León

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Durante el verano de 1941, en León, otra mujer pidió la admisión en el Opus Dei. Su primer contacto con la Obra había tenido lugar en agosto de 1940, cuando el obispo de la ciudad invitó a Escrivá a predicar unos ejercicios a los sacerdotes de su diócesis. Durante su estancia allí, un amigo sacerdote, don Eliodoro Gil Rivera, le presentó a Nisa González Guzmán. Vivía con sus padres y dedicaba su tiempo al estudio de idiomas y a los deportes. Le gustaban particularmente el tenis y el esquí, disciplina que recientemente le había valido un trofeo.

Se quedó sorprendida cuando, nada más saludarla, Escrivá le preguntó: “Hija mía, ¿amas mucho a Nuestro Señor?”[1]. Guzmán comenta: “Nunca me habían formulado esta pregunta con tal sencillez y claridad. Yo tenía grandes deseos de hacer la Voluntad de Dios, consciente de que es la manera de demostrarle el amor; pero también me daba cuenta de lo que esto exigía y, de momento, me parecía no tener fuerzas para tanto. Por eso, contesté con un gesto dubitativo, algo desconcertada”[2].

A pesar de su poco entusiasta respuesta inicial, Escrivá le explicó el Opus Dei. Pintó el retrato de la mujer sacrificada y apostólica en todas las profesiones y ambientes sociales. Aunque no le habló de la vocación, Escrivá la animó a acercarse más a Dios en su vida cotidiana. Durante los meses siguientes, Guzmán pensó a menudo en su conversación con Escrivá y en abril de 1941 viajó a Madrid con la intención de incorporarse al Opus Dei. Sin embargo, Escrivá le sugirió que primero asistiera a retiro para rezar y pensar más su decisión.

Pero Guzmán se incorporó a la Obra antes, ya que, poco después de su última conversación con Escrivá, participó en una semana de estudio para las mujeres de la Obra y otras jóvenes que estaban madurando su posible llamada al Opus Dei. Al igual que la que se organizó para los hombres un tiempo antes, esta semana de estudio fue la precursora de los cursos anuales de formación en los que participan las mujeres de la Obra. Tuvo lugar en Lagasca, durante el mes de agosto, mientras los residentes estaban fuera. Empezó con un día de retiro predicado por Escrivá. Durante el resto de la semana, Escrivá dio una serie de clases y charlas sobre la doctrina católica y el espíritu del Opus Dei. En palabras de Guzman, “ponía ante nuestros ojos el mar sin orillas que es el Opus Dei, con una fe que nos hacía tocar ya el futuro”[3].

En las meditaciones, a menudo volvía al pasaje del Evangelio en el que Cristo decía a los apóstoles que “fueran y dieran fruto” (Juan 16:15). Guzmán volvió a León al terminar la semana de estudio. Viviría con su familia hasta julio de 1942, momento en el que se trasladó al tan esperado centro de mujeres del Opus Dei en Madrid.

[1] AGP P02 1980 p. 1452

[2] Ibid. p. 1452-1453

[3] AGP P16 XI.1999 p. 52

El trabajo apostólico con mujeres en Madrid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La Guerra Civil hizo que Escrivá perdiera el contacto con las pocas mujeres que pertenecían al Opus Dei antes de julio de 1936. No habían entendido plenamente el espíritu de la Obra y, en particular, su carácter laical y secular. Con la excepción de “Consideraciones espirituales”, los libros de espiritualidad que tenían a su disposición reflejaban la mentalidad dominante que consideraba que el único camino para una mujer que quería dedicarse enteramente a Dios era dejar el mundo. Si tenían la fortuna de encontrar a un buen confesor y director espiritual, habitualmente les sugería imitar la espiritualidad propia de la vida religiosa; en el peor de los casos, minimizaba sus deseos de buscar la santidad.

Así pues, no sorprende que después de la guerra Escrivá comprobara que su espíritu difería del propio del Opus Dei: habían seguido una espiritualidad basada en la renuncia al mundo y, con gran pesar, les dijo que no podían continuar en la Obra. Casi diez años después del 14 de febrero de 1930, sólo quedaba una mujer en el Opus Dei: Lola Fisac.

Lola entró en el Opus Dei en mayo de 1937. Vivía con su familia en Daimiel. Al comenzar la guerra, su hermano Miguel se había refugiado en su casa. Para no llamar la atención de los censores ni dar pistas sobre su paradero, no escribía a Zorzano ni a Escrivá, sino que le encargaba a Lola que lo hiciera de su parte. De este modo, Lola se puso en contacto con Escrivá por escrito. Miguel le explicó el Opus Dei y le dio un ejemplar de “Consideraciones Espirituales”.

