dios, para que nosotros podamos convertir la tierra seca en un huerto lleno de naranjos. Sin vuestra ayuda no haríamos nada; por eso vengo a daros las gracias. Estoy persuadido de que muchos sacerdotes que sufren y lloran ahora en el mundo, al escuchar vuestros cánticos -también los de la recreación- se llenarán de gozo. ¡Mil veces benditas seáis!»(53)

En la misma mañana del día 30 de noviembre, Monseñor Escrivá de Balaguer emprende su viaje de regreso a Roma. Antes, se reunirá con algunos hijos suyos en el oratorio de Castelldaura. Las imágenes románicas asisten, en actitudes ingenuas de piedad primitiva y sincera, al Te Deum con que el Fundador del Opus Dei agradece a Dios los resultados de este viaje en el que ha podido hablar a tantos miles de personas.

«Daremos gracias a Dios Nuestro Señor porque en toda la Península Ibérica -en Portugal y en España- hemos encontrado miles, miles y miles de personas estupendas. Algunas estaban un poco alejadas de los sacramentos -por esos líos que pasan, por estas cosas que suceden, que sentimos y lamentamos-, pero ahora se han acercado al Sacramento de la Penitencia, y han recibido a nuestro Señor. Esa riqueza me ha llenado el corazón de alegría»(54)

Por las ventanas -casi aspilleras- del oratorio de piedra, se filtra una luz blanquecina. Es el sol, que parece rubricar las palabras que suenan en la nave.

El último adiós

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante el tiempo que media entre 1970 y 1975, Torreciudad se configura definitivamente. Hay en toda su construcción una libertad absoluta en cuanto a la creación artística se refiere, pero subordinada al deseo de que el edificio sea un lugar de oración, de conversión y de encuentro con Dios a través de la Señora.

El gran retablo de alabastro, de 15 metros de alto por 9,30 de ancho, capta toda la atención. Su distribución se inspirará en los de estilo plateresco y renacentista, tan abundantes en Aragón, y denominados «retablos custodia» por tener en su centro un óculo a través del que se ve el Sagrario. Todo el conjunto acapara la atención en un único punto de referencia: la Eucaristía. Pero, además, se trata de albergar, con dignidad destacada, a la Virgen de Torreciudad. El resto, serán escenas evangélicas de la vida de María enlazadas como la secuencia de un relato.

La composición de cada escena, utilizando arte figurativo, permite entender los misterios y captar el mensaje del retablo sin perder el contenido de la oración por una interferencia desafortunada.

La única condición que ha puesto el Padre es que sea muy devoto y que invite a rezar.

Se hará cargo de este trabajo el escultor Juan Mayné Torrás, profesor de la Escuela de Bellas Artes San Jorge de Barcelona. La totalidad del alabastro procederá de las minas de Besalú (Gerona), y será trabajado en el taller de José Miret, en San Andrés de la Barca.

En la primavera de 1974, el Fundador hace escala en Madrid con motivo de su primer desplazamiento a Sudamérica. Los arquitectos le informan de la marcha de las obras de Torreciudad: todo estará terminado al cabo de un año, a excepción del retablo. Sólo se ha modelado una escena y, dada la envergadura del conjunto, se calculan dos o tres años más para verlo concluido. Han pensado, incluso, en la posibilidad de inaugurar la iglesia del Santuario con una enorme cortina que cubra la pared frontal. La respuesta del Padre es tajante. La iglesia no puede abrirse al culto sin retablo, porque constituye un elemento fundamental del templo. Además, la colocación de las escenas después resultaría dificilísima y muy penosa. Hay que poner todos los medios para que el escultor, sin rebajar la calidad de su obra, adelante los plazos.

Se concluirá, después de un año incesante de trabajo, en 1975, y tendrá un peso de ciento treinta toneladas. Con el escultor principal y un primer ayudante, han colaborado nueve escultores marmolistas, cuatro alumnos de Bellas Artes y un centenar de personas más, además de los arquitectos y el aparejador. Entre todos, y en unas circunstancias en las que no existe experiencia parecida, llevarán a cabo una tarea que parece inabordable. Pasarán días enteros volcados sobre su tajo; entusiasmados por la idea, por el ambiente, por la pasión que todos ponen en sacar adelante el proyecto.

Juan Mayné no se entrevistará directamente con el Fundador de la Obra. Monseñor Escrivá de Balaguer ha decidido no influir para nada en la concepción artística del escultor. Pero este profesor de Bellas Artes se lleva a su taller y a su casa los libros del Padre. Lee despacio, dejando entrar en su alma las palabras de sus escritos. Su forma de sentir y entender la piedad. Su concepto de las figuras vivas que ha de esculpir. Quiere conocer su modo de ser, de rezar, de ver lo trascendente, para trasladarlo al alabastro.

Así surgirán las escenas: la Coronación de la Virgen, los desposorios de María y José, la Anunciación del arcángel, la Visitación de María a Isabel, la adoración de los pastores al Niño, la huída a Egipto, el taller de Nazaret. Son la representación humana y divina de esta Familia que es imagen y modelo. Aquí están las vicisitudes por la que puede pasar una vida: el trabajo, el amor, el hijo, la persecución, la felicidad, la muerte. La presencia constante de los planes de Dios sobre la existencia de los seres humanos.

Para evitar que la Virgen de Torreciudad, pequeña talla románica, se pierda dentro de una composición tan fuerte, las figuras van cediendo dimensiones, para llegar reducidas de tamaño al camarín que ha de alojarla. Allí los ángeles y las rosas son menudos, como un encaje: todo el conjunto se aproxima a la Señora encerrándola en un enorme relicario que destaca la dignidad de su presencia.

La sillería central, también de alabastro, tiene labrados en sus respaldos símbolos de advocaciones a la Virgen. En la presidencia, la imagen del Buen Pastor. San Rafael, San Juan, Santa Catalina de Siena y un Angel, con el sello de la Obra entre las manos, completan la composición. El retablo se limita con una enorme cadena labrada. En la parte más alta, dos áncoras enlazadas proclaman la llamada permanente a la unidad. La separación de escenas es tan suave que se puede pasar de una a otra sin estorbo: como si el espectador desgranase los misterios de un enorme Rosario esculpido.

Cuando el Padre lo vea, prácticamente terminado, en mayo de 1975, exclamará:

«Me parece un sueño; y es que soy hombre de poca fe».

Mira despacio, una por una, las figuras; se queda absorto en el conjunto. Le gusta mucho. Es lo que había deseado para Dios:

«Señor, me parece todo muy poco para Ti, pero lo hemos hecho lo mejor que hemos podido»(28).

Hace unos meses ha realizado otro viaje agotador por Sudamérica, pero quiere ver las obras de esta «locura» que ha ocupado su oración y esfuerzo.

El día 24 de mayo, sábado, consagrará el altar principal del Santuario. Repetirá su visita a la ermita, como ya hiciera en 1970, y recibirá a las autoridades de Barbastro que se han acercado a Torreciudad para saludarle. Durante una hora larga les hará partícipes de su cariño y agradecimiento.

El domingo 25 de mayo es el Fundador quien acude al Ayuntamiento de Barbastro, donde se le impone la medalla de oro de la ciudad que le vio nacer hace setenta y tres años.

No le gusta al Padre que le rindan honores. De hecho, ha declinado muchos en su vida. Además, hace apenas unas horas que le han comunicado desde Roma el fallecimiento de don Salvador Canals. Está tremendamente afectado y todos respetan el silencio, casi el ensimismamiento, en que le ha sumido la noticia.

«Estuve a verle en la clínica pocos días antes de venirme (…). Me hice ilusiones. Pero, al salir, el médico nos quitó toda esperanza humana»(29).

A pesar de todo, no quiere posponer el acto oficial de Barbastro. En esta mañana llena del sol somontano, el Alcalde pronuncia unas palabras de cariño en las que evoca los años en que el Padre vivió en su tierra natal; agradece la construcción de Torreciudad y le asegura el afecto y las oraciones de todos sus paisanos.

Está entre amigos, aragoneses de ancho corazón, y no oculta su estado de ánimo:

«Perdonad. Yo estoy muy emocionado, por doble motivo: primero por vuestro cariño; y además, porque a última hora de ayer recibí un aviso de Roma comunicándome la defunción de uno de los primeros que yo envié para hacer el Opus Dei en Italia. Un alma limpia, una inteligencia prócer, doctor en Derecho Civil por la Universidad de Madrid (…), doctor en Derecho Canónico por la Universidad Lateranense; abogado Total. Después, en tiempos de Juan XXIII, nombrado auditor de la Rota (…).

Yo debería estar contento de tener uno más en el Cielo, ya que tan frecuentemente en una familia tan numerosa tiene que suceder un hecho de este género. Pero estoy muy cansado, muy cansado, muy abrumado. Me perdonaréis, y estaréis contentos de saber que tengo corazón (…).

No puedo dejar de declararos que mi noble orgullo de barbastrense se siente hoy singular y profundamente agradecido a todos cuantos estáis haciendo posible, unidos a tantos miles de personas esparcidas por todo el mundo, el maravilloso empeño que clava sus raíces junto a Nuestra Señora de Torreciudad»(30)

A las 11,30 del día 26 de mayo, el Padre regresa a Zaragoza. Mientras se aleja, el Fundador mira, con emoción y entusiasmo, la estructura de los edificios que se destacan como una atalaya en el horizonte. Voltean las campanas de la torre y el eco se pierde en los pueblos del Somontano. Ya no volverá nunca. Un mes más tarde habrá cruzado la última frontera en el camino de sus grandes amores: Dios, la Virgen y San José. Aquellos que ha dejado esculpidos en el retablo de este templo que se yergue junto al Pirineo aragonés.

La Universidad de Piura

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1969 se levanta, frente al desierto del norte del Perú, la Universidad de Piura. Uno de los proyectos que el Fundador de la Obra llevaba, desde hace años, en la mente y en el corazón. Cubierta, por encargo de la Santa Sede, la atención pastoral-religiosa de la Prelatura territorial de Yauyos, iniciada ya la promoción del campesinado andino en Valle Grande, otro nivel a cubrir es la enseñanza en las aulas universitarias. Piura es el enclave correcto porque es el polo de desarrollo del norte peruano. Fronterizo con Ecuador, ocupa una posición clave para programas culturales entre los países del Pacto Andino.

Como escribía el profesor Rodríguez Casado:

«La Universidad, con vocación de desierto, de vergel y de humanismo, abre sus aulas, laboratorios y bibliotecas al aire libre»(14)

En la actualidad, se pueden cursar cinco programas académicos: Ciencias de la Ingeniería Industrial, Artes Liberales, Administración de Empresas y Ciencias de la Información.

Fue, en efecto, una audacia sobrenatural y humana crear este Centro docente a medio camino entre el desierto, la ciudad y los vergeles peruanos.

En la ciudad de los Papas

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La nueva etapa que comienza es decisiva. En el oratorio de Cittá Leonina, el Padre prolonga muchas veces su oración por el Papa hasta la madrugada, junto a las ventanas desde las que pueden verse encendidas las luces del Palacio Apostólico. Es. un modo de mostrar su intenso amor al Pontífice, su absoluta oediencia y disponibilidad ante la decisión de la jerarquía, su fe inquebrantable en que las obras de Dios no tienen más remedio que abrirse camino en el corazón de la Iglesia.

Pero el Fundador de la Obra no ha improvisado esta fe y este amor en el momento crucial de su llegada a Roma. Desde sus tiempos de sacerdote recién ordenado, en su múltiple labor asistencial cerca de las camas de enfermos y moribundos, en las catedrales y ermitas, y en las breñas del Pirineo con una roca por ara de altar, siempre ha sorprendido por su fe, su enorme piedad y confianza. En especial cuando reza las palabras del Credo, durante el Sacrificio de la Misa: aquellas que confiesan irrevocablemente la adhesión a una Iglesia y a un Pontífice, la fidelidad al representante único de Cristo entre los hombres.

