Meditaciones

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá empezó pronto a organizar días de retiro espiritual para estudiantes universitarios. Se tenían una vez al mes en la cercana iglesia del Perpetuo Socorro, de los Redentoristas. Se empezaba pronto por la mañana y se terminaba a media tarde. En esas horas había Santa Misa, Via Crucis, tres o cuatro meditaciones predicadas por Escrivá y espacios para la reflexión personal.

El estilo de las meditaciones de Escrivá no tenía nada que ver con la florida retórica que caracterizaba a los predicadores de esa época. Solía leer en voz alta algún pasaje del Evangelio y lo comentaba de un modo íntimo y personal. Aunque tenía una sólida formación escriturística, sus comentarios no eran nunca exégesis erudita, sino conversaciones personales con Cristo sobre su vida y las consecuencias que de ella se podían sacar.

El objetivo de las meditaciones no era tanto transmitir unos conocimientos sobre el Evangelio como llevar a sus oyentes a conocer personalmente a Jesucristo, a conversar con Él, a asimilar su mensaje y ponerlo en práctica en su vida cotidiana. Como dijo un autor, la esencia no era la instrucción y las explicaciones, sino el real encuentro con Cristo de quienes escuchaban, el diálogo, un sobrenatural tú a tú. La clave para captar el carácter de sus meditaciones está en que para Escrivá predicar no era un ejercicio retórico; se trataba de su oración personal con Jesucristo que mantenía en voz alta. A menudo se dirigía al sagrario y hablaba a Jesús, realmente presente allí mismo. También cuando no hablaba directamente al sagrario, resultaba claro a los oyentes que estaba conversando con Él. El Cristo con quien hablaba no era un personaje pasado, sino un ser vivo y cercano a quien amaba familiar y profundamente.

Las meditaciones eran fruto de su propia vida interior y de su experiencia de director de almas. Es frecuente que los asistentes tuvieran la impresión de que se dirigía a cada uno en particular, ya que Escrivá hablaba de los mismos problemas y aspiraciones personales que ellos tenían. Al oírle, se experimentaba un deseo enorme de amar a Dios, de servirle, de entregarse a Él. Escrivá abría amplios horizontes en sus oyentes. Lo que a alguno le parecía un bonito sueño, en la predicación de Escrivá se presentaba como algo completamente real, que se podía alcanzar con la gracia de Dios y la lucha personal de cada día.

Un agustino que asistió a unos ejercicios espirituales predicados por Escrivá relató, años más tarde, que expresaba con palabras lo que llevaba en el corazón y que nunca había oído comentar los textos del Evangelio como en aquella ocasión. A otro sacerdote, que participó en otros ejercicios, le llamó profundamente la atención la fuerza de sus palabras y su ánimo para sacar a las almas de la mediocridad espiritual, lo cual revelaba su total dedicación al servicio de Dios.

Si el objetivo del apostolado del Opus Dei con los jóvenes es convertirlos en “hombres de oración”, esto se ponía particularmente de manifiesto en las meditaciones de Escrivá. Ayudaba a los asistentes a rezar por su cuenta, les enseñaba a conversar con Cristo en el silencio de sus corazones. Escrivá decía a sus oyentes que no se sintieran obligados a seguir el hilo de su discurso. Lo importante, les explicaba, no era escuchar sus palabras, sino hablar con Jesús sobre su vida y la de cada uno, siguiendo las inspiraciones del Espíritu Santo. Muchos coinciden en señalar que era imposible permanecer como un espectador cuando predicaba Escrivá, ya que él mismo rezaba e introducía a quienes escuchaban en la oración, ayudándoles a responder interiormente al Señor, a hablarle cada uno por su cuenta. Unas veces movía a hacer actos de compunción, de amor y de generosidad. Era frecuente que se volviera hacia el sagrario y dijera en voz alta que él estaba hablando con Dios y que los demás debían dirigirse también a Él, que no podían estar sentados en los bancos del oratorio como sacos de arena, sino que debían hablar personalmente con Dios.