La primera carta que Lola Fisac envió a Escrivá, en abril de 1937, simplemente le hacía saber que Miguel estaba a salvo. La respuesta de Escrivá fue igual de breve y reservada, pero expresaba su esperanza de que algún día ella pudiera ser miembro de su familia. A pesar del velado lenguaje, Lola entendió el mensaje de Escrivá y respondió a finales de mayo de 1937, de modo igualmente discreto, que deseaba pertenecer al Opus Dei. Años más tarde recordaba que, a pesar de no entender del todo la vocación al Opus Dei en ese momento, “me parecía apasionante… y, dentro de mí, formulé la decisión de vivir la llamada a la Obra de manera total y sin condiciones”[1]. Durante los meses siguientes, Lola y Escrivá mantuvieron correspondencia, aunque la censura les obligaba a ser muy discretos.

El 20 abril de 1939 Escrivá viajó a Daimiel para conocer a Lola y agradecer a su familia los paquetes de comida que habían enviado a Isidoro durante la guerra. En una larga conversación, Escrivá le explicó detalladamente la vocación al Opus Dei. Ella reiteró su deseo de pertenecer al Opus Dei y Escrivá le trazó un plan de vida espiritual con media hora de oración diaria, el Rosario, el examen de conciencia y la lectura de la “Historia de un alma” de Santa Teresa de Lisieux. Por encima de todo, le insistía en que cuidara la presencia de Dios, para lo que le ayudaría recitar comuniones espirituales, hacer actos de amor y reparación y dedicar cada día de la semana a una devoción particular: el domingo, a la Santísima Trinidad; el lunes, a las almas del Purgatorio; el martes, a los Ángeles Custodios; el miércoles, a san José; el jueves, a la Eucaristía; el viernes, a la Pasión, y el sábado, a la Santísima Virgen.

Como, previsiblemente, Lola se quedaría con su familia en Daimiel durante una temporada, Escrivá le indicó que escribiera frecuentemente y se esforzara por cultivar la comunión de los santos, por la que los cristianos permanecen unidos. Este consejo quedó más tarde reflejado en “Camino”: “Tendrás más facilidad para cumplir tu deber al pensar en la ayuda que te prestan tus hermanos y en la que dejas de prestarles, si no eres fiel”[2]. “Vivid una particular Comunión de los Santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora del trabajo profesional, la alegría y la fuerza de no estar solo”[3].

En los meses siguientes Lola viajó varias veces a Madrid para hacer diversas gestiones. Aprovechaba esas ocasiones para ver a Escrivá y, también, a su madre y su hermana Carmen.

Escrivá tenía una razón especial para querer que Lola conociera mejor a su madre y su hermana y que pasara tiempo con ellas. En 1935 había escrito que un centro del Opus Dei “no es convento, ni colegio, ni cuartel, ni asilo, ni pensión: es familia”[4]. Para convertir esta idea en realidad, había previsto que, además de llevar a cabo los mismos apostolados que los varones de la Obra, las mujeres del Opus Dei se ocuparían de lo que definió como el “apostolado de los apostolados”. Con esas palabras se refería a la administración doméstica de los centros del Opus Dei para darles el tono y calor propios de un hogar de familia cristiana. Aunque su madre y su hermana nunca pertenecieron la Obra, Escrivá vio claro que el tono que ellas habían dado a su propio hogar era un ejemplo excelente del aire de familia que debía caracterizar la vida del Opus Dei. Al pasar tiempo con ellas, las mujeres del Opus Dei aprenderían a crear ese ambiente en los centros de la Obra.

Durante el tiempo que Lola pasó en Daimiel, Escrivá mantuvo contacto epistolar con ella. En enero de 1940 escribía: “No olvides que Dios sabe más que nosotros y, como suele decirse, escribe derecho con líneas torcidas: cuando menos lo esperamos, si somos fieles, queda todo arreglado y dispuesto”[5]. En otra carta la animaba: “Espero que pronto dispondrá el Señor las cosas de modo que puedas trabajar como deseas. Que estés siempre contenta. La tristeza es aliada del enemigo”[6]. En respuesta a una carta en la que Lola se quejaba de sequedad interior, le decía que no debía preocuparse por sentirla, ya que lo importante era la perseverancia en el cumplimiento de las normas de piedad, aunque a veces haya que arrastrarse.

El trabajo apostólico con mujeres en Madrid

En Madrid, Escrivá buscaba mujeres jóvenes que dieran señales de tener vocación al Opus Dei. En concreto, a quienes pudieran responder a la llamada de Dios a una vida de celibato apostólico y dedicaran todas sus energías a extender el Opus Dei. Confesaba habitualmente en diversas parroquias. Además, pedía a los miembros de la Obra y a los jóvenes que asistían a los medios de formación que rezaran por sus hermanas. Y les decía que les regalaran “Camino” o les animaran a acudir a su confesonario. Cuando Jenner quedaba libre por las vacaciones de los estudiantes, organizaba meditaciones para ellas en el oratorio de la residencia.