«Católico, Apostólico, ¡Romano! -Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu “romería”, “videre Petrum”, para ver a Pedro»(12).

Este cariño, enraizado en la más honda convicción sobrenatural, refleja un modo afectuoso de sentir, de hacer entrañable y humana su devoción por la figura del Vicario de Cristo:

«Durante años, por la calle, todos los días, he rezado una parte del Rosario por la Augusta Persona y por las intenciones del Romano Pontífice. Me ponía con la imaginación junto al Santo Padre, cuando el Papa celebraba la Misa; yo no sabía, ni sé, cómo es la capilla del Papa, y, -al terminar mi rosario, hacía una comunión espiritual, deseando recibir de sus manos a Jesús Sacramentado.

No os extrañe que me den una santa envidia aquellos que tienen la fortuna de estar cerca del Santo Padre materialmente, porque pueden abrirle el corazón, porque pueden manifestarle la estimación y el cariño»(13)

Esta fidelidad irá siempre unida a la representatividad como Vicario de Cristo, más allá de una personalidad humana concreta. San Pío X es uno de los santos invocados constantemente como intercesor en el Opus Dei. Cuando se termine de construir la Sede Central, en el oratorio donde el Padre va a celebrar habitualmente la Santa Misa, habrá un reclinatorio muy sencillo, de madera de nogal pulimentada y gastada por el paso de los años. San Pío X lo utilizó mientras fue Patriarca de Venecia. Una pequeña placa de plata, adscrita al frontal del reclinatorio, da constancia de este hecho: “Ab anno 1894 ad annum 1903 híc orabat Ioseph Card. Sarto, Patriarcha Venetiarum, Pius Papa X”(14)

La familia de este Pontífice, conocedora del cariño que la Obra siente por su persona y por sus hechos, decidió regalarlo la víspera de la Epifanía de 1972. Cuando el mueble llegó a su poder, el Padre lo besó piadosamente y lo mandó colocar en el oratorio de la Santísima Trinidad, frente al sagrario. Esta reliquia, que fue testigo mudo de tantas oraciones, había de ser también observador, a partir de entonces, del amor y devoción del Fundador por la cabeza visible de Cristo en la tierra.

De las relaciones filiales con los Pontífices que ha conocido personalmente a lo largo de su vida, dejan constancia estas palabras del Padre:

«No puedo olvidar que fue S. S. Pío XII quien aprobó el Opus Dei, cuando este camino de espiritualidad parecía a más de uno una herejía; como tampoco se me olvida que las primeras palabras de cariño y afecto que recibí en Roma, en 1946, me las dijo el entonces Monseñor Montini. Tengo también muy grabado el encanto afable y paterno de Juan XXIII, todas las veces que tuve ocasión de visitarle»(15).

El 16 de julio de 1946, Monseñor Escrivá de Balaguer será recibido por Pío XII en una primera entrevista oficial para hablar, con todo detalle, de este camino que Dios le ha inspirado. Una vocación divina que desea la bendición del «dulce Cristo en la tierra», como diría Catalina de Siena, para servir a la Iglesia por todos los países del mundo.

Años más tarde, S. S. Pío XII comentará ante el Cardenal Norman Gilroy, de Sidney (Australia), que estaba profundamente impresionado por una reciente visita de Monseñor Escrivá de Balaguer: «Es un verdadero santo, un hombre enviado por Dios para nuestro tiempo»(16).

El 5 de marzo de 1976, el Sumo Pontífice Paulo VI dirá a Monseñor Alvaro del Portillo que considera al Fundador del Opus Dei como uno de los hombres que ha recibido más carismas y ha correspondido con más generosidad a esos dones. Durante muchos años, Pablo VI había usado «Camino» para su propia meditación personal.

Y el Cardenal Albino Luciani, que cruzará las cancelas de la Capilla Sixtina para ser nominado Papa con el nombre de Juan Pablo 1 el 26 de agosto de 1978, había escrito acerca del Fundador de la Obra:

«¿Quién era aquel confesor revolucionario, que se saltaba a cuerpo limpio las barreras tradicionales, proponiendo metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote español, fallecido en Roma en 1975, a los 73 años (…).

Vio crecer ante sus ojos esta obra hasta extenderse a todos los continentes (…). La extensión, el número y la calidad de los miembros del Opus Dei ha hecho pensar en no se sabe qué intenciones de poder y de férrea obediencia de gregarios. La verdad es lo contrario: sólo existe el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y de gran libertad»(17).

Y hombres de la Curia Romana, como el Cardenal Sebastiano Baggio, que fue Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos:

«A pesar de lo mucho que se ha escrito sobre el Opus Dei y sobre su Fundador -o quizá por eso mismo-, prevalentemente en clave polémica por no decir fantástica, nosotros, sus contemporáneos, no tenemos la necesaria perspectiva para valorar el alcance histórico de la enseñanza (en tantos aspectos auténticamente revolucionaria y anticipadora) y de la acción pastoral (de una eficacia y una irradiación sin equivalentes) de este insigne hombre de la Iglesia. Pero es evidente desde ahora que la vida, la obra y el mensaje del Fundador del Opus Dei constituyen un viraje o, más exactamente, un capítulo nuevo y original en la historia de la espiritualidad cristiana, si la consideramos -y así debe ser- como un camino rectilíneo bajo la guía del Espíritu Santo»(18).

Es el lógico decantamiento histórico sobre los hombres y los hechos que han permanecido inquebrantables en su lealtad a Dios y a la jerarquía de la Iglesia.

Pero hoy, en la pequeña terraza de Cittá Leonina, el Padre rompe la madrugada con su oración esperanzada, junto al Vicario de Cristo.

La Residencia de estudiantes

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Padre sigue adelante con el proyecto de abrir una Residencia de estudiantes en el próximo curso 1934-35. En ella podrán alojarse algunos de los que pertenecen a la Obra y un grupo de universitarios. La carencia de medios materiales no es un obstáculo insuperable. Como dirá el Fundador:

«En el Opus Dei estamos acostumbrados a comenzar las labores cuando el Señor quiere: porque los medios vienen después, si el Señor ve nuestro amor»(10). Y más adelante:

«Teníamos bien poco -ningún medio humano y mucha juventud, mucha inexperiencia y mucha ingenuidad-, pero lo teníamos también todo: la oración, la gracia de Dios, el buen humor el trabajo, que siempre han sido y serán las armas del Opus Dei»(11).

El Padre traza las líneas maestras de lo que debe ser la futura Residencia y encarga algunas gestiones a Isidoro Zorzano, Ricardo Fernández Vallespín, Juan Jiménez Vargas y José María González Barredo.

Los miembros de la Obra, y también los amigos que frecuentan Luchana, se lanzan, en el verano de 1934, a buscar un local adecuado. Dividen Madrid por zonas. En el mes de agosto, se encuentra una casa próxima a la Ciudad Universitaria, en el número 50 de la calle Ferraz. Se trata de un edificio grande, de buena construcción, con dos departamentos en cada piso. El plan es alquilar la primera planta completa para instalar la Residencia, y uno de los correspondientes a la segunda para trasladar allí las aulas de la Academia “DYA”. Los trámites se llevan a cabo directamente con el propio dueño del inmueble, don Javier Bordiú, ingeniero de Minas, hombre de bien a quien el Padre llegará a tener mucho cariño, y que vive con sus hijos en el piso principal. Cada uno de los departamentos cuesta, en alquiler, cuatrocientas pesetas al mes, lo que arroja un total de mil doscientas. Además, al firmar el contrato hay que adelantar la primera mensualidad como garantía. Ricardo Fernández Vallespín, que ha terminado su carrera, figura como director de la Residencia.

Y así empieza la odisea económica de Ferraz, que no consiguió minar ni la fe ni el buen humor de todos, aun cuando hubo momentos de auténtica imposibilidad.

Se consiguieron, en total, unos miles de pesetas para pagar la fianza y afrontar los primeros gastos: obras de albañilería que habían de unir los dos departamentos del primero, e instalación de los servicios indispensables a una Residencia. Ahí se acabó el dinero disponible, y aún no se había iniciado el capítulo de muebles y enseres de todo tipo.

Sin embargo, en medio de la falta de medios materiales, el Padre no cae nunca en la pobretería. Reúne a los miembros de su familia -doña Dolores, Carmen y Santiago-, y les da cuenta por vez primera de su vocación, de la especial llamada que ha recibido de Dios el 2 de octubre de 1928. Les pide su colaboración económica con el patrimonio familiar: unas tierras valiosas que han heredado en Fonz, en la provincia de Huesca.

Ninguno tiene la menor vacilación. Quedan en vender esas propiedades. Si Josemaría lo necesita, para servir a Dios, todo es suyo. Solamente Santiago interviene para decir, bromeando, con un divertido neologismo:

«¡Ah!, entonces por eso te “ciliciabas”»(12).

Ha presenciado repetidamente la preocupación de su madre y hermana por la vida de trabajo y penitencia intensa que lleva el Fundador de la Obra. Ahora, por lo menos, cuenta con una explicación a que atenerse.

En el mes de septiembre se amuebla la casa. El comedor, la sala de visitas, el vestíbulo. También se llegan a instalar lámparas en los dormitorios; pero el dinero del que por ahora dispone solamente cubre lo necesario para montar una habitación-piloto, con dos camas, armario, mesitas de noche, mesa de trabajo y sillas. Se ha logrado comprar el menaje de cocina y la vajilla.

La ropa viene, a crédito, de los Almacenes Simeón. Trabaja en este comercio, como jefe de sección, un antiguo proveedor de la familia del Padre: Casimiro Ardanuy. Todos los colchones, mantas y enseres que no se pueden colocar por falta de muebles, se reúnen en una habitación a la que llaman almacén.

«En aquellos tiempos disponíamos de muy pocos muebles. Teníamos ropa, que me habían dado en unos grandes almacenes a crédito, para pagarla cuando pudiera. Y no teníamos armarios para guardarla. En el suelo habíamos puesto con mucho cuidado unos papeles de periódico, y encima la ropa (…). Y encima, más papeles, para resguardarla del polvo»(13).

El Padre elige la habitación para el oratorio: grande, con entrada muy próxima al vestíbulo principal y una ventana de tamaño regular que se abre a un patio silencioso. Los cristales se cubren con papel que imita el cristal emplomado.

Allí se monta, en principio, una mesa amplia con un crucifijo y dos candeleros. Un banco, que ya estaba en Luchana, se divide en dos y ocupa los laterales. Junto al altar, un reclinatorio.

A lo largo del curso, el oratorio se va completando. Ya se ha conseguido un altar de madera, con frontal liso y adecuado para adosar una armadura de madera forrada con tela del color litúrgico del día. Al principio sólo existe el blanco. También los únicos ornamentos que tienen son de este color.

En este primer oratorio de la Obra, el Padre vuelca su ilusión de tanta espera. Han pasado seis años y nunca ha dejado de soñar con el momento en que Cristo Hombre, Pan Eucarístico, fuerza y sangre de toda la vida del cristiano, pueda venir a ser amado, adorado, bajo el techo del Opus Dei. Querría tener, para recibir este primer sagrario, los medios con que el amor humano demuestra su grandeza. Y, en la escasez en que se mueve, enseña a todos que el oratorio es lo primero. Y les dice que, algún día, cuando tengan más posibilidades, habrán de ponerlas en este lugar, a los pies del sagrario.

El Padre, al concluir aquella semi-instalación, se reviste con un roquete de encaje confeccionado por su hermana Carmen. Toma en sus manos el agua bendita e invoca la protección del Cielo para todas las dificultades, y también para las alegrías que les aguardan. Bendice especialmente aquel hogar en el que ahora, mejor que nunca, empezará a formar en el espíritu de la Obra a los primeros.