La Academia DYA

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En este contexto tan poco propicio Escrivá decidió que había llegado la hora de abrir el primer centro del Opus Dei. El apartamento que había alquilado para su familia en diciembre de 1932 servía para conocer y hablar con estudiantes y otras personas, pero no era adecuado a largo plazo. Además de que el piso era pequeño, no era justo hacer que su familia aguantara el continuo trasiego de gente joven por su hogar, máxime cuando esperaba que el movimiento de gente aumentaría con el tiempo. Por otra parte, debido a la tensa situación política de la época, la policía desconfiaba de las reuniones a las que no encontraba explicación, especialmente si los reunidos eran estudiantes universitarios. El Opus Dei necesitaba un lugar donde se pudieran reunir grupos de gente joven, sin despertar sospechas injustificadas.

Su experiencia docente en el Instituto Amado de Zaragoza y en la Academia Cicuéndez de Madrid convenció a Escrivá de que la mejor solución sería una academia privada. Se trataría de una actividad profesional secular, de acuerdo con el carácter del Opus Dei, que además de proporcionar un lugar adecuado para clases y reuniones de estudiantes, ayudaría a conocer a alumnos y profesores que entendieran el mensaje del Opus Dei.

Aunque no tenía dinero para abrir una academia, a comienzos de 1933 Escrivá empezó a hablar con posibles profesores. Quizás porque sus recursos eran tan escasos, decidió llamar DYA a la futura academia: DYA era el acrónimo de las dos materias que se impartirían, Derecho y Arquitectura, pero sobre todo de “Dios y Audacia”. Durante el verano de 1933, Zorzano y Barredo viajaron a Madrid y buscaron un local para la academia; querían abrir sus puertas a primeros de octubre, con el comienzo del año académico.

No fue fácil encontrar un local adecuado a un precio asequible. En varias ocasiones parecía que lo habían conseguido, pero los acuerdos se venían abajo en el ultimo minuto. Cuando comenzó el curso académico, los miembros del Opus Dei seguían visitando pisos que o no reunían condiciones o estaban fuera de sus posibilidades.

Se encontraban impacientes por empezar. El 6 de octubre Escrivá apuntaba: “No pierdo la paz, pero hay ratos en que me parece que me va a explotar la cabeza, tantas cosas de gloria de Dios —su O.— bullen en mí, y tanta pena me da ver que no comienzan a cristalizarse todavía en algo tangible”[1]. Unos días después añadía: “18‑X‑1933: Me duele la cabeza. Sufro, por mi falta de correspondencia y porque no veo moverse a la Obra”[2]. A principios de noviembre comentó: “Estos días, ¡otra vez!, andamos buscando piso. ¡Cuántos escalones, y cuántas impaciencias! Él me perdone”[3].

Finalmente, a mediados de noviembre encontraron un piso de cuatro habitaciones en el número 33 de la calle Luchana, cerca del nuevo campus de la Universidad de Madrid, en las afueras de la ciudad. Llenos de optimismo, comprobaron que servía para sus necesidades y calcularon que podrían pagar el alquiler con las cuotas de los alumnos y donativos de amigos. Zorzano, uno de los pocos miembros de la Obra que tenía un sueldo fijo, firmó el contrato de alquiler. Ricardo Fernández Vallespín, el arquitecto que se había incorporado al Opus Dei en octubre, empezó a buscar muebles de segunda mano en El Rastro.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 506

[2] Ibid. p. 506

[3] Ibid. p. 507

Capítulo 8. Poner los cimientos (1933)

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Los primeros círculos de San Rafael

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

1933 trajo consigo progresos esperanzadores. Un año antes Escrivá había conocido a un joven estudiante de medicina llamado Juan Jiménez Vargas. El cuatro de enero de 1933 le explicó sus proyectos apostólicos, en particular sus planes para dar formación doctrinal religiosa a los jóvenes. Rápidamente, Vargas convenció a un grupo de amigos suyos para que le ayudaran a dar catequesis en el barrio de Los Pinos, donde hacía poco Escrivá había ofrecido su ayuda a las monjas en la catequesis de niños pobres. Pronto, Vargas y algunos de sus amigos acudieron con Escrivá a visitar a enfermos desamparados en hospitales o en sus casas.