Para el otoño de 1940 ya había en Madrid un núcleo de mujeres jóvenes en contacto con el Opus Dei. Seis de ellas habían pedido la admisión en la Obra. Escrivá las animaba a santificar sus estudios o la actividad profesional que desempeñaran. Además, pidió a algunas que ayudaran a su madre y a su hermana en la administración doméstica de Jenner y de los dos centros de varones que ya había en la capital. Las mujeres del Opus Dei no se limitarían a esta tarea, pero Escrivá dejó claro que este trabajo se podía santificar igual que cualquier otro. También subrayaba que, al crear un ambiente agradable en los centros de la Obra, contribuirían de forma principalísima al apostolado que se hiciera en ellos.

En noviembre de 1940 las mujeres de la Obra, alquilaron un piso en la calle Castelló. Ninguna vivía allí. Simplemente lo utilizaron para las actividades de formación. A los pocos meses, estas actividades se trasladaron al centro de Diego de León, a la zona de la casa reservada para la madre y la hermana de Escrivá. Esto facilitaba el contacto frecuente con ellas y permitía a las mujeres de la Obra trabajar con Carmen en la administración de los centros.

[1] AGP P16 III.1998 p. 69

[2] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 549

[3] Ibid. n. 545

[4] Instrucción 9.1.35, n. 164

[5] AGP P16 IX.1998 p. 77

[6] Ibid. p. 77

Una residencia universitaria en Valencia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A comienzos del verano de 1940, los fieles de la Obra en Valencia empezaron a buscar un local que pudiera servir de residencia durante el año académico 1940-1941. Tras recorrer gran parte de la ciudad, encontraron un lugar en la misma calle que El Cubil. Había servido de hospital durante la guerra y estaba ruinoso, pero era amplio y prometía mucho.

Unos pocos viajes con una carretilla bastaron para trasladar las escasas pertenencias de El Cubil a la nueva residencia, a la que pusieron el nombre de la calle, Samaniego. El 30 de julio de 1940 cerraron El Cubil y empezaron a acondicionar Samaniego, que tendría capacidad para veinte estudiantes. Casciaro, que se traladó de Madrid a Valencia para ser el director, se encargó de la decoración. El vestíbulo de entrada, que tenía un techo extremadamente alto, planteaba un desafío particular. Para llenar el espacio, Casciaro diseñó un gran repostero que cosió Carmen Escrivá. Representaba un escudo con cardos en su mitad inferior y estrellas en la mitad superior con la leyenda “Per aspera ad astra” (“Por la dificultad, hasta las estrellas”).

Cada vez que venía a Valencia, Escrivá procuraba llevar algún objeto que completara la decoración: unos procedían del hogar de su familia, otros eran regalo de la familia de alguien de la Obra, y algunos otros habían sido rescatados de las ruinas de la residencia de la calle Ferraz. Los miembros de la Obra que vivían en Valencia también pidieron a sus padres y familiares muebles para la nueva residencia. Poco a poco, la casa cobró el aspecto de un hogar de familia, aunque había tan poco dinero que, durante varios meses, no pudieron pagar la cuenta de la luz y tuvieron que apañarse con velas.

Escrivá bendijo la residencia el 20 de septiembre de 1940. Durante la ceremonia, expresó su esperanza de que pronto fuera posible tener allí a Jesucristo presente en el sagrario. Antes de destinarla al nuevo uso, la casa tenía un pequeña capilla que pasó a ser el oratorio de la residencia. Podía ampliarse abriendo unas puertas correderas que conectaban con dos habitaciones contiguas. El altar fue decorado con azulejos del siglo XVII. Federico Súarez, estudiante de Historia que se había incorporado recientemente al Opus Dei, los había encontrado entre un montón de escombros en un solar en construcción. Para el retablo del altar, Fernando Delapuente, miembro de la Obra que vivía en Madrid y que más tarde sería un afamado pintor, hizo una copia de una crucifixión de Van der Weyden. Escrivá celebró la primera Misa en el oratorio el 2 de noviembre de 1940. Después de reservar el Santísimo Sacramento en un sagrario prestado exclamó: “Estoy muy contento. ¡Otro Sagrario!”[1].

Cuando la residencia de Samaniego abrió, vivían en ella tres fieles del Opus Dei: Casciaro, Fuenmayor, subdirector, y Jesus Urteaga, que había pedido la admisión en el Opus Dei durante el verano y fue a Valencia a empezar la carrera universitaria. Sólo había uno que no pertenecía a la Obra. Había muchas plazas libres y los residentes tardaban en venir. Para llegar a fin de mes, los miembros de la Obra abrieron una academia dirigida a alumnos de secundaria que se preparaban para ingresar en la universidad y que ofrecía también clases de Derecho Civil.