«Me traje del Rectorado de Santa Isabel un acetre con agua bendita y un hisopo (…). También (…) una estola y un ritual, y fui bendiciendo la casa vacía: con una solemnidad y alegría, ¡con (14) una seguridad!… »

Pocos días más tarde aparece un flamante anuncio en los periódicos dando a conocer la nueva Residencia, y se habla de ella entre los estudiantes de varias Facultades. Pero da comienzo el curso académico y no llega solicitud alguna. Fallan todos los cálculos económicos tan cuidadosamente medidos por Isidoro y basados en que estuviera llena la casa. Los acontecimientos del país contribuyen a esta desbandada: en octubre se proclama la huelga general que culmina con la revolución de Asturias y Cataluña. Se aplaza la apertura de la Universidad para evitar disturbios.

Pero la fe del Padre no flaquea, las cosas de Dios exigen fortaleza y paciencia. Hay que correr con las dificultades de este primer año, que se presenta arduo. Ricardo Fernández Vallespín, desde su responsabilidad de director, aún recuerda los agobios económicos del curso 1934-35. No hay dinero para el alquiler, ni para las tiendas de comestibles, ni para los plazos de la ropa… Para nada. Alguna vez, la imposibilidad material de sacar aquella casa de la Obra adelante le hace llorar, y ya no es un niño, sobre los libros de facturas.

A punto de comenzar las clases sólo llegará un residente: Alberto Ortega. Aún no funciona la cocina, y además resulta más barato llevarle a comer a un restaurante próximo que poner en marcha los servicios generales. Sin embargo, desde que se instala este primer alumno, la casa empieza su vida. A última hora de la tarde de este primer día de rodaje en la Residencia DYA, varios miembros de la Obra que viven en casa de sus familiares abandonan Ferraz 50. Solamente se queda Ricardo Fernández Vallespín, que es el director. El Padre le llama y le da su bendición: por primera vez Ricardo va a pasar la noche bajo el techo de un Centro del Opus Dei.

El Fundador les ayuda constantemente. Avala sus adquisiciones y deudas; habla con el dueño de los pisos de Ferraz; consigue créditos. Y reza incesantemente, porque cree en los proyectos de Dios y en la omnipotencia de la oración. A veces se encierra en una habitación y Ricardo, que es quien más horas permanece en la casa, oye los golpes de sus disciplinas y asiste, distante y estremecido, a penitencias que le conmueven. Tanto más, cuanto que nada en el carácter alegre, abierto y de permanente buen humor, hace sospechar la entrega de este sacerdote que ha puesto su vida entera en las manos de la Providencia.

En el piso de la segunda planta de Ferraz 50 se instala la Academia DYA, que cuenta ya con la experiencia de los meses transcurridos en su primitiva sede de la calle de Luchana. Escribe José Ramón Herrero Fontana, uno de los primeros alumnosls que este centro intentaba formar buenos profesionales de Derecho y Arquitectura. Pero pronto empezaron a acudir estudiantes de otras Facultades, y los idiomas ocuparon, también, un lugar destacado en las clases. El Padre ya piensa en la expansión del Opus Dei por todo el mundo, aunque ahora no es más que «un pequeño grano de mostaza».

Aunque se ha llegado a alcanzar la cifra de catorce residentes, que es la capacidad de la casa, a lo largo de este primer curso de funcionamiento se demuestra la imposibilidad de mantener alquilados los tres pisos con que se contaba en un principio. Es necesario prescindir del segundo y reducirse a los dos departamentos del primero. Para evitar el desánimo, lógico, que pudiera producir esta renuncia, les dirige el Padre una meditación llena de empuje, de esperanza y de sentido sobrenatural, cuyo motivo central repetirá muchas veces y recogerá, años más tarde, en el punto 12 de «Camino»:

«Crécete ante los obstáculos. -La gracia del Señor no te ha de faltar: “ínter medíum montium pertransibunt aquae”! -¡pasarás a través de los montes! ¿Qué importa que de momento hayas de recortar tu actividad si luego, como muelle que fue comprimido, llegarás sin comparación más lejos que nunca soñaste?»

En el siguiente curso de 1935-36, la Academia “DYA” ha pasado a ocupar parte de las dos viviendas del primer piso. Y, ahora que han reducido espacio, llueven las peticiones y la casa se llena por completo de estudiantes. También algunos que ya son de la Obra, como Pedro Casciaro y Francisco Botella, cuyas familias viven fuera de Madrid, trasladan su alojamiento a Ferraz 50. El ambiente es formidablé, y cada vez frecuenta la casa un número mayor de amigos atraídos por la alegría, la fe y la serenidad que neutralizan, incluso, las circunstancias pesimistas del clima político.

A lo largo del tiempo, se conservarán anotaciones, documentos, facturas y toda suerte de recuerdos de estos primeros años. Por ejemplo, recetas económicas redactadas por Isidoro Zorzano, en las que emerge su sentido de la ingeniería mucho más que el del arte culinario. Hay una para hacer croquetas, en la que se agrupan los ingredientes en una columna, en otra el peso, en la siguiente el precio unitario y, en la última, el precio total. Después, añadía: por cada kilogramo de carne, se pueden sacar tantas croquetas.

Pero todos los residentes recuerdan aquel tiempo llenos de gratitud. La casa es una tarea común en la que se sienten implicados. El Padre la ha concebido como un lugar abierto a todos, sin discriminación de ningún tipo. Bastaba tener deseos de aprender y de formarse cabalmente, para encontrar abiertas de par en par las puertas de la Residencia “DYA”.

Uno de los primeros residentes escribe años más tarde: «La ilusión que todos teníamos en conseguir la nueva sede de la Academia-Residencia DYA era una muestra de cómo el Padre nos hacía partícipes de las cosas de la Obra. Realmente la considerábamos como algo nuestro (…). A mí, por ejemplo, estudiante de arquitectura, me hizo un croquis de la futura Residencia, durante un rato de conversación en un retiro mensual»(16).

La necesidad de alquilar un nuevo piso se acoge con gran alegría. Es un año de promesas frente a toda dificultad. Un tiempo para apoyar la confianza en las palabras que el Padre transcribirá, luego, en «Camino»:

«Cuando sólo se busca a Dios, bien se puede poner en práctica, para sacar adelante las obras de celo, aquel principio que asentaba un buen amigo nuestro: “Se gasta lo que se deba, aunque se deba lo que se gaste” » (17).

Ya no es posible volver a alquilar el segundo, devuelto al dueño del inmueble. Y, como no caben, han de tomar otro piso en la misma calle de Ferraz, número 48. Allí se traslada, otra vez, la Academia “DYA”. Esta es una casa vieja, de dos plantas. No tiene calefacción y es heladora: se la denomina, con buen humor, «Siberia».

La contradicción de los buenos

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Era media tarde cuando el Fundador del Opus Dei llegó a Diego de León, 14. Dos o tres estudiantes estaban sentados en el banco del amplio zaguán, al pie de las escaleras que dan acceso a la zona de representación de esa casa. Les saludó, les preguntó qué estaban estudiando, se quedó un rato con ellos. Entre­tanto, fueron llegando otros, que volvían de sus clases. Trataron de retenerlo contándole algunas anécdotas de su labor apostó­lica, y uno empezó a hablar de un compañero que había participa­do tiempo atrás en una manifestación en la que se oyeron también algunos gritos contra el Opus Dei… Inmediatamente, antes de que el chico pudiera seguir, el Fundador de la Obra le interrumpió con unas palabras parecidas a las siguientes: Pues hacía muy bien. Estaba en su derecho: si pensaba así, debía hacerlo.

Luis Calle entró en ese momento, a tiempo de oír que luego ese estudiante había conocido a fondo la Asociación, y pidió ser admitido… Advirtió de quién se hablaba, y se adelantó: ‑Era yo, Padre. Mons. Escrivá de Balaguer sonrió. Le abrazó con fuerza y, mirándole con mucho cariño, le habló de perseverancia, mientras le hacía la señal de la cruz en la frente.

La anécdota es expresiva, a mi juicio, del profundísimo amor que el Fundador del Opus Dei tuvo siempre por la libertad. Era una de las razones que le llevaban a disculpar y comprender, incluso, a quienes no le comprendían o llegaban a insultar a la Obra. Nunca se defendía, si se trataba de su persona. No obstante, si se referían al Opus Dei, sabía dejar la verdad bien manifiesta, perdonando a las personas sin ceder a sus ofensas. como un buen hijo no tolera que maltraten a sus padres.

Este talante explica que mirara con afecto a los románticos del siglo XIX. En la Pascua de 1974 hablaba de ellos a unos, estudiantes universitarios de todo el mundo en estos términos:

Tenían toda una ilusión romántica, se sacrificaban y lucha­ban por alcanzar esa democracia con la que soñaban, y una libertad personal con responsabilidad personal.

Así hay que amar la libertad: con responsabilidad perso­nal. (…) Pienso que soy ‑les decía bromeando‑ el último romántico, porque amo la libertad personal de todos ‑la de los no católicos también‑ (…) Amo la libertad de los demás, la vuestra, la del que pasa ahora mismo por la calle, porque si no la amara, no podría defender la mía. Pero ésa no es la razón principal. La razón principal es otra: que Cristo murió en la Cruz para darnos la libertad, para que nos quedáramos in libertatem gloriae filiorum Dei.

La primera anécdota la presencié en el zaguán de Diego de León el 12 de abril de 1972. Pero bien podía haber ocurrido treinta años antes, pues fue allí, en esa casa de Diego de León, donde el Fundador del Opus Dei, que conocía el duro sabor de las contradicciones desde 1929, sufrió, a partir de 1940, graves y duras calumnias, que Dios le ayudó a sobrellevar con alegría, con sentido sobrenatural, y con una alta dosis también de respeto por la libertad ajena.

En los primeros años fundacionales, había sentido ya la amargura de la incomprensión. Lo dejó escrito, con visión de futuro, en 1932:

Comprensión, pues, aunque a veces haya quienes no quieran comprender: el amor a todas las almas os ha de llevar a querer a todos los hombres, a disculpar, a perdonar. Debe ser un amor que cubra todas las deficiencias de las miserias hu­manas; debe ser una caridad maravillosa: veritatem facientes 111 caritate (Ephes., IV, 15), siguiendo la verdad del Evangelio con caridad.

Tened en cuenta que la caridad, más que en dar, está en comprender. No os escondo que yo estoy aprendiendo, en mi propia carne, lo que cuesta el que a uno no le comprendan. Me he esforzado siempre en hacerme comprender, pero hay quienes están empeñados en no entenderme. También por esto quiero comprender a todos; y vosotros siempre debéis esforzaros en comprender a los demás.

Con espíritu de comprensión y con afán de verdad, he intentado escribir las páginas que siguen. Por eso, aunque contienen forzosamente referencias a equivocaciones y errores tremendos que cometieron personas de carne y hueso, sus nombres no se citan, ante todo, por fidelidad a la persona que las sufrió en su propia alma. E1 Fundador del Opus Dei, no sólo comprendió y perdonó desde el primer momento, sino que, a la vez, prohibió a los socios de la Obra que hablasen, ni siquiera entre ellos, de esos sucesos, para no dar nunca ni la menor ocasión a posibles faltas de caridad. Les indicó, además, que si personas ajenas a la Asociación planteaban el tema en sus conversaciones, ellos debían limitarse a exponer la verdad con sencillez, a aludir a que perdonaban, a olvidar, y a seguir trabajando sin dar más importancia a dimes y diretes, por insidiosos que fueran.

No era éste un consejo de circunstancias. El Fundador del Opus Dei había inculcado desde siempre ese enfoque recio de la caridad. Antes de que tuviese que sufrir en su carne mezquinas trapisondas y gravísimas calumnias, su rica vida interior le había ido preparando para pasar por encima, llevándolas con dolor, en silencio, sin una queja. Las disposiciones de su alma habían quedado reflejadas, tiempo atrás, al redactar algunos puntos de Camirio, publicado en 1939:

Se han desatado las lenguas y has sufrido desaires que te han herido más porque no los esperabas.