Escrivá invitó a Vargas a asistir a las clases de formación religiosa. La primera tuvo lugar el 21 de enero de 1933, en la sala de visitas de Porta Coeli, un asilo para pilluelos, donde Escrivá echaba una mano de vez en cuando. Aunque había invitado a esta clase a bastantes jóvenes, y había rezado mucho por ellos, sólo acudieron Vargas y otros dos estudiantes de medicina. Terminada la clase, Escrivá condujo a los tres jóvenes a la capilla, para la bendición. Años después recordaba la escena: “Al terminar la clase, fui a la capilla con aquellos muchachos, tomé al Señor sacramentado en la custodia, lo alcé, bendije a aquellos tres…, y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones…, blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer”[1]. Uno de los tres no volvió; los otros dos sí.

Aquella reunión del 21 de enero de 1933 fue el primero de los que Escrivá llamaría después Círculos de San Rafael: clases breves y prácticas de formación cristiana en las que los jóvenes aprenderían a poner en práctica las virtudes naturales y sobrenaturales, para convertirse en hombres y mujeres de oración y para vivir una vida más cristiana. Aunque Escrivá había trabajado con jóvenes desde la fundación del Opus Dei, consideraba que este primer círculo de San Rafael señalaba el comienzo de la Obra de San Rafael, es decir, del apostolado organizado del Opus Dei con los jóvenes.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 482

La Obra de los santos Rafael, Miguel y Gabriel

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Durante el retiro, Escrivá vio cómo estructurar los incipientes apostolados del Opus Dei que, aunque pequeños, ya alcanzaban a un amplio abanico de gente. A partir de entonces, hablaría de tres obras de apostolado, confiadas a cada uno de los tres arcángeles mencionados en las Escrituras. La formación espiritual de los estudiantes y demás gente joven sería confiada a san Rafael y al apóstol san Juan. La formación de los miembros del Opus Dei que habían acogido una vocación al celibato en medio del mundo, a san Miguel y al apóstol san Pedro. Finalmente, el apostolado con la gente casada y la formación de los miembros casados del Opus Dei, a san Gabriel y al apóstol san Pablo.

Todas las futuras actividades del Opus Dei entrarían en una de estas tres Obras, a las que Escrivá llamaría de San Rafael, de San Miguel y de San Gabriel. Había estado pensando en fundar una asociación para gente joven, con el nombre de Pía Unión de Santa María de la Esperanza, afín a la Sociedad del Santo Nombre o a la Legión de María. Antes de asistir al curso de retiro había hablado sobre este asunto con el Padre Postius, su director espiritual tras la disolución de la Compañía de Jesús. Habían convenido que sería mejor no formar ninguna asociación, sino simplemente dar formación a la gente joven –tal vez mediante una academia como la Cicuéndez, donde daba clase–. Durante el retiro se reafirmó en esa convicción.

Nuevos ataques del gobierno a la Iglesia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Las actividades del Opus Dei con mujeres estaban en sus comienzos cuando el gobierno dictó leyes y reglamentos para cumplir las medidas antirreligiosas de la Constitución. En enero de 1932, disolvió la Compañía de Jesús y confiscó sus propiedades. En febrero, introdujo el matrimonio civil y el divorcio y quitó los crucifijos de las aulas en las escuelas públicas. Pronto suprimió las capellanías de los hospitales públicos. Otro decreto disponía que cualquier persona que no hubiera declarado expresamente en acta notarial que deseaba un entierro religioso recibiera únicamente exequias civiles.

De modo muy particular en localidades pequeñas, algunos funcionarios furiosamente anticlericales disfrutaron prohibiendo procesiones, el toque de campanas de la iglesia y otras manifestaciones de religiosidad popular. Tales medidas no pasaban de ser molestias relativamente pequeñas, pero muchos cristianos, para quienes dichas ceremonias formaban parte del modo de vivir, se sintieron insultados; las medidas radicales, como la declaración de que España había dejado de ser un país católico, podían olvidarse rápidamente; pero los intentos de limitar la religión a la esfera privada llevaron a muchos católicos a alejarse definitivamente de la República.