Poco a poco la residencia se fue llenando hasta alcanzar los veinte residentes previstos. Además, muchos otros universitarios iban allí a estudiar y a las clases de formación cristiana. En el primer año de funcionamiento, pidieron pertenecer al Opus Dei cinco de ellos.

[1] AGP P03 1991 p. 312

“El Cubil”

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A comienzos del curso académico 1939-40, se proyectó abrir residencias en Valencia y Madrid. Como en Valencia no se encontró un lugar adecuado, en agosto se alquiló un pequeño apartamento. Sus reducidas dimensiones y pobreza sugirieron el apodo de “El Cubil”, nombre con el era llamado habitualmente. Tenía un comedor, un pasillo y dos habitaciones, una de las cuales servía de almacén para la reciente edición de “Camino”. La otra servía para múltiples funciones: sala de estudio, cuarto de estar y lugar de oración a falta de oratorio.

A pesar de tratarse de un piso diminuto, resultaba difícil pagar el alquiler y cubrir otros gastos. En un momento dado, la compañía telefónica cortó la línea por falta de pago. Había tan pocos muebles que, cuando Escrivá cayó enfermo, con fiebre alta, después de predicar un curso de retiro en septiembre de 1939, lo mejor que pudieron ofrecerle fue un camastro militar y una vieja cortina y unos cartones a modo de mantas.

A pesar de la pobreza reinante, el numero de jóvenes que acudía a El Cubil aumentaba. En enero de 1940, asistía ya al círculo de San Rafael que había comenzado en agosto de 1939 una docena de estudiantes. Siguiendo el consejo de Escrivá de que fuera reducido el número de participantes en cada grupo, el círculo se dividió en dos. Pronto llegaron nuevas vocaciones: Salvador Moret, Antonio Ivars Moreno e Ismael Sánchez Bella, y su hermano Florencio, estudiante de Derecho que trabajaba por la noche como linotipista de un periódico local.

Escrivá celebró Misa por primera vez en El Cubil el 1 de febrero de 1940. Un sacerdote amigo prestó los ornamentos y demás objetos litúrgicos. Antes de la Misa, predicó una meditación sobre la eficacia del sacrificio y la necesidad de morir a uno mismo, como el grano de trigo. Aunque no hablaba de sí mismo, su propia vida era un vivo ejemplo de sacrificio. En El Cubil no había un sitio adecuado para hablar con todos los estudiantes que querían dirigirse con él, así que se veía obligado a dar largos paseos con ellos a orillas del Turia. Uno de la Obra anotó en el diario de El Cubil: “El Padre dice que necesita distraerse y tomar el sol; lo cierto es que quiere reventarse a fuerza de andar, pues desde hace dos días tiene los pies hinchados, como siempre que viene a Valencia”[1].

[1] AGP P03 1988 p. 547

José Orlandis

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Un ejemplo llamativo de esas “gracias tumbativas” es la vocación de José Orlandis, que pidió la admisión en el Opus Dei en Valencia en 1939. Su historia no es única, pero en sus sus memorias proporciona un relato detallado de su experiencia. Orlandis había empezado la carrera de Historia cuando estalló la guerra, durante la cual sirvió como oficial en el ejército nacional. En agosto de 1939 estaba destinado en Mallorca y decidió pedir un permiso de estancia en Valencia. Quería aprovechar la convocatoria extraordinaria de exámenes para quienes habían visto interrumpidos sus estudios por la guerra. Como era imposible predecir la duración de los exámenes, el permiso no fue fijado por un periodo exacto, sino hasta el final de las pruebas.

En Valencia, Orlandis se encontró con su viejo amigo Casas Torres, que acababa de incorporarse al Opus Dei. Casas Torres le sugirió que asistiera al retiro para estudiantes universitarios que Escrivá predicaría en el Colegio del Beato Juan de Ribera a partir del 10 de septiembre. Orlandis dijo que acudiría si le daba tiempo entre el final de los exámenes y la fecha en la que debía regresar a Mallorca.

Aunque no amenazaba directamente a España, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939, puso al Ejército en estado de alerta. Para evitar el pánico, las autoridades militares no anularon inmediatamente todos los permisos y Orlandis pudo seguir en Valencia para acabar los exámenes. Sin embargo, la tensa situación internacional aumentaba la presión sobre Orlandis para que regresara a su unidad lo antes posible. Reservó un pasaje de regreso a Mallorca para el 11 de septiembre y le dijo a Casas Torres que no podía asistir al retiro.