Tu reacción sobrenatural debe ser perdonar ‑y aun pedir perdón‑ y aprovechar la experiencia para despegarte de las criaturas (Camino, 689).

Cuando venga el sufrimiento, el desprecio…, la Cruz, has de considerar: ¿qué es esto para lo que yo merezco? (Camino, 690).

Conocí personalmente al Fundador del Opus Dei el 8 de, septiembre de 1960, en el Colegio Mayor Aralar de Pamplona. Estábamos un centenar de estudiantes. Uno le preguntó que cuándo se escribiría la historia de la Obra, y podríamos conoce¡ todo lo que había pasado antes de la aprobación definitiva por la Santa Sede. Respondió con una metáfora que habla de rosas Y espinas. Me quedó grabada la idea: a veces, las espinas hieren a; que corta una rosa; pero prescinde del pinchazo, ante el aroma la belleza de la flor.

Muchos años después he recordado esta imagen, al leer texto‑r de Mons. Escrivá de Balaguer sobre el buen espíritu de los socio:, de la Obra, que no dejan albergar en el corazón más que sentimientos de amor, de comprensión, de perdón sobrenatural. No obstante, a pesar de conocer esa realidad, el Fundador insistiría en no hablar de esos momentos de la historia del Opus Dei, porque ciertas anécdotas podrían provocar, sobre todo en los más jóvenes, una reacción poco mesurada ‑limpia, pero llena de ímpetu juvenil‑, que injustamente pudiera interpretarse como agresiva o poco cristiana.

Realmente Dios quiso servirse de personas, convencidas de que luchaban por una buena causa, para hacer que el Fundador del Opus Dei participase más aún de la Cruz de Cristo ‑quien sufrió antes que nadie la persecución y la calumnia de los buenos‑: a pesar de todo, el Señor escribiría derecho con renglones torcidos.

El 16 de junio de 1974, en Buenos Aires, una madre de familia habló al Fundador del Opus Dei de la vocación de sus hijos, que algunos no entendían. Mons. Escrivá de Balaguer respondió con una pregunta: qué sería de un cuadro si todo estuviera lleno de luz, y no hubiera sombras… ¡No habría cuadro! De modo que es conveniente que algunos no entiendan. Además, cuando llegan a entender les da mucha vergüenza, y se hacen santos.

Tenía experiencia personal desde 1929. Las incomprensiones se localizaban una a una, porque la Obra entonces apenas era conocida. Pero todas tenían idéntica raíz: un puro no entender el mensaje nuclear del Opus Dei, que lleva la santidad al centro de la vida ordinaria. A muchos pareció locura, como vimos. Otros, simplemente, se aferraban a los esquemas conocidos, que son siempre válidos para los que tengan esa vocación. Si un muchacho mostraba deseos de mayor compromiso en su vida cristiana, no tenía otro camino que ingresar en un seminario o en un noviciado. No concebían que también pudiera seguir en el mundo, pugnando por la santidad, sin cambiar sus circunstan­cias familiares y profesionales.

Fue después de 1939 cuando arreciaron las dificultades, especialmente en Madrid y en Barcelona. El Fundador del Opus Dei, al principio, no quería creer que estuviera ante una auténtica y tenaz campaña, pero las pruebas adquirieron tal peso que no tuvo más remedio que rendirse ante la evidencia.

Llegaron a intranquilizar la conciencia de los padres de los socios de la Obra. Unas veces era en el confesonario. Otras yendo expresamente a visitar a las familias. Como anécdota significativa de la novedad del mensaje del Fundador del Opus Dei, don Amadeo de Fuenmayor relató lo que sigue a un periodista, el día que falleció Mons. Escrivá de Balaguer: “Tal vez porque hoy se cumple el primer aniversario de la muerte de mi madre, me viene ahora al recuerdo algo que ella me refirió en el año 1941… Me contó que una persona le acababa de visitar para advertirle que su hijo estaba en peligro de condenación; y al preguntarle yo si le había explicado el motivo de ese tan terrible parecer, dijo que a los socios del Opus Dei nos tenían alucinados, porque nos hacían creer que se puede ser santo en medio del mundo”.

Aquella persona, que no conocía de nada a la madre de Amadeo de Fuenmayor, fue a verla en Barcelona, con ocasión de un viaje que ella hizo desde Valencia, donde vivía. Le dijo además que podía y debía disuadir a su hijo Amadeo del camino que había emprendido, sin que fuera obstáculo la circunstancia ‑que él probablemente alegaría‑ de que ya era mayor de edad. Y le previno contra don Antonio Rodilla, Vicario general de la diócesis de Valencia, porque “era de los suyos”. El panorama quedaba así cerrado, pues ella no podía acudir al Arzobispo ‑don Prudencio Melo y Alcalde‑ por ser el prelado persona de edad avanzada.

“No he de decir ‑concluye don Amadeo de Fuenmayor‑ el tremendo disgusto que sufrió mi pobre madre, que tuvo que guardar cama durante varios días. Después todo se aclaró para ella, por intervención de don Antonio Rodilla, al que acudió en consulta, trocando su disgusto en alegría grande, porque su hijo había encontrado un camino de santidad en el mundo”.

Muchos padres y madres lloraron. Les anunciaban efectiva­mente que sus hijos estaban en una cosa herética, y que se iban a perder. Todo, porque no comprendían el alcance de la predica­ción del Fundador del Opus Dei acerca de la llamada universal a la santidad. Muchos años después, al comenzar el curso 1970‑71, lo recordaría el Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla, a los estudiantes del Colegio Mayor Universitario Guadaira. Les definió el Opus Dei como un fenómeno espiritual nuevo en la vida de la Iglesia: “Esta misma novedad ‑se lee en una crónica de la prensa Sevillana de aquellos días‑ fue lo que provocó, hace años, la incomprensión de algunas personas, que no compren­dieron su carácter laical eminentemente apostólico y sobrena­tural”.

El propio don Antonio Rodilla manifiesta ahora: “Fue per­seguido, acusado falsamente y calumniado en público. Yo mis­mo tuve que deshacer embustes entre Prelados y Consiliarios nacionales de A. C.

“Había ferocidad y pertinacia en la persecución. No oí calumnias ni acusaciones contra su vida privada, pero sí respecto de sus actuaciones apostólicas, cuyos fines se consideraban aviesos, y acerca de su ortodoxia.

“En el noviciado de una benemérita Congregación de religio­sas se le presentó como el anticristo, y se dijo y repitió por muchos, en muchos ámbitos religiosos, que se trataba de una nueva herejía.

“(…) Se amañaba una anécdota mezclando datos verdaderos y evidentes con otros inventados e irritantes. Producida la irritación, necesitaba ésta cebarse hasta la ceguera y corría como un incendio forestal no sólo entre resentidos, siempre hambrien­tos de morder, sino entre los más sensibles contra las injusticias, y malos con buenos se unían contra el inocente calumniado: don Josemaría y su Obra eran una organización secreta, clandes­tina y herética”.

Una de estas habladurías se centró sobre la Residencia de estudiantes en la calle de Jenner. Corrió la voz por Madrid de que su oratorio estaba lleno de signos cabalísticos. Simplemente sucedía que en la parte central de un friso sobre el altar, estaba grabado aquel verso de un himno litúrgico: Congregavit ríos in unum Christi amor. En los laterales del friso se había puesto una frase de los Hechos de los Apóstoles: Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, in communicatione fractionis panis, et orationibus (Act., 11, 42). Las palabras iban separadas por símbolos eucarísticos y litúrgicos: los panes, la espiga, la vid, el lumen, la paloma, la cruz… Éstos eran los signos cabalísticos y jeroglíficos.

Otra historia que dio que hablar fue la del oratorio elíptico en la casa de la calle Diego de León. El P. Severino Álvarez, dominico, Decano de la Facultad de Derecho Canónico del Ange­licum de Roma, contaba en 1950 que tiempo atrás se había recibido en el Santo Oficio una denuncia contra el Opus Dei, en la que entre otras cosas, se indicaba que el oratorio de un centro que tenía en Madrid era elíptico. El Maestro General de los Dominicos, aprovechando que el P. Severino venía a España, le encargó que viera personalmente qué tenía de malo el oratorio en cuestión. El P. Severino se presentó en Diego de León y lo examinó con todo detalle. Comentaba, medio indignado, medio riéndose, qué podía tener de malo aquel oratorio, instalado en un salón de planta en cierto modo parecida a una elipse, la habitación más digna y más capaz de la antigua casa de la familia López Puigcerver.

Todos los testigos coinciden en que la reacción del Fundador del Opus Dei fue siempre sobrenatural. Ofrecía su Misa por los que le calumniaban, y animaba a los socios de la Obra a que hicieran por ellos mortificaciones duras, incluso, corporales. Ni una palabra de falta de caridad ‑expone don José Luis Múzquiz‑ se escapó de sus labios: era verdaderamente heroico, pues sufría mucho, porque a su labor apostólica intensísima se unía este peso de la contradicción de los buenos.

En 1941, la contradicción se hizo especialmente aguda en Barcelona. Un buen grupo de chicos iba por el Palau, un pequeño piso en la calle Balmes, cerca de la de Aragón, alquilado por Alfonso Balcells, quien, aunque no había pedido la admisión en el Opus único con la carrera terminada.

A pesar de que por aquellos días no debían pasar de media docena los que en Barcelona habían pedido la admisión en el Opus Dei ‑todos aún estudiantes‑, se armó mucho ruido contra la Obra. En una ocasión, don Pascual Galindo, sacerdote amigo del Fundador, fue a la Ciudad Condal y estuvo en el Palau. Al día siguiente celebró Misa en un colegio de monjas situado en la esquina de la Diagonal y la Rambla de Cataluña. Le acompañaron algunos del Palau, que asistieron a Misa y comulgaron. La Superiora y alguna otra monja allí presente quedaron muy edificadas por la piedad de esos jóvenes estudian­tes, y les invitaron a desayunar con don Pascual Galindo. En pleno desayuno don Pascual dijo a la Superiora: “Estos son los herejes por cuya conversión me pidió usted que ofreciera la Misa”. La pobre monja ‑recuerda uno de ellos‑ a poco se desmaya: le habían hecho creer que éramos una legión numero­sísima de verdaderos herejes y se encontró con que éramos unos pocos estudiantes corrientes y molientes que asistíamos a Misa con devoción y comulgábamos”.

En la Universidad eran tachados de herejes en público. Se les calificaba como gente rara. Pero su comportamiento era en todo normal, sin una palabra de queja o de amargura. Seguían el ejemplo y el consejo del Fundador: callaban, trabajaban, son­reían, perdonaban. Y veían todo aquello como algo providencial, que Dios haría fructificar para bien. Rafael Termes, entonces director del Falau, dio una gran alegría al Fundador, al escribirle desde Barcelona que podía estar tranquilo con ellos, pues ni una palabra de falta de caridad se había escapado de sus labios.

Aunque en el Palau no había oratorio, se había puesto una cruz de palo, como esa cruz de madera negra, sin brillo y sin imagen del Crucificado, descrita en 1934 en Consideraciones Espirituales: Dei, quiso facilitar la gestión, porque era el Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú.

Se difundió por Barcelona que se crucificaban en esa pobre cruz, que había unos estudiantes que hacían ritos sangrientos en la calle Balmes.

A don Josemaría le dolió una vez más esta absurda afirma­ción. Pero su prudencia le llevó a hacer sustituir esa cruz por otra muy pequeña: Así no podrán decir -bromeó- que nos crucificamos, porque no cabemos.