Somoano y las conferencias de los lunes

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El 2 de enero de 1932 don Lino Vea Murguía llevó a Escrivá a conocer a un amigo suyo, don José María Somoano, joven capellán del Hospital del Rey. Para preparar la visita, Escrivá pidió a varias personas que rezaran y ofrecieran sacrificios por una intención suya. En cuanto le explicó el Opus Dei Somoano pidió ser admitido. Somoano escribió en su diario un breve resumen del encuentro: “Me entusiasmó. Le prometí ‘enchufes’ –enfermos orantes- para la Obra de Dios. Yo, entusiasmado. Dispuesto a todo”[1]. Somoano confió a uno de los enfermos que se había sentido tan feliz que no pudo dormir aquella noche.

Inmediatamente, Somoano empezó a pedir a los pacientes del hospital que rezaran y ofrecieran sus sufrimientos por una intención muy especial. Una joven llamada María Ignacia García Escobar, enferma de tuberculosis, se sintió tan impresionada por la alegría y entusiasmo de Somoano que anotó en su diario lo que le había dicho: “María: hay que pedir mucho por una intención, que es para bien de todos. Esta petición no es de días; es un bien universal que necesita oraciones y sacrificios, ahora, mañana, y siempre. Pida sin descanso le digo, es muy hermoso”[2].

Antes de que terminara la semana, Somoano descubrió una nueva vocación para el Opus Dei, su amigo Jose María Vegas, un sacerdote dinámico y optimista de la dioceses de Madrid, de treinta años de edad. Al igual que Somoano, en cuanto descubrió el Opus Dei pidió ser admitido.

El lunes 22 de febrero de 1932 se reunieron por primera vez lo seis sacerdotes que pertenecían al Opus Dei. Estos encuentros periódicos serían llamados por Escrivá las Conferencias de los Lunes. En estas reuniones les explicaba con más detalle la naturaleza de la vocación a la Obra y estrechaba relaciones entre los participantes. Solían hablar de futuras empresas apostólicas y soñaban con el día en el que el Opus Dei empezaría su actividad externa. Escrivá creía que ese día no estaba muy lejos. En febrero de 1932 escribió en sus cuadernos: “Jesús, veo que tu Obra puede comenzar pronto”[3].

A pesar de lo reducido del grupo, de su falta de actividad externa, e incluso de una sede propia, las Conferencias de los Lunes eran vibrantes y entusiastas. Los participantes salían de ellas cargados con la fe de Escrivá en el futuro de la Obra. María Ignacia Escobar observó que cuando Somoano “volvía los lunes de asistir a las reuniones espirituales de nuestra Obra, solamente al mirarle se le notaba lo contento y satisfecho que venía, y el cuadernito donde conservaba los apuntes de las meditaciones y demás cositas de ésta, era su joya más preciada”[4]. Sin embargo, a la mayoría de los participantes no les resultaba fácil entender lo que Escrivá les explicaba. Aunque estaban entusiasmados, no entendían del todo el mensaje.

[1] José Miguel Cejas. JOSÉ MARÍA SOMOANO. EN LOS COMIENZOS DEL OPUS DEI. Ediciones Rialp 1996. p. 130

[2] Ibid. p. 134

[3] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 445

[4] Ibid. p. 455

A través de los montes las aguas pasarán

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Además de llevar la dirección espiritual de estos jóvenes, Escrivá los reunía en pequeños grupos y compartía con ellos sus notas personales sobre santidad y apostolado en el mundo. También hacían planes para aumentar su reducido número y expandir el incipiente apostolado del Opus Dei. No tenían ningún sitio donde reunirse, así que, a menudo, se sentaban en un banco de uno de los principales bulevares de Madrid o en un parque cercano. Escrivá les hacía participar de sus ambiciosos sueños de apostolado mundial, que se prolongaría por los siglos. Esa visión contrastaba crudamente con la realidad: un puñado de chicos y hombres jóvenes sentados en el banco de un parque con un sacerdote que apenas tenía treinta años.