A punto de dejar Valencia, Orlandis fue a despedirse de don Antonio Rodilla, a quien conocía tiempo atrás. Se lo encontró con Escrivá en una calle cercana a la catedral. Después de presentarse, le explicó los motivos por los que no podría asistir al retiro: había terminado sus exámenes, se le había acabado el permiso, había comenzado una nueva guerra y ya tenía comprado el billete para volver a su unidad. Para su sorpresa, Escrivá no pareció impresionado: “Pues también puedes hacer otra cosa: si tienes el billete, vas y lo cambias por otro para el barco siguiente; y mañana empiezas el curso de retiro. Y si a la vuelta el coronel te arresta, muy bien, que te arreste: cumples el arresto”[1]. Sorprendentemente Orlandis, que no conocía a Escrivá de nada, respondió “muy bien, Padre” y fue directamente al despacho de billetes para cambiar su pasaje por otro en el barco de la semana siguiente.

Durante el retiro, Escrivá sugirió a los participantes que rezaran por Polonia, recién invadida por Alemania, pero el tema central fue su llamada para seguir a Cristo. Escrivá usaba frecuentemente los textos del Evangelio que narran la vocación de Nuestra Señora, la del joven rico que rechazó la invitación de Cristo a seguirle, y la de Bartimeo, el mendigo ciego, que respondió generosamente a la llamada de Jesús y fue curado. En conversaciones privadas, tanto Escrivá como del Portillo le explicaron a Orlandis la vocación al Opus Dei. El 14 de septiembre de 1939 pidió pertenecer a la Obra. En sus memorias, después de narrar su vocación, escribe: “Es posible que alguien esboce una sonrisa irónica y diga para sus adentros: hablando el propio Fundador y con la enorme personalidad humana que tenía, ¿quién sería capaz de resistirse? A ese escéptico se le podría responder que el atractivo de una gran personalidad puede explicar un arranque entusiasta, pero no una perseverancia de más de medio siglo. Esta sería imposible –y más en el Opus Dei- sin llamamiento de Dios y sin ayuda de la gracia”[2].

Cuando Orlandis regresó a su unidad una semana después, el coronel no le hizo ninguna pregunta.

[1] José Orlandis. Ob. cit. p. 37

[2] Ibid. p. 47

“Gracias tumbativas”

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Ni Fuenmayor ni Casas Torres conocían el Opus Dei antes del curso de retiro. Hoy en día sería inconcebible que alguien pudiera pertenecer al Opus Dei en tan poco tiempo. Pero, en los días anteriores e inmediatamente posteriores a la Guerra Civil, Dios concedía a la gente gracias especiales que les permitían percibir la vocación y dedicar su vida entera a Dios en el Opus Dei con tan sólo un breve contacto con la Obra.

Estas gracias, que en alguna ocasión Escrivá llamó “gracias tumbativas”, eran el fruto de su oración y de la de otros miembros de la Obra. Durante el retiro de Burjasot, escribió a los de la Obra en Madrid para decirles que rezaran por los que estaban haciendo los ejercicios. También envió una petición similar a los tres miembros de la Obra todavía movilizados en Olot. Pocas semanas antes había escrito al obispo de Avila, por quien sentía un especial respeto y afecto, pidiéndole oraciones: “Este pecador siempre acude al señor Obispo con la mano extendida: tengo pendientes varias tandas de ejercicios, algunas (en Valencia y Madrid) para sacerdotes…, y necesito sus oraciones y su bendición de Padre y Pastor”[1]. Durante el retiro en Burjasot renovó sus peticiones en otra carta dirigida al obispo: “Ya comencé la primera tanda de ejercicios y, para ésta y las que me quedan, necesito que nuestro Jesús especialísimamente me ayude…, y acudo a mi señor Obispo, porque sé que se lo dirá. ¡Él se lo pague!”[2].

[1] AGP P03 1988 p. 133

[2] Ibid. p. 141-142

Fallecimiento de Zorzano

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Al final de la Guerra Civil, Zorzano reanudó su trabajo para los ferrocarriles como jefe de estudios de material y tracción. Sería recordado por sus subordinados tanto por su competencia como por la atención que dedicaba a las personas y sus problemas. Cuando uno de ellos tenía dificultades con un proyecto, en lugar de quitárselo y asignarlo a otro, Zorzano trabajaba con él hasta que supiera hacerlo, explicándole pacientemente las cosas que no entendía. A pesar del ambiente intolerante de esos años, colaboraba fácilmente y con naturalidad con gente de orígenes muy diversos, como, por ejemplo, un empleado que era evitado por los demás en los días inmediatamente posteriores a la guerra porque había sido acusado de ser “rojo”.

Zorzano entraba a trabajar a las 8:00. Esto le exigía levantarse a las 5:15 para hacer un rato de oración mental y asistir a Misa antes de ir a la oficina. Dedicaba toda la tarde a las actividades apostólicas y a trabajar como administrador del Opus Dei. Rechazó una oferta de empleo en Valencia, mucho mejor remunerado y que le habría permitido tener un horario más desahogado, ya que podría ayudar más al desarrollo del Opus Dei permaneciendo en Madrid.