Fray José López Ortiz corrobora que el Fundador del Opus Dei, ante esos y otros ataques y enredos, lo pasó mal, pero “no sufría por su persona, sino por el Señor, por la Iglesia, por la Obra y por las almas. A él personalmente no le importaba ni su honra ‑con tanta calumnia encima‑, ni su prestigio, ni su fama, ni nada: era ejemplarmente humilde”.

La situación llegó a extremos de tal gravedad que no podía ir por Barcelona, pues corría el riesgo de ser detenido. A pesar de todo, hizo algún viaje desde Madrid, en avión, regresando en el día, para no tener que alojarse en ningún hotel. Su billete iba a nombre de Josemaría E. de Balaguer, a fin de no poner en marcha a la policía, pues se le conocía más como P. Escrivá. Le había dado este consejo el Nuncio, Mons. Cicognani.

Era entonces Gobernador civil de Barcelona Correa Veglison. Años después, el doctor Balcells le habló de aquel viaje: “Me alegro ‑dijo Correa‑ de no haber sabido que fue entonces Monseñor Escrivá a Barcelona: tales eran las cosas que decían de él que hubiera enviado la policía al aeropuerto a detenerlo”.

En aquella época, la Abadía de Montserrat era uno de los centros más importantes de espiritualidad en toda España. Afortunadamente, don Aurelio M. Escamé, Abad‑Coadjutor de Montserrat, se dirigió al Obispo de Madrid pidiéndole informa­ción sobre el Opus Dei. La respuesta de don Leopoldo Eijo y Garay al Abad Escarré lleva fecha del 24 de mayo de 1941: “Ya sé el revuelo que en Barcelona se ha levantado contra el Opus Dei. Bien se ve la pupa que le hace el enemigo malo. Lo triste es que personas muy dadas a Dios sean el instrumento para el mal; claro es que putantes obsequium se praestare Deo “. Don Leopoldo añade que sabe todo sobre la Obra, porque “desde que se fundó en 1928 está tan en manos de la Iglesia que el Ordinario diocesano, es decir, o mi Vicario General o yo, sabemos, y cuando es menester dirigimos, todos sus pasos; de suerte que desde sus primeros vagidos hasta sus actuales ayes resuenan en nuestros oídos, y… en nuestro corazón. Porque, créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos”.

En su carta, el Obispo de Madrid se detiene en la descripción de las virtudes sacerdotales ‑incluida la extrema docilidad a su prelado‑ del Fundador del Opus Dei, y sale al paso de la específica calumnia relativa al secreto de la Obra: “La asociación secreta, que dicen los denigradores, no ha nacido sino con la bendición de la autoridad diocesana, y no da paso de alguna importancia sin pedirla, amén de la aprobación”. La discreta reserva ‑nunca secreto‑ que el Dr. Escrivá inculca es “el antídoto contra el faroleo, la defensa de una humildad que él quiere que sea colectiva, no sólo individual”. “No merece más que alabanzas el Opus Dei ‑concluye don Leopoldo‑; pero los que lo amamos no queremos que se lo alabe, ni se lo pregone”, porque su único afán es “trabajar calladamente, con humildad, con alegría interna, con entusiasmo apostólico que no se desvir­túe, precisamente porque no se desborda en ostentaciones”.

Esta carta tuvo gran importancia, pues varias familias encontraron apoyo y consuelo en Montserrat, y pudieron tranqui­lizar sus conciencias. El Rector del Seminario de Barcelona, Vicente Lores, que envió el 11 de julio de 1941 un extenso escrito sobre el Opus Dei a Mons. Díaz Gómara, Obispo Administrador apostólico de Barcelona, acompañaba su informe con una copia de esa, para él, “carta definitiva”: “Su lectura desvanece todo género de duda en los más exigentes”.

Entretanto, en Madrid iba alcanzando su punto de máxima gravedad la calumnia que tachaba a los socios de la Obra de masones. A pesar de lo absurdo de esta calumnia, llegaron a denunciar al Fundador ante el Tribunal de Represión de la Ma­sonería.

Acusaban al Opus Dei de ser “una rama judaica de los masones”, o “una secta judaica en relación con los masones”. El general Saliquet, Presidente del Tribunal, puso punto final a la historia. Cuando le hablaron de los socios del Opus Dei como ciudadanos y cristianos corrientes que no se diferenciaban en nada de sus colegas, como gente limpia, honrada y trabajadora, de vida casta…, preguntó: ‑¿Pero viven la castidad? Le dijeron que sí, y él contestó: ‑Entonces no hay que preocuparse: si viven la castidad, no son masones, pues no conozco masones que sean castos. Y dio carpetazo al expediente.

No obstante, todo aquello había hecho sufrir también al Fundador del Opus Dei. El P. Sancho, O.P., refleja que un día, al terminar su clase en Diego de León, 14, subió al cuarto de trabajo de don Josemaría, junto al oratorio, y lo encontró muy apenado. Mons. Escrivá de Balaguer le explicó que habían hecho unas denuncias de que somos masones, y le hizo notar que el posible motivo de la calumnia no podía ser más que la naturalidad con que vivían los socios del Opus Dei, fieles corrien­tes, ciudadanos como los demás, que no pregonaban su dedica­ción interior a Dios en la Obra, entonces en gestación jurídica dentro de la Iglesia.

El P. Sancho le consoló como pudo. Se daba cuenta de las graves consecuencias que una acusación de ese estilo podía tener en aquel momento de la vida española. “Ese día ‑anota también‑ en que el Padre estaba tan dolido después de toda aquella noche de sufrimiento y oración, destacaba su espíritu sobrenatural. Él siempre lo llevaba todo a Dios, siempre; y ofrecía al Señor sus sufrimientos con serena alegría”.

Y don Antonio Rodilla añade: “No habría sido cabal prueba si él no hubiese sentido el dolor y la vergüenza de arañazos y mordiscos y bofetones y salivas. Los sintió y es posible que le arrancaran lágrimas y dieran zozobras, pero no perdió un instante el amoroso abrazo a su cruz ni el amor a sus persegui­dores”.

En medio de estas duras pruebas, no le faltó el aliento y el consuelo de la fidelidad de los socios de la Obra. Pero también muchas otras personas supieron estar junto a él, con visión sobrenatural y lealtad humana. Como certifica el P. Sancho, “gracias a Dios que todos los obispos, todos, se pusieron de su parte; especialmente le quería y le bendecía con predilección el Obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay”.

Es justo subrayar ‑con el P. Sancho‑ la firme y clara actitud que adoptó en todo momento don Leopoldo Eijo y Garay.

Siempre difundió ideas semejantes a las que en mayo de 1941 comunicaba al Abad Escarré.

Monseñor Castán, entonces obispo auxiliar de Tarragona, supo por don Leopoldo que un día fue una comisión a hablar con él para acusar y denunciar al Opus Dei, sugiriéndole que inter­viniera contra la Asociación y contra su Fundador. Don Leopoldo les dejó hablar y luego apostilló tajantemente que había actuado directamente y con pleno conocimiento de causa en su aproba­ción. Mons. Castán recuerda con certeza unas palabras textuales que el obispo de Madrid pronunció en esa ocasión: “Esa criatura ha nacido en estas manos”.

El P. Carlos Calaf, operario diocesano, relata otra anécdota semejante, que localiza en 1940. El propio don Leopoldo se la contó. El día de la Procesión del Corpus iba a su derecha, llevando una barra del Palio, un joven que había dicho alguna cosa menos conveniente contra el Opus Dei; y, “aun llevando el Santísimo en la mano ‑me decía el Patriarca‑, me dirigí a él y le dije: mira. por lo que más vale en el mundo y lo que más estimo, que es Jesús Sacramentado, no ataques, no digas nada en desdoro de esa Obra, que la quiero como a la niña de mis ojos”.

Hace mucho tiempo, muchísimo ‑evocaría el propio Fundador del ­Opus Dei‑, cuando vivía en Lagasca, una noche, estando ya acostado y empezando a conciliar el sueño ‑cuando dormía, dormía muy bien; no he perdido el sueño jamás por las calumnias, persecuciones y trapisondas de aquellos tiempos‑, sonó el teléfono. Me puse y oí: Josemaría…Era don Leopoldo, entonces obispo de Madrid. Tenía una voz muy cálida. Ya muchas otras veces me había llamado a esas horas, porque él se acostaba tarde, de madrugada, y celebraba la Misa a las once de la mañana.

Qué hay?, le respondí. Y me dijo: ecce Satanas expetivit vos ut cribraret sicut triticum (Le., XXII, 31). Os removerá, os zarandeará, como se zarandea al trigo para cribarlo. Luego añadió: yo rezo tanto por vosotros… Et tu… confirma filios tuos! Tú, confirma a tus hijos. Y colgó. ¿Bonito, verdad?

Para más de uno, la actitud del Patriarca no acababa de tener explicación. Lo consideraban un obispo de corte tradicional, proclive a la estima de un “clero serrano, escalafonado, rural”, que “amparaba decisivamente una experiencia como la del Opus Dei, de signo contrario”. Así lo esboza el P. Federico Sopeña en su libro Defensa de una generación. El P. Sopeña cita también una anécdota que debió tener amplia difusión por los años cuarenta: el Patriarca, antes de dar la comunión a un conocido seglar, le dijo con decisión: “quien critica al Opus Dei, critica al Patriarca”.

El 25 de junio de 1944 don Leopoldo Eijo y Garay confirió el sacramento del Orden a los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Ese día fue a almorzar a Diego de León, 14, y después estuvo charlando con un buen grupo de socios de la Obra que habían venido de otras ciudades a la ordenación. Les confió que, en algún momento, había temido que reaccionaran con violencia o con faltas de caridad, pero se quedó muy tranquilo un día, cuando don Álvaro del Portillo le dijo, mirando el crucifijo:

‑;No! Les perdonamos y además les agradecemos todo. Por qué se ha de enfadar el enfermo con el bisturí, y más si el bisturí es de platino?

Don Álvaro del Portillo había aprendido del Fundador a perdonar, a contemplar en todo aquello la mano de Dios, que quería purificarle a él y al Opus Dei. “¡Cuánto debe a sus perseguidores!”, exclama don Antonio Rodilla: le empujaban a la oración, a la humildad, a la mortificación, a la más heroica caridad, a la formación sobrenatural de los socios del Opus Dei.

Les enseñó ‑con su ejemplo y su palabra‑ a perdonar desde el primer momento a los obcecados detractores. Cuando alguien le daba noticia de una nueva falsedad ‑y eso ocurría a menudo varias veces al día‑ lo primero que hacía era invitarle a rezar un Padrenuestro o un Avemaría por quien le había calumniado. Para referirse a ellos, y a su conducta, empleaba siempre una expresión significativa, que compendiaba su reacción sobrenatu­ral: era la contradicción de los buenos, que obraban putantes obsequium se praestare Deo, creyendo que prestaban un servicio a Dios.

“Jamás le vi una reacción de rencor ‑confirma por su parte el dominico P. Sancho‑. No era él hombre para eso, sino para comprender, perdonar y olvidar. Reaccionaba siempre sobrena­turalmente y con mucha mansedumbre”.

Fray José López Ortiz marca la misma idea: “Sufría mucho, porque él tenía un espíritu muy grande y abierto, un corazón magnánimo”.

Muchos años después, en Buenos Aires, Mons. Escrivá de Balaguer aludiría de pasada a aquellos momentos tremendos de los años cuarenta:

Poned siempre el signo más, que es la Cruz, la adición. De esa manera atraeréis, no repeleréis. ¿Y si os insultan? Más que a mí, me parece que no: …;como un trapo! Llegó un momento en el que tuve que ir una noche al Sagrario, allí, en Diego de León, a decir: Señor ‑y me costaba, me costaba porque soy muy soberbio, y me caían unos lagrimones…‑, si Tú no necesitas mi honra, yo ¿para qué la quiero?