Escrivá, dolorosamente consciente de la desproporción entre lo que había visto el 2 de octubre de 1928 y la realidad de tres años después, se refugió confiadamente en la oración. A mitad de diciembre de 1931 escribió en sus cuadernos personales: “Ayer almorcé en casa de los Guevara. Estando allí, sin hacer oración, me encontré —como otras veces— diciendo: ‘Inter medium montium pertransibunt aquae’ (Ps. 103, 11). Creo que, en estos días, he tenido otras veces en mi boca esas palabras, porque sí, pero no les di importancia. Ayer las dije con tanto relieve, que sentí la coacción de anotarlas: las entendí: son la promesa de que la O. de D. vencerá los obstáculos, pasando las aguas de su Apostolado a través de todos los inconvenientes que han de presentarse”[1].

No habló de estas experiencias más que con su director espiritual, el padre Sánchez, pero le dieron una gran seguridad, que él comunicaba a su alrededor. Sus explicaciones sobre lo que aguardaba al apostolado de la Obra no eran “una cosa vaga, imprecisa” sino, como recordaba un futuro arzobispo de Valencia que le conoció en 1932, “algo perfectamente real y concreto”[2]. Otro futuro obispo que conoció a Escrivá en 1936 tuvo la misma impresión. Recuerda que le llamó la atención la “idea clara y nítida que tenía de la Obra, no sólo en cuanto era una realidad apostólica que se hacía cada día, sino en cuanto hablaba de ella como algo muy preciso proyectado en el futuro”[3]. Esto se explicaba, aunque sólo en parte, concluía, por el pensamiento e imaginación de Escrivá: “La claridad de la idea no quedaba suficientemente explicada si Josemaría no tenía además una iluminación especial del Señor. Esta precisa definición de las metas y de los medios para alcanzarlas no podían ser imaginaciones suyas. Además, su anticipación a los tiempos no tenía, en ningún momento, el tono pretencioso, exagerado o vanidoso que tiene, con tanta frecuencia, el planificar humano, sino que estaba acompañado de la sencillez, naturalidad y humildad, que le eran propias; también eso me llevaba al convencimiento de que me encontraba ante algo fuera de lo normal. La seguridad con que hablaba del porvenir de la Obra no podía venir de un mero razonamiento suyo, de cosas que se le ocurrían: ahí había algo más, esto era evidente”[4].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 393-394

[2] Testimonio de José María García Lahiguera. UN HOMBRE DE DIOS. TESTIMONIOS SOBRE EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Ediciones Palabra. Madrid 1994. p. 149

[3] Testimonio de José López Ortiz. Ibid. p. 212

[4] Ibid. p. 212

Hijos de Dios

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Un día de finales de septiembre de 1931 Escrivá experimentó, con una fuerza arrolladora, la realidad de la paternidad de Dios y el sentido de su propia filiación. Contempló esas alegres realidades durante un largo periodo de oración, de unión con Dios y de acción de gracias. Apuntó la experiencia con concisión, pero con suficiente detalle para dar una idea de su contenido: “Estuve considerando las bondades de Dios conmigo y, lleno de gozo interior, hubiera gritado por la calle, para que todo el mundo se enterara de mi agradecimiento filial: ¡Padre, Padre! Y —si no gritando— por lo bajo, anduve llamándole así ¡Padre! muchas veces, seguro de agradarle”[1].

Unas semanas después, el 16 de octubre, experimentó más intensamente, y durante más tiempo, la realidad de su filiación divina. Una vez más, este rato de oración sublime, que más tarde definiría como la oración más elevada que Dios le concediera nunca, no sucedió en un templo, sino en la calle. Había pasado algún tiempo en una iglesia intentando rezar, pero sin lograrlo. Al salir de la iglesia -era una brillante mañana de otoño- compró un periódico y cogió el tranvía. Allí “sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente”, perdido en la contemplación de “esa maravillosa realidad: Dios es mi Padre”[2]. Escrivá sintió “la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba![3] Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía (…). Probablemente hice aquella oración en voz alta.

Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca”[4].