Ser administrador del Opus Dei no suponía manejar mucho dinero. Sobre todo había que administrar las deudas. Zorzano se remangaba y ayudaba a instalar los centros que se abrieron en Madrid después de la Guerra Civil. El país había quedado desolado. Había escasez de casi todo y racionamiento de comida. Pasó muchas horas regateando, yendo de un lugar a otro intentando conseguir comida para la residencia. Cuando llegaba a casa, a menudo ayudaba a trasladar y arreglar muebles.

Zorzano llevaba la contabilidad con esmero, ajustando hasta el céntimo. Explicaba que, en sí misma, una diferencia de unas pocas pesetas era algo insignificante, pero que ya que ofrecía su trabajo a Dios, quería hacerlo bien, hasta el más pequeño detalle, como había aprendido de Escrivá. “Los empleados que dependen de un sueldo”, decía, “por no perderlo, procuran esforzarse en que todo vaya al día y primorosamente hecho” y “sería una falta de generosidad que a nosotros el amor de Dios no nos empujase a hacer por lo menos [otro] tanto”[1]. A finales de octubre de 1940, se trasladó al nuevo centro de la calle Lagasca. La caldera se había roto y no había dinero para repararla. Él había empezado a perder peso y a tener dificultades para dormir. El frío le afectaba más que a la mayoría de la gente, pero aceptaba la situación con una sonrisa y sin quejarse. En julio de 1941 el medico finalmente descubrió la causa de la falta de apetito de Zorzano, de su pérdida de peso y de su incapacidad para dormir: linfoma de Hodgkins, un cáncer de las glándulas linfáticas.

El medico le daba dos años de vida. En noviembre de 1941 empezó las sesiones de radiación que continuarían hasta mayo de 1942. A pesar de su debilidad, cada vez mayor, Zorzano mantuvo su ritmo de trabajo tanto en los ferrocarriles como en su tarea de administrador del Opus Dei. Supervisó la instalación de varios centros nuevos del Opus Dei en Madrid, lo que exigía de él un continuo ir de tienda en tienda para buscar muebles y demás utensilios del hogar. Nada en su conducta revelaba la gravedad de su estado. “Ya ves lo alegre y natural que es” comentó un día Casciaro a un joven que se acababa de incorporar al Opus Dei. “Bien, pues le quedan dos años de vida y él lo sabe”.

La semana anterior a la Navidad de 1942, Zorzano asistió a unos ejercicios espirituales con otros del Opus Dei en el centro de Diego de León. En la meditación de la muerte, Escrivá destacó que, como reza la Iglesia en el Prefacio de la Misa de Difuntos, “la vida no termina, se transforma”. Por consiguiente, explicaba, cuando un miembro del Opus Dei se enteraba de que su muerte era inminente, su reacción debía ser la del salmista: “Que alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor”. Después de la meditación, Zorzano se quedó en el oratorio. Creyendo erróneamente que estaba solo, dijo en voz baja, pero audible: “Señor, estoy preparado”.

A comienzos de 1943, Zorzano tuvo que ser ingresado. Escrivá le dijo que, tal vez, sólo le quedaran unos días en lugar de unos meses. Una mueca instintiva le pasó por la cara, pero reaccionó inmediatamente y le preguntó a Escrivá por qué intenciones tendría que rezar cuando llegara al cielo. Hablando a otros miembros de la Obra, Escrivá comentó que le gustaría tener las mismas disposiciones que él cuando le llegara el momento de la muerte.

Escrivá encargó a los de la Obra no ahorrar ningún esfuerzo en el cuidado de Zorzano y hacerlo con el cariño con el que una buena madre cuida a su hijo enfermo. “Si fuese necesario, robaríamos para él un pedacico de cielo, y el Señor nos disculparía”[2]. Durante seis meses, hasta que murió, los miembros de la Obra acompañaron a Zorzano continuamente, día y noche.

En Reyes, Zorzano recibió un tren de juguete, que puso sobre su mesilla de noche: “Es para entretenimiento de las visitas y para recordarme que pronto hay que emprender el viaje. Un poco pequeño es —el tren— pero así será más fácil colarse en el cielo”. Y advierte: “Yo tengo sacado el billete”[3]. El director medico de la clínica, que no era del Opus Dei, recuerda: “Siempre que entro, me recibe sonriendo y con bromas. El que lo vea creerá que está tranquilo, pero yo sé que tiene sufrimientos rabiosos. Esto no es un enfermo; es un santo”[4]. El secreto del buen humor de Zorzano radica en su fe y en el valor del sufrimiento ofrecido a Dios por amor. Dijo: “Nuestra obligación, dice, es cumplir el deber de cada instante. Mi único deber es sufrir [...]. No he de preocuparme por nada más. Sufro mucho. Es estupendo lo que uno puede llegar a sufrir. A veces parece que ya no se puede sufrir más, pero el Señor da más fuerzas. ¡Qué consuelo pensar todo lo que se aprovecha! Sufriendo con espíritu sobrenatural es como hemos de ir sacando la Obra adelante. El dolor purifica. Cuanto más larga sea la prueba, mejor; así nos purifica más”[5].