El Fundador del Opus Dei, que tenia también en lo humano una gran sensibilidad, no pudo dejar de sentir el peso de tanta basura amontonada sobre él. Perdonó y ayudó a perdonar a todos, desde el primer momento. Pero los que estaban cerca de él, no olvidan que, por los años 1940 y 1941, había a veces días tan duros que, al atardecer, no podía literalmente sostenerse en pie, porque el cuerpo se le rendía. Se le veía agotado, por el trabajo constante ‑tenía fuerzas para impulsar la labor del Opus Dei por toda España, como si no pasara nada: era el motor del apostolado, empujando a los socios de la Obra, y haciendo continuos viajes a muchas ciudades del país‑, y porque le daban mucha pena las posibles ofensas que se hacían a Dios, y la confusión que se sembraba en tantas almas. De sí mismo se olvidaba, y por eso estaba feliz y alegre, con su buen humor habitual, y su sonrisa de siempre.

El 27 de junio de 1975, en La Vanguardia Española de Barcelona, Alfonso Balcells Gorina, testigo de excepción de las dificultades en aquella ciudad, redactó a vuelapluma: “Cuando al principio de los años cuarenta hubo en Barcelona incompren­siones y calumnias, nos enseñó el amor a la libertad y el respeto a la libertad de todos, y quiso que en el Colegio Mayor Monterols la inscripción Veritas liberabit vos presidiera su oratorio. Años antes de nuestra guerra, en la primera residencia de estudiantes, en Madrid, como luego en tantas otras, hizo poner en lugar visible el Mandatum novum: `amaos los unos a los otros…’ para que quedara bien grabado en la mente de todos que el espíritu de aquella casa y del Opus Dei parte de una pedagogía de amor”.

El Fundador del Opus Dei, maltratado, nunca dejó de sentirse feliz en medio del dolor. Sobrellevó todo con gran comprensión y cariño, sin una palabra de queja, saboreando en su oración el lesus autem tacebat, el silencio del Hijo de Dios ante Herodes.

A don Miguel Sancho Izquierdo, su maestro de Derecho natural en la Universidad de Zaragoza, le impresionó siempre esta actitud silenciosa de Mons. Escrivá de Balaguer: mientras nunca defendió su propia honra ‑observa‑, siempre salió en defensa de la Iglesia y del Vicario de Cristo cuando alguien conculcaba su buen nombre.

Fueron años duros ‑escribía para los socios del Opus Dei en 1961 su Fundador‑ porque esas calumnias las hacían llegar hasta lo más alto de la Iglesia, sembrando desconfianzas y recelos hacia la Obra. Yo (…) callaba y rezaba. Pero es lógico que ahora ‑cuando ya han desaparecido bastantes de esas personas que tanto daño pretendían hacer, quizá pensando obsequium se praestare Deo (lo., XVI, 2), que hacían un servicio a Dios; y otras, abriendo los ojos, han cambiado de criterio‑ os diga, por lo menos, que existieron esas contradicciones.

Sin embargo, ni aun entonces quiso que los socios y asociadas que no las habían vivido, conocieran esas páginas de la historia del Opus Dei, para que, ni remotamente, pudiera nacer en sus corazones un resentimiento o un desamor, hacia quienes volun­taria o involuntariamente hayan sido causa de alguno de los sufrimientos, que hemos tenido que padecer.

Hasta el fin de sus días sobre la tierra dio ejemplo de corazón grande, capaz de perdonar sin reservas:

En la Santa Misa me acuerdo de pedir no sólo por mis hijos, por mis padres y mis hermanos, por los padres y los hermanos de mis hijos, sino también por los que están en la tierra y desean molestarnos, y por los que nos han calumniado y ya han ido a rendir cuentas al Señor. Digo: Señor, yo los perdono para que Tú los perdones y para que perdones nuestros pecados. Te ofrezco sufragios por sus almas: los mismos que te ofrezco por mis hijos, y por mis padres, y por los padres de mis hijos. ;Todos igual!

El Señor está contento, y también yo me quedo muy tranquilo. Lo mismo os aconsejo a vosotros: no queráis mal a nadie, nunca. Criar mala sangre sólo lleva a desgracias, ¿y cómo vamos a ser desgraciados, si somos hijos de Dios? Hay que saber perdonar.

Después, si alguno os dice que es heroísmo, os reís. Es una cosa estupenda. ¿Acaso no nos perdona Dios cuando le ofende­mos? ¿Cómo no vamos a perdonar nosotros?

A pesar de esta generosa actitud ‑no exenta de cristiana elegancia, de buen sentido del humor‑, al Fundador del Opus Dei le dolió en carne viva la grave contradicción, que apenas; queda aquí apuntada.

Quizá lo comprenderán mejor quienes vieron, por la pequeña pantalla, las imágenes filmadas el 23 de junio de 1974 en c Teatro Coliseo de Buenos Aires. Una viuda le habló de su hijo único, sacerdote, y Mons. Escrivá de Balaguer seguía sus palabras con una sonrisa amplia, acogedora. Su expresión alegre se fue transformando en gesto serio, preocupado, cuando esa madre ‑en su rostro se notaban las huellas de un profunda dolor‑ le contó entre sollozos que la vocación de su hijo se desviaba del buen camino.

Ese corazón grande y apasionado, que tan fácilmente se identifica con el sufrimiento ajeno, padeció lo indecible en los años cuarenta, porque las tremendas injusticias que sufrió ofendían a Dios, confundían a muchas personas y empecataban el alma de quienes las cometían. El Fundador del Opus Dei, que sabía querer, calló, perdonó y rezó, quitando importancia a su heroísmo: si alguno os dice que es heroísmo, os reís…

Surgía también aquí un rasgo característico de su persona­lidad ‑distraer la atención de su persona, para centrarla en Dios‑, que reflejaba la objetividad propia de la humildad cristiana que vivía. Evidentemente, ofrecer iguales sufragios por los que nos han querido que por los que nos han hecho daño resulta insólito, desproporcionado, heroico. Pero, a quien se comporta así, porque de veras trata de vivir el Evangelio, le parece poca cosa, apenas nada, pues su alma fiel no deja de comparar ese esfuerzo con el Sacrificio divino de Cristo en el Calvario.

Jesucristo muere en la Cruz para redimir a la humanidad entera. Su amor, que nos gana la libertad de la gloria de los hijos de Dios, exige inequívocamente que perdonemos siempre y en todo, aunque humanamente se nos haga duro, difícil de entender y de vivir. Pero el cristiano lo puede todo con la gracia divina. Los brazos abiertos de Jesús en el Madero ‑con gesto de sacerdote eterno, en expresión querida al Fundador del Opus Dei, que tan de cerca sintió la Cruz durante la contradicción de los buenos‑, le ayudaron a sobrellevar con garbo su tremendo peso, objetivamente duro, agotador, difícil de comprender, incluso al cabo de los años.

“Sin miedo a la muerte”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Todo es para bien, cuando se ama a Dios. Omnia in bonum! Es una síntesis rápida de lo que escribió San Pablo: “Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman” (Rom., VIII, 28). Y es una jaculatoria, un pensamiento dirigido a Dios, en el que Mons. Escrivá de Balaguer encontraba el sosiego y la confianza de los que se saben hijos de Dios, la serenidad que difundía por todas partes.

A1 Monasterio de Agustinas Recoletas de Santa Isabel se ofreció como Capellán, en momentos azarosos de la vida española, después de la quema de conventos de 1931. Sor María del Buen Consejo, religiosa de aquella comunidad, siempre lo vio como “un sacerdote ejemplar, muy fervoroso, con grandísimo recogimiento, que hacía compatible con la naturalidad y la alegría”. Tiene grabada “su manera de reírse, quitando impor­tancia a las cosas, serenando el ambiente”.

Era también la época en que acudía asiduamente al Hospital del Rey. Sor Isabel Martín formaba parte de la comunidad de Hijas de la Caridad que trabajaba en aquel hospital de infeccio­sos. No ha olvidado el gozo que emanaba de su persona: “estábamos deseando que llegara, en aquella etapa de inseguri­dad y de probable y próxima persecución”. No era nada grato el ambiente en que se desarrollaba la labor de aquellas monjas. Ni siquiera podían tener oficialmente capellán. Para sor Isabel, “hacía falta ser muy valiente para ejercer el ministerio sacerdotal. Pero don Josemaría Escrivá no tenía respeto humano de nadie ni de nada. Era hombre con suficiente fe sobrenatural y suficiente valor humano”.

Su alegría, en medio de las más tremendas dificultades, tendría especial relieve ‑por contraste‑ cuando llegó la guerra de España. Se ha aludido ya a esa etapa de su vida en algunas páginas, y podrán verse más detalles en el capítulo próximo. Baste ahora apuntar que, tampoco entonces, dejó de abandonar­se en las manos de Dios.

Cuando estalló la guerra, en julio de 1936, don Ricardo Fernández Vallespín estaba en Valencia. Acababa de llegar, para decidir los detalles del alquiler de una casa, con destino a residencia de estudiantes. Las comunicaciones entre Madrid y Valencia quedaron cortadas. Supo, sin embargo, que el 20 de julio la lucha más violenta en Madrid había tenido lugar en el Cuartel de la Montaña, situado justamente enfrente de la residencia del Opus Dei, en la calle de Ferraz, 16: “La formación que habíamos recibido nos había preparado para enfrentarnos sin desánimo ante esta terrible situación. Estábamos convencidos de que la Obra saldría adelante de esta tormenta, pero éramos humanos y no podíamos menos de sufrir pensando en los peligros que corrían en Madrid el Padre y los demás”. Hasta el mes de abril de 1937 no pudo ir a la capital de España. Por aquellos días, el Fundador de la Obra estaba refugiado en un piso, bajo la protección diplomática de Honduras. Cuando Fernández Valles­pín fue a verle, acompañado por Isidoro Zorzano, le impresiona­ron dos cosas: una, su delgadez; otra, ver cómo, con el espíritu de siempre, le animaba por encima de todo a perseverar en el cumplimiento de las normas de piedad que había recomendado a los socios del Opus Dei. En medio de las dificultades, no perdía el norte, y seguía enderezando las almas hacia Dios.

Fue una actitud constante en su vida, que se compendia en la idea que hizo meditar en muchas ocasiones:

‑Nunca pasa nada, aunque se mueva el pavimento; sólo la infidelidad, romper la unión con Dios, es lo grave.

“He tenido la fortuna ‑asegura don Antonio Rodilla‑ de conversar con él muchas y detenidas veces: no recuerdo ni una sola en que la conversación no fuera un continuado acto de fe”. Su alegre esperanza “estaba paradójicamente estimulada por la pena de sentirse pecador”. Esa actitud le recordaba a don Antonio la reacción de euforia que se produce en el que sale con vida de un accidente mortal. Cualquier pena le empujaba a la oración: en ella se afirmaba su paz y su gozo. El Fundador de la Obra era campeón en la fe.

No le faltaron penas en sus 73 años de vida. Aunque sólo muy de tarde en tarde se le escapaba alguna palabra sobre éstas. Como aquel 28 de marzo de 1950, fecha de sus bodas de plata sacerdo­tales en que manifestaba a unas asociadas de la Obra en Roma:

‑Ha sido un día plenamente feliz, cosa no corriente en las fechas destacadas de mi vida, en las que el Señor siempre ha querido mandarme alguna contrariedad.

Y como para quitar importancia a estas últimas palabras, agregaba con una sonrisa:

‑Hasta en el día de mi Primera Comunión, al peinarme el peluquero, me hizo una quemadura con la tenacilla. No era una cosa grave, pero para un niño de aquella edad, era bastante.

Monseñor Escrivá de Balaguer supo mucho de dolores Porque no esquivó el bulto. Y, aunque eran anchas sus espaldas, a veces le abrumaba el peso de su tarea en servicio a toda la Iglesia y a las almas. Hasta sentirse giboso… En junio de 1974, se refería a un cuadro que hay en la sede central de la Obra, en Roma, sobre la puerta que da a un oratorio dedicado a la Sagrada Familia.