Años más tarde, al recordar esta experiencia, Escrivá se dio cuenta de la íntima conexión que había entre los sufrimientos que había estado padeciendo y el sentido de la filiación divina: “Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año treinta y uno, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas palabras: tú eres mi hijo (Ps. II, 7), tú eres Cristo. Y yo sólo sabía repetir: Abba, Pater!; Abba, Pater!; Abba!, Abba!, Abba! Ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve, al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso. Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón – lo veo con más claridad que nunca—es ésta: tener la Cruz es identficarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios”[5].

Escrivá entendió que esta experiencia no debía ser exclusivamente personal. Al contrario, significaba que el sentido de la filiación divina sería una característica fundamental del espíritu del Opus Dei y Escrivá pidió a Dios que la conservara siempre en sus miembros. En una ocasión rezaba: “Señor, pido a tu Madre, a san José nuestro Patrono, a mi Arcángel ministerial, que pidan para mí y para mis hijos siempre este espíritu. Ne respicias peccata mea, sed fidem. ¡Esa fe, esa luz, ese amor a la Cruz, a la muerte! Esa luz divina, que nos hará siempre comprender con claridad que vale la pena clavarse en la Cruz, porque es entrar en la Vida, embriagarse en la Vida de Cristo. ¡La Cruz: allí está Cristo, y tú has de perderte en Él! No habrá más dolores, no habrá más fatigas. No has de decir: Señor, que no puedo más, que soy un desgraciado… ¡No!, ¡no es verdad! En la Cruz serás Cristo, y te sentirás hijo de Dios, y exclamarás: Abba, Pater!, ¡qué alegría encontrarte, Señor!”[6].

Naturalmente, la paternidad de Dios es una verdad revelada por Cristo en el Evangelio y forma parte importante de la doctrina cristiana. Como tal, estaba presente en el espíritu del Opus Dei desde sus mismos comienzos. Sin embargo, ahora cobraba nueva importancia en la propia vida de Escrivá y en la de los fieles de la Obra. En 1969 Escrivá explicaba: “Os podría decir hasta cuándo, hasta el momento, hasta dónde fue aquella primera oración de hijo de Dios.

Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos…, en la calle y en un tranvía —una hora, hora y media, no lo sé—; Abba, Pater!, tenía que gritar.

Hay en el Evangelio unas palabras maravillosas; todas lo son: nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo lo quisiera revelar (Matth XI, 27). Aquel día, aquel día quiso de una manera explícita, clara, terminante, que, conmigo, vosotros os sintáis siempre hijos de Dios, de este Padre que está en los cielos y que nos dará lo que pidamos en nombre de su Hijo”[7].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 388

[2] Ibid. p. 389

[3] “Abba” es el término familiar y afectuoso usado por los niños judíos para dirigirse a su padre. Cristo lo usó en la oración en el huerto (cfr. Marcos 14, 36) y san Pablo lo emplea para describir cómo los cristianos, movidos por el Espíritu Santo, se dirigen a Dios (cfr. Romanos 8, 15 y Gálatas 4, 6)

[4] Ibid. p. 389-90

[5] Amadeo de Fuenmayor, Valentín Gómez-Iglesias, José Luis Illanes. EL ITINERARIO JURÍDICO DEL OPUS DEI. HISTORIA Y DEFENSA DE UN CARISMA. Eunsa. Pamplona, 1989, p. 31

[6] AGP P06 IV p. 479

[7] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 390-91

Capítulo 6. Nuevas luces (1931)

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Levantar la Cruz

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La segunda mitad de 1931 es crucial para la vida de Escrivá por las gracias e inspiraciones que Dios le concedió, que no sólo enriquecieron su vida interior, sino que iluminaron muchos aspectos del espíritu del Opus Dei.

La primera de las gracias extraordinarias que recibió Escrivá en 1931 llegó el 7 de agosto, día en el que la diócesis de Madrid celebraba la fiesta de la Transfiguración de Jesucristo. Las notas de Escrivá registran lo sucedido cuando celebraba Misa en el Patronato de Enfermos: “(…) en el momento de alzar la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme —aca­baba de hacer in mente la ofrenda del Amor Misericordioso—, vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: ‘et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum’ (Ioann. 12, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el ne timeas!, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas.

A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad…, sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey”[1].