El 15 de julio de 1943 murió Zorzano. Cuando el propietario de una tienda, a la que había acudido frecuentemente a comprar cosas para la residencia, recibió la noticia de su muerte comentó: “Don Isidoro era un santo”. Uno de la Obra escribió en su agenda el siguiente epitafio que resume la vida de Zorzano y el espíritu del Opus Dei que la había animado: “Muere Isidoro. Pasó desapercibido. Cumplió con su deber. Amó mucho. Estuvo en los detalles y se sacrificó siempre”[6].

* * *

El Opus Dei crecía en Madrid y echaba raíces en otras ciudades. La Segunda Guerra Mundial impedía empezar en otros países, pero, en cuanto terminó la Guerra Civil, los miembros de la Obra viajaron por toda España para extender los apostolados del Opus Dei. En unos pocos años estaría bien establecido en las más importantes ciudades universitarias del país.

[1] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. p. 275

[2] AGP P01 1997 p. 164

[3] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. p. 323

[4] Ibid. p. 329

[5] Ibid. p. 334

[6] Ibid. p. 368

Mujeres en el Opus Dei

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La visión del 2 de octubre de 1928 no incluía explícitamente a las mujeres, y durante el siguiente año y medio Escrivá estuvo convencido de que en el Opus Dei sólo habría hombres. No sabemos por qué creyó eso. Tal vez el limitado papel asignado a la mujer en la sociedad de principios del siglo XX inclinara a esta consideración. Tal vez se debía a que no había en la Iglesia instituciones que exigieran un compromiso vocacional y estuvieran compuestas tanto por hombres como mujeres. Tal vez por cualquier otra razón.

En cualquier caso, estaba convencido de que la masculinidad era una característica esencial de lo que Dios le pedía. Una señal clara de este convencimiento se encuentra en el período de búsqueda de alguna institución a la que unirse, en lugar de fundar algo nuevo. A finales de 1929 se fijó en la Compañía de San Pablo que había fundado el cardenal Ferrari, pero cuando se enteró de que había hombres y mujeres concluyó que no podía ser lo que Dios le pedía.

El 14 de febrero de 1930 Escrivá fue a celebrar Misa en una capilla privada. Sus notas personales reflejan lo que sucedió durante la Misa: “Inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual, cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei”[1].

Al igual que los acontecimientos del 2 de octubre de 1928 la fundación de la sección de mujeres del Opus Dei pilló a Escrivá por sorpresa. Vio en ello una señal de la providencia divina: “¡No quiero mujeres, en el Opus Dei! Dios: pues yo las quiero”[2]. Darse cuenta de que la Obra debía comprender a hombres y mujeres supuso el punto final de la búsqueda de una organización que ya existiera. Desde entonces, no tuvo la menor duda de que estaba llamado a fundar algo nuevo en la Iglesia.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 323

[2] Ibid. p. 324

Los miembros de la Obra en la residencia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La residencia abrió a comienzos del año académico, en septiembre de 1939 y pronto se ocuparon todas sus plazas, unas veinte. Muchos de los residentes eran los miembros del Opus Dei que vivían en Madrid, lo que en esa época equivalía a decir casi todos. Entre ellos había un amplio abanico de profesiones: Zorzano, del Portillo y Hernández Garnica eran ingenieros; Jiménez Vargas era médico; González Barredo, físico; Albareda, edafólogo; Fernández Vallespín, arquitecto; Botella y Casciaro; matemáticos; y Rodríguez Casado, historiador.

Durante el año académico 1939-40, varios que pidieron la admisión en el Opus Dei al terminar la guerra se trasladaron a la residencia: Jose Luís Múzquiz, ingeniero; Francisco Ponz, que en esa época preparaba el examen de ingreso en la Escuela de Ingenieros Agrónomos, pero que más tarde cambiaría a Ciencias Naturales y se convertiría en un prestigioso fisiólogo; y Juan Antonio Galarraga y Jesús Larralde, ambos estudiantes de Farmacia. Justo Martí, abogado, que había vivido en la residencia de Ferraz antes de la Guerra Civil, abandonó el puesto de alcalde de su pueblo para trasladarse a Madrid y pertenecer al Opus Dei.

Otros estudiantes que se habían unido recientemente al Opus Dei en Madrid siguieron viviendo con sus padres, pero frecuentaban Jenner. Entre ellos estaba Fernando Valenciano, estudiante de Ingeniería que fue el primero en pedir la admisión en el Opus Dei en Madrid tras la guerra; Salvador Canals, abogado y futuro juez de la Rota Romana; Gonzalo Ortiz de Zárate, estudiante de Ingeniería Naval; Álvaro del Almo, genetista; Alberto Ullastres, economista y futuro ministro; y José Antonio Sabater, futuro catedrático de instituto y uno de los fundadores del primer colegio promovido por miembros del Opus Dei.