Es de un pintor de cuarta o quinta fila ‑se llama Del Arco‑, del tiempo de Velázquez, más o menos: representa un Cristo coronado de espinas, que está giboso, ;giboso!… ;gibo­so!… Como yo me he visto giboso muchas veces, cansado, reventado, llegando al atardecer de esa manera, me consuela mucho pensar en la imagen de Cristo Jesús, tal como viene en ese cuadro. Él era la hermosura, la fortaleza, la sabiduría…, y allí ‑atado a la Columna‑ estaba así. De modo que si alguna vez pesa, y os sentís gibosos, acordaos de Jesús. Jesús, reventado. Jesús que tiene hambre. Jesús que tiene sed. Jesús que se cansa. Jesús que llora. Jesús que sabe ser amigo de sus amigos… Y, sobre todo, Jesús con María y José: es ya el colmo. ;Id ahí, id ahí! ;Aprended! Y entonces andaremos bien.

No es difícil imaginar la vibración de su voz pausada en esos momentos, como para grabar en las almas la imagen del Señor en cada uno de esos instantes de su vida terrena. Seguir los pasos de Jesús era ‑y será‑ la solución de todos los problemas y dificultades. El Fundador del Opus Dei podía hablar por experiencia propia, cuando añadía:

‑No os hagáis ilusiones. Sólo con medios humanos, iremos al fracaso en todo. En cambio, con medios sobrenaturales, saldre­mos adelante siempre. Porque dificultades habrá, tiene que haberlas. No estamos…, desgraciadamente, en la gloria: estamos en la tierra, y tenemos defectos.

Se expresaba con el realismo del que conoce la clave para encontrar gozo en el dolor: saberse hijo de Dios y vivir como tal. La alegría tiene sus raíces en forma de cruz, enseñó. Y durante muchos años, apuntaba al comienzo de su epacta ‑el calenda­rio litúrgico que usan los sacerdotes para saber qué Misa deben o pueden celebrar, y qué partes del Oficio Divino han de leer­ jaculatoria expresiva: in laetitia, nulla dies sine cruce! (¡con alegría, ningún día sin Cruz!).

Había escrito en Camino, 217: Te quiero feliz en la tierra. ‑No lo serás si no pierdes ese miedo al dolor. Porque, mientras “caminamos”, en el dolor está precisamente la felicidad. Fue feliz en medio de infinidad de dolores físicos y morales. No era fácil advertirlos, porque no le hacían perder el buen humor, porque vivía lo que enseñaba: que muchas veces, la mejor mortificación era una sonrisa. Y resulta especialmente difícil sonreír cuando el cuerpo está rendido. Muy probablemente, esa idea ascética ‑la sonrisa como la mejor de las mortificaciones­ la aprendió Mons. Escrivá de Balaguer de su padre, don José, al que nunca había visto triste, aunque fue tratado por el Señor como el Santo Job.

Que estén tristes los que no saben que son hijos de Dios. En la vida del cristiano no puede caber la tristeza, el miedo, la queja, porque sus tesoros son justamente: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel… (cfr. Camino, 194). A su lado muchos aprendieron a no tener miedo a nada ni a nadie, ni a Dios ‑subrayaba‑ que es nuestro Padre y nos quiere más que todos los padres y las madres juntos de la tierra. Y, por eso, llevó fortaleza cristiana a cien­tos de enfermos, a los que ayudó a morir santamente, con la alegría del que sabe por la fe que morir es ir al encuentro del Padre divino. De sus años en el Hospital del. Rey, sor Isabel Martín describe “a enfermas jóvenes, tuberculosas, que recupe­raban incluso la alegría humana aunque fuesen conscientes ¿le que iban a morir. Pero aceptaban la muerte sin tragedia, con naturalidad, con esperanza. Incluso cuidando su aspecto perso­nal para tener la paz de no entristecer a los de alrededor y presentarse con gozo ante Dios.

El Fundador del Opus Dei mostró con su ejemplo que quienes se deciden a seguir las huellas de Jesucristo, no tienen miedo a la vida, ni miedo a la muerte. Y es que quien vive de veras cono hijo de Dios no puede temer la muerte. Recientemente, abriendo el corazón a unos socios de la Obra, en Roma, les decía:

Era muy joven cuando escribí ‑y lo repetiré ahora, con paladeo de miel‑ que Jesús no será mi Juez ni el vuestro: será Jesús, un Dios que perdona.

Le gustaba una canción italiana de los años cincuenu, porque le hacía pensar en su futuro paso al Cielo:

Aprite le finestre al nuovo sole, é primavera, é primavera. Aprite le finestre al nuovo sole, é primavera, é festa dell’Amor.

Muchos conocieron un deseo que manifestó más de una vez: que después de recibir la Extremaunción ‑si el Señor tiene misericordia de mí‑, me canten esa canción. Me llevará perfectamente dispuesto a ir al encuentro de Dios. Me ayuda a hacer oración.

En aquellos años cincuenta, ya en Roma, se agudizó la diabetes que padecía. En 1974 lo detallaba:

Hice que colocaran un timbre en mi habitación, al alcance de la mano. Dije: por lo menos, sueno; y, al oír el escándalo, os venís a darme la Extremaunción. Aquel timbre, una vez puesto en movimiento, tienen que ir lejos a pararlo.

Llegaba la noche, y pensaba: Señor, no sé si me levantaré mañana; te doy gracias por la vida que me concedas, y estoy contento de morir en tus brazos. Espero en tu misericordia. Por la mañana, al despertarme, el primer pensamiento era el mismo.

La situación era muy difícil. Los análisis daban cada semana idénticos y graves resultados, a pesar del riguroso régimen alimenticio y de la alta dosis de insulina que se le aplicaba. El 27 de abril de 1954, poco antes de la una de la tarde, estaba con don Álvaro del Portillo. Acababan de inyectarle insulina retardada: era la hora habitual y se sentía bien. De repente, a poco de recibir la inyección, sufrió un shock anafiláctico. Antes de perder el sentido, en segundos, exclamó, dirigiéndose a don Álvaro:

‑La absolución, la absolución.

Todo sucedió con tal rapidez, sin ningún síntoma previo que pudiera hacer sospechar un desenlace tan grave, que don Álvaro del Portillo no le entendió. ‑¿Qué solución?, le preguntó. Y Mons. Escrivá de Balaguer, como para urgirle, respondió con las primeras palabras de la fórmula: ‑Ego te absolvo… Segun­dos después, quedó inconsciente.

Don Álvaro del Portillo intentó luego reanimarlo. Pidió azúcar ‑pensando que podía ser un coma hipoglucémico‑, y trató de hacerle tragar un poco, sin conseguirlo, por la rigidez de la mandíbula. Entretanto se había producido tal cambio de color en el rostro de Mons. Escrivá de Balaguer que, aunque avisó inmediatamente podría hacer.

Dios quiso que volviese en sí al cabo de unos quince minutos, antes de llegar el médico. Esa misma tarde, cuando recuperó la vista ‑la había perdido durante varias horas‑,llamó a las tres

asociadas de la Obra que habían sabido por don Álvaro del gravísimo percance y seguían alarmadas. Quería tranquilizarlas y, para alejar todas sus preocupaciones, se puso a hacer un trabajo en el que necesitaba su colaboración.

Aquellas personas no han olvidado esta lección de serenidad y de abandono en los brazos de Dios.

Es de interés hacer notar que, desde aquel día, Mons. Es­crivá de Balaguer no sufrió más a causa de la diabetes, enfer­medad que, sin embargo, está considerada clínicamente como irreversible.

Torreciudad: un Santuario mariano

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El cariño a Santa María, Madre de Dios y de los hombres, es una constante en la historia del Opus Dei, es decir, en la vida de Monseñor Escrivá de Balaguer y en la de cada uno de los miembros de la Obra, y es también el sello, más o menos apreciable a primera vista, de las labores apostólicas de los miembros del Opus Dei. En los cimientos de todas esas actividades aparece siempre la Virgen, cuyo toque firme y sereno de ternura presidirá las actividades humanas. El Fundador de la Obra había dicho en varias ocasiones de sí mismo que era «un pobre pecador que ama con locura a Jesucristo», y que en lo único que deseaba que le imitasen era en su amor a Santa María. Y el ejemplo se hizo realidad, en los miembros, desde los primeros días del Opus Dei.

Efectivamente era muy difícil ver o escuchar a Mons. Escrivá de Balaguer sin acusar en seguida su contagiosa y delicada devoción mariana. Como es difícil tratar con la gente del Opus Dei sin descubrir, en vivo, la misma devoción. El Angelus, el Santo Rosario, piropos a la Virgen, las jaculatorias, los detalles que se ven y esos otros, incontables, que permanecen en la intimidad de los corazones para asomar de continuo en una profunda devoción filial… Muchas oraciones y tradiciones marianas han sido heredadas celosamente, como un tesoro inapreciable, por el Opus Dei, que en la formación de sus miembros y en la base de su espiritualidad, ha puesto siempre a la Virgen en el lugar que le corresponde, es decir, inmediatamente después de Dios.

La ciudad de Barbastro ha quedado atrás. La carretcra recorre la orilla derecha del río Cinca; penetra en el Somontano y el paisaje se vuelve agreste. Más allá de la presa de El Grado se convierte el Cinca en lago cerrado por recios canchales que el agua no puede cubrir. En su orilla izquierda, sobre un peñasco, se encuentra la vieja ermita y, cerca, un torreón de señales medio derruido. Más elevado, el nuevo Santuario con los edificios en los que se realiza la labor espiritual con la que soñó el Fundador del Opus Dei. Al fondo se recorta en un limpio cielo azul la impresionante mole del Pirineo aragonés.

El silencio invita a la contemplación. Aquí sucedió algo que es parte de la historia del Opus Dei. Fue en 1904, cuando Mons. Escrivá de Balaguer contaba con dos años de edad. Contrajo una grave enfermedad y fue desahuciado por los médicos. Su madre rezó intensamente a la Virgen y, días más tarde, llevaba al niño, sorprendentemente curado, en peregrinación de acción de gracias a la ermita de Nuestra Señora de Torreciudad: «Me trajeron mis padres –recordaría muchas veces–. Mi madre me llevó en sus brazos a la Virgen. Iba sentada en la caballería, no a la inglesa, sino en silla, como entonces se hacía, y pasó miedo porque era un camino muy malo».

Torreciudad ha sido, desde tiempo inmemorial, punto de encuentro de piedad mariana para las gentes del Somontano aragonés. Cuenta la tradición, recogida por los historiadores, que ya en el siglo XI se inicia esa devoción popular. Millares de personas se han postrado a los pies de la Virgen de Torreciudad durante nueve siglos.

A esta larga historia se quiso sumar Mons. Escrivá de Balaguer y, bajo su impulso espiritual, se fueron poniendo los medios necesarios para levantar un Santuario en el que, de acuerdo con la aprobación de la autoridad eclesiástica competente, se colocara la imagen restaurada para que fuera lugar de conversión bajo el amparo de la Santísima Virgen.

«Me da mucha alegría –había dicho Mons. Escrivá de Balaguer– la devoción que se tiene a la Virgen en Fátima y en Lourdes; me llena de gozo que se honre con tanto amor a nuestra Madre del Cielo. También contribuiremos nosotros a que aumente este amor».

La radical gratitud del Opus Dei a Santa María encuentra en ese Santuario la expresión más adecuada. No fue necesario inventar nada. En torno a la Virgen de Torreciudad, que presidía el lugar, se agolparon los esfuerzos, la generosidad y el agradecimiento de todos los hombres y mujeres del Opus Dei y de millares de personas de todo el mundo –incluidos no católicos, por supuesto– para construir en pocos años un digno Santuario estrechamente unido a un Centro Social y Educativo. Y es bello pensar que en cada ladrillo aragonés, en cada grano de alabastro, en cada baldosa y en cada madero de los edificios que componen el conjunto, late el amor a Santa María expresado en todos los idiomas del universo.