Pensando años más tarde en esta experiencia, Escrivá explicó que Nuestro Señor le dijo esas palabras “no en el sentido en que lo dice la Escritura; te lo digo en el sentido de que me pongáis en lo alto de todas las actividades humanas; que, en todos los lugares del mundo, haya cristianos con una dedicación personal y libérrima, que sean otros Cristos”[2].

Esta experiencia le llevó a comprender más profundamente la importancia de la secularidad y del trabajo de los católicos en todas las profesiones y oficios. Los hombres y mujeres del Opus Dei tenían que luchar por convertirse en otros Cristos en medio de sus actividades habituales. Escrivá desarrollaría la idea en una carta de 1940 dirigida a los fieles del Opus Dei: “Unidos a Cristo por la oración y la mortificación en nuestro trabajo diario, en las mil circunstancias humanas de nuestra vida sencilla de cristianos corrientes, obraremos esa maravilla de poner todas las cosas a los pies del Señor, levantado sobre la Cruz, donde se ha dejado enclavar de tanto amor al mundo y a los hombres.

De esta manera, el trabajo es para nosotros, no sólo el medio natural de subvenir a las necesidades económicas…, sino que es también —y sobre todo— el medio específico de santificación personal que nuestro Padre Dios nos ha señalado, y el gran instrumento apostólico y santificador, que Dios ha puesto en nuestras manos…”[3].

De esta experiencia Escrivá aprendió que los cristianos unidos a Cristo en las actividades seculares –la santificación del trabajo- son Cristo en la Cruz, Cristo elevado sobre el mundo, Cristo entre los compañeros de trabajo, Cristo presente en la historia humana, a quien se puede ver y mirar. En definitiva, que Cristo quiere estar presente en todas las actividades humanas y que en todas ellas sus seguidores pueden convertirse en “otros Cristos”[4].

Al mismo tiempo Escrivá se daba cuenta, con nueva claridad, de la importancia apostólica que tenía la presencia de cristianos comprometidos, luchando por santificarse y por santificar sus ambientes: “Trabajando y amando en la tarea que es propria de nuestra profesión o de nuestro oficio, la misma que hacíamos cuando Él nos ha venido a buscar, cumplimos ese quehacer apostólico de poner a Cristo en la cumbre y en la entraña de todas las actividades de los hombres: porque ninguna de esas limpias actividades está excluida del ámbito de nuestra labor, que se hace manifestación del amor redentor de Cristo”[5].

La tarea de los hombres y mujeres del Opus Dei sería no sólo santificarse en su labor cotidiana, sino hacer a Cristo presente en su ambiente mediante el trabajo, la oración y el sacrificio.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 381

[2] Ibid. p. 380

[3] Ibid. p. 383 –84

[4] cfr. Pedro Rodríguez. OMNIA TRAHAM AD MEIPSUM. IL SIGNIFICATO DI GIOVANNI 12, 32 NELL’ ESPERIENZA SPIRITUALE DI MONS. ESCRIVÁ DE BALAGUER. Annales theologici 5, 1992, p. 27

[5] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 383

Responder con Avemarías

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá, que seguía vistiendo con sotana, recibía por la calle cada vez más insultos. Años atrás, en alguna ocasión, ya los había sufrido por el simple hecho de ser sacerdote. Un día, mientras pasaba por una parcela en construcción, un albañil se había burlado de él. Recordando el consejo de su director espiritual y frenando su temperamento, Escrivá regresó para hablar al grupo de obreros que habían dejado de trabajar y disfrutaba de la escena. Al final, recordaba en sus notas, “me dieron la razón, incluso el del grito, quien, con otro de ellos, me estrechó la mano”[1]. En otra ocasión, viajando en tranvía hacia la Academia Cicuéndez, Escrivá vio a un escayolista, que avanzaba hacia él con la clara intención de ensuciarle la sotana con la escayola que cubría su mono. Tomando la iniciativa, Escrivá le dio un abrazo mientras decía, más o menos, “vamos a acabar bien la faena”.