Para los fieles del Opus Dei vivir bajo el mismo techo es mucho menos importante que compartir el mismo espíritu y aspiraciones. De hecho, hoy en día la inmensa mayoría de los miembros del Opus Dei están casados y viven con sus familias. Incluso los fieles que son célibes viven con frecuencia fuera de los centros del Opus Dei, a causa de las exigencias de su trabajo. Ello no es un obstáculo para vivir plenamente la vocación. Sin embargo, como primer centro en el que vivieron juntos un buen número de personas de la Obra, Jenner representó un paso importante porque facilitó una rápida asimilación del espíritu del Opus Dei por quienes vivían en la residencia.

Una nueva residencia en Madrid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Poco a poco los miembros de la Obra localizaron a los amigos que habían pasado la Guerra Civil en la zona republicana sin contacto con el Opus Dei. En mayo, Escrivá envió una carta a todos los jóvenes cuya dirección conocía, en la que animaba a hacer apostolado y a reanudar tan pronto como fuera posible a sus estudios: “Volved a vuestros libros: ahí os espera Jesucristo”[1].

Durante la primavera y principios del verano de 1939, los miembros de la Obra en Madrid buscaron una nueva sede para la residencia. Rezaron por esta intención y pidieron a otros que hicieran lo mismo. En el número de “Noticias” de junio, Escrivá decía: “Pronto tendremos casa…, si ‘empujáis’ con vuestra oración y vuestro sacrificio y vuestros deseos de coger los libros. Mientras, no me perdáis vuestra bendita fraternidad: vividla cada día más, y manifestadla con vuestra colaboración en este afán común de rehacer nuestro hogar”[2].

A comienzos de julio encontraron tres pisos en el número 6 de la calle Jenner, muy cerca del Paseo de la Castellana. Los dos de la tercera planta albergarían el oratorio, la sala de estar, la biblioteca y las habitaciones de los residentes. En el de la primera irían la cocina, el comedor y las habitaciones de Escrivá, su madre y sus hermanos Carmen y Santiago. La nueva residencia tomó el nombre de su ubicación: Jenner.

Casciaro peinó El Rastro y los comercios de segunda mano en busca de muebles. Con buen gusto y mucho trabajo de restauración, logró dar a los tres pisos un aire acogedor con un presupuesto escasísimo. En el vestíbulo de entrada había un gran mapamundi con la frase tomada del profeta Malaquías “Desde donde sale el sol hasta el ocaso”, para recordar que gente de todo el mundo esperaba el encuentro con Cristo en la vida ordinaria. En otra habitación, el cuadro de una ciudad amurallada tenía la frase del Libro de los Proverbios que llamaba a la caridad fraterna: “El hermano ayudado por su hermano es como una ciudad amurallada.”

La mejor habitación fue destinada al oratorio. A pesar del deseo de dedicar a Cristo en la Eucaristía lo mejor que hubiera, no se pudo hacer mucho a causa de la pobreza. El sagrario, aunque revestido con pan de oro, era de madera. El altar, también de madera, tenía un paño frontal del color litúrgico del día. Los muros estaban cubiertos de arpillera plisada, sujeta por un rodapié de madera y un friso de color castaño junto al techo.

El gusto y el cuidado compensaban la modestia de los materiales. El oratorio invitaba a rezar. Todo centraba la atención en Jesucristo, presente en el Santísimo Sacramento. Dentro de las puertas del sagrario había escritas dos frases del himno Eucarístico Lauda Sion: “Ecce Panis Angelorum” (He aquí el Pan de los Ángeles) y “Vere Panis Filiorum” (Verdadero Pan de los Hijos). En el friso sobre el altar estaban escritas las palabras del himno Ubi Caritas: “Congregavit Nos in Unum Christi Amor” (El Amor de Cristo nos ha congregado en un solo cuerpo). En los muros laterales, el friso estaba decorado con una cita de los Hechos de los Apóstoles: “Erant autem perseverantes in doctrina apostolorum, in communicatione fractionis panis et orationibus” (“Y ellos perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunicación de la fracción del pan, y en la oración”). Los espacios entre las palabras se llenaron con cruces y otros símbolos tradicionales cristianos: la hogaza de pan, la espiga de trigo, el ramo de uvas, la lámpara y la paloma.

El oratorio se convirtió rápidamente en el centro de la residencia. Como apuntó en una carta de julio de 1939: “La casa es sitio de trabajo y de recogimiento: convivencia que estimula y ordena la labor de todos. Y antes que otra cosa, la casa es la vida junto a la Vida”[3].

[1] Ibid. p. 38

[2] Ibid. p. 333

[3] Ibid. p. 37


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