Puesto en marcha por un Patronato, ideado para promover el culto a la Virgen, fomentar la labor educativa y social y facilitar la ayuda necesaria en la realización del proyecto, el Santuario de Torreciudad empezó a ser una realidad en cuanto se abrieron las primeras zanjas y se allanaron los primeros caminos. Su irradiación espiritual y cultural alcanza tanto al trabajo investigador del profesor como al trabajo de las mujeres campesinas, con sus clases de economía doméstica, pasando por los cursos de formación para profesionales, las reuniones de directivos de centros de enseñanza, cursos de retiro espiritual, congresos, cursos de formación cultural básica, programas de técnicas de estudio, cursos de formación de monitores de escuelas agrarias, cursos de iniciación universitaria, cursos para mejorar los cultivos…

En una entrevista publicada el 3 de mayo de 1969 en el semanario de Barbastro, El Cruzado Aragonés, Mons. Escrivá de Balaguer había dicho que «tenía una ilusión muy grande» en ver realizadas las obras., «en primer lugar porque supondrá un aumento de la devoción a la Virgen Santísima».

–¿Qué frutos espera de estas obras de Torreciudad?, –le preguntó entonces el periodista.

«Espero frutos espirituales: gracias que el Señor querrá dar a quienes acudan a venerar a su Madre Bendita en su Santuario. Estos son los milagros que yo deseo: la conversión y la paz para muchas almas.

»En Torreciudad –añadía– no habrá nada que, ni de, lejos, pueda parecer una tienda de objetos de piedad. Allí se irá a rezar, a honrar a la Virgen y a buscar los caminos de Dios; no a comprar baratijas. No me gusta que la casa ele Dios se convierta en un bazar».

En esa misma ocasión Mons. Escrivá de Balaguer manifestó también su deseo de que en el Santuario nuevo de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad hubiese muchos confesonarios, «para que las gentes se purifiquen en el Santo Sacramento de la Penitencia y –renovadas las almas– confirmen o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y amar el trabajo, llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo… Así recibirán con agradecimiento los hijos que el cielo les mande, usando noblemente del amor matrimonial, que les hace partícipes del poder creador de Dios: y Dios no fracasará en esos hogares cuando El les honre escogiendo almas que se dediquen, con personal y libre dedicación, al servicio de –los intereses divinos. ¿Otros milagros? Por muchos y grandes que puedan ser, si el Señor quiere así honrar a su Madre Santísima, no me parecerán más grandes que los que acabo de indicar antes, que serán muchos, frecuentísimos, y pasarán escondidos sin que puedan hacerse estadísticas».

Y terminaba la entrevista diciendo: «Espero que un día no lejano podré acercarme, como peregrino, a rezar a mi Madre Santísima de Torreciudad».

Lo hizo, descalzo, cuando todavía no estaban terminadas las obras. Y volvió también a Torreciudad en mayo de 1975: recorrió todo el Santuario y su amor a la confesión frecuente le llevó a recibir, allí mismo, el Santo Sacramento de la Penitencia. Un mes más tarde, el 26 de junio, entregaba su alma al Señor. A los pocos días –el 7 de julio– el Santuario de Torreciudad se abría al culto con una Misa solemne celebrada en sufragio de su alma.

En 1984, el Santuario ha conmemorado el IX Centenario del hallazgo de la Virgen «morena» de Torreciudad, y del comienzo de la devoción a esta advocación mariana. Según la Oficina de Información del Santuario, más de ochocientas mil personas asistieron a los actos conmemorativos de este IX Centenario. Las peregrinaciones han sido muy numerosas, y fueron presididas, entre otros, por los Arzobispos de Valencia y Braga, el Vicario General Castrense de España, y los Obispos de Lérida, Jerez, Bragano;a, Guadalajara, Barbastro, Leiría, Tortosa y OrihuelaAlicante. Además, Mons. Suquía, Arzobispo de Madrid, ordenó sacerdotes en el Santuario a 22 profesionales, miembros de la Prelatura Opus Dei, que habían sido ordenados diáconos por Mons. Palenzuela, Obispo de Segovia, y Mons. Carles, Obispo de Tortosa.

En palabras del Rector del Santuario, don José Luis Saura, «dos mil grupos de 42 provincias españolas, y de 12 países, han contribuido así a honrar a la Virgen, incrementar su devoción, y a renovarse espiritualmente mediante la recepción personal del Sacramento de la Penitencia». El 13 de octubre, por ejemplo, Mons. Barrachina, rodeado de centenares de chicos y chicas de su diócesis y de toda España, decía: «No conocía Torreciudad y me ha emocionado. La capacidad de convocatoria de la Virgen es aquí una realidad gozosa que llena de ánimo. De Torreciudad sale uno robustecido en su amor a Cristo y a su Madre. Volveré».

Entre las peregrinaciones de otros países se pueden destacar las procedentes de Fátima, Kevelaer, Milán, Lovaina, Lourdes y Lisboa. Las IX Jornadas de la Juventud reunieron en Semana Santa a mil estudiantes y jóvenes trabajadores. Posteriormente, tuvo lugar una concentración nacional de universitarios, con cerca de diez mil asistentes. Los matrimonios que se casaron en Torreciudad y los trabajadores que participaron en los trabajos de construcción tuvieron también una jornada especial. Miles de adoradores se dieron cita en Torreciudad en la madrugada del 23 de septiembre, con ocasión de una vigilia nacional de la Adoración Nocturna Española. Y el 14 de octubre, la Virgen de los Desamparados salía por primera vez en el siglo XX de los límites de Valencia, en peregrinación de veinte mil personas presidida por el Arzobispo de Valencia, Mons. Roca.

En Torreciudad, como en tantos otros Santuarios marianos del mundo, cientos de miles de personas tienen oportunidad de seguir las enseñanzas del Concilio Vaticano II que, en la constitución «Lumen Gentium» (n. 67), impulsa «a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven generosamente el culto a la Santísima Virgen, particularmente el litúrgico» y a «que estimen mucho las prácticas y ejercicios de piedad hacia Ella recomendadas en el curso de los siglos por el Magisterio

El 14 de febrero de 1930

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La Sección de mujeres del Opus Dei custodia, en la Sede Central de Roma, una pequeña imagen de la Virgen. Ocupa una hornacina de mármol en la pared lateral de una sala. Esta imagen es policromada y ha protagonizado una larga y entrañable historia: la mandó tallar el Fundador de la Obra cuando las primeras vocaciones iniciaban su camino en Madrid. Tiene la Virgen un perfil estilizado, una actitud ingenua. Acoge en sus brazos a un niño menudo, arropado por la protección de su Madre. Los pliegues del manto confluyen hacia los pies dándole un aire de levedad, de ingravidez, como si el Amor que la sustenta llevara sus pasos de puntillas en el desvelo por lo amado. En el pedestal, dos palomas quietas acentúan la serenidad del conjunto.

Monseñor Escrivá de Balaguer dijo siempre que la Sección de mujeres del Opus Dei había sido un deseo de Dios, ya que su voluntad era ajena, e incluso contraria, a tal proyecto.

«Estáis en la Iglesia trabajando, porque Dios lo ha dispuesto expresamente. Y no tenéis Fundadora (…). Vuestra Fundadora es la Madre de Dios, la Virgen. Por eso quiero que haya una imagen de la Virgen en todos los oratorios; por eso la tenemos por todos lados»(1).

A partir del 2 de octubre de 1928, don Josemaría desarrolla una tarea ingente. Sin abandonar ninguno de los trabajos que antes realizaba, se dedica de lleno a lo que, ahora, sabe con claridad que Dios le pide. Siempre tendrá el convencimiento de que hace poco y buscará el modo de trabajar más, de rezar más, de entregarse más. Se mortifica duramente: apenas come, duerme muy poco. Recurre a la ayuda de su Angel Custodio para cualquier problema: que le ponga en marcha el reloj, cuando se le estropea, o que le despierte a la hora prevista por la mañana. Y pone en juego su tesón invencible para cumplir la misión que Dios le ha encomendado.

Mantiene correspondencia frecuente con gran número de personas. Sus cartas suelen ser breves, afectuosas y con palabras que transmiten el fuego del amor de Dios. También sus relaciones personales de amistad son así. Los que acuden a su lado sienten como vértigo al descubrir el inmenso y nuevo panorama que abre ante sus almas con rasgos poderosamente cincelados.

Durante casi un año y medio trabaja en la convicción de que la Obra está dirigida exclusivamente a hombres.

Entre todas las informaciones que ha recibido acerca de otras instituciones, ha llegado a sus manos la documentación relativa a una Asociación integrada por hombres y mujeres. Cuando reflexiona sobre aquello, anota en sus apuntes:

«Nunca habrá mujeres -ni de broma- en el Opus Dei. Y a los pocos días… el 14 de febrero: para que se viera que no era cosa mía, sino contra mi inclinación y contra mi voluntad” (2).

El día 14 de febrero de 1930, don Josemaría va a celebrar la Santa Misa, como tantas veces, en casa de la Marquesa de Onteiro. Camina hacia la calle de Alcalá Galiano en esta mañana traspasada por el frío de Madrid. Es viernes: día en que la Iglesia contempla el amor de Dios, muerto en la Cruz por los hombres. Sólo han pasado quince meses y doce días desde aquel 2 de octubre de 1928, cuando el Señor quiso confiarle su mensaje: traducir su presencia en todos los caminos de la tierra.

El oratorio está construido en la planta primera de un hotelito que ya no existe. La entrada se hacía por una pequeña puerta que comunicaba con el jardín. Este 14 de febrero, don Josemaría empieza el Santo Sacrificio de la Misa; va leyendo las oraciones litúrgicas del día y llega a la Comunión. Y, cuando junta las manos, para agradecer la presencia de Cristo en su corazón, tiene la evidencia de que Dios quiere completar su Obra con una Sección de mujeres, que viva el mismo espíritu. En muchas ocasiones hablará de aquel momento a sus hijas:

«No pensaba yo que en el Opus Dei hubiera mujeres. Pero, aquel 14 de febrero de 1930, el Señor hizo que sintiera lo que experimenta un padre que no espera ya otro hijo, cuando Dios se lo manda. Y, desde entonces, me parece que estoy obligado a teneros más afecto: os veo como una madre ve al hijo pequeño»(3). Más adelante volverá a decir: «Si -en 1928- hubiera sabido lo que me esperaba, hubiera muerto: pero Dios Nuestro Señor me trató como a un niño: no me presentó de una vez todo el peso, y me fue llevando adelante poco a poco… »(4). Y subrayará, una vez más, esta certeza:

«Vinisteis a la vida de la Iglesia en un momento en que no os esperaba, y yo agradezco a Dios Padre, a Dios Hijo, y a Dios Espíritu Santo y a la Santísima Virgen este vuestro nacer; agradezco el teneros»(5).

Más adelante, don Josemaría contrastará la inspiración divina que ha recibido con la opinión del confesor, quien le confirma una vez más: «Esto es tan de Dios como lo demás»(6).

Por Voluntad de Dios, pues, el Opus Dei pasa a tener, desde este día 14 de febrero de 1930, dos Secciones, una de hombres y otra de mujeres.

Las dos estarán cimentadas, desde el principio y para siempre, en la unidad de la misma raíz, de la misma vida y de idéntico fin. Son dos fuerzas que convergen en el corazón del Fundador.

Acaba de nacer -en un día que proclama final de invierno madrileño- algo imprescindible en la vida de la Obra: la presencia de la mujer para convertir el trabajo, el mundo, los caminos y los lugares, en un hogar universal que acoja las almas todas de la tierra.


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