Tras la proclamación de la república los insultos se hicieron más frecuentes y más agresivos. Durante el verano de 1931, Escrivá decidió hacer una novena a Mercedes Reyna, Dama Apostólica recientemente fallecida. Su tumba estaba en un cementerio situado en una barriada pobre de Madrid. Cada día de la novena le costaba nuevos insultos. En una ocasión, al regresar del cementerio, un albañil se le acercó gritando: “Una cucaracha, ¡hay que pisarla!”. A pesar de sus propósitos de no prestar atención a tales cosas, Escrivá no pudo contenerse y replicó: “¡Qué valiente!, meterse con un señor que pasa a su lado sin ofenderle! ¿Esa es la libertad?”. Los otros obreros dijeron al albañil que se callara, y uno de ellos trató de excusar la conducta de su compañero. “No está bien”, dijo, con el aire de alguien que da una explicación razonable, “pero, ¿sabe usted?, es el odio”[2]. Otro día un crío que estaba en compañía de otros niños gritó: “¡Un cura! Vamos a apedrearlo”. Escrivá narra su reacción: “Con un movimiento anterior a mi voluntad, cerré el breviario, que leía, y me encaré con ellos: “¡Sinvergüenzas! ¿eso os enseñan vuestras madres?”. Aún añadí otras palabras”[3], finaliza, sin precisar cuáles fueron.

En otras oprtunidades las cosas no terminaron tan bien. Varias veces le alcanzaron las piedras; en una ocasión, recibió un fuerte balonazo, muy bien dirigido, en plena cara. Algunas Damas Apostólicas sufrieron mucho más. Un día, en un vecindario de clase obrera, fueron atacadas y arrastradas por la calle mientras alguien les clavaba una lanceta de zapatero en la cabeza. Cuando una de ellas intentó defender a las otras, los agresores le arrancaron parte del cuero cabelludo y la dejaron desfigurada.

En medio de este ambiente hostil Escrivá luchaba por controlar su carácter y “apedrear con avemarías”[4] a sus atacantes. No siempre tenía éxito, pero a mediados de septiembre de 1931 pudo escribir en sus notas: “Tengo que agradecer a mi Dios un notable cambio: hasta hace poco, los insultos y burlas que, por ser sacerdote, me dirigían desde la venida de la república antes, rarísima vez, me ponían violento. Acordé encomendarles, con un avemaría, a la Ssma. Virgen, cuando oyera groserías o indecencias. Lo hice. Me costó. Ahora, al oír esas palabras innobles, se me enternecen las entrañas, por regla general, considerando la desgracia de esa pobre gente, que, si obra así, cree hacer una cosa honrada, porque, abusando de su ignorancia y de sus pasiones, le han hecho creer que el sacerdote, además de ser un vago parásito, es su enemigo, cómplice del burgués que los explota”[5].

Escrivá terminó la nota con una exclamación característica que reflejaba su convencimiento, incluso en esta temprana época en la que el fruto de sus esfuerzos todavía no era visible, de que Dios quería hacer grandes cosas a través del Opus Dei: “Tu Obra, Señor”, concluía, “les abrirá los ojos”[6].

Pocos meses después, profundamente preocupado por el decreto de disolución de los jesuitas, escribió: “Ayer, al conocer la expulsión de la Compañía y los demás acuerdos anticatólicos del Parlamento, sufrí. Me dolió la cabeza. Anduve mal hasta la tarde. Porque, a la tarde, vestido de seglar, subí a Chamartín con Adolfo: el padre Sánchez, y todos los demás jesuitas, estaban ¡encantados! de sufrir persecución por su voto de obediencia al Santo Padre. ¡Qué cosas más serenamente hermosas nos dijo!”[7].

En medio del sufrimiento que le causaban los ataques a la Iglesia, la dificultad de encontrar a gente capaz de entender y comprometerse con su mensaje, la falta de recursos para mantener a su familia y las incertidumbres sobre su propia situación, Escrivá experimentó durante la segunda mitad de 1931 una extraordinaria efusión de gracias, que aclaró más lo que Dios le estaba pidiendo.

[1] Ibid. p. 360

[2] Ibid. p. 361

[3] Ibid. p. 361

[4] Ibid. p. 364

[5] Ibid. p. 365

[6] Ibid. p. 365

[7] Ibid. p. 364